5 SOLAS, Arminianismo Clásico, Calvinismo, Cesasionismo, Continuismo, Dones Espirituales, Luteranismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante

Pentecostales, Reforma y reformados

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En cierta ocasión me topé con un emotivo y entusiasta joven que se identificó como “reformado”. Este joven había crecido en una iglesia pentecostal de El Salvador y participaba activamente en los diversos ministerios de esta. Pero su corazón estaba vacío. Con el paso del tiempo su inestabilidad emocional y espiritual lo llevó a una crisis de fe y comenzó a “saltar” de iglesia en iglesia. Su fe parecía sin rumbo hasta que conoció a cierta joven (con el mismo historial de inestabilidad religiosa que él) y ella lo invitó a su nueva congregación: una iglesia que se identificaba como bautista reformada. Con la típica actitud de muchos reformados inmaduros y sin tacto, este joven se jactó de su nueva fe y con mucha arrogancia me dijo: “¿Qué tienen que ver ustedes, los pentecostales, con la Reforma si ustedes no son reformados ni sustentan ninguna de las doctrinas de los reformadores? Es más, ¡Los pentecostales ni siquiera son protestantes ni merecen ser contados como evangélicos!”

Personalmente no me extrañó su actitud. Quienes tratamos a menudo con nuestros hermanos “reformados” estamos acostumbrados a lidiar con ese menosprecio y el espíritu de superioridad intelectual y espiritual que caracteriza a muchos (aunque no a todos) los creyentes de este tipo. Pareciera a veces que aquellos que se autodenominan “Reformados” invierten más tiempo en hablar de nosotros los pentecostales que en predicar de Cristo y de este crucificado. Quiéranlo o no, muchos reformados o calvinistas famosos (como MacArthur y otros de la misma manada), así como muchos “calvinistas de redes sociales”, han hecho girar todo su mundo alrededor de nosotros los pentecostales y arminianos y, cuando todos sus argumentos de ataque y defensa fallan, o se sienten amenazados al ser confrontados con las fallas y contradicciones de su sistema teológico, recurren al insulto o la burla. Eso no nos extraña. Cada uno da los frutos que puede dar.

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PARA EMPEZAR: ¿QUÉ SIGNIFICA EL TÍTULO REFORMADO?

Muchas veces se oye a gente diciendo “soy reformado” o “tal iglesia no es reformada” o “somos un grupo de amigos reformados”. En el mundo de habla española, esta etiqueta se usa en contextos muy diversos y muchas veces de forma equivocada. Normalmente se usa la etiqueta para referirse a una de las siguientes cinco concepciones:

(1) Que tal persona o iglesia cree en las cinco “solas” de la Reforma.
(2) Que tal persona o iglesia prefiere la predicación expositiva a diferencia de la predicación temática.
(3) Que tal persona o iglesia avala cierta postura salvífica (es decir, los cinco puntos del calvinismo).
(4) Que tal persona o iglesia sostiene cierta postura sobre la música y/o el Espíritu Santo (es decir, una postura conservadora).
(5) Que tal persona o iglesia sostiene cierta postura escatológica (es decir, el amilenialismo).

Sin embargo, ningunas de estas concepciones capta la verdadera profundidad y anchura de la etiqueta “reformado” y algunas reflejan un entendimiento totalmente equivocado.

Jamás debemos olvidar que la Reforma tuvo 4 ramas principales: los luteranos, los calvinistas, los anglicanos y los anabaptistas. Estos 4 movimientos pueden ser llamados en propiedad Iglesias Reformadas, no sólo los calvinistas. Por lo tanto, “reformado” no significa exclusivamente “calvinista” o seguidor de las ideas de Calvino. Fue hacia el año 1600 que los calvinistas comenzaron a apropiarse para sí mismos del nombre “reformados” y a llamar “luteranos” a los que diferían de ellos. Dicho de otra manera, los seguidores de Calvino se “robaron” para sí el nombre “reformados”, asumiendo erróneamente que eran los únicos y legítimos herederos de la Reforma, cuando la verdad es que solo son una rama de la misma (y ni siquiera la rama mayoritaria). En todo caso, serían los luteranos quienes más derecho tendrían a ser llamados “reformados”, pues fue Martín Lutero, su fundador, quien hizo estallar la Reforma Protestante (y esto es lo que con tanto celo celebran los mismos calvinistas cada 31 de octubre, Día de la Reforma).

Tristemente, con una actitud de arrogancia y de pedantería espiritual, los calvinistas y sus herederos le niegan el título “reformados” a todos los que difieren de ellos y rechazan el TULIP, tienen una organización eclesiástica diferente o difieren en sacramentos y otros detalles menores. En la mentalidad reducida de los mal llamados “reformados” modernos, los luteranos, anglicanos y anabaptistas (y ya no se diga los otros grupos de ellos surgidos) son excluidos de la etiqueta de “reformados” por varios motivos doctrinales: los anglicanos por su eclesiología (tienen obispos), los luteranos además de por su eclesiología (tienen obispos), por su postura sobre la cena del Señor (la presencia corporal de Cristo en el pan y vino) y los bautistas por su postura sobre el bautismo, sobre la relación entre el Antiguo y Nuevo Testamento y sobre la relación entre el estado y la iglesia (una división clara y total). Esto, sin embargo, es puro sectarismo. Cualquier iglesia nacida de la Reforma es, por naturaleza, una iglesia reformada, ya que nació con, se inspiró en, o se derivó de la Reforma Protestante iniciada en 1517, que por cierto no fue calvinista. Los seguidores de Calvino pueden continuar robándose el título de “Reformados” si quieren (ya lo hicieron desde el sigo XVII), sin embargo, nada cambia lo que es históricamente correcto.

A este punto quiero recalcar lo siguiente:

LA TEOLOGÍA QUE HOY DICE LLAMARSE “REFORMADA” NO NECESARIAMENTE REPRESENTA LA MENTALIDAD DE LUTERO, EL PADRE DE LA REFORMA; POR CONSIGUIENTE, EL USO DEL TÉRMINO “REFORMADA” PARA REFERIRSE EXCLUSIVAMENTE A LA DOCTRINA CALVINISTA ES ABUSIVO.

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LUTERANOS Y CALVINISTAS, MÁS DIFERENTES ENTRE SÍ DE LO QUE MUCHOS CREEN[1]

Muchas veces se tiende a pensar que un luterano y un calvinista, son lo mismo. Esto es un error. De hecho, quizá el único punto en el cual concuerdan por completo calvinistas y luteranos es en cuanto a la Depravación Total del hombre. Tanto calvinistas como luteranos concuerdan en que el hombre está completamente depravado por causa del pecado y no tiene la capacidad de hacer cosas agradables para Dios. Ambos grupos afirman que los seres humanos no pueden acercarse a Dios sin la gracia, porque la voluntad del pecador ha caído.

Los luteranos rechazan la doctrina calvinista de la elección Incondicional y su doble predestinación; es decir, que Dios ha elegido a algunos para ser salvos y otros para ser condenados. Calvino afirmaba que:

“Mediante un consejo eterno e inmutable, Dios ha determinado de una vez por todas a quién admitiría la salvación y a quien condenaría a la destrucción”.[2]

Tal doctrina es abominable para los luteranos. Y, de hecho, la contemplación de tal doctrina era abominable también para Lutero.[3]

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Lo mismo puede decirse de la doctrina calvinista de la Expiación Limitada. Los calvinistas sostienen que, según la intención y el plan de Dios, Cristo murió por los elegidos únicamente. En contraposición, los luteranos afirman una voluntad de salvación universal en Dios, así como una expiación universal. Para los luteranos, la expiación fue objetivamente dada a todos, pero sus beneficios deben ser recibidos subjetivamente por la fe. Para los luteranos la enseñanza de la expiación limitada o particular es una total herejía.

Tanto calvinistas como luteranos sostienen la “Sola Gratia”. Ambos grupos afirman que cuando uno se salva, es por el resultado de la gracia soberana que supera la voluntad caída del pecador, y no por el resultado de una decisión libre por parte del hombre. Sin embargo, existen diferencias entre ambos. Los calvinistas, por ejemplo, afirman que la gracia es irresistible. En el calvinismo se tiene la idea de que los elegidos (aquellos que los calvinistas creen que han sido elegidos incondicionalmente para la vida eterna), no pueden resistir la gracia de Dios y la determinación de ser salvos. Los calvinistas creen que, a los elegidos, la gracia de Dios los abruma de tal manera que incluso si quisieran no podrían rechazarlo. Los luteranos por su parte no limitan la gracia salvadora a los elegidos, sino que esta es universal en alcance e intención y creen que las personas sí son capaces de rechazar a Dios.

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La perseverancia final de los santos es otro punto de desacuerdo. Según el calvinismo a los que Dios eligió, los guardará hasta el fin. Todos los elegidos de Dios serán finalmente salvados. Enfatiza la realidad de que es Dios quien preserva a los elegidos en la fe. Sin embargo, los luteranos creen que las personas pueden rechazar la cruz, es decir, perder la fe y eso haría que dejaran de ser salvos. Pero las diferencias entre luteranos y calvinistas van más allá del famoso TULIP. Su entendimiento de la justificación, su cristología, su enseñanza referente al bautismo, la santa cena y muchos otros aspectos más, difieren notablemente entre ambos grupos reformados. Por consiguiente: ¿Quién puede decir cuál de ellos merece legítimamente ostentar el título de “reformado”? ¿Cuál de ellos ha perdido su derecho de celebrar y hacer suyo el legado de la Reforma Protestante de 1517? ¿Quién de ellos debe negar las 5 Solas y sentirse ajeno al legado de la Reforma? El antojo de un calvinista no es criterio suficiente para ello.

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¿SON LAS 5 SOLAS UNA ELABORACIÓN CALVINISTA EXCLUSIVAMENTE?

No, no lo son. Las ideas que dieron vida a las 5 Solas estuvieron presentes desde la etapa más temprana de la Reforma, pero las frases actuales se desarrollaron en el tiempo. Las frases más tempranas fueron sola gratia (solo por gracia), sola fide y sola scriptura. Éstas se encuentran fácilmente en los textos protestantes de inicios del siglo XVI. Repasemos un poco de historia:

(1.- SOLA GRATIA: El teólogo luterano alemán Andreas Bodenstein von Karlstadt, antes de que se radicalizara, usó la expresión sola gratia repetidamente en su disputa teológica del año 1519. Martin Bucer (otro teólogo alemán que influyó en las doctrinas y prácticas luteranas, calvinistas y anglicanas) la usó en su Comentario de los Evangelios de 1536 y otra vez en un tratado de 1545. El reformador italiano Pedro Mártir Vermiligi la usó en sus lecturas de Romanos en 1558. Wolfang Musculus la usó en sus lecturas de Gálatas y Efesios (1561). Caspar Olevianus la usó en sus lecturas de Romanos (1579). Calvino, el último en usarla, defendió la noción y usó dicha frase en sus obras.[4]

(2.- SOLA FIDE: Lutero usó por primera vez dicha frase en su traducción de Gálatas 3. También la usó en sus lecturas de Gálatas. (Su defensa de insertar “allein” está ahí). En 1521; Melanchton la usó en sus Loci Communes (Lugares Comunes, su texto sistemático) exactamente como nosotros lo hacemos hoy. Karlstadt también usó sola fide en su disputa teológica de 1519. La significancia de esto es que estaba ciertamente reflejando, en este punto, lo que Lutero y Melanchton estaban diciendo. La frase también se halló en la obra de François Lambert (1524); Johannes Oecolampadius (1524,1534); Martin Bucer (1527, 1534, 1536, 1545), Heinrich Bullinger (1534, 1557); Pedro Mártir Vermigli (1549) y en Calvino.[5] También se encuentra, por supuesto, en la Confesión de Ausburgo, art. 6. Se encuentra también en la Confesión de Fe Belga, art. 22. en el texto original francés de 1561 aparece “la seule foy”. En las ediciones posteriores en latín, “sola fide”. El texto en latín del Catecismo de Heidelberg (1563) usa la expresión “sola fide” en la Pregunta 60, sobre la justificación.

(3.- SOLA SCRIPTURA: Sola Scriptura ciertamente es una frase del siglo XVI. La expresión misma se encuentra entre los reformados tan pronto como en 1526 y el teólogo luterano Bucer la usó en 1536. Calvino la usó posteriormente en sus obras.[6]

(4.- SOLUS CHRISTUS Y SOLI DEO GLORIA: Se desconoce la fecha y quién usó por primera vez las frases, Solus Christus (es decir, “en Cristo solo”) y Soli Deo Gloria (a Dios sólo sea la gloria). Sus orígenes son probablemente un poco posteriores a los inicios de la Reforma Protestante. Sin embargo, la enseñanza de que Jesucristo es el único mediador entre Dios y el hombre, y que no hay salvación por medio de ningún otro, es extensiva a todo el cristianismo ortodoxo. Ninguna rama del protestantismo puede asumir como exclusiva dicha creencia. Todo creyente protestante y evangélico puede reclamar como suya dicha “sola”. Incluso la frase Soli Deo Gloria, la cual enseña que toda la gloria es sólo para Dios, es extensiva a todo aquel que se llame cristiano y viva para la gloria de Dios. Dicha frase incluso fue utilizada por artistas como Johann Sebastian Bach, Georg Friedrich Händel y Christoph Graupner para indicar que el trabajo fue producido con el fin de alabar a Dios.

Entonces, pregunto nuevamente: ¿Qué derecho tiene un calvinista a decir que los pentecostales, metodistas, luteranos o cualquier otra denominación nacida o derivada de la Reforma Protestante no tiene derecho a creer o usar las solas en su expresión de fe? Ciertamente, serían los luteranos y no los calvinistas quienes podrían, una vez más, presumir exclusividad sobre las 5 solas. Sin embargo, dichas frases son un legado de todos aquellos que nos hacemos llamar evangélicos o protestantes.

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ENTONCES, ¿VALE LA PENA QUE UN PENTECOSTAL CELEBRE LA REFORMA? ¿TENEMOS DERECHO A HACERLO?

Ciertamente que sí, si así lo elegimos. No depende de los autoproclamados “reformados” decirnos qué podemos o no podemos creer o celebrar. Hay cristianos no calvinistas que dudan celebrar la Reforma Protestante. Unos señalan las divisiones, guerras, y fragmentaciones que surgieron en la Iglesia a partir de la Reforma, con sus secuelas aún hoy. Y sí, eso es lamentable. En cada evento humano siempre está el factor del pecado. Sin embargo, al pesar la balanza, sostengo que la Reforma Protestante ha sido uno de los sucesos grandes e importantes de la historia de la Iglesia. Si eres cristiano, creo que harías bien en celebrar la Reforma, cuando menos por 6 razones:

(1. SI APRECIAS TENER UNA COPIA DE LA BIBLIA EN TU IDIOMA, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: ¿Los nombres Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina te suenan familiares? Son los traductores de la Biblia Reina-Valera, que es la versión más leída en todas las iglesias hispanas. La Reforma permitió la traducción de la Biblia a la lengua del pueblo (la iglesia católica sólo la permitía en latín), lo cual incluye al castellano. Si esta mañana has leído tu Biblia en español, dale gracias a Dios por la Reforma.

(2. SI COMO YO ERES PASTOR Y ESTÁS CASADO, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: Antes de la Reforma, los clérigos lo tenían prohibido. Roma enseñaba —y aún enseña— que el celibato es el estado civil más santo, y por lo tanto lo requiere de sus sacerdotes, monjas, y monjes. Lutero, tras leer la Biblia detenidamente, escribió: “No existe nada en la Escritura que requiera el celibato. De hecho, la Biblia quiere que la gente “fructifique y se multiplique.” Lutero no solo abogó por la abolición del celibato para los clérigos, sino que ayudó a una monja a escaparse de un convento y se casó con ella para probar su punto. ¡Bendito sea Lutero! (es maravilloso estar casado y ser ministro de la Palabra).

(3. SI SABES QUE TU TRABAJO SECULAR GLORIFICA A DIOS TANTO COMO EL TRABAJO DE UN PASTOR, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: Un ingeniero cristiano que hace su trabajo con excelencia es tan amado por Dios como teólogo, pastor, evangelista o misionero. Ambos tienen una tarea por hacer en el reino de Dios. Los reformadores se esmeraron mucho en elevar las tareas cotidianas hechas para el Señor. “No solo son las personas dentro de la iglesia las que hacen la obra de Dios”, comenta Lutero sobre 1 Pedro 2:9. “Oh, no. Todos somos sacerdotes. Por tanto, todos hacemos la obra de Dios”.

(4. SI APRECIAS LA LIBERTAD DE CONCIENCIA Y EL DERECHO A ELEGIR TU PROPIA RELIGIÓN O NO PRACTICAR NINGUNA, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: Antes de la Reforma la libertad de conciencia era una utopía. Todos estaban obligados a pertenecer a la iglesia católica, así no estuvieran de acuerdo con sus enseñanzas. Tampoco había otras opciones para alguien que quisiera permanecer en el cristianismo. Incluso nuestra fe pentecostal no hubiera sido posible sin el derecho a la libertad de conciencia cimentado en las enseñanzas de la Reforma.

(5. SI ESTÁS ACOSTUMBRADO A ESCUCHAR EL EVANGELIO DE LA JUSTIFICACIÓN POR GRACIA A TRAVÉS DE LA FE, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: La Reforma era necesaria porque recuperó el evangelio. La pregunta fundamental para la humanidad es, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y la iglesia medieval titubeaba al responder. ¿Cuántos han entrado a la eternidad pensando que su posición delante de Dios estaba bien debido a ciertos ritos y obras? La Reforma recuperó la proclamación clara de que somos reconciliados con Dios solo a través de la fe en Cristo.

(6. SI TE REGOCIJAS AL VER EL EVANGELIO PREDICADO POR TODO EL MUNDO, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: La Biblia fue traducida a las lenguas vernáculas para que la gente tuviera acceso a la Escritura. Esto, a su vez, provocó un imperativo misionero, el cual fue testigo de muchos predicadores enviados a toda Europa, Norteamérica, India, y hasta Sudamérica. Nosotros hoy, a 501 años de la Reforma Protestante, continuamos recibiendo bendición de lo que Dios hizo allí.

Por estas razones y muchas otras, yo, como evangélico y pentecostal, celebro la Reforma Protestante. Me da lo mismo si a un calvinista le parece apropiado o no. Respeto si otros pentecostales optan por no hacerlo, pero yo no veo nada de malo en hacerlo. Por el contrario, nos recuerda las razones por las cuales existimos como movimiento. Sin embargo, aún considero oportuno aclarar otro punto en relación con este tema.

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¿SOMOS LOS PENTECOSTALES HEREDEROS DE LA REFORMA O SIMPLEMENTE ADVENEDIZOS?

De todos es sabido que el pentecostalismo o movimiento pentecostal es un movimiento evangélico de iglesias y organizaciones cristianas que recalcan la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo, cuya manifestación contemporánea se catalizó a partir del llamado Avivamiento de la Calle Azuza dirigido por el pastor afroamericano William J. Seymour en una Iglesia Metodista Episcopal Africana de Los Ángeles, California en 1906.

Varios de los conceptos que considera el movimiento pentecostal son rescatados de personajes del cristianismo primitivo, como es el caso del obispo Ireneo de Lyon, quien hablaba de las distintas manifestaciones del Espíritu Santo, el don de lenguas y el don de profecía; este último don también era insinuado por Tertuliano, y el énfasis en las prácticas del Espíritu Santo eran compartidas por los montanistas de Frigia. Incluso Agustín de Hipona practicó la imposición de manos para buscar la glosolalia.

Ciertamente, este tipo de prácticas disminuyó considerablemente (más nunca desapareció) durante la Edad Media, época del apogeo del catolicismo en occidente. Sólo más tarde, con la Reforma protestante del siglo XVI, se registraron experiencias semejantes a las de la glosolalia y el avivamiento, buscadas actualmente por los pentecostales. Tal es el caso de los hugonotes en Cevenas durante la Guerra de los camisards. Es más, Martín Lutero dio ejemplos en su vida de poseer ciertos dones espirituales que hoy si consideran exclusivos d ellos pentecostales y carismáticos. Las prédicas sobre el Espíritu Santo de George Fox y los avivamientos experimentados por los husitas de Bohemia se consideran antecedentes del movimiento pentecostal y carismático durante la época de la Reforma y mucho antes.

El pastor anglicano John Wesley, considerado el padre del metodismo, consideraba que los dones perseguidos por el cristianismo primitivo debían rescatarse y no ser ridiculizados. En sus diarios registró diversas historias que tenían que ver con dones divinos. De hecho, el mensaje de las iglesias metodistas marcó una fuerte influencia dentro del movimiento pentecostal. Más adelante, en las décadas de 1730 y 1740 se desarrolló el llamado Primer Gran Despertar, un movimiento de revitalización cristiana que se extendió por la Europa protestante y América británica dejando un impacto permanente en la religión norteamericana y el movimiento pentecostal. Entre sus principales predicadores se encontraron George Whitefield (1714-1770), David Brainerd (1718-1747) y Jonathan Edwards (1703-1758), precursores del evangelicalismo que finalmente dio origen al movimiento pentecostal. Más tarde, a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, se produjo en Estados Unidos el Segundo Gran Despertar, del que surgió el denominado Movimiento de Santidad, un conjunto de creencias y prácticas religiosas que surgió del metodismo y de ciertas denominaciones evangélicas para enfatizar sus creencias a través de una doctrina central.

Entre 1811 y 1825, el teólogo metodista Adam Clarke difundió la idea de hacer más énfasis en el Espíritu Santo, y en 1840 el Movimiento de Santidad comenzó a predicar acerca de la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo. El Movimiento de Santidad procedente del metodismo (y este a su vez de la iglesia anglicana, una de las ramas de la Reforma Protestante) se considera uno de los antecesores del pentecostalismo moderno, y algunos de sus términos publicados hacia 1857 y relacionados con la palabra «pentecostal» son utilizados por el pentecostalismo actual.

¿Cómo negar entonces nuestro linaje protestante? ¿No somos acaso una vertiente más del protestantismo inspirado en la Reforma de 1517? Sola la ignorancia o la malicia de ciertos sectores podría negarnos tal derecho histórico. Ciertamente, el pentecostalismo reúne en sí lo mejor de cada tradición protestante. Como pentecostales podemos ir más allá y trazar nuestro linaje espiritual hasta el pietismo luterano, un heredero indiscutible de la Reforma Protestante de 1517. Surge entonces la pregunta: ¿Qué es el Pietismo?

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PIETISMO Y PENTECOSTALISMO, UNA CONEXIÓN MÁS CON LA REFORMA

El pietismo fue un movimiento de renovación que surgió dentro del luteranismo alemán en el siglo XVII, cuando la Iglesia y la ortodoxia luterana se agotaban en disputas, descuidando la piedad, la moral y la edificación de los fieles. Se suele considerar la Pia Desideria (1675) de Philipp Jacob Spener (1635-1705) como el texto programático y fundador del Pietismo. Spener rescataba principalmente el trabajo de los luteranos Johann Dannhauer (1603-1666), Johann Arndt (1555-1621) y del mismo Martin Lutero (1483-1546). Los pietistas sentían que estaban llevando las enseñanzas de los Reformadores hasta sus conclusiones lógicas, enseñando que la justificación del creyente tenía que manifestarse en una nueva vida. El movimiento pietista comenzó con reuniones en la casa de Spener, para estudio bíblico y oración. Sus grupos caseros se llamaban “Collegia Pietatis” o “Collegia Philobiblica”. Su ardor y su pasión nacía del evangelio. El pietismo tuvo un impacto importante en el Conde Zinzendorf, líder de los moravos, como también en Juan Wesley y el metodismo.

En muchos sentidos, el pietismo puede ser considerado una versión temprana de pentecostalismo. De hecho, el luteranismo tiene una larga historia de movimientos proto-pentecostales. Al igual que los pentecostales, los pietistas enseñaban el sacerdocio universal de los creyentes: Todos los creyentes deben participar de los servicios religiosos, enseñándonos y ayudándonos unos a otros, siendo asiduos en los estudios bíblicos. También se buscaba el cultivo de la vida espiritual a través de la lectura sistemática de la Biblia; se procuraba una vida de oración y abstinencia: combate el juego, borracheras, bailes y teatros, enfatizando moderación en el vestir, en bebida y los alimentos, buen comportamiento cristiano en los negocios, teniendo amor como un parámetro visible de la piedad cristiana, etc. El pietismo, como el pentecostalismo, enfatizaba la vida de santidad y una teología con énfasis en la vida práctica en desmedro de la especulación. Los pietistas sostenían, al igual que los pentecostales modernos, que la Biblia tiene autoridad superior a las confesiones. Pero, sobre todo, los pietistas creyeron, practicaron y experimentaron los carismas o dones espirituales al igual que los pentecostales.

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CONCLUSIÓN

Quiero concluir este artículo aclarando algo que para mí es sumamente importante: AGRADECER POR LA REFORMA Y SER HEREDEROS DE LA MISMA NO IMPLICA CONCORDANCIA CON CADA PUNTO DE ESTA. Sí, los pentecostales tenemos derecho a ser considerados herederos de la Reforma. Sin embargo, tenemos también derecho a disentir con la misma en algunos puntos y esto no nos hace traidores ni menos protestantes. Para empezar, los pentecostales no idolatramos a los reformadores protestantes, no los veneramos como algunos parecen hacerlo. No los consideramos infalibles. No necesitamos citarlos en nuestros sermones ni para validar nuestras afirmaciones teológicas. De hecho, entiendo por qué muchos pentecostales lo piensan dos veces antes de identificarse con la Reforma. Entiendo también por qué muchos (de los más radicales) considerarían casi un insulto el término “reformado”.

Para empezar:

  1. Su teología cesacionista los colocó muy lejos de la ortodoxia cristiana original.
  2. El calvinismo, que se ha apropiado injustamente de la etiqueta de “cristianos reformados”, enseña terribles errores doctrinales e incluso herejías.
  3. Los reformadores fueron autores Intelectuales de la muerte de muchas personas, hermanos en la fe, que por el sólo hecho de diferir de su teología en áreas como el bautismo, fueron muertos de formas terribles.
  4. Martín Lutero fue misógino (discriminaba al sexo femenino) y antisemita (odiaba a los judíos y enseñaba la violencia contra ellos).
  5. Juan Calvino fue el autor intelectual de muchos asesinatos de creyentes a los cuales consideraba herejes por diferir con su interpretación de la Biblia, siendo el caso de Miguel de Servet el más conocido, pero no el único.
  6. Los reformadores (Lutero, Zuinglio, Calvino, etc.) siguieron creyendo en doctrinas y dogmas católicos como la perpetua virginidad de María, doctrina católica romana qué surgió no en la iglesia primitiva, sino en el paso de los siglos dentro de la iglesia y como producto de la apostasía generalizada.

Aclaro, me siento orgulloso del legado protestante y evangélico que como pentecostales podemos reclamar. Simplemente entiendo por qué algunos pentecostales y otros evangélicos modernos prefieren distanciarse de él o ignorarlo. Por otro lado, si los calvinistas quieren considerarse los únicos “cristianos reformados” y herederos exclusivos de la Reforma Protestante ¡Suerte! Asuman también los crímenes cometidos por aquellos a quienes veneran desmedidamente. Prefiero que me llamen simplemente cristiano o evangélico. Y si me llaman pentecostal me sentiré más que honrado por ello. No me molesta si algunos piensan que no tenemos derecho a celebrar la Reforma ¡Yo igual lo haré porque tengo todo el derecho de hacerlo si así lo elijo! Si eres de los que cada año celebra un aniversario más de la Reforma Protestante ¡Felicidades! Hazlo para la gloria de Dios. Si optas por no hacerlo también estás en tu derecho y respeto tus razones. Solamente ten cuidado de no imponer tu opinión particular sobre otro (y mucho menos de negarle a otro lo que considera su derecho). ¡Dios te bendiga!

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REFERENCIAS:

[1] Ariel Álvarez, “Luteranos y Calvinistas: Más lejos de lo que pensabas” (Revista Digital El Católico Luterano), publicado el 20 de octubre de 2018. Disponible en línea en: https://elcatolicoluterano.wordpress.com/2018/10/20/luteranos-y-calvinistas-mas-lejos-de-lo-que-pensabas/

[2] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 3.XXI.7

[3] Obras de Lutero 5: 43-50.

[4] Institución 2.III.

[5] Institución III.III.1; III.XI.1; I.XI.19; III.XIV.17.

[6] Institución III.XVII.

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5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

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¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

ES3

¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

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SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

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SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

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LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

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CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

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REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

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Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Aspecto animístico y dinámico de la obra del Espíritu.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés constituyó el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. El libro de Hechos nos cuenta que:

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Estaban de visita en Jerusalén judíos piadosos, procedentes de todas las naciones de la tierra. Al oír aquel bullicio, se agolparon y quedaron todos pasmados porque cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma. Desconcertados y maravillados, decían: «¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua materna? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene; visitantes llegados de Roma; judíos y prosélitos; cretenses y árabes: ¡todos por igual los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios!»” (Hechos 2:1-11, NVI)

Los pentecostales entendemos que la institución del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. Dios prometió por medio del profeta Ezequiel:

“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes.” (Ezequiel 36:26-27, NVI).

A través del profeta Joel, el Señor también prometió:

“Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los ancianos y visiones los jóvenes. En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.” (Joel 2:28,29, NVI).

De acuerdo con estas profecías, la venida del Espíritu Santo de un modo inusual anunció el amanecer de la nueva era prometida por Dios, la era del Espíritu. Si bien es cierto que, entre el nacimiento de Jesús y el descenso del Espíritu sobre los discípulos, el Espíritu Santo estuvo activo en el ministerio de Jesús, la inauguración no estuvo completa sino hasta el derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús al momento de su bautismo por Juan en el río Jordán (Mateo 3:16), junto con la actividad del Espíritu a través de Él por medio de su ministerio terrenal (Lucas 4:18,19; Hechos 2:38,39), sirve como un paradigma para todos los creyentes a los cuales Dios en el Antiguo Testamento prometió la morada interior y la capacitación de poder del Espíritu Santo.

ASPECTOS DE LA OBRA DEL ESPÍRITU.

Las profecías de Ezequiel y Joel destacan dos aspectos distintos del ministerio del Espíritu Santo bajo el Nuevo Pacto de la gracia. La promesa dada por medio de Ezequiel es que todo el pueblo de Dios del nuevo pacto experimentará la morada interna del Espíritu Santo. Recibirán un nuevo corazón y un nuevo espíritu; por causa de la morada interna del Espíritu Santo podrán andar en rectitud.

La promesa dada por medio de Joel es de distinta naturaleza. En la profecía de Joel, el derramamiento del Espíritu Santo es de naturaleza dramática, por la cual los receptores profetizarán, tendrán sueños, y verán visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés: “¡Cómo quisiera que todo el pueblo del Señor profetizara, y que el Señor pusiera su Espíritu en todos ellos!” (Números 11:29, NVI).

Las profecías distinguían claramente dos obras del Espíritu Santo:

  1. Morada Interna: Se le denomina también Aspecto Animístico de la obra del Espíritu. Se relaciona con la regeneración y la consiguiente morada interna del Espíritu Santo.
  2. Dotación de Poder. Se le conoce también como Aspecto Dinámico de la obra del Espíritu. Se refiere a la dotación de poder, que con frecuencia se manifiesta por medio de algún fenómeno desacostumbrado.

Una diferencia significativa entre las experiencias del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es que las personas en el Antiguo Testamento no parecen haber recibido una morada permanente del Espíritu Santo. Aún más, comparativamente el Espíritu Santo fue dado a unos pocos, y por lo general para profetizar. En el Nuevo Testamento, por el contrario, el Espíritu Santo es dado a todos los creyentes. Bajo el Nuevo pacto, es imposible ser un creyente del Nuevo Testamento sin contar con la morada interna del Espíritu Santo (Romanos 8:9,14-16). Además, todos los creyentes del Nuevo Testamento pueden ser dotados de poder por el Espíritu Santo (Hechos 1:8).

La voluntad de Dios fue que todos los creyentes experimentaran tanto la morada interna como la dotación de poder del Espíritu Santo. Y aunque la Biblia nos muestra que fue la intención de Dios que estas dos operaciones del Espíritu fueran distintos aspectos de la obra única del Espíritu en conexión con el nuevo pacto, el Nuevo Testamento parece indicar que una persona puede experimentar ambas obras del Espíritu casi simultáneamente, como sucedió con la casa de Cornelio (Hechos 10:44-46). Es difícil determinar el punto preciso en el cual estas personas fueron regeneradas. Parece que en medio de la predicación de Pedro ellos creyeron y fueron llenos del Espíritu Santo. Estas dos experiencias, aun cuando pueden distinguirse teológicamente, no están necesariamente separadas en forma cronológica. No hay garantía bíblica para enseñar que debe existir un intervalo entre la regeneración y el ser lleno del Espíritu Santo. Pero también es cierto que muchos cristianos han experimentado sólo la obra básica del Espíritu Santo (la de regeneración) por medio de la cual el Espíritu de Dios habita en ellos (Juan 14:17).

Esta terminología para la segunda obra del Espíritu Santo es variada. Los pentecostales por lo general designamos esto como el bautismo en el Espíritu Santo. Al hacer esto estamos sobre terreno firme, bíblicamente. Además de la declaración de Juan el Bautista (Mateo 3:11), Jesús dijo a los discípulos: “ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” (Hechos 1:5, NVI). Sin embargo, cuando Lucas registra el cumplimiento de esa promesa en Hechos 2:4, dice: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo”. Esta experiencia inicial de ser “llenos” del Espíritu Santo es, por tanto, sinónima de ser “bautizados” en el Espíritu Santo. En otros lugares cuando Él habla de esta experiencia, Lucas dice que el Espíritu viene o cae sobre la gente (Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15; 19:6). A veces él habla del derramamiento del Espíritu o del Espíritu que es derramado (Hechos 2:17,18; 10:45). Como quiera que uno designe esta segunda experiencia del Espíritu, nunca debiera interpretarse como que significa que el receptor con anterioridad a ese momento no tenía la morada del Espíritu. ¡Un creyente sin el Espíritu Santo es una contradicción de términos! Pero es posible que un creyente no experimente la obra adicional del Espíritu Santo denominada el bautismo en el Espíritu.

Los diversos términos usados para la experiencia del bautismo en el Espíritu no deben atrapar nuestra atención desmedidamente, son simples intentos por parte de los escritores bíblicos para ayudarnos a entender mejor el significado de la experiencia. Expresiones como “bautizado”, “lleno”, y “revestido” ponen énfasis en que el creyente está enteramente dominado o gobernado por el Espíritu Santo. Entre otras cosas, la obra del Espíritu Santo que ya mora en el creyente se intensifica y llega a una culminación por la experiencia de ser lleno con el Espíritu Santo.

LA PROFECÍA DE JOEL.

El derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés está asociado con la profecía de Joel. El apóstol Pedro señaló esto claramente:

“Entonces Pedro, con los once, se puso de pie y dijo a voz en cuello: «Compatriotas judíos y todos ustedes que están en Jerusalén, déjenme explicarles lo que sucede; presten atención a lo que les voy a decir. Estos no están borrachos, como suponen ustedes. ¡Apenas son las nueve de la mañana! 16 En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel: “Sucederá que en los últimos días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán visiones los jóvenes y sueños los ancianos. En esos días derramaré mi Espíritu     aun sobre mis siervos y mis siervas, y profetizarán. Arriba en el cielo y abajo en la tierra mostraré prodigios: sangre, fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre antes que llegue el día del Señor, día grande y esplendoroso. Y todo el que invoque el nombre del Señor     será salvo”.  (Hechos 2:16-21).

Tal como en el Antiguo Testamento, la venida del Espíritu sobre los hombres y mujeres resultó en que profetizaban, tal como Joel había declarado que el derramamiento del Espíritu sobre toda carne resultaría en profecía. Joel mencionó también otras indicaciones de la venida del Espíritu, las que parecen no haberse cumplido en el día de Pentecostés. Sin embargo, Pedro recalcó el elemento de profecía, porque añadiendo a la cita del pasaje de Joel, él también insertó palabras, “y profetizarán”, en medio de la cita de Joel (Hechos 2:18). En otras palabras, Pedro estaba dando énfasis a que la profecía acompañaría al derramamiento del Espíritu Santo.

¿HABLARON EN LENGUAS O PROFETIZARON?

Luego de leer Hechos 2 muchos quizá se pregunten ¿profetizaron los discípulos el día de Pentecostés? Lucas nos dice que hablaron en lenguas (Hechos 2:4). Con anterioridad al día de Pentecostés, no hay registro de que alguien haya hablado en lenguas bajo el impulso del Espíritu Santo. Entonces ¿Cómo relacionamos el hablar en lenguas con la profecía? Esto no es difícil si recordamos que la profecía es hablar bajo el impulso directo del Espíritu Santo. Esto es precisamente la naturaleza del hablar en lenguas: Es hablar bajo el impulso del Espíritu Santo, o como lo expresa Lucas, “como el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4). La diferencia obvia entre profecía y hablar en lenguas es que la profecía es en un lenguaje bajo el control de quien habla, mientras que el hablar en lenguas es en una lengua desconocida para el que habla. Hablar en lenguas es, en consecuencia, una forma especializada de profecía.

¿DEBE HABLAR EN LENGUAS TODO AQUEL QUE RECIBE EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

La experiencia de ser bautizado en el Espíritu está acompañada por hablar en lenguas, o glosolalia. En Hechos 2:4 Se nos muestra que todos aquellos que fueron bautizados en el Espíritu Santo hablaron en lenguas. El sujeto es “todos” (griego pantes). Un sencillo análisis gramatical muestra que ese único sujeto se aplica a ambas cláusulas principales, de modo que la clara intención es que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que todos comenzaron a hablar en otras lenguas. Lucas tenía a disposición los medios lingüísticos por medio de los cuales pudo haber dicho que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que algunos hablaron en lenguas, si ése hubiera sido el caso. Pero es claro que todos fueron llenos y que todos hablaron en lenguas.

En Hechos 10, se nos dice que el Espíritu Santo “cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:44). Los creyentes compañeros de Pedro, que estaban atónitos de que los gentiles recibieran el bautismo del Espíritu Santo, supieron que el derramamiento había tenido lugar sólo porque “los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios” (Hechos 10:46). El versículo 46 es introducido por la palabra griega gar, que es una conjunción causativa que a menudo se traduce “porque” o “por”. El hablar en lenguas convenció a estos hombres de que Cornelio y los de su casa verdaderamente habían sido llenos del Espíritu Santo. La evidencia en Hechos indica ciertamente que la glosolalia es un acompañamiento necesario del bautismo en el Espíritu Santo.

¿POR QUÉ HABLAR EN LENGUAS?

Con frecuencia surge la pregunta: “¿Por qué Dios eligió el hablar en lenguas como señal?” La Biblia nos presenta una triple respuesta:

  1. Primero, es definitivamente una señal de la nueva era inaugurada por Dios. Esto resulta claro cuando leemos la profecía de Joel a la luz de Hechos 2. En un sentido personal, el hablar en lenguas significa también la entrada del creyente a la nueva era, si recordamos que la morada interna y la dotación de poder del Espíritu Santo son realmente dos aspectos de la obra única del Espíritu en la nueva era.
  2. Segundo, el hablar en lenguas sugiere firmemente la responsabilidad misionera de la Iglesia. La comunicación del evangelio debe ser verbal. En consecuencia, la multiplicidad de lenguas en el día de Pentecostés sugiere la responsabilidad evangelística mundial de la Iglesia (Hechos 1:8). Esto, ciertamente, no significa que el creyente tiene el dominio de un idioma extraño con el cual predicar el evangelio. Significa simplemente que la variedad de lenguas que los creyentes hablan cuando están llenos del Espíritu es un recordatorio implícito de la tarea misionera de la Iglesia.
  3. Tercero, hablar en lenguas es un medio por el cual el creyente se identifica espiritualmente (1 Corintios 14:4). De todas las manifestaciones o dones del Espíritu mencionados en el Nuevo Testamento, sólo en conexión con la glosolalia se dice que la persona se edifica a sí misma. Todas las otras manifestaciones o dones son para la edificación de la Iglesia. Parece que Dios no retendría de alguno de sus hijos algún medio por el cual pudiera ser edificado espiritualmente.

La afirmación del pentecostalismo clásico de que la glosolalia es la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu Santo no contradice la necesaria respuesta negativa a la pregunta de Pablo, “¿hablan todos lenguas?” (1 Corintios 12:30). Todo aquel que ha sido bautizado en el Espíritu Santo suele emplear la glosolalia a menudo como forma de adoración privada. Pablo nunca prohibió esto ni afirmó que no fuera posible. En 1 Corintios 12-14, Pablo está dando énfasis a los aspectos público y corporativo de los dones. No todos hablan lenguas en el sentido en que no todos son llamados por Dios a dar expresiones públicas en lenguas, lo cual debe ser seguido de interpretación. Pero el ejercicio privado de la glosolalia es un asunto distinto.

CONCLUSIÓN.

Hay dos experiencias identificables del Espíritu: regeneración y plenitud. Ambas están incluidas en la promesa del Espíritu en el Antiguo Testamento. Cada una complementa a la otra. En la regeneración, el énfasis está sobre el cambio de corazón y de vida. En el bautismo en el Espíritu, el énfasis está en la dotación de poder para servicio. Todos los creyentes experimentan la obra regeneradora del Espíritu; de igual forma, todos debieran experimentar su dotación de poder.

Dones Espirituales

Los Dones de Servicio.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Dios, en su gracia, nos ha dado dones diferentes para hacer bien determinadas cosas. El apóstol Pablo enseñó: “Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos: si el de profecía, úsese en proporción a la fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría.” (Romanos 12:6-8; LBLA)

La palabra griega que se traduce como “don” en este pasaje es charisma, la misma que encontramos en 1 Corintios 12 para describir los dones carismáticos (dones de palabra y de poder) y en Efesios 4:11 al hablar de los dones ministeriales o funciones carismáticas. Esta nueva categoría de dones es conocida como dones de servicio o motivacionales. Es a esta categoría de dones a la cual se refería Pedro cuando dijo que deberíamos emplear los dones para el beneficio de otras personas: “Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Pedro 3:10-11, LBLA).

En muchos sentidos estos dones se manifiestan espontáneamente por lo que somos; en otras palabras, “lo que es genuino en nosotros”, y que parte de lo natural. Sin embargo, estos dones, que podrían parecernos totalmente naturales, deben ser santificados por la obra regeneradora del Espíritu Santo en nuestras vidas. La razón de esos dones es el servir a los demás. Romanos 12:6-8 menciona 7 dones de este tipo: Profecía (Profeteia), servicio (Diakonía), enseñanza (Didaskalia), exhortación (Paraklesis), compartir o Dar (Metadídomi), presidir (Proistemi) y misericordia (Eléeo)

Dios ha creado estos dones a fin de que sean utilizados para el beneficio de los demás y para su gloria. Por lo tanto, es importante tener un entendimiento claro de lo que son y de cómo funcionan.

 

I.- DON DE PERCEPCIÓN (PROFETEIA).

No es en sí el ministerio profético de Efesios 4: 11, por lo que el término “don de percepción” resulta más adecuado; aunque es posible que el que tenga ese don tenga también el ministerio profético, entendiendo que tal ministerio de profeta básicamente significa el ser usado por Dios para declarar la verdad a los creyentes. En este sentido, profetizar es decir de parte de Dios, lo que Dios quiere decir a los suyos. Este don se trata más bien de interpretar la realidad desde la perspectiva de Dios, y así señalar las exigencias de Dios para llevar a otros por la senda del arrepentimiento y del amor. Esta percepción de la realidad y su experiencia con Dios lleva a los poseedores de este don a convertirse en intercesores por el pueblo delante de Dios.

Ezequiel nos muestra claramente lo que se espera de alguien con este don de percepción o “profecía” en su contexto de servicio: “Como zorras en los desiertos fueron tus profetas, oh Israel. No habéis subido a las brechas, ni habéis edificado un muro alrededor de la casa de Israel, para que resista firme en la batalla en el día de Jehová” (Ezequiel 13:4 -5).

Las zorras del desierto son animales oportunistas, al vivir en un medio hostil se las ingenian para conseguir alimentos a cualquier precio. Ezequiel compara a los falsos profetas con animales predadores, egoístas, que buscan llenar su propio vientre a cualquier costa. Y lo que les reclama es que “no han subido a las brechas ni edificado un muro alrededor del pueblo”. Estos falsos profetas están tan ocupados en ellos mismos, en dar mensajes populares, en decir lo que la gente quiere escuchar para obtener ventajas de ello, que no hicieron lo que el profeta debe hacer: Ponerse en la brecha.

“Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé.” (Ezequiel 22:30).

Todo profeta debe ser intercesor. Cuando Dios le da la palabra a Moisés de que destruiría el pueblo por su pecado él le suplica, se pone en medio y logra que Dios perdone, recibió una palabra profética pero no fue corriendo a darla al pueblo, sino que primero trató de disuadir a Dios (Éxodo 32:30-32; Números 14:13-15, Deuteronomio 9:13-14). Lo mismo podemos decir de Abraham cuando se le revela el juicio sobre Sodoma (Génesis 18:16-33) o David cuando el Señor le dice que habrá un castigo por causa del censo que hizo (2Samuel 24, 1 Crónicas 21.1-27). El denominador común es que recibieron una palabra de Dios e intercedieron. A sus intercesores, esas personas con un don de percepción espiritual de origen divino, Dios puede mostrarles ciertas cosas que para otros están ocultas y llevarlos a interceder por tales situaciones (Amós 3:7). El motor de la intercesión de los que mencionamos anteriormente fue la misericordia y el amor, esencia y clave de todo don de servicio. Cuando están presentes en abundancia nos llevan a interceder fervientemente, con la convicción que Dios puede intervenir y cambiar esa situación para bien.

Pablo dijo: “Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro, para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo.” (Colosenses 2:1-2). La consolación, la unidad, el pleno entendimiento y el conocimiento no son cosas que se puedan lograr en lo natural, no importa cuán fuerte se trabaje en ello, es una obra interna. Pablo peleaba en oración contra lo que se oponía a que los colosenses alcanzaran estas cosas. Se había puesto entre los hermanos y el enemigo y no hacía una oración a la ligera. Sino que luchaba y su confrontación con las tinieblas era grande. Lo más llamativo aún es que no los conocía en persona (“nunca han visto mi rostro”) ¡Cuánto amor y espíritu de servicio se necesita para luchar en oración por alguien a quien ni conocemos! ¿Quién de los intercesores no ha sido despertado en mitad de la noche, inquietado por el Espíritu, para orar por cierto misionero, pastor, líder o hermano de l congregación?

Pero la profecía, entendida en el contexto de Romanos 12:6-8 como un don de servicio implica no solo el área intercesora, sino que también, como lo señala explícitamente Pablo, es un don de edificación a través de la Palabra, exhortación y consejería bíblica, así como también impartir consuelo a los demás: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación… el que profetiza edifica a la iglesia.” (1 Corintios 14:3-4). Es declarar la verdad de Dios en el momento oportuno a la persona que lo necesita. Y es ahí donde la percepción espiritual se vuelve esencial. Por eso a este don se le llama también “profecía” en Romanos 12:6, mostrándonos 3 facetas de este don: como carisma del Espíritu (1 Corintios 12), como ministerio (Efesios 4:11) y como don de servicio (Romanos 12:6).

 

II.- DON DE SERVICIO (DIAKONÍA).

El segundo de lo siete dones mencionados en Romanos 12:6-8 es el don que llamamos el don de servicio. La palabra griega es Diakonía, que expresa la idea de hacer cosas prácticas para servir a otros. Quien tiene el don de servicio se goza al ayudar, colaborar y seguir instrucciones, siendo de gran utilidad de muchas maneras. La persona que tiene el don de servir tiene la habilidad para descubrir las necesidades personales de los demás. Pasa por alto las incomodidades personales con el fin de satisfacer las necesidades de otros y bendecir con su servicio al cuerpo de Cristo. Es un don que pasa muchas veces desapercibido por muchos, pero es de gran estima a los ojos del Señor. Aunque en la escala de valores del hombre, el servicio está en lo más bajo; en la escala de cómo Dios valora las cosas, el servicio es lo más alto en la dignidad de los dones. Lucas 22:24-27 nos dice: “Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.”

El ejemplo de Cristo le da sustento y fuerza al insigne don de servir. Podemos decir que despreciar el don de servicio; es despreciar el mismo ministerio de Cristo, y aún, a él mismo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el dual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2:5-8). En Juan 13:4-9 nuestro Señor mismo nos dio el ejemplo: “Se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.”

Todos debemos servir. Sin embargo, hay personas que de parte de Dios tienen una facilidad y unción especial para hacerlo de forma más espontánea y genuina en la práctica. Pablo anima de una manera especial al que tiene ese don a que lo ponga en práctica. El Nuevo Testamento registra varios ejemplos de personas llenas del Espíritu Santo que poseían el don de servir: Marta (Juan 11:1-40), Febe (Romanos 16:1-2), Esteban (Hechos 6:1-15, 7:1-60), Felipe (Juan 1:43-45, 6:5-7, 12:21-22, 14:8, Hechos  6:5, 8:5-40, 21:8-9), Onésimo (Filemón, Colosenses. 4:9), la suegra de Pedro (Mateo. 8:14-15), Dorcas (Hechos 9:36-42), etc.

El don de servir implica darlo todo por el Reino, no sólo dando de nuestros bienes, sino de nosotros mismos. 2 Corintios 12:15 nos lo explica claramente: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos.” Además de obrar por el bien de los santos, aquellos con el don espiritual de servir, han recibido la capacidad única para identificar a aquellos que están luchando con dudas, temores y otras batallas espirituales. Se dirigen hacia aquellos en necesidad espiritual con una palabra amable, una actitud comprensiva y compasiva, y la singular habilidad para hablar la verdad bíblica de una manera amorosa y que produzca convicción. Sus palabras son como “manzana de oro con figuras de plata” (Proverbios 25:11) para los espiritualmente débiles y cansados. Estos cristianos serviciales pueden calmar la ansiedad en los corazones oprimidos, con alegría y con confianza, hablando palabras de verdad y de gozo.

 

III.- DON DE ENSEÑANZA (DIDASKALIA).

El don espiritual de la enseñanza es uno de los dones del Espíritu Santo (Romanos 12:7). Es un don dado por el Espíritu Santo, permitiéndole a un creyente comunicar eficazmente las verdades de la Biblia a los demás. El don de la enseñanza implica el análisis y la proclamación de la Palabra de Dios, explicando el significado, el contexto y la aplicación a la vida del oyente. El que tiene el don de la enseñanza, es aquel que tiene la habilidad única para instruir y comunicar claramente el conocimiento, concretamente las doctrinas de la fe y las verdades de la Biblia.

Es el don de aquel que enseña (ho didáskon). No es en sí un maestro conforme a Efesios 4: 11, (ho didáskalos), necesariamente, aunque podría serlo también. La enseñanza es la habilidad de buscar e investigar la verdad para presentarla a los demás. El que enseña, revela o da a conocer la verdad, explicándola. Aquí estamos hablando de la enseñanza de la palabra de Dios, es decir, la teología. La motivación del que enseña es hacer aprender a los demás la verdad, y para ello se esfuerza en desenterrar hechos escondidos, y acumular conocimientos, buscando la mejor manera de darlos a conocer.  Como cristiano, siempre será conforme a la verdad revelada por Dios en la Escritura.

“El que enseña” (Ho didáskalos) como cristiano, es el que está motivado a hacer comprender a los demás la verdad revelada de Dios. El don de enseñar implica la capacidad especial de comunicar la Palabra de Dios de manera sistemática y con precisión. Lo tiene el maestro, aquel que disfruta de investigar y comunicar la verdad. La iglesia sufre cuando no hay precisión en la enseñanza. Por eso, Dios concede este don a su iglesia a menudo. Hechos 18:24-28 nos habla de Apolos, un hombre que poseía este don de Dios: “Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído; porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.”

El don de enseñar mencionado en Romanos 12:7 se diferencia del don ministerial mencionado en Efesios 4:11 en algunos aspectos:

  • El don de maestro mencionado en Efesios 4:11 tiene más que ver con el don ministerial de pastor que con el don de enseñar en sí. Conforme a la estructura de la oración en griego en Efesios 4:11, pastores y maestros están estrechamente enlazados. Parece que los pastores están incluidos en la categoría de los maestros. De hecho, lo más correcto sería traducirlo pastores-maestros y no “pastores y maestros” como si fueran dones separados. De modo que, en Efesios 4:11, Pablo parece indicar que pastorear y enseñar se refiere al mismo don, es decir, que todos los pastores son a la vez maestros. Pero al mismo tiempo, los pastores son más que maestros porque ellos enseñan, gobiernan, protegen y prácticamente cuidan el rebaño. Por el hecho de que la función de los pastores es apacentar la grey de Dios según 1 Pedro 5:1-4, los creyentes con el don de pastor pueden ser aún más efectivos que aquellos que sólo tienen el don de enseñar. Son el tipo de ancianos sobre los cuales habla Pablo en 1 Timoteo 5:17, quienes son dignos de doble honor.

 

  • Los maestros mencionados en Romanos 12:7, en cambio, son instructores que pueden funcionar localmente, o de forma itinerante. Pueden o no ser pastores, ya que un hombre puede ser maestro sin necesariamente tener el corazón de pastor ni el llamado a tal ministerio. Igualmente podemos decir que un pastor puede ser capaz de enseñar la Palabra, sin tener el don de enseñanza. Teólogos, maestros de institutos bíblicos, seminarios teológicos y universidades cristianas; líderes y maestros de escuela dominical, los padres en relación con sus hijos, aquellos que trabajan en áreas como guarderías, iglesias infantiles, ministerios infanto-juveniles, etc., pueden experimentar el don de enseñar mencionado en Romanos 12:7 sin necesariamente tener el llamado pastoral que implica el “pastores-maestros” de Efesios 4:11.

 

IV- DON DE EXHORTAR Y ANIMAR (PARAKLÉSIS).

El don de la exhortación se encuentra en la lista de dones que menciona Pablo en Romanos 12:7-8. La palabra que se traduce como “exhortación” o “consuelo” es la palabra griega paraklésis, relacionada con la palabra paracleto. Paraklésis básicamente significa “un llamado al lado de alguien”. Paraklésis lleva la idea de traer a alguien muy de cerca a fin de “exhortar”, “instar”, “alentar”, “dar gozo”, y “consolar” a la persona. Todas estas acciones constituyen el don de exhortación. Por ejemplo, Pablo a menudo exhortó e instó a sus lectores a que actuaran sobre algo que escribió. Un buen ejemplo está en Romanos 12:1-2, donde Pablo insta a los romanos a presentar sus cuerpos a Dios como un sacrificio vivo. Haciendo esto, ellos conocerían y comprenderían la voluntad de Dios. Curiosamente, cuando Jesús conversaba con sus discípulos en la noche de su arresto, se refirió al Espíritu Santo como el “Ayudador” o “Consolador” (Juan 14:16, 26; 15:26), razón por la cual se habla del Espíritu Santo como el “Paracleto”, que es aquel que viene a nuestro lado para exhortarnos y alentarnos. Una persona con el don espiritual de la exhortación puede usar su don tanto en público como en privado. La exhortación es útil en la consejería, el discipulado, el mentoreo y la predicación. El cuerpo de Cristo es edificado en la fe como resultado del ministerio de aquellos que tienen el don de la exhortación.

El don de la exhortación o consolación se diferencia del don de la enseñanza en cuanto a que la exhortación se centra en la aplicación práctica de la Biblia, mientras que una persona con el don de la enseñanza se enfoca en el significado y el contenido de la Biblia. Él o ella se pueden relacionar con los demás, en grupo o individualmente, con comprensión, compasión y orientación positiva. La enseñanza dice, “Este es el camino que debes seguir”; la exhortación dice, “Yo te ayudaré a ir por ese camino”. Una persona con el don de exhortación puede ayudar a otra persona a pasar del pesimismo al optimismo. Probablemente, el mejor ejemplo bíblico de alguien con el don de la exhortación o consolación es Bernabé. Su verdadero nombre era José, pero los apóstoles lo llamaron “Bernabé”, que significa “hijo de consolación” (Hechos 4:36). Vemos a Bernabé en Hechos 9:27 viniendo junto al recién convertido Pablo para presentarlo a una iglesia cautelosa. En Hechos 13:43, Bernabé alienta a los creyentes a que perseveren en la gracia de Dios. En Hechos 15:36-41, Bernabé elige a Juan que tenía por sobrenombre Marcos, como compañero de ministerio, a pesar de que había desertado en un viaje misionero anterior. En otras palabras, Bernabé le dio una segunda oportunidad a Marcos. A través de todo el ministerio de Bernabé, él evidenció el don de la consolación o exhortación, llamando a otros a su lado para ayudarlos, consolarlos, y para animarlos a ser más efectivos para Cristo.

Quien posee el don de exhortar disfruta de animar y motivar a las personas para que vivan una vida cristiana victoriosa. El profeta, el maestro y el que exhorta (o anima) dependen de diferentes variables para comunicar su mensaje: El profeta depende de su interacción con el Espíritu de Dios y la Palabra; el maestro depende de su buen conocimiento y dominio del asunto que expone; el que exhorta depende de una necesidad que surge y que él o ella puede aprovechar para animar e inspirar a las personas.

 

V- DON DE DAR O COMPARTIR (METADÍDOMI).

Uno de los dones de servicio mencionados por el apóstol Pablo es el don de dar (Romanos 12:8). La palabra dar proviene del griego Metadídomi, y su significado es dar, compartir, ofrecer o impartir. La persona que tiene el don de dar, lo hará con sencillez; ningún motivo oculto tendrá cuando ejercite ese don. No dará para aquietar su conciencia, ni dará para obtener algo en retribución. Quien posee este don disfruta de dar tiempo, talento, energía y recursos para beneficiar a otras personas y para el avance del evangelio.

Administrar todos los bienes, todo su tiempo, todo su talento, movido por el amor, siendo consciente de que todo pertenece a Dios y debe ser usado para su gloria y para felicidad del prójimo, esta es la conciencia que mueve al que tiene el don de dar; esta es la conciencia de la mayordomía total que debe motivar, alegrar, enriquecer espiritualmente y dominar la vida de un creyente que tiene este don. Una de sus motivaciones más importante para dar son las almas perdidas y el cumplimiento de la Gran Comisión.

El don de dar es una habilidad dada por Dios que implica dar de sus bienes y de sí mismo para el progreso de la obra de Dios, con tal cuidado y gozo que son fortalecidos los que reciben. Dios ha dado grandes posesiones a algunos hombres porque puede confiar en ellos para usar lo que tienen para el servicio divino. Estos creyentes son mayordomos especiales. Es el don de aquellos creyentes que, liberalmente, buscan financiar algún ministerio, aunque el costo para ellos sea considerable. Les da genuino gozo ver a Dios obrar a través de sus dádivas. Este don se manifestó de forma extraordinaria cuando hubo pobreza en los tiempos apostólicos. Dueños de propiedades vendían sus tierras o casas y luego donaban el dinero para aliviar las necesidades de otros. Bernabé era no solamente la personificación del don de exhortar y animar, sino que también poseía el don de dar. Se le señala con una mención especial como uno que vendió terreno y trajo el dinero a los apóstoles (Hechos 4:34-37). Los hombres y mujeres que poseen este don dan liberalmente de sus ganancias luego de suplir sus propias necesidades y dan mucho más allá que un diezmo. Lo han consagrado todo al Señor.

Aquel creyente que tiene el don de dar ha consagrado al Reino de Dios sus recursos, sea tiempo, sean finanzas, o sean habilidades. Quien tiene el don de dar reparte los recursos con buena disposición. Esta persona nunca da a regañadientes, porque Dios le ha concedido el especial gozo de compartir para beneficio del Cuerpo (2 Corintios 9:7-8; 9:12-13). Sólo un don de la gracia divina puede romper nuestra tendencia natural al egoísmo y al acaparamiento de bienes materiales para nuestra satisfacción personal.

 

VI- DON DE ADMINISTRAR, LIDERAR, PRESIDIR O DIRIGIR (PROISTEMI).

El don espiritual de liderazgo en la iglesia local aparece en dos pasajes, Romanos 12:8 y 1 Corintios 12:28. La palabra griega traducida para “regir” o “gobernar” en estos versículos es Proistemi y significa estar delante, estar sobre, dirigir, mantener, practicar, presidir. Este vocablo griego designa a uno que se establece sobre los demás o quien preside, gobierna o quien atiende un asunto con diligencia y cuidado. En 1 Tesalonicenses 5:12 la palabra es usada en relación a los ministros en general: ” Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor”. Aquí la palabra se traduce “presidir”.

En Romanos 12:8, la palabra traducida para “preside”, indica cuidado y diligencia con referencia a la iglesia local. El que preside está para atender con constante dedicación su trabajo, que consiste en velar por el rebaño y estar dispuesto a sacrificar su comodidad personal para cuidar ovejas necesitadas. Hay varias características que identifican a aquellos con el don espiritual de liderazgo. En primer lugar, ellos reconocen que su posición es por el nombramiento del Señor y están bajo la dirección de Él. Entienden que nos son gobernantes absolutos, sino que ellos mismos están sometidos a Aquel que está sobre todos, el Señor Jesús, quien es la cabeza de la iglesia. Reconociendo su lugar en la jerarquía de la administración del cuerpo de Cristo, impide que el talentoso líder caiga en el orgullo o a una especie de derecho. El verdadero líder cristiano reconoce que él no es sino un esclavo de Cristo y un siervo de aquellos que dirige. El apóstol Pablo reconoció esta posición, refiriéndose a sí mismo como un “siervo de Cristo Jesús” (Romanos 1:1). Al igual que Pablo, el creyente dotado con este don reconoce que Dios lo ha llamado a su cargo; él no se ha llamado a sí mismo (1 Corintios 1:1). Siguiendo el ejemplo de Jesús, el líder también vive para servir a aquellos a quienes él dirige, y no para ser servido o señorear sobre ellos (Mateo 20:25-28).

Santiago, el medio hermano del Señor Jesús, tenía el don de liderazgo ya que dirigió la iglesia en Jerusalén. Él también se refirió a sí mismo como “un siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Santiago 1:1). Santiago mostró otra cualidad del liderazgo espiritual, la habilidad para influir a otros a pensar acertada, bíblica, y piadosamente en todos los asuntos. En el concilio de Jerusalén, Santiago trató con el controvertido asunto de cómo relacionarse con los gentiles que se acercaban por la fe a Jesús el Mesías. “Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre” (Hechos 15:13-14). Con esa declaración de apertura, Santiago llevó a los delegados a pensar clara y bíblicamente, permitiéndoles llegar a una correcta decisión sobre este asunto (Hechos 15:22-29).

Como pastores del pueblo de Dios, los líderes talentosos gobiernan con diligencia y poseen la habilidad de discernir verdaderas necesidades espirituales de las necesidades “sentidas”. Ellos llevan a otros a la madurez en la fe. El líder cristiano lleva a otros a crecer en su capacidad de discernir por sí mismos aquello que viene de Dios, frente a lo que es cultural o temporal. Siguiendo el ejemplo de Pablo, las palabras del líder de la iglesia no son “sabias y convincentes” desde el punto de vista de la sabiduría humana, sino que están llenas con el poder del Espíritu Santo, dirigiendo y animando a otros a descansar su fe en ese mismo poder (1 Corintios 2:4-6). El objetivo de un líder con el don es proteger y guiar a aquellos que dirige “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). El don espiritual de liderazgo es dado por Dios a los hombres y mujeres, quienes a su vez ayudarán a que la iglesia crezca y florezca más allá de la generación actual. Dios no ha dado el don de liderazgo para que el hombre sea exaltado, sino para que Él sea glorificado cuando los creyentes usan los dones que Dios da para hacer Su voluntad.

Los que poseen el don de presidir usan sus palabras de manera adecuada para que el sentir de Dios prevalezca por encima del sentir general o del sentir de los propios líderes de la iglesia. Este don de Dios le concede al creyente la capacidad especial de establecer la dirección y unir a las personas para el cumplimiento de la obra de Dios (2 Samuel 20:15-22). Los líderes o los que presiden hacen posible que el cuerpo de Cristo se mueva hacia ideales comunes, y se ocupan de edificar un pueblo de Dios que complazca al Espíritu del Señor. El líder ayuda a las personas a moverse para cumplir metas que Dios tiene para ellas (Jueces 4). Quien tiene este don disfruta de organizar, dirigir o liderar. El don de presidir, dirigir o administrar también dotará al líder cristiano de la capacidad de saber ubicar a los creyentes en actividades acordes con los dones espirituales de esos creyentes (2 Timoteo 2:2). Conocerá a su gente y los estimulará a usar sus dones para la consecución de una meta común. Los que tienen el don de presidir o gobernar, no son los que gritan órdenes para que otros las cumplan sino los que por medio de su ejemplo de servicio incentivan al resto a servir con fervor.

 

VII- DON DE COMPASIÓN O MISERICORDIA (ELEÉO).

En la enseñanza de Jesús del Sermón del Monte, una de las bienaventuranzas es “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7). El don espiritual de la misericordia es lo que expresamos cuando somos dirigidos por Dios para ser compasivos en nuestras actitudes, palabras y acciones. Es más que sentir compasión hacia alguien; es el amor reflejado. La misericordia desea responder a las necesidades inmediatas de los demás y aliviar el sufrimiento, la soledad y la tristeza. La misericordia trata crisis físicas, emocionales, financieras o espirituales, por medio de un servicio generoso y abnegado. La misericordia es la defensora de los humildes, pobres, explotados y olvidados, y a menudo actúa a favor de ellos.

Un buen ejemplo de la misericordia se encuentra en Mateo 20:29-34: “Al salir ellos de Jericó, le seguía una gran multitud. Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ¡ten misericordia de nosotros! Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ¡ten misericordia de nosotros! Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos. Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron”. Nótese que los ciegos no asociaron la misericordia con un sentimiento sino con una acción. Su problema físico era que no podían ver, así que, para ellos, el acto de la misericordia fue la intervención de Cristo para restaurar su vista. La misericordia es más que un sentimiento; siempre va seguida por una acción.

Este don tiene una aplicación práctica de servicio activo, así como la responsabilidad de hacerlo con alegría (Romanos 12:8). El creyente que posee este don se preocupa por los necesitados y les muestra compasión y amor. El Nuevo Testamento menciona a personas que poseían este maravilloso don de compasión y ayuda al necesitado. Nuestro Señor Jesús (Lucas 7:11-14; 9:10-17) y Dorcas (Hechos 9:36-39) son ejemplos de este don. Es indispensable en el cumplimiento de nuestra misión como iglesia, ya que los ministerios de compasión y misericordia son una parte inseparable de la Gran Comisión (Lucas 10:25-37; Santiago 1:27, 2:6, 2:15-16; Hechos 13:3; Gálatas 2:9-10; Job 29:12). La iglesia moderna urge de más creyentes dotados con este don.

 

CONCLUSIÓN.

Debemos discernir los diferentes dones que hay en el Cuerpo de Cristo y trabajar juntos, dependiendo los unos de los otros. En este contexto podemos ver la importancia de utilizar nuestros dones de servicio para la gloria de Dios. Estos dones, cuya existencia hemos ignorado en gran parte, tienen mucho que ofrecer al Cuerpo de Cristo y pueden ser de gran bendición para la sociedad y el mundo en general.

Dones Espirituales

Los Dones Ministeriales o Funciones Carismáticas.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En un sentido amplio, un don espiritual es cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye tanto los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia), así como aquellos que trascienden los medios ordinarios (sanidades, profecía y milagros). Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Los dones ministeriales o funciones carismáticas son parte de este regalo maravilloso que constituyen los dones espirituales, los cuales han sido dados para la edificación de la iglesia del Cristo. Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

Aunque el Nuevo Testamento insiste en la universalidad del ministerio dentro del cuerpo de Cristo, también indica que algunos creyentes son apartados de manera exclusiva para funciones concretas dentro del ministerio. Con frecuencia se menciona al respecto Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. De esta manera se obtiene una lista de las que se han llamado en ocasiones “funciones carismáticas” o “dones ministeriales” de la Iglesia Primitiva, diferentes a los “puestos administrativos” (obispo, anciano, diácono), de los que se hace mención especial en las últimas epístolas del Nuevo Testamento. El importante papel que desempeñaron los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros en el ministerio de la Iglesia Primitiva está bien atestiguado en el Nuevo Testamento.

Referente a los dones ministeriales, el apóstol Pablo escribió: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, quien está sobre todos, en todos y vive por medio de todos. No obstante, él nos ha dado a cada uno de nosotros un don especial mediante la generosidad de Cristo. Por eso las Escrituras dicen: «Cuando ascendió a las alturas, se llevó a una multitud de cautivos y dio dones a su pueblo». Fíjense que dice «ascendió». Sin duda, eso significa que Cristo también descendió a este mundo inferior. Y el que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, a fin de llenar la totalidad del universo con su presencia. Ahora bien, Cristo dio los siguientes dones a la iglesia: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, y los pastores y maestros. Ellos tienen la responsabilidad de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es decir, el cuerpo de Cristo. Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.” (Efesios 4:5-11, Nueva Traducción Viviente).

La validez y vigencia de las funciones carismáticas para nuestra época es incuestionable. Pablo mismo afirma que este proceso (la edificación de la iglesia a través de todos y cada uno de los dones ministeriales) continuará “hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios” (v. 11). En su misericordia, Dios ha dotado a su cuerpo, que es la iglesia, de dones en forma de hombres y mujeres. En este pasaje vemos que se registran cinco dones:

1)- El apóstol, aquel que establece, planta y fortalece las iglesias (el actual oficio o función del misionero).

2)- El profeta, aquel que pronuncia el mensaje de Dios.

3)- El evangelista, aquel que es llamado a predicar el evangelio.

4)- El pastor, aquel que alimenta y pastorea a los cristianos.

5)- El maestro, aquel que instruye a los cristianos en la Palabra de Dios.

Es importante hacer hincapié en el hecho de que estos no son títulos, sino funciones carismáticas o dones. Una persona no llega a ser profeta porque alguien le dé el nombre de profeta; más bien, llega a ser profeta cuando desarrolla la habilidad que Dios le ha dado de obrar como profeta y responde al llamado específico de Dios con un corazón dispuesto. El propósito de estos dones ministeriales es muy claro. The New American Standard Bible lo dice de esta forma: “Y Él puso a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, y a otros como pastores y, maestros, para equipar a los santos para la obra del servicio, para el fortalecimiento del Cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe, y al conocimiento del Hijo de Dios.” (Efesios 4:11-13)

Estos cinco dones ministeriales o funciones carismáticas también pueden llamarse dones de “equipamiento”, los cuales permiten a los santos (los creyentes) hacer la obra del ministerio, para que el Cuerpo de Cristo en la tierra (la iglesia) pueda funcionar como representante de Dios. Por lo tanto, estos dones tampoco nos pertenecen ni se dan por voluntad humana (Hechos 13:2; 1 Corintios 12:11; 1 Pedro 4:10). Más bien, estos hombres y mujeres han sido dotados para equipar al resto del Cuerpo de Cristo. Son dones en forma de hombres y mujeres, dados a la iglesia para su edificación. Analicemos brevemente cada uno de los dones ministeriales.

 

LOS APÓSTOLES.

La palabra apóstol (en griego: Απόστολος) significa enviado o comisionado. Por lo tanto, la función carismática que llamamos “apóstol” describe a alguien que ha sido enviado o comisionado en representación de nuestro Señor Jesucristo. En el Nuevo Testamento la palabra “apóstol” se utiliza para describir a los discípulos comisionados por Cristo Jesús para la tarea de proclamar su evangelio y sus enseñanzas. El término “apóstol” describe a dos categorías de personas:

(1. Los Apóstoles comisionados por Jesús mismo. Describen exclusivamente a los doce que anduvieron con Jesús (a quienes Jesús mismo “les llamo apóstoles” Lucas 6:12-16). A esta categoría pertenecen exclusivamente quienes estuvieron con Jesús en su ministerio terrenal desde su bautismo hasta su resurrección, a los cuales Jesús personalmente comisionó, y los cuales llegaron a ser el fundamento doctrinal sobre el cual la iglesia primitiva determinó sus enseñanzas (Efesios 2:20), por el hecho de haber sido testigos de las enseñanzas de Jesús mismo (Hechos 1:21-22). El Nuevo Testamento deja en claro que el grupo conocido como “los Doce” se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba”. De lo contrario, no podría haber sido, en palabras de Pedro “hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo, mostrando que, para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1 Corintios 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo exclusivo de los Doce quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Sin embargo, esto no significa que la función carismática del apóstol haya desaparecido de la iglesia del siglo XXI; de hecho, aún tenemos entre nosotros otro tipo de apóstoles que continuará hasta que Cristo venga.

(2. Otros discípulos de Jesús que no fueron parte de los doce, y siervos de Dios comisionados a servir por las iglesias locales. Es necesario recordar que el término “apóstol” se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso, el sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión. Un aspecto más específico de este sentido ocurre en 2 Corintios 8:23 y Filipenses 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea de carácter misionero. En este sentido, la palabra “apóstol” significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). Dicho de otra manera, y lejos de representar un título de autoridad universal sobre la iglesia como en el caso de los Doce, el término apóstol llegó a utilizarse dentro de la iglesia para describir también a creyentes que hacen la tarea que los apóstoles hacían, es decir, que son comisionados o enviados por las iglesias para evangelizar, plantar nuevas iglesias, y/o apoyar con la enseñanza (el discipulado) en iglesias ya existentes.

En escritos cristianos antiguos como la Didajé, o La Enseñanza de los Apóstoles (escrito alrededor del año 150 d.C. aproximadamente) se llama “apóstoles” a aquellos predicadores itinerantes enviados por las iglesias a ministrar a otros lugares: “Pero con respecto a los apóstoles y profetas, obrad con ellos en conformidad con el evangelio. Que todo apóstol, cuando venga a vosotros sea recibido como el Señor; pero no se quedará más de un solo día, o, si es necesario, un segundo día; pero si se queda tres días, es un falso profeta. Y cuando se marche, que el apóstol no reciba otra cosa que pan, hasta que halle cobijo; pero si pide dinero, es un falso profeta.” (Didajé, 11)

Estos siervos enviados o comisionados por las iglesias (apóstoles) no son columnas o fundamentos de la iglesia como los doce Apóstoles, simplemente hacen la función de lo que hoy llamamos misioneros. Describe el ministerio de personas comisionadas por la iglesia local para proclamar el evangelio, servir, instruir, o plantar nuevas iglesias en otros lugares. Es en este sentido que el ministerio apostólico continúa en la actualidad. Que los misioneros fueron llamados apóstoles es ampliamente testificado en el Nuevo Testamento:

  • En Hechos 14 14 dice: “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces”
  • En Romanos 16.7 dice: “Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo”. Nótese que Andrónico y Junias (una mujer) también son llamados apóstoles.
  • 2 Corintios 8.23 dice: “En cuanto a Tito, es mi compañero y colaborador para con vosotros; y en cuanto a nuestros hermanos, son mensajeros de las iglesias, y gloria de Cristo”. El texto griego dice que …” y en cuanto a nuestros hermanos, son “apostoloi” de las iglesias.” Así que la traducción exacta es que Tito y otros cuyos nombres allí no se mencionan son apóstoles de las iglesias puesto que desempeñaban labores misioneras y de apoyo a los Apóstoles originales.
  • En 1 Tesalonicenses 1.1 dice: “Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. Y luego, en 1 Tesalonicenses 2.6 dice: “ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.” ¿A qué apóstoles se refiere aquí Pablo? A él mismo (Pablo), a Silvano y a Timoteo. Los 3 eran misioneros y se desempeñaban como tales.
  • Santiago 1.1 nos dice: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud.” Éste era el hermano del Señor Jesús constituido como apóstol a los judíos en la dispersión. En 1 Corintios 15.7 dice: “Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles”
  • En Filipenses 2.25 dice: “Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades” Aquí como en el caso de Tito, los traductores, prefieren traducirlo “vuestro mensajero”, aunque el original griego dice claramente “apostolôn” (por la forma del genitivo), o literalmente “vuestro apóstol”, ya que realizaba labores misioneras.
  • 1 Corintios 4:6,9 dice: “Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que, por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros… Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.” Nótese que Apolos, otro misionero, es llamado apóstol.

 

LOS PROFETAS.

La función carismática del profeta continúa vigente en nuestra época. El Nuevo Testamento deja clara evidencia de ello. Sin embargo, pocas palabras están tan malentendidas como las palabras “profecía, profetizar” y pocos ministerios son tan mal entendido como el de profeta. Se da por sentado que profetizar es vaticinar eventos futuros u otras veces que es la manifestación abierta de información secreta. De hecho, eso es el concepto pagano del término (los oráculos griegos, la Sibila, Nostradamus, el horóscopo). Entonces surgen falsos profetas que se creen dueños de la palabra divina y no invitan el cuestionamiento ni lo toleran. Es claro que Dios conoce el futuro, y lo ha revelado, pero no sólo para que conozcamos cosas del mañana, sino para que cumplamos su voluntad hoy, en el presente, a la luz del porvenir. Los profetas, en el sentido bíblico, no eran ni son futurólogos, mucho menos adivinos ni pitonisas. No eran profetas porque vaticinaban el futuro sino porque entendían el presente a la luz de la voluntad de Dios. Si no predecían nada futuro, no eran menos profetas. El profeta es profeta porque trae un mensaje de Dios para el pueblo y para los pueblos.

Estudiosos de las escrituras, analizando bien las acciones y los escritos de los profetas hebreos, han encontrado lo esencial y definitivo del profetismo en su doble función de denuncia y de anuncio. Denuncian los pecados e injusticias, tanto fuera de Israel (Amós 1:3 – 2:3) como dentro del pueblo de Dios (Amós 2:4-12). Su lenguaje es fuerte, no siempre amable (igual que el de Jesús). Anuncian juicio y salvación para Israel y las demás naciones y hasta una nueva creación (Isaías 65:17). Para hacer todo eso, los profetas deben ser como los hijos de Isacar, “entendidos en los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer” (1 Crónicas 12:32). Los profetas son profetas porque ven su mundo con los ojos de Dios y sus corazones arden con celo por la voluntad de Dios.

Entre las congregaciones que fundó Pablo, hubo dos extremos en cuanto a la profecía y el ministerio profético. En Tesalónica apagaban al Espíritu, despreciando las profecías (1 Tesalonicenses 5:19-20).  Eran lo que hoy llamaríamos “anti-pentecostales”. A ellos, Pablo les manda dejar de actuar así, pero a “someterlo todo a prueba”, es decir, ni rechazar las profecías de antemano ni tampoco creerlos ciegamente, sino examinarlas y retener lo bueno. Tenía que tomar las profecías más en serio, pero con discernimiento maduro, para no ser engañados por falsos profetas.

De 1 Corintios queda claro que en Corinto existía el otro extremo. Su tendencia de sobrevalorar los dones carismáticos los llevaba a exageraciones, abusos y en general mucho desorden. Hoy los llamaríamos “ultra-pentecostales”. 1 Corintios 14:29-33 nos dice: “En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden sino de paz.” Este pasaje nos habla de mensajes proféticos que surgían espontáneamente en medio del culto. Eran profetas congregacionales en Corinto, más de veinte años después del Pentecostés. Parece que eran muchos, tanto que Pablo tuvo que ordenar la situación.

Tal como el texto lo deje entrever, con una libertad a veces excesiva, casi todos en la congregación de Corinto querían hablar lenguas y profetizar, aparentemente creyendo que las lenguas y las profecías fueran Palabra de Dios sin mediación humana falible y hasta pecaminosa. A ellos Pablo les manda poner en orden su conducta, a profetizar uno a la vez y no más de dos o tres en cada culto, Además. al mandar que “los demás juzguen” cada profecía (hoi alloi diakrinô), Pablo repite, en otras palabras, la exhortación de 1 Tesalonicenses 5, de examinar (dokimazô) las profecías antes de recibirlas como revelación. Por las palabras de Pablo resulta más que obvio que la profecía no funciona aquí como revelación infalible al mismo nivel que la Biblia, sino como don carismático de la congregación. Nótese que los verbos “examinar” y “juzgar” en estos textos están en el modo imperativo. Todos los fieles, como portadores/as del Espíritu de Dios, tienen el deber de aportar a la valoración crítica de las profecías y demás mensajes. La palabra profética va para la comunidad de fe, y por eso todos ellos (hoi alloi) están llamados a juzgarla (diakrinô, evaluar, discernir), ya que todos son portadores/as del Espíritu de Dios. La iglesia debe escuchar la profecía y recibirla con respeto, pero con discernimiento crítico (1 Tesalonicenses 5:19-21). Lo más significativo en este texto es que describe esta profecía congregacional como revelación (apokaluptô). Según la Biblia, Dios se revela de distintas maneras. Su máxima revelación es Jesucristo, el Dios encarnado (Juan 1:14,18; Hebreos 1;1-2). Segundo, la Palabra escrita, inspirada por el Espíritu, da testimonio de él (1 Corintios 2:9-13; Juan 5:39). Además. la creación revela a su Creador (Salmos 19:1-6; Romanos 1:18-21). Y según 1 Corintios 14:29-33, las profecías, debidamente escrutadas y convalidadas, son también revelación de Dios y su voluntad 1 Corintios 14:30; Juan 16:8-13).

El Nuevo Testamento evidencia la continuidad del ministerio profética en la Iglesia de Cristo. Existe referencia en el Nuevo Testamento a profetas como oficios en la iglesia en tres lugares, Hechos capítulos 13, 15 y 21. Se mencionan a Bernabé, Simón el que se llamaba Níger, Lucio de Cirene, Manaén, y Saulo. Judas y Silas, cuatro hijas de Felipe que profetizaban y a un profeta llamado Agabo. Veamos estas referencias:

  • “Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.” (Hechos 13:1-3).
  • Hechos 15:32 “Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras.”
  • Se menciona de Felipe el evangelista tenía cuatro hijas que profetizaban: “Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.” (Hechos 21:8-9).
  • Hechos 21:10-11 nos habla de un profeta llamado Agabo: “descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”

La literatura proveniente de los primeros cristianos también constata la existencia de esta función carismática dentro de la iglesia aún después de la muerte del último de los Doce: “No todo el que habla en el Espíritu es un profeta, sino sólo el que tiene los caminos del Señor. Por sus caminos pues, será reconocido el profeta falso y el profeta. Y ningún profeta, cuando ordenare una mesa en el Espíritu, comerá de ella; pues de otro modo es un falso profeta. Y todo aquel que diga en el Espíritu: Dadme plata u otra cosa, no le escuchéis; pero si os dice que deis a favor de otros que están en necesidad, que nadie le juzgue. Pero que todo el que venga en el nombre del Señor sea recibido; y luego, cuando le hayáis probado, le conoceréis, porque discerniréis la mano derecha de la izquierda. Pero si no tiene oficio proveed de que viva como un cristiano entre vosotros, pero no en la ociosidad. Si no hace esto, es que está traficando con respecto a Cristo. Guardaos de estos hombres.” (Didajé, 11-12).

Con base en el Nuevo Testamento y los escritos de los primeros cristianos, podemos afirmar que la función de los profetas en el Nuevo Testamento (y en la iglesia actual) no es exactamente la misma como en el Antiguo Testamento. En el orden del Antiguo Testamento, Dios llamó profetas con el mandato de anunciar y escribir Su revelación autoritativa para el pueblo; es decir, escribir los libros de la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo. Debe destacarse que ninguno de los profetas mencionados explícitamente en el Nuevo Testamento escribió un libro de la Biblia. Ellos tenían simplemente la función de animar, exhortar y advertir a los hermanos con lo que Dios les revelaba. (Hechos 15:32). Además, es una función importante de la profecía, traer a la luz “las cosas escondidas del corazón” (1 Corintios 14:24-25). La profecía puede obrar convicción en un incrédulo que accidentalmente entra a una reunión de los cristianos.

Aunque los profetas del orden del Nuevo Testamento no tienen el mismo peso como en el Antiguo Testamento, su función sigue siendo importante. Aunque no están puestos para revelar verdades eternas y autoritativas de la fe, sí tienen la función de anunciar en situaciones específicas lo que el Señor quiere decir a una persona o iglesia en particular. Así, la profecía es una de las pocas funciones en la iglesia que concretiza lo que es el gran privilegio del Nuevo Pacto: tener acceso directo a Dios, estar en comunión con Él y conocer Su corazón.

 

LOS EVANGELISTAS.

Nuestra palabra “evangelista” proviene del vocablo griego euagelistés, que significa “el que proclama buenas noticias.” Un evangelista es entonces uno que se dedica enteramente a “proclamar (predicar) el evangelio”, especialmente el mensaje de salvación. El término evangelista se usa sólo tres veces en el Nuevo Testamento (Hechos 21:8; Efesios 4:11; 2 Timoteo 4:5). No obstante, Pablo enumera al evangelista como uno de los dones ministeriales de la iglesia (Efesios 4:11). Solamente Felipe es llamado específicamente un “evangelista” (Hechos 21:8); pero trabajadores tales como Timoteo (2 Timoteo 4:5), Lucas (2 Corintios 8:18), Clemente (Filipenses 4:3) y Epafras (Colosenses 1:7; 4:12) pueden haber funcionado como evangelistas.

Un evangelista es alguien que anuncia las buenas nuevas; en otras palabras, un predicador itinerante del evangelio. Una persona con el don de evangelismo o la función carismática de evangelista a menudo es alguien que viaja de un lugar a otro para predicar el evangelio y hacer un llamado al arrepentimiento. Puesto que Felipe es la persona a la que específicamente se le llamó evangelista en la Escritura, estudiar su vida y ministerio nos ayuda a esclarecer las funciones de este don ministerial.

El Nuevo Testamento nos dice que Felipe había sido uno de los siete escogidos para ministrar a las viudas y necesitados (Hechos 6:2-4). Evidentemente, Felipe se había establecido en Cesarea, y había vivido allí durante unos 20 años antes de que Pablo llegara en Hechos 21. La labor evangelística previa de Felipe fue en Samaria (Hechos 8:4-8). Él “proclamó el Mesías” a los samaritanos (versículo 5) e hizo milagros, entre los cuales estaban el expulsar demonios y sanar paralíticos. La presencia de Pedro y Juan en Samaria y la permanencia del Espíritu en los creyentes samaritanos (Hechos 8:17), confirmaron el ministerio de Felipe allí. Como evangelista, Felipe había predicado el evangelio y, cuando los samaritanos creyeron y recibieron el Espíritu, fueron acogidos en la iglesia. El trabajo de Felipe en llevar la salvación a los perdidos es lo que los llamados evangelistas han hecho desde entonces.

El ministerio de Felipe como evangelista continúa en Hechos 8 cuando él es guiado por un ángel para ir al camino desértico hacia Gaza. En el camino se encontró con un eunuco etíope, un funcionario de la reina de Etiopía. Felipe abre el entendimiento del hombre respecto a la palabra de Dios, y el eunuco es salvo. Felipe bautiza al hombre, y el Espíritu Santo arrebata a Felipe (Hechos 8:39). Luego, Felipe “se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea” (versículo 40). Dondequiera que iba, Felipe compartía el evangelio. Así pues, el ministerio de Felipe establece un modelo de lo que es, y debe hacer, un evangelista según el Nuevo Testamento:

  • Felipe predicaba la palabra de Dios, declarando específicamente el centro del evangelio, que es Cristo el Salvador. “Les predicaba a Cristo” (Hechos 8:4, 5, 35).
  • Hubo muchos que creyeron y fueron bautizados (Hechos 8:6, 12).
  • Milagros de sanidad siguieron a su predicación y muchos fueron librados de espíritus demoníacos (Hechos 8:6, 7). Los milagros de sanidad dieron mayor efectividad al ministerio de Felipe (Hechos 8:6, 8).
  • Felipe estaba listo para testificar de Cristo como Salvador, tanto en ciudades enteras, como a un solo individuo. Dejando Samaria, fue dirigido al carruaje del tesorero de Etiopía (Hechos 8:26), a quien llevó a Cristo (Hechos 8:35–38). El verdadero ganador de almas tiene una pasión por las almas que lo hace adaptable al evangelismo en masa y al evangelismo personal.
  • El ministerio evangelístico de Felipe lo llevó de ciudad en ciudad (Hechos 8:40).

El cuadro del evangelista del Nuevo Testamento y de la época post-apostólica, era el de uno predicando el mensaje evangélico de salvación de iglesia en iglesia y de ciudad en ciudad. Eusebio de Cesarea, el gran historiador de la iglesia del siglo cuarto describió a los evangelistas como aquellos que esparcían las semillas salvadoras del reino de los cielos, tanto lejos como cerca, y a través del mundo entero, llenos del deseo de predicar a Cristo, a los que todavía no habían oído la palabra de fe (Historia Eclesiástica, Libro II). Ciertamente, el oficio del evangelista será necesario hasta que la iglesia llegue a la madurez de Cristo mismo (Efesios 4:13). Las buenas nuevas deben ser compartidas.

 

LOS PASTORES.

Los “pastores” son tal vez la función carismática o don ministerial más conocido dentro de la iglesia de Cristo y se suelen identificar como “los que dirigen” a una iglesia local. El moderno oficio de “pastor” parece coincidir con la posición bíblica de obispo (gr. epískopos), la de anciano (gr. presbuteros) o ambas (1 Timoteo 3:1-7; Tito 1:5-7). Sin embargo, el término “obispo” se convirtió en el usado de manera más prominente para este ministerio, porque subrayaba la responsabilidad espiritual y la supervisión de la iglesia local.

El término griego poimén (“pastor”) sólo se utiliza una vez en toda la Biblia como una referencia directa al ministerio de pastor (Efesios 4:11). Sin embargo, el concepto o función de pastor aparece por todas partes en las Escrituras. Como lo sugiere el nombre, pastor es aquél que cuida de las ovejas. La relación entre estos tres términos de “obispo”, “presbítero” y “pastor” queda clara en Hechos 20. En el versículo 17, Pablo manda llamar a los ancianos (gr. presbuteroi) de la iglesia de Éfeso. Más adelante, dentro del mismo contexto, exhorta a los ancianos: “Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos [gr. epískopoi]” (v. 28). En la oración inmediatamente siguiente, exhorta a los mismos que acaba de llamar obispos o supervisores a “apacentar” [gr. poimáino] la iglesia del Señor” (v. 28).

El modelo de Dios para edificar Su iglesia incluye usar hombres con la función carismática de pastor. De acuerdo con la Biblia, las responsabilidades y funciones de los pastores en los tiempos actuales, como las de los pastores de la época neotestamentaria, son muchas y variadas:

  • Supervisar la iglesia (1 Timoteo 3:1). El principal significado de la palabra obispo es “supervisor”. La responsabilidad del pastor es la supervisión general del ministerio y el funcionamiento de la iglesia. Esto incluiría el manejo de finanzas dentro de la iglesia (Hechos 11:30).
  • Gobernar la iglesia (1 Pedro 5:1–4; 1 Timoteo 5:17). La palabra que se traduce como “gobernar”, significa literalmente “comparecer ante”. La idea es guiar o asistir, con un énfasis en ser una persona que cuida de manera diligente. Esto incluiría la responsabilidad de ejercer la disciplina en la iglesia y reprobar a aquellos que se han apartado de la fe (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:11-13). Una responsabilidad oficial del pastor es gobernar la iglesia, y su enfoque principalmente debe ser espiritual, atendiendo asuntos tales como edificar a los creyentes y equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:12). Sin embargo, dicha autoridad debe ejercerse sin abusos, pues un pastor no es un dictador (3 Juan 9-10). 1 Pedro 5:3 contiene una descripción maravillosa de un ministerio pastoral equilibrado: “No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”. La autoridad del pastor no es para que él se “enseñoree” de la iglesia; más bien, un pastor debe ser un ejemplo de verdad, de amor y de piedad, para que el rebaño de Dios lo pueda seguir. (1 Timoteo 4:12). Un pastor es un “administrador de Dios” (Tito 1:7), y él es responsable ante Dios por su liderazgo en la iglesia.
  • Cuidado pastoral (1 Pedro 5:3). Literalmente, la palabra pastor significa “pastor de ovejas”. El pastor tiene una tarea de “alimentar el rebaño” con la Palabra de Dios y de cuidarlos guiarlos en la forma adecuada (1 Timoteo 3:5; Hebreos 13:17).
  • Mantener la doctrina de la iglesia a través de la instrucción adecuada (1 Timoteo 3:2; 5:17; Tito 1:9). La enseñanza de los apóstoles fue encomendada a “hombres fieles” que enseñarían también a otros” (2 Timoteo 2:2). Preservar la integridad del evangelio, es uno de los llamados más grandes del pastor quien debe, a su vez, saber enseñar.

Con respecto a este último aspecto de su responsabilidad, se observa con frecuencia que los papeles de pastor y de maestro parecen tener mucho en común en el Nuevo Testamento. De hecho, cuando Pablo menciona estos dos dones de Dios a la Iglesia en Efesios 4:11, la forma en que aparece en griego la frase “pastores y maestros” (poiménas kái didaskálus) podría estar señalando a uno solo que cumple con ambas funciones; un “pastor-maestro”. Aunque la función de “maestro” es mencionada en otros lugares separada de la de “pastor” (Santiago 3:1), con lo que se indica que quizá no siempre se deban considerar como papeles sinónimos, todo pastor genuino tomará seriamente la obligación de instruir al rebaño de Dios. Los pastores del rebaño de Dios deben guiarlo con su ejemplo, sin olvidar nunca que están cumpliendo las funciones de ayudantes de pastor junto a Aquél que es el verdadero Pastor y Supervisor de sus almas (1 Pedro 2:25). El dio el ejemplo de lo que es un líder-siervo (Marcos 9:42–44; Lucas 22:27).

 

LOS MAESTROS.

Los maestros son dones de Cristo a la Iglesia. Aparecen en orden histórico en la fundación y consolidación de la Iglesia, y no en una especie de rangos de autoridad (1 Corintios 12:28). Ellos constituyen un don dado por el Espíritu Santo (Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:28; Efesios 4:1-12), permitiéndole a un creyente comunicar eficazmente las verdades de la Biblia a los demás. En muchos casos, pero no siempre, se usa en el contexto de la iglesia local. El don de la enseñanza implica el análisis y la proclamación de la Palabra de Dios, explicando el significado, el contexto y la aplicación a la vida del oyente. El que tiene el don de ser maestro es aquel que tiene la habilidad única para instruir y comunicar claramente el conocimiento, concretamente las doctrinas de la fe y las verdades de la Biblia. Por su instrucción hace que otras personas aprendan. El propósito de la enseñanza del maestro es llevar a la iglesia a la unidad, el crecimiento, la madurez y la capacitación para el servicio. Esa misma enseñanza debe tener la habilidad de cambiar la vida de las personas con la enseñanza de la doctrina. El apóstol Pablo es mencionado en el Nuevo Testamento como poseedor de este don ministerial o capacitador (1 Timoteo 2:7).

La función carismática del maestro es un don sobrenatural del Espíritu Santo, no una mera habilitad o talento humano. Una persona sin este don puede entender la Biblia mientras la escucha o la lee, pero no la puede explicar como lo hace una persona que tiene el don. Aunque el ser humano puede, mediante el estudio y la preparación secular, desarrollarse ciertas habilidades y destrezas en la enseñanza, el don espiritual del maestro no es algo que se pueda aprender o adquirir. En Efesios 11, los maestros están ligados con los pastores. Esto pareciera implicar que el pastor también es un maestro. Esto se debe a que un pastor es uno que cuida de su gente, de la misma manera que un pastor de ovejas cuida su rebaño. Así como un pastor alimenta a su rebaño, el pastor tiene también la responsabilidad de enseñar a su pueblo el alimento espiritual de la Palabra de Dios. De esta forma, la Iglesia es edificada a través del uso de este don, mientras las personas escuchan la Palabra de Dios, su significado y cómo aplicarla a sus propias vidas. Dios ha levantado a muchos con este don para levantar a la gente en su fe y permitirles crecer en toda sabiduría y conocimiento (2 Pedro 3:18).

Hay varios contextos en los cuales este don puede ser utilizado hoy en día: En clases de escuela dominical, institutos bíblicos, colegios y universidades cristianas, seminarios y estudios bíblicos en la iglesia o en las casas, etc. El que tiene este don ministerial puede, al igual que Jesús, enseñar, explicar y exponer con autoridad el sentido del texto bíblico (Mateo 7:29; Marcos 1:22; Lucas 4:36).

 

CONCLUSIÓN.

El Señor ha dado dones ministeriales y llama a hombres y mujeres para que los desempeñen, con la finalidad de “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio”, edificando de esta manera Su propio cuerpo que es la Iglesia. Los dones ministeriales enumerados por Pablo son: Apóstol, Profeta, Evangelista, Pastor y Maestro. Un hombre puede ser constituido por el Señor para desempeñar más de un don ministerial al mismo tiempo. Aunque pareciera que guardan un orden jerárquico, todos los cinco ministerios tienen el mismo valor ante el Señor, ninguno puede considerarse mayor que el otro; pero en su función cada uno es diferente:

  • Los apóstoles son testigos de Cristo a las naciones, fundan nuevas congregaciones, predican la Palabra de Dios, acompañándola con poderosas señales sobrenaturales y milagros, y confirman a la Iglesia en la fe (Hechos 16:4-5). Este don ministerial corresponde actualmente con el llamado del misionero.
  • El profeta es un portavoz o vocero de Dios que denuncia el pecado y nos comunica algo particular proveniente de Dios. Sus palabras deben estar en perfecta concordancia con la Biblia para que el mensaje tenga la debida autoridad divina. El profeta al declarar una palabra debe cumplir tres aspectos fundamentales para ser de Dios, ellos son: “edificar, exhortar y consolar” a los receptores (1 Corintios 14:3).
  • El evangelista tiene la función de predicar las buenas nuevas de salvación al mundo perdido; aquéllos llamados por el Señor para desempeñar este ministerio tienen una gracia divina especial para ganar almas para Cristo, Dios les capacita para llevar un mensaje que toque corazones, redarguya las conciencias y ofrezca las respuestas que el hombre necesita.
  • El pastor brinda consejo, corrección, aliento y consolación. Vela por las ovejas que Dios ha puesto a su cargo y es responsable por cada una de ellas, por ello la Biblia aconseja al cristiano someterse a la autoridad del pastor (Hebreos 13:7,17).
  • Los maestros se encargan específicamente de escudriñar y profundizar el estudio de la Palabra de Dios para ofrecer entendimiento al resto de los miembros de la iglesia; así como el velar por la sana doctrina dentro del Cuerpo de Cristo. El maestro tiene la capacidad divina de explicar lo que la Biblia dice, interpretar lo que significa y aplicarlo a los corazones de los santos en la Iglesia.

En su funcionalidad en la edificación para el crecimiento de la Iglesia, los dones ministeriales se mueven espiritualmente en la misma dirección de la voluntad de Dios. Efesios 4:15-16 dice: “Crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”. Dentro del crecimiento integral del Cuerpo de Cristo en la dirección que el Señor como cabeza imparte, debemos actuar, de manera unánime, bien concertada, ayudándonos unos a otros conforme al don o dones que cada uno ha recibido de Dios; así es como la Iglesia va edificándose y creciendo. Cuando los ministerios trabajan en unanimidad de espíritu y los dones se complementan entre sí, hay bendición y crecimiento en la iglesia.

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Poder.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas. Pero este poder no es exclusivo de la iglesia primitiva o de los apóstoles, profetas y evangelistas de antaño. Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9-10 han estado entre esas manifestaciones.

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los dones de palabra, por ejemplo, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las Escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación. A través de un don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar, con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de “fe”, sanidades, y “obras de poder” (milagros), generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

I.- DON DE FE.

El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (fe que puede “mover montañas”, Mateo 21:21, Marcos 11:23). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

II.- DONES DE SANIDADES.

Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La expresión jarísmata iamaton sólo aparece en la Biblia en tres ocasiones, y las tres se encuentran en 1 Corintios 12. Es extraño que una misma expresión original invariable reciba tres traducciones diferentes en la versión Reina-Valera en estas tres veces que aparece: “A otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:9), y otra casi idéntica: “¿Tienen todos dones de sanidad?” (1 Corintios 12:30); en cambio, vemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia… después los que sanan” (1 Corintios 12:28). La expresión correcta, que es “dones de sanidades”, es la que se habría debido usar las tres veces, en lugar de usarla sólo una, puesto que este plural doble tiene una importancia que no se debe pasar por alto. el doble plural que aparece al hablar de los “dones de sanidades” nos sugiere que:

  1. Es razonable creer que Dios puede ungir a una persona con fe en cuanto a ciertas enfermedades, y a otra persona con fe en cuanto a otras.
  2. Donde estén operando todos los dones de sanidad, se podrían sanar toda clase de enfermedades.
  3. El creyente que posea uno o más de ellos, será utilizado por Dios en ciertos casos de enfermedades, pero no forzosamente en otros.

Sin embargo, es probable que la explicación más sencilla sea que pueden existir diferentes dones para diferentes clases de enfermedades. Otra explicación sería que el Espíritu dirige en diversas maneras de expresar su poder sanador (la oración mental, la imposición de manos, la unción con aceite y cosas semejantes).

El propósito de Dios es que este don se utilice para su gloria y el avance de su Reino en la tierra. Constituye a la vez un respaldo divino al ministerio de una persona individual, o de una iglesia. De acuerdo con lo que decida la voluntad de Dios, el don se puede ejercitar sobre creyentes o no creyentes. La responsabilidad de este ministerio queda retenida dentro de la soberanía de Dios, porque es un don-señal que confirma el ministerio de un siervo humano suyo en una situación determinada.

El ejercicio de este don es un regalo de la gracia divina. La manifestación del Espíritu al canal humano es un don, y aquello que Él le da a realizar a ese canal suyo es a su vez la entrega de un don. El canal humano recibe un paquete de remedios sanadores para compartirlos con los demás en forma de dones. En las tres apariciones de la palabra “don”, el original es una forma de la palabra járisma, que indica una gracia, un favor, un obsequio, una muestra de bondad o una ayuda. No es un “don” en el sentido de algo que es posesión de alguien dotado para actuar, cuyas habilidades realizan la tarea de una manera impresionante; es un “don” en el sentido de que es una posesión que es puesta gratuitamente a su alcance en un momento adecuado, como recurso o instrumento para satisfacer una necesidad. Así, el señalamiento bíblico exacto afirma en las tres ocasiones que este don del Espíritu es una cuestión de caritativa concesión de una aplicación concreta. Ésta es la naturaleza de lo que el Espíritu le da al obrero humano, y esto es lo que él recibe para dárselo a otros. En ambos niveles es, por así decirlo, caridad divina, y no mérito humano, ni fe humana tampoco. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (1 Corintios 15:44–57).

Ahora bien, los dones de sanidades comparten con las lenguas y con los milagros la categoría especial de que son concedidos sobre una base doble: se le dan individualmente a la persona (1 Corintios 12:7), y se le dan a la Iglesia (1 Corintios 12:28). Su identificación con estos otros dos dones se convierte en otro dato más para comprender su naturaleza y la razón de ser que tiene dentro de las intenciones de Dios. Son dones-señales, dados como cumplimiento de la promesa que hizo el Señor en su despedida: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18). Es como si se tratara de las credenciales que Dios les concede a sus siervos, de manera individual y también de manera colectiva como iglesia, para capacitarlos de esa manera a fin de que cumplan con la misión que Él les ha encomendado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Leemos con respecto al ministerio de Felipe: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6).

III.- DON DE MILAGROS O SEÑALES DE PODER.

“Obras de poder” (energemata dunombreon; llamados también “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. Por medio de este don se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

IV.- LOS DONES DE PODER Y SU UTILIDAD EN EL MINISTERIO.

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (Romanos 1:18–32).

La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (Juan 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (Juan 9:39–41). Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

V.- RECEPCIÓN DE LOS DONES DE PODER.

Todas las suposiciones previas y todos los calificativos normales que se aplican a los demás dones del Espíritu (1 Corintios 12:8-10), también se aplican a este tipo de dones:

(1) Son otorgados de acuerdo con la voluntad del Espíritu (1 Corintios 12:11).

(2) Permanecen dentro del Espíritu, y no en el obrero humano (observe que, en el lenguaje bíblico más estricto, los dones no son ni impartidos ni otorgados, sino “manifestados” según 1 Corintios 12:7).

(3) Son exclusivos y totalmente sobrenaturales, y le pertenecen al Espíritu, sin que le pertenezcan de manera alguna al ser humano natural (1 Corintios 12:11).

(4) Son dados para el bien del Cuerpo como un todo; es decir, “para provecho” (1 Corintios 12:7).

Hay también algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él. Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder. Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal. El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.

 

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Palabra.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de “palabra” como son la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia, el discernimiento de espíritus, la profecía, el don de hablar en lenguas, e interpretación de lenguas han estado entre esas manifestaciones.

I.- PALABRA DE SABIDURÍA Y PALABRA DE CIENCIA.

1 Corintios 12:8, nos habla de los dones de «palabra» conocidos como «palabra de sabiduría» (Sophia) y «palabra de ciencia» (gnosis). La palabra de sabiduría y la palabra de ciencia usualmente se definen en uno de dos sentidos básicos:

  1. En un sentido se definen como dones de instrucción y no son milagrosos por naturaleza. Estos son dones de habilidad natural, usados para hablar con perspicacia (sophia) en una situación particular, o con información (gnosis) obtenida por medio del estudio y de la experiencia. Por ejemplo, aquí se considera el ministerio de un maestro de Biblia a quien el Espíritu dotó y cuyas habilidades son consagradas al servicio de la iglesia.
  2. En otro sentido, estos dones son de naturaleza milagrosa y se basan en la revelación especial del Espíritu, aparte de los medios ordinarios. Son manifestaciones espontáneas del Espíritu Santo en un contexto de adoración. Las palabras de sabiduría (logos sophias) capacitan sobrenaturalmente a una persona para hablar con la clarividencia que Dios le da o con una perspectiva divina para resolver alguna situación en la iglesia. La palabra de ciencia (logos gnoseos) provee información factible, que no se ha adquirido por medios ordinarios, respecto a una situación o individuo en la iglesia. Este aspecto revelador de alguna manera se sobrepone al don de profecía. Incluso más, es posible que la palabra de sabiduría y la palabra de ciencia tengan la intención de operar en forma conjunta. El conocimiento solo envanece (1 Corintios 8:1), pero aplicado con sabiduría, edifica.

El único lugar en el que se mencionan estos dones es en 1 Corintios 12:8. El contexto escritural parece indicar que el Espíritu da estos dones de forma espontánea cuando la congregación se reúne para una adoración corporativa. Esto no descarta una función instructiva, ni tampoco descarta la clarividencia milagrosa impartida o la información que se usa para tratar asuntos previamente irresolubles u ocultos. La instrucción de 1 Corintios 12 indica que los dones de palabra son, con mayor probabilidad, dones sobrenaturales de clarividencia y de información para el bien común del pueblo de Dios en adoración. La naturaleza de estos dones es a veces instructiva, a veces reveladora, o ambas, la manifestación del Espíritu en estos dones tiene que ver con la enseñanza de las Escrituras. Estos dones de palabra tienen beneficios específicos en el contexto del ministerio:

  • La palabra de sabiduría con frecuencia provee una guía para la aplicación de los otros dones, tales como profecía y ciencia.
  • Las palabras de sabiduría y de ciencia guían al ministro para saber cómo orar por una persona.
  • Cuando una persona o un grupo confronta situaciones difíciles, estos dones ayudan al ministro a estimular y a fortalecer la fe a medida que él (o ella) usa la perspicacia de origen divino para hablar acerca de las necesidades específicas.4
  • En el ministerio de oración con frecuencia Dios usa una palabra de ciencia o de sabiduría para provocar arrepentimiento. Estos asuntos se tratan mejor de una forma quieta en el altar o en recintos privados, el llamamiento público por un supuesto pecado individual no sigue la enseñanza bíblica de primero aproximarse en privado a un hermano o hermana. No obstante, cuando las personas reciben una palabra de parte del ministro que no tenían manera de saber por medios ordinarios, muchos, súbitamente, se sienten quebrantados y humillados delante de Dios, sus espíritus se abren para recibir perdón, sanidad y renovación de parte del Señor.

Estos 2 maravillosos dones espirituales operan en dos distintos ambientes: en lo corporativo y en privado. El ambiente sirve para determinar el mayor propósito de los dones. Pero en ambos ambientes, corporativo y privado, las manifestaciones del Espíritu siempre tienen como fin la edificación. Cuando el Espíritu nos usa en el ejercicio de estos dones de palabra, la información puede venir en diferentes maneras:

  • A través de una visión o sueño (a veces visible solamente en nuestro espíritu).
  • Al oír la voz de Dios (repito, a veces solo en nuestro espíritu).
  • Al sentir lo que el otro está sintiendo (sea algo físico o espiritual).
  • Al sentir que el poder del Espíritu viene sobre nosotros como una señal de que Dios desea que ministremos a alguien que está presente.

Las palabras de sabiduría y de ciencia se deben estimular en un ambiente de adoración del grupo, especialmente si se puede consultar a una persona experimentada como una salvaguarda en contra del uso indiscreto de los dones espirituales. Cuando una palabra se da en público, edificará la fe y concordará con aquello que el Espíritu ya está haciendo en el servicio de adoración. Una palabra proveniente de Dios nunca destruirá, derribará ni dejará a la congregación preguntándose cómo eso concuerda con el ambiente establecido. Aunque una palabra se enfoque en el arrepentimiento, Dios no condena, Él llama. Además, debe tenerse en cuenta que, en la recepción de estos dones de palabra, se aplican los mismos principios que se aplican para recibir cualquiera de los dones del Espíritu.

  1. Dios distribuye soberanamente, de acuerdo a su voluntad, los dones del Espíritu (1 Corintios 12:11).
  2. Se nos exhorta a buscar y desear los dones espirituales (1 Corintios 12:31; 14:1) con una apropiada motivación, de modo que Dios se glorifique por medio nuestro y su iglesia se estimule.
  • Dios es el único que da dones. Pero Él puede cumplir esto mediante la imposición de manos de personas ungidas (1 Timoteo 4:14; 2 Timoteo 1:6).

Cuando nosotros sencillamente confiamos en Dios y nos dedicamos al ministerio, podemos recibir los dones que necesitamos para la tarea que hemos de realizar, aunque el don particular que recibamos sea temporal. Hay un misterio divino en lo que concierne a la persona que Dios elija para su ungimiento en un ministerio dado. El principio sencillo y más importante que debemos recordar al recibir los dones es, primeramente, una renuncia a todas las cosas que pertenecen al yo, así como una rendición en obediencia al Señor Jesucristo. Solo entonces Dios podrá hacer todo lo que desea a través de nosotros y palabras de sabiduría y de ciencia edificarán al rebaño con creciente fe y testimonio.

II.- PROFECÍA, DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS, DIVERSOS GÉNEROS DE LENGUAS E INTERPRETACIÓN DE LENGUAS.

1 Corintios 12:10 menciona 4 dones de palabra adicionales, los cuales son: profecía (propheteia), discernimiento de espíritus (diakriseis pneumaton), diversos géneros de lenguas (gene glosson), e interpretación de lenguas (hermeneia glosson). La mayoría de los eruditos pentecostales o carismáticos consideran que la revelación dada por medio de estos dones de palabra en la iglesia de hoy no se puede igualar en calidad con las Escrituras, por las siguientes razones:

(1) En el contexto inmediato, Pablo exhorta a la iglesia de los corintios a que juzguen las profecías, aparentemente para ver su exactitud y autoridad (14:29), algo que él nunca hubiera dicho acerca de las Escrituras.

(2) El hablar en lenguas se describe como que el espíritu humano ora por impulso del Espíritu Santo, sin ninguna mención de “calidad autoritativa” como de las Escrituras (14:14).

(3) El propósito definido de los dones es de edificación, no para producir Escrituras (12:7; 14:3–5,12,19,31).

Analicemos brevemente cada uno de estos dones:

PROFECÍA.

El uso en el Nuevo Testamento de propheteia indica que la profecía era un acto espontáneo de palabra inspirada, a diferencia de un estudio preparado de las Escrituras, pero no inspirada en el mismo sentido que el canon. El contenido de las expresiones parece haber sido predictivo (Hechos 11:28; 21:10), en una forma que al mismo tiempo era de naturaleza exhortativa (1 Corintios 14:20–26; 1 Pedro 1:10–12). El ministerio profético era tan significativo en el Nuevo Testamento, que los que fueron asignados por el Señor como profetas (Efesios 4:11) se mencionan después de los apóstoles. La profecía predice acontecimientos en el futuro (Hechos 11:28; 21:10,11) y manifiesta los secretos del corazón (1 Corintios 14:20–26), con el fin de dar exhortación colectiva o personal.

DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS.

El discernimiento de espíritus (diakriseis pneumaton) está estrechamente relacionado con los dones proféticos y se refiere a la habilidad divinamente impartida de determinar las expresiones proféticas que son de Dios y las que no lo son (1 Tesalonicenses 5:19–22). Esto no necesariamente refleja los motivos del profeta, aunque los falsos profetas asaltan con dudas a los hermanos en la iglesia y deben ser identificados. Más bien, la necesidad de discernimiento muchas veces simplemente refleja la percepción falible del profeta. A veces, a pesar de los mejores esfuerzos del profeta, el mensaje puede ser mal percibido. Muy claramente implicado en este don está el elemento subjetivo en el don profético. Las profecías no necesitan ser recibidas sin sentido crítico, como absolutas o vinculantes para el creyente. Se las debe “escudriñar” (Hechos 17:11).

DIVERSOS GÉNEROS DE LENGUAS.

La más clara declaración definitiva acerca de las lenguas (gene glosson) está en 1 Corintios 14:14: “Porque si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto.” Según este versículo, “lenguas” constituye una clase de oración en que el espíritu humano ora en una forma que transciende la capacidad de razón humana. Es una comunicación de espíritu a Espíritu. El contexto amplifica el contenido de las lenguas para que incluya: oración, cantos, alabanza, y acción de gracias (vv. 15–17). La evidencia del libro de Hechos confirma la naturaleza básica de las lenguas como alabanza y declaración de las maravillas de Dios (véase, Hechos 2:11; 10:46; 19:6). Muchas veces se usa 1 Corintios 14:2 en esta discusión para argumentar que las lenguas son exclusivamente una expresión del hombre a Dios: “Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios.” Este versículo refuerza el contenido del hablar en lenguas como expresión del espíritu humano a Dios; sin embargo, no necesariamente excluye la verdad de que los mensajes en lenguas pueden ser comunicación de Dios al hombre. La declaración “de persona a Dios” de 14:2 puede ser debido a que no hay interpretación de lo que se trata en el contexto (14:1–17). Si alguien habla en lenguas en un culto de adoración y no hay interpretación, entonces la persona habrá hablado solamente a Dios, debido a que en ese punto la congregación no puede comprender lo que se ha dicho.

INTERPRETACIÓN DE LENGUAS.

La interpretación de lenguas se refiere a la traducción (hermeneuo) de lo que se ha hablado en lengua desconocida. Esta traducción expone el contenido del mensaje en un idioma que la congregación entiende, de modo que todos puedan ser edificados. Si el mensaje no tiene sentido para los oyentes, entonces no puede haber edificación (1 Corintios 14:1–19). Con respecto a las lenguas en la adoración, casi siempre consideramos que el contenido de las interpretaciones es profético; las interpretaciones son virtualmente siempre de Dios al hombre. La enseñanza de 1 Corintios 14:1–5 indica que la profecía es equivalente a la interpretación de lenguas en términos de edificación. Hay amplia evidencia en 1 Corintios y los Hechos para sugerir que el contenido de las lenguas puede también ser expresión del espíritu humano a Dios. Por consiguiente, por lo menos algunas veces, el contenido de la interpretación será una expresión a Dios en la forma de una oración, una alabanza, una acción de gracias, o una canción.

El propósito de estos, y de los demás dones de palabra es la edificación de la iglesia. Ellos edifican, específicamente mediante el contenido de lo que se habla. Las profecías pueden ser expresadas a grupos o individuos en la forma de exhortaciones o predicciones. El grupo o el individuo debe orar por el don profético compañero de discernimiento, con el fin de evaluar lo que se ha dicho. Los supuestos profetas a veces han abusado del don, especialmente en el ministerio a individuos. La constante aplicación del criterio bíblico para la profecía será una ayuda en mantener equilibrio en la iglesia cuando se manifiesta este don. Cuando una persona es legítimamente dotada con este ministerio, es una fuente poderosa de estímulo y nunca se debe menospreciar (1 Tesalonicenses 5:19–22); pero la profecía tiene que ser examinada y pastoreada. Además, debe tenerse en cuenta que la profecía dada por el Espíritu Santo edifica, nunca derriba. Bendice al pueblo de Dios. Confirma y renueva, pero nunca produce ansiedad o temor. Nunca usurpa la autoridad del pastor concedida por Dios. Además, este don revela los secretos del corazón de los inconversos y los lleva al arrepentimiento y a la adoración (1 Corintios 14:20–25). Finalmente, la profecía que está de acuerdo con la Palabra reflejará los principios del amor expresados en 1 Corintios 13:1–7.

Las lenguas y la interpretación que se manifiestan en conjunto edifican a la iglesia, así como las profecías. Las lenguas solas no pueden producir esto en un culto de adoración, debido al factor de comprensión, aunque las lenguas sin interpretación sí edifican al que las habla (1 Corintios 14:1–5,18,19). Las lenguas que son interpretadas edifican a la iglesia por medio de oración, alabanza, acción de gracias, canto, y declaración de las maravillas de Dios, por tanto, fungen en relación complementaria con el don profético. Ninguno de los dones expresados aisladamente puede cumplir tanto como todos ellos en conjunto. El Espíritu otorga los dones según su voluntad con el fin de edificarnos, renovarnos, y guiarnos a toda verdad mientras Jesucristo va edificando su reino por medio de nosotros.

LA RESPONSABILIDAD DEL CREYENTE ANTE LOS DONES DE PALABRA.

A diferencia de las manifestaciones satánicas en que el instrumento humano está completamente sujeto al poder de Satanás (Marcos 5:1-20; 9:17-27), el creyente del Espíritu no es un desvalido autómata. Pablo escribió que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (1 Corintios 14:32). Aunque el Espíritu Santo nunca se equivoca, el creyente, a través de quien el Espíritu quiere obrar, es humano y por consiguiente susceptible de malinterpretar la intención del Espíritu. Por lo tanto, en la iglesia de Corinto había abusos de los dones de palabra, que, en vez de enriquecer a un grupo de creyentes, realmente resultó en burla (1 Corintios 14:23). Para ayudar a los creyentes a colaborar con el Espíritu Santo en los dones de la palabra, la Biblia da pautas que subrayan la responsabilidad de quien habla y de quien oye estas manifestaciones.

RESPONSABILIDADES DEL HABLANTE.

  • Como en toda experiencia espiritual la fe es un ingrediente indispensable en los dones de la palabra. Pablo escribió: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6). Las dudas y los temores pueden ser un impedimento para que el creyente se rinda al Espíritu Santo. Cuando se sabe que el Espíritu quiere manifestar su presencia, el creyente en fe debe prestar atención a la instrucción de Pablo: “No apaguéis al Espíritu” (1 Tesalonicenses 5:19). Los creyentes deben tener fe en que el Espíritu Santo tal vez quiere manifestarse a través de ellos y deben en todo momento ser sensibles a su dirección.
  • Una segunda pauta para quien habla es: “Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40). Cuando un creyente recibe una impresión de que el Espíritu Santo quiere manifestarse a través de él, no es necesariamente el momento de articular la palabra. El Espíritu Santo espera que el creyente use su discreción a fin de esperar el momento adecuado para comunicar el mensaje. Una actitud cordial y buenos modales, es decir, el fruto del Espíritu, son importantes para saber cuándo hablar. Si más de una persona siente que el Espíritu la impele a hablar, uno debe esperar cortésmente al otro. Pablo escribió: “Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno [alguien] interprete” (1 Corintios 14:27). Es difícil imaginar que el apacible Espíritu Santo interrumpiría la predicación de la Palabra o el llamado al altar. Es el Espíritu Santo quien unge al siervo del Señor para que predique y pida una respuesta de los oyentes. El creyente lleno del Espíritu honrará esta unción y esperará el momento propicio para comunicar la palabra.
  • Una tercera pauta en los dones de la palabra es la edificación de la iglesia. Pablo escribió en el contexto de los dones espirituales: “Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26). Más adelante señala que la persona que profetiza es mayor que la persona que habla en lenguas, a no ser que interprete. La razón es “que la iglesia reciba edificación” (1 Corintios 14:5). Edificar es construir espiritualmente, promover el crecimiento espiritual. Los dones de la palabra nunca deben interrumpir un servicio ni destruir lo que el Espíritu quiere obrar. Las descripciones bíblicas de los dones de la palabra pueden ayudar el potencial mensajero a reconocer si él armoniza con el Espíritu o si está obrando con presuntuosidad. La profecía, conforme escribió Pablo, es “para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:3). Las lenguas con interpretación es hablar “con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina” (1 Corintios 14:6). Así es como los dones de la palabra añaden significado al propósito de la reunión de los creyentes. Deben enriquecerse y mejorar en vez de restar valor a la ocasión de la reunión.
  • Una cuarta responsabilidad del comunicador es interpretar o callar. Pablo escribió: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (1 Corintios 14:13). Hablar en lenguas en la congregación debe ser acompañado de interpretación. Aunque el Espíritu Santo puede dar la interpretación a través de otra persona, no el que habla en lenguas (1 Corintios 14:27), es claro que quien habla tiene una especial responsabilidad de ser receptivo a la dirección del Espíritu. Así como se requiere de fe para rendirse al Espíritu y hablar en lenguas, también se requiere de fe para la interpretación. En 1 Corintios 14:5, Pablo dice que la persona que profetiza es mayor (es decir, presta mayor servicio) que quien habla en lenguas, a no ser que interprete. Nuevamente es obvio que la persona que habla en lenguas tiene la responsabilidad de rendirse al Espíritu Santo para la interpretación, si esta fuera la intención del Espíritu.

LA RESPONSABILIDAD DEL OYENTE.

La responsabilidad en relación con los dones de la palabra no sólo descansa en quien habla, sino también en quien oye. Y una principal responsabilidad tiene que ver con la actitud del oyente. Pablo escribió: “No menospreciéis la profecía” (1 Tesalonicenses 5:20). El oyente no debe menospreciar los dones de la palabra o tomarlos a la ligera. Sin embargo, dos factores pueden llevar a que se considere con desdén los dones de la palabra. Hay algunos que no están conscientes de la clara enseñanza en las Escrituras respecto a las manifestaciones del Espíritu, arbitrariamente podrían rechazarlo por ignorancia. Por otra parte, los abusos en las enseñanzas de las Escrituras pueden resultar en escepticismo. Pablo se refirió a una situación en que la gente podría haber considerado locura el don de la palabra (1 Corintios 14:23). La falta de enseñanza es la razón de la existencia de ambos factores. Los creyentes no deben rechazar lo auténtico por causa de lo falso. Deben entender que, por causa del factor humano, puede haber fanatismo. Dios reconoció la posibilidad de abuso y por eso en 1 Corintios 12—14 proveyó la enseñanza concentrada acerca de los dones espirituales. Los creyentes sinceros entenderán que esta enseñanza no tiene como fin prevenir o desanimar a los creyentes de responder al Espíritu, sino que la manifestación de Dios sea todo lo que Él quiere. Ellos reconocerán que debido a que la iglesia tiene tal necesidad de lo sobrenatural, Dios ha provisto abundante instrucción para hacerlo posible en un ambiente con las actitudes adecuadas. Ahora bien, aunque los creyentes no deben apagar el Espíritu (1 Tesalonicenses 5:19 ni menospreciar la profecía (versículo 20), tampoco deben ser crédulos. En el mismo contexto donde encarece la aceptación de lo sobrenatural, Pablo escribe: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Se pueden desarrollar dos extremos. Uno es rechazar todo como falsedad; el otro, aceptar todo como la voz de Dios. El creyente tiene la responsabilidad de determinar lo que es realmente inspirado por el Espíritu. Es posible que el mensajero en alguna oportunidad use una expresión como: “Yo, el Señor, digo…” Aun así, se debe aplicar la enseñanza de las Escrituras. El oyente debe probar lo que se dice. Pablo explica claramente que los oyentes deben juzgar o evaluar lo que se dice (1 Corintios 14:29,30). No obstante, esta evaluación debe hacerse sobre un buen fundamento. Algunos comparan la extensión de una interpretación con la extensión del mensaje en lenguas, y esto puede ser un fundamento defectuoso. Se debe notar que esta manifestación del Espíritu es interpretación, no traducción. La palabra griega que se traduce como interpretar significa explicar y también se traduce como exponer. Es la palabra que se usa respecto al ministerio de Jesús en el camino a Emaús, donde Él expuso las Escrituras a los dos discípulos (Lucas 24:27). En Daniel 5:25-28 encontramos un ejemplo de interpretación. Las palabras que Belsasar vio sobrenaturalmente escritas en la pared eran “Mene, mene, tekel, uparsin.” La traducción exacta habría sido “numeración, numeración, pesado, división”. Pero Daniel comunicó la interpretación, no la traducción. Las 35 palabras que usó para interpretar las cuatro palabras escritas fueron: “MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas.” Por lo tanto, comparar la extensión de una interpretación con la extensión de las lenguas no es un fundamento válido para evaluar una interpretación. Sin embargo, hay pruebas bíblicas que se pueden aplicar para evaluar los dones de la palabra:

  • Primero, “nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús” (1 Corintios 12:3). Cuando el Espíritu Santo se manifiesta en los dones de la palabra, nunca habrá declaraciones que presenten a Jesús de una manera adversa. Respecto al ministerio del Espíritu, Jesús dijo: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:14). El Espíritu Santo siempre exalta a Jesús. En los primeros años de la iglesia, como hoy, había falsos profetas. El apóstol Juan advirtió a los creyentes y les dijo como podían distinguir la verdad de la falsedad: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:1-3).
  • Otra prueba para evaluar los dones de la palabra es la Palabra de Dios. Toda la Escritura es inspiración del Espíritu Santo (2 Timoteo 3:16) y el Espíritu no contradice con los dones de la palabra lo que inspiró de manera escrita. Desde el principio Dios advirtió que vendrían algunos diciendo que son enviados de Él (Jeremías 23:21). Profetizarían falsedad en nombre de Dios (14:14). Profetizarían de lo que hay en el corazón de ellos y no lo que el Espíritu les inspirara (23:16; Ezequiel 13:2,3). Irían al extremo de decir: “Él [Dios] dice”, para expresar sus propios pensamientos (Jeremías 23:31). Además de estos, puede haber sinceros creyentes que, con buena intención, hablen erróneamente porque no han aprendido a distinguir entre la dirección del Espíritu y la opinión personal. Los dones de la palabra divinamente inspirados pueden soportar el escrutinio de las Escrituras, y las palabras que no son manifestaciones del Espíritu Santo necesitan la prueba de la Palabra de Dios. Quienes menosprecian los dones de la palabra necesitan recordar que hay falsificaciones de casi todo lo auténtico. Los oyentes tienen la responsabilidad de aplicar en amor la prueba de las Escrituras.
  • Una tercera prueba de los dones del Espíritu tiene relación con la Palabra que se proclama. Después del ascenso de Jesús, los discípulos, “saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Marcos 16:20). Cuando se proclama la Palabra de Dios se espera que haya confirmación de la Palabra. Los dones de la palabra normalmente armonizarán con la unción que Dios ha dado a sus siervos para proclamarla.

Donde hay vida, puede haber problemas, y esto también se aplica a la vida espiritual. La solución no es desechar los dones de la palabra, ni apagar el Espíritu. La solución es eliminar la falta de comprensión (1 Corintios 12:1) mediante un cuidadoso y completo estudio de la Palabra de Dios. El resultado debe ser la ferviente oración que los creyentes se rindan de tal manera al Espíritu Santo que éste se manifieste a través de ellos. La iglesia enfrenta un perverso enemigo, pero la provisión sobrenatural de Dios para la victoria, incluidos los dones de la palabra, es más que suficiente. Las poderosas palabras de Zacarías son tan poderosas hoy como lo fueron en su tiempo: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).

CONCLUSIÓN.

Los dones de palabra no son talentos naturales, sino carismas de naturaleza sobrenatural otorgados por el Señor. No obstante, ejercer alguno de los dones de palabra tampoco significa convertirse en autómata. La persona que ejerce un don de palabra no es sólo una secretaria, o un vaso vacío, que da el mensaje palabra por palabra, como si éste hubiera sido dictado. Dios se vale completamente del vaso: su mente, sus pensamientos, sus antecedentes, y la situación actual. El vaso en sí es parte de ese mensaje, por lo tanto, su vida y forma de expresar el don son partes vitales de cómo edificar a los demás. La clave es la sensibilidad al Espíritu y unos a los otros, y saber ejercer el don en el momento apropiado. Los dones son herramientas del ministerio. Mediante el fruto del Espíritu manifestamos eficazmente esas herramientas. Lo que necesitamos los creyentes pentecostales no es principalmente orar por dones. Los dones están aquí. Nuestra necesidad es buscar a Dios y acercarnos a Él con fe viviente para que los dones que están inactivos, suficientes para revolucionar al mundo, puedan ser ejercidos.

Los dones de palabra pueden y deben ser ejercidos en ambientes tanto privados como públicos, siempre tomando en cuenta la decencia y el orden, así como la sujeción a la Palabra y a las autoridades delegadas. Animemos a las personas en el uso de esos dones, y pastoreemos a las personas que los tienen con el tacto de un buen pastor. Las palabras de sabiduría y de ciencia, el don de lenguas e interpretación, la profecía y el discernimiento de espíritus edificarán a la congregación con una fe y un testimonio cada vez mayores.