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«¡Los perros no van al cielo! ¿O sí?» | La redención cósmica y el destino eterno de los animales (Una respuesta escatológica y ecoteológica a la restauración de toda la creación)

Por Fernando E. Alvarado

Justo el día en que partíamos hacia nuestro viaje misionero en Chile, Dark, el perro que alegraba el hogar de mis suegros y con quien todos estábamos profundamente encariñados, falleció. La urgencia del vuelo inminente nos impidió darle el último adiós y sepultarlo con nuestras propias manos; sin embargo, mi suegro se encargó de enterrarlo con todos los honores de una entrañable mascota familiar en el terreno de mi cuñada. Este doloroso episodio, y el vacío inevitable que dejó su ausencia, motivaron a mi cuñado y a mi esposa (mientras íbamos en el carro rumbo al aeropuerto) a plantearme una pregunta tan inevitable como profunda: «¿Van los perros al cielo? ¿Qué pasa realmente con ellos?» Ese trasfondo de pérdida y esperanza silenciosa sirvió de escenario para dar forma a la siguiente reflexión.

La pregunta de mi esposa y de mi cuñado quizá le resulte absurda y cómica a muchos, pero no, no lo es. El debate en torno al destino eterno de los animales ha cautivado históricamente tanto la sensibilidad pastoral como la reflexión teológica. Si le preguntas a un teólogo sobre el futuro de tus amadas mascotas que han muerto, generalmente te dirán de una que «los perros no van al cielo». Es obvio ¿O no? «¡Son simples animales!“» Ese punto de vista es sostenido al unísono por teologías excesivamente dualistas o antropocéntricas que reducen la salvación escatológica a una huida incorpórea de la materia. Sin embargo, una escatología cristiana robusta, fundamentada en la integridad de la revelación bíblica y enriquecida por la pneumatología pentecostal y la ecoteología contemporánea, revela una esperanza mucho más vasta: la restauración de toda la creación (Romanos 8:19-21).

Teólogos como C.S. Lewis y John Wesley, quizá ante la perdida de una de sus queridas mascotas, examinaron el estatus de los animales tras la muerte y su participación en el horizonte escatológico del Reino de Dios, fundamentando el análisis en la autoridad de las Escrituras. Ambos consideraron el valor intrínseco de la creación no humana en el proyecto divino. Pero ¿A qué conclusiones llegaron?

Para empezar, debemos recordar que desde las páginas iniciales del Génesis, la narrativa bíblica rechaza cualquier visión utilitaria o despectiva del mundo animal. En la creación, Dios no solo forma al ser humano, sino que establece un pacto continuo con toda criatura viviente. Las Escrituras afirman que los animales poseen el nephesh (alma o ser viviente), compartiendo con el hombre el aliento de vida (Neshamah y Ruach) soplado por el Creador (Génesis 1:30, 7:15). En el relato del diluvio, el pacto de Dios no se sella únicamente con Noé, sino explícitamente «con todo animal viviente» (Génesis 9:9-10). Como bien recordaba John Wesley en su sermón La liberación general (1781), Dios manifiesta una tierna misericordia hacia las obras de sus manos. Wesley argumentaba que el Creador proveerá compensación por el sufrimiento de las criaturas bajo el yugo de la caída:

«No dudo de que el Padre de todos tiene una tierna consideración incluso por sus criaturas más humildes y que, en consecuencia de esto, les compensará ampliamente por todo lo que sufren mientras están bajo su actual esclavitud».

Desde una perspectiva ecoteológica, esto desmantela el antropocentrismo radical. Los animales no son meros accesorios del escenario terrenal, sino sujetos de la providencia y el cuidado divino. Pero hay algo más…

𝐋𝐀 𝐂𝐀𝐈𝐃𝐀 𝐂𝐎𝐒𝐌𝐈𝐂𝐀 𝐘 𝐋𝐀 𝐒𝐎𝐋𝐈𝐃𝐀𝐑𝐈𝐃𝐀𝐃 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐂𝐑𝐄𝐀𝐂𝐈𝐎𝐍 𝐂𝐎𝐍 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐌𝐁𝐑𝐄
La teología evangélica insiste en la historicidad de la caída de Adán y sus repercusiones cósmicas. El pecado humano no afectó únicamente la condición moral del hombre, sino que sumergió a toda la creación en la futilidad y el dolor (Génesis 3:17-19). El apóstol Pablo, en Romanos 8:20-22, describe gráfica y teológicamente la condición actual del cosmos (la caída cósmica y la solidaridad de la creación en el sufrimiento).

Esta solidaridad en el sufrimiento justifica la sensibilidad afectiva humana hacia los animales. C.S. Lewis, en El problema del dolor, intuyó esta conexión profunda al reflexionar sobre el vínculo entre el hombre y las bestias:

«Bien puede ser que ciertos animales alcancen la inmortalidad, no por derecho propio, sino por ser recordados y amados por el hombre».

Lewis comprendía que la existencia animal adquiere un reflejo del orden divino precisamente a través de la relación de amor y mayordomía que el ser humano ejerce sobre ellos.

Una aportación fundamental de la teología pentecostal a este debate es su énfasis pneumatológico. El Espíritu Santo (Ruach HaKodesh) no es únicamente el agente de la regeneración soteriológica individual, sino el Principio Vital y Cosmizador de todo lo existente. El Salmo 104:30 declara con poder: « Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra». La obra del Espíritu en la escatología no es la aniquilación de la materia o la destrucción del mundo físico para reemplazarlo por un plano puramente espiritual, sino la transformación y redención de lo creado.

Como señaló C.S. Lewis al reevaluar sus propias intuiciones en 1962, estas esperanzas sobre el destino de la creación solo cobran verdadero sentido al «tomar en serio la resurrección del cuerpo». El cristianismo histórico no predica una inmortalidad platónica de las almas despojadas de materia, sino la redención corpórea. Si Cristo resucitó en un cuerpo glorificado y material como primicias de los que durmieron (1 Corintios 15:20), la promesa abarca la renovación integral del cosmos.

La culminación de la historia bíblica no se halla en un cielo etéreo y distante, sino en la venida de los nuevos cielos y la nueva tierra (Apocalipsis 21:1). La escatología bíblica es eminentemente terrenal y espacial. Los profetas del Antiguo Testamento visualizaron la restauración escatológica incluyendo explícitamente a los animales en una armonía redimida:

«Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará… El niño jugará sobre la cueva del áspid… No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar» (Isaías 11:6-9)

Siguiendo la línea de John Wesley, en el plan soberano de Dios para la consumación de los tiempos, incluso su creación animal tiene un futuro eterno en el amor de Dios.

En el mundo final descrito por la revelación, nada hermoso se pierda por completo, porque el amor de Dios abarca la totalidad de su obra creadora. La misericordia divina se extiende más allá de los límites de la racionalidad humana para abrazar a todo ser que refleje la gloria de su Creador.

Decir simplistamente que «los perros no van al cielo» refleja una teología empobrecida que ignora el ancho alcance de la redención de Cristo. Desde una perspectiva plenamente evangélica y ecoteológica, la cruz de Cristo no solo reconcilia a la humanidad caída con Dios, sino que sella la paz y la redención del cosmos entero (Colosenses 1:19-20).

Los animales, creados por el Padre, redimidos en su propósito por el alcance cósmico de la obra de Cristo, y vivificados por el Espíritu Santo, forman parte de esa gran sinfonía de la creación que un día exclamará alabanza al Creador en los nuevos cielos y la nueva tierra. La esperanza cristiana no destruye la creación; la glorifica.

𝐂𝐑𝐄𝐀𝐃𝐎𝐒 𝐏𝐀𝐑𝐀 𝐀𝐋𝐀𝐁𝐀𝐑 𝐀 𝐒𝐔 𝐂𝐑𝐄𝐀𝐃𝐎𝐑 𝐘 𝐑𝐄𝐃𝐈𝐌𝐈𝐃𝐎𝐒 𝐏𝐎𝐑 𝐄𝐋
Y he aquí la cereza del pastel en esta reflexión teológica: A lo largo de las Escrituras leemos que los animales alaban a Dios. No sabemos exactamente cómo lo hacen, pero nuestra incapacidad para comprenderlo no debe impedirnos creerlo. Consideremos los salmos. El Salmo 148 ordena a toda la creación que alabe al Señor, incluidos los animales:

«Las bestias y todos los animales domésticos, los reptiles y las aves voladoras… Alaben el nombre de Jehová, porque solo su nombre es enaltecido. Su gloria es sobre tierra y cielos» (vv. 10-13).

Si de alguna manera los animales caídos, sombras de lo que una vez fueron, pueden alabar a Dios en esta Tierra caída, ¿cuánto más deberíamos esperar que lo hagan en la Nueva Tierra? Como reza el Salmo 150:6: «Todo lo que respira alabe a JAH». Dado que se dice que los animales tienen aliento, están indudablemente incluidos entre los convocados a adorar al Creador. Y es aquí donde ciertos pasajes del Apocalipsis reafirman proféticamente esta realidad al indicar que toda la creación participará en la adoración celestial:

«Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 5:13).

Si «todo lo creado en el cielo y en la tierra» incluye a los animales, es evidente que los animales alaban a Dios. Pero eso no es todo. El ejemplo más sorprendente de animales alabando a Dios en el cielo a menudo se pasa por alto debido a la selección de palabras en las traducciones bíblicas tradicionales. Se nos dice repetidamente en el Apocalipsis acerca de los «seres vivientes» que rodean el trono celestial:

«Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas alrededor, y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: ¡Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir!» (Apocalipsis 4:8).

La palabra griega original traducida aquí como «seres vivientes» es zoon. En la mayor parte del Nuevo Testamento, esta misma palabra se traduce simplemente como «animal» (por ejemplo, en Hebreos 13:11; 2 Pedro 2:12 y Judas 1:10). En la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento), zoon se empleaba constantemente para traducir las palabras hebreas referentes a los animales, incluidos los «seres vivientes» del mar (Génesis 1:21; Ezequiel 47:9). Fuera de las Escrituras, en la literatura extrabíblica de la época, zoon se refería de forma común a los animales ordinarios. En escritos extrabíblicos, zoon se refería comúnmente a los animales ordinarios y se usaba para los animales divinos de los egipcios y el ave mitológica llamada Fénix (1 Clemente 25:2-3). En todos los casos dentro y fuera de las Escrituras, esta palabra no significa una persona ni un ángel, sino un animal.

Prácticamente en todos los contextos, esta palabra no denota a una persona ni a un ángel, sino a un animal. Si bien las connotaciones negativas del término «Zoon» llevaron a los traductores posteriores a decantarse por «seres vivientes» en lugar de «animales», esto fue simplemente para evitar la extrañeza de que los lectores imaginaran a animales parlantes adorando alrededor del trono divino. Sin embargo, la traducción más fiel y natural es simplemente «animales».

Estos seres vivientes se describen con la apariencia de un león, un buey, un hombre y un águila (Apocalipsis 4:7), guardando plena consonancia con las visiones de Ezequiel (Ezequiel 1:5-14; 10:10-14), donde son identificados como los querubines —los guardianes del Edén mencionados por primera vez en Génesis 3:24, cuyas imágenes doradas sobre el Arca de la Alianza simbolizaban su absoluta cercanía a la presencia de Dios—.

De algún modo, nuestra limitada visión teológica ha fallado en comprender que los seres celestiales que claman incesantemente «¡Santo, santo, santo!» son, en esencia, animales: criaturas vivas, con aliento, dotadas de inteligencia y articulación que moran en la presencia inmediata de Dios para adorarle. Son prototipos celestiales, mayores y preexistentes a los animales que hoy conocemos en la Tierra.

Al comprender la profundidad de estos pasajes bíblicos, queda totalmente demolida la premisa reduccionista de que los animales «no encajan en el propósito principal del cielo, que es la articulación de la alabanza de Dios». Muy por el contrario, un análisis riguroso de la revelación escatológica nos demuestra que, junto con los ángeles y los ancianos redimidos, ¡algunos de los seres primarios que aparecen articulando la alabanza de Dios en el corazón del cielo son animales!

De este modo, la escatología cristiana no solo vindica la materia y redime la creación gimiente, sino que eleva a los animales al lugar para el cual fueron diseñados desde el principio: glorificar eternamente al Dios que los creó y los ama.

𝐁𝐈𝐁𝐋𝐈𝐎𝐆𝐑𝐀𝐅𝐈𝐀 𝐘 𝐑𝐄𝐅𝐄𝐑𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀𝐒:

  • Alcorn, Randy. Heaven. Tyndale House Publishers, 2004.
  • Lewis, C.S. El problema del dolor (The Problem of Pain). Editorial
    CLIE, 2003.
  • Lewis, C.S. Letters to an American Lady. William B. Eerdmans Publishing Company, 1967.
  • Wesley, John. Sermons on Several Occasions, Vol. 2. Sermón Nº 60: «The General Deliverance». Abingdon Press, 1985. (Originalmente publicado en 1781).
  • Barth, Karl. Church Dogmatics, Vol. III/4: The Doctrine of Creation. T&T Clark, 1961.
  • Bauckham, Richard. Bible and Ecology: Rediscovering the Community of Creation. Baylor University Press, 2010.

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