ECLESIOLOGÍA, REFLEXIÓN BÍBLICA

Una iglesia que marca la diferencia

Por Fernando E. Alvarado

La iglesia primitiva conmovió los cimientos de Roma mediante el poder del Evangelio. A través de la obra del Espíritu Santo en sus corazones modelaron sus vidas de conformidad con la vida de Cristo, hacían lo que él había hecho, hablaban como él hablaba, se sacrificaron como él se sacrificó. El éxito de la iglesia primitiva no se debió a ellos mismos, ni fue por su estrategia solamente. Ciertamente no fue por su protagonismo, ni por sus recursos. Tampoco se dio por casualidad, ni mucho menos por su capacidad, fue por su total dependencia en el poder del Espíritu Santo.

La iglesia de hoy necesita devolverle al Evangelio la frescura y la pertinencia que le hemos quitado con el correr de los siglos, para ello es menester tomar la cruz y retomar la senda de la entrega total al Evangelio y el sacrificio por el prójimo.

LO QUE LA IGLESIA PRIMITIVA TENÍA (Y QUE AL PARECER NOSOTROS HEMOS OLVIDADO)

El contexto que enfrentó la iglesia cristiana del primer siglo fue muy similar al actual. Un mundo globalizado, pagano, amante del pecado, con una espiritualidad libre, signado por el libre comercio, desarrollado, con un gran idioma común (latín) y con leyes que se extendían uniformemente (derecho romano) bajo el dominio de Roma. Los desafíos de predicar el Evangelio no fueron menores, la iglesia utilizó una amplia variedad de formas y acciones para anunciar el nombre de Jesús en cada rincón del imperio, según el Espíritu les daba.

La iglesia impactó al Imperio Romano no por medio de su activismo político. Jamás trató de cambiar la sociedad accediendo al poder o dominando las altas esferas. El cambio se produjo por medio de un proceso de cambio espiritual. La iglesia conmovió las ciudades a través de la proclamación del Evangelio, saturaron cada ciudad con múltiples formas de compartir la Palabra de Dios. Proclamaban a Jesús como Señor. Por medio del arrepentimiento miles y miles de personas tuvieron un Señor, una fe, un bautismo, un solo Dios y Padre de todos que los impulsaba en unidad aún en medio de la diversidad.

No fue el llamado a la rebelión de las masas, ni la unión absurda a una lucha armada (lo cual de por sí es incoherente con los valores del Reino), ni mucho menos sembrando en sus feligreses el odio de clases (tal como fallidamente lo intentase la mal llamada Teología de la liberación en Latinoamérica) lo que generó tal cambio. La iglesia primitiva llevó adelante un proceso de transformación basado en el amor, encarnando los valores del Reino. Dios intervino poderosamente la realidad del Imperio Romano haciendo milagros, señales extraordinarias, pero fundamentalmente por medio del amor. Entre ellos no había ningún necesitado, nadie hacía propio lo que tenía, sino que servía para ayudar al otro.

Todo el proceso de transformación se sustentó en un concepto eclesiológico dinámico. Utilizaron una gran variedad de formas de trasmitir el mensaje, predicaron en todo tiempo, en todo lugar y ante toda circunstancia. No se ataron a estructuras rígidas o basadas en cargos y posiciones, sino por el contrario fueron flexibles y predominaron los dones y ministerios a la hora de funcionar como parte del cuerpo de Cristo.

¿POR QUÉ LA IGLESIA SE HA VUELTO IRRELEVANTE?

Nuestra cosmovisión define lo que somos y cómo actuamos. Una cosmovisión es una visión general del mundo. No se trata de una visión física del mundo, sino de una visión más bien filosófica, una perspectiva global sobre todo lo que existe y nos importa. La cosmovisión de una persona representa sus creencias más fundamentales y lo que asume acerca del universo en que habita. Refleja cómo respondería a las “grandes preguntas” de la existencia humana: preguntas fundamentales acerca de quiénes, y qué somos, de dónde venimos, por qué estamos aquí, a dónde vamos (si es que vamos a algún lugar), el significado y propósito de la vida, la naturaleza de la vida que existe después de la muerte, y qué es una buena vida aquí y ahora.

Lamentablemente, la iglesia de los últimos siglos ha vivido sumida en una cosmovisión cerrada, de oposición al mundo. Dicha cosmovisión marcó la marcha de la iglesia por muchos años y ocasionó un ostracismo injustificado. Encerrándonos en nuestros dogmas y sistemas nos desconectamos de la realidad y dejamos de dar respuestas a un mundo confundido que clame por ellas.

En otros casos la iglesia ha dejado de ser relevante ante el mundo ya que ha hecho del entretenimiento interno su razón de ser. Seminarios, campamentos, jornadas, retiros, talleres de autosuperación, eventos motivacionales, todo apuntando hacia adentro. Tan entretenidos estamos en nosotros mismos que nos hemos olvidado de la misión (Mateo 28:18-19).

En ciertas regiones del mundo la iglesia ha fallado al limitarse solamente a la protesta moral, siendo reactivos ante los cambios sociales. Nos hemos conformado con la incipiente participación política que estamos teniendo al punto que perdimos de vista que necesitamos alentar a las próximas generaciones para que ellos sean protagonistas de un cambio real por medio de la encarnación de los valores del Reino; y finalmente, la iglesia ha dejado de ser relevante para el mundo debido a que ella misma ha caído en el materialismo imperante en la sociedad de hoy. Nada ilustra mejor esta realidad que las tan comunes mega-iglesias de nuestras urbes latinoamericanas, iglesias tan plagadas de lujos, comodidades y escándalos financieros, tan desconectadas de una labor pastoral real y emblemas de una iglesia enriquecida en medio de un continente pobre, una iglesia con una impactante infraestructura en medio de ciudades con carencias fundamentales.

La iglesia de hoy, en muchos casos ebria de poder político, gloria del mundo y amor propio, bien podría decir como la iglesia de Laodicea: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad”, pero igual que lo hizo con los laodicenses, muy probablemente a nosotros también el Señor nos diría: “Tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.” (Apocalipsis 3:17-18)

Nuestros modelos de liderazgo, nuestros modelos de Igle-crecimiento, nuestro concepto mismo de iglesia necesita ser cuestionado. Puesto a la luz y comparado con modelos bíblicos de iglesias locales y liderazgos exitosos. Exitosos no según criterios mundanos, mas sí exitosos según el criterio divino.

VACIARNOS DE NOSOTROS MISMOS, LA CLAVE DE UN MINISTERIO EFICAZ Y EXITOSO A LOS OJOS DE DIOS

Una de las historias más fascinantes de toda la Escritura es la vida y ministerio de Juan el Bautista. A diferencia de otros, Juan el Bautista no hizo milagros, no conquistó reinos, no derribó murallas, no hizo caer fuego del cielo, no sanó enfermos, no levantó paralíticos, no mató gigantes, pero Jesús habla de él y dice: “Les aseguro que entre los mortales no se ha levantado nadie más grande que Juan el Bautista” (Mateo 11:11 – NVI).

Juan el Bautista fue el mayor no por lo que hizo, sino por haberse vaciado lo suficiente para mostrar únicamente al Mesías y señalarlo (“soy sólo la voz de uno que clama en el desierto”). La iglesia debe hacer lo mismo, vaciarse para poder exaltar, señalar, y mostrar solamente a Jesús, nuestro Señor y Salvador.

El cristianismo antropocéntrico debe morir, dando lugar a un cristianismo teocéntrico, cristocéntrico, centrado en la Palabra infalible de Dios y sujeto a la voluntad y guianza del Espíritu Santo. Sólo así la iglesia volverá a ser relevante. Sólo así impactará la sociedad y cumplirá con su propósito divinamente asignado.

UN ENFOQUE MINISTERIAL CENTRADO EN DIOS, ORIENTADO A BUSCAR SU GLORIA Y ACTIVAMENTE ENTREGADO A PONER EN PRÁCTICA EL AMOR AL PRÓJIMO

La iglesia en la actualidad, si realmente anhela ser eficiente y eficaz en la misión encomendada por nuestro Señor necesita, básicamente, volver al criterio que utilizaba Jesús cuando interactuaba con las personas. Conocía su problemática, sabía sus necesidades, pero fundamentalmente se acercaba a ellos con un lenguaje claro, simple, que trasuntaba cercanía, proximidad. A los agricultores les hablaba sobre agricultura, a los pescadores sobre pesca, a los sembradores sobre siembra. A cada realidad y a cada contexto de manera integral les acercaba los valores del Reino.

Pero eso no es todo, una iglesia que realmente está comprometida con el Evangelio de Jesucristo es consciente de la necesidad de las personas y sus carencias, no sólo espirituales sino afectivas, económicas, laborales, sociales y familiares. Jesús se comprometió con las personas integralmente. Sanó a los enfermos, limpió a los leprosos, dio de comer a los hambrientos, revivió a los muertos, consoló a los que sufrían y perdonó a los pecadores. Un compromiso sin acción es indiferencia y una fe sin compromiso es simplemente religión.

Nuestro desafío de ser relevantes en un mundo cada vez más sumido en el pecado y la materialidad pasa por quitar la vista de las cosas puramente mundanas, aquellas que son por naturaleza contrarias a los valores del Reino: “Pues el mundo solo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos, y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo.” (1 Juan 2:16, NTV). Tristemente, gran parte de la iglesia actual se ha amoldado a los valores del mundo, a sus patrones, a sus esquemas a sus parámetros de éxito. Pensamos que son exitosos los ministerios grandes, los que movilizan gran cantidad de personas, los cultos vistosos, deslumbrantes, es lo que llamo “cultura de la plataforma”. Esto sin duda es importante porque la iglesia está llamada a salvar a la mayor cantidad de personas posibles; no obstante, el éxito en sentido bíblico se mide por los frutos, por la exteriorización y encarnación de los valores de la cultura de Jesús (Filipenses 2:5-8).

La iglesia necesita recordar que no somos exitosos cuando el mundo nos ama. De esto ya nos advirtió Jesús: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas!” (Lucas 6:26). Somos exitosos cuando somos obedientes a Dios y a la Palabra, cuando somos santos, cuando hacemos la voluntad del Padre, cuando amamos y tenemos misericordia, cuando hacemos y amamos justicia, cuando defendemos al pobre y a la viuda, cuando hacemos lo que Jesús haría en nuestra ciudad.

La iglesia debe ser la voz de los que no tienen voz. Dice el libro de Proverbios: “Habla a favor de los que no pueden hablar por sí mismos; garantiza justicia para todos los abatidos. Sí, habla a favor de los pobres e indefensos, y asegúrate de que se les haga justicia” (31:8-9- NTV). La iglesia fue llamada a defender y hacer justicia, proclamar el año agradable del Señor. Nunca debemos perder de vista que el Evangelio de Cristo trajo dignidad a las personas, equiparó sus derechos, asistió a los necesitados y defendió a los menesterosos y viudas. La conceptualización de la justicia social no ha cambiado.

Hoy tenemos el deber de alzar nuestra voz por lo que nos tienen voz, pero también de interceder y amar a todos, incluso a los que desean anular la voz de los demás. Ayudar al prójimo y velar por sus derechos jamás implicará sembrar odio de clases, inspirar la anarquía o generar caos social, sino todo lo contrario. Es preciso saber comunicar adecuadamente el mensaje del Evangelio, a fin de que este no se confunda con ideologías de izquierda o derecha, ni de ningún otro tipo.

Por último, pero no menos importante, es que la iglesia de hoy sepa traspasar debidamente a las nuevas generaciones la antorcha de la fe, a fin de que, después de nuestra partida, no se levante una generación que no conozca a Dios (Jueces 2:10). La iglesia está comenzando a despertar de un largo letargo y reclusión. Estamos teniendo visibilidad pública y la ideología de género, el aborto, la eutanasia y las imposiciones de otras ideologías y sistemas tiránicos e inmorales han sido, en última instancia y aunque nos pese, el instrumento que Dios permitió para unirnos, visibilizarnos y sacudirnos. En este sentido no alcanza con enseñar, no es suficiente sentar nuestra posición, es menester alentar e inspirar a las próximas generaciones para que ellas ocupen nuestro lugar en la defensa de los valores del Reino. Para que se sienten en lugares de preeminencia, estén donde hoy no estamos nosotros, se sienten en los lugares donde hoy no estamos accediendo. Y no para gloria de hombre alguno, por interés material o por el simple deseo de imponer en ámbitos políticos nuestra religión (pues no creemos que religión alguna deba ser impuesta valiéndonos del poder político), sino para dar gloria a Dios y ser la brújula moral de este mundo perdido. Ese es nuestro deber: que las próximas generaciones nos superen en fruto y extensión del Reino de Dios.

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