Guerra Espiritual, Sin categoría

Verdades Distorsionadas: Extremos Peligrosos en la Guerra Espiritual.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Los cristianos estamos en guerra. No cabe duda: hay una batalla, pero no es contra sangre ni carne (Efesios 6:2). Nuestro enemigo no es visible a nosotros, por lo que no podemos simplemente observar su accionar. Pero Dios sí conoce los planes y las acciones de Satanás y sus demonios, por lo que la única forma de batallar es dependiendo totalmente en Él. Desafortunadamente, Satanás ha creado fortalezas en la mente de los cristianos sobre cómo batallar, lo que ha llevado a estrategias inefectivas y enfoques erróneos. Las Escrituras autentifican la realidad del mundo espiritual, incluyendo a los ángeles (amigos) y a los demonios (enemigos). Sin embargo, a los cristianos occidentales, incluyendo a los evangélicos y pentecostales, no les resulta fácil explicar y referirse a esta dimensión transempírica de la realidad.

Algunos grupos cristianos cuestionan teológicamente que la lucha espiritual sea real y relevante para sus vidas y ministerios. Y es que hay dos extremos de creencia que son graves en términos de combatir. Primero cuando al rechazar creer que hay una batalla, es fácil sufrir heridas espirituales puesto que nos encontramos sin las armas equipadas ni listas para los dardos que vienen. El otro extremo es el de atribuir todo lo que pasa a Satanás, lo que termina dándole más poder de lo que realmente tiene. Muchas personas creen que la forma de luchar contra estas potestades es una lucha de poder. Se comportan como detectives espirituales, siempre buscando al diablo para reprenderlo y arrebatarle lo que se ha llevado. Esta tampoco es la enseñanza de la Palabra.

Los pentecostales que amamos la sana doctrina reconocemos la realidad de la guerra espiritual. No obstante, entendemos que la batalla ya ha sido ganada por Cristo en la cruz, donde Él despojó a los principados y potestades demoníacas triunfando sobre ellas (Colosenses 2:15). Esta sola realización cambia totalmente el tono de nuestro luchar: batallamos con un enemigo que, en última instancia, ha sido derrotado. Entender la derrota de Satanás nos libra de sobre enfatizar el poder del maligno y conocer la Palabra de Dios nos llevará a estar alertas ante las asechanzas del diablo, para resistirlo (1 Pedro 5:8-9). Apoyados en la victoria conquistada por nuestro Señor Jesucristo en la cruz, nos centramos en fortalecer nuestra fe combinando la espiritualidad con acciones prácticas y directas. Oramos con intensidad, vivimos nuestra fe con entrega y pasión, pero recelamos de no caer en las prácticas mágicas y animistas a las que han sido arrastrados algunos creyentes en su obsesiva fiebre por la guerra espiritual.

Manteniendo dicho equilibrio teológico podemos asumir sin problemas la realidad de un conflicto implacable entre el reino de Dios y el gobierno temporal de Satanás, el príncipe de este mundo, quien es asistido por fuerzas demoníacas bajo su comando. Como creyentes pentecostales, aceptamos la realidad de un mundo espiritual tal como se revela la Escritura. La Biblia enseña claramente la existencia de un enemigo invisible dedicado a la destrucción de la humanidad y nos presenta claramente la vida humana como si se viviera en un contexto de continua contienda entre el reino de Dios y el reino de Satanás. La vida y ministerio de Jesucristo ponen en evidencia esta realidad. Inmediatamente después que el Espíritu Santo ungió a Jesús para que comenzara su ministerio público, Jesús experimentó una confrontación personal con Satanás (Mateo 4:1-11; Marcos 1:12,13; Lucas 4:1-13). Más tarde Él declaró: “Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28). Pedro hizo un resumen del ministerio de Jesús al declarar “cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). El apóstol Pablo advirtió a la iglesia de Éfeso: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

EL RESURGIMIENTO DE UNA DOCTRINA OLVIDADA.

La guerra espiritual permaneció como un concepto olvidado por años en el cristianismo, pero resurgió hace ya un poco más de 25 años dentro del movimiento evangélico, como parte de una estrategia evangelística y misionera. Esta estrategia comenzó a configurarse y a tomar impulso a partir del 1989, bajo el liderazgo de Peter Wagner, profesor del Seminario Teológico de Fuller, quien, además, tiene una larga experiencia como misionero en América Latina. Cabe destacar que el moderno resurgir del concepto de guerra espiritual ocurrió, precisamente el año en que cae el emblemático muro de Berlín y el mundo se abre a nuevos paradigmas que se expanden al ritmo de un galopante proceso de globalización, en medio del acentuado subjetivismo que caracteriza esta era posmoderna, marcada por un desplazamiento del ateísmo racional y materialista por doctrinas esotéricas y la búsqueda espiritual de mundos ocultos y otras percepciones del más allá.

Este movimiento que, además de a Wagner, tiene entre sus ideólogos a Charles Kraft, Ed Murphy, John Dawson, Neil Anderson, Héctor Torres y a Cindy Jacobs entre otros, además de activistas de alcance internacional y multitudinario como Omar Cabrera, Carlos Anaconndia, Claudio Freidzon, Rony Chavez y muchos otros, es promovido a través de redes con abundante literatura, seminarios, talleres, cruzadas, concentraciones multitudinarias, marchas y movilizaciones de grupos, lo que le ha ganado notable aceptación, no solo entre los neopentecostales, sino también entre los pentecostales clásicos y otras denominaciones evangélicas. Por ello, los pensadores evangélicos han definido la guerra espiritual como una corriente dentro del ciclo de los grandes movimientos renovadores que han matizado con nuevos impulsos la gran diversidad que a lo largo del tiempo ha caracterizado la práctica del evangelio. Esta corriente hace su aparición en el marco de lo que se ha llamado la tercera ola, periodo de avivamiento que pone énfasis en las señales y prodigios, y que ha tenido notable impacto en lo que tiene que ver con la forma como tradicionalmente estaban organizadas las denominaciones y con muchos otros aspectos de orden eclesiástico y espiritual. Como parte de esta llamada tercera ola, la guerra espiritual ha alcanzado en estos veinticinco años notorio impacto en todos los ámbitos protestantes y más allá.

DOS EXTREMOS PELIGROSOS EN RELACIÓN CON LA GUERRA ESPIRITUAL.

Es innegable que el resurgimiento del concepto bíblico de “Guerra Espiritual” ha sido de bendición para la iglesia. La guerra espiritual surge como un recurso renovador de la iglesia que acentúa con nuevo énfasis y vitalidad la oración. Esto en sí mismo es sumamente positivo. Sin embargo, como ya lo mencionaba antes, los cristianos pueden incurrir en dos extremos de creencia errados frente a la guerra espiritual: Ignorarla por completo o sobre enfatizarla. Analicemos los peligros de ambos extremos.

I.- NEGAR LA REALIDAD DE LA GUERRA ESPIRITUAL.

Nuestra cosmovisión occidental, las suposiciones teológicas tradicionales y un vocabulario bíblico teológico predeterminado, se unen para hacer que sea difícil discernir y enfrentar un vasto despliegue de realidades espirituales que operan más allá de la percepción sensorial de las personas. Desde el Iluminismo, el mundo occidental ha adoptado una orientación racional, humanista, científica, que tiende a evitar el discernimiento espiritual. La confianza en lo racional y en la lógica mental, la capacidad humana de resolver problemas y la habilidad de la ciencia para penetrar a lo profundo y las estructuras de lo que es real, hacen que sea difícil detectar, confrontar y tratar con un reino espiritual hostil. Incluso muchos cristianos evangélicos han llegado a la conclusión de que su experiencia de salvación los inmuniza del diablo y de los demonios. Para los pentecostales, su encuentro inicial del bautismo en el Espíritu Santo hace lo mismo. De este modo, creen que una vez hayan recibido el bautismo en el Espíritu Santo son inmunes a cualquier ataque de los demonios. Muchos teólogos proponen incluso que Jesús ha atado a Satanás en cuanto a la posibilidad de que sus poderes demoníacos puedan afectar de manera alguna a un creyente. Para muchos cristianos, incluyendo a muchos pentecostales, la realidad consiste de Dios, los humanos, la naturaleza y el espacio exterior, las leyes de la naturaleza que gobiernan la vida y el mundo, y ocasionales intervenciones del Espíritu Santo para salvar, bautizar en el Espíritu, realizar milagros de sanidad y librar a los pecadores del control demoníaco. Tal perspectiva falla ignorando la importancia y vitalidad del ámbito espiritual que existe entre el Dios trascendente y el mundo de los humanos y la naturaleza. Trágicamente, el cristianismo que da énfasis a la salvación individual del alma está mal preparado para enfrentar los poderes espirituales hostiles que operan bajo la soberanía suprema de Dios. Este tipo de cristianismo tiene un ministerio de eficacia limitada para las personas, especialmente en la mayor parte del mundo en donde las multitudes creen en la influencia de seres espirituales en todos los aspectos de la vida.

La mayoría de los pueblos del mundo opera desde una orientación de poder en donde los seres espirituales, incluyendo a Dios, Satanás, ángeles, demonios y espíritus ancestrales, controlan todas las dimensiones de la vida. La minoría del mundo occidental, del mismo modo, orientada hacia el poder, enfatiza el poder en la educación, en la política, las finanzas, las posiciones de autoridad, los sistemas sociales y la tecnología, e inserta a los humanos en el centro de su visión mundial. Además, en Occidente, bien sea que la motivación es el deseo de evitar las acusaciones de sensacionalismo o de irracionalidad, o debido a una sospecha de espiritualizar en forma exagerada las conductas y los eventos anormales humanos, por lo general limitan sus diagnósticos a impedimentos médicos o psicológicos, o a dramáticos “actos de Dios”. Temiendo caer en el fanatismo, muchos creyentes hallan seguridad, sanidad y respeto académico en las ciencias seculares. Pero la indiferencia o ignorancia voluntaria de la realidad del mundo espiritual es también un extremo peligroso.

II.- SOBREENFATIZAR O DISTORSIONAR EL CONCEPTO DE GUERRA ESPIRITUAL.

El concepto de guerra espiritual fue olvidado por mucho tiempo en la iglesia evangélica, la cual pagó un alto precio por ello. No podemos negar que hay sitios donde incluso nuestros mejores esfuerzos pastorales, misioneros y evangelísticos fracasaron debido a que no consideramos de forma apropiada dicho elemento. Lamentablemente algunos han sobre enfatizado este tema, llevándolo a niveles descabellados. Muchos cristianos gastan sus energías identificando demonios, trazando rutas, diseñando cartografías espirituales o desarrollando estrategias para ataques espirituales espectaculares y resonantes. Resulta triste ver como muchos creyentes gastan su tiempo y esfuerzo innecesariamente, consagrando vidas enteras al estudio insano de la demonología, todo ello con el propósito de ubicar las estrategias de Satanás y sus huestes. En algunos círculos evangélicos se enseña la existencia de tres los niveles de operación de los demonios:

  • En el nivel primer nivel operan las huestes de menor rango que motivan los pecados individuales de las personas.
  • En el segundo nivel están demonios de mayor calado, “principados”, cuyo control territorial está relacionado con dominar ciudades, regiones y países y su principal propósito es impedir que la iglesia sea bendecida y someter territorios para que la gente rechace el evangelio.
  • El tercer nivel se da a través de las falsas religiones, especialmente las esotéricas y de hechicería, sin soslayar el hinduismo, el budismo, el islam y el catolicismo romano e incluyen a los principados y potestades de mayor rango.

Para los adherentes a esta doctrina, no se trata sólo de orar a ciegas, sino de una guerra espiritual entre fuerzas del bien y el mal invisibles que requiere combate “estratégico”, para lo cual se formulan cartografías espirituales basadas en las actuales divisiones políticas, pues los “principados, potestades y gobernadores de las tinieblas” se distribuyen las tareas de acuerdo con barrios, municipios, provincias y naciones, utilizando las divisiones de cada país. Por eso deben conocer bien la geografía, la cultura, la sociedad, la política y toda información posible, para orar estratégicamente y vencer a los demonios territoriales, a los cuales les suelen asignar los nombres de dioses indígenas actuales o prehispánicos, o de poblaciones negras.

La guerra espiritual es vista como una proclamación e invitación a avanzar hacia espacios espiritualmente no explorados, atacando al enemigo hasta ponerlo en retirada. Partiendo de esto, en muchos círculos evangélicos se habla de oración de guerra, identificación y confrontación de espíritus territoriales, cancelación de maldiciones ancestrales y uso de la cartografía espiritual como una estrategia que permite identificar los espíritus que gobiernan determinados territorios para emprender acciones orientadas a destruir sus fortalezas, sumando así frases y términos al lenguaje que pasan a ser parte del hablar común de los grupos evangélicos que la promocionan y la implementan. Para fundamentar esta lucha de oración se basan en Daniel 10, donde el Príncipe de Persia, una potestad demoníaca, impide que las oraciones de Daniel lleguen a Dios. Estos demonios evitan que la gente escuche la palabra de Dios y la acepte, además la mantiene en ignorancia e idolatría, lo cual impide que la prosperidad económica, el desarrollo y la luz espiritual llegue a las naciones.

En sus concepciones más refinadas, esta estrategia de guerra espiritual se configura con el estudio de la historia, la antropología, además del análisis de prácticas ocultistas y esotéricas, como el espiritismo y el fetichismo, las cuales aborda desde las ciencias sociales y la psicología, para procurarle, en definitiva, una explicación bíblica y teológica consistente y aceptable. Esta creación de realidad sobrepasa a las iglesias neopentecostales o seguidoras de la Nueva Reforma Apostólica (todos aquellos grupos dirigidos por los pseudo-apóstoles modernos) pues su producción cultural permea a iglesias evangélicas que no se adhieren a ellos, pero que se encuentran muy influidos por estas posturas.

Como pentecostales de sana doctrina no negamos la realidad de la guerra espiritual pues es enseñada en la Biblia; sin embargo, nos oponemos a una vida de temor y constante ansiedad espiritual basada en lo que el diablo pueda o no hacer. Somos llamados a estar alertas (1 Corintios 16:13, Filipenses 1:27), pero no a vivir en constante temor o perder la paz a causa del diablo y su mover en este mundo (Isaías 41:10, 44:8; Lucas 12:32). Son los excesos, no la doctrina en sí, los que deben ser rechazados.

LA GUERRA ESPIRITUAL A NIVEL INDIVIDUAL: ¿PUEDEN LOS CREYENTES SER INFLUENCIADOS POR SATANÁS, EXPERIMENTAR OPRESIÓN DEMONÍACA O SUFRIR ATAQUES ESPIRITUALES DE FORMA DIRECTA?

Pero la guerra espiritual va más allá de un conflicto por las naciones de la tierra y la salvación de los perdidos. Tiene también su dimensión personal. Cada área de la vida del creyente está expuesta a ser objeto de ataque por el enemigo de nuestras almas.

Muchos creen que los creyentes en Cristo son inmunes a cualquier forma de ataque satánico; otros en cambio se van al extremo opuesto y viven presos del miedo y el temor al diablo. Muchos incluso temen ser poseídos por espíritus demoníacos o ven la influencia demoniaca en cada faceta de la vida, por trivial que esta sea. Nuevamente, ambos extremos son peligrosos.

Los cristianos genuinos no debemos temer ser poseídos por demonios. Bíblicamente, los seres humanos son creaciones tripartitas, que consisten de cuerpo, alma y espíritu. Un todo integrado compuesto por el cuerpo externo visible, y una naturaleza interna, espiritual y compleja. Los cristianos creemos que Cristo mora dentro del creyente y ocupa el espíritu, el alma y el cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23; 1 Corintios 6:18-20). Por lo tanto, la posesión demoníaca no puede ocurrir en donde Jesús es el Señor.

Por otro lado, es ingenuo creer que porque el diablo no puede poseernos, tampoco puede afectarnos de forma alguna. La experiencia de Job es un testimonio irrefutable de que el fiel creyente puede ser, y es a menudo, atacado por el enemigo.  Si el diablo no pudiera afectar o influir de forma alguna en los creyentes verdaderos, sería difícil explicar cómo es que la serpiente entró al huerto de Edén, donde no había pecado (Génesis 3); cómo pudo Satanás usar a Pedro para que llegara a ser una piedra de tropiezo, estando presente Cristo (Mateo 16:23), cómo pudo Satanás introducirse en Judas, quien acababa de participar de la cena pascual juntamente con Cristo (Juan 13:2,27), y por qué habría Pablo de prohibir a los corintios carismáticos de participar en las festividades en los templos paganos, que eran morada de demonios (1 Corintios 10:14-22). La Biblia pone en evidencia que lo demoníaco no es algo tan remoto como a algunos les gustaría creer.

Aunque podemos afirmar con total seguridad que un creyente genuino, nacido de nuevo y cuya profesión de fe y estilo de vida concuerdan con la Palabra de Dios, no puede ser poseído (indicando control total) por los demonios, el Nuevo Testamento nos indica también que el creyente sí puede experimentar alguna aflicción demoniaca. Las Escrituras de ninguna manera limitan el trabajo de los poderes demoníacos a solo la posesión o demonización plena. En cambio, la Biblia, en varios lugares, habla de personas que tienen un “espíritu inmundo” que influyó negativamente o afectó su vida de alguna manera, ya sea en mayor o menor grado.

Por ejemplo, la conocida historia del hombre con la legión de demonios en Marcos 5 y Lucas 8 es un caso de demonización que había progresado hasta el punto en que el individuo parecía ser completamente propiedad del enemigo. Por otro lado, en Hechos 5, el caso de Ananías y Safira cuando “llenó Satanás [su] corazón” es una ilustración más sutil y suave de la opresión demoníaca (a pesar de que la opresión “leve” les costó la vida).

La Escritura también habla de que los demonios pueden causar enfermedades u otras dolencias físicas (por ejemplo, Lucas 13:11, Mateo 9:32), suministrar aparentes poderes de clarividencia o adivinación (Hechos 16:16), ejercer una gran fuerza y volverse violentos con los demás (Hechos 19:16), y causar daño físico a un supuesto huésped (Marcos 9: 14-29). En Mateo 4:24 y 8:16 se nos dice que le trajeron gente atormentada por demonios a Jesús, y los sanó. Mateo no da detalles de su condición, salvo dejar constancia de que otros los llevaron a Jesús y que la manifestación visible de la influencia demoniaca era su enfermedad únicamente. En Mateo 9:32, ciertas personas trajeron a Jesús un “mudo endemoniado” y después que el demonio fue expulsado, el mudo habló. El demonio parece haber hecho al hombre mudo. Después de que Jesús echó fuera al demonio, el comportamiento de este hombre se normalizó, y él tomó la iniciativa de hablar. En este caso, la influencia demoniaca se manifestaba a través de una enfermedad y no por alguna manifestación sobrenatural. El mudo no estaba poseído, pero sí sufría un ataque o enfermedad de carácter u origen espiritual.

Por la evidencia bíblica podemos concluir que los seres humanos, incluso los creyentes podemos, en cierta medida, ser atacados por demonios. Esto podría implicar ser afectado mentalmente como en el caso de Saúl, a causa de su descuido y pecado personal (1 Samuel 16:14-16). Otras veces, Dios le permite a Satanás atacarnos físicamente en grado significativo, como ocurrió en el caso de Job (Job 1) y Pablo (2 corintios 12:7-9). Indiscutiblemente, no todo lo que nos ocurre necesariamente es culpa de Satanás, pero a veces, y por propósitos especiales, Dios puede permitirle al diablo que nos tiente, nos cause cierto grado de daño o incluso nos enferme.

Muchos se empeñan en negar esta realidad, pero eso no cambia lo que la Biblia enseña. Para los cristianos que se han entregado el control de sus vidas a Cristo, no puede tomar lugar la posesión demoníaca. Debemos ver la posesión demoníaca como un caso extremo de control demoníaco observado sólo entre aquellos que son resistentes al señorío de Cristo.

ABRIENDO PUERTAS A LA INFLUENCIA DEMONÍACA EN NUESTRAS VIDAS.

Un creyente que anda en el Espíritu jamás será poseído por un demonio; sin embargo, en la zona intermedia entre los fieles cristianos y los inconversos están aquellos cristianos que se han estancado en su crecimiento; ellos pueden vivir de manera descuidada e inconsistente en cuanto a buscar la voluntad de Dios y evitar las tentaciones carnales. Cuando ellos vinieron a Cristo, puede que hayan mantenido algunos sectores de su vida interior sin experimentar limpieza, o que después de llegar a Cristo se hayan descuidado y rendido un “lugar” dentro de sus afectos para que el diablo controle cosas tales como avaricia, ira, mentira, lujuria y ansias de poder. Los cristianos pueden pecar voluntariamente y bajar su escudo defensivo contra las tentaciones y los dardos de fuego del maligno (Efesios 6:16). Aun cuando el Espíritu de Dios promete una vía de escape de toda tentación, hay quienes ignoran la oportunidad de huir (1 Corintios 10:13). Santiago recomienda a los creyentes “resistir al diablo” y que de nosotros huirá (Santiago 4:7). Sin embargo, algunos creyentes ofrecen poca resistencia y pueden llegar a ser presa de influencia y opresión demoniaca en diversos grados.

Los creyentes, y particularmente los ministros pentecostales, no pueden permitirse el ser descuidados o arrogantes, suponiendo ser inmunes a los poderes demoniacos. Si Satanás confrontó repetidamente a Jesús (Lucas 4:13), los representantes de Cristo no pueden esperar menos. El Nuevo Testamento llama a los cristianos a la vigilancia y la lucha espiritual constante contra Satanás y sus dominios. El Nuevo Testamento no indica que hay una tregua, zona desmilitarizada o inmunidad. Pablo habla en tiempo presente de “nuestra lucha”, incluido él mismo, que no es contra seres humanos, sino contra poderes espirituales malignos planeado por un demonio intrigante (Efesios 6:11-12).

A los creyentes de Corinto, Pablo les advierte a no ser engañados por Satanás (2 Corintios 2:11). Se advierte a los cristianos de Éfeso a “no dar lugar al diablo” (Efesios 4:27). La orden implica que es posible dar lugar o espacio para el diablo, ya sea en los propios pensamientos, actitudes, comportamientos o relaciones interpersonales. Escribiendo a los conversos en Roma, Pablo les ordenó: “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos” (Romanos 6:12). Y añadió: “No ofrezcas alguna parte de ti mismo al pecado como instrumento de maldad … ofrezcan cada parte de uno mismo a él [Dios] como instrumento de justicia. … Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecen “(Romanos 6:13-16). Una lectura inversa sugiere que los cristianos pueden permitir que el pecado reine en su cuerpo, ya que pueden ofrecer partes de sus cuerpos para ser utilizados con fines pecaminosos, convirtiéndose en esclavos en ciertos aspectos de su vida. La amonestación del apóstol a entregar todo a Dios y que él reine supremamente sobre todas las dimensiones de la vida, incluyendo el corazón (pensamientos, motivaciones, emociones y valores), el alma (el cuerpo y la conducta externa), y la fuerza (todas esfuerzos y logros de una vida).

Pedro describió predicadores que viven entre los santos que “han escapado de la corrupción del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ella y son vencidos” (2 Pedro 2:20). Afirmó: “Las personas son esclavas de lo que les ha dominado” (2 Pedro 2:19). La referencia de Pedro a ser “enredado”, “vencido” y “esclavizado” implica que, como creyentes, podemos sufrir bajas en la guerra espiritual contra Satanás. Dar lugar a tentaciones puede conducir al pensamiento carnal y a una conducta que finalmente se convertirá en hábitos. Los hábitos conducen a adicciones, y las adicciones pueden resultar en grados crecientes de esclavitud.

LLAMADOS A LA GUERRA ESPIRITUAL.

Los cristianos deben tomar la ofensiva y proclamar a Jesús como Señor entre aquellos que nunca lo han oído. Asimismo, deben invadir y ocupar los dominios de oscuridad. En su avance, ellos deben revestirse de la armadura provista por Dios (Efesios 6:10-18) e involucrarse en tres tipos de batalla:

  • Los seguidores de Jesús deben renovar constantemente su lealtad a Cristo y estar seguros de que Él es Señor de todas las dimensiones de la vida. Esto parece haber sido el asunto en la ciudad de Éfeso, cuando la gente que ya había creído reconocía una lealtad dividida y la necesidad de limpiar sus hogares de parafernalia usada en la brujería (Hechos 19:18-20).
  • Los cristianos deben buscar la verdad y la sinceridad que se encuentra en Jesús, en su carácter, en sus hechos y en sus palabras. En la batalla contra las mentiras y las falsas doctrinas, deben someter las dudas que socavan su confianza en la bondad de la verdad de Dios (2 Corintios 10:5).
  • Cuando sea necesario, los cristianos debieran tener la confianza de involucrarse en confrontaciones de poder. Debieran imitar a Jesús. Él venció la tentación declarando las verdades de la Palabra de Dios, salvaguardando su relación con el Padre por medio de la obediencia, y por permanecer humillado y dependiente de las provisiones, momentos oportunos y direcciones de Dios. Jesús ha dado poder y autoridad a sus discípulos para echar fuera demonios, sanar a los enfermos y predicar el reino de Dios (Marcos 16:15-18; Lucas 9:1,2). El estudio de la palabra de Dios, la oración, la alabanza a Dios, y el ayuno pueden reforzar la dependencia de uno y la confianza en el Señor para liberar a las personas. Habrá ocasiones en que uno discierne que la resistencia proviene de “las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Podemos observar los controles demoniacos sobre la gente por medio del difundido tribalismo, racismo, idolatría, fanatismo religioso y ciertos pecados predominantes. La confrontación de tales espíritus requiere oraciones individuales y corporativas, y que nosotros, como embajadores de Cristo, hagamos compromisos duraderos de vivir y de testificar para Cristo entre la gente de dichas regiones.

La abundancia de advertencias bíblicas a los cristianos respecto de estar alertas, de preparación y de activa resistencia contra Satanás (descrito como un león rugiente que busca devorar al pueblo de Dios) contra los demonios, principados y potestades, debiera sensibilizar a los creyentes ante la realidad de la batalla y de la posibilidad de experimentar bajas y sufrir daño en la guerra espiritual. La fuerza y la frecuencia de estas advertencias parecen advertir a los creyentes para que estén alertas y preparados para combatir contra el reino satánico.

TOMANDO SOBRE NOSOTROS LA ARMADURA DE DIOS.

La armadura metafórica descrita por Pablo (Efesios 6:13-18) incluye el “cinto de la verdad”. Debemos estar ceñidos en el centro de nuestro ser con la sinceridad, honestidad e integridad. Debemos proteger nuestros afectos con la “coraza de justicia”, permaneciendo firmes y haciendo lo que es justo ante los ojos de Dios. El calzado apropiado asegura que uno está listo para ir en cualquier momento donde Dios lo dirija y declarar verbalmente las condiciones de paz con Dios, con los demás y consigo mismo. Tomar el “escudo de la fe”, manteniéndolo firme para asegurar las promesas bíblicas de Dios, permite que los cristianos rechacen e impidan los intentos del diablo para traer destrucción y muerte. Necesitamos proteger nuestros pensamientos con el “yelmo de la salvación”, salvación que es integral, que transforma la mente, las emociones, el cuerpo y las relaciones. El arma es una espada pequeña y manejable, descrita como la “palabra de Dios”, que hace retroceder los poderes de oposición del enemigo. Debemos dedicar tiempo al estudio, meditación, memorización y comprensión contextual de la palabra de Dios, para usarla eficazmente en los momentos de crisis. Vestidos con la armadura y protegidos con el escudo y la espada, los representantes de Dios entran a la lucha “orando en el Espíritu”. No limitados a orar en lenguas, sino incluyendo el ser llenos de percepción a la dirección del Espíritu Santo, y dependientes de Él para recibir fortaleza, resistencia y habilidad de permanecer firmes.

CONCLUSIÓN:

Sin lugar a dudas, el concepto renovado de guerra espiritual ha traído impulsos renovadores que son notorios en la adoración, la oración intercesora, el evangelismo, las misiones y el despliegue de dones espirituales diversos que adormecían por falta de animación y práctica aunque, en algunos casos, ha evidenciado tendencia a la superficialidad y el simplismo bíblico, y todo lo pretende reducir e interpretar desde la óptica espiritualista, ignorando la reflexión, el estudio y la compresión de la Palabra de Dios en su sentido más amplio y sistemático. Haciendo un balance general, la guerra espiritual puede ser considerada como un movimiento que ha traído despertar y ha sido de bendición para el pueblo de Dios, aunque hay que reconocer también sus puntos débiles, como la tendencia a absolutizar modelos y prácticas, descalificando a quienes no se envuelven en ellas. Muchos de sus seguidores están más empeñados en descifrar las estrategias de las tinieblas que en disfrutar de los destellos de gloria que irradia la luz del Cristo resucitado y triunfante que todos debemos proclamar. Sin embargo, los excesos de algunos en nada disminuyen la realidad de la guerra espiritual.

En nuestra calidad de ministros llenos del Espíritu y de poder del Espíritu, es necesario que estemos en guardia, por causa de nosotros mismos y del rebaño. Necesitamos un apropiado discernimiento para diagnosticar, defender y librar (cuando sea necesario) a los miembros de nuestra congregación que están siendo víctimas de ataques espirituales. Los cristianos están involucrados en la guerra, quiéranlo o no, pero ellos saben que el que está en ellos es mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4). Las armas de la contienda no son del mundo, pero tienen poder divino para derribar fortalezas (2 Corintios 10:4). Tenemos la seguridad de la victoria final por medio de Jesucristo, quien ha conquistado el mundo, la carne y el diablo.

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Herejías Destructoras: Atar y Desatar

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En cierta ocasión, el pastor estadounidense John Bryan Chapell, fundador y presidente de Unlimited Grace, un ministerio de radio y enseñanza de la Biblia en línea, dijo: “Los errores más grandes de la iglesia ocurren cuando la gente honra lo que sus pastores dicen sin examinar esas enseñanzas a la luz de las Escrituras.” ¡Y vaya que tenía la razón! En nuestros días nos encontramos una y otra vez con un cristianismo que insiste en resaltar las capacidades del hombre al punto de convertirlo en casi una deidad. Para cumplir con su objetivo, diversos sectores de la iglesia han malinterpretado el hecho de que el hombre fue creado “a semejanza de Dios”, y a partir de ahí ha enseñado que el hombre, en cierta medida, puede hacer lo que Dios hace. En ese sentido, una de las enseñanzas que está muy arraigada en los círculos cristianos es que los creyentes también podemos declarar y mandar con autoridad, así como Dios lo hace. Mejor dicho, que nuestras palabras tienen tanto poder, como las palabras de Dios. Dicha autoridad, dicen, incluye un poder que los creyentes tenemos para “atar al diablo y a los demonios”.

La doctrina de que podemos “atar y desatar al demonio”, muy común en algunas iglesias de nuestra época, es una de esas enseñanzas que suele distorsionarse a menudo desde el púlpito. A menudo se le asocia con el tema de la guerra espiritual. Antes de seguir quiero aclarar algo: La guerra espiritual es real. Puede no salir en las noticias; pero debería. Pablo lo admite en Efesios 6:12, “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” Sin embargo, las armas de esta guerra son a menudo malentendidas de alguna forma. En algunos círculos evangélicos, por ejemplo, es común escuchar a pastores y su gente hablar de “atar a Satanás” o “renunciar a la presencia del diablo” o muestras similares de confianza. Una de las prácticas más comunes dentro de ciertas congregaciones es la de “atar y desatar”, atan al diablo, demonios, enfermedades, maldiciones, ¡Hasta huracanes! y por otro lado desatan huestes celestiales, bendiciones, finanzas, riquezas, salud, autos, casas, etc.

La mayoría de los cristianos se sorprende al saber que los verbos atar y desatar aparecen juntos solamente dos veces (Mateo 16:19; 18:18). Por el hecho de que la misma palabra griega que se usa para atar en estos versículos (deo) también aparece en Mateo 12:29 y Marcos 3:27, muchos pentecostales y carismáticos han llegado a la conclusión de que tales pasajes se refieren a la autoridad del creyente para atar espíritus rebeldes y demoníacos. No obstante, lo que parece una conclusión simple y sencilla, está sin embargo erizada de dificultades contextuales, teológicas, y prácticas. Pero esto no ha detenido la herejía. Atar al diablo y su obra en la tierra se ha convertido en el pan diario de muchas congregaciones.

Necesitamos considerar el asunto de atar y desatar por varias razones:

  1. Primero, esta difundida práctica refleja la necesidad de una sólida interpretación bíblica. Con frecuencia la gente supone que esta práctica tiene apoyo bíblico, en vez de hacer un cuidadoso estudio bíblico. El movimiento Pentecostal siempre ha defendido la creencia de que solo las Escrituras son el fundamento en todos los asuntos de “fe y práctica”. Por consiguiente, aquellos que toman la Biblia absolutamente en serio deben disciplinarse para someter todas sus creencias y prácticas al escrutinio de ella.
  2. Segundo, necesitamos ver que los asuntos teológicos populares sean como vías para conectarse con las Escrituras y desarrollar nuestras habilidades en la interpretación y aplicación bíblicas. No podemos ser negligentes en la disciplina espiritual del estudio bíblico regular.
  3. Tercero, Dios nos llama a desear conocer y complacernos en hacer su voluntad (Romanos 12:1; Efesios 5:10,17; Colosenses 1:9,10). La Palabra de Dios debe estar presente en cada pensamiento, palabra, y acción de aquellos que desean agradar a Dios, y que conocen y hacen su voluntad.

Una razón final para una seria consideración de este asunto es la preocupación por la salud espiritual de los cristianos individualmente y del cuerpo de Cristo. Las enseñanzas que no tienen un sólido apoyo bíblico con frecuencia ejercen una influencia errónea en los creyentes y llevan a falsas doctrinas y a prácticas que dañan la salud espiritual de los creyentes y de la iglesia. Con estos pensamientos en mente, demos un repaso a esta popular enseñanza

UNA PRÁCTICA INÚTIL Y ANTIBÍBLICA.

Pretender que tenemos el poder de “atar al diablo” ha llevado a muchos creyentes a incurrir en prácticas no solamente inútiles, sino antibíblicas y promotoras de herejías aún más peligrosas.  Vivir atando al diablo es un sinsentido en el contexto de las Escrituras, de hecho, jamás podremos hallar un tan solo ejemplo de ello ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Es más, en el contexto de una verdadera lucha espiritual, ocurre totalmente lo opuesto: “Ni siquiera el arcángel Miguel, cuando argumentaba con el diablo disputándole el cuerpo de Moisés, se atrevió a pronunciar contra él un juicio de maldición, sino que dijo: «¡Que el Señor te reprenda!»” (Judas 9, NVI).

Judas 9 es el supremo ejemplo de cómo los cristianos deben tratar a Satanás y los demonios. El ejemplo de Miguel, al negarse pronunciar una maldición sobre Satanás, debe ser una lección para los cristianos de cómo relacionarnos con las fuerzas demoníacas. Los creyentes no deben hablarles, sino buscar al Señor, y Su poder de intervención contra ellos. Si un ser tan potente como Miguel dejó al Señor tratar con Satanás, ¿Quiénes nos creemos para pensar que tenemos el poder de atar a los demonios, incluyendo al mismísimo Satanás?

Tal práctica es más bien asociada con los falsos maestros y sus doctrinas: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas… siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no temen decir mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor. Pero éstos, hablando mal de cosas que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción, perecerán en su propia perdición.” (1 Pedro 2:1-12).

VIVIENDO EN LA ESCLAVITUD DE TEMORES INFUNDADOS.

Hay una paranoia perniciosa que se respira en las iglesias hoy en día: la gente piensa que Satanás en persona los vigila a cada segundo. Algunas personas inconscientemente incluyen en el currículo de Satanás los atributos únicos de Dios: su omnisciencia y omnipresencia. Sí, Satanás ciertamente está deambulando (1 Pedro 5:8), pero está limitado a un lugar a la vez. Él no puede leer tu mente, y tampoco “para las orejas” cada vez que su nombre es mencionado en nuestras oraciones. Es triste darnos cuenta como, en muchas ocasiones, mientras estamos orando a Dios, en un desliz ¡Comenzamos a dirigirnos a Satanás! Incluso por las cosas más triviales: Por ejemplo, en cierta ocasión, un pastor oraba: “Señor oramos contra las fuerzas del mal en este lugar hoy, y Satanás te atamos en el nombre de Jesús, denunciamos tus esfuerzos de distraernos jugando con el proyector de PowerPoint otra vez, y reprendemos tu presencia aquí hoy. ¡No eres bienvenido aquí!”.

Tal suceso fuera cómico sino representara la poca comprensión que tenemos del mundo espiritual: En primer lugar, los cristianos debemos orar a Dios, no a Satanás (aun cuando lo que estemos diciendo sea para irritarlo). Segundo, es poco probable que Satanás en persona esté merodeando todo el tiempo por tu iglesia de todos modos. Así que, a menos que tenga demonios grabando nuestras oraciones y luego enviándole el transcrito por correo, tales oraciones son totalmente inútiles, por no decir ridículas. Estoy seguro de que jugar con el equipo de sonido de mi iglesia, o hacerme resbalar en una cáscara de plátano, tiene que ser una prioridad menor para el diablo que, digamos, lo que sucede a niveles mayores en los gobiernos y naciones de la tierra.

ATAR A SATANÁS ESTÁ FUERA DE NUESTRA JURISDICCIÓN.

Satanás puede ser atado, sólo que no por ti o por mí. La tarea de atar a Satanás se le ha dado a un ángel (Apocalipsis 20:1-3). Es una tarea bastante importante y una gran parte de la escatología depende en que se realice correctamente. Al igual que Pedro, Judas advierte con severidad a aquellos fanfarrones espirituales que presumen aventurarse por encima de su jurisdicción y encima de los seres angelicales malignos: “No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda. Pero éstos blasfeman de cuantas cosas no conocen; y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales.” Judas 1:8-10.

El propio arcángel Miguel no trató de atar a Satanás de la forma en que muchos tele-evangelistas, pastores, pseudo profetas y falsos apóstoles fanfarrones de hoy en día lo hacen. Incluso el privilegio que tenemos de invocar el nombre de Jesús no nos concede una licencia para realizar cosas más allá de la autoridad que Dios nos ha delegado, o traspasar los límites establecidos por la Palabra. Los hijos de Esceva prueban esta hipótesis (Hechos 19:13-16).

LAS LLAVES Y EL PODER DE ATAR Y DESATAR.

La justificación bíblica para esta práctica es tomada de dos textos del libro de Mateo, y en ambos casos Jesús les está enseñando a sus discípulos algunos aspectos de la autoridad que la iglesia tendría en su misión en la tierra. El primer texto lo encontramos en Mateo 16, cuando Jesús está preguntando a sus discípulos “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). Pedro fue el único que respondió, diciendo “tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”. El Señor anuncia que su iglesia será fundada sobre esta declaración (“tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”), y es en este contexto que le dice a Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19). Las palabras de Jesús significan que Pedro tendría el derecho de entrar en el reino mismo, tendría ahí autoridad general, simbolizada por la posesión de las llaves, y la predicación del Evangelio sería el medio por el cual abriría el reino de los cielos a todos los creyentes y lo cerraría contra los incrédulos. El libro de Hechos nos muestra este proceso en acción. Por medio de su sermón en el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40), Pedro abrió la puerta del reino por primera vez. La expresión “atar” y “desatar” era común en la fraseología legal judía, significando declarar algo como prohibido o declararlo permitido.

El apóstol Pedro, y luego a los otros discípulos, fueron los pioneros que “abrieron” el acceso al reino, a través de la proclamación del evangelio. Su predicación hizo posible que tanto judíos como gentiles tuvieran la oportunidad de ser parte y de recibir las bendiciones del reino de los cielos. Sin embargo, en su aplicación más amplia, esta autoridad “de atar y desatar” quedaba extendida a toda la iglesia en su misión evangelizadora. En el cumplimiento de la Gran Comisión, la iglesia de Jesucristo puede asegurar las bendiciones de acceso al reino o puede advertir de juicio y condenación a los hombres, según ellos respondan. Por eso, debemos recordar que cuando el creyente predica las buenas nuevas, puede darle seguridad de perdón de pecados a quienes se arrepienten, y aun advertir de juicio a quienes rechazan el mensaje del evangelio. Esa es la autoridad para atar y desatar que vemos en Mateo 16.

Ahora, el otro texto que nos enseña sobre esto de atar y desatar está en Mateo 18, y Jesús nuevamente les está enseñando a sus discípulos diciendo: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.” (Mateo 18:18). En esta oportunidad, el tema que el Señor está discutiendo es la disciplina eclesiástica. Jesús les está recordando a los discípulos la responsabilidad que la iglesia tiene de ejercer disciplina a quien rehúsa ser corregido y no busca arrepentirse por un acto pecaminoso. Eso lo podemos ver por los versículos que anteceden: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mateo 18:15-17). Cuando alguien ha cometido pecado, el deber de la iglesia es restaurarlo, y los creyentes que ejerzan la disciplina deben procurar ganar al hermano. La meta es hacerle ver su pecado y llevarlo a buscar el perdón. Pero si en una instancia íntima, la persona que ha pecado se resiste, debemos llamar un par de testigos para concederle una nueva oportunidad. Si todavía no hay arrepentimiento, el otro peldaño en la escalera de la restauración es decirlo públicamente a la iglesia. Si el hermano no recibe la disciplina, la cuarta y última medida será tenerlo “por gentil y publicano”, o más bien, expulsarlo de la iglesia, tal como lo había demandado el apóstol Pablo a los corintios cuando uno de sus miembros estaba en abierta desobediencia a las Escrituras practicando un pecado sexual. (1 Corintios 5:13). En este contexto, “todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” se refiere al respaldo que el cielo otorga cuando la iglesia cumple su labor y procura la santidad entre sus miembros. Cuando ejercemos bien esa autoridad en la tierra, el cielo aprueba la disciplina.

Por lo tanto, pensar que tenemos la necesidad de “atar y desatar” al diablo es un argumento que no se ajusta al testimonio de las Escrituras, y lo que es más, desvía la atención de la iglesia. Los creyentes no tenemos que enfrascarnos en una “batalla campal” con el diablo y sus demonios, ni tampoco “atarlos” en el nombre de Jesús. Por un lado, Satanás, ya fue derrotado hace 2,000 años por un hombre más fuerte que él: Jesús de Nazaret (Mateo 12:29). Además, la influencia que en cierta medida el diablo pueda tener hoy día siempre estará sujeta a los límites que Dios ha establecido en su soberanía. En medio de la guerra espiritual, que es real y no ignoramos, el llamado que tenemos en la Escritura es a resistir y estar firmes (Efesios 6:11,13; Santiago 4:7). No tenemos que atar al diablo porque toda su obra está bajo el permiso y control soberano de Dios. Su soberanía y amor hacia nosotros debe constituirse en la base de nuestra confianza.

Como ya se mencionó, el contexto de Mateo 16:19 y 18:18 no tiene nada que ver con el exorcismo. En el capítulo 16, Jesús estaba hablando acerca de edificar la iglesia (versículo 18). Las llaves que Él dio eran para la apertura del reino de los cielos (versículo 19), no para cerrar (o atar) el dominio de las tinieblas. En Mateo 18, el atar y desatar no tiene lugar en un contexto de exorcismo, sino en la administración de disciplina en la iglesia. Los líderes de la iglesia tienen la responsabilidad de determinar a quién se le permite permanecer dentro de la comunidad del nuevo pacto, y bajo qué condiciones. Si este es el caso en Mateo 18 y el lenguaje (“atar y desatar”) es idéntico al lenguaje de Mateo 16, los contextos de estos dos pasajes están muy probablemente relacionados. Al considerar la relación entre estos dos pasajes, es importante tener en cuenta el principio hermenéutico de que “las Escrituras interpretan las Escrituras”. Este principio requiere que el pasaje que no parece claro, o que está en disputa, sea interpretado sobre la base del pasaje que nos resulta claro. En este caso, Mateo 18:18 resulta ser el pasaje claro y sobre el cual no hay duda en cuanto a su significado.

INTERPRETANDO CORRECTAMENTE MATEO 16:19 Y 18:18.

Vayamos un poco más lejos. Ahora que hemos comentado lo que Mateo 16:19 y 18:18 no significan, es necesario que veamos cuál es el sentido de tales pasajes.

Primero, para entender la terminología de atar y desatar de Mateo 16:19, debemos comenzar con Mateo 18:18. Cuando se emplea el principio de contexto literario inmediato, el significado de este pasaje resulta claro, porque contiene muchos indicadores contextuales. Los elementos de un “hermano [que] peca” (versículo 15), “repréndele” (versículo 15), “testigos” (versículo 16), “iglesia” (versículo 17), y excomunión, “tenle por gentil y publicano” (versículo 17), no dejan duda de que el pasaje no trata de exorcismo, sino de excomunión. En este contexto es que se lee el versículo 18: “Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. Cuando se toma Mateo 18:15-20 como un todo, Jesús estaba autorizando a los líderes de la iglesia a seguir un proceso específico con el fin de preservar la pureza y el testimonio de la iglesia. Se les designa a ellos para que protejan la reputación de Dios y de su iglesia, y si es necesario, para que despidan a los miembros que en forma abierta persisten en su estilo de vida pecaminoso. Sus decisiones son autoritativas (atar) y finales. A menos que tomemos en forma extrema la traducción tradicional de estas palabras, necesitamos tomar en cuenta que este texto no concede la influencia humana desenfrenada sobre los decretos de Dios. Las referencias gramaticales del griego autorizado nos hacen ver que necesitamos traducir el versículo 18: “Cualquier cosa que ustedes aten en la tierra habrá (ya) sido atada en el cielo; y cualquier cosa que desaten en la tierra habrá (ya) sido desatada en el cielo”. Los líderes cristianos tienen que reflejar la voluntad de Dios en sus decisiones, y no ser ellos quienes las generen. Del mismo modo que con muchos otros pasajes de las Escrituras, éste enseña a quienes somos siervos de Él, a hacer su voluntad antes que exigir que Él haga la nuestra (Mateo 6:10; 7:21; 26:39; Romanos 12:1; Efesios 5:10, 17; Colosenses 1:9,10). Los dos versículos finales de este pasaje proveen mayor evidencia de la naturaleza judicial (contrariamente al exorcismo) del pasaje. “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:19,20). Usualmente estos versículos se han usado para garantizar las respuestas a las peticiones en oración ofrecidas por dos o tres creyentes “que están de acuerdo” unos con otros. Pero las palabras “otra vez os digo”, fusionan claramente esta enseñanza con la instrucción previa. En otras palabras, Jesús estaba reiterando la misma verdad que comunicó en el versículo 18. El “acuerdo… respecto de cualquier cosa que pidieren” (versículo 19) tiene límites definidos por el contexto en el cual aparace la frase. Por cuanto el contexto más amplio tiene que ver con la disciplina de la iglesia, lo más probable es que Jesús dijera que Dios está dispuesto a contestar a oraciones por fortaleza, sabiduría, revelación, valentía e imparcialidad para los participantes en una disputa o los disciplinadores, y para convicción, contrición, reacción, arrepentimiento, y perdón para el pecador. La garantía de la presencia de Dios entre los “dos o tres… reunidos en [su] nombre (versículo 20) calza perfectamente en el contexto judicial y disciplinario. Los “dos o tres” que se mencionan no son números arbitrarios. Se refieren a los “testigos” a los cuales el juez podía llamar para establecer las palabras o hechos pecaminosos del acusado mediante su testimonio ocular (véase Deuteronomio 17:6,7; 19:15-21; 1 Timoteo 5:19). Los dos o tres mencionados por Jesús en Mateo 18:20 se refieren sin duda a los testigos del versículo 16. Estas palabras llevan una promesa y una advertencia. La promesa es la garantía de Dios de que ningún líder o testigo tendrá que pasar por esta difícil experiencia confiando sólo en su propia fuerza. Ellos experimentarán la presencia, autorización, y capacitación de poder a pesar de lo difícil de la situación. Sin embargo, la advertencia se ve en el hecho de que nada menos que Dios es quien supervisa el proceso. Sus representantes en la tierra deben recordar la santidad personal, rectitud, justicia e imparcialidad de Dios cuando lleven a cabo un juicio. Sus decisiones deben reflejar el decreto celestial. Estímulo y desafío semejantes a éste eran comunes en los primeros siglos. Podemos ver esto en un pasaje de la literatura rabínica que provee un mayor fundamento bíblico: “Los jueces debieran conocer a quien juzgan, y en la presencia de Quién juzgan, y Quién es el que juzga con ellos. Los testigos debieran saber respecto de quién dan testimonio, en la presencia de Quién dan testimonio, con Quién dan testimonio, y Quién es el que da testimonio con ellos, puesto que se dice: “Entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová” (Deuteronomio 19:17), y se dice: “Dios está en la reunión de los dioses; en medio de los dioses juzga” (Tosefta Sanhedrin 1:9).

Segundo, después que establecemos que el atar y desatar ordenado por Jesús en Mateo 18:18 tiene que ver con la disciplina en la iglesia, podemos movernos a Mateo 16:19. El contexto es menos obvio, pero es similar al de 18:18. Cuando nos fijamos en el contexto literario inmediato, los indicadores (aun cuando posiblemente sean menos obvios) sugieren una similitud de contexto con Mateo 18. Por ejemplo, en 16:18 Jesús habla de “edificar [su] iglesia”. El versículo 19 introduce la metáfora de las “llaves del reino de los cielos”. Las llaves deben referirse a autoridad para determinar la admisión y la no admisión en la fraternidad de la iglesia. Es en este punto del versículo que aparece la frase en cuestión: “Y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (16:19). La construcción gramatical aquí es la misma que en 18:18. Por tanto, como en 18:18, podemos traducir: “Cualquier cosa que ustedes aten en la tierra habrá (ya) sido atada en el cielo; y cualquier cosa que desaten en la tierra habrá (ya) sido desatada en el cielo”. En este texto Jesús ordena al liderazgo de la iglesia que reflejen la voluntad de Dios y no la de ellos mismos respecto de a quien debieran recibir como miembro “en plena comunión” en la nueva comunidad de pacto.

Tercero, además del hecho de que 16:19 y 18:18 comparten la misma terminología y contexto, la literatura concerniente a esta discusión que hallamos fuera de la Biblia apoya la interpretación de estos textos en la manera que estamos sugiriendo. La asociación verbal de atar y desatar aparece con tanta frecuencia en la literatura rabínica que nos parece que Jesús estaba empleando terminología que su cultura entendería con facilidad. Aquí tenemos tres ejemplos:

“Durante la guerra de Vespasiano, (los rabinos primitivos) ataron las guirnaldas de los novios y [tocaron] las campanas. Durante la guerra de Quietus, ellos ataron las guirnaldas de las novias y que un hombre enseñara griego a su hijo. En la última guerra [La revolución de Bar Koziba], ellos ataron a la novia a cabalgar en una litera dentro de su villa, pero nuestros rabinos desataron a la novia para que cabalgara en una litera dentro de su villa” (Mishnah Sotah 9:14).

“Si un hombre hacía un voto de abstenerse de leche, él era desatado [respecto al] suero. El rabino Yosi lo ata… Si un hombre hizo un voto de abstenerse de carne, el es desatado [respecto al] caldo [en el cual se cocinaba] … [pero] el rabino Judá lo ata… si un hombre hizo un voto de abstenerse de vino, él es desatado [respecto a] la comida preparada que tenga sabor a vino” (Mishnah Nedarim 6:5-7).

“Si un hombre prometía abstenerse de verduras, es desatado [respecto a] calabazas, pero el rabino Akiva lo ata” (Ibid., 7:1).

Estos pasajes de la literatura rabínica confirman que los términos atar y desatar, cuando aparecen juntos, se refieren a la autoridad de los que están en el liderazgo para atar (prohibir) y desatar (permitir) ciertas prácticas o conductas. Aún más, estos pasajes no tienen relación con atar o desatar espíritus de demonios, ángeles, o actitudes de la gente.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre 16:19 y 18:18? Sobre la base de la información contextual ya comentada, es obvio que el capítulo 16 se refiere a la autoridad del liderazgo de la iglesia para prohibir o permitir la entrada a la comunidad del pacto. Por otra parte, el capítulo 18 se refiere a la autoridad del liderazgo para prohibir o permitir la continuación de la condición de miembro en la iglesia local.

ERRORES QUE ENGENDRAN ERRORES.

Cuando la gente interpreta y aplica incorrectamente Mateo 16 y 18, inevitablemente surgen problemas teológicos y prácticos. Por ejemplo, en ninguna parte de las Escrituras (tanto en la literatura judaica como en la cristiana fuera de la Biblia) aparece Dios dando a los creyentes la tarea de atar a Satanás o a los demonios. En cambio, solo Dios y sus intermediarios angelicales realizan esta actividad (Apocalipsis 20:1,2). En tiempos recientes, la interpretación de desatar se ha referido en algunas ocasiones a la prerrogativa del creyente de permitir que las fuerzas demoníacas ejerzan una cierta libertad. Sin embargo, con más frecuencia, desatar se aplica para liberar un espíritu de avivamiento o de intercesión. En casos extremos, el espíritu de Elías o algún otro personaje bíblico es “soltado”. Respecto a las primeras tres interpretaciones, es más apropiado atribuir tales iniciativas a la obra del Espíritu Santo que a los dictados del hombre. En cuanto a la última interpretación, el idioma y el concepto que representan se encuentran en el límite de la nigromancia (interacción que involucra a los muertos) y son espiritualmente insalubres y bíblicamente inapropiados (Levítico 19:26, Deuteronomio 18:10,11). La interacción que implica a los santos que han partido está dentro del ámbito de Dios solo.

En muchos círculos ha estado en boga también la práctica de atar ciertas actitudes o atributos personales a los que se les designa como “espíritus”. De este modo, con frecuencia se induce a los padres a atar el espíritu de rebeldía en sus hijos desobedientes. En manera similar, oímos con frecuencia que gente bien intencionada ata el espíritu de incredulidad sobre personas o grupos. Por muy espiritual que parezca esta expresión, lleva consigo un marco no bíblico de referencia. Dios ha creado a las personas como agentes morales libres. Él nos da la capacidad y la responsabilidad de elegir. Dios no responderá a una oración que requiera que Él viole este aspecto de la naturaleza humana que Él creó intencionalmente. Cuando oramos de esta manera, nos colocamos al margen de las Escrituras, que son las que operan como nuestra única regla de fe y práctica. Una vez que uno se aleja de los parámetros de las Escrituras, es muy probable que haya otras desviaciones, como la creencia y práctica que algunos han adoptado de dar órdenes a los ángeles.

ATANDO AL HOMBRE FUERTE (MATEO 12:29).

Mateo 12:29 es otro versículo usado por los que dicen que atar demonios es bíblico. De acuerdo con el contexto, Jesús es acusado por los fariseos de echar fuera demonios por el poder de Belcebú. Jesús les respondió: “Todo reino dividido por una guerra civil está condenado al fracaso. Una ciudad o una familia dividida por peleas se desintegrará. Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido y pelea contra sí mismo; su propio reino no sobrevivirá. Entonces, si mi poder proviene de Satanás, ¿qué me dicen de sus propios exorcistas, quienes también expulsan demonios? Así que ellos los condenarán a ustedes por lo que acaban de decir. Sin embargo, si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado y está entre ustedes. Pues, ¿quién tiene suficiente poder para entrar en la casa de un hombre fuerte como Satanás y saquear sus bienes? Solo alguien aún más fuerte, alguien que pudiera atarlo y después saquear su casa.” (Mateo 12:25-29; NTV)

Nótese que Jesús no dice que podemos atar demonios o que debemos hacerlo. De hecho, ese pasaje nunca ha sido interpretado de esa manera en toda la historia de la iglesia hasta que surgió hace poco la moda de “atar y desatar”. El problema es que mucha gente ni siquiera se toma la molestia de leer bien lo que dice Jesús. Jesús explica que Él saca demonios por el poder del Espíritu Santo, y ese poder es más poderoso que el poder de los demonios, pues ¿Quién tiene suficiente poder para entrar en la casa de un hombre fuerte como Satanás?”. Y aquí Jesús hace una analogía entre Él contra Satanás, y un hombre muy fuerte que ata a alguien menos fuerte y le quita dominio. ¡Aquí no se dice que nosotros debemos o podemos “atar” demonios!

A pesar de la interpretación popular de que las palabras de Jesús: “¿Cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata?” (Mateo 12:29, Marcos 3:272) prescribe una secuencia para el exorcismo, la evidencia en el resto del Nuevo Testamento no apoya esta idea. Por ejemplo, aun cuando los escritores de los Evangelios registraron múltiples enfrentamientos entre Jesús y los espíritus demoníacos, no hay una ocasión en el registro escrito en el cual Él haya atado a un demonio antes de echarlo fuera. Aún más, una acción tal relacionada con atar a los demonios no se encuentra en el libro de los Hechos, en las epístolas, o en el libro de Apocalipsis. En comparación con las fórmulas elaboradas de exorcismo de los judíos contemporáneos y de los paganos, las palabras y acciones de Jesús y de sus primitivos seguidores son cortantes y directas: “¡Sal de él!”

Si hubo algo que caracterizó a Jesús, es que era consecuente. Si hubo algo que caracterizara a sus seguidores del primer siglo, es que eran obedientes a sus enseñanzas. Si en Mateo 12:29 Jesús hubiera tratado de proveer una descripción respecto de la adecuada secuencia de actos para un exorcismo exitoso, habría seguido su propia fórmula cuando exorcizaba a los demonios, y sus discípulos del Nuevo Testamento también la hubiesen seguido.

Si seguimos los principios interpretativos de que las Escrituras interpretan las Escrituras, y si examinamos las Escrituras como un todo, tenemos que entender que Mateo 12:29 y Marcos 3:27 no son un mandato, sino mas bien una analogía (una técnica ilustrativa que Jesús usó regularmente en los cuatro Evangelios). Satanás no es un hombre, sino semejante a un hombre rico que debe ser sometido antes que un ladrón pueda robar en su hogar. Satanás debe ser desarmado antes que el reino de Dios pueda avanzar (compare Mateo 12:28).

CAYENDO EN LO ABSURDO Y LA CONTRADICCIÓN.

Si en realidad, como muchos super creyentes afirman, ellos poseen la autoridad para ‘atar’ al diablo cada vez que se presente, tenemos solamente dos opciones para explicar el continuo actuar del diablo en el mundo a pesar de que muchos creyentes vivan atándolo. Hay dos opciones: O lo ataron con una cadena muy larga que de todas maneras le permite actuar a su antojo, o el diablo se escapa sutilmente a cada rato y se va a otra iglesia donde lo vuelven a atar. Tales suposiciones suenan ridículas ¿Verdad? ¡Por supuesto que sí! ¡Igual que la doctrina de atar y desatar demonios! La moda de “atar y desatar” es un fraude porque contradice la Biblia, el sentido común y la lógica. En ninguna parte en toda la Biblia verás a los miembros de la iglesia atando demonios, deudas económicas, hábitos, enfermedades, etc.

Atar y desatar es una moda herética que ha invadido la iglesia. Tal enseñanza nació en círculos de creyentes en donde la Palabra de Dios no es estudiada con seriedad y detenimiento. ¿Dónde está la confianza de tales “creyentes” en la soberanía y la Palabra de Dios en todos nuestros momentos, ya sean difíciles o felices? Para empeorar las cosas, atar y desatar es una moda que refleja la fascinación insana del pueblo evangélico por el diablo y sus demonios (muchos evangélicos en Latinoamérica ven al diablo hasta en la sopa, pero son ciegos para ver la mano de Dios en sus vidas). La fe de ellos está en “atar” lo malo para que les vaya bien, en vez de confiar en la voluntad de Dios para sus vidas. Muchos charlatanes se aprovechan de esta moda para vender entradas para sus congresos en donde prometen atar los demonios y las enfermedades que atormentan a la gente.

Piénsalo bien: Atar demonios simplemente no tiene sentido. Si alguien realmente tiene el poder de “atar” a Satanás o a los demonios, entonces ¿Quién los vuelve a soltar? ¿Por qué los cristianos de todo el mundo están afirmando que atan a Satanás y siguen pasando cosas malas? ¿Cuánto tiempo dura la “atadura”? Si sólo dura una hora, entonces la gente pudiera literalmente “turnarse” para atar a Satanás y de esta manera nunca dejarlo suelto de nuevo. ¿Puedes ver lo absurdo que es esta doctrina de “atar demonios y a Satanás”? Además, ¿quién dice que Satanás esté escuchando? No olvidemos que Satanás no es omnipresente, por lo que sólo puede estar en un lugar al mismo tiempo, así que el concepto de que la gente de todo el mundo esté atando a Satanás en, o alrededor del mismo tiempo, no tiene sentido. Lo repito: La única “atadura” de Satanás en la Biblia está en Apocalipsis 20:2, cuando un ángel “ate” a Satanás por 1.000 años en el abismo.

CONCLUSIÓN.

Es necesario que pensemos y analicemos a la luz de la Biblia todo lo que se nos predica. Las personas a veces podrán equivocarse y transmitir de forma torcida un mensaje, incluso cuando tal vez esas personas tengan una buena intención, pero la Palabra de Dios nunca se equivoca. Reconozcamos que la Biblia es más que suficiente y que no necesitamos sacar versículos fuera de sus contextos. Amémosla y conozcamos a Dios y Su voluntad en sus páginas. Eso es lo que la iglesia más necesita en el día de hoy. Cuando realmente sabemos que Dios cuida de nosotros y que nada de lo que nos sucede se escapa de la voluntad de Dios, no perdemos tiempo “atando” demonios y vivimos con más gozo en Dios (Romanos 8:28).

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Distorsionando la Fe Pentecostal: Las Maldiciones Generacionales.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Las modas teológicas parecen inundar el evangelicalismo moderno, principalmente el pentecostalismo. En años recientes la enseñanza acerca de las “maldiciones generacionales” ha llegado a ser muy popular en nuestros círculos pentecostales y carismáticos. Muchos de los líderes más prominentes dentro del movimiento pentecostal y carismático promueven tal doctrina. No obstante, la naturaleza de la verdad absoluta y la propia interpretación de las Escrituras no se pueden determinar por la cantidad de gente que incursiona en cierta enseñanza o por la popularidad de quienes la promueven. Los asuntos de la fe (lo que creemos) y la práctica (cómo vivimos la vida cristiana) sólo se pueden determinar por la debida comprensión de las Escrituras.

La frase “maldición generacional” o cualquier otra frase similar nunca aparece en las Escrituras, no se encuentra en ninguno de los Testamentos. Esto en sí no es suficiente para desechar la enseñanza como no bíblica. No obstante, el hecho que la frase maldición generacional no se encuentre en las Escrituras debería alertar a los creyentes con criterio sobre la necesidad de ser cuidadosos en este asunto. Debe haber pruebas convincentes cuando se estudia todo el consejo de Dios. Ciertamente, la Biblia parece hacer mención de las llamadas “maldiciones generacionales” en ciertos pasajes (Éxodo 20:5; 34:7; Números 14:18; Deuteronomio 5:9). Y muchos han sabido usar tales versículos para sostener la enseñanza errónea de que Dios castiga a los hijos por los pecados de sus padres. Tal afirmación no es verdadera. Aunque es cierto que los efectos del pecado pueden transmitirse de una generación a la siguiente (la Caída de Adán es un ejemplo de ello, pues sus efectos y consecuencias arrastraron a todos sus descendientes con él), esto no implica una sentencia irrevocable. La lógica nos enseña que cuando un padre tiene un estilo de vida pecaminoso, sus hijos son propensos a tener el mismo estilo de vida pecaminoso también; es decir, copian los mismos patrones de conducta pecaminosa. Es por ello que muchos hijos terminan cometiendo los mismos pecados que sus antepasados y pagando las mismas consecuencias.

Tristemente, hay una tendencia en la iglesia de hoy para tratar de culpar por todo a las maldiciones generacionales. Un sector de la iglesia que sobre enfatiza este tema suele motivar a los creyentes a hacer una evaluación retrospectiva e investigar los pecados de sus progenitores. Enseñan que puede que esa sea la razón de que un pecado o un patrón pecaminoso persista en sus vidas. También enseñan que los constantes problemas, las frecuentes enfermedades, y las permanentes crisis financieras pueden ser expresiones de una maldición generacional. Si ese es el caso, el creyente entonces no podrá librarse de esa condición a menos que se le practique liberación. Es decir, una sesión de oración, imposición de manos, y hasta una confesión por parte del afectado, para romper la atadura. En algunos casos, estas liberaciones, que pueden durar varias horas, se llevan a cabo en los templos al final de los servicios dominicales, en retiros espirituales, o en casas como parte de una consejería. Esto no es bíblico. El remedio para las maldiciones generacionales es la salvación por medio de Jesucristo. Cuando nos convertimos en cristianos, somos nuevas creaciones (2 Corintios 5:17). ¿Cómo puede un hijo de Dios seguir bajo la maldición de Dios (Romanos 8:1)? La cura, entonces, para una “maldición generacional” es la fe en Jesucristo y una vida consagrada a él (Romanos 12:1-2).

CONVIRTIENDO EL EVANGELIO EN BRUJERÍA BLANCA.

La doctrina de “maldiciones generacionales”, es una de esas muchas novedades teológicas cuestionables de nuestra época. Tal enseñanza afirma que una persona puede nacer bajo una sentencia de castigo (“maldición”) por pecados que cometieron sus antepasados. A menudo, esas maldiciones suelen entenderse en términos mágicos, como una especie de maleficio, o de “hechicería santa.” Así resulta que uno puede nacer cargando la maldición de sus padres, abuelos o hasta bisabuelos. Y como la humanidad es bastante pecadora, sería de suponer que muy pocas personas hayan nacido sin alguna maldición a cuestas.

Los adeptos a esta enseñanza afirman que toda maldición generacional queda en el esperma y el óvulo que forman el feto, por lo que hay que reemplazar el ADN del pecado con el ADN de Dios. Otro aspecto de esta enseñanza es el concepto de la iniquidad como la corrupción interna que trae maldición generacional. En palabras de ellos, la iniquidad es transmitida al ser humano desde su concepción y se hace más fuerte en cada generación. Afirman también que los padres tienen la potestad de establecer herencia de bendición para los hijos cortando estas raíces de iniquidad. De esta forma, los hijos tendrán un futuro libre, un camino allanado, para cumplir con el “destino profético” que Dios les ha heredado, dándoles las llaves para que triunfen en todo siempre y cuando ellos no “reactiven estas raíces de maldición generacional”.

Los fanáticos de esta enseñanza creen que la gente no sólo hereda la naturaleza pecaminosa de sus antecesores (la tendencia que todos tenemos de rebelarnos contra Dios), sino que también adquieren la maldad acumulada de sus antecesores. Como resultado, Dios los culpa, no sólo por sus propios pecados, sino también por los pecados de sus antecesores. Además, Satanás tiene derecho a seguir manteniendo un reclamo legal contra los creyentes que no han tratado de una forma eficaz con sus maldiciones generacionales, resultando en fracaso, violencia, impotencia, profanidad, obesidad, pobreza, vergüenza, enfermedad, aflicción, temor, y aun muerte física.

Los proponentes de la maldición generacional luego dirigen su enseñanza a su próximo paso lógico. Ellos concluyen que la sangre de Cristo fue derramada por los pecados de cada persona, pero que cada uno debe dar un paso adicional para quitar la trasgresión que haya heredo de sus antecesores. Se requiere este paso adicional para que una persona sea liberada de las ataduras que la mantienen cautiva al pecado de sus antepasados. Este procedimiento involucra una elaborada ceremonia que consiste en listar los pecados de sus antecesores hasta la cuarta generación, confesando los pecados por ellos, recitando oraciones y declaraciones recomendadas, rompiendo personalmente esas supuestas maldiciones.

Según esta doctrina el reino de Dios y las tinieblas operan con plenos ‘derechos legales’. Toda la familia paga por los pecados que cometieron sus ancestros. Satanás se presenta ante el trono de Dios y muestra derechos legales de atacar cualquier área de nuestra vida. Luego se decide si los reclamos son válidos y, de serlo, si se le permite hacer lo que solicita contra nosotros y nuestra familia. Basándose en Éxodo 20:4,5, enseñan que los demonios pasan de generación en generación y que éstos se afianzan en la vida de los creyentes por los pecados generacionales. Para despojarse de estas fuerzas demoníacas, los creyentes necesitan saber cuáles son esas ataduras, y tener un ritual de liberación para romperlas. Se necesitan consejeros con conocimiento especial de ataduras diabólicas si el caso es grave. Se da un examen especial de diagnóstico y se proveen incluso las palabras que deben ser repetidas, como, por ejemplo: “Rechazo toda obra demoníaca que me ha sido heredada de mis ancestros”, por citar ejemplo.

Debemos ser muy cuidadosos con esto. Las pruebas de diagnóstico, los rituales, y las oraciones recomendadas por aquellos que enseñan la maldición generacional no se encuentran en las Escrituras. No hay tales pasos en la Biblia, la cual es nuestra única regla para asuntos de fe y práctica. Si las maldiciones generacionales fueran una realidad, Dios habría dado las debidas instrucciones en las Escrituras respecto a cómo tratar con este problema.

Aunque resulte vergonzoso admitirlo, un buen porcentaje de la iglesia pentecostal y carismática ha caído en el paganismo. Porque no hemos prestado atención a Jesús ni consultado toda las Escrituras, somos nuevamente afligidos con un mágico punto de vista del mundo de Dios. En este mundo el supremo sacrificio de Dios tiene limitado poder y efecto, y debe ser complementado por nuestras propias fórmulas exorcistas y nuestros esfuerzos humanos. En realidad, la creencia en “maldiciones generacionales” tiene más que ver con el ocultismo que con el cristianismo. ¿Acaso no resulta preocupante que un amplio sector del cristianismo esté tan estrechamente relacionado con tales creencias?

EL SUPUESTO FUNDAMENTO BÍBLICO DE LAS MALDICIONES GENERACIONALES.

La enseñanza de las supuestas maldiciones generacionales se fundamente en Éxodo 20:4-5. Es claro que las consecuencias del pecado de la idolatría eran terribles, y el Señor quiso crear esta consciencia en el pueblo. No obstante, lo que debemos entender de este texto es que se trata de un principio, y no de una condición irreversible. Es decir, esto no debe ser comprendido como una sentencia definitiva que condenaba sin esperanza a hijos de padres pecadores. El principio es que habría consecuencias por la maldad, y esas consecuencias afectarán también a los hijos. Pero esto no era un absoluto, en el sentido de que los pecados de los padres serán condiciones irreversibles para los hijos.

Por ejemplo, si un hombre roba, ese pecado no solo afecta al ladrón, sino también en un sentido muy real a los hijos, porque si ese hombre es encontrado y juzgado, ya no podrá estar por su familia. Además, si robar es el estilo de vida de esa persona, hay una gran probabilidad que los hijos también sean inclinados y movidos a lo mismo. Digamos también que un padre de familia es un alcohólico. Tarde o temprano, su adicción al alcohol le puede acarrear consecuencias para él y los suyos. Por ejemplo, si el borracho hace cosas indecentes, o pierde su trabajo, o entra en pleito con otros, o se enferma, eso tendrá consecuencias terribles para los miembros de su familia. Es en ese sentido que la maldad de los padres afecta a los hijos. Y eso sin considerar que un hijo puede crecer predispuesto al alcohol y hasta volverse él mismo un alcohólico pues eso es lo que vio como un patrón normal de conducta.

El hecho de que Dios visite la maldad de los padres sobre los hijos es más bien un principio de consecuencias y no necesariamente una sentencia absoluta que deja a los hijos sin posibilidad de redimirse. Tampoco debe entenderse cómo una maldición generacional o una atadura espiritual de la que debamos librarnos. Ésta es la necesaria conclusión que también está descrita en el mismo Pentateuco. Porque en el libro de Deuteronomio, se nos dice que “Los padres no morirán por sus hijos, ni los hijos morirán por sus padres; cada uno morirá por su propio pecado” (Deuteronomio 24:16). La Biblia es enfática: “cada uno morirá por su pecado”. Es decir, en el Antiguo Testamento ya estaba establecido el principio de la responsabilidad individual, descartando toda noción mística de maldición o atadura generacional. En otras palabras, ningún hijo pagará por los pecados de los padres, sino que cada uno pagará las consecuencias de sus propios pecados. Y aunque nuestros hijos pueden ser afectados por nuestras decisiones, o se pueda padecer la misma enfermedad de un antepasado, como la ciencia lo ha probado, no debemos interpretarlo como que una fuerza espiritual está detrás. Una vez más, las consecuencias que sufrimos no deben ser entendidas como maldiciones generacionales.

En una medida menor, otro texto que es usado para enseñar las maldiciones generacionales se encuentra en Proverbios: Como el gorrión en su vagar y la golondrina en su vuelo. Así la maldición no viene sin causa (Proverbios 26:2). Pero basar la enseñanza de ataduras generacionales por este verso es un mal ejercicio exegético. Primero, porque en este pasaje no se está hablando de las consecuencias que los hijos reciben por los pecados de los padres. Más bien la línea de pensamiento del autor está orientada a la insensatez del necio. Segundo, porque el texto original de Proverbios 26:2 dice:

“El gorrión en su vagar, la golondrina en su vuelo y una maldición que no tiene causa, no se posan.” (Proverbios 26:2).

Lo que este proverbio quiere decir es más o menos esto: no te preocupes si alguien te maldice sin que seas culpable, tal maldición no tendrá efecto. La maldición que con su boca alguien profiera contra un inocente no tiene poder de hacerle daño, de la misma manera que un ave no daña a nadie cuando vuela. Este texto no está enseñando absolutamente nada de ataduras ni maldiciones generacionales.

ELIMINANDO LA RESPONSABILIDAD PERSONAL.

El hecho de culpar a otros por nuestras desgracias es algo tan antiguo como el relato de la creación. No asumir la responsabilidad individual es precisamente lo que hizo Adán al culpar a Eva cuando fue confrontado por Dios. Y eso es también lo que hizo Eva al culpar a la serpiente, cuando ella fue confrontada por su creador (Génesis 3). Pero en el tiempo cuándo los judíos fueron deportados a Babilonia, esta misma actitud floreció en la forma de un conocido refrán: “Los padres comen las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera.” (Ezequiel 18:2).

El pueblo de Israel está cautivo en Babilonia. Hay tristeza, y amargura entre los israelitas. Ezequiel es el profeta escogido por Dios para hablarle al pueblo. Entre los judíos existe una esperanza de que esto terminará pronto y luego volverán a casa. Pero la esperanza es vana. Dios está castigando a su pueblo por sus pecados. Dios los ha entregado a los caldeos en esta segunda deportación y todavía una deportación más está en camino. Esta actitud fue confrontada por el profeta. El mensaje que subyace bajo este refrán es claro: estamos padeciendo por el pecado de nuestros padres. Por eso el Señor les dice lo mismo:

“Vivo Yo,” declara el Señor Dios, “que no volverán a usar más este proverbio en Israel. Todas las almas son Mías; tanto el alma del padre como el alma del hijo Mías son. El alma que peque, ésa morirá (Ez. 18:3-4).

Aquí una vez más Dios corrige la fatalista noción de que los hijos serán víctimas de una sentencia irreversible por culpa de los padres.

El profeta Daniel también tiene mucho que enseñarnos al respecto. En vez de culpar por su destino a sus antecesores, como hacía el público oyente de Jeremías y Ezequiel, él aceptó su propia responsabilidad personal y la de sus contemporáneos por el juicio que había caído sobre ellos. Él escribió: “Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas . . . Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos. De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado” (Daniel 9:4, 5,7–9). En la oración de Daniel, no se menciona que la razón del exilio sea por los pecados de los padres. Esto es aún más asombroso si recordamos que Daniel era consciente de que por generaciones Dios había enviado profetas para advertir a Israel de ese juicio si no se arrepentían.

En el tiempo de Jesús, los judíos habían otra vez olvidado las correcciones del paganismo expresadas por Moisés y los profetas. Jesús encaró los mismos asuntos. En Juan 9:1–3 leemos: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.” Aunque los discípulos tenían el antiguo punto de vista pagano de que la culpa y el pecado podrían ser heredados, Jesús enfatizó la gloria y la gracia de Dios. Jesús también afirmó: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Las palabras de Jesús sugieren que el perdón de Dios basta para alcanzar un grado tal de transformación espiritual que produzca un cambio de vida. Jesús creía que la mujer a quien acababa de perdonar era libre de escoger si iba a permanecer en el pecado o se apartaría de él. No se hace ninguna referencia a la necesidad de una oración adicional, una ceremonia, o una fórmula de renunciación para complementar la oferta de la gracia y el perdón de Dios. Una vez más, esta excesiva (y hasta enfermiza) inclinación de interpretar las desgracias de las personas como una consecuencia de los pecados de un antepasado es confrontada por Jesús.

El énfasis de maldiciones generacionales casi siempre despoja al creyente de asumir su responsabilidad personal. Y lo que es más delicado: no lo motiva a procurar el arrepentimiento por sus propios pecados. Las palabras de Pablo: “Dios. . . pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:5,6) y “porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo . . . de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14:10,12), claramente enfocan la responsabilidad individual a la que se da prioridad en el Nuevo Testamento. Estos pasajes deben ser vistos como la unificada enseñanza de las Escrituras, empezando con Moisés (Deuteronomio 24:16), continuando en los profetas (Jeremías 31:29,30; Ezequiel 18:1–4,14–16,18–20; Daniel 9:4, 5,7–9), y culminando con las enseñanzas de Jesús (Juan 8:11; 9:1–3).

EFECTOS NOCIVOS DE TAL ENSEÑANZA.

Muchas y lamentables son las consecuencias que la enseñanza de las ataduras o maldiciones generacionales han traído a la iglesia. Algunos en el pueblo de Dios están ávidos por buscar que alguien les practique una sesión de liberación, pues creen que esa atadura solo pierde su poder con esta práctica. En otros casos, el creyente que se siente inocente esquivará su responsabilidad personal y no procurará el arrepentimiento. Pero también están los que han sido decepcionados por las implicaciones de esta enseñanza. Aquellos que han sido objeto de una liberación y que con el tiempo el pecado o las consecuencias de un pecado reflotaron experimentan desilusión con el evangelio o las Escrituras. Otros quizá lo resuelven sometiéndose periódicamente a estas liberaciones.

Por lo tanto, en concordancia con la enseñanza bíblica debemos concluir que la doctrina de las maldiciones generacionales es teológicamente deficiente y en la práctica es muy nociva para el creyente y la iglesia en general.

LA ALTERNATIVA BÍBLICA.

Pero entonces, ¿qué hacer si en la vida diaria parece que somos inclinados a practicar los mismos pecados de nuestros antepasados? ¿Cómo librarnos de esa influencia? Para empezar respondiendo a esta legítima pregunta, debo establecer que los hombres nacemos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), y que nuestro corazón está inclinado siempre y únicamente hacia el mal (Génesis 6:5). Solo por la intervención divina, los hombres somos regenerados y recibimos un nuevo corazón. En otras palabras, Dios nos hace nacer de nuevo (Juan 3:3). Cuando el hombre se arrepiente de sus pecados, abandona sus malos caminos y se vuelve a Cristo en obediencia, está dando la gloriosa evidencia de su nuevo nacimiento. Es por eso que el apóstol Juan decía: “Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él. No puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9). Esto quiere decir que cuando una persona nace de nuevo, se arrepiente y abandona sus pecados, no mostrará un patrón pecaminoso de conducta. El creyente peca, pero no practica el pecado como un estilo de vida. Tomando como referencia las palabras de Juan, concluimos que la práctica abierta y permanente de un pecado, en la mayoría de los casos es una evidencia de que esa persona no nació de nuevo, y que nunca se arrepintió de sus pecados. Si ese es tu caso, entonces debes reconocer tu necesidad de salvación, arrepentirte de tu maldad, y depositar tu confianza solo en Jesucristo para el perdón de tus pecados. La biblia enseña que todo aquel que viene a Cristo, Él no le echa fuera. Corre al Señor y Él te recibirá y te dará descanso (Juan 6:37, Mateo 11:28-29).

Sin embargo, ¿Qué sucede con alguien que da evidencia de su regeneración y ha mostrado los frutos de su arrepentimiento, pero todavía lucha con alguna forma de pecado, adicción o inclinaciones de sus antepasados? La inquietud también es legítima, y la biblia también nos responde al respecto. Aquí es importante destacar que, desde el momento de nuestra conversión, empieza en el creyente el proceso conocido como santificación. Se le llama así al proceso por medio del cual, desde la conversión, Dios hace al creyente más libre de la influencia del pecado y lo transforma a la semejanza de Cristo. Pero este proceso es gradual y dura toda la vida. Y aunque es una obra de Dios, el creyente también participa del mismo. Esta es la enseñanza que Pablo expone en Romanos 6. Por eso dice, “Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezcáis sus lujurias” (Romanos 6:12). Es decir, no se dejen gobernar por el pecado.

La vida de un genuino creyente se caracteriza por una constante lucha contra el pecado. El hombre regenerado batalla por no pecar, y cuando lo hace siente una profunda convicción. Siente tristeza y amargura por haberle fallado a su Salvador. Pero no debemos olvidar que el llamado del creyente es a negarse a sí mismo, a tomar su cruz cada día, y seguir a Jesús (Lucas 9:23). Pablo nos llama a hacer morir lo terrenal en nosotros (Colosenses 3:5) y por medio del Espíritu a hacer morir las obras de la carne (Romanos 8:13). Pedro exhortaba a los creyentes a que se abstengan “de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Pedro 2:11). Parte de esta batalla es la actitud permanente de procurar el arrepentimiento. Un creyente es un pecador que reconoce cuando falla y se arrepiente genuinamente de su pecado. En este sentido, el arrepentimiento es el estilo de vida de un creyente.

Pero en la santificación, es importante recordar que, aunque se nos manda ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, también se nos dice que Dios es quién produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad (Filipenses 2:12-13). Es decir que Dios nos pide algo, pero él también nos da la capacidad para obedecerlo. La gracia de Dios no solo perdona nuestros pecados, sino también nos capacita para vivir la vida cristiana. Además, debemos decir que nuestra santificación será proporcional al entendimiento que tengamos de la persona y la obra de Jesucristo. Es decir, nuestra santidad se corresponde en gran medida a nuestro entendimiento del evangelio. Mientras más comprendamos lo que Cristo hizo en la cruz, mayor será nuestro anhelo por crecer en su semejanza. Para tal efecto, la constante exposición de la Palabra será determinante. La Palabra de Dios tiene un poder santificador en la vida del creyente. Por eso Jesús les dijo a sus discípulos: “Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (Juan 15:3).

Debemos recordar que Cristo Jesús obtuvo eterna, segura, y completa salvación. En Él estamos completos, decía Pablo (Col. 2:10). Es decir, Cristo es la provisión de Dios para el gran problema del pecador. En Cristo tenemos todo lo que necesitamos para nuestra redención, para nuestro crecimiento espiritual, y solo en Él tenemos lo necesario para una vida plena y llena del poder de Dios. Más que mirar al pasado a ver qué tipo de maldición pudiéramos estar sufriendo, miramos a la cruz y vemos como ahora somos benditos en Él.

CONCLUSIÓN:

La falsa enseñanza de las “maldiciones generacionales” es una herejía peligrosa que debe ser rechazada, por 6 razones principales:

  1. Niega la suficiencia de las Escrituras y requiere que se añadan a la Palabra de Dios pruebas, rituales, y fórmulas generadas por el hombre (2 Timoteo 3:15–17; 2 Pedro 1:3–8).
  2. Niega la perfecta obra de Cristo en la Cruz.
  3. Tergiversa el evangelio de Cristo (Gálatas 1:6–9).
  4. Niega la enseñanza bíblica de la responsabilidad personal.
  5. Nos acerca un paso más al paganismo del que fuimos llamados.
  6. Pone exagerado énfasis en la obra del hombre,
  7. Da vueltas a la idea de una relación con Dios basada en las obras.

Los pentecostales auténticos, bíblicos y de sana doctrina, debemos afirmar la suficiencia del sacrificio de Cristo inequívocamente. Pablo declaró, sin temor a contradicción: “A vosotros, estando muertos en pecado y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente [la referencia es a los espectáculos romanos en que los emperadores y generales que ganaban una guerra marchaban por las calles de Roma con el botín y los prisioneros conquistados para mostrar tanto al ciudadano como al enemigo el poder del Imperio], triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:13–15).

Las Escrituras son la única lámpara a nuestros pies y luz a nuestro sendero en que podemos confiar.

Las palabras del hombre sólo pueden llevarnos de vuelta a la esclavitud: por ejemplo, el temor. Tenemos que obtener todo el consejo de Dios en las Escrituras en vez de seguir la última decadencia teológica.

El hombre caído siempre busca soluciones rápidas. Casi todos los problemas encarados por las ceremonias de maldición generacional no pueden ser echados fuera o atados. Los problemas de conducta tienen que ser tratados en nuestro andar de discipulado. Necesitamos diariamente tomar nuestra cruz, considerarnos muertos al pecado y vivos a Dios en Cristo, traer a sujeción nuestro cuerpo, llevar cautivo cada pensamiento a la obediencia de Cristo, y renovar nuestra mente por la Palabra de Dios. Un exorcismo “a la volada” de nuestras imperfecciones de carácter nos dejará decepcionados porque despertaremos el próximo día para descubrir que todavía tenemos esas imperfecciones. Jesús no nos ha llamado a una versión de método fácil del cristianismo. Él nos ha llamado al discipulado, a diariamente seguir al Maestro, sometiéndonos a su señorío, aprendiendo de Él, para llegar a ser más como Él.

Cualquier deuda de pecado que hayamos acumulado fue efectivamente cancelada gracias a la muerte vicaria o sustitutiva de Jesús. Además, Pablo afirma que los poderes y principados que nos tenían esclavizados en el pecado no sólo fueron vencidos y desarmados, sino también totalmente humillados. La muerte de Cristo ofrece tanto el perdón de pecados como la liberación de la opresión y la posesión demoníaca a quienes se apropian de este sacrificio.

Por todo lo anterior, la Biblia nos lleva a concluir que, lejos de fundamentarse fielmente en la Palabra de Dios, la enseñanza de “maldiciones generacionales” es un abuso del texto bíblico. Es otra especulación fantasiosa de algunos predicadores que no se cansan de inventar nuevas doctrinas para deslumbrar a su público y mantenerlos cautivos de sus aberraciones. Lejos de ser un mensaje fiel a la Palabra, es otro intento de manipularla, y manipular al público creyente. Todas estas especulaciones contemporáneas plantean una pregunta muy seria: ¿En qué punto una simple enseñanza equivocada llega a ser una herejía? ¿No será que tenemos que redescubrir el concepto y la realidad de la herejía? Es hora de levantar la voz de protesta contra estas novedades antibíblicas. Principalmente cuando somos nosotros, los pentecostales que amamos la sana doctrina, a quienes se nos acusa de promoverla.