Arminianismo Clásico, Calvinismo, REFLEXIÓN BÍBLICA

Una Iglesia dividida y en confrontación

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Cómo es posible que tanto los calvinistas como los arminianos puedan leer la misma Biblia y llegar a conclusiones tan diferentes? ¿Cómo es posible que un premilenialista y un amilenialista puedan ambos leer el libro de Apocalipsis y llegar a conclusiones completamente diferentes sobre lo que dicho libro enseña? ¿Cómo es posible que un cristiano carismático y otro no carismático puedan leer juntos el libro de los Hechos o las listas de los dones del Espíritu y aún estar en desacuerdo sobre lo que está vigente en nuestros días y lo que no?

En los casi 2.000 años de historia de la Iglesia, han existido aproximadamente 33.820 denominaciones cristianas. Si bien es cierto algunos de dichos grupos están más de acuerdo entre sí que en desacuerdo, las 33.820 denominaciones que han existido en la historia del cristianismo han surgido debido a algún tipo de desacuerdo sobre las Escrituras, tradiciones o liderazgo. Muchas iglesias independientes también comienzan de la misma manera. La Iglesia de Jesucristo es cualquier cosa, menos unificada.

DIVISIÓN 1

UN PROBLEMA HUMANO

Este problema (la falta de unidad) tampoco es ajeno a otras religiones. El Islam, por ejemplo, demuestra su desunión en Irak entre los sunitas y los chiítas. En la nación de Arabia Saudita, el lugar de nacimiento del Islam, se puede encontrar poca unidad mientras los Wahabíes luchan contra todas las demás ramas del Islam. En cultos y sectas de inspiración cristiana como los Testigos de Jehová o la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), tampoco encontraremos verdadera unidad. Muchas ramas disidentes se han separado de dichos movimientos también. Por lo tanto, la unidad no necesariamente define la verdad.

DIVISIÓN 2

¿QUÉ PASA CON EL CRISTIANISMO?

Sí, todas las religiones sufren divisiones. Sin embargo, entre los cristianos no hay duda de que hay poca unidad. Efesios 4: 4-6, o pasajes como Juan 17: 20-23 Y 1 Corintios 1:10, nos dan la impresión de que Dios desea la unidad entre sus hijos. 1 Corintios 12:27 dice: ” Todos ustedes forman el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro necesario de ese cuerpo.” (NBV). Puesto que la Biblia enseña tal unidad, ¿Por qué la Iglesia está tan dividida?

Muchos otros antes que nosotros se han hecho esta pregunta y muchos han tratado de llevar la unidad a la Iglesia. Por ejemplo, Alexander Campbell en el siglo XIX, junto con otros, trató de abolir la idea de las denominaciones y simplemente llamó a sus iglesias, a “Iglesia de Cristo”. Lamentablemente, el movimiento de Campbell (llamado Restauracionista) comenzó a dividirse rápidamente. incluso antes de su propia muerte. Hoy en día hay muchas ramas dentro del movimiento de Restauración. Otros, como John Wesley o incluso Martin Lutero, se opondrían igual que Campbell al hecho de que muchas denominaciones se hayan formado a su alrededor.

Entonces, ¿Por qué esta desunión es tan frecuente en la Iglesia? ¿Cómo es que dos personas pueden leer de la misma Biblia (la misma traducción incluso) y llegar a un entendimiento diferente? Creo que la respuesta es esta:

(1.- EL HOMBRE ES PECADOR: Romanos 1: 18-25 establece la realidad de que todos queremos complacernos a nosotros mismos. En muchas de las iglesias que se han dividido, el problema era el pecado: Pecado en los que se fueron o pecado en los que se quedaron. A veces ambos pecaron. La humanidad pecadora a menudo quiere estar en lo cierto al ignorar lo obvio. Debido a que somos pecadores que necesitamos salvación, nuestra visión es limitada. No somos perfectos a pesar de lo que el humanismo antropocentrista quisiera que creyéramos. Nuestras ideologías a menudo son tan fácilmente influenciadas por nuestra carne. Ante la pregunta ¿Por qué está dividida la Iglesia? Una buena respuesta sería: ¡Porque somos pecadores!

2.-  NUESTRAS MENTES SON LIMITADAS: la Biblia es claramente la Palabra de Dios (2 Timoteo 3: 16-17; 2 Pedro 1: 16-21), pero esto no significa que siempre sea clara. Sin embargo, esto no viola el hecho de que la Biblia es inerrante e infalible. Simplemente demuestra que somos personas pecaminosas tratando de descubrir y comprender a un Dios santo. Nuestras ideas son limitadas (Juan 20:31). Sabemos en parte (1 Corintios 13: 8-12), tenemos suficiente conocimiento de la Biblia para la salvación (2 Timoteo 3:15). Sin embargo, no debemos volvernos arrogantes porque tenemos abundancia de conocimiento. Aun así, ¡No lo sabemos todo! Debido a que nuestras mentes son limitadas, tendemos a concentrarnos en lo que sabemos. Tenemos un entendimiento limitado, sin embargo, esto no debería disuadirnos de estudiar y buscar crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:18).

(3.- NOS AGRADAN SÓLO AQUELLOS QUE ESTÁN DE ACUERDO CON NOSOTROS: Tendemos a asociarnos con aquellos con quienes estamos de acuerdo. Nos asociamos con quienes creemos que están de acuerdo con nosotros. Esta es la naturaleza humana. Esto es cierto también en relación con la Iglesia. Los arminianos generalmente no asisten a iglesias reformadas. Los calvinistas rara vez asisten a iglesias arminianos ¡Muchos dudan incluso de considerarlos hermanos! La teología chocaría. La gente de música contemporánea generalmente no disfrutaría de un servicio de la iglesia luterana. Y muy seguramente un reformado se sentiría profundamente incómodo en un servicio de adoración pentecostal. Nos asociamos con aquellos con los que estamos de acuerdo. Esto no significa que tengamos razón. Podríamos estar equivocados. Pero sí muestra que, irónicamente, nuestra búsqueda de unidad ha logrado lo contrario: dividirnos aún más. ¿Cómo es esto posible? Porque, aunque anhelamos la unidad, solo tendemos a unificarnos con aquellos que están de acuerdo con nosotros, mientras que a la vez tratamos de persuadir a otros que no lo hacen. ¡Y esto nada tiene que ver con el evangelismo! No. Con el evangelismo no estamos tratando de ganar argumentos (1 Pedro 3: 15-16) sino de traer regeneración (Mateo 28: 19-20). ¡La salvación no es creer hechos sino la salvación es a través de la fe en una persona! Pero lo que están haciendo muchos cristianos no es evangelismo, sino proselitismo sectario dentro del Cuerpo de Cristo. ¿Qué de ético hay en que muchos calvinistas se infiltren en iglesias arminianas, pentecostales o de otra índole, y traten de robar, mediante argumentos, críticas impías y generalizaciones absurdas, miembros para sus iglesias? ¿Por qué habiendo un mar lleno de peces, aman pescar en pecera ajena?

(4.- EXÉGESIS SESGADA: Aquí es donde la cosa se pone difícil. Todos nosotros leemos nuestras Biblias con nuestras propias presuposiciones. Como soy arminiano, tiendo a leer Juan 6:37, por ejemplo, a través de los lentes de mi arminianismo. Mis hermanos calvinistas leerán Hebreos 6: 4-20 o 10:19-39 a través de su propia lente calvinista. Llegamos a pasajes sobre el bautismo en el Espíritu (Mateo 3:11; Marcos 1: 8; Hechos 1: 4-5) y, sin embargo, los pentecostales veríamos una cosa y el cesacionista reformado vería otra cosa. Tendemos a exagerar pasajes basados ​​en nuestra propia presuposición. La verdadera exégesis rara vez se encuentra. Tenemos desunión en la Iglesia porque leemos la Biblia con nuestros lentes particulares. ¿Cuándo nos los quitaremos?

DIVISIÓN 3

CONCLUSIÓN

De ninguna manera estoy tratando de atacar a la Iglesia. Amo a la Iglesia de Dios (Hechos 20:28). Me encanta ser discípulo de Jesús y me encanta tener comunión con otros discípulos. Sin embargo, sé que no sé todas las cosas. Obviamente soy arminiano y además pentecostal. Estoy convencido de que tanto el arminianismo como el pentecostalismo tienen una base bíblica. Esto no significa que mi sistema de creencias sea perfecto. No siempre estoy de acuerdo con todos los arminianos ni con todos los pentecostales en todos los puntos. Sé que solo Jesús salva por su gracia (Efesios 2:8-9). Sé que es mi deber difundir el evangelio a través del poder del Espíritu Santo y la Palabra (Hechos 1:8; Romanos 10: 14-17). Sé que la Biblia es la Palabra de Dios y que solo ella es la Palabra final de Dios (Salmo 119: 89). Sé que el Espíritu de Dios mora en todos los cristianos verdaderos (Romanos 8: 9; 1 Corintios 12:13). Pero después de eso, no sé casi nada.

Para concluir, viene a mi mente la hermosa, certera e inspirada composición titulada “Cristianos”, del cantante español Marcos Vidal:

“Antes les llamaban nazarenos, después cristianos

Hoy no saben ya cómo llamar a cada grupo,

hay tantos….

Antes al mirarles se decían: ¡Ved cómo se aman!,

hoy al contemplarles se repiten:

¡Ved cómo se separan!

¿Quién sabrá quién de ellos tiene la verdad?

 

Cómo ha conseguido el enemigo robarnos el terreno,

hemos comenzado a hacer murallas

olvidando lo primero.

Que no hay cristianismo verdadero detrás de una careta,

si no reflejamos a Jesús, perdemos nuestra meta.

 

Que él que sirve a los demás es el mayor,

que el sermón del monte aún está en vigor,

que aún existe el buen ejemplo

y la humildad de corazón

y que no hay vida ni hay iglesia si no hay perdón.

 

Ojalá el Maestro pueda decir como dijera hace años:

‘No lloréis, sólo duerme, no está muerta’.

¿Qué te pasa, iglesia amada, que no reaccionas,

sólo a veces te emocionas, y no acabas de cambiar?

 

Antes tenían todo en común y oraban en la noche.

Hoy compiten por saber quién tiene

mejor casa y mejor coche.

Antes morían abrazados en la arena del circo romano,

hoy discuten si al orar hay que alzar o no las manos.

 

Unos creen en profecías y otros no,

unos predican la fe y otros el amor,

uno habla en lenguas y otro presume de virtud

y el mundo muere, muere, muere sin ver la luz.

Ojalá el Maestro pueda decir como dijera hace años:

‘No lloréis, sólo duerme, no está muerta’.

¿Qué te pasa, iglesia amada, que no reaccionas,

sólo a veces te emocionas y no acabas de cambiar?

 

Jesús se levantó de la muerte,

¿y acaso a ti no habrá quién te despierte?

(Cristianos, Marcos Vidal)

UNIDAD

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana

La muerte no es el fin

Por Fernando E. Alvarado

Bíblicamente, la muerte es la terminación de la vida física por medio de la separación del cuerpo y el alma (Santiago 2:26). Para nosotros, los cristianos, la muerte no es el fin de la existencia, sino un cambio radical en el estado del ser humano (2 Corintios 5:1-4). Desde el punto de vista espiritual, es la prueba y la sanción de la desobediencia humana, que separada de Dios, la fuente de Vida, muere irremediablemente (Romanos 3:23; 6:23). Para todos los seres humanos, la muerte encierra una gran frustración, ya que en nuestros corazones anida el ansia por la inmortalidad. Todos sabemos que moriremos. Eso no es nada nuevo. Lo que verdaderamente nos acongoja es el proceso de muerte, el cómo moriremos. El temor y la agonía, el rechazo y el dolor, el miedo al castigo o lo incierto de la vida más allá de la vida terrena, son las pautas dramáticas que hacen que veamos la muerte como una gran tragedia. En la Biblia, Dios nos presenta la vida más allá de la muerte de una manera oscura en cuanto a sus detalles y formas, más no en cuanto a su propósito, realidad, tragedia, y también esperanza.

Al profeta Daniel se le dijo: “Pero tú, persevera hasta el fin y descansa, que al final de los tiempos te levantarás para recibir tu recompensa” (Daniel 12:13 NVI). En dicho pasaje Dios no presenta la partida de Daniel de una manera dramática; simplemente la señala como un hecho ineludible. No había nada que temer, Él lo tenía todo dispuesto. Esto se debe a que para nosotros, los cristianos, la muerte no es más que un estado intermedio. Es el período entre la partida de este mundo y la resurrección con Jesucristo. Es simplemente estar con el Señor, reposando de los trajines de la vida y recibiendo su inmensa consolación. La muerte no es nuestro fin, sino apenas un nuevo comienzo. Así lo decía Juan: “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:17 NVI).

¿Somos los cristianos insensibles ante la muerte? En ninguna manera. Pero nuestra fe nos da una perspectiva diferente de la misma. Para nosotros, como para cualquier otro ser humano, la muerte es dolor, pero también reflexión. Las lágrimas de la muerte limpian nuestros ojos para ver con claridad y perspectiva la vida que tenemos por delante. Así, el cristianismo es más que un simple consuelo tímido al dolor; es más bien una poderosa promesa de Dios: “Ésta es la promesa que él nos dio: la vida eterna” (1 Juan 2:25 NVI). Saber que tenemos victoria sobre nuestro mayor enemigo nos da libertad para enfrentar la vida de una manera completamente distinta. Jesucristo, quien es la vida, se enfrentó a la misma muerte en la Cruz, símbolo eterno de la muerte. Él tomó allí nuestros pecados y fracasos para de una vez y por todas destruir el poder que la muerte tenía sobre nosotros. Se manifestó su victoria en la resurrección de entre los muertos, ya que la muerte no le pudo contener. Y así como a Daniel se le ofreció victoria sobre la muerte, el Señor también nos ofrece lo mismo a todos aquellos que hemos hecho un pacto de vida con Jesucristo: “Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5:24; NVI) y “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3, NVI). Por eso la verdadera vida se manifiesta cuando permanecemos sujetos a Dios, cuando le conocemos, cuando hemos sido limpiados por la Sangre del Cordero y la vida del Cristo resucitado ha dado vida nueva a nuestra propia mortalidad. ¡Y este es un milagro mucho mayor que cualquier sanidad física que nos libere temporalmente de la muerte! Es el milagro de una vida liberada eternamente de condenación y cuya promesa y seguridad es la vida eterna.

¿Por qué entonces ver la muerte como algo irreparable? Para nosotros, los cristianos, hay esperanza. Llegará el día “cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»” (1 Corintios 15:54-55, NVI). Es la gratitud, no el temor, quien rige ahora la vida del cristiano. Es la esperanza, y no la ansiedad ni la desesperación, la que gobierna ahora nuestra vida: “Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo; y ahora lo ha revelado con la venida de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio” (2 Timoteo 1:9-10, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Somos polvo nada más, frágiles vasijas de barro

Por Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

Todos conocemos la tremenda historia del Rey Nabucodonosor y su legendaria frase: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). Su arrogancia, soberbia y orgullo, lo llevaron a enloquecer durante siete tiempos y vagar errante por los montes y campos como un animal salvaje (Daniel 4:31-37). Esta historia conmueve mi corazón y me lleva a pensar que, si desde antes de la fundación del mundo, la arrogancia y el orgullo de Satanás le llevaron a su caída (Isaías 14:12-15), y si el orgullo está de primero en la lista de las siete cosas que aborrece el Señor en el libro bíblico de Proverbios (Proverbios 6:16-19), entonces hoy, en los últimos tiempos, el orgulloso, la soberbia y la arrogancia humana están más que nunca a la orden del día. Para el mundo el orgullo es sinónimo de fortaleza, poder y autoridad. No lo ven como un pecado, sino como algo positivo. Dios, sin embargo, tiene una escala de valores muy diferente. Un precioso texto bíblico afirma que Dios “hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmo 149:4). Lo cual concuerda con las palabras de Jesús: “Tomad mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Dios valora la humanidad. Eso está claro. La pregunta es: ¿Y nosotros? ¿Valoramos la humanidad? ¿Somos verdaderamente humildes? Examinándome a mí mismo puedo ver que no. Y que, de hecho, me falta mucho por lograr el ideal propuesto por Jesús.

DUST 3

LA HUMILDAD, UNA VIRTUD POCO DESEABLE

Pero ¿Por qué la humildad nos parece tan poco deseable? ¿Por qué parece tan difícil de alcanzar? Quizá se deba a que hemos olvidado lo que somos. El humanismo antropocéntrico nos ha hecho olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos: ¡Al polvo! Así de sencillo: Dios nos hizo del polvo (Génesis 2:7) y un día nos devolverá al polvo (Salmo 90:3). En vez de eso, el ser humano ha construido un universo imaginario en el cual él es su propio dios y centro del universo. Pero tal universo es irreal. El ser humano no es un dios, es polvo nada más. ¡Polvo! Sí, el mismo que pisoteados y sobre el cual caminamos todos los días. Por eso pregunto: ¿Acaso hay algo grande y digno de jactancia y presunción en el hombre hecho de polvo? ¡No lo creo! El polvo es materia inanimada, sin vida, desintegrada. Es el polo opuesto a las complejas células interconectadas, los sistemas orgánicos, los patrones neuronales, los nervios, los músculos, los huesos, los tejidos, todo el sistema maravillosamente hilado que conforma a un ser humano vivo, formado en el vientre por el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 139:13).

DUST 2

Un ser humano vivo puede caminar, correr, construir, pensar, hablar, actuar, amar. Pero el polvo es apenas un conjunto de partículas desconectadas en la tierra, sin vida, sin acción, sin voluntad, sin poder; es materia inerte e inorgánica. Lo digno de ser recordado en todo esto es que tú y yo venimos del polvo, y nuestros cuerpos volverán al polvo. En ningún momento de nuestras vidas mortales estamos lejos de volver al polvo. De hecho, cada día que pasa estamos más cerca de volver a él. Somos muy frágiles… ¡Más de lo que quisiéramos admitir! A veces nuestra prosperidad temporal, la buena salud y nuestros logros de cualquier índole nos llevan al autoengaño y la negación de nuestra frágil condición humana. El problema de estar fuertes y sanos es que tú y yo empezamos a creer que somos algo más que partículas de polvo sobre las que Dios ha respirado aliento de vida temporalmente. Puesto que soy capaz de caminar, pensar, hablar, y actuar, empiezo a creer que soy inmortal: que siempre podré caminar, pensar, hablar, y actuar. Pero no será así. Es saludable aceptar la verdad de que somos polvo. Estamos hechos de polvo. En esta vida mortal nunca seremos más que un puñado de partículas de tierra en las que Dios ha soplado el aliento de vida temporalmente. Somos frágiles y delicados, y haríamos bien en no olvidarlo nunca.

VASIJA DE BARRO

EL LÍDER CRISTIANO Y SU LLAMADO A LA HUMILDAD

Sí. Sé bien que tú y yo somos diferentes. Tenemos distintos tipos de resistencia, tanto física como mental. Tenemos capacidades diversas para soportar más o menos horas de trabajo. A algunos se nos da bien viajar, a otros no tanto. En muchos sentidos tenemos distintas capacidades. Pero sea cual sea la constitución que Dios nos ha dado, ninguno somos más que polvo. Cada cristiano, y en particular aquellos que hemos sido llamados por Dios al ministerio o elegidos para ejercer responsabilidades de liderazgo en el Cuerpo de Cristo, debemos tener siempre en mente que, cuando nos rendimos a Jesús como Señor, no le ofrecimos los servicios de una criatura divina o semidivina para fortalecer su reino: le ofrecimos la vida frágil, temporal, mortal y delicada que él nos dio primero a nosotros. Eso es todo lo que tenemos para ofrecer. Dios lo sabe. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (Salmos 103:14), él recuerda que somos polvo. Conocer esto es vital al rendir nuestras vidas a Él en el ministerio. Solo teniendo esto en mente podremos escapar del orgullo, la soberbia y la arrogancia. Ahora pues: “Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, NTV).

CREACIÓN DE ADÁN

 

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Esclavos del dinero

Por: Fernando E. Alvarado.

El dinero es fundamental para subsistir, del mismo modo que es necesario el vestido, el techo o la alimentación de cada día, para poder llevar una vida en condiciones dignas y saludables. Esa es precisamente la paradoja, que el dinero es indispensable y que, al mismo tiempo, empobrece la existencia si se convierte en lo fundamental, “porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.” (1 Timoteo 6:10). No es nada fácil sobrellevar esta contradicción en el diario vivir. Hoy vemos a muchos que han destruido sus hogares y perdido sus relaciones más preciadas al permitir que la obsesión por las riquezas les domine. Y es que el dinero es sin duda un buen siervo, pero si logra dominarte se convertirá en un amo cruel y despiadado.

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Jesús pronunció esta sobria advertencia: “Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?” (Marcos 8:36). Lograr mucho en esta vida no es malo, pero si no nos preocupamos por amar y obedecer al Señor, nada de lo que logremos tendrá valor duradero. Nuestro enfoque debe estar en la fidelidad al Señor antes de cualquier otro logro que persigamos: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:19-21). Hoy, procuremos ante todo hacer la voluntad del Señor, sabiendo que Él tiene cuidado de nosotros y jamás nos desamparará; antes bien proveerá para todas nuestras necesidades (Mateo 6:26). ¡No temas! Deja de afanarte por las cosas de este mundo y busca la gloria de Dios, entonces verás como “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:19).

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Aprendiendo a confiar en Dios

Por: Fernando E. Alvarado.

Confiar en Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando no podemos entender su voluntad para nosotros. Por eso necesitamos comprender que Dios responde a las oraciones de sus hijos solamente de dos maneras: provisión o protección. Si nos da lo que pedimos, es por su gran amor. Pero lo contrario también es cierto (y a menudo no nos damos cuenta): si el Señor no nos da lo que pedimos, entonces nos protege de ello. Debido a que Dios le da a sus hijos solo buenas dádivas, cada vez que retiene algo, podemos estar seguros de que no servía para su propósito final: conformarnos a la imagen de Cristo. A veces Dios no nos da las cosas que pedimos porque la cosa en sí es mala. Otras veces es debido al fruto podrido que traería a nuestras vidas, el dolor invisible que causaría, o las lecciones o la formación que nos quitaría. A veces, el “no” de Dios es por un tiempo, y al esperar, nos da lo que no hubiéramos obtenido si nos hubiera dado de inmediato lo que pedimos.

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A menudo, somos llamados a ser como la mujer de la parábola de Jesús que busca la justicia de un juez injusto, y debemos esperar en el Señor y ser persistentes en nuestro pedir (Lucas 18:1-8). Pero incluso en ese caso, Dios no es el juez injusto. En esos momentos, no aguanta hasta que nos arrastremos en súplica; más bien, en su tiempo providencial, nos forma y conforma hasta que estemos listos para recibir su respuesta, pues si bien es cierto que nuestro Dios es soberano y Él “hace lo que le place” (Salmo 115:3), su soberanía no es una regla fría y dura que no toma en cuenta el sentir del hombre. Y es que el amor de Dios gobierna la soberanía de Dios. En su bendita providencia Dios satisface las necesidades de su pueblo, de acuerdo con su amor por ellos.

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Sabiendo que Dios te cuida, no debes temer la pérdida, el dolor, o la muerte. Jesús, en Mateo 6:25–34, nos manda no estar “ansiosos por nada.” De hecho, Jesús nos invita a presenciar la providencia de Dios sobre la creación y allí ver su amor por nosotros, ya que si los pájaros no siembran, pero son alimentados (Mateo 6:26); si los lirios del campo no trabajan, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón (Mateo 6:28-29). ¿Qué no hará Dios por nosotros, que somos mucho más valiosos que ellos? Pues Dios no es solo nuestro Creador; sino nuestro Padre amoroso. Y Él sabe lo que necesitas. Su provisión no es arbitraria. Él no retiene las bendiciones para someter a sus hijos a una prueba cósmica de tolerancia al dolor. El Dios de la Providencia es nuestro Dios, y Él conoce nuestras necesidades. Él añadirá la provisión. ¿Confías en esta clase de Dios sabio, soberano y providente? ¿Qué tal si dejamos de ver la soberanía de Dios como el terrible martillo que nos golpea con su frialdad, o la voluntad caprichosa que a veces nos niega lo que más deseamos? ¿Por qué no verla, más bien, como la tierna almohada sobre la cual descansa nuestra paz y seguridad? Entonces aprenderemos “a conocer la voluntad de Dios… la cual es buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NTV).

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¡Libérate de la envidia!

Por: Fernando E. Alvarado.

La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida. Sin embargo, todos luchamos con eso en un momento u otro de la vida, o quizás en más momentos de los que quisiéramos admitir. ¿Y sabes por dónde empiezan la envidia y los celos? Por la comparación. Cuando comparas tu realidad con la de otro, cuando comparas tu familia con la de tu amigos, cuando comparamos nuestros ministerios o trabajos, poco a poco nuestro corazón comienza a contaminarse y, sin darnos cuenta, llegamos al punto en que nos encontramos cuestionando incluso a Dios. Ante tales peligros, la Palabra está llena de exhortaciones a cuidar nuestro corazón y limpiarlo de cosas tan contaminantes como los celos, la envidia y la codicia de lo que otro tiene o ha logrado. Podemos justificarlo de mil maneras, pero déjame decirte sin tapujos una vez más: ¡La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida! Desde un principio, Él lo dejó bien claro. El Creador, que nos conoce muy bien por eso mismo, porque es nuestro Creador, sabía que el codiciar produce envidia, y la envidia, muerte. Por eso mandó: “No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca” (Éxodo 20:17; NVI).

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Quizá te parezca increíble pero ¡Muchos incluso envidian la relación con Dios, la unción, el ministerio, los puestos en directivas y el liderazgo de otros! Esto los lleva a ni siquiera poder soportar la sola presencia de la persona que envidian. Hablan mal de ellos, los critican en público, en privado, o incluso en las redes sociales y la iglesia ¡Hasta usan sus sermones para atacarles! Si otro organiza un evento “no sirve”, si cobran “es porque son mercaderes de la fe”, si no cobran “son tontos, no valoran su trabajo”. ¡Siempre hallarán un pelo en la sopa! Cuál Caín, si pudieran eliminarían el objeto de su envidia, pues les causa profundo enojo ver cómo Dios respalda a otros y no a ellos. Tan solo piensa en lo que nos dice la Palabra: “Caín presentó al Señor una ofrenda del fruto de la tierra. Abel también presentó al Señor lo mejor de su rebaño”, sin embargo, “el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda. Por eso Caín se enfureció y andaba cabizbajo.” La respuesta del Señor a Caín fue contundente: «¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero, si haces lo malo, el pecado te acecha, como una fiera lista para atraparte. No obstante, tú puedes dominarlo». Lamentablemente, lejos de arrepentirse, Caín habló con engaños a su hermano Abel y “Mientras estaban en el campo, Caín atacó a su hermano y lo mató.” (Génesis 3:3-9, NVI). ¿Qué hay de nosotros? ¿Seremos en el fondo más parecidos a Caín de lo que pensamos?

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Sí, quizás ni tú ni yo hemos matado a nadie por envidia literalmente, pero en nuestro corazón… ¡Ah, la historia es muy diferente! Ese llamado “monstruo” de la envidia nos devora. Por eso la Palabra nos exhorta: “No seamos como Caín que, por ser del maligno, asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo hizo? Porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Juan 3:12; NVI). En muchas ocasiones, la marcha de nuestra vida también se detiene porque hemos decidido actuar de la misma manera y dejar que la envidia tome el control de nuestras decisiones. Con toda honestidad, ¿se está enfermando tu corazón por causa de este mortífero veneno? ¿Has entendido que eres una persona que constantemente se siente insatisfecha? La única manera de liberarnos es dejar que Dios nos cure. Y para ello necesitamos implementar primero estos pasos: (1) Reconocer los celos y la envidia como lo que son, un pecado; (2) Confesarlos a Dios y arrepentirnos y (3) rendirnos a la obra transformadora del Espíritu Santo para que esta actitud cambie. Y tú ¿Qué harás? ¿Dejarás que la envidia te controle? O por el contrario, ¿Le permitirás al Señor que te ayude a erradicarla de tu vida? ¿Qué tal si hacemos nuestros los siguiente versículos?

“Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia, deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que han probado lo bueno que es el Señor.” (1 Pedro 2:1-3, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Glorifica a Dios con tu trabajo

Por: Fernando E. Alvarado.

Cuando pensamos en cómo será el cielo, a menudo pensamos que estaremos allí vestidos con batas blancas, tal vez jugando en las nubes. Muy pocas personas contemplan que en el cielo nuevo y la tierra nueva aún estaremos trabajando, pues a veces se piensa que trabajar es una maldición de la cual nos despojaremos al entrar a la presencia eterna de Dios. Detrás del pensamiento de que no trabajaremos en el futuro celestial está la idea errada de que el trabajo no era el plan inicial de Dios para nosotros. Muchos incluso creen que el trabajo fue dado por Dios como castigo en respuesta al pecado del hombre luego de la Caída. Sin embargo, cuando examinamos estos asuntos a la luz de la Palabra, vemos que no es así. Dios creó al hombre y le asignó un trabajo aún antes de la caída (Génesis 2:15). Jesucristo mismo dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” (Juan 5:17). De modo que, en vez de considerar el trabajo como una maldición por el pecado, los cristianos debemos ver el trabajo como un regalo.

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Para los creyentes, el trabajo tiene triple importancia:

(1) Es un don de Dios para proveer para nuestras necesidades.

(2) nos permite servir a los que están a nuestro alrededor, y más importante aún.

(3) nos permite reflejarlo a Él. Muchos creen erróneamente que sólo glorifica y sirve a Dios aquel que trabaja en el ministerio pastoral, evangelístico, misionero, o de cualquier otra índole. Eso no es cierto. Cualquier labor que efectuamos con excelencia glorifica a Dios. Esto no solo incluye los eclesiásticos o ministeriales, sino también los trabajos físicos que hacemos y, de hecho, todas nuestras obras: “Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre” (Colosenses. 3:17).

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En Romanos 12:2, el apóstol Pablo nos llama a renovar nuestro entendimiento y no conformarnos al mundo. El mundo reconoce algunas vocaciones, carreras, oficios y profesiones más que otras. Pero tal cosa no existe en realidad. Lo que varía es el círculo de impacto de nuestro trabajo, mas no su importancia, porque en el plan de Dios y en su propósito eterno, Él ha designado a cada persona su lugar, rol, y propósito en la creación de este lado de la eternidad (2 Timoteo 2:20). Nuestro trabajo es de importancia eterna cuando es hecho para la gloria de Dios, así seas médico, maestro, abogado, agricultor o cocinero. Cualquiera sea tu oficio, carrera o profesión, cúmplela con excelencia y glorifica a Dios a través de ella desarrollándola “con integridad de corazón, como [para] Cristo.” (Efesios 6:5′ NVI). Si eres empleado, haz tu trabajo fielmente, con excelencia, no “solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho.” (Efesios 6:6-8, NVI).