Ministerio, Ministerio Pastoral, REFLEXIÓN BÍBLICA

¿Por qué soy pastor evangélico?

Por Fernando E. Alvarado

Diciembre es, en algunos países y denominaciones, el mes elegido para celebrar el ministerio pastoral y honrar a nuestros pastores, obispos y ancianos. ¡Qué bendición! No dudamos que nuestros pastores se lo merezcan. Después de todo, la Biblia nos manda: «Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe.» (Hebreos 13:7), y nos recuerda también que «Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar.» (1 Timoteo 5:17).

Muchos de niños soñábamos con servir al Señor y anhelábamos ser ministros de la Casa de Dios, sabiendo que «Si alguno anhela obispado, buena obra desea.» (1 Timoteo 3:1). Un día Dios escuchó nuestros más profundo anhelos y fuimos llamados por Él. Otros jamás soñamos con tal privilegio ni lo deseábamos siquiera. Aún así, Dios en su soberanía nos escogió y nos tuvo por dignos del ministerio. Fuimos ordenados, se nos capacitó teológicamente y, sin embargo, hubieron ciertas cosas que nadie nos dijo nunca sobre lo que significa ser pastor. Por ejemplo…

¿Alguna vez pensaste en el carga emocional, el estrés, la ansiedad o el sentimiento de ineptitud e impotencia que te embargaría a veces? ¿Y qué hay de tu familia actual o futura? ¿Pensaste siquiera en lo que para ellos significaría tu decisión de servir? En cambio, nos tocó aferrarnos a Mateo 10:37 con un nudo en la garganta.

Muchos de nosotros éramos profesionales, otros quizá empresarios, empleados públicos, obreros o jornaleros. Y siendo mucho o poco, lo dejamos todo… ¿A dónde quedaron esos años de estudio y preparación? ¿Dónde quedaron todos esos años de esfuerzo? ¿Por qué cambiarlo todo por uno de los empleos peor pagados en el mercado laboral? Una vez más, nos asimos a la Palabra de Dios, creyendo que «no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.» (Marcos 10:29-30).

Otras veces, el desprecio de nuestras ovejas o su indiferencia nos partió el corazón al punto que, como Moisés, dijimos con desconsuelo: «¿Por qué le has hecho este mal a tu siervo? ¿Por qué no soy digno de tu bondad? ¿Por qué has puesto sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso yo lo concebí? ¿O acaso yo lo engendré, para que me pidas llevarlo en mi seno, como si fuera yo su madre y los estuviera amamantando, hasta la tierra que prometiste dar a sus padres?… ¡Yo solo no puedo soportar a todo este pueblo! ¡Me es una carga demasiado pesada! Si así me vas a tratar, voy a agradecerte que me mates. Y si acaso merezco tu favor, ¡no me dejes ver mi propia desgracia!» (Números 11:10-15, RVA). Y de nuevo su voz nos susurra y tranquiliza diciendo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» (2 Corintios 12:9)

Sí. A veces el ministerio pastoral es duro, y la tentación de abandonar todo y vivir una vida «normal» nos seduce. ¿Por qué las cosas tienen que ser más difíciles para nosotros? ¡Sólo somos humanos después de todo! Es fácil olvidarnos de nuestro deber ante las distracciones del mundo, los quehaceres de la vida, los compromisos financieros o simplemente enfocarnos en lo bueno (estudios teológicos, escribir libros, otros ministerios, trabajos seculares o negocios), mientras olvidamos lo mejor (el llamado que hemos recibido de Dios específicamente). A mi me ha pasado. Y al igual que Jeremías me digo a mi mismo: «No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre.» (Jeremías 20:9). Pero cuando esto pasa, y olvido la razón de mi llamado, el Espíritu Santo me recuerda por qué soy pastor…

Sí, soy pastor evangélico. Y lo soy porque amo a Dios y me identifico con su proyecto redentor para la humanidad. Soy pastor evangélico porque lo considero un auténtico honor de parte de Dios para mi vida. Soy pastor evangélico porque amo a la gente que Dios ama. Soy pastor evangélico porque tengo el privilegio de gozar, a la vez que de sufrir, por causa del Señor en esta generación. Soy pastor evangélico para guiar a las multitudes hacia la nueva Tierra Prometida para que no se extravíen del camino de la verdad y la vida. Soy pastor evangélico para influenciar a mi generación con el Evangelio de Cristo y movilizar al pueblo de Dios para el cumplimiento de la gran comisión. Soy pastor evangélico para alistar a una generación precursora que se preparará para la segunda venida de Cristo al mundo. Soy pastor evangélico para servir a Dios y a usted, querido amigo, hermano o compañero/a de milicia. En definitiva soy pastor evangélico para servir a la gente de mi propia generación.

Y al recordar estas cosas, mi fe se afirma y me impulsa a seguir adelante con este llamado, pues la Palabra de Aquel que me escogió para esto no solo me manda seguir, sino que también me promete una recompensa gloriosa: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.» (1 Pedro 5:2-4). Y es entonces cuando, al igual que Pablo, puedo decir: «Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio.» (1 Timoteo 1:12)

Y una vez más, cual Jeremías, termino diciendo: «Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude. Porque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza. Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada. (Jeremías 20:7-11)

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