Devocional, Oración, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¿Es tu vida de oración una fuente de gozo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Si tuvieras que describir tu vida de oración en una palabra, ¿Cuál palabra elegirías? ¿Fiel? ¿Eficaz? ¿Gozosa? ¿O elegirías palabras como irregular, inconsistente, o mediocre? Todos hemos estado allí en algún momento de nuestra vida. Y de hecho ni siquiera nos preocupa la mayoría de las veces; pensamos que es normal y que todo está bien. Es hasta que la crisis azota nuestra vida que orar se vuelve necesario y nos damos cuenta de su valor. Es entonces que descubrimos que estar contento con una vida de oración mediocre expone nuestra visión anémica de Dios. Hace que Dios parezca opcional en vez de supremo, y distante en lugar de accesible a través de la fe en Cristo. Ahí, aleccionados por nuestros problemas, nos damos cuenta que Él es digno de mucho más que nuestras excusas y nuestra pereza. ¿Te ha pasado a tí también? Déjame decirte algo: Una vida de oración más gozosa puede estar más cerca de lo que piensas, incluso si no tienes idea de cómo llegar allí. Dios quiere que disfrutemos de Él en oración.

A VECES LA CULPA NOS DETIENE.

Durante las temporadas espirituales difíciles de mi vida, la culpa por mi pecado me impidió orar. ¿Cómo podría alguien tan indigno como yo acercarse a un Dios santo? Esta actitud revela una comprensión débil del evangelio. La verdad es que Dios conoce nuestro pecado y nos invita a confesarlo y recibir su purificación (1 Juan 1:9; Mateo 6:12; Salmo 32). El principio, e incluso la preparación de la oración apropiada es la petición de perdón con una confesión de culpa humilde y sincera. Cuando te sientas abatido por el peso de tu pecado, toma la llave de la confesión y entra por la puerta a la oración. Deja que tu pecado te conduzca a una sincera confesión y a una confiada alegría en el Cristo que vino a rescatar a los pecadores y a darles acceso al Padre (1 Timoteo 1:15; Hebreos 4:16).

AL ORAR, RECUERDA QUE DIOS ES TU PADRE.

En las primeras palabras de la oración del Señor, Jesús nos invita a dirigir nuestras oraciones así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Ver a Dios principalmente como Padre nos impide verlo como un juez severo, un poder superior e impersonal, o un genio mágico que otorga deseos. Entender que nuestro Padre todopoderoso nos ama como sus hijos y busca lo mejor para nosotros nos lleva a experimentar gozo y confianza al orar. Él tiene el poder y el deseo de guiar nuestras vidas, responder a nuestras oraciones, y cumplir sus propósitos en nosotros. Conocer las implicaciones esto nos da confianza en la oración: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con El todas las cosas?” (Romanos 8:31-32). Cuando luches en la oración, cuando sientas vergüenza porque no hallas que decir, incluso cuando orar sea difícil o quizá no experimentes un fuerte deseo de orar, anímate reconociendo que tu Padre lo sabe y que incluso así te ama. ¡Cobra ánimo sabiendo que Él te ama! Todo lo que se necesita es mencionar la palabra “Padre” para entrar en un mundo de deleite.

LAS ORACIONES QUE DIOS QUIERE CONTESTAR.

Dios quiere escuchar tus oraciones porque “la oración de los rectos es su deleite” (Proverbios15:8). Él también nos garantiza responder a ciertas oraciones. ¿Por qué no tomarle la palabra a Dios y orar a su manera y no a la nuestra? Santiago, por ejemplo, nos dice: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5, NVI). Pedir sabiduría es un buen punto desde el cual empezar. Dios ha prometido otorgarnos sabiduría para cualquier situación; solo tenemos que pedirla. 1 Juan 5:14-15 nos muestra otra clave para que nuestras oraciones sean contestadas: “Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho”. Esta promesa (que Dios contestará nuestras oraciones si pedimos conforme a su voluntad) debería envalentonar nuestras oraciones y agudizar nuestras expectativas. ¿Qué hemos de pedir entonces? Te invito a considerar los siguientes ejemplos de oraciones que Dios quiere contestar:

(1.- Ora para ser santificado (1 Tesalonicenses 4:3).
(2.- Ora por una mente renovada y una vida apartada del pecado (Romanos 12:1-2).
(3.- Ora para dar fruto al permanecer en Cristo (Juan 15:1-8).
(4.- Ora por la gracia de agradar a Cristo en tu trabajo (Efesios 6:5-8).
(5.- Ora por la alegría y la presencia del Espíritu en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-5).

Y añado una más: Ora las oraciones de la Biblia. La Biblia proporciona un almacén de oraciones inspiradas por el Espíritu. Ya sean las oraciones del apóstol Pablo, de Moisés, o de Jesús mismo (Mateo 6:9-14; Juan 17), orar las palabras de las Escrituras nos ayuda a acercarnos a Dios con palabras de su elección para que pensemos sus pensamientos y pidamos las cosas cerca de su corazón. Debemos crecer en oración al planear tiempo para buscar a Dios diligentemente. Esto es un propósito que debemos mantener toda la vida. A medida que nos disciplinamos con ese objetivo, nuestra fe se fortalecerá y se enriquecerá al vivir cada vez más en Su presencia donde hay plenitud de gozo (Salmo 16:11). Un antiguo y hermoso himno protestante nos recuerda esta preciosa verdad:

¿Con fervor orar pensaste
al amanecer?
¿Suplicaste por la gracia
y amparo este día
en tu oración?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al enfurecer?
¿No pediste, mi hermano,
que, al verte ofendido,
dieras el perdón?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al entristecer?
Cuando lleno de pesares,
¿a tu Dios le suplicaste
al amanecer?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

(¿Pensaste Orar?, Mary A. Pepper Kidder, 1820–1905)
Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Predicación Motivacional: ¿Dónde quedó el mensaje de la Cruz.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Gran parte de la predicación actual está contaminada con herejías descaradas (pedidos de dinero, confesión positiva, declarar y decretar, manipulación psicológica etc.). Otras son un poco más disimuladas en su nocividad, pero constituyen de igual forma una ofensa a la Palabra de Dios no tanto por lo que dicen, sino por lo que pretenden ser y no son. El mensaje transmitido no es Palabra de Dios, pero se presenta como tal. Por ejemplo, imagínate que yo salgo de mañana y voy gritando por la calle que vendo leche pura; sin embargo, al entregar el producto lo que te entrego es agua. ¿Te sentirías satisfecho con la calidad del producto? Pienso que no. Ahora bien, vender agua no está mal, ¡Lo malo es venderle agua a la gente diciéndole que es leche! Cuando un predicador toma la leche espiritual de la Palabra (1 Pedro 2.2), pero al predicarla la diluye en un mar de filosofías mundanas, psicología, modas del momento, coaching y otras corrientes humanistas, o si en vez de exponer el pasaje y conectarlo con Cristo, lo conecta sólo con la experiencia de la gente y lo que está quiere oír, es culpable también de traición al evangelio. Las predicaciones motivacionales son uno de los enemigos más discretos del evangelio. La gente se ha acostumbrado a mensajes de aliento sin profundidad espiritual, pero lo peor, sin la conexión con la cruz de Cristo.

APUNTANDO EN LA DIRECCIÓN EQUIVOCADA.

Las predicaciones motivacionales tienen todas un mismo patrón, que se repite una y otra vez como el estribillo de una canción: (1) Se escoge un pasaje, por lo general una historia del Antiguo Testamento, del libro de Hechos, un milagro de Jesús etc.; (2) El predicador lee el pasaje… y minutos después (sin mucha introducción histórica) empieza a contextualizarlo con la vida de los oyentes; (3) Si al mensaje motivacional lo acompañamos con “buena música” y ponemos a un”animador” de alabanzas, el círculo de bienestar se cierra completo. Y así, miles son calentados al fuego de la predicación motivacional, aunque ignoran que eso no es el evangelio. Se conforman con prédicas que tienen “una remota conexión con Cristo”, pero eso sí, ¡Una gran conexión con sus vivencias (problemas financieros, de pareja, laborales, baja autoestima, etc.) y un alto contenido emocional! Pero ¿Te has preguntado a dónde te conduce las predicaciones motivacionales? Te causan un falsa fidelidad y una vida cristiana superficial, pero siempre serás un niño movido por sentimientos bajo esta forma de predicación. Desconocerás la profundidad de las inescrutables riquezas de Cristo (Efesios 3:8). Te acostumbrarás a comer migajas como un mendigo espiritual, en vez de sentarte a la mesa con los hijos y disfrutar de los manjares que Dios preparó para Su familia. Pero lo más terrible de las predicaciones motivacionales, no es sólo a dónde te conduce, sino que no glorifica a Cristo. Un predicador puede gastar horas y horas predicándote cómo salir de las deudas, como mejorar tu vida sexual de pareja y como ser un mejor empleado. Incluso quizá de vez en cuando hable de la Cruz y, sin embargo, mantenga a su congregación ignorando las grandes doctrinas de la justificación, el estado del hombre, la redención, la regeneración o el nuevo nacimiento. Las grandes doctrinas de la fe serán pasadas por alto en las predicaciones motivacionales, y en cambio el foco será en tus vivencias y el cumplimientos de las promesas en retribución de lo que tu puedes hacer por Dios. La predicación bíblica dedica mayor tiempo a exaltar quién es Él, pero la motivacional se centra en lo que tú debes o puedes hacer. La predicación bíblica te acerca más a Dios, porque le da gloria a Él, pero la predicación motivacional te provoca una “motivacional dependencia” del pastor que predica. Eso no es correcto, pues la iglesia debe señalar a Cristo y no al hombre.

TRAICIONANDO LA PALABRA.

Los predicadores motivacionales tienen diferentes grados de alejamiento de la verdad. El algún momento las almas dejan de ser guiadas al paraíso por medio de la cruz para ser guiadas al mundo de la autosuperación, y como destino final el infierno. El evangelio es tan difuso en muchas predicaciones motivacionales que dudo que el Espíritu Santo pueda bendecir algo de su Palabra, pues está en cierta manera ausente en su desarrollo. El vacío teológico en las predicaciones, tanto como en las canciones que acompañan, produce raquitismo espiritual. Las personas pueden hablar a otros por horas de las bendiciones de Dios que recibieron, pero no pueden articular el evangelio ni explicarlo en sus partes más sencillas. La doctrina de la justificación, o la muerte sustitutiva de Cristo son cosas extrañas para ellos. Se habla de un “recibir a Jesús”, pero se explica poco o nada de su persona, su deidad, su poder, su señorío, su eternidad. Se recibe a un Jesús por el área de la motivación, pero ¿Es este el mismo Jesús que murió y resucitó conforme a las Escrituras como decía el apóstol Pablo? (1 Corintios 15: 3 y 4). La iglesia, según 1 Timoteo 3.15 debe ser “columna y baluarte de la verdad”. Si una iglesia tolera cada semana que la verdad de Dios sea diluida por medio de un predicador motivacional, me pregunto si sigue teniendo la categoría de iglesia, pues no está cumpliendo con uno de sus principales propósitos.

¿DÓNDE HALLAMOS MOTIVACIÓN?

La motivación del cristiano, tiene que partir de la predicación expositiva de la Biblia, y no de contextualizaciones huecas. La motivación espiritual y verdadera no viene sin antes pasar por la cruz. Pedro le dijo a Jesús que “evite ir a la cruz” (Mateo 16:22) y la reacción de Jesús ante Pedro fue: “Apártate de mí, Satanás” (V.23). Breve tiempo atrás Pedro le dijo a Jesús: “Tú este eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Pero ahora Pedro quería a un Cristo sin su cruz, ¡Imposible! De la misma forma, aquella predicación motivacional y halagadora de la carne que no denuncia el pecado y baja a Cristo de la cruz para presentarlo sólo como el “dador de bendiciones” es satanismo del más grande. Decía Charles Spurgeon, predicador del siglo XIX: “Predicar a Cristo sin la cruz es entregarlo (como Judas) con un beso“. Los amistosos predicadores motivacionales son una alta traición al evangelio; muestran “apariencia de piedad” pero niegan la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5). El apóstol Pablo insistía con predicar a Cristo y su cruz (1 Corintios 1:23, 2:2, Gálatas 3:1, 6:14). La verdadera motivación de los creyente es primero ser crucificados juntamente con Cristo, para después, como el Señor resucitó, andemos en novedad de vida. La predicación fiel a la Biblia no es decirle a las personas: “Tu eres un campeón, naciste para triunfar“, sino: “Ve a la cruz y muere a tus deseos ególatras, y sigue a Cristo en humildad“. La vida no consiste en cumplir tus metas, sino en cumplir Sus metas. La Biblia no se trata de ti, sino que se trata de Él. Nuestra verdadera motivación es Su gloria; y esto ¡verdaderamente llena nuestra alma!

NECESITAMOS VOLVER A LA PREDICACIÓN CRISTOCÉNTRICA.

La predicación motivacional “se salta la cruz”, y en ese salto llevará a muchos al infierno. Para el predicador motivacional la cruz le es tropiezo, un escándalo, prefiere arrullar a una multitud dormida bajo su entusiasmo antes que estos sean despertados con el clarín del evangelio. Por eso, hoy en día, nos encontramos con miles de cristianos nominales sin la vida del Espíritu Santo ni conocimiento del evangelio. Involucrados en los mismos pecados una y otra vez, movidos sólo con el motor de su orgullo y buenas intenciones, necesitan cada semana la inyección motivacional para seguir llevando una vida espiritual hipócrita. Necesitan algo que tranquilice sus atormentadas conciencias (por la falta de reconciliación con Dios) y que los inste a seguir adelante sin entregar sus pecados. Esto, es una falsa religión que no los conducirá a ningún lado. Amigo ¿A quién escuchas cada semana? ¿Es alguien que abre las Escrituras para hablar de Cristo como tema central? ¿Has crecido en santidad y en el conocimiento de Dios? ¿Has aprendido a ver a Cristo en las páginas de la Biblia? Muchos predicadores motivacionales serán juzgados en el día del juicio como malos obreros, pero también sus oidores serán culpables, pues no amaron la verdad, sino que consintieron en el engaño.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Y tú, ¿Por qué le eres fiel a Dios?

Por: Fernando E. Alvarado.

Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto… te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.

Alguna gente no peca contra Dios por miedo a ser descubiertos. Otros no pecan por temor a las consecuencias. Pero la verdadera razón para no pecar es el amor a Dios. La ética cristiana se basa en el amor. Cualquier otra cosa es legalismo y religiosidad. Los verdaderos santos obedecen a Dios porque les encanta obedecer a Dios, no porque tienen que hacerlo. Es su deleite y no un simple deber. Esa es la razón por la que se esfuerzan por vivir en santidad con tanto celo y pasión. Porque quieren, porque desean, porque se regocijan en hacerlo. Están consagrados y son soldados fieles, no simples cumplidores de reglas sin convicción. Hay que tener agallas, agallas de verdad para mantenerte firme en tus convicciones. Los débiles siguen la corriente. El amor por Dios es la verdadera raíz de todo lo que estamos llamados a hacer como seguidores de Jesús.

Lo que la gente joven necesita desesperadamente es pasión por Cristo y celo por la santidad en lo más profundo de su ser. Eso es lo que los sacará de la impiedad. No el miedo a las consecuencias. Exactamente así es como Pablo razonaba con los tesalonicenses. Él les decía que la voluntad de Dios para ellos era la santificación de sus vidas. Su vida ya no podía ser como la que vivían los paganos que les rodeaban (1 Tesalonicenses 4:3-5). Pablo sabía que quienes aman a Dios se guardan en santidad para la gloria de Dios. ¿Así que, por qué deberíais esforzarte por vivir en santidad? La respuesta correcta es ¡Porque amas a Dios! Es así de simple. Cualquier otra razón es secundaria y completamente indigna del Dios de amor quien nos su más preciado regalo: Jesucristo. Honrémosle. Amémosle. Sirvámosle. Y que Él nos dé agallas, verdaderas agallas, para vivir vidas que glorifiquen a Dios en medio de este mundo corrupto y malo. Él nos recuerda:

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos… ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.” (Juan 14:15, 21; NVI).

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios 13:1-3, NVI).

“En Cristo Jesús… lo que vale es la fe que actúa mediante el amor.” (Gálatas 5:6, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

El cristiano y su ética de trabajo.

Por: Fernando E. Alvarado.

¿Has consumido alguna vez un producto de la marca Starbucks o visitado alguno de sus locales? Muy probablemente sí. Pero, ¿Sabías que el primer local con el nombre Starbucks se abrió en Pike Place Market, Seattle, en 1971? Quizá no, a menos que seas un fanático del café como yo. La empresa Starbucks fue obra de tres socios: el profesor de inglés Jerry Baldwin, el profesor de historia Zev Siegel, y el escritor Gordon Bowker, inspirados por el empresario cafetero Alfred Peet, el mismo que acostumbró a los estadounidenses a consumir el café en taza en lugar de en lata. Peet les enseñó su estilo de tostado antes de abrir su primer establecimiento. Originalmente, su actividad se centraba en la venta de café en grano y molido para el consumo en casa. Pero Starbucks estaba destinado a ser más que eso. En 1982 Howard Schultz se incorporó a la empresa, contratado como director de operaciones y marketing de Starbucks cuando tenía sólo cuatro tiendas. Un año más tarde, en 1983, Schultz viajó a Italia, cautivado por la tradición de sus cafeterías. Schultz regresó de Italia con la visión de trasladar este modelo de establecimientos a América. En su autobiografía Schultz nos cuenta: “Mi conclusión fue que no solamente serviríamos cafés, sino que crearíamos un ambiente en el que la intimidad de la relación con el espacio y la experiencia del café pudiera cobrar vida.” Pero sus nuevas ideas no fueron bien recibidas. Los socios rechazaron la propuesta por no considerarla alineada con los objetivos de la empresa y por la convicción de que el café se debía preparar en casa. Pero, lejos de renunciar a su visión, Schultz decidió abandonar la empresa y montar su propia cadena de cafeterías con el nombre de Il Giornale. En 1987, contaba ya con una pequeña red de tres establecimientos. Finalmente, tras años de negociación, en 1987 consiguió convencer a varios inversores para comprar la compañía y crear un local en el que se creara un ambiente familiar para tomar café. Schultz compró, a sus antiguos jefes, la cadena que habían creado, fusionó todo bajo la marca de inspiración marinera y es entonces cuando nace la verdadera Starbucks, el nombre de uno de los personajes de la novela Moby Dick. En sólo 5 años consiguió abrir 161 tiendas propias y a partir de 1990 fue plenamente rentable. ¡Increíble! ¿No lo crees?

EL CRISTIANO: LLAMADO A SER DILIGENTE.

Quizá te preguntes: ¿A qué se debió el éxito de Schultz? ¿Cuál fue la clave de su triunfo? La Biblia nos da la respuesta a esta pregunta: “El perezoso ambiciona, y nada consigue; el diligente ve cumplidos sus deseos.” (Proverbios 13:4, NVI). Así es, ¡La diligencia es la clave! Dios valora inmensamente la diligencia. Leemos en Proverbios 12:27: “…haber precioso del hombre es la diligencia”. Y Proverbios 21:5 lo amplifica: “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia”. La negligencia, por otro lado, es el camino seguro a la pobreza: “Pobre es el que trabaja con mano negligente, mas la mano de los diligentes enriquece.” (Proverbios 10:4, LBLA). Schultz entendió esto a la perfección y, aunque comenzó como un simple empleado en Starbucks, su diligencia y trabajo duro lo llevaron a ser el dueño de la empresa en la que una vez entró como un asalariado más, pues entendió que “el de manos diligentes gobernará; pero el perezoso será subyugado.” (Proverbios 12:24, NVI)

Todos anhelamos sobresalir en algo, ¿O no? Todos tenemos sueños. Todos queremos ser cabeza y no cola. Todos queremos triunfar pero ¿Estamos dispuestos a trabajar duro por lograrlo? ¿O nos conformamos con aplicar la ley del mínimo esfuerzo en todo lo que hacemos? Ciertamente, la pereza y la ociosidad desagradan a Dios, pues Él busca la excelencia, no la mediocridad. Muchos, sin embargo, soñamos con alcanzar el éxito sin tener que mover un dedo. Queremos que Dios nos lo conceda tan solo con pedirlo, pero ¡Eso jamás pasará! La diligencia y la fe son dos caras de un misterio. Ambas deben estar presentes si hemos de lograr el éxito espiritual o material. Muchos frecuentemente pasan por alto esta combinación. Son demasiados los cristianos que adoptan una actitud pasiva esperando que Dios los mueva y los prospere de la nada. Anhelan un éxito que venga sin esfuerzo. Muchos nunca hacen nada grandioso para Dios, o para su propio bienestar material, porque jamás aceptan el reto. Sin embargo, en 2 Pedro 1:5 se nos exhorta a obrar “con toda diligencia” (LBLA), pues nunca lograremos el éxito si nos limitamos a ser meros espectadores. La fe no anula la necesidad del esfuerzo personal para alcanzar el éxito. Por eso la Biblia nos llama a la diligencia, al esfuerzo, al celo, a lanzarse a la acción y a no cesar. ¿Por qué? Porque los perezosos y negligentes, los que aspiran a algo menos que la excelencia, nunca lograrán nada. O por lo menos, nada bueno.

ELIMINEMOS LA MALDICIÓN DE LA PEREZA.

¿Quieres triunfar en esta vida? ¿Quieres sobresalir en lo académico o en lo laboral? ¡Comienza por eliminar la pereza y la negligencia de tu lista de atributos! Quizá no te hayas dado cuenta de ello, pero la Biblia tiene mucho que decir acerca de este tema. Los Proverbios, especialmente, están llenos de sabiduría concerniente a la pereza y advertencias a la persona perezosa y negligente. Ellos nos dicen que una persona perezosa odia el trabajo: “El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar” (21:25); le encanta dormir: “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama” (26:14); da excusas: “Dice el perezoso: El león está en el camino; el león está en las calles” (26:13); desperdicia tiempo y energía: “También el que es negligente en su trabajo, es hermano del hombre disipador” (18:9); él cree que es sabio, pero es un tonto: “En su propia opinión el perezoso es más sabio que siete que sepan aconsejar” (26:16). Tan solo piensa: Si la Biblia condena tan rotundamente la pereza y la negligencia ¿Acaso no deberíamos los cristianos ser laboriosos y diligentes? Un antiguo himno protestante nos recuerda:

¡Alerta! Y haz algo más que soñar de celeste mansión.
Por el bien que hacemos paz siempre tendremos,
y gozo y gran bendición.

No la dejes pasar; ya debes actuar.
Haz algo sin demorar.
Es noble y grande a otros servir;
hay mérito en trabajar.
Sólo el que trabaja se siente feliz,
y Dios le recompensará.

(¿En el mundo he hecho bien?, Will L. Thompson, 1847–1909)

Devocional, Evangelismo, Misiones, REFLEXIÓN BÍBLICA

Evangelismo y Misiones, la tarea pendiente.

Por Fernando E. Alvarado.

¿Evangélicos que no evangelizan? Irónico, ¿O no? Sin embargo ¡Esa es la realidad de muchas congregaciones hoy! Quizá concuerdes conmigo en que es necesario que Dios siga inquietando y trayendo cambios a la iglesia y su liderazgo en el área del evangelismo y las misiones. Urge liberar a la Iglesia de ese espíritu cómodo, de negligencia y de apatía que viven los propios creyentes para con la misión real de la iglesia. Muchos argumentan la falta de recursos económicos como el mayor obstáculo a superar, pero ¿Es esa la razón real? ¿No será más bien la causa nuestro espíritu mezquino y poco dadivoso? ¿No será más bien que, en el fondo, no amamos tanto al Señor ni nos interesa la salvación de los perdidos? En general, las iglesias optan por darle prioridad a aquellas áreas que suelen ser las que acaparan más del 80% de las entradas por diezmos y ofrendas: los gastos de mantenimiento y servicios del templo, los arreglos y mejoras en el local y la compra de equipos de sonido, eventos sociales internos e intercongregacionales, etc. Quedando, frecuentemente el capítulo de evangelización, misiones y de apertura de nuevas obras, con muy escasa dotación económica y hasta en ocasiones no pocas iglesias no tienen en su presupuesto ni siquiera contemplado presupuesto alguno para el área de evangelismo y misiones.

¿Duda alguien que la iglesia necesita un avivamiento? Todos amamos asistir a eventos, convenciones, retiros y conciertos; amamos participar en desayunos, almuerzos y cenas de fraternidad cristiana; invertimos gran cantidad de recursos en retiros espirituales, campamentos y charlas motivacional es, pero ¿Cuánto de eso va enfocado a cumplir con la Gran Comisión? Con demasiada frecuencia, se escucha de parte de pastores y líderes en general, que no se puede avanzar más porque están solos, o casi nadie quiere dar de su tiempo y recursos, no solo financieros, sino también de dones y talentos. La participación de los miembros en labores evangelísticas, promovidas en su iglesia local, no supera el 12% de la membresía para unírsele y hacer más obra de evangelización y en algún caso, de plantación. El resultado es aún peor si de interés por las misiones se trata. Así el resultado es que el pastor, el liderazgo local y la membresía en general, limitan su vida eclesiástica a un par de reuniones de adoración semanales, dar un pequeño estudio bíblico, congregarse los domingos y atender asuntos de administración y relaciones con la denominación a la cual se pertenece ¡La situación es insostenible, misionológicamente hablando!

¿Cómo negar que nos falta amor por los que se pierden sin Cristo? El nivel de involucramiento en iniciativas domésticas de parte de los creyentes de las iglesias, tiene un resultado muy escaso de participación en los trabajos de iniciación de nuevas congregaciones. En infinidad de casos, la parálisis de la obra de predicación a los perdidos es muy elevada y la de plantación de nuevas congregaciones. Abundan las congregaciones, con más de 30 años de existencia, que nunca han plantado una nueva congregación. Su experiencia de envío de obreros/misioneros a otros lugares de su comunidad, país u otros países, es escasa realmente, o inexistente. Hay que trabajar más en unidad con Dios si queremos que se levanten varios cientos de nuevos líderes, para cubrir las bajas de los que se retiran y para proveer a las congregaciones nuevas.

 

Devocional

¡Cuida tus ojos!

Por: Fernando E. Alvarado.

Es cierto que la mujer debe, en honor a la virtud cristiana y en consideración a los débiles, vestir con pudor y modestia para no ser motivo de tropiezo a nadie. Sin embargo, “tapar” a la mujer no elimina la raíz del pecado. Honestamente, he empezado a desconfiar de los que se presentan tan estrictos en sus exigencias del vestuario femenino porque a veces, en realidad, esconden intenciones inadecuadas y deseos ocultos.

La enfermedad no está en el aspecto atractivo de la mujer, sino en la vista corrupta de los hombres que quieren apropiarse de ella. Jesús lo expresó con claridad: “… Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…” (Mateo 5:28) y “…La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas…” (Mateo 6:22). Por eso, “…Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti…” (Mateo 5:29).

Es hipocresía apuntar al atractivo de las mujeres como causa del problema. Ese atractivo lo creó Dios, no el diablo. Lo que crea el hombre es la mirada corrompida que pasa del mero reconocimiento de la belleza al deseo de apropiación. Es normal ver algo que otro posee y admirarlo, e incluso decir ‘¡Qué bonito es!’, pero es miserable y pecaminoso querer apropiarte de él.

No hay que tapar a las mujeres; hay que arrancarse el ojo, el ojo de lascivia y apropiación, el que antepone el deseo propio a la dignidad de la mujer. El único cuerpo que te pertenece y puedes y debes desear tener es el de tu mujer, y es hipócrita olvidar que, recíprocamente, tu cuerpo es propiedad exclusiva de tu mujer; y esto incluye tu ojo; no es malo recordarlo en estos días de tanto vouyeurista de playa. En cierta ocasión, un amigo no creyente, le dijo a su amigo cristiano:

-¿Y a ti no te gustan las mujeres?
Sin pensarlo, él hombre cristiano le dijo:
– ¡No! No me gustan las mujeres.
Asustado por tal respuesta, el hombre no creyente le dijo a su amigo:
-¡Cómo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te gustan las mujeres?
Con firmeza, el hombre cristiano dijo:
-No, a mí sólo me gusta una: La mía.

¿Sería esa también tu respuesta? ¿O dejas que tu mirada y tu corazón se deslice hacia otras mujeres? Como dicen en mi tierra: ¡No seas boca abierta! ¡Respeta la dignidad de la mujer! Y sobre todo, ¡Sé fiel a la tuya hasta en el pensamiento!

REFLEXIÓN BÍBLICA

¡Se busca un nuevo David!

Por: Fernando E. Alvarado.

¿Qué tal si hablamos de algo diferente esta vez?… 

Todos conocemos la historia de David y Goliat, recogida en la Biblia. Incluso aquellos que jamás la han leído saben bien lo que significa: es la victoria del pequeño frente al grande, del débil frente al poderoso, un recuerdo de que aunque tengamos todo en nuestra contra, siempre habrá posibilidades de salir triunfante. Pero la historia de David y Goliat contiene algunos elementos que a menudo pasan desapercibidos. El texto bíblico nos narra que: “David era hijo de Isaí, un efrateo que vivía en Belén de Judá. En tiempos de Saúl, Isaí era ya de edad muy avanzada, y tenía ocho hijos. Sus tres hijos mayores habían marchado a la guerra con Saúl… David, que era el menor, solía ir adonde estaba Saúl, pero regresaba a Belén para cuidar las ovejas de su padre… Un día, Isaí le dijo a su hijo David: «Toma esta bolsa de trigo tostado y estos diez panes, y vete pronto al campamento para dárselos a tus hermanos. Lleva también estos diez quesos para el jefe del batallón. Averigua cómo les va a tus hermanos, y tráeme una prueba de que ellos están bien.” (1 Samuel 17:13-18, NVI). David cumplió con las instrucciones de Isaí. Se levantó muy de mañana y, después de encargarle el rebaño a un pastor, tomó las provisiones y se puso en camino. Llegó al campamento en el momento en que los soldados, lanzando gritos de guerra, salían a tomar sus posiciones. Los israelitas y los filisteos se alinearon frente a frente. David, por su parte, dejó su carga al cuidado del encargado de las provisiones, y corrió a las filas para saludar a sus hermanos. Mientras conversaban, Goliat, el gran guerrero filisteo de Gat, salió de entre las filas para repetir su desafío, y David lo oyó: «¿Para qué están ordenando sus filas para la batalla? ¿No soy yo un filisteo? ¿Y no están ustedes al servicio de Saúl? ¿Por qué no escogen a alguien que se me enfrente? Si es capaz de hacerme frente y matarme, nosotros les serviremos a ustedes; pero, si yo lo venzo y lo mato, ustedes serán nuestros esclavos y nos servirán». Dijo además el filisteo: «¡Yo desafío hoy al ejército de Israel! ¡Elijan a un hombre que pelee conmigo!» (1 Samuel 17:8-10, NVI).

Los soldados de su nación estaban paralizados, porque la sola presencia de aquel coloso les imponía pavor, cuanto más el reto que les había lanzado, consistente en que el resultado de la batalla se decidiría por el curso que tomara un duelo individual contra él. Pero ¿Quién podría dar la talla para este combate? Aquella imponente máquina de guerra, pertrechada hasta los dientes, no tenía par. Eso es precisamente lo que hacía que el otro ejército, el del coloso, se sintiera eufórico, dando por sentada la victoria, incluso antes de que el combate empezara. De hecho, todo hacía prever que no habría combate alguno, porque ¿Quién osaría tomar el reto que había sido lanzado? Pero he aquí, que, contra toda lógica, aquel muchacho, un sencillo pastor de ovejas, al escuchar las palabras del coloso dio por sentado que era vencible, residiendo su vulnerabilidad en que a quien había desafiado no era a un ejército cualquiera, sino al del Dios vivo. Es decir, frente a la noción de que allí estaban simplemente dos ejércitos convencionales, llevando uno toda la ventaja por tener el mejor combatiente que se pudiera pensar, noción que los de uno y otro ejército compartían, este muchacho tenía una noción totalmente diferente, consistente en que de los dos ejércitos uno llevaba toda la ventaja por tener el mejor jefe que se pudiera pensar, esto es, Dios mismo. Y como el desafío era en sí una provocación a Dios, el resultado del combate ya estaba decidido de antemano.

Sin embargo, precisamente esa inusual noción que el muchacho tenía, provocó tres palabras que tuvo que vencer, antes de acabar con el coloso. Es decir, antes de la batalla física experimentó tres ataques verbales, cuyo fin era que desistiera de la noble y verdadera idea de la que era portador:

(1.- LA PALABRA DE DESPRECIO: El primer ataque verbal vino de su propio hermano mayor, cuando le reclamó con enojo: ‘¿Para qué has descendido acá? ¿Y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto?’ Era claramente una palabra de desprecio, proveniente de alguien muy cercano al muchacho y quien seguramente había sido toda una referencia para él. Era una palabra destructiva, porque la intención era destruir la firme resolución que tenía el muchacho de ir al combate: “Mírate a ti mismo. No eres nada y no vales nada”. Además, le dijo, ‘para ver la batalla has venido.’ Es decir, tu verdadera motivación es simplemente contemplar cómodamente lo que ocurre, acusándolo así de mala intencionalidad. Si el muchacho se hubiera enredado en una estéril discusión con su hermano mayor, habría salido perdedor, pero lo que hizo para vencer esta palabra de desprecio fue pasar por alto la afrenta, lo cual muestra su prudencia y sabiduría.

(2.- LA PALABRA DE NEGACIÓN: Pero todavía le aguardaba un segundo ataque verbal aquella mañana, que provino del rey de su nación, la figura más influyente que se pudiera pensar. Y la palabra que el rey le dio fue: ‘No podrás tú.’ Era una palabra de negación, una palabra que concordaba con lo que los sentidos decían. ¿Cómo un muchacho iba a poder con un coloso? ¿Cómo el inexperto podría con el experto? A todas luces la palabra de negación era abrumadora, por proceder de quien procedía y por los argumentos empleados. Pero el muchacho venció este segundo ataque verbal de una manera bien fundada, al apelar a su experiencia anterior y declarar que el mismo Dios que le dio entonces la victoria también se la daría ahora.

(3.- LA PALABRA DE DERROTA: Aún le esperaba el tercer ataque verbal, que salió de los labios del coloso, cuando le dijo: ‘Ven a mí y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo.’ En otras palabras: Eres hombre muerto. Esta es la palabra de derrota, la sentencia que el enemigo pronuncia, un dardo mortal dirigido al mismo corazón del muchacho. Si cree esa palabra, efectivamente estará muerto. Pero lo que hizo fue confesar la victoria. Ahora bien, circula una enseñanza, que se ha hecho muy popular, según la cual lo que tenemos que hacer es confesar con nuestro labios lo positivo, porque dependiendo de lo que declaremos de palabra, así sucederá. Si declaramos cosas positivas, éstas ocurrirán; pero si declaramos cosas negativas, serán las que obtendremos. De tal modo, que son las palabras las que determinan los hechos. Esta enseñanza supone que las palabras por sí mismas tienen un poder especial. Pero cuando aquel día el muchacho declaró la palabra de victoria ante el coloso, no lo hizo pensando que sus palabras pronunciadas serían el medio de la victoria, sino que el Dios en quien creía, él sería el artífice de la victoria. Hay un abismo entre creer que son nuestras palabras sobre Dios las que dan la victoria y creer que es Dios quien la da.

LA FE: ÚNICA RESPUESTA VÁLIDA ANTE LAS PALABRAS DE DESPRECIO, NEGACIÓN Y DERROTA.
La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, que es la definición de fe, es lo que saturaba el corazón de aquel muchacho ante aquel coloso. La piedra que golpeó su frente y lo derribó fue perfectamente dirigida, porque esa fe, más allá de su pericia para manejar la honda, guió el proyectil al punto preciso. En resumen, aquella victoria memorable, que fue la catapulta de la brillante carrera de aquel muchacho, vino precedida por la victoria sobre la palabra de desprecio, sobre la palabra de negación y sobre la palabra de derrota. Toda una lección para los cristianos hoy en día.

Esa misma fe y ese mismo Dios, por medio de quién los antiguos héroes de la fe “conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros.” (Hebreos 11:33-34, NVI) sigue aún vigente y presente en nuestra época. El Dios de Israel es el mismo. La pregunta es: ¿Con cuántos ‘David’ cuenta el pueblo de Dios en nuestra época? ¿Eres uno de ellos? ¡Pues levántate y vence el desprecio, la negación y la derrota en el nombre de Jesús!