Por Fernando E. Alvarado
A menudo, el sector cesacionista del cristianismo trata de convencer a los pentecostales de que considerar normativos a Lucas y Hechos es una postura ridícula y errónea. Se argumenta que estos libros son meramente descriptivos, es decir, que solo narran lo que ocurrió en la Iglesia primitiva sin establecer principios permanentes para la vida cristiana posterior. Desde esa perspectiva, tomar los relatos de milagros, lenguas, profecías y manifestaciones del Espíritu Santo como modelo para la Iglesia actual sería un error hermenéutico, una confusión entre historia y doctrina, entre descripción y prescripción. Sin embargo, no tendríamos por qué sentirnos avergonzados de interpretar los escritos lucanos como lo hacemos. Al contrario, nuestra postura es más sólida y respetuosa de la inspiración e inerrancia de las Escrituras, porque reconoce que toda la Escritura, también en su forma narrativa, es útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, tal como declara el apóstol Pablo: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3,16-17). Si los relatos de Lucas y Hechos son inspirados por Dios, no pueden ser considerados simples crónicas sin autoridad normativa, como si una parte de la Biblia tuviera menos valor para la fe y la práctica de la Iglesia.

La hermenéutica de Jesús
Aplicando la hermenéutica de Jesús, es posible probar que Lucas y Hechos, a pesar de ser textos aparentemente narrativos, son en realidad narrativa teológica normativa. Esto significa que su carácter normativo no se presenta como un código legal ni como un manual de instrucciones eclesiásticas, sino como una narración autorizada que establece la identidad, la misión y la ética de la comunidad cristiana. La hermenéutica de Jesús, entendida como el modo en que Jesús interpretaba las Escrituras de Israel, resulta fundamental para comprender esta función normativa de los relatos de Lucas y Hechos.
Jesús mismo trató los relatos narrativos del Antiguo Testamento como normativos. No consideraba las historias de la creación, el diluvio, Jonás, David o Elías como simples ejemplos ilustrativos o curiosidades del pasado, sino como palabra viva de Dios que obligaba, interpretaba el presente y revelaba el designio divino. Así lo muestra cuando responde a los fariseos recordando la historia de David: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre, cómo entró en la casa de Dios y comieron los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él estaban, sino solamente a los sacerdotes?» (Mateo 12,3-4). También apela a la narración de Jonás como signo normativo de su propia muerte y resurrección: «Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches» (Mateo 12,40). De este modo, Jesús mostró que la narración no se opone a la norma, sino que la narración puede ser vehículo privilegiado de normatividad. Los relatos no pierden su condición de historias por tener autoridad, ni pierden su autoridad por ser historias.
Lucas escribe su obra con una finalidad claramente catequética y normativa. En el prólogo de su Evangelio declara que ha investigado todo con cuidado para que su destinatario conozca la solidez de las enseñanzas que ha recibido: «Me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido» (Lucas 1,3-4). Esto significa que la forma del texto es narrativa, pero su función es normativa: establecer el contenido fiable de la fe, confirmar la tradición recibida y dar criterio seguro para la vida cristiana. La narración no es un simple ropaje literario, sino el medio escogido por el autor inspirado para transmitir una norma de fe.
La hermenéutica de Jesús muestra que la Escritura narra un designio que debe cumplirse. En el camino de Emaús, Jesús interpreta todo lo que se refiere a él en todas las Escrituras, mostrando que los acontecimientos no son datos sueltos sino partes de un plan divino que se cumple: «Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24,27). Luego les dice: «Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24,44). Esa clave hermenéutica hace que los acontecimientos narrados en Lucas y Hechos no sean mera crónica histórica, sino cumplimiento del designio salvador de Dios. Lo que Dios ha hecho en Cristo y en el Espíritu Santo tiene carácter definitivo y, por tanto, normativo para el pueblo de Dios en todos los tiempos.
Hechos de los Apóstoles no es solo historia de la Iglesia primitiva, sino paradigma de la Iglesia. La comunidad de Jerusalén, la misión a los gentiles, la acción del Espíritu Santo, el bautismo, la fracción del pan, la elección de ministros y la resolución de conflictos están narrados como realización del mandato de Jesús. Así, por ejemplo, la vida comunitaria se describe con trazos normativos: «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2,42). La promesa del Espíritu Santo no se limita a los primeros discípulos, sino que se presenta como don para todos los llamados: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2,39). De este modo, la narración prescribe indirectamente la identidad eclesial. Por eso Hechos ha funcionado normativamente en la tradición cristiana: muestra cómo el Espíritu conduce a la Iglesia según el testimonio apostólico y establece criterios permanentes para discernir la autenticidad de la vida eclesial.
La normatividad de Lucas y Hechos es una normatividad narrativa, no legalista. Aplicando la hermenéutica de Jesús, hay que distinguir entre la normatividad de principio, que incluye la misión universal, el llamado al arrepentimiento, el bautismo, la efusión del Espíritu Santo y la vida comunitaria, y los elementos circunstanciales, como los idiomas, las suertes, la organización exacta o los contextos culturales concretos. Los primeros obligan a la Iglesia de todos los tiempos; los segundos pertenecen a la forma histórica concreta del relato y no pueden trasladarse mecánicamente. Jesús mismo establece esta distinción cuando señala que la Escritura entera depende de mandamientos centrales: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (Mateo 22,37-40). Esa jerarquía de principios permite leer los relatos como norma sin caer en el legalismo.
Por tanto, la conclusión correcta no es que Lucas y Hechos dejen de ser narrativos para convertirse en un código legal. Son normativos en cuanto narración autorizada del acontecimiento Cristo y de la Iglesia apostólica. Su verdad no es solo histórica, sino teológica; su autoridad no es solo informativa, sino vinculante. La hermenéutica de Jesús permite comprender que estos textos, precisamente por ser narración inspirada, transmiten la norma permanente del designio de Dios y llaman a cada generación cristiana a entrar en esa misma historia de salvación.
Esta manera de leer los textos lucanos como narrativa teológica normativa contradice directamente la hermenéutica cesacionista y favorece, en cambio, la interpretación pentecostal de dichos textos. La hermenéutica cesacionista sostiene que los acontecimientos extraordinarios narrados en Hechos, como el hablar en lenguas, las profecías, las sanidades y las manifestaciones visibles del Espíritu Santo, pertenecieron únicamente a la era apostólica y no constituyen una norma para la Iglesia posterior. Según esta postura, Hechos sería principalmente un registro histórico de los orígenes, no un paradigma permanente. Sin embargo, la lectura de Lucas y Hechos como narrativa teológica normativa invalida esa separación tajante entre historia y norma. Si la narración inspirada transmite el designio permanente de Dios, entonces lo que Dios hizo en Pentecostés no es un simple recuerdo del pasado, sino una promesa vigente para todos los que el Señor llame. El don del Espíritu Santo no aparece en Hechos como un privilegio exclusivo de los apóstoles, sino como el cumplimiento de la promesa profética de Joel, que Pedro cita explícitamente: «Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hechos 2,17). Esa promesa define los tiempos mesiánicos y no puede ser limitada a una generación.

La superioridad de la hermenéutica pentecostal frente al cesacionismo
La interpretación pentecostal de Lucas y Hechos, en cambio, se apoya precisamente en el carácter normativo de la narración. Para esta lectura, los relatos de Hechos no son meras descripciones de experiencias pasadas, sino modelos autorizados de lo que la Iglesia debe esperar y buscar cuando vive bajo la soberanía del Espíritu Santo. La promesa del Padre, que Jesús manda esperar, no es solo para los Doce: «He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24,49). Esa investidura de poder inaugura la misión de la Iglesia y, según la lógica narrativa de Lucas, permanece como condición permanente para el testimonio. La promesa del Espíritu se cumple en Pentecostés, pero su alcance se extiende a toda la historia de la Iglesia, tal como el mismo Pedro declara: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2,38). El don del Espíritu no se presenta como un episodio cerrado, sino como la experiencia constitutiva del creyente y de la comunidad cristiana.
Por eso, leer Lucas y Hechos con la hermenéutica de Jesús implica reconocer que la narración no solo cuenta lo que Dios hizo una vez, sino que revela lo que Dios sigue haciendo y lo que la Iglesia debe buscar. El Espíritu Santo que llenó a los discípulos, que impulsó la misión, que distribuyó dones y que guió las decisiones comunitarias, no es presentado como una fuerza limitada al primer siglo, sino como el protagonista permanente de la vida eclesial. La normatividad de Hechos no reside en repetir mecánicamente cada detalle cultural de aquellas comunidades, sino en acoger la misma presencia y el mismo poder del Espíritu para ser testigos de Cristo hasta los confines de la tierra, como el propio Jesús anuncia antes de su ascensión: «Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1,8). Esta promesa define la misión de la Iglesia en todos los tiempos y hace de la narración lucana una norma viva para la experiencia cristiana. Así, la hermenéutica de Jesús no solo permite, sino que exige, leer Lucas y Hechos como narrativa teológica normativa, abierta a la acción continua del Espíritu Santo, en clara sintonía con la interpretación pentecostal y en abierta tensión con el cesacionismo.
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