REFLEXIÓN BÍBLICA

¡Se busca un nuevo David!

Por: Fernando E. Alvarado.

¿Qué tal si hablamos de algo diferente esta vez?… 

Todos conocemos la historia de David y Goliat, recogida en la Biblia. Incluso aquellos que jamás la han leído saben bien lo que significa: es la victoria del pequeño frente al grande, del débil frente al poderoso, un recuerdo de que aunque tengamos todo en nuestra contra, siempre habrá posibilidades de salir triunfante. Pero la historia de David y Goliat contiene algunos elementos que a menudo pasan desapercibidos. El texto bíblico nos narra que: “David era hijo de Isaí, un efrateo que vivía en Belén de Judá. En tiempos de Saúl, Isaí era ya de edad muy avanzada, y tenía ocho hijos. Sus tres hijos mayores habían marchado a la guerra con Saúl… David, que era el menor, solía ir adonde estaba Saúl, pero regresaba a Belén para cuidar las ovejas de su padre… Un día, Isaí le dijo a su hijo David: «Toma esta bolsa de trigo tostado y estos diez panes, y vete pronto al campamento para dárselos a tus hermanos. Lleva también estos diez quesos para el jefe del batallón. Averigua cómo les va a tus hermanos, y tráeme una prueba de que ellos están bien.” (1 Samuel 17:13-18, NVI). David cumplió con las instrucciones de Isaí. Se levantó muy de mañana y, después de encargarle el rebaño a un pastor, tomó las provisiones y se puso en camino. Llegó al campamento en el momento en que los soldados, lanzando gritos de guerra, salían a tomar sus posiciones. Los israelitas y los filisteos se alinearon frente a frente. David, por su parte, dejó su carga al cuidado del encargado de las provisiones, y corrió a las filas para saludar a sus hermanos. Mientras conversaban, Goliat, el gran guerrero filisteo de Gat, salió de entre las filas para repetir su desafío, y David lo oyó: «¿Para qué están ordenando sus filas para la batalla? ¿No soy yo un filisteo? ¿Y no están ustedes al servicio de Saúl? ¿Por qué no escogen a alguien que se me enfrente? Si es capaz de hacerme frente y matarme, nosotros les serviremos a ustedes; pero, si yo lo venzo y lo mato, ustedes serán nuestros esclavos y nos servirán». Dijo además el filisteo: «¡Yo desafío hoy al ejército de Israel! ¡Elijan a un hombre que pelee conmigo!» (1 Samuel 17:8-10, NVI).

Los soldados de su nación estaban paralizados, porque la sola presencia de aquel coloso les imponía pavor, cuanto más el reto que les había lanzado, consistente en que el resultado de la batalla se decidiría por el curso que tomara un duelo individual contra él. Pero ¿Quién podría dar la talla para este combate? Aquella imponente máquina de guerra, pertrechada hasta los dientes, no tenía par. Eso es precisamente lo que hacía que el otro ejército, el del coloso, se sintiera eufórico, dando por sentada la victoria, incluso antes de que el combate empezara. De hecho, todo hacía prever que no habría combate alguno, porque ¿Quién osaría tomar el reto que había sido lanzado? Pero he aquí, que, contra toda lógica, aquel muchacho, un sencillo pastor de ovejas, al escuchar las palabras del coloso dio por sentado que era vencible, residiendo su vulnerabilidad en que a quien había desafiado no era a un ejército cualquiera, sino al del Dios vivo. Es decir, frente a la noción de que allí estaban simplemente dos ejércitos convencionales, llevando uno toda la ventaja por tener el mejor combatiente que se pudiera pensar, noción que los de uno y otro ejército compartían, este muchacho tenía una noción totalmente diferente, consistente en que de los dos ejércitos uno llevaba toda la ventaja por tener el mejor jefe que se pudiera pensar, esto es, Dios mismo. Y como el desafío era en sí una provocación a Dios, el resultado del combate ya estaba decidido de antemano.

Sin embargo, precisamente esa inusual noción que el muchacho tenía, provocó tres palabras que tuvo que vencer, antes de acabar con el coloso. Es decir, antes de la batalla física experimentó tres ataques verbales, cuyo fin era que desistiera de la noble y verdadera idea de la que era portador:

(1.- LA PALABRA DE DESPRECIO: El primer ataque verbal vino de su propio hermano mayor, cuando le reclamó con enojo: ‘¿Para qué has descendido acá? ¿Y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto?’ Era claramente una palabra de desprecio, proveniente de alguien muy cercano al muchacho y quien seguramente había sido toda una referencia para él. Era una palabra destructiva, porque la intención era destruir la firme resolución que tenía el muchacho de ir al combate: “Mírate a ti mismo. No eres nada y no vales nada”. Además, le dijo, ‘para ver la batalla has venido.’ Es decir, tu verdadera motivación es simplemente contemplar cómodamente lo que ocurre, acusándolo así de mala intencionalidad. Si el muchacho se hubiera enredado en una estéril discusión con su hermano mayor, habría salido perdedor, pero lo que hizo para vencer esta palabra de desprecio fue pasar por alto la afrenta, lo cual muestra su prudencia y sabiduría.

(2.- LA PALABRA DE NEGACIÓN: Pero todavía le aguardaba un segundo ataque verbal aquella mañana, que provino del rey de su nación, la figura más influyente que se pudiera pensar. Y la palabra que el rey le dio fue: ‘No podrás tú.’ Era una palabra de negación, una palabra que concordaba con lo que los sentidos decían. ¿Cómo un muchacho iba a poder con un coloso? ¿Cómo el inexperto podría con el experto? A todas luces la palabra de negación era abrumadora, por proceder de quien procedía y por los argumentos empleados. Pero el muchacho venció este segundo ataque verbal de una manera bien fundada, al apelar a su experiencia anterior y declarar que el mismo Dios que le dio entonces la victoria también se la daría ahora.

(3.- LA PALABRA DE DERROTA: Aún le esperaba el tercer ataque verbal, que salió de los labios del coloso, cuando le dijo: ‘Ven a mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.’ En otras palabras: Eres hombre muerto. Esta es la palabra de derrota, la sentencia que el enemigo pronuncia, un dardo mortal dirigido al mismo corazón del muchacho. Si cree esa palabra, efectivamente estará muerto. Pero lo que hizo fue confesar la victoria. Ahora bien, circula una enseñanza, que se ha hecho muy popular, según la cual lo que tenemos que hacer es confesar con nuestro labios lo positivo, porque dependiendo de lo que declaremos de palabra, así sucederá. Si declaramos cosas positivas, éstas ocurrirán; pero si declaramos cosas negativas, serán las que obtendremos. De tal modo, que son las palabras las que determinan los hechos. Esta enseñanza supone que las palabras por sí mismas tienen un poder especial. Pero cuando aquel día el muchacho declaró la palabra de victoria ante el coloso, no lo hizo pensando que sus palabras pronunciadas serían el medio de la victoria, sino que el Dios en quien creía, él sería el artífice de la victoria. Hay un abismo entre creer que son nuestras palabras sobre Dios las que dan la victoria y creer que es Dios quien la da.

LA FE: ÚNICA RESPUESTA VÁLIDA ANTE LAS PALABRAS DE DESPRECIO, NEGACIÓN Y DERROTA.
La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, que es la definición de fe, es lo que saturaba el corazón de aquel muchacho ante aquel coloso. La piedra que golpeó su frente y lo derribó fue perfectamente dirigida, porque esa fe, más allá de su pericia para manejar la honda, guió el proyectil al punto preciso. En resumen, aquella victoria memorable, que fue la catapulta de la brillante carrera de aquel muchacho, vino precedida por la victoria sobre la palabra de desprecio, sobre la palabra de negación y sobre la palabra de derrota. Toda una lección para los cristianos hoy en día.

Esa misma fe y ese mismo Dios, por medio de quién los antiguos héroes de la fe “conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros.” (Hebreos 11:33-34, NVI) sigue aún vigente y presente en nuestra época. El Dios de Israel es el mismo. La pregunta es: ¿Con cuántos ‘David’ cuenta el pueblo de Dios en nuestra época? ¿Eres uno de ellos? ¡Pues levántate y vence el desprecio, la negación y la derrota en el nombre de Jesús!

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Poder.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas. Pero este poder no es exclusivo de la iglesia primitiva o de los apóstoles, profetas y evangelistas de antaño. Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9-10 han estado entre esas manifestaciones.

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los dones de palabra, por ejemplo, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las Escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación. A través de un don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar, con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de “fe”, sanidades, y “obras de poder” (milagros), generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

I.- DON DE FE.

El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (fe que puede “mover montañas”, Mateo 21:21, Marcos 11:23). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

II.- DONES DE SANIDADES.

Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La expresión jarísmata iamaton sólo aparece en la Biblia en tres ocasiones, y las tres se encuentran en 1 Corintios 12. Es extraño que una misma expresión original invariable reciba tres traducciones diferentes en la versión Reina-Valera en estas tres veces que aparece: “A otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:9), y otra casi idéntica: “¿Tienen todos dones de sanidad?” (1 Corintios 12:30); en cambio, vemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia… después los que sanan” (1 Corintios 12:28). La expresión correcta, que es “dones de sanidades”, es la que se habría debido usar las tres veces, en lugar de usarla sólo una, puesto que este plural doble tiene una importancia que no se debe pasar por alto. el doble plural que aparece al hablar de los “dones de sanidades” nos sugiere que:

  1. Es razonable creer que Dios puede ungir a una persona con fe en cuanto a ciertas enfermedades, y a otra persona con fe en cuanto a otras.
  2. Donde estén operando todos los dones de sanidad, se podrían sanar toda clase de enfermedades.
  3. El creyente que posea uno o más de ellos, será utilizado por Dios en ciertos casos de enfermedades, pero no forzosamente en otros.

Sin embargo, es probable que la explicación más sencilla sea que pueden existir diferentes dones para diferentes clases de enfermedades. Otra explicación sería que el Espíritu dirige en diversas maneras de expresar su poder sanador (la oración mental, la imposición de manos, la unción con aceite y cosas semejantes).

El propósito de Dios es que este don se utilice para su gloria y el avance de su Reino en la tierra. Constituye a la vez un respaldo divino al ministerio de una persona individual, o de una iglesia. De acuerdo con lo que decida la voluntad de Dios, el don se puede ejercitar sobre creyentes o no creyentes. La responsabilidad de este ministerio queda retenida dentro de la soberanía de Dios, porque es un don-señal que confirma el ministerio de un siervo humano suyo en una situación determinada.

El ejercicio de este don es un regalo de la gracia divina. La manifestación del Espíritu al canal humano es un don, y aquello que Él le da a realizar a ese canal suyo es a su vez la entrega de un don. El canal humano recibe un paquete de remedios sanadores para compartirlos con los demás en forma de dones. En las tres apariciones de la palabra “don”, el original es una forma de la palabra járisma, que indica una gracia, un favor, un obsequio, una muestra de bondad o una ayuda. No es un “don” en el sentido de algo que es posesión de alguien dotado para actuar, cuyas habilidades realizan la tarea de una manera impresionante; es un “don” en el sentido de que es una posesión que es puesta gratuitamente a su alcance en un momento adecuado, como recurso o instrumento para satisfacer una necesidad. Así, el señalamiento bíblico exacto afirma en las tres ocasiones que este don del Espíritu es una cuestión de caritativa concesión de una aplicación concreta. Ésta es la naturaleza de lo que el Espíritu le da al obrero humano, y esto es lo que él recibe para dárselo a otros. En ambos niveles es, por así decirlo, caridad divina, y no mérito humano, ni fe humana tampoco. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (1 Corintios 15:44–57).

Ahora bien, los dones de sanidades comparten con las lenguas y con los milagros la categoría especial de que son concedidos sobre una base doble: se le dan individualmente a la persona (1 Corintios 12:7), y se le dan a la Iglesia (1 Corintios 12:28). Su identificación con estos otros dos dones se convierte en otro dato más para comprender su naturaleza y la razón de ser que tiene dentro de las intenciones de Dios. Son dones-señales, dados como cumplimiento de la promesa que hizo el Señor en su despedida: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18). Es como si se tratara de las credenciales que Dios les concede a sus siervos, de manera individual y también de manera colectiva como iglesia, para capacitarlos de esa manera a fin de que cumplan con la misión que Él les ha encomendado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Leemos con respecto al ministerio de Felipe: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6).

III.- DON DE MILAGROS O SEÑALES DE PODER.

“Obras de poder” (energemata dunombreon; llamados también “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. Por medio de este don se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

IV.- LOS DONES DE PODER Y SU UTILIDAD EN EL MINISTERIO.

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (Romanos 1:18–32).

La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (Juan 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (Juan 9:39–41). Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

V.- RECEPCIÓN DE LOS DONES DE PODER.

Todas las suposiciones previas y todos los calificativos normales que se aplican a los demás dones del Espíritu (1 Corintios 12:8-10), también se aplican a este tipo de dones:

(1) Son otorgados de acuerdo con la voluntad del Espíritu (1 Corintios 12:11).

(2) Permanecen dentro del Espíritu, y no en el obrero humano (observe que, en el lenguaje bíblico más estricto, los dones no son ni impartidos ni otorgados, sino “manifestados” según 1 Corintios 12:7).

(3) Son exclusivos y totalmente sobrenaturales, y le pertenecen al Espíritu, sin que le pertenezcan de manera alguna al ser humano natural (1 Corintios 12:11).

(4) Son dados para el bien del Cuerpo como un todo; es decir, “para provecho” (1 Corintios 12:7).

Hay también algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él. Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder. Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal. El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Sanidad Divina.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación, la sanidad divina, el bautismo en el Espíritu Santo y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales en el pentecostalismo clásico. Dichas doctrinas se consideran esenciales para el cumplimiento de la misión esencial de la iglesia, la cual es alcanzar al mundo para Cristo. Desde su inicio, el Movimiento Pentecostal ha reconocido la sanidad divina para la persona integral como parte importante del evangelio, las buenas nuevas, que Jesús comisionó a sus discípulos que proclamaran. Como pentecostales creemos que la sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4,5; Mateo 8:16,17; Santiago 5:14-16).

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

I.- LA SANIDAD DIVINA, PARTE INTEGRAL DEL EVANGELIO.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37,38). La Biblia muestra una estrecha relación entre el ministerio de sanidad de Jesús y su ministerio salvador y perdonador. Su poder sanador era en realidad un testimonio de su autoridad para perdonar pecados (Marcos 2:5-12). Con frecuencia, los escritores de los Evangelios atestiguan que sus milagros de sanidad ocurrían paralelamente con su predicación del evangelio, siendo ambos el propósito de su ministerio (Mateo 4:23; 9:35,36).

La gente venía de todas partes, tanto para oírle como para ser sanados (Lucas 5:15; 6:17,18). Él nunca rechazó a nadie, sino que sanó todas las diversas enfermedades, dolencias, deformaciones, defectos, y lesiones (Mateo 15:30,31; 21:14). También echó fuera demonios y libró a la gente de los problemas que éstos causaban (Mateo 4:24). Jesús reconoció que la enfermedad es el resultado de la caída de los seres humanos en pecado, y que en algunos casos puede deberse a un pecado específico (Juan 5:14) o a la obra de Satanás (Lucas 13:16). Sin embargo, reconoció también que la enfermedad no siempre es el resultado directo de cierto pecado (Juan 9:2,3). En algunos casos era más bien una oportunidad de que Dios fuera glorificado (Marcos 2:12).

Los milagros de sanidad eran una parte importante de las obras que Dios envió a Jesús a hacer (Juan 9:3,4). Esto armoniza con la revelación del Antiguo Testamento de Dios como el Gran Médico, Jehová el Sanador (Éxodo 15:26; Salmo 103:3; los participios hebreos que se usan en ambos casos indican que es la naturaleza de Dios sanar). El ministerio de Jesús puso de manifiesto que la sanidad divina es parte vital de la naturaleza y el plan de Dios. Las sanidades también sirvieron para identificar a Jesús como el Mesías prometido y el Salvador. Jesús cumplió la profecía de Isaías 53:4: “Ciertamente llevó [tomó y quitó] él nuestras enfermedades, y sufrió [como una carga pesada] nuestros dolores.” (“Enfermedades”, choli, es la misma palabra que se usa para hablar de enfermedad física en Deuteronomio 28:59,61; 2 Crónicas 16:12; 21:15,18,19; Isaías 38:9. (“Dolores”, makob, es la misma palabra que se usa para referirse a dolor físico en Job 33:19). Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

Cuando Juan el Bautista fue encarcelado, se preguntó si Jesús era realmente el Mesías prometido, o simplemente un precursor como él mismo. Jesús le respondió señalando sus obras mesiánicas que vinculaban los milagros y la predicación del evangelio con los pobres (Mateo 11:4,5). Una vez más, la sanidad fue un testimonio importante, una parte integral del evangelio (Isaías 61:1,2; Lucas 4:18; 7:19-23). La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta y dos [NVI] a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9). Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4).

La obra de milagros, incluso la sanidad divina, no se limitaba a los apóstoles. La promesa de Jesús fue para todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18). El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

II.- LA EXPIACIÓN DE CRISTO: FUNDAMENTO DE LA SANIDAD DIVINA.

El ministerio de los sacerdotes bajo la Ley era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, que se “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De tal modo la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades. Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; véanse también Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- LA SANIDAD DIVINA COMO DON DE LA GRACIA DE DIOS.

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11). En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos capaz de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su nombre cada vez más armonizan más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones. La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Hay evidencia de que el don de sanidad de Dios, aun puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor. Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello.

También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2 ss.; 14:2 ss.; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos. A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

CONCLUSIÓN.

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una señal anticipatoria de la completa redención que le esper al cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados. La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42- 44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, a menos que intervenga el rapto de la Iglesia, un día moriremos.

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen el sufrimiento por la causa de Cristo y del evangelio. Se espera que estemos preparados para seguir su ejemplo (Hebreos 5:8; 1 Pedro 2:19,21; 4:12-14,19). Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18). La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, como se señaló anteriormente, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad de Dios y a sus obras, siempre diseñados por su amor y para nuestro bien, con la comprensión de que están más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él. Reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Pero no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina. Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, ni tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

Dios todavía realiza milagros. Dios todavía sana a las personas. No hay nada que impida que Dios sane a una persona a través del ministerio de otros. Por eso, el pentecostalismo clásico continúa proclamando: ¡Cristo sana!