Catolicismo, Iglesias Reformadas, ORDENANZAS DEL EVANGELIO, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, SACRAMENTOS

Sacramentos u ordenanzas pentecostales

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Nuestro término “sacramento” proviene del latín “sacramentum”. En el mundo antiguo, originalmente, el sacramentum era una suma de dinero depositada en un lugar sagrado por las dos partes envueltas en una litigación civil. Cuando la corte tomaba su decisión, se le devolvía su dinero a la parte ganadora, mientras que se le quitaba el suyo a la perdedora, como “sacramento” obligatorio; era considerado sagrado porque era ofrecido entonces a los dioses paganos. Al pasar el tiempo, también se aplicó el término “sacramento” al juramento de fidelidad que hacían los nuevos reclutas en el ejército romano. Ya en el segundo siglo, los cristianos habían adoptado este término y lo habían comenzado a asociar con su voto de obediencia y consagración al Señor. La Vulgata latina (alrededor del año 400) usó el término sacramentum para traducir el término griego mystérion (“misterio”), lo cual añadía una connotación más bien secreta o misteriosa a aquellas cosas consideradas “sagradas”.[1] De hecho, a lo largo de los años, el sacramentalismo se impuso en la iglesia cristiana al punto que estos llegaron a ser vistos como ritos que confieren gracia espiritual (con frecuencia, “gracia salvadora”) a los que participan de ellos. En el catolicismo, por ejemplo, los sacramentos son considerados señales exteriores de la gracia interior, instituidos por Cristo para nuestra santificación.[2]

En la interpretación reformada los sacramentos son considerados signos externos que sellan y confirman las promesas del pacto de Dios. Así, para muchos protestantes de tradición calvinista, los sacramentos son medios de gracia. Es decir, son canales utilizados por Dios para impartir y conferir la gracia simbolizada. De acuerdo con esta interpretación los sacramentos, además de contener algún elemento visible como el agua, el pan o el vino, incluyen también una acción determinada, ordenada por Dios en asociación con el signo, que le otorga al creyente un beneficio redentor. Esta, sin embargo, no es la norma evangélica.

La mayoría de las iglesias evangélicas (pentecostales incluidos) ven a los sacramentos como solamente memoriales o señales que indican que la persona ha hecho una profesión de fe y ahora son parte de la familia de la iglesia. La mayor parte de los grupos protestantes están de acuerdo en que Cristo le dejó a la Iglesia dos observancias o ritos, que se debían incorporar a la adoración cristiana: el bautismo en agua y la Cena del Señor.[3]

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¿SACRAMENTOS U ORDENANZAS?

En el contexto pentecostal y evangélico, mayormente a causa de la connotación un tanto mágica que acompaña al uso de la palabra “sacramento”, se suele preferir el término “ordenanza” para expresar nuestro entendimiento con respecto al bautismo y la Cena del Señor.[4] Ya desde los tiempos de la Reforma, algunos pusieron objeciones al uso de la palabra “sacramentos”, prefiriendo hablar de “señales” o “sellos” de la gracia. Tanto Lutero como Calvino utilizaron el término “sacramento”, pero llamaron la atención sobre el hecho de que el uso que ellos hacían de él tenía un sentido teológico distinto al que implica originalmente la palabra. Felipe Melanchton, compañero de Lutero, prefería utilizar el término “signi” (señales).[5] Hoy en día, algunos que no se consideran “sacramentalistas” (es decir, que no consideran que se administre la gracia salvadora a través de los sacramentos), siguen usando los términos “sacramento” y “ordenanza” como sinónimos.

Como algo dispuesto por Cristo, en lo que participamos tanto por su mandato como por su ejemplo, la mayoría de los pentecostales y evangélicos no consideran las ordenanzas como algo que produzca por sí mismo un cambio espiritual, sino más bien piensan que sirven como símbolos o formas de proclamar lo que Cristo ya ha efectuado espiritualmente en la vida del creyente.

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EL BAUTISMO EN AGUA

La ordenanza del bautismo en agua ha sido parte de la práctica cristiana desde los orígenes de la Iglesia. Esta práctica era una parte tan corriente de la vida en la Iglesia Primitiva, que la sola idea de un cristiano sin bautizar es sencillamente absurda y no se considera siquiera en el Nuevo Testamento.[6]

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios afirma:

“Las Escrituras establecen la ordenanza del bautismo en agua por inmersión. Todos los que se arrepienten y creen en Cristo como Salvador y Señor deben ser bautizados. De esta manera declaran ante el mundo que han muerto con Cristo y que han sido resucitados con El para andar en nueva vida (Mateo 28:19; Marcos 16:16; Hechos 10:47-48; Romanos 6:4)”[7]

La Declaración de Fe de la iglesia de Dios también afirma:

“En el bautismo en agua por inmersión, y que todos los que se arrepienten deben ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”[8]

Asimismo, la Declaración de Fe de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular afirma:

“Creemos que el bautismo en agua en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, de acuerdo con el mandamiento de nuestro Señor, es una bendita señal exterior de una obra interna, un precioso y solemne emblema que nos recuerda que así como nuestro Señor murió en la cruz del Calvario, debemos de considerarnos muertos verdaderamente al pecado, y que el viejo hombre fue clavado en la cruz con El; y que así como Él fue tomado del madero de la cruz y sepultado, así nosotros somos sepultados con El para muerte por el bautismo; para que así como Cristo fue resucitado de los muertos por la gloria del Padre, así nosotros andemos en novedad de vida”[9]

Para nosotros los pentecostales, Cristo marcó la pauta del bautismo cristiano cuando fue bautizado Él mismo por Juan al comienzo de su ministerio público (Mateo 3:13–17). Más tarde, les ordenó a sus seguidores que fuesen a todo el mundo e hiciesen discípulos, “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Por tanto, fue Cristo quien instituyó la ordenanza del bautismo, tanto con su ejemplo como con su mandato.

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En la teología pentecostal, uno de los principales propósitos por los que se bautiza a los creyentes en agua, es que esto simboliza su identificación con Cristo. Los creyentes del Nuevo Testamento, al ser bautizados, indicaban que estaban entrando en el ámbito del señorío soberano y la autoridad de Cristo. A través del bautismo, el nuevo creyente se identifica con Cristo en su muerte, que su vieja naturaleza fue sepultada con Él, y que ha sido levantado a nueva vida en Él. El bautismo indica que el creyente ha muerto a la antigua forma de vivir y entrado en “novedad de vida” por medio de la redención en Cristo. En la teología pentecostal, el acto del bautismo en agua no es el que realiza esta identificación con Cristo, pero la presupone y simboliza. De esta forma, el bautismo simboliza el momento en el cual alguien que anteriormente había sido enemigo de Cristo presenta su rendición definitiva.[10]

El bautismo en agua simboliza también que los creyentes se han identificado con el cuerpo de Cristo, la Iglesia. Los creyentes bautizados son iniciados en la comunidad de la fe y, al hacerlo, dan testimonio público ante el mundo de su fidelidad al pueblo de Dios. Ésta parece ser una de las razones más importantes por las que eran bautizados los creyentes del Nuevo Testamento casi inmediatamente después de su conversión. En un mundo que era hostil a la fe cristiana, era importante que los nuevos creyentes tomaran partido junto con los discípulos de Cristo y se integraran de inmediato en la vida total de la comunidad cristiana. Así pues, recibir el bautismo es más que obedecer el mandato de Cristo; es algo relacionado con el acto mismo de convertirse en discípulo suyo.[11]

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LA CENA DEL SEÑOR

La segunda ordenanza de la Iglesia es la Cena del Señor o Santa Comunión. Como el bautismo, esta ordenanza ha formado parte integral del culto cristiano desde el ministerio terrenal de Cristo, cuando Él mismo instituyó este rito en la noche en que fue traicionado, durante la cena de la Pascua. Nuevamente, la Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios nos dice:

“La Cena del Señor, que consiste en la participación de las especies eucarísticas–el pan y el fruto de la vid–es el símbolo que expresa nuestra participación de la naturaleza divina de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1:4); un recordatorio de sus sufrimientos y su muerte (1 Corintios 11:26); y una profecía de su segunda venida (1 Corintios 11:26); y un mandato para todos los creyentes “¡hasta que él venga!”[12]

La Iglesia del Evangelio Cuadrangular, una denominación histórica del pentecostalismo clásico, declara al respecto:

“Creemos en la conmemoración y observancia de la Cena del Señor por el uso sagrado del pan partido, un símbolo precioso del Pan de Vida Jesucristo mismo, cuyo cuerpo fue partido por nosotros; y por el jugo de la vid, un símbolo solemne que siempre debe recordarnos de la sangre derramada del Salvador, quien es la Vid verdadera, y cuyas ramas representan a todos los creyentes; que esta ordenanza es como un arco iris glorioso que cubre el golfo del tiempo entre el Calvario y la venida del Señor, cuando en el reino de Su Padre el participara nuevamente de esta ordenanza con sus hijos; que el servir de este sacramento bendito debe ser siempre antecedido por el más solemne escrutinio del corazón, examen propio, perdón y amor hacia todos los hombres, para que nadie participe de esta ordenanza indignamente y beba condenación para su alma”.[13]

Siguiendo las indicaciones de Jesús, los cristianos participan de la Santa Cena en “memoria” de Él (Lucas 22:19–20; 1 Corintios 11:24–25). Sin embargo, el término que traducimos como “memoria” (gr. anámnesis) implica mucho más que recordar algo o pensar en alguna ocasión del pasado. Anámnesis implica transportar una acción que está enterrada en el pasado de una manera tal, que no se pierdan su potencia y vitalidad originales, sino que sean traspasadas al presente.[14] Este concepto se halla reflejado incluso en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 16:3; 1 Reyes 17:18). El concepto de anámnesis le confiere a la Cena del Señor un sentido triple del recuerdo: pasado, presente y futuro. El teólogo pentecostal Stanley M. Horton afirma a este respecto:

“La Iglesia se reúne como un solo cuerpo en la mesa del Señor, para recordar su muerte. Los mismos elementos que es típico utilizar en la Santa Cena son representativos del sacrificio máximo de Cristo: dar su cuerpo y su sangre por los pecados del mundo. Hay también un sentido presente de comunión con Cristo en su mesa. La Iglesia no se reúne a proclamar a un héroe muerto, sino a un Salvador resucitado y vencedor. La frase “la mesa del Señor” sugiere que Él se halla a cargo de todo, como el verdadero anfitrión de la cena, con la connotación del sentido de que los creyentes están seguros y tienen paz en Él (Salmo 23:5). Finalmente, hay un sentido futuro de recuerdo en que la comunión presente del creyente con el Señor no es la definitiva. En este sentido, la Cena del Señor tiene una dimensión escatológica, puesto que se toma mientras se espera su regreso y la reunión eterna de la Iglesia con Él (Marcos 14:25; 1 Corintios 11:26). La comunión con Cristo denota además una comunión con su cuerpo, la Iglesia. La relación vertical que los creyentes tienen con el Señor se ve complementada con su relación horizontal los unos con los otros; el amor a Dios está vitalmente asociado con el amor a nuestro prójimo (Mateo 22:37–39). Esta comunión verdadera con nuestros hermanos y hermanas exige necesariamente la superación de todas las barreras (social, económica, cultural, etc.) y la corrección de todo aquello que pudiese destruir la unidad verdadera. Sólo entonces podrá la Iglesia participar genuinamente (o tener koinonía) en el cuerpo y la sangre del Señor, y ser realmente un cuerpo (1 Corintios 10:16–17). Pablo hace resaltar vívidamente esta verdad en 1 Corintios 11:17–34.”[15]

Ahora bien, el hecho de que en la teología pentecostal la Cena del Señor sea considerada una verdadera comunión entre los creyentes, implica de forma práctica que la mayor parte de las iglesias en las tradiciones pentecostal y evangélica practican la comunión abierta. Comunión abierta significa que todos los creyentes nacidos de nuevo, cualesquiera que sean sus diferencias menos importantes, son invitados a unirse con los santos en comunión con el Señor ante su mesa. Los creyentes de denominaciones hermanas pueden sentarse juntos a la mesa del Señor. Hay un elemento más que merece ser destacado en relación con la Cena del Señor y las prácticas de algunas iglesias pentecostales: El Lavatorio de pies.

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LA CENA DEL SEÑOR EN UNIÓN AL LAVATORIO DE PIES EN ALGUNAS IGLESIAS PENTECOSTALES

El lavado de pies es un acto ritual que simbolizaba la hospitalidad en el Medio Oriente, proporcionando agua para la limpieza y bienestar de los viajeros después de un largo camino. Sin embargo, en algunas culturas se considera una vergüenza repugnante y humillante lavar los pies a una persona, por lo que aún en el Medio Oriente era una labor destinada a los esclavos o siervos. En el contexto cristiano, el rito toma un significado diferente. En algunas denominaciones cristianas el lavatorio de pies es conocido también como Mandato (en latín mandatum, ‘orden, mandamiento’), y procede de las palabras de Jesús en la Vulgata “Mandatum novum do vobis” (Juan 13:34 VUL, ‘Os doy un nuevo mandamiento’).[16] Este rito no es exclusivo del Nuevo Testamento, sino que es mencionado en muchas más ocasiones en el Antiguo. Hay dos tipos de lavatorios de pies mencionados en el Antiguo Testamento:

  1. EL LAVATORIO TRADICIONAL: Esta práctica común se menciona en Génesis 18.4; 19.2; 24.32; 43.24 y 2 Samuel 11.8. Esta costumbre fue conocida en los días de Cristo, como es evidente por su reprensión a Simón: “Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies” (Lucas 7.44). La costumbre en aquel tiempo era que los siervos lavaran los pies a las visitas. En nuestra cultura ya no existe esta costumbre.
  2. EL LAVATORIO CEREMONIAL: El lavatorio ceremonial de los pies y las manos se menciona en Éxodo 30.17–21 y Éxodo 40.30–32. La primera cita tiene una lista de instrucciones específicas de Dios a Aarón y a sus hijos acerca de la ceremonia de purificación que tiene que ver con el lavatorio de las manos y de los pies. La segunda se refiere a la observancia de este mandamiento.

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El Nuevo Testamento, por otro lado, describe el lavado de pies como un acto efectuado por Jesús sobre sus discípulos. En la iglesia primitiva, era costumbre lavar los pies a otros cristianos como acción de humildad y servicio por las viudas según 1 Timoteo 5:10, en donde se nos dice:

“y que sea reconocida por sus buenas obras, tales como criar hijos, practicar la hospitalidad, lavar los pies de los creyentes, ayudar a los que sufren y aprovechar toda oportunidad para hacer el bien”

Agustín de Hipona lo relacionó ceremonialmente con el bautismo pascual y su asociación con el Jueves Santo fue establecida en la iglesia tradicional por el Concilio de Toledo en el 694. Sin embargo, este rito ha sido practicado desde el período de la iglesia primitiva e imitado por diversas denominaciones cristianas. Loa anabaptistas, una de las ramas de la Reforma Protestante, han practicado desde siempre el lavatorio de pies. Una de sus confesiones de fe establece:

“Creemos que Jesús nos llama a servirnos unos a otros en amor como lo hizo él. En lugar de procurar dominar sobre los demás, estamos llamados a seguir el ejemplo de nuestro Señor, que eligió ejercer como un sirviente, lavando los pies de sus discípulos. Cuando se aproximaba su muerte, Jesús se inclinó para lavar los pies de sus discípulos y les dijo: «Así que si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros unos a otros los pies. Porque os he dado un ejemplo, para que vosotros también hagáis lo que yo os he hecho». Con este acto, Jesús manifestó humildad y una disposición servicial, llegando a entregar su vida por los que él amó. Al lavar los pies de los discípulos, Jesús escenificó una parábola de su vida entregada hasta la muerte por ellos, y del estilo de vida a que están llamados los discípulos en el mundo. Los creyentes que se lavan los pies unos a otros manifiestan que son uno en el cuerpo de Cristo. Así reconocen su necesidad frecuente de limpieza, renuevan su disposición a deshacerse del orgullo y del poder mundanal, y ofrecen sus vidas en servicio humilde y amor sacrificado (Jn 13,14-15; Jn 13,8; Mt 20,20-28; Mr 9,30-37; Lc 22,25-27)”[17]

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Este rito fue transmitido también a algunas ramas del pentecostalismo clásico. La Iglesia de Dios, una de las denominaciones pentecostales más grandes e importantes, afirma en su Declaración de Fe:

“Creemos… en la cena del Señor y el lavatorio de los pies de los santos”[18]

Cabe destacar que no muchas organizaciones pentecostales observan el Lavatorio de Pies seguido de sus servicios de la Santa Cena, no obstante, la Iglesia de Dios aún continúa observando dicha práctica, la cual halla su fundamento en Juan 13:4-5, donde se nos dice:

“Se levantó de la cena, y se quitó su túnica, y tomando una toalla, se ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”

De acuerdo con la enseñanza de las iglesias pentecostales que todavía practican el lavatorio de pies, hay varias lecciones enseñadas en este acto. Todas estas se ven demostradas por la manera en la cual Jesús lavó los pies de los apóstoles. Estas incluyen la obediencia, la humildad, el amor, la igualdad, la sumisión, y el servicio. Aunque no todos los pentecostales consideramos el lavatorio de pies como una ordenanza que deba ser practicada de forma obligatorio en la iglesia de hoy (tal como el bautismo en agua y la cena del Señor), respetamos a nuestros hermanos pentecostales y de otras denominaciones que sí lo hacen, reconociendo además la belleza y simbolismo de dicho acto.

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LOS SACRAMENTOS, OTRO PUNTO DE DESACUERDO ENTRE PROTESTANTES Y CATÓLICOS

En la teología católica se enseña que, mientras que Dios da gracia al hombre sin símbolos externos (sacramentos), Él también ha elegido dar gracia al hombre a través de símbolos visibles. En la mentalidad católica, el hombre es necio al no hacer uso de estos medios provistos por Dios para obtener santificación. A fin de calificar como un sacramento, la Iglesia Católica Romana establece que debe reunir los siguientes tres criterios:

a) Debe ser una señal sensiblemente perceptible de gracia santificadora.
b) El otorgamiento de gracia santificadora.
c) La institución hecha por Dios o, más exactamente, por Dios-Hombre, Jesucristo.

Así que, los sacramentos no son meramente un símbolo, sino que son creídos como verdaderos otorgantes de gracia santificante sobre el receptor. La Iglesia Católica Romana cree que todos sus siete sacramentos fueron instituidos por Jesucristo Mismo. Hay siete sacramentos católico-romanos, y son los siguientes:

1) Bautismo, del cual la Iglesia Católica Romana enseña que quita el pecado original mientras que es infundido con gracia santificante.
2) Penitencia, por la cual uno confiesa sus pecados a un sacerdote.
3) Comunión, (La Eucaristía) considerado la recepción y consumo del mismo cuerpo y la misma sangre de Cristo.
4) Confirmación, una aceptación formal dentro de la iglesia, junto con una unción especial del Espíritu Santo.
5) Extremaunción o unción de los enfermos, realizada a personas moribundas para el fortalecimiento físico y espiritual, como preparación para el Cielo. Cuando se combina con la confesión y la comunión (La Eucaristía), es llamado – los ritos finales.
6) Orden sacerdotal el proceso por medio del cual los hombres son ordenados al clero.
7) Matrimonio, que provee gracia especial para la pareja.

Para el católico romano, los sacramentos realmente imparten beneficios espirituales. Sin embargo, toda la idea de los “sacramentos” que imparten gracia salvadora sobre la gente, es antibíblica. Hay dos de los principales sacramentos que específicamente son nombrados por la Iglesia Católica Romana como necesarios de que uno participe a fin de obtener la vida eterna; el bautismo y la comunión. Por la creencia de la Iglesia Católica Romana, de que el bautismo es requerido para la salvación, ellos sostienen que es importante el bautismo de infantes. Pero en ninguna parte de la Escritura encontramos aún un solo ejemplo o mandato de hacerlo así.

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En cuanto a la comunión, la Iglesia Católica Romana toma literalmente Juan 6:54 cuando Jesús dice:

“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”

El problema es que su creencia de que Jesús está hablando literalmente aquí, no está de acuerdo con el contexto del pasaje en el cual Jesús repetidamente establece la importancia de la fe en Él, y Su próxima muerte expiatoria por sus pecados (Juan 6:29; 6:35; 6:40; 6:47 y 20:31).

Cuando uno examina los sacramentos restantes en contexto, uno encuentra que la creencia de que ellos otorgan “gracia santificante” no está de acuerdo con el contexto del resto de la Biblia. Los pentecostales creemos que todos los cristianos debemos ser bautizados, pero el bautismo no nos enviste con gracia. También afirmamos que todos los cristianos debemos participar de la Cena del Señor, pero el hacerlo no nos confiere gracia santificante. De igual forma, aunque creemos que debemos confesar nuestros pecados, dicha confesión no debe ser hecha a un sacerdote, sino a Dios (1 Juan 1:9). Lo mismo puede ser dicho del llamado al ministerio (orden sacerdotal): El ser aprobado como un líder de la iglesia es algo honorable, pero esto no da como resultado la gracia. Asimismo, creemos que el matrimonio es maravilloso y es un evento bendito en la vida de una pareja, pero no es el medio por el cual Dios nos da la gracia. El orar por y con una persona que está muriendo, y estar en su presencia es algo bueno de hacer, pero no añade gracia a tu cuenta.

Toda la gracia que podamos necesitar es recibida al momento en que una persona confía en Jesús, por fe, como Salvador (Efesios 2:8-9). La gracia salvadora que está garantizada al momento de una fe genuina, es la única gracia salvadora a la que la Palabra de Dios nos llama a recibir. Esta gracia es recibida por fe, no por la observancia de rituales. Así que, mientras que los sacramentos son “cosas buenas por hacer” cuando son entendidas en un contexto bíblico, el concepto de los sacramentos como “otorgadores de gracia santificante” es completamente antibíblico.

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LA DOCTRINA REFORMADA Y LOS SACRAMENTOS

La doctrina reformada (calvinista) de los sacramentos está en contraste con la comprensión evangélica habitual. Reformados y pentecostales concordamos al rechazar la doctrina romanista de que la eficacia de los sacramentos reside y es conferida por la virtud del sacramento mismo, es decir, el ex opere operato. Este rechazo es explícito en la Confesión de Westminster:

“La gracia que es mostrada en los sacramentos, o por ellos usados rectamente, no es conferida por algún poder que haya en ellos”[19]

Sin embargo, en un plano más fundamental, hay una gran diferencia entre la doctrina reformada sobre los sacramentos y la doctrina pentecostal y evangélica generalmente aceptada. Dichas diferencias se enfocan principalmente a la virtud o eficacia del sacramento: se trata de la afirmación reformada de que el sacramento no es una ceremonia desprovista de eficacia espiritual alguna. Esta afirmación se halla ya en la Confesión de Fe de La Rochelle, escrita por Calvino mismo y adoptada en 1559 como la confesión de las Iglesias Reformadas de Francia. En el artículo 34 dice:

“Creemos… que son de tal manera signos exteriores, que Dios opera por ellos en la virtud de su Espíritu, a fin de que no se nos signifique nada en vano”[20]

La Confesión Belga (1561) insiste en este punto. En el artículo 33, sobre los sacramentos en general, afirma:

“Así, pues, las señales no son vanas ni vacías, para engañarnos; porque Jesucristo es su verdad, sin el cual ellas no serían absolutamente nada.”[21]

Más adelante, en el artículo 35, sobre la Santa Cena, añade:

“Ahora pues, es seguro e indudable, que Jesucristo no nos ha ordenado en vano los sacramentos. Pues, de este modo obra en nosotros todo lo que Él nos pone ante los ojos por estos santos signos”[22]

Esta declaración de la Confesión Belga establece en qué consiste la eficacia de los sacramentos en la tradición reformada: el sacramento produce lo que ellos mismos significan. Así, la Confesión Belga, art. 33, afirma:

“Son signos visibles y sellos de algo interno e invisible, por medio de los cuales Dios obra en nosotros por el poder del Espíritu Santo”[23]

La Confesión de Westminster 27,3 nos dice:

“La gracia que es mostrada en los sacramentos, o por ellos usados rectamente, no es conferida por algún poder que haya en ellos (…) sino de la obra del Espíritu”[24]

Aunque se afirma que la gracia mostrada en los sacramentos es aplicada por el poder del Espíritu en el alma del creyente, la doctrina reformada afirma también que los sacramentos obran lo que ellos significan. Esta es la misma convicción en cuanto al sacramento que comparte la Confesión de Westminster 27,2 cuando afirma:

“Hay en cada sacramento una relación espiritual, o unión sacramental, entre la señal y la cosa significada; de donde llega a suceder que los nombres y efectos del uno se atribuyen al otro”[25]

Dicho de otra manera, la doctrina reformada enseña el denominado “realismo sacramental”. En ella se recoge la unión existente entre la señal (pan, vino, agua) y su significado, por un lado, así como entre este último y lo que el sacramento opera en el creyente, por otro. La primera unión se corresponde a la definición del sacramento como “señal” y la segunda como “sello” dada en Westminster 27,1.Para los cristianos reformados, el sacramento no está separado o dividido de Cristo, sino que Él es la sustancia del mismo, como afirma la Confesión Belga 33:

“Porque Jesucristo es su verdad, sin el cual ellas (las señales) no serían absolutamente nada”[26]

Este realismo sacramental se encuentra también en el Catecismo de Heidelberg expresado con la fórmula “tan cierto… como…”:

Pregunta 69: “Cristo ha instituido el lavamiento exterior del agua, añadiendo esta promesa, que tan ciertamente soy lavado con su sangre y Espíritu de las inmundicias de mi alma, es a saber, de todos mis pecados, como soy rociado y lavado exteriormente con el agua, con la cual se suelen limpiar las suciedades del cuerpo.”
Pregunta 75: “Él tan cierto alimenta mi alma para la vida eterna con su cuerpo crucificado y con su sangre derramada, como yo recibo con la boca corporal de la mano del ministro el pan y el vino, símbolos del cuerpo y de la sangre del Señor.”[27]

De esta manera, el sacramento, según la doctrina reformada, tiene un papel fundamental para “confirmar” (Westminster 27,1), “alimentar y sostener” (Confesión Belga 35) la fe del creyente. Es decir, es un “medio de gracia” para su crecimiento espiritual y del disfrute de la salvación en Cristo. En la doctrina reformada, por tanto, la espiritualidad de los creyentes no se concibe aparte de los sacramentos.

Los pentecostales, por otro lado, vemos en dicha creencia un vestigio del sacramentalismo catolicismo romano impregnado en las iglesias de tradición reformada aún hoy en día. No podemos sino rechazar tal interpretación de los sacramentos u ordenanzas del Evangelio.

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CONCLUSIÓN

Cristo instituyó dos ritos o ceremonias que debían observar sus seguidores: el bautismo, un rito único de iniciación (Mateo 28:19; Gálatas 3:27) y la Santa Cena, un rito memorial constante (1 Corintios 11:23–26). Algunas denominaciones cristianas los llaman “sacramentos” (católicos, luteranos, anglicanos, reformados, etc.), la iglesia ortodoxa oriental los llama “misterios” y los evangélicos y otros protestantes que consideran que estas dos palabras tienen connotaciones negativas los llaman “ordenanzas”. Las Escrituras, sin embargo, no tienen ninguna palabra para la categoría que forman estos dos ritos.

En las Iglesias pentecostales estos dos ritos reciben el nombre de “ordenanzas”, no sacramentos, pues no se cree (a diferencia de católicos y reformados) que se reciba alguna gracia especial a través de ellos. En la tradición pentecostal se practican dos ordenanzas: El Bautismo en agua (que se realiza siempre por inmersión) y la Santa Cena (o Cena del Señor). Sin embargo, algunas iglesias pentecostales y anabaptistas practican también el lavatorio de pies como parte de la Cena del Señor.

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REFERENCIAS:

[1] Wiley, Christian Theology, vol. 3, p. 155. Véase Saucy, The Church, p. 191.

[2] Catecismo de la Iglesia católica 1127.

[3] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva pentecostal (Zondervan, 1994), p. 595.

[4] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva pentecostal (Zondervan, 1994), p. 596.

[5] Berkhof, Systematic Theology, p. 617.

[6] F. F. Bruce, The Book of Acts, The New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1954), p. 77.

[7] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios. Artículo 6: Las ordenanzas de la Iglesia. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#6 . Consultado el 4/10/2019.

[8] Declaración de Fe de la Iglesia de Dios. Disponible en: http://www.churchofgod.org.es/beliefs/declaration-of-faith Consultado el 4/10/2019.

[9] En Esto Creemos, Declaración de Fe de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular. Disponible en: foursquare-org.s3.amazonaws.com/resources/Print_Brochure_This_We_Believe_Spanish_bw.pdf Consultado el 4/10/2019.

[10] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology, ed. rev. (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1979), p. 320. G. R. Beasley-Murray, Baptism Today and Tomorrow (Nueva York: St. Martin’s, 1966), p. 43.

[11] Saucy, The Church, p. 196.

[12] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios. Artículo 6: Las ordenanzas de la Iglesia. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#6 . Consultado el 4/10/2019.

[13] En Esto Creemos, Declaración de Fe de la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular. Disponible en: foursquare-org.s3.amazonaws.com/resources/Print_Brochure_This_We_Believe_Spanish_bw.pdf Consultado el 4/10/2019.

[14] Ralph R. Martin, Worship in the Early Church (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1964), p. 126.

[15] Stanley M. Horton, Teología sistemática: Una perspectiva pentecostal (Zondervan 1994), pp. 600-601.

[16] Chris Church (2014). Diccionario Bíblico Ilustrado Holman. Nashville: B&H Publishing Group. pp. 1239-1240.

[17] Confesión de Fe en Perspectiva Menonita, Artículo 13. Lavamiento de pies. Disponible en: https://www.menonitas.org/n3/CdeF/art13.html Consultado el 4/10/2019.

[18] Declaración de Fe de la Iglesia de Dios. Disponible en: http://www.churchofgod.org.es/beliefs/declaration-of-faith Consultado el 4/10/2019.

[19] Confesión de Westminster 27.3.

[20] Confesión de Fe de La Rochelle, Artículo 34.

[21] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[22] Confesión de Fe Belga, Artículo 35.

[23] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[24] Confesión de Fe de Westminster, 27,3.

[25] Confesión de Fe de Westminster, 27,2.

[26] Confesión de Fe Belga, Artículo 33.

[27] Catecismo de Heidelberg, 69, 75.

5 SOLAS, Arminianismo Clásico, Calvinismo, Cesasionismo, Continuismo, Dones Espirituales, Luteranismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante

Pentecostales, Reforma y reformados

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En cierta ocasión me topé con un emotivo y entusiasta joven que se identificó como “reformado”. Este joven había crecido en una iglesia pentecostal de El Salvador y participaba activamente en los diversos ministerios de esta. Pero su corazón estaba vacío. Con el paso del tiempo su inestabilidad emocional y espiritual lo llevó a una crisis de fe y comenzó a “saltar” de iglesia en iglesia. Su fe parecía sin rumbo hasta que conoció a cierta joven (con el mismo historial de inestabilidad religiosa que él) y ella lo invitó a su nueva congregación: una iglesia que se identificaba como bautista reformada. Con la típica actitud de muchos reformados inmaduros y sin tacto, este joven se jactó de su nueva fe y con mucha arrogancia me dijo: “¿Qué tienen que ver ustedes, los pentecostales, con la Reforma si ustedes no son reformados ni sustentan ninguna de las doctrinas de los reformadores? Es más, ¡Los pentecostales ni siquiera son protestantes ni merecen ser contados como evangélicos!”

Personalmente no me extrañó su actitud. Quienes tratamos a menudo con nuestros hermanos “reformados” estamos acostumbrados a lidiar con ese menosprecio y el espíritu de superioridad intelectual y espiritual que caracteriza a muchos (aunque no a todos) los creyentes de este tipo. Pareciera a veces que aquellos que se autodenominan “Reformados” invierten más tiempo en hablar de nosotros los pentecostales que en predicar de Cristo y de este crucificado. Quiéranlo o no, muchos reformados o calvinistas famosos (como MacArthur y otros de la misma manada), así como muchos “calvinistas de redes sociales”, han hecho girar todo su mundo alrededor de nosotros los pentecostales y arminianos y, cuando todos sus argumentos de ataque y defensa fallan, o se sienten amenazados al ser confrontados con las fallas y contradicciones de su sistema teológico, recurren al insulto o la burla. Eso no nos extraña. Cada uno da los frutos que puede dar.

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PARA EMPEZAR: ¿QUÉ SIGNIFICA EL TÍTULO REFORMADO?

Muchas veces se oye a gente diciendo “soy reformado” o “tal iglesia no es reformada” o “somos un grupo de amigos reformados”. En el mundo de habla española, esta etiqueta se usa en contextos muy diversos y muchas veces de forma equivocada. Normalmente se usa la etiqueta para referirse a una de las siguientes cinco concepciones:

(1) Que tal persona o iglesia cree en las cinco “solas” de la Reforma.
(2) Que tal persona o iglesia prefiere la predicación expositiva a diferencia de la predicación temática.
(3) Que tal persona o iglesia avala cierta postura salvífica (es decir, los cinco puntos del calvinismo).
(4) Que tal persona o iglesia sostiene cierta postura sobre la música y/o el Espíritu Santo (es decir, una postura conservadora).
(5) Que tal persona o iglesia sostiene cierta postura escatológica (es decir, el amilenialismo).

Sin embargo, ningunas de estas concepciones capta la verdadera profundidad y anchura de la etiqueta “reformado” y algunas reflejan un entendimiento totalmente equivocado.

Jamás debemos olvidar que la Reforma tuvo 4 ramas principales: los luteranos, los calvinistas, los anglicanos y los anabaptistas. Estos 4 movimientos pueden ser llamados en propiedad Iglesias Reformadas, no sólo los calvinistas. Por lo tanto, “reformado” no significa exclusivamente “calvinista” o seguidor de las ideas de Calvino. Fue hacia el año 1600 que los calvinistas comenzaron a apropiarse para sí mismos del nombre “reformados” y a llamar “luteranos” a los que diferían de ellos. Dicho de otra manera, los seguidores de Calvino se “robaron” para sí el nombre “reformados”, asumiendo erróneamente que eran los únicos y legítimos herederos de la Reforma, cuando la verdad es que solo son una rama de la misma (y ni siquiera la rama mayoritaria). En todo caso, serían los luteranos quienes más derecho tendrían a ser llamados “reformados”, pues fue Martín Lutero, su fundador, quien hizo estallar la Reforma Protestante (y esto es lo que con tanto celo celebran los mismos calvinistas cada 31 de octubre, Día de la Reforma).

Tristemente, con una actitud de arrogancia y de pedantería espiritual, los calvinistas y sus herederos le niegan el título “reformados” a todos los que difieren de ellos y rechazan el TULIP, tienen una organización eclesiástica diferente o difieren en sacramentos y otros detalles menores. En la mentalidad reducida de los mal llamados “reformados” modernos, los luteranos, anglicanos y anabaptistas (y ya no se diga los otros grupos de ellos surgidos) son excluidos de la etiqueta de “reformados” por varios motivos doctrinales: los anglicanos por su eclesiología (tienen obispos), los luteranos además de por su eclesiología (tienen obispos), por su postura sobre la cena del Señor (la presencia corporal de Cristo en el pan y vino) y los bautistas por su postura sobre el bautismo, sobre la relación entre el Antiguo y Nuevo Testamento y sobre la relación entre el estado y la iglesia (una división clara y total). Esto, sin embargo, es puro sectarismo. Cualquier iglesia nacida de la Reforma es, por naturaleza, una iglesia reformada, ya que nació con, se inspiró en, o se derivó de la Reforma Protestante iniciada en 1517, que por cierto no fue calvinista. Los seguidores de Calvino pueden continuar robándose el título de “Reformados” si quieren (ya lo hicieron desde el sigo XVII), sin embargo, nada cambia lo que es históricamente correcto.

A este punto quiero recalcar lo siguiente:

LA TEOLOGÍA QUE HOY DICE LLAMARSE “REFORMADA” NO NECESARIAMENTE REPRESENTA LA MENTALIDAD DE LUTERO, EL PADRE DE LA REFORMA; POR CONSIGUIENTE, EL USO DEL TÉRMINO “REFORMADA” PARA REFERIRSE EXCLUSIVAMENTE A LA DOCTRINA CALVINISTA ES ABUSIVO.

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LUTERANOS Y CALVINISTAS, MÁS DIFERENTES ENTRE SÍ DE LO QUE MUCHOS CREEN[1]

Muchas veces se tiende a pensar que un luterano y un calvinista, son lo mismo. Esto es un error. De hecho, quizá el único punto en el cual concuerdan por completo calvinistas y luteranos es en cuanto a la Depravación Total del hombre. Tanto calvinistas como luteranos concuerdan en que el hombre está completamente depravado por causa del pecado y no tiene la capacidad de hacer cosas agradables para Dios. Ambos grupos afirman que los seres humanos no pueden acercarse a Dios sin la gracia, porque la voluntad del pecador ha caído.

Los luteranos rechazan la doctrina calvinista de la elección Incondicional y su doble predestinación; es decir, que Dios ha elegido a algunos para ser salvos y otros para ser condenados. Calvino afirmaba que:

“Mediante un consejo eterno e inmutable, Dios ha determinado de una vez por todas a quién admitiría la salvación y a quien condenaría a la destrucción”.[2]

Tal doctrina es abominable para los luteranos. Y, de hecho, la contemplación de tal doctrina era abominable también para Lutero.[3]

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Lo mismo puede decirse de la doctrina calvinista de la Expiación Limitada. Los calvinistas sostienen que, según la intención y el plan de Dios, Cristo murió por los elegidos únicamente. En contraposición, los luteranos afirman una voluntad de salvación universal en Dios, así como una expiación universal. Para los luteranos, la expiación fue objetivamente dada a todos, pero sus beneficios deben ser recibidos subjetivamente por la fe. Para los luteranos la enseñanza de la expiación limitada o particular es una total herejía.

Tanto calvinistas como luteranos sostienen la “Sola Gratia”. Ambos grupos afirman que cuando uno se salva, es por el resultado de la gracia soberana que supera la voluntad caída del pecador, y no por el resultado de una decisión libre por parte del hombre. Sin embargo, existen diferencias entre ambos. Los calvinistas, por ejemplo, afirman que la gracia es irresistible. En el calvinismo se tiene la idea de que los elegidos (aquellos que los calvinistas creen que han sido elegidos incondicionalmente para la vida eterna), no pueden resistir la gracia de Dios y la determinación de ser salvos. Los calvinistas creen que, a los elegidos, la gracia de Dios los abruma de tal manera que incluso si quisieran no podrían rechazarlo. Los luteranos por su parte no limitan la gracia salvadora a los elegidos, sino que esta es universal en alcance e intención y creen que las personas sí son capaces de rechazar a Dios.

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La perseverancia final de los santos es otro punto de desacuerdo. Según el calvinismo a los que Dios eligió, los guardará hasta el fin. Todos los elegidos de Dios serán finalmente salvados. Enfatiza la realidad de que es Dios quien preserva a los elegidos en la fe. Sin embargo, los luteranos creen que las personas pueden rechazar la cruz, es decir, perder la fe y eso haría que dejaran de ser salvos. Pero las diferencias entre luteranos y calvinistas van más allá del famoso TULIP. Su entendimiento de la justificación, su cristología, su enseñanza referente al bautismo, la santa cena y muchos otros aspectos más, difieren notablemente entre ambos grupos reformados. Por consiguiente: ¿Quién puede decir cuál de ellos merece legítimamente ostentar el título de “reformado”? ¿Cuál de ellos ha perdido su derecho de celebrar y hacer suyo el legado de la Reforma Protestante de 1517? ¿Quién de ellos debe negar las 5 Solas y sentirse ajeno al legado de la Reforma? El antojo de un calvinista no es criterio suficiente para ello.

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¿SON LAS 5 SOLAS UNA ELABORACIÓN CALVINISTA EXCLUSIVAMENTE?

No, no lo son. Las ideas que dieron vida a las 5 Solas estuvieron presentes desde la etapa más temprana de la Reforma, pero las frases actuales se desarrollaron en el tiempo. Las frases más tempranas fueron sola gratia (solo por gracia), sola fide y sola scriptura. Éstas se encuentran fácilmente en los textos protestantes de inicios del siglo XVI. Repasemos un poco de historia:

(1.- SOLA GRATIA: El teólogo luterano alemán Andreas Bodenstein von Karlstadt, antes de que se radicalizara, usó la expresión sola gratia repetidamente en su disputa teológica del año 1519. Martin Bucer (otro teólogo alemán que influyó en las doctrinas y prácticas luteranas, calvinistas y anglicanas) la usó en su Comentario de los Evangelios de 1536 y otra vez en un tratado de 1545. El reformador italiano Pedro Mártir Vermiligi la usó en sus lecturas de Romanos en 1558. Wolfang Musculus la usó en sus lecturas de Gálatas y Efesios (1561). Caspar Olevianus la usó en sus lecturas de Romanos (1579). Calvino, el último en usarla, defendió la noción y usó dicha frase en sus obras.[4]

(2.- SOLA FIDE: Lutero usó por primera vez dicha frase en su traducción de Gálatas 3. También la usó en sus lecturas de Gálatas. (Su defensa de insertar “allein” está ahí). En 1521; Melanchton la usó en sus Loci Communes (Lugares Comunes, su texto sistemático) exactamente como nosotros lo hacemos hoy. Karlstadt también usó sola fide en su disputa teológica de 1519. La significancia de esto es que estaba ciertamente reflejando, en este punto, lo que Lutero y Melanchton estaban diciendo. La frase también se halló en la obra de François Lambert (1524); Johannes Oecolampadius (1524,1534); Martin Bucer (1527, 1534, 1536, 1545), Heinrich Bullinger (1534, 1557); Pedro Mártir Vermigli (1549) y en Calvino.[5] También se encuentra, por supuesto, en la Confesión de Ausburgo, art. 6. Se encuentra también en la Confesión de Fe Belga, art. 22. en el texto original francés de 1561 aparece “la seule foy”. En las ediciones posteriores en latín, “sola fide”. El texto en latín del Catecismo de Heidelberg (1563) usa la expresión “sola fide” en la Pregunta 60, sobre la justificación.

(3.- SOLA SCRIPTURA: Sola Scriptura ciertamente es una frase del siglo XVI. La expresión misma se encuentra entre los reformados tan pronto como en 1526 y el teólogo luterano Bucer la usó en 1536. Calvino la usó posteriormente en sus obras.[6]

(4.- SOLUS CHRISTUS Y SOLI DEO GLORIA: Se desconoce la fecha y quién usó por primera vez las frases, Solus Christus (es decir, “en Cristo solo”) y Soli Deo Gloria (a Dios sólo sea la gloria). Sus orígenes son probablemente un poco posteriores a los inicios de la Reforma Protestante. Sin embargo, la enseñanza de que Jesucristo es el único mediador entre Dios y el hombre, y que no hay salvación por medio de ningún otro, es extensiva a todo el cristianismo ortodoxo. Ninguna rama del protestantismo puede asumir como exclusiva dicha creencia. Todo creyente protestante y evangélico puede reclamar como suya dicha “sola”. Incluso la frase Soli Deo Gloria, la cual enseña que toda la gloria es sólo para Dios, es extensiva a todo aquel que se llame cristiano y viva para la gloria de Dios. Dicha frase incluso fue utilizada por artistas como Johann Sebastian Bach, Georg Friedrich Händel y Christoph Graupner para indicar que el trabajo fue producido con el fin de alabar a Dios.

Entonces, pregunto nuevamente: ¿Qué derecho tiene un calvinista a decir que los pentecostales, metodistas, luteranos o cualquier otra denominación nacida o derivada de la Reforma Protestante no tiene derecho a creer o usar las solas en su expresión de fe? Ciertamente, serían los luteranos y no los calvinistas quienes podrían, una vez más, presumir exclusividad sobre las 5 solas. Sin embargo, dichas frases son un legado de todos aquellos que nos hacemos llamar evangélicos o protestantes.

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ENTONCES, ¿VALE LA PENA QUE UN PENTECOSTAL CELEBRE LA REFORMA? ¿TENEMOS DERECHO A HACERLO?

Ciertamente que sí, si así lo elegimos. No depende de los autoproclamados “reformados” decirnos qué podemos o no podemos creer o celebrar. Hay cristianos no calvinistas que dudan celebrar la Reforma Protestante. Unos señalan las divisiones, guerras, y fragmentaciones que surgieron en la Iglesia a partir de la Reforma, con sus secuelas aún hoy. Y sí, eso es lamentable. En cada evento humano siempre está el factor del pecado. Sin embargo, al pesar la balanza, sostengo que la Reforma Protestante ha sido uno de los sucesos grandes e importantes de la historia de la Iglesia. Si eres cristiano, creo que harías bien en celebrar la Reforma, cuando menos por 6 razones:

(1. SI APRECIAS TENER UNA COPIA DE LA BIBLIA EN TU IDIOMA, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: ¿Los nombres Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina te suenan familiares? Son los traductores de la Biblia Reina-Valera, que es la versión más leída en todas las iglesias hispanas. La Reforma permitió la traducción de la Biblia a la lengua del pueblo (la iglesia católica sólo la permitía en latín), lo cual incluye al castellano. Si esta mañana has leído tu Biblia en español, dale gracias a Dios por la Reforma.

(2. SI COMO YO ERES PASTOR Y ESTÁS CASADO, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: Antes de la Reforma, los clérigos lo tenían prohibido. Roma enseñaba —y aún enseña— que el celibato es el estado civil más santo, y por lo tanto lo requiere de sus sacerdotes, monjas, y monjes. Lutero, tras leer la Biblia detenidamente, escribió: “No existe nada en la Escritura que requiera el celibato. De hecho, la Biblia quiere que la gente “fructifique y se multiplique.” Lutero no solo abogó por la abolición del celibato para los clérigos, sino que ayudó a una monja a escaparse de un convento y se casó con ella para probar su punto. ¡Bendito sea Lutero! (es maravilloso estar casado y ser ministro de la Palabra).

(3. SI SABES QUE TU TRABAJO SECULAR GLORIFICA A DIOS TANTO COMO EL TRABAJO DE UN PASTOR, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: Un ingeniero cristiano que hace su trabajo con excelencia es tan amado por Dios como teólogo, pastor, evangelista o misionero. Ambos tienen una tarea por hacer en el reino de Dios. Los reformadores se esmeraron mucho en elevar las tareas cotidianas hechas para el Señor. “No solo son las personas dentro de la iglesia las que hacen la obra de Dios”, comenta Lutero sobre 1 Pedro 2:9. “Oh, no. Todos somos sacerdotes. Por tanto, todos hacemos la obra de Dios”.

(4. SI APRECIAS LA LIBERTAD DE CONCIENCIA Y EL DERECHO A ELEGIR TU PROPIA RELIGIÓN O NO PRACTICAR NINGUNA, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: Antes de la Reforma la libertad de conciencia era una utopía. Todos estaban obligados a pertenecer a la iglesia católica, así no estuvieran de acuerdo con sus enseñanzas. Tampoco había otras opciones para alguien que quisiera permanecer en el cristianismo. Incluso nuestra fe pentecostal no hubiera sido posible sin el derecho a la libertad de conciencia cimentado en las enseñanzas de la Reforma.

(5. SI ESTÁS ACOSTUMBRADO A ESCUCHAR EL EVANGELIO DE LA JUSTIFICACIÓN POR GRACIA A TRAVÉS DE LA FE, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: La Reforma era necesaria porque recuperó el evangelio. La pregunta fundamental para la humanidad es, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y la iglesia medieval titubeaba al responder. ¿Cuántos han entrado a la eternidad pensando que su posición delante de Dios estaba bien debido a ciertos ritos y obras? La Reforma recuperó la proclamación clara de que somos reconciliados con Dios solo a través de la fe en Cristo.

(6. SI TE REGOCIJAS AL VER EL EVANGELIO PREDICADO POR TODO EL MUNDO, DEBERÍAS CELEBRAR LA REFORMA: La Biblia fue traducida a las lenguas vernáculas para que la gente tuviera acceso a la Escritura. Esto, a su vez, provocó un imperativo misionero, el cual fue testigo de muchos predicadores enviados a toda Europa, Norteamérica, India, y hasta Sudamérica. Nosotros hoy, a 501 años de la Reforma Protestante, continuamos recibiendo bendición de lo que Dios hizo allí.

Por estas razones y muchas otras, yo, como evangélico y pentecostal, celebro la Reforma Protestante. Me da lo mismo si a un calvinista le parece apropiado o no. Respeto si otros pentecostales optan por no hacerlo, pero yo no veo nada de malo en hacerlo. Por el contrario, nos recuerda las razones por las cuales existimos como movimiento. Sin embargo, aún considero oportuno aclarar otro punto en relación con este tema.

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¿SOMOS LOS PENTECOSTALES HEREDEROS DE LA REFORMA O SIMPLEMENTE ADVENEDIZOS?

De todos es sabido que el pentecostalismo o movimiento pentecostal es un movimiento evangélico de iglesias y organizaciones cristianas que recalcan la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo, cuya manifestación contemporánea se catalizó a partir del llamado Avivamiento de la Calle Azuza dirigido por el pastor afroamericano William J. Seymour en una Iglesia Metodista Episcopal Africana de Los Ángeles, California en 1906.

Varios de los conceptos que considera el movimiento pentecostal son rescatados de personajes del cristianismo primitivo, como es el caso del obispo Ireneo de Lyon, quien hablaba de las distintas manifestaciones del Espíritu Santo, el don de lenguas y el don de profecía; este último don también era insinuado por Tertuliano, y el énfasis en las prácticas del Espíritu Santo eran compartidas por los montanistas de Frigia. Incluso Agustín de Hipona practicó la imposición de manos para buscar la glosolalia.

Ciertamente, este tipo de prácticas disminuyó considerablemente (más nunca desapareció) durante la Edad Media, época del apogeo del catolicismo en occidente. Sólo más tarde, con la Reforma protestante del siglo XVI, se registraron experiencias semejantes a las de la glosolalia y el avivamiento, buscadas actualmente por los pentecostales. Tal es el caso de los hugonotes en Cevenas durante la Guerra de los camisards. Es más, Martín Lutero dio ejemplos en su vida de poseer ciertos dones espirituales que hoy si consideran exclusivos d ellos pentecostales y carismáticos. Las prédicas sobre el Espíritu Santo de George Fox y los avivamientos experimentados por los husitas de Bohemia se consideran antecedentes del movimiento pentecostal y carismático durante la época de la Reforma y mucho antes.

El pastor anglicano John Wesley, considerado el padre del metodismo, consideraba que los dones perseguidos por el cristianismo primitivo debían rescatarse y no ser ridiculizados. En sus diarios registró diversas historias que tenían que ver con dones divinos. De hecho, el mensaje de las iglesias metodistas marcó una fuerte influencia dentro del movimiento pentecostal. Más adelante, en las décadas de 1730 y 1740 se desarrolló el llamado Primer Gran Despertar, un movimiento de revitalización cristiana que se extendió por la Europa protestante y América británica dejando un impacto permanente en la religión norteamericana y el movimiento pentecostal. Entre sus principales predicadores se encontraron George Whitefield (1714-1770), David Brainerd (1718-1747) y Jonathan Edwards (1703-1758), precursores del evangelicalismo que finalmente dio origen al movimiento pentecostal. Más tarde, a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, se produjo en Estados Unidos el Segundo Gran Despertar, del que surgió el denominado Movimiento de Santidad, un conjunto de creencias y prácticas religiosas que surgió del metodismo y de ciertas denominaciones evangélicas para enfatizar sus creencias a través de una doctrina central.

Entre 1811 y 1825, el teólogo metodista Adam Clarke difundió la idea de hacer más énfasis en el Espíritu Santo, y en 1840 el Movimiento de Santidad comenzó a predicar acerca de la doctrina del bautismo en el Espíritu Santo. El Movimiento de Santidad procedente del metodismo (y este a su vez de la iglesia anglicana, una de las ramas de la Reforma Protestante) se considera uno de los antecesores del pentecostalismo moderno, y algunos de sus términos publicados hacia 1857 y relacionados con la palabra «pentecostal» son utilizados por el pentecostalismo actual.

¿Cómo negar entonces nuestro linaje protestante? ¿No somos acaso una vertiente más del protestantismo inspirado en la Reforma de 1517? Sola la ignorancia o la malicia de ciertos sectores podría negarnos tal derecho histórico. Ciertamente, el pentecostalismo reúne en sí lo mejor de cada tradición protestante. Como pentecostales podemos ir más allá y trazar nuestro linaje espiritual hasta el pietismo luterano, un heredero indiscutible de la Reforma Protestante de 1517. Surge entonces la pregunta: ¿Qué es el Pietismo?

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PIETISMO Y PENTECOSTALISMO, UNA CONEXIÓN MÁS CON LA REFORMA

El pietismo fue un movimiento de renovación que surgió dentro del luteranismo alemán en el siglo XVII, cuando la Iglesia y la ortodoxia luterana se agotaban en disputas, descuidando la piedad, la moral y la edificación de los fieles. Se suele considerar la Pia Desideria (1675) de Philipp Jacob Spener (1635-1705) como el texto programático y fundador del Pietismo. Spener rescataba principalmente el trabajo de los luteranos Johann Dannhauer (1603-1666), Johann Arndt (1555-1621) y del mismo Martin Lutero (1483-1546). Los pietistas sentían que estaban llevando las enseñanzas de los Reformadores hasta sus conclusiones lógicas, enseñando que la justificación del creyente tenía que manifestarse en una nueva vida. El movimiento pietista comenzó con reuniones en la casa de Spener, para estudio bíblico y oración. Sus grupos caseros se llamaban “Collegia Pietatis” o “Collegia Philobiblica”. Su ardor y su pasión nacía del evangelio. El pietismo tuvo un impacto importante en el Conde Zinzendorf, líder de los moravos, como también en Juan Wesley y el metodismo.

En muchos sentidos, el pietismo puede ser considerado una versión temprana de pentecostalismo. De hecho, el luteranismo tiene una larga historia de movimientos proto-pentecostales. Al igual que los pentecostales, los pietistas enseñaban el sacerdocio universal de los creyentes: Todos los creyentes deben participar de los servicios religiosos, enseñándonos y ayudándonos unos a otros, siendo asiduos en los estudios bíblicos. También se buscaba el cultivo de la vida espiritual a través de la lectura sistemática de la Biblia; se procuraba una vida de oración y abstinencia: combate el juego, borracheras, bailes y teatros, enfatizando moderación en el vestir, en bebida y los alimentos, buen comportamiento cristiano en los negocios, teniendo amor como un parámetro visible de la piedad cristiana, etc. El pietismo, como el pentecostalismo, enfatizaba la vida de santidad y una teología con énfasis en la vida práctica en desmedro de la especulación. Los pietistas sostenían, al igual que los pentecostales modernos, que la Biblia tiene autoridad superior a las confesiones. Pero, sobre todo, los pietistas creyeron, practicaron y experimentaron los carismas o dones espirituales al igual que los pentecostales.

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CONCLUSIÓN

Quiero concluir este artículo aclarando algo que para mí es sumamente importante: AGRADECER POR LA REFORMA Y SER HEREDEROS DE LA MISMA NO IMPLICA CONCORDANCIA CON CADA PUNTO DE ESTA. Sí, los pentecostales tenemos derecho a ser considerados herederos de la Reforma. Sin embargo, tenemos también derecho a disentir con la misma en algunos puntos y esto no nos hace traidores ni menos protestantes. Para empezar, los pentecostales no idolatramos a los reformadores protestantes, no los veneramos como algunos parecen hacerlo. No los consideramos infalibles. No necesitamos citarlos en nuestros sermones ni para validar nuestras afirmaciones teológicas. De hecho, entiendo por qué muchos pentecostales lo piensan dos veces antes de identificarse con la Reforma. Entiendo también por qué muchos (de los más radicales) considerarían casi un insulto el término “reformado”.

Para empezar:

  1. Su teología cesacionista los colocó muy lejos de la ortodoxia cristiana original.
  2. El calvinismo, que se ha apropiado injustamente de la etiqueta de “cristianos reformados”, enseña terribles errores doctrinales e incluso herejías.
  3. Los reformadores fueron autores Intelectuales de la muerte de muchas personas, hermanos en la fe, que por el sólo hecho de diferir de su teología en áreas como el bautismo, fueron muertos de formas terribles.
  4. Martín Lutero fue misógino (discriminaba al sexo femenino) y antisemita (odiaba a los judíos y enseñaba la violencia contra ellos).
  5. Juan Calvino fue el autor intelectual de muchos asesinatos de creyentes a los cuales consideraba herejes por diferir con su interpretación de la Biblia, siendo el caso de Miguel de Servet el más conocido, pero no el único.
  6. Los reformadores (Lutero, Zuinglio, Calvino, etc.) siguieron creyendo en doctrinas y dogmas católicos como la perpetua virginidad de María, doctrina católica romana qué surgió no en la iglesia primitiva, sino en el paso de los siglos dentro de la iglesia y como producto de la apostasía generalizada.

Aclaro, me siento orgulloso del legado protestante y evangélico que como pentecostales podemos reclamar. Simplemente entiendo por qué algunos pentecostales y otros evangélicos modernos prefieren distanciarse de él o ignorarlo. Por otro lado, si los calvinistas quieren considerarse los únicos “cristianos reformados” y herederos exclusivos de la Reforma Protestante ¡Suerte! Asuman también los crímenes cometidos por aquellos a quienes veneran desmedidamente. Prefiero que me llamen simplemente cristiano o evangélico. Y si me llaman pentecostal me sentiré más que honrado por ello. No me molesta si algunos piensan que no tenemos derecho a celebrar la Reforma ¡Yo igual lo haré porque tengo todo el derecho de hacerlo si así lo elijo! Si eres de los que cada año celebra un aniversario más de la Reforma Protestante ¡Felicidades! Hazlo para la gloria de Dios. Si optas por no hacerlo también estás en tu derecho y respeto tus razones. Solamente ten cuidado de no imponer tu opinión particular sobre otro (y mucho menos de negarle a otro lo que considera su derecho). ¡Dios te bendiga!

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REFERENCIAS:

[1] Ariel Álvarez, “Luteranos y Calvinistas: Más lejos de lo que pensabas” (Revista Digital El Católico Luterano), publicado el 20 de octubre de 2018. Disponible en línea en: https://elcatolicoluterano.wordpress.com/2018/10/20/luteranos-y-calvinistas-mas-lejos-de-lo-que-pensabas/

[2] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 3.XXI.7

[3] Obras de Lutero 5: 43-50.

[4] Institución 2.III.

[5] Institución III.III.1; III.XI.1; I.XI.19; III.XIV.17.

[6] Institución III.XVII.

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Día de la Reforma, Día Nacional de la Iglesia Evangélica Salvadoreña, Historia de la Iglesia, Pentecostalismo, Reforma Protestante

31 de octubre, Día de la Iglesia Evangélica

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Con la llegada de los evangélicos en la década de 1890 a Centroamérica, nuestra cultura fue enriquecida. Hoy día aproximadamente el 50% de la población profesa el protestantismo en El Salvador. Tras años de vivir en las sombras, ignorados, marginados y a veces perseguidos, el 30 de octubre de 2014 la Asamblea Legislativa de El Salvador hizo justicia al pueblo evangélico al decretar que cada 31 de Octubre se celebre oficialmente el Día de la Iglesia Evangélica Salvadoreña, uniendose a nivel mundial a celebrar simultáneamente el Día de la Reforma Protestante.

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LA LUZ DEL EVANGELIO BRILLA EN EL SALVADOR

La obra evangélica en El Salvador comenzó en el año de 1893, con la llegada al país, del primer colportor (distribuidor de Biblias) y predicador, el Reverendo Francisco G. Penzotti, representante de la Sociedad Bíblica Americana. A él se le uniría en 1896 Samuel A. Purdie, misionero de la Sociedad de los Amigos (Cuáqueros). Juntos sentaron las bases para que, desde 1897, la organización no confesional Misión Centro Americana continuara con el trabajo de evangelización del cual todos, como protestantes, fuimos beneficiados hasta hoy en día. En 1910 la Sociedad Bautista de misiones domésticas envió a su representante, el señor Dr. Lemuel C. Barnes a evaluar el trabajo misionero que hacían las Sociedades Bíblicas. Barnes tenía además el propósito de cooperar en el establecimiento de la obra Bautista en El Salvador.

Nuevas denominaciones protestantes se unirían pronto a la proclamación del Evangelio de Cristo. Paralelamente al avivamiento de calle Azuza en Los Ángeles, California en 1906; Frederick Ernest Mebius,[1] misionero pentecostal canadiense (considerado el Padre del Pentecostalismo Salvadoreño) lideró el avivamiento pentecostal en el cantón Las Lomas de San Marcelino, Santa Ana, El Salvador. Dicho lugar es considerado “el aposento Alto Salvadoreño”.[2] Este avivamiento pentecostal duró alrededor de 20 años, surgiendo nuevos liderazgos y naciendo en su seno las Asambleas de Dios (1930), las Iglesias de Dios (1945), la Iglesia Apóstoles y Profetas de El Salvador y otras iglesias pentecostales de menor tamaño (1927). El avivamiento pronto se extendió a toda Centroamérica.[3]

PRIMER I.B.B EL SALVADOR

¿POR QUÉ CELEBRAR EL DÍA DE LA REFORMA Y EL DÍA NACIONAL DE LA IGLESIA EVANGÉLICA EN EL SALVADOR?

El Día de la Reforma es el día en que la luz del Evangelio prorrumpió de las tinieblas. Fue el día en que comenzó la Reforma protestante. Fue un día que llevó a Martín Lutero y a otros reformadores a ayudar a la Iglesia a encontrar su camino de regreso a la Palabra de Dios como la única autoridad para la fe y la vida y a guiar a la Iglesia de regreso a las gloriosas doctrinas de la justificación por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo. Este día encendió el fuego de los esfuerzos misioneros, motivó la composición de himnos y el canto congregacional y promovió la centralidad del sermón y la predicación para el pueblo de Dios. Es la celebración de una transformación teológica, eclesiástica y cultural. Es por eso que celebramos el Día de la Reforma. Este día nos recuerda que nuestro deber, nuestra obligación de mantener la luz del Evangelio en el centro de todo lo que hacemos, aún sigue vigente.

Como salvadoreños y evangélicos, también recordamos en este día histórico en el que la Iglesia Evangélica Salvadoreña se agenció un triunfo sin precedentes cuando la Asamblea Legislativa de nuestro país reconoció de forma pública, su presencia numérica, peso político e impacto social y religioso entre la población salvadoreña. Previamente, la Asamblea Legislativa de El Salvador, en el artículo 1 del Decreto Legislativo No. 514, de fecha 17 de octubre del año dos mil trece, había declarado el 28 de octubre para dicha celebración. Sin embargo, dicho artículo fue reformado a petición de varios ministros evangélicos que presentaron la iniciativa para cambiar la fecha al 31 de octubre de cada año. Dicha iniciativa fue liderada por el Lic. Oscar Durán, Decano de la Facultad de Teología de la Universidad Cristiana de las Asambleas de Dios de El Salvador, el Lic. Hugo Ramírez, capellán de la Universidad Evangélica de El Salvador, la Alianza Evangélica Salvadoreña y ministros de las denominaciones históricas del país. Con el cambio de fecha se buscaba coincidir con muchas iglesias en diferentes partes del mundo, que celebran el 31 de octubre como “Día de la Reforma Protestante”.

El Decreto Nº 514, reformado hace 5 años y que convirtió el 31 de octubre de cada año en el Día Nacional de la Iglesia Evangélica Salvadoreña, dice:

LA ASAMBLEA LEGISLATIVA DE LA REPUBLICA DE EL SALVADOR, CONSIDERANDO:

I.- Que de conformidad al artículo 3 de la Constitución de la República, todas las personas son iguales ante la ley. Para el goce de los derechos civiles no podrán establecerse restricciones que se basen en diferencias de nacionalidad, raza o religión.

II.- Que de acuerdo al artículo 25 de la Carta Magna, el Estado garantiza el libre ejercicio de todas las religiones, sin más límite que el trazado por la moral y el orden público.

III.- Que según datos históricos los inicios de la iglesia evangélica se remontan al año 1886, que es cuando llegaron al territorio nacional los primeros misioneros, como Samuel Purdie, a quien se le considera el pionero y fundador de lo que hoy se conoce como iglesia evangélica en todas las denominaciones que existen a nivel nacional.

IV.- Que según una investigación realizada a nivel nacional en diciembre de 2009, por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) el 38% de la población salvadoreña, profesa la religión evangélica y según datos de la misma, se espera que para el año 2013 este porcentaje se incremente a 45%, y esto se debe a que la iglesia evangélica, goza de confianza y de credibilidad por parte de la población, ya que sus aportes no solo se han limitado a lo religioso sino también a lo político, económico y sobre todo a lo social.

POR TANTO,

En uso de sus facultades constitucionales…

DECRETA:

Art. 1.- DECLÁRASE EL 31 DE OCTUBRE DE CADA AÑO COMO “DIA NACIONAL DE LA IGLESIA EVANGELICA SALVADOREÑA”.

Art. 2.- El presente Decreto entrará en vigencia ocho días después de su publicación en el Diario Oficial.

DADO EN EL SALON AZUL DEL PALACIO LEGISLATIVO: San Salvador, a los diecisiete días del mes de octubre del año dos mil trece.[4]

MEBIUS

CONCLUSIÓN

Hoy, con gratitud y “orgullo santo”, los cristianos evangélicos salvadoreños celebramos no sólo el Día de la Reforma Protestante, sino también el Día Nacional de la Iglesia Evangélica. Cada día somos más los herederos de la Reforma. El movimiento protestante en El Salvador (principalmente en su expresión pentecostal), constituye al presente un auténtico paradigma de crecimiento a seguir en otros países latinoamericanos. Actualmente casi 3 millones de salvadoreños son protestantes evangélicos en alguna de sus muchas expresiones, lo que representa un equilibrio importante en relación al catolicismo que, tradicionalmente, había sido mayoritario. Hoy por hoy, somos alrededor del 50% de la población salvadoreña y, en algunos departamentos y municipios, incluso mucho más. ¡Celebremos con gozo el avance del Evangelio en nuestra nación!

El sueño de nuestros antepasados espirituales se ha cumplido, pero esperanza de un crecimiento aún mayor todavía resuena en nuestros corazones:

“Sed valientes vosotros los cristianos
Trabajando en la obra celestial
Vuestros esfuerzos alcanzaran victoria
La bandera jamás habéis de arriar.”

“Algún día veremos oh hermanos
Coronado nuestro magno ideal
Esparcida por toda nuestra patria
La gran obra cristiana celestial.”
“Es inútil que nos tiendan barreras
Las legiones que ordenó Satán
Correremos con gozo la carrera
Con Cristo el insigne general”
“Ni una lágrima empaña las pupilas
Ni una queja vuestra voz apagará
Lucharemos con todo entusiasmo
Guerreando contra huestes de Satán”

“Adelante valientes congregados
Preparándonos para el día final
Trayendo a Cristo las almas perdidas
Triunfaremos en la excelsa Canaán”
(Sed Valientes, Himnos Inspirados, CEAD)

El pueblo evangélico salvadoreño, a 502 años de la Reforma Protestante y 126 años de la llegada del Evangelio a El Salvador, proclama, junto a los reformadores y pioneros de antaño: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo Gloria! Y en esta, la Era del Espíritu Santo, añadimos la sola olvidada pero redescubierta de la Reforma: ¡Solus Spiritus!

DESCENDIENTES

REFERENCIAS:

[1] Federico Ernesto Mebius nació en 1869, en Victoria, Canadá. Falleció hablando en lenguas en 1945, en la ciudad de Santa Tecla, El Salvador.

[2] Enrique Barillas, “Federico Ernesto Mebius, Padre del pentecostalismo Centroamericano” (2014), Amazon Digital Services LLC.

[3] Enrique Barillas, Así Llegó el Pentecostés: Un Capítulo en la Historia de El Salvador (2014), Amazon Digital Services, LLC.

[4] DECRETO Nº 514 DE LA ASAMBLEA LEGISLATIVA DE LA REPUBLICA DE EL SALVADOR. Disponible en: https://www.asamblea.gob.sv/sites/default/files/documents/decretos/171117_073413253_archivo_documento_legislativo.pdf

5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

ES1

¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

ES3

¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

ES4

SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

ES5

SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

ES2

LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

ES9

CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

ES10

REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

ES11

5 SOLAS, Reforma Protestante, Teología

Solus Christus, una doctrina pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina “Solus Christus” (En español: Sólo Cristo) es una de los cinco solas que resumen la creencia básica de los reformadores protestantes: Que la salvación es a través de sólo Cristo y que Cristo es el único mediador entre Dios y el hombre.[1] En la teología evangélica todo se trata de Cristo. Todo se trata acerca de Su Persona y Obra. No se trata acerca de nosotros, no se trata de la realización de nuestros “sueños” o “sacar el campeón de nuestro interior”, no. Todo se trata acerca de Cristo. Solus Christus rechaza todo sistema humanista o antropocéntrico. El evangelio es, por naturaleza, Cristocéntrico.[2]

Fiel al principio de Solus Christus, el Movimiento Pentecostal enfatizó desde sus orígenes 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17).

  1. Jesucristo, el Salvador: El Primer y más importante aspecto de la doctrina pentecostal es que Jesucristo es el único medio de salvación para la persona. La salvación no es por obras sino por gracia por medio de la fe, nadie se puede salvar a sí mismo (Efesios 2:8).
  2. Jesucristo, el Sanador: En la Cruz del Calvario Jesús llevó nuestros pecados y también nuestros dolores y enfermedades. Una promesa para nuestros días es que por su llaga somos curados. Isaías 53 Podemos ser sanados sobrenaturalmente de nuestras enfermedades físicas por medio del Poder de Dios.
  3. Jesucristo, Bautiza con el Espíritu Santo: La Salvación, el perdón de los pecados no es el final de todo lo que Jesús puede y quiere hacer por la persona. Una vez convertidos a Él, la persona puede ser llena del Espíritu Santo y tener la evidencia de ese bautismo a través de la manifestación de los 9 dones mencionados en 1 Corintios 12 de la Biblia.
  4. Jesucristo, el Rey que Viene: Jesucristo regresará pronto a reinar. La Biblia le llama Rey de reyes y Señor de señores. Esta es la maravillosa esperanza que tenemos (Apocalipsis 22).

Estas cuatro verdades, conocidas como las 4 doctrinas cardinales del pentecostalismo clásico, constituyen la base de nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro. Estas 4 verdades cardinales definen al pentecostalismo como una fe cristocéntrica, una fe establecida sobre el principio de Solus Christus.

CRISTO 1

SOLUS CHRISTUS, LA ESENCIA DEL PENTECOSTALISMO

Cristo, la Segunda Persona de la Trinidad, igual en Divinidad al Padre, es decir, Dios mismo (Juan 1:1) tomó una naturaleza humana para cumplir la perfecta Ley de Dios como un verdadero hombre en representación nuestra (1 Timoteo 3:16). Y no solamente para vivir perfectamente por nosotros, sino también para pagar nuestra deuda en la Cruz al beber la copa de ira del Padre por nosotros, es decir para morir por nosotros. El Justo, murió por los injustos, el Bendito se hizo maldito.

Solamente un Ser Eterno podía pagar una deuda eterna. Solamente un Ser eterno nos libró de la muerte eterna para darnos vida eterna. Solamente un Ser Eterno quebrantó la separación eterna que teníamos con Dios para darnos una unión y comunión eterna con Dios. Es Cristo, el Dios-hombre (Theantropos), quien une a Dios y al hombre. Es Cristo quien merece ser adorado, y no solo por las bendiciones que nos puede dar, sino por quien es Él. Esa enorme distancia que nos separaba de Dios fue acortada de forma definitiva porque Dios se acercó a nosotros, vivió (y vive) entre nosotros, vivió por nosotros, murió por nosotros, resucitó por nosotros, intercede por nosotros y volverá por nosotros, su Iglesia.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 2, afirma:

“El Señor Jesucristo, en lo que respecta a su naturaleza divina y eterna, es el verdadero y unigénito Hijo del Padre, pero en lo que respecta a su naturaleza humana, es el verdadero Hijo del Hombre. Por lo tanto, se le reconoce como Dios y hombre; quien, por ser Dios y hombre, es “Emanuel”, Dios con nosotros… Siendo que el nombre Emanuel abarca lo divino y lo humano, en una sola persona, nuestro Señor Jesucristo, el título Hijo de Dios describe su debida deidad, y el título Hijo del Hombre su debida humanidad. De manera que el título Hijo de Dios pertenece al orden de la eternidad, y el título Hijo del Hombre al orden del tiempo… El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, después de limpiarnos del pecado con su sangre, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, sujetándose a Él ángeles, principados, y potestades. Después de ser hecho Señor y Cristo, envió al Espíritu Santo para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla y confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios el Padre hasta el fin, cuando el Hijo se sujete al Padre para que Dios sea todos en todo…”[3]

CRISTO 5

SOLUS CHRISTUS, SELLO DISTINTIVO DEL CRISTIANISMO BÍBLICO

Los cristianos pentecostales creemos que el budismo, el islam y todas las otras religiones fuera del cristianismo bíblico son religiones falsas porque todo dios fuera del Dios de la Biblia es un dios falso. ¡Hay un sólo Dios! Y la realidad es que nosotros no podemos acercarnos a ese único Dios por méritos propios. Él es santo, puro, habita en luz inaccesible. Nosotros estamos sucios por el pecado. Intentar acércanos así a este Dios santo, verdadero, justo, lleno de ira contra el pecado es como intentar acercar un papel a un fuego y pretender que el papel no se consuma. ¡Imposible! Pero las buenas noticias del evangelio son estas: nosotros podemos acercarnos al único Dios porque hay un mediador. No muchos mediadores sino uno. La Biblia es clara:

«Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre» (1 Timoteo 2:5).

Bíblicamente no hay muchos caminos a Dios. El postmodernismo es incorrecto en su afirmación de que no hay verdades absolutas. La Biblia declara sin lugar a dudas que hay un solo Dios y hay un solo mediador. La palabra mediador traduce una palabra griega que comunica la idea de una persona que actúa como mediador trayendo reconciliación. La realidad de Cristo como único mediador confronta mucho de lo que sucede hoy en iglesias que se autodenominan cristianas, pero incluyen como mediadores entre Dios y los hombres a María, a los santos, a sacerdotes humanos o a cualquier otro ser o cosa. Solus Christus significa que sólo Cristo nos salva. Hay un solo mediador. Y esta enseñanza bíblica confronta el pensamiento popular que enseña que distintas religiones pueden, de la misma manera, llevarnos a Dios (pluralismo). La Biblia nos dice con claridad que esa enseñanza es falsa, un engaño. Hay un solo mediador. Solus Christus. Esto fue lo que los reformadores predicaron y enseñaron. Y esto es lo que nosotros, los pentecostales, predicamos y enseñamos.[4]

Solus Christus significa, entonces, que hay un solo Dios y un solo mediador, Jesucristo el Dios Hombre, quien se entregó para salvar a todos los que vienen a él. Cristo mismo afirmó esto:

«Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6)

Esto es una declaración radical. Es como si Jesús dijera: «si quieres venir al Padre tiene que ser por mí y solamente por mí». Si quieres venir al verdadero Dios tiene que ser a través de Cristo, solo Cristo. Todos los propósitos, planes, decisiones, decretos y promesas de Dios encuentran su cumplimiento final en Jesucristo. Todo lo que el Padre hace se centra en su hijo, y todo lo que el Espíritu hace da testimonio y trae gloria al Hijo. Así que, cuando los reformadores comenzaron a recuperar esta verdad central de las Escrituras, llegaron a la única conclusión de que Cristo es el centro y el cumplimiento de la revelación de Dios al hombre.

CRISTO 4

CONCLUSIÓN

La cuarta Sola, Solus Christus, es la conclusión lógica de las tres anteriores. Solo las Escrituras, solo la fe, y solo la gracia, todo apunta a Cristo. Solo Cristo es el Mesías del cual dan testimonio las Escrituras. Solo Cristo es el canal por el que fluye la gracia salvadora de Dios. Y solo Cristo es la persona en la que ponemos nuestra fe. Solus Christus, para el creyente pentecostal, encierra cuatro aspectos esenciales: solo Cristo es nuestro Señor y Salvador, solo Cristo es nuestro Gran Sanador Divino, solo Cristo nos bautiza con su Espíritu Santo y solo Cristo es nuestro Rey venidero. Cristo, nuestro Señor y Salvador, ejerce su autoridad amorosa y su poder salvador en nosotros. Cristo sanador llevó sobre su cuerpo en la cruz nuestras enfermedades, solo Cristo nos bautiza con su Espíritu Santo. Y Cristo Rey ejerce Su soberanía absoluta a través de Su dominio, incluyéndonos a nosotros, tanto ahora como en su futura Segunda Venida en gloria.

Nuestra fe protestante, evangélica y pentecostal proclama:

“En un principio era el Logos, y el Logos estaba ante Dios, y Dios era el Logos. En un principio Éste estaba ante Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho… Y el Logos se hizo carne, y tabernaculizó entre nosotros, y contemplamos su gloria (gloria como del Unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad… Porque de su plenitud tomamos todos; es decir, gracia por gracia, pues la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas por medio de Jesús el Mesías. Nadie ha visto jamás a Dios; el Unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo reveló…” (Juan 1:1-18; Biblia Textual)
“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16)
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” (1 Timoteo 2:5)
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12)

CRISTO 3

REFERENCIAS:

[1] Strawbridge, Gregg (1993). «The Five Solas of the Reformation. A Brief Statement» (en inglés). Reformation Celebration en Audubon Drive Bible Church, en Laurel: FiveSolas.com.

[2] Stephen J. Nichols, Martin Luther: A Guided Tour of his Life and Thought [Martín Lutero: un recorrido guiado de su vida y pensamiento] (Phillipsburg: P&R Publishing, 2002).

[3] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 2.

[4] Rod Rosenbladt, Christ Alone [Solo Cristo] (Irvine: NRP Books, 2015).

CRISTO 2

GRACIA DIVINA, Pentecostalismo, Reforma Protestante, Salvación

Sola Gratia, esencia de la fe pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La gracia es un tema constante en la Biblia, y culmina en el Nuevo Testamento con la venida de Jesús (Juan 1:17). La palabra traducida como “gracia” en el Nuevo Testamento proviene de la palabra griega charis, que significa “favor, bendición o bondad”. La gracia es que Dios nos escoge para bendecirnos en lugar de maldecirnos, a pesar de que nuestro pecado lo merece. Esta es su bondad a los indignos. [1]

La frase “Sola Gratia” es del latín y se podría traducir al español como “Solo por Gracia”. Bíblicamente, la gracia es el favor inmerecido de Dios. La gracia es la riqueza de Dios a expensas de Cristo. La gracia no implica solo una actitud benevolente sino una obra que transforma a un pecador en un santo. La gracia excluye todos los méritos humanos (Romanos 11:6) y es el único medio de nuestra salvación (Efesios 2:8-9). La Sola Gratia hace referencia a la realidad de que la salvación es solo por la Gracia de Dios.

La Sola Gratia fue en su origen reformador una respuesta al error de creer que el hombre podía obtener por sí mismo, ya sea a través de sus buenas obras, o por medio de los ritos de una religión, su propia redención. La sola gratia niega que el ser humano pueda lograr por sus esfuerzos personales el perdón de sus pecados. En cambio, la enseñanza bíblica de la gracia sostiene que el originador y realizador de la salvación del hombre es el Espíritu Santo, llamado también Espíritu de Gracia; él es quien convence al hombre de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8), el que provoca la fe y guía al arrepentimiento.

POR SU GRACIA, PARA SU GLORIA

La Escritura es clara en que ninguna persona busca a Dios por su propia iniciativa (Romanos 3: 10-11). En cambio, Dios debe alcanzar a la humanidad pecadora (Romanos 3:23). Cristo murió por nosotros cuando aún éramos impíos (Romanos 5: 8). Además, Jesús vino a buscar y salvar a los perdidos (Lucas 19:10). Persigue activamente a los pecadores, llamándonos a la fe en su nombre. Cuando una persona acepta a Cristo por gracia a través de la fe, Jesús es el que da la vida eterna (Juan 3:16) y nos hace una nueva creación (2 Corintios 5:17). Una vez que nos hemos convertido en creyentes en Cristo, el Espíritu de Dios proporciona el poder de vivir para Él y nos mantiene en el amor de Dios (Romanos 8: 37-39). En última instancia, Cristo también nos da la capacidad de perseverar hasta el fin, por lo que nuestra seguridad de la vida eterna descansa sólo en Él (1 Juan 5:13). En ningún momento nuestras buenas obras proveen salvación. Es por eso que Sola Gratia no solo fue una creencia importante durante la Reforma Protestante, sino que sigue siendo esencial para la fe cristiana y la vida actual.

IMPORTANCIA DE LA SOLA GRATIA

Sola Gratia es importante porque es una de las características distintivas o puntos clave que separan el Evangelio bíblico de los falsos evangelios que no pueden salvar. Sola Gratia es simplemente reconocer que la Biblia enseña que nuestra salvación es un don de gracia de parte de Dios. Como se dice en Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Es el reconocimiento de que la salvación de la ira de Dios se basa en la gracia y la misericordia de Dios y no en nada bueno en nosotros. Incluso nuestra aceptación del perdón y la redención es producto de la gracia divina. La voluntad humana, libre por la gracia preveniente (la operación del Espíritu Santo adentro de la persona), necesita cooperar simplemente aceptando la necesidad de salvación y permitiendo que Dios le otorgue la dádiva de la fe. Ella no será impuesta por Dios y el pecador no la puede merecer. Ella debe ser aceptada libremente, pero hasta la misma capacidad de desearla y de aceptarla es hecha posible por la gracia. Toda la iniciativa y la capacidad de salvación descansa en Dios, pues el ser humano es incapaz de contribuir para su propia salvación sin la gracia auxiliadora sobrenatural de Cristo (Gracia Preveniente o Preventiva).

La Reforma Protestante transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dio un lugar central en su teología. [2]

LA SOLA GRATIA EN EL PENTECOSTALISMO

A causa de sus raíces protestantes, la doctrina de la salvación por la gracia solamente es la esencia misma del Pentecostalismo. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios afirma claramente que:

“La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios… La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe” [3]

Para los pentecostales la gracia es la acción de Dios por medio de su Hijo Jesucristo. Gracia es siempre algo que no se merece. Algo a lo que no se tiene derecho. Creemos que la gracia se recibe sin ningún mérito personal, extra nos. La Gracia es, por lo tanto, un favor inmerecido. Así que, gracia es una decisión soberana de Dios que nos es impartida únicamente, exclusivamente, en virtud del mérito del sacrificio realizado por Jesús en la cruz. Lo único que puede hacer el hombre ante la gracia, es recibirla y agradecerla.

NO CREEMOS EN LA GRACIA BARATA

Sin embargo, esa misma gracia es exigente de frutos de justicia (Efesios 2:8-10). La gracia predicada por los reformadores y enseñada en la Biblia no es la gracia barata que se predica hoy en muchas iglesias. En palabras del apóstol Pablo:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?… Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera.” (Romanos 6:1-15).

De modo que, de la aceptación de esta gracia divina, surge una vida de santidad que no es otra cosa que respuesta agradecida, y que no puede ser evaluada como obra que origina mérito. En la doctrina pentecostal la gracia no se opone al esfuerzo humano, sino al mérito humano. Los que descansan en la gracia también se esfuerzan en la gracia, porque la gracia no anula nuestra responsabilidad en el proceso de santificación. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, dice Pablo en Filipenses 2:12. Hay algo que nosotros debemos hacer si queremos crecer en santidad; pero siempre amparados en la gracia de Dios, no en nuestras fuerzas:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13)

CONCLUSIÓN

Existe un gran abismo entre la idea de que Dios nos acepta debido a nuestros esfuerzos y la idea de que Dios nos acepta por lo que Jesús ha hecho (Efesios 2:8-9, Romanos 5:1). La religión opera sobre la base del principio de «Obedezco; luego soy aceptado por Dios». En total contraste, el principio del evangelio es «Dios me acepta por lo que Cristo hizo, y por eso yo ahora le obedezco».

Las Escrituras dicen que la gracia, la gracia inmerecida del Señor, es necesaria “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:20). La única manera de recibir la gracia salvadora de Dios es a través de la fe en Cristo: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios…la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Romanos 3:21-22). Así pues, la gracia salvadora resulta en nuestra santificación, el proceso por el cual Dios nos conforma a la imagen de Cristo. En el momento de la salvación por gracia a través de la fe, Dios nos hace nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Y Él promete nunca abandonar a Sus hijos: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). No tenemos nada en nosotros que nos lleve a buscar a Dios (Romanos 3:10-11); no tenemos “gracia salvadora” por nuestra propia cuenta. La salvación es la obra de Dios. Él da la gracia que necesitamos. Nuestra “gracia salvadora” es Cristo mismo. Su obra en la cruz es lo que nos salva, no nuestro propio mérito.

REFERENCIAS:

[1] Rodolfo Macias Fattoruso, Maestros de la Gracia, Editorial Académica Española (2016)

[2] Luis F. Ladaria, Introducción a la antropología teológica, Ediciones Verbo Divino, Pamplona (1998).

[3] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 5.

5 SOLAS, Reforma Protestante, Salvación

Sola Fide, una perspectiva pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión “Sola Fide” es una frase en latín que significa “fe sola”. Es una de las cinco solas de la Reforma Protestante. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios establece que:

“La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios… La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe”[1]

Sola fide señala que la salvación es a través de la fe, no de las obras, como explica Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”

El reformador protestante Martín Lutero consideraba tan importante la sola fide que lo llamó “El artículo con el que se apoya la iglesia”.[2]

FIDE 2

LA SALVACIÓN POR LA FE SOLA

Sola fide se resume bien en Efesios 2: 8-9, pero el concepto se encuentra en todas las Escrituras. Por ejemplo, Juan 3:16 enfatiza la fe en Jesús para la vida eterna:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”

Juan 5:24 agrega:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”

Jesús también enseñó que:

“Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29)

La iglesia primitiva afirmó esta enseñanza de Jesús y notó que sus enseñanzas hacían eco de las palabras anteriores de los profetas del Antiguo Testamento:

“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43)

Romanos 1:17 cita Habacuc 2: 4 en el Antiguo Testamento y dice:

“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”

Lo que la ley del Antiguo Testamento buscaba alcanzar por medio de las obras, fue alcanzado por medio de la fe en Jesucristo:

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.” (Romanos 3:28)

Filipenses 3: 9 declara que la fe es lo que nos hace justos:

“… y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”

Aquellos que rechazan la Sola Fide o la salvación solo por la fe se aferran a un Evangelio basado en obras que difiere de las enseñanzas que se encuentran en las Escrituras. En Gálatas 1:9, Pablo condenó tal pensamiento como un falso evangelio:

“Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”

Sola fide es una enseñanza esencial de las Escrituras que fue recuperada por los reformadores protestantes, y sigue siendo vital para la vida de los cristianos evangélicos modernos y la vida de la iglesia de hoy.

FIDE 1

LA IMPORTA DE SOLA FIDE EN EL PROTESTANTISMO

Pocas doctrinas son más importantes para la teología evangélica que la doctrina de la justificación solo por fe (el principio de la Reforma de sola fide). Martin Lutero afirmó con razón que la iglesia se establece o se derrumba a partir de esta doctrina. La historia proporciona muchas pruebas objetivas para afirmar la evaluación de Lutero.[3] Las iglesias y las denominaciones que mantienen firmemente la sola fide permanecen evangélicas. Aquellos que se han apartado del consenso de la Reforma sobre este punto, capitulan inevitablemente al liberalismo, vuelven a lo sacerdotal, aceptan alguna forma de legalismo o se desvían a peores formas de apostasía.

El evangelicalismo histórico, por lo tanto, siempre ha tratado a la justificación por fe como un distintivo bíblico central. Ésta es la doctrina que hace que el cristianismo auténtico sea distinto de todas las demás religiones. El cristianismo es la religión de la realización divina, con el énfasis siempre en la obra consumada de Cristo. Todas las demás son religiones de logros humanos. Se preocupan, inevitablemente, con los esfuerzos propios del pecador por ser santo. Si abandonamos la doctrina de la justificación por la fe no podemos afirmar honestamente ser evangélicos. La Escritura misma hace de sola fide la única alternativa a un sistema condenatorio de obras-justicia:

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5).

En otras palabras, los que confían en Cristo para la justificación sólo por fe reciben una justicia perfecta que se les es tenida en cuenta. Aquellos que tratan de establecer la suya propia o mezclan la fe con las obras sólo reciben la terrible paga que se debe a todos los que no alcanzan la perfección. Así que el individuo, tanto como la iglesia, se mantiene o cae con el principio de sola fide. La apostasía de Israel estaba basada en el abandono de la justificación solo por fe:

“Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3)

FIDE 3

LA FE SALVADORA, UNA FE QUE OBRA

No obstante, y a pesar de sostener la plena validez de la Sola Fide, reconocemos que la fe viva es la que actúa y se mueve por el amor. Los evangélicos, y particularmente los pentecostales, sostenemos la salvación por fe. Afirmamos sin duda alguna que “por gracia sois salvos por medio de la fe” y de que “el justo por la fe vivirá”. Sin embargo, también afirmamos, basados en la Palabra de Dios, que la fe de aquellos que han tenido y tienen la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana, es, y debe siempre ser, activa y moverse por el amor.

¿Plantea esto una contradicción con el principio de Sola fide? ¡En ninguna manera! En la Biblia se muestra, en otros contextos, que la fe, para vivir, para respirar, para ser auténtica, tiene que tener obras, actuación y dinamismo. Santiago afirma:

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no lo demuestra con sus acciones? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Por ejemplo: un hermano o una hermana no tiene ropa para vestirse y tampoco tiene el alimento necesario para cada día. Si uno de ustedes le dice: «Que te vaya bien, abrígate y come todo lo que quieras», pero no le da lo que necesita su cuerpo, ¿de qué le sirve? Así pasa también con la fe: por sí sola, sin acciones, está muerta. Pero alguien puede decir: «Tú tienes fe, y yo tengo acciones. Pues bien, muéstrame tu fe sin las acciones, y yo te mostraré mi fe por medio de mis acciones». Tú crees que hay un solo Dios. ¡Qué bien! Pero también los demonios lo creen, y tiemblan. ¡No seas tonto! Debes darte cuenta de que la fe sin las acciones es inútil. Nuestro antepasado Abraham fue declarado justo por lo que hizo. Él ofreció como sacrificio a su hijo Isaac sobre el altar. Date cuenta de que su fe iba acompañada de sus acciones, y por medio de sus acciones su fe llegó a ser perfecta. Así se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios y eso se le tomó en cuenta como justicia». Y a Abraham lo llamaron amigo de Dios. Como pueden ver, a una persona se la declara justa por sus acciones, y no sólo por su fe. Lo mismo le pasó a Rahab, la prostituta, cuando recibió a los espías y los ayudó a huir por otro camino. Ella fue declarada justa. Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin acciones está muerta” (Santiago 2:14-26, NBV)

La justificación bíblica jamás minimiza el renacimiento espiritual de la regeneración (2 Corintios 5:17); ni tampoco substrae los efectos morales del nuevo corazón del creyente (Ezequiel 36:26-27). La doctrina de la justificación por la fe jamás convierte la gracia de Dios en libertinaje (Judas 4). Este punto de vista se llama antinomianismo.

Aclaramos: No son las obras las que nos salvan, es la fe, pero esta fe, si es viva necesita ineludiblemente, ser una fe activa. No hay fe en aquel que carece de obras justas y, si hubiera fe, caería en la calificación de una fe muerta, aunque quien la tenga sea totalmente religioso. Así, el apóstol Pablo, que nos deja toda la doctrina de la gracia, de la justificación, el Apóstol que nos deja la frase lapidaria “el justo por la fe vivirá”, también nos deja, escribiendo a los Gálatas, que “la fe… obra por el amor” (Gálatas 5:6). Cuando a la fe le cortamos esa dimensión amorosa, obradora y actuante, la matamos o termina por morirse y dejar de ser. En última instancia, una fe sin obras debería ser considerada una fe falsa, incapaz de salvar, ya que:

  1. La fe sin obras revela un corazón que no ha sido transformado por Dios. Cuando hemos sido regenerados por el Espíritu Santo, nuestras vidas van a demostrar esa vida nueva. Nuestras obras se caracterizarán por la obediencia a Dios. La fe que no se ve, llega a ser evidente por la demostración del fruto del Espíritu en nuestras vidas (Gálatas 5:22). Si no hay frutos, es obvio que la fe no es real.
  2. La fe sin obras es una fe vana, pues la fe resulta en una nueva creación, no en una repetición de los mismos patrones de conducta pecaminosa. Como Pablo escribió en 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
  3. La fe sin obras viene de un corazón que no ha sido regenerado por Dios. Profesar una fe vacía, no tiene el poder para cambiar vidas. Aquellos que dicen tener fe pero que no tienen el Espíritu, escucharán a Cristo mismo decir, “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23).

Aquel que dice tener fe, lo demostrará por sus obras, pues la fe es más que un mero asentimiento intelectual. Los pentecostales creemos que las buenas obras no nos salvan, sin embargo, creemos también que los verdaderamente salvos producen buenas obras.

FIDE 4

LA FE QUE OBRA NO ES UNA FE LEGALISTA

Por otro parte, hay muchos que hacen que la justificación dependa de una mezcla de fe y obras. El efecto es hacer de la justificación un proceso basado en la propia justicia imperfecta del creyente en lugar de un acto declarativo de Dios basado en la justicia perfecta de Cristo. Tan pronto como la justificación se fusiona con la santificación, las obras de la justicia se convierten en una parte esencial del proceso. La fe se diluye por lo tanto con las obras. Se abandona la Sola Fide. Éste fue el error de los legalistas de Galacia (Gálatas 2:16; 5:4). Pablo lo llamó “un evangelio diferente” (Gálatas 1:6, 9). El mismo error se encuentra prácticamente en todo culto falso. Es el principal error del catolicismo romano y de las sectas legalistas.

Ante la pregunta: ¿Qué debemos hacer para ser salvos? Los pentecostales, al igual que el apóstol Pablo respondemos si dudarlo:

“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31)

Las epístolas doctrinales cruciales de Pablo (especialmente Romanos y Gálatas) se extienden en esa respuesta, desarrollando la doctrina de la justificación por la fe para mostrar cómo somos justificados por la fe sin obras humanas de ningún tipo. Dicho de otro modo: el cristiano no hace buenas obras para ser salvo ¡Sino porque ya es salvo! Es el fruto natural que se espera del verdadero creyente.

FIDE 5

LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE SOLA EN LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS

Aunque Cristo no hizo ninguna explicación formal de la doctrina de la justificación (como lo hizo Pablo en su epístola a los Romanos), la justificación por fe subyace e impregna toda Su predicación del Evangelio. Aunque Jesús nunca dio un discurso sobre el tema, es fácil de demostrar a partir de Su ministerio evangelístico que Él enseñó sola fide. Por ejemplo, fue el mismo Jesús quien dijo:

“El que oye Mi palabra, y cree… ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24)

Nótese que Jesús habló de una salvación plena, sin pasar ningún sacramento o ritual y sin ningún tipo de espera o período el purgatorio. El ladrón en la cruz es el ejemplo clásico. En la prueba más exigua de su fe, Jesús le dijo:

“De cierto os digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)

No era necesario ningún sacramento o trabajo por parte de él para obtener la salvación. Por otra parte, las muchas sanaciones que Jesús logró eran evidencia física de Su poder de perdonar pecados (Mateo 9:5-6). Cuando Él sanaba, con frecuencia decía: “Tu fe te ha salvado” (Mateo 9:22; Marcos 5:34; 10:52, Lc. 8:48, 17:19, 18:42). Todas esas curaciones eran lecciones objetivas sobre la doctrina de la justificación solo por fe. Sin embargo, la única ocasión en la cual Jesús declaró a alguien “justificado” proporciona la mejor visión de la doctrina tal como Él la enseñó:

“Dijo también esta parábola a unos que confiaban que ellos eran justos y menospreciaban a otros: “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:9-14)

¡Esa parábola seguramente sorprendió a los que escuchaban a Jesús! Ellos “confiaban en sí mismos como justos” (v. 9), la definición misma de la justicia propia. Sus héroes teológicos eran los fariseos, que tenían las normas legalistas más rígidas. Ellos ayunaban, oraban y daban limosna dando un gran espectáculo; e incluso iban más allá en la aplicación de las leyes ceremoniales de lo que en realidad Moisés había prescrito.Sin embargo, Jesús había sorprendido multitudes diciendo:  “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20), seguido por:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”(v. 48)

Es evidente que Él estableció un estándar que era humanamente imposible, ya que nadie podía superar la rigurosa vida de los escribas y fariseos. Ahora Él sorprende aún más a Sus oyentes con una parábola que parece colocar a un recaudador de impuestos detestable en una posición espiritual mejor que un fariseo que ora. El punto de Jesús es claro. Él estaba enseñando que la justificación es solo por fe. Ahí está toda la teología de la justificación. Pero sin profundizar en la teología abstracta, Jesús nos describió claramente la imagen con una parábola. La justificación del recaudador de impuestos era una realidad instantánea. No hubo ningún proceso, lapso de tiempo, ningún miedo del purgatorio. Él “descendió a su casa justificado” (v. 14) – no por algo que había hecho, sino por lo que había sido hecho en su nombre.

Nótese que el recaudador de impuestos entendió su propia impotencia. Debía una deuda imposible, que él sabía que no podía pagar. Lo único que podía hacer era arrepentirse y pedir clemencia. Su oración contrasta con la del fariseo arrogante. No relata lo que había hecho. Sabía que incluso sus mejores obras eran pecados. Él no se ofreció a hacer algo por Dios. Simplemente pidió clemencia divina. Buscaba a Dios para que Él hiciera lo que él no podía hacer por sí mismo. Esa es la naturaleza misma del arrepentimiento que Jesús pidió.

Además, este hombre se fue justificado sin realizar ninguna obra de penitencia, sin hacer ningún sacramento o ritual, sin obras meritorias. Su justificación fue completa y sin ninguna de esas cosas, porque era únicamente sobre la base de la fe. Todo lo necesario para expiar su pecado y ofrecer perdón ya había sido hecho en su nombre. Él fue justificado por fe en ese mismo momento. Una vez más, hace un fuerte contraste con el fariseo engreído, que estaba tan seguro de que todo su ayuno, diezmo y otras obras le hacían aceptable a Dios. Pero mientras que el trabajo del fariseo se mantuvo injustificado, el creyente recaudador recibió plena justificación solo por fe.

Hay algo sumamente importante que destacar en todo esto: Jesús, en el Sermón de la Montaña, afirmó:

“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20)

Sin embargo, ahora afirma que este recaudador de impuestos, el más malvado de los hombres en la mentalidad judía, ¡es justificado! ¿Cómo obtuvo tal pecador una justicia que excedía la de los fariseos? Si la norma es la perfección divina (v. 48), ¿cómo puede un cobrador de impuestos traidor llegar a ser justo a los ojos de Dios? La única respuesta posible es que recibió una justicia que no era la suya (Filipenses 3:9). La justicia le fue imputada por fe (Romanos 4:9-11). ¿La justicia de quién le fue reconocida? Sólo podía ser la perfecta justicia de un Sustituto irreprochable, que a su vez debe cargar con los pecados del recaudador de impuestos y sufrir el castigo de la ira de Dios en su lugar. Y el Evangelio nos dice que eso es precisamente lo que Jesús hizo.

El publicano fue justificado. Dios le declaró justo, imputándole la justicia plena y perfecta de Cristo, perdonándole de toda injusticia y librándole de toda condenación. A partir de entonces, siempre estuvo frente a Dios con una justicia perfecta que le había sido otorgada a su favor. Eso es lo que significa la justificación. Es el único Evangelio verdadero. Todos los demás puntos de la teología emanan de ella.

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CONCLUSIÓN

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

Fieles a nuestra herencia protestante, pero sobre todo a la Palabra de Dios, los pentecostales declaramos que el principio de Sola Fide es una enseñanza clave de nuestra fe. La doctrina de la justificación por la fe sola, bien entendida, nos capacita para obedecer. De hecho, es la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana. ¿Por qué? La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (Gálatas 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Romanos 5:1-5; 8:28-30). Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Glorificado sea Dios por tan excelsa doctrina!

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REFERENCIAS:

[1] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 5.

[2] Wriedt, Markus. “Luther’s Theology,” en The Cambridge Companion to Luther. New York: Cambridge University Press, 2003, pp. 88–94.

[3] Jaroslav Pelikan and Helmut Lehmann, eds., Luther’s Works, 55 vols. (St. Louis and Philadelphia: Concordia Publishing House and Fortress Press, 1955-1986), 34:337.