Neumatología

¿En qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El término blasfemia puede definirse generalmente como “irreverencia desafiante”, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”.[1] El término se puede aplicar a pecados tales como maldecir a Dios o a decir cosas intencionalmente degradantes relacionadas con Dios. La blasfemia es también atribuir algún mal a Dios, o negarle algún bien que deberíamos atribuirle a Él. Un caso particular de blasfemia, sin embargo, es la llamada “blasfemia contra el Espíritu Santo.[2] El concepto de “blasfemia contra el Espíritu Santo”, se menciona en Mateo 12:22-32 y en Marcos 3:22-30.

“Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios. Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama. Por tanto, os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.” (Mateo 12:22-32)

“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios. Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.  Y si Satanás se levanta contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa. De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno. Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.”  (Marcos 3:22-30).

Mucho se ha dicho acerca de este tema, sin embargo, pocos comprenden aún la naturaleza de este pecado. Incluso muchos creyentes sinceros viven atormentados, temiendo haber cometido el pecado imperdonable. La Palabra de Dios indica que sí es posible para un creyente cometer dicho pecado. La Biblia también nos advierte que, “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.” (Hebreos 10:26-27, NVI). Y el apóstol Juan señaló: “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida.” (1 Juan 5:16). Sin embargo, la pregunta aún sigue sin contestar: ¿Qué es en sí, la blasfemia contra el Espíritu Santo?

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO PARA LOS PADRES DE LA IGLESIA Y LOS TEÓLOGOS DE LA EDAD MEDIA.[3]

Algunos de los denominados “Padres de la Iglesia” como Atanasio, Hilario, Ambrosio, Jerónimo y Crisóstomo, consideraron que este pecado es aquella blasfemia que atribuye las obras del Espíritu Santo a los espíritus diabólicos (como ocurre en el episodio relatado en el Evangelio). Agustín de Hipona enseñó, en cambio, que este pecado es cualquier blasfemia contra el Espíritu Santo por quien viene la remisión de los pecados. Muchos otros después de Agustín lo identificaron con todo pecado cometido con plena conciencia y malicia (y se llamaría “contra el Espíritu Santo” en cuanto contraría la bondad que se apropia a esta divina Persona).

Tomás de Aquino, famoso teólogo de la Edad Media, complementando estas tres interpretaciones señaló que el “pecado contra el Espíritu Santo” es todo pecado que pone un obstáculo particularmente grave a la obra de la redención en el alma, es decir, que hace sumamente difícil la conversión al bien o la salida del pecado; así:

(1) Lo que nos hace desconfiar de la misericordia de Dios (la desesperación que excluye la confianza en la misericordia divina) o nos alienta a pecar (la presunción, que excluye el temor de la justicia).

 (2) Lo que nos hace enemigos de los dones divinos que nos llevan a la conversión: el rechazo de la verdad (que nos lleva a rebatir la verdad para poder pecar con tranquilidad) y la envidia u odio de la gracia (la envidia de la gracia fraterna o tristeza por la acción de la gracia en los demás y por el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo).

 (3) Y finalmente, lo que nos impide salir del pecado: la impenitencia (la negativa a arrepentirnos y dejar nuestros pecados) y la obstinación en el mal (la reiteración del propósito de seguir pecando).

Para Tomás de Aquino, era evidente que a este pecado no se llega de repente, sino después de haberse habituado al pecado. La malicia de este pecado implica muchos otros pecados que van deslizando al hombre hasta rechazar la conversión.  Nuestro Señor afirmó que este pecado no sería perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mateo 12:32). Pero debe entenderse que esto no quiere decir que este pecado no “pueda” ser perdonado por Dios, ya que la Biblia deja en claro que la sangre de Cristo es capaz de limpiar cualquier tipo de pecado (1 Juan 1:7), sino que, por la naturaleza del mismo, este pecado no da pie alguno para el perdón, ya que corta todas las vías para el arrepentimiento y la vuelta a Dios (Hechos 7:51). El hombre ya no puede ser perdonado por cuanto se aleja voluntariamente de Aquél que tiene el poder de convencerlo de su pecado, redargüirlo, llevarlo al arrepentimiento y perdonarlo. Sin embargo, jamás debemos perder de vista que nada puede cerrar la omnipotencia y la misericordia divina, la cual puede causar la conversión del corazón más empedernido, así como puede curar milagrosamente una enfermedad mortal (Lucas 1:37).

ANALIZANDO EL CONTEXTO.

Estudiar el contexto de Mateo 12:22-32 y Marcos 3:22-30 es clave para entender la naturaleza de la blasfemia contra el Espíritu Santo y por qué se le llama el “pecado imperdonable”. Obsérvese que Jesús acababa de realizar un milagro. Un hombre endemoniado ciego y mudo fue llevado a Jesús, y el Señor expulsó al demonio, sanando al hombre. Los testigos oculares de este exorcismo comenzaron a preguntarse si Jesús era realmente el Mesías que habían estado esperando. Un grupo de fariseos, al escuchar la conversación del Mesías, rápidamente aplastaron la fe de la multitud, diciendo “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios(Mateo 12:24). Ante tal acusación, Jesús refuta a los fariseos con algunos argumentos lógicos para explicar por qué no está echando fuera demonios en el poder de Satanás (Mateo 12:25-29). Luego, Él habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31-32).

Los fariseos, habiendo sido testigos de pruebas irrefutables de que Jesús estaba obrando milagros en el poder del Espíritu Santo, afirmaron en cambio que el Señor estaba poseído por un demonio (Mateo 12:24). Fíjese que en Marcos 3:30 Jesús es muy específico acerca de lo que los fariseos hicieron para blasfemar contra el Espíritu Santo: “Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo”. Por tanto, la blasfemia contra el Espíritu Santo tiene que ver con alguien acusando a Jesucristo de estar poseído por demonios, en lugar de estar lleno del Espíritu. Este tipo particular de blasfemia no se puede duplicar hoy en día. Los fariseos estaban en un momento único de la historia: tenían la Ley y los Profetas, tenían al Espíritu Santo moviendo sus corazones, tenían al mismísimo Hijo de Dios estando de pie delante de ellos, y veían con sus propios ojos los milagros que Él hacía. Nunca antes en la historia del mundo (y nunca desde entonces) se había concedido tanta luz divina a los hombres; si alguien debiese haber reconocido a Jesús por lo que era, eran los fariseos. Sin embargo, eligieron el desprecio. Ellos atribuyeron intencionalmente la obra del Espíritu al diablo, aunque conocían la verdad y tenían la prueba. Jesús declaró que su ceguera voluntaria era imperdonable. Su blasfemia contra el Espíritu Santo fue su rechazo final de la gracia de Dios. Habían fijado su curso, y Dios iba a dejarlos navegar sin restricciones hacia la perdición.

Jesús dijo a la multitud que la blasfemia de los fariseos contra el Espíritu Santo “no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:32). Esta es otra manera de decir que su pecado nunca sería perdonado. Ni ahora, ni en la eternidad. Como dice Marcos 3:29: “es reo de juicio eterno”. El resultado inmediato del rechazo público de los fariseos hacia Cristo (y el rechazo de Dios hacia ellos), se ve en el siguiente capítulo. Jesús, por primera vez, “les dijo muchas cosas en parábolas” (Mateo 13:3; Marcos 4:2). Los discípulos estaban desconcertados por el cambio de método de enseñanza de Jesús, y Jesús les explicó el uso que Él hacía de las parábolas: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado… porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:11, 13). Jesús comenzó a cubrir la verdad con parábolas y metáforas como resultado directo de la denuncia oficial de los líderes judíos.

De nuevo, la blasfemia del Espíritu Santo no puede repetirse hoy, aunque algunas personas lo intenten. Jesucristo no está en la tierra ahora, sino sentado a la diestra de Dios. Además, nadie puede ver a Jesucristo realizando milagros y luego atribuirle ese poder a Satanás en lugar de al Espíritu Santo.

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO EN NUESTRA ÉPOCA.

Entonces, ¿Pueden los creyentes de hoy cometer el pecado imperdonable? Sí y no, o cuando menos no en el mismo sentido que los fariseos en el primer siglo de nuestra era. El pecado imperdonable de hoy es el estado de continua incredulidad. El Espíritu actualmente convence de pecado, justicia y juicio, a aquellos del mundo que no son salvos (Juan 16:8). Resistir esa convicción y permanecer sin arrepentirse voluntariamente, es “blasfemar” al Espíritu. No hay perdón, ni en este siglo ni en el venidero, para una persona que rechaza el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego muere en la incredulidad. El amor de Dios es evidente: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Y la elección es clara: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no verá la vida, porque la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36).

Ahora bien, no sólo el inconverso puede caer en este pecado. El creyente puede también incurrir en apostasía total e incurrir en el mismo. Pensemos en el caso de Judas Iscariote. Judas se comportaba de forma deshonesta, pues robaba del dinero que se le había confiado (Juan 12:5-6). Finalmente se puso de acuerdo con los gobernantes judíos para traicionar a Jesús por 30 piezas de plata. Es verdad que después de traicionarlo sintió remordimiento, pero en ningún momento se arrepintió de su pecado deliberado. Su conciencia ya era inmune a la influencia del Espíritu Santo (1 Timoteo 4:2). Como consecuencia, Judas cayó de su posición y se condenó a sí mismo, y por eso Jesús lo llamó “el hijo de perdición” (Juan 17:12; Mateo 26:14-16).

¿Cómo llegó Judas a ese estado tan lamentable? Muchos dudarían que Judas fue en algún momento un verdadero creyente. Algunos hasta afirman que Judas estaba predestinado para cometer tal pecado, y que simplemente cumplía con aquello para lo cual Dios lo había creado. Pero eso no es lo que enseña la Biblia. Tal afirmación es absurda, ya que en tal caso Dios, y no Judas, sería el verdadero culpable de tal maldad, pues Dios le habría obligado a pecar. Santiago nos dice: “Cuando alguien tenga una tentación, no diga que es tentado por Dios, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie. Uno es tentado cuando se deja llevar por un mal deseo que lo atrae y lo seduce.” (Santiago 1:12-14, PDT). Judas tampoco fue elegido por ser el peor de los hombres o porque Jesús buscara un pretexto para condenarle, sino que, en oración y comunión con Su Padre, Jesús eligió a Judas entre muchos candidatos para ser parte del selecto grupo de los Doce (Mateo 10.1-4; Marcos 3:13-19; Lucas 6.12-16). En sus inicios, Judas fue un verdadero creyente. Pero cayó en apostasía personal y se perdió eternamente. Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros hoy.

En 1 Timoteo 4:2, el Apóstol Pablo habla acerca de aquellos cuya conciencia ha sido “cauterizada” o dejada insensible en la misma forma que una piel de animal marcada con un hierro llega a ser insensible a más dolor. Para los seres humanos, tener una conciencia cauterizada es el resultado de pecar continua e impenitentemente. Finalmente, el pecado enturbia el sentido moral del bien o del mal, y el pecador impenitente se hace insensible a las advertencias de la conciencia, que Dios ha puesto en cada uno de nosotros para que nos guíen (Romanos 2:15).

En el momento de la salvación, somos limpiados del pecado heredado de Adán y todos los pecados personales. Pero al seguir en nuestro camino como cristianos, seguimos siendo proclives al pecado. Cuando pecamos, Dios nos ha dotado de un método de “limpieza” para restaurarnos al punto de la salvación. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9). Cuando nos permitimos a nosotros mismos practicar pecados de actitud mental, estamos apagando al Espíritu Santo. Se nos manda a no apagar al Espíritu Santo, Quien mora en nosotros (1 Tesalonicenses 5:19). Cuando seguimos en nuestros pecados de actitud mental sin confesarlos, y comenzamos a practicar estos pecados en nuestros cuerpos (Santiago 1:15), entristecemos al Espíritu Santo, algo que no debemos hacer (Efesios 4:30). Una vez más, tenemos la opción de confesar y arrepentirnos, o continuar en el pecado y retroceder espiritualmente. Cuando seguimos con el pecado, nuestras almas empiezan a ser moralmente insensibles. Por fin llegamos a un punto donde nuestra conciencia está cauterizada y no es capaz de ayudarnos a discernir entre el bien y el mal. Es como si un hierro caliente se aplicó a nuestra conciencia, y lo destruyó. Y lo que es peor, podemos llegar al lugar donde no nos importa cuán pecaminosos somos. Esto es lo que se quiere decir en 1 Timoteo 4:2, donde Pablo se refiere a los falsos maestros, llamándolos “embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida.” (NVI), pues han llegado por voluntad propia a un punto irreversible. Se han vuelto insensibles al Espíritu Santo y, por lo tanto, no pueden ser traídos a arrepentimiento para salvación.

De la misma forma que un inconverso puede rechazar el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego morir en la incredulidad y condenarse, así también los creyentes pueden dejar de serlo y caer en apostasía. Si mueren en tal condición su destino eterno será la condenación. Es por ello por lo que Pablo nos dice en 2 Corintios 13:5 que nos examinemos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe. Escrituras tales como Hebreos 6:4-6 y Hebreos 10:26-29 son advertencias para los apóstatas.

“Es imposible que renueven su arrepentimiento aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo y que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y después de todo esto se han apartado. Es imposible, porque así vuelven a crucificar, para su propio mal, al Hijo de Dios, y lo exponen a la vergüenza pública.” (Hebreos 6:4-6, NVI).

 “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios. Cualquiera que rechazaba la ley de Moisés moría irremediablemente por el testimonio de dos o tres testigos. ¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merece el que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado, y que ha insultado al Espíritu de la gracia?” (Hebreos 10:26-29, NVI).

Ellos son rechazados por haber perdido la fe y negar posteriormente a su Señor. Para un creyente moderno, la apostasía total equivale a la blasfemia contra el Espíritu Santo. De cometerla, y morir en ella, no hay perdón de pecados en este mundo ni en el venidero. No porque Dios no pueda perdonarle, sino porque el apóstata se aleja a sí mismo de toda influencia positiva del Espíritu Santo, sin cuya gracia y accionar en el alma, nadie puede salvarse.

APOSTASÍA, BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO Y PÉRDIDA DE LA SALVACIÓN.

Muchos negarían que la salvación pueda perderse, pero la Biblia lo enseña. Los calvinistas, por ejemplo, argumentan que un cristiano que se aparta de la fe y comete apostasía, nunca fue en realidad un verdadero creyente. De esta manera pretenden salvaguardar la doctrina de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente. Tal argumentación busca, además, justificar las deserciones en sus filas. No obstante, tal argumento no es más que un mero pretexto para sostener una doctrina a la cual se aferran.

Nosotros los arminianos, en vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); afirmamos, basados en la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios, que el creyente puede dejar de serlo, cayendo así de la gracia y perdiendo la salvación.

Debemos entender que Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).

Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

 Para el creyente arminiano, el camino que nos lleva a la condenación es gradual y escalonado: pecado persistente, cauterización de la conciencia, incredulidad, apostasía, blasfemia contra el Espíritu Santo y pérdida de la salvación. Es cierto que Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19).

Por otro lado, no siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Otra vez la Biblia habla a todos cuando dice, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).

REFERENCIAS.

[1] RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2018

[2] Paul Lamarche, Pecado, en: Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder 1978, 660-672.

[3] Francesco Roberti, Pecado contra el Espíritu Santo, en: Diccionario de Teología Moral, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1960, pp. 924-925.

Pentecostalismo Unicitario

El Pentecostalismo Unicitario: Un desafío a la ortodoxia pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El concepto de la trinidad de Dios está presente a través de toda la Escritura. No es un concepto que sea fácilmente comprendido por la mente finita. Y debido a que el hombre quiere que todo tenga sentido en su teología, regularmente se levantan movimientos heréticos para tratar de explicar la naturaleza de Dios. Desde luego, esto sencillamente no puede lograrse sin violentar el texto bíblico. Los cristianos han llegado a aceptar que la naturaleza de Dios no está sujeta a limitaciones que nos gustaría imponerle. Simplemente le creemos cuando nos dice, “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isaías 55:8-9). Si no podemos entender Sus pensamientos y caminos, aceptamos que tampoco podemos comprender Su naturaleza. El pentecostalismo no ha estado exento de la aparición de grupos heréticos antitrinitarios dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”.

El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario /solo Jesús, es que Jesús es el Padre y Jesús es el Espíritu. Hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.”

Esta enseñanza de Solo Jesús/Pentecostalismo Unicitario ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo. El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario/Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. A algunos practicantes aislados del pentecostalismo unicitario se les ha criticado incluso por sostener ciertas posturas arrianas. ​ No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.

 

¿CÓMO SURGIÓ EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO?

El pentecostalismo unicitario surgió del movimiento pentecostal, que tiene sus orígenes en las enseñanzas de Charles Parham en Topeka, Kansas y del Avivamiento de la Calle Azusa liderado por William J. Seymour en 1906. Rechazados por las iglesias históricas, los pentecostales comenzaron a formar sus propias organizaciones. Uno de estos nuevos grupos fue las Asambleas de Dios que se formó en 1914.

Algunos predicadores evangelistas pentecostales y comenzaron a aceptar y predicar la doctrina de la Unicidad y el bautismo el nombre de Jesús durante ese tiempo, lo que condujo a fricciones dentro del nuevo movimiento. Cuando las Asambleas de Dios oficialmente afirmaron la doctrina tradicional de la Trinidad en su Cuarto Concilio General en octubre de 1916, los pentecostales unicitarios se vieron obligados a retirarse. Dos meses más tarde, varios ministros unicitarios se reunieron en Eureka Springs, Arkansas, y el 2 de enero de 1917, formaron una organización Pentecostal Unicitaria llamada Asamblea General de las Asambleas Apostólicas.

La Asamblea General de las Asambleas de la Sede Apostólica se fusionó con otra iglesia, las Asambleas Pentecostales del Mundo (Pentecostal Assemblies of the World – PAW) y aceptó el liderazgo de G. T. Haywood, un afroamericano. Este grupo celebró la primera reunión en Eureka Springs en 1918. Esta organización interracial adoptó el nombre de la PAW y permaneció como el único organismo Pentecostal Unicitario hasta finales de 1924. Las leyes Jim Crow del sur, junto con otras normas raciales y culturales, condujo a que muchos dirigentes blancos salieran de la PAW en vez de permanecer bajo el liderazgo afroamericano. Muchas congregaciones locales en el Sur, no obstante, quedaron integradas mientras que intentaran cumplir con las leyes de segregación local.

En 1925, se formaron tres nuevas iglesias unicitarias: las Iglesias Apostólicas de Jesucristo, la Alianza Ministerial Pentecostal, y la Iglesia de Emmanuel en Jesucristo. En 1927, se dieron pasos hacia la reunificación de estas organizaciones. Reunidos en un convenio conjunto en Guthrie, Oklahoma, la Iglesia de Emmanuel en Jesucristo y las Iglesias Apostólicas de Jesucristo se fusionaron, tomando el nombre de la Iglesia Apostólica de Jesucristo. Esta fusión unió alrededor de 400 ministros pentecostales de la Unicidad. En 1931, una conferencia de unidad con representantes de cuatro organizaciones unicitarias se realizó en Columbus, Ohio, tratando de unificar a todos los pentecostales Unicitarios de Estados Unidos. La Alianza Ministerial Pentecostal votó a favor de fusionarse con la Iglesia Apostólica de Jesucristo, pero los términos de la fusión propuesta fueron rechazados por ese organismo. Sin embargo, una unión entre la Iglesia Apostólica de Jesucristo y la PAW se consumó en noviembre de 1931. El nuevo organismo mantuvo el nombre de las Asambleas Pentecostales del Mundo.

En 1932, la Alianza Ministerial Pentecostal cambió su nombre a la Iglesia Pentecostal Incorporada para reflejar su estructura organizativa. En 1936, ministros de la Iglesia Pentecostal Incorporada, votaron para trabajar hacia una fusión con las Asambleas Pentecostales de Jesucristo. La unión final, sin embargo, resultó difícil de conseguir hasta 1945 cuando estas dos organizaciones Pentecostales unicitarias se integraron para formar la Iglesia Pentecostal Unida Internacional. La fusión de estos dos organismos pentecostales de la Unicidad unió a 1.838 ministros y aproximadamente 900 iglesias. En los últimos años, la IPUI se ha vuelto étnicamente más diversa. Numerosos pastores, presbíteros y superintendentes de distrito afroamericanos ocupan posiciones de liderazgo en la IPUI hoy día. La comunidad hispana/latina tiene su propio organismo de la IPU llamada Iglesia Pentecostal Unida Hispana Inc., con congregaciones localizadas por todos los Estados Unidos. La IPUI es, hoy por hoy, la mayor de las iglesias del pentecostalismo unicitario, pero no es la única. Otras denominaciones pentecostales unicitarias de importancia numérica son la Iglesia Apostólica Internacional, la Iglesia de Jesús en Filipinas, la Asamblea del Señor Jesucristo, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo de la Fe Apostólica, los Cristianos Evangélicos en el Espíritu de los Apóstoles, la Verdadera Iglesia de Jesús, las Asambleas Pentecostales del Mundo, Inc., la Iglesia del Espíritu Santo de Jesús, la Asamblea Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, la Iglesia Apostólica de Pentecostés de Canadá, las Asambleas Pentecostales de Jesucristo y la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, entre muchas otras.

(Para un mayor estudio referente a la historia del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés: Bernard, David. 1999, A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. Hazelwood, MO: Word Aflame Press).

 

CREENCIAS DISTINTIVAS DEL PENTECOSTALISMO UNICITARIO.

 I.- UNICIDAD DE DIOS:

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos (tal como las Asambleas de Dios), ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.

II.- SOTEROLOGÍA:

El pentecostalismo unicitario deriva su soteriología de Hechos 2:38 y Juan 3:3-5. Creen que, a fin de recibir la salvación bíblica, una persona debe ser espiritualmente nacida de nuevo. Para ellos, esto se logra por morir al pecado mediante el arrepentimiento, siendo sepultado con Jesucristo en el bautismo en agua, y ser resucitado mediante la recepción del bautismo del Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en lenguas. Por tal motivo, el bautismo en agua y el hablar en lenguas son considerados esenciales para la salvación.

El pentecostalismo unicitario no reconoce la soteriología aceptada por la mayoría de protestantes y evangélicos (incluidos otros pentecostales), particularmente la creencia en la salvación por fe solamente. Para los pentecostales unicitarios, uno recibe a Cristo cuando sigue su mandamiento de arrepentirse, es bautizado en agua en su Nombre (usando la fórmula del Nombre de Jesús) y recibe el bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por el hablar en otras lenguas. Sin estos 3 requisitos no hay salvación. Sólo aquellos que “perseveren hasta el fin” (Mateo 24:13) en esta relación con Cristo serán salvos. Mientras tanto, no hay verdadera seguridad ni certeza de la salvación.

Este sistema soteriológico es considerado herético por los evangélicos ortodoxos, quienes ven en el mismo un sistema de salvación por obras, muy cercano al semipelagianismo. Los pentecostales unicitarios, sin embargo, insisten en negar tal acusación, afirmando que ellos creen que uno es salvado, no por obras, sino por la gracia de Dios. No obstante, insisten en afirmar que la gracia se recibe no sólo por la fe en Jesucristo sino por la obediencia a su mandamiento de nacer de nuevo (ser bautizado en agua en el nombre de Jesús y hablar en lenguas, según su interpretación) y seguir la paz con todos y la santidad sin la cual nadie será salvo. Estas obras, insisten, son hechas por fe en lo que ya está establecido en la Palabra de Dios.

III.- EL ARREPENTIMIENTO:

Los pentecostales unicitarios creen que el arrepentimiento es esencial para la salvación, como se indica en Lucas 13:5 y Hechos 2:38. El arrepentimiento es definido por ellos como un total alejamiento del pecado y con dirección a Dios. Según el pentecostalismo unicitario el arrepentimiento exige al pecador arrepentido tomar los próximos pasos bíblicos hacia el perdón y la reconciliación con Dios: el bautismo en agua en el Nombre de Jesucristo y el bautismo del Espíritu Santo. Por otra parte, el arrepentimiento debe ir acompañado de “quebranto divino”. Esto no es solo pesar, sino un gusto genuino interno del desagrado de Dios sobre el estilo de vida pecaminoso de uno, que a su vez rompe su corazón y lleva a la determinación de abandonar absolutamente el pecado sin remordimientos ni dudas.

El arrepentimiento es considerado un prerrequisito para recibir el Espíritu Santo. Los pentecostales unicitarios enfatizan que nadie puede arrepentirse por su propio poder, sino que requiere un don sobrenatural de la gracia de Dios. Consideran, sin embargo, que el arrepentimiento no conlleva por sí mismo el poder de la salvación, pues a menos que se siga con el bautismo en agua en el nombre de Jesucristo y del bautismo del Espíritu Santo, el creyente sigue perdido y condenado.

IV.- BAUTISMO EN EL NOMBRE DE JESÚS:

El bautismo en agua en el Nombre de Jesús es un componente esencial de la doctrina del pentecostalismo unicitario. Ellos afirman la necesidad indispensable del bautismo en agua, citando Juan 3:5, Hechos 2:38 y Mateo 28:19. Apuntan a Mateo 3:13-16 como evidencia de que incluso el mismo Jesús fue bautizado. El modo de bautismo es por inmersión completa en agua, efectuado en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.

Esta doctrina de Nombre de Jesús es un punto de discordia entre los pentecostales unicitarios y los cristianos trinitarios. Los pentecostales unicitarios bautizan “en el nombre de Jesucristo”, mientras que los trinitarios utilizamos la fórmula enseñada por el mismo Jesús: “en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Curiosamente, los pentecostales unicitarios utilizan Mateo 28:19 para apoyar sus afirmaciones, sosteniendo que el nombre singular del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es Jesús. Insisten en que el nombre en la Escritura es singular, e implica que los tres títulos se refieren a Jesús. Otros creyentes de la Unicidad afirman que Mateo 28:19 fue cambiado a la fórmula tradicional triuna por la Iglesia Católica, pero tal afirmación es falsa e infundada desde la perspectiva bíblica e histórica.

La creencia del Nombre de Jesús se origina en Hechos 2:38, y los miembros también ponen énfasis en Hechos 8:16, Hechos 10:48, y Hechos 19:5, afirmando que estas son las únicas escrituras que muestran cómo la Iglesia primitiva hizo bautismos, y que la Biblia no autoriza el desvío de esa fórmula.

V.- HABLAR EN LENGUAS:

Los pentecostales unicitarios abrazan la creencia de que el hablar en lenguas es la inmediata, externa, observable, y audible evidencia de la llenura inicial del Espíritu Santo, y es el cumplimiento del mandamiento de Jesús de ser “nacido del Espíritu” en Juan 3:5. En concordancia con el pentecostalismo clásico, consideran que la experiencia de hablar en lenguas implica hablar en una lengua que nunca se ha aprendido antes, y puede darse a todos, independientemente de raza, cultura o idioma. Sus creencias al respecto se derivan de Hechos 2:4, 17, 38-39; 10:46; 19:6, y 1 Corintios 12:13.

Al igual que los grupos pentecostales ortodoxos, los unicitarios consideran que la lengua se convierte en el vehículo de expresión para el Espíritu Santo (Santiago 3), y simboliza el control completo de Dios sobre el creyente. Su doctrina distingue entre el acto inicial de hablar en lenguas que acompaña al bautismo en el Espíritu, y el don de “diversos géneros de lenguas” mencionado por Pablo en 1 Corintios 12:10, 28-30. Mientras que el primero se considera evidencia indispensable del Bautismo en el Espíritu Santo, el regalo último no es necesariamente mantenido para todos los creyentes una vez que han hablado en lenguas inicialmente. Consideran que los incidentes de hablar en lenguas descritos en Hechos, aunque son lo mismo en esencia, son diferentes en operación y propósito de las lenguas dichas en 1 Corintios 12 -14. Estos últimos son dados a los creyentes seleccionados como el Espíritu decide.

Sin embargo, se separan de la ortodoxia pentecostal al afirmar que el hablar en otras lenguas sirve como signo y es además considerado una parte indispensable del proceso de salvación de una persona: Nadie es considerado salvo si nunca ha hablado en otras lenguas.

 (Para una mayor explicación sobre las doctrinas del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés: Bernard, David K., 2011. The Apostolic Life. Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press)

 

VI.- VIDA CRISTIANA:

Los pentecostales unicitarios enfatizan teóricamente que la salvación se logra por la gracia mediante la fe en Cristo, pero añaden que esta no es posible sin la obediencia a su orden de “nacer de agua y del Espíritu” (Juan 3:5); es decir, bautizarse en el Nombre de Jesús solo y hablar en lenguas. Afirman creer, al menos de palabra, que ninguna cantidad de buenas obras u obediencia a las leyes o las normas pueden salvar a nadie (Tito 3:5). Sin embargo, en contradicción con lo que dicen creer, enseñan un código de conducta que debe ser observado si se desea ser salvo. Ellos creen que dicho código fue ordenado en la Escritura por los Apóstoles.

Según su interpretación, la santidad interior, como demostración de los frutos del Espíritu en la vida del cristiano, se acompaña de signos externos de santidad. Estos incluyen la creencia de que las mujeres no deben cortarse el cabello, además, que deben usar vestidos o faldas en lugar de pantalones. Según su interpretación, tal prohibición está en conformidad con el mandato bíblico dado en Deuteronomio 22:5, el cual manda que “la mujer no vestirá ropa de hombre, ni el hombre se pondrá ropa de mujer “. En cuanto al largo de las faldas se espera generalmente que lleguen por debajo de la rodilla. Mujeres y hombres por igual son alentados a “adornarse [ellos mismos] de ropa decorosa, con pudor y modestia”, y son disuadidos de usar cosméticos o joyas, bíblicamente definido como “oro, o perlas, o adornos ostentosos” (1 Timoteo 2:9-10). La severidad precisa para que estas normas sean acatadas.

Algunas denominaciones como la IPUI incluso llegaron en un tiempo a considerar pecado la posesión de un televisor. Esto podría parecer trivial para nosotros, pero no lo es dentro de dicho movimiento. Por ejemplo, en un intento de agilizar la causa de la evangelización, la Conferencia General de 2007 de la IPUI vio una mayoría de ministros votar a favor de una resolución que permita el uso de la televisión en la publicidad. Esta propuesta fue aprobada por sólo 84 votos, y actualmente permite la publicidad a través de este medio. La resolución fue examinada por un año por un comité especial antes de la votación final y no se adoptó sino hasta después de una cuidadosa consideración. Esta resolución causó que muchos ministros amenazaran con abandonar la IPUI. Por lo menos una nueva organización, la Comunidad Pentecostal Mundial, se formó en Tulsa, Oklahoma por este motivo. Otros temas controvertidos incluyen: hombres vestidos con pantalones cortos, la asistencia a cines y baños mixtos.

 (Para una mayor explicación sobre las prácticas y normas del pentecostalismo unicitario, recomiendo la lectura del libro en inglés:An Overview of Basic Doctrines, Section IV “Holiness and Christian Living,” Word Aflame Press, 1979).

 

LITURGIA EN EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO.

Los servicios de adoración en las iglesias pentecostales unicitarias son a menudo descritos como de naturaleza festiva y emocional, con miembros saltando, danzando, cantando, gritando y aplaudiendo, como en todas las iglesias pentecostales. Algunas personas corren por los pasillos de la iglesia, lo que se conoce como “marcha de victoria”. Los servicios a menudo son interrumpidos por actos de hablar en lenguas (glosolalia), interpretación de lenguas, mensajes proféticos, e imposición de manos para propósitos de sanidad. Estos acontecimientos pueden ocurrir espontáneamente. A menudo se realizan masivas “llamados al altar” donde la congregación entera es animada a venir y orar juntos en el frente de la iglesia.

 

CONCLUSIÓN.

El pentecostalismo unicitario, también llamado pentecostalismo del nombre de Jesucristo o Solo Jesús, ​ es una de las cinco ramas del pentecostalismo moderno. Se caracteriza por practicar la doctrina de la Unicidad de Dios, es decir, por no creer en la Santísima Trinidad y considerar al «Padre», «Hijo» y «Espíritu Santo» como manifestaciones de YHWH, EL Dios del Antiguo Testamento, ​ siendo su principal manifestación la figura de Jesucristo. En consecuencia, sus creyentes practican el bautismo en el nombre de Jesús, en lugar de seguir la forma trinitaria del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Los pentecostales unicitarios fundamentan su unitarismo en pasajes del Antiguo Testamento como Deuteronomio 6:4; sin embargo, el modalismo de los pentecostales unicitarios ha sido duramente criticado por los movimientos pentecostales trinitarios.

Al afirmar que el bautismo en agua y el hablar en lenguas equivalen a nacer de nuevo y, por lo tanto, son indispensables para la salvación, los pentecostales unicitarios se alejan enormemente de la ortodoxia pentecostal. Su legalismo y contradictorio sistema soteriológico también han sido cuestionados duramente, ya que muestran un alejamiento de la teología protestante ortodoxa. Por tal motivo, muchos evangélicos no vacilan en catalogar como sectas a las diversas iglesias pentecostales unicitarias. En artículos posteriores analizaremos con mayor amplitud las doctrinas del pentecostalismo unicitario a la luz de la Biblia.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Bernard, David (1999). A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. Hazelwood, MO: Word Aflame Press.
  • Bernard, David K. (2011). The Apostolic Life. Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press.
  • Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism. Universal Publishers, 2003.
  • An Overview of Basic Doctrines, Section IV “Holiness and Christian Living,” Word Aflame Press, 1979.

 

Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Doctrinas Cardinales del Pentecostalismo Clásico: La Salvación.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La salvación es crucial para una buena relación personal con Dios. Es el corazón de las buenas nuevas, el evangelismo y la salud de la iglesia. No nos debe sorprender, entonces, que la salvación de los perdidos fuese el enfoque de toda la proclamación apostólica en las Escrituras. Tampoco nos debe sorprender que los apóstoles reservaron las más enérgicas denuncias para quienes alteraban, añadían, o complicaban la doctrina de la salvación. El libro de los Hechos y en las epístolas, los líderes de la iglesia primitiva predicaron constantemente el mismo evangelio. El pentecostalismo clásico, al igual que la iglesia primitiva, hizo de la doctrina de la salvación el corazón de su mensaje y el eje central de su evangelismo y visión misionera.

Como pentecostales, creemos que las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana y pentecostal, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

EL ORDO SALUTIS.

Prácticamente en toda declaración de fe protestante, la doctrina de la salvación se clasifica como una de las doctrinas cardinales del cristianismo. También es así en el pentecostalismo clásico. La salvación, el bautismo en el Espíritu Santo, la sanidad divina, y la segunda venida de Cristo son consideradas doctrinas cardinales que son esenciales para la misión esencial de la iglesia de alcanzar al mundo para Cristo.

La clasificación como herejía de las modificaciones a la doctrina de la salvación tiene claros paralelos con la manera en que la iglesia ha tratado tales aberraciones en el pasado. Pisamos sobre terreno bíblico firme cuando guardamos celosamente la pureza de la doctrina de la salvación, porque es la única doctrina en la Biblia por la que se pronuncia un anatema (maldición) a quienes se atreven a pervertirla (Gr. metastrepsai) de acuerdo con Gálatas 1:6-9. En este pasaje, Pablo declaró “bajo maldición” (NVI) a la persona o el ángel que distorsiona el Ordo Salutis (el camino de la salvación) como se revela en las Escrituras. Dicho anatema se establece dos veces para mayor énfasis, (versículos 8,9). El Apóstol consideró el Ordo Salutis de tal fundamental importancia que aún un leve cambio comprometería la totalidad del evangelio. El resultado sería la concepción de un “evangelio diferente” (versículo 6). A pesar de esta terrible advertencia acerca de la desviación doctrinal, la doctrina de la salvación ha sufrido más ataques herejes que ninguna otra doctrina bíblica.

Desde el primer siglo de la Era Cristiana, el evangelio ha sufrido por los intentos de hombres pecadores de añadir pasos al Ordo Salutis. La iglesia primitiva fue testigo de los primeros esfuerzos.  El libro de los Hechos registra un movimiento dentro de la iglesia primitiva de añadir a la salvación la circuncisión y la observancia de toda la ley de Moisés (Hechos 15:1,5). Los judaizantes sostenían que los gentiles tenían que convertirse al judaísmo antes de que Dios les concediera la salvación. Los creyentes convocaron al primer concilio en Jerusalén para tratar este asunto que causaba división. Después de que todos tuvieron oportunidad de hablar, prevalecieron el testimonio apostólico (versículo 14), la Palabra de Dios (versículos 15-18), y la guía del Espíritu Santo (versículo 28), y los creyentes no añadieron estos dos requisitos al Ordo Salutis.

Sin embargo, la victoria fue breve. Comenzando con el libro de Gálatas, que fue escrito después del Concilio de Jerusalén, Pablo inició en su ministerio una implacable batalla contra los judaizantes que persistían en su intento de cambiar el camino de la salvación. (compare con Romanos 2 al 4; 1 Corintios 7:18-20; 2 Corintios 11:4-22; Gálatas 2:11-14; 5:6-11; Efesios 2:11; Filipenses 3:2,3; Colosenses 2:11; y Tito 1:10). Este conflictivo asunto sobrevivió la muerte de Pablo y los apóstoles. Líderes cristianos como Ignacio de Antioquía también trató este asunto en el segundo siglo (Epístola a los Magnesios 8:1; 10:3).

A través de los siglos, el Ordo Salutis ha estado bajo continuo ataque. En la Edad Media los requisitos para la salvación incluían la aspersión, la afiliación satisfactoria a la iglesia adecuada, la observancia periódica de la Comunión, y la asistencia periódica a la confesión. Después de la Reforma Protestante, muchos grupos comenzaron a enseñar el bautismo en agua como un paso necesario para la salvación. Recientemente se expresó un énfasis similar en los círculos pentecostales. En 1916, muchos pastores e iglesias dejaron la recién organizada Asambleas de Dios por un movimiento llamado Nueva Luz [New Light]. Basado en la revelación personal en vez de las claras enseñanzas de las Escrituras, los seguidores de las enseñanzas de la Nueva Luz sostienen que la verdadera salvación requiere los pasos adicionales del bautismo en agua “solo en el nombre de Jesús” (en vez de la fórmula trinitaria que encontramos en Mateo 28:19) y el bautismo en el Espíritu Santo con hablar en lenguas. La Iglesia Pentecostal Unida, la Iglesia Apostólica, y los grupos pentecostales Solo Jesús todavía mantienen esta forma de Ordo Salutis.

¿Cuál es entonces el sencillo y claro Ordo Salutis que aparece en las Escrituras? Es nada más ni menos que: el arrepentimiento de los pecados y la confianza en Jesús como perdonar y Señor. Solo el sacrificio de la sangre de Jesús en la Cruz puede hacer posible el perdón y la reconciliación con Dios (Mateo 26:28; Juan 3:16; Hechos 20:28; Romanos 3:24,25; 5:9; Efesios 1:7; 2:13-26; Colosenses 1:14,20,22; Tito 2:14; Hebreos 9:14,26,28; 13:12,20; 1 Pedro 1:2,18-21; 1 Juan 1:7; Apocalipsis 1:5; 5:9; 7:14). Arrepentimiento, confianza, y sometimiento a su señorío destina a los creyentes los efectos de su sacrificio (Juan 3:16; Hechos 3:19; 5:31; 10:43; 13:38,39; 16:31; 17:30; 20:21; Romanos 10:9,10; 1 Juan 1:9). Según las Escrituras, el sacrificio de Jesús es suficiente para proveer para nuestra salvación. Solo se requiere la fe (confianza y obediencia a Él) para aplicarla a la vida de los creyentes (Juan 3:16; Hechos 11:17; 15:9,11; Romanos 1:16,17; 3:27,28; 4:5,16; 5:1; 10:3-13; Gálatas 3:1,2; Efesios 2:8,9).

HERENCIA ARMINIANA Y WESLEYANA EN LA SOTERIOLOGÍA DEL PENTECOSTALISMO CLÁSICO.

La posición soteriológica que mantienen típicamente las iglesias pentecostales se denomina arminianismo, por Jacobo Arminio (1560–1609). El arminianismo fue luego desarrollado por John Wesley; por lo que algunos pentecostales tal vez estén más familiarizados con el rótulo de wesleyanos en vez de arminianos. Arminio fue un elogiado estudiante de Beza. En el proceso de defender conceptos reformados, terminó discrepando con Calvino y Beza en los temas de la gracia irresistible, la predestinación, y el libre albedrío. Luego de su muerte, los seguidores de Arminio desarrollaron su pensamiento en más profundidad en Los cinco artículos de la oposición (también llamados Los cinco artículos de reproche o de la Remonstrancia) en 1610. El arminianismo se define brevemente a través de los denominados 5 puntos del arminianismo, los cuales también sosn sostenidos por el pentecostalismo clásico:

  • Depravación Total: El hombre es naturalmente malo, e incapaz de salvarse a sí mismo.
  • Elección Condicional- Dios elige para la salvación a todo aquel que responde por medio de la fe, pues la salvación es por la fe (Efesios 2:8)
  • Expiación Ilimitada o Universal: Cristo murió para salvar a todos los pecadores (Juan 3:16) y su expiación es válida para todo aquel que cree en Jesucristo y lo reciba. De manera que todos tienen la oportunidad de ser salvos. Dios no discrimina, no quiere que nadie perezca, sino que espera que todos se arrepientan y sean salvos (2 Pedro 3:9)
  • Gracia Resistible (Libre albedrío): Dios ha hecho al ser humano con la capacidad de elegir su propio destino. Dios no decide en su lugar. Dios ofrece a todos su gracia, pero cada uno es libre de aceptarla o rechazarla.
  • Seguridad del Creyente en la Fe: Todo creyente está seguro de ser salvo, porque Dios lo mantiene en la fe. Su seguridad depende de que se mantenga en la fe de Jesucristo y la nueva vida de santidad que Él da al creyente.

EL ORDO SALUTIS ARMINIANO Y PENTECOSTAL CLÁSICO.

El Ordo Salutis es el “orden de la salvación”. Este se centra en el proceso de salvación y el orden lógico de ese proceso. Cuando se dice que una persona particular fue o es “salva”, el término es frecuentemente usado sin la profundidad de la Escritura o sin la apreciación de la gracia de Dios. La Escritura define varios aspectos diferentes o pasos en la salvación de la persona, desde el primer oír del evangelio hasta el camino para la eternidad en el cielo. Cada uno de esos aspectos coincide, puesto que todos ellos son parte de la salvación de la persona, mas ellos también mantienen sus características distintivas en las Escrituras en el plano redentor.

(1.- EL LLAMADO DEL EVANGELIO, EL EJERCICIO DE LA FE Y LA ELECCIÓN: El Padre determinó que el camino normativo de la salvación debería ser a través de Su Palabra. La Biblia coloca un énfasis muy grande sobre la lectura y predicación de Su Palabra, así como la transmisión de ese evangelio a todas las personas. Este llamado general del Evangelio contiene la supremacía de Dios, su ira contra el pecado, y la promesa de salvación a través de su Hijo, exhorta a el hombre caído a arrepentirse en sus pecados y creer en la redención de Cristo Jesús. (Isaías 55:7, Mateo 28:9-20, Romanos 10:14,17, 2 Timoteo 1:9-10, 3:15). Aquel que oye el evangelio es confrontado con la culpa de su condición pecaminosa y la certeza de un juicio justo contra él. Desesperándose por causa de su estado, él ve su única esperanza de escape a través de Cristo y, capacitado por la gracia preveniente de Dios, ejerce fe en Cristo, confía en la promesa de salvación y también se arrepiente de sus pecados. Por la fe él se reconoce como un pecador necesitado de gracia, e implora a Dios por su poder y amor para salvarlo a través de la sangre y la justicia de Cristo. A través del arrepentimiento él odia su pecaminosidad y se vuelve a Dios como la única fuente de justicia y bondad, esforzándose para vivir en obediencia a Él. Aquellos que se arrepienten y creen son convertidos de seguidores de Satanás a seguidores de Dios (Isaías 55:11, Oseas 14:2,4, Hechos 17:30-31, 20:21, Romanos 1:17, Efesios. 1:17-18, 2:8). En ese momento, un pecador destinado previamente al infierno, pasa ser parte de los elegidos.

(2.- JUSTIFICACIÓN: La promesa del Evangelio es que aquellos que confían en el Señor serán salvos. El perdón de los pecados del pueblo del Dios, y la justicia que permite al pecador estar en la presencia de un Dios Santo, viene de la perfecta obediencia y del sacrificio expiatorio de Cristo. Como un sustituto para el pecador arrepentido, dos cosas acontecen:  Cristo obtiene su salvación (del pecador arrepentido) y el derecho de estar delante de Dios, por cumplir la ley de Dios y el pacto en lugar de él, y él carga el castigo por sus pecados. Como Cristo cumplió esta tarea, Dios promete que aquellos que confían en Él tendrán la justicia de Cristo imputada (o dada) a ellos, así como sus pecados serán imputados a Cristo. Así, como un santo juez, Dios legalmente declara que su pueblo es “justo” o “sin culpa”. El pecador es justificado delante del Señor cuando, en fe, Él descansa no sobre su propia bondad y/o buenas obras (de las cuales el pecador no tiene ninguna), sino sobre la magnífica obra del Hijo de Dios (Jeremías 23:6, Romanos 3:24-26, 4.5-8, 5:17-19, Gálatas 2:16)

(3.- REGENERACIÓN: El llamado general del Evangelio es hecho eficaz cuando el Espíritu Santo hace que la Palabra de Dios sea entendida, apreciada y creída en el corazón del individuo. Por causa de la naturaleza caída y pecaminosa del hombre, él está en enemistad contra Dios y rehúsa reconocer la veracidad del Evangelio. Dios, por medio de su Espíritu, cambia esa rebelión espiritual, regenerando, renovando y transformando la condición interna de una depravada hacia una de amor por el Señor. Aquellos que responden al mensaje de salvación y ejercen fe en Jesucristo son entonces renacidos, nacidos de nuevo, y sus ojos y oídos son abiertos para ver las gloriosas verdades de la salvación de Dios. (Ezequiel 36:26-27, Mateo 16:17, 1 Corintios 2:12-14, 2 Corintios 3:3,6, 2 Tesalonicenses 2:13-14, Tito 3.5)

(4.- ADOPCIÓN: La gracia de Dios convierte a los pecadores de siervos de Satanás en siervos de Cristo, más aún, Dios promete más que eso. El manifiesta su amor paternal para con los pecadores perdidos adoptándolos como sus propios hijos. A través de la adopción, Él les da todos los derechos, privilegios y protección, como perteneciendo a su familia y teniendo su nombre. Ellos se vuelven hijos e hijos adoptivos del Padre, y hermanos, hermanas, y coherederos con Cristo (Salmos 103:13, Juan 1:12, Romanos 8:15-17, Gálatas 4:5-7, Efesios 1:5).

(5.- SANTIFICACIÓN: El próximo paso en este proceso de salvación es la obra purificadora del Espíritu Santo en el andar diario del creyente. Los creyentes no solamente son presentados como inocentes a través de la imputación de la justicia de Cristo, sino que ellos también se desarrollan espiritualmente en la justicia por la palabra y por el Espíritu. Como el Espíritu habita en el creyente, Él opera en ellos el crecer en la gracia y en el conocimiento, y produce en ellos frutos y buenas obras espirituales. Sin embargo, nadie se puede tornar perfecto en esta vida, y aunque esta santificación puede ser una obra muy larga y demorosa, los elegidos son fortalecidos por la gracia de Dios para que ellos perseveren en la santidad (2 Corintios 7:1, Efesios 2:10, 5:26, 2 Tesalonicenses 2:13, Hebreos 13:20-21)

(6.- GLORIFICACIÓN: Cuando un creyente muere, su alma va a la presencia de Dios mientras él espera por la resurrección y redención de su cuerpo físico, allí es confortado y contempla la gloria de Dios. La realización final de la salvación acontecerá cuando Cristo vuelva, reúna a su pueblo, y lo glorifique junto a Él. Finalmente, la Biblia promete que la maldición del pecado no existirá más, y que habitaremos con el Señor en perfecta paz, amor y alegría (Eclesiastés 12:7, Juan 5:28-29, Hechos 24:15, Romanos 8:30, 1 Corintios 15, 2 Corintios 5:1,6,8, Filipenses 1:23).

Estrictamente hablando, la fe no es parte de la salvación en el ordo arminiano, ya que dicho aspecto es la condición que se cumple antes del acto de salvación de Dios. Todo lo que sigue a la fe en el “ordo” arminiano es la salvación. La gracia preveniente hace posible la respuesta de fe y la fe es la condición ordenada por Dios que debe ser cumplida antes de que Dios salve al individuo. La fe es sinérgica en el sentido de que es una respuesta genuina que es posible gracias a la gracia capacitadora de Dios. Todo lo que sigue (los diversos aspectos de la salvación) es una obra monergista de Dios. Mientras que la salvación es resultado de la fe, la fe no causa la salvación. Dios causa la salvación en respuesta a la fe de acuerdo con su promesa de salvar a los creyentes.

La adopción se incluye tanto en la regeneración como en la glorificación. La regeneración es el comienzo de la adopción mientras que la glorificación es la culminación de esta. La elección está ligada a la unión con Cristo. Pasamos a ser los elegidos de Dios en nuestra unión con Cristo (el elegido), ya que llegamos a participar en su elección a través de la unión y la identificación con Él. La fe nos une a Cristo (Efesios 1:13) y todas las bendiciones espirituales que residen en Cristo se convierten en las del creyente cuando se unen con Él (Efesios 1: 3-12).

En términos temporales, estas bendiciones serían simultáneamente nuestras, pero lógicamente es importante colocar la justificación antes de la regeneración y todo lo que sigue, ya que primero se debe recibir el perdón y tener el pecado removido antes de la recepción de la nueva vida y el alcance de la santidad (santificación). Uno no puede tener vida mientras todavía está bajo la condenación del pecado y la ira de Dios porque “la paga del pecado es muerte”. Y uno no puede ser santificado aparte de la justificación. Así que, en el momento en que estamos unidos a Cristo, somos purificados por su sangre y nueva vida y santidad inmediatamente resultan de esa purificación. Bajo este ángulo soteriológico, la predestinación se refiere al destino predeterminado de los creyentes a través de la unión con Cristo. Los creyentes han sido predestinados a la adopción final y a la conformidad con la imagen de Cristo (glorificación). La predestinación no hace referencia a la predeterminación de Dios de ciertos pecadores a convertirse en creyentes y ser finalmente salvados.

CONCLUSIÓN.

Como embajadores de Cristo, hemos de predicar el mensaje del Rey como heraldos fieles: la buena noticia del Hijo de Dios que fue crucificado y resucitado para rebeldes ingratos como nosotros. Por tanto, el llamado es para cada uno de nosotros a predicar este glorioso mensaje el cual es capaz de transformar el corazón de los seres humanos y frenar la maldad de este mundo que se manifiesta en violencia, fraudes, muertes, extorsiones, hogares destruidos por la infidelidad conyugal, abortos, delincuencias, etc. Para Dios esta labor es sumamente importante que aun desde el Antiguo Testamento les encomendara tal tarea: “Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 31:12). De igual manera la iglesia del Señor tiene esta misma encomienda: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:19-20). Los pentecostales hemos hecho nuestra la responsabilidad de compartir el mensaje salvador del evangelio. Como Pablo nosotros somos responsables de trastornar el mundo de las tinieblas anunciando este glorioso mensaje a aquellos que viven en las tinieblas: ¡Sólo Cristo salva! No hay otro camino. La salvación está disponible para todo aquel que quiera venir a Él.

 

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Los 5 Puntos del Calvinismo: Perseverancia Final de los Santos o Seguridad Eterna del Creyente.

Escrito por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
La doctrina de la Perseverancia de los santos aparece en la Confesión de Fe de Westminster de la siguiente manera: “Los que han sido, aceptados por Dios en su Hijo Amado, eficazmente llamados, y santificados por su Espíritu, no pueden caer totalmente ni finalmente del estado de gracia; sino que ciertamente perseverarán en ella hasta el final y serán salvos eternamente” (Westminster, Cap. XVII, Secc. I).

La Perseverancia de los santos es el paso lógico y final en la doctrina calvinista, ya que las doctrinas de la Elección Incondicional y del Llamamiento Eficaz, implican lógicamente la salvación segura de aquellos que reciben estas bendiciones. Si Dios ha escogido absoluta e incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a estas los beneficios de la redención, entonces la conclusión ineludible es que estas personas serán eternamente salvas.

La doctrina calvinista reconoce que la lucha entre el viejo y el nuevo hombre no acabará en este mundo, que los restos de corrupción prevalecerán en nosotros por algún tiempo pero que al final la parte regenerada vencerá mediante el continuo suministro de fuerza del Espíritu santificador de Cristo (Westminster, Cap. XII, Secc. III). Por ende, la victoria de esta lucha no descansa en nuestras capacidades sino en la obra de Dios por medio de la fuerza que el Espíritu Santo pone en cada uno de aquellos que fueron elegidos por el Padre y redimidos por Cristo. Pasajes como Romanos 8:26, 8:35-39; 6:14; 14:4; Juan 6:47,51; 5:24; 4:14; 10:28,29; 14:19; Filipenses 1:6; 3:20; Romanos 11:29; 1 Juan 5:11,13; Hebreos 10:14; 7:25; 2 Timoteo 4:18; Efesios 1:5; 4:30; Mateo 24:24; Gálatas 2:20; Efesios 4:30; 1 Corintios 10:13; 2 Corintios 2:14; 4:8,14; 9:8; Jeremías 31:3; 32:40; Salmo 23; 1:3; 34:7; 48:12; 92:12; 125:1; Ezequiel 11:19,20; 1 Pedro 1:5; 2 Tesalonicenses 3:3; Isaías 46:4; Lucas 10:20; Apocalipsis 3:5,20, 13:18; 17:8 y 20:12-15 son textos empleados por los teólogos calvinistas en defensa de dicha doctrina.

Muchos han entendido que la doctrina de la perseverancia final de los santos, o seguridad eterna de la salvación, constituye una licencia para pecar. Sin embargo, nadie que conozca la obra de Juan Calvino puede, en la decencia intelectual, sostener que el calvinismo es un camino hacia la indulgencia pecaminosa. Es todo lo contrario. Incluso si se estudia la Ginebra calvinista, donde Calvino intervino en la vida pública, se observará una cuenta estricta de la moral personal y social que mucha gente encontró asfixiante. Las advertencias bíblicas contra el pecado son parte integral del calvinismo, el cual en muchas ocasiones ha probado ser tanto o más legalista y asfixiante, que cualquier otro sistema de salvación por obras ideado por el hombre. Esto nos lleva al siguiente punto: La seguridad (o inseguridad) de la salvación que experimenta el creyente calvinista.

LA INSEGURIDAD ETERNA DEL CALVINISMO:
Los calvinistas, en última instancia, no pueden estar seguros de su salvación aquí y ahora. En primer lugar, porque sólo los elegidos se salvan y ninguno de ellos puede saber, aquí y ahora, de forma contundente, segura e incuestionable, que forma parte de dicho grupo selecto. Y en segundo lugar porque (aunque se supone que Dios es soberano y tiene todo garantizado para sus elegidos), según la propia doctrina calvinista, puesto que no podemos saber a ciencia cierta si pertenecemos o no a los elegidos, cada uno debe probarse a sí mismo y a los demás su pertenencia a dicho grupo por medio de una vida rigurosa y estricta, pues la pertenencia de cada uno al grupo de los elegidos está condicionada a la perseverancia final de cada individuo, la cual ninguno de ellos puede garantizar. Si cayere en algún momento de su vida, esa es señal inequívoca de que tal individuo nunca fue parte de los elegidos, sino de los reprobados. Sin embargo, la garantía bíblica de la salvación no descansa en nuestro rendimiento, sino en la verdad del evangelio que Cristo murió por los pecados del mundo y en su promesa de que todo aquel que cree en Él recibe el don gratuito e incondicional de la vida eterna.

La garantía del calvinista está en que Dios le ha predestinado a la vida eterna como uno de los elegidos. Pero, como ya se hizo evidente, este punto de vista tiene serios problemas: ¿Cómo sabe el calvinista que es uno de los elegidos que han sido predestinados? ¿Y cómo puede estar seguro de que su rendimiento será lo suficientemente bueno como para llegar a la meta? Su rendimiento juega una gran parte en ayudarle a saber si está o no entre ese grupo selecto. Esto ha llevado históricamente a muchos calvinistas (como los puritanos ingleses) a caer en cierto tipo de vida legalista y carente de gracia y paz. La perfección es buscada a toda costa y el rigorismo moral y asfixiante se vuelve la norma, olvidando también otra verdad obvia del Evangelio: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4).

En contraste, nuestra fe, esperanza, confianza y seguridad están en nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, quien pagó la pena completa por nuestros pecados en la Cruz. Por lo tanto, según su promesa, la cual hemos creído, nuestros pecados son perdonados. Hemos nacido de nuevo en la familia de Dios como sus hijos. El cielo es nuestro hogar eterno. Nuestra esperanza está solo en Cristo. Cristo llama, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28). Cristo garantiza, “y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Llegamos a Él por la fe en su palabra y Él nunca nos echará fuera. Nuestra garantía está en su promesa y su poder que nos guarda, no en nuestro esfuerzo o rendimiento. Sin embargo, muchos cristianos profesantes (incluyendo muchos calvinistas de cinco puntos que creen en la Perseverancia de los Santos) están afligidos con dudas sobre su salvación. El teólogo Zane C. Hodges señala que “el resultado de esta teología es desastrosa. Ya que, según la creencia puritana, la autenticidad de la fe de un hombre sólo puede ser determinada por la vida que lleva y la seguridad de salvación se hace imposible en el momento de la conversión” (Zane C. Hodges, author’s preface to The Gospel Under Siege; Dallas, TX: Kerugma, Inc., 2nd ed. 1992, vi). Y se podría añadir que también esto sería cierto en cualquier momento después de su conversión, si su vida en algún momento no cumple con el estándar bíblico. John Piper afirmó: “Nosotros debemos reconocer que nuestra salvación final está condicionada a la subsecuente obediencia que viene de la fe” (John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 25). Sin embargo, como todo buen cristiano sabe, es pequeño el consuelo o seguridad que descansa en nuestra capacidad para obedecer. De hecho, el quinto punto del calvinismo, llamado Perseverancia de los Santos, pone la carga de nuestra salvación sobre nosotros mismos sin tan siquiera darse cuenta de ello. No es de extrañar, entonces, como lo ha comentado el teólogo R. T. Kendall, que “casi todos los Puritanos ‘divinos’ sufrieron grandes dudas y desesperación en sus lechos de muerte al darse cuenta de que sus vidas no dieron evidencia perfecta de que fueron elegidos” (R. T. Kendall, Calvin and English Calvinism to 1649, Oxford: Oxford University Press, 1979, 2; cited without page number by Bob Wilkin, “Ligonier National Conference”, TheGrace Report, July 2000). Por otra parte Arminio, contrario a lo que de él piensan sus enemigos, tenía perfecta seguridad. Declaró con confianza que el creyente puede “salir de esta vida… para comparecer ante el trono de la gracia, sin ningún temor o preocupación” (Jacobus Arminius, The Works of James Arminius, trans. James and William Nichols, Grand Rapids,MI: Baker Book House, 1986, 1:667; cited in Laurence M. Vance, The Other Side of Calvinism, Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed. 1999, 591.).

Curiosamente, la razón de la incertidumbre entre calvinistas se encuentra donde uno espera que este la garantía: en la “P” de TULIP (Perseverancia de los Santos). Pero extrañamente, la certeza de la salvación y la confianza de su destino eterno no se encuentran en el quinto punto del calvinismo donde uno lo esperaría. Tampoco se puede encontrar en los otros cuatro puntos. De hecho, aunque muchos calvinistas lo negarían, la incertidumbre en cuanto a la salvación final, esta entretejida en la estructura misma del calvinismo. El teólogo Philip F. Congdon escribe, “La garantía absoluta de la salvación es imposible en el calvinismo clásico… Entienda por qué: Ya que las obras son un resultado inevitable de la ‘verdadera’ salvación, uno solo puede saber si él o ella es salvo por la presencia de buenas obras. Pero ya que nadie es perfecto… cualquier garantía es, en el mejor de los casos, imperfecta. ¡Por lo tanto, usted puede pensar que cree en Jesucristo, que tuvo una fe salvadora, pero lamentablemente, comete errores, se equivoca… y por no ser salvo, está totalmente ciego al hecho de que no es salvo! R. C. Sproul en un artículo titulado ‘Seguridad de salvación’, escribe: hay gente en este mundo que no son salvos, pero que están convencidos de que lo son… ¡Cuando nuestra seguridad de salvación está basada en lo más mínimo de nuestras obras, nunca podremos tener seguridad absoluta! Pero ¿Nos desaniman las escrituras de tener garantía objetiva de la salvación? ¡Claro que no! por el contrario, el Señor Jesús (Juan 5:24), Pablo (Romanos 8:38-39) y Juan (1 Juan 5:11-13) no tienen ninguna reserva en ofrecer garantía absoluta y objetiva de la salvación. Además, las obras nunca están incluidas como requisito para la seguridad de salvación” (Philip F. Congdon, “Soteriological Implications of Five-point Calvinism,” Journal of the Grace Evangelical Society, Autumn 1995, 8:15, 55–68).

John Piper, quien se describe a sí mismo como un calvinista de “siete puntos” afirmó en cierta ocasión “que ningún cristiano puede estar seguro de que es un verdadero creyente” (John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 23). ¿Por qué? Porque su teología hace que la seguridad de su salvación sea imposible. ¿Por qué debe ser así? Porque el calvinista no puede confiar en la promesa de Cristo de vida eterna en el Evangelio (ya que esa promesa es para los elegidos solamente), su seguridad radica en ser uno de los elegidos, pero ¿Cómo puede estar seguro de que lo es? Piper escribe: “Creemos en.. la seguridad eterna de los elegidos” ((John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 24). Y es aquí donde nos enfrentamos a un grave problema: ¿Cómo puede algún calvinista asegurarse de que está entre esa compañía selecta predestinada para el cielo? Él no puede. No hay un solo versículo en la Biblia que dice cómo estar seguro de que alguno está entre los elegidos. A pesar de que Cristo mandó que se predicase el Evangelio a cada persona que vive en el mundo entero, el calvinista dice que es eficaz solamente para los elegidos. Otros pueden imaginar que creen en el Evangelio, pero al no ser soberanamente regenerados, su fe no es de Dios y no les puede salvar. Esto hace imposible para el calvinista la seguridad de su salvación. ¿Cómo puede el calvinismo dar seguridad a alguien hoy? ¿Quién puede saber que está entre los elegidos secretamente predestinados? Simplemente no puede. No es de extrañar, entonces, que muchos calvinistas están plagados de dudas respecto a su salvación.

Tratando de salvar su sistema doctrinal, algunos teólogos calvinistas recurren a ideas absurdas y contradictorias. Por ejemplo, el teólogo calvinista Loraine Boettner afirmó que la sola presencia de la fe constituye la certeza de que uno está entre los elegidos y argumenta que la fe “no se le da a cualquiera, sino sólo los elegidos y la persona que sabe que tiene esta fe puede estar seguro de que él está entre los elegidos” (Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination, Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932, 308). Tratando de fortalecer su argumento desde un ángulo diferente, Boettner escribe, “cada persona que ama a Dios y tiene un verdadero deseo de salvación en Cristo está entre los elegidos, porque los no elegidos no tienen ese amor o deseo” (Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932), 309). Sin embargo bajo esa norma, los cristianos en la iglesia de Éfeso hubieran dudado de su salvación, porque ya no tenían ese amor ferviente (Apocalipsis 2:4-5), ni tampoco hay ninguna sugerencia de que no fueran cristianos verdaderos.

La gran ironía del calvinismo clásico es esta: Aunque los primeros cuatro puntos del calvinismo insisten que el hombre no puede hacer nada para salvarse, el quinto depende, según la opinión de muchos, del esfuerzo humano. Charles Hodge declara: “la única evidencia de nuestra elección… y perseverancia, es de continuar pacientemente en hacer el bien” (Charles Hodge, A Commentary on Romans; Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1972, 292). Pero el encontrar una garantía en las obras siempre deja preguntas sin respuestas en vista del hecho innegable de que nadie es capaz de obedecer a la perfección y de que las aparentes buenas obras de los no salvos a veces logran avergonzar a cristianos profesantes. Además, el rendimiento puede ser de lo más excelente durante su vida, pero si falla en algún momento, ha perdido la garantía basado en el desempeño.

R. C. Sproul expresó esta preocupación en cuanto a su propia salvación: “Un tiempo atrás tuve uno de esos momentos de aguda autorreflexión… y de repente la pregunta me golpeó: R. C., ¿Qué pasaría si no eres uno de los redimidos? ¿Qué pasaría si su destino no es cielo después de todo, sino el infierno? Te diré que yo estaba inundado en mi cuerpo con un escalofrío que iba desde mi cabeza hasta la parte inferior de mi columna vertebral. Yo estaba aterrorizado. Traté de controlarme. Pensé, “bueno, es una buena señal de que estoy preocupado por esto. Sólo los verdaderos cristianos realmente se preocupan acerca de la salvación”. Pero luego comencé a hacer un balance de mi vida, y miré mi desempeño. Mis pecados llegaron a mi mente y cuanto más analizaba, peor me sentía. Pensé, “tal vez es verdad. Tal vez yo no soy salvo después de todo”. Fui a mi habitación y comencé a leer la Biblia. Y de rodillas le dije, “bueno, aquí estoy. Yo no puedo apuntar a mi obediencia. No hay nada que pueda ofrecer… Sabía que algunas personas sólo corren a la Cruz para escapar del infierno… No podía estar seguro de mi propio corazón y la motivación”. Entonces me acordé de Juan 6:68… ¡Pedro también estaba incómodo, pero se dio cuenta de que estar incómodo con Jesús era mejor que cualquier otra opción!” (R. C. Sproul, “Assurance of Salvation,” Tabletalk, Ligonier Ministries, Inc., November 1989, 20).

¿Incómodo con Jesús? ¿Dónde está la ventaja y certeza en eso? ¿No podría entonces de esa manera un musulmán obtener certeza de su creencia por estar incómodo con Mahoma y el Corán o un mormón por estar incómodo con José Smith? ¿Por qué es mejor estar incómodo con Jesús que con Buda? ¿Dónde sugiere la Biblia, y mucho menos nos manda a estar incómodos con Jesús? Ni tampoco se enseña en este pasaje. ¡Esta idea parece más patética, viniendo de un líder cristiano y teólogo de renombre! ¡Él mismo no puede garantizar que es uno de los elegidos!

Nosotros, sin embargo, tenemos toda razón para estar muy cómodos con Jesús, y esto es una de las bendiciones y parte de la alegría de nuestra salvación. Tenemos prueba absoluta de que la Biblia es la palabra de Dios, que Jesús es el Cristo, que el Evangelio es verdadero, y que tenemos el testimonio del Espíritu Santo morando en nosotros. La Biblia da garantía absoluta: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios…” (1 Juan 5:13). Esa seguridad, según este texto de las Escrituras y muchos otros, son para todos aquellos que simplemente creen en Cristo. No hay ninguna otra base para la garantía del perdón de pecados y la vida eterna. ¿Por qué Sproul no confía en esas promesas? Porque, para un calvinista, la pregunta no es si ha creído en el Evangelio, sino que, si ha sido predestinado desde la eternidad pasada por Dios para estar entre los elegidos, y esa es una pregunta difícil, como muchos calvinistas han descubierto, para su propia consternación.

REINTERPRETANDO LA DOCTRINA:
Muchos calvinistas (concientes de los errores del calvinismo clásico) han abandonado la interpretación más estricta de esta doctrina, modificándola, sin abandonarla del todo, para no sentir que traicionan a Calvino, dejando de ella únicamente aquello que es agradable al oído, al corazón y a la mente humana. Una variante de la doctrina calvinista puede verse en denominaciones e iglesias que sostienen la enseñanza del ‘Una vez salvo, siempre salvo’. Dicha frase es un modo común que se usa en ciertas denominaciones de orientación calvinista moderada (como algunas iglesias bautistas e iglesias cristianas independientes) para referirse a la doctrina de la perseverancia de los santos o seguridad eterna del creyente. Esta, sin embargo, difiere en algunos aspectos de la doctrina calvinista original, pues combina elementos del calvinismo (elección incondicional e irrevocable para salvación y perseverancia final del creyente) con la teología arminiana (expiación ilimitada y libertad de elección).

La doctrina de “Una vez salvo, siempre salvo” busca recalcar la seguridad eterna del creyente, y sugiere que la salvación del creyente está a salvo, ella no está en peligro, y no será tomada. Ella transmite claramente la idea de que una vez que una persona es salva, su salvación se mantiene inmutable y sin interrupciones para siempre. Algunas personas afirman incluso que una vez que una persona haya profesado fe en Jesús, entonces ella es “salva”, y ella nunca perderá su salvación, independientemente de sus creencias y acciones posteriores. Algunos ven en esto una licencia para pecar (antinomianismo), por lo que para evitar tal crítica los defensores de esta doctrina insisten en la necesidad de dar frutos como evidencia de la salvación (enredándose así en el mismo problema que el calvinismo clásico). Esta variante doctrinal (parcialmente calvinista) abre las puertas de la salvación para todos, no sólo para un pequeño grupo de elegidos, pues afirma que una vez adentro (es decir, habiendo aceptado a Cristo como Salvador) todos son parte de los elegidos y, por consiguiente, estos ya no pueden perderse jamás. Los hipercalvinistas, sin embargo, suelen ridiculizar la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo” y rechazan tal postura, pue no creen que la salvación esté disponible para todos sino solamente para los elegidos.

¿QUÉ ENSEÑA EL ARMINIANISMO?
En contraposición al calvinismo, el arminianismo enseña que los que son incorporados a Cristo por una fe verdadera, y por lo tanto son hechos partícipes de su Espíritu vivificante, tienen así todo el poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo, y su propia carne, y para ganar la victoria; siendo bien entendido que es siempre a través del auxilio de la gracia del Espíritu Santo; y que Jesucristo les ayuda a través de su Espíritu en todas las tentaciones. No obstante, también enseña que estos sí son capaces, por negligencia, de abandonar su vida en Cristo, volver al mundo y apartarse de la doctrina sagrada que les ha sido dada, perdiendo así una buena conciencia y cayendo de gracia. Estos pueden perderse eternamente si así lo eligen, o arrepentirse y volver al camino de la salvación si así lo desean: “¿Acaso piensan que me agrada ver morir a los perversos?, pregunta el Señor Soberano. ¡Claro que no! Mi deseo es que se aparten de su conducta perversa y vivan. Sin embargo, si los justos se apartan de su conducta recta y comienzan a pecar y a comportarse como los demás pecadores, ¿se les permitirá vivir? No, ¡claro que no! Todas las acciones justas que han hecho serán olvidadas y morirán por sus pecados. Sin embargo, ustedes dicen: “¡El Señor no hace lo correcto!”. Escúchame, pueblo de Israel. ¿Soy yo el que no hace lo correcto o son ustedes? Cuando los justos abandonen su conducta justa y comiencen a cometer pecados, morirán por eso. Sí, morirán por sus acciones pecaminosas; y si los perversos abandonan su perversidad, obedecen la ley y hacen lo que es justo y correcto, salvarán su vida. Vivirán, porque lo pensaron bien y decidieron apartarse de sus pecados. Esas personas no morirán” (Ezequiel 18:23-28). La gracia divina estará siempre disponible para ellos. Pero el juicio también para aquellos que se aparten definitivamente y no vuelvan al Señor al continuar en apostasía, rebeldía y perseverancia en el pecado.

PARA JESÚS, PABLO Y LOS DEMÁS APÓSTOLES, LA SALVACIÓN SE PIERDE:
Al contrario de lo que enseñan los calvinistas con sus cinco puntos, si analizamos bíblicamente las enseñanzas de Jesús, encontramos que la salvación se pierde: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, los echan en el fuego y arden” (Juan 15:6).
Al mirar la expresión “el que en mí no permanece”, un calvinista podría argumentar que ese nunca fue salvo, porque no era escogido, por eso no permaneció. Pero Jesús está hablando de un pámpano, una parte integral de la vid, la cual no permaneció y por eso será echada al fuego. Si estaba “en Él” era salvo, pero si se aleja y rehúsa permanecer en Él será echado fuera, se secará y será echado en el fuego. Aún en este texto, Jesús está reconociendo el libre albedrío del hombre y su papel en la salvación humana, pues menciona la existencia de personas que no quieren permanecer en Él y se pierden por voluntad propia.

Cuando analizamos la cita bíblica de Marcos capítulo 9 de los versículos 43 al 48, podemos llegar a la misma conclusión: la pérdida de la salvación. En ese texto Jesús enseña que “si tu mano te es ocasión de caer, córtala, porque mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado”. Jesús habla de alguien que es salvo, pero que tiene la posibilidad de caer, perdiendo con ello su salvación.

Juan 10: 28 es uno de los versículos favoritos de los calvinistas para defender su postura, dicho texto dice: “y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano”. Pablo también nos dice: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35-39). Es verdad que nadie nos arrebatara de la mano del Padre y del Hijo, que Dios nos da vida Eterna y no temporal, es verdad que Dios nos ayuda a perseverar, pero eso no niega la realidad de la posibilidad de apostasía. El calvinismo si lo niega, a pesar de que la Biblia lo afirma. 1 Timoteo 4:1-2 “El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe.” (¿Que parte de ““¿El espíritu dice claramente que en los postreros tiempos muchos apostataran de la fe,” no entienden los calvinistas para decir que es imposible apostatar?)

La realidad de la apostasía es la motivación de la exhortación de la carta de Hebreos. Hebreos 10:26-29 nos dice: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.”

Hebreos 6:4-8 nos recuerda esta terrible verdad: “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada”. Nos preguntamos ¿Quiénes son los que una vez “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo… y los poderes del siglo venidero, y recayeron”, si no los creyentes que apostataron? Para los que se apartan, habiendo sido salvos previamente, pero rechazado luego tal bendición, la sentencia es clara. Dicha gente: “es reprobada está próxima a ser maldecida, y su fin es ser quemada”. La posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación es real. 2 Corintios 3:5-7 nos exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? Mas espero que conoceréis que nosotros no estamos reprobados. Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados.”

Mateo 7:13-14 nos dice: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Los calvinistas pretenden usar estos versículos para afirmar que el número de los elegidos es reducido; sin embargo, más que probar el calvinismo prueba el libre albedrío y la posibilidad del hombre (dada por Dios) de responder a la salvación. Pocos lo hallan, escogieron ellos el camino a seguir. No fueron forzados por Dios de forma irresistible. En otra oportunidad, Jesús advirtió a sus siervos a ser fieles: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, lo halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá. Pero si aquel siervo malo dice en su corazón: Mi señor tarda en venir, y comienza a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:45-51). Primero Jesús habla del siervo fiel y prudente, que recibirá recompensa cuando venga su Señor. Después habla de un siervo malo, que cree que su Señor está tardando en venir y comienza a maltratar sus consiervos y a emborracharse. Jesús está hablando de un siervo que llegó a ser infiel y malo, de alguien que en otro tiempo servía a su señor. No se refería a uno que no conocía a su dueño. En otras palabras: un creyente que comienza a hacer lo malo. Viene su señor en el día que no espera y a la hora que no sabe. ¿No será así en la venida de Jesús? Ese siervo será castigado, al lloro y crujir de dientes (lago de fuego). Este último, aunque era fiel al principio, perdió su condición de siervo y se fue con los hipócritas. Y es que la Biblia es clara al afirmar que una persona que haya conseguido la salvación al depositar su fe en Jesús puede perder esa fe y, por lo tanto, la salvación. La Biblia nos exhorta: “Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos… Ahora quiero recordaros, aunque ya definitivamente lo sepáis todo, que el Señor, habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron” (Judas 3,5; LBLA). Esto quiere decir que mantenerse fiel requiere un gran esfuerzo. A los primeros cristianos que ya habían aceptado a Cristo se les dijo: “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12, LBLA).

La Biblia nos advierte de que los pecados graves impiden que heredemos el Reino de Dios (1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:19-21). Si la salvación no se pudiera perder, esas advertencias no tendrían ningún sentido. La Biblia muestra que alguien que ha obtenido la salvación puede apartarse de Dios si comete un pecado grave y rehúsa abandonarlo. Por ejemplo, Hebreos 10:26 dice: “Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados” (Hebreos 6:4-6). El apóstol Pedro también nos advierte: “Porque si después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo son enredados en ellas y vencidos, su condición postrera viene a ser peor que la primera. Pues hubiera sido mejor para ellos no haber conocido el camino de la justicia, que habiéndolo conocido, apartarse del santo mandamiento que les fue dado. Les ha sucedido a ellos según el proverbio verdadero: El perro vuelve a su propio vomito, y: La puerca lavada, vuelve a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:20-22, LBLA).

Como ya se dijo anteriormente, Jesús destacó la importancia de mantenerse fieles cuando se comparó a sí mismo con una vid y comparó a sus seguidores con las ramas de esa vid. Por un tiempo, algunos de ellos demostrarían por sus frutos o acciones que tenían fe en él, pero más tarde dejarían de tener fe y serían desechados como una rama que no tiene fruto, así que perderían la salvación (Juan 15:1-6). El apóstol Pablo usó un ejemplo parecido cuando dijo que el cristiano que no se mantuviera fiel sería podado: “Pero si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo un olivo silvestre, fuiste injertado entre ellas y fuiste hecho participante con ellas de la rica savia de la raíz del olivo, no seas arrogante para con las ramas; pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti. Dirás entonces: Las ramas fueron desgajadas para que yo fuera injertado. Muy cierto; fueron desgajadas por su incredulidad, pero tú por la fe te mantienes firme. No seas altanero, sino teme; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en su bondad; de lo contrario también tú serás cortado” (Romanos 11:17-22, LBLA). La Biblia dice que los cristianos deben mantenerse alerta (Mateo 24:42; 25:13). Aquellos que se duermen en sentido espiritual, ya sea porque practican obras de maldad o porque no obedecen plenamente los mandatos de Jesús, pierden la salvación (Romanos 13:11-13; Apocalipsis 3:1-3).

Muchos textos bíblicos muestran que los que han obtenido la salvación tienen que seguir siendo fieles hasta el final (Mateo 24:13; Hebreos 10:36; 12:2, 3; Apocalipsis 2:10). ¿Sería razonable que la Biblia le diera tanta importancia a mantenerse fieles si los que no lo hicieran se fueran a salvar igualmente? Es más, el apóstol Pablo (a cuyos escritos muchos calvinistas acuden en defensa de sus doctrinas) no pensó jamás que tenía la salvación asegurada por algún tipo de decreto divino. Ciertamente, él no creía en la doctrina calvinista de la perseverancia de los santos. Anteriormente había reconocido que podía perder la salvación si se dejaba llevar por los deseos carnales. Él escribió: “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Corintios 9:27). También afirmó: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14).

ARGUMENTOS LÓGICOS (O ANALOGÍAS SIN FUNDAMENTO BÍBLICO) EMPLEADOS CONTRA LA DOCTRINA ARMINIANA:
Los argumentos analógicos o lógicos son recursos muy corrientes entre quienes sostienen la posición que afirma que “una vez salvos, siempre salvos”. Tales argumentos se basan con frecuencia en analogías trazadas a partir de la experiencia humana y no en la enseñanza bíblica. Por ejemplo:

1.- SI ALGUIEN PUDIERA SER CERCENADO DEL CUERPO DE CRISTO, ÉSTE QUEDARÍA MUTILADO:
La Biblia no enseña que Cristo esté completo en nosotros, como parece implicar tal argumento; lo que Pablo dice, por el contrario, es que nosotros somos quienes estamos completos en Él (Colosenses 2:10). Somos nosotros quienes separados de Él no podemos hacer nada (Juan 15:4-5). Él sigue siendo Dios y sigue estando completo, con nosotros o sin nosotros. Dios es santo, eterno, todopoderoso, y completamente autosuficiente. Él no necesita de ningún ser creado, pero nosotros si necesitamos a Dios. Toda la creación depende de la vida que sólo Dios sustenta. “Él hace producir el heno para las bestias”, y “todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo… Les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo” (Salmo 104:14, 27, 29). Por otro lado, Dios no depende de nada ni de nadie. A él no le hace falta nada, no conoce ninguna limitación, y no experimenta ninguna deficiencia. Él es “YO SOY EL QUE SOY”, sin ninguna otra calificación o excepción (Éxodo 3:14). Si Dios necesitara algo para sentirse completo, entonces no sería Dios.

2.- SI ALGUIEN ES HIJO DE DIOS, ENTONCES PASE LO QUE PASE, NO PUEDE DEJAR DE SERLO:
Cuando intentamos establecer una correlación absoluta entre una relación espiritual y una natural se nos plantea un problema: si las relaciones espirituales no pueden cambiar, sería entonces imposible que pudiéramos ser salvos. Por ejemplo, Juan 8:44 nos dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. 1 Juan 3:10 también nos dice: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”. En Efesios 2:1-3 pablo se refiere a los no creyentes como personas que viven según el príncipe de la potestad del aire; también les llama hijos de desobediencia e hijos de ira. Si es cierto que las relaciones espirituales no pueden romperse cuando hablamos de los “hijos de Dios”, en tal caso la coherencia lógica demanda que también los “hijos del diablo” sean siempre hijos del diablo. Por tanto, nadie podría jamás llegar a ser hijo de Dios. El argumento que reza: “una vez hijo, lo eres siempre”, no es pues válido.

3.- ALGUIEN QUE HA NACIDO DE NUEVO NUNCA PUEDE DEJAR D EHABER NACIDO:
Esto es cierto, pero olvidan algo importante: Cuando alguien apostata de la fe, lo que sucede no es que tal persona deje de haber nacido, ¡Sino que muere! Antes de la conversión, las personas están espiritualmente muertas (Efesios 2:1). Por medio de la apostasía y la perseverancia en el pecado, se regresa a este estado de muerte espiritual. Como dice Juan 3:36, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Romanos 6:23 afirma contundentemente: “Porque la paga del pecado es muerte”. Nadie puede perseverar en el pecado y creer que seguirá gozando de vida espiritual. 1 Timoteo 5:6 nos recuerda que la persona que “que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta”.

4.- SE DICE QUE EL CREYENTE TIENE VIDA ETERNA COMO POSESIÓN PRESENTE; NO SERÍA ETERNA SI PUDIESE PERDERLA:
Se usan muchos textos para apoyar este argumento (Juan 3:15-16; 3:36; 5:24; 6:54; 10:28). Estos versículos hablan de vida eterna. Por ello hemos de preguntarnos qué es esta vida eterna. La respuesta puede parecernos obvia, pero ¿lo es realmente? ¿Es la vida eterna una mera cantidad de vida? ¿significa tan solo que voy a vivir para siempre? Por otra parte, ¿Tienen vida eterna los no creyentes? No existe un solo versículo en la Biblia que afirme tal cosa. Por supuesto, los no creyentes existirán eternamente. Sin embargo, esto no es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de vida eterna. Varios versículos de los escritos del apóstol Juan arrojan luz al respecto:

• “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1:4)

• “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26)

• Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40)

• “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10)

• “Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho” (Juan 12:50). Es especialmente importante considerar el todo el contexto d ellos versículos 44-50. Creer en Cristo es obviamente la clave para tener vida eterna.

• “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. El conocimiento de la vida eterna Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:11-13). El apóstol concluye diciendo que la clave para tener al Hijo y, por tanto, la vida eterna, es creer en el Hijo de Dios.
La fe en Cristo es lo que nos coloca en Él. La vida eterna no es meramente una existencia perpetua; es la propia vida de Dios. Mi participación en esta vida se debe a que en un sentido legal estoy en Cristo. Nadie que esté fuera de Cristo tiene vida eterna. La vida de Dios era eterna antes de que yo la tuviera, y seguirá siéndolo, aunque yo la pierda al rechazar a Cristo Jesús. Por tanto, el argumento de que la salvación no se pierde pues el creyente tiene vida eterna, no es válido. 1 Samuel 2:30 nos arroja luz en este punto: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; más ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. Si pierdes la fe en el Hijo y te apartas de Él, entonces pierdes la vida eterna, pues la vida eterna no es algo que recibas aparte de la fe en Cristo y de la persona de Jesús misma: “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Así de simple.

EN CONCLUSIÓN:
En vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios nos llevan a rechazar la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos y su variante moderna, la doctrina del “Una vez salvo, siempre salvo”. Sin embargo, es importante recalcar ciertos elementos finales para no caer en otros errores teológicos también graves:

I.- PODEMOS TENER AQUÍ Y AHORA LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN:
La Biblia claramente enseña que somos salvos por gracia mediante la fe (Efesios 2:8) y que los justos viven por fe (Habacuc 2:4; Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). ¡La salvación del creyente se recibe, no por un acto de justicia sino por un acto de fe, y también la salvación se conserva, no por actos de justicia sino por una vida de fe! Ser cristiano entonces no es asunto de obras; sino de fe. Esto tiene que ser enfatizado. En ningún caso Dios acepta a los pecadores basado en el bien que han hecho. Son salvos total y solamente por gracia mediante la fe. Por fe aceptan el hecho de que Cristo murió en su lugar. Por fe dependen totalmente de la misericordia de Dios y aceptan a Cristo como su Salvador. Por fe ellos se ven a sí mismos vestidos con la justicia de Cristo, una posición que no ganaron por mérito propio (Filipenses 3:9). Saben que son aceptados por fe, y este conocimiento les da paz y gozo. La seguridad del creyente, entonces, es solamente mediante la fe, tanto para recibir la salvación como para conservarla. Esta seguridad es posible por medio de la misericordia de Dios al ofrecer la justicia de su propio Hijo al creyente falible y defectuoso mientras mantenga una fe viviente en Cristo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

II.- LA SALVACIÓN NO SE PIERDE A CADA INSTANTE NI POR CUALQUIER COSA:
No. La Biblia muestra claramente que en esta vida los cristianos pecan y que la solución para el cristiano cuando ha pecado es el perdón por medio de Cristo (1 Juan 1:8,9; 2:1). Por otra parte, no es natural que un cristiano siga viviendo una vida de pecado. Es decir, que mientras tenga la vida de Cristo en él, no puede seguir pecando habitualmente. 1 Juan 3:8,9 en donde el tiempo griego que se emplea es el presente continuo, deja esto bien en claro. El que practica pecado es del diablo. Cualquiera que ha nacido de Dios no practica pecado, no sigue pecando habitualmente. No puede seguir pecando de la misma manera que el hijo del diablo. Más bien, el cristiano debe crecer espiritualmente y dejar el pecado, reconociendo que el pecado continuo afectará adversamente su fe. ¿Implica esto que un cristiano puede pecar y todavía ser salvo? La primera reacción de muchos es decir que no puede. Sin embargo, es necesario en este contexto considerar el hecho de que la preocupación, el orgullo, la envidia, y la amargura se aceptan como fallos comunes. Pocos sugerirían que los creyentes que cometen tales pecados están perdidos. Además, si se insiste en que Dios requiere una perfección actual sin pecado de los creyentes, entonces la pregunta es: “¿Está la posición del hombre en Cristo basada en su propia justicia o en la justicia de Cristo que le fue atribuida por fe?” Si el hombre es salvo solamente cuando tiene una vida sin mancha, ¡entonces la salvación no es por gracia, sino por obras! También si Dios acepta al hombre solamente cuando éste no tiene ninguna falta, la vida cristiana entonces no está libre de condenación como Pablo insistió en Romanos 8:1. Más bien, sería una existencia de preocupación y penitencia constante, llena de temor y condenación y desprovista del gozo y la confianza que el conocimiento de la salvación puede dar. Romanos 5:9–11 nos claro que el Dios que nos amó lo suficiente como para proveer para nuestra salvación también nos ama lo suficiente como para proveer para nosotros hasta llegar a la gloria. Esta garantía nos da gozo en Él.

Una pregunta similar es: “¿Qué pasaría a un creyente que peca en el momento en que Jesús regrese?” Los que sostienen la idea de que los cristianos no pueden pecar y todavía ser salvos enseñarían que tal creyente está perdido y condenado por la eternidad. ¡Qué desesperación! ¡El creyente no entra y sale de la gracia de Dios! ¡Está seguro en la mano de Dios, y ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada lo podrá separar del amor del Padre! Sin embargo, debe enfatizarse que no es natural que el cristiano peque. No puede seguir cometiendo los mismos pecados que antes. Habiendo nacido del Espíritu, el creyente es una nueva criatura y las cosas viejas pasaron ya y todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). Entonces ahora no es natural pecar. La vida vieja es algo del pasado, una fuerza dormida dentro, dominada y contada como muerta por la nueva Presencia (Romanos 6:11). Lo que antes era una práctica común, ahora se convierte en algo innatural y contrario a los nuevos impulsos del corazón. El que nace de Dios no puede pecar, o seguir practicando el pecado, dijo Juan. Es decir, el pecado es algo extraño para la nueva naturaleza. La nueva naturaleza, que es nuestra por fe, no peca. Entonces cuando la naturaleza vieja temporal e inesperadamente se recupera, la nueva criatura entera repugna la intrusión innatural. La solución inmediata es Cristo. Cuando el creyente que ha pecado se acerca a Cristo, no es con la desesperación de un alma perdida, sino con el conocimiento seguro de que como hijo de Dios tiene un defensor con el Padre, que es fiel y justo para perdonar y limpiarnos de toda maldad. Entonces el creyente depende de su derecho como hijo de Dios, nunca dudando de su posición, que sabe que está basada en la infalible justicia de Cristo mediante la fe. Ahora bien, habiendo enfatizado la soberanía y la gracia de Dios, también es imperativo enfocar en el albedrío y en la responsabilidad del creyente. Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión. (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

III.- NUESTRA SALVACIÓN ESTÁ SEGURA EN TANTO NO RECHACEMOS A CRISTO:
Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente. (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19). No siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).