Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Resiliencia espiritual del cristiano

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Quizá la palabra “resiliencia” te suene un tanto extraña o hasta desconocida. No obstante, dicho término representa una cualidad digna de ser imitada por el creyente en Cristo. La resiliencia como tal suele definirse de forma sencilla como la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a las situaciones adversas. La palabra resiliencia viene del término latín resilio, «volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar» e indica repetición o reanudación [1]. El término se adaptó al uso en psicología y otras ciencias sociales para referirse a las personas que a pesar de sufrir situaciones estresantes no son afectadas psicológicamente por ellas [2].

En el área de la física y la química, la resiliencia designa la capacidad del acero para recuperar su forma inicial a pesar de los golpes que pueda recibir y a pesar de los esfuerzos que puedan hacerse para deformarlo. Incluso el cuerpo humano tiene una capacidad natural de resiliencia: Nuestro cuerpo procesa sustancias tóxicas en el hígado y las expulsa vía lágrimas, orina o sudor; el sistema linfático recurre a los glóbulos blancos para combatir virus que ingresan al organismo; o el sistema enzimático permite una regeneración acelerada de células para reemplazar células dañadas, etc. Para el cristiano, sin embargo, la resiliencia va más allá del área física o anímica. Implica además (o sobre todo) el área espiritual. Dicha resiliencia es producto de nuestra relación íntima con Jesucristo, quien puede levantar aun a los muertos de sus tumbas. ¡Él es nuestra fuente sobranatural de resiliencia espiritual!

DIOS DESEA QUE SU PUEBLO DESARROLLE RESILIENCIA ESPIRITUAL

La Biblia nos presenta grandes ejemplos de resiliencia. De acuerdo con el libro de Esdras, habían pasado 85 años en Jerusalén desde que la ciudad fue destruida y 15 años desde que el intento de reconstrucción del templo fue frustrado violentamente por los enemigos del pueblo de Dios. Sin embargo, el Señor empezó a trabajar un proceso de resiliencia espiritual que permitiera restablecer las condiciones previas a la perturbación y el estancamiento de la obra. Del libro de Esdras aprendemos cómo opera el principio de Resiliencia espiritual.

Lo primero que hace el Señor es enviar a sus mensajeros con su Palabra poderosa y transformadora:

“Cuando los profetas Hageo y Zacarías, hijo de Iddo, profetizaron a los Judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en el nombre del Dios de Israel que estaba sobre ellos…” (Esdras 5:1).

Esta inyección de vitalidad y de esperanza a través del mensaje alentador y confrontador del Dios de Israel surtió un efecto inmediato. Los judíos respondieron al llamado de Dios y pusieron manos a la obra. Todo lo que durante años le pareció a los judíos infructuoso e inútil, se convirtió luego del mensaje del Señor en una posibilidad inminente. Esto se debe a que nunca un proceso de reconstrucción puede ponerse en marcha olvidando a la fuente directiva de la vida. Cuando los enemigos de Israel le pidieron cuenta a los trabajadores, ellos dijeron:

“Somos los siervos del Dios del cielo y de la tierra, y estamos reedificando el templo que fue construido hace muchos años, el cual un gran rey de Israel edificó y terminó” (Esdras 5:11).

Esta obediencia práctica a la exhortación de Dios hizo que la resiliencia espiritual surtiera su efecto revitalizador: “Y los ancianos de los Judíos tuvieron éxito en la edificación según la profecía del profeta Hageo y de Zacarías, hijo de Iddo. Y terminaron de edificar conforme al mandato del Dios de Israel y al decreto de Ciro, de Darío y de Artajerjes, rey de Persia” (Esdras 6:14).

CRISTO, LA FUENTE DE RESILIENCIA

¿En dónde radica la fuente de la resiliencia personal? Está en Jesucristo. Él puede llegar a ser el bombero, salvavidas, socorrista, policía y paramédico que la tragedia personal demanda para su reconstrucción. Jesús no se intimida con nuestros enemigos, no se cansa, no se distrae, ni tampoco anda a ciegas buscando sobrevivientes. Cuando desarrolló su ministerio terrenal hasta las fuerzas de la naturaleza se le sujetaron cuando sus discípulos le clamaron ante el temor del mar embravecido:

“Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: ‘¡Cálmate, sosiégate!’ Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma” (Marcos 4:39).

La gente que vivía a su alrededor lo buscaba incesantemente para lograr la tan ansiada resiliencia que los levantara de sus propias postraciones:

“Y dijo a Sus discípulos que tuvieran lista una barca para El por causa de la multitud, para que no Lo oprimieran; porque El había sanado a muchos, de manera que todos los que tenían aflicciones, para tocar a Jesús, se echaban sobre El” (Marcos 3.9-10).

Hoy, como ayer, es posible dejar el pesimismo de la destrucción por la confianza de la restauración. Jesucristo ha trabajado en situaciones de emergencia desde que nuestro mundo es mundo, ¿Habrá alguien más experimentado al cual recurrir? El mayor acto de resiliencia que Él puede hacer en tu vida es levantarte de tu propia muerte espiritual y ofrecerte una nueva vida a través del sacrificio que Él hizo por ti en la Cruz del Calvario.

LA RESILIENCIA ESPIRITUAL, MARCA DEL CRISTIANO MADURO

La resiliencia no es una opción para el cristiano maduro. Es su marca distintiva. La Palabra del Señor nos dice:

“Os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.“ (Hebreos 10:36).

Nuestro Maestro también nos lo advirtió :

“Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.” (Lucas 21:19).

Y es que como parte de nuestro crecimiento espiritual y desarrollo cristiano, inevitablemente aprendemos a soportar dificultades y retrasos. Es posible que en diferentes momentos de nuestra vida tengamos que acostumbrarnos a librar más batallas prolongadas. Y en el proceso, aprendemos lo que significa aguantar de verdad, no apenas un día, una semana o un mes, sino tal vez muchos meses seguidos, o incluso años. Por medio de esas experiencias, aprendemos a aferrarnos de verdad a la Palabra de Dios y a sufrir penalidades como buenos soldados de Jesucristo (2 Timoteo 2:3).

Es posible que anteriormente no hayamos tenido que aprender paciencia y aguante de una manera tan tremenda; y cuando eso llega a nuestra puerta puede parecer una declaración dura. En nuestras batallas y padecimientos, en muchos casos es posible que las dificultades hayan sido más breves, con victorias rápidas como respuesta a nuestras oraciones. Hemos visto vidas transformadas y que se conquistan almas muy fácilmente. Hemos terminado tareas y hemos recibido rápidas respuestas a nuestras oraciones. Hemos visto curaciones rápidas. Sin embargo, todos enfrentamos situaciones en que tenemos que aceptar que tal vez nos aguarden temporadas prolongadas en que no veamos pruebas de victoria o ni siquiera mejoras, temporadas en que, en todo caso, es posible que nos sintamos muy mal.

Es posible que a veces no podamos apoyarnos en modo alguno en nuestras sensaciones y sentimientos, sino que tengamos que aferrarnos a las promesas de la Palabra de Dios, que Él todavía nos ama y sigue preocupándose por nosotros. Espera que sigamos adelante siguiéndolo a Él, independientemente de cómo nos sintamos, ni por cuánto tiempo no tengamos ganas de hacerlo. Es posible que sea necesario aprender a seguir adelante aunque pensemos que actuamos mecánicamente, cumpliendo simplemente con nuestra obligación porque Dios lo dice en Su Palabra.

La Palabra de Dios nos dice:

“Bienaventurado el hombre que soporta la tentación.” (Santiago 1:12)
“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin que le dio el Señor, porque el Señor es muy misericordioso y compasivo.” (Santiago 5:11)
“Tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” (2 Timoteo 4:5)
“También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.” (Romanos 5:3-4)

Saber que la Palabra de Dios nos dice que somos bienaventurados al aguantar, puede darnos valor para seguir adelante frente a aparentes situaciones sin esperanza. Puede que tengamos que seguir adelante hasta cuando parezca que todo está en contra de nosotros, confiando en que Dios nunca deja de cumplir ni una sola de Sus buenas promesas. Es posible que debamos optar por esperar en el Señor y reposar en los brazos de Jesús con esas promesas inquebrantables resonando en nuestra mente y corazón. Debemos cimentar nuestra fe en Su Palabra y confiar en que se cumplirá el propósito de Dios para cada uno de nosotros, a medida que creemos en Sus promesas y confiamos en ellas.

EL CRISTIANISMO NO ES UNA MODA PASAJERA QUE ABANDONAS CUANDO TE ABURRES, REQUIERE AGUANTE Y PERSEVERANCIA

No se puede ver la fe de la manera en que muchas personas ven el inicio de su matrimonio en la actualidad: «Bueno, si la cosa no sale bien, me divorcio». Debemos estar «plenamente convencidos» de lo que creemos, que Dios es capaz de hacer lo que promete (Romanos 4:21). Nuestra actitud debe ser:

“¿A quién iremos? ¡Tú tienes Palabras de vida eterna!” (Juan 6:68).

Si nos hemos consagrado y entregado, si hemos asumido un compromiso así con el Señor, entonces independientemente de lo difícil que sea la situación, seguiremos adelante por Su gracia; y seguiremos viviendo para el Señor de la manera que Él nos lo ha pedido.

¿QUÉ HAREMOS CUANDO EL DOLOR Y LAS PENALIDADES NOS ALCANCEN?

¿Nos encogeremos de miedo y temblaremos? ¿Esconderemos el rostro ante la posibilidad de sufrir penalidades? ¡No! Deberíamos estar entusiasmados, emocionados, ante las maravillas que el Señor hará por medio de nosotros. Si estás preocupado, o tienes miedo al futuro y sus incertidumbres, el secreto está en aumentar tu fe por medio de Su Palabra y las maravillosas promesas que ha dado el Señor. Aunque te encuentres en una época de sufrimiento o soportes dificultades en esta vida, puedes regocijarte porque es tu destino y tu llamado salir victorioso de ello, ¡ya sea en esta vida o en la próxima! Lo que debes entender cuando pases por épocas difíciles es que para los cristianos hay un propósito en todo lo que les sucede.

¡No debemos temer! Aunque es posible que tengamos muchos problemas, al menos sabemos que tienen una razón de ser, que todo es con un propósito. Entendemos que estamos en una guerra espiritual, y que la mayoría de nuestros problemas son consecuencia de eso, y que en última instancia nos dejan enseñanzas y nos fortalecen. Así pues, el simple hecho de saber que esos padecimientos tienen un fin útil, eterno, hace que nos resulte mucho más fácil soportarlo.

Tenemos la Palabra de Dios, la oración, las promesas del Señor, un ideal, un propósito, el poder del Espíritu y conocemos el plan del Señor para el futuro y a dónde vamos después de esta vida. Tenemos una razón para soportar con paciencia las épocas de tribulación. Por lo tanto, gloriémonos en nuestras debilidades, para que repose sobre nosotros el poder de Cristo (2 Corintios 12:9). ¡El Señor nos ha prometido que Su gracia será suficiente!

REFERENCIAS:

[1] «What is Resilience and Why is it Important to Bounce Back?». positivepsychologyprogram.com. 3 de enero de 2019. Consultado el 3 de enero de 2020.

[2] Santos, Rafaela: “Levantarse y luchar” (2013) Barcelona. Random House Mondadori. S.A. 3a. edición.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Gira tu rostro hacia el Sol de Justicia

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Conoces los girasoles? El Helianthus annuus, llamado comúnmente girasol, calom, jáquima, maravilla, mirasol, tlapololote, maíz de teja, acahual​ o flor de escudo, es una planta herbácea anual de la familia de las asteráceas originaria de Centro y Norteamérica y cultivada como alimenticia, oleaginosa y ornamental en todo el mundo. Dicha flor gira siempre buscando la luz solar. Y es por esa razón que es popularmente llamada girasol. Dicha cualidad del girasol es bien conocida, pero ¿Te has preguntado qué le sucedería a la flor si la pusiéramos en un lugar cerrado y oscuro? Seguramente moriría en poco tiempo.

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GIRASOLES Y HUMANOS…

Tal cual los girasoles, nuestro cuerpo físico, como toda otra forma de vida en el planeta, también necesita de la energía solar, la luz y el calor, para mantenernos vivos. Pero, no sólo es el cuerpo el que necesita de cuidados para proseguir firme. El espíritu, igualmente, necesita mantener encendida la llama de la fe. Precisa del calor del afecto, de la brisa de la amistad, de la lluvia de las bendiciones que vienen de lo alto. Sin embargo, es necesario que hagamos esfuerzos para respirar el aire puro, por encima de las circunstancias desagradables que nos rodean.

Muchos de nosotros permitimos que los vicios ahoguen nuestras ganas de buscar la luz y nos debilitamos día tras día como una planta mustia y sin vida, y es entonces cuando nos dejamos enredar en el zarzal de la haraganería y la desidia y reclamamos a la suerte sin poner de nuestra parte por salir de esa situación que nos desagrada. Y es allí donde debemos recordar que, al igual que el girasol, para poder crecer de acuerdo a los planes divinos debemos dirigir nuestra mirada al Sol de Justicia, nuestro Señor Jesucristo (Malaquías 4:2). Es al momento de pedir el amparo y la ayuda de Dios, donde recibimos sustento y seguridad.

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LA OSCURIDAD ES MUERTE

Pero, ¿Qué sucede con nosotros cuando nos encerramos voluntariamente en la oscuridad del pecado, la depresión y de la melancolía y así permanecemos por voluntad propia? ¿Qué pasa cuando rehuimos dirigir nuestra mirada hacia el Sol de Justicia prefiriendo la oscuridad de este mundo? Pues lo mismo que le sucede al girasol ¡Morimos! Debemos entender que cada uno de nosotros solo podrá encontrar propósito y felicidad real a través del cumplimiento del plan que Dios para su vida, pagando el precio de doblar nuestras rodillas en la intimidad de nuestros hogares y tener esa comunión con nuestro Creador que tanta falta nos hace. Es en la intimidad con Dios, en comunión con Él, que descubriremos su plan para nosotros. Si nos aferramos a la oscuridad, si nos alejamos de la fuente de luz, moriremos.

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EL GIRASOL HACE SU PARTE… ¿Y TÚ?

Uno de los escritores sagrados dijo: “El Señor llevará a cabo los planes que tiene para mi vida” (Salmo 138:8, NTV). Pero también enfatiza nuestra responsabilidad de buscar el rostro de Dios para que dichos planes se desarrollen plenamente en nuestra vida: “Busquen al Señor mientras puedan encontrarlo; llámenlo ahora, mientras está cerca. Que los malvados cambien sus caminos y alejen de sí hasta el más mínimo pensamiento de hacer el mal. Que se vuelvan al Señor, para que les tenga misericordia. Sí, vuélvanse a nuestro Dios, porque él perdonará con generosidad. «Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos —dice el Señor—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse.” (Isaías 55:6-8, NTV). El girasol nació para ser girasol, ese es su propósito, ese es el plan que para él diseñó su Creador. Pero si se rehusare a ver la luz del sol y se ocultase en la oscuridad, jamás sería lo que fue destinado a ser. Afortunadamente, ¡Eso no pasa! El girasol hace lo que tiene que hacer, siempre buscará con ansias la luz del sol y se orientará hacia ella, pero ¿qué hay de nosotros? ¿hacemos lo mismo? Al igual que el girasol, debemos dirigir nuestra mirada al “único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible” (1 Timoteo 6:16, LBLA).

Es preciso que seamos como el girasol. Que busquemos siempre la luz, incluso cuando las tinieblas insistan en rodearnos. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, vino a este mundo a iluminarnos (Juan 1:9. Es su luz la que debemos seguir, su flamante brillo el que debe atraernos. Es su luz admirable la que somos llamados a anunciar (1 Pedro 2:9).

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COMO GIRASOLES EN EL JARDÍN DE DIOS

Vuelto a preguntarte: ¿Te has fijado alguna vez cómo el girasol gira su enorme flor hacia el sol? El «girasol» nos da, pues, una enseñanza. El sol es fuente de luz y calor. El girasol lo sabe y lo busca. ¿Por qué nosotros, creados a imagen de Dios, deberíamos ser diferentes en nuestra relación con la fuente de vida? ¿Hacia dónde deberíamos dirigirnos a fin de tener la respuesta a nuestras necesidades? Hacia Dios mismo, por medio de la fe. En efecto, Dios quiere dar luz y calor a cada uno, pero esto sólo es posible si nos volvemos a él por medio de su Hijo Jesucristo. Sí, Jesús vino como la “luz del mundo” (Juan 8:12) para todos los pueblos, luz enviada por Dios, hecha de ese resplandor que es gracia y verdad. Al recibirlo en lo más profundo de nuestro ser, nos transmite la vida de Dios para que gocemos de una nueva relación con nuestro Creador.

Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Para no tener que ir a las tinieblas eternas, lejos de Dios, dirijámonos a Jesús. Y nosotros los creyentes, si seguimos a Jesús, caminaremos bajo su luz y seremos testigos de ella. La Biblia dice: “El fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad” (Efesios 5:9). Así como las flores del girasol producen aceite, el creyente que fija su mirada en Dios producirá fruto de bondad, rectitud y verdad. El aceite fresco, útil y benefactor brotará de él para bendición de los que le rodean. Solo tiene que dirigir su mirada siempre hacia Aquel que es la Luz.

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Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

¡Libérate de la culpa! Ahora eres hijo…

Por Fernando E. Alvarado

La culpa es el resultado natural de nuestro pecado contra Dios. La mayor prisión en la que caemos y de la que es imposible liberarnos solos, porque cuando le damos la espalda a nuestro Creador perdemos la paz interior y la exterior (Génesis 3:16). No sólo dejamos de ser nosotros mismos, sino que además perdemos la posibilidad de saber quienes somos realmente. Cuando nos sentimos culpables, vivimos con la impresión de que nada ni nadie puede liberarnos. Literalmente dejamos de vivir, porque las prisiones interiores son las que terminan destruyendo nuestra alma. Vivimos intranquilos aunque nadie nos persiga, caemos en la tiranía del desencanto porque siempre encontramos alguna circunstancia o situación que nos entristece y nos roba la paz.

Pero tengo una buena noticia que darte: Hay una posibilidad de abandonar esa cárcel, pero no tiene nada que ver con lo que nosotros podamos hacer, sino con aceptar el perdón de Dios. Él es el único que puede liberarnos de nuestro pasado, de todo lo que hemos hecho y las veces que hemos mentido, del desencanto y la persecución, de la tristeza y el odio. ¡Podemos salir de la prisión porque, si Cristo nos ha liberado, nadie puede atarnos! Cristo dijo: “Así que si el Hijo los libera, serán libres de verdad.” (Juan 8:36, NBV). Cuando Dios nos perdona, nos enseña que no podemos permitir que nuestro pasado nos encarcele otra vez: “Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: «¡Abbá! ¡Padre!»” (Romanos 8:15, NBV).

Jesús pagó el precio de nuestro perdón con su propia vida ¡Ni más ni menos! Cuando nos sabemos perdonados, nuestro entusiasmo no es el resultado de un proceso religioso ¡Es el fruto de haber conocido a un Salvador absolutamente impresionante! Y desde ese mismo momento, “Todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de El a Dios el Padre”(Colosenses 3:17, RVR1960). Somos libres, no tenemos que seguir mintiendo ni aparentando; la culpa no tiene ningún poder sobre nosotros. Nuestro Salvador nos ha enseñado quienes somos realmente, y esa imagen nos ha desbordado por completo. Ya no somos esclavos del temor y de la culpa ¡Somos hijos de Dios!

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¿Qué vas a buscar a la iglesia?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Para qué vamos a la iglesia? ¿Para adorar a Dios? ¿Por entretenimiento? ¿Para la satisfacción de nuestras preferencias? ¿Por qué vas a adorar? Jesús le preguntó a la gente de su día lo mismo cuando fueron a escuchar la predicación de Juan el Bautista. Jesús le dijo a las multitudes acerca de Juan:

“¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pero, ¿qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Miren, los que usan ropas finas están en los palacios de los reyes. Pero, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo, y uno que es más que un profeta. Este es de quien está escrito: ‘He aqui, yo envio mi mensajero delante de ti, quien preparara tu camino delante de ti’” (Mateo 11:7–10)

Cuando examinamos el ministerio de Juan el Bautista y la pregunta que Jesús le hizo a la multitud, encontramos de parte de Dios cinco razones malas para ir a la iglesia.

ESTAR CÓMODO

“¿Qué salieron a ver en el desierto?” (Mateo 11:7)

Los israelitas que habían ido al desierto para escuchar hablar a JUAN no se sentaron en lujosos auditorios con café recién hecho para escuchar la Palabra de Dios a su conveniencia. Estaban dispuestos a soportar la incomodidad de escuchar a Dios. ¿Iríamos nosotros al desierto, nos sentaríamos en sillas incómodas, sufriríamos al oír a músicos que no son profesionales (o ministerios de niños que tampoco lo son) para adorar con los santos y escuchar la Palabra de Dios predicada? Habían ido al desierto a escuchar a Juan. No los atrajo la fiesta, la niebla, las luces o un edificio lujoso. Fueron a un lugar al que nunca irían, excepto porque el profeta estaba allí.

PARA ESCUCHAR OPINIONES TAMBALEANTES

“¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?” (Mateo 11:7)

Jesús se enfrenta a lo que parece prevalecer en estos días: la enseñanza incierta. Este profeta no era como el maestro popular de Biblia que vemos hoy en día, quien explica las partes que encuentra problemáticas o se hace famoso al cuestionar las creencias ortodoxas. Su táctica para atraer seguidores y probar su autenticidad no era el escepticismo o la sospecha. Él no discutía; él predicaba. No cuestionaba; daba respuestas. No temblaba con la brisa; estaba firme sobre la roca. Deberíamos desear escuchar a hombres humildes cuya “humildad” no los hace dudar la verdad revelada, sino que los hace ser más dependientes de ella. Los que oían a Jesús habían salido a escuchar a un hombre de Dios que hablaba en nombre de Dios.

Juan, lleno del Espíritu desde su nacimiento, ardía en fuego. Nosotros, como esos israelitas, deberíamos desear escuchar a hombres humildes cuya “humildad” no los hace dudar la verdad revelada, sino que los hace ser más dependientes de ella. La vanidad se desvanece cuando se proclama la Palabra desde los tejados (Mateo 10:27). Aquellos que se denominan escépticos porque “no tienen todas las respuestas”, como es con la mayoría de nosotros, no deberían enseñar.

SER ENTRETENIDOS

Los israelitas que fueron a oír a Juan no retrocedieron ante un pastor que estaba dispuesto a herirlos con la verdad y confrontar las falsas enseñanzas. Fueron para escuchar a Juan el Bautista decir:

“¡Camada de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira que está al venir? Por tanto, den frutos dignos de arrepentimiento; y no piensen que pueden decirse a sí mismos: ‘Tenemos a Abraham por padre’, porque les digo que Dios puede levantar hijos a Abraham de estas piedras” (Mateo 3:7–9)

No tenían comezón de oídos ni buscaban acumular para sí maestros (2 Timoteo 4:3). No habían ido a ver a un hombre con miedo de hablar cosas duras por el bien de sus almas. Juan no los aduló. No atacó los ídolos de otros. Él desafió sus falsas esperanzas, y las esperanzas de los fariseos y saduceos acerca de su linaje abrahámico. A diferencia de muchos hoy, que no toman en cuenta el fruto en su evangelio de fe fácil y gracia barata, Juan llamó a sus oyentes no solo a pedir perdón, sino a “dar frutos de arrepentimiento”. No temía que los antinomianos, enamorados de su pecado, lo acusaran de promover una religión legalista. Sus oyentes no podían irse sin verse afectados. No podían sentarse y tomar un sorbo de su Starbucks mientras escuchaban discursos motivadores llenos de historias bonitas. El desierto con el profeta era el lugar equivocado para ser pasivamente entretenido. Era el lugar para escuchar al profeta, para creer, confesar pecados, arrepentirse, y bautizarse.

PARA SER PROTEGIDO DE LA REALIDAD

“El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego” (Mateo 3:10)

Dios tenía un dicho común sobre los falsos profetas y sacerdotes en el Antiguo Testamento: “Curan a la ligera el quebranto de Mi pueblo, diciendo: ‘Paz, paz’, pero no hay paz” (Jeremías 6:14). Juan el Bautista demostró no ser un profeta así. Les advirtió que, si no tenían frutos de arrepentimiento, serían “cortados y arrojados al fuego”, un “fuego inextinguible” (Mateo 3:12). No curó la herida de su pueblo a la ligera. No murmuró sobre el juicio ni susurró sobre el infierno a través de la ficción del aniquilacionismo. No pretendía ser más amoroso y perdonador que Dios. No trató con casualidad las realidades eternas o las almas inmortales. Juan no predicó a la ligera, como si la boca del infierno no estuviera abierta de par en par, o como si el cielo no nos llamará. El precursor de Jesús sonó la alarma para prepararlos para el Cordero de Dios. Porque, como es inconfundible en las Escrituras, solo esta vida establece el curso para la eternidad.

Si eliges una iglesia que en esta vida te predique solo lo que quieres oír, estarás perdido para siempre. Juan no predicó a la ligera, como si la boca del infierno no estuviera abierta de par en par, o como si el cielo no nos llamara. No se rió del mal desde el púlpito, o contó historias para tranquilizar a la gente y motivarlos a vivir una vida mejor sin abordar los amores secretos que amenazan deshacerse de nosotros o del Cristo que nos ofrece salvación.

PARA ESCUCHAR SOBRE NOSOTROS MISMOS

“Pero, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo, y uno que es más que un profeta. Este es de quien está escrito: ‘He aqui, yo envio mi mensajero delante de ti, quien preparara tu camino delante de ti’” (Mateo 11:9–10)

El ministerio de Juan el Bautista resume lo que hacen todos los ministerios cristianos verdaderos: apuntan incesantemente a Cristo. No son la luz, pero son testigos de la luz para que todos puedan creer en Él. Dicen con Juan: “¡He aquí, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1:29), y “Él debe aumentar, y yo disminuir” (Juan 3:30). Hacen grande al Cristo cuya sandalia no son dignos de desatar. No proclaman la gloria del hombre, sino la de Cristo. No nos apuntan a nosotros mismos, sino a Cristo. No predican las Escrituras diluidas, sino a Cristo crucificado. Quienes oyeron a Juan fueron a escuchar a Dios, y escucharon acerca del Mesías venidero. El más grande de los hombres vivió para anunciar a otro (Mateo 11:11). La iglesia no se trata de ti. No vas para descubrir tu propia grandeza, o para descubrir el “gigante que hay en ti”. Si no se habla de Cristo no vale la pena de qué más se hable.

CONCLUSIÓN

Si la iglesia de Dios predica audazmente la excelencia de Cristo y la palabra de Dios sin adulterar, no importan si hay o no asientos incómodos en el templo, o que se hable con dureza sobre el pecado. No importa. Cuando todo se hace por tener más de Cristo y darle gloria a Él, el propósito de ser iglesia se ha logrado.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Aprendiendo a confiar en Dios

Por: Fernando E. Alvarado.

Confiar en Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando no podemos entender su voluntad para nosotros. Por eso necesitamos comprender que Dios responde a las oraciones de sus hijos solamente de dos maneras: provisión o protección. Si nos da lo que pedimos, es por su gran amor. Pero lo contrario también es cierto (y a menudo no nos damos cuenta): si el Señor no nos da lo que pedimos, entonces nos protege de ello. Debido a que Dios le da a sus hijos solo buenas dádivas, cada vez que retiene algo, podemos estar seguros de que no servía para su propósito final: conformarnos a la imagen de Cristo. A veces Dios no nos da las cosas que pedimos porque la cosa en sí es mala. Otras veces es debido al fruto podrido que traería a nuestras vidas, el dolor invisible que causaría, o las lecciones o la formación que nos quitaría. A veces, el “no” de Dios es por un tiempo, y al esperar, nos da lo que no hubiéramos obtenido si nos hubiera dado de inmediato lo que pedimos.

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A menudo, somos llamados a ser como la mujer de la parábola de Jesús que busca la justicia de un juez injusto, y debemos esperar en el Señor y ser persistentes en nuestro pedir (Lucas 18:1-8). Pero incluso en ese caso, Dios no es el juez injusto. En esos momentos, no aguanta hasta que nos arrastremos en súplica; más bien, en su tiempo providencial, nos forma y conforma hasta que estemos listos para recibir su respuesta, pues si bien es cierto que nuestro Dios es soberano y Él “hace lo que le place” (Salmo 115:3), su soberanía no es una regla fría y dura que no toma en cuenta el sentir del hombre. Y es que el amor de Dios gobierna la soberanía de Dios. En su bendita providencia Dios satisface las necesidades de su pueblo, de acuerdo con su amor por ellos.

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Sabiendo que Dios te cuida, no debes temer la pérdida, el dolor, o la muerte. Jesús, en Mateo 6:25–34, nos manda no estar “ansiosos por nada.” De hecho, Jesús nos invita a presenciar la providencia de Dios sobre la creación y allí ver su amor por nosotros, ya que si los pájaros no siembran, pero son alimentados (Mateo 6:26); si los lirios del campo no trabajan, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón (Mateo 6:28-29). ¿Qué no hará Dios por nosotros, que somos mucho más valiosos que ellos? Pues Dios no es solo nuestro Creador; sino nuestro Padre amoroso. Y Él sabe lo que necesitas. Su provisión no es arbitraria. Él no retiene las bendiciones para someter a sus hijos a una prueba cósmica de tolerancia al dolor. El Dios de la Providencia es nuestro Dios, y Él conoce nuestras necesidades. Él añadirá la provisión. ¿Confías en esta clase de Dios sabio, soberano y providente? ¿Qué tal si dejamos de ver la soberanía de Dios como el terrible martillo que nos golpea con su frialdad, o la voluntad caprichosa que a veces nos niega lo que más deseamos? ¿Por qué no verla, más bien, como la tierna almohada sobre la cual descansa nuestra paz y seguridad? Entonces aprenderemos “a conocer la voluntad de Dios… la cual es buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NTV).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Y tú, ¿Por qué le eres fiel a Dios?

Por: Fernando E. Alvarado.

Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto… te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.

Alguna gente no peca contra Dios por miedo a ser descubiertos. Otros no pecan por temor a las consecuencias. Pero la verdadera razón para no pecar es el amor a Dios. La ética cristiana se basa en el amor. Cualquier otra cosa es legalismo y religiosidad. Los verdaderos santos obedecen a Dios porque les encanta obedecer a Dios, no porque tienen que hacerlo. Es su deleite y no un simple deber. Esa es la razón por la que se esfuerzan por vivir en santidad con tanto celo y pasión. Porque quieren, porque desean, porque se regocijan en hacerlo. Están consagrados y son soldados fieles, no simples cumplidores de reglas sin convicción. Hay que tener agallas, agallas de verdad para mantenerte firme en tus convicciones. Los débiles siguen la corriente. El amor por Dios es la verdadera raíz de todo lo que estamos llamados a hacer como seguidores de Jesús.

Lo que la gente joven necesita desesperadamente es pasión por Cristo y celo por la santidad en lo más profundo de su ser. Eso es lo que los sacará de la impiedad. No el miedo a las consecuencias. Exactamente así es como Pablo razonaba con los tesalonicenses. Él les decía que la voluntad de Dios para ellos era la santificación de sus vidas. Su vida ya no podía ser como la que vivían los paganos que les rodeaban (1 Tesalonicenses 4:3-5). Pablo sabía que quienes aman a Dios se guardan en santidad para la gloria de Dios. ¿Así que, por qué deberíais esforzarte por vivir en santidad? La respuesta correcta es ¡Porque amas a Dios! Es así de simple. Cualquier otra razón es secundaria y completamente indigna del Dios de amor quien nos su más preciado regalo: Jesucristo. Honrémosle. Amémosle. Sirvámosle. Y que Él nos dé agallas, verdaderas agallas, para vivir vidas que glorifiquen a Dios en medio de este mundo corrupto y malo. Él nos recuerda:

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos… ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.” (Juan 14:15, 21; NVI).

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios 13:1-3, NVI).

“En Cristo Jesús… lo que vale es la fe que actúa mediante el amor.” (Gálatas 5:6, NVI).

Devocional, Evangelismo, Misiones, REFLEXIÓN BÍBLICA

Evangelismo y Misiones, la tarea pendiente.

Por Fernando E. Alvarado.

¿Evangélicos que no evangelizan? Irónico, ¿O no? Sin embargo ¡Esa es la realidad de muchas congregaciones hoy! Quizá concuerdes conmigo en que es necesario que Dios siga inquietando y trayendo cambios a la iglesia y su liderazgo en el área del evangelismo y las misiones. Urge liberar a la Iglesia de ese espíritu cómodo, de negligencia y de apatía que viven los propios creyentes para con la misión real de la iglesia. Muchos argumentan la falta de recursos económicos como el mayor obstáculo a superar, pero ¿Es esa la razón real? ¿No será más bien la causa nuestro espíritu mezquino y poco dadivoso? ¿No será más bien que, en el fondo, no amamos tanto al Señor ni nos interesa la salvación de los perdidos? En general, las iglesias optan por darle prioridad a aquellas áreas que suelen ser las que acaparan más del 80% de las entradas por diezmos y ofrendas: los gastos de mantenimiento y servicios del templo, los arreglos y mejoras en el local y la compra de equipos de sonido, eventos sociales internos e intercongregacionales, etc. Quedando, frecuentemente el capítulo de evangelización, misiones y de apertura de nuevas obras, con muy escasa dotación económica y hasta en ocasiones no pocas iglesias no tienen en su presupuesto ni siquiera contemplado presupuesto alguno para el área de evangelismo y misiones.

¿Duda alguien que la iglesia necesita un avivamiento? Todos amamos asistir a eventos, convenciones, retiros y conciertos; amamos participar en desayunos, almuerzos y cenas de fraternidad cristiana; invertimos gran cantidad de recursos en retiros espirituales, campamentos y charlas motivacional es, pero ¿Cuánto de eso va enfocado a cumplir con la Gran Comisión? Con demasiada frecuencia, se escucha de parte de pastores y líderes en general, que no se puede avanzar más porque están solos, o casi nadie quiere dar de su tiempo y recursos, no solo financieros, sino también de dones y talentos. La participación de los miembros en labores evangelísticas, promovidas en su iglesia local, no supera el 12% de la membresía para unírsele y hacer más obra de evangelización y en algún caso, de plantación. El resultado es aún peor si de interés por las misiones se trata. Así el resultado es que el pastor, el liderazgo local y la membresía en general, limitan su vida eclesiástica a un par de reuniones de adoración semanales, dar un pequeño estudio bíblico, congregarse los domingos y atender asuntos de administración y relaciones con la denominación a la cual se pertenece ¡La situación es insostenible, misionológicamente hablando!

¿Cómo negar que nos falta amor por los que se pierden sin Cristo? El nivel de involucramiento en iniciativas domésticas de parte de los creyentes de las iglesias, tiene un resultado muy escaso de participación en los trabajos de iniciación de nuevas congregaciones. En infinidad de casos, la parálisis de la obra de predicación a los perdidos es muy elevada y la de plantación de nuevas congregaciones. Abundan las congregaciones, con más de 30 años de existencia, que nunca han plantado una nueva congregación. Su experiencia de envío de obreros/misioneros a otros lugares de su comunidad, país u otros países, es escasa realmente, o inexistente. Hay que trabajar más en unidad con Dios si queremos que se levanten varios cientos de nuevos líderes, para cubrir las bajas de los que se retiran y para proveer a las congregaciones nuevas.