"Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe." (Hebreos 13:7), y nos recuerda también que "Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar." (1 Timoteo 5:17).
Categoría: REFLEXIÓN BÍBLICA
¿Eres mi hermano aunque pienses distinto?
¿En verdad vivimos de tal manera? ¿Somos los evangélicos un pueblo dividido y enemistado? En muchas ocasiones lo somos. Y para muestra, un botón.
Fuga de cerebros pentecostales jóvenes | ¿Quién tiene la culpa?
Mi amado hermano pastor o líder de jóvenes: Por favor, escucha el corazón de los adolescentes. No tengas miedo de abordar los temas que ellos necesitan escuchar, incluso si son difíciles o no populares, incluso si van en contra de la cultura, e incluso si parece que ellos mismos no quieren escucharlos. No temas “rebajarte” a escucharlos y enseñarles. Déjate cuestionar, resuelve sus dudas. Mantén tu autoridad pero no la impongas. Deja que Dios te respalde. Prepárate, instrúyete, no te quedes en la ignorancia. Un pastor debería ser un erudito. Es mi oración que Dios te guíe, ilumine y empodere con Su Espíritu mientras conduces a estos preciosos jóvenes hasta Su presencia. Mientras no logremos ese equilibrio, mientras no nos reformemos a nosotros mismos, seguiremos siendo la guardería de las sectas, la sala cuna de donde las iglesias neocalvinistas que hoy se dicen “reformadas” extraerán a sus nuevos miembros, futuros líderes y pastores. No, los pentecostales no nacimos para eso. No somos la pecera de donde otros extraerán sus peces. Nacimos para ser la cuna de grandes hombres y mujeres de Dios que impactarán las naciones.
Confesiones de un pentecostal arminiano a sus hermanos reformados
"El hierro se pule con el hierro, y el hombre se pule en el trato con su prójimo." (Proverbios 27:17, RVC)
La Iglesia y el cuidado de los necesitados en medio de la pandemia
Hoy nuevamente el mundo está angustiado, desfallece y se desmorona. Los sistemas de salud colapsan, los gobiernos (incluso los mejores y más poderosos) se ven impotentes ante el avance del COVID-19. El imparable avance de la pandemia, la muerte de un ser querido víctima del COVID-19, el temor a una crisis financiera sin precedentes luego de la pandemia, todo se conjuga para apagar la última llama de esperanza. Pero los cristianos tenemos algo en nosotros que nos permite encarar esta situación con esperanza, amor al prójimo y firmeza.
Idolatría política en la iglesia cristiana
Como cristianos reconocemos que ningún partido o figura política merece nuestra total lealtad, pues la Palabra de Dios nos manda: “No confiéis en príncipes, ni en hijo de hombre en quien no hay salvación.” (Salmo 146:3, LBLA), y “es mejor refugiarse en el Señor que confiar en príncipes.” (Salmo 118:9, LBLA). Confiar en partidos políticos y figuras políticas no solo es ingenuo, sino torpe. Pues escrito está: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.” (Romanos 3:10-18). Ni siquiera los políticos que se dicen cristianos merecen nuestra total obediencia o ciega confianza, pues “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque.” (Eclesiastés 7:20, LBLA).
¿Es Dios indiferente a mi dolor?
¿Cómo puede un Dios amoroso permitir que continúe el sufrimiento en el mundo que Él creó? ¿Es Dios indiferente a mi dolor? ¿Es Dios un ser malvado que se deleita en ver sufrir a sus indefensas y vulnerables criaturas? Para aquellos que en el pasado o actualmente hemos soportado un gran sufrimiento, estas no son preguntas filosóficas, sino preguntas profundamente personales y emocionales. Incluso los creyentes sufrimos, pues, aunque los que hemos puesto nuestra fe en Jesús ya no estamos bajo la maldición del pecado, todavía vivimos en un mundo manchado por el pecado y sufrimos los efectos del pecado.
Una iglesia que marca la diferencia
La iglesia primitiva conmovió los cimientos de Roma mediante el poder del Evangelio. A través de la obra del Espíritu Santo en sus corazones modelaron sus vidas de conformidad con la vida de Cristo, hacían lo que él había hecho, hablaban como él hablaba, se sacrificaron como él se sacrificó. El éxito de la iglesia primitiva no se debió a ellos mismos, ni fue por su estrategia solamente. Ciertamente no fue por su protagonismo, ni por sus recursos. Tampoco se dio por casualidad, ni mucho menos por su capacidad, fue por su total dependencia en el poder del Espíritu Santo.
Sé tú mismo para la gloria de Dios
En muchas ocasiones, la única manera de ser nosotros mismos es arriesgándonos a fracasar y no dejarnos llevar por las opiniones de los demás. Los que quieren tener todo controlado simplemente sobreviven, no son capaces de comprender lo importante que es que cada uno disfrute de la propia existencia ¡Viven siempre comparándose con los demás y deseando lo que otros tienen! Mientras tanto, Dios espera que nos arriesguemos y confiemos en Él siempre; que seamos tal como Él nos diseñó.
Just Thinking | Y Dios, ¿Tiene derechos?
En el curso del tiempo ha habido una proliferación y especificación de los denominados “Derechos Humanos”. De esa multiplicidad surgieron los derechos del niño, del soldado, de la mujer, del consumidor, del trabajador, del estudiante, del homosexual, del emigrante, ¡Y hasta de los animales! Todo ese incremento de derechos, cuyo objetivo primordial era defender a tales colectivos de arbitrariedades y abusos, ha llegado a crear una mentalidad generalizada en la que ha quedado poco sitio para la responsabilidad, creándose un peligroso desequilibrio consistente en la abundancia de derechos (supuestos o reales) y en la escasez o inexistencia de responsabilidades, algo a lo que la naturaleza humana es propensa.