Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Sin categoría

La Confesión Arminiana de 1621

En 1621, dos años después de que sus esperanzas de un debate libre y abierto se desvanecieran en el Sínodo de Dort, los colegas y estudiantes de Jacobo Arminio, dirigidos por Episcopius, publicaron la “Confesión o Declaración de los Pastores, que en la Federación Belga son llamados Remonstrantes, sobre los principales artículos de la religión cristiana”. Esta, la primera y quizás la más importante de las confesiones arminianas, escrita por Simon Episcopius (sucesor de Arminius en la Universidad de Leiden y líder del partido Remonstrante en Dort) y luego aprobada en una reunión de pastores Remonstrantes, proporcionó no solo una defensa de la "cinco puntos del arminianismo" condenados en Dort, sino también una declaración sucinta de toda su teología. Esta Confesión de Fe nos permite conocer de primera mano la teología de los líderes arminianos originales sin las interpretaciones intervinientes, y generalmente parciales, de sus oponentes o admiradores posteriores.

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Dort, el Sínodo de la vergüenza

El Sínodo de Dort fue un sínodo nacional que tuvo lugar en Dordrecht, en Holanda entre 1618-1619, por la Iglesia Reformada Holandesa, con el objetivo de regular una seria controversia en las Iglesias Holandesas iniciada por el ascenso del Arminianismo. Los cánones surgidos de este sínodo son, junto con la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg, la base teológica de las iglesias reformadas en gran parte del mundo, y aunque este sínodo es visto por los calvinistas como emblemático y representativo de su fe, es también un testimonio claro de la otra cara del calvinismo: Su intolerancia hacia otras confesiones, su arrogancia religiosa y su omnipresente desprecio hacia aquellos que piensan diferente; características todas ellas, que los llevaron incluso a cometer el supremo pecado contra otro ser humano: El asesinato.

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Asambleas de Dios, Calvinismo

¿Predestinación o predeterminismo?

Dios quiere que todos los seres humanos sean salvos, verdad que la Biblia presenta repetidas veces (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17). El propósito salvador eterno de Dios fue expresado por el propio Jesús: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10); es decir, que Él quiere salvar a todos los seres humanos. Lamentablemente, algunas tradiciones cristianas han llegado a un concepto tal de la soberanía de Dios, que afirma que solo un número limitado de seres humanos pueden responder al ofrecimiento hecho por Dios en cuanto a la salvación. Estas tradiciones sostienen además que el sacrificio expiatorio de Cristo no está destinado a todos. Dan por sentado que la soberanía de Dios decretó desde la eternidad pasada la elección exclusiva de un número limitado de personas para la salvación.

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Apostasía de un creyente | ¿Hay restauración?

La carta a los Hebreos es única en el Nuevo Testamento por su extenso desarrollo y fundamentación del sumo sacerdocio de Jesucristo. Esta extraordinaria exposición, de valor perpetuo, tuvo como propósito fortalecer y afirmar en la fe a cristianos procedentes del judaísmo y, en este sentido, cabe notar que cada sección de desarrollo doctrinal culmina con severas advertencias contra la apostasía, que pueden hallarse en 2:1-4, 3:7- 4:16, 5:11-6:20 y 10:19-39.

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Apostasía de un creyente | Hebreos 6:4-9

El escritor de Hebreos se dirige específicamente a los creyentes y les advierte del peligro real de la apostasía a lo largo de la epístola, No escribe a los hipócritas ni a los falsos hermanos. Tampoco es una sarta de suposiciones y casos hipotéticos. Es una advertencia seria en contra de la posibilidad real de apostasía por parte de los creyentes verdaderos. El escritor de Hebreos se dirige a su audiencia como “hermanos santos, participantes de un llamamiento celestial” que han confesado a Cristo (Hebreos 3:1). Es a estos “hermanos santos” a quienes el escritor dirige sus advertencias para que no permitan que sus corazones se endurezcan, cuyo resultado final es la apostasía a la vista en los numerosos pasajes de advertencia a lo largo de la epístola (3:8, 12, 13, 15, cf. 2:1-3; 4:1; 6:4-8; 10:26-39; 12:15-17, 25). Para el escritor de Hebreos la posibilidad de apostasía y condenación eterna son reales y deben ser tomadas en serio.

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Apostasía de un creyente | La reincidencia

El Nuevo Testamento advierte con respecto al pecado de la apostasía y la reincidencia en el pecado y las viejas costumbres pecaminosas. En el Nuevo Testamento un reincidente es aquél que otrora tenía fervor hacia Dios, pero que ahora se ha enfriado (Mateo 24:12); es aquel que antes obedecía la Palabra, pero la mundanalidad y el pecado impidieron el crecimiento y la producción de frutos (Mateo 13:22); es quien otrora puso su mano al arado, pero luego miró hacia atrás al igual que la esposa de Lot (Lucas 9:62), la cual, a pesar de haber sido liberada de Sodoma, en su corazón retornó allí, mirando hacia atrás y pereciendo (Lucas 17:32).

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Apostasía de un creyente | Alegoría del olivo

Los arminianos creemos que Dios, nuestro amoroso Padre celestial, no quiere que ningún ser humano se aparte de la salvación que Él en su bondad nos ha proporcionado en Cristo. Pedro nos recuerda que «[El Señor] es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9). No obstante, la Biblia también enseña que los creyentes que han aceptado a Cristo como Salvador se pueden perder si ignoran repetidas veces las enseñanzas de las Escrituras, se resisten continuamente a la convicción que les da el Espíritu Santo, y alcanzan finalmente un punto en el cual se alejan de su Salvador. Jesús habla de esta situación en la Parábola del Sembrador, en la cual, hablando de algunos que se han hecho creyentes, dice: «Creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan (Lucas 8:13).

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Apostasía de un creyente | Cortados de la Vid

Reformados y bautistas se unen para afirmar que, aunque algunos verdaderos creyentes pueden alejarse temporalmente de la fe, aquellos que han sido verdaderamente regenerados nunca se alejarán de forma total de la fe ni de la salvación. Dirían que la apostasía sólo prueba que la profesión de fe del tal no era genuina y que el “apóstata” nunca había sido verdaderamente regenerado en primer lugar. Ciertos grupos bautistas llegan incluso a descartar la necesidad de perseverancia de cualquier tipo con respecto a la salvación final. Afirman que una vez que una persona pone la fe salvadora en Jesucristo, nada puede cambiar el destino eterno de esa persona (Salvo Siempre Salvo). Esto los lleva a afirmar que un verdadero creyente puede volver a una vida de maldad, morir en un estado de no arrepentimiento, y aun así ser salvado al final. Este punto de vista incluso sostiene que un verdadero creyente puede más tarde repudiar la fe, morir en la incredulidad, y todavía tener garantizada la entrada en el Reino eterno de Dios. Su único castigo sería, en el peor de los casos, sufrir las consecuencias terrenales de sus pecados y, en la eternidad, ser privados de su corona o cualquier otra recompensa en el Tribunal de Cristo. Sin coronas, sin gloria ni rangos celestiales, pero salvos por gracia. Sin embargo, un examen cuidadoso de Juan 15 nos permite llegar a una conclusión muy diferente a la interpretación bautista o reformada. Dicho pasaje afirma sin tapujos que los verdaderos creyentes pueden cometer apostasía.

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Naturaleza condicional de la salvación

El arminianismo abarca una visión condicional de la salvación. Los arminianos creemos que la salvación es por la gracia de Dios a través de la fe en Jesucristo, pero creemos que las Escrituras también enseñan que debemos continuar en nuestra fe y perseverar en ella hasta el final si queremos alcanzar la promesa. Creemos que Dios le ha dado al hombre el libre albedrío para elegir seguir a Jesús o rebelarse contra él. Esto se debe a que Dios desea ser amado por criaturas libres, no por títeres movidos a su antojo. Por tal motivo, el arminianismo concibe la elección como algo condicional. La elección bíblica no es una elección arbitraria ni se fundamenta en el caprichoso decreto de un Dios fatalista, sino que la elección es por fe en la sangre de Jesús. Los elegidos son aquellos que se arrepienten de sus pecados y se convierten en discípulos de Jesús. Nos convertimos en los elegidos si estamos en Cristo (Gálatas 3: 26-27; Efesios 1: 3-14). La elección pues, se confirma a través de la perseverancia.