Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Arminianismo Wesleyano, Atributos de Dios, Biblia, Calvinismo, Soberanía Divina, Soteriología

Soberanía divina sin calvinismo: Redescubriendo al Dios que se autolimita por amor

Por Fernando E. Alvarado

La soberanía de Dios en las Escrituras no se revela como un mecanismo de relojería implacable que reduce la historia a un guion preescrito, sino como el gobierno supremo de un Creador que ha decidido, en su infinita sabiduría y tierno amor, hacer espacio para la genuina libertad de sus criaturas.
Lejos de un decreto despótico que predetermina cada pensamiento, cada fallo y cada acto humano —convirtiendo la tragedia del pecado en un engranaje necesario de su propia voluntad—, el testimonio bíblico presenta a un Dios cuya majestad brilla precisamente en su capacidad de establecer un pacto real. En este vínculo, las decisiones humanas poseen peso y consecuencias auténticas. Las reiteradas exhortaciones a elegir la vida, las lágrimas derramadas sobre ciudades que se negaron a ser cobijadas, y los lamentos divinos ante la rebeldía revelan a un soberano que no coacciona irresistibles títeres, sino que anhela la conversión genuina del corazón, tal como recuerda el Señor al exclamar: «¿Quiero yo la muerte del impío? —dice Jehová el Señor— ¿No vivirá si se convirtiere de sus caminos?» (Ezequiel 18:23).

Este ejercicio de la soberanía divina es, en esencia, una autolimitación por amor. El poder absoluto de Dios elige someterse a las reglas del respeto a la dignidad moral con la que dotó al ser humano. La gracia se presenta entonces no como un impulso irresistible que avasalla la resistencia, sino como una oferta genuina, un llamado universal que resuena con la profunda intención de que nadie perezca, extendido a todos pero condicionado a la respuesta de la fe, tal como testifica el apóstol al afirmar que Dios «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4), y que «es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).

La elección divina, bajo esta luz, no es un sorteo arbitrario e invisible fijado antes de la fundación del mundo, sino la perfecta sintonía de su presciencia con la respuesta humana. Dios decreta soberanamente salvar a todos aquellos que caminan por el sendero de la fe en su Hijo, reconociendo de antemano a quienes abrirían la puerta cuando su gracia se acerque a llamar, en sintonía con aquellos que son «elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo» (1 Pedro 1:2). Así, la justicia y el amor de Dios permanecen intactos: Él gobierna el universo no aplastando la voluntad, sino redimiéndola mediante un diálogo eterno donde su soberanía sostiene el mundo y la libertad humana responde al abrazo, recordando siempre la llamada divina: «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia» (Deuteronomio 30:19).

Malinterpretar la soberanía de Dios será siempre el error histórico y teológico más grande del calvinismo. Dicho error, sin embargo, no surge en el vacío. Esta rigigidez teológica, ciertamente, no brotó de una lectura prístina del texto sagrado, sino que surge anclada en un contexto cultural muy específico del siglo XVI. El concepto de soberanía que Juan Calvino plasmó en su sistema doctrinal estuvo profundamente influenciado por el clima político de su época, marcado por el absolutismo de los gobernantes y monarcas déspotas que exigían una sumisión incondicional y un control absoluto sobre sus dominios. A esto se sumó la persistente sombra de la filosofía estoica y pagana —con su noción del fatum o destino inexorable—, la cual ya había permeado el pensamiento de Agustín de Hipona siglos antes. Al extrapolar la autoridad arbitraria de los emperadores y tiranos terrenales al trono celestial, el calvinismo proyectó una imagen de Dios moldeada a imagen y semejanza del poder político imperante. Y es ahí, lo repito, donde radica el gran error del calvinismo: confundir la majestad santa del Creador, revelada en el rostro sufriente y amoroso de Cristo, con el capricho autocrático de un monarca absoluto, subordinando la justicia, la gracia y la libertad moral del hombre a los dictados de una soberanía más cercana al despotismo humano que al corazón del Evangelio.

Hablemos un poco más de esto…

Para nadie es un secreto que la manera en que el calvinismo ha entendido y defendido la soberanía de Dios —apoyándose en decretos absolutos, en un determinismo que lo abarca todo y en la idea de una reprobación anterior a la creación misma— suele generar profundas tensiones cuando se examina el texto bíblico sin anteojos dogmáticos. Aunque este sistema teológico nace del deseo sincero de exaltar el poder y la autoridad del Creador, un análisis riguroso de las Escrituras muestra que el modelo de soberanía que propone termina alejándose de forma radical del retrato que la Biblia misma ofrece sobre Dios, sobre Su gracia y sobre nuestra propia condición humana.

En el corazón del calvinismo late un monismo causal muy rígido: se afirma que Dios decreta, causa y controla absolutamente todo lo que ocurre, incluso el pecado y la maldad, bajo la premisa de que así maximiza Su gloria. Sin embargo, las Escrituras rechazan categóricamente que Dios sea el autor o el impulsor del mal moral. El apóstol Santiago zanja este dilema al escribir con claridad meridiana: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupisciencia es atraído y seducido» (Santiago 1:13-14). Atribuir la autoría o el decreto directo del pecado a la voluntad divina contradice la santidad intrínseca del Creador. Del mismo modo, resulta lógicamente irreconciliable con la Biblia imaginar a un Dios que decreta de manera ineludible la desobediencia humana y que, al mismo tiempo, se duele y se lamenta sinceramente cuando las personas deciden apartarse de Él. Las palabras divinas en Ezequiel 33:11 reflejan un dolor genuino y una disposición real: «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se convierta el impío de su camino, y que viva». Un lamento semejante se repite cuando Jesús exclama frente a Jerusalén: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37). Si el determinismo calvinista fuera cierto y Dios hubiera decretado inflexiblemente la incredulidad de aquellos hombres, tales expresiones perderían toda sinceridad y profundidad relacional.

Esta misma tensión exegética se vuelve insostenible al observar la naturaleza del amor y la justicia universales que el texto sagrado proclama. Los pilares de la soteriología calvinista —como la expiación limitada y una elección individual estrictamente incondicional y previa a la creación— reducen el alcance de la gracia divina a un grupo cerrado, dejando al resto de la humanidad bajo una exclusión decretada antes de que el mundo existiera. En contraste absoluto con esta visión restrictiva, las páginas del Nuevo Testamento insisten en que la salvación es una oferta genuina y universal. El apóstol Pablo afirma que Dios nuestro Salvador «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4), y Pedro añade que el Señor «es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9). Reducir este alcance universal mediante malabarismos hermenéuticos para adaptarlo a un decreto particularista debilita la revelación explícita del carácter de Dios, quien «no hace acepción de personas» (Hechos 10:34) y cuyo Hijo entregó en rescate por todos (1 Timoteo 2:6).

Por todo esto, cuando la Biblia habla de la soberanía de Dios, no la describe como un despotismo metafísico o una maquinaria implacable que reduce a los seres humanos a meros actores sin voluntad, sino como el gobierno sabio de un Creador que decide autolimitarse para entablar una relación de pacto basada en la respuesta humana. El pacto bíblico exige constantemente fe, confianza y una decisión sincera de obedecer; conceptos que se vaciarían por completo de significado si cada elección humana estuviera predeterminada de antemano de forma irresistible. Josué apeló a esta genuina capacidad de respuesta cuando instó al pueblo: «Escogeos hoy a quién sirváis» (Josué 24:15), y el mismo llamado resuena en la invitación abierta del Apocalipsis: «Y el que tiene sed, venid; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Apocalipsis 22:17). La verdadera grandeza divina no se manifiesta en la imposición ciega de un destino inexorable que anula la responsabilidad moral, sino en la capacidad de guiar la historia respetando la dignidad de la criatura que Él mismo formó a Su imagen. Al final, al absolutizar un poder arbitrario a costa de desdibujar el carácter moral, justo y amoroso que las Escrituras revelan, el calvinismo termina construyendo un sistema filosófico que distorsiona el rostro del Dios vivo.

No podemos negar la verdad por simple cortesía hacia nuestros hermanos calvinistas…

Y la verdad cruda es que tal distorsión del carácter de Dios enseñada por el calvinismo, lo acerca de manera inquietante, a concepciones del destino propias del fatalismo pagano o de los sistemas filosóficos no cristianos. Mientras que la revelación bíblica presenta a un Dios cuyos atributos morales —la bondad, la justicia y un amor que abarca a su creación— regulan y definen Su soberanía, el determinismo absoluto de cuño calvinista reduce al Creador a una fuerza impersonal y calculadora, muy semejante al fatum o destino inexorable de la antigüedad grecorromana, donde la voluntad humana es aplastada por una maquinaria ciega de decretos inalterables. Despojar a la deidad de su benevolencia universal para convertirla en el artífice primario tanto del bien como del mal aleja al sistema de la teología de los pactos del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y lo emparenta con los absolutismos metafísicos de las religiones deterministas orientales o con el fatalismo estricto de otras cosmovisiones ajenas al evangelio de la gracia. Lejos de exaltar la soberanía redentora revelada en la cruz de Cristo, este esquema sustituye al Dios de la Biblia —aquel que dialoga, se duele, persuade y respeta la dignidad de sus criaturas— por un constructo filosófico frío que bien podría pertenecer a cualquier sistema panteísta o monista extracristiano, donde la libertad, la justicia y el amor genuino quedan irremediablemente disueltos.

Referencias:

  • Althaus, P. (1972). The theology of Martin Luther. Fortress Press.
  • Arminius, J. (1853). The works of James Arminius (T. Nichols & W. R. Bagnall, Trad.). Derby and Jackson.
  • González, J. L. (2010). Historia del pensamiento cristiano (Tomos II y III). Editorial Clie.
  • Olson, R. E. (2009). Teología arminiana: Mitos y realidades. Libros Desafío.
  • Picirilli, R. E. (2002). Grace, faith, free will: The views of Arminius and the Reformed tradition. Randall House Publications.
  • Witherington, B. (2011). The problem with Calvinism: Approaching grace, faith, and free will. IVP Academic.

Deja un comentario