Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Somos polvo nada más, frágiles vasijas de barro

Por Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

Todos conocemos la tremenda historia del Rey Nabucodonosor y su legendaria frase: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). Su arrogancia, soberbia y orgullo, lo llevaron a enloquecer durante siete tiempos y vagar errante por los montes y campos como un animal salvaje (Daniel 4:31-37). Esta historia conmueve mi corazón y me lleva a pensar que, si desde antes de la fundación del mundo, la arrogancia y el orgullo de Satanás le llevaron a su caída (Isaías 14:12-15), y si el orgullo está de primero en la lista de las siete cosas que aborrece el Señor en el libro bíblico de Proverbios (Proverbios 6:16-19), entonces hoy, en los últimos tiempos, el orgulloso, la soberbia y la arrogancia humana están más que nunca a la orden del día. Para el mundo el orgullo es sinónimo de fortaleza, poder y autoridad. No lo ven como un pecado, sino como algo positivo. Dios, sin embargo, tiene una escala de valores muy diferente. Un precioso texto bíblico afirma que Dios “hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmo 149:4). Lo cual concuerda con las palabras de Jesús: “Tomad mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Dios valora la humanidad. Eso está claro. La pregunta es: ¿Y nosotros? ¿Valoramos la humanidad? ¿Somos verdaderamente humildes? Examinándome a mí mismo puedo ver que no. Y que, de hecho, me falta mucho por lograr el ideal propuesto por Jesús.

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LA HUMILDAD, UNA VIRTUD POCO DESEABLE

Pero ¿Por qué la humildad nos parece tan poco deseable? ¿Por qué parece tan difícil de alcanzar? Quizá se deba a que hemos olvidado lo que somos. El humanismo antropocéntrico nos ha hecho olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos: ¡Al polvo! Así de sencillo: Dios nos hizo del polvo (Génesis 2:7) y un día nos devolverá al polvo (Salmo 90:3). En vez de eso, el ser humano ha construido un universo imaginario en el cual él es su propio dios y centro del universo. Pero tal universo es irreal. El ser humano no es un dios, es polvo nada más. ¡Polvo! Sí, el mismo que pisoteados y sobre el cual caminamos todos los días. Por eso pregunto: ¿Acaso hay algo grande y digno de jactancia y presunción en el hombre hecho de polvo? ¡No lo creo! El polvo es materia inanimada, sin vida, desintegrada. Es el polo opuesto a las complejas células interconectadas, los sistemas orgánicos, los patrones neuronales, los nervios, los músculos, los huesos, los tejidos, todo el sistema maravillosamente hilado que conforma a un ser humano vivo, formado en el vientre por el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 139:13).

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Un ser humano vivo puede caminar, correr, construir, pensar, hablar, actuar, amar. Pero el polvo es apenas un conjunto de partículas desconectadas en la tierra, sin vida, sin acción, sin voluntad, sin poder; es materia inerte e inorgánica. Lo digno de ser recordado en todo esto es que tú y yo venimos del polvo, y nuestros cuerpos volverán al polvo. En ningún momento de nuestras vidas mortales estamos lejos de volver al polvo. De hecho, cada día que pasa estamos más cerca de volver a él. Somos muy frágiles… ¡Más de lo que quisiéramos admitir! A veces nuestra prosperidad temporal, la buena salud y nuestros logros de cualquier índole nos llevan al autoengaño y la negación de nuestra frágil condición humana. El problema de estar fuertes y sanos es que tú y yo empezamos a creer que somos algo más que partículas de polvo sobre las que Dios ha respirado aliento de vida temporalmente. Puesto que soy capaz de caminar, pensar, hablar, y actuar, empiezo a creer que soy inmortal: que siempre podré caminar, pensar, hablar, y actuar. Pero no será así. Es saludable aceptar la verdad de que somos polvo. Estamos hechos de polvo. En esta vida mortal nunca seremos más que un puñado de partículas de tierra en las que Dios ha soplado el aliento de vida temporalmente. Somos frágiles y delicados, y haríamos bien en no olvidarlo nunca.

VASIJA DE BARRO

EL LÍDER CRISTIANO Y SU LLAMADO A LA HUMILDAD

Sí. Sé bien que tú y yo somos diferentes. Tenemos distintos tipos de resistencia, tanto física como mental. Tenemos capacidades diversas para soportar más o menos horas de trabajo. A algunos se nos da bien viajar, a otros no tanto. En muchos sentidos tenemos distintas capacidades. Pero sea cual sea la constitución que Dios nos ha dado, ninguno somos más que polvo. Cada cristiano, y en particular aquellos que hemos sido llamados por Dios al ministerio o elegidos para ejercer responsabilidades de liderazgo en el Cuerpo de Cristo, debemos tener siempre en mente que, cuando nos rendimos a Jesús como Señor, no le ofrecimos los servicios de una criatura divina o semidivina para fortalecer su reino: le ofrecimos la vida frágil, temporal, mortal y delicada que él nos dio primero a nosotros. Eso es todo lo que tenemos para ofrecer. Dios lo sabe. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (Salmos 103:14), él recuerda que somos polvo. Conocer esto es vital al rendir nuestras vidas a Él en el ministerio. Solo teniendo esto en mente podremos escapar del orgullo, la soberbia y la arrogancia. Ahora pues: “Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, NTV).

CREACIÓN DE ADÁN

 

Vida Cristiana, Vida Espiritual

El propósito bíblico del matrimonio

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Secularmente, el matrimonio suele definirse como la unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales y que es reconocida por la ley como familia. En el catolicismo y otras confesiones cristianas, el matrimonio es elevado a la categoría de sacramento que une indisolublemente a un hombre y una mujer, y por el que ambos se comprometen a vivir de acuerdo con las prescripciones de la Iglesia.

Para el cristiano, casarse es responder a la voluntad de Dios de dar al hombre y a la mujer la capacidad de amarse a su imagen y cumplir así el mandato cultural dado en el libro de Génesis. Los creyentes no ven el matrimonio como una mera formalidad legal, sino como la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien, al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser “una sola carne”. Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagrada que realiza el plan original de Dios para la pareja.

En este artículo se ve a Dios, la autoridad suprema del universo, como fuente y origen del matrimonio. La Biblia es, por tanto, nuestra única regla infalible de fe y conducta en este tema: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser.” (Génesis 2:24, NVI).

Elena Bau Fotografía

ORIGEN DEL MATRIMONIO

Dios creó el matrimonio, y lo diseñó como el fundamento de la familia, la sociedad y la humanidad. La Biblia enseña que Dios después de haber creado a Adán, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Génesis 2:18, NVI). Y añade: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Génesis 2:24, NVI). Así quedó fundada en el inicio de la humanidad el matrimonio. Los bendijo Dios diciéndoles: “Sean fructíferos y multiplíquense” (Génesis 2:28, NVI). Más adelante, Jesucristo confirmó con sus palabras el relato del Génesis y el origen divino del matrimonio (Mateo 19:1-12).

Así pues, el matrimonio no es un invento humano, sino divino. Por tanto, no es el hombre quien puede definirlo, sino Dios. Es necesario volver a los orígenes, regresar al Edén para comprender qué es el matrimonio y con qué finalidad fue diseñado por el Creador. Lamentablemente hoy día, la gran mayoría de la diversidad de modelos de familia que hoy tenemos se apartan del modelo natural y normativo que Dios estableció desde el principio de la creación en Génesis 2:24. Para muchos, “matrimonio” es sinónimo de “contrato temporal”; para otros es sinónimo de “unión con alguien del mismo sexo”, pero la Biblia nos muestra otra perspectiva.

Bíblicamente, el matrimonio es un “Pacto”. Malaquías lo describe de la siguiente manera: “el Señor actúa como testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que traicionaste, aunque es tu compañera, la esposa de tu pacto. ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu? Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios. Así que cuídense ustedes en su propio espíritu, y no traicionen a la esposa de su juventud.  «Yo aborrezco el divorcio —dice el Señor, Dios de Israel” (Malaquías 2:14-16, NVI).

De acuerdo con el Diccionario Bíblico Mundo Hispano, la palabra pacto traduce el nombre hebreo berith, cuya “raíz verbal significa ya sea encadenar o comer con, lo que significaría obligación mutua; o asignar (1 Samuel 17:8) que significaría una disposición bondadosa”[1] entre personas que voluntariamente aceptaban los términos del convenio (de amistad, 1 Samuel 18:3, 4; matrimonio, Malaquías 2:14; o alianza política, Josué 9:15; Abdías 7). Como todo pacto, el matrimonio goza del carácter más solemne y conlleva serias obligaciones.

En cuanto a su condición pactual, el matrimonio no es un contrato que regule los derechos de las partes, sino más bien un acuerdo, una alianza que vincula a ambas partes en un compromiso de libre aceptación, basado en principios de lealtad, entrega y fidelidad. A través del pacto matrimonial, los contrayentes se comprometen a satisfacer todas las necesidades de su pareja en cada nivel: sexual, social, espiritual, etc., para toda la vida.

En cuanto a su composición el pacto matrimonial solo puede efectuarse entre un hombre y una mujer así nacidos. Sobre la heterosexualidad la palabra es clara desde el principio: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2:24). El matrimonio según Dios lo estableció es un asunto de hombre y mujer. Pero antes del matrimonio y en la propia creación del ser humano la Palabra también es clara y excluyente: “varón y hembra los creó” (Génesis 1:27, 5:2). De forma que la creación del hombre y la mujer excluye la posibilidad de otros géneros, la aceptación de otros supuestos géneros sólo se puede admitir desde una conciencia separada de los principios de la Palabra y por tanto ajena a su marco ético y reglas de vida.

Pero el pacto matrimonial bíblico también exige exclusividad. En el principio y bajo el diseño original de Dios se contempla la unión entre un solo hombre y una sola mujer, es decir, la monogamia. Es cierto que la poligamia también comienza a practicarse al principio de la historia de la humanidad. En Génesis 4 se detalla el inicio de la primera ciudad fundada por Caín al cual Dios maldice. En ese contexto, fuera de la obediencia y cobertura divina, tenemos la primera mención de poligamia en un descendiente directo de Caín, Lamec, quien “tomó para sí dos mujeres” (Génesis 4:19). A partir de aquí se producirá una distinción entre la línea depravada (descendientes de Caín) y la línea escogida, los descendientes de Set, otro de los hijos de Adán y Eva (Génesis 4:26). Por tanto, la aparición de la poligamia se produce en un contexto de desobediencia a Dios y como consecuencia de la separación de su voluntad perfecta.

La Biblia también establece la duración del pacto matrimonial: El matrimonio tiene vocación de permanencia, es un compromiso hasta el final, hasta que “la muerte nos separe”. Cuando existe ese concepto de entrega total se genera confianza y seguridad en la relación. No importan los problemas que el futuro nos depare, ni estos son un motivo para abandonar la relación. Con ese nivel de entrega es difícil la ruptura matrimonial.

Bíblicamente, el significado heterosexual, monógamo y permanente de la unión matrimonial no es algo que cada generación nueva puede volver a definir libremente en base a sus inclinaciones personales o a las políticas de turno. El significado exclusivo del matrimonio está definido por Dios y por la naturaleza única y complementaria que dio al hombre y a la mujer. El hombre no puede ni debe alterar este pacto, pues el matrimonio no es un asunto cultural sino creacional. El matrimonio no fue diseñado ni ideado por ninguna civilización o cultura como el medio para regular u organizar la sociedad, tampoco es ninguna institución humana que necesite ser cambiada o actualizada conforme a las necesidades o tendencias de cada nueva generación. El matrimonio al no ser producto de la cultura ni de la sociedad, es un asunto creacional y no cultural, que ha de ser visto como una institución que nace antes de la historia, y se da en el contexto de la propia creación dentro de lo que en teología se llama el estado de gracia, ese  periodo comprendido entre la creación y la irrupción del pecado en Génesis 3, cuando el hombre y la mujer vivían una existencia de plena armonía entre ellos y con Dios, sin la coexistencia con las consecuencias posteriores del pecado. En ese estado de perfección, Dios fundó la institución del matrimonio. Mediante la institución del matrimonio, Dios se aseguraba la permanencia de la humanidad y el cumplimiento del mandato cultural dado en Génesis 1:28, “Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y administradla.”

Lo que Dios estableció en el marco de la creación debe ser normativo para todos los tiempos, no puede variar ni ser destruido por ninguna civilización, pues es un asunto creacional, no cultural. Sin embargo, a lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha encontrado maneras de honrar y solemnizar esta unión creada por Dios.

EL MATRIMONIO EN EL CONTEXTO JUDÍO.

El contrato matrimonial judío constaba de dos fases. La primera de ellas comenzaba cuando las familias de los futuros esposos (el varón desde que cumpliera los trece años, la mujer desde los doce)[2] negociaban los esponsales de éstos. Sin embargo, el hecho de que los padres concertaran los matrimonios de los hijos no significaba que no se contase nunca con la opinión de éstos. Así, Siquem (Génesis 34:4) y Sansón (Jueces 14:2) pidieron a sus respectivos padres que concertasen el matrimonio con las mujeres que uno y otro querían.

Los esponsales constituían los mismos un compromiso más solemne y vinculante que nuestra actual petición de mano, y se suscribían en presencia de dos testigos. De hecho, los esponsales eran un auténtico acto de matrimonio, incluso jurídicamente. Esto explica por qué, cuando José descubrió el embarazo de María, su prometida, ella pudo haber sido acusada de adulterio (Mateo 1:18-19). Algunas veces, la pareja se regalaba recíprocamente en este acto un anillo o un brazalete. Además, durante el tiempo de espera hasta el día de la boda, mientras la muchacha vivía todavía en el hogar paterno, se dispensaba al novio de ir a la guerra (Deuteronomio 20:7).

Al padre de la joven se le tenía que abonar cierta cantidad de dinero (mohar), el «precio de la esposa». Tal suma podía en ocasiones satisfacerse parcialmente con el trabajo personal del muchacho, como ocurrió en el caso de Jacob (Génesis 29:1-30). Aunque al padre de la novia no se le permitía tocar dicha suma, sí le era dado beneficiarse de los intereses que produjese la misma. Aquella cantidad pasaba a manos de la hija cuando fallecían sus padres, o bien si su marido moría. Labán, suegro de Jacob, infringió esta costumbre y gastó el mohar correspondiente a sus hijas (Génesis 31:15). El padre de la muchacha, a su vez, entregaba a ésta, o a su marido, una «dote» (u obsequio de casamiento) que podía comprender criados o siervos, como ocurrió con Rebeca y Lea (Génesis 24:60-62; 29: 24-29), tierras u otros bienes.

La segunda fase consistía en la boda propiamente dicha, después de la cual se iniciaba la convivencia sexual común a toda pareja. Tenía lugar un año después del desposorio, cuando el novio, que ya tenía preparado el hogar conyugal, acompañado de sus amigos, se encaminaba al atardecer a la casa de la novia, quien le esperaba, luciendo algunos adornos, finos ornamentos y cubierta con un velo (Génesis 24:64-67 16; Cantar de los Cantares 6:7). Algunas veces, la novia también se engalanaba la cabeza con una cinta con monedas, regalo del novio. Jesús alude a esta costumbre en la parábola de la moneda (Lucas 15:8).

En la ceremonia de bodas, se despojaba a la novia del velo que le cubría el rostro y era colocado sobre el hombro del novio. Acto seguido, el joven, escoltado por los amigos, conducía a la muchacha, su ya esposa, al hogar conyugal (Mateo 25:6). A continuación, se organizaba un largo banquete nupcial (Mateo 22:2-14), en el que los invitados, portando sus mejores galas y atavíos (Mateo 22:11-12), disfrutaban del banquete y de la alegría que suponía para la comunidad el surgimiento de una nueva familia (Proverbios 5:18). No en vano, el primer milagro de Jesús ocurrió durante una boda celebrada en Caná de Galilea (Juan 2:1-11), pues la boda se concebía como una fiesta de la vida que empieza, de la vida que será transmitida, de la vida que se perpetuará a través de la prole.

En el contexto judío el matrimonio no se consideraba una relación indisoluble por naturaleza. Bajo la Ley Mosaica el varón podía divorciarse de su mujer si descubría en su cónyuge algún defecto o falta (Deuteronomio 24:1). Asimismo, podía contraer nuevas nupcias con otra mujer si así lo deseaba. El marido perdía, sin embargo, este derecho de repudio si acusaba en falso a su esposa de infidelidad con otro varón (Deuteronomio (22:13-19).

EL MATRIMONIO ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS.

El concepto que introdujo Jesucristo sobre el matrimonio contrastó tanto con la moral judía como con la pagana. Cristo condenó el facilismo judaico para con el divorcio, declarando que toda separación es un acto arbitrario del hombre en desobediencia al mandato divino (Mateo 5:27-32). Jesús afirmó que la unión conyugal es un diseño de Dios y validó con ello el relato registrado en el primer libro de la Biblia: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24). Además, Jesús ordenó que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Mateo 19:4-6; Marcos 10:6-9).

En muchos sentidos, el cristianismo y su fundador dignificaron nuevamente la institución del matrimonio. El Apóstol Pablo escribe a la iglesia en Galacia afirmando que esposo y esposa son de igual valor en Cristo (Gálatas 3:28). Utiliza al matrimonio cristiano como figura de la relación entre Cristo Jesús y la iglesia de Dios. El Hijo y cabeza de la iglesia es el esposo que tanto la amó que dio su vida por ella; y el cuerpo de la iglesia es la esposa que espera el retorno de su Señor para unirse por la eternidad (Efesios 5:21-33).

En la iglesia primitiva, cuando una mujer se convertía, siendo ya casada, y su marido no abrazaba la fe, se enseñaba a la esposa cristiana a permanecer fiel a su esposo y a procurar ganarlo por medio de una conducta sana (1 Corintios 7:10-17). En el caso de las mujeres no casadas, se les enseñaba que no debían contraer enlace con los inconversos. En ocasiones, los líderes eclesiásticos llegaban incluso hasta a excluir del seno de las iglesias a las mujeres cristianas que faltaban en este punto. Tertuliano, por ejemplo, expone las dificultades a que se exponía la virgen que se casaba con un pagano:

“No podrá dejar el techo conyugal para reunirse con sus hermanos; tendrá que oír las canciones y palabras profanas de su marido inconverso; tendrá que preparar banquetes de un estilo repugnante a los que conocen al Señor; para agradar a su marido tendrá que aparecer vestida como no es lícito a santos, y muchas otras cosas más. Es vender el alma al consentir el casamiento. Pero la unión de dos seres que aman al mismo Señor es tenida por honrosa.”[3]

Aunque no había lo que hoy llamamos matrimonio religioso, toda la iglesia tomaba parte en la celebración de la boda. En el mundo romano (del cual la iglesia llegó a formar parte) se dieron tres formas de celebrar el matrimonio:

  • La “confarreactio”, la cual incluía ceremonias de carácter jurídico, religioso y una fiesta acompañada de pastel nupcial. En la época imperial apenas se daba este tipo de unión.
  • La “coemptio“, la cual llegó a ser el modo corriente de contraer matrimonio en el período histórico que le tocó vivir a la iglesia primitiva. Dicho rito simbolizaba la compra de la esposa.
  • El “usus” (uso), el cual consistía en la simple cohabitación tras el mutuo consentimiento matrimonial. Se fundamentaba en el “consensus” (mutuo consentimiento) de la pareja. No se requería ningún rito particular ni la presencia del magistrado. El poder civil no hacía más que reconocer la existencia del matrimonio y, en cierto modo, proteger la unión conyugal poniendo ciertas condiciones.

Los cristianos adoptaron el “consensus” romano como norma para validar la unión matrimonial, sin embargo, sus normas diferían en gran medida de las costumbres romanas, pues consideraban la pureza sexual sumamente importante. Ignacio de Antioquía (hacia el año 107 d.C.) incluso invitaba a los cristianos a casarse “con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo.”[4]

Tertuliano (hacia 160-220 d.C.) comenta la ventaja de casarse en el Señor: “¿Cómo podemos ser capaces de ensalzar la felicidad tan grande que tiene un matrimonio así?; un matrimonio que une la Iglesia, que la oblación confirma, que la bendición marca, que los ángeles anuncian, que el Padre ratifica”

En la iglesia primitiva el matrimonio no se consideraba un sacramento ni una ocasión para exhibir lujo, sino un momento solemne en el que se debía implorar la bendición de Dios sobre los desposados. Sin embargo, a partir de los siglos IV al IX se comenzó a subrayar el carácter eclesial de la celebración del matrimonio entre cristianos, estableciéndose que las ceremonias (oración y bendición) no eran obligatorias para la validez de la unión. El primer testimonio que habla de una bendición nupcial verdaderamente litúrgica data de la época de Dámaso[5] (366-384) y se encuentra en las obras del Pseudo-Ambrosio (Ambrosiaster[6]). La bendición, sin embargo, sólo se confería en el primer matrimonio. Además, el matrimonio no tomaba lugar en el altar, sino que, como era costumbre con otros contratos, se efectuaba a la puerta de la iglesia. Este compromiso incluía el intercambio de regalos, un beso mutuo, el intercambio de anillos, y el tomarse de las manos. Al matrimonio le seguía entonces un servicio religioso, donde se participaba de la Cena del Señor y se imploraba la bendición para el nuevo matrimonio.

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EL MATRIMONIO EN LAS DISTINTAS TRADICIONES CRISTIANAS

EN EL CATOLICISMO

La Iglesia Católica enseña que el matrimonio es una unión entre un hombre y una mujer, que dura de toda la vida. Se le considera uno de los siete sacramentos. De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, los sacramentos son “acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son ‘las obras maestras de Dios’ en la nueva y eterna Alianza” (Catecismo, Núm. 1116). Así pues, desde la concepción católico-romana, los sacramentos son signos sensibles y eficaces​ de la gracia de Dios, mediante los cuales se otorga la vida divina; es decir, ofrecen al creyente el ser hijos de Dios.

Con respecto al sacramento del Matrimonio, el catecismo dice: “El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia… La gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna” (Catecismo, Núm. 1661).

EN LA IGLESIA ORTODOXA.

Para el Cristianismo Ortodoxo, el matrimonio es también un sacramento, uno de los siete reconocidos por la Iglesia. Esto significa que, desde el punto de vista de la comunidad cristiana ortodoxa, el matrimonio está relacionado directa e inmediatamente con la experiencia de pertenecer al pueblo de Dios y con la vivencia mística de formar parte de la Iglesia.

Así, para la Iglesia Ortodoxa, el matrimonio no es simplemente un acuerdo de un hombre y una mujer para compartir sus vidas; ni meramente una sanción legal. No es realizado por la pareja misma. Su unión basada en su libre voluntad de unirse como marido y mujer, se vuelve sacramental porque son unidos como cristianos ortodoxos, miembros de la comunidad de fe, y recibiendo la Gracia de Dios para su unión mediante el ministerio de la Iglesia entera en la persona del obispo o el sacerdote, y en la presencia del pueblo de Dios congregado

EN EL PROTESTANTISMO.

En muchas iglesias protestantes y evangélicas, el matrimonio es considerado como una institución establecida para la humanidad como una parte de la vida aquí en este mundo. No tiene una conexión directa con el evangelio, la proclamación del cual es la responsabilidad directa de la iglesia. De hecho, el matrimonio fue instituido (Génesis 2:24) antes de la primera proclamación del evangelio (Génesis 3:15). Como una institución del gobierno civil, sólo tiene que ver con las relaciones temporales. El protestantismo considera que el matrimonio no fue instituido en interés de la salvación eterna del pecador. Las bendiciones prometidas por medio del matrimonio son puramente temporales (Mateo 22:30).

En la mayoría de las iglesias protestantes el matrimonio no se considera un sacramento encomendado a la iglesia, sino una institución establecida para la vida en el mundo. Para los protestantes, la iglesia no tiene ningún derecho inherente para ejercer autoridad sobre esta institución, regularla con leyes, ni exigir un papel que hace un matrimonio válido. Consideran que la exigencia que hace la iglesia católica romana, que el matrimonio es un sacramento y que la iglesia tiene que reglamentar esta institución por medio de las leyes canónicas, no tiene ninguna base en las Escrituras. EI matrimonio, por lo tanto, no es un sacramento como si lo son y confieren el bautismo y la Santa Cena. Los cristianos ciertamente también santificarán su matrimonio con la palabra de Dios y con la oración (1 Timoteo 4:5); pero el matrimonio no les confiere ninguna bendición espiritual particular.[7]

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DISTORSIÓN DEL CONCEPTO DE MATRIMONIO EN ALGUNAS IGLESIAS PROTESTANTES MODERNAS.

El continuo avance del secularismo en el mundo ha tenido un fuerte impacto en muchas iglesias protestantes. El concepto de matrimonio está siendo atacado y redefinido en muchos países de Europa y Norteamérica principalmente. El debate sociopolítico sobre los derechos LGBT ha dividido también a los diversos grupos protestantes, los cuales están redefiniendo el concepto mismo de matrimonio con el propósito de permitir las uniones del mismo sexo. Así, por ejemplo, en países como Alemania, la Iglesia Evangélica de Alemania (de tradición luterana) ha aprobado tanto el matrimonio como la ordenación de ministros homosexuales. Además de esta iglesia estatal, muchas iglesias luteranas, unidas y reformadas en otros países han estado bendiciendo las uniones del mismo sexo desde 2013. Una posición totalmente diferente tiene la Alianza Evangélica Alemana que representa denominaciones teológicamente evangélicas, incluyendo a Pentecostales, Bautistas, Hermanos y otros. Como es evidente, al menos en Alemania, el protestantismo está dividido en cuanto a este tema.

En Francia, el tema del matrimonio homosexual llevó a un conflicto entre la CNEF, conformada por iglesias evangélicas Bautistas, Pentecostales o de Hermanos entre otros que están en contra del matrimonio homosexual, y la Iglesia Protestante Unida de Francia, que en 2015 decidió bendecir parejas homosexuales.

En Norte América la cosa no es muy diferente. El consejo de gobierno de la Iglesia Unida de Canadá, permitió los matrimonios entre personas del mismo sexo en 2013, pero cada congregación debe individualmente, bajo su propio permiso y responsabilidad, tomar la decisión de celebrar bodas a nivel local.[8] Dentro del protestantismo estadounidense, el país con el mayor número de protestantes del mundo, existen amplias divergencias de argumentos entre las diferentes iglesias con respecto a las uniones gay. Entre las más importantes que realizan algún tipo de unión del mismo sexo se encuentran las siguientes:

  • La Iglesia episcopal en los Estados Unidos realiza una «bendición» a parejas del mismo sexo. Además, fue la primera del país en ordenar obispos homosexuales dentro de su congregación desde 2003.[9]
  • La Iglesia Unida de Cristo fue la primera iglesia cristiana de Estados Unidos en promover el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005. En 1972 fue la primera iglesia protestante en ordenar a un reverendo abiertamente gay y la primera ministra lesbiana.[10]
  • La Iglesia evangélica luterana en Estados Unidos permite el matrimonio gay, pero deja la libertad para que cada ministerio de la congregación decida si realizarlo o no, de acuerdo a la resolución de 2009.[11]
  • La Iglesia presbiteriana, que reformó su constitución sobre el matrimonio en marzo de 2015, definiéndolo como un «compromiso entre dos personas» y no «entre un hombre y una mujer», de esta manera reconoció oficialmente el matrimonio gay.[12]

En Latinoamérica, la tendencia a imitar a las iglesias liberales de Estados Unidos, Canadá y Europa es innegable. Muchas iglesias en países como México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Uruguay, han dado pasos para la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, a pesar de las corrientes e ideologías de moda, la Biblia define el matrimonio gay como una perversión del modelo original. En el diseño original, el matrimonio fue creado como una unión heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).  A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.

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MATRIMONIO, DIVORCIO Y SEGUNDAS NUPCIAS.

En la iglesia de los primeros siglos se nota un fuerte énfasis antidivorcista. Algunos permitían el divorcio en caso de inmoralidad sexual. Jerónimo afirma: “Mandó el Señor que no se repudie a la mujer, excepto por razón de fornicación, y de haber sido repudiada, ha de permanecer innupta, ahora bien, lo que se manda a los varones, lógicamente también se aplica a las mujeres. Por lo que no sería lógico repudiar a la mujer y tener que soportar al marido. Si ‘el que se une con una ramera, se hace un solo cuerpo con ella’ (1 Cor. 6:16), luego por el mismo caso, la que se une con un disoluto se hace con él un solo cuerpo (…), entre nosotros lo que no es lícito a la mujer, tampoco es lícito al varón. Podría más fácilmente ser aceptado contraer una especie de sombra del matrimonio, que vivir como ramera bajo la gloria de ser mujer de un solo marido.”[13]

En la iglesia de la edad media, la posición está dividida. Por un lado, la iglesia católica de Roma era muy rigurosa, y, por otro lado, la iglesia griega (Constantinopla) contemplaba excepciones y concesiones para permitir el divorcio en algunos casos. Con respecto al divorcio, Tomas de Aquino sigue los lineamientos de Jerónimo de que el uso del sexo debe ser restringido al matrimonio, cuando el propósito que lo impulsa es el de la procreación, y da a entender que una relación sexual que busque otro fin se convierte en una relación pecaminosa que no ayuda a cultivar la vida espiritual cristiana. Con respecto al divorcio, dice: “en cualquiera de los casos, dígase fornicación o adulterio, queda en manos de los cónyuges el tomar una determinación respecto a su separación, de uno u otro modo la posibilidad de contraer matrimonio por segunda vez queda prohibida, ya que el consorte que se casa de nuevo incurre en pecado de adulterio, mientras su cónyuge viva.”[14] Otra causa en la que está de acuerdo Tomas es que el no pagar el débito conyugal es causa de separación, pero impide que se vuelvan a casar por la razón antes dicha.[15]

Los reformadores, por lo general, estaban de acuerdo con el divorcio sólo en caso de inmoralidades sexuales y por abandono injustificado del hogar. Por ejemplo, Martin Lutero afirmaba que el divorcio debía ser aplicado en caso de adulterio, y sugería a las autoridades civiles castigar con pena de muerte al adúltero, ‘por eso mandó Dios en la ley que los adúlteros fuesen apedreados’. Otra forma de divorcio según Lutero, es cuando uno de los cónyuges se niega al otro; es decir, no hay relación sexual entre ellos, lo esquiva y no permanece a su lado.[16] De este modo, la reforma de Lutero permitió romper el velo de la indisolubilidad del matrimonio.

Aunque la Reforma quitó el velo de la indisolubilidad del matrimonio, muchas iglesias hoy día, sobre todo en Latinoamérica, niegan toda posibilidad de divorcio independientemente las razones o el porqué de este. Muchas incluso retiran la mano de confraternidad a creyentes divorciados o, cuando menos, excluyen del ministerio pastoral y el diaconado a aquellos hombres divorciados y casados por segunda vez. Ante esto nos preguntamos: ¿Qué dice realmente la Biblia acerca del divorcio y la posibilidad de contraer segundas nupcias?

Jesús enseñó que el divorcio y el segundo matrimonio, sin bases bíblicas, es adulterio.  Constituye pecado contra el pacto del primer matrimonio (Mateo 5:32; 19:9; Marcos 10:11,12; Lucas 16:18).  Es aparente que Jesús en estos pasajes habla a quienes deliberadamente inician el divorcio sin tener bases bíblicas para ello. No obstante, Jesús incluyó una cláusula de excepción a favor del cónyuge inocente. “Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación (porneia), hace que ella adultere” (Mateo 5:32; véase también Mateo 19:9).  Esto indica que una persona casada que se divorcia de su cónyuge que comete inmoralidad sexual no hace que éste adultere, porque el ofensor ya es culpable de adulterio, y el cónyuge contra quien ha pecado no comete adulterio al volver a casarse.

Ahora bien, el uso de la palabra griega para “fornicación” en este pasaje es porneia, que en este contexto por cierto incluye adulterio (una porne era una prostituta). No obstante, porneia es un término amplio para varias formas de inmoralidad sexual, generalmente habitual, tanto antes como después del matrimonio (Marcos 7:21; Hechos 15:20; 1 Corintios 5:1; 6:18; Gálatas 5:19; Efesios 5:3; 1 Tesalonicenses 4:3).  Al expresar las excepciones, Mateo no usó moicheia, el sustantivo griego por adulterio. Mateo usa porneia en 5:32 y 19:9 para traducir la palabra hebrea ‘erwâ (“alguna cosa indecente”) que se halla en Deuteronomio 24:1. Este pasaje del Antiguo Testamento era el fundamento de la enseñanza de Jesús y su discusión con los fariseos. El significado original de ‘erwâ tiene que ver con “descubrir” y “exponer”, entre otras cosas, la desnudez (Génesis 9:22,23). De modo que la “cosa indecente” de Deuteronomio 24:1 aparentemente era una forma de inmoralidad sexual, o indecencia, pero no adulterio (por lo cual el adúltero hubiera sido apedreado; de acuerdo con Deuteronomio 22:22). El término parece incluir deliberadamente una variedad de prácticas inmorales, muy probablemente aquellas contenidas en el Código de Santidad de Levítico 18, el cual condena los actos sexuales como incesto, adulterio, homosexualidad, y bestialidad. Todos ellos justificarían el divorcio entre creyentes. Debe notarse, por supuesto, que esta excepción no debe considerarse como mandato de poner fin a un matrimonio afectado por una trágica indiscreción, cuando éste pudiera restaurarse.[17]

Pablo también incluyó una excepción a favor del cónyuge inocente. En caso de que el cónyuge incrédulo no estuviera dispuesto a vivir con su pareja convertida al evangelio, Pablo aconseja: “Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios” (1 Corintios 7:15). “No sujeto a servidumbre” es una expresión fuerte que aparentemente significa que se otorga libertad al creyente. Por tanto, el significado parece ser que el creyente está en libertad de volver a casarse. Pablo, sin embargo, disuade el segundo matrimonio por el bien del ministerio al Señor.  “¿Estás libre de mujer? No procures casarte. Mas también si te casas, no pecas” (1 Corintios 7:27,28). Toda persona divorciada que considera en segundo matrimonio debe recordar las instrucciones de Pablo a las hijas vírgenes de Corinto: “con tal que sea en el Señor” (1 Corintios 7:39).

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CONCLUSIÓN.

¿A qué conclusiones llegamos entonces en relación con el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Un cuidadoso estudio de las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento destacan los siguientes principios respecto al divorcio y segundo matrimonio:

  • Se requieren dos especies, hombre y mujer, para completar la imagen divina del género humano. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). El hombre la mujer no pueden procrear solos la raza humana y cumplir los propósitos divinos. La manera en que Dios creó a los seres humanos para que vivieran en la tierra y la forma en que los unió indican que su intención fue que el hombre y la mujer vivieran el uno para el otro (Génesis 2:22-24). El matrimonio debe ser consumado sexualmente. Por orden del Creador, el primer hombre y la primera mujer debían ser “una sola carne” con el fin de procreación, unión, y mutuo contentamiento en una segura y amorosa relación (Génesis 2:24). Jesús mismo reiteró este propósito divino (Mateo 19:4,5) y Pablo instruyó a los esposos cristianos a que fielmente y con regularidad cumplieran mutuamente con sus obligaciones sexuales (1 Corintios 7:3-5).
  • El matrimonio debe ser heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea una unión permanente. El hombre debe dejar el hogar de sus padres y unirse a su mujer, para ser “una sola carne” con ella (Génesis 2:24). Tanto Jesús (Matero 19:5) como Pablo (Efesios 5:31) citaron este pasaje de Génesis como premisa fundamental para el matrimonio.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea monógamo. En el establecimiento del matrimonio las obras del Creador se centran en un hombre y una mujer. El orden mismo del matrimonio (Génesis 2:24) se dirige a una pareja monógama; nótese la forma singular de “hombre” y “mujer”. Por supuesto, se daba la poligamia en la era del Antiguo Testamento. El primer caso fue en el linaje de Caín (Génesis 4:19), seguido de muchos ejemplos en el Antiguo Testamento, incluidos algunos de los patriarcas. Pero no se exalta la poligamia como algo ideal. En forma indirecta los escritores del Antiguo Testamento critican la poligamia, en que muestran los conflictos que resultan (Génesis 21:9,10; 37:2-36; 2 Samuel 13-18). Los pasajes que idealizan el matrimonio normalmente se refieren a un marido y una mujer (Salmo el 128:3; Proverbios 5:18; 31:10-29; Eclesiastés 9:9). Al hablar de “hombre” y “mujer” en singular, y de que “los dos” serán una sola carne (Mateo 19:5,6), Jesús también reconoció que el ideal de Dios desde el principio era la monogamia.  No hay referencia a la poligamia como práctica de la iglesia primitiva; y en cualquier caso, sería proscrito por Pablo a los1íderes en su referencia a “marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2,12; Tito 1:6).
  • El matrimonio es un pacto, un solemne acuerdo de vinculación hecho primero ante Dios y después ante los hombres. La naturaleza del matrimonio como pacto se da a entender claramente en la institución del matrimonio en Génesis 2:24 y se hace más explícita en Malaquías 2:14: “Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto”.
  • El matrimonio es el cimiento de la familia, en términos de procreación y de crianza. Lo ideal es que los niños nazcan en una familia intacta con ambos padres presentes. Estos dos padres deben ser los primeros en proveer la crianza. Este orden de vida familiar se observa a través de la Biblia, con énfasis particular en la crianza de los hijos, sobre la base de pasajes como Deuteronomio 6:1-9; Malaquías 2:15; y Efesios 6:1-4. El propósito de Dios, sin embargo, no garantiza que el pecado no dividirá y distorsionará a muchas familias que, en tales casos, no deben ser despreciadas, tomadas en poco, o descuidadas, sino que deben recibir apoyo con sabio consejo y amorosa comunión.
  • Es imperativo en tiempos como estos que la iglesia cristiana clarifique, enseñe, y fielmente cumpla lo que la Biblia dice acerca del matrimonio. La Iglesia también debe expresar la posición bíblica respecto del divorcio y un segundo matrimonio, lo cual ocurre con demasiada frecuencia cuando uno de los cónyuges, o ambos, abandonan sus compromisos y sus responsabilidades ético-cristianas.

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REFERENCIAS:

[1] Merrill C. Tenney, “Pacto”, Dicccionario Bíblico Mundo Hispano (El Paso, Texas: EMH, Casa Bautista de Publicaciones, 1997), p. 914.

[2] A. Millard, «Matrimonio», Diccionario Bíblico Abreviado, 3.ª ed., Editorial Verbo Divino-Ediciones Paulinas, Estella (Navarra)-Madrid, 1993, p. 213.

[3] Tertuliano, Ad uxorem, II:9.

[4] Ignacio de Antioquía, A Policarpo, 5,2.

Tertuliano, Ad uxorem II:8,6.7.9.

[5] Dámaso (Gallaecia, Galicia, actual España, 3041​ – Roma, 11 de diciembre, 3842​), obispo de Roma desde el año 366 hasta su muerte, en el año 384. Es reconocido principalmente por introducir en la liturgia cristiana el uso de la voz hebraica «Aleluya», así como por ordenar la traducción de la Biblia al latín, conocida como la «Vulgata».

[6] El Ambrosiaster o Ambrosiastro («pseudo-ambrosio») es un libro anónimo, conocido con tal nombre a partir de Erasmo, que contiene un importante comentario a las cartas de Pablo. Fue atribuido durante siglos a un tal Ambrosio de Milán, bajo cuyo nombre aparece en los códices; sin embargo, su verdadero autor no puede ser señalado con certeza, ni siquiera con firme probabilidad.

[7] Schuetze Armin, Habeck Irwin, El Pastor bajo Cristo, Manual de Teología Pastoral, Northwestern Publkishing House, Milwaukee, Wisconsin, 1992.

[8] Iglesia Unida de Canadá (24 de junio de 2013). «Sexual Orientation – The United Church of Canada» (en inglés). United-church.ca. Archivado desde el original el 11 de agosto de 2013. Consultado el 24 de marzo de 2017.

[9] «La Iglesia Episcopal “bendice” las bodas gay». Protestantedigital.com. 11 de julio de 2012. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[10] «Marriage Equality» (en inglés). Ucc.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[11] «What Do Lutheran Churches Say?». Marriage Matters (en inglés). Reconcilingworks.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[12] Regan, Helen (18 de marzo de 2015). «Presbyterian Church Votes to Recognize Same-Sex Marriage». U.S. Faith (en inglés). Time. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[13] Jerónimo, Cartas de San Jerónimo I, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, p. 169.

[14] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[15] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[16] Ricardo García Villoslada, Martin Lutero I, El fraile hambriento de Dios, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1976, p. 56.

[17] CEAD, El Divorcio y Segundo Matrimonio, Manual de Doctrinas y Prácticas Fundamentales (San Salvador: CEAD, 2015), pp. 25-27.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Glorifica a Dios con tu trabajo

Por: Fernando E. Alvarado.

Cuando pensamos en cómo será el cielo, a menudo pensamos que estaremos allí vestidos con batas blancas, tal vez jugando en las nubes. Muy pocas personas contemplan que en el cielo nuevo y la tierra nueva aún estaremos trabajando, pues a veces se piensa que trabajar es una maldición de la cual nos despojaremos al entrar a la presencia eterna de Dios. Detrás del pensamiento de que no trabajaremos en el futuro celestial está la idea errada de que el trabajo no era el plan inicial de Dios para nosotros. Muchos incluso creen que el trabajo fue dado por Dios como castigo en respuesta al pecado del hombre luego de la Caída. Sin embargo, cuando examinamos estos asuntos a la luz de la Palabra, vemos que no es así. Dios creó al hombre y le asignó un trabajo aún antes de la caída (Génesis 2:15). Jesucristo mismo dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” (Juan 5:17). De modo que, en vez de considerar el trabajo como una maldición por el pecado, los cristianos debemos ver el trabajo como un regalo.

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Para los creyentes, el trabajo tiene triple importancia:

(1) Es un don de Dios para proveer para nuestras necesidades.

(2) nos permite servir a los que están a nuestro alrededor, y más importante aún.

(3) nos permite reflejarlo a Él. Muchos creen erróneamente que sólo glorifica y sirve a Dios aquel que trabaja en el ministerio pastoral, evangelístico, misionero, o de cualquier otra índole. Eso no es cierto. Cualquier labor que efectuamos con excelencia glorifica a Dios. Esto no solo incluye los eclesiásticos o ministeriales, sino también los trabajos físicos que hacemos y, de hecho, todas nuestras obras: “Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre” (Colosenses. 3:17).

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En Romanos 12:2, el apóstol Pablo nos llama a renovar nuestro entendimiento y no conformarnos al mundo. El mundo reconoce algunas vocaciones, carreras, oficios y profesiones más que otras. Pero tal cosa no existe en realidad. Lo que varía es el círculo de impacto de nuestro trabajo, mas no su importancia, porque en el plan de Dios y en su propósito eterno, Él ha designado a cada persona su lugar, rol, y propósito en la creación de este lado de la eternidad (2 Timoteo 2:20). Nuestro trabajo es de importancia eterna cuando es hecho para la gloria de Dios, así seas médico, maestro, abogado, agricultor o cocinero. Cualquiera sea tu oficio, carrera o profesión, cúmplela con excelencia y glorifica a Dios a través de ella desarrollándola “con integridad de corazón, como [para] Cristo.” (Efesios 6:5′ NVI). Si eres empleado, haz tu trabajo fielmente, con excelencia, no “solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho.” (Efesios 6:6-8, NVI).

Devocional, Oración, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¿Es tu vida de oración una fuente de gozo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Si tuvieras que describir tu vida de oración en una palabra, ¿Cuál palabra elegirías? ¿Fiel? ¿Eficaz? ¿Gozosa? ¿O elegirías palabras como irregular, inconsistente, o mediocre? Todos hemos estado allí en algún momento de nuestra vida. Y de hecho ni siquiera nos preocupa la mayoría de las veces; pensamos que es normal y que todo está bien. Es hasta que la crisis azota nuestra vida que orar se vuelve necesario y nos damos cuenta de su valor. Es entonces que descubrimos que estar contento con una vida de oración mediocre expone nuestra visión anémica de Dios. Hace que Dios parezca opcional en vez de supremo, y distante en lugar de accesible a través de la fe en Cristo. Ahí, aleccionados por nuestros problemas, nos damos cuenta que Él es digno de mucho más que nuestras excusas y nuestra pereza. ¿Te ha pasado a tí también? Déjame decirte algo: Una vida de oración más gozosa puede estar más cerca de lo que piensas, incluso si no tienes idea de cómo llegar allí. Dios quiere que disfrutemos de Él en oración.

A VECES LA CULPA NOS DETIENE.

Durante las temporadas espirituales difíciles de mi vida, la culpa por mi pecado me impidió orar. ¿Cómo podría alguien tan indigno como yo acercarse a un Dios santo? Esta actitud revela una comprensión débil del evangelio. La verdad es que Dios conoce nuestro pecado y nos invita a confesarlo y recibir su purificación (1 Juan 1:9; Mateo 6:12; Salmo 32). El principio, e incluso la preparación de la oración apropiada es la petición de perdón con una confesión de culpa humilde y sincera. Cuando te sientas abatido por el peso de tu pecado, toma la llave de la confesión y entra por la puerta a la oración. Deja que tu pecado te conduzca a una sincera confesión y a una confiada alegría en el Cristo que vino a rescatar a los pecadores y a darles acceso al Padre (1 Timoteo 1:15; Hebreos 4:16).

AL ORAR, RECUERDA QUE DIOS ES TU PADRE.

En las primeras palabras de la oración del Señor, Jesús nos invita a dirigir nuestras oraciones así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Ver a Dios principalmente como Padre nos impide verlo como un juez severo, un poder superior e impersonal, o un genio mágico que otorga deseos. Entender que nuestro Padre todopoderoso nos ama como sus hijos y busca lo mejor para nosotros nos lleva a experimentar gozo y confianza al orar. Él tiene el poder y el deseo de guiar nuestras vidas, responder a nuestras oraciones, y cumplir sus propósitos en nosotros. Conocer las implicaciones esto nos da confianza en la oración: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con El todas las cosas?” (Romanos 8:31-32). Cuando luches en la oración, cuando sientas vergüenza porque no hallas que decir, incluso cuando orar sea difícil o quizá no experimentes un fuerte deseo de orar, anímate reconociendo que tu Padre lo sabe y que incluso así te ama. ¡Cobra ánimo sabiendo que Él te ama! Todo lo que se necesita es mencionar la palabra “Padre” para entrar en un mundo de deleite.

LAS ORACIONES QUE DIOS QUIERE CONTESTAR.

Dios quiere escuchar tus oraciones porque “la oración de los rectos es su deleite” (Proverbios15:8). Él también nos garantiza responder a ciertas oraciones. ¿Por qué no tomarle la palabra a Dios y orar a su manera y no a la nuestra? Santiago, por ejemplo, nos dice: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5, NVI). Pedir sabiduría es un buen punto desde el cual empezar. Dios ha prometido otorgarnos sabiduría para cualquier situación; solo tenemos que pedirla. 1 Juan 5:14-15 nos muestra otra clave para que nuestras oraciones sean contestadas: “Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho”. Esta promesa (que Dios contestará nuestras oraciones si pedimos conforme a su voluntad) debería envalentonar nuestras oraciones y agudizar nuestras expectativas. ¿Qué hemos de pedir entonces? Te invito a considerar los siguientes ejemplos de oraciones que Dios quiere contestar:

(1.- Ora para ser santificado (1 Tesalonicenses 4:3).
(2.- Ora por una mente renovada y una vida apartada del pecado (Romanos 12:1-2).
(3.- Ora para dar fruto al permanecer en Cristo (Juan 15:1-8).
(4.- Ora por la gracia de agradar a Cristo en tu trabajo (Efesios 6:5-8).
(5.- Ora por la alegría y la presencia del Espíritu en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-5).

Y añado una más: Ora las oraciones de la Biblia. La Biblia proporciona un almacén de oraciones inspiradas por el Espíritu. Ya sean las oraciones del apóstol Pablo, de Moisés, o de Jesús mismo (Mateo 6:9-14; Juan 17), orar las palabras de las Escrituras nos ayuda a acercarnos a Dios con palabras de su elección para que pensemos sus pensamientos y pidamos las cosas cerca de su corazón. Debemos crecer en oración al planear tiempo para buscar a Dios diligentemente. Esto es un propósito que debemos mantener toda la vida. A medida que nos disciplinamos con ese objetivo, nuestra fe se fortalecerá y se enriquecerá al vivir cada vez más en Su presencia donde hay plenitud de gozo (Salmo 16:11). Un antiguo y hermoso himno protestante nos recuerda esta preciosa verdad:

¿Con fervor orar pensaste
al amanecer?
¿Suplicaste por la gracia
y amparo este día
en tu oración?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al enfurecer?
¿No pediste, mi hermano,
que, al verte ofendido,
dieras el perdón?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al entristecer?
Cuando lleno de pesares,
¿a tu Dios le suplicaste
al amanecer?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

(¿Pensaste Orar?, Mary A. Pepper Kidder, 1820–1905)
Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Predicación Motivacional: ¿Dónde quedó el mensaje de la Cruz.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Gran parte de la predicación actual está contaminada con herejías descaradas (pedidos de dinero, confesión positiva, declarar y decretar, manipulación psicológica etc.). Otras son un poco más disimuladas en su nocividad, pero constituyen de igual forma una ofensa a la Palabra de Dios no tanto por lo que dicen, sino por lo que pretenden ser y no son. El mensaje transmitido no es Palabra de Dios, pero se presenta como tal. Por ejemplo, imagínate que yo salgo de mañana y voy gritando por la calle que vendo leche pura; sin embargo, al entregar el producto lo que te entrego es agua. ¿Te sentirías satisfecho con la calidad del producto? Pienso que no. Ahora bien, vender agua no está mal, ¡Lo malo es venderle agua a la gente diciéndole que es leche! Cuando un predicador toma la leche espiritual de la Palabra (1 Pedro 2.2), pero al predicarla la diluye en un mar de filosofías mundanas, psicología, modas del momento, coaching y otras corrientes humanistas, o si en vez de exponer el pasaje y conectarlo con Cristo, lo conecta sólo con la experiencia de la gente y lo que está quiere oír, es culpable también de traición al evangelio. Las predicaciones motivacionales son uno de los enemigos más discretos del evangelio. La gente se ha acostumbrado a mensajes de aliento sin profundidad espiritual, pero lo peor, sin la conexión con la cruz de Cristo.

APUNTANDO EN LA DIRECCIÓN EQUIVOCADA.

Las predicaciones motivacionales tienen todas un mismo patrón, que se repite una y otra vez como el estribillo de una canción: (1) Se escoge un pasaje, por lo general una historia del Antiguo Testamento, del libro de Hechos, un milagro de Jesús etc.; (2) El predicador lee el pasaje… y minutos después (sin mucha introducción histórica) empieza a contextualizarlo con la vida de los oyentes; (3) Si al mensaje motivacional lo acompañamos con “buena música” y ponemos a un”animador” de alabanzas, el círculo de bienestar se cierra completo. Y así, miles son calentados al fuego de la predicación motivacional, aunque ignoran que eso no es el evangelio. Se conforman con prédicas que tienen “una remota conexión con Cristo”, pero eso sí, ¡Una gran conexión con sus vivencias (problemas financieros, de pareja, laborales, baja autoestima, etc.) y un alto contenido emocional! Pero ¿Te has preguntado a dónde te conduce las predicaciones motivacionales? Te causan un falsa fidelidad y una vida cristiana superficial, pero siempre serás un niño movido por sentimientos bajo esta forma de predicación. Desconocerás la profundidad de las inescrutables riquezas de Cristo (Efesios 3:8). Te acostumbrarás a comer migajas como un mendigo espiritual, en vez de sentarte a la mesa con los hijos y disfrutar de los manjares que Dios preparó para Su familia. Pero lo más terrible de las predicaciones motivacionales, no es sólo a dónde te conduce, sino que no glorifica a Cristo. Un predicador puede gastar horas y horas predicándote cómo salir de las deudas, como mejorar tu vida sexual de pareja y como ser un mejor empleado. Incluso quizá de vez en cuando hable de la Cruz y, sin embargo, mantenga a su congregación ignorando las grandes doctrinas de la justificación, el estado del hombre, la redención, la regeneración o el nuevo nacimiento. Las grandes doctrinas de la fe serán pasadas por alto en las predicaciones motivacionales, y en cambio el foco será en tus vivencias y el cumplimientos de las promesas en retribución de lo que tu puedes hacer por Dios. La predicación bíblica dedica mayor tiempo a exaltar quién es Él, pero la motivacional se centra en lo que tú debes o puedes hacer. La predicación bíblica te acerca más a Dios, porque le da gloria a Él, pero la predicación motivacional te provoca una “motivacional dependencia” del pastor que predica. Eso no es correcto, pues la iglesia debe señalar a Cristo y no al hombre.

TRAICIONANDO LA PALABRA.

Los predicadores motivacionales tienen diferentes grados de alejamiento de la verdad. El algún momento las almas dejan de ser guiadas al paraíso por medio de la cruz para ser guiadas al mundo de la autosuperación, y como destino final el infierno. El evangelio es tan difuso en muchas predicaciones motivacionales que dudo que el Espíritu Santo pueda bendecir algo de su Palabra, pues está en cierta manera ausente en su desarrollo. El vacío teológico en las predicaciones, tanto como en las canciones que acompañan, produce raquitismo espiritual. Las personas pueden hablar a otros por horas de las bendiciones de Dios que recibieron, pero no pueden articular el evangelio ni explicarlo en sus partes más sencillas. La doctrina de la justificación, o la muerte sustitutiva de Cristo son cosas extrañas para ellos. Se habla de un “recibir a Jesús”, pero se explica poco o nada de su persona, su deidad, su poder, su señorío, su eternidad. Se recibe a un Jesús por el área de la motivación, pero ¿Es este el mismo Jesús que murió y resucitó conforme a las Escrituras como decía el apóstol Pablo? (1 Corintios 15: 3 y 4). La iglesia, según 1 Timoteo 3.15 debe ser “columna y baluarte de la verdad”. Si una iglesia tolera cada semana que la verdad de Dios sea diluida por medio de un predicador motivacional, me pregunto si sigue teniendo la categoría de iglesia, pues no está cumpliendo con uno de sus principales propósitos.

¿DÓNDE HALLAMOS MOTIVACIÓN?

La motivación del cristiano, tiene que partir de la predicación expositiva de la Biblia, y no de contextualizaciones huecas. La motivación espiritual y verdadera no viene sin antes pasar por la cruz. Pedro le dijo a Jesús que “evite ir a la cruz” (Mateo 16:22) y la reacción de Jesús ante Pedro fue: “Apártate de mí, Satanás” (V.23). Breve tiempo atrás Pedro le dijo a Jesús: “Tú este eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Pero ahora Pedro quería a un Cristo sin su cruz, ¡Imposible! De la misma forma, aquella predicación motivacional y halagadora de la carne que no denuncia el pecado y baja a Cristo de la cruz para presentarlo sólo como el “dador de bendiciones” es satanismo del más grande. Decía Charles Spurgeon, predicador del siglo XIX: “Predicar a Cristo sin la cruz es entregarlo (como Judas) con un beso“. Los amistosos predicadores motivacionales son una alta traición al evangelio; muestran “apariencia de piedad” pero niegan la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5). El apóstol Pablo insistía con predicar a Cristo y su cruz (1 Corintios 1:23, 2:2, Gálatas 3:1, 6:14). La verdadera motivación de los creyente es primero ser crucificados juntamente con Cristo, para después, como el Señor resucitó, andemos en novedad de vida. La predicación fiel a la Biblia no es decirle a las personas: “Tu eres un campeón, naciste para triunfar“, sino: “Ve a la cruz y muere a tus deseos ególatras, y sigue a Cristo en humildad“. La vida no consiste en cumplir tus metas, sino en cumplir Sus metas. La Biblia no se trata de ti, sino que se trata de Él. Nuestra verdadera motivación es Su gloria; y esto ¡verdaderamente llena nuestra alma!

NECESITAMOS VOLVER A LA PREDICACIÓN CRISTOCÉNTRICA.

La predicación motivacional “se salta la cruz”, y en ese salto llevará a muchos al infierno. Para el predicador motivacional la cruz le es tropiezo, un escándalo, prefiere arrullar a una multitud dormida bajo su entusiasmo antes que estos sean despertados con el clarín del evangelio. Por eso, hoy en día, nos encontramos con miles de cristianos nominales sin la vida del Espíritu Santo ni conocimiento del evangelio. Involucrados en los mismos pecados una y otra vez, movidos sólo con el motor de su orgullo y buenas intenciones, necesitan cada semana la inyección motivacional para seguir llevando una vida espiritual hipócrita. Necesitan algo que tranquilice sus atormentadas conciencias (por la falta de reconciliación con Dios) y que los inste a seguir adelante sin entregar sus pecados. Esto, es una falsa religión que no los conducirá a ningún lado. Amigo ¿A quién escuchas cada semana? ¿Es alguien que abre las Escrituras para hablar de Cristo como tema central? ¿Has crecido en santidad y en el conocimiento de Dios? ¿Has aprendido a ver a Cristo en las páginas de la Biblia? Muchos predicadores motivacionales serán juzgados en el día del juicio como malos obreros, pero también sus oidores serán culpables, pues no amaron la verdad, sino que consintieron en el engaño.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Y tú, ¿Por qué le eres fiel a Dios?

Por: Fernando E. Alvarado.

Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto… te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.

Alguna gente no peca contra Dios por miedo a ser descubiertos. Otros no pecan por temor a las consecuencias. Pero la verdadera razón para no pecar es el amor a Dios. La ética cristiana se basa en el amor. Cualquier otra cosa es legalismo y religiosidad. Los verdaderos santos obedecen a Dios porque les encanta obedecer a Dios, no porque tienen que hacerlo. Es su deleite y no un simple deber. Esa es la razón por la que se esfuerzan por vivir en santidad con tanto celo y pasión. Porque quieren, porque desean, porque se regocijan en hacerlo. Están consagrados y son soldados fieles, no simples cumplidores de reglas sin convicción. Hay que tener agallas, agallas de verdad para mantenerte firme en tus convicciones. Los débiles siguen la corriente. El amor por Dios es la verdadera raíz de todo lo que estamos llamados a hacer como seguidores de Jesús.

Lo que la gente joven necesita desesperadamente es pasión por Cristo y celo por la santidad en lo más profundo de su ser. Eso es lo que los sacará de la impiedad. No el miedo a las consecuencias. Exactamente así es como Pablo razonaba con los tesalonicenses. Él les decía que la voluntad de Dios para ellos era la santificación de sus vidas. Su vida ya no podía ser como la que vivían los paganos que les rodeaban (1 Tesalonicenses 4:3-5). Pablo sabía que quienes aman a Dios se guardan en santidad para la gloria de Dios. ¿Así que, por qué deberíais esforzarte por vivir en santidad? La respuesta correcta es ¡Porque amas a Dios! Es así de simple. Cualquier otra razón es secundaria y completamente indigna del Dios de amor quien nos su más preciado regalo: Jesucristo. Honrémosle. Amémosle. Sirvámosle. Y que Él nos dé agallas, verdaderas agallas, para vivir vidas que glorifiquen a Dios en medio de este mundo corrupto y malo. Él nos recuerda:

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos… ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.” (Juan 14:15, 21; NVI).

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios 13:1-3, NVI).

“En Cristo Jesús… lo que vale es la fe que actúa mediante el amor.” (Gálatas 5:6, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

El cristiano y su ética de trabajo.

Por: Fernando E. Alvarado.

¿Has consumido alguna vez un producto de la marca Starbucks o visitado alguno de sus locales? Muy probablemente sí. Pero, ¿Sabías que el primer local con el nombre Starbucks se abrió en Pike Place Market, Seattle, en 1971? Quizá no, a menos que seas un fanático del café como yo. La empresa Starbucks fue obra de tres socios: el profesor de inglés Jerry Baldwin, el profesor de historia Zev Siegel, y el escritor Gordon Bowker, inspirados por el empresario cafetero Alfred Peet, el mismo que acostumbró a los estadounidenses a consumir el café en taza en lugar de en lata. Peet les enseñó su estilo de tostado antes de abrir su primer establecimiento. Originalmente, su actividad se centraba en la venta de café en grano y molido para el consumo en casa. Pero Starbucks estaba destinado a ser más que eso. En 1982 Howard Schultz se incorporó a la empresa, contratado como director de operaciones y marketing de Starbucks cuando tenía sólo cuatro tiendas. Un año más tarde, en 1983, Schultz viajó a Italia, cautivado por la tradición de sus cafeterías. Schultz regresó de Italia con la visión de trasladar este modelo de establecimientos a América. En su autobiografía Schultz nos cuenta: “Mi conclusión fue que no solamente serviríamos cafés, sino que crearíamos un ambiente en el que la intimidad de la relación con el espacio y la experiencia del café pudiera cobrar vida.” Pero sus nuevas ideas no fueron bien recibidas. Los socios rechazaron la propuesta por no considerarla alineada con los objetivos de la empresa y por la convicción de que el café se debía preparar en casa. Pero, lejos de renunciar a su visión, Schultz decidió abandonar la empresa y montar su propia cadena de cafeterías con el nombre de Il Giornale. En 1987, contaba ya con una pequeña red de tres establecimientos. Finalmente, tras años de negociación, en 1987 consiguió convencer a varios inversores para comprar la compañía y crear un local en el que se creara un ambiente familiar para tomar café. Schultz compró, a sus antiguos jefes, la cadena que habían creado, fusionó todo bajo la marca de inspiración marinera y es entonces cuando nace la verdadera Starbucks, el nombre de uno de los personajes de la novela Moby Dick. En sólo 5 años consiguió abrir 161 tiendas propias y a partir de 1990 fue plenamente rentable. ¡Increíble! ¿No lo crees?

EL CRISTIANO: LLAMADO A SER DILIGENTE.

Quizá te preguntes: ¿A qué se debió el éxito de Schultz? ¿Cuál fue la clave de su triunfo? La Biblia nos da la respuesta a esta pregunta: “El perezoso ambiciona, y nada consigue; el diligente ve cumplidos sus deseos.” (Proverbios 13:4, NVI). Así es, ¡La diligencia es la clave! Dios valora inmensamente la diligencia. Leemos en Proverbios 12:27: “…haber precioso del hombre es la diligencia”. Y Proverbios 21:5 lo amplifica: “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia”. La negligencia, por otro lado, es el camino seguro a la pobreza: “Pobre es el que trabaja con mano negligente, mas la mano de los diligentes enriquece.” (Proverbios 10:4, LBLA). Schultz entendió esto a la perfección y, aunque comenzó como un simple empleado en Starbucks, su diligencia y trabajo duro lo llevaron a ser el dueño de la empresa en la que una vez entró como un asalariado más, pues entendió que “el de manos diligentes gobernará; pero el perezoso será subyugado.” (Proverbios 12:24, NVI)

Todos anhelamos sobresalir en algo, ¿O no? Todos tenemos sueños. Todos queremos ser cabeza y no cola. Todos queremos triunfar pero ¿Estamos dispuestos a trabajar duro por lograrlo? ¿O nos conformamos con aplicar la ley del mínimo esfuerzo en todo lo que hacemos? Ciertamente, la pereza y la ociosidad desagradan a Dios, pues Él busca la excelencia, no la mediocridad. Muchos, sin embargo, soñamos con alcanzar el éxito sin tener que mover un dedo. Queremos que Dios nos lo conceda tan solo con pedirlo, pero ¡Eso jamás pasará! La diligencia y la fe son dos caras de un misterio. Ambas deben estar presentes si hemos de lograr el éxito espiritual o material. Muchos frecuentemente pasan por alto esta combinación. Son demasiados los cristianos que adoptan una actitud pasiva esperando que Dios los mueva y los prospere de la nada. Anhelan un éxito que venga sin esfuerzo. Muchos nunca hacen nada grandioso para Dios, o para su propio bienestar material, porque jamás aceptan el reto. Sin embargo, en 2 Pedro 1:5 se nos exhorta a obrar “con toda diligencia” (LBLA), pues nunca lograremos el éxito si nos limitamos a ser meros espectadores. La fe no anula la necesidad del esfuerzo personal para alcanzar el éxito. Por eso la Biblia nos llama a la diligencia, al esfuerzo, al celo, a lanzarse a la acción y a no cesar. ¿Por qué? Porque los perezosos y negligentes, los que aspiran a algo menos que la excelencia, nunca lograrán nada. O por lo menos, nada bueno.

ELIMINEMOS LA MALDICIÓN DE LA PEREZA.

¿Quieres triunfar en esta vida? ¿Quieres sobresalir en lo académico o en lo laboral? ¡Comienza por eliminar la pereza y la negligencia de tu lista de atributos! Quizá no te hayas dado cuenta de ello, pero la Biblia tiene mucho que decir acerca de este tema. Los Proverbios, especialmente, están llenos de sabiduría concerniente a la pereza y advertencias a la persona perezosa y negligente. Ellos nos dicen que una persona perezosa odia el trabajo: “El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar” (21:25); le encanta dormir: “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama” (26:14); da excusas: “Dice el perezoso: El león está en el camino; el león está en las calles” (26:13); desperdicia tiempo y energía: “También el que es negligente en su trabajo, es hermano del hombre disipador” (18:9); él cree que es sabio, pero es un tonto: “En su propia opinión el perezoso es más sabio que siete que sepan aconsejar” (26:16). Tan solo piensa: Si la Biblia condena tan rotundamente la pereza y la negligencia ¿Acaso no deberíamos los cristianos ser laboriosos y diligentes? Un antiguo himno protestante nos recuerda:

¡Alerta! Y haz algo más que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición.

No la dejes pasar; ya debes actuar.
Haz algo sin demorar.
Es noble y grande a otros servir;
hay mérito en trabajar.
Sólo el que trabaja se siente feliz,
y Dios le recompensará.

(¿En el mundo he hecho bien?, Will L. Thompson, 1847–1909)