Cristología, Herejías Cristológicas

Herejías cristológicas antiguas y modernas

 Por Fernando E. Alvarado. 

INTRODUCCIÓN.

Una herejía es una creencia o teoría controvertida o novedosa, en el ámbito religioso, que entra en conflicto con el dogma establecido. Se diferencia de la apostasía, que es la renuncia formal o abandono de una religión, y de la blasfemia, que es la injuria o irreverencia hacia la religión. Basándose en la etimología griega de la palabra, que proviene de hairesis (αἵρεσις), que significa una elección o un grupo de creyentes, es una escuela del pensamiento o una opinión particular o específica sobre un punto de doctrina determinado. La palabra “herejía”, por lo tanto, encierra el concepto de error y desviación de las enseñanzas y doctrinas que van contra un sistema de fe ya estructurado, o bien sometido a examen y finalmente aprobado con una definición de base inmutable. Desde el tiempo de los apóstoles abundaron las herejías: unas negaban la divinidad de Jesucristo, otras su humanidad y otras amalgamaban la doctrina cristiana con otras religiones, etc.[1]

Nuestra definición de herejía va más allá de cualquier contradicción al dogma de una religión o de un concilio eclesiástico. Para los cristianos evangélicos, la autoridad y suficiencia de la Biblia es incuestionable. Creemos firmemente que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21). Por tal motivo, cualquier desviación de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras y la sana doctrina en ellas contenida, es considerada una herejía.

En este artículo, se abordarán algunas de las más conocidas herejías cristológicas, tales como el docetismo, el adopcionismo, el ebionismo, el arrianismo, el apolinarismo, el monotelismo, el monofisismo, el modalismo y el nestorianismo, entre otras. Como creyentes es nuestro deber contender “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). De forma particular, es prioritario defender, proclamar y enseñar la Deidad de Cristo en un mundo donde dicha verdad, fundamental para la fe cristiana, está siendo cuestionada y debatida

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16).

“Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.” (2 Juan 7)

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¿QUÉ ES LA CRISTOLOGÍA?

La Cristología se define como la rama de la teología que trata de nuestro Señor Jesucristo y abarca en su totalidad las doctrinas que se refieren tanto a la persona de Cristo como a sus obras.

La Cristología evangélica considera a Jesucristo como la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, la Palabra o Verbo del Padre, quien se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre. Tales misterios, aunque ya habían anunciados en el Antiguo Testamento, fueron revelados en su totalidad en el Nuevo Testamento y desarrollados con claridad en la Tradición Cristiana y la Teología. Por eso el presente artículo aborda este tema bajo el triple aspecto del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y de la Tradición Cristiana.[2]

A.    CRISTOLOGÍA VETEROTESTAMENTARIA

El Antiguo Testamento cubre alrededor de tres cuartas partes de nuestra Biblia. Sin embargo, para muchos cristianos hoy día el contenido de esa porción de la biblia es desconocido. Muchos cristianos incluso se preguntan ¿Por qué estudiar el Antiguo Testamento si estamos viviendo bajo el Nuevo Pacto enseñado? La respuesta es sencilla: porque el Antiguo Testamento trata acerca del mismo tema. El Antiguo Testamento trata acerca de Cristo.

Los santos del Antiguo Testamento tuvieron fe en Cristo, en el Mesías que iba a venir. Su fe no era una fe general acerca de Dios sino fe en Cristo, el que iba a venir a destruir las obras de Satanás. En Juan 8:56, Jesucristo afirmó: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” De acuerdo con Jesús, Abraham, quien vivió 2,000 años antes de Cristo, creyó en la promesa que el Mesías vendría a salvar el mundo por su muerte. Es claro que hay ciertas diferencias entre ambos Testamentos: el vocabulario es diferente, la claridad es diferente (Abraham creyó en la sombra y figura de lo que habría de venir, nosotros conocemos la realidad), además, la dirección fue diferente (Abraham miró hacia la venida futura de Jesús, pero nosotros miramos hacia atrás, porque Él ya vino). Pero la esencia y el enfoque es el mismo.  En Juan 5:39, 46 Jesús vuelve a afirmar: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí… Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.”

Si Jesús afirmó que el Antiguo Testamento hablaba de Él, dicha afirmación es totalmente cierta. Las referencias a la genealogía humana del Mesías son numerosas en el Antiguo Testamento. Se le representa como la semilla de la mujer, el hijo de Sem, el hijo de Abraham, Isaac y Jacob, el hijo de David, el príncipe de los pastores, el retoño de la rama del cedro (Génesis 3:1-19; 9:18-27; 12:1-9; 17:1-9; 18:17-19; 22:16-18; 26:1-5; 27:1-15; Números 24:15-19; 2 Reyes 7,:1-16; 1 Crónicas 17:1-17; Jeremías 23:1-8; 33:14-26; Ezequiel 17). El Salmista real exalta la genealogía divina del futuro Mesías en las palabras: “Mi hijo eres tú, yo te engendré hoy” (Salmo 2:7).

Los profetas frecuentemente hablan del nacimiento del Mesías esperado y lo ubican en Belén de Judá (Miqueas 5:2-14); determinan su tiempo por de la sucesión del cetro de Judá (Génesis 49:8-12), por las setenta semanas de Daniel (9:22-27) y por el “breve tiempo” mencionado en el libro de Hageo (2:1-10). Los profetas del Antiguo Testamento también vieron que el Mesías había de nacer de una madre virgen (Isaías 7:1-17) y que su aparición, al menos la pública, sería antecedida por un precursor (Isaías 40:1-11; Malaquías 4:5-6).

Ciertos eventos conectados con la infancia del Mesías fueron considerados tan importantes que constituyen el objeto de predicciones proféticas. Entre esas está la adoración de los magos (Salmo 81:1-17), la matanza de los Inocentes (Jeremías 31:15-26) y la huida a Egipto (Oseas 11:1-7). Indudablemente en el caso de estas tres profecías, como en el de muchas otras, su cumplimiento es su mejor comentario, pero ello no ignora el hecho de que los eventos a que aluden fueron realmente predichos.

En el libro de Daniel Jesús es descrito como el “Hijo del Hombre” (7); en Malaquías es el “Sol de justicia” (4:2); en Isaías es el “Salvador” (62); el “Siervo de Jehová” (49), el “Emmanuel” (8:1-10), el “Príncipe de la Paz” (9:7). Los oficios mesiánicos se consideran en forma general en la parte posterior de Isaías (61). En particular, se considera al Mesías como un profeta en el libro del Deuteronomio (18:15-22); como rey en el cántico de Ana (1 Samuel 2:1-10) y en el canto real del Salmista (Salmo 45); como sacerdote en la figura sacerdotal de Melquisedec (Génesis 14:17-20) y en las palabras del salmo 110: “sacerdote para siempre”; como libertador, en la segunda parte de Isaías (63:1-6); como mediador del Nuevo Testamento, bajo la forma de una alianza con el pueblo (Isaías 42:1), y de la luz de los gentiles (Isaías 49).

En cuanto a la vida pública del Mesías, Isaías nos da una idea general de la totalidad con que el Espíritu se le da al Ungido (11:1-16), y del trabajo mesiánico (cap. 4). El Salmista presenta una descripción del Buen Pastor (cap. 22). Isaías resume los milagros mesiánicos (cap. 35). Zacarías exclama: “Regocíjate grandemente, Hija de Sión”, prediciendo así la solemne entrada de Cristo a Jerusalén. El Salmista se refiere a ese mismo evento cuando menciona la alabanza que sale de la boca de los infantes (Salmo 8). Y el salmista alude al mismo misterio cuando habla de la piedra rechazada por los constructores (Salmo 118:22).

¿Hará falta mencionar que los sufrimientos del Mesías fueron totalmente predichos por los profetas del Antiguo Testamento? La idea general de una víctima mesiánica aparece en el contexto de las palabras “sacrificio y ofrenda no te agrada” (Salmo 40:6). Además, la serie de acontecimientos particulares que constituyen la historia de la pasión de Cristo ha sido descrita por los profetas con notable minuciosidad. El Salmista se refiere a la traición en las palabras: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alza contra mí el calcañar” (41:9); y Zacarías sabe de las “treinta piezas de plata” (11:12-13); el Salmista que ora desde la angustia de su alma es figura de Cristo en su agonía (Salmo 55); su captura está profetizada en las palabras “perseguidle… apresadle” y “Se atropella la vida del justo” (Salmo 71:11; 94:21); el juicio fundado en falsos testimonios puede encontrarse representado en las palabras “Porque se han alzado contra mi testigos falsos, y los que respiran crueldad” (Sal 27:12); la flagelación está retratada en la descripción del Varón de dolores (Isaías 53:3; 53:12) y en las palabras “Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; me despedazaban sin descanso” (Salmo 35:15); la suerte del traidor queda dibujada en las imprecaciones del Salmo 109; la crucifixión es mencionada en los pasajes “¿Qué heridas son estas en tus manos?” (Zacarías 13:6), y “horadaron mis manos y mis pies” (Salmo 22:16-18). La oscuridad milagrosa sucede en Amós 8:9; la hiel y el vinagre son mencionados en el Salmo 69:21; la herida del costado de Cristo es anunciada en Zacarías 12:10. El sacrificio de Isaac (Génesis 22:1-14), el cordero sacrificial (Levítico 16:1-28), las cenizas de la purificación (Números 19:1-10) y la serpiente de bronce (Números 21:4-9) tienen un lugar prominente entre las figuras del Mesías sufriente. Incluso el capítulo tercero de las Lamentaciones es considerado correctamente como el discurso funerario de nuestro Redentor sepultado.

Por último, la gloria del Mesías ha sido prevista por los profetas del Antiguo Testamento. El contexto de frases tales como “en el tercer día nos resucitará” (Oseas 6:1-2), “Oh muerte, yo seré tu muerte” (Oseas 13:13-14), y “Sé que mi redentor vive y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25) llevaban al devoto creyente judío a algo más que una simple restauración temporal, cuyo cumplimiento comenzó a cumplirse en la resurrección de Cristo. Este misterio también está implícito, al menos como tipología, en las primeras frutas de la cosecha (Levítico 23:9-14) y en el rescate de Jonás del vientre de la ballena (Jonás 2). Pero no es sólo la resurrección del Mesías el único elemento de la gloria de Cristo que fue predicho por los profetas. Daniel 2:27-47, al reino del Mesías comparado con el reino del mundo. La Segunda Venida (Zacarías 14) y el Reino Milenial (Isaías 11, Miqueas 4) son también predichos en el Antiguo Testamento.

Los libros del Antiguo Testamento nos permiten conocer las ideas mesiánicas del judaísmo precristiano y preservan una imagen del pensamiento judío que data de siglos antes del nacimiento de Cristo. Tal como Jesús lo afirmara, el antiguo Testamento habla de Él. La Cristología puede hallar un cúmulo de abundante riqueza en las páginas del Antiguo Testamento.

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B.    CRISTOLOGÍA NEOTESTAMENTARIA

Los autores del Nuevo Testamento presentan a Jesús como Señor, Dios y Cristo, a quien el Padre exaltó al resucitarlo de entre los muertos:

1.    CRISTOLOGÍA PAULINA

Pablo insiste en la verdadera humanidad y divinidad de Cristo. Las expresiones “forma de siervo, hecho semejante a los hombres” y “en semejanza de carne de pecado” (Filipenses 2:7; Romanos 8:3) pueden parecer como lesivas a la humanidad real de Cristo en la enseñanza paulina. Mas en realidad ellas únicamente describen un modo de ser o dejan entrever la presencia de una naturaleza superior en Cristo que no es visible a los sentidos. Por otro lado, el apóstol habla abiertamente de Nuestro Señor manifestado en la carne (1 Timoteo 3:16); poseedor de un cuerpo de carne (Colosenses 1:22); “nacido de mujer” (Gálatas 4:4); nacido de la simiente de David según la carne (Romanos 1:3); perteneciente según la carne al pueblo de Israel (Romanos 9:5). En cuanto judío, Jesucristo nació bajo la Ley (Gálatas 4:4). El apóstol hace énfasis en la verdadera participación de nuestro Señor en nuestra debilidad humana física (2 Corintios 13:4), en su vida de sufrimiento (Hebreos 5:8) (Estudios recientes han demostrado que la Epístola a los Hebreos, durante siglos atribuida al apóstol Pablo a raíz del encabezado de la misma en la Vulgata, no es obra del apóstol, aunque sí parece notarse en ella la influencia de sus ideas. Su autor permanece anónimo) que culmina con su pasión y muerte (Filipenses 3:10; Colosenses 1:24). En sólo dos aspectos difiere la humanidad de nuestro Señor del resto de los hombres. Primero, en su ausencia total de pecado (2 Corintios 5:21; Gálatas 2:17; Romanos 7:3). Segundo, en el hecho de que nuestro Señor es el segundo Adán, que representa a todo el género humano (Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:45-49).

Según Pablo, la superioridad de la revelación cristiana sobre toda otra manifestación divina, y la perfección del Nuevo Pacto con su sacrificio y sacerdocio, se derivan del hecho que Cristo es el Hijo de Dios (Hebreos 1:1; 5:5; Romanos 1:3; Gálatas 4:4; Efesios 4:13; Colosenses 1:12; 2:9). El apóstol entiende la expresión “Hijo de Dios” no como una mera dignidad moral, ni como una relación puramente externa con Dios, iniciada en el tiempo, sino como una relación eterna e inmanente entre Cristo y el Padre. Compara a Cristo con Aarón y sus sucesores, Moisés y los profetas, y lo encuentra superior a éstos (Hebreos 1,1; 3:1-6; 5:4; 7:1-22; 10:11). Eleva a Cristo sobre los ángeles y lo hace Señor de los mismos (Hebreos 1:3; 2:2-3; 14); lo sienta a la derecha del Padre como heredero universal (Hebreos 1:2-3; Gálatas 4:14; Efesios 1:20-21). Si bien Pablo se ve obligado a usar los términos “forma de Dios” e “imagen de Dios” al hablar de la divinidad de Cristo, para poder mostrar la distinción personal entre el Padre Eterno y el Hijo Divino (Filipenses 2:6; Colosenses 1:15), Cristo no es simplemente la imagen y la gloria de Dios (2 Corintios 11:7), sino también el primogénito de toda la creación (Colosenses 1:15), en quien, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Colosenses 1:16), en quien la plenitud de la divinidad reside. Para Pablo “Cristo… es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:5).

2.    CRISTOLOGÍA DE LAS EPÍSTOLAS UNIVERSALES

Las epístolas de Juan serán consideradas junto con los demás escritos del mismo apóstol en el siguiente apartado. Bajo el presente encabezado señalaré brevemente los puntos de vista sostenidos por los apóstoles Santiago, Pedro y Judas relativos a Cristo.

a)    La Epístola de Santiago

El objetivo principal de la Epístola de Santiago no nos permite esperar que la divinidad de nuestro Señor quede en ella expresada formalmente como una doctrina de fe. Empero, esa doctrina está implícita en el lenguaje del escritor inspirado. Él profesa que su relación con Cristo es idéntica a la que tiene con Dios, y que es siervo de ambos (1:1). Aplica los mismos términos al Dios del Antiguo Testamento y a Jesucristo. Jesucristo es tanto el juez soberano como legislador independiente, que puede salvar y destruir (4:12). La fe en Jesucristo es la fe en el Señor de la gloria (2:1). Si no se admite la firme fe del autor en la divinidad de Jesucristo el lenguaje de la epístola constituiría una forzada exageración.

b)    La Cristología de Pedro

Pedro se presenta a sí mismo como siervo y apóstol de Jesucristo (1 Pedro 1:1; 2 Pedro 1:1), quien fue anunciado por los profetas del Antiguo Testamento de modo tal que esos mismos profetas fueron también siervos, heraldos e instrumentos de Jesucristo (1 Pedro 1:10-11). Es el Cristo preexistente quien modula las expresiones de los profetas de Israel al proclamar los anuncios de su venida. Pedro ha sido testigo de la gloria de Jesús en la Transfiguración (2 Pedro 1:16). Parece disfrutar la enumeración de los títulos de su Señor: Nuestro Señor Jesús (2 Pedro 1:2); Nuestro Señor Jesucristo (1:14-16); Señor y Salvador (3:2); Nuestro Dios y Salvador Jesucristo (1:1); cuyo poder es divino (1:3); a través de cuyas promesas los cristianos participan de la naturaleza de Dios (1:4). Es como si a lo largo de su carta, el apóstol Pedro experimentase la divinidad que confiesa respecto de Jesucristo.

c)     Epístola de Judas

También Judas se presenta a sí mismo como siervo de Jesucristo, gracias a cuya unión los cristianos perseveran en la vida de la fe y santidad (v. 1). Cristo es nuestro único Señor y Salvador (v. 4), que castigó a Israel en el desierto al igual que hizo con los ángeles rebeldes (v. 5). Él vendrá a juzgarnos rodeado de miríadas de santos (v. 14). Los cristianos dirigen a Él su vista en busca de misericordia y Él se las mostrará cuando venga (v. 21). La pregunta sería: ¿Puede un Cristo meramente humano ser el objeto de esa clase de lenguaje? ¿O es que judas creía que Jesús era divino?

3.    CRISTOLOGÍA JUANINA

Aunque no hubiera nada más en el Nuevo Testamento para probar la divinidad de Cristo, los primeros catorce versículos del Cuarto Evangelio bastarían para convencer a cualquiera que creyera en la Biblia acerca de la Divinidad de Nuestro Señor. La doctrina del prólogo de ese evangelio constituye la idea fundamental de toda la teología juanina. El Verbo hecho carne, por un lado, es idéntico al Verbo que existía desde el principio y, por otro, con Jesucristo, el protagonista del Cuarto Evangelio. El Evangelio todo es la historia de la Palabra Eterna viviendo entre los hombres.

La enseñanza del Cuarto Evangelio también se halla en las epístolas juaninas. Desde las palabras de apertura el autor informa a sus lectores que la Palabra de vida ha sido manifestada y que los Apóstoles han visto, escuchado y tocado al que es la Palabra encarnada. La negación del Hijo significa la pérdida del Padre (1 Juan 2:23), y “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” (1 Juan 4:15). Es más enfático aún el escritor hacia el fin de la epístola: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.” (1 Juan 5:20).

Según el Apocalipsis, Cristo es el primero y el último, el alfa y el omega, el eterno y el todopoderoso (1:8; 21:6; 22:13). Es el Rey de reyes y Señor de los señores (19:16), el centro de la corte celestial (5:6). Él recibe la adoración de los ángeles más elevados (5:8) y es objeto de adoración ininterrumpida, en asociación con su Padre (5:13; 17:14)

4.    CRISTOLOGÍA DE LOS SINÓPTICOS

Hay una diferencia real entre la presentación del Señor que hacen los tres primeros evangelistas y la que hace el apóstol Juan. La verdad presentada por estos escritores podrá ser idéntica, pero es vista desde diferentes puntos de vista. Los tres Sinópticos resaltan la humanidad de Cristo en su obediencia a la ley, en su poder sobre la naturaleza, y su ternura hacia los débiles y afligidos. El Cuarto Evangelio no subraya los aspectos de la vida de Cristo que pertenecen a su humanidad, sino los que denotan la gloria de la Persona Divina, manifestada ante los hombres bajo forma visible. Pero a pesar de esas diferencias, los Sinópticos, a través de sus sutiles sugerencias, prácticamente anticipan la enseñanza del Cuarto Evangelio. Tal sugerencia está implícita, primero, en la aplicación sinóptica de la palabra “Hijo de Dios” a Jesucristo. Jesús es el Hijo de Dios, no meramente en sentido ético o teocrático, ni tampoco para decir que es uno entre varios hijos sino dejando claro que Él es el único, amadísimo Hijo del Padre, con una filiación no participada por nadie más y totalmente única (Mateo 3:17; 17:5; 22:41; 4:3, 9; Lucas 4:3, 9). Su filiación se deriva del hecho de la venida del Espíritu Santo sobre María y de que el Altísimo la ha cubierto con su sombra (Lucas 1:35). Igualmente, los Sinópticos implican la divinidad de Cristo en su descripción de la Navidad y de las circunstancias que rodearon a ésta; Él es concebido por obra del Espíritu Santo (Lucas 1:35) y su madre sabe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque el todopoderoso ha hecho en ella grandes cosas (Lucas 1:48). Isabel la llama “bendita entre todas las mujeres”, bendice al fruto de su vientre y se maravilla de que la madre de su Señor haya ido a visitarla (Lucas 1:42-43). Gabriel saluda a María llamándola “llena de gracia”, “bendita entre las mujeres”; le vaticina que su Hijo será grande y llamado Hijo del Altísimo y que su reino no tendrá fin. (Lucas 1:28, 32). El Cristo recién nacido es adorado por los pastores y los magos, representantes de los mundos judío y gentil; gloria de su pueblo, Israel (Lucas 2:30-32). Esas narraciones difícilmente caben en la descripción de un niño humano normal, pero sí adquieren significado a la luz del Cuarto Evangelio.

Los Sinópticos concuerdan con la enseñanza del Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo no únicamente en cuanto al uso que dan a la palabra “Hijo de Dios” y en las descripciones del nacimiento de Cristo y sus detalles. También lo hacen en las narraciones de la doctrina, vida y trabajos de Nuestro Señor. El mismo término Hijo del Hombre, aplicado frecuentemente por ellos a Jesús, se utiliza de tal manera que demuestra a Jesucristo como a alguien consciente de sí mismo y para quien el elemento humano no es algo primario, sino secundario. Muchas veces Cristo es simplemente llamado Hijo (Mateo 11:27; 28:20) y, correspondientemente, Él nunca llama al Padre “nuestro” Padre, sino “mi” Padre (Mateo 18:10, 19:35; 20:23; 26:53). Él recibe el testimonio del cielo durante su bautismo y transfiguración acerca de su filiación divina; los profetas del Antiguo Testamento no son rivales sino siervos en comparación con Él (Mateo 21:34). El título de “Hijo del Hombre”, así, significa una naturaleza para la que la humanidad de Cristo era accesoria. Igualmente, Cristo declara tener el poder de perdonar los pecados y da soporte a esa declaración con sus milagros (Mateo 9:2-6; Lucas 5:20, 24). Insiste en la fe hacia sí (Mateo 16:16-17); incluye su nombre en la fórmula bautismal entre el del Padre y el Espíritu Santo (Mateo 28:19); sólo Él conoce al Padre y sólo el Padre lo conoce a Él (Mateo 11:27); instituye la ordenanza de la Santa Cena (Mateo 26:26; Marcos 14:22; Lucas 22:19). Padece y muere para resucitar al tercer día (Mateo 20:19; Marcos 10:34; Lucas 18:33); y sube al cielo, pero no sin antes prometer que estará con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

Es indiscutible que las afirmaciones de Cristo respecto a tener la más alta dignidad personal están claras en los discursos escatológicos de los Evangelios Sinópticos. Él es el Señor del universo material y moral. Como Supremo Legislador, Él es el punto de referencia de toda ley; como Juez Final, Él determina el destino de todos. Aún si quitamos el Cuarto Evangelio del canon del Nuevo Testamento todavía tendríamos en los Evangelios Sinópticos una doctrina idéntica a la que se nos da en el Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo. Algunos puntos de esa doctrina quizás estarían menos claramente expuestos de lo que están ahora, pero seguirían siendo substancialmente iguales.

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C.    DESARROLLO DE LA CRISTOLOGÍA EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA Y LA TEOLOGÍA PROTESTANTE

La cristología bíblica muestra que Jesucristo es a la vez Dios y hombre. Mientras que la tradición cristiana siempre ha sostenido la triple tesis de que Cristo es verdadero Dios, verdadero hombre y que el hombre-Dios, Jesucristo, es una única e indivisible persona, las teorías erróneas y heréticas de varios líderes religiosos han forzado a la Iglesia Cristiana, a lo largo de la historia, a insistir más fuertemente en uno u otro de los elementos de su cristología. Una clasificación de los principales errores y de la correspondiente reacción de la Iglesia de ese tiempo, no muestra el desarrollo histórico de la doctrina de la Iglesia con suficiente claridad.

1.    NEGACIÓN DE LA HUMANIDAD DE CRISTO

Desde los primeros tiempos de la Iglesia fue negada la verdadera humanidad de Jesucristo. El docetista Marción y los priscilianistas llegaron a afirmar que Jesús tenía un cuerpo aparente. Los valentinianos, otro grupo herético, creían que Jesús moraba en un cuerpo traído del cielo. Los seguidores de Apolinario negaban que Jesús tuviera un alma humana, o que poseyera la parte superior del alma humana y por ello sostenían que el Verbo proveía la totalidad del alma de Cristo o por lo menos sus facultades superiores.

2.    NEGACIÓN DE LA DIVINIDAD DE CRISTO

Ya desde los tiempos apostólicos la Iglesia veía la negación de la divinidad de Cristo como algo eminentemente anticristiano (1 Juan 2:22-23; 4:3; 2 Juan 7). Los primeros mártires, los denominados Padres de la Iglesia más antiguos y las primeras liturgias eclesiásticas concuerdan en su profesión de la divinidad de Cristo. Aun así, los ebionitas, teodocianos, artemonitas y fotinianos veían a Cristo como un simple hombre, si bien dotado de una sabiduría divina, o como una apariencia de un Eón emanado del Ser divino según la teoría gnóstica, o también como una manifestación de ese mismo ser, pero siguiendo las aseveraciones de los sabelianos y patripasionistas teístas y panteístas. Finalmente, otros lo reconocían como el Verbo encarnado, pero concebido de acuerdo con la opinión arriana, como una criatura intermedia entre Dios y el mundo, distinta esencialmente del Padre y del Espíritu Santo.[3]

3.    LOS CREDOS DE LA IGLESIA ANTIGUA

Ante el avance de las herejías y el peligro de que se pervirtiera la fe cristiana, la iglesia reaccionó convocando concilios, definiendo de forma clara la fe cristiana ortodoxa y redactando credos como testimonio de dicha fe. Uno de ellos, el Concilio de Nicea, buscaba combatir las herejías cristológicas de la época, principalmente el arrianismo. El Concilio de Nicea tuvo lugar en el año 325 bajo el liderazgo del Emperador Constantino y es aceptado por la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Anglicana y muchos grupos e iglesias Protestantes. El Credo de Nicea, resultado final de dicho Concilio, es una profesión o declaración de fe adoptada por los líderes cristianos de la época. Si bien las definiciones de Nicea tratan directamente de la doctrina de la Trinidad, también enseñan que Jesús, el Hijo de Dios, es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo, estableciendo así la divinidad de Jesucristo, el Verbo Encarnado.[4]

El Credo de Nicea

En general, el Credo de Nicea expresa una clara declaración de fe con respecto a las creencias cristianas fundamentales. El Credo de Nicea afirma acerca de Jesucristo:

“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.”[5]

Pero el Credo de Nicea no fue el único en redactarse para combatir la herejía. Otros credos importantes en la historia de la iglesia, aceptados incluso por la mayoría de las confesiones protestantes históricas, y que definieron la cristología del cristianismo ortodoxo, fueron el Credo de los Apóstoles, el Credo de Calcedonia y el Credo de Atanasio.

El Credo de los Apóstoles

El Credo o Símbolo de los Apóstoles probablemente se originó, en su forma actual, en la Galia, en el siglo V​ ligado a formas anteriores como “Jesús es el Señor”​ y la fórmula trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu Santo, ​ que aparecen en el Nuevo Testamento.[6] Dicho Credo afirma:

“Creo en Dios Padre, Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra. Creo en Jesucristo, Su Unigénito Hijo, nuestro Señor quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María; sufrió bajo Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió al infierno; al tercer día resucitó de entre los muertos; ascendió al cielo, y se sentó a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo, y la vida eterna. Amén.”[7]

El Credo de Calcedonia

El Concilio de Calcedonia fue un concilio ecuménico el cual se realizó del 8 de octubre al 1 de noviembre del año 451 en Calcedonia, ciudad de Bitinia, en Asia Menor, para combatir la herejía monofisita. Dicho Concilio dio lugar al Credo de Calcedonia, cuyas definiciones dogmáticas han sido desde entonces reconocidas como infalibles por la Iglesia católica y por la Iglesia ortodoxa, así como también por la Comunión anglicana, el luteranismo y las iglesias reformadas. Dicho Credo reza:

“Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. Amén.”[8]

El Credo de Atanasio

El Credo de Atanasio es una declaración de fe centrada en la doctrina Trinitaria, generalmente atribuida a Atanasio de Alejandría (296-373 d.C.) quien fuese obispo de Alejandría. Atanasio es considerado el campeón de la defensa de la ortodoxia trinitaria frente a la herejía arriana en el Concilio de Nicea, no obstante, su autoría sobre este credo ha sido refutada. El teólogo reformado holandés Gerardo Vossius (1577 – 1649) fue la primera persona en poner en duda la autoría del Credo Atanasiano. Las razones para negar la autoría de Atanasio sobre el Credo que lleva su nombre son, en primer lugar, porque el Credo está escrito en latín y no en griego, que era la lengua de Atanasio. En segundo lugar, porque no es mencionado por ningún contemporáneo ni por ninguno de los Concilios ecuménicos. Finalmente, el Credo no se utiliza en la Iglesia oriental, de donde provenía Atanasio, sino en la Iglesia occidental; lo que hace pensar que su origen se encuentra en la antigua Iglesia de occidente. Por otra parte, el Credo utiliza terminología idéntica a la de la obra Sobre la Trinidad (publicada en el 415) de Agustín de Hipona (354 – 430), lo que contribuye a la tesis de que su origen se encuentra en la Iglesia occidental. Además, es citado por Cesáreo de Arlés (470 – 542) y mantiene un estilo muy similar al de las obras teológicas de Vicente de Lerins (445 d.C.), por lo que lo más probable es que su origen se encuentre en el sur de la actual Francia.[9] La ortodoxia del Credo, sin embargo, es incuestionable:

“Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Universal. El que no guardare esta fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente. Y la Fe Universal es ésta: que adoramos a un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia. Porque es una la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; más la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu es toda una, igual la Gloria, coeterna la Majestad. Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo. Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno; como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un solo increado y un solo incomprensible. Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así también, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor es el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque, así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas de por sí es Dios y Señor, así la religión cristiana nos prohíbe decir que hay tres Dioses o tres Señores. El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado. El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad nadie es primero ni postrero, ni nadie mayor ni menor; sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y coiguales. De manera que, en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la Trinidad en Unidad. Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad. Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, de la Sustancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Sustancia de su Madre, nacido en el mundo; perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne Humana; igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad. Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no es dos, sino un solo Cristo; uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios; uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona. Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo Cristo; El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios Todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras. Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la Fe Universal, y quien no lo crea fielmente no puede salvarse. Amén.

En resumen, los credos sostenidos por la ortodoxia cristiana afirman la plena deidad y humanidad de Cristo. Toda sana cristología protestante acepta como válidos los postulados de los credos anteriormente mencionados, considerándolos expresiones válidas de la fe cristiana bíblica e histórica. El protestantismo ortodoxo, del cual formamos parte, afirma la unión hipostática de la persona de Jesús.[10] En Jesucristo se reúnen hipostáticamente su naturaleza humana y su naturaleza divina. O sea, están unidas en la hipóstasis o persona del Verbo.

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III.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS ANTIGUAS

Las primeras herejías de la época patrística (ss. I-III) negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera. Son las doctrinas docetas del cuerpo aparente de Jesús, que ya denunciaban la primera y segunda carta de Juan e Ignacio de Antioquía. Estas ideas descabelladas de un Cristo sin cuerpo real comenzaron a tomar forma en los sistemas gnósticos. Otro modo de negar la verdadera humanidad de Jesús fue la herejía de Apolinar difundida en los siglos IV-V. Este error no rechazaba la carne de Cristo sino su alma humana. Negaba la completa humanidad de Jesús al predicar un Jesús sin alma. El Verbo ocupaba el lugar del alma y lo hacía todo. De ese modo quedaba eliminado el mundo interior de Cristo hombre. También ocurrió frecuentemente lo contrario de lo anterior: La negación de Su Divinidad. En la siguiente tabla podemos observar las principales herejías cristológicas que sacudieron la iglesia antigua.

Cuadro Descriptivo de Herejías Cristológicas[11]

Ebionitas Niegan la divinidad de Jesús. Aceptan solo su humanidad. Se dieron 2 tipos: 1) Aceptan la virginidad de María, ya que no la interpretaba como una prueba de la filiación divina de Jesucristo. Éste, simple hombre o última de las siete reencarnaciones de Adán, tiene la misión de llevar a los hombres al conocimiento de la Ley en la cual consiste la única salvación. 2) Jesús sería fruto de un matrimonio entre una «joven» con un carpintero. Jesús percibía la inclinación al pecado como todos los hombres, y su elección, anunciada de antemano por los profetas, debía reducirse a su buena conducta.
Adopcionismo Se dieron dos tipos: 1) De Teodoto de Bizancio: Cristo era solamente un hombre, al que Dios adoptó como hijo en el momento de su bautismo y al que confirió una potencia divina para que pudiera llevar a cabo su misión en el mundo. 2) Pablo de Samosata, de Antioquía: para conservar la unidad divina, sostenía que Jesús no era Dios sino un hombre como los demás, pero con la diferencia de que, a él, el Verbo se le había comunicado de una manera especial, inhabitado en él, como si estuviera poseído por Dios.
Docetismo Herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo. Por su etimología viene de la voz griega dokéo, parecer, dókesis, apariencia. Sirve para designar el error de los que se niegan a admitir que Jesucristo ha sido hombre verdadero, con cuerpo de carne como el nuestro. Por consiguiente, sería pura ilusión o apariencia todo lo que los Evangelios cuentan y la Iglesia enseña sobre la concepción humana de Cristo, su nacimiento y su vida, sobre su pasión, muerte y resurrección. Dios se presenta con apariencia humana. Es un cuerpo aparente. ¿Cuál es el problema soteriológico? No se redime la humanidad.
Apolinarismo El Obispo Apolinar, con el objeto de poner de relieve la personalidad divina de Cristo, afirmó que Cristo no tenía un alma propiamente humana, sino que el Verbo encarnado había tomado el lugar de esta alma; por lo mismo, ya no se podía hablar más de dos naturalezas sino de una única naturaleza y de una única persona en Cristo
Arrianismo Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (…), el mismo Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de ser hecho, y también Él tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea llamado Dios, no es verdaderamente tal”. En consecuencia, para Arrio el Hijo era una especie de Demiurgo, un segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre Dios y las criaturas, no engendrado sino creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su enérgico rechazo a la doctrina de la generación estuvo motivado en impedir, por considerarlo inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único. Tampoco llegó al extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo, creía que Cristo no era una persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra parte, su interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó el lugar del alma humana, por lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas relativas al Espíritu Santo siguieron la misma suerte que las del Verbo, esto es, resaltó su condición de creatura, pero de un rango aún inferior a la de Aquél.
Monofisismo o eutiquianismo Sostenía que la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida por la divina, produciéndose la unión física de lo humano y divino en una sola naturaleza (fisis), o sea la divina. Así, se negaba la realidad de la naturaleza humana de Cristo que, al ser absorbida por la divina, la carne no sería sino mera apariencia.
Monotelismo Afirmaba que Cristo no tuvo voluntad humana, solamente voluntad divina. Se le priva a Cristo de tener libre albedrío humano para escoger y decidir.
Nestorianismo Nestorio afirmaba que las propiedades divinas del Logos/Hijo no pueden atribuirse al hombre Jesús ni las humanas al Logos/Hijo; por eso no puede decirse que el Verbo nació, fue engendrado, murió, ni que Jesús es inmortal.

Nestorio afirmaba que no se podían atribuir al Hombre Jesús de Nazaret las propiedades del Verbo Hijo ni atribuir las propiedades del Verbo al Hombre/Jesús.

Escuela de Alejandría La del Logos-sarx, al concentrar su atención en el Verbo como sujeto del hombre Dios, descuida la importancia del alma humana de Jesús y, en general, de su humanidad.
Escuela Antioqueña La del Logos-anthropos, en cambio, ilustra la plena realidad de la humanidad de Cristo, pero muestra algunos titubeos al afirmar el puesto central del Verbo como sujeto de la actividad divina.

 

IV.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS MODERNAS

Los tiempos han cambiado, pero las herejías siguen siendo las mismas o resurgen nuevamente, vestidas con nuevos ropajes, de entre los escombros del pasado. Dos de ellas destacan por su naturaleza dinámica y expansiva en el mundo religioso de hoy: El modalismo (sabelianismo) enseñado por el Movimiento “Solo Jesús” (Jesus Only) y el arrianismo modificado de los Testigos de Jehová.

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A.    EL MOVIMIENTO “SÓLO JESÚS”

El evangelicalismo moderno (y de forma particular el pentecostalismo) ha visto la aparición de grupos heréticos dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”. El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta doctrina es tanto una negación de la Trinidad como una herejía cristológica.

Esta herejía tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario, es que hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.” Esta enseñanza de Solo Jesús ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo.[12]

El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario, o Movimiento Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.[13]

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su Padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.[14]

B.    EL ARRIANISMO MODIFICADO DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Los Testigos de Jehová son una secta con creencias antitrinitaristas distintas a las vertientes principales del cristianismo. ​ Se consideran a sí mismos una restitución del cristianismo primitivo, creencia que se basa en su propio entendimiento de la Biblia, preferentemente de su Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que tiene, según ellos, como propósito santificar el nombre de Jehová. Su entidad jurídica, la Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, fue fundada en 1881 por Charles Taze Russell, quien la presidió hasta su muerte, en 1916. En la actualidad es dirigida por un Cuerpo Gobernante desde su sede principal en Warwick (Nueva York).​ Este cuerpo gobernante se encarga de establecer la doctrina oficial de la congregación mundial. Según sus propios datos, en 2018, sus publicaciones se distribuyeron en 240 países y territorios; y contaban con 8.4 millones de “publicadores” o miembros activos.[15]

Los Testigos de Jehová creen en Jehová (Dios el Padre) como el único Dios, y se identifican como seguidores de un único líder, Jesucristo, a quien consideran hijo de Dios pero no Dios en sí mismo, y a quien además identifican con el arcángel Miguel.[16] Asimismo, y A diferencia de las denominaciones cristianas ortodoxas, rechazan todas las doctrinas del Concilio de Nicea I y posteriores,​ entre ellas la Trinidad,[17] el fuego del infierno y la inmortalidad inherente del alma.

Los Testigos de Jehová enseñan que Jesús vivió en el cielo durante mucho tiempo antes de venir a la Tierra. Para los testigos, Jesús fue lo primero que Jehová creó (Colosenses 1:15). Jesús también es especial para Dios porque es su “Hijo unigénito”. Esto significa que Jesús es el único a quien Jehová creó solo, sin ayuda. Además, Jesús es el único que colaboró con Jehová para crear todo lo demás (Colosenses 1:16). Y solo a Jesús se le llama “la Palabra” o “el Verbo”, porque Jehová dio instrucciones y mensajes a ángeles y a humanos por medio de él (Juan 1:14).

Los Testigos de jehová enseñan que Jesús fue creado, lo que significa que antes no existía. Creen que solo Jehová ha existido siempre. Creen que el Padre es mayor que el Hijo y distinto a él en naturaleza. Afirman que solo Jehová es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1) y que Jesús es simplemente la segunda persona más importante y poderosa que existe después de Dios.

C.    UNA RESPUESTA BÍBLICA A LOS PENTECOSTALES UNICITARIOS Y LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no vacilan en enseñar con claridad la doctrina trinitaria. Judas 20-21 nos dice: “…Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna…”. La doctrina de la Trinidad no es un invento de la Iglesia de los primeros siglos ni una copia de sistemas paganos, sino la enseñanza clara y evidente del Nuevo Testamento, respaldado por el Antiguo, sobre Dios. Toda la Biblia se une en defensa de la doctrina trinitaria. La Biblia en su conjunto nos enseña que:

(1) Hay un Dios: Deuteronomio 6:4; 1 Corintios 8:4; Gálatas 3:20; 1ª Timoteo 2:5.

(2) La Deidad está compuesta de tres Personas: Génesis 1:1; 1:26; 3:22; 11:7; Isaías 6:8; 48:16; 61:1; Mateo 3:16-17; 28:19; 2 Corintios 13:14. En Isaías 48:16 y 61:1, el Hijo está hablando mientras hace referencia al Padre y al Espíritu Santo. Compare Isaías 61:1 con Lucas 4:14-19 y se dará cuenta de que es el Hijo hablando. Mateo 3:16-17 describe el evento del bautismo de Jesús. En este se ve a Dios el Espíritu Santo descendiendo sobre Dios el Hijo mientras Dios el Padre proclama Su complacencia en el Hijo. Mateo 28:19 y 2ª Corintios 13:14 son ejemplos de 3 personas distintas en la Trinidad.

(3) Los miembros de la Trinidad se distinguen el uno del otro en varios pasajes: En el Antiguo Testamento, Jehová afirma tener un “Hijo” (Salmos 2:7, 12; Proverbios 30:2-4). El Espíritu se distingue de Jehová (Números 27:18) y de Dios (Salmos 51:10-12). Dios el Hijo se distingue de Dios el Padre (Salmos 45:6-7; Hebreos 1:8-9). En el Nuevo Testamento, Juan 14:16-17 es donde Jesús ruega al Padre que envíe un Consolador, el Espíritu Santo. Esto muestra que Jesús no se consideró el Padre o el Espíritu Santo. Tome en cuenta también todos los otros tiempos en los Evangelios, en donde Jesús habla al Padre. ¿Estaba hablándose a Sí mismo? No. El habló a otra persona de la Trinidad – al Padre.

(4) Cada miembro de la Trinidad es Dios: El Padre es Dios: Juan 6:27; Romanos 1:7; 1ª Pedro 1:2. El Hijo es Dios: Juan 1:1, 14; Romanos 9:5; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1 Juan 5:20. El Espíritu Santo es Dios: Hechos 5:3-4; 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9; Juan 14:16-17; Hechos 2:1-4).

(5) La subordinación dentro de la Trinidad: La Escritura muestra que el Espíritu Santo es subordinado al Padre y al Hijo, y el Hijo es subordinado al Padre. Esta es una relación interna, y no niega la deidad de ninguna persona de la Trinidad. Esta es simplemente un área en el cual nuestras mentes finitas no pueden entender lo concerniente al Dios infinito. Concerniente al Hijo veamos: Lucas 22:42; Juan 5:36; Juan 20:21; 1 Juan 4:14. Concerniente al Espíritu Santo veamos: Juan 14:16; 14:26; 15:26; 16:7 y especialmente Juan 16:13-14.

(6) Las labores de los miembros individuales de la Trinidad:

  • El Padre es el recurso o causa esencial de: el universo (1 Corintios 8:6; Apocalipsis 4:11); la revelación divina (Apocalipsis 1:1); la salvación (Juan 3:16-17); y las obras humanas de Jesús (Juan 5:17; 14:10). El Padre pone en marcha todas estas cosas.
  • El Hijo es el agente a través de quien el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (1 Corintios 8:6; Juan 1:3; Colosenses 1:16-17); la revelación divina (Juan 1:1; Mateo 11:27; Juan 16:12-15; Apocalipsis 1:1); y la salvación (2 Corintios 5:19; Mateo 1:21; Juan 4:42). El Padre hace todas estas cosas a través del Hijo, quien hace las veces de Su agente.
  • El Espíritu Santo es el medio por el cual el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (Génesis 1:2; Job 26:13; Salmos 104:30); la revelación divina (Juan 16:12-15; Efesios 3:5; 2 Pedro 1:21); la salvación (Juan 3:16; Tito 3:5; 1 Pedro 1:2); y las obras de Jesús (Isaías 61:1; Hechos 10:38). De este modo el Padre hace todas estas cosas por el poder del Espíritu Santo.[18]

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V.        CONCLUSIÓN

Las herejías no nos deben escandalizar ni desalentarnos. Al contrario, nos invitan a afianzar y a afirmar mejor nuestra fe, para seguir dando razones de ella a quienes nos pidan. La Providencia de Dios ha sabido y sabrá siempre llevar la historia de la Iglesia a feliz término, recorriendo los senderos que a Él le parezcan más apropiados para manifestar su Sabiduría y su Misericordia con todos nosotros. Las herejías nunca podrán vencer a la Iglesia, pues el Señor Jesucristo ha prometido que Él edificaría su “iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Al mismo tiempo, la existencia de herejías en nuestra época nos hace vigilar, porque nadie está seguro de no caer. De esto mismo nos exhorta Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”  (1 Corintios 10: 12).

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NOTAS DE REFERENCIA:

[1] Herve Masson, Manual de herejías (Rialp: 1989), p. 5.

[2] Jurgen Moltmann, El Dios Crucificado: La Cruz de Cristo Como Base y Critica de Toda Teología Cristiana, (Sígueme: 1977), pp. 125-210

[3] Henri-Charles Puech (Ed.), Las religiones en el mundo mediterráneo y en el Oriente Próximo, Vol. I: Formación de las religiones universales y de salvación. Siglo XXI, 4ª ed., (Madrid, 1985), pp. 416-418.

[4] E. Mitre, Ortodoxia y herejía: Entre la Antigüedad y el Medievo (Cátedra, 2003), pp. 60-61.

[5] B. Llorca Vives, Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, (BAC, Madrid 1990), 7ª ed., p. 388.

[6] Hans Küng, El Credo de los apóstoles Contemporáneos, (Madrid, 1995), p. 37.

[7] J. N. D. Kelly: Early Christian Creeds, (Longman, Harlow 1975) 3.Ed. p. 56.

[8] Carlos Madrigal, Explicando la Trinidad al Islam, (Publidisa, 2007) pp. 137-140.

[9] James Sullivan, “El Credo Atanasiano”, Enciclopedia Católica. Vol. 2, (New York: Robert Appleton Company, 2017), pp. 33-35.

[10] La unión hipostática es un término técnico que designa la unión de las dos naturalezas, divina y humana, que en la teología cristiana se atribuye a la persona de Jesús.

[11] Marcos Antonio Ramos, Nuevo Diccionario de Religiones, Denominaciones y Sectas, (Grupo Nelson, 1998).

[12] Bernard, David A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. (Hazelwood, MO: Word Aflame Press), 1999.

[13] Bernard, David K., The Apostolic Life (Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press), 2011.

[14] Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism (Springfield, MO: Universal Publishers), 2003.

[15] Anuario de los Testigos de Jehová 2018, p. 35.

[16] «¿Es Jesús el arcángel Miguel?». La Atalaya. 2010. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[17] «Mito 4: Dios es una Trinidad». La Atalaya. 2009. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[18] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál camino? (Miami, FL: Editorial Vida), 1984.

LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Dialogando con los Adventistas: Muerte, Estado Intermedio y Aniquilacionismo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Posee el hombre un alma inmortal? Y si la posee ¿A dónde va el alma del hombre luego de morir? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Qué le espera al hombre en la eternidad? ¿Existe el infierno? El hombre ha buscado la respuesta a estas interrogantes por siglos. Afortunadamente, la Palabra de Dios brinda respuestas claras y certeras a todas estas interrogantes. El adventismo, sin embargo, se distancia del cristianismo bíblico e histórico en su interpretación de estos temas.

Ante la pregunta de si el ser humano posee un alma inmortal, los adventistas responden:

“El ser viviente o alma viviente fue el resultado de la unión del polvo de la tierra y el aliento de vida. En otras palabras, la formula bíblica de la creación del ser humano es: polvo de la tierra, más aliento de vida, es igual a alma viviente o ser humano… Actualmente, la mayoría de las personas aceptan o creen que el “alma” es un “espíritu” o una “esencia” que existe en la naturaleza del ser humano, y que en el momento de la muerte sale del cuerpo y asciende a la “morada de Dios” o va al “infierno”. Este concepto no es bíblico ni verdadero, sino filosófico, pagano y falso.”[1]

También añaden:

“Los escritores del Antiguo Testamento sostenían que el ser humano es un ser indivisible. Los varios términos hebreos generalmente traducidos como carne, alma y espíritu son solamente formas alternativas para describir, desde diferentes puntos de vista, a la persona humana como un todo. En armonía con esta perspectiva, las Escrituras utilizan diferentes metáforas para describir la muerte. Entre ellas, el sueño se destaca como un símbolo adecuado para reflejar la comprensión bíblica de la condición de los muertos (Job 3:11-13; 14:12; Salmos 13:3; Jeremías 51:39; Daniel 12:2). La muerte es el completo fin de la vida. La muerte es un estado de inconsciencia en la cual no hay pensamientos, emociones, trabajo ni comunicación de ningún tipo (Eclesiastés 9:5, 6, 10; Salmos 115:17; 146:4).”[2]

Puesto que para los adventistas el alma está inconsciente durante el período entre la muerte y la resurrección, los adventistas niegan la realidad de un estado intermedio entre la muerte y la resurrección y, por consiguiente, del infierno:

 “Jesús utilizó dos términos griegos, hadēs y gehena, para hablar de la muerte y el castigo de los impíos… Hadēs es equivalente al Hebreo she’ôl, el término más común utilizado en el Antiguo Testamento para referirse al lugar de los muertos. Estos nombres simplemente representan la tumba o el lugar al cual todos descienden al morir, sin connotación de castigo ni recompensa… En los evangelios, la palabra infierno aparece once veces en labios de Jesús. En realidad, él utilizó el término griego gehena, del nombre hebreo Gê Hinnom, “Valle de Hinom”. Según el Antiguo Testamento, en este desfiladero al sur de Jerusalén, los reyes Acaz y Manasés realizaron ritos paganos horrendos, quemando niños en sacrificio a Moloc (2 Crón. 28:3; 33:6). Más tarde, el rey Josías puso fin a esta práctica (2 Rey. 23:10). Debido a los pecados perpetrados en este valle, Jeremías profetizó que Dios lo convertiría en un “Valle de la Matanza” (Jer. 7:32, 33; 19:6). Por lo tanto, el valle se convirtió en un símbolo del juicio final y el castigo de los impenitentes. Jesús utilizó el nombre en sentido figurado, sin explicar ningún detalle con respecto al tiempo y el lugar del castigo, algo que si encontramos en otros pasajes de la Biblia. El infierno, sin embargo, no es un lugar de castigo eterno.”[3]

Así pues, para los adventistas el ser humano no sólo no posee un alma inmortal, sino que tampoco hay estado intermedio entre la muerte y la resurrección (paraíso o infierno). Pero eso no es todo. Los adventistas tampoco creen en la doctrina cristiana del castigo eterno. En su lugar, adoptan la postura conocida como aniquilacionismo. La doctrina adventista enseña:

“La nada inconsciente que es la muerte nos separa de Dios y de los que hemos perdido. Solo Dios posee inmortalidad intrínseca, pero el don gratuito de la salvación es la vida eterna. Aguardamos con ansias la segunda venida de Cristo, cuando Jesús resucitará a los salvados de la muerte, para que puedan vivir para siempre… Los primeros mil años después del regreso de Cristo serán en el cielo un tiempo de reconciliación y renovación. Tendremos la capacidad de investigar las vidas de los perdidos, explorando cómo sus elecciones los llevaron a la salvación o destrucción. El planeta estará vacío de seres humanos; solo estarán Satanás y sus ángeles, exiliados y ya sin nadie que engañar o destruir… Después de mil años, Dios y los salvados regresarán del cielo a la tierra con la ciudad celestial, la Nueva Jerusalén. Dios resucitará a los malvados muertos para que puedan ser testigos de la fase final del juicio de Dios. Cada persona enfrentará el registro de su vida, y todos verán la verdadera justicia y equidad de Dios. Entonces Dios destruirá para siempre el pecado y los pecadores.”[4]

En la concepción adventista de los eventos futuros, la resurrección de los justos ocurrirá al principio del Milenio. Los justos serán arrebatados al cielo y los injustos serán destruidos:

“La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando regrese, los justos muertos resucitarán y junto con los justos vivos serán glorificados y llevados al cielo, pero los impíos morirán.”[5]

La doctrina adventista enseña que solo Satanás y sus demonios habitarán la Tierra durante el Milenio:

“Mientras los salvados se reconectan con Dios, Satanás y sus seguidores están atrapados en este planeta. Después de mil años, Dios resucitará a los perdidos para el juicio final, antes de destruir el pecado y los pecadores… El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese tiempo serán juzgados los impíos; la tierra estará completamente desolada, sin habitantes humanos, pero sí ocupada por Satanás y sus ángeles. Al terminar ese período Cristo y sus santos, junto con la Santa Ciudad, descenderán del cielo a la tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces, y junto con Satanás y sus ángeles rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la tierra. De ese modo el universo será librado del pecado y de los pecadores para siempre (Apocalipsis 20; 1 Corintios 6:2-3; Jeremías 4:23-26; Apocalipsis 21:1-5; Malaquías 4:1; Ezequiel 28:18-19).”[6]

Dicho de otra manera, los adventistas no creen en un castigo eterno para los malvados e impenitentes, sino en el aniquilacionismo. El aniquilacionismo es una doctrina que enseña que los incrédulos no experimentarán un sufrimiento eterno en el infierno, sino más bien serán “extinguidos o aniquilados” después de la muerte. Para muchos (incluidos adventistas, testigos de Jehová, protestantes liberales y otros), el aniquilacionismo es una creencia atractiva debido a lo horrible que parece a la mente humana la idea de que la gente pase la eternidad en el infierno. Sin embargo, lo verdaderamente importante en esto no es cuan horrible nos parezca la idea, sino más bien si la idea es enseñada en la Biblia.

Aunque hay algunos pasajes que parecen argumentar a favor del aniquilacionismo, un vistazo más amplio a lo que la biblia dice sobre el destino de los malvados, revela el hecho de que el castigo en el infierno es eterno. La creencia en el aniquilacionismo refleja un pobre entendimiento de las consecuencias del pecado, la justicia de Dios, y la naturaleza del infierno. En esto, como en otros aspectos doctrinales de gran importancia, los cristianos bíblicos no podemos estar en comunión con los adventistas del séptimo día.

¿EN VERDAD TENEMOS UN ALMA INMORTAL?

La Biblia enseña que la humanidad tiene un cuerpo físico, un alma y un espíritu. La realidad de nuestro cuerpo físico es incuestionable. Definir el alma y el espíritu es un poco más complejo. Aunque a veces la Biblia usa los términos alma y espíritu como sinónimos (Mateo 10:28; Lucas 1:46-47; 1 Corintios 5:3; 7:34), otros pasajes bíblicos dan a entender la separación entre el alma y el espíritu (Romanos 8:16; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 4:12). Hebreos 4:12 dice:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

Este versículo nos dice dos cosas: (1) hay un punto de división entre el alma y el espíritu, y (2) el punto de división solo Dios lo puede discernir. Con esto en mente, podemos afirmar que el aspecto inmaterial de la naturaleza humana involucra un alma y un espíritu. Ahora bien, si el alma y el espíritu están absolutamente unificados y unidos (dicotomía), o estrechamente relacionadas pero separados (tricotomía), es un asunto en el cual la Biblia guarda silencio. Nosotros, por lo tanto, debemos hacer lo mismo. Debemos admitir, sin embargo, que la naturaleza tripartita del hombre refleja de forma asombrosa la naturaleza trinitaria de su Creador.

Aquellos que creemos que la naturaleza humana es una tricotomía, afirmamos que el cuerpo físico es lo que nos conecta con el mundo físico que nos rodea, el alma es la esencia de nuestro ser, y el espíritu es lo que nos conecta con Dios. Esta es la razón por la que se dice que los inconversos están muertos espiritualmente (Efesios 2:1; Colosenses 2:13), mientras que se ven muy vivos física y emocionalmente. Aquellos que creen que la naturaleza humana es una dicotomía, tienen la misma comprensión del cuerpo, pero entienden el espíritu como la parte del alma que se conecta con Dios. La diferencia entre los cristianos que vemos al hombre como una tricotomía y aquellos que lo ven como una dicotomía, reside en si el alma y el espíritu son aspectos diferentes de la naturaleza humana inmaterial, o si el espíritu es simplemente una parte del alma, siendo el alma toda la parte inmaterial de la naturaleza humana. El silencio bíblico al respecto nos impide ser dogmáticos, reconociendo que ambas líneas de interpretación pueden sustentarse sin caer en herejía. De lo que podemos estar seguros, es que la naturaleza humana se compone de un cuerpo, un alma y un espíritu. Si el alma y el espíritu son uno, o de alguna manera son distintos, no es un tema que Dios escogió para dejar muy claro en su palabra. Ya sea que usted crea en una dicotomía o en la tricotomía, debería ofrecer su cuerpo como sacrificio vivo (Romanos 12:1), agradecerle a Dios por salvar su alma (1 Pedro 1:9), y adorar a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24). Los adventistas, sin embargo, no pueden enmarcar sus ideas sobre la naturaleza del alma humana dentro de ninguna de las dos corrientes consideradas ortodoxas por el cristianismo bíblico e histórico.

El cristianismo ortodoxo reconoce la doctrina de la inmortalidad del alma humana. De acuerdo con la Biblia, la verdadera vida o vida espiritual, no cesa cuando nuestros cuerpos físicos terminan con la muerte. Nuestras almas vivirán para siempre, ya sea en la presencia de Dios en el cielo si es que somos salvos, o en castigo en el infierno si rechazamos el regalo de Dios de la salvación. De hecho, la promesa de la Biblia no es que sólo nuestras almas vivirán para siempre, sino que también nuestros cuerpos serán resucitados. Esta esperanza de resurrección corpórea está en el corazón mismo de la fe cristiana (1 Corintios 15:12-19). Sin embargo, mientras que nuestras almas son inmortales, es importante recordar que no somos eternos como lo es Dios. Dios es el único ser verdaderamente eterno, porque solamente Él no tuvo ni principio ni tendrá fin. Dios siempre ha existido y siempre continuará existiendo. Todas las demás criaturas conscientes, ya sean humanas o angélicas, son finitas porque tuvieron un principio. Nuestras almas son inmortales, porque es cómo Dios las creó, pero ellas sí tuvieron un principio, habiendo habido un tiempo en el que no existían.

EL ESTADO INTERMEDIO.

Puesto que nuestra alma es inmortal, esta no se pierde en la nada, tampoco duerme en la inconsciencia o desaparece al momento de morir. La Biblia nos enseña que hay un estado intermedio entre la muerte y la resurrección. La Biblia enseña claramente que los creyentes fallecidos están con el Señor (2 Corintios 5:6-8; Filipenses 1:23) pero también enseña que los injustos experimentan sufrimiento consciente después de la muerte (Lucas 16:19-31). Una vez más, el adventismo opina de forma diferente:

“La nada inconsciente que es la muerte nos separa del Dios de la vida, pero la derrota de Cristo sobre la muerte significa que los salvados pueden aguardar la resurrección y la vida eterna. La paga del pecado es muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que hayan fallecido. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados y todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil años después (Romanos 6:23; 1 Timoteo 6:15-16; Eclesiastés 9:5-6; Salmos 146:3-4; Juan 11:11-14; Colosenses 3:4; 1 Corintios 15:51-54; 1 Tesalonicenses 4:13-17; Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:1-10).”[7]

Esta peculiar doctrina adventista recibe el nombre de “sueño del alma” y enseña que cuando una persona muere, su alma “duerme” hasta el momento de la resurrección futura. En esta condición, la persona no está consciente. Sin embargo, los adventistas no son los únicos en enseñarla. Los testigos de Jehová y otras sectas menores sostienen esta doctrina, con la diferencia de que los testigos de Jehová enseñan la aniquilación del alma al momento de la muerte. Esto significa que después de la muerte, una persona deja de existir. Ellos sostienen, además, que, en la resurrección futura, el alma, es hecha nuevamente. Básicamente, es volver a crear la persona. Los adventistas, por otro lado, enseñan que el alma simplemente se desactiva (se vuelve inerte) y reside en la memoria de Dios.

Los adventistas suelen recurrir al libro de Eclesiastés para defender su postura. Por ejemplo, Eclesiastés 9:5 afirma: “Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa, porque hasta su memoria es puesta en el olvido”. (Eclesiastés 9:5). Y luego nos dice: “Y el polvo vuelva a la tierra, de donde procede, Y el espíritu retorne a Dios, que lo dio”. (Eclesiastés 12:7). No obstante, aunque podría concluirse a partir de dichos versículos que los muertos permanecen inconscientes hasta la resurrección, tampoco debemos ignorar que Eclesiastés debe ser entendido en el contexto de su propio comentario, el cual afirma al inicio del libro:

“Las palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades, dice el Predicador. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el ser humano de toda su labor con que se afana debajo del sol?”. (Eclesiastés 1:1-3)

 El escritor de Eclesiastés nunca pretendió describir en su libro el estado del hombre posterior a la muerte. Por el contrario, su intención fue presentarnos la insensatez y carencia de significado en una vida enfocada en el materialismo y la obtención de placer, pues todo el afán del hombre, su orgullo y vanidad, sus logros y pompa, terminan con la muerte:

“A todo esto me dediqué de lleno, y en todo esto comprobé que los justos y los sabios, y sus obras, están en las manos de Dios; que el hombre nada sabe del amor ni del odio, aunque los tenga ante sus ojos. Para todos hay un mismo final: para el justo y el injusto, para el bueno y el malo, para el puro y el impuro, para el que ofrece sacrificios y para el que no los ofrece; para el bueno y para el pecador, para el que hace juramentos y para el que no los hace. Hay un mal en todo lo que se hace en esta vida: que todos tienen un mismo final. Además, el corazón del hombre rebosa de maldad; la locura está en su corazón toda su vida, y su fin está entre los muertos. ¿Por quién, pues, decidirse? Entre todos los vivos hay esperanza, pues vale más perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada ni esperan nada, pues su memoria cae en el olvido. Sus amores, odios y pasiones llegan a su fin, y nunca más vuelven a tener parte en nada de lo que se hace en esta vida. ¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras! Que sean siempre blancos tus vestidos, y que no falte nunca el perfume en tus cabellos. Goza de la vida con la mujer amada cada día de la vida sin sentido que Dios te ha dado en este mundo. ¡Cada uno de tus absurdos días! Esto es lo que te ha tocado de todos tus afanes en este mundo. Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño; porque en el sepulcro, adonde te diriges, no hay trabajo ni planes ni conocimiento ni sabiduría. Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos. Vi además que nadie sabe cuándo le llegará su hora. Así como los peces caen en la red maligna y las aves caen en la trampa, también los hombres se ven atrapados por una desgracia que de pronto les sobreviene.” (Eclesiastés 9:1-12, NVI).

 Su visión pesimista se refiere a la vida “debajo del sol”. Nunca pretendió hacer declaraciones doctrinales acerca de si el alma continúa consciente después de la muerte o no. Afirmar tal cosa sería traicionar el texto. Además, es un error usar el Antiguo Testamento para interpretar el Nuevo. Es el Nuevo Testamento el que arroja luz sobre el Antiguo. Ni Salomón, ni ningún otro autor del Antiguo Testamento, pudo vislumbrar a cabalidad las gloriosas verdades del Evangelio que ahora nosotros conocemos. La revelación plena sobre el destino final del hombre nos fue dada a conocer a través de Cristo y su Evangelio:

“Y ahora todo esto él nos lo ha hecho evidente mediante la venida de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Destruyó el poder de la muerte e iluminó el camino a la vida y a la inmortalidad por medio de la Buena Noticia.” (2 Timoteo 1:10, NTV).

Por lo tanto, podemos decir a ciencia cierta que el concepto del “sueño del alma” enseñado por los adventistas no es una doctrina bíblica. Cuando la Biblia dice que una persona está “dormida” en relación a la muerte (Lucas 8:52; 1 Corintios 15:6), no significa literalmente que “duerme.” El sueño es sólo una manera de describir la muerte, porque un cuerpo muerto da la apariencia de estar dormido. La Biblia nos dice que en el instante que morimos, somos llevados al cielo o al infierno, dependiendo de si hemos puesto nuestra fe en Cristo para la salvación.

Para los creyentes, el estar ausentes del cuerpo es estar presentes con el Señor (2 Corintios 5:6-8; Filipenses 1:23). Para los no creyentes, la muerte significa el castigo eterno en el infierno (Lucas 16:22-23). Al momento en que morimos, enfrentamos un juicio parcial (Hebreos 9:27). Sin embargo, hasta que suceda la resurrección, hay un cielo “Paraíso” (Lucas 23:43; 2 Corintios 12:4), y un infierno “Hades” temporales (Apocalipsis 1:18; 20:13,14). En cierto sentido, el cuerpo de una persona está “dormido” mientras su alma está en el Paraíso o en el Hades. Este cuerpo es entonces “despertado” y transformado en un cuerpo eterno que poseerá la persona por la eternidad. Estos cuerpos eternos son los que poseeremos para toda la eternidad, ya sea que estemos en el cielo o el infierno. Aquellos que estuvieren en el Paraíso, serán enviados a los nuevos cielos y nueva tierra (Apocalipsis 21:1). Aquellos que estuvieren en el Hades, serán echados al lago de fuego (Apocalipsis 20:11-15). Estos son los destinos finales y eternos para toda la gente, basados enteramente en si esa persona confió en Jesucristo solamente para la salvación de sus pecados.

Otro pasaje bíblico importante que refuta el sueño del alma se puede encontrar en Lucas 16:19-31. Jesús enseñó que tanto un hombre rico como un hombre pobre llamado Lázaro murieron. El hombre rico inmediatamente fue al Hades y Lázaro inmediatamente fue llevado al seno de Abraham. El contexto del pasaje señala que Lázaro estaba consciente al lado de Abraham.

Otro ejemplo se puede encontrar en la narración del ladrón en la cruz. En Lucas 23:43, Jesús le prometió a este hombre que hoy estaría con Jesús en el paraíso. ¿De qué otro modo podría entenderse esta referencia al “hoy” de ser el mismo día en que Jesús estaba hablando con este hombre?

Apocalipsis 6:9 nos muestra el estado intermedio de las almas: “Vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios y por el testimonio que habían dado”. Este pasaje se refiere a las almas de aquellos que murieron durante la Tribulación que ahora estaban en la presencia del Señor. Todavía no habían recibido sus cuerpos de resurrección (mencionados más adelante en Apocalipsis), pero estaban activos, conversando y en la presencia de Dios después de la muerte.

Aún más, en la transfiguración de Jesús vemos a Moisés y Elías vivos. Para ellos, no había nada como el “sueño del alma”. Mateo 17:1-8 nos dice:

“Y después de seis días, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte muy alto. Y fue transfigurado ante ellos, y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz. Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces intervino Pedro y dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es quedarnos aquí! Si quieres, haré aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés, y otra para Elías. Estando él aun hablando, he aquí una nube de luz los cubrió, y de la nube salió una voz, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido; a Él oíd. Y los discípulos, al oírlo, cayeron sobre sus rostros y temieron en gran manera. Pero Jesús se acercó, y tocándolos, dijo: Levantaos, y no temáis. Y alzando sus ojos, a nadie vieron, sino al mismo Jesús solo”.

 Por lo tanto, la doctrina del sueño del alma es incorrecta. El alma continúa su existencia después de la muerte. El impío enfrentará el juicio de Dios, y los cristianos habitarán en Su presencia. La visión del sueño del alma, que coloca un período de tiempo prolongado después de la muerte antes de que un creyente esté presente con el Señor, está claramente en desacuerdo con las enseñanzas de la Escritura.

EL ANIQUILACIONISMO.

El aniquilacionismo es otro error doctrinal practicado por los adventistas. Según dicha doctrina, aquellos que no hereden la vida eterna serán “extinguidos o aniquilados” después de la muerte. La noción de un castigo eterno para los injustos es considerada aberrante para los adventistas. Ellos afirman que:

“Según las Escrituras, Dios promete vida eterna a los justos. La paga del pecado es muerte, no una vida eterna en el infierno (Rom. 6:23). Las Escrituras enseñan que los malos serán “destruidos” (Sal. 37:9, 34); que perecerán (Sal. 37:20; 68:2). No vivirán en un estado de conciencia para siempre, sino serán quemados (Mal. 4:1; Mat. 13:30, 40; 2 Ped. 3:10). Serán destruidos (Sal. 145:20; 2 Tes. 1:9; Heb. 2:14), consumidos (Sal. 104:35)… Cuando Cristo habló del “castigo eterno” (Mat. 25:46) no quiso decir castigo sin fin. Quiso decir que así como la “vida eterna” [que los justos disfrutarán] continuará a través de los siglos sin fin de la eternidad; el castigo [que los malos sufrirán] también será eterno: no de duración perpetua de sufrimiento consciente, sino el castigo que es completo y final. El fin de los que así sufren es la segunda muerte… Una cosa podemos decir con confianza: El tormento eterno debe ser descartado. Si los hombres no hubieran tomado la noción griega no bíblica de la indestructibilidad natural del alma del individuo y luego leído el Nuevo Testamento con ese concepto ya en sus mentes, habrían extraído de él [el Nuevo Testamento] una nueva creencia, no en el tormento eterno, sino en la aniquilación. Es al fuego que se lo llama aeonian [eterno], no a la vida que se lanza a él”. Al ejecutarse el castigo exigido por la ley de Dios, las demandas de la justicia son satisfechas. Ahora el cielo y la tierra proclaman la justicia del Señor.”[8]

 

Los adventistas tienen razón en que la palabra griega “aeonian “ o “aionion”, la cual usualmente se traduce como “eterno”, no significa “eterno” por definición. Específicamente se refiere a una “edad” o “era”, un período específico de tiempo. Sin embargo, está claro que, en el Nuevo Testamento, este vocablo griego es usado algunas veces para referirse a una cantidad eterna de tiempo. Apocalipsis 20:10 habla de Satanás, la bestia, y el falso profeta que fueron echados al lago de fuego y serán atormentados “día y noche por los siglos de los siglos”. Es claro que estos tres no son “aniquilados” por ser echados en el lago de fuego. ¿Por qué sería diferente el destino de los incrédulos? (Apocalipsis 20:14-15) La evidencia más convincente de la eternidad del infierno está en Mateo 25:46, “E irán éstos (los impíos) al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. En este versículo, es usada exactamente la misma palabra griega para referirse al destino de los impíos y los justos. Si los impíos son solamente atormentados por una “era”, entonces los justos sólo experimentarán la vida en el Cielo por una “era”. Si los creyentes estarán en el cielo para siempre, los incrédulos estarán en el infierno para siempre.

Por otro lado, los adventistas del séptimo día han malentendido el significado del lago de fuego. Obviamente si un ser humano es echado en un lago de lava hirviente, será consumido instantáneamente. Sin embargo, el lago de fuego es una realidad tanto física como espiritual. No es solamente el cuerpo humano el que es echado al lago de fuego; es el cuerpo, el alma y el espíritu humano. Una naturaleza espiritual no puede ser consumida por un fuego físico. Los incrédulos serán resucitados con un cuerpo preparado para la eternidad, de la misma manera que lo es para los creyentes (Apocalipsis 20:13; Hechos 24:15). Estos cuerpos están preparados para un destino eterno.

Los adventistas y otras sectas aniquilacionistas afirman que sería injusto que Dios castigara a los incrédulos en el infierno por una eternidad infinita, a causa de un número finito de pecados. ¿Cómo puede ser justo que Dios castigue a una persona que vivió una vida de pecado, digamos de 70 años, por toda una eternidad? La respuesta es que nuestros pecados conllevan una consecuencia eterna, porque son contra un Dios eterno. Cuando el rey David cometió los pecados de adulterio y asesinato, él dijo a Dios, “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos…” (Salmo 51:4). David había pecado contra Betsabé y Urías. ¿Cómo pudo clamar David que solo pecó contra Dios? David entendía que todos los pecados son en última instancia contra Dios. Dios es un Ser eterno e infinito. Como resultado, todo pecado es objeto de un castigo eterno. No es un asunto del tiempo que duramos pecando, sino del carácter del Dios contra quien pecamos.

Un aspecto más personal del aniquilacionismo al cual recurren las sectas para defender su postura herética, es la idea de que no sería posible ser felices en el cielo, sabiendo que algunos de nuestros seres amados estuvieran sufriendo un tormento eterno en el infierno. Lo cierto es que cuando lleguemos al cielo, no tendremos nada de qué quejarnos o por qué estar tristes. Apocalipsis 21:4 nos dice:

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.

Si algunos de nuestros seres queridos no están en el cielo, nosotros, los redimidos, estaremos plenamente de acuerdo en que ellos no pertenecen ahí, es decir, que ellos están condenados por su propia resistencia a creer en Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16; Juan 14:6). Nuestra atención no debe enfocarse en cómo disfrutaremos del cielo sin todos nuestros seres queridos ahí, sino más bien en cómo podemos llevar a nuestros seres queridos a la fe en Cristo, para que ellos puedan estar ahí.

La certeza de un castigo eterno para los malvados es quizá la razón primaria por la que Dios envió a Jesucristo a pagar el castigo por nuestros pecados. El ser “aniquilados” después de la muerte no es un destino para aterrorizarse, aunque una eternidad en el infierno definitivamente sí lo es. La muerte de Jesús fue una muerte infinita, pagando nuestra deuda infinita, para que no tengamos que pagarla en el infierno por una eternidad (2 Corintios 5:21). Todo lo que tenemos que hacer, es poner nuestra fe en Cristo, y seremos salvos, perdonados, limpiados, obteniendo la promesa de un hogar eterno en el cielo. Si rechazamos Su regalo de vida eterna, enfrentaremos las consecuencias eternas de esa decisión.

LA DOCTRINA DEL CASTIGO ETERNO EN LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO.[9]

Cuando los argumentos bíblicos fallan, los adventistas y otras sectas aniquilacionistas argumentan que la inmortalidad del alma, la existencia del infierno y el castigo eterno nunca formaron parte de las doctrinas originales del cristianismo, sino que entraron a formar parte de las enseñanzas de la iglesia directamente del paganismo. Pero ¿Es esto cierto? ¿Apoya la historia de la iglesia y los escritos de los primeros cristianos los argumentos adventistas? ¡En ninguna manera!

La Iglesia primitiva y los padres de la Iglesia creían no solo en la doctrina de la inmortalidad del alma, sino en la condenación eterna de los condenados (A excepción de Orígenes y algunos de sus seguidores que erraron al pensar que las penas del infierno eran temporales y de algunos herejes gnósticos que afirmaban que los que no se salvaran serían aniquilados (curiosamente lo que hoy creen testigos de Jehová y adventistas). La historia de la iglesia y los registros extrabíblicos se unen a la Biblia para probar que la existencia del infierno y la realidad eterna del mismo, eran aceptadas por la iglesia primitiva. Por ejemplo:

 

  1. Apocalipsis de Pedro: De los textos apócrifos primitivos es uno de los más importantes, por su antigüedad (fue escrito entre el año 125 y el 150, o lo que es lo mismo a 25 a 50 años de la muerte del último apóstol), y fue tenido en gran estima por los escritores eclesiásticos de la antigüedad al punto que Clemente de Alejandría incluso lo considera como un escrito canónico.[10] Un fragmento griego importante del apocalipsis fue hallado en Akhmin en 1886-1887 y su contenido describe visiones que incluyen la belleza del cielo y el horror del infierno y los castigos a los que son sometidos los condenados: “Y había un gran lago, lleno de cieno ardiente, donde se encontraban algunos hombres que se habían apartado de la justicia; y los ángeles encargados de atormentarles estaban encima de ellos.”

 

  1. Ignacio de Antioquía: Ignacio fue Obispo de Antioquia, martirizado en Roma (devorado por los leones) en tiempos del emperador Trajano (98-117). Se conservan de él las siete cartas que escribió camino al martirio aproximadamente en el año 107. Ignacio habla de cómo aquellos que mueran en la impureza irán al fuego inextinguible: “Hermanos míos, no os engañéis, los adúlteros no heredarán el Reino de Dios. Pues si los que obraron esto según la carne murieron ¡Cuánto más si corrompe en mala doctrina la fe de Dios por la que Jesucristo fue crucificado! Éste, por ser impuro, irá al fuego inextinguible, así como el que lo escucha. Por eso el Señor tomó ungüento sobre su cabeza para inspirar a la Iglesia incorrupción. No os unjáis con la fétida doctrina del príncipe de este mundo para que no os lleve cautivos lejos de la vida que ha sido propuesta como recompensa. ¿Por qué no somos todos prudentes después de haber alcanzado el conocimiento de Dios que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos neciamente al desconocer la gracia que el Señor verdaderamente ha enviado?”[11]

 

  1. Justino Mártir: Mártir de la fe cristiana hacia el año 165 (decapitado), es considerado el mayor apologeta del Siglo II. Él afirmó: “Porque entre nosotros, el príncipe de los malos demonios se llama serpiente y Satanás y diablo o calumniador, como os podéis enterar, si queréis averiguarlo, por nuestras escrituras; y que él y todo su ejército juntamente con los hombres que le siguen haya de ser enviado al fuego para ser castigado por eternidad sin término, cosa es que de antemano fue anunciada por Cristo”[12]

 

También dijo:

“Y no se nos objete lo que suelen decir los que se tienen por filósofos, que no son más que ruido y espantajos lo que nosotros afirmamos sobre el castigo que los inicuos han de sufrir en el fuego eterno”[13]

 

  1. El Martirio de Policarpo: Es una carta de la Iglesia de Esmirna a la comunidad de Filomenio donde se narra el martirio de Policarpo, discípulo directo del apóstol Juan y obispo de Esmirna. En dicha epístola se lee: “Fiándose de la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, librándose del castigo eterno, por medio de una hora. El fuego de los crueles verdugos les era indiferente, pues tenían ante sus ojos el escapar del (fuego) eterno que nunca se apaga, y contemplaban con los ojos de su corazón los bienes que aguardan a los que sufren pacientemente, los cuales ni el oído oyó, ni el ojo vio, ni al corazón del hombre subieron, pero el Señor se los mostró a ellos, porque ya no eran hombres, sino ángeles.”[14]

 

  1. El Discurso a Diogneto: Es un breve tratado apologético dirigido a alguien llamado Diogneto quien al parecer había preguntado algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos. Es de autor desconocido y se estima fue compuesto a finales del siglo II. En dicho documento se nos dice: “Entonces, estando en la tierra, contemplarás que Dios ejerce su gobierno en los cielos; entonces comenzarás a hablar de los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son torturados por no querer negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el error del mundo, cuando conozcas la vida verdadera del cielo, cuando desprecies lo que aquí parece ser la muerte, cuando temas la verdadera muerte reservada a los condenados al fuego eterno, castigo definitivo de quienes sean entregados. Entonces admirarás y considerarás bienaventurados a quienes soportan el fuego terreno por causa de la justicia, cuando conozcas aquel fuego…”[15]

 

  1. Atenágoras: Reconocido apologeta cristiano primitivo del siglo II. Afirmó: “Porque si creyéramos que no hemos de vivir más que la vida presenta, cabría sospechar que pecáramos sometidos a la servidumbre de la carne y de la sangre, o dominados por el lucro y el deseo; pero sabiendo como sabemos que dios vigila nuestros pensamientos y nuestras palabras de noche como de día, y que El es todo luz y mira aun dentro de nuestro corazón; creemos que, salidos de esta vida, viviremos otra mejor, a condición de que permanezcamos con Dios y por Dios inquebrantables y superiores a las pasiones, con alma no carnal, aun en la carne, sino con espíritu celeste; o cayendo con los demás nos espera vida peor en el fuego (porque Dios no nos creó como rebaños o bestias de carga, de paso, y sólo para morir y desaparecer); con esta fe, decimos, no es lógico que nos entregamos voluntariamente al mal y nos arrojemos a nosotros mismos en manos del gran juez para ser castigados”.[16]

 

  1. Ireneo de Lyon: Fue consagrado obispo de Antioquia entre el año primero de Vespasiano (70 d.C.) y el décimo de Trajano (107 d.C.). Ireneo escribió: “En el Nuevo Testamento [1062] creció la fe de los seres humanos en Dios, al recibir al Hijo de Dios como un bien añadido a fin de que el hombre participara de Dios. De modo semejante se incrementó la perfección de la conducta humana, pues se nos manda abstenernos no sólo de las malas obras, sino también de los malos pensamientos (Mt 15,19), de las palabras ociosas, de las expresiones vanas (Mt 12,36) y de los discursos licenciosos (Ef 5,4): de esta manera se amplió también el castigo de aquellos que no creen en la Palabra de Dios, que desprecian su venida y se vuelven atrás, pues ya no será temporal sino eterno. A tales personas el Señor dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41), y serán para siempre condenados. Pero también dirá a otros: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde siempre» (Mt 25,34), y éstos recibirán el Reino en el que tendrán un perpetuo progreso. Esto muestra que uno y el mismo es Dios Padre, y que su Verbo siempre está al lado del género humano, con diversas Economías, realizando diversas obras, salvando a quienes se han salvado desde el principio -es decir, a aquellos que aman a Dios y según su capacidad siguen a su Palabra-, y juzgando a quienes se condenan, o sea a quienes se olvidan de Dios, blasfeman y transgreden su Palabra.”[17]

 

  1. Tertuliano: Fue un apologeta y escritor eclesiástico. En una de sus obras titulada De paenitentia (aproximadamente en el año 203 d.C.) afirmó que quienes rechazan esta penitencia describe la condenación eterna en el infierno, castigo de quienes no quisieron arrepentirse y confesar sus pecados: “Si rehúsas la penitencia pública, medita en tu corazón acerca de la gehena que para ti ha de ser extinguida mediante la penitencia. Imagínate ante todo la gravedad de la pena, a fin de que no vaciles en asumir el remedio. ¿Cómo debemos considerar esta caverna del fuego eterno, cuando a través de algunas de sus chimeneas se producen tales erupciones de vigorosas llamas, que han hecho desaparecer las ciudades cercanas o están a la espera de que esto les ocurra cualquier día? Montes altísimos saltan hechos pedazos a causa del fuego que encierran, y resulta para nosotros un indicio de la perpetuidad de este fuego el hecho de que, por más que estas erupciones quebranten y destrocen las montañas, nunca cesa esta actividad. ¿Quién ante estas conmociones de los montes podrá dejar de considerarlas como un indicio del amenazante juicio? ¿Quién podrá pensar que tales llamaradas no sean una especie de armas arrojadizas que provienen de un fuego colosal e indescriptible?[18]

 

  1. Cipriano de Cartago: Nació hacia el año 200, probablemente en Cartago, de familia rica y culta. Se dedicó en su juventud a la retórica. El disgusto que sentía ante la inmoralidad de los ambientes paganos, contrastado con la pureza de costumbres de los cristianos, le indujo a abrazar el cristianismo hacia el año 246. Poco después, en 248, fue elegido obispo de Cartago. Al arreciar la persecución de Decio, en 250, juzgó mejor retirarse a un lugar apartado, para poder seguir ocupándose de su grey. Él afirmó: “Que gloria para los fieles habrá entonces, qué castigo para los no creyentes, qué dolor para los infieles no haber querido creer en otro tiempo en este mundo y no poder volverse ahora atrás y creer. La gehena siempre en llamas y un fuego devorador abrasará a los que allí vayan, y no tendrán descanso sus tormentos ni fin en ningún momento. Serán conservadas las almas con los cuerpos para sufrir con inacabables suplicios. Allí veremos siempre al que aquí nos miró por un tiempo, y el breve placer que tuvieron los ojos crueles en las persecuciones será contrapesado por el espectáculo sin fin, según el testimonio de la Sagrada Escritura, cuando dice> Su gusano no morirá, y su fuego no se extinguirá, y servirán de espectáculo a todos los hombres. Entonces será baldío el arrepentimiento, vanos los gemidos y sin eficacia los ruegos. Tarde creen en la pena eterna los que no quisieron creer en la vida eterna”.[19]

 

  1. Basilio de Cesárea: Nació en una familia profundamente cristiana Su abuelo materno había sufrido el martirio. Sucedió a Eusebio como Obispo de Cesarea. Él afirmó: “…no está presente en el infierno quien alabe, ni en el sepulcro quien se acuerde de Dios, porque tampoco está presente el auxilio del Espírito. ¿Cómo se puede, pues, pensar que el juicio se efectúa sin el Espíritu Santo, siendo así que la Palabra muestra que él mismo será también la recompensa de los justos cuando, en vez de las arras, se entregue a la totalidad, y que será la primera condenación de los pecadores cuando se les despoje de lo mismo que parecían tener?”[20]

 

  1. Gregorio Nacianceno: Nació en Nacianzo, Capadocia en el año 329, y fallecido en el 389. Célebre por su elocuencia y por su lucha en su colaboración en la lucha contra el arrianismo, junto con Basilio y Gregorio de Nicea. Él enseñó: “Conozco el temblor, la agitación, la inquietud y el quebranto del corazón, la vacilación de las rodillas y otras penas semejantes con que son castigados los impíos. Voy a decir, en efecto, que los impíos son entregados a los tribunales de la otra vida por la justicia parsimoniosa de este mundo, de modo que resulta preferible ser castigados y purificados ahora, que ser remitidos a los suplicios del más allá, cuando sea ya el tiempo del castigo y no de la purificación”.[21]

 

  1. Jerónimo: Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. Nació en el año 347 y murió en el 420. Él afirmó: “Son muchos los que dicen que en el futuro no habrá suplicios por los pecados ni se les aplicarán castigos que vengan del exterior, sino que la pena consistirá en el pecado mismo, y en el tener conciencia del delito, no muriendo el gusano en el corazón y ardiendo el fuego en el alma, de un modo semejante a la fiebre, que no atormenta al enfermo desde fuera, sino que, apoderándose de los cuerpos, castiga sin emplear ningún instrumento externo de tortura. Estas persuasiones son lazos fraudulentos, palabras vacuas y sin valor, que deleitan como flores a los pecadores, pero que les infunden una confianza que les conduce a los suplicios eternos”[22]

 

  1. Juan Crisóstomo: Nació en Antioquía de Siria en el año 347. Él enseñó: “Aparentemente no hay aquí más que un solo castigo, que es el ser quemado por el fuego; sin embargo, si cuidadosamente lo examinamos, veremos que son dos, porque el que es quemado es juntamente desterrado para siempre del reino de Dios. Y este castigo es más grave que el primero. Ya sé que muchos sólo temen al fuego del infierno, pero yo no vacilo en afirmar que la pérdida de la gloria eterna es más amarga que el fuego mismo. Ahora, que eso no lo podamos expresar con palabras, nada tiene de extraño, pues tampoco sabemos la naturaleza de los bienes eternos para podernos dar cabal cuenta de la desgracia que es vernos privados de ellos… Cierto, insufrible es el infierno y el castigo que allí se padece. Sin embargo, aun cuando me pongas mil infiernos delante, nada me dirás comparable con la perdida de aquella gloria bienaventurada, con la desgracia de ser aborrecido de Cristo, de tener que oír de su boca «no te conozco». De que nos acuse de que le vimos hambriento y no le dimos de comer. Mas valiera que mil rayos nos abrazaran, que no ver aquel manso rostro que nos rechaza, y que aquellos ojos serenos no pueden soportar mirarnos”.[23]

 

  1. Agustín de Hipona: Obispo de Hipona. Nació en el 354 y llegó a ser obispo de Hipona durante treinta y cuatro años. Combatió duramente todas las herejías de la época y murió el año 430. Agustín afirmó: “Habéis oído, pues, en el Evangelio que hay dos vidas: una presente, otra futura. La presente la poseemos: en la futura creemos. Nos encontramos en la presente; a la futura aún no hemos llegado. Mientras vivimos la presente, hagamos méritos para adquirir la futura, pues aún no hemos muerto. ¿Acaso se lee el Evangelio en los infiernos? Si de hecho fuera así, en vano le oiría el rico aquel, porque no podría haber ya penitencia fructuosa. A nosotros se nos lee aquí y aquí lo oímos, donde, mientras vivimos, podemos ser corregidos para no llegar a aquellos tormentos.”[24]  También afirmó: Por esto que sucede aquí, pudiera el entendimiento del hombre hacerse una idea de lo que nos está reservado en lo por venir. Sin embargo, ¡qué gran desproporción! Vive, no quiere morir; de ahí el amor a la vida inacabable, al querer vivir, al no querer morir nunca. Con todo eso, los que hayan de ir a las torturadoras penas del infierno han de querer morir y no podrán”.[25]

 

CONCLUSIÓN.

En oposición a la doctrina adventista, el cristianismo histórico y bíblico enseña tanto la existencia de un alma inmortal como la realidad del infierno y la eternidad tanto del gozo de los justos como del castigo de los impíos. Una vez más, debemos rechazar la doctrina adventista como infundada y herética.

Y aunque estas herejías deberían ser suficientes para rechazar el adventismo, la lista de errores aún continúa. En el próximo artículo (y último de esta serie) abordaremos algunas doctrinas poco conocidas, pero decididamente heréticas, enseñadas por los adventistas del séptimo día.

REFERENCIAS:

[1] Véase: http://www.elcentinela.com/?p=article&a=44107560324.880 Consultado el 19-02-2019.

[2] Véase: https://www.adventistas.org/es/escuelasabatica/leccion-12-muerte-y-resurreccion/ Consultado el 19-02-2019.

[3] Íbid.

[4] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/ Consultado el 19-02-2019.

[5] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/la-segunda-venida-de-cristo/ Consultado el 19-02-2019.

[6] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/el-milenio-y-el-fin-del-pecado/ Consultado el 19-02-2019.

[7] Véase: https://www.adventist.org/es/creencias/el-apocalipsis/la-muerte-y-la-resurreccion/ consultado el 19-02-2019.

[8] Véase: https://noticias.adventistas.org/es/noticia/biblia/existe-o-no-que-dice-la-biblia-sobre-el-infierno/ Consultado el 19-02-2019.

[9] Se recomienda la lectura de los siguientes libros como fuente de consulta: Patrologia I, Johannes Quasten, BAC 206, Patrologia II, Johannes Quasten, BAC 217, Padres apologetas griegos, Edición bilingüe completa, Daniel Ruiz Bueno, BAC 116, Obras de San Juan Crisóstomo, Tomo I y Homilías sobre Mateo, BAC 141.

[10] Eusebio, Historia Eclesiástica 6,14,1.

[11] Ignacio de Antioquía, Carta a los efesios, 16-17: FuP 1, 119-121

[12] Justino Mártir, Apología I, 28; BAC 116, 209-210

[13] Justino Mártir, Apología II, 9; BAC 116, 271

[14] Martirio de Policarpo, 2, 3-4: FuP 1,251

[15] Discurso a Diogneto, 10,7-8: BPa 52, 568

[16] Atenágoras, Legación a favor de los cristianos, 31: BAC 116,701-702

[17] Ireneo, Contra los herejes IV,28,2

[18] Tertuliano, De la penitencia, 12: PL 1,1247

[19] Cipriano, A Demetriano, 24: BAC 241, 292-293

[20] Basilio de Cesárea, El Espíritu Santo, 16,40: BPa 32,175-176

[21] Gregorio Nacianceno, Discursos, 16,7: PG 35,944

[22] Jerónimo, Comentario a la Carta a los efesios, 3,5,6: PL 26, 522

[23] Juan Crisóstomo, Homilías sobre Mateo 23,8 BAC 141, 489-491

[24] Agustín de Hipona, Sermón, 113-A, 3: BAC 441, 829-830

[25] Agustín de Hipona, Sermón 127, 2: BAC 443, 106-107