Sionismo cristiano, indiferencia evangélica y la crucifixión silenciosa de los cristianos palestinos
Por Fernando E. Alvarado
Resumen
Este artículo examina la situación de la comunidad cristiana palestina desde una perspectiva teológica y sociopolítica, argumentando que el cristianismo evangélico occidental, particularmente el alineado con el sionismo cristiano, ha reproducido el «espíritu de Caín» al desentenderse del sufrimiento de sus hermanos palestinos. Se documenta el declive demográfico de los cristianos palestinos, las causas estructurales de su éxodo —ocupación militar, restricciones de movimiento, violencia de colonos y asfixia económica— y se analiza la paradoja de la víctima convertida en victimario, señalando paralelismos entre la experiencia del Holocausto y las prácticas de dominación ejercidas por el Estado de Israel sobre el pueblo palestino. Se sostiene que la indiferencia evangélica ante esta realidad constituye una complicidad teológica que socava la credibilidad profética de la iglesia global. El artículo concluye con un llamado urgente a reconocer en el rostro del cristiano palestino el rostro mismo de Cristo sufriente.
Palabras clave: cristianos palestinos, sionismo cristiano, teología de la liberación palestina, genocidio, espíritu de Caín, victimario-víctima.

1. La pregunta que nos condena
«¿Soy yo guarda de mi hermano?» (Génesis 4:9). La pregunta que Caín lanzó a Dios tras haber asesinado a Abel no es una simple interpelación retórica. Es el grito de una conciencia que se niega a reconocer al otro como hermano. Es la voz de quien ha decidido que la sangre del prójimo no le incumbe. Es, en definitiva, la confesión de una espiritualidad que ha matado dos veces: primero al hermano, y luego a la propia capacidad de sentir su dolor.
El espíritu de Caín es la negación de la fraternidad. Se resume en una pregunta: «¿Soy yo guarda de mi hermano?» Al pronunciarla, Caín no solo evadió su responsabilidad; negó el vínculo mismo que lo hacía hermano (1). Esa misma pregunta, cuando hoy es formulada por gran parte del cristianismo evangélico occidental ante el dolor de los cristianos palestinos, deja al descubierto una profunda crisis teológica y moral. Pero hay algo más grave que la pregunta, algo que hiela la sangre. Caín no preguntó desde la inocencia. Preguntó después de haber matado. Ya había derramado sangre. Y nosotros, los cristianos occidentales (y particularmente los evangélicos, que al parecer nos estamos convirtiendo en sus herederos espirituales) tampoco preguntamos desde la inocencia, sino desde la complicidad.
La comunidad cristiana palestina es una de las más antiguas del mundo, con raíces que se remontan a los primeros siglos de la era cristiana. Son los descendientes directos de aquellos que escucharon a Pedro predicar en Pentecostés, de aquellos que vieron a Esteban morir apedreado, de aquellos que construyeron las primeras iglesias en Belén, Nazaret y Gaza. Sin embargo, hoy sobreviven en medio de una presión creciente que los ha reducido a una minoría cada vez más pequeña y vulnerable. Analizar su situación exige mirar de frente realidades incómodas, especialmente para aquellos cristianos occidentales que han asumido sin matices una postura de apoyo incondicional al Estado de Israel.
Este artículo sostiene que el cristianismo evangélico occidental, en su alineación mayoritaria con el sionismo cristiano, ha reproducido el espíritu de Caín. Al bendecir incondicionalmente al Estado de Israel y al ignorar el sufrimiento de los cristianos palestinos, ha negado de facto la relación fraterna que lo une a la iglesia madre de Jerusalén. Más aún, ha contribuido a crear un ambiente teológico en el que la destrucción de un pueblo puede ser percibida como un acto santo. Es una ironía amarga: quienes se reclaman herederos de la fe apostólica bendicen a quienes desposeen a los descendientes espirituales de los apóstoles. Es como si los hijos de una familia celebraran la demolición de la casa de sus propios padres.
2. Metodología
Este artículo es un ensayo de interpretación teológica y política, no un informe neutral. Su objetivo es doble: por un lado, documentar la situación demográfica, histórica y sociopolítica de la comunidad cristiana palestina; por otro, ofrecer una lectura teológica contextual que interpele a las iglesias occidentales. Los datos presentados provienen de fuentes verificables: censos, informes de organismos internacionales, declaraciones eclesiásticas y testimonios de líderes locales.
La perspectiva hermenéutica adoptada es la de la teología de la liberación palestina, tal como la articuló Naim Ateek, fundador del Centro Teológico Ecuménico de Liberación Sabeel en Jerusalén. Su obra principal, Justicia y solo justicia: una teología palestina de la liberación (1989), propone una lectura de las Escrituras desde la perspectiva de los oprimidos, no de los poderosos (2). Ateek busca una nueva hermenéutica bíblica que enfatice una visión universal e inclusiva de Dios, frente a las visiones restrictivas y exclusivas de ciertos teólogos judíos y occidentales. La teología palestina de la liberación se distingue de la variante latinoamericana porque aborda la opresión sionista y colonial, en lugar de centrarse exclusivamente en la opresión económica (3).
No pretendo ser neutral. No puedo serlo. Cuando se trata de la vida de un pueblo, la neutralidad es una forma de complicidad. Escribo desde la convicción de que la teología no es un ejercicio académico aséptico, sino una herramienta de liberación o de opresión. Y escribo, sobre todo, con el corazón roto por el sufrimiento de hermanos que no conozco en persona, pero cuyo dolor reconozco como propio.
3. Raíces históricas: dos mil años de presencia ininterrumpida
Los cristianos palestinos no son una comunidad importada ni reciente. Son descendientes directos de los primeros discípulos que recibieron el evangelio en Jerusalén, Judea, Samaria y Galilea. El libro de los Hechos narra cómo la iglesia nació en Jerusalén el día de Pentecostés: «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo» (Hechos 2:4-5).
Quiero que el lector se detenga en este punto. No se trata de una abstracción teológica. Se trata de personas de carne y hueso. Son los bisabuelos de los bisabuelos de quienes hoy viven en Belén. Son los que plantaron olivos que todavía dan fruto. Son los que construyeron iglesias cuyas piedras aún sostienen muros. Son los que cantaron himnos en una tierra que luego sería disputada por imperios, pero que para ellos siempre fue hogar.
Durante los primeros siglos, la mayoría de la población de Palestina se convirtió al cristianismo. Ciudades como Belén, Nazaret, Jerusalén y Gaza fueron centros cristianos florecientes mucho antes de la llegada del islam en el siglo VII. En el siglo XIX, bajo dominio otomano, los cristianos representaban aproximadamente el 24% de la población de la Palestina histórica. Incluso después de la conquista musulmana, los cristianos siguieron siendo una presencia significativa durante siglos, conviviendo con altibajos bajo distintos imperios.
El punto de inflexión llegó en 1948. Durante la Nakba, aproximadamente 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares. Setenta y cinco años después, sus nietos aún conservan las llaves de las casas que perdieron. Las guardan como reliquias, como si un pedazo de metal pudiera devolverles lo que la historia les arrebató. En Belén, ciudad que hasta entonces tenía una mayoría cristiana superior al 80%, la llegada de refugiados musulmanes expulsados de otras zonas alteró profundamente su composición demográfica. La ocupación israelí de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este en 1967 intensificó el declive. En aquel año, los cristianos representaban alrededor del 6% de la población de Cisjordania; hoy son poco más del 1%.
Dimitri Diliani, cristiano palestino, lo expresa con una claridad que duele: «Cuando hablo de los cristianos palestinos, hablo de un pueblo indígena que ha estado aquí desde la época de Cristo, y nuestra fe está arraigada en la tierra misma. No llegamos con el proyecto sionista; somos los descendientes de sus habitantes originales, y nuestra presencia en esta tierra es antigua e ininterrumpida» (12). Cada palabra suya es un acto de resistencia contra quienes quieren borrarlos de la historia.

4. Demografía actual: una minoría en extinción lenta
Los números son elocuentes y están documentados por múltiples fuentes (4). La población cristiana en Cisjordania, incluida Jerusalén Este, se estima en aproximadamente 40.000 a 45.000 personas, lo que representa un poco más del 1% de la población. En 1967, cuando Israel comenzó a ocupar el territorio, los cristianos representaban alrededor del 6%. En Gaza, la comunidad cristiana se ha reducido a solo alrededor de 600 personas en la actualidad, frente a las aproximadamente 1.700 que había antes de la guerra de 2023. A finales de 2024, los cristianos en las fronteras internacionalmente reconocidas de Israel representaban aproximadamente el 1,8% de la población, con un mayor declive en Jerusalén y el resto de Cisjordania, donde las comunidades cristianas constituyen aproximadamente el 1,5% bajo el régimen militar israelí.
Detrás de cada cifra hay un rostro. Detrás de cada porcentaje hay una familia que se desintegra. Detrás de cada estadística hay una madre que llora porque sus hijos se van y no volverán. En Belén, donde los cristianos eran alrededor del 85% de la población a mediados del siglo XX, hoy representan aproximadamente el 10% (5). La ciudad que vio nacer a Jesús se ha convertido en un lugar de partida. Las casas quedan vacías. Las llaves se oxidan. Los árboles genealógicos se cortan.
En Taybeh, el último pueblo completamente cristiano de Cisjordania, las calles se muestran casi vacías. El padre Bashar Fawladeh, párroco de la iglesia católica Cristo Redentor, advierte con una voz que parece quebrarse: «Estamos en peligro. Quizá esta tierra sea vaciada de cristianos, pero nosotros como cristianos, como Iglesia, no vamos a permitirlo» (7). Taybeh, que contaba con 3.000 habitantes en la década de 1980, tiene hoy solo 1.200. Es como ver una vela encenderse en la oscuridad, sabiendo que el viento sopla cada vez más fuerte.
La emigración es constante. Según el reverendo Mitri Raheb, fundador y presidente de la Universidad Dar al Kalima en Belén, más de 200 familias cristianas han emigrado de Cisjordania desde que comenzó la guerra de Gaza en 2023 (6). Raheb ha advertido: «Si las condiciones actuales continúan, no quedará ni un solo cristiano palestino para 2050». No es una profecía. Es una advertencia. Es el grito de un pastor que ve a su rebaño dispersarse y no puede hacer nada para evitarlo. Una encuesta del Centro Palestino de Investigación Política y de Encuestas de 2020 encontró que el 35% de los cristianos de Cisjordania consideraban emigrar por razones económicas o de estabilidad (4). Uno de cada tres. Uno de cada tres hermanos nuestros está pensando en irse. Uno de cada tres está a punto de convertirse en un recuerdo.
La disminución no es un accidente. Es el resultado de una combinación de factores: ocupación militar, restricciones de movimiento, falta de oportunidades económicas, violencia de colonos y, sobre todo, la sensación de no tener futuro. Es el resultado de décadas de políticas que han hecho la vida imposible para quienes se aferran a su tierra. Es el resultado de un mundo que ha decidido mirar hacia otro lado.
5. Bajo la ocupación israelí: causas estructurales del éxodo
5.1 Restricciones de movimiento y asfixia económica
Desde 1967, Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este están bajo ocupación militar israelí. Los cristianos palestinos sufren las mismas restricciones que sus vecinos musulmanes: muros de separación, puestos de control, demoliciones de viviendas, confiscación de tierras y violencia de colonos. El muro construido por Israel, que la Corte Internacional de Justicia declaró ilegal en 2004, ha partido comunidades enteras. En Belén, el muro rodea la ciudad por tres lados, asfixiando su economía y separando a familias. Es un muro de hormigón de ocho metros de altura. Es más alto que la mayoría de las casas. Es tan alto que tapa el sol. Los niños que crecen a su sombra no saben qué hay al otro lado. Algunos ni siquiera saben que hay un otro lado.
Issa Qassis, un emprendedor de 31 años de Ramala, describe su frustración con una mezcla de rabia y resignación: «Empecé a pensarlo seriamente hace aproximadamente un año. Cada vez que avanzo un paso en mi trabajo, termino retrocediendo tres» (4). Qassis señala que las restricciones de movimiento —»tener que esperar tres o cuatro horas en los puestos de control» israelíes— y la multiplicación de las operaciones militares lo han convencido de que necesita encontrar «otro refugio». «Antes, los padres presionaban a sus hijos para que se quedaran aquí. Ahora los animan a emigrar», añade (4). Es el sonido de una sociedad que se rinde. Es el suspiro de una generación que ya no cree en el futuro. Es el silencio de los padres que, con el corazón destrozado, le dicen a sus hijos: «Vete. No hay nada para ti aquí».
5.2 Violencia de colonos y operaciones militares
Desde el inicio de la guerra de Gaza en 2023, los ataques de colonos israelíes contra palestinos en Cisjordania se han vuelto cada vez más frecuentes, y el ejército israelí ha multiplicado sus operaciones y puestos de control. En Taybeh, los ataques de colonos se han multiplicado, incluyendo la quema de vehículos y el incendio de las inmediaciones de la iglesia en ruinas de San Jorge, que data del siglo V, y de un cementerio cristiano bizantino (7). Los patriarcas de las iglesias cristianas de Tierra Santa expresaron en un comunicado conjunto su preocupación por «el clima de impunidad imperante» y el hecho de que la Policía israelí solo hubiese aludido a daños materiales y no a un «contexto más amplio de intimidación y abusos sistemáticos» (7).
Quiero que el lector imagine la escena. Una iglesia del siglo V, cuyas paredes han resistido invasiones, terremotos y guerras, es incendiada por colonos. Un cementerio donde descansan los restos de generaciones de cristianos palestinos es profanado. Y la respuesta oficial es que solo hubo «daños materiales». Como si las piedras no tuvieran memoria. Como si los muertos no tuvieran dignidad. Como si los vivos no tuvieran derecho a llorar.
5.3 Factores económicos
El colapso del turismo de peregrinación —agravado por la guerra en Gaza— ha devastado la economía de ciudades como Belén, donde muchas familias cristianas dependían de la industria turística. «El turismo que una vez ancló nuestras comunidades en Jerusalén, Belén y los pueblos circundantes ha sido estrangulado por las políticas israelíes que restringen el movimiento y la oportunidad económica», escribe Diliani (12). Las tiendas de recuerdos están cerradas. Los hoteles vacíos. Los guías turísticos han tenido que buscar otros trabajos. Los talleres de artesanía en madera de olivo, que pasaban de padres a hijos durante generaciones, han cerrado sus puertas. Es la muerte lenta de una economía, y con ella, la muerte lenta de una comunidad.

6. Relaciones con la mayoría musulmana: una convivencia compleja
A menudo se presenta a los cristianos palestinos como víctimas del islam, pero la realidad es más compleja. Históricamente, los cristianos palestinos han compartido lengua, cultura y destino nacional con sus vecinos musulmanes. Durante el siglo XX, fueron parte activa del movimiento nacional palestino, y muchos ocuparon puestos destacados en la OLP y en la vida política e intelectual. Compartieron el pan, compartieron la lucha, compartieron la esperanza de una patria libre.
Sin embargo, en las últimas décadas han surgido tensiones. Un informe publicado por el gobierno de Estados Unidos documenta que líderes locales, clérigos y residentes de larga data señalan consistentemente «el comportamiento directo de las fuerzas de la Autoridad Palestina y grupos islamistas radicales como la causa impulsora del éxodo» (14). El mismo informe describe un ambiente donde los cristianos enfrentan «amenazas diarias, desigualdad legal y esfuerzos deliberados por debilitar su presencia», incluyendo casos documentados de agresiones sexuales contra niñas cristianas entre 2001 y 2004, con atacantes vinculados a funcionarios palestinos o milicias de Fatah (14).
Es importante señalar que este informe fue presentado bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) de Estados Unidos, lo que indica que su contenido responde a intereses políticos específicos. La organización ecuménica de Jerusalén ha refutado explícitamente el discurso que atribuye el éxodo cristiano principalmente a la persecución islámica, señalando que «la razón por la que los cristianos y muchos otros están dejando Belén es la ocupación israelí, con sus políticas de cierres, control de permisos y exclusión de derechos de residencia, y no las decisiones de la Autoridad Palestina» (14).
La verdad, como casi siempre, es compleja y multifactorial. Existen tanto presiones provenientes de sectores islamistas como presiones estructurales derivadas de la ocupación israelí. Lo que no admite duda es que el factor determinante, según la mayoría de los líderes cristianos palestinos, es la ocupación y la falta de horizonte político. El pastor Mitri Raheb ha sido categórico: el factor principal del éxodo cristiano es la ocupación israelí, no la persecución religiosa por parte de musulmanes (6).
No quiero ser ingenuo. Sé que existen tensiones. Sé que hay dolor. Sé que hay heridas que no cicatrizan. Pero también sé que la narrativa que presenta a los cristianos palestinos como víctimas del islam ha sido utilizada para justificar la ocupación y para dividir a un pueblo que, durante décadas, luchó unido por su libertad.
7. La identidad doble: palestinos y cristianos
Ser cristiano palestino es cargar con una doble identidad que muchas veces no es comprendida ni por Israel ni por Occidente. Para el Estado israelí, son árabes sospechosos; para muchos cristianos occidentales, son una anomalía incómoda: no encajan en la narrativa del Israel bíblico ni en la demonización del mundo árabe.
Sin embargo, ellos se ven a sí mismos como los herederos legítimos de la fe apostólica. El libro de los Hechos narra el martirio de Esteban en Jerusalén: «Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hechos 7:59-60). Ese mismo suelo donde Esteban fue martirizado es hoy tierra palestina. Esa misma tierra que absorbió su sangre es la que hoy absorbe la sangre de los cristianos palestinos.
Los cristianos palestinos se refieren a sí mismos como las «piedras vivas» de Tierra Santa, en contraste con las «piedras muertas» de los lugares turísticos. No son piezas de museo ni decorado para peregrinos; son una iglesia viva que sufre, ora y resiste. Su teología reconoce que la verdadera ciudadanía del creyente no está atada a un Estado, sino al Reino de Dios (Hebreos 13:14). Pero eso no los exime de su responsabilidad histórica y profética en la tierra donde nació la iglesia.
A veces me pregunto qué sentiría yo si mi identidad fuera negada por todos. Si mis hermanos en la fe me miraran con sospecha. Si mi propia tierra me rechazara. Si mi historia fuera borrada. Los cristianos palestinos no piden compasión. Piden reconocimiento. Piden que les veamos como lo que son: nuestros hermanos. Nuestros iguales. Nuestros maestros en la fe.
8. Teología palestina de la liberación: una hermenéutica desde los oprimidos
Los cristianos palestinos han desarrollado una teología contextual que desafía tanto al sionismo cristiano como a la indiferencia occidental. El teólogo anglicano Naim Ateek, fundador del Centro Sabeel, es una de las figuras centrales de este movimiento. Su obra principal, Justicia y solo justicia: una teología palestina de la liberación (1989), propone una hermenéutica bíblica que lee las Escrituras desde la perspectiva de los oprimidos, no de los poderosos (2). Ateek busca una nueva hermenéutica bíblica que enfatice una visión universal e inclusiva de Dios, frente a las visiones restrictivas y exclusivas que legitiman la opresión (3).
Ateek y otros teólogos palestinos recuerdan que Jesús nació bajo ocupación romana, vivió como refugiado en Egipto, fue perseguido por las autoridades religiosas y ejecutado por el Imperio. La solidaridad de Dios no está con los imperios, sino con los crucificados. Por eso, para muchos cristianos palestinos, la ocupación israelí no es un asunto político ajeno a su fe, sino una cuestión teológica central. Es la pregunta de siempre: ¿de qué lado está Dios? ¿Con los que tienen poder o con los que sufren? ¿Con los que construyen muros o con los que quedan atrapados detrás de ellos?
Junto a la liberación, la reconciliación es un tema central en la teología palestina. Salim Munayer fundó la organización Musalaha («Reconciliación») en Jerusalén, que busca construir puentes entre diferentes segmentos de la sociedad israelí y palestina según principios bíblicos (13). Sin embargo, Ateek ha argumentado que «la liberación y la reconciliación están interconectadas, pero la liberación y la justicia son necesarias antes de que pueda alcanzarse cualquier forma de reconciliación» (13). No puede haber reconciliación sin justicia. No puede haber paz sin dignidad. No puede haber perdón sin arrepentimiento.
Es crucial distinguir entre teología y sociología. Las citas bíblicas utilizadas en este ensayo no son un mapa político moderno ni una profecía sobre el Estado de Israel. Son textos de fe que, leídos desde la perspectiva de los oprimidos, interpelan a cualquier poder que sacralice la injusticia. La Biblia no es un libro de historia moderna. Es un libro de esperanza para los que sufren. Y los cristianos palestinos han aprendido a leerla con los ojos de los que lloran.

9. El sionismo cristiano: la teología que bendice la opresión
El sionismo cristiano es un movimiento que, en manifestaciones políticas, incluye frecuentemente banderas israelíes y discursos en apoyo de Israel. Esto se alinea con una tendencia de larga data que vincula interpretaciones peculiares de textos apocalípticos con el futuro del pueblo judío. La asociación difusa entre la religiosidad del pueblo judío y el Estado moderno de Israel ha facilitado que los cristianos conservadores legitimen con argumentos religiosos su apoyo a políticos que declaran apoyo incondicional al Estado de Israel y sus políticas, «incluso si niegan radicalmente muchos otros valores centrales del cristianismo» (8).
En Estados Unidos, los evangélicos apoyaron, y en ocasiones trabajaron activamente, por la restauración de los judíos en Palestina y el movimiento sionista judío, respaldando política y financieramente las causas nacionales israelíes. El sionismo cristiano evangélico ganó más impulso después de la guerra árabe-israelí de junio de 1967 (8).
Se estima que entre 600 y 700 millones de cristianos evangélicos en todo el mundo tienen una predisposición teológica a apoyar al Estado de Israel (8). Esta ideología asocia automáticamente el «Israel bíblico» con el Estado moderno, ignorando por completo la presencia de cristianos palestinos que son, en términos de fe, más cercanos a los apóstoles que cualquier colono israelí.
El profeta Amós denunció a los que «se acuestan en camas de marfil y se recrean en sus lechos; comen los corderos del rebaño y los becerros de en medio del engorde» mientras «no se afligen por el quebrantamiento de José» (Amós 6:4-6). La indiferencia cómplice de Occidente es un eco de esa denuncia. Es la denuncia de quienes se sientan cómodos en sus iglesias mientras sus hermanos mueren en Gaza. Es la denuncia de quienes cantan himnos mientras los niños palestinos son enterrados bajo los escombros. Es la denuncia de quienes levantan las manos en alabanza mientras levantan muros que separan a las familias.
10. La paradoja de la víctima convertida en victimario
Uno de los aspectos más dolorosos de la situación palestina es la paradoja de que un pueblo que sufrió el genocidio nazi —el Holocausto— haya devenido, en palabras de numerosos académicos y observadores, en victimario de otro pueblo. Esta afirmación no niega ni minimiza el Holocausto. Como señalan Bashir Bashir y Amos Goldberg en su obra The Holocaust and the Nakba: A New Grammar of Trauma and History, «reconocer que las víctimas judías del Holocausto pudieron ser perpetradores en 1948 no disminuye el Holocausto, así como la victimidad judía durante el Holocausto no justifica la Nakba» (9).
El capítulo de Hannan Hever en esa obra colectiva muestra que los supervivientes del Holocausto constituyeron entre un tercio y la mitad de los combatientes judíos en la guerra de 1948, y algunos se convirtieron en perpetradores de la Nakba (9). El poeta y partisan Abba Kovner experimentó una transferencia postraumática y pensaba que estaba luchando contra nazis poderosos cuando en realidad luchaba contra aldeanos palestinos indefensos. Solo después de la guerra Kovner tomó conciencia de la realidad de las relaciones de poder y desarrolló empatía hacia los palestinos (9). Es una historia que estremece. Un hombre que sobrevivió al infierno, que luchó contra los nazis, que perdió a su familia en el Holocausto, descubrió un día que había matado a personas inocentes creyendo que eran sus verdugos. Es la tragedia de un trauma que se convierte en violencia. Es el círculo vicioso del dolor que engendra más dolor.
La negativa de algunos supervivientes a vivir en casas palestinas «abandonadas» rechaza el «juego de suma cero de identidades» y «reconoce que el mundo no está dividido nítidamente entre víctimas y perpetradores», al tiempo que rechaza «las afirmaciones hechas en nombre del Holocausto sobre la singularidad del sufrimiento judío, la eternidad de la victimidad judía y el nacimiento prístino e inmaculado del Estado de Israel» (9). Esa negativa ilumina «la obligación moral de la víctima hacia otras víctimas, particularmente hacia las víctimas creadas por las propias acciones de uno, una obligación que el Estado de Israel ha negado respecto a los palestinos desde 1948» (9).
El concepto de «inversión del Holocausto» ha sido analizado críticamente en la academia. Una de sus manifestaciones es la «inversión de la moralidad, enmarcando el Holocausto como una lección moral y una acusación moral contra sionistas, israelíes y judíos, resumida en la frase ‘las víctimas se han convertido en perpetradores'» (9). Si bien algunos académicos dismissen esta inversión como mera mala fe, lo cierto es que la realidad empírica de la Nakba y la ocupación continua plantea preguntas profundas sobre la relación entre memoria traumática y ejercicio del poder.
La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo un pueblo que conoció el horror de los campos de exterminio puede construir muros, confinar poblaciones, bombardear ciudades y negar derechos básicos a otro pueblo? ¿Cómo puede el sufrimiento convertirse en justificación para infligir sufrimiento? La respuesta, aunque compleja, apunta a una verdad incómoda: el trauma no inmuniza contra la crueldad; a veces la facilita, porque crea una narrativa en la que la propia victimidad se convierte en licencia moral para la violencia preventiva. Es como si el dolor se hubiera convertido en una profecía que autoriza a hacer a otros lo que a uno le hicieron. Es como si la memoria del Holocausto, en lugar de ser una advertencia contra el genocidio, se hubiera convertido en un permiso para cometerlo.
Diliani lo expresa sin ambages: «Esta tragedia continua es perpetuada por milicias sionistas, que se convirtieron en el núcleo del ejército genocida israelí, llevando a cabo los mismos objetivos a través del genocidio, el apartheid, la confiscación de tierras y la expansión colonial de asentamientos» (12).
Debo detenerme aquí. Debo respirar. Porque escribir esto duele. Duele porque sé que muchos lectores se ofenderán. Duele porque sé que algunos pensarán que estoy justificando el terrorismo. No lo estoy haciendo. Estoy diciendo una verdad que la historia nos enseña: que las víctimas pueden convertirse en victimarios. Que el sufrimiento no nos hace mejores. Que la memoria del horror no nos vacuna contra el horror. Y que quienes hoy sufren en Gaza, en Belén, en Taybeh, son seres humanos creados a imagen de Dios, con la misma dignidad que los sobrevivientes del Holocausto.
11. Gaza: el punto más crítico
La situación en Gaza merece una mención aparte. La comunidad cristiana allí es minúscula pero simbólicamente inmensa. Solo alrededor de 600 cristianos permanecen en Gaza, frente a los aproximadamente 1.700 que había antes de la guerra de 2023 (4).
La iglesia de San Porfirio, fundada en el siglo V y una de las más antiguas del mundo, fue alcanzada por un ataque aéreo israelí en octubre de 2023, matando a más de una docena de refugiados que se albergaban allí, tanto cristianos como musulmanes (11). La iglesia de la Sagrada Familia, el único templo católico de Gaza, también ha sido atacada y ha servido de refugio para cientos de desplazados (11).
Quiero que el lector cierre los ojos e imagine. Imagine una iglesia del siglo V. Imagine sus muros de piedra, testigos de imperios que pasaron, de oraciones que subieron al cielo, de generaciones que nacieron y murieron en su sombra. Imagine ahora un bombardeo. Imagine el estruendo. Imagine el polvo. Imagine los gritos. Imagine los cuerpos. Imagine los niños que se refugiaban allí, buscando protección en el lugar más sagrado que conocían. Imagine que ese lugar ya no es seguro. Imagine que nada es seguro. Imagine que ni siquiera Dios tiene un lugar donde descansar en Gaza.
El bloqueo israelí, que dura más de quince años, ha convertido a Gaza en una prisión al aire libre. Los cristianos no pueden salir, no pueden recibir peregrinos, no pueden importar materiales para reparar sus iglesias. La ayuda humanitaria es insuficiente. La población entera vive al borde del colapso.
En enero de 2024, la Corte Internacional de Justicia emitió medidas provisionales en el caso presentado por Sudáfrica contra Israel, determinando que existía un «riesgo plausible» de que Israel estuviera cometiendo genocidio en Gaza (10). En marzo de 2024, la Corte ordenó a Israel que, en conformidad con sus obligaciones bajo la Convención sobre el Genocidio, adoptara medidas para prevenir actos genocidas (10). La Corte aún no ha alcanzado una determinación final sobre si el genocidio está ocurriendo, pero las medidas provisionales constituyen un reconocimiento judicial de la gravedad extrema de la situación.
Jesús dijo: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis» (Mateo 25:35). Los cristianos de Gaza tienen hambre, sed y son forasteros en su propia tierra. ¿Dónde está la iglesia mundial? ¿Dónde están los que cantan «Cristo te ama» en sus templos cómodos? ¿Dónde están los que envían misioneros a África pero no dicen una palabra sobre Gaza? ¿Dónde está la compasión? ¿Dónde está la misericordia? ¿Dónde está el evangelio?

12. ¿Hay esperanza? Resistencia y testimonio
A pesar de todo, los cristianos palestinos siguen siendo un signo de resistencia y esperanza. Mantienen escuelas, hospitales, orfanatos y universidades que sirven a toda la sociedad, sin distinción de religión. La Universidad de Belén, la Universidad de Nazaret y decenas de instituciones eclesiales son testimonio de una fe que no se rinde. Son testimonio de que el amor es más fuerte que el odio. Son testimonio de que la esperanza es más fuerte que la desesperación. Son testimonio de que la vida es más fuerte que la muerte.
En Belén, cada Navidad se celebra a pesar del muro, los controles y la ocupación. La basílica de la Natividad sigue en pie, no como un museo, sino como un lugar de culto vivo. El mensaje de los pastores y los magos sigue resonando: Dios se hizo carne en un pueblo ocupado, en una gruta prestada, en medio de la pobreza y la violencia. Dios no nació en un palacio. Nació en un establo. No nació entre los poderosos. Nació entre los humildes. No nació en una tierra libre. Nació en una tierra ocupada. Y eso no ha cambiado. Belén sigue ocupada. Belén sigue sufriendo. Pero Belén sigue celebrando. Porque la esperanza no se rinde. Porque la fe no se apaga. Porque el amor no muere.
Diliani escribe: «Permanecemos porque nuestra identidad palestina no cede ante la fuerza. Permanecemos porque nuestra historia cristiana comenzó aquí. Permanecemos porque nuestra fe en la humanidad nos llama a la perseverancia» (12). Los cristianos palestinos no piden privilegios. Piden justicia, dignidad y el derecho a permanecer en su tierra. Piden que sus hermanos en Occidente dejen de verlos como un estorbo teológico y los reconozcan como lo que son: la iglesia madre, el cuerpo de Cristo en Palestina.
13. La deuda pendiente de la iglesia global
Analizar la situación de los cristianos palestinos es desmantelar mitos cómodos. Es reconocer que la narrativa dominante sobre Israel ha dejado de lado a una comunidad cristiana que ha estado allí desde Pentecostés. Es preguntarse por qué tantos cristianos occidentales prefieren ignorar a los que comparten su fe y sufren opresión. Es preguntarse por qué preferimos la comodidad de nuestras certezas teológicas a la verdad incómoda del sufrimiento de nuestros hermanos.
La iglesia palestina no es una curiosidad histórica. Es un desafío profético. Su existencia misma cuestiona cualquier teología que sacralice a un Estado por encima de la justicia. Su sufrimiento interpela a una cristiandad occidental que ha cambiado el evangelio por ideología. Su testimonio nos recuerda que la fe no es un refugio contra la realidad, sino una llamada a transformarla.
La pregunta de Caín resuena hoy con una fuerza estremecedora. Cuando el cristianismo evangélico occidental bendice incondicionalmente al Estado de Israel, cuando ignora el sufrimiento de los cristianos palestinos, cuando permite que la teología se convierta en ideología de dominación, está respondiendo a Dios con las mismas palabras de Caín: «¿Soy yo guarda de mi hermano?».
Pero la respuesta de Dios sigue siendo la misma: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra» (Génesis 4:10). La sangre de los cristianos palestinos —y de todos los palestinos— clama desde Gaza, desde Belén, desde Taybeh, desde Jerusalén. Y clama, sobre todo, a aquellos que se dicen hermanos en la fe. Clama a los que tienen oídos pero no oyen. Clama a los que tienen ojos pero no ven. Clama a los que tienen corazón pero no sienten.
El profeta Isaías lo dijo claramente: «Aprended a hacer el bien; buscad el juicio; restituid al agraviado; haced justicia al huérfano; amparad a la viuda» (Isaías 1:17). Mientras los cristianos palestinos sean agraviados, desplazados y olvidados, la iglesia mundial tiene una deuda pendiente. No con una nación, sino con el Cristo que dijo: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:40).
Y ese Cristo no está en las catedrales de mármol. No está en los templos de cristal. No está en los estadios donde se cantan alabanzas. Ese Cristo está en Gaza, bajo los escombros. Está en Belén, detrás del muro. Está en Taybeh, viendo cómo su pueblo se dispersa. Está en cada cristiano palestino que se aferra a su tierra, a su fe, a su esperanza. Y nos mira. Y nos pregunta. Y espera.
¿Somos nosotros guardas de nuestros hermanos? La respuesta no está en nuestras palabras. Está en nuestras acciones. Está en nuestra voz. Está en nuestro silencio. Que Dios nos ayude a responder como hermanos, y no como Caín.

Notas
(1) La cita de Génesis 4:9 y su interpretación teológica sobre el «espíritu de Caín» se basa en comentarios bíblicos clásicos que identifican la pregunta de Caín como la expresión de una espiritualidad de falta de fraternidad. Véase The Biblical Illustrator, comentario sobre Génesis 4.
(2) Sobre la fundación del Centro Sabeel y la obra de Naim Ateek, véase: Ateek, Naim Stifan. Justice, and Only Justice: A Palestinian Theology of Liberation. Maryknoll, NY: Orbis Books, 1989.
(3) Para un análisis académico de la teología palestina de la liberación y su relación con otras teologías contextuales, véase: «The Revival of Palestinian Christianity». Exchange 49, núm. 3-4 (2020): 257-284.
(4) Los datos demográficos sobre la población cristiana en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este provienen de múltiples fuentes, incluyendo: «Las dificultades en Cisjordania impulsan el éxodo de los cristianos palestinos». Swissinfo, 8 de agosto de 2026; «Les chrétiens de Cisjordanie cèdent à la tentation de l’exil». La Croix, 8 de agosto de 2026; «The Endurance of a People: A Palestinian Christian Reflection». This Week in Palestine, enero de 2026.
(5) Sobre el declive demográfico en Belén y la cifra del 85% a mediados del siglo XX, véase: «Why Christians Are Leaving Bethlehem and Other Palestinian Areas». Documento presentado bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) de Estados Unidos, diciembre de 2025.
(6) La advertencia del reverendo Mitri Raheb sobre la posible desaparición de los cristianos palestinos para 2050, así como la cifra de más de 200 familias emigradas desde 2023, aparecen en múltiples fuentes: Swissinfo, 8 de agosto de 2026; La Croix, 8 de agosto de 2026; Al-Monitor, 7 de agosto de 2026.
(7) La descripción de la situación en Taybeh, incluyendo los ataques de colonos y la reducción de población de 3.000 a 1.200 habitantes, proviene de: «Israel empuja a un éxodo lento al último pueblo cristiano de Cisjordania». Swissinfo, 24 de febrero de 2026.
(8) Sobre el sionismo cristiano y su influencia política, véase: Sobottka, Emil A. «Evangelical Friends of Israel and Right-Wing Movements in the US and Brazil». Perspectives on Global Development and Technology 24, núm. 1-2 (2025): 207-226. Para un análisis del apoyo evangélico a Israel tras la guerra de 1967, véase: «Prophecy, Jews, and Politics: US Evangelicals and Christian Zionism», en The Routledge History of Antisemitism, 2024.
(9) Sobre la paradoja víctima-victimario y el Holocausto, véase: Bashir, Bashir, y Amos Goldberg, eds. The Holocaust and the Nakba: A New Grammar of Trauma and History. Nueva York: Columbia University Press, 2019. Especialmente el capítulo de Hannan Hever sobre los supervivientes del Holocausto en la guerra de 1948 y el capítulo de Alon Confino sobre la negativa de algunos supervivientes a vivir en casas palestinas abandonadas.
(10) Sobre las medidas provisionales de la Corte Internacional de Justicia en el caso Sudáfrica c. Israel, véase: International Court of Justice. «Application of the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide in the Gaza Strip (South Africa v. Israel)». Órdenes de 26 de enero de 2024 y 28 de marzo de 2024. Para un análisis jurídico, véase: «The ICJ Obligations of Israel Advisory Opinion – Mass Deprivation and Preventive Protection». Lieber Institute West Point, 4 de febrero de 2026.
(11) Sobre el ataque a la iglesia de San Porfirio en Gaza en octubre de 2023, véanse los informes de diversas agencias de noticias y organizaciones de derechos humanos que documentaron el incidente y la cifra de víctimas.
(12) La cita de Dimitri Diliani proviene de: Diliani, Dimitri. «The Endurance of a People: A Palestinian Christian Reflection on Survival, Faith, and the Struggle for a Future in Our Homeland». This Week in Palestine, enero de 2026.
(13) Sobre la teología de la reconciliación en el contexto palestino, incluyendo la obra de Salim Munayer y la organización Musalaha, véase: «The Revival of Palestinian Christianity». Exchange 49, núm. 3-4 (2020): 257-284. La cita de Ateek sobre la relación entre liberación y reconciliación proviene de la misma fuente.
(14) La cita del informe FARA sobre el papel de las fuerzas de la Autoridad Palestina y grupos islamistas radicales en el éxodo cristiano debe leerse con cautela, dado que el documento fue presentado bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros de Estados Unidos, lo que indica que su contenido responde a intereses políticos específicos. La organización ecuménica de Jerusalén ha ofrecido una interpretación alternativa que enfatiza la ocupación israelí como factor principal.
(15) La cita de Isaías 1:17 y Mateo 25:40 son textos bíblicos que, en el contexto de este ensayo, funcionan como interpelaciones proféticas y no como argumentos de autoridad para una posición política particular. La hermenéutica adoptada es la de la teología de la liberación, que lee las Escrituras desde la perspectiva de los oprimidos.
Bibliografía
Ateek, Naim Stifan. Justice, and Only Justice: A Palestinian Theology of Liberation. Maryknoll, NY: Orbis Books, 1989.
Bashir, Bashir, y Amos Goldberg, eds. The Holocaust and the Nakba: A New Grammar of Trauma and History. Nueva York: Columbia University Press, 2019.
Diliani, Dimitri. «The Endurance of a People: A Palestinian Christian Reflection on Survival, Faith, and the Struggle for a Future in Our Homeland». This Week in Palestine, enero de 2026.
«Evangelical Friends of Israel and Right-Wing Movements in the US and Brazil». Perspectives on Global Development and Technology 24, núm. 1-2 (2025): 207-226.
International Court of Justice. «Application of the Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide in the Gaza Strip (South Africa v. Israel)». Órdenes de 26 de enero de 2024 y 28 de marzo de 2024.
«Israel empuja a un éxodo lento al último pueblo cristiano de Cisjordania». Swissinfo, 24 de febrero de 2026.
«Las dificultades en Cisjordania impulsan el éxodo de los cristianos palestinos». Swissinfo, 8 de agosto de 2026.
«Les chrétiens de Cisjordanie cèdent à la tentation de l’exil». La Croix, 8 de agosto de 2026.
«The ICJ Obligations of Israel Advisory Opinion – Mass Deprivation and Preventive Protection». Lieber Institute West Point, 4 de febrero de 2026.
«The Revival of Palestinian Christianity». Exchange 49, núm. 3-4 (2020): 257-284.
«Why Christians Are Leaving Bethlehem and Other Palestinian Areas». Documento presentado bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA), diciembre de 2025.