Cómo el calvinismo hizo de Dios un ser moralmente aborrecible
Por Fernando E. Alvarado
Resumen
El presente artículo examina críticamente la doctrina calvinista de la doble predestinación, tal como fue formulada por Juan Calvino y desarrollada por sus sucesores, a la luz del testimonio bíblico y de la coherencia teológica. Sostiene que dicha doctrina es incompatible con el carácter de Dios revelado en las Escrituras, contradice pasajes bíblicos explícitos —Santiago 1:13, Ezequiel 33:11, 2 Pedro 3:9, 1 Juan 4:8, Génesis 18:25, 1 Timoteo 2:4— y conduce a consecuencias teológicas inadmisibles, entre ellas la conversión de Dios en autor del pecado y del mal. El análisis se articula en cuatro ejes: (1) el testimonio bíblico contra la doble predestinación; (2) la incompatibilidad con los atributos divinos de justicia y amor; (3) la cuestión del autor del pecado y sus implicaciones para la teodicea, con especial atención a las respuestas calvinistas contemporáneas —Bignon, White, Bruce, Helm— y a las críticas que revelan sus límites; y (4) la coherencia interna del sistema calvinista y las alternativas teológicas que preservan tanto la soberanía divina como la libertad humana genuina. Se concluye que la doble predestinación, lejos de ser una verdad misteriosa que deba aceptarse a pesar de su aparente contradicción moral, es una construcción teológica que debe ser rechazada porque hace de Dios un ser moralmente aborrecible y contradice el testimonio unánime de las Escrituras sobre la universalidad de la oferta salvífica y la justicia de Dios en el juicio.
Palabras clave: calvinismo, doble predestinación, autor del pecado, teodicea, compatibilismo, libertad humana, justicia divina, amor divino.

Introducción
El sistema teológico conocido como calvinismo, articulado en sus cinco puntos clásicos —depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia de los santos—, descansa sobre una premisa fundamental: la soberanía absoluta de Dios entendida como determinismo causal universal. En su forma más rigurosa, esta premisa conduce a la doctrina de la doble predestinación: Dios habría decretado desde la eternidad no solo la salvación de los elegidos, sino también la condenación de los réprobos, incluyendo la predestinación de la caída y del pecado como medio para manifestar su gloria tanto en la salvación como en la condenación.
Esta construcción teológica, sin embargo, plantea problemas exegéticos, teológicos y morales de primera magnitud. El presente artículo sostiene que la doctrina calvinista de la doble predestinación, tal como fue formulada por Juan Calvino en el libro III de la Institución de la Religión Cristiana y desarrollada por sus sucesores, es incompatible con el carácter de Dios revelado en las Escrituras, contradice pasajes bíblicos explícitos y conduce a consecuencias teológicas inadmisibles, entre ellas la conversión de Dios en autor del pecado y del mal. La refutación se articula en cuatro ejes: (1) el testimonio bíblico sobre la voluntad salvífica universal de Dios y su rechazo del mal; (2) la incompatibilidad entre la doble predestinación y los atributos divinos de justicia y amor; (3) la cuestión del autor del pecado y sus implicaciones para la teodicea; y (4) la coherencia interna del sistema calvinista y las alternativas teológicas que preservan tanto la soberanía divina como la libertad humana genuina.
I. El testimonio bíblico contra la doble predestinación
1. Santiago 1:13: Dios no tienta a nadie
El texto de Santiago 1:13 establece un principio inequívoco: «Que nadie, al ser tentado, diga: “Es Dios quien me tienta”. Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta él a nadie». La estructura gramatical del versículo refuerza la absoluta exclusión de Dios como agente de tentación: dos negaciones, una lexical y otra gramatical, cierran toda posibilidad de atribuir a Dios la causación del mal moral. El versículo 14 añade la explicación positiva: «Sino que cada uno es probado por su propio deseo arrastrado y seducido», estableciendo una cadena causal que va del deseo humano al pecado y del pecado a la muerte (v. 15).
Si la doble predestinación calvinista fuera verdadera, Santiago 1:13 sería no solo falso sino blasfemo. Si Dios hubiera decretado la caída de Adán y la consiguiente corrupción de la naturaleza humana, entonces Dios sería la causa última de la concupiscencia que arrastra al pecador. El texto de Santiago, sin embargo, sitúa el origen de la tentación exclusivamente en el deseo humano, no en un decreto divino de reprobación. La teología calvinista intenta sortear esta dificultad distinguiendo entre el decreto divino y la ejecución humana del pecado, pero tal distinción es ilusoria: si Dios decretó que el hombre pecara, y el hombre no podía hacer otra cosa que lo que Dios decretó, entonces Dios es la causa suficiente y determinante del pecado, independientemente de las distinciones formales que se introduzcan.
2. Ezequiel 33:11: Dios no se complace en la muerte del impío
Ezequiel 33:11 registra una declaración divina de enorme peso teológico: «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no me complazco en la muerte del impío, sino en que el impío se convierta de su camino y viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?» El contexto es la justicia de Dios en el juicio de Jerusalén, y el profeta corrige la blasfemia de los exiliados que consideraban a Dios un sadista que se complacía en castigar.
Calvino, comentando este pasaje, sostiene que Dios está «listo para perdonar tan pronto como el pecador se convierta». Pero esta interpretación es insuficiente. El texto no dice meramente que Dios perdonará al que se arrepienta; dice que Dios no se complace en la muerte del impío y que desea que se convierta y viva. Si la doble predestinación fuera verdadera, Dios habría decretado eternamente la muerte del réprobo y su impenitencia final. ¿Cómo podría entonces decir que no se complace en su muerte? La única manera de reconciliar Ezequiel 33:11 con la doble predestinación es vaciar de contenido el deseo divino, reduciéndolo a una expresión retórica sin valor cognitivo. Pero el lenguaje profético no admite tal reducción: es una declaración solemne, sellada con juramento divino («Vivo yo»), que revela la actitud permanente de Dios hacia el pecador.
3. 2 Pedro 3:9: Dios no quiere que ninguno perezca
2 Pedro 3:9 declara: «El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». Este versículo ha sido un campo de batalla entre arminianos y calvinistas. La interpretación calvinista sostiene que «ninguno» se refiere solo a los elegidos, y «todos» a los mismos. Pero esta lectura es exegéticamente insostenible en el contexto inmediato.
El versículo 9 está precedido por la advertencia sobre los burladores que niegan la venida del Señor (v. 3-4) y la afirmación de que el día del Señor vendrá como ladrón (v. 10). La paciencia de Dios se presenta como una oportunidad para el arrepentimiento de todos los que aún no han perecido, no solo de los elegidos. Si la expiación fuera limitada y la elección incondicional, la paciencia divina no tendría sentido para los réprobos: ¿por qué esperar si su destino está fijado eternamente? La paciencia de Dios presupone una posibilidad real de arrepentimiento para aquellos a quienes se extiende la oferta del evangelio. Como señala la tradición arminiana, Dios «quiere que todos los hombres se salven» (1 Timoteo 2:4), y esta voluntad no es un decreto secreto de elección, sino una disposición salvífica universal que se ofrece a todos y que puede ser resistida por la libertad humana.
4. 1 Juan 4:8: Dios es amor
La declaración «Dios es amor» (1 Juan 4:8, 16) no es una afirmación periférica, sino la definición más profunda del ser divino en el Nuevo Testamento. El amor no es simplemente un atributo de Dios entre otros; es su esencia misma. Calvino, sin embargo, rechazó explícitamente la idea de que la benevolencia amorosa sea una propiedad esencial de Dios. Esta negación revela una tensión irreconciliable en el sistema calvinista: si Dios es esencialmente amor, entonces no puede haber decretado eternamente la condenación de una parte de la humanidad sin ofrecerles una posibilidad real de salvación. El amor divino, tal como lo describe Juan, se manifiesta precisamente en la cruz: «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él» (1 Juan 4:9). La cruz no revela a un Dios que necesitaba víctimas para satisfacer su soberanía, sino a un Dios que se entrega para salvar a los pecadores.
5. Génesis 18:25: El Juez de toda la tierra hará justicia
Abraham, intercediendo por Sodoma, apela al carácter justo de Dios: «Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío, y que sea el justo tratado como el impío; lejos de ti el hacer tal. ¿No hará justicia el Juez de toda la tierra?» (Génesis 18:25). Este principio, formulado mucho antes de cualquier elaboración teológica sistemática, establece un criterio moral que Dios mismo ha revelado y al que se somete voluntariamente en su trato con la humanidad. La doble predestinación viola este principio porque trata al justo y al impío según un decreto arbitrario anterior a sus obras, no según la justicia que distingue entre uno y otro.
La respuesta calvinista habitual es que la justicia divina no se mide por criterios humanos, y que Dios tiene derecho a hacer lo que quiera con sus criaturas (invocando Romanos 9:20-21). Pero Abraham no está imponiendo un criterio humano a Dios; está apelando a la revelación que Dios mismo ha dado de su carácter. El «Juez de toda la tierra» no puede actuar injustamente porque su misma naturaleza es justa. Si la doble predestinación hace que Dios condene a quienes nunca tuvieron posibilidad real de salvarse, entonces Dios no está actuando como juez justo, sino como soberano arbitrario.
6. 1 Timoteo 2:4: Dios quiere que todos sean salvos
1 Timoteo 2:4 afirma que Dios «quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad». El contexto es una exhortación a orar por todos los hombres, incluidos los reyes y los que están en eminencia (v. 1-2), porque esto «es bueno y agradable a Dios nuestro Salvador» (v. 3). La voluntad salvífica de Dios se extiende a todos, sin excepción. Los calvinistas restringen este «todos» a los elegidos, pero el contexto no permite tal restricción: la oración por todos los hombres, incluidos los gobernantes paganos, presupone que Dios desea la salvación de todos ellos.
El versículo 6 añade que Cristo «se dio a sí mismo en rescate por todos», expresión que, en el contexto de la discusión sobre la expiación limitada, resulta decisiva. Si Cristo murió como rescate por todos, entonces la expiación no puede ser limitada a los elegidos. La interpretación calvinista de que «todos» significa «todos los elegidos» es una lectura forzada que vacía el término de su significado natural. El testimonio bíblico es consistente: la oferta de salvación es universal, y la condenación es el resultado de la incredulidad persistente, no de un decreto eterno de reprobación.

II. La incompatibilidad con los atributos divinos
1. Justicia y soberanía
La tradición teológica clásica ha sostenido que los atributos divinos no son compartimentos estancos, sino que se interpenetran mutuamente. La soberanía de Dios no es un poder arbitrario que pueda ejercerse en contradicción con su justicia; es una soberanía justa. Si Dios decretara la condenación de algunos sin considerar sus obras, su soberanía anularía su justicia. Pero las Escrituras presentan a Dios como aquel que «juzgará al mundo con justicia» (Salmo 96:13; Hechos 17:31) y que «pagará a cada uno conforme a sus obras» (Romanos 2:6).
La doble predestinación invierte este orden: las obras no son el criterio del juicio, sino que el decreto eterno determina tanto las obras como el destino. Los réprobos son condenados no porque hayan pecado persistentemente, sino porque fueron predestinados a pecar y a ser condenados. Esta inversión convierte la justicia divina en una ficción procesal: Dios juzga según un decreto que él mismo ha fijado arbitrariamente, no según la verdad moral de las acciones humanas.
2. Amor y reprobación
El amor de Dios, revelado supremamente en la cruz, es incompatible con la reprobación eterna decretada. Si Dios es amor (1 Juan 4:8), y si el amor no se gloría en la condenación arbitraria ni en el sufrimiento de un niño, entonces la doble predestinación es intrínsecamente contradictoria. El calvinismo intenta resolver esta contradicción apelando a la distinción entre la voluntad revelada y la voluntad secreta de Dios: Dios revela en Cristo su amor por el mundo, pero en su decreto secreto ha elegido solo a algunos para salvación.
Esta distinción, sin embargo, socava la revelación misma. Si la voluntad revelada de Dios puede contradecir su voluntad secreta, entonces no podemos saber nada cierto acerca de Dios a partir de la revelación. La cruz, que debería ser la manifestación suprema del amor divino, se convierte en un gesto ambiguo: Cristo muere por todos, pero en realidad solo por algunos. El amor de Dios se vuelve una oferta engañosa, y la predicación del evangelio una invitación a creer en una salvación que, para los réprobos, nunca estuvo disponible.
III. La cuestión del autor del pecado
1. La objeción clásica y su formulación contemporánea
La objeción más grave contra la doble predestinación es que convierte a Dios en autor del pecado y del mal. Esta acusación no es nueva; fue anticipada por Pablo en Romanos 9 y ha sido formulada repetidamente a lo largo de la historia de la teología. El teólogo reformado Louis Berkhof admitió que si se pudiera demostrar que su sistema hace a Dios autor del pecado, esto constituiría una «objeción insuperable» (1). La dificultad no es meramente retórica: si Dios decretó la caída de Adán y la corrupción de la naturaleza humana, entonces Dios es la causa última de la concupiscencia que lleva al pecado. Si Dios decretó la crucifixión de Cristo —como los calvinistas afirman, basándose en Hechos 2:23—, entonces Dios decretó el pecado más grande de la historia humana.
Calvino se defendió enérgicamente de esta acusación, insistiendo en la culpabilidad del pecador y negando que Dios sea autor del pecado. Pero sus defensas son inconsistentes con sus propias premisas. Calvino sostiene que Dios no «permite» simplemente el pecado, sino que lo ordena para sus propios propósitos. Si Dios ordena el pecado, entonces Dios es el autor del pecado, independientemente de las distinciones verbales que se introduzcan. Jonathan Edwards, llevando la lógica calvinista a sus últimas consecuencias, admitió francamente que la doctrina hace a Dios autor del pecado (2).
La formulación contemporánea más rigurosa de la objeción proviene de la filosofía analítica de la religión. Alexander Pruss ha planteado el problema como un dilema para los deterministas cristianos: si Dios determinó que Adán pecara, entonces o bien Adán no pudo no pecar —y en ese caso castigarlo sería injusto—, o bien pudo no pecar —y en ese caso el determinismo es falso— (3). El dilema no tiene escapatoria dentro del marco determinista. Heath White reconoce que la objeción de la autoría del pecado es «uno de los dos problemas más importantes» que enfrenta el determinismo teológico, junto con la cuestión de la libertad humana (4).
2. Las respuestas calvinistas contemporáneas y sus límites
Los defensores contemporáneos del calvinismo han desarrollado varias estrategias para responder a la objeción de la autoría del pecado. La más sofisticada es la de Guillaume Bignon, quien en Excusing Sinners and Blaming God (2017) sostiene que el determinismo calvinista no destruye la responsabilidad moral ni convierte a Dios en autor del pecado. Bignon argumenta que la autoría del pecado en un sentido problemático requiere que el agente tenga la intención de que el pecado ocurra como pecado, es decir, con aprobación de su maldad. Dios, en cambio, decreta el pecado para fines buenos —la manifestación de su justicia y misericordia—, sin aprobar su maldad. Esta distinción entre intención y aprobación permitiría, según Bignon, afirmar que Dios determina el pecado sin ser su autor en el sentido reprobable (5).
James E. Bruce ofrece una defensa complementaria. Sostiene que la objeción de la autoría del pecado es en realidad «una cuestión de providencia, no un problema para el calvinismo». Bruce argumenta que la relación entre Dios y el mal debe entenderse en el marco de la doctrina de la providencia, donde Dios gobierna todas las cosas sin ser la causa inmediata del mal moral. La distinción entre causa primera y causas segundas permitiría afirmar que Dios decreta el mal sin ser su autor, porque las criaturas actúan libremente —en un sentido compatibilista— y son responsables de sus acciones (6).
Paul Helm, por su parte, ha defendido el compatibilismo teológico contra la acusación de que hace a Dios autor del pecado. Helm sostiene que la objeción se basa en una comprensión equivocada de la relación entre determinismo y responsabilidad moral, y que el compatibilismo puede dar cuenta adecuadamente de ambas (7).
Estas respuestas, sin embargo, no logran disolver la dificultad. El problema fundamental es que la distinción entre «intención» y «aprobación» o entre «causa primera» y «causas segundas» presupone una metafísica de la acción que el propio determinismo calvinista socava. Si Dios determina causalmente todos los eventos —incluyendo los actos humanos y sus intenciones—, entonces la distinción entre lo que Dios «quiere» y lo que las criaturas «quieren» colapsa. Si Dios determinó que Judas traicionara a Jesús, y Judas no podía hacer otra cosa que lo que Dios determinó, entonces Judas no es más que un instrumento de la voluntad divina. Decir que Judas «actuó libremente» en un sentido compatibilista no resuelve el problema, porque la libertad compatibilista —definida como ausencia de coacción externa y conformidad con los propios deseos— es compatible con el determinismo más riguroso. Pero si los deseos mismos están determinados por Dios, entonces la «libertad» del pecador es una ilusión.
Bignon reconoce esta dificultad pero intenta sortearla apelando a una distinción entre «deseos de primer orden» y «deseos de segundo orden». El pecador actúa según sus deseos de primer orden —que Dios ha determinado—, pero no según sus deseos de segundo orden —que rechazan el pecado—. Esta distinción, sin embargo, no hace sino multiplicar los niveles de determinación sin resolver el problema de fondo: si Dios determina tanto los deseos de primer orden como los de segundo orden, la distinción es irrelevante. Si no los determina, entonces el determinismo es falso.
Greg Welty, en su contribución al volumen Calvinism and the Problem of Evil, argumenta que el molinismo —la alternativa más sofisticada al calvinismo— tampoco puede evitar la objeción de la autoría del pecado. Welty sostiene que si Dios actualiza un mundo en el que sabe que ciertas personas pecarán, entonces Dios es igualmente responsable de ese pecado, independientemente de que lo haya determinado causalmente o no (8). Este argumento, sin embargo, confunde la permisión con la causación. La diferencia entre permitir el pecado —sabiendo que ocurrirá— y decretarlo causalmente —haciendo que ocurra— es moralmente significativa. Un padre que permite que su hijo tome una decisión equivocada, sabiendo que la tomará, no es lo mismo que un padre que manipula a su hijo para que la tome. La distinción entre permisión y causación es la que separa la teodicea calvinista de una teodicea que preserve la bondad de Dios.
3. Teodicea calvinista y el problema del sufrimiento inocente
La consecuencia más inquietante de la doctrina calvinista de la doble predestinación es su implicación para el problema del sufrimiento inocente. Si Dios decretó todos los eventos, entonces cada catástrofe natural, cada enfermedad, cada crimen y cada guerra son parte de un plan divino cuya bondad se nos escapa. Pero el precio de este consuelo es la conversión de Dios en un ser moralmente aborrecible. Como señala acertadamente el teólogo David Bentley Hart, si realmente existiera un Dios cuya verdadera naturaleza se revelara en la muerte de un niño, en el abandono de un alma o en un infierno predestinado, entonces no sería una gran transgresión considerarlo una especie de demiurgo malévolo o despreciable, odiarlo, negarse a adorarlo y buscar un Dios mejor que él (9).
La teodicea calvinista intenta justificar el sufrimiento apelando a un bien mayor que Dios persigue a través de él. Pero este razonamiento, llevado a sus últimas consecuencias, justifica cualquier atrocidad en nombre de un supuesto plan divino. Si Dios necesitaba el Holocausto para manifestar su gloria, entonces el Holocausto fue un medio necesario para un fin bueno. Si Dios necesitaba la muerte agonizante de un niño por difteria para cumplir sus propósitos, entonces esa muerte fue parte de un plan justo. Esta lógica es moralmente repugnante, y contradice frontalmente el testimonio bíblico de que Dios «no se complace en la muerte del impío» (Ezequiel 33:11) y de que «Dios es amor» (1 Juan 4:8).
El volumen editado por Alexander y Johnson, Calvinism and the Problem of Evil (2016), intenta responder a estas objeciones. Los autores sostienen que el calvinismo «ni empeora el problema del mal ni es obviamente refutado por la presencia del mal y el sufrimiento en nuestro mundo» (10). Pero esta afirmación es difícil de sostener. Si el calvinismo hace a Dios autor del pecado y del sufrimiento, entonces el problema del mal se vuelve no solo un desafío a la fe, sino una refutación de la bondad divina. La teodicea calvinista no resuelve el problema; lo agrava, porque convierte a Dios en la causa última de todo mal.
4. La responsabilidad moral y la ilusión de la libertad
La defensa calvinista de la responsabilidad moral bajo el determinismo se apoya en el compatibilismo, la tesis de que la libertad y la responsabilidad moral son compatibles con el determinismo causal. Según esta posición, un agente es libre si actúa según sus propios deseos y sin coacción externa, aunque sus deseos estén causalmente determinados por factores que escapan a su control.
El problema con esta definición es que vacía de contenido la noción de responsabilidad moral. Si un agente no podría haber hecho otra cosa que lo que hizo —porque sus deseos estaban determinados por Dios desde la eternidad—, entonces no tiene sentido decir que «eligió» libremente. La libertad compatibilista es una libertad de escaparate: parece libertad por fuera, pero por dentro es determinismo. Como señala el filósofo Peter van Inwagen, si el determinismo es verdadero, entonces nuestros actos no dependen de nosotros en el sentido requerido para la responsabilidad moral (11).
El argumento directo teológico, desarrollado por White y otros, sostiene que si Dios determinó todos los eventos, entonces los agentes humanos no son responsables de sus acciones, y Dios es responsable de todo el mal. La conclusión es inevitable: el determinismo teológico es incompatible con la responsabilidad moral humana (12). Bignon intenta refutar este argumento apelando a una versión sofisticada del compatibilismo, pero su defensa requiere aceptar una noción de libertad que la mayoría de los filósofos y teólogos consideran insuficiente para la responsabilidad moral (13).
5. La autoría del pecado y la coherencia del carácter divino
Si el calvinismo más duro tiene razón, entonces Dios es el autor del pecado y del dolor, y la cruz sería un teatro cruel. Cristo moriría por todos, pero solo los elegidos podrían beneficiarse de su sacrificio; Dios ofrecería una salvación que, para los réprobos, nunca estuvo destinada a ser recibida. Pero Abraham ya lo sabía: «Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío… ¿No hará justicia el Juez de toda la tierra?» (Génesis 18:25). El Dios de la Biblia es justo y amoroso. Por eso, la conclusión es inevitable: la doctrina calvinista de la doble predestinación, tal como la formula Calvino, es incompatible con el carácter de Dios revelado en Cristo.
Romanos 5:8 lo grita: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Si la doble predestinación fuera verdadera, la cruz sería un teatro cruel: Cristo moriría por todos, pero solo los elegidos podrían beneficiarse de su sacrificio. Pero el Dios de la Biblia es justo y amoroso. La cruz no revela a un Dios que necesitaba víctimas para calmar su soberanía, sino a un Dios que se entrega para salvarlas.

IV. Alternativas teológicas y coherencia sistemática
1. Arminianismo: libertad libertaria y gracia preveniente
El arminianismo clásico sostiene que Dios predestina a los elegidos sobre la base de su presciencia de la fe, y que la gracia de Dios es «preveniente»: capacita a todos los seres humanos para responder al evangelio, pero no determina irresistiblemente su respuesta. Esta posición preserva tanto la soberanía divina como la libertad humana genuina. Dios sigue siendo el autor de la salvación, pero el hombre es responsable de su rechazo.
La teología arminiana no está exenta de dificultades —la relación entre la presciencia divina y la libertad humana es un problema filosófico complejo—, pero al menos preserva la coherencia del carácter divino: Dios no es autor del pecado, y la condenación es el resultado de la incredulidad persistente, no de un decreto arbitrario.
2. Molinismo: conocimiento medio y providencia no determinista
El molinismo, desarrollado por Luis de Molina, propone una tercera vía: Dios posee un «conocimiento medio» de lo que cualquier persona libre haría en cualquier conjunto de circunstancias posibles. Sobre la base de este conocimiento, Dios elige crear un mundo en el que sus propósitos se cumplen a través de decisiones libres, sin determinarlas causalmente. Esta posición permite afirmar que Dios predestina a los que libremente creerán, sin convertirse en autor del pecado (14).
El molinismo ha sido criticado por los calvinistas —Welty lo acusa de no resolver la objeción de la autoría del pecado—, pero su ventaja es que preserva la libertad libertaria y, con ella, la responsabilidad moral genuina. Si las criaturas son libres en sentido libertario, entonces Dios no es la causa del pecado, y la condenación es justa porque los réprobos rechazaron libremente la gracia.
3. La coherencia interna del calvinismo
El calvinismo pretende ser un sistema coherente, pero sus defensores se ven obligados a apelar a antinomias y misterios que socavan la racionalidad de la fe. La distinción entre la voluntad revelada y la voluntad secreta de Dios, la coexistencia de la soberanía determinante y la responsabilidad humana, la oferta universal del evangelio y la expiación limitada: todas estas tensiones revelan que el sistema no puede sostenerse sin sacrificar la inteligibilidad de sus afirmaciones centrales.
La teología calvinista intenta resolver estas tensiones mediante distinciones cada vez más sofisticadas —compatibilismo, causas segundas, intención versus aprobación—, pero cada distinción genera nuevos problemas. El resultado es un sistema que, en palabras del propio Calvino, hace a Dios «autor del pecado» en un sentido que el reformador nunca quiso aceptar pero que sus premisas le obligaban a admitir.
Conclusión
La doctrina calvinista de la doble predestinación, tal como fue formulada por Calvino y desarrollada por sus sucesores, es incompatible con el testimonio bíblico y con el carácter de Dios revelado en Cristo. Santiago 1:13 niega que Dios tiente a nadie; Ezequiel 33:11 y 2 Pedro 3:9 afirman que Dios no se complace en la muerte del impío y quiere que todos procedan al arrepentimiento; 1 Juan 4:8 define a Dios como amor; Génesis 18:25 apela al Juez de toda la tierra que hará justicia; 1 Timoteo 2:4 declara que Dios quiere que todos sean salvos. Estos textos, leídos en su contexto canónico, refutan la doble predestinación y establecen una visión de Dios en la que la soberanía y el amor, la justicia y la misericordia, se interpenetran sin contradicción.
La cruz de Cristo no revela a un Dios que necesitaba víctimas para calmar su soberanía, sino a un Dios que se entrega para salvarlas. Romanos 5:8 lo proclama: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Si la doble predestinación fuera verdadera, la cruz sería un teatro cruel: Cristo moriría por todos, pero solo los elegidos podrían beneficiarse de su sacrificio; Dios ofrecería una salvación que, para los réprobos, nunca estuvo destinada a ser recibida. Pero el Dios de la Biblia es justo y amoroso. Por eso, la conclusión es inevitable: la doctrina calvinista de la doble predestinación es incompatible con el carácter de Dios revelado en Cristo. No es una «verdad misteriosa» que debamos aceptar a pesar de su aparente contradicción moral; es una construcción teológica que debe ser rechazada porque hace de Dios un ser moralmente aborrecible, y porque contradice el testimonio unánime de las Escrituras sobre la universalidad de la oferta salvífica y la justicia de Dios en el juicio.

Notas
(1) Berkhof, L. (1938). Systematic Theology. Eerdmans, p. 108. Berkhof reconoce que la objeción de que el calvinismo hace a Dios autor del pecado sería «insuperable» si pudiera demostrarse.
(2) Edwards, J. (1754). Freedom of the Will. En The Works of Jonathan Edwards (Vol. 1). Yale University Press, 1957, p. 399. Edwards admite que la doctrina de la predestinación hace a Dios autor del pecado, pero sostiene que esto no es problemático porque Dios tiene derecho a hacer lo que quiera con sus criaturas.
(3) Pruss, A. R. (2016). The first sin: A dilemma for Christian determinists. En D. E. Alexander & D. M. Johnson (Eds.), Calvinism and the Problem of Evil (pp. 178-190). Pickwick Publications.
(4) White, H. (2016). Theological determinism and the «authoring sin» objection. En D. E. Alexander & D. M. Johnson (Eds.), Calvinism and the Problem of Evil (pp. 72-89). Pickwick Publications.
(5) Bignon, G. (2017). Excusing Sinners and Blaming God: A Calvinist Assessment of Determinism, Moral Responsibility, and Divine Involvement in Evil. Pickwick Publications.
(6) Bruce, J. E. (2016). Not the author of evil: A question of providence, not a problem for Calvinism. En D. E. Alexander & D. M. Johnson (Eds.), Calvinism and the Problem of Evil (pp. 90-107). Pickwick Publications.
(7) Helm, P. (2010). God, compatibilism, and the authorship of sin. Religious Studies, 46(1), 115-124.
(8) Welty, G. (2016). Molinist gunslingers: God and the authorship of sin. En D. E. Alexander & D. M. Johnson (Eds.), Calvinism and the Problem of Evil (pp. 51-71). Pickwick Publications.
(9) Hart, D. B. (2005). The Doors of the Sea: Where Was God in the Tsunami? Eerdmans, pp. 98-99.
(10) Alexander, D. E., & Johnson, D. M. (Eds.). (2016). Calvinism and the Problem of Evil. Pickwick Publications, p. 1.
(11) Van Inwagen, P. (1983). An Essay on Free Will. Clarendon Press, pp. 55-105.
(12) White, H. (2020). Fate and Free Will: A Defense of Theological Determinism. University of Notre Dame Press, pp. 150-180.
(13) Bignon, G. (2017), pp. 201-245. Para una crítica de la defensa compatibilista de Bignon, véase Turner, P. R. (2018). Review of Excusing Sinners and Blaming God. Journal of Analytic Theology, 6, 1-8.
(14) Molina, L. de. (1588). Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis. Para una exposición contemporánea, véase Flint, T. P. (1998). Divine Providence: The Molinist Account. Cornell University Press.
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