Jesús de pie rodeado por humanos diversos
Cristología, Salvación, Soteriología

Redescubriendo la fe bíblica: La salvación como leatad activa al rey Jesús

Por Fernando E. Alvarado

Resumen

Durante siglos, la teología occidental ha tendido a interpretar la fe (pistis) predominantemente como un asentimiento intelectual a un conjunto de proposiciones doctrinales. Este artículo propone un reexamen de la salvación por fe, argumentando que tal interpretación es una reducción anacrónica del concepto bíblico. Al remontarnos a la raíz hebrea ‘aman y su sustantivo derivado emunah, y al situar el uso neotestamentario de pistis dentro de su contexto sociopolítico grecorromano, emerge una comprensión más rica y robusta: la fe bíblica es, en esencia, una lealtad activa, operativa y obediente a un soberano. Lejos de ser un mero acto cognitivo, la fe salvadora es una respuesta integral del ser humano al señorío de Cristo, una dinámica relacional de pacto que transforma la totalidad de la existencia.


El fundamento hebreo: ‘aman y la solidez de la confianza

Para comprender la fe bíblica en su justa medida, es imprescindible remontarse a su raíz hebrea, despojándonos de las capas de interpretación filosófica griega que han moldeado nuestra comprensión moderna. El Antiguo Testamento utiliza el verbo ‘aman (אָמַן) y su sustantivo derivado emunah (אֱמוּנָה) para expresar lo que nosotros traducimos, a menudo de manera anémica, como «fe» o «fidelidad». Dicha raíz triconsonántica transmite primordialmente la idea de solidez, firmeza, estabilidad y durabilidad. No es una noción abstracta, sino tangible y verificable. Los léxicos estándar del hebreo bíblico confirman este sentido fundamental de «estar firme, ser seguro, ser duradero» (Brown, Driver y Briggs 1977, 52-53; Seebass 1974, 292-295).

En el ámbito arquitectónico y físico, ‘aman se utiliza para describir algo que está asegurado, soportado o establecido sobre un cimiento firme. Por ejemplo, Isaías 33:16 describe al justo morando en las alturas, cuya fortaleza son las «rocas inaccesibles», un eco de la firmeza que ‘aman implica. Un pilar que soporta un edificio es ne’eman (fiel), porque es confiable, estable y no falla. Por analogía, una persona ne’eman es aquella en la que se puede confiar plenamente, cuya palabra es sólida y cuyo carácter es estable.

Cuando esta raíz se aplica a las relaciones humanas y, sobre todo, a la relación divina, adquiere un profundo matiz relacional de confianza y fidelidad operativa. No se trata meramente de creer que Dios existe, sino de confiar en Él como la base sólida e inquebrantable de la existencia. La emunah bíblica es la respuesta de una criatura frágil y dependiente que se apoya con todo su peso sobre la roca de la fidelidad divina (Seebass 1974, 296-300).

Un ejemplo paradigmático lo encontramos en Éxodo 34:6, en el clímax de la autorevelación divina a Moisés tras el incidente del becerro de oro. Dios proclama su nombre y su carácter: «¡Jehová, Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» (RV60). La palabra traducida como «verdad» es emunah. Aquí, la «verdad» de Dios no es simplemente la exactitud de sus declaraciones, sino su fidelidad inquebrantable a su pacto. Es la cualidad que garantiza que sus promesas son sólidas y que su amor es constante. La fidelidad de Dios no es una cualidad pasiva; es una acción firme y constante de sostener, proteger y cumplir su alianza con su pueblo. Es la solidez de su carácter puesta en movimiento a favor de los suyos.

Esta emunah no es un atributo exclusivamente divino; se espera que caracterice a los que le siguen. En Números 12:7, Dios mismo contrasta la actitud rebelde de Aarón y Miriam con la de Moisés, de quien dice: «No así a mi siervo Moisés, que es fiel (ne’eman) en toda mi casa». Moisés es un administrador leal y confiable, un hombre cuya vida se caracteriza por una fidelidad operativa a la misión que Dios le ha encomendado. Su emunah no es una creencia abstracta, sino una vida de obediencia activa, incluso en medio de la queja y la rebelión del pueblo.

El texto profético que se convierte en el eje teológico de esta comprensión es Habacuc 2:4: «He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe (emunah) vivirá». Este versículo no contrasta la fe con las obras, como se interpretó en la Reforma, sino la arrogancia autosuficiente con la fidelidad confiada. El «orgulloso» es aquel que confía en sus propias fuerzas, en sus alianzas políticas o en su poder militar para sobrevivir a la invasión caldea. El «justo», en cambio, es aquel cuya vida está anclada en la emunah. Esta emunah no se refiere a una creencia abstracta en la existencia de Dios, sino a una fidelidad activa y perseverante en medio de la adversidad, a una vida que se apoya con absoluta seguridad en el carácter y las promesas de Yahvé, viviendo en coherencia con esa lealtad. El justo vive adhiriéndose a Dios con toda su existencia, y esa adhesión se traduce inevitablemente en una conducta coherente, en una vida moldeada por el pacto (Seebass 1974, 317-319).

Christ enthroned in a church as angels and worshippers surround him
Worshippers gather beneath radiant arches as Christ sits enthroned among angels in a richly decorated church.

El puente lingüístico: de emunah a pistis en el mundo grecorromano

Este sustrato veterotestamentario es el que ilumina el uso del griego pistis (πίστις) en el Nuevo Testamento. Los traductores de la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), se enfrentaron al desafío de verter el concepto hebreo de emunah a la lengua franca del Mediterráneo. Su elección fue pistis. Al hacerlo, cargaron el término griego con todo el peso teológico de la alianza y la lealtad del pacto hebreo, yendo más allá de su significado secular común (Lindsay 1993, 516-518).

En el ámbito grecorromano, pistis no era un término reservado exclusivamente al ámbito religioso o filosófico abstracto. Era una palabra fundamental para la vida social, política y económica. Designaba la confiabilidad, la buena fe en los negocios, la fidelidad a un juramento y, sobre todo, la lealtad política debida a un soberano o emperador. Los papiros de la época muestran que pistis era el término utilizado para describir la relación de un cliente con su patrón, o la lealtad de un soldado a su general, o la confianza que un ciudadano depositaba en la administración imperial (Morgan 2015, 56-89).

Como documenta exhaustivamente Teresa Morgan en su influyente estudio Roman Faith and Christian Faith, la pistis romana implicaba una red de obligaciones mutuas, confianza y lealtad que estructuraba todo el imperio. No era un sentimiento privado, sino la argamasa que unía a la sociedad en una jerarquía de relaciones de patronazgo y lealtad. Uno tenía pistis hacia su patrón, y este la correspondía con beneficios y protección. Un soldado juraba pistis a su emperador, prometiendo lealtad incondicional hasta la muerte. Esta lealtad era pública, performativa y vinculante (Morgan 2015, 123-150).

Al adoptar la palabra pistis, los autores del Nuevo Testamento no estaban proponiendo una nueva religión de creencias privadas, sino que estaban estableciendo un nuevo orden sociopolítico. Cuando Pablo proclama a Jesús como Kyrios (Señor), está utilizando un título político de pleno derecho. En el Imperio Romano, Kyrios era un título reservado para el emperador, el dueño y señor de todo, a quien se debía lealtad absoluta (Horsley 1997, 23-45). La confesión «Jesús es el Señor» (Romanos 10:9; 1 Corintios 12:3) era, por tanto, un acto de alta traición política contra Roma. No era un simple susurro místico; era un cambio de ciudadanía. Implicaba que la lealtad absoluta (pistis) que antes se debía al César, ahora se debía exclusivamente a Cristo. Cada vez que un cristiano primitivo declaraba que Jesús era el Kyrios, estaba proclamando una revolución de lealtades: el imperio ya no es el soberano final; Cristo lo es (Horsley 1997, 88-112).

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La síntesis neotestamentaria: la obediencia de la fe

Este trasfondo dota de una potencia inusitada a la expresión paulina hypakoë pisteos (ὑπακοὴ πίστεως), que aparece en Romanos 1:5 y 16:26 como el objetivo mismo de la misión apostólica. Esta frase, traducida habitualmente como «obediencia a la fe», es un genitivo que puede y debe ser entendido como un genitivo explicativo o aposicional (Moo 1996, 54-55). Esto revela la esencia misma de la fe: la fe es obediencia, y la obediencia es la forma concreta que adopta la fe.

No se trata de dos pasos distintos (primero creer, luego obedecer), sino de una misma realidad bifronte. En la cosmovisión bíblica, la fe genuina es inherentemente obediente, porque es la lealtad activa a un Rey que tiene derecho a gobernar cada aspecto de la vida. Si la fe fuera solo un asentimiento intelectual, no tendría por qué generar obediencia. Pero si la fe es lealtad a un soberano, la obediencia es su expresión natural e ineludible. La «obediencia de la fe» es la respuesta del pacto, la aceptación integral del señorío de Cristo que transforma toda la existencia. Es el acto de inclinar la rodilla ante el Rey, no solo en un momento de conversión, sino como el ethos permanente de la vida cristiana (Jewett 2007, 109-113).

Esto se confirma en el uso que hace Pablo de la fe de Abraham en Romanos 4 y Gálatas 3. Para Pablo, Abraham es el prototipo del creyente. Génesis 15:6 declara: «Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia». La fe de Abraham no fue la aceptación de una doctrina, sino una respuesta de confianza y lealtad a una promesa y a la persona que la hacía. Creyó que Dios era fiel (ne’eman) para cumplir lo que había prometido, y esa confianza lo llevó a una vida de obediencia radical. La fe de Abraham se manifestó en su disposición a dejar su tierra (Génesis 12), a esperar un hijo contra toda esperanza (Romanos 4:18-21) y, finalmente, a ofrecer a Isaac en sacrificio (Génesis 22; Santiago 2:21-24). En cada acto, su confianza en la palabra de Dios se tradujo en una acción concreta de lealtad. La fe era el motor de su obediencia, y su obediencia era la evidencia de su fe (Moo 1996, 257-262).

Salvación por lealtad: implicaciones para la vida cristiana

Comprender la salvación por fe como «salvación por lealtad» tiene implicaciones prácticas monumentales.

Primero, redefine el discipulado. Si la fe es lealtad, entonces la vida cristiana no es simplemente una gestión de creencias, sino una vida de seguimiento activo. Es un compromiso de por vida para aprender y hacer lo que el Rey Jesús ordena (Mateo 28:19-20). La santificación no es un añadido opcional a la salvación, sino la evidencia visible de que la lealtad salvadora es real.

Segundo, resitúa la ética. La lealtad a Jesús define una nueva ciudadanía (Filipenses 3:20) con sus propias leyes, valores y lealtades. Esta nueva lealtad entra en conflicto directo con cualquier poder terrenal que demande lealtad absoluta. Afecta la forma en que hacemos negocios, la manera en que hablamos de los demás, la gestión de nuestras finanzas y nuestra postura ante la injusticia. Ser leal a Cristo significa vivir bajo su señorío en cada esfera de la vida, incluso cuando eso choque con la cultura dominante (Horsley 1997, 205-228).

Tercero, transforma la seguridad de la salvación. Nuestra confianza no descansa en la perfección de nuestra obediencia, sino en la perfecta fidelidad (emunah) de nuestro Rey y Sumo Sacerdote, Jesucristo. Él es el ne’eman por excelencia, el testigo fiel (Apocalipsis 1:5). Nuestra lealtad es una respuesta a su lealtad previa y perfecta por nosotros. Descansamos en su obra consumada, sabiendo que Él es el «autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2). Él es el pionero que nos ha abierto el camino y el que nos sostiene fielmente hasta el final.

Hacia una fe integral y leal

En conclusión, un análisis cuidadoso del trasfondo lingüístico e histórico de la fe bíblica nos lleva a rechazar la reducción moderna de la fe a un mero asentimiento mental. Desde la solidez de la emunah hebrea hasta la lealtad política de la pistis grecorromana, la Biblia presenta la fe como una dinámica relacional de confianza y fidelidad operativa. La salvación por fe es, en su núcleo, una salvación por lealtad.

La «obediencia de la fe» (hypakoë pisteos) no es una contradicción, sino la expresión más pura del evangelio. Es el reconocimiento de que Jesús es el Kyrios, el Rey soberano que ha venido a restaurar su gobierno sobre la creación. Responder a este evangelio con fe significa transferir nuestra lealtad fundamental de nosotros mismos, del mundo o de cualquier otro poder, a Él. Es una rendición total del corazón, la mente, la voluntad y las fuerzas. Es, en definitiva, vivir la vida entera como un acto de fidelidad al Rey que fue fiel hasta la muerte, y que vive para siempre.

Recuperar esta comprensión rica y profunda de la fe no es un ejercicio académico estéril, sino una necesidad urgente para la iglesia contemporánea, llamada a ser una comunidad de lealtad visible en un mundo de lealtades fragmentadas y volátiles. Es redescubrir que ser salvado es ser llamado a una lealtad radical, una confianza audaz y una obediencia gozosa al único que es digno de ella: Jesucristo, el Señor.


Referencias Bibliográficas

  • Brown, Francis, S. R. Driver, y Charles A. Briggs. A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament. Oxford: Clarendon Press, 1907. (Reimpresión: Peabody, MA: Hendrickson, 1996).
  • Danker, Frederick W., Walter Bauer, W. F. Arndt, y F. W. Gingrich. A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature. 3.ª ed. Chicago: University of Chicago Press, 2000.
  • Horsley, Richard A., ed. Paul and Empire: Religion and Power in Roman Imperial Society. Harrisburg, PA: Trinity Press International, 1997.
  • Jewett, Robert. Romans: A Commentary. Hermeneia. Minneapolis: Fortress Press, 2007.
  • Lindsay, Dennis R. «The Roots and Development of the pist- Word Group as Faith Terminology.» Journal of the Evangelical Theological Society 36, no. 4 (1993): 513-25.
  • Moo, Douglas J. The Epistle to the Romans. The New International Commentary on the New Testament. Grand Rapids: Eerdmans, 1996.
  • Morgan, Teresa. Roman Faith and Christian Faith: Pistis and Fides in the Early Roman Empire and Early Christianity. Oxford: Oxford University Press, 2015.
  • Seebass, Horst. «אמן ‘āman.» En Theological Dictionary of the Old Testament, editado por G. Johannes Botterweck y Helmer Ringgren, traducido por John T. Willis, 1:292-323. Grand Rapids: Eerdmans, 1974.

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