Dones Espirituales, Sin categoría

Los Dones Espirituales: Clasificación y tipos de dones.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los pentecostales creemos que el bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia espiritual diferente a la salvación y posterior al nuevo nacimiento en Cristo. La manifestación de que se ha recibido es hablar en otras lenguas, no por propio impulso del hombre, sino bajo la dirección del Espíritu Santo. Es dado para capacitar al creyente en el cumplimiento de la gran comisión (Joel 2:28, Mateo 3:11, Lucas 24:49, Hechos 1:5, 2:39). En el Antiguo Testamento había muchas personas que ejercían ciertos dones espirituales sin ser bautizados con el Espíritu Santo. En la actualidad, vemos muchos ministerios que operan en dones sin estar bautizados con el Espíritu Santo. No obstante, el ideal del nuevo pacto es la conversión, el bautismo en el Espíritu Santo y la operación o manifestación de los dones. Aunque los dones espirituales se pueden manifestar sin haber recibido el bautismo en el Espíritu Santo, ¿Se imagina la tremenda bendición que representa el bautismo en el Espíritu Santo para la manifestación de los dones?

I.- DIFERENCIA ENTRE DONES NATURALES Y DONES ESPIRITUALES.

Cada individuo tiene lo que llamamos los dones naturales, que son habilidades que Dios le da al hombre para destacar en su vida, tales como la música, el canto, las artes, los números, etc. todos esos dones naturales deben ser puestos al servicio de Dios también en la iglesia, pero no sería correcto llamarlos Dones Sobrenaturales, sino habilidades o dones naturales, los cuales son otorgados por la gracia de Dios a todos los seres humanos.

Los dones sobrenaturales son aquellos que Dios nos otorga al creer en él y nos capacita para hacer su obra en la tierra. En un sentido amplio, es un don espiritual cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia) y también a los dones que trascienden los medios ordinarios (sanidades, profecía y milagros). Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Desde su nacimiento, la iglesia de Cristo ha dependido de Dios para hacer obras sobrenaturales. Parte esencial del movimiento pentecostal en nuestro tiempo ha sido un nuevo énfasis en los dones espirituales.

La manifestación de los dones espirituales es parte esencial de la obra de Dios en su pueblo y a través de este. Los dones son dados para la edificación del cuerpo de Cristo. En Efesios 4.12, Pablo indica que los dones tienen el propósito de preparar a los santos para la tarea de ministrar con el fin de edificar el cuerpo de Cristo. Los dones preparan a los siervos a fin de que ellos puedan hacer la obra del Señor, lo que dará como resultado la madurez de la iglesia. Nos necesitamos unos a otros para que el cuerpo crezca de manera saludable. De modo que, los dones no son cualidades personales o propias.

Los dones son encarnacionales. Esto quiere decir que Dios obra a través de los seres humanos. Los creyentes le someten su mente, corazón, alma y fortaleza a Dios. Consciente y voluntariamente le entregan todo cuanto son. El Espíritu los capacita sobrenaturalmente para ministrar más allá de sus posibilidades, al mismo tiempo que expresa cada don a través de su experiencia en la vida, su carácter, su personalidad y su vocabulario. Lo que Dios ministra a través de nuestra vida, ministerio y personalidad, puede ser distinto a lo que ministra a través de otros. Por tal razón, los dones manifestados necesitan de una evaluación. Esto no disminuye de manera alguna su eficacia, sino más bien le permite a la congregación poner a prueba su veracidad bíblica y su valor de edificación.

II.- TIPOS DE DONES ESPIRITUALES.

Hay muchos dones. Ninguna de las listas presentadas en la biblia tiene el propósito de ser exhaustiva. En los diversos pasajes que hablan acerca de los dones se mencionan veintiuno. Todos ellos son complementarios; ninguno es completo en sí mismo y por sí mismo. Por ejemplo, todos los dones de Romanos 12:6–8 se pueden aplicar con utilidad a una situación de consejería. Algunos de los dones de una lista se relacionan fácilmente con dones de otras listas. El don de repartir se puede manifestar a sí mismo en el mostrar misericordia, ayudar, exhortar o, incluso, sufrir el martirio. Con esta superposición, encontramos que hay algunos dones que todos identifican con facilidad, como las lenguas y la interpretación, las sanidades y los milagros. En cambio, hay otros dones, como la palabra de sabiduría, la palabra de conocimiento, el discernimiento de espíritus y la profecía, que quizá necesiten evaluación para identificarlos.

 

1.- DONES CARISMÁTICOS.

La mayoría de los escritores han dividido los dones de 1 Corintios 12:8–10 en las tres categorías de dones para la mente, dones de poder y dones para hablar, con tres dones en cada categoría. Es una división cómoda y lógica. No obstante, apoyado en 1 Corintios 12:6–8 y en 1 Corintios 14:1–33, se deduce que Pablo está haciendo aquí una división funcional. A partir del uso que hace Pablo dos veces de la palabra griega “héteros” (“otro de una clase distinta”) en 1 Corintios 12:6–8, podemos ver los dones divididos en tres categorías de dos, cinco y dos dones respectivamente:

  • Dones de enseñanza y predicación (palabra de sabiduría y palabra de ciencia o conocimiento).
  • Dones de ministerio a la iglesia y al mundo (fe, dones de sanidades, poderes milagrosos, profecía, discernimiento de espíritus).
  • Dones de adoración (diferentes clases de lenguas e interpretación de lenguas).

Otra forma muy común de clasificar los dones carismáticos es:

  • Dones de Palabra: Profecía, discernimiento de espíritus, don de lenguas, interpretación de lenguas, palabra de sabiduría y palabra de ciencia.
  • Dones de Poder: Fe, dones de sanidades, obras de poder (milagros).

 

2.- DONES MINISTERIALES.

Aunque el Nuevo Testamento insiste en la universalidad del ministerio dentro del cuerpo de Cristo, también indica que algunos creyentes son apartados de manera exclusiva para funciones concretas dentro del ministerio. Con frecuencia se menciona al respecto Efesios 4:11: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”. De esta manera se obtiene una lista de las que se han llamado en ocasiones “funciones carismáticas” o “dones ministeriales” de la Iglesia Primitiva, diferentes a los “puestos administrativos” (obispo, anciano, diácono), de los que se hace mención especial en las últimas epístolas del Nuevo Testamento. El importante papel que desempeñaron los apóstoles, profetas, evangelistas y demás ministerios en el ministerio de la Iglesia Primitiva está bien atestiguado en el Nuevo Testamento.

 

3.- DONES DE SERVICIO.

Los dones espirituales de servicio se encuentran en una de las listas de los dones espirituales en la Biblia (Romanos 12:6). En Romanos 12:6 la palabra traducida “dones” es el vocablo griego “charisma” que significa un don de gracia inmerecida, regalo, favor, oficio, misión, poder. Es un regalo divino, especialmente una dotación o facultad espiritual milagrosa. Los dones de ayuda al igual que los dones carismáticos de 1 Corintios 12, son parte del grupo de los dones del Espíritu Santo para edificación de la Iglesia de Cristo. Los dones de ayuda son complementarios (Hechos 6:2-4) pero no por ello menos espirituales, o especiales, y menos necesarios para el desarrollo adecuado de la Iglesia del Señor.  En esta lista se mencionan los dones de servir, enseñar, exhortar, el don de dar, el don de dirigir, el don de mostrar misericordia (Romanos 12:6-8). Implica también los dones de ayudar (1 Corintios 12:28). La palabra griega traducida para “ayudar” en 1 Corintios 12:28, se encuentra solamente en el Nuevo Testamento y significa literalmente “aliviar, socorrer, participar en algo o apoyar”.

Aquellos a quienes se les ha dado alguno de los dones de servicio, pueden ayudar o prestar asistencia a otros en la iglesia con compasión y gracia. Este don tiene una amplia variedad de aplicaciones, que van desde ayudar a individuos con tareas diarias, hasta ayudar en la administración de los asuntos de la iglesia. Ayudar y servir en el cuerpo de Cristo puede adoptar una variedad de formas. Algunos ven el don de ayudar como el que se da a aquellos que están dispuestos a “echar una mano” y hacer incluso las tareas más mundanas y desagradables con un espíritu de humildad y de gracia. Los que ayudan son con frecuencia quienes se ofrecen como voluntarios para trabajar regularmente alrededor de los edificios y los terrenos de la iglesia, a menudo trabajando en la oscuridad. Otros ven la ayuda como asistir a las viudas y a los ancianos, o las familias para realizar las tareas diarias, viniendo a prestar asistencia en aquellas áreas donde se necesita ayuda. Estos ayudantes prestan un don de servicio en el sentido más amplio, ayudando y apoyando al cuerpo de Cristo.

Dado que los dones espirituales son dados por el Espíritu Santo para la edificación del cuerpo de Cristo, el aspecto espiritual de los dones de servir y ayudar es quizás aún más importante que el aspecto práctico. Aquellos con el don espiritual de ayudar, han recibido la capacidad única para identificar a aquellos que están luchando con dudas, temores y otras batallas espirituales. Se dirigen hacia aquellos en necesidad espiritual con una palabra amable, una actitud comprensiva y compasiva, y la singular habilidad para hablar la verdad bíblica de una manera amorosa y que produzca convicción. Sus palabras son como “manzana de oro con figuras de plata” (Proverbios 25:11) para los espiritualmente débiles y cansados. Estos cristianos serviciales pueden calmar la ansiedad en los corazones oprimidos, con alegría y con confianza, hablando palabras de verdad y de gozo.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días. A estos dones carismáticos se les une la maravillosa expresión de los dones ministeriales o funciones carismáticas, repartidos en el cuerpo de Cristo para la edificación de la iglesia. Los dones de servicio, a su vez, completan el cuadro de dones espirituales otorgados por la gracia divina a través del Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

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Los Dones Espirituales: Definición y razón de ser.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Un distintivo del movimiento pentecostal es su continuismo; es decir, su creencia en la vigencia actual de los dones sobrenaturales procedentes del Espíritu Santo. Desde su nacimiento, El Pentecostalismo ha dependido de Dios para hacer obras sobrenaturales. Parte esencial del movimiento pentecostal en nuestro tiempo ha sido un nuevo énfasis en los dones espirituales. Esto no debería extrañarnos, ya que la manifestación de los dones espirituales es parte esencial de la obra de Dios en su pueblo y a través de este. Jesús dijo: “edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Nuestro Señor no sólo puso el fundamento de la Iglesia, sino que Él aún la sigue edificando. Él cumplió su promesa de enviar al Espíritu Santo para darnos poder. Jesucristo es el Bautizador. El Espíritu y los dones son nuestros por medio de Él.

Los sucesos del día de Pentecostés (Hechos 2) fueron el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. Esa inauguración del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. La promesa dada a través del profeta Joel en relación con el derramamiento del Espíritu Santo es de una naturaleza dramática, en donde los recipientes profetizan, sueñan, y ven visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés de que “ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su Espíritu sobre ellos” (Números 11:29). Este aspecto de la venida del Espíritu está conectado con el concepto del Nuevo Testamento de los dones del Espíritu, los cuales son habilidades especiales proporcionadas por el Espíritu Santo a los cristianos con el propósito de edificar el cuerpo de Cristo.

La lista de dones espirituales en 1 Corintios 12: 8-10, incluye sabiduría, ciencia, fe, sanidad, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, hablar en lenguas, e interpretación de lenguas. Listas similares aparecen en Efesios 4:7-13 y Romanos 12:3-8. Los dones del Espíritu son simplemente facultades dadas por Dios a los creyentes para hacer lo que Él nos ha llamado a hacer. 2 Pedro 1:3 dice: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por Su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.” Los dones del Espíritu Santo son parte de “todas las cosas” que necesitamos para cumplir Sus propósitos para nuestras vidas.

¿QUÉ SON LOS DONES ESPIRITUALES?

En un sentido amplio, es un don espiritual cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia) y también a los dones que trascienden los medios ordinarios: sanidades, profecía y milagros. Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Es necesario señalar algunos puntos respecto a estas listas de dones:

(1.- Las listas no son exhaustivas; no comprenden todos los dones que nos da Dios. Por ejemplo, Dios dota y llena de poder a numerosas personas para la oración de intercesión. Este don no aparece en las listas del Nuevo Testamento y, sin embargo, es un poderoso y eficaz don para destruir fortalezas. Es importante que no limitemos a Dios en un punto en el cual Él mismo no se ha limitado. En ningún lugar de las Escrituras limita Dios la obra con la cual nos llena de poder, a solamente aquellos dones que se mencionan las listas.

 

(2.- Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

(3.- La presencia de dones no es señal de madurez espiritual. Los dones son poder para ministrar, y Dios los distribuye conforme a su voluntad. Por ejemplo, los corintios era una iglesia que tenía muchos dones (1 Corintios 1:7), pero eran inmaduros de carácter, lo que fue evidente en sus actitudes de división y de celos respecto a los líderes y los dones (1 Corintios 3:1–23; 12–14).

Los varios términos empleados en el Nuevo Testamento para los dones espirituales nos ayudan a entender esta obra del Espíritu. En 1 Corintios 12:7 Pablo designa todos los dones como la manifestación (phanerosis) del Espíritu. Propiamente dicho, el Nuevo Testamento no trata de manifestaciones espirituales en plural. La palabra está en el singular y aparece sólo una vez más en el Nuevo Testamento en un contexto sin relación con los dones espirituales (2 Corintios 4:2). Muy probablemente, Pablo deseaba transmitir la idea de que el Espíritu único tiene muchas maneras de manifestarse, pero que estas “manifestaciones” deben ser consideradas como una entidad.

Un segundo término es “carismata” (1 Corintios 12:4, 9, 31; 14:1; Romanos 1:11). La forma singular de la palabra (carisma) está compuesta de dos elementos. “Caris” es la palabra griega que usualmente se traduce gracia, o favor inmerecido. El sufijo “ma” con frecuencia significa “resultado de”. Un carisma es, por consiguiente, algo concedido a una persona aun cuando puede que no lo merezca. Se traduce propiamente don o dádiva, pero con esta connotación especial. Sin embargo, la palabra misma no significa don espiritual; sólo en ciertos contextos tiene ese sentido. En otros contextos significa don, regalo o dádiva en un sentido general, tal como en Romanos 6:23, “la dádiva de Dios es vida eterna”. Según se aplica a nuestro sujeto, esta raíz o etimología de la palabra debiera ayudarnos a entender por qué es que a veces le es dispensado un don a una persona que aparentemente no lo merece.

La palabra “pneumatika” también se usa con referencia a dones espirituales. Es la forma plural neutra de “pneumatikos”, que es un adjetivo que significa espiritual. La palabra misma no significa dones espirituales, pero se usa en este sentido en 1Corintios 12:1 y 14:1. En Romanos 1:11 encontramos la combinación “carisma pneumatikon” (don espiritual). Esta expresión sugiere que los dones operan en el reino espiritual. Ellos vienen mediante la capacitación del Espíritu Santo y no deben identificarse con talentos meramente humanos o naturales.

Los términos “doreai” y “domata” se usan también en relación con los dones (Efesios 4:7,8). Como con las dos palabras anteriores, el significado no es don espiritual, sino simplemente don. Son formas nominativas del verbo griego muy común dar (didomi). Sin embargo, Pablo usa los nombres cuando trata de los dones de liderazgo en la iglesia. El último término es “merismois” y se encuentra en Hebreos 2:4, que trata de los “dones del Espíritu Santo”. Pero esta palabra significa más bien porciones, partes o divisiones. Viene del verbo “merizo” que significa dividir, distribuir, asignar, repartir. Ni el nombre ni el verbo tienen referencia directa a la idea de dones, aun cuando el contexto de Hebreos 2:4 lo sugiere. El énfasis es mayormente en la obra del Espíritu de distribuir dones, y es comparable a lo que dice Pablo en 1 Corintios 12:11: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere”. Tenemos entonces esta variedad de términos cuando las Escrituras hablan de dones espirituales. Cada uno de ellos contribuye a una comprensión del todo. Así pues, los dones espirituales son capacitaciones especiales dadas por Dios a su pueblo para la edificación del cuerpo de Cristo y para la extensión de su Reino. El Espíritu Santo es el principal agente divino para la distribución de estos dones.

El pasaje más extenso del Nuevo Testamento acerca de los dones espirituales es 1 Corintios 12 al 14. El apóstol Pablo estaba respondiendo al énfasis que la iglesia en Corinto ponía en ciertos dones (particularmente las lenguas), mientras que se olvidaban de los dones más esenciales. Aunque estaba tratando con un problema específico, en un determinado tiempo y lugar, las verdades que enseñó para ayudar a la iglesia en Corinto se aplican en todos los tiempos y lugares, y dan enseñanza sobre otros aspectos relacionados con los dones espirituales. Pablo menciona que los tres miembros de la Trinidad obran a través de los dones espirituales: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Corintios 12:4–6). Dios nos llama no sólo para que trabajemos por Él sino también para que trabajemos con Él (Marcos 16:20). Él está obrando en nosotros y a través de nosotros. Dios nos da poder a través de los dones. En el capítulo 12 vemos dos formas poderosas en que se manifiestan los dones:

  1. En primer lugar, el poder de los dones se ve en su unidad. Pablo usa el cuerpo humano como un ejemplo de la iglesia. El cuerpo no es meramente un ejemplo de la iglesia, sino que es una representación inspirada de lo que Dios quiere que sea la Iglesia. Dios diseñó el cuerpo humano físico y también el cuerpo espiritual (la Iglesia). Un cuerpo no puede funcionar si sus partes no trabajan en unidad. La iglesia primitiva era un ejemplo vivo del poder de la unidad espiritual. Después que los primeros cristianos fueron llenos del Espíritu Santo, eran “de un corazón y un alma” (Hechos 4:32). Pablo dice que Dios ha ordenado de tal manera el cuerpo, “dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:24–26).
  2. En segundo lugar, el poder de los dones se ve en su variedad. Dios tiene un propósito para cada don. La iglesia de Corinto se centraba en unos cuantos dones (especialmente las lenguas), y, en consecuencia, la edificación de la iglesia sufría porque no apreciaban todos los dones. La naturaleza misma de la iglesia es que “no es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:14). Dios sabe lo que la iglesia necesita. Cada parte del cuerpo y cada don espiritual tienen un propósito importante. Si no reconocemos la belleza y el poder en la variedad que Dios ha provisto, podemos devaluar nuestro propio lugar en el cuerpo (vv. 15,16). O podemos devaluar el lugar de otra persona en el cuerpo (v. 21).

LA RAZÓN DE SER DE LOS DONES ESPIRITUALES.

El propósito de los dones es para edificación, lo que simplemente significa esto: edificar. Se relaciona con la misma palabra que Pablo usa en el capítulo 3, cuando les dice a los cristianos que somos edificio de Dios. Jesús está edificando su iglesia. Y tiene la deferencia de usarnos en su obra. Pablo muestra que los dones edifican en dos maneras. Somos espiritualmente edificados como individuos, y la iglesia se edifica como grupo (1 Corintios 14:4). Ambos son necesarios. La iglesia se compone de gente. Cada persona en la iglesia necesita ser edificada para que la iglesia en conjunto sea edificada.

Debido a que las lenguas eran un problema en la iglesia de Corinto, Pablo usa las lenguas como ejemplo. Él hace una distinción entre las lenguas que se interpretan en reuniones de la iglesia y las lenguas que son sólo para edificación personal. En reuniones de la iglesia, las lenguas sólo llegaban a ser para edificación de la iglesia si se interpretaban. Pablo usa un argumento de peso para mostrar eso, diciendo que cuando los creyentes se reúnen, la prioridad debe ser que toda la iglesia sea edificada. Para estar seguro de que los corintios no creyeran que él estaba depreciando el valor de las lenguas para la edificación personal, dice: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros” (1 Corintios 14:18); pero luego dice que en la iglesia prefiere hablar cinco palabras que se entiendan y que instruyan a otros que diez mil palabras en un idioma que no se entienda (v. 19). No está devaluando las lenguas; está estableciendo una prioridad. Al cierre del pasaje acerca de los dones espirituales, para estar seguro nuevamente de que no sea mal interpretado, Pablo dice: “no impidáis el hablar en lenguas” (v. 39). La prioridad se encuentra en el versículo 12: “procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia”.

Dentro del escenario de la adoración colectiva, los dones tienen como fin edificar a todo el Cuerpo (1 Corintios 12:7). Por ejemplo, los dones de expresión deben ser inteligibles para la congregación, de manera que todos los presentes sean edificados por la manifestación (1 Corintios 14:5–19). De lo contrario, daría lo mismo que el que habla lanzara sus palabras al viento (1 Corintios 14:9). Los dones también glorifican a Dios (1 Corintios 14:16,17,25). En 1 Pedro 4:10,11 se expresa de manera más explícita aún este principio respecto a los dones de expresión, y también a los de servicio. Según este pasaje, los dones nos son distribuidos “para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (v. 11). En la esfera personal, los dones también edifican al creyente de manera individual (1 Corintios 14:4,18,19). No hay duda alguna de la aplicación de este principio a esos momentos en los que buscamos la soledad para orar y adorar. Tampoco hay duda alguna de que Dios se comunica personalmente con nosotros fuera del contexto de la adoración colectiva (Hechos 9:1–19; 13:1–3). Sin embargo, los que observan la adoración pentecostal de manera superficial, muchas veces malentienden esta enseñanza del Nuevo Testamento. En las reuniones pentecostales de adoración es una práctica común dedicar un momento a la oración personal; lo que muchos de nuestros padres en la fe solían llamar “el concierto de oración”. Cuando los creyentes levantan su voz de común acuerdo, ofreciendo al Señor sus alabanzas y sus peticiones, podrían presentarse diversas manifestaciones del Espíritu. Aunque el concierto de oración se produce durante la adoración colectiva, en realidad, es un momento apartado para la comunión personal de cada uno con Dios. El principio de inteligibilidad no tiene aplicación en la comunión individual con Dios, ni en el culto de altar.

Los dones espirituales operan en dos tipos distintos de ambiente: el colectivo y el privado. Los ambientes ayudan a determinar cuál es la mayor razón de ser de los dones. Pero tanto en el ambiente colectivo como en el privado, las manifestaciones del Espíritu siempre son edificantes. Ya sea por medio de la convicción o de la reafirmación, por medio de acciones sutiles, o de maravillosas demostraciones del poder de Dios, las manifestaciones de los dones espirituales nos conducen a la gloriosa imagen de Dios, que es Jesucristo, nuestro Señor, y lo exaltan solamente a Él.

LA DISTRIBUCIÓN DE LOS DONES ESPIRITUALES.

Dos veces en el capítulo 12 Pablo hace hincapié en que los dones espirituales y los ministerios en la iglesia son dados por la voluntad y la obra de Dios mismo. Los dones espirituales no son impartidos por voluntad y obra del hombre. Dios obra por medio de personas, pero por su propia voluntad. Pablo menciona que Timoteo recibió un don por la imposición de las manos de Pablo (2 Timoteo 1:6), y también mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio (1 Timoteo 4:14). Sin embargo, muestra claramente que Dios ha colocado cada miembro (don) en el cuerpo “como él quiso” (1 Corintios 12:18). También muestra que Dios ha puesto los diferentes ministerios en la iglesia (1 Corintios 12:28). Debemos “procurar” los dones espirituales (1 Corintios 12:31; 14:1); pero no son para consecución. Los dones espirituales no son premios o logros. Son dones o muestras de gracia, inmerecido e impartidos por la voluntad de Dios para el bien de toda la iglesia. Hemos de seguir el amor y procurar los dones espirituales (1 Corintios 14:1). Los dones espirituales no son trofeos de espiritualidad, sino dones que Dios ha puesto en la iglesia para obrar sus propósitos.

LA PERSPECTIVA CORRECTA ACERCA DE LOS DONES.

No fue la intención de Pablo de que el capítulo 13 fuera un texto aparte, como una bella prosa sobre el amor. Él no lo escribió para que se le pusiera un marco de flores y se colgara en una pared. Más bien, es el centro de la enseñanza de Pablo acerca de los dones espirituales, para darnos perspectiva. Para entender este pasaje, hay que recordar cómo era la iglesia en Corinto. Su problema no eran los dones espirituales, sino el problema era su actitud errónea hacia los dones. Pablo comienza este pasaje con dos poderosos argumentos:

  1. Primeramente, muestra que por más grandes que sean los dones espirituales, el amor es aún mayor.
  2. En segundo término, muestra que por más maravillosos que sean los dones, sin el amor éstos se vuelven ineficaces.

Él en ninguna manera está depreciando los dones espirituales. Antes de que comience su enseñanza sobre el amor, dice: “os muestro un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:31). Los dones son excelentes; pero el amor es “aún más excelente”. El amor no está en competencia con los dones; el amor es lo que hace eficaces a los dones.

LOS DONES ESPIRITUALES Y SU USO EN LA CONGREGACIÓN.

Dios ha escogido manifestar sus dones a través de personas. Pero es posible que una persona haga mal uso de los dones. El orden divinamente dirigido es necesario para su debido uso. El propósito de los dones (la edificación) es fundamental para determinar el decoro de los dones. Pablo dice: “Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26). Luego da enseñanza práctica sobre el debido ejercicio de los dones en la iglesia. La última instrucción de Pablo acerca de los dones espirituales es: “pero hágase todo decentemente y con orden” (v.40). Dios no nos controla como si fuéramos marionetas. Tenemos una voluntad. El Espíritu de Dios está obrando en nosotros, pero nuestro propio espíritu humano sigue activo y está sujeto a nosotros (1 Corintios 14:32). Podemos optar por controlar nuestro espíritu. La perspectiva del amor abnegado en el capítulo 13 requiere que cada persona se someta al bien común del resto de la iglesia.

Hay un tiempo y lugar para cada manifestación. Dios no nos ha dado una lista completa de exactamente lo que es apropiado en cada situación. Lo que es adecuado y de buen orden en un culto de oración no podría serlo en un servicio de domingo por la mañana. Y lo que es apropiado una vez en un servicio específico puede no serlo en otra oportunidad en un servicio similar. Hay un tiempo apropiado para la edificación personal y un tiempo para apropiado la edificación de toda la iglesia. Dios nos ha dado líderes que son responsables ante Dios de decidir sobre ello. Dios ha designado “administradores” en la iglesia (1 Co 12:28). Esta palabra se usaba originalmente para referirse a la dirección de un barco. Significaba gobernar por orientación y dirección activa. El liderazgo consiste en emitir juicio. Cuando el líder de un servicio decide sobre la propiedad de una manifestación, esa decisión está bajo la guía del Espíritu Santo y es tan necesaria como un mensaje de profecía u otros dones. Debido a que la naturaleza de la administración es “gobernar”, el juicio del líder tiene autoridad sobre el ejercicio de otros dones. El líder es responsable ante Dios de ser sensible a lo que el Espíritu quiere llevar a cabo en un servicio y es responsable de que todo se haga decentemente y con orden.

La honorabilidad en el uso de los dones es esencial para su eficacia permanente porque, por desgracia, un mal uso de los dones espirituales finalmente resulta en desuso de los dones. Y los dones son esenciales para la edificación de la iglesia de Cristo. No son sólo para uso intermitente, sino como un medio permanente de una fuente de poder para la iglesia, con el fin de que cumpla los propósitos de Dios.

LA NECESIDAD DE PERMANECER LLENOS DEL ESPÍRITU.

Cuando Pablo les dice a los cristianos de Éfeso que sean “llenos del Espíritu”, el verbo griego que usa significa que sigan eligiendo ser llenos (Efesios 5:18). La llenura del Espíritu no debería ser algo de una sola vez, sino que debía ser una forma de vida. Debemos recordar que no es “con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Cuando el ángel de Jehová habló estas palabras a Zacarías, él tuvo una visión de siete lámparas sobre un candelabro. El combustible para las lámparas no estaba en un depósito, sino en dos árboles de olivo a ambos lados del candelabro, que proporcionaban un suministro continuo de aceite.

Los árboles son una ilustración de los recursos ilimitados de Dios para la edificación de la iglesia. Entre esos medios están los dones espirituales. Tenemos que hacer lo que Pablo exhortó a la iglesia en Corinto dos veces en este pasaje: “Procurad, pues, los dones espirituales.”

RELACIÓN ENTRE LOS DONES Y EL FRUTO DEL ESPÍRITU.

El fruto del Espíritu es un conjunto de virtudes o cualidades como las de Cristo, producidas por la morada interna del Espíritu Santo, en la medida en que el cristiano mora en Cristo. Como con los dones espirituales, el Nuevo Testamento emplea varios términos para transmitir el pensamiento del fruto del Espíritu. El pasaje central cuando hablamos del fruto espiritual es Gálatas 5:22,23, que trata del fruto (karpos) del Espíritu y luego enumera una lista de nueve especímenes. La expresión “fruto del Espíritu” se entiende mejor como dando a entender productos de los cuales el Espíritu Santo es la fuente.

Los dones y el fruto del Espíritu tienen varios puntos en común. La fuente de ellos es el Espíritu Santo. Ellos no se originan con el creyente separado de la capacitación del Espíritu. El elemento de lo sobrenatural se halla en ambos. Además, el propósito de ambos es edificar. El amplio propósito de los dones es la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:7; 14:26). Del mismo modo, el propósito del fruto espiritual, resumido por el fruto del amor, es edificar (1 Corintios 8:1). Ambas obras del Espíritu son perfectibles. En otras palabras, el creyente no las recibe en su forma acabada. La acometida de 1 Corintios 14 es instructiva. Pablo no cuestiona la validez de los dones que los corintios decían tener; sin embargo, él insiste en que los dones necesitan desarrollarse para edificar a la congregación. En manera similar, el fruto espiritual debe desarrollarse. Deben ser llevados a un estado de madurez. Este es el pensamiento tras los conceptos de madurez cristiana, de crecimiento, y de la continua transformación del cristiano a la imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).

En cuanto a su naturaleza, el fruto es inanimado, en tanto que los dones son dinámicos. Los primeros son el resultado de la morada interna del Espíritu, los últimos son el resultado de la dotación de poder del Espíritu. El fruto es de naturaleza ética, en tanto que los dones son de naturaleza carismática. Además, hay una diferencia respecto a la obligación del cristiano en apropiarse los dos. A todos los cristianos se les requiere mostrar todo el fruto del Espíritu. Pero Dios no exige que todos los cristianos tengan todos los dones. Lo que se nos pide aquí es que haya receptividad y un intenso deseo (1 Corintios 12:31; 14:1), pero la distribución de los dones es la obra soberana del Espíritu (1 Corintios 12:11). De manera similar, a los creyentes se les requiere que muestren siempre el fruto espiritual, pero la manifestación de los dones espirituales es bajo la dirección del Espíritu. La obra del Espíritu Santo se manifiesta tanto en los dones que concede a los creyentes como en el fruto espiritual mostrado por ellos. Ambas categorías son centrales en el concepto del Nuevo Testamento de la actividad del Espíritu entre el pueblo de Dios.

CONCLUSIÓN.

Algunos se preguntan: ¿Qué es mejor o más importante, los dones o el fruto? Los evangélicos no pentecostales enfatizan el fruto, en tanto que algunos pentecostales sobreenfatizan la importancia de los dones, ¿Quién tiene la razón? Ya que tanto los dones como el fruto se originan en el Espíritu, es injustificado colocarlos en situación de antagonismo el uno contra el otro. A los cristianos corintios se les dijo: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Las dos ideas son correlativas, pero ciertamente deben entenderse a la luz de lo que Pablo señala como “un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:31). Esto llegó a ser necesario a causa de un abuso de los dones y no porque hubiera alguna inferioridad inherente de los dones respecto del fruto del Espíritu.

En Corinto, los dones estaban siendo usados para competir en vez de hacerlo en ánimo de cooperar; para los intereses de la auto gratificación, más bien que para la edificación de la congregación. Sin embargo, es significativo que en ningún momento Pablo sugiere que los dones mismos no son genuinos cuando se manifiestan de esta manera (1 Corintios 13:1,2). El don es genuino; el que lo ejerce sin amor puede que no lo sea. El “camino aún más excelente” es la mediación de los dones a través del fruto del Espíritu, y principalmente por medio del amor. El amor, como vemos en 1 Corintios 13, es el principio regulador tras los dones espirituales. Es paciente y bondadoso; de buena gana da oportunidad para que otros miembros dotados puedan hablar también (1 Corintios 14:30,31). No es celoso ni jactancioso; reconoce que el Espíritu distribuye soberanamente sus dones a quien le place (1 Corintios 12:11). Ni se enorgullece por poseer algún don, o algunos de los dones (1 Corintios 12:21). No es arrogante ni grosero; siempre considera el bienestar de todo el cuerpo cuando se expresa en la congregación, y está dispuesto a recibir corrección (1 Corintios 14:29,30). No insiste en su propia manera; se somete a la autoridad debidamente constituida en la iglesia (1 Corintios 14:37).

La complementación, no la exclusividad mutua, es el modo de acción mostrado por el Nuevo Testamento para los dones y el fruto del Espíritu. Juntos sirven para edificar la iglesia. El ideal divino es que tanto los dones como el fruto se manifiesten entre los creyentes. No somos llamados para preferir uno en perjuicio del otro.

 

 

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: El Arrebatamiento o Segunda Venida de Cristo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los desastres naturales en todas partes del mundo, la recesión económica y la incertidumbre cada vez mayor en muchos lugares, nos confirma que la doctrina de la Segunda Venida de Cristo es más relevante ahora que nunca. Los creyentes debemos descansar en la certeza del retorno inminente de nuestro Señor y compartir esta esperanza con quienes no la tienen. Como seguidores del Señor Jesús resucitado, tenemos la seguridad de una esperanza maravillosa, una reunión con nuestros seres queridos que son salvos, y más importante aún, con nuestro Salvador. ¡Esto es lo que llamamos “nuestra bendita esperanza!”» El grito de guerra de la teología pentecostal clásica fue y continúa siendo: Cristo Salva, sana, bautiza con el Espíritu Santo y viene por segunda vez. La declaración anterior es la declaración de fe o credo del pentecostalismo clásico en su forma más pragmática y sintética. Desde sus inicios, el Movimiento Pentecostal enfatizó las 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17). Estas cuatro verdades se consideran nuestras creencias cardinales porque son verdades claves en nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro.

La cuarta verdad cardinal del pentecostalismo clásico, la resurrección de los que han muerto en Cristo y su arrebatamiento junto con los que estén vivos a la venida del Señor, es la esperanza inminente y bienaventurada de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16,17; Romanos 8:23; Tito 2:13; 1 Corintios 15:51,52). Jesús enseñó que Él regresaría a la tierra.  Él cuidadosamente advirtió a sus discípulos que necesitaban estar constantemente preparados para esto (Mateo 24:42-51; 25:1-13; Marcos 13:37; Lucas 12:37). Ellos entendieron que la era actual terminará con su venida (Mateo 24:3).  La garantía de su venida era una de las verdades con las que Él consoló a sus seguidores antes de su muerte (Juan 14:2,3). En el momento de la ascensión de Cristo, dos ángeles vinieron al grupo de los discípulos que estaban reunidos para repetir la promesa de que Él regresaría.  Ellos declararon que Él vendría de la misma manera que se había ido (Hechos 1:11).  Esto claramente significa que su segunda venida será literal, física, y visible.

Las epístolas del Nuevo Testamento se refieren frecuentemente a la segunda venida, y a través de los pasajes de las Escrituras que tratan de este tema recurre la idea de la inminencia.  Aunque habrá un período de tiempo entre la primera y la segunda venida (Lucas 19:11), todas las enseñanzas acerca del regreso del Señor enfatizan que acontecerá repentinamente y sin previo aviso; que los creyentes deben estar siempre en un estado de preparación continua (Filipenses 4:5; Hebreos 10:37; Santiago 5:8,9; Apocalipsis 22:10). Los creyentes en los primeros días de la Iglesia vivían en un estado de expectación (1 Corintios 1:7; 1 Tesalonicenses 1:9,10).  Cuando Pablo usa la forma “nosotros” en 1 Corintios 15:51 y 1 Tesalonicenses 4:17 muestra que él tenía la esperanza de que todavía estaría vivo cuando Jesús regresara.

EL RAPTO O ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA.

Una comparación de los pasajes de las Escrituras relacionados con la segunda venida muestra que algunos hablan de un acontecimiento visible a toda la humanidad que implica el juicio de los pecadores.  Otros describen una venida conocida solo por los creyentes y que resulta en su redención de la tierra. La segunda es conocida por los evangélicos como “el rapto” (o arrebatamiento).  Esta palabra no se encuentra en la Biblia, pero ha sido usada tanto que una de las definiciones para la palabra en inglés en el Webster’s Third New International Dictionary Unabridged, es: “Cuando Cristo levanta a su verdadera iglesia y a sus miembros a un reino más allá de la tierra donde todos disfrutarán de felicidad celestial con su Señor”.  La palabra raptar se podría usar para traducir la palabra “arrebatados” de 1 Tesalonicenses 4:17. Jesús dijo que su venida resultaría en situaciones donde un individuo sería llevado de un lugar mientras el otro individuo sería dejado.  Esto indica un traslado repentino de los creyentes de la tierra, mientras los no creyentes quedan aquí para enfrentar la tribulación (Mateo 24:36-42).

Jesús describió su venida como algo que ocurriría en un tiempo en que las naciones de la tierra se lamentarían cuando lo vieran llegar (Mateo 24:30).  El apóstol Pablo describe el regreso del Señor como un tiempo de juicio e ira para los impíos (2 Tesalonicenses 1:7-10). En 1 Tesalonicenses 4:13-18, él considera un aspecto diferente de la segunda venida.  Este breve pasaje es la enseñanza más directa y clara sobre el rapto en el Nuevo Testamento.  Sólo habla de los creyentes, tantos vivos como muertos.  No dice que los injustos verán a Cristo en ese momento.  Pablo describe la venida de Jesús en el aire, pero no dice nada de que sus pies tocarán la tierra, como dice otro pasaje que acontecerá en su venida (Zacarías 14:4).  Es el momento cuando se cumplirá 1 Juan 3:2, y seremos como Él. La misma palabra griega usada en 1 Tesalonicenses 4:17 para decir “arrebatado” se usa en Hechos 8:39 para describir cuando Felipe fue “arrebatado” después de bautizar al etíope.  El segundo versículo dice que el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, identificando el origen del poder que llevará a los creyentes de la tierra en el rapto.

En 2 Tesalonicenses 2:1 Pablo llama al rapto “nuestra reunión con él.” La palabra griega aquí traducida “reunión” es la misma palabra traducida como “congregarnos” en Hebreos 10:25, refiriéndose a la congregación de los cristianos para alabar.  Es la imagen de los santos congregándose alrededor de Cristo cuando venga por ellos. El arrebatamiento sobrenatural de individuos piadosos de la tierra no es algo desconocido en las Escrituras.  El suceso destacado en la vida de Enoc fue su desaparición milagrosa de la tierra después de caminar con Dios (Génesis 5:21-24).  El autor de Hebreos llamó esa experiencia un traspaso, evitando la muerte (Hebreos 11:5).

Aunque algunos aspectos del traspaso de Elías fueron distintos del de Enoc, también implicó un arrebatamiento repentino de un creyente del mundo sin experimentar la muerte (2 Reyes 2:1-13). Primera de Corintios 15:51-54 trata del mismo acontecimiento que 1 Tesalonicenses 4:13-18.  Aquí también Pablo trata de los cambios que se producirán tanto en los creyentes vivos como en los creyentes muertos durante el rapto.  Lo llama un misterio (1 Corintios 15:51), una verdad que antes no era conocida pero que ahora le fue revelada por el Espíritu Santo. En Filipenses 3:21 Pablo relaciona la venida del Señor con el tiempo cuando “el cuerpo de la humillación nuestra” será cambiado, otra referencia al rapto.

Los pasajes que corresponden al rapto describen la venida del Señor por su pueblo.  Los pasajes que se refieren a la revelación de Cristo describen la venida del Señor con sus santos.  Colosenses 3:4 trata de los creyentes que aparecerán con Cristo en su venida.  Judas 14 también prevé la venida del Señor con su pueblo para ejecutar el juicio que muchos otros pasajes mencionan en relación con su venida pública.  Porque las Escrituras no se contradicen, parece razonable concluir que los pasajes que describen la venida de Cristo por los santos y con los santos indican dos fases de su venida.  Los pentecostales clásicos creemos que es bíblico suponer que el intervalo entre los dos es el tiempo cuando el mundo experimentará la gran tribulación, implicando el reino del Anticristo y el derramamiento de la ira de Dios sobre los injustos (Daniel 12:1,2, 10-13; Mateo 24:15-31; 2 Tesalonicenses 2:1-12).

SALVOS DE LA LA GRAN TRIBULACIÓN

Aunque el pueblo de Dios quizá sufra muchas aflicciones antes de la venida del Señor, la iglesia será raptada antes del período llamado la Gran Tribulación. En 2 Tesalonicenses 2 Pablo indica que ciertas cosas tienen que acontecer antes de que el día del Señor (que es parte de la gran tribulación) pudiera empezar.  Un individuo llamado “el hombre de pecado” (anticristo) aparecerá. El misterio de injusticia ha estado operando desde el tiempo de Pablo, pero está siendo restringido por el poder del Espíritu que obra por medio de la iglesia verdadera.  Sólo cuando la iglesia sea llevada de la tierra por el rapto, este hombre podrá aparecer públicamente.

En 1 Tesalonicenses 5, siguiendo el pasaje del rapto en el capítulo 4, Pablo enseña acerca del Día del Señor.  Él advierte de la destrucción que éste traerá sobre los injustos (vv. 2, 3).  Pero en seguida aseguró a los cristianos que los que son de Cristo no serán vencidos (v. 4). Todavía hablando del día del Señor, Pablo escribe: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (v. 9).  Parece claro que él está indicando aquí la liberación de los creyentes de los juicios del día del Señor, incluida la gran tribulación.

En el Nuevo Testamento los cristianos son repetidamente exhortados a velar en vista de la venida del Señor.  Nunca se les enseña velar por la gran tribulación ni por la llegada del Anticristo.  Esperar que tales cosas tengan que suceder antes del rapto destruye el sentido de inminencia que respecto a la segunda venida de Cristo aparece en todo el Nuevo Testamento. Los creyentes reciben las instrucciones de que tienen que “esperar de los cielos a su Hijo,” no la gran tribulación (1 Tesalonicenses 1:10).  Cuando las señales del fin de la era son evidentes, deben erguirse y levantar su cabeza en expectación de su redención, no de la gran tribulación (Lucas 21:28).

Las señales de la venida del Señor se manifestarán antes de su llegada pública, pero no tienen que ser cumplidas antes del rapto. Cualquier enseñanza que ciertos hechos tienen que acontecer antes del rapto no está en armonía con la doctrina de inminencia. Es consecuente con los tratos de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento creer que la iglesia será llevada del mundo antes de la gran tribulación.  Dios no mandó el diluvio hasta que Noé y su familia estuvieron seguros dentro del arca.  No destruyó a Sodoma hasta que Lot salió.  La Biblia refiere de un rapto que es pre-tribulación.   En todas las enseñanzas de la segunda venida en el Nuevo Testamento la inminencia se enfatiza.  Interponer otros sucesos antes del rapto viola tales enseñanzas.

CONCLUSIÓN.

El concepto del Arrebatamiento es claramente enseñado en la Escritura. El Arrebatamiento de la iglesia es el evento en el cual Dios saca a los creyentes de la tierra para dar paso a Su justo juicio que será derramado sobre la tierra durante el período de la Tribulación. El Arrebatamiento es descrito primeramente en 1 Tesalonicenses 4:13-18 y 1 Corintios 15:50-54. 1 Tesalonicenses 4:13-18 describe el Arrebatamiento como el acto en el cual Dios resucita a todos los creyentes que han muerto, dándoles cuerpos glorificados, y después partiendo de la tierra con aquellos creyentes que estén aún vivos, a quienes también les serán dados cuerpos glorificados: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” (1 Tesalonicenses 4:16-17).

1 Corintios 15:50-54 se enfoca en la naturaleza instantánea del Arrebatamiento y en los cuerpos glorificados que recibiremos: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1 Corintios 15:51-52). Mientras los cristianos esperan con alegría la venida del Señor, es bueno recordarles las palabras de Pablo a Tito: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:11-14).

El Arrebatamiento es el glorioso evento que todos debemos esperar con anhelo. Entonces finalmente estaremos libres de pecado, y estaremos para siempre en la presencia de Dios. Existe mucho debate sobre el significado y alcance del Arrebatamiento. Esta no es la intención de Dios. Más bien, Dios quiere que al considerar el Arrebatamiento “nos animemos unos a otros con estas palabras.” Como pentecostales clásicos, nuestro grito de guerra seguirá siendo: ¡Cristo viene pronto!

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: El Bautismo en el Espíritu Santo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La tercera doctrina cardinal del pentecostalismo clásico es el bautismo en el Espíritu Santo. ¡Cristo bautiza con su Santo Espíritu a su pueblo! La experiencia que conocemos con el nombre de bautismo en el Espíritu Santo es también conocida por varios diferentes términos incluyendo el bautismo, la llenura, y el Espíritu cayendo o viniendo sobre una persona. Es evidente que el hablar en lenguas era una experiencia común en el primer siglo. Después del periodo apostólico, sin embargo, este fenómeno parece haber disminuido, u ocurrido más frecuentemente solo entre algunos grupos ajenos a la iglesia oficial.  Agustín de Hipona sostenía que las lenguas cesaron después del primer siglo. Desde entonces, muchos han sostenido esta posición “cesacionista,” incluyendo algunos evangélicos conservadores y la mayoría de los dispensacionalistas. No obstante, hay numerosos ejemplos de esta experiencia a través de los siglos.   En los últimos 200 años, la frecuencia ha aumentado. Los irvingitas de Inglaterra del siglo XIX, el reavivamiento pentecostal al comienzo del siglo XX en los Estados Unidos, la aparición de denominaciones pentecostales, el avivamiento conocido como la Lluvia Tardía, el movimiento carismático, y el aumento actual de evangélicos que tienen posiciones cuasi-pentecostales (por ejemplo, los de la Tercera Ola), son grupos que afirman de alguna forma el bautismo en el Espíritu Santo y el hablar en lenguas.

La creencia común de los evangélicos no pentecostales es que el Espíritu Santo es dado en la justificación y que no hay un bautismo subsiguiente. Los carismáticos creen que el bautismo en el Espíritu Santo es una experiencia subsiguiente a la salvación, pero que las lenguas, que normalmente acompañan el bautismo, no son necesariamente la evidencia inicial; cualquiera de los dones puede servir como evidencia. Además, sostienen que hablar en lenguas es primordialmente una lengua de oración y ellos no enfatizan el enfoque pentecostal del poder. Los nuevos grupos de Tercera Ola tienen apariencias pentecostales proclamando que poder adicional puede ser ganado para el ministerio y servicio, pero son intencionalmente vagos en decir si el bautismo en el Espíritu Santo es o no es una experiencia específica, además, minimizan el papel de las lenguas. Los pentecostales clásicos, en cambio, creemos que el bautismo en el Espíritu Santo es primordialmente una provisión de poder para servicio y que la inicial evidencia física es hablar en lenguas.

Los pentecostales clásicos creemos que las lenguas no son la única evidencia de una vida llena del Espíritu, pero siempre son la inicial, o primera, evidencia que uno ha sido bautizado en el Espíritu Santo como la entrada en una vida llena del Espíritu. Un propósito del bautismo en el Espíritu es para empoderar al creyente para testificar; entonces, el entusiasmo y valentía al testificar, la guía y capacitación divina en la presentación del evangelio, y las manifestaciones milagrosas del poder de Dios ante los no creyentes sirven como evidencias adicionales del bautismo en el Espíritu Santo, pero no como sustitutos de hablar en lenguas. La vida llena del Espíritu también debe demostrar un desarrollo progresivo hacia un carácter completo en la semejanza de Cristo. El fruto del Espíritu (Gálatas 5:22,23) debe estar desarrollándose en la vida de cada creyente.

Otros dones sobrenaturales del Espíritu (aparte de hablar en lenguas), aunque a veces parecen evidentes en las vidas de los creyentes que no han sido bautizados en el Espíritu, no dan en sí evidencias de haber sido bautizados en el Espíritu.  La manifestación de los dones sobrenaturales en la vida de un creyente que no ha sido bautizado en el Espíritu Santo es posible, pero el ser bautizado abrirá la puerta para manifestaciones más dinámicas y eficaces.

I.- ¿QUÉ ES EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO?

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8).

El Nuevo Testamento enfatiza la centralidad de la función del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús y la continuación de esa función en la iglesia primitiva. El ministerio público de Jesús fue iniciado por el Espíritu Santo que vino sobre Él (Mateo 3:16; Marcos 1:10; Lucas 3:22; Juan 1:32). El libro de los Hechos presenta una extensión de ese ministerio a través de los discípulos, mediante el empoderamiento del Espíritu Santo. Los rasgos más característicos del bautismo en el Espíritu Santo son los que siguen:

(1) Teológicamente y como experiencia se distingue del nuevo nacimiento y los sucede.

(2) Está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe.

(3) Tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido.

Aunque el término “bautismo en el Espíritu Santo” no aparece en las Escrituras, es una conveniente designación para la experiencia que anunció Juan el bautista, que Jesús “[bautizaría] en Espíritu Santo” (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33), que Jesús mismo repetiría (Hechos 1:5), y también Pedro (Hechos 11:16). Cabe notar que la expresión aparece en los Evangelios y también el Libro de los Hechos. La ilustración del bautismo presenta la inmersión, como se ve en la analogía del Juan el bautista del bautismo en agua que él administraba y el bautismo en el Espíritu Santo que administraría Jesús. Ser bautizado en el Espíritu Santo se debe diferenciar de lo que Pablo declara en 1 Corintios 12:13 que, según la sintaxis griega, lee: “por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. El contexto de este pasaje muestra que “por” es la mejor traducción, indicando que el Espíritu Santo es el instrumento o medio por el cual se lleva a cabo el bautismo. En los versículos 3 y 9 del capítulo, Pablo usa la misma preposición dos veces en el mismo versículo para indicar una actividad del Espíritu Santo. En 1 Corintios 12:13, “bautizados en un cuerpo” habla de la obra del Espíritu Santo de incorporar a un pecador arrepentido al cuerpo de Cristo (Romanos 6:3; Gálatas 3:27). Este es el “un bautismo” de Efesios 4:5; es el bautismo indispensable e importante que resulta en el “un cuerpo” del versículo 4. Para resumir: en la conversión, el Espíritu Santo bautiza en Cristo/el cuerpo de Cristo; en una experiencia subsiguiente y diferente, Cristo bautizará en el Espíritu Santo.

Se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

  1. Bautizado en el Espíritu—1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento.
  2. El Espíritu viene, o desciende, sobre—1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22.
  3. El Espíritu derramado—2:17,18; 10:45
  4. El don que mi Padre prometió—1:4
  5. El don del Espíritu—2:38; 10:45; 11:17
  6. El don de Dios—8:20; 11:17; 15:8
  7. Recibir el Espíritu—8:15,17,19; 19:2
  8. Lleno con el Espíritu—2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento para continuar llenándose del Espíritu.

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6). Aunque el bautismo en el Espíritu es un don de la gracia de Dios, no debe llamarse “una segunda obra de gracia” o “una segunda bendición”. Tal expresión indica que un creyente no puede tener experiencia o experiencias de la gracia divina entre la conversión y el bautismo en el Espíritu Santo.

II.- HABLAR EN LENGUAS COMO EVIDENCIA INICIAL.

El pentecostalismo clásico sostiene que el hablar en lenguas es la evidencia física inicial del bautismo en el Espíritu Santo. El Día de Pentecostés (Hechos 2:1–21) ocurrieron tres dramáticos fenómenos: un viento recio, fuego, y las lenguas que se hablaron. El viento y el fuego, que en las Escrituras son símbolo del Espíritu Santo, antecedieron al derramamiento del Espíritu; pero el fenómeno de hablar en lenguas fue una parte integral de la experiencia de los discípulos en el bautismo en el Espíritu. El ímpetu de hablar en lenguas era el Espíritu Santo. El verbo griego apophthengomai al final del versículo 4 se repite en el versículo 14 como introducción del discurso de Pedro a la multitud. Es una palabra poco común y que rara vez se usa, y que se puede traducir como “emitir una palabra inspirada”. La frase verbal griega para hablar en lenguas (lalein glosáis) no aparece en literatura que no sea bíblica como un término técnico para describir la acción de hablar un idioma que no se conoce. Pero Lucas (Hechos 2:4; 10:46; 19:6) y Pablo (1 Corintios 12:30; 13:1; 14:5,6,18,23,39) la usan con esa connotación. La palabra griega glossa se refiere a la lengua cono el órgano del habla y, por extensión, el resultado del habla: el lenguaje. En Hechos 2, aunque los discípulos no conocían las lenguas que ellos mismos hablaron, hubo algunos que sí las entendieron. Eran lenguas humanas, identificables. Lucas dice que los discípulos hablaron en otras lenguas, es decir, lenguas que no eran las de ellos. Sin embargo, en las demás instancias de Hechos, donde se menciona que hablaron lenguas (10:46; 19:6), no hay indicación de que los presentes entendieron las lenguas o las identificaron. Los escritos de Pablo enseñan que las lenguas no siempre son humanas; también pueden ser espirituales, celestiales, o angélicas (1 Corintios 13:1; 14:2,14) como un medio de comunicación entre el creyente y Dios. Cabe mencionar dos detalles importantes:

(1) En el Día de Pentecostés, todos los que fueron llenos con el Espíritu hablaron en lenguas (Hechos 2:4).

(2) Pedro, al explicar a los presentes el significado de la experiencia de los creyentes, dijo que era el cumplimiento de Joel 2:28,29 (Hechos 2:16–21). Especialmente importante es que Pedro, en medio de la referencia que hizo de Joel, introdujo las palabras “profetizarán” (versículo 18), enfatizando la palabra profética como un rasgo clave del cumplimiento. El hablar en lenguas y la profecía suceden cuando el Espíritu Santo viene sobre una persona y la dirige a hablar. La diferencia básica es que la profecía es en el idioma de quien habla, en tanto que el hablar en lenguas es un idioma que quien habla desconoce. Pero el modo en que operan los dos dones es el mismo. Hablar en lenguas puede, por lo tanto, considerarse una forma especializada o diversa de profecía respecto a la manera en que opera.

LOS SAMARITANOS.

El caso de los samaritanos es también instructivo (Hechos 8:14–20). Los samaritanos habían sido testigos de las señales que Dios obró a través de Felipe, habían además respondido en fe al mensaje de Cristo, y se habían sometido al bautismo. Pero no habían recibido el bautismo en el Espíritu Santo (versículo 15). Pedro y Juan “les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo” (versículo 17). Simón el mago vio algo extraordinario en este don del Espíritu, e inmediatamente quiso tener la autoridad de también impartir el don. Ya había sido testigo de la expulsión de demonios y sanidades, pero esto era claramente algo diferente. Lucas simplemente dice que Simón “vio” o fue testigo de que se daba el Espíritu Santo; sucedió algo que él pudo observar. El consenso entre los eruditos bíblicos, muchos de los cuales no son pentecostales o carismáticos, es que los samaritanos tuvieron una experiencia glosolálica. Este relato se clasifica entre los dos principales en los capítulos 2 al 10, que sin ambigüedad asocia la glosolalia con el bautismo en el Espíritu. Por lo tanto, este suceso puede con toda razón identificarse como el “Pentecostés Samaritano”.

PABLO.

El caso de Saulo de Tarso, aunque diferente, también parece enseñarnos lo mismo (Hechos 9:17). Lucas no registra detalle alguno del bautismo de Pablo en el Espíritu Santo. Sin embargo, sí sabemos que Pablo hablaba en lenguas con frecuencia y como algo normal en su rutina diaria (1 Corintios 14:18). Parece legítimo y lógico inferir que la primera vez que habló en lenguas fue cuando Ananías le impuso las manos. Así como lo que sucedió en Samaria, esta experiencia se sitúa entre los dos sucesos que claramente dicen que todos hablaron en lenguas cuando fueron bautizados en el Espíritu.

CORNELIO.

En la casa de Cornelio en Cesarea ocurrió un suceso semejante al Pentecostés (Hechos 10:44–48). Se deben observar unos cuantos detalles importantes:

(1) Pedro claramente identifica la experiencia de la casa de Cornelio con la que tuvieron los discípulos en Pentecostés: “Dios, pues, les concedió el mismo don que a nosotros” (Hechos 11:17; véase también 15:8). Además, en ambos relatos aparecen términos comunes como “bautizado con [en] el Espíritu”, “derramado”, y “don”.

(2) La manifestación externa observable de la glosolalia convenció a los acompañantes judeocristianos de Pedro de que el Espíritu también había sido derramado sobre esos gentiles: “Porque los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios” (versículo 46).

(3) Posiblemente, la frase “magnificaban [megaluno] a Dios” es un comentario acerca del contenido de la glosolalia. Se debe notar la importancia de Hechos 2:11 porque identifica el contenido de la glosolalia en Pentecostés como un recital de “las maravillas [megaleia] de Dios”.

(4) Todos los que recibieron, también hablaron en lenguas (versículo 44). Este suceso y el de Pentecostés, que también indiscutiblemente y sin ambigüedad dice que todos hablaron en lenguas, conecta la glosolalia con el bautismo en el Espíritu Santo. Los dos relatos son un paréntesis de los capítulos 8 y 9 donde Lucas no presenta detalles de la experiencia en el Espíritu de los creyentes.

LOS DISCÍPULOS DE ÉFESO.

El episodio que relata la experiencia de los Discípulos en Éfeso nos testifica lo mismo (Hechos 19:1–7). Cuando el Espíritu Santo vino sobre estos discípulos, “hablaban en lenguas y profetizaban” (versículo 6). Una traducción del texto griego podría ser: “No sólo [te] hablaron en lenguas, sino que también [kai] profetizaron”.

El hablar en lenguas fue una parte integral del bautismo en el Espíritu en el Libro de los Hechos. Es la única manifestación asociada al bautismo en el Espíritu Santo que se presenta explícitamente como evidencia que prueba la autenticidad de la experiencia, y sobre esa base debe considerarse normativa. La doctrina Pentecostal de hablar en lengua como “evidencia física inicial” es un intento de condensar el pensamiento de que en el momento del bautismo en el Espíritu Santo el creyente hablará en lenguas. Comunica la idea de que la acción de hablar en lenguas es el acompañamiento inicial y empírico del bautismo en el Espíritu Santo. En ninguna parte en las Escrituras se indica que uno puede ser bautizado en el Espíritu sin hablar en lenguas. Primera de Corintios 12:30 a veces surge como argumento de que las lenguas no son un componente necesario del bautismo en el Espíritu, cuando Pablo pregunta retóricamente: ‘no todos hablan en lenguas, ¿verdad?” Pero el contexto amplio y el contexto inmediato relacionan la pregunta con el ejercicio del don en la adoración colectiva, como sugiere la pregunta a continuación: “no todos interpretan, ¿verdad?” Según 1 Corintios 12:8–10, sólo algunos creyentes son guiados por el Espíritu Santo para comunicar un mensaje en lenguas en la reunión del pueblo de Dios.

POSICIONES EXAGERADAS EN RELACIÓN CON EL BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO Y SU SIGNIFICADO EN LA VIDA DEL CREYENTE.

Algunos pentecostales han exagerado los beneficios o resultados del bautismo en el Espíritu Santo.   Proclaman que algunos elementos de la vida cristiana solamente son disponibles para el creyente después del mismo. Como creen que el hablar en lenguas es la evidencia física inicial necesaria para esta experiencia, sostienen que estos beneficios solamente pueden ocurrir después de que una persona haya sido bautizada en el Espíritu Santo y haya hablado en lenguas. En su forma más sencilla, entonces, las lenguas tienen que preceder los otros beneficios espirituales. Esta posición exagerada no puede ser apoyada exegética ni experimentalmente. Como resultado, la posición pentecostal es rechazada frecuentemente y la importancia y valor de hablar en lenguas se pierde.

Específicamente, algunos pentecostales han sostenido, hasta cierto punto, que el poder para el ministerio, dones, liderazgo espiritual, y santidad son experimentados solamente después del bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por la inicial evidencia física de hablar en lenguas. Sin embargo, evidencia convincente contra esta posición puede ser aducida tanto de la Biblia como de la experiencia. Una posición verdaderamente pentecostal evita el error de exagerar, pero todavía sostiene que algunas cosas importantes de la vida y ministerio de una persona siguen solamente después del bautismo en el Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en lenguas, y que estas bendiciones no pueden ser recibidas en ninguna otra manera. También reconoce que hay actividad espiritual significante en la vida de cada creyente aparte de la experiencia pentecostal.

Algunos pentecostales han hechos afirmaciones extravagantes para el bautismo en el Espíritu Santo.   Algunos han discutido que una persona tiene que hablar en lenguas para ser salva. Usando el aceite de las lámparas obtenido por las vírgenes sabias en preparación para el novio como un símbolo del Espíritu Santo (Mateo 25), afirman que una persona tiene que tener el Espíritu Santo para ser preparada o salva. Para quienes sostienen este punto de vista, puesto que el bautismo en el Espíritu Santo siempre es acompañado con el hablar en lenguas, uno tiene que hablar en lenguas para ser salvo. Esto es absurdo y puede ser descartado.

Otros, sin embargo, han hecho la misma cosa de una forma menor. Algunos afirman que el bautismo en el Espíritu Santo sigue a la santificación. Arraigado, en parte, en la tradición de la Santidad de Wesley, esta posición pertenece a dos grupos. Uno afirma que hay dos experiencias espirituales distintas en la vida del creyente: salvación y santificación, a veces llamado el bautismo en el Espíritu Santo. El otro grupo tiene tres experiencias: salvación, santificación, y el bautismo en el Espíritu Santo. Las dos formas de esta posición son insostenibles exegéticamente, y la experiencia en la vida del creyente la refuta. La santificación no es el resultado principal del bautismo en el Espíritu Santo.

Otros han afirmado que todo el poder y dones para el ministerio siguen al bautismo en el Espíritu Santo. Otra vez, esto no puede ser sostenido exegética o experimentalmente. Los que están en oposición a esta afirmación apuntan correctamente a las vidas y ministerios de grandes cristianos que no hablaban ni hablan en lenguas. Debido a estas afirmaciones exageradas para los efectos del bautismo en el Espíritu Santo, la posición pentecostal ha sido atacada. El argumento es: Si la evidencia para el bautismo en el Espíritu Santo es una vida sobrenaturalmente dotada y un ministerio significante, entonces Hudson Taylor, Chuck Swindoll, Charles Stanley, Billy Graham, y muchos otros tienen que haber sido bautizados en el Espíritu Santo, aunque no han hablado en lenguas. Todos han demostrado ministerios poderosos y efectivos.

Ante esto, es importante aclarar que los pentecostales no creemos que todo el poder y todos los dones ocurren solamente después del bautismo en el Espíritu Santo. Los no pentecostales ciertamente están capacitados espiritualmente para el ministerio. Pero bautismo en el Espíritu Santo otorga dramáticamente más poder para el ministerio, especialmente en lo sobrenatural como milagros y señales; un ministerio que promueve el llamado apostólico o misionero a plantar iglesias y ministrar en lo sobrenatural. Este poder adicional, capacitación por medio de dones espirituales y pasión, está añadido junto con la milagrosa y espiritualmente provechosa práctica de hablar en lenguas; primero para edificación propia (1 Corintios 14:4), y cuando es interpretado, para la edificación pública (1 Corintios 14:13,26,27). El bautismo en el Espíritu Santo es dado primordialmente para añadir poder sobrenatural para el ministerio y mejorar la relación no cognitiva y experimental con Dios.

LA CLAVE DE NUESTRO ÉXITO EVANGELÍSTICO Y MISIONERO.

El bautismo en el Espíritu Santo ha sido la clave de nuestro éxito misionero y evangelístico. Sin embargo, ciertos peligros se ven venir sobre el movimiento pentecostal moderno. Muchos pentecostales modernos, en su búsqueda por la aprobación de la comunidad evangélica en general, están a punto de perder la misma cosa que los ha hecho eficaces: su enfoque emocional y apasionado de la vida y ministerio y su énfasis en hablar en lenguas. Aunque los pentecostales necesitamos añadir a nuestras propias experiencias los elementos útiles de exégesis y hermenéutica, junto con otras disciplinas espirituales, no debemos, en el proceso, dejar la misma cosa que nos ha hecho tan efectivos en la obra del ministerio. El bautismo en el Espíritu Santo es una provisión poderosa que añade poder sobrenatural a la vida y ministerio de cualquier creyente. Hoy, ministerios que tratan de evangelizar a un mundo perdido y muriendo en pecado y miseria, enfrentan desafíos enormes. Es beneficioso que cada creyente entienda adecuadamente lo que Dios ha provisto y aproveche de ello, recordando las palabras de Jesús cuando comisionó a sus discípulos: “Yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).

Entender el papel que el bautismo en el Espíritu Santo ha desempeñado en nuestra historia y éxito ministerial resulta instructivo. El 20 de noviembre de 1998, el erudito pentecostal Vinson Synan presentó un artículo a la Evangelical Theological Society [Sociedad evangélica teológica] titulado, “Policy Decisions on Tongues As an Indicator of Future Church Growth [La política de decisiones sobre lenguas como una indicación del crecimiento futuro de la iglesia].”   Synan demuestra en su artículo que pentecostales han sido dramáticamente más exitosos en plantar y crecer iglesias que los que han rechazado el entendimiento pentecostal del bautismo en el Espíritu Santo y la necesidad de hablar en lenguas.   Sus estadísticas vienen del desarrollo de las misiones pentecostales en el siglo xx. En Chile, los metodistas crecieron aproximadamente 5,000 miembros, mientras los pentecostales crecieron 2,371,000. En Brasil, los bautistas crecieron a 1,050,000, mientras los pentecostales crecieron a más de 21 millones. Internacionalmente, la Alianza Cristiana Misionera creció a 1.9 millones, mientras las Asambleas de Dios han sobrepasado los 70 millones.  No es posible ignorar estas estadísticas.   Estos logros son la razón de que el Fuller Seminary decidiera estudiar las misiones pentecostales debido al éxito espectacular del ministerio pentecostal. Otros eruditos están sacando las mismas conclusiones. Philip Jenkins, profesor distinguido de historia y estudios religiosos en Pennsylvania State University, escribió recientemente un nuevo libro, The Next Christendom [El siguiente cristianismo], en donde él demuestra que los patrones de crecimiento de los pentecostales harán que el siglo XXI sea un siglo pentecostal.  El ministerio pentecostal no es un poco más eficaz. Hace una diferencia dramática.  El bautismo en el Espíritu Santo provee una cantidad significante de poder para el ministerio sobrenatural resultando en logros asombrosos para el reino.

CONCLUSIÓN.

El bautismo en el Espíritu Santo debe ser más que una doctrina que se protege y se valora; debe ser una experiencia vital, productiva, y continua en la vida de los creyentes y en su relación personal con el Señor, su interacción con otros creyentes, y su testimonio al mundo. La vitalidad y la fuerza de la Iglesia pueden concretarse sólo cuando los creyentes de manera personal y colectiva manifiestan el poder del Espíritu Santo que Jesús mismo experimentó y que prometió a sus discípulos. La posición oficial del pentecostalismo clásico afirma que todos los creyentes tienen derecho de, y deben esperar fervientemente, buscar la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato de nuestro Señor Jesucristo.  Ésta era la experiencia normal de todos en la iglesia primitiva cristiana. Esto también incluye la dotación de poder para la vida y servicio, la distribución de los dones y sus usos en la obra del ministerio (Lucas 24:49; Hechos 1:4,8; 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta y subsiguiente a la experiencia del nuevo nacimiento (Hechos 8:12-17; 10:44-46; 11:14-16; 15:7-9).  Con el bautismo en el Espíritu Santo vienen tales experiencias como la llenura rebosada del Espíritu (Juan 7:37-39; Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43; Hebreos 12:28), una consagración intensificada a Dios y una dedicación a su obra (Hechos 2:24), y un amor más activo para Cristo, su Palabra, y los perdidos (Marcos 16:20).

Sin duda, algunos creyentes que no hablan en lenguas han logrado grandes cosas para Dios. La Biblia registra muchas demostraciones milagrosas de lo sobrenatural en las vidas de los individuos del Antiguo Testamento, y en las vidas de los creyentes en el Nuevo Testamento tanto antes como después de su experiencia de bautismo. Cuando Jesús mandó a los 70 antes del Pentecostés, regresaron informando con gozo, “aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17). Esto ocurrió cuando ellos aún no habían sido bautizados en el Espíritu Santo. Pero definitivamente había más incidencias de los dones espirituales funcionando por medio de los miembros llenos del Espíritu en la Iglesia Primitiva que había antes del derramamiento del Espíritu Santo sobre los creyentes rendidos. Los milagros fueron hechos por medio de personas como Esteban y Felipe que no tenían posiciones apostólicas (Hechos 6:8 y 8:6,7). La plenitud de los dones fue vista en todas partes después del Día de Pentecostés. La iglesia había experimentado un mayor empoderamiento para un ministerio más eficaz. El bautismo en el Espíritu Santo, con la inicial evidencia física de hablar en lenguas, es la puerta que nos lleva a una iglesia de Jesucristo grandemente empoderada.

El bautismo en el Espíritu Santo es poder adicional para la vida y el ministerio, dado por Dios después de la salvación. El bautismo es caracterizado por un sentido profundo de la proximidad de la presencia de Dios. En virtud de esto, un sentido profundo de misterio y emoción frecuentemente es experimentado.  También está caracterizado por el hablar en lenguas. Hablar en lenguas establece una comunicación no cognitiva y no racional con Dios. No es anti-racional. Es un contacto inmediato con Dios que no incluye palabras humanas, ni puede ser expresada en palabras humanas. Esta experiencia resulta en más fe en Dios, más poder y dones para el ministerio, más emoción y pasión, y más conocimiento de la dimensión experimental de la presencia de Dios en la vida del creyente pentecostal. Los pentecostales clásicos creemos firmemente que Cristo no sólo salva, no sólo sana, sino que también bautiza en el Espíritu Santo. Esta es una de nuestras doctrinas cardinales.

 

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Sanidad Divina.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación, la sanidad divina, el bautismo en el Espíritu Santo y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales en el pentecostalismo clásico. Dichas doctrinas se consideran esenciales para el cumplimiento de la misión esencial de la iglesia, la cual es alcanzar al mundo para Cristo. Desde su inicio, el Movimiento Pentecostal ha reconocido la sanidad divina para la persona integral como parte importante del evangelio, las buenas nuevas, que Jesús comisionó a sus discípulos que proclamaran. Como pentecostales creemos que la sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4,5; Mateo 8:16,17; Santiago 5:14-16).

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

I.- LA SANIDAD DIVINA, PARTE INTEGRAL DEL EVANGELIO.

Tanto el ministerio de Jesús como de los apóstoles muestran que la sanidad divina es parte integral de la proclamación del mensaje del evangelio. Fue un importante testimonio de Jesús como la revelación del Padre, el Mesías prometido, y el Salvador del pecado (Juan 10:37,38). La Biblia muestra una estrecha relación entre el ministerio de sanidad de Jesús y su ministerio salvador y perdonador. Su poder sanador era en realidad un testimonio de su autoridad para perdonar pecados (Marcos 2:5-12). Con frecuencia, los escritores de los Evangelios atestiguan que sus milagros de sanidad ocurrían paralelamente con su predicación del evangelio, siendo ambos el propósito de su ministerio (Mateo 4:23; 9:35,36).

La gente venía de todas partes, tanto para oírle como para ser sanados (Lucas 5:15; 6:17,18). Él nunca rechazó a nadie, sino que sanó todas las diversas enfermedades, dolencias, deformaciones, defectos, y lesiones (Mateo 15:30,31; 21:14). También echó fuera demonios y libró a la gente de los problemas que éstos causaban (Mateo 4:24). Jesús reconoció que la enfermedad es el resultado de la caída de los seres humanos en pecado, y que en algunos casos puede deberse a un pecado específico (Juan 5:14) o a la obra de Satanás (Lucas 13:16). Sin embargo, reconoció también que la enfermedad no siempre es el resultado directo de cierto pecado (Juan 9:2,3). En algunos casos era más bien una oportunidad de que Dios fuera glorificado (Marcos 2:12).

Los milagros de sanidad eran una parte importante de las obras que Dios envió a Jesús a hacer (Juan 9:3,4). Esto armoniza con la revelación del Antiguo Testamento de Dios como el Gran Médico, Jehová el Sanador (Éxodo 15:26; Salmo 103:3; los participios hebreos que se usan en ambos casos indican que es la naturaleza de Dios sanar). El ministerio de Jesús puso de manifiesto que la sanidad divina es parte vital de la naturaleza y el plan de Dios. Las sanidades también sirvieron para identificar a Jesús como el Mesías prometido y el Salvador. Jesús cumplió la profecía de Isaías 53:4: “Ciertamente llevó [tomó y quitó] él nuestras enfermedades, y sufrió [como una carga pesada] nuestros dolores.” (“Enfermedades”, choli, es la misma palabra que se usa para hablar de enfermedad física en Deuteronomio 28:59,61; 2 Crónicas 16:12; 21:15,18,19; Isaías 38:9. (“Dolores”, makob, es la misma palabra que se usa para referirse a dolor físico en Job 33:19). Mateo, en su relato de la sanidad de la suegra de Pedro por mano de Jesús, ve el cumplimiento de este pasaje de Isaías en el ministerio sanador de Jesús: “Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:17).

Isaías también vincula los sufrimientos del Siervo con la provisión de salvación, un ministerio que Jesús cumplió (Isaías 53:5,6). Sus sufrimientos fueron por nuestros pecados y condujeron a la paz con Dios: “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El contexto de Isaías y la referencia al mismo en 1 Pedro 2:24,25 enfatizan especialmente la sanidad o la restauración del efecto del pecado. Sin embargo, en vista del énfasis en la enfermedad física en Isaías 53:4, está claro que estos pasajes enseñan que el evangelio que había de ser presentado por el Siervo de Dios, Jesús, incluye la sanidad de los efectos espirituales y físicos de la caída de la raza humana en pecado, como se registra en Génesis 3.

Cuando Juan el Bautista fue encarcelado, se preguntó si Jesús era realmente el Mesías prometido, o simplemente un precursor como él mismo. Jesús le respondió señalando sus obras mesiánicas que vinculaban los milagros y la predicación del evangelio con los pobres (Mateo 11:4,5). Una vez más, la sanidad fue un testimonio importante, una parte integral del evangelio (Isaías 61:1,2; Lucas 4:18; 7:19-23). La sanidad divina siguió siendo parte integral del evangelio a través del ministerio de los apóstoles y de la iglesia primitiva. Jesús envió a los Doce y los Setenta y dos [NVI] a predicar y a sanar a los enfermos (Lucas 9:2; 10:9). Después del Pentecostés “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles” (Hechos 2:43). Lucas escribió el libro de los Hechos como continuación de la historia de lo que Jesús hizo y enseñó, no sólo a través de los apóstoles, sino también a través de una iglesia llena del Espíritu Santo (Hechos 1:1,8; 2:4).

La obra de milagros, incluso la sanidad divina, no se limitaba a los apóstoles. La promesa de Jesús fue para todos los creyentes (Juan 14:12-14) que la pidieran en su nombre (es decir, los que reconocen su autoridad y se conforman a su naturaleza y sus propósitos). Dios usó a diáconos, como Felipe, para predicar y sanar (Hechos 8:5-7), y a Ananías, un discípulo hasta entonces desconocido, para sanar a Saulo (Hechos 9:12-18). El mensaje del evangelio incluye la provisión de los dones espirituales por medio del Espíritu Santo a la Iglesia, entre los que están los dones de sanidades (1 Corintios 12:7). Todos estos dones, entre ellos el de sanidad, siguen edificando a la Iglesia y ofrecen esperanza a todos los creyentes. Además, Santiago afirma que la sanidad es parte normal en las reuniones de la Iglesia. Cada vez que se reúnen los hermanos, cualquiera que esté enfermo puede pedir oración por sanidad (5:14). Se nos asegura de que la sanidad divina es una manifestación permanente del evangelio en el día de hoy, y que continuará así hasta el regreso de Cristo.

II.- LA EXPIACIÓN DE CRISTO: FUNDAMENTO DE LA SANIDAD DIVINA.

El ministerio de los sacerdotes bajo la Ley era una figura del ministerio del Sumo Sacerdote, Jesucristo, que se “compadecerse de nuestras debilidades (astheneia, debilidad, enfermedad, timidez)” (Hebreos 4:14,15). Los sacerdotes del Antiguo Testamento, mediante la sangre de los sacrificios, hacían expiación por los pecados del pueblo. Un estudio del concepto de la expiación en la Biblia muestra que en la mayoría de los casos se refiere a un rescate que se paga por redención y restauración, que señala a la redención hecha por Jesucristo mediante el derramamiento de su sangre en nuestro favor. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3:25).

La palabra “propiciación”, traduce el griego hilasterion, que también puede ser traducida como expiación o propiciatorio. En Levítico 16 se registra lo que Dios esperaba de Israel para el Día de la Expiación y el ministerio del sumo sacerdote de rociar la sangre del sacrificio por el pecado sobre el propiciatorio (la cubierta de oro del arca del pacto). El arca contenía las tablas de piedra de la Ley, que el pueblo no había cumplido. La Ley quebrantada exigía el juicio y la muerte. Pero cuando era rociada la sangre de un cordero sin mancha, que proféticamente anunciaba la vida sin pecado de Cristo, Dios veía esa vida sin pecado en vez de la ley quebrantada y mostraba su misericordia y bendición.

El propósito principal de la expiación era la purificación del pecado (Levítico 16:30). Sin embargo, también está claro que la expiación traía liberación del castigo y las consecuencias del pecado, con el fin de hacer posible la restauración de la bendición y el favor de Dios. Cuando el pueblo de Israel se quejó después del juicio que vino tras la rebelión de Coré, Datán y Abiram, Dios envió una plaga sobre los hijos de Israel. Moisés envió a Aarón a que fuera en medio de la congregación e hiciera expiación por ellos, y así cesó la mortandad (Números 16:47,48). La Ley de Moisés requería que cuando se contara a los hombres de Israel, cada uno diera una ofrenda de expiación de medio siclo para su redención y para evitar que viniera sobre ellos mortandad (Éxodo 30:11-16). De tal modo la expiación proveía purificación del pecado y sus consecuencias, incluyendo las enfermedades. Se ve claramente en la Biblia que los seres humanos no podemos pagar el precio de nuestra redención, por lo cual Dios, en su amor y para la gloria de su nombre, proveyó la máxima expiación (Romanos 3:25; véanse también Salmos 65:3; 78:38; 79:9; Romanos 3:21-28). Todo esto lo hizo Cristo en el Calvario (Juan 3:14-16). Allí Él hizo expiación plena por toda la persona. El Nuevo Testamento se refiere a esto como “redención”, lo cual esencialmente tiene el mismo significado que “expiación”. Por medio de Cristo hemos recibido la redención y el perdón de los pecados (Romanos 3:24; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; Hebreos 9:15). La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación.

Del paralelo entre redención y expiación, vemos que la provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- LA SANIDAD DIVINA COMO DON DE LA GRACIA DE DIOS.

Así como la salvación es por gracia mediante la fe (Efesios 2:8), recibimos todas las bendiciones y los dones de Dios por su gracia, o su favor inmerecido. No se pueden ganar ni merecer. Cabe señalar que, en vez de exigir sanidad, el Nuevo Testamento registra que la gente venía a Jesús suplicando su ministerio de compasión. No veían la sanidad como un derecho, sino como un privilegio misericordioso que les era ofrecido. El hecho de que no podemos ganar las bendiciones de Dios, ni tampoco la sanidad divina, debe hacernos entender la importancia de cultivar nuestra vida en el Espíritu, porque el Espíritu “vivificará [nuestros] cuerpos mortales”, y esa es nuestra gran esperanza (Romanos 8:11). En realidad, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (2 Corintios 4:16). Esta renovación interior es la que nos capaz de tener fe para recibir el don de sanidad divina. A la mujer sanada, que había padecido de flujo de sangre por doce años, Jesús dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva” (Marcos 5:34). Pablo, en Listra, cuando vio que su predicación había producido fe para sanidad en el corazón de un hombre imposibilitado de los pies, le mandó que se pusiera de pie (Hechos 14:9,10). La fe se manifestó también en el centurión romano que reconoció la autoridad de la palabra de Cristo para que su siervo sanara (Mateo 8:5-13) y en la mujer cananea que creyó en Jesús para la sanidad de su hija (Marcos 7:24-30; Mateo 15:28).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe. Ésta parece ser la razón de la gran variedad de medios que usó: que las personas no pusieran la vista en el medio sino más bien en Dios. La fe significa confiar en el Dios omnisciente, todo amor, y todopoderoso que responde al clamor de su creación en su propia manera.

La promesa de que cualquiera “que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también” está estrechamente relacionada con la oración, que pide en nombre de Cristo (Juan 14:12-14; 16:23,24). El uso del nombre de Jesús no es una fórmula de la que se valen los seres humanos para forzar la respuesta de Dios. Su nombre es la revelación de su carácter y naturaleza, que tenemos en nosotros sólo si permanecemos en Cristo y sus palabras permanecen en nosotros (Juan 15:7). Como resultado, su voluntad domina en nuestra vida, y conforma nuestra voluntad a la suya. Por lo tanto, nuestras peticiones en su nombre cada vez más armonizan más con su voluntad, y abren camino para que Él responda a nuestras oraciones. La revelación de Dios como “Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26) no se limita a Israel. La sanidad del siervo del centurión y de la hija de la mujer cananea muestra que la sanidad es privilegio también de los gentiles. En realidad, hay sanidad para todos los que la deseen y respondan a Jesús. Hay evidencia de que el don de sanidad de Dios, aun puede ser experimentado por una persona antes de que haya recibido perdón de sus pecados, como en el caso del paralítico en el estanque de Betesda (Juan 5:2-9,14).

La fe en la sanidad divina no se opone ni compite con la ciencia médica. El conocimiento y las habilidades de esta profesión ofrecen ayuda a muchos. Es cierto que la Biblia condena al rey Asa, porque “en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos” (2 Crónicas 16:12). Pero Asa buscó ayuda de Siria, en un acto de incredulidad y desobediencia, porque no quiso confiar en el Señor (2 Crónicas 16:7). El motivo de que se pronunciara juicio contra Asa no fue que buscó la ayuda de los médicos, mas bien porque no buscó al Señor. Cuando la mujer que había padecido de flujo de sangre por doce años fue sanada, Marcos registra que “había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor” (Marcos 5:26). Si no hubiera sido aceptable que ella acudiera a los médicos, éste hubiera sido el perfecto lugar en que Jesús lo hubiera dicho, pero no lo hizo. Antes bien, Él aceptó la fe que ella expresó y la felicitó por ello.

También, Jesús envió a los diez leprosos a quienes había sanado a que fueran a mostrarse a los sacerdotes (Lucas 17:14). Bajo la Ley, los sacerdotes eran los encargados del diagnóstico, las cuarentenas, y la salud (Levítico 13:2 ss.; 14:2 ss.; Mateo 8:4). Así, Jesús reconoció que hay lugar para los diagnosticadores humanos. A través de la habilidad y la formación de los médicos se producen recuperaciones y restauraciones, una verdad que no niega ni menosprecia la fe en la sanidad divina. Nos alegramos cuando Dios, que es la fuente de toda sanidad, obra a través de los médicos; damos gracias por su dedicación, y ofrecemos continua alabanza a Dios. Aun con todo su conocimiento, su formación, y sus habilidades, los médicos no son la última palabra en el diagnóstico de enfermedades humanas. Ponemos firmemente nuestra confianza en Dios, que es más que capaz de dar sanidad en una situación que se considera sin esperanza.

CONCLUSIÓN.

Vivimos en el presente entre la primera y la segunda venida de Cristo. En su primera venida, a través de su vida, muerte, y resurrección proveyó la expiación por el pecado y sus consecuencias. En esta era, se ve la sanidad divina, un don de la gracia de Dios, como una señal anticipatoria de la completa redención que le esper al cuerpo humano. En su segunda venida, lo que se inició se consumará: se cumplirá la salvación del pecado y de todos sus efectos. En este período del “ya pero no todavía” algunos son sanados instantáneamente, otros poco a poco, y otros no son sanados. La Biblia indica que hasta que Jesús venga gemimos, porque aún no hemos recibido la redención total de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Sólo cuando los muertos en Cristo resuciten y seamos transformados recibiremos un cuerpo nuevo que es como su cuerpo glorioso (1 Corintios 15:42- 44,51-54). Aun los seguidores de Cristo gimen, con dolores de parto, como el resto de la creación, y esperamos con paciencia el cumplimiento de nuestra esperanza (Romanos 8:21-25). Pablo describe al cuerpo humano como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19); debemos cuidar de él y evitar cosas que lo perjudiquen. Pero no importa lo que hagamos por este cuerpo, no importa cuántas veces seamos sanados, a menos que intervenga el rapto de la Iglesia, un día moriremos.

La promesa y la realidad de la sanidad divina no excluyen el sufrimiento por la causa de Cristo y del evangelio. Se espera que estemos preparados para seguir su ejemplo (Hebreos 5:8; 1 Pedro 2:19,21; 4:12-14,19). Tampoco debemos buscar la sanidad divina como sustituto de la obediencia a las normas de salud física y mental. Jesús reconoció la necesidad que tenían los discípulos de alejarse de las multitudes para descansar un poco (Marcos 6:31). Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que delegara algunas de sus responsabilidades para que pudiera soportar la tensión de guiar al pueblo de Israel (Éxodo 18:17,18). La sanidad divina tampoco es un medio de evitar los efectos de la vejez. Hasta el día de su muerte, Moisés mantuvo la lucidez de sus ojos y el vigor de su cuerpo (Deuteronomio 34:7); pero ese privilegio no se le concedió al rey David (1 Reyes 1:1-4). La debilitación gradual de la edad avanzada, que en Eclesiastés 12:1-7 se explica de manera muy acertada, es la experiencia común tanto de creyentes como de inconversos. La sanidad está disponible para los ancianos; pero la parte del cuerpo que se cura normalmente sigue envejeciendo como el resto del cuerpo. No tenemos aún la redención del cuerpo.

Algo que podría dificultar la sanidad es si no estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para seguir los principios bíblicos (Juan 5:14). Si bien la cantidad de fe no es siempre lo determinante, como se señaló anteriormente, si uno no cree que puede haber sanidad divina, posiblemente ésta no ocurra. También debemos estar abiertos a la voluntad de Dios y a sus obras, siempre diseñados por su amor y para nuestro bien, con la comprensión de que están más allá de nuestra inmediata capacidad de comprensión. Sea que nos sane ahora o sea que no nos sane, Él siempre obra por su gran compasión, con el deseo de atraernos cada vez más a Él. Reconocemos que ha habido abusos respecto a la sanidad divina. Algunos hacen afirmaciones exageradas y juicios infundados. Pero no debemos dejar que eso nos impida proclamar positivamente la verdad de la Escritura. Pedro y Juan tuvieron la fe para decir al hombre cojo que sería sanado: “Lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6). Nosotros, también, debemos seguir fieles a la realidad del poder de Dios para obrar sanidad divina. Con humildad confesamos que no entendemos todo lo referente a la sanidad divina. No entendemos completamente por qué algunos son sanados y otros no, ni tampoco entendemos por qué Dios permitió que martirizaran a Jacobo y que Pedro fuera librado (Hechos 12:1-19). No obstante, la Escritura indica claramente que a nosotros nos corresponde predicar la Palabra, y esperar que la sigan señales, incluso la sanidad divina. Por último, en la venida del Señor, “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad” (1 Corintios 15:54), habrá llegado la plena realización de la sanidad divina.

Dios todavía realiza milagros. Dios todavía sana a las personas. No hay nada que impida que Dios sane a una persona a través del ministerio de otros. Por eso, el pentecostalismo clásico continúa proclamando: ¡Cristo sana!

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Salvación.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación es crucial para una buena relación personal con Dios. Es el corazón de las buenas nuevas, el evangelismo y la salud de la iglesia. No nos debe sorprender, entonces, que la salvación de los perdidos fuese el enfoque de toda la proclamación apostólica en las Escrituras. Tampoco nos debe sorprender que los apóstoles reservaron las más enérgicas denuncias para quienes alteraban, añadían, o complicaban la doctrina de la salvación. El libro de los Hechos y en las epístolas, los líderes de la iglesia primitiva predicaron constantemente el mismo evangelio. El pentecostalismo clásico, al igual que la iglesia primitiva, hizo de la doctrina de la salvación el corazón de su mensaje y el eje central de su evangelismo y visión misionera.

Como pentecostales, creemos que las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana y pentecostal, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

EL ORDO SALUTIS.

Prácticamente en toda declaración de fe protestante, la doctrina de la salvación se clasifica como una de las doctrinas cardinales del cristianismo. También es así en el pentecostalismo clásico. La salvación, el bautismo en el Espíritu Santo, la sanidad divina, y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales que son esenciales para la misión esencial de la iglesia de alcanzar al mundo para Cristo.

La clasificación como herejía de las modificaciones a la doctrina de la salvación tiene claros paralelos con la manera en que la iglesia ha tratado tales aberraciones en el pasado. Pisamos sobre terreno bíblico firme cuando guardamos celosamente la pureza de la doctrina de la salvación, porque es la única doctrina en la Biblia por la que se pronuncia un anatema (maldición) a quienes se atreven a pervertirla (Gr. metastrepsai) de acuerdo con Gálatas 1:6-9. En este pasaje, Pablo declaró “bajo maldición” (NVI) a la persona o el ángel que distorsiona el Ordo Salutis (el camino de la salvación) como se revela en las Escrituras. Dicho anatema se establece dos veces para mayor énfasis, (versículos 8,9). El Apóstol consideró el Ordo Salutis de tal fundamental importancia que aún un leve cambio comprometería la totalidad del evangelio. El resultado sería la concepción de un “evangelio diferente” (versículo 6). A pesar de esta terrible advertencia acerca de la desviación doctrinal, la doctrina de la salvación ha sufrido más ataques herejes que ninguna otra doctrina bíblica.

Desde el primer siglo de la Era Cristiana, el evangelio ha sufrido por los intentos de hombres pecadores de añadir pasos al Ordo Salutis. La iglesia primitiva fue testigo de los primeros esfuerzos.  El libro de los Hechos registra un movimiento dentro de la iglesia primitiva de añadir a la salvación la circuncisión y la observancia de toda la ley de Moisés (Hechos 15:1,5). Los judaizantes sostenían que los gentiles tenían que convertirse al judaísmo antes de que Dios les concediera la salvación. Los creyentes convocaron al primer concilio en Jerusalén para tratar este asunto que causaba división. Después de que todos tuvieron oportunidad de hablar, prevalecieron el testimonio apostólico (versículo 14), la Palabra de Dios (versículos 15-18), y la guía del Espíritu Santo (versículo 28), y los creyentes no añadieron estos dos requisitos al Ordo Salutis.

Sin embargo, la victoria fue breve. Comenzando con el libro de Gálatas, que fue escrito después del Concilio de Jerusalén, Pablo inició en su ministerio una implacable batalla contra los judaizantes que persistían en su intento de cambiar el camino de la salvación. (compare con Romanos 2 al 4; 1 Corintios 7:18-20; 2 Corintios 11:4-22; Gálatas 2:11-14; 5:6-11; Efesios 2:11; Filipenses 3:2,3; Colosenses 2:11; y Tito 1:10). Este conflictivo asunto sobrevivió la muerte de Pablo y los apóstoles. Líderes cristianos como Ignacio de Antioquía también trató este asunto en el segundo siglo (Epístola a los Magnesios 8:1; 10:3).

A través de los siglos, el Ordo Salutis ha estado bajo continuo ataque. En la Edad Media los requisitos para la salvación incluían la aspersión, la afiliación satisfactoria a la iglesia adecuada, la observancia periódica de la Comunión, y la asistencia periódica a la confesión. Después de la Reforma Protestante, muchos grupos comenzaron a enseñar el bautismo en agua como un paso necesario para la salvación. Recientemente se expresó un énfasis similar en los círculos pentecostales. En 1916, muchos pastores e iglesias dejaron la recién organizada Asambleas de Dios por un movimiento llamado Nueva Luz [New Light]. Basado en la revelación personal en vez de las claras enseñanzas de las Escrituras, los seguidores de las enseñanzas de la Nueva Luz sostienen que la verdadera salvación requiere los pasos adicionales del bautismo en agua “solo en el nombre de Jesús” (en vez de la fórmula trinitaria que encontramos en Mateo 28:19) y el bautismo en el Espíritu Santo con hablar en lenguas. La Iglesia Pentecostal Unida, la Iglesia Apostólica, y los grupos pentecostales Solo Jesús todavía mantienen esta forma de Ordo Salutis.

¿Cuál es entonces el sencillo y claro Ordo Salutis que aparece en las Escrituras? Es nada más ni menos que: el arrepentimiento de los pecados y la confianza en Jesús como perdonar y Señor. Solo el sacrificio de la sangre de Jesús en la Cruz puede hacer posible el perdón y la reconciliación con Dios (Mateo 26:28; Juan 3:16; Hechos 20:28; Romanos 3:24,25; 5:9; Efesios 1:7; 2:13-26; Colosenses 1:14,20,22; Tito 2:14; Hebreos 9:14,26,28; 13:12,20; 1 Pedro 1:2,18-21; 1 Juan 1:7; Apocalipsis 1:5; 5:9; 7:14). Arrepentimiento, confianza, y sometimiento a su señorío destina a los creyentes los efectos de su sacrificio (Juan 3:16; Hechos 3:19; 5:31; 10:43; 13:38,39; 16:31; 17:30; 20:21; Romanos 10:9,10; 1 Juan 1:9). Según las Escrituras, el sacrificio de Jesús es suficiente para proveer para nuestra salvación. Solo se requiere la fe (confianza y obediencia a Él) para aplicarla a la vida de los creyentes (Juan 3:16; Hechos 11:17; 15:9,11; Romanos 1:16,17; 3:27,28; 4:5,16; 5:1; 10:3-13; Gálatas 3:1,2; Efesios 2:8,9).

HERENCIA ARMINIANA Y WESLEYANA EN LA SOTERIOLOGÍA DEL PENTECOSTALISMO CLÁSICO.

La posición soteriológica que mantienen típicamente las iglesias pentecostales se denomina arminianismo, por Jacobo Arminio (1560–1609). El arminianismo fue luego desarrollado por John Wesley; por lo que algunos pentecostales tal vez estén más familiarizados con el rótulo de wesleyanos en vez de arminianos. Arminio fue un elogiado estudiante de Beza. En el proceso de defender conceptos reformados, terminó discrepando con Calvino y Beza en los temas de la gracia irresistible, la predestinación, y el libre albedrío. Luego de su muerte, los seguidores de Arminio desarrollaron su pensamiento en más profundidad en Los cinco artículos de la oposición (también llamados Los cinco artículos de reproche o de la Remonstrancia) en 1610. El arminianismo se define brevemente a través de los denominados 5 puntos del arminianismo, los cuales también sosn sostenidos por el pentecostalismo clásico:

  • Depravación Total: El hombre es naturalmente malo, e incapaz de salvarse a sí mismo.
  • Elección Condicional- Dios elige para la salvación a todo aquel que responde por medio de la fe, pues la salvación es por la fe (Efesios 2:8)
  • Expiación Ilimitada o Universal: Cristo murió para salvar a todos los pecadores (Juan 3:16) y su expiación es válida para todo aquel que cree en Jesucristo y lo reciba. De manera que todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios no discrimina, no quiere que nadie perezca, sino que espera que todos se arrepientan y sean salvos (2 Pedro 3:9)
  • Gracia Resistible (Libre albedrío): Dios ha hecho al ser humano con la capacidad de elegir su propio destino. Dios no decide en su lugar. Dios ofrece a todos su gracia, pero cada uno es libre de aceptarla o rechazarla.
  • Seguridad del Creyente en la Fe: Todo creyente está seguro de ser salvo, porque Dios lo mantiene en la fe. Su seguridad depende de que se mantenga en la fe de Jesucristo y la nueva vida de santidad que Él da al creyente.

EL ORDO SALUTIS ARMINIANO Y PENTECOSTAL CLÁSICO.

El Ordo Salutis es el “orden de la salvación”. Este se centra en el proceso de salvación y el orden lógico de ese proceso. Cuando se dice que una persona particular fue o es “salva”, el término es frecuentemente usado sin la profundidad de la Escritura o sin la apreciación de la gracia de Dios. La Escritura define varios aspectos diferentes o pasos en la salvación de la persona, desde el primer oír del evangelio hasta el camino para la eternidad en el cielo. Cada uno de esos aspectos coincide, puesto que todos ellos son parte de la salvación de la persona, mas ellos también mantienen sus características distintivas en las Escrituras en el plano redentor.

(1.- EL LLAMADO DEL EVANGELIO, EL EJERCICIO DE LA FE Y LA ELECCIÓN: El Padre determinó que el camino normativo de la salvación debería ser a través de Su Palabra. La Biblia coloca un énfasis muy grande sobre la lectura y predicación de Su Palabra, así como la transmisión de ese evangelio a todas las personas. Este llamado general del Evangelio contiene la supremacía de Dios, su ira contra el pecado, y la promesa de salvación a través de su Hijo, exhorta a el hombre caído a arrepentirse en sus pecados y creer en la redención de Cristo Jesús. (Isaías 55:7, Mateo 28:9-20, Romanos 10:14,17, 2 Timoteo 1:9-10, 3:15). Aquel que oye el evangelio es confrontado con la culpa de su condición pecaminosa y la certeza de un juicio justo contra él. Desesperándose por causa de su estado, él ve su única esperanza de escape a través de Cristo y, capacitado por la gracia preveniente de Dios, ejerce fe en Cristo, confía en la promesa de salvación y también se arrepiente de sus pecados. Por la fe él se reconoce como un pecador necesitado de gracia, e implora a Dios por su poder y amor para salvarlo a través de la sangre y la justicia de Cristo. A través del arrepentimiento él odia su pecaminosidad y se vuelve a Dios como la única fuente de justicia y bondad, esforzándose para vivir en obediencia a Él. Aquellos que se arrepienten y creen son convertidos de seguidores de Satanás a seguidores de Dios (Isaías 55:11, Oseas 14:2,4, Hechos 17:30-31, 20:21, Romanos 1:17, Efesios. 1:17-18, 2:8). En ese momento, un pecador destinado previamente al infierno, pasa ser parte de los elegidos.

(2.- JUSTIFICACIÓN: La promesa del Evangelio es que aquellos que confían en el Señor serán salvos. El perdón de los pecados del pueblo del Dios, y la justicia que permite al pecador estar en la presencia de un Dios Santo, viene de la perfecta obediencia y del sacrificio expiatorio de Cristo. Como un sustituto para el pecador arrepentido, dos cosas acontecen:  Cristo obtiene su salvación (del pecador arrepentido) y el derecho de estar delante de Dios, por cumplir la ley de Dios y el pacto en lugar de él, y él carga el castigo por sus pecados. Como Cristo cumplió esta tarea, Dios promete que aquellos que confían en Él tendrán la justicia de Cristo imputada (o dada) a ellos, así como sus pecados serán imputados a Cristo. Así, como un santo juez, Dios legalmente declara que su pueblo es “justo” o “sin culpa”. El pecador es justificado delante del Señor cuando, en fe, Él descansa no sobre su propia bondad y/o buenas obras (de las cuales el pecador no tiene ninguna), sino sobre la magnífica obra del Hijo de Dios (Jeremías 23:6, Romanos 3:24-26, 4.5-8, 5:17-19, Gálatas 2:16)

(3.- REGENERACIÓN: El llamado general del Evangelio es hecho eficaz cuando el Espíritu Santo hace que la Palabra de Dios sea entendida, apreciada y creída en el corazón del individuo. Por causa de la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, él está en enemistad contra Dios y rehúsa reconocer la veracidad del Evangelio. Dios, por medio de su Espíritu, cambia esa rebelión espiritual, regenerando, renovando y transformando la condición interna de una depravada hacia una de amor por el Señor. Aquellos que responden al mensaje de salvación y ejercen fe en Jesucristo son entonces renacidos, nacidos de nuevo, y sus ojos y oídos son abiertos para ver las gloriosas verdades de la salvación de Dios. (Ezequiel 36:26-27, Mateo 16:17, 1 Corintios 2:12-14, 2 Corintios 3:3,6, 2 Tesalonicenses 2:13-14, Tito 3.5)

(4.- ADOPCIÓN: La gracia de Dios convierte a los pecadores de siervos de Satanás en siervos de Cristo, más aún, Dios promete más que eso. El manifiesta su amor paternal para con los pecadores perdidos adoptándolos como sus propios hijos. A través de la adopción, Él les da todos los derechos, privilegios y protección, como perteneciendo a su familia y teniendo su nombre. Ellos se vuelven hijos e hijos adoptivos del Padre, y hermanos, hermanas, y coherederos con Cristo (Salmos 103:13, Juan 1:12, Romanos 8:15-17, Gálatas 4:5-7, Efesios 1:5).

(5.- SANTIFICACIÓN: El próximo paso en este proceso de salvación es la obra purificadora del Espíritu Santo en el andar diario del creyente. Los creyentes no solamente son presentados como inocentes a través de la imputación de la justicia de Cristo, sino que ellos también se desarrollan espiritualmente en la justicia por la palabra y por el Espíritu. Como el Espíritu habita en el creyente, Él opera en ellos el crecer en la gracia y en el conocimiento, y produce en ellos frutos y buenas obras espirituales. Sin embargo, nadie se puede tornar perfecto en esta vida, y aunque esta santificación puede ser una obra muy larga y demorosa, los elegidos son fortalecidos por la gracia de Dios para que ellos perseveren en la santidad (2 Corintios 7:1, Efesios 2:10, 5:26, 2 Tesalonicenses 2:13, Hebreos 13:20-21)

(6.- GLORIFICACIÓN: Cuando un creyente muere, su alma va a la presencia de Dios mientras él espera por la resurrección y redención de su cuerpo físico, allí es confortado y contempla la gloria de Dios. La realización final de la salvación acontecerá cuando Cristo vuelva, reúna a su pueblo, y lo glorifique junto a Él. Finalmente, la Biblia promete que la maldición del pecado no existirá más, y que habitaremos con el Señor en perfecta paz, amor y alegría (Eclesiastés 12:7, Juan 5:28-29, Hechos 24:15, Romanos 8:30, 1 Corintios 15, 2 Corintios 5:1,6,8, Filipenses 1:23).

Estrictamente hablando, la fe no es parte de la salvación en el ordo arminiano, ya que dicho aspecto es la condición que se cumple antes del acto de salvación de Dios. Todo lo que sigue a la fe en el “ordo” arminiano es la salvación. La gracia preveniente hace posible la respuesta de fe y la fe es la condición ordenada por Dios que debe ser cumplida antes de que Dios salve al individuo. La fe es sinérgica en el sentido de que es una respuesta genuina que es posible gracias a la gracia capacitadora de Dios. Todo lo que sigue (los diversos aspectos de la salvación) es una obra monergista de Dios. Mientras que la salvación es resultado de la fe, la fe no causa la salvación. Dios causa la salvación en respuesta a la fe de acuerdo con su promesa de salvar a los creyentes.

La adopción se incluye tanto en la regeneración como en la glorificación. La regeneración es el comienzo de la adopción mientras que la glorificación es la culminación de esta. La elección está ligada a la unión con Cristo. Pasamos a ser los elegidos de Dios en nuestra unión con Cristo (el elegido), ya que llegamos a participar en su elección a través de la unión y la identificación con Él. La fe nos une a Cristo (Efesios 1:13) y todas las bendiciones espirituales que residen en Cristo se convierten en las del creyente cuando se unen con Él (Efesios 1: 3-12).

En términos temporales, estas bendiciones serían simultáneamente nuestras, pero lógicamente es importante colocar la justificación antes de la regeneración y todo lo que sigue, ya que primero se debe recibir el perdón y tener el pecado removido antes de la recepción de la nueva vida y el alcance de la santidad (santificación). Uno no puede tener vida mientras todavía está bajo la condenación del pecado y la ira de Dios porque “la paga del pecado es muerte”. Y uno no puede ser santificado aparte de la justificación. Así que, en el momento en que estamos unidos a Cristo, somos purificados por su sangre y nueva vida y santidad inmediatamente resultan de esa purificación. Bajo este ángulo soteriológico, la predestinación se refiere al destino predeterminado de los creyentes a través de la unión con Cristo. Los creyentes han sido predestinados a la adopción final y a la conformidad con la imagen de Cristo (glorificación). La predestinación no hace referencia a la predeterminación de Dios de ciertos pecadores a convertirse en creyentes y ser finalmente salvados.

CONCLUSIÓN.

Como embajadores de Cristo, hemos de predicar el mensaje del Rey como heraldos fieles: la buena noticia del Hijo de Dios que fue crucificado y resucitado para rebeldes ingratos como nosotros. Por tanto, el llamado es para cada uno de nosotros a predicar este glorioso mensaje el cual es capaz de transformar el corazón de los seres humanos y frenar la maldad de este mundo que se manifiesta en violencia, fraudes, muertes, extorsiones, hogares destruidos por la infidelidad conyugal, abortos, delincuencias, etc. Para Dios esta labor es sumamente importante que aun desde el Antiguo Testamento les encomendara tal tarea: “Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 31:12). De igual manera la iglesia del Señor tiene esta misma encomienda: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:19-20). Los pentecostales hemos hecho nuestra la responsabilidad de compartir el mensaje salvador del evangelio. Como Pablo nosotros somos responsables de trastornar el mundo de las tinieblas anunciando este glorioso mensaje a aquellos que viven en las tinieblas: ¡Sólo Cristo salva! No hay otro camino. La salvación está disponible para todo aquel que quiera venir a Él.

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Las 4 Verdades Cardinales del Pentecostalismo Clásico.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El llamado Pentecostalismo Clásico se originó en Estados Unidos a principios del siglo XX, sin embargo, los bautismos del Espíritu Santo con glosolalia o manifestación de lenguas, tal y como los describe el libro de los Hechos, capítulos 2, se dieron durante toda la historia de la Iglesia. No obstante, en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a suceder mucho más a menudo. Casos en Inglaterra, Carolina del Norte o la India, fueron los antecedentes de la famosa madrugada del 31 de diciembre de 1900. Chales F. Parham, ministro metodista y un apasionado del Espíritu Santo y sus manifestaciones, dirigía un sencillo instituto bíblico en Topeka, Kansas (el famoso Bethel Bible College). En aquel modesto lugar en el que se enseñaba a cuarenta alumnos se derramó el bautismo del Espíritu Santo sobre una mujer llamada Agnes Ozman, considerada como el primer creyente pentecostal de la historia. En las últimas semanas, los estudiantes estaban profundizando en el libro de Hechos y quisieron experimentar la misma promesa que casi 2000 años antes había tenido los primeros cristianos y para ello se reunieron en vigilia la última noche del año. El movimiento se extendió como el fuego en un caluroso medio día de verano. Kansas, Missouri y Texas fueron los primeros en experimentar el avivamiento pentecostal, pero la iglesia por antonomasia sería la de la calle Azusa, en un modestísimo barrio de Los Ángeles.

El Avivamiento de la Calle Azusa fue una serie de reuniones de avivamiento pentecostal dirigidas por el predicador afroamericano William J. Seymour. La primera reunión se realizó el 14 de abril de 1906, en la Iglesia Metodista Episcopal Africana, y las siguientes se sucedieron hasta alrededor de 1915. En las reuniones se vivían experiencias de éxtasis espiritual acompañadas por glosolalia (interpretada por sus practicantes como don de lenguas), servicios de adoración dramáticos, y entremezcla racial. Actualmente, el reavivamiento de la Calle Azusa se considera por los historiadores cristianos como el principal catalizador para la propagación del pentecostalismo clásico.

Definir la Teología Pentecostal (Pentecostalismo Clásico) puede resultar una tarea no tan simple debido a la diversidad de ideas en el movimiento. Pero, en síntesis, la teología pentecostal puede definirse como protestante y evangélica, con la adición de la afirmación de la validez de las manifestaciones de los dones del Espíritu Santo para hoy como en el primer siglo y el libro de los Hechos (continuismo).  Si suspendemos los elementos culturales que caracterizan a nuestras iglesias pentecostales, y que pueden ser muy variados dependiendo de la iglesia y su contexto, entonces descubriremos el centro del mensaje. Lo que motivó a nuestros primeros hermanos y hermanas. Ellos no querían abrir una “nueva” iglesia. Lo que querían era regresar a la iglesia primitiva. El mismo deseo de Lutero, Calvino, Wesley, y tantos otros cristianos y movimientos en la historia, como los metodistas, los pietistas o los puritanos. A su propia manera, quisieron recobrar una herencia para ellos perdida, enterrada bajo la rigidez de la ortodoxia y bajo una teología liberal ilustrada que la despreciaba. Esta herencia, la inconmovible certeza de que Dios no solo obró milagros en la resurrección o el nacimiento virginal, sino que puede seguir haciéndolos en el presente, era el corazón de la fe de nuestros hermanos. El grito de guerra de la teología pentecostal clásica fue y continúa siendo: Cristo Salva, sana, bautiza con el Espíritu Santo y viene por segunda vez.

La declaración anterior es la declaración de fe o credo del pentecostalismo clásico en su forma más pragmática y sintética. Desde sus inicios, el Movimiento Pentecostal enfatizó las 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17). Estas cuatro verdades se consideran nuestras creencias cardinales porque son verdades claves en nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro.

I.- SALVACIÓN.

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

Las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

II.- SANIDAD DIVINA.

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe.

Asimismo, la sanidad divina se fundamenta en la obra expiatoria de Cristo. La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación. La provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO.

La doctrina del Bautismo en el Espíritu Santo es nuestro distintivo como creyentes pentecostales. Esta verdad explica la pasión y el poder de nuestro testimonio. Jesús prometió a sus seguidores que recibirían poder de lo alto para que fueran sus testigos. Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos (Marcos 16:20). El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4). El hablar en lenguas en este caso es esencialmente lo mismo que el don de lenguas, pero es diferente en propósito y uso (1 Corintios 12:4-10, 1 Corintios 12:28).

Se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

  • Bautizado en el Espíritu—1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
  • El Espíritu viene, o desciende, sobre—1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
  • El Espíritu derramado—2:17,18; 10:45
  • El don que mi Padre prometió—1:4
  • El don del Espíritu—2:38; 10:45; 11:17
  • El don de Dios—8:20; 11:17; 15:8
  • Recibir el Espíritu—8:15,17,19; 19:2
  • Lleno con el Espíritu—2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento a continuar llenándose del Espíritu.

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

IV.- LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO.

Todos los cristianos que han fallecido un día se levantarán de sus tumbas y se reunirán con el Señor en el aire. Los cristianos que no hayan muerto serán arrebatados junto con aquellos para estar con el Señor. Entonces los cristianos de todas las edades vivirán para siempre con el Señor. La verdad bíblica del inminente regreso del Señor es “la esperanza bienaventurada”. (Romanos 8:23; 1 Corintios 15:51-52; 1 Tesalonicenses 4:16-17; Tito 2:13).

Jesús enseñó que Él regresaría a la tierra.  Él cuidadosamente advirtió a sus discípulos que necesitaban estar constantemente preparados para esto (Mateo 24:42-51; 25:1-13; Marcos 13:37; Lucas 12:37). Ellos entendieron que la era actual terminará con su venida (Mateo 24:3).  La garantía de su venida era una de las verdades con las que Él consoló a sus seguidores antes de su muerte (Juan 14:2,3). En el momento de la ascensión de Cristo, dos ángeles vinieron al grupo de los discípulos que estaban reunidos para repetir la promesa de que Él regresaría.  Ellos declararon que Él vendría de la misma manera que se había ido (Hechos 1:11).  Esto claramente significa que su segunda venida será literal, física, y visible.

Las epístolas del Nuevo Testamento se refieren frecuentemente a la segunda venida, y a través de los pasajes de las Escrituras que tratan de este tema recurre la idea de la inminencia.  Aunque habrá un período de tiempo entre la primera y la segunda venida (Lucas 19:11), todas las enseñanzas acerca del regreso del Señor enfatizan que acontecerá repentinamente y sin previo aviso; que los creyentes deben estar siempre en un estado de preparación continua (Filipenses 4:5; Hebreos 10:37; Santiago 5:8,9; Apocalipsis 22:10).

La doctrina de la Segunda Venida de Cristo es más relevante que nunca. Los creyentes debemos descansar en la certeza del retorno inminente de nuestro Señor y compartir esta esperanza con quienes no la tienen. La resurrección de los que han muerto en Cristo y su arrebatamiento junto con los que estén vivos cuando sea la venida del Señor es la esperanza inminente y bienaventurada de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16-17, Romanos 8:23, Tito 2:13, 1 Corintios 15:51-52).

CONCLUSIÓN:

El Movimiento Pentecostal reconoce 4 aspectos principales de la Obra y la persona de Jesucristo. Estos 4 aspectos representan las 4 doctrinas cardinales de la fe pentecostal histórica. El mensaje pentecostal, a veces llamado “evangelio cuadrangular”, no es un evangelio nuevo o diferente del que ha sido y es predicado alrededor del mundo; ha sido, es y será el mismo evangelio que fue vivido por Jesucristo y proclamado por la iglesia primitiva en toda su plenitud:

  1. Jesucristo, el Salvador: El Primer y más importante aspecto de la doctrina pentecostal es que Jesucristo es el único medio de salvación para la persona. La salvación no es por obras sino por gracia por medio de la fe, nadie se puede salvar a sí mismo (Efesios 2:8).
  2. Jesucristo, Bautiza con el Espíritu Santo: La Salvación, el perdón de los pecados no es el final de todo lo que Jesús puede y quiere hacer por la persona. Una vez convertidos a Él, la persona puede ser llena del Espíritu Santo y tener la evidencia de ese bautismo a través de la manifestación de los 9 dones mencionados en 1 Corintios 12 de la Biblia.
  3. Jesucristo, el Sanador: En la Cruz del Calvario Jesús llevó nuestros pecados y también nuestros dolores y enfermedades. Una promesa para nuestros días es que por su llaga somos curados. Isaías 53 Podemos ser sanados sobrenaturalmente de nuestras enfermedades físicas por medio del Poder de Dios.
  4. Jesucristo, el Rey que Viene: Jesucristo regresará pronto a reinar. La Biblia le llama Rey de reyes y Señor de señores. Esta es la maravillosa esperanza que tenemos (Apocalipsis 22).