Cristología, Teología

Cristo: Profeta, Rey y Sacerdote.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Una enseñanza tradicional sobre las vocaciones y oficios de Cristo es que Él es profeta, rey y sacerdote. Como el profeta altísimo Jesús habla la Palabra de Dios; como el sumo sacerdote él se ofreció a sí mismo como el sacrificio perfecto y ora por nosotros; y como Rey de reyes, él está en control de la historia y el destino humano.[1] Entendemos que el título de “rey” se asocia con la idea de reinar y gobernar. El sacerdote está activo en el servicio de los sacrificios a los efectos de reconciliar al hombre con Dios. De un profeta se espera que anuncie la voluntad de Dios y prediga acontecimientos que vendrán. Pero ¿Qué implica todo esto para nosotros? ¿Qué beneficios temporales o eternos representan dichas vocaciones para el cristiano?

CRISTO COMO PROFETA.

Moisés predijo que un profeta como él mismo sería levantado por Dios (Deuteronomio 18:15). Aparte de los otros cumplimientos que esto pudiera haber tenido en la sucesión de los profetas del Antiguo Testamento, su cumplimiento final fue en Jesucristo, a quien se le identifica como ese Profeta (Hechos 3:22–24). Incluso las personas comunes en los días de Cristo lo reconocieron a Él como un Profeta, con tanto entusiasmo que los principales sacerdotes y los fariseos temían represalias si tomaban alguna fuerte acción contra el Señor (Mateo 21:11, 46; Juan 7:40–53). Nuestro Señor también declaró ser un Profeta (Mateo 13:57; Marcos 6:4; Lucas 4:24; 13:33; Juan 4:44) que vino a hacer lo que hicieron los profetas, i.e., comunicarle el mensaje de Dios al hombre (8:26; 12:49–50; 15:15; 17:8).

El ministerio profético de nuestro Señor fue autenticado en dos maneras: por poderse ver el cumplimiento de algunas de Sus profecías, y por los milagros que le verificaron a las personas en Su tiempo que Él era un Profeta. La prueba conclusiva es Su detallada predicción de Su muerte. El profetizó que alguien cercano a Él le traicionaría (Mateo 26:21), que Su muerte sería instigada por los líderes judíos (16:21), que moriría por crucifixión, y que tres días después resucitaría (20:19). El que pudiera dar estos detalles acerca de Su muerte y que estos detalles se cumplieran lo autentica como un Profeta verdadero. Además, algunos de los milagros de Cristo estaban directamente vinculados al testimonio de que Él era un Profeta genuino (Lucas 7:16; Juan 4:19; 9:17). Verdaderamente, en estos postreros días Dios nos ha hablado por el Hijo (Hebreos 1:1–2).[2]

¿Qué implica esto para el cristiano? En primer lugar, que Jesús no fue simplemente un mensajero de revelación de Dios, sino que él mismo era la fuente de la revelación de Dios. Todos los profetas del Antiguo Testamento solían afirmar «Así dice el Señor», pero Jesús podía empezar su enseñanza con autoridad divina con la asombrosa declaración: «Pero yo les digo …» (Mateo 5:22). La palabra del Señor venía a los profetas del Antiguo Testamento, pero Jesús habló en base a su propia autoridad como el Verbo eterno de Dios (Juan 1:1) que nos revelaba perfectamente al Padre (Hebreos 1:1-2). En el sentido más amplio de profeta, refiriéndonos solo a alguien que nos revela a Dios y nos habla las palabras de Dios, Cristo, por supuesto, es verdadera y completamente un profeta. De hecho, él es aquel a quien los profetas del Antiguo Testamento prefiguraban en sus discursos y en sus acciones. Pero es más que eso: Él es el Verbo de Dios. Su palabra es autoritativa y final. El cristiano puede tener plena certeza de sus palabras y descansar en ellas y su fiel cumplimiento.

 CRISTO COMO REY.

Cristo es identificado como el Rey en las Escrituras (Isaías 9:6, 11:10; Hechos 2:30; Juan 12:15; 1 Timoteo 6:15; Apocalipsis 17:14, 19:16; Juan 18:37). En el Antiguo Testamento el rey tenía la autoridad de gobernar sobre la nación de Israel. En el Nuevo Testamento, Jesús nació para ser rey de los judíos (Mateo 2:2), pero rehusó los intentos de las personas para hacerle rey terrenal con poder terrenal militar y político (Juan 6:15). Sin embargo, Jesús mismo anunció la futura venida de su reino (Mateo 4: 17,23; 12:28). En la mentalidad hebrea de la época, el concepto de rey incluía una amplia esfera de prerrogativas. Un rey en Israel tenía poderes legislativos, ejecutivos, judiciales, económicos, y militares. De acuerdo con diversos teólogos, el concepto de Cristo como Rey puede contemplarse alrededor de cinco palabras: prometido, predicho, propuesto, rechazado, y realizado.

El papel de Cristo como Rey es enseñado a través de toda la Biblia:

  • El pacto misericordioso de Dios con David prometía que el derecho de reinar siempre permanecería en la dinastía de David. No prometía el reinar sin interrupción, porque, de hecho, el cautiverio babilónico lo interrumpió (2 Samuel 7:12–16).
  • Isaías profetizó que un Niño que iba a nacer establecería y reinaría sobre el trono de David (Isaías 9:7).
  • Gabriel le anunció a María que su Bebé iba a tener el trono de David y reinaría sobre la casa de Jacob (Lucas 1:32– 33).
  • A través de Su ministerio terrenal, el reinado davídico de Jesús fue propuesto a Israel (Mateo 2:2; Juan 12:13), pero Él fue rechazado.

Por haber sido el Rey rechazado, el reino mesiánico, davídico (desde un punto de vista humano) fue aplazado. Después de su resurrección, Jesús recibió del Padre mucha más autoridad sobre la iglesia y el universo. Dios lo resucitó de entre los muertos y «lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio, y de cualquier otro nombre que se invoque, no sólo en este mundo sino también en el venidero. Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo, y lo dio como cabeza de todo a la iglesia» (Efesios 1:20-22; Mateo 28:18; 1 Corintios 15:25).

Esa autoridad sobre la iglesia y sobre el universo quedará completamente reconocida por las personas cuando Jesús regrese a la tierra en poder y gran gloria para reinar (Mateo 26:64; 2 Tesalonicenses 1:7-10; Apocalipsis 19:11-16). En aquel día será reconocido como «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:16) y toda rodilla se doblará ante él (Filipenses 2:10). Esto se espera en Su segunda venida. Entonces se realizará el reino davídico (Mateo 25:31; Apocalipsis 19:15; 20). Entonces el Sacerdote se sentará en Su trono, trayendo a esta tierra la tan esperada Edad de Oro (Salmo 110).[3]

¿Cómo nos afectará el reinado de Cristo? La Biblia habla sobre las condiciones durante el Milenio, como un ambiente perfecto tanto físico como espiritual. Será un tiempo de paz (Miqueas 5:2-4; Isaías 32:17-18); gozo (Isaías 61:7,10); confort (Isaías 40:1-2); sin pobreza (Amos 9:13-15), ni enfermedad (Joel 2:28-29). La Biblia también nos dice que solo los creyentes entrarán en el Reino Milenial. Por esto, habrá un tiempo de completa justicia (Mateo 25:37; Salmo 24:3-4); obediencia (Jeremías 31:33); santidad (Isaías 35:8); verdad (Isaías 65:16); y llenura del Espíritu Santo (Joel 2:28-29). Cristo regirá como Rey (Isaías 9:3-7; 11:1-10) y Jerusalén será el centro “político” del mundo (Zacarías 8:3).

JESUCRISTO COMO SACERDOTE.

Jesús es llamado nuestro Sacerdote (o, mejor dicho, nuestro Sumo Sacerdote). Su sacerdocio es descrito y comparado con otros dos sacerdocios previos: El sacerdocio de Melquisedec y el sacerdocio levítico. Como Melquisedec, Él es ordenado como un sacerdote aparte de la Ley dada en el Monte Sinaí (Hebreos 5:6). Como los sacerdotes levíticos, Jesús ofreció un sacrificio para satisfacer la Ley de Dios, cuando Él se ofreció a Sí mismo por nuestros pecados (Hebreos 7:26-27). Sin embargo, el sacerdocio de Cristo es diferente a los otros dos sacerdocios mencionados. A diferencia de los sacerdotes levíticos, quienes tenían que ofrecer continuos sacrificios, Jesús solo tuvo que ofrecer Su sacrificio una sola vez, ganando la redención eterna para todos los que vinieran a Dios a través de Él (Hebreos 9:12).

¿Qué implica para nosotros que Jesús sea nuestro sumo sacerdote? En primer lugar, debe considerarse que cada sacerdote es designado de entre los hombres. Jesús, aunque es Dios desde la eternidad, se hizo hombre a fin de sufrir la muerte y servir como nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 2:9). Como hombre, Él estuvo sujeto a todas las debilidades y tentaciones que tenemos nosotros, para que pudiera identificarse personalmente con nosotros en nuestras luchas (Hebreos 4:15). Jesús es más grande que cualquier otro sacerdote, por lo que es llamado nuestro “Gran Sumo Sacerdote” en Hebreos 4:14, y eso nos da la confianza para acercarnos “al trono de gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.” (Hebreos 4:16).[4]

CONCLUSIÓN.

Existen tres oficios que en el Antiguo Testamento eran ungidos y elegidos por Dios para dar a conocer su voluntad, gobernar y pastorear a su pueblo: Profeta, Rey Sacerdote. Jesús es nuestro mejor Profeta, nuestro suficiente Sacerdote y nuestro glorioso Rey. Cristo Jesús es quien habla, quien oficia y quien gobierna su Iglesia, no necesitamos más nadie porque es él el único calificado para ser intermediario entre Dios y nosotros.

 

REFERENCIAS.

[1] Cornelio Hegeman, “Las Vocaciones de Cristo”, Cristología (Miami: MINTS), 2019.

[2] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Miami: Zondervan), 2014.

[3] Charles C. Ryrie, Teología Básica (Miami: Editorial Unilit), 1993.

[4] Stanley Horton, Teología sistemática: Una Perspectiva Pentecostal, (Miami: Zondervan), 2009.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Miguel, Azazel y el Santuario.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los Adventistas se presentan como cristianos evangélicos. Incluso si uno lee su base doctrinal oficial, encuentra que muchas de ellas son claramente identificables como evangélicas. Muchos cristianos ortodoxos hasta podrían considerar tolerable el énfasis adventista en la observancia del sábado, pues incluso grupos evangélicos como los Bautistas del Séptimo Día[1] lo hacen sin que esto afecte su comunión con otros creyentes evangélicos.

Para muchos otros, el énfasis adventista en una vida saludable y su obsesión por la ley mosaica (con sus regulaciones dietéticas) y el vegetarianismo, resulta hasta digno de encomio. Ciertamente, pocos evangélicos concordarían con los adventistas en la doctrina del sueño del alma y el aniquilacionismo, pero incluso esto podría ser tolerable para las iglesias protestantes más liberales. Sin embargo, las anteriormente mencionadas no son las únicas doctrinas adventistas que difieren del cristianismo bíblico. Los adventistas incluyen entre sus creencias muchas otras doctrinas antibíblicas, algunas de ellas verdaderamente extrañas y hasta peligrosas.

¿SON CRISTO Y MIGUEL LA MISMA PERSONA?

La Cristología[2] adventista, por ejemplo, difiere en algunos aspectos de la cristología considerada ortodoxa por la iglesia cristiana a través de los siglos. La teología adventista afirma:

“Miguel es un nombre utilizado cinco veces en la Biblia para designar a un ser celestial (Dan. 10:13, 21; 12:1; Judas 9; Apoc. 12:7)… Miguel es identificado como “uno de los principales príncipes” (Dan. 10:13), “vuestro príncipe” (vers. 21), “el gran príncipe” (Dan. 12:1) y “el arcángel” (Jud. 9). La palabra “arcángel” implica que es el príncipe de los ángeles, lo que podría sugerir que Miguel no puede ser otro nombre para Jesús, ya que los ángeles son seres creados… La frase “uno de los principales príncipes” (Dan. 10:13) podría dar la impresión de que Miguel es uno entre muchos príncipes. Pero, de acuerdo con Apocalipsis 12:7, Miguel es el líder supremo de los ángeles celestiales, o “el gran príncipe”. Aun cuando ayuda personalmente a los ángeles en sus tareas designadas (Dan. 10:13), las huestes angélicas permanecen bajo su mando (Apoc. 12:7). Además, él es “el arcángel”(Jud. 9). Este título es mencionado en otro lugar de la Biblia: 1 Tesalonicenses 4:16, en el contexto de la Segunda Venida. Cristo regresará “con voz de arcángel”, sugiriendo así que Miguel es, muy probablemente, otro nombre para Jesús… Se describe a Miguel como el Príncipe de Israel (Dan. 10:21), aquél que protege a Israel (Dan. 12:1). Se describe esta protección en términos militares y se muestra al príncipe como un guerrero. Prácticamente en todos los pasajes en los que es mencionado existe un conflicto entre el pueblo de Dios y sus enemigos, y se presenta a Miguel defendiéndolo o luchando por él. La protección también puede tomar la forma de juicio, en el que Miguel se levanta para defender y liberar al pueblo de Dios (Dan. 12:1). Estas funciones que Cristo desempeña en el Nuevo Testamento confirman la posición de que Miguel y Cristo son la misma persona, comprometida con el liderazgo de los reinos celestial y terrenal… En Daniel 8:10 hace referencia a un personaje que realiza el servicio diario en el Santuario Celestial. Sólo existe otro texto en el Antiguo Testamento que lo menciona. Josué tuvo un encuentro con un ser que se identificó como “Príncipe (comandante) del ejército de Jehová”. éste ordenó a Josué que se descalzara, ya que el suelo donde estaba parado era santo, similar a la aparición de Dios a Moisés. El contexto deja en claro que este ser era el Señor mismo (Jos. 6:2). Este príncipe es la misma persona llamada en otros textos como príncipe Miguel y, por lo tanto, podemos identificarlo con el Cristo preencarnado… De esta manera, aunque la Biblia no identifica claramente a Miguel con Cristo, existe suficiente material bíblico como para garantizar la posición que señala a ambos como el mismo personaje. El nombre Miguel subraya la idea de que Cristo es el líder supremo de los ángeles celestiales y el defensor de su pueblo como guerrero, juez y sacerdote.”[3]

Al afirmar que Jesús y Miguel son la misma persona, los adventistas no hacen sino seguir las enseñanzas de Ellen G. White, su fundadora. En su comentario sobre Daniel 10:13, la señora White afirmó:

“Durante tres semanas, Gabriel luchó contra los poderes de las tinieblas, tratando de contrarrestar las influencias que estaban trabajando en la mente de Ciro; y antes de que la contienda terminara, Cristo mismo vino en ayuda de Gabriel.[4]

Ellen G. White, comentando el pasaje de Judas 1:9 hizo también afirmaciones no bíblicas acerca del cuerpo de Moisés. Según la señora White, Miguel dio vida a Moisés antes de que su cuerpo viera corrupción. En tales afirmaciones, ella identificó a Miguel como Cristo, el Hijo de Dios:

“Satanás, el tentador, había reclamado el cuerpo de Moisés a causa de su pecado; pero Cristo el Salvador le sacó de la tumba.[5]

“Moisés experimentó la muerte, pero Miguel vino y le dio vida antes de que su cuerpo viera corrupción. Satanás trató de apoderarse del cuerpo, reclamándolo como suyo; pero Miguel resucitó a Moisés y le llevó al cielo. Satanás lanzó mordaces denuestos contra Dios, acusándolo de injusto al permitir que su presa le fuera arrebatada; pero Cristo no reprendió a su adversario, aunque había sido a causa de su tentación que el siervo de Dios había caído. Con mansedumbre, lo refirió a su Padre, diciendo: “El Señor te reprenda.[6]

Los argumentos adventistas podrían parecer sólidos a simple vista, pero son totalmente erróneos y sin fundamento estable en la Palabra de Dios. Hay varias razones por las cuales Miguel y Cristo no podrían ser la misma persona. Por ejemplo:

  1. De Miguel se dice en Daniel 10:13 que “es uno” de los principales príncipes, lo cual lo coloca en un grupo con los otros príncipes principales. No se nos dice de cuantos príncipes consta ese grupo, pero sí que hay otros y que Miguel es apenas “uno” en un grupo de iguales. Miguel no podría haber sido Cristo, porque a Cristo jamás se lo describe como uno entre muchos otros iguales a Él. A Cristo se lo describe en Juan 3:16 como “Hijo unigénito.” La palabra griega equivalente a “unigénito” es “monogenes” único en su clase. Esto muestra que Miguel no puede ser Cristo.
  2. Las tres referencias a Miguel en Daniel son: “uno de los principales príncipes”, “vuestro príncipe” y “el gran príncipe” (Daniel 10:13, 10:21:12:1). La Biblia nunca se refiere a Cristo como uno de los principales príncipes, vuestro príncipe, o el gran príncipe. Jesús es llamado “Príncipe de paz” (Isaías 9:6) y “Príncipe y Salvador” (Hechos 5:31). Se puede ver que los títulos de Miguel y de Jesús no son los mismos.
  3. Miguel, un ángel, hizo la obra de ángeles, como se describe en 2 Pedro 2:11, al no pronunciar juicio de maldición contra el diablo. Judas no identifica al arcángel Miguel con Cristo. Pero, ¿qué es un arcángel? Arcángel significa “ángel principal”. Por lo tanto, Miguel es un ángel principal. Jesús no es un ángel principal, o un ser creado, sino Creador de los ángeles. Él es Señor de Señores y Rey de Reyes. En Judas 1:9 Miguel le dijo al diablo: “El Señor te reprenda.” Si Miguel era Cristo, ¿Por qué no dijo Miguel: “Yo te reprendo”? Como arcángel (ángel principal), un ser creado, Miguel invoca el nombre del Señor, probando una vez más que él y Cristo no son la misma persona.
  4. En el Antiguo Testamento, el término ángel de Jehová a menudo se refiere a Cristo. Sin embargo, la Biblia nunca se refiere al Señor como el arcángel Miguel. De igual forma, a Miguel nunca se lo llama “el ángel de Jehová.”
  5. El hecho de que 1 Tesalonicenses 4:16 afirme que Jesús viene “con” voz de arcángel no prueba que Jesús es Miguel. La Biblia enseña que todos los ángeles, incluyendo al arcángel Miguel, acompañan a Jesús en su segunda venida. Así, la voz de Miguel se oirá, junto con el llamado de la trompeta de Dios (1 Tesalonicenses 1:7).
  6. De acuerdo con Apocalipsis 12:7, Miguel, el ángel principal, dirigía a los ángeles leales en la batalla contra el diablo y sus ángeles, y salió victorioso. Sin embargo, Juan no identifica a Miguel con Cristo, probando que ambos no son la misma persona.

 

LA DOCTRINA DEL SANTUARIO CELESTIAL.

Otra doctrina controvertida dentro de la teología adventista es la enseñanza del santuario celestial. Dicha doctrina consiste en la creencia de que existe un Santuario en el cielo y que muchos aspectos del Tabernáculo hebreo, o santuario terrenal, son representativos de las realidades celestiales. Los adventistas fundamentan dicha enseñanza en Hebreos 8:1-2 y Éxodo 20:40.[7] En particular, Jesús es señalado como el Sumo Sacerdote quien intercede por el perdón de los pecados a través del derramamiento de su propia sangre.[8]

El origen histórico de la doctrina está íntimamente ligado al movimiento Millerista que esperaban el retorno visible de Cristo el 22 de octubre de 1844. Ellos habían interpretado que la purificación del santuario a la que se refería Daniel 8:14, era la venida de Jesús a la Tierra. Después del Gran Chasco vivido al no cumplirse estas expectativas, un grupo de unas 50 personas decidieron estudiar más a fondo para saber si había existido algún error en la interpretación. Hiram Edson afirmó haber tenido una visión, en la que él aseguró haber visto el cielo abierto, y en él haber visto el santuario celestial y a Jesucristo ministrando como Sumo sacerdote, pasando del Lugar Santo al Lugar Santísimo. Edson compartió su experiencia con muchos de los adventistas locales a quienes persuadió con entusiasmo.

Como resultado de esta experiencia, Edson comenzó a estudiar la Biblia con otros dos creyentes del área de Nueva York, O.R.L. Crosier and Franklin B. Hahn, quienes publicaron los resultados de su estudio en un folleto titulado Day-Dawn (Amanecer).[9] En este folleto se estudiaba la parábola de las “Diez vírgenes” de Mateo 25:1-13 e intentaba explicar que el novio había tardado.[10] Además, introducía el concepto del día de la expiación y lo que los autores llamaron “una cronología de eventos”.[11] Según la nueva interpretación, la festividad judía de Yom Kippur, o Día de la Expiación, era un tipo del ministerio sacerdotal de Jesús en el cielo. En dicha festividad, el lugar santísimo era accedido una vez al año por el Sumo Sacerdote para presentar la sangre de los animales sacrificados: un toro ofrecido como expiación por el Sacerdote y una cabra ofrecida en expiación por el pueblo. Según los adventistas, Cristo entró al Lugar Santísimo del santuario celestial en 1844, cuando pasó del Lugar Santo al Lugar Santísimo para comenzar la expiación final de la humanidad.[12] La doctrina oficial de la iglesia adventista al respecto se expresa de la siguiente manera:

“Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.[13]

Según los adventistas, la obra expiatoria de Cristo no alcanzó en la cruz su plenitud y perfección, pues quedó pendiente el quitar los pecados del santuario celestial:

“Aunque la sangre de Cristo habría de librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no había de anular el pecado; este queda registrado en el Santuario hasta la expiación final; así en el símbolo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el Santuario hasta el día de la expiación… El cielo es el contratipo del templo terrestre, con su lugar santo y santísimo. Hasta 1844 Cristo ha estado intercediendo en el “lugar santo” por los pecadores arrepentidos. No obstante, sus pecados permanecían imborrables en el libro del testimonio”. [14]

“En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, Cristo entró en el 2º y último aspecto de su ministerio expiatorio: Un juicio investigador que forma parte de la eliminación definitiva del pecado”.[15]

Para los adventistas, igual que el sumo sacerdote tenía que acceder una vez al año al lugar santísimo para perfeccionar los sacrificios rituales, Cristo comenzó en 1844 su obra para perfeccionar su expiación por el pecado en el santuario celestial. Tal enseñanza se opone frontalmente a las enseñanzas de la carta a los Hebreos, donde encontramos afirmaciones categóricas sobre el valor y efecto del sacrificio de Cristo:

“A diferencia de los otros sumos sacerdotes, él no tiene que ofrecer sacrificios día tras día, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque él ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre cuando se ofreció a sí mismo”. (Hebreos 7:27, NVI).

El escritor de la carta a los Hebreos nos dice que Jesús “entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno”. (Hebreos 9:12, NVI).

Cristo no tuvo que esperar hasta 1844 para comenzar a perfeccionar su expiación por el pecado. La Biblia nos enseña claramente que “Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.”. (Hebreos 9:28, NVI).

La Biblia claramente muestra lo contrario de los que los Adventistas creen. En Hebreos 9:11-14 dice:

 “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”.

Lamentablemente, los adventistas se empeñan en atribuirle a Cristo un ministerio de expiación desde 1844 en ese misterioso santuario celestial, cuando lo cierto es que la Biblia enseña que la obra de Cristo fue consumada de una vez y para siempre en la cruz (Juan 19:30). Pero las implicaciones de esta doctrina errónea van aún más allá: si la obra de Cristo no fue consumada en la cruz, entonces ¿Quién puede estar seguro de su salvación? En su intento por sostener una herejía, los adventistas dieron vida a otra: La herejía del juicio investigador.

LA DOCTRINA DEL JUICIO INVESTIGADOR

La doctrina del juicio investigador afirma que el juicio divino de los cristianos profesos ha estado en progreso desde 1844. Está íntimamente relacionado con la historia de la Iglesia y fue descrita por Ellen G. White como uno de los pilares del adventismo.[16] La creencia es un componente esencial para comprender la doctrina más amplia del Santuario celestial.[17] De acuerdo con la doctrina adventista:

 ‘‘El juicio investigador pone de manifiesto frente a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo y por lo tanto se los considerará dignos, en él, de participar de la primera resurrección. También aclara quiénes están morando en Cristo entre los que viven, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y por lo tanto estarán listos en él para ser trasladados a su reino eterno”[18]

Para los primeros adventistas, el juicio investigador estaba íntimamente relacionado con su entendimiento de la salvación con su fuerte énfasis en el libre albedrío y el desarrollo del carácter. Ellos creían que el final de juicio investigador (el cierre de la prueba) marcará un tiempo antes de la segunda venida de Jesús, cuando toda la humanidad habrá hecho su decisión final a favor o en contra de Dios. Los cristianos que se encuentren vivos en ese tiempo permanecerán en el estado espiritual en que se encuentren, debido al trabajo de sellamiento del Espíritu Santo​ como una evidencia de una relación con Jesús y obediencia a sus mandamientos. ​ Por lo tanto, se entendía que la “purificación del Santuario celestial” por Cristo durante el juicio investigador incluía también una “purificación” paralela de sus vidas en la Tierra. En el libro “El conflicto de los siglos” Ellen G. White afirmó:

“Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal.[19]

Dicha afirmación llevó al adventismo a la creación de una soteriología escatológica basada en obras. Por lo que, al interior de la iglesia, surgió la idea de que el estado de perfecta santidad sería alcanzado por una generación final antes del retorno de Jesús. Esto llevó al surgimiento de una corriente de adventistas del séptimo día que se puede describir como los “perfeccionistas sin pecado” y que hoy se conoce como adventismo histórico. Este entendimiento perfeccionista fue inicialmente aceptado, pero luego rechazado por la corriente principal de la iglesia desde 1959 en adelante.

La creencia del juicio investigador, sin embargo, aún sigue siendo sostenida por los adventistas. Aún hoy, los adventistas creen que la “purificación” del Santuario celestial incluye un trabajo de juicio como se ilustra en la escena de Daniel 7:9-12 inmediatamente antes de la segunda venida de Jesús descrita en Daniel 7:13-14. En la teología adventista, el juicio comenzó en 1844 cuando Cristo entró al Lugar Santísimo del Santuario Celestial. Desde entonces, un “juicio investigador” está tomando lugar en el cielo, en el que las vidas de los creyentes profesos son revisadas una a una ante Dios.[20]

Esta doctrina herética se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, “El ministerio de Cristo en el Santuario celestial”, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[21]

El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[22]

Los cristianos bíblicos rechazamos la doctrina adventista del juicio investigador. Para nosotros, y más importante aún, a la luz de la Biblia, la creencia adventista del juicio investigar presenta serios problemas teológicos:

  1. Primero, afirmar, como hacen los adventistas, que Cristo tiene que discernir los que son salvos, es negar su omnisciencia preexistente; o sea, negar implícitamente su plena Divinidad (Juan 2:25, Proverbios 15:11).

 

  1. Segundo, mantener que el pecado ha estado (y sigue estando) presente en las esferas celestiales, es negar la contundente y taxativa declaración profética de Juan el Bautista: ‘este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’ (Juan 1:29), y restar validez a la declaración de Dios mismo: ‘Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados’ (Isaías 43:25).

 

  1. Tercero, los cristianos podemos estar seguros de nuestra salvación aquí y ahora. Pablo enseñó esto a los cristianos de su época: “ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:11). Los cristianos del primer siglo no tuvieron que esperar hasta 1844 para que sus casos fueran examinados y sus vidas declaradas sin culpa. Ellos ya estaban seguros de su salvación: “AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Romanos 8:1).

 

  1. Cuarto, Cristo no tuvo que esperar hasta 1844 para completar su obra y terminar con el pecado de su pueblo. El autor de la carta a las Hebreos nos dice: “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena.” (Hebreos 9:24-25). Cuando la carta a los Hebreos fue escrita ¡La obra ya había sido consumada!

 

Aparte de las visiones del Hiram Edson y Ellen G. White, los adventistas no son capaces de aportar ninguna base bíblica que sustente sus doctrinas sobre la expiación en curso. Lo más que se atreven a hacer es una errática peregrinación por la carta a los Hebreos, torciendo un lenguaje claramente simbólico para darle un valor literal, que permita justificar sus doctrinas visionarias. Para terminar con sus “alucinaciones” interpretativas, los adventistas completan su enseñanza sobre la expiación y el juicio investigador con otro detalle aún más aberrante y herético: Convertir a Satanás en Co-Redentor de la humanidad.

 NUESTROS PECADOS ECHADOS SOBRE SATANÁS.

La herejía adventista alcanza niveles hasta blasfemos al convertir a Satanás en otro salvador aparte de Cristo. Interpretando en Levítico 16:8 a ‘Azazel’[23] como Satanás, los adventistas deducen y enseñan que en el juicio final Dios cargará sobre Satanás todos los pecados de los redimidos: ‘La plena responsabilidad por el pecado será colocada ahora sobre Satanás’[24]

Los adventistas creen que, así como en el Día de la Expiación Anual (Levítico 4:1-7, 16:6-22) un hombre llevaba el animal sobre el cual se habían confesado los pecados ya perdonados del pueblo, hasta el desierto a Azazel, de igual forma, cuando Cristo haya terminado su obra en el santuario celestial, un ángel marginará a Satanás en este mundo que quedará como un desierto una vez el Señor se manifieste por segunda vez. Puesto que Satanás es el responsable, como también, el originador y tentador del pecado cometido por el hombre (Juan 8:44; Romanos 6:16; 1 Juan 3:8), y así como Cristo sufrió para perdonar nuestros pecados, es justo que Satanás deba ser castigado como el instigador del pecado. Por eso estará aislado en este planeta por mil años.

Ellen G. White, fundadora de la iglesia adventista, afirmó:

“Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo será concluida quitando el pecado del santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así en el servicio simbólico, el ciclo anual del ministerio se completaba con la purificación del santuario y la confesión de los pecados sobre la cabeza del macho cabrío símbolo de Azazel”.[25]

Esta doctrina adventista degrada a la Persona y Obra de Jesucristo, del que la Biblia enseña claramente que ‘se hizo maldición (pecado) por todos nosotros’ (Gálatas 3:13), porque ‘Dios cargó en Él el pecado de todos nosotros’ (Isaías 53:6). Fue Cristo, y no Satanás, quien cargó con nuestros pecados.

Ya sea que lo reconozcan o no, al afirmar que Satanás cargará con nuestros pecados durante el milenio, los adventistas del séptimo día convierten a Satanás en un elemento clave de la redención humana, un co-salvador, juntamente con Cristo. Tal afirmación es blasfema y ridícula. Además, si mis pecados ya fueron borrados por Cristo ¿Cómo pueden ser puestos sobre Satanás si ya no existen? Indiscutiblemente, la carta a los Hebreos contradice en su totalidad la doctrina adventista:

“Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente! Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida, ahora que él ha muerto para liberarlos de los pecados cometidos bajo el primer pacto.” (Hebreos 9:11-15, NVI).

 “En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Y así como está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio, también Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.” (Hebreos 9:24-28, NVI).

 “Todo sacerdote celebra el culto día tras día ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando. También el Espíritu Santo nos da testimonio de ello. Primero dice: «Este es el pacto que haré con ellos después de aquel tiempo —dice el Señor—: Pondré mis leyes en su corazón, y las escribiré en su mente». Después añade: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y maldades». Y, cuando estos han sido perdonados, ya no hace falta otro sacrificio por el pecado.” (Hebreos 10:11-18, NVI).

CONCLUSIÓN.

Los adventistas del séptimo día se encuentran atrapados en su sistema legalista y herético. Nuestro llamado es a alcanzarles con el mensaje liberador del Evangelio de gracia. Para los que creemos el evangelio de la gracia, que sea esa gracia la que nos caracterice en nuestro trato hacia aquellos que no tienen este conocimiento. Seamos nosotros, de todos los hombres, los más llenos de gracia y amor hacia nuestros prójimos. El evangelio es el poder de Dios para salvación, por lo tanto, debemos presentarlo sin ira y contiendas, con humildad y prudencia, estableciendo que la salvación es únicamente por gracia, por medio de la fe, y en Cristo solamente.

Sin embargo, jamás debemos olvidar que, como creyentes, también hemos sido llamados a estar “siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia.” (1 Pedro 3:15, LBLA), así como a “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.” (Judas 1:9, LBLA).

Cierro esta serie de artículos sobre el adventismo del séptimo día con una advertencia: Nosotros, los cristianos evangélicos, debemos estar alertas y entender (sobre todo los creyentes pentecostales que creemos en la vigencia de los dones carismáticos, incluyendo los dones proféticos) que lo que les ocurrió a los adventistas puede pasarnos también a nosotros si ponemos las revelaciones dadas por personas que afirman tener “dones proféticos” al mismo nivel que la Biblia. Debemos tener presente que la biblia está terminada, y nos dice todo lo que necesitamos saber. La verdad clave es que, si Dios da una visión o profecía, deberá estar en completo acuerdo con lo que Él ya ha revelado en Su Palabra:

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.” (1 Juan 4:1, NVI).

Las visiones y profecías dadas en nuestra época deben ser puestas a prueba, lo cual nos indica que nunca tendrán una igual o mayor autoridad que la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es nuestra máxima autoridad en la fe y la práctica cristiana.

REFERENCIAS:

[1] La Iglesia Bautista del Séptimo Día es una iglesia bautista cristiana que guarda el sábado como el “verdadero día de reposo” instituido por Dios en el principio de la creación. Los bautistas del séptimo día nacen a principios del siglo XVII en Inglaterra. La Federación Mundial de los Bautistas del Séptimo Día fue fundada en 1964-1965, y en la actualidad representa a más de 50.000 bautistas en 17 organizaciones miembros en 22 países.

[2] La cristología es la rama de la teología cristiana que trata de la salvación del hombre en la persona de Cristo y su encarnación por medio del Espíritu Santo en su doble naturaleza. Busca explicar la obra salvadora de Cristo mediante la compresión de su Divinidad-Humanidad, en su ministerio; y también nos presenta a Dios acercándose al hombre y quitando las barreras que separan a Dios mediante el cumplimiento de las profecías mesiánicas en Cristo Jesús, y restaurando al hombre a su bendita comunión. Algunos puntos clave de la cristología incluyen: Su naturaleza humana, su naturaleza divina y la interrelación entre estas dos naturalezas, cómo interactuarían y se afectarían entre sí. La cristología también abarca cuestiones concernientes a la naturaleza de Dios como el trinitarismo, el unitarianismo o el binitarianismo, y sobre lo que Cristo habría logrado para el resto de la humanidad.

[3] Véase el artículo “¿Es Miguel otro nombre para Jesús?”, publicado por el Biblical Research Institute General Conference of Seventh-day Adventist: https://www.adventistbiblicalresearch.org/es/materials/theology-jesus-christ/%C2%BFes-miguel-otro-nombre-para-jes%C3%BAs Consultado el 20-02-2019.

[4] Ellen G. White, Prophets and Kings, p. 572.

[5] Ellen G. White, Desire of Ages, p. 421.

[6] Ellen G. White, Early Writings, p. 164.

[7] White, Ellen G. (2007). El Conflicto de los Siglos (3ª edición). Bs. Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana.

[8] Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día, Capítulo 3. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. p. 17.

[9] O. R. L. Crosier (7 de febrero de 1846). «The Law of Moses». Day-Star Extra.

[10] Howard Krug (2002). «October Morn – Adventism’s Day of Insight». Adventist Review.

[11]  “Sanctuary” in Seventh-day Adventist encyclopedia (pp. 533-536)

[12] White, Ellen G. (2007). El Conflicto de los Siglos (3ª edición). Bs. Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana.

[13] Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día, Capítulo 3. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. p. 17,18.

[14] Ellen G. White, Patriarch and Prophets, p. 371.

[15] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.360.

[16] White, Ellen G., Counsels to Writers and Editors. pp. 30,31.

[17] Venden, Morris (1982). The Pillars. Pacific Press Publishing Association. pp. 13-15.

[18] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.360.

[19] White, Ellen G., El Conflicto de los Siglos, 1954, p. 479.

[20] Véase: «Investigative Judgment». En Francis Nichol. Seventh-day Adventist Encyclopedia (en inglés). Review and Herald Publishing Association.

[21] «Capítulo 3 Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día». Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17

[22] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. P.37.

[23] La palabra “Azazel” figura cuatro veces en la Biblia, todas ellas en el registro de las disposiciones reglamentarias relacionadas con el Día de Expiación anual. (Levítico 16:8, 10, 26.). La etimología de esta palabra es objeto de discusión. Si nos atenemos a la grafía del texto masorético hebreo, ʽazaʼ·zél parece ser una combinación de las raíces de dos palabras cuyos significados son “macho cabrío” y “desaparecer”, de ahí: “Macho Cabrío Que Desaparece”. Según otra derivación etimológica propuesta, basada en la opinión de que hay en la palabra una transposición de dos consonantes, significa “Fuerza de Dios”. La Vulgata latina traduce el vocablo hebreo como caper emissarius, es decir, “macho cabrío emisario” mientras que la expresión griega que aparece en la Septuaginta significa “que se lleva (aparta) los males”. En el Día de Expiación, el sumo sacerdote tomaba dos machos cabríos (cabritos) de la asamblea de los hijos de Israel, y después de echar suertes, uno de ellos se designaba “para Jehová” y el otro, “para Azazel”. Una vez sacrificado un toro a favor del sumo sacerdote y su casa (seguramente todos los levitas), se sacrificaba el macho cabrío “para Jehová” como ofrenda por los pecados. Sin embargo, el que se apartaba para Azazel se conservaba con vida “delante de Jehová para hacer expiación por él, a fin de enviarlo para Azazel al desierto”. (Levítico 16:5, 7-10.) Ya que la vida está en la sangre (Levítico 17:11), la sangre vertida del macho cabrío para Jehová, sacrificado poco antes como ofrenda por los pecados, le confería facultad expiatoria al macho cabrío para Azazel. Así, el valor de la sangre o de la vida de aquel se transfería al macho cabrío vivo para Azazel, de modo que, aunque el sacerdote no lo sacrificaba, el animal llevaba sobre sí mérito expiatorio, o el valor de la vida que procedía del otro animal. El que se le presentara delante de Jehová debió indicar que Él aprobaba esta transferencia de facultad expiatoria. Existía en la Ley un procedimiento semejante, relacionado con la limpieza ceremonial de un israelita que era curado de lepra o de una casa que quedaba limpia de la misma enfermedad: se mojaba un pájaro vivo en la sangre de otro al que previamente se había dado muerte, y entonces se le echaba a volar, lo que representaba que se llevaba consigo el pecado. (Levítico 14:1-8, 49-53). Los dos machos cabríos debían ser sin tacha, sanos y lo más parecidos posible. Antes de que se echaran las suertes sobre ellos, ambos tenían la posibilidad de ser el macho cabrío escogido para Jehová. Después de sacrificar el macho cabrío para Jehová, el sumo sacerdote ponía las manos sobre la cabeza del otro y confesaba sobre él los errores de todo el pueblo. Seguidamente, se le enviaba al desierto, conducido por “un hombre preparado para ello”. (Levítico 16:20-22.) De esa manera, el macho cabrío para Azazel llevaba sobre sí, en sentido figurado, los pecados del pueblo de todo un año, y desaparecía con ellos en el desierto. A ambos animales se les consideraba una sola ofrenda por el pecado. (Levítico 16:5.) Parece que se usaban dos con el objeto de resaltar lo que conseguía esta provisión para la expiación de los pecados del pueblo: el primero se sacrificaba, pero el segundo, al llevar consigo a un lugar distante en el desierto los pecados confesados del pueblo, realzaba de manera especial el perdón que Dios concedía a los que se arrepentían. A este respecto, el Salmo 103:12 asegura: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.”. Tal como explicó el apóstol Pablo, el que Jesús entregara su vida como expiación por los pecados de la humanidad logró infinitamente mucho más que lo que se había conseguido con “la sangre de toros y de machos cabríos”. (Hebreos 10:4, 11, 12.) Por lo tanto, sirvió de víctima expiatoria, cargó con nuestras dolencias y fue traspasado por nuestra transgresión (Isaías 53:4, 5; Mateo 8:17; 1 Pedro 2:24.) Él “cargó” con los pecados de todos los que ejercen fe en el valor de su sacrificio y así ha materializado la provisión de Dios para desterrar por completo el pecado. De estas diversas maneras, el macho cabrío “para Azazel” representó el sacrificio de Jesucristo.

[24] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.367.

[25] Ellen G. White, Patriarchs and Prophets, p. 372.

Navidad

La Navidad, emblema de una sana Cristología.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

La Navidad es más que una fiesta y adornos coloridos. La Navidad nos invita a reflexionar en una de las grandes verdades teológicas de la fe cristiana. Junto con el gran teólogo y filósofo Anselmo de Canterbury nos hacemos la pregunta: ¿Cur deus homo? ¿Por qué el Dios-Hombre? Cuando miramos la respuesta bíblica a esa pregunta, vemos que el propósito detrás de la encarnación de Cristo fue cumplir su obra como el mediador establecido por Dios. Dice en 1 Timoteo 2:5-6, “Porque hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre, quien Se dio a sí mismo…”. Nuestro único Mediador, quien es el agente que reconcilia a Dios con el hombre, es aquel que participa tanto de la deidad como de la humanidad. En el Evangelio de Juan leemos que fue el eterno Logos, el Verbo, quien se hizo carne y habitó entre nosotros. Fue la segunda persona de la Trinidad quien tomó en sí mismo una naturaleza humana para obrar nuestra redención. Cristo posee dos naturalezas distintas: divina y humana. Él es “vere homo” (verdaderamente humano) y “vere Deus” (verdaderamente divino, o verdaderamente Dios). Estas dos naturalezas se unen en el misterio de la Encarnación. En Cristo, la naturaleza divina es completamente Dios, y la naturaleza humana es completamente humana.

Nuestro Señor Jesucristo, quien tomó sobre sí ambas naturalezas —divina y humana—, está perfectamente preparado para ser el Mediador entre Dios y nosotros. En su rol como Mediador y como el Dios-Hombre, Jesús tomó el oficio del segundo Adán, lo que la Biblia llama el último Adán. Jesús entró en una solidaridad corporal con nuestra humanidad, siendo el representante así como el primer Adán. Pablo, por ejemplo, en su carta a los Romanos, nos da el contraste entre el Adán original y Jesús como el segundo Adán. En Romanos 5:15 dice, “Porque si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más, la gracia de Dios y el don por la gracia de un Hombre, Jesucristo, abundaron para los muchos”. Aquí observamos el contraste entre la calamidad que vino a la raza humana por la desobediencia del Adán original, y la gloria que viene a los creyentes por la obediencia de Cristo. Pablo continúa diciendo en el verso 19: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos”. Adán hizo función en su rol como mediador y falló miserablemente en esa labor. Esa falla fue rectificada por el éxito perfecto de Cristo, el Dios-Hombre. Leemos en la Carta de Pablo a los Corintios las siguientes palabras: “Así también está escrito: ‘El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente’. El último Adán, espíritu que da vida. Sin embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como es el terrenal, así son también los que son terrenales; y como es el celestial, así son también los que son celestiales. Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:45-49). Vemos entonces el propósito de la primera venida de Cristo. El Logos tomo en sí mismo una naturaleza humana, el Verbo se hizo carne para efectuar nuestra redención al cumplir el rol del perfecto Mediador entre Dios y el hombre. El nuevo Adán es nuestro campeón, nuestro representante, quien satisface las demandas de la Ley de Dios por nosotros, y gana para nosotros la bendición de Dios prometida a sus criaturas si obedecemos su Ley. Como Adán, fallamos en obedecer la Ley, pero el nuevo Adán, nuestro Mediador, ha cumplido la Ley perfectamente por nosotros, y ganó por nosotros la corona de la redención. Esta es la base del gozo en el nacimiento de Cristo.

La navidad fue, y continúa siendo aún hoy, un recordatorio tangible de la ortodoxia cristiana en relación con la deidad de Cristo, la Trinidad y el plan de salvación. A finales del s. IV, probablemente a fines del año 379 o del año 380, un viejo cristiano llamado Gregorio Nacianceno o Gregorio de Nacianzo, predicó un famoso sermón sobre la natividad. Un sermón que aún continúa resonando fuertemente en nuestros oídos.

El carácter de dicho sermón no fue casual, lógicamente porque se preparó para la festividad que le da nombre, pero sobre todo porque fue escrito en un contexto de particular tensión en la historia de la Iglesia, en el cual estaba en cuestión nada menos que la naturaleza misma de Cristo. De modo que, aunque su tiempo poco tiene que ver con el nuestro, no puede desconocerse su aporte imperecedero a la comprensión de aquello que celebra la fiesta llamada navidad: el nacimiento de Cristo, o natividad.

GREGORIO DE NACIANZO Y LA NAVIDAD.

Gregorio de Nacianzo fue declarado Doctor de la Iglesia y apodado «el teólogo» (título que comparte con el apóstol san Juan), por la habilidad con que defendió la doctrina cristiana. Nació hacia el año 329, en Arianzo de Capadocia. Era hijo de Nona y Gregorio el Mayor. Su padre era un antiguo propietario y magistrado que, después de convertirse al cristianismo junto con su esposa, sirvió como obispo de Nacianzo. Con el tiempo, Gregorio mismo fue llamado al obispado cristiano.

Gregorio vivió una época turbulenta dentro de la iglesia. El arrianismo amenazaba con pervertir de forma absoluta el cristianismo, despojando a Cristo de su divinidad y negando la doctrina de la Trinidad. La Iglesia de Constantinopla era, sin duda, la que se hallaba en peor estado, ya que estuvo sometida a la influencia de los arrianos, durante treinta o cuarenta años, y no tenía una sola iglesia para reunir a los que habían permanecido fieles al cristianismo ortodoxo. Un consejo de ancianos invitó a Gregorio a encargarse de la restauración de la fe en Constantinopla. Este, cuyo temperamento sensible y pacífico le hacía temer aquel remolino de intrigas, corrupción y violencia, se negó al principio, pero finalmente aceptó. Sus pruebas empezaron desde que llegó a Constantinopla, pues el populacho, acostumbrado a la pompa y al esplendor, recibió con recelo a aquel hombrecillo mal vestido, calvo y prematuramente encorvado. Gregorio se alojó al principio en casa de unos amigos, que pronto se transformó en iglesia, y le dio el nombre de «Anastasia», es decir, el sitio en que la fe iba a resucitar. En aquel reducido santuario se dedicó a predicar e instruir al pueblo. Allí fue donde predicó sus célebres sermones sobre la Trinidad que le merecieron el título de «el teólogo», por la profundidad con que captó la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Poco a poco creció su fama y la capacidad de su iglesia resultó insuficiente. Por su parte, los arrianos y los apolinaristas no dejaban de esparcir insultos y calumnias contra él. En una ocasión llegaron incluso a irrumpir en la iglesia para arrastrar a Gregorio a los tribunales. Pero Gregorio se consolaba al saber que, si la fuerza estaba del lado de sus enemigos, la verdad, en cambio, estaba de su parte; si ellos poseían las iglesias, él tenía a Dios; si el pueblo apoyaba a sus adversarios, los ángeles le sostenían a él. Gregorio se convirtió en su época en un heraldo de la verdad bíblica. En una época donde la divinidad de Cristo era negada o malinterpretada, Gregorio Nacianceno utilizó la Navidad como instrumento para defender la doctrina cristiana ortodoxa.

LA NAVIDAD COMO EMBLEMA DE LA ORTODOXIA CRISTIANA.

Gregorio Nacianceno escribía en una época en que los cristianos habían alcanzado aceptación en el Imperio Romano. Pero, al mismo tiempo, la iglesia enfrentaba internamente una de las disputas teológicas más importantes de la historia del cristianismo: la lucha entre quienes afirmaban la trinidad de Dios, y quienes no lo hacían. Entre quienes afirmaban que Cristo era Dios, y quienes sostenían que su naturaleza era inferior a la de Dios Padre. En un contexto así, predicar sobre la navidad iba necesariamente a ser una declaración teológica sustantiva. Y la argumentación del Nacianceno no podía ser menos que un robusto posicionamiento a favor de la deidad de Cristo.

Gregorio de Nacianzo, fundamentando su sermón en la festividad de la Navidad, inicia su homilía proclamando dos características de Cristo: su eternidad y su encarnación.  Cristo no es un ser creado, es el verbo de Dios que habita en comunión trinitaria desde la eternidad. Cristo tampoco es una forma de Dios, es el verbo de Dios que se hizo carne. Así, niega el arrianismo (doctrina practicada actualmente por grupos religiosos como los Testigos de Jehová) por considerar éste que Cristo es un ser creado e inferior al Padre, y niega al modalismo (enseñado hoy en día por el Movimiento Jesús Solo) por pensar que Cristo es una forma de Dios Padre.

Bajo cualquiera de los dos paradigmas a los que nuestro autor se opuso, la natividad no tiene gran importancia. Para unos, sería el nacimiento de un ser creado más; para otros, el nacimiento de un modo en que Dios se ha expresado. Lo que hace de la navidad una fiesta tan importante, es que se proclama algo que estas dos comprensiones no estaban dispuestas a asumir: que una de las personas que componía la trinidad, eterna, infinita e impasible, podía hacerse carne.

La homilía inquiere en el misterio de la encarnación con un agudo sentido poético. Se dice que “quien era celeste se hizo terreno” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 45), que “la tiniebla se disuelve, de nuevo se anuncia la luz” (ídem), que “el pueblo [Israel] que permanece en la oscuridad de la ignorancia, vea la gran luz del conocimiento” (ídem), que “la letra cede, el espíritu es superior” (ídem) y que “las sombras declinan, amanece la verdad” (ídem). Todas estas bellas metáforas conducen a una sola conclusión: que Cristo es la revelación suprema. Que está sobre la ley, aquella maldición y ayo de Pablo. Que es la luz, esa que ilumina al mundo, tal como dijo Jesús de sí. Cristo es el cielo en la tierra, ese Reino de Dios que está entre nosotros como se dice en Lucas. Es la verdad que conduce al Padre. Es el conocimiento que también les hacía falta a los judíos que habían creído en él, como bien se dice en Juan.

En esta festividad, “Dios se mostró a los hombres” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 46). El incognoscible, que estaba oculto de los hombres, se hizo cercano. Por eso dice el de Nacianzo que “esto celebramos hoy: la venida de Dios a los hombres para que nosotros nos acerquemos a Dios o, más propiamente, para que volvamos a Él” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 47). De este modo, la navidad es una invitación de Dios a volver a que nos acerquemos a él. En ella no se habla ya más de la enfermedad que nos vino en Edén, el pecado, sino de su curación; no se habla tanto de la creación caída, sino de su restauración por medio de la obra de Cristo: “Siendo Dios se presentó con una naturaleza humana, un solo ser formado de dos naturalezas contrarias, carne y espíritu, de las que una era divina y la otra estaba divinizada. ¡Oh, inaudita mezcla! ¡Oh, extraña unión! El que es, nace; se ha creado quien no lo es; el infinito se hace extenso merced al alma racional que hace de mediadora entre la divinidad y la gravedad de la carne. El que enriquece mendiga. Se empobrece tomando mi carne para que yo me enriquezca con su naturaleza divina” ((Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 59).

Expresiones como estas difícilmente han sido superadas en la historia del cristianismo por otras mejores. Todos quienes mediten seriamente en el significado de la encarnación del verbo de Dios, hallarán en ella un misterio incomprensible, insondable. Esto es natividad: una revelación que se presenta abierta a ser respondida, y a la cual los cristianos han contestado con su fe.

EL MENSAJE NACIANCENO Y SU RELACIÓN CON LA IGLESIA ACTUAL.

Nuestras navidades no son necesariamente cristianas. Y aunque son bastante distintas a las que podía haber en el tiempo de Gregorio, en el suyo también había navidades no cristianas. Después de todo, ¿cómo habían de celebrar la fiesta aquellos cuya cristología no reconocía el elemento más profundo de fórmulas tan decisivas como las juaninas (Juan 1:1-14)?

Así que, tenemos eso en común. Pero hay más. Gregorio contraponía la celebración de la natividad con las fiestas griegas. Estas últimas eran ocasión para vanidades, orgías, lujos, glotonería, borracheras y, en fin, todo tipo de vicios. Al mismo tiempo, tenían por contraste que todo ello ocurría “mientras otros, formados del mismo barro nuestro y con nuestra misma composición, pasan hambre y fatiga a causa de su pobreza” ((Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 48). Para Gregorio, la navidad cristiana se contraponía a las festividades paganas ciertamente por su significado, pero también porque dicha significación era honrada con sencillez, meditación y gozo en la palabra divina.  De modo que, quien pretende celebrar navidad con sentido cristiano, pero no honra su significado con una sobria devoción, no la celebra en absoluto.

Gregorio se opuso no sólo a la herejía arriana y modalista, sino también a la paganización de la festividad cristiana de la Navidad. La vanidad de la fiesta pagana a la cual Gregorio criticó también puede compararse con la vanidad de la navidad consumista. ¿Cuánto lujo, gasto y vicios varios se exhiben, en ocasiones, incluso entre cristianos? ¿Cómo aquello podría honrar las sublimes expresiones del nacianceno cuando sostiene que Cristo es el cielo en la tierra, la luz en las tinieblas, el conocimiento contra la ignorancia, el espíritu sobre la letra de la ley, la verdad sobre las sombras?

Al parecer, tanto en su tiempo como en el nuestro, hizo falta una mayor preocupación por inquirir en lo que se celebra en navidad. No solo se debe evitar el consumismo devorador, ni tampoco conformarse únicamente con las tareas asistenciales que inspira la ocasión. Es necesario dar un paso más, un paso cristiano. Meditar en aquel misterio tan bellamente expresado por este sabio cristiano capadocio, para quien “Dios es inabarcable y difícil su contemplación. Únicamente podemos percibir su infinitud” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 51). No sea otra cosa, sino esa eternidad encarnada que es Cristo, lo que inspire nuestra navidad.

¿CÓMO CELEBRAMOS NOSOTROS LA NAVIDAD?

Es diciembre y las tiendas comerciales están cuidadosamente engalanadas con pinos, coronas y todo tipo de adornos, al mismo tiempo que se atestan de consumidores. Es diciembre y, en vista que se acerca navidad, hay quienes se motivan por hacer de la noche buena una buena noche para personas en situación de vulnerabilidad. No resulta complicado describir, en líneas generales, lo que la navidad es hoy en nuestra sociedad. Una ocasión para la compra compulsiva, un desborde de materialismo en el que se piensa que la festividad consiste prácticamente en el intercambio de regalos. Por otra parte, una ocasión que, por cierta comprensión de su dimensión simbólica, invita a realizar obras asistenciales en favor de personas en situaciones difíciles. Dejando de lado aquellos para quienes la festividad no es más que un par de días libres, es evidente que aun cuando una de las dos formas de entender esta festividad sea más provechosa que la otra, ambas adolecen del sentido cristiano de la navidad. O, para ponerlo en otros términos: Hay navidad cristiana y navidad no cristiana.

Puede parecer desconcertante que se diga “sentido cristiano de la navidad”, porque en principio se asume que la navidad es esencialmente cristiana. Lo cierto es que es entendible que tal cosa se diga de la sociedad en general, porque sus miembros no cristianos evidentemente pueden buscar modos diversos de resolver el significado de la festividad. No obstante, la situación es distinta cuando se habla de los propios cristianos. Porque, de hecho, es diciembre y las congregaciones empiezan a organizar la obra teatral más esperada del año, se organizan cenas de todo tipo, se colocan pesebres en casas y templos. Y, sin embargo, esto no significa que se esté celebrando navidad cristianamente.

El distintivo de la fiesta no está meramente en lo que se hace o lo que no se hace. Porque, de hecho, se puede ser cristiano y celebrar la navidad como consumista, del mismo modo que se puede no ser cristianos y consumista y, con todo, no comprender la significancia de la festividad.