Blog

Guerra Espiritual, Sin categoría

Verdades Distorsionadas: Extremos Peligrosos en la Guerra Espiritual.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Los cristianos estamos en guerra. No cabe duda: hay una batalla, pero no es contra sangre ni carne (Efesios 6:2). Nuestro enemigo no es visible a nosotros, por lo que no podemos simplemente observar su accionar. Pero Dios sí conoce los planes y las acciones de Satanás y sus demonios, por lo que la única forma de batallar es dependiendo totalmente en Él. Desafortunadamente, Satanás ha creado fortalezas en la mente de los cristianos sobre cómo batallar, lo que ha llevado a estrategias inefectivas y enfoques erróneos. Las Escrituras autentifican la realidad del mundo espiritual, incluyendo a los ángeles (amigos) y a los demonios (enemigos). Sin embargo, a los cristianos occidentales, incluyendo a los evangélicos y pentecostales, no les resulta fácil explicar y referirse a esta dimensión transempírica de la realidad.

Algunos grupos cristianos cuestionan teológicamente que la lucha espiritual sea real y relevante para sus vidas y ministerios. Y es que hay dos extremos de creencia que son graves en términos de combatir. Primero cuando al rechazar creer que hay una batalla, es fácil sufrir heridas espirituales puesto que nos encontramos sin las armas equipadas ni listas para los dardos que vienen. El otro extremo es el de atribuir todo lo que pasa a Satanás, lo que termina dándole más poder de lo que realmente tiene. Muchas personas creen que la forma de luchar contra estas potestades es una lucha de poder. Se comportan como detectives espirituales, siempre buscando al diablo para reprenderlo y arrebatarle lo que se ha llevado. Esta tampoco es la enseñanza de la Palabra.

Los pentecostales que amamos la sana doctrina reconocemos la realidad de la guerra espiritual. No obstante, entendemos que la batalla ya ha sido ganada por Cristo en la cruz, donde Él despojó a los principados y potestades demoníacas triunfando sobre ellas (Colosenses 2:15). Esta sola realización cambia totalmente el tono de nuestro luchar: batallamos con un enemigo que, en última instancia, ha sido derrotado. Entender la derrota de Satanás nos libra de sobre enfatizar el poder del maligno y conocer la Palabra de Dios nos llevará a estar alertas ante las asechanzas del diablo, para resistirlo (1 Pedro 5:8-9). Apoyados en la victoria conquistada por nuestro Señor Jesucristo en la cruz, nos centramos en fortalecer nuestra fe combinando la espiritualidad con acciones prácticas y directas. Oramos con intensidad, vivimos nuestra fe con entrega y pasión, pero recelamos de no caer en las prácticas mágicas y animistas a las que han sido arrastrados algunos creyentes en su obsesiva fiebre por la guerra espiritual.

Manteniendo dicho equilibrio teológico podemos asumir sin problemas la realidad de un conflicto implacable entre el reino de Dios y el gobierno temporal de Satanás, el príncipe de este mundo, quien es asistido por fuerzas demoníacas bajo su comando. Como creyentes pentecostales, aceptamos la realidad de un mundo espiritual tal como se revela la Escritura. La Biblia enseña claramente la existencia de un enemigo invisible dedicado a la destrucción de la humanidad y nos presenta claramente la vida humana como si se viviera en un contexto de continua contienda entre el reino de Dios y el reino de Satanás. La vida y ministerio de Jesucristo ponen en evidencia esta realidad. Inmediatamente después que el Espíritu Santo ungió a Jesús para que comenzara su ministerio público, Jesús experimentó una confrontación personal con Satanás (Mateo 4:1-11; Marcos 1:12,13; Lucas 4:1-13). Más tarde Él declaró: “Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28). Pedro hizo un resumen del ministerio de Jesús al declarar “cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). El apóstol Pablo advirtió a la iglesia de Éfeso: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

EL RESURGIMIENTO DE UNA DOCTRINA OLVIDADA.

La guerra espiritual permaneció como un concepto olvidado por años en el cristianismo, pero resurgió hace ya un poco más de 25 años dentro del movimiento evangélico, como parte de una estrategia evangelística y misionera. Esta estrategia comenzó a configurarse y a tomar impulso a partir del 1989, bajo el liderazgo de Peter Wagner, profesor del Seminario Teológico de Fuller, quien, además, tiene una larga experiencia como misionero en América Latina. Cabe destacar que el moderno resurgir del concepto de guerra espiritual ocurrió, precisamente el año en que cae el emblemático muro de Berlín y el mundo se abre a nuevos paradigmas que se expanden al ritmo de un galopante proceso de globalización, en medio del acentuado subjetivismo que caracteriza esta era posmoderna, marcada por un desplazamiento del ateísmo racional y materialista por doctrinas esotéricas y la búsqueda espiritual de mundos ocultos y otras percepciones del más allá.

Este movimiento que, además de a Wagner, tiene entre sus ideólogos a Charles Kraft, Ed Murphy, John Dawson, Neil Anderson, Héctor Torres y a Cindy Jacobs entre otros, además de activistas de alcance internacional y multitudinario como Omar Cabrera, Carlos Anaconndia, Claudio Freidzon, Rony Chavez y muchos otros, es promovido a través de redes con abundante literatura, seminarios, talleres, cruzadas, concentraciones multitudinarias, marchas y movilizaciones de grupos, lo que le ha ganado notable aceptación, no solo entre los neopentecostales, sino también entre los pentecostales clásicos y otras denominaciones evangélicas. Por ello, los pensadores evangélicos han definido la guerra espiritual como una corriente dentro del ciclo de los grandes movimientos renovadores que han matizado con nuevos impulsos la gran diversidad que a lo largo del tiempo ha caracterizado la práctica del evangelio. Esta corriente hace su aparición en el marco de lo que se ha llamado la tercera ola, periodo de avivamiento que pone énfasis en las señales y prodigios, y que ha tenido notable impacto en lo que tiene que ver con la forma como tradicionalmente estaban organizadas las denominaciones y con muchos otros aspectos de orden eclesiástico y espiritual. Como parte de esta llamada tercera ola, la guerra espiritual ha alcanzado en estos veinticinco años notorio impacto en todos los ámbitos protestantes y más allá.

DOS EXTREMOS PELIGROSOS EN RELACIÓN CON LA GUERRA ESPIRITUAL.

Es innegable que el resurgimiento del concepto bíblico de “Guerra Espiritual” ha sido de bendición para la iglesia. La guerra espiritual surge como un recurso renovador de la iglesia que acentúa con nuevo énfasis y vitalidad la oración. Esto en sí mismo es sumamente positivo. Sin embargo, como ya lo mencionaba antes, los cristianos pueden incurrir en dos extremos de creencia errados frente a la guerra espiritual: Ignorarla por completo o sobre enfatizarla. Analicemos los peligros de ambos extremos.

I.- NEGAR LA REALIDAD DE LA GUERRA ESPIRITUAL.

Nuestra cosmovisión occidental, las suposiciones teológicas tradicionales y un vocabulario bíblico teológico predeterminado, se unen para hacer que sea difícil discernir y enfrentar un vasto despliegue de realidades espirituales que operan más allá de la percepción sensorial de las personas. Desde el Iluminismo, el mundo occidental ha adoptado una orientación racional, humanista, científica, que tiende a evitar el discernimiento espiritual. La confianza en lo racional y en la lógica mental, la capacidad humana de resolver problemas y la habilidad de la ciencia para penetrar a lo profundo y las estructuras de lo que es real, hacen que sea difícil detectar, confrontar y tratar con un reino espiritual hostil. Incluso muchos cristianos evangélicos han llegado a la conclusión de que su experiencia de salvación los inmuniza del diablo y de los demonios. Para los pentecostales, su encuentro inicial del bautismo en el Espíritu Santo hace lo mismo. De este modo, creen que una vez hayan recibido el bautismo en el Espíritu Santo son inmunes a cualquier ataque de los demonios. Muchos teólogos proponen incluso que Jesús ha atado a Satanás en cuanto a la posibilidad de que sus poderes demoníacos puedan afectar de manera alguna a un creyente. Para muchos cristianos, incluyendo a muchos pentecostales, la realidad consiste de Dios, los humanos, la naturaleza y el espacio exterior, las leyes de la naturaleza que gobiernan la vida y el mundo, y ocasionales intervenciones del Espíritu Santo para salvar, bautizar en el Espíritu, realizar milagros de sanidad y librar a los pecadores del control demoníaco. Tal perspectiva falla ignorando la importancia y vitalidad del ámbito espiritual que existe entre el Dios trascendente y el mundo de los humanos y la naturaleza. Trágicamente, el cristianismo que da énfasis a la salvación individual del alma está mal preparado para enfrentar los poderes espirituales hostiles que operan bajo la soberanía suprema de Dios. Este tipo de cristianismo tiene un ministerio de eficacia limitada para las personas, especialmente en la mayor parte del mundo en donde las multitudes creen en la influencia de seres espirituales en todos los aspectos de la vida.

La mayoría de los pueblos del mundo opera desde una orientación de poder en donde los seres espirituales, incluyendo a Dios, Satanás, ángeles, demonios y espíritus ancestrales, controlan todas las dimensiones de la vida. La minoría del mundo occidental, del mismo modo, orientada hacia el poder, enfatiza el poder en la educación, en la política, las finanzas, las posiciones de autoridad, los sistemas sociales y la tecnología, e inserta a los humanos en el centro de su visión mundial. Además, en Occidente, bien sea que la motivación es el deseo de evitar las acusaciones de sensacionalismo o de irracionalidad, o debido a una sospecha de espiritualizar en forma exagerada las conductas y los eventos anormales humanos, por lo general limitan sus diagnósticos a impedimentos médicos o psicológicos, o a dramáticos “actos de Dios”. Temiendo caer en el fanatismo, muchos creyentes hallan seguridad, sanidad y respeto académico en las ciencias seculares. Pero la indiferencia o ignorancia voluntaria de la realidad del mundo espiritual es también un extremo peligroso.

II.- SOBREENFATIZAR O DISTORSIONAR EL CONCEPTO DE GUERRA ESPIRITUAL.

El concepto de guerra espiritual fue olvidado por mucho tiempo en la iglesia evangélica, la cual pagó un alto precio por ello. No podemos negar que hay sitios donde incluso nuestros mejores esfuerzos pastorales, misioneros y evangelísticos fracasaron debido a que no consideramos de forma apropiada dicho elemento. Lamentablemente algunos han sobre enfatizado este tema, llevándolo a niveles descabellados. Muchos cristianos gastan sus energías identificando demonios, trazando rutas, diseñando cartografías espirituales o desarrollando estrategias para ataques espirituales espectaculares y resonantes. Resulta triste ver como muchos creyentes gastan su tiempo y esfuerzo innecesariamente, consagrando vidas enteras al estudio insano de la demonología, todo ello con el propósito de ubicar las estrategias de Satanás y sus huestes. En algunos círculos evangélicos se enseña la existencia de tres los niveles de operación de los demonios:

  • En el nivel primer nivel operan las huestes de menor rango que motivan los pecados individuales de las personas.
  • En el segundo nivel están demonios de mayor calado, “principados”, cuyo control territorial está relacionado con dominar ciudades, regiones y países y su principal propósito es impedir que la iglesia sea bendecida y someter territorios para que la gente rechace el evangelio.
  • El tercer nivel se da a través de las falsas religiones, especialmente las esotéricas y de hechicería, sin soslayar el hinduismo, el budismo, el islam y el catolicismo romano e incluyen a los principados y potestades de mayor rango.

Para los adherentes a esta doctrina, no se trata sólo de orar a ciegas, sino de una guerra espiritual entre fuerzas del bien y el mal invisibles que requiere combate “estratégico”, para lo cual se formulan cartografías espirituales basadas en las actuales divisiones políticas, pues los “principados, potestades y gobernadores de las tinieblas” se distribuyen las tareas de acuerdo con barrios, municipios, provincias y naciones, utilizando las divisiones de cada país. Por eso deben conocer bien la geografía, la cultura, la sociedad, la política y toda información posible, para orar estratégicamente y vencer a los demonios territoriales, a los cuales les suelen asignar los nombres de dioses indígenas actuales o prehispánicos, o de poblaciones negras.

La guerra espiritual es vista como una proclamación e invitación a avanzar hacia espacios espiritualmente no explorados, atacando al enemigo hasta ponerlo en retirada. Partiendo de esto, en muchos círculos evangélicos se habla de oración de guerra, identificación y confrontación de espíritus territoriales, cancelación de maldiciones ancestrales y uso de la cartografía espiritual como una estrategia que permite identificar los espíritus que gobiernan determinados territorios para emprender acciones orientadas a destruir sus fortalezas, sumando así frases y términos al lenguaje que pasan a ser parte del hablar común de los grupos evangélicos que la promocionan y la implementan. Para fundamentar esta lucha de oración se basan en Daniel 10, donde el Príncipe de Persia, una potestad demoníaca, impide que las oraciones de Daniel lleguen a Dios. Estos demonios evitan que la gente escuche la palabra de Dios y la acepte, además la mantiene en ignorancia e idolatría, lo cual impide que la prosperidad económica, el desarrollo y la luz espiritual llegue a las naciones.

En sus concepciones más refinadas, esta estrategia de guerra espiritual se configura con el estudio de la historia, la antropología, además del análisis de prácticas ocultistas y esotéricas, como el espiritismo y el fetichismo, las cuales aborda desde las ciencias sociales y la psicología, para procurarle, en definitiva, una explicación bíblica y teológica consistente y aceptable. Esta creación de realidad sobrepasa a las iglesias neopentecostales o seguidoras de la Nueva Reforma Apostólica (todos aquellos grupos dirigidos por los pseudo-apóstoles modernos) pues su producción cultural permea a iglesias evangélicas que no se adhieren a ellos, pero que se encuentran muy influidos por estas posturas.

Como pentecostales de sana doctrina no negamos la realidad de la guerra espiritual pues es enseñada en la Biblia; sin embargo, nos oponemos a una vida de temor y constante ansiedad espiritual basada en lo que el diablo pueda o no hacer. Somos llamados a estar alertas (1 Corintios 16:13, Filipenses 1:27), pero no a vivir en constante temor o perder la paz a causa del diablo y su mover en este mundo (Isaías 41:10, 44:8; Lucas 12:32). Son los excesos, no la doctrina en sí, los que deben ser rechazados.

LA GUERRA ESPIRITUAL A NIVEL INDIVIDUAL: ¿PUEDEN LOS CREYENTES SER INFLUENCIADOS POR SATANÁS, EXPERIMENTAR OPRESIÓN DEMONÍACA O SUFRIR ATAQUES ESPIRITUALES DE FORMA DIRECTA?

Pero la guerra espiritual va más allá de un conflicto por las naciones de la tierra y la salvación de los perdidos. Tiene también su dimensión personal. Cada área de la vida del creyente está expuesta a ser objeto de ataque por el enemigo de nuestras almas.

Muchos creen que los creyentes en Cristo son inmunes a cualquier forma de ataque satánico; otros en cambio se van al extremo opuesto y viven presos del miedo y el temor al diablo. Muchos incluso temen ser poseídos por espíritus demoníacos o ven la influencia demoniaca en cada faceta de la vida, por trivial que esta sea. Nuevamente, ambos extremos son peligrosos.

Los cristianos genuinos no debemos temer ser poseídos por demonios. Bíblicamente, los seres humanos son creaciones tripartitas, que consisten de cuerpo, alma y espíritu. Un todo integrado compuesto por el cuerpo externo visible, y una naturaleza interna, espiritual y compleja. Los cristianos creemos que Cristo mora dentro del creyente y ocupa el espíritu, el alma y el cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23; 1 Corintios 6:18-20). Por lo tanto, la posesión demoníaca no puede ocurrir en donde Jesús es el Señor.

Por otro lado, es ingenuo creer que porque el diablo no puede poseernos, tampoco puede afectarnos de forma alguna. La experiencia de Job es un testimonio irrefutable de que el fiel creyente puede ser, y es a menudo, atacado por el enemigo.  Si el diablo no pudiera afectar o influir de forma alguna en los creyentes verdaderos, sería difícil explicar cómo es que la serpiente entró al huerto de Edén, donde no había pecado (Génesis 3); cómo pudo Satanás usar a Pedro para que llegara a ser una piedra de tropiezo, estando presente Cristo (Mateo 16:23), cómo pudo Satanás introducirse en Judas, quien acababa de participar de la cena pascual juntamente con Cristo (Juan 13:2,27), y por qué habría Pablo de prohibir a los corintios carismáticos de participar en las festividades en los templos paganos, que eran morada de demonios (1 Corintios 10:14-22). La Biblia pone en evidencia que lo demoníaco no es algo tan remoto como a algunos les gustaría creer.

Aunque podemos afirmar con total seguridad que un creyente genuino, nacido de nuevo y cuya profesión de fe y estilo de vida concuerdan con la Palabra de Dios, no puede ser poseído (indicando control total) por los demonios, el Nuevo Testamento nos indica también que el creyente sí puede experimentar alguna aflicción demoniaca. Las Escrituras de ninguna manera limitan el trabajo de los poderes demoníacos a solo la posesión o demonización plena. En cambio, la Biblia, en varios lugares, habla de personas que tienen un “espíritu inmundo” que influyó negativamente o afectó su vida de alguna manera, ya sea en mayor o menor grado.

Por ejemplo, la conocida historia del hombre con la legión de demonios en Marcos 5 y Lucas 8 es un caso de demonización que había progresado hasta el punto en que el individuo parecía ser completamente propiedad del enemigo. Por otro lado, en Hechos 5, el caso de Ananías y Safira cuando “llenó Satanás [su] corazón” es una ilustración más sutil y suave de la opresión demoníaca (a pesar de que la opresión “leve” les costó la vida).

La Escritura también habla de que los demonios pueden causar enfermedades u otras dolencias físicas (por ejemplo, Lucas 13:11, Mateo 9:32), suministrar aparentes poderes de clarividencia o adivinación (Hechos 16:16), ejercer una gran fuerza y volverse violentos con los demás (Hechos 19:16), y causar daño físico a un supuesto huésped (Marcos 9: 14-29). En Mateo 4:24 y 8:16 se nos dice que le trajeron gente atormentada por demonios a Jesús, y los sanó. Mateo no da detalles de su condición, salvo dejar constancia de que otros los llevaron a Jesús y que la manifestación visible de la influencia demoniaca era su enfermedad únicamente. En Mateo 9:32, ciertas personas trajeron a Jesús un “mudo endemoniado” y después que el demonio fue expulsado, el mudo habló. El demonio parece haber hecho al hombre mudo. Después de que Jesús echó fuera al demonio, el comportamiento de este hombre se normalizó, y él tomó la iniciativa de hablar. En este caso, la influencia demoniaca se manifestaba a través de una enfermedad y no por alguna manifestación sobrenatural. El mudo no estaba poseído, pero sí sufría un ataque o enfermedad de carácter u origen espiritual.

Por la evidencia bíblica podemos concluir que los seres humanos, incluso los creyentes podemos, en cierta medida, ser atacados por demonios. Esto podría implicar ser afectado mentalmente como en el caso de Saúl, a causa de su descuido y pecado personal (1 Samuel 16:14-16). Otras veces, Dios le permite a Satanás atacarnos físicamente en grado significativo, como ocurrió en el caso de Job (Job 1) y Pablo (2 corintios 12:7-9). Indiscutiblemente, no todo lo que nos ocurre necesariamente es culpa de Satanás, pero a veces, y por propósitos especiales, Dios puede permitirle al diablo que nos tiente, nos cause cierto grado de daño o incluso nos enferme.

Muchos se empeñan en negar esta realidad, pero eso no cambia lo que la Biblia enseña. Para los cristianos que se han entregado el control de sus vidas a Cristo, no puede tomar lugar la posesión demoníaca. Debemos ver la posesión demoníaca como un caso extremo de control demoníaco observado sólo entre aquellos que son resistentes al señorío de Cristo.

ABRIENDO PUERTAS A LA INFLUENCIA DEMONÍACA EN NUESTRAS VIDAS.

Un creyente que anda en el Espíritu jamás será poseído por un demonio; sin embargo, en la zona intermedia entre los fieles cristianos y los inconversos están aquellos cristianos que se han estancado en su crecimiento; ellos pueden vivir de manera descuidada e inconsistente en cuanto a buscar la voluntad de Dios y evitar las tentaciones carnales. Cuando ellos vinieron a Cristo, puede que hayan mantenido algunos sectores de su vida interior sin experimentar limpieza, o que después de llegar a Cristo se hayan descuidado y rendido un “lugar” dentro de sus afectos para que el diablo controle cosas tales como avaricia, ira, mentira, lujuria y ansias de poder. Los cristianos pueden pecar voluntariamente y bajar su escudo defensivo contra las tentaciones y los dardos de fuego del maligno (Efesios 6:16). Aun cuando el Espíritu de Dios promete una vía de escape de toda tentación, hay quienes ignoran la oportunidad de huir (1 Corintios 10:13). Santiago recomienda a los creyentes “resistir al diablo” y que de nosotros huirá (Santiago 4:7). Sin embargo, algunos creyentes ofrecen poca resistencia y pueden llegar a ser presa de influencia y opresión demoniaca en diversos grados.

Los creyentes, y particularmente los ministros pentecostales, no pueden permitirse el ser descuidados o arrogantes, suponiendo ser inmunes a los poderes demoniacos. Si Satanás confrontó repetidamente a Jesús (Lucas 4:13), los representantes de Cristo no pueden esperar menos. El Nuevo Testamento llama a los cristianos a la vigilancia y la lucha espiritual constante contra Satanás y sus dominios. El Nuevo Testamento no indica que hay una tregua, zona desmilitarizada o inmunidad. Pablo habla en tiempo presente de “nuestra lucha”, incluido él mismo, que no es contra seres humanos, sino contra poderes espirituales malignos planeado por un demonio intrigante (Efesios 6:11-12).

A los creyentes de Corinto, Pablo les advierte a no ser engañados por Satanás (2 Corintios 2:11). Se advierte a los cristianos de Éfeso a “no dar lugar al diablo” (Efesios 4:27). La orden implica que es posible dar lugar o espacio para el diablo, ya sea en los propios pensamientos, actitudes, comportamientos o relaciones interpersonales. Escribiendo a los conversos en Roma, Pablo les ordenó: “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos” (Romanos 6:12). Y añadió: “No ofrezcas alguna parte de ti mismo al pecado como instrumento de maldad … ofrezcan cada parte de uno mismo a él [Dios] como instrumento de justicia. … Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecen “(Romanos 6:13-16). Una lectura inversa sugiere que los cristianos pueden permitir que el pecado reine en su cuerpo, ya que pueden ofrecer partes de sus cuerpos para ser utilizados con fines pecaminosos, convirtiéndose en esclavos en ciertos aspectos de su vida. La amonestación del apóstol a entregar todo a Dios y que él reine supremamente sobre todas las dimensiones de la vida, incluyendo el corazón (pensamientos, motivaciones, emociones y valores), el alma (el cuerpo y la conducta externa), y la fuerza (todas esfuerzos y logros de una vida).

Pedro describió predicadores que viven entre los santos que “han escapado de la corrupción del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ella y son vencidos” (2 Pedro 2:20). Afirmó: “Las personas son esclavas de lo que les ha dominado” (2 Pedro 2:19). La referencia de Pedro a ser “enredado”, “vencido” y “esclavizado” implica que, como creyentes, podemos sufrir bajas en la guerra espiritual contra Satanás. Dar lugar a tentaciones puede conducir al pensamiento carnal y a una conducta que finalmente se convertirá en hábitos. Los hábitos conducen a adicciones, y las adicciones pueden resultar en grados crecientes de esclavitud.

LLAMADOS A LA GUERRA ESPIRITUAL.

Los cristianos deben tomar la ofensiva y proclamar a Jesús como Señor entre aquellos que nunca lo han oído. Asimismo, deben invadir y ocupar los dominios de oscuridad. En su avance, ellos deben revestirse de la armadura provista por Dios (Efesios 6:10-18) e involucrarse en tres tipos de batalla:

  • Los seguidores de Jesús deben renovar constantemente su lealtad a Cristo y estar seguros de que Él es Señor de todas las dimensiones de la vida. Esto parece haber sido el asunto en la ciudad de Éfeso, cuando la gente que ya había creído reconocía una lealtad dividida y la necesidad de limpiar sus hogares de parafernalia usada en la brujería (Hechos 19:18-20).
  • Los cristianos deben buscar la verdad y la sinceridad que se encuentra en Jesús, en su carácter, en sus hechos y en sus palabras. En la batalla contra las mentiras y las falsas doctrinas, deben someter las dudas que socavan su confianza en la bondad de la verdad de Dios (2 Corintios 10:5).
  • Cuando sea necesario, los cristianos debieran tener la confianza de involucrarse en confrontaciones de poder. Debieran imitar a Jesús. Él venció la tentación declarando las verdades de la Palabra de Dios, salvaguardando su relación con el Padre por medio de la obediencia, y por permanecer humillado y dependiente de las provisiones, momentos oportunos y direcciones de Dios. Jesús ha dado poder y autoridad a sus discípulos para echar fuera demonios, sanar a los enfermos y predicar el reino de Dios (Marcos 16:15-18; Lucas 9:1,2). El estudio de la palabra de Dios, la oración, la alabanza a Dios, y el ayuno pueden reforzar la dependencia de uno y la confianza en el Señor para liberar a las personas. Habrá ocasiones en que uno discierne que la resistencia proviene de “las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Podemos observar los controles demoniacos sobre la gente por medio del difundido tribalismo, racismo, idolatría, fanatismo religioso y ciertos pecados predominantes. La confrontación de tales espíritus requiere oraciones individuales y corporativas, y que nosotros, como embajadores de Cristo, hagamos compromisos duraderos de vivir y de testificar para Cristo entre la gente de dichas regiones.

La abundancia de advertencias bíblicas a los cristianos respecto de estar alertas, de preparación y de activa resistencia contra Satanás (descrito como un león rugiente que busca devorar al pueblo de Dios) contra los demonios, principados y potestades, debiera sensibilizar a los creyentes ante la realidad de la batalla y de la posibilidad de experimentar bajas y sufrir daño en la guerra espiritual. La fuerza y la frecuencia de estas advertencias parecen advertir a los creyentes para que estén alertas y preparados para combatir contra el reino satánico.

TOMANDO SOBRE NOSOTROS LA ARMADURA DE DIOS.

La armadura metafórica descrita por Pablo (Efesios 6:13-18) incluye el “cinto de la verdad”. Debemos estar ceñidos en el centro de nuestro ser con la sinceridad, honestidad e integridad. Debemos proteger nuestros afectos con la “coraza de justicia”, permaneciendo firmes y haciendo lo que es justo ante los ojos de Dios. El calzado apropiado asegura que uno está listo para ir en cualquier momento donde Dios lo dirija y declarar verbalmente las condiciones de paz con Dios, con los demás y consigo mismo. Tomar el “escudo de la fe”, manteniéndolo firme para asegurar las promesas bíblicas de Dios, permite que los cristianos rechacen e impidan los intentos del diablo para traer destrucción y muerte. Necesitamos proteger nuestros pensamientos con el “yelmo de la salvación”, salvación que es integral, que transforma la mente, las emociones, el cuerpo y las relaciones. El arma es una espada pequeña y manejable, descrita como la “palabra de Dios”, que hace retroceder los poderes de oposición del enemigo. Debemos dedicar tiempo al estudio, meditación, memorización y comprensión contextual de la palabra de Dios, para usarla eficazmente en los momentos de crisis. Vestidos con la armadura y protegidos con el escudo y la espada, los representantes de Dios entran a la lucha “orando en el Espíritu”. No limitados a orar en lenguas, sino incluyendo el ser llenos de percepción a la dirección del Espíritu Santo, y dependientes de Él para recibir fortaleza, resistencia y habilidad de permanecer firmes.

CONCLUSIÓN:

Sin lugar a dudas, el concepto renovado de guerra espiritual ha traído impulsos renovadores que son notorios en la adoración, la oración intercesora, el evangelismo, las misiones y el despliegue de dones espirituales diversos que adormecían por falta de animación y práctica aunque, en algunos casos, ha evidenciado tendencia a la superficialidad y el simplismo bíblico, y todo lo pretende reducir e interpretar desde la óptica espiritualista, ignorando la reflexión, el estudio y la compresión de la Palabra de Dios en su sentido más amplio y sistemático. Haciendo un balance general, la guerra espiritual puede ser considerada como un movimiento que ha traído despertar y ha sido de bendición para el pueblo de Dios, aunque hay que reconocer también sus puntos débiles, como la tendencia a absolutizar modelos y prácticas, descalificando a quienes no se envuelven en ellas. Muchos de sus seguidores están más empeñados en descifrar las estrategias de las tinieblas que en disfrutar de los destellos de gloria que irradia la luz del Cristo resucitado y triunfante que todos debemos proclamar. Sin embargo, los excesos de algunos en nada disminuyen la realidad de la guerra espiritual.

En nuestra calidad de ministros llenos del Espíritu y de poder del Espíritu, es necesario que estemos en guardia, por causa de nosotros mismos y del rebaño. Necesitamos un apropiado discernimiento para diagnosticar, defender y librar (cuando sea necesario) a los miembros de nuestra congregación que están siendo víctimas de ataques espirituales. Los cristianos están involucrados en la guerra, quiéranlo o no, pero ellos saben que el que está en ellos es mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4). Las armas de la contienda no son del mundo, pero tienen poder divino para derribar fortalezas (2 Corintios 10:4). Tenemos la seguridad de la victoria final por medio de Jesucristo, quien ha conquistado el mundo, la carne y el diablo.

Teología, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Analfabetismo bíblico en las iglesias

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En cierta época de su vida William Tyndale, famoso por realizar la primera traducción de la Biblia al inglés directamente del griego y el hebreo, trabajó en casa de sir John Walsh como preceptor de sus hijos. Durante las comidas que ofrecía Walsh, el joven Tyndale y los clérigos del lugar solían entablar combates dialécticos. Tyndale, erudito en la Palabra como pocos de su época, desafiaba con toda naturalidad las opiniones de estos abriendo la Biblia y mostrándoles textos. Con el tiempo, a los Walsh les convenció lo que decía Tyndale, y a los clérigos cada vez se les invitaba con menos frecuencia y se les recibía con menos entusiasmo. Como es natural, los eclesiásticos se resintieron más con Tyndale y sus creencias. Un alto jerarca eclesiástico afirmó: “Mejor nos iría sin la ley de Dios que sin la del Papa”, a lo que Tyndale respondió con sus famosas palabras:

“Yo Desafío al Papa y todas sus leyes. Si Dios me hace merced de seguir vivo, de aquí a no muchos años lograré que el muchacho que guía el arado sepa más de la Escritura que vos”. Más adelante Tyndale afirmaría: “La experiencia me enseñó que era imposible afianzar a los laicos en la verdad, a menos que se les presentara con claridad la Escritura en su lengua materna para que pudieran percibir la esencia, el orden y el significado del texto”.[1]

1

La pasión de Tyndale por el estudio de las Escrituras y su deseo de que todos pudieran conocerla y estudiarla en su lengua materna fue una característica distintiva del protestantismo inicial. De hecho, el grito de guerra de la Reforma fue “Sola Scriptura”. Los primeros protestantes creían, y aún hoy afirman, que solo la Biblia es la palabra de Dios autoritativa e inspirada, por consiguiente, la única fuente de autoridad, y que es accesible para todos, es decir, que es capaz de ser entendida con claridad, y se puede auto interpretar por medio de ella misma. Está de más decir que, cualquier iglesia evangélica que se precie de enseñar la sana doctrina, afirmará sin duda alguna que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21).[2]

En vista de lo anterior nos preguntamos: ¿Sigue teniendo la iglesia evangélica el mismo celo por el estudio de la Palabra? ¿Por qué entonces presenciamos hoy en día un creciente “analfabetismo” bíblico en las iglesias evangélicas? ¿Por qué el conocimiento de los hechos y las doctrinas más básicas de nuestra fe evangélica es cada vez más escaso en las nuevas generaciones, e incluso en los ministros de la Palabra?

2

HEMOS FALLADO EN PASAR LA ANTORCHA DE LA FE A LAS NUEVAS GENERACIONES

La teología cristiana busca comprender a Dios tal como Él es revelado en la Biblia. Su meta es profundizar en la Palabra de Dios para descubrir lo que Dios ha revelado acerca de Sí Mismo. Una sana teología es de vital importancia, puesto que una teología equivocada y una comprensión errónea y superficial de Dios sólo hará que nuestras vidas sean peores, en vez de traernos el consuelo y la esperanza que tanto anhelamos. Tristemente, pareciera que la teología, como correctivo de tendencias nefastas en el seno de las iglesias, no ha desempeñado su papel de forma suficiente. Divagando entre un intelectualismo incomprensible para el creyente común y un simplismo infantil y superficial, la teología ha hecho poco últimamente para fortalecer a los creyentes. Esto se debe en parte a que los teólogos han sido incapaces en la mayoría de los casos de transmitir una visión vibrante, apasionada e inspiradora para los creyentes. Para muchos cristianos de hoy, la sola mención de la palabra “teología” despierta cansancio y aburrimiento.

Es doloroso admitirlo, pero la Iglesia evangélica, en términos generales, ha fracasado en su intento de transmitir sus creencias a las nuevas generaciones. En cambio, hemos preferido sobreenfatizar la experiencia personal, descuidando al mismo tiempo la educación cristiana. Pareciera que nuestra historia es similar a la de los israelitas tras la muerte de Josué:

“También toda aquella generación fue reunida a sus padres. Y se levantó otra generación después de ellos que no conocía al Señor, ni la obra que Él había hecho por Israel.” (Jueces 2:10, LBLA).

Ya no hay conocimiento sólido y real de Dios y su Palabra, solo emociones, experiencias místicas, pero sin fundamento bíblico. La vida espiritual ha llegado a ser, por lo tanto, no algo que se aprende sino una pura cuestión de experiencias o tradiciones. Esto se refleja, por ejemplo, en la manera como se predica. Los sermones son cada vez más terapéuticos y menos educacionales. Y la relevancia de lo que hacemos en el culto los domingos por la mañana se basa sobre todo en lo que sentimos y cada vez menos en lo que pensamos. Horas y horas son dedicadas al canto, las dramatizaciones y al espectáculo y poco, o nada, se le concede al estudio de la Palabra.

3

Hemos llenado a nuestra juventud con entretenimiento de todo tipo: escultismo, campamentos, conciertos, caminatas, juegos y dinámicas; pero los hemos privado de lo único que realmente necesitaban: Conocimiento de Dios y su Palabra. Hemos olvidado que “Esto es lo que deben hacer, sin dejar de hacer lo otro” (Mateo 23:23, DHH), pues la diversión no está mal, ya que todo tiene su tiempo y su lugar (Eclesiastés 3:1). El problema reside en que hacemos de todo por retener a los jóvenes en nuestras iglesias, pero ¿Retenerlos a qué? ¿Nos causa tanto placer tener números altos en nuestras reuniones de la iglesia al punto que nos importa tan poco la vida espiritual de los congregados? ¿Qué pasará cuando la diversión se acabe o el mundo les ofrezca algo más divertido? Sin fundamentos un edificio colapsa ¡Cuánto más la vida espiritual! Y al igual que el rey David yo me pregunto:

“Si fueren destruidos los fundamentos, ¿Qué ha de hacer el justo?” (Salmo 11:3).

HEMOS ABANDONADO LA PALABRA Y LA HEMOS SUSTITUIDO POR ESPECTÁCULO Y RUIDO

Es doloroso admitir que nos hemos equivocado, pero es necesario si queremos corregir el error cometido. Muchas iglesias evangélicas han abandonado la exposición de la Biblia y han dejado de enseñar teología. La exégesis histórica se ha convertido en un arte perdido en el púlpito. En vez de explicar el contexto histórico de un pasaje, el texto se convierte en la base de reflexiones devocionales. Pasajes bíblicos son sacados de su contexto, ya que el predicador está buscando aquellas historias que provocan las respuestas o actitudes deseadas entre la gente. No se expone el texto. Se busca un texto para pretexto de lo que el predicador de turno quiere decir. En consecuencia, los sermones hoy en día se han reducido a charlas breves y reflexiones cargadas de emociones, gritos y espectáculo ruidoso (sobre todo en nuestras iglesias pentecostales).

En otros casos, se ha reducido la exposición de la Palabra a largos e interminables discursos de predicadores gritones que cuentan sus anécdotas e historias personales, confundiendo decibeles, pataletas, gemidos extraños, contorsiones y abundante mímica con el poder de lo alto. Quizá logremos con ello cultos emotivos, excitar el ánimo de los asistentes, pero ¿Qué pasa cuando el culto termina? ¿Pueden los griteríos transformar las vidas? ¿Habrán logrado acercar a los oyentes más a Dios? O, por el contrario, ¿Se perderá todo en el olvido? Muchos pentecostales dirán que tal ambiente emotivo es un distintivo de su fe, y quizá tengan razón, pero ¿De qué sirve todo eso si la Palabra de Dios no es predicada en su pureza, si Cristo no es glorificado y si el Espíritu Santo es sustituido por gritos, emocionalismo y pantomimas?

6

HEMOS PERMITIDO EL SINCRETISMO, CONTAMINANDO NUESTRA FE EVANGÉLICA

Muchos evangélicos han aceptado y combinado tantas ideas de otras creencias y filosofías que han creado su propio sistema de fe. Uno completamente distinto al Evangelio de Jesucristo. En muchas de las iglesias de nuestros días raras veces hay tiempo para hablar sobre asuntos teológicos o doctrinales con la Biblia abierta. Si preguntamos a nuestros pastores contemporáneos si se enseña sistemáticamente doctrinas bíblicas, la respuesta es por regla general negativa. Los cultos de estudio bíblica han sido eliminados. Simplemente no hay tiempo para ello. O no se ve la importancia. Lo mismo es infelizmente cierto en la escuela dominical de los niños (donde todavía la hay).

La fe cristiana ya no se edifica sobre el fundamento firme de enseñanzas y argumentos que han probado su validez a través de los siglos, sino sobre emociones y experiencias personales, o ideologías que vienen directamente del secularismo rampante de nuestros tiempos: El feminismo agresivo, la ideología de género, el aborto, la eutanasia, el consumo de drogas, el sexo prematrimonial, la apertura al movimiento LGBTIQ, el matrimonio entre personas del mismo sexo, etc. Todas ellas son promovidas y aceptadas hoy por muchos creyentes aún cuando estén en franca y abierta contradicción a la Palabra. ¿Por qué? Porque nos hemos abierto a todo, menos a la verdad revelada en la Biblia.

7

Las ideas de la Nueva Era inundan nuestros sermones, más parecidos a discursos motivacionales y de autosuperación que a la Palabra de Dios. La Confesión Positiva, con su “declárelo”, “decrételo”, es hoy emblema de una fe firme y símbolo de poder espiritual, y esto a pesar de contradecir abiertamente la Palabra de Dios. Abrazamos modas judaizantes, danzas y estilos de adoración antibíblicos, ¿Por qué? ¡porque están de moda! Y lo hacemos sin pensar en lo que la Biblia dice al respecto o, peor aún, torciendo la Palabra a nuestra conveniencia. Pero esto no es todo: Prácticas fetichistas como el uso de aceites benditos, agua bendita, pañuelos milagrosos, amuletos cristianos, etc., han sido incorporados a nuestra fe, al punto que los ritos de muchas iglesias no difieren mucho de las de algunos magos y brujos blancos. Simplemente aceptamos todo de todos, menos de Dios y su Palabra revelada.

8

HEMOS DEJADO QUE LA TERRIBLE INFLUENCIA DE FILOSOFÍAS Y OPINIONES SECULARES INUNDEN NUESTRAS IGLESIAS Y SEMINARIOS TEOLÓGICOS

El racionalismo mundano inunda la mente y el corazón de muchos cristianos de hoy. Ellos, al igual que la gente de este mundo, “a pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios” (Romanos 1:21-22, NVI). Este racionalismo teológico enseña que la Biblia simplemente es un producto humano que habla de experiencias personales, pero no una revelación divina. De esta manera, se opone frontalmente a la doctrina de la inerrancia bíblica, la deidad de Cristo, la realidad de Satanás la redención y otras doctrinas claves de la fe cristiana. El existencialismo y su énfasis sobre la experiencia humana hace que la gente mire a sí misma y no a Dios o las Escrituras para encontrar la verdad. El postmodernismo ha convencido a muchos de que no existe una verdad universal. Incluso entre aquellos evangélicos que se consideran creyentes nacidos de nuevo son pocos los que todavía creen en la existencia de verdades absolutas en el campo de la moral.

Muchos evangélicos aceptan elementos de estas filosofías materialistas y pensamientos secularizantes sin tan siquiera darse cuenta de ello. La fe de muchos creyentes de hoy no es una fe basada sobre la Biblia, sino más bien una fe sintética y sincretista. Muchos de aquellos que se consideran a sí mismos creyentes nacidos de nuevo, han asumido y aceptado elementos del budismo, hinduismo, judaísmo, islam, de los mormones, la cienciología, el unitarismo y de la ciencia cristiana sin darse cuenta de que acaban por crear su propia fe. Un nuevo Evangelio ajeno a la fe bíblica. Consultan a médiums y dicen creen en Cristo. Practican el yoga (una disciplina religiosa hindú) mientras afirman ser discípulos de Jesús. ¿Es todo esto coherente? No lo es. Sin embargo, el postmodernismo ha convencido a muchos de que no hay una verdad universal. ¿Cuál ha sido el resultado? Lo que la iglesia de hoy predica está lejos de ser un Evangelio sano y completo. Por un lado, algunos predican un cristianismo vacío, hueco, pasivo, que no es ni sal ni luz de este mundo, sino amigo de este. Por otro lado, otros predican una fe sensacionalista, manipuladora, ególatra, superficial y mercantil. Urge un cambio de dirección.

9

¿CÓMO PODEMOS SUPERAR EL ANALFABETISMO BÍBLICO?

El desconocimiento de los elementos básicos de la Biblia por parte de aquellos que profesan ser cristianos es una triste realidad que va en aumento. Pero hay esperanza. De hecho, la solución para este problema está en la propia Biblia. El Salmo 119, y particularmente los versos 97–104, nos da la clave para superar el analfabetismo bíblico que está destruyendo a la iglesia:

(1.- DEBEMOS APRENDER A AMAR A LA PALABRA DE DIOS.

El versículo 97 nos dice: “¡Oh, ¡cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”. El salmista expresa un profundo sentimiento de estima, valor y placer hacia las Escrituras. Él aprendió a amar la revelación de Dios pues esta nos dice cómo es Dios y lo que él piensa. El cristiano del siglo XXI necesita dejar de ver la Biblia como un manual de reglas, historias antiguas y cosas raras. Dicha visión equivocada de la Biblia ha provocado un desamor. Tal concepción de la Biblia la descalifica, la rebaja a un status indigno de su valor. Para que la Palabra recupere su lugar de honor en la iglesia de hoy es necesario que esta se enamore de la Palabra. Por eso Salmo 119:97 apunta a una consecuencia natural del amor: la meditación frecuente. Aquello que enamora domina toda la vida del enamorado. El tema o actividad que te encanta te mueve a una intensidad en la relación, resultando en un dominio completo del objeto de su amor en la mente del que ama. Por eso, la meditación diaria y constante en la Palabra no es producto de un legalismo frío, de una pesada obligación que uno se impone o un tipo de castigo, todo lo contrario: es la misma expresión del placer y alegría. Es por esta razón que él dice: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca” (Salmo 119:104).

¿Por qué el analfabetismo bíblico abunda en nuestras iglesias? Porque es, en gran parte, producto de la falta de amor a Dios, que se expresa por la falta de amor a su Palabra, resultando en la ausencia de placer en conocerla y estudiarla. Si queremos dejar de ser analfabetos bíblicos, debemos entender que no podemos amar al Dios de la Palabra sin amar a la Palabra de Dios.

10

(2.- DEBEMOS RECONOCER LA EFICACIA DE LA PALABRA DE DIOS

En Salmo 119:98-100 leemos: “Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, Porque siempre están conmigo. Más que todos mis enseñadores he entendido, Porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, Porque he guardado tus mandamientos.” Dichos versículos nos llevan a descubrir otra causa para el analfabetismo bíblico es la ignorancia en cuanto a sus efectos. El escritor sagrado quiere destacar que el amor por la Palabra de Dios no es solamente un amor ciego que nos mueve a desear un constante contacto con la Biblia. Amar la Palabra implica además el descubrimiento de que ella es sumamente eficaz para nuestra vida diaria.

El creyente necesita comprobar de forma personal cómo la constante meditación y obediencia a los mandamientos de Dios puede llevar su vida más allá de lo ordinario, pues la Palabra de Dios es capaz de cambiar nuestra vida. Si analizamos los versículos 98-100 notaremos que el salmista dice que Dios le hizo más sabio que sus enemigos, apuntando a que el constante considerar y tomar en cuenta la Revelación de Dios frente a los problemas de la vida le dio victoria. Esta verdad necesita ser redescubierta, pues lamentablemente muchos cristianos, por desconocer la Palabra de Dios, fracasan en su vida cristiana y ministerio. Al ignorar la relevancia de la Biblia frente a los problemas de la vida, fracasan de manera más vergonzosa, y no por falta de recursos para salir de dicha situación, sino porque, que pese a tenerlos, los desconocen. Da pena decirlo, pero el analfabetismo bíblico ha producido toda una generación de cristianos inmaduros y fracasados y, pero aún, una generación de cristianos desconectados de su misión. Al ignorar la Palabra de Dios y desconocer sus enseñanzas, muchos creyentes han fracasado también en su tarea de ser sal y luz en la vida diaria. Muchos parecen ignorar felizmente que la Palabra de Dios nos hace mejores profesionales, mejores científicos, mejores académicos, porque nos permite tener una visión más amplia de la realidad: la perspectiva del creador. Al tener una cosmovisión bíblica de la vida, los cristianos hemos terminado aceptado una cosmovisión sin Dios, puramente secular. Así pues, el analfabetismo bíblico ha producido toda una generación de cristianos mediocres, sin impacto real en el mundo, cristianos que son cola y no cabeza.

11

(3.- DEBEMOS ENTENDER EL PROPÓSITO DE LA PALABRA DE DIOS

En Salmo 119: 101–102 leemos: “De todo mal camino contuve mis pies, Para guardar tu palabra. No me aparté de tus juicios, Porque tú me enseñaste.” En dichos versículos el autor destaca, como consecuencia de la meditación en las Escrituras, el propósito de la lectura y meditación bíblica: hacernos más santos. Y es que la Biblia está no solo para ser conocida, sino que también obedecida. Ella es normativa, y está hecha para conozcamos a Cristo y andemos según su voluntad. No obstante, muchos cristianos terminan por dar nuevos propósitos para la Biblia, como: sentirse bien consigo mismo, resolver problemas puntuales o como simple texto religioso leído solamente en ceremonias religiosas. El problema que esto ocasiona es que la vida de muchos cristianos no tiene como proposito el ser más santo cada día. Si no entendemos el propósito por el cual nos fue dada la Biblia nuestra relación con la Palabra será bastante irregular e infructífera.

El escritor sagrado es claro al afirmar que, como consecuencia lógica del aprendizaje de la Palabra de Dios, él contuvo sus pies de los malos caminos. Fue a través del estudio y la meditación continua de la Ley de Dios que el autor de este salmo aprendió a hacer y ser como Dios quiere. Así, el autor apunta en estos versos que la Biblia nos capacita a vivir vidas más santas. El analfabetismo bíblico, por otro lado, ha producido toda una generación de cristianos carnales.

12

CONCLUSIÓN

El analfabetismo bíblico debe ser erradicado, pero esto no pasará mientras los ministros del Evangelio lideremos la indiferencia hacia la misma. Tan solo piensa: Si otras profesiones demandan preparación ¿Cuánto más el ministerio de la Palabra? Sin embargo, pareciera que hoy día ser ministro del Evangelio se toma a la ligera. ¿Te has preguntado alguna vez qué tanto sabe tu pastor de la Biblia y sus enseñanzas? Para muchos la respuesta quizá resulte deprimente. Pero, ¿Qué hay de ti como creyente? ¿Eres de los que dice “amén” a todo lo que oye desde el púlpito, aunque lo que oigas sea una herejía? ¿O eres como los creyentes de Berea que cuestionan todo a la luz de la Palabra? De ellos se dice:

“Estos eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11, LBLA).

13

La iglesia necesita eliminar el analfabetismo bíblico, pero para ello debe revalorizar la Palabra. Colocarla en el sitio de honor que merece. La iglesia necesita recordar que la Biblia no es un libro obscurantista, que demanda fe ciega en temas absurdos, sino que es un documento liberador que capacita al lector a una obediencia consciente e inteligente. Los creyentes de hoy necesitan comprender que la Biblia no es un libro obsoleto, utilizado solamente para ceremonias religiosas y por personas privadas de un saber más amplio, sino que es la clave para una vida plena en todos los sentido. La razón por la que muchos cristianos viven vidas mediocres y carnales es la baja estima que tienen por la Palabra de Dios, el poco valor que dan a ella y el poco amor que tienen por Dios. ¡Necesitamos volver al primer amor! ¡necesitamos redescubrir las raíces de la fe! Enamorémonos de nuevo y definitivamente de la Palabra de Dios, pues es ahí donde encontramos a nuestro Creador.

15

REFERENCIAS:

[1] Fuente: https://citas.in/autores/william-tyndale/

[2] Véase: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Position-Papers/Inspiration-Inerrancy-Authority-of-Scripture

ANALFABETISMO BÍBLICO

Neopentecostalismo, Paganismo, Pentecostalismo, Sincretismo

Ritos sincréticos en iglesias evangélicas

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Todos quizá hemos sido testigos, en más de alguna ocasión, de cómo hermanos sinceros han realizado la práctica del ungimiento con aceite siendo aplicada en cosas y en personas. Hemos visto, por ejemplo, como en ciertas iglesias se unge con aceite sobre la frente a algunos creyentes con el fin de consagrarlos al Señor para el servicio. En otras ocasiones, también quizá hayamos visto como hermanos sinceros rociaban aceite con un atomizador en sus manos para orar por cada petición de los creyentes en una iglesia, no siendo limitada al caso de enfermedades, sino también hasta peticiones de trabajo. Aun peor, el ungimiento con aceite, como si se tratase de un amuleto protector a prueba de todo colocado en automóviles, siendo aplicado en pinturas, en puertas, en patios y en ventanas; contra espíritus inmundos y sobre endemoniados, o como cerco de protección en una iglesia o casa. En situaciones más extremas se utilizan helicópteros y avionetas para rociar aceite sobre la ciudad, el estado o el país, esto con el propósito de declararlo como “Conquistado para Jesucristo”. Pero ¿Es necesaria la unción con aceite sobre los hermanos creyentes para consagrarlos a la obra? ¿O aún como medio de protección o dedicación para el Señor? ¿Tiene el uso del aceite poderes milagrosos? ¿O aumenta un nivel más la santidad del creyente?

EL USO DEL ACEITE EN TIEMPOS BÍBLICOS

En tiempos biblicos el aceite tenía diversos usos, principalmente relacionados con la higiene personal. Existen dos términos en hebreo para describir la acción de ungir. Uno de ellos es «suk», el cual implica la acción de ungir el cuerpo después del aseo. Es el equivalente al griego «aleiphõ» empleado en el Nuevo Testamento, y que comúnmente denota la práctica entre los orientales de ungir el cuerpo, o sus partes, para comodidad, presencia, amistad, medicación u honras funerarias. Así vemos, por ejemplo, que el aceite era usado para el aseo ordinario (Rut 3:3; 2 Samuel 12:20; 2 Crónicas 28:15; Mateo 6:17) y que su descuido era señal de duelo (2 Samuel 14:2; Daniel 10:3). Ungir con aceite era entendido también como acto de cortesía (Lucas 7:46; Juan 12:3). Se creía que el aceite poseía propiedades medicinales, de modo que se ungía a los enfermos (Marcos 6:13; Santiago 5:14) y se usaban aceites aromáticos para ungir los cadáveres (Marcos 14:8; 16:1). El aceite de oliva era considerado de tal importancia que se tenía por maldición divina que los olivos no dieran aceite para la unción (Deuteronomio 28:40; Miqueas 6:15).

El otro verbo hebreo empleado para describir el acto de ungir es «mashach», y su equivalente griego «chrinõ», de donde provienen los términos “Mesías” (hebreo) y “Cristo” (griego). Dichos verbo tienen un carácter más serio e implican el acto de ungir para un cargo. Así pues, se ungían los reyes: Saúl, David, Salomón, Joás, Jehú y Hazael son ejemplos de ello. También eran ungidos los profetas (Salmo 105:15; 1 Reyes 19:16). Ahora bien, para la unción de los sacerdotes se empleaba un aceite especial preparado según las instrucciones divinas (Éxodo 30:30; 40:13). Con este mismo aceite fueron ungidos también el tabernáculo y sus utensilios (Éxodo 40:9, 10). Algunas ofrendas también incluían aceite. La ofrenda de flor de harina, por ejemplo, era amasada con aceite (Levítico 2:1, 4) y los leprosos, en caso de ser sanados, también eran ungidos con aceite (Levítico 14:17, 18).


LA CONSAGRACIÓN DE PERSONAS MEDIANTE LA UNCIÓN CON ACEITE

En algunas congregaciones se acostumbra el uso del aceite para ungir a personas que serán consagradas al ministerio. Esta práctica, sin embargo, no puede hallar sustento en el Nuevo Testamento o en la costumbre aceptada de la iglesia primitiva. En la época del Antiguo Testamento, por otro lado, era una práctica común y aceptada. En Éxodo 30:22-31 se nos dice:

“Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta, de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de olivas un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa. Con él ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones”.


Con base en este pasaje, muchos maestros religiosos (sobretodo del movimiento apostólico, profético y de guerra espiritual), pretenden dar validez al ungimiento sobre personas como acto de consagración y protección espiritual. Muchos aducen no sólo la legitimidad del uso del aceite para ungir, sino también la calidad misma de aquel aceite. Algunas iglesias han creado elaborados ritos de consagración del aceite, requisitos sobre la composición del mismo (incluso han intentado imitar la composición del aceite santo de la unción cual se describe en Éxodo) o establecido normas sobre el origen del mismo (algunas iglesias solo aceptan aceite de oliva extravirgen procedente de Israel). Esto resulta problemático si se tiene en cuenta que la advertencia de Dios sobre quienes intentaran reproducir aquel aceite fue clara y contundente:

“Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros” (Éxodo 30:32).


Además, es un grave error calcar un viejo rito del pacto de la Ley porque, al no vivir nosotros bajo el Antiguo Pacto en nuestros días, sino bajo el Pacto del Nuevo Testamento, es claro que cuando dice: “y por santo lo tendréis vosotros” (Éxodo 30.32), se está haciendo clara referencia única y exclusivamente al pueblo de Israel, a los judíos que vivieron bajo el Antiguo Testamento, no a nosotros los cristianos. De manera que al intentar en nuestros días usar un aceite cuya composición revelada por Dios fue exclusiva para Su pueblo del Viejo Pacto, no siendo parte de los destinatarios legítimos de aquella ordenanza, caeríamos entonces en la categoría de “extraños,” cuya sentencia divina era ser cortados de entre su pueblo. El pasaje en cuestión nos dice:

“Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo” (Éxodo 30:33).

Pretender ungir a otras personas (sobre todo gentiles, o incluso judíos que no pertenecen al linaje de Aarón) con el mismo aceite destinado a la consagración de los sacerdotes del Antiguo Pacto, es un acto de desobediencia a lo establecido por Dios, quien decretó: “sobre carne de hombre no será derramado” (Éxodo 30:32).

¿QUÉ NOS DICE AL RESPECTO EL NUEVO TESTAMENTO?

En el Nuevo Testamento la unción con aceite se usaba con fines medicinales de forma natural (Marcos 6.13; Santiago 5.14). No se usaba para consagrar u ordenar a ministros. La práctica válida para la consagración al ministerio en el periodo neotestamentario era la imposición de manos. Hechos 6:3-6 nos dice:

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra. Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquía; a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”.

En 1 Timoteo 4:14 Pablo nos confirma este punto:

“No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio”.

Nótese que no hay en todo el texto mención alguna de ungir con aceite para la ordenación a los ministros de la Iglesia de Cristo. Esta práctica no estaba vigente ni era de uso regular entre los Apóstoles. La unción ritual sólo era administrada en el tiempo del Antiguo Testamento.

Actualmente los considerados “súper ungidos” de la Nueva Reforma Apostólica y la Confesión Positiva (que no son otra cosa que falsos profetas y falsos apóstoles), argumentan que la práctica del ungimiento con aceite también se aplica a los cristianos hoy en día. Como no pueden sustentar sus afirmaciones en la Palabra escrita de Dios (la Biblia), aluden a las supuestas revelaciones extras que el Señor les ha mostrado. Revelaciones que, por no apegarse a la Biblia, son completamente falsas e irrelevantes.

¿POR QUÉ LOS CRISTIANOS NO NECESITAMOS SER UNGIDOS CON ACEITE?

Para empezar, tanto si la unción es aplicada sobre personas o sobre cosas, y tanto si el aceite es especialmente preparado como si es común, lo que tipifica es invariablemente la santificación y el poder del Espíritu Santo. No se ordena la unción con aceite para la consagración a ningún cargo a los creyentes en la dispensación cristiana porque han sido ya ungidos con el Espíritu Santo y ya son sacerdotes para Dios. Juan le recordó esto incluso a los «hijitos» o recién conversos a la fe, los cuales ya poseían la unción del Santo. La unción (el mismo término, «chrisma») permanece en ellos (1 Juan 2:20, 27). Así, de la misma manera en que en el Antiguo Testamento los reyes, profetas y sacerdotes eran ungidos como consagrados para Dios, así el cristiano es santificado para Dios por el Espíritu Santo, tanto en cuanto a su posición como con respecto a su servicio. El aceite, o cualquier otro tipo de unción humana, es innecesaria.

¿QUÉ HAY CON EL USO QUÉ, APARENTEMENTE, SE LE DA EN LA BIBLIA AL ACEITE RESPECTO A LOS OBJETOS Y SU CONSAGRACIÓN O DEDICACIÓN?

Uno de los pasajes básicos usados para avalar la unción con aceite sobre objetos se encuentra en Éxodo 40:9-10 en donde se manda a Moisés: “Y tomarás el aceite de la unción y ungirás el tabernáculo, y todo lo que está en él; y lo santificarás con todos sus utensilios, y será santo. Ungirás también el altar del holocausto y todos sus utensilios; y santificarás el altar, y será un altar santísimo”.

Es importante destacar que el aceite de la unción para el tabernáculo es el mismo que se utilizó para ungir a Aarón y a sus hijos: “Con él ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes” (Éxodo 30:26-30).

Tomando en cuenta la revisión del contexto del pasaje de Éxodo 30.22-31, este mandamiento de ungir con aceite a los objetos era sólo para el pueblo de Israel, no para los gentiles y dentro de los términos y ordenanzas del Antiguo Pacto. Además, el tabernáculo era un lugar santo en el que reposaría la presencia de Dios en medio de Su pueblo. Por medio de los preparativos para la construcción del tabernáculo y sus accesorios, se pretendía grabar en la mente de los israelitas que el tabernáculo no sería un lugar cualquiera, sino que en él habitaría la Gloria de Dios y que reflejaría el carácter de Su santidad. Por lo cual ninguna cosa inmunda entraría en él, a no ser para ofrecer legítimamente y de la forma prescrita los sacrificios necesarios para la purificación.

El aceite de la unción manejado por los sacerdotes era exclusivo para santificar el tabernáculo, emblema del viejo pacto; hoy en día su uso no está vigente para esos propósitos. El persistir en la enseñanza judía de que para todo hay que ungir los objetos, casas, edificios de culto, mobiliario, ropa, etc., sólo provoca en la mente de los creyentes la idea de que el aceite es una especie de amuleto o sustancia con algún tipo de poder mágico, convirtiéndolo en un objeto idolátrico indispensable, un medio milagroso o una reliquia. Estos versículos, Éxodo 40.9-10, en realidad, sólo le recuerdan al hombre su condición pecaminosa y su separación de un Dios tres veces santo.

¿EVANGELIO, RELIGIOSIDAD POPULAR, SUPERSTICIÓN O MAGIA BLANCA?

Ni Éxodo 40.9-10, ni ningún otro pasaje bíblico, habla de ungir objetos como un medio de protección contra peligros naturales (como accidentes) y sobrenaturales (como ataques demoníacos) como algunos falsos maestros afirman. La Biblia tampoco nos habla de dedicar objetos, casas y ciudades para santificar o para agilizar la conversión de los incrédulos. De todos es sabido que algunos creyentes usan incluso avionetas para rociar aceite desde los aires sobre ciudades enteras con el fin de tomar posesión de ellas, dedicarlas o “ablandarlas” ante la predicación del Evangelio. Muchos otros creen que ungiendo sus casas las liberarán de posesiones demoníacas o que ungiendo sus automóviles u otras posesiones estas serán benditas y tendrán la protección de Dios contra accidentes, desastres naturales, etc. Sin embargo, el uso de objetos ungidos no es mencionado en ninguna parte en el Nuevo Testamento. Si se quiere convertir a incrédulos el único medio es la predicación fiel de la Palabra y la obra interna del Espíritu Santo. Ningún rito mágico puede hacer la obra que sólo le corresponde a la Palabra de Dios y al Espíritu de Gracia.


En Marcos 16:15 Jesús no nos mandó a ungir ciudades ni a practicar ritos extraños. El dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Hemos de orar por respaldo divino y poder espiritual durante la predicación, pero nunca recurrir a ritos inútiles que sólo causan oprobio y ponen en vergüenza el verdadero Evangelio. Efesios 6:18-19 nos dice:

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio”.

NO HAY PROTECCIÓN ESPIRITUAL O FÍSICA ALGUNA EN EL USO DE FETICHES, AMULETOS Y RITOS VACÍOS

Jamás debemos caer en el error de convertir la fe cristiana en una mezcla sincrética de judaísmo y ritos supersticiosos de los pueblos donde el Evangelio sea predicado. Lastimosamente nuestra América Latina, tan acostumbrada al ritualismo de la religión tradicional, a las prácticas espiritistas, la brujería y el sincretismo religioso, es presa fácil del engaño. El analfabetismo bíblico lleva a muchos creyentes y ministros a decir “amén” e incorporar en su fe y liturgia todo tipo de prácticas ridículas, antibíblicas y hasta blasfemas. Esto no puede ni debe seguir así.

No existe ritual mágico o sustancia material que tenga poder sobre las huestes espirituales de maldad que gobiernan este mundo caído. Si así fuera, Dios lo hubiera mandado directamente en Su Palabra. Cabe notar que la “Armadura de Dios” descrita en Efesios 6:10-20 no hace ninguna mención de la unción con aceite como arma legítima en la lucha contra Satanás y sus huestes. La importancia, más bien, radica en el sometimiento al Señor: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:10-11).

EL ACEITE COMO ELEMENTO USADO EN LAS SESIONES DE LIBERACIÓN ESPIRITUAL O POSESIÓN DEMONÍACA

En cuanto a la liberación de poseídos por espíritus impuros, sólo existe una instrucción de parte del Señor Jesucristo al respecto y que, por supuesto, no incluye el uso del aceite: “Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Marcos 10:7-8). Marcos 16:17 añade: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas”. No se trata de aceite, se trata de autoridad. Lucas 9:1 nos dice: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades”. Fue eso, la autoridad del Nombre de Jesús, y no el aceite o el uso de otra sustancia, lo que echó fuera a los demonios. De ello dan fe las palabras de los setenta: “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17). ¿Qué más pretenden agregarle los falsos maestros a esto? ¿Hay algo superior al Nombre de Jesús? ¿Respetarán los demonios algo más que la sangre del Cordero?

¿ES BÍBLICO EL USO DE LA SAL EN RITUALES CRISTIANOS Y EXORCISMOS?

¿Qué hay con la sal? ¿Por qué algunos la usan al realizar exorcismos? ¿Posee algún poder milagrosa al emplearla en ritos cristianos? No, ¡Absolutamente no! El uso de la sal por parte de algunos grupos evangélicos es una burda imitación de viejas prácticas católicas. En el cuarto siglo de nuestra era la iglesia imperial adoptó la práctica de poner sal en la boca de los miembros recién bautizados como símbolo de purificación. El bautismo mismo era seguido en esa época por una unción con aceite.


En el libro “Sancta Missa: Rituale Romanum” de 1964, encontramos algunas instrucciones sobre cómo se usó y se usa la sal dentro del rito católico:

(1.- Primero, el sacerdote bendecía la sal con la siguiente oración: “Dios todopoderoso y eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, mira con favor a tus siervos a quienes te ha complacido llamar a este primer paso en la fe. Libéralos de toda ceguera interior. Corta todas las trampas de Satanás que hasta ahora los ataron. Abre, Señor, a ellos la puerta de tu amor paternal. Que el sello de tu sabiduría los penetre, que deseche todas sus inclinaciones impuras y sucias, y dejen entrar la fragancia de Tus elevadas enseñanzas. Para que así sirvan con gusto en Tu Iglesia y sean cada día más perfectos. Y una vez que hayan probado la propiedad medicinal de la sal, que sean aptos para acercarse a la gracia de su bautismo; por Cristo nuestro Señor.”

(2.- Luego el sacerdote decía una oración de exorcismo sobre la sal: “Criatura de Dios, con sal, expulso el demonio de ti, en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, en el amor de nuestro Señor Jesucristo y en la fuerza del Espíritu Santo. Te purifico por el Dios vivo, el Dios verdadero, el Dios santo, por Dios que te creó para ser un preservador de la humanidad, y te mandó que seas santificado por sus ministros para el beneficio de las personas que están a punto de aceptar la fe. En nombre de la Santísima Trinidad, conviértete en un signo salvador habilitado para ahuyentar al enemigo. Por tanto, te suplicamos, Señor, nuestro Dios, que santifiques y bendigas a esta criatura, con sal, proporcionando así un remedio perfecto para todos los que la reciban, uno que impregne su ser más íntimo. Te lo pedimos en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que vendrá a juzgar tanto a los vivos como a los muertos y al mundo por fuego.”

(3.- El sacerdote luego ofrecía otra oración, y después, tomando una pizca de “sal bendita” la ponía en la boca de la persona, diciendo: “Toma esta sal en señal de sabiduría. Que sea para ti también una señal que presagie la vida eterna.”


Nos preguntamos: ¿De dónde tomó la iglesia tradicional este rito? ¿De la Biblia? Ciertamente no, sino de las costumbres paganas que inundaba el imperio romano. De hecho, la sal era tan importante para los pueblos antiguos que incluso llegó a ser la divisa con la que se pagaba a los trabajadores. En español, por ejemplo, nuestra palabra salario procede del latín ‘salarium’, que a su vez procede de ‘sal’. Pero más allá de su valor monetario, la sal era usado con fines mágico-espiritista. A los rituales con sal se les atribuía una gran efectividad en trabajos de limpieza de energía, expulsión de demonios, protección y purificación. En la antigüedad, los magos utilizaban la sal para deshacer maldiciones y en la realización de hechizos para atraer riqueza y prosperidad. La iglesia imperial adoptó tales supersticiones incorporando la sal a sus rituales bautismales y exorcismos. Antiguamente incluso las campanas de las iglesias eran limpiadas con sal y agua para bendecirlas. Justificaban el uso de la sal como elemento ritual y purificador en pasajes como Mateo 5:13. Sin embargo, Jesús nunca quiso enseñar tal cosa.

CONCLUSIÓN

Muchos creyentes le atribuyen al rito de la unción con aceite, al uso de la sal y a otras prácticas semi-espiritistas ciertos atributos del tipo milagroso. Esto no difiere mucho de la enseñanza de sectas heréticas como el grupo brasileño “Pare de Sufrir” (hoy conocida como Iglesia de Oración al Espíritu Santo), con sus ventas de objetos pseudo-milagrosos. Sin embargo, la Escritura no enseña que el aceite, la sal o cualquier otra sustancia u objeto tuviese tales propiedades para provocar sanidades instantáneas, proteger de males, echar fuera demonios, etc. Eso es más bien un vestigio de brujería y superstición. Una creencia espiritista introducida en el cristianismo evangélico, sobre todo pentecostal.

No podemos sacar de su contexto histórico la práctica de ungir con aceite y su significado. Desde la antigüedad es común en la cultura judía que las personas fuesen ungidas con aceite. Era una de sus costumbres. Una muy apreciada por ellos (Proverbios 27:9, Amós 6:6). Dentro del marco bíblico, y del contexto cultural judío el aceite era usado como un refrescante para el cuerpo (2 Crónicas 28:15), como un ungüento medicinal (Marcos 6:13; Santiago 5:14) y para sanar heridas (Isaías 1:6; Lucas 10:34). Es cierto que se le dio un valor ritual y simbólico en el Antiguo Testamento, sin embargo, todo eso tenía que ver con un pueblo terrenal que se movía en medio de las sombras (símbolos) de las cosas celestiales. Ahora que tenemos la plena realidad de esas cosas, no tenemos razón de regresar a lo que eran las sombras, las figuras (Hebreos 8:5), y aún más, en lo que concierne a la Iglesia, no vemos ninguna ordenanza de esta índole.


Como creyentes bíblicos, practicantes de la sana doctrina, abogamos por un pentecostalismo sano, libre de sincretismo, sin elementos de religiosidad popular, libre de superstición, prácticas heterodoxas y elementos espiritistas disfrazados de cristianismo. La Biblia y solo la Biblia debe definir nuestra fe y prácticas.

Liturgia, Ritos y Ceremonias, Sanidad Divina

¿Es bíblico ungir con aceite a los enfermos?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En las Escrituras con frecuencia se hace referencia a la unción, que a menudo se asocia con la oración de sanidad por los enfermos. Por ejemplo, en Marcos 6:13 leemos que los apóstoles “ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban”; y en Santiago 5:14-15 leemos: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados”.

En el sentido ritual que se le da hoy día, “ungir” significa aplicar aceite o ungüento sobre la cabeza o el cuerpo de una persona con un propósito sagrado. En la antigüedad, este no siempre era el caso. Esto se hacía por varias razones: A veces era un gesto de hospitalidad o del aseo habitual. Los enfermos o heridos eran ungidos con aceite o ungüento como medicina; no obstante, también se llevaban a cabo unciones por razones sagradas. Por ejemplo, bajo la ley de Moisés se utilizaba el santo aceite de la unción (Éxodo 40:15). Los profetas ungían a sacerdotes y reyes y los enfermos eran ungidos con aceite como parte del proceso de sanar por fe y la imposición de manos. Actualmente, en algunas iglesias, se acostumbra a ungir con aceite de oliva a los enfermos. ¿Por qué se utiliza aceite de oliva más bien que otros tipos de aceite? En las Escrituras no existe ninguna explicación concreta al respecto, a pesar de que en las parábolas del Nuevo Testamento se utiliza el aceite como símbolo de la sanación y la luz (Mateo 25:1–13; Lucas 10:34).

LA UNCIÓN CON ACEITE EN EL CONTEXTO HEBREO Y SU INTRODUCCIÓN EN EL CRISTIANISMO

El término ungir aparece con frecuencia en las Escrituras con el sentido de derramar sobre algo o alguien aceite o alguna otra sustancia oleosa. Uno de los usos de la unción, desde el punto de vista terapéutico, consiste en aplicar directamente el aceite. El origen de esta práctica en el cristianismo primitivo parece hallar su origen en las tradiciones de los pueblos de la Palestina antigua, entre los cuales era común que se usara aceite de oliva como medicina (Lucas 10:34). El uso literal del aceite como medicina puede haber sido la base para su posterior y actual uso simbólico en el cristianismo. Hay ejemplo de esto en Marcos 6:13 y Santiago 5:14-15, en donde se menciona dicha práctica hebrea como asimilada por los primeros creyentes.

Ahora bien, es evidente que la iglesia primitiva no atribuía ninguna eficacia sacramental a la ceremonia del ungimiento, aunque posteriormente la iglesia empleó lo que se suponía era “óleo santo”, con el propósito de curar a los enfermos. Alrededor del siglo VIII ya se utilizaba el pasaje de Santiago 5:14 como fundamento para la práctica de lo que los católicos llaman Extremaunción, el último rito para los moribundos. El Concilio de Trento, en su Decimocuarta Sesión en 1551 d.C., declaró oficialmente que Santiago enseña aquí la eficacia sacramental del aceite.

Pero el rito de la unción de los enfermos no sólo es practicado por la iglesia católica, sino que es un acto litúrgico comunitario realizado también por otras Iglesias cristianas (Iglesia católica, Iglesia ortodoxa, Comunión anglicana). En dicho ritual, un presbítero signa con ‘óleo sagrado’ a un fiel por estar enfermo, en peligro de muerte o simplemente por su edad avanzada. Con esta acción se significa que le es concedida al enfermo o al anciano una gracia especial y eficaz para fortalecerlo y reconfortarlo en su enfermedad, y prepararlo para el encuentro con Dios.

El óleo utilizado en este rito es conocido como óleo de los enfermos, y es bendecido cada año por el obispo en la misa crismal celebrada el Jueves Santo por la mañana. En el rito central del sacramento de la unción de los enfermos, el presbítero traza con el aceite bendecido la señal de la cruz en la frente y en cada una de las manos del enfermo, al tiempo que pronuncia las siguientes palabras:

“Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén.” (Codex Iuris Canonici, can. 847, 1).

En el catolicismo:

“El sujeto de la ‘Unción de los Enfermos’ es cualquier fiel que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez” (Catecismo de Juan Pablo II, número 1514).

Dicho individuo –como en todos los sacramentos- debe estar bautizado, tener uso de razón, pues hasta entonces no es capaz de cometer pecados personales, razón por la cual los católicos y otras confesiones no se le administran a niños menores de siete años. Además, el sujeto debe tener la intención de recibirlo y manifestarla.

LO QUE ES (Y LO QUE NO ES) LA UNCIÓN CON ACEITE PARA LOS EVANGÉLICOS

Los evangélicos no consideramos la unción de los enfermos como un sacramento impuesto a la iglesia. Tampoco lo prohibidos. Sin embargo, creemos que aquellas iglesias que han optado por incorporar dicha práctica en su liturgia deben tomar en cuenta algunas consideraciones sobre el ungimiento con aceite. Para empezar, debemos tener en mente que el ungimiento es sólo un rito, algo simbólico. El poder sanador no estaba en el aceite, sino que éste simbolizaba al Espíritu Santo en su ministerio de sanidad (1 Corintios 12:9), es una imagen del poder suavizador y sanador del Espíritu de Dios. El ungimiento no es el que sana al enfermo, Jesús es el que sana. Ningún poder humano puede salvar al enfermo, pero por medio de la oración de fe, el Poderoso Salvador ha cumplido su promesa en favor de aquellos que han invocado su nombre. Ningún poder humano puede salvar o perdonar al pecador. Nadie puede hacerlo fuera de Cristo, el misericordioso médico del cuerpo y del alma.

INSTRUCCIONES BÍBLICAS PARA EL UNGIMIENTO DE LOS ENFERMOS

La única instrucción bíblica específica con respecto al ungimiento de los enfermos se encuentra en Santiago 5:14-15. El apóstol enumera una serie de pasos para el ungimiento del enfermo:

(1.- Primero, una persona enferma invita a los ancianos, los líderes de la iglesia, a que vengan a orar por ella. Esta es, claramente, una ocasión privada, y sucede en el hogar de una persona.
(2.- Segundo, los ancianos oran sobre la persona enferma. Si bien la práctica de imposición de manos sobre la persona no es mencionada, la imposición de manos se encuentra implícita en el hecho. De todas maneras, el ungimiento requiere algún contacto físico con la persona.
(3.- Tercero, el acto de ungir está combinado con la oración. El aceite de oliva es utilizado durante la ceremonia. Tal como se mencionó anteriormente, el significado del aceite no está claro, pero el hecho de que el aceite era utilizado con propósitos médicos (Isaías 1:6) puede sugerir que era usado para indicar que esta es una oración por sanidad. También podría ser que el aceite sea un símbolo de la presencia del Espíritu Santo, el agente divino dador de la vida (Isaías 61:1-3).
(4.- Cuarto, durante la oración, el nombre del Señor es invocado. Esta es otra manera de decir que los que oran no están confiando en su propio poder sino en el poder del Señor resucitado. Su solicitud reconoce que se es incapaz de satisfacer las necesidades de la persona enferma. Esto excluye la autoglorificación y todo sentido de orgullo o superioridad religiosa.

¿Y ENTONCES QUÉ? ¿DEBEMOS O NO DEBEMOS UNGIR A LOS ENFERMOS?

Sí y no. Personalmente no me molesta que algunos cristianos lo hagan. No es pecado hacerlo. Sin embargo, no es un mandato bíblico ungir con aceite a los enfermos. Pero, ¿Acaso Santiago no nos manda ungir a los enfermos con aceite? No, no lo hace. Para empezar, si leemos bien Santiago 5:14-15 notaremos que Santiago hace un énfasis en la fe para sanar a los creyentes, no en el objeto en sí. En caso contrario, Santiago hubiese escrito algún procedimiento en la elaboración, el tipo de aceite, y modo de aplicación, lo cual nunca ocurre. En cuanto a su propiedad simbólica, debido a las cualidades sanadora que se creía posee el aceite, nosotros podemos verlo como un símbolo de lo que Dios puede hacer por nuestro cuerpo y alma. Pero nada más.

CADA COSA EN SU CONTEXTO

La unción de los enfermos con aceite de oliva debe entenderse en su contexto. La naciente iglesia (conformada en gran parte por judíos) se movía en medio de las sombras o símbolos de las cosas celestiales (la ley de Moisés). Era natural que, en sus inicios, incorporase algunas prácticas culturales judías y que estas fuesen vistas inicialmente como parte de las enseñanzas del Evangelio. Este argumento cobra fuerza si se considera que la epístola de Santiago se dirige a creyentes judíos que padecían persecución probablemente bajo Herodes Agripa I (Hechos 7.31-34; ca. 44 d.C.), lo que alude a que posiblemente que hayan padecido heridas por causa del evangelio. La prueba interna está en el primer capítulo de esta epístola. Además, en ese tiempo era común las amenazas de muerte, los asaltos, los ataques de fieras salvajes, los apedreamientos, azotes, prisiones, etcétera (Lucas 10.30; Hechos 7.58-60, 12.1-5, 14.19; 2 Corintios 11.22-33; Filipenses 2.25-27). Esto nos lleva a concluir que el aceite citado en Santiago 5:14-15 (como en Marcos 6.13) simplemente alude a la costumbre judía de emplearlo como un remedio con fines medicinales para el cuerpo sin carácter ritual o sobrenatural.

Además, de ser cierto que el aceite posee propiedades milagrosas, fuera de sus funciones naturales, el Señor Jesucristo hubiera indicado instrucciones al respecto. Pero la Biblia refiere otras enseñanzas. Lucas 9:1-2 nos dice:

“Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos”.

Estos versículos especifican que son la autoridad y el poder de Dios concedidos por Jesús a sus discípulos los que sanaban a los enfermos; no el aceite. Además, Pedro, Pablo y los demás apóstoles también creían por fe en el nombre y en la autoridad concedida por el Señor para sanar enfermos. En Hechos 3:6-8 leemos:

“Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios”.

También en Hechos 5:14-16 se nos relata:

“Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que, al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados”.

Y más adelante se añade en Hechos 8:5-7 que:

“Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados”.

Pero eso no termina ahí. En Hechos 9:33-34 leemos:

“Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó”.

Y luego, en Hechos 14:8-10 se nos relata que:

“Cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo”.

En todos estos versículos es evidente que el aceite en sí no contiene poderes sobrenaturales para sanar y que el rito de ungir con aceite no era un sacramento ni una norma para la iglesia. Santiago mismo, mientras habla de esa costumbre judía de ungir con aceite a los enfermos, no pierde de vista que lo que vale no es el rito en sí, sino la autoridad de Jesucristo: Su nombre, Su autoridad y Su poder para la sanidad por medio de la fe.

EL VERDADERO PROPÓSITO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS MENCIONADA POR SANTIAGO

Entonces, si Santiago no pretendía instaurar un sacramento, ¿Cuál es el propósito específico del aceite mencionado en Santiago 5:14? Un análisis exegético de este versículo puede darnos la respuesta:

(1.- “¿ESTÁ ALGUNO ENFERMO ENTRE VOSOTROS?”

La palabra griega para enfermo en el vs. 14 es “asteneo”. Y su significado es “débil, deficiente en fuerza, delicado, sin energía”; lo cual nos hace concluir que Santiago estaba hablando acerca del que está enfermo en el sentido “físico”. En el vs. 15 la palabra griega para enfermo es “kamno” palabra que lleva la connotación de “cansado, débil, agotado”. Lógicamente el resultado de estar físicamente enfermo. Santiago, en su única enseñanza acerca de los ancianos (pastores) de la Iglesia, exhorta a los enfermos, quienes están en necesidad de sanidad física, de llamar a los ancianos.

(2.- “Y OREN POR ÉL, UNGIÉNDOLE CON ACEITE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR”

Santiago pide que los ancianos hagan dos cosas y es claro en cuanto al orden en que se deben realizar. La palabra “ungiéndole”, de acuerdo a la gramática griega, es un participio aoristo que le precede al verbo principal, en este caso, “oren”, verbo que se encuentra en el imperativo aoristo. El aoristo es indicación de una simple acción (una vez), contrario a un participio presente (acción continua). El imperativo aoristo, al igual que el participio, es una orden de una acción futura que se debe realizar una sola vez, contrario a una acción continua. Por lo tanto, la orden de Santiago, es que, primeramente, haya unción, luego oración en el nombre del Señor. De manera que el texto debe leer, “ungiéndole con aceite, oren por él, en el nombre del Señor”.

(3.- “UNGIÉNDOLE CON ACEITE”

En el idioma griego existen dos verbos que se traducen ‘unción’. Lamentablemente, como en muchos casos, las traducciones no siempre hacen justicia a las palabras originales, como lo es en este caso. Está el verbo “aleifo” el cual es la base de “aleifantes”, verbo usado por Santiago en el vs.14 y el otro verbo es crio o “ekrio”. “Crio” es el verbo que envuelve todo acto ritual de consagración, de índole religioso. Es el verbo de donde se deriva Cristo, el Ungido. Algunos textos donde se hace uso de este verbo son, Lucas 4:8; Hechos 4:27; 10:38; Hebreos 1:9. En cambio “aleifo” es un verbo con significado Secular. La diferencia es material, y se pierde cuando ambos verbos son traducidos como “unción”. Sólo el segundo verbo (“crio”) debe ser traducido de esta manera, pues se usa con referencia al acto sagrado mientras que el primero (“aleifo”) se refiere al uso común del aceite. ¡La diferencia en el Griego no se puede ignorar! Usar la palabra “ungir” en nuestra versión española deja una mala impresión.[1]

“Aleifo” es un término general usado para un ungimiento cualquiera, “Crio” está más limitado en su uso y está confinado a ungimientos sagrados y simbólicos.[2] “Aleifos” usualmente, se usa cuando se frota o aplica aceite o ungüento sobre el cuerpo. Era muy común en los tiempos bíblicos el frotar sobre el cuerpo aceite o bálsamo (especies mezclada con aceite) como una forma de fragancia después de un baño (Rut 3:3; 2 Crónicas 28:15; Daniel 10:3; Lucas 7:38), y como medicina. (Isaías 1:6; Ezequiel 16:9; Jeremías 8:22; 46:11; Marcos 6:13; Lucas 10:34). Es un hecho muy bien documentado que el aceite era una de las medicinas más comunes en tiempos bíblicos. Es evidente que Santiago está prescribiendo ambas, oración y medicina.[3]

Lo que aquí se recomienda, debía de hacerse como un medio natural para restaurar la salud, algo que, mientras hacían oración y súplicas a Dios, no debían de descuidar.[4] Significa que el cuerpo enfermo de una persona debe ser frotado con aceite tal y como una enfermera hoy frota el cuerpo de su paciente con alcohol. Cuando Santiago ordena a los ancianos a hacerlo, en su visita a un paciente, significa que la iglesia, por quien actúan los ancianos, se interesa tanto en el cuerpo, así como en el alma.[5]

CONCLUSIÓN

El ungimiento con aceite no es un requisito imperativo para la sanidad de los enfermos. Tampoco debe ser una imposición como doctrina de parte de maestros, falsos o sinceros; pues dentro de la dispensación de la Gracia, el creyente ya está ungido por el Espíritu Santo y la fe en Jesucristo hace posible la sanidad física si está dentro de los términos de Su soberanía y Su voluntad. Ha quedado claro que el uso del aceite se limitaba dentro de las utilidades del marco cultural judío en el cual se movía Santiago. Quienes afirman que la unción con aceite es el único método bíblico para procurar la sanidad de los enfermos cometen un gran error ¿O acaso la oración exclusiva del justo no es suficiente para que el poder de Dios se manifieste, sin importar la circunstancia? Santiago mismo lo declara: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Entonces, ¿para qué el aceite?

REFERENCIAS:

[1] R.C.H. Lenski, The Interpretation of the Epistle of James, págs 660-661.

[2] W.E. Vine’s Expository Dictionary of NT Words

[3] Expositor’s Bible Commentary, vol. 12, p. 204.

[4] Adam Clarke’s Commentary, vol. 6, p. 827.

[5] R.C.H. Lenski, The Interpretation of the Epistle of James, p. 661-662.

Sanidad Divina, Soberanía Divina, Vida Cristiana

Cuando Dios te da un “No” por respuesta

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Hay muchas maravillosas historias de sanidad en la Biblia. Jesús sanó de su enfermedad a muchos leprosos, devolvió la vista a los ciegos, hizo posible que el paralítico caminara y sanó muchas otras dolencias físicas. También sanó enfermos mentales y echó fuera demonios. Incluso levantó a Lázaro de entre los muertos dando marcha atrás a los efectos destructivos de la muerte y la corrupción. Sin embargo, los milagros de sanidad divina no son cosa del pasado. No acabaron con la era apostólica. Sin duda, también has escuchado sobre Dios sanando gente hoy día.

Los casos modernos de sanidades y milagros son abundantes. Pero también abundan quienes niegan que eso aún esté pasando. Muchos, incluso entre aquellos que se hacen llamar cristianos, cuestionan la vigencia de los dones del Espíritu, los milagros y las sanidades. Piensan que todo acabó con la muerte de los apóstoles. Sin embargo, los creyentes pentecostales sabemos, por el testimonio claro de la Palabra de Dios, pero también por nuestra propia experiencia personal, que Dios aún escucha nuestras oraciones por sanidad y tiene el poder para sanar y hacer todo tipo de milagros.

¿QUÉ HACEMOS CUANDO DIOS NOS DA UN NO POR RESPUESTA?

Sí, esto suena bonito, esperanzador y gratificante, pero, cuando eres tú el enfermo y Dios parece no escuchar tus oraciones por sanidad o, peor aún, Dios te da un no por respuesta, quizá el saber que Dios sí ha sanado a otros pueda generarte amargura, frustración, dolor y, en tu humana debilidad, hasta resentimiento. Quizá te estés preguntando: “¿Qué hay de mí? ¿Por qué Dios sana a otros, pero no a mí? ¿Realmente Dios me ama? ¿Cómo puede un Dios de amor verme sufrir así y no hacer nada para ayudarme?

Al igual que tú, yo he experimentado esos sentimientos, ese dolor y esa desesperación. He orado por sanidad, he ayunado, he tenido gente que ha puesto sus manos sobre mí orando. ¡Pero no en todas las ocasiones Dios me ha sanado! A veces ha pasado mucho tiempo, en otras ha respondido de inmediato y a veces ¡Dios simplemente dijo que no! La enfermedad siguió. Lo mismo ha pasado al orar por otros, incluso quizá por tus seres queridos. No todos sanan. Muchos sufrieron por años para luego morir. ¿Qué ocurrió? ¿Acaso a Dios no le importaban sus vidas? ¿Por qué no fueron sanados? Me temo que no hay respuesta fácil ni sencilla. Pero hay algunos principios que podemos aprender del ejemplo del Apóstol Pablo.

Pablo, apóstol de Cristo, elegido, amado y escogido por Dios desde antes de nacer, experimentó en carne propia la negativa de Dios a algunas de sus peticiones de sanidad. Lucas nos relata, en el libro de Hechos, que “Dios hacía milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que incluso llevaban pañuelos o delantales de su cuerpo a los enfermos, y las enfermedades los dejaban y los malos espíritus se iban de ellos.” (Hechos 19:11-12). Muchos fueron sanados bajo su ministerio. Sin embargo, un día Pablo también enfermó y, como buen cristiano, le pidió a Dios que lo sanara. Pablo nos cuenta:

“Me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí” (2 Corintios 12:7-8).

Se han ofrecido incontables explicaciones concernientes a la naturaleza del aguijón de Pablo en la carne. Muchos sugieren algún tipo de enfermedad crónica: problemas oculares (Gálatas 4:15), malaria, migrañas y hasta epilepsia, otros señalan cierto tipo de inhabilidad para hablar (2 Corintios 10:10). Nadie puede decir con seguridad cuál era la enfermedad que padecía el apóstol Pablo, pero es casi seguro que sufría algún tipo de afección crónica. Lo asombroso de todo esto no es su enfermedad, sino que, cuando él clamó por sanidad, Dios le respondió: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». Así de simple: ¡Dios dijo que no!

¿Cómo reaccionó este gran hombre de Dios? Él pudo haber reaccionado como cualquiera de nosotros, llenándose de ira, resentimiento y desilusión. Quizá pudo haber abandonado el ministerio, negándose a servir a un Dios que sanaba a otros, pero no a él. Sin embargo, Pablo no hizo ninguna de estas cosas. En vez de ello, Pablo aceptó el no de Dios como respuesta. Se aferró a su fe, confió en la gracia y se sujetó a la soberanía del Padre. Entonces pudo decir con libertad: “Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12: 9-10, NTV).

LO QUE PODEMOS APRENDER DE PABLO

Personalmente, considero este relato uno de los más conmovedores y honestos dentro de los escritos del apóstol Pablo. ¡Casi puedo sentir en carne propia el sentimiento de angustia que se profundizó en Pablo cuando, después de orar, se le da a entender que el aguijón no sería removido! Humildemente, Pablo admite: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

¿Podemos siquiera imaginar lo que sintió Pablo en ese momento? Con seguridad la respuesta divina dejó perplejo al apóstol (al menos inicialmente), pero a la larga, el aguijón que atormentaba a Pablo (y que Dios se negó a retirar) le enseñó ciertas cosas que tú y yo podemos aprender también:

(1.- DIOS TIENE UN PROPÓSITO

Pablo parece vislumbrar la razón de su dolencia y el porqué de la negativa divina a sanarlo: “Aun cuando he recibido de Dios revelaciones tan maravillosas. Así que, para impedir que me volviera orgulloso, se me dio una espina en mi carne, un mensajero de Satanás para atormentarme e impedir que me volviera orgulloso”. (2 Corintios 12:7, NTV). Es interesante que, aunque la aflicción de Pablo nunca es nombrada específicamente, el propósito de la aflicción es dado dos veces — al principio y al final del versículo 7: “Así que, para impedir que me volviera orgulloso”.

Ciertamente, cualquiera que haya tenido un encuentro con Jesús y le haya hablado y haya sido comisionado por Él (Hechos 9:2-8) podría, en su estado natural, volverse “engreído” por este increíble encuentro. Si se añade la experiencia que tuvo de ser inspirado por el Espíritu Santo para escribir mucho del Nuevo Testamento, es fácil ver cómo podría haberse vuelto “altivo” o “exaltarse demasiado” o “demasiado orgulloso”. Además, al inicio del capítulo 12 de 2 Corintios, vemos que Pablo tuvo algunas asombrosas revelaciones. Él fue “llevado hasta el tercer cielo” y también “llevado hasta el paraíso”. (2 Corintios 12:2-3). Estas experiencias fueron tan espectaculares que pudo haber sido tentado a presumir de ellas, o sentirse superior a aquellos que no habían tenido estas experiencias.

Dios deseaba librar a Pablo del orgullo, el cual, eventualmente pudo haberlo apartado de Dios y de sus propósitos, pues “el orgullo va delante de la destrucción, y la arrogancia antes de la caída” (Proverbios 16:18, NTV). Es por eso que Dios escogió humillar a Pablo con una “espina o agujón en la carne.” No fue al azar, ni un acto caprichoso de parte de Dios. Tenía un propósito específico: mantenerlo lejos del orgullo y la caída, en total dependencia a Dios. ¿Cuál es tu caso? ¿Has tratado de entender o descubrir el propósito de Dios en lo que te está pasando, o simplemente te has enojado por lo que te pasa?

(2.- DIOS PUEDE USAR CUALQUIER COSA

Sabemos que la aflicción de Pablo vino de o mediante un mensajero de Satanás. Así como Dios permitió que Satanás atormentara a Job (Job 1:1-12), Dios permitió a Satanás atormentar a Pablo para los buenos propósitos de Dios y siempre dentro de Su perfecta voluntad. Pablo mismo nos dice que la espina en su carne “era un mensajero de Satanás”. ¿Cómo puede esto ser así?, ¿Era de Dios o era de Satanás? ¡La respuesta es que era de ambos! Por supuesto, Satanás está en contra de Dios y Sus propósitos, y Su pueblo. Satanás probablemente disfrutó atormentando a Pablo. Pero, así como en la cruz, también en el caso de Pablo los malvados planes de Satanás dieron un giro de 180 grados para servir a los propósitos de Dios.

Sí, Satanás logró acosar a Pablo, pero solo porque Dios lo usó para un bien mayor. ¿Será acaso que esa enfermedad a la que tanto le temes es un instrumento de Dios para perfeccionarte y llevarte a la madurez cristiana? La respuesta quizá pueda sorprenderte, pero al entenderlo aprenderás, al igual que Pablo, a ser agradecido por lo que tienes en lugar de lamentarte por lo que no quizá nunca tendrás en esta vida: “Den gracias a Dios en cualquier situación, porque esto es lo que Dios quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18, NBV).

En el glorioso proceso de transformarte a la imagen de su Hijo, Dios usará las herramientas más extrañas y los métodos más inusuales. Esto a veces incluye dolor, sufrimiento, enfermedades y hasta la muerte física, pero todo es para nuestro bien (Romanos 8:28). Sé que esto no suena al falso evangelio de la Prosperidad al cual muchos están acostumbrados, pero esto es lo que enseña la Biblia. Dios nunca prometió librarnos del sufrimiento en esta vida. Por el contrario, es algo que debemos esperar:

“Si aceptamos los bienes que Dios nos envía, ¿por qué no vamos a aceptar también los males?” (Job 2:10, DHH).

Santiago descubrió esta misma verdad, pero descubrió también un motivo para experimentar gozo en medio del dolor. Sus palabras pueden reconfortarnos:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante” (Santiago 4:17, DHH).

Tu enfermedad no tiene porqué controlarte ¡Solo es un instrumento en las manos de Dios! Y quizá sea un instrumento de santificación.

(3.- LA FORTALEZA DE DIOS FUE MANIFESTADA

Este principio es declarado tres veces en estos dos versículos, en diferentes maneras: “Pero él (Cristo) dijo, ‘Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad’. Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí. Es por esto que me deleito en mis debilidades, e insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, soy fuerte”.

Dios quiere que desarrollemos nuestros dones y talentos y que los usemos para Su gloria. Estar sano, ser talentoso, inteligente y lleno de habilidades, y servir a Dios con ello, da gloria a Su Nombre, pero es posible que los que observan den gloria a la vasija sin tomar en cuenta al alfarero. La vasija misma podría osar jactarse ante su Hacedor (Isaías 29:16; Isaías 64:8; Jeremías 18:1-9; Romanos 9:14-24). Sin embargo, cuando gente débil, enferma, con grandes limitaciones y afligida por el dolor logra grandes cosas, es claro que Dios es el que lo hizo y Él recibe aún mayor gloria. Pablo afirmó:

“Ahora tenemos esta luz que brilla en nuestro corazón, pero nosotros mismos somos como frágiles vasijas de barro que contienen este gran tesoro. Esto deja bien claro que nuestro gran poder proviene de Dios, no de nosotros mismos” (2 Corintios 4:7, NTV).

Nuestro propósito en la vida es glorificar a Dios — para mostrar Su poder y grandeza. Y aunque nuestras circunstancias pueden ser dolorosas e incómodas para nosotros, Dios quiere recordarnos que las cosas eternas son las que importan:

“Así que no miramos las dificultades que ahora vemos; en cambio, fijamos nuestra vista en cosas que no pueden verse. Pues las cosas que ahora podemos ver pronto se habrán ido, pero las cosas que no podemos ver permanecerán para siempre” (2 Corintios 4:18, NTV).

(4.- PODEMOS ESTAR CONTENTOS

Ciertamente, Pablo enfrentó más que una simple enfermedad: “Es por esto que me deleito en mis debilidades, y en los insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:10, NTV). Y, sin embargo, en todas esas cosas, Pablo estaba contento por amor a Cristo, porque su meta final en la vida era la gloria de Dios. Por eso Pablo podía decir, mientras esperaba su muerte en la prisión:

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4).

A nosotros, que quizá no hayamos sufrido tanto como él, también se nos dice:

“Vayan y festejen con un banquete de deliciosos alimentos y bebidas dulces, y regalen porciones de comida a los que no tienen nada preparado. Este es un día sagrado delante de nuestro Señor. ¡No se desalienten ni entristezcan, porque el gozo del Señor es su fuerza!” (Nehemías 8:10, NTV).

Así que, cuando tú o aquellos que amas, estén batallando con alguna enfermedad, ¡Ora pidiendo sanidad! Pero si Dios elige permitir que una aflicción persista, busca lo que Él quiere hacer en y a través de ti ¡y regocíjate en ello! Quizá Dios quiera perfeccionar tu carácter; llevarte a la madurez cristiana; mostrar Su poder en ti; y finalmente, dar gloria a Su Gran Nombre a través de tu vida.

EL AGUIJÓN EN LA CARNE, UNA EXPRESIÓN DE LA GRACIA

“Bástate mi gracia” le respondió el Señor a Pablo, y eso mismo nos responde a nosotros también. “Mi gracia es suficiente. Mi gracia te basta”. Porque cuando Dios trae algo a nuestra vidas, sigue siendo un acto de su bendita y soberana gracia. Por gracia lo permite. Por gracia lo envía. Por gracia nos sostiene en medio de esas circunstancias difíciles. Por gracia obra y usa ese aguijón para nuestro bien. Por gracia está formando la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Su gracia es suficiente. De eso se trata el evangelio: el anuncio de las buenas nuevas de salvación por gracia.

En realidad, toda la experiencia de la salvación es un don de la gracia de Dios, desde nuestra conversión inicial hasta la glorificación final, incluyendo nuestra santificación. Esa es la razón por la que Dios no remueve el aguijón: Porque en medio y por medio de este, Él está formando el carácter de su Hijo en nosotros. Pablo le dijo a los Tesalonicenses que “la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). El Señor desea y está comprometido en hacernos crecer en santidad. A los filipenses se les dijo que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Hacernos y transformarnos a Su imagen es la gran obra que el Señor empezó, hace y terminará hasta el final. Cuando Dios no remueve el aguijón es porque Él está obrando. Cuando la adversidad, la aflicción y el dolor perduran, debemos confiar que él no es ajeno a nuestra circunstancias. Dios es soberano y rey sobre nuestras dificultades, establece sus límites y los usa para nuestro provecho. Podemos descansar en que Su perfecta y bendita voluntad se está cumpliendo y que eso es lo mejor para nosotros. La gracia es mayor que el aguijón. Su gracia es suficiente.

CONCLUSIÓN

Permíteme repetir nuevamente este punto: Dios quiere hacernos como a Cristo. Y para lograrlo usará lo que sea necesario ¡Incluso espinas, aguijones, enfermedades, dolor, muerte, o al mismo diablo si es necesario! Pablo decía que Cristo es la cabeza de todo principado y potestad (Colosenses 2:10), es decir, Cristo también es la autoridad de los seres angelicales que se rebelaron. Cristo es Señor sobre los demonios. Dios también es el Dios de Satanás. Él lo dirige, lo gobierna, lo usa y lo limita. ¿No es esa la lección del libro de Job?

Por encima de la mano de Satanás que envía un mensajero (y ese mensajero a veces es una enfermedad crónica), se encuentra la mano de Dios usando ese mensajero para hacernos más como Cristo. Por eso el aguijón es una bendición. Sí, leíste bien ¡Es una bendición! Pues todo aquello que contribuya a la obra de Dios en tu vida, será una bendición, un don y un regalo, aunque venga envuelto como aguijón.

Distintivos del Pentecostalismo, Dones Espirituales, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Sanidad Divina

Sanidad Divina, un regalo de gracia

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Una de las hermosas doctrinas del pentecostalismo clásico es la sanidad divina. Los pentecostales creemos firmemente que la muerte de Cristo en la cruz no sólo provee el perdón del pecado, sino también la sanidad de la enfermedad. Afirmamos que Aquél que nos dio el regalo de la vida eterna es el mismo que puede sanar nuestro cuerpo. ¿Por qué creemos eso? ¡Porque la Biblia así lo enseña!

Dondequiera que iba, Jesús ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37-38). Pero el regalo de la sanidad divina no fue algo reservado exclusivamente para nuestro Señor y su ministerio terrenal. La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9).

Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4), pues la obra de milagros, incluso la sanidad divina, es un ministerio que compete a todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18).

El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

LA SANIDAD FÍSICA COMO UN BENEFICIO DE LA EXPIACIÓN

Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Su ministerio era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, quien puede “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De esta manera la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades.

Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su Nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor en su Segunda Venida y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

ÉL LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES

Isaías 53:4-5 nos dice:

“Ciertamente El llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores. Con todo, nosotros Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados.” (LBLA).

Pero, ¿Qué quiere decir Isaías 53 cuando dice que llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores? En pocas palabras, esta frase es una metonimia en la cual el autor cambia el efecto por la causa. El pecado es la causa, del cual la enfermedad es uno de sus muchos efectos. De acuerdo con Isaías, Cristo sufrió la ira de Dios contra la maldad humana que causó tales cosas como dolor y enfermedad. Esto implica que Cristo murió por nuestras enfermedades de la misma manera que murió por nuestros pecados, haciendo posible el regalo de la sanidad divina.

Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17). Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

LA SANIDAD DIVINA, UN DON DE LA GRACIA

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11).

En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos hace capaces de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

LA. SANIDAD DIVINA, UN DON QUE SE NOS CONCEDE SIEMPRE EN SUJECIÓN A LA SOBERANÍA DE DIOS

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su Nombre armonizan cada vez más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones.

LA SANIDAD DIVINA, UN REGALO PARA TODOS

La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Incluso hay evidencia bíblica de que el precioso regalo de la sanidad divina, puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

¿ES PECADO ACUDIR A LOS MÉDICOS?

Algunos grupos religiosos, un tanto extremistas, consideran pecaminoso e incorrecto acudir a los médicos, considerándolo falta de fe o incluso traición a Dios, quien es ‘nuestro Sanador’. Pero la Biblia no enseña tal cosa. La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor.

Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello. También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2; 14:2; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos.

A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

LA SANIDAD DIVINA, UN ANTICIPO DE LO QUE NOS ESPERA BAJO EL REINADO MESIÁNICO Y EN LA ETERNIDAD

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una expresión proléptica de la completa redención del cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados.

La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42-44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, un día moriremos.

LA SANIDAD DIVINA NO DEBE SER VISTA COMO UN PRETEXTO PARA LA NEGLIGENCIA EN EL CUIDADO DEL CUERPO

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen nuestra responsabilidad de cuidar nuestro cuerpo de forma adecuada. Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18).

La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

EN SU SOBERANÍA DIOS HA DETERMINADO QUE NO TODOS SANARÁN

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad soberano de Dios, la cual está más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él y perfeccionarnos. Ya sea que Dios nos sane, o elija dejarnos atravesar por el doloroso proceso de la enfermedad, Él sabe lo que hace y su voluntad es perfecta ¡A Él sea toda la gloria!

Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, como tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

CONCLUSIÓN

Los pentecostales reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina, tanto por parte de creyentes como de predicadores y ministros que tergiversan dicha enseñanza. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Otros creen que pueden exigirle a Dios o incluso darle órdenes para que sane a tal o cual persona. Eso es incorrecto. Sin embargo, no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Resiliencia espiritual del cristiano

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Quizá la palabra “resiliencia” te suene un tanto extraña o hasta desconocida. No obstante, dicho término representa una cualidad digna de ser imitada por el creyente en Cristo. La resiliencia como tal suele definirse de forma sencilla como la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a las situaciones adversas. La palabra resiliencia viene del término latín resilio, «volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar» e indica repetición o reanudación [1]. El término se adaptó al uso en psicología y otras ciencias sociales para referirse a las personas que a pesar de sufrir situaciones estresantes no son afectadas psicológicamente por ellas [2].

En el área de la física y la química, la resiliencia designa la capacidad del acero para recuperar su forma inicial a pesar de los golpes que pueda recibir y a pesar de los esfuerzos que puedan hacerse para deformarlo. Incluso el cuerpo humano tiene una capacidad natural de resiliencia: Nuestro cuerpo procesa sustancias tóxicas en el hígado y las expulsa vía lágrimas, orina o sudor; el sistema linfático recurre a los glóbulos blancos para combatir virus que ingresan al organismo; o el sistema enzimático permite una regeneración acelerada de células para reemplazar células dañadas, etc. Para el cristiano, sin embargo, la resiliencia va más allá del área física o anímica. Implica además (o sobre todo) el área espiritual. Dicha resiliencia es producto de nuestra relación íntima con Jesucristo, quien puede levantar aun a los muertos de sus tumbas. ¡Él es nuestra fuente sobranatural de resiliencia espiritual!

DIOS DESEA QUE SU PUEBLO DESARROLLE RESILIENCIA ESPIRITUAL

La Biblia nos presenta grandes ejemplos de resiliencia. De acuerdo con el libro de Esdras, habían pasado 85 años en Jerusalén desde que la ciudad fue destruida y 15 años desde que el intento de reconstrucción del templo fue frustrado violentamente por los enemigos del pueblo de Dios. Sin embargo, el Señor empezó a trabajar un proceso de resiliencia espiritual que permitiera restablecer las condiciones previas a la perturbación y el estancamiento de la obra. Del libro de Esdras aprendemos cómo opera el principio de Resiliencia espiritual.

Lo primero que hace el Señor es enviar a sus mensajeros con su Palabra poderosa y transformadora:

“Cuando los profetas Hageo y Zacarías, hijo de Iddo, profetizaron a los Judíos que estaban en Judá y en Jerusalén, en el nombre del Dios de Israel que estaba sobre ellos…” (Esdras 5:1).

Esta inyección de vitalidad y de esperanza a través del mensaje alentador y confrontador del Dios de Israel surtió un efecto inmediato. Los judíos respondieron al llamado de Dios y pusieron manos a la obra. Todo lo que durante años le pareció a los judíos infructuoso e inútil, se convirtió luego del mensaje del Señor en una posibilidad inminente. Esto se debe a que nunca un proceso de reconstrucción puede ponerse en marcha olvidando a la fuente directiva de la vida. Cuando los enemigos de Israel le pidieron cuenta a los trabajadores, ellos dijeron:

“Somos los siervos del Dios del cielo y de la tierra, y estamos reedificando el templo que fue construido hace muchos años, el cual un gran rey de Israel edificó y terminó” (Esdras 5:11).

Esta obediencia práctica a la exhortación de Dios hizo que la resiliencia espiritual surtiera su efecto revitalizador: “Y los ancianos de los Judíos tuvieron éxito en la edificación según la profecía del profeta Hageo y de Zacarías, hijo de Iddo. Y terminaron de edificar conforme al mandato del Dios de Israel y al decreto de Ciro, de Darío y de Artajerjes, rey de Persia” (Esdras 6:14).

CRISTO, LA FUENTE DE RESILIENCIA

¿En dónde radica la fuente de la resiliencia personal? Está en Jesucristo. Él puede llegar a ser el bombero, salvavidas, socorrista, policía y paramédico que la tragedia personal demanda para su reconstrucción. Jesús no se intimida con nuestros enemigos, no se cansa, no se distrae, ni tampoco anda a ciegas buscando sobrevivientes. Cuando desarrolló su ministerio terrenal hasta las fuerzas de la naturaleza se le sujetaron cuando sus discípulos le clamaron ante el temor del mar embravecido:

“Jesús se levantó, reprendió al viento y dijo al mar: ‘¡Cálmate, sosiégate!’ Y el viento cesó, y sobrevino una gran calma” (Marcos 4:39).

La gente que vivía a su alrededor lo buscaba incesantemente para lograr la tan ansiada resiliencia que los levantara de sus propias postraciones:

“Y dijo a Sus discípulos que tuvieran lista una barca para El por causa de la multitud, para que no Lo oprimieran; porque El había sanado a muchos, de manera que todos los que tenían aflicciones, para tocar a Jesús, se echaban sobre El” (Marcos 3.9-10).

Hoy, como ayer, es posible dejar el pesimismo de la destrucción por la confianza de la restauración. Jesucristo ha trabajado en situaciones de emergencia desde que nuestro mundo es mundo, ¿Habrá alguien más experimentado al cual recurrir? El mayor acto de resiliencia que Él puede hacer en tu vida es levantarte de tu propia muerte espiritual y ofrecerte una nueva vida a través del sacrificio que Él hizo por ti en la Cruz del Calvario.

LA RESILIENCIA ESPIRITUAL, MARCA DEL CRISTIANO MADURO

La resiliencia no es una opción para el cristiano maduro. Es su marca distintiva. La Palabra del Señor nos dice:

“Os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.“ (Hebreos 10:36).

Nuestro Maestro también nos lo advirtió :

“Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas.” (Lucas 21:19).

Y es que como parte de nuestro crecimiento espiritual y desarrollo cristiano, inevitablemente aprendemos a soportar dificultades y retrasos. Es posible que en diferentes momentos de nuestra vida tengamos que acostumbrarnos a librar más batallas prolongadas. Y en el proceso, aprendemos lo que significa aguantar de verdad, no apenas un día, una semana o un mes, sino tal vez muchos meses seguidos, o incluso años. Por medio de esas experiencias, aprendemos a aferrarnos de verdad a la Palabra de Dios y a sufrir penalidades como buenos soldados de Jesucristo (2 Timoteo 2:3).

Es posible que anteriormente no hayamos tenido que aprender paciencia y aguante de una manera tan tremenda; y cuando eso llega a nuestra puerta puede parecer una declaración dura. En nuestras batallas y padecimientos, en muchos casos es posible que las dificultades hayan sido más breves, con victorias rápidas como respuesta a nuestras oraciones. Hemos visto vidas transformadas y que se conquistan almas muy fácilmente. Hemos terminado tareas y hemos recibido rápidas respuestas a nuestras oraciones. Hemos visto curaciones rápidas. Sin embargo, todos enfrentamos situaciones en que tenemos que aceptar que tal vez nos aguarden temporadas prolongadas en que no veamos pruebas de victoria o ni siquiera mejoras, temporadas en que, en todo caso, es posible que nos sintamos muy mal.

Es posible que a veces no podamos apoyarnos en modo alguno en nuestras sensaciones y sentimientos, sino que tengamos que aferrarnos a las promesas de la Palabra de Dios, que Él todavía nos ama y sigue preocupándose por nosotros. Espera que sigamos adelante siguiéndolo a Él, independientemente de cómo nos sintamos, ni por cuánto tiempo no tengamos ganas de hacerlo. Es posible que sea necesario aprender a seguir adelante aunque pensemos que actuamos mecánicamente, cumpliendo simplemente con nuestra obligación porque Dios lo dice en Su Palabra.

La Palabra de Dios nos dice:

“Bienaventurado el hombre que soporta la tentación.” (Santiago 1:12)
“He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin que le dio el Señor, porque el Señor es muy misericordioso y compasivo.” (Santiago 5:11)
“Tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.” (2 Timoteo 4:5)
“También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.” (Romanos 5:3-4)

Saber que la Palabra de Dios nos dice que somos bienaventurados al aguantar, puede darnos valor para seguir adelante frente a aparentes situaciones sin esperanza. Puede que tengamos que seguir adelante hasta cuando parezca que todo está en contra de nosotros, confiando en que Dios nunca deja de cumplir ni una sola de Sus buenas promesas. Es posible que debamos optar por esperar en el Señor y reposar en los brazos de Jesús con esas promesas inquebrantables resonando en nuestra mente y corazón. Debemos cimentar nuestra fe en Su Palabra y confiar en que se cumplirá el propósito de Dios para cada uno de nosotros, a medida que creemos en Sus promesas y confiamos en ellas.

EL CRISTIANISMO NO ES UNA MODA PASAJERA QUE ABANDONAS CUANDO TE ABURRES, REQUIERE AGUANTE Y PERSEVERANCIA

No se puede ver la fe de la manera en que muchas personas ven el inicio de su matrimonio en la actualidad: «Bueno, si la cosa no sale bien, me divorcio». Debemos estar «plenamente convencidos» de lo que creemos, que Dios es capaz de hacer lo que promete (Romanos 4:21). Nuestra actitud debe ser:

“¿A quién iremos? ¡Tú tienes Palabras de vida eterna!” (Juan 6:68).

Si nos hemos consagrado y entregado, si hemos asumido un compromiso así con el Señor, entonces independientemente de lo difícil que sea la situación, seguiremos adelante por Su gracia; y seguiremos viviendo para el Señor de la manera que Él nos lo ha pedido.

¿QUÉ HAREMOS CUANDO EL DOLOR Y LAS PENALIDADES NOS ALCANCEN?

¿Nos encogeremos de miedo y temblaremos? ¿Esconderemos el rostro ante la posibilidad de sufrir penalidades? ¡No! Deberíamos estar entusiasmados, emocionados, ante las maravillas que el Señor hará por medio de nosotros. Si estás preocupado, o tienes miedo al futuro y sus incertidumbres, el secreto está en aumentar tu fe por medio de Su Palabra y las maravillosas promesas que ha dado el Señor. Aunque te encuentres en una época de sufrimiento o soportes dificultades en esta vida, puedes regocijarte porque es tu destino y tu llamado salir victorioso de ello, ¡ya sea en esta vida o en la próxima! Lo que debes entender cuando pases por épocas difíciles es que para los cristianos hay un propósito en todo lo que les sucede.

¡No debemos temer! Aunque es posible que tengamos muchos problemas, al menos sabemos que tienen una razón de ser, que todo es con un propósito. Entendemos que estamos en una guerra espiritual, y que la mayoría de nuestros problemas son consecuencia de eso, y que en última instancia nos dejan enseñanzas y nos fortalecen. Así pues, el simple hecho de saber que esos padecimientos tienen un fin útil, eterno, hace que nos resulte mucho más fácil soportarlo.

Tenemos la Palabra de Dios, la oración, las promesas del Señor, un ideal, un propósito, el poder del Espíritu y conocemos el plan del Señor para el futuro y a dónde vamos después de esta vida. Tenemos una razón para soportar con paciencia las épocas de tribulación. Por lo tanto, gloriémonos en nuestras debilidades, para que repose sobre nosotros el poder de Cristo (2 Corintios 12:9). ¡El Señor nos ha prometido que Su gracia será suficiente!

REFERENCIAS:

[1] «What is Resilience and Why is it Important to Bounce Back?». positivepsychologyprogram.com. 3 de enero de 2019. Consultado el 3 de enero de 2020.

[2] Santos, Rafaela: “Levantarse y luchar” (2013) Barcelona. Random House Mondadori. S.A. 3a. edición.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Dios está en control

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Te gustaría saber el día y la hora en que morirás? Imagina que existiera una aplicación para tu móvil capaz de llevar una cuenta regresiva de los días, horas, minutos, y segundos que te quedan de vida. ¿La instalarías en tu smartphone? Muchos quizá dirían que sí, ya que podrían planificar su vida, su partida, dejar sus negocios en orden o incluso “ajustar sus cuentas” con Dios antes de partir. Pero piénsalo bien ¿Crees que podrías vivir una vida normal y feliz si tuvieras acceso a tal información? Yo no lo creo ¡Sería espeluznante! ¡Tan solo imagina la ansiedad con la que vivirías!

TODOS AMAMOS ESTAR EN CONTROL

A pesar de que saber el día exacto de nuestra muerte sería algo inquietante y sombrío, la verdad es que a muchos seguramente les gustaría poder saberlo. El ser humano ama estar en control. A mí personalmente me gusta planear lo más que puedo y, cuando algo se sale del plan, fácilmente me frustro y hasta enojo. ¿Eres parecido a mí? Aun si no eres como yo de obsesivo, creo que la mayoría de nosotros preferimos estar en control de nuestro tiempo y de la mayoría de situaciones de nuestra vida. El problema con ello es que la vida no nos pide permiso para romper nuestra agenda. A diario se presentan situaciones que no esperamos y sobre las cuales no tenemos ningún control: la muerte de un ser querido, un accidente, una enfermedad incurable, etc. Afortunadamente Dios está siempre en control, incluso en esas situaciones. A Él nada le toma por sorpresa. Y el día de nuestra muerte no es la excepción.

El rey David escribió:

“Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos.” (Salmo 139:16).

Este versículo me fascina por varias razones. En primer lugar, nos muestra que desde el momento de nuestra concepción, Dios ya nos conoce. De hecho, lo hace desde antes de la fundación del mundo, ya que Dios es omnisciente. Además, es interesante que David usa la imagen de Dios escribiendo sobre la vida como si fuera un libro. ¿Sabes lo que esto significa? ¡Pues que Dios es el escritor de tu vida y de la mía! ¿No te trae eso descanso? ¿No te trae alegría? Dios te formó como eres. Aun si tienes un problema físico, o incluso una enfermedad incurable para el hombre, ese es el plan de Dios para ti (Éxodo 4:11). ¡Cómo! ¿Puede acaso una enfermedad crónica, una limitación física o incluso un defecto físico evidente ser parte del plan de Dios para mí?

Tan solo mira a Jesús. El cumplió el glorioso plan de Dios para su vida y hoy se sienta a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Tiene un Nombre que es sobre todo nombre. Sin embargo, dicho plan glorioso implicó también momentos sombríos, pobreza, sufrimiento y, finalmente, la muerte ignominiosa de la cruz.

Si Cristo, siendo el Hijo de Dios, aprendió obediencia y sumisión a la voluntad del Padre por medio de lo que padeció, con nosotros no será diferente:

“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen. ” (Hebreos 5:7-9)

De nosotros y para nosotros se dice:

“Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante.” (2 Corintios 4:17, DHH)
“Yo reconozco que tenemos que sufrir ahora, pero esos sufrimientos no son nada comparados con toda la gloria que vamos a recibir después.” (Romanos 8:18, PDT)

No importa si por el momento no le hayas sentido a las cosas. A su tiempo verás que Dios hizo lo mejor para ti. Incluso si te vas de esta vida sin entenderlo, lo entenderás más tarde, al otro lado del velo. No temas ¡Cree solamente!

LA VIDA Y LA MUERTE ESTÁN SUJETAS AL DESIGNIO DE DIOS

El día en que naciste, el cual era desconocido para tus padres cuando se enteraron de tu concepción, no era un misterio para Dios. Él sabía perfectamente bien cuando nacerías. El mismo principio es aplicable en relación a la muerte, y es que aunque yo no sé cuánto me queda de vida, Dios sí. La Biblia dice:

“El Señor da muerte y da vida; hace bajar al Seol y hace subir.” (1 Samuel 2:6).

También dice la Escritura:

“Vean ahora que Yo, Yo soy el Señor, y fuera de mí no hay dios. Yo hago morir y hago vivir. Yo hiero y Yo sano, y no hay quien pueda librar de mi mano.” (Deuteronomio 32:39).

El fin de mis días está dentro del decreto soberano de Dios. Me gusta pensar que Dios, el perfecto escritor de mi vida, ya escribió “el fin”. Él ya lo sabe. No le es un misterio. Puedo confiar que cuando venga mi hora, será cuando Dios lo haya designado, no antes ni después. Eso lo descubrí cuando un médico me dijo hace casi 15 años que moriría, que mi mal era incurable y que nada podría salvarme de cierta enfermedad. No conocía a Dios entonces (aunque yo creía que sí), pero afortunadamente Él sí me conocía a mi.

Al principio me frustré, me enfurecí y por cierto que blasfemé de mi suerte. Como muchos antes de mí, me rendí ante mi impotencia, acepté la realidad de mi próxima muerte, me acostumbré a la presencia de la misma y le dí la bienvenida como a una compañera. Ignoraba que Dios estaba obrando tras bambalinas. Que él guiaba mi historia a su feliz conclusión. Ignoraba que esa misma desgracia que entonces maldecía, sería la que me traería a los pies de Jesucristo en busca de esperanza, sanidad y salvación. Hoy, a varios años de ese día, puedo decir con total certeza: ¡La palabra definitiva sobre mi vida la tiene Dios, no el hombre! ¿Por qué lo sé? ¡Porque sigo vivo! ¡Porque Dios anuló la palabra de los médicos! Y porque, en vez de llamarme a la tumba ¡Dios me llamó al ministerio!

Sinceramente, me hace feliz saber que ni siquiera yo mismo controlo mi destino. Estoy muy agradecido por ello ¡Ni siquiera puedo imaginarme el desastre que sería mi vida si mi destino dependiera de mí! Ni siquiera el más poderoso de los hombres es dueño de su destino:

“Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place.” (Proverbios 21:1, LBLA)

Y por el hecho de que mi destino, tanto temporal como eterno, descansa en la sabiduría, el amor y la soberanía de Dios, yo puedo descansar pues:

“… Estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva.” (Filipenses 1:6, NTV)

HAY ESPERANZA PARA TÍ Y PARA MÍ

Mi amado hermano o amigo que lees esto: ¿Sientes que el enemigo te acecha como león rugiente para devorarte? No temas, sólo sé fiel y descansa en Dios, y mira lo que Él hará por ti. ¿Afrontas una situación difícil o una enfermedad incurable para el hombre? Que nada te robe la paz. Dios conoce tu situación, Él conoce el fin desde el principio. Tú no puedes ver en este momento cómo va a terminar todo, pero Dios ya estuvo en tu futuro y sabe lo que necesitarás a lo largo del camino y todo esto te servirá de preparación para cumplir con el destino que Dios ha planeado para ti.

No hay nada que tome por sorpresa a Dios. Camina en fe, porque lo que necesitarás te saldrá en el camino. Él conoce el fin desde el principio:

“Acordaos de las cosas anteriores ya pasadas, porque yo soy Dios, y no hay otro; yo soy Dios, y no hay ninguno como yo, que declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:9-10, La Biblia de las Américas).

Si eres creyente, puedes descansar en que toda tu vida, desde tu nacimiento hasta tu muerte, descansa en las manos de Dios. Así que vive para Él, glorifica su nombre, y confía: Él está en control. Los planes que Dios tiene para nuestra vida son perfectos. Quizá en ocasiones no son lo que esperamos o lo que queremos, pero siguen siendo perfectos. Podemos confiar que en nuestra vida, Dios es soberano. Por lo tanto, no te amargas ante las circunstancias actuales que escapan de tu control.

No pienses que ese diagnóstico médico o esa sentencia de muerte es definitiva. Créeme, ¡Lo sé por experiencia! La mente del hombre puede intentar planear su camino, pero es el Señor quien dirige sus pasos (Proverbios 16:9, 19:21; 20:24; 21:30, 31). Pues aunque nosotros podamos planear, el hombre pueda decir, o el mismo diablo deseara poder decretar algo sobre nuestra vida, al final se hace la voluntad de Dios. ¡Y eso es algo bueno! ¡Esas son buenas noticias! ¿Por qué no descansas en Dios?