Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Recuerda: ¡No podemos mandar a Dios!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

¿Estás pidiendo algo y Dios parece darte un “no” por respuesta? ¿Le pides a Dios ciertas cosas y estas nunca llegan? No es que Dios sea sordo, sino que quizá no estás pidiendo correctamente, o lo que pides no está de acuerdo con la voluntad de Dios. Hemos oído tantas veces que “la fe mueve la mano de Dios”, al punto que quizá hemos llegado a pensar que nuestras oraciones, reclamos y decretos pueden torcerle el brazo y obligarlo a darnos lo que Él no desea para nosotros. Pero eso es falso: “Nuestro Dios está en los cielos; El hace lo que le place.” (Salmos 115:3), no lo que nosotros intentamos ordenarle.

¿Cómo? ¿Acaso no es la voluntad de Dios sanarnos todo el tiempo, darnos ese trabajo, adquirir esa posesión o salvarnos de la misma muerte? ¡No siempre! Quizá esto no suene al Evangelio que conozcas o te prediquen en la televisión. Y es que a Dios le tiene sin cuidado lo que pueda decir el falso Evangelio de la Prosperidad, la confesión positiva o cualquier otra moda teológica. Él no obedece decretos, no le interesa que “arrebates” lo que creas que es tuyo ni escuchará confesiones positivas contrarias a su voluntad, pues “todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle ‘¿Qué has hecho?’.” (Daniel 4:35).

El fin supremo de todo es la gloria de Dios, no la nuestra. Nuestras oraciones solo tienen valor cuánto humildemente nos rendimos y decimos “hágase tu voluntad” (Mateo 6:10) en vez de querer obligar a Dios a hacer la nuestra. En 2 Samuel 7:18-26, la oración de David para que Dios ratificara Su promesa y bendijera la casa de David fue motivada por el deseo de ver el nombre de Dios magnificado. Nuestras oraciones para que Dios nos bendiga deben estar motivadas por lo mismo. Al pedir la bendición del Señor, busquemos hacerlo no solo para nuestro beneficio, sino para que el Señor sea glorificado por nosotros y por los demás.

¿Es esa sanidad que deseas tanto para glorificar a Dios, o simplemente quieres más tiempo para seguir deleitándose en el pecado? ¿Anhelas honrar a Dios con tus bienes, o simplemente quieres adquirir más para gastar en los deleites temporales del pecado? Examínate a tí mismo. Dios ya sondeó tu corazón y sabe lo que realmente harás con la “bendición” que le estás pidiendo. Él no te dará lo que no conviene, pues a Dios le interesa más tu salvación eterna que tú comodidad terrenal. Santiago lo explica claramente: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Santiago 4:3).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Teología

¡Necesitamos más predicación teológica!

Por: Fernando E. Alvarado.

Uno de los mayores problemas de la predicación evangélica contemporánea es que las predicaciones cristianas muchas veces no son verdaderamente cristianas. Son morales en el mejor de los casos, herejías en la mayoría. El evangelio de la prosperidad es solo la punta del iceberg. Pocos predicadores estarán dispuestos a admitirlo, pero muchas de las predicaciones no apuntan a Cristo, no revelan a Cristo, no hablan de Cristo o de su obra, de sus promesas o de cómo ser como Él. Cuando solo predicamos que no debemos mentir, que no debemos robar, o que debemos amar a nuestra esposa, aun cuando son principios útiles y hasta tradicionalmente cristianos, no son exclusivamente bíblicos. Los mormones, testigos de Jehová, y budistas enseñan y se adhieren a esos principios también. Las predicaciones moralistas son, en última instancia, una falta de respeto a la Biblia y a su autor, pues no estamos extrayendo de ella los grandes tesoros de conocimiento que contiene. Muchos predicadores “evangélicos” incluso han reducido el mensaje del Evangelio a una prédica legalista en la cual lo único que importa es que las mujeres no usen pantalones, se cubran el cuerpo lo más posible, no usen maquillaje, ni se corten el cabello. Pero ¿Es esto el Evangelio? ¿Por tan poca cosa vino a morir el Señor?

La predicación moralista (¿O debería decir legalista?) es un veneno que provoca una muerte lenta y silenciosa. Dicha predicación tiene como base un mal fundamento; pues busca que seres caídos se comporten cómo santos sin haber sido transformados por la gracia. ¿Ves por qué este tipo de predicación está destinada a fracasar? Muchos creyentes solo han oído hablar de normas toda su vida, pero no conocen las grandes verdades del Evangelio de la Gracia; ignoran (casi en su totalidad) la naturaleza de la obra expiatoria de Cristo; ignoran la naturaleza misma de la vida cristiana y jamás pueden experimentar en sí mismos la vida abundante que el Señor nos ofrece. ¿Por qué está pasando eso? Porque la predicación que se enfoca en ser mejores personas, en amar más, en odiar menos, en dar más, en vivir mejor, es una predicación que, aunque bien intencionada, está terminando de matar a personas desahuciadas. Es como dar veneno a una persona que se está muriendo. Ahora bien, no estoy diciendo que esté mal ser un mejor padre o ahorrar más dinero, o dar consejos sobre cómo llevar una vida sana y exitosa. Pero eso no es lo que Cristo vino a predicar, porque eso no es lo que necesitamos para vivir. Lo que hace la predicación moralista , legalista, e incluso aquella puramente motivacional, es poner una jarra de agua helada y deliciosa frente a alguien que está atado a una bicicleta estacionaria, sediento y cansado: Le muestra algo que necesita, pero que ¡Simplemente jamás alcanzará! Pues la naturaleza pecaminosa del hombre no se cambia dándole reglas ¡Solo la obra transformadora del Espíritu Santo puede hacerlo!

En contraste, la predicación bíblica y teológica le muestra al pecador la obra completa y suficiente de Cristo. Y esa obra de Jesús impulsa por gracia la vida del creyente hacia la santidad. ¿Teología? Sí. Eso que muchos que muchos “predicadores” rechazan estudiar, ¡Eso es lo que necesitan! Quizá te preguntes: ¿Por qué la necesitamos? ¿Acaso no nos ha ido bien sin ella? ¿Acaso los pentecostales no sumamos hoy millones alrededor del mundo? ¿Acaso no hemos impactado las naciones sin necesidad de tanta teología? ¡Absolutamente no! Y hoy estamos pagando el precio de nuestro error y desinterés por el estudio sistemático de la Biblia. Las herejías nos invaden, las modas teológicas arrasan nuestras iglesias. Los miembros de nuestras iglesias aceptan todo lo que viene, venga de donde venga, sin juzgarlo a la luz de la Palabra. ¿Por qué? ¡Porque lo que menos conocen es la Palabra! Necesitamos recordar que uno de los mayores peligros para todo creyente es no saber qué cree o por qué cree lo que cree. Por ignorancia de la Palabra muchos creyentes son presa de las sectas y de los falsos evangelios y modas teológicas. Y nosotros los predicadores, pastores y maestros somos los responsables de ello, pues no estamos alimentando sanamente al rebaño.

Como pastor y líder pentecostal me duele ver como el trabajo de tantos años se pierde a manos de los mormones, los testigos de Jehová, los pentecostales unicitarios, las sectas neopentecostales, etc. Como teólogo arminiano, me duele ver como nuestro legado, nuestra doctrina, nuestra fe histórica es menospreciada, pisoteada y humillada por las modas calvinistas, hipercalvinistas y neocalvinistas, las cuales, con su vieja y desgastada teología, deslumbran a nuestros jóvenes sedientos de la Palabra pero a la vez desconocedores de ella. Éstos, impresionados por la presumida erudición, sofistería y aparente lógica calvinista, terminan creyendo que nunca aprendieron nada significativo en nuestras iglesias y abandonan la fe, convirtiéndose en nuevos y fanáticos adoradores de ideas y doctrinas de hombres; idólatras a cual más de Calvino, Spurgeon, R.C. Sproul, Piper, Washer, MacArthur o cualquier otro simple mortal que ha ganado algún prestigio.

¿Quién tiene la culpa de esto? Pues nosotros, los pastores y maestros. Aquellos que, siendo responsables de la enseñanza del pueblo de Dios, han preferido mantenerlo en la ignorancia, viviendo de una fe ciega como si de algo bueno se tratase. Pero una fe ciega no es una virtud. En cambio, la predicación teológica crea creyentes centrados y arraigados en la fe (Colosenses 2:7). No estoy hablando de personas llenas de soberbia y arrogancia. Si ese es el caso, no es culpa de la predicación teológica, sino de otros factores, incluyendo una mala ejecución de ella. Santiago dice que “Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Sin embargo, reconocemos que la predicación que es rica en teología pondrá la base sobre la cual se construirá la vida del creyente. Predicar no es tarea fácil y no debe tomarse a la ligera. Cristo le ordenó a Pedro “pastorear a sus ovejas” (Juan 21:16), y esa orden persiste hasta nuestros días. Por lo tanto debemos actuar con responsabilidad cuando las ovejas de Dios vienen a escuchar la Palabra. ¿O será acaso que nosotros mismos tenemos una preparación teológica deficiente? ¿Estamos tan ciegos como aquellos a quienes pretendemos guiar? Si este es el caso (y me temo que a veces lo sea), ya sabemos lo que pasará: “son guías ciegos. Y, si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en un hoyo.” (Mateo 15:14, NVI).

Amado pastor y maestro:

Tu predicación tiene que ser rica en teología para que la gente vea, entienda, comprenda, y se maraville de las verdades de Dios. Tiene que ser rica en teología para que los jóvenes sepan qué creen, los adultos adoren a su Creador, y los ancianos enseñen a otros. Tiene que ser rica en teología porque el libro del cual predicas es rico en teología. Es rico en Dios, en su persona, su esencia, su plan, su mente. La predicación debe fomentar lealtad a Dios, no al pastor. La predicación no es “mi tiempo”, es el de Dios. Así que sé sabio y con temor y temblor acércate al púlpito a hablar solo lo que Dios ya habló. Que la predicación rica en teología construya por medio del Espíritu Santo a creyentes nutridos en teología bíblica.