En una época en que los titulares y las redes sociales parecen competir por desvelar un nuevo escándalo —enriquecimiento ilícito, manipulación espiritual, autoritarismo pastoral—, se ha instalado en el imaginario colectivo una imagen del pastor que, si bien describe situaciones reales que deben ser denunciadas, resulta profundamente incompleta. La moneda, sin embargo, tiene dos caras. Mientras la opinión pública se escandaliza con justicia ante los casos de abuso de poder desde el púlpito, permanece en la penumbra un fenómeno igualmente lesivo y mucho más extendido: el abuso que las propias congregaciones, su membresía y sus estructuras de liderazgo ejercen sobre quienes han sido llamados a pastorear. No pretendo negar la existencia de líderes religiosos que han traicionado su vocación —la Escritura misma advierte sobre lobos vestidos de ovejas (Mateo 7:15)—, sino restituir un equilibrio necesario, dando voz a la mayoría silenciosa de pastores y pastoras que sirven con integridad, a menudo a costa de su salud emocional, su vida familiar y su propia fe.
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¿Por qué soy pastor evangélico?
"Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe." (Hebreos 13:7), y nos recuerda también que "Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar." (1 Timoteo 5:17).