Arminianismo Clásico, Misionología, Pentecostalismo Clásico

Teología arminiana y poder pentecostal, claves del éxito misionero.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Sin lugar a duda, la soteriología dominante de una iglesia  moldea de manera indeleble su cultura (la forma en que la gente piensa y piensa) para la misión. Una de las suposiciones más básicas del misionero encarnado es asumir que Dios ya está involucrado en la vida de cada persona y los está llamando a sí mismo a través de su Hijo. Esto significa que el Dios misionero ha estado activo durante mucho tiempo en la vida de una persona. Nuestro trabajo principal es tratar de ver dónde y cómo Dios ha estado trabajando y asociarnos con él para llevar a la gente a la redención en Jesús. Esta es básicamente la comprensión arminiana de la gracia preveniente. En ella reside la motivación o razón de ser de las misiones pentecostales.

Entendiendo lo anterior, no resulta extraño ver el estancamiento de las misiones en iglesias reformadas o calvinistas. Si bien la mayoría de los calvinistas sostienen la creencia en la  “gracia común”, no se entiende que tenga un propósito salvífico. La comprensión arminiana de la gracia preveniente difiere de la concepción calvinista de la gracia común en un área importante. En el esquema calvinista, la gracia común no conduce ni puede conducir a la salvación. Funciona para contener el mal en el mundo pero no lleva a los incrédulos a la fe. Para los arminianos, la gracia preventiva puede llevarnos a la salvación.

Además, la forma en que entendamos la doctrina de la elección y la predestinación determina, de forma ineludible, nuestra misionología. Si elegidos lo son de forma incondicional, si la gracia es irresistible y cada suceso de nuestra vida depende del decreto divino ¿Por qué esforzarnos? De todos modos, los que deban ser salvos lo serán de cualquier manera ya que no pueden hacer otra cosa ¿O no? ¿Qué importancia tiene nuestra pasión o indiferencia para cumplir con la Gran Comisión si, al final, todo está predestinado?

¿CÓMO CAMBIA LA TEOLOGÍA ARMINIANA NUESTRA VISIÓN DEL MUNDO?

En comparación con el calvinismo, el arminianismo tiende hacia una visión del mundo más misional y centrada en el evangelismo y el discipulado. Mientras que el calvinismo tiende a una cosmovisión determinista, que lleva a lo que se ha llamado una “Teología de la Resignación”, la teología arminiana nos alienta a usar un lente evangélico y misional en todas nuestras interacciones, y por lo tanto se convierte en una “Teología de la Práctica”.

El arminianismo es de naturaleza misional pues da sentido real a los esfuerzos misioneros. Como Dios ama a cada persona, y desea, según las Escrituras, la salvación de cada persona, el deber del creyente arminiano es compartir con otros las buenas nuevas pues cada ser humano es candidato a la salvación, no solo un grupo reducido de “electos”. Esta verdad bíblica motiva al creyente a dar testimonio de su fe en Cristo para la salvación de los demás. El evangelismo es el corazón de Dios y de la teología arminiana. ¿Por qué? Porque a diferencia del calvinismo, el arminianismo, y de hecho el evangelio, no descarta a nadie de la gracia y la salvación. Saber que Dios está activo en cada encuentro del evangelio nos da una visión más misional que en las iglesias calvinistas e hipercalvinistas.

El hecho de que la gracia preveniente de Dios, que permite y hace creer en Cristo, se ofrezca a cada ser humano a través de la comunicación de la Iglesia del evangelio es de una inmensa importancia misiológica. A medida que la Iglesia lleva a cabo su tarea misionera, puede confiar no solo en que Cristo ha muerto por todos, sino también en que existe un poder inherente en la proclamación y demostración del evangelio, ya que es a través de la misión de la Iglesia que Dios hace que Su gracia esté disponible y la gente sea capacitada para arrepentirse y creer, y así experimentar la conversión.

El arminianismo, entonces, nos impulsa, todos los días y con cada parte de nuestras vidas, a involucrar a quienes nos rodean con el Evangelio, sabiendo que Dios ya los está buscando y que estamos cooperando en su búsqueda.

EL PROBLEMA DE LA COSMOVISIÓN CALVINISTA

El teólogo calvinista Wayne Grudem, en su popular Teología Sistemática, sugiere que el calvinismo debería fomentar el evangelismo ya que “garantiza que habrá algún éxito.”[1] Para los calvinistas, lLa elección es la garantía de que su evangelización tendrá cierto éxito, porque sabe que algunas de las personas con las que habla serán las elegidas, y creerán el Evangelio y serán salvas. Esto es como si alguien nos invitara a venir a pescar y dijera: “Te garantizo que pescarás un poco, están hambrientos y esperando”. Pero, ¿Esto realmente funciona en la práctica? Por un lado, Grudem no puede garantizar que habrá algún éxito. Si, como enseña el calvinismo, la persona con la que estamos compartiendo el evangelio no ha sido elegida desde la fundación del mundo, no hay nada que nuestra predicación pueda hacer para cambiar eso. Lo que realmente parece tener en mente es un evangelismo amplio pero poco profundo. Esta es la misma actitud que le permitió a Whitefield creer que la esclavitud podría usarse para el evangelismo. Whitefield creía que la esclavitud, a pesar de su brutalidad y crueldad, facilitaba el evangelismo al exponer a los africanos al cristianismo.

Quiérase o no, el determinismo teológico calvinista convierte el evangelismo en un juego: En este punto de vista, el evangelismo deja de ser el proceso mediante el cual rescatamos a los perdidos “arrebatándolos de las llamas del juicio” (Judas 1:23), pasando a ser apenas una frívola y burlesca pantomima[2], ya que solo los elegidos desde la eternidad responderán, y esos mismos responderán eventualmente a la gracia irresistible de Dios independientemente de su llamado. En el mejor de los casos, los calvinistas pueden consolarse pensando que son el medio que Dios usó para salvar a los elegidos. Es comprensible, entonces, por qué hay poca motivación real para el evangelismo entre los calvinistas, especialmente frente a la persecución. Si es solo un juego, si los elegidos se salvarán y los perdidos se perderán independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer, ¿Por qué debería arriesgarme a ser rechazado, o perseguido por hacer algo irrelevante? ¿Acaso no obtendríamos el mismo resultado si de guardamos silencio?

Por supuesto, no todos los creyentes en el calvinismo son indiferentes al evangelismo. Hay muchos calvinistas que sienten pasión por compartir el evangelio. Sin embargo, esto es a pesar de su calvinismo y no a causa de él.

WHITEFIELD Y SPURGEON: ¿MODELOS DE CALVINISMO EVANGELÍSTICO?

En su artículo “How to Teach and Preach Calvinism”, John Piper escribe: “Haz que Spurgeon y Whitefield sean tus modelos en lugar de Owen o Calvino, porque los primeros eran evangelistas y ganaron a muchas personas para Cristo de una manera que está más cerca de nuestros días.”[3]

Si Whitefield y Spurgeon son los modelos de éxito de los evangelistas calvinistas exitosos, ¿Qué podemos aprender de sus ministerios? Si observamos más de cerca sus ministerios, encontramos que ambos hombres fueron acusados ​​por los otros calvinistas en su día de ser “arminianos”. El  calvinismo de Whitefield llegó a ser tan sospechoso, por decir lo menos, debido al tipo de predicación evangelística que realizaba, que los mismos bautistas particulares se burlaron abiertamente del “dialecto arminiano” de Whitefield”.[4]

 Según investigaciones realizadas en 1876 por Luke Tyerman, en los primeros años de su ministerio George Whitefield era un arminiano declarado.[5] Whitefield cambió su posición por razones puramente pragmáticas, es decir, para obtener el patrocinio de la Condesa de Huntingdon y obtener más fácilmente el apoyo de los ministros disidentes. De hecho, el pensamiento de Whitefield sobre la soteriología reformada no se resolvió hasta después de 1739. Doctrinas calvinistas como la elección, perseverancia de los santos y expiación particular o “limitada” no constituyeron jamás el núcleo de la enseñanza de Whitefield. El mismo Whitefield “no estaba completamente claro en su propia comprensión de ello”.[6] Ciertamente, la pasión evangelística de Whitefield no se derivó del calvinismo, sino de sus raíces arminianas. En una carta a John Wesley fechada el 25 de agosto de 1740, Whitefield declaró que “nunca había leído a Calvino”, lo que lo llevó a concluir que “ni era un seguidor de Calvino o John Knox como tal”.[7]

De Spurgeon, el historiador bautista A. C. Underwood escribió:

 “Su sermón sobre “Fuércenlos a entrar” fue criticado como arminiano… A sus críticos, él respondió: “Mi Maestro puso Su sello en ese mensaje. Nunca prediqué un sermón por el cual tantas almas fueron ganadas para Dios… Si se piensa que es algo malo pedirle al pecador que se apodere de la vida eterna, seré aún más malvado a este respecto e imitaré aquí a mi Señor y a Sus apóstoles.[8]

Dadas estas acusaciones de sus contemporáneos, debería ser obvio que Spurgeon y Whitefield eran las excepciones a la práctica evangelística del calvinismo en lugar de cualquier tipo de regla. Fueron más bien sus acuerdos teológicos con el arminianismo lo que avivó la llama de su pasión evangelística.

PODER DE LO ALTO, CLAVE DEL ÉXITO MISIONERO PENTECOSTAL.

Pero la teología arminiana no es la única clave del éxito misionero de nuestras denominaciones pentecostales. Si bien nuestra teología arminiana nos da una razón legítima para hacer misiones, nuestra praxis pentecostal, con la experiencia sobrenatural del bautismo en el Espíritu Santo, nos proporciona el poder para cumplir con la Gran Comisión de forma exitosa.

Muy a pesar de sus oponentes el pentecostalismo, en tan solo 100 años de existencia, se ha transformado en el movimiento cristiano de mayor y más rápido crecimiento de toda la historia. Esto le ha merecido la atención de estudiosos de la religión, teólogos, y especialmente de las Iglesias históricas para las cuales se ha transformado en un verdadero desafío. Habiendo surgido en la primera década del siglo XX con unas pocas comunidades, ya en 1970 los pentecostales totalizaban 73 millones, para llegar en 1989 a 352 millones en todo el mundo, y hoy se habla de más de 500 millones de pentecostales en todo el planeta. En varios países tiene una tasa de crecimiento del 10% anual, mientras que las iglesias protestantes históricas (y esto incluye las iglesias reformadas o calvinistas) corren el riesgo de desaparecer o quedar reducidas a ínfimas minorías.

De acuerdo con el Consejo Mundial de Iglesias y muchos otros expertos, el cristianismo mayoritario en el s. XXI será de color, liturgia y teología pentecostal. Sin lugar a dudas la mayoría cristiana evangélica en América Latina es ya pentecostal. Pero ¿A qué se debe el éxito misionero y evangelístico del movimiento pentecostal? Los pentecostales respondemos sin dudarlo: ¡Al poder de lo alto impartido a través del bautismo en el Espíritu Santo!

El bautismo en el Espíritu Santo ha sido la clave del éxito misionero y evangelístico pentecostal. Sin embargo, ciertos peligros se ven venir sobre el movimiento pentecostal moderno. El bautismo en el Espíritu Santo es una provisión poderosa que añade poder sobrenatural a la vida y ministerio de cualquier creyente. Hoy, ministerios que tratan de evangelizar a un mundo perdido y muriendo en pecado y miseria, enfrentan desafíos enormes. Es beneficioso que cada creyente entienda adecuadamente lo que Dios ha provisto y aproveche de ello, recordando las palabras de Jesús cuando comisionó a sus discípulos: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).

Entender el papel que el bautismo en el Espíritu Santo ha desempeñado en nuestra historia y éxito ministerial resulta instructivo. El 20 de noviembre de 1998, el erudito pentecostal Vinson Synan presentó un artículo a la Evangelical Theological Society [Sociedad evangélica teológica] titulado, “Policy Decisions on Tongues As an Indicator of Future Church Growth [La política de decisiones sobre lenguas como una indicación del crecimiento futuro de la iglesia].”   Synan demuestra en su artículo que pentecostales han sido dramáticamente más exitosos en plantar y crecer iglesias que los que han rechazado el entendimiento pentecostal del bautismo en el Espíritu Santo y la necesidad de hablar en lenguas.  Sus estadísticas vienen del desarrollo de las misiones pentecostales en el siglo xx. En Chile, los metodistas crecieron aproximadamente 5,000 miembros, mientras los pentecostales crecieron 2.371.000. En Brasil, los bautistas crecieron a 1.050.000, mientras los pentecostales crecieron a más de 21 millones. Internacionalmente, la Alianza Cristiana Misionera creció a 1.9 millones, mientras las Asambleas de Dios han sobrepasado los 70 millones.  No es posible ignorar estas estadísticas.

Estos logros son la razón de que el Fuller Seminary decidiera estudiar las misiones pentecostales debido al éxito espectacular del ministerio pentecostal. Otros eruditos están sacando las mismas conclusiones. Philip Jenkins, profesor distinguido de historia y estudios religiosos en Pennsylvania State University, escribió recientemente un nuevo libro, The Next Christendom [El siguiente cristianismo], en donde él demuestra que los patrones de crecimiento de los pentecostales harán que el siglo XXI sea un siglo pentecostal.  El ministerio pentecostal no es un poco más eficaz. Hace una diferencia dramática.  El bautismo en el Espíritu Santo provee una cantidad significante de poder para el ministerio sobrenatural resultando en logros asombrosos para el reino.

CONCLUSIÓN.

Muchos pentecostales modernos, en su búsqueda por la aprobación de la comunidad evangélica en general, y frente al ataque continuo del calvinismo que busca infiltrarse en las iglesias pentecostales de forma abusiva, suelen avergonzarse de la misma cosa que los ha hecho eficaces: su soteriología arminiana, su enfoque emocional y apasionado de la vida y ministerio, y su énfasis en la experiencia sobrenatural del bautismo en el Espíritu Santo. Pero ¿Por qué deberíamos desear imitar la teología y ausencia de poder espiritual de aquellos que, por envidia o por cualquier otra razón, nos critican por ser como somos? ¿Es la decadencia moral y espiritual de las iglesias protestantes históricas algo digno de imitar? ¿Por qué deberíamos coquetear con una teología que ha probado ser fría, anti misionera y que limita a Dios? ¡No deberíamos!

Los pentecostales jamás debemos avergonzarnos la misma cosa que nos ha hecho tan efectivos en la obra del ministerio. Nuestra soteriología arminiana nos permite predicar con pasión sabiendo que Dios desea que todos sean salvos; nuestra firme creencia en el bautismo en el Espíritu Santo nos ha revestido del poder necesario para cumplir con la Gran Comisión y, de esta manera, crecer tanto en tan poco tiempo. Jamás renunciemos a ambos distintivos de nuestra fe. Seamos humildes, pero a la vez valoremos y honremos nuestro legado.

REFERENCIAS.

[1] Wayne Grudem, Teología Sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica (2007), Editorial Vida, Miami, FL. Pp. 674.

[2] Representación teatral. Engaño o fingimiento para ocultar una cosa.

[3] John Piper, How to teach and preach “Calvinism”. Artículo publicado en: https://www.desiringgod.org/articles/how-to-teach-and-preach-calvinism (Consultado el 28/03/2019).

[4] James E. Tull, Shapers of Baptist Thought (2000), Mercer University Press, pp. 80.

[5] Luke Tyerman, The Life of the Revd. George Whitefield, B.A., of Pembroke College, Oxford. Volume I (London: Hodder and Stoughton, 1876), pp. 275.

[6] Arnold A. Dallimore, George Whitefield: The Life and Times of the Great Evangelist of the 18th Century Revival. Volume 2 (Banner of Truth Trust, 1980), pp. 25-26.

[7] George E. Clarkson, George Whitefield and Welsh Calvinist Methodism (Lampeter: Edwin Mellen Press, 1996), pp. 21.

[8] A. C. Underwood, A History of English Baptist , pp. 203-206.

Neumatología, Pentecostalismo Clásico, Vida Espiritual

Pentecostales ¡Ya basta de jugar con lo sagrado!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Desde mi radical conversión a Cristo siempre he sido un pentecostal amante de la Biblia, perseguidor de la santidad y buscador de Dios. Esa fue la manera en que me enseñaron mis líderes. Y la manera que ahora, como pastor pentecostal, enseño a otros. Sin embargo, debo admitir que no todos los pentecostales pensamos igual. De todos es bien sabido que el pentecostalismo ha sido a menudo anti-intelectual y no podemos negarlo. Este fue uno de nuestros primeros errores.

Cualquier estudioso de la historia del movimiento pentecostal sabe que el pentecostalismo surgió entre la gente menos educada de la sociedad norteamericana. Pero esto no es ninguna novedad. Los avivamientos religiosos nunca se dieron entre los grandes y eruditos de la cristiandad, sino entre los humildes y muchas veces iletrados entre el pueblo. Fueron los pobres y humildes dentro de la iglesia quienes experimentaron un aspecto de la actividad de Dios menos apreciada entre la élite intelectual. Este ha sido el patrón usado por Dios a través de la historia:

 “Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse.” (1 Corintios 1:25-29, NVI)

A la luz de lo anterior creo que, quizás si los cristianos que se precian de ser más intelectuales se humillaran, ellos podrían aprender algo de la experiencia pentecostal-carismática y ganar más audiencia entre aquellos a los que pueda servir su entrenamiento. Necesitamos la Palabra y el Espíritu juntos, y apagar cualquiera de los dos, ya sea como el pentecostalismo tradicional algunas veces ha hecho o como los intelectuales cesacionistas rígidos de muchas iglesias reformadas hacen ahora, no es útil.

NECESITAMOS VOLVER A LA PALABRA.

Los pentecostales de sana doctrina creemos que la base primaria para nuestra enseñanza es la Escritura. El Señor nos exhorta a fundamentar nuestra fe únicamente en Su Palabra, y no en ningún tipo de experiencia espiritual, visión, sueño, o manifestación sobrenatural:

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad. Irán de un lugar a otro, fatigados y hambrientos. Y porque tienen hambre, se pondrán furiosos y maldecirán a su rey y a su Dios. Levantarán la mirada al cielo y luego la bajarán a la tierra, pero dondequiera que miren habrá problemas, angustia y una oscura desesperación. Serán lanzados a las tinieblas de afuera.” (Isaías 8:20-22, NTV)

A Josué se le exhortó:

“Estudia constantemente este libro de instrucción. Medita en él de día y de noche para asegurarte de obedecer todo lo que allí está escrito. Solamente entonces prosperarás y te irá bien en todo lo que hagas.”  (Josué 1:8, NTV)

Ni la tradición, ni la cultura, ni mucho menos la experiencia subjetiva, como en algunos círculos carismáticos y pentecostales suele ocurrir, puede reemplazar la autoridad de la Palabra. Los pentecostales y carismáticos deberíamos ser, entre los cristianos, los más fieles a las Escrituras. También deberíamos buscar volver a la Biblia mucho más que otros creyentes. Sin embargo, muchos de nosotros estamos familiarizados con círculos pentecostales donde los testimonios y supuestas revelaciones suplantan la enseñanza bíblica más que apoyarla. Esto no debería ser así, ya que una mayor comprensión y exposición más fiel de la Escritura es esencial. Pablo exhorta a Timoteo a no descuidar el don que él recibió a través de la profecía cuando los ancianos impusieron manos sobre él (1 Timoteo 4:14). Pero él también insta a Timoteo a dedicarse a la lectura pública y exposición de la Escritura (1 Timoteo 4:13), porque su enseñanza sería algo de vida o muerte para sus oyentes (1 Timoteo 4:16). Dios nos dio la Biblia como canon, una “vara de medir,” por la cual todas las otras afirmaciones puedan ser evaluadas. Los pentecostales haríamos bien en no olvidarlo.

El pentecostalismo necesita dejar de ver la erudición y el uso del intelecto como enemigos, sabiendo que ambos son regalos de Dios, útiles para alcanzar a las personas para Cristo. Aunque Pablo afirmó que ni su palabra ni su predicación “fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”, también dijo: “Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez” (1 Corintios 2:4-6). Los pentecostales debemos imitar el ejemplo de Pablo, manteniendo el equilibrio entre conocimiento bíblico y experiencia espiritual. No debemos renunciar al Espíritu y sus manifestaciones, pero tampoco a nuestro cerebro, pues la Palabra de Dios exhorta a los creyentes a renovar sus mentes, no a pasarlas por alto: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NVI). Los carismáticos-pentecostales necesitamos hacer un gran énfasis en renovar la mente.

Tristemente, el apego y obediencia a la Palabra ha dejado de ser la norma en muchos círculos carismáticos-pentecostales. Algunos pentecostales parecieran haber renunciado al uso de sus facultades mentales, a un estudio disciplinado y sistemático de la palabra de Dios, a normas adecuadas de hermenéutica y a una exégesis sana del texto bíblico. Hoy en día, algunos grupos que se autodenominan pentecostales promulgan enseñanzas que no pueden más que ser vistas como herejías (Palabra de Fe, Nueva Reforma Apostólica, Evangelio de la Prosperidad, etc.). Esto ha llevado a muchos de nuestros hermanos no pentecostales a cuestionar la validez no solo de nuestra experiencia pentecostal, sino también la ortodoxia de nuestra fe y la seriedad de nuestra teología.

A mis hermanos pentecostales les digo: Es tiempo de usar nuestra cabeza y estudiar teología sistemática, exégesis, hermenéutica, homilética y todas las demás ciencias bíblicas sin perder la esencia de nuestro pentecostalismo. Sin embargo, también hay algo que quiero decirles a nuestros hermanos no pentecostales: Harían bien en no generalizar ni juzgar por igual a todos los pentecostales. No todos los pentecostales somos mentes muertas y es posible encontrar iglesias y creyentes pentecostales con un espíritu crítico basado en la Palabra de Dios. Yo mismo me considero uno de ellos.

NECESITAMOS ABANDONAR LOS EXCESOS.

Los pentecostales frecuentemente somos acusados de ser emocionalistas, poner demasiado énfasis en la experiencia personal, sobre enfatizar los dones menospreciando el fruto del Espíritu, ser desordenados y hasta sincréticos en nuestra adoración y liturgia. Lamentablemente, mucho de esto también es cierto. Aunque nuestros críticos tienden a exagerar extremadamente nuestros defectos, algunos grupos pentecostales tristemente sí calzan con el estereotipo común a nuestro movimiento, pues tienden a hablar incesantemente acerca de los fenómenos espirituales y no mucho acerca de Cristo. Los Evangelios y Hechos, por supuesto, enfatizan las señales, pero estas señales siempre honran a Jesús y buscan llamar la atención hacia Él. La adoración cristiana y la enseñanza deben atraer la atención más que todo hacia Jesús y su muerte por nosotros y su resurrección.

A pesar de las advertencias de muchos líderes, hay círculos donde la gente cultiva particularmente la emoción y las respuestas físicas. Muchos pentecostales parecen reducir al Espíritu de Dios a una fuerza o un sentimiento. Y, aunque las reacciones emocionales o físicas podrían acompañar la obra de Dios, en otras ocasiones podrían ser falsas. Uno debería evaluar el avivamiento por otros criterios bíblicos. El apóstol Juan nos exhortó: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios” (1 Juan 4:1, LBLA).

Lamentablemente, muchos pentecostales y carismáticos hemos lanzado nuestra teología a los fuegos de la experiencia humana y adorado al falso espíritu que resultó de nuestra propia interpretación personal. Esto ha traído más afrenta que gloria al Espíritu Santo que decimos adorar. Aunque la emoción y la celebración son bíblicas, muchos de nosotros hemos sido testigos de abusos a lo largo de los años. Muchas enseñanzas populares en la actualidad sobre la guerra espiritual, el gobierno de la iglesia y así sucesivamente descansan en “revelaciones” extrabíblicas que deben ser examinadas más cuidadosamente. Por lo menos algunas de estas enseñanzas van en contra de la Biblia, y muchas de las otras parecen en el mejor de los casos irrelevantes al ministerio práctico para el reino.

Para empeorar las cosas, muchos predicadores pentecostales han enseñado aberraciones teológicas y litúrgicas como la risa santa, el vómito como señal de liberación, experiencias extáticas, el desmayo sagrado, las danzas convulsivas y otras extravagancias, convirtiéndolas en regla y tratando de reproducir los efectos del Espíritu más que sirviendo y adorando al Señor. Aunque no me atrevo a negar que el Espíritu Santo a veces trabaja de formas que escapan de nuestra comprensión, también debo reconocer que ninguna de estas prácticas es mencionada en la Biblia y, por lo tanto, ninguna de ellas puede ser aceptada como norma o manifestación del Espíritu con total certeza. Desafortunadamente, la experiencia de una generación (o algunas veces sus caprichos) se convierte en la tradición de la siguiente generación y el legalismo de la generación que viene tras ella. Jamás debemos olvidar que no todo legado heredado de nuestros antecesores es útil; es la palabra y el Espíritu lo que necesitamos. El Espíritu y sus manifestaciones jamás van a contradecir lo que dice la Biblia.

Los pentecostales necesitamos despertar y reconocer, sin abandonar nuestro pentecostalismo, que toda manifestación espiritual debe ser probada y ejercitada a la luz de la Biblia. Y, en cuanto a las manifestaciones espirituales, la Biblia nos llama al orden y la decencia:

“¿Qué concluimos, hermanos? Que, cuando se reúnan, cada uno puede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación. Todo esto debe hacerse para la edificación de la iglesia. Si se habla en lenguas, que hablen dos —o cuando mucho tres—, cada uno por turno; y que alguien interprete. Si no hay intérprete, que guarden silencio en la iglesia y cada uno hable para sí mismo y para Dios. En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y que los demás examinen con cuidado lo dicho. Si alguien que está sentado recibe una revelación, el que esté hablando ceda la palabra. Así todos pueden profetizar por turno, para que todos reciban instrucción y aliento. El don de profecía está bajo el control de los profetas, porque Dios no es un Dios de desorden, sino de paz… Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que esto que les escribo es mandato del Señor. Si no lo reconoce, tampoco él será reconocido. Así que, hermanos míos, ambicionen el don de profetizar, y no prohíban que se hable en lenguas. Pero todo debe hacerse de una manera apropiada y con orden.” (1 Corintios 14:26-39, NVI)

Nótese que Pablo no manda cesar con las manifestaciones espirituales, sino más bien exhorta al orden en el ejercicio legítimo de los mismos: “Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales, sobre todo el de profecía.” (v. 1). Los corintios poseían dones espirituales legítimos, aunque los ejercitaban de forma incorrecta. Esto es, con exactitud, lo que ocurre actualmente con la iglesia pentecostal del siglo XXI. ¿La solución? Ciertamente no es dejar de creer en las manifestaciones espirituales o de negarnos a ejercitar los dones del Espíritu. La solución es hacerlo “de una manera apropiada y con orden” (v. 39).

Por eso, preguntémonos: Si el Señor Jesús o el apóstol Pablo entraran a nuestras iglesias pentecostales hoy ¿Qué encontrarían? ¿Se sentirían cómodos en medio de nosotros o se avergonzarían del trato que le damos al Espíritu Santo y de nuestra liturgia? Necesitamos reevaluar nuestras prácticas o seguiremos dañando la causa de Cristo y trayendo afrenta al Espíritu Santo y sus verdaderas manifestaciones. Es por nuestra falta de orden y decencia en la adoración, así como por las muchas payasadas irreverentes y las doctrinas torcidas que se han infiltrado en algunas iglesias pentecostales-carismáticas, que nuestros hermanos no pentecostales han llegado a considerar nuestro estilo de adoración y nuestra teología como igual, o peor, al fuego extraño ofrecido por Nadab y Abiú, los irreverentes y profanos hijos de Aarón:

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, pusieron carbones encendidos en sus incensarios y encima esparcieron incienso. De esta manera, desobedecieron al Señor al quemar ante él un fuego equivocado, diferente al que él había ordenado. Como consecuencia, un fuego ardiente salió de la presencia del Señor y los consumió por completo, y murieron ahí ante el Señor.” (Levítico 10:1-2, NTV).

 Lo que le pasó a Nadab y Abiú bien podría pasarnos a nosotros también. Es hora de que alguien empiece a hablar claro. Líderes pentecostales valientes y piadosos como David Wilkerson (1931-2011) y B.H. Clendennen (1922-2009) han predicado contra tales inmundicias a lo largo de las últimas décadas. Pero ellos ya no están entre nosotros, se han ido a casa con el Señor. Todo depende de nosotros ahora. El futuro nos espera. Dios nos ha dado una boca. ¡A usarla para su gloria! ¡Es hora de apagar todo el fuego extraño que se hace en el nombre del Señor!

 INTRODUCCIÓN.

Concluyo afirmando lo siguiente: Muchos de nosotros, los pentecostales, estamos en contra de las mismas cosas que nuestros hermanos no pentecostales suelen criticar de nuestras iglesias: Música desenfrenada y sin sentido que repite la misma línea o coro una y mil veces; una adoración sin inteligencia, la religión del “yo, yo, yo” que se basa totalmente en nuestros caprichos y sentimientos; predicadores manipuladores que chupan a la gente su dinero arduamente ganado; la falta de rendición de cuentas de tantos ‘profetas’ itinerantes; herejías desvergonzadas que van tan lejos como para negar incluso los fundamentos de la fe (es decir, la naturaleza trina de Dios, las dos naturalezas de Cristo, la salvación por la fe sola, etc.), una tendencia generalizada a decir “Dios me dijo” cuando Dios nunca le dijo nada; el liderazgo abusivo; una clara desviación de los mandamientos explícitos de la Escritura; y sermones que son poco más que ‘mensajes motivacionales’ en lugar de serias exposiciones del texto bíblico. Y la lista sigue y sigue… Por lo que es tiempo de lavar los trapos sucios.

La tarea de limpiar el pentecostalismo de toda herejía, excesos y desviaciones no será fácil. Debido a que los pentecostales carecemos de alguna estructura de autoridad dominante, es difícil para cualquiera controlar lo que sucede entre algunos grupos pentecostales. Pero tampoco podemos callarnos. Ayudemos a nuestros hermanos no pentecostales a descubrir que generalizar sobre nosotros es un grave error. No todos los pentecostales creemos en la confesión positiva, ni todos creemos en el evangelio de la prosperidad, tampoco todos apoyamos la Nueva Reforma Apostólica, ni promovemos la inclusión de danzas extravagantes ni una adoración escandalosa pero vacía teológicamente. No todos somos anti-intelectuales, emocionalistas o desordenados. Es tiempo de abrir nuestros ojos y reflexionar en lo que está pasando dentro de nuestras iglesias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Herejías Destructoras: Arrebatarle cosas al diablo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Vivimos en una época de modas religiosas y herejías al por mayor. Algunas se materializan en la formación de nuevas sectas y movimientos heréticos, otras se infiltran dentro de iglesias consideradas sanas, pero con cimientos poco profundos en la Palabra de Dios. Dentro de muchas iglesias evangélicas, principalmente en muchas de nuestras iglesias pentecostales y en aquellas de tipo carismático, existe la enseñanza de decretar y declarar cosas en el nombre de Dios, y de “arrebatar cosas que el diablo nos quitó.” Esta enseñanza o práctica, como muchas otras que abundan en la actualidad, no se encuentra en las Sagradas Escrituras. Dicha práctica nunca ha sido parte del cristianismo sano y bíblico. Los primeros cristianos jamás lo practicaron. Tal enseñanza, abunda en muchas iglesias debido al poco interés por estudiar la Palabra y muchos cristianos profesantes están siendo arrastrados y engañados por tal herejía.

Los cristianos no debemos “arrebatarle” cosas al diablo, ya que en ninguna parte de la Biblia se nos ordena hablar o discutir con él. La Biblia nos enseña: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.” (Santiago 4:7). Sin embargo, muchos cristianos le han asignado a Satanás un papel y un poder mucho mayor del que la Biblia le asigna. Esto les lleva a vivir decretando y declarando cosas, culpando a Satanás de todos sus males, accidentes, necesidades, enfermedades y pecados, como si el diablo fuera omnipotente u omnipresente, o como si pudiera sobrepasar el permiso y la soberanía divina. Muchos equivocadamente piensan que el diablo les ha robado cosas que Dios les ha dado, y que tienen que luchar espiritualmente para recuperarlo. Pero, en la Biblia, vemos a Job que lo perdió todo, pero él no desperdició su tiempo pidiéndole al diablo que le devolviera lo que le quitó. Es más, Job nunca supo de la discusión entre Dios y Satanás, y al final del libro de Job, en el capítulo 42, vemos que Job fue restaurado con el doble de lo que tenía antes. Y el que restauro a Job fue Dios y no el diablo: “Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job.” (Job 42:10). Job buscó a el rostro de Dios, y fue su Dios quien le restauró. No Satanás.

ENSEÑANDO HEREJÍAS A TRAVÉS DE CANCIONES.

La cantante Nancy Amancio ha hecho muy popular su canción “Arrebato”. En esta canción antibíblica ella dice que le ha de arrebatar una serie de cosas de las garras al diablo, cosas que supuestamente el diablo le robó. Debería ser obvio para un cristiano bien instruido en la Palabra de que esta canción está teológicamente errada. A parte de eso, es necesario notar que el objeto de la canción no es Dios sino el diablo. Nancy Amancio, ya sea por ignorancia o a propósito, le está cantando al diablo. Ella no lo menciona por nombre, pero es indudable que la canción está dirigida a él. Es muy triste pero cierto que esta canción es un testimonio vivo de lo que muchos cristianos creen y practican hoy día.

Muchos cristianos tienen la idea de ellos tienen que estar constantemente quitándole o arrebatándole cosas de las manos del diablo que le pertenecen a ellos; cosas que supuestamente deberían estar en las manos de ellos, pero por alguna razón inexplicable están en las manos de Satanás. Eso no es así. Para poder entender la razón por la cual este concepto de “arrebatarle cosas al diablo” está errado, tenemos que comenzar primeramente entendiendo cual es la posición de uno que es nueva criatura en Cristo Jesús; ya que es precisamente una falta de comprensión de quienes somos en Cristo lo que lleva a muchos cristianos a caer en errores tales como este. Consideremos unos textos escritos por Pablo en su carta a los Colosenses.

Colosenses 1:12-14 dice: “Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” Esta porción bíblica es muy clave e importante a la hora de entender quiénes somos en Cristo Jesús. Aquí el apóstol Pablo habla de cuatro cosas que Dios hizo por nosotros; y las mismas revelan cual es nuestra posición y nos enseñan por qué es que no tenemos que estar arrebatándole nada al diablo de las manos:

  1. Primeramente, Pablo habla de que hemos sido hechos aptos. La palabra “aptos” también podría traducirse como “hacer suficiente”, “hacer capaz” o “cualificar”. Debido a nuestra condición de pecado, nosotros no llenábamos las cualificaciones y no éramos capaces de participar de la herencia que Dios tiene guardada para los santos en gloria. Mas Dios en su absoluta y soberana Gracia nos hizo aptos, o sea nos dio (a través de Jesús) las cualificaciones necesarias para ahora poder tener la esperanza de una herencia eterna y perfecta. Referente a esta herencia el apóstol Pedro nos dice (1 Pedro 1:4) que la misma es “herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” y que la misma esta “reservada en los cielos” para nosotros. Cuando Nancy Amancio le dice al diablo que le “arrebata los tesoros de los cielos” está diciendo una falsedad, ya que los tesoros de los cielos no le pertenecen al diablo. Esos le pertenecen a Dios, quien reina en los cielos, y a Él le ha placido hacernos sus herederos. Además, los tesoros de los cielos poco tienen que ver con lujos, prosperidad material, riqueza terrenal o incluso una salud perfecta en la tierra (Mateo 6:19-21). Esas son meras añadiduras.
  2. Segundo, Pablo en Colosenses 1:13 dice que Dios “nos ha librado de la potestad de las tinieblas”. Cuando estábamos en nuestros delitos y pecados, muertos, y ciegos sin poder ver la luz de Cristo, estábamos bajo el poder del maligno; habitábamos en completa tiniebla en donde Satanás hacía con nosotros como él quería y estábamos “cautivos a la voluntad de él.” (2 Timoteo 2:2). No solamente estábamos bajo la potestad de las tinieblas, sino que nosotros mismos éramos tinieblas tal como dice Pablo en Efesios 5:8. Mas ahora en Cristo hemos sido librados de tal potestad. Dios rompió todas las cadenas que ataban nuestra alma y nos sacó del dominio del diablo. Podemos decir como dijo David: “Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.” (Salmo 40:2)
  3. Tercero, el Apóstol nos dice que también fuimos trasladados al reino de Jesús. Debido a que nosotros vivimos en una sociedad democrática, no tenemos el conocimiento o el entendimiento de lo que es vivir bajo el dominio de un rey. En los tiempos antiguos, los reyes tenían un poder absoluto sobre la vida de todos sus súbditos. Lo que el rey decía era ley y tenía que ser obedecido. A la misma vez, el rey tenía la responsabilidad y la obligación de proteger a su gente en contra de los ataques de los enemigos. Ahora, nosotros hemos sido trasladados al reino hermoso y glorioso de Jesús, el Rey Supremo. Jesús es nuestro Rey por lo que demanda obediencia y completa sumisión de nuestra parte, pero como Rey él es también nuestro protector y guardador. Jesús no es un Rey déspota como lo eran muchos de los reyes de la antigüedad. Él es un rey amoroso, misericordioso, y bondadoso; Él nos ama con un amor infinito.
  4. Por último, Pablo dice que hemos sido redimidos (Colosenses 1:14) por la sangre de Jesús. Así como en conformidad a la antigua ley de Israel, la vida que estaba condenada y destinada a la muerte podía ser liberada por un precio (Éxodo 21:30), de la misma forma también nuestra vida, perdida a causa del pecado, fue rescatada por el derramamiento de la sangre de Cristo (Efesios 1:7). El ser redimido conlleva el que se haya pagado un precio por nosotros. En la cruz y con Su sangre Cristo nos redimió, o sea nos compró, y ahora somos propiedad suya (1 Corintios 6:20).

Cuando consideramos todo esto podemos llegar a la conclusión de que nosotros no tenemos razón ninguna para estar arrebatándole cosas al diablo, ya que Dios nos hizo aptos para participar de una herencia reservada por el poder de Dios en el Cielo, nos libró de la potestad del maligno, nos trajo a morar en el reino de su Hijo Amado, y nos compró con la sangre de Su Hijo, haciéndonos propiedad suya no solo por virtud de creación sino también por virtud de redención. Es inconcebible entonces que uno que ha recibido todas estas bendiciones de parte de Dios, se la pase diciéndole al diablo que le arrebata esto o aquello. Todo lo que somos y todo lo que tenemos esta en Cristo Jesús, Él es nuestro todo.

HEREJÍAS QUE BUSCAN ROBARLE LA GLORIA A CRISTO.

Muchas personas dicen que ellos le arrebatan al diablo su familia, su empleo, su casa, sus finanzas y un sinnúmero de cosas acerca de arrebatar. Ahora bien, ¿Que significa la palabra arrebatar? Arrebatar es quitar o tomar algo con violencia. Entonces estaríamos diciendo que cuando hablamos de arrebatar estamos diciendo que quitaremos o tomaremos algo por violencia a una persona, en este caso el diablo. Pero ¿Qué es aquello que tenemos que quitarle por la fuerza a Satanás? ¿Qué nos dice la Biblia acerca de esto? La Biblia nos enseña: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.” (Colosenses 2:13-15).

Al morir en la cruz, Jesús anuló el acta de los decretos, el venció en la cruz a todo principado. En la cruz él nos dio salvación, vida, y todo aquello que necesitamos, de manera tal que no tenemos nada que arrebatarle a Satanás. Cristo, con su preciosa sangre, anuló todo aquello que no estaba a nuestro favor, Él anuló todo aquello que nos descalificaba para ser hijos de Dios. La Biblia nos enseña que Jesús es Dios sobre todo y que Él está sobre todo principado y potestad: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él.” (Colosenses 1:15-22).

En Jesús habita toda la plenitud de la deidad. Él es soberano y ejerce su voluntad sobre todo principado y potestad. Él ha ganado la batalla por nosotros triunfando sobre el mismo diablo en la cruz del Calvario. Por tal razón, no es bíblico arrebatar, pues no tenemos nada que arrebatar, todo fue comprado a precio de sangre en la cruz por nuestro amado Salvador Jesucristo. Al pretender ser nosotros los héroes de la guerra espiritual estamos, de hecho, robándole la gloria a Cristo. Es él. Y no nosotros, quien venció al diablo de una vez y para siempre.

HEREJÍAS QUE PERVIERTEN LA PALABRA DE DIOS.

En toda la Escritura nunca hallaremos a un creyente “arrebatando” cosas al diablo. De hecho, en toda la historia de la iglesia, nadie ha creído en eso hasta el día de hoy. Peor aún, no hay ningún versículo en toda la Biblia que justifique esta moda. Tal vez el único versículo que a algunas personas les parece que justifica esta herejía de andar arrebatando cosas al diablo es Mateo 11:12. Allí Jesús dice: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Versión Reina Valera). No obstante, allí no se habla realmente de arrebatarle nada al diablo.

Las dificultades se centran principalmente en torno al verbo βιάζεται (bee-ad’-zo), que puede traducirse como sufrir violencia o avanzar con fuerza, el sustantivo cognado βιασταί (bee-as-tace), que se puede traducir como violentos o valientes, y el verbo ἁρπάζουσιν (har-pad’-zo) que puede traducirse como tomar (en sentido favorable) o arrebatar para mal (en sentido desfavorable). Algunos expertos, como William Hendriksen, afirman que una mejor traducción de ese pasaje diría: “… el reino de los cielos está avanzando vigorosamente y hombres ávidos se están apoderando de él”, traduciendo los verbos en un sentido favorable (Comentario de Hendriksen a Mateo, página 367, nota al pie de página).

La Traducción en Lenguaje Actual vierte Mateo 11:12 de la siguiente manera: “El reino de Dios avanza a pesar de sus enemigos. Sólo la gente valiente y decidida logra formar parte de él.” Ahora, explicando el contexto y el versículo notamos que Jesús se encuentra hablando de Juan el Bautista y dice que desde sus días (los de Juan) hasta ahora, el reino de los cielos avanza a pesar de la oposición que tiene y mucha gente está tomando las bendiciones del reino. Por eso, Jesús no se refiere a cosas materiales, de salud, finanzas, prestigio entre la gente o familiares, sino a lo que en verdad es el reino, porque “el reino de Dios no consiste en lo que se come o en lo que se bebe; consiste en una vida recta, alegre y pacífica que procede del Espíritu Santo” (Romanos 14:17, BLPH).

Incluso si entendiéramos dicho versículo en sentido negativo, como lo vierte la Reina Valera y otras traducciones, Jesús estaría hablando de la oposición que ha tenido la predicación de Juan y el ataque al reino de los cielos por parte de violentos que pretenden “arrebatarlo” (en un sentido de tomar o destruir, o de tratar robarle a la gente la oportunidad de disfrutarlo). Es posible que Jesús se esté refiriendo a ambas cosas, ya que ambas cosas son ciertas: Desde los días de Juan el Bautista, hay gente que está tomando posesión de la salvación que Dios en su gracia y misericordia concede, y hay también personas que están en contra de esa verdad. Pero algo sí es cierto, ¡Aquí no se habla nada de arrebatarle cosas al diablo!

La falsa enseñanza de “arrebatarle” cosas al diablo es una herejía sumamente nociva para la Iglesia.

Es negar la autoridad de Dios, Su Palabra y la verdad de que, en Él (en Dios), no en el diablo, tenemos todo lo que necesitamos. Es además un síntoma que indica una fijación extraña y peligrosa entre muchos círculos “cristianos” con respecto al diablo y lo “sobrenatural”. Ha dado pie a un montón de mentiras y herejías que enseñan que Dios quiere para nosotros una vida “exitosa y prospera” aquí en la tierra, y que el diablo quiere que seamos pobres (y esto es muy distinto a lo que enseña la Palabra de Dios). La falsa doctrina de “arrebatarle cosas al diablo” fomenta más distorsiones de las enseñanzas de la Biblia. Por ejemplo, muchos falsos maestros cobran por arrebatar cosas, o hasta hacen talleres y cursos para enseñas a arrebatar. Esta falsa moda también sirve de base para que muchos “cristianos” digan que la gente que está atravesando momentos difíciles, se encuentran en tal situación porque no tienen fe cuando “arrebatan” o por vivir en pecado. Según esa lógica dañina y errada que hiere a muchas personas, entonces todos los apóstoles y aún Jesús mismo eran hombres sin fe (o vivían en pecado), pues ellos experimentaron grandes pruebas, pobreza y sufrimiento, incluso persecución y muerte. Cristo mismo padeció tales cosas. ¿Podemos ver lo grave de este error y el gran daño que hace al servir de base para juzgar a mucha gente injustamente y desanimarlas en la fe?

Como cristiano, entiendo que no tengo nada que arrebatarle al diablo porque mi vida, mi salud y mis circunstancias no están en sus manos sino en las de Dios. Nada de lo que acontece en la vida de un cristiano se escapa de la voluntad de Dios (Romanos 8:26-28). Si tenemos a Cristo, tenemos todo lo que necesitamos porque en Él está toda la plenitud de Dios (Colosenses 2:9). Dios nos ha hecho suyos y Él cuida de nosotros (Mateo 6). Es necesario que tengamos una visión clara de la soberanía de Dios por encima de todas las cosas, y la única forma de tener esa visión es conociendo la revelación especial de Dios en Su Palabra. No la menospreciemos. Sabemos que no necesitamos arrebatarle nada al diablo cuando sabemos que todo lo que nos pasa, lo que nos quitan, o lo que recibimos en la vida, es orquestado por Dios para hacernos más cómo Jesús y hacer de nosotros testimonio de que Cristo vale más que todo lo demás (Romanos 8:28-29, Filipenses 3:18).

CONCLUSIÓN:

La doctrina de “arrebatar” tiene mil caras. Los predicadores de tal herejía no siempre usan literalmente el término “arrebatar”. En su lugar usan otras frases y terminologías similares tales como: “quitar”, “poseer lo que te pertenece”, “conquistar lo que es tuyo”, etc. Aquellos que tienen un pensamiento bíblico sobre el reino de Dios, no tratan de manejar a Dios para sus propias bendiciones materiales. Más bien, en todas circunstancias, en abundancia y escasez, en pobreza y en riqueza, en enfermedad y salud, un siervo de Dios siempre ora: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Dios domina, Dios Reina, Dios gobierna, Él es soberano, Él da y Él que quita. Dios tiene en pleno control las cosas que necesitamos. Lo mejor que podemos hacer es enfocarnos en el reino de Dios. Todo lo demás que necesitemos para vivir en esta tierra, es considerado “añadidura”. Como cristianos pentecostales que aman la sana doctrina, debemos denunciar la doctrina falsa de “arrebatar”. Debemos entender que en Cristo estamos completos y hemos sido bendecidos con toda bendición (Efesios 1:3).

Si la idea aún no está clara en tu mente, y considerando que la repetición es clave en el proceso de aprendizaje, quiero resumir lo anterior y darte 5 razones finales para no seguir creyendo en la falsa doctrina de “arrebatar”:

  • El contexto de Mateo 11:12, no enseña nada sobre arrebatarle cosas al diablo. Si hacemos el ejercicio de tomar la Biblia en serio, entonces, no deberíamos hacer que este pasaje diga cosas que realmente no dice en su lectura más simple: ¿En qué parte de este texto dice que debemos “arrebatarle” al diablo lo que es nuestro y exigirle que nos devuelva lo que nos ha robado? ¿Dónde dice este texto que el reino de Dios tiene que ver solo con bendiciones materiales? Este texto ha sido sacado de contexto por muchos cristianos para justificar todo un sistema o doctrina errada. Un buen ejercicio hermenéutico para tener una mejor comprensión de este texto, es leer lo que dice Lucas 16:16: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él”.
  • Tanto en Mateo 11, como Lucas 16, el reino de los cielos está vinculado a la obra redentora de Dios en el hombre. En primer lugar, en estos pasajes “el reino de Dios”, significa que Dios mismo ha descendido en la persona de Cristo, se ha acercado a los hombres para darles salvación, para que vivan bajo el dominio y autoridad de Dios y sean trasladados de las tinieblas a la luz del Hijo de Dios”. De hecho, la primera vez que Jesús se refirió al “reino de Dios” en Mateo, fue llamando los hombres al arrepentimiento: “A partir de entonces, Jesús comenzó a predicar: «Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, porque el reino del cielo está cerca» (Mateo 4:17). La principal tarea de Jesús fue proclamar el evangelio: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino” (Mateo 4:23). La urgencia de Jesús era decirles a las personas que la salvación ha llegado y deberían correr a él, para obtenerla. El reino de Dios es más que prosperidad y salud. En segundo lugar, en estos pasajes “el reino de Dios”, no se refiere a bendiciones materiales, milagros, sanidades, prosperidad material, ni carro nuevo ni una vida feliz aquí en la tierra. Si leemos Mateo 6, el mismo Jesús, nos ordena que “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?” (Mateo 6:31). La razón es porque son lo que no conocen a Dios, que se preocupan por tener las cosas materiales (Mateo 6:32). En lugar de afanarnos por nuestras necesidades, Jesús nos ordena: “buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Mientras muchos cristianos gastan energías “arrebatando” su salud, dinero y cosas materiales que necesitan, Jesús dice que estas son cosas que “serán añadidas” (Mateo 6:33), no vendrán por “arrebatárselas al diablo”, tampoco las tiene el diablo en su poder. Dios tiene cuidado de nuestros cuerpos (salud y alimentación y vestidos) y de cualesquiera cosas que necesitemos (Mateo 6:25; 7:11; Juan 15:7). ¿Si la mano de Dios es quien provee a las aves, por qué razón los hijos de Dios, que valen mucho más que las aves, en lugar de tener fe que recibirán la provisión de las manos de Su Padre celestial, se dirigen a las “manos” de Satanás a arrebatarles cosas? Esto no es coherente con la Biblia. Es lamentable ver que muchos cristianos en sus tiempos de oración y aun en algunas canciones, pasan más tiempo hablando con el diablo que orando a Dios. Y esto hermanos, no pueden seguir así.
  • El llamado de Jesús a ser “violentos” no significa que entremos al “campo” del diablo a “arrebatarle cosas.” Increíblemente, toda esta teología sin profundidad sobre arrebatar, muchos la han sustentado principalmente en la última parte del versículo de Mateo 11:12, que dice: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” Pero, una vez más, cuando leemos Lucas 16:16, Jesús claramente está diciendo que aquellos que responden o responderán al llamado del evangelio “se esfuerzan por entrar en él”. Es cierto que el reino de los cielos es gozo, paz, justicia, salvación, vida eterna, luz, ser heredero de las riquezas de Dios, entre muchas cosas más. Lo mejor de todo es que ha sido ofrecido de forma gratuita para nosotros por el incalculable valor del sacrificio de Cristo. Sin embargo, el pueblo de Israel rechazó “el reino de los cielos”, porque querían un rey con poder político y militar, no un carpintero muriendo vilmente en una cruz. La imagen de Jesús, no le garantizaba la estabilidad que estaban buscando. Esto mismo pasa con la generación de hoy, muchos quieren la gloria de Cristo, pero no quieren su cruz. No están dispuestos a padecer la “violencia” que viene cuando aceptamos el reino de los cielos. Jesús dijo que “si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29). Seguir a Jesús y la forma de pensar del reino de Dios, significa que podrías perder amistades y hasta familiares que no quieren saber de Cristo. “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” (Mateo 10:34). El reino de los cielos es una “puerta estrecha”. No todos caben, no todos quieren entrar, muchos eligen el camino ancho de sus propios deseos. Pero aquellos que responden al evangelio del reino, tendrán que ser “violentos” o esforzados. Servir a Cristo con todo, sin importar que esto le cueste la vida misma. Mateo 11:12, trata sobre el evangelio de Cristo. No tiene nada que ver con perder el tiempo, “arrebatándole” cosas al diablo que realmente nunca nos ha robado.
  • Satanás no puede quitarte nada si Dios no se lo permite. Pese a que vemos muchos cristianos “peleando” con el diablo para quitarle lo que es de ellos, la Biblia nos enseña que satanás no puede tocar lo que somos y lo que Dios nos ha dado, a menos que Dios se lo permita dentro de su santo propósito: Lo vemos en la vida de Job. Dios mismo entregó en manos de satanás todas las posesiones de Job (Job 1:11). No vemos a Job, entrando al “campo” del diablo arrebatando ni tampoco vemos a satanás actuando sin el permiso de Dios. El mismo Cristo le dijo a Pedro “he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo (Lucas 22:31)”; Una vez más nos recuerda el cuadro la historia de Job, donde satanás pide permiso a Dios. ¿Si Dios, que es soberano, le permite a Satanás tocar tu bienestar o posesiones, acaso tú o yo, podremos “arrebatarle” al diablo, lo que Dios mismo le ha entregado en sus manos? La respuesta es no. Por lo tanto, “arrebatar” es una pérdida de tiempo. Mejor invierte el tiempo alabando a Dios y bendiciéndole como hizo Job, y en su momento, si así lo considera, Dios te dará o multiplicará lo que necesitas.
  • Nadie puede separarte de las manos de Cristo. En Mateo 6, podemos ver a Cristo, destacando que el cuerpo es mayor que el vestido. Con esto, estaba diciendo que, si el poder de Dios hizo nuestros cuerpos, cuánto más puede proveernos el alimento que es menor que el cuerpo. Jesús, también dijo que a sus ovejas “nadie las arrebatará de mi mano (Juan 10:28)”. Ahora te pregunto: ¿Si Cristo tiene asegurada la salvación de tu alma en sus propias manos y no ha diablo que pueda “arrebatarte” de sus manos, ¿Cuánto más tiene el poder de conservar tu salud, familia, trabajo o cosas materiales si así lo desea? Otra vez, vemos que Satanás no puede quitarnos por su propia fuerza, lo que realmente Dios nos ha dado. Pero hay mucho más: En el mismo pasaje de Mateo 11, Jesús dice que todas las cosas están en su poder. Esto quiere decir, que el diablo no es dueño de nada de lo que Dios nos ha dado en Cristo: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre” (Mateo 11:27)”. Si Jesús posee todas las cosas, significa que el diablo no posee nada.
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Distorsionando la Fe Pentecostal: Las Maldiciones Generacionales.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Las modas teológicas parecen inundar el evangelicalismo moderno, principalmente el pentecostalismo. En años recientes la enseñanza acerca de las “maldiciones generacionales” ha llegado a ser muy popular en nuestros círculos pentecostales y carismáticos. Muchos de los líderes más prominentes dentro del movimiento pentecostal y carismático promueven tal doctrina. No obstante, la naturaleza de la verdad absoluta y la propia interpretación de las Escrituras no se pueden determinar por la cantidad de gente que incursiona en cierta enseñanza o por la popularidad de quienes la promueven. Los asuntos de la fe (lo que creemos) y la práctica (cómo vivimos la vida cristiana) sólo se pueden determinar por la debida comprensión de las Escrituras.

La frase “maldición generacional” o cualquier otra frase similar nunca aparece en las Escrituras, no se encuentra en ninguno de los Testamentos. Esto en sí no es suficiente para desechar la enseñanza como no bíblica. No obstante, el hecho que la frase maldición generacional no se encuentre en las Escrituras debería alertar a los creyentes con criterio sobre la necesidad de ser cuidadosos en este asunto. Debe haber pruebas convincentes cuando se estudia todo el consejo de Dios. Ciertamente, la Biblia parece hacer mención de las llamadas “maldiciones generacionales” en ciertos pasajes (Éxodo 20:5; 34:7; Números 14:18; Deuteronomio 5:9). Y muchos han sabido usar tales versículos para sostener la enseñanza errónea de que Dios castiga a los hijos por los pecados de sus padres. Tal afirmación no es verdadera. Aunque es cierto que los efectos del pecado pueden transmitirse de una generación a la siguiente (la Caída de Adán es un ejemplo de ello, pues sus efectos y consecuencias arrastraron a todos sus descendientes con él), esto no implica una sentencia irrevocable. La lógica nos enseña que cuando un padre tiene un estilo de vida pecaminoso, sus hijos son propensos a tener el mismo estilo de vida pecaminoso también; es decir, copian los mismos patrones de conducta pecaminosa. Es por ello que muchos hijos terminan cometiendo los mismos pecados que sus antepasados y pagando las mismas consecuencias.

Tristemente, hay una tendencia en la iglesia de hoy para tratar de culpar por todo a las maldiciones generacionales. Un sector de la iglesia que sobre enfatiza este tema suele motivar a los creyentes a hacer una evaluación retrospectiva e investigar los pecados de sus progenitores. Enseñan que puede que esa sea la razón de que un pecado o un patrón pecaminoso persista en sus vidas. También enseñan que los constantes problemas, las frecuentes enfermedades, y las permanentes crisis financieras pueden ser expresiones de una maldición generacional. Si ese es el caso, el creyente entonces no podrá librarse de esa condición a menos que se le practique liberación. Es decir, una sesión de oración, imposición de manos, y hasta una confesión por parte del afectado, para romper la atadura. En algunos casos, estas liberaciones, que pueden durar varias horas, se llevan a cabo en los templos al final de los servicios dominicales, en retiros espirituales, o en casas como parte de una consejería. Esto no es bíblico. El remedio para las maldiciones generacionales es la salvación por medio de Jesucristo. Cuando nos convertimos en cristianos, somos nuevas creaciones (2 Corintios 5:17). ¿Cómo puede un hijo de Dios seguir bajo la maldición de Dios (Romanos 8:1)? La cura, entonces, para una “maldición generacional” es la fe en Jesucristo y una vida consagrada a él (Romanos 12:1-2).

CONVIRTIENDO EL EVANGELIO EN BRUJERÍA BLANCA.

La doctrina de “maldiciones generacionales”, es una de esas muchas novedades teológicas cuestionables de nuestra época. Tal enseñanza afirma que una persona puede nacer bajo una sentencia de castigo (“maldición”) por pecados que cometieron sus antepasados. A menudo, esas maldiciones suelen entenderse en términos mágicos, como una especie de maleficio, o de “hechicería santa.” Así resulta que uno puede nacer cargando la maldición de sus padres, abuelos o hasta bisabuelos. Y como la humanidad es bastante pecadora, sería de suponer que muy pocas personas hayan nacido sin alguna maldición a cuestas.

Los adeptos a esta enseñanza afirman que toda maldición generacional queda en el esperma y el óvulo que forman el feto, por lo que hay que reemplazar el ADN del pecado con el ADN de Dios. Otro aspecto de esta enseñanza es el concepto de la iniquidad como la corrupción interna que trae maldición generacional. En palabras de ellos, la iniquidad es transmitida al ser humano desde su concepción y se hace más fuerte en cada generación. Afirman también que los padres tienen la potestad de establecer herencia de bendición para los hijos cortando estas raíces de iniquidad. De esta forma, los hijos tendrán un futuro libre, un camino allanado, para cumplir con el “destino profético” que Dios les ha heredado, dándoles las llaves para que triunfen en todo siempre y cuando ellos no “reactiven estas raíces de maldición generacional”.

Los fanáticos de esta enseñanza creen que la gente no sólo hereda la naturaleza pecaminosa de sus antecesores (la tendencia que todos tenemos de rebelarnos contra Dios), sino que también adquieren la maldad acumulada de sus antecesores. Como resultado, Dios los culpa, no sólo por sus propios pecados, sino también por los pecados de sus antecesores. Además, Satanás tiene derecho a seguir manteniendo un reclamo legal contra los creyentes que no han tratado de una forma eficaz con sus maldiciones generacionales, resultando en fracaso, violencia, impotencia, profanidad, obesidad, pobreza, vergüenza, enfermedad, aflicción, temor, y aun muerte física.

Los proponentes de la maldición generacional luego dirigen su enseñanza a su próximo paso lógico. Ellos concluyen que la sangre de Cristo fue derramada por los pecados de cada persona, pero que cada uno debe dar un paso adicional para quitar la trasgresión que haya heredo de sus antecesores. Se requiere este paso adicional para que una persona sea liberada de las ataduras que la mantienen cautiva al pecado de sus antepasados. Este procedimiento involucra una elaborada ceremonia que consiste en listar los pecados de sus antecesores hasta la cuarta generación, confesando los pecados por ellos, recitando oraciones y declaraciones recomendadas, rompiendo personalmente esas supuestas maldiciones.

Según esta doctrina el reino de Dios y las tinieblas operan con plenos ‘derechos legales’. Toda la familia paga por los pecados que cometieron sus ancestros. Satanás se presenta ante el trono de Dios y muestra derechos legales de atacar cualquier área de nuestra vida. Luego se decide si los reclamos son válidos y, de serlo, si se le permite hacer lo que solicita contra nosotros y nuestra familia. Basándose en Éxodo 20:4,5, enseñan que los demonios pasan de generación en generación y que éstos se afianzan en la vida de los creyentes por los pecados generacionales. Para despojarse de estas fuerzas demoníacas, los creyentes necesitan saber cuáles son esas ataduras, y tener un ritual de liberación para romperlas. Se necesitan consejeros con conocimiento especial de ataduras diabólicas si el caso es grave. Se da un examen especial de diagnóstico y se proveen incluso las palabras que deben ser repetidas, como, por ejemplo: “Rechazo toda obra demoníaca que me ha sido heredada de mis ancestros”, por citar ejemplo.

Debemos ser muy cuidadosos con esto. Las pruebas de diagnóstico, los rituales, y las oraciones recomendadas por aquellos que enseñan la maldición generacional no se encuentran en las Escrituras. No hay tales pasos en la Biblia, la cual es nuestra única regla para asuntos de fe y práctica. Si las maldiciones generacionales fueran una realidad, Dios habría dado las debidas instrucciones en las Escrituras respecto a cómo tratar con este problema.

Aunque resulte vergonzoso admitirlo, un buen porcentaje de la iglesia pentecostal y carismática ha caído en el paganismo. Porque no hemos prestado atención a Jesús ni consultado toda las Escrituras, somos nuevamente afligidos con un mágico punto de vista del mundo de Dios. En este mundo el supremo sacrificio de Dios tiene limitado poder y efecto, y debe ser complementado por nuestras propias fórmulas exorcistas y nuestros esfuerzos humanos. En realidad, la creencia en “maldiciones generacionales” tiene más que ver con el ocultismo que con el cristianismo. ¿Acaso no resulta preocupante que un amplio sector del cristianismo esté tan estrechamente relacionado con tales creencias?

EL SUPUESTO FUNDAMENTO BÍBLICO DE LAS MALDICIONES GENERACIONALES.

La enseñanza de las supuestas maldiciones generacionales se fundamente en Éxodo 20:4-5. Es claro que las consecuencias del pecado de la idolatría eran terribles, y el Señor quiso crear esta consciencia en el pueblo. No obstante, lo que debemos entender de este texto es que se trata de un principio, y no de una condición irreversible. Es decir, esto no debe ser comprendido como una sentencia definitiva que condenaba sin esperanza a hijos de padres pecadores. El principio es que habría consecuencias por la maldad, y esas consecuencias afectarán también a los hijos. Pero esto no era un absoluto, en el sentido de que los pecados de los padres serán condiciones irreversibles para los hijos.

Por ejemplo, si un hombre roba, ese pecado no solo afecta al ladrón, sino también en un sentido muy real a los hijos, porque si ese hombre es encontrado y juzgado, ya no podrá estar por su familia. Además, si robar es el estilo de vida de esa persona, hay una gran probabilidad que los hijos también sean inclinados y movidos a lo mismo. Digamos también que un padre de familia es un alcohólico. Tarde o temprano, su adicción al alcohol le puede acarrear consecuencias para él y los suyos. Por ejemplo, si el borracho hace cosas indecentes, o pierde su trabajo, o entra en pleito con otros, o se enferma, eso tendrá consecuencias terribles para los miembros de su familia. Es en ese sentido que la maldad de los padres afecta a los hijos. Y eso sin considerar que un hijo puede crecer predispuesto al alcohol y hasta volverse él mismo un alcohólico pues eso es lo que vio como un patrón normal de conducta.

El hecho de que Dios visite la maldad de los padres sobre los hijos es más bien un principio de consecuencias y no necesariamente una sentencia absoluta que deja a los hijos sin posibilidad de redimirse. Tampoco debe entenderse cómo una maldición generacional o una atadura espiritual de la que debamos librarnos. Ésta es la necesaria conclusión que también está descrita en el mismo Pentateuco. Porque en el libro de Deuteronomio, se nos dice que “Los padres no morirán por sus hijos, ni los hijos morirán por sus padres; cada uno morirá por su propio pecado” (Deuteronomio 24:16). La Biblia es enfática: “cada uno morirá por su pecado”. Es decir, en el Antiguo Testamento ya estaba establecido el principio de la responsabilidad individual, descartando toda noción mística de maldición o atadura generacional. En otras palabras, ningún hijo pagará por los pecados de los padres, sino que cada uno pagará las consecuencias de sus propios pecados. Y aunque nuestros hijos pueden ser afectados por nuestras decisiones, o se pueda padecer la misma enfermedad de un antepasado, como la ciencia lo ha probado, no debemos interpretarlo como que una fuerza espiritual está detrás. Una vez más, las consecuencias que sufrimos no deben ser entendidas como maldiciones generacionales.

En una medida menor, otro texto que es usado para enseñar las maldiciones generacionales se encuentra en Proverbios: Como el gorrión en su vagar y la golondrina en su vuelo. Así la maldición no viene sin causa (Proverbios 26:2). Pero basar la enseñanza de ataduras generacionales por este verso es un mal ejercicio exegético. Primero, porque en este pasaje no se está hablando de las consecuencias que los hijos reciben por los pecados de los padres. Más bien la línea de pensamiento del autor está orientada a la insensatez del necio. Segundo, porque el texto original de Proverbios 26:2 dice:

“El gorrión en su vagar, la golondrina en su vuelo y una maldición que no tiene causa, no se posan.” (Proverbios 26:2).

Lo que este proverbio quiere decir es más o menos esto: no te preocupes si alguien te maldice sin que seas culpable, tal maldición no tendrá efecto. La maldición que con su boca alguien profiera contra un inocente no tiene poder de hacerle daño, de la misma manera que un ave no daña a nadie cuando vuela. Este texto no está enseñando absolutamente nada de ataduras ni maldiciones generacionales.

ELIMINANDO LA RESPONSABILIDAD PERSONAL.

El hecho de culpar a otros por nuestras desgracias es algo tan antiguo como el relato de la creación. No asumir la responsabilidad individual es precisamente lo que hizo Adán al culpar a Eva cuando fue confrontado por Dios. Y eso es también lo que hizo Eva al culpar a la serpiente, cuando ella fue confrontada por su creador (Génesis 3). Pero en el tiempo cuándo los judíos fueron deportados a Babilonia, esta misma actitud floreció en la forma de un conocido refrán: “Los padres comen las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera.” (Ezequiel 18:2).

El pueblo de Israel está cautivo en Babilonia. Hay tristeza, y amargura entre los israelitas. Ezequiel es el profeta escogido por Dios para hablarle al pueblo. Entre los judíos existe una esperanza de que esto terminará pronto y luego volverán a casa. Pero la esperanza es vana. Dios está castigando a su pueblo por sus pecados. Dios los ha entregado a los caldeos en esta segunda deportación y todavía una deportación más está en camino. Esta actitud fue confrontada por el profeta. El mensaje que subyace bajo este refrán es claro: estamos padeciendo por el pecado de nuestros padres. Por eso el Señor les dice lo mismo:

“Vivo Yo,” declara el Señor Dios, “que no volverán a usar más este proverbio en Israel. Todas las almas son Mías; tanto el alma del padre como el alma del hijo Mías son. El alma que peque, ésa morirá (Ez. 18:3-4).

Aquí una vez más Dios corrige la fatalista noción de que los hijos serán víctimas de una sentencia irreversible por culpa de los padres.

El profeta Daniel también tiene mucho que enseñarnos al respecto. En vez de culpar por su destino a sus antecesores, como hacía el público oyente de Jeremías y Ezequiel, él aceptó su propia responsabilidad personal y la de sus contemporáneos por el juicio que había caído sobre ellos. Él escribió: “Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas . . . Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado” (Daniel 9:4, 5,7–9). En la oración de Daniel, no se menciona que la razón del exilio sea por los pecados de los padres. Esto es aún más asombroso si recordamos que Daniel era consciente de que por generaciones Dios había enviado profetas para advertir a Israel de ese juicio si no se arrepentían.

En el tiempo de Jesús, los judíos habían otra vez olvidado las correcciones del paganismo expresadas por Moisés y los profetas. Jesús encaró los mismos asuntos. En Juan 9:1–3 leemos: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.” Aunque los discípulos tenían el antiguo punto de vista pagano de que la culpa y el pecado podrían ser heredados, Jesús enfatizó la gloria y la gracia de Dios. Jesús también afirmó: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Las palabras de Jesús sugieren que el perdón de Dios basta para alcanzar un grado tal de transformación espiritual que produzca un cambio de vida. Jesús creía que la mujer a quien acababa de perdonar era libre de escoger si iba a permanecer en el pecado o se apartaría de él. No se hace ninguna referencia a la necesidad de una oración adicional, una ceremonia, o una fórmula de renunciación para complementar la oferta de la gracia y el perdón de Dios. Una vez más, esta excesiva (y hasta enfermiza) inclinación de interpretar las desgracias de las personas como una consecuencia de los pecados de un antepasado es confrontada por Jesús.

El énfasis de maldiciones generacionales casi siempre despoja al creyente de asumir su responsabilidad personal. Y lo que es más delicado: no lo motiva a procurar el arrepentimiento por sus propios pecados. Las palabras de Pablo: “Dios. . . pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:5,6) y “porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo . . . de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:10,12), claramente enfocan la responsabilidad individual a la que se da prioridad en el Nuevo Testamento. Estos pasajes deben ser vistos como la unificada enseñanza de las Escrituras, empezando con Moisés (Deuteronomio 24:16), continuando en los profetas (Jeremías 31:29,30; Ezequiel 18:1–4,14–16,18–20; Daniel 9:4, 5,7–9), y culminando con las enseñanzas de Jesús (Juan 8:11; 9:1–3).

EFECTOS NOCIVOS DE TAL ENSEÑANZA.

Muchas y lamentables son las consecuencias que la enseñanza de las ataduras o maldiciones generacionales han traído a la iglesia. Algunos en el pueblo de Dios están ávidos por buscar que alguien les practique una sesión de liberación, pues creen que esa atadura solo pierde su poder con esta práctica. En otros casos, el creyente que se siente inocente esquivará su responsabilidad personal y no procurará el arrepentimiento. Pero también están los que han sido decepcionados por las implicaciones de esta enseñanza. Aquellos que han sido objeto de una liberación y que con el tiempo el pecado o las consecuencias de un pecado reflotaron experimentan desilusión con el evangelio o las Escrituras. Otros quizá lo resuelven sometiéndose periódicamente a estas liberaciones.

Por lo tanto, en concordancia con la enseñanza bíblica debemos concluir que la doctrina de las maldiciones generacionales es teológicamente deficiente y en la práctica es muy nociva para el creyente y la iglesia en general.

LA ALTERNATIVA BÍBLICA.

Pero entonces, ¿qué hacer si en la vida diaria parece que somos inclinados a practicar los mismos pecados de nuestros antepasados? ¿Cómo librarnos de esa influencia? Para empezar respondiendo a esta legítima pregunta, debo establecer que los hombres nacemos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), y que nuestro corazón está inclinado siempre y únicamente hacia el mal (Génesis 6:5). Solo por la intervención divina, los hombres somos regenerados y recibimos un nuevo corazón. En otras palabras, Dios nos hace nacer de nuevo (Juan 3:3). Cuando el hombre se arrepiente de sus pecados, abandona sus malos caminos y se vuelve a Cristo en obediencia, está dando la gloriosa evidencia de su nuevo nacimiento. Es por eso que el apóstol Juan decía: “Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9). Esto quiere decir que cuando una persona nace de nuevo, se arrepiente y abandona sus pecados, no mostrará un patrón pecaminoso de conducta. El creyente peca, pero no practica el pecado como un estilo de vida. Tomando como referencia las palabras de Juan, concluimos que la práctica abierta y permanente de un pecado, en la mayoría de los casos es una evidencia de que esa persona no nació de nuevo, y que nunca se arrepintió de sus pecados. Si ese es tu caso, entonces debes reconocer tu necesidad de salvación, arrepentirte de tu maldad, y depositar tu confianza solo en Jesucristo para el perdón de tus pecados. La biblia enseña que todo aquel que viene a Cristo, Él no le echa fuera. Corre al Señor y Él te recibirá y te dará descanso (Juan 6:37, Mateo 11:28-29).

Sin embargo, ¿Qué sucede con alguien que da evidencia de su regeneración y ha mostrado los frutos de su arrepentimiento, pero todavía lucha con alguna forma de pecado, adicción o inclinaciones de sus antepasados? La inquietud también es legítima, y la biblia también nos responde al respecto. Aquí es importante destacar que, desde el momento de nuestra conversión, empieza en el creyente el proceso conocido como santificación. Se le llama así al proceso por medio del cual, desde la conversión, Dios hace al creyente más libre de la influencia del pecado y lo transforma a la semejanza de Cristo. Pero este proceso es gradual y dura toda la vida. Y aunque es una obra de Dios, el creyente también participa del mismo. Esta es la enseñanza que Pablo expone en Romanos 6. Por eso dice, “Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezcáis sus lujurias” (Romanos 6:12). Es decir, no se dejen gobernar por el pecado.

La vida de un genuino creyente se caracteriza por una constante lucha contra el pecado. El hombre regenerado batalla por no pecar, y cuando lo hace siente una profunda convicción. Siente tristeza y amargura por haberle fallado a su Salvador. Pero no debemos olvidar que el llamado del creyente es a negarse a sí mismo, a tomar su cruz cada día, y seguir a Jesús (Lucas 9:23). Pablo nos llama a hacer morir lo terrenal en nosotros (Colosenses 3:5) y por medio del Espíritu a hacer morir las obras de la carne (Romanos 8:13). Pedro exhortaba a los creyentes a que se abstengan “de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Parte de esta batalla es la actitud permanente de procurar el arrepentimiento. Un creyente es un pecador que reconoce cuando falla y se arrepiente genuinamente de su pecado. En este sentido, el arrepentimiento es el estilo de vida de un creyente.

Pero en la santificación, es importante recordar que, aunque se nos manda ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, también se nos dice que Dios es quién produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad (Filipenses 2:12-13). Es decir que Dios nos pide algo, pero él también nos da la capacidad para obedecerlo. La gracia de Dios no solo perdona nuestros pecados, sino también nos capacita para vivir la vida cristiana. Además, debemos decir que nuestra santificación será proporcional al entendimiento que tengamos de la persona y la obra de Jesucristo. Es decir, nuestra santidad se corresponde en gran medida a nuestro entendimiento del evangelio. Mientras más comprendamos lo que Cristo hizo en la cruz, mayor será nuestro anhelo por crecer en su semejanza. Para tal efecto, la constante exposición de la Palabra será determinante. La Palabra de Dios tiene un poder santificador en la vida del creyente. Por eso Jesús les dijo a sus discípulos: “Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (Juan 15:3).

Debemos recordar que Cristo Jesús obtuvo eterna, segura, y completa salvación. En Él estamos completos, decía Pablo (Col. 2:10). Es decir, Cristo es la provisión de Dios para el gran problema del pecador. En Cristo tenemos todo lo que necesitamos para nuestra redención, para nuestro crecimiento espiritual, y solo en Él tenemos lo necesario para una vida plena y llena del poder de Dios. Más que mirar al pasado a ver qué tipo de maldición pudiéramos estar sufriendo, miramos a la cruz y vemos como ahora somos benditos en Él.

CONCLUSIÓN:

La falsa enseñanza de las “maldiciones generacionales” es una herejía peligrosa que debe ser rechazada, por 6 razones principales:

  1. Niega la suficiencia de las Escrituras y requiere que se añadan a la Palabra de Dios pruebas, rituales, y fórmulas generadas por el hombre (2 Timoteo 3:15–17; 2 Pedro 1:3–8).
  2. Niega la perfecta obra de Cristo en la Cruz.
  3. Tergiversa el evangelio de Cristo (Gálatas 1:6–9).
  4. Niega la enseñanza bíblica de la responsabilidad personal.
  5. Nos acerca un paso más al paganismo del que fuimos llamados.
  6. Pone exagerado énfasis en la obra del hombre,
  7. Da vueltas a la idea de una relación con Dios basada en las obras.

Los pentecostales auténticos, bíblicos y de sana doctrina, debemos afirmar la suficiencia del sacrificio de Cristo inequívocamente. Pablo declaró, sin temor a contradicción: “A vosotros, estando muertos en pecado y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente [la referencia es a los espectáculos romanos en que los emperadores y generales que ganaban una guerra marchaban por las calles de Roma con el botín y los prisioneros conquistados para mostrar tanto al ciudadano como al enemigo el poder del Imperio], triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13–15).

Las Escrituras son la única lámpara a nuestros pies y luz a nuestro sendero en que podemos confiar.

Las palabras del hombre sólo pueden llevarnos de vuelta a la esclavitud: por ejemplo, el temor. Tenemos que obtener todo el consejo de Dios en las Escrituras en vez de seguir la última decadencia teológica.

El hombre caído siempre busca soluciones rápidas. Casi todos los problemas encarados por las ceremonias de maldición generacional no pueden ser echados fuera o atados. Los problemas de conducta tienen que ser tratados en nuestro andar de discipulado. Necesitamos diariamente tomar nuestra cruz, considerarnos muertos al pecado y vivos a Dios en Cristo, traer a sujeción nuestro cuerpo, llevar cautivo cada pensamiento a la obediencia de Cristo, y renovar nuestra mente por la Palabra de Dios. Un exorcismo “a la volada” de nuestras imperfecciones de carácter nos dejará decepcionados porque despertaremos el próximo día para descubrir que todavía tenemos esas imperfecciones. Jesús no nos ha llamado a una versión de método fácil del cristianismo. Él nos ha llamado al discipulado, a diariamente seguir al Maestro, sometiéndonos a su señorío, aprendiendo de Él, para llegar a ser más como Él.

Cualquier deuda de pecado que hayamos acumulado fue efectivamente cancelada gracias a la muerte vicaria o sustitutiva de Jesús. Además, Pablo afirma que los poderes y principados que nos tenían esclavizados en el pecado no sólo fueron vencidos y desarmados, sino también totalmente humillados. La muerte de Cristo ofrece tanto el perdón de pecados como la liberación de la opresión y la posesión demoníaca a quienes se apropian de este sacrificio.

Por todo lo anterior, la Biblia nos lleva a concluir que, lejos de fundamentarse fielmente en la Palabra de Dios, la enseñanza de “maldiciones generacionales” es un abuso del texto bíblico. Es otra especulación fantasiosa de algunos predicadores que no se cansan de inventar nuevas doctrinas para deslumbrar a su público y mantenerlos cautivos de sus aberraciones. Lejos de ser un mensaje fiel a la Palabra, es otro intento de manipularla, y manipular al público creyente. Todas estas especulaciones contemporáneas plantean una pregunta muy seria: ¿En qué punto una simple enseñanza equivocada llega a ser una herejía? ¿No será que tenemos que redescubrir el concepto y la realidad de la herejía? Es hora de levantar la voz de protesta contra estas novedades antibíblicas. Principalmente cuando somos nosotros, los pentecostales que amamos la sana doctrina, a quienes se nos acusa de promoverla.