Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Dios está en control

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Te gustaría saber el día y la hora en que morirás? Imagina que existiera una aplicación para tu móvil capaz de llevar una cuenta regresiva de los días, horas, minutos, y segundos que te quedan de vida. ¿La instalarías en tu smartphone? Muchos quizá dirían que sí, ya que podrían planificar su vida, su partida, dejar sus negocios en orden o incluso “ajustar sus cuentas” con Dios antes de partir. Pero piénsalo bien ¿Crees que podrías vivir una vida normal y feliz si tuvieras acceso a tal información? Yo no lo creo ¡Sería espeluznante! ¡Tan solo imagina la ansiedad con la que vivirías!

TODOS AMAMOS ESTAR EN CONTROL

A pesar de que saber el día exacto de nuestra muerte sería algo inquietante y sombrío, la verdad es que a muchos seguramente les gustaría poder saberlo. El ser humano ama estar en control. A mí personalmente me gusta planear lo más que puedo y, cuando algo se sale del plan, fácilmente me frustro y hasta enojo. ¿Eres parecido a mí? Aun si no eres como yo de obsesivo, creo que la mayoría de nosotros preferimos estar en control de nuestro tiempo y de la mayoría de situaciones de nuestra vida. El problema con ello es que la vida no nos pide permiso para romper nuestra agenda. A diario se presentan situaciones que no esperamos y sobre las cuales no tenemos ningún control: la muerte de un ser querido, un accidente, una enfermedad incurable, etc. Afortunadamente Dios está siempre en control, incluso en esas situaciones. A Él nada le toma por sorpresa. Y el día de nuestra muerte no es la excepción.

El rey David escribió:

“Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.” (Salmo 139:16).

Este versículo me fascina por varias razones. En primer lugar, nos muestra que desde el momento de nuestra concepción, Dios ya nos conoce. De hecho, lo hace desde antes de la fundación del mundo, ya que Dios es omnisciente. Además, es interesante que David usa la imagen de Dios escribiendo sobre la vida como si fuera un libro. ¿Sabes lo que esto significa? ¡Pues que Dios es el escritor de tu vida y de la mía! ¿No te trae eso descanso? ¿No te trae alegría? Dios te formó como eres. Aun si tienes un problema físico, o incluso una enfermedad incurable para el hombre, ese es el plan de Dios para ti (Éxodo 4:11). ¡Cómo! ¿Puede acaso una enfermedad crónica, una limitación física o incluso un defecto físico evidente ser parte del plan de Dios para mí?

Tan solo mira a Jesús. El cumplió el glorioso plan de Dios para su vida y hoy se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Tiene un Nombre que es sobre todo nombre. Sin embargo, dicho plan glorioso implicó también momentos sombríos, pobreza, sufrimiento y, finalmente, la muerte ignominiosa de la cruz.

Si Cristo, siendo el Hijo de Dios, aprendió obediencia y sumisión a la voluntad del Padre por medio de lo que padeció, con nosotros no será diferente:

“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. ” (Hebreos 5:7-9)

De nosotros y para nosotros se dice:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante.” (2 Corintios 4:17, DHH)
“Yo reconozco que tenemos que sufrir ahora, pero esos sufrimientos no son nada comparados con toda la gloria que vamos a recibir después.” (Romanos 8:18, PDT)

No importa si por el momento no le hayas sentido a las cosas. A su tiempo verás que Dios hizo lo mejor para ti. Incluso si te vas de esta vida sin entenderlo, lo entenderás más tarde, al otro lado del velo. No temas ¡Cree solamente!

LA VIDA Y LA MUERTE ESTÁN SUJETAS AL DESIGNIO DE DIOS

El día en que naciste, el cual era desconocido para tus padres cuando se enteraron de tu concepción, no era un misterio para Dios. Él sabía perfectamente bien cuando nacerías. El mismo principio es aplicable en relación a la muerte, y es que aunque yo no sé cuánto me queda de vida, Dios sí. La Biblia dice:

“El Señor da muerte y da vida; hace bajar al Seol y hace subir.” (1 Samuel 2:6).

También dice la Escritura:

“Vean ahora que Yo, Yo soy el Señor, y fuera de mí no hay dios. Yo hago morir y hago vivir. Yo hiero y Yo sano, y no hay quien pueda librar de mi mano.” (Deuteronomio 32:39).

El fin de mis días está dentro del decreto soberano de Dios. Me gusta pensar que Dios, el perfecto escritor de mi vida, ya escribió “el fin”. Él ya lo sabe. No le es un misterio. Puedo confiar que cuando venga mi hora, será cuando Dios lo haya designado, no antes ni después. Eso lo descubrí cuando un médico me dijo hace casi 15 años que moriría, que mi mal era incurable y que nada podría salvarme de cierta enfermedad. No conocía a Dios entonces (aunque yo creía que sí), pero afortunadamente Él sí me conocía a mi.

Al principio me frustré, me enfurecí y por cierto que blasfemé de mi suerte. Como muchos antes de mí, me rendí ante mi impotencia, acepté la realidad de mi próxima muerte, me acostumbré a la presencia de la misma y le dí la bienvenida como a una compañera. Ignoraba que Dios estaba obrando tras bambalinas. Que él guiaba mi historia a su feliz conclusión. Ignoraba que esa misma desgracia que entonces maldecía, sería la que me traería a los pies de Jesucristo en busca de esperanza, sanidad y salvación. Hoy, a varios años de ese día, puedo decir con total certeza: ¡La palabra definitiva sobre mi vida la tiene Dios, no el hombre! ¿Por qué lo sé? ¡Porque sigo vivo! ¡Porque Dios anuló la palabra de los médicos! Y porque, en vez de llamarme a la tumba ¡Dios me llamó al ministerio!

Sinceramente, me hace feliz saber que ni siquiera yo mismo controlo mi destino. Estoy muy agradecido por ello ¡Ni siquiera puedo imaginarme el desastre que sería mi vida si mi destino dependiera de mí! Ni siquiera el más poderoso de los hombres es dueño de su destino:

“Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place.” (Proverbios 21:1, LBLA)

Y por el hecho de que mi destino, tanto temporal como eterno, descansa en la sabiduría, el amor y la soberanía de Dios, yo puedo descansar pues:

“… Estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva.” (Filipenses 1:6, NTV)

HAY ESPERANZA PARA TÍ Y PARA MÍ

Mi amado hermano o amigo que lees esto: ¿Sientes que el enemigo te acecha como león rugiente para devorarte? No temas, sólo sé fiel y descansa en Dios, y mira lo que Él hará por ti. ¿Afrontas una situación difícil o una enfermedad incurable para el hombre? Que nada te robe la paz. Dios conoce tu situación, Él conoce el fin desde el principio. Tú no puedes ver en este momento cómo va a terminar todo, pero Dios ya estuvo en tu futuro y sabe lo que necesitarás a lo largo del camino y todo esto te servirá de preparación para cumplir con el destino que Dios ha planeado para ti.

No hay nada que tome por sorpresa a Dios. Camina en fe, porque lo que necesitarás te saldrá en el camino. Él conoce el fin desde el principio:

“Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:9-10, La Biblia de las Américas).

Si eres creyente, puedes descansar en que toda tu vida, desde tu nacimiento hasta tu muerte, descansa en las manos de Dios. Así que vive para Él, glorifica su nombre, y confía: Él está en control. Los planes que Dios tiene para nuestra vida son perfectos. Quizá en ocasiones no son lo que esperamos o lo que queremos, pero siguen siendo perfectos. Podemos confiar que en nuestra vida, Dios es soberano. Por lo tanto, no te amargas ante las circunstancias actuales que escapan de tu control.

No pienses que ese diagnóstico médico o esa sentencia de muerte es definitiva. Créeme, ¡Lo sé por experiencia! La mente del hombre puede intentar planear su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos (Proverbios 16:9, 19:21; 20:24; 21:30, 31). Pues aunque nosotros podamos planear, el hombre pueda decir, o el mismo diablo deseara poder decretar algo sobre nuestra vida, al final se hace la voluntad de Dios. ¡Y eso es algo bueno! ¡Esas son buenas noticias! ¿Por qué no descansas en Dios?

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Gira tu rostro hacia el Sol de Justicia

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Conoces los girasoles? El Helianthus annuus, llamado comúnmente girasol, calom, jáquima, maravilla, mirasol, tlapololote, maíz de teja, acahual​ o flor de escudo, es una planta herbácea anual de la familia de las asteráceas originaria de Centro y Norteamérica y cultivada como alimenticia, oleaginosa y ornamental en todo el mundo. Dicha flor gira siempre buscando la luz solar. Y es por esa razón que es popularmente llamada girasol. Dicha cualidad del girasol es bien conocida, pero ¿Te has preguntado qué le sucedería a la flor si la pusiéramos en un lugar cerrado y oscuro? Seguramente moriría en poco tiempo.

808505

GIRASOLES Y HUMANOS…

Tal cual los girasoles, nuestro cuerpo físico, como toda otra forma de vida en el planeta, también necesita de la energía solar, la luz y el calor, para mantenernos vivos. Pero, no sólo es el cuerpo el que necesita de cuidados para proseguir firme. El espíritu, igualmente, necesita mantener encendida la llama de la fe. Precisa del calor del afecto, de la brisa de la amistad, de la lluvia de las bendiciones que vienen de lo alto. Sin embargo, es necesario que hagamos esfuerzos para respirar el aire puro, por encima de las circunstancias desagradables que nos rodean.

Muchos de nosotros permitimos que los vicios ahoguen nuestras ganas de buscar la luz y nos debilitamos día tras día como una planta mustia y sin vida, y es entonces cuando nos dejamos enredar en el zarzal de la haraganería y la desidia y reclamamos a la suerte sin poner de nuestra parte por salir de esa situación que nos desagrada. Y es allí donde debemos recordar que, al igual que el girasol, para poder crecer de acuerdo a los planes divinos debemos dirigir nuestra mirada al Sol de Justicia, nuestro Señor Jesucristo (Malaquías 4:2). Es al momento de pedir el amparo y la ayuda de Dios, donde recibimos sustento y seguridad.

flor

LA OSCURIDAD ES MUERTE

Pero, ¿Qué sucede con nosotros cuando nos encerramos voluntariamente en la oscuridad del pecado, la depresión y de la melancolía y así permanecemos por voluntad propia? ¿Qué pasa cuando rehuimos dirigir nuestra mirada hacia el Sol de Justicia prefiriendo la oscuridad de este mundo? Pues lo mismo que le sucede al girasol ¡Morimos! Debemos entender que cada uno de nosotros solo podrá encontrar propósito y felicidad real a través del cumplimiento del plan que Dios para su vida, pagando el precio de doblar nuestras rodillas en la intimidad de nuestros hogares y tener esa comunión con nuestro Creador que tanta falta nos hace. Es en la intimidad con Dios, en comunión con Él, que descubriremos su plan para nosotros. Si nos aferramos a la oscuridad, si nos alejamos de la fuente de luz, moriremos.

girasoles

EL GIRASOL HACE SU PARTE… ¿Y TÚ?

Uno de los escritores sagrados dijo: “El Señor llevará a cabo los planes que tiene para mi vida” (Salmo 138:8, NTV). Pero también enfatiza nuestra responsabilidad de buscar el rostro de Dios para que dichos planes se desarrollen plenamente en nuestra vida: “Busquen al Señor mientras puedan encontrarlo; llámenlo ahora, mientras está cerca. Que los malvados cambien sus caminos y alejen de sí hasta el más mínimo pensamiento de hacer el mal. Que se vuelvan al Señor, para que les tenga misericordia. Sí, vuélvanse a nuestro Dios, porque él perdonará con generosidad. «Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos —dice el Señor—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse.” (Isaías 55:6-8, NTV). El girasol nació para ser girasol, ese es su propósito, ese es el plan que para él diseñó su Creador. Pero si se rehusare a ver la luz del sol y se ocultase en la oscuridad, jamás sería lo que fue destinado a ser. Afortunadamente, ¡Eso no pasa! El girasol hace lo que tiene que hacer, siempre buscará con ansias la luz del sol y se orientará hacia ella, pero ¿qué hay de nosotros? ¿hacemos lo mismo? Al igual que el girasol, debemos dirigir nuestra mirada al “único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible” (1 Timoteo 6:16, LBLA).

Es preciso que seamos como el girasol. Que busquemos siempre la luz, incluso cuando las tinieblas insistan en rodearnos. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, vino a este mundo a iluminarnos (Juan 1:9. Es su luz la que debemos seguir, su flamante brillo el que debe atraernos. Es su luz admirable la que somos llamados a anunciar (1 Pedro 2:9).

girasoles1

COMO GIRASOLES EN EL JARDÍN DE DIOS

Vuelto a preguntarte: ¿Te has fijado alguna vez cómo el girasol gira su enorme flor hacia el sol? El «girasol» nos da, pues, una enseñanza. El sol es fuente de luz y calor. El girasol lo sabe y lo busca. ¿Por qué nosotros, creados a imagen de Dios, deberíamos ser diferentes en nuestra relación con la fuente de vida? ¿Hacia dónde deberíamos dirigirnos a fin de tener la respuesta a nuestras necesidades? Hacia Dios mismo, por medio de la fe. En efecto, Dios quiere dar luz y calor a cada uno, pero esto sólo es posible si nos volvemos a él por medio de su Hijo Jesucristo. Sí, Jesús vino como la “luz del mundo” (Juan 8:12) para todos los pueblos, luz enviada por Dios, hecha de ese resplandor que es gracia y verdad. Al recibirlo en lo más profundo de nuestro ser, nos transmite la vida de Dios para que gocemos de una nueva relación con nuestro Creador.

Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Para no tener que ir a las tinieblas eternas, lejos de Dios, dirijámonos a Jesús. Y nosotros los creyentes, si seguimos a Jesús, caminaremos bajo su luz y seremos testigos de ella. La Biblia dice: “El fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad” (Efesios 5:9). Así como las flores del girasol producen aceite, el creyente que fija su mirada en Dios producirá fruto de bondad, rectitud y verdad. El aceite fresco, útil y benefactor brotará de él para bendición de los que le rodean. Solo tiene que dirigir su mirada siempre hacia Aquel que es la Luz.

girasoles-635x480

5 SOLAS, Reforma Protestante, Salvación

Sola Fide, una perspectiva pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión “Sola Fide” es una frase en latín que significa “fe sola”. Es una de las cinco solas de la Reforma Protestante. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios establece que:

“La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios… La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe”[1]

Sola fide señala que la salvación es a través de la fe, no de las obras, como explica Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”

El reformador protestante Martín Lutero consideraba tan importante la sola fide que lo llamó “El artículo con el que se apoya la iglesia”.[2]

FIDE 2

LA SALVACIÓN POR LA FE SOLA

Sola fide se resume bien en Efesios 2: 8-9, pero el concepto se encuentra en todas las Escrituras. Por ejemplo, Juan 3:16 enfatiza la fe en Jesús para la vida eterna:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”

Juan 5:24 agrega:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”

Jesús también enseñó que:

“Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29)

La iglesia primitiva afirmó esta enseñanza de Jesús y notó que sus enseñanzas hacían eco de las palabras anteriores de los profetas del Antiguo Testamento:

“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43)

Romanos 1:17 cita Habacuc 2: 4 en el Antiguo Testamento y dice:

“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”

Lo que la ley del Antiguo Testamento buscaba alcanzar por medio de las obras, fue alcanzado por medio de la fe en Jesucristo:

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.” (Romanos 3:28)

Filipenses 3: 9 declara que la fe es lo que nos hace justos:

“… y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”

Aquellos que rechazan la Sola Fide o la salvación solo por la fe se aferran a un Evangelio basado en obras que difiere de las enseñanzas que se encuentran en las Escrituras. En Gálatas 1:9, Pablo condenó tal pensamiento como un falso evangelio:

“Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”

Sola fide es una enseñanza esencial de las Escrituras que fue recuperada por los reformadores protestantes, y sigue siendo vital para la vida de los cristianos evangélicos modernos y la vida de la iglesia de hoy.

FIDE 1

LA IMPORTA DE SOLA FIDE EN EL PROTESTANTISMO

Pocas doctrinas son más importantes para la teología evangélica que la doctrina de la justificación solo por fe (el principio de la Reforma de sola fide). Martin Lutero afirmó con razón que la iglesia se establece o se derrumba a partir de esta doctrina. La historia proporciona muchas pruebas objetivas para afirmar la evaluación de Lutero.[3] Las iglesias y las denominaciones que mantienen firmemente la sola fide permanecen evangélicas. Aquellos que se han apartado del consenso de la Reforma sobre este punto, capitulan inevitablemente al liberalismo, vuelven a lo sacerdotal, aceptan alguna forma de legalismo o se desvían a peores formas de apostasía.

El evangelicalismo histórico, por lo tanto, siempre ha tratado a la justificación por fe como un distintivo bíblico central. Ésta es la doctrina que hace que el cristianismo auténtico sea distinto de todas las demás religiones. El cristianismo es la religión de la realización divina, con el énfasis siempre en la obra consumada de Cristo. Todas las demás son religiones de logros humanos. Se preocupan, inevitablemente, con los esfuerzos propios del pecador por ser santo. Si abandonamos la doctrina de la justificación por la fe no podemos afirmar honestamente ser evangélicos. La Escritura misma hace de sola fide la única alternativa a un sistema condenatorio de obras-justicia:

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5).

En otras palabras, los que confían en Cristo para la justificación sólo por fe reciben una justicia perfecta que se les es tenida en cuenta. Aquellos que tratan de establecer la suya propia o mezclan la fe con las obras sólo reciben la terrible paga que se debe a todos los que no alcanzan la perfección. Así que el individuo, tanto como la iglesia, se mantiene o cae con el principio de sola fide. La apostasía de Israel estaba basada en el abandono de la justificación solo por fe:

“Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3)

FIDE 3

LA FE SALVADORA, UNA FE QUE OBRA

No obstante, y a pesar de sostener la plena validez de la Sola Fide, reconocemos que la fe viva es la que actúa y se mueve por el amor. Los evangélicos, y particularmente los pentecostales, sostenemos la salvación por fe. Afirmamos sin duda alguna que “por gracia sois salvos por medio de la fe” y de que “el justo por la fe vivirá”. Sin embargo, también afirmamos, basados en la Palabra de Dios, que la fe de aquellos que han tenido y tienen la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana, es, y debe siempre ser, activa y moverse por el amor.

¿Plantea esto una contradicción con el principio de Sola fide? ¡En ninguna manera! En la Biblia se muestra, en otros contextos, que la fe, para vivir, para respirar, para ser auténtica, tiene que tener obras, actuación y dinamismo. Santiago afirma:

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no lo demuestra con sus acciones? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Por ejemplo: un hermano o una hermana no tiene ropa para vestirse y tampoco tiene el alimento necesario para cada día. Si uno de ustedes le dice: «Que te vaya bien, abrígate y come todo lo que quieras», pero no le da lo que necesita su cuerpo, ¿de qué le sirve? Así pasa también con la fe: por sí sola, sin acciones, está muerta. Pero alguien puede decir: «Tú tienes fe, y yo tengo acciones. Pues bien, muéstrame tu fe sin las acciones, y yo te mostraré mi fe por medio de mis acciones». Tú crees que hay un solo Dios. ¡Qué bien! Pero también los demonios lo creen, y tiemblan. ¡No seas tonto! Debes darte cuenta de que la fe sin las acciones es inútil. Nuestro antepasado Abraham fue declarado justo por lo que hizo. Él ofreció como sacrificio a su hijo Isaac sobre el altar. Date cuenta de que su fe iba acompañada de sus acciones, y por medio de sus acciones su fe llegó a ser perfecta. Así se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios y eso se le tomó en cuenta como justicia». Y a Abraham lo llamaron amigo de Dios. Como pueden ver, a una persona se la declara justa por sus acciones, y no sólo por su fe. Lo mismo le pasó a Rahab, la prostituta, cuando recibió a los espías y los ayudó a huir por otro camino. Ella fue declarada justa. Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin acciones está muerta” (Santiago 2:14-26, NBV)

La justificación bíblica jamás minimiza el renacimiento espiritual de la regeneración (2 Corintios 5:17); ni tampoco substrae los efectos morales del nuevo corazón del creyente (Ezequiel 36:26-27). La doctrina de la justificación por la fe jamás convierte la gracia de Dios en libertinaje (Judas 4). Este punto de vista se llama antinomianismo.

Aclaramos: No son las obras las que nos salvan, es la fe, pero esta fe, si es viva necesita ineludiblemente, ser una fe activa. No hay fe en aquel que carece de obras justas y, si hubiera fe, caería en la calificación de una fe muerta, aunque quien la tenga sea totalmente religioso. Así, el apóstol Pablo, que nos deja toda la doctrina de la gracia, de la justificación, el Apóstol que nos deja la frase lapidaria “el justo por la fe vivirá”, también nos deja, escribiendo a los Gálatas, que “la fe… obra por el amor” (Gálatas 5:6). Cuando a la fe le cortamos esa dimensión amorosa, obradora y actuante, la matamos o termina por morirse y dejar de ser. En última instancia, una fe sin obras debería ser considerada una fe falsa, incapaz de salvar, ya que:

  1. La fe sin obras revela un corazón que no ha sido transformado por Dios. Cuando hemos sido regenerados por el Espíritu Santo, nuestras vidas van a demostrar esa vida nueva. Nuestras obras se caracterizarán por la obediencia a Dios. La fe que no se ve, llega a ser evidente por la demostración del fruto del Espíritu en nuestras vidas (Gálatas 5:22). Si no hay frutos, es obvio que la fe no es real.
  2. La fe sin obras es una fe vana, pues la fe resulta en una nueva creación, no en una repetición de los mismos patrones de conducta pecaminosa. Como Pablo escribió en 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
  3. La fe sin obras viene de un corazón que no ha sido regenerado por Dios. Profesar una fe vacía, no tiene el poder para cambiar vidas. Aquellos que dicen tener fe pero que no tienen el Espíritu, escucharán a Cristo mismo decir, “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23).

Aquel que dice tener fe, lo demostrará por sus obras, pues la fe es más que un mero asentimiento intelectual. Los pentecostales creemos que las buenas obras no nos salvan, sin embargo, creemos también que los verdaderamente salvos producen buenas obras.

FIDE 4

LA FE QUE OBRA NO ES UNA FE LEGALISTA

Por otro parte, hay muchos que hacen que la justificación dependa de una mezcla de fe y obras. El efecto es hacer de la justificación un proceso basado en la propia justicia imperfecta del creyente en lugar de un acto declarativo de Dios basado en la justicia perfecta de Cristo. Tan pronto como la justificación se fusiona con la santificación, las obras de la justicia se convierten en una parte esencial del proceso. La fe se diluye por lo tanto con las obras. Se abandona la Sola Fide. Éste fue el error de los legalistas de Galacia (Gálatas 2:16; 5:4). Pablo lo llamó “un evangelio diferente” (Gálatas 1:6, 9). El mismo error se encuentra prácticamente en todo culto falso. Es el principal error del catolicismo romano y de las sectas legalistas.

Ante la pregunta: ¿Qué debemos hacer para ser salvos? Los pentecostales, al igual que el apóstol Pablo respondemos si dudarlo:

“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31)

Las epístolas doctrinales cruciales de Pablo (especialmente Romanos y Gálatas) se extienden en esa respuesta, desarrollando la doctrina de la justificación por la fe para mostrar cómo somos justificados por la fe sin obras humanas de ningún tipo. Dicho de otro modo: el cristiano no hace buenas obras para ser salvo ¡Sino porque ya es salvo! Es el fruto natural que se espera del verdadero creyente.

FIDE 5

LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE SOLA EN LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS

Aunque Cristo no hizo ninguna explicación formal de la doctrina de la justificación (como lo hizo Pablo en su epístola a los Romanos), la justificación por fe subyace e impregna toda Su predicación del Evangelio. Aunque Jesús nunca dio un discurso sobre el tema, es fácil de demostrar a partir de Su ministerio evangelístico que Él enseñó sola fide. Por ejemplo, fue el mismo Jesús quien dijo:

“El que oye Mi palabra, y cree… ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24)

Nótese que Jesús habló de una salvación plena, sin pasar ningún sacramento o ritual y sin ningún tipo de espera o período el purgatorio. El ladrón en la cruz es el ejemplo clásico. En la prueba más exigua de su fe, Jesús le dijo:

“De cierto os digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)

No era necesario ningún sacramento o trabajo por parte de él para obtener la salvación. Por otra parte, las muchas sanaciones que Jesús logró eran evidencia física de Su poder de perdonar pecados (Mateo 9:5-6). Cuando Él sanaba, con frecuencia decía: “Tu fe te ha salvado” (Mateo 9:22; Marcos 5:34; 10:52, Lc. 8:48, 17:19, 18:42). Todas esas curaciones eran lecciones objetivas sobre la doctrina de la justificación solo por fe. Sin embargo, la única ocasión en la cual Jesús declaró a alguien “justificado” proporciona la mejor visión de la doctrina tal como Él la enseñó:

“Dijo también esta parábola a unos que confiaban que ellos eran justos y menospreciaban a otros: “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:9-14)

¡Esa parábola seguramente sorprendió a los que escuchaban a Jesús! Ellos “confiaban en sí mismos como justos” (v. 9), la definición misma de la justicia propia. Sus héroes teológicos eran los fariseos, que tenían las normas legalistas más rígidas. Ellos ayunaban, oraban y daban limosna dando un gran espectáculo; e incluso iban más allá en la aplicación de las leyes ceremoniales de lo que en realidad Moisés había prescrito.Sin embargo, Jesús había sorprendido multitudes diciendo:  “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20), seguido por:

“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”(v. 48)

Es evidente que Él estableció un estándar que era humanamente imposible, ya que nadie podía superar la rigurosa vida de los escribas y fariseos. Ahora Él sorprende aún más a Sus oyentes con una parábola que parece colocar a un recaudador de impuestos detestable en una posición espiritual mejor que un fariseo que ora. El punto de Jesús es claro. Él estaba enseñando que la justificación es solo por fe. Ahí está toda la teología de la justificación. Pero sin profundizar en la teología abstracta, Jesús nos describió claramente la imagen con una parábola. La justificación del recaudador de impuestos era una realidad instantánea. No hubo ningún proceso, lapso de tiempo, ningún miedo del purgatorio. Él “descendió a su casa justificado” (v. 14) – no por algo que había hecho, sino por lo que había sido hecho en su nombre.

Nótese que el recaudador de impuestos entendió su propia impotencia. Debía una deuda imposible, que él sabía que no podía pagar. Lo único que podía hacer era arrepentirse y pedir clemencia. Su oración contrasta con la del fariseo arrogante. No relata lo que había hecho. Sabía que incluso sus mejores obras eran pecados. Él no se ofreció a hacer algo por Dios. Simplemente pidió clemencia divina. Buscaba a Dios para que Él hiciera lo que él no podía hacer por sí mismo. Esa es la naturaleza misma del arrepentimiento que Jesús pidió.

Además, este hombre se fue justificado sin realizar ninguna obra de penitencia, sin hacer ningún sacramento o ritual, sin obras meritorias. Su justificación fue completa y sin ninguna de esas cosas, porque era únicamente sobre la base de la fe. Todo lo necesario para expiar su pecado y ofrecer perdón ya había sido hecho en su nombre. Él fue justificado por fe en ese mismo momento. Una vez más, hace un fuerte contraste con el fariseo engreído, que estaba tan seguro de que todo su ayuno, diezmo y otras obras le hacían aceptable a Dios. Pero mientras que el trabajo del fariseo se mantuvo injustificado, el creyente recaudador recibió plena justificación solo por fe.

Hay algo sumamente importante que destacar en todo esto: Jesús, en el Sermón de la Montaña, afirmó:

“Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20)

Sin embargo, ahora afirma que este recaudador de impuestos, el más malvado de los hombres en la mentalidad judía, ¡es justificado! ¿Cómo obtuvo tal pecador una justicia que excedía la de los fariseos? Si la norma es la perfección divina (v. 48), ¿cómo puede un cobrador de impuestos traidor llegar a ser justo a los ojos de Dios? La única respuesta posible es que recibió una justicia que no era la suya (Filipenses 3:9). La justicia le fue imputada por fe (Romanos 4:9-11). ¿La justicia de quién le fue reconocida? Sólo podía ser la perfecta justicia de un Sustituto irreprochable, que a su vez debe cargar con los pecados del recaudador de impuestos y sufrir el castigo de la ira de Dios en su lugar. Y el Evangelio nos dice que eso es precisamente lo que Jesús hizo.

El publicano fue justificado. Dios le declaró justo, imputándole la justicia plena y perfecta de Cristo, perdonándole de toda injusticia y librándole de toda condenación. A partir de entonces, siempre estuvo frente a Dios con una justicia perfecta que le había sido otorgada a su favor. Eso es lo que significa la justificación. Es el único Evangelio verdadero. Todos los demás puntos de la teología emanan de ella.

FIDE 6

CONCLUSIÓN

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

Fieles a nuestra herencia protestante, pero sobre todo a la Palabra de Dios, los pentecostales declaramos que el principio de Sola Fide es una enseñanza clave de nuestra fe. La doctrina de la justificación por la fe sola, bien entendida, nos capacita para obedecer. De hecho, es la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana. ¿Por qué? La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (Gálatas 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Romanos 5:1-5; 8:28-30). Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Glorificado sea Dios por tan excelsa doctrina!

FIDE 7

REFERENCIAS:

[1] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 5.

[2] Wriedt, Markus. “Luther’s Theology,” en The Cambridge Companion to Luther. New York: Cambridge University Press, 2003, pp. 88–94.

[3] Jaroslav Pelikan and Helmut Lehmann, eds., Luther’s Works, 55 vols. (St. Louis and Philadelphia: Concordia Publishing House and Fortress Press, 1955-1986), 34:337.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Aprendiendo a confiar en Dios

Por: Fernando E. Alvarado.

Confiar en Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando no podemos entender su voluntad para nosotros. Por eso necesitamos comprender que Dios responde a las oraciones de sus hijos solamente de dos maneras: provisión o protección. Si nos da lo que pedimos, es por su gran amor. Pero lo contrario también es cierto (y a menudo no nos damos cuenta): si el Señor no nos da lo que pedimos, entonces nos protege de ello. Debido a que Dios le da a sus hijos solo buenas dádivas, cada vez que retiene algo, podemos estar seguros de que no servía para su propósito final: conformarnos a la imagen de Cristo. A veces Dios no nos da las cosas que pedimos porque la cosa en sí es mala. Otras veces es debido al fruto podrido que traería a nuestras vidas, el dolor invisible que causaría, o las lecciones o la formación que nos quitaría. A veces, el “no” de Dios es por un tiempo, y al esperar, nos da lo que no hubiéramos obtenido si nos hubiera dado de inmediato lo que pedimos.

lanjdf034d93265

A menudo, somos llamados a ser como la mujer de la parábola de Jesús que busca la justicia de un juez injusto, y debemos esperar en el Señor y ser persistentes en nuestro pedir (Lucas 18:1-8). Pero incluso en ese caso, Dios no es el juez injusto. En esos momentos, no aguanta hasta que nos arrastremos en súplica; más bien, en su tiempo providencial, nos forma y conforma hasta que estemos listos para recibir su respuesta, pues si bien es cierto que nuestro Dios es soberano y Él “hace lo que le place” (Salmo 115:3), su soberanía no es una regla fría y dura que no toma en cuenta el sentir del hombre. Y es que el amor de Dios gobierna la soberanía de Dios. En su bendita providencia Dios satisface las necesidades de su pueblo, de acuerdo con su amor por ellos.

saltar

Sabiendo que Dios te cuida, no debes temer la pérdida, el dolor, o la muerte. Jesús, en Mateo 6:25–34, nos manda no estar “ansiosos por nada.” De hecho, Jesús nos invita a presenciar la providencia de Dios sobre la creación y allí ver su amor por nosotros, ya que si los pájaros no siembran, pero son alimentados (Mateo 6:26); si los lirios del campo no trabajan, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón (Mateo 6:28-29). ¿Qué no hará Dios por nosotros, que somos mucho más valiosos que ellos? Pues Dios no es solo nuestro Creador; sino nuestro Padre amoroso. Y Él sabe lo que necesitas. Su provisión no es arbitraria. Él no retiene las bendiciones para someter a sus hijos a una prueba cósmica de tolerancia al dolor. El Dios de la Providencia es nuestro Dios, y Él conoce nuestras necesidades. Él añadirá la provisión. ¿Confías en esta clase de Dios sabio, soberano y providente? ¿Qué tal si dejamos de ver la soberanía de Dios como el terrible martillo que nos golpea con su frialdad, o la voluntad caprichosa que a veces nos niega lo que más deseamos? ¿Por qué no verla, más bien, como la tierna almohada sobre la cual descansa nuestra paz y seguridad? Entonces aprenderemos “a conocer la voluntad de Dios… la cual es buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NTV).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¡No te rindas!

Por: Fernando E. Alvarado.

Albert Einstein Uno de los mayores científicos de la historia pasó por los primeros años de su educación sin pena ni gloria. No aprendió a hablar hasta los tres años de edad, por lo que sus profesores del colegio llegaron a pensar que tenía un retraso. Durante sus años en el Instituto alemán, que acabó dejando antes de terminar, un profesor le dijo que “nunca conseguiría nada en la vida”. A los 16 años se le denegó inicialmente la entrada en la Escuela Politécnica de Zúrich al obtener muy malos resultados en una asignatura de letras en la prueba de acceso. Sin embargo, consiguió finalizar sus estudios de bachillerato y se matriculó en la Escuela de orientación matemática y científica. Tras graduarse en 1900 no encontró trabajo en la Universidad y tuvo que ejercer como tutor en diferentes ciudades. No fue hasta comenzar el doctorado varios años después, cuando empezó a despertar el reconocimiento público, hasta que en 1921 ganó el Premio Novel de Física. Nunca se rindió, hasta lograr sus objetivos, pues Albert Einstein descubrió que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: Se llama voluntad.

¿Cuántas veces has pensado rendirte ante la crítica, los problemas y los ataques de otros? ¿Alguna vez te han abrumado tanto tus propias debilidades y limitaciones que has pensado que no vale la pena seguir luchando? ¡No te rindas! No estás solo. Todo aquél que ha logrado sus metas ha tenido que enfrentar esos mismos sentimientos de ineptitud, abandono y rechazo en algún momento de su vida. Pero aquellos que creemos en Dios hemos descubierto que no batallamos por nuestra propia cuenta. Albert Einstein contaba con una voluntad firme. Nosotros también deberíamos tenerla, pero lo cierto es que contamos con algo más grande que eso: Dios nos ha garantizado su apoyo constante: “Porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré.” (Isaías 41:13, NVI). ¿Puedes concebir el fracaso con semejante ayuda a tu lado? ¡Jamás! Solo fracasa aquel que se rinde por voluntad propia pues “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8). La pregunta aquí sería: ¿Qué clase de hombre (o mujer) eres tú?

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Recuerda: ¡No podemos mandar a Dios!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

¿Estás pidiendo algo y Dios parece darte un “no” por respuesta? ¿Le pides a Dios ciertas cosas y estas nunca llegan? No es que Dios sea sordo, sino que quizá no estás pidiendo correctamente, o lo que pides no está de acuerdo con la voluntad de Dios. Hemos oído tantas veces que “la fe mueve la mano de Dios”, al punto que quizá hemos llegado a pensar que nuestras oraciones, reclamos y decretos pueden torcerle el brazo y obligarlo a darnos lo que Él no desea para nosotros. Pero eso es falso: “Nuestro Dios está en los cielos; El hace lo que le place.” (Salmos 115:3), no lo que nosotros intentamos ordenarle.

¿Cómo? ¿Acaso no es la voluntad de Dios sanarnos todo el tiempo, darnos ese trabajo, adquirir esa posesión o salvarnos de la misma muerte? ¡No siempre! Quizá esto no suene al Evangelio que conozcas o te prediquen en la televisión. Y es que a Dios le tiene sin cuidado lo que pueda decir el falso Evangelio de la Prosperidad, la confesión positiva o cualquier otra moda teológica. Él no obedece decretos, no le interesa que “arrebates” lo que creas que es tuyo ni escuchará confesiones positivas contrarias a su voluntad, pues “todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle ‘¿Qué has hecho?’.” (Daniel 4:35).

El fin supremo de todo es la gloria de Dios, no la nuestra. Nuestras oraciones solo tienen valor cuánto humildemente nos rendimos y decimos “hágase tu voluntad” (Mateo 6:10) en vez de querer obligar a Dios a hacer la nuestra. En 2 Samuel 7:18-26, la oración de David para que Dios ratificara Su promesa y bendijera la casa de David fue motivada por el deseo de ver el nombre de Dios magnificado. Nuestras oraciones para que Dios nos bendiga deben estar motivadas por lo mismo. Al pedir la bendición del Señor, busquemos hacerlo no solo para nuestro beneficio, sino para que el Señor sea glorificado por nosotros y por los demás.

¿Es esa sanidad que deseas tanto para glorificar a Dios, o simplemente quieres más tiempo para seguir deleitándose en el pecado? ¿Anhelas honrar a Dios con tus bienes, o simplemente quieres adquirir más para gastar en los deleites temporales del pecado? Examínate a tí mismo. Dios ya sondeó tu corazón y sabe lo que realmente harás con la “bendición” que le estás pidiendo. Él no te dará lo que no conviene, pues a Dios le interesa más tu salvación eterna que tú comodidad terrenal. Santiago lo explica claramente: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Santiago 4:3).

REFLEXIÓN BÍBLICA

¡Se busca un nuevo David!

Por: Fernando E. Alvarado.

¿Qué tal si hablamos de algo diferente esta vez?… 

Todos conocemos la historia de David y Goliat, recogida en la Biblia. Incluso aquellos que jamás la han leído saben bien lo que significa: es la victoria del pequeño frente al grande, del débil frente al poderoso, un recuerdo de que aunque tengamos todo en nuestra contra, siempre habrá posibilidades de salir triunfante. Pero la historia de David y Goliat contiene algunos elementos que a menudo pasan desapercibidos. El texto bíblico nos narra que: “David era hijo de Isaí, un efrateo que vivía en Belén de Judá. En tiempos de Saúl, Isaí era ya de edad muy avanzada, y tenía ocho hijos. Sus tres hijos mayores habían marchado a la guerra con Saúl… David, que era el menor, solía ir adonde estaba Saúl, pero regresaba a Belén para cuidar las ovejas de su padre… Un día, Isaí le dijo a su hijo David: «Toma esta bolsa de trigo tostado y estos diez panes, y vete pronto al campamento para dárselos a tus hermanos. Lleva también estos diez quesos para el jefe del batallón. Averigua cómo les va a tus hermanos, y tráeme una prueba de que ellos están bien.” (1 Samuel 17:13-18, NVI). David cumplió con las instrucciones de Isaí. Se levantó muy de mañana y, después de encargarle el rebaño a un pastor, tomó las provisiones y se puso en camino. Llegó al campamento en el momento en que los soldados, lanzando gritos de guerra, salían a tomar sus posiciones. Los israelitas y los filisteos se alinearon frente a frente. David, por su parte, dejó su carga al cuidado del encargado de las provisiones, y corrió a las filas para saludar a sus hermanos. Mientras conversaban, Goliat, el gran guerrero filisteo de Gat, salió de entre las filas para repetir su desafío, y David lo oyó: «¿Para qué están ordenando sus filas para la batalla? ¿No soy yo un filisteo? ¿Y no están ustedes al servicio de Saúl? ¿Por qué no escogen a alguien que se me enfrente? Si es capaz de hacerme frente y matarme, nosotros les serviremos a ustedes; pero, si yo lo venzo y lo mato, ustedes serán nuestros esclavos y nos servirán». Dijo además el filisteo: «¡Yo desafío hoy al ejército de Israel! ¡Elijan a un hombre que pelee conmigo!» (1 Samuel 17:8-10, NVI).

Los soldados de su nación estaban paralizados, porque la sola presencia de aquel coloso les imponía pavor, cuanto más el reto que les había lanzado, consistente en que el resultado de la batalla se decidiría por el curso que tomara un duelo individual contra él. Pero ¿Quién podría dar la talla para este combate? Aquella imponente máquina de guerra, pertrechada hasta los dientes, no tenía par. Eso es precisamente lo que hacía que el otro ejército, el del coloso, se sintiera eufórico, dando por sentada la victoria, incluso antes de que el combate empezara. De hecho, todo hacía prever que no habría combate alguno, porque ¿Quién osaría tomar el reto que había sido lanzado? Pero he aquí, que, contra toda lógica, aquel muchacho, un sencillo pastor de ovejas, al escuchar las palabras del coloso dio por sentado que era vencible, residiendo su vulnerabilidad en que a quien había desafiado no era a un ejército cualquiera, sino al del Dios vivo. Es decir, frente a la noción de que allí estaban simplemente dos ejércitos convencionales, llevando uno toda la ventaja por tener el mejor combatiente que se pudiera pensar, noción que los de uno y otro ejército compartían, este muchacho tenía una noción totalmente diferente, consistente en que de los dos ejércitos uno llevaba toda la ventaja por tener el mejor jefe que se pudiera pensar, esto es, Dios mismo. Y como el desafío era en sí una provocación a Dios, el resultado del combate ya estaba decidido de antemano.

Sin embargo, precisamente esa inusual noción que el muchacho tenía, provocó tres palabras que tuvo que vencer, antes de acabar con el coloso. Es decir, antes de la batalla física experimentó tres ataques verbales, cuyo fin era que desistiera de la noble y verdadera idea de la que era portador:

(1.- LA PALABRA DE DESPRECIO: El primer ataque verbal vino de su propio hermano mayor, cuando le reclamó con enojo: ‘¿Para qué has descendido acá? ¿Y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto?’ Era claramente una palabra de desprecio, proveniente de alguien muy cercano al muchacho y quien seguramente había sido toda una referencia para él. Era una palabra destructiva, porque la intención era destruir la firme resolución que tenía el muchacho de ir al combate: “Mírate a ti mismo. No eres nada y no vales nada”. Además, le dijo, ‘para ver la batalla has venido.’ Es decir, tu verdadera motivación es simplemente contemplar cómodamente lo que ocurre, acusándolo así de mala intencionalidad. Si el muchacho se hubiera enredado en una estéril discusión con su hermano mayor, habría salido perdedor, pero lo que hizo para vencer esta palabra de desprecio fue pasar por alto la afrenta, lo cual muestra su prudencia y sabiduría.

(2.- LA PALABRA DE NEGACIÓN: Pero todavía le aguardaba un segundo ataque verbal aquella mañana, que provino del rey de su nación, la figura más influyente que se pudiera pensar. Y la palabra que el rey le dio fue: ‘No podrás tú.’ Era una palabra de negación, una palabra que concordaba con lo que los sentidos decían. ¿Cómo un muchacho iba a poder con un coloso? ¿Cómo el inexperto podría con el experto? A todas luces la palabra de negación era abrumadora, por proceder de quien procedía y por los argumentos empleados. Pero el muchacho venció este segundo ataque verbal de una manera bien fundada, al apelar a su experiencia anterior y declarar que el mismo Dios que le dio entonces la victoria también se la daría ahora.

(3.- LA PALABRA DE DERROTA: Aún le esperaba el tercer ataque verbal, que salió de los labios del coloso, cuando le dijo: ‘Ven a mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.’ En otras palabras: Eres hombre muerto. Esta es la palabra de derrota, la sentencia que el enemigo pronuncia, un dardo mortal dirigido al mismo corazón del muchacho. Si cree esa palabra, efectivamente estará muerto. Pero lo que hizo fue confesar la victoria. Ahora bien, circula una enseñanza, que se ha hecho muy popular, según la cual lo que tenemos que hacer es confesar con nuestro labios lo positivo, porque dependiendo de lo que declaremos de palabra, así sucederá. Si declaramos cosas positivas, éstas ocurrirán; pero si declaramos cosas negativas, serán las que obtendremos. De tal modo, que son las palabras las que determinan los hechos. Esta enseñanza supone que las palabras por sí mismas tienen un poder especial. Pero cuando aquel día el muchacho declaró la palabra de victoria ante el coloso, no lo hizo pensando que sus palabras pronunciadas serían el medio de la victoria, sino que el Dios en quien creía, él sería el artífice de la victoria. Hay un abismo entre creer que son nuestras palabras sobre Dios las que dan la victoria y creer que es Dios quien la da.

LA FE: ÚNICA RESPUESTA VÁLIDA ANTE LAS PALABRAS DE DESPRECIO, NEGACIÓN Y DERROTA.
La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, que es la definición de fe, es lo que saturaba el corazón de aquel muchacho ante aquel coloso. La piedra que golpeó su frente y lo derribó fue perfectamente dirigida, porque esa fe, más allá de su pericia para manejar la honda, guió el proyectil al punto preciso. En resumen, aquella victoria memorable, que fue la catapulta de la brillante carrera de aquel muchacho, vino precedida por la victoria sobre la palabra de desprecio, sobre la palabra de negación y sobre la palabra de derrota. Toda una lección para los cristianos hoy en día.

Esa misma fe y ese mismo Dios, por medio de quién los antiguos héroes de la fe “conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros.” (Hebreos 11:33-34, NVI) sigue aún vigente y presente en nuestra época. El Dios de Israel es el mismo. La pregunta es: ¿Con cuántos ‘David’ cuenta el pueblo de Dios en nuestra época? ¿Eres uno de ellos? ¡Pues levántate y vence el desprecio, la negación y la derrota en el nombre de Jesús!