Filosemitismo, LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES, Sionismo, Sionismo Cristiano

El filosemitismo evangélico y sus peligros

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El filosemitismo es un fenómeno cultural caracterizado por el interés y respeto hacia la cultura y el pueblo judío, por su significado histórico, el impacto que el judaísmo ha tenido sobre el mundo occidental a través del cristianismo y durante la diáspora, su estatus de pueblo elegido por Dios que aparece en la Biblia (Éxodo 6:6-7) ​ o las cualidades atribuidas colectivamente a los judíos. Así pues, el filosemitismo implica un sentimiento o acción que apoya o protege al pueblo judío, bajo el fundamento de que los judíos, en virtud de su judaísmo, poseen cualidades deseables[1] El término filosemitismo proviene del prefijo griego philos (amor) y de semita (relativo a los «hijos de Sem», esto es, a los judíos). En el ámbito evangélico el filosemitismo ha cobrado niveles de popularidad sumamente altos, convirtiéndose en la norma para ser medido como un buen cristiano y considerándose, a veces de forma supersticiosa, como un requisito indispensable para contar con el favor de Dios. El filosemitismo halla su razón de ser en pasajes bíblicos como Génesis 12:3-5; Isaías 62:1 y Salmo 122:6-9.

¿ES INCORRECTO AMAR A ISRAEL?

¡En ninguna manera! Nosotros los gentiles estamos en deuda con la nación judía. Pablo nos aclara este punto: “En primer lugar, a los judíos se les confiaron las palabras mismas de Dios.”  (Romanos 3:2, NVI). Los escritores del Antiguo y del Nuevo Testamento (exceptuando a Lucas) fueron judíos. En otras palabras, los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe, pues de ellos, del “pueblo de Israel… son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén.” (Romanos 9:4-5). No sólo la fe cristiana se fundamenta en la revelación original dada por Dios a Israel, sino que nuestro Señor Jesucristo, el Dios hecho hombre, el Salvador del mundo, ¡Era judío! ¿Puedes imaginar una razón mayor para amar a Israel?

Un verdadero cristiano amará a Israel, deseará el bienestar del pueblo judío, pedirá en oración por la paz de Jerusalén. Un verdadero creyente en Cristo jamás procurará el mal para la nación judía ni apoyará forma alguna de antisemitismo. Sin embargo, eso no es todo: un verdadero creyente anhelará y trabajará por la conversión del pueblo judío a Cristo, pues sabe que, ni siquiera los judíos, podrán salvarse si no reconocen a Jesús como Salvador (Hechos 2:14-42; 4:12; 7:1-60; Juan 3:35; 1 Juan 5:12).

CUANDO LA ADMIRACIÓN SE CONVIERTE EN ENFERMEDAD Y EL AMOR EN OBSESIÓN.

Los cristianos evangélicos debemos ser muy cuidadosos en esta área. Jamás debemos permitir que nuestro amor por el pueblo hebreo nos lleve a una veneración enfermiza por Israel y todo lo relacionado con la cultura judía ¡Dicho extremo no es bíblico! Entonces ¿Por qué vemos en muchas iglesias evangélicas una obsesión fanática por la cultura judía? ¿Por qué algunos cristianos anhelan convertir sus iglesias en sinagogas adoptando emblemas, rituales, vestimenta, instrumentos y cualquier otro elemento judío? ¿Por qué muchos cristianos se obsesionan con las genealogías judías, los apellidos judíos y hasta buscan anhelosamente un supuesto linaje judío? ¿Por qué muchas iglesias realizan ceremonias de ordenación para sus ministros usando talits, kipás y rituales similares al judaísmo? Simplemente porque muchos cristianos no comprenden el actual estatus de Israel ante Dios ni su posición como creyentes en Cristo. El cristianismo moderno sufre de la misma enfermedad que la iglesia en los tiempos de Pablo: las tendencias judaizantes.

¿HA PERDIDO LA IGLESIA SU IDENTIDAD EN CRISTO?

La raíz del problema se encuentra en que muchos cristianos evangélicos hemos olvidado nuestra posición e identidad en Cristo. Por eso muchos están buscando en el judaísmo la respuesta a su pérdida de identidad. Lo más triste de esto es que, en el proceso, están convirtiendo iglesias cristianas legítimas en meras imitaciones de una secta judía con sus sinagogas y rituales ¡Necesitamos recuperar nuestra identidad cristiana, multiétnica y universal! ¿A qué me refiero con eso? ¿A que debemos rechazar a los judíos? ¡Jamás! He dejado en claro que un verdadero cristiano debe amar a Israel y orar por su salvación. Lo que quiero decir es que debemos equilibrar nuestra devoción por Israel y adorar al Dios de Israel, no a los israelíes, sus logros, símbolos, rituales y cultura. Sobre todo, debemos recordar ciertas verdades claras de la Palabra.

Para empezar, los cristianos dejaríamos de querer imitar las prácticas judías e incorporarlas en nuestra liturgia, si tan solo recordamos que la condición especial de Israel como única nación elegida por Dios cesó con la muerte de Cristo. La iglesia, conformada por personas de toda tribu, lengua, pueblo y nación, es ahora, tanto o más que el Israel físico, el pueblo elegido de Dios:

El apóstol Pablo, un hebreo de hebreos (Filipenses 3:5) nos dice en sus epístolas: “Por lo tanto, recuerden ustedes los gentiles de nacimiento —los que son llamados «incircuncisos» por aquellos que se llaman «de la circuncisión», la cual se hace en el cuerpo por mano humana—, recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu. Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu.” (Efesios 2:11-22, NVI).

Por tanto, actualmente es la iglesia la que tiene algo que ofrecerle al pueblo judío en cuanto a fe, no al revés. Es la iglesia, no el Israel moderno, a quien Dios ha denominado “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). ¿Acaso lo hemos olvidado?

En el Antiguo Testamento se dijo de Israel:

“Así que ve y diles a los israelitas: “Yo soy el Señor, y voy a quitarles de encima la opresión de los egipcios. Voy a librarlos de su esclavitud; voy a liberarlos con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia. Haré de ustedes mi pueblo; y yo seré su Dios. Así sabrán que yo soy el Señor su Dios, que los libró de la opresión de los egipcios.” (Éxodo 6:6-7, NVI).

“«Anúnciale esto al pueblo de Jacob; declárale esto al pueblo de Israel: Ustedes son testigos de lo que hice con Egipto, y de que los he traído hacia mí como sobre alas de águila. Si ahora ustedes me son del todo obedientes, y cumplen mi pacto, serán mi propiedad exclusiva entre todas las naciones. Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Comunícales todo esto a los israelitas»” (Éxodo 19:3-6, NVI).

Mas ahora, en la dispensación de la gracia, es a la iglesia (la cual está formado por gente de todo origen étnico) a quien Dios dirige estas palabras:

“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido.” (1 Pedro 2:9-11, NVI).

En cuanto a la posición actual de Israel se nos dice:

“Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito:

«El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento.” (Romanos 11:25-29, NVI).

¿Hemos leído bien? Sí, Dios llama a Israel “endurecidos”, “enemigos de Dios”. Entonces ¿Por qué la iglesia debería imitar los rituales, prácticas y costumbres de Israel? ¡No tiene sentido!

Si bien Dios no ha desechado a Israel para siempre, su condición exclusiva como pueblo de Dios ya no está vigente: judíos y gentiles tienen libre acceso por igual a la presencia de Dios. Un día Israel volverá a su Dios y reconocerá a Jesucristo como su Mesías. Mientras tanto, la iglesia goza plenamente de los privilegios, derechos y responsabilidades inherentes de ser considerados el pueblo elegido, tal como lo hizo el Israel de antaño. La etnicidad (la afiliación al Israel natural) dejó de ser, de una vez para siempre, requisito para ser considerado pueblo de Dios. Hoy, judíos y gentiles creyentes en Jesucristo, somos un solo pueblo, sus elegidos:

“Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo…” (Romanos 9:24-28, NVI).

Lo que ahora cuenta es estar en Cristo, no ser judío: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

Bajo el nuevo pacto de gracia el “Israel de Dios”, no es el Israel racial, sino más bien el Israel espiritual (Romanos 2:28-29; Romanos 4:13-16; Romanos 9:6-8). Este “Israel espiritual”, por supuesto, incluye a todas las razas. El “Israel de Dios” significa la iglesia de Dios, la cual consiste en todos aquellos y sólo aquellos, de toda nación, tribu y lengua, que caminan por esta norma. Si esto es así ¿Qué sentido tiene venerar de forma insana y antibíblica a los judíos étnicos y su cultura? Mas aún ¿Por qué hacer de la cultura y símbolos judíos parte de la liturgia cristiana?

IMITANTO LO QUE DIOS YA DECLARÓ INACEPTABLE COMO ADORACIÓN.

Considerando lo anteriormente dicho nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene para el cristiano imitar la fe y prácticas de aquellos cuyo sistema de adoración fue rechazado por Dios bajo el nuevo pacto? ¡Ninguno! ¡Es totalmente inútil! Sin embargo, muchas iglesias evangélicas modernas insisten en observar el sábado, utilizar candelabros de siete brazos, estrellas de David, banderas de Israel en sus púlpitos, letras hebreas en su decoración, shofares, mantos de oración, kipás y hasta danza hebrea en sus cultos. ¡Otros incluso llegan al extremo de celebrar festividades judías como la Pascua, la fiesta de los Tabernáculos y muchas otras tradiciones judías! Todo esto en contradicción con la palabra de Dios revelada en el Nuevo Testamento.

Este intento por judaizar el cristianismo fue duramente atacado por el apóstol Pablo en sus epístolas:

“¡Gálatas torpes! ¿Quién los ha hechizado a ustedes, ante quienes Jesucristo crucificado ha sido presentado tan claramente? Solo quiero que me respondan a esto: ¿Recibieron el Espíritu por las obras que demanda la ley, o por la fe con que aceptaron el mensaje? ¿Tan torpes son?… Todos los que viven por las obras que demanda la ley están bajo maldición… Cristo nos rescató de la maldición de la ley.”  (Gálatas 3:1-14, NVI).

“Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley han roto con Cristo; han caído de la gracia… Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién los estorbó para que dejaran de obedecer a la verdad? Tal instigación no puede venir de Dios, que es quien los ha llamado.” (Gálatas 5:4-7, NVI).

Pablo advirtió contra aquellos que pretendieran judaizar la fe cristiana:

“Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley… anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal. Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo. No dejen que les prive de esta realidad ninguno de esos que se ufanan en fingir humildad y adoración de ángeles. Los tales hacen alarde de lo que no han visto; y, envanecidos por su razonamiento humano, no se mantienen firmemente unidos a la Cabeza. Por la acción de esta, todo el cuerpo, sostenido y ajustado mediante las articulaciones y ligamentos, va creciendo como Dios quiere. Si con Cristo ustedes ya han muerto a los principios de este mundo, ¿por qué, como si todavía pertenecieran al mundo, se someten a preceptos tales como: «No tomes en tus manos, no pruebes, no toques»? Estos preceptos, basados en reglas y enseñanzas humanas, se refieren a cosas que van a desaparecer con el uso.” (Colosenses 2:13-22, NVI).

En su lucha contra los judaizantes, Pablo utilizó palabras duras de reprensión y repudio hacia aquellos que querían convertir la fe cristiana en una extensión del judaísmo:

“Cuídense de esos perros, cuídense de esos que hacen el mal, cuídense de esos que mutilan el cuerpo. Porque la circuncisión somos nosotros, los que por medio del Espíritu de Dios adoramos, nos enorgullecemos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en esfuerzos humanos. Yo mismo tengo motivos para tal confianza. Si cualquier otro cree tener motivos para confiar en esfuerzos humanos, yo más: circuncidado al octavo día, del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa; en cuanto a la interpretación de la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la ley exige, intachable. Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe.” (Filipenses 3:2-9, NVI)

Pablo incluso confrontó personalmente a Pedro para evitar cualquier tendencia judaizante en la iglesia:

“Pues bien, cuando Pedro fue a Antioquía, le eché en cara su comportamiento condenable. Antes que llegaran algunos de parte de Jacobo, Pedro solía comer con los gentiles. Pero, cuando aquellos llegaron, comenzó a retraerse y a separarse de los gentiles por temor a los partidarios de la circuncisión. Entonces los demás judíos se unieron a Pedro en su hipocresía, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por esa conducta hipócrita. Cuando vi que no actuaban rectamente, como corresponde a la integridad del evangelio, le dije a Pedro delante de todos: «Si tú, que eres judío, vives como si no lo fueras, ¿por qué obligas a los gentiles a practicar el judaísmo? Nosotros somos judíos de nacimiento y no “pecadores paganos”. Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado.” (Gálatas 2:11-16, NVI).

Que la voluntad de Dios es que la iglesia cristiana evite cualquier tendencia hacia lo judío queda claro en la resolución del concilio de Jerusalén registrado en el libro de Hechos:

“Entonces los apóstoles y los ancianos, de común acuerdo con toda la iglesia, decidieron escoger a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Escogieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, que tenían buena reputación entre los hermanos. Con ellos mandaron la siguiente carta: Los apóstoles y los ancianos, a nuestros hermanos gentiles en Antioquía, Siria y Cilicia: Saludos. Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin nuestra autorización, los han inquietado a ustedes, alarmándoles con lo que les han dicho. Así que de común acuerdo hemos decidido escoger a algunos hombres y enviarlos a ustedes con nuestros queridos hermanos Pablo y Bernabé, quienes han arriesgado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, les enviamos a Judas y a Silas para que les confirmen personalmente lo que les escribimos. Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles a ustedes ninguna carga aparte de los siguientes requisitos: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual. Bien harán ustedes si evitan estas cosas. Con nuestros mejores deseos. Una vez despedidos, ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la congregación y entregaron la carta. Los creyentes la leyeron y se alegraron por su mensaje alentador.” (Hechos 15:22-31, NVI).

CONCLUSIÓN.

¿Por qué los apóstoles tomaron serias medida para evitar la judaización de la iglesia? Porque entendían que la ley y sus requisitos habían pasado. Además, ellos jamás pretendieron que los gentiles se convirtieran en judíos y adoptaran su cultura. Ellos sabían muy bien que, aún antes de la venida de Cristo y la instauración del pacto de gracia, Dios había expresado la ineficacia del sistema de adoración judío:

“«¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?  —dice el Señor—. Harto estoy de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados; la sangre de toros, corderos y cabras no me complace. ¿Por qué vienen a presentarse ante mí? ¿Quién les mandó traer animales para que pisotearan mis atrios? No me sigan trayendo vanas ofrendas; el incienso es para mí una abominación. Luna nueva, día de reposo, asambleas convocadas; ¡no soporto que con su adoración me ofendan! Yo aborrezco sus lunas nuevas y festividades; se me han vuelto una carga que estoy cansado de soportar.” (Isaías 1:11-14, NVI).

En el Nuevo Testamento, la ineficacia y caducidad del viejo pacto no solo es insinuada, sino explicada con claridad:

“El ministerio que causaba muerte, el que estaba grabado con letras en piedra, fue tan glorioso que los israelitas no podían mirar la cara de Moisés debido a la gloria que se reflejaba en su rostro, la cual ya se estaba extinguiendo. Pues bien, si aquel ministerio fue así, ¿no será todavía más glorioso el ministerio del Espíritu? Si es glorioso el ministerio que trae condenación, ¡cuánto más glorioso será el ministerio que trae la justicia! En efecto, lo que fue glorioso ya no lo es, si se le compara con esta excelsa gloria. Y, si vino con gloria lo que ya se estaba extinguiendo, ¡cuánto mayor será la gloria de lo que permanece! Así que, como tenemos tal esperanza, actuamos con plena confianza. No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque solo se quita en Cristo. Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. Pero, cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado.” (2 Corintios 3:7-16, NVI).

“La ley es solo una sombra de los bienes venideros, y no la presencia misma de estas realidades. Por eso nunca puede, mediante los mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, hacer perfectos a los que adoran. De otra manera, ¿no habrían dejado ya de hacerse sacrificios? Pues los que rinden culto, purificados de una vez por todas, ya no se habrían sentido culpables de pecado. Pero esos sacrificios son un recordatorio anual de los pecados, ya que es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dijo: «A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dije: “Aquí me tienes —como el libro dice de mí—. He venido, oh, Dios, a hacer tu voluntad”». Primero dijo: «Sacrificios y ofrendas, holocaustos y expiaciones no te complacen ni fueron de tu agrado» (a pesar de que la ley exigía que se ofrecieran). Luego añadió: «Aquí me tienes: He venido a hacer tu voluntad». Así quitó lo primero para establecer lo segundo. Y en virtud de esa voluntad somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre. Todo sacerdote celebra el culto día tras día ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando.” (Hebreos 10:1-14, NVI).

El nuevo pacto es perfecto ¿Por qué deberíamos volver a lo imperfecto? Si Dios nos llamó de toda tribu, lengua, pueblo y nación ¿Por qué querer volvernos más judíos que los mismos judíos? ¿Qué ganamos al adoptar sus prácticas, rituales y símbolos? ¿Qué le falta al Evangelio de gracia para estar completo? ¿Añadiduras tomadas del judaísmo? ¡No lo creo! ¿Un amor idolátrico por Israel? ¡Tampoco! El Evangelio es perfecto tal cual es. No mezclemos vino nuevo en odres viejos:

“Ni echa nadie vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, el vino hará reventar los odres y se arruinarán tanto el vino como los odres. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos.” (Marcos 2:22, NVI)

Amar a Israel es bueno, pero debemos tener mucho cuidado con los extremos. El equilibrio bíblico y la sana doctrina deben imponerse ante cualquier moda religiosa o tendencia del evangelicalismo de hoy, tan propenso a acoger en su seno herejías y modas sin sustento bíblico.

REFERENCIAS.

[1] Alain Edelstein, An Unacknowledged Harmony, Philosemitism and the Survival of European Jewry, Greenwood Press, London, 1982 (en inglés)., pp. 11 y 13.

 

Filosemitismo, LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES, Sionismo, Sionismo Cristiano

¿Es bíblico el sionismo cristiano?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El sionismo es considerado por muchos como un sistema político basado en la exclusividad étnica judía, dándoles derechos políticos preferenciales en el actual Estado de Israel. El sionismo actual promueve el retorno del pueblo judío a su tierra natal y la reanudación de la soberanía judía en la Tierra de Israel, persiguiendo objetivos tanto tangibles como espirituales. El término “sionismo” fue acuñado en 1890 por Nathan Birnbaum y fue ampliamente promovido en el seno de la comunidad judía mundial.

Sin embargo, no todos los judíos apoyaron el sionismo, principalmente por razones religiosas. Esto de debió a que, en su mayoría, los fundadores del sionismo no eran creyentes en el judaísmo. Algunos hasta eran ferozmente antirreligiosos y consideraban a los rabinos como representantes de una forma de retraso mental. Los judíos más conservadores eran anti-sionistas, pues creían que Palestina no debía convertirse en territorio judío sino hasta la llegada del Mesías. Sólo él tenía derecho a restaurar a Israel a su gloria pasada e instaurar un Reino universal con capital en Jerusalén. De hecho, gran parte de las más severas críticas contra el movimiento sionista político procedió de los judíos anti-sionistas, siendo el más notable Alfred M. Lilienthal.[1]

Durante largo tiempo, los ortodoxos religiosos fueron hostiles hacia el sionismo. Todavía hoy, corrientes religiosas como los Neturei Karta[2] o los Satmer[3] condenan el sionismo como hereje, ya que el sionismo laico sostiene la idea de que el Mesías es el Estado de Israel. Pero el sionismo no iba a darse por vencido. A partir de 1967 la corriente nacionalista-religiosa retoma las teorías del rabino Kook, incorporándolas al sionismo. Esta corriente representa hoy cerca de un cuarto de la sociedad israelí. En los sectores más extremos del sionismo religioso, incluso se ha construido la idea de que las persecuciones nazis cumplían la profecía de Isaías 53, y que los judíos sufrieron por los pecados del mundo. Ahora, luego de cumplidas las profecías referentes al sufrimiento del pueblo judío, corresponde a este cumplir las profecías sobre su destino glorioso y de convertirse en una luz para las naciones.[4]

Aunque en sus orígenes fue un movimiento exclusivamente judío, el sionismo logró impactar la teología cristiana, dando vida a lo que se conoce popularmente como “Sionismo Cristiano”.

¿QUÉ ES EL SIONISMO CRISTIANO?

La verdadera teología del Sionismo Cristiano, también conocido como Sionismo Bíblico, apoya el derecho del pueblo judío de retornar a su tierra original, basándose en las Escrituras. El fundamento bíblico para el sionismo cristiano se encuentra en el pacto de Dios con Abraham. Fue en este pacto que Dios escogió a Abraham para dar origen a una nación a través de la cual Él redimiría al mundo, y para ello les legó una tierra en la cual existir como nación escogida. Si el sionismo es la creencia en el derecho del pueblo judío a retornar a su patria, entonces un sionista cristiano debería ser definido simplemente como un cristiano que apoya el derecho del pueblo judío de regresar a su tierra natal y ejercer soberanía sobre la Tierra de Israel.[5]

El Sionismo Cristiano difiere de la Teología de la Sustitución o del Reemplazo,[6] la cual enseña que la relación especial que Israel tenía con su Dios en términos de su destino y su hogar nacionales (su tierra) se ha perdido por su rechazo a Jesús como Mesías, y que por lo tanto la iglesia se ha convertido en el nuevo Israel. Enseña que, de esta manera, la iglesia ha heredado todas las bendiciones que se le prometieron a Israel, pero que los juicios y maldiciones, convenientemente se quedan con el pueblo judío.[7] En vez de ello, el Sionismo Cristiano enseña basado en las Escrituras que el Pacto de Dios con Abraham aún es válido el día de hoy. Aún hay un destino nacional que se cumplirá en el pueblo judío, y su hogar natal es su posesión eterna en cumplimiento de los planes y propósitos de Dios para Israel. Para los sionistas cristianos, el Nuevo Testamento no solo afirma el pacto Abrahámico, sino que confirma la misión histórica de Israel y que los dones y el llamado de Israel son irrevocables.

Por tanto, el Sionismo Cristiano no se basa en profecías ni en eventos de los últimos tiempos. La mayoría de los cristianos sionistas estaría de acuerdo, sin embargo, en que el resurgimiento de Israel en la escena mundial, en cumplimiento de las promesas de Dios para ella, indican que otros eventos predichos por la Biblia sucederán a continuación.[8]

Cuatro temas generalmente están presentes en la mayoría de los pensamientos sionistas cristianos:[9]

  1. El fin de la historia. La fundación del estado-nación actual de Israel en 1948 marcó el principio del fin de la era humana.
  2. El plan de Dios. El caos en el Medio Oriente que rodea a Israel es parte del plan de desarrollo de Dios. Habrá una gran guerra final que culminará con la segunda venida de Cristo.
  3. Las promesas de Dios. El pacto de Dios con Israel es eterno e incondicional. Por lo tanto, las promesas de tierra dadas a Abraham en Génesis nunca se anularán, y la iglesia no ha reemplazado a Israel.
  4. Bendiciendo a Israel. La iglesia está obligada a interpretar Génesis 12:3 de una manera específica con respecto al estado-nación actual de Israel: “Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.” No apoyar el dominio político del estado de Israel hoy incurrirá el juicio divino.

Algunos cristianos sionistas han desarrollado un enfoque diferente en sus pensamientos. En lugar de nombrar el cumplimiento de la profecía bíblica como la base de su lealtad a Israel, creen que la lealtad a Israel es simplemente un deber moral de los cristianos debido al antisemitismo histórico y actual y al lugar único que se otorga a los judíos en las escrituras.[10] Algunos también creen que la lealtad a Israel ayudará a expiar los horrores del Holocausto, en el que murieron 6 millones de judíos y un número indeterminado de otros fueron brutalmente maltratados y perdieron sus medios de vida y sus posesiones.[11] De hecho, es apropiado y necesario que reconozcamos estos horrores, que honremos y recordemos a quienes sufrieron esta catástrofe, y que los responsables devuelvan o paguen por los hogares y bienes judíos que fueron incautados durante la era nazi. Al mismo tiempo, es una lógica falsa concluir, como hacen algunos cristianos sionistas, que apoderarse y colonizar (a través de los asentamientos) la tierra de las familias palestinas; destruyendo sus hogares, negocios y escuelas; e imponer una ocupación militar que niegue los derechos fundamentales es una forma efectiva de honrar a las víctimas del Holocausto.

El sionismo cristiano tiene numerosos críticos y ha despertado mucha controversia. Muchos teólogos se preguntan si el sionismo cristiano reduce la importancia del nuevo pacto de Cristo. Muchos eruditos del Antiguo Testamento están preocupados por los cristianos sionistas que ignoran las demandas éticas de los profetas en relación con el trato a los palestinos. Muchos estudiosos del Nuevo Testamento sostienen que las promesas de tierras del Antiguo Testamento se han reinterpretado. La promesa del evangelio no es tribal o local, sino universal y global. E incluso los judíos deben entrar en esta nueva realidad mesiánica. Además, estos eruditos rechazan la idea de que el Israel moderno es el Israel de los tiempos bíblicos, o que el pueblo judío tiene derecho exclusivo a la tierra. Ellos creen que Jerusalén debe ser compartida por todas las personas (La interpretación de Romanos 9–11 es central en estos debates).

Los éticos, tanto judíos como cristianos, también han criticado la tendencia del sionismo cristiano a ver un propósito divino en la polémica y agresiva política del gobierno israelí. Esto, argumentan, ha llevado el excepcionalismo político de Israel y ha silenciado la capacidad de la iglesia para promover la justicia y la pacificación en el Medio Oriente (El excepcionalismo es la creencia de que un grupo en particular posee, de manera inherente e inalienable, ciertos privilegios y un estatus especial que no están disponibles para ningún otro grupo).

En la cosmovisión cristiana sionista, los palestinos son considerados como residentes extranjeros en el estado de Israel de hoy. Muchos cristianos sionistas incluso se resisten a reconocer a los palestinos como un pueblo distinto. Afirman incorrectamente que los palestinos se mudaron al estado de Israel desde las naciones árabes circundantes después de que Israel prosperó. Algunas de estas ideas provienen del miedo y un odio profundo al islam, ya que la mayoría de los palestinos son musulmanes. Sin embargo, muchos palestinos son cristianos, un hecho que muchos cristianos sionistas ignoran, a pesar de que los árabes cristianos han adorado a Cristo desde los primeros días de la iglesia (Hechos 2:11).

Sin lugar a duda, el sionismo cristiano seguirá siendo un tema muy debatido en las iglesias evangélicas, no solo por sus interpretaciones particulares de la Biblia sino también por las circunstancias de nuestra era política moderna.

ORÍGENES DEL SIONISMO CRISTIANO.[12]

En las décadas de 1820 y 1830, un grupo de clérigos de las islas británicas, entre ellos Edward Irving, Lewis Way, Joseph Wolff, y Henry Drummond, celebraron en la localidad de Albury una serie de conferencias bíblicas. Dichas conferencias promovieron la idea de que los judíos deberían mudarse a Palestina. Otras organizaciones durante este tiempo, como la Sociedad de Judíos de Londres y el Fondo de Exploración de Palestina, compartieron ese objetivo. Décadas más tarde, el escritor judío austriaco Theodor Herzl difundió ideas sionistas con su libro de 1896 Der Judenstaat y en el Primer Congreso Sionista en Suiza en 1897.

En esa época, Palestina estaba gobernada por los turcos otomanos, y era un destino popular para los europeos y los estadounidenses. Debido a que muchas personas de naciones cristianas estaban visitando la Palestina otomana, el interés cristiano en ella creció. En la década de 1880, muchos de estos viajeros eran predicadores influyentes. Uno de ellos fue el reverendo DeWitt Talmage, pastor del Tabernáculo de Brooklyn en Nueva York. A su regreso de una peregrinación a Palestina, publicó sus Veinticinco Sermones de Tierra Santa. Este libro pintó una imagen romántica de un renacimiento judío en la Tierra Santa y retrató “los dedos de la providencia” señalando el crecimiento de la vida judía allí. En 1891, George Adam Smith escribió su popular libro La Geografía Histórica de Tierra Santa, en el que retrató una tierra bíblica vacía en espera de la llegada del judaísmo.

Los líderes cristianos en Gran Bretaña animaron al gobierno británico a apoyar la migración judía a Palestina. Estos líderes incluyeron a John Nelson Darby, Charles Simeon, y Charles Spurgeon. Darby enseñó que el hecho de que Dios le diera la tierra a Abraham significaba que Palestina (antiguo territorio ocupado por Judea, Samaria y Galilea) pertenecía al pueblo judío. Por encima de todo, proclamó que la creación del Israel de hoy traería el Fin de los Tiempos.

Darby hizo ocho viajes misioneros a los Estados Unidos, pero la mayoría de los estadounidenses lo ignoraron. Sin embargo, cuando los principales evangelistas estadounidenses, como Dwight Moody, Billy Sunday, y Harry Ironside, vieron cómo sus ideas influyeron en el público, los puntos de vista de Darby cobraron nuevo ímpetu. En 1881, por ejemplo, Horatio y Anna Spafford y 16 amigos abrieron una colonia estadounidense en la Ciudad Vieja de Jerusalén para observar, como ellos decían, que “la profecía se está cumpliendo”.

En Gran Bretaña, políticos como Lord Shaftesbury, Lord Palmerston, David Lloyd George, y Lord Balfour vieron el valor de un estado judío en Palestina. El movimiento sionista cristiano también creció, en gran parte debido a líderes cristianos británicos como William Hechler. El sionismo finalmente ganó reconocimiento internacional a través de la Declaración Balfour, que en 1917 (durante la Primera Guerra Mundial) garantizó una patria judía en Palestina.

William Blackstone, un evangelista de Chicago y alumno de Dwight Moody, publicó Jesus Is Coming en 1878. Dicho libro convenció a muchos estadounidenses de la idea de Darby de que Dios le dio a los judíos la tierra de Palestina. En 1890, Blackstone visitó asentamientos judíos en Tierra Santa y organizó conferencias en Chicago para trasladar judíos a Palestina. También presionó al entonces presidente Harrison para crear un estado judío en Palestina. Debido a su asociación con judíos sionistas, la Conferencia Sionista de Filadelfia en 1918 lo llamó “padre del sionismo.” En 1956, Israel nombró un bosque en su honor.

En la primera mitad de la década de 1900, los maestros sionistas cristianos organizaron conferencias para promover las ideas sionistas cristianas. Después de varios eventos mundiales devastadores—la Primera Guerra Mundial, la epidemia de gripe española de 1918, la Gran Depresión, y la Segunda Guerra Mundial—algunos evangélicos quisieron ver un plan divino de redención para la miseria humana.

En 1948, cuando se fundó el moderno estado-nación de Israel, muchos cristianos sionistas se convencieron de que la creación del Estado de Israel estaba divinamente ordenada, y el movimiento sionista cristiano creció significativamente. Cuando se levantó la bandera israelí el 14 de mayo, estaban eufóricos. Se sentían seguros de que la pieza clave ahora estaba en su lugar para cumplir aún más sus interpretaciones de la profecía. La veloz victoria militar de Israel en 1967, aclamada por muchos como un milagro divino, provocó aún más celo, ya que Israel había conquistado toda la Tierra Santa.

Cristianos sionistas como John Walvoord y Charles Ryrie vieron la historia moderna a través de este lente bíblico para una nueva generación. En 1970, Hal Lindsey publicó el muy popular The Late Great Planet Earth, que describía los eventos políticos en el Israel de hoy como predichos bíblicamente. Más recientemente, Tim LaHaye y Jerry Jenkins han vendido más de 50 millones de copias de sus populares libros Left Behind/Dejados Atrás sobre los últimos tiempos y el papel de Israel en estos, los últimos días.

Muchos defensores del sionismo cristiano han abandonado la idea de los primeros sionistas cristianos de que la historia humana está dividida en distintas épocas por decreto divino (dispensacionalismo). Pero han conservado la idea sionista cristiana del Fin de los Tiempos, y consideran la lealtad al Estado de Israel como una cuestión de fidelidad bíblica. John Hagee, un portavoz ampliamente reconocido con su organización Christians United for Israel/Cristianos Unidos por Israel (CUFI), presiona agresivamente al Congreso de Estados Unidos para moldear la política exterior estadounidense en el Medio Oriente.

Aunque el sionismo cristiano cuenta con reductos de poder en otros lugares —en Holanda y Escandinavia, por ejemplo, así como entre muchos sionistas de los países del Tercer Mundo—, su centro real lo constituye sin duda Estados Unidos, a donde fue llevado desde Inglaterra a mediados del siglo XIX.

¿ES EL SIONISMO JUDÍO Y CRISTIANO APOYADO POR LA BIBLIA?

En el libro de Génesis, Dios hace promesas a Abraham (el padre del judaísmo). Él promete ricas bendiciones sobre Abraham y sus descendientes (Génesis 12: 1–3) y hace un pacto con Abraham, prometiendo que sus descendientes heredarán la tierra de Israel (Gen 15:18). La promesa se repite en Gen 17: 7–9 y Gen 26: 2–4. A Abraham se le dicen tres cosas: Él tendrá muchos descendientes, ellos poseerán un territorio particular (la Tierra Santa de hoy), y serán una bendición para todas las naciones. En Génesis 17:7, esta promesa se llama un “pacto eterno.” Todo esto sucedió hace más de 4,000 años.

Hoy, el sionismo (tanto judío como cristiano) argumenta que los judíos heredan esta promesa. Por lo tanto, afirman, el estado moderno de Israel (que se identifica a sí mismo como un estado judío) puede hacer una afirmación divina de que toda la Tierra Santa pertenece a Israel. Este no es un argumento político o histórico. Es un argumento teológico que dice así: “Dios les dio la Tierra Santa a los judíos en la Biblia, y eso debería resolver los debates políticos modernos. Aquellos que creen en la Biblia deben apoyar nuestros reclamos”.

Esta actitud no es nueva. En los días de Jesús, muchos judíos recomendaron a sus vecinos ser políticamente activos para ayudar al antiguo Israel. Lo describieron como un deber divino. Para tal fin, algunos colaboraron con los romanos (los fariseos, los herodianos), mientras que otros utilizaron la violencia cruda (los zelotes). Pero en cada caso, el objetivo era el mismo. Apoyar a Israel era considerado un deber religioso.

Como cristianos, aunque reconocemos que Dios le otorgó a Israel el dominio sobre la Tierra de Canaán (hoy denominada Palestina) y que consideramos justo, correcto y bíblico pedir por la paz de Jerusalén (Salmos 122:6-9), también reconocemos que esto no significa apoyar incondicionalmente todas las decisiones políticas, incluso aquellas notoriamente injustas, del Estado de Israel. Y esto por varias razones:

  • El Estado de Israel actual no es el Reino de Dios sobre la tierra al cual los cristianos le debemos lealtad absoluta. Ningún gobierno humano lo es (Juan 18:36). El Reino político de Dios es una realidad futura, aún no presente (Daniel 2:44). Puesto que los cristianos somos ante todo ciudadanos del Reino de los cielos (Filipenses 3:20-21), no podemos jurar lealtad absoluta y ciega a ningún gobierno humano el cual, en algún momento, tomará decisiones contrarias a la voluntad de Dios (Hechos 5:29-31), pues debemos reconocer que el mundo entero y sus gobernantes están, en mayor o menor grado, bajo el poder del maligno (Lucas 4:5-6; Juan 12:31: 1 Juan 5:19; 2 Corintios 4:4).
  • Aunque las promesas particulares de Dios para la nación hebrea aún siguen vigentes y esperan su final cumplimiento en la era milenial, en ésta, la dispensación de la gracia, los judíos no gozan de ningún privilegio especial sobre los gentiles a la vista de Dios. Todos hemos sido hechos un solo pueblo (Efesios 2:14). Tanto judíos como palestinos, o cualquier otro grupo étnico o nación sobre la tierra, somos seres caídos y necesitados de gracia, perdón y salvación, pues todos hemos pecado por igual y estamos destituidos de la gloria de Dios. Ninguno de nosotros puede ser declarado justo o bueno en términos divinos (Romanos 3). Desde esta perspectiva, los judíos necesitan de Jesús tanto como nosotros pues “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Pablo amó a su gente y oró por ellos. “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:1-4). Pablo los amó y seriamente quiso que fueran salvos. Nosotros deberíamos tener la misma actitud amante, pero no idólatra hacia Israel. Jesús nos dijo que vayamos al mundo y prediquemos el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Ellos, como un pueblo, ciertamente caen en esta amplia categoría. Los cristianos deberían buscar darles el evangelio a los judíos tanto como a cualquier otro pueblo, pero no considerarles superior a cualquier otro grupo étnico o creyendo ciegamente que el Estado de Israel es perfecto y carente de errores en sus decisiones. No debemos olvidar que la nación de Israel actual está formada por seres humanos caídos como nosotros y no son superiores a ningún otro pueblo sobre la tierra (Gálatas 3:28; Romanos 2:17-29). Es más, Pablo afirmó que los judíos “en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.” (Romanos 11:28) y que “ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles” (Romanos 11:25), por lo tanto, la posición actual de Israel no es tan diferente de cualquier otra nación sobre la tierra en esta dispensación.
  • Jesús mismo no estaría de acuerdo con todos los postulados del sionismo judío y cristiano. No solo Jesús encontraría peculiar al sionismo moderno, sino que en su día rechazó lo más cercano a este: el movimiento de los zelotes. Hay dos referencias bíblicas al calificativo “zelote”. La primera está en Lucas 6:15 y la segunda en Hechos 1:13, aunque también lo hallamos como “cananista” (Mateo 10:4; Marcos 3:18). En la primera referencia, Lucas está narrando el episodio en que Jesús escogió a sus doce discípulos cercanos, entre ellos a “Simón, al que llamaban el Zelote”. En la segunda, se nombra al mismo discípulo en la historia del aposento alto. La palabra viene del griego zelotai que significa “celoso”. Para Flavio Josefo, el gran historiador judío, el uso del nombre zelote describe a una secta o partido judío formado antes del año 66 a. C, en el periodo intertestamentario. En este periodo surgieron muchos grupos religiosos y políticos movidos por el deseo de generar oposición contra el dominio extranjero. Entre los más recientes estaban los zelotes, quienes se sentían herederos de los macabeos (un movimiento judío de liberación que luchó contra el poder seléucida sobre Palestina). Los zelotes eran un grupo ultranacionalista que usaba la fuerza y la violencia para mover sus ideales. Buscaban terminar con el dominio romano en Palestina a fin de lograr la independencia política. Lucharon durante varias décadas hasta (según algunos historiadores) más o menos el 70 d. C., año de la caída de Jerusalén. Según otros historiadores, los zelotes fueron seguidores de Judas de Galilea, quien fundó en el año 6 d. C. lo que Josefo llama la “cuarta filosofía” de los judíos.[13] Esta filosofía insistía en repudiar a cualquier rey excepto Dios, y algunos libros modernos representan a este grupo como teniendo fuertes esperanzas mesiánicas. Si bien sus ideales religiosos se parecían a los de los fariseos, los zelotes tomaron el camino de la violencia a través de eventos guerrilleros contra los invasores. Así pues, el movimiento de los zelotes correspondería al de un mesianismo político tendiente a instaurar un reino judío en un Israel libre de gentiles e idólatras.[14] Para los zelotes, Dios era, en definitiva, el único y verdadero soberano de Israel, cualquier invasión era entendida como un atentado contra Dios mismo, para ellos Dios deseaba el heroísmo de su pueblo para hacer llegar su Reino y expulsar a los romanos y a sus colaboradores. Los zelotes esperaban un Mesías con las características de un poderoso Rey – Militar salido de entre sus jefes, e incluso algunos de ellos llegaron a ser proclamados mesías, como fue el caso de un tal Simón bar Kojba, el hijo de la estrella, reconocido mesías por el rabino Aquiba en el año 132 d.C. Fue el líder judío que dirigió en el año 132 la que es conocida como Rebelión de Bar Kojba contra el Imperio romano, estableciendo un estado judío independiente que dirigió durante tres años como príncipe, hasta ser derrotado por los romanos en el año 135 d.C. Reprimida la rebelión, Bar Kojba resultó muerto en el asalto final a la fortaleza de Betar. En este sentido, el sionismo judío moderno no es muy diferente del movimiento zelote ya que, al igual que aquel, es un movimiento político-religioso que promueve a cualquier costo los objetivos del estado moderno de Israel. El sionismo cristiano comparte estos mismos puntos de vista políticos, pero incluye ideas teológicas, ya que usa la Biblia para decir que la fidelidad a Dios debe expresarse a través de la fidelidad al moderno Estado de Israel, algo que la Biblia nunca dice. Lo que sí dice la Biblia es que ante Dios no hay favoritismos por cuestión de nacionalidad o cualquier otra causa (Hechos 10:34; Romanos 2:11; Gálatas 2:6; Efesios 6:9); que la violencia y el odio jamás será solución a los conflictos humanos (Mateo 5:9; 5:38-48; Romanos 12:20; Proverbios 25:21-22); que el pueblo de Dios está llamado a ser ejemplo en el trato a personas de otras nacionalidades o grupos étnicos (Deuteronomio 10:19; Levítico 19:34; 25:35; Deuteronomio 14:29; 26:11, etc.) y que intentar llevar a cabo la voluntad de Dios por medios políticos o militares raras veces termina bien y no se ajusta necesariamente a su voluntad (Mateo 26:52; Juan 6:15; 18:36).

CONCLUSIÓN.

¿Cuál debe ser entonces nuestra postura hacia el sionismo, sea este judío o cristiano? Una de equilibrio y moderación. Debemos rechazar todo extremo peligroso: tanto el antisemitismo propuesto por los enemigos de Israel, como la veneración enfermiza de algunos creyentes evangélicos por todo lo judío. Somos llamados a amar a Israel y orar por ellos, no a venerarlos ni volvernos ciegos a la realidad.

En círculos evangélicos predomina actualmente una opinión acrítica hacia Israel, a quien a menudo se idealiza. Influye que las librerías cristianas están llenas de publicaciones sobre Israel, especialmente sobre temas que van desde la rica historia de la nación hebrea hasta las profecías bíblicas relacionadas con los tiempos finales y el papel de Israel en las mismas. Pero rara vez se lee o escucha acerca de Israel como nación hostil hacia los seguidores de Cristo que viven allí, o de la discriminación que experimentan a veces los ciudadanos palestinos a manos de autoridades israelíes.

Aunque creemos que Israel está en el corazón de nuestra fe cristiana, y admitimos que el país tiene un papel importante en los acontecimientos futuros, reconocemos que, sobre todo, nuestra principal misión como seguidores de Cristo hoy, es ser testigos de Cristo a todas las naciones, no tomar partido a favor de una por encima de las demás. Nuestra devoción excesiva y acrítica hacia Israel puede llegar a entorpecer, más que a beneficiar, nuestra misión como iglesia.

REFENCIAS:

[1] Alfred M. Lilienthal, The Zionist Connection (New York: Dodd, Mead, & Co., 1978).

[2] Neturei Karta (en arameo, Guardianes de la Ciudad) es un grupo minoritario de judíos ultraortodoxos que rechazan cualquier forma de sionismo y se oponen activamente al Estado de Israel.

[3] Satmer (o Jasidim de Satmer) es un movimiento que adhiere al judaísmo jasídico originario del pueblo de Szatmárnémeti (ahora llamado Satu Mare, Rumania), ubicado en su momento en el Reino de Hungría

[4] Culla, Joan B. (2005). La tierra más disputada: el sionismo, Israel y el conflicto de Palestina. Alianza Editorial. ISBN 84-206-4728-4.

[5] Regina Sharif, Non-Jewish Zionism, Its Roots in Western History, Zed, 1983, p. 10

[6] La teología de reemplazo es la idea de que los cristianos han reemplazado a los judíos como el pueblo elegido de Dios. Los seguidores de la teología de reemplazo creen que ya que los judíos rechazaron y crucificaron a Jesús y se negaron a seguirlo, Dios los rechazó e hizo un nuevo pacto con la iglesia. Este pacto cancela el pacto especial de Dios con el pueblo judío. La teología del reemplazo surgió en parte debido al conflicto entre las sinagogas y las iglesias cristianas en los primeros siglos. Este conflicto aparece en Juan 9, donde el hombre nacido ciego es expulsado de la sinagoga porque dijo que Jesús lo sanó. Más tarde, cuando la iglesia se convirtió en la principal fuerza religiosa en el Imperio Romano, la hostilidad contra el judaísmo influyó a algunos teólogos eclesiásticos en condenar e incluso demonizar al pueblo judío. Así comenzó la propagación del antisemitismo en gran parte de la Europa cristiana.

[7] R. Kendall Soulen, The God of Israel and Christian Theology, Minneapolis: Fortress, 1996.

[8] J. Pentecost, D (1984). Eventos del Porvenir: Eventos de escatologia biblica. Editorial Vida

[9] Boyer, Paul S., When Time Shall Be No More: Prophecy Belief in Modern American Culture, Cambridge, MA: Harvard University Press, 1992.

[10] Wesley Haddon Brown , Christian Perspectives on the Israeli-Palestinian Conflict, p. 131.

[11] Peter F. Penner, Western Restorationism and Christian Zionism: Germany as a Case Study, 2008, p. 11.

[12] Ronald Sanders, The High Walls of Jerusalem: A History of the Balfour Declaration and the Birth of the British Mandate for Palestine (New York: Holt, Rinehart, & Winston, 1984).

[13] Kirsopp, L. (1917), Simon Zelotes, The Harvard Theological Review, Volume 10.

[14] Brandon, S.G.F. The Fall of Jerusalem and the Christian Church. Londres, 1957.