5 SOLAS, Continuismo, Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante, Teología

Solus Spiritus, la Sexta Sola olvidada

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina ‘Solus Spiritus’ significa ‘Solo el Espíritu’ y constituye la ‘sola’ olvidada de la Reforma Protestante. Los pentecostales, al igual que el resto de las iglesias nacidas de la Reforma o derivadas de ésta, reconocemos que las enseñanzas del protestantismo pueden resumirse en las famosas cinco solas: Sola scriptura, Sola fide, Sola gratia, Solus Christus y Soli Deo gloria.

Aunque los pentecostales estamos orgullosos de ser protestantes y nos gozamos en nuestro legado evangélico; no obstante, como herederos de un legado espiritual igualmente valioso, estamos cada vez más convencidos de que sería teológicamente correcto y necesario añadir una nueva sola a la lista: Solus Spiritus.

¿Por qué pensamos de esta manera? ¿Por qué añadir una más a la lista de las 5 Solas? Los pentecostales, en plena concordancia con la biblia, entendemos y proclamamos que el conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[1]

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¿QUÉ DIFERENCIA AL CRISTIANISMO DE CUALQUIER OTRA RELIGIÓN?

Ante la pregunta: ¿En qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? El creyente pentecostal responderá sin dudarlo: ¡Es el Espíritu Santo! El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús.

Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. ¿Osaría alguien cuestionar la importancia del Espíritu Santo en la Biblia y en el cristianismo en general?

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¿DE QUIÉN ESTAMOS HABLANDO?

La Biblia afirma categóricamente que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.

También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Sabemos que el Espíritu Santo no es un simple poder o fuerza impersonal pues:

  • La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17).
  • El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51).
  • Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30).
  • El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona.
  • El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11).
  • El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26).
  • El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él.
  • El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28).[2]

Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad y Deidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad divina del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

  1. EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.
  2. EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.
  3. EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.
  4. EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.[3]

La personalidad del Espíritu Santo y su Deidad son enseñadas claramente en las Escrituras. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también. ¡El protestantismo en su totalidad necesita incorporar el Solus Spiritus para estar vivo, ser verdaderamente bíblico y presentar un Evangelio completo!

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SOLUS SPIRITUS, LA “SOLA” NECESARIA PARA UN EVANGELIO COMPLETO

Francamente, es difícil entender la razón por la que ‘Solus Spiritus’ nunca llegó a formar parte de las cinco solas dado que la Reforma se centró en dar a conocer las gloriosas verdades de la Palabra de Dios y el Espíritu Santo es omnipresente en la Biblia. En el Pentateuco, los libros históricos, los escritos proféticos, los Evangelios, el libro de los Hechos y las epístolas, el Espíritu está literalmente por todos lados.

No obstante, pese a su gran habilidad teológica, los primeros protestantes no consiguieron desarrollar una profunda teología de lo que Cristo ahora hace ‘en’ nosotros por medio del Espíritu. El protestantismo apenas estaba en pañales y tendría que esperar hasta los grandes avivamientos evangélicos del siglo XVIII y el auge del pietismo para entender plenamente la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

Poco a poco la Iglesia protestante empezó a darse cuenta de que hace falta algo más que simplemente profesar fe en ciertos principios para mantener una fe viva. También entendió que sin el Espíritu Santo y su poder en el creyente es imposible cumplir con la Gran Comisión de manera eficaz. El Espíritu tiene que aplicar dichas verdades al corazón del impío a través de la regeneración y empoderar al creyente para que su mensaje sea más que palabras. Con el surgimiento del movimiento pentecostal y carismático el protestantismo recuperó los elementos vitales que habían estado ausentes a lo largo de casi toda la época medieval y que fueron característicos de la iglesia apostólica: La experiencia del Bautismo en el Espíritu Santo y la consiguiente manifestación de los dones del Espíritu. Además la llenura del Espíritu Santo, la santificación y la Gran Comisión llegaron a ser cada vez más prominentes en la teología protestante gracias al nuevo giro hacia la obra del Espíritu. En este sentido, si decidiéramos añadir una sexta sola a nuestro Credo Protestante, tendríamos una confesión más robustamente bíblica y más plenamente protestante.

Incorporar ‘Solus Spiritus’ le daría al Espíritu Santo el lugar que le corresponde en la doctrina y la adoración Protestante. Desde sus inicios, el movimiento de la Reforma se caracterizó por una fe ortodoxa en la Trinidad. Siguiendo el credo de Nicea, los primeros protestantes confesaron a una sola voz la deidad del Espíritu del Señor. La primera confesión de fe protestante, la Confesión de Augsburgo (1530), redactada por el brazo derecho de Lutero, Felipe Melanchthon, declara lo siguiente en su primer artículo:

“Nuestras iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio de Nicea: a saber, que hay un solo Ser divino que llamamos y que es realmente Dios. Asimismo que hay en Él tres personas, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres son un solo ser divino”.

Si el Espíritu es divino, entonces es lógico que le glorifiquemos juntamente con el Padre y el Hijo.

Sin el ‘Solus Spiritus’ las cinco solas carecen de sentido. Sin el Espíritu Santo no existe ‘Sola scriptura’, pues el que inspiró la Escritura es el Espíritu y el que nos convence de la sola autoridad de la Palabra de Dios también es el Espíritu. Sin el ‘Solus Spiritus’ no habría ‘Sola gratia’, pues el canal que el Señor emplea para derramar de su gracia sobre una humanidad caída y pecadora es el Espíritu de Dios. En cuanto a ‘Solus Christus’, el que se encarga de testificar y glorificar al Hijo en este mundo es el Espíritu Santo. El Espíritu está tan absorbido en exaltar al Hijo que Pablo le llama “el Espíritu de Cristo”. El mismo Lutero afirmó que no podríamos saber nada acerca del Hijo si no fuese por el ministerio del Espíritu. En cuanto a ‘Sola fide’, ¿Qué es la fe sino un regalo del Espíritu de Dios? ¿Quién obra la fe en el corazón del pecador sino el Espíritu? Sin la obra del Espíritu, la fe ni siquiera existiría. En cuanto a ‘Soli Deo gloria’, somos llamados a glorificar al Espíritu juntamente con el Padre y el Hijo. Si el Espíritu es Dios, no hay ninguna razón teológica para no glorificarle. Además, el que nos impulsa a glorificar al Dios trino es el Espíritu. Por todo lo anterior, una sexta sola, ‘Solus Spiritus’, serviría para hacer patente lo que ya está latente en la confesión Protestante.

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SOLUS SPIRITUS, LA PRIMAVERA DE DIOS SOBRE LA IGLESIA

‘Solus Spiritus’ representa la realidad innegable de la iglesia evangélica del siglo XXI. A pesar de los prejuicios, el mover del Espíritu Santo a través del movimiento carismático y pentecostal es imparable. Hay pentecostales en prácticamente todas las denominaciones y familias evangélicas. La primavera del Espíritu ha llegado para barrer con el largo invierno del cesacionismo y la frialdad espiritual que imperó por siglos en iglesia, incluso entre los protestantes. Esta no es una moda que está de paso. Dios nos ha devuelto el mismo don que depositó sobre la iglesia primitiva.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 7 y 8, afirma:

“Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos, Marcos 16:20)… El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4)”.[4]

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LO QUE EL PENTECOSTALISMO TIENE QUE OFRECERLE AL PROTESTANTISMO

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.
(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.
(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

El bautismo del Espíritu es una “inmersión del Espíritu Santo”. Cuando uno es bautizado con el Espíritu, recibe fuerza, poder y audacia por parte de Dios, para llevar a cabo su obra y vencer el pecado en su propia vida.

El término “bautismo en el Espíritu Santo” es una conveniente designación para la experiencia que anuncia Juan el bautista, que Jesús bautizaría “en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús.

Algunos sectores del cristianismo que rechazan el movimiento pentecostal y la continuidad de la obra del Espíritu Santo en nuestros días, definen el bautismo del Espíritu Santo como la obra mediante la cual el Espíritu de Dios coloca al creyente, al momento de la salvación, en unión con Cristo y en unión con otros creyentes en el Cuerpo de Cristo. Para nuestros hermanos no pentecostales, el bautismo del Espíritu Santo sólo hace dos cosas: Nos une al Cuerpo de Cristo, y hace realidad nuestra co-crucifixión con Cristo. Por ende, según dicha interpretación, experimentar el bautismo de un mismo Espíritu sirve como base para mantener la unidad en la iglesia, y ocurre única y exclusivamente al momento de la conversión sin ninguna evidencia física inicial más que la regeneración del creyente. Estar asociados con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a través del bautismo del Espíritu establece la base para nuestra separación del poder persistente del pecado que está en nosotros y nuestro caminar en una vida nueva (Romanos 6:1-10, Colosenses 2:12). Fundamentan dicha afirmación en 1 Corintios 12:13.

Aunque respetamos su postura, nosotros, como pentecostales, afirmamos que ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27 para una expresión equivalente a “bautizados en Cristo”). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Dicho de otra manera, en la conversión el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

El bautismo en el Espíritu Santo es una realidad bíblica y experimental innegable. En la Biblia se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

(1.- Bautizado en el Espíritu—Hechos 1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
(2.- El Espíritu viene, o desciende, sobre— Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
(3.- El Espíritu derramado— Hechos 2:17,18; 10:45
(4.- El don que mi Padre prometió— Hechos 1:4
(5.- El don del Espíritu— Hechos 2:38; 10:45; 11:17
(6.- El don de Dios— Hechos 8:20; 11:17; 15:8
(7.- Recibir el Espíritu— Hechos 8:15,17,19; 19:2
(8.- Lleno con el Espíritu— Hechos 2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.[5]

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

El bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia distinta y posterior a la regeneración. Cada vez que en el Nuevo Testamento encontramos el bautismo en el Espíritu, veremos que se manifiesta el orar en el Espíritu u orar en lenguas, como la señal del derramamiento del Espíritu. También encontramos en algunos casos la manifestación de profecía y alabanza además del hablar en lenguas. Pero siempre es algo que se ve y oye:

“Y [Jesús] exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros VÉIS Y OÍS” (Hechos 2:33).

En Pentecostés el Espíritu se derrama sobre cada uno, y se ponen a hablar en lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Ellos eran los que hablaban, pero el Espíritu les daba el lenguaje a expresar (Hechos 2:1-4).

En Hechos 10:44-46 se relata:

“Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos AL VER que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, PUES LES OÍAN hablar en lenguas y glorificar a Dios”

Pedro está predicando de Cristo a Cornelio y su gente, cuando repentinamente cayó el Espíritu sobre todos ellos, incluidos los gentiles. ¿Cómo sabían que había caído el Espíritu sobre todos ellos? Porque los oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Ellos también habían recibido su bautismo en el Espíritu tal como los Apóstoles en Pentecostés, porque hablaban en lenguas.

En Hechos 19:1-6 leemos:

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a HABLAR en lenguas y a profetizar…”

¿Qué sucedió cuando vino sobre ellos el Espíritu Santo? Se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. A todo lo anterior, la conclusión es obvia: El bautismo en el Espíritu Santo es siempre una experiencia visible (o cuando menos audible) y no siempre ocurre al momento de la conversión. Tampoco es lo mismo que la regeneración. Ser sellado con el Espíritu Santo al momento de nuestra conversión y recibir el bautismo en el Espíritu Santo son dos experiencias distintas.

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CONCLUSIÓN

A quienes todavía cuestionan la validez de este mover del Espíritu, les remitimos a las pruebas y al respaldo de Dios sobre el mismo: Los pentecostales sólo representaban el 6 por ciento de todos los cristianos en el año 1980. Hoy ese número ha aumentado al 26 por ciento. Y el Pulitzer Center informa que 35.000 personas se unen a las iglesias pentecostales cada día. Algunos investigadores predicen que habrá 1.000 millones de cristianos pentecostales en el mundo en 2025. A pesar de los estereotipos, en absoluto se puede decir que los pentecostales seamos marginales en la sociedad. Fieles a la Palabra y a nuestro legado Protestante, los pentecostales declaramos: ¡Sola Scriptura! ¡Sola fide! ¡Sola Gratia! ¡Solus Christus! ¡Soli Deo gloria! Pero también declaramos sin avergonzarnos: ¡Ha llegado el tiempo de Solus Spiritus!

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REFERENCIAS:

[1] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[2] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[3][3] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[4] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículos 7-8.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

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Continuismo, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Reforma Protestante

El Pentecostalismo y la Reforma de 1517

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Cada 31 de octubre se conmemora un año más de la Reforma Protestante y los pentecostales somos parte de dicha celebración. Aunque tradicionalmente la figura de Lutero ha sido vinculada a las iglesias evangélicas llamadas históricas, las iglesias pentecostales también arraigan su historia en el evento que recordamos cada 31 de octubre. El mismo día que, hace un poco más de 500 años, Lutero clavó sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg.

Pero ¿Qué tienen que ver las iglesias pentecostales con la Reforma Protestante? ¿Somos los pentecostales verdaderamente protestantes? ¡Absolutamente sí! El pentecostalismo surgió como un movimiento de renovación dentro del cristianismo protestante. Sin embargo, no todos los protestantes estarían de acuerdo en concedernos dicho título, particularmente en el sector “reformado” o “calvinista” del protestantismo, el cual prefiere vernos como sectas heterodoxas sin conexión formal con la Reforma Protestante. Y es que el movimiento pentecostal, nacido en Estados Unidos en los primeros años del siglo XX, a pesar de su vigorosa expansión a nivel global, es a menudo rechazado por algunos protestantes históricos que rechazan su fuerte componente emotivo, la insistencia pentecostal en la comunicación directa, personal y permanente con la Divinidad y la creencia (muy propia del pentecostalismo) en la intervención milagrosa de Dios en los asuntos cotidianos.

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¿SOMOS PROTESTANTES?

Cuando el 31 de octubre de 1517 el monje alemán Martín Lutero colgó, para que todos las vieran, sus 95 tesis en la puerta de la catedral de Wittenberg, estaba dando origen a una serie de movimientos religiosos e iglesias que cambiarían profundamente el mundo (según los razonamientos de Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo). En este documento, el monje criticaba duramente la costumbre católica de vender indulgencias y rechazaba así la idea de que la salvación del infierno fuera posible mediante los aportes económicos realizados a la Iglesia.

Para Lutero, el perdón era una gracia que solo Dios podía otorgar, y ni la caridad, ni los buenos actos, ni las promesas de los obispos garantizaban la salvación. Lo único que los fieles podían hacer era aceptar a Jesús como el Salvador, confiar en su gracia e intentar vivir santamente en busca de la aprobación divina. Lutero, además, desestimaba la infalibilidad papal y reconocía como única fuente de autoridad religiosa a la Biblia –y la interpretación personal que, bajo inspiración del Espíritu Santo, cada creyente realizaba de ella–. Por estas ideas fue excomulgado en 1521, luego de la Dieta de Worms. Su pensamiento, al expandirse con algunas variantes por distintos países, dio origen a la llamada Reforma protestante. Mientras el catolicismo asentaba su fe en la Iglesia, y en su cabeza, el papa, los grupos disidentes que surgieron a partir de Lutero afirmaron su credo en los Evangelios –motivo por el cual pronto se los conocería como evangélicos–. La autoridad que estos grupos conferían a cada creyente en la interpretación autónoma de la Biblia dio lugar a un continuo proceso de creación, institucionalización y disidencia religiosa que prosigue hasta el día de hoy y que ayuda a la expansión de este credo religioso por el mundo entero.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos vivió una ola de resurgimiento religioso conocida como el Segundo Despertar, en la que distintos grupos reivindicaban no solo la interpretación personalizada de la Biblia y la aceptación de Cristo como único Salvador, sino también la sanación divina y la necesidad de una fuerte vivencia experiencial que rubricara ese encuentro personal con Jesús. Con este trasfondo religioso surgen, a principios del siglo XX, las primeras iglesias pentecostales.

Muchos historiadores pentecostales reivindican como el nacimiento del movimiento pentecostal el bautismo en el Espíritu Santo experimentado por el predicador negro William Seymour y su congregación en la iglesia de la calle Azusa en Los Ángeles, en 1906. Esta experiencia fundante revivió la escena del Pentecostés bíblico en la cual los apóstoles, bajo la influencia del Espíritu Santo, hablaron en lenguas que desconocían (Hechos 2:1-11). La experiencia del «bautismo en el Espíritu» pronto se difundió hacia otras iglesias y también hacia otras regiones: misioneros de la iglesia de la calle Azusa se dispersaron por 25 países en los siguientes dos años. En la experiencia pentecostal de comienzos del siglo XX, las manifestaciones que evidenciaban la presencia divina en el individuo incluían la glosolalia (el hablar en lenguas extrañas) y otras experiencias espirituales como sueños, visiones, sanidades, profecías, etc.

El pentecostalismo pronto desarrolló, más allá de sus diversidades, un patrón doctrinario y práctico común resumido en la afirmación «Jesús sana, salva, bautiza en el Espíritu Santo y vuelve como rey». Jesús sana el cuerpo, salva el alma, y acerca a Dios a través de una experiencia de encuentro personal con él. El acento en cualquiera de esos cuatro temas puede variar, pero lo principal para un pentecostal es la continua acción sanadora y salvífica de Jesús en distintos momentos de su vida personal. Esta interpretación de los hechos de la vida en clave de permanente intervención divina diferencia a pentecostales y evangélicos de otros grupos cristianos; para ellos, la posibilidad del milagro no es excepcional sino cotidiana, aun en instancias que otros grupos religiosos considerarían banales. De ahí la insistencia, en sermones de pastores y evangelistas, en la fe en un Jesús vivo, actuante cada día en la vida de los creyentes. Todo esto vino a contrastar con la frialdad y decadencia de muchas iglesias protestantes de esa época, las cuales vieron en el pentecostalismo una amenaza contra su hegemonía religiosa.

Para muchos observadores externos el éxito de las iglesias pentecostales parece radicar en que expresaron, fomentaron y legitimaron elementos y formas de adoración libre, emotiva y fluida que no encontraban acogida en muchas religiones instituidas de la época, las cuales, o se hallaban fosilizadas en sus viejos dogmas y confesiones de fe, o habían traicionado las verdades del evangelio abrazando el liberalismo teológico y moral. En este sentido, el pentecostalismo no fue un alejamiento de la ortodoxia protestante, sino más bien un movimiento de retorno a las bases morales y teológicas del mismo, pero con un componente agregado: La experiencia vivencial de comunión con Dios a través del bautismo en el Espíritu Santo tal como ocurría en la iglesia neotestamentaria.

REFORMA 1

¿POR QUÉ NECESITAMOS JUSTIFICAR NUESTRA PERTENENCIA AL PROTESTANTISMO?

Más allá de las críticas de sus adversarios y las diferencias litúrgicas que separan al pentecostalismo de las iglesias tradicionales, resulta evidente que el movimiento pentecostal es heredero de la Reforma y una continuación moderna y renovada de la misma; las doctrinas pentecostales se derivan del rico legado teológico de la Reforma y el pentecostalismo nació a partir de iglesias derivadas de la misma ¿Acaso no es esto suficiente? Aparentemente no (para algunos). ¿Por qué entonces nos vemos obligados a reivindicar una y otra vez nuestro derecho a ser considerados evangélicos o protestantes? Porque en ciertos sectores del evangelicalismo tradicional, principalmente en el bloque calvinista o reformado, los oponentes al movimiento pentecostal no solo son muchos, sino también cada vez más agresivos. Por ejemplo, en su polémico libro “Fuego Extraño” el pastor John MacArthur califica al Movimiento Pentecostal y Carismático[1] como una herejía peligrosa que debe ser combatida por los demás cristianos:

“Es hora de que la iglesia evangélica se levante y recupere un enfoque adecuado de la persona y la obra del Espíritu Santo. La salud espiritual de la iglesia está en juego. En las últimas décadas, el movimiento carismático se ha infiltrado en el evangelicalismo tradicional irrumpido en el escenario mundial a un ritmo alarmante. Es el movimiento religioso de más rápido crecimiento en el mundo. Los carismáticos suman ya más de quinientos millones en todo el orbe. Sin embargo, el evangelio que está conduciendo a esos números no es el verdadero evangelio y el espíritu detrás de ellos no es el Espíritu Santo. Lo que estamos viendo es, en realidad, el crecimiento explosivo de una iglesia falsa, tan peligrosa como cualquier secta o herejía que haya atacado al cristianismo…. fue una farsa y un engaño desde el principio y no ha cambiado a algo bueno”[2]

MacArthur llega al extremo de afirmar:

“La teología carismática no ha hecho ninguna contribución a la verdadera teología o la interpretación bíblicas, sino que representa una mutación desviada de la verdad. Al igual que un virus mortal, obtiene su acceso a la iglesia manteniendo una relación superficial con ciertas características del cristianismo bíblico, pero al final siempre corrompe y distorsiona la sana doctrina. La degradación resultante, como una versión doctrinal del monstruo de Frankenstein, es un híbrido repugnante de la herejía, el éxtasis y la blasfemia torpemente vestido con los restos destrozados del lenguaje evangélico. Se llama a sí misma «cristiana», pero en realidad se trata de una farsa, un simulacro de una forma de espiritualidad que continuamente se transforma como en un espiral errático de un error a otro.”[3]

Para MacArthur, lo pentecostales ni siquiera deberíamos ser considerados evangélicos, por lo que deberíamos ser rechazados por la comunidad cristiana en general:

“A pesar de sus graves errores teológicos, los carismáticos exigen su aceptación dentro de la corriente tradicional evangélica. Y los evangélicos han sucumbido en gran parte a esas demandas, respondiendo con los brazos abiertos y una sonrisa de bienvenida. De este modo, el evangelicalismo tradicional ha invitado inadvertidamente a un enemigo a entrar. Las puertas se le han abierto de par en par a un caballo de Troya lleno de subjetivismo, experimentalismo, compromiso ecuménico y herejía. Los que se comprometen de esta manera están jugando con fuego extraño y poniéndose en grave peligro.”[4]
“En generaciones anteriores, el movimiento carismático pentecostal habría sido etiquetado como herejía. En cambio, ahora es la estirpe más dominante, agresiva y visible del llamado cristianismo en el mundo. Pretende representar la forma más pura y poderosa del evangelio. Sin embargo, proclama ante todo un evangelio de salud y riquezas, un mensaje totalmente incompatible con las buenas nuevas de las Escrituras. Todos los que se oponen a su doctrina son acusados de aflicción, apatía, resistencia e incluso de blasfemia contra el Espíritu Santo. No obstante, ningún movimiento arrastra su nombre por el fango con mayor frecuencia o audacia.”[5]

MacArthur concluye su libro afirmando:

“La teología carismática es el fuego extraño de nuestra generación y los cristianos evangélicos no deben coquetear con ella a ningún nivel.”[6]

MacArthur se proclama a sí mismo como cesacionista, lo cual explica en parte su férrea oposición al pentecostalismo. Sin embargo, él no es el único en despreciar al Movimiento Pentecostal. En diversos círculos religiosos, principalmente calvinistas, la opinión desfavorable hacia el pentecostalismo, o carismatismo, permanece:

“¿Es bíblico el movimiento carismático? Podemos responder mejor esta pregunta de esta manera: sabemos que, desde la creación de la humanidad, el insidioso plan maestro de Satanás ha sido sencillamente poner un velo entre los hijos de Dios y la infalible Palabra de Dios. Comenzó en el Jardín del Edén, cuando la serpiente le preguntó a Eva, “¿Con que Dios os ha dicho…” (Génesis 3:1), generando con ello dudas sobre la autoridad y autenticidad de lo que Dios ha dicho? Desde ese día, él continúa atacando la infalibilidad y autenticidad de la Biblia. Indudablemente, sabemos que Satanás ha acelerado el ritmo de esta estrategia. (1 Pedro 5:8).”[7]

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¿POR QUÉ TANTA OPOSICIÓN POR PARTE DE OTROS CRISTIANOS?

Nos preguntamos ¿Cuál es el problema que tienen con el pentecostalismo otros cristianos no pentecostales? ¿Por qué algunos etiquetan, generalizan y desprecian a todo el movimiento pentecostal de esa forma? El celo ministerial y el cada vez más persistente decaimiento en las iglesias tradicionales, en contraposición a la vitalidad y crecimiento del Movimiento Pentecostal, podrían explicar en parte tal oposición.

Amigos y enemigos reconocen que el crecimiento del pentecostalismo en los últimos 100 años ha sido sorprendente, de hecho, es inigualable en la historia de la iglesia cristiana. El pentecostalismo produce conversiones y masas de fieles en Norteamérica, Latinoamérica, China, Corea del Sur, Singapur, Filipinas y varios países del continente africano. En todos estos casos se verifica una constante: el movimiento posee una gran capacidad de vincular su mensaje con las masas, difundir la fe cristiana y adaptarla a las culturas locales, plantar iglesias autóctonas y alentar formas de organización, teología y liturgia flexibles, variadas y fácilmente apropiables con las que se disemina entre los más diversos segmentos de población de distintos contextos nacionales. Todo ello sin traicionar los fundamentos del cristianismo histórico ni imponer culturas foráneas.

La flexibilidad y colorido del mundo pentecostal no siempre cae en gracia con algunas iglesias protestantes tradicionales, inflexibles litúrgicamente y aferradas a una cultura específica. Lo que sí es innegable es el éxito del pentecostalismo en expandirse y globalizarse: En tan solo 100 años de existencia, el pentecostalismo se ha transformado en el movimiento cristiano de mayor y más rápido crecimiento de toda la historia. Habiendo surgido en la primera década del siglo XX con unas pocas comunidades, ya en 1970 totalizaban 73 millones, para llegar en 1989 a 352 millones en todo el mundo, y hoy se habla de 500 millones. En varios países tiene una tasa de crecimiento del 10% anual, mientras que las iglesias protestantes históricas corren el riesgo de desaparecer o quedar reducidas a ínfimas minorías.

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ELEMENTOS DE CONTINUIDAD DEL PENTECOSTALISMO CON LA REFORMA PROTESTANTE

Cabe destacar que la naturaleza dinámica, flexible y variopinta del pentecostalismo jamás significó una ruptura con la fe cristiana histórica. El ADN mismo del movimiento pentecostal es plenamente protestante. Esto puede corroborarse fácilmente si analizamos los siguientes aspectos:

  1. Los Pentecostales y la Biblia.

Entre nosotros los pentecostales, más allá de los prejuicios que se tengan acerca de nuestras doctrinas, liturgia y prácticas, pues se nos acusa “ignorantes”, “emocionalistas” y “enemigos del estudio y de la preparación teológica”, existe un marcado aprecio por la Biblia, la que se lee desde una consideración literal y devocional, que se memoriza y se aplica con rapidez a la vida. Existe una fuerte motivación a la proclamación y divulgación de la fe, haciendo uso de la palabra en espacios públicos y privados. Existe una avidez por conocer con claridad y fervor lo que la Biblia dice.

  1. La relación positiva con la teología protestante.

Existe un fuerte apego por parte de los pentecostales hacia la ortodoxia protestante y las doctrinas del cristianismo histórico, aunque con énfasis fundamentalista. Probablemente, el aspecto de mayor cercanía con los frutos de la Reforma Protestante en el pentecostalismo, tenga que ver con el bagaje doctrinal que lo sustenta.

  1. La concepción de la iglesia.

A nivel eclesiológico es muy importante destacar el hecho que las iglesias pentecostales (a semejanza del protestantismo histórico) fundaron iglesias nacionales, con gobierno propio e independencia en la administración de los recursos económicos. Otro elemento para destacar acá es la realización de un culto que posee canto, oración y predicación en lenguaje vernáculo, contextualizado en la realidad que les toca por la providencia.

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ELEMENTOS DE CAMBIO DEL PENTECOSTALISMO EN RELACIÓN CON LA REFORMA PROTESTANTE

Como pentecostales, lo que nos une con el protestantismo histórico es más de lo que nos separa. Sin embargo, ciertos distintivos del pentecostalismo marcan distancia (mas no ruptura) con las iglesias tradicionales del protestantismo. Tales diferencias son de esperar en un movimiento de renovación como el movimiento pentecostal. Entre ellas cabe mencionar:

  1. Hablamos el lenguaje del pueblo.

En primer lugar, los pentecostales hablan en general el lenguaje del pueblo. Hablan al corazón, no con ideas abstractas, y otorgan a sus adeptos un ámbito de sentido, un lugar para realizarse, sobre todo para aquellos que no tienen lugar en el mundo. Su culto es un ámbito para la experiencia vivencial con Dios a través de la obra del Espíritu Santo, para la fiesta y el gozo de vivir en las manos de Dios, y todos participan activamente.

  1. Estructura jerárquica sencilla.

La jerarquía pentecostal es sencilla, lejos del clero tradicional y lejano de muchas iglesias históricas. Cada uno de los fieles se siente y se sabe un discípulo de Jesucristo enviado con una misión única e insustituible.

  1. Conservadurismo teológico y moral.

En muchos sentidos, el pentecostalismo es un “cristianismo primario”, cuyos temas centrales -salvación, milagros, sanidades, liberación, predicación escatológica- son los dejados de lado por las Iglesias históricas que se aggiornaron[8] en la década del 60, adaptándose a la tesis de la secularización progresiva. Y éstas últimas, aggiornadas, son las que ven vaciarse sus templos, y en algunos casos bajo riesgo de desaparecer. Mientras tanto, las denominaciones pentecostales consolidan su presencia y feligresía día tras día.

  1. La experiencia pentecostal.

Un primer elemento que necesita ser tenido en cuenta es el que constituye lo pentecostal, a saber, la experiencia del bautismo del Espíritu Santo y luego, el ejercicio de los carismas, poniendo mucho énfasis en los dones manifestacionales o extraordinarios. El elemento doctrinal distintivo del pentecostalismo se encuentra en esta experiencia, que genera una lectura continuista de los dones de lenguas, profecías y milagros. Lo central y distintivo en lo pentecostal es la experiencia de poder del Espíritu.

  1. Lecturas teológicas divergentes de la Reforma.

En su cristología, el énfasis del pentecostalismo es de continuidad con los movimientos de santidad, en la idea de sostener que Cristo es salvador, bautizador en el Espíritu, sanador o santificador, y rey venidero, generando un punto focal distintivo y diferenciador del protestantismo clásico.

Los ejes de la teología del pentecostalismo están caracterizados por una visión del mundo que tiende a separar radicalmente lo sagrado de lo profano; por el determinismo y pesimismo antropológico; por el reconocimiento de múltiples manifestaciones espirituales y de la realidad de una relación cercana con el Espíritu; por la ausencia de mediación de los profesionales religiosos en la lectura bíblica de los creyentes laicos; y por la configuración de una iglesia militante, a la que se ingresa por conversión y en la que se vive un compromiso total.

  1. La misiología pentecostal.

El pentecostalismo se caracteriza por una urgencia misional, pues la evangelización se potencia por la noción del rescate de los perdidos. Y si bien es cierto, los esfuerzos misionales del pentecostalismo no son mayores que el de otros movimientos y denominaciones en la historia cristiana, sí generó un crecimiento explosivo, que ha llamado la atención de quienes estudian la historia del protestantismo y las misiones en mundiales.

La misión pentecostal, particularmente desarrollada en un arduo proceso de “plantación de iglesias”, se caracteriza por un profundo asentamiento en los sectores populares, por la fundación de iglesias nacionales con fomento de liderazgo autóctono, y por su alto sentido del deber en la misión.

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CONCLUSIÓN

Es indudable que el pentecostalismo ha proporcionado un tremendo aporte y vigor renovado al cristianismo mundial, llenando cada ciudad con iglesias construidas con mucho esfuerzo, con sus cánticos alegres sean con instrumentos o a viva voz, con su proclamación del evangelio y por supuesto, con vidas redimidas integralmente. Por otro lado, más allá de las rupturas y elementos de cambio, se han preservado elementos de continuidad con el protestantismo y con el cristianismo histórico.

El pentecostalismo es un movimiento explosivo no por su novedad, sino por su relevancia, porque tiene algo que decir al hombre y mujer de hoy. Algo que el protestantismo histórico fue perdiendo en el camino. Lamentablemente, no todos se gozan en nuestro éxito ni celebran nuestros avances. El perfil restauracionista que se le da a la Reforma Protestante, como si ésta rompiera con el oscuro pasado medieval, tiende a menospreciar al pentecostalismo y sus logros, como si el cristianismo primigenio, después de un largo intervalo -a lo menos desde el s. III d. C.- hubiese vuelto a existir por la Reforma. Quienes ven al protestantismo como una reforma acabada y completa tienden a ver el pentecostalismo nada más como una secta de poco más de 100 años que amenaza su hegemonía. Quienes tienen una visión tan pobre del cristianismo a menudo ignorarán que los pentecostales somos parte de la larga historia de la iglesia de Jesucristo, plural y diversa en tiempos y espacios, pero marcada por la redención conquistada en la cruz. Ese es su problema, no el nuestro. Nosotros seguiremos avanzando para la Gloria de Dios.

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REFERENCIAS:

[1] Aunque en algunos países latinoamericanos el término “carismático” suele asociarse con el catolicismo romano, en el presente artículo dicho término alude a un movimiento de renovación cristiana interdenominacional y no a la Renovación Carismática Católica. El movimiento carismático, o pentecostal, tuvo su origen en 1906 en la misión de la Calle Azusa en Los Ángeles, California

[2] MacArthur, John. Fuego Extraño: el peligro de ofender al Espíritu Santo con adoración falsa, Thomas Nelson Publishers, Nashville, Tennessee, pp. 17.

[3] Ibid., pp. 16.

[4] Ibid., pp. 15.

[5] Ibid., pp. 16.

[6] Ibid., pp. 233.

[7] Véase el artículo: “¿Qué es el movimiento Carismático?” publicado en: https://www.gotquestions.org/Espanol/movimiento-carismatico.html, consultado el 04/03/2019.

[8] Aggiornamento (“actualización” en italiano) es un término italiano utilizado para expresar la adaptación o la nueva presentación de los principios cristianos al mundo actual y moderno, siendo por eso un sinónimo de liberalismo teológico y moral. Implica amoldar o adaptar la teología y moralidad cristiana a la sociedad secular y sus normas cambiantes.

Neopentecostalismo, Pentecostalismo Clásico

¿Danza profética? ¿Tabernáculo caído de David?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Las modas de adoración absurdas y las innovaciones teológicas sin fundamente bíblico inundan el evangelicalismo moderno, principalmente dentro del denominado neopentecostalismo. Esto no debe sorprendernos, pues fue profetizado hace siglos por el apóstol Pablo: “El Espíritu dice claramente que, en los últimos tiempos, algunos abandonarán la fe para seguir a inspiraciones engañosas y doctrinas diabólicas. Tales enseñanzas provienen de embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida” (1 Timoteo 4:1-2, NVI). Tan importante consideraba Pablo evitar tales desviaciones de la fe que repitió dicha advertencia en su segunda carta a Timoteo: “En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.” (2 Timoteo 4:1-3, NVI). Dentro de dichas modas extrañas, “inspiraciones engañosas” o “novelerías”, la danza profética sobresale por la ridiculez de sus afirmaciones.

¿QUÉ MODA EXTRAÑA ES ESTA?

La mal llamada “danza profética” suele definirse en el neopentecostalismo como un tipo de “danza de carácter espiritual e inspiración divina”. Sin embargo, este tipo de manifestaciones no es exclusiva del cristianismo, sino que ha estado presente en diversas culturas, religiones y etnias con el fin de entrar en comunicación con una entidad superior (ya sea algún dios o espíritu) con el fin de recibir respuesta favorable (lluvia y buena cosecha, por ejemplo), pidiendo intervención de lo sobrenatural en la vida humana.

A pesar de sus orígenes fuera de la tradición judeocristiana, la Danza Profética es considerada por sus practicantes como un don especial de inspiración divina, la cual sólo es posible con verdadera adoración e intimidad con Dios, el Ser Supremo. Se considera que no muchos poseen este “don” y que, para poder ejercerla, el alma del danzante debe ser regenerada a fin de que su danza pueda traer profecía, curación, liberación y restauración sobre la congregación. Así pues, la Danza Profética sólo podrá ser ministrada por profetas verdaderos (personas que anuncian los designios divinos) que tengan esta conciencia y don.[1]

En el complejo y herético mundo del neopentecostalismo, la danza profética es considerada parte de las llamadas “danzas ministeriales”, por lo que se considera que el autor es el Espíritu Santo. Las denominadas Danzas Ministeriales comprenden, entre otras cosas:

  1. La Danza Maestral (maestros en danza): El “levita”, como un maestro, enseña a la Iglesia a través del baile o el teatro.
  2. La Danza Apostólica (apóstoles en danza): Se produce cuando la danza o la expresión artística genera influencia y actúa directamente sobre la semilla del Reino de Dios en la Tierra. Este tipo de danza se considera una guerra espiritual, una confrontación entre la luz y la oscuridad con efectos concretos, percibidos como curaciones y la liberación espiritual, las conversiones en masa, el resultado de la llegada del Reino de Dios al pueblo, ciudad o país.
  3. La Danza Profética (profetas en danza): Hacen la guerra espiritual y profetizan por la adoración profética la unión del Novio con su Iglesia. Expresa de manera espontánea lo que Dios quiere enseñar, aquello que Él quiere demostrarle a las personas o a la iglesia local.
  4. La Danza Evangelística (evangelistas en danza): Es aquella que hace la sensibilización sobre el Hijo de Dios, trata de ganar el corazón de personas a través de su danza, mostrando la necesidad de recibir Cristo y seguirlo. Es el ministerio con mayor frecuencia en las iglesias.
  5. La Danza Pastoral (pastores en danza): Es el “ministerio” de danza más común en las iglesias. Incluso muchas iglesias que no se identifican como neopentecostales suelen incluir en sus programas este tipo de “ministerios”. Sus practicantes consideran que a través de este tipo de danza los adoradores reciben alimentación, son nutridos e inspirados en su fe y adoración. Se considera que este tipo de danza aporta liderazgo y transformación en la vida cristiana a través de la Palabra manifiesta y expresada en la danza.

En el enredado mundo neopentecostal los diversos tipos de Danzas Ministeriales son “ministradas” por los “levitas y adoradores del Señor Dios Todopoderoso” con la intención producir la salvación, curación o el bautismo en el Espíritu Santo, como si los milagros y manifestaciones espirituales de origen divino pudiesen ser manipuladas por el ser humano con sus fórmulas y ritos. Aunque los devotos de estas extrañas prácticas consideran que el bailarín (erróneamente llamado “danzor” o “danzora”) no necesita una formación específica en el baile, recientemente se han creado academias o escuelas de danza ministerial. Este culto a través del baile ha recibido varios nombres: baile apostólico, danza davídica, adoración íntima, generación profética, ministración por adoradores y Levitas (danza, música y canto) y Gaditas (en intersección y la guerra espiritual), etc. Muchos nombres que describen la misma realidad: ¡Herejía!

¿LA RESTAURACIÓN DEL TABERNÁCULO CAÍDO DE DAVID?

La Danza Ministerial es considerada parte de la “Restauración del Tabernáculo Caído de David” enseñada por los grupos neopentecostales. Tal expresión alude a una corriente teológica sobre la adoración que enseña que es necesario lograr la restauración del canto y las danzas judías del tipo que se cree fueron realizados por David en su culto a Jehová en el tabernáculo de su día. Se trataría de una restauración de alabanza pura profetizada en las Escrituras que a la vez indicaría los tiempos finales. Dichos grupos suelen citar Isaías 16:5, Amós 9:11-12 y Hechos 15:16-17 (los únicos tres pasajes de la Biblia que usan dicha expresión) para sustentar su posición doctrinal:

“Y se dispondrá el trono en misericordia; y sobre él se sentará firmemente, en el tabernáculo de David, quien juzgue y busque el juicio, y apresure la justicia.” (Isaías 16:5).

“En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado; para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto de Edom, y a todas las naciones, dice Jehová que hace esto.” (Amós 9:11-12).

“Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre” (Hechos 15:16-17).

Pero ¿En verdad pueden sustentarse en esos versículos las afirmaciones de los grupos neopentecostales? ¿Qué enseñan dichos versículos realmente? Y más aún, ¿Qué otras implicaciones tiene dicha enseñanza para la iglesia hoy? ¿Cuáles son los postulados que sostiene dicha enseñanza?

Basándonos en la fuente primaria más completa que hay sobre esta corriente, el libro The Tabernacle of David (“El Tabernáculo de David”), escrito en 1976 por Kevin Conner, el padre de esta corriente teológica, se puede resumir la enseñanza de la siguiente manera:

  • Así como el tabernáculo de Moisés fue un tipo, una figura profética, que apuntaba hacia Cristo y su obra expiatoria, David, en su oportunidad, levantó un tabernáculo especial que sólo contenía al arca del pacto, en señal del culto cristiano futuro, libre de sacrificios de sangre. Separado del viejo tabernáculo de Moisés, este tabernáculo fue un tipo de la Iglesia Neotestamentaria. Conner afirma: ““El Tabernáculo de Moisés fue dado como una sombra, un tipo, un padrón de las realidades eternas, espirituales y celestiales (Hebreos 8:5; 9:23,24). Esto seguramente es aplicable también al Tabernáculo de David”.[2]
  • David desarrolló nuevas formas de adoración en el segundo tabernáculo, como una profecía de la adoración de la era cristiana. Entraba confiadamente a este tabernáculo para contemplar el arca, sin temor del juicio divino, consciente de la gracia venidera.
  • En el Tabernáculo de David, los sacerdotes entraron a un “nuevo orden” en lo relativo a la adoración. En contraste con el Tabernáculo de Moisés y los sacerdotes en el Monte Gabaón, estos sacerdotes en el Tabernáculo en Sión no ofrecían sacrificios de animales. Ofrecían sacrificios de alabanza, gozo y gratitud. Aquí el ministerio de los cantantes y los músicos estaba en plena operación. Ofrecían “sacrificios espirituales” en el Monte Sión en el Tabernáculo de David.
  • Los sacerdotes en el Tabernáculo de David podían simplemente y confiadamente entrar en el lugar santísimo. Tenían acceso ante el arca del Señor. No existía ningún velo entre ellos y el arca, como había existido durante siglos en el Tabernáculo de Moisés. Tenían confianza para entrar “más allá del velo” porque ese velo pertenecía al Tabernáculo de Moisés, no al Tabernáculo de David.[3]
  • Lamentablemente, este nuevo culto fue abandonado al construirse el Templo de Salomón y durante las sucesivas generaciones de reyes judíos idólatras.
  • El profeta Amós reconoció estas verdades y anunció que en los postreros días se re-establecería el culto que David había iniciado en su tabernáculo (Amós 9:11).
  • En el Concilio de Jerusalén, Santiago, hermano del Señor, reconoció que con la conversión de los gentiles Dios también estaba restaurando el culto davídico a la Iglesia.
  • La Iglesia post-apostólica también abandonó el culto davídico, es decir, cayó en apostasía.
  • Desde los fines del siglo XX Dios está finalmente restaurando el culto davídico a la Iglesia, en señal de ser estos los tiempos finales.
  • La iglesia de la actualidad debe aprender todo lo posible sobre la adoración como se hacía en el Tabernáculo de David para entrar así en la verdadera adoración “en espíritu y en verdad.” Las iglesias cristianas deben adoptar formas de alabanza judías para así ministrar más perfectamente en el “Tabernáculo de David”. Esto incluiría la danza hebrea.

Aunque superficialmente dichas afirmaciones pueden parecer bíblicas y doctrinalmente correctas, las enseñanzas de moda sobre “el Tabernáculo de David”, como una profecía de la restauración de la adoración pura, son producto de una hermenéutica alegórica que mal interpreta las sagradas Escrituras, y que contradicen la verdad de la adoración bajo el nuevo pacto. Analicemos brevemente las contradicciones y errores de esta corriente doctrinal heterodoxa.

DEFICIENCIAS EN LA HERMENÉUTICA NEOPENTECOSTAL.

Para empezar, aunque es cierto que David levantó una tienda para el arca en Jerusalén e instaló a Asaf y a sus hermanos para ministrar ahí empleando música y alabanzas (1 Crónicas 15:16), no son acertadas todas las atribuciones que la enseñanza sobre “el Tabernáculo de David”, atribuye a estos hechos. Exagera las dimensiones y funciones del “Tabernáculo”, las innovaciones en el culto, y la comprensión de David de cuestiones futuras:

  1. Dimensiones y funciones del “tabernáculo de David” exagerados: La enseñanza “el Tabernáculo de David” visualiza a esta tienda como un lugar grande, espacioso, capaz de contener muchas personas a la vez quienes cantaban y danzaban alrededor del arca del pacto. Todo esto sería en figura profética del acceso de los creyentes cristianos a la presencia de Dios que se describe en Hebreos 10:19-22. Pero esto no calza bien con la realidad bíblica. Interesantemente, la versión Reina Valera nunca llama a esa tienda donde se guardaba el arca un “tabernáculo” sino usa la expresión “tienda” (2 Samuel 6:17; 1 Crónicas 15:1; 16:1). Al resto del viejo tabernáculo de Moisés, incluyendo el altar de holocaustos, que estuvo guardado en Gabaón, la versión Reina Valera sí llama fielmente “el tabernáculo de Jehová.” En el texto hebreo se emplea el mismo vocablo para ambas tiendas, Esta es una palabra hebrea que significa “morada, hogar, tabernáculo, o tienda” muy común, que ocurre 340 veces en el Antiguo Testamento. No se limita a tiendas de uso religioso (Salmos 19:4; Habacuc 3:7; Malaquías 2:12; Isaías 38:12 entre otras).[4] La traducción de Reina Valera traduce bien a Ohel como “tabernáculo” o “tienda” según el contexto. Nada hay en el texto bíblico que sugiere que la tienda levantada por David en Jerusalén era de proporciones suficientes para contener un grupo de personas que tocaba instrumentos y danzaba, más bien queda evidente que se trata de un recurso de almacenamiento provisorio hasta que se levantara un Templo digno de ser el centro de la adoración nacional. La verdad es que el arreglo que David había hecho para guardar el arca en Jerusalén no le satisfacía, y no lo consideraba gran cosa. Se quejaba ante Dios diciendo: “He aquí yo habito en casa de cedro, y el arca del pacto de Jehová debajo de cortinas.” (1 Crónicas 17:1). La doctrina neopentecostal sobre “el Tabernáculo de David” exagera el propósito de la tienda del arca del pacto en Jerusalén, cambiando su función de un lugar de almacenamiento provisorio a una proyección tipológica de la adoración cristiana, asunto que no tiene ninguna confirmación apostólica en el Nuevo Testamento.
  2. Innovación Exagerada: La enseñanza “el Tabernáculo de David” afirma que ahí por primera vez se usaron instrumentos musicales, cantores, la danza, el levantar manos, palmoteos, y gritos de júbilo.[5] Dice que ninguna de estas cosas sucedía en el culto a Jehová en el orden establecido por Moisés. Pero lo cierto es que no se puede afirmar que antes de David no existieran estas cosas en el rito judío. Al cruzar Israel el Mar Rojo, María y sus compañeras danzaron, tocaron panderos y cantaron (Éxodo 15:20). Incluso el culto profano al becerro de oro en el desierto fue acompañado de danzas y cánticos (Éxodo 32:6, 32:18-19). Durante el tiempo de los jueces las mujeres recibían a los soldados israelitas vencedores con danzas, cánticos y panderos (Jueces 11:34; 1 Samuel 18:6). No se debe pensar que David solo estableció el ministerio musical en Jerusalén, cerca del arca. También estableció sacerdotes músicos y cantores en el tabernáculo de Moisés que estaba guardado en Gabaón (1 Crónicas 16:39-42). Interesantemente, estos, de la línea de Sadoc, eran de mayor rango que los que ministraban en Jerusalén.[6] Esto nos sugiere que la mejor música se ejecutaba en el viejo tabernáculo erigido por Moisés, no en la tienda levantada por David.
  3. Comprensión Profética Exagerada: La enseñanza “el tabernáculo de David” atribuye a David una insólita comprensión profética de las realidades futuras que vendrían después en Cristo. Pero nada hay que indica que David levantó un segundo “tabernáculo” con la finalidad de adorar libremente a Dios sin ofrecer sacrificios y ofrendas, y para poder mirar al arca del pacto cuando quisiera. No hay ninguna mención de que David o sacerdote alguno haya entrado a la tienda del arca para mirarla. Si David consideraba que ya no era necesario impedir el acceso al arca mediante un velo, uno no se explica por qué no enseñó esta nueva libertad a Salomón para que fuese incorporada en el culto en el Templo de Jerusalén. Salomón en su oportunidad hizo un gran velo que separó al lugar santísimo del resto del Templo (2 Crónicas 3:14). No se debe pensar que a David ya no le interesaban los sacrificios y las ofrendas levíticas. Al comprar la era de Ornán el jebuseo, David edificó un altar y ofreció holocaustos y ofrendas de paz (1 Crónicas 21:26). Aún en aquella oportunidad David hubiera preferido ir a Gabaón a ofrecer sus sacrificios, pero temía hacerlo porque había pecado al hacer el censo del pueblo de Israel (1 Crónicas 21:28-30). David continuó ofreciendo sacrificios y ofrendas de animales a Jehová, puesto que en ese nivel de revelación operaba. No es correcto atribuirle una comprensión absoluta de lo que vendría con Cristo.
  4. La profecía de Amós referente al “tabernáculo de David”: Casi trescientos años más tarde, el profeta Amós fue enviado por Dios a la nación de Israel para profetizar contra los graves pecados que allí se cometían. La nación israelita se había dividido en dos después de la muerte de Salomón, permaneciendo la dinastía davídica en el trono de Jerusalén, capital de Judá, nación compuesta por las tribus de Judá y Benjamín. Las diez tribus restantes habían formado la nación de Israel sobre la base del culto a dos becerros de oro preparados por Jeroboam, el primer rey separatista. En el último capítulo de su profecía, luego de asegurar que el castigo de Dios vendría pronto sobre la nación israelita, Amós dice lo siguiente: “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado; para que aquellos sobre los cuales es invocado mi nombre posean el resto de Edom, y a todas las naciones, dice Jehová que hace esto.” (Amos 9:11-12). Es preciso entender qué quiso decir Amós con esa expresión en su oráculo, y qué quiso decir más adelante Santiago, al citar la profecía. Conner, el creador de la doctrina en cuestión, opinaba que Amós estaba hablando sobre la tienda que David había levantado en Jerusalén para recibir al arca del pacto, preocupado por la situación de la falta de adoración y la necesidad de su restauración: “El levantar el Tabernáculo caído de David, cerrar sus portillos y levantar sus ruinas, y edificarlo como en el tiempo pasado ciertamente significaba una restauración del orden de la adoración establecido en ese Tabernáculo“.[7]Sin embargo, los problemas de los tiempos de Amós eran la división del reino entre Israel y Judá, la apostasía de los reyes Jeroboam y Uzías, y la idolatría del pueblo. Para Amós la expresión “yo levantaré el tabernáculo de David” no es la esperanza de volver a danzar y a cantar salmos. Es algo mucho más grande que eso. Es la reunificación y restauración de Israel bajo un solo gobierno. Es la esperanza mesiánica. Además, la palabra hebrea empleada por Amós traducida en la Reina-Valera como “tabernáculo” no es Ohel, la comúnmente usada para describir el Tabernáculo de Moisés, sino Cukkah que significa tienda, carpa o choza. Esta fue la palabra hebrea usada para describir las sencillas tiendas usadas en la fiesta de tabernáculos.[8] Cukkah es una tienda o choza humilde, sencilla, no ostentosa ni gloriosa. La versión popular Dios Habla Hoy y la Nueva Versión Internacional, ambas emplean la palabra “choza” en vez de “tabernáculo” en Amós 9:11 (“…levantaré la choza caída de David.”). Amós no habla literalmente del Tabernáculo de reunión donde antes se hacían las ofrendas bajo el sacerdocio levítico, ni de la tienda de almacenamiento provisorio del arca en tiempos de David, sino metafóricamente de la dinastía davídica, “la casa de David”, que estaba tan lejos del ideal que Dios deseaba. Amós extiende la metáfora de una carpa o choza a un edificio en ruinas. “Levantaré sus ruinas, lo edificaré”. Estas no son expresiones pertinentes a carpas de pieles como las tiendas o tabernáculos del Antiguo Testamento. Amós tampoco estaba hablando del Templo de Salomón, porque durante su tiempo éste estaba en pie y no destruido. Ahí estaba el arca del pacto; y se hacían las ofrendas con regularidad bajo el gobierno de Uzías. Amós lamentaba la división y pecaminosidad de Israel. Su esperanza estaba en el Mesías. Esa esperanza llegó a una proyección global para “todas las naciones”.

Si la enseñanza de Conner sobre la Restauración del tabernáculo caído de David” es simplemente un error de hermenéutica y pura eiségesis alegórica ¿Dónde queda la Danza Ministerial y los excesos en la adoración promovidas en el neopentecostalismo? ¡En ningún lado! Pierden toda razón de ser.

LO QUE LA BIBLIA REALMENTE ENSEÑA SOBRE LA DANZA.

Hay varias expresiones bíblicas que se refieren a “danzar” y “bailar”. De hecho, las Sagradas Escrituras nos informan que los pueblos antiguos manifestaban sus sentimientos por medio de las danzas. Sin embargo, la práctica de las “Danzas Ministeriales” que se ejerce en muchas iglesias no tiene el sustento ni la evidencia bíblica adecuada. Mucho menos atribuir tales cosas al Espíritu Santo y convertir la danza en uno de los “dones ministeriales” tiene apoyo en la Biblia. Estas danzas nunca ocurrieron en los cultos oficiales al Señor en el Antiguo Testamento, es decir en relación al santuario o dentro de sus puertas. Tampoco vemos dicha práctica en las iglesias del Nuevo Testamento ni en las Iglesias Primitivas de los primeros cristianos.

¿Significa esto que debemos excluir por completo la danza de nuestra adoración? No. El uso de la danza ha sido uno de los distintivos del movimiento pentecostal desde sus inicios, pero definitivamente no como se practica en círculos los neopentecostales modernos, los cuales convierten en un show elaborado y artificial lo que en otro tiempo fue una expresión espontánea de gozo, alegría y júbilo. La Biblia no prohíbe usar la danza en la adoración a Dios; de hecho, hace mención de dicha práctica como forma de devoción y alabanza aceptable en el pueblo de Dios. Analicemos las palabras hebreas y griegas para “danza” y observemos la connotación bíblica que se le da a dicha práctica:

  1. Chagg: Se da este caso en 1 Samuel 30:16, donde dicho vocablo se traduce como “festejar”: “El egipcio los guio hasta los amalecitas, los cuales estaban dispersos por todo el campo, comiendo, bebiendo y festejando el gran botín que habían conseguido en el territorio filisteo y en el de Judá.” (NVI). Sobre el significado de Chagg, el Diccionario Strong nos dice: “propiamente moverse en círculo, i.e. (específicamente) marchar en procesión sagrada, observar un festival; por implicación estar alegre”. Dicha expresión no implica ni indirectamente los bailes y danzas ni mucho menos dentro del templo, ni ligadas al Espíritu Santo.
  2. Chîyl o Chuwl: Se usa en Jueces 21:21, donde dice: “y estén atentos. Cuando las muchachas de Siló salgan a bailar, salgan ustedes de los viñedos y róbese cada uno de ustedes una de esas muchachas para esposa, y váyase a la tierra de Benjamín” (NVI). La palabra para “bailar” significa según los diccionarios, danzar en círculos” o “dar vueltas circulantes”. Luego se da el mismo caso en Jueces 21:23. Es interesante notar que estas “danzas circulares” ocurrieron afuera del templo.
  3. Râqad o Karar: Se emplea en 1 Crónicas 15:29 en relación con David: “Pero cuando el arca del pacto de Jehová llegó a la ciudad de David, Mical, hija de Saúl, mirando por una ventana, vio al rey David que saltaba y danzaba; y lo menospreció en su corazón”. Y también en Job 21:11, Eclesiastés 3:4 e Isaías 13:21. Como podemos notar claramente, la palabra que casi siempre se traduce por “saltar o saltarán” es la misma que a veces se traduce por danzar, especialmente en el caso de David. David “saltaba de alegría”. La danza de David fue un acto de solemne y santo gozo. Para una persona del Cercano Oriente de entonces, esa era una manera natural de expresarse por extraña que nos parezca hoy. De ese modo David expresó su alabanza de agradecimiento y así honró y glorificó el santo nombre de Dios. La danza que David hacía era “saltar” literalmente o dar vueltas. Fue tanto así que Mical lo despreció. Pero lo más importante de todos es que tales actos ocurrieron en un momento de intensa alegría al encontrar y traer de nuevo el Arca del Pacto. No ocurrió dentro del Templo, pero sí fue una expresión de júbilo y alabanza al Señor.
  4. Mâchowl o Machowal: Se deriva de una raíz que significa simplemente voltear. Puede significar girar alegremente en una vuelta. Se emplea en Salmos 30:11, Salmos 149:3, Salmos 150:4, Jeremías 31:13 y Lamentaciones 5:15. La danza, mencionada en dichos versículos, ocurre en diversos contextos. Podemos notar primeramente los lamentos, especialmente en el caso de Jeremías y Lamentaciones. Esto no tiene nada que ver con la adoración ni menos con el templo. Los otros casos, pero los más famosos de todos ocurren con David y sus Salmos. En los Salmos 149:3 y 150:4, el machowal ocurre en el contexto de una lista de instrumentos que se utilizarán para alabar al Señor. El salmista invita al pueblo de Dios para alabar al Señor “por sus proezas” (v. 2) en todos los lugares posibles y con cada instrumento musical disponible y, obviamente, con danzas espontáneas nacidas de una devoción sincera al Señor.
  5. Mechôwlâh: Es la forma femenina de mechôwlâh: Girar alegremente dando vueltas. Se emplea en Éxodo 15:20, donde se nos dice que María “tomó el tamboril en su mano, y todas las mujeres salieron detrás de ella con tamboriles y con danza. (esto es, alegres giros en vueltas). También se emplea en Éxodo 32:19, Jueces 21:21, 1 Samuel 18:6, 1 Samuel 21:11 y 1 Samuel 29:5. La palabra hebrea “mechowlah” que se traduce como “danza” aparece siete veces. En cinco de los siete casos, la danza es realizada por las mujeres en la celebración de una victoria militar (1 Samuel 18:6, 21:11, 29:5, Jueces 11:34, Éxodo 15:20). María y las mujeres bailaban para celebrar la victoria sobre el ejército de Egipto (Éxodo 15:20). La hija de Jefté bailaba para celebrar la victoria de su padre sobre los amonitas (Jueces 11:34). Las mujeres bailaban para celebrar la masacre de los filisteos por David (I Samuel 18:6, 21:11, 29:5).En otros dos casos, mechowlah se utiliza para describir la danza de los israelitas en torno al becerro de oro (Éxodo 32:19) y la danza de las hijas de Silo en los viñedos (Jueces 21:21). Sin embargo, en ninguno de estos ejemplos la danza es parte de un servicio de adoración en el Templo.
  6. Pâcach: Significa literalmente “danzar como quien está cojeando”: “y (los profetas de Baal) danzaban, sobre el altar que habían hecho” (1 Reyes 18:26). Es un tipo de danza ocurrido en un contexto pagano y por lo tanto no tiene alguna connotación para la adoración a Dios.
  7. Orcheomai: Significaba probablemente levantar de los pies; de ahí, saltar con un movimiento regular. La actuación de la hija de Herodías es el único ejemplo claro de danza artística, forma esta introducida por las costumbres griegas. Este vocablo se emplea en Mateo 11:17, Lucas 7:32, Mateo 14:6 y Marcos 6:22. En dos de estos casos la danza fue hecha por la hija de Herodías, y claramente fue un tipo de baile sensual que era común en aquella comunidad romana.
  8. Choros: Denota en primer lugar un recinto para la danza; de ahí una compañía de bailarines y de cantantes”. Este vocablo se emplea en la parábola del hijo pródigo y claramente Jesús no tenía en mente enseñar de alguna manera indirecta los bailes y su utilización en la iglesia. Simplemente describe la situación y la alegría como lo demostraron aquellos hombres que vivían en el campo.

Debemos enfatizar que los casos en los que la danza es mencionada en la Biblia son tomados, en su mayoría, del Antiguo Testamento. No se registra ningún ejemplo de adoración a Dios a través de la danza en la iglesia primitiva. Incluso si tomamos en cuenta solo el Antiguo Testamento debe admitirse que la mayoría de los casos de la danza fueron ocasiones de alegría y saltos y no daban lugar a la euforia y hasta la sensualidad y exhibicionismo que vemos hoy día en los “ministerios” de danza de muchas iglesias. Por lo tanto es sano concluir que la permisión de ministerios de danza y otras manifestaciones extrañas que ocurren en muchas iglesias no se fundamentan en las Escrituras.

¿QUÉ HAY CON LA “DANZA EN EL ESPÍRITU”? ¿ES BÍBLICA?

Ningún pasaje de las Escrituras habla de “danzar en el Espíritu”. Esta frase es nueva. No es bíblica ni teológica. En diversas culturas, los seres humanos han acostumbrado expresar sus sentimientos por medio de las danzas, pero la Biblia jamás menciona nada semejante a lo que hoy algunos llaman “danzar en el Espíritu”.

Es indiscutible que entre las naciones semíticas (judíos, árabes, etc.), la danza era practicada tanto por hombres como por mujeres. Incluso Jesús hizo mención de ello en el Nuevo Testamento (Mateo 11:17, Lucas 15:25), aunque sin relación con la adoración a Dios, pues la música y las danzas solían acompañar las festividades nacionales y seculares judías. Sin embargo, aunque los escritores del Nuevo Testamento aconsejan a los creyentes alegrarse en el Señor, no hay ninguna recomendación en el Nuevo Testamento, ni mucho menos un mandato para la Iglesia en la dispensación de la Gracia, diciendo que se deba “danzar en el Espíritu”. Pablo, quien a menudo habla de “orar en el Espíritu”, “bendecir en el Espíritu” y “cantar en el Espíritu”, pero jamás de “danzar en el Espíritu”.

Entonces, si ni Jesús, ni Pablo, ni ninguno de los otros apóstoles habló jamás de la danza en el Espíritu ¿Por qué en muchas iglesias pentecostales se dan cierto tipo de experiencias extáticas extrañas, irreverentes, y hasta risibles, que involucran “danza”, contorsiones, movimientos extraños y cosas semejantes, bajo efecto de una posesión espiritual atribuida al Espíritu Santo? ¿Es esto obra del Espíritu Santo?

Como pentecostales, no ignoramos las manifestaciones del Espíritu Santo entre los creyentes. Sin embargo, creo que hemos confundido lo que es una manifestación genuina del Espíritu Santo con nuestra reacción emocional ante el toque de Dios. Quienes hemos experimentado el toque del Espíritu Santo en nuestras vidas sabemos que en algunos momentos no es tan fácil incluso controlarse ante el derramamiento del poder de Dios: quisiéramos llorar, saltar, gritar, movernos, brincar y si… danzar. Pero esa no es la manifestación de la presencia o llenura del Espíritu Santo, ni siquiera de su toque. Es más, ciertas danzas, expresiones, estilos de oración y muchas otras cosas que ocurren en muchos cultos evangélicos no son espontáneos, sino ensayadas, aprendidas, imitadas y, en el peor de los casos, fingidas por algunos para aparentar la llenura del Espíritu y lucir piadosos. Son meramente comportamientos aprendidos, una reacción acorde con lo que se espera que pase. Sin embargo, la Palabra nos enseña que, por regla general, cuanto más el cristiano está lleno del Espíritu, más autodominio posee. Porque la manifestación del Espíritu Santo trae al creyente la madurez y la sobriedad cristiana. El descontrol de nuestros sentimientos, emociones y reacciones físicas no es señal de estar totalmente controlado por el Espíritu de Dios, sino todo lo contrario:

“Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas.” (1 Corintos 14:32, LBLA).

“Porque a Dios no le gusta el desorden y el alboroto, sino la paz y el orden. Como es costumbre en nuestras iglesias” (1 Corintios 14:33, TLA).

“Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez sino de poder, amor y autodisciplina.” (2 Timoteo 1:7, NTV).

La danza en el Espíritu no debería ser punto de honor en las iglesias. Ciertamente, hay otras maneras más decorosas y edificantes para los que nos rodean, de agradecer a Dios por su amor y bondad, que ciertas prácticas extravagantes que pueden llegar a despertar solamente la curiosidad carnal. En conclusión, el “danzar en el Espíritu” no es bíblico. No fue una práctica de la iglesia primitiva, no fue enseñada por Jesús (ejemplo supremo de llenura del Espíritu) ni por ninguno de los apóstoles. Es simplemente una reacción emocional de algunos que, más que edificación, trae oprobio y burla sobre la iglesia.

En otros casos, la llamada “danza en el Espíritu” es una expresión de religiosidad popular propia de iglesias en las cuales el sincretismo predomina por encima de la Palabra. Muchos investigadores apuntan a la posibilidad de que este fenómeno haya surgido fruto del sincretismo religioso con cultos de origen animista, donde la posesión y las experiencias extáticas desordenadas son comunes. Quizá esto no suene agradable para algunos, pero es la verdad. Una verdad que se tenía que decir: La “danza en el Espíritu” no es bíblica.

CONCLUSIÓN.

¿Está prohibido usar la danza como expresión de júbilo y adoración a Dios? ¡En ninguna manera! Ya hemos visto que la Biblia sí registra ejemplos en los que la danza fue empleada en la adoración o alabanza a Dios. Sin embargo, hay algunos principios a tener en cuenta al considerar la danza como expresión de adoración:

  • Eclesiastés 3:4 — hay un momento apropiado para danzar (y por consiguiente un momento inapropiado para danzar).
  • Salmo 149:3; 150:4 — ambos pasajes mencionan que podemos alabar o adorar a Dios con danza.
  • Primera Corintios 6:19-20 — nuestros cuerpos pertenecen a Dios, y son el templo del Espíritu Santo. Así que todo lo que hacemos debe honrarle a él. Esto incluye la danza.
  • Sin embargo, en esto, como en todo, debemos recordar que: “a Dios no le gusta el desorden y el alboroto, sino la paz y el orden.” (1 Corintios 14:33, TLA).

La danza, como instrumento de adoración y expresión de júbilo no está prohibida. Lo que sí es prohibido e incorrecto es convertir en un ministerio algo que jamás lo fue o, peor aún, convertirlo en doctrina y práctica oficial de la iglesia, dándole un carácter místico y herético que escapa de la intención de los escritores sagrados. Sobre todo, la enseñanza sobre el Tabernáculo de David y su supuesta restauración en nuestra época carece del más mínimo fundamento bíblico.

REFERENCIAS:

[1] Tara Gilyard, Prophetic Dance: Communicating Divine Revelation Through Movement, PublishAmerica (2006).

[2] Kevin Conner, The Tabernacle of David: The Presence of God as Experienced in the Tabernacle (1976), City Christian Publishing, U.S.A., pp. 3.

[3] Kevin Conner, The Tabernacle of David: The Presence of God as Experienced in the Tabernacle (1976), City Christian Publishing, U.S.A., pp. 126.

[4] James Strong,Strong’s Exhaustive Concordance, (New Jersey: Madison, 1890) citado en Conner, pag. 9.

[5] Kevin Conner, The Tabernacle of David: The Presence of God as Experienced in the Tabernacle (1976), City Christian Publishing, U.S.A., pp. 156.

[6] Donald Guthrie, Nuevo Comentario Bíblico, (El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, 1989), pág. 291.

[7] Kevin Conner, The Tabernacle of David: The Presence of God as Experienced in the Tabernacle (1976), City Christian Publishing, U.S.A., pp. 147.

[8] Robert Baker Girdlestone, Sinónimos del Antiguo Testamento (Barcelona: CLIE, 1986), p. 236.

Neopentecostalismo, Pentecostalismo Clásico

Crisis en la adoración y liturgia pentecostal

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La liturgia (Del latín tardío liturgĭa, y este del griego λειτουργία, servicio público) se define como “Orden y forma con que se llevan a cabo las ceremonias de culto en las distintas religiones.”[1] En el Nuevo Testamento, escrito en el dialecto griego llamado κοινέ (koiné), esta palabra se utiliza para denotar (1) servicio, asistencia, con la implicación de un servicio formal y constante (2 Corintios 9:12; Filipenses 2:17, 2:30); (2) un ministerio, una función o asignación al servicio (Hebreos 8:6); (3) la realización de tareas religiosas, servicio religioso, cumplimiento de los ritos ceremoniales (Lucas 1:23; Hebreos 9:21).[2]

Aunque muchos relacionan la liturgia con la rutina, la liturgia, entendida como forma de adoración, es capaz de comunicar el evangelio con aquellas partes del hombre que podemos definir como sentimientos, emociones, todo el mundo plástico-simbólico de su mente, su subconsciente. Si la fe se limitara a su elemento teórico, doctrinal y filosófico, la fe sería meramente un acto racional. El hombre necesita adorar con cada parte de su ser, no solo con el intelecto. Aunque en la Biblia se nos manda adorar con el entendimiento (1 Corintios 14:15, Salmos 47:7), si las emociones y sentimientos del adorador no participan, tal adoración (si s ele puede llamar así) no pasa de ser un mero formalismo. El alma queda vacía y sin fruto. La liturgia, al comunicarse más con el inconsciente, hace algo con nosotros a un nivel diferente que la razón. Es ahí donde reside su importancia.

 

LA BELLEZA DE LA LITURGIA PENTECOSTAL CLÁSICA.

A diferencia de otros movimientos, el pentecostalismo ha añadido a su forma litúrgica una serie de elementos que han hecho marcar una diferencia del resto de cultos. La liturgia pentecostal no solamente radica en el relato del Pentecostés (Hechos 2) sino que se vale de otros aportes bíblicos. De esta forma la base bíblica del culto pentecostal puede hallarse en la teología lucana (Lucas y Hechos), el libro de los Salmos y algunos aportes de las cartas paulinas (1 Tesalonicenses, 1 Corintios y Hebreos).

Entre algunos de los rasgos de las iglesias pentecostales se enumeran: El gran fervor y la emotividad en los cultos, espontaneidad y libertad en las oraciones, oraciones privadas, pero dirigidas al Señor al mismo tiempo, respuesta personal, verbal y corporal a las predicaciones, amenes, glorias y aleluyas, coros y estribillos acompañados con palmadas y a veces con movimientos del cuerpo y la práctica de hablar en lenguas. La gran emotividad que se da en la vida cúltica es atribuida a la presencia del Espíritu Santo en todo momento. Asimismo, es necesario señalar que en algunos grupos se practica la sanidad corporal, como parte rutinaria del culto y a veces en grandes campañas públicas. Los cultos pentecostales casi siempre son evangelísticos con un llamado a las personas no convertidas.[3]

Los estudios que se han realizado acerca de la liturgia pentecostal resaltan la importancia de la experiencia del derramamiento del Espíritu Santo en el pentecostés. También el papel importante que juega la música en la liturgia pentecostal. A esta música se le ha incluido elementos culturales de las regiones. Es característico de esta música incluir instrumentos musicales de viento y de percusión, instrumentos que emiten sonidos que invitan al receptor a tomar una actitud activa y no pasiva dentro de la celebración. No en vano las expresiones musicales pentecostales se consideran uno de los principales ejes en la construcción de la identidad del movimiento.[4]

Pero el pentecostalismo se distingue de otros movimientos incluso en la música que emplea en sus servicios de adoración. Desde sus inicios el culto pentecostal ha sido acompañado de música, pero no la llamada música sacra o del siglo pasado sino que es una música autóctona y que así mismo se desarrolla con instrumentos propios de cada región. Lo anterior lleva a expresiones como: cantar, danzar, hablar en lenguas, batir las manos, dar completa libertad al Espíritu Santo, el cual se manifiesta con dones y milagros.[5]

De este modo, la adoración o liturgia pentecostal se desarrolla alrededor de la oración espontanea o “en el espíritu” (Efesios 6:18, Apocalipsis 1:10, 4:2, 17:3, 21:10). Así mismo es común que en los momentos de oración o alabanza, todos oren al mismo tiempo. La alabanza se describe como una experiencia con Dios en donde se goza, se canta “con el corazón”, se aplaude, se alaba con las emociones, en algunas ocasiones se danza así como es posible que se den expresiones de júbilo o expresiones libres. De esta forma se puede decir que comúnmente la alabanza y la oración se entremezclan en una sola, a lo que se ha denominado “ministración”, haciéndose experiencias vivas y en ocasiones impredecibles, que tienen como objetivo conducir hacia una fuerte experiencia de encuentro con Dios.[6]

 

PERDIENDO EL RUMBO EN LA ADORACIÓN.

Como señal distintiva, los cultos de las Iglesias pentecostales siempre han sido cultos participativos en los cuales todos los creyentes pueden cantar, predicar, dar testimonio y orar públicamente. Pero esto está cambiando de forma peligrosa y amenaza con destruir las bases mismas sobre las cuales se fundamenta nuestra liturgia. Hoy día, en las iglesias carismáticas y neo carismáticas los cultos son dirigidos por los “especialistas”, las prédicas se parecen más a conferencias masivas orientadas a subir la “autoestima” de los fieles, se recorta la participación de la membresía en el púlpito (los cantos especiales, los testimonios o las oraciones), y los cantos parecen ser una suerte de gimnasia colectiva que los desconecta de la realidad en la que viven.[7]

En muchas iglesias pentecostales modernas, los cultos se asemejan a conferencias, en las cuales el tema central se basa en la búsqueda de soluciones prácticas para los problemas de la vida cotidiana, los pasos para alcanzar la plenitud financiera, la autorrealización, vida conyugal, etc. Los temas clásicos pentecostales como la santidad, la persona del Espíritu Santo, la obra de Cristo en la cruz, entre otros, ahora son dejados para la Escuela Dominical. Esta transformación del culto está haciendo que los dones del Espíritu ya no estén presentes en las reuniones.

Debe tenerse en cuenta que, en sus inicios, las iglesias pentecostales no tenían ministerios ni ministros de alabanza, todo el pueblo cantaba, los cultos eran participativos y había horizontalidad en el canto. La democracia del Espíritu, más que un discurso, era una realidad visible. Los aleluyas y los gloria a Dios eran espontáneos, señal de una relación fresca y cotidiana con Dios, expresión visible y genuina de vigor espiritual. En los cultos pentecostales no había sonidos innecesarios ni estridentes de instrumentos musicales, ni “ungidos” dirigiendo los cantos, sino un pueblo que adoraba al compás del Espíritu, con cantos y palabras de alabanza nacidas del corazón, fruto de una experiencia espiritual intensa que daba cuenta de la presencia de Dios caminando en y con el pueblo de a pie reunido en el culto. El sacerdocio de todos los creyentes era una realidad cotidiana, una señal de la democracia en el Espíritu, todos los creyentes eran ministros y tenían acceso directo al Dios de la vida en el nombre de Jesús y en el poder del Espíritu. ¡Cuánto ha cambiado el contenido, la estructura, y la naturaleza festiva de nuestros cultos! En un porcentaje creciente de iglesias pentecostales de todas las denominaciones, ¡el espectáculo ha reemplazado al culto! ¡El exhibicionismo al encuentro con Dios! ¡Los profesionales del canto al canto libre del pueblo de a pie!

La dinámica pentecostal está cambiando, y no necesariamente para bien. Y es que con un nuevo estilo de culto neo pentecostal, en donde se pone como prioridad un mensaje completamente motivacional y en donde se busca además, proyectar una imagen agradable a los que visitan por primera vez la congregación, las manifestaciones sobrenaturales no tienen más espacio, pues ellas “asustan” y alejan a los que visitan por primera vez la congregación pentecostal. En el culto neo pentecostal pareciera que el ser humano pasa a ser el centro (antropocentrismo), pareciera también que todo es para él (letras de las canciones, el mensaje de la Palabra, testimonios) y que es realizado con la intención de satisfacer sus propias necesidades. Es decir, es un culto que busca captar la atención del hombre, ya no de Dios. Más emocionalismo y dramatismo es buscado y apreciado por los creyentes, convirtiendo el culto a Dios en un mero espectáculo diseñado para complacer al hombre y buscar su comodidad más que adorar a Dios.

Hoy, más que manifestaciones del Espíritu, los cultos pentecostales sobresalen por el uso de la tecnología, las luces, la predicación motivacional y una alabanza contemporánea. Este tipo de iglesia “modernizada” hace del culto un acto de “recibir de Dios su bendición” y ya no de “darle a Dios la adoración”.

 

HEMOS PERDIDO EL RUMBO DE NUESTRA ADORACIÓN.

La adoración está reservada sólo a Dios. Sólo Él es digno de ser adorado (Apocalipsis 19:10). Los pentecostales sabemos esto de memoria. Sin embargo, pareciera que hemos perdido el rumbo. En un intento por autocomplacernos y hacer de nuestra adoración un espectáculo socialmente aceptable o, cuando menos gratificante a los sentidos, hemos terminado adorándonos a nosotros mismos y a nuestros gustos particulares. Esto se debe a que hemos olvidado lo que significa adoración.

Hemos llenado nuestros templos con el ruido de los instrumentos, pero los hemos vaciado de poder de lo alto. Hemos colmado de luces, humo y grupos de danza nuestros servicios religiosos, pero la presencia de Dios ha abandonado nuestros templos. Hemos sustituido a los verdaderos adoradores y en su lugar hemos puesto actores profesionales disfrazados de ministros de alabanza. Peor aún, hemos sustituido las letras edificantes de nuestros himnos por música frívola y doctrinalmente incorrecta. De nosotros, Dios bien podría decir: “Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.” (Jeremías 2:13, NVI).

Quizá debamos preguntarnos nuevamente ¿Qué significa adorar? Adorar proviene del término adoris del latín formado por el prefijo ad (hacia) más el verbo orare (hablar). Adorar es pues, en su etimología, hablar hacia Dios o a Dios. Adorar, por lo tanto, no se trata de nosotros, sino de Dios. No se trata de nuestros gustos personales o de agradarnos a nosotros mismos, sino a Dios. No se trata de un show elaborado que satisfaga nuestras expectativas y alegre los sentidos, pues la adoración auténtica no proviene de la carne, sino del Espíritu: “los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.” (Juan 4:23-24, NVI).

Adorar a Dios implica hacer las cosas a su manera, no a la nuestra, pues de lo contrario quizá estemos introduciendo fuego extraño en la adoración a nuestro Dios (Levítico 10:1-11). Nuestra liturgia debe amoldarse a la palabra de Dios, no a las modas del mundo: “Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.” (Jeremías 15:19). Haríamos bien en seguir el consejo de Pablo: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NVI).

Amados hermanos pentecostales: “Así dice el Señor: Deténganse en los caminos y miren;  pregunten por los senderos antiguos. Pregunten por el buen camino, y no se aparten de él. Así hallarán el descanso anhelado.” (Jeremías 6:16).

 

REFERENCIAS:

[1] Real Academia Española, consultado en línea en: https://dle.rae.es/?id=NSUsi9e

[2] James Swanson, Diccionario Swanson, pp. 3311.

[3] Clement, A. (2003). Los pentecostales y carismáticos. U.S.A.: Editorial Concordia.

[4] López, D. (2006). La fiesta del Espíritu: espiritualidad y celebración pentecostal. Lima: Ediciones Puma.

[5] Dayton, D. (1996). Raíces Teológica del Pentecostalismo. Buenos Aires, Argentina: Editorial Nueva creación.

[6] Schutmaat, A. (1985). Culto cristiano. San José, Costa Rica: Sebila.

[7] López, Darío. Pentecostalismo y Misión Integral. Teología del Espíritu, teología de la vida, p. 110, Puma, 2008.

Arminianismo Clásico, Misionología, Pentecostalismo Clásico

Teología arminiana y poder pentecostal, claves del éxito misionero.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Sin lugar a duda, la soteriología dominante de una iglesia  moldea de manera indeleble su cultura (la forma en que la gente piensa y piensa) para la misión. Una de las suposiciones más básicas del misionero encarnado es asumir que Dios ya está involucrado en la vida de cada persona y los está llamando a sí mismo a través de su Hijo. Esto significa que el Dios misionero ha estado activo durante mucho tiempo en la vida de una persona. Nuestro trabajo principal es tratar de ver dónde y cómo Dios ha estado trabajando y asociarnos con él para llevar a la gente a la redención en Jesús. Esta es básicamente la comprensión arminiana de la gracia preveniente. En ella reside la motivación o razón de ser de las misiones pentecostales.

Entendiendo lo anterior, no resulta extraño ver el estancamiento de las misiones en iglesias reformadas o calvinistas. Si bien la mayoría de los calvinistas sostienen la creencia en la  “gracia común”, no se entiende que tenga un propósito salvífico. La comprensión arminiana de la gracia preveniente difiere de la concepción calvinista de la gracia común en un área importante. En el esquema calvinista, la gracia común no conduce ni puede conducir a la salvación. Funciona para contener el mal en el mundo pero no lleva a los incrédulos a la fe. Para los arminianos, la gracia preventiva puede llevarnos a la salvación.

Además, la forma en que entendamos la doctrina de la elección y la predestinación determina, de forma ineludible, nuestra misionología. Si elegidos lo son de forma incondicional, si la gracia es irresistible y cada suceso de nuestra vida depende del decreto divino ¿Por qué esforzarnos? De todos modos, los que deban ser salvos lo serán de cualquier manera ya que no pueden hacer otra cosa ¿O no? ¿Qué importancia tiene nuestra pasión o indiferencia para cumplir con la Gran Comisión si, al final, todo está predestinado?

¿CÓMO CAMBIA LA TEOLOGÍA ARMINIANA NUESTRA VISIÓN DEL MUNDO?

En comparación con el calvinismo, el arminianismo tiende hacia una visión del mundo más misional y centrada en el evangelismo y el discipulado. Mientras que el calvinismo tiende a una cosmovisión determinista, que lleva a lo que se ha llamado una “Teología de la Resignación”, la teología arminiana nos alienta a usar un lente evangélico y misional en todas nuestras interacciones, y por lo tanto se convierte en una “Teología de la Práctica”.

El arminianismo es de naturaleza misional pues da sentido real a los esfuerzos misioneros. Como Dios ama a cada persona, y desea, según las Escrituras, la salvación de cada persona, el deber del creyente arminiano es compartir con otros las buenas nuevas pues cada ser humano es candidato a la salvación, no solo un grupo reducido de “electos”. Esta verdad bíblica motiva al creyente a dar testimonio de su fe en Cristo para la salvación de los demás. El evangelismo es el corazón de Dios y de la teología arminiana. ¿Por qué? Porque a diferencia del calvinismo, el arminianismo, y de hecho el evangelio, no descarta a nadie de la gracia y la salvación. Saber que Dios está activo en cada encuentro del evangelio nos da una visión más misional que en las iglesias calvinistas e hipercalvinistas.

El hecho de que la gracia preveniente de Dios, que permite y hace creer en Cristo, se ofrezca a cada ser humano a través de la comunicación de la Iglesia del evangelio es de una inmensa importancia misiológica. A medida que la Iglesia lleva a cabo su tarea misionera, puede confiar no solo en que Cristo ha muerto por todos, sino también en que existe un poder inherente en la proclamación y demostración del evangelio, ya que es a través de la misión de la Iglesia que Dios hace que Su gracia esté disponible y la gente sea capacitada para arrepentirse y creer, y así experimentar la conversión.

El arminianismo, entonces, nos impulsa, todos los días y con cada parte de nuestras vidas, a involucrar a quienes nos rodean con el Evangelio, sabiendo que Dios ya los está buscando y que estamos cooperando en su búsqueda.

EL PROBLEMA DE LA COSMOVISIÓN CALVINISTA

El teólogo calvinista Wayne Grudem, en su popular Teología Sistemática, sugiere que el calvinismo debería fomentar el evangelismo ya que “garantiza que habrá algún éxito.”[1] Para los calvinistas, lLa elección es la garantía de que su evangelización tendrá cierto éxito, porque sabe que algunas de las personas con las que habla serán las elegidas, y creerán el Evangelio y serán salvas. Esto es como si alguien nos invitara a venir a pescar y dijera: “Te garantizo que pescarás un poco, están hambrientos y esperando”. Pero, ¿Esto realmente funciona en la práctica? Por un lado, Grudem no puede garantizar que habrá algún éxito. Si, como enseña el calvinismo, la persona con la que estamos compartiendo el evangelio no ha sido elegida desde la fundación del mundo, no hay nada que nuestra predicación pueda hacer para cambiar eso. Lo que realmente parece tener en mente es un evangelismo amplio pero poco profundo. Esta es la misma actitud que le permitió a Whitefield creer que la esclavitud podría usarse para el evangelismo. Whitefield creía que la esclavitud, a pesar de su brutalidad y crueldad, facilitaba el evangelismo al exponer a los africanos al cristianismo.

Quiérase o no, el determinismo teológico calvinista convierte el evangelismo en un juego: En este punto de vista, el evangelismo deja de ser el proceso mediante el cual rescatamos a los perdidos “arrebatándolos de las llamas del juicio” (Judas 1:23), pasando a ser apenas una frívola y burlesca pantomima[2], ya que solo los elegidos desde la eternidad responderán, y esos mismos responderán eventualmente a la gracia irresistible de Dios independientemente de su llamado. En el mejor de los casos, los calvinistas pueden consolarse pensando que son el medio que Dios usó para salvar a los elegidos. Es comprensible, entonces, por qué hay poca motivación real para el evangelismo entre los calvinistas, especialmente frente a la persecución. Si es solo un juego, si los elegidos se salvarán y los perdidos se perderán independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, ¿Por qué debería arriesgarme a ser rechazado, o perseguido por hacer algo irrelevante? ¿Acaso no obtendríamos el mismo resultado si de guardamos silencio?

Por supuesto, no todos los creyentes en el calvinismo son indiferentes al evangelismo. Hay muchos calvinistas que sienten pasión por compartir el evangelio. Sin embargo, esto es a pesar de su calvinismo y no a causa de él.

WHITEFIELD Y SPURGEON: ¿MODELOS DE CALVINISMO EVANGELÍSTICO?

En su artículo “How to Teach and Preach Calvinism”, John Piper escribe: “Haz que Spurgeon y Whitefield sean tus modelos en lugar de Owen o Calvino, porque los primeros eran evangelistas y ganaron a muchas personas para Cristo de una manera que está más cerca de nuestros días.”[3]

Si Whitefield y Spurgeon son los modelos de éxito de los evangelistas calvinistas exitosos, ¿Qué podemos aprender de sus ministerios? Si observamos más de cerca sus ministerios, encontramos que ambos hombres fueron acusados ​​por los otros calvinistas en su día de ser “arminianos”. El  calvinismo de Whitefield llegó a ser tan sospechoso, por decir lo menos, debido al tipo de predicación evangelística que realizaba, que los mismos bautistas particulares se burlaron abiertamente del “dialecto arminiano” de Whitefield”.[4]

 Según investigaciones realizadas en 1876 por Luke Tyerman, en los primeros años de su ministerio George Whitefield era un arminiano declarado.[5] Whitefield cambió su posición por razones puramente pragmáticas, es decir, para obtener el patrocinio de la Condesa de Huntingdon y obtener más fácilmente el apoyo de los ministros disidentes. De hecho, el pensamiento de Whitefield sobre la soteriología reformada no se resolvió hasta después de 1739. Doctrinas calvinistas como la elección, perseverancia de los santos y expiación particular o “limitada” no constituyeron jamás el núcleo de la enseñanza de Whitefield. El mismo Whitefield “no estaba completamente claro en su propia comprensión de ello”.[6] Ciertamente, la pasión evangelística de Whitefield no se derivó del calvinismo, sino de sus raíces arminianas. En una carta a John Wesley fechada el 25 de agosto de 1740, Whitefield declaró que “nunca había leído a Calvino”, lo que lo llevó a concluir que “ni era un seguidor de Calvino o John Knox como tal”.[7]

De Spurgeon, el historiador bautista A. C. Underwood escribió:

 “Su sermón sobre “Fuércenlos a entrar” fue criticado como arminiano… A sus críticos, él respondió: “Mi Maestro puso Su sello en ese mensaje. Nunca prediqué un sermón por el cual tantas almas fueron ganadas para Dios… Si se piensa que es algo malo pedirle al pecador que se apodere de la vida eterna, seré aún más malvado a este respecto e imitaré aquí a mi Señor y a Sus apóstoles.[8]

Dadas estas acusaciones de sus contemporáneos, debería ser obvio que Spurgeon y Whitefield eran las excepciones a la práctica evangelística del calvinismo en lugar de cualquier tipo de regla. Fueron más bien sus acuerdos teológicos con el arminianismo lo que avivó la llama de su pasión evangelística.

PODER DE LO ALTO, CLAVE DEL ÉXITO MISIONERO PENTECOSTAL.

Pero la teología arminiana no es la única clave del éxito misionero de nuestras denominaciones pentecostales. Si bien nuestra teología arminiana nos da una razón legítima para hacer misiones, nuestra praxis pentecostal, con la experiencia sobrenatural del bautismo en el Espíritu Santo, nos proporciona el poder para cumplir con la Gran Comisión de forma exitosa.

Muy a pesar de sus oponentes el pentecostalismo, en tan solo 100 años de existencia, se ha transformado en el movimiento cristiano de mayor y más rápido crecimiento de toda la historia. Esto le ha merecido la atención de estudiosos de la religión, teólogos, y especialmente de las Iglesias históricas para las cuales se ha transformado en un verdadero desafío. Habiendo surgido en la primera década del siglo XX con unas pocas comunidades, ya en 1970 los pentecostales totalizaban 73 millones, para llegar en 1989 a 352 millones en todo el mundo, y hoy se habla de más de 500 millones de pentecostales en todo el planeta. En varios países tiene una tasa de crecimiento del 10% anual, mientras que las iglesias protestantes históricas (y esto incluye las iglesias reformadas o calvinistas) corren el riesgo de desaparecer o quedar reducidas a ínfimas minorías.

De acuerdo con el Consejo Mundial de Iglesias y muchos otros expertos, el cristianismo mayoritario en el s. XXI será de color, liturgia y teología pentecostal. Sin lugar a dudas la mayoría cristiana evangélica en América Latina es ya pentecostal. Pero ¿A qué se debe el éxito misionero y evangelístico del movimiento pentecostal? Los pentecostales respondemos sin dudarlo: ¡Al poder de lo alto impartido a través del bautismo en el Espíritu Santo!

El bautismo en el Espíritu Santo ha sido la clave del éxito misionero y evangelístico pentecostal. Sin embargo, ciertos peligros se ven venir sobre el movimiento pentecostal moderno. El bautismo en el Espíritu Santo es una provisión poderosa que añade poder sobrenatural a la vida y ministerio de cualquier creyente. Hoy, ministerios que tratan de evangelizar a un mundo perdido y muriendo en pecado y miseria, enfrentan desafíos enormes. Es beneficioso que cada creyente entienda adecuadamente lo que Dios ha provisto y aproveche de ello, recordando las palabras de Jesús cuando comisionó a sus discípulos: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).

Entender el papel que el bautismo en el Espíritu Santo ha desempeñado en nuestra historia y éxito ministerial resulta instructivo. El 20 de noviembre de 1998, el erudito pentecostal Vinson Synan presentó un artículo a la Evangelical Theological Society [Sociedad evangélica teológica] titulado, “Policy Decisions on Tongues As an Indicator of Future Church Growth [La política de decisiones sobre lenguas como una indicación del crecimiento futuro de la iglesia].”   Synan demuestra en su artículo que pentecostales han sido dramáticamente más exitosos en plantar y crecer iglesias que los que han rechazado el entendimiento pentecostal del bautismo en el Espíritu Santo y la necesidad de hablar en lenguas.  Sus estadísticas vienen del desarrollo de las misiones pentecostales en el siglo xx. En Chile, los metodistas crecieron aproximadamente 5,000 miembros, mientras los pentecostales crecieron 2.371.000. En Brasil, los bautistas crecieron a 1.050.000, mientras los pentecostales crecieron a más de 21 millones. Internacionalmente, la Alianza Cristiana Misionera creció a 1.9 millones, mientras las Asambleas de Dios han sobrepasado los 70 millones.  No es posible ignorar estas estadísticas.

Estos logros son la razón de que el Fuller Seminary decidiera estudiar las misiones pentecostales debido al éxito espectacular del ministerio pentecostal. Otros eruditos están sacando las mismas conclusiones. Philip Jenkins, profesor distinguido de historia y estudios religiosos en Pennsylvania State University, escribió recientemente un nuevo libro, The Next Christendom [El siguiente cristianismo], en donde él demuestra que los patrones de crecimiento de los pentecostales harán que el siglo XXI sea un siglo pentecostal.  El ministerio pentecostal no es un poco más eficaz. Hace una diferencia dramática.  El bautismo en el Espíritu Santo provee una cantidad significante de poder para el ministerio sobrenatural resultando en logros asombrosos para el reino.

CONCLUSIÓN.

Muchos pentecostales modernos, en su búsqueda por la aprobación de la comunidad evangélica en general, y frente al ataque continuo del calvinismo que busca infiltrarse en las iglesias pentecostales de forma abusiva, suelen avergonzarse de la misma cosa que los ha hecho eficaces: su soteriología arminiana, su enfoque emocional y apasionado de la vida y ministerio, y su énfasis en la experiencia sobrenatural del bautismo en el Espíritu Santo. Pero ¿Por qué deberíamos desear imitar la teología y ausencia de poder espiritual de aquellos que, por envidia o por cualquier otra razón, nos critican por ser como somos? ¿Es la decadencia moral y espiritual de las iglesias protestantes históricas algo digno de imitar? ¿Por qué deberíamos coquetear con una teología que ha probado ser fría, anti misionera y que limita a Dios? ¡No deberíamos!

Los pentecostales jamás debemos avergonzarnos la misma cosa que nos ha hecho tan efectivos en la obra del ministerio. Nuestra soteriología arminiana nos permite predicar con pasión sabiendo que Dios desea que todos sean salvos; nuestra firme creencia en el bautismo en el Espíritu Santo nos ha revestido del poder necesario para cumplir con la Gran Comisión y, de esta manera, crecer tanto en tan poco tiempo. Jamás renunciemos a ambos distintivos de nuestra fe. Seamos humildes, pero a la vez valoremos y honremos nuestro legado.

REFERENCIAS.

[1] Wayne Grudem, Teología Sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica (2007), Editorial Vida, Miami, FL. Pp. 674.

[2] Representación teatral. Engaño o fingimiento para ocultar una cosa.

[3] John Piper, How to teach and preach “Calvinism”. Artículo publicado en: https://www.desiringgod.org/articles/how-to-teach-and-preach-calvinism (Consultado el 28/03/2019).

[4] James E. Tull, Shapers of Baptist Thought (2000), Mercer University Press, pp. 80.

[5] Luke Tyerman, The Life of the Revd. George Whitefield, B.A., of Pembroke College, Oxford. Volume I (London: Hodder and Stoughton, 1876), pp. 275.

[6] Arnold A. Dallimore, George Whitefield: The Life and Times of the Great Evangelist of the 18th Century Revival. Volume 2 (Banner of Truth Trust, 1980), pp. 25-26.

[7] George E. Clarkson, George Whitefield and Welsh Calvinist Methodism (Lampeter: Edwin Mellen Press, 1996), pp. 21.

[8] A. C. Underwood, A History of English Baptist , pp. 203-206.