Neumatología

El Espíritu Santo en la Biblia.

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN.

¿Por qué los pentecostales enfatizamos tanto la necesidad de una experiencia personal con el Espíritu Santo? Porque el Espíritu Santo es la vida y motor de la Iglesia. La biblia está llena de referencias al Espíritu Santo, de modo que la doctrina acerca de su personalidad, divinidad y obra son de vital importancia para nosotros hoy en día, como lo fue para los primeros cristianos el día del Pentecostés.

Las dos palabras usadas en la Biblia para designar al Espíritu son la palabra hebrea ruach, y la palabra griega pneuma. La palabra ruach ocurre aproximadamente 380 veces y traducida en términos generales significa “viento” o “aliento”. Proviene de la raíz que significa “exhalar por la nariz con violencia”. En otras palabras, aire o aliento que se mueve. Según sea el contexto, ruach tiene muchas connotaciones, incluyendo el viento natural, el aliento de vida, el temperamento, la disposición, la valentía, la fortaleza, la energía que da vida, el poder creativo, las imponentes tempestades, la fortaleza que va más allá de lo humano, el poder especial de inspiración o de capacitación. Con frecuencia manifiesta la idea de violencia y de poder, indicando cualquier cosa desde una fuerza impersonal hasta una persona en particular. Sin embargo, puesto que estamos tratando principalmente con el Espíritu Santo, el énfasis divino de ruach cuando aparece combinado con Jehová o Elohim, o cuando el contexto conecta claramente la palabra con el Espíritu de Dios, indica una acción poderosa de Dios sobre el cosmos, un individuo, o un grupo de personas (tal como la nación de Israel o la Iglesia como cuerpo de Cristo).

En el Nuevo Testamento, pneuma ocurre aproximadamente 380 veces. Del mismo modo, conlleva la idea general de viento, aliento, emociones y pensamientos humanos, la fuerza de vida de la persona, o un gran poder. Proviene de la raíz griega pneu, que significa un movimiento dinámico de aire: expirar, inhalar, respirar sobre, soplar aire, soplar un instrumento musical, inspirar, vapor, evaporar, radiar, enojo, tener valor, benevolencia, emitir fragancia, etc. En todo caso, pneuma implica que el aire se pone en movimiento, hay acción; por tanto, el énfasis está en su poder inherente, particularmente en el reino espiritual. Cuando se refiere específicamente al Espíritu de Dios (aproximadamente 250 veces), indica una actividad o acción de Dios, o las manifestaciones resultantes del movimiento del Espíritu de Dios.[1]

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Desde el comienzo del Génesis, vemos al Espíritu en movimiento.[2] La actividad del Espíritu es inseparable de la obra de Dios. Es una extensión de Dios mismo. El Espíritu participa en la Creación, estableciendo orden y evitando el caos. El Espíritu da vida a la humanidad. El Espíritu comunica la voluntad y la palabra de Dios por medio de los profetas. El Espíritu equipa a los obreros y artesanos (tal como Bezaleel en Éxodo 31:3; 35:30-35 y las mujeres diestras que hicieron las vestiduras sacerdotales en 28:3). El Espíritu concede sabiduría para el liderazgo (Números 11), equipa para el servicio (1 Samuel 16:13,14; Números 11:24-30), y concede buen entendimiento (Isaías 11:1-5; 42:1-4). Y el Espíritu protege al pueblo de Dios a través de acciones de fortaleza y de riesgo que cuesta imaginar.

Es imposible controlar o predecir al Espíritu, pues viene con fuerza y poder. En el libro de Jueces (6:34) el Espíritu literalmente “se revistió de Gedeón” o “tomó posesión” de él. El Espíritu concedió a Sansón fuerza extraordinaria (Jueces 14:6) y toma el control de Saúl (1 Samuel 10:5-11; 19:18-24). El Espíritu es soberano. Esto se ilustra en el caso de Balaam, el profeta porfiado, que bendice al pueblo de Dios porque el Espíritu le prohíbe maldecirlo. Nótese también como el Espíritu controla las últimas palabras de David en 2 Samuel 23:1-2.

El Espíritu es misterioso y viene en maneras extrañas, como sueños (Génesis 41:38,39) y visiones (Génesis 15:1; 46:2; Ezequiel 1:1; Daniel 1:17), en guerra de guerrillas de Gedeón, y en danzas. En 1 Samuel 10:7-13, Dios “cambió el corazón” de Saúl. Efectivamente, tan extraño es el Espíritu que Amós (7:14-16) dice a la gente: “¡Yo no soy un profeta!” Pero Dios invade al mundo, no para asustarnos (aun cuando a veces tal cosa pudiera suceder), sino principalmente para comunicarse. Por ejemplo, los profetas están allí para comunicar la voluntad de Dios, no para manipular a la gente o para hacer la obra por remuneración económica.

Frecuentemente, hay un vínculo definido entre el “Espíritu del Señor” y la “palabra del Señor” [hebreo dabar (palabra) y ruach: ver Salmo 33:6; 1 Samuel 15:26; 2 Samuel 23:2]. El Espíritu no consiste en palabras o conocimiento sin propósito, inútiles, vacías [literalmente “vana sabiduría”, “palabras vacías”: Job 15:2; 16:3]. Los falsos profetas son como viento, no porque no tengan palabras, sino porque están desprovistos de la Palabra del Espíritu de Dios (Jeremías 5:13).

En los libros históricos, el Espíritu da poder para el servicio y sabiduría para el liderazgo. Josué (Números 27:18) es ascendido para ser el dirigente del pueblo. Los Jueces (Jueces 3:10) dirimen contiendas, proporcionan respuestas, resuelven problemas, consuelan a la gente, y conducen a la victoria (todo en el poder del Espíritu). La Escritura describe la actividad del Espíritu como “venir con ímpetu” (Jueces 14:6,19; 15:14) o “vestirse de” (Jueces 6:34 y 1 Crónicas 12:18). Hay una señal externa de que la presencia de Dios está allí. Dios está en acción. Pero por muy espectacular que sea esto, el Espíritu está sobre la persona sólo en forma temporal y ocasional.

En los libros poéticos, vemos de nuevo al Espíritu como “Dios en acción” dentro del mundo para impartir vida (Job 27:3; 33:4; 34:14,15), conceder sabiduría (Job 28:12-18; Proverbios 1:7; 9:10), preparar para la acción (Job 32:18), ejecutar juicio (Job 4:9; 34:14), acudir con poder (Job 26:12,13), y santificar (ver Salmo 51:11 e Isaías 63, donde la santidad de Dios se encuentra en agudo contraste con la carencia de santidad de su pueblo).

En los libros proféticos, la actividad del Espíritu cambia de las señales y del testimonio externos al gran contenido del mensaje de Dios: la redención de su pueblo. La obra del Espíritu se manifiesta especialmente en conexión con las profecías acerca del Mesías (el Ungido). En Isaías, el Espíritu unge al Siervo de Dios (11:1-5; 61:1-4). Las siete expresiones del Espíritu hablan de una entrega completa e ilimitada del Espíritu. Esta unción conduce al cumplimiento del nuevo pacto, la restauración del pueblo de Dios, y el juicio de los incrédulos (Isaías 42:1-9; 61:1-11; Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:25-28; 39:25-29).

Pero todo esto únicamente señala en dirección al momento en que Dios dará un nuevo corazón y un nuevo espíritu al pueblo renovado de Dios (Ezequiel 36:26,27; 37:14), tiempo en el cual “vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” y el Espíritu será derramado sobre “toda carne” (Joel 2:28). La esperanza profética es que será dado un nuevo Espíritu (Jeremías 31:31 y sig.; Ezequiel 36:25 y sig.).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO[3]

En el Antiguo Testamento se manifiesta la actividad sobrenatural de Dios en obras creativas del Espíritu: al crear la tierra (Génesis 1:2), y al grabar las tablas de piedra en el monte Sinaí (Éxodo 24:18; 40:34,35), pero ahora la mayor obra creativa ha de verse cuando Dios es encarnado y “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4), nacido de una virgen. Los profetas llenos del Espíritu están allí, esperando “la consolación de Israel”, el consuelo del pueblo de Dios, la restauración de la época mesiánica, la salvación por medio del Mesías, el Ungido (Lucas 2:25,38). Zacarías, Elisabet, Simeón, Ana, María, ninguno de ellos se sorprende de que alguien nacido no de la carne sino “mediante el Espíritu Santo haga su aparición en la escena ” (Mateo1:18,20; Lucas 1:35,41,46-55,67-79; 2:25-36).

Juan el Bautista, el profeta que une lo antiguo con lo nuevo, declara: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11,12; Marcos 1:7,8; Lucas 3:15-18). La salvación ha llegado; el juicio ha llegado. El Espíritu, en forma de paloma, desciende. El sacrificio por los pobres está ahora pagado. Lo que se predijo en el tiempo antiguo, se cumple en este nuevo tiempo.

En el Evangelio según Juan aparece el Paracleto (Intercesor, Intérprete, Consolador, Mediador, “llamado a estar con nosotros”). Viene el “Espíritu de verdad”, el que da a conocer las cosas de Cristo y que glorifica a Jesús, el que nos enseña acerca de Dios, y quien convence al mundo de pecado (14:16). Aquí, el aliento de Dios regenera las almas humanas (3:5,6), conduce a la verdadera adoración (4:24), da vida (6:63), y promete que mayores cosas han de venir (7:38,39), porque del interior de los que creen “correrán ríos de agua viva”. El Espíritu Santo “os enseñará todas las cosas” y Él “mora con vosotros, y estará en vosotros” (14:17).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Y EN EL NUEVO TESTAMENTO[4]

En Hechos 1:5-8 presenciamos una venida sin precedentes del Espíritu, cuando se cumple la promesa de Jesús y la predicción del profeta (Joel 2:28). Los seguidores de Cristo ven “prodigios” en el cielo y “señales” en la tierra. “Reciben” el Espíritu, son “llenos del Espíritu”, son “bautizados” en el Espíritu. Ellos profetizan, hablan en lenguas, llevan fruto, reciben “dones” para edificación de la Iglesia.

En Pentecostés se inicia la época mesiánica del Espíritu; la proclamación profética llega a ser ahora el poder para testimonio y servicio. Después de cada manifestación del bautismo en el Espíritu, se declaran las “poderosas obras de Dios” y muchos se convierten. Se desarrolla una comunidad santa que reverencia la palabra de Dios (Hechos 2:44,45; 5:11; 6:3,4; etc.) pero trae juicio sobre los que “resisten” o “mienten” al Espíritu Santo (Hechos 5:5; 7:51-53).

El Espíritu da impulso a una obra misionera mundial desde Jerusalén, a Judea, a Samaria, y hasta lo último de la tierra. El Espíritu capacita a los creyentes como testigos de Cristo. El Espíritu les da poder para que hablen palabras que de otro modo no serían capaces de hablar, y para que realicen milagros y hechos portentosos que estarían totalmente fuera de sus posibilidades, si no fuera por el poder del Espíritu.

Las cartas de Pablo continuamente dan énfasis a la actividad del Espíritu y a la necesidad de vivir una vida cristiana llena del Espíritu (tanto en forma individual como corporativa). La suposición subyacente en la iglesia primitiva parece ser que el Espíritu se manifestaría con poder por medio de vidas transformadas, poderoso servicio y testimonio, predicación acompañada de “señales y prodigios”, y el poder de manifestar la vida cristiana en amor y unidad. El Espíritu es un espíritu de poder, tanto así que en ocasiones el apóstol Pablo usa indistintamente las dos palabras (Romanos 15:13,19; 1 Corintios 2:4; Gálatas 3:5; 1 Tesalonicenses 1:5; etc.).

El Espíritu es una señal de que la era mesiánica ha llegado y una evidencia que garantiza una consumación final pero futura (1 Corintios 2:6-16; Gálatas 3:14; Efesios 1:13,14). El Espíritu Santo manifiesta en el creyente la gloria que está por venir. El Espíritu marca el comienzo del fin de la vida “según la carne” (Romanos 8:9-11; Gálatas 5:16-25). Las tres metáforas que usa Pablo: (1) el sello (2 Corintios 1:21,22; Efesios 1:13; 4:30), (2) las arras (2 Corintios 1:21,22; 5:5; Efesios 1:14), y (3) las primicias (Romanos 8:12-27), son marcas de que Dios sólo ha comenzado a actuar. El Espíritu Santo es solamente un reflejo parcial (“señales”) del cumplimiento escatológico que está por venir (1 Corintios 13:8-13; 14:20-22).

Pero el Espíritu no es únicamente para el cambio de conducta de los individuos (Gálatas 5:16; 6:10), sino también para cambio corporativo y para beneficio de todo el Cuerpo. Los “dones del Espíritu” (Romanos 12, 1 Corintios 12-14; Efesios 4) son carismata (“dones de gracia”) no para glorificar a individuos, sino para ser reconocidos como dados gratuitamente por Dios para el bien de su pueblo: la Familia (Efesios 2:19; 1 Timoteo 3:15); el Templo (1 Corintios 3:16,17; 2 Corintios 6:16; Efesios 2:19-22); el Cuerpo (Romanos 12:4,5; 1 Corintios 10:16,17; Efesios 4:1-16; 1 Timoteo 3:15,16).

El resto del Nuevo Testamento también habla de la manera en que Dios se mueve en los creyentes y en la Iglesia para expiación, limpieza, obediencia a la palabra de Dios, amor unos por otros, manifestaciones milagrosas, y en confesión del señorío de Cristo. El Espíritu Santo guía a través de persecuciones y de sufrimientos; sana enfermedades; perdona pecados; favorece la adoración; intercede en oración; hace posible la unidad del Cuerpo; y testifica de la presencia y actividad continua de Dios.

IMPLICACIONES PARA LA ACTUALIDAD[5]

¿Qué significa para la actualizad lo que hemos visto en este breve panorama del Espíritu en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento?

(1.- Primeramente, necesitamos reconocer que Dios está activo. Aun en la actualidad, el Espíritu sigue activo, a pesar de que en ocasiones sea en forma misteriosa. Esperamos que el Espíritu hable en un susurro suave, en voz queda, pero viene como viento huracanado. A veces Dios se manifiesta en forma violenta e inesperada, extraña y desacostumbrada. Recuerde que el Espíritu condujo a Jesús al desierto (Marcos 4); el Espíritu tomó a Ezequiel por el cabello y lo alzó (Ezequiel 8:3); Felipe fue sacado de una concurrida campaña de evangelismo para que predicara a un solo hombre y fue trasladado en forma sobrenatural de un lugar a otro (Hechos 8:9-40).

(2.- Segundo, necesitamos entender que el Espíritu está más allá de la descripción o comprensión. Es tan solamente un anticipo de la gloria futura. ¿Qué significado tienen los símbolos del Espíritu: fuego, viento, agua, aceite, vino, paloma, ¿sello, primicias, adopción? Significan que el Espíritu es tan grande que no se puede usar solo una metáfora o una figura para describirlo. Pero cuando el Espíritu viene, Él purifica, ilumina, limpia, refresca, llena, nos adopta como hijos de Dios, sana, consuela, fortalece, unge, y da paz, amor y gozo que nada en la tierra puede igualar.

(3.- La iglesia de hoy necesita comprender que no podemos manipular al Espíritu, o acomodarlo a nuestros parámetros. El Espíritu de Dios es soberano. La habilidad de manejar víboras sin ser mordido, o de beber veneno sin ser afectados no es prueba del poder o de la plenitud del Espíritu Santo. Con mucha frecuencia consideramos que el hablar en lenguas es una especie de premio, o tenemos a algún profeta como una especie de ídolo infalible. Dios se ha movido, y siempre se moverá, por medio de personas, ¡y a pesar de ellas! El Espíritu se mueve porque Dios es soberano, y los dones vienen por medio de su gracia, no porque alguien los merezca. La Palabra nos advierte: “Así que… procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:39,40). Siempre habrá desvergonzados y extremistas que procuran manipular al Espíritu para beneficio propio, desde Balaam en el Antiguo Testamento hasta Simón el Mago en el Nuevo Testamento, o desde los montanistas hasta los seguidores de Irving. Siempre habrá alguien que ora más tiempo, que grita más fuerte, que salta más alto, que rueda más velozmente. Pero Dios, por medio de su Espíritu, sigue moviéndose, porque Él es soberano. No es el éxtasis lo que convierte a alguien en un profeta. El Antiguo Testamento es bastante claro: “Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado” (Deuteronomio 18:22). A pesar de los extremistas, Pablo recomienda: “No apaguéis al Espíritu… Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:19,20).[6]

(4.- Y cuarto: el Espíritu de Dios es real. El Espíritu no es “algo” impersonal. El derramamiento del Espíritu no es como la falsa representación de Pentecostés que se hacía durante la época de la Reforma, haciendo una perforación en el cielo raso de la iglesia en la celebración de Pentecostés y lanzando flores hacia abajo. La obra del Espíritu no puede ser simulada o diseñada en un computador. No puede ser reproducida por medio de la robótica o de imágenes tridimensionales, por sonido circundante o luces láser. El Espíritu no se comunica por medio de un satélite o un teléfono celular, sino a individuos que escuchan su Palabra. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2:9,10).

CONCLUSIÓN.

El Espíritu es omnisciente, omnipotente, omnipresente, eterno, y santo. El Espíritu enseña, testifica, juzga, intercede, revela, habla, y glorifica a Jesús. El Espíritu tiene voluntad y sentimientos. En el terreno de lo negativo, al Espíritu se le puede blasfemar, mentir, resistir, y contristar.[7] Pero el Espíritu Santo es la manera en la cual Dios (la Trinidad) nos toca y transforma. Dios se hace inmanente. ¡El Espíritu está activo y moviéndose en la actualidad!

REFERENCIAS:

[1] Donald Guthrie, “The Holy Spirit”, 510-572, en New Testament Theology (Downers Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1981).

[2] Stanley M. Horton, Lo que dice la Biblia acerca del Espíritu Santo (Springfield, Mo.: Gospel Publishing House, 1976).

[3] Edgar Krentz, “The Spirit in Pauline and Johannine Theology”, 47-65, y Gerhard Krodel, “The Functions of the Spirit in the Life of the Church: From Biblical Times to the Present (Minneapolis: Augsburg, 1978).

[4] Henry Barclay Swete, The Holy Spirit in the New Testament (Grand Rapids: Baker, reprint, 1976).

[5] Harold Lindsell, The Holy Spirit in the Latter Days (Nashville: Thomas Nelson, 1983).

 

[6] Michael Green, “What Are We to Make of the Charismatic Movement”, 197-218 en I Believe in the Holy Spirit (Grand Rapids: Eerdmans, 1975).

[7] Juan 14—16; Hechos 5:3,4; 7:51; 16:6,7; Romanos 8:26; 1 Corintios 12:11; Gálatas 4:6; Efesios4:30; 2 Pedro 1:21; Apocalipsis 2:7.

Neumatología

Pneumatología Pentecostal: ¿Quién es el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La pneumatología, o neumatología, es la parte de la teología sistemática que estudia lo referente a la tercera persona de la trinidad, es decir, al Espíritu Santo. Al igual que la teología propia estudia algunos rasgos de la primera persona de la trinidad y la cristología estudia de Jesús, también la neumatología estudia la personalidad, la deidad y la obra del Espíritu Santo. Etimológicamente la palabra neumatología proviene de dos vocablos griegos donde pneuma significa viento, aire o espíritu y logos, estudio o tratado. En palabras sencillas se entiende entonces que es el estudio del Espíritu Santo.[1] Las razones de estudio son diversas, sin embargo, es necesario su estudio ya que también es Dios y no conocerlo sería negligente. Por otro lado, la Biblia menciona que el Espíritu Santo tiene mucha relación con el hombre hoy día. Además, se le pide al creyente vivir en sujeción al Espíritu Santo, pero ¿Cómo entender esta relación con el Espíritu sin antes conocerle? Por tal razón, el estudio de la persona y de la obra del Espíritu Santo es, para el cristiano devoto, una cuestión de vital interés. Particularmente para el creyente pentecostal.

El conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[2]

¿Te has preguntado alguna vez en qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? La respuesta es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús. Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. A pesar de ello, aún subsisten muchos conceptos erróneos sobre la identidad del Espíritu Santo. Algunos ven al Espíritu Santo como una fuerza mística. Otros entienden al Espíritu Santo, como el poder impersonal que Dios pone a disposición para los seguidores de Cristo.[3] Tal confusión se debe principalmente a la proliferación de sectas niegan la personalidad del Espíritu Santo. Sin embargo, lo que realmente importa no es lo que diga alguna secta o grupo herético. Nuestra autoridad en materia de doctrina y práctica es la Biblia. Por ende, cabe preguntarnos: ¿Qué dice la Biblia acerca de la identidad del Espíritu Santo? Ciertamente, la Biblia tiene mucho que decirnos acerca del Espíritu Santo, su naturaleza, personalidad, funciones y atributos. Dejemos pues que la Biblia hable por sí sola.

EL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DE LA HISTORIA HUMANA.

Podemos ver al Espíritu Santo desde el Antiguo Testamento haciendo diversas actividades, como: Obrando en la creación (Génesis 1:2); da aliento a los hombres y los animales (Génesis 2:7; 6:3); capacitando a hombres para la batalla (Jueces 3:10); capacitando a los profetas para anunciar el mensaje del Señor (Miqueas 3:8), etc. En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo estaba en medio del pueblo de Dios (Isaías 63:11) y capacitaba a ciertos hombres para tareas especiales (Éxodo 31:3; Jueces 6:34; 11:29). Sin embargo, no era dado a todos y podía ser retirado (Jueces 13:25; 16:20; Salmos 51:11). El Espíritu Santo es llamado de distintas maneras a lo largo del Nuevo Testamento: El Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16); el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9); el Espíritu Eterno (Hebreos 9:14); el Espíritu de Verdad (Juan 16:13) y el Espíritu de Gracia (Hechos 10:29). La primera obra del Espíritu Santo en el hombre es convencer de pecado (Juan 16:8,11) y de la realidad del perdón a través de Jesucristo. Esto lo hace a través de la predicación (Hechos 2:37; 1 Tesalonicenses 1:5) y del ejercicio de los dones espirituales (1 Corintios 14:24-25). El Espíritu Santo es prometido a todos los creyentes (Hechos 2:38) y es un don que se recibe por la fe en Jesucristo (Efesios 1:13; 3:16-17; Gálatas 3:2,5). El Espíritu Santo es el que produce la obra de regeneración en nosotros. Él es el sello de nuestra salvación: ”…En Él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria…” (Efesios 1:13-14). Pero el Espíritu Santo es mucho más que el sello de Dios en nosotros.

DEIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[4]

Dicho de una manera sencilla, la Biblia dice que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[5]

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. No es un poder ni una fuerza. La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17). El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51). Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30) El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona. El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11). El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26). El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él. El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28). Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

(1.- EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.

(2.- EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.

(3.- EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.

(4.- EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.

La personalidad del Espíritu Santo es una doctrina clara. Y para vergüenza de los falsamente llamados Testigos de Jehová, no hace falta consultar el Nuevo Testamento para creer en la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo. El testimonio del Antiguo Testamento es más que claro. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Es imposible, pues, que sea una simple fuerza impersonal como ellos erróneamente enseñan. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también.

CONCLUSIÓN.

El Espíritu Santo no es un viento, no es un poder natural, no es una mera influencia inspiradora como asumen los falsos Testigos de Jehová. El Espíritu Santo es una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad. Vive aquí, presente entre nosotros, para iluminarnos en el conocimiento de la Biblia, único lugar donde Dios se revela al hombre. El Espíritu Santo es otro Cristo, es otro Consolador. El Hijo terminó la misión que le había traído a la tierra. La continuación de su obra, es decir, el establecimiento y fortalecimiento de la Iglesia, fueron trabajos encomendados al Espíritu Santo. Este comenzó a obrar cuando el Hijo fue recibido nuevamente al cielo. El Espíritu Santo es una persona con atributos propios. Está dotado de voluntad, ya que reparte los dones como él quiere. Está dotado de pensamiento. Está dotado de conocimiento. Está dotado, también, de los atributos de bondad y amor. Más aún, la Biblia afirma que el Espíritu Santo puede ser tratado igual que una persona. Se le puede mentir, se le puede tentar, se le puede resistir, se le puede entristecer, se le puede invocar y se le puede blasfemar. Un ser dotado de atributos semejantes es necesariamente una persona, en este caso una persona divina, la tercera persona de la Trinidad.

REFERENCIAS:

[1] Antonio Aranda Lomeña, Estudios de pneumatología, Editorial Universidad de Navarra, año 1985, España.

[2] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[3] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[4] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

Pentecostalismo Unicitario

Respuestas al Pentecostalismo Unicitario: El Bautismo en el Nombre de Jesús.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Hay un mundo que se pierde en el pecado y los cristianos somos llamados a alcanzarlo. Sin embargo, algunos grupos de la línea ‘Sólo Jesús’ (pentecostales unicitarios), prefieren trabajar y hacer proselitismo entre los miembros de otras iglesias cristianas, difundiendo así su herejía destructiva y causando división en las iglesias. Tal actitud no sólo es sectaria, sino también digna de reprensión. Ellos afirman ser poseedores exclusivos de la verdad y consideran que los demás cristianos estamos en error. El bautismo en el Nombre de Jesús suele ser la punta de lanza en sus argumentos sectarios.

Pero bautizar en el nombre de Jesús es sólo uno de los muchos errores de los pentecostales unicitarios. Ellos tampoco creen en la Trinidad y, como es de esperarse, no bautizan en el triple nombre ordenado por Jesús en Mateo 28:19 sino “en el nombre de Jesús solo”, extrayendo algunos textos fuera de su contexto.

SUPUESTAS BASES BÍBLICAS PARA LA HEREJÍA SABELIANA O MODALISMO.[1]

Analicemos brevemente las bases de los pentecostales unicitarios:

(1.- Hechos 2:38 “…Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…”. Basta leer el contexto para darse cuenta de que el mensaje central no es enseñar que solo existe Jesús o que el bautismo correcto deba realizarse únicamente en su nombre. En el discurso del apóstol se destaca que Dios había prometido derramar el Espíritu Santo y ahora lo había derramado y por eso ellos hablaban en lenguas y presenta a Jesús como el salvador enviado por Dios. Por ningún lado dice o da a entender que solo existe Jesús. Eso lo asumen solo los pentecostales unicitarios porque en el discurso aparece la mención de las tres personas (Padre, Espíritu Santo y Jesús). Además, basta leer el discurso para darse cuenta de que el apóstol en su sermón destaca como los israelitas mismos le habían quitado la vida a Jesús, por lo que ellos se sintieron compungidos de corazón y le preguntan acerca de qué debían hacer ante su gran pecado, y es cuando el apóstol les hace el llamado a arrepentirse y bautizarse en el nombre de Jesús para ser perdonados y recibir el Espíritu Santo. El contexto indica que el llamado a bautizarse en el nombre de Jesús es una invitación a reconocerlo como su mesías; porque para ser aceptados por Dios debían primero aceptar a Jesús como Salvador, ya que él es el Cristo enviado por Dios. Esto servía para identificar que ahora eran seguidores de Jesús. Es de esperarse que Pedro, al efectuar la ordenanza del bautismo, lo haría siguiendo la fórmula y el mandato dado por Cristo antes de su ascensión. Esto resulta lógico porque: En primer lugar, Pedro predicaba a personas que creían en Dios. Pedro predicaba a personas que, aunque vagamente, tenían idea de la existencia de un Espíritu Santo. De los muchos pasajes en que podemos considerar al Espíritu Santo en el Antiguo Testamento como distinto e independiente de Dios el Padre, hallamos los siguientes: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis 1:2). “Su espíritu adornó los cielos; su mano creó la serpiente tortuosa” (Job 26:13). “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Salmos 33:6). “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (Salmos 51:11). “Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos. Pero se acordó de los días antiguos, de Moisés y de su pueblo, diciendo: ¿Dónde está el que les hizo subir del mar con el pastor de su rebaño? ¿dónde el que puso en medio de él su santo espíritu” (Isaías 63:10, 11). Esta doctrina iba a tener su floración perfecta en el Nuevo Testamento. Además, Pedro predicaba a personas que no creían en Jesús y que antes, al contrario, lo habían escarnecido, despreciado y crucificado. Pero ahora, Pedro les dice que ese Jesús era nada menos que su Mesías y que toda relación con Dios tenía como fundamento el nombre de Jesucristo y que por lo tanto, en el nombre de Él debían recibir el bautismo. Era pues, para aquella multitud, la oportunidad que tenían de resarcirse de su mal contra su Mesías, y de recibir, como prueba de su arrepentimiento y fe, el bautismo teniendo como base la Persona que 50 días antes habían crucificado. Era la exaltación y elevación de la Persona que aborrecieron y que desde ahora sería la más amada. Cipriano (200 D.C.) dice: «Pedro menciona aquí el nombre de Jesucristo, no para omitir al Padre, sino para que el Hijo no falte de ser unido con el del Padre». En los discursos sucesivos que encontramos especialmente en los primeros capítulos de Hechos, los discípulos están tratando de hacer resaltar a la persona de Jesucristo, porque ella era la que había tomado cuerpo humano para poder ofrecer por los hombres el sacrificio perfecto. En cuanto a los tres mil se debe pensar que no fueron bautizados en el acto, lo que no había sido posible. La expresión “y se añadieron aquel día”, no implica necesariamente que su bautismo haya sido celebrado el mismo día. Una instrucción completa les fue dada más tarde según Hechos 2:42: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en la oración”.

(2.- Hechos 8:16 “…Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús…”. Este pasaje bíblico tampoco menciona que solo exista Jesús como suponen los pentecostales unicitarios, o que sólo en su nombre es el bautismo correcto. Por el contrario, si leemos todo el relato podemos darnos cuenta de que se mencionan a Dios el Padre, al Espíritu Santo y a Jesús. Felipe había llegado a Samaria donde hizo muchas señales y presentó a Jesús como el Salvador; pero luego Pedro y Juan fueron enviados y hallaron que sólo habían sido bautizados en señal de reconocimiento de que Jesús era el mesías, pero no habían recibido el Espíritu Santo. Al leer el relato podemos darnos cuenta de que se refiere a que ellos habían aceptado el nombre de Jesús como el Salvador personal y que habían sido bautizados con la autoridad dada por Jesús. Esto servía para identificar que ahora eran seguidores de Jesús. No pretende establecer fórmula bautismal alguna.

(3.- Hechos 10:48 “…Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús. Entonces le rogaron que se quedase por algunos días…”. En este texto la Biblia tampoco está negando la existencia del Padre y del Espíritu Santo, ni presentado la sola existencia de Jesús solamente. Pedro por indicación divina había ido a casa de Cornelio, un gentil temeroso del Señor, y al llegar se da cuenta que no debía hacer excepción de personas y comienza a predicarle a él y a muchos otros más gentiles, y aún a algunos judíos presentes en la casa de Cornelio. Su mensaje principal es mostrar como Dios ungió a Jesús con el Espíritu Santo y le envió como Salvador de la humanidad al resucitarle el tercer día. Los pentecostales unicitarios parece que no leen el contexto completo en el que se destaca que Jesús fue el mesías de Dios y por ningún lado dice que solo existe Jesús. Cuando dice que el apóstol les manda a ser bautizados en el nombre de Jesús se está destacando que al haber recibido el Espíritu Santo y hablado en lenguas sin duda debían dar el paso del bautismo, aceptando a Jesús como salvador y enviado de Dios. Esto servía para identificar que ahora eran seguidores de Jesús. Sin embargo, a la hora de efectuar el bautismo, los apóstoles no desobedecerían jamás el mandato de Su Señor ni cambiarían la fórmula bautismal trinitaria dada por el mismo Jesús.

(4.- Hechos 19:5 “…Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús…”. El apóstol Pablo llegó a Éfeso y halló a algunos discípulos o seguidores, pero encontró que no habían recibido el Espíritu Santo y que sólo conocían el bautismo de Juan y ahora procede a hablarles de Jesús y luego fueron bautizados. En ningún versículo del texto se menciona que solo existe Jesús como suponen los pentecostales unicitarios. Claramente se revela la existencia de otro Ser: el Espíritu Santo; del que los seguidores no sabían nada porque no habían sido instruidos. Los creyentes no habían escuchado ni del Espíritu Santo ni de Jesús y solo sabían acerca del bautismo de arrepentimiento de Juan el Bautista; razón por la que ahora el apóstol les habla de Jesús y les presenta a Jesús como el Cristo y luego que ellos aceptan a Jesús como su Salvador personal les bautiza. Pero, obviamente, no en el nombre de Jesús sólo. Es evidente que lo que se destaca es la necesidad de reconocer a Jesús como Salvador como requisito previo e indispensable para recibir el bautismo cristiano. El apóstol les pregunto ‘¿En qué fuisteis bautizados?’ Ellos no le dijeron en el nombre de Juan, sino en el bautismo de Juan. En respuesta, ahora el apóstol les presenta la nueva forma ordenada por Dios, la cual era aceptando a Jesús como Salvador.

REFUTANDO LA DOCTRINA SABELIANA.[2]

La postura pentecostal unicitaria, y de algunos otros que pretenden enseñar que sólo se debe bautizar en el nombre de Jesús, deja algunas dudas:

(I.- Según Mateo 28:19, Jesús mandó bautizar a sus discípulos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; pero según ellos los discípulos lo hicieron solo en el nombre de Jesús. Como quien dice fueron desobedientes. No creo que ellos hayan sido ejemplo de desobediencia y mucho menos en un tema tan importante. Por ejemplo, Dios mandó a Noé a construir “un arca de madera de gofer”: “Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera” (Génesis 6:14). Virtualmente se le prohibía el uso de cualquier otra madera. Si Noé hubiera usado distinta clase de madera a la ordenada era una desobediencia abierta a Dios. La institución de la Pascua proporciona varias ilustraciones de esta máxima (Éxodo 12). Había de sacrificarse un cordero, no una ternera; había de ser de un año, no de dos o tres; macho, no hembra; perfecto, no defectuoso; había de sacrificarse el 14 del mes, no ningún otro día; la sangre debía ponerse en los postes y en los dinteles de la puerta, no en ninguna otra parte. Cuando el Señor ordena: “Id, y haced discípulos… bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” y se cambia la fórmula por otras palabras, así sean santas, se está desconociendo la autoridad de Jesucristo. Si él mandó bautizar en el nombre de las Tres Personas se debe hacer así y no de ninguna otra manera, pues hacerlo es suplantar la Palabra de Dios y desobedecerle flagrantemente.

(II.- De acuerdo a lo anterior, si la postura de los unicitarios fuese correcta, esto querría decir que la Biblia, Jesús y los discípulos se contradicen entre sí. No creo que la Biblia se contradiga. Mucho menos tan garrafalmente. Eso es poner en dudas la palabra de Dios.

(III.- En la Biblia no hay un solo ejemplo de una persona en la que se expresen las palabras pronunciadas en el momento del bautismo ¿Por qué asumir que Jesús enseño una cosa y los apóstoles hicieron y enseñaron otra? No hay un solo texto en el que Pedro, Pablo o alguno de los otros apóstoles diga “Yo te bautizo en el nombre de Jesús”

(IV.- Los pentecostales unicitarios argumentan que en Mateo 28:19 cuando dice “en el nombre” es indicando que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son un título de una misma persona; pero, para su desacierto, lo que se resalta es la unidad de los tres: “nombre” (singular) del Padre, del Hijo y Espíritu Santo (plural)

(V.- La regla idiomática griega dice que cuando hay dos sustantivos conectados por el copulativo kai (y) el primer nombre tiene el artículo “el” delante y el segundo no lo tiene ambos nombres describen a la misma persona (ejemplo: “nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo” Tito 2:13) pero en Mateo 28:19 tanto Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen el artículo “del” que es una contracción de “de” y “el” delante lo que significa que son tres personas distintas.

(VI. – Algunos antitrinitarios niegan la fórmula bautismal de Mateo 28:19 basados en que Eusebio, un padre de la iglesia no la registró en ninguno de sus escritos antes del concilio de Nicea (325 d.C.) y luego si la usó en sus escritos; pero eso no constituye ninguna evidencia porque los manuscritos bíblicos griegos más antiguos, los cuales son más confiables, si la registran.

(VII.- Existen aproximadamente cinco mil manuscritos griegos y todos dicen “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y no hay uno solo que diga “bautizándolos en mi nombre”.

(VIII.- Incluso manuscritos extrabíblicos antiguos mencionan el Triple Nombre, entre ellos: Epístola de Ignacio a los Filipenses, capítulo 2 (siglo II), Tertuliano, De bautismo, capítulo 13 (200 d.C.), Tertuliano, Contra Praxeas, capítulo 2 (200 d.C.), Cipriano, Los siete concilios de Cartago (siglo II), Gregorio taumaturgo, Confesión de fe (siglo II), Didajé, 7, (70 d.C.) e Ireneo siglo II, entre muchos otros.[3]

(IX.- En el nacimiento de Jesús vemos la acción de los tres miembros de la Trinidad. Lucas 1:35 nos dice: “…Respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra por lo cual el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios…”

(X.- En el bautismo de Jesús vemos la acción de los tres. Mateo 3:16,17 nos dice: “…Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia…”

(XI.- En la resurrección de Jesús vemos la acción de los tres: El Padre, según Efesios 1:20 “…operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales…”. Jesús dijo en Juan 2:19-21: “…Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Mas él hablaba del templo de su cuerpo…”. Luego, del Espíritu Santo se nos dice en Romanos 8:11, “…Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros…”

(XII.- La expresión “el nombre” es presentada en las Escrituras como el medio por el cual se hacen milagros y se obtiene la salvación. Pero la palabra “nombre” tenía un significado diferente en el contexto judío al que le dan los pentecostales unicitarios hoy, por ejemplo:

(a.- Se creía que la mención de un nombre era especialmente poderosa para que se efectuaran milagros. Josefo relata haber visto a un tal Eleazar que pretendía echar fuera demonios usando el nombre de Salomón (Antigüedades VIII, 2.5). Los siete hijos de Esceva intentaron en Éfeso usar el nombre de Jesús con el mismo propósito (Hechos 19:13-14).

(b.- En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea “Shem”, (“nombre”), algunas veces se emplea con el sentido de “carácter” (Jeremías 14:7, 21), y puede ser casi un sinónimo de la persona misma (Salmos 18:49). Esta estrecha relación entre el nombre y el carácter se ilustra con la abundancia de nombres del Antiguo Testamento que indican el carácter de quienes los tenían.

(c.- Otro aspecto de esto puede verse en tiempos del Nuevo Testamento, cuando la palabra griega “Ónoma” (“nombre”), puede significar “persona”.

Todo esto indica que al pronunciar el nombre de Jesús para realizar milagros y para proclamar salvación, o incluso mencionarlo en relación con el bautismo, los apóstoles declaraban que el poder de sanar y de salvar o bautizar se empleaba en una relación vital con la persona y el carácter de Jesucristo.

EL BAUTISMO EN AGUA COMO NECESARIO PARA LA SALVACIÓN.[4]

Un error engendra a otro. Puesto que los pentecostales unicitarios enseñan que el bautismo debe efectuarse en el nombre de Jesús, creen que sus hermanos que no han sido bautizados de dicha forma están en error y ponen en peligro su salvación eterna. Pero al enseñar que el bautismo salva, limpia o perdona pecados, el bello significado de esta ordenanza se pierde. Para los verdaderos cristianos, el bautismo expresa, por figura, la muerte al pecado del creyente y su resurrección a novedad de vida: “… ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva…” (Romanos 6:3, 4). El bautismo es también un testimonio de que pertenecemos a Cristo: “…Porque habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos…” (Gálatas 3:27). Porque somos de él, hemos sido “revestidos” de Cristo, del carácter de Él. También es el bautismo un paso de obediencia: “…Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…” (Hechos 2:38). “…Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios…” (Hechos 8:36-37). El bautismo en sí no tiene poder salvador. La gente se bautiza porque es salva, no para ser salva. No hay en la Biblia siquiera una idea que dé base para decir que el bautismo salva, limpia o perdona pecados. Veamos algunos hechos que nos enseñan la imposibilidad del bautismo para otorgar limpieza o salvación: Jesucristo fue bautizado: “…Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia…” (Mateo 3:13-17). Si el bautismo lava, limpia y quita los pecados, ¿De qué pecados Jesucristo fue limpio o perdonado? Hablando de Cristo la Biblia dice: “…El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca…” (1 Pedro 2:22). “…Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos…” (Hebreos 7:26). Siguiendo la lógica de los “unicitarios” de que el bautismo es necesario para la salvación, Jesucristo fue un pecador. ¿No raya esto en blasfemia? Si el bautismo salva, ¿Por qué el ladrón en la cruz fue invitado por Cristo al cielo sin someterse a ese acto? Dicen que es una excepción por las circunstancias. Esto todavía es más error porque para la salvación las circunstancias no hacen concesión a nadie. Arrepentimiento y fe tuvo el ladrón y eso le bastó. Lo mismo que la Biblia exige para cada pecador en todo tiempo y lugar. En Hechos 8:9-24, tenemos el caso de Simón el mago. Él fue bautizado, pero vemos que el agua no le hizo nada, no cambió su corazón, no lo sacó del lugar tenebroso en que se encontraba. Pedro hablando a Simón después de ser bautizado le dice: “…Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás…” (Hechos 8:20-23). Algo muy distinto pensaba Pedro del bautismo de lo que piensan los señores “unicitarios”.

Pablo dice en 1 Corintios 1:14-17 “…que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo… También bauticé a la familia de Estéfanas…” Y agrega: “…Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio…” ¿No tendría Pablo interés en que las personas se salvaran? Así hay que creer si seguimos las enseñanzas de los señores de ‘Solo Jesús’ o la Nueva Luz. Es que para Pablo el bautismo tenía su lugar, nunca debía ocupar el lugar que le corresponde al arrepentimiento y la fe. En las epístolas no se hace énfasis en el bautismo. El silencio habla en esta ocasión. Es raro, si el bautismo salva, que las cartas que rigen a la cristiandad, que regulan su conducta, se queden mudas en cuanto al bautismo. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos se enseña que la fe es el medio que trae la salvación al creyente: “…Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…”. (Juan 1:12). “…Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna…” (Juan 3:16). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios… El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:15, 16, 18, 36). “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). “Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones” (Hechos 15:9). “Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). “Testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21). “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17). “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús… Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:24, 28). “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8). “Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). La Biblia tiene que ser su propio intérprete. Eso de aislar versículos para hacerles decir lo que no fue la intención del Espíritu Santo que dijera, es sumamente peligroso. Así se conocen las corrientes falsas y ese método también lo usan los “modernos sabelianos”.

CONCLUSIÓN.

Los pentecostales unicitarios y otros antitrinitarios, argumentan que la formula correcta de bautizar era solo en el nombre de Jesús, pero los textos dentro de su contexto y las evidencias bíblicas e históricas, nos revelan que se hacía en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y que, cuando en el libro de los Hechos se menciona solamente el nombre de Jesús en relación con el bautismo, no se está dando una nueva fórmula bautismal, sino afirmando que era con la autoridad dada por Jesús que dicha ordenanza se efectuaba y, a la vez, era una invitación a aceptarle como Salvador. Los pentecostales unicitarios, por lo tanto, están sumamente equivocados en su interpretación doctrinal y no debemos prestarles atención a sus herejías.

REFERENCIAS:

[1] David K. Bernard, J.D., The Oneness of God, Pentecostal Publishing House, 1983, Hazelwood, MO.

[2] Por la defensa del Evangelio: Apologética Contemporánea, Editorial Cristiana Continental de las Asambleas de Dios (ECCAD), 1994.

[3] Luisa Jeter de Walker, ¿Cuál camino?, Editorial Vida, Miami, FL., 1968.

[4] G.R. Beasley-Murray, Baptism in the New Testament Paperback, Wm. B. Eerdmans Publishing Company; First Edition (March 15, 1973)

Pentecostalismo Unicitario

Respuestas al Pentecostalismo Unicitario: ¿Es Dios una Trinidad?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La herejía amenazó con infectar el pentecostalismo desde sus inicios. La doctrina trinitaria, pilar del cristianismo ortodoxo y bíblico, fue cuestionada en el pentecostalismo primitivo a través de la doctrina heterodoxa conocida como “Modalismo”. El modalismo  es una herejía cristológica que enseña que Dios no es una esencia compartida por tres personas, sino que existe un solo ser en tres modos, en diferentes tiempos. Los Pentecostales Unicitarios creen que en el Antiguo Testamento Dios se manifestó como Padre, en el Nuevo Testamento durante su encarnación se manifestó como Hijo y desde pentecostés como Espíritu Santo. El modalismo también es conocido como Monarquianismo Modalista. Dicha herejía identifica a Jesucristo como Dios mismo (el Padre) manifestado en carne.

El modalismo, se opone férreamente al dogma de la Trinidad. De acuerdo con la concepción trinitaria, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son cada una de las tres personas de la Trinidad. En cambio, los modalistas afirman que estos términos nunca pretendían hacer distinciones de tres personas eternas dentro de la naturaleza de Dios, sino que simplemente se referían a modos o manifestaciones de Dios. En otras palabras, Dios es un ser individual y único y los diversos términos usados para describirle (tales como Padre, Hijo y Espíritu Santo) son designaciones aplicadas a sus diferentes formas de actuar o a las diferentes relaciones que Él tiene para con el hombre.

La principal corriente del modalismo en los primeros siglos del cristianismo fue el patripasianismo o sabelianismo. El patripasianismo (del latín pater, patris, padre, y passus, padecer) fue una doctrina cristiana monarquianista de los siglos II y III que negaba el dogma de la Trinidad al considerar la misma como tres manifestaciones de un ser divino único, sosteniendo que fue el mismísimo Dios Padre quien había venido a la Tierra y había sufrido en la cruz bajo la apariencia del Hijo. Esta doctrina, considerada herética tras ser condenada en el 261 d.C. por el Concilio de Alejandría, es también conocida como sabelianismo al ser su principal defensor el obispo Sabelio, sacerdote y teólogo del siglo III. Hoy en día, esta doctrina sobrevive a través del pentecostalismo unicitario.

¿ES LA DOCTRINA DE LA TRINIDAD UN INVENTO DE LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA?

En su intento por negar la doctrina de la Trinidad de Dios, los pentecostales unicitarios suelen recurrir a falsas teorías, sofismas y mentiras descaradas. La más popular de esas teorías dice que la Trinidad fue maquinada por la iglesia católica. En líneas generales, el argumento expresa que la doctrina de la Trinidad fue formulada en el siglo IV, en el Concilio de Nicea (325 d.C.), bajo el patrocinio del emperador Constantino. Los pentecostales unicitarios afirman que fue a partir de ese entonces que la doctrina de la Trinidad fue impuesta a las masas por la iglesia católica romana que, según ellos, para ese entonces era ya una iglesia apóstata.

Este argumento, popular pero falso, tiene varios errores e inexactitudes. Para empezar, la Iglesia Católica Romana como tal, con una estructura jerárquica, es decir, un obispo en Roma con jurisdicción sobre muchas iglesias en una amplia área geográfica no llegó a existir sino hasta finales del siglo VI. Peor aún, el obispo de Roma (pues en ese tiempo era sólo eso, un obispo, ya que el papado aún no había surgido como tal) ni siquiera estuvo presente en el Concilio de Nicea, cuya concurrencia estuvo exclusivamente formada por obispos de las iglesias orientales. No fue sino hasta cientos de años después de Nicea que la historia reporta los primeros vestigios de una organización con alguien en Roma funcionando como cabeza de la Iglesia Católica. La iglesia católica no podría jamás haber creado la doctrina de la Trinidad pues dicha doctrina es anterior al mismo catolicismo. Ni siquiera puede decirse que fue Constantino, en complicidad con los obispos congregados en Nicea, quienes la crearon. Ellos simplemente dieron reconocimiento oficial a una doctrina considerada vital por la iglesia cristiana desde los tiempos de los apóstoles.

Si examinamos la Biblia y la terminología esencial que conocemos hoy para referirnos a la doctrina trinitaria, la encontramos mucho antes de Nicea. Los términos “tres personas, una sustancia, trinidad” fueron usados por Tertuliano, quien escribió entre el 200 y el 240 d.C. Esbozos bastantes definidos de la Trinidad pueden ser encontrados también en los escritos de Teófilo de Antioquía (115-181 d.C.), Hipólito (170-235 d.C.) e Irineo (120-202 d.C.). Si bien el término Trinitas fue popularizado por Tertuliano en el contexto de su debate con el hereje modalista Praxeas, él no fue el primero en usar el vocablo. La primera mención de la palabra que tenemos en forma escrita data del 160 d.C., por mano de Teófilo en su epístola a Autólico.[1]

Les guste o no a los pentecostales unicitarios, hoy por hoy, la doctrina de la Trinidad sigue siendo salvaguarda contra las diferentes herejías, las antiguas y las modernas, y por ello persistimos diligentemente en enseñarla. Es a partir de ella que demarcamos el límite entre un grupo doctrinalmente sano y un grupo herético.

Puesto que la historia de la iglesia ha probado la falsedad de los argumentos unicitarios, es la biblia y sus enseñanzas la que tiene la última palabra en relación con la Trinidad. La pregunta sería: ¿Apoya la Biblia la teología pentecostal unicitaria? o ¿Puede probarse con la Biblia que la doctrina de la Trinidad es auténtica y de origen divino?

LA TRINIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.[2]

En la doctrina de la Trinidad se encuentra incluido el monoteísmo, lo cual es la enseñanza de que en todo el universo existe un ser único conocido como Dios el cual tiene una existencia propia e inmutable (Isaías 43:10; 44:6, 8). Es importante notar que la doctrina de la Trinidad no es politeísta como algunos de los críticos proclaman. Por definición el trinitarismo (o, mejor dicho, triunitarismo) es monoteísta y aquellos que claman que es politeísta, demuestran una falta de entendimiento de lo que es ésta realmente. Dios es una Trinidad de personas la cual consiste de una sustancia y una esencia. Dios, numéricamente es uno; aun así, dentro de la esencia divina individual hay tres individuos subsistiendo a los cuales llamamos personas. Cada una de las tres personas es completamente divina en naturaleza, aunque cada uno no es la totalidad de la Divinidad. Cada una de las tres personas no es las otras dos personas. Cada una de las tres personas está relacionada a las otras dos, pero son diferentes entre ellas.

El Credo Atanasiano explica la doctrina trinitaria de la siguiente manera:

“… Veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, tal (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres señores, sino un solo Señor; porque, así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho no creado ni engendrado. El Hijo fue solo por el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado ni engendrado, sino que procede.

 Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres Hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad.

 Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo 1, perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana, igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. Más aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno…”[3]

Pero más allá de los credos de la iglesia, la Biblia en su totalidad nos enseña la doctrina de la Trinidad. En la Biblia si podemos encontrar evidencias que demuestran el concepto trinitario, y realmente no necesitamos investigar muy a fondo las Santas Escrituras para encontrar tales pruebas. Ya desde el mismo comienzo de la Biblia, en Génesis 1: 1, encontramos que Moisés utiliza el nombre plural de Dios: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” Aquí, en este versículo, la palabra hebrea equivalente a Dios es Elohim(אלהים o ‘ĕlohı̂̂ym), en la forma plural אל El o אלה Eloah, la cual ha sido tradicionalmente interpretada como la pluralidad de la condición divina del mismo Dios.

Pero Génesis 1: 1 no es la única cita en las Santas Escrituras hebreas que describe a nuestro Dios en una forma plural. Esta palabra en plural se encuentra en la Biblia unas tres mil veces, mientras que su equivalente en singular solo cincuenta y siete veces. ¿Es todo esto una contradicción? ¿Quiere decir esto que en realidad hay varios Dioses y no solo Uno? De ninguna manera.

Es provechoso el conocimiento del idioma hebreo, para el mejor entendimiento de los pasajes del Antiguo Testamento. En Génesis 1:1, se utiliza el nombre plural “Elohim”. En Génesis 1:26; 3:22; 11:7 y en Isaías 6:8, se usa el pronombre plural para “nosotros”. Sin duda, “Elohim” y “Nosotros” se refieren a más de dos. En el idioma español tenemos dos formas, singular y plural. En el idioma hebreo existen tres formas: singular, doble y plural. Doble es solamente para dos. En hebreo, la forma doble es utilizada para cosas que vienen en pares como los ojos, orejas y manos. La palabra “Elohim” y el pronombre “nosotros” son formas plurales (definitivamente más que dos) y deben estarse refiriendo a tres o más (Padre, Hijo, y Espíritu Santo).

En Génesis 1:26 podemos ver también como aparece la forma plural imperativa de la primera persona del verbo hacer (“hagamos”) y también la forma plural nominativa de la primera persona (“nuestra”): “…Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra…”. Nuevamente, vale la pena recordar que hay aproximadamente unos tres mil casos en que la palabra hebrea equivalente a Dios (Elohim) aparece en su forma plural en el Antiguo Testamento.

Algunos argumentan que en Génesis 1:26 Dios le hablaba a los ángeles, seres espirituales inteligentes y semejantes a él, pero inferiores, con los cuales consultó acerca de la creación. Esto sin embargo, no podría ser posible por dos razones: En primer lugar, los ángeles no son creadores; en segundo lugar, no estamos hechos a la imagen de los ángeles.

Otros pasajes trinitarios del Antiguo Testamento son:

“…Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre…” (Génesis 3:22)

Génesis 11:7 dice: “…Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero…”.

También se destaca Salmos 45:6-7: “…Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros…”. Esto es citado en Hebreos 1:8: “…Mas del Hijo dice; Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino…”.

Otro pasaje trinitario es Isaías 6:8: “…Después oí la voz del Señor, que decía: ‘¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?’ Entonces respondí yo: ‘Heme aquí, envíame a mí…’”. También en Isaías 48:16 leemos: “…Acercaos a mí, oíd esto: ‘desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu…’”.

El texto hebreo y arameo del Antiguo Testamento nos revela aún más conocimiento sobre la Trinidad del que podríamos deducir del texto en español.[4] Por ejemplo:

 

Texto en español Fonética Hebrea Traducción Literal
JOSUÉ 24:19

ESPAÑOL:

“Porque Él es Dios Santo.”

 

FONÉTICA:

KI ELOHIM KEDOSHIM HU

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

PORQUE DIOSES SANTOS (ES) ÉL

 

PROVERBIOS 9:10

ESPAÑOL:

“y el conocimiento del Santo es inteligencia.”

 

FONÉTICA:

VEDAAT KEDOSHIM BINAH

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y CONOCIMIENTO DE LOS SANTOS (ES) INTELIGENCIA

 

PROVERBIOS 30:3

ESPAÑOL:

“. . . ni tengo conocimiento del Santo.”

 

FONÉTICA:

VEDAAT KEDOSHIM EDA

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y CONOCIMIENTO DE LOS SANTOS (NO) CONOCÍ

 

SALMO 58:11

ESPAÑOL:

“. . . hay un Dios que juzga en la tierra.”

 

FONÉTICA:

YESH-ELOHIM SHOFTIM BA’ARETS

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

HAY DIOSES QUE JUZGAN EN LA TIERRA

 

ECLESIASTÉS 12:1

ESPAÑOL:

“Acuérdate, pues, de tu Creador . . .”

 

FONÉTICA:

UZEJOR ET-BOREJA

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y ACUÉRDATE DE TUS CREADORES

 

SALMO 149:2

ESPAÑOL:

“Alégrese Israel en su Creador . . .”

 

FONÉTICA:

YISMAJ YISRAEL BEOSAV

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

ALÉGRESE ISRAEL EN SUS HACEDORES

 

JOB 35:10

ESPAÑOL:

“. . . Dónde está Dios mi Hacedor . . .”

 

FONÉTICA:

AYEH ELOAH OSAY

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

DONDE (ESTÁ) DIOS MIS HACEDORES

 

ISAÍAS 54:5

ESPAÑOL:

“Porque tu esposo es tu Hacedor,

el SEÑOR de los ejércitos es su nombre. . .”

 

FONÉTICA:

KI BOALAYIJ OSAYIJ YAHVEH TSEVAOT SHEMO

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

PORQUE TUS MARIDOS (SON) TUS HACEDORES YAHVEH DE LOS EJERCITOS (ES) SU NOMBRE

 

GÉNESIS 20:13

ESPAÑOL:

“Y sucedió que cuando Dios me hizo salir . . .”

 

FONÉTICA

VAYEHI KA’ASHER HITU OTI ELOHIM MIBET AVI

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y SUCEDIÓ QUE CUANDO LOS DIOSES ME HICIERON SALIR DE CASA DE MI PADRE

 

MALAQUÍAS 1:6

ESPAÑOL:

“. . . y si yo soy señor . . .”

 

FONÉTICA:

VEIM-ADONIM ANI . . .

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y SI SEÑORES (SOY) YO

 

2 SAMUEL 7:23

ESPAÑOL:

“al cual viniste . . .”

 

FONÉTICA:

ASHER HALJU-ELOHIM

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

AL CUAL FUERON / VINIERON DIOSES . . .

 

ÉXODO 33:14 Y 15

ESPAÑOL:

Mi presencia irá contigo, y yo te daré descanso . . .

Si tu presencia no va con nosotros no nos hagas partir de aquí

 

FÓNETICA:

PANAY YELEJU VAHANIJOTI LAJ

IM-EN PANEJA HOLJIM AL-TAALENU MIZEH

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

MIS ROSTROS / PRESENCIAS TE ACOMPAÑARÁN Y TE DARÉ DESCANSO . . .

SI TUS ROSTROS / PRESENCIAS NO NOS ACOMPAÑAN NO NOS SAQUES DE AQUÍ

 

DEUTERONOMIO 4:7

ESPAÑOL:

“¿Qué nación grande hay que tenga un dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios . . .?”

 

FONÉTICA:

MI-GOY GADOL ASHER-LO ELOHIM KEROVIM ELAV KAYAHVEH ELOHEYNU

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

¿QUÉ NACIÓN GRANDE QUE TENGA DIOSES CERCANOS A ÉL COMO YAHVEH NUESTROS DIOSES?

 

GÉNESIS 35:7

ESPAÑOL:

“. . . allí Dios se le había manifestado . . .”

 

FONÉTICA:

SHAM NIGLU ELAV HAELOHIM

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

ALLÍ SE MANIFESTARON A ÉL LOS DIOSES

 

GÉNESIS 33:20

ESPAÑOL:

“y lo llamó: El-Elohe-Israel.”

 

FONÉTICA:

VAYIKRA-LO EL ELOHEI YISRAEL

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y LO LLAMÓ DIOS DIOSES DE ISRAEL

 

JOSUÉ 22:22

ESPAÑOL:

“El Dios de los dioses, Yahveh, el Dios de los dioses, Yahveh, lo sabe . . .”

 

FONÉTICA:

EL ELOHIM YAHVEH EL ELOHIM YAHVEH HU YODEA

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

DIOS DIOSES YAHVEH DIOS DIOSES YAHVEH ÉL SABE

 

JEREMÍAS 10:10

ESPAÑOL:

“Él es el Dios vivo y el Rey eterno.”

 

FONÉTICA:

HU-ELOHIM JAYIM UMELEJ OLAM

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

EL ES DIOSES VIVOS Y REY ETERNO

 

OSEAS 11:2

ESPAÑOL:

“Cuanto más yo los llamaba, tanto más se alejaban de mí”

 

FONÉTICA:

KAREU LAHEM KEN HALEJU MIPENEHEM

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

ELLOS LES LLAMABAN Y DE LA MISMA MANERA SE IBAN DE SUS ROSTROS / PRESENCIAS

 

OSEAS 11:12b

ESPAÑOL:

“Judá aún gobierna con Dios, y es fiel con los santos.”

 

FONÉTICA:

VIHUDA OD RAD IM-EL VEIM-KEDOSHIM NEEMAN

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y JUDÁ AÚN GOBIERNA CON DIOS Y CON LOS SANTOS ES FIEL

 

DANIEL 7:18

ESPAÑOL:

“Pero los santos del Altísimo recibirán el reino . . .”

 

FONÉTICA:

VIKABELUN MALJUTA KADISHEI ELYONIN

 

TRADUCCIÓN LITERAL:

Y RECIBIRÁN EL REINO LOS SANTOS DE LOS ALTÍSIMOS

 

Es justo preguntarnos: ¿Cuál sería el propósito de usar verbos y pronombres en plural para referirse al único Dios verdadero? El creyente trinitario sabe muy bien la respuesta: ¡Dios es tres en uno, y uno en tres! Estudiar el texto en el idioma original nos da una gran lección acerca de la Trinidad. Deuteronomio 6:4, conocido como el Shemá, nos dice: “…Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”. El original hebreo dice “Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad”. Palabra por palabra tenemos:

(1.- Shemá: Es la palabra que se usa para “escuchar una noticia”, como si dijera “oye la novedad”.

(2.- Israel: El pueblo de Israel.

 (3.- Adonai: Esta palabra se traduce como “Señor” aunque también se puede traducir como “amo”. Algunos han sugerido que se traduce como el plural “Mis” y el singular “Señor”: “Mis Señor”.

 (4.- Eloheinu: Es un plural que se traduce en singular. Es como si leyéramos “árboles” pero traduciendo “árbol”. Esta palabra se traduce como “Dios”, pero es un plural que realmente quiere decir “Dioses”. Aunque, como sabemos que Dios es Uno debemos llamarlo en singular. En ninguna parte de la Biblia se traduce de Dios en plural.

 (5.- Ejad: Esta palabra se traduce como “uno”. Lo relevante de esto es que no quiere decir “uno” en singular, sino como unidad. ¿Un ejemplo? Vayamos a Génesis, donde se nos dice: “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una (ejad) sola carne? (Génesis 2:24)”.

Los pentecostales unicitarios se apresurarían, sin duda, a reconocer que Ejad significa uno, pero ignorando que se refiero a una unidad compuesta. El hombre y la mujer forman uno (ejad). Matemáticamente eso se expresa así: 1+1=1. Otro ejemplo lo vemos en el mismo libro: “Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un (ejad) día”. Aquí la tarde es un elemento y la mañana es otro elemento, pero ambos forman un día. Fíjese que no dice “y fueron un…” sino que dice: “y fue un día”. Se repite la fórmula matemática 1+1=1. La palabra “ejad” quiere decir Uno formado por varios. Y es la misma palabra que se usa aquí en Deuteronomio 6:4 para afirmar “nuestro Dios, Uno es”. Si pudiéramos traducir palabra por palabra tendríamos algo así: “Presta atención Israel, el Señor nuestros Dioses, es Un solo Señor formado por Varios.”. Dios es Uno. No podemos negarlo. Pero esa misma Biblia que nos dice que Dios es Uno, también nos dice que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Y esto sólo tomando en cuenta el Antiguo Testamento.

LA TRINIDAD EN EL NUEVO TESTAMENTO.[5]

Si el Antiguo Testamento insinúa la Trinidad, el Nuevo la enseña de manera clara y sin rodeos. El Nuevo Testamento registra sucesos y formulaciones que ponen en claro la Trinidad Divina en su accionar dentro de la historia de la salvación. Un ejemplo de la presencia del trino Dios se puede ver inmediatamente al comenzar la actividad pública de Jesús, cuando en su Bautismo el Padre y el Espíritu Santo atestiguan el envío del Hijo de Dios hecho hombre: “…Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia…” (Marcos 1:10-11, véase también Mateo 3:16-17). Este pasaje demuestra que el Hijo de Dios obra en unidad con el Padre y el Espíritu Santo.

I.- EL BAUTISMO DE JESÚS: 

Mateo 3:16-17 es otro pasaje bastante ilustrativo. Aunque a primera vista pareciera que nada tiene que ver con la Trinidad sino con la unidad de Dios, pues la única divinidad claramente manifestada sería la del Padre, sin embargo, cuando examinamos más detenidamente el texto descubrimos la del Hijo y la del Espíritu Santo también. En efecto, porque el Padre está haciendo una confesión o declaración solemne acerca de la persona que acaba de ser bautizada y esa declaración es la más extraordinaria y conspicua que se pueda hacer. Algo que, como dice el autor de la carta a los Hebreos, ni siquiera ha hecho acerca de las criaturas más excelsas, los ángeles (Hebreos 1:5). Y si de esas criaturas no ha hecho esa confesión, cuanto menos de ninguno de los hombres, incluso de los mayores hombres de Dios. Ni de Abraham, ni de Moisés, ni de David ha dicho Dios nunca nada parecido. Y es que la palabra Hijo alude a una comunión de naturaleza, no sólo de voluntad o de propósito. Puede haber coincidencia de voluntad o propósito entre amo y siervo, pero de naturaleza sólo entre padre e hijo y eso es precisamente lo que el Padre está declarando aquí sobre Jesucristo. Ahora bien, la comunión de naturaleza supone comunión de divinidad, lo que implica igualdad de atributos; luego la divinidad del Padre es la misma del Hijo también, porque se trata de una filiación no adoptiva, sino de esencia. La otra referencia en este pasaje es al Espíritu Santo. Si el espíritu del hombre es el hombre mismo, es evidente que el Espíritu de Dios tiene que ser Dios mismo. Y si Dios no está constituido de partes, síguese que hay una identidad de naturaleza entre Dios y su Espíritu, no siendo una cosa uno y otra cosa el otro sino ambos lo mismo, aunque distinguiéndose el uno del otro por la preposición de en la expresión Espíritu de Dios, que indica relación. Por tanto, hay igualdad y distinción a la vez. Igualdad por la única esencia, distinción por la relación mutua. Algo que sobresale en este texto del bautismo de Jesús es que la presencia de Padre, Hijo y Espíritu Santo es simultánea, es decir, se produce al mismo tiempo, lo cual echa por tierra la teoría de que Padre, Hijo y Espíritu Santo no son sino manifestaciones de un ser unipersonal, que ejerce esos papeles de forma sucesiva, según convenga. La vieja enseñanza unitaria sabeliana queda así puesta en evidencia, así como la nueva enseñanza unitaria que niega las distinciones personales permanentes en Dios.

II.- LA FÓRMULA BAUTISMAL Y LA GRAN COMISIÓN:

Padre, Hijo y Espíritu Santo también son mencionados en el mandato del Bautismo dado por Jesucristo a los Apóstoles antes de su ascensión (Mateo 28:18-19). La fuerza que tiene este pasaje no puede ser negada. En primer lugar, se trata del acto por el que una persona queda consagrada a Dios, como es el bautismo. Por tanto, perfectamente Jesús podía haber dicho que el bautismo se hiciera en el nombre de Dios, lo cual habría sido correcto. También podría haber empleado otras fórmulas, como en el nombre del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, o en el nombre del Dios de Israel, lo que igualmente habría sido pertinente. Sin embargo, en lugar de usar esas u otras fórmulas va a usar la de en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nótese que emplea el término nombre en singular, para denotar la unidad de Dios, pero al mismo tiempo introduce las distinciones personales que hay en esa unidad. Otras referencias a la correlación existente entre las personas divinas se hallan en el Evangelio de Juan cuando se menciona la unidad del Hijo con el Padre, donde Jesucristo dice: “…Yo y el Padre uno somos…” (Juan 10:30, comparar también con Juan 1:1 y 14). Asimismo, la promesa del Espíritu Santo hace referencia a la Trinidad de Dios (Juan 16:13-15).

III.- LAS CARTAS DE PABLO:

En las epístolas del Nuevo Testamento hay más alusiones a la Trinidad de Dios. Las encontramos en las alabanzas a Dios o también en las fórmulas de bendición. Así dice en 1 Corintios 12:4-6: “…Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo…”. Aquí se menciona tanto la unicidad de Dios, como las diferentes auto manifestaciones personales. También Efesios 4:4-6 testifica que el obrar de Dios contiene señales de su naturaleza trinitaria: “…Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos…”.

IV.- LAS CARTAS DE PEDRO:

Asimismo, en 1 Pedro 1:2 se habla acerca del obrar de salvación del trino Dios: “…Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo…”. 1 Pedro 1:2 resume el plan de salvación en tres actos: Elección, santificación y expiación. Es decir, diseño, aplicación y ejecución. El primer acto es del Padre, el segundo del Espíritu y el tercero de Jesucristo. Si se reduce la divinidad al Padre, entonces la tarea de Dios en la salvación se reduce a que la ha pensado, nada más, siendo su aplicación y ejecución tarea de dos criaturas. Del mismo modo, si se reduce la divinidad a Jesucristo, como hacen algunos unitarios modernos, llegamos a la misma conclusión, que dos partes de la salvación han sido efectuadas por entes fantasmales que no tienen realidad personal propia.

V.- LA BENDICIÓN APOSTÓLICA: 

Una alusión clara a la Trinidad de Dios la constituye la fórmula de bendición que se encuentra al final de la segunda epístola a los Corintios: “…La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros…” (2 Corintios 13:14). Ciertamente, 2 Corintios 13:14 es una fórmula en la que se contienen tres grandes bendiciones que sólo Dios puede otorgar: La gracia, el amor y la comunión. La gracia es el medio de la salvación, el amor es la causa de esa salvación y la comunión el resultado de dicha salvación. Pues bien, el medio de la salvación es la gracia impartida por Jesucristo, su causa es el amor de Dios y su resultado es la comunión del Espíritu Santo. Esta bendición que es la salvación, algo que por definición solamente Dios puede impartir, el apóstol Pablo la atribuye aquí a Dios, también a Jesucristo, al que le añade el nombre Señor, y asimismo al Espíritu Santo. Si sólo el Padre o sólo Jesucristo fuera Dios, sería blasfemo que de alguien que no es Dios se dijera que es autor de la salvación, ya que ésta es una obra exclusivamente divina.

¿Y ENTONCES QUÉ? ¿DEBEMOS CREER EN LA TRINIDAD?

En este punto, la respuesta a la pregunta anterior debería ser obvia. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no vacilan en enseñar con claridad la doctrina trinitaria. Judas 20-21 nos dice: “…Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna…”. En resumen, la doctrina de la Trinidad no es un invento de la Iglesia de los primeros siglos ni una copia de sistemas paganos, sino la enseñanza clara y evidente del Nuevo Testamento, respaldado por el Antiguo, sobre Dios. Toda la Biblia se une en defensa de la doctrina trinitaria. La Biblia en su conjunto nos enseña que:

(1) Hay un Dios: Deuteronomio 6:4; 1 Corintios 8:4; Gálatas 3:20; 1ª Timoteo 2:5.

(2) La Deidad está compuesta de tres Personas: Génesis 1:1; 1:26; 3:22; 11:7; Isaías 6:8; 48:16; 61:1; Mateo 3:16-17; 28:19; 2 Corintios 13:14. En Isaías 48:16 y 61:1, el Hijo está hablando mientras hace referencia al Padre y al Espíritu Santo. Compare Isaías 61:1 con Lucas 4:14-19 y se dará cuenta de que es el Hijo hablando. Mateo 3:16-17 describe el evento del bautismo de Jesús. En este se ve a Dios el Espíritu Santo descendiendo sobre Dios el Hijo mientras Dios el Padre proclama Su complacencia en el Hijo. Mateo 28:19 y 2ª Corintios 13:14 son ejemplos de 3 personas distintas en la Trinidad.

(3) Los miembros de la Trinidad se distinguen el uno del otro en varios pasajes: En el Antiguo Testamento, Jehová afirma tener un “Hijo” (Salmos 2:7, 12; Proverbios 30:2-4). El Espíritu se distingue de Jehová (Números 27:18) y de Dios (Salmos 51:10-12). Dios el Hijo se distingue de Dios el Padre (Salmos 45:6-7; Hebreos 1:8-9). En el Nuevo Testamento, Juan 14:16-17 es donde Jesús ruega al Padre que envíe un Consolador, el Espíritu Santo. Esto muestra que Jesús no se consideró el Padre o el Espíritu Santo. Tome en cuenta también todos los otros tiempos en los Evangelios, en donde Jesús habla al Padre. ¿Estaba hablándose a Sí mismo? No. El habló a otra persona de la Trinidad – al Padre.

(4) Cada miembro de la Trinidad es Dios: El Padre es Dios: Juan 6:27; Romanos 1:7; 1ª Pedro 1:2. El Hijo es Dios: Juan 1:1, 14; Romanos 9:5; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1 Juan 5:20. El Espíritu Santo es Dios: Hechos 5:3-4; 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9; Juan 14:16-17; Hechos 2:1-4).

(5) La subordinación dentro de la Trinidad: La Escritura muestra que el Espíritu Santo es subordinado al Padre y al Hijo, y el Hijo es subordinado al Padre. Esta es una relación interna, y no niega la deidad de ninguna persona de la Trinidad. Esta es simplemente un área en el cual nuestras mentes finitas no pueden entender lo concerniente al Dios infinito. Concerniente al Hijo veamos: Lucas 22:42; Juan 5:36; Juan 20:21; 1 Juan 4:14. Concerniente al Espíritu Santo veamos: Juan 14:16; 14:26; 15:26; 16:7 y especialmente Juan 16:13-14.

(6) Las labores de los miembros individuales de la Trinidad:

  • El Padre es el recurso o causa esencial de: el universo (1 Corintios 8:6; Apocalipsis 4:11); la revelación divina (Apocalipsis 1:1); la salvación (Juan 3:16-17); y las obras humanas de Jesús (Juan 5:17; 14:10). El Padre pone en marcha todas estas cosas.
  • El Hijo es el agente a través de quien el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (1 Corintios 8:6; Juan 1:3; Colosenses 1:16-17); la revelación divina (Juan 1:1; Mateo 11:27; Juan 16:12-15; Apocalipsis 1:1); y la salvación (2 Corintios 5:19; Mateo 1:21; Juan 4:42). El Padre hace todas estas cosas a través del Hijo, quien hace las veces de Su agente.
  • El Espíritu Santo es el medio por el cual el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (Génesis 1:2; Job 26:13; Salmos 104:30); la revelación divina (Juan 16:12-15; Efesios 3:5; 2 Pedro 1:21); la salvación (Juan 3:16; Tito 3:5; 1 Pedro 1:2); y las obras de Jesús (Isaías 61:1; Hechos 10:38). De este modo el Padre hace todas estas cosas por el poder del Espíritu Santo.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son formas de Dios, cada uno de ellos es Dios. De manera que, ninguna ilustración puede darnos una representación de la Trinidad, pues por muy buena que sea, ninguna representación es completamente certera. Un Dios infinito no puede ser descrito completamente, por una ilustración finita. En lugar de enfocarse en lo que no comprendemos de la Trinidad, debemos enfocarnos en el hecho de la grandeza de Dios y en la naturaleza infinitamente superior a nosotros mismos: “… ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?”.

REFERENCIAS:

[1] J.P. Moreland y William Lane Craig, Philosophical Foundations for a Christian Worldview, IVP, 2003.

[2] Granados, Juan José Fernandez, Pluralidad de Personas en la Deidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

[3] The Book of Concord: The Confessions of the Evangelical Lutheran Church. Theodore G. Tappert (traductor y editor). Philadelphia: Fortress Press, 1959. ISBN 0-8006-0825-9. Primera traducción al inglés de los textos publicados en Die Bekenntnisschriften (en inglés)

[4] Los 21 testigos de la Trinidad: http://www.ministerioluzalasnaciones.com/index.php/la-trinidad-la-hashilush-hakadosh/50-los-21-testigos-de-la-trinidad

[5] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál camino?, Editorial Vida.

Pentecostalismo Unicitario

El Pentecostalismo Unicitario: Un desafío a la ortodoxia pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El concepto de la trinidad de Dios está presente a través de toda la Escritura. No es un concepto que sea fácilmente comprendido por la mente finita. Y debido a que el hombre quiere que todo tenga sentido en su teología, regularmente se levantan movimientos heréticos para tratar de explicar la naturaleza de Dios. Desde luego, esto sencillamente no puede lograrse sin violentar el texto bíblico. Los cristianos han llegado a aceptar que la naturaleza de Dios no está sujeta a limitaciones que nos gustaría imponerle. Simplemente le creemos cuando nos dice, “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isaías 55:8-9). Si no podemos entender Sus pensamientos y caminos, aceptamos que tampoco podemos comprender Su naturaleza. El pentecostalismo no ha estado exento de la aparición de grupos heréticos antitrinitarios dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”.

El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario /solo Jesús, es que Jesús es el Padre y Jesús es el Espíritu. Hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.”

Esta enseñanza de Solo Jesús/Pentecostalismo Unicitario ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo. El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario/Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. A algunos practicantes aislados del pentecostalismo unicitario se les ha criticado incluso por sostener ciertas posturas arrianas. ​ No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.

 

¿CÓMO SURGIÓ EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO?

El pentecostalismo unicitario surgió del movimiento pentecostal, que tiene sus orígenes en las enseñanzas de Charles Parham en Topeka, Kansas y del Avivamiento de la Calle Azusa liderado por William J. Seymour en 1906. Rechazados por las iglesias históricas, los pentecostales comenzaron a formar sus propias organizaciones. Uno de estos nuevos grupos fue las Asambleas de Dios que se formó en 1914.

Algunos predicadores evangelistas pentecostales y comenzaron a aceptar y predicar la doctrina de la Unicidad y el bautismo el nombre de Jesús durante ese tiempo, lo que condujo a fricciones dentro del nuevo movimiento. Cuando las Asambleas de Dios oficialmente afirmaron la doctrina tradicional de la Trinidad en su Cuarto Concilio General en octubre de 1916, los pentecostales unicitarios se vieron obligados a retirarse. Dos meses más tarde, varios ministros unicitarios se reunieron en Eureka Springs, Arkansas, y el 2 de enero de 1917, formaron una organización Pentecostal Unicitaria llamada Asamblea General de las Asambleas Apostólicas.

La Asamblea General de las Asambleas de la Sede Apostólica se fusionó con otra iglesia, las Asambleas Pentecostales del Mundo (Pentecostal Assemblies of the World – PAW) y aceptó el liderazgo de G. T. Haywood, un afroamericano. Este grupo celebró la primera reunión en Eureka Springs en 1918. Esta organización interracial adoptó el nombre de la PAW y permaneció como el único organismo Pentecostal Unicitario hasta finales de 1924. Las leyes Jim Crow del sur, junto con otras normas raciales y culturales, condujo a que muchos dirigentes blancos salieran de la PAW en vez de permanecer bajo el liderazgo afroamericano. Muchas congregaciones locales en el Sur, no obstante, quedaron integradas mientras que intentaran cumplir con las leyes de segregación local.

En 1925, se formaron tres nuevas iglesias unicitarias: las Iglesias Apostólicas de Jesucristo, la Alianza Ministerial Pentecostal, y la Iglesia de Emmanuel en Jesucristo. En 1927, se dieron pasos hacia la reunificación de estas organizaciones. Reunidos en un convenio conjunto en Guthrie, Oklahoma, la Iglesia de Emmanuel en Jesucristo y las Iglesias Apostólicas de Jesucristo se fusionaron, tomando el nombre de la Iglesia Apostólica de Jesucristo. Esta fusión unió alrededor de 400 ministros pentecostales de la Unicidad. En 1931, una conferencia de unidad con representantes de cuatro organizaciones unicitarias se realizó en Columbus, Ohio, tratando de unificar a todos los pentecostales Unicitarios de Estados Unidos. La Alianza Ministerial Pentecostal votó a favor de fusionarse con la Iglesia Apostólica de Jesucristo, pero los términos de la fusión propuesta fueron rechazados por ese organismo. Sin embargo, una unión entre la Iglesia Apostólica de Jesucristo y la PAW se consumó en noviembre de 1931. El nuevo organismo mantuvo el nombre de las Asambleas Pentecostales del Mundo.

En 1932, la Alianza Ministerial Pentecostal cambió su nombre a la Iglesia Pentecostal Incorporada para reflejar su estructura organizativa. En 1936, ministros de la Iglesia Pentecostal Incorporada, votaron para trabajar hacia una fusión con las Asambleas Pentecostales de Jesucristo. La unión final, sin embargo, resultó difícil de conseguir hasta 1945 cuando estas dos organizaciones Pentecostales unicitarias se integraron para formar la Iglesia Pentecostal Unida Internacional. La fusión de estos dos organismos pentecostales de la Unicidad unió a 1.838 ministros y aproximadamente 900 iglesias. En los últimos años, la IPUI se ha vuelto étnicamente más diversa. Numerosos pastores, presbíteros y superintendentes de distrito afroamericanos ocupan posiciones de liderazgo en la IPUI hoy día. La comunidad hispana/latina tiene su propio organismo de la IPU llamada Iglesia Pentecostal Unida Hispana Inc., con congregaciones localizadas por todos los Estados Unidos. La IPUI es, hoy por hoy, la mayor de las iglesias del pentecostalismo unicitario, pero no es la única. Otras denominaciones pentecostales unicitarias de importancia numérica son la Iglesia Apostólica Internacional, la Iglesia de Jesús en Filipinas, la Asamblea del Señor Jesucristo, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo de la Fe Apostólica, los Cristianos Evangélicos en el Espíritu de los Apóstoles, la Verdadera Iglesia de Jesús, las Asambleas Pentecostales del Mundo, Inc., la Iglesia del Espíritu Santo de Jesús, la Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, la Iglesia Apostólica de Pentecostés de Canadá, las Asambleas Pentecostales de Jesucristo y la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, entre muchas otras.

(Para un mayor estudio referente a la historia del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés: Bernard, David. 1999, A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. Hazelwood, MO: Word Aflame Press).

 

CREENCIAS DISTINTIVAS DEL PENTECOSTALISMO UNICITARIO.

 I.- UNICIDAD DE DIOS:

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos (tal como las Asambleas de Dios), ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.

II.- SOTEROLOGÍA:

El pentecostalismo unicitario deriva su soteriología de Hechos 2:38 y Juan 3:3-5. Creen que, a fin de recibir la salvación bíblica, una persona debe ser espiritualmente nacida de nuevo. Para ellos, esto se logra por morir al pecado mediante el arrepentimiento, siendo sepultado con Jesucristo en el bautismo en agua, y ser resucitado mediante la recepción del bautismo del Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en lenguas. Por tal motivo, el bautismo en agua y el hablar en lenguas son considerados esenciales para la salvación.

El pentecostalismo unicitario no reconoce la soteriología aceptada por la mayoría de protestantes y evangélicos (incluidos otros pentecostales), particularmente la creencia en la salvación por fe solamente. Para los pentecostales unicitarios, uno recibe a Cristo cuando sigue su mandamiento de arrepentirse, es bautizado en agua en su Nombre (usando la fórmula del Nombre de Jesús) y recibe el bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por el hablar en otras lenguas. Sin estos 3 requisitos no hay salvación. Sólo aquellos que “perseveren hasta el fin” (Mateo 24:13) en esta relación con Cristo serán salvos. Mientras tanto, no hay verdadera seguridad ni certeza de la salvación.

Este sistema soteriológico es considerado herético por los evangélicos ortodoxos, quienes ven en el mismo un sistema de salvación por obras, muy cercano al semipelagianismo. Los pentecostales unicitarios, sin embargo, insisten en negar tal acusación, afirmando que ellos creen que uno es salvado, no por obras, sino por la gracia de Dios. No obstante, insisten en afirmar que la gracia se recibe no sólo por la fe en Jesucristo sino por la obediencia a su mandamiento de nacer de nuevo (ser bautizado en agua en el nombre de Jesús y hablar en lenguas, según su interpretación) y seguir la paz con todos y la santidad sin la cual nadie será salvo. Estas obras, insisten, son hechas por fe en lo que ya está establecido en la Palabra de Dios.

III.- EL ARREPENTIMIENTO:

Los pentecostales unicitarios creen que el arrepentimiento es esencial para la salvación, como se indica en Lucas 13:5 y Hechos 2:38. El arrepentimiento es definido por ellos como un total alejamiento del pecado y con dirección a Dios. Según el pentecostalismo unicitario el arrepentimiento exige al pecador arrepentido tomar los próximos pasos bíblicos hacia el perdón y la reconciliación con Dios: el bautismo en agua en el Nombre de Jesucristo y el bautismo del Espíritu Santo. Por otra parte, el arrepentimiento debe ir acompañado de “quebranto divino”. Esto no es solo pesar, sino un gusto genuino interno del desagrado de Dios sobre el estilo de vida pecaminoso de uno, que a su vez rompe su corazón y lleva a la determinación de abandonar absolutamente el pecado sin remordimientos ni dudas.

El arrepentimiento es considerado un prerrequisito para recibir el Espíritu Santo. Los pentecostales unicitarios enfatizan que nadie puede arrepentirse por su propio poder, sino que requiere un don sobrenatural de la gracia de Dios. Consideran, sin embargo, que el arrepentimiento no conlleva por sí mismo el poder de la salvación, pues a menos que se siga con el bautismo en agua en el nombre de Jesucristo y del bautismo del Espíritu Santo, el creyente sigue perdido y condenado.

IV.- BAUTISMO EN EL NOMBRE DE JESÚS:

El bautismo en agua en el Nombre de Jesús es un componente esencial de la doctrina del pentecostalismo unicitario. Ellos afirman la necesidad indispensable del bautismo en agua, citando Juan 3:5, Hechos 2:38 y Mateo 28:19. Apuntan a Mateo 3:13-16 como evidencia de que incluso el mismo Jesús fue bautizado. El modo de bautismo es por inmersión completa en agua, efectuado en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.

Esta doctrina de Nombre de Jesús es un punto de discordia entre los pentecostales unicitarios y los cristianos trinitarios. Los pentecostales unicitarios bautizan “en el nombre de Jesucristo”, mientras que los trinitarios utilizamos la fórmula enseñada por el mismo Jesús: “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Curiosamente, los pentecostales unicitarios utilizan Mateo 28:19 para apoyar sus afirmaciones, sosteniendo que el nombre singular del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es Jesús. Insisten en que el nombre en la Escritura es singular, e implica que los tres títulos se refieren a Jesús. Otros creyentes de la Unicidad afirman que Mateo 28:19 fue cambiado a la fórmula tradicional triuna por la Iglesia Católica, pero tal afirmación es falsa e infundada desde la perspectiva bíblica e histórica.

La creencia del Nombre de Jesús se origina en Hechos 2:38, y los miembros también ponen énfasis en Hechos 8:16, Hechos 10:48, y Hechos 19:5, afirmando que estas son las únicas escrituras que muestran cómo la Iglesia primitiva hizo bautismos, y que la Biblia no autoriza el desvío de esa fórmula.

V.- HABLAR EN LENGUAS:

Los pentecostales unicitarios abrazan la creencia de que el hablar en lenguas es la inmediata, externa, observable, y audible evidencia de la llenura inicial del Espíritu Santo, y es el cumplimiento del mandamiento de Jesús de ser “nacido del Espíritu” en Juan 3:5. En concordancia con el pentecostalismo clásico, consideran que la experiencia de hablar en lenguas implica hablar en una lengua que nunca se ha aprendido antes, y puede darse a todos, independientemente de raza, cultura o idioma. Sus creencias al respecto se derivan de Hechos 2:4, 17, 38-39; 10:46; 19:6, y 1 Corintios 12:13.

Al igual que los grupos pentecostales ortodoxos, los unicitarios consideran que la lengua se convierte en el vehículo de expresión para el Espíritu Santo (Santiago 3), y simboliza el control completo de Dios sobre el creyente. Su doctrina distingue entre el acto inicial de hablar en lenguas que acompaña al bautismo en el Espíritu, y el don de “diversos géneros de lenguas” mencionado por Pablo en 1 Corintios 12:10, 28-30. Mientras que el primero se considera evidencia indispensable del Bautismo en el Espíritu Santo, el regalo último no es necesariamente mantenido para todos los creyentes una vez que han hablado en lenguas inicialmente. Consideran que los incidentes de hablar en lenguas descritos en Hechos, aunque son lo mismo en esencia, son diferentes en operación y propósito de las lenguas dichas en 1 Corintios 12 -14. Estos últimos son dados a los creyentes seleccionados como el Espíritu decide.

Sin embargo, se separan de la ortodoxia pentecostal al afirmar que el hablar en otras lenguas sirve como signo y es además considerado una parte indispensable del proceso de salvación de una persona: Nadie es considerado salvo si nunca ha hablado en otras lenguas.

 (Para una mayor explicación sobre las doctrinas del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés: Bernard, David K., 2011. The Apostolic Life. Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press)

 

VI.- VIDA CRISTIANA:

Los pentecostales unicitarios enfatizan teóricamente que la salvación se logra por la gracia mediante la fe en Cristo, pero añaden que esta no es posible sin la obediencia a su orden de “nacer de agua y del Espíritu” (Juan 3:5); es decir, bautizarse en el Nombre de Jesús solo y hablar en lenguas. Afirman creer, al menos de palabra, que ninguna cantidad de buenas obras u obediencia a las leyes o las normas pueden salvar a nadie (Tito 3:5). Sin embargo, en contradicción con lo que dicen creer, enseñan un código de conducta que debe ser observado si se desea ser salvo. Ellos creen que dicho código fue ordenado en la Escritura por los Apóstoles.

Según su interpretación, la santidad interior, como demostración de los frutos del Espíritu en la vida del cristiano, se acompaña de signos externos de santidad. Estos incluyen la creencia de que las mujeres no deben cortarse el cabello, además, que deben usar vestidos o faldas en lugar de pantalones. Según su interpretación, tal prohibición está en conformidad con el mandato bíblico dado en Deuteronomio 22:5, el cual manda que “la mujer no vestirá ropa de hombre, ni el hombre se pondrá ropa de mujer “. En cuanto al largo de las faldas se espera generalmente que lleguen por debajo de la rodilla. Mujeres y hombres por igual son alentados a “adornarse [ellos mismos] de ropa decorosa, con pudor y modestia”, y son disuadidos de usar cosméticos o joyas, bíblicamente definido como “oro, o perlas, o adornos ostentosos” (1 Timoteo 2:9-10). La severidad precisa para que estas normas sean acatadas.

Algunas denominaciones como la IPUI incluso llegaron en un tiempo a considerar pecado la posesión de un televisor. Esto podría parecer trivial para nosotros, pero no lo es dentro de dicho movimiento. Por ejemplo, en un intento de agilizar la causa de la evangelización, la Conferencia General de 2007 de la IPUI vio una mayoría de ministros votar a favor de una resolución que permita el uso de la televisión en la publicidad. Esta propuesta fue aprobada por sólo 84 votos, y actualmente permite la publicidad a través de este medio. La resolución fue examinada por un año por un comité especial antes de la votación final y no se adoptó sino hasta después de una cuidadosa consideración. Esta resolución causó que muchos ministros amenazaran con abandonar la IPUI. Por lo menos una nueva organización, la Comunidad Pentecostal Mundial, se formó en Tulsa, Oklahoma por este motivo. Otros temas controvertidos incluyen: hombres vestidos con pantalones cortos, la asistencia a cines y baños mixtos.

 (Para una mayor explicación sobre las prácticas y normas del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés:An Overview of Basic Doctrines, Section IV “Holiness and Christian Living,” Word Aflame Press, 1979).

 

LITURGIA EN EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO.

Los servicios de adoración en las iglesias pentecostales unicitarias son a menudo descritos como de naturaleza festiva y emocional, con miembros saltando, danzando, cantando, gritando y aplaudiendo, como en todas las iglesias pentecostales. Algunas personas corren por los pasillos de la iglesia, lo que se conoce como “marcha de victoria”. Los servicios a menudo son interrumpidos por actos de hablar en lenguas (glosolalia), interpretación de lenguas, mensajes proféticos, e imposición de manos para propósitos de sanidad. Estos acontecimientos pueden ocurrir espontáneamente. A menudo se realizan masivas “llamados al altar” donde la congregación entera es animada a venir y orar juntos en el frente de la iglesia.

 

CONCLUSIÓN.

El pentecostalismo unicitario, también llamado pentecostalismo del nombre de Jesucristo o Solo Jesús, ​ es una de las cinco ramas del pentecostalismo moderno. Se caracteriza por practicar la doctrina de la Unicidad de Dios, es decir, por no creer en la Santísima Trinidad y considerar al «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» como manifestaciones de YHWH, EL Dios del Antiguo Testamento, ​ siendo su principal manifestación la figura de Jesucristo. En consecuencia, sus creyentes practican el bautismo en el nombre de Jesús, en lugar de seguir la forma trinitaria del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los pentecostales unicitarios fundamentan su unitarismo en pasajes del Antiguo Testamento como Deuteronomio 6:4; sin embargo, el modalismo de los pentecostales unicitarios ha sido duramente criticado por los movimientos pentecostales trinitarios.

Al afirmar que el bautismo en agua y el hablar en lenguas equivalen a nacer de nuevo y, por lo tanto, son indispensables para la salvación, los pentecostales unicitarios se alejan enormemente de la ortodoxia pentecostal. Su legalismo y contradictorio sistema soteriológico también han sido cuestionados duramente, ya que muestran un alejamiento de la teología protestante ortodoxa. Por tal motivo, muchos evangélicos no vacilan en catalogar como sectas a las diversas iglesias pentecostales unicitarias. En artículos posteriores analizaremos con mayor amplitud las doctrinas del pentecostalismo unicitario a la luz de la Biblia.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Bernard, David (1999). A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. Hazelwood, MO: Word Aflame Press.
  • Bernard, David K. (2011). The Apostolic Life. Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press.
  • Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism. Universal Publishers, 2003.
  • An Overview of Basic Doctrines, Section IV “Holiness and Christian Living,” Word Aflame Press, 1979.

 

Vida Espiritual

La santidad, meta de un verdadero pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El pentecostalismo primitivo tiene sus orígenes en el Movimiento de Santidad. Charles Fox Parham, uno de los pioneros del pentecostalismo, era un metodista formado con la doctrina del movimiento de santidad y con estudiantes que profesaban la misma enseñanza. Dicho Movimiento surgió a mediados del siglo XIX entre las iglesias protestantes de los Estados Unidos de Norteamérica. También se le llamó la doctrina de la completa santificación y, de igual forma, estuvo íntimamente ligada a la doctrina de la perfección cristiana, la cual tenía relación con una experiencia posterior a la conversión. Esta doctrina enseña que un pecador que pone su fe en Jesús y cree, se convierte y justifica, y recibe perdón de pecados; sin embargo, es todavía dominado por su naturaleza pecaminosa y debe buscar la entera santificación. La obra de Dios purifica sus motivos, deseos y pensamientos, conservando su capacidad de pecar, pero su naturaleza heredada por Adán deja de ser una fuente de tentación. Es decir, que se hace énfasis en un proceso constante de santificación hasta alcanzar la perfección cristiana. Se debía buscar dos experiencias con Dios llamadas las obras de la gracia: La Conversión y la Santificación. La naturaleza carnal puede ser limpiada por la fe y el poder del Espíritu Santo. Tal doctrina se fundamenta en las enseñanzas de Juan Wesley, predicador del siglo XVII en Inglaterra y padre del metodismo, quien promulgó esta doctrina casi un siglo antes del surgimiento del Movimiento de Santidad.

 

Aunque no todos los pentecostales concordamos con las ideas de Wesley, todos concordamos con que el fruto de una vida en el Espíritu es la santificación. Esa es la meta de Dios y debería ser la nuestra: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:23,24). El mundo también desea verlo en nuestra vida, pues está cansado de una iglesia que solo habla, pero no vive lo que predica. A la gente no le interesa tanto nuestra teología como le interesa nuestra vida.

 

BÍBLICAMENTE ¿QUÉ ES LA SANTIDAD?

Lingüísticamente, la palabra para santificación en el hebreo es qadash, traducida como “santo” o “apartado”. En el Antiguo Testamento, el templo, los sacrificios, las fiestas, etc. se denominan santos. Se habla también del sacerdote como sagrado, en el sentido de que él estaba apartado para Dios y su servicio. En este sentido, un vaso utilizado en el tabernáculo o en el templo también era denominado santo o sagrado. La palabra griega, que en realidad es la contraparte de la palabra hebrea qadash, es hagios, traducida “santo o apartado”. El verbo hagiazo significa “hacer santo o santificar”, como, por ejemplo, en el Padrenuestro: “Santificado sea tu nombre.” El sustantivo hagiasmon se traduce como “santificación o santidad”. Esto nos da una idea del trasfondo lingüístico o el derivado de las palabras clave en hebreo y en griego.

 

En resumen, entonces, diríamos que la santidad primero se atribuyó a la naturaleza pura de Dios, quien está apartado de toda maldad. Más tarde, las Escrituras aclaran que la santidad debe caracterizar a los que están en una relación de pacto con Dios. Así que la Palabra nos ordena: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.” Esas palabras están en Levítico 19:2, pero se repiten a través de las Escrituras, incluso en el Nuevo Testamento, y en 1 Pedro 1:15,16 en particular.

 

LA SANTIDAD EN LA TEOLOGÍA PENTECOSTAL

En sentido teológico la santidad puede ser descrita y entendida a través de sus dos aspectos:

 

  1. ASPECTO POSICIONAL DE LA SANTIFICACIÓN: En primer lugar, el aspecto posicional de la santificación. En el momento en que una persona cree en Cristo, ésta es santificada. Esto se resalta en 1 Corintios 1:2, donde Pablo escribe: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…” Como suele ser el caso, en el griego no está el verbo “ser”, y por ello es suministrado por los traductores para la facilidad de lectura. Pero, en realidad, podría traducirse literalmente “llamados santos”. Cuando aceptamos a Cristo somos santificados, y considerados como hagioi, “los santos”. No se trata de una santidad basada en el mérito humano. Nos es impartida la santidad de Cristo, así que es su santidad. Cualquier santidad que haya no es obra nuestra, sino que es lo que Cristo nos imputa y nos imparte. Así que la Palabra nos dice: “Mas por él [Dios] estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1: 30). Cristo es hecho por nosotros santidad, y sólo en esa santidad podemos ser lo que Dios quiere que seamos. Así que los creyentes, en la conversión, son apartados para Dios y purificados de la maldad moral. En su primera carta, Pedro se dirige a los cristianos como los “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). El Espíritu Santo hace una obra de santificación, que nos permite andar en verdadera santidad. En 1 Corintios 6:9-11, Pablo describe a algunas personas que habían llevado vidas corruptas e inmorales, y luego nos dice que ellos han sido cambiados: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”

 

  1. ASPECTO PROGRESIVO DE LA SANTIFICACIÓN: Existe otro aspecto a veces descuidado de la santificación, el aspecto progresivo. No crecemos hacia la santificación, sino que crecemos en santidad. Como proceso, la santificación continúa durante toda nuestra vida. Hay quienes han tratado de enseñar acerca de la perfección sin pecado. En iglesias evangélicas de corte wesleyano se suele hacer hincapié en la santificación como una segunda obra de la gracia. Sin lugar a duda, muchos de nuestros hermanos de tradición wesleyana viven hermosas vidas cristianas, y merecen nuestra admiración y nuestro respeto. Pero no podemos estar de acuerdo con su teología. La Palabra no presenta la santificación como una obra posterior a la salvación. Comienza inicialmente en la conversión; pero, gracias a Dios, podemos crecer en gracia en el conocimiento del Señor. Podemos llegar a ser más como Jesús en nuestro andar cristiano. Así que hay garantía bíblica para esto. Mientras que Hebreos 10:10 se refiere al aspecto posicional de la santificación como algo consumado (“… somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”), Hebreos 10:14 se refiere al aspecto progresivo al hablar de esos mismos cristianos como literalmente “los santificados”. Además, Hebreos 12:14 nos dice que sigamos “la santidad”. Gracias a Dios, podemos llegar a ser más como el Señor. La cualidad está presente; pero necesitamos una abundancia de la misma. Necesitamos aplicarla en cada etapa de nuestra vida.

 

En Efesios 4:22-24, se nos exhorta a despojarnos “del viejo hombre”, que representa la antigua vida carnal, no regenerada, y que nos vistamos “del nuevo hombre” creado en Cristo Jesús. Y debemos añadir a nuestra vida las virtudes que vienen del Señor. Nos ayudan a ser más completos como cristianos, para que podamos ser mejores testigos del Señor Jesucristo y de su obra de santificación en nuestras vidas. Asimismo, en Colosenses 3:8-14, se nos exhorta a que nos despojemos de toda maldad y que nos vistamos de las virtudes cristianas. Cuando nos convertimos y somos santificados, es algo así como quitarnos un viejo vestido manchado y ponernos uno nuevo, impecable y hermoso.

 

EL MOTIVO DE LA SANTIFICACIÓN

El mayor motivo de santificación sin duda debe ser para agradar a Dios. No queremos ser santos sólo para impresionar a la gente con lo justos o santificados que somos. Los hipócritas hicieron eso con sus limosnas, con el ayuno, y con la oración para ser vistos por los hombres. Cristo dijo: “Ya tienen su recompensa” (Mateo 6:2,5,16). Pero dijo que no seamos así: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento” (Mateo 6:6). No debemos ofrendar, orar o ayunar para ser vistos por la gente, para que digan: “¡Oh, cuán santos son! ¡Vaya, deben ser muy espirituales!” Absolutamente, no. Debemos hacer estas cosas de tal manera que las personas no se den cuenta de lo que está pasando. Más bien, nuestra preocupación debe ser agradar a Dios. “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15,16). Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 2:12 acerca de su estancia entre los tesalonicenses. Él pudo decir que habían observado su vida y habían visto su justicia. Luego se les instó a que llevaran una vida “[digna] de Dios, que [los] llamó a su reino y gloria”. Debemos tratar de llevar una vida que sea un reflejo de quién es Dios, una vida que sea digna de la confianza que Dios ha puesto en nosotros.

 

Otro motivo para la santificación es que seamos dignos de nuestro llamado. En Efesios 4:1, Pablo dice: “Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.” Dios nos ha dado un alto llamado, y no me refiero sólo a los ministros sino también a todos los cristianos. Así que debemos tratar de adornar el evangelio, viviendo justamente. Mucho daño le ha sido hecho a la causa de Cristo debido a los pecados morales de pastores y creyentes. Pero no es suficiente que nuestra perfección, nuestra santificación, sea sólo una apariencia, algo que nos ponemos, una fachada detrás de la cual nos escondemos. Esa “santificación” se va a agrietar. Dios quiere que seamos verdaderamente santos en nuestros pensamientos, en nuestro corazón, en nuestros deseos, y en nuestras motivaciones. En todo lo que hacemos, Dios quiere que seamos sus hijos santos.

 

En 1 Corintios 9:24-27, sale a la luz otro motivo, y es la de ser apto para el servicio. Aquí Pablo habla de los eventos deportivos patrocinados cada dos años por la ciudad de Corinto y conocidos como los juegos ístmicos. Hace hincapié en que los que se dedican a los juegos se disciplinan para que puedan correr y ganar la carrera. Luego se nos dice que debemos correr de tal manera que obtengamos el premio. En cuanto a sí mismo, dijo: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. Debemos desear sobre todo vivir de tal manera que adornemos el evangelio de Cristo. El poder para santidad y carácter es lo primero, aún por encima de los dones. El primer requisito, el segundo y el tercero para nuestra obra es la piedad personal; sin ella, aunque hablamos lenguas humanas y angélicas, somos como metal que resuena, un monstruoso y poco musical címbalo que retiñe. En las iglesias pentecostales hemos puesto mucho énfasis en el poder para el servicio, y ciertamente eso es importante. “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8). Necesitamos ese poder; pero no sólo en el testimonio y la predicación. Lo necesitamos también para llevar una vida santa. ¡Que Dios nos ayude a ser aptos para el servicio!

 

LOS MEDIOS DE SANTIFICACIÓN

Noventa y una veces en el Nuevo Testamento se denomina “santo” al Espíritu. Él es el Espíritu Santo. Las religiones paganas no hacen hincapié en la santidad o la moralidad. Sus dioses no son santos. El Dios nuestro es santo. Esto lo distingue de todos los así llamados dioses. Y la norma de Dios para su pueblo es sagrada, por lo cual el Espíritu Santo desempaña un papel importante en nuestra santificación, inicialmente y de forma progresiva.

 

En primer lugar, el Espíritu Santo efectúa la santificación en nosotros. En Romanos 15:16, Pablo escribe que los gentiles eran santificados por el Espíritu al recibir el evangelio que él predicaba. Y, a menudo, la Palabra de Dios se asocia con el Espíritu de Dios. Necesitamos esa asociación de la Palabra y el Espíritu. La Palabra dice que los corintios habían sido santificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de Dios (1 Corintios 6:11).

 

Luego, el Espíritu Santo nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo, que es otro medio de santificación por el Espíritu. ¡Qué importante es que controlemos nuestros pensamientos! Las obras de pecado comienzan en la mente, van al corazón, e influyen en la voluntad. Así que el Espíritu nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo. Romanos 8:5-14 es un pasaje clásico en este sentido. Pablo dice: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. … Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.”

 

Como tercer medio de nuestra santificación, el Espíritu Santo produce en nosotros el fruto del Espíritu. Esto es evidente en Gálatas 5:22,23: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz…” Vivir para el Señor es un gozo, y no algo que tenemos que soportar. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos llevar una vida cristiana victoriosa.

Vida Espiritual

Pentecostal sin fruto, no es pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Nuestro Señor Jesucristo expresó su voluntad para nosotros al afirmar: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:8). Muy comúnmente, los Pentecostales y los Carismáticos somos acusados de descuidar el Fruto del Espíritu en preferencia de los Dones, los cuales son más vistosos. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a un balance de los dos, tal como una fruta perfectamente formada en un paquete apropiado y atractivo. Juntos los dos, el paquete y la fruta, hacen un equipo perfecto. De igual manera, los creyentes del Nuevo Testamento vienen a ser como esa fruta bien envuelta y presentable.

Los Dones Espirituales comúnmente son visibles. Al igual que la envoltura de un paquete, es lo primero que se ve y muchas veces son ruidosos (1 Corintios 13:1). La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de ambos, los dones y el fruto. El uso de los Dones debe ser juzgado y evaluado cuidadosamente en cuanto a lo que se dice (1 Corintios 13:29,32) por la asamblea, para el uso apropiado de los dones. Las Escrituras no nos mandan evaluar la madurez cristiana de un creyente por la cantidad de dones que posee, pero Jesús sí nos dijo que debemos evaluar a otros que se dicen creyentes por la manifestación de los frutos que ellos den. Las instrucciones de Dios son que seamos inspectores de frutos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). En ningún lugar en las Escrituras dice “Por sus dones los conoceréis.” Sería como formar una opinión de un campesino por las herramientas que tiene. Debemos de basar nuestra opinión por la cosecha que él produce.

“Por sus Frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20).

Está claro que las herramientas son una parte importante para la siembra, pero no lo son todo. Una manera de ver las cosas en relación con los dones y el fruto del Espíritu sería: Los dones son como las herramientas que Dios nos ha dado para poder producir frutos en su jardín. Si no hay fruto, las herramientas están de más o pierden su razón de ser.

LO QUE NO SON LOS DONES.

Muchos creyentes pentecostales suelen menospreciar el fruto del Espíritu y sobrevalorar los dones debido a que no entienden la naturaleza de estos. Necesitamos entender qué son y qué no son los dones para colocarlos en la dimensión correcta de nuestra vida cristiana.

  1. LOS DONES NO SON SEÑAL DE SANTIDAD: De alguna manera por todo el mundo pentecostal se ha creído y entendido que los dones son señal de santidad. En el Movimiento Pentecostal se ha creído erróneamente, debido a las malas enseñanzas, que aquellos que tienen dones nunca cometen errores. ¡Desafortunadamente no es así! Debemos entender que los dones del Espíritu no son señal de santidad. Este es un malentendido de muchas iglesias. De hecho, los dones del Espíritu muchas veces son dados como instrumentos a personas imperfectas dentro de las iglesias para que lleven fruto. Son dados a personas imperfectas en el cuerpo de Cristo para que les ayuden a perfeccionarse, a fin de que den frutos y no solo estén cubiertos de hojas (Mateo 21:18-19). Cuando las Escrituras hablan de las actitudes y comportamiento humanos, no están hablando de los dones, están hablando de los frutos. La pregunta es: ¿Por qué muchas iglesias prefieren hablar de los dones en vez de los frutos? La gran diferencia es que los dones son dados y los frutos tienen que crecer en uno. El amor, el gozo, la paz y el resto de las virtudes o características que se mencionan en la lista de Gálatas 5:22-23 son frutos que usted y yo tenemos que hacer crecer. Para poder producir frutos hay que trabajar duramente.
  1. FRUTO ES LO QUE SOY, NO LO QUE HAGO: Hemos olvidado algo muy importante en nuestra vida cristiana: El fruto no es lo que nosotros hacemos. Fruto es lo que nosotros somos. Los dones, por sí mismos, no son pruebas de una fortaleza espiritual. En el sistema de valores de Dios el “ser” tiene más alto valor que el “hacer”. ¿Por qué? Simplemente porque ¡Es más fácil liderar un grupo que ser un modelo del fruto del Espíritu! ¡Es más fácil que su nombre sea inscrito en una placa por dar su ayuda financiera a la iglesia, a que le conozcan a usted en la congregación cómo un modelo de amor o de mansedumbre!
  1. EL FRUTO NO NECESARIAMENTE SIGNIFICA GANAR ALMAS: Siempre se ha pensado que cuando se menciona en las Escrituras acerca del fruto se refiere a ganar almas. No estoy diciendo que es una mala interpretación. Creo que legítimamente esto se puede ver en las Escrituras (Proverbios 11:30). Pero también debemos recordar que alguien puedo ser eficaz en hacer prosélitos y no estar dando el fruto que Dios espera de una vida transformada (Mateo 23:15). Es más bíblico decir que el fruto de un creyente se refiere a las características de nuestra naturaleza interna, causada por una actitud de obediencia, regeneración y entrega sincera al Señor.

DEBEMOS PERMANECER EN EL SEÑOR PARA LLEVAR FRUTO.

Para llevar fruto que permanezca debemos permanecer en el Señor. Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15: 4-5,10)

Pero no todo en este proceso de llevar fruto resulta agradable y placentero, ya que es un proceso formativo de nuestro carácter cristiano con miras a alcanzar la madurez del creyente. No debemos olvidar que llevar fruto lleva implícito un proceso de poda. Nuestras “hojas” frecuentemente serán cortadas a fin de que podamos llevar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES MÁS PODEROSO QUE LOS DONES DEL ESPÍRITU.

Pero ¿Por qué Dios le da tanta importancia al fruto del Espíritu? Porque el fruto del Espíritu es más poderoso que los dones del Espíritu. Tampoco quiero ser malinterpretado. No hay manera que pueda desvalorar la importancia de los dones. Pero recordemos esto: Los dones del Espíritu son solamente las herramientas que se le han dado a la iglesia para trabajar en el campo y producir frutos.

Preguntémonos ¿Para quién son los frutos? La respuesta más común es, para el Señor. Lo cual es verdad, pero solo indirectamente. El fruto en nuestra vida produce, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, (Gálatas 5:22), y esto es para los cansados viajeros. Es aquí cuando el fruto del Espíritu viene a ser uno de los instrumentos más dinámicos creados por Dios para alcanzar a los perdidos a través de nuestro ejemplo. El mundo está cansado del pecado. Las personas están profundamente metidas en sus seducciones, en no querer saber de Dios, en sus filosofías, en sus derrotas, están separados de Dios. Ellos saben muy bien cuáles son los canales de televisión cristianos, ellos conocen las estaciones de radio cristianas. Ellos son expertos en sobrepasarlas cuando buscan otras estaciones o canales. Ellos son los que piensan que las iglesias están llenas de hipócritas, y que no hay nadie que los pueda convencer de hacerse cristianos.

Mas sin embargo ellos están sedientos y con hambre. Ciertamente, ellos quizá hayan oído tanto acerca del evangelio que hasta lo pueden oler de lejos para evitarlo. Pues lo que andan buscando no es una religión más. Pero un carácter personal transformado puede ser definido como fruto y puede desarmar las dudas. El fruto cuando está presente puede atraer y alimentar al cansado viajero. El pecado enferma las almas del mundo, debilitándolas por medio del pecado, pero pueden ser bendecidas por el fruto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 35).

Esta es la manera como trabaja el fruto del Espíritu: Cuando usted se encuentre uno de esos cansados viajeros y él le diga “Las iglesias me enferman, no quiero saber nada de religión”, usted le mostrará sus frutos y ellos desearán probar de él. Cuando ellos vean su humildad, su bondad, su amor, su fe, su gozo, le van a preguntar, “¿Dónde puedo obtener lo mismo?”. Es muy posible que muchos de ellos nunca hayan conocido lo suficiente del evangelio para llegar a saber de sus pecados y la necesidad de un Salvador. El Cristo y el evangelio que usted y yo reflejemos quizá sea el único que lleguen a conocer. Sin el fruto adecuado, jamás podremos presentar a Cristo de forma eficaz, incluso poseyendo los dones.

La belleza del fruto, valorada grandemente por el Señor, atraerá las almas a un lugar de arrepentimiento y asociación con Jesús. Debería preocuparnos que en nuestras iglesias pentecostales no se valore tanto el fruto como los dones del Espíritu. Es algo que no se enseña en muchas de nuestras iglesias, pero en el Nuevo Testamento el llevar frutos fue la herramienta más grande que tuvieron para evangelizar.

CONCLUSIÓN.

La prueba de la transformación de un alma es el fruto (1 Juan 3:14). Mostrar frutos cambia nuestras vidas y las de los demás (Juan 13:15; 1 Tesalonicenses 1:7,8). Claramente los frutos de los tesalonicenses (gozo, la fe) fueron ejemplos no solo en Macedonia sino también en todo lugar que se mencionó su testimonio.

El fruto que damos dice todo de nosotros: ” No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto” (Lucas 6:43). Las cualidades que le agradan a Dios en una vida madura son las mismas cualidades que los ojos de un pecador ven en nosotros: ” En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Solo recuerda: La madurez en Cristo no es descuidar los dones para alcanzar los frutos o viceversa, sino balancear los dos de tal manera que podamos complacer al Padre y sanar las naciones.