La moda del nuevo calvinismo, que durante poco más de una década sacudió a buena parte del protestantismo latinoamericano, va pasando: en la región ya cede, y solo en algunos países superarla está costando, allí donde las redes sociales, las sectas digitales y los influencers revoltosos siguen siendo escuchados y permiten que el problema sobreviva. Su expansión ha generado tensiones reales en iglesias arminianas y pentecostales: cambios pastorales inesperados, reorientaciones doctrinales no declaradas y divisiones congregacionales. Este artículo sostiene que, al margen de si existe o no una estrategia organizada de infiltración —algo que las fuentes consultadas no permiten afirmar de manera generalizada—, el problema de fondo es ético: cuando un movimiento se establece en comunidades ajenas para reordenarlas desde dentro y sin transparencia, daña el cuerpo de Cristo. Frente a ello, la ética cristiana ofrece dos criterios elementales: si no estoy de acuerdo con una iglesia y su confesión de fe, lo honesto es irme y no dividirla; y si fui recibido con amor, lo justo es corresponder con lealtad y no con daño.
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El demiurgo malévolo: Cómo la doble predestinación calvinista convierte a Dios en autor del pecado
El presente artículo examina críticamente la doctrina calvinista de la doble predestinación, tal como fue formulada por Juan Calvino y desarrollada por sus sucesores, a la luz del testimonio bíblico y de la coherencia teológica. Sostiene que dicha doctrina es incompatible con el carácter de Dios revelado en las Escrituras, contradice pasajes bíblicos explícitos —Santiago 1:13, Ezequiel 33:11, 2 Pedro 3:9, 1 Juan 4:8, Génesis 18:25, 1 Timoteo 2:4— y conduce a consecuencias teológicas inadmisibles, entre ellas la conversión de Dios en autor del pecado y del mal. El análisis se articula en cuatro ejes: (1) el testimonio bíblico contra la doble predestinación; (2) la incompatibilidad con los atributos divinos de justicia y amor; (3) la cuestión del autor del pecado y sus implicaciones para la teodicea, con especial atención a las respuestas calvinistas contemporáneas —Bignon, White, Bruce, Helm— y a las críticas que revelan sus límites; y (4) la coherencia interna del sistema calvinista y las alternativas teológicas que preservan tanto la soberanía divina como la libertad humana genuina. Se concluye que la doble predestinación, lejos de ser una verdad misteriosa que deba aceptarse a pesar de su aparente contradicción moral, es una construcción teológica que debe ser rechazada porque hace de Dios un ser moralmente aborrecible y contradice el testimonio unánime de las Escrituras sobre la universalidad de la oferta salvífica y la justicia de Dios en el juicio.
La Confesión Arminiana de 1621: Capítulo 2 — El conocimiento de la esencia de Dios
Este artículo examina el Capítulo 2 de la Confessio sive Declaratio Sententiae Pastorum qui in Foederato Belgio Remonstrantes vocantur (1621), titulado «Sobre el conocimiento de la esencia de Dios». Se analiza cómo los autores remonstrantes construyen una teología de los atributos divinos que, siendo fiel a la tradición protestante, despliega una visión de Dios profundamente personal y relacional. El estudio muestra que el Capítulo 2 no es una mera enumeración escolástica de perfecciones divinas, sino una invitación a conocer a Dios de manera salvífica, donde cada atributo se convierte en fundamento para la adoración, la confianza y la vida ética del creyente. En el contexto posterior al Sínodo de Dort (1618-1619), esta exposición de la naturaleza divina constituye una afirmación de que el Dios de los remonstrantes no es un déspota arbitrario que decreta la condenación de unos y la salvación de otros, sino un Padre bueno que se revela en Cristo y que respeta la libertad de sus criaturas.
La Confesión Arminiana de 1621: Prefacio y Capítulo 1 — Fundamentos epistemológicos y hermenéuticos de la protesta remonstrante
Este artículo analiza el Prefacio y el Capítulo 1 de la Confessio sive Declaratio Sententiae Pastorum qui in Foederato Belgio Remonstrantes vocantur (1621), documento fundacional del arminianismo holandés. Se examina cómo los autores establecen una defensa teológica y ética de su posición, articulando una doctrina de la Escritura que, siendo formalmente protestante, desplaza sutilmente los ejes de autoridad al enfatizar la perspicuidad escritural por encima de las decisiones sinodales, y al definir un marco hermenéutico que prioriza la interpretación individual piadosa frente al magisterio eclesiástico post-Dordrecht. El estudio demuestra que el Prefacio y el Capítulo 1 constituyen una respuesta integral al contexto polémico posterior al Sínodo de Dort (1618-1619), configurando una epistemología teológica diseñada para justificar la disidencia doctrinal dentro de los límites de la ortodoxia reformada.
La Confesión Arminiana de 1621: Un hito en la historia del pensamiento protestante
La Confesión Arminiana de 1621 no es simplemente un artefacto del pasado, un testimonio fosilizado de controversias ya superadas. Es, ante todo, un documento vivo que sigue hablando a quienes buscan comprender la fe cristiana desde una perspectiva que enfatiza la responsabilidad humana, la universalidad de la gracia y la primacía del amor sobre la coerción doctrinal.
PPA Biblia & Teología responde | ¿Robots programados o seres libres? El dilema detrás de la doctrina de la elección incondicional
La Biblia muestra que las personas pueden endurecer sus corazones (Hebreos 3:12-15) o resistir la verdad (Romanos 1:18-20). La gracia de Dios es suficiente para todos, pero no todos responden a ella, no porque Dios lo haya decretado, sino porque la fe implica una decisión personal.
PPA Biblia & Teología responde | ¿Nos obliga Dios a salvarnos? (Juan 8:36)
Creer que la gracia es irresistible contradice frontalmente la Biblia, ya que la idea de una "elección forzada" por parte de Dios implica que la salvación o la libertad espiritual se impone al ser humano sin posibilidad de rechazo, como si el libre albedrío fuera anulado por una gracia que, lejos de ser gracia, se vuelve manipulación. Las Escrituras, sin embargo, presentan un panorama diferente: Dios ofrece libertad a través de su Hijo, pero esta libertad requiere una aceptación voluntaria. Si bien Juan 8:36 afirma que “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36), es más que evidente que esta libertad no es automática ni impuesta; proviene de Dios, pero solo se realiza en aquellos que aceptan la intervención del Libertador, es decir, Jesucristo. La libertad divina no es un decreto unilateral que anula la voluntad humana, sino una propuesta que invita a una respuesta activa. Sin esta aceptación, el individuo permanece en su estado anterior de esclavitud al pecado, lo que contradice cualquier noción de una elección forzada.
La continuidad de los dones en la historia y la teología wesleyana
Resulta una premisa ampliamente extendida, casi un axioma dentro de ciertos círculos teológicos contemporáneos, sostener que el movimiento pentecostal constituye el único, o al menos el primer, baluarte moderno en la defensa y práctica de la continuidad de los dones carismáticos del Espíritu Santo. No obstante, un examen más profundo de la historia eclesiástica y la teología pietista revela que esta afirmación, aunque comprensible en su contexto, requiere de una significativa matización.
El pecado original en la teología wesleyana
La perspectiva wesleyana del pecado original armoniza la sombría realidad de la depravación humana con el resplandor esperanzador de la gracia divina. Lejos de ser un destino inescapable, la corrupción heredada de Adán se presenta como el umbral de una transformación radical, donde la fe activa y la acción divina convergen para renovar la imagen de Dios en la humanidad.
La doctrina de la depravación del hombre en la teología oriental
La teología oriental ofrece una perspectiva matizada sobre la condición humana tras la caída, rechazando la noción de una depravación total en favor de una visión que equilibra la gravedad del pecado con la permanencia de la imagen divina y la libertad humana. A través del concepto de sinergia, la tradición ortodoxa enfatiza la cooperación entre el hombre y Dios en el camino hacia la salvación, presentando un modelo teológico que destaca la esperanza y la participación activa en la vida divina. Este enfoque no solo distingue a la teología oriental de sus contrapartes occidentales, sino que también refleja su enfoque en la theosis como el propósito último de la existencia humana.