Filosemitismo, LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES, Sionismo, Sionismo Cristiano

¿Es bíblico el sionismo cristiano?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El sionismo es considerado por muchos como un sistema político basado en la exclusividad étnica judía, dándoles derechos políticos preferenciales en el actual Estado de Israel. El sionismo actual promueve el retorno del pueblo judío a su tierra natal y la reanudación de la soberanía judía en la Tierra de Israel, persiguiendo objetivos tanto tangibles como espirituales. El término “sionismo” fue acuñado en 1890 por Nathan Birnbaum y fue ampliamente promovido en el seno de la comunidad judía mundial.

Sin embargo, no todos los judíos apoyaron el sionismo, principalmente por razones religiosas. Esto de debió a que, en su mayoría, los fundadores del sionismo no eran creyentes en el judaísmo. Algunos hasta eran ferozmente antirreligiosos y consideraban a los rabinos como representantes de una forma de retraso mental. Los judíos más conservadores eran anti-sionistas, pues creían que Palestina no debía convertirse en territorio judío sino hasta la llegada del Mesías. Sólo él tenía derecho a restaurar a Israel a su gloria pasada e instaurar un Reino universal con capital en Jerusalén. De hecho, gran parte de las más severas críticas contra el movimiento sionista político procedió de los judíos anti-sionistas, siendo el más notable Alfred M. Lilienthal.[1]

Durante largo tiempo, los ortodoxos religiosos fueron hostiles hacia el sionismo. Todavía hoy, corrientes religiosas como los Neturei Karta[2] o los Satmer[3] condenan el sionismo como hereje, ya que el sionismo laico sostiene la idea de que el Mesías es el Estado de Israel. Pero el sionismo no iba a darse por vencido. A partir de 1967 la corriente nacionalista-religiosa retoma las teorías del rabino Kook, incorporándolas al sionismo. Esta corriente representa hoy cerca de un cuarto de la sociedad israelí. En los sectores más extremos del sionismo religioso, incluso se ha construido la idea de que las persecuciones nazis cumplían la profecía de Isaías 53, y que los judíos sufrieron por los pecados del mundo. Ahora, luego de cumplidas las profecías referentes al sufrimiento del pueblo judío, corresponde a este cumplir las profecías sobre su destino glorioso y de convertirse en una luz para las naciones.[4]

Aunque en sus orígenes fue un movimiento exclusivamente judío, el sionismo logró impactar la teología cristiana, dando vida a lo que se conoce popularmente como “Sionismo Cristiano”.

¿QUÉ ES EL SIONISMO CRISTIANO?

La verdadera teología del Sionismo Cristiano, también conocido como Sionismo Bíblico, apoya el derecho del pueblo judío de retornar a su tierra original, basándose en las Escrituras. El fundamento bíblico para el sionismo cristiano se encuentra en el pacto de Dios con Abraham. Fue en este pacto que Dios escogió a Abraham para dar origen a una nación a través de la cual Él redimiría al mundo, y para ello les legó una tierra en la cual existir como nación escogida. Si el sionismo es la creencia en el derecho del pueblo judío a retornar a su patria, entonces un sionista cristiano debería ser definido simplemente como un cristiano que apoya el derecho del pueblo judío de regresar a su tierra natal y ejercer soberanía sobre la Tierra de Israel.[5]

El Sionismo Cristiano difiere de la Teología de la Sustitución o del Reemplazo,[6] la cual enseña que la relación especial que Israel tenía con su Dios en términos de su destino y su hogar nacionales (su tierra) se ha perdido por su rechazo a Jesús como Mesías, y que por lo tanto la iglesia se ha convertido en el nuevo Israel. Enseña que, de esta manera, la iglesia ha heredado todas las bendiciones que se le prometieron a Israel, pero que los juicios y maldiciones, convenientemente se quedan con el pueblo judío.[7] En vez de ello, el Sionismo Cristiano enseña basado en las Escrituras que el Pacto de Dios con Abraham aún es válido el día de hoy. Aún hay un destino nacional que se cumplirá en el pueblo judío, y su hogar natal es su posesión eterna en cumplimiento de los planes y propósitos de Dios para Israel. Para los sionistas cristianos, el Nuevo Testamento no solo afirma el pacto Abrahámico, sino que confirma la misión histórica de Israel y que los dones y el llamado de Israel son irrevocables.

Por tanto, el Sionismo Cristiano no se basa en profecías ni en eventos de los últimos tiempos. La mayoría de los cristianos sionistas estaría de acuerdo, sin embargo, en que el resurgimiento de Israel en la escena mundial, en cumplimiento de las promesas de Dios para ella, indican que otros eventos predichos por la Biblia sucederán a continuación.[8]

Cuatro temas generalmente están presentes en la mayoría de los pensamientos sionistas cristianos:[9]

  1. El fin de la historia. La fundación del estado-nación actual de Israel en 1948 marcó el principio del fin de la era humana.
  2. El plan de Dios. El caos en el Medio Oriente que rodea a Israel es parte del plan de desarrollo de Dios. Habrá una gran guerra final que culminará con la segunda venida de Cristo.
  3. Las promesas de Dios. El pacto de Dios con Israel es eterno e incondicional. Por lo tanto, las promesas de tierra dadas a Abraham en Génesis nunca se anularán, y la iglesia no ha reemplazado a Israel.
  4. Bendiciendo a Israel. La iglesia está obligada a interpretar Génesis 12:3 de una manera específica con respecto al estado-nación actual de Israel: “Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.” No apoyar el dominio político del estado de Israel hoy incurrirá el juicio divino.

Algunos cristianos sionistas han desarrollado un enfoque diferente en sus pensamientos. En lugar de nombrar el cumplimiento de la profecía bíblica como la base de su lealtad a Israel, creen que la lealtad a Israel es simplemente un deber moral de los cristianos debido al antisemitismo histórico y actual y al lugar único que se otorga a los judíos en las escrituras.[10] Algunos también creen que la lealtad a Israel ayudará a expiar los horrores del Holocausto, en el que murieron 6 millones de judíos y un número indeterminado de otros fueron brutalmente maltratados y perdieron sus medios de vida y sus posesiones.[11] De hecho, es apropiado y necesario que reconozcamos estos horrores, que honremos y recordemos a quienes sufrieron esta catástrofe, y que los responsables devuelvan o paguen por los hogares y bienes judíos que fueron incautados durante la era nazi. Al mismo tiempo, es una lógica falsa concluir, como hacen algunos cristianos sionistas, que apoderarse y colonizar (a través de los asentamientos) la tierra de las familias palestinas; destruyendo sus hogares, negocios y escuelas; e imponer una ocupación militar que niegue los derechos fundamentales es una forma efectiva de honrar a las víctimas del Holocausto.

El sionismo cristiano tiene numerosos críticos y ha despertado mucha controversia. Muchos teólogos se preguntan si el sionismo cristiano reduce la importancia del nuevo pacto de Cristo. Muchos eruditos del Antiguo Testamento están preocupados por los cristianos sionistas que ignoran las demandas éticas de los profetas en relación con el trato a los palestinos. Muchos estudiosos del Nuevo Testamento sostienen que las promesas de tierras del Antiguo Testamento se han reinterpretado. La promesa del evangelio no es tribal o local, sino universal y global. E incluso los judíos deben entrar en esta nueva realidad mesiánica. Además, estos eruditos rechazan la idea de que el Israel moderno es el Israel de los tiempos bíblicos, o que el pueblo judío tiene derecho exclusivo a la tierra. Ellos creen que Jerusalén debe ser compartida por todas las personas (La interpretación de Romanos 9–11 es central en estos debates).

Los éticos, tanto judíos como cristianos, también han criticado la tendencia del sionismo cristiano a ver un propósito divino en la polémica y agresiva política del gobierno israelí. Esto, argumentan, ha llevado el excepcionalismo político de Israel y ha silenciado la capacidad de la iglesia para promover la justicia y la pacificación en el Medio Oriente (El excepcionalismo es la creencia de que un grupo en particular posee, de manera inherente e inalienable, ciertos privilegios y un estatus especial que no están disponibles para ningún otro grupo).

En la cosmovisión cristiana sionista, los palestinos son considerados como residentes extranjeros en el estado de Israel de hoy. Muchos cristianos sionistas incluso se resisten a reconocer a los palestinos como un pueblo distinto. Afirman incorrectamente que los palestinos se mudaron al estado de Israel desde las naciones árabes circundantes después de que Israel prosperó. Algunas de estas ideas provienen del miedo y un odio profundo al islam, ya que la mayoría de los palestinos son musulmanes. Sin embargo, muchos palestinos son cristianos, un hecho que muchos cristianos sionistas ignoran, a pesar de que los árabes cristianos han adorado a Cristo desde los primeros días de la iglesia (Hechos 2:11).

Sin lugar a duda, el sionismo cristiano seguirá siendo un tema muy debatido en las iglesias evangélicas, no solo por sus interpretaciones particulares de la Biblia sino también por las circunstancias de nuestra era política moderna.

ORÍGENES DEL SIONISMO CRISTIANO.[12]

En las décadas de 1820 y 1830, un grupo de clérigos de las islas británicas, entre ellos Edward Irving, Lewis Way, Joseph Wolff, y Henry Drummond, celebraron en la localidad de Albury una serie de conferencias bíblicas. Dichas conferencias promovieron la idea de que los judíos deberían mudarse a Palestina. Otras organizaciones durante este tiempo, como la Sociedad de Judíos de Londres y el Fondo de Exploración de Palestina, compartieron ese objetivo. Décadas más tarde, el escritor judío austriaco Theodor Herzl difundió ideas sionistas con su libro de 1896 Der Judenstaat y en el Primer Congreso Sionista en Suiza en 1897.

En esa época, Palestina estaba gobernada por los turcos otomanos, y era un destino popular para los europeos y los estadounidenses. Debido a que muchas personas de naciones cristianas estaban visitando la Palestina otomana, el interés cristiano en ella creció. En la década de 1880, muchos de estos viajeros eran predicadores influyentes. Uno de ellos fue el reverendo DeWitt Talmage, pastor del Tabernáculo de Brooklyn en Nueva York. A su regreso de una peregrinación a Palestina, publicó sus Veinticinco Sermones de Tierra Santa. Este libro pintó una imagen romántica de un renacimiento judío en la Tierra Santa y retrató “los dedos de la providencia” señalando el crecimiento de la vida judía allí. En 1891, George Adam Smith escribió su popular libro La Geografía Histórica de Tierra Santa, en el que retrató una tierra bíblica vacía en espera de la llegada del judaísmo.

Los líderes cristianos en Gran Bretaña animaron al gobierno británico a apoyar la migración judía a Palestina. Estos líderes incluyeron a John Nelson Darby, Charles Simeon, y Charles Spurgeon. Darby enseñó que el hecho de que Dios le diera la tierra a Abraham significaba que Palestina (antiguo territorio ocupado por Judea, Samaria y Galilea) pertenecía al pueblo judío. Por encima de todo, proclamó que la creación del Israel de hoy traería el Fin de los Tiempos.

Darby hizo ocho viajes misioneros a los Estados Unidos, pero la mayoría de los estadounidenses lo ignoraron. Sin embargo, cuando los principales evangelistas estadounidenses, como Dwight Moody, Billy Sunday, y Harry Ironside, vieron cómo sus ideas influyeron en el público, los puntos de vista de Darby cobraron nuevo ímpetu. En 1881, por ejemplo, Horatio y Anna Spafford y 16 amigos abrieron una colonia estadounidense en la Ciudad Vieja de Jerusalén para observar, como ellos decían, que “la profecía se está cumpliendo”.

En Gran Bretaña, políticos como Lord Shaftesbury, Lord Palmerston, David Lloyd George, y Lord Balfour vieron el valor de un estado judío en Palestina. El movimiento sionista cristiano también creció, en gran parte debido a líderes cristianos británicos como William Hechler. El sionismo finalmente ganó reconocimiento internacional a través de la Declaración Balfour, que en 1917 (durante la Primera Guerra Mundial) garantizó una patria judía en Palestina.

William Blackstone, un evangelista de Chicago y alumno de Dwight Moody, publicó Jesus Is Coming en 1878. Dicho libro convenció a muchos estadounidenses de la idea de Darby de que Dios le dio a los judíos la tierra de Palestina. En 1890, Blackstone visitó asentamientos judíos en Tierra Santa y organizó conferencias en Chicago para trasladar judíos a Palestina. También presionó al entonces presidente Harrison para crear un estado judío en Palestina. Debido a su asociación con judíos sionistas, la Conferencia Sionista de Filadelfia en 1918 lo llamó “padre del sionismo.” En 1956, Israel nombró un bosque en su honor.

En la primera mitad de la década de 1900, los maestros sionistas cristianos organizaron conferencias para promover las ideas sionistas cristianas. Después de varios eventos mundiales devastadores—la Primera Guerra Mundial, la epidemia de gripe española de 1918, la Gran Depresión, y la Segunda Guerra Mundial—algunos evangélicos quisieron ver un plan divino de redención para la miseria humana.

En 1948, cuando se fundó el moderno estado-nación de Israel, muchos cristianos sionistas se convencieron de que la creación del Estado de Israel estaba divinamente ordenada, y el movimiento sionista cristiano creció significativamente. Cuando se levantó la bandera israelí el 14 de mayo, estaban eufóricos. Se sentían seguros de que la pieza clave ahora estaba en su lugar para cumplir aún más sus interpretaciones de la profecía. La veloz victoria militar de Israel en 1967, aclamada por muchos como un milagro divino, provocó aún más celo, ya que Israel había conquistado toda la Tierra Santa.

Cristianos sionistas como John Walvoord y Charles Ryrie vieron la historia moderna a través de este lente bíblico para una nueva generación. En 1970, Hal Lindsey publicó el muy popular The Late Great Planet Earth, que describía los eventos políticos en el Israel de hoy como predichos bíblicamente. Más recientemente, Tim LaHaye y Jerry Jenkins han vendido más de 50 millones de copias de sus populares libros Left Behind/Dejados Atrás sobre los últimos tiempos y el papel de Israel en estos, los últimos días.

Muchos defensores del sionismo cristiano han abandonado la idea de los primeros sionistas cristianos de que la historia humana está dividida en distintas épocas por decreto divino (dispensacionalismo). Pero han conservado la idea sionista cristiana del Fin de los Tiempos, y consideran la lealtad al Estado de Israel como una cuestión de fidelidad bíblica. John Hagee, un portavoz ampliamente reconocido con su organización Christians United for Israel/Cristianos Unidos por Israel (CUFI), presiona agresivamente al Congreso de Estados Unidos para moldear la política exterior estadounidense en el Medio Oriente.

Aunque el sionismo cristiano cuenta con reductos de poder en otros lugares —en Holanda y Escandinavia, por ejemplo, así como entre muchos sionistas de los países del Tercer Mundo—, su centro real lo constituye sin duda Estados Unidos, a donde fue llevado desde Inglaterra a mediados del siglo XIX.

¿ES EL SIONISMO JUDÍO Y CRISTIANO APOYADO POR LA BIBLIA?

En el libro de Génesis, Dios hace promesas a Abraham (el padre del judaísmo). Él promete ricas bendiciones sobre Abraham y sus descendientes (Génesis 12: 1–3) y hace un pacto con Abraham, prometiendo que sus descendientes heredarán la tierra de Israel (Gen 15:18). La promesa se repite en Gen 17: 7–9 y Gen 26: 2–4. A Abraham se le dicen tres cosas: Él tendrá muchos descendientes, ellos poseerán un territorio particular (la Tierra Santa de hoy), y serán una bendición para todas las naciones. En Génesis 17:7, esta promesa se llama un “pacto eterno.” Todo esto sucedió hace más de 4,000 años.

Hoy, el sionismo (tanto judío como cristiano) argumenta que los judíos heredan esta promesa. Por lo tanto, afirman, el estado moderno de Israel (que se identifica a sí mismo como un estado judío) puede hacer una afirmación divina de que toda la Tierra Santa pertenece a Israel. Este no es un argumento político o histórico. Es un argumento teológico que dice así: “Dios les dio la Tierra Santa a los judíos en la Biblia, y eso debería resolver los debates políticos modernos. Aquellos que creen en la Biblia deben apoyar nuestros reclamos”.

Esta actitud no es nueva. En los días de Jesús, muchos judíos recomendaron a sus vecinos ser políticamente activos para ayudar al antiguo Israel. Lo describieron como un deber divino. Para tal fin, algunos colaboraron con los romanos (los fariseos, los herodianos), mientras que otros utilizaron la violencia cruda (los zelotes). Pero en cada caso, el objetivo era el mismo. Apoyar a Israel era considerado un deber religioso.

Como cristianos, aunque reconocemos que Dios le otorgó a Israel el dominio sobre la Tierra de Canaán (hoy denominada Palestina) y que consideramos justo, correcto y bíblico pedir por la paz de Jerusalén (Salmos 122:6-9), también reconocemos que esto no significa apoyar incondicionalmente todas las decisiones políticas, incluso aquellas notoriamente injustas, del Estado de Israel. Y esto por varias razones:

  • El Estado de Israel actual no es el Reino de Dios sobre la tierra al cual los cristianos le debemos lealtad absoluta. Ningún gobierno humano lo es (Juan 18:36). El Reino político de Dios es una realidad futura, aún no presente (Daniel 2:44). Puesto que los cristianos somos ante todo ciudadanos del Reino de los cielos (Filipenses 3:20-21), no podemos jurar lealtad absoluta y ciega a ningún gobierno humano el cual, en algún momento, tomará decisiones contrarias a la voluntad de Dios (Hechos 5:29-31), pues debemos reconocer que el mundo entero y sus gobernantes están, en mayor o menor grado, bajo el poder del maligno (Lucas 4:5-6; Juan 12:31: 1 Juan 5:19; 2 Corintios 4:4).
  • Aunque las promesas particulares de Dios para la nación hebrea aún siguen vigentes y esperan su final cumplimiento en la era milenial, en ésta, la dispensación de la gracia, los judíos no gozan de ningún privilegio especial sobre los gentiles a la vista de Dios. Todos hemos sido hechos un solo pueblo (Efesios 2:14). Tanto judíos como palestinos, o cualquier otro grupo étnico o nación sobre la tierra, somos seres caídos y necesitados de gracia, perdón y salvación, pues todos hemos pecado por igual y estamos destituidos de la gloria de Dios. Ninguno de nosotros puede ser declarado justo o bueno en términos divinos (Romanos 3). Desde esta perspectiva, los judíos necesitan de Jesús tanto como nosotros pues “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Pablo amó a su gente y oró por ellos. “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:1-4). Pablo los amó y seriamente quiso que fueran salvos. Nosotros deberíamos tener la misma actitud amante, pero no idólatra hacia Israel. Jesús nos dijo que vayamos al mundo y prediquemos el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo. Ellos, como un pueblo, ciertamente caen en esta amplia categoría. Los cristianos deberían buscar darles el evangelio a los judíos tanto como a cualquier otro pueblo, pero no considerarles superior a cualquier otro grupo étnico o creyendo ciegamente que el Estado de Israel es perfecto y carente de errores en sus decisiones. No debemos olvidar que la nación de Israel actual está formada por seres humanos caídos como nosotros y no son superiores a ningún otro pueblo sobre la tierra (Gálatas 3:28; Romanos 2:17-29). Es más, Pablo afirmó que los judíos “en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.” (Romanos 11:28) y que “ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles” (Romanos 11:25), por lo tanto, la posición actual de Israel no es tan diferente de cualquier otra nación sobre la tierra en esta dispensación.
  • Jesús mismo no estaría de acuerdo con todos los postulados del sionismo judío y cristiano. No solo Jesús encontraría peculiar al sionismo moderno, sino que en su día rechazó lo más cercano a este: el movimiento de los zelotes. Hay dos referencias bíblicas al calificativo “zelote”. La primera está en Lucas 6:15 y la segunda en Hechos 1:13, aunque también lo hallamos como “cananista” (Mateo 10:4; Marcos 3:18). En la primera referencia, Lucas está narrando el episodio en que Jesús escogió a sus doce discípulos cercanos, entre ellos a “Simón, al que llamaban el Zelote”. En la segunda, se nombra al mismo discípulo en la historia del aposento alto. La palabra viene del griego zelotai que significa “celoso”. Para Flavio Josefo, el gran historiador judío, el uso del nombre zelote describe a una secta o partido judío formado antes del año 66 a. C, en el periodo intertestamentario. En este periodo surgieron muchos grupos religiosos y políticos movidos por el deseo de generar oposición contra el dominio extranjero. Entre los más recientes estaban los zelotes, quienes se sentían herederos de los macabeos (un movimiento judío de liberación que luchó contra el poder seléucida sobre Palestina). Los zelotes eran un grupo ultranacionalista que usaba la fuerza y la violencia para mover sus ideales. Buscaban terminar con el dominio romano en Palestina a fin de lograr la independencia política. Lucharon durante varias décadas hasta (según algunos historiadores) más o menos el 70 d. C., año de la caída de Jerusalén. Según otros historiadores, los zelotes fueron seguidores de Judas de Galilea, quien fundó en el año 6 d. C. lo que Josefo llama la “cuarta filosofía” de los judíos.[13] Esta filosofía insistía en repudiar a cualquier rey excepto Dios, y algunos libros modernos representan a este grupo como teniendo fuertes esperanzas mesiánicas. Si bien sus ideales religiosos se parecían a los de los fariseos, los zelotes tomaron el camino de la violencia a través de eventos guerrilleros contra los invasores. Así pues, el movimiento de los zelotes correspondería al de un mesianismo político tendiente a instaurar un reino judío en un Israel libre de gentiles e idólatras.[14] Para los zelotes, Dios era, en definitiva, el único y verdadero soberano de Israel, cualquier invasión era entendida como un atentado contra Dios mismo, para ellos Dios deseaba el heroísmo de su pueblo para hacer llegar su Reino y expulsar a los romanos y a sus colaboradores. Los zelotes esperaban un Mesías con las características de un poderoso Rey – Militar salido de entre sus jefes, e incluso algunos de ellos llegaron a ser proclamados mesías, como fue el caso de un tal Simón bar Kojba, el hijo de la estrella, reconocido mesías por el rabino Aquiba en el año 132 d.C. Fue el líder judío que dirigió en el año 132 la que es conocida como Rebelión de Bar Kojba contra el Imperio romano, estableciendo un estado judío independiente que dirigió durante tres años como príncipe, hasta ser derrotado por los romanos en el año 135 d.C. Reprimida la rebelión, Bar Kojba resultó muerto en el asalto final a la fortaleza de Betar. En este sentido, el sionismo judío moderno no es muy diferente del movimiento zelote ya que, al igual que aquel, es un movimiento político-religioso que promueve a cualquier costo los objetivos del estado moderno de Israel. El sionismo cristiano comparte estos mismos puntos de vista políticos, pero incluye ideas teológicas, ya que usa la Biblia para decir que la fidelidad a Dios debe expresarse a través de la fidelidad al moderno Estado de Israel, algo que la Biblia nunca dice. Lo que sí dice la Biblia es que ante Dios no hay favoritismos por cuestión de nacionalidad o cualquier otra causa (Hechos 10:34; Romanos 2:11; Gálatas 2:6; Efesios 6:9); que la violencia y el odio jamás será solución a los conflictos humanos (Mateo 5:9; 5:38-48; Romanos 12:20; Proverbios 25:21-22); que el pueblo de Dios está llamado a ser ejemplo en el trato a personas de otras nacionalidades o grupos étnicos (Deuteronomio 10:19; Levítico 19:34; 25:35; Deuteronomio 14:29; 26:11, etc.) y que intentar llevar a cabo la voluntad de Dios por medios políticos o militares raras veces termina bien y no se ajusta necesariamente a su voluntad (Mateo 26:52; Juan 6:15; 18:36).

CONCLUSIÓN.

¿Cuál debe ser entonces nuestra postura hacia el sionismo, sea este judío o cristiano? Una de equilibrio y moderación. Debemos rechazar todo extremo peligroso: tanto el antisemitismo propuesto por los enemigos de Israel, como la veneración enfermiza de algunos creyentes evangélicos por todo lo judío. Somos llamados a amar a Israel y orar por ellos, no a venerarlos ni volvernos ciegos a la realidad.

En círculos evangélicos predomina actualmente una opinión acrítica hacia Israel, a quien a menudo se idealiza. Influye que las librerías cristianas están llenas de publicaciones sobre Israel, especialmente sobre temas que van desde la rica historia de la nación hebrea hasta las profecías bíblicas relacionadas con los tiempos finales y el papel de Israel en las mismas. Pero rara vez se lee o escucha acerca de Israel como nación hostil hacia los seguidores de Cristo que viven allí, o de la discriminación que experimentan a veces los ciudadanos palestinos a manos de autoridades israelíes.

Aunque creemos que Israel está en el corazón de nuestra fe cristiana, y admitimos que el país tiene un papel importante en los acontecimientos futuros, reconocemos que, sobre todo, nuestra principal misión como seguidores de Cristo hoy, es ser testigos de Cristo a todas las naciones, no tomar partido a favor de una por encima de las demás. Nuestra devoción excesiva y acrítica hacia Israel puede llegar a entorpecer, más que a beneficiar, nuestra misión como iglesia.

REFENCIAS:

[1] Alfred M. Lilienthal, The Zionist Connection (New York: Dodd, Mead, & Co., 1978).

[2] Neturei Karta (en arameo, Guardianes de la Ciudad) es un grupo minoritario de judíos ultraortodoxos que rechazan cualquier forma de sionismo y se oponen activamente al Estado de Israel.

[3] Satmer (o Jasidim de Satmer) es un movimiento que adhiere al judaísmo jasídico originario del pueblo de Szatmárnémeti (ahora llamado Satu Mare, Rumania), ubicado en su momento en el Reino de Hungría

[4] Culla, Joan B. (2005). La tierra más disputada: el sionismo, Israel y el conflicto de Palestina. Alianza Editorial. ISBN 84-206-4728-4.

[5] Regina Sharif, Non-Jewish Zionism, Its Roots in Western History, Zed, 1983, p. 10

[6] La teología de reemplazo es la idea de que los cristianos han reemplazado a los judíos como el pueblo elegido de Dios. Los seguidores de la teología de reemplazo creen que ya que los judíos rechazaron y crucificaron a Jesús y se negaron a seguirlo, Dios los rechazó e hizo un nuevo pacto con la iglesia. Este pacto cancela el pacto especial de Dios con el pueblo judío. La teología del reemplazo surgió en parte debido al conflicto entre las sinagogas y las iglesias cristianas en los primeros siglos. Este conflicto aparece en Juan 9, donde el hombre nacido ciego es expulsado de la sinagoga porque dijo que Jesús lo sanó. Más tarde, cuando la iglesia se convirtió en la principal fuerza religiosa en el Imperio Romano, la hostilidad contra el judaísmo influyó a algunos teólogos eclesiásticos en condenar e incluso demonizar al pueblo judío. Así comenzó la propagación del antisemitismo en gran parte de la Europa cristiana.

[7] R. Kendall Soulen, The God of Israel and Christian Theology, Minneapolis: Fortress, 1996.

[8] J. Pentecost, D (1984). Eventos del Porvenir: Eventos de escatologia biblica. Editorial Vida

[9] Boyer, Paul S., When Time Shall Be No More: Prophecy Belief in Modern American Culture, Cambridge, MA: Harvard University Press, 1992.

[10] Wesley Haddon Brown , Christian Perspectives on the Israeli-Palestinian Conflict, p. 131.

[11] Peter F. Penner, Western Restorationism and Christian Zionism: Germany as a Case Study, 2008, p. 11.

[12] Ronald Sanders, The High Walls of Jerusalem: A History of the Balfour Declaration and the Birth of the British Mandate for Palestine (New York: Holt, Rinehart, & Winston, 1984).

[13] Kirsopp, L. (1917), Simon Zelotes, The Harvard Theological Review, Volume 10.

[14] Brandon, S.G.F. The Fall of Jerusalem and the Christian Church. Londres, 1957.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

La Expiación General en el Antiguo Testamento

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

La narrativa bíblica es abrumadora al mostrar que Dios ofrece la salvación a todos (Tito 2:11) y llama a todos al arrepentimiento (Hechos 17:30), en virtud de su amor por el mundo (Juan 3, 16). La buena noticia de Cristo es para todas las personas (Lucas 2, 10), ya que él vino a iluminar a todos los hombres para que puedan creer (Juan 1:7,9). Dios es el Padre de misericordias (2 Corintios 1: 3) y el Señor que es bueno para con todos y cuyas misericordias están sobre todas sus obras (Salmos 145:9). El calvinismo es simplemente incapaz de dar sentido al Dios de amor (1 Juan 4:8, 16) que desea que todos sean salvos y vengan al arrepentimiento para no perecer (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Dios no se deleita en la muerte de los impíos (Ezequiel 18:23, 33:11). El propósito de Dios al enviar a su Hijo a morir era para que el mundo pudiera ser salvo a través de él (Juan 3:17; 12:47; 17:21); condicionado solo a recibir y creer en Cristo (Juan 1:12; 3:16; 3:36; 5:24; 6:35; 6:40; 20:31). Pero esta doctrina no es exclusiva del Nuevo Testamento. La Expiación Ilimitada, general o universal, es enseñada también en el Antiguo Testamento.

EL ANTIGUO PACTO SEÑALA HACIA UNA EXPIACIÓN GENERAL, NO LIMITADA.

La naturaleza ilimitada, provisional y condicional de la expiación de Cristo puede vislumbrarse incluso en los tipos y figuras del Antiguo Testamento. Esto no tiene nada de extraño, ya que el viejo pacto era sombra y figura de lo que había de venir (Colosenses 2:17). Tres de esos tipos proféticos, en particular, nos ayudan a desentrañar mejor el alcance y la aplicación de la propiciación de Cristo.

El Cordero de la Pascua:

Muchas veces se menciona a Jesús como el “Cordero” sacrificial, un cordero que fue sacrificado por el mundo (Juan 1:29; 1 Corintios 5: 7; 1 Pedro 1:19; Apocalipsis 5:12). Esto es seguramente en referencia al cordero de la Pascua en Éxodo 12, donde la disposición de la expiación y la posterior aplicación se llevan a cabo maravillosamente. En esta interacción, Dios le ordena al pueblo de Israel que mate a un cordero como un sacrificio para evitar su ira. Curiosamente, la nación de Israel no solo debía matar al cordero del sacrificio (v. 6), sino también comérselo y aplicar su sangre a los postes de la puerta (v. 7). La sangre aplicada era una cobertura que guardaba a Israel de la ira de Dios (v. 13) derramada sobre Egipto y sobre aquellos de Israel que se negaran a cumplir con dicho ritual. El punto crucial es que la simple muerte del cordero no protegía a Israel: Cada hogar no solo tenía que matar al cordero, sino también aplicar su sangre, de lo contrario, la ira de Dios se vería afectada por ellos.

Nótese lo bien que esto corresponde con lo que se enseña en el Nuevo Testamento acerca de Cristo y su obra expiatoria. Él es el Cordero que quita el pecado del mundo (Juan 1:29) y es una propiciación para todos (1 Juan 2:2); pero esta propiciación es para aquellos que creen (Romanos 3:22, 25). En sí misma, la sangre de Cristo no salva a nadie, debe ser aplicada a través de la fe. La expiación es provisional para todos, eficaz sólo para los fieles.

Éxodo 12 es un claro ejemplo del principio de que la Expiación y su aplicación deben distinguirse. La sangre del cordero pascual muerto se volvió eficaz solo después de que se aplicó. La muerte del cordero no salvó a nadie: la sangre tuvo que aplicarse.[1]  Incluso el renombrado calvinista A. W. Pink está de acuerdo con esto. En su comentario de Éxodo escribe: “Un Salvador provisto  no es suficiente: debe ser  recibido . Debe haber ‘fe’ en Su sangre ‘(Romanos 3:25), y la fe es algo personal… Debo por la fe tomar la sangre y refugiarme debajo de ella.” [2]

Pink señala correctamente que la Pascua es “uno de los más sorprendentes… presagios de la obra de la Cruz de Cristo que se encuentran en cualquier parte del Antiguo Testamento, [y] es un claro ejemplo del principio de que la Expiación y su aplicación deben ser distinguido. La sangre del cordero pascual muerto… se volvió eficaz solo después de que se aplicó al poste de la puerta según las instrucciones… La muerte del cordero no salvó a nadie: la sangre tenía que aplicarse.”[3]

La Serpiente de Bronce:

En Números 21, el pueblo de Israel se impacientó con Moisés y con Dios, y se manifestó contra ellos en rebelión. Dios envió serpientes venenosas en medio de ellos como una forma de juicio por su comportamiento pecaminoso. Los israelitas rebeldes estaban siendo mordidos y muriendo. Después de que Moisés intercede por el pueblo, Dios responde ordenándole que ponga una serpiente de bronce en un palo. Dios dijo que todo el que fuere mordido, cuando mirare la serpiente bronce, viviría (v. 8).

De nuevo, nótese cuidadosamente la provisión hecha aquí por Dios. El medio de sanidad (la serpiente de bronce) fue dado y puesto a disposición de toda la nación de Israel. Todos habían sido mordidos por las serpientes venenosas (representando el pecado) y Dios había hecho una provisión para todos. Aun así, la disposición tenía que ser aplicada por el individuo mirando a la serpiente de bronce; sólo entonces vivirían. La limitación para Israel no estaba en la provisión de la serpiente de bronce (fue dada para todo Israel); más bien, la limitación estaba en la aplicación: solo los que dirigían su mirada hacia ella vivían. Había un remedio para todo Israel, y serían sanados si solo miraran. Hay un remedio en la muerte de Cristo para todos, y serán salvos si solo creen.[4]

Este pasaje es referido por el mismo Jesús: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:14-15). Jesús se ofrece a sí mismo como una provisión universal, condicionada a la creencia. La naturaleza universal se ve en el famoso pasaje de Juan 3:16, donde el amor de Dios por el mundo lo motiva a enviar a su Hijo para que el mundo sea salvo por medio de él (Juan 3:17) a través de la fe. Cuando Jesús es elevado como la serpiente de bronce, atrae a “todos los hombres” a sí mismo (12:32). Provisional para todos, eficaz para los fieles.

El Sumo Sacerdote

En el Antiguo Testamento, Dios ordenó que los sacerdotes designados llevaran a cabo un sistema de sacrificios para hacer expiación por los pecados del pueblo. Esto incluyó el llamado “Día de la Expiación” (Yom Kippur), que permitía al sumo sacerdote entrar al Lugar Santísimo (Levítico 16). Esto lo hacía el sumo sacerdote para realizar expiación por sí mismo y por la gente (v. 24) a fin de que el pueblo se limpiara de sus pecados ante el Señor (v. 30). Esto se hacía anualmente tanto por los sacerdotes como para todas las personas de la asamblea (v. 33). Hebreos 9:7 dice: “pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo”.

Obsérvese que la expiación era hecha para toda la nación, para todo Israel. Indiscutiblemente, la disposición del Antiguo Testamento para el pecado y la salvación fue para todo Israel, no para un grupo elegido y especial entre ellos. La desobediencia y la incredulidad fueron las únicas barreras que separaron a todos los israelitas de la gracia de Dios.[5] La reconciliación y las ofrendas por el pecado fueron para “todo Israel” (2 Crónicas 29:24; Esdras 8:25; Malaquías 4: 4). Sin embargo, uno tenía que permanecer como parte integrante de la nación de Israel para obtener esos beneficios. Y, sin lugar a duda, existían las condiciones para formar parte de, y permanecer, ‘en Israel’. Por ejemplo, si un hombre no fue circuncidado, sería separado del pueblo (Génesis 17:14); si alguien comía pan con levadura en ciertos días, sería “cortado de Israel” (Éxodo 12:15); el mal uso de varios aceites o perfumes resultó en ser separado del pueblo (30:33, 38); profanar el sábado (31:14); comer ciertas cosas (Levítico 7:20, 21, 25, 27) y cometer ciertos actos considerados abominables (18:29) provocarían ser excluidos de la congregación de los hijos de Israel; incluso Dios advierte que una persona de Israel puede ser separada de su presencia (22: 3). Números 15:30 resume bien este principio: Mas la persona que hiciere algo con soberbia, así el natural como el extranjero, ultraja a Jehová; esa persona será cortada de en medio de su pueblo.”

Ser “cortado” no solo significaba la exclusión de un individuo de la congregación de Israel (y la salvación), sino que a veces también la destrucción inmediata. En Levítico 23:29-30, Dios declara que, si los del pueblo de Israel le son infieles, no solo serán cortados, sino que perecerán por completo. Dios pondrá Su rostro contra ellos y serán derribados por sus enemigos (26:17); perecerán entre las naciones (Levítico 26:38; Deuteronomio 8: 19-20). La nación fue llamada a ser el pueblo elegido de Dios, pero con eso se les ordenó también observar todas los estatutos y los mandamientos de Dios, de lo contrario serían maldecidos (11: 26-31) y luego serían destruidos, consumidos y perecerían (28: 20-24). Claramente, ser descendiente de Abraham no conllevaba ninguna garantía de que una persona permanecería entre el pueblo del pacto de Dios sin tener en cuenta su fe y su fidelidad al pacto de Dios.[6] Sin embargo, si el individuo infiel confiesa sus pecados y se humilla a sí mismo ante Dios, su fidelidad y compasión le permitirán regresar a Israel y los beneficios subsiguientes se volverán a aplicar (Levítico 26: 40-45).

El punto aquí es claro: mientras que Dios elige incondicionalmente a la nación corporativa de Israel como su pueblo, la participación en esa nación estaba supeditada a la obediencia. Ningún individuo fue posicionado incondicionalmente en Israel. Además, debe notarse que cualquier persona fuera del Israel étnico podría unirse a la comunidad y convertirse en israelita a través de la circuncisión y la obediencia (Génesis 17:12-13; Éxodo 12:48). Desde el principio, cualquier gentil podría convertirse en un judío de pleno derecho, profesando fe en el Dios de Abraham y siendo circuncidado. No existía ninguna barrera racial para evitar que los gentiles se convirtieran en participantes plenos en las promesas del pacto.[7] De hecho, aparentemente existía la posibilidad de salvación fuera del Israel étnico si uno estaba buscando fielmente a Dios (por ejemplo, Melquisedec, Job, Rahab, etc.).

Volviendo al caso del sumo sacerdote y al Día de la Expiación mencionados anteriormente, el sumo sacerdote hacía expiación por todo Israel, pero los efectos de la misma sólo se aplicaban a los obedientes, a los fieles. Este sistema del Antiguo Testamento era solo una sombra de las cosas por venir; un simple vistazo de lo que se encuentra en Jesucristo, que es nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 3: 1). Él es un “sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (5:6; 5:10; 6:20; 7:17; 8:1). Los viejos sacerdotes tenían que ofrecer sacrificios por sus propios pecados antes de interceder por la nación, y debido a su mortalidad, tenían que ser reemplazados constantemente. Jesús tiene su sacerdocio eterno e inmutable (7:24) y, por lo tanto, vive para siempre para interceder por nosotros (7:25). Su muerte fue de una vez por todas por su propia sangre (7:27), un sacrificio realizado una vez y para siempre (10:12). Cristo fue tanto el sacerdote como el sacrificio por nuestros pecados, cuando entró en el cielo delante del Padre. Como los sumos sacerdotes del viejo pacto, que hacían expiación por todo Israel, también Cristo purificó los pecados y probó la muerte para todos  (1: 3; 2: 9). Su propiciación fue para todo el mundo (2:17; 9:28; 1 ​​Juan 2: 2; Juan 1:29; 1 Timoteo 2: 6). Aquí se ve cómo Jesús cumple con la sustancia misma de la expiación del Antiguo Pacto, que nunca podía quitar los pecados. Jesús inicia un nuevo sistema de sacrificios en el Nuevo Pacto mientras asume el papel de sumo sacerdote, para siempre. Nótese el fascinante paralelo:

  • El sumo sacerdote del Antiguo Testamento ofreció expiación por todo Israel. Sin embargo, para que los beneficios de la expiación sean eficaces, cada individuo debe estar “en Israel” a través de la obediencia (fe), y permanecer “en Israel” a través de la obediencia (fe). Era una provisión de expiación para la nación, eficaz para los obedientes (fieles).
  • El sumo sacerdote del Nuevo Testamento (Jesús) ofrece expiación para todas las personas, por el mundo entero. Sin embargo, para que los beneficios de la expiación sean eficaces, cada individuo debe permanecer “en Cristo” a través de la obediencia (fe), y permanecer “en Cristo” a través de la obediencia (fe). Es una provisión de expiación para el mundo, pero eficaz solo para los obedientes (fieles).

CONCLUSIÓN.

Habiendo examinado estos tres ejemplos del Antiguo Testamento, todos los cuales se aplican de diversas maneras a Cristo, la naturaleza provisional ilimitada de la expiación queda clara, junto con su aplicación condicional: La expiación es eficaz para todos los hombres potencialmente, para ningún hombre incondicionalmente, y para el Israel de Dios de manera eficiente.[8] Cristo es el Cordero que fue inmolado por todos, la provisión fue hecha para todos y el Sumo Sacerdote que hizo la propiciación la efectuó por todos.

 

REFERENCIAS:

[1] Laurence Vance, The Other Side of Calvinism, 427.

[2] A.W. Pink, Gleanings in Exodus, 84.

[3] Pink, Gleanings in Exodus, 88.

[4] David Allen, The Extent of the Atonement, 692-693.

[5] Dave Hunt, What Love is This?, 298.

[6] Palmer Robertson, The Israel of God, 36.

[7] Robertson, The Israel of God, 35

[8] Robert Shank, Elect in the Son, 86.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Miguel, Azazel y el Santuario.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los Adventistas se presentan como cristianos evangélicos. Incluso si uno lee su base doctrinal oficial, encuentra que muchas de ellas son claramente identificables como evangélicas. Muchos cristianos ortodoxos hasta podrían considerar tolerable el énfasis adventista en la observancia del sábado, pues incluso grupos evangélicos como los Bautistas del Séptimo Día[1] lo hacen sin que esto afecte su comunión con otros creyentes evangélicos.

Para muchos otros, el énfasis adventista en una vida saludable y su obsesión por la ley mosaica (con sus regulaciones dietéticas) y el vegetarianismo, resulta hasta digno de encomio. Ciertamente, pocos evangélicos concordarían con los adventistas en la doctrina del sueño del alma y el aniquilacionismo, pero incluso esto podría ser tolerable para las iglesias protestantes más liberales. Sin embargo, las anteriormente mencionadas no son las únicas doctrinas adventistas que difieren del cristianismo bíblico. Los adventistas incluyen entre sus creencias muchas otras doctrinas antibíblicas, algunas de ellas verdaderamente extrañas y hasta peligrosas.

¿SON CRISTO Y MIGUEL LA MISMA PERSONA?

La Cristología[2] adventista, por ejemplo, difiere en algunos aspectos de la cristología considerada ortodoxa por la iglesia cristiana a través de los siglos. La teología adventista afirma:

“Miguel es un nombre utilizado cinco veces en la Biblia para designar a un ser celestial (Dan. 10:13, 21; 12:1; Judas 9; Apoc. 12:7)… Miguel es identificado como “uno de los principales príncipes” (Dan. 10:13), “vuestro príncipe” (vers. 21), “el gran príncipe” (Dan. 12:1) y “el arcángel” (Jud. 9). La palabra “arcángel” implica que es el príncipe de los ángeles, lo que podría sugerir que Miguel no puede ser otro nombre para Jesús, ya que los ángeles son seres creados… La frase “uno de los principales príncipes” (Dan. 10:13) podría dar la impresión de que Miguel es uno entre muchos príncipes. Pero, de acuerdo con Apocalipsis 12:7, Miguel es el líder supremo de los ángeles celestiales, o “el gran príncipe”. Aun cuando ayuda personalmente a los ángeles en sus tareas designadas (Dan. 10:13), las huestes angélicas permanecen bajo su mando (Apoc. 12:7). Además, él es “el arcángel”(Jud. 9). Este título es mencionado en otro lugar de la Biblia: 1 Tesalonicenses 4:16, en el contexto de la Segunda Venida. Cristo regresará “con voz de arcángel”, sugiriendo así que Miguel es, muy probablemente, otro nombre para Jesús… Se describe a Miguel como el Príncipe de Israel (Dan. 10:21), aquél que protege a Israel (Dan. 12:1). Se describe esta protección en términos militares y se muestra al príncipe como un guerrero. Prácticamente en todos los pasajes en los que es mencionado existe un conflicto entre el pueblo de Dios y sus enemigos, y se presenta a Miguel defendiéndolo o luchando por él. La protección también puede tomar la forma de juicio, en el que Miguel se levanta para defender y liberar al pueblo de Dios (Dan. 12:1). Estas funciones que Cristo desempeña en el Nuevo Testamento confirman la posición de que Miguel y Cristo son la misma persona, comprometida con el liderazgo de los reinos celestial y terrenal… En Daniel 8:10 hace referencia a un personaje que realiza el servicio diario en el Santuario Celestial. Sólo existe otro texto en el Antiguo Testamento que lo menciona. Josué tuvo un encuentro con un ser que se identificó como “Príncipe (comandante) del ejército de Jehová”. éste ordenó a Josué que se descalzara, ya que el suelo donde estaba parado era santo, similar a la aparición de Dios a Moisés. El contexto deja en claro que este ser era el Señor mismo (Jos. 6:2). Este príncipe es la misma persona llamada en otros textos como príncipe Miguel y, por lo tanto, podemos identificarlo con el Cristo preencarnado… De esta manera, aunque la Biblia no identifica claramente a Miguel con Cristo, existe suficiente material bíblico como para garantizar la posición que señala a ambos como el mismo personaje. El nombre Miguel subraya la idea de que Cristo es el líder supremo de los ángeles celestiales y el defensor de su pueblo como guerrero, juez y sacerdote.”[3]

Al afirmar que Jesús y Miguel son la misma persona, los adventistas no hacen sino seguir las enseñanzas de Ellen G. White, su fundadora. En su comentario sobre Daniel 10:13, la señora White afirmó:

“Durante tres semanas, Gabriel luchó contra los poderes de las tinieblas, tratando de contrarrestar las influencias que estaban trabajando en la mente de Ciro; y antes de que la contienda terminara, Cristo mismo vino en ayuda de Gabriel.[4]

Ellen G. White, comentando el pasaje de Judas 1:9 hizo también afirmaciones no bíblicas acerca del cuerpo de Moisés. Según la señora White, Miguel dio vida a Moisés antes de que su cuerpo viera corrupción. En tales afirmaciones, ella identificó a Miguel como Cristo, el Hijo de Dios:

“Satanás, el tentador, había reclamado el cuerpo de Moisés a causa de su pecado; pero Cristo el Salvador le sacó de la tumba.[5]

“Moisés experimentó la muerte, pero Miguel vino y le dio vida antes de que su cuerpo viera corrupción. Satanás trató de apoderarse del cuerpo, reclamándolo como suyo; pero Miguel resucitó a Moisés y le llevó al cielo. Satanás lanzó mordaces denuestos contra Dios, acusándolo de injusto al permitir que su presa le fuera arrebatada; pero Cristo no reprendió a su adversario, aunque había sido a causa de su tentación que el siervo de Dios había caído. Con mansedumbre, lo refirió a su Padre, diciendo: “El Señor te reprenda.[6]

Los argumentos adventistas podrían parecer sólidos a simple vista, pero son totalmente erróneos y sin fundamento estable en la Palabra de Dios. Hay varias razones por las cuales Miguel y Cristo no podrían ser la misma persona. Por ejemplo:

  1. De Miguel se dice en Daniel 10:13 que “es uno” de los principales príncipes, lo cual lo coloca en un grupo con los otros príncipes principales. No se nos dice de cuantos príncipes consta ese grupo, pero sí que hay otros y que Miguel es apenas “uno” en un grupo de iguales. Miguel no podría haber sido Cristo, porque a Cristo jamás se lo describe como uno entre muchos otros iguales a Él. A Cristo se lo describe en Juan 3:16 como “Hijo unigénito.” La palabra griega equivalente a “unigénito” es “monogenes” único en su clase. Esto muestra que Miguel no puede ser Cristo.
  2. Las tres referencias a Miguel en Daniel son: “uno de los principales príncipes”, “vuestro príncipe” y “el gran príncipe” (Daniel 10:13, 10:21:12:1). La Biblia nunca se refiere a Cristo como uno de los principales príncipes, vuestro príncipe, o el gran príncipe. Jesús es llamado “Príncipe de paz” (Isaías 9:6) y “Príncipe y Salvador” (Hechos 5:31). Se puede ver que los títulos de Miguel y de Jesús no son los mismos.
  3. Miguel, un ángel, hizo la obra de ángeles, como se describe en 2 Pedro 2:11, al no pronunciar juicio de maldición contra el diablo. Judas no identifica al arcángel Miguel con Cristo. Pero, ¿qué es un arcángel? Arcángel significa “ángel principal”. Por lo tanto, Miguel es un ángel principal. Jesús no es un ángel principal, o un ser creado, sino Creador de los ángeles. Él es Señor de Señores y Rey de Reyes. En Judas 1:9 Miguel le dijo al diablo: “El Señor te reprenda.” Si Miguel era Cristo, ¿Por qué no dijo Miguel: “Yo te reprendo”? Como arcángel (ángel principal), un ser creado, Miguel invoca el nombre del Señor, probando una vez más que él y Cristo no son la misma persona.
  4. En el Antiguo Testamento, el término ángel de Jehová a menudo se refiere a Cristo. Sin embargo, la Biblia nunca se refiere al Señor como el arcángel Miguel. De igual forma, a Miguel nunca se lo llama “el ángel de Jehová.”
  5. El hecho de que 1 Tesalonicenses 4:16 afirme que Jesús viene “con” voz de arcángel no prueba que Jesús es Miguel. La Biblia enseña que todos los ángeles, incluyendo al arcángel Miguel, acompañan a Jesús en su segunda venida. Así, la voz de Miguel se oirá, junto con el llamado de la trompeta de Dios (1 Tesalonicenses 1:7).
  6. De acuerdo con Apocalipsis 12:7, Miguel, el ángel principal, dirigía a los ángeles leales en la batalla contra el diablo y sus ángeles, y salió victorioso. Sin embargo, Juan no identifica a Miguel con Cristo, probando que ambos no son la misma persona.

 

LA DOCTRINA DEL SANTUARIO CELESTIAL.

Otra doctrina controvertida dentro de la teología adventista es la enseñanza del santuario celestial. Dicha doctrina consiste en la creencia de que existe un Santuario en el cielo y que muchos aspectos del Tabernáculo hebreo, o santuario terrenal, son representativos de las realidades celestiales. Los adventistas fundamentan dicha enseñanza en Hebreos 8:1-2 y Éxodo 20:40.[7] En particular, Jesús es señalado como el Sumo Sacerdote quien intercede por el perdón de los pecados a través del derramamiento de su propia sangre.[8]

El origen histórico de la doctrina está íntimamente ligado al movimiento Millerista que esperaban el retorno visible de Cristo el 22 de octubre de 1844. Ellos habían interpretado que la purificación del santuario a la que se refería Daniel 8:14, era la venida de Jesús a la Tierra. Después del Gran Chasco vivido al no cumplirse estas expectativas, un grupo de unas 50 personas decidieron estudiar más a fondo para saber si había existido algún error en la interpretación. Hiram Edson afirmó haber tenido una visión, en la que él aseguró haber visto el cielo abierto, y en él haber visto el santuario celestial y a Jesucristo ministrando como Sumo sacerdote, pasando del Lugar Santo al Lugar Santísimo. Edson compartió su experiencia con muchos de los adventistas locales a quienes persuadió con entusiasmo.

Como resultado de esta experiencia, Edson comenzó a estudiar la Biblia con otros dos creyentes del área de Nueva York, O.R.L. Crosier and Franklin B. Hahn, quienes publicaron los resultados de su estudio en un folleto titulado Day-Dawn (Amanecer).[9] En este folleto se estudiaba la parábola de las “Diez vírgenes” de Mateo 25:1-13 e intentaba explicar que el novio había tardado.[10] Además, introducía el concepto del día de la expiación y lo que los autores llamaron “una cronología de eventos”.[11] Según la nueva interpretación, la festividad judía de Yom Kippur, o Día de la Expiación, era un tipo del ministerio sacerdotal de Jesús en el cielo. En dicha festividad, el lugar santísimo era accedido una vez al año por el Sumo Sacerdote para presentar la sangre de los animales sacrificados: un toro ofrecido como expiación por el Sacerdote y una cabra ofrecida en expiación por el pueblo. Según los adventistas, Cristo entró al Lugar Santísimo del santuario celestial en 1844, cuando pasó del Lugar Santo al Lugar Santísimo para comenzar la expiación final de la humanidad.[12] La doctrina oficial de la iglesia adventista al respecto se expresa de la siguiente manera:

“Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En el ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el periodo profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación… Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecen leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida. (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16, 17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12.)”.[13]

Según los adventistas, la obra expiatoria de Cristo no alcanzó en la cruz su plenitud y perfección, pues quedó pendiente el quitar los pecados del santuario celestial:

“Aunque la sangre de Cristo habría de librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no había de anular el pecado; este queda registrado en el Santuario hasta la expiación final; así en el símbolo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el Santuario hasta el día de la expiación… El cielo es el contratipo del templo terrestre, con su lugar santo y santísimo. Hasta 1844 Cristo ha estado intercediendo en el “lugar santo” por los pecadores arrepentidos. No obstante, sus pecados permanecían imborrables en el libro del testimonio”. [14]

“En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, Cristo entró en el 2º y último aspecto de su ministerio expiatorio: Un juicio investigador que forma parte de la eliminación definitiva del pecado”.[15]

Para los adventistas, igual que el sumo sacerdote tenía que acceder una vez al año al lugar santísimo para perfeccionar los sacrificios rituales, Cristo comenzó en 1844 su obra para perfeccionar su expiación por el pecado en el santuario celestial. Tal enseñanza se opone frontalmente a las enseñanzas de la carta a los Hebreos, donde encontramos afirmaciones categóricas sobre el valor y efecto del sacrificio de Cristo:

“A diferencia de los otros sumos sacerdotes, él no tiene que ofrecer sacrificios día tras día, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque él ofreció el sacrificio una sola vez y para siempre cuando se ofreció a sí mismo”. (Hebreos 7:27, NVI).

El escritor de la carta a los Hebreos nos dice que Jesús “entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno”. (Hebreos 9:12, NVI).

Cristo no tuvo que esperar hasta 1844 para comenzar a perfeccionar su expiación por el pecado. La Biblia nos enseña claramente que “Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.”. (Hebreos 9:28, NVI).

La Biblia claramente muestra lo contrario de los que los Adventistas creen. En Hebreos 9:11-14 dice:

 “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”.

Lamentablemente, los adventistas se empeñan en atribuirle a Cristo un ministerio de expiación desde 1844 en ese misterioso santuario celestial, cuando lo cierto es que la Biblia enseña que la obra de Cristo fue consumada de una vez y para siempre en la cruz (Juan 19:30). Pero las implicaciones de esta doctrina errónea van aún más allá: si la obra de Cristo no fue consumada en la cruz, entonces ¿Quién puede estar seguro de su salvación? En su intento por sostener una herejía, los adventistas dieron vida a otra: La herejía del juicio investigador.

LA DOCTRINA DEL JUICIO INVESTIGADOR

La doctrina del juicio investigador afirma que el juicio divino de los cristianos profesos ha estado en progreso desde 1844. Está íntimamente relacionado con la historia de la Iglesia y fue descrita por Ellen G. White como uno de los pilares del adventismo.[16] La creencia es un componente esencial para comprender la doctrina más amplia del Santuario celestial.[17] De acuerdo con la doctrina adventista:

 ‘‘El juicio investigador pone de manifiesto frente a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo y por lo tanto se los considerará dignos, en él, de participar de la primera resurrección. También aclara quiénes están morando en Cristo entre los que viven, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y por lo tanto estarán listos en él para ser trasladados a su reino eterno”[18]

Para los primeros adventistas, el juicio investigador estaba íntimamente relacionado con su entendimiento de la salvación con su fuerte énfasis en el libre albedrío y el desarrollo del carácter. Ellos creían que el final de juicio investigador (el cierre de la prueba) marcará un tiempo antes de la segunda venida de Jesús, cuando toda la humanidad habrá hecho su decisión final a favor o en contra de Dios. Los cristianos que se encuentren vivos en ese tiempo permanecerán en el estado espiritual en que se encuentren, debido al trabajo de sellamiento del Espíritu Santo​ como una evidencia de una relación con Jesús y obediencia a sus mandamientos. ​ Por lo tanto, se entendía que la “purificación del Santuario celestial” por Cristo durante el juicio investigador incluía también una “purificación” paralela de sus vidas en la Tierra. En el libro “El conflicto de los siglos” Ellen G. White afirmó:

“Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal.[19]

Dicha afirmación llevó al adventismo a la creación de una soteriología escatológica basada en obras. Por lo que, al interior de la iglesia, surgió la idea de que el estado de perfecta santidad sería alcanzado por una generación final antes del retorno de Jesús. Esto llevó al surgimiento de una corriente de adventistas del séptimo día que se puede describir como los “perfeccionistas sin pecado” y que hoy se conoce como adventismo histórico. Este entendimiento perfeccionista fue inicialmente aceptado, pero luego rechazado por la corriente principal de la iglesia desde 1959 en adelante.

La creencia del juicio investigador, sin embargo, aún sigue siendo sostenida por los adventistas. Aún hoy, los adventistas creen que la “purificación” del Santuario celestial incluye un trabajo de juicio como se ilustra en la escena de Daniel 7:9-12 inmediatamente antes de la segunda venida de Jesús descrita en Daniel 7:13-14. En la teología adventista, el juicio comenzó en 1844 cuando Cristo entró al Lugar Santísimo del Santuario Celestial. Desde entonces, un “juicio investigador” está tomando lugar en el cielo, en el que las vidas de los creyentes profesos son revisadas una a una ante Dios.[20]

Esta doctrina herética se encuentra inmersa dentro de la Creencia N° 24, “El ministerio de Cristo en el Santuario celestial”, que según afirma el Manual de Iglesia, desde 1844 Jesús se encuentra en el Lugar santísimo del Santuario celestial, llevando a cabo la “obra de un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación”.[21]

El teólogo adventista Clifford Goldstein la define de la siguiente manera:

“El juicio investigador es un juicio que se lleva a cabo en el cielo antes de la segunda venida de Cristo (Daniel 7; Apocalipsis 14:6), durante el cual todos los verdaderos seguidores de Dios serán juzgados favorablemente delante del universo observador (“Hasta que vino el Anciano de días, y pronunció juicio en favor de los santos del Altísimo”; “Millones de millones asistían ante él”; “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” [véase Daniel 7:22,10 (NRV); Romanos 8:1]). Durante este juicio la vida de todos los que han profesado servir al Dios viviente —y por lo tanto sus nombres están escritos en el Libro de la Vida— pasa en revista delante de Dios (“Y otra vez: el Señor juzgará a su pueblo” [Hebreos 10:30]), quien finalmente determina si se han vestido o no con el ropaje de su justicia (Mateo 22:1-14). Si están revestidos con [el ropaje de] su justicia y son verdaderos seguidores de Cristo, entonces sus nombres son retenidos en los libros del cielo (Daniel 12:1; Apocalipsis 21:27), son borrados sus pecados (“Para que sean borrados vuestros pecados” [Hechos 3:19]), y se les dará entrada en la Nueva Jerusalén. Sin embargo, si su profesión no ha sido sino eso, una mera profesión, desprovista del manto de la justicia de Cristo, entonces sus nombres serán borrados del Libro durante este juicio (Apocalipsis 3:5), y se les negará la entrada en la Nueva Jerusalén”.[22]

Los cristianos bíblicos rechazamos la doctrina adventista del juicio investigador. Para nosotros, y más importante aún, a la luz de la Biblia, la creencia adventista del juicio investigar presenta serios problemas teológicos:

  1. Primero, afirmar, como hacen los adventistas, que Cristo tiene que discernir los que son salvos, es negar su omnisciencia preexistente; o sea, negar implícitamente su plena Divinidad (Juan 2:25, Proverbios 15:11).

 

  1. Segundo, mantener que el pecado ha estado (y sigue estando) presente en las esferas celestiales, es negar la contundente y taxativa declaración profética de Juan el Bautista: ‘este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’ (Juan 1:29), y restar validez a la declaración de Dios mismo: ‘Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados’ (Isaías 43:25).

 

  1. Tercero, los cristianos podemos estar seguros de nuestra salvación aquí y ahora. Pablo enseñó esto a los cristianos de su época: “ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:11). Los cristianos del primer siglo no tuvieron que esperar hasta 1844 para que sus casos fueran examinados y sus vidas declaradas sin culpa. Ellos ya estaban seguros de su salvación: “AHORA pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Romanos 8:1).

 

  1. Cuarto, Cristo no tuvo que esperar hasta 1844 para completar su obra y terminar con el pecado de su pueblo. El autor de la carta a las Hebreos nos dice: “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena.” (Hebreos 9:24-25). Cuando la carta a los Hebreos fue escrita ¡La obra ya había sido consumada!

 

Aparte de las visiones del Hiram Edson y Ellen G. White, los adventistas no son capaces de aportar ninguna base bíblica que sustente sus doctrinas sobre la expiación en curso. Lo más que se atreven a hacer es una errática peregrinación por la carta a los Hebreos, torciendo un lenguaje claramente simbólico para darle un valor literal, que permita justificar sus doctrinas visionarias. Para terminar con sus “alucinaciones” interpretativas, los adventistas completan su enseñanza sobre la expiación y el juicio investigador con otro detalle aún más aberrante y herético: Convertir a Satanás en Co-Redentor de la humanidad.

 NUESTROS PECADOS ECHADOS SOBRE SATANÁS.

La herejía adventista alcanza niveles hasta blasfemos al convertir a Satanás en otro salvador aparte de Cristo. Interpretando en Levítico 16:8 a ‘Azazel’[23] como Satanás, los adventistas deducen y enseñan que en el juicio final Dios cargará sobre Satanás todos los pecados de los redimidos: ‘La plena responsabilidad por el pecado será colocada ahora sobre Satanás’[24]

Los adventistas creen que, así como en el Día de la Expiación Anual (Levítico 4:1-7, 16:6-22) un hombre llevaba el animal sobre el cual se habían confesado los pecados ya perdonados del pueblo, hasta el desierto a Azazel, de igual forma, cuando Cristo haya terminado su obra en el santuario celestial, un ángel marginará a Satanás en este mundo que quedará como un desierto una vez el Señor se manifieste por segunda vez. Puesto que Satanás es el responsable, como también, el originador y tentador del pecado cometido por el hombre (Juan 8:44; Romanos 6:16; 1 Juan 3:8), y así como Cristo sufrió para perdonar nuestros pecados, es justo que Satanás deba ser castigado como el instigador del pecado. Por eso estará aislado en este planeta por mil años.

Ellen G. White, fundadora de la iglesia adventista, afirmó:

“Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo será concluida quitando el pecado del santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así en el servicio simbólico, el ciclo anual del ministerio se completaba con la purificación del santuario y la confesión de los pecados sobre la cabeza del macho cabrío símbolo de Azazel”.[25]

Esta doctrina adventista degrada a la Persona y Obra de Jesucristo, del que la Biblia enseña claramente que ‘se hizo maldición (pecado) por todos nosotros’ (Gálatas 3:13), porque ‘Dios cargó en Él el pecado de todos nosotros’ (Isaías 53:6). Fue Cristo, y no Satanás, quien cargó con nuestros pecados.

Ya sea que lo reconozcan o no, al afirmar que Satanás cargará con nuestros pecados durante el milenio, los adventistas del séptimo día convierten a Satanás en un elemento clave de la redención humana, un co-salvador, juntamente con Cristo. Tal afirmación es blasfema y ridícula. Además, si mis pecados ya fueron borrados por Cristo ¿Cómo pueden ser puestos sobre Satanás si ya no existen? Indiscutiblemente, la carta a los Hebreos contradice en su totalidad la doctrina adventista:

“Cristo, por el contrario, al presentarse como sumo sacerdote de los bienes definitivos en el tabernáculo más excelente y perfecto, no hecho por manos humanas (es decir, que no es de esta creación), entró una sola vez y para siempre en el Lugar Santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno. La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente! Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida, ahora que él ha muerto para liberarlos de los pecados cometidos bajo el primer pacto.” (Hebreos 9:11-15, NVI).

 “En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro. Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos, se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Y así como está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio, también Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan.” (Hebreos 9:24-28, NVI).

 “Todo sacerdote celebra el culto día tras día ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando. También el Espíritu Santo nos da testimonio de ello. Primero dice: «Este es el pacto que haré con ellos después de aquel tiempo —dice el Señor—: Pondré mis leyes en su corazón, y las escribiré en su mente». Después añade: «Y nunca más me acordaré de sus pecados y maldades». Y, cuando estos han sido perdonados, ya no hace falta otro sacrificio por el pecado.” (Hebreos 10:11-18, NVI).

CONCLUSIÓN.

Los adventistas del séptimo día se encuentran atrapados en su sistema legalista y herético. Nuestro llamado es a alcanzarles con el mensaje liberador del Evangelio de gracia. Para los que creemos el evangelio de la gracia, que sea esa gracia la que nos caracterice en nuestro trato hacia aquellos que no tienen este conocimiento. Seamos nosotros, de todos los hombres, los más llenos de gracia y amor hacia nuestros prójimos. El evangelio es el poder de Dios para salvación, por lo tanto, debemos presentarlo sin ira y contiendas, con humildad y prudencia, estableciendo que la salvación es únicamente por gracia, por medio de la fe, y en Cristo solamente.

Sin embargo, jamás debemos olvidar que, como creyentes, también hemos sido llamados a estar “siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia.” (1 Pedro 3:15, LBLA), así como a “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.” (Judas 1:9, LBLA).

Cierro esta serie de artículos sobre el adventismo del séptimo día con una advertencia: Nosotros, los cristianos evangélicos, debemos estar alertas y entender (sobre todo los creyentes pentecostales que creemos en la vigencia de los dones carismáticos, incluyendo los dones proféticos) que lo que les ocurrió a los adventistas puede pasarnos también a nosotros si ponemos las revelaciones dadas por personas que afirman tener “dones proféticos” al mismo nivel que la Biblia. Debemos tener presente que la biblia está terminada, y nos dice todo lo que necesitamos saber. La verdad clave es que, si Dios da una visión o profecía, deberá estar en completo acuerdo con lo que Él ya ha revelado en Su Palabra:

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.” (1 Juan 4:1, NVI).

Las visiones y profecías dadas en nuestra época deben ser puestas a prueba, lo cual nos indica que nunca tendrán una igual o mayor autoridad que la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es nuestra máxima autoridad en la fe y la práctica cristiana.

REFERENCIAS:

[1] La Iglesia Bautista del Séptimo Día es una iglesia bautista cristiana que guarda el sábado como el “verdadero día de reposo” instituido por Dios en el principio de la creación. Los bautistas del séptimo día nacen a principios del siglo XVII en Inglaterra. La Federación Mundial de los Bautistas del Séptimo Día fue fundada en 1964-1965, y en la actualidad representa a más de 50.000 bautistas en 17 organizaciones miembros en 22 países.

[2] La cristología es la rama de la teología cristiana que trata de la salvación del hombre en la persona de Cristo y su encarnación por medio del Espíritu Santo en su doble naturaleza. Busca explicar la obra salvadora de Cristo mediante la compresión de su Divinidad-Humanidad, en su ministerio; y también nos presenta a Dios acercándose al hombre y quitando las barreras que separan a Dios mediante el cumplimiento de las profecías mesiánicas en Cristo Jesús, y restaurando al hombre a su bendita comunión. Algunos puntos clave de la cristología incluyen: Su naturaleza humana, su naturaleza divina y la interrelación entre estas dos naturalezas, cómo interactuarían y se afectarían entre sí. La cristología también abarca cuestiones concernientes a la naturaleza de Dios como el trinitarismo, el unitarianismo o el binitarianismo, y sobre lo que Cristo habría logrado para el resto de la humanidad.

[3] Véase el artículo “¿Es Miguel otro nombre para Jesús?”, publicado por el Biblical Research Institute General Conference of Seventh-day Adventist: https://www.adventistbiblicalresearch.org/es/materials/theology-jesus-christ/%C2%BFes-miguel-otro-nombre-para-jes%C3%BAs Consultado el 20-02-2019.

[4] Ellen G. White, Prophets and Kings, p. 572.

[5] Ellen G. White, Desire of Ages, p. 421.

[6] Ellen G. White, Early Writings, p. 164.

[7] White, Ellen G. (2007). El Conflicto de los Siglos (3ª edición). Bs. Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana.

[8] Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día, Capítulo 3. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. p. 17.

[9] O. R. L. Crosier (7 de febrero de 1846). «The Law of Moses». Day-Star Extra.

[10] Howard Krug (2002). «October Morn – Adventism’s Day of Insight». Adventist Review.

[11]  “Sanctuary” in Seventh-day Adventist encyclopedia (pp. 533-536)

[12] White, Ellen G. (2007). El Conflicto de los Siglos (3ª edición). Bs. Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana.

[13] Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día, Capítulo 3. Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. p. 17,18.

[14] Ellen G. White, Patriarch and Prophets, p. 371.

[15] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.360.

[16] White, Ellen G., Counsels to Writers and Editors. pp. 30,31.

[17] Venden, Morris (1982). The Pillars. Pacific Press Publishing Association. pp. 13-15.

[18] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.360.

[19] White, Ellen G., El Conflicto de los Siglos, 1954, p. 479.

[20] Véase: «Investigative Judgment». En Francis Nichol. Seventh-day Adventist Encyclopedia (en inglés). Review and Herald Publishing Association.

[21] «Capítulo 3 Creencias fundamentales de los Adventistas del Séptimo Día». Manual de la Iglesia (4a. edición). Florida (Buenos Aires): Asociación Casa Editora Sudamericana. 2001. pp. 16-17

[22] Goldstein, Clifford (1994). Desequilibrio fatal (1a edición). Miami: Asociación Publicadora Interamericana. P.37.

[23] La palabra “Azazel” figura cuatro veces en la Biblia, todas ellas en el registro de las disposiciones reglamentarias relacionadas con el Día de Expiación anual. (Levítico 16:8, 10, 26.). La etimología de esta palabra es objeto de discusión. Si nos atenemos a la grafía del texto masorético hebreo, ʽazaʼ·zél parece ser una combinación de las raíces de dos palabras cuyos significados son “macho cabrío” y “desaparecer”, de ahí: “Macho Cabrío Que Desaparece”. Según otra derivación etimológica propuesta, basada en la opinión de que hay en la palabra una transposición de dos consonantes, significa “Fuerza de Dios”. La Vulgata latina traduce el vocablo hebreo como caper emissarius, es decir, “macho cabrío emisario” mientras que la expresión griega que aparece en la Septuaginta significa “que se lleva (aparta) los males”. En el Día de Expiación, el sumo sacerdote tomaba dos machos cabríos (cabritos) de la asamblea de los hijos de Israel, y después de echar suertes, uno de ellos se designaba “para Jehová” y el otro, “para Azazel”. Una vez sacrificado un toro a favor del sumo sacerdote y su casa (seguramente todos los levitas), se sacrificaba el macho cabrío “para Jehová” como ofrenda por los pecados. Sin embargo, el que se apartaba para Azazel se conservaba con vida “delante de Jehová para hacer expiación por él, a fin de enviarlo para Azazel al desierto”. (Levítico 16:5, 7-10.) Ya que la vida está en la sangre (Levítico 17:11), la sangre vertida del macho cabrío para Jehová, sacrificado poco antes como ofrenda por los pecados, le confería facultad expiatoria al macho cabrío para Azazel. Así, el valor de la sangre o de la vida de aquel se transfería al macho cabrío vivo para Azazel, de modo que, aunque el sacerdote no lo sacrificaba, el animal llevaba sobre sí mérito expiatorio, o el valor de la vida que procedía del otro animal. El que se le presentara delante de Jehová debió indicar que Él aprobaba esta transferencia de facultad expiatoria. Existía en la Ley un procedimiento semejante, relacionado con la limpieza ceremonial de un israelita que era curado de lepra o de una casa que quedaba limpia de la misma enfermedad: se mojaba un pájaro vivo en la sangre de otro al que previamente se había dado muerte, y entonces se le echaba a volar, lo que representaba que se llevaba consigo el pecado. (Levítico 14:1-8, 49-53). Los dos machos cabríos debían ser sin tacha, sanos y lo más parecidos posible. Antes de que se echaran las suertes sobre ellos, ambos tenían la posibilidad de ser el macho cabrío escogido para Jehová. Después de sacrificar el macho cabrío para Jehová, el sumo sacerdote ponía las manos sobre la cabeza del otro y confesaba sobre él los errores de todo el pueblo. Seguidamente, se le enviaba al desierto, conducido por “un hombre preparado para ello”. (Levítico 16:20-22.) De esa manera, el macho cabrío para Azazel llevaba sobre sí, en sentido figurado, los pecados del pueblo de todo un año, y desaparecía con ellos en el desierto. A ambos animales se les consideraba una sola ofrenda por el pecado. (Levítico 16:5.) Parece que se usaban dos con el objeto de resaltar lo que conseguía esta provisión para la expiación de los pecados del pueblo: el primero se sacrificaba, pero el segundo, al llevar consigo a un lugar distante en el desierto los pecados confesados del pueblo, realzaba de manera especial el perdón que Dios concedía a los que se arrepentían. A este respecto, el Salmo 103:12 asegura: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.”. Tal como explicó el apóstol Pablo, el que Jesús entregara su vida como expiación por los pecados de la humanidad logró infinitamente mucho más que lo que se había conseguido con “la sangre de toros y de machos cabríos”. (Hebreos 10:4, 11, 12.) Por lo tanto, sirvió de víctima expiatoria, cargó con nuestras dolencias y fue traspasado por nuestra transgresión (Isaías 53:4, 5; Mateo 8:17; 1 Pedro 2:24.) Él “cargó” con los pecados de todos los que ejercen fe en el valor de su sacrificio y así ha materializado la provisión de Dios para desterrar por completo el pecado. De estas diversas maneras, el macho cabrío “para Azazel” representó el sacrificio de Jesucristo.

[24] 27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día, Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial SAFELIZ. pág.367.

[25] Ellen G. White, Patriarchs and Prophets, p. 372.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Regulaciones Dietéticas.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los adventistas son conocidos por sus regulaciones dietéticas. Suelen evitar los alimentos que perjudican al organismo y aconsejan usar con moderación los alimentos que son beneficiosos, destacando la alimentación vegetariana.[1] En países con amplia presencia adventista, la iglesia a menudo ha creado sus propias compañías de alimentos. En Corea del sur, por ejemplo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) administra la compañía de alimentos Sahmyook, y produce leche de soja y alimentos con proteínas vegetales como sustitutos de la carne. Por tal razón, el vegetarianismo ha llegado a considerarse una de las principales características de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

En cuanto a lo que debe ser evitado por los adventistas están las bebidas estimulantes como las energizantes, el té, el café, el mate, las drogas lícitas como el alcohol y el tabaco en todas sus variantes y algunos tipos de alimentos. Las publicaciones adventistas a menudo resaltan que:

“El régimen señalado al hombre al principio no incluía ningún alimento de origen animal. Al señalar el alimento para el hombre en el Edén, el Señor demostró cual era el mejor régimen alimenticio (Génesis 1:29 y 3:17-19). En la elección que hizo para Israel enseñó la misma lección. Sacó a los israelitas de Egipto, y emprendió la tarea de educarlos para que fueran su pueblo. Les suministró el alimento más adecuado para este propósito, no la carne, sino el maná, “El Pan del Cielo”. Pero a causa de su descontento y de sus murmuraciones acerca de las ollas de carne de Egipto les fue concedido alimento animal, y esto fue únicamente por poco tiempo… Al establecerse en Canaán, se permitió a los israelitas que consumieran alimento animal, pero bajo prudentes restricciones encaminadas a mitigar los malos resultados. Por su salud el uso de la carne de cerdo quedaba prohibido, como también el de la de otros animales, de ciertas aves y de ciertos peces, declarados inmundos. (Levítico, cap.11). De los animales declarados comestibles, la grasa y la sangre quedaban absolutamente proscritas. Sólo podían consumirse las reses sanas. Ningún animal desgarrado, mortecino, o que no hubiera sido cuidadosamente desangrado, podía servir de alimento.” [2]

La Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) explica su doctrina con respecto a la comida de la siguiente manera: Dios escogió originalmente los vegetales y las frutas como alimento para los seres humanos (Génesis 1:29). Los animales inmundos como el cerdo están clasificados como alimentos prohibidos por Dios (Deuteronomio 14:8, Levítico 11:7-8). En otras palabras, Dios permitió a los seres humanos comer únicamente animales con pezuña hendida y que rumian como el venado, la oveja o la vaca. Dios prohibió a los seres humanos comer ardillas, conejos o cerdos. Entre las criaturas que viven en el agua, los seres humanos pueden comer cualquier pez que tenga aletas y escamas, pero no son aptos la anguila, el bagre, el camarón, el cangrejo, la ostra, la almeja, etc. Las aves de corral limpias que se les permite comer son el pollo, la codorniz, el pavo, la paloma, etc.

En términos generales la doctrina original de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) no prohibía comer carne. Solo distinguía lo que se debía comer de lo que no se debía comer, en base a la ley del Antiguo Testamento. Sin embargo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (ASD) ha ido evolucionando gradualmente y, hoy en día, sin embargo, prohíbe la carne misma. Los adventistas señalan:

“La carne no fue nunca el mejor alimento; pero su uso es hoy doblemente inconveniente, ya que el número de los casos de enfermedad aumenta cada vez más entre los animales. Los que comen carne y sus derivados no saben lo que ingieren. Muchas veces si hubieran visto los animales vivos y conocieran la calidad de su carne, la rechazarían con repugnancia… Continuamente sucede que la gente come carne llena de gérmenes de tuberculosis y cáncer. Así se propagan estas enfermedades y otras también graves. A veces se llevan al mercado y se venden para servir de alimento animales que están tan enfermos que sus dueños temen guardarlos más tiempo. Encerrados sin luz y sin aire puro, respiran el ambiente de establos sucios, se engordan tal vez con cosas averiadas y su cuerpo entero resulta contaminado de inmundicias… En muchos puntos los peces se contaminan con las inmundicias de que se alimentan y llegan a ser causa de enfermedades. Tal es en especial el caso de los peces que tienen acceso a las aguas del albañal de las grandes ciudades. Los peces que se alimentan de lo que arrojan las alcantarillas pueden trasladarse a aguas distantes, y ser pescados donde el agua es pura y fresca. Al servir de alimento llevan la enfermedad y la muerte a quienes ni siquiera sospechan el peligro… Los efectos de una alimentación con carne no se advierten tal vez inmediatamente; pero esto no prueba que esta alimentación carezca de peligro. Pocos se dejan convencer de que la carne que han comido es lo que envenenó su sangre y causó sus dolencias. Muchos mueren de enfermedades debidas únicamente al uso de la carne. Pero nadie sospecha la verdadera causa de su muerte… Los males morales del consumo de la carne no son menos patentes que los males físicos. La carne daña la salud y todo lo que afecta al cuerpo ejerce también sobre la mente y el alma un efecto correspondiente. Pensemos en la crueldad hacia los animales que entraña una alimentación con carne, y en su efecto en quienes los matan y en los que son testigos del trato que reciben. ¡Cuánto contribuye a destruir la ternura con que deberíamos considerar a estos seres creados por Dios!… La inteligencia desplegada por muchos animales se aproxima tanto a la de los humanos que es un misterio. Los animales ven y oyen, aman, temen y padecen. Muchos animales demuestran tener por quienes los cuidan un cariño muy superior al que manifiestan no pocos humanos. Experimentan un apego tal para el hombre, que no desaparece sin gran dolor para ellos. ¿Qué hombre de corazón puede, después de haber cuidado animales domésticos, mirar en sus ojos llenos de confianza y afecto, luego entregarlos con gusto a la cuchilla del carnicero? ¿Cómo podrá devorar su carne como si fuese exquisito bocado?  Es un error suponer que la fuerza muscular dependa de consumir alimento animal, pues sin él las necesidades del organismo pueden satisfacerse mejor y es posible gozar de salud más robusta.”[3]

¿ESTAMOS OBLIGADOS A GUARDAR LAS REGULACIONES DIETÉTICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO?[4]

Muchos preguntan con frecuencia si en verdad, según la Biblia, está prohibido comer o tomar ciertos alimentos. Esta inquietud les nace de conversaciones tenidas con miembros de algunas iglesias pseudocristianas o de ciertas sectas, quienes, con la Biblia en la mano, les han mostrado que no se puede comer cerdo, conejo, ciertos peces y ciertas aves, etc.

​​Este tema de los alimentos, por ser uno de los más claros y sencillos de comprender, nos permite entender otra verdad básica en la lectura de la Biblia: La Biblia no fue escrita en un solo día, sino que fue redactada durante un período de casi 2.000 años. Y cuando uno lee con atención este libro sagrado nos damos cuenta de que a través de toda la Biblia hay una gran evolución doctrinal y moral. Es decir, que, en la Biblia, no todo tiene vigencia en nuestra época y dispensación Que hay una gran diferencia, aunque se complementen, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Que no se puede leer el Antiguo Testamento en forma parcial y aislada, como si todo en él fuera doctrina eterna. Hay que leer siempre el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento. Porque Jesucristo, Dios-hombre, es el centro del Nuevo Testamento y el fin de toda la Biblia. Además, Jesucristo, con su autoridad humano-divina, corrigió y perfeccionó muchas cosas que se leen en el Antiguo Testamento y anuló y abolió costumbres que para los judíos del Antiguo Testamento eran prácticas muy importantes. Y entre estas cosas que Jesús abolió está la cuestión de los alimentos.

Leyendo con atención la Biblia nos damos cuenta de que dentro del mismo Antiguo Testamento hay diversas tradiciones y costumbres en cuanto a los alimentos. El libro de Génesis nos dice que todas las plantas y animales han sido creados buenos y están al servicio del hombre Génesis 1:20-25, 1:28-30, 9:2-3). No obstante, en Génesis 9:4 el escritor sagrado prohíbe comer «carne con sangre». Más adelante, bajo la Ley, se creía que la sangre era el alma o donde el alma residía (Levítico 19:26; 17:11; Deuteronomio 12:23). Por lo mismo, se juzgaba también impuro todo animal que no había sido desangrado, y todo alimento que lo tocara (Levítico 11:34 y 39). Además, se prohíbe la grasa de los animales (Levítico 7:23).

Los textos prohibitivos más famosos que son los que suelen mostrar los adventistas y otros grupos, con la Biblia en la mano para confundir a los creyentes sencillos, son los siguientes: Levítico 11:1-23 y su paralelo Deuteronomio 14:3-21. Sería largo citarlos aquí. En estos textos se prohíbe comer: camello, conejo, liebre, cerdo y una serie larga de animales acuáticos, aves e insectos alados. Todas las prohibiciones de comer ciertos alimentos (como el camello, el cerdo, el conejo, etc.) estaban en plena vigencia en el judaísmo dentro del cual nació, vivió y murió Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo reaccionó Jesús frente a ellas? Un día, Jesús llamó a toda la gente y les dijo: “…Escúchenme todos y entiéndanme bien: No hay ninguna cosa fuera del hombre que al entrar en él lo pueda hacer pecador o impuro…”. Y como sus mismos discípulos se sorprendieron con tamaña novedad, Jesús añadió enseguida: “… ¿No comprenden que nada de lo que desde fuera entra en el hombre lo puede hacer impuro porque no entra en su corazón, sino en su estómago y luego se echa afuera?”. Y añade el mismo Jesús: “… Lo que sale del hombre, eso es lo que le hace impuro, pues de dentro del corazón salen las malas intenciones, los desórdenes sexuales, los robos, libertinaje, envidia, injuria, orgullo, falta de sentido moral. Todo eso sale de dentro, y eso sí que mancha al hombre…” (Marcos 7:14-23 y Mateo 15:10-20). Pero los judíos continuaron aferrados a sus leyes y costumbres en esos puntos, e impugnaron duramente a los primeros cristianos convertidos del judaísmo. De tal modo que, en las primeras comunidades cristianas de origen judío, fue muy difícil cambiar de criterio respecto a los alimentos. Hasta los mismos apóstoles tuvieron sus resistencias (Hechos 10:9-16; y 11:1-18).

Incluso después de declarar, en el concilio de Jerusalén, que no les obligaba la ley de Moisés, ni la circuncisión (Hechos 15:1-12), tuvieron que hacer algunas concesiones respecto a la costumbre judía de los alimentos, pero sólo para ciertas comunidades aisladas, donde habitaban los judeocristianos. Es que, como señala la misma Biblia, muchos judeocristianos seguían aferrados celosamente a la Ley de Moisés (Hechos 15:13-19 y 21:20). Será especialmente Pablo quien, en la línea liberadora de Jesús, repetirá a los cristianos: “… Que nadie los critique por cuestiones de comida o bebida, o a propósito de las fiestas, de novilunios o de los sábados. Todo eso no era sino sombra de lo que había de venir, y ahora la realidad es la persona de Cristo… ¿Por qué se van a sujetar ahora a preceptos como «no tomes esto», «no gustes eso», «no toques aquello»?… Tales cosas tienen su apariencia de sabiduría y de piedad, de mortificación y de rigor, pero sin valor alguno…” (Colosenses 2:16-17; 2:20-23). Y también en su carta a Timoteo, Pablo escribe contra quienes prohibían, entre otras cosas, “… El uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los fieles que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias, pues queda santificado por la palabra de Dios y la oración. Si tú enseñas estas cosas a los hermanos, serás un buen ministro de Cristo Jesús…” (1 Timoteo 4:3-6; 1 Corintios 6:13 y 8:7-13).

CONCLUSIÓN.

No estamos pues, bajo la esclavitud de la Ley ni bajo sus prohibiciones dietéticas. Dios ha dado diferentes reglas con respecto a la comida en cada época. Así, por ejemplo:

  1. En la época de Adán y Eva: Génesis 1:29 “Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.”
  2. Después que Adán y Eva pecaran por comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, las reglas acerca de la comida cambiaron: Dios les permitió comer los productos del campo donde ellos trabajaban. Génesis 3:17-19 nos dice: “Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan […]”
  3. En la época de Noé: En el tiempo de Noé, Dios permitió a la gente comer carne después del diluvio. Génesis 9:3 nos dice: “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.”
  4. En la época de Moisés: En la época de Moisés, Dios distinguió la comida y creó la ley, como está escrito en Levítico capítulo 11 acerca de los animales limpios y los animales inmundos.
  5. En la época del Nuevo Testamento: Hechos 15:28-29 nos dice: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.” 
  6. Jesús abolió la ley establecida en los tiempos del Antiguo Testamento, y creó la ley perfecta incluso acerca de la comida. Dios destruyó la barrera entre los israelitas y los gentiles (Efesios 2:11-17). Además, Dios purificó a los gentiles y los alimentos inmundos que antes eran considerados detestables (Hechos 10:9-16).
  7. El apóstol Pablo enfatizó acerca de la comida: El apóstol Pablo enfatizó este asunto cuando escribió una carta a cada iglesia, preocupándose de que los miembros de la iglesia primitiva pudieran decir algo más o tener una disputa sobre la comida. En Colosenses 2:16 nos dice: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo.”  En Romanos 14:20 también añade:  “No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo que come.”
  8. No es enseñanza de Dios prohibir casarse, y mandar abstenerse de alimentos: 1 Timoteo 4:3-5 nos dice: “Prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado.”

No sólo la observancia del sábado, sino también sus regulaciones dietéticas, separan a los adventistas del cristianismo histórico. Sin embargo, las diferencias no terminan ahí. La doctrina adventista en relación con el estado intermedio del alma (el período entre la muerte y la resurrección) difiere en muchos aspectos del cristianismo bíblico e histórico. En el próximo artículo se consideran estas diferencias.

REFERENCIAS:

[1]Roger W. Coon. Elena G. White y el vegetarianismo. Editado por Donal E. Mansell, Pacific Press Publishing Association, 1986.

[2] Véase: https://revista.adventista.es/la-carne-no-es-el-mejor-alimento/ Consultado el 18/02/2019.

[3] Véase: https://revista.adventista.es/la-carne-no-es-el-mejor-alimento/ Consultado el 18/02/2019.

[4] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál Camino?, Editorial Vida, 1992.

Ministerio Femenino

La mujer en la Biblia: El plan original.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En el relato de la creación, contenido en el Antiguo Testamento, Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza: “…Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó…” (Génesis 1:27, Nueva Versión Internacional). Dios hizo tanto al hombre como a la mujer a su imagen. Ninguno de los dos fue hecho más a la imagen de Dios que el otro. Desde el principio vemos que la Biblia coloca tanto a uno como al otro en el pináculo de la creación de Dios. Ninguno de los sexos es exaltado ni despreciado. De modo que ambos comparten un origen común, vienen de Dios y poseen su misma imagen.

El relato de la creación nos muestra claramente el propósito de Dios para ellos: “…y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.»…” (Génesis 1:28, Nueva Versión Internacional). Dios colocó al hombre y a la mujer como señores para que dominaran juntos su creación. Nótese que, en el huerto del Edén, Adán reconoció en Eva a su igual: “…De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el Señor hizo una mujer y se la presentó al hombre, el cual exclamó: «Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se llamará “mujer” porque del hombre fue sacada.» Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser…” (Génesis 2:22-24, Nueva Versión Internacional). Adán entendió que Eva era parte de su misma esencia, era de él mismo. A partir de ahí era uno con ella tal como dice Génesis 2:24. La premisa de la relación del hombre y la mujer era y sigue siendo en realidad la unidad total (Efesios 5:31), ambos están diseñados para estar juntos, para crecer en familia y en sociedad.

Estos pasajes bíblicos muestran una relación ideal, en donde el hombre y la mujer son complementarios. No se refiere de ninguna manera a la imposición de roles sociales; a que el hombre por serlo, deba hacer determinadas cosas, o a que la mujer por la misma razón, deba hacer otras. Sin embargo, esta relación de compañerismo y complemento se vio afectado por la desobediencia de Eva y Adán: “… Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió…” (Génesis 3:6, Biblia de las Américas). Si bien Eva fue engañada, Adán estaba allí con ella, también comió y desde ese momento todo cambio. El pecado trajo varias consecuencias, entre estas la dominación del hombre sobre la mujer: “… A la mujer le dijo: «Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor. Desearás a tu marido, y él te dominará.»…” (Génesis 3:16, Nueva Versión Internacional).

No obstante, esto no iba a permanecer así para siempre, ya que Dios diseñó un plan de salvación para la humanidad, el cual sería llevado acabó a través de un Salvador nacido de mujer: “…Dios el Señor dijo entonces a la serpiente: «Por causa de lo que has hecho, ¡maldita serás entre todos los animales, tanto domésticos como salvajes! Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y la de ella; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón.»…” (Génesis 3:14-15, Nueva Versión Internacional; compárese con Gálatas 4:4).

Dicho plan contemplaba la remisión, redención y justificación del hombre y la mujer, y restituiría a los hombres y a las mujeres a su estado original, justo como fue al principio de la creación en donde los dos tenían un origen y un propósito común. Mientras dicha redención no se llevara a cabo, el peso de la dominación injusta del hombre sobre la mujer, caería sobre todas las hijas de Eva hasta la venida del Redentor. Pablo desarrolla esta doctrina en el Nuevo Testamente de forma clara. De acuerdo la enseñanza neotestamentaria, cuando se recibe a Jesús como Señor y Salvador, el hombre y la mujer obtienen los mismos beneficios (Gálatas 3:28). Cabe entonces preguntarnos: ¿Por qué debería entonces la mujer continuar con el castigo de su desobediencia? Ciertamente, si la mujer continúa cargando con las consecuencias de su desobediencia, aun después de recibir a Jesús, se estaría diciendo que ella no ha sido redimida, ni justificada y, por lo tanto, el sacrificio de Jesús sólo habría sido hecho en beneficio del hombre y no de la mujer. La mejor respuesta para la relación que debe existir entre hombre y la mujer, la dio Jesús a los fariseos cuando le preguntaron sobre el divorcio (Marcos 10:6-8). En su respuesta está la clave, pues la puso nuevamente en el principio de la creación, en su diseño original de igualdad, complemento, compañerismo y dignidad.

 

I.- LA MUJER BAJO LA LEY MOSAICA:

El pueblo de Dios en la antigüedad no escapó totalmente de sus prejuicios hacia la mujer. Dios, sin embargo, jamás dejaría en total abandono a las hijas de Eva. Por el contrario, estableció prohibiciones y normas encaminadas a protegerlas en medio de una sociedad machista y patriarcal donde sus derechos y dignidad tendían a ser pisoteados e ignorados. Aunque en cierto sentido se puede decir que la sociedad hebrea antigua se caracterizada por un sistema de relaciones que institucionalizaba el dominio del varón; la mujer israelita gozaba, en comparación con las mujeres en otras culturas, de ciertos derechos. En el registro bíblico se observa con frecuencia que las mujeres del antiguo Israel actuaban mayormente en la esfera doméstica, y son identificadas casi siempre en términos de los hombres que son sus padres, sus maridos, sus hijos, o (de vez en cuando) sus hermanos. Es más, el décimo mandamiento (en concordancia con el régimen patriarcal de la época) incluye a la mujer como una de las posesiones del hombre que no deben ser codiciadas: “… No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca…” (Éxodo 20:17, Nueva Versión Internacional). Sin embargo, la ley mosaica establecía normas que buscaban proteger la dignidad de la mujer y su integridad física, guardándola de abusos por parte de su propio padre, esposo u otro miembro varón de la comunidad. Así, por ejemplo, si un hombre violaba a la mujer de otro, había de ser apedreado, pero la mujer era dejada con vida: “…Pero si un hombre se encuentra en el campo con una joven comprometida para casarse, y la viola, sólo morirá el hombre que forzó a la joven a acostarse con él. A ella no le harás nada, pues ella no cometió ningún pecado que merezca la muerte. Este caso es como el de quien ataca y mata a su prójimo: el hombre encontró a la joven en el campo y, aunque ella hubiera gritado, no habría habido quien la rescatara…“ (Deuteronomio 22:25-27, Nueva Versión Internacional).

Si un hombre seducía a una joven no comprometida con otro en matrimonio, y ambos tenían relaciones sexuales consensuadas, tenía que pagar la dote nupcial acostumbrada y casarse con ella; además, tampoco se le permitía divorciarse de ella, garantizándole así su seguridad económica y su sustento: “… Si alguien seduce a una mujer virgen que no esté comprometida para casarse, y se acuesta con ella, deberá pagarle su precio al padre y tomarla por esposa. Aun si el padre se niega a entregársela, el seductor deberá pagar el precio establecido para las vírgenes…” (Éxodo 22: 16-17, Nueva Versión Internacional).

Deuteronomio 22:28-29 suele generar conflicto debido a la interpretación errónea que se hace de dicho texto ya que, aparentemente, parece premiar a los violadores de mujeres: “…Cuando algún hombre hallare a una joven virgen que no fuere desposada, y la tomare y se acostare con ella, y fueren descubiertos; entonces el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta piezas de plata, y ella será su mujer, por cuanto la humilló; no la podrá despedir en todos sus días…” (Deuteronomio 22:28-29, Nueva Versión Internacional). Sin embargo, nada podría estar más lejos de la realidad. Aún en la prescripción dada en estos versículos, el Dios de la Biblia muestra su amor por la justicia y su deseo de cuidar la dignidad de la mujer. El verbo hebreo “tapas”, traducido aquí como “tomar, asir, capturar” no indica en sí mismo algo en cuanto al uso de la fuerza. En realidad, nosotros usamos palabras de esta manera en el lenguaje regular. Por ejemplo, decimos que alguien tomó una galleta o tomó una esposa, sin dar la idea de que se está haciendo algo “por la fuerza”. Si alguien toma a un bebé en sus brazos, ¿qué ha hecho? Si un joven toma a una joven como esposa, ¿implica esto un acto que incluye la fuerza? Adicionalmente, es claro según el contexto inmediato de Deuteronomio 22 que no se está lidiando con la violación en los versículos 28-29. Sabemos esto por dos razones principales:

(1.- Primero, los versículos 25-27 dan un ejemplo claro de violación. En este caso, un hombre viola a una mujer, ella “da voces” (vs. 27), pero está en el campo y nadie está allí para ayudarla. El texto dice que el hombre que cometió tal crimen debía “morir” (vs. 25), pero los israelitas no debían hacer nada a la joven; “no hay en ella culpa de muerte” (vs. 26). Es interesante que, en este caso claro de violación, el texto usa una palabra completamente diferente. La palabra traducida “la forzare” en el versículo 25 es el término hebreo chazaq, pero en el versículo 28 se cambia intencionalmente el verbo a tapas.

(2.-Segundo, la lectura natural de los versículos 28-29 evidencia que ambas partes son culpables o al menos tienen algo de culpa. Note que el texto dice al final del versículo 28, “fueren [ellos] descubiertos”. Cuando se lidia en el capítulo con un caso obvio de violación, solamente se menciona específicamente al hombre en el versículo 25, y se dice que morirá “solamente el hombre que se acostó con ella”; pero notablemente se evita cualquier indicación de que “ambos” hubieran estado involucrados en pecado. Si se compara Deuteronomio 22:28-29 con Éxodo 22:16 descubriremos el meollo del asunto. Dicho texto dice: “Si alguno engañare a una doncella que no fuere desposada, y durmiere con ella, deberá dotarla y tomarla por mujer”, notamos que en este versículo en Éxodo no hay fuerza, y ambas partes comparten algo de culpabilidad. Es fácil ver el valor práctico de la instrucción de Dios en Deuteronomio 22:28-29. Un hombre tiene relaciones sexuales con una mujer joven que no está comprometida con nadie. Él no la fuerza o viola. Pero sus acciones son descubiertas. Ahora, ¿quién en la tierra de Israel quisiera casarse con una joven que no se ha conservado pura? El hombre no puede ignorar su pecado; él ha puesto a la joven en una situación difícil, en la cual pocos o ningún hombre quisiera casarse con ella. Ya que frecuentemente era el caso que las mujeres tenían problemas financieros muy difíciles sin la ayuda de un esposo, esto sería incluso más devastador para la joven. Dios consideró a las dos partes como responsables, instruyéndoles que se casaran y se mantuvieran juntos, sufriendo la vergüenza y superando las dificultades que habían ocasionado para sí mismos. No se puede pensar en otra instrucción que fuera más moral, amorosa y sabia que esta. Una vez más, la acusación del escéptico contra el amor de Dios no tiene fundamento.

Otra prescripción amorosa de Dios hacia la mujer la encontramos en el hecho de que la ley declaraba que un padre no debía convertir a su hija en prostituta, lo cual sí ocurría en otras sociedades paganas: “…No degraden a su hija haciendo de ella una prostituta, para que tampoco se prostituya la tierra ni se llene de perversidad…“ (Levítico 19:29, Nueva Versión Internacional). Si un padre optaba por vender a su hija como esclava (lo cual la exponía a sufrir abusos de tipo sexual por parte de sus amos), la ley establecía ciertas regulaciones destinadas a protegerla y garantizar su dignidad como persona, su sustento, o su eventual liberación: “…Si alguien vende a su hija como esclava, la muchacha no se podrá ir como los esclavos varones. Si el amo no toma a la muchacha como mujer por no ser ella de su agrado, deberá permitir que sea rescatada. Como la rechazó, no podrá vendérsela a ningún extranjero. Si el amo entrega la muchacha a su hijo, deberá tratarla con todos los derechos de una hija. Si toma como esposa a otra mujer, no podrá privar a su primera esposa de sus derechos conyugales, ni de alimentación y vestido. Si no le provee esas tres cosas, la mujer podrá irse sin que se pague nada por ella…” (Éxodo 21:7-11, Nueva Versión Internacional).

El pasaje de Éxodo 21 es sumamente importante si se tiene en consideración que, en las sociedades patriarcales de esa época, no había prohibición ni castigo para el que vendía ni para el que compraba a una mujer como esclava. Las leyes dadas en Éxodo 21 sobresalen no porque establezcan el derecho de llevar a cabo semejante transacción, sino precisamente porque pretenden reglamentarla proporcionando ciertos derechos fundamentales a la mujer.

En las sociedades primitivas del Medio Oriente, el padre de familia tenía una autoridad de vida o muerte sobre los miembros de su familia extendida. Nótese que, cuando Tamar fue acusada de prostitución, su suegro Judá ordenó que fuera quemada de una vez: “… Como tres meses después, le informaron a Judá lo siguiente: —Tu nuera Tamar se ha prostituido, y como resultado de sus andanzas ha quedado embarazada. — ¡Sáquenla y quémenla! —exclamó Judá…” (Génesis 38:24, Nueva Versión Internacional).

Por su contexto cultural e histórico, Israel (al igual que otras sociedades de la época) tendía a fortalecer la autoridad del padre de familia para llevar adelante sus propios asuntos internos sin intervención de una autoridad mayor. Por eso Éxodo 21:7-11 es notable como intento de controlar la forma en que el amo trataba a una mujer esclava en su casa.

Otro pasaje aparentemente problemático se encuentra en Números 5: 11-31, una instrucción para el marido que recela de la fidelidad de su mujer sin prueba alguna (Números 5: 11-31).

A primera vista, esta ley parece injusta y cruel. Pero en el contexto del poder casi absoluto del jefe de familia, algunos elementos llaman la atención. En primer lugar, la ley parte de la posibilidad de que la mujer sea inocente de las acusaciones del marido celoso, y el efecto neto de las provisiones es restringir el poder del hombre para actuar en ira contra la mujer, frenando así un posible abuso de poder. Esta ley quita de las manos del marido, o de cualquier otro miembro de la familia o clan, el poder sobre la mujer en el caso de celos infundados. Más bien, el marido celoso se ve obligado a disciplinarse y llevar sus sospechas a los sacerdotes. Al hacerlo sus pasiones podían calmarse o al menos podía escuchar consejos de parte de ellos.

La Ley tampoco excluía a la mujer de la adoración a Jehová. Si bien es cierto que el sacerdocio estaba limitado a los levitas de sexo masculino (lo cual también excluía por igual no sólo a las mujeres, sino a todos los varones de las otras tribus), las mujeres eran consideradas como miembros de la congregación y, como tales, podían entrar dentro de la mayoría de las áreas de la adoración. La Ley le ordenaba a todos los hombres presentarse o comparecer ante el Señor tres veces al año y, aparentemente, las mujeres iban con ellos en algunas ocasiones (Deuteronomio 29:10-11; Nehemías 8:2; Joel 2:16); no obstante, no les era requerido ir de forma obligatoria como a los varones de la congregación, muy probablemente debido a sus importantes deberes como esposas y madres. Por ejemplo, Ana fue a Silo con su esposo y le pidió a Dios que le diera un hijo (1 Samuel 1:3-18). Más tarde, cuando el niño nació, le dijo a su esposo: “… Yo no subiré hasta que el niño sea destetado, para que lo lleve y sea presentado delante de Jehová, y se quede allá para siempre…” (1 Samuel 1:22). Como cabeza de la familia, el esposo o padre presentaba los sacrificios y ofrendas en beneficio de toda la familia (Levítico 1:2). Sin embargo, la esposa podía presentarlos también. Las mujeres concurrían a la Fiesta de los Tabernáculos (Deuteronomio 16:14), a la Fiesta Solemne Anual de Jehová (Jueces 21:19-21) y al Festival de la Nueva Luna (2 Reyes 4:23). Un sacrificio que solamente las mujeres daban al Señor, era ofrecido después del nacimiento de un niño: “… Cuando los días de su purificación fueren cumplidos, por hijo o por hija, traerá un cordero de un año para holocausto, y un palomino o una tórtola para expiación, a la puerta del tabernáculo de reunión, al sacerdote…” (Levítico 12:6). Varias mujeres del Antiguo Testamento fueron famosas por su fe. Incluida en esa lista de Hebreos 11 hay dos de esas mujeres: Sara y Rahab (Génesis 21; Josué 2, 6:22-25). Ana, madre del profeta Samuel, fue un ejemplo santo de una madre israelita. Ella oró a Dios; creyó que Él escuchó sus oraciones; y cumplió con su promesa a Jehová Dios (1 Samuel 1). Ciertamente, la ley mosaica nunca excluyó a la mujer del culto a Dios.

 

II.- MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE ROMPIERON ESQUEMAS:

En el período veterotestamentario, el núcleo de la sociedad hebrea era la familia patriarcal, en la cual el padre era la autoridad máxima. Al principio, los hebreos vivían en grupos familiares o clanes dirigidos por el más anciano, el patriarca, que administraba justicia, dirigía la guerra y los ritos religiosos. La mujer debía sujetarse a la autoridad paterna hasta que contraía matrimonio, momento en que pasaba a ser propiedad del esposo. No obstante, a pesar de que en los tiempos bíblicos la sociedad hebrea era patriarcal, y por consiguiente la mujer tenía una posición subordinada al hombre, el Antiguo Testamento (prefigurando la futura libertad de la mujer en Cristo) incluye en sus páginas varios ejemplos de mujeres que desempeñaron cargos de liderazgo y autoridad, tanto política como religiosa, dentro de la sociedad hebrea del antiguo Testamento. Entre ellas podemos mencionar:

1) MARÍA: María, hermana mayor de Moisés, fue una mujer extraordinaria usada por Dios incluso desde su niñez para salvar la vida de su hermano menor y futuro profeta (Éxodo 2:3-7). Ella poseía un precioso don profético y musical que la convirtió en una valiosa líder de alabanzas y profetisa: “… Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas. Y María les respondía: Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido; Ha echado en el mar al caballo y al jinete…” (Éxodo 15:20-21). Otras mujeres del Antiguo Testamento seguirían posteriormente el ejemplo de María, aportando sus talentos en el ministerio de la música y la adoración a Dios. En el tiempo del Rey David, “…Dios dio a Hemán catorce hijos y tres hijas. Y todos éstos estaban bajo la dirección de su padre en la música, en la casa de Jehová, con címbalos, salterios y arpas, para el ministerio del templo de Dios…” (1 Crónicas 25:5-6). María es también mencionada en conjunción con Moisés y Aarón como dirigente de la nación hebrea. Esto ilustra el papel de liderato autoritativo y de gran influencia que ella ejercía: “… Porque yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María…” (Miqueas 6:4). En el Israel primitivo no existía la discriminación de género en relación con el ministerio, o el uso de los dones y el llamamiento profético.

 

2) DÉBORA: Débora, una mujer casada, ocupaba dos posiciones u oficios: Uno como Profetisa (mujer profeta), y otro como líder o juez: “… Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa mujer de Lapidot; y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en el monte de Efraín; y los hijos de Israel subían a ella a juicio…” (Jueces 4:4-5). Bajo el liderato de Débora, los hijos de Israel fueron librados de la opresión y ocupación de su tierra por parte de un ejército extranjero. Ciertamente, ella cumplió el propósito antiguo de Dios para el hombre y la mujer: Tener dominio en conjunto, ambos por igual. Leemos: “… Varón y hembra los creó. Y los bendijo dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra… ” (Génesis 1:27-28, Biblia de las Américas). Dicha autoridad no fue dada al hombre solamente, sino al hombre y la mujer como iguales en honor y autoridad a la vista de Dios. La diferenciación entre ambos (que relega a la mujer a una posición inferior en muchas sociedades) vino como resultado directo de la caída, no como parte del plan original diseñado por Dios para el varón y la mujer (Génesis 3:16). Esta diferenciación (o mejor dicho discriminación) ha sido eliminada en Cristo, quien restituyó a la mujer a su posición elevada del principio (Gálatas 3:26-29). ¿Por qué, entonces, cuando el precedente bíblico existe para que las mujeres cumplan un papel importante en el plan de Dios, los hombres en posiciones de liderato en la Iglesia atribuyen para sí normas que impiden que las mujeres ministren?

 

3) LA MUJER SABIA DE ABEL BETMACÁ: Esta mujer claramente era una persona de influencia, líder de la ciudad blindada de Abel Betmacá en Israel. Como una líder civil en Israel, esta mujer, al igual que Débora, muy seguramente habrá tenido un grado de autoridad espiritual. Por medio de su uso sabio de autoridad y persuasión, ella rescató a su pueblo de ser destruido por Joab, el comandante del ejército del rey David (2 Samuel 20:15-22). Nótese que ni Joab ni David tenían problema alguno en oír el buen consejo brindado por mujeres. Es más, Joab sabía que David escuchaba sin discriminación a las mujeres, así que cuando no pudo persuadir a David acerca de una decisión, él le pidió a una mujer sabia de Tecoa para que le ayudase (2 Samuel 14:1-22).

 

4) HULDA: Durante el reino del Rey Josías, el libro de la ley fue descubierto en el Templo. Cuando los sacerdotes comenzaron a leerlo, entendieron que la nación se había apartado muy lejos de los caminos de Dios. Supieron que la nación estaba en peligro de ser destruida bajo el juicio divino. A fin de descubrir lo que deberían hacer, fueron a esta sobresaliente profetisa, quien les expuso los detalles específicos del juicio por venir que ya había sido determinado según el consejo divino: “… Entonces fueron el sacerdote Hilcías… a la profetisa Hulda, mujer de Salum… guarda de las vestiduras… y hablaron con ella…” (2 Reyes 22:14). Hulda inspiró al Rey Josías, al sumo Sacerdote y a los demás líderes de Israel, para que implementaran reformas morales y espirituales jamás registradas. Un profundo despertar religioso, o avivamiento, vino como resultado. Ningún ministerio profético registrado, produjo tal despertar y transformación en la nación de Israel en tan corto tiempo (Véase 2 Reyes 22 y 2 Crónicas 34).

 

Además de los casos específicos citados anteriormente, el Antiguo Testamento también muestra ejemplos de esposas que ejercieron el liderazgo en el gobierno de su familia:

a) Sara: En el libro de Génesis, por ejemplo, vemos nada menos que a Dios ordenándole a Abraham que, en contra de lo que era su opinión, hiciera caso de lo que Sara le decía en cuanto a su hijo Ismael (Génesis 21:9-12).

b) La Madre de Sansón: Otro ejemplo lo tenemos en el caso de los padres de Sansón. Cuando el Ángel del Señor se aparece para anunciar el nacimiento de un niño que liberará al pueblo de Israel, no lo hace al padre, sino a la madre (Jueces 13:2-14). ¿Por qué Dios no transmitió un mensaje tan importante al que se suponía que era el líder espiritual de la familia? A lo largo del diálogo se aprecia que, en dicha pareja de esposos, Manoa era el menos preparado tanto a nivel de conocimiento como de madurez espiritual, y es por eso que Dios se dirige a ella, pues estaba mejor preparada para asumir dicho mensaje.

c) Abigail: Encontramos también el caso de una mujer que se negó a aceptar la decisión de su marido y tomó otra opuesta a la de él, con la bendición de Dios. Se trata de Abigail. En el relato no se presenta como algo reprobable la actuación de Abigail, contraviniendo las órdenes de su marido. Por el contrario, David vio en ello la mano de Dios (1 Samuel 25:14-28).

 

CONCLUSIÓN:

Las Escrituras nos impulsan a afirmar que: “… para Dios no hay favoritismos…” (Hechos 10:34, Nueva Versión Internacional), seamos hombres o mujeres. Por lo tanto, quienes afirman, con base en el Antiguo Testamento, que Dios considera inferior a la mujer, la excluye del liderazgo, o que la biblia es machista y misógina, yerran por ignorancia o por malicia descarada. En las Escrituras no encontramos la desaprobación de Dios, ni su condena hacia la mujer, o incluso a la actuación de mujeres que ejercieron posiciones de liderazgo, ya fuera en la familia, en la vida civil o en la esfera religiosa. Además, en el nuevo convenio: “… Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús…” (Gálatas 3:28, Nueva Versión Internacional). La voluntad del Señor siempre fue, ha sido y será que sus hijos, hombres o mujeres, se consideraran y trataran como iguales. Las leyes (en apariencia discriminativas hacia la mujer) dadas por conducto de Moisés en el Antiguo Testamento, deben ser entendidas dentro de su contexto histórico y cultural. El Señor toleró hasta cierto punto los tiempos de ignorancia de su pueblo pero también, en medio de dicha ignorancia, dejó leyes sabias que prefiguraban la intención final de Dios para su pueblo escogido: la igualdad. Jesucristo dijo: “… Esa ley la escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son — aclaró Jesús—. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos llegarán a ser un solo cuerpo. Así que ya no son dos, sino uno solo…“ (Marcos 10:5-8, Nueva Versión Internacional).