Arminianismo Clásico, Calvinismo

La elección, doctrina que inspira gozo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Muchos calvinistas piensan que han arrojado una bomba atómica sobre las bases de la teología arminiana cuando presentan sus argumentos acerca de la doctrina de la elección y  predestinación. Ellos están convencidos de que su interpretación de la doctrina de la elección incondicional es incuestionable, infalible y verdadera, por lo que simplemente no pueden entender por qué nosotros los arminianos no podemos aceptar los postulados calvinistas sobre la elección incondicional que afirman que Dios ama a toda la humanidad pero que, al mismo tiempo, eligió enviar a su Hijo a morir por unos, pero no por todos los hombres. A ellos les parece increíble que no podamos ver la “justicia” y la “misericordia” de Dios en predestinar a unos para salvación y a otros para condenación eterna.

 

LA ELECCIÓN SE FUNDAMENTA EN CRISTO, NO EN NOSOTROS.

Para decepción de los calvinistas, los arminianos no le tememos al concepto de elección. ¡Nos deleitamos en ello! Para nosotros, la elección no es una medicina amarga. Es el hilo unificador de la historia redentora de Dios desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Para nosotros, la elección encaja en una historia más grande de cómo Dios salva al mundo. Dios eligió a Abraham para llevar la semilla que bendeciría al mundo (Génesis 12:3). Entonces, Dios eligió una sola nación de la descendencia de Abraham (a Israel) para ser herederos de esta promesa (Deuteronomio 14:2; Isaías 42:1). A Israel se le dijo: “eres pueblo consagrado al Señor tu Dios. Él te eligió de entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva.” Pero Israel falló en su llamado. Sin embargo, Dios eligió una tribu de Israel, Judá, para heredar la promesa. Una vez más, de todas las familias de Judá, Dios escogió la casa de David. De todos los descendientes de David, Dios finalmente eligió a Jesús de Nazaret, su Unigénito Hijo.

La presentación del Mesías es el último acto dramático en la saga de Dios. Se revela que Jesús es la simiente prometida en la cual Dios cumpliría su promesa a Abraham (Gálatas 3:16). Jesús fue el siervo elegido en quien Dios se deleitó (Mateo 3:17). Jesucristo es el elegido de Dios para cumplir las promesas. Esto no fue una idea de último momento. Cristo fue elegido para ser nuestro Salvador desde antes de la creación del mundo. Para nosotros los arminianos, la historia de la elección de Dios nos está llevando al clímax de la historia, ya que el clímax es Cristo el elegido.

Si Cristo es la simiente elegida, la pregunta de la elección es, “¿Cómo llegamos nosotros a ser parte de dicha simiente y, por consiguiente, de los elegidos?” Pablo responde a esta pregunta explícitamente: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

El lenguaje participativo es inconfundible. Por la fe en Cristo nos convertimos en hijos de Dios. Nosotros que fuimos “bautizados en Cristo” ahora estamos “revestidos” con Cristo. ¡Si le pertenecemos, entonces nos convertimos también en la simiente de Abraham y en los elegidos de Dios!

Para expresarlo de manera más clara: Somos elegidos en Cristo. Además de ser elegidos en Cristo, las Escrituras nos dicen que “en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales” (Efesios 2:6, NVI). Hemos sido hechos justos en Cristo e hijos en Cristo.

En cada ejemplo, Cristo lleva la bendición original que solo se convierte en nuestra cuando nos incluimos en él. Ninguno de nosotros está literalmente sentado en las regiones celestiales. Pero Cristo lo está, literalmente, y nosotros estamos en Cristo; por lo tanto, en Cristo, estamos sentados en las regiones celestiales. Por lo tanto, ser elegido en Cristo significa lo mismo que ser justo en Cristo, santo en Cristo e hijos de Dios en Cristo. Cristo es el elegido desde antes de la creación del mundo. En Cristo, fuimos elegidos en él desde antes de la creación del mundo. Por lo tanto, cuando los creyentes vienen a estar en Cristo por la fe, comparten su historia, identidad y destino.

Por lo tanto, la razón por la que nos deleitamos en la doctrina de la elección es que, en última instancia, no se trata de nosotros. Se trata de Cristo el elegido, quien es la cabeza, y nosotros somos su cuerpo y, por lo tanto, herederos de la elección:

“Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.” (Romanos 8:7, NVI).

 Pero el heredero legítimo, el elegido, es Cristo, no nosotros como individuos. Por lo tanto, la elección y la predestinación para salvación solo son efectivas en nuestra vida en unión con Cristo, el Elegido:

“Permaneced en mí, y yo permaneceré en vosotros. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco vosotros podéis dar fruto si no permanecéis en mí. Yo soy la vid y vosotros las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada.” (Juan 15:4-5, NVI).

Todo se trata de Él, nunca de nosotros, pues todo existe por “medio de él y para él.” (Colosenses 1:16, NVI). Y este todo incluye, sin duda alguna, nuestra elección y predestinación. O, para usar la metáfora de Pedro, Cristo es “la piedra que desecharon… los constructores, y que ha llegado a ser la piedra angular” (Hechos 4:11, NVI), y en él nosotros, su cuerpo, somos “como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:5, NVI), un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9, NVI). La elección, para nosotros los arminianos, comienza y termina con Cristo. Ya sea que lo llamemos una visión “cristocéntrica”, o “corporativa”, la conclusión es que la elección y predestinación del creyente está en Cristo. Y eso es una cosa hermosa. Una vez que aceptas que eres elegido en Cristo, el amor de Dios es una verdad, no un enigma.

Visto de esta manera, la elección corporativa enseñada por el arminianismo no es una novedad. Debería ser lo que esperaríamos de la teología calvinista también. El mismísimo Juan Calvino afirmó:

“Ves que nuestra justicia no está en nosotros mismos, sino en Cristo; que la única forma en que podemos poseerlo es haciéndonos partícipes de Cristo, ya que con él poseemos todas las riquezas.”[1]

Ya sea reconciliación, justificación o nuevo nacimiento, todos está en él. Cada paso en el proceso de salvación está irreparablemente vinculado a nuestra incorporación a Cristo, a nuestra unión con Cristo. Nuestra elección y nuestro destino eterno están ligados a nuestra incorporación a Cristo. Los arminianos simplemente reconocemos que toda bendición espiritual está en Cristo.

 

¿SE OPONE ROMANOS, CAPÍTULO 9, A LA ELECCIÓN CORPORATIVA ENSEÑADA POR EL ARMINIANISMO?

La visión corporativa de la elección se fundamenta en una exégesis cuidadosa. Incluso académicos calvinistas han admitido que la interpretación arminiana de la elección corporativa es fuertemente sólida. ¿Qué hay entonces con la interpretación calvinista de la elección? En su mayoría, la visión calvinista de la elección se basa en Romanos 9, que está más orientado a discutir la fidelidad de Dios a Israel que la elección cristiana.

Diversos teólogos concuerdan en que, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de este pasaje no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.[2] Si leemos cuidadosamente el capítulo 9 notaremos que Pablo resalta el hecho de que solo un remanente de la semiente de Abraham, escogido por gracia, reflejó el verdadero pueblo de Dios a través de los tiempos del Antiguo Testamento:

“Digo la verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me lo confirma en el Espíritu Santo. Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza, el pueblo de Israel. De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén. Ahora bien, no digamos que la Palabra de Dios ha fracasado. Lo que sucede es que no todos los que descienden de Israel son Israel.  Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: «Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac». En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa. Y la promesa es esta: «Dentro de un año vendré, y para entonces Sara tendrá un hijo». No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios. Porque la Escritura le dice al faraón: «Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra». Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. Pero tú me dirás: «Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?» Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?”?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo[i] y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo; porque plenamente y sin demora     el Señor cumplirá su sentencia en la tierra». Así había dicho Isaías: «Si el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado descendientes, seríamos ya como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra»” (Romanos 9:6-29, NVI).

En su argumento Pablo contrasta a Isaac e Ismael, a Jacob y a Esaú (Romanos 6-13), sin embargo, Pablo no está hablando de elección a salvación o condenación eterna, sino de la manera en que el plan de Dios para la humanidad se llevaría a cabo a través de la vida de ellos. La reconciliación de Esaú con Jacob mencionada en Génesis 33 nos sugiere que la vida de Esaú terminó en buenos términos con Dios. Pero, a pesar de ello, su descendencia continuó sin ser parte de la nación escogida de forma corporativa, es decir, de Israel. Esto nos deja en claro que Pablo no está hablando de una elección individual para salvación o condenación eterna, sino de una elección temporal para una misión específica.[3]

Tal interpretación concuerda con el resto de los escritos de Pablo (incluido el resto de Romanos). La Biblia afirma no solo la soberanía de Dios, sino que también afirma completamente la realidad del libre albedrío humano y con la existencia de una responsabilidad genuina por parte del hombre. Romanos 1:28-32, también parte clave para entender esta epístola y su mensaje, nos dice:

“Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.” (Romanos 8:28-32, NVI)

Las palabras de Pablo implican que los no salvos pudieron haber tomado en cuenta a Dios, pero ellos escogieron no hacerlo. Por lo tanto, Dios les dio la libertad de escoger vivir una vida perversa y separarse ellos mismos de Dios. Al elegir por sí mismos quedaron fuera de la elección divina, que es siempre corporativa en unión con Cristo y su pueblo, más no individual, ni irresistible, ni incondicional.

 

MÁS ALLÁ DE ROMANOS 9.

En el calvinismo, la doctrina de la elección se ha formulado sin tener en cuenta adecuadamente la exposición adicional de Pablo acerca del propósito de Dios en la elección. Al concluir su argumento, Pablo afirma: “Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito: «El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento. De hecho, en otro tiempo ustedes fueron desobedientes a Dios; pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, han sido objeto de su misericordia. Así mismo, estos que han desobedecido recibirán misericordia ahora, como resultado de la misericordia de Dios hacia ustedes. En fin, Dios ha sujetado a todos a la desobediencia, con el fin de tener misericordia de todos.” (Romanos 11: 25–32, NVI).

A los arminianos no nos aterra ni nos interesa eliminar el capítulo 9 de la Epístola a los Romanos de nuestras Biblias. Por el contrario, creemos firmemente en cada palabra de dicho capítulo. De hecho, creo que es el calvinista quien, si lo interpretara correctamente, desearía eliminar Romanos 9 o cuando menos, darle un sentido diferente para que cuadre con su interpretación particular de la elección (aunque, ciertamente, eso ya lo hacen).

Romanos 9 nos enseña que sí, es Dios quien elige, endurece y muestra misericordia. Pero la conclusión de Pablo no es que “Israel no obtuvo lo que buscaba (justicia) porque Dios eligió no mostrar misericordia”. Más bien, su conclusión es que Israel no obtuvo lo que buscaban porque lo buscó no por fe sino por obras (Romanos 9:32). La idea no es que Dios no eligió salvar a Israel ¡Israel ya era el pueblo elegido! El problema fue que Israel no cumplió con los medios de salvación escogidos por Dios para hacer firme su elección: La gracia, a través de la fe. El pueblo elegido se debe caracterizar por su sumisión a los términos de justicia de Dios. Israel, pese a ser el pueblo elegido, no se sometió a los términos de la elección y, por consiguiente, dejó de serlo.[4]

Parar en el capítulo 9 de Romanos para entender la doctrina de la elección sería una injusticia para Pablo, que continúa con su argumentación en los capítulos 10 y 11. En el capítulo 10, explica que la fe proviene de escuchar la palabra, y luego exclama que Israel escuchó y entendió la palabra. En el capítulo 11, Pablo explica que Dios no hizo que los individuos “no elegidos” de Israel tropezaran para que cayeran, sino que los provocó a envidia para salvación, pues él no deseaba que ellos dejaran de ser parte de los elegidos. La base de la fidelidad perdurable de Dios a los israelitas endurecidos, tambaleantes y que rechazan el evangelio es el respaldo de Dios de que, con respecto a la elección, son amados por causa de sus antepasados.[5]

 

CONCLUSIÓN.

Los calvinistas se sienten cómodos sintiéndose parte de los elegidos (si es que realmente pueden estar seguros de ello). De hecho ese elemento es una parte determinante en su carácter arrogante y presuntuoso en su trato con otros creyentes que piensan diferente a ellos. Sin embargo, no debemos olvidar que las creencias de uno no son ciertas simplemente porque lo consuelan.

Como ya se mencionó con anterioridad, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de Romanos 9 y la elección no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 3.11.23.

[2] H. P. Liddon, Análisis explicativo de la Epístola de San Pablo a los romanos (1892, reimpreso, Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1961) pp. 162-63.

[3] Samuel Fisk, Elección y Predestinación: Claves para una comprensión más clara (Eugene, Oregon, 1997), pp. 71-82.

[4] Robert Picirilli, El libro de los romanos (Nashville: Randall House Publications, 1975), pp. 183.

[5] F. Leroy Forlines, Arminianismo clásico: Una teología de la salvación (Nashville: Casa de Randall, 2011), pp. 129-31.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

¿Estamos predestinados?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En el siglo XVI el francés Juan Calvino (1483-1564) enunció su doctrina de la predestinación según la cual el ser humano está predestinado de antemano a condenarse o salvarse. Juan Calvino definió la predestinación de la siguiente manera: “Llamamos predestinación el decreto eterno de Dios con el cual estableció lo que ha de hacer cada uno de los hombres, puesto que no todos fueron creados con las mismas condiciones, sino que algunos fueron destinados a la vida eterna y otros a la eterna condenación”[1]

Calvino también afirmó: “Declaro con Agustín, que el Señor ha creado a aquellos que, sin duda conoció con anterioridad, que debían ir a la destrucción, y lo hizo porque así es su voluntad. ¿Por qué es ésta su voluntad?, no es para nosotros el saberlo”[2]

Calvino reitera: “Por lo tanto, a quienes Dios deja de lado, son reprobados y esto por ninguna otra causa, sino porque está satisfecho de excluirlos de la herencia a la que él predestina a sus hijos”[3]

El historiador Edward Hulme dice de Calvino: “La predestinación fue su dogma fundamental… ‘Todo’, dice Calvino, ‘ depende de la mera voluntad de Dios; Si algunos son condenados y otros rescatados es porque Dios ha creado a algunos para la muerte y otros para la vida.’”[4]

Para el calvinista, no solo la salvación del hombre depende de la predestinación. Cada evento de la vida y de la historia humana lo hace. El historiador John Horsch reconoce que, “según la enseñanza de Agustín, la historia de la humanidad, desde un punto de vista religioso y espiritual, no es más que un espectáculo de marionetas[5] R. C. Sproul, famoso teólogo calvinista, también reconoce que, para el calvinismo: “Dios decreta todo lo que sucede… Dios deseó que el hombre cayera en pecado. Dios creó el pecado.”[6] Dicho de otra manera, el esquema calvinista “representa a [Dios] como pre-ordenando la caída que debía implicar, más allá de cualquier posibilidad de rescate, la ruina eterna y la condenación de la mayor parte de la raza”[7]

Lo anterior implica que, para el calvinista, Dios es el autor de todo y por lo tanto, también de todo pecado. No es de extrañarse que Susana Wesley, madre del famoso predicador John Wesley, le escribiera a su hijo: “la doctrina de la predestinación, mantenida por los calvinistas rígidos es muy chocante y debe ser aborrecido absolutamente, porque acusa al más Santo Dios de ser el autor del pecado”.[8]  Los arminianos concordamos con Susana Wesley en que la predestinación, así entendida por los calvinistas, no es bíblica, y es una invención humana que difama el carácter santo de Dios.

 

LA PREDESTINACIÓN EN LA BIBLIA.

¿Habla la Biblia de la predestinación? Sí, lo hace. Pero jamás de la forma en que los calvinistas la presentan. Bíblicamente, predestinación (Gr. prooizo) significa “determinar anticipadamente”, “ordenar”, “decidir con antelación”, y se aplica a los propósitos de Dios comprendidos en la elección. La elección es la elección de Dios en Cristo de un pueblo (la verdadera iglesia) para sí mismo. La predestinación comprende lo que pasará con el pueblo de Dios (todos los verdaderos creyentes en Cristo). La doctrina de la predestinación se fundamenta en diversos pasajes bíblicos, entre ellos:

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. (Romanos 8:29-30)

“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad…. En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad”. (Efesios 1:5 y 11)

Con respecto a la predestinación, la Biblia enseña ciertas verdades cruciales:

  • Dios predestina a sus elegidos para ser: (a) llamados (Romanos 8:30); (b) justificados (Romanos 3:24, 8:30); (c) glorificados (Romanos 8:30); (d) hechos conforme a la semejanza de su Hijo (Romanos 8:29); (e) ser santos e irreprensibles (Efesios 1: 4); (f) ser adoptados como hijos de Dios (Efesios 1: 5); (g) redimidos (Efesios 1:7); (h) destinatarios de una herencia (Efesios 1:14); (i) para la alabanza de su gloria (Efesios 1:2; 1 Pedro 2:9); (j) los destinatarios del Espíritu Santo (Efesios 1:13; Gálatas 3:14); y (k) creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10).

 

  • La predestinación, al igual que la elección, se refiere al cuerpo de Cristo (es decir, la verdadera iglesia espiritual), y comprende a los individuos solo en asociación con ese cuerpo a través de una fe viva en Jesucristo (Efesios 1: 5, 7, 13; Hechos 2: 38-41; 16:31). En este sentido, la predestinación es corporativo, no individual.

 

EL BARCO DE LA SALVACIÓN.

Con respecto a la elección y la predestinación, podríamos usar la analogía de un gran barco en su camino al cielo. El barco (la iglesia) es elegido por Dios para llegar a cierto destino preestablecido. Cristo es el capitán y piloto de este barco. Todos los que deseen ser parte de este barco electo y su Capitán pueden hacerlo a través de una fe viva en Cristo, mediante la cual suben a bordo del barco. Mientras estén en el barco, en compañía del Capitán del barco, están entre los elegidos. Si deciden abandonar el barco y el capitán, dejan de ser parte de los elegidos. La elección siempre es solo en unión con el Capitán y su nave. La predestinación nos habla sobre el destino del barco y lo que Dios ha preparado para los que permanecen en él. Dios invita a todos a subir al barco elegido a través de la fe en Jesucristo.

 

PRESCIENCIA, FUNDAMENTO DE LA PREDESTINACIÓN.

Presciencia significa conocimiento de lo que ha de suceder o existir. En la Biblia, esta palabra tiene que ver principalmente, aunque no de manera exclusiva, con Dios, el Creador, y con sus propósitos. Las palabras que por lo general se traducen por “presciencia” se encuentran en el Nuevo Testamento, aunque estos mismos conceptos se hallan reflejados también en el Antiguo. El término “presciencia” traduce la palabra griega pró·gnō·sis (de pro, “antes” y gnō·sis, “conocimiento”), como se usa en Hechos 2:23 y 1 Pedro 1:2. La forma verbal correspondiente, pro·gui·nṓ·skō, se emplea en dos ocasiones con referencia a los seres humanos: en el comentario de Pablo respecto a ciertos judíos que lo habían conocido de antes y en la referencia que hace Pedro al conocimiento de antemano que tenían aquellos a quienes dirigió su segunda carta. (Hechos 26:4, 5; 2 Pedro 3:17). En este sentido, preconocer no implica necesariamente predeterminar.

En relación con la presciencia de Dios, debemos considerar 3 aspectos clave:

  • La Biblia enseña claramente que Dios puede preconocer y predeterminar. Dios mismo presenta como prueba de su Divinidad esta capacidad de preconocer y predeterminar acontecimientos de salvación y liberación, así como actos de juicio y castigo, y luego hacer que se realicen. Su pueblo escogido es testigo de ello (Isaías 44:6-9; 48:3-8.) La presciencia y la predeterminación divinas constituyen la base de toda profecía verdadera (Isaías 42:9; Jeremías 50:45; Amós 3:7, 8). En el Antiguo Testamento Dios desafió a todas las naciones que se oponen a su pueblo a que demuestren la pretendida divinidad de aquellos a quienes consideran dioses y de sus ídolos, pidiendo que sus deidades profeticen actos de salvación y juicio similares y que luego hagan que se cumplan. Su impotencia ante este desafío demuestra que sus ídolos son falsedad (Isaías 41:1-10, 21-29; 43:9-15; 45:20, 21).

 

  • Un segundo factor que debe tenerse en cuenta es el libre albedrío de las criaturas inteligentes de Dios. Las Escrituras muestran que Dios extiende a tales criaturas el privilegio y la responsabilidad de elegir lo que quieren hacer, de ejercer libre albedrío (Deuteronomio 30:19, 20; Josué 24:15), haciéndolas así responsables de sus actos (Génesis 2:16, 17; 3:11-19; Romanos 14:10-12; Hebreos 4:13). Por lo tanto, no son meros autómatas o robots. No se podría afirmar que el hombre fue creado a la “imagen de Dios” si no tuviera libre albedrío. (Génesis 1:26, 27) Lógicamente, no debería haber ningún conflicto entre la presciencia de Dios, así como su predeterminación, y el libre albedrío de sus criaturas inteligentes.

 

  • Un tercer factor que debe tomarse en cuenta, pero que a veces se pasa por alto, es el de las normas y cualidades morales de Dios reveladas en la Biblia, como su justicia, honradez, imparcialidad, amor, misericordia y bondad. Por lo tanto, la manera de entender cómo Dios usa sus facultades de presciencia y predeterminación tiene que armonizar, no solo con algunos de estos factores, sino con todos ellos. Es evidente que cualquier cosa que Dios preconozca tiene que suceder inevitablemente, por lo que Dios puede llamar a las “cosas que no son como si fueran” (Romanos 4:17).

 

En perfecta comunión de estos 3 criterios, la Biblia enseña que los creyentes somos “elegidos” para ser el pueblo de Dios de acuerdo con su presciencia, es decir, de acuerdo con el conocimiento previo de Dios de su plan de redención en Cristo para la iglesia, incluso antes de que comenzara la creación y la historia humana (Romanos 8:29). El conocimiento previo es virtualmente un sinónimo del propósito soberano y de la gran visión de Dios para redimir de acuerdo con su amor eterno. Así pues, los “elegidos” son la compañía de los verdaderos creyentes, elegidos en armonía con el plan decidido por Dios para redimir a la iglesia por la sangre de Jesucristo a través de la obra santificadora del Espíritu. Sin embargo, en respeto a la imagen de Dios puesta en el hombre y a su libre albedrío, los creyentes deben participar en su elección con su respuesta de fe y con el firme deseo de hacer que su llamado y elección sean seguros (2 Pedro 1:5-10). De lo contrario, ellos mismos caerían y perderían su condición de elegidos, pues es la iglesia como pueblo, quien está predestinada a salvación, y no individuos a título personal (Juan 15:1-8). Es en unión a Cristo y su cuerpo que la elección es hecha segura. Esto concuerda con el carácter de Dios, quien jamás predestinará a nadie de forma incondicional sin imponerle la condición de perseverar en la fe: “Por lo tanto, el Señor, el Dios de Israel, que había dicho que tú y tu familia le servirían siempre, ahora declara: Jamás permitiré tal cosa, sino que honraré a los que me honren, y los que me desprecien serán puestos en ridículo. Yo, el Señor, lo afirmo.” (1 Samuel 2:30, DHH).

 

CONCLUSIÓN.

En su presciencia, Dios ha predestinado para salvación a aquellos que conoció de antemano. Al afirmar que Dios nos “conoció” en Efesios 1:5 y 11, Pablo enseña que Dios eligió otorgar su amor sobre nosotros desde la eternidad. Esto es sugerido ampliamente en muchos otros pasajes (Éxodo 2:25; Salmos 1:6 Oseas 13:5; Mateo 7:23; 1 Corintios 8:3; Gálatas 4:9; 1 Juan 3:1). Por lo tanto:

  1. El conocimiento previo significa que Dios se propuso desde la eternidad amar y redimir a la raza humana a través de Cristo (Romanos 5:8; Juan 3:16). El destinatario de la presciencia de Dios o de su amor hacia el exterior se expresa en plural y se refiere a la iglesia. Es decir, el amor de Dios es principalmente para el cuerpo corporativo de Cristo (Efesios 1:4; 2:4; 1 Juan 4:19) e incluye a los individuos solo cuando se identifican con este pueblo corporativo a través de la fe y la unión con Cristo (Juan 15: 1-6).
  2. El pueblo corporativo de Cristo alcanzará la glorificación (Romanos 8:30). Los creyentes individuales no alcanzarán la glorificación si se separan de ese cuerpo amado y no mantienen su fe en Cristo (Romanos 9:12-14, 17; Colosenses 1: 21-23).

De modo que la elección de acuerdo con la presciencia se refiere a la elección basada en la elección previa de Cristo y el pueblo corporativo de Dios en él.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Capítulo XIV, N°5.

[2] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed.), III: xxiii, 5.

[3] Ibid. xxiii, 1, 4.

[4] Edward Maslin Hulme, the Renaissance, the protestant Reformation, and the Catholic Revolution (New York: The Century Company, 1920), 299.

[5] John Horsch, History of Christianity (John Horsch, 1903), 104–105.

[6] R. C. Sproul, Jr., Almighty Over All (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1999), 54.

[7] Henry C. Sheldon, History of Christian Doctrine (New York: Harper and Bros., 2nd ed., 1895), II : 163.

[8] A. W. Harrison, Arminianism (London: Duckworth, 1937), 189.

Arminianismo Clásico

5 Verdades sobre la Elección

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La doctrina de la elección resulta complicada y difícil de entender para muchos cristianos. En esta, como en otras doctrinas de la gracia, calvinistas y arminianos diferimos en ciertos puntos. En el calvinismo, por ejemplo, “el termino elección se refiere específicamente a uno de los aspectos de la predestinación divina. Dios elije a ciertos individuos para ser salvos.”[1] La posición reformada enseña que “Dios positivamente o activamente interviene en la vida de los elegidos para asegurar su salvación”.[2]

Así pues, el calvinismo define a los elegidos como el grupo seleccionado a quien Dios desde la eternidad pasada, ha designado a la salvación. Todos los demás están predestinados por Dios para la condenación eterna. El evangelio puede ser predicado día y noche a estos condenados y sin embargo será en vano, porque son totalmente incapaces de creer. Dios supuestamente no tiene deseo alguno de abrir sus ojos cegados y darles la fe para creer. Lo hace solo para los elegidos (a través de la elección incondicional), aunque lo podría hacer para todos.

Juan Calvino admitió: “Muchos… consideran  incongruente que del gran cuerpo de la humanidad algunos debieran ser predestinados a la salvación y otros para destrucción… El decreto, lo admito, es terrible y sin embargo, es imposible negar que Dios supo con anterioridad el fin del hombre antes que fuese porque él lo creo, y supo con anterioridad, porque así lo había ordenado por su decreto.”[3]

Para el calvinista, la elección de algunos para salvación se fundamente en el decreto eterno de Dios (predestinación). Por lo tanto, es incondicional, limitada e individual. No podemos hacer nada para ser elegidos, tampoco podemos hacer nada para dejar de serlo. Cada individuo, de forma especial y particular, ha sido elegido o rechazado por Dios de forma soberana.

 

PABLO, EL ARMINIANO.

En esta, como en otras doctrinas de la gracia, arminianos y calvinistas diferimos en aspectos clave. Los arminianos creemos en la doctrina de la elección, pero no podemos aceptar la interpretación calvinista de la misma por considerarla anti bíblica y difamatoria del carácter de Dios.

¿Qué creemos nosotros los arminianos acerca de la elección? Pues lo que enseña la Biblia. No negamos dicha doctrina como afirman los calvinistas, simplemente la interpretamos a la luz del contexto general de la Biblia. Los arminianos reconocemos que la elección de Dios de aquellos que creen en Cristo es una enseñanza importante del apóstol Pablo (Romanos 8: 29-33; 9: 6-26; 11: 5, 7, 28; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1: 4; 2 Tesalonicenses 2:13; Tito 1: 1). La enseñanza de Pablo, sin embargo, lejos de concordar con el calvinismo, lo contradice.

Para Pablo la elección (Gr. eklego) se refiere a que Dios escoge en Cristo a un pueblo al que él destina a ser santo e irreprensible a sus ojos (2 Tesalonicenses 2:13). Pablo considera que esta elección expresa la iniciativa de Dios como el Dios del amor infinito al darnos como creación finita toda bendición espiritual a través de la obra redentora de su Hijo (2 Tesalonicenses 1: 3-5). La enseñanza de Pablo sobre la elección involucra las siguientes 5 verdades:

 

  1. LA ELECCIÓN ES CRISTOCÉNTRICA: La elección es cristocéntrica, es decir, la elección de seres humanos ocurre solo en unión con Jesucristo: “Incluso antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió en Cristo para que seamos santos e intachables a sus ojos.” (Efesios 1: 4, NTV). Jesús mismo es ante todo el elegido de Dios. Con respecto a Jesús, Dios declara: “Miren a mi Siervo, al que he elegido. Él es mi Amado, quien me complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y proclamará justicia a las naciones.” (Mateo 12:18, Isaías 42:1, 6; 1 Pedro 2:4). Cristo, como el elegido, es el fundamento de nuestra elección. Solo en unión con Cristo nos convertimos en miembros de los elegidos (Efesios 1: 4, 6-7, 9-10, 12-13). Nadie es elegido aparte de la unión con Cristo por medio de la fe.

 

  1. LA ELECCIÓN ES A TRAVÉS DE LA SANGRE DE CRISTO: La elección es en Cristo, a través de su sangre. Pablo enseñó: “Dios es tan rico en gracia y bondad que compró nuestra libertad con la sangre de su Hijo y perdonó nuestros pecados.” (Efesios 1:7, NTV). Dios se propuso antes de la creación formar un pueblo a través de la muerte redentora de Cristo en la cruz. Por lo tanto, la elección se basa en la muerte sacrificial de Cristo para salvarnos de nuestros pecados (Hechos 20:28; Romanos 3:24-26).

 

  1. LA ELECCIÓN ES, PRINCIPALMENTE, CORPORATIVA: La elección en Cristo es principalmente corporativa, es decir, una elección de un pueblo (Efesios 1:4-5, 7, 9). Los elegidos son llamados “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12), “mi iglesia” (Mateo 16:18), “pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2: 9) y la “novia” de Cristo (Apocalipsis 19:7). Por lo tanto, la elección es corporativa y abarca a las personas individuales solo cuando se identifican y se asocian con el cuerpo de Cristo, la verdadera iglesia (Efesios 1: 22-23).[4] Esto ya era verdad acerca de Israel en el Antiguo Testamento: “Asegúrense de que ningún hombre ni mujer, ni clan ni tribu entre ustedes, aparte hoy su corazón del Señor nuestro Dios para ir a adorar a los dioses de esas naciones. Tengan cuidado de que ninguno de ustedes sea como una raíz venenosa y amarga. Si alguno de ustedes, al oír las palabras de este juramento, se cree bueno y piensa: “Todo me saldrá bien, aunque persista yo en hacer lo que me plazca”, provocará la ruina de todos. El Señor no lo perdonará. La ira y el celo de Dios arderán contra ese hombre. Todas las maldiciones escritas en este libro caerán sobre él, y el Señor hará que desaparezca hasta el último de sus descendientes. El Señor lo apartará de todas las tribus de Israel, para su desgracia, conforme a todas las maldiciones del pacto escritas en este libro de la ley.” (Deuteronomio 29:18-21, NVI).

 

  1. LA ELECCIÓN PARA LA SALVACIÓN Y LA SANTIDAD DEL CUERPO DE CRISTO ES FIRME E INQUEBRANTABLE, PERO LA CERTEZA DE LA ELECCIÓN DE INDIVIDUOS SIGUE ESTANDO CONDICIONADA A SU FE PERSONAL EN JESUCRISTO Y SU PERSEVERANCIA EN UNIÓN CON ÉL. Pablo demuestra esto de la siguiente manera:
  • El propósito eterno de Dios para la iglesia es que debemos ser santos y sin mancha ante él (Efesios 1: 4). Esto se refiere tanto al perdón de los pecados (Efesios 1:7) como a la pureza de la iglesia como la novia de Cristo. La gente elegida de Dios está siendo guiada por el Espíritu Santo hacia la santificación y la santidad (Romanos 8:14; Gálatas 5:16-25). El apóstol enfatiza repetidamente este propósito primordial de Dios (Efesios 2:10; 3:14-19; 4:1-3, 4:13-24; 5:1-18).
  • El cumplimiento de este propósito para la iglesia corporativa es cierto: Cristo “para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.” (Efesios 5:27).
  • El cumplimiento de este propósito para los individuos en la iglesia es condicional. Cristo nos presentará “santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1: 4) solo si continuamos en la fe. Pablo lo dice claramente: “Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Este es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación debajo del cielo, y del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor.” (Colosenses 1: 22-23).

 

  1. LA ELECCIÓN PARA LA SALVACIÓN SE OFRECE A TODOS: La elección para la salvación en Cristo se ofrece a todos (Juan 3: 16-17; 1 Timoteo 2: ​​4-6; Tito 2:11; Hebreos 2:9) pero se hace real únicamente para aquellos individuos que, a través de la fe, aceptan el regalo de Dios de salvación en Cristo (Efesios 2:8; 3:17; Hechos 20:21; Romanos 1:16; 4:16). A través de la fe, el creyente se incorpora al cuerpo electo de Cristo (la iglesia) por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), convirtiéndose así en uno de los elegidos. Por lo tanto, existe tanto la iniciativa de Dios como nuestra respuesta en la elección (Romanos 8:29, 2 Pedro 1: 1-11).

 

CONCLUSIÓN.

Dios escogió para salvación, antes de la fundación del mundo, a todas aquellas personas que, asistidas por su gracia habilitadora, creen en Cristo. El arminianismo ve la elección como elección de creyentes, y consecuentemente la fe como condición para la elección. Para la teología arminiana, si la salvación es por fe, entonces también la elección es por fe. Si la salvación es condicional, la elección también lo es. Esto no equivale a decir que los decretos de Dios se determinen de manera condicional. Las decisiones eternas de Dios son hechas sin ninguna condición impuesta sobre Él. Dios ha decretado de manera incondicional una elección condicional, escogiendo individuos como creyentes. En este sentido, el calvinismo realiza una pobre elección de palabras cuando afirma que “los arminianos llegan a la conclusión final de que Dios ve la elección que el pecador hará y basa su propia elección en la elección del pecador”. Esta fraseología no parece ser la más apropiada. Decir que Dios basa su elección en la elección del pecador no es lo mismo a decir que Dios escoge creyentes. El calvinismo yerra al ignorar estas verdades.

REFERENCIAS:

[1] R. C. Sproul, Grace Unknown (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1997), 141.

[2] R. C. Sproul, Chosen (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1997), 142.

[3] John Calvin, Calvin’s New testament Commentaries (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdman’s Publishing Co., 1994), 10:209.

[4] Robert Shank, Elegido en el Hijo, Minneapolis: Bethany House Publishers.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Arminianismo y Universalismo Condicionado

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En su intento por desvirtuar la doctrina arminiana, muchos calvinistas acusan al arminianismo de enseñar la herejía soteriológica conocida como Universalismo. El universalismo es una creencia que afirma que en la plenitud de los tiempos todas las almas se liberarán de las penas del pecado y serán restaurados en su relación con Dios. Históricamente conocida como Apocatástasis, el universalismo o doctrina de la salvación universal final niega la doctrina bíblica del castigo eterno.

Además de los pasajes que hablan de la naturaleza de amor y misericordia infinitos de Dios, el versículo clave del universalismo en Hechos 3:21, donde Pedro afirma:

“Es necesario que él permanezca en el cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus santos profetas.” (Hechos 3:21, NVI)

Pero ¿Es esto lo que quiso decir Pedro? ¿De verdad enseña la Biblia que todos, penitentes e impenitentes, serán salvos? Definitivamente no. El erudito pentecostal Stanley Horton explica dicho pasaje de la siguiente manera:

“Algunos toman la expresión griega apokatastáseos pánton (“restauración de todas las cosas”) como poseedora de una intención absoluta, en lugar de limitarla a “todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas”. Aunque es cierto que las Escrituras se requieren a una restauración futura (Romanos 8:18–25; 1 Corintios 15:24–26; 2 Pedro 3:13), a la luz de todas las enseñanzas de la Biblia sobre el destino eterno, tanto de los seres humanos como de los ángeles, no es posible utilizar este versículo para apoyar el universalismo. Hacerlo equivaldría a violentar exegéticamente lo que la Biblia afirma a este respecto.”[1]

Otros pasajes, usados fuera de su contexto, para sostener la doctrina universalista son:

“Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos.” (Romanos 5:18-19, NVI)

 “Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo, esto es, reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.” (Efesios 1:9 -10, NVI)

“Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir” (1 Corintios 15:22, NVI)

Sin embargo, ninguno de dichos versículos enseña que todos los seres humanos serán finalmente salvos. Una exégesis honesta de dichos pasajes desvirtúa tales afirmaciones universalistas.

Ahora bien, la creencia en la salvación universal es por lo menos tan antigua como el cristianismo. Los primeros escritos claramente universalistas datan de los denominados “Padres de la Iglesia Griega”, sobre todo Clemente de Alejandría, su discípulo Orígenes y Gregorio de Nisa. De ellas, las enseñanzas de Orígenes, quien creía que hasta el diablo finalmente se salvará, fueron los más influyentes. Numerosos partidarios de la salvación universal final se encontraban en la iglesia post apostólica, pero fueron ampliamente combatidos por Agustín de Hipona. Principalmente por su influencia, la teología de Orígenes fue finalmente declarada herética en el Concilio de Constantinopla en el 553 d.C.

 

UNIVERSALISMO UNIVERSALISTA Y PLURALISMO SALVÍFICO.

Los arminianos rechazamos tanto el denominado Universalismo universalista (todos, incluso Satanás y sus demonios, alcanzarán el perdón y la salvación gracias al sacrificio expiatorio de Cristo) como el Pluralismo Salvífico (la creencia de que puede haber diversos caminos dadores de vida o vías de salvación en diferentes tradiciones y prácticas religiosas).

En cambio, nos aferramos a la Palabra de Dios, la cual afirma que:

“y del polvo de la tierra se levantarán las multitudes de los que duermen, algunos de ellos para vivir por siempre, pero otros para quedar en la vergüenza y en la confusión perpetuas.” (Daniel 12:2, NVI)

“El diablo, que los había engañado, será arrojado al lago de fuego y azufre, donde también habrán sido arrojados la bestia y el falso profeta. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Luego vi un gran trono blanco y a alguien que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, sin dejar rastro alguno. Vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y luego otro, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados según lo que habían hecho, conforme a lo que estaba escrito en los libros. El mar devolvió sus muertos; la muerte y el infierno[a] devolvieron los suyos; y cada uno fue juzgado según lo que había hecho. La muerte y el infierno fueron arrojados al lago de fuego. Este lago de fuego es la muerte segunda. Aquel cuyo nombre no estaba escrito en el libro de la vida era arrojado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20:10-15, NVI)

“Dios, que es justo, pagará con sufrimiento a quienes los hacen sufrir a ustedes. Y a ustedes que sufren, les dará descanso, lo mismo que a nosotros. Esto sucederá cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo entre llamas de fuego, con sus poderosos ángeles, para castigar a los que no reconocen a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús. Ellos sufrirán el castigo de la destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor y de la majestad de su poder, el día en que venga para ser glorificado por medio de sus santos y admirado por todos los que hayan creído, entre los cuales están ustedes porque creyeron el testimonio que les dimos.” (2 Tesalonicenses 1:6-10, NVI)

“Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5, NVI)

 “De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hechos 12:2, NVI)

No toda la humanidad será salva, ni todos los caminos o religiones llevan a Dios. Solo Cristo salva. La biblia afirma claramente que el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios (Juan 3:36). Jesucristo mismo afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí.” (Juan 14:6, NVI).

 

PARTICULARISMO CALVINISTA, EXPIACIÓN LIMITADA O REDENCIÓN PARTICULAR.

Un distintivo del calvinismo es su doctrina de la expiación limitada, o redención particular. Dicha doctrina, conocida también como “Particularismo”, enseña que Cristo efectivamente redime de cada pueblo “solo a aquellos que fueron elegidos desde la eternidad para salvación”.[2] La doctrina reformada afirma que Jesús murió sólo por sus elegidos. Esta doctrina se desprende lógicamente de la doctrina de la elección incondicional: Si Dios eligió solo a un selecto grupo para que fuera salvo entonces el sacrificio que Cristo hizo debía ser sólo por ellos. La doctrina de la redención particular afirma que Cristo, en su muerte, limpió los pecados de los elegidos de Dios y aseguró que todos ellos alcancen la fe a través de la regeneración y por la fe sean preservados para alcanzar y heredar la gloria venidera. Según dicha doctrina, Cristo no pretendió morir por todos. La prueba de eso, según el razonamiento calvinista, es que no todos son salvos.

El teólogo pentecostal Stanley M. Horton resume las afirmaciones calvinistas de la siguiente manera:

“Los particularistas toman los pasajes que dicen que Cristo murió por las ovejas (Juan 10:11, 15), por la Iglesia (Efesios 5:25; Hechos 20:28), o por “muchos” (Marcos 10:45). Citan también numerosos pasajes que, en el contexto, asocian claramente a los “creyentes” con la obra expiatoria de Cristo (Juan 17:9; Gálatas 1:4; 3:13; 2 Timoteo 1:9; Tito 2:3; 1 Pedro 2:24). Los particularistas alegan lo siguiente: (1) Si Cristo murió por todos, entonces Dios debe ser injusto si alguno perece por sus propios pecados, puesto que Cristo tomó sobre sí todo el castigo debido por los pecados de todos. Dios no podría exigir dos veces el pago de la misma deuda. (2) La doctrina de la expiación ilimitada conduce lógicamente al universalismo, porque si pensamos de otra forma, tenemos que poner en duda la eficacia de la obra de Cristo, que fue para “todos”. (3) Una exégesis y una hermenéutica sólidas hacen evidente que el lenguaje universal no es siempre absoluto (Lucas 2:1; Juan 12:32; Romanos 5:18; Colosenses 3:11)”.[3]

Tan importante es para el calvinista la doctrina de la Expiación Limitada que diversos teólogos calvinistas han afirmado que “sólo el calvinismo con su expiación eficaz limita el poder del hombre y exalta el poder y la gloria de Dios”.[4] Otro líder y autor calvinista escribe: “Es en esta verdad de la expiación limitada que la doctrina de la elección soberana (y, de hecho, la predestinación soberana con sus dos aspectos de la elección y reprobación), se clarifican”.[5] En otras palabras, el sistema calvinista se desmorona en su totalidad si la expiación limitada no es bíblica, y de hecho no lo es.

Incluso calvinistas de alto rango han expresado sus dudas acerca de la expiación limitada. Charles Spurgeon afirmó: “No puedo imaginar un instrumento más dañino en manos de Satanás para la ruina de las almas, que un ministro que le dice a los pecadores que no es su deber arrepentirse de sus pecados y creer en Cristo, y así tener la arrogancia llamarse a sí mismo un ministro del Evangelio, mientras que enseña que Dios odia a algunos hombres infinitamente e inalterablemente por ningún motivo sino solo porque él escoge hacerlo”.[6] Esto ha llevado a que la doctrina de la expiación limitada sea considerada “el talón de Aquiles del calvinismo”.[7]

Ya sea que los calvinistas lo reconozcan o no, el calvinismo atenta contra el carácter mismo de Dios:

 “Porque Dios ha amado a unos cuantos y no todos, porque él soberana e inmutablemente ha determinado que éstos en particular sean salvos, él envió a su hijo a morir por ellos, para salvar a ellos y no a todo el mundo”.[8]

¿Entendemos lo que tal afirmación implica? Según el calvinismo, no todos los hombres son salvos porque Dios no quiere que lo sean y ha predestinado a multitudes a sufrir eternamente.

 

ARMINIANISMO: EXPIACIÓN UNIVERSAL O UNIVERSALISMO CONDICIONADO.

En contraposición al particularismo calvinista, los arminianos creemos en la doctrina de la Expiación Ilimitada, conocida también como universalismo condicionado. Dicha doctrina sostiene que la expiación es ilimitada en el sentido de que se halla a disposición de todos; más sin embargo es limitada en el sentido de que sólo es eficaz para aquéllos que crean. Así, aunque la Expiación y sus beneficios están a disposición de todos, no todos se benefician de ella. El perdón de pecados y la salvación está condicionada a la fe en Cristo.

La doctrina arminiana, en plena concordancia con la Biblia, declara que Dios, exactamente como se esperaría de alguien quien es amor y Padre de misericordias, ama a todos con amor infinito y desea que todos se salven. Él no quiere que ninguno perezca y ha hecho de la muerte de Cristo el sacrificio propiciatorio por los pecados de toda la humanidad, si tan sólo creen en él:

  • “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Seguramente el “todos” que se refiere a aquellos que iban por mal camino son los mismos “todos” (es decir, todo Israel y toda la humanidad) cuya iniquidad fue puesta en Cristo.

 

  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29). Así como en el Antiguo Testamento los sacrificios fueron ofrecidos para todo Israel y no para un grupo selecto de israelitas, también el cumplimiento mismo del sacrificio de Cristo como el cordero de Dios fue ofrecido para toda la humanidad y no para unos cuantos “elegidos” o un número limitado.

 

  • “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él .El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:14-18, 36). Nótese que, por medio de la serpiente de bronce elevada, la cual Cristo dijo que era la figura de él mismo siendo levantado en la cruz, Dios trajo sanidad y salvación al pueblo. Dicha salvación es para todos los que miraren a él por fe, no sólo para unos cuantos elegidos.

 

  • “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). La ley, con su acompañamiento de sacrificios, era para todo Israel, no para algunos cuantos elegidos, y el cumplimiento en Cristo es para toda la humanidad.

 

  • “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).

 

  • “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).

 

  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Todos son impíos, no solamente los elegidos.

 

  • “Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 5:22).

 

  • “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

 

  • “El que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Por cierto que los “elegidos” no son los únicos pecadores.

 

  • “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).

 

  • “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2 Timoteo 2:6).

 

  • “Quien es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).

 

  • “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Hebreos 2:9).

 

  • “No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

 

  • “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 1:9-2:2).

 

  • “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).

 

  • “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).

 

  • “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:19-20).

 

  • “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).

 

  • “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).

 

  • “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

 

Tomar todas estas (y muchas otras declaraciones similares) y atreverse a decir que sólo se refieren a un grupo selecto de elegidos es cambiar deliberadamente la palabra de Dios. ¿O es que solo los elegidos se descarrían como ovejas perdidas? ¿Sólo los elegidos tienen sed? ¿Sólo los elegidos son impíos y pecadores? ¿Sólo los elegidos están bajo pecado? Es obvio que no. La salvación está disponible a través de la fe en Cristo para todo el que quiera apropiarse de ella. Estos versículos y muchos más como ellos afirman claramente en un lenguaje inequívoco que Cristo fue enviado para ser “el Salvador del mundo,” que su muerte fue “un rescate por todos” y que por lo tanto es “el Salvador de todos los hombres” que creen. Creer que se refiere solo al mundo de los elegidos es una suposición injustificada. Tal argumento es falaz.

Pero si los argumentos bíblicos no fuesen suficientes, podemos agregar también que la posición arminiana (el universalismo condicionado) goza de las siguientes fortalezas:[9]

(1) Es el único que le da sentido al ofrecimiento sincero del evangelio a todos los seres humanos. Los calvinistas objetan que la autorización para predicar el evangelio a todos es la Gran Comisión. Un calvinista seguramente argumentará que “Puesto que la Biblia enseña la elección, y puesto que no sabemos quiénes son los elegidos (Hechos 18:10, “Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad”, es decir, en Corinto), les debemos predicar a todos”. Sin embargo, la doctrina arminiana, la lógica y la Biblia se impone al argumento calvinista y responde: ¿Sería genuino el ofrecimiento de Dios cuando dice “Todo el que quiera”, a sabiendas de que esto no es realmente posible, pues la salvación se limita solo a los elegidos?

(2) La historia eclesiástica reafirma también la posición arminiana. Desde el principio de la Iglesia, hasta que surgió el calvinismo, el universalismo condicionado fue la opinión mayoritaria. Así pues: “Entre los reformadores, encontramos esta doctrina en Lutero, Melanchton, Bullinger, Latimer, Cranner, Coverdale, e incluso Calvino en algunos de sus comentarios. Por ejemplo, Calvino dice acerca de … Marcos 14:24, ‘que por muchos es derramada: Con la palabra “muchos”, [Marcos] no define solamente a una parte de la humanidad, sino a toda la raza humana’ ”.[10]

(3) No es posible sostener la acusación de que, si fuese cierta una expiación ilimitada, Dios sería injusto, y de que el universalismo universalista sería la conclusión lógica. Necesitamos tener en mente que es necesario creer para ser salvos, y esto incluye a los supuestos elegidos. La aplicación de la obra de Cristo no es automática. El que una persona decida no creer, no significa que Cristo no haya muerto por ella, o que quede bajo sospecha la integridad personal de Dios.

Sin embargo, el punto culminante de la defensa arminiana es que no resulta fácil pasar por alto el evidente propósito de muchos pasajes universalistas. Incluso el teólogo calvinista Millard Erickson reconoce que la doctrina arminiana de la Expiación Ilimitada o Universal “puede dar cuenta de un segmento más amplio del testimonio bíblico con menos distorsión que la hipótesis de la expiación limitada”.[11]

Horton observa de forma certera que: “En Hebreos 2:9 dice que, por la gracia de Dios, Jesús probó la muerte “por todos”. Es bastante fácil alegar que el contexto (2:10–13) señala que el escritor no está hablando de todos en sentido absoluto, sino de los “muchos hijos” que Jesús lleva a la gloria. Sin embargo, una conclusión así extiende demasiado la credibilidad exegética. Además, en el contexto hay un sentido universal (2:5–8, 15).3 Cuando la Biblia dice que “de tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16), o que Cristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), o que Él es “el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14), es eso precisamente lo que quiere decir. Ciertamente, la Biblia usa la palabra “mundo” en un sentido cualitativo, para referirse al sistema de maldad del mundo, dominado por Satanás. Sin embargo, Cristo no murió por un sistema; murió por las personas que forman parte de ese sistema. En ningún lugar del Nuevo Testamento, la palabra “mundo” se refiere a la Iglesia o a los elegidos. Pablo dice que Jesús “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6) y que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4). En 1 Juan 2:1–2 tenemos una separación explícita entre los creyentes y el mundo, y una afirmación de que Jesucristo, el Justo, “es la propiciación” (v. 2) por ambos”.[12]

Así pues, la doctrina arminiana es más coherente con el texto bíblico al afirmar que la expiación es ilimitada en el sentido de que se halla a disposición de todos; más sin embargo es limitada en el sentido de que sólo es eficaz para aquéllos que crean. Está a disposición de todos, pero no todos se benefician de ella.[13]

 

CONCLUSIÓN.

La Biblia declara que Dios ama a todos y es misericordioso para con todos y que Cristo murió por todos. Los versículos que declaran que Cristo murió por la iglesia, que su muerte fue un rescate por su pueblo, o la seguridad de que él murió por sus ovejas, no anula la realidad de que su sacrificio expiatoria se ofrece libremente a todos. Por supuesto, los apóstoles, escribieron a creyentes, para recordarles que Cristo murió por ellos, pero esa declaración no puede anular muchas de las claras declaraciones de que Él murió por todos.

 

REFERENCIAS:

[1] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva Pentecostal (1996), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 367.

[2] Cánones de Dort, II.8

[3] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 375.

[4] Leonard J. Coppes, Are Five points Enough? The Ten points of Calvinism; Denver CO: self-published, 1980, 49

[5] Homer Hoeksema, Limited Atonement, 151; citado en Vance, The Other Side of Calvinism, pp. 406.

[6] C. H. Spurgeon, New park Street pulpit; London: Passmore and Alabaster, Vol 6, 28-29; sermón predicado en diciembre 11, 1859

[7] Kenneth G. Talbot and W. Gary Crampton, Calvinism, Hyper-Calvinism and Arminianism; Edmonton, AB: Still Waters Revival Books, 1990, pp. 11.

[8] Edwin H. Palmer, The five points of calvinism; Grand Rapids, MI: Baker Books, enlarged ed., 20th prtg. 1999, pp. 50.

[9] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 375.

[10] Walter A. Elwell, “Extent of Atonement”, Evangelical Dictionary, p. 99.

[11] Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids: Baker Book House, 1985), p. 835.

[12] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 376.

[13] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology (Grand Rapids: Wm.B. Eerdmans, 1979), pp. 242. Véase también Isaías 53:6; Mateo 11:28; Romanos 5:18; 2 Corintios 5:14–15; 1 Timoteo 4:10; 2 Pedro 3:9.

 

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Calvinismo, falsa seguridad y desesperanza

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La seguridad de la salvación fue una preocupación central y motivadora de la Reforma protestante. Martín Lutero buscó seguridad en el sacramento de la penitencia, pero fue en vano. Finalmente lo encontró en su descubrimiento de la justificación solo por gracia a través de la fe sola. Esta preocupación por la seguridad de la salvación continuó vigente dentro de las iglesias reformadas (calvinistas), tal como nos lo evidencia el Catecismo de Heidelberg[1] (1563):

“P.1. ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? R. Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad.”[2]

La mayoría de los creyentes reformados (calvinistas) asumen que, como los arminianos creemos que es posible caer de la gracia y perder la salvación, entonces no tenemos el mismo grado de comodidad y seguridad que supuestamente tienen los reformados. En realidad, lo contrario es el caso: los arminianos pueden tener mayor seguridad de la salvación que los mismos calvinistas. En su propia vida y ministerio, Jacobo Arminio (1559–1609) vio la razón de esto. Durante los años de su ministerio pastoral en Ámsterdam, Arminio fue testigo de dos problemas diferentes en lo que respecta a la seguridad de la salvación entre los creyentes del calvinismo: La desesperación y la falsa seguridad como producto de la doctrina reformada de la predestinación.

CALVINISMO, FUENTE DE DESESPERANZA

Primero, Arminio se dio cuenta de lo que llamaba desesperación entre los calvinistas (Utilizó la palabra latina “desperatio”, que significa desesperanza) Recordó múltiples ejemplos cuando atendía a personas en sus lechos de muerte que no tenían la seguridad de su propia salvación. El problema era que, en estos casos, estos eran creyentes ejemplares que deberían tener seguridad. Sin embargo, en este momento crucial en el que más necesitaban seguridad, les faltaba. ¿Cómo podrían los cristianos reformados, que fueron salvados no por su propia bondad, sino por la justicia imputada de Cristo, caer víctimas de la desesperación? ¿Cómo llegaron a este punto? ¿Por qué la duda que plagó a la Iglesia romana medieval tardía no se resolvió en la Iglesia Reformada? Cuando uno examina los escritos de Arminio, uno puede ver cómo la desesperación es el resultado de tres doctrinas reformadas:

  1. La convicción reformada de que la fe salvadora incluye no solo el conocimiento y el consentimiento, sino también la fiduciao la confianza segura. La seguridad (fiducia) a veces se usaba como sinónimo de fe (fides). Bajo este supuesto reformado, si una persona cree en Cristo como Salvador y cree que la justicia de Cristo puede ser imputada a él por fe, y la persona desea esta salvación, pero solo carece de la certeza de esa salvación, entonces la persona puede comenzar a cuestionar su fe en conjunto, y preguntarse si él es uno de los elegidos. Este fue el problema que Arminio, como pastor calvinista que fue, tuvo que enfrentar al estar junto a cristianos moribundos en Ámsterdam: tomaron su falta de seguridad para indicar necesariamente una falta de fe. Arminio distinguió la seguridad (fiducia) de la fe (fides), declarando que la seguridad sigue como el resultado ordinario de la fe salvadora, pero no es necesariamente simultánea con la fe.
  1. La doctrina de la fe temporal, como lo enseñó Juan Calvino y otros teólogos reformados. Dicha doctrina también generó desesperanza. ¿Cómo se puede distinguir la diferencia entre la fe débil de los elegidos y la fe temporal del reprobado? ¡No puedes realmente! Calvino afirmó que una persona puede parecer a los demás como si tuviera fe, de hecho ella misma podría pensar que posee una fe salvadora, cuando en realidad solo fue una fe otorgada temporalmente por Dios que no estaba destinada a perseverar, sino que sería retirada por Dios. El ejemplo bíblico común es Simón el Mago (Hechos 8), quien se describe como creyente y se creía genuinamente como un verdadero creyente, pero cuya creencia pronto se demostró que era falsa.[3] Es decir, el mismo Simón no era consciente de su estado hasta que su fe falló. El reprobado puede ser engañado a sí mismo y, a pesar de todas las apariencias en contra, carece de fe genuina. Si incluso el reprobado puede tener una fe temporal que se asemeja a la de los elegidos, tanto externa como internamente, entonces no importa cuán débil o fuerte parezca la fe y la seguridad de la persona en el presente.
  1. La doctrina de la reprobación incondicional. Esta doctrina produce un socavamiento de la seguridad de la salvación que puede ser devastador. La doctrina reformada de la elección incondicional afirma que Dios elige a quién Dios quiere salvar, no basándose en sus buenas obras, su fe prevista o incluso su consentimiento voluntario. El corolario necesario para esta elección es que Dios reprueba incondicionalmente, o tal vez “pasa por alto”, el resto de la humanidad, cuyo resultado es la condena. La única manera de escapar de la condenación es ser elegido por Dios. Pero, como observa Arminio, ya que esa elección es incondicional (aparte de la voluntad absoluta y soberana de Dios), no hay nada que el reprobado pueda hacer para estar en una relación de salvación con un Dios que no lo haya elegido. La predestinación reformada, dice Arminio, “produce en la gente una desesperación tanto de cumplir lo que su deber requiere como de obtener aquello hacia lo que se dirigen sus deseos”[4] Esto es lo que se conoce como la doctrina de la “gracia no disponible”. Si crees que puedes ser reprobado, no hay nada que puedas hacer al respecto, ya que la elección es incondicional.

FALSA SEGURIDAD DEL CALVINISMO

El segundo problema que observó Arminio en el calvinismo es el extremo opuesto al primero. Llamó a dicho problema “vicio de seguridad”. Recordó varias veces durante su ministerio cuando, como un pastor atento, se dirigió al pecado en la congregación e incluso amonestó a ciertos individuos. Con demasiada frecuencia, esas mismas personas respondieron como si el pecado no fuera una preocupación real. Le consideraban de poca importancia. Después de todo, el apóstol Pablo, según la interpretación reformada dominante de Romanos 7, fue continuamente vencido por el pecado. Ya que los elegidos son salvos por gracia, ¿cuál es realmente el problema? Parece que esta tendencia hacia la seguridad, como el anterior problema de la desesperación, es el resultado de la combinación distintiva de tres enseñanzas reformadas:

  1. La Normalidad del Pecado en la Vida Cristiana (Eficacia de la Santificación):Para los reformados, aunque la persona regenerada debe y puede hacer pasos hacia la santificación con la ayuda del Espíritu Santo, sin embargo, son pasos de bebé; el progreso es mínimo. La interpretación reformada estándar de Romanos 7, leída como el relato autobiográfico del apóstol regenerado Pablo, apoya la idea de que el pecado es una lucha continua y prominente en la vida cristiana. Tener poca expectativa de la santificación personal implica que el pecado es, en cierto sentido, normal y, por lo tanto, no es motivo de grave preocupación para el cristiano individual. Por su parte, Arminio ciertamente reconoció que el progreso en la santidad se ve impedido por el pecado y la debilidad. Pero también impugnó la típica lectura reformada de Romanos 7 y, como los primeros padres de la iglesia, interpretó a la persona agobiada por el pecado como alguien que aún no se ha regenerado, porque el pecado no puede dominar la vida de una persona regenerada como se describe en este pasaje.
  1. La Elección Incondicional: La segunda doctrina reformada que lleva muchos de sus adeptos a la seguridad es la elección incondicional, junto con su corolario de la gracia irresistible. Si uno confía en su elección, entonces la gracia es irresistible y la salvación es segura.
  1. La Perseverancia de los Santos: La elección incondicional y la gracia irresistible pueden promover la seguridad, especialmente cuando se combina con una tercera doctrina, la perseverancia de los santos, que es un corolario predecible de la elección incondicional. Si una persona se convierte en parte del pueblo escogido por el pacto de Dios solo por la gracia irresistible, aparte de las buenas obras, ninguna cantidad de obras malvadas o falta de buenas obras puede anular esa elección y el pacto. Según Arminio, si se afirma la imposibilidad de la apostasía, esta doctrina no consuela tanto como engendra descuido con respecto al pecado, lo que, para Arminio, es una indicación peligrosa de “seguridad carnal” (securitas carnalis). Arminio escribió:

“La persuasión por la cual cualquier creyente ciertamente se persuade a sí mismo de que no puede desertar de la fe, o que, al menos, no desertará de la fe, no conduce tanto a la consolación contra la desesperación o la duda que sea adversa a la fe y la esperanza, como lo hace para generar seguridad, una cosa que se opone directamente a ese temor más saludable con el que se nos manda desarrollar nuestra salvación, y que es sumamente necesario en este lugar de tentaciones[5]

Por lo tanto, la normalidad del pecado en la vida cristiana, junto con las doctrinas de la elección incondicional y la seguridad eterna, podría fomentar una actitud de “salvo si lo haces; salvo si no lo haces”. Esta falta de preocupación por la presencia del pecado es lo que podría precipitar una caída.

Para los arminianos, hay un camino intermedio de verdadera seguridad entre los extremos de la desesperación y la falsa seguridad calvinista. Por un lado, el conocimiento de que el pecado tiene consecuencias y de que una persona puede caer de la gracia a través de la rebelión abierta contra Dios. Pero, por otro lado, el conocimiento de que Dios salvará a todos los creyentes penitentes nos llega de seguridad, certeza y esperanza.

EL FUNDAMENTO SEGURO DE NUESTRA SALVACIÓN.

En última instancia, la garantía de la salvación se encuentra al examinar cuál es el fundamento mismo de la salvación: el amor de Dios. Este amor de Dios es evidente en su promesa, que es externa a la criatura. La palabra de Dios da a conocer su voluntad o intención para la criatura. La pregunta es: Si no hay obra meritoria alguna que pueda asegurarnos el favor divino y la salvación, ¿Qué determina o influye en la voluntad divina de salvarnos?

Los calvinistas, o reformados, son reacios a describir el afecto de Dios hacia toda la raza humana como “amor”. Para los calvinistas, la voluntad amorosa de Dios no se extiende a toda la humanidad con el propósito de la salvación, sino solo a unos cuantos elegidos. Pero si Dios no ama a todos, entonces la seguridad se ve socavada. Al creyente promedio le queda nada más preguntarse en qué grupo está incluido él: Entre aquellos a quienes Dios quiere salvar o entre aquellos a quienes él no quiere salvar. Su voluntad con respecto a la elección y la base de esta voluntad es inescrutable.

Para los arminianos, el verdadero fundamento de la salvación y la seguridad de la salvación es la promesa de Dios de que él ama a todos y salvará a los creyentes penitentes. Este fundamento se basa en Dios mismo y es posible solo a través de la obra de Cristo. Y Dios envió a Cristo por su amor (Juan 3:16). Para llegar al fondo del asunto, podemos comparar las respuestas calvinistas y arminianas a las preguntas: ¿Cómo sabes que perteneces a Dios? ¿Cómo sabes que eres uno de los elegidos?

Robert Peterson y Michael Williams, dos teólogos calvinistas, responden a dichas preguntas de la siguiente manera:

“Es cuando las personas se vuelven a Cristo con fe cuando saben que Dios las ha elegido para la salvación”[6]

Michael Horton, otro teólogo calvinista, responde a esta pregunta con una referencia a Juan 10: 27-28:

“¿Has escuchado la voz de Cristo y lo has seguido? Luego te da vida eterna. Descubrimos la elección no en nosotros mismos sino en Cristo”.[7]

Esto suena bonito, sin embargo, una vez que reconoces que hay una clase de personas que Dios realmente no quiere salvar, personas a las que no ama, la seguridad se ve socavada. Además, el reconocimiento de que la fe actual de cualquier persona puede ser simplemente una fe temporal y un resultado del autoengaño, una fe que no durará, también socava la seguridad. “Volverse a Cristo en la fe” y “descubrir la elección en Cristo” son frases que suenan huecas en un sistema en el que Dios no quiere que todos se salven, y le da fe temporal a algún reprobado a quien Dios finalmente excluirá de la salvación. El calvinismo enseña:

“Todos aquellos a quienes Dios ha predestinado a la vida y solo a ellos, él se complace… de llamar eficazmente… a la gracia y salvación por Jesucristo”.[8]

Claramente, solo unos pocos elegidos se salvan en el calvinismo, los demás están excluidos. Tales afirmaciones, por lo tanto, carecen de sentido. Así las cosas, el calvinismo genera más dudas que certezas en el creyente pues ¿Cómo puede estar plenamente seguro que pertenece a los elegidos?

Para el arminiano, por otro lado, esas mismas frases, y todos los testimonios de salvación, en realidad significan algo. No hay duda en cuanto a qué grupo pertenecemos. Pertenecemos al grupo que Dios ama y quiere salvar. Los arminianos creemos firmemente que:

“El Señor… No quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.” (2 Pedro 3:9, NVI)

“El Dios viviente, que es Salvador de todos, especialmente de los que creen.” (1 Timoteo 4:10, NVI)

CONCLUSIÓN.

Pase lo que pase en la vida, sabemos que Dios nos ama. Cualquier cosa que pueda pasar, cualquier éxito o fracaso que pueda experimentar, cualquier ganancia o pérdida, sabemos algo que un calvinista nunca puede saber con certeza: Dios quiere que sea salvo y me creó para este fin. Esta es la base de la salvación y la seguridad de la salvación.

REFERENCIAS:

[1] El Catecismo de Heidelberg (Heidelberger Katechismus)es uno de las Tres Formas de la Unidad junto a la Confesión belga (1561) y los Cánones de Dort (1618-19). Fue escrito en 1563 por dos jóvenes teólogos: uno que había sido alumno de Juan Calvino, y el otro que lo fue de Felipe Melanchton, cercano colaborador de Lutero. Los nombres de los autores son Zacharius Ursinus y Gaspar Oleviano. El Catecismo de Heidelberg consta de un total de 129 preguntas y respuestas.

[2] Catecismo de Heidelberg (2010), Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, Guadalupe, Costa Rica. Pp. 7.

[3] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, III:2:10.

[4] Jacobo Arminio, Verklaring, pág. 87.

[5] Jacobo Arminio, Articuli nonnulli XXII.4-5.

[6] Robert A. Peterson y Michael D. Williams, Why I am Not an Arminian (2004), IVP Books, pp. 65.

[7] Michael Horton, For Calvinism (2011), Zondervan Academic, pp. 73.

[8] Confesión de Fe de Westminster (1643), X: 1.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

No hay salvación sin fidelidad hasta el fin

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

A la mayoría de los cristianos le resultaría increíble concebir la idea de que los cristianos infieles, aquellos que no perseveran en la fe hasta el final, aún entrarán en la vida eterna con Jesús. Sin embargo, esto es exactamente lo que se está enseñando hoy en muchas iglesias y denominaciones “cristianas”. Aferrándose a pasajes como Juan 10:27-28, el cual dice: “Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano.” (Juan 10:27-28, NVI), algunos predicadores, como el famoso teólogo Charles F. Stanley (pastor principal de la Primera Iglesia Bautista de Atlanta, Georgia), fundador y presidente de “Ministerios en Contacto”, y quien fungiese como presidente de la Convención Bautista del Sur de 1984 a 1986, han enseñado que:

“El creyente infiel no perderá su salvación… Incluso si un creyente para todos los propósitos prácticos se convierte en un incrédulo, su salvación no está en peligro… Cristo no negará a un cristiano incrédulo su salvación.”[1]

Según dichos teólogos la salvación “se aplica en el momento de la fe… Y su permanencia no depende de la permanencia de la fe”[2] Por tal razón enseñan que, dado que un momento de fe asegura el destino eterno de uno, necesariamente se deduce que la salvación de un creyente no puede ser quitada de ellos “por cualquier razón, ya sea pecado o incredulidad”[3] Por lo tanto, no es sorprendente que se opongan a “aquellos que sostienen que la fe de uno debe mantenerse para garantizar la posesión de la vida eterna”[4]

Los arminianos, en cambio, creemos que “el que se mantenga firme hasta el fin será salvo” (Mateo 24:14, NVI). La perseverancia final implica fidelidad final, el que persevere hasta el fin será salvo (Mateo 24:13); el que es fiel hasta la muerte tendrá una corona de vida (Apocalipsis 2:10). Pero, por muy sorprendente que parezca, este importante líder denominacional y muchos otros (en total contradicción con la Biblia), está abogando por los “incrédulos salvados”. Para la mayoría de los cristianos, tal afirmación es un oxímoron.[5] Como si afirmáramos la existencia de un “soltero casado”, dicha expresión carece totalmente de sentido.

En plena concordancia con la Biblia, Jacobo Arminio enseñó:

“Al comienzo de la fe en Cristo y de la conversión a Dios, el creyente se convierte en un miembro vivo de Cristo. Si persevera en la fe de Cristo y mantiene una buena conciencia, sigue siendo un miembro vivo. Pero si se vuelve indolente, no se preocupa por sí mismo, le da lugar al pecado, se vuelve medio muerto: al proceder de esta manera, al final muere por completo y deja de ser miembro de Cristo”[6]

Arminio, fiel en sus enseñanzas a la Palabra de Dios, afirmó que la perseverancia en la fe es necesaria para la salvación final del creyente. Desafortunadamente, la falsa doctrina del “una vez salvo, siempre salvo”, haya perseverancia o no, continúa siendo predicada en muchos púlpitos alrededor del mundo. Y esto a pesar de que las Escrituras enseñan que la posesión de la vida eterna está condicionada a una actitud de confianza en la persona y fuente de eternidad y salvación, el Señor Jesucristo.

SÓLO EL QUE PERSEVERE SERÁ SALVO.

Pero los arminianos no somos los únicos en oponernos a dicha enseñanza antibíblica. Incluso el calvinista clásico está de acuerdo con el arminianismo en que la fe en el Señor Jesucristo debe continuar hasta el fin si uno va a experimentar la salvación en el mundo venidero. Por ejemplo, el autor reformado James White dice:

“Las maravillosas promesas que proporciona Cristo no son para aquellos que no creen verdadera y continuamente. La fe que salva es una fe viva, una fe que siempre mira a Cristo como Señor y Salvador… Muchos en nuestro mundo hoy…. enseñan esencialmente que una persona puede realizar un acto de creer en Cristo una vez, y después de esto, puede caer incluso en la incredulidad total y aun así supuestamente ser “salvado”… Cristo no salva a los hombres de esta manera. El verdadero cristiano es el que viene continuamente, siempre creyendo en Cristo. La verdadera fe cristiana es una fe continua, no un acto de una sola vez. Si uno desea estar eternamente saciado, una comida no es suficiente. Si deseamos festejar con el pan del cielo, debemos hacerlo toda nuestra vida. Nunca tendremos hambre o sed si siempre venimos y siempre creemos en Cristo”[7]

El teólogo wesleyano Daniel Whedon afirma también:

“Mientras cumpla la condición, siempre será el heredero de la salvación… Cuando deja de ser creyente, pierde todo reclamo de la promesa divina y todo interés en la vida eterna. Que una vez haya creído ya no le asegura el cielo”[8]

John Wesley, padre del metodismo, enseñó:

“¿Puede un hijo de Dios, entonces, ir al infierno? ¿O puede un hombre ser un hijo de Dios hoy, y un hijo del diablo mañana? Si Dios es nuestro Padre una vez, ¿no es Él nuestro Padre siempre? Respondo: (1) Un hijo de Dios, es decir, un verdadero creyente (porque el que cree ha nacido de Dios), mientras continúa siendo un verdadero creyente, no puede ir al infierno. Pero, (2) Si un creyente naufraga de la fe, ya no es un hijo de Dios. Y luego puede irse al infierno, sí, y ciertamente lo hará si continúa en la incredulidad. (3.) Si un creyente puede hacer naufragio de su fe, entonces un hombre que cree ahora, puede ser un incrédulo en algún momento; sí, muy posiblemente mañana; pero si es así, el que es un hijo de Dios hoy, puede ser un hijo del diablo mañana… (4) Dios es el Padre de los que creen, mientras ellos creen. Pero el diablo es el padre de los que no creen, ya sea que hayan creído una vez o no”[9]

Tanto White como Whedon, Arminio y Wesley entendieron correctamente que ningún autor bíblico garantiza la salvación final de uno, aparte de una fe viva. El apóstol Pedro está de acuerdo cuando dice a sus compañeros creyentes: “pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.” (1 Pedro 1: 9, NVI). Nótese que Pedro describe dicho proceso como algo continuo. No como un evento ocurrido en el pasado solamente.

El teólogo metodista Joseph Benson llega a la misma conclusión que Wesley y Arminio en su comentario sobre Mateo 10:22:

“Pero no se desanime ante la perspectiva de estas pruebas, porque el que persevera en la fe y la práctica del evangelio, y que soporta constantemente y con paciencia invencible estas persecuciones, (que mi gracia es suficiente para permitirles a todos hacer), serán salvadas por fin y eternamente de todo pecado y miseria, en el reino y la gloria de Dios.”[10]

Pero más allá de la opinión de cualquier teólogo, la Palabra de Dios afirma categóricamente:

Pero mi justo vivirá por la fe. Y, si se vuelve atrás, no será de mi agrado». Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás y acaban por perderse, sino de los que tienen fe y preservan su vida.(Hebreos 10: 38-39, NVI)

Mientras defendía el evangelio cristiano contra los legalistas gálatas, Pablo advirtió:

“Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley han roto con Cristo; han caído de la gracia.” (Gálatas 5:4, NVI).

Pablo afirma que los creyentes genuinos pueden llegar a caer de la gracia. El hecho de que alguien que estaba en Cristo aún pueda ser separado de Él seguramente no es popular en la cultura tolerante (o más bien permisiva) de hoy. La pregunta, sin embargo, no es si una idea es popular o no, sino si es verdadera o no. Pero en Gálatas 5: 4, la expresión “han roto con Cristo; han caído de la gracia” combina dos ideas: separación y el cese de una obra. Denota separación, partida, cese, finalización, inversión Hablando lógicamente, parece razonable concluir que si estoy separado de algo, primero debo haber estado conectado a él. Si un trabajo ha cesado, primero debe haber comenzado. Estas palabras desafiantes cayeron, no de los labios de algún teólogo moderno, herético, oscuro o parcial, sino de los labios del mismísimo apóstol Pablo, el paladín de la gracia.

Muchos de los doctores de la iglesia moderna, sin embargo, no pueden tolerar tales nociones “intolerantes” de Pablo. Creen que las acciones, elecciones o estilo de vida de uno nunca pueden separarnos de Cristo y de su gracia como lo enseñó Pablo.

CONCLUSIÓN.

Los arminianos creemos en la seguridad de la salvación para el cristiano como cualquier estudiante honesto de la Biblia. Las promesas de Cristo a sus ovejas son innegables y le conceden la seguridad y confianza necesarias a cada creyente. Jesús dijo claramente:

“Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano.” (Juan 10:27-28, NVI)

Los arminianos encontramos mucho consuelo en estas palabras de Cristo. Sin embargo, muchos “evangélicos”, defensores de la falsa enseñanza de “una vez salvos, siempre salvos” y su falsa “seguridad eterna del creyente”, citan a Jesús en este pasaje como si hubiera dicho: “Nunca perecerán si me siguen o no”. Pero Cristo jamás dijo tal cosa.

Aunque la seguridad de la salvación para los seguidores del Buen Pastor es bastante reconfortante. Sin embargo, dicha seguridad nunca debe aplicarse a los hipócritas que “Profesan conocer a Dios, pero con sus acciones lo niegan” (Tito 1:16, NVI). La seguridad cristiana pertenece a los cristianos, no a los hipócritas, ya que “el que practica el pecado es del diablo” (1 Juan 3:8, NVI).

En palabras de Ezequiel:

“Si el justo se aparta de la justicia y hace lo malo y practica los mismos actos repugnantes del malvado, ¿merece vivir? No, sino que morirá por causa de su infidelidad y de sus pecados, y no se recordará ninguna de sus obras justas. »Ustedes dicen: “El Señor es injusto”. Pero escucha, pueblo de Israel: ¿En qué soy injusto? ¿No son más bien ustedes los injustos? Cuando el justo se aparta de la justicia, cae en la maldad y muere, ¡pero muere por su maldad!” (Ezequiel 18:24-26, NVI).

La seguridad de Juan 10:27-28 se aplica solo a aquellos que siguen a Cristo, como lo indica claramente el texto. Solo los fieles serán salvos: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.” (Apocalipsis 2:10, NVI).

REFERENCIAS:

[1] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 93-94.

[2] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 80.

[3] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 81.

[4] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 82.

[5] Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto (RAE).

[6] Jacobo Arminio, Obras, 3:470.

[7] James R. White (2013), Drawn by the Father, Reformation Press, pp. 19-20.

[8] Daniel Whedon, Daniel Whedon’s Commentary on the New Testament (2012), GraceWorks Multimedia, 2:288.

[9] John Wesley, Works, 10:297-98.

[10] Joseph Benson, Joseph Benson’s Commentary of the Old and New Testaments, (1854), Carlton & Phillips, 4:99.

Arminianismo Clásico

Una vez salvo, ¿Siempre salvo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El eslogan calvinista “Una vez salvo, siempre salvo” busca recalcar la seguridad eterna del creyente, y sugiere que la salvación del creyente es firme, ella no está en peligro, y no será quitada. Transmite claramente la idea de que una vez que una persona es salva, su salvación se mantiene inmutable y sin interrupciones para siempre. Algunas personas afirman incluso que una vez que una persona haya profesado fe en Jesús, entonces ella es “salva”, y ella nunca perderá su salvación, independientemente de sus creencias y acciones posteriores. Algunos ven en esto una licencia para pecar (antinomianismo), por lo que para evitar tal crítica los defensores de esta doctrina insisten en la necesidad de dar frutos como evidencia de la salvación. Esta variante doctrinal (parcialmente calvinista) abre las puertas de la salvación para todos, no sólo para un pequeño grupo de elegidos, pues afirma que una vez adentro (es decir, habiendo aceptado a Cristo como Salvador) todos son parte de los elegidos y, por consiguiente, estos ya no pueden perderse jamás. Los hipercalvinistas, sin embargo, suelen ridiculizar la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo” y rechazan tal postura, pue no creen que la salvación esté disponible para todos sino solamente para los elegidos.

La doctrina del “una vez salvo, siempre salvo”, o seguridad eterna del creyente, se desprende del quinto punto del calvinismo o perseverancia de los santos. La doctrina de la Perseverancia de los santos aparece en la Confesión de Fe de Westminster de la siguiente manera:

“Los que han sido, aceptados por Dios en su Hijo Amado, eficazmente llamados, y santificados por su Espíritu, no pueden caer total ni finalmente del estado de gracia; sino que ciertamente perseverarán en ella hasta el final y serán salvos eternamente”.[1]

La Perseverancia de los santos es el paso lógico y final en la doctrina calvinista, ya que las doctrinas de la Elección Incondicional y del Llamamiento Eficaz, implican lógicamente la salvación segura de aquellos que reciben estas bendiciones. Si Dios ha escogido absoluta e incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a estas los beneficios de la redención, entonces la conclusión ineludible es que estas personas serán eternamente salvas. Tal posición teológica es rechazada de forma generalizada por todas las corrientes del arminianismo.

LA PERSPECTIVA ARMINIANA.

En plena concordancia con la Biblia, el arminianismo clásico enseña que los que son incorporados a Cristo por una fe verdadera, y por lo tanto son hechos partícipes de su Espíritu vivificante, tienen así todo el poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo, y su propia carne, y para ganar la victoria; siendo bien entendido que es siempre a través del auxilio de la gracia del Espíritu Santo; y que Jesucristo les ayuda a través de su Espíritu en todas las tentaciones. No obstante, también enseña que estos sí son capaces, por negligencia, de abandonar su vida en Cristo, volver al mundo y apartarse de la doctrina sagrada que les ha sido dada, perdiendo así una buena conciencia y cayendo de gracia. Estos pueden perderse eternamente si así lo eligen, o arrepentirse y volver al camino de la salvación si así lo desean. El escritor sagrado confirma esta verdad defendida por el arminianismo:

“¿Acaso piensan que me agrada ver morir a los perversos?, pregunta el Señor Soberano. ¡Claro que no! Mi deseo es que se aparten de su conducta perversa y vivan. Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados. Sin embargo, ustedes dicen: “¡El Señor no hace lo correcto!”. Escúchame, pueblo de Israel. ¿Soy yo el que no hace lo correcto o son ustedes? Cuando los justos abandonen su conducta justa y comiencen a cometer pecados, morirán por eso. Sí, morirán por sus acciones pecaminosas; y si los perversos abandonan su perversidad, obedecen la ley y hacen lo que es justo y correcto, salvarán su vida. Vivirán, porque lo pensaron bien y decidieron apartarse de sus pecados. Esas personas no morirán” (Ezequiel 18:23-28, NVI).

La gracia divina estará siempre disponible para ellos. Pero el juicio también para aquellos que se aparten definitivamente y no vuelvan al Señor al continuar en apostasía, rebeldía y perseverancia en el pecado. En su disputa contra los calvinistas en el Sínodo de Dort los Remonstrantes, sucesores de Jacobo Arminio, afirmaron que, mientras un creyente siga siendo un creyente, entonces él o ella no pueden perecer; en consecuencia, “el que persevere hasta el fin será salvo”.[2] Sin embargo, los Remonstrantes reconocían la posibilidad de que un creyente pudiera permanecer constante por un tiempo, pero finalmente, “ya sea por las tentaciones del mundo, la carne o Satanás” pudiera desertar de la fe.[3]

La posición arminiana con respecto a la posibilidad de caer de la gracia halla ejemplos prácticos en la historia sagrada, como es el caso de Demas, colaborador del apóstol Pablo en el Evangelio, quien se enamoró del mundo y abandonó a Pablo al retirarse a Tesalónica (2 Timoteo 4:10), así como a aquellos a quienes Jesús se refiere en la parábola del sembrador: Muchos escuchan la palabra y la reciben de inmediato con alegría, lo cual no harían a menos que la gracia de Dios los indujera a hacerlo; sin embargo, cuando vienen los problemas o persecución a causa de la palabra, esas personas deciden no perseverar más (Mateo 13: 20-21). Esto no significa que ellos jamás fueron creyentes, sino que, habiéndolo sido, cayeron en apostasía y se perdieron.

La perseverancia condicional, entonces, es la garantía de la salvación final para aquellos que permanecen y confían continuamente en Cristo Jesús. Si analizamos bíblicamente las enseñanzas de Jesús, encontramos que la salvación se pierde: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden” (Juan 15:6). Al mirar la expresión “el que en mí no permanece”, un calvinista podría argumentar que ese nunca fue salvo, porque no era escogido, por eso no permaneció. Pero Jesús está hablando de un pámpano, una parte integral de la vid, la cual no permaneció y por eso será echada al fuego. Si estaba “en Él” era salvo, pero si se aleja y rehúsa permanecer en Él será echado fuera, se secará y será echado en el fuego. Aún en este texto, Jesús está reconociendo el libre albedrío del hombre y su papel en la salvación humana, pues menciona la existencia de personas que no quieren permanecer en Él y se pierden por voluntad propia.

Cuando analizamos la cita bíblica de Marcos capítulo 9 de los versículos 43 al 48, podemos llegar a la misma conclusión: la pérdida de la salvación. En ese texto Jesús enseña que “si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”. Jesús habla de alguien que es salvo, pero que tiene la posibilidad de caer, perdiendo con ello su salvación.

Juan 10: 28 es usado a menudo para sostener la imposibilidad de perder la salvación. Dicho texto dice: “y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”. Pablo también nos dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39). Es verdad que nadie nos arrebatara de la mano del Padre y del Hijo, que Dios nos da vida Eterna y no temporal, es verdad que Dios nos ayuda a perseverar, pero eso no niega la realidad de la posibilidad de apostasía. El calvinismo si lo niega, a pesar de que la Biblia lo afirma. 1 Timoteo 4:1-2 “El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe.” (¿Que parte de “¿El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe,” no entienden los calvinistas para decir que es imposible apostatar?)

La realidad de la apostasía es la motivación de la exhortación de la carta de Hebreos.  Hebreos 10:26-29 nos dice: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”

Hebreos 6:4-8 nos recuerda esta terrible verdad: “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada”. Nos preguntamos ¿Quiénes son los que una vez “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… y los poderes del siglo venidero, y recayeron”, si no los creyentes que apostataron? Para los que se apartan, habiendo sido salvos previamente, pero rechazado luego tal bendición, la sentencia es clara. Dicha gente: “es reprobada está próxima a ser maldecida, y su fin es ser quemada”. La posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación es real. 2 Corintios 3:5-7 nos exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados.”

Mateo 7:13-14 nos dice:

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”.

Los calvinistas pretenden usar estos versículos para afirmar que el número de los elegidos es reducido; sin embargo, más que probar el calvinismo prueba el libre albedrío y la posibilidad del hombre (dada por Dios) de responder a la salvación. Pocos lo hallan, escogieron ellos el camino a seguir. No fueron forzados por Dios de forma irresistible. En otra oportunidad, Jesús advirtió a sus siervos a ser fieles:

“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:45-51).

Primero Jesús habla del siervo fiel y prudente, que recibirá recompensa cuando venga su Señor. Después habla de un siervo malo, que cree que su Señor está tardando en venir y comienza a maltratar sus consiervos y a emborracharse. Jesús está hablando de un siervo que llegó a ser infiel y malo, de alguien que en otro tiempo servía a su señor. No se refería a uno que no conocía a su dueño. En otras palabras: un creyente que comienza a hacer lo malo. Viene su señor en el día que no espera y a la hora que no sabe. ¿No será así en la venida de Jesús? Ese siervo será castigado, al lloro y crujir de dientes (lago de fuego). Este último, aunque era fiel al principio, perdió su condición de siervo y se fue con los hipócritas. Y es que la Biblia es clara al afirmar que una persona que haya conseguido la salvación al depositar su fe en Jesús puede perder esa fe y, por lo tanto, la salvación. La Biblia nos exhorta:

“Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos… Ahora quiero recordaros, aunque ya definitivamente lo sepáis todo, que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron” (Judas 3,5; LBLA).

Esto quiere decir que mantenerse fiel requiere un gran esfuerzo. A los primeros cristianos que ya habían aceptado a Cristo se les dijo: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12, LBLA).

La Biblia nos advierte de que los pecados graves impiden que heredemos el Reino de Dios (1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21). Si la salvación no se pudiera perder, esas advertencias no tendrían ningún sentido. La Biblia muestra que alguien que ha obtenido la salvación puede apartarse de Dios si comete un pecado grave y rehúsa abandonarlo. Por ejemplo, Hebreos 10:26 dice:

“Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados” (Hebreos 6:4-6).

El apóstol Pedro también nos advierte:

 “Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera. Pues hubiera sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia, que habiéndolo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado. Les ha sucedido a ellos según el proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vomito, y: La puerca lavada, vuelve a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22, LBLA).

Como ya se dijo anteriormente, Jesús destacó la importancia de mantenerse fieles cuando se comparó a sí mismo con una vid y comparó a sus seguidores con las ramas de esa vid. Por un tiempo, algunos de ellos demostrarían por sus frutos o acciones que tenían fe en él, pero más tarde dejarían de tener fe y serían desechados como una rama que no tiene fruto, así que perderían la salvación (Juan 15:1-6). El apóstol Pablo usó un ejemplo parecido cuando dijo que el cristiano que no se mantuviera fiel sería podado:

“Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás cortado” (Romanos 11:17-22, LBLA).

La Biblia dice que los cristianos deben mantenerse alerta (Mateo 24:42; 25:13). Aquellos que se duermen en sentido espiritual, ya sea porque practican obras de maldad o porque no obedecen plenamente los mandatos de Jesús, pierden la salvación (Romanos 13:11-13; Apocalipsis 3:1-3).

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos. Anteriormente había reconocido que podía perder la salvación si se dejaba llevar por los deseos carnales. Él escribió:

“sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27).

También afirmó:

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

ARGUMENTOS LÓGICOS Y ANALOGÍAS SIN FUNDAMENTO BÍBLICO EMPLEADOS PARA DEFENDER LA CREENCIA DE “UNA VEZ SALVO, SIEMPRE SALVO”:

Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. Por ejemplo:

SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO:

La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta. “Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29). Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO:

Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”. En Efesios 2:1-3 pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR DE HABER NACIDO:

Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Romanos 6:23 afirma contundentemente: “Porque la paga del pecado es muerte”. Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA:

Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

 “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)

 “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)

 “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)

 “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

“Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50).

Es especialmente importante considerar todo el contexto de los versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13).

El apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios. La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

CONCLUSIÓN.

Permanecer en Cristo y perseverar en la fe verdadera y viva no es una obra de la voluntad humana, ya que la fe en sí no es una obra:

“Ahora bien, cuando alguien trabaja, no se le toma en cuenta el salario como un favor, sino como una deuda. 5 Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia” (Romanos 4: 4-5, NVI).

Tampoco la motivación para permanecer en Él proviene de uno mismo, “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:13, NVI).

Debemos tener en cuenta, sin embargo, la advertencia antes de esta promesa:

“ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,” (Filipenses 2:12).

¿Temor y temblor? ¿Qué hay que temer y temblar en un sistema que promete una salvación final por necesidad? Además, el autor de Hebreos advierte:

“Por eso es necesario que prestemos más atención a lo que hemos oído, no sea que perdamos el rumbo.” (Hebreos 2:1).

Primero, esta advertencia está escrita para los creyentes. En segundo lugar, hay consecuencias terribles en alejarse de lo que uno escucha de Dios: Los tales no escaparán a un castigo justo por descuidar una salvación tan grande (Hebreos 2: 2-3). Él continúa:

“Cuídense, hermanos, de que ninguno de ustedes tenga un corazón pecaminoso e incrédulo que los haga apartarse del Dios vivo. Más bien, mientras dure ese «hoy», anímense unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado. Hemos llegado a tener parte con Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin la confianza que tuvimos al principio.” (Hebreos 3:12-14).

Esta advertencia no solo fue escrita para los creyentes. También nos enseña que hay consecuencias terribles para quienes desarrollan un corazón malvado e incrédulo: Los tales se alejan del Dios vivo. Por lo tanto, se nos alienta a exhortar a otros hermanos y hermanas en Cristo, ya que llegamos a ser socios en Cristo solo si (es decir, con la condición de que) mantengamos nuestra confesión firmemente hasta el final. Si no fuera posible desviarse de la fe o desarrollar un corazón malvado e incrédulo, entonces estas escrituras no tienen ningún sentido. Por lo tanto, un creyente en Cristo puede tener una seguridad absoluta de que él o ella está en Cristo y será salvo si permanece en Él (Colosenses 1:23). Jesús advierte: “El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman.” (Juan 15:6).

La seguridad de la salvación pertenece a quien permanece en Cristo. Pero no se da ninguna garantía a quien no permanece en Él, solo una “terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.” (Hebreos 10:27). Bíblicamente, caer de la gracia es totalmente posible.

REFERENCIAS:

[1] Confesión de Fe de Westminster, Capítulo XVII, Sección I.

[2] The Arminian Confession of 1621 – Traducida y editada por Mark A. Ellis (Eugene: Pickwick Publications, 2005), 113.

[3] Ibid., 112.