Continuismo, Pentecostalismo Clásico, Sin categoría, Vida Espiritual

Si Dios no ha dicho nada ¡Cállate!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Puede Dios darle a alguien un mensaje para otra persona? ¡Desde luego! ¿Le revela Dios la verdad a alguien de una manera sobrenatural y le permite dar ese mensaje a otros? ¡Desde luego! Sin embargo, debemos ser cuidadosos al respecto para evitar ser engañados por estafadores, falsos profetas y espíritus de demonios.

Los dones proféticos siguen vigentes en nuestra época tal como lo estuvieron en el primer siglo de la Era Cristiana. ¿Cómo? ¿Acaso había profetas en el Nuevo Testamento? ¡Sí! Contrario a lo que muchos piensan, sí había profetas en la iglesia primitiva. El ministerio profético no estuvo limitado al Antiguo Pacto. El Nuevo Testamento relata sin problema alguno la existencia de profetas en tiempos apostólicos. Dichos profetas proclamaban un mensaje de parte del Señor para los creyentes del primer siglo:

“Por aquel tiempo unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, se puso de pie y predijo por medio del Espíritu que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo cual sucedió durante el reinado de Claudio.” (Hechos 11:27-28, NVI)

“Llevábamos allí varios días cuando bajó de Judea un profeta llamado Ágabo. Este vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató con él de pies y manos, y dijo: —Así dice el Espíritu Santo: “De esta manera atarán los judíos de Jerusalén al dueño de este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles”. (Hechos 21:10-11, NVI)

A veces el mensaje de un profeta era revelador, pues contenía una nueva revelación y verdad de Dios (2 Corintios 12:1-4); otras veces su mesaje era de carácter profético (Hechos 11:28, 21:10).

¿CONTINÚAN VIGENTES LOS DONES PROFÉTICOS EN NUESTRA ÉPOCA?

La necesidad del ministerio profético en la iglesia primitiva era incuestionable. Los cristianos primitivos no tenían la Biblia completa, y algunos de ellos no tuvieron acceso a ninguno de los libros del Nuevo Testamento. Los profetas del Nuevo Testamento suplieron la carencia, proclamando el mensaje de Dios a las personas que no tenían acceso a éste de otro modo. Así que, el Señor envió a profetas a su pueblo para proclamar la Palabra de Dios. Sin embargo, a pesar de lo anterior, tanto nuestro Señor Jesucristo como sus apóstoles advirtieron a la iglesia en contra los falsos apóstoles y falsos profetas que intentarían introducirse en la misma y desviar la fe de muchos:

“Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces.” (Mateo 7:15, NVI)

“Tales individuos son falsos apóstoles, obreros estafadores, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, ya que Satanás mismo se disfraza de ángel de luz. Por eso no es de sorprenderse que sus servidores se disfracen de servidores de la justicia. Su fin corresponderá con lo que merecen sus acciones.” (2 Corintios 11:13-15, NVI)

“En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató. Esto les traerá una pronta destrucción. Muchos los seguirán en sus prácticas vergonzosas, y por causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Llevados por la avaricia, estos maestros los explotarán a ustedes con palabras engañosas. Desde hace mucho tiempo su condenación está preparada y su destrucción los acecha.” (2 Pedro 2:1-3, NVI)

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.” (1 Juan 4:1, NVI)

A diferencia de la iglesia primitiva, nosotros sí tenemos la completa revelación de Dios en la Biblia. Ninguna verdad nueva puede ser añadida. La Biblia es nuestra regla suficiente de fe y conducta. Los creyentes pentecostales de sana doctrina creemos que “las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios para el hombre, la regla infalible y autoritaria de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21”.[1]

Cuando una persona afirma estar hablando de parte de Dios (la esencia de la profecía), la clave es comparar lo que él o ella dicen con lo que dice la Biblia. Cuando Dios habla en la actualidad a través de una persona, el mensaje concuerda completamente con lo que Dios ya ha dicho en la Biblia. Dios no se contradice. 1 Juan 4:1 nos manda poner a prueba todo mensaje profético, lo cual nos muestra que, a diferencia de la Biblia, estos son falibles. 1 Tesalonicenses 5:20-21 declara: “no desprecien las profecías, sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:20-21, NVI). La profecía no debe ser despreciada, pero siempre debe ser probada. Entonces, ya sea una “palabra del Señor” o una supuesta profecía, nuestra respuesta debe ser la misma: Debemos comparar lo dicho por el supuesto profeta o mensajero con lo que dice la Palabra de Dios. Si contradice la Biblia, debemos desechar al profeta y su mensaje. Si concuerda con la Biblia, debemos pedir sabiduría y discernimiento para saber cómo aplicar el mensaje (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:5).

EL PELIGRO DE HABLAR FALSAMENTE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR.

Aunque los pentecostales y carismáticos creemos que Dios puede hablar, y continúa hablando a su pueblo a través de genuina profecía, debemos reconocer que muchos abusos son cometidos bajo el pretexto de que “Dios lo dijo”. En nuestro contexto actual, expresiones como «Dios me dijo» o «siento de parte de Dios» se usan de forma abusiva, manipuladora y hasta blasfema, para expresar en realidad lo que nosotros humanamente, cuando no carnalmente, sentimos y deseamos. A menudo, Dios nada tiene que ver con esto, pero muchos creen que, usando el nombre de Dios, sus opiniones particulares gozarán de mayor autoridad o serán más escuchadas. Pocas cosas están haciendo más daño a la verdadera fe cristiana que el uso indiscriminado, blasfemo y abusivo de estas expresiones. Sin embargo, esta práctica tan recurrente en nuestros tiempos no es nada novedosa. En realidad, fue frecuentemente condenada en las Escrituras hebreas.

Moisés advirtió al pueblo hebreo:

“Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre y diga algo que yo no le haya mandado decir morirá. La misma suerte correrá el profeta que hable en nombre de otros dioses.” (Deuteronomio 18:20, NVI)

Advertencias del mismo tipo fueron hechas también por los profetas Ezequiel e Isaías:

“Hijo de hombre, denuncia a los profetas de Israel que hacen vaticinios según sus propios delirios, y diles que escuchen la palabra del Señor. Así dice el Señor omnipotente: “¡Ay de los profetas insensatos que, sin haber recibido ninguna visión, siguen su propia inspiración!” (Ezequiel 13:2-3, NVI)

“Sus visiones son falsas, y mentirosas sus adivinaciones. Dicen: ‘Lo afirma el Señor’, pero el Señor no los ha enviado; sin embargo, ellos esperan que se cumpla lo que profetizan. ¿Acaso no son falsas sus visiones, y mentirosas sus adivinaciones, cuando dicen: ‘Lo afirma el Señor’, sin que yo haya hablado?” (Ezequiel 13:6-7, NVI)

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad.” (Isaías 8:20, NTV)

“Yo, el Dios de Israel, les digo: si un profeta tiene un sueño, que lo cuente; si recibe un mensaje de mi parte, que lo comunique al pie de la letra. ¡Pero que se dejen de cuentos! Estoy cansado de sus mentiras. ¡Y todavía se atreven a decir que hablan de mi parte! Estoy en contra de esos profetas que dicen haber recibido mensajes de mi parte, pero yo no les he comunicado nada. Esa clase de mentiras no le hace ningún bien a mi pueblo; al contrario, lo conducen al error. Mi palabra es tan poderosa como el fuego, y tan dura como un martillo; ¡hasta puede hacer pedazos una roca! Les aseguro que así es.” (Jeremías 23:28-32, TLA)

AFERRÉMONOS A LA PALABRA, DESECHEMOS LA FALSA PROFECÍA.

Lo que normalmente hay detrás de la expresión «Dios me dijo», empleada por muchos pastores y pseudoprofetas modernos, es una desviación de la única fuente de revelación firme y segura, “la firmísima palabra de los profetas, a la que ustedes harán bien en atender como a lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el astro matinal amanezca en sus corazones.” (2 Pedro 1:19, BLPH), y que no es otra que la Sagrada Escritura.

A los pentecostales modernos nos haría mucho bien seguir el consejo paulino de «no ir más allá de lo que está escrito» (1 Corintios 4:6, NVI). De hecho, este fue el ejemplo que nos dio el Señor Jesús, quien constantemente citaba las Escrituras como la autoridad final e infalible: «Escrito está» (Mateo 4:4, 4:6-7) o «¿No está escrito […]? (y la Escritura no puede ser quebrantada)» (Juan 10:34-35). Por supuesto que Dios sigue hablando actualmente, pero esto lo hace principalmente a través de su Palabra (Hebreos 1:1) y puede hacernos sentir impulsos internos, deseos y emociones (Filipenses 2:13), pero evitemos a toda costa recurrir a estas peligrosas expresiones usadas a menudo en las sectas religiosas. Hablar en nombre de Dios cuando Él no ha hablado es un grave pecado que no quedará impune. ¿Qué tal si nos aferramos menos al «Dios me dijo» y nos apegamos más al «Escrito está»?

No lo olvidemos:

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20, RVR1960).

¡Solo la Escritura! Esto no significa otra cosa que, en cuestiones de fe, salvación, práctica y vida cristiana, solo la Biblia, como revelación divina, constituye la norma suprema, la última instancia para el cristiano y la Iglesia. Prestemos más atención a la segura Palabra de Dios y menos a las impresiones humanas falibles. Los pentecostales y carismáticos debemos evitar caer en el error de las sectas.

REFERENCIAS:

[1] Artículo 1, Declaración de verdades fundamentales. Véase “Las 16 verdades fundamentales de las Asambleas de Dios”. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#1, consultado el 10/03/2019.

Demonología, Guerra Espiritual, Vida Espiritual

¿Puede un cristiano ser poseído por demonios?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En el siglo IV de nuestra era surgió en Mesopotamia una secta herética conocida como Mesalianos o “Euquitas”, la cual se extendió por toda Siria, Egipto y Asia Menor. Su nombre, Mesalianos, proviene de una palabra aramea que significa «gente que ora». Los mesalianos obviaban la vida sacramental y vivían en cualquier lugar, sobre todo por las calles. Sus doctrinas eran confusas pues parecían proclamarse ortodoxos, pero afirmaban que todos los hombres, incluso los creyentes y hasta Cristo mismo, están sujeto a la posesión de los demonios. Sus creencias y prácticas fueron condenadas por diversos Concilios eclesiásticos y se les acusó de inmoralidad, por lo que desaparecieron gradualmente.[1] Sin embargo, algunas de sus creencias (particularmente aquella que afirma que todos, incluso los cristianos, podemos ser víctimas de posesión demoníaca) aún sobreviven dentro de algunas iglesias modernas.

Se dice que una persona es víctima de posesión demoníaca, está endemoniada, o simplemente está poseída, cuando un espíritu maligno entra en su cuerpo y le hace hablar y comportarse, no como ella quisiera, sino como el tal espíritu quiere. Los demonios, su origen, naturaleza y obra diabólica, despierta muchas interrogantes entre los creyentes modernos. En el presente artículo responderemos bíblicamente a 7 preguntas comunes en relación con la posesión demoníaca: ¿Quiénes o qué son los demonios? ¿Qué son los exorcismos y qué enseña la Biblia al respecto?, ¿Puede un cristiano verdadero ser poseído por demonios?, ¿Cuáles son los síntomas evidentes de una posesión demoníaca?, ¿Cómo puede alguien llegar a estar poseído por un demonio?, ¿Es correcto dialogar con demonios, preguntarles su nombre o permitirles exhibirse en público? Y ¿Puede un demonio exponer públicamente un pecado oculto y no confesado, de aquellos que intenten expulsarle?

¿QUIÉNES O QUÉ SON LOS DEMONIOS?[2]

Los demonios, espíritus inmundos o impuros, son seres de naturaleza espiritual e invisibles, también conocidos como “ángeles caídos” puesto que siguieron a Satanás en su rebelión contra Dios, su creador. Son de carácter inmortal, son poderosos, superiores al poder de un ser humano, y tienen personalidad. La Biblia no vacila en identificar a los demonios como seres espirituales hostiles a Dios y a los hombres.

En el pensamiento griego popular se designaba así a los espíritus malos, y en particular a los de los muertos que ejercían su maleficio como fantasmas. La mención de los espíritus de los muertos, llamados “elohim” en 1 Samuel 28:13 e Isaías 8:19, a los cuales se consultaba por los médiums, revela que muchas de los conceptos que encontramos en Grecia acerca de los demonios, aparecieron esporádicamente en Israel. La prohibición del espiritismo (Números 23:23; Deuteronomio 18:10; 1 Samuel 15:23) explica que la demonología haya ocupado un lugar tan marginal en el Antiguo Testamento.

En el Antiguo Testamento la nomenclatura para los demonios es variada y extraña: se llaman shedim (señores) en Deuteronomio 32:17, y es probable que sh˓rim en Isaías 13:21 (cabras) y lilit en Isaías 34:14 (lechuza, literalmente: “la nocturna”) y Azazel (Levítico 16:10–22) se refieran a demonios. En el judaísmo tardío y en el rabinismo aparecen los demonios más explícitamente como seductores de las personas y enemigos de Dios. Se trata de ángeles caídos (Judas 6), a veces relacionados con los «hijos de Dios» de Génesis 6:1–4. Los demonios están sujetos a Satanás o Belial. En la Mishnah, los rabinos consignaban instrucciones para los exorcistas (Lucas 11:24; Apocalipsis 18:2), y consideraban que los demonios moraban en lugares impuros como los cementerios (Marcos 5:2) y por ello se les llama «espíritus inmundos».

La mención de la actividad demoníaca en el Nuevo Testamento se concentra en los Evangelios, como si la irrupción especial del ministerio terrenal de Jesús provocara mayor oposición satánica. Frente a la evidencia de los milagros del Señor, sus enemigos lo acusaron de «tener un demonio» (Juan 7:20; 10:20), pero, al contrario, Jesús actuaba con autoridad propia «desatando» a los dominados por Satanás (Lucas 13:10–17). Su poder sobre los demonios confirmó que Él es el «más fuerte», que entró en la casa del «hombre fuerte» [Satanás], lo ató, y ahora «saquea sus bienes [los demonios]» (Marcos 3:27). El poder de Jesús sobre los demonios señalaba la llegada del Reino de Dios (Lucas 11:20). Jesús compartió esta victoria con sus discípulos (Lucas 9:1; 10:17) e incluso con los que no se contaban entre sus seguidores íntimos (Marcos 9:38).

De acuerdo con la Biblia, muchos podían ser los efectos de la posesión demoníaca: la mudez (Mateo 9.32), la epilepsia (Marcos 917), hábitos antisociales (Marcos 5:1–5) e intentos suicidas (Mateo 17:15). Sin embargo, no toda enfermedad se atribuía a la posesión. Mateo 4:24 distingue bien entre las causas naturales y sobrenaturales al afirmar que Jesús sanó a «los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos». Como habitantes del mundo espiritual, los demonios sabían quién era Jesús, aunque Él callaba este tipo de testimonio (Marcos 3:11). También leemos que ellos reconocían también que su fin en el abismo será para destrucción eterna (Mateo 8:29; Lucas 8:31; Santiago 2:19).

El libro de los Hechos, las Epístolas y el libro de Apocalipsis también hacen mención de los demonios y su obra. Hechos 19.13–16 nos presenta el relato de los hijos de Esceva. Dicho relato constituye una anécdota singular acerca del judaísmo contemporáneo y sus prácticas exorcistas. Escribiendo a mediados del siglo II, el autor desconocido de la conclusión del Evangelio de Marcos (Marcos 16:9–20) se refiere al exorcismo, puesto que este pasaje se basa en una tradición confiable, es probable que Jesús haya hecho una promesa tal. Según 1 Timoteo 4:1 los demonios atentan contra la sana doctrina. En 1 Corintios 10:20, Pablo equipara el culto a los ídolos con el tributo a los mismos demonios en su esencia (Apocalipsis 9:20).

 ​​ ¿QUÉ SON LOS EXORCISMOS Y QUÉ ENSEÑA LA BIBLIA AL RESPECTO?

La práctica del exorcismo (del griego antiguo: ἐξορκισμός, romanización: exorkismos, literalmente: «obligar mediante juramento, conjurar»)​ se define como “la práctica religiosa o espiritual realizada contra una fuerza maligna, utilizando diversos métodos cuyo fin es expulsar, sacar o apartar a dicho ente de la persona, objeto o área que se encuentra poseída por la entidad maligna (ver, como ejemplo, posesión demoníaca) quien somete y controla al poseído.”​[3] Estos entes, dependiendo de las creencias de los implicados, pueden ser demonios, espíritus, brujos, etc. El objeto de la posesión puede ser una persona o animal, objetos e incluso lugares como pueblos o casas (poltergeist).[4]

El asunto de los exorcismos es uno de los temas favoritos en el cine del terror, tan popular en los últimos años gracias a películas como ‘El exorcista’, una de las más populares en su género, y que sigue siendo referencia para cantidad de producciones que en el cine tratan el asunto de la posesión. Sin embargo, pocos se han preocupado de revisar lo que la fe cristiana enseña en las páginas de la Biblia sobre los demonios y las posesiones. Quizá sea porque las Escrituras muestran a los demonios actuando, pero la reacción de Jesús y de los primeros creyentes está muy lejos de la parafernalia, rituales, o el uso objetos con un supuesto poder para hacer salir a un demonio de la persona poseída.

La obra de los demonios en las personas no es una explicación temporal que la Biblia dé a las enfermedades que, por el desarrollo de la medicina y la ciencia, no se pudieran explicar en la época de los relatos evangélicos. Esto es difícil de aceptar para una persona que no crea en Dios, o en el mundo espiritual, ya que siempre dirá que cualquier manifestación demoníaca es una enfermedad mental y no algo de carácter espiritual. Desde la medicina se apunta que muchos de los casos de posesión se pueden explicar como un trastorno de identidad disociativo o epilepsia. Sin embargo, los pasajes bíblicos hacen distinción entre enfermedad y posesión. No se mezclan.

En Mateo dice que Jesús curaba a endemoniados, epilépticos y paralíticos, haciendo una distinción clara. Lo que es distintivo es la respuesta ante la mención de Cristo. Podemos saber que es un problema espiritual cuando reaccionan violentamente ante este mensaje. Además, una persona poseída no responderá a los tratamientos que le estén dando los médicos. Hollywood y la Iglesia Católica han popularizado la idea de que el exorcismo sólo puede ser realizado por una persona específicamente preparada para ello a través de ciertos rituales. Sin embargo, la forma de enfrentar los demonios en la Biblia es bastante más sencilla y directa. Jesús y los apóstoles sacaban los demonios con unas palabras (Mateo 4:10, 8:16, 8:28-34; Marcos 5:9, 9:25; Lucas 4:35, 8:29, etc.). No hay un ritual. Con una orden la persona queda liberada. Los apóstoles hicieron lo mismo, y lo hacían en el nombre de Jesús. No hay un enfrentamiento, ni discusión, ni reprensión, ni insultar a los espíritus (Judas 8-10).

Debemos romper con toda la parafernalia creada alrededor del exorcismo. En realidad, la palabra ‘exorcismo’ sólo aparece en Hechos 19:13 y se refiere a personas que no eran cristianas que practicaban un exorcismo ambulante. Se trata por tanto de un concepto heredado de otras tradiciones culturales o religiosas que no tienen lugar en la Biblia. En caso de que un cristiano enfrente la circunstancia de estar ante una persona poseída por un demonio no necesita, por tanto, tener un cargo específico, ni siquiera una preparación ritual previa (pues el verdadero cristiano se prepara y vive preparado espiritualmente cada día, no sólo ante una ‘emergencia’ de este tipo). Se nos llama a que, como discípulos, podamos ejercer ese poder de echar demonios en el nombre de Jesús, porque no somos nosotros quienes tenemos poderes, es el Espíritu de Dios.

El siervo de Dios actúa en el nombre de Jesús para expulsarlo. El único requisito que presenta la Biblia es tener fe. Jesús recriminó a sus discípulos en un momento que no fueron capaces de sacar un demonio porque no tuvieron fe. Se requiere fe para que uno pueda expulsar a un demonio de otra persona. Si bien es cierto que el catolicismo trata el asunto de las posesiones y el exorcismo por medio de rituales con crucifijos, estampas, agua bendita, velas, conjuraciones y rosarios, nada de esto tiene poder contra el diablo, según la Escritura. Los evangélicos debemos evitar caer en el mismo engaño. Debemos dejar de lado la fe en el uso de objetos, aceite, sal, imposición de biblias sobre el endemoniado, recitación mística de ciertos salmos, latigazos, golpes o cualquier otro ritual absurdo y antibíblico. No somos ‘brujos blancos’ ni médiums cristianos, sino representantes autorizados de Jesucristo. Y Jesucristo y los apóstoles se enfrentaban con demonios, pero no recurrieron a ninguna fórmula mágica para dominarlos.

​​ ¿PUEDE UN CRISTIANO VERDADERO SER POSEÍDO POR UN DEMONIO?

Muchos creyentes rehúsan ejercer su ministerio de liberación por miedo a ser víctimas ellos mismos de la posesión demoníaca en caso de no realizar adecuadamente el ‘exorcismo’. Muchos cristianos incluso afirman haber oído de creyentes víctimas de la posesión demoníaca. ¿Es esto posible? ¿Pueden los cristianos verdaderos ser poseídos por demonios? Para responder adecuadamente a dichas preguntas, es necesario aclarar ciertos conceptos: Estar poseído no es lo mismo que ser tentado, influenciado o incluso atacado por demonios. Satanás y los demonios tientan a los cristianos, e incluso pueden poner pensamientos pecaminosos en ellos, tal como sucedió en el caso de David con el censo (1 Crónicas 21:1), y Pedro, cuando le insistió a Cristo que no fuera a Jerusalén (Mateo 16:23). La Biblia también atestigua que los demonios pueden producir enfermedades y desgracias, siempre bajo el permiso divino. Tal fue el caso de Job, y también ocurrió con Pablo con el aguijón en su carne, a quien identificó como “un mensajero de Satanás” (2 Corintios 12:7). En Lucas 13:11 se nos habla de una mujer que durante dieciocho años había tenido una enfermedad causada por un espíritu; estaba encorvada, y de ninguna manera se podía enderezar. Y el mismo Cristo dice en Lucas 13:16 que esta mujer era una “hija de Abraham”, a la que Satanás había tenido atada durante dieciocho largos años. Podemos concluir, entonces que los demonios pueden afectar a los cristianos, ya sea produciendo enfermedades o desgracias, o produciendo tentaciones y pensamientos pecaminosos.

Ahora bien, esto es diferente a una posesión demoníaca. Si con poseído por un demonio se quiere decir que la voluntad de la persona está completamente dominada por un demonio, al punto que la persona no tiene poder para escoger el bien y obedecer a Dios, la respuesta sería con certeza que no, porque la Biblia garantiza que el pecado no tendrá dominio sobre nosotros puesto que hemos sido resucitados con Cristo (Romanos 6:4-11, 14, 18, 22). De igual manera las doctrinas bíblicas de la regeneración y de la presencia permanente del Espíritu Santo en la vida del creyente imposibilitan por completo la posesión demoníaca de un cristiano verdadero (1 Pedro 1:22; 1 Corintios 3:16). Por eso, cuando oímos de supuestos casos de creyentes que se dice que están poseídos, debemos preguntarnos: ¿Estaban verdaderamente regeneradas las víctimas? ¿Eran cristianos genuinos? y en caso de serlo ¿Estaban realmente poseídas? Si realmente estaban poseídas, puede ser que se trate de personas que realmente no han sido regeneradas, es decir, no han nacido de nuevo, aunque tal vez hayan asistido a la iglesia por años. Si las personas afectadas son cristianos verdaderos, es seguro que no están poseídos realmente, sino que están sufriendo algún tipo de dolencia que los llevó a algún comportamiento extraño.

Podemos asegurar, por la evidencia revelada en la Biblia, que un verdadero cristiano no puede ser poseído por los demonios, aunque sí puede ser tentado y atacado por los mismos, siempre bajo el permiso de Dios. Es incompatible que un cristiano esté habitado por el Espíritu Santo y a la vez esté habitado por Satanás. Ahora bien, debido a que sí seremos atacados, la Escritura claramente revela la forma de lidiar con dichos ataques: resistir con firmeza (Efesios 6:10-18). No tengas temor de ejercer tu ministerio, recuerda tu posición en Cristo. Si Satanás te ataca con duda y temor al enfrentarte con una persona poseída, y temes que eso mismo pueda ocurrirte a ti, recuerda: La doctrina bíblica enseña que Cristo ha vencido a Satanás y a los demonios, por lo que un creyente no puede ser poseído. Cuando somos salvos por la obra de Cristo, somos librados de la potestad de las tinieblas (Colosenses 1:13-14). Somos atacados por el diablo, pero tenemos seguridad en Cristo (Romanos 8:37). El maligno no puede tocar a un hijo de Dios (1 Juan 5:18), porque no puede deshacer su obra. El Señor nos protege con su fidelidad (2 Tesalonicenses 3:3). La mejor protección que podemos tener ante el diablo es, como dice Santiago 4:7 someternos a Dios, resistir al diablo, y este huirá. Teniendo firmeza en Cristo, los demonios huyen.

Tener a Cristo en la vida es lo principal para protegerse. Aunque hay poder en Satanás y en los demonios, la Biblia afirma que el poder de Cristo es mucho mayor. Por ello quien quiera ser libre de toda amenaza espiritual debe confiar en la obra de Jesucristo, que da la victoria frente al mal. Ya que Jesús ‘despojando a los principados y las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz’ (Colosenses 2:15). ¡No tengas miedo!, pero no por la fuerza de un ritual, sino por la obra de Cristo Jesús, que ha vencido en la cruz.

​​¿CUÁLES SON LOS SÍNTOMAS EVIDENTES DE UNA POSESIÓN DEMONÍACA?

La Biblia da varios ejemplos de personas que fueron poseídas o influenciadas por demonios. De estos relatos, podemos conocer algunos síntomas de influencia demoníaca, así como adquirir conocimiento de cómo un demonio posee a alguien. Estos son algunos pasajes bíblicos: Mateo 9:32-33; 12:22; 17:18; Marcos 5:1-20; 7:26-30; Lucas 4:33-36; Lucas 22:3; Hechos 16:16-18.

En algunos de estos pasajes, la posesión demoníaca causaba problemas físicos, tales como inhabilidad para hablar, síntomas de epilepsia, ceguera, etc. En otros casos causaba que el individuo actuara con maldad; Judas sería el mejor ejemplo. En Hechos 16:16-18, un espíritu aparentemente daba a la joven esclava la habilidad de saber cosas más allá de su propio entendimiento. En el caso del endemoniado gadareno que estaba poseído por una multitud de demonios, tenía una fuerza sobrehumana, andaba desnudo y vivía entre los sepulcros. Dios permitió que el rey Saúl, después de haberse rebelado contra Él, fuera atormentado por un espíritu maligno (1 Samuel 16:14-15: 18:10-11; 19:9-10) con el efecto aparente de un estado de ánimo depresivo y un creciente deseo y disposición de matar a David. Por consiguiente, hay una amplia variedad de posibles síntomas de una posesión demoníaca, tales como un deterioro físico que no pueda ser atribuido a la presencia de un problema psicológico, cambios de personalidad tales como una fuerte depresión o una inusual agresividad, fuerza sobrenatural, una indiferencia por el pudor o una interacción social “normal”, y quizá la habilidad de compartir información de la que no hay manera natural de conocer.

Es importante notar que casi todas, si no todas estas características, pueden tener otras explicaciones, así que es importante no etiquetar a cada persona deprimida, o individuo epiléptico como poseídos por demonios. Por otro lado, pienso que, en nuestra cultura occidental, probablemente no tomamos muy en serio la actividad satánica en las vidas de la gente. Adicionalmente a estas características físicas o emocionales, uno también puede ver actitudes espirituales que muestran influencia demoníaca. Estas pueden incluir una resistencia a perdonar (2 Corintios 2:10-11) y la creencia y propagación de falsa doctrina, especialmente concerniente a Jesucristo y Su obra redentora (2 Corintios 11:3-4, 13-15; 1 Timoteo 4:1-5; 1 Juan 4:1-3).

​​¿CÓMO PUEDE ALGUIEN LLEGAR A ESTAR POSEÍDO POR UN DEMONIO?

No se nos dice exactamente cómo se expone uno mismo a ser poseído. Si el caso de Judas es representativo, él abrió su corazón al mal, en su caso por su avaricia (Juan 12:6). Así, es posible que, si uno permite que su corazón sea gobernado por algún pecado habitual, esto se convierta en una invitación para que un demonio entre.

Las posesiones demoníacas también parecen estar relacionadas con la adoración de ídolos paganos y la posesión de objetos del ocultismo. La Escritura repetidamente relaciona la adoración de ídolos con la adoración a los mismos demonios (Levíticos 17:7; Deuteronomio 32:17; Salmo 106:37; 1 Corintios 10:20), así que no sería sorprendente que el involucrarse con esas religiones y prácticas asociadas con esos cultos pueda conducir a la posesión demoníaca. Mucha gente abre sus vidas a la invasión demoníaca, al abrazar algún pecado o a través de involucrarse en una secta (ya sea consciente o inconscientemente). Los ejemplos pueden incluir inmoralidad; abuso de drogas y alcohol, al alterar éstos el estado de conciencia; rebelión; amargura; meditación trascendental; yoga; el movimiento de la Nueva Era, etc.

No obstante, hay algo que no debe ser olvidado. Satanás y sus huestes del mal no pueden hacer nada a nadie, a menos que tengan el permiso de Dios (Job 1, 2). Algunas personas desarrollan una insana fascinación por el ocultismo y la actividad demoníaca. Esto es poco inteligente y antibíblico. Si nosotros seguimos a Dios con nuestras vidas; nos vestimos con Su armadura y dependemos de Su fuerza, no la nuestra (Efesios 6:10-18), no tenemos nada que temer de las fuerzas del mal, porque ¡Dios gobierna sobre todas ellas!

​​ ¿ES CORRECTO DIALOGAR CON LOS DEMONIOS, PREGUNTARLES SU NOMBRE O PERMITIRLES EXHIBIR SU PODER?

Con los demonios, que hablan a través de los endemoniados, no se dialoga: ¡Se los expulsa! Lamentablemente, algunos ‘exorcistas’ se han vuelto enfermizamente adictos a mantener pláticas con los demonios, entrevistarlos, exigirles que digan su nombre y hacerles preguntas ¡Hasta teológicas! Sin embargo, eso es una pérdida de tiempo, porque los demonios mienten y nada dicho por ellos es digno de confianza o credibilidad alguna (Juan 8:44).

La práctica de preguntar el nombre a los demonios y dialogar con ellos proviene, no de la Biblia o del ejemplo de Jesús, sino del Ritual de Exorcismo Católico, en el cual se considera que dar el nombre a algo o tener el nombre significa tener poder sobre ese algo. Basan tal suposición en el hecho de que Dios le dio a Adán el poder de dar un nombre a las cosas. Por ende, en la concepción supersticiosa del catolicismo, en el momento en que el demonio revela su nombre, demuestra que está debilitado. Si no lo dice, es aún fuerte. Sin embargo, tal idea no cuenta con respaldo bíblico.

Jesús no hablaba con los demonios, sólo los echaba fuera. Mientras enseñaba en una sinagoga en Capernaum, Jesús fue interrumpido por un hombre poseído por un demonio. Jesús le ordenó al espíritu que se callara y que saliera del hombre, no se detuvo a dialogar con él o averiguar su nombre, mucho menos le permitió hacer una exhibición de poder o ‘robarse el show’ y amedrentar a los asistentes ¡Simplemente lo expulsó! El hombre convulsionó, y con un tremendo grito el espíritu inmundo salió (Marcos 1:21-28; Lucas 4:31-37). ¡No permitamos que el diablo se exhiba! ¡No nos prestemos al juego del diablo! ¡No gastemos nuestro tiempo inútilmente conversando con el demonio! Dios nos ha mandado a liberar a los cautivos con el poder del Espíritu Santo, no a socializar con el enemigo.

¿PUEDE EL DIABLO EXPONER PÚBLICAMENTE LOS PECADOS NO CONFESADOS DE AQUÉL QUE BUSCA ECHARLE FUERA?

Definitivamente sí. La autoridad espiritual únicamente puede ser ejercida por aquéllos que viven vidas moralmente limpias (2 Timoteo 2:19), han sido justificados por la fe en Cristo (Romanos 5:1) y han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero (Hebreos 9:12-14), venciendo de esta forma a Satanás (Apocalipsis 12:11). Sin embargo, al ejercer el ministerio de liberación encomendado por Cristo a su iglesia, muchos han tropezado en el área de la santidad personal. Si bien es cierto todos pecamos, y ofendemos a Dios y al prójimo en algún momento (Santiago 3:2; 1 Juan 1:10), el pecado repetitivo y habitual no puede ser parte de la vida de un creyente verdadero (1 Juan 3:9).

Para su vergüenza, muchos creyentes han sido confrontados por algún espíritu inmundo al pretender echarlo fuera sin estar en comunión genuina con Dios. Esto mismo lo comprobaron los hijos de Esceva (Hechos 19:11-20). Muchos creyentes que viven en pecado habitual han sido expuestos públicamente por el diablo, hablando a través del poseído. Por eso, antes de pretender enfrentarnos con el diablo, debemos tener en mente que todo pecado personal debe haber sido resuelto previamente (1 Juan 2:1-2), así evitaremos ser avergonzados en público. De esta manera, el diablo no tendrá de qué acusarnos y, si lo hiciera, ya que esa es su función (Apocalipsis 12:11) podemos reafirmar nuestra posición en Cristo (Romanos 8:1) y recordarle que es él, y no nosotros, quien está condenado (Apocalipsis 20:10).

 CONCLUSIÓN.

Los cristianos no pueden ser poseídos por demonios. Hay una clara diferencia entre ser poseído por un demonio y ser oprimido o influenciado por un demonio. La posesión demoníaca involucra un demonio que tiene el control directo y completo sobre los pensamientos y o acciones de una persona (Mateo 17:14-18, Lucas 4:33-35; 8:27-33). La opresión (o influencia) demoníaca implica un demonio o demonios atacando espiritualmente a una persona o incentivándole hacia un comportamiento pecaminoso.

El creyente en Cristo no puede vivir atemorizado ante el diablo y su accionar en el mundo. La clave de la victoria en la vida cristiana es estar llenos (controlados y empoderados) con el Espíritu Santo a cada instante (Efesios 5:18). Los demonios son una realidad, pero el poder de Cristo en nosotros es aún mayor. A la iglesia se le ha confiado el ministerio de la liberación:

“En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:17-18).

 “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.” (Lucas 10:19).

 “Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.” (Mateo 10:7-8)

REFERENCIAS:

[1] Ramos, Marcos Antonio. Nuevo Diccionario de Religiones, Denominaciones y Sectas, Editorial Caribe, 1998. Pp. 115.

[2] Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, Editorial Caribe, 1998. Pp. 335-337.

[3] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2014). «exorcismo». Diccionario de la lengua española (23.ª edición).

[4] Vergilius Ferm, ed. (1945). «Exorcismo». An Encyclopedia of Religion. New York: Philosophical Library. p. 268.

Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

¿Risa Santa? ¿Borrachera espiritual?

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El pueblo cristiano suele ser esporádicamente invadido por corrientes extrañas que de repente aparecen en el panorama y producen mucha confusión y caos. Esto cada vez es más común porque hoy, como nunca, la iglesia cristiana se halla en su nivel más bajo de discernimiento espiritual. Como parte de una tendencia generalizada de nuestra cultura postmoderna, muchas iglesias hoy en día manifiestan también un interés por el espiritualismo místico. No el espiritualismo como la búsqueda de una calidad de vida espiritual piadosa, un mayor compromiso con el evangelio o una mayor profundidad en el conocimiento de Dios, sino una sed por toda clase de experiencias sobrenaturales, aunque las mismas carezcan de un fundamento bíblico sano.[1] El fenómeno de la risa santa y la borrachera espiritual caen dentro de esta categoría.

En algunas iglesias dentro del movimiento pentecostal se emplea el término “risa santa” para referirse a un fenómeno durante el cual una persona se ríe incontrolablemente, presumiblemente como resultado de ser llenado del gozo del Espíritu Santo. Algunas de sus manifestaciones incluyen los trances de risa y carcajadas que duran desde varios minutos hasta horas, rugidos e imitaciones de distintos tipos de animales. Las personas supuestamente golpeadas por el Espíritu se comportan como si estuvieran completamente ebrias. Dichas experiencias pueden ocurrir espontáneamente durante el culto, al final de este, y especialmente cuando algún líder involucrado en este fenómeno impone las manos o clama pidiendo que esto suceda. Sus promotores dicen que de esa forma se reciben grandes bendiciones espirituales, se le atribuye en ocasiones poder curativo y hasta salvador.[2]

La risa casi siempre está acompañada con efectos muy parecidos a los que produce una borrachera común. Se puede observar a personas que casi no pueden caminar en línea recta. Incluso a algunos hay que cargarlos para sostenerlos mientras están con los ojos entrecerrados y la cabeza colgando semiinconscientes. Actuando exactamente como borrachos, hay quienes pierden todo tipo de inhibición y cometen actos vergonzosos y ridículos. Lo extraño de todo, es que en estas reuniones no se sirve alcohol, ni se utiliza ningún tipo de droga, sino que la experiencia está a disposición de cualquier persona, sólo con el toque de los pastores-gurús o a la simple indicación de su voz.[3]

Las manifestaciones no se limitan sólo a esto, hay otros que se revuelcan por el suelo sin control de ninguna clase. Es un estado alterado de la conciencia tan profundo, que están bien documentados casos de personas que además ladran como perros, rugen como leones, bufan, intentan volar como aves y hacen todo tipo de ruidos extraños. No son raros incluso quienes emiten gruñidos característicos de los cerdos o que cacareen como gallinas. Los promotores del movimiento dicen que todo «¡Es Divino! ¡Es un nuevo pentecostés venido del cielo! ¡Es la visitación esperada de parte de Dios!»[4]

¿DE DÓNDE SURGIÓ ESTA PRÁCTICA?

El Avivamiento de la Risa, también conocido como “Risa Santa, Borrachera Espiritual o Bendición de Toronto”, es un movimiento supuestamente espiritual que se ha extendido en los últimos años en muchas iglesias y denominaciones. La Bendición de Toronto se refiere a la supuesta efusión del Espíritu Santo en las personas que asistían a la Iglesia de la Comunión Cristiana del Aeropuerto de Toronto, que en esa época era la Vineyard Church del Aeropuerto de Toronto. El 20 de enero de 1994, un pastor Pentecostal llamado Randy Clark habló en la iglesia y dio su testimonio de cómo él se emborrachaba en el Espíritu y se reía incontrolablemente. Y, en respuesta a este testimonio, la congregación estalló en un pandemonio con gente riéndose, gruñendo, bailando, temblando, ladrando como perros e incluso algunos estancados en posiciones de parálisis. Estas experiencias fueron atribuidas al Espíritu Santo entrando en los cuerpos de la gente. El pastor de la iglesia, John Arnott, se refirió a esto como una gran fiesta del Espíritu Santo. El apodo ‘Bendición de Toronto’ fue dado, y la iglesia pronto ganó atención internacional.[5]

Cabe mencionar que Randy Clark había sido previamente influenciado por Rodney Howard-Browne, mejor conocido como el “Bar tender” del Espíritu Santo, por afirmar que él servía el “vino nuevo” de este supuesto avivamiento. Howard-Browne, oriundo de Port Elizabeth en Sudáfrica, propagó este movimiento por Canadá, Estados Unidos, Australia, Inglaterra y Nueva Zelanda.[6] Tanto Howard-Browne como Clark (y por ende los modernos defensores de esta práctica) emplean algunos versículos para justificar su extraña práctica, entre ellos:

  • Efesios 5:18 “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu”.
  • Hechos 2:12-13 “Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? 13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.”
  • Hechos 1:8 “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”

Aunque aquellos que han experimentado este fenómeno suelen interpretarlo como un signo de una ‘bendición’ o ‘unción’ del Espíritu Santo y creen firmemente que la Biblia apoya su postura, el estudiante serio de la Biblia reconocerá de inmediato que en ninguno de estos versículos se habla de risa santa o borrachera espiritual. Ni en Pentecostés, ni en ningún otro episodio de la historia sagrada se dice que sucedió tal fenómeno ni tampoco que es un don del Espíritu. La Biblia, por otro lado, nos aclara el propósito de toda manifestación espiritual: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.” (1 Corintios 12:7). En base a lo anterior debemos preguntarnos: ¿Cuál es el provecho de tirarse al piso y revolcarse riendo sin control? Sencillo, ¡Ninguno! Esto nos lleva a cuestionar y analizar a la luz de Palabra la naturaleza de esta extraña manifestación “espiritual”, muy común en algunas iglesias pentecostales.

¿QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE LA RISA?

La Biblia aborda el tema de la risa en varias ocasiones. A menudo se utiliza para describir una respuesta burlona o despectiva:

  1. Sara se rio cuando Dios les dijo que podrían tener a un hijo en su vejez (Génesis 18:12-15).
  2. Algunos versos lo usan como un signo de burla (Salmo 59:8; Salmo 80:6; Proverbios 1:26).
  3. Salomón, hizo las siguientes observaciones referentes a la risa: en Eclesiastés 2:2, “A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto?” Luego él dice en Eclesiastés 7:3, “Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón.” En Proverbios 14:13 también nos muestra otro aspecto de la risa: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón; Y el término de la alegría es congoja.”

Bíblicamente, la risa es vista como una experiencia subjetiva. Una expresión de nuestros sentimientos y emociones. Y aunque los sentimientos no son malos, más a menudo están alineados con nuestra naturaleza pecaminosa. Esto convierte a la risa en un parámetro poco fiable para medir la autenticidad de una manifestación espiritual, pues: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Sin embargo, el argumento más convincente de las Escrituras contra lo que se llama la ‘risa santa’ se encuentra en Gálatas 5:22-23. Dice, “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Si el autocontrol es un fruto del Espíritu de Dios, ¿cómo puede la incontrolable risa ser también fruto de Su Espíritu? Algo aquí no tiene sentido.

Los creyentes en esta extraña práctica afirman que el Espíritu es libre para actuar sobre ellos según Sus caprichos. Pero la idea de que Dios haría que la gente actuara como borrachos o reírse incontrolablemente o hacer ruidos de animales como resultado de la unción del Espíritu se opone directamente a la forma que actúa el Espíritu según Gálatas 5:22-23. El Espíritu que se describe en Gálatas 5 es uno que promueve el autocontrol dentro de nosotros, no lo contrario. Finalmente, no había nadie en la Biblia más llena del Espíritu Santo que Jesús, y ni una vez la Biblia le registra riendo de forma descontrolada.

En contraposición al fenómeno descontrolado de la risa santa, Pablo enseñó:

“los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos”. (1 Corintios 14:32-33).

¿BORRACHERA ESPIRITUAL?

Como ya se mencionó, el fenómeno de la risa sana raras veces viene solo. Para empeorar las cosas, los grupos pentecostales que defienden el origen divino de esta extraña práctica suelen asociarla en algunas ocasiones con otro fenómeno semejante: la borrachera espiritual. En algunas iglesias pentecostales-carismáticas suelen presenciarse escenas bulliciosas, efusivas, caóticas y de gran expansividad. Los creyentes, dominados por el fenómeno denominado “borrachera espiritual”, lucen aturdidos, tambaleando, cayendo, alegres y riendo. A menudo definen dicha experiencia extática como una “intoxicación espiritual.” Durante dicho trance la persona está fuera de su mente, como sería el caso si hubiese consumido vino o drogas; pero en este caso dicha experiencia es atribuida al influjo del Espíritu Santo. Basan tal afirmación en Efesios 5:18-19, en donde Pablo exhorta:

“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones”.

 Sin embargo, si observamos cuidadosamente, el mismo versículo que algunos grupos pentecostales emplean para defender la práctica de la “borrachera espiritual” y la “risa santa”, se opone por completo a dichas prácticas. Efesios 5:18-19 nos manda a ser llenos. La borrachera espiritual no existe. La borrachera es pasajera y al final no deja nada bueno, pero nuestra llenura en el Espíritu no es pasajera, sino que al pasar de los días sigue actuando positivamente en nosotros. Cuando nos embriagamos nos confundimos, nuestros sentidos se aturden y nuestro Dios “no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos” (1 Corintios 14:33). El Espíritu Santo jamás nos hará perder nuestro buen juicio. La experiencia o manifestación del Espíritu Santo es con un orden porque Dios es ordenado. Se experimenta además con todos nuestros sentidos bien puestos.

Además, la obra de Dios y las cosas de Dios jamás pueden ser comparadas con términos que describen algo inmoral. Embriagarse es perder las facultades, más Dios nos da de su Espíritu, jamás para quitarnos facultades, sino para obrar a favor de nosotros. 1 Corintios 6:10 nos dice que “ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” La palabra de Dios nos dice claramente que los borrachos no heredarán el Reino de Dios. Entonces ¿Cómo es posible que el Espíritu Santo nos embriague cuando la embriaguez es algo que a Dios no le agrada?

La unción de Dios, la manifestación del Espíritu Santo en nosotros, es algo que el Señor hace en orden, deleitándonos de ella con todas nuestras facultades. Es algo santo. Dudo que Dios provocara que una iglesia se viera como un bar, donde todos están embriagados.

UN LLAMADO AL ORDEN.

A la luz de estas cosas, es provechoso estudiar la amonestación de Pablo en 1 Corintios 14, donde el apóstol brinda ciertas indicaciones sobre el ejercicio del don de lenguas.

 “Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con revelación, o con ciencia, o con profecía, o con doctrina?” (1 Corintios 14:6)

¡Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire.” (1 Corintios 14:8-9)

“¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación. Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios.” (1 Corintios 14:26-28)

“…pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos.” (1 Corintios 14:33)

En los días de Pablo, mucha gente en la iglesia de Corinto estaba hablando en lenguas que eran irreconocibles a los demás y, por lo tanto, Pablo dice que eran inútiles en la iglesia porque el orador no podía edificar a otros con su discurso. Lo mismo podría aplicarse a la risa santa. “¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación.” Otra vez, dice: “Hágase todo para edificación.” Pablo termina su argumento diciendo, “Dios no es Dios de confusión, sino de paz,” de modo que resulta claro que no quiere que el ambiente dentro de la iglesia sea uno de confusión y falta de significado, sino de conocimiento y edificación. Resulta evidente, por lo que Pablo está diciendo, que lo que se llama la ‘risa santa’ y más aún la “borrachera espiritual” caerían bajo la categoría de lo que es ‘no edificante’ al cuerpo de Cristo y por lo tanto debe evitarse. Es aconsejable, por lo tanto, no mirar a la “risa santa” y mucho menos a la “borrachera espiritual” como un medio de acercarnos a Dios o como un medio de experimentar Su Espíritu.

CONCLUSIÓN.

El mundo actual experimenta un ataque de apostasía sin precedentes y algunas iglesias pentecostales podrían ser parte de las iglesias que no soportarán el vendaval de esa apostasía ¿La razón? Muchos creyentes son perezosos para estudiar la Biblia y son susceptibles a las emociones y a las modas espirituales.

Cuando la denominada ‘Bendición de Toronto’ se evalúa a la luz de las Escrituras, puede apenas ser llamada una bendición; abominación, tal vez, pero no una bendición. En ninguna parte de las Escrituras puede uno encontrar algún precedente para lo que estaba sucediendo en la Iglesia del Aeropuerto de Toronto, excepto, quizás, las condiciones físicas sufridas por gente endemoniadas. De hecho, la Iglesia del Aeropuerto de Toronto así se embrolló tanto en arrebatos emocionales y psicológicos que el Pastor Arnott cesó de predicar la salvación y en su lugar predicó sobre la fiesta del Espíritu Santo. El pastor Arnott les concedió a estas experiencias mayor autoridad que a las Escrituras, llegando a horribles excesos y aberraciones.[7] Esto fue demasiado incluso para The Association of Vineyard Churches, también conocida como Vineyard Movement (Movimiento del Viñedo), la denominación neopentecostal a la cual pertenecía Arnott, al punto que cortó los lazos con la Iglesia del Aeropuerto de Toronto en 1995, lo que provocó el cambio de nombre a la Iglesia de la Comunión Cristiana del Aeropuerto de Toronto.[8]

El enfoque de un creyente debe ser Jesucristo, el “autor y consumador de nuestra fe” (Hebreos 12:2), no en uno mismo, sus experiencias o supuestas manifestaciones del Espíritu Santo. La Bendición de Toronto se centra en la última, en detrimento de la fe bíblica. Los creyentes pueden gozarse, danzar, cantar, y aun gritar al Señor. Sin embargo, cuando un servicio de adoración se asemeja al sueño de un demente esquizofrénico y la confusión se atribuye a la obra del Espíritu Santo, solamente una palabra viene a la mente: ¡Herejía!

REFERENCIAS:

[1] Poloma, Margaret. Inspecting the fruit: A 1997 sociological assessment of the blessing. The Journal of the Society for Pentecostal Studies, 1998

[2] Burgess, Stanley. The New International Dictionary of Pentecostal and Charismatic Movements. Zondervan, 2002

[3] Maxwell, Joe. Laughter Draws Toronto Charismatic Crowds. Christianity Today, October 24, 1994

[4] Ostling, Richard. Laughing for the Lord: Revivalist fervor has invaded the Church of England. Time Magazine, 1994, p.38

[5] Bowker, John. Toronto Blessing. The Concise Oxford Dictionary of World Religions, 1997.

[6] Roberts, Dave. The Toronto Blessing. Kingsway Publications, 1994.

[7] Oropeza, B. J. A Time to Laugh: The Holy Laughter Phenomenon Examined (Peabody: Hendrickson, 1995).

[8] Poloma, Margaret. Inspecting the fruit: A 1997 sociological assessment of the blessing. The Journal of the Society for Pentecostal Studies, 1998

Distintivos del Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Distintivos de un verdadero pentecostal.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Cuáles son las características o distintivos de ser pentecostal? ¿Qué nos marca como movimiento del Espíritu Santo? Ser pentecostal significa modelar una la vida conforme al día de Pentecostés que nos narra el capítulo dos de los Hechos. La experiencia pentecostal necesariamente implica la recepción del bautismo en el Espíritu y la experiencia de sus dones (Hechos 2:1-13), lo cual implica también comunión y dependencia del Espíritu Santo, la proclamación fiel de la Palabra de Dios (Hechos 2:14-41), el entendimiento de nuestro llamado y la vivencia del evangelio en una comunidad transformada (Hechos 2:42-47). Todos estos aspectos son indispensables para una auténtica pentecostalidad.

EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO.

El bautismo en el Espíritu Santo y el hablar en lenguas como la evidencia física inicial era y sigue siendo la base tanto de la vida cristiana como del ministerio pentecostal. El bautismo en el Espíritu Santo no es simplemente resultado de la búsqueda de una experiencia, sino que es el principio de una vida y un ministerio empoderado. En el libro de Hechos, el escritor Lucas establece la correlación entre el derramamiento del Espíritu Santo y el poder para testificar. Las últimas palabras de Jesús en la tierra incluían las de Hechos 1:8, “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Luego en Hechos 4:31, se cuenta, “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios”. La Nueva Traducción Viviente traduce la última frase, “predicaban con valentía la palabra de Dios”.

Las tres partes del patrón de Hechos 1:8 y de 4:31 siguen igual para hoy:

  1. Buscar (orar, esperar)
  2. Recibir (bautismo, llenura del Espíritu Santo)
  3. Predicar (testificar, ministrar) con poder (valentía)

El creyente pentecostal de hoy puede y debe esperar la misma experiencia, y no en una sola ocasión. El Apóstol Pablo nos anima en Efesios 5:18, “Sed llenos del Espíritu” como un estado continuo y constante. Lamentablemente, se ha observado una tendencia peligrosa en las últimas décadas. La cifra básica que nos define como pentecostales, el porcentaje de creyentes bautizados en el Espíritu Santo ha bajado cada década. Es urgente cambiar esta peligrosa tendencia. Aquellos que nos hacemos llamar pentecostales en el siglo XXI debemos buscar y recibir la llenura del Espíritu y ministrar en su poder.

COMUNIÓN CON EL ESPÍRITU SANTO Y DEPENDENCIA DE ÉL

Los pentecostales creemos en el sacerdocio del creyente que afirma que no se necesita un sacerdote humano para buscar el perdón o hablar con Dios. Tenemos un Gran Sacerdote que siempre intercede por nosotros. Además, por la obra salvífica de Jesucristo, se rompió la cortina y ahora tenemos pleno acceso al Lugar Santísimo, a nuestro Padre Celestial. Así, cada creyente tiene la oportunidad y responsabilidad de aprender a acercarse a Dios para escucharlo, obedecer y depender del Espíritu Santo. Esta espiritualidad no solo está disponible para todos, sino que es lo que Dios espera observar en todo creyente.

El bautismo en el Espíritu Santo le da al pentecostal la alta sensibilidad del obrar de Dios en la vida diaria y ministerio. Ahí entra la práctica de hablar en lenguas, pero ahora en las lenguas privadas. Hay lenguas que operan en contextos públicos que son para la edificación del cuerpo de Cristo. Pero, también hay las lenguas privadas que son para la edificación de la persona. Es un lenguaje celestial para adoración e intercesión. Cuando hablamos en lenguas en nuestra cámara de oración, el Espíritu Santo ayuda al pentecostal a lograr mayor intimidad con Dios. Ya que es el Espíritu que habla por medio de nuestra lengua, nuestro espíritu puede enfocarse en Dios y escuchar su voz.

Es importante recordar que la oración es comunicación de dos vías. En los ricos tiempos de adoración y oración, habrá momentos de silencio para reflexionar y dejar al Espíritu oportunidades para hablarnos, a veces en suaves susurros. El primer deber del creyente es aprender a escuchar la voz del Espíritu Santo, comprometerse a obedecerla sin condición y desarrollar la dependencia absoluta de Él. Nuestra formación pentecostal tiene base, desde el principio, en la creencia en el bautismo en el Espíritu Santo y en el llamado universal del creyente al servicio. El Espíritu Santo le da a todo creyente poder y dones para servir y ministrar.

ROL IMPRESCINDIBLE DEL ESPÍRITU SANTO EN LA VIDA Y EL MINISTERIO DEL CREYENTE

Además, por la obra del Espíritu Santo, “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). El Espíritu Santo mora en nosotros y Él comienza a sembrar y cosechar su fruto en nuestras vidas: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22-23). Además, Él nos bendice con dones espirituales que nos habilitan para servirle a Él, a su cuerpo y un mundo desesperado sin Él.

A veces, tomamos como común el desarrollo del fruto del Espíritu Santo, o peor error, como producto automático de ser pentecostales. Sin embargo, cultivar el fruto del Espíritu Santo es resultado de la misma relación íntima con Jesús – más de Él y menos de mí. Y esa experiencia es la base de una relación íntima con el Espíritu Santo. A través de la llenura del Espíritu Santo recibimos poder para ser testigos de Jesucristo. Además, cuando practicamos estar en la presencia del Espíritu Santo, la sensibilidad se aumenta, no solamente de su presencia, sino también de la operación de los dones que Él nos imparte para servir la diversidad de ministerios. 1 Pedro 4:10 dice, “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”. La NTV dice, “Dios, de su gran variedad de dones espirituales, le ha dado un don a cada uno de ustedes”.

El creyente pentecostal aprende como depender del Espíritu, y no de su propio talento o conocimiento, y como ministrar en el poder del Espíritu. La iglesia pentecostal reconoce y aprecia la diversidad del ministerio e igualmente de los dones espirituales.

LLAMADO INDIVIDUAL UNIVERSAL AL SERVICIO

Otro distintivo pentecostal desde el principio ha sido la creencia que Dios ha llamado a todo creyente servirle a Él. No existía ninguna brecha entre ministro y laico en el principio. En la iglesia verdaderamente pentecostal, la brecha debe ser mínima. Sí, la iglesia aprueba y aparta a algunos como ministros aprobados y acreditados. Sin embargo, lo hace en pleno reconocimiento que todo creyente tiene ministerio y ha recibido dones para habilitar su ministerio. Así, los pentecostales afirmamos que el Espíritu sigue llamando y potenciando a todo creyente participar en el gran plan de Dios para alcanzar el mundo para Cristo.

CONOCIMIENTO Y COMPROMISO CON LA SANA DOCTRINA BÍBLICA Y PENTECOSTAL

Un verdadero pentecostal debe poner énfasis en el conocimiento y compromiso con la sana doctrina bíblica y pentecostal. El apóstol Pablo instruyó a Timoteo en 2 Timoteo 2:15, “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. La NTV dice, “Esfuérzate para poder presentarte delante de Dios y recibir su aprobación. Sé un buen obrero, alguien que no tiene de qué avergonzarse y que explica correctamente la palabra de verdad”.

La gran meta es presentarnos a Dios de tal manera que recibimos su aprobación. El versículo sugiere que requerirá esfuerzo y diligencia personal, alto conocimiento y uso recto de la Palabra de Dios, y compromiso con obedecerla y vivirla. El conocimiento y compromiso con la sana doctrina bíblica y pentecostal son resultado de cumplir con el consejo de 2 Timoteo 2:15. Seamos obreros aprobados, con conocimiento y compromiso con la sana doctrina bíblica y pentecostal.

CONCLUSIÓN

Conocimiento bíblico y fervor espiritual deben caracterizar nuestra fe pentecostal. No es el uno sin el otro. Conocimiento sin fervor omite la dinámica del Espíritu que activa y aplica el conocimiento. Fervor sin conocimiento deja al obrero no aprobado, avergonzado porque no maneja bien la Palabra de Dios. Conocimiento y fervor juntos, en equilibrio pone al obrero en el lugar más seguro donde el Señor lo puede usar. Es nuestro distintivo de ser pentecostal – bautizado, empoderado, conectado, llamado, involucrado y comprometido. ¡Eso es ser pentecostal!

Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Pentecostales ¡Ya basta de jugar con lo sagrado!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Desde mi radical conversión a Cristo siempre he sido un pentecostal amante de la Biblia, perseguidor de la santidad y buscador de Dios. Esa fue la manera en que me enseñaron mis líderes. Y la manera que ahora, como pastor pentecostal, enseño a otros. Sin embargo, debo admitir que no todos los pentecostales pensamos igual. De todos es bien sabido que el pentecostalismo ha sido a menudo anti-intelectual y no podemos negarlo. Este fue uno de nuestros primeros errores.

Cualquier estudioso de la historia del movimiento pentecostal sabe que el pentecostalismo surgió entre la gente menos educada de la sociedad norteamericana. Pero esto no es ninguna novedad. Los avivamientos religiosos nunca se dieron entre los grandes y eruditos de la cristiandad, sino entre los humildes y muchas veces iletrados entre el pueblo. Fueron los pobres y humildes dentro de la iglesia quienes experimentaron un aspecto de la actividad de Dios menos apreciada entre la élite intelectual. Este ha sido el patrón usado por Dios a través de la historia:

 “Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse.” (1 Corintios 1:25-29, NVI)

A la luz de lo anterior creo que, quizás si los cristianos que se precian de ser más intelectuales se humillaran, ellos podrían aprender algo de la experiencia pentecostal-carismática y ganar más audiencia entre aquellos a los que pueda servir su entrenamiento. Necesitamos la Palabra y el Espíritu juntos, y apagar cualquiera de los dos, ya sea como el pentecostalismo tradicional algunas veces ha hecho o como los intelectuales cesacionistas rígidos de muchas iglesias reformadas hacen ahora, no es útil.

NECESITAMOS VOLVER A LA PALABRA.

Los pentecostales de sana doctrina creemos que la base primaria para nuestra enseñanza es la Escritura. El Señor nos exhorta a fundamentar nuestra fe únicamente en Su Palabra, y no en ningún tipo de experiencia espiritual, visión, sueño, o manifestación sobrenatural:

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad. Irán de un lugar a otro, fatigados y hambrientos. Y porque tienen hambre, se pondrán furiosos y maldecirán a su rey y a su Dios. Levantarán la mirada al cielo y luego la bajarán a la tierra, pero dondequiera que miren habrá problemas, angustia y una oscura desesperación. Serán lanzados a las tinieblas de afuera.” (Isaías 8:20-22, NTV)

A Josué se le exhortó:

“Estudia constantemente este libro de instrucción. Medita en él de día y de noche para asegurarte de obedecer todo lo que allí está escrito. Solamente entonces prosperarás y te irá bien en todo lo que hagas.”  (Josué 1:8, NTV)

Ni la tradición, ni la cultura, ni mucho menos la experiencia subjetiva, como en algunos círculos carismáticos y pentecostales suele ocurrir, puede reemplazar la autoridad de la Palabra. Los pentecostales y carismáticos deberíamos ser, entre los cristianos, los más fieles a las Escrituras. También deberíamos buscar volver a la Biblia mucho más que otros creyentes. Sin embargo, muchos de nosotros estamos familiarizados con círculos pentecostales donde los testimonios y supuestas revelaciones suplantan la enseñanza bíblica más que apoyarla. Esto no debería ser así, ya que una mayor comprensión y exposición más fiel de la Escritura es esencial. Pablo exhorta a Timoteo a no descuidar el don que él recibió a través de la profecía cuando los ancianos impusieron manos sobre él (1 Timoteo 4:14). Pero él también insta a Timoteo a dedicarse a la lectura pública y exposición de la Escritura (1 Timoteo 4:13), porque su enseñanza sería algo de vida o muerte para sus oyentes (1 Timoteo 4:16). Dios nos dio la Biblia como canon, una “vara de medir,” por la cual todas las otras afirmaciones puedan ser evaluadas. Los pentecostales haríamos bien en no olvidarlo.

El pentecostalismo necesita dejar de ver la erudición y el uso del intelecto como enemigos, sabiendo que ambos son regalos de Dios, útiles para alcanzar a las personas para Cristo. Aunque Pablo afirmó que ni su palabra ni su predicación “fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”, también dijo: “Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez” (1 Corintios 2:4-6). Los pentecostales debemos imitar el ejemplo de Pablo, manteniendo el equilibrio entre conocimiento bíblico y experiencia espiritual. No debemos renunciar al Espíritu y sus manifestaciones, pero tampoco a nuestro cerebro, pues la Palabra de Dios exhorta a los creyentes a renovar sus mentes, no a pasarlas por alto: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NVI). Los carismáticos-pentecostales necesitamos hacer un gran énfasis en renovar la mente.

Tristemente, el apego y obediencia a la Palabra ha dejado de ser la norma en muchos círculos carismáticos-pentecostales. Algunos pentecostales parecieran haber renunciado al uso de sus facultades mentales, a un estudio disciplinado y sistemático de la palabra de Dios, a normas adecuadas de hermenéutica y a una exégesis sana del texto bíblico. Hoy en día, algunos grupos que se autodenominan pentecostales promulgan enseñanzas que no pueden más que ser vistas como herejías (Palabra de Fe, Nueva Reforma Apostólica, Evangelio de la Prosperidad, etc.). Esto ha llevado a muchos de nuestros hermanos no pentecostales a cuestionar la validez no solo de nuestra experiencia pentecostal, sino también la ortodoxia de nuestra fe y la seriedad de nuestra teología.

A mis hermanos pentecostales les digo: Es tiempo de usar nuestra cabeza y estudiar teología sistemática, exégesis, hermenéutica, homilética y todas las demás ciencias bíblicas sin perder la esencia de nuestro pentecostalismo. Sin embargo, también hay algo que quiero decirles a nuestros hermanos no pentecostales: Harían bien en no generalizar ni juzgar por igual a todos los pentecostales. No todos los pentecostales somos mentes muertas y es posible encontrar iglesias y creyentes pentecostales con un espíritu crítico basado en la Palabra de Dios. Yo mismo me considero uno de ellos.

NECESITAMOS ABANDONAR LOS EXCESOS.

Los pentecostales frecuentemente somos acusados de ser emocionalistas, poner demasiado énfasis en la experiencia personal, sobre enfatizar los dones menospreciando el fruto del Espíritu, ser desordenados y hasta sincréticos en nuestra adoración y liturgia. Lamentablemente, mucho de esto también es cierto. Aunque nuestros críticos tienden a exagerar extremadamente nuestros defectos, algunos grupos pentecostales tristemente sí calzan con el estereotipo común a nuestro movimiento, pues tienden a hablar incesantemente acerca de los fenómenos espirituales y no mucho acerca de Cristo. Los Evangelios y Hechos, por supuesto, enfatizan las señales, pero estas señales siempre honran a Jesús y buscan llamar la atención hacia Él. La adoración cristiana y la enseñanza deben atraer la atención más que todo hacia Jesús y su muerte por nosotros y su resurrección.

A pesar de las advertencias de muchos líderes, hay círculos donde la gente cultiva particularmente la emoción y las respuestas físicas. Muchos pentecostales parecen reducir al Espíritu de Dios a una fuerza o un sentimiento. Y, aunque las reacciones emocionales o físicas podrían acompañar la obra de Dios, en otras ocasiones podrían ser falsas. Uno debería evaluar el avivamiento por otros criterios bíblicos. El apóstol Juan nos exhortó: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios” (1 Juan 4:1, LBLA).

Lamentablemente, muchos pentecostales y carismáticos hemos lanzado nuestra teología a los fuegos de la experiencia humana y adorado al falso espíritu que resultó de nuestra propia interpretación personal. Esto ha traído más afrenta que gloria al Espíritu Santo que decimos adorar. Aunque la emoción y la celebración son bíblicas, muchos de nosotros hemos sido testigos de abusos a lo largo de los años. Muchas enseñanzas populares en la actualidad sobre la guerra espiritual, el gobierno de la iglesia y así sucesivamente descansan en “revelaciones” extrabíblicas que deben ser examinadas más cuidadosamente. Por lo menos algunas de estas enseñanzas van en contra de la Biblia, y muchas de las otras parecen en el mejor de los casos irrelevantes al ministerio práctico para el reino.

Para empeorar las cosas, muchos predicadores pentecostales han enseñado aberraciones teológicas y litúrgicas como la risa santa, el vómito como señal de liberación, experiencias extáticas, el desmayo sagrado, las danzas convulsivas y otras extravagancias, convirtiéndolas en regla y tratando de reproducir los efectos del Espíritu más que sirviendo y adorando al Señor. Aunque no me atrevo a negar que el Espíritu Santo a veces trabaja de formas que escapan de nuestra comprensión, también debo reconocer que ninguna de estas prácticas es mencionada en la Biblia y, por lo tanto, ninguna de ellas puede ser aceptada como norma o manifestación del Espíritu con total certeza. Desafortunadamente, la experiencia de una generación (o algunas veces sus caprichos) se convierte en la tradición de la siguiente generación y el legalismo de la generación que viene tras ella. Jamás debemos olvidar que no todo legado heredado de nuestros antecesores es útil; es la palabra y el Espíritu lo que necesitamos. El Espíritu y sus manifestaciones jamás van a contradecir lo que dice la Biblia.

Los pentecostales necesitamos despertar y reconocer, sin abandonar nuestro pentecostalismo, que toda manifestación espiritual debe ser probada y ejercitada a la luz de la Biblia. Y, en cuanto a las manifestaciones espirituales, la Biblia nos llama al orden y la decencia:

“¿Qué concluimos, hermanos? Que, cuando se reúnan, cada uno puede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación. Todo esto debe hacerse para la edificación de la iglesia. Si se habla en lenguas, que hablen dos —o cuando mucho tres—, cada uno por turno; y que alguien interprete. Si no hay intérprete, que guarden silencio en la iglesia y cada uno hable para sí mismo y para Dios. En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden, sino de paz… Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que esto que les escribo es mandato del Señor. Si no lo reconoce, tampoco él será reconocido. Así que, hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas. Pero todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden.” (1 Corintios 14:26-39, NVI)

Nótese que Pablo no manda cesar con las manifestaciones espirituales, sino más bien exhorta al orden en el ejercicio legítimo de los mismos: “Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales, sobre todo el de profecía.” (v. 1). Los corintios poseían dones espirituales legítimos, aunque los ejercitaban de forma incorrecta. Esto es, con exactitud, lo que ocurre actualmente con la iglesia pentecostal del siglo XXI. ¿La solución? Ciertamente no es dejar de creer en las manifestaciones espirituales o de negarnos a ejercitar los dones del Espíritu. La solución es hacerlo “de una manera apropiada y con orden” (v. 39).

Por eso, preguntémonos: Si el Señor Jesús o el apóstol Pablo entraran a nuestras iglesias pentecostales hoy ¿Qué encontrarían? ¿Se sentirían cómodos en medio de nosotros o se avergonzarían del trato que le damos al Espíritu Santo y de nuestra liturgia? Necesitamos reevaluar nuestras prácticas o seguiremos dañando la causa de Cristo y trayendo afrenta al Espíritu Santo y sus verdaderas manifestaciones. Es por nuestra falta de orden y decencia en la adoración, así como por las muchas payasadas irreverentes y las doctrinas torcidas que se han infiltrado en algunas iglesias pentecostales-carismáticas, que nuestros hermanos no pentecostales han llegado a considerar nuestro estilo de adoración y nuestra teología como igual, o peor, al fuego extraño ofrecido por Nadab y Abiú, los irreverentes y profanos hijos de Aarón:

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, pusieron carbones encendidos en sus incensarios y encima esparcieron incienso. De esta manera, desobedecieron al Señor al quemar ante él un fuego equivocado, diferente al que él había ordenado. Como consecuencia, un fuego ardiente salió de la presencia del Señor y los consumió por completo, y murieron ahí ante el Señor.” (Levítico 10:1-2, NTV).

 Lo que le pasó a Nadab y Abiú bien podría pasarnos a nosotros también. Es hora de que alguien empiece a hablar claro. Líderes pentecostales valientes y piadosos como David Wilkerson (1931-2011) y B.H. Clendennen (1922-2009) han predicado contra tales inmundicias a lo largo de las últimas décadas. Pero ellos ya no están entre nosotros, se han ido a casa con el Señor. Todo depende de nosotros ahora. El futuro nos espera. Dios nos ha dado una boca. ¡A usarla para su gloria! ¡Es hora de apagar todo el fuego extraño que se hace en el nombre del Señor!

 INTRODUCCIÓN.

Concluyo afirmando lo siguiente: Muchos de nosotros, los pentecostales, estamos en contra de las mismas cosas que nuestros hermanos no pentecostales suelen criticar de nuestras iglesias: Música desenfrenada y sin sentido que repite la misma línea o coro una y mil veces; una adoración sin inteligencia, la religión del “yo, yo, yo” que se basa totalmente en nuestros caprichos y sentimientos; predicadores manipuladores que chupan a la gente su dinero arduamente ganado; la falta de rendición de cuentas de tantos ‘profetas’ itinerantes; herejías desvergonzadas que van tan lejos como para negar incluso los fundamentos de la fe (es decir, la naturaleza trina de Dios, las dos naturalezas de Cristo, la salvación por la fe sola, etc.), una tendencia generalizada a decir “Dios me dijo” cuando Dios nunca le dijo nada; el liderazgo abusivo; una clara desviación de los mandamientos explícitos de la Escritura; y sermones que son poco más que ‘mensajes motivacionales’ en lugar de serias exposiciones del texto bíblico. Y la lista sigue y sigue… Por lo que es tiempo de lavar los trapos sucios.

La tarea de limpiar el pentecostalismo de toda herejía, excesos y desviaciones no será fácil. Debido a que los pentecostales carecemos de alguna estructura de autoridad dominante, es difícil para cualquiera controlar lo que sucede entre algunos grupos pentecostales. Pero tampoco podemos callarnos. Ayudemos a nuestros hermanos no pentecostales a descubrir que generalizar sobre nosotros es un grave error. No todos los pentecostales creemos en la confesión positiva, ni todos creemos en el evangelio de la prosperidad, tampoco todos apoyamos la Nueva Reforma Apostólica, ni promovemos la inclusión de danzas extravagantes ni una adoración escandalosa pero vacía teológicamente. No todos somos anti-intelectuales, emocionalistas o desordenados. Es tiempo de abrir nuestros ojos y reflexionar en lo que está pasando dentro de nuestras iglesias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dones Espirituales, Hablar en Lenguas, Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Aspecto animístico y dinámico de la obra del Espíritu.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés constituyó el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. El libro de Hechos nos cuenta que:

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Estaban de visita en Jerusalén judíos piadosos, procedentes de todas las naciones de la tierra. Al oír aquel bullicio, se agolparon y quedaron todos pasmados porque cada uno los escuchaba hablar en su propio idioma. Desconcertados y maravillados, decían: «¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en su lengua materna? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, de Judea y de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia cercanas a Cirene; visitantes llegados de Roma; judíos y prosélitos; cretenses y árabes: ¡todos por igual los oímos proclamar en nuestra propia lengua las maravillas de Dios!»” (Hechos 2:1-11, NVI)

Los pentecostales entendemos que la institución del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. Dios prometió por medio del profeta Ezequiel:

“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes.” (Ezequiel 36:26-27, NVI).

A través del profeta Joel, el Señor también prometió:

“Después de esto, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán sueños los ancianos y visiones los jóvenes. En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre los siervos y las siervas.” (Joel 2:28,29, NVI).

De acuerdo con estas profecías, la venida del Espíritu Santo de un modo inusual anunció el amanecer de la nueva era prometida por Dios, la era del Espíritu. Si bien es cierto que, entre el nacimiento de Jesús y el descenso del Espíritu sobre los discípulos, el Espíritu Santo estuvo activo en el ministerio de Jesús, la inauguración no estuvo completa sino hasta el derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés. El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús al momento de su bautismo por Juan en el río Jordán (Mateo 3:16), junto con la actividad del Espíritu a través de Él por medio de su ministerio terrenal (Lucas 4:18,19; Hechos 2:38,39), sirve como un paradigma para todos los creyentes a los cuales Dios en el Antiguo Testamento prometió la morada interior y la capacitación de poder del Espíritu Santo.

ASPECTOS DE LA OBRA DEL ESPÍRITU.

Las profecías de Ezequiel y Joel destacan dos aspectos distintos del ministerio del Espíritu Santo bajo el Nuevo Pacto de la gracia. La promesa dada por medio de Ezequiel es que todo el pueblo de Dios del nuevo pacto experimentará la morada interna del Espíritu Santo. Recibirán un nuevo corazón y un nuevo espíritu; por causa de la morada interna del Espíritu Santo podrán andar en rectitud.

La promesa dada por medio de Joel es de distinta naturaleza. En la profecía de Joel, el derramamiento del Espíritu Santo es de naturaleza dramática, por la cual los receptores profetizarán, tendrán sueños, y verán visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés: “¡Cómo quisiera que todo el pueblo del Señor profetizara, y que el Señor pusiera su Espíritu en todos ellos!” (Números 11:29, NVI).

Las profecías distinguían claramente dos obras del Espíritu Santo:

  1. Morada Interna: Se le denomina también Aspecto Animístico de la obra del Espíritu. Se relaciona con la regeneración y la consiguiente morada interna del Espíritu Santo.
  2. Dotación de Poder. Se le conoce también como Aspecto Dinámico de la obra del Espíritu. Se refiere a la dotación de poder, que con frecuencia se manifiesta por medio de algún fenómeno desacostumbrado.

Una diferencia significativa entre las experiencias del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento es que las personas en el Antiguo Testamento no parecen haber recibido una morada permanente del Espíritu Santo. Aún más, comparativamente el Espíritu Santo fue dado a unos pocos, y por lo general para profetizar. En el Nuevo Testamento, por el contrario, el Espíritu Santo es dado a todos los creyentes. Bajo el Nuevo pacto, es imposible ser un creyente del Nuevo Testamento sin contar con la morada interna del Espíritu Santo (Romanos 8:9,14-16). Además, todos los creyentes del Nuevo Testamento pueden ser dotados de poder por el Espíritu Santo (Hechos 1:8).

La voluntad de Dios fue que todos los creyentes experimentaran tanto la morada interna como la dotación de poder del Espíritu Santo. Y aunque la Biblia nos muestra que fue la intención de Dios que estas dos operaciones del Espíritu fueran distintos aspectos de la obra única del Espíritu en conexión con el nuevo pacto, el Nuevo Testamento parece indicar que una persona puede experimentar ambas obras del Espíritu casi simultáneamente, como sucedió con la casa de Cornelio (Hechos 10:44-46). Es difícil determinar el punto preciso en el cual estas personas fueron regeneradas. Parece que en medio de la predicación de Pedro ellos creyeron y fueron llenos del Espíritu Santo. Estas dos experiencias, aun cuando pueden distinguirse teológicamente, no están necesariamente separadas en forma cronológica. No hay garantía bíblica para enseñar que debe existir un intervalo entre la regeneración y el ser lleno del Espíritu Santo. Pero también es cierto que muchos cristianos han experimentado sólo la obra básica del Espíritu Santo (la de regeneración) por medio de la cual el Espíritu de Dios habita en ellos (Juan 14:17).

Esta terminología para la segunda obra del Espíritu Santo es variada. Los pentecostales por lo general designamos esto como el bautismo en el Espíritu Santo. Al hacer esto estamos sobre terreno firme, bíblicamente. Además de la declaración de Juan el Bautista (Mateo 3:11), Jesús dijo a los discípulos: “ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” (Hechos 1:5, NVI). Sin embargo, cuando Lucas registra el cumplimiento de esa promesa en Hechos 2:4, dice: “Fueron todos llenos del Espíritu Santo”. Esta experiencia inicial de ser “llenos” del Espíritu Santo es, por tanto, sinónima de ser “bautizados” en el Espíritu Santo. En otros lugares cuando Él habla de esta experiencia, Lucas dice que el Espíritu viene o cae sobre la gente (Hechos 1:8; 8:16; 10:44; 11:15; 19:6). A veces él habla del derramamiento del Espíritu o del Espíritu que es derramado (Hechos 2:17,18; 10:45). Como quiera que uno designe esta segunda experiencia del Espíritu, nunca debiera interpretarse como que significa que el receptor con anterioridad a ese momento no tenía la morada del Espíritu. ¡Un creyente sin el Espíritu Santo es una contradicción de términos! Pero es posible que un creyente no experimente la obra adicional del Espíritu Santo denominada el bautismo en el Espíritu.

Los diversos términos usados para la experiencia del bautismo en el Espíritu no deben atrapar nuestra atención desmedidamente, son simples intentos por parte de los escritores bíblicos para ayudarnos a entender mejor el significado de la experiencia. Expresiones como “bautizado”, “lleno”, y “revestido” ponen énfasis en que el creyente está enteramente dominado o gobernado por el Espíritu Santo. Entre otras cosas, la obra del Espíritu Santo que ya mora en el creyente se intensifica y llega a una culminación por la experiencia de ser lleno con el Espíritu Santo.

LA PROFECÍA DE JOEL.

El derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés está asociado con la profecía de Joel. El apóstol Pedro señaló esto claramente:

“Entonces Pedro, con los once, se puso de pie y dijo a voz en cuello: «Compatriotas judíos y todos ustedes que están en Jerusalén, déjenme explicarles lo que sucede; presten atención a lo que les voy a decir. Estos no están borrachos, como suponen ustedes. ¡Apenas son las nueve de la mañana! 16 En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel: “Sucederá que en los últimos días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán visiones los jóvenes y sueños los ancianos. En esos días derramaré mi Espíritu     aun sobre mis siervos y mis siervas, y profetizarán. Arriba en el cielo y abajo en la tierra mostraré prodigios: sangre, fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre antes que llegue el día del Señor, día grande y esplendoroso. Y todo el que invoque el nombre del Señor     será salvo”.  (Hechos 2:16-21).

Tal como en el Antiguo Testamento, la venida del Espíritu sobre los hombres y mujeres resultó en que profetizaban, tal como Joel había declarado que el derramamiento del Espíritu sobre toda carne resultaría en profecía. Joel mencionó también otras indicaciones de la venida del Espíritu, las que parecen no haberse cumplido en el día de Pentecostés. Sin embargo, Pedro recalcó el elemento de profecía, porque añadiendo a la cita del pasaje de Joel, él también insertó palabras, “y profetizarán”, en medio de la cita de Joel (Hechos 2:18). En otras palabras, Pedro estaba dando énfasis a que la profecía acompañaría al derramamiento del Espíritu Santo.

¿HABLARON EN LENGUAS O PROFETIZARON?

Luego de leer Hechos 2 muchos quizá se pregunten ¿profetizaron los discípulos el día de Pentecostés? Lucas nos dice que hablaron en lenguas (Hechos 2:4). Con anterioridad al día de Pentecostés, no hay registro de que alguien haya hablado en lenguas bajo el impulso del Espíritu Santo. Entonces ¿Cómo relacionamos el hablar en lenguas con la profecía? Esto no es difícil si recordamos que la profecía es hablar bajo el impulso directo del Espíritu Santo. Esto es precisamente la naturaleza del hablar en lenguas: Es hablar bajo el impulso del Espíritu Santo, o como lo expresa Lucas, “como el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4). La diferencia obvia entre profecía y hablar en lenguas es que la profecía es en un lenguaje bajo el control de quien habla, mientras que el hablar en lenguas es en una lengua desconocida para el que habla. Hablar en lenguas es, en consecuencia, una forma especializada de profecía.

¿DEBE HABLAR EN LENGUAS TODO AQUEL QUE RECIBE EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

La experiencia de ser bautizado en el Espíritu está acompañada por hablar en lenguas, o glosolalia. En Hechos 2:4 Se nos muestra que todos aquellos que fueron bautizados en el Espíritu Santo hablaron en lenguas. El sujeto es “todos” (griego pantes). Un sencillo análisis gramatical muestra que ese único sujeto se aplica a ambas cláusulas principales, de modo que la clara intención es que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que todos comenzaron a hablar en otras lenguas. Lucas tenía a disposición los medios lingüísticos por medio de los cuales pudo haber dicho que todos fueron llenos del Espíritu Santo y que algunos hablaron en lenguas, si ése hubiera sido el caso. Pero es claro que todos fueron llenos y que todos hablaron en lenguas.

En Hechos 10, se nos dice que el Espíritu Santo “cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:44). Los creyentes compañeros de Pedro, que estaban atónitos de que los gentiles recibieran el bautismo del Espíritu Santo, supieron que el derramamiento había tenido lugar sólo porque “los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios” (Hechos 10:46). El versículo 46 es introducido por la palabra griega gar, que es una conjunción causativa que a menudo se traduce “porque” o “por”. El hablar en lenguas convenció a estos hombres de que Cornelio y los de su casa verdaderamente habían sido llenos del Espíritu Santo. La evidencia en Hechos indica ciertamente que la glosolalia es un acompañamiento necesario del bautismo en el Espíritu Santo.

¿POR QUÉ HABLAR EN LENGUAS?

Con frecuencia surge la pregunta: “¿Por qué Dios eligió el hablar en lenguas como señal?” La Biblia nos presenta una triple respuesta:

  1. Primero, es definitivamente una señal de la nueva era inaugurada por Dios. Esto resulta claro cuando leemos la profecía de Joel a la luz de Hechos 2. En un sentido personal, el hablar en lenguas significa también la entrada del creyente a la nueva era, si recordamos que la morada interna y la dotación de poder del Espíritu Santo son realmente dos aspectos de la obra única del Espíritu en la nueva era.
  2. Segundo, el hablar en lenguas sugiere firmemente la responsabilidad misionera de la Iglesia. La comunicación del evangelio debe ser verbal. En consecuencia, la multiplicidad de lenguas en el día de Pentecostés sugiere la responsabilidad evangelística mundial de la Iglesia (Hechos 1:8). Esto, ciertamente, no significa que el creyente tiene el dominio de un idioma extraño con el cual predicar el evangelio. Significa simplemente que la variedad de lenguas que los creyentes hablan cuando están llenos del Espíritu es un recordatorio implícito de la tarea misionera de la Iglesia.
  3. Tercero, hablar en lenguas es un medio por el cual el creyente se identifica espiritualmente (1 Corintios 14:4). De todas las manifestaciones o dones del Espíritu mencionados en el Nuevo Testamento, sólo en conexión con la glosolalia se dice que la persona se edifica a sí misma. Todas las otras manifestaciones o dones son para la edificación de la Iglesia. Parece que Dios no retendría de alguno de sus hijos algún medio por el cual pudiera ser edificado espiritualmente.

La afirmación del pentecostalismo clásico de que la glosolalia es la evidencia inicial del bautismo en el Espíritu Santo no contradice la necesaria respuesta negativa a la pregunta de Pablo, “¿hablan todos lenguas?” (1 Corintios 12:30). Todo aquel que ha sido bautizado en el Espíritu Santo suele emplear la glosolalia a menudo como forma de adoración privada. Pablo nunca prohibió esto ni afirmó que no fuera posible. En 1 Corintios 12-14, Pablo está dando énfasis a los aspectos público y corporativo de los dones. No todos hablan lenguas en el sentido en que no todos son llamados por Dios a dar expresiones públicas en lenguas, lo cual debe ser seguido de interpretación. Pero el ejercicio privado de la glosolalia es un asunto distinto.

CONCLUSIÓN.

Hay dos experiencias identificables del Espíritu: regeneración y plenitud. Ambas están incluidas en la promesa del Espíritu en el Antiguo Testamento. Cada una complementa a la otra. En la regeneración, el énfasis está sobre el cambio de corazón y de vida. En el bautismo en el Espíritu, el énfasis está en la dotación de poder para servicio. Todos los creyentes experimentan la obra regeneradora del Espíritu; de igual forma, todos debieran experimentar su dotación de poder.

Vida Espiritual

La clase de personas que Dios usa.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¡Dios desea usarte para su gloria! ¿Lo dejarías? En un tiempo en el cual Israel se había apartado tanto de Dios que la nación se hallaba al borde mismo de su juicio, Dios dijo: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30).

Dios habría podido enviar ángeles para que llevaran a cabo el ministerio que se necesitaba, pero su método, tanto entonces como ahora, es obrar a través de los seres humanos, y no a través de los seres angélicos. Aunque los ángeles han ayudado para reunir a las personas necesitadas con las que les podían ministrar, como en el caso de Cornelio y Pedro, el ministerio en sí se ha producido a través del ser humano redimido.

Cuando se trata de los dones sobrenaturales del Espíritu, él también está buscando personas a través de las cuales poderse manifestar. En ese caso, una pregunta muy natural es esta: “¿Qué clase de persona está buscando? En los pasajes de las Escrituras que se refieren a los dones del Espíritu, podemos encontrar el perfil de la clase de personas que él quiere usar.

ALGUIEN QUE ANHELE LOS DONES ESPIRITUALES

Pablo escribe: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Y dice de nuevo: “Así que, hermanos, procurad profetizar” (1 Corintios 14:39).

La forma verbal “procurad”, que traduce la palabra griega zeloute, es un término cargado de fuerza que indica con cuánta intensidad deberíamos anhelar el que el Espíritu nos use. Tenemos una ilustración de esto en la conversación que sostuvieron Elías y Eliseo. Cuando Elías le dijo: “Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti”, la respuesta de Eliseo fue: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí” (vea 2 Reyes 2:9–15). El Espíritu Santo está buscando personas que anhelen que él las use de la manera que quiera.

A veces, las personas expresan el temor de que, si entran en un cierto tipo de atmósfera espiritual, se podrían convertir sin desearlo en instrumentos de manifestaciones espirituales. No tienen por qué temer. El Espíritu Santo no se le impone por la fuerza a nadie. Lo que está buscando es personas que anhelen fervientemente sus manifestaciones en su vida y a través de ella.

Los creyentes están en armonía con las Escrituras cuando anhelan ser agentes que el Espíritu Santo pueda usar. Pablo escribe que incluso hay momentos en los cuales debemos orar para convertirnos en instrumentos del Espíritu: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” (1 Corintios 14:13).

ALGUIEN QUE RECONOZCA LA SOBERANÍA DEL ESPÍRITU

Pablo escribe: “Pero todas estas cosas [los dones mencionados en los vv. 8–10] las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

El Espíritu Santo es el que determina cómo, y por medio de quién él se va a manifestar. Nosotros no somos los que escogemos cuál es la manifestación que se va a producir. Esto lo decide él, según quiere. Esta verdad corrige la idea que enseñan algunos, según la cual necesitamos aprender a usar al Espíritu Santo. No somos nosotros los que lo usamos a él. Es él en su soberanía el que nos usa a nosotros, si nos entregamos a él.

También es importante que nos sintamos agradecidos, cualquiera que sea la forma en que el Espíritu decida usarnos, en lugar de envidiar o criticar la forma en que él usa a otros. Una gran lección que se nos enseña en 1 Corintios 12:14–26 es que no debemos minimizar la importancia de la forma en que Dios nos quiere usar (14–20). Tampoco le debemos restar importancia a la forma en que usa a otros (1 Corintios 12:21–26). El Espíritu Santo es el Soberano. Nosotros somos sus súbditos.

ALGUIEN QUE TENGA LA FE SUFICIENTE PARA ENTREGARSE A ÉL

A los creyentes de Roma, Pablo les escribe para decirles: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6).

El mundo que nos rodea cree muy poco en lo sobrenatural genuinamente divino, y este escepticismo se puede infiltrar incluso en la misma iglesia. La tendencia hacia la falta de fe se complica con el hecho de que en las manifestaciones del Espíritu hay una colaboración entre lo humano y lo divino. Es posible que los creyentes no pongamos en tela de juicio lo que le corresponde a Dios, pero que sí lo hagamos con el factor humano. Cuando esto sucede, el temor y la duda reemplazan a la fe.

Pueden surgir diversas preguntas. “¿Y si confundo una impresión con una manifestación profética, e incluso aunque tenga la mejor de las intenciones, digo algo que sea inadecuado o contrario a las Escrituras?” O bien: “¿Y si doy la interpretación de unas lenguas y alguno de los presentes conoce la lengua extranjera en que se ha hablado y reconoce que mi interpretación no es la correcta?” O: “¿Y si digo las cuatro o cinco primeras palabras que me vienen a la mente, y después no me viene nada más?”

La fe es una cualidad necesaria en la vida de la persona a la que usa el Espíritu. Esa persona no solo debe creer que el Espíritu se manifiesta, sino también que puede usarla a ella, y que la puede usar. Al igual que Moisés, hay creyentes que no dudan que Dios pueda hacer milagros, pero sí dudan que los pueda hacer por medio de ellos (vea Éxodo 4:1, 10).

ALGUIEN QUE POSEA EL FRUTO DEL ESPÍRITU

El capítulo 13 de 1 Corintios es un hermoso capítulo acerca del amor, intercalado entre los dos capítulos de enseñanzas relacionadas con los dones espirituales, y forma parte integral de esas enseñanzas. Los versículos 1 y 2 indican que sin amor, la persona que habla en lenguas de hombres o de ángeles, es “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y la manifestación de los demás dones sin amor hace ver primordialmente lo estéril que es la vida del que los manifiesta. El Espíritu Santo se interesa tanto por nuestra vida, como por nuestro ministerio, y está buscando personas cuya vida manifieste su fruto, el fruto del Espíritu.

En 1 Corintios 13:4–7 se nos ayuda a los creyentes a saber cómo es la persona en la cual se manifiesta el fruto del Espíritu. He aquí este pasaje: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

El hecho de que el Espíritu use a una persona no significa que esa persona sea perfecta. Nadie se puede proclamar perfecto y sin pecado (1 Juan 1:8). Pero el Espíritu Santo se complace en usar personas que anhelen tanto su fruto como sus dones. Mientras más santa sea la vida, más llena de significado será la manifestación. Y al contrario, aquellos cuya vida no es lo que debería ser, hacen caer el reproche sobre la causa de Cristo, como era el caso con los creyentes de Corinto.

ALGUIEN QUE SEA HUMILDE

Uno de los peligros contra los cuales se debe guardar la persona que ha sido usada por el Espíritu, es el orgullo. Es importante recordar que las manifestaciones no son indicación de que pertenezca a una élite especial, sino que son don de la gracia.

Moisés fue muy usado por Dios, y era un hombre humilde (Números 12:3). Sin embargo, perdió los estribos e insinuó que él podía realizar un milagro y sacar agua de una roca. Esto es lo que dijo: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Números 20:10).

Debido al factor humano, el creyente puede perder de vista la intención del Espíritu Santo y dedicarse a algún tipo de manifestación en la carne. Esta es la razón por la cual Pablo escribió lo siguiente: “Y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). La persona que el Espíritu quiere usar es lo suficientemente humilde como para reconocer que su ministerio va a ser evaluado. No se llena de resentimiento si los demás no aceptan lo que él ha sentido que es una manifestación del Espíritu. Lo que hace es reconocer que, por ser humano, por muy bien intencionado que sea, se puede mover en la sabiduría y la capacidad humanas y equivocarse.

ALGUIEN QUE RESPETE EL ORDEN

Es evidente que en la iglesia de Corinto había un cierto grado de desorden. Por eso Pablo escribe para decirles: “Hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40; vea el v. 33). El Espíritu Santo nunca es el autor de la confusión, y tampoco quiere que los creyentes creemos confusión.

Ordinariamente, al Espíritu Santo no le agrada que alguien interrumpa la predicación de otro, un llamado al altar, o incluso un momento en el cual un ministro o un miembro de la congregación dirige una oración colectiva.

En su interés por el orden, el Espíritu está buscando personas que sepan esperar al momento adecuado para someterse a lo que él les indica. Cuando el Espíritu se mueve en un creyente, espera de él que no sea impulsivo, sino que se mantenga en un orden perfecto con respecto a lo que se está haciendo. Cuando el creyente guarda el debido decoro, se puede convertir en el instrumento que usará el Espíritu para lograr sus propósitos en una manifestación extraordinaria de sí mismo.

Cuando reflexionamos sobre el perfil de la clase de persona que el Espíritu está buscando, nuestro primer impulso consiste en decir: “No hay nadie que sea tan perfecto”. Y esto es cierto. Sin embargo, hay dos actitudes con respecto a este perfil, que los creyentes debemos tener el cuidado de evitar. Unos podrían decir: “Yo no estoy a la altura de ese ideal, así que no voy a esperar el impulso del Espíritu, ni le voy a responder”. Otros podrían decir: “Dios usa gente imperfecta, así que no importa la clase de vida que yo lleve”.

El Espíritu Santo no viene a nosotros porque seamos perfectos, sino para ayudarnos a crecer en su gracia. Lo importante aquí es que le permitamos que se manifieste por medio de nosotros en el fruto del Espíritu, y que después nos mantengamos sensibles ante él, de manera que se pueda manifestar también por medio de nosotros en sus dones, según él lo disponga.

¿Qué tal si dispones tu corazón este día y te preparas para ser usado por Dios? ¡Te aseguro que no te arrepentirás!