Suicidio, Vida Espiritual

El Suicidio Pastoral

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. Esto equivale a más de 800.000 personas cada año. Esto suena alarmante, sin embargo, no es lo peor. la magnitud del problema es aún mayor de lo que parece ya que, por cada una de estas personas que se suicidan, se estima que hay otras 20 que lo intentan. ¿Cuál es resultado de este reinado de muerte? Hoy por hoy, la mortalidad por suicidio es superior a la mortalidad total causada por la guerra y los homicidios. Y la cosa resulta aún más deprimente si se tiene en cuenta que el suicidio es ahora la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años. ¡Nuestra juventud está quitándose la vida por su propia mano! Los plaguicidas, el ahorcamiento y las armas de fuego son los métodos habituales para cometer suicidio en el mundo. La muerte de un ser humano nunca será causa de alegría, pero la muerte por mano propia y en tales circunstancias es aún mucho más lamentable. Aunque el 75% de los suicidios ocurre en países de ingreso bajo y medio, este mal no respeta nacionalidad, raza o estatus socioeconómico. En la próspera Europa el suicidio es considerado la primera causa de fallecimiento no natural. De hecho, el número de víctimas de suicidio triplica al de accidentes de tráfico. Tan grande es el problema en la Unión Europea que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el suicidio como el mayor problema de salud pública de toda Europa.

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EL REINADO DE LA MUERTE SOBRE LAS NACIONES

¿Es esto diferente en otras regiones y países alrededor del mundo? No tanto. Groenlandia, con 79 suicidios por cada 100 mil personas, es el país donde más se cometen suicidios. Le siguen Ucrania con 31 y Rusia con 30 suicidios por cada 100 mil personas. Los países del este de Europa son los que, en líneas generales, despuntan; países como Hungría, Bielorrusia, Polonia, etc., están en el promedio de 20 suicidios por cada 100 mil habitantes. Zimbabue, un país africano, mantiene el quinto lugar a nivel mundial con 27 suicidios por cada 100 mil habitantes. En Europa occidental Francia encabeza la lista, con 17 suicidios por cada 100 mil personas; Estados Unidos tiene 13 suicidios; México, poco más de 5 y Canadá, 10; Sudamérica, Surinam y Guyana encabezan por mucho la lista, seguidos de Uruguay, Argentina, Cuba y Chile, con 16, 11, 11 y 10 respectivamente; Corea del Sur encabeza Asia, con 25 suicidios, seguido de Japón e India con 17. En líneas generales parece que lo que produce más suicidios es la pobreza, si notamos lo que ocurre en los países africanos y la India, y también el frío, notablemente en los casos de Rusia y Groenlandia. Países como Noruega, Suecia y Finlandia están entre los países con más suicidios en Europa. Algo levemente distinto ocurre en los países de Centroamérica y del Norte de África en donde los índices de suicidios están entre los más bajos del mundo, con sólo tres suicidios por cada 100 mil personas. El suicidio tampoco respeta género: A excepción de China, en dónde en donde un número casi idéntico de hombres y mujeres se suicidan, los hombres son, por mucho, los que más se suicidan en todo el mundo.

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¿QUÉ LE OCURRE A NUESTRA SOCIEDAD?

Vivimos en una sociedad de muerte, infectada con el germen del suicidio. De las cloacas de un mundo sin Dios emanan dos tóxicos existenciales de efectos letales: el vacío –“la vida no tiene sentido”- y la desesperanza -“no veo ningún futuro para mí”. Ambos factores constituyen un gran caldo de cultivo para el suicidio. En nuestra sociedad todo es frágil, efímero y se enfoca en el “corto plazo”. Vivimos una epidemia de relaciones rotas y la ola de suicidios no es ajena a esta realidad dolorosa.

En cuanto al otro tóxico, la desesperanza, simplemente cosechamos lo que se ha sembrado en los últimos 150 años. Los profetas de la desesperanza, Marx, Freud y Nietzsche (entre otros), se esforzaron por destruir toda ilusión y han predicado una cosmovisión materialista de la vida, “sin Dios y sin esperanza” (Efesios 2:12). Esta cosmovisión no sale gratis ni en lo personal ni en lo social, conlleva un alto peaje. Tarde o temprano lleva a la frustración, al vacío y a la amargura. Decía Sartre: “El camino del ateísmo es cruel y doloroso”, ¡Y vaya que tenía razón! Una vida sin Dios lleva al hombre a la desesperanza y está a la desesperación. En este contexto el suicidio viene a ser una respuesta extrema cuando uno siente en lo más hondo de su corazón que todo es “vanidad de vanidades” (Eclesiastés 1:1).

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EL SUICIDIO DE PASTORES

Pero, si el problema es la desesperanza, el vacío existencial y la falta de Dios, ¿Por qué algunos creyentes, e incluso pastores, se suicidan? Hoy día es cada vez más frecuente conocer casos de pastores evangélicos que cometen suicidio, especialmente en Latinoamérica y EEUU. En ocasiones con trastorno depresivo oculto, y en otras sin que aparentemente se hubiese detectado nada anómalo. ¿Será que la dinámica de la iglesia actual podría desencadenar o incluso provocar un trastorno en un pastor hasta llevarle a este punto? Pienso que sí. El agotamiento emocional (el llamado síndrome del “quemado” o burn out) puede provocar una depresión. Lo vemos en la Biblia con dos grandes pastores, Moisés (Números 11:10:17) y Elías (1 Reyes 19). ¡Dos gigantes de la fe llegaron a pedirle a Dios que les quitara la vida! El Señor, sin embargo, con su trato comprensivo y delicado hacia estos pastores sufrientes nos deja un precioso modelo a seguir.

Es excepcional, sin embargo, que una depresión por agotamiento lleve al suicidio si no hay un problema de base como los mencionados antes. El pastor sabe que antes que marcharse de la vida (suicidio), puede marcharse de la iglesia o incluso dejar el ministerio (bien sea de forma temporal o incluso permanente). El pastorado es un trabajo de gran exigencia emocional, de ahí la necesidad de una renovación personal constante. Sin duda siempre hay aspectos a mejorar en la “dinámica” de la iglesia (por ejemplo, un énfasis excesivo en el activismo); pero la prioridad en este tema (prevención de crisis en los pastores) no es mejorar la iglesia, sino reforzar al pastor, enseñarle a cuidar de su propia viña, a renovarse, a recibir tanto como a dar.

Demasiados pastores olvidan que son “vasijas de barro”, frágiles, quebradizas y pensando que son “vasijas de hierro” sobrevaloran su capacidad de resistencia. Esto nos lleva a analizar otras situaciones que nos ayudan a entender el problema del suicidio entre pastores:

  1. La primera es una verdad incómoda de la cual la iglesia evangélica se niega a hablar, y es la existencia de pastores ateos, agnósticos o con una base de fe muy débil. Pastores cuya fe en Dios murió a causa de las frustraciones y sinsabores del ministerio, o pastores que entraron al ministerio sin vocación y sin fe, pero impulsados por intereses materiales. Por extraño que nos parezca, es así. Y hace mucho dejó de ser un problema exclusivo de la “liberal” Europa o la “relativista y cada vez más alejada de Dios” Norteamérica. En determinadas denominaciones la teología liberal ha acabado convirtiendo la teología en mera antropología y la fe en puro humanismo. Está en auge, por ejemplo, la llamada “Teología de la muerte de Dios” propugnada por el teólogo William Hamilton.[1] La teología de la muerte de Dios, en ocasiones denominada teotanatología, es una teología que desarrolla la idea nietzschana de la muerte del tradicional dios teísta, a saber que este Dios está ausente o se considera a Dios muerto como evento histórico. Estas ideas teológicas están muy ligadas al secularismo de Dietrich Bonhoeffer y al postcristianismo de John Robinson. Los máximos representantes de esta teología son los teólogos “cristianos” Gabriel Vahanian, Paul Van Buren, William Hamilton, John Robinson, Thomas J. J. Altizer, John D. Caputo y el rabino Richard L. Rubenstein. William Hamilton llegó a afirmar textualmente: “Necesitamos redefinir la cristiandad…sin la presencia de Dios.”[2] Para Hamilton “Decir que Dios ha muerto es decir que ha dejado de existir como ser trascendental y se ha vuelto inmanente al mundo. Las explicaciones no teístas han sustituido a las teístas. Es una tendencia irreversible; hay que hacerse a la idea del deceso histórico-cultural de Dios. Hay que aceptar que Dios se ha ido y considerar el mundo secular como normativo intelectualmente y bueno éticamente”.[3] En este contexto de puro humanismo la desesperanza vital reina en pastores sin fe y sin Dios, así como en sus congregaciones, contaminadas por ellos con la misma levadura pues, ¿Qué esperanza puede quedar en el corazón del hombre si Dios ha sido expulsado de él?
  2. La segunda situación es aún más común. Algunas iglesias ponen en lugares de responsabilidad a personas recién convertidas, a niños espirituales, que obviamente carecen de la madurez necesaria para afrontar el gobierno de una congregación. Se ignora la enseñanza bíblica sobre los requisitos para ser pastor (o diácono). El cuadro bíblico de 1 Timoteo 3:1-13 pone un listón de madurez espiritual que es imprescindible respetar. Pasar por alto estos requisitos supone poner -y exponer- a personas inmaduras, tiernas en la fe, en una posición de alta demanda emocional y espiritual. Las consecuencias no deben sorprendernos: crisis personales y crisis en las iglesias.
  3. La tercera razón también suele ser disminuida en importancia: El pastor necesita ser pastoreado. Ésta es una de las asignaturas pendientes de muchos hombres y mujeres de Dios. Uno de los grandes enemigos del líder cristiano es la soledad. No se puede ser una roca y una isla a la vez. En la mayoría de las crisis emocionales de pastores encontramos una historia de soledad, con un proceso de aislamiento progresivo. De ahí la necesidad de que el pastor tenga una o dos personas de plena confianza con quien compartir cargas, dudas, liberar tensiones y orar juntos. Es un tiempo de revisión de vida y de renovación de visión. No podemos olvidar la dimensión de lucha espiritual del trabajo pastoral: estamos inmersos en una batalla que va más allá de asuntos humanos; en este sentido, el pastorado no es un trabajo natural, es sobrenatural. Por ello necesitamos tanto la oración. El apoyo en oración es clave. La propia experiencia del apóstol Pablo al respecto en un período de tribulación (2 Corintios 1: 9-11) nos sirve de referente en este tema.

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CONCLUSIÓN.

Si bien durante muchos años se consideró tabú el hablar de suicidio, la tendencia está cambiando, a medida que también avanza la conciencia de que es necesario cuidar la salud mental. Según cifras de la OMS, entre el 65% y el 95% de los casos de suicidio están muy relacionados con los problemas de salud mental. La iglesia evangélica, sin embargo, se niega a tratar ciertos aspectos del suicidio y sus causas, principalmente entre pastores. Para muchos es más fácil atribuir la causa del suicidio a influencias del mundo espiritual, demoníacas. Sin embargo, esta es una visión muy pobre de la realidad. Es imprescindible un abordaje integral del tema del suicidio para mitigar los efectos del mismo: prevención, detección, diagnóstico, tratamiento y continuidad de cuidados de los trastornos mentales.

REFERENCIAS:

[1] William Hamilton (Evanston, Illinois, 1924) fue uno de los teólogos promotores del polémico movimiento de la teología de la muerte de Dios, del que fue un representante destacado junto a Thomas Altizer, Paul van Buren y Gabriel Vahanian.

[2] William Hamilton, La Nueva Esencia del Cristianismo (Editorial Sígueme, 1969).

[3] William Hamilton. A Quest for the Post-Historical Jesus (Continuum International Publishing Group, 1994).

Devocional, Oración, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¿Es tu vida de oración una fuente de gozo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Si tuvieras que describir tu vida de oración en una palabra, ¿Cuál palabra elegirías? ¿Fiel? ¿Eficaz? ¿Gozosa? ¿O elegirías palabras como irregular, inconsistente, o mediocre? Todos hemos estado allí en algún momento de nuestra vida. Y de hecho ni siquiera nos preocupa la mayoría de las veces; pensamos que es normal y que todo está bien. Es hasta que la crisis azota nuestra vida que orar se vuelve necesario y nos damos cuenta de su valor. Es entonces que descubrimos que estar contento con una vida de oración mediocre expone nuestra visión anémica de Dios. Hace que Dios parezca opcional en vez de supremo, y distante en lugar de accesible a través de la fe en Cristo. Ahí, aleccionados por nuestros problemas, nos damos cuenta que Él es digno de mucho más que nuestras excusas y nuestra pereza. ¿Te ha pasado a tí también? Déjame decirte algo: Una vida de oración más gozosa puede estar más cerca de lo que piensas, incluso si no tienes idea de cómo llegar allí. Dios quiere que disfrutemos de Él en oración.

A VECES LA CULPA NOS DETIENE.

Durante las temporadas espirituales difíciles de mi vida, la culpa por mi pecado me impidió orar. ¿Cómo podría alguien tan indigno como yo acercarse a un Dios santo? Esta actitud revela una comprensión débil del evangelio. La verdad es que Dios conoce nuestro pecado y nos invita a confesarlo y recibir su purificación (1 Juan 1:9; Mateo 6:12; Salmo 32). El principio, e incluso la preparación de la oración apropiada es la petición de perdón con una confesión de culpa humilde y sincera. Cuando te sientas abatido por el peso de tu pecado, toma la llave de la confesión y entra por la puerta a la oración. Deja que tu pecado te conduzca a una sincera confesión y a una confiada alegría en el Cristo que vino a rescatar a los pecadores y a darles acceso al Padre (1 Timoteo 1:15; Hebreos 4:16).

AL ORAR, RECUERDA QUE DIOS ES TU PADRE.

En las primeras palabras de la oración del Señor, Jesús nos invita a dirigir nuestras oraciones así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Ver a Dios principalmente como Padre nos impide verlo como un juez severo, un poder superior e impersonal, o un genio mágico que otorga deseos. Entender que nuestro Padre todopoderoso nos ama como sus hijos y busca lo mejor para nosotros nos lleva a experimentar gozo y confianza al orar. Él tiene el poder y el deseo de guiar nuestras vidas, responder a nuestras oraciones, y cumplir sus propósitos en nosotros. Conocer las implicaciones esto nos da confianza en la oración: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con El todas las cosas?” (Romanos 8:31-32). Cuando luches en la oración, cuando sientas vergüenza porque no hallas que decir, incluso cuando orar sea difícil o quizá no experimentes un fuerte deseo de orar, anímate reconociendo que tu Padre lo sabe y que incluso así te ama. ¡Cobra ánimo sabiendo que Él te ama! Todo lo que se necesita es mencionar la palabra “Padre” para entrar en un mundo de deleite.

LAS ORACIONES QUE DIOS QUIERE CONTESTAR.

Dios quiere escuchar tus oraciones porque “la oración de los rectos es su deleite” (Proverbios15:8). Él también nos garantiza responder a ciertas oraciones. ¿Por qué no tomarle la palabra a Dios y orar a su manera y no a la nuestra? Santiago, por ejemplo, nos dice: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5, NVI). Pedir sabiduría es un buen punto desde el cual empezar. Dios ha prometido otorgarnos sabiduría para cualquier situación; solo tenemos que pedirla. 1 Juan 5:14-15 nos muestra otra clave para que nuestras oraciones sean contestadas: “Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho”. Esta promesa (que Dios contestará nuestras oraciones si pedimos conforme a su voluntad) debería envalentonar nuestras oraciones y agudizar nuestras expectativas. ¿Qué hemos de pedir entonces? Te invito a considerar los siguientes ejemplos de oraciones que Dios quiere contestar:

(1.- Ora para ser santificado (1 Tesalonicenses 4:3).
(2.- Ora por una mente renovada y una vida apartada del pecado (Romanos 12:1-2).
(3.- Ora para dar fruto al permanecer en Cristo (Juan 15:1-8).
(4.- Ora por la gracia de agradar a Cristo en tu trabajo (Efesios 6:5-8).
(5.- Ora por la alegría y la presencia del Espíritu en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-5).

Y añado una más: Ora las oraciones de la Biblia. La Biblia proporciona un almacén de oraciones inspiradas por el Espíritu. Ya sean las oraciones del apóstol Pablo, de Moisés, o de Jesús mismo (Mateo 6:9-14; Juan 17), orar las palabras de las Escrituras nos ayuda a acercarnos a Dios con palabras de su elección para que pensemos sus pensamientos y pidamos las cosas cerca de su corazón. Debemos crecer en oración al planear tiempo para buscar a Dios diligentemente. Esto es un propósito que debemos mantener toda la vida. A medida que nos disciplinamos con ese objetivo, nuestra fe se fortalecerá y se enriquecerá al vivir cada vez más en Su presencia donde hay plenitud de gozo (Salmo 16:11). Un antiguo y hermoso himno protestante nos recuerda esta preciosa verdad:

¿Con fervor orar pensaste
al amanecer?
¿Suplicaste por la gracia
y amparo este día
en tu oración?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al enfurecer?
¿No pediste, mi hermano,
que, al verte ofendido,
dieras el perdón?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al entristecer?
Cuando lleno de pesares,
¿a tu Dios le suplicaste
al amanecer?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

(¿Pensaste Orar?, Mary A. Pepper Kidder, 1820–1905)
Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Predicación Motivacional: ¿Dónde quedó el mensaje de la Cruz.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Gran parte de la predicación actual está contaminada con herejías descaradas (pedidos de dinero, confesión positiva, declarar y decretar, manipulación psicológica etc.). Otras son un poco más disimuladas en su nocividad, pero constituyen de igual forma una ofensa a la Palabra de Dios no tanto por lo que dicen, sino por lo que pretenden ser y no son. El mensaje transmitido no es Palabra de Dios, pero se presenta como tal. Por ejemplo, imagínate que yo salgo de mañana y voy gritando por la calle que vendo leche pura; sin embargo, al entregar el producto lo que te entrego es agua. ¿Te sentirías satisfecho con la calidad del producto? Pienso que no. Ahora bien, vender agua no está mal, ¡Lo malo es venderle agua a la gente diciéndole que es leche! Cuando un predicador toma la leche espiritual de la Palabra (1 Pedro 2.2), pero al predicarla la diluye en un mar de filosofías mundanas, psicología, modas del momento, coaching y otras corrientes humanistas, o si en vez de exponer el pasaje y conectarlo con Cristo, lo conecta sólo con la experiencia de la gente y lo que está quiere oír, es culpable también de traición al evangelio. Las predicaciones motivacionales son uno de los enemigos más discretos del evangelio. La gente se ha acostumbrado a mensajes de aliento sin profundidad espiritual, pero lo peor, sin la conexión con la cruz de Cristo.

APUNTANDO EN LA DIRECCIÓN EQUIVOCADA.

Las predicaciones motivacionales tienen todas un mismo patrón, que se repite una y otra vez como el estribillo de una canción: (1) Se escoge un pasaje, por lo general una historia del Antiguo Testamento, del libro de Hechos, un milagro de Jesús etc.; (2) El predicador lee el pasaje… y minutos después (sin mucha introducción histórica) empieza a contextualizarlo con la vida de los oyentes; (3) Si al mensaje motivacional lo acompañamos con “buena música” y ponemos a un”animador” de alabanzas, el círculo de bienestar se cierra completo. Y así, miles son calentados al fuego de la predicación motivacional, aunque ignoran que eso no es el evangelio. Se conforman con prédicas que tienen “una remota conexión con Cristo”, pero eso sí, ¡Una gran conexión con sus vivencias (problemas financieros, de pareja, laborales, baja autoestima, etc.) y un alto contenido emocional! Pero ¿Te has preguntado a dónde te conduce las predicaciones motivacionales? Te causan un falsa fidelidad y una vida cristiana superficial, pero siempre serás un niño movido por sentimientos bajo esta forma de predicación. Desconocerás la profundidad de las inescrutables riquezas de Cristo (Efesios 3:8). Te acostumbrarás a comer migajas como un mendigo espiritual, en vez de sentarte a la mesa con los hijos y disfrutar de los manjares que Dios preparó para Su familia. Pero lo más terrible de las predicaciones motivacionales, no es sólo a dónde te conduce, sino que no glorifica a Cristo. Un predicador puede gastar horas y horas predicándote cómo salir de las deudas, como mejorar tu vida sexual de pareja y como ser un mejor empleado. Incluso quizá de vez en cuando hable de la Cruz y, sin embargo, mantenga a su congregación ignorando las grandes doctrinas de la justificación, el estado del hombre, la redención, la regeneración o el nuevo nacimiento. Las grandes doctrinas de la fe serán pasadas por alto en las predicaciones motivacionales, y en cambio el foco será en tus vivencias y el cumplimientos de las promesas en retribución de lo que tu puedes hacer por Dios. La predicación bíblica dedica mayor tiempo a exaltar quién es Él, pero la motivacional se centra en lo que tú debes o puedes hacer. La predicación bíblica te acerca más a Dios, porque le da gloria a Él, pero la predicación motivacional te provoca una “motivacional dependencia” del pastor que predica. Eso no es correcto, pues la iglesia debe señalar a Cristo y no al hombre.

TRAICIONANDO LA PALABRA.

Los predicadores motivacionales tienen diferentes grados de alejamiento de la verdad. El algún momento las almas dejan de ser guiadas al paraíso por medio de la cruz para ser guiadas al mundo de la autosuperación, y como destino final el infierno. El evangelio es tan difuso en muchas predicaciones motivacionales que dudo que el Espíritu Santo pueda bendecir algo de su Palabra, pues está en cierta manera ausente en su desarrollo. El vacío teológico en las predicaciones, tanto como en las canciones que acompañan, produce raquitismo espiritual. Las personas pueden hablar a otros por horas de las bendiciones de Dios que recibieron, pero no pueden articular el evangelio ni explicarlo en sus partes más sencillas. La doctrina de la justificación, o la muerte sustitutiva de Cristo son cosas extrañas para ellos. Se habla de un “recibir a Jesús”, pero se explica poco o nada de su persona, su deidad, su poder, su señorío, su eternidad. Se recibe a un Jesús por el área de la motivación, pero ¿Es este el mismo Jesús que murió y resucitó conforme a las Escrituras como decía el apóstol Pablo? (1 Corintios 15: 3 y 4). La iglesia, según 1 Timoteo 3.15 debe ser “columna y baluarte de la verdad”. Si una iglesia tolera cada semana que la verdad de Dios sea diluida por medio de un predicador motivacional, me pregunto si sigue teniendo la categoría de iglesia, pues no está cumpliendo con uno de sus principales propósitos.

¿DÓNDE HALLAMOS MOTIVACIÓN?

La motivación del cristiano, tiene que partir de la predicación expositiva de la Biblia, y no de contextualizaciones huecas. La motivación espiritual y verdadera no viene sin antes pasar por la cruz. Pedro le dijo a Jesús que “evite ir a la cruz” (Mateo 16:22) y la reacción de Jesús ante Pedro fue: “Apártate de mí, Satanás” (V.23). Breve tiempo atrás Pedro le dijo a Jesús: “Tú este eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Pero ahora Pedro quería a un Cristo sin su cruz, ¡Imposible! De la misma forma, aquella predicación motivacional y halagadora de la carne que no denuncia el pecado y baja a Cristo de la cruz para presentarlo sólo como el “dador de bendiciones” es satanismo del más grande. Decía Charles Spurgeon, predicador del siglo XIX: “Predicar a Cristo sin la cruz es entregarlo (como Judas) con un beso“. Los amistosos predicadores motivacionales son una alta traición al evangelio; muestran “apariencia de piedad” pero niegan la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5). El apóstol Pablo insistía con predicar a Cristo y su cruz (1 Corintios 1:23, 2:2, Gálatas 3:1, 6:14). La verdadera motivación de los creyente es primero ser crucificados juntamente con Cristo, para después, como el Señor resucitó, andemos en novedad de vida. La predicación fiel a la Biblia no es decirle a las personas: “Tu eres un campeón, naciste para triunfar“, sino: “Ve a la cruz y muere a tus deseos ególatras, y sigue a Cristo en humildad“. La vida no consiste en cumplir tus metas, sino en cumplir Sus metas. La Biblia no se trata de ti, sino que se trata de Él. Nuestra verdadera motivación es Su gloria; y esto ¡verdaderamente llena nuestra alma!

NECESITAMOS VOLVER A LA PREDICACIÓN CRISTOCÉNTRICA.

La predicación motivacional “se salta la cruz”, y en ese salto llevará a muchos al infierno. Para el predicador motivacional la cruz le es tropiezo, un escándalo, prefiere arrullar a una multitud dormida bajo su entusiasmo antes que estos sean despertados con el clarín del evangelio. Por eso, hoy en día, nos encontramos con miles de cristianos nominales sin la vida del Espíritu Santo ni conocimiento del evangelio. Involucrados en los mismos pecados una y otra vez, movidos sólo con el motor de su orgullo y buenas intenciones, necesitan cada semana la inyección motivacional para seguir llevando una vida espiritual hipócrita. Necesitan algo que tranquilice sus atormentadas conciencias (por la falta de reconciliación con Dios) y que los inste a seguir adelante sin entregar sus pecados. Esto, es una falsa religión que no los conducirá a ningún lado. Amigo ¿A quién escuchas cada semana? ¿Es alguien que abre las Escrituras para hablar de Cristo como tema central? ¿Has crecido en santidad y en el conocimiento de Dios? ¿Has aprendido a ver a Cristo en las páginas de la Biblia? Muchos predicadores motivacionales serán juzgados en el día del juicio como malos obreros, pero también sus oidores serán culpables, pues no amaron la verdad, sino que consintieron en el engaño.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Y tú, ¿Por qué le eres fiel a Dios?

Por: Fernando E. Alvarado.

Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto… te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.

Alguna gente no peca contra Dios por miedo a ser descubiertos. Otros no pecan por temor a las consecuencias. Pero la verdadera razón para no pecar es el amor a Dios. La ética cristiana se basa en el amor. Cualquier otra cosa es legalismo y religiosidad. Los verdaderos santos obedecen a Dios porque les encanta obedecer a Dios, no porque tienen que hacerlo. Es su deleite y no un simple deber. Esa es la razón por la que se esfuerzan por vivir en santidad con tanto celo y pasión. Porque quieren, porque desean, porque se regocijan en hacerlo. Están consagrados y son soldados fieles, no simples cumplidores de reglas sin convicción. Hay que tener agallas, agallas de verdad para mantenerte firme en tus convicciones. Los débiles siguen la corriente. El amor por Dios es la verdadera raíz de todo lo que estamos llamados a hacer como seguidores de Jesús.

Lo que la gente joven necesita desesperadamente es pasión por Cristo y celo por la santidad en lo más profundo de su ser. Eso es lo que los sacará de la impiedad. No el miedo a las consecuencias. Exactamente así es como Pablo razonaba con los tesalonicenses. Él les decía que la voluntad de Dios para ellos era la santificación de sus vidas. Su vida ya no podía ser como la que vivían los paganos que les rodeaban (1 Tesalonicenses 4:3-5). Pablo sabía que quienes aman a Dios se guardan en santidad para la gloria de Dios. ¿Así que, por qué deberíais esforzarte por vivir en santidad? La respuesta correcta es ¡Porque amas a Dios! Es así de simple. Cualquier otra razón es secundaria y completamente indigna del Dios de amor quien nos su más preciado regalo: Jesucristo. Honrémosle. Amémosle. Sirvámosle. Y que Él nos dé agallas, verdaderas agallas, para vivir vidas que glorifiquen a Dios en medio de este mundo corrupto y malo. Él nos recuerda:

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos… ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.” (Juan 14:15, 21; NVI).

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios 13:1-3, NVI).

“En Cristo Jesús… lo que vale es la fe que actúa mediante el amor.” (Gálatas 5:6, NVI).

Vida Espiritual

La clase de personas que Dios usa.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¡Dios desea usarte para su gloria! ¿Lo dejarías? En un tiempo en el cual Israel se había apartado tanto de Dios que la nación se hallaba al borde mismo de su juicio, Dios dijo: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30).

Dios habría podido enviar ángeles para que llevaran a cabo el ministerio que se necesitaba, pero su método, tanto entonces como ahora, es obrar a través de los seres humanos, y no a través de los seres angélicos. Aunque los ángeles han ayudado para reunir a las personas necesitadas con las que les podían ministrar, como en el caso de Cornelio y Pedro, el ministerio en sí se ha producido a través del ser humano redimido.

Cuando se trata de los dones sobrenaturales del Espíritu, él también está buscando personas a través de las cuales poderse manifestar. En ese caso, una pregunta muy natural es esta: “¿Qué clase de persona está buscando? En los pasajes de las Escrituras que se refieren a los dones del Espíritu, podemos encontrar el perfil de la clase de personas que él quiere usar.

ALGUIEN QUE ANHELE LOS DONES ESPIRITUALES

Pablo escribe: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Y dice de nuevo: “Así que, hermanos, procurad profetizar” (1 Corintios 14:39).

La forma verbal “procurad”, que traduce la palabra griega zeloute, es un término cargado de fuerza que indica con cuánta intensidad deberíamos anhelar el que el Espíritu nos use. Tenemos una ilustración de esto en la conversación que sostuvieron Elías y Eliseo. Cuando Elías le dijo: “Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti”, la respuesta de Eliseo fue: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí” (vea 2 Reyes 2:9–15). El Espíritu Santo está buscando personas que anhelen que él las use de la manera que quiera.

A veces, las personas expresan el temor de que, si entran en un cierto tipo de atmósfera espiritual, se podrían convertir sin desearlo en instrumentos de manifestaciones espirituales. No tienen por qué temer. El Espíritu Santo no se le impone por la fuerza a nadie. Lo que está buscando es personas que anhelen fervientemente sus manifestaciones en su vida y a través de ella.

Los creyentes están en armonía con las Escrituras cuando anhelan ser agentes que el Espíritu Santo pueda usar. Pablo escribe que incluso hay momentos en los cuales debemos orar para convertirnos en instrumentos del Espíritu: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” (1 Corintios 14:13).

ALGUIEN QUE RECONOZCA LA SOBERANÍA DEL ESPÍRITU

Pablo escribe: “Pero todas estas cosas [los dones mencionados en los vv. 8–10] las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

El Espíritu Santo es el que determina cómo, y por medio de quién él se va a manifestar. Nosotros no somos los que escogemos cuál es la manifestación que se va a producir. Esto lo decide él, según quiere. Esta verdad corrige la idea que enseñan algunos, según la cual necesitamos aprender a usar al Espíritu Santo. No somos nosotros los que lo usamos a él. Es él en su soberanía el que nos usa a nosotros, si nos entregamos a él.

También es importante que nos sintamos agradecidos, cualquiera que sea la forma en que el Espíritu decida usarnos, en lugar de envidiar o criticar la forma en que él usa a otros. Una gran lección que se nos enseña en 1 Corintios 12:14–26 es que no debemos minimizar la importancia de la forma en que Dios nos quiere usar (14–20). Tampoco le debemos restar importancia a la forma en que usa a otros (1 Corintios 12:21–26). El Espíritu Santo es el Soberano. Nosotros somos sus súbditos.

ALGUIEN QUE TENGA LA FE SUFICIENTE PARA ENTREGARSE A ÉL

A los creyentes de Roma, Pablo les escribe para decirles: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6).

El mundo que nos rodea cree muy poco en lo sobrenatural genuinamente divino, y este escepticismo se puede infiltrar incluso en la misma iglesia. La tendencia hacia la falta de fe se complica con el hecho de que en las manifestaciones del Espíritu hay una colaboración entre lo humano y lo divino. Es posible que los creyentes no pongamos en tela de juicio lo que le corresponde a Dios, pero que sí lo hagamos con el factor humano. Cuando esto sucede, el temor y la duda reemplazan a la fe.

Pueden surgir diversas preguntas. “¿Y si confundo una impresión con una manifestación profética, e incluso aunque tenga la mejor de las intenciones, digo algo que sea inadecuado o contrario a las Escrituras?” O bien: “¿Y si doy la interpretación de unas lenguas y alguno de los presentes conoce la lengua extranjera en que se ha hablado y reconoce que mi interpretación no es la correcta?” O: “¿Y si digo las cuatro o cinco primeras palabras que me vienen a la mente, y después no me viene nada más?”

La fe es una cualidad necesaria en la vida de la persona a la que usa el Espíritu. Esa persona no solo debe creer que el Espíritu se manifiesta, sino también que puede usarla a ella, y que la puede usar. Al igual que Moisés, hay creyentes que no dudan que Dios pueda hacer milagros, pero sí dudan que los pueda hacer por medio de ellos (vea Éxodo 4:1, 10).

ALGUIEN QUE POSEA EL FRUTO DEL ESPÍRITU

El capítulo 13 de 1 Corintios es un hermoso capítulo acerca del amor, intercalado entre los dos capítulos de enseñanzas relacionadas con los dones espirituales, y forma parte integral de esas enseñanzas. Los versículos 1 y 2 indican que sin amor, la persona que habla en lenguas de hombres o de ángeles, es “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y la manifestación de los demás dones sin amor hace ver primordialmente lo estéril que es la vida del que los manifiesta. El Espíritu Santo se interesa tanto por nuestra vida, como por nuestro ministerio, y está buscando personas cuya vida manifieste su fruto, el fruto del Espíritu.

En 1 Corintios 13:4–7 se nos ayuda a los creyentes a saber cómo es la persona en la cual se manifiesta el fruto del Espíritu. He aquí este pasaje: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

El hecho de que el Espíritu use a una persona no significa que esa persona sea perfecta. Nadie se puede proclamar perfecto y sin pecado (1 Juan 1:8). Pero el Espíritu Santo se complace en usar personas que anhelen tanto su fruto como sus dones. Mientras más santa sea la vida, más llena de significado será la manifestación. Y al contrario, aquellos cuya vida no es lo que debería ser, hacen caer el reproche sobre la causa de Cristo, como era el caso con los creyentes de Corinto.

ALGUIEN QUE SEA HUMILDE

Uno de los peligros contra los cuales se debe guardar la persona que ha sido usada por el Espíritu, es el orgullo. Es importante recordar que las manifestaciones no son indicación de que pertenezca a una élite especial, sino que son don de la gracia.

Moisés fue muy usado por Dios, y era un hombre humilde (Números 12:3). Sin embargo, perdió los estribos e insinuó que él podía realizar un milagro y sacar agua de una roca. Esto es lo que dijo: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Números 20:10).

Debido al factor humano, el creyente puede perder de vista la intención del Espíritu Santo y dedicarse a algún tipo de manifestación en la carne. Esta es la razón por la cual Pablo escribió lo siguiente: “Y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). La persona que el Espíritu quiere usar es lo suficientemente humilde como para reconocer que su ministerio va a ser evaluado. No se llena de resentimiento si los demás no aceptan lo que él ha sentido que es una manifestación del Espíritu. Lo que hace es reconocer que, por ser humano, por muy bien intencionado que sea, se puede mover en la sabiduría y la capacidad humanas y equivocarse.

ALGUIEN QUE RESPETE EL ORDEN

Es evidente que en la iglesia de Corinto había un cierto grado de desorden. Por eso Pablo escribe para decirles: “Hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40; vea el v. 33). El Espíritu Santo nunca es el autor de la confusión, y tampoco quiere que los creyentes creemos confusión.

Ordinariamente, al Espíritu Santo no le agrada que alguien interrumpa la predicación de otro, un llamado al altar, o incluso un momento en el cual un ministro o un miembro de la congregación dirige una oración colectiva.

En su interés por el orden, el Espíritu está buscando personas que sepan esperar al momento adecuado para someterse a lo que él les indica. Cuando el Espíritu se mueve en un creyente, espera de él que no sea impulsivo, sino que se mantenga en un orden perfecto con respecto a lo que se está haciendo. Cuando el creyente guarda el debido decoro, se puede convertir en el instrumento que usará el Espíritu para lograr sus propósitos en una manifestación extraordinaria de sí mismo.

Cuando reflexionamos sobre el perfil de la clase de persona que el Espíritu está buscando, nuestro primer impulso consiste en decir: “No hay nadie que sea tan perfecto”. Y esto es cierto. Sin embargo, hay dos actitudes con respecto a este perfil, que los creyentes debemos tener el cuidado de evitar. Unos podrían decir: “Yo no estoy a la altura de ese ideal, así que no voy a esperar el impulso del Espíritu, ni le voy a responder”. Otros podrían decir: “Dios usa gente imperfecta, así que no importa la clase de vida que yo lleve”.

El Espíritu Santo no viene a nosotros porque seamos perfectos, sino para ayudarnos a crecer en su gracia. Lo importante aquí es que le permitamos que se manifieste por medio de nosotros en el fruto del Espíritu, y que después nos mantengamos sensibles ante él, de manera que se pueda manifestar también por medio de nosotros en sus dones, según él lo disponga.

¿Qué tal si dispones tu corazón este día y te preparas para ser usado por Dios? ¡Te aseguro que no te arrepentirás!

 

Vida Espiritual

La santidad, meta de un verdadero pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El pentecostalismo primitivo tiene sus orígenes en el Movimiento de Santidad. Charles Fox Parham, uno de los pioneros del pentecostalismo, era un metodista formado con la doctrina del movimiento de santidad y con estudiantes que profesaban la misma enseñanza. Dicho Movimiento surgió a mediados del siglo XIX entre las iglesias protestantes de los Estados Unidos de Norteamérica. También se le llamó la doctrina de la completa santificación y, de igual forma, estuvo íntimamente ligada a la doctrina de la perfección cristiana, la cual tenía relación con una experiencia posterior a la conversión. Esta doctrina enseña que un pecador que pone su fe en Jesús y cree, se convierte y justifica, y recibe perdón de pecados; sin embargo, es todavía dominado por su naturaleza pecaminosa y debe buscar la entera santificación. La obra de Dios purifica sus motivos, deseos y pensamientos, conservando su capacidad de pecar, pero su naturaleza heredada por Adán deja de ser una fuente de tentación. Es decir, que se hace énfasis en un proceso constante de santificación hasta alcanzar la perfección cristiana. Se debía buscar dos experiencias con Dios llamadas las obras de la gracia: La Conversión y la Santificación. La naturaleza carnal puede ser limpiada por la fe y el poder del Espíritu Santo. Tal doctrina se fundamenta en las enseñanzas de Juan Wesley, predicador del siglo XVII en Inglaterra y padre del metodismo, quien promulgó esta doctrina casi un siglo antes del surgimiento del Movimiento de Santidad.

 

Aunque no todos los pentecostales concordamos con las ideas de Wesley, todos concordamos con que el fruto de una vida en el Espíritu es la santificación. Esa es la meta de Dios y debería ser la nuestra: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:23,24). El mundo también desea verlo en nuestra vida, pues está cansado de una iglesia que solo habla, pero no vive lo que predica. A la gente no le interesa tanto nuestra teología como le interesa nuestra vida.

 

BÍBLICAMENTE ¿QUÉ ES LA SANTIDAD?

Lingüísticamente, la palabra para santificación en el hebreo es qadash, traducida como “santo” o “apartado”. En el Antiguo Testamento, el templo, los sacrificios, las fiestas, etc. se denominan santos. Se habla también del sacerdote como sagrado, en el sentido de que él estaba apartado para Dios y su servicio. En este sentido, un vaso utilizado en el tabernáculo o en el templo también era denominado santo o sagrado. La palabra griega, que en realidad es la contraparte de la palabra hebrea qadash, es hagios, traducida “santo o apartado”. El verbo hagiazo significa “hacer santo o santificar”, como, por ejemplo, en el Padrenuestro: “Santificado sea tu nombre.” El sustantivo hagiasmon se traduce como “santificación o santidad”. Esto nos da una idea del trasfondo lingüístico o el derivado de las palabras clave en hebreo y en griego.

 

En resumen, entonces, diríamos que la santidad primero se atribuyó a la naturaleza pura de Dios, quien está apartado de toda maldad. Más tarde, las Escrituras aclaran que la santidad debe caracterizar a los que están en una relación de pacto con Dios. Así que la Palabra nos ordena: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.” Esas palabras están en Levítico 19:2, pero se repiten a través de las Escrituras, incluso en el Nuevo Testamento, y en 1 Pedro 1:15,16 en particular.

 

LA SANTIDAD EN LA TEOLOGÍA PENTECOSTAL

En sentido teológico la santidad puede ser descrita y entendida a través de sus dos aspectos:

 

  1. ASPECTO POSICIONAL DE LA SANTIFICACIÓN: En primer lugar, el aspecto posicional de la santificación. En el momento en que una persona cree en Cristo, ésta es santificada. Esto se resalta en 1 Corintios 1:2, donde Pablo escribe: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…” Como suele ser el caso, en el griego no está el verbo “ser”, y por ello es suministrado por los traductores para la facilidad de lectura. Pero, en realidad, podría traducirse literalmente “llamados santos”. Cuando aceptamos a Cristo somos santificados, y considerados como hagioi, “los santos”. No se trata de una santidad basada en el mérito humano. Nos es impartida la santidad de Cristo, así que es su santidad. Cualquier santidad que haya no es obra nuestra, sino que es lo que Cristo nos imputa y nos imparte. Así que la Palabra nos dice: “Mas por él [Dios] estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1: 30). Cristo es hecho por nosotros santidad, y sólo en esa santidad podemos ser lo que Dios quiere que seamos. Así que los creyentes, en la conversión, son apartados para Dios y purificados de la maldad moral. En su primera carta, Pedro se dirige a los cristianos como los “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). El Espíritu Santo hace una obra de santificación, que nos permite andar en verdadera santidad. En 1 Corintios 6:9-11, Pablo describe a algunas personas que habían llevado vidas corruptas e inmorales, y luego nos dice que ellos han sido cambiados: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”

 

  1. ASPECTO PROGRESIVO DE LA SANTIFICACIÓN: Existe otro aspecto a veces descuidado de la santificación, el aspecto progresivo. No crecemos hacia la santificación, sino que crecemos en santidad. Como proceso, la santificación continúa durante toda nuestra vida. Hay quienes han tratado de enseñar acerca de la perfección sin pecado. En iglesias evangélicas de corte wesleyano se suele hacer hincapié en la santificación como una segunda obra de la gracia. Sin lugar a duda, muchos de nuestros hermanos de tradición wesleyana viven hermosas vidas cristianas, y merecen nuestra admiración y nuestro respeto. Pero no podemos estar de acuerdo con su teología. La Palabra no presenta la santificación como una obra posterior a la salvación. Comienza inicialmente en la conversión; pero, gracias a Dios, podemos crecer en gracia en el conocimiento del Señor. Podemos llegar a ser más como Jesús en nuestro andar cristiano. Así que hay garantía bíblica para esto. Mientras que Hebreos 10:10 se refiere al aspecto posicional de la santificación como algo consumado (“… somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”), Hebreos 10:14 se refiere al aspecto progresivo al hablar de esos mismos cristianos como literalmente “los santificados”. Además, Hebreos 12:14 nos dice que sigamos “la santidad”. Gracias a Dios, podemos llegar a ser más como el Señor. La cualidad está presente; pero necesitamos una abundancia de la misma. Necesitamos aplicarla en cada etapa de nuestra vida.

 

En Efesios 4:22-24, se nos exhorta a despojarnos “del viejo hombre”, que representa la antigua vida carnal, no regenerada, y que nos vistamos “del nuevo hombre” creado en Cristo Jesús. Y debemos añadir a nuestra vida las virtudes que vienen del Señor. Nos ayudan a ser más completos como cristianos, para que podamos ser mejores testigos del Señor Jesucristo y de su obra de santificación en nuestras vidas. Asimismo, en Colosenses 3:8-14, se nos exhorta a que nos despojemos de toda maldad y que nos vistamos de las virtudes cristianas. Cuando nos convertimos y somos santificados, es algo así como quitarnos un viejo vestido manchado y ponernos uno nuevo, impecable y hermoso.

 

EL MOTIVO DE LA SANTIFICACIÓN

El mayor motivo de santificación sin duda debe ser para agradar a Dios. No queremos ser santos sólo para impresionar a la gente con lo justos o santificados que somos. Los hipócritas hicieron eso con sus limosnas, con el ayuno, y con la oración para ser vistos por los hombres. Cristo dijo: “Ya tienen su recompensa” (Mateo 6:2,5,16). Pero dijo que no seamos así: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento” (Mateo 6:6). No debemos ofrendar, orar o ayunar para ser vistos por la gente, para que digan: “¡Oh, cuán santos son! ¡Vaya, deben ser muy espirituales!” Absolutamente, no. Debemos hacer estas cosas de tal manera que las personas no se den cuenta de lo que está pasando. Más bien, nuestra preocupación debe ser agradar a Dios. “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15,16). Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 2:12 acerca de su estancia entre los tesalonicenses. Él pudo decir que habían observado su vida y habían visto su justicia. Luego se les instó a que llevaran una vida “[digna] de Dios, que [los] llamó a su reino y gloria”. Debemos tratar de llevar una vida que sea un reflejo de quién es Dios, una vida que sea digna de la confianza que Dios ha puesto en nosotros.

 

Otro motivo para la santificación es que seamos dignos de nuestro llamado. En Efesios 4:1, Pablo dice: “Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.” Dios nos ha dado un alto llamado, y no me refiero sólo a los ministros sino también a todos los cristianos. Así que debemos tratar de adornar el evangelio, viviendo justamente. Mucho daño le ha sido hecho a la causa de Cristo debido a los pecados morales de pastores y creyentes. Pero no es suficiente que nuestra perfección, nuestra santificación, sea sólo una apariencia, algo que nos ponemos, una fachada detrás de la cual nos escondemos. Esa “santificación” se va a agrietar. Dios quiere que seamos verdaderamente santos en nuestros pensamientos, en nuestro corazón, en nuestros deseos, y en nuestras motivaciones. En todo lo que hacemos, Dios quiere que seamos sus hijos santos.

 

En 1 Corintios 9:24-27, sale a la luz otro motivo, y es la de ser apto para el servicio. Aquí Pablo habla de los eventos deportivos patrocinados cada dos años por la ciudad de Corinto y conocidos como los juegos ístmicos. Hace hincapié en que los que se dedican a los juegos se disciplinan para que puedan correr y ganar la carrera. Luego se nos dice que debemos correr de tal manera que obtengamos el premio. En cuanto a sí mismo, dijo: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. Debemos desear sobre todo vivir de tal manera que adornemos el evangelio de Cristo. El poder para santidad y carácter es lo primero, aún por encima de los dones. El primer requisito, el segundo y el tercero para nuestra obra es la piedad personal; sin ella, aunque hablamos lenguas humanas y angélicas, somos como metal que resuena, un monstruoso y poco musical címbalo que retiñe. En las iglesias pentecostales hemos puesto mucho énfasis en el poder para el servicio, y ciertamente eso es importante. “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8). Necesitamos ese poder; pero no sólo en el testimonio y la predicación. Lo necesitamos también para llevar una vida santa. ¡Que Dios nos ayude a ser aptos para el servicio!

 

LOS MEDIOS DE SANTIFICACIÓN

Noventa y una veces en el Nuevo Testamento se denomina “santo” al Espíritu. Él es el Espíritu Santo. Las religiones paganas no hacen hincapié en la santidad o la moralidad. Sus dioses no son santos. El Dios nuestro es santo. Esto lo distingue de todos los así llamados dioses. Y la norma de Dios para su pueblo es sagrada, por lo cual el Espíritu Santo desempaña un papel importante en nuestra santificación, inicialmente y de forma progresiva.

 

En primer lugar, el Espíritu Santo efectúa la santificación en nosotros. En Romanos 15:16, Pablo escribe que los gentiles eran santificados por el Espíritu al recibir el evangelio que él predicaba. Y, a menudo, la Palabra de Dios se asocia con el Espíritu de Dios. Necesitamos esa asociación de la Palabra y el Espíritu. La Palabra dice que los corintios habían sido santificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de Dios (1 Corintios 6:11).

 

Luego, el Espíritu Santo nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo, que es otro medio de santificación por el Espíritu. ¡Qué importante es que controlemos nuestros pensamientos! Las obras de pecado comienzan en la mente, van al corazón, e influyen en la voluntad. Así que el Espíritu nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo. Romanos 8:5-14 es un pasaje clásico en este sentido. Pablo dice: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. … Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.”

 

Como tercer medio de nuestra santificación, el Espíritu Santo produce en nosotros el fruto del Espíritu. Esto es evidente en Gálatas 5:22,23: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz…” Vivir para el Señor es un gozo, y no algo que tenemos que soportar. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos llevar una vida cristiana victoriosa.

Vida Espiritual

Pentecostal sin fruto, no es pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Nuestro Señor Jesucristo expresó su voluntad para nosotros al afirmar: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:8). Muy comúnmente, los Pentecostales y los Carismáticos somos acusados de descuidar el Fruto del Espíritu en preferencia de los Dones, los cuales son más vistosos. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a un balance de los dos, tal como una fruta perfectamente formada en un paquete apropiado y atractivo. Juntos los dos, el paquete y la fruta, hacen un equipo perfecto. De igual manera, los creyentes del Nuevo Testamento vienen a ser como esa fruta bien envuelta y presentable.

Los Dones Espirituales comúnmente son visibles. Al igual que la envoltura de un paquete, es lo primero que se ve y muchas veces son ruidosos (1 Corintios 13:1). La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de ambos, los dones y el fruto. El uso de los Dones debe ser juzgado y evaluado cuidadosamente en cuanto a lo que se dice (1 Corintios 13:29,32) por la asamblea, para el uso apropiado de los dones. Las Escrituras no nos mandan evaluar la madurez cristiana de un creyente por la cantidad de dones que posee, pero Jesús sí nos dijo que debemos evaluar a otros que se dicen creyentes por la manifestación de los frutos que ellos den. Las instrucciones de Dios son que seamos inspectores de frutos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). En ningún lugar en las Escrituras dice “Por sus dones los conoceréis.” Sería como formar una opinión de un campesino por las herramientas que tiene. Debemos de basar nuestra opinión por la cosecha que él produce.

“Por sus Frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20).

Está claro que las herramientas son una parte importante para la siembra, pero no lo son todo. Una manera de ver las cosas en relación con los dones y el fruto del Espíritu sería: Los dones son como las herramientas que Dios nos ha dado para poder producir frutos en su jardín. Si no hay fruto, las herramientas están de más o pierden su razón de ser.

LO QUE NO SON LOS DONES.

Muchos creyentes pentecostales suelen menospreciar el fruto del Espíritu y sobrevalorar los dones debido a que no entienden la naturaleza de estos. Necesitamos entender qué son y qué no son los dones para colocarlos en la dimensión correcta de nuestra vida cristiana.

  1. LOS DONES NO SON SEÑAL DE SANTIDAD: De alguna manera por todo el mundo pentecostal se ha creído y entendido que los dones son señal de santidad. En el Movimiento Pentecostal se ha creído erróneamente, debido a las malas enseñanzas, que aquellos que tienen dones nunca cometen errores. ¡Desafortunadamente no es así! Debemos entender que los dones del Espíritu no son señal de santidad. Este es un malentendido de muchas iglesias. De hecho, los dones del Espíritu muchas veces son dados como instrumentos a personas imperfectas dentro de las iglesias para que lleven fruto. Son dados a personas imperfectas en el cuerpo de Cristo para que les ayuden a perfeccionarse, a fin de que den frutos y no solo estén cubiertos de hojas (Mateo 21:18-19). Cuando las Escrituras hablan de las actitudes y comportamiento humanos, no están hablando de los dones, están hablando de los frutos. La pregunta es: ¿Por qué muchas iglesias prefieren hablar de los dones en vez de los frutos? La gran diferencia es que los dones son dados y los frutos tienen que crecer en uno. El amor, el gozo, la paz y el resto de las virtudes o características que se mencionan en la lista de Gálatas 5:22-23 son frutos que usted y yo tenemos que hacer crecer. Para poder producir frutos hay que trabajar duramente.
  1. FRUTO ES LO QUE SOY, NO LO QUE HAGO: Hemos olvidado algo muy importante en nuestra vida cristiana: El fruto no es lo que nosotros hacemos. Fruto es lo que nosotros somos. Los dones, por sí mismos, no son pruebas de una fortaleza espiritual. En el sistema de valores de Dios el “ser” tiene más alto valor que el “hacer”. ¿Por qué? Simplemente porque ¡Es más fácil liderar un grupo que ser un modelo del fruto del Espíritu! ¡Es más fácil que su nombre sea inscrito en una placa por dar su ayuda financiera a la iglesia, a que le conozcan a usted en la congregación cómo un modelo de amor o de mansedumbre!
  1. EL FRUTO NO NECESARIAMENTE SIGNIFICA GANAR ALMAS: Siempre se ha pensado que cuando se menciona en las Escrituras acerca del fruto se refiere a ganar almas. No estoy diciendo que es una mala interpretación. Creo que legítimamente esto se puede ver en las Escrituras (Proverbios 11:30). Pero también debemos recordar que alguien puedo ser eficaz en hacer prosélitos y no estar dando el fruto que Dios espera de una vida transformada (Mateo 23:15). Es más bíblico decir que el fruto de un creyente se refiere a las características de nuestra naturaleza interna, causada por una actitud de obediencia, regeneración y entrega sincera al Señor.

DEBEMOS PERMANECER EN EL SEÑOR PARA LLEVAR FRUTO.

Para llevar fruto que permanezca debemos permanecer en el Señor. Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15: 4-5,10)

Pero no todo en este proceso de llevar fruto resulta agradable y placentero, ya que es un proceso formativo de nuestro carácter cristiano con miras a alcanzar la madurez del creyente. No debemos olvidar que llevar fruto lleva implícito un proceso de poda. Nuestras “hojas” frecuentemente serán cortadas a fin de que podamos llevar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES MÁS PODEROSO QUE LOS DONES DEL ESPÍRITU.

Pero ¿Por qué Dios le da tanta importancia al fruto del Espíritu? Porque el fruto del Espíritu es más poderoso que los dones del Espíritu. Tampoco quiero ser malinterpretado. No hay manera que pueda desvalorar la importancia de los dones. Pero recordemos esto: Los dones del Espíritu son solamente las herramientas que se le han dado a la iglesia para trabajar en el campo y producir frutos.

Preguntémonos ¿Para quién son los frutos? La respuesta más común es, para el Señor. Lo cual es verdad, pero solo indirectamente. El fruto en nuestra vida produce, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, (Gálatas 5:22), y esto es para los cansados viajeros. Es aquí cuando el fruto del Espíritu viene a ser uno de los instrumentos más dinámicos creados por Dios para alcanzar a los perdidos a través de nuestro ejemplo. El mundo está cansado del pecado. Las personas están profundamente metidas en sus seducciones, en no querer saber de Dios, en sus filosofías, en sus derrotas, están separados de Dios. Ellos saben muy bien cuáles son los canales de televisión cristianos, ellos conocen las estaciones de radio cristianas. Ellos son expertos en sobrepasarlas cuando buscan otras estaciones o canales. Ellos son los que piensan que las iglesias están llenas de hipócritas, y que no hay nadie que los pueda convencer de hacerse cristianos.

Mas sin embargo ellos están sedientos y con hambre. Ciertamente, ellos quizá hayan oído tanto acerca del evangelio que hasta lo pueden oler de lejos para evitarlo. Pues lo que andan buscando no es una religión más. Pero un carácter personal transformado puede ser definido como fruto y puede desarmar las dudas. El fruto cuando está presente puede atraer y alimentar al cansado viajero. El pecado enferma las almas del mundo, debilitándolas por medio del pecado, pero pueden ser bendecidas por el fruto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 35).

Esta es la manera como trabaja el fruto del Espíritu: Cuando usted se encuentre uno de esos cansados viajeros y él le diga “Las iglesias me enferman, no quiero saber nada de religión”, usted le mostrará sus frutos y ellos desearán probar de él. Cuando ellos vean su humildad, su bondad, su amor, su fe, su gozo, le van a preguntar, “¿Dónde puedo obtener lo mismo?”. Es muy posible que muchos de ellos nunca hayan conocido lo suficiente del evangelio para llegar a saber de sus pecados y la necesidad de un Salvador. El Cristo y el evangelio que usted y yo reflejemos quizá sea el único que lleguen a conocer. Sin el fruto adecuado, jamás podremos presentar a Cristo de forma eficaz, incluso poseyendo los dones.

La belleza del fruto, valorada grandemente por el Señor, atraerá las almas a un lugar de arrepentimiento y asociación con Jesús. Debería preocuparnos que en nuestras iglesias pentecostales no se valore tanto el fruto como los dones del Espíritu. Es algo que no se enseña en muchas de nuestras iglesias, pero en el Nuevo Testamento el llevar frutos fue la herramienta más grande que tuvieron para evangelizar.

CONCLUSIÓN.

La prueba de la transformación de un alma es el fruto (1 Juan 3:14). Mostrar frutos cambia nuestras vidas y las de los demás (Juan 13:15; 1 Tesalonicenses 1:7,8). Claramente los frutos de los tesalonicenses (gozo, la fe) fueron ejemplos no solo en Macedonia sino también en todo lugar que se mencionó su testimonio.

El fruto que damos dice todo de nosotros: ” No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto” (Lucas 6:43). Las cualidades que le agradan a Dios en una vida madura son las mismas cualidades que los ojos de un pecador ven en nosotros: ” En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Solo recuerda: La madurez en Cristo no es descuidar los dones para alcanzar los frutos o viceversa, sino balancear los dos de tal manera que podamos complacer al Padre y sanar las naciones.