Ministerio Pastoral, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Reflexiones sobre el ministerio

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Me encanta caminar en el evangelio con otras personas, pastorear una comunidad, predicar, enseñar y participar en todo lo emocionante que conlleva ser parte de una iglesia. Sin embargo, no todo en el ministerio es divertido. Al contrario, el ministerio está lleno de situaciones difíciles y a veces pecaminosas.

Desde afuera uno puede hacer todo para prepararse: leer libros, asistir a clases, ser ordenado, etc. Pero ser un pastor es infinitamente más difícil que prepararse para serlo. Ciertamente, el ministerio es un tesoro de glorias y muertes. Nada te puede preparar para ‘tomar tu cruz’ de esta manera excepto hacerlo.

LO QUE SIGNIFICA EL MINISTERIO CRISTIANO

Aunque no he estado en el ministerio por décadas como muchos otros colegas más experimentados, he aprendido la necesidad de definir el ministerio de acuerdo a la Biblia y no a mis expectativas. No solo habló acerca del ministerio pastoral sino también de cualquier función que alguien tiene en la vida de la Iglesia para llevar a cabo la misión de hacer y crecer discípulos de Cristo. Desde afuera el ministerio puede parecer genial, y ¡en muchas ocasiones lo es! Pero muchas veces el ministerio parece genial porque solo destacamos las partes positivas (un edificio lleno de personas que oyen tu predicación, bautizar a nuevos creyentes, realizar, retiros, campamentos, conferencias, etc.). En realidad, el ministerio es mucho más que eso.

El ministerio existe principalmente porque Cristo nos ministró primero a través de su vida, muerte y resurrección (el evangelio), y ahora nos ha encomendado con una misión para compartir ese mismo evangelio a otros (Mateo 28:18-20). El evangelio es necesario porque nosotros somos pecadores y todos nuestros problemas encuentran su raíz en el pecado. Ministrar, entonces, en gran parte es lidiar con los problemas de otros, los pecados de otros, y apuntarles hacia la única solución verdadera: Cristo (Romanos 10:13-15).

EL MINISTERIO: ENTRE LO MEJOR Y LO PEOR

Estar en el ministerio es lo mejor porque estamos participando directamente en la misión de Dios de reconciliar a pecadores con sí mismo. Claro, nosotros no somos el poder o la fuente de salvación: somos nada más que heraldos de las buenas noticias que Cristo salva, y esta es la obra más gratificante y satisfactoria en la que podemos participar. Pero, estar en el ministerio también es lo peor porque hemos sido enviados como heraldos a un mundo caído. Y mientras somos sus instrumentos, también somos imperfectos. Cometemos errores, fracasamos frecuentemente, y nos tropezamos en cada paso de llevar a cabo la Gran Comisión que se nos ha encomendado.

LO QUE CUESTA SEGUIR A CRISTO

¿Quién dijo que sería fácil? La Biblia no presenta un concepto de ministerio que es todo alegre y para nada difícil. Sinceramente, presenta lo opuesto: “Pues en todo nos recomendamos a nosotros mismos como ministros de Dios, en mucha perseverancia, en aflicciones, en privaciones, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos, en pureza, en conocimiento, con paciencia, con bondad, en el Espíritu Santo, con amor sincero, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; por armas de justicia para la derecha y para la izquierda; en honra y en deshonra, en mala fama y en buena fama; como impostores, pero veraces. Somos tratados como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, pero vivimos; como castigados, pero no condenados a muerte; como entristecidos, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, aunque poseyéndolo todo.” (2 Corintios 6:4-10, LBLA).

Somos llamados a ser ministros de Dios, representantes del evangelio, en las peores circunstancias. ¡Somos llamados a ir y entrar a los lugares más oscuros para brillar la luz del evangelio! Esto no es fácil. Muchas veces significa sufrir con los que están sufriendo. Sacrificar lo que tenemos para servir a los demás. Y en algunos casos, significa darlo todo hasta el punto de la muerte. Que nuestra oración tenga el mismo espíritu como la de Pablo cuando dijo: «Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios» (Hechos 20:24).

LOS MINISTROS TAMBIÉN NECESITAMOS EL EVANGELIO

Las buenas noticias para el ministro son las mismas que las buenas noticias para el que está siendo ministrado: Cristo lo ha hecho todo. Y porque Él nos está haciendo perfectos, por medio del Espíritu y gracias a su obra en la cruz, podemos confiar en que Él nos usará y santificará a través del ministerio también. Como lo dice el pasaje de arriba, podemos ser pobres pero enriquecer a muchos porque aunque no tengamos nada, lo tenemos todo en Cristo (2 Corintios 6:4-10). Él es nuestra esperanza, en lo bueno y en lo malo. Al fin y a cabo, el ministerio no es solucionar los problemas de los demás, sino apuntarles a la única persona que realmente puede ayudarles. En cualquier caso, sea lo mejor o lo peor, el éxito y la satisfacción del ministerio no se debe medir por meras circunstancias, sino por lo que Cristo está haciendo al trascender nuestras circunstancias y obrar a través de y en personas imperfectas y ordinarias como nosotros.

Egalitarianismo, Ministerio Femenino

Mujeres en el ministerio: Llamadas, escogidas y empoderadas por Dios

Por Fernando E. Alvarado.

Mientras muchos niegan la igualdad bíblica entre el hombre y la mujer y se oponen a que ejerzan el ministerio, nuestras valientes hermanas no han perdido el tiempo en debates. Ellas se han enfocado en ejercer el llamamiento y los dones que Dios les ha dado y de esa forma aportar mucho más en nuestras iglesias y en la extensión del Reino. Es tiempo de dejar de lado la polémica de si la mujer debe o no debe ejercer autoridad sobre el varón en la iglesia. Muchas mujeres tienen los dones y el llamamiento para liderar. ¿Por qué cortarles las alas?

Romanos 11:29 nos dice que “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. La oposición de algunos jamás podrá destruir el llamado de nuestras fieles hermanas, pues su llamado proviene de Dios, no del hombre que las crítica por ejercerlo. El pueblo de Dios puede y debe trabajar conjuntamente, hombres y mujeres, en el cumplimiento de la Gran comisión dada en Mateo 28:19-20:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tanto los hombres como las mujeres, debemos comprometernos con un modelo de ministerio que refleje el espíritu de servicio mostrado por nuestro Señor Jesucristo, y no la lucha mundana por el poder y el estatus social. Debemos evitar el dominio del hombre sobre la mujer y que ésta se sienta oprimida o postergada, o viceversa, o los deseos de la mujer de demostrar que vale tanto o más que los hombres. Ambas intenciones pervierten el liderazgo, lo ejerza quien lo ejerza, porque no se aplica el corazón de Cristo. Luchemos en unidad, hombres y mujeres, por el cumplimiento de la misión dada a la iglesia de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Marcos 16:15), no olvidando que dicho mandato no discrimina a nadie, pues toda barrera étnica, socioeconómica e incluso de género, ha sido derribada por Cristo en la cruz. Ahora en Cristo:

“Ya no importa si eres judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer. Todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28, NBV).

La “batalla de los sexos” no tiene cabida en la Iglesia del Señor, pues la cruz significa más que perdón, es también reconciliación. Una reconciliación del hombre con Dios y del hombre con sus semejantes, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (1 Corintios 5:19). El hombre y la mujer fueron creados para reflejar juntos la imagen de Dios:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Juntos, por Su gracia y para Su gloria, trabajarán en unidad, ejerciendo cada uno los dones y ministerios que en su soberana voluntad Dios les conceda: pastores y pastoras, misioneros y misioneras, maestros y maestras de la Palabra. Juntos hombre y mujer, liderando y ejerciendo sus dones como iguales para el beneficio del cuerpo de Cristo.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Glorifica a Dios con tu trabajo

Por: Fernando E. Alvarado.

Cuando pensamos en cómo será el cielo, a menudo pensamos que estaremos allí vestidos con batas blancas, tal vez jugando en las nubes. Muy pocas personas contemplan que en el cielo nuevo y la tierra nueva aún estaremos trabajando, pues a veces se piensa que trabajar es una maldición de la cual nos despojaremos al entrar a la presencia eterna de Dios. Detrás del pensamiento de que no trabajaremos en el futuro celestial está la idea errada de que el trabajo no era el plan inicial de Dios para nosotros. Muchos incluso creen que el trabajo fue dado por Dios como castigo en respuesta al pecado del hombre luego de la Caída. Sin embargo, cuando examinamos estos asuntos a la luz de la Palabra, vemos que no es así. Dios creó al hombre y le asignó un trabajo aún antes de la caída (Génesis 2:15). Jesucristo mismo dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” (Juan 5:17). De modo que, en vez de considerar el trabajo como una maldición por el pecado, los cristianos debemos ver el trabajo como un regalo.

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Para los creyentes, el trabajo tiene triple importancia:

(1) Es un don de Dios para proveer para nuestras necesidades.

(2) nos permite servir a los que están a nuestro alrededor, y más importante aún.

(3) nos permite reflejarlo a Él. Muchos creen erróneamente que sólo glorifica y sirve a Dios aquel que trabaja en el ministerio pastoral, evangelístico, misionero, o de cualquier otra índole. Eso no es cierto. Cualquier labor que efectuamos con excelencia glorifica a Dios. Esto no solo incluye los eclesiásticos o ministeriales, sino también los trabajos físicos que hacemos y, de hecho, todas nuestras obras: “Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre” (Colosenses. 3:17).

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En Romanos 12:2, el apóstol Pablo nos llama a renovar nuestro entendimiento y no conformarnos al mundo. El mundo reconoce algunas vocaciones, carreras, oficios y profesiones más que otras. Pero tal cosa no existe en realidad. Lo que varía es el círculo de impacto de nuestro trabajo, mas no su importancia, porque en el plan de Dios y en su propósito eterno, Él ha designado a cada persona su lugar, rol, y propósito en la creación de este lado de la eternidad (2 Timoteo 2:20). Nuestro trabajo es de importancia eterna cuando es hecho para la gloria de Dios, así seas médico, maestro, abogado, agricultor o cocinero. Cualquiera sea tu oficio, carrera o profesión, cúmplela con excelencia y glorifica a Dios a través de ella desarrollándola “con integridad de corazón, como [para] Cristo.” (Efesios 6:5′ NVI). Si eres empleado, haz tu trabajo fielmente, con excelencia, no “solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho.” (Efesios 6:6-8, NVI).

Ministerio Femenino

¿Es bíblico el pastorado femenino?

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¿Es correcto que las mujeres sean pastoras, maestras, evangelistas o misioneras? ¿Deberían las iglesias evangélicas romper toda barrera ministerial con base en el género? Definitivamente sí. Nuestra sociedad enfrenta muchos problemas, muchos de ellos están relacionados con roles sexuales y distinciones. Estos problemas también son problemas en la iglesia. Los extremos en nuestra sociedad crean temor sobre la deterioración de las estructuras familiares u otros cambios que puedan ocurrir. El estímulo de las mujeres en el ministerio no viene de estos extremos y no debería contribuir a estos temores. Tener a mujeres en el ministerio no solamente liberará las energías de la Iglesia para la proclamación del evangelio, sino también tener a mujeres en papeles del ministerio ayudará a la iglesia tratar de una manera más honesta y completa que antes el significado de ser un hombre y el significado ser una mujer.

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El ministerio de la iglesia es una tarea enorme y muchas veces difícil. Los dones y las habilidades de las mujeres se necesitan tanto como las de los hombres. Las mujeres se toparán con los mismos problemas que los hombres, pero la Iglesia no puede darse el lujo de levantar obstáculos adicionales que inhibirían su ministerio. Es tiempo de dejar que el Espíritu de Dios trabaje por medio de todo el pueblo de Dios, incluyendo a las mujeres. Disfrutar la libertad del Espíritu no solamente significará que las mujeres pueden ministrar, pero que el pueblo de Dios también permitirá que se les ministre por parte de todos aquellos que son llamados por Dios y son dotados por Dios.

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I.- MUJERES PASTORAS EN LA BIBLIA:

La Biblia y el Señor mismo autorizan el ministerio pastoral de la mujer. El Nuevo Testamento no nos dice específicamente qué pastores existieron, pero si sabemos que existieron hombres y mujeres que proporcionaron la dirección espiritual para las iglesias que se formaban en sus hogares:

 

MARÍA: En la iglesia primitiva, casi todas las reuniones cristianas fueron celebradas en hogares privados. Entre estas casas-iglesia una de las posibles líderes pastorales eran María, la madre de Juan Marcos, el que acompañaría a Pablo y Bernabé en sus viajes apostólicos. Estaba en su casa la Iglesia a la cual Pedro iría luego de la visitación angelical señalado en Hechos 12:12.

CLOÉ: Otra líder de una casa-iglesia era Cloé según 1 Corintios 1:11. Pablo se había enterado “por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas”, en relación a la iglesia de Corinto. Creyentes que estaban vinculados con ella en razón de la iglesia en su casa. Pudieron haber sido parientes o criados de la casa, o pudieron haber sido cristianos que viven en el área y que se juntaban en su hogar para la adoración. Estos creyentes vivían bajo la dirección espiritual, el cuidado y protección de Cloé. Pero la influencia de Cloé se extendió más allá de su propia casa. Evidentemente, ella había enviado una delegación de su iglesia a la casa de Pablo, que la conocía o sabía de ella, para informarle la necesidad de corrección para la iglesia de Corinto. Ella era una líder y una fuente confiable de información para el apóstol Pablo.

LIDIA: Hechos 16:14–15, 40 nos habla sobre Lidia, la primera europea convertida al evangelio por medio de Pablo, que ofreció la hospitalidad a Pablo en su hogar. La Biblia cuenta su experiencia de conversión y la de su familia, su casa entera fue bautizada, con ello su hogar se convirtió en el lugar de la primera reunión para los cristianos europeos. Lidia era una mujer de negocios, vendedora de púrpura. El hecho de que la Escritura no mencione a ningún marido o padre indica la prominencia de esta mujer. Las mujeres griegas y romanas del primero siglo estaban casi siempre bajo tutela legal de un marido o de un padre, Lidia pudo haber sido una viuda o solamente una hija rica que heredó el estado de sus padres. Así, ella se transformó en la cabeza de su propia casa. Ella manejó el negocio familiar o desarrolló el negocio que eran o de su padre o de su marido, sea heredado del padre o por su viudez. El libro de Hechos dice que la casa entera de Lidia fue bautizada por su conversión a Cristo. Esto sigue el costumbre de familias romanas antiguas. Siendo paganos creían que los dioses protegían el hogar y los negocios de la familia. Así, era el deber de los miembros de estos hogares que, determinado por la cabeza de la casa, la fe fuera adoptada por los parientes y esclavos. Las casas romanas eran a menudo grandes puestos de trabajo en donde se desarrollaban todas las actividades económicas de la familia. Los que trabajaron para Lidia en su negocio y que se convirtieron, posiblemente otros que se vinculaban al comercio, integraban el gremio de los fabricantes de tintura o teñido. En virtud de su posición como cabeza de familia, Lidia tenía la oportunidad y la responsabilidad de conducir a todos sus miembros a Cristo y entonces de establecerlos y de conducirlos en la fe. Esto la puso en una posición similar al pastor de hoy en día. Para satisfacer parte de esta responsabilidad, Pablo es invitado por Lidia a venir y predicar en su hogar. Éste hogar pudo haber sido la primera iglesia plantada en suelo europeo, y su pastor era una mujer.

NINFAS: Otra mujer del Nuevo Testamento que dirigió una iglesia en casa era Ninfas (Colosenses 4:15). Pablo envió saludos ella y a la iglesia en su casa. Algunos eruditos modernos intentan justificar este saludo en que ella no era el Pastor de esa iglesia sino que solamente la anfitriona. Si fuera así, me pregunto: ¿Quién sería el pastor de iglesia en su casa, y porqué Pablo fue tan descortés de no saludar al pastor como lo hizo con la anfitriona?

PRISCILA: Otra pastora de una iglesia en casa fue Prisca, o Priscila, como Pablo la llama a menudo cariñosamente. Romanos 16:3–5 expresa su gratitud a ella y a su marido, Aquila. Ambos desarrollaron el ministerio pastoral en equipo y trabajaron con Pablo en sembrar el evangelio en Roma, Corinto y Éfeso. En su carta a los de Roma, Pablo envía saludos a la iglesia que pastorean juntos. A menudo los eruditos griegos han precisado que la práctica de Pablo de mencionar el nombre de Priscila antes que de su marido acentúa que ella era el líder más prominente. Puesto que se acostumbraba antiguamente a señalar el el nombre del marido antes que el de la esposa, Priscila debe haber sido una ministra excepcional para que Pablo tenga la costumbre de mencionar el orden invertido, honrándola de esta manera.

ELECTA: El Libro de 2 Juan es una carta dirigida a una iglesia y a su pastor, una mujer con quien el apóstol Juan tenía evidentemente lazos de afecto. Juan inicia la carta: “El anciano a la señora elegida y a sus hijos a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad”. La expresión “hijos” era un término que frecuentemente Juan utilizaba para los creyentes. (1 Juan 2:1, 12, 18, 28). La “verdad” era un término de uso frecuente que empleaba Juan para referirse a la revelación de Jesús (véase, por ejemplo, Juan 1:14, 17; 8:32; 16:13; 1 Juan 1:6 – 8; 2:4, 21; 3:19; 2 Juan 4; 3 Juan 3-4.). La palabra “elegida” dice relación con los elegidos para salvación pero puede también ser utilizado para referirse al liderazgo. Muchos eruditos, reconociendo que es una carta dirigida a una iglesia, señalan que ”a la señora elegida” es una mera metáfora para referirse a la iglesia. Así visto se estaría entonces infringiendo la práctica griega universal de nombrar a los destinatarios de una carta al principio. Sin un destinatario o una localización, no se puede explicar a quién o cómo la carta fue entregada, incluso haría perder el sentido llano del texto. Además, su lógica es contraria porque si la expresion: “señora” y los “Hijos” están destinadas para referirse a la iglesia entonces Juan cometió una redundancia: “a la iglesia y a la iglesia”. Si es así ¿A cuál iglesia él escribe? Nadie escribe una carta a un símbolo, sí a una persona o a un grupo real. En el segundo siglo, Clemente de Alejandría identificó “a la señora elegida” como un individuo específico. Él señaló que 2 Juan “… Fue escrito a las vírgenes. Fue escrito a una mujer babilónica que tenía por nombre Electa.” (Clemente de Alexandría, fragmentos de Cassiodorus IV, 1-2 tr. por Guillermo Wilson, padres del segundo siglo, A. Cleveland Coxe, ed., Nueva York: El Christian Literature Publishing Company, 1885, vol. 2, P. 576.) Aunque él no desarrolla esto, se desprende de esta declaración que Clemente había oído hablar de esta mujer y sabía que ella era el líder espiritual de estas vírgenes. El misterio surge al preguntarse porqué es “una mujer babilónica” si Babilonia como nación había desaparecido. Quizás ella era descendiente de Babilonios o era de la Roma pagana, que los cristianos a menudo y despectivamente llamaron “Babilonia.” Electa pudo haber sido el líder de una especie de comunidad de vírgenes cristianas. Clemente puede haber asumido que sus seguidoras eran vírgenes debido al énfasis cada vez mayor al Ascetismo que había en su época,medio siglo después de que la carta fuera escrita. Durante los períodos primitivos y medievales de la historia de la iglesia, era muy común para que las mujeres devotas dediquen sus hogares para la adoración cristiana y motiven a otras personas diferentes de su familia a compartir y vivir la fe en Cristo. Generalmente, los convertidos que vinieron bajo cuidado pastoral de tales mujeres eran miembros de la casa o colegas de las mujeres. En el caso de Electa, si fuera correcto lo dicho por Clemente, eran las vírgenes cristianas dedicadas, así como lo eran los Eunucos de antaño, o los que vivían el celibato. Posteriormente el catolicismo romano desarrollaría esto con la fundación de órdenes religiosas, excluyéndolas del liderazgo regular. La epístola termina con otra mujer: “Los hijos de tu hermana, la elegida, te saludan. Amén”, y con ello se denota un rol pastoral en ella en atención a las expresiones “hijos” y la “elegida” como al principio se señaló. Por el historiador Eusebio tenemos datos para señalar el ministerio pastoral de al menos 2 mujeres más. El apóstol Felipe y dos de sus cuatro hijas que eran profetisas vivieron en Hierápolis en Asia. Una tercera hija vivió en Efeso, la ciudad donde Juan predicó. A diferencia de los otros apóstoles que fueron mártires en décadas anteriores, el apóstol Juan vivió posiblemente hasta casi los 100 años. Existieron lazos muy estrechos entre Juan, la iglesia en Éfeso, y Felipe y sus hijas. Es posible que después de la muerte de Felipe, Juan escribió su segunda epístola a una de las hijas que aún sobrevivía en Hierápolis (“señora elegida” o a la “señora Electa”) y estos saludos fueran transmitidos a la iglesia de Éfeso por medio de su otra hermana. De ser así, tenemos la evidencia de Juan que estas hijas de Felipe establecieron y condujeron comunidades cristianas. El historiador de la iglesia, Eusebio, del cuarto siglo, menciona una carta escrita por Polícrates, obispo de Éfeso, a Víctor, obispo de Roma entre el año 189-198. “… Porque en Asia, también, las lumbreras poderosas se han dormido, pero se levantarán otra vez como en el pasado, a la semejanza de nuestro Señor, cuando él venga con gloria del cielo, y recogerá otra vez a todos los santos. Felipe, uno de los doce apóstoles duerme en Hierápolis, envejeció junto a sus 2 hijas vírgenes. Una de sus hijas, quien vivió en el Espíritu Santo, descansa en Éfeso. Por otra parte, Juan, que descansó sobre el pecho de Nuestro Señor, pastor, mártir y maestro, también yace en Éfeso.” Absolutamente es posiblemente que “la señora elegida” y “tu hermana, la elegida” señalada en el v. 13 de 2 Juan sean estas “lumbreras poderosas” quienes “vivieron en el Espíritu Santo” conmemoradas por Polícrates y Eusebio. De modo que, Dios, la historia y la Biblia, autorizan y enseñan el ministerio pastoral de la mujer.

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II.- MUJERES EN OTROS MINISTERIOS:

La Biblia menciona también otros ministerios asignados a la mujer:

EL DIACONADO:

Romanos 16:1 se refiere a Febe con la misma palabra que Pablo utiliza en 1 Timoteo 3:12. En la iglesia primitiva, Los diáconos mujeres cuidaban de los creyentes enfermos, los pobres, los extranjeros, y los que estaban en prisión. Ellas enseñaban a las mujeres y a los niños (Tito 2:3-5). Pablo la estimaba lo suficiente como para confiarle la tremenda responsabilidad de llevar su epístola a la iglesia en Roma (Romanos 16:1-2). Evidentemente, él no la veía como inferior o menos capaz, sino como un valioso miembro de confianza del cuerpo de Cristo.

EL APOSTOLADO:

Romanos 16:7 menciona a Junia, Junias o Julia (una mujer) como apóstol. Se señala al testimonio de Juan Crisóstomo como evidencia crucial de que Junia era un Apóstol de la misma manera que los Doce, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras en el día de hoy. El testimonio es el siguiente: “¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!” (Hom. Rom. 31 en v. 7).

PROFETISAS: En el Nuevo Testamento se mencionan: 1) Ana (Lucas 2:36), quien estaba continuamente en el Templo. Después de ver al bebé Jesús “hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”. No se nos dice lo largas que eran sus profecías ni el lugar que ocupaba en el Templo, ni si ella profetizaba a personas individuales o a grupos. Las mujeres podían entrar en el atrio de las mujeres, pero no podían pasar más adentro del Templo, donde sólo entraban los varones israelitas purificados mediante ritos. 2) Las hijas de Felipe (Hechos 21:9), quienes profetizaron en los primeros días de la Iglesia. Aparecen sin nombre. No sabemos el número, ni lo que profetizaban, ni dónde, ni cuándo, ni a quién.

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III.- MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE ROMPIERON ESQUEMAS:

En el período veterotestamentario, el núcleo de la sociedad hebrea era la familia patriarcal, en la cual el padre era la autoridad máxima. La mujer debía sujetarse a la autoridad paterna hasta que contraía matrimonio, momento en que pasaba a ser propiedad del esposo. No obstante, a pesar de que en los tiempos bíblicos la sociedad hebrea era patriarcal, y por consiguiente la mujer tenía una posición subordinada al hombre, el Antiguo Testamento (prefigurando la futura libertad de la mujer en Cristo) incluye en sus páginas varios ejemplos de mujeres que desempeñaron cargos de liderazgo y autoridad, tanto política como religiosa, dentro de la sociedad hebrea del antiguo Testamento. Entre ellas podemos mencionar:

 

MARÍA: María, hermana mayor de Moisés, fue una mujer extraordinaria usada por Dios incluso desde su niñez para salvar la vida de su hermano menor y futuro profeta (Éxodo 2:3-7). Ella poseía un precioso don profético y musical que la convirtió en una valiosa líder de alabanzas y profetisa (Éxodo 15:20-21). Otras mujeres del Antiguo Testamento seguirían posteriormente el ejemplo de María, aportando sus talentos en el ministerio de la música y la adoración a Dios (1 Crónicas 25:5-6). María es también mencionada en conjunción con Moisés y Aarón como dirigente de la nación hebrea. Esto ilustra el papel de liderato autoritativo y de gran influencia que ella ejercía (Miqueas 6:4). En el Israel primitivo no existía la discriminación de género en relación con el ministerio, o el uso de los dones y el llamamiento profético.

DÉBORA: Débora, una mujer casada, ocupaba dos posiciones u oficios: Uno como Profetisa (mujer profeta), y otro como líder o juez (Jueces 4:4-5). Bajo el liderato de Débora, los hijos de Israel fueron librados de la opresión y ocupación de su tierra por parte de un ejército extranjero. Ciertamente, ella cumplió el propósito antiguo de Dios para el hombre y la mujer: Tener dominio en conjunto, ambos por igual (Génesis 1:27-28). Dicha autoridad no fue dada al hombre solamente, sino al hombre y la mujer como iguales en honor y autoridad a la vista de Dios. La diferenciación entre ambos (que relega a la mujer a una posición inferior en muchas sociedades) vino como resultado directo de la caída, no como parte del plan original diseñado por Dios para el varón y la mujer (Génesis 3:16). Esta diferenciación (o mejor dicho discriminación) ha sido eliminada en Cristo, quien restituyó a la mujer a su posición elevada del principio (Gálatas 3:26-29). ¿Por qué, entonces, cuando el precedente bíblico existe para que las mujeres cumplan un papel importante en el plan de Dios, los hombres en posiciones de liderazgo crean normas que impiden que las mujeres ministren?

LA MUJER SABIA DE ABEL BETMACÁ: Esta mujer claramente era una persona de influencia, líder de la ciudad blindada de Abel Betmacá en Israel. Como una líder civil en Israel, esta mujer, al igual que Débora, muy seguramente habrá tenido un grado de autoridad espiritual. Por medio de su uso sabio de autoridad y persuasión, ella rescató a su pueblo de ser destruido por Joab, el comandante del ejército del rey David (2 Samuel 20:15-22). Nótese que ni Joab ni David tenían problema alguno en oír el buen consejo brindado por mujeres. Es más, Joab sabía que David escuchaba sin discriminación a las mujeres, así que cuando no pudo persuadir a David acerca de una decisión, él le pidió a una mujer sabia de Tecoa para que le ayudase (2 Samuel 14:1-22).

HULDA: Durante el reino del Rey Josías, el libro de la ley fue descubierto en el Templo. Cuando los sacerdotes comenzaron a leerlo, entendieron que la nación se había apartado muy lejos de los caminos de Dios. Supieron que la nación estaba en peligro de ser destruida bajo el juicio divino. A fin de descubrir lo que deberían hacer, fueron a esta sobresaliente profetisa, quien les expuso los detalles específicos del juicio por venir que ya había sido determinado según el consejo divino (2 Reyes 22:14). Hulda inspiró al Rey Josías, al sumo Sacerdote y a los demás líderes de Israel, para que implementaran reformas morales y espirituales jamás registradas. Un profundo despertar religioso, o avivamiento, vino como resultado. Ningún ministerio profético registrado, produjo tal despertar y transformación en la nación de Israel en tan corto tiempo (2 Reyes 22 y 2 Crónicas 34).

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Además de los casos específicos citados anteriormente, el Antiguo Testamento también muestra ejemplos de esposas que ejercieron el liderazgo en el gobierno de su familia:

 

SARA: En el libro de Génesis, por ejemplo, vemos nada menos que a Dios ordenándole a Abraham que, en contra de lo que era su opinión, hiciera caso de lo que Sara le decía en cuanto a su hijo Ismael  (Génesis 21:9-12).

LA MADRE DE SANSÓN: Otro ejemplo lo tenemos en el caso de los padres de Sansón. Cuando el Ángel del Señor se aparece para anunciar el nacimiento de un niño que liberará al pueblo de Israel, no lo hace al padre, sino a la madre (Jueces 13:2-14). ¿Por qué Dios no transmitió un mensaje tan importante al que se suponía que era el líder espiritual de la familia? A lo largo del diálogo se aprecia que, en dicha pareja de esposos, Manoa era el menos preparado tanto a nivel de conocimiento como de madurez espiritual, y es por eso que Dios se dirige a ella, pues estaba mejor preparada para asumir dicho mensaje.

ABIGAIL: Encontramos también el caso de una mujer que se negó a aceptar la decisión de su marido y tomó otra opuesta a la de él, con la bendición de Dios. Se trata de Abigail. En el relato no se presenta como algo reprobable la actuación de Abigail, contraviniendo las órdenes de su marido. Por el contrario, David vio en ello la mano de Dios (1 Samuel 25:14-28).

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EN CONCLUSIÓN:

Las Escrituras nos impulsan a afirmar que: “… para Dios no hay favoritismos…”  (Hechos 10:34, Nueva Versión Internacional), seamos hombres o mujeres. Por lo tanto, quienes afirman, con base en el Antiguo Testamento, que Dios considera inferior a la mujer, la excluye del liderazgo, o que la biblia es machista y misógina, yerran por ignorancia o por malicia descarada. En las Escrituras no encontramos la desaprobación de Dios, ni su condena hacia la mujer, o incluso a la actuación de mujeres que ejercieron posiciones de liderazgo, ya fuera en la familia, en la vida civil o en la esfera religiosa. Además, en el nuevo convenio: “… Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús…”  (Gálatas 3:28, Nueva Versión Internacional). La voluntad del Señor siempre fue, ha sido y será que sus hijos, hombres o mujeres, se consideraran y trataran como iguales. Las leyes (en apariencia discriminativas hacia la mujer) dadas por conducto de Moisés en el Antiguo Testamento, deben ser entendidas dentro de su contexto histórico y cultural. El Señor toleró hasta cierto punto los tiempos de ignorancia de su pueblo pero también, en medio de dicha ignorancia, dejó leyes sabias que prefiguraban la intención final de Dios para su pueblo escogido: la igualdad. Jesucristo dijo: “… Esa ley la escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son — aclaró Jesús—. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo. Así que ya no son dos, sino uno solo…“  (Marcos 10:5-8, Nueva Versión Internacional).

Ministerio Femenino

La Mujer Pentecostal, ayuda idónea, pero no esclava del hombre.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El machismo popular ha contaminado a la Iglesia de Cristo. En muchos círculos religiosos, hasta hoy, se trata a la mujer como a inferior. No hay oportunidades de ministerio, más que solamente si se trata entre ellas mismas. La mal interpretada frase: “que la mujer debe someterse a sus maridos”, le ha enviado un mensaje equivocado al “hombre cristiano”, de que tiene derecho sobre ella, que la puede forzar a hacer lo que él quiera. Muchas mujeres cristianas son abusadas emocional, verbal, física y hasta sexualmente por sus mismos esposos. La realidad es más alarmante, cuando oímos que incluso ministros, golpean y abusan de sus esposas. Pero ¿Qué es lo que Dios quiso decir al hablar de someterse? ¿Acaso Dios también es machista? ¿Es la Biblia un libro con un contenido altamente machista? La respuesta es no, y para aclararlo quiero invitarte a ver lo que Dios, a través de su Palabra, dice al respecto.

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IMITANDO A CRISTO, NUESTRA CABEZA:

La Biblia nos dice “…Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne…” (Efesios: 5:22- 31). Lo que Dios está diciendo en estos versos es: Ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, cuidar y proteger. Jesús amo a su iglesia, al punto de ir a la cruz para morir por ella. Estando en la cruz, Él no estaba diciendo: “tan lindo lo que siento, me encanta esto de amar a mi iglesia”, cuando amó a su esposa, la iglesia, lo hizo colgado de un madero, derramo su sangre, fue pisoteado, humillado, molido, con tal de rescatarla; el precio que le toco pagar por su esposa fue muy alto, su misma vida. Es decir, Jesús no sintió amor, el decidió amar. De la misma manera, cuando dice: “…Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella…” (Efesios 5:25), y luego agrega: “… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama…” (Efesios 5:28). Amar a nuestras esposas es un mandato, no es cuestión de los que sientes, sino de lo que Dios manda, que debes hacer por la posición que tienes. Porque: ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, inspirar y proteger. No es un derecho, es una responsabilidad. Amar a su mujer es un deber del esposo. Dicho de otra manera: ¡Ser cabeza no es un derecho, es un deber! Ser cabeza no es una posición para servirme de, sino para servir a. Porque: Ser cabeza de la mujer implica compromiso de amar, inspirar y proteger.

EL DEBER DEL HOMBRE CRISTIANO:

Si eres hombre y cristiano como yo y estás leyendo esto, déjame decirte algo: Como hombres que somos, tú y yo hemos sido llamados por Dios a ser la “cabeza” de un hogar y de la mujer que Dios nos dé; por ello me propuse buscar todas las obligaciones que la Biblia nos da a los maridos, y algunas de ellas probablemente te sorprendan. Estas son todas las que encontré: Someterse a su esposa en el Señor (Efesios 5:21); sostener materialmente a su familia (1 Timoteo 5:8), tener una sola esposa y serle fiel (1 Corintios 7:2), amarla como a sí mismo (Efesios 5:28), hacer feliz a su esposa (1 Corintios 7:33), cuidarla como Cristo cuida a su Iglesia (Efesios 5:29), honrar a su esposa en todo (1 Pedro 3:7), entregarse por su esposa (Efesios 5:25), cumplir con el “deber conyugal” (1 Corintios 7:3), no abandonarla, excepto por infidelidad (1 Corintios 7:11; Mateo 19:9), amarlas y no ser duros con ellas (Colosenses 3:19). Estas son todas las obligaciones que tiene la cabeza de la familia. Esto es lo que significa ser cabeza de la esposa. Quien no cumple con estas obligaciones no puede ser llamado cabeza de su esposa. Curiosamente no he podido encontrar nada acerca de “dar órdenes”, “imponer su voluntad”, “tener bajo su autoridad”, ni nada parecido.

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LO QUE SIGNIFICA SER CABEZA DE LA MUJER:

La Biblia declara que el hombre es la cabeza de la mujer: “… Ahora bien, quiero que entiendan que Cristo es cabeza de todo hombre, mientras que el hombre es cabeza de la mujer y Dios es cabeza de Cristo…” (1 Corintios 11:3). Pero ¿Qué significa que el hombre es la cabeza de la mujer? Para muchos esto significa que la mujer debe estar sometida al hombre quien, en su papel de “cabeza”, debe tenerla bajo su autoridad. Sin embargo, existen varias razones por las cuales este es un concepto completamente equivocado de ser “cabeza”. Para empezar, quiero aclarar que las palabras griegas para “hombre” y “mujer” en ese texto pueden ser traducidas como “esposo” y “esposa”. Esta traducción también es más coherente con la Biblia, que solo presenta la sumisión de la mujer hacia el hombre dentro del matrimonio, pero en otras áreas como el ministerio pastoral, la vida laboral o cualquier otra. La primera vez que aparece la sumisión dentro del matrimonio es en Genesis 3, cuando debido al pecado la mujer pasó a estar sujeta a su marido. La sumisión fue la consecuencia del pecado, el Plan B de Dios por así decir. Antes de la caída el hombre y la mujer disfrutaban de plena igualdad en su matrimonio. Cuando Dios creó a Eva, quiso que no fuese ni inferior ni superior al hombre, sino que en todo fuese su igual. Sin embargo, después del pecado fue necesario introducir un cambio. En la creación Dios la había hecho igual a Adán. Si hubieran permanecido obedientes a Dios, en concordancia con su gran ley de amor, siempre habrían estado en mutua armonía; pero el pecado había traído discordia, y ahora la unión y la armonía podían mantenerse únicamente mediante la sumisión del uno o del otro. Sin embargo, hay un concepto errado de esta sumisión descrita en la Biblia. Dios no estableció un “rol” para el hombre y para la mujer. El hombre al casarse no se convierte automáticamente en la cabeza del hogar. Ni tampoco la mujer al casarse automáticamente debe someterse al marido. La mujer debe estar sumisa a su esposo en tanto el esposo este sumiso a Dios. El esposo no ha recibido un rol intransferible e inmutable, sino todo lo contrario. Un hombre que no se somete a Cristo no puede convertirse en la cabeza de la familia. El vínculo que une al Señor Jesús con su iglesia no ha sido adecuadamente representado en la relación que muchos esposos mantienen con sus esposas, pues no han guardado el camino del Señor. Pero no era el plan de Dios que el esposo tuviese el control, como cabeza de la familia, si no se ha sujetado a Cristo. Un hombre que no se somete a Cristo no es la cabeza de su esposa. El Señor ha constituido al esposo como cabeza de la esposa para que la proteja; él es el vínculo de la familia, el que une sus miembros, así como Cristo es cabeza de la iglesia y su Salvador. Todo esposo que asevera amar a Dios debe estudiar cuidadosamente lo que Dios requiere de él en el puesto que ocupa.

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CONCLUSIÓN:

¿Qué requiere Dios de la cabeza de la familia? ¡Probablemente te sorprendas! Y aunque ya mencioné algunas, con gusto te las repetiré. La Biblia enseña que las obligaciones de un marido cristiano son: Someterse a su esposa en el Señor (Efesios 5:21); sostener materialmente a su familia (1 Timoteo 5:8), tener una sola esposa y serle fiel (1 Corintios 7:2), amarla como a sí mismo (Efesios 5:28), hacer feliz a su esposa (1 Corintios 7:33), cuidarla como Cristo cuida a su Iglesia (Efesios 5:29), honrar a su esposa en todo (1 Pedro 3:7), entregarse por su esposa (Efesios 5:25), cumplir con el “deber conyugal” (1 Corintios 7:3), no abandonarla, excepto por infidelidad (1 Corintios 7:11; Mateo 19:9), amarlas y no ser duros con ellas (Colosenses 3:19). Estas son todas las obligaciones que tiene la cabeza de la familia. Esto es lo que significa ser cabeza de la esposa. Quien no cumple con estas obligaciones no puede ser llamado cabeza de su esposa. Curiosamente no he podido encontrar nada acerca de “dar órdenes”, “imponer su voluntad”, “tener bajo su autoridad”, ni nada parecido. En fin, volviendo atrás, es curioso que Pablo les diga a los efesios que se “sometan los unos a los otros”, al hablar de matrimonio, declarando así que los hombres también deben someterse a sus esposas. ¿Pero cómo puede un hombre someterse a alguien inferior? Exacto, ¡No puede! Nadie puede someterse alguien inferior, porque la mujer no debe ser inferior al hombre sino igual a su esposo. La mujer debe ocupar el puesto que Dios le designó originalmente como igual a su esposo. Debe considerar que tiene igualdad con su esposo, que debe estar a su lado permaneciendo fiel en el puesto de su deber y él en el suyo. Entendamos, la mujer también es la co-cabeza en la familia, junto a su esposo. Por lo tanto, ¿Qué implica que un hombre sea cabeza de su esposa? La Biblia nos dice que el hombre debe amar, cuidar y respetar a su esposa como su igual. Tratarla como Cristo trata a su Iglesia, serle fiel y hacerla feliz. Así como Dios es amor, la esencia del matrimonio debe ser el amor mutuo. La tiranía, el maltrato y el abuso forman lo opuesto de lo que Dios espera de un hombre. Pues el plan divino le pide al esposo que muestre la ternura, amor, delicadeza, paciencia y verdadera cortesía, que es digna de la cabeza del hogar.

Ministerio Femenino

La Mujer Pentecostal, una mujer que no calla ni está relegada al silencio.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Pablo estaría horrorizado al ver que muchas de sus cartas se utilizan en situaciones muy concretas o que se generalizan 19 siglos después y la gente dice ‘Esta es la regla para siempre y jamás. Hay una línea que se debe marcar para distinguir entre lo que corresponde al momento en que fue escrito y lo que es un mensaje para todos los creyentes y todos los tiempos. Primera Corintios 14:34-35 es un ejemplo claro de un pasaje escrito para un momento y lugar específico pero sin aplicación universal para la iglesia. Lamentablemente, muchos lo interpretan como de aplicación universal creando con ello contradicciones en la Biblia.

Si la Biblia manda callar a la mujer y le niega toda oportunidad de liderazgo eclesiástico, entonces habría que eliminar de la Biblia otros pasajes que contradicen tal postura. Por ejemplo, la Epístola a los Romanos, Capítulo 16, menciona a casi 30 cristianos primitivos activos, ocho de los cuales son mujeres. Algunos analistas subrayan el hecho de que una de ellas, Priscila (Prisca en el griego original), aparece mencionada antes que su esposo, Aquila. Nosotros entenderíamos eso, en nuestra época y cultura, como una simple muestra de cortesía, pero en ese contexto cultural y época específica tal mención no indicaba caballerosidad, sino preeminencia o autoridad. Priscila ejercía mayor liderazgo en ese equipo.

De otra pareja, Junia y Andrónico, se dice que son “eminentes entre los apóstoles”. Lo curioso es que Junia era una mujer, no un hombre. Tanto ella como su esposo eran contados entre los apóstoles y es la forma más natural de interpretarlo. Junia es una de los apóstoles y es eminente en ese grupo. Esto evidencia que las mujeres tenían con todo derecho un rol de honor dentro de la Iglesia temprana.

La realidad del apostolado y labor pastoral de Junia es innegable. Aún la historia lo comprueba. Con frecuencia, se señala al testimonio de Juan Crisóstomo (347-407 E.C.), un creyente del siglo IV, como evidencia crucial de que Junia era un apóstol, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras en el día de hoy. El testimonio es el siguiente: “¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!” (Homilías, Rom. 31, en v. 7).

La Biblia y la historia se unen para probar que Junia fue una mujer y que fue llamada apóstol. Y esto plantea una contradicción a la lectura tradicional de 1 Corintios 14 y 1 Timoteo 2 sin la lógica correcta o una argumentación cuidadosa. Esto nos deja sólo dos opciones: O la Biblia se contradice (y por consiguiente es imperfecta y poco confiable) o Pablo jamás quiso mandar a todas las mujeres en todos los tiempos que callaran y se sometieran al liderazgo masculino, negándoles el acceso al ministerio. ¿Cuál de estas opciones admitiría usted como correcta?

¿ENSEÑA PABLO QUE LA MUJER DEBE CALLAR?

El apóstol Pablo no era ni machista ni misógino; sin embargo, muchos tergiversan sus palabras. Como bien lo dijera el apóstol Pedro: “…Al tratar estos temas en todas sus cartas. Algunos de sus comentarios son difíciles de entender, y los que son ignorantes e inestables han tergiversado sus cartas para que signifiquen algo muy diferente, así como lo hacen con otras partes de la Escritura…” (2 Pedro 3:16, NTV). Para nadie es un secreto que algunas de las alusiones paulinas acerca de la mujer, la condición de ésta en Cristo y su lugar en la Iglesia suelen ser mal interpretadas. Las palabras de Pablo dirigidas a la iglesia con más problemas, la de Corinto, son un ejemplo de ello: “…Vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación…” (1 Corintios 14:34-35)

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I.- LAS MUJERES CALLEN EN LAS CONGREGACIONES (CONTEXTO HISTÓRICO):

Durante la época del Nuevo Testamento, las mujeres eran una mera posesión del padre o del marido, carente de cualquier derecho e instrucción en cuestiones de formación académica o educación más allá del hogar. Este panorama desolador es el primer argumento para deducir que no sería descabellada la posibilidad de que las mujeres, al experimentar su nueva libertad en Cristo (Gálatas 3:28) hubiesen estado interrumpiendo las reuniones eclesiásticas con continuas preguntas o comentarios inadecuados para una reunión pública. Otro asunto a tener en cuenta para entender lo mejor posible esta orden de silencio para las esposas, es el hecho común de que muchas de estas primeras cristianas traían consigo algunos comportamientos de mal gusto propios de los cultos paganos de procedencia, algo que se acentuaría en el caso de Corinto, la capital de influyentes corrientes paganas y filosóficas como el incipiente gnosticismo (practicantes de la gnosis = lit. conocimiento), uno de los grandes enemigos de la fe cristiana durante todo el Nuevo Testamento y los siglos siguientes. Esta influencia negativa se constata especialmente peligrosa y delicada en la iglesia de Corinto según vemos en los escritos de Pablo y en referencias externas. Los capítulos del 12 al 14 de la primera carta del apóstol a los corintios constatan problemas en los cultos y la tendencia de estos creyentes a expresarse en éxtasis espontáneos mediante el don de lenguas o el de profecía. Esto no era malo en sí pero todo debía hacerse “decentemente y con orden” (1 Corintios 12:40) El gnosticismo constituía una corriente tan poderosa que una parte importante del Nuevo Testamento recoge advertencias para protegerse contra esta influencia pagana.

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La epístola a los colosenses, a los corintios, a Timoteo o así como las cartas de Juan contienen numerosas instrucciones contra las antibíblicas amenazas gnósticas. Dado que la doctrina cristiana se estaba asentando por entonces y, obviamente, no tenían aún la Biblia con ellos, muchos de estos nuevos creyentes no habían conseguido desprenderse definitivamente de aquellas creencias paganas que amenazaban con un confuso sincretismo, y esto afectaba muy especialmente a las mujeres. Entre las diferentes vertientes de la gnosis era frecuente que algunas mujeres poseyeran un papel similar al del médium espiritista en las reuniones públicas comunicando mensajes supuestamente angelicales que no eran otra cosa que perversos mensajes expuestos con alboroto e indecencia. En la corriente gnóstica del montanismo (S. II al IV) se llegaba a considerar a estas mujeres como superiores incluso al propio Cristo. Los estudios históricos frecuentemente destacan la existencia de contundentes elementos que favorecían la participación activa y prominente de las mujeres en este complejo movimiento. Para ellas resultaban especialmente atractivos muchos de “los argumentos de la falsamente llamada ciencia (gnosis)” (1 Timoteo 6:20) que tanto preocupaban a los apóstoles. En los movimientos gnósticos tempranos, el énfasis recaía sobre algunas mujeres iluminadas como vehículo de transmisión esotérica. Estas corrientes paganas sacudían a la iglesia primitiva en general y a Corinto en particular. Es de notar que la solución de “pregunten a sus maridos” es para las esposas y no para las solteras o viudas que sabemos que había en Corinto (1 Corintios 7:8). Esto de por sí implica que las palabras de Pablo haciendo callar a las mujeres no deben considerarse como dogmas o principios espirituales inherentes para todo el género femenino. La gnosis había hecho especialmente estragos entre el elemento femenino de las mujeres cristianas. Tan fuerte había llegado a ser el problema, que Pablo optó por recomendar a Timoteo que se opusiera a que hubiera mujeres desempeñando ministerios de enseñaza (1 Timoteo 2:11-12) Si la ofensiva gnóstica se había infiltrado así entre las mujeres, sería más prudente impedir a estas que enseñaran. En este delicado contexto religioso se escribe 1 Corintios 14:34, un versículo en el que Pablo exhorta al autocontrol de la mujer a modo de “estén sujetas” (hupotasso) que indica que la persona apelada (la mujer en este caso) es llamada a realizar una acción de autocontrol. Literalmente el texto dice “que las mujeres se controlen a sí mismas, como la ley dice”.

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Los eruditos bíblicos han tratado de encontrar tal ley en el Antiguo Testamento o en la tradición judía, sin conseguirlo. La razón es que Pablo no está aludiendo a la Ley de Moisés. Sería inconcebible que Pablo, el gran defensor de la gracia frente a la ley, acudiera ahora a ella. Pero, además, es que no hay ni un texto en el Antiguo Testamento que afirme tal cosa. En realidad, parece que Pablo estaba haciendo referencia a la ley civil de la sociedad Greco-Romana, que ponía límites a los excesos de ciertas prácticas religiosas, especialmente llevadas a cabo por mujeres. La coherencia de esta interpretación que identifica “la ley” con las normas sociales estipuladas y no una Ley mosaica considerada “caduca” por el mismo Pablo (Gálatas 3:14. Romanos 10:4) se refuerza al estar dentro de una exhortación para mantener el orden y guardar decoro durante el uso de los dones espirituales en el culto público. De nuevo estaríamos ante una evidencia que el mandato paulino del silencio de la mujer se dio dentro de una coyuntura específica del entorno sociocultural y religioso del momento, y no en un mandato universal para la iglesia.

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II.- LOS MARIDOS DEBEN ENSEÑAR A SUS MUJERES:

Pero démosle una vuelta de tuerca más a este polémico mandato de silencio. En esa época las mujeres no tenían derecho alguno a la formación ni educación formal. Por tanto, si a muchos de nosotros nos pudiera escandalizar esta orden para callar en público, lo que seguramente asombraría a muchos corintios y contemporáneos sería la otra parte de esta exhortación (1 Corintios 14:34-35); aquella en la que Pablo afirma que “si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos”. Fijémonos en que se pide a los esposos que enseñen en casa a su mujer, si ésta así lo desea, validando delante de los hombres el derecho de la mujer al aprendizaje. Sin embargo, es cierto que Pablo considera conveniente que esta labor de formación se realice en un ambiente privado y no durante el culto religioso. Algo de sentido común por otro lado. Pocas veces desde los albores de los tiempos se había encomendado a los hombres esta labor de implicación en la instrucción de unas mujeres ajenas a cualquier sistema educativo de índole intelectual fuera de su llamado social y jurídico para hacerse cargo del marido y del hogar como única misión posible. Preguntémonos: ¿Por qué se le mandaría a los esposos enseñar a sus mujeres si estas no podían tan siquiera hablar en la congregación? ¿Qué propósito tendría educar a quien no tiene voz ni voto en la iglesia?

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III.- MUJERES EN AUTORIDAD:

A pesar de las duras contingencias culturales, el papel de dirección o enseñanza le ha sido otorgado por Dios a diferentes mujeres que aparecen en la Biblia. Entre ellas está Débora, gran líder de Israel durante más de 40 años (Jueces 4 y 5). La Escritura recoge ejemplos como mujeres que profetizan en lugares sagrados (Éxodo 15:20-21; 2 Reyes 22:14; Isaías 8:3; Lucas 2:36-38; Hechos 21:8-9). Tenemos a Priscila, quien con su marido Aquila son mencionados juntos las veces que aparecen en la Escritura. También destacan Evodia, Síntique y Priscila como colaboradoras de Pablo o María, Pérsida, Trifena y Trifosa, fieles trabajadoras de la obra de Dios al igual que Junia o Junias (Romanos 16:7), quien ostentaba el cargo de mujer apóstol. De hecho, los manuscritos más fiables recogen el nombre femenino Junia y no Junias. Los primeros Padres de la Iglesia no dudaban de que la compañera de Andrónico en el apostolado fuera una mujer, probablemente su esposa. Juan Crisóstomo, a pesar de haber dejado escritos muy misóginos, dice sobre la bíblica Junia: “…Cuán grande es la devoción de esta mujer que debería ser contada como digna de ser denominada apóstol…” (Crisóstomo, Homilía sobre Romanos 16, Padres de la Iglesia Cristiana, Vol. II, p. 555). Ni siquiera Pablo incurre habitualmente en distinción entre colaboradores masculinos y femeninos, tal y como vemos en el caso de Febe, quien es encomendada a la iglesia de Roma pidiéndoles a éstos que la reciban con una actitud propia de autoridad de la Iglesia.

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CONCLUSIÓN:

Conociendo sólo un poco de las terribles condiciones sociales en las que se movía la mujer del primer siglo así como las circunstancias específicas que debieron producirse entre las primeras cristianas de Corinto o Éfeso no sólo vemos como tremendamente positivas y dignificantes las palabras de Pablo hacia las mujeres sino también la coherencia entre este mandato para que las esposas callen cuando lo cotejamos con los ejemplos mencionados en los que vemos a numerosas mujeres levantadas por Dios para instruir o hasta para dirigir a su pueblo. Por todo lo anterior, es obvio que Pablo no mandó de forma general a todas las iglesias, en todos los tiempos, que la mujer callare en la congregación. Las palabras de Pablo deben entenderse como dirigidas a una iglesia específica, en una época específica de la historia eclesiástica. No fueron dichas como una norma o mandato general, sino con el propósito de solucionar un problema y una situación específica surgida en la iglesia de Corinto.

 

Dones Espirituales

Los Dones Ministeriales o Funciones Carismáticas.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En un sentido amplio, un don espiritual es cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye tanto los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia), así como aquellos que trascienden los medios ordinarios (sanidades, profecía y milagros). Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Los dones ministeriales o funciones carismáticas son parte de este regalo maravilloso que constituyen los dones espirituales, los cuales han sido dados para la edificación de la iglesia del Cristo. Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

Aunque el Nuevo Testamento insiste en la universalidad del ministerio dentro del cuerpo de Cristo, también indica que algunos creyentes son apartados de manera exclusiva para funciones concretas dentro del ministerio. Con frecuencia se menciona al respecto Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. De esta manera se obtiene una lista de las que se han llamado en ocasiones “funciones carismáticas” o “dones ministeriales” de la Iglesia Primitiva, diferentes a los “puestos administrativos” (obispo, anciano, diácono), de los que se hace mención especial en las últimas epístolas del Nuevo Testamento. El importante papel que desempeñaron los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros en el ministerio de la Iglesia Primitiva está bien atestiguado en el Nuevo Testamento.

Referente a los dones ministeriales, el apóstol Pablo escribió: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, quien está sobre todos, en todos y vive por medio de todos. No obstante, él nos ha dado a cada uno de nosotros un don especial mediante la generosidad de Cristo. Por eso las Escrituras dicen: «Cuando ascendió a las alturas, se llevó a una multitud de cautivos y dio dones a su pueblo». Fíjense que dice «ascendió». Sin duda, eso significa que Cristo también descendió a este mundo inferior. Y el que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, a fin de llenar la totalidad del universo con su presencia. Ahora bien, Cristo dio los siguientes dones a la iglesia: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. Ellos tienen la responsabilidad de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es decir, el cuerpo de Cristo. Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.” (Efesios 4:5-11, Nueva Traducción Viviente).

La validez y vigencia de las funciones carismáticas para nuestra época es incuestionable. Pablo mismo afirma que este proceso (la edificación de la iglesia a través de todos y cada uno de los dones ministeriales) continuará “hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios” (v. 11). En su misericordia, Dios ha dotado a su cuerpo, que es la iglesia, de dones en forma de hombres y mujeres. En este pasaje vemos que se registran cinco dones:

1)- El apóstol, aquel que establece, planta y fortalece las iglesias (el actual oficio o función del misionero).

2)- El profeta, aquel que pronuncia el mensaje de Dios.

3)- El evangelista, aquel que es llamado a predicar el evangelio.

4)- El pastor, aquel que alimenta y pastorea a los cristianos.

5)- El maestro, aquel que instruye a los cristianos en la Palabra de Dios.

Es importante hacer hincapié en el hecho de que estos no son títulos, sino funciones carismáticas o dones. Una persona no llega a ser profeta porque alguien le dé el nombre de profeta; más bien, llega a ser profeta cuando desarrolla la habilidad que Dios le ha dado de obrar como profeta y responde al llamado específico de Dios con un corazón dispuesto. El propósito de estos dones ministeriales es muy claro. The New American Standard Bible lo dice de esta forma: “Y Él puso a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, y a otros como pastores y, maestros, para equipar a los santos para la obra del servicio, para el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, y al conocimiento del Hijo de Dios.” (Efesios 4:11-13)

Estos cinco dones ministeriales o funciones carismáticas también pueden llamarse dones de “equipamiento”, los cuales permiten a los santos (los creyentes) hacer la obra del ministerio, para que el Cuerpo de Cristo en la tierra (la iglesia) pueda funcionar como representante de Dios. Por lo tanto, estos dones tampoco nos pertenecen ni se dan por voluntad humana (Hechos 13:2; 1 Corintios 12:11; 1 Pedro 4:10). Más bien, estos hombres y mujeres han sido dotados para equipar al resto del Cuerpo de Cristo. Son dones en forma de hombres y mujeres, dados a la iglesia para su edificación. Analicemos brevemente cada uno de los dones ministeriales.

 

LOS APÓSTOLES.

La palabra apóstol (en griego: Απόστολος) significa enviado o comisionado. Por lo tanto, la función carismática que llamamos “apóstol” describe a alguien que ha sido enviado o comisionado en representación de nuestro Señor Jesucristo. En el Nuevo Testamento la palabra “apóstol” se utiliza para describir a los discípulos comisionados por Cristo Jesús para la tarea de proclamar su evangelio y sus enseñanzas. El término “apóstol” describe a dos categorías de personas:

(1. Los Apóstoles comisionados por Jesús mismo. Describen exclusivamente a los doce que anduvieron con Jesús (a quienes Jesús mismo “les llamo apóstoles” Lucas 6:12-16). A esta categoría pertenecen exclusivamente quienes estuvieron con Jesús en su ministerio terrenal desde su bautismo hasta su resurrección, a los cuales Jesús personalmente comisionó, y los cuales llegaron a ser el fundamento doctrinal sobre el cual la iglesia primitiva determinó sus enseñanzas (Efesios 2:20), por el hecho de haber sido testigos de las enseñanzas de Jesús mismo (Hechos 1:21-22). El Nuevo Testamento deja en claro que el grupo conocido como “los Doce” se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba”. De lo contrario, no podría haber sido, en palabras de Pedro “hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo, mostrando que, para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1 Corintios 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo exclusivo de los Doce quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Sin embargo, esto no significa que la función carismática del apóstol haya desaparecido de la iglesia del siglo XXI; de hecho, aún tenemos entre nosotros otro tipo de apóstoles que continuará hasta que Cristo venga.

(2. Otros discípulos de Jesús que no fueron parte de los doce, y siervos de Dios comisionados a servir por las iglesias locales. Es necesario recordar que el término “apóstol” se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso, el sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión. Un aspecto más específico de este sentido ocurre en 2 Corintios 8:23 y Filipenses 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea de carácter misionero. En este sentido, la palabra “apóstol” significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). Dicho de otra manera, y lejos de representar un título de autoridad universal sobre la iglesia como en el caso de los Doce, el término apóstol llegó a utilizarse dentro de la iglesia para describir también a creyentes que hacen la tarea que los apóstoles hacían, es decir, que son comisionados o enviados por las iglesias para evangelizar, plantar nuevas iglesias, y/o apoyar con la enseñanza (el discipulado) en iglesias ya existentes.

En escritos cristianos antiguos como la Didajé, o La Enseñanza de los Apóstoles (escrito alrededor del año 150 d.C. aproximadamente) se llama “apóstoles” a aquellos predicadores itinerantes enviados por las iglesias a ministrar a otros lugares: “Pero con respecto a los apóstoles y profetas, obrad con ellos en conformidad con el evangelio. Que todo apóstol, cuando venga a vosotros sea recibido como el Señor; pero no se quedará más de un solo día, o, si es necesario, un segundo día; pero si se queda tres días, es un falso profeta. Y cuando se marche, que el apóstol no reciba otra cosa que pan, hasta que halle cobijo; pero si pide dinero, es un falso profeta.” (Didajé, 11)

Estos siervos enviados o comisionados por las iglesias (apóstoles) no son columnas o fundamentos de la iglesia como los doce Apóstoles, simplemente hacen la función de lo que hoy llamamos misioneros. Describe el ministerio de personas comisionadas por la iglesia local para proclamar el evangelio, servir, instruir, o plantar nuevas iglesias en otros lugares. Es en este sentido que el ministerio apostólico continúa en la actualidad. Que los misioneros fueron llamados apóstoles es ampliamente testificado en el Nuevo Testamento:

  • En Hechos 14 14 dice: “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces”
  • En Romanos 16.7 dice: “Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo”. Nótese que Andrónico y Junias (una mujer) también son llamados apóstoles.
  • 2 Corintios 8.23 dice: “En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, y gloria de Cristo”. El texto griego dice que …” y en cuanto a nuestros hermanos, son “apostoloi” de las iglesias.” Así que la traducción exacta es que Tito y otros cuyos nombres allí no se mencionan son apóstoles de las iglesias puesto que desempeñaban labores misioneras y de apoyo a los Apóstoles originales.
  • En 1 Tesalonicenses 1.1 dice: “Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Y luego, en 1 Tesalonicenses 2.6 dice: “ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.” ¿A qué apóstoles se refiere aquí Pablo? A él mismo (Pablo), a Silvano y a Timoteo. Los 3 eran misioneros y se desempeñaban como tales.
  • Santiago 1.1 nos dice: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud.” Éste era el hermano del Señor Jesús constituido como apóstol a los judíos en la dispersión. En 1 Corintios 15.7 dice: “Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”
  • En Filipenses 2.25 dice: “Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades” Aquí como en el caso de Tito, los traductores, prefieren traducirlo “vuestro mensajero”, aunque el original griego dice claramente “apostolôn” (por la forma del genitivo), o literalmente “vuestro apóstol”, ya que realizaba labores misioneras.
  • 1 Corintios 4:6,9 dice: “Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que, por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros… Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.” Nótese que Apolos, otro misionero, es llamado apóstol.

 

LOS PROFETAS.

La función carismática del profeta continúa vigente en nuestra época. El Nuevo Testamento deja clara evidencia de ello. Sin embargo, pocas palabras están tan malentendidas como las palabras “profecía, profetizar” y pocos ministerios son tan mal entendido como el de profeta. Se da por sentado que profetizar es vaticinar eventos futuros u otras veces que es la manifestación abierta de información secreta. De hecho, eso es el concepto pagano del término (los oráculos griegos, la Sibila, Nostradamus, el horóscopo). Entonces surgen falsos profetas que se creen dueños de la palabra divina y no invitan el cuestionamiento ni lo toleran. Es claro que Dios conoce el futuro, y lo ha revelado, pero no sólo para que conozcamos cosas del mañana, sino para que cumplamos su voluntad hoy, en el presente, a la luz del porvenir. Los profetas, en el sentido bíblico, no eran ni son futurólogos, mucho menos adivinos ni pitonisas. No eran profetas porque vaticinaban el futuro sino porque entendían el presente a la luz de la voluntad de Dios. Si no predecían nada futuro, no eran menos profetas. El profeta es profeta porque trae un mensaje de Dios para el pueblo y para los pueblos.

Estudiosos de las escrituras, analizando bien las acciones y los escritos de los profetas hebreos, han encontrado lo esencial y definitivo del profetismo en su doble función de denuncia y de anuncio. Denuncian los pecados e injusticias, tanto fuera de Israel (Amós 1:3 – 2:3) como dentro del pueblo de Dios (Amós 2:4-12). Su lenguaje es fuerte, no siempre amable (igual que el de Jesús). Anuncian juicio y salvación para Israel y las demás naciones y hasta una nueva creación (Isaías 65:17). Para hacer todo eso, los profetas deben ser como los hijos de Isacar, “entendidos en los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer” (1 Crónicas 12:32). Los profetas son profetas porque ven su mundo con los ojos de Dios y sus corazones arden con celo por la voluntad de Dios.

Entre las congregaciones que fundó Pablo, hubo dos extremos en cuanto a la profecía y el ministerio profético. En Tesalónica apagaban al Espíritu, despreciando las profecías (1 Tesalonicenses 5:19-20).  Eran lo que hoy llamaríamos “anti-pentecostales”. A ellos, Pablo les manda dejar de actuar así, pero a “someterlo todo a prueba”, es decir, ni rechazar las profecías de antemano ni tampoco creerlos ciegamente, sino examinarlas y retener lo bueno. Tenía que tomar las profecías más en serio, pero con discernimiento maduro, para no ser engañados por falsos profetas.

De 1 Corintios queda claro que en Corinto existía el otro extremo. Su tendencia de sobrevalorar los dones carismáticos los llevaba a exageraciones, abusos y en general mucho desorden. Hoy los llamaríamos “ultra-pentecostales”. 1 Corintios 14:29-33 nos dice: “En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden sino de paz.” Este pasaje nos habla de mensajes proféticos que surgían espontáneamente en medio del culto. Eran profetas congregacionales en Corinto, más de veinte años después del Pentecostés. Parece que eran muchos, tanto que Pablo tuvo que ordenar la situación.

Tal como el texto lo deje entrever, con una libertad a veces excesiva, casi todos en la congregación de Corinto querían hablar lenguas y profetizar, aparentemente creyendo que las lenguas y las profecías fueran Palabra de Dios sin mediación humana falible y hasta pecaminosa. A ellos Pablo les manda poner en orden su conducta, a profetizar uno a la vez y no más de dos o tres en cada culto, Además. al mandar que “los demás juzguen” cada profecía (hoi alloi diakrinô), Pablo repite, en otras palabras, la exhortación de 1 Tesalonicenses 5, de examinar (dokimazô) las profecías antes de recibirlas como revelación. Por las palabras de Pablo resulta más que obvio que la profecía no funciona aquí como revelación infalible al mismo nivel que la Biblia, sino como don carismático de la congregación. Nótese que los verbos “examinar” y “juzgar” en estos textos están en el modo imperativo. Todos los fieles, como portadores/as del Espíritu de Dios, tienen el deber de aportar a la valoración crítica de las profecías y demás mensajes. La palabra profética va para la comunidad de fe, y por eso todos ellos (hoi alloi) están llamados a juzgarla (diakrinô, evaluar, discernir), ya que todos son portadores/as del Espíritu de Dios. La iglesia debe escuchar la profecía y recibirla con respeto, pero con discernimiento crítico (1 Tesalonicenses 5:19-21). Lo más significativo en este texto es que describe esta profecía congregacional como revelación (apokaluptô). Según la Biblia, Dios se revela de distintas maneras. Su máxima revelación es Jesucristo, el Dios encarnado (Juan 1:14,18; Hebreos 1;1-2). Segundo, la Palabra escrita, inspirada por el Espíritu, da testimonio de él (1 Corintios 2:9-13; Juan 5:39). Además. la creación revela a su Creador (Salmos 19:1-6; Romanos 1:18-21). Y según 1 Corintios 14:29-33, las profecías, debidamente escrutadas y convalidadas, son también revelación de Dios y su voluntad 1 Corintios 14:30; Juan 16:8-13).

El Nuevo Testamento evidencia la continuidad del ministerio profética en la Iglesia de Cristo. Existe referencia en el Nuevo Testamento a profetas como oficios en la iglesia en tres lugares, Hechos capítulos 13, 15 y 21. Se mencionan a Bernabé, Simón el que se llamaba Níger, Lucio de Cirene, Manaén, y Saulo. Judas y Silas, cuatro hijas de Felipe que profetizaban y a un profeta llamado Agabo. Veamos estas referencias:

  • “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.” (Hechos 13:1-3).
  • Hechos 15:32 “Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras.”
  • Se menciona de Felipe el evangelista tenía cuatro hijas que profetizaban: “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.” (Hechos 21:8-9).
  • Hechos 21:10-11 nos habla de un profeta llamado Agabo: “descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”

La literatura proveniente de los primeros cristianos también constata la existencia de esta función carismática dentro de la iglesia aún después de la muerte del último de los Doce: “No todo el que habla en el Espíritu es un profeta, sino sólo el que tiene los caminos del Señor. Por sus caminos pues, será reconocido el profeta falso y el profeta. Y ningún profeta, cuando ordenare una mesa en el Espíritu, comerá de ella; pues de otro modo es un falso profeta. Y todo aquel que diga en el Espíritu: Dadme plata u otra cosa, no le escuchéis; pero si os dice que deis a favor de otros que están en necesidad, que nadie le juzgue. Pero que todo el que venga en el nombre del Señor sea recibido; y luego, cuando le hayáis probado, le conoceréis, porque discerniréis la mano derecha de la izquierda. Pero si no tiene oficio proveed de que viva como un cristiano entre vosotros, pero no en la ociosidad. Si no hace esto, es que está traficando con respecto a Cristo. Guardaos de estos hombres.” (Didajé, 11-12).

Con base en el Nuevo Testamento y los escritos de los primeros cristianos, podemos afirmar que la función de los profetas en el Nuevo Testamento (y en la iglesia actual) no es exactamente la misma como en el Antiguo Testamento. En el orden del Antiguo Testamento, Dios llamó profetas con el mandato de anunciar y escribir Su revelación autoritativa para el pueblo; es decir, escribir los libros de la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo. Debe destacarse que ninguno de los profetas mencionados explícitamente en el Nuevo Testamento escribió un libro de la Biblia. Ellos tenían simplemente la función de animar, exhortar y advertir a los hermanos con lo que Dios les revelaba. (Hechos 15:32). Además, es una función importante de la profecía, traer a la luz “las cosas escondidas del corazón” (1 Corintios 14:24-25). La profecía puede obrar convicción en un incrédulo que accidentalmente entra a una reunión de los cristianos.

Aunque los profetas del orden del Nuevo Testamento no tienen el mismo peso como en el Antiguo Testamento, su función sigue siendo importante. Aunque no están puestos para revelar verdades eternas y autoritativas de la fe, sí tienen la función de anunciar en situaciones específicas lo que el Señor quiere decir a una persona o iglesia en particular. Así, la profecía es una de las pocas funciones en la iglesia que concretiza lo que es el gran privilegio del Nuevo Pacto: tener acceso directo a Dios, estar en comunión con Él y conocer Su corazón.

 

LOS EVANGELISTAS.

Nuestra palabra “evangelista” proviene del vocablo griego euagelistés, que significa “el que proclama buenas noticias.” Un evangelista es entonces uno que se dedica enteramente a “proclamar (predicar) el evangelio”, especialmente el mensaje de salvación. El término evangelista se usa sólo tres veces en el Nuevo Testamento (Hechos 21:8; Efesios 4:11; 2 Timoteo 4:5). No obstante, Pablo enumera al evangelista como uno de los dones ministeriales de la iglesia (Efesios 4:11). Solamente Felipe es llamado específicamente un “evangelista” (Hechos 21:8); pero trabajadores tales como Timoteo (2 Timoteo 4:5), Lucas (2 Corintios 8:18), Clemente (Filipenses 4:3) y Epafras (Colosenses 1:7; 4:12) pueden haber funcionado como evangelistas.

Un evangelista es alguien que anuncia las buenas nuevas; en otras palabras, un predicador itinerante del evangelio. Una persona con el don de evangelismo o la función carismática de evangelista a menudo es alguien que viaja de un lugar a otro para predicar el evangelio y hacer un llamado al arrepentimiento. Puesto que Felipe es la persona a la que específicamente se le llamó evangelista en la Escritura, estudiar su vida y ministerio nos ayuda a esclarecer las funciones de este don ministerial.

El Nuevo Testamento nos dice que Felipe había sido uno de los siete escogidos para ministrar a las viudas y necesitados (Hechos 6:2-4). Evidentemente, Felipe se había establecido en Cesarea, y había vivido allí durante unos 20 años antes de que Pablo llegara en Hechos 21. La labor evangelística previa de Felipe fue en Samaria (Hechos 8:4-8). Él “proclamó el Mesías” a los samaritanos (versículo 5) e hizo milagros, entre los cuales estaban el expulsar demonios y sanar paralíticos. La presencia de Pedro y Juan en Samaria y la permanencia del Espíritu en los creyentes samaritanos (Hechos 8:17), confirmaron el ministerio de Felipe allí. Como evangelista, Felipe había predicado el evangelio y, cuando los samaritanos creyeron y recibieron el Espíritu, fueron acogidos en la iglesia. El trabajo de Felipe en llevar la salvación a los perdidos es lo que los llamados evangelistas han hecho desde entonces.

El ministerio de Felipe como evangelista continúa en Hechos 8 cuando él es guiado por un ángel para ir al camino desértico hacia Gaza. En el camino se encontró con un eunuco etíope, un funcionario de la reina de Etiopía. Felipe abre el entendimiento del hombre respecto a la palabra de Dios, y el eunuco es salvo. Felipe bautiza al hombre, y el Espíritu Santo arrebata a Felipe (Hechos 8:39). Luego, Felipe “se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea” (versículo 40). Dondequiera que iba, Felipe compartía el evangelio. Así pues, el ministerio de Felipe establece un modelo de lo que es, y debe hacer, un evangelista según el Nuevo Testamento:

  • Felipe predicaba la palabra de Dios, declarando específicamente el centro del evangelio, que es Cristo el Salvador. “Les predicaba a Cristo” (Hechos 8:4, 5, 35).
  • Hubo muchos que creyeron y fueron bautizados (Hechos 8:6, 12).
  • Milagros de sanidad siguieron a su predicación y muchos fueron librados de espíritus demoníacos (Hechos 8:6, 7). Los milagros de sanidad dieron mayor efectividad al ministerio de Felipe (Hechos 8:6, 8).
  • Felipe estaba listo para testificar de Cristo como Salvador, tanto en ciudades enteras, como a un solo individuo. Dejando Samaria, fue dirigido al carruaje del tesorero de Etiopía (Hechos 8:26), a quien llevó a Cristo (Hechos 8:35–38). El verdadero ganador de almas tiene una pasión por las almas que lo hace adaptable al evangelismo en masa y al evangelismo personal.
  • El ministerio evangelístico de Felipe lo llevó de ciudad en ciudad (Hechos 8:40).

El cuadro del evangelista del Nuevo Testamento y de la época post-apostólica, era el de uno predicando el mensaje evangélico de salvación de iglesia en iglesia y de ciudad en ciudad. Eusebio de Cesarea, el gran historiador de la iglesia del siglo cuarto describió a los evangelistas como aquellos que esparcían las semillas salvadoras del reino de los cielos, tanto lejos como cerca, y a través del mundo entero, llenos del deseo de predicar a Cristo, a los que todavía no habían oído la palabra de fe (Historia Eclesiástica, Libro II). Ciertamente, el oficio del evangelista será necesario hasta que la iglesia llegue a la madurez de Cristo mismo (Efesios 4:13). Las buenas nuevas deben ser compartidas.

 

LOS PASTORES.

Los “pastores” son tal vez la función carismática o don ministerial más conocido dentro de la iglesia de Cristo y se suelen identificar como “los que dirigen” a una iglesia local. El moderno oficio de “pastor” parece coincidir con la posición bíblica de obispo (gr. epískopos), la de anciano (gr. presbuteros) o ambas (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-7). Sin embargo, el término “obispo” se convirtió en el usado de manera más prominente para este ministerio, porque subrayaba la responsabilidad espiritual y la supervisión de la iglesia local.

El término griego poimén (“pastor”) sólo se utiliza una vez en toda la Biblia como una referencia directa al ministerio de pastor (Efesios 4:11). Sin embargo, el concepto o función de pastor aparece por todas partes en las Escrituras. Como lo sugiere el nombre, pastor es aquél que cuida de las ovejas. La relación entre estos tres términos de “obispo”, “presbítero” y “pastor” queda clara en Hechos 20. En el versículo 17, Pablo manda llamar a los ancianos (gr. presbuteroi) de la iglesia de Éfeso. Más adelante, dentro del mismo contexto, exhorta a los ancianos: “Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos [gr. epískopoi]” (v. 28). En la oración inmediatamente siguiente, exhorta a los mismos que acaba de llamar obispos o supervisores a “apacentar” [gr. poimáino] la iglesia del Señor” (v. 28).

El modelo de Dios para edificar Su iglesia incluye usar hombres con la función carismática de pastor. De acuerdo con la Biblia, las responsabilidades y funciones de los pastores en los tiempos actuales, como las de los pastores de la época neotestamentaria, son muchas y variadas:

  • Supervisar la iglesia (1 Timoteo 3:1). El principal significado de la palabra obispo es “supervisor”. La responsabilidad del pastor es la supervisión general del ministerio y el funcionamiento de la iglesia. Esto incluiría el manejo de finanzas dentro de la iglesia (Hechos 11:30).
  • Gobernar la iglesia (1 Pedro 5:1–4; 1 Timoteo 5:17). La palabra que se traduce como “gobernar”, significa literalmente “comparecer ante”. La idea es guiar o asistir, con un énfasis en ser una persona que cuida de manera diligente. Esto incluiría la responsabilidad de ejercer la disciplina en la iglesia y reprobar a aquellos que se han apartado de la fe (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:11-13). Una responsabilidad oficial del pastor es gobernar la iglesia, y su enfoque principalmente debe ser espiritual, atendiendo asuntos tales como edificar a los creyentes y equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:12). Sin embargo, dicha autoridad debe ejercerse sin abusos, pues un pastor no es un dictador (3 Juan 9-10). 1 Pedro 5:3 contiene una descripción maravillosa de un ministerio pastoral equilibrado: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”. La autoridad del pastor no es para que él se “enseñoree” de la iglesia; más bien, un pastor debe ser un ejemplo de verdad, de amor y de piedad, para que el rebaño de Dios lo pueda seguir. (1 Timoteo 4:12). Un pastor es un “administrador de Dios” (Tito 1:7), y él es responsable ante Dios por su liderazgo en la iglesia.
  • Cuidado pastoral (1 Pedro 5:3). Literalmente, la palabra pastor significa “pastor de ovejas”. El pastor tiene una tarea de “alimentar el rebaño” con la Palabra de Dios y de cuidarlos guiarlos en la forma adecuada (1 Timoteo 3:5; Hebreos 13:17).
  • Mantener la doctrina de la iglesia a través de la instrucción adecuada (1 Timoteo 3:2; 5:17; Tito 1:9). La enseñanza de los apóstoles fue encomendada a “hombres fieles” que enseñarían también a otros” (2 Timoteo 2:2). Preservar la integridad del evangelio, es uno de los llamados más grandes del pastor quien debe, a su vez, saber enseñar.

Con respecto a este último aspecto de su responsabilidad, se observa con frecuencia que los papeles de pastor y de maestro parecen tener mucho en común en el Nuevo Testamento. De hecho, cuando Pablo menciona estos dos dones de Dios a la Iglesia en Efesios 4:11, la forma en que aparece en griego la frase “pastores y maestros” (poiménas kái didaskálus) podría estar señalando a uno solo que cumple con ambas funciones; un “pastor-maestro”. Aunque la función de “maestro” es mencionada en otros lugares separada de la de “pastor” (Santiago 3:1), con lo que se indica que quizá no siempre se deban considerar como papeles sinónimos, todo pastor genuino tomará seriamente la obligación de instruir al rebaño de Dios. Los pastores del rebaño de Dios deben guiarlo con su ejemplo, sin olvidar nunca que están cumpliendo las funciones de ayudantes de pastor junto a Aquél que es el verdadero Pastor y Supervisor de sus almas (1 Pedro 2:25). El dio el ejemplo de lo que es un líder-siervo (Marcos 9:42–44; Lucas 22:27).

 

LOS MAESTROS.

Los maestros son dones de Cristo a la Iglesia. Aparecen en orden histórico en la fundación y consolidación de la Iglesia, y no en una especie de rangos de autoridad (1 Corintios 12:28). Ellos constituyen un don dado por el Espíritu Santo (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:28; Efesios 4:1-12), permitiéndole a un creyente comunicar eficazmente las verdades de la Biblia a los demás. En muchos casos, pero no siempre, se usa en el contexto de la iglesia local. El don de la enseñanza implica el análisis y la proclamación de la Palabra de Dios, explicando el significado, el contexto y la aplicación a la vida del oyente. El que tiene el don de ser maestro es aquel que tiene la habilidad única para instruir y comunicar claramente el conocimiento, concretamente las doctrinas de la fe y las verdades de la Biblia. Por su instrucción hace que otras personas aprendan. El propósito de la enseñanza del maestro es llevar a la iglesia a la unidad, el crecimiento, la madurez y la capacitación para el servicio. Esa misma enseñanza debe tener la habilidad de cambiar la vida de las personas con la enseñanza de la doctrina. El apóstol Pablo es mencionado en el Nuevo Testamento como poseedor de este don ministerial o capacitador (1 Timoteo 2:7).

La función carismática del maestro es un don sobrenatural del Espíritu Santo, no una mera habilitad o talento humano. Una persona sin este don puede entender la Biblia mientras la escucha o la lee, pero no la puede explicar como lo hace una persona que tiene el don. Aunque el ser humano puede, mediante el estudio y la preparación secular, desarrollarse ciertas habilidades y destrezas en la enseñanza, el don espiritual del maestro no es algo que se pueda aprender o adquirir. En Efesios 11, los maestros están ligados con los pastores. Esto pareciera implicar que el pastor también es un maestro. Esto se debe a que un pastor es uno que cuida de su gente, de la misma manera que un pastor de ovejas cuida su rebaño. Así como un pastor alimenta a su rebaño, el pastor tiene también la responsabilidad de enseñar a su pueblo el alimento espiritual de la Palabra de Dios. De esta forma, la Iglesia es edificada a través del uso de este don, mientras las personas escuchan la Palabra de Dios, su significado y cómo aplicarla a sus propias vidas. Dios ha levantado a muchos con este don para levantar a la gente en su fe y permitirles crecer en toda sabiduría y conocimiento (2 Pedro 3:18).

Hay varios contextos en los cuales este don puede ser utilizado hoy en día: En clases de escuela dominical, institutos bíblicos, colegios y universidades cristianas, seminarios y estudios bíblicos en la iglesia o en las casas, etc. El que tiene este don ministerial puede, al igual que Jesús, enseñar, explicar y exponer con autoridad el sentido del texto bíblico (Mateo 7:29; Marcos 1:22; Lucas 4:36).

 

CONCLUSIÓN.

El Señor ha dado dones ministeriales y llama a hombres y mujeres para que los desempeñen, con la finalidad de “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio”, edificando de esta manera Su propio cuerpo que es la Iglesia. Los dones ministeriales enumerados por Pablo son: Apóstol, Profeta, Evangelista, Pastor y Maestro. Un hombre puede ser constituido por el Señor para desempeñar más de un don ministerial al mismo tiempo. Aunque pareciera que guardan un orden jerárquico, todos los cinco ministerios tienen el mismo valor ante el Señor, ninguno puede considerarse mayor que el otro; pero en su función cada uno es diferente:

  • Los apóstoles son testigos de Cristo a las naciones, fundan nuevas congregaciones, predican la Palabra de Dios, acompañándola con poderosas señales sobrenaturales y milagros, y confirman a la Iglesia en la fe (Hechos 16:4-5). Este don ministerial corresponde actualmente con el llamado del misionero.
  • El profeta es un portavoz o vocero de Dios que denuncia el pecado y nos comunica algo particular proveniente de Dios. Sus palabras deben estar en perfecta concordancia con la Biblia para que el mensaje tenga la debida autoridad divina. El profeta al declarar una palabra debe cumplir tres aspectos fundamentales para ser de Dios, ellos son: “edificar, exhortar y consolar” a los receptores (1 Corintios 14:3).
  • El evangelista tiene la función de predicar las buenas nuevas de salvación al mundo perdido; aquéllos llamados por el Señor para desempeñar este ministerio tienen una gracia divina especial para ganar almas para Cristo, Dios les capacita para llevar un mensaje que toque corazones, redarguya las conciencias y ofrezca las respuestas que el hombre necesita.
  • El pastor brinda consejo, corrección, aliento y consolación. Vela por las ovejas que Dios ha puesto a su cargo y es responsable por cada una de ellas, por ello la Biblia aconseja al cristiano someterse a la autoridad del pastor (Hebreos 13:7,17).
  • Los maestros se encargan específicamente de escudriñar y profundizar el estudio de la Palabra de Dios para ofrecer entendimiento al resto de los miembros de la iglesia; así como el velar por la sana doctrina dentro del Cuerpo de Cristo. El maestro tiene la capacidad divina de explicar lo que la Biblia dice, interpretar lo que significa y aplicarlo a los corazones de los santos en la Iglesia.

En su funcionalidad en la edificación para el crecimiento de la Iglesia, los dones ministeriales se mueven espiritualmente en la misma dirección de la voluntad de Dios. Efesios 4:15-16 dice: “Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. Dentro del crecimiento integral del Cuerpo de Cristo en la dirección que el Señor como cabeza imparte, debemos actuar, de manera unánime, bien concertada, ayudándonos unos a otros conforme al don o dones que cada uno ha recibido de Dios; así es como la Iglesia va edificándose y creciendo. Cuando los ministerios trabajan en unanimidad de espíritu y los dones se complementan entre sí, hay bendición y crecimiento en la iglesia.