5 SOLAS, Reforma Protestante, Teología

Solus Christus, una doctrina pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La expresión latina “Solus Christus” (En español: Sólo Cristo) es una de los cinco solas que resumen la creencia básica de los reformadores protestantes: Que la salvación es a través de sólo Cristo y que Cristo es el único mediador entre Dios y el hombre.[1] En la teología evangélica todo se trata de Cristo. Todo se trata acerca de Su Persona y Obra. No se trata acerca de nosotros, no se trata de la realización de nuestros “sueños” o “sacar el campeón de nuestro interior”, no. Todo se trata acerca de Cristo. Solus Christus rechaza todo sistema humanista o antropocéntrico. El evangelio es, por naturaleza, Cristocéntrico.[2]

Fiel al principio de Solus Christus, el Movimiento Pentecostal enfatizó desde sus orígenes 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17).

  1. Jesucristo, el Salvador: El Primer y más importante aspecto de la doctrina pentecostal es que Jesucristo es el único medio de salvación para la persona. La salvación no es por obras sino por gracia por medio de la fe, nadie se puede salvar a sí mismo (Efesios 2:8).
  2. Jesucristo, el Sanador: En la Cruz del Calvario Jesús llevó nuestros pecados y también nuestros dolores y enfermedades. Una promesa para nuestros días es que por su llaga somos curados. Isaías 53 Podemos ser sanados sobrenaturalmente de nuestras enfermedades físicas por medio del Poder de Dios.
  3. Jesucristo, Bautiza con el Espíritu Santo: La Salvación, el perdón de los pecados no es el final de todo lo que Jesús puede y quiere hacer por la persona. Una vez convertidos a Él, la persona puede ser llena del Espíritu Santo y tener la evidencia de ese bautismo a través de la manifestación de los 9 dones mencionados en 1 Corintios 12 de la Biblia.
  4. Jesucristo, el Rey que Viene: Jesucristo regresará pronto a reinar. La Biblia le llama Rey de reyes y Señor de señores. Esta es la maravillosa esperanza que tenemos (Apocalipsis 22).

Estas cuatro verdades, conocidas como las 4 doctrinas cardinales del pentecostalismo clásico, constituyen la base de nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro. Estas 4 verdades cardinales definen al pentecostalismo como una fe cristocéntrica, una fe establecida sobre el principio de Solus Christus.

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SOLUS CHRISTUS, LA ESENCIA DEL PENTECOSTALISMO

Cristo, la Segunda Persona de la Trinidad, igual en Divinidad al Padre, es decir, Dios mismo (Juan 1:1) tomó una naturaleza humana para cumplir la perfecta Ley de Dios como un verdadero hombre en representación nuestra (1 Timoteo 3:16). Y no solamente para vivir perfectamente por nosotros, sino también para pagar nuestra deuda en la Cruz al beber la copa de ira del Padre por nosotros, es decir para morir por nosotros. El Justo, murió por los injustos, el Bendito se hizo maldito.

Solamente un Ser Eterno podía pagar una deuda eterna. Solamente un Ser eterno nos libró de la muerte eterna para darnos vida eterna. Solamente un Ser Eterno quebrantó la separación eterna que teníamos con Dios para darnos una unión y comunión eterna con Dios. Es Cristo, el Dios-hombre (Theantropos), quien une a Dios y al hombre. Es Cristo quien merece ser adorado, y no solo por las bendiciones que nos puede dar, sino por quien es Él. Esa enorme distancia que nos separaba de Dios fue acortada de forma definitiva porque Dios se acercó a nosotros, vivió (y vive) entre nosotros, vivió por nosotros, murió por nosotros, resucitó por nosotros, intercede por nosotros y volverá por nosotros, su Iglesia.

La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, en su artículo 2, afirma:

“El Señor Jesucristo, en lo que respecta a su naturaleza divina y eterna, es el verdadero y unigénito Hijo del Padre, pero en lo que respecta a su naturaleza humana, es el verdadero Hijo del Hombre. Por lo tanto, se le reconoce como Dios y hombre; quien, por ser Dios y hombre, es “Emanuel”, Dios con nosotros… Siendo que el nombre Emanuel abarca lo divino y lo humano, en una sola persona, nuestro Señor Jesucristo, el título Hijo de Dios describe su debida deidad, y el título Hijo del Hombre su debida humanidad. De manera que el título Hijo de Dios pertenece al orden de la eternidad, y el título Hijo del Hombre al orden del tiempo… El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, después de limpiarnos del pecado con su sangre, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, sujetándose a Él ángeles, principados, y potestades. Después de ser hecho Señor y Cristo, envió al Espíritu Santo para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla y confiese que Jesucristo es el Señor para la gloria de Dios el Padre hasta el fin, cuando el Hijo se sujete al Padre para que Dios sea todos en todo…”[3]

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SOLUS CHRISTUS, SELLO DISTINTIVO DEL CRISTIANISMO BÍBLICO

Los cristianos pentecostales creemos que el budismo, el islam y todas las otras religiones fuera del cristianismo bíblico son religiones falsas porque todo dios fuera del Dios de la Biblia es un dios falso. ¡Hay un sólo Dios! Y la realidad es que nosotros no podemos acercarnos a ese único Dios por méritos propios. Él es santo, puro, habita en luz inaccesible. Nosotros estamos sucios por el pecado. Intentar acércanos así a este Dios santo, verdadero, justo, lleno de ira contra el pecado es como intentar acercar un papel a un fuego y pretender que el papel no se consuma. ¡Imposible! Pero las buenas noticias del evangelio son estas: nosotros podemos acercarnos al único Dios porque hay un mediador. No muchos mediadores sino uno. La Biblia es clara:

«Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre» (1 Timoteo 2:5).

Bíblicamente no hay muchos caminos a Dios. El postmodernismo es incorrecto en su afirmación de que no hay verdades absolutas. La Biblia declara sin lugar a dudas que hay un solo Dios y hay un solo mediador. La palabra mediador traduce una palabra griega que comunica la idea de una persona que actúa como mediador trayendo reconciliación. La realidad de Cristo como único mediador confronta mucho de lo que sucede hoy en iglesias que se autodenominan cristianas, pero incluyen como mediadores entre Dios y los hombres a María, a los santos, a sacerdotes humanos o a cualquier otro ser o cosa. Solus Christus significa que sólo Cristo nos salva. Hay un solo mediador. Y esta enseñanza bíblica confronta el pensamiento popular que enseña que distintas religiones pueden, de la misma manera, llevarnos a Dios (pluralismo). La Biblia nos dice con claridad que esa enseñanza es falsa, un engaño. Hay un solo mediador. Solus Christus. Esto fue lo que los reformadores predicaron y enseñaron. Y esto es lo que nosotros, los pentecostales, predicamos y enseñamos.[4]

Solus Christus significa, entonces, que hay un solo Dios y un solo mediador, Jesucristo el Dios Hombre, quien se entregó para salvar a todos los que vienen a él. Cristo mismo afirmó esto:

«Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6)

Esto es una declaración radical. Es como si Jesús dijera: «si quieres venir al Padre tiene que ser por mí y solamente por mí». Si quieres venir al verdadero Dios tiene que ser a través de Cristo, solo Cristo. Todos los propósitos, planes, decisiones, decretos y promesas de Dios encuentran su cumplimiento final en Jesucristo. Todo lo que el Padre hace se centra en su hijo, y todo lo que el Espíritu hace da testimonio y trae gloria al Hijo. Así que, cuando los reformadores comenzaron a recuperar esta verdad central de las Escrituras, llegaron a la única conclusión de que Cristo es el centro y el cumplimiento de la revelación de Dios al hombre.

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CONCLUSIÓN

La cuarta Sola, Solus Christus, es la conclusión lógica de las tres anteriores. Solo las Escrituras, solo la fe, y solo la gracia, todo apunta a Cristo. Solo Cristo es el Mesías del cual dan testimonio las Escrituras. Solo Cristo es el canal por el que fluye la gracia salvadora de Dios. Y solo Cristo es la persona en la que ponemos nuestra fe. Solus Christus, para el creyente pentecostal, encierra cuatro aspectos esenciales: solo Cristo es nuestro Señor y Salvador, solo Cristo es nuestro Gran Sanador Divino, solo Cristo nos bautiza con su Espíritu Santo y solo Cristo es nuestro Rey venidero. Cristo, nuestro Señor y Salvador, ejerce su autoridad amorosa y su poder salvador en nosotros. Cristo sanador llevó sobre su cuerpo en la cruz nuestras enfermedades, solo Cristo nos bautiza con su Espíritu Santo. Y Cristo Rey ejerce Su soberanía absoluta a través de Su dominio, incluyéndonos a nosotros, tanto ahora como en su futura Segunda Venida en gloria.

Nuestra fe protestante, evangélica y pentecostal proclama:

“En un principio era el Logos, y el Logos estaba ante Dios, y Dios era el Logos. En un principio Éste estaba ante Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho… Y el Logos se hizo carne, y tabernaculizó entre nosotros, y contemplamos su gloria (gloria como del Unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad… Porque de su plenitud tomamos todos; es decir, gracia por gracia, pues la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas por medio de Jesús el Mesías. Nadie ha visto jamás a Dios; el Unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo reveló…” (Juan 1:1-18; Biblia Textual)
“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16)
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” (1 Timoteo 2:5)
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12)

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REFERENCIAS:

[1] Strawbridge, Gregg (1993). «The Five Solas of the Reformation. A Brief Statement» (en inglés). Reformation Celebration en Audubon Drive Bible Church, en Laurel: FiveSolas.com.

[2] Stephen J. Nichols, Martin Luther: A Guided Tour of his Life and Thought [Martín Lutero: un recorrido guiado de su vida y pensamiento] (Phillipsburg: P&R Publishing, 2002).

[3] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 2.

[4] Rod Rosenbladt, Christ Alone [Solo Cristo] (Irvine: NRP Books, 2015).

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Cristología, Herejías Cristológicas

Herejías cristológicas antiguas y modernas

 Por Fernando E. Alvarado. 

INTRODUCCIÓN.

Una herejía es una creencia o teoría controvertida o novedosa, en el ámbito religioso, que entra en conflicto con el dogma establecido. Se diferencia de la apostasía, que es la renuncia formal o abandono de una religión, y de la blasfemia, que es la injuria o irreverencia hacia la religión. Basándose en la etimología griega de la palabra, que proviene de hairesis (αἵρεσις), que significa una elección o un grupo de creyentes, es una escuela del pensamiento o una opinión particular o específica sobre un punto de doctrina determinado. La palabra “herejía”, por lo tanto, encierra el concepto de error y desviación de las enseñanzas y doctrinas que van contra un sistema de fe ya estructurado, o bien sometido a examen y finalmente aprobado con una definición de base inmutable. Desde el tiempo de los apóstoles abundaron las herejías: unas negaban la divinidad de Jesucristo, otras su humanidad y otras amalgamaban la doctrina cristiana con otras religiones, etc.[1]

Nuestra definición de herejía va más allá de cualquier contradicción al dogma de una religión o de un concilio eclesiástico. Para los cristianos evangélicos, la autoridad y suficiencia de la Biblia es incuestionable. Creemos firmemente que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21). Por tal motivo, cualquier desviación de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras y la sana doctrina en ellas contenida, es considerada una herejía.

En este artículo, se abordarán algunas de las más conocidas herejías cristológicas, tales como el docetismo, el adopcionismo, el ebionismo, el arrianismo, el apolinarismo, el monotelismo, el monofisismo, el modalismo y el nestorianismo, entre otras. Como creyentes es nuestro deber contender “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). De forma particular, es prioritario defender, proclamar y enseñar la Deidad de Cristo en un mundo donde dicha verdad, fundamental para la fe cristiana, está siendo cuestionada y debatida

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16).

“Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.” (2 Juan 7)

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¿QUÉ ES LA CRISTOLOGÍA?

La Cristología se define como la rama de la teología que trata de nuestro Señor Jesucristo y abarca en su totalidad las doctrinas que se refieren tanto a la persona de Cristo como a sus obras.

La Cristología evangélica considera a Jesucristo como la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, la Palabra o Verbo del Padre, quien se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre. Tales misterios, aunque ya habían anunciados en el Antiguo Testamento, fueron revelados en su totalidad en el Nuevo Testamento y desarrollados con claridad en la Tradición Cristiana y la Teología. Por eso el presente artículo aborda este tema bajo el triple aspecto del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y de la Tradición Cristiana.[2]

A.    CRISTOLOGÍA VETEROTESTAMENTARIA

El Antiguo Testamento cubre alrededor de tres cuartas partes de nuestra Biblia. Sin embargo, para muchos cristianos hoy día el contenido de esa porción de la biblia es desconocido. Muchos cristianos incluso se preguntan ¿Por qué estudiar el Antiguo Testamento si estamos viviendo bajo el Nuevo Pacto enseñado? La respuesta es sencilla: porque el Antiguo Testamento trata acerca del mismo tema. El Antiguo Testamento trata acerca de Cristo.

Los santos del Antiguo Testamento tuvieron fe en Cristo, en el Mesías que iba a venir. Su fe no era una fe general acerca de Dios sino fe en Cristo, el que iba a venir a destruir las obras de Satanás. En Juan 8:56, Jesucristo afirmó: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” De acuerdo con Jesús, Abraham, quien vivió 2,000 años antes de Cristo, creyó en la promesa que el Mesías vendría a salvar el mundo por su muerte. Es claro que hay ciertas diferencias entre ambos Testamentos: el vocabulario es diferente, la claridad es diferente (Abraham creyó en la sombra y figura de lo que habría de venir, nosotros conocemos la realidad), además, la dirección fue diferente (Abraham miró hacia la venida futura de Jesús, pero nosotros miramos hacia atrás, porque Él ya vino). Pero la esencia y el enfoque es el mismo.  En Juan 5:39, 46 Jesús vuelve a afirmar: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí… Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.”

Si Jesús afirmó que el Antiguo Testamento hablaba de Él, dicha afirmación es totalmente cierta. Las referencias a la genealogía humana del Mesías son numerosas en el Antiguo Testamento. Se le representa como la semilla de la mujer, el hijo de Sem, el hijo de Abraham, Isaac y Jacob, el hijo de David, el príncipe de los pastores, el retoño de la rama del cedro (Génesis 3:1-19; 9:18-27; 12:1-9; 17:1-9; 18:17-19; 22:16-18; 26:1-5; 27:1-15; Números 24:15-19; 2 Reyes 7,:1-16; 1 Crónicas 17:1-17; Jeremías 23:1-8; 33:14-26; Ezequiel 17). El Salmista real exalta la genealogía divina del futuro Mesías en las palabras: “Mi hijo eres tú, yo te engendré hoy” (Salmo 2:7).

Los profetas frecuentemente hablan del nacimiento del Mesías esperado y lo ubican en Belén de Judá (Miqueas 5:2-14); determinan su tiempo por de la sucesión del cetro de Judá (Génesis 49:8-12), por las setenta semanas de Daniel (9:22-27) y por el “breve tiempo” mencionado en el libro de Hageo (2:1-10). Los profetas del Antiguo Testamento también vieron que el Mesías había de nacer de una madre virgen (Isaías 7:1-17) y que su aparición, al menos la pública, sería antecedida por un precursor (Isaías 40:1-11; Malaquías 4:5-6).

Ciertos eventos conectados con la infancia del Mesías fueron considerados tan importantes que constituyen el objeto de predicciones proféticas. Entre esas está la adoración de los magos (Salmo 81:1-17), la matanza de los Inocentes (Jeremías 31:15-26) y la huida a Egipto (Oseas 11:1-7). Indudablemente en el caso de estas tres profecías, como en el de muchas otras, su cumplimiento es su mejor comentario, pero ello no ignora el hecho de que los eventos a que aluden fueron realmente predichos.

En el libro de Daniel Jesús es descrito como el “Hijo del Hombre” (7); en Malaquías es el “Sol de justicia” (4:2); en Isaías es el “Salvador” (62); el “Siervo de Jehová” (49), el “Emmanuel” (8:1-10), el “Príncipe de la Paz” (9:7). Los oficios mesiánicos se consideran en forma general en la parte posterior de Isaías (61). En particular, se considera al Mesías como un profeta en el libro del Deuteronomio (18:15-22); como rey en el cántico de Ana (1 Samuel 2:1-10) y en el canto real del Salmista (Salmo 45); como sacerdote en la figura sacerdotal de Melquisedec (Génesis 14:17-20) y en las palabras del salmo 110: “sacerdote para siempre”; como libertador, en la segunda parte de Isaías (63:1-6); como mediador del Nuevo Testamento, bajo la forma de una alianza con el pueblo (Isaías 42:1), y de la luz de los gentiles (Isaías 49).

En cuanto a la vida pública del Mesías, Isaías nos da una idea general de la totalidad con que el Espíritu se le da al Ungido (11:1-16), y del trabajo mesiánico (cap. 4). El Salmista presenta una descripción del Buen Pastor (cap. 22). Isaías resume los milagros mesiánicos (cap. 35). Zacarías exclama: “Regocíjate grandemente, Hija de Sión”, prediciendo así la solemne entrada de Cristo a Jerusalén. El Salmista se refiere a ese mismo evento cuando menciona la alabanza que sale de la boca de los infantes (Salmo 8). Y el salmista alude al mismo misterio cuando habla de la piedra rechazada por los constructores (Salmo 118:22).

¿Hará falta mencionar que los sufrimientos del Mesías fueron totalmente predichos por los profetas del Antiguo Testamento? La idea general de una víctima mesiánica aparece en el contexto de las palabras “sacrificio y ofrenda no te agrada” (Salmo 40:6). Además, la serie de acontecimientos particulares que constituyen la historia de la pasión de Cristo ha sido descrita por los profetas con notable minuciosidad. El Salmista se refiere a la traición en las palabras: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alza contra mí el calcañar” (41:9); y Zacarías sabe de las “treinta piezas de plata” (11:12-13); el Salmista que ora desde la angustia de su alma es figura de Cristo en su agonía (Salmo 55); su captura está profetizada en las palabras “perseguidle… apresadle” y “Se atropella la vida del justo” (Salmo 71:11; 94:21); el juicio fundado en falsos testimonios puede encontrarse representado en las palabras “Porque se han alzado contra mi testigos falsos, y los que respiran crueldad” (Sal 27:12); la flagelación está retratada en la descripción del Varón de dolores (Isaías 53:3; 53:12) y en las palabras “Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; me despedazaban sin descanso” (Salmo 35:15); la suerte del traidor queda dibujada en las imprecaciones del Salmo 109; la crucifixión es mencionada en los pasajes “¿Qué heridas son estas en tus manos?” (Zacarías 13:6), y “horadaron mis manos y mis pies” (Salmo 22:16-18). La oscuridad milagrosa sucede en Amós 8:9; la hiel y el vinagre son mencionados en el Salmo 69:21; la herida del costado de Cristo es anunciada en Zacarías 12:10. El sacrificio de Isaac (Génesis 22:1-14), el cordero sacrificial (Levítico 16:1-28), las cenizas de la purificación (Números 19:1-10) y la serpiente de bronce (Números 21:4-9) tienen un lugar prominente entre las figuras del Mesías sufriente. Incluso el capítulo tercero de las Lamentaciones es considerado correctamente como el discurso funerario de nuestro Redentor sepultado.

Por último, la gloria del Mesías ha sido prevista por los profetas del Antiguo Testamento. El contexto de frases tales como “en el tercer día nos resucitará” (Oseas 6:1-2), “Oh muerte, yo seré tu muerte” (Oseas 13:13-14), y “Sé que mi redentor vive y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25) llevaban al devoto creyente judío a algo más que una simple restauración temporal, cuyo cumplimiento comenzó a cumplirse en la resurrección de Cristo. Este misterio también está implícito, al menos como tipología, en las primeras frutas de la cosecha (Levítico 23:9-14) y en el rescate de Jonás del vientre de la ballena (Jonás 2). Pero no es sólo la resurrección del Mesías el único elemento de la gloria de Cristo que fue predicho por los profetas. Daniel 2:27-47, al reino del Mesías comparado con el reino del mundo. La Segunda Venida (Zacarías 14) y el Reino Milenial (Isaías 11, Miqueas 4) son también predichos en el Antiguo Testamento.

Los libros del Antiguo Testamento nos permiten conocer las ideas mesiánicas del judaísmo precristiano y preservan una imagen del pensamiento judío que data de siglos antes del nacimiento de Cristo. Tal como Jesús lo afirmara, el antiguo Testamento habla de Él. La Cristología puede hallar un cúmulo de abundante riqueza en las páginas del Antiguo Testamento.

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B.    CRISTOLOGÍA NEOTESTAMENTARIA

Los autores del Nuevo Testamento presentan a Jesús como Señor, Dios y Cristo, a quien el Padre exaltó al resucitarlo de entre los muertos:

1.    CRISTOLOGÍA PAULINA

Pablo insiste en la verdadera humanidad y divinidad de Cristo. Las expresiones “forma de siervo, hecho semejante a los hombres” y “en semejanza de carne de pecado” (Filipenses 2:7; Romanos 8:3) pueden parecer como lesivas a la humanidad real de Cristo en la enseñanza paulina. Mas en realidad ellas únicamente describen un modo de ser o dejan entrever la presencia de una naturaleza superior en Cristo que no es visible a los sentidos. Por otro lado, el apóstol habla abiertamente de Nuestro Señor manifestado en la carne (1 Timoteo 3:16); poseedor de un cuerpo de carne (Colosenses 1:22); “nacido de mujer” (Gálatas 4:4); nacido de la simiente de David según la carne (Romanos 1:3); perteneciente según la carne al pueblo de Israel (Romanos 9:5). En cuanto judío, Jesucristo nació bajo la Ley (Gálatas 4:4). El apóstol hace énfasis en la verdadera participación de nuestro Señor en nuestra debilidad humana física (2 Corintios 13:4), en su vida de sufrimiento (Hebreos 5:8) (Estudios recientes han demostrado que la Epístola a los Hebreos, durante siglos atribuida al apóstol Pablo a raíz del encabezado de la misma en la Vulgata, no es obra del apóstol, aunque sí parece notarse en ella la influencia de sus ideas. Su autor permanece anónimo) que culmina con su pasión y muerte (Filipenses 3:10; Colosenses 1:24). En sólo dos aspectos difiere la humanidad de nuestro Señor del resto de los hombres. Primero, en su ausencia total de pecado (2 Corintios 5:21; Gálatas 2:17; Romanos 7:3). Segundo, en el hecho de que nuestro Señor es el segundo Adán, que representa a todo el género humano (Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:45-49).

Según Pablo, la superioridad de la revelación cristiana sobre toda otra manifestación divina, y la perfección del Nuevo Pacto con su sacrificio y sacerdocio, se derivan del hecho que Cristo es el Hijo de Dios (Hebreos 1:1; 5:5; Romanos 1:3; Gálatas 4:4; Efesios 4:13; Colosenses 1:12; 2:9). El apóstol entiende la expresión “Hijo de Dios” no como una mera dignidad moral, ni como una relación puramente externa con Dios, iniciada en el tiempo, sino como una relación eterna e inmanente entre Cristo y el Padre. Compara a Cristo con Aarón y sus sucesores, Moisés y los profetas, y lo encuentra superior a éstos (Hebreos 1,1; 3:1-6; 5:4; 7:1-22; 10:11). Eleva a Cristo sobre los ángeles y lo hace Señor de los mismos (Hebreos 1:3; 2:2-3; 14); lo sienta a la derecha del Padre como heredero universal (Hebreos 1:2-3; Gálatas 4:14; Efesios 1:20-21). Si bien Pablo se ve obligado a usar los términos “forma de Dios” e “imagen de Dios” al hablar de la divinidad de Cristo, para poder mostrar la distinción personal entre el Padre Eterno y el Hijo Divino (Filipenses 2:6; Colosenses 1:15), Cristo no es simplemente la imagen y la gloria de Dios (2 Corintios 11:7), sino también el primogénito de toda la creación (Colosenses 1:15), en quien, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Colosenses 1:16), en quien la plenitud de la divinidad reside. Para Pablo “Cristo… es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:5).

2.    CRISTOLOGÍA DE LAS EPÍSTOLAS UNIVERSALES

Las epístolas de Juan serán consideradas junto con los demás escritos del mismo apóstol en el siguiente apartado. Bajo el presente encabezado señalaré brevemente los puntos de vista sostenidos por los apóstoles Santiago, Pedro y Judas relativos a Cristo.

a)    La Epístola de Santiago

El objetivo principal de la Epístola de Santiago no nos permite esperar que la divinidad de nuestro Señor quede en ella expresada formalmente como una doctrina de fe. Empero, esa doctrina está implícita en el lenguaje del escritor inspirado. Él profesa que su relación con Cristo es idéntica a la que tiene con Dios, y que es siervo de ambos (1:1). Aplica los mismos términos al Dios del Antiguo Testamento y a Jesucristo. Jesucristo es tanto el juez soberano como legislador independiente, que puede salvar y destruir (4:12). La fe en Jesucristo es la fe en el Señor de la gloria (2:1). Si no se admite la firme fe del autor en la divinidad de Jesucristo el lenguaje de la epístola constituiría una forzada exageración.

b)    La Cristología de Pedro

Pedro se presenta a sí mismo como siervo y apóstol de Jesucristo (1 Pedro 1:1; 2 Pedro 1:1), quien fue anunciado por los profetas del Antiguo Testamento de modo tal que esos mismos profetas fueron también siervos, heraldos e instrumentos de Jesucristo (1 Pedro 1:10-11). Es el Cristo preexistente quien modula las expresiones de los profetas de Israel al proclamar los anuncios de su venida. Pedro ha sido testigo de la gloria de Jesús en la Transfiguración (2 Pedro 1:16). Parece disfrutar la enumeración de los títulos de su Señor: Nuestro Señor Jesús (2 Pedro 1:2); Nuestro Señor Jesucristo (1:14-16); Señor y Salvador (3:2); Nuestro Dios y Salvador Jesucristo (1:1); cuyo poder es divino (1:3); a través de cuyas promesas los cristianos participan de la naturaleza de Dios (1:4). Es como si a lo largo de su carta, el apóstol Pedro experimentase la divinidad que confiesa respecto de Jesucristo.

c)     Epístola de Judas

También Judas se presenta a sí mismo como siervo de Jesucristo, gracias a cuya unión los cristianos perseveran en la vida de la fe y santidad (v. 1). Cristo es nuestro único Señor y Salvador (v. 4), que castigó a Israel en el desierto al igual que hizo con los ángeles rebeldes (v. 5). Él vendrá a juzgarnos rodeado de miríadas de santos (v. 14). Los cristianos dirigen a Él su vista en busca de misericordia y Él se las mostrará cuando venga (v. 21). La pregunta sería: ¿Puede un Cristo meramente humano ser el objeto de esa clase de lenguaje? ¿O es que judas creía que Jesús era divino?

3.    CRISTOLOGÍA JUANINA

Aunque no hubiera nada más en el Nuevo Testamento para probar la divinidad de Cristo, los primeros catorce versículos del Cuarto Evangelio bastarían para convencer a cualquiera que creyera en la Biblia acerca de la Divinidad de Nuestro Señor. La doctrina del prólogo de ese evangelio constituye la idea fundamental de toda la teología juanina. El Verbo hecho carne, por un lado, es idéntico al Verbo que existía desde el principio y, por otro, con Jesucristo, el protagonista del Cuarto Evangelio. El Evangelio todo es la historia de la Palabra Eterna viviendo entre los hombres.

La enseñanza del Cuarto Evangelio también se halla en las epístolas juaninas. Desde las palabras de apertura el autor informa a sus lectores que la Palabra de vida ha sido manifestada y que los Apóstoles han visto, escuchado y tocado al que es la Palabra encarnada. La negación del Hijo significa la pérdida del Padre (1 Juan 2:23), y “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” (1 Juan 4:15). Es más enfático aún el escritor hacia el fin de la epístola: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.” (1 Juan 5:20).

Según el Apocalipsis, Cristo es el primero y el último, el alfa y el omega, el eterno y el todopoderoso (1:8; 21:6; 22:13). Es el Rey de reyes y Señor de los señores (19:16), el centro de la corte celestial (5:6). Él recibe la adoración de los ángeles más elevados (5:8) y es objeto de adoración ininterrumpida, en asociación con su Padre (5:13; 17:14)

4.    CRISTOLOGÍA DE LOS SINÓPTICOS

Hay una diferencia real entre la presentación del Señor que hacen los tres primeros evangelistas y la que hace el apóstol Juan. La verdad presentada por estos escritores podrá ser idéntica, pero es vista desde diferentes puntos de vista. Los tres Sinópticos resaltan la humanidad de Cristo en su obediencia a la ley, en su poder sobre la naturaleza, y su ternura hacia los débiles y afligidos. El Cuarto Evangelio no subraya los aspectos de la vida de Cristo que pertenecen a su humanidad, sino los que denotan la gloria de la Persona Divina, manifestada ante los hombres bajo forma visible. Pero a pesar de esas diferencias, los Sinópticos, a través de sus sutiles sugerencias, prácticamente anticipan la enseñanza del Cuarto Evangelio. Tal sugerencia está implícita, primero, en la aplicación sinóptica de la palabra “Hijo de Dios” a Jesucristo. Jesús es el Hijo de Dios, no meramente en sentido ético o teocrático, ni tampoco para decir que es uno entre varios hijos sino dejando claro que Él es el único, amadísimo Hijo del Padre, con una filiación no participada por nadie más y totalmente única (Mateo 3:17; 17:5; 22:41; 4:3, 9; Lucas 4:3, 9). Su filiación se deriva del hecho de la venida del Espíritu Santo sobre María y de que el Altísimo la ha cubierto con su sombra (Lucas 1:35). Igualmente, los Sinópticos implican la divinidad de Cristo en su descripción de la Navidad y de las circunstancias que rodearon a ésta; Él es concebido por obra del Espíritu Santo (Lucas 1:35) y su madre sabe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque el todopoderoso ha hecho en ella grandes cosas (Lucas 1:48). Isabel la llama “bendita entre todas las mujeres”, bendice al fruto de su vientre y se maravilla de que la madre de su Señor haya ido a visitarla (Lucas 1:42-43). Gabriel saluda a María llamándola “llena de gracia”, “bendita entre las mujeres”; le vaticina que su Hijo será grande y llamado Hijo del Altísimo y que su reino no tendrá fin. (Lucas 1:28, 32). El Cristo recién nacido es adorado por los pastores y los magos, representantes de los mundos judío y gentil; gloria de su pueblo, Israel (Lucas 2:30-32). Esas narraciones difícilmente caben en la descripción de un niño humano normal, pero sí adquieren significado a la luz del Cuarto Evangelio.

Los Sinópticos concuerdan con la enseñanza del Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo no únicamente en cuanto al uso que dan a la palabra “Hijo de Dios” y en las descripciones del nacimiento de Cristo y sus detalles. También lo hacen en las narraciones de la doctrina, vida y trabajos de Nuestro Señor. El mismo término Hijo del Hombre, aplicado frecuentemente por ellos a Jesús, se utiliza de tal manera que demuestra a Jesucristo como a alguien consciente de sí mismo y para quien el elemento humano no es algo primario, sino secundario. Muchas veces Cristo es simplemente llamado Hijo (Mateo 11:27; 28:20) y, correspondientemente, Él nunca llama al Padre “nuestro” Padre, sino “mi” Padre (Mateo 18:10, 19:35; 20:23; 26:53). Él recibe el testimonio del cielo durante su bautismo y transfiguración acerca de su filiación divina; los profetas del Antiguo Testamento no son rivales sino siervos en comparación con Él (Mateo 21:34). El título de “Hijo del Hombre”, así, significa una naturaleza para la que la humanidad de Cristo era accesoria. Igualmente, Cristo declara tener el poder de perdonar los pecados y da soporte a esa declaración con sus milagros (Mateo 9:2-6; Lucas 5:20, 24). Insiste en la fe hacia sí (Mateo 16:16-17); incluye su nombre en la fórmula bautismal entre el del Padre y el Espíritu Santo (Mateo 28:19); sólo Él conoce al Padre y sólo el Padre lo conoce a Él (Mateo 11:27); instituye la ordenanza de la Santa Cena (Mateo 26:26; Marcos 14:22; Lucas 22:19). Padece y muere para resucitar al tercer día (Mateo 20:19; Marcos 10:34; Lucas 18:33); y sube al cielo, pero no sin antes prometer que estará con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

Es indiscutible que las afirmaciones de Cristo respecto a tener la más alta dignidad personal están claras en los discursos escatológicos de los Evangelios Sinópticos. Él es el Señor del universo material y moral. Como Supremo Legislador, Él es el punto de referencia de toda ley; como Juez Final, Él determina el destino de todos. Aún si quitamos el Cuarto Evangelio del canon del Nuevo Testamento todavía tendríamos en los Evangelios Sinópticos una doctrina idéntica a la que se nos da en el Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo. Algunos puntos de esa doctrina quizás estarían menos claramente expuestos de lo que están ahora, pero seguirían siendo substancialmente iguales.

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C.    DESARROLLO DE LA CRISTOLOGÍA EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA Y LA TEOLOGÍA PROTESTANTE

La cristología bíblica muestra que Jesucristo es a la vez Dios y hombre. Mientras que la tradición cristiana siempre ha sostenido la triple tesis de que Cristo es verdadero Dios, verdadero hombre y que el hombre-Dios, Jesucristo, es una única e indivisible persona, las teorías erróneas y heréticas de varios líderes religiosos han forzado a la Iglesia Cristiana, a lo largo de la historia, a insistir más fuertemente en uno u otro de los elementos de su cristología. Una clasificación de los principales errores y de la correspondiente reacción de la Iglesia de ese tiempo, no muestra el desarrollo histórico de la doctrina de la Iglesia con suficiente claridad.

1.    NEGACIÓN DE LA HUMANIDAD DE CRISTO

Desde los primeros tiempos de la Iglesia fue negada la verdadera humanidad de Jesucristo. El docetista Marción y los priscilianistas llegaron a afirmar que Jesús tenía un cuerpo aparente. Los valentinianos, otro grupo herético, creían que Jesús moraba en un cuerpo traído del cielo. Los seguidores de Apolinario negaban que Jesús tuviera un alma humana, o que poseyera la parte superior del alma humana y por ello sostenían que el Verbo proveía la totalidad del alma de Cristo o por lo menos sus facultades superiores.

2.    NEGACIÓN DE LA DIVINIDAD DE CRISTO

Ya desde los tiempos apostólicos la Iglesia veía la negación de la divinidad de Cristo como algo eminentemente anticristiano (1 Juan 2:22-23; 4:3; 2 Juan 7). Los primeros mártires, los denominados Padres de la Iglesia más antiguos y las primeras liturgias eclesiásticas concuerdan en su profesión de la divinidad de Cristo. Aun así, los ebionitas, teodocianos, artemonitas y fotinianos veían a Cristo como un simple hombre, si bien dotado de una sabiduría divina, o como una apariencia de un Eón emanado del Ser divino según la teoría gnóstica, o también como una manifestación de ese mismo ser, pero siguiendo las aseveraciones de los sabelianos y patripasionistas teístas y panteístas. Finalmente, otros lo reconocían como el Verbo encarnado, pero concebido de acuerdo con la opinión arriana, como una criatura intermedia entre Dios y el mundo, distinta esencialmente del Padre y del Espíritu Santo.[3]

3.    LOS CREDOS DE LA IGLESIA ANTIGUA

Ante el avance de las herejías y el peligro de que se pervirtiera la fe cristiana, la iglesia reaccionó convocando concilios, definiendo de forma clara la fe cristiana ortodoxa y redactando credos como testimonio de dicha fe. Uno de ellos, el Concilio de Nicea, buscaba combatir las herejías cristológicas de la época, principalmente el arrianismo. El Concilio de Nicea tuvo lugar en el año 325 bajo el liderazgo del Emperador Constantino y es aceptado por la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Anglicana y muchos grupos e iglesias Protestantes. El Credo de Nicea, resultado final de dicho Concilio, es una profesión o declaración de fe adoptada por los líderes cristianos de la época. Si bien las definiciones de Nicea tratan directamente de la doctrina de la Trinidad, también enseñan que Jesús, el Hijo de Dios, es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo, estableciendo así la divinidad de Jesucristo, el Verbo Encarnado.[4]

El Credo de Nicea

En general, el Credo de Nicea expresa una clara declaración de fe con respecto a las creencias cristianas fundamentales. El Credo de Nicea afirma acerca de Jesucristo:

“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.”[5]

Pero el Credo de Nicea no fue el único en redactarse para combatir la herejía. Otros credos importantes en la historia de la iglesia, aceptados incluso por la mayoría de las confesiones protestantes históricas, y que definieron la cristología del cristianismo ortodoxo, fueron el Credo de los Apóstoles, el Credo de Calcedonia y el Credo de Atanasio.

El Credo de los Apóstoles

El Credo o Símbolo de los Apóstoles probablemente se originó, en su forma actual, en la Galia, en el siglo V​ ligado a formas anteriores como “Jesús es el Señor”​ y la fórmula trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu Santo, ​ que aparecen en el Nuevo Testamento.[6] Dicho Credo afirma:

“Creo en Dios Padre, Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra. Creo en Jesucristo, Su Unigénito Hijo, nuestro Señor quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María; sufrió bajo Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió al infierno; al tercer día resucitó de entre los muertos; ascendió al cielo, y se sentó a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo, y la vida eterna. Amén.”[7]

El Credo de Calcedonia

El Concilio de Calcedonia fue un concilio ecuménico el cual se realizó del 8 de octubre al 1 de noviembre del año 451 en Calcedonia, ciudad de Bitinia, en Asia Menor, para combatir la herejía monofisita. Dicho Concilio dio lugar al Credo de Calcedonia, cuyas definiciones dogmáticas han sido desde entonces reconocidas como infalibles por la Iglesia católica y por la Iglesia ortodoxa, así como también por la Comunión anglicana, el luteranismo y las iglesias reformadas. Dicho Credo reza:

“Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. Amén.”[8]

El Credo de Atanasio

El Credo de Atanasio es una declaración de fe centrada en la doctrina Trinitaria, generalmente atribuida a Atanasio de Alejandría (296-373 d.C.) quien fuese obispo de Alejandría. Atanasio es considerado el campeón de la defensa de la ortodoxia trinitaria frente a la herejía arriana en el Concilio de Nicea, no obstante, su autoría sobre este credo ha sido refutada. El teólogo reformado holandés Gerardo Vossius (1577 – 1649) fue la primera persona en poner en duda la autoría del Credo Atanasiano. Las razones para negar la autoría de Atanasio sobre el Credo que lleva su nombre son, en primer lugar, porque el Credo está escrito en latín y no en griego, que era la lengua de Atanasio. En segundo lugar, porque no es mencionado por ningún contemporáneo ni por ninguno de los Concilios ecuménicos. Finalmente, el Credo no se utiliza en la Iglesia oriental, de donde provenía Atanasio, sino en la Iglesia occidental; lo que hace pensar que su origen se encuentra en la antigua Iglesia de occidente. Por otra parte, el Credo utiliza terminología idéntica a la de la obra Sobre la Trinidad (publicada en el 415) de Agustín de Hipona (354 – 430), lo que contribuye a la tesis de que su origen se encuentra en la Iglesia occidental. Además, es citado por Cesáreo de Arlés (470 – 542) y mantiene un estilo muy similar al de las obras teológicas de Vicente de Lerins (445 d.C.), por lo que lo más probable es que su origen se encuentre en el sur de la actual Francia.[9] La ortodoxia del Credo, sin embargo, es incuestionable:

“Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Universal. El que no guardare esta fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente. Y la Fe Universal es ésta: que adoramos a un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia. Porque es una la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; más la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu es toda una, igual la Gloria, coeterna la Majestad. Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo. Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno; como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un solo increado y un solo incomprensible. Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así también, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor es el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque, así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas de por sí es Dios y Señor, así la religión cristiana nos prohíbe decir que hay tres Dioses o tres Señores. El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado. El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad nadie es primero ni postrero, ni nadie mayor ni menor; sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y coiguales. De manera que, en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la Trinidad en Unidad. Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad. Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, de la Sustancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Sustancia de su Madre, nacido en el mundo; perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne Humana; igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad. Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no es dos, sino un solo Cristo; uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios; uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona. Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo Cristo; El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios Todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras. Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la Fe Universal, y quien no lo crea fielmente no puede salvarse. Amén.

En resumen, los credos sostenidos por la ortodoxia cristiana afirman la plena deidad y humanidad de Cristo. Toda sana cristología protestante acepta como válidos los postulados de los credos anteriormente mencionados, considerándolos expresiones válidas de la fe cristiana bíblica e histórica. El protestantismo ortodoxo, del cual formamos parte, afirma la unión hipostática de la persona de Jesús.[10] En Jesucristo se reúnen hipostáticamente su naturaleza humana y su naturaleza divina. O sea, están unidas en la hipóstasis o persona del Verbo.

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III.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS ANTIGUAS

Las primeras herejías de la época patrística (ss. I-III) negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera. Son las doctrinas docetas del cuerpo aparente de Jesús, que ya denunciaban la primera y segunda carta de Juan e Ignacio de Antioquía. Estas ideas descabelladas de un Cristo sin cuerpo real comenzaron a tomar forma en los sistemas gnósticos. Otro modo de negar la verdadera humanidad de Jesús fue la herejía de Apolinar difundida en los siglos IV-V. Este error no rechazaba la carne de Cristo sino su alma humana. Negaba la completa humanidad de Jesús al predicar un Jesús sin alma. El Verbo ocupaba el lugar del alma y lo hacía todo. De ese modo quedaba eliminado el mundo interior de Cristo hombre. También ocurrió frecuentemente lo contrario de lo anterior: La negación de Su Divinidad. En la siguiente tabla podemos observar las principales herejías cristológicas que sacudieron la iglesia antigua.

Cuadro Descriptivo de Herejías Cristológicas[11]

Ebionitas Niegan la divinidad de Jesús. Aceptan solo su humanidad. Se dieron 2 tipos: 1) Aceptan la virginidad de María, ya que no la interpretaba como una prueba de la filiación divina de Jesucristo. Éste, simple hombre o última de las siete reencarnaciones de Adán, tiene la misión de llevar a los hombres al conocimiento de la Ley en la cual consiste la única salvación. 2) Jesús sería fruto de un matrimonio entre una «joven» con un carpintero. Jesús percibía la inclinación al pecado como todos los hombres, y su elección, anunciada de antemano por los profetas, debía reducirse a su buena conducta.
Adopcionismo Se dieron dos tipos: 1) De Teodoto de Bizancio: Cristo era solamente un hombre, al que Dios adoptó como hijo en el momento de su bautismo y al que confirió una potencia divina para que pudiera llevar a cabo su misión en el mundo. 2) Pablo de Samosata, de Antioquía: para conservar la unidad divina, sostenía que Jesús no era Dios sino un hombre como los demás, pero con la diferencia de que, a él, el Verbo se le había comunicado de una manera especial, inhabitado en él, como si estuviera poseído por Dios.
Docetismo Herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo. Por su etimología viene de la voz griega dokéo, parecer, dókesis, apariencia. Sirve para designar el error de los que se niegan a admitir que Jesucristo ha sido hombre verdadero, con cuerpo de carne como el nuestro. Por consiguiente, sería pura ilusión o apariencia todo lo que los Evangelios cuentan y la Iglesia enseña sobre la concepción humana de Cristo, su nacimiento y su vida, sobre su pasión, muerte y resurrección. Dios se presenta con apariencia humana. Es un cuerpo aparente. ¿Cuál es el problema soteriológico? No se redime la humanidad.
Apolinarismo El Obispo Apolinar, con el objeto de poner de relieve la personalidad divina de Cristo, afirmó que Cristo no tenía un alma propiamente humana, sino que el Verbo encarnado había tomado el lugar de esta alma; por lo mismo, ya no se podía hablar más de dos naturalezas sino de una única naturaleza y de una única persona en Cristo
Arrianismo Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (…), el mismo Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de ser hecho, y también Él tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea llamado Dios, no es verdaderamente tal”. En consecuencia, para Arrio el Hijo era una especie de Demiurgo, un segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre Dios y las criaturas, no engendrado sino creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su enérgico rechazo a la doctrina de la generación estuvo motivado en impedir, por considerarlo inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único. Tampoco llegó al extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo, creía que Cristo no era una persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra parte, su interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó el lugar del alma humana, por lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas relativas al Espíritu Santo siguieron la misma suerte que las del Verbo, esto es, resaltó su condición de creatura, pero de un rango aún inferior a la de Aquél.
Monofisismo o eutiquianismo Sostenía que la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida por la divina, produciéndose la unión física de lo humano y divino en una sola naturaleza (fisis), o sea la divina. Así, se negaba la realidad de la naturaleza humana de Cristo que, al ser absorbida por la divina, la carne no sería sino mera apariencia.
Monotelismo Afirmaba que Cristo no tuvo voluntad humana, solamente voluntad divina. Se le priva a Cristo de tener libre albedrío humano para escoger y decidir.
Nestorianismo Nestorio afirmaba que las propiedades divinas del Logos/Hijo no pueden atribuirse al hombre Jesús ni las humanas al Logos/Hijo; por eso no puede decirse que el Verbo nació, fue engendrado, murió, ni que Jesús es inmortal.

Nestorio afirmaba que no se podían atribuir al Hombre Jesús de Nazaret las propiedades del Verbo Hijo ni atribuir las propiedades del Verbo al Hombre/Jesús.

Escuela de Alejandría La del Logos-sarx, al concentrar su atención en el Verbo como sujeto del hombre Dios, descuida la importancia del alma humana de Jesús y, en general, de su humanidad.
Escuela Antioqueña La del Logos-anthropos, en cambio, ilustra la plena realidad de la humanidad de Cristo, pero muestra algunos titubeos al afirmar el puesto central del Verbo como sujeto de la actividad divina.

 

IV.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS MODERNAS

Los tiempos han cambiado, pero las herejías siguen siendo las mismas o resurgen nuevamente, vestidas con nuevos ropajes, de entre los escombros del pasado. Dos de ellas destacan por su naturaleza dinámica y expansiva en el mundo religioso de hoy: El modalismo (sabelianismo) enseñado por el Movimiento “Solo Jesús” (Jesus Only) y el arrianismo modificado de los Testigos de Jehová.

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A.    EL MOVIMIENTO “SÓLO JESÚS”

El evangelicalismo moderno (y de forma particular el pentecostalismo) ha visto la aparición de grupos heréticos dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”. El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta doctrina es tanto una negación de la Trinidad como una herejía cristológica.

Esta herejía tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario, es que hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.” Esta enseñanza de Solo Jesús ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo.[12]

El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario, o Movimiento Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.[13]

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su Padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.[14]

B.    EL ARRIANISMO MODIFICADO DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Los Testigos de Jehová son una secta con creencias antitrinitaristas distintas a las vertientes principales del cristianismo. ​ Se consideran a sí mismos una restitución del cristianismo primitivo, creencia que se basa en su propio entendimiento de la Biblia, preferentemente de su Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que tiene, según ellos, como propósito santificar el nombre de Jehová. Su entidad jurídica, la Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, fue fundada en 1881 por Charles Taze Russell, quien la presidió hasta su muerte, en 1916. En la actualidad es dirigida por un Cuerpo Gobernante desde su sede principal en Warwick (Nueva York).​ Este cuerpo gobernante se encarga de establecer la doctrina oficial de la congregación mundial. Según sus propios datos, en 2018, sus publicaciones se distribuyeron en 240 países y territorios; y contaban con 8.4 millones de “publicadores” o miembros activos.[15]

Los Testigos de Jehová creen en Jehová (Dios el Padre) como el único Dios, y se identifican como seguidores de un único líder, Jesucristo, a quien consideran hijo de Dios pero no Dios en sí mismo, y a quien además identifican con el arcángel Miguel.[16] Asimismo, y A diferencia de las denominaciones cristianas ortodoxas, rechazan todas las doctrinas del Concilio de Nicea I y posteriores,​ entre ellas la Trinidad,[17] el fuego del infierno y la inmortalidad inherente del alma.

Los Testigos de Jehová enseñan que Jesús vivió en el cielo durante mucho tiempo antes de venir a la Tierra. Para los testigos, Jesús fue lo primero que Jehová creó (Colosenses 1:15). Jesús también es especial para Dios porque es su “Hijo unigénito”. Esto significa que Jesús es el único a quien Jehová creó solo, sin ayuda. Además, Jesús es el único que colaboró con Jehová para crear todo lo demás (Colosenses 1:16). Y solo a Jesús se le llama “la Palabra” o “el Verbo”, porque Jehová dio instrucciones y mensajes a ángeles y a humanos por medio de él (Juan 1:14).

Los Testigos de jehová enseñan que Jesús fue creado, lo que significa que antes no existía. Creen que solo Jehová ha existido siempre. Creen que el Padre es mayor que el Hijo y distinto a él en naturaleza. Afirman que solo Jehová es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1) y que Jesús es simplemente la segunda persona más importante y poderosa que existe después de Dios.

C.    UNA RESPUESTA BÍBLICA A LOS PENTECOSTALES UNICITARIOS Y LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no vacilan en enseñar con claridad la doctrina trinitaria. Judas 20-21 nos dice: “…Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna…”. La doctrina de la Trinidad no es un invento de la Iglesia de los primeros siglos ni una copia de sistemas paganos, sino la enseñanza clara y evidente del Nuevo Testamento, respaldado por el Antiguo, sobre Dios. Toda la Biblia se une en defensa de la doctrina trinitaria. La Biblia en su conjunto nos enseña que:

(1) Hay un Dios: Deuteronomio 6:4; 1 Corintios 8:4; Gálatas 3:20; 1ª Timoteo 2:5.

(2) La Deidad está compuesta de tres Personas: Génesis 1:1; 1:26; 3:22; 11:7; Isaías 6:8; 48:16; 61:1; Mateo 3:16-17; 28:19; 2 Corintios 13:14. En Isaías 48:16 y 61:1, el Hijo está hablando mientras hace referencia al Padre y al Espíritu Santo. Compare Isaías 61:1 con Lucas 4:14-19 y se dará cuenta de que es el Hijo hablando. Mateo 3:16-17 describe el evento del bautismo de Jesús. En este se ve a Dios el Espíritu Santo descendiendo sobre Dios el Hijo mientras Dios el Padre proclama Su complacencia en el Hijo. Mateo 28:19 y 2ª Corintios 13:14 son ejemplos de 3 personas distintas en la Trinidad.

(3) Los miembros de la Trinidad se distinguen el uno del otro en varios pasajes: En el Antiguo Testamento, Jehová afirma tener un “Hijo” (Salmos 2:7, 12; Proverbios 30:2-4). El Espíritu se distingue de Jehová (Números 27:18) y de Dios (Salmos 51:10-12). Dios el Hijo se distingue de Dios el Padre (Salmos 45:6-7; Hebreos 1:8-9). En el Nuevo Testamento, Juan 14:16-17 es donde Jesús ruega al Padre que envíe un Consolador, el Espíritu Santo. Esto muestra que Jesús no se consideró el Padre o el Espíritu Santo. Tome en cuenta también todos los otros tiempos en los Evangelios, en donde Jesús habla al Padre. ¿Estaba hablándose a Sí mismo? No. El habló a otra persona de la Trinidad – al Padre.

(4) Cada miembro de la Trinidad es Dios: El Padre es Dios: Juan 6:27; Romanos 1:7; 1ª Pedro 1:2. El Hijo es Dios: Juan 1:1, 14; Romanos 9:5; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1 Juan 5:20. El Espíritu Santo es Dios: Hechos 5:3-4; 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9; Juan 14:16-17; Hechos 2:1-4).

(5) La subordinación dentro de la Trinidad: La Escritura muestra que el Espíritu Santo es subordinado al Padre y al Hijo, y el Hijo es subordinado al Padre. Esta es una relación interna, y no niega la deidad de ninguna persona de la Trinidad. Esta es simplemente un área en el cual nuestras mentes finitas no pueden entender lo concerniente al Dios infinito. Concerniente al Hijo veamos: Lucas 22:42; Juan 5:36; Juan 20:21; 1 Juan 4:14. Concerniente al Espíritu Santo veamos: Juan 14:16; 14:26; 15:26; 16:7 y especialmente Juan 16:13-14.

(6) Las labores de los miembros individuales de la Trinidad:

  • El Padre es el recurso o causa esencial de: el universo (1 Corintios 8:6; Apocalipsis 4:11); la revelación divina (Apocalipsis 1:1); la salvación (Juan 3:16-17); y las obras humanas de Jesús (Juan 5:17; 14:10). El Padre pone en marcha todas estas cosas.
  • El Hijo es el agente a través de quien el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (1 Corintios 8:6; Juan 1:3; Colosenses 1:16-17); la revelación divina (Juan 1:1; Mateo 11:27; Juan 16:12-15; Apocalipsis 1:1); y la salvación (2 Corintios 5:19; Mateo 1:21; Juan 4:42). El Padre hace todas estas cosas a través del Hijo, quien hace las veces de Su agente.
  • El Espíritu Santo es el medio por el cual el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (Génesis 1:2; Job 26:13; Salmos 104:30); la revelación divina (Juan 16:12-15; Efesios 3:5; 2 Pedro 1:21); la salvación (Juan 3:16; Tito 3:5; 1 Pedro 1:2); y las obras de Jesús (Isaías 61:1; Hechos 10:38). De este modo el Padre hace todas estas cosas por el poder del Espíritu Santo.[18]

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V.        CONCLUSIÓN

Las herejías no nos deben escandalizar ni desalentarnos. Al contrario, nos invitan a afianzar y a afirmar mejor nuestra fe, para seguir dando razones de ella a quienes nos pidan. La Providencia de Dios ha sabido y sabrá siempre llevar la historia de la Iglesia a feliz término, recorriendo los senderos que a Él le parezcan más apropiados para manifestar su Sabiduría y su Misericordia con todos nosotros. Las herejías nunca podrán vencer a la Iglesia, pues el Señor Jesucristo ha prometido que Él edificaría su “iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Al mismo tiempo, la existencia de herejías en nuestra época nos hace vigilar, porque nadie está seguro de no caer. De esto mismo nos exhorta Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”  (1 Corintios 10: 12).

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NOTAS DE REFERENCIA:

[1] Herve Masson, Manual de herejías (Rialp: 1989), p. 5.

[2] Jurgen Moltmann, El Dios Crucificado: La Cruz de Cristo Como Base y Critica de Toda Teología Cristiana, (Sígueme: 1977), pp. 125-210

[3] Henri-Charles Puech (Ed.), Las religiones en el mundo mediterráneo y en el Oriente Próximo, Vol. I: Formación de las religiones universales y de salvación. Siglo XXI, 4ª ed., (Madrid, 1985), pp. 416-418.

[4] E. Mitre, Ortodoxia y herejía: Entre la Antigüedad y el Medievo (Cátedra, 2003), pp. 60-61.

[5] B. Llorca Vives, Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, (BAC, Madrid 1990), 7ª ed., p. 388.

[6] Hans Küng, El Credo de los apóstoles Contemporáneos, (Madrid, 1995), p. 37.

[7] J. N. D. Kelly: Early Christian Creeds, (Longman, Harlow 1975) 3.Ed. p. 56.

[8] Carlos Madrigal, Explicando la Trinidad al Islam, (Publidisa, 2007) pp. 137-140.

[9] James Sullivan, “El Credo Atanasiano”, Enciclopedia Católica. Vol. 2, (New York: Robert Appleton Company, 2017), pp. 33-35.

[10] La unión hipostática es un término técnico que designa la unión de las dos naturalezas, divina y humana, que en la teología cristiana se atribuye a la persona de Jesús.

[11] Marcos Antonio Ramos, Nuevo Diccionario de Religiones, Denominaciones y Sectas, (Grupo Nelson, 1998).

[12] Bernard, David A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. (Hazelwood, MO: Word Aflame Press), 1999.

[13] Bernard, David K., The Apostolic Life (Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press), 2011.

[14] Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism (Springfield, MO: Universal Publishers), 2003.

[15] Anuario de los Testigos de Jehová 2018, p. 35.

[16] «¿Es Jesús el arcángel Miguel?». La Atalaya. 2010. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[17] «Mito 4: Dios es una Trinidad». La Atalaya. 2009. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[18] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál camino? (Miami, FL: Editorial Vida), 1984.

Cristología, Teología

Cristo: Profeta, Rey y Sacerdote.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Una enseñanza tradicional sobre las vocaciones y oficios de Cristo es que Él es profeta, rey y sacerdote. Como el profeta altísimo Jesús habla la Palabra de Dios; como el sumo sacerdote él se ofreció a sí mismo como el sacrificio perfecto y ora por nosotros; y como Rey de reyes, él está en control de la historia y el destino humano.[1] Entendemos que el título de “rey” se asocia con la idea de reinar y gobernar. El sacerdote está activo en el servicio de los sacrificios a los efectos de reconciliar al hombre con Dios. De un profeta se espera que anuncie la voluntad de Dios y prediga acontecimientos que vendrán. Pero ¿Qué implica todo esto para nosotros? ¿Qué beneficios temporales o eternos representan dichas vocaciones para el cristiano?

CRISTO COMO PROFETA.

Moisés predijo que un profeta como él mismo sería levantado por Dios (Deuteronomio 18:15). Aparte de los otros cumplimientos que esto pudiera haber tenido en la sucesión de los profetas del Antiguo Testamento, su cumplimiento final fue en Jesucristo, a quien se le identifica como ese Profeta (Hechos 3:22–24). Incluso las personas comunes en los días de Cristo lo reconocieron a Él como un Profeta, con tanto entusiasmo que los principales sacerdotes y los fariseos temían represalias si tomaban alguna fuerte acción contra el Señor (Mateo 21:11, 46; Juan 7:40–53). Nuestro Señor también declaró ser un Profeta (Mateo 13:57; Marcos 6:4; Lucas 4:24; 13:33; Juan 4:44) que vino a hacer lo que hicieron los profetas, i.e., comunicarle el mensaje de Dios al hombre (8:26; 12:49–50; 15:15; 17:8).

El ministerio profético de nuestro Señor fue autenticado en dos maneras: por poderse ver el cumplimiento de algunas de Sus profecías, y por los milagros que le verificaron a las personas en Su tiempo que Él era un Profeta. La prueba conclusiva es Su detallada predicción de Su muerte. El profetizó que alguien cercano a Él le traicionaría (Mateo 26:21), que Su muerte sería instigada por los líderes judíos (16:21), que moriría por crucifixión, y que tres días después resucitaría (20:19). El que pudiera dar estos detalles acerca de Su muerte y que estos detalles se cumplieran lo autentica como un Profeta verdadero. Además, algunos de los milagros de Cristo estaban directamente vinculados al testimonio de que Él era un Profeta genuino (Lucas 7:16; Juan 4:19; 9:17). Verdaderamente, en estos postreros días Dios nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1–2).[2]

¿Qué implica esto para el cristiano? En primer lugar, que Jesús no fue simplemente un mensajero de revelación de Dios, sino que él mismo era la fuente de la revelación de Dios. Todos los profetas del Antiguo Testamento solían afirmar «Así dice el Señor», pero Jesús podía empezar su enseñanza con autoridad divina con la asombrosa declaración: «Pero yo les digo …» (Mateo 5:22). La palabra del Señor venía a los profetas del Antiguo Testamento, pero Jesús habló en base a su propia autoridad como el Verbo eterno de Dios (Juan 1:1) que nos revelaba perfectamente al Padre (Hebreos 1:1-2). En el sentido más amplio de profeta, refiriéndonos solo a alguien que nos revela a Dios y nos habla las palabras de Dios, Cristo, por supuesto, es verdadera y completamente un profeta. De hecho, él es aquel a quien los profetas del Antiguo Testamento prefiguraban en sus discursos y en sus acciones. Pero es más que eso: Él es el Verbo de Dios. Su palabra es autoritativa y final. El cristiano puede tener plena certeza de sus palabras y descansar en ellas y su fiel cumplimiento.

 CRISTO COMO REY.

Cristo es identificado como el Rey en las Escrituras (Isaías 9:6, 11:10; Hechos 2:30; Juan 12:15; 1 Timoteo 6:15; Apocalipsis 17:14, 19:16; Juan 18:37). En el Antiguo Testamento el rey tenía la autoridad de gobernar sobre la nación de Israel. En el Nuevo Testamento, Jesús nació para ser rey de los judíos (Mateo 2:2), pero rehusó los intentos de las personas para hacerle rey terrenal con poder terrenal militar y político (Juan 6:15). Sin embargo, Jesús mismo anunció la futura venida de su reino (Mateo 4: 17,23; 12:28). En la mentalidad hebrea de la época, el concepto de rey incluía una amplia esfera de prerrogativas. Un rey en Israel tenía poderes legislativos, ejecutivos, judiciales, económicos, y militares. De acuerdo con diversos teólogos, el concepto de Cristo como Rey puede contemplarse alrededor de cinco palabras: prometido, predicho, propuesto, rechazado, y realizado.

El papel de Cristo como Rey es enseñado a través de toda la Biblia:

  • El pacto misericordioso de Dios con David prometía que el derecho de reinar siempre permanecería en la dinastía de David. No prometía el reinar sin interrupción, porque, de hecho, el cautiverio babilónico lo interrumpió (2 Samuel 7:12–16).
  • Isaías profetizó que un Niño que iba a nacer establecería y reinaría sobre el trono de David (Isaías 9:7).
  • Gabriel le anunció a María que su Bebé iba a tener el trono de David y reinaría sobre la casa de Jacob (Lucas 1:32– 33).
  • A través de Su ministerio terrenal, el reinado davídico de Jesús fue propuesto a Israel (Mateo 2:2; Juan 12:13), pero Él fue rechazado.

Por haber sido el Rey rechazado, el reino mesiánico, davídico (desde un punto de vista humano) fue aplazado. Después de su resurrección, Jesús recibió del Padre mucha más autoridad sobre la iglesia y el universo. Dios lo resucitó de entre los muertos y «lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque, no sólo en este mundo sino también en el venidero. Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo, y lo dio como cabeza de todo a la iglesia» (Efesios 1:20-22; Mateo 28:18; 1 Corintios 15:25).

Esa autoridad sobre la iglesia y sobre el universo quedará completamente reconocida por las personas cuando Jesús regrese a la tierra en poder y gran gloria para reinar (Mateo 26:64; 2 Tesalonicenses 1:7-10; Apocalipsis 19:11-16). En aquel día será reconocido como «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:16) y toda rodilla se doblará ante él (Filipenses 2:10). Esto se espera en Su segunda venida. Entonces se realizará el reino davídico (Mateo 25:31; Apocalipsis 19:15; 20). Entonces el Sacerdote se sentará en Su trono, trayendo a esta tierra la tan esperada Edad de Oro (Salmo 110).[3]

¿Cómo nos afectará el reinado de Cristo? La Biblia habla sobre las condiciones durante el Milenio, como un ambiente perfecto tanto físico como espiritual. Será un tiempo de paz (Miqueas 5:2-4; Isaías 32:17-18); gozo (Isaías 61:7,10); confort (Isaías 40:1-2); sin pobreza (Amos 9:13-15), ni enfermedad (Joel 2:28-29). La Biblia también nos dice que solo los creyentes entrarán en el Reino Milenial. Por esto, habrá un tiempo de completa justicia (Mateo 25:37; Salmo 24:3-4); obediencia (Jeremías 31:33); santidad (Isaías 35:8); verdad (Isaías 65:16); y llenura del Espíritu Santo (Joel 2:28-29). Cristo regirá como Rey (Isaías 9:3-7; 11:1-10) y Jerusalén será el centro “político” del mundo (Zacarías 8:3).

JESUCRISTO COMO SACERDOTE.

Jesús es llamado nuestro Sacerdote (o, mejor dicho, nuestro Sumo Sacerdote). Su sacerdocio es descrito y comparado con otros dos sacerdocios previos: El sacerdocio de Melquisedec y el sacerdocio levítico. Como Melquisedec, Él es ordenado como un sacerdote aparte de la Ley dada en el Monte Sinaí (Hebreos 5:6). Como los sacerdotes levíticos, Jesús ofreció un sacrificio para satisfacer la Ley de Dios, cuando Él se ofreció a Sí mismo por nuestros pecados (Hebreos 7:26-27). Sin embargo, el sacerdocio de Cristo es diferente a los otros dos sacerdocios mencionados. A diferencia de los sacerdotes levíticos, quienes tenían que ofrecer continuos sacrificios, Jesús solo tuvo que ofrecer Su sacrificio una sola vez, ganando la redención eterna para todos los que vinieran a Dios a través de Él (Hebreos 9:12).

¿Qué implica para nosotros que Jesús sea nuestro sumo sacerdote? En primer lugar, debe considerarse que cada sacerdote es designado de entre los hombres. Jesús, aunque es Dios desde la eternidad, se hizo hombre a fin de sufrir la muerte y servir como nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 2:9). Como hombre, Él estuvo sujeto a todas las debilidades y tentaciones que tenemos nosotros, para que pudiera identificarse personalmente con nosotros en nuestras luchas (Hebreos 4:15). Jesús es más grande que cualquier otro sacerdote, por lo que es llamado nuestro “Gran Sumo Sacerdote” en Hebreos 4:14, y eso nos da la confianza para acercarnos “al trono de gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.” (Hebreos 4:16).[4]

CONCLUSIÓN.

Existen tres oficios que en el Antiguo Testamento eran ungidos y elegidos por Dios para dar a conocer su voluntad, gobernar y pastorear a su pueblo: Profeta, Rey Sacerdote. Jesús es nuestro mejor Profeta, nuestro suficiente Sacerdote y nuestro glorioso Rey. Cristo Jesús es quien habla, quien oficia y quien gobierna su Iglesia, no necesitamos más nadie porque es él el único calificado para ser intermediario entre Dios y nosotros.

 

REFERENCIAS.

[1] Cornelio Hegeman, “Las Vocaciones de Cristo”, Cristología (Miami: MINTS), 2019.

[2] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Miami: Zondervan), 2014.

[3] Charles C. Ryrie, Teología Básica (Miami: Editorial Unilit), 1993.

[4] Stanley Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva Pentecostal, (Miami: Zondervan), 2009.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Miguel, Azazel y el Santuario.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los Adventistas se presentan como cristianos evangélicos. Incluso si uno lee su base doctrinal oficial, encuentra que muchas de ellas son claramente identificables como evangélicas. Muchos cristianos ortodoxos hasta podrían considerar tolerable el énfasis adventista en la observancia del sábado, pues incluso grupos evangélicos como los Bautistas del Séptimo Día[1] lo hacen sin que esto afecte su comunión con otros creyentes evangélicos.

Para muchos otros, el énfasis adventista en una vida saludable y su obsesión por la ley mosaica (con sus regulaciones dietéticas) y el vegetarianismo, resulta hasta digno de encomio. Ciertamente, pocos evangélicos concordarían con los adventistas en la doctrina del sueño del alma y el aniquilacionismo, pero incluso esto podría ser tolerable para las iglesias protestantes más liberales. Sin embargo, las anteriormente mencionadas no son las únicas doctrinas adventistas que difieren del cristianismo bíblico. Los adventistas incluyen entre sus creencias muchas otras doctrinas antibíblicas, algunas de ellas verdaderamente extrañas y hasta peligrosas.

¿SON CRISTO Y MIGUEL LA MISMA PERSONA?

La Cristología[2] adventista, por ejemplo, difiere en algunos aspectos de la cristología considerada ortodoxa por la iglesia cristiana a través de los siglos. La teología adventista afirma:

“Miguel es un nombre utilizado cinco veces en la Biblia para designar a un ser celestial (Dan. 10:13, 21; 12:1; Judas 9; Apoc. 12:7)… Miguel es identificado como “uno de los principales príncipes” (Dan. 10:13), “vuestro príncipe” (vers. 21), “el gran príncipe” (Dan. 12:1) y “el arcángel” (Jud. 9). La palabra “arcángel” implica que es el príncipe de los ángeles, lo que podría sugerir que Miguel no puede ser otro nombre para Jesús, ya que los ángeles son seres creados… La frase “uno de los principales príncipes” (Dan. 10:13) podría dar la impresión de que Miguel es uno entre muchos príncipes. Pero, de acuerdo con Apocalipsis 12:7, Miguel es el líder supremo de los ángeles celestiales, o “el gran príncipe”. Aun cuando ayuda personalmente a los ángeles en sus tareas designadas (Dan. 10:13), las huestes angélicas permanecen bajo su mando (Apoc. 12:7). Además, él es “el arcángel”(Jud. 9). Este título es mencionado en otro lugar de la Biblia: 1 Tesalonicenses 4:16, en el contexto de la Segunda Venida. Cristo regresará “con voz de arcángel”, sugiriendo así que Miguel es, muy probablemente, otro nombre para Jesús… Se describe a Miguel como el Príncipe de Israel (Dan. 10:21), aquél que protege a Israel (Dan. 12:1). Se describe esta protección en términos militares y se muestra al príncipe como un guerrero. Prácticamente en todos los pasajes en los que es mencionado existe un conflicto entre el pueblo de Dios y sus enemigos, y se presenta a Miguel defendiéndolo o luchando por él. La protección también puede tomar la forma de juicio, en el que Miguel se levanta para defender y liberar al pueblo de Dios (Dan. 12:1). Estas funciones que Cristo desempeña en el Nuevo Testamento confirman la posición de que Miguel y Cristo son la misma persona, comprometida con el liderazgo de los reinos celestial y terrenal… En Daniel 8:10 hace referencia a un personaje que realiza el servicio diario en el Santuario Celestial. Sólo existe otro texto en el Antiguo Testamento que lo menciona. Josué tuvo un encuentro con un ser que se identificó como “Príncipe (comandante) del ejército de Jehová”. éste ordenó a Josué que se descalzara, ya que el suelo donde estaba parado era santo, similar a la aparición de Dios a Moisés. El contexto deja en claro que este ser era el Señor mismo (Jos. 6:2). Este príncipe es la misma persona llamada en otros textos como príncipe Miguel y, por lo tanto, podemos identificarlo con el Cristo preencarnado… De esta manera, aunque la Biblia no identifica claramente a Miguel con Cristo, existe suficiente material bíblico como para garantizar la posición que señala a ambos como el mismo personaje. El nombre Miguel subraya la idea de que Cristo es el líder supremo de los ángeles celestiales y el defensor de su pueblo como guerrero, juez y sacerdote.”[3]

Al afirmar que Jesús y Miguel son la misma persona, los adventistas no hacen sino seguir las enseñanzas de Ellen G. White, su fundadora. En su comentario sobre Daniel 10:13, la señora White afirmó:

“Durante tres semanas, Gabriel luchó contra los poderes de las tinieblas, tratando de contrarrestar las influencias que estaban trabajando en la mente de Ciro; y antes de que la contienda terminara, Cristo mismo vino en ayuda de Gabriel.[4]

Ellen G. White, comentando el pasaje de Judas 1:9 hizo también afirmaciones no bíblicas acerca del cuerpo de Moisés. Según la señora White, Miguel dio vida a Moisés antes de que su cuerpo viera corrupción. En tales afirmaciones, ella identificó a Miguel como Cristo, el Hijo de Dios:

“Satanás, el tentador, había reclamado el cuerpo de Moisés a causa de su pecado; pero Cristo el Salvador le sacó de la tumba.[5]

“Moisés experimentó la muerte, pero Miguel vino y le dio vida antes de que su cuerpo viera corrupción. Satanás trató de apoderarse del cuerpo, reclamándolo como suyo; pero Miguel resucitó a Moisés y le llevó al cielo. Satanás lanzó mordaces denuestos contra Dios, acusándolo de injusto al permitir que su presa le fuera arrebatada; pero Cristo no reprendió a su adversario, aunque había sido a causa de su tentación que el siervo de Dios había caído. Con mansedumbre, lo refirió a su Padre, diciendo: “El Señor te reprenda.[6]

Los argumentos adventistas podrían parecer sólidos a simple vista, pero son totalmente erróneos y sin fundamento estable en la Palabra de Dios. Hay varias razones por las cuales Miguel y Cristo no podrían ser la misma persona. Por ejemplo:

  1. De Miguel se dice en Daniel 10:13 que “es uno” de los principales príncipes, lo cual lo coloca en un grupo con los otros príncipes principales. No se nos dice de cuantos príncipes consta ese grupo, pero sí que hay otros y que Miguel es apenas “uno” en un grupo de iguales. Miguel no podría haber sido Cristo, porque a Cristo jamás se lo describe como uno entre muchos otros iguales a Él. A Cristo se lo describe en Juan 3:16 como “Hijo unigénito.” La palabra griega equivalente a “unigénito” es “monogenes” único en su clase. Esto muestra que Miguel no puede ser Cristo.
  2. Las tres referencias a Miguel en Daniel son: “uno de los principales príncipes”, “vuestro príncipe” y “el gran príncipe” (Daniel 10:13, 10:21:12:1). La Biblia nunca se refiere a Cristo como uno de los principales príncipes, vuestro príncipe, o el gran príncipe. Jesús es llamado “Príncipe de paz” (Isaías 9:6) y “Príncipe y Salvador” (Hechos 5:31). Se puede ver que los títulos de Miguel y de Jesús no son los mismos.
  3. Miguel, un ángel, hizo la obra de ángeles, como se describe en 2 Pedro 2:11, al no pronunciar juicio de maldición contra el diablo. Judas no identifica al arcángel Miguel con Cristo. Pero, ¿qué es un arcángel? Arcángel significa “ángel principal”. Por lo tanto, Miguel es un ángel principal. Jesús no es un ángel principal, o un ser creado, sino Creador de los ángeles. Él es Señor de Señores y Rey de Reyes. En Judas 1:9 Miguel le dijo al diablo: “El Señor te reprenda.” Si Miguel era Cristo, ¿Por qué no dijo Miguel: “Yo te reprendo”? Como arcángel (ángel principal), un ser creado, Miguel invoca el nombre del Señor, probando una vez más que él y Cristo no son la misma persona.
  4. En el Antiguo Testamento, el término ángel de Jehová a menudo se refiere a Cristo. Sin embargo, la Biblia nunca se refiere al Señor como el arcángel Miguel. De igual forma, a Miguel nunca se lo llama “el ángel de Jehová.”
  5. El hecho de que 1 Tesalonicenses 4:16 afirme que Jesús viene “con” voz de arcángel no prueba que Jesús es Miguel. La Biblia enseña que todos los ángeles, incluyendo al arcángel Miguel, acompañan a Jesús en su segunda venida. Así, la voz de Miguel se oirá, junto con el llamado de la trompeta de Dios (1 Tesalonicenses 1:7).
  6. De acuerdo con Apocalipsis 12:7, Miguel, el ángel principal, dirigía a los ángeles leales en la batalla contra el diablo y sus ángeles, y salió victorioso. Sin embargo, Juan no identifica a Miguel con Cristo, probando que ambos no son la misma persona.

 

LA DOCTRINA DEL SANTUARIO CELESTIAL.

Otra doctrina controvertida dentro de la teología adventista es la enseñanza del santuario celestial. Dicha doctrina consiste en la creencia de que existe un Santuario en el cielo y que muchos aspectos del Tabernáculo hebreo, o santuario terrenal, son representativos de las realidades celestiales. Los adventistas fundamentan dicha enseñanza en Hebreos 8:1-2 y Éxodo 20:40.[7] En particular, Jesús es señalado como el Sumo Sacerdote quien intercede por el perdón de los pecados a través del derramamiento de su propia sangre.[8]

El origen histórico de la doctrina está íntimamente ligado al movimiento Millerista que esperaban el retorno visible de Cristo el 22 de octubre de 1844. Ellos habían interpretado que la purificación del santuario a la que se refería Daniel 8:14, era la venida de Jesús a la Tierra. Después del Gran Chasco vivido al no cumplirse estas expectativas, un grupo de unas 50 personas decidieron estudiar más a fondo para saber si había existido algún error en la interpretación. Hiram Edson afirmó haber tenido una visión, en la que él aseguró haber visto el cielo abierto, y en él haber visto el santuario celestial y a Jesucristo ministrando como Sumo sacerdote, pasando del Lugar Santo al Lugar Santísimo. Edson compartió su experiencia con muchos de los adventistas locales a quienes persuadió con entusiasmo.

Como resultado de esta experiencia, Edson comenzó a estudiar la Biblia con otros dos creyentes del área de Nueva York, O.R.L. Crosier and Franklin B. Hahn, quienes publicaron los resultados de su estudio en un folleto titulado Day-Dawn (Amanecer).[9] En este folleto se estudiaba la parábola de las “Diez vírgenes” de Mateo 25:1-13 e intentaba explicar que el novio había tardado.[10] Además, introducía el concepto del día de la expiación y lo que los autores llamaron “una cronología de eventos”.[11] Según la nueva interpretación, la festividad judía de Yom Kippur, o Día de la Expiación, era un tipo del ministerio sacerdotal de Jesús en el cielo. En dicha festividad, el lugar santísimo era accedido una vez al año por el Sumo Sacerdote para presentar la sangre de los animales sacrificados: un toro ofrecido como expiación por el Sacerdote y una cabra ofrecida en expiación por el pueblo. Según los adventistas, Cristo entró al Lugar Santísimo del santuario celestial en 1844, cuando pasó del Lugar Santo al Lugar Santísimo para comenzar la expiación final de la humanidad.[12] La doctrina oficial de la iglesia adventista al respecto se expresa de la siguiente manera:

“Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.[13]

Según los adventistas, la obra expiatoria de Cristo no alcanzó en la cruz su plenitud y perfección, pues quedó pendiente el quitar los pecados del santuario celestial:

“Aunque la sangre de Cristo habría de librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no había de anular el pecado; este queda registrado en el Santuario hasta la expiación final; así en el símbolo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el Santuario hasta el día de la expiación… El cielo es el contratipo del templo terrestre, con su lugar santo y santísimo. Hasta 1844 Cristo ha estado intercediendo en el “lugar santo” por los pecadores arrepentidos. No obstante, sus pecados permanecían imborrables en el libro del testimonio”. [14]

“En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, Cristo entró en el 2º y último aspecto de su ministerio expiatorio: Un juicio investigador que forma parte de la eliminación definitiva del pecado”.[15]

Para los adventistas, igual que el sumo sacerdote tenía que acceder una vez al año al lugar santísimo para perfeccionar los sacrificios rituales, Cristo comenzó en 1844 su obra para perfeccionar su expiación por el pecado en el santuario celestial. Tal enseñanza se opone frontalmente a las enseñanzas de la carta a los Hebreos, donde encontramos afirmaciones categóricas sobre el valor y efecto del sacrificio de Cristo:

“A diferencia de los otros sumos sacerdotes, él no tiene que ofrecer sacrificios día tras día, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque él ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre cuando se ofreció a sí mismo”. (Hebreos 7:27, NVI).

El escritor de la carta a los Hebreos nos dice que Jesús “entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno”. (Hebreos 9:12, NVI).

Cristo no tuvo que esperar hasta 1844 para comenzar a perfeccionar su expiación por el pecado. La Biblia nos enseña claramente que “Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.”. (Hebreos 9:28, NVI).

La Biblia claramente muestra lo contrario de los que los Adventistas creen. En Hebreos 9:11-14 dice:

 “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”.

Lamentablemente, los adventistas se empeñan en atribuirle a Cristo un ministerio de expiación desde 1844 en ese misterioso santuario celestial, cuando lo cierto es que la Biblia enseña que la obra de Cristo fue consumada de una vez y para siempre en la cruz (Juan 19:30). Pero las implicaciones de esta doctrina errónea van aún más allá: si la obra de Cristo no fue consumada en la cruz, entonces ¿Quién puede estar seguro de su salvación? En su intento por sostener una herejía, los adventistas dieron vida a otra: La herejía del juicio investigador.

LA DOCTRINA DEL JUICIO INVESTIGADOR

La doctrina del juicio investigador afirma que el juicio divino de los cristianos profesos ha estado en progreso desde 1844. Está íntimamente relacionado con la historia de la Iglesia y fue descrita por Ellen G. White como uno de los pilares del adventismo.[16] La creencia es un componente esencial para comprender la doctrina más amplia del Santuario celestial.[17] De acuerdo con la doctrina adventista:

 ‘‘El juicio investigador pone de manifiesto frente a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo y por lo tanto se los considerará dignos, en él, de participar de la primera resurrección. También aclara quiénes están morando en Cristo entre los que viven, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y por lo tanto estarán listos en él para ser trasladados a su reino eterno”[18]

Para los primeros adventistas, el juicio investigador estaba íntimamente relacionado con su entendimiento de la salvación con su fuerte énfasis en el libre albedrío y el desarrollo del carácter. Ellos creían que el final de juicio investigador (el cierre de la prueba) marcará un tiempo antes de la segunda venida de Jesús, cuando toda la humanidad habrá hecho su decisión final a favor o en contra de Dios. Los cristianos que se encuentren vivos en ese tiempo permanecerán en el estado espiritual en que se encuentren, debido al trabajo de sellamiento del Espíritu Santo​ como una evidencia de una relación con Jesús y obediencia a sus mandamientos. ​ Por lo tanto, se entendía que la “purificación del Santuario celestial” por Cristo durante el juicio investigador incluía también una “purificación” paralela de sus vidas en la Tierra. En el libro “El conflicto de los siglos” Ellen G. White afirmó:

“Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal.[19]

Dicha afirmación llevó al adventismo a la creación de una soteriología escatológica basada en obras. Por lo que, al interior de la iglesia, surgió la idea de que el estado de perfecta santidad sería alcanzado por una generación final antes del retorno de Jesús. Esto llevó al surgimiento de una corriente de adventistas del séptimo día que se puede describir como los “perfeccionistas sin pecado” y que hoy se conoce como adventismo histórico. Este entendimiento perfeccionista fue inicialmente aceptado, pero luego rechazado por la corriente principal de la iglesia desde 1959 en adelante.

La creencia del juicio investigador, sin embargo, aún sigue siendo sostenida por los adventistas. Aún hoy, los adventistas creen que la “purificación” del Santuario celestial incluye un trabajo de juicio como se ilustra en la escena de Daniel 7:9-12 inmediatamente antes de la segunda venida de Jesús descrita en Daniel 7:13-14. En la teología adventista, el juicio comenzó en 1844 cuando Cristo entró al Lugar Santísimo del Santuario Celestial. Desde entonces, un “juicio investigador” está tomando lugar en el cielo, en el que las vidas de los creyentes profesos son revisadas una a una ante Dios.[20]

Esta doctrina herética se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, “El ministerio de Cristo en el Santuario celestial”, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[21]

El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[22]

Los cristianos bíblicos rechazamos la doctrina adventista del juicio investigador. Para nosotros, y más importante aún, a la luz de la Biblia, la creencia adventista del juicio investigar presenta serios problemas teológicos:

  1. Primero, afirmar, como hacen los adventistas, que Cristo tiene que discernir los que son salvos, es negar su omnisciencia preexistente; o sea, negar implícitamente su plena Divinidad (Juan 2:25, Proverbios 15:11).

 

  1. Segundo, mantener que el pecado ha estado (y sigue estando) presente en las esferas celestiales, es negar la contundente y taxativa declaración profética de Juan el Bautista: ‘este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’ (Juan 1:29), y restar validez a la declaración de Dios mismo: ‘Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados’ (Isaías 43:25).

 

  1. Tercero, los cristianos podemos estar seguros de nuestra salvación aquí y ahora. Pablo enseñó esto a los cristianos de su época: “ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:11). Los cristianos del primer siglo no tuvieron que esperar hasta 1844 para que sus casos fueran examinados y sus vidas declaradas sin culpa. Ellos ya estaban seguros de su salvación: “AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Romanos 8:1).

 

  1. Cuarto, Cristo no tuvo que esperar hasta 1844 para completar su obra y terminar con el pecado de su pueblo. El autor de la carta a las Hebreos nos dice: “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena.” (Hebreos 9:24-25). Cuando la carta a los Hebreos fue escrita ¡La obra ya había sido consumada!

 

Aparte de las visiones del Hiram Edson y Ellen G. White, los adventistas no son capaces de aportar ninguna base bíblica que sustente sus doctrinas sobre la expiación en curso. Lo más que se atreven a hacer es una errática peregrinación por la carta a los Hebreos, torciendo un lenguaje claramente simbólico para darle un valor literal, que permita justificar sus doctrinas visionarias. Para terminar con sus “alucinaciones” interpretativas, los adventistas completan su enseñanza sobre la expiación y el juicio investigador con otro detalle aún más aberrante y herético: Convertir a Satanás en Co-Redentor de la humanidad.

 NUESTROS PECADOS ECHADOS SOBRE SATANÁS.

La herejía adventista alcanza niveles hasta blasfemos al convertir a Satanás en otro salvador aparte de Cristo. Interpretando en Levítico 16:8 a ‘Azazel’[23] como Satanás, los adventistas deducen y enseñan que en el juicio final Dios cargará sobre Satanás todos los pecados de los redimidos: ‘La plena responsabilidad por el pecado será colocada ahora sobre Satanás’[24]

Los adventistas creen que, así como en el Día de la Expiación Anual (Levítico 4:1-7, 16:6-22) un hombre llevaba el animal sobre el cual se habían confesado los pecados ya perdonados del pueblo, hasta el desierto a Azazel, de igual forma, cuando Cristo haya terminado su obra en el santuario celestial, un ángel marginará a Satanás en este mundo que quedará como un desierto una vez el Señor se manifieste por segunda vez. Puesto que Satanás es el responsable, como también, el originador y tentador del pecado cometido por el hombre (Juan 8:44; Romanos 6:16; 1 Juan 3:8), y así como Cristo sufrió para perdonar nuestros pecados, es justo que Satanás deba ser castigado como el instigador del pecado. Por eso estará aislado en este planeta por mil años.

Ellen G. White, fundadora de la iglesia adventista, afirmó:

“Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo será concluida quitando el pecado del santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así en el servicio simbólico, el ciclo anual del ministerio se completaba con la purificación del santuario y la confesión de los pecados sobre la cabeza del macho cabrío símbolo de Azazel”.[25]

Esta doctrina adventista degrada a la Persona y Obra de Jesucristo, del que la Biblia enseña claramente que ‘se hizo maldición (pecado) por todos nosotros’ (Gálatas 3:13), porque ‘Dios cargó en Él el pecado de todos nosotros’ (Isaías 53:6). Fue Cristo, y no Satanás, quien cargó con nuestros pecados.

Ya sea que lo reconozcan o no, al afirmar que Satanás cargará con nuestros pecados durante el milenio, los adventistas del séptimo día convierten a Satanás en un elemento clave de la redención humana, un co-salvador, juntamente con Cristo. Tal afirmación es blasfema y ridícula. Además, si mis pecados ya fueron borrados por Cristo ¿Cómo pueden ser puestos sobre Satanás si ya no existen? Indiscutiblemente, la carta a los Hebreos contradice en su totalidad la doctrina adventista:

“Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente! Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida, ahora que él ha muerto para liberarlos de los pecados cometidos bajo el primer pacto.” (Hebreos 9:11-15, NVI).

 “En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Y así como está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio, también Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.” (Hebreos 9:24-28, NVI).

 “Todo sacerdote celebra el culto día tras día ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando. También el Espíritu Santo nos da testimonio de ello. Primero dice: «Este es el pacto que haré con ellos después de aquel tiempo —dice el Señor—: Pondré mis leyes en su corazón, y las escribiré en su mente». Después añade: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y maldades». Y, cuando estos han sido perdonados, ya no hace falta otro sacrificio por el pecado.” (Hebreos 10:11-18, NVI).

CONCLUSIÓN.

Los adventistas del séptimo día se encuentran atrapados en su sistema legalista y herético. Nuestro llamado es a alcanzarles con el mensaje liberador del Evangelio de gracia. Para los que creemos el evangelio de la gracia, que sea esa gracia la que nos caracterice en nuestro trato hacia aquellos que no tienen este conocimiento. Seamos nosotros, de todos los hombres, los más llenos de gracia y amor hacia nuestros prójimos. El evangelio es el poder de Dios para salvación, por lo tanto, debemos presentarlo sin ira y contiendas, con humildad y prudencia, estableciendo que la salvación es únicamente por gracia, por medio de la fe, y en Cristo solamente.

Sin embargo, jamás debemos olvidar que, como creyentes, también hemos sido llamados a estar “siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia.” (1 Pedro 3:15, LBLA), así como a “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.” (Judas 1:9, LBLA).

Cierro esta serie de artículos sobre el adventismo del séptimo día con una advertencia: Nosotros, los cristianos evangélicos, debemos estar alertas y entender (sobre todo los creyentes pentecostales que creemos en la vigencia de los dones carismáticos, incluyendo los dones proféticos) que lo que les ocurrió a los adventistas puede pasarnos también a nosotros si ponemos las revelaciones dadas por personas que afirman tener “dones proféticos” al mismo nivel que la Biblia. Debemos tener presente que la biblia está terminada, y nos dice todo lo que necesitamos saber. La verdad clave es que, si Dios da una visión o profecía, deberá estar en completo acuerdo con lo que Él ya ha revelado en Su Palabra:

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.” (1 Juan 4:1, NVI).

Las visiones y profecías dadas en nuestra época deben ser puestas a prueba, lo cual nos indica que nunca tendrán una igual o mayor autoridad que la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es nuestra máxima autoridad en la fe y la práctica cristiana.

REFERENCIAS:

[1] La Iglesia Bautista del Séptimo Día es una iglesia bautista cristiana que guarda el sábado como el “verdadero día de reposo” instituido por Dios en el principio de la creación. Los bautistas del séptimo día nacen a principios del siglo XVII en Inglaterra. La Federación Mundial de los Bautistas del Séptimo Día fue fundada en 1964-1965, y en la actualidad representa a más de 50.000 bautistas en 17 organizaciones miembros en 22 países.

[2] La cristología es la rama de la teología cristiana que trata de la salvación del hombre en la persona de Cristo y su encarnación por medio del Espíritu Santo en su doble naturaleza. Busca explicar la obra salvadora de Cristo mediante la compresión de su Divinidad-Humanidad, en su ministerio; y también nos presenta a Dios acercándose al hombre y quitando las barreras que separan a Dios mediante el cumplimiento de las profecías mesiánicas en Cristo Jesús, y restaurando al hombre a su bendita comunión. Algunos puntos clave de la cristología incluyen: Su naturaleza humana, su naturaleza divina y la interrelación entre estas dos naturalezas, cómo interactuarían y se afectarían entre sí. La cristología también abarca cuestiones concernientes a la naturaleza de Dios como el trinitarismo, el unitarianismo o el binitarianismo, y sobre lo que Cristo habría logrado para el resto de la humanidad.

[3] Véase el artículo “¿Es Miguel otro nombre para Jesús?”, publicado por el Biblical Research Institute General Conference of Seventh-day Adventist: https://www.adventistbiblicalresearch.org/es/materials/theology-jesus-christ/%C2%BFes-miguel-otro-nombre-para-jes%C3%BAs Consultado el 20-02-2019.

[4] Ellen G. White, Prophets and Kings, p. 572.

[5] Ellen G. White, Desire of Ages, p. 421.

[6] Ellen G. White, Early Writings, p. 164.

[7] White, Ellen G. (2007). El Conflicto de los Siglos (3ª edición). Bs. Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana.

[8] Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día, Capítulo 3. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. p. 17.

[9] O. R. L. Crosier (7 de febrero de 1846). «The Law of Moses». Day-Star Extra.

[10] Howard Krug (2002). «October Morn – Adventism’s Day of Insight». Adventist Review.

[11]  “Sanctuary” in Seventh-day Adventist encyclopedia (pp. 533-536)

[12] White, Ellen G. (2007). El Conflicto de los Siglos (3ª edición). Bs. Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana.

[13] Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día, Capítulo 3. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. p. 17,18.

[14] Ellen G. White, Patriarch and Prophets, p. 371.

[15] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.360.

[16] White, Ellen G., Counsels to Writers and Editors. pp. 30,31.

[17] Venden, Morris (1982). The Pillars. Pacific Press Publishing Association. pp. 13-15.

[18] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.360.

[19] White, Ellen G., El Conflicto de los Siglos, 1954, p. 479.

[20] Véase: «Investigative Judgment». En Francis Nichol. Seventh-day Adventist Encyclopedia (en inglés). Review and Herald Publishing Association.

[21] «Capítulo 3 Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día». Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17

[22] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. P.37.

[23] La palabra “Azazel” figura cuatro veces en la Biblia, todas ellas en el registro de las disposiciones reglamentarias relacionadas con el Día de Expiación anual. (Levítico 16:8, 10, 26.). La etimología de esta palabra es objeto de discusión. Si nos atenemos a la grafía del texto masorético hebreo, ʽazaʼ·zél parece ser una combinación de las raíces de dos palabras cuyos significados son “macho cabrío” y “desaparecer”, de ahí: “Macho Cabrío Que Desaparece”. Según otra derivación etimológica propuesta, basada en la opinión de que hay en la palabra una transposición de dos consonantes, significa “Fuerza de Dios”. La Vulgata latina traduce el vocablo hebreo como caper emissarius, es decir, “macho cabrío emisario” mientras que la expresión griega que aparece en la Septuaginta significa “que se lleva (aparta) los males”. En el Día de Expiación, el sumo sacerdote tomaba dos machos cabríos (cabritos) de la asamblea de los hijos de Israel, y después de echar suertes, uno de ellos se designaba “para Jehová” y el otro, “para Azazel”. Una vez sacrificado un toro a favor del sumo sacerdote y su casa (seguramente todos los levitas), se sacrificaba el macho cabrío “para Jehová” como ofrenda por los pecados. Sin embargo, el que se apartaba para Azazel se conservaba con vida “delante de Jehová para hacer expiación por él, a fin de enviarlo para Azazel al desierto”. (Levítico 16:5, 7-10.) Ya que la vida está en la sangre (Levítico 17:11), la sangre vertida del macho cabrío para Jehová, sacrificado poco antes como ofrenda por los pecados, le confería facultad expiatoria al macho cabrío para Azazel. Así, el valor de la sangre o de la vida de aquel se transfería al macho cabrío vivo para Azazel, de modo que, aunque el sacerdote no lo sacrificaba, el animal llevaba sobre sí mérito expiatorio, o el valor de la vida que procedía del otro animal. El que se le presentara delante de Jehová debió indicar que Él aprobaba esta transferencia de facultad expiatoria. Existía en la Ley un procedimiento semejante, relacionado con la limpieza ceremonial de un israelita que era curado de lepra o de una casa que quedaba limpia de la misma enfermedad: se mojaba un pájaro vivo en la sangre de otro al que previamente se había dado muerte, y entonces se le echaba a volar, lo que representaba que se llevaba consigo el pecado. (Levítico 14:1-8, 49-53). Los dos machos cabríos debían ser sin tacha, sanos y lo más parecidos posible. Antes de que se echaran las suertes sobre ellos, ambos tenían la posibilidad de ser el macho cabrío escogido para Jehová. Después de sacrificar el macho cabrío para Jehová, el sumo sacerdote ponía las manos sobre la cabeza del otro y confesaba sobre él los errores de todo el pueblo. Seguidamente, se le enviaba al desierto, conducido por “un hombre preparado para ello”. (Levítico 16:20-22.) De esa manera, el macho cabrío para Azazel llevaba sobre sí, en sentido figurado, los pecados del pueblo de todo un año, y desaparecía con ellos en el desierto. A ambos animales se les consideraba una sola ofrenda por el pecado. (Levítico 16:5.) Parece que se usaban dos con el objeto de resaltar lo que conseguía esta provisión para la expiación de los pecados del pueblo: el primero se sacrificaba, pero el segundo, al llevar consigo a un lugar distante en el desierto los pecados confesados del pueblo, realzaba de manera especial el perdón que Dios concedía a los que se arrepentían. A este respecto, el Salmo 103:12 asegura: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.”. Tal como explicó el apóstol Pablo, el que Jesús entregara su vida como expiación por los pecados de la humanidad logró infinitamente mucho más que lo que se había conseguido con “la sangre de toros y de machos cabríos”. (Hebreos 10:4, 11, 12.) Por lo tanto, sirvió de víctima expiatoria, cargó con nuestras dolencias y fue traspasado por nuestra transgresión (Isaías 53:4, 5; Mateo 8:17; 1 Pedro 2:24.) Él “cargó” con los pecados de todos los que ejercen fe en el valor de su sacrificio y así ha materializado la provisión de Dios para desterrar por completo el pecado. De estas diversas maneras, el macho cabrío “para Azazel” representó el sacrificio de Jesucristo.

[24] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.367.

[25] Ellen G. White, Patriarchs and Prophets, p. 372.

Navidad

La Navidad, emblema de una sana Cristología.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

La Navidad es más que una fiesta y adornos coloridos. La Navidad nos invita a reflexionar en una de las grandes verdades teológicas de la fe cristiana. Junto con el gran teólogo y filósofo Anselmo de Canterbury nos hacemos la pregunta: ¿Cur deus homo? ¿Por qué el Dios-Hombre? Cuando miramos la respuesta bíblica a esa pregunta, vemos que el propósito detrás de la encarnación de Cristo fue cumplir su obra como el mediador establecido por Dios. Dice en 1 Timoteo 2:5-6, “Porque hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre, quien Se dio a sí mismo…”. Nuestro único Mediador, quien es el agente que reconcilia a Dios con el hombre, es aquel que participa tanto de la deidad como de la humanidad. En el Evangelio de Juan leemos que fue el eterno Logos, el Verbo, quien se hizo carne y habitó entre nosotros. Fue la segunda persona de la Trinidad quien tomó en sí mismo una naturaleza humana para obrar nuestra redención. Cristo posee dos naturalezas distintas: divina y humana. Él es “vere homo” (verdaderamente humano) y “vere Deus” (verdaderamente divino, o verdaderamente Dios). Estas dos naturalezas se unen en el misterio de la Encarnación. En Cristo, la naturaleza divina es completamente Dios, y la naturaleza humana es completamente humana.

Nuestro Señor Jesucristo, quien tomó sobre sí ambas naturalezas —divina y humana—, está perfectamente preparado para ser el Mediador entre Dios y nosotros. En su rol como Mediador y como el Dios-Hombre, Jesús tomó el oficio del segundo Adán, lo que la Biblia llama el último Adán. Jesús entró en una solidaridad corporal con nuestra humanidad, siendo el representante así como el primer Adán. Pablo, por ejemplo, en su carta a los Romanos, nos da el contraste entre el Adán original y Jesús como el segundo Adán. En Romanos 5:15 dice, “Porque si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más, la gracia de Dios y el don por la gracia de un Hombre, Jesucristo, abundaron para los muchos”. Aquí observamos el contraste entre la calamidad que vino a la raza humana por la desobediencia del Adán original, y la gloria que viene a los creyentes por la obediencia de Cristo. Pablo continúa diciendo en el verso 19: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos”. Adán hizo función en su rol como mediador y falló miserablemente en esa labor. Esa falla fue rectificada por el éxito perfecto de Cristo, el Dios-Hombre. Leemos en la Carta de Pablo a los Corintios las siguientes palabras: “Así también está escrito: ‘El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente’. El último Adán, espíritu que da vida. Sin embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como es el terrenal, así son también los que son terrenales; y como es el celestial, así son también los que son celestiales. Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:45-49). Vemos entonces el propósito de la primera venida de Cristo. El Logos tomo en sí mismo una naturaleza humana, el Verbo se hizo carne para efectuar nuestra redención al cumplir el rol del perfecto Mediador entre Dios y el hombre. El nuevo Adán es nuestro campeón, nuestro representante, quien satisface las demandas de la Ley de Dios por nosotros, y gana para nosotros la bendición de Dios prometida a sus criaturas si obedecemos su Ley. Como Adán, fallamos en obedecer la Ley, pero el nuevo Adán, nuestro Mediador, ha cumplido la Ley perfectamente por nosotros, y ganó por nosotros la corona de la redención. Esta es la base del gozo en el nacimiento de Cristo.

La navidad fue, y continúa siendo aún hoy, un recordatorio tangible de la ortodoxia cristiana en relación con la deidad de Cristo, la Trinidad y el plan de salvación. A finales del s. IV, probablemente a fines del año 379 o del año 380, un viejo cristiano llamado Gregorio Nacianceno o Gregorio de Nacianzo, predicó un famoso sermón sobre la natividad. Un sermón que aún continúa resonando fuertemente en nuestros oídos.

El carácter de dicho sermón no fue casual, lógicamente porque se preparó para la festividad que le da nombre, pero sobre todo porque fue escrito en un contexto de particular tensión en la historia de la Iglesia, en el cual estaba en cuestión nada menos que la naturaleza misma de Cristo. De modo que, aunque su tiempo poco tiene que ver con el nuestro, no puede desconocerse su aporte imperecedero a la comprensión de aquello que celebra la fiesta llamada navidad: el nacimiento de Cristo, o natividad.

GREGORIO DE NACIANZO Y LA NAVIDAD.

Gregorio de Nacianzo fue declarado Doctor de la Iglesia y apodado «el teólogo» (título que comparte con el apóstol san Juan), por la habilidad con que defendió la doctrina cristiana. Nació hacia el año 329, en Arianzo de Capadocia. Era hijo de Nona y Gregorio el Mayor. Su padre era un antiguo propietario y magistrado que, después de convertirse al cristianismo junto con su esposa, sirvió como obispo de Nacianzo. Con el tiempo, Gregorio mismo fue llamado al obispado cristiano.

Gregorio vivió una época turbulenta dentro de la iglesia. El arrianismo amenazaba con pervertir de forma absoluta el cristianismo, despojando a Cristo de su divinidad y negando la doctrina de la Trinidad. La Iglesia de Constantinopla era, sin duda, la que se hallaba en peor estado, ya que estuvo sometida a la influencia de los arrianos, durante treinta o cuarenta años, y no tenía una sola iglesia para reunir a los que habían permanecido fieles al cristianismo ortodoxo. Un consejo de ancianos invitó a Gregorio a encargarse de la restauración de la fe en Constantinopla. Este, cuyo temperamento sensible y pacífico le hacía temer aquel remolino de intrigas, corrupción y violencia, se negó al principio, pero finalmente aceptó. Sus pruebas empezaron desde que llegó a Constantinopla, pues el populacho, acostumbrado a la pompa y al esplendor, recibió con recelo a aquel hombrecillo mal vestido, calvo y prematuramente encorvado. Gregorio se alojó al principio en casa de unos amigos, que pronto se transformó en iglesia, y le dio el nombre de «Anastasia», es decir, el sitio en que la fe iba a resucitar. En aquel reducido santuario se dedicó a predicar e instruir al pueblo. Allí fue donde predicó sus célebres sermones sobre la Trinidad que le merecieron el título de «el teólogo», por la profundidad con que captó la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Poco a poco creció su fama y la capacidad de su iglesia resultó insuficiente. Por su parte, los arrianos y los apolinaristas no dejaban de esparcir insultos y calumnias contra él. En una ocasión llegaron incluso a irrumpir en la iglesia para arrastrar a Gregorio a los tribunales. Pero Gregorio se consolaba al saber que, si la fuerza estaba del lado de sus enemigos, la verdad, en cambio, estaba de su parte; si ellos poseían las iglesias, él tenía a Dios; si el pueblo apoyaba a sus adversarios, los ángeles le sostenían a él. Gregorio se convirtió en su época en un heraldo de la verdad bíblica. En una época donde la divinidad de Cristo era negada o malinterpretada, Gregorio Nacianceno utilizó la Navidad como instrumento para defender la doctrina cristiana ortodoxa.

LA NAVIDAD COMO EMBLEMA DE LA ORTODOXIA CRISTIANA.

Gregorio Nacianceno escribía en una época en que los cristianos habían alcanzado aceptación en el Imperio Romano. Pero, al mismo tiempo, la iglesia enfrentaba internamente una de las disputas teológicas más importantes de la historia del cristianismo: la lucha entre quienes afirmaban la trinidad de Dios, y quienes no lo hacían. Entre quienes afirmaban que Cristo era Dios, y quienes sostenían que su naturaleza era inferior a la de Dios Padre. En un contexto así, predicar sobre la navidad iba necesariamente a ser una declaración teológica sustantiva. Y la argumentación del Nacianceno no podía ser menos que un robusto posicionamiento a favor de la deidad de Cristo.

Gregorio de Nacianzo, fundamentando su sermón en la festividad de la Navidad, inicia su homilía proclamando dos características de Cristo: su eternidad y su encarnación.  Cristo no es un ser creado, es el verbo de Dios que habita en comunión trinitaria desde la eternidad. Cristo tampoco es una forma de Dios, es el verbo de Dios que se hizo carne. Así, niega el arrianismo (doctrina practicada actualmente por grupos religiosos como los Testigos de Jehová) por considerar éste que Cristo es un ser creado e inferior al Padre, y niega al modalismo (enseñado hoy en día por el Movimiento Jesús Solo) por pensar que Cristo es una forma de Dios Padre.

Bajo cualquiera de los dos paradigmas a los que nuestro autor se opuso, la natividad no tiene gran importancia. Para unos, sería el nacimiento de un ser creado más; para otros, el nacimiento de un modo en que Dios se ha expresado. Lo que hace de la navidad una fiesta tan importante, es que se proclama algo que estas dos comprensiones no estaban dispuestas a asumir: que una de las personas que componía la trinidad, eterna, infinita e impasible, podía hacerse carne.

La homilía inquiere en el misterio de la encarnación con un agudo sentido poético. Se dice que “quien era celeste se hizo terreno” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 45), que “la tiniebla se disuelve, de nuevo se anuncia la luz” (ídem), que “el pueblo [Israel] que permanece en la oscuridad de la ignorancia, vea la gran luz del conocimiento” (ídem), que “la letra cede, el espíritu es superior” (ídem) y que “las sombras declinan, amanece la verdad” (ídem). Todas estas bellas metáforas conducen a una sola conclusión: que Cristo es la revelación suprema. Que está sobre la ley, aquella maldición y ayo de Pablo. Que es la luz, esa que ilumina al mundo, tal como dijo Jesús de sí. Cristo es el cielo en la tierra, ese Reino de Dios que está entre nosotros como se dice en Lucas. Es la verdad que conduce al Padre. Es el conocimiento que también les hacía falta a los judíos que habían creído en él, como bien se dice en Juan.

En esta festividad, “Dios se mostró a los hombres” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 46). El incognoscible, que estaba oculto de los hombres, se hizo cercano. Por eso dice el de Nacianzo que “esto celebramos hoy: la venida de Dios a los hombres para que nosotros nos acerquemos a Dios o, más propiamente, para que volvamos a Él” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 47). De este modo, la navidad es una invitación de Dios a volver a que nos acerquemos a él. En ella no se habla ya más de la enfermedad que nos vino en Edén, el pecado, sino de su curación; no se habla tanto de la creación caída, sino de su restauración por medio de la obra de Cristo: “Siendo Dios se presentó con una naturaleza humana, un solo ser formado de dos naturalezas contrarias, carne y espíritu, de las que una era divina y la otra estaba divinizada. ¡Oh, inaudita mezcla! ¡Oh, extraña unión! El que es, nace; se ha creado quien no lo es; el infinito se hace extenso merced al alma racional que hace de mediadora entre la divinidad y la gravedad de la carne. El que enriquece mendiga. Se empobrece tomando mi carne para que yo me enriquezca con su naturaleza divina” ((Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 59).

Expresiones como estas difícilmente han sido superadas en la historia del cristianismo por otras mejores. Todos quienes mediten seriamente en el significado de la encarnación del verbo de Dios, hallarán en ella un misterio incomprensible, insondable. Esto es natividad: una revelación que se presenta abierta a ser respondida, y a la cual los cristianos han contestado con su fe.

EL MENSAJE NACIANCENO Y SU RELACIÓN CON LA IGLESIA ACTUAL.

Nuestras navidades no son necesariamente cristianas. Y aunque son bastante distintas a las que podía haber en el tiempo de Gregorio, en el suyo también había navidades no cristianas. Después de todo, ¿cómo habían de celebrar la fiesta aquellos cuya cristología no reconocía el elemento más profundo de fórmulas tan decisivas como las juaninas (Juan 1:1-14)?

Así que, tenemos eso en común. Pero hay más. Gregorio contraponía la celebración de la natividad con las fiestas griegas. Estas últimas eran ocasión para vanidades, orgías, lujos, glotonería, borracheras y, en fin, todo tipo de vicios. Al mismo tiempo, tenían por contraste que todo ello ocurría “mientras otros, formados del mismo barro nuestro y con nuestra misma composición, pasan hambre y fatiga a causa de su pobreza” ((Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 48). Para Gregorio, la navidad cristiana se contraponía a las festividades paganas ciertamente por su significado, pero también porque dicha significación era honrada con sencillez, meditación y gozo en la palabra divina.  De modo que, quien pretende celebrar navidad con sentido cristiano, pero no honra su significado con una sobria devoción, no la celebra en absoluto.

Gregorio se opuso no sólo a la herejía arriana y modalista, sino también a la paganización de la festividad cristiana de la Navidad. La vanidad de la fiesta pagana a la cual Gregorio criticó también puede compararse con la vanidad de la navidad consumista. ¿Cuánto lujo, gasto y vicios varios se exhiben, en ocasiones, incluso entre cristianos? ¿Cómo aquello podría honrar las sublimes expresiones del nacianceno cuando sostiene que Cristo es el cielo en la tierra, la luz en las tinieblas, el conocimiento contra la ignorancia, el espíritu sobre la letra de la ley, la verdad sobre las sombras?

Al parecer, tanto en su tiempo como en el nuestro, hizo falta una mayor preocupación por inquirir en lo que se celebra en navidad. No solo se debe evitar el consumismo devorador, ni tampoco conformarse únicamente con las tareas asistenciales que inspira la ocasión. Es necesario dar un paso más, un paso cristiano. Meditar en aquel misterio tan bellamente expresado por este sabio cristiano capadocio, para quien “Dios es inabarcable y difícil su contemplación. Únicamente podemos percibir su infinitud” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 51). No sea otra cosa, sino esa eternidad encarnada que es Cristo, lo que inspire nuestra navidad.

¿CÓMO CELEBRAMOS NOSOTROS LA NAVIDAD?

Es diciembre y las tiendas comerciales están cuidadosamente engalanadas con pinos, coronas y todo tipo de adornos, al mismo tiempo que se atestan de consumidores. Es diciembre y, en vista que se acerca navidad, hay quienes se motivan por hacer de la noche buena una buena noche para personas en situación de vulnerabilidad. No resulta complicado describir, en líneas generales, lo que la navidad es hoy en nuestra sociedad. Una ocasión para la compra compulsiva, un desborde de materialismo en el que se piensa que la festividad consiste prácticamente en el intercambio de regalos. Por otra parte, una ocasión que, por cierta comprensión de su dimensión simbólica, invita a realizar obras asistenciales en favor de personas en situaciones difíciles. Dejando de lado aquellos para quienes la festividad no es más que un par de días libres, es evidente que aun cuando una de las dos formas de entender esta festividad sea más provechosa que la otra, ambas adolecen del sentido cristiano de la navidad. O, para ponerlo en otros términos: Hay navidad cristiana y navidad no cristiana.

Puede parecer desconcertante que se diga “sentido cristiano de la navidad”, porque en principio se asume que la navidad es esencialmente cristiana. Lo cierto es que es entendible que tal cosa se diga de la sociedad en general, porque sus miembros no cristianos evidentemente pueden buscar modos diversos de resolver el significado de la festividad. No obstante, la situación es distinta cuando se habla de los propios cristianos. Porque, de hecho, es diciembre y las congregaciones empiezan a organizar la obra teatral más esperada del año, se organizan cenas de todo tipo, se colocan pesebres en casas y templos. Y, sin embargo, esto no significa que se esté celebrando navidad cristianamente.

El distintivo de la fiesta no está meramente en lo que se hace o lo que no se hace. Porque, de hecho, se puede ser cristiano y celebrar la navidad como consumista, del mismo modo que se puede no ser cristianos y consumista y, con todo, no comprender la significancia de la festividad.