En una época en que los titulares y las redes sociales parecen competir por desvelar un nuevo escándalo —enriquecimiento ilícito, manipulación espiritual, autoritarismo pastoral—, se ha instalado en el imaginario colectivo una imagen del pastor que, si bien describe situaciones reales que deben ser denunciadas, resulta profundamente incompleta. La moneda, sin embargo, tiene dos caras. Mientras la opinión pública se escandaliza con justicia ante los casos de abuso de poder desde el púlpito, permanece en la penumbra un fenómeno igualmente lesivo y mucho más extendido: el abuso que las propias congregaciones, su membresía y sus estructuras de liderazgo ejercen sobre quienes han sido llamados a pastorear. No pretendo negar la existencia de líderes religiosos que han traicionado su vocación —la Escritura misma advierte sobre lobos vestidos de ovejas (Mateo 7:15)—, sino restituir un equilibrio necesario, dando voz a la mayoría silenciosa de pastores y pastoras que sirven con integridad, a menudo a costa de su salud emocional, su vida familiar y su propia fe.
Autor: pensamientopentecostalarminiano
¿Fe o medicina? — El falso dilema que le ha costado la vida a demasiados
Si hemos de ser fieles al testimonio completo de la Biblia, hemos de decir con toda claridad que acudir al médico o tomar medicamentos no constituye pecado alguno. Las Escrituras jamás presentan el remedio natural como un rival de la intervención divina, sino como un medio que Dios mismo ha dispuesto en su creación para el cuidado de la vida. De modo que la cuestión no es si el creyente debe orar o acudir al médico, porque ese dilema es ajeno a la revelación bíblica. La oración y la medicina no compiten; cooperan bajo la soberanía de un mismo Dios. Él es quien concede sabiduría al profesional de la salud, quien diseñó un organismo capaz de responder a un fármaco y quien, en su misteriosa libertad, puede sanar con o sin medios visibles. Como hemos visto, su poder no se mide por nuestro rechazo a los hospitales, y nuestra fe no se autentifica por la cantidad de recetas que dejamos de surtir. La verdadera fe pentecostal —esa que se ancla en la cruz y no en fórmulas mágicas— confía en que Dios sana, agradece cuando lo hace de manera sobrenatural, agradece cuando lo hace mediante un tratamiento, y se aferra a su gracia suficiente cuando la sanidad no llega ni por una vía ni por la otra. Porque el mismo Cristo que resucitó a Lázaro es el que lloró junto a su tumba, y en ambas actitudes nos mostró el corazón del Padre. Ni el médico es enemigo de la fe, ni la fe es enemiga del médico. Ambos pueden ser, y a menudo son, instrumentos del mismo Sanador.
Cuando el cayado se convierte en centro: 3 formas modernas de abuso pastoral y liderzgo tóxico
Hay heridas que se infectan en la oscuridad. Durante demasiado tiempo, muchas comunidades de fe han mirado hacia otro lado mientras se gestaba una tragedia silenciosa: la transformación del liderazgo pastoral en un sistema de poder que nada debe al Evangelio. No se trata de un fenómeno marginal ni de unas pocas manzanas podridas en un árbol sano. Es, más bien, una deriva estructural que ha encontrado terreno fértil en ciertas corrientes del cristianismo contemporáneo, particularmente en aquellos movimientos que enfatizan la autoridad espiritual sin los correspondientes contrapesos bíblicos.
La sanidad divina a la luz de la soberanía de Dios y la Theología Crucis
La verdadera fe pentecostal, enraizada en la Biblia y nutrida por la theologia crucis, no se caracteriza por exigir que Dios altere las circunstancias conforme al deseo humano, sino por mantener la adoración y la fidelidad intactas cuando el cielo guarda silencio. Es la fe de María al pie de la cruz, que no negocia la muerte de su Hijo sino que permanece. Es la fe de Pablo, que dejó de pedir la remoción del aguijón para gloriarse en sus debilidades. Es la fe de tantos santos anónimos que, aferrados al Espíritu, han convertido camas de hospital en altares de ofrenda.
Ni ídolo ni demonio: El dispensacionalismo ante el escrutinio bíblico (Desaciertos, aportes y un llamado a la lealtad a la Palabra)
Nuestra lealtad última no pertenece a ningún sistema. No juramos fidelidad a Darby ni a Scofield, como tampoco a Calvino ni a Arminio. Nuestra lealtad, aquella por la que estaríamos dispuestos a dar la vida si fuera necesario, es a la Palabra de Dios escrita, esa que «es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17, RV60). Pero no solo a la letra, sino a la Persona viva a la que esa letra testifica: Jesucristo, el Verbo hecho carne, que habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad (Juan 1:1, 14). La Escritura sin Cristo es un cuerpo sin alma; Cristo sin la Escritura es un fantasma sin anclaje histórico. Ambos, la Palabra escrita y la Palabra encarnada, se iluminan mutuamente y nos llaman a una fidelidad indivisible.
¿Dispensacionalismo antes de John Nelson Darby?
La pretensión de hallar un dispensacionalismo anterior a John Nelson Darby obliga a trazar una distinción rigurosa, tanto en el plano terminológico como en el histórico. El dispensacionalismo, en tanto sistema teológico cerrado y doctrinalmente articulado, no es una categoría orgánica del devenir cristiano, sino un constructo artificial del siglo XIX. Su formulación originaria recae en la figura de John Nelson Darby (1800-1882), cuyas innovaciones fueron posteriormente sistematizadas y difundidas por la Escuela de Plymouth y los círculos de la Niagara Bible Conference. No se trata simplemente de una periodización de la historia salvífica, sino de un entramado de afirmaciones sin verdadero arraigo en la tradición eclesial precedente: una hermenéutica pretendidamente literal que se aplica con rigidez selectiva, una dicotomía radical entre Israel y la Iglesia que fractura la unidad del designio redentor, la doctrina inédita de un rapto secreto pretribulacional y la postergación de las promesas veterotestamentarias a un reino milenial judío, concebido en términos crudamente terrenales. Ninguno de estos componentes, ensamblados como un cuerpo dogmático único, encuentra un correlato genuino en los siglos anteriores.
Sacrificios de animales en el milenio: ¿Memorial, error exegético o herejía velada del dispensacionalismo?
En el seno de ciertas tradiciones teológicas —y de manera especial en algunas expresiones del dispensacionalismo, esa corriente evangélica que entiende la historia de la salvación como una serie de administraciones divinas distintas (Ryrie, 1995, p. 28) — se sostiene una convicción controvertida: que durante el reino milenario de Cristo, el período de mil años al que alude Apocalipsis 20, los sacrificios de animales prescritos por la ley mosaica serán restaurados. Esta idea ha sido asumida de forma sistemática por el dispensacionalismo y, con diversos matices, ha encontrado eco en otras sensibilidades teológicas.
Cuando el sectarismo niega la legítima pentecostalidad: Una defensa del premilenarismo histórico
Dentro del amplio mundo pentecostal, existe una triste realidad: muchos creyentes, por malicia, sectarismo o simple ignorancia, pretenden negar el derecho a la pentecostalidad a aquellos hermanos que no abrazan el dispensacionalismo. Este fenómeno es particularmente visible en ciertas páginas y grupos que se autodenominan "defensores del pentecostalismo clásico", cuando en realidad lo que defienden es una versión tardía y distorsionada del movimiento. Es importante recordar un hecho histórico innegable: el pentecostalismo no nació dispensacionalista. Los primeros pentecostales, incluyendo figuras como Charles Parham, William Seymour y los participantes del avivamiento de la Calle Azusa (1906), no tenían un sistema escatológico uniforme, y muchos de ellos sostenían posiciones premilenaristas históricas o incluso posmilenaristas (Espinosa, 2014; Robeck, 2015). El dispensacionalismo, popularizado por la Escritura Scofield, fue una incorporación posterior, principalmente a través de influencias como la de Lewis Sperry Chafer y el Dallas Theological Seminary (Mangum & Sweetnam, 2009; Chafer, 1947). Por lo tanto, afirmar que el "pentecostalismo clásico" es sinónimo de dispensacionalismo es simplemente falso y constituye una manipulación histórica.
¿Un verdadero pentecostal debe ser dispensacionalista?: Desmontando la falacia del verdadero escocés («No true Scotsman» o «Appeal to Purity fallacy»), desde Azusa Street
Uno de los ataques más recurrentes y, paradójicamente, menos fundamentados que enfrentamos hoy quienes nos identificamos como pentecostales no dispensacionalistas —un colectivo vasto, diverso y en constante crecimiento— es la negación de nuestra propia autenticidad pentecostal por el simple hecho de no adherir al sistema teológico de la Biblia de Referencia Scofield. Este argumento, repetido a menudo por sectores del evangelicalismo clásico o por hermanos influidos por el dispensacionalismo popular, sostiene que la identidad pentecostal estaría intrínsecamente ligada a un esquema dispensacional rígido y a una lectura fragmentada de la historia de la salvación en dispensaciones herméticamente selladas. Sin embargo, basta con asomarse a la historia fundacional del movimiento para descubrir que semejante afirmación carece de todo fundamento histórico.
Tres ranas, un frente: reflexión sobre antisemitismo, antisionismo y discernimiento cristiano
Tras recorrer la tradición exegética —desde Victorino de Petovio y Agustín hasta Barnes, Gill, Jamieson-Fausset-Brown y Keener—, la conclusión es inevitable: las tres ranas de Apocalipsis 16:13 simbolizan espíritus demoníacos de engaño que impulsan a las naciones a la batalla contra Dios. No hay rastro de antisemitismo, antisionismo o antijudaísmo. Y si los hubiera, el propio Apocalipsis sería culpable de ellos, algo que Lancaster, por coherencia, debería denunciar también. Pero no lo hace, porque su lectura no es exégesis, sino eiségesis al servicio de una agenda teológico-política. Prefiero quedarme con lo que el texto realmente enseña: espíritus inmundos que engañan al mundo. No tres ranas ideológicas que saltan por Twitter o por los discursos de la ONU. Respeto a Lancaster como estudioso, pero aquí, francamente, no puedo acompañarlo. No porque esté en contra de Israel (no lo estoy), sino porque la Palabra de Dios merece más respeto que convertirla en un tablero de ajedrez geopolítico. Como bien dije al inicio: nuestros enemigos no son las personas, sino las falsas doctrinas. Y una mala interpretación de Apocalipsis, por muy bien intencionada que esté, no deja de ser una mala interpretación.