Culto a los Muertos, Demonología, Espiritismo y Ocultismo, Guerra Espiritual, Paganismo, Satanismo, Sincretismo, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Los cristianos y el Halloween

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Hace unos días, como cada 31 de octubre en el mundo anglosajón (y en algunos países de Latinoamérica influenciados por la cultura estadounidense) se celebró la fiesta pagana conocida como Halloween. Incluso algunos que se identifican a sí mismos como “cristianos” también lo celebraron. Ya en años anteriores hemos oído de uno que otro artista “cristiano” desubicado que considera inofensiva, y hasta ha recomendado, la celebración de dicha fiesta. Pero lo cierto es que, si te llamas a ti mismo cristiano, no puedes, ni debes celebrar el Halloween.

¿HALLOWEEN? ¿POR QUÉ NO?

Halloween es una fiesta de origen pagano que se celebra la noche del 31 de octubre, la víspera del Día de Todos los Santos según el calendario católico, y que tiene sus raíces en el antiguo festival celta conocido como Samhain (pronunciado “sow-in”), que significa “fin del verano” y se celebraba al finalizar de la temporada de cosechas en Irlanda para dar comienzo al “año nuevo celta”, coincidiendo con el solsticio de otoño.

Durante esa noche se creía que los espíritus de los difuntos caminaban entre los vivos, y se realizaban fiestas y ritos sagrados que incluían la comunicación con los muertos. Además, era habitual colocar una vela encendida en las ventanas para que los muertos “encontrasen su camino”. Aunque muchas personas consideren que el Halloween es una diversión inofensiva, la verdad es que las prácticas asociadas a esta celebración no lo son. La Biblia dice claramente:

“Nadie entre los tuyos deberá… servir de médium espiritista o consultar a los muertos…” (Deuteronomio 18:10-12, Nueva Versión Internacional)

Y también advierte:

“No quiero que ustedes tengan algo que ver con los demonios. Ustedes no pueden beber de la copa del Señor, y también de la copa de los demonios” (1 Corintios 10:20, 21, Reina-Valera Contemporánea).

Analicemos brevemente el origen del Halloween y sus costumbres.

SAMHAIN

Según la mitología celta, se creía que durante la fiesta pagana de Samhain (la cual se celebraba hace más de dos mil años) los espíritus del Más Allá podían recorrer la tierra y los humanos podían visitar el mundo de los muertos. Para ellos era un día en donde los mundos sobrenaturales chocaban el uno contra el otro. La muerte y los espíritus eran centrales en las ceremonias de Samhain, y siguen siendo temas atractivos para los que celebran Halloween.

Halloween celebra todo relacionado con la muerte y el mundo de las tinieblas. Esta exaltación de lo oscuro contradice lo que la Biblia nos enseña. Jesucristo vino para vencer al príncipe de las tinieblas, Satanás, y precisamente lo hiso al resucitar de la muerte. La esperanza que ofrece Jesús es de gozo, alegría, paz, seguridad y vida eterna. No de miedo, tormento, oscuridad y mucho menos la muerte. La tradición de Samhain ha sobrevivido en los tiempos modernos en las fiestas de Halloween y del Día de Difuntos. Sin embargo, la Biblia enseña que los muertos no pueden interactuar con los vivos (Eclesiastés 9:5).

DISFRACES, GOLOSINAS Y TRAVESURAS

Algunos celtas se disfrazaban de criaturas sobrenaturales para que los espíritus que deambulaban por la tierra creyeran que ellos también eran espíritus y no les hicieran maldades. Otros pretendían apaciguarlos ofreciéndoles dulces. En la Europa medieval, el clero católico terminó adoptando muchas costumbres paganas y animó a sus feligreses a disfrazarse en la víspera del día de Todos los Santos e ir por las casas pidiendo pequeños regalos a cambio de una oración por los difuntos. Pero la Biblia prohíbe mezclar las creencias paganas con el culto al Dios verdadero (2 Corintios 6:17).

FANTASMAS, VAMPIROS, HOMBRES LOBO, BRUJAS Y ZOMBIS

A estos personajes siempre se les ha relacionado con los espíritus malignos. Y la Biblia dice claramente que debemos luchar contra tales espíritus (Efesios 6:12). Así que no estaría bien hacerles una fiesta. Mucho se puede decir sobre lo que nos sucede después de morir. La parábola de Jesús sobre el rico y Lázaro, por ejemplo, nos dice que después de la muerte los justos pasaran a un lugar donde serán confortados y los injustos irán al lugar de tormento mientras esperan el juicio final. Los que han pasado a la eternidad están sujetos a estos lugares. Cuando el rico pidió que Lázaro fuera a advertir a sus familiares sobre las consecuencias de vivir injustamente, Abraham no se lo permitió.

Los detalles en las parábolas de Jesús no son coincidencias. Después en Hebreos 9:2, el apóstol Pablo dice:

“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”

No hay desorden aquí. No hay fantasmas vagando por el mundo tratando de comunicarse con los vivos. El mundo espiritual esta sujeto a un orden donde Dios tiene toda autoridad. La Biblia sí dice que Satanás y sus demonios se disfrazan como ángeles de luz para engañar. En 1 Corintios 11:14-15 la Palabra de Dios nos dice:

“Porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan de ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.”

Satanás y sus demonios no son mito, si existen. Se aprovechan de personas que creen en fantasmas y zombis pues estos son un engaño de las tinieblas. Tienen como propósito atormentar al ser humano, mantenerlo bajo la opresión del miedo, y evitar a que lleguen a tener un conocimiento verdadero de quien es Dios. Así que el Halloween, de una forma que aparenta ser inofensiva, celebra las cosas que son usadas por el enemigo para causar daño. Bíblicamente, un cristiano no tiene razón para creer en fantasmas ni en zombis. Tampoco tiene razón para estar asustado pues los evangelios nos enseñan que Jesús tiene toda autoridad sobre Satanás y los demonios y que estos ya han sido vencidos al morir Cristo en la cruz y ser resucitado de la muerte.

FAROLES HECHOS CON CALABAZAS

Durante la Edad Media, en Gran Bretaña se acostumbraba ir casa por casa pidiendo comida a cambio de una oración a favor de algún difunto. Los suplicantes llevaban faroles que consistían en nabos ahuecados, cuya vela evocaba al alma atrapada en el purgatorio. Hay también quienes afirman que tales faroles se usaban para espantar a los malos espíritus. Ya en el siglo XIX, en América del Norte se sustituyeron los nabos por calabazas, pues eran más fáciles de conseguir, ahuecar y tallar. Estas costumbres se basan en creencias que carecen de fundamento bíblico, como aquella de que existe el purgatorio y que hay que orar por los muertos.

SUPERSTICIONES, ADIVINANZAS, NECROMANCIA Y ESPIRITISMO

Las supersticiones y las adivinanzas también forman parte de la historia del Halloween. La Biblia habla claramente sobre las personas que tratan de consultar un mago, a un fantasma, o un adivino y que estos hechos no agradan a Dios. Isaías 8:19 dice:

“Si os dicen: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?”

La razón por la cual a Dios no le agradan estas cosas es porque son una forma de idolatría y llevan a la adoración diabólica. Hacen que las personas no confíen en Dios y contaminan el alma. Otros pasajes bíblicos, que prohíben cosas semejantes relacionadas con el Halloween y el mundo de las tinieblas, son:

“Que no haya en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni nadie que practique la adivinación, ni sea agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni nadie que consulte a los muertos. Al Señor le repugnan todos los que hacen estas cosas, y precisamente por estos actos repugnantes el Señor tu Dios va a expulsar de tu presencia a estas naciones” (Deuteronomio 18:10-12)
“Pero el Espíritu dice claramente que, en los últimos tiempos, algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4:1)
“La persona que preste atención a encantadores o adivinos, para prostituirse detrás de ellos, yo pondré mi rostro contra la tal persona, y la eliminaré de su pueblo” (Levítico 20:6)

CONCLUSIÓN

Los principios bíblicos se oponen a la celebración del Halloween. En el Israel del Antiguo Testamento, la brujería era un crimen castigado por la muerte (Éxodo 22:18; Levítico 19:31; 20:6, 27). La enseñanza del Nuevo Testamento con respecto al ocultismo es clara. Hechos 8:9-24, el relato de Simón, muestra que el ocultismo y el cristianismo no se mezclan. El relato de Elimas el hechicero en Hechos 13:6-11 revela que la hechicería está violentamente opuesta al cristianismo. Pablo llamó a Elimas un hijo del diablo, un enemigo de la justicia y pervertidor de los caminos de Dios.

En Hechos 16, en Filipos, una joven adivina perdió sus poderes demoníacos cuando el espíritu maligno fue expulsado por Pablo. El punto interesante es que Pablo rehusó permitir incluso que buenos comentarios vinieran de una persona endemoniada. Hechos 19 muestra a nuevos conversos que abruptamente han dejado atrás su ocultismo confesando sus obras malvadas, trayendo su parafernalia mágica y quemándola frente a todos. (Hechos 19:19). Por todo lo anterior, es evidente que Halloween y el cristianismo no se mezclan entre sí.

Culto a los Muertos, Paganismo, Satanismo, Sincretismo, Tradiciones, Vida Cristiana, Vida Espiritual

La Biblia y el culto a la muerte

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Antes de proseguir con este artículo quiere aclarar algo: No es mi intención herir susceptibilidades. Ofrezco esta respuesta en un espíritu de mansedumbre y respeto, orando que pueda advertir a los demás y equipar a los cristianos, para que puedan ser capaces de responder a aquellos sin esperanza y sin Cristo en el mundo (Efesios 2:12), cuando ellos nos piden dar una razón de la esperanza que está en nosotros (1 Pedro 3:15).

El Día de los Muertos es una fiesta celebrada en México, Centroamérica, regiones de Sudamérica, y por los latinoamericanos que viven en los Estados Unidos y Canadá. Esta fiesta existe en conexión con las fiestas católicas que caen en el 1 y 2 de noviembre, el Día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos. En el Día de los Muertos (que no es otra cosa que culto a los muertos) los amigos y familiares de los fallecidos se reúnen para orar por ellos y llevar a la tumba del difunto comidas favoritas. En México, se elaboran las tradicionales “calaveras de azúcar ” y el “pan de la muerte.” Se crean altares privados en honor de los difuntos y se da homenaje a ellos.

¿CÓMO EMPEZÓ ESTA TRADICIÓN?

Los orígenes de esta fiesta han sido trazados hace miles de años a un festival azteca dedicada a una diosa llamada Mictecacihuatl. Aunque muchos de los que celebran el Día de los Muertos se llaman cristianos, no hay nada cristiano en tales prácticas. La celebración del Día de los Muertos por los paganos es una cosa, pero para los cristianos participar en ella, o tolerarla, no es compatible con la enseñanza bíblica. La fuerza que impulsa a la gente a participar en este evento es la falsa idea de que por medio de sus rituales y prácticas, ellos pueden comunicarse con sus familiares queridos difuntos, que ellos creen que participan en estas ceremonias. Esto simplemente no es verdad.

Bíblicamente, hay un sólo “día” más que los muertos no arrepentidos pueden estar seguros de anticipar: el día en que se presentarán delante de Dios para el juicio final (Apocalipsis 20:11-15). Cuando un alma pasa a la eternidad, o bien entra en la bendita presencia del Señor, o sigue a la espera del juicio final antes de ser echado al infierno eterno. La Biblia dice que:

“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Esto simple y claramente quiere decir que cuando una persona muere, el cuerpo se desintegra al polvo, pero el alma permanece consciente en el estado en que se habitará por toda la eternidad, ya sea la condenación en el infierno o la gloria eterna con Dios.

En el evangelio de Lucas, Jesús enseñó que Dios ha establecido un abismo infranqueable entre los que están en el cielo y los que están en tormento (Lucas 16:26). La palabra griega traducida “puesta” significa establecer o hacer firme. Cada alma que muere sin Cristo ha perdido toda esperanza. Los muertos no arrepentidos enfrentan una eternidad de sufrimiento indescriptible, la destrucción eterna, lejos de la presencia del Dios y la gloria de su poder. Jesús mismo dijo:

“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46)

Antes de morir, los no arrepentidos disfrutan de la “gracia común” que Dios concede a todas las personas, buenas y malas. Experimentan los olores, sabores y sonidos de la vida; ellos pueden experimentar el amor y otras alegrías que forman parte de la vida. Pero el momento en que mueren sin Cristo, están aislados de tales bendiciones comunes para siempre. Tal como el pasaje citado arriba enseña, después de la muerte viene el juicio.

¿QUÉ PASA CON LOS MUERTOS?

Además de la descomposición del cuerpo que sigue a la muerte (el cuerpo físico vuelve a sus elementos físicos constitutivos: “…porque tú eres polvo y al polvo volverás…” (Génesis 3:19), cualquier otra empresa terrenal termina, y no puede haber más participación en las cosas de la vida (Eclesiastés 9:10). Los muertos no tienen sabiduría que ofrecer a quienes les consultan en el Día de los Muertos, ni son capaces de escuchar o responder a las oraciones que se les ofrece. En el Día de los Muertos, cada celebrante que invoca las almas de los difuntos se involucra en un pecado abominable y sin sentido por completo (Deuteronomio 18:10-12). Sólo Uno es digno y lo suficientemente poderoso como para llamar a los muertos; Él llamará a unos a la resurrección de vida y a otros a resurrección de condenación (Juan 5: 28-29).

Los que han muerto en Cristo pasan inmediatamente a la presencia del Señor. La muerte es sin duda gravosa a los que no tienen esperanza, que están sin Cristo (1 Tesalonicenses 4:13). No obstante, el que conoce al Señor se siente alentado por el conocimiento que así como Jesús murió y resucitó, así también, a través de Jesús, también traerá Dios con Jesús a los que duermen. Porque el mismo Señor Jesús:

“Descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor…”(1 Tesalonicenses 4:16-18)

¡Esta es la verdad real! La Palabra de Dios nos advierte que no consultemos a espíritus y adivinos en Isaías 8:19:

“¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?”

Deuteronomio 18:10-11 nos dice que aquellos que consultan a los muertos son “abominables” delante del Señor. El hecho de que la UNESCO ha declarado el Día de los Muertos una “obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad” no altera el hecho de que, de acuerdo con las normas bíblicas, los cristianos no deben tener nada que ver con esos mitos (1 Timoteo 4:7, 1:4). Según la UNESCO, las diversas manifestaciones del Día de los Muertos son “representaciones importantes del patrimonio vivo de América y el mundo”; sin embargo, con todo respeto debemos declarar las razones bíblicas por qué esta celebración tradicional es espiritualmente dañina y ofensiva.

¿QUÉ DEBEMOS HACER LOS CRISTIANOS?

Cuando cualquier tradición o costumbre es contraria a la voluntad de Dios expresada en su Palabra, no puede haber ninguna justificación para honrar y preservar la misma. De hecho, aquellos que lo hacen son tontamente provocando la ira de Dios (2 Crónicas 33:6). Como ya hemos visto, la Biblia nos advierte no consultar (o dar audiencia) a los muertos, como ocurre a menudo en el Día de los Muertos. En pocas palabras, el pueblo de Dios debe separarse de tales prácticas pecaminosas, como se hace en el Día de los Muertos, y así evitar la ira que vendrá sobre aquellos que las hacen (Apocalipsis 18:4).

La misión principal de la iglesia es alcanzar a cada grupo étnico y cultura, y hacer discípulos, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que Cristo mandó (Mateo 28:19-20), hasta que cada miembro del cuerpo de Cristo se ha conformado a la imagen del Señor Jesús (Gálatas 4:19). Y mientras que haríamos bien en seguir el ejemplo del apóstol, convirtiéndose en todo para todo el pueblo, para que por todos los medios podamos salvar a algunos, esto no quiere decir que cambiemos el mensaje (el evangelio). Más bien, nos humillamos y confiamos en que Dios va a usar su Palabra no diluida para que la bendición de la salvación alcance a aquellos fuera de la fe (1 Corintios 9:22-23).

Nosotros no nos permitimos una alteración creativa del evangelio para eliminar sus aspectos de confrontación, pero lo presentamos en su pureza, aunque sabemos que esto invariablemente ofenderá a algunos, y estos pueden acusar al evangelista veraz de ser intolerante. Esto no es sorprendente porque el Evangelio ha sido siempre una piedra de tropiezo para muchos. El Día de los Muertos está en contraste con el evangelio de verdad que se encuentra en las Escrituras. Como tal, se lo debe evitar como una manifestación más de las mentiras de Satanás, que ronda “como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).

EVITANDO SER COMO TODOS LOS PUEBLOS

¿Es permisible que, como creyentes, participemos en actividades relacionadas con el Día de los Muertos, o deberíamos evitarlo por completo? En primer lugar, los creyentes deben evitar cualquier actividad que esté prohibida en la Escritura. Consecuentemente, deben abstenerse de cualquier cosa que tenga un aire de inmoralidad, libertinaje o adoración satánica.

Ya que la Escritura claramente prohibe estas cosas, los cristianos no deberían fomentar nada que promueva o induzca a este comportamiento. Como creyentes, estamos llamados a huir de hechos pecaminosos, no a deleitarnos en ellos. Así que cualquier actividad o fiesta que celebre tales cosas debería ser evitado por completo. Un ejemplo claro en la Escritura es Efesios 5:8-12:

“Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto”

La Escritura claramente dicta: Huyan de toda idolatría e inmoralidad (Romanos 13:12-14, Gálatas 5:19-21, Efesios 5:18, 1 Tesalonisenses 1:9, 4:3-8, 1 Pedro 4:3-6). Debemos notar que como creyentes no compartimos la misma fascinación morbosa por la muerte, porque en Cristo hemos sido libertados de la esclavitud de tales cosas (Hebreos 2:15). Consecuentemente, los cristianos no deberían unirse con nuestra sociedad incrédula en celebrar motivos macabros. Aún más, el interés cultural por lo espeluznante y la muerte, insensibiliza los corazones y desvía la atención de lo que es verdaderamente aterrador: el juicio de Dios que le espera a todo aquel que muere sin Cristo (Hebreos 9:27, 10:31).

¿CUESTIÓN DE CONCIENCIA?

Muchos quizá argumenten que el Día de los Muertos no se menciona explícitamente en la Biblia y que, por lo tanto, no hay pecado alguno en su celebración en tanto no se incurra en prácticas de tipo pagano o espiritista. Para muchos quizá sólo se trate de un día de recordación de sus seres queridos que han muerto y reuniones de carácter familiar. Sin embargo, cuando tratamos con aspectos no prohibidos explícitamente en la Escritura, los cristianos deben aplicar principios bíblicos para poder tomar decisiones sabias y piadosas. Dos de los lugares en donde podemos encontrar este tipo de principios son pasajes como Romanos 14-15 y 1 Corintios 8-10, en donde el apóstol Pablo da instrucciones a aquellos que se preguntaban si era correcto que un creyente comiese de lo ofrecido a ídolos. Estos principios por lo general son tratados bajo la categoría de libertad cristiana. Aunque la situación no es exactamente la misma, los principios que Pablo articula en estos pasajes nos proveen con un paradigma para saber cómo aplicar sabiduría bíblica en situaciones similares.

Al tomar este tipo de decisiones, debemos hacernos las siguientes tres preguntas:

(I.- Si participo en esta actividad, ¿Deshonro a Cristo? En 1 Corintios 10:31 Pablo escribe: “…Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios…” Las implicaciones de este versículo son universales y totales. Dicho de manera negativa, los cristianos no deben participar en cualquier cosa que deshonre o reproche el nombre de Cristo. Dicho de manera positiva, los creyentes deben hacer sólo aquello que puede ser hecho para la gloria de Dios. No solamente deberíamos intentar evitar el desapruebo de Dios, pero deberíamos activamente buscar complacerle en todo lo que hacemos (2 Corintios 5:9). Consecuentemente, al pensar en cómo lidiar con éste o cualquier otro día festivo, tenemos que buscar oportunidades de servir al Señor y avanzar la verdad de su evangelio.

(II.- Si participo en esta actividad, ¿Violo mi propia conciencia? En estos mismos capítulos, Pablo presenta claramente que si violamos nuestras propias conciencias cometemos pecado (Romanos 14:22-23, 1 Corintios 8:7). Así que si alguna actividad viola la conciencia de una persona, aún si la misma fuese aceptable para algunos creyentes, tal persona debería evitarla.

(III.- Si participo en esta actividad, ¿Estoy tentando a algún hermano en Cristo a pecar? Pablo nos recuerda que los creyentes deben tener cuidado al practicar su libertad en Cristo para no causar que un hermano o hermana tropiece (1 Corintios 8:12-13). En otras palabras, debemos tener en mente que existen otros cristianos que pueden tener conciencias más sensibles, y por lo tanto debemos evitar ponerles en situaciones que pudieran causar que cometan pecado al violar su conciencia.

CONSIDERACIONES FINALES

Entonces ¿Tenemos los cristianos evangélicos algo que ver con estas fiestas? ¡Absolutamente nada! La Conmemoración a los Fieles Difuntos, o Día de Muertos, es una celebración sincrética (combinación de catolicismo y paganismo) que se realiza el 2 de noviembre complementando al Día de Todos los Santos (celebrado el 1 de noviembre), cuyo objetivo es orar por aquellos fieles católicos que han acabado su vida terrenal y, especialmente, por aquellos que, supuestamente, se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio. La celebración de esta fiesta dedicada a los difuntos persigue, en la mayoría de las culturas, el objetivo de apaciguar a los muertos más recientes que vagan aún por la tierra sin encontrar el lugar de reposo. La misma Enciclopedia Católica reconoce:

“El Día de los Difuntos […] es el día designado en la Iglesia Católica hispana para la conmemoración de los difuntos fieles. La celebración se basa en la doctrina de que las almas de los fieles que al tiempo de morir no han sido limpiadas de pecados veniales, o que no han hecho expiación por transgresiones del pasado, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, y que se les puede ayudar a alcanzarla por rezos y por el sacrificio de la misa. […] Ciertas creencias populares relacionadas con el Día de los Difuntos son de origen pagano y de antigüedad inmemorial. Así sucede que los campesinos de muchos países católicos creen que en la noche de los Difuntos los muertos vuelven a las casas donde antes habían vivido y participan de la comida de los vivientes” [1]

The American Encyclopedia dice:

“Elementos de las costumbres relacionadas con la víspera del Día de Todos los Santos se remontan a una ceremonia druídica de tiempos precristianos. Los celtas tenían fiestas para dos dioses principales… un dios solar y un dios de los muertos (llamado Samhain), la fiesta del cual se celebraba el 1 de noviembre, el comienzo del año nuevo celta. La fiesta de los difuntos fue gradualmente incorporada en el ritual cristiano” [2]

El libro The Worship of the Dead (La adoración de los difuntos) señala el origen oscuro de esta festividad al decir:

“Las mitologías de todas las naciones antiguas están entretejidas con los sucesos del Diluvio […] El vigor de este argumento está ilustrado por el hecho de que una gran fiesta de los muertos en conmemoración de ese acontecimiento se observa, no solo en naciones que más o menos se encuentran en comunicación entre sí, sino también en otras extensamente distanciadas, tanto por el océano como por siglos de tiempo. Además, todos celebran esta fiesta más o menos el mismísimo día en que, de acuerdo con el relato mosaico, tuvo lugar el Diluvio, a saber, el decimoséptimo día del segundo mes… el mes que casi corresponde con nuestro noviembre”

¿Qué debemos concluir entonces acerca de esta fiesta? ¿Debemos celebrarla los cristianos? No lo considero correcto, al menos no bíblicamente. Principalmente debido a sus orígenes paganos y su conmemoración de la herejía y la muerte de los perversos en el Diluvio.

REFERENCIAS:

[1] Enciclopedia Católica, Tomo I, pág. 709.

[2] The American Encyclopedia, Tomo XIII, pág. 725.

[3] Colonel J. Garnier, The Worship of the Dead (1904), pág. 4.

5 SOLAS, Pentecostalismo, Reforma Protestante, Teología, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Soli Deo Gloria, nuestra razón de ser

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión “Soli Deo gloria” es un término en latín que significa “Solo a Dios la gloria”.[1] Algunos lo traducen como gloria al único Dios. Una frase similar se encuentra en la traducción Vulgata de la Biblia: «soli Deo honor et gloria»[2] (1 Timoteo 1:17). Junto con la Sola Scriptura, la Sola Fide, la Sola Gratia y Solus Christus, la frase se ha convertido en parte de lo que se conoce como las Cinco solas, un resumen de los principios centrales de la Reforma Protestante.

El principio de Soli Deo Gloria es ampliamente enseñado en la Biblia. En el Salmo 115:1 el salmista declara: “No a nosotros, Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria”. Por eso, en opinión de muchos, “Soli Deo gloria” es la más importante de las Solas, porque de ella dependen las demás Solas, sin la Gloria de Dios no habría nada (Salmo 115:1). Dios mostró su Gloria desde el comienzo de la creación, con su sola voz creó todo lo que hoy podemos ver y para coronar la creación hizo al hombre (1 Corintios 11:7). El salmista proclama y dice los cielos cuentan la Gloria de Dios (Salmo 19:1).

DEO 7

LA GLORIA INTRÍNSECA DE DIOS

La palabra “Gloria” en hebreo es kabod, «peso» y en griego doxa (δόξα) que significa poder, grandeza, esplendor. De modo que la palabra gloria habla de algo de peso, gravedad e importancia. Por esto la primera definición del Diccionario de la Real Academia es esta: «Reputación, fama y honor extraordinarios que resultan de las buenas acciones y grandes cualidades de una persona». La gloria de Dios habla de su majestad, esplendor y magnificencia. El salmista expresa con júbilo:

«Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, alzaos vosotras, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria. ¿Quién es este Rey de la gloria? El Señor de los ejércitos, él es el Rey de la gloria» (Sal. 24:7-8).

En Hechos 7:2, Esteban identifica al Señor como «el Dios de gloria», tal como también es expresado en el Salmo 29:3. El apóstol Pablo, por su parte, lo llama «el Padre de gloria» (Efesios 1:17). Todo encuentro con tal Dios registrado en las Escrituras no podía pasar desapercibido. Hay dos ejemplos particularmente impactantes: el caso de Moisés en Éxodo 33 y 34. El rostro de Moisés queda brillando con la gloria de Dios, con sólo ver «las espaldas de Dios». Y luego el caso de la transfiguración del Señor Jesús. La impresión fue tal en los discípulos que, aquellos que estaban con Él todo el día, se postraron y quedaron temblando. Pedro quedó tan impactado que comenzó a hablar cosas que no entendía (Mateo 17:1-8; Marcos 9:2-8; Lucas 9:28-36).

La gloria de Dios es intrínseca a él; es natural a él (Isaías 42:8; 1 Pedro 4:11; Mateo 6:13). Por eso, cuando alabamos a Dios lo que realmente hacemos es darle «la gloria debida a su nombre» (1 Crónicas 16:29). Cuando glorificamos a Dios estamos reconociendo que él ya es glorioso y exaltado, y queremos que los demás lo vean.[3] Como lo dice el apóstol Pedro:

«Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).

No podemos glorificar a Dios sin ser sus admiradores. No podemos anunciar sus virtudes si no las conocemos. Si no las conocemos no las podremos admirar. Si no las admiramos no lo podremos glorificar.

DEO 4

SOLI DEO GLORIA POR NUESTRA SALVACIÓN Y EN LA VIDA CRISTIANA

La salvación no se trata de nosotros. Con respecto a la salvación no es suficiente decir «a Dios sea la gloria». Lo correcto es decir soli Deo gloria—solamente a Dios, únicamente a Dios, sea la gloria:

«Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9).

En Efesios capítulo 1, el apóstol Pablo hace una especie de desglose con respecto al papel de cada una de las personas de la Trinidad en el proceso de la salvación. Nos enseña que Dios el Padre: «Nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo» (v. 3), «nos escogió antes de la fundación del mundo» (v. 4) y «nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo» (v. 5). El v. 6 entonces nos explica por qué hizo lo que hizo: «para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado».

Pero esto no concluye ahí. Los versículos 13 y 14 de Efesios 1 nos hablan de la tercera Persona de la Trinidad, Dios el Espíritu Santo:

«En él también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados en él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de su gloria».

Pablo nos habla del sello del Espíritu, la marca que muestra y garantiza que somos posesión de Dios. El Espíritu hace la función de garantía de que recibiremos la herencia prometida. La plenitud de la salvación todavía es algo futuro. Pero el Espíritu es el pago inicial que garantiza que la entrega de la herencia será total. En realidad, el Espíritu hace mucho más por nosotros que lo declarado en Efesios 1. Él es quien nos hace renacer o nacer de nuevo (Juan 3). Él es quien obra en nosotros el convencimiento de pecado y nos la gracia del arrepentimiento. Él es quien nos da la fe para que creamos en Jesús y depositemos nuestras almas en sus manos para salvación. Él es quien nos guía y nos santifica, quien nos preserva y nos glorifica. ¿Para qué hace el Espíritu todo esto? La respuesta una vez más es: «para alabanza de su gloria» (v. 14).

¿A quién hacemos entonces el reconocimiento por todo eso que hace el Espíritu en nosotros? ¡Soli Deo gloria! El Padre planificó nuestra salvación, proveyó esa salvación en la muerte de su Hijo y aplicó esa salvación por medio de su Espíritu. Todo se lo debemos a Dios. ¿Acaso no deberíamos entonces glorificarle por nuestra salvación? Por el maravilloso plan de salvación y el maravilloso amor eterno con el que hemos sido amados desde antes de la fundación del mundo, soli Deo gloria. Por la gracia de la que hemos sido objetos, soli Deo gloria. Por haber sido adoptados por él y haber sido hechos sus hijos sin merecerlo, soli Deo gloria. Todo honor, gloria y reconocimiento, toda acción de gracias, es para el Señor.

Soli Deo gloria cobra un nuevo y especial significado cuando lo entendemos a la luz de nuestra propia salvación. Cuando comprendemos que fuimos salvos para la gloria de Dios deseamos vivir nuestras vidas cristianas únicamente para su gloria. El Señor Jesús nos hizo la siguiente encomienda:

«Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16).

El creyente pentecostal reconoce que todo se lo debemos a Dios, por lo tanto, nuestra vida entera debe glorificarle. Y esto haremos recordando que somos salvos de acuerdo al propósito de Dios, por la obra de Dios y de acuerdo a la voluntad de Dios. La salvación verdaderamente es de él, por él y para él. Cuando esta verdad penetra nuestra mente y nuestro corazón, nos gloriamos en Dios por siempre y procuramos vivir para la alabanza de su gloria.

DEO 6

JESUCRISTO, RESPLANDOR DE LA GLORIA DE DIOS

Por sobre todo, la Gloria de Dios se nos ha manifestado a través de Jesucristo. Los cristianos tenemos hoy la manifestación más gloriosa (Juan 1:14; 17:5, 24; Hebreos 1:3), el niño que vino a salvar a su pueblo de pecado; quien nació, vivió una vida santa, hizo milagros, mostró y vivió para la Gloria de Dios Padre y fue crucificado por causa de nuestro pecado para aplacar la ira de Dios. Jesucristo fue quien dio su vida y resucitó para que pudiéramos resucitar juntamente con Él para vida eterna. Ascendió al Cielo y hoy está a la diestra de Dios, lleno de Gloria. Él aparecerá nuevamente a buscar una Iglesia gloriosa sin mancha y sin arrugas, para estar para siempre con él. Ese Dios es nuestro Dios, digno de honra, gloria y de alabanza. No hay ser más Glorioso que Él, no hay un ser más perfecto Él. Él es quien sustenta todo.

DEO 3

LA IMPORTANCIA DE VIVIR DANDO LA GLORIA SOLO A DIOS

Soli Deo gloria derriba la dicotomía entre lo secular y lo sagrado y unifica la motivación adecuada para todo lo que se hace en la vida:

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

También le da sentido a cada circunstancia para que incluso situaciones trágicas puedan soportarse con una paz que supere todo entendimiento. Soli Deo gloria convierte Romanos 8:28 en una realidad en lugar de un cliché cristiano:

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.

El propósito es la gloria de Dios. La doxología de Romanos 16:25-27 nos dice:

“Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.”

DEO 1

CONCLUSIÓN

Los Israelitas pudieron ver la gloria de Dios manifestada como un fuego devorador (Éxodo 24:17), Moisés quiso verla, pero no hubiera seguido vivo (Éxodo 33:18, 20, 22). En otras ocasiones, la Gloria de Dios se presentó como una nube (Éxodo 40:34–35; 1 R. 8:11). Algunos hombres, como Isaías (Isaías 6:3) y Ezequiel (Ez. 1:28) pudieron ver la Gloria de Dios en visión. Se le presentó a los pastores (Lucas 2:9), y cuando Esteban moría, Dios le permitió ver su Gloria (Hechos 7.55). Por sobre todo, Jesucristo es el resplandor mismo de la gloria de Dios (Hebreos 1).

Todo lo creado existe para la gloria de Dios, incluso nosotros:

“En él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:6).

Aún nuestra propia salvación tiene como propósito darle a Él la gloria:

“Nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado… a fin de que nosotros, que fuimos los primeros en esperar en Cristo, seamos para alabanza de su gloria” (Efesios 1:3-6, 12 NVI).

En una época en la cual muchos predican una salvación centrada en el hombre y han hecho del hombre el centro del plan de redención de Dios (aun cuando la Palabra de Dios describe una historia redentora, teocéntrica de principio a fin), es importante recordar y recalcar una vez más el principio de Soli Deo Gloria. Todo es de él, por él y para él. Por tanto, solo a él sea la gloria. Por todo lo anterior no dudamos, como cristianos pentecostales, en unirnos al solemne grito de la Reforma: ¡Soli Deo Gloria!

DEO 2

REFERENCIAS:

[1] The Routledge dictionary of Latin quotations: the illiterati’s guide to Latin maxims, mottoes, proverbs and sayings, Jon R. Stone, Routledge, 2005 p. 207.

[2] «1 Timothy 1:17 in the Vulgate». Latinvulgate.com. Consultado el 29 de octubre de 2019. Händel and the English Chapel Royal by Donald Burrows (2005) p. 103

[3] Thomas Watson, Tratado de teología (Carlisle, PA: El Estandarte de la Verdad, 2013), 29.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Somos polvo nada más, frágiles vasijas de barro

Por Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

Todos conocemos la tremenda historia del Rey Nabucodonosor y su legendaria frase: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). Su arrogancia, soberbia y orgullo, lo llevaron a enloquecer durante siete tiempos y vagar errante por los montes y campos como un animal salvaje (Daniel 4:31-37). Esta historia conmueve mi corazón y me lleva a pensar que, si desde antes de la fundación del mundo, la arrogancia y el orgullo de Satanás le llevaron a su caída (Isaías 14:12-15), y si el orgullo está de primero en la lista de las siete cosas que aborrece el Señor en el libro bíblico de Proverbios (Proverbios 6:16-19), entonces hoy, en los últimos tiempos, el orgulloso, la soberbia y la arrogancia humana están más que nunca a la orden del día. Para el mundo el orgullo es sinónimo de fortaleza, poder y autoridad. No lo ven como un pecado, sino como algo positivo. Dios, sin embargo, tiene una escala de valores muy diferente. Un precioso texto bíblico afirma que Dios “hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmo 149:4). Lo cual concuerda con las palabras de Jesús: “Tomad mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Dios valora la humanidad. Eso está claro. La pregunta es: ¿Y nosotros? ¿Valoramos la humanidad? ¿Somos verdaderamente humildes? Examinándome a mí mismo puedo ver que no. Y que, de hecho, me falta mucho por lograr el ideal propuesto por Jesús.

DUST 3

LA HUMILDAD, UNA VIRTUD POCO DESEABLE

Pero ¿Por qué la humildad nos parece tan poco deseable? ¿Por qué parece tan difícil de alcanzar? Quizá se deba a que hemos olvidado lo que somos. El humanismo antropocéntrico nos ha hecho olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos: ¡Al polvo! Así de sencillo: Dios nos hizo del polvo (Génesis 2:7) y un día nos devolverá al polvo (Salmo 90:3). En vez de eso, el ser humano ha construido un universo imaginario en el cual él es su propio dios y centro del universo. Pero tal universo es irreal. El ser humano no es un dios, es polvo nada más. ¡Polvo! Sí, el mismo que pisoteados y sobre el cual caminamos todos los días. Por eso pregunto: ¿Acaso hay algo grande y digno de jactancia y presunción en el hombre hecho de polvo? ¡No lo creo! El polvo es materia inanimada, sin vida, desintegrada. Es el polo opuesto a las complejas células interconectadas, los sistemas orgánicos, los patrones neuronales, los nervios, los músculos, los huesos, los tejidos, todo el sistema maravillosamente hilado que conforma a un ser humano vivo, formado en el vientre por el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 139:13).

DUST 2

Un ser humano vivo puede caminar, correr, construir, pensar, hablar, actuar, amar. Pero el polvo es apenas un conjunto de partículas desconectadas en la tierra, sin vida, sin acción, sin voluntad, sin poder; es materia inerte e inorgánica. Lo digno de ser recordado en todo esto es que tú y yo venimos del polvo, y nuestros cuerpos volverán al polvo. En ningún momento de nuestras vidas mortales estamos lejos de volver al polvo. De hecho, cada día que pasa estamos más cerca de volver a él. Somos muy frágiles… ¡Más de lo que quisiéramos admitir! A veces nuestra prosperidad temporal, la buena salud y nuestros logros de cualquier índole nos llevan al autoengaño y la negación de nuestra frágil condición humana. El problema de estar fuertes y sanos es que tú y yo empezamos a creer que somos algo más que partículas de polvo sobre las que Dios ha respirado aliento de vida temporalmente. Puesto que soy capaz de caminar, pensar, hablar, y actuar, empiezo a creer que soy inmortal: que siempre podré caminar, pensar, hablar, y actuar. Pero no será así. Es saludable aceptar la verdad de que somos polvo. Estamos hechos de polvo. En esta vida mortal nunca seremos más que un puñado de partículas de tierra en las que Dios ha soplado el aliento de vida temporalmente. Somos frágiles y delicados, y haríamos bien en no olvidarlo nunca.

VASIJA DE BARRO

EL LÍDER CRISTIANO Y SU LLAMADO A LA HUMILDAD

Sí. Sé bien que tú y yo somos diferentes. Tenemos distintos tipos de resistencia, tanto física como mental. Tenemos capacidades diversas para soportar más o menos horas de trabajo. A algunos se nos da bien viajar, a otros no tanto. En muchos sentidos tenemos distintas capacidades. Pero sea cual sea la constitución que Dios nos ha dado, ninguno somos más que polvo. Cada cristiano, y en particular aquellos que hemos sido llamados por Dios al ministerio o elegidos para ejercer responsabilidades de liderazgo en el Cuerpo de Cristo, debemos tener siempre en mente que, cuando nos rendimos a Jesús como Señor, no le ofrecimos los servicios de una criatura divina o semidivina para fortalecer su reino: le ofrecimos la vida frágil, temporal, mortal y delicada que él nos dio primero a nosotros. Eso es todo lo que tenemos para ofrecer. Dios lo sabe. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (Salmos 103:14), él recuerda que somos polvo. Conocer esto es vital al rendir nuestras vidas a Él en el ministerio. Solo teniendo esto en mente podremos escapar del orgullo, la soberbia y la arrogancia. Ahora pues: “Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, NTV).

CREACIÓN DE ADÁN

 

Vida Cristiana, Vida Espiritual

El propósito bíblico del matrimonio

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Secularmente, el matrimonio suele definirse como la unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales y que es reconocida por la ley como familia. En el catolicismo y otras confesiones cristianas, el matrimonio es elevado a la categoría de sacramento que une indisolublemente a un hombre y una mujer, y por el que ambos se comprometen a vivir de acuerdo con las prescripciones de la Iglesia.

Para el cristiano, casarse es responder a la voluntad de Dios de dar al hombre y a la mujer la capacidad de amarse a su imagen y cumplir así el mandato cultural dado en el libro de Génesis. Los creyentes no ven el matrimonio como una mera formalidad legal, sino como la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien, al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser “una sola carne”. Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagrada que realiza el plan original de Dios para la pareja.

En este artículo se ve a Dios, la autoridad suprema del universo, como fuente y origen del matrimonio. La Biblia es, por tanto, nuestra única regla infalible de fe y conducta en este tema: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser.” (Génesis 2:24, NVI).

Elena Bau Fotografía

ORIGEN DEL MATRIMONIO

Dios creó el matrimonio, y lo diseñó como el fundamento de la familia, la sociedad y la humanidad. La Biblia enseña que Dios después de haber creado a Adán, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Génesis 2:18, NVI). Y añade: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Génesis 2:24, NVI). Así quedó fundada en el inicio de la humanidad el matrimonio. Los bendijo Dios diciéndoles: “Sean fructíferos y multiplíquense” (Génesis 2:28, NVI). Más adelante, Jesucristo confirmó con sus palabras el relato del Génesis y el origen divino del matrimonio (Mateo 19:1-12).

Así pues, el matrimonio no es un invento humano, sino divino. Por tanto, no es el hombre quien puede definirlo, sino Dios. Es necesario volver a los orígenes, regresar al Edén para comprender qué es el matrimonio y con qué finalidad fue diseñado por el Creador. Lamentablemente hoy día, la gran mayoría de la diversidad de modelos de familia que hoy tenemos se apartan del modelo natural y normativo que Dios estableció desde el principio de la creación en Génesis 2:24. Para muchos, “matrimonio” es sinónimo de “contrato temporal”; para otros es sinónimo de “unión con alguien del mismo sexo”, pero la Biblia nos muestra otra perspectiva.

Bíblicamente, el matrimonio es un “Pacto”. Malaquías lo describe de la siguiente manera: “el Señor actúa como testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que traicionaste, aunque es tu compañera, la esposa de tu pacto. ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu? Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios. Así que cuídense ustedes en su propio espíritu, y no traicionen a la esposa de su juventud.  «Yo aborrezco el divorcio —dice el Señor, Dios de Israel” (Malaquías 2:14-16, NVI).

De acuerdo con el Diccionario Bíblico Mundo Hispano, la palabra pacto traduce el nombre hebreo berith, cuya “raíz verbal significa ya sea encadenar o comer con, lo que significaría obligación mutua; o asignar (1 Samuel 17:8) que significaría una disposición bondadosa”[1] entre personas que voluntariamente aceptaban los términos del convenio (de amistad, 1 Samuel 18:3, 4; matrimonio, Malaquías 2:14; o alianza política, Josué 9:15; Abdías 7). Como todo pacto, el matrimonio goza del carácter más solemne y conlleva serias obligaciones.

En cuanto a su condición pactual, el matrimonio no es un contrato que regule los derechos de las partes, sino más bien un acuerdo, una alianza que vincula a ambas partes en un compromiso de libre aceptación, basado en principios de lealtad, entrega y fidelidad. A través del pacto matrimonial, los contrayentes se comprometen a satisfacer todas las necesidades de su pareja en cada nivel: sexual, social, espiritual, etc., para toda la vida.

En cuanto a su composición el pacto matrimonial solo puede efectuarse entre un hombre y una mujer así nacidos. Sobre la heterosexualidad la palabra es clara desde el principio: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2:24). El matrimonio según Dios lo estableció es un asunto de hombre y mujer. Pero antes del matrimonio y en la propia creación del ser humano la Palabra también es clara y excluyente: “varón y hembra los creó” (Génesis 1:27, 5:2). De forma que la creación del hombre y la mujer excluye la posibilidad de otros géneros, la aceptación de otros supuestos géneros sólo se puede admitir desde una conciencia separada de los principios de la Palabra y por tanto ajena a su marco ético y reglas de vida.

Pero el pacto matrimonial bíblico también exige exclusividad. En el principio y bajo el diseño original de Dios se contempla la unión entre un solo hombre y una sola mujer, es decir, la monogamia. Es cierto que la poligamia también comienza a practicarse al principio de la historia de la humanidad. En Génesis 4 se detalla el inicio de la primera ciudad fundada por Caín al cual Dios maldice. En ese contexto, fuera de la obediencia y cobertura divina, tenemos la primera mención de poligamia en un descendiente directo de Caín, Lamec, quien “tomó para sí dos mujeres” (Génesis 4:19). A partir de aquí se producirá una distinción entre la línea depravada (descendientes de Caín) y la línea escogida, los descendientes de Set, otro de los hijos de Adán y Eva (Génesis 4:26). Por tanto, la aparición de la poligamia se produce en un contexto de desobediencia a Dios y como consecuencia de la separación de su voluntad perfecta.

La Biblia también establece la duración del pacto matrimonial: El matrimonio tiene vocación de permanencia, es un compromiso hasta el final, hasta que “la muerte nos separe”. Cuando existe ese concepto de entrega total se genera confianza y seguridad en la relación. No importan los problemas que el futuro nos depare, ni estos son un motivo para abandonar la relación. Con ese nivel de entrega es difícil la ruptura matrimonial.

Bíblicamente, el significado heterosexual, monógamo y permanente de la unión matrimonial no es algo que cada generación nueva puede volver a definir libremente en base a sus inclinaciones personales o a las políticas de turno. El significado exclusivo del matrimonio está definido por Dios y por la naturaleza única y complementaria que dio al hombre y a la mujer. El hombre no puede ni debe alterar este pacto, pues el matrimonio no es un asunto cultural sino creacional. El matrimonio no fue diseñado ni ideado por ninguna civilización o cultura como el medio para regular u organizar la sociedad, tampoco es ninguna institución humana que necesite ser cambiada o actualizada conforme a las necesidades o tendencias de cada nueva generación. El matrimonio al no ser producto de la cultura ni de la sociedad, es un asunto creacional y no cultural, que ha de ser visto como una institución que nace antes de la historia, y se da en el contexto de la propia creación dentro de lo que en teología se llama el estado de gracia, ese  periodo comprendido entre la creación y la irrupción del pecado en Génesis 3, cuando el hombre y la mujer vivían una existencia de plena armonía entre ellos y con Dios, sin la coexistencia con las consecuencias posteriores del pecado. En ese estado de perfección, Dios fundó la institución del matrimonio. Mediante la institución del matrimonio, Dios se aseguraba la permanencia de la humanidad y el cumplimiento del mandato cultural dado en Génesis 1:28, “Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y administradla.”

Lo que Dios estableció en el marco de la creación debe ser normativo para todos los tiempos, no puede variar ni ser destruido por ninguna civilización, pues es un asunto creacional, no cultural. Sin embargo, a lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha encontrado maneras de honrar y solemnizar esta unión creada por Dios.

EL MATRIMONIO EN EL CONTEXTO JUDÍO.

El contrato matrimonial judío constaba de dos fases. La primera de ellas comenzaba cuando las familias de los futuros esposos (el varón desde que cumpliera los trece años, la mujer desde los doce)[2] negociaban los esponsales de éstos. Sin embargo, el hecho de que los padres concertaran los matrimonios de los hijos no significaba que no se contase nunca con la opinión de éstos. Así, Siquem (Génesis 34:4) y Sansón (Jueces 14:2) pidieron a sus respectivos padres que concertasen el matrimonio con las mujeres que uno y otro querían.

Los esponsales constituían los mismos un compromiso más solemne y vinculante que nuestra actual petición de mano, y se suscribían en presencia de dos testigos. De hecho, los esponsales eran un auténtico acto de matrimonio, incluso jurídicamente. Esto explica por qué, cuando José descubrió el embarazo de María, su prometida, ella pudo haber sido acusada de adulterio (Mateo 1:18-19). Algunas veces, la pareja se regalaba recíprocamente en este acto un anillo o un brazalete. Además, durante el tiempo de espera hasta el día de la boda, mientras la muchacha vivía todavía en el hogar paterno, se dispensaba al novio de ir a la guerra (Deuteronomio 20:7).

Al padre de la joven se le tenía que abonar cierta cantidad de dinero (mohar), el «precio de la esposa». Tal suma podía en ocasiones satisfacerse parcialmente con el trabajo personal del muchacho, como ocurrió en el caso de Jacob (Génesis 29:1-30). Aunque al padre de la novia no se le permitía tocar dicha suma, sí le era dado beneficiarse de los intereses que produjese la misma. Aquella cantidad pasaba a manos de la hija cuando fallecían sus padres, o bien si su marido moría. Labán, suegro de Jacob, infringió esta costumbre y gastó el mohar correspondiente a sus hijas (Génesis 31:15). El padre de la muchacha, a su vez, entregaba a ésta, o a su marido, una «dote» (u obsequio de casamiento) que podía comprender criados o siervos, como ocurrió con Rebeca y Lea (Génesis 24:60-62; 29: 24-29), tierras u otros bienes.

La segunda fase consistía en la boda propiamente dicha, después de la cual se iniciaba la convivencia sexual común a toda pareja. Tenía lugar un año después del desposorio, cuando el novio, que ya tenía preparado el hogar conyugal, acompañado de sus amigos, se encaminaba al atardecer a la casa de la novia, quien le esperaba, luciendo algunos adornos, finos ornamentos y cubierta con un velo (Génesis 24:64-67 16; Cantar de los Cantares 6:7). Algunas veces, la novia también se engalanaba la cabeza con una cinta con monedas, regalo del novio. Jesús alude a esta costumbre en la parábola de la moneda (Lucas 15:8).

En la ceremonia de bodas, se despojaba a la novia del velo que le cubría el rostro y era colocado sobre el hombro del novio. Acto seguido, el joven, escoltado por los amigos, conducía a la muchacha, su ya esposa, al hogar conyugal (Mateo 25:6). A continuación, se organizaba un largo banquete nupcial (Mateo 22:2-14), en el que los invitados, portando sus mejores galas y atavíos (Mateo 22:11-12), disfrutaban del banquete y de la alegría que suponía para la comunidad el surgimiento de una nueva familia (Proverbios 5:18). No en vano, el primer milagro de Jesús ocurrió durante una boda celebrada en Caná de Galilea (Juan 2:1-11), pues la boda se concebía como una fiesta de la vida que empieza, de la vida que será transmitida, de la vida que se perpetuará a través de la prole.

En el contexto judío el matrimonio no se consideraba una relación indisoluble por naturaleza. Bajo la Ley Mosaica el varón podía divorciarse de su mujer si descubría en su cónyuge algún defecto o falta (Deuteronomio 24:1). Asimismo, podía contraer nuevas nupcias con otra mujer si así lo deseaba. El marido perdía, sin embargo, este derecho de repudio si acusaba en falso a su esposa de infidelidad con otro varón (Deuteronomio (22:13-19).

EL MATRIMONIO ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS.

El concepto que introdujo Jesucristo sobre el matrimonio contrastó tanto con la moral judía como con la pagana. Cristo condenó el facilismo judaico para con el divorcio, declarando que toda separación es un acto arbitrario del hombre en desobediencia al mandato divino (Mateo 5:27-32). Jesús afirmó que la unión conyugal es un diseño de Dios y validó con ello el relato registrado en el primer libro de la Biblia: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24). Además, Jesús ordenó que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Mateo 19:4-6; Marcos 10:6-9).

En muchos sentidos, el cristianismo y su fundador dignificaron nuevamente la institución del matrimonio. El Apóstol Pablo escribe a la iglesia en Galacia afirmando que esposo y esposa son de igual valor en Cristo (Gálatas 3:28). Utiliza al matrimonio cristiano como figura de la relación entre Cristo Jesús y la iglesia de Dios. El Hijo y cabeza de la iglesia es el esposo que tanto la amó que dio su vida por ella; y el cuerpo de la iglesia es la esposa que espera el retorno de su Señor para unirse por la eternidad (Efesios 5:21-33).

En la iglesia primitiva, cuando una mujer se convertía, siendo ya casada, y su marido no abrazaba la fe, se enseñaba a la esposa cristiana a permanecer fiel a su esposo y a procurar ganarlo por medio de una conducta sana (1 Corintios 7:10-17). En el caso de las mujeres no casadas, se les enseñaba que no debían contraer enlace con los inconversos. En ocasiones, los líderes eclesiásticos llegaban incluso hasta a excluir del seno de las iglesias a las mujeres cristianas que faltaban en este punto. Tertuliano, por ejemplo, expone las dificultades a que se exponía la virgen que se casaba con un pagano:

“No podrá dejar el techo conyugal para reunirse con sus hermanos; tendrá que oír las canciones y palabras profanas de su marido inconverso; tendrá que preparar banquetes de un estilo repugnante a los que conocen al Señor; para agradar a su marido tendrá que aparecer vestida como no es lícito a santos, y muchas otras cosas más. Es vender el alma al consentir el casamiento. Pero la unión de dos seres que aman al mismo Señor es tenida por honrosa.”[3]

Aunque no había lo que hoy llamamos matrimonio religioso, toda la iglesia tomaba parte en la celebración de la boda. En el mundo romano (del cual la iglesia llegó a formar parte) se dieron tres formas de celebrar el matrimonio:

  • La “confarreactio”, la cual incluía ceremonias de carácter jurídico, religioso y una fiesta acompañada de pastel nupcial. En la época imperial apenas se daba este tipo de unión.
  • La “coemptio“, la cual llegó a ser el modo corriente de contraer matrimonio en el período histórico que le tocó vivir a la iglesia primitiva. Dicho rito simbolizaba la compra de la esposa.
  • El “usus” (uso), el cual consistía en la simple cohabitación tras el mutuo consentimiento matrimonial. Se fundamentaba en el “consensus” (mutuo consentimiento) de la pareja. No se requería ningún rito particular ni la presencia del magistrado. El poder civil no hacía más que reconocer la existencia del matrimonio y, en cierto modo, proteger la unión conyugal poniendo ciertas condiciones.

Los cristianos adoptaron el “consensus” romano como norma para validar la unión matrimonial, sin embargo, sus normas diferían en gran medida de las costumbres romanas, pues consideraban la pureza sexual sumamente importante. Ignacio de Antioquía (hacia el año 107 d.C.) incluso invitaba a los cristianos a casarse “con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo.”[4]

Tertuliano (hacia 160-220 d.C.) comenta la ventaja de casarse en el Señor: “¿Cómo podemos ser capaces de ensalzar la felicidad tan grande que tiene un matrimonio así?; un matrimonio que une la Iglesia, que la oblación confirma, que la bendición marca, que los ángeles anuncian, que el Padre ratifica”

En la iglesia primitiva el matrimonio no se consideraba un sacramento ni una ocasión para exhibir lujo, sino un momento solemne en el que se debía implorar la bendición de Dios sobre los desposados. Sin embargo, a partir de los siglos IV al IX se comenzó a subrayar el carácter eclesial de la celebración del matrimonio entre cristianos, estableciéndose que las ceremonias (oración y bendición) no eran obligatorias para la validez de la unión. El primer testimonio que habla de una bendición nupcial verdaderamente litúrgica data de la época de Dámaso[5] (366-384) y se encuentra en las obras del Pseudo-Ambrosio (Ambrosiaster[6]). La bendición, sin embargo, sólo se confería en el primer matrimonio. Además, el matrimonio no tomaba lugar en el altar, sino que, como era costumbre con otros contratos, se efectuaba a la puerta de la iglesia. Este compromiso incluía el intercambio de regalos, un beso mutuo, el intercambio de anillos, y el tomarse de las manos. Al matrimonio le seguía entonces un servicio religioso, donde se participaba de la Cena del Señor y se imploraba la bendición para el nuevo matrimonio.

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EL MATRIMONIO EN LAS DISTINTAS TRADICIONES CRISTIANAS

EN EL CATOLICISMO

La Iglesia Católica enseña que el matrimonio es una unión entre un hombre y una mujer, que dura de toda la vida. Se le considera uno de los siete sacramentos. De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, los sacramentos son “acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son ‘las obras maestras de Dios’ en la nueva y eterna Alianza” (Catecismo, Núm. 1116). Así pues, desde la concepción católico-romana, los sacramentos son signos sensibles y eficaces​ de la gracia de Dios, mediante los cuales se otorga la vida divina; es decir, ofrecen al creyente el ser hijos de Dios.

Con respecto al sacramento del Matrimonio, el catecismo dice: “El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia… La gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna” (Catecismo, Núm. 1661).

EN LA IGLESIA ORTODOXA.

Para el Cristianismo Ortodoxo, el matrimonio es también un sacramento, uno de los siete reconocidos por la Iglesia. Esto significa que, desde el punto de vista de la comunidad cristiana ortodoxa, el matrimonio está relacionado directa e inmediatamente con la experiencia de pertenecer al pueblo de Dios y con la vivencia mística de formar parte de la Iglesia.

Así, para la Iglesia Ortodoxa, el matrimonio no es simplemente un acuerdo de un hombre y una mujer para compartir sus vidas; ni meramente una sanción legal. No es realizado por la pareja misma. Su unión basada en su libre voluntad de unirse como marido y mujer, se vuelve sacramental porque son unidos como cristianos ortodoxos, miembros de la comunidad de fe, y recibiendo la Gracia de Dios para su unión mediante el ministerio de la Iglesia entera en la persona del obispo o el sacerdote, y en la presencia del pueblo de Dios congregado

EN EL PROTESTANTISMO.

En muchas iglesias protestantes y evangélicas, el matrimonio es considerado como una institución establecida para la humanidad como una parte de la vida aquí en este mundo. No tiene una conexión directa con el evangelio, la proclamación del cual es la responsabilidad directa de la iglesia. De hecho, el matrimonio fue instituido (Génesis 2:24) antes de la primera proclamación del evangelio (Génesis 3:15). Como una institución del gobierno civil, sólo tiene que ver con las relaciones temporales. El protestantismo considera que el matrimonio no fue instituido en interés de la salvación eterna del pecador. Las bendiciones prometidas por medio del matrimonio son puramente temporales (Mateo 22:30).

En la mayoría de las iglesias protestantes el matrimonio no se considera un sacramento encomendado a la iglesia, sino una institución establecida para la vida en el mundo. Para los protestantes, la iglesia no tiene ningún derecho inherente para ejercer autoridad sobre esta institución, regularla con leyes, ni exigir un papel que hace un matrimonio válido. Consideran que la exigencia que hace la iglesia católica romana, que el matrimonio es un sacramento y que la iglesia tiene que reglamentar esta institución por medio de las leyes canónicas, no tiene ninguna base en las Escrituras. EI matrimonio, por lo tanto, no es un sacramento como si lo son y confieren el bautismo y la Santa Cena. Los cristianos ciertamente también santificarán su matrimonio con la palabra de Dios y con la oración (1 Timoteo 4:5); pero el matrimonio no les confiere ninguna bendición espiritual particular.[7]

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DISTORSIÓN DEL CONCEPTO DE MATRIMONIO EN ALGUNAS IGLESIAS PROTESTANTES MODERNAS.

El continuo avance del secularismo en el mundo ha tenido un fuerte impacto en muchas iglesias protestantes. El concepto de matrimonio está siendo atacado y redefinido en muchos países de Europa y Norteamérica principalmente. El debate sociopolítico sobre los derechos LGBT ha dividido también a los diversos grupos protestantes, los cuales están redefiniendo el concepto mismo de matrimonio con el propósito de permitir las uniones del mismo sexo. Así, por ejemplo, en países como Alemania, la Iglesia Evangélica de Alemania (de tradición luterana) ha aprobado tanto el matrimonio como la ordenación de ministros homosexuales. Además de esta iglesia estatal, muchas iglesias luteranas, unidas y reformadas en otros países han estado bendiciendo las uniones del mismo sexo desde 2013. Una posición totalmente diferente tiene la Alianza Evangélica Alemana que representa denominaciones teológicamente evangélicas, incluyendo a Pentecostales, Bautistas, Hermanos y otros. Como es evidente, al menos en Alemania, el protestantismo está dividido en cuanto a este tema.

En Francia, el tema del matrimonio homosexual llevó a un conflicto entre la CNEF, conformada por iglesias evangélicas Bautistas, Pentecostales o de Hermanos entre otros que están en contra del matrimonio homosexual, y la Iglesia Protestante Unida de Francia, que en 2015 decidió bendecir parejas homosexuales.

En Norte América la cosa no es muy diferente. El consejo de gobierno de la Iglesia Unida de Canadá, permitió los matrimonios entre personas del mismo sexo en 2013, pero cada congregación debe individualmente, bajo su propio permiso y responsabilidad, tomar la decisión de celebrar bodas a nivel local.[8] Dentro del protestantismo estadounidense, el país con el mayor número de protestantes del mundo, existen amplias divergencias de argumentos entre las diferentes iglesias con respecto a las uniones gay. Entre las más importantes que realizan algún tipo de unión del mismo sexo se encuentran las siguientes:

  • La Iglesia episcopal en los Estados Unidos realiza una «bendición» a parejas del mismo sexo. Además, fue la primera del país en ordenar obispos homosexuales dentro de su congregación desde 2003.[9]
  • La Iglesia Unida de Cristo fue la primera iglesia cristiana de Estados Unidos en promover el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005. En 1972 fue la primera iglesia protestante en ordenar a un reverendo abiertamente gay y la primera ministra lesbiana.[10]
  • La Iglesia evangélica luterana en Estados Unidos permite el matrimonio gay, pero deja la libertad para que cada ministerio de la congregación decida si realizarlo o no, de acuerdo a la resolución de 2009.[11]
  • La Iglesia presbiteriana, que reformó su constitución sobre el matrimonio en marzo de 2015, definiéndolo como un «compromiso entre dos personas» y no «entre un hombre y una mujer», de esta manera reconoció oficialmente el matrimonio gay.[12]

En Latinoamérica, la tendencia a imitar a las iglesias liberales de Estados Unidos, Canadá y Europa es innegable. Muchas iglesias en países como México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Uruguay, han dado pasos para la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, a pesar de las corrientes e ideologías de moda, la Biblia define el matrimonio gay como una perversión del modelo original. En el diseño original, el matrimonio fue creado como una unión heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).  A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.

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MATRIMONIO, DIVORCIO Y SEGUNDAS NUPCIAS.

En la iglesia de los primeros siglos se nota un fuerte énfasis antidivorcista. Algunos permitían el divorcio en caso de inmoralidad sexual. Jerónimo afirma: “Mandó el Señor que no se repudie a la mujer, excepto por razón de fornicación, y de haber sido repudiada, ha de permanecer innupta, ahora bien, lo que se manda a los varones, lógicamente también se aplica a las mujeres. Por lo que no sería lógico repudiar a la mujer y tener que soportar al marido. Si ‘el que se une con una ramera, se hace un solo cuerpo con ella’ (1 Cor. 6:16), luego por el mismo caso, la que se une con un disoluto se hace con él un solo cuerpo (…), entre nosotros lo que no es lícito a la mujer, tampoco es lícito al varón. Podría más fácilmente ser aceptado contraer una especie de sombra del matrimonio, que vivir como ramera bajo la gloria de ser mujer de un solo marido.”[13]

En la iglesia de la edad media, la posición está dividida. Por un lado, la iglesia católica de Roma era muy rigurosa, y, por otro lado, la iglesia griega (Constantinopla) contemplaba excepciones y concesiones para permitir el divorcio en algunos casos. Con respecto al divorcio, Tomas de Aquino sigue los lineamientos de Jerónimo de que el uso del sexo debe ser restringido al matrimonio, cuando el propósito que lo impulsa es el de la procreación, y da a entender que una relación sexual que busque otro fin se convierte en una relación pecaminosa que no ayuda a cultivar la vida espiritual cristiana. Con respecto al divorcio, dice: “en cualquiera de los casos, dígase fornicación o adulterio, queda en manos de los cónyuges el tomar una determinación respecto a su separación, de uno u otro modo la posibilidad de contraer matrimonio por segunda vez queda prohibida, ya que el consorte que se casa de nuevo incurre en pecado de adulterio, mientras su cónyuge viva.”[14] Otra causa en la que está de acuerdo Tomas es que el no pagar el débito conyugal es causa de separación, pero impide que se vuelvan a casar por la razón antes dicha.[15]

Los reformadores, por lo general, estaban de acuerdo con el divorcio sólo en caso de inmoralidades sexuales y por abandono injustificado del hogar. Por ejemplo, Martin Lutero afirmaba que el divorcio debía ser aplicado en caso de adulterio, y sugería a las autoridades civiles castigar con pena de muerte al adúltero, ‘por eso mandó Dios en la ley que los adúlteros fuesen apedreados’. Otra forma de divorcio según Lutero, es cuando uno de los cónyuges se niega al otro; es decir, no hay relación sexual entre ellos, lo esquiva y no permanece a su lado.[16] De este modo, la reforma de Lutero permitió romper el velo de la indisolubilidad del matrimonio.

Aunque la Reforma quitó el velo de la indisolubilidad del matrimonio, muchas iglesias hoy día, sobre todo en Latinoamérica, niegan toda posibilidad de divorcio independientemente las razones o el porqué de este. Muchas incluso retiran la mano de confraternidad a creyentes divorciados o, cuando menos, excluyen del ministerio pastoral y el diaconado a aquellos hombres divorciados y casados por segunda vez. Ante esto nos preguntamos: ¿Qué dice realmente la Biblia acerca del divorcio y la posibilidad de contraer segundas nupcias?

Jesús enseñó que el divorcio y el segundo matrimonio, sin bases bíblicas, es adulterio.  Constituye pecado contra el pacto del primer matrimonio (Mateo 5:32; 19:9; Marcos 10:11,12; Lucas 16:18).  Es aparente que Jesús en estos pasajes habla a quienes deliberadamente inician el divorcio sin tener bases bíblicas para ello. No obstante, Jesús incluyó una cláusula de excepción a favor del cónyuge inocente. “Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación (porneia), hace que ella adultere” (Mateo 5:32; véase también Mateo 19:9).  Esto indica que una persona casada que se divorcia de su cónyuge que comete inmoralidad sexual no hace que éste adultere, porque el ofensor ya es culpable de adulterio, y el cónyuge contra quien ha pecado no comete adulterio al volver a casarse.

Ahora bien, el uso de la palabra griega para “fornicación” en este pasaje es porneia, que en este contexto por cierto incluye adulterio (una porne era una prostituta). No obstante, porneia es un término amplio para varias formas de inmoralidad sexual, generalmente habitual, tanto antes como después del matrimonio (Marcos 7:21; Hechos 15:20; 1 Corintios 5:1; 6:18; Gálatas 5:19; Efesios 5:3; 1 Tesalonicenses 4:3).  Al expresar las excepciones, Mateo no usó moicheia, el sustantivo griego por adulterio. Mateo usa porneia en 5:32 y 19:9 para traducir la palabra hebrea ‘erwâ (“alguna cosa indecente”) que se halla en Deuteronomio 24:1. Este pasaje del Antiguo Testamento era el fundamento de la enseñanza de Jesús y su discusión con los fariseos. El significado original de ‘erwâ tiene que ver con “descubrir” y “exponer”, entre otras cosas, la desnudez (Génesis 9:22,23). De modo que la “cosa indecente” de Deuteronomio 24:1 aparentemente era una forma de inmoralidad sexual, o indecencia, pero no adulterio (por lo cual el adúltero hubiera sido apedreado; de acuerdo con Deuteronomio 22:22). El término parece incluir deliberadamente una variedad de prácticas inmorales, muy probablemente aquellas contenidas en el Código de Santidad de Levítico 18, el cual condena los actos sexuales como incesto, adulterio, homosexualidad, y bestialidad. Todos ellos justificarían el divorcio entre creyentes. Debe notarse, por supuesto, que esta excepción no debe considerarse como mandato de poner fin a un matrimonio afectado por una trágica indiscreción, cuando éste pudiera restaurarse.[17]

Pablo también incluyó una excepción a favor del cónyuge inocente. En caso de que el cónyuge incrédulo no estuviera dispuesto a vivir con su pareja convertida al evangelio, Pablo aconseja: “Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios” (1 Corintios 7:15). “No sujeto a servidumbre” es una expresión fuerte que aparentemente significa que se otorga libertad al creyente. Por tanto, el significado parece ser que el creyente está en libertad de volver a casarse. Pablo, sin embargo, disuade el segundo matrimonio por el bien del ministerio al Señor.  “¿Estás libre de mujer? No procures casarte. Mas también si te casas, no pecas” (1 Corintios 7:27,28). Toda persona divorciada que considera en segundo matrimonio debe recordar las instrucciones de Pablo a las hijas vírgenes de Corinto: “con tal que sea en el Señor” (1 Corintios 7:39).

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CONCLUSIÓN.

¿A qué conclusiones llegamos entonces en relación con el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Un cuidadoso estudio de las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento destacan los siguientes principios respecto al divorcio y segundo matrimonio:

  • Se requieren dos especies, hombre y mujer, para completar la imagen divina del género humano. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). El hombre la mujer no pueden procrear solos la raza humana y cumplir los propósitos divinos. La manera en que Dios creó a los seres humanos para que vivieran en la tierra y la forma en que los unió indican que su intención fue que el hombre y la mujer vivieran el uno para el otro (Génesis 2:22-24). El matrimonio debe ser consumado sexualmente. Por orden del Creador, el primer hombre y la primera mujer debían ser “una sola carne” con el fin de procreación, unión, y mutuo contentamiento en una segura y amorosa relación (Génesis 2:24). Jesús mismo reiteró este propósito divino (Mateo 19:4,5) y Pablo instruyó a los esposos cristianos a que fielmente y con regularidad cumplieran mutuamente con sus obligaciones sexuales (1 Corintios 7:3-5).
  • El matrimonio debe ser heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea una unión permanente. El hombre debe dejar el hogar de sus padres y unirse a su mujer, para ser “una sola carne” con ella (Génesis 2:24). Tanto Jesús (Matero 19:5) como Pablo (Efesios 5:31) citaron este pasaje de Génesis como premisa fundamental para el matrimonio.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea monógamo. En el establecimiento del matrimonio las obras del Creador se centran en un hombre y una mujer. El orden mismo del matrimonio (Génesis 2:24) se dirige a una pareja monógama; nótese la forma singular de “hombre” y “mujer”. Por supuesto, se daba la poligamia en la era del Antiguo Testamento. El primer caso fue en el linaje de Caín (Génesis 4:19), seguido de muchos ejemplos en el Antiguo Testamento, incluidos algunos de los patriarcas. Pero no se exalta la poligamia como algo ideal. En forma indirecta los escritores del Antiguo Testamento critican la poligamia, en que muestran los conflictos que resultan (Génesis 21:9,10; 37:2-36; 2 Samuel 13-18). Los pasajes que idealizan el matrimonio normalmente se refieren a un marido y una mujer (Salmo el 128:3; Proverbios 5:18; 31:10-29; Eclesiastés 9:9). Al hablar de “hombre” y “mujer” en singular, y de que “los dos” serán una sola carne (Mateo 19:5,6), Jesús también reconoció que el ideal de Dios desde el principio era la monogamia.  No hay referencia a la poligamia como práctica de la iglesia primitiva; y en cualquier caso, sería proscrito por Pablo a los1íderes en su referencia a “marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2,12; Tito 1:6).
  • El matrimonio es un pacto, un solemne acuerdo de vinculación hecho primero ante Dios y después ante los hombres. La naturaleza del matrimonio como pacto se da a entender claramente en la institución del matrimonio en Génesis 2:24 y se hace más explícita en Malaquías 2:14: “Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto”.
  • El matrimonio es el cimiento de la familia, en términos de procreación y de crianza. Lo ideal es que los niños nazcan en una familia intacta con ambos padres presentes. Estos dos padres deben ser los primeros en proveer la crianza. Este orden de vida familiar se observa a través de la Biblia, con énfasis particular en la crianza de los hijos, sobre la base de pasajes como Deuteronomio 6:1-9; Malaquías 2:15; y Efesios 6:1-4. El propósito de Dios, sin embargo, no garantiza que el pecado no dividirá y distorsionará a muchas familias que, en tales casos, no deben ser despreciadas, tomadas en poco, o descuidadas, sino que deben recibir apoyo con sabio consejo y amorosa comunión.
  • Es imperativo en tiempos como estos que la iglesia cristiana clarifique, enseñe, y fielmente cumpla lo que la Biblia dice acerca del matrimonio. La Iglesia también debe expresar la posición bíblica respecto del divorcio y un segundo matrimonio, lo cual ocurre con demasiada frecuencia cuando uno de los cónyuges, o ambos, abandonan sus compromisos y sus responsabilidades ético-cristianas.

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REFERENCIAS:

[1] Merrill C. Tenney, “Pacto”, Dicccionario Bíblico Mundo Hispano (El Paso, Texas: EMH, Casa Bautista de Publicaciones, 1997), p. 914.

[2] A. Millard, «Matrimonio», Diccionario Bíblico Abreviado, 3.ª ed., Editorial Verbo Divino-Ediciones Paulinas, Estella (Navarra)-Madrid, 1993, p. 213.

[3] Tertuliano, Ad uxorem, II:9.

[4] Ignacio de Antioquía, A Policarpo, 5,2.

Tertuliano, Ad uxorem II:8,6.7.9.

[5] Dámaso (Gallaecia, Galicia, actual España, 3041​ – Roma, 11 de diciembre, 3842​), obispo de Roma desde el año 366 hasta su muerte, en el año 384. Es reconocido principalmente por introducir en la liturgia cristiana el uso de la voz hebraica «Aleluya», así como por ordenar la traducción de la Biblia al latín, conocida como la «Vulgata».

[6] El Ambrosiaster o Ambrosiastro («pseudo-ambrosio») es un libro anónimo, conocido con tal nombre a partir de Erasmo, que contiene un importante comentario a las cartas de Pablo. Fue atribuido durante siglos a un tal Ambrosio de Milán, bajo cuyo nombre aparece en los códices; sin embargo, su verdadero autor no puede ser señalado con certeza, ni siquiera con firme probabilidad.

[7] Schuetze Armin, Habeck Irwin, El Pastor bajo Cristo, Manual de Teología Pastoral, Northwestern Publkishing House, Milwaukee, Wisconsin, 1992.

[8] Iglesia Unida de Canadá (24 de junio de 2013). «Sexual Orientation – The United Church of Canada» (en inglés). United-church.ca. Archivado desde el original el 11 de agosto de 2013. Consultado el 24 de marzo de 2017.

[9] «La Iglesia Episcopal “bendice” las bodas gay». Protestantedigital.com. 11 de julio de 2012. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[10] «Marriage Equality» (en inglés). Ucc.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[11] «What Do Lutheran Churches Say?». Marriage Matters (en inglés). Reconcilingworks.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[12] Regan, Helen (18 de marzo de 2015). «Presbyterian Church Votes to Recognize Same-Sex Marriage». U.S. Faith (en inglés). Time. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[13] Jerónimo, Cartas de San Jerónimo I, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, p. 169.

[14] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[15] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[16] Ricardo García Villoslada, Martin Lutero I, El fraile hambriento de Dios, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1976, p. 56.

[17] CEAD, El Divorcio y Segundo Matrimonio, Manual de Doctrinas y Prácticas Fundamentales (San Salvador: CEAD, 2015), pp. 25-27.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Esclavos del dinero

Por: Fernando E. Alvarado.

El dinero es fundamental para subsistir, del mismo modo que es necesario el vestido, el techo o la alimentación de cada día, para poder llevar una vida en condiciones dignas y saludables. Esa es precisamente la paradoja, que el dinero es indispensable y que, al mismo tiempo, empobrece la existencia si se convierte en lo fundamental, “porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.” (1 Timoteo 6:10). No es nada fácil sobrellevar esta contradicción en el diario vivir. Hoy vemos a muchos que han destruido sus hogares y perdido sus relaciones más preciadas al permitir que la obsesión por las riquezas les domine. Y es que el dinero es sin duda un buen siervo, pero si logra dominarte se convertirá en un amo cruel y despiadado.

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Jesús pronunció esta sobria advertencia: “Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?” (Marcos 8:36). Lograr mucho en esta vida no es malo, pero si no nos preocupamos por amar y obedecer al Señor, nada de lo que logremos tendrá valor duradero. Nuestro enfoque debe estar en la fidelidad al Señor antes de cualquier otro logro que persigamos: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:19-21). Hoy, procuremos ante todo hacer la voluntad del Señor, sabiendo que Él tiene cuidado de nosotros y jamás nos desamparará; antes bien proveerá para todas nuestras necesidades (Mateo 6:26). ¡No temas! Deja de afanarte por las cosas de este mundo y busca la gloria de Dios, entonces verás como “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:19).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Aprendiendo a confiar en Dios

Por: Fernando E. Alvarado.

Confiar en Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando no podemos entender su voluntad para nosotros. Por eso necesitamos comprender que Dios responde a las oraciones de sus hijos solamente de dos maneras: provisión o protección. Si nos da lo que pedimos, es por su gran amor. Pero lo contrario también es cierto (y a menudo no nos damos cuenta): si el Señor no nos da lo que pedimos, entonces nos protege de ello. Debido a que Dios le da a sus hijos solo buenas dádivas, cada vez que retiene algo, podemos estar seguros de que no servía para su propósito final: conformarnos a la imagen de Cristo. A veces Dios no nos da las cosas que pedimos porque la cosa en sí es mala. Otras veces es debido al fruto podrido que traería a nuestras vidas, el dolor invisible que causaría, o las lecciones o la formación que nos quitaría. A veces, el “no” de Dios es por un tiempo, y al esperar, nos da lo que no hubiéramos obtenido si nos hubiera dado de inmediato lo que pedimos.

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A menudo, somos llamados a ser como la mujer de la parábola de Jesús que busca la justicia de un juez injusto, y debemos esperar en el Señor y ser persistentes en nuestro pedir (Lucas 18:1-8). Pero incluso en ese caso, Dios no es el juez injusto. En esos momentos, no aguanta hasta que nos arrastremos en súplica; más bien, en su tiempo providencial, nos forma y conforma hasta que estemos listos para recibir su respuesta, pues si bien es cierto que nuestro Dios es soberano y Él “hace lo que le place” (Salmo 115:3), su soberanía no es una regla fría y dura que no toma en cuenta el sentir del hombre. Y es que el amor de Dios gobierna la soberanía de Dios. En su bendita providencia Dios satisface las necesidades de su pueblo, de acuerdo con su amor por ellos.

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Sabiendo que Dios te cuida, no debes temer la pérdida, el dolor, o la muerte. Jesús, en Mateo 6:25–34, nos manda no estar “ansiosos por nada.” De hecho, Jesús nos invita a presenciar la providencia de Dios sobre la creación y allí ver su amor por nosotros, ya que si los pájaros no siembran, pero son alimentados (Mateo 6:26); si los lirios del campo no trabajan, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón (Mateo 6:28-29). ¿Qué no hará Dios por nosotros, que somos mucho más valiosos que ellos? Pues Dios no es solo nuestro Creador; sino nuestro Padre amoroso. Y Él sabe lo que necesitas. Su provisión no es arbitraria. Él no retiene las bendiciones para someter a sus hijos a una prueba cósmica de tolerancia al dolor. El Dios de la Providencia es nuestro Dios, y Él conoce nuestras necesidades. Él añadirá la provisión. ¿Confías en esta clase de Dios sabio, soberano y providente? ¿Qué tal si dejamos de ver la soberanía de Dios como el terrible martillo que nos golpea con su frialdad, o la voluntad caprichosa que a veces nos niega lo que más deseamos? ¿Por qué no verla, más bien, como la tierna almohada sobre la cual descansa nuestra paz y seguridad? Entonces aprenderemos “a conocer la voluntad de Dios… la cual es buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NTV).