AYUDA SOCIAL, Ministerios de Compasión, OBRAS DE MISERICORDIA, REFLEXIÓN BÍBLICA

La Iglesia y el cuidado de los necesitados en medio de la pandemia

Por Fernando E. Alvarado

Hoy nuevamente el mundo está angustiado, desfallece y se desmorona. Los sistemas de salud colapsan, los gobiernos (incluso los mejores y más poderosos) se ven impotentes ante el avance del COVID-19. El imparable avance de la pandemia, la muerte de un ser querido víctima del COVID-19, el temor a una crisis financiera sin precedentes luego de la pandemia, todo se conjuga para apagar la última llama de esperanza. Pero los cristianos tenemos algo en nosotros que nos permite encarar esta situación con esperanza, amor al prójimo y firmeza.

Esta, sin embargo, no es la primera pandemia que enfrenta la iglesia cristiana. Durante el año 165 d.C., bajo el reinado del emperador perseguidor Marco Aurelio (121-180), una misteriosa epidemia se propagó por casi todos los territorios del Imperio. La hoy conocida ‘peste antonina’ acabó con la vida de al menos una cuarta parte de la población romana durante por lo menos 10 años. La epidemia fue tan extendida y fuerte, que ni siquiera el propio Emperador se pudo librar de ella. Se cree que el final de Marco Aurelio fue causado por esta epidemia, que le quitaría la vida en el año 180 d.C. Fue una temporada muy difícil para el Imperio pues la población romana disminuía por el fuerte control de la natalidad, además de reducirse considerablemente también debido a esta contagiosa enfermedad.

Pero una vez extinguida la epidemia, apenas un siglo después la muerte regresaría. Una nueva plaga volvió a asolar al Imperio en el año 251 d.C. Esta epidemia es conocida hoy como la ‘epidemia de Cipriano’ en alusión al obispo de Cartago, que creía que esta plaga traería un apocalipsis biológico. Y no era para para menos. Se estima que tan sólo en la ciudad de Alejandría falleció casi el 60% de la población; no había casa en la que no hubiese fallecido alguno de sus miembros. Desde Egipto la pandemia se extendió por el norte de África y llegó hasta la capital del Imperio. Se cree que, en su punto más álgido, la plaga llegó a causar hasta 5,000 muertes diarias tan solo en la ciudad de Roma.

Pero las epidemias no sólo fueron un problema de salud pública y de terror dentro del Imperio. También haría que los sistemas de valores del cristianismo y el paganismo se enfrentaran directamente. Las respuestas de los dos sistemas de creencias fueron diametralmente opuestas. Los seguidores del paganismo buscaron de cualquier forma poner a salvo sus vidas y abandonaron a aquellos que ya estaban sufriendo la enfermedad, sin importar si eran familiares o personas cercanas. Dionisio de Alejandría (190-264), líder de la iglesia, escribió lo siguiente:

“Desde el mismo inicio de la enfermedad, echaron a los que sufrían de entre ellos y huyeron de sus seres más queridos, arrojándolos a los caminos antes de que fallecieran y trataron los cuerpos insepultos como basura, esperando así evitar la extensión y el contagio de la fatal enfermedad; pero haciendo lo que podían siguieron encontrando difícil escapar.”[1]

La profunda insensibilidad y egoísmo de los paganos fue su carta de presentación. Hay un caso que resulta particularmente revelador. Galeno (130-210), que es hoy considerado como uno de los más completos investigadores médicos de la edad antigua, vivió la tragedia durante el reinado de Marco Aurelio. Lo lógico sería creer que, al tratarse de un médico consagrado, se quedaría a asistir a los enfermos de forma profesional. Sin embargo, lo que realmente sucedió fue que huyó de Roma lo más rápido que pudo a refugiarse en una propiedad que tenía en Asia Menor, buscando resguardar su vida.

Pero la conducta de los cristianos fue completamente opuesta. La epidemia estaba causando estragos, pero los seguidores de Jesús no huyeron. De hecho, se quedaron a sufrir y a atender a los enfermos. A propósito de esto, Cipriano de Cartago (210-258) escribe:

“(…) los que están bien cuidan de los enfermos, los parientes atienden amorosamente a sus familiares como deberían, los amos muestran compasión hacia sus esclavos enfermos, los médicos no abandonan a los afligidos. Estamos aprendiendo a no temer a la muerte.”[2]

Dionisio de Alejandría (190-264), alrededor del 260 d.C. durante la segunda epidemia, dice algo similar:

“La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostraron un amor y una lealtad sin límites, sin escatimarse y pensando solo en los demás. Sin temer el peligro, se hicieron cargo de los enfermos, atendiendo a todas sus necesidades y sirviéndolos en Cristo, y con ellos partieron de esta vida serenamente felices, porque se vieron infectados por otros de la enfermedad (…) Los mejores de nuestros hermanos perdieron la vida de esta manera. Un cierto número de presbíteros, diáconos y laicos llegaron a la conclusión de que la muerte de esta manera, como resultado de una gran piedad y de una fe fuerte, parece en todo similar al martirio.”[3]

Mientras los paganos sólo consideraban salvar sus propias vidas por encima de salvar las vidas de sus familiares, amigos, vecinos o conciudadanos, el cristianismo creía y practicaba el amor al prójimo, aunque eso implicara un riesgo de muerte. Los cristianos se dedicaron diligentemente, no solo a cuidar de los enfermos, sino además a dar sepulturas adecuada a los muertos.

Pero a los paganos no les entusiasmaba mucho el comportamiento de los cristianos en medio de la catástrofe. La atención que las comunidades cristianas brindaban a los enfermos y viudas, a niños abandonados y a mujeres, a esclavos y desdichados, estaba afectando a la imagen misma del paganismo. Para muchos expertos, la respuesta del paganismo durante esta segunda epidemia socavó el tejido general de la sociedad pagana.

Fue precisamente Juliano (330-363), el protagonista del último intento imperial de restauración del paganismo, el que interpretó con más claridad la fuerza de esta diferencia. En una carta dirigida en el año 362 d.C a un sacerdote pagano de Galacia, Juliano exhortaba a los paganos a imitar las acciones de los cristianos, ya que su expansión se debía a su “carácter moral y a su benevolencia”. En otra carta dirigida a otro sacerdote, Juliano le insistía:

“Creo que cuando los sacerdotes descuidaron y pasaron por alto a los pobres, los impíos galileos se percataron de ello y se entregaron a la caridad. Los impíos galileos no solo sustentan a sus pobres, sino también a los nuestros. Todos pueden ver que nuestra gente carece de ayuda nuestra.”[4]

Juliano atribuía las más perversas motivaciones a la caridad cristiana, pero lo que no podía era ni negarla ni pasar por alto el impacto que estaba teniendo sobre un paganismo que, en términos generales, estaba falto de piedad, de compasión, de solidaridad e incluso de esperanza. Algunos han descrito al cristianismo como el creador del primer pequeño estado de bienestar dentro del vasto Imperio romano, que carecía de un servicio de asistencia social estatal.

La motivación de la comunidad cristiana no era otra que su profundo amor por el prójimo. Por lo tanto, no se trataba de algo que los cristianos se veían obligados a hacer, sino de una actitud que surgía de su voluntad y de su deseo de imitar a Jesús y de seguir sus enseñanzas. Por otro lado, el paganismo exaltaba profundamente la violencia, la fuerza y el poder, y por ende despreciaba a los débiles y a los desfavorecidos. Así, la sociedad romana no tenía ningún problema en desechar a aquellos que se mostraban frágiles o enfermos.

La consecuencia fue obvia: aquellos a los que el Imperio desechaba y maltrataba, como mujeres, esclavos, extranjeros, desposeídos o enfermos, terminaron siendo aquellos que abrazaron el cristianismo con mayor entusiasmo. Como lo señalan algunos expertos, estas epidemias, especialmente la segunda, fueron algunos de los clavos en el ataúd del Imperio Romano, y un hito importante en el crecimiento del cristianismo primitivo. El cristianismo terminó por opacar al paganismo a pesar de la violencia y las persecuciones que se desataron en su contra. Los cristianos nunca usaron la fuerza. Más bien fueron misericordiosos, caritativos y rebosantes de esperanza en medio de una sociedad que carecía de estas conductas.

¿Cuál era la ventaja de los cristianos? ¿Por qué los cristianos podían encarar una situación tan caótica como la pandemia con tanta esperanza? La ventaja de los cristianos en este caso residía no en que fueran superhombres, sino en sus creencias y su fe sobrenatural en Jesús el Cristo. Sus creencias daban sentido incluso a la muerte. Una iglesia llena del poder del Espíritu Santo podía impartir consuelo e incluso sanidad y curación a un mundo enfermo. Pero aún si la sanidad milagrosa no ocurría, la fe en Jesús le ofrecía a sus poseedores la oportunidad de reencontrarse con sus seres queridos en el más allá, así como la esperanza de una resurrección gloriosa. Por lo tanto, el cristianismo de los primeros siglos tenía respuestas para esos tiempos terribles. Pero ¿Qué hay de nosotros hoy? ¿Tenemos la misma fe y esperanza que ellos? ¿Poseemos el mismo Espíritu que nos imparte poder de lo alto? ¡Claro que sí! Tal como ocurrió en los primeros siglos de nuestra era, cuando las filosofías paganas y helenísticas de la época no podían dar sentido y consuelo a las personas frente a las desgracias que las azotaban, tampoco hoy pueden hacerlo el materialismo, el humanismo, el relativismo y las demás filosofías de nuestra época.

LOS PRIMEROS PENTECOSTALES ANTE LA PANDEMIA

El naciente pentecostalismo del siglo XX vivió una experiencia muy similar a la iglesia primitiva. En 1918, cuando el pentecostalismo aún estaba en pañales y las manifestaciones de poder eran comunes en las iglesias, los relatos de la “gripe española” (pandemia causada por un brote del virus Influenza A del subtipo H1N1) llenaron las páginas de The Christian Evangel (más tarde conocido como Pentecostal Evangel) la revista oficial de las Asambleas de Dios. En Springfield, Missouri, donde la Asambleas de Dios habían establecido su sede central recientemente, se produjo un gran brote. The Christian Evangel registraba que todas las iglesias de las Asambleas de Dios estaban cerradas.[5]

Las iglesias y los pastores cumplieron con los mandatos del Departamento de Salud de cerrar sus reuniones y poner en cuarentena a los enfermos. Reconocieron que necesitaban proteger a las personas en las ciudades en las que vivían. En varias ocasiones, los ministros cancelaron las reuniones de avivamiento porque la epidemia de gripe española se estaba extendiendo por toda la ciudad. Ciertamente algunos vieron la epidemia como resistencia a la gran obra que Dios estaba haciendo. Aun así, vieron la dolorosa realidad de la mortalidad humana como un mayor impulso para alcanzar a los perdidos.[6] Sin embargo, estos creyentes también fueron a las casas de aquellos que estaban enfermos para orar, y vieron muchas respuestas a la oración. No tenían miedo de orar por los enfermos. En algunos casos, les ministraron incluso en la muerte.[7]

The Christian Evangel publicó muchos de esos relatos de ministros. Sin embargo, también incluyó una lista de solicitudes de oración en la última página de la revista, muchas de las cuales eran personas que pedían oración por ellos mismos o por sus hijos debido a la gripe. Lamentablemente, podemos suponer que muchas de esas personas murieron. Sin embargo, el periódico también publicó historias del triunfo de creyentes pentecostales que fueron sanados. Un testimonio particularmente importante fue el de E.N. Bell, el primer superintendente general de las Asambleas de Dios, cuya esposa contrajo el virus de la gripe, pero fue sanada. Ella testificó: “El Espíritu mismo intercedió por mí”.[8]

En otra ocasión, Robert Craig, un notable líder pentecostal temprano de San Francisco, testificó que, aunque muchos murieron en la ciudad, ninguno en su congregación murió de influenza.[9] Fuera de los Estados Unidos, una de las áreas más afectadas por la pandemia fue la India. Los relatos de la trágica pérdida de vidas allí llenaron The Christian Evangel. En uno de sus artículos The Christian Evangel describe incluso la progresión de la enfermedad e informa que una persona podría morir en tan solo tres días.[10] Lamentablemente, muchos misioneros también murieron a causa de la pandemia. Una misionera en particular, Nellie Andrews Norton, murió a causa de su ministerio con personas infectadas con el virus H1N1. El homenaje a Norton publicado en The Christian Evangel decía:

“Cuando la gripe llegó a nuestro medio el mes pasado, Nellie no escatimó esfuerzos, sino que trabajó día y noche cuidando a los enfermos hasta que ella misma contrajo la enfermedad”.[11]

APRENDAMOS DEL PASADO

¿Qué nos dice todo esto a nosotros? Hay dos cosas que aprender del ejemplo histórico de nuestros antepasados en la fe:

(1- Primero, los pentecostales tempranos sufrieron la peor pandemia de gripe española hasta ese momento de la historia. Aunque creían en la curación milagrosa y los dones de sanidades, no afirmaban que su fe en Dios los protegería de la enfermedad en todos los casos o los haría invulnerables. Muchos contrajeron la gripe; Algunos murieron. Sin embargo, los primeros pentecostales continuaron proclamando que Dios era un sanador, y muchos fueron preservados a través de la pandemia o curados de ella. Ellos testificaron que su fe en Dios y la oración los ayudaron a superar la crisis.

(2.- Segundo, la adoración y el ministerio de los primeros pentecostales fueron interrumpidos por la crisis. Los templos estaban cerrados. Las campañas y demás reuniones al aire libre fueron canceladas. Incluso la publicación de The Christian Evangel se retrasó. Los primeros pentecostales no fueron descuidados con la vida de las personas durante la pandemia. Estaban dispuestos a quedarse en casa y orar, sabiendo que eso era tan valioso en la crisis y que para ser iglesia no se necesitan las cuatro paredes de los templos ni grandes concentraciones. Lo importante eran las personas.

(2.- Tercero, estuvieron dispuestos, al igual que la iglesia primitiva, a servir al enfermo y al necesitado, ejemplificando con su compasión el Evangelio de Cristo. No rehuyeron a su responsabilidad de proveer para las necesidades materiales de sus semejantes hasta donde estuviera en su posibilidad hacerlo. Predicaron, testificaron con sus palabras, pero no quedaron allí. La ayuda social, las obras de misericordia, fueron parte de su ministerio a un mundo sufriente.

LA AYUDA SOCIAL EN LA BIBLIA Y EN LA IGLESIA DE HOY

Teólogos y trabajadores sociales coinciden, por igual, en el valor de la generosidad, pero difieren en sus opiniones en la práctica. Profetas, discípulos de Jesús y el mismo Jesús tocan el tema en la Biblia:

“… y si un hermano o una hermana están desnudos, y tiene necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: id en paz, calentaos y saciaos, pero no les da las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?”. (Santiago 2:15-16)

Jesús amplía el alcance de la responsabilidad social de la iglesia en Mateo 25, donde habla del juicio a las naciones; Pablo, en un ejemplo muy puntual, estructura la ayuda social a viudas en 1 Timoteo 5; el profeta Isaías, en el capítulo 58, presenta lo social y lo espiritual como las dos orillas de un mismo río:

¿No es [mi ayuno] que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e ira tu justicia delante de ti, y la gloria de jehová será tu retaguardia. entonces invocaras, y te oirá jehová, clamarás, y dirá él: heme aquí. (Isaías 58:7-9)

Encontraremos a Dios cuando clamemos, declara el profeta, sin embargo, condiciona esta promesa al cumplimiento de nuestra responsabilidad social.

EL EJEMPLO DE JESÚS

Cuando examinamos los evangelios, vemos que Jesús tuvo una relación compleja en cuanto a las necesidades físicas y su misión de salvación. En un sentido de la palabra, Jesús era el mejor humanitario y filántropo que ha vivido. Esto debería ser obvio, pero es importante mencionarlo. Como buenos evangélicos, sabemos que el evangelio es algo que se proclama, algo que se tiene que decir. Consecuentemente, a veces tendemos ignorar las necesidades físicas a nuestro alrededor bajo el disfraz de que estamos proclamando el evangelio. Sin embargo, ese tipo de ministerio es ajeno a la vida de Jesús, quien tuvo una compasión profunda por las luchas inmediatas en que se encontraban la gente. Él se detuvo, una y otra vez, para tocar a aquellos olvidados por la sociedad. Él le dio de comer a miles varias veces. Él sanó enfermedades consideradas impuras al resto de la sociedad. No podemos decir que Jesús no se preocupó por las necesidades físicas. Como seguidores de Cristo, nunca deberíamos olvidar este punto.

En este sentido, los cristianos deberíamos ser los mejores humanitarios que existen. La grandeza de la necesidad humana debería ser nuestra motivación. ¡Las condiciones en que viven muchas personas en nuestro país nos deberían quebrantar! Jesús siempre estaba consciente de las necesidades alrededor de Él. Las necesidades físicas no son solo un obstáculo para compartir el evangelio: son verdaderas luchas de personas hechas en la imagen de Dios. Hoy, en medio de la pandemia que enfrentamos por el COVID 19, ¿cuál debería ser nuestra respuesta como iglesia?

  • En primer lugar, los cristianos debemos responder a la necesidad de nuestros semejantes con compasión. Tener una verdadera compasión por los necesitados, como fue modelada por Jesús (Marcos 8:2), significa que somos conscientes de la necesidad, nos preocupamos por las personas involucradas, y estamos listos para actuar en su favor. Tener compasión por el necesitado (sea este nuestro hermano en la fe o no) es una prueba del amor de Dios dentro de nosotros (1 Juan 3:17). Honramos a Dios cuando somos misericordiosos con los más necesitados (Proverbios 14:31).
  • En segundo lugar, los cristianos debemos responder a la necesidad de nuestro prójimo con acciones. Por supuesto, la oración para aquellos en necesidad es algo que puede hacer cada cristiano. Más allá de eso, los cristianos deben hacer todo lo posible para aliviar el sufrimiento causado por la enfermedad, el hambre, el desempleo o la pérdida de un ser querido. Jesús dijo: “Vended lo que poseéis, y dad limosna…Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lucas 12:33-34). Como Tabita, deberíamos “abundar en buenas obras y en limosnas” (Hechos 9:36). El creyente que da generosamente a los pobres, enfermos y necesitados será bendecido por Dios: “A Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar” (Proverbios 19:17). Estas bendiciones divinas pueden ser espirituales en lugar de materiales, pero está garantizada una recompensa: Dar a los pobres es una inversión en la eternidad.
  • En tercer lugar, los cristianos debemos responder a la desgracia humana, la enfermedad, la carencia y la muerte con esperanza. Los creyentes podemos actuar en nombre de los necesitados con la confianza de que estamos ayudando a avanzar la obra de Dios en el mundo: “Yo sé que Jehová tomará a su cargo la causa del afligido, Y el derecho de los necesitados” (Salmo 140:12). Los creyentes trabajamos con la esperanza de que Jesús volverá, y “juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra” (Isaías 11:4). Hasta ese día de equidad final, Jesús dijo: “siempre tendréis pobres con vosotros” (Mateo 26: 11). Siendo ese el caso, tenemos oportunidades ilimitadas — y la urgente obligación — de servir al Señor sirviendo a los demás.

CUIDÁNDONOS DE CONVERTIR EL EVANGELIO EN MERA AYUDA SOCIAL

En el proceso de ayudar a las necesidades siempre debemos cuidarnos de sustituir el Evangelio por mera ayuda social. Esto también lo aprendemos de Jesús. A veces, Jesús optó por un camino diferente ignorando las necesidades físicas por una necesidad mayor.En más de una ocasión vemos a Jesús haciendo cosas que a muchos de nosotros nos parecerían frías y crueles. En Marcos 1 vemos una escena sorprendente. Jesús apenas había empezado su ministerio en Capernaum y ya había sanado a muchos. La mañana siguiente Él estaba orando cuando Pedro le dio las noticias de que había muchas personas buscándole para ser sanados. En lugar de ir a sanarles de sus enfermedades, Jesús le dijo a Pedro que deberían irse a otros pueblos para que pueda predicar porque “para esto he venido”. Él percibió una necesidad mayor sobre todo el mundo que demandaba su atención más que las necesidades físicas alrededor de Él.

En la tan conocida historia del paralítico que fue bajado por el techo, Jesús primero le dice “tus pecados quedan perdonados”. La gente estaba desilusionada, esperando un gran milagro. Jesús le recuerda a la gente que el milagro más grande es el perdón del pecado y no el sanar del paralítico. Y, aun así, sanó al paralítico. En todos los evangelios vemos esta relación compleja entre las necesidades físicas y la misión de la cruz. Las necesidades físicas tienen que ser satisfechas, pero no son la prioridad. La prioridad en la vida de Jesús, y la prioridad para los seguidores de Jesús, siempre será la proclamación del mensaje del evangelio.

Sin embargo, la necesidad de la expiación del pecado es demasiado más urgente que la necesidad de la comida. ¡Sí, les deberíamos dar comida! ¡Obviamente! Pero a medida que les damos comida, ropa, atención médica, atención odontológica, o lo que sea, debemos aprovechar cada circunstancia para darles las noticias más bellas en todo el mundo. Estas buenas nuevas tienen que ser compartidas con cada comida repartida y con cada obra social realizada. Todos tienen que escuchar que Cristo murió en su lugar, y que al arrepentirse y poner su fe en Él pueden recibir vida eterna. La ayuda humanitaria, sin el evangelio, es como arreglar las sillas sobre la cubierta del Titanic: puede satisfacer una necesidad temporal (ordenar las sillas o tener donde sentarse mientras se hunde el barco), pero no hará nada para el desastre que les espera (morir ahogados o, el caso de la eternidad, morir bajo condenación).

IDENTIFICÁNDONOS CON LOS POBRES, LOS ENFERMOS Y LOS NECESITADOS

Cristiano, pastor, líder, seamos constantemente impulsados por la compasión de nuestro Salvador para las necesidades alrededor nuestro. Seamos motivados por el amor de nuestro Salvador para satisfacer esas necesidades. Y, aún más, con nuestros ojos siempre puestos en la cruz de Cristo, compartamos las buenas nuevas del evangelio que satisfacen la mayor necesidad del mundo: el pago por el pecado frente de un Dios santo.

En tiempos de crisis, la gente necesita esperanza. ¡Y la mayor fuente de esperanza debe provenir de los creyentes y de una iglesia valiente, decidida, sabia y firme! Las epidemias son oportunidades clave para que la iglesia crezca. ¡El mayor testimonio es seguir el ejemplo de Cristo como hizo con los leprosos! El no los rechazó, más bien satisfizo sus necesidades y les ministró. Eso es lo que nosotros debemos hacer también. Es hora de difundir amor, generosidad, esperanza y paz sin tenerle miedo a la “lepra” (o al COVID-19). La iglesia primitiva duplicó sus números ante este tipo de epidemias, incluso peores que la que enfrentamos nosotros. Los primeros pentecostales también lo hicieron ¿por qué no?

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS


[1] Jean Laporte, Los padres de la iglesia: Padres griegos y latinos en sus textos, Editorial San Pablo (5 Mayo 2004), p. 67.

[2] Ibid, p. 84.

[3] Ibid, p. 95.

[4] Ibid, p. 114.

[5] Christian Evangel (October 19, 1918), p

[6] Christian Evangel (November 16, 1918), p. 7.

[7] Alice Luce, “Mexican Work in California,” Christian Evangel (December 14, 1918), p. 14.

[8] Mrs. E. N. Bell, “The Lord That Healeth”, Christian Evangel (March 22, 1919), p. 6.

[9] Christian Evangel (December 28, 1918), p. 1.

[10] Christian Evangel (January 11, 1919), p. 10.

[11] Christian Evangel (February 8, 1918), p. 8.

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