Biblia, Bibliología, Historia de la Biblia, INERRANCIA BÍBLICA, Libros Apócrifos, REFLEXIÓN BÍBLICA

Más allá de las fronteras del canon

Fuentes extracanónicas en la Biblia y autoridad escritural desde la teología evangélica

Por Fernando E. Alvarado

Resumen

Los autores bíblicos citan, aluden o remiten a escritos que hoy no forman parte de la Biblia: anales de la corte, memorias proféticas, cantos de guerra, tradiciones judías e incluso versos de poetas griegos. Este artículo propone una tipología de esas referencias —menciones de archivo, por un lado, y apropiaciones de contenido, por otro— y examina los casos más discutidos: el Libro del Justo, el Libro de las Guerras de Jehová, Janes y Jambres, la tradición sobre la disputa por el cuerpo de Moisés y, sobre todo, la cita de 1 Enoc en Judas 14–15. Se sostiene que citar una fuente no equivale a canonizarla, que el propio Nuevo Testamento ofrece paralelos claros en su uso de autores paganos, y que los criterios históricos de recepción, apostolicidad y coherencia doctrinal explican por qué la iglesia no reconoció estos textos como Escritura. El estudio atiende también las objeciones más serias —el canon etíope, los manuscritos de Qumrán, la recepción desigual de Judas en la antigüedad— y propone una lectura que valora estos escritos como testimonios históricos sin atribuirles autoridad normativa. Es una investigación teológica, realizada desde una posición confesional evangélica que se declara de manera expresa.

Palabras clave: canon bíblico; fuentes extracanónicas; pseudepigrafía; 1 Enoc; Epístola de Judas; hermenéutica evangélica; inspiración; suficiencia de la Escritura.

Mujer explorando libros en la sección de espiritualidad de una librería

1. Introducción

Quien lee Judas 14–15 con atención se detiene en un detalle: el autor atribuye a Enoc, «séptimo desde Adán», una profecía sobre el juicio de los impíos que no aparece en Génesis ni en ningún otro libro del canon. La pregunta surge sola: ¿de dónde la tomó Judas? La respuesta —de un escrito judío antiguo, el llamado 1 Enoc— ha producido inquietud desde muy temprano. A finales del siglo IV, Jerónimo ya registraba que muchos ponían en duda la carta precisamente por esa cita.[1] Hoy la misma inquietud circula, amplificada, en libros de divulgación, videos y redes sociales, bajo el rótulo de «libros prohibidos de la Biblia».

La cuestión no es menor para la teología evangélica. La tradición protestante, articulada en torno a la Sola Scriptura, concibe las Escrituras como regla suprema, inerrante y suficiente de fe y práctica, y afirma que los libros no canónicos carecen de autoridad en la iglesia.[2] Sin embargo, esa convicción debe convivir con un hecho literario difícil de negar: los autores bíblicos no escribieron en el vacío. Consultaron archivos, recogieron poemas, aprovecharon tradiciones y, en ocasiones, citaron a escritores que ni siquiera pertenecían al pueblo de Israel.

Esto nos lleva a la pregunta que orienta este trabajo: ¿qué implica para la doctrina de la Escritura que autores inspirados remitan a escritos que no forman parte del canon, y por qué la teología evangélica sostiene que ello no obliga a ampliarlo?

Desde la perspectiva evangélica y pentecostal, respondemos:

  • Primero: las referencias extracanónicas de la Biblia no son un fenómeno homogéneo, y distinguir sus tipos evita conclusiones apresuradas.
  • Segundo: citar, aprobar un dicho o apoyarse en una tradición es un acto literario distinto de atribuir inspiración a un documento completo, como lo muestran los paralelos paulinos.
  • Tercero: los criterios históricos con que la iglesia reconoció su canon —origen profético o apostólico, recepción comunitaria y coherencia con el resto de la revelación— explican razonablemente por qué estos escritos quedaron fuera.

Y aunque este artículo es en realidad un estudio de teología bíblica e histórica, escrita desde una posición confesional evangélica y pentecostal, ello no lo exime de rigor. Se examinan los pasajes en su contexto literario, se contrastan con la información disponible sobre las fuentes citadas y se discuten las objeciones más fuertes, incluidas las que provienen de la crítica histórica y de otras tradiciones cristianas. Las citas bíblicas siguen la versión Reina-Valera 1960, salvo indicación contraria.

2. Estado de la cuestión y marco conceptual

2.1. Un debate con varias voces

El problema se aborda hoy desde al menos cuatro perspectivas. La tradición protestante y evangélica sostiene un canon cerrado de sesenta y seis libros y reconoce en los apócrifos y pseudepigrafías un valor histórico, pero no normativo.[3] Las tradiciones católica y ortodoxa aceptan, con diferencias entre sí, un grupo de libros deuterocanónicos, pero ninguna incluye 1 Enoc en su canon, con la notable excepción de las iglesias ortodoxas tewahedo de Etiopía y Eritrea.[4] La historiografía crítica tiende a describir el canon como un proceso gradual y no como un hecho temprano y uniforme.[5] Finalmente, una literatura de divulgación, de calidad muy dispar, presenta a Enoc y a otros textos como «material suprimido» por las autoridades eclesiásticas.

Entre los autores evangélicos hay matices importantes. Mientras Beckwith defiende un canon veterotestamentario ya delimitado en el judaísmo antes de la era cristiana, Kruger insiste en que los libros del Nuevo Testamento fueron reconocidos por sus propias marcas de autoridad y no solo por decisión de concilios.[6] Wright, por su parte, recuerda que la autoridad de la Escritura debe pensarse en relación con la acción de Dios y no solo como un asunto de listas de libros.[7] Este artículo se sitúa en la línea evangélica clásica, pero procura dialogar con las objeciones de las otras posiciones.

2.2. Conceptos básicos: canon, inspiración y cita

Tres nociones suelen confundirse en este debate. La inspiración es una cualidad que la teología evangélica atribuye al texto bíblico: el origen divino de lo que los autores escribieron. La canonicidad es el reconocimiento, por parte de la comunidad de fe, de que un escrito posee esa cualidad y por tanto es norma. La cita, finalmente, es un recurso literario del autor, que puede tomar de otra fuente un dato, una frase o un poema por razones muy variadas: documentar, ilustrar, persuadir o polemizar.

La teología evangélica sostiene que la iglesia reconoció el canon y no que lo confirió: los libros eran Escritura antes de ser listados.[8] Los criterios con que se verificó ese reconocimiento suelen resumirse en tres: el origen profético o apostólico del escrito, su recepción amplia y sostenida en las comunidades, y su coherencia con el resto de la revelación, lo que la tradición llama «analogía de la fe».[9] Las secciones siguientes aplican estas distinciones a los casos concretos.

3. Tipología de las referencias extracanónicas

Un primer paso metodológico consiste en no tratar como equivalentes casos que no lo son. Las referencias bíblicas a escritos no canónicos pueden agruparse en dos categorías: las que funcionan como remisiones de archivo y las que incorporan contenido narrativo o profético tomado de otra fuente.

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3.1. Remisiones de archivo, anales y memorias de corte

La mayoría de las fuentes mencionadas aparece en los libros históricos del Antiguo Testamento, sobre todo en Reyes y Crónicas. Allí el autor remite al lector a registros oficiales para ampliar datos políticos, militares o genealógicos que su relato resume. Su función se parece a la de una nota al pie moderna: indican dónde hallar más información, sin que el autor extraiga de esos documentos un milagro ni una doctrina para sostener su mensaje teológico. La Tabla 1 reúne los casos principales.

Tabla 1. Remisiones de archivo en los libros históricos

GrupoFuente mencionadaPasaje
Crónicas realesLibro de las historias de los reyes de Israel; libro de las historias de los reyes de Judá; libro de los reyes de Israel y de Judá1 R 14:19, 29; 2 Cr 27:7; 35:27
Crónicas biográficasLibro de los hechos de Salomón1 R 11:41
Registros de un imperio extranjeroLibro de las crónicas de los reyes de Media y de PersiaEst 10:2
Memorias de profetas y videntesHistorias de Samuel, de Natán y de Gad; profecía de Ahías silonita; visiones del vidente Iddo; historias de Semaías1 Cr 29:29; 2 Cr 9:29; 12:15
 Libro de Jehú hijo de Hanani; hechos de Uzías escritos por Isaías; visión de Isaías sobre Ezequías; palabras de los videntes (Hozai)2 Cr 20:34; 26:22; 32:32; 33:19
 Lamentaciones de Jeremías por Josías2 Cr 35:25

Fuente: elaboración propia a partir del texto bíblico (RVR1960). Los títulos varían según la traducción.

Dos matices merecen atención. Primero, no todos estos títulos designan necesariamente obras perdidas. Algunos estudiosos piensan que ciertas «historias» proféticas pudieron quedar incorporadas, total o parcialmente, en los libros canónicos de Samuel y Reyes, y que «el libro de los reyes de Israel y de Judá» que cita el cronista podría ser una obra muy cercana al propio Reyes.[10] Lo prudente es admitir que no sabemos con precisión qué eran esos documentos. Segundo, estas remisiones ilustran un principio que el mismo Nuevo Testamento declara sin vergüenza: Lucas afirma haber investigado «todas las cosas desde su origen» antes de escribir (Lc 1:1–4). Para los autores bíblicos, investigar fuentes y escribir bajo inspiración no eran actividades opuestas.

Una precisión adicional: en ocasiones se incluye en estas listas el «derecho del reino» que Samuel escribió «en un libro, el cual guardó delante de Jehová» (1 S 10:25). Ese pasaje, sin embargo, describe un acto de Samuel y no una referencia a una fuente consultada por el autor del libro, por lo que no lo contamos entre las remisiones.

3.2. Apropiación de contenido narrativo, poético y profético

Un grupo menor de escritos recibe un tratamiento distinto: el autor bíblico toma de ellos un poema, una tradición o una profecía y lo inserta en su propio texto. Es aquí donde se concentra la discusión teológica, y por eso conviene observar con cuidado qué hace exactamente el autor con cada fuente. La Tabla 2 sintetiza los casos.

Tabla 2. Fuentes de las que se toma contenido

FuentePasajeUso que hace el autor bíblicoSituación del texto
Libro del Justo (Jaser)Jos 10:13; 2 S 1:18Remite a una colección poética donde constaba el episodio de Gabaón y el «Cántico del Arco» de DavidPerdido
Libro de las Guerras de JehováNm 21:14–15Cita un fragmento poético con datos geográficos sobre la frontera del ArnónPerdido
1 EnocJud 14–15Atribuye a Enoc una profecía de juicio, en estrecho paralelo con 1 Enoc 1:9Conservado (etíope, griego, arameo)
Tradición sobre la disputa por el cuerpo de MoisésJud 9Relata el diálogo entre el arcángel Miguel y el diablo; Orígenes lo vinculó con la Asunción de MoisésEpisodio ausente del texto conservado
Janes y Jambres2 Ti 3:8Nombra a los opositores de Moisés ante Faraón, que Éxodo no identificaTradición judía; obra fragmentaria en papiros
Poetas griegos (Epiménides, Arato, Menandro)Tit 1:12; Hch 17:28; 1 Co 15:33Citas breves con función retórica o ilustrativaConservados en parte

Fuente: elaboración propia. La valoración del estado textual se apoya en Charlesworth, Old Testament Pseudepigrapha, y en la bibliografía citada en la sección 4.

Pergaminos antiguos y manuscritos sobre una mesa de piedra en una cueva

4. Estudio de los casos principales

4.1. El Libro del Justo y el Libro de las Guerras de Jehová

Ambos títulos designan, con toda probabilidad, colecciones de poesía de tema bélico y conmemorativo. Cuando Josué 10:13 pregunta «¿no está escrito esto en el libro de Jaser?», remite al lector a un canto que celebraba el episodio de Gabaón. Lo mismo sucede con el lamento de David por Saúl y Jonatán (2 S 1:17–27), cuyo texto completo, observémoslo, aparece en el propio libro de Samuel.[11] Es decir, lo que pasa al texto canónico es lo que el autor decidió incorporar, no el libro del que lo tomó. Algo semejante ocurre con el fragmento de Números 21:14–15, un pasaje poético y de lectura difícil que aporta referencias geográficas sobre el Arnón.

La explicación más sencilla es también la más sólida: los autores sagrados se apoyan en documentos de su cultura que sus lectores podían conocer y verificar. Ninguno de estos libros se presenta como Palabra de Dios ni como norma de fe, y ninguno se conserva. Resulta paradójico que se reclame la «restitución» de un texto que ni siquiera tenemos.

4.2. Judas y 1 Enoc

El caso de Judas es el más delicado y merece un tratamiento más extenso. 1 Enoc no es una obra unitaria sino una colección compuesta por cinco secciones —el Libro de los Vigilantes, las Parábolas, el Libro astronómico, los Sueños y la Epístola de Enoc—, redactadas probablemente entre el siglo III a. C. y el siglo I a. C. o d. C. Se conserva completa en etíope, en parte en griego y en latín, y en fragmentos arameos hallados en Qumrán, donde, por cierto, no aparecen las Parábolas.[12] Esto último es importante: el libro que lleva el nombre de Enoc no pudo haber sido escrito por el patriarca antediluviano, sino que se formó a lo largo de varios siglos.

Judas introduce la cita con estas palabras:

«De estos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares…» (Jud 14).

El paralelo con 1 Enoc 1:9 es innegable, aunque no se trata de una reproducción literal: la redacción de Judas difiere de las formas conservadas del texto y parece adaptarla.[13] La expresión «séptimo desde Adán» coincide con la genealogía de Génesis 5:18–24 y reaparece en el propio libro de Enoc. Varios estudiosos advierten además resonancias de esta literatura en Judas 6 y 13.

¿Cómo entender el uso que Judas hace de esta obra? Se han propuesto, en esencia, tres lecturas. La primera sostiene que Judas cita una tradición antigua que juzga verdadera en este punto y la confirma bajo inspiración, del mismo modo que Pablo hace con los poetas griegos. La segunda ve en la cita un argumento dirigido a opositores o lectores que respetaban la tradición enóquica: Judas los enfrentaría con una autoridad que ellos mismos reconocían. La tercera, defendida por Bauckham, sostiene que Judas probablemente consideraba el escrito una profecía genuina del patriarca y le concedía autoridad profética.[14] No hay acuerdo entre los especialistas, y quien afirme lo contrario simplifica el panorama.

Aun si se aceptara la tercera lectura, la conclusión que algunos extraen —que todo 1 Enoc es entonces Escritura— no se sigue. Lo que Judas afirma bajo inspiración es una verdad concreta: que el Señor vendrá con sus santos a juzgar a los impíos. Y esa verdad tiene respaldo en el resto del canon (Dt 33:2; Zac 14:5; Mt 25:31), de modo que no es necesaria una fuente extracanónica para sustentarla. Respaldar una afirmación no equivale a avalar una obra de cinco partes que contiene, además, material que la Escritura no confirma. La teología evangélica puede reconocer sin temor que Judas conoció y utilizó este escrito, y sostener al mismo tiempo que la inspiración garantiza la verdad de lo que el autor afirma, no la de todo lo que contiene la fuente que usa.

La historia de la recepción confirma esta prudencia. La Epístola de Bernabé y Tertuliano valoraron el libro; Tertuliano llegó a defender su autenticidad.[15] Orígenes, en cambio, advertía que los libros de Enoc no circulaban en las iglesias como divinos,[16] y Agustín sostuvo que la cita de Judas no bastaba para canonizar el escrito, cuya antigüedad misma volvía sospechosa su transmisión fiel.[17] Es significativo, además, que la desconfianza hacia 1 Enoc afectó durante un tiempo a la propia carta de Judas, que a pesar de ello fue finalmente recibida: ya el Fragmento Muratoriano la menciona. Es decir, la iglesia distinguió entre aceptar la carta y aceptar el libro que esta cita.

4.3. La disputa por el cuerpo de Moisés (Judas 9)

Judas 9 narra que el arcángel Miguel, disputando con el diablo por el cuerpo de Moisés, «no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda». Orígenes atribuyó este episodio a una Asunción de Moisés,[18] pero el texto que se conserva bajo el título de Testamento de Moisés carece del pasaje.[19] Por tanto, ni siquiera podemos demostrar con certeza que Judas dependa de una fuente escrita: puede tratarse de una tradición oral. La fórmula «El Señor te reprenda» recuerda, por otro lado, a Zacarías 3:2, lo que muestra que la tradición se mueve dentro de un horizonte bíblico. El razonamiento es el mismo que en el caso anterior: Judas utiliza un relato conocido para ilustrar la arrogancia de los falsos maestros, sin que de ello se derive la canonicidad de su origen.

4.4. Janes y Jambres (2 Timoteo 3:8)

Pablo recuerda que «Janes y Jambres resistieron a Moisés», nombres que Éxodo no registra. Se trata de una tradición judía muy difundida: aparece en el Documento de Damasco (CD 5:17–19), en el Targum Pseudo-Jonatán y hasta en autores paganos como Plinio el Viejo, y existió una obra con el título Janes y Jambres, que se conserva solo en fragmentos de papiro.[20] Pablo no cita un libro ni lo presenta como autoridad; emplea un nombre familiar para sus lectores con el fin de ilustrar la resistencia a la verdad. La apelación a una tradición compartida es una práctica común de la enseñanza antigua.

4.5. Pablo y los poetas griegos: un paralelo decisivo

El Nuevo Testamento ofrece un paralelo que ilumina todos los casos anteriores. Pablo cita en tres ocasiones a autores paganos:

  • Tito 1:12, a Epiménides: «Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos».
  • Hechos 17:28, a Arato (y en términos semejantes a Cleantes): «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos».
  • 1 Corintios 15:33, a Menandro: «Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres».

Obsérvese un detalle revelador. En Tito 1:12 Pablo llama a Epiménides «uno de ellos, su propio profeta».[21] Si el hecho de que un apóstol llame «profeta» a un poeta cretense o cite sus versos bastara para canonizar su obra, tendríamos que incorporar al canon cristiano la poesía de la Grecia clásica. Nadie propone tal cosa. El caso muestra que el Nuevo Testamento distingue con naturalidad entre lo que el autor inspirado afirma y la fuente de la que se sirve para decirlo.

Nota hermenéutica. La autoridad de la cita reside en el juicio del autor inspirado, que selecciona y suscribe un dicho concreto en un contexto concreto, y no en la obra de la que proviene. Esta distinción —entre el uso instrumental de una fuente y su inspiración— es el eje de toda la argumentación posterior.

Cuatro estudiantes leen libros de teología en un seminario universitario

5. El reclamo contemporáneo de canonicidad

5.1. Anatomía de un argumento

El razonamiento que circula en muchos medios de divulgación tiene una forma reconocible: si Judas cita a Enoc, Enoc es Escritura; si es Escritura, fue excluido por razones políticas; por tanto, debe ser restituido. Los problemas aparecen en cada eslabón. El primero ya fue examinado: de la cita no se sigue la canonicidad, como muestra el caso de los poetas griegos. El segundo se apoya en una imagen histórica inexacta.

Con frecuencia se afirma que el Concilio de Nicea (325) «eliminó» libros de la Biblia. Los historiadores del canon coinciden en que Nicea no trató la cuestión de la lista de libros.[22] Las listas que conservamos proceden de otros contextos: la Carta festal 39 de Atanasio (367) y las reuniones regionales de Hipona (393) y Cartago (397). En ellas 1 Enoc simplemente no figura, y Atanasio distingue expresamente entre los libros recibidos y los escritos «apócrifos» que otros pretendían introducir. Hablar de «libros prohibidos» pasa por alto una diferencia elemental: omitir un libro de una lista no es lo mismo que prohibirlo. Enoc no fue prohibido; no fue recibido.

5.2. Por qué el argumento resulta atractivo

Sería injusto despachar el fenómeno con una caricatura. La curiosidad por el trasfondo de la Biblia es legítima y, de hecho, es saludable. Hay, además, un deseo comprensible de acceder a «lo que no nos contaron». Pero también intervienen otros factores: el atractivo comercial de lo secreto, el interés por los relatos de ángeles caídos y gigantes —los Nefilim de Génesis 6:1–4, reelaborados ampliamente en el Libro de los Vigilantes—, y una desconfianza más general hacia las instituciones. En algunos círculos esa narrativa sirve incluso para sostener especulaciones sobre seres extraterrestres o manipulación genética antigua, que ni el texto bíblico ni el propio libro de Enoc respaldan.

Un ejemplo ilustra los riesgos. En 1751 se publicó en inglés un «Libro de Jaser» presentado como el escrito perdido que menciona Josué, que resultó ser una falsificación moderna del impresor Jacob Ilive.[23] Quien reclama «recuperar» textos perdidos debe preguntarse qué clase de documentos termina adoptando. La lectura de estos escritos es plenamente legítima y útil, como se verá; lo discutible es otorgarles autoridad normativa.

6. Razones para no reconocer la canonicidad de estos escritos

Si la sola cita no basta, ¿qué criterios permiten una decisión fundada? La teología evangélica señala cuatro razones que, sumadas, resultan convergentes.

6.1. Citar no es canonizar

Este principio, desarrollado en la sección 4.5, constituye la primera razón. Un autor inspirado puede servirse de una fuente histórica, de una máxima verdadera o de un poema difundido sin que ello implique la inspiración de la obra de origen. La inspiración se atribuye al texto que el autor sagrado produce, y es ese texto el que garantiza la verdad de lo afirmado.

6.2. Ausencia de recepción en la comunidad depositaria de la revelación

El criterio de recepción tiene hondura histórica. Pablo reconoce que a los judíos «les ha sido confiada la palabra de Dios» (Ro 3:2), y la tradición judía nunca elevó libros como 1 Enoc o el Libro de Jaser al rango de Ley, Profetas o Escritos. Josefo, en el siglo I, habla de veintidós libros reconocidos por el pueblo y señala que los escritos posteriores no merecían igual crédito.[24] Cuando Jesús habla de la sangre derramada «desde Abel hasta Zacarías» (Lc 11:51), muchos intérpretes ven un indicio de que sus oyentes manejaban un conjunto delimitado de escritos, de Génesis a Crónicas. Aunque este último argumento debe usarse con cautela, converge con los anteriores.

En el cristianismo la situación es análoga. Con la excepción de las iglesias etíope y eritrea, que sí incluyen 1 Enoc en su canon amplio, la cristiandad histórica no lo recibió como Escritura, y los criterios de uso litúrgico y de apostolicidad que fueron decisivos para el Nuevo Testamento tampoco lo favorecieron.

6.3. Coherencia doctrinal y carácter compuesto del libro

Para integrar el canon, un escrito debe guardar armonía con el resto de la revelación. 1 Enoc desarrolla una angelología y una cosmología detalladas, atribuye el origen del mal a la caída de los Vigilantes y a la enseñanza que estos transmitieron a los humanos, y propone una periodización de la historia que no tiene correspondencia en la Escritura. Es difícil conciliar ese cuadro con el relato bíblico del pecado (Gn 3; Ro 5:12). Hay que añadir que, por tratarse de una obra compuesta por varias secciones de épocas distintas, no puede atribuirse a un único autor inspirado: una decisión de canonicidad tendría que tomarse sección por sección, y ninguna iglesia histórica lo ha hecho.

6.4. La pseudepigrafía

La mayoría de estos escritos se atribuyen a figuras antiguas —Enoc, Moisés, Baruc— sin que ellos hayan sido sus autores. Esta práctica obstaculizó su aceptación, porque la apostolicidad y el origen profético exigían vinculación verificable con un autor reconocido. La iglesia antigua, de hecho, desconfió de los escritos que circulaban bajo nombres apostólicos falsos. Debe reconocerse, con todo, que el asunto es más complejo de lo que a veces se afirma. Los especialistas debaten hasta qué punto la pseudepigrafía era percibida en el mundo antiguo como un fraude deliberado o como una convención literaria.[25] Para los propósitos de este estudio basta con señalar que, sea cual fuere la intención de sus autores, la atribución a Enoc no resiste el análisis histórico, y que un canon que pretende apoyarse en la autoría profética o apostólica no puede aceptarla sin más.

6.5. Objeciones y respuestas

Una exposición honesta debe enfrentar las objeciones más fuertes.

Primera objeción: la iglesia etíope sí recibe 1 Enoc. Es cierto, y ello muestra que el canon cristiano no fue en todas partes idéntico en sus márgenes. Pero se trata de una tradición regional, de una iglesia que conserva un canon «amplio» de contornos flexibles, y no del consenso de la iglesia en su conjunto.[26] Su existencia pide respeto y estudio, aunque no demuestra que el resto de la cristiandad se equivocara.

Segunda objeción: en Qumrán se hallaron numerosos manuscritos de Enoc. Así es: los fragmentos arameos revelan que el libro era apreciado en ciertos círculos judíos del Segundo Templo. Pero los mismos hallazgos incluyen obras que nadie propone canonizar, y la abundancia de copias atestigua popularidad, no canonicidad.

Tercera objeción: si Judas fue inspirado y citó a Enoc, ¿no lo avaló? Lo avaló en el punto que citó, que es lo que la sección 4.2 reconoce, y no en el conjunto de la obra. De ser de otro modo, el mismo argumento obligaría a canonizar a Epiménides, Arato y Menandro.

Cuarta objeción: los concilios decidieron por motivos políticos. La evidencia disponible muestra un proceso largo, regional y deliberativo, en el que pesaron el uso en las iglesias, la conexión apostólica y la coherencia doctrinal, y no la imposición de una autoridad central.[27] Que haya habido debates —y los hubo, como el de Judas— es precisamente lo que cabe esperar de un proceso de discernimiento real.

Estantería de madera con libros hebreos y libros abiertos sobre una mesa

7. Implicaciones hermenéuticas y pastorales

La discusión anterior no es solo académica. De ella se desprenden al menos tres consecuencias prácticas.

En primer lugar, conviene leer Judas por lo que dice y por lo que pretende. La carta busca advertir a la comunidad contra maestros que pervierten la gracia; el recurso a tradiciones conocidas sirve a ese propósito. Detenerse en la cita de Enoc como si fuera la clave de la epístola desvía la atención de su mensaje central.

En segundo lugar, estos escritos tienen un valor real como fuentes históricas. La literatura del judaísmo del Segundo Templo ayuda a comprender el lenguaje apocalíptico, las expectativas sobre los ángeles y los conceptos que aparecen en el Nuevo Testamento.[28] El pastor y el estudiante pueden y deben leerlos, sin exigirles lo que no son ni atribuirles lo que no dicen: son testimonios de cómo pensaron ciertos judíos, no revelación normativa para la iglesia.

En tercer lugar, la comunidad de fe tiene la tarea de responder con paciencia y no con alarma. Quien pregunta por los «libros prohibidos» suele hacerlo desde una inquietud sincera. Una respuesta que combine información histórica, argumentos claros y respeto por la pregunta resulta más fructífera que la descalificación.

8. Conclusiones

Este estudio ha procurado mostrar tres cosas. Primero, que las referencias a escritos extracanónicos en la Biblia son de tipos distintos y deben analizarse caso por caso: la mayoría son remisiones de archivo, y solo un grupo reducido incorpora contenido de otras fuentes. Segundo, que citar o respaldar un dicho es un acto diferente de conferir inspiración a una obra, algo que el propio Nuevo Testamento ilustra en su uso de los poetas griegos. Tercero, que los criterios de reconocimiento que la iglesia aplicó —origen profético o apostólico, recepción amplia y coherencia doctrinal— ofrecen razones sólidas para no considerar canónicos escritos como 1 Enoc o el Libro de Jaser.

Estas conclusiones no se han presentado como un triunfo sobre los adversarios. El caso de Judas es genuinamente difícil, la historia de su recepción fue accidentada, y la tradición etíope recuerda que los bordes del canon no se fijaron del mismo modo en todas partes. Reconocerlo no debilita la posición evangélica, sino que la hace más creíble. La teología evangélica puede sostener, con serenidad, que los autores sagrados dialogaron con su mundo y que, no obstante, la norma de fe y práctica es el canon que la iglesia recibió como Palabra de Dios.

Quedan abiertas varias líneas de investigación: un estudio más pormenorizado de la recepción patrística de Judas, la comparación entre los criterios de canonicidad evangélicos y los de las iglesias orientales, y el análisis de cómo la literatura de divulgación contemporánea construye la idea de «libros suprimidos». Son tareas para las que este trabajo aspira a ofrecer, al menos, un punto de partida claro.

Sacerdote predicando desde un púlpito ante una congregación en una iglesia

Referencias bibliográficas:

Documentos confesionales

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  • Towner, Philip H. The Letters to Timothy and Titus. New International Commentary on the New Testament. Grand Rapids: Eerdmans, 2006.
  • VanderKam, James C. Enoch and the Growth of an Apocalyptic Tradition. Catholic Biblical Quarterly Monograph Series 16. Washington, DC: Catholic Biblical Association of America, 1984.
  • Warfield, Benjamin B. The Inspiration and Authority of the Bible. Editado por Samuel G. Craig. Philadelphia: Presbyterian and Reformed, 1948.
  • Wright, N. T. Scripture and the Authority of God. London: SPCK, 2005.

Notas:

[1] Jerónimo, Varones ilustres 4.

[2] Confesión de Fe de Westminster (1646), cap. 1, secs. 2–3; Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica (1978).

[3] Geisler y Nix, General Introduction; Bruce, Canon of Scripture; Beckwith, Old Testament Canon.

[4] Cowley, «Biblical Canon of the Ethiopian Orthodox Church».

[5] Sundberg, Old Testament of the Early Church; McDonald, Biblical Canon.

[6] Beckwith, Old Testament Canon; Kruger, Canon Revisited.

[7] Wright, Scripture and the Authority of God.

[8] Warfield, Inspiration and Authority; Kruger, Canon Revisited.

[9] Bruce, Canon of Scripture; Metzger, Canon of the New Testament.

[10] Japhet, I & II Chronicles; Dillard, 2 Chronicles.

[11] Sobre el libro de Jaser, véase Hess, Joshua.

[12] Nickelsburg, 1 Enoch 1; VanderKam, Enoch and the Growth; Milik, Books of Enoch; Isaac, «1 Enoch», en Charlesworth, Old Testament Pseudepigrapha, 1:5–89.

[13] Bauckham, Jude, 2 Peter, comentario a Jud 14–15.

[14] Bauckham, Jude, 2 Peter.

[15] Tertuliano, Sobre el atavío de las mujeres 1.3.

[16] Orígenes, Contra Celso 5.54.

[17] Agustín, La ciudad de Dios 15.23 y 18.38.

[18] Orígenes, Sobre los principios 3.2.1.

[19] Priest, «Testament of Moses», en Charlesworth, Old Testament Pseudepigrapha, 1:919–34.

[20] Pietersma y Lutz, «Jannes and Jambres», en Charlesworth, Old Testament Pseudepigrapha, 2:427–42; Towner, Letters to Timothy and Titus, comentario a 2 Ti 3:8.

[21] Towner, Letters to Timothy and Titus, comentario a Tit 1:12; Bruce, Acts of the Apostles, comentario a Hch 17:28.

[22] Metzger, Canon of the New Testament; McDonald, Biblical Canon.

[23] Hess, Joshua, observaciones sobre el libro de Jaser.

[24] Josefo, Contra Apión 1.37–42; sobre las discusiones en torno a la fecha del cierre del canon hebreo, véase Beckwith, Old Testament Canon, y Sundberg, Old Testament of the Early Church.

[25] Metzger, «Literary Forgeries and Canonical Pseudepigrapha», Journal of Biblical Literature 91 (1972): 3–24.

[26] Cowley, «Biblical Canon of the Ethiopian Orthodox Church».

[27] Metzger, Canon of the New Testament; Kruger, Canon Revisited.

[28] Collins, Apocalyptic Imagination.

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