LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES

Judaizantes en el pentecostalismo de hoy.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los cristianos evangélicos, y sobre todo los pentecostales, amamos al pueblo judío y oramos por la paz de Jerusalén y la salvación de la nación de Israel. Sin embargo, Israel no es ni debería ser nuestro ídolo. Es un error suponer que todas las decisiones políticas del actual Estado de Israel sean correctas. Eso es cegarnos a la realidad de que los judíos también son seres humanos caídos, que cometen errores y están muertos espiritualmente en tanto no reconozcan a Jesús como su Salvador. En algunas iglesias, sin embargo, se oye a pastores y laicos afirmar que todos los judíos serán salvos por el simple hecho de ser judíos y pertenecer al linaje escogido. No adoro ni venero de forma enfermiza o fanática a la nación de Israel. Yo adoro al Dios de Israel y he depositado mi fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Mesías judío. Tampoco sueño con ser judío ni busco en las genealogías cualquier herencia sefardí basada en mi apellido (como se ha puesto de moda en muchos círculos evangélicos latinoamericanos que desearían ser más judíos que los fariseos), no me interesa tener vínculos de sangre con Israel o practicar costumbres judías como es el sueño de muchos. Bendigo a Israel y lo amo, punto. Me siento orgulloso de ser un gentil pues, al igual que los apóstoles Pedro y Pablo “…Comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia…” (Hechos 10:34-35; Romanos 2:11; Gálatas 2:6; Efesios 6:9).

¡CUIDADO! PELIGRO A LA VISTA…

Lamentablemente una tendencia judaizante y de veneración hacia Israel, sus costumbres y símbolos, se ha infiltrado en muchas iglesias, principalmente neo pentecostales e insanas doctrinal y litúrgicamente. Está comprobado que en ciertas congregaciones auto definidas como ‘iglesia cristiana evangélica’, o que confiesan serlo, pero se identifican con nombres alusivos al Antiguo Testamento, se ocupan más de Israel y de la cultura judía que del Señor Jesucristo y Su Evangelio. Pero, ¿Por qué lo hacen? Causa sorpresa que, al entrar a muchas congregaciones evangélicas, lo primero que ves son textos mencionando a Israel, escritos hebraicos y símbolos religiosos judíos. ¿Qué relación existe entre los decorados de muchas iglesias y el culto y la liturgia cristiana? Por si eso no fuera suficiente, en muchas iglesias evangélicas sobresalen más los niños del ‘ballet cristiano’ ataviados como judíos y danzando al son de la típica música israelí que la presencia misma del Espíritu Santo o la búsqueda sincera de Dios. El espectáculo resulta a la vez tanto atractivo como conmovedor. Niños y jóvenes, principalmente señoritas, pasan mucho tiempo ensayando para brindar a la congregación un tremendo espectáculo al mejor estilo judío. En tales congregaciones abundan los mensajes basados en el Antiguo Testamento sobre el ofrendar a Dios y su complacencia con nuestros diezmos y ofrendas. Es decir, con dinero. No faltan los llamados a ‘pactar con Dios’ y se menciona con frecuencia el pacto de Dios con Abraham con el que ese varón fue grandemente enriquecido con todo tipo de bienes. Cada vez que alguien se levanta para recibir el sobre del ‘pacto’, la congregación prorrumpe en aplausos y el oficiante alaba la humildad y valentía del ‘siervo’ o ‘sierva’ que ‘pacta’ con Dios. Al finalizar tales demostraciones se amonesta a los remisos, reiterándoles que Dios castiga con pobreza material al que le roba.

Muchos de los líderes de tales congregaciones creen sinceramente lo que predican. Otros, a los que por razones obvios prefiero llamar “apostolobos”, se aprovechan descaradamente de esa pobre gente que no tiene argumentos necesarios para enfrentar a esos líderes; gente sencilla que obedece mansamente por temor a perder su salvación; que carecen de enseñanza bíblica sólida para ver la diferencia entre Evangelio y el error. Tales aberraciones han mal parido la denominada Teología de la Prosperidad, combinando de forma irracional y absurda pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Esto está produciendo congregaciones híbridas, fenómenos anormales que ni son iglesia ni sinagoga. Y yo me pregunto: ¿Por qué se está regresando al Antiguo Testamento en tantas iglesias cristianas? ¿Qué pasó con el Mensaje de la Gracia que se predicaba desde el púlpito? ¿Dónde quedaron las enseñanzas de Jesús y los apóstoles sobre no volver atrás? ¿Qué es lo que predicamos hoy? Con el ánimo de contribuir a despejar dudas y confusiones causadas involuntaria o voluntariamente, analicemos qué nos dice la Palabra de Dios sobre esta moda abrazada por muchos cristianos que se vuelcan a las tradiciones judías y a teologías defectuosas (o debería decir herejías).

MANIFESTACIONES DE LA HEREJÍA JUDAIZANTE EN LAS IGLESIAS MODERNAS.

Pero la tentación de judaizar, de pervertir el Evangelio adoptando interpretaciones judías que no proceden de la Biblia sino de tradiciones humanas, no es nueva. Ciertamente, hoy podemos hallar manifestaciones de semejante conducta en aquellos cristianos que se empeñan en colocarse una kipá argumentando su origen judío, cuando lo cierto es que la costumbre era desconocida en la época de Jesús y sólo tiene unos siglos; en los que leen la Biblia desde una perspectiva talmúdica y no neotestamentaria, en los que insisten en usar sólo nombres hebreos para referirse a Jesús o demás personajes bíblicos, o en los que abogan por libros que pervierten el texto del Nuevo Testamento como es el caso del llamado Código Real, una versión del Nuevo Testamento que se presenta como traducción realizada de los manuscritos hebreos y arameos más antiguos a la luz del pensamiento hebraico del primer siglo. La obra tiene la pretensión de poner al alcance de los lectores el texto verdadero del Nuevo Testamento, pero en realidad es una verdadera estafa científica, intelectual y espiritual que sirve de cobertura para algunas de las herejías más destructivas. La inclusión de lenguaje y terminología hebrea, el uso de talits o mantos de oración, los cánticos en hebreo, la danza hebrea, el uso del shofar, la estrella de David, la menorah (candelero de 7 brazos), banderas de Israel adornando permanentemente los templos cristianos, etc., son otros ejemplos claros de la introducción de estas modas heréticas en muchas iglesias evangélicas. Sin embargo, esa moda (herejía más bien) no es nueva. La tendencia a judaizar la fe cristiana proviene de tiempos bíblicos cuando los judaizantes pretendieron introducir en la congregación cristiana rituales y costumbres judías como la circuncisión, las regulaciones dietéticas, la observancia de días sagradas y muchos otros elementos. El judío Pablo ya tuvo que enfrentarse con ella en el siglo I en pleno proceso de expansión del cristianismo. El apóstol Pablo defendió a la naciente iglesia gentil de ese peligro espiritual a través de su carta a los gálatas.

Lamentablemente, el problema de la Iglesia de Galacia ha resurgido en estos postreros días con un sin número de “creyentes” que sutilmente están introduciendo la doctrina de que el pueblo de Dios ha perdido sus “raíces hebreas”; y que es necesario retornar a esas raíces. Esta invasión, no procede en su mayoría de judíos convertidos al cristianismo; sino más bien, de gentiles cristianos que se ponen a estudiar esas raíces hebreas y las quieren traer a las Iglesias. Pablo usa un fuerte calificativo para los tales: “insensatos” (Gálatas 3:1). Estas iglesias judaizadas piensan que son más espirituales por cantar en hebreo o arameo, usar vestimentas judías, hacer sonar los shofares o incluir danza hebrea en sus servicios. Otros llegan incluso a abstenerte de ciertos alimentos y guardar el día de reposo judío. Con ello pretenden volver a las “raíces hebreas” del cristianismo y “liberarse” de la mentalidad “grecorromana” y gentil que, según ellos, tanto mal le hace a la iglesia. Pareciera que no han leído estas palabras: “…Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo…” (Colosenses 2:16-17).

Nuestro Señor Jesucristo se opone firmemente a dichas tendencias judaizantes. En Apocalipsis 3:9 Jesús aseguró a los gentiles que le seguían según las decisiones del Concilio de Jerusalén (el cual se opuso a los planes de judaizar la iglesia), que ellos hacían lo correcto y que serían final y públicamente aprobados por Él: “…He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado…” (Apocalipsis 3:9).

¿Por qué no vale la pena convertir la iglesia en una imitación de la cultura judía? En primer lugar porque DIOS NO NOS HA LLAMADO A SER JUDÍOS NI ESPERA QUE LA IGLESIA LO SEA (Gálatas 2:11-19; 3:28-29). Dios desea la formación de iglesias autóctonas en cada tribu, lengua, pueblo y nación que lo alaben según su propia cultura (Apocalipsis 7:9). En la dispensación de la Gracia, ser judío o no serlo es irrelevante para la salvación (Isaías 42:6; 49:6; Oseas 2:23, Hechos 13:47; Romanos 9:23-33).

Tras la glorificación de Jesucristo, llegó el Espíritu Santo tal como Él había prometido y empoderó a los que creyeron convirtiéndolos en testigos de Su Persona y Obra Redentora; y lo sigue haciendo aun hoy (Hechos 1-3). Los discípulos, que poco antes se preocupaban por la manifestación terrenal del Reino prometido a David (Hechos 1:6-9 3), fueron sacudidos en su condición humana viviendo el derramamiento pentecostal y siendo partícipes del evento más trascendental después de que la cruz del Gólgota y el sepulcro de José de Arimatea quedaran vacíos. Los apóstoles y con ellos los más de tres mil nuevos creyentes fueron testigos del nacimiento de la nación prometida a Abraham y que Jesús anunció a Pedro que habría de edificar: Su iglesia (Mateo 16:16-18 4). En ese solo día de Pentecostés se cumplieron la profecía de Isaías y la promesa de Jesús (Isaías 66:8). Los primeros meses de la comunidad de fe fueron causa de admiración entre los judíos. Pero, poco más tarde, el celo de los líderes judíos pudo más y originó la cruel persecución a los primeros cristianos. Es lo que se lee en los primeros diez capítulos del libro de los Hechos. A partir del capítulo 11, después que el Evangelio fuera predicado en Jerusalén, Judea y Samaria se nos revela el carácter inclusivo de la iglesia. A diferencia del judaísmo que los excluye el Evangelio de Jesucristo incluye a los gentiles. Este hecho glorioso de la misericordia de Dios fue acompañado, sin embargo, por el esfuerzo ininterrumpido de parte de los judíos para introducir conceptos propios de su religión en la doctrina cristiana. Por un lado, no cabían en su asombro de que el Espíritu Santo pudiese operar en los que ellos consideraban impuros; por el otro, se conjuraron para hacerlos volver a la religión ancestral, o eliminarlos definitivamente como hicieron con los primeros mártires cristianos. Por eso el apóstol Pablo, judío de pedigrí si los hubo y habrá, se ocupó en explicar con todo denuedo a los nuevos creyentes; les enseñó que todas las cosas pertenecientes a la ley judía y su liturgia eran la sombra de Cristo y que, con la llegada del Hijo de Dios a la tierra, aquellas y las tradiciones judías ya eran cosas del pasado (Hebreos 8:5; 9:23,24; 10:1; Colosenses 2:8, 17,18, 20; 2 Corintios 5:17; Gálatas 4:3,9). ¿Por qué muchos evangélicos hoy en día quieren revivir lo que ya está muerto y ha sido anulado bajo el nuevo Pacto? Si eres judío y esa es tu cultura, lo entiendo y lo acepto. Hazlo. Pero si eres gentil y solo quieres judaizar imitando lo judío, no solo es medio ridículo lo que haces, sino que quizá debas tener cuidado, no sea que introduzcas fuego extraño en la adoración a nuestro Dios. El Dios verdadero no es un dios tribal judío, sino el Dios de toda la tierra y de todas las naciones (Salmo 24:1).

Evangelio de la Prosperidad, Sin categoría

Herejías Destructoras: El Evangelio de la Prosperidad.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Vivir con el objetivo de acumular riqueza es anticristiano. Sin embargo, a través de los años, el mensaje que se ha estado predicando en algunas de las iglesias más grandes del mundo ha cambiado; de hecho, un nuevo evangelio se está enseñando en muchas congregaciones hoy. A este evangelio se le han adscrito muchos nombres, tales como «el evangelio del decláralo y recíbelo», «el evangelio del písalo y arrebátalo», «el evangelio de la salud y las riquezas», «el evangelio de la prosperidad» y «la teología de la confesión positiva». Pero no importa el nombre que se use, la esencia de este nuevo evangelio es la misma.

La teología de prosperidad, a veces llamada evangelio de la prosperidad, es una creencia religiosa compartida por algunos cristianos, quienes sostienen que la bendición financiera y el bienestar físico son siempre la voluntad de Dios para con ellos, y que la fe, el discurso positivo y las donaciones a causas religiosas aumentarán la riqueza material propia. En pocas palabras, este egocéntrico «evangelio de la prosperidad» enseña que Dios quiere que los creyentes estén físicamente sanos, sean materialmente ricos y personalmente felices. Los maestros del evangelio de la prosperidad animan a sus seguidores a orar e incluso a demandar a Dios un florecimiento material.

La doctrina enfatiza la importancia del empoderamiento personal y propone que es la voluntad de Dios que su pueblo sea feliz. La expiación (reconciliación con Dios) se interpreta para incluir el alivio de la enfermedad y la pobreza, los cuales se consideran maldiciones que se pueden romper por la fe. Se cree que esto se consigue a través de donaciones monetarias, visualización y confesión positiva. Durante el auge del movimiento conocido como Healing Revival, a fines de los años 1940 y durante la década de 1950, la teología de la prosperidad tuvo gran difusión en Estados Unidos, aunque algunos han asociado los orígenes de su teología al movimiento Nuevo Pensamiento, que empezó en el siglo XIX. Las enseñanzas de prosperidad ocuparon más tarde un lugar prominente en el movimiento Word of Faith y el tele-evangelismo de los años 1980. En las décadas de 1990 y 2000, influentes líderes del movimiento pentecostal y el movimiento carismático la adoptaron en los Estados Unidos y se ha propagado por varios otros países. Algunas figuras prominentes en su desarrollo son E. W. Kenyon, Oral Roberts, A. A. Allen, Robert Tilton, T. L. Osborn, Joel Osteen, Creflo Dollar, Kenneth Copeland, Cash Luna, Mike Murdoc, Reverendo Ike y Kenneth Hagin.

ORIGEN, DESARROLLO Y EXPANSIÓN DEL. EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD.

Si buscamos los orígenes de esta corriente teológica podremos encontrarlos en los Estados Unidos, donde la mayoría de los investigadores de la fenomenología religiosa estadounidense hacen remontar este movimiento al pastor neoyorkino Essek William Kenyon (1867-1948). Kenyon sostenía que a través del poder de la fe pueden modificarse las realidades materiales concretas. Pero la conclusión directa de esta convicción es que la fe puede llevar a la riqueza, a la salud y al bienestar, mientras que la falta de fe lleva a la pobreza, a la enfermedad y a la desdicha. Estas doctrinas se han asociado con el Positive Thinking, el «pensamiento positivo», y se han alimentado también en una medida importante de él. El Positive Thinking es expresión del denominado “American way of life” (modo de vida estadounidense). En tal sentido, se relacionan con la «posición excepcional» que Alexis de Tocqueville, en su célebre obra ‘La democracia en América’ (1831), atribuyó a los estadounidenses. Según este autor, en virtud de dicha excepcionalidad se ha de creer que ningún pueblo democrático llegará a encontrarse nunca en una posición semejante. Tocqueville llegó a afirmar que ese modo de vida plasma también la religión de los estadounidenses. Un impulso fundamental a estas ideas de «prosperidad evangélica» se dio con el denominado «movimiento de la fe», que tuvo como principal mentor al pastor y autoproclamado «profeta» Kenneth Hagin (1917-2003). Una de las características de Hagin eran visiones recurrentes que lo llevaban a dar una interpretación singular de algunos textos muy conocidos de la Biblia. Tal es el caso, por ejemplo, de Marcos 11:23-24: “En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis». Estos dos versículos son para Hagin pilares de la «teología de la prosperidad.”

Según afirma, la fe milagrosa, para traducirse en obras, debe ser sin incertidumbres, especialmente en las cosas imposibles: debe declarar específicamente el milagro y creer que se lo obtendrá de la manera imaginada. Hagin enfatizó también otro aspecto: que el milagro deseado se considere como ya sucedido. Es decir, se debe desplazar su realización del futuro al pasado. Tanto Kenyon como Hagin comprendieron que la comunicación de masas era un instrumento fundamental para la rápida difusión de sus enseñanzas. El primero se sirvió de su show personal «Kenyon’s Church of the Air» [«La Iglesia del aire de Kenyon»], y el segundo, del programa «Faith Seminar of the Air» [«El seminario de fe del aire»]. Pero ellos no fueron los únicos. Hay algunos predicadores que pueden citarse como continuadores de las teologías de Kenyon y Hagin y de su estrategia de comunicación. El primero de ellos es Kenneth Copland, que fue «ungido» por el mismo Hagin como sucesor suyo, con su programa televisivo «Believer’s Voice of Victory» [«La voz de victoria del creyente»], que ha difundido en gran parte del mundo estas doctrinas. Del mismo modo, Norman Vincent Peale (1889-1993), pastor de la Marble Collegiate Church de Nueva York, alcanzó popularidad con sus libros con títulos elocuentes en su significado: “El poder del pensamiento positivo”; “Cambia tus pensamientos y cambiará todo”; “Guía para una vida apacible” . Peale fue un predicador exitoso, y llegó a mezclar marketing y predicación.

En los Estados Unidos millones de personas frecuentan asiduamente «megaiglesias» que difunden estas teologías de la prosperidad. Los predicadores, profetas y apóstoles enrolados en evangelio diferente han ocupado espacios cada vez más importantes en los medios de comunicación de masas, han publicado una enorme cantidad de libros que se han convertido rápidamente en superventas y han pronunciado conferencias que muy a menudo llegan a millones de personas a través de todos los medios disponibles de Internet y de las redes sociales. Nombres como Oral Roberts, Pat Robertson, Benny Hinn, Robert Tilton, Joel Osteen, Joyce Meyer y otros han acrecentado su popularidad y riqueza profundizando, enfatizando y extremando este evangelio.

El «evangelio de la prosperidad» (Prosperity Gospel) ha ido difundiéndose no solamente en los Estados Unidos, donde nació, sino también en África, especialmente en Nigeria, Kenia, Uganda y Sudáfrica, de la mano de pastores como Robert Kayanja, quien desarrolló también un vasto movimiento muy presente en los medios de comunicación de masas. Pero el «evangelio de la prosperidad» ha tenido también un notable impacto en Asia, sobre todo en India y Corea del Sur. En este último país hubo en los años ochenta un fuerte movimiento autóctono vinculado a esta corriente teológica, promovido por el pastor Paul Yonggi Cho. Este predicó una «teología de la cuarta dimensión», según la cual los creyentes, mediante el desarrollo de visiones y sueños, iban a poder llegar a controlar la realidad, obteniendo casi todo tipo de prosperidad inmanente. Se observa también un arraigo en la República Popular China gracias a las «Iglesias de Wenzhou». Wenzhou es un gran puerto oriental en la provincia de Zhejiang, en cuya zona han ido apareciendo grandes cruces rojas en cada vez más edificios. Tales cruces suelen indicar la presencia de una «Iglesia de Wenzhou», una comunidad creada por varios empresarios locales y vinculada al movimiento de la «teología de la prosperidad».

En América Latina la difusión y la propagación de esta teología se dio de manera exponencial, y ello desde 1980, aunque también pueden encontrarse raíces de este proceso entre los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Este fenómeno religioso se traduce desde el punto de vista mediático en el uso de la televisión por parte de figuras muy carismáticas de algunos pastores, que lanzan un mensaje simple y directo montado en torno a un espectáculo de música, testimonios y una lectura distorsionada de la Biblia. Si consideramos América Central, Guatemala y Costa Rica se han convertido probablemente en los dos bastiones principales de esta corriente religiosa. En Guatemala ha sido determinante la presencia del líder carismático Carlos Enrique Luna Arango, llamado «Cash Luna». Costa Rica es también un bastión del evangelio de la prosperidad, al ser la sede del canal de televisión satelital TBN-Enlace, un medio de comunicación al servicio de este movimiento herético. En América del Sur la difusión más significativa se dio en Colombia, Chile y Argentina, pero no cabe duda de que Brasil merece una consideración especial, porque posee una dinámica propia y un movimiento pentecostal autóctono como la «Iglesia Universal del Reino de Dios». Este grupo, denominado también «Pare de sufrir», tiene ramificaciones en toda América Latina. Basta analizar el anuncio de la «Iglesia Universal» brasileña para encontrar en ella un fuerte mensaje de prosperidad y bienestar ligado a la frecuentación personal de sus templos con el fin de recibir múltiples beneficios.

Lo que resulta absolutamente claro es que el poder económico, mediático y político de estos grupos, a los que podemos definir genéricamente como «evangélicos del sueño estadounidense», los hace mucho más visibles que el resto de las Iglesias evangélicas, también que las de la línea pentecostal clásica. Además, su crecimiento es exponencial y directamente proporcional a los beneficios económicos, físicos y espirituales que prometen a sus seguidores: bendiciones todas que están muy lejos de las enseñanzas de una vida de conversión propia de los movimientos evangélicos tradicionales. Estos movimientos han recibido no pocas críticas. Muchos sectores evangélicos tanto tradicionales como más recientes, han criticado duramente esos movimientos, llegando a denominar lo que proclaman como «un evangelio diferente».

ERRORES TEOLÓGICOS DEL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD

El Evangelio de la Prosperidad, que no es más que un falso Evangelio, ha sido duramente criticado por los líderes de varias denominaciones cristianas, aun dentro del mismo movimiento pentecostal y carismático, pues sostienen que es irresponsable, promueve la idolatría y es contraria a la Escritura. Basta con analizar 5 de los principales postulados de este “Evangelio Diferente” para darnos cuenta que las críticas que se le hacen son justificadas:

(1. EL PACTO ABRAHÁMICO ES UN MEDIO PARA EL DERECHO MATERIAL.

El primer error del evangelio de la prosperidad es ver el Pacto Abrahámico como un medio para el derecho material. El pacto Abrahámico (Génesis 12, 15, 17, 22) es una de las bases teológicas del evangelio de la prosperidad. Es bueno que los teólogos de la prosperidad reconozcan que gran parte de la Escritura es el registro del cumplimiento del pacto Abrahámico, pero es malo que no mantengan una visión ortodoxa de este pacto. Tienen una visión incorrecta del inicio del pacto; más significativamente, tienen una visión errónea de la aplicación de este.

De acuerdo con el Evangelio de la Prosperidad, los cristianos son hijos espirituales de Abraham y herederos de las bendiciones de la fe. Esta herencia abrahámica se desenvuelve principalmente en términos de beneficios materiales. En otras palabras, el evangelio de la prosperidad enseña que el propósito primordial del pacto Abrahámico era que Dios bendijera a Abraham materialmente. Ya que los creyentes son ahora los hijos espirituales de Abraham, han heredado estas bendiciones financieras. Como el pacto de Dios ha sido establecido, y la prosperidad es una provisión de este pacto, cada creyente tiene que tomar conciencia de que la prosperidad ahora te pertenece y reclamarla. Para respaldar esta declaración, los maestros de la prosperidad apelan a Gálatas 3:14, que se refiere a: “Mediante Cristo Jesús, Dios bendijo a los gentiles con la misma bendición que le prometió a Abraham…” (Nueva Traducción Viviente). Es interesante, sin embargo, que en sus apelaciones a Gálatas 3:14, los maestros de la prosperidad ignoran la segunda mitad del versículo, que dice: “a fin de que los creyentes pudiéramos recibir por medio de la fe al Espíritu Santo prometido.” En este versículo Pablo le recordaba claramente a los Gálatas la bendición espiritual de la salvación, no la bendición material de la riqueza.

Jesús advirtió a los suyos respecto al peligro de ser dominados por el afán, la codicia y la avaricia. Y les dijo: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12.15–16). Jesús señaló que el objetivo primordial de los creyentes debe centrarse en buscar primeramente el Reino de Dios y Su justicia, y todo lo demás vendría por añadidura (Mateo 6:19-21, 33). A un grupo de personas que lo habían visto hacer milagros y que desesperadamente lo andaban buscando del otro lado del Mar de Galilea, Jesús les descubrió sus intenciones y de forma tajante les dijo: “De cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará” (Juan 6:26–28). Estas personas habían visto en Jesús al Rey del Pan terrenal, pero no al “Pan de Vida” enviado de Dios. Lo miraban como el suplidor de las necesidades básicas temporales, pero no tenían ningún interés en saciar el hambre espiritual. En lugar de ser movidos a una mayor entrega a Dios o a seguir al Señor, ahora pretendían usar a Jesús para satisfacer sus necesidades físicas y temporales.

Deplorablemente la poca enseñanza teológica existente, o la baja calidad de la enseñanza bíblica en las congregaciones cristianas, abonan el terreno para que los engañadores persuadan con sus estratagemas a los incautos: “Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme (2 Pedro 2.1–3). Jesús dijo que no se puede servir a Dios y a Mammón: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a Mammón” (Mateo 6:24; RV1909).

El espíritu materialista de Mammón, el dios del dinero (Mateo 6:24; 1 Timoteo 6:10), disfrazado de “Prosperidad divina” y la avidez por tener más y más a cualquier precio, se han apoderado en gran parte de la agenda de muchos ministros del Evangelio hoy en día. Estos ministros se han olvidado de que fueron llamados a vivir por fe, no por vista (2 Corintios 4:18, 5:7); a andar en el Espíritu, no en la carne (Gálatas 5:16); a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Colosenses 3:1-3); a no distraerse en lo terrenal (Filipenses 3:18-19); a servir a Dios y no a las riquezas (Mateo 6:24; Lucas 12:21); a predicar el Evangelio gratuitamente (Mateo 10:8; 1 Corintios 9:18; 2 Corintios 11:7); y a estar contentos con lo que Dios les ha dado, no monopolizando la religión como un medio para obtener ganancias (1 Timoteo 6:3-10).

(2. LA EXPIACIÓN DE JESÚS SE EXTIENDE HASTA EL «PECADO» DE LA POBREZA MATERIAL.

Un segundo error teológico del evangelio de prosperidad es una visión defectuosa de la expiación. El evangelio de la prosperidad afirma que tanto la curación física como la prosperidad financiera han sido provistas en la Expiación. Para los maestros de la prosperidad el principio básico de la vida cristiana es saber que Dios ha puesto nuestro pecado, malestar, enfermedad, tristeza, angustia y pobreza sobre Jesús en el Calvario. Por ende, nuestra bendición material está garantizada.

Este malentendido del alcance de la expiación proviene de dos errores que cometen los proponentes del evangelio de la prosperidad. En primer lugar, muchos de los que se aferran a la teología de la prosperidad tienen un concepto erróneo fundamental de la vida de Cristo. Por ejemplo, algunos de los maestros de la prosperidad han caído en el absurdo de suponer que Jesús tenía una casa bonita, una casa grande, manejaba mucho dinero e incluso vestía ropas de diseñador (John Avanzini, “Believer’s Voice of Victory,” programa transmitido en TBN, 20 de enero 1991. Citado en Hank Hanegraaff, Christianity in Crisis; Eugene, OR: Harvest House, 1993, pp. 381). Esa visión deformada de la vida de Cristo lleva a los maestros de la prosperidad a un concepto igualmente deformado sobre la muerte de Cristo, basado en una interpretación errónea de 2 Corintios 8:9, que dice: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”. Si bien una lectura superficial de este versículo puede llevar a creer que Pablo estaba enseñando acerca de un aumento en la riqueza material, una lectura contextual revela que Pablo estaba enseñando el principio opuesto. De hecho, Pablo estaba enseñando a los corintios que, puesto que Cristo realizó tanto por ellos a través de la expiación, ellos debían vaciarse de sus riquezas al servicio del Salvador. Esta es la razón por la cual solo cinco cortos versículos más tarde Pablo instaría a los corintios a dar sus riquezas a sus hermanos necesitados, escribiendo: “Para que, en este tiempo, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos”. (2 Corintios. 8:14).

Desde la perspectiva bíblica la prosperidad financiera, al igual que la salud física, es algo deseable, pero no se constituye en un fin en sí mismo y tampoco en la meta suprema del cristiano, como lo afirma el apóstol Juan: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 2). La prosperidad espiritual debe ser la sólida base sobre la que corresponde cimentar cualquier otro tipo de prosperidad entre los cristianos. La Nueva Versión Internacional aclara más el sentido de este texto al apuntar: “Querido hermano, oro para que te vaya bien en todos tus asuntos y goces de buena salud, así como prosperas espiritualmente” (3 Juan 2, NVI). Una prosperidad financiera sin los fundamentos de la prosperidad espiritual, en términos estrictamente bíblicos, no sirve absolutamente para nada. En palabras del Señor Jesús, sería como edificar una casa sobre la arena movediza y no sobre la roca fuerte. Es construir sobre las arenas de las volatilidades cambiarias, de los fenómenos bursátiles, y de la falsa sensación de seguridad que dan las riquezas (Mateo 7:24-27). Tal prosperidad sería totalmente destructiva y conduciría, no solo a alimentar el espíritu de la avaricia entre los cristianos, sino también, a que estos pongan su mira y su confianza exclusivamente en las cosas de este mundo, olvidándose de la gloriosa esperanza eterna. El apóstol Pablo enseñó que los verdaderos creyentes deben concentrar su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Colosenses 3:1–2).

  1. LOS CRISTIANOS DAN PARA OBTENER COMPENSACIÓN MATERIAL DE DIOS.

Un tercer error del evangelio de la prosperidad es que los cristianos deben dar para obtener compensación material de Dios. Una de las características más llamativas de los teólogos de la prosperidad es su aparente fijación con el acto de dar. Los estudiantes del evangelio de la prosperidad son instados a dar generosamente; sin embargo, este énfasis en dar se basa en motivos que son todo menos filantrópicos. La fuerza que impulsa esta enseñanza sobre el dar es lo que se conoce como la «Ley de la compensación». Según esta ley, supuestamente basada en Marcos 10:30, los cristianos necesitan dar generosamente a otros porque cuando lo hacen, Dios devuelve más a cambio. Esto, a su vez, conduce a un ciclo de prosperidad cada vez mayor. Es evidente, entonces, que la doctrina de dar del evangelio de la prosperidad se fundamenta en motivos defectuosos. Si bien es cierto que Jesús enseñó a sus discípulos a dar, sin esperar nada a cambio (Lucas 10:35), los teólogos de la prosperidad enseñan a sus discípulos a dar porque conseguirán un gran retorno de su inversión.

Mientras por un lado emergen creyentes que motivados por un sentimiento honroso de generosidad son capaces de quedarse absolutamente sin nada en su haber con tal de darlo para el progreso de la Iglesia, existen, asimismo, ministros codiciosos, oportunistas, “cuyo dios es su vientre y cuya gloria es su vergüenza”, porque “sólo piensan en lo terrenal” (Filipenses 3:19). Los proponentes del Evangelio de la Prosperidad siembran en la mente de los oyentes, la falsa idea, de que, si no eres próspero económicamente, es porque estas bajo maldición o eres parte de algún tipo de juicio divino (Para un estudio más profundo sobre las maldiciones véase: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/09/distorsionando-la-fe-pentecostal-las-maldiciones-generacionales/).

Los predicadores de la prosperidad priorizan el asunto del dinero como lo más importante en el contexto de las bendiciones de Dios para Su pueblo. Además, con su valoración persistente de las riquezas terrenales demuestran que su confianza y esperanza están enfocadas exclusivamente en esta vida efímera y pasajera y no en la expectativa de la gloriosa vida eterna. Con reiteración recurren al pasaje bíblico que habla de la viuda de Sarepta y el profeta Elías (1 Reyes 17:8-24). Insisten en que a esta viuda por mucho tiempo no se le agotó el aceite debido a que le dio de su comida a Elías primero. El énfasis aquí es que, si das mucho dinero a la obra, tus finanzas siempre se estarán multiplicando, lo cual es una gran falacia, porque en el caso de la viuda de Sarepta, hubo un trato directo por parte de Dios. Fue una situación particular en que Dios obró de forma soberana y providencial para suplir las necesidades del profeta Elías y no puede interpretarse como que siempre Dios actuará de la misma forma con todos sus siervos. Dios es muy creativo y multifacético en su modus operandi. Esto queda comprobado al observar que, en medio de aquella crisis, ya con anterioridad, el profeta Elías, había sido alimentado milagrosamente por unos cuervos (1 Reyes 17:2-6). Si bien esta historia puede llevarnos a la reflexión para conocer algunos de los tratos de Dios con sus hijos, es evidente que no se puede violentar la interpretación de los textos, intentando aplicarla a nuestro tiempo en todo su rigor, y menos en relación con el tema del dinero. De hecho, con el trascurrir del tiempo, los líderes religiosos de Israel ya habían tergiversado esta historia y con frecuencia visitaban a las viudas para explotarlas económicamente. Por lo mismo, en su época, Jesús los reprendió con bastante firmeza al decirles: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas” (Mateo 23:14; 12:40).

Los proponentes de la Doctrina de la Prosperidad enseñan a la gente que quien no aporte dinero a sus ministerios, no será prosperado, ni en ninguna manera bendecido por Dios. De esa manera astuta y siniestra, condicionan psicológicamente las conciencias de las personas para que se predispongan a ofrendar. Para empeorar las cosas, el estilo de vida ostentoso y de despilfarro de algunos ministros que promueven el Evangelio de la Prosperidad es un grosero insulto a Aquel humilde carpintero de Nazaret que no tenía ni siquiera donde recostar su cabeza (Mateo 8:20; Lucas 16:13). Estos ministros corruptos, han leudado el verdadero Evangelio, introduciéndole la levadura de su interpretación unipersonal, completamente descontextualizada del tenor general de las Escrituras.

Otra de las infaustas prácticas comunes que tienen estos postulantes del Evangelio de la Prosperidad, es hacerle creer a la gente que pueden utilizar su dinero para establecer pactos con Dios. Cabe señalar, que esta es otra burda falacia, porque, aunque si bien es cierto que la Biblia habla de pactos, esos pactos no tienen que ver, en lo absoluto, con dinero (Para un estudio más profundo visita: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/16/herejias-destructoras-las-maratonicas-y-el-pactar-con-dios-a-traves-del-dinero/).

Un pasaje que con regularidad esgrimen los proponentes de la Doctrina de la Prosperidad, es cuando Jacob hizo voto a Dios en su camino hacia Padan-Aram. Ellos dicen que Jacob hizo un pacto con Dios relacionado con el dinero, lo cual es una tremenda distorsión del sentido de la verdad escrituraria. El pasaje clarísimamente señala que lo que Jacob hizo fue un voto y no un pacto. Fue una promesa “Luego Jacob hizo esta promesa: «Si Dios me acompaña y me protege en este viaje que estoy haciendo, y si me da alimento y ropa para vestirme, y si regreso sano y salvo a la casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios. Y esta piedra que yo erigí como pilar será casa de Dios, y de todo lo que Dios me dé, le daré la décima parte»”. (Génesis 28:20-22, NVI)

Con bastante asiduidad los postulantes de la Prosperidad hablan de la siembra de dinero. El texto favorito que emplean es: “Recuerden esto: El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará” (2 Corintios 9:6, NVI). Se trata de una metáfora de la siembra y la cosecha que el apóstol Pablo utiliza, para enseñar sobre la generosidad del creyente a la hora de dar. Es evidente que hay bendiciones que Dios reparte por motivos de un corazón que actúa de manera magnánima con Su obra. El cuidado que se debe tener, no obstante, es el de no resaltar extremadamente la verdad contenida en el texto con la intención de sacar ventaja personal explotando la economía de otros. Insistir de forma pertinaz en interpretar un texto en detrimento de su contexto es una forma de herejía. El siguiente versículo remarca que: “Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios 9:6, NVI). Derivar de este versículo (como lo hacen los ministros mercaderes, corruptos) que se pueda sembrar semillas de dinero para que Dios nos sane a un hijo, nos provea de un buen trabajo, multiplique nuestras finanzas, o algo por el estilo, es sencillamente, una soberbia ignorancia y una temeraria violación de la hermenéutica bíblica. La repulsiva falsedad de la “Doctrina de la Prosperidad”, está en el intento de sus proponentes de insertar en la mente de los cristianos, la avariciosa idea de que Dios quiere que sus hijos se inunden de dinero. Es una exégesis totalmente torcida de algunos textos de la Biblia. Imaginémonos a Dios, prosperando económicamente a cristianos llenos de egoísmo con su prójimo. Imaginémonos a Un Dios que, en vez de regenerar el corazón humano, decide en cambio bañarlo en dólares. El enfoque de la “Doctrina de la Prosperidad”, está dirigido a sobrestimar la riqueza material en menosprecio de la riqueza espiritual. Mucho énfasis en los designios del corazón humano y poco énfasis en la santidad y mandamientos de Dios. Muchos sueños de hombres y poco anhelo por la verdad de Dios. Mucho énfasis en lo temporal y poco en lo que realmente es eterno.

  1. LA FE ES UNA FUERZA ESPIRITUAL AUTOGENERADA QUE CONDUCE A LA PROSPERIDAD.

Un cuarto error de la teología de la prosperidad es su enseñanza de que la fe es una fuerza espiritual autogenerada que conduce a la prosperidad. Mientras que el cristianismo ortodoxo entiende la fe como la confianza en la persona de Jesucristo, los maestros de la prosperidad adoptan una doctrina muy diferente. En su libro The Laws of Prosperity, Kenneth Copeland, escribe: “La fe es una fuerza espiritual, una energía espiritual, un poder espiritual. Es esta fuerza de fe la que hace funcionar las leyes del mundo espiritual… Hay ciertas leyes que gobiernan la prosperidad revelada en la Palabra de Dios. La fe hace que esas leyes funcionen” (Kenneth Copeland, The Laws of Prosperity; Fort Worth, TX: Kenneth Copeland Publications, 1974, pp. 19). Obviamente, esto es un entendimiento defectuoso, quizás incluso herético, de la fe.

Según la teología de la prosperidad, la fe no es un acto de la voluntad otorgado por Dios y centrado en Dios. Más bien es una fuerza espiritual humanamente forjada, dirigida a Dios. De hecho, cualquier teología que considere la fe únicamente como un medio para el logro material antes que para la justificación ante Dios debe ser juzgada como defectuosa e inadecuada.

Para un estudio más amplio sobre los errores de la confesión positiva, la doctrina de arrebatar y otros conceptos distorsionados acerca de la fe, visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/13/herejias-destructoras-ensena-la-biblia-que-debemos-arrebatarle-cosas-al-diablo/ y: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/10/distorsionando-la-fe-pentecostal-la-confesion-positiva/

  1. LA ORACIÓN ES UNA HERRAMIENTA PARA FORZAR A DIOS A CONCEDER PROSPERIDAD.

El evangelio de la prosperidad trata la oración como una herramienta para forzar a Dios a conceder prosperidad. Los predicadores del evangelio de la prosperidad a menudo notan que “no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:2). Los defensores del evangelio de la prosperidad animan a los creyentes a orar por el éxito personal en todas las áreas de la vida. Creflo Dollar, otro maestro de este falso evangelio escribe: “Cuando oramos, creyendo que ya hemos recibido lo que estamos pidiendo, Dios no tiene otra opción que hacer lo que le pedimos… Es una clave para obtener resultados como cristiano” (Creflo Dollar, “Prayer: Your Path to Success,” March 2, 2009, http://www.creflodollarministries.org/BibleStudy/Articles.aspx?id=329).

Ciertamente las oraciones para la bendición personal no son intrínsecamente erróneas, pero el énfasis excesivo del evangelio de la prosperidad en el hombre convierte la oración en una herramienta que los creyentes pueden usar para obligar a Dios a conceder sus deseos. Dentro de la teología de la prosperidad, el hombre, no Dios, se convierte en el enfoque de la oración. Curiosamente, los predicadores de la prosperidad a menudo ignoran la segunda mitad de la enseñanza de Santiago sobre la oración que dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3). Dios no responde a peticiones egoístas que no honran su nombre. Ciertamente, todas nuestras peticiones deben ser presentadas a Dios (Filipenses 4:6), pero el evangelio de la prosperidad se centra tanto en los deseos del hombre que puede llevar a la gente a hacer oraciones egoístas y superficiales que no traen gloria a Dios. Además, cuando se combina con la doctrina de la súper fe (o confesión positiva) de la prosperidad, esta enseñanza puede llevar a la gente a tratar de manipular a Dios para obtener lo que quieran, lo cual es una tarea inútil. Esto está muy lejos de orar para que se haga la voluntad de Dios.

A la luz de la Escritura, el evangelio de la prosperidad es fundamentalmente defectuoso. En el fondo, el evangelio de la prosperidad es en realidad un evangelio falso debido a su visión defectuosa de la relación entre Dios y el hombre. En pocas palabras, si el evangelio de la prosperidad es verdadero, la gracia es obsoleta, Dios es irrelevante y el hombre es la medida de todas las cosas. Ya sea que estén hablando del pacto Abrahámico, de la expiación, del dar, de la fe o de la oración, los maestros de la prosperidad convierten la relación entre Dios y el hombre en una transacción de dar para recibir. Dios es reducido a una especie de “sirviente cósmico” atendiendo a las necesidades y deseos de su creación. Esta es una visión totalmente inadecuada y no bíblica de la relación entre Dios y el hombre.

CONCLUSIÓN.

Los Apóstoles tuvieron sumo cuidado de no caer en la trampa del dinero. El libro de los Hechos relata un caso en que un mago judío, recién convertido a la fe, llamado Simón, quiso a los apóstoles ofreciéndoles dinero a cambio de la adquisición de poderes espirituales. El pasaje dice: “Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero y les pidió: —Denme también a mí ese poder, para que todos a quienes yo les imponga las manos reciban el Espíritu Santo. La respuesta que este individuo recibió ante semejante oferta fue contundente: “—¡Que tu dinero perezca contigo—le contestó Pedro—, porque intentaste comprar el don de Dios con dinero! No tienes arte ni parte en este asunto, porque no eres íntegro delante de Dios. Por eso, arrepiéntete de tu maldad y ruega al Señor. Tal vez te perdone el haber tenido esa mala intención. Veo que vas camino a la amargura y a la esclavitud del pecado” (Hechos 8:18–23). Pedro aquí, muestra un hermoso ejemplo, de cómo debe comportarse un verdadero ministro de Jesucristo ante las ofertas relacionadas con el dinero. Su integridad y ética ministerial quedan trasparentadas al reprender con autoridad y celo de Dios a Simón el mago, dejándolo avergonzado por semejante extorsión y dándole una lección inolvidable.

En otra ocasión se menciona que cuando Pedro y Juan iban a la oración, en una de las puertas del templo estaba sentado un hombre cojo que les pidió dinero. En ese momento Pedro no traía dinero para poder darle a aquel hombre. Aquí se menciona a un apóstol sin dinero. De acuerdo con lo que enseñan los proponentes de la Doctrina de la Prosperidad Pedro tendría que estar bajo maldición por no tener dinero. El en ninguna manera se avergonzó por no tener dinero. Para este siervo de Jesucristo el dinero no era lo más importante. Tenía la verdadera riqueza, la que los ministros de la Prosperidad menosprecian, la riqueza de tener morando en él al mismo Señor Jesucristo: ” —No tengo plata ni oro—declaró Pedro—, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

Por su parte el apóstol Pablo, advirtió de los graves peligros asociados con las ambiciones materiales y la codicia por el dinero: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:9-10). La preocupación principal de Pablo siempre fue la vida espiritual de los creyentes, oró para que estos alcanzaran crecimiento y madurez en la comunión con su Salvador. Cuando se reunió con los ancianos de la Iglesia de Éfeso, después de darles algunos consejos y orar por ellos, Pablo les recordó a estos líderes respecto a su integridad ministerial en cuanto al dinero, les señaló: “No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie. Ustedes mismos saben bien que estas manos se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros” (Hechos 20:33–34). El mismo Apóstol agrega en otro pasaje: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal” (Filipenses 3:18–19). Son: “Hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales” (1 Timoteo 6.5–6).

El escritor de la Epístola a los Hebreos también aconseja: “Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.»” (Hebreos 13:5I). Muchos siervos de Dios han sido atrapados por los tentáculos de las riquezas temporales, aun sabiendo que son ilusorias, fugaces y perecederas (Proverbios 23:4–5). Han vendido su primogenitura por un plato de lentejas. Han descuidado su vida espiritual, distrayéndose en perseguir con avidez, las ofertas temporales de este mundo. Han cambiado el mensaje de la verdad por el de la falsedad. Están distraídos y entretenidos, capitalizando oscuros y sospechados negocios con Mammón, el dios de las riquezas. Se han olvidado de ocuparse en los verdaderos negocios a los que fueron llamados. Aquellos que Jesús dijo: “en los negocios de mi Padre me conviene estar” (Lucas 2:49).  Las palabras de exhortación del apóstol Pedro dirigidas a los pastores deben ser bien recibidas: “Cuiden como pastores el rebaño de Dios que está a su cargo, no por obligación ni por ambición de dinero, sino con afán de servir, como Dios quiere” (1 Pedro 5:2, NVI).

Al ministro de la Iglesia de Laodicea que se sentía muy seguro en sus riquezas terrenales, el Señor le dio una fuerte reprensión. Jesús se valió de términos bastante enérgicos contra aquel siervo, ya que es indiscutible que la comodidad de las riquezas terrenales lo había convertido en un ministro vano y soberbio. Estaba orgulloso de su estatus y de sus muchas posesiones, pero internamente se encontraba vacío. Había perdido la unción, la espiritualidad, y lo más sublime y valioso para un ministro verdadero, la intimidad con Dios. Que terrible será aquel día para algunos ministros que una vez comenzaron bien en la obra de Dios, pero poco a poco, fueron siendo absorbidos por el engaño de las riquezas, a tal grado que ahora tienen comodidades materiales, fama y gloria humanas, pero el respaldo de Dios ya no está con ellos. “Dices: Soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada”; pero no te das cuenta de que el infeliz y miserable, el pobre, ciego y desnudo eres tú. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado por el fuego, para que te hagas rico; ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez; y colirio para que te lo pongas en los ojos y recobres la vista” (Apocalipsis 3:17–18).

Ahora bien, conviene señalar, que el pueblo de Dios tiene el deber de sostener económicamente a sus pastores: “Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario” (1 Timoteo 5:18). Los pastores, por su parte, deben, cada día, aumentar sus conocimientos de la Palabra de Dios y enseñar la Verdad al pueblo que Él ha puesto bajo su cuidado; a fin de que no sean engañados por estos falsos profetas que desfilan en la arena pública trayendo una Biblia, pero por sus frutos es incuestionable que son predicadores de sus propios intereses y no conocen a Dios. Debe existir un perfecto equilibrio en relación con las posesiones materiales. Si bien es cierto que Dios quiere bendecirnos en todas las cosas. Lamentablemente existe la tendencia, entre muchos cristianos, de priorizar y valorar desmedidamente las pertenencias de este mundo. Los ejemplos de Lot, y Balaán en el Antiguo Testamento, deberían ser más que suficientes para apercibirnos respecto a que una vida con posesiones materiales, pero vacía de lo espiritual, se encamina irremediablemente a la autodestrucción.

Desde la perspectiva bíblica y teológica es pertinente y moralmente obligatorio, presentar una apología de la fe y la verdad de Dios, descubriendo y corrigiendo cualquier error en materia de doctrina que se suscite dentro del conglomerado evangélico. La teología de la prosperidad debe ser denunciada como la herejía que es.

Evangelio de la Prosperidad, Sin categoría

Herejías Destructoras: Las Maratónicas y el Pactar con Dios a través del dinero.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Expresiones como “Llame y créale a Dios”, “siembre y coseche”, “No razones, cree solamente”, ¡Atrévete a pactar en este día!”, “Bendice al Señor con tus primicias y todo tu año será bendito” y otras frases semejantes se oyen por todos lados en el ambiente evangélico, tanto en nuestras congregaciones como en los medios de comunicación religiosos. Esto recalca el espíritu mercantilista que reina en muchas iglesias de nuestra época y ha sido motivo de descrédito para el cristianismo en general. La condición actual de algunos líderes religiosos e iglesias modernas dista mucho de ser la voluntad de Aquel que, en un arranque de cólera santa, expulsó a los mercaderes que profanaban con su avaricia la casa de su Padre (Marcos 11:15-17).

Tales escándalos no deberían darse jamás en el pueblo de Dios. El ministro del Evangelio debe ser irreprensible y evitar cualquier motivo de afrenta para el santo mensaje que predica. La avaricia y el amor al dinero, sobre todo, descalifican al obrero cristiano. Pablo, explicando los requisitos indispensables para la elección de los pastores, diáconos y demás líderes de la congregación dijo: “Palabra fiel es ésta: Si alguno aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer. Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso.” (1 Timoteo 3:1-3; LBLA). Este requisito (evitar la avaricia y las ganancias deshonestas) se repite en 1 Timoteo 3:8 y Tito 1:7.

Pedro también advierte a los ancianos contra los peligros de la avaricia: “pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo.” (1 Pedro 5:2; LBLA). El florecimiento de falsos maestros y traficantes de la fe en pleno siglo XXI hace de tales amonestaciones más necesarias ahora que nunca: “Porque hay muchos rebeldes, habladores vanos y engañadores… a quienes es preciso tapar la boca, porque están trastornando familias enteras, enseñando, por ganancias deshonestas, cosas que no deben.” (Tito 1:10-11; LBLA).

El apóstol Pablo podía jactarse diciendo: “Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado.” (Hechos 20:33; LBLA). Su integridad era incuestionable, particularmente en el área financiera. Pablo quiso inculcar también tal integridad en la nueva generación de ministros. A Timoteo, su fiel discípulo e hijo en la fe, Pablo le advierte: “Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento. Porque nada hemos traído al mundo, así que nada podemos sacar de él. Y si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos. Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores.” (1 Timoteo 6:6-10; LBLA).

Con plena autoridad moral, Pablo podía decir con limpia conciencia: “Pues no somos como muchos, que comercian con la palabra de Dios, sino que, con sinceridad, como de parte de Dios y delante de Dios hablamos en Cristo.” (2 Corintios 2:17; La Biblia de las Américas).

Lamentablemente, la iglesia del siglo XXI parece haber borrado de su memoria y corazón tales advertencias. El apóstol Pedro nos advirtió que tal cosa ocurriría. Refiriéndose a los falsos maestros, él dijo: “Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.” (2 Pedro 2:3). Judas pareciera referirse a muchos pastores, falsos profetas, pseudo apóstoles y tele-evangelistas de nuestra época cuando dijo: “¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré. Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; fieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas. De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él. Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas, adulando a las personas para sacar provecho.” (Judas 11-16).

Hoy, 21 siglos después del nacimiento del cristianismo, los mercaderes de la fe, aquellos que hacen mercancía con los creyentes y adulan a otros para sacar provecho, han regresado. Las prácticas antibíblicas tales como el “pactar con Dios”, el ofrecer milagros a cambio de dinero, las Maratónicas (colectas descaradas de dinero a costa de la fe) y muchas otras del evangelicalismo moderno dan prueba de ello y merecen ser denunciadas. Los verdaderos y fieles ministros del Evangelio estamos llamados a desenmascarar tales abusos.

RESUCITANDO VIEJAS PRÁCTICAS HEREDADAS DEL CATOLICISMO.

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero, un devoto fraile agustino, sacudió los cimientos de la sociedad europea al denunciar las indulgencias católicas que, mediante pago acorde con la magnitud del pecado, aseguraban la redención del alma pecadora. Su inflamada crítica a las indulgencias formó parte del corazón de las famosas 95 Tesis, clavadas en la tosca madera de la capilla de la Universidad de Wittenberg, donde el fraile impartía lecciones de Ética y Exégesis Bíblica. Las indulgencias cubrían todo el arcoíris de las debilidades humanas. El pecador incluso podía prevenir cualquier contingencia pagando por adelantado. El dinero recaudado se invertía mayormente en la catedral de San Pedro, en Roma, y en uno que otro proyecto local. También servía para pagar las deudas que el arzobispo Alberto de Mainz y el papa León X habían adquirido con los Fuggers, los financistas más acaudalados de entonces. Europa no volvió a ser la misma después del cisma luterano.

Quinientos años después, indulgencias reformadas de nueva estirpe han llenado el firmamento. Me refiero, por supuesto, a las indulgencias traficadas hoy día por muchas iglesias que se hacen llamar evangélicas. Esto me lleva a pensar que, si Martín Lutero estuviera vivo, saldría nuevamente del claustro para atacar con furia, esta vez no al clero católico, sino a los promotores de las nuevas indulgencias dentro del mismo movimiento protestante.

Una bandada amplia de predicadores protestantes ha desplegado sus alas y, con la Biblia en una mano y un libro de recibos no timbrados en la otra, prometen a los fieles evangélicos todas las bendiciones del cielo a cambio de una generosa ofrenda o “promesa de fe”. Estos ministros, empresarios del evangelio, distorsionan el sistema bíblico de ofrendar, hablan de “pactar con Dios”, o “sembrar en el Reino” como carnada, como la principal puerta de entrada a las bendiciones de la gracia y desatienden las responsabilidades que conlleva la conducta neotestamentaria. En su mensaje por ningún lado aparecen las demandas éticas del cristianismo. Ellos sobreenfatizan el diezmo y las ofrendas (ambos conceptos bíblicos legítimos), distorsionando la enseñanza pura del evangelio y debilitando el mensaje central del cristianismo y de las epístolas paulinas, que consiste en la salvación por gracia y no por obras (ni indulgencias), y la preeminencia de los deberes sobre los derechos.

Además de anticristiana, es ofensiva (por no decir escandalosa y carente de toda decencia) la frenética campaña de estos dirigentes. El mal gusto y la desfachatez de algunas de esas campañas ahuyentan a las personas que genuinamente se acercan a recibir consuelo y dirección en Cristo y las Escrituras, y podrían debilitar la fe de ciertos creyentes. De forma desvergonzada, muchas iglesias (si se les puede llamar así), ministerios, emisoras de radio y canales de TV (como el canal Enlace, por ejemplo), han llegado a convertirse simple y sencillamente en una cueva de ladrones que roba a manos llenas a la iglesia, utilizando mentiras y métodos como ofrecer sanidades, milagros financieros, hasta salvación para las personas a través de lo que ellos denominan “pactos con Dios”. Dichos “pactos”, obviamente, deben hacerse mandando dinero a Enlace o a cualquier otro “ministerio” de este tipo.

Tales mercaderes de la fe utilizan un ambiente emocional para mover a las personas a abrir sus carteras y así manipularlos a dar. No puede faltar la música, las promesas llenas de versículos sacados de contexto, gritos y lloriqueos para demostrar que la “presencia de Dios” está con ellos, revelándoles cuánto debes de dar para recibir tu milagro. Afirman que desatan bendiciones, sacando textos de contexto, y utilizando enseñanzas arbitrarias y torciéndolas para su propia perdición. (2 Pedro 3:16). Les dicen a las personas que tienen que dar “hasta que les duela”, obviamente en contra del mandato bíblico de ser un dador alegre, ya que la ofrenda no debe ser con tristeza, ni por necesidad (2 Corintios 9:7-9).

Prácticamente para dichos ministerios si usted les da dinero, Dios lo escuchará; en otras palabras, es una relación netamente financiera y no por buscar conocerle y ser más como Cristo. Tales ministerios afirmarán seguramente que ellos ocupan el dinero para evangelizar el mundo o realizar obras de caridad, pero nunca veremos a estos mercaderes de la fe realizando actividades pastorales, evangelizando en las calles, alcanzando a los perdidos o yendo en misiones a lugares remotos. Por el contrario, quienes se enriquecen, prosperan y viven bien son ellos, mientras que sus seguidores, como ovejas trasquiladas, sufren el daño.

El veneno espiritual, de este falso evangelio, que muchos telepredicadores, “inyectan” a diario a miles de incautas almas ya sea en sus “clubes” o también llamados: “iglesias” o por televisión, no lo hacen por el interés o bienestar de sus ciegos seguidores, si no por una simple y sencilla razón: ¡La avaricia! Los seguidores de estos hombres, quienes los aman casi al borde de la idolatría, no quieren entender, y algunos de ellos no quieren conocer, que sus “padres” espirituales, anunciadores de un falso evangelio; que a la sazón se hacen llamar “apóstoles”, “profetas”, “pastores”, etc., los mantienen adormecidos en la ignorancia bíblica y los envenenan espiritualmente con sus falsas enseñanzas, con la única finalidad de aprovecharse de sus vidas y en especial de sus ingresos económicos. Esta motivación está cargada nada más y nada menos que de pura avaricia. Estos son los mercaderes, de la fe, a quienes vemos en los “pulpitos o escenarios”, con actitudes altaneras y luciendo toda clase de ornamentos, para mostrar a la audiencia engañada que el lujo y el confort es sinónimo de “bendición”. Moviéndose de un lado a otro, dando saltos y brincos mientras mezclan alguna breve enseñanza bíblica manoseada para sustentar su avaricia.

MANCHAS EN EL TESTIMONIO DE LA IGLESIA.

A través de jornadas de donaciones (las llamadas Maratónicas, Radiotones, etc.) el nombre del evangelio se ha manchado y muchos excesos se han cometido. Las formas que los “pastores” usan para motivar a la gente es tan ridícula que muchos de los creyentes sentimos vergüenza. Los predicadores usan frases como “Llame y créale a Dios”, “siembre y coseche”, “No razones, cree solamente”, ¡atrévete a pactar en este día”, “Bendice al Señor con tus primicias y todo tu año será bendito” y otras frases semejantes. Lo más serio de todo es que les prometen indiscriminadamente a las personas que van a recibir más dinero a cambio, aumentos de sueldos, promociones, oportunidades de negocios, o una llamada de alguien que les dará dinero, etc. Otros les aseguran que sus deudas serán canceladas y que por sus ofrendas serán sanados. Aun van al extremo de animar a aquellos que están pasando dificultades económicas a despojarse de todo y que “le crean a Dios”. Usan una y otra vez textos fuera de contexto para lograr su fin.

Con harto dolor debo decir que semejantes comportamientos andan más cerca del tráfico de indulgencias medieval que de lo que enseña la Biblia. Por supuesto, la Biblia indica que debemos ayudar a nuestra iglesia local económicamente. También enseñan las Escrituras que Dios bendice económicamente a sus hijos. De hecho, aunque a algunos despistados no les gustará, Abraham o Job fueron ricos gracias a Dios y así lo dice la Biblia (Génesis 13:1-2; Job 42) sin que las Escrituras añadan que eran ricos porque otros eran pobres o tonterías semejantes nacidas del pensamiento políticamente correcto. Igualmente es verdad que el pacto que Dios suscribió con Israel incluía bendiciones materiales (Deuteronomio 11, 13) y no es menos cierto que Jesús contó entre sus discípulos con hombres ricos como José de Arimatea en cuyo sepulcro nuevo se le dio sepultura. Sin embargo, aunque la Biblia señala que Dios da entre otras bendiciones la prosperidad material, en ningún momento indica ni que eso sea lo más importante ni que podamos activarlo mediante la entrega de dinero a un determinado sujeto o que la garantía de que pagaremos nuestra hipoteca se encuentra en dar más dinero en la ofrenda. Por el contrario, la enseñanza de la Biblia es que debemos saber vivir “con abundancia y con escasez” porque Dios sabe mejor que nosotros nuestra necesidad y porque nuestra primera meta debe ser la búsqueda del Reino (Lucas 12:30); que la viuda que echó dos moneditas dio mucho más que los magnates porque entregó todo lo que tenía sin ninguna promesa de recibir el doble o el triple (Lucas 21:2); que debemos dar dinero “sin esperar nada a cambio” (Lucas 6:35) y que a Dios le repugna la conducta de aquellos que, valiéndose de largas oraciones y otros argumentos religiosos, se apoderan del patrimonio de los demás, incluidos los de los más necesitados (Lucas 20:47). Conductas como estas constituyen pecado, aunque los que las practican, igual que los que vendían indulgencias en el s. XVI, estén convencidos de su bondad.

PROSPERIDAD FINANCIERA A CAMBIO DE DINERO.

Sanidad física, promoción laboral, restauración matrimonial y muchas otras cosas a cambio de dinero. Eso es lo que nos ofrecen hoy en día los nuevos vendedores de indulgencias. Esa mentalidad y práctica fue condenada por los apóstoles cuando Simón el mago quiso comprar el don del Espíritu Santo (Hechos 8:18-23). Por eso la advertencia que se hace a los pastores en las epístolas es “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2). Los ministros nunca deben usar la influencia que Dios les ha dado para manipular a los creyentes. El mismo apóstol denunció a los falsos maestros, advirtiendo a sus lectores que “por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda…” (2 Pedro 2:3).

A todos esto se añade otro factor de igual seriedad. Y es que muchos de los creyentes que hacen sus promesas de fe y entregan de corazón sus ofrendas constantemente no reciben lo prometido, y desde ahí se produce una decepción con ellos mismos. Se sienten indignos y débiles en la fe. Y en el peor de los casos, hasta condenados. En este sentido cabe recordar las palabras que Jesús dijo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Además, Deuteronomio 18:22 nos dice que estas profecías no cumplidas son evidencias que delatan a un falso profeta.

Algunas personas quizá hayan visto la provisión divina después de hacer alguna contribución en las Maratónicas, las Radiotones, u ofrendar a algún ministerio cuya rendición de cuentas y uso de los fondos recibidos sea cuestionable. Al fin y al cabo, la generosidad es agradable a Dios y Él conoce los corazones y la intención de aquel que da. Pero nunca debemos pensar que la causa de nuestra bendición o prosperidad se encuentra en nuestro sacrificio o en lo abultado de las ofrendas. La única razón por la que Dios bendice y concede su favor es en base a la obra de Jesucristo (Efesios 1:3). Insinuar algo distinto sería desmerecer la cruz de nuestro Señor. Los creyentes debemos recordar que Dios es quien decide recompensar soberanamente la generosidad de los suyos. Al final es el Señor quien determina cómo, cuándo y cuánto “cosechamos”.

CONCLUSIÓN:

La fidelidad a Cristo, el fundador del cristianismo, y al mensaje neotestamentario nos obliga a los dirigentes evangélicos a un manejo modesto, proporcionado y transparente de los diezmos y ofrendas que los creyentes voluntariamente traen a los templos. A los pastores, la Palabra nos exhorta: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). Debemos ser responsables en la administración de la palabra de Dios al momento de enseñarla y proclamarla. Que nunca usemos de las Sagradas Escrituras negligentemente, y peor aun manipulando las emociones de las personas para fines lucrativos. No podemos olvidar que los maestros recibiremos un juicio más severo (Santiago 3:1). Esto es algo serio.

Creo de todo corazón que tenemos que hacer nuestros mejores esfuerzos para el avance del evangelio. Debemos cumplir con la gran comisión, cada uno desde su lugar, pero debemos hacerlo legítimamente. Los resultados se los dejamos a Dios. Nada justifica la manera irresponsable y manipuladora con que se recolectan ofrendas en las Maratónicas y otros eventos de ese tipo. Nada de esto justifica lucrar con el evangelio. Conviene que los creyentes evangélicos cumplamos con la ineludible responsabilidad de pedir cuentas. Las congregaciones e instituciones evangélicas deben acostumbrarse a la sana conducta de rendir cuentas periódicamente, mediante auditorías independientes de reconocidas firmas del ramo. La iglesia puede y debe ser una influencia positiva en la sociedad, pero para ello deben tener credibilidad. En esta sociedad abierta en que vivimos, en la que dichosamente todos nos enteramos de casi todo, la credibilidad solo se genera con transparencia. Los pocos espacios cerrados que nos heredó el siglo XX se van abriendo ante el empuje de Internet, esa gran ventana libertaria que todo lo ventila. Gracias a la Providencia por esta apertura. Muchas cosas buenas obtendrá la humanidad de ella.

A los ministros, ¡Qué Dios nos ayude a ser fieles! Mientras tanto, a ti que lees esto quiero decirte: ¡Por favor no te dejes engañar por los mercaderes de la fe, escudriña tu Biblia!

 

Guerra Espiritual, Sin categoría

Verdades Distorsionadas: Extremos Peligrosos en la Guerra Espiritual.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Los cristianos estamos en guerra. No cabe duda: hay una batalla, pero no es contra sangre ni carne (Efesios 6:2). Nuestro enemigo no es visible a nosotros, por lo que no podemos simplemente observar su accionar. Pero Dios sí conoce los planes y las acciones de Satanás y sus demonios, por lo que la única forma de batallar es dependiendo totalmente en Él. Desafortunadamente, Satanás ha creado fortalezas en la mente de los cristianos sobre cómo batallar, lo que ha llevado a estrategias inefectivas y enfoques erróneos. Las Escrituras autentifican la realidad del mundo espiritual, incluyendo a los ángeles (amigos) y a los demonios (enemigos). Sin embargo, a los cristianos occidentales, incluyendo a los evangélicos y pentecostales, no les resulta fácil explicar y referirse a esta dimensión transempírica de la realidad.

Algunos grupos cristianos cuestionan teológicamente que la lucha espiritual sea real y relevante para sus vidas y ministerios. Y es que hay dos extremos de creencia que son graves en términos de combatir. Primero cuando al rechazar creer que hay una batalla, es fácil sufrir heridas espirituales puesto que nos encontramos sin las armas equipadas ni listas para los dardos que vienen. El otro extremo es el de atribuir todo lo que pasa a Satanás, lo que termina dándole más poder de lo que realmente tiene. Muchas personas creen que la forma de luchar contra estas potestades es una lucha de poder. Se comportan como detectives espirituales, siempre buscando al diablo para reprenderlo y arrebatarle lo que se ha llevado. Esta tampoco es la enseñanza de la Palabra.

Los pentecostales que amamos la sana doctrina reconocemos la realidad de la guerra espiritual. No obstante, entendemos que la batalla ya ha sido ganada por Cristo en la cruz, donde Él despojó a los principados y potestades demoníacas triunfando sobre ellas (Colosenses 2:15). Esta sola realización cambia totalmente el tono de nuestro luchar: batallamos con un enemigo que, en última instancia, ha sido derrotado. Entender la derrota de Satanás nos libra de sobre enfatizar el poder del maligno y conocer la Palabra de Dios nos llevará a estar alertas ante las asechanzas del diablo, para resistirlo (1 Pedro 5:8-9). Apoyados en la victoria conquistada por nuestro Señor Jesucristo en la cruz, nos centramos en fortalecer nuestra fe combinando la espiritualidad con acciones prácticas y directas. Oramos con intensidad, vivimos nuestra fe con entrega y pasión, pero recelamos de no caer en las prácticas mágicas y animistas a las que han sido arrastrados algunos creyentes en su obsesiva fiebre por la guerra espiritual.

Manteniendo dicho equilibrio teológico podemos asumir sin problemas la realidad de un conflicto implacable entre el reino de Dios y el gobierno temporal de Satanás, el príncipe de este mundo, quien es asistido por fuerzas demoníacas bajo su comando. Como creyentes pentecostales, aceptamos la realidad de un mundo espiritual tal como se revela la Escritura. La Biblia enseña claramente la existencia de un enemigo invisible dedicado a la destrucción de la humanidad y nos presenta claramente la vida humana como si se viviera en un contexto de continua contienda entre el reino de Dios y el reino de Satanás. La vida y ministerio de Jesucristo ponen en evidencia esta realidad. Inmediatamente después que el Espíritu Santo ungió a Jesús para que comenzara su ministerio público, Jesús experimentó una confrontación personal con Satanás (Mateo 4:1-11; Marcos 1:12,13; Lucas 4:1-13). Más tarde Él declaró: “Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28). Pedro hizo un resumen del ministerio de Jesús al declarar “cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). El apóstol Pablo advirtió a la iglesia de Éfeso: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

EL RESURGIMIENTO DE UNA DOCTRINA OLVIDADA.

La guerra espiritual permaneció como un concepto olvidado por años en el cristianismo, pero resurgió hace ya un poco más de 25 años dentro del movimiento evangélico, como parte de una estrategia evangelística y misionera. Esta estrategia comenzó a configurarse y a tomar impulso a partir del 1989, bajo el liderazgo de Peter Wagner, profesor del Seminario Teológico de Fuller, quien, además, tiene una larga experiencia como misionero en América Latina. Cabe destacar que el moderno resurgir del concepto de guerra espiritual ocurrió, precisamente el año en que cae el emblemático muro de Berlín y el mundo se abre a nuevos paradigmas que se expanden al ritmo de un galopante proceso de globalización, en medio del acentuado subjetivismo que caracteriza esta era posmoderna, marcada por un desplazamiento del ateísmo racional y materialista por doctrinas esotéricas y la búsqueda espiritual de mundos ocultos y otras percepciones del más allá.

Este movimiento que, además de a Wagner, tiene entre sus ideólogos a Charles Kraft, Ed Murphy, John Dawson, Neil Anderson, Héctor Torres y a Cindy Jacobs entre otros, además de activistas de alcance internacional y multitudinario como Omar Cabrera, Carlos Anaconndia, Claudio Freidzon, Rony Chavez y muchos otros, es promovido a través de redes con abundante literatura, seminarios, talleres, cruzadas, concentraciones multitudinarias, marchas y movilizaciones de grupos, lo que le ha ganado notable aceptación, no solo entre los neopentecostales, sino también entre los pentecostales clásicos y otras denominaciones evangélicas. Por ello, los pensadores evangélicos han definido la guerra espiritual como una corriente dentro del ciclo de los grandes movimientos renovadores que han matizado con nuevos impulsos la gran diversidad que a lo largo del tiempo ha caracterizado la práctica del evangelio. Esta corriente hace su aparición en el marco de lo que se ha llamado la tercera ola, periodo de avivamiento que pone énfasis en las señales y prodigios, y que ha tenido notable impacto en lo que tiene que ver con la forma como tradicionalmente estaban organizadas las denominaciones y con muchos otros aspectos de orden eclesiástico y espiritual. Como parte de esta llamada tercera ola, la guerra espiritual ha alcanzado en estos veinticinco años notorio impacto en todos los ámbitos protestantes y más allá.

DOS EXTREMOS PELIGROSOS EN RELACIÓN CON LA GUERRA ESPIRITUAL.

Es innegable que el resurgimiento del concepto bíblico de “Guerra Espiritual” ha sido de bendición para la iglesia. La guerra espiritual surge como un recurso renovador de la iglesia que acentúa con nuevo énfasis y vitalidad la oración. Esto en sí mismo es sumamente positivo. Sin embargo, como ya lo mencionaba antes, los cristianos pueden incurrir en dos extremos de creencia errados frente a la guerra espiritual: Ignorarla por completo o sobre enfatizarla. Analicemos los peligros de ambos extremos.

I.- NEGAR LA REALIDAD DE LA GUERRA ESPIRITUAL.

Nuestra cosmovisión occidental, las suposiciones teológicas tradicionales y un vocabulario bíblico teológico predeterminado, se unen para hacer que sea difícil discernir y enfrentar un vasto despliegue de realidades espirituales que operan más allá de la percepción sensorial de las personas. Desde el Iluminismo, el mundo occidental ha adoptado una orientación racional, humanista, científica, que tiende a evitar el discernimiento espiritual. La confianza en lo racional y en la lógica mental, la capacidad humana de resolver problemas y la habilidad de la ciencia para penetrar a lo profundo y las estructuras de lo que es real, hacen que sea difícil detectar, confrontar y tratar con un reino espiritual hostil. Incluso muchos cristianos evangélicos han llegado a la conclusión de que su experiencia de salvación los inmuniza del diablo y de los demonios. Para los pentecostales, su encuentro inicial del bautismo en el Espíritu Santo hace lo mismo. De este modo, creen que una vez hayan recibido el bautismo en el Espíritu Santo son inmunes a cualquier ataque de los demonios. Muchos teólogos proponen incluso que Jesús ha atado a Satanás en cuanto a la posibilidad de que sus poderes demoníacos puedan afectar de manera alguna a un creyente. Para muchos cristianos, incluyendo a muchos pentecostales, la realidad consiste de Dios, los humanos, la naturaleza y el espacio exterior, las leyes de la naturaleza que gobiernan la vida y el mundo, y ocasionales intervenciones del Espíritu Santo para salvar, bautizar en el Espíritu, realizar milagros de sanidad y librar a los pecadores del control demoníaco. Tal perspectiva falla ignorando la importancia y vitalidad del ámbito espiritual que existe entre el Dios trascendente y el mundo de los humanos y la naturaleza. Trágicamente, el cristianismo que da énfasis a la salvación individual del alma está mal preparado para enfrentar los poderes espirituales hostiles que operan bajo la soberanía suprema de Dios. Este tipo de cristianismo tiene un ministerio de eficacia limitada para las personas, especialmente en la mayor parte del mundo en donde las multitudes creen en la influencia de seres espirituales en todos los aspectos de la vida.

La mayoría de los pueblos del mundo opera desde una orientación de poder en donde los seres espirituales, incluyendo a Dios, Satanás, ángeles, demonios y espíritus ancestrales, controlan todas las dimensiones de la vida. La minoría del mundo occidental, del mismo modo, orientada hacia el poder, enfatiza el poder en la educación, en la política, las finanzas, las posiciones de autoridad, los sistemas sociales y la tecnología, e inserta a los humanos en el centro de su visión mundial. Además, en Occidente, bien sea que la motivación es el deseo de evitar las acusaciones de sensacionalismo o de irracionalidad, o debido a una sospecha de espiritualizar en forma exagerada las conductas y los eventos anormales humanos, por lo general limitan sus diagnósticos a impedimentos médicos o psicológicos, o a dramáticos “actos de Dios”. Temiendo caer en el fanatismo, muchos creyentes hallan seguridad, sanidad y respeto académico en las ciencias seculares. Pero la indiferencia o ignorancia voluntaria de la realidad del mundo espiritual es también un extremo peligroso.

II.- SOBREENFATIZAR O DISTORSIONAR EL CONCEPTO DE GUERRA ESPIRITUAL.

El concepto de guerra espiritual fue olvidado por mucho tiempo en la iglesia evangélica, la cual pagó un alto precio por ello. No podemos negar que hay sitios donde incluso nuestros mejores esfuerzos pastorales, misioneros y evangelísticos fracasaron debido a que no consideramos de forma apropiada dicho elemento. Lamentablemente algunos han sobre enfatizado este tema, llevándolo a niveles descabellados. Muchos cristianos gastan sus energías identificando demonios, trazando rutas, diseñando cartografías espirituales o desarrollando estrategias para ataques espirituales espectaculares y resonantes. Resulta triste ver como muchos creyentes gastan su tiempo y esfuerzo innecesariamente, consagrando vidas enteras al estudio insano de la demonología, todo ello con el propósito de ubicar las estrategias de Satanás y sus huestes. En algunos círculos evangélicos se enseña la existencia de tres los niveles de operación de los demonios:

  • En el nivel primer nivel operan las huestes de menor rango que motivan los pecados individuales de las personas.
  • En el segundo nivel están demonios de mayor calado, “principados”, cuyo control territorial está relacionado con dominar ciudades, regiones y países y su principal propósito es impedir que la iglesia sea bendecida y someter territorios para que la gente rechace el evangelio.
  • El tercer nivel se da a través de las falsas religiones, especialmente las esotéricas y de hechicería, sin soslayar el hinduismo, el budismo, el islam y el catolicismo romano e incluyen a los principados y potestades de mayor rango.

Para los adherentes a esta doctrina, no se trata sólo de orar a ciegas, sino de una guerra espiritual entre fuerzas del bien y el mal invisibles que requiere combate “estratégico”, para lo cual se formulan cartografías espirituales basadas en las actuales divisiones políticas, pues los “principados, potestades y gobernadores de las tinieblas” se distribuyen las tareas de acuerdo con barrios, municipios, provincias y naciones, utilizando las divisiones de cada país. Por eso deben conocer bien la geografía, la cultura, la sociedad, la política y toda información posible, para orar estratégicamente y vencer a los demonios territoriales, a los cuales les suelen asignar los nombres de dioses indígenas actuales o prehispánicos, o de poblaciones negras.

La guerra espiritual es vista como una proclamación e invitación a avanzar hacia espacios espiritualmente no explorados, atacando al enemigo hasta ponerlo en retirada. Partiendo de esto, en muchos círculos evangélicos se habla de oración de guerra, identificación y confrontación de espíritus territoriales, cancelación de maldiciones ancestrales y uso de la cartografía espiritual como una estrategia que permite identificar los espíritus que gobiernan determinados territorios para emprender acciones orientadas a destruir sus fortalezas, sumando así frases y términos al lenguaje que pasan a ser parte del hablar común de los grupos evangélicos que la promocionan y la implementan. Para fundamentar esta lucha de oración se basan en Daniel 10, donde el Príncipe de Persia, una potestad demoníaca, impide que las oraciones de Daniel lleguen a Dios. Estos demonios evitan que la gente escuche la palabra de Dios y la acepte, además la mantiene en ignorancia e idolatría, lo cual impide que la prosperidad económica, el desarrollo y la luz espiritual llegue a las naciones.

En sus concepciones más refinadas, esta estrategia de guerra espiritual se configura con el estudio de la historia, la antropología, además del análisis de prácticas ocultistas y esotéricas, como el espiritismo y el fetichismo, las cuales aborda desde las ciencias sociales y la psicología, para procurarle, en definitiva, una explicación bíblica y teológica consistente y aceptable. Esta creación de realidad sobrepasa a las iglesias neopentecostales o seguidoras de la Nueva Reforma Apostólica (todos aquellos grupos dirigidos por los pseudo-apóstoles modernos) pues su producción cultural permea a iglesias evangélicas que no se adhieren a ellos, pero que se encuentran muy influidos por estas posturas.

Como pentecostales de sana doctrina no negamos la realidad de la guerra espiritual pues es enseñada en la Biblia; sin embargo, nos oponemos a una vida de temor y constante ansiedad espiritual basada en lo que el diablo pueda o no hacer. Somos llamados a estar alertas (1 Corintios 16:13, Filipenses 1:27), pero no a vivir en constante temor o perder la paz a causa del diablo y su mover en este mundo (Isaías 41:10, 44:8; Lucas 12:32). Son los excesos, no la doctrina en sí, los que deben ser rechazados.

LA GUERRA ESPIRITUAL A NIVEL INDIVIDUAL: ¿PUEDEN LOS CREYENTES SER INFLUENCIADOS POR SATANÁS, EXPERIMENTAR OPRESIÓN DEMONÍACA O SUFRIR ATAQUES ESPIRITUALES DE FORMA DIRECTA?

Pero la guerra espiritual va más allá de un conflicto por las naciones de la tierra y la salvación de los perdidos. Tiene también su dimensión personal. Cada área de la vida del creyente está expuesta a ser objeto de ataque por el enemigo de nuestras almas.

Muchos creen que los creyentes en Cristo son inmunes a cualquier forma de ataque satánico; otros en cambio se van al extremo opuesto y viven presos del miedo y el temor al diablo. Muchos incluso temen ser poseídos por espíritus demoníacos o ven la influencia demoniaca en cada faceta de la vida, por trivial que esta sea. Nuevamente, ambos extremos son peligrosos.

Los cristianos genuinos no debemos temer ser poseídos por demonios. Bíblicamente, los seres humanos son creaciones tripartitas, que consisten de cuerpo, alma y espíritu. Un todo integrado compuesto por el cuerpo externo visible, y una naturaleza interna, espiritual y compleja. Los cristianos creemos que Cristo mora dentro del creyente y ocupa el espíritu, el alma y el cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23; 1 Corintios 6:18-20). Por lo tanto, la posesión demoníaca no puede ocurrir en donde Jesús es el Señor.

Por otro lado, es ingenuo creer que porque el diablo no puede poseernos, tampoco puede afectarnos de forma alguna. La experiencia de Job es un testimonio irrefutable de que el fiel creyente puede ser, y es a menudo, atacado por el enemigo.  Si el diablo no pudiera afectar o influir de forma alguna en los creyentes verdaderos, sería difícil explicar cómo es que la serpiente entró al huerto de Edén, donde no había pecado (Génesis 3); cómo pudo Satanás usar a Pedro para que llegara a ser una piedra de tropiezo, estando presente Cristo (Mateo 16:23), cómo pudo Satanás introducirse en Judas, quien acababa de participar de la cena pascual juntamente con Cristo (Juan 13:2,27), y por qué habría Pablo de prohibir a los corintios carismáticos de participar en las festividades en los templos paganos, que eran morada de demonios (1 Corintios 10:14-22). La Biblia pone en evidencia que lo demoníaco no es algo tan remoto como a algunos les gustaría creer.

Aunque podemos afirmar con total seguridad que un creyente genuino, nacido de nuevo y cuya profesión de fe y estilo de vida concuerdan con la Palabra de Dios, no puede ser poseído (indicando control total) por los demonios, el Nuevo Testamento nos indica también que el creyente sí puede experimentar alguna aflicción demoniaca. Las Escrituras de ninguna manera limitan el trabajo de los poderes demoníacos a solo la posesión o demonización plena. En cambio, la Biblia, en varios lugares, habla de personas que tienen un “espíritu inmundo” que influyó negativamente o afectó su vida de alguna manera, ya sea en mayor o menor grado.

Por ejemplo, la conocida historia del hombre con la legión de demonios en Marcos 5 y Lucas 8 es un caso de demonización que había progresado hasta el punto en que el individuo parecía ser completamente propiedad del enemigo. Por otro lado, en Hechos 5, el caso de Ananías y Safira cuando “llenó Satanás [su] corazón” es una ilustración más sutil y suave de la opresión demoníaca (a pesar de que la opresión “leve” les costó la vida).

La Escritura también habla de que los demonios pueden causar enfermedades u otras dolencias físicas (por ejemplo, Lucas 13:11, Mateo 9:32), suministrar aparentes poderes de clarividencia o adivinación (Hechos 16:16), ejercer una gran fuerza y volverse violentos con los demás (Hechos 19:16), y causar daño físico a un supuesto huésped (Marcos 9: 14-29). En Mateo 4:24 y 8:16 se nos dice que le trajeron gente atormentada por demonios a Jesús, y los sanó. Mateo no da detalles de su condición, salvo dejar constancia de que otros los llevaron a Jesús y que la manifestación visible de la influencia demoniaca era su enfermedad únicamente. En Mateo 9:32, ciertas personas trajeron a Jesús un “mudo endemoniado” y después que el demonio fue expulsado, el mudo habló. El demonio parece haber hecho al hombre mudo. Después de que Jesús echó fuera al demonio, el comportamiento de este hombre se normalizó, y él tomó la iniciativa de hablar. En este caso, la influencia demoniaca se manifestaba a través de una enfermedad y no por alguna manifestación sobrenatural. El mudo no estaba poseído, pero sí sufría un ataque o enfermedad de carácter u origen espiritual.

Por la evidencia bíblica podemos concluir que los seres humanos, incluso los creyentes podemos, en cierta medida, ser atacados por demonios. Esto podría implicar ser afectado mentalmente como en el caso de Saúl, a causa de su descuido y pecado personal (1 Samuel 16:14-16). Otras veces, Dios le permite a Satanás atacarnos físicamente en grado significativo, como ocurrió en el caso de Job (Job 1) y Pablo (2 corintios 12:7-9). Indiscutiblemente, no todo lo que nos ocurre necesariamente es culpa de Satanás, pero a veces, y por propósitos especiales, Dios puede permitirle al diablo que nos tiente, nos cause cierto grado de daño o incluso nos enferme.

Muchos se empeñan en negar esta realidad, pero eso no cambia lo que la Biblia enseña. Para los cristianos que se han entregado el control de sus vidas a Cristo, no puede tomar lugar la posesión demoníaca. Debemos ver la posesión demoníaca como un caso extremo de control demoníaco observado sólo entre aquellos que son resistentes al señorío de Cristo.

ABRIENDO PUERTAS A LA INFLUENCIA DEMONÍACA EN NUESTRAS VIDAS.

Un creyente que anda en el Espíritu jamás será poseído por un demonio; sin embargo, en la zona intermedia entre los fieles cristianos y los inconversos están aquellos cristianos que se han estancado en su crecimiento; ellos pueden vivir de manera descuidada e inconsistente en cuanto a buscar la voluntad de Dios y evitar las tentaciones carnales. Cuando ellos vinieron a Cristo, puede que hayan mantenido algunos sectores de su vida interior sin experimentar limpieza, o que después de llegar a Cristo se hayan descuidado y rendido un “lugar” dentro de sus afectos para que el diablo controle cosas tales como avaricia, ira, mentira, lujuria y ansias de poder. Los cristianos pueden pecar voluntariamente y bajar su escudo defensivo contra las tentaciones y los dardos de fuego del maligno (Efesios 6:16). Aun cuando el Espíritu de Dios promete una vía de escape de toda tentación, hay quienes ignoran la oportunidad de huir (1 Corintios 10:13). Santiago recomienda a los creyentes “resistir al diablo” y que de nosotros huirá (Santiago 4:7). Sin embargo, algunos creyentes ofrecen poca resistencia y pueden llegar a ser presa de influencia y opresión demoniaca en diversos grados.

Los creyentes, y particularmente los ministros pentecostales, no pueden permitirse el ser descuidados o arrogantes, suponiendo ser inmunes a los poderes demoniacos. Si Satanás confrontó repetidamente a Jesús (Lucas 4:13), los representantes de Cristo no pueden esperar menos. El Nuevo Testamento llama a los cristianos a la vigilancia y la lucha espiritual constante contra Satanás y sus dominios. El Nuevo Testamento no indica que hay una tregua, zona desmilitarizada o inmunidad. Pablo habla en tiempo presente de “nuestra lucha”, incluido él mismo, que no es contra seres humanos, sino contra poderes espirituales malignos planeado por un demonio intrigante (Efesios 6:11-12).

A los creyentes de Corinto, Pablo les advierte a no ser engañados por Satanás (2 Corintios 2:11). Se advierte a los cristianos de Éfeso a “no dar lugar al diablo” (Efesios 4:27). La orden implica que es posible dar lugar o espacio para el diablo, ya sea en los propios pensamientos, actitudes, comportamientos o relaciones interpersonales. Escribiendo a los conversos en Roma, Pablo les ordenó: “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos” (Romanos 6:12). Y añadió: “No ofrezcas alguna parte de ti mismo al pecado como instrumento de maldad … ofrezcan cada parte de uno mismo a él [Dios] como instrumento de justicia. … Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecen “(Romanos 6:13-16). Una lectura inversa sugiere que los cristianos pueden permitir que el pecado reine en su cuerpo, ya que pueden ofrecer partes de sus cuerpos para ser utilizados con fines pecaminosos, convirtiéndose en esclavos en ciertos aspectos de su vida. La amonestación del apóstol a entregar todo a Dios y que él reine supremamente sobre todas las dimensiones de la vida, incluyendo el corazón (pensamientos, motivaciones, emociones y valores), el alma (el cuerpo y la conducta externa), y la fuerza (todas esfuerzos y logros de una vida).

Pedro describió predicadores que viven entre los santos que “han escapado de la corrupción del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ella y son vencidos” (2 Pedro 2:20). Afirmó: “Las personas son esclavas de lo que les ha dominado” (2 Pedro 2:19). La referencia de Pedro a ser “enredado”, “vencido” y “esclavizado” implica que, como creyentes, podemos sufrir bajas en la guerra espiritual contra Satanás. Dar lugar a tentaciones puede conducir al pensamiento carnal y a una conducta que finalmente se convertirá en hábitos. Los hábitos conducen a adicciones, y las adicciones pueden resultar en grados crecientes de esclavitud.

LLAMADOS A LA GUERRA ESPIRITUAL.

Los cristianos deben tomar la ofensiva y proclamar a Jesús como Señor entre aquellos que nunca lo han oído. Asimismo, deben invadir y ocupar los dominios de oscuridad. En su avance, ellos deben revestirse de la armadura provista por Dios (Efesios 6:10-18) e involucrarse en tres tipos de batalla:

  • Los seguidores de Jesús deben renovar constantemente su lealtad a Cristo y estar seguros de que Él es Señor de todas las dimensiones de la vida. Esto parece haber sido el asunto en la ciudad de Éfeso, cuando la gente que ya había creído reconocía una lealtad dividida y la necesidad de limpiar sus hogares de parafernalia usada en la brujería (Hechos 19:18-20).
  • Los cristianos deben buscar la verdad y la sinceridad que se encuentra en Jesús, en su carácter, en sus hechos y en sus palabras. En la batalla contra las mentiras y las falsas doctrinas, deben someter las dudas que socavan su confianza en la bondad de la verdad de Dios (2 Corintios 10:5).
  • Cuando sea necesario, los cristianos debieran tener la confianza de involucrarse en confrontaciones de poder. Debieran imitar a Jesús. Él venció la tentación declarando las verdades de la Palabra de Dios, salvaguardando su relación con el Padre por medio de la obediencia, y por permanecer humillado y dependiente de las provisiones, momentos oportunos y direcciones de Dios. Jesús ha dado poder y autoridad a sus discípulos para echar fuera demonios, sanar a los enfermos y predicar el reino de Dios (Marcos 16:15-18; Lucas 9:1,2). El estudio de la palabra de Dios, la oración, la alabanza a Dios, y el ayuno pueden reforzar la dependencia de uno y la confianza en el Señor para liberar a las personas. Habrá ocasiones en que uno discierne que la resistencia proviene de “las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Podemos observar los controles demoniacos sobre la gente por medio del difundido tribalismo, racismo, idolatría, fanatismo religioso y ciertos pecados predominantes. La confrontación de tales espíritus requiere oraciones individuales y corporativas, y que nosotros, como embajadores de Cristo, hagamos compromisos duraderos de vivir y de testificar para Cristo entre la gente de dichas regiones.

La abundancia de advertencias bíblicas a los cristianos respecto de estar alertas, de preparación y de activa resistencia contra Satanás (descrito como un león rugiente que busca devorar al pueblo de Dios) contra los demonios, principados y potestades, debiera sensibilizar a los creyentes ante la realidad de la batalla y de la posibilidad de experimentar bajas y sufrir daño en la guerra espiritual. La fuerza y la frecuencia de estas advertencias parecen advertir a los creyentes para que estén alertas y preparados para combatir contra el reino satánico.

TOMANDO SOBRE NOSOTROS LA ARMADURA DE DIOS.

La armadura metafórica descrita por Pablo (Efesios 6:13-18) incluye el “cinto de la verdad”. Debemos estar ceñidos en el centro de nuestro ser con la sinceridad, honestidad e integridad. Debemos proteger nuestros afectos con la “coraza de justicia”, permaneciendo firmes y haciendo lo que es justo ante los ojos de Dios. El calzado apropiado asegura que uno está listo para ir en cualquier momento donde Dios lo dirija y declarar verbalmente las condiciones de paz con Dios, con los demás y consigo mismo. Tomar el “escudo de la fe”, manteniéndolo firme para asegurar las promesas bíblicas de Dios, permite que los cristianos rechacen e impidan los intentos del diablo para traer destrucción y muerte. Necesitamos proteger nuestros pensamientos con el “yelmo de la salvación”, salvación que es integral, que transforma la mente, las emociones, el cuerpo y las relaciones. El arma es una espada pequeña y manejable, descrita como la “palabra de Dios”, que hace retroceder los poderes de oposición del enemigo. Debemos dedicar tiempo al estudio, meditación, memorización y comprensión contextual de la palabra de Dios, para usarla eficazmente en los momentos de crisis. Vestidos con la armadura y protegidos con el escudo y la espada, los representantes de Dios entran a la lucha “orando en el Espíritu”. No limitados a orar en lenguas, sino incluyendo el ser llenos de percepción a la dirección del Espíritu Santo, y dependientes de Él para recibir fortaleza, resistencia y habilidad de permanecer firmes.

CONCLUSIÓN:

Sin lugar a dudas, el concepto renovado de guerra espiritual ha traído impulsos renovadores que son notorios en la adoración, la oración intercesora, el evangelismo, las misiones y el despliegue de dones espirituales diversos que adormecían por falta de animación y práctica aunque, en algunos casos, ha evidenciado tendencia a la superficialidad y el simplismo bíblico, y todo lo pretende reducir e interpretar desde la óptica espiritualista, ignorando la reflexión, el estudio y la compresión de la Palabra de Dios en su sentido más amplio y sistemático. Haciendo un balance general, la guerra espiritual puede ser considerada como un movimiento que ha traído despertar y ha sido de bendición para el pueblo de Dios, aunque hay que reconocer también sus puntos débiles, como la tendencia a absolutizar modelos y prácticas, descalificando a quienes no se envuelven en ellas. Muchos de sus seguidores están más empeñados en descifrar las estrategias de las tinieblas que en disfrutar de los destellos de gloria que irradia la luz del Cristo resucitado y triunfante que todos debemos proclamar. Sin embargo, los excesos de algunos en nada disminuyen la realidad de la guerra espiritual.

En nuestra calidad de ministros llenos del Espíritu y de poder del Espíritu, es necesario que estemos en guardia, por causa de nosotros mismos y del rebaño. Necesitamos un apropiado discernimiento para diagnosticar, defender y librar (cuando sea necesario) a los miembros de nuestra congregación que están siendo víctimas de ataques espirituales. Los cristianos están involucrados en la guerra, quiéranlo o no, pero ellos saben que el que está en ellos es mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4). Las armas de la contienda no son del mundo, pero tienen poder divino para derribar fortalezas (2 Corintios 10:4). Tenemos la seguridad de la victoria final por medio de Jesucristo, quien ha conquistado el mundo, la carne y el diablo.

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Herejías Destructoras: Atar y Desatar

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En cierta ocasión, el pastor estadounidense John Bryan Chapell, fundador y presidente de Unlimited Grace, un ministerio de radio y enseñanza de la Biblia en línea, dijo: “Los errores más grandes de la iglesia ocurren cuando la gente honra lo que sus pastores dicen sin examinar esas enseñanzas a la luz de las Escrituras.” ¡Y vaya que tenía la razón! En nuestros días nos encontramos una y otra vez con un cristianismo que insiste en resaltar las capacidades del hombre al punto de convertirlo en casi una deidad. Para cumplir con su objetivo, diversos sectores de la iglesia han malinterpretado el hecho de que el hombre fue creado “a semejanza de Dios”, y a partir de ahí ha enseñado que el hombre, en cierta medida, puede hacer lo que Dios hace. En ese sentido, una de las enseñanzas que está muy arraigada en los círculos cristianos es que los creyentes también podemos declarar y mandar con autoridad, así como Dios lo hace. Mejor dicho, que nuestras palabras tienen tanto poder, como las palabras de Dios. Dicha autoridad, dicen, incluye un poder que los creyentes tenemos para “atar al diablo y a los demonios”.

La doctrina de que podemos “atar y desatar al demonio”, muy común en algunas iglesias de nuestra época, es una de esas enseñanzas que suele distorsionarse a menudo desde el púlpito. A menudo se le asocia con el tema de la guerra espiritual. Antes de seguir quiero aclarar algo: La guerra espiritual es real. Puede no salir en las noticias; pero debería. Pablo lo admite en Efesios 6:12, “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” Sin embargo, las armas de esta guerra son a menudo malentendidas de alguna forma. En algunos círculos evangélicos, por ejemplo, es común escuchar a pastores y su gente hablar de “atar a Satanás” o “renunciar a la presencia del diablo” o muestras similares de confianza. Una de las prácticas más comunes dentro de ciertas congregaciones es la de “atar y desatar”, atan al diablo, demonios, enfermedades, maldiciones, ¡Hasta huracanes! y por otro lado desatan huestes celestiales, bendiciones, finanzas, riquezas, salud, autos, casas, etc.

La mayoría de los cristianos se sorprende al saber que los verbos atar y desatar aparecen juntos solamente dos veces (Mateo 16:19; 18:18). Por el hecho de que la misma palabra griega que se usa para atar en estos versículos (deo) también aparece en Mateo 12:29 y Marcos 3:27, muchos pentecostales y carismáticos han llegado a la conclusión de que tales pasajes se refieren a la autoridad del creyente para atar espíritus rebeldes y demoníacos. No obstante, lo que parece una conclusión simple y sencilla, está sin embargo erizada de dificultades contextuales, teológicas, y prácticas. Pero esto no ha detenido la herejía. Atar al diablo y su obra en la tierra se ha convertido en el pan diario de muchas congregaciones.

Necesitamos considerar el asunto de atar y desatar por varias razones:

  1. Primero, esta difundida práctica refleja la necesidad de una sólida interpretación bíblica. Con frecuencia la gente supone que esta práctica tiene apoyo bíblico, en vez de hacer un cuidadoso estudio bíblico. El movimiento Pentecostal siempre ha defendido la creencia de que solo las Escrituras son el fundamento en todos los asuntos de “fe y práctica”. Por consiguiente, aquellos que toman la Biblia absolutamente en serio deben disciplinarse para someter todas sus creencias y prácticas al escrutinio de ella.
  2. Segundo, necesitamos ver que los asuntos teológicos populares sean como vías para conectarse con las Escrituras y desarrollar nuestras habilidades en la interpretación y aplicación bíblicas. No podemos ser negligentes en la disciplina espiritual del estudio bíblico regular.
  3. Tercero, Dios nos llama a desear conocer y complacernos en hacer su voluntad (Romanos 12:1; Efesios 5:10,17; Colosenses 1:9,10). La Palabra de Dios debe estar presente en cada pensamiento, palabra, y acción de aquellos que desean agradar a Dios, y que conocen y hacen su voluntad.

Una razón final para una seria consideración de este asunto es la preocupación por la salud espiritual de los cristianos individualmente y del cuerpo de Cristo. Las enseñanzas que no tienen un sólido apoyo bíblico con frecuencia ejercen una influencia errónea en los creyentes y llevan a falsas doctrinas y a prácticas que dañan la salud espiritual de los creyentes y de la iglesia. Con estos pensamientos en mente, demos un repaso a esta popular enseñanza

UNA PRÁCTICA INÚTIL Y ANTIBÍBLICA.

Pretender que tenemos el poder de “atar al diablo” ha llevado a muchos creyentes a incurrir en prácticas no solamente inútiles, sino antibíblicas y promotoras de herejías aún más peligrosas.  Vivir atando al diablo es un sinsentido en el contexto de las Escrituras, de hecho, jamás podremos hallar un tan solo ejemplo de ello ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Es más, en el contexto de una verdadera lucha espiritual, ocurre totalmente lo opuesto: “Ni siquiera el arcángel Miguel, cuando argumentaba con el diablo disputándole el cuerpo de Moisés, se atrevió a pronunciar contra él un juicio de maldición, sino que dijo: «¡Que el Señor te reprenda!»” (Judas 9, NVI).

Judas 9 es el supremo ejemplo de cómo los cristianos deben tratar a Satanás y los demonios. El ejemplo de Miguel, al negarse pronunciar una maldición sobre Satanás, debe ser una lección para los cristianos de cómo relacionarnos con las fuerzas demoníacas. Los creyentes no deben hablarles, sino buscar al Señor, y Su poder de intervención contra ellos. Si un ser tan potente como Miguel dejó al Señor tratar con Satanás, ¿Quiénes nos creemos para pensar que tenemos el poder de atar a los demonios, incluyendo al mismísimo Satanás?

Tal práctica es más bien asociada con los falsos maestros y sus doctrinas: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras… Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas… siguiendo la carne, andan en concupiscencia e inmundicia, y desprecian el señorío. Atrevidos y contumaces, no temen decir mal de las potestades superiores, mientras que los ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor. Pero éstos, hablando mal de cosas que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción, perecerán en su propia perdición.” (1 Pedro 2:1-12).

VIVIENDO EN LA ESCLAVITUD DE TEMORES INFUNDADOS.

Hay una paranoia perniciosa que se respira en las iglesias hoy en día: la gente piensa que Satanás en persona los vigila a cada segundo. Algunas personas inconscientemente incluyen en el currículo de Satanás los atributos únicos de Dios: su omnisciencia y omnipresencia. Sí, Satanás ciertamente está deambulando (1 Pedro 5:8), pero está limitado a un lugar a la vez. Él no puede leer tu mente, y tampoco “para las orejas” cada vez que su nombre es mencionado en nuestras oraciones. Es triste darnos cuenta como, en muchas ocasiones, mientras estamos orando a Dios, en un desliz ¡Comenzamos a dirigirnos a Satanás! Incluso por las cosas más triviales: Por ejemplo, en cierta ocasión, un pastor oraba: “Señor oramos contra las fuerzas del mal en este lugar hoy, y Satanás te atamos en el nombre de Jesús, denunciamos tus esfuerzos de distraernos jugando con el proyector de PowerPoint otra vez, y reprendemos tu presencia aquí hoy. ¡No eres bienvenido aquí!”.

Tal suceso fuera cómico sino representara la poca comprensión que tenemos del mundo espiritual: En primer lugar, los cristianos debemos orar a Dios, no a Satanás (aun cuando lo que estemos diciendo sea para irritarlo). Segundo, es poco probable que Satanás en persona esté merodeando todo el tiempo por tu iglesia de todos modos. Así que, a menos que tenga demonios grabando nuestras oraciones y luego enviándole el transcrito por correo, tales oraciones son totalmente inútiles, por no decir ridículas. Estoy seguro de que jugar con el equipo de sonido de mi iglesia, o hacerme resbalar en una cáscara de plátano, tiene que ser una prioridad menor para el diablo que, digamos, lo que sucede a niveles mayores en los gobiernos y naciones de la tierra.

ATAR A SATANÁS ESTÁ FUERA DE NUESTRA JURISDICCIÓN.

Satanás puede ser atado, sólo que no por ti o por mí. La tarea de atar a Satanás se le ha dado a un ángel (Apocalipsis 20:1-3). Es una tarea bastante importante y una gran parte de la escatología depende en que se realice correctamente. Al igual que Pedro, Judas advierte con severidad a aquellos fanfarrones espirituales que presumen aventurarse por encima de su jurisdicción y encima de los seres angelicales malignos: “No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda. Pero éstos blasfeman de cuantas cosas no conocen; y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales.” Judas 1:8-10.

El propio arcángel Miguel no trató de atar a Satanás de la forma en que muchos tele-evangelistas, pastores, pseudo profetas y falsos apóstoles fanfarrones de hoy en día lo hacen. Incluso el privilegio que tenemos de invocar el nombre de Jesús no nos concede una licencia para realizar cosas más allá de la autoridad que Dios nos ha delegado, o traspasar los límites establecidos por la Palabra. Los hijos de Esceva prueban esta hipótesis (Hechos 19:13-16).

LAS LLAVES Y EL PODER DE ATAR Y DESATAR.

La justificación bíblica para esta práctica es tomada de dos textos del libro de Mateo, y en ambos casos Jesús les está enseñando a sus discípulos algunos aspectos de la autoridad que la iglesia tendría en su misión en la tierra. El primer texto lo encontramos en Mateo 16, cuando Jesús está preguntando a sus discípulos “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). Pedro fue el único que respondió, diciendo “tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”. El Señor anuncia que su iglesia será fundada sobre esta declaración (“tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”), y es en este contexto que le dice a Pedro: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” (Mateo 16:19). Las palabras de Jesús significan que Pedro tendría el derecho de entrar en el reino mismo, tendría ahí autoridad general, simbolizada por la posesión de las llaves, y la predicación del Evangelio sería el medio por el cual abriría el reino de los cielos a todos los creyentes y lo cerraría contra los incrédulos. El libro de Hechos nos muestra este proceso en acción. Por medio de su sermón en el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40), Pedro abrió la puerta del reino por primera vez. La expresión “atar” y “desatar” era común en la fraseología legal judía, significando declarar algo como prohibido o declararlo permitido.

El apóstol Pedro, y luego a los otros discípulos, fueron los pioneros que “abrieron” el acceso al reino, a través de la proclamación del evangelio. Su predicación hizo posible que tanto judíos como gentiles tuvieran la oportunidad de ser parte y de recibir las bendiciones del reino de los cielos. Sin embargo, en su aplicación más amplia, esta autoridad “de atar y desatar” quedaba extendida a toda la iglesia en su misión evangelizadora. En el cumplimiento de la Gran Comisión, la iglesia de Jesucristo puede asegurar las bendiciones de acceso al reino o puede advertir de juicio y condenación a los hombres, según ellos respondan. Por eso, debemos recordar que cuando el creyente predica las buenas nuevas, puede darle seguridad de perdón de pecados a quienes se arrepienten, y aun advertir de juicio a quienes rechazan el mensaje del evangelio. Esa es la autoridad para atar y desatar que vemos en Mateo 16.

Ahora, el otro texto que nos enseña sobre esto de atar y desatar está en Mateo 18, y Jesús nuevamente les está enseñando a sus discípulos diciendo: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.” (Mateo 18:18). En esta oportunidad, el tema que el Señor está discutiendo es la disciplina eclesiástica. Jesús les está recordando a los discípulos la responsabilidad que la iglesia tiene de ejercer disciplina a quien rehúsa ser corregido y no busca arrepentirse por un acto pecaminoso. Eso lo podemos ver por los versículos que anteceden: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mateo 18:15-17). Cuando alguien ha cometido pecado, el deber de la iglesia es restaurarlo, y los creyentes que ejerzan la disciplina deben procurar ganar al hermano. La meta es hacerle ver su pecado y llevarlo a buscar el perdón. Pero si en una instancia íntima, la persona que ha pecado se resiste, debemos llamar un par de testigos para concederle una nueva oportunidad. Si todavía no hay arrepentimiento, el otro peldaño en la escalera de la restauración es decirlo públicamente a la iglesia. Si el hermano no recibe la disciplina, la cuarta y última medida será tenerlo “por gentil y publicano”, o más bien, expulsarlo de la iglesia, tal como lo había demandado el apóstol Pablo a los corintios cuando uno de sus miembros estaba en abierta desobediencia a las Escrituras practicando un pecado sexual. (1 Corintios 5:13). En este contexto, “todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” se refiere al respaldo que el cielo otorga cuando la iglesia cumple su labor y procura la santidad entre sus miembros. Cuando ejercemos bien esa autoridad en la tierra, el cielo aprueba la disciplina.

Por lo tanto, pensar que tenemos la necesidad de “atar y desatar” al diablo es un argumento que no se ajusta al testimonio de las Escrituras, y lo que es más, desvía la atención de la iglesia. Los creyentes no tenemos que enfrascarnos en una “batalla campal” con el diablo y sus demonios, ni tampoco “atarlos” en el nombre de Jesús. Por un lado, Satanás, ya fue derrotado hace 2,000 años por un hombre más fuerte que él: Jesús de Nazaret (Mateo 12:29). Además, la influencia que en cierta medida el diablo pueda tener hoy día siempre estará sujeta a los límites que Dios ha establecido en su soberanía. En medio de la guerra espiritual, que es real y no ignoramos, el llamado que tenemos en la Escritura es a resistir y estar firmes (Efesios 6:11,13; Santiago 4:7). No tenemos que atar al diablo porque toda su obra está bajo el permiso y control soberano de Dios. Su soberanía y amor hacia nosotros debe constituirse en la base de nuestra confianza.

Como ya se mencionó, el contexto de Mateo 16:19 y 18:18 no tiene nada que ver con el exorcismo. En el capítulo 16, Jesús estaba hablando acerca de edificar la iglesia (versículo 18). Las llaves que Él dio eran para la apertura del reino de los cielos (versículo 19), no para cerrar (o atar) el dominio de las tinieblas. En Mateo 18, el atar y desatar no tiene lugar en un contexto de exorcismo, sino en la administración de disciplina en la iglesia. Los líderes de la iglesia tienen la responsabilidad de determinar a quién se le permite permanecer dentro de la comunidad del nuevo pacto, y bajo qué condiciones. Si este es el caso en Mateo 18 y el lenguaje (“atar y desatar”) es idéntico al lenguaje de Mateo 16, los contextos de estos dos pasajes están muy probablemente relacionados. Al considerar la relación entre estos dos pasajes, es importante tener en cuenta el principio hermenéutico de que “las Escrituras interpretan las Escrituras”. Este principio requiere que el pasaje que no parece claro, o que está en disputa, sea interpretado sobre la base del pasaje que nos resulta claro. En este caso, Mateo 18:18 resulta ser el pasaje claro y sobre el cual no hay duda en cuanto a su significado.

INTERPRETANDO CORRECTAMENTE MATEO 16:19 Y 18:18.

Vayamos un poco más lejos. Ahora que hemos comentado lo que Mateo 16:19 y 18:18 no significan, es necesario que veamos cuál es el sentido de tales pasajes.

Primero, para entender la terminología de atar y desatar de Mateo 16:19, debemos comenzar con Mateo 18:18. Cuando se emplea el principio de contexto literario inmediato, el significado de este pasaje resulta claro, porque contiene muchos indicadores contextuales. Los elementos de un “hermano [que] peca” (versículo 15), “repréndele” (versículo 15), “testigos” (versículo 16), “iglesia” (versículo 17), y excomunión, “tenle por gentil y publicano” (versículo 17), no dejan duda de que el pasaje no trata de exorcismo, sino de excomunión. En este contexto es que se lee el versículo 18: “Todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. Cuando se toma Mateo 18:15-20 como un todo, Jesús estaba autorizando a los líderes de la iglesia a seguir un proceso específico con el fin de preservar la pureza y el testimonio de la iglesia. Se les designa a ellos para que protejan la reputación de Dios y de su iglesia, y si es necesario, para que despidan a los miembros que en forma abierta persisten en su estilo de vida pecaminoso. Sus decisiones son autoritativas (atar) y finales. A menos que tomemos en forma extrema la traducción tradicional de estas palabras, necesitamos tomar en cuenta que este texto no concede la influencia humana desenfrenada sobre los decretos de Dios. Las referencias gramaticales del griego autorizado nos hacen ver que necesitamos traducir el versículo 18: “Cualquier cosa que ustedes aten en la tierra habrá (ya) sido atada en el cielo; y cualquier cosa que desaten en la tierra habrá (ya) sido desatada en el cielo”. Los líderes cristianos tienen que reflejar la voluntad de Dios en sus decisiones, y no ser ellos quienes las generen. Del mismo modo que con muchos otros pasajes de las Escrituras, éste enseña a quienes somos siervos de Él, a hacer su voluntad antes que exigir que Él haga la nuestra (Mateo 6:10; 7:21; 26:39; Romanos 12:1; Efesios 5:10, 17; Colosenses 1:9,10). Los dos versículos finales de este pasaje proveen mayor evidencia de la naturaleza judicial (contrariamente al exorcismo) del pasaje. “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:19,20). Usualmente estos versículos se han usado para garantizar las respuestas a las peticiones en oración ofrecidas por dos o tres creyentes “que están de acuerdo” unos con otros. Pero las palabras “otra vez os digo”, fusionan claramente esta enseñanza con la instrucción previa. En otras palabras, Jesús estaba reiterando la misma verdad que comunicó en el versículo 18. El “acuerdo… respecto de cualquier cosa que pidieren” (versículo 19) tiene límites definidos por el contexto en el cual aparace la frase. Por cuanto el contexto más amplio tiene que ver con la disciplina de la iglesia, lo más probable es que Jesús dijera que Dios está dispuesto a contestar a oraciones por fortaleza, sabiduría, revelación, valentía e imparcialidad para los participantes en una disputa o los disciplinadores, y para convicción, contrición, reacción, arrepentimiento, y perdón para el pecador. La garantía de la presencia de Dios entre los “dos o tres… reunidos en [su] nombre (versículo 20) calza perfectamente en el contexto judicial y disciplinario. Los “dos o tres” que se mencionan no son números arbitrarios. Se refieren a los “testigos” a los cuales el juez podía llamar para establecer las palabras o hechos pecaminosos del acusado mediante su testimonio ocular (véase Deuteronomio 17:6,7; 19:15-21; 1 Timoteo 5:19). Los dos o tres mencionados por Jesús en Mateo 18:20 se refieren sin duda a los testigos del versículo 16. Estas palabras llevan una promesa y una advertencia. La promesa es la garantía de Dios de que ningún líder o testigo tendrá que pasar por esta difícil experiencia confiando sólo en su propia fuerza. Ellos experimentarán la presencia, autorización, y capacitación de poder a pesar de lo difícil de la situación. Sin embargo, la advertencia se ve en el hecho de que nada menos que Dios es quien supervisa el proceso. Sus representantes en la tierra deben recordar la santidad personal, rectitud, justicia e imparcialidad de Dios cuando lleven a cabo un juicio. Sus decisiones deben reflejar el decreto celestial. Estímulo y desafío semejantes a éste eran comunes en los primeros siglos. Podemos ver esto en un pasaje de la literatura rabínica que provee un mayor fundamento bíblico: “Los jueces debieran conocer a quien juzgan, y en la presencia de Quién juzgan, y Quién es el que juzga con ellos. Los testigos debieran saber respecto de quién dan testimonio, en la presencia de Quién dan testimonio, con Quién dan testimonio, y Quién es el que da testimonio con ellos, puesto que se dice: “Entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová” (Deuteronomio 19:17), y se dice: “Dios está en la reunión de los dioses; en medio de los dioses juzga” (Tosefta Sanhedrin 1:9).

Segundo, después que establecemos que el atar y desatar ordenado por Jesús en Mateo 18:18 tiene que ver con la disciplina en la iglesia, podemos movernos a Mateo 16:19. El contexto es menos obvio, pero es similar al de 18:18. Cuando nos fijamos en el contexto literario inmediato, los indicadores (aun cuando posiblemente sean menos obvios) sugieren una similitud de contexto con Mateo 18. Por ejemplo, en 16:18 Jesús habla de “edificar [su] iglesia”. El versículo 19 introduce la metáfora de las “llaves del reino de los cielos”. Las llaves deben referirse a autoridad para determinar la admisión y la no admisión en la fraternidad de la iglesia. Es en este punto del versículo que aparece la frase en cuestión: “Y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (16:19). La construcción gramatical aquí es la misma que en 18:18. Por tanto, como en 18:18, podemos traducir: “Cualquier cosa que ustedes aten en la tierra habrá (ya) sido atada en el cielo; y cualquier cosa que desaten en la tierra habrá (ya) sido desatada en el cielo”. En este texto Jesús ordena al liderazgo de la iglesia que reflejen la voluntad de Dios y no la de ellos mismos respecto de a quien debieran recibir como miembro “en plena comunión” en la nueva comunidad de pacto.

Tercero, además del hecho de que 16:19 y 18:18 comparten la misma terminología y contexto, la literatura concerniente a esta discusión que hallamos fuera de la Biblia apoya la interpretación de estos textos en la manera que estamos sugiriendo. La asociación verbal de atar y desatar aparece con tanta frecuencia en la literatura rabínica que nos parece que Jesús estaba empleando terminología que su cultura entendería con facilidad. Aquí tenemos tres ejemplos:

“Durante la guerra de Vespasiano, (los rabinos primitivos) ataron las guirnaldas de los novios y [tocaron] las campanas. Durante la guerra de Quietus, ellos ataron las guirnaldas de las novias y que un hombre enseñara griego a su hijo. En la última guerra [La revolución de Bar Koziba], ellos ataron a la novia a cabalgar en una litera dentro de su villa, pero nuestros rabinos desataron a la novia para que cabalgara en una litera dentro de su villa” (Mishnah Sotah 9:14).

“Si un hombre hacía un voto de abstenerse de leche, él era desatado [respecto al] suero. El rabino Yosi lo ata… Si un hombre hizo un voto de abstenerse de carne, el es desatado [respecto al] caldo [en el cual se cocinaba] … [pero] el rabino Judá lo ata… si un hombre hizo un voto de abstenerse de vino, él es desatado [respecto a] la comida preparada que tenga sabor a vino” (Mishnah Nedarim 6:5-7).

“Si un hombre prometía abstenerse de verduras, es desatado [respecto a] calabazas, pero el rabino Akiva lo ata” (Ibid., 7:1).

Estos pasajes de la literatura rabínica confirman que los términos atar y desatar, cuando aparecen juntos, se refieren a la autoridad de los que están en el liderazgo para atar (prohibir) y desatar (permitir) ciertas prácticas o conductas. Aún más, estos pasajes no tienen relación con atar o desatar espíritus de demonios, ángeles, o actitudes de la gente.

¿Cuál es, entonces, la diferencia entre 16:19 y 18:18? Sobre la base de la información contextual ya comentada, es obvio que el capítulo 16 se refiere a la autoridad del liderazgo de la iglesia para prohibir o permitir la entrada a la comunidad del pacto. Por otra parte, el capítulo 18 se refiere a la autoridad del liderazgo para prohibir o permitir la continuación de la condición de miembro en la iglesia local.

ERRORES QUE ENGENDRAN ERRORES.

Cuando la gente interpreta y aplica incorrectamente Mateo 16 y 18, inevitablemente surgen problemas teológicos y prácticos. Por ejemplo, en ninguna parte de las Escrituras (tanto en la literatura judaica como en la cristiana fuera de la Biblia) aparece Dios dando a los creyentes la tarea de atar a Satanás o a los demonios. En cambio, solo Dios y sus intermediarios angelicales realizan esta actividad (Apocalipsis 20:1,2). En tiempos recientes, la interpretación de desatar se ha referido en algunas ocasiones a la prerrogativa del creyente de permitir que las fuerzas demoníacas ejerzan una cierta libertad. Sin embargo, con más frecuencia, desatar se aplica para liberar un espíritu de avivamiento o de intercesión. En casos extremos, el espíritu de Elías o algún otro personaje bíblico es “soltado”. Respecto a las primeras tres interpretaciones, es más apropiado atribuir tales iniciativas a la obra del Espíritu Santo que a los dictados del hombre. En cuanto a la última interpretación, el idioma y el concepto que representan se encuentran en el límite de la nigromancia (interacción que involucra a los muertos) y son espiritualmente insalubres y bíblicamente inapropiados (Levítico 19:26, Deuteronomio 18:10,11). La interacción que implica a los santos que han partido está dentro del ámbito de Dios solo.

En muchos círculos ha estado en boga también la práctica de atar ciertas actitudes o atributos personales a los que se les designa como “espíritus”. De este modo, con frecuencia se induce a los padres a atar el espíritu de rebeldía en sus hijos desobedientes. En manera similar, oímos con frecuencia que gente bien intencionada ata el espíritu de incredulidad sobre personas o grupos. Por muy espiritual que parezca esta expresión, lleva consigo un marco no bíblico de referencia. Dios ha creado a las personas como agentes morales libres. Él nos da la capacidad y la responsabilidad de elegir. Dios no responderá a una oración que requiera que Él viole este aspecto de la naturaleza humana que Él creó intencionalmente. Cuando oramos de esta manera, nos colocamos al margen de las Escrituras, que son las que operan como nuestra única regla de fe y práctica. Una vez que uno se aleja de los parámetros de las Escrituras, es muy probable que haya otras desviaciones, como la creencia y práctica que algunos han adoptado de dar órdenes a los ángeles.

ATANDO AL HOMBRE FUERTE (MATEO 12:29).

Mateo 12:29 es otro versículo usado por los que dicen que atar demonios es bíblico. De acuerdo con el contexto, Jesús es acusado por los fariseos de echar fuera demonios por el poder de Belcebú. Jesús les respondió: “Todo reino dividido por una guerra civil está condenado al fracaso. Una ciudad o una familia dividida por peleas se desintegrará. Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido y pelea contra sí mismo; su propio reino no sobrevivirá. Entonces, si mi poder proviene de Satanás, ¿qué me dicen de sus propios exorcistas, quienes también expulsan demonios? Así que ellos los condenarán a ustedes por lo que acaban de decir. Sin embargo, si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado y está entre ustedes. Pues, ¿quién tiene suficiente poder para entrar en la casa de un hombre fuerte como Satanás y saquear sus bienes? Solo alguien aún más fuerte, alguien que pudiera atarlo y después saquear su casa.” (Mateo 12:25-29; NTV)

Nótese que Jesús no dice que podemos atar demonios o que debemos hacerlo. De hecho, ese pasaje nunca ha sido interpretado de esa manera en toda la historia de la iglesia hasta que surgió hace poco la moda de “atar y desatar”. El problema es que mucha gente ni siquiera se toma la molestia de leer bien lo que dice Jesús. Jesús explica que Él saca demonios por el poder del Espíritu Santo, y ese poder es más poderoso que el poder de los demonios, pues ¿Quién tiene suficiente poder para entrar en la casa de un hombre fuerte como Satanás?”. Y aquí Jesús hace una analogía entre Él contra Satanás, y un hombre muy fuerte que ata a alguien menos fuerte y le quita dominio. ¡Aquí no se dice que nosotros debemos o podemos “atar” demonios!

A pesar de la interpretación popular de que las palabras de Jesús: “¿Cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata?” (Mateo 12:29, Marcos 3:272) prescribe una secuencia para el exorcismo, la evidencia en el resto del Nuevo Testamento no apoya esta idea. Por ejemplo, aun cuando los escritores de los Evangelios registraron múltiples enfrentamientos entre Jesús y los espíritus demoníacos, no hay una ocasión en el registro escrito en el cual Él haya atado a un demonio antes de echarlo fuera. Aún más, una acción tal relacionada con atar a los demonios no se encuentra en el libro de los Hechos, en las epístolas, o en el libro de Apocalipsis. En comparación con las fórmulas elaboradas de exorcismo de los judíos contemporáneos y de los paganos, las palabras y acciones de Jesús y de sus primitivos seguidores son cortantes y directas: “¡Sal de él!”

Si hubo algo que caracterizó a Jesús, es que era consecuente. Si hubo algo que caracterizara a sus seguidores del primer siglo, es que eran obedientes a sus enseñanzas. Si en Mateo 12:29 Jesús hubiera tratado de proveer una descripción respecto de la adecuada secuencia de actos para un exorcismo exitoso, habría seguido su propia fórmula cuando exorcizaba a los demonios, y sus discípulos del Nuevo Testamento también la hubiesen seguido.

Si seguimos los principios interpretativos de que las Escrituras interpretan las Escrituras, y si examinamos las Escrituras como un todo, tenemos que entender que Mateo 12:29 y Marcos 3:27 no son un mandato, sino mas bien una analogía (una técnica ilustrativa que Jesús usó regularmente en los cuatro Evangelios). Satanás no es un hombre, sino semejante a un hombre rico que debe ser sometido antes que un ladrón pueda robar en su hogar. Satanás debe ser desarmado antes que el reino de Dios pueda avanzar (compare Mateo 12:28).

CAYENDO EN LO ABSURDO Y LA CONTRADICCIÓN.

Si en realidad, como muchos super creyentes afirman, ellos poseen la autoridad para ‘atar’ al diablo cada vez que se presente, tenemos solamente dos opciones para explicar el continuo actuar del diablo en el mundo a pesar de que muchos creyentes vivan atándolo. Hay dos opciones: O lo ataron con una cadena muy larga que de todas maneras le permite actuar a su antojo, o el diablo se escapa sutilmente a cada rato y se va a otra iglesia donde lo vuelven a atar. Tales suposiciones suenan ridículas ¿Verdad? ¡Por supuesto que sí! ¡Igual que la doctrina de atar y desatar demonios! La moda de “atar y desatar” es un fraude porque contradice la Biblia, el sentido común y la lógica. En ninguna parte en toda la Biblia verás a los miembros de la iglesia atando demonios, deudas económicas, hábitos, enfermedades, etc.

Atar y desatar es una moda herética que ha invadido la iglesia. Tal enseñanza nació en círculos de creyentes en donde la Palabra de Dios no es estudiada con seriedad y detenimiento. ¿Dónde está la confianza de tales “creyentes” en la soberanía y la Palabra de Dios en todos nuestros momentos, ya sean difíciles o felices? Para empeorar las cosas, atar y desatar es una moda que refleja la fascinación insana del pueblo evangélico por el diablo y sus demonios (muchos evangélicos en Latinoamérica ven al diablo hasta en la sopa, pero son ciegos para ver la mano de Dios en sus vidas). La fe de ellos está en “atar” lo malo para que les vaya bien, en vez de confiar en la voluntad de Dios para sus vidas. Muchos charlatanes se aprovechan de esta moda para vender entradas para sus congresos en donde prometen atar los demonios y las enfermedades que atormentan a la gente.

Piénsalo bien: Atar demonios simplemente no tiene sentido. Si alguien realmente tiene el poder de “atar” a Satanás o a los demonios, entonces ¿Quién los vuelve a soltar? ¿Por qué los cristianos de todo el mundo están afirmando que atan a Satanás y siguen pasando cosas malas? ¿Cuánto tiempo dura la “atadura”? Si sólo dura una hora, entonces la gente pudiera literalmente “turnarse” para atar a Satanás y de esta manera nunca dejarlo suelto de nuevo. ¿Puedes ver lo absurdo que es esta doctrina de “atar demonios y a Satanás”? Además, ¿quién dice que Satanás esté escuchando? No olvidemos que Satanás no es omnipresente, por lo que sólo puede estar en un lugar al mismo tiempo, así que el concepto de que la gente de todo el mundo esté atando a Satanás en, o alrededor del mismo tiempo, no tiene sentido. Lo repito: La única “atadura” de Satanás en la Biblia está en Apocalipsis 20:2, cuando un ángel “ate” a Satanás por 1.000 años en el abismo.

CONCLUSIÓN.

Es necesario que pensemos y analicemos a la luz de la Biblia todo lo que se nos predica. Las personas a veces podrán equivocarse y transmitir de forma torcida un mensaje, incluso cuando tal vez esas personas tengan una buena intención, pero la Palabra de Dios nunca se equivoca. Reconozcamos que la Biblia es más que suficiente y que no necesitamos sacar versículos fuera de sus contextos. Amémosla y conozcamos a Dios y Su voluntad en sus páginas. Eso es lo que la iglesia más necesita en el día de hoy. Cuando realmente sabemos que Dios cuida de nosotros y que nada de lo que nos sucede se escapa de la voluntad de Dios, no perdemos tiempo “atando” demonios y vivimos con más gozo en Dios (Romanos 8:28).

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Herejías Destructoras: Arrebatarle cosas al diablo.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Vivimos en una época de modas religiosas y herejías al por mayor. Algunas se materializan en la formación de nuevas sectas y movimientos heréticos, otras se infiltran dentro de iglesias consideradas sanas, pero con cimientos poco profundos en la Palabra de Dios. Dentro de muchas iglesias evangélicas, principalmente en muchas de nuestras iglesias pentecostales y en aquellas de tipo carismático, existe la enseñanza de decretar y declarar cosas en el nombre de Dios, y de “arrebatar cosas que el diablo nos quitó.” Esta enseñanza o práctica, como muchas otras que abundan en la actualidad, no se encuentra en las Sagradas Escrituras. Dicha práctica nunca ha sido parte del cristianismo sano y bíblico. Los primeros cristianos jamás lo practicaron. Tal enseñanza, abunda en muchas iglesias debido al poco interés por estudiar la Palabra y muchos cristianos profesantes están siendo arrastrados y engañados por tal herejía.

Los cristianos no debemos “arrebatarle” cosas al diablo, ya que en ninguna parte de la Biblia se nos ordena hablar o discutir con él. La Biblia nos enseña: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.” (Santiago 4:7). Sin embargo, muchos cristianos le han asignado a Satanás un papel y un poder mucho mayor del que la Biblia le asigna. Esto les lleva a vivir decretando y declarando cosas, culpando a Satanás de todos sus males, accidentes, necesidades, enfermedades y pecados, como si el diablo fuera omnipotente u omnipresente, o como si pudiera sobrepasar el permiso y la soberanía divina. Muchos equivocadamente piensan que el diablo les ha robado cosas que Dios les ha dado, y que tienen que luchar espiritualmente para recuperarlo. Pero, en la Biblia, vemos a Job que lo perdió todo, pero él no desperdició su tiempo pidiéndole al diablo que le devolviera lo que le quitó. Es más, Job nunca supo de la discusión entre Dios y Satanás, y al final del libro de Job, en el capítulo 42, vemos que Job fue restaurado con el doble de lo que tenía antes. Y el que restauro a Job fue Dios y no el diablo: “Y quitó Jehová la aflicción de Job, cuando él hubo orado por sus amigos; y aumentó al doble todas las cosas que habían sido de Job.” (Job 42:10). Job buscó a el rostro de Dios, y fue su Dios quien le restauró. No Satanás.

ENSEÑANDO HEREJÍAS A TRAVÉS DE CANCIONES.

La cantante Nancy Amancio ha hecho muy popular su canción “Arrebato”. En esta canción antibíblica ella dice que le ha de arrebatar una serie de cosas de las garras al diablo, cosas que supuestamente el diablo le robó. Debería ser obvio para un cristiano bien instruido en la Palabra de que esta canción está teológicamente errada. A parte de eso, es necesario notar que el objeto de la canción no es Dios sino el diablo. Nancy Amancio, ya sea por ignorancia o a propósito, le está cantando al diablo. Ella no lo menciona por nombre, pero es indudable que la canción está dirigida a él. Es muy triste pero cierto que esta canción es un testimonio vivo de lo que muchos cristianos creen y practican hoy día.

Muchos cristianos tienen la idea de ellos tienen que estar constantemente quitándole o arrebatándole cosas de las manos del diablo que le pertenecen a ellos; cosas que supuestamente deberían estar en las manos de ellos, pero por alguna razón inexplicable están en las manos de Satanás. Eso no es así. Para poder entender la razón por la cual este concepto de “arrebatarle cosas al diablo” está errado, tenemos que comenzar primeramente entendiendo cual es la posición de uno que es nueva criatura en Cristo Jesús; ya que es precisamente una falta de comprensión de quienes somos en Cristo lo que lleva a muchos cristianos a caer en errores tales como este. Consideremos unos textos escritos por Pablo en su carta a los Colosenses.

Colosenses 1:12-14 dice: “Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” Esta porción bíblica es muy clave e importante a la hora de entender quiénes somos en Cristo Jesús. Aquí el apóstol Pablo habla de cuatro cosas que Dios hizo por nosotros; y las mismas revelan cual es nuestra posición y nos enseñan por qué es que no tenemos que estar arrebatándole nada al diablo de las manos:

  1. Primeramente, Pablo habla de que hemos sido hechos aptos. La palabra “aptos” también podría traducirse como “hacer suficiente”, “hacer capaz” o “cualificar”. Debido a nuestra condición de pecado, nosotros no llenábamos las cualificaciones y no éramos capaces de participar de la herencia que Dios tiene guardada para los santos en gloria. Mas Dios en su absoluta y soberana Gracia nos hizo aptos, o sea nos dio (a través de Jesús) las cualificaciones necesarias para ahora poder tener la esperanza de una herencia eterna y perfecta. Referente a esta herencia el apóstol Pedro nos dice (1 Pedro 1:4) que la misma es “herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” y que la misma esta “reservada en los cielos” para nosotros. Cuando Nancy Amancio le dice al diablo que le “arrebata los tesoros de los cielos” está diciendo una falsedad, ya que los tesoros de los cielos no le pertenecen al diablo. Esos le pertenecen a Dios, quien reina en los cielos, y a Él le ha placido hacernos sus herederos. Además, los tesoros de los cielos poco tienen que ver con lujos, prosperidad material, riqueza terrenal o incluso una salud perfecta en la tierra (Mateo 6:19-21). Esas son meras añadiduras.
  2. Segundo, Pablo en Colosenses 1:13 dice que Dios “nos ha librado de la potestad de las tinieblas”. Cuando estábamos en nuestros delitos y pecados, muertos, y ciegos sin poder ver la luz de Cristo, estábamos bajo el poder del maligno; habitábamos en completa tiniebla en donde Satanás hacía con nosotros como él quería y estábamos “cautivos a la voluntad de él.” (2 Timoteo 2:2). No solamente estábamos bajo la potestad de las tinieblas, sino que nosotros mismos éramos tinieblas tal como dice Pablo en Efesios 5:8. Mas ahora en Cristo hemos sido librados de tal potestad. Dios rompió todas las cadenas que ataban nuestra alma y nos sacó del dominio del diablo. Podemos decir como dijo David: “Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos.” (Salmo 40:2)
  3. Tercero, el Apóstol nos dice que también fuimos trasladados al reino de Jesús. Debido a que nosotros vivimos en una sociedad democrática, no tenemos el conocimiento o el entendimiento de lo que es vivir bajo el dominio de un rey. En los tiempos antiguos, los reyes tenían un poder absoluto sobre la vida de todos sus súbditos. Lo que el rey decía era ley y tenía que ser obedecido. A la misma vez, el rey tenía la responsabilidad y la obligación de proteger a su gente en contra de los ataques de los enemigos. Ahora, nosotros hemos sido trasladados al reino hermoso y glorioso de Jesús, el Rey Supremo. Jesús es nuestro Rey por lo que demanda obediencia y completa sumisión de nuestra parte, pero como Rey él es también nuestro protector y guardador. Jesús no es un Rey déspota como lo eran muchos de los reyes de la antigüedad. Él es un rey amoroso, misericordioso, y bondadoso; Él nos ama con un amor infinito.
  4. Por último, Pablo dice que hemos sido redimidos (Colosenses 1:14) por la sangre de Jesús. Así como en conformidad a la antigua ley de Israel, la vida que estaba condenada y destinada a la muerte podía ser liberada por un precio (Éxodo 21:30), de la misma forma también nuestra vida, perdida a causa del pecado, fue rescatada por el derramamiento de la sangre de Cristo (Efesios 1:7). El ser redimido conlleva el que se haya pagado un precio por nosotros. En la cruz y con Su sangre Cristo nos redimió, o sea nos compró, y ahora somos propiedad suya (1 Corintios 6:20).

Cuando consideramos todo esto podemos llegar a la conclusión de que nosotros no tenemos razón ninguna para estar arrebatándole cosas al diablo, ya que Dios nos hizo aptos para participar de una herencia reservada por el poder de Dios en el Cielo, nos libró de la potestad del maligno, nos trajo a morar en el reino de su Hijo Amado, y nos compró con la sangre de Su Hijo, haciéndonos propiedad suya no solo por virtud de creación sino también por virtud de redención. Es inconcebible entonces que uno que ha recibido todas estas bendiciones de parte de Dios, se la pase diciéndole al diablo que le arrebata esto o aquello. Todo lo que somos y todo lo que tenemos esta en Cristo Jesús, Él es nuestro todo.

HEREJÍAS QUE BUSCAN ROBARLE LA GLORIA A CRISTO.

Muchas personas dicen que ellos le arrebatan al diablo su familia, su empleo, su casa, sus finanzas y un sinnúmero de cosas acerca de arrebatar. Ahora bien, ¿Que significa la palabra arrebatar? Arrebatar es quitar o tomar algo con violencia. Entonces estaríamos diciendo que cuando hablamos de arrebatar estamos diciendo que quitaremos o tomaremos algo por violencia a una persona, en este caso el diablo. Pero ¿Qué es aquello que tenemos que quitarle por la fuerza a Satanás? ¿Qué nos dice la Biblia acerca de esto? La Biblia nos enseña: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.” (Colosenses 2:13-15).

Al morir en la cruz, Jesús anuló el acta de los decretos, el venció en la cruz a todo principado. En la cruz él nos dio salvación, vida, y todo aquello que necesitamos, de manera tal que no tenemos nada que arrebatarle a Satanás. Cristo, con su preciosa sangre, anuló todo aquello que no estaba a nuestro favor, Él anuló todo aquello que nos descalificaba para ser hijos de Dios. La Biblia nos enseña que Jesús es Dios sobre todo y que Él está sobre todo principado y potestad: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él.” (Colosenses 1:15-22).

En Jesús habita toda la plenitud de la deidad. Él es soberano y ejerce su voluntad sobre todo principado y potestad. Él ha ganado la batalla por nosotros triunfando sobre el mismo diablo en la cruz del Calvario. Por tal razón, no es bíblico arrebatar, pues no tenemos nada que arrebatar, todo fue comprado a precio de sangre en la cruz por nuestro amado Salvador Jesucristo. Al pretender ser nosotros los héroes de la guerra espiritual estamos, de hecho, robándole la gloria a Cristo. Es él. Y no nosotros, quien venció al diablo de una vez y para siempre.

HEREJÍAS QUE PERVIERTEN LA PALABRA DE DIOS.

En toda la Escritura nunca hallaremos a un creyente “arrebatando” cosas al diablo. De hecho, en toda la historia de la iglesia, nadie ha creído en eso hasta el día de hoy. Peor aún, no hay ningún versículo en toda la Biblia que justifique esta moda. Tal vez el único versículo que a algunas personas les parece que justifica esta herejía de andar arrebatando cosas al diablo es Mateo 11:12. Allí Jesús dice: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Versión Reina Valera). No obstante, allí no se habla realmente de arrebatarle nada al diablo.

Las dificultades se centran principalmente en torno al verbo βιάζεται (bee-ad’-zo), que puede traducirse como sufrir violencia o avanzar con fuerza, el sustantivo cognado βιασταί (bee-as-tace), que se puede traducir como violentos o valientes, y el verbo ἁρπάζουσιν (har-pad’-zo) que puede traducirse como tomar (en sentido favorable) o arrebatar para mal (en sentido desfavorable). Algunos expertos, como William Hendriksen, afirman que una mejor traducción de ese pasaje diría: “… el reino de los cielos está avanzando vigorosamente y hombres ávidos se están apoderando de él”, traduciendo los verbos en un sentido favorable (Comentario de Hendriksen a Mateo, página 367, nota al pie de página).

La Traducción en Lenguaje Actual vierte Mateo 11:12 de la siguiente manera: “El reino de Dios avanza a pesar de sus enemigos. Sólo la gente valiente y decidida logra formar parte de él.” Ahora, explicando el contexto y el versículo notamos que Jesús se encuentra hablando de Juan el Bautista y dice que desde sus días (los de Juan) hasta ahora, el reino de los cielos avanza a pesar de la oposición que tiene y mucha gente está tomando las bendiciones del reino. Por eso, Jesús no se refiere a cosas materiales, de salud, finanzas, prestigio entre la gente o familiares, sino a lo que en verdad es el reino, porque “el reino de Dios no consiste en lo que se come o en lo que se bebe; consiste en una vida recta, alegre y pacífica que procede del Espíritu Santo” (Romanos 14:17, BLPH).

Incluso si entendiéramos dicho versículo en sentido negativo, como lo vierte la Reina Valera y otras traducciones, Jesús estaría hablando de la oposición que ha tenido la predicación de Juan y el ataque al reino de los cielos por parte de violentos que pretenden “arrebatarlo” (en un sentido de tomar o destruir, o de tratar robarle a la gente la oportunidad de disfrutarlo). Es posible que Jesús se esté refiriendo a ambas cosas, ya que ambas cosas son ciertas: Desde los días de Juan el Bautista, hay gente que está tomando posesión de la salvación que Dios en su gracia y misericordia concede, y hay también personas que están en contra de esa verdad. Pero algo sí es cierto, ¡Aquí no se habla nada de arrebatarle cosas al diablo!

La falsa enseñanza de “arrebatarle” cosas al diablo es una herejía sumamente nociva para la Iglesia.

Es negar la autoridad de Dios, Su Palabra y la verdad de que, en Él (en Dios), no en el diablo, tenemos todo lo que necesitamos. Es además un síntoma que indica una fijación extraña y peligrosa entre muchos círculos “cristianos” con respecto al diablo y lo “sobrenatural”. Ha dado pie a un montón de mentiras y herejías que enseñan que Dios quiere para nosotros una vida “exitosa y prospera” aquí en la tierra, y que el diablo quiere que seamos pobres (y esto es muy distinto a lo que enseña la Palabra de Dios). La falsa doctrina de “arrebatarle cosas al diablo” fomenta más distorsiones de las enseñanzas de la Biblia. Por ejemplo, muchos falsos maestros cobran por arrebatar cosas, o hasta hacen talleres y cursos para enseñas a arrebatar. Esta falsa moda también sirve de base para que muchos “cristianos” digan que la gente que está atravesando momentos difíciles, se encuentran en tal situación porque no tienen fe cuando “arrebatan” o por vivir en pecado. Según esa lógica dañina y errada que hiere a muchas personas, entonces todos los apóstoles y aún Jesús mismo eran hombres sin fe (o vivían en pecado), pues ellos experimentaron grandes pruebas, pobreza y sufrimiento, incluso persecución y muerte. Cristo mismo padeció tales cosas. ¿Podemos ver lo grave de este error y el gran daño que hace al servir de base para juzgar a mucha gente injustamente y desanimarlas en la fe?

Como cristiano, entiendo que no tengo nada que arrebatarle al diablo porque mi vida, mi salud y mis circunstancias no están en sus manos sino en las de Dios. Nada de lo que acontece en la vida de un cristiano se escapa de la voluntad de Dios (Romanos 8:26-28). Si tenemos a Cristo, tenemos todo lo que necesitamos porque en Él está toda la plenitud de Dios (Colosenses 2:9). Dios nos ha hecho suyos y Él cuida de nosotros (Mateo 6). Es necesario que tengamos una visión clara de la soberanía de Dios por encima de todas las cosas, y la única forma de tener esa visión es conociendo la revelación especial de Dios en Su Palabra. No la menospreciemos. Sabemos que no necesitamos arrebatarle nada al diablo cuando sabemos que todo lo que nos pasa, lo que nos quitan, o lo que recibimos en la vida, es orquestado por Dios para hacernos más cómo Jesús y hacer de nosotros testimonio de que Cristo vale más que todo lo demás (Romanos 8:28-29, Filipenses 3:18).

CONCLUSIÓN:

La doctrina de “arrebatar” tiene mil caras. Los predicadores de tal herejía no siempre usan literalmente el término “arrebatar”. En su lugar usan otras frases y terminologías similares tales como: “quitar”, “poseer lo que te pertenece”, “conquistar lo que es tuyo”, etc. Aquellos que tienen un pensamiento bíblico sobre el reino de Dios, no tratan de manejar a Dios para sus propias bendiciones materiales. Más bien, en todas circunstancias, en abundancia y escasez, en pobreza y en riqueza, en enfermedad y salud, un siervo de Dios siempre ora: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Dios domina, Dios Reina, Dios gobierna, Él es soberano, Él da y Él que quita. Dios tiene en pleno control las cosas que necesitamos. Lo mejor que podemos hacer es enfocarnos en el reino de Dios. Todo lo demás que necesitemos para vivir en esta tierra, es considerado “añadidura”. Como cristianos pentecostales que aman la sana doctrina, debemos denunciar la doctrina falsa de “arrebatar”. Debemos entender que en Cristo estamos completos y hemos sido bendecidos con toda bendición (Efesios 1:3).

Si la idea aún no está clara en tu mente, y considerando que la repetición es clave en el proceso de aprendizaje, quiero resumir lo anterior y darte 5 razones finales para no seguir creyendo en la falsa doctrina de “arrebatar”:

  • El contexto de Mateo 11:12, no enseña nada sobre arrebatarle cosas al diablo. Si hacemos el ejercicio de tomar la Biblia en serio, entonces, no deberíamos hacer que este pasaje diga cosas que realmente no dice en su lectura más simple: ¿En qué parte de este texto dice que debemos “arrebatarle” al diablo lo que es nuestro y exigirle que nos devuelva lo que nos ha robado? ¿Dónde dice este texto que el reino de Dios tiene que ver solo con bendiciones materiales? Este texto ha sido sacado de contexto por muchos cristianos para justificar todo un sistema o doctrina errada. Un buen ejercicio hermenéutico para tener una mejor comprensión de este texto, es leer lo que dice Lucas 16:16: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él”.
  • Tanto en Mateo 11, como Lucas 16, el reino de los cielos está vinculado a la obra redentora de Dios en el hombre. En primer lugar, en estos pasajes “el reino de Dios”, significa que Dios mismo ha descendido en la persona de Cristo, se ha acercado a los hombres para darles salvación, para que vivan bajo el dominio y autoridad de Dios y sean trasladados de las tinieblas a la luz del Hijo de Dios”. De hecho, la primera vez que Jesús se refirió al “reino de Dios” en Mateo, fue llamando los hombres al arrepentimiento: “A partir de entonces, Jesús comenzó a predicar: «Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, porque el reino del cielo está cerca» (Mateo 4:17). La principal tarea de Jesús fue proclamar el evangelio: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino” (Mateo 4:23). La urgencia de Jesús era decirles a las personas que la salvación ha llegado y deberían correr a él, para obtenerla. El reino de Dios es más que prosperidad y salud. En segundo lugar, en estos pasajes “el reino de Dios”, no se refiere a bendiciones materiales, milagros, sanidades, prosperidad material, ni carro nuevo ni una vida feliz aquí en la tierra. Si leemos Mateo 6, el mismo Jesús, nos ordena que “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?” (Mateo 6:31). La razón es porque son lo que no conocen a Dios, que se preocupan por tener las cosas materiales (Mateo 6:32). En lugar de afanarnos por nuestras necesidades, Jesús nos ordena: “buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Mientras muchos cristianos gastan energías “arrebatando” su salud, dinero y cosas materiales que necesitan, Jesús dice que estas son cosas que “serán añadidas” (Mateo 6:33), no vendrán por “arrebatárselas al diablo”, tampoco las tiene el diablo en su poder. Dios tiene cuidado de nuestros cuerpos (salud y alimentación y vestidos) y de cualesquiera cosas que necesitemos (Mateo 6:25; 7:11; Juan 15:7). ¿Si la mano de Dios es quien provee a las aves, por qué razón los hijos de Dios, que valen mucho más que las aves, en lugar de tener fe que recibirán la provisión de las manos de Su Padre celestial, se dirigen a las “manos” de Satanás a arrebatarles cosas? Esto no es coherente con la Biblia. Es lamentable ver que muchos cristianos en sus tiempos de oración y aun en algunas canciones, pasan más tiempo hablando con el diablo que orando a Dios. Y esto hermanos, no pueden seguir así.
  • El llamado de Jesús a ser “violentos” no significa que entremos al “campo” del diablo a “arrebatarle cosas.” Increíblemente, toda esta teología sin profundidad sobre arrebatar, muchos la han sustentado principalmente en la última parte del versículo de Mateo 11:12, que dice: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” Pero, una vez más, cuando leemos Lucas 16:16, Jesús claramente está diciendo que aquellos que responden o responderán al llamado del evangelio “se esfuerzan por entrar en él”. Es cierto que el reino de los cielos es gozo, paz, justicia, salvación, vida eterna, luz, ser heredero de las riquezas de Dios, entre muchas cosas más. Lo mejor de todo es que ha sido ofrecido de forma gratuita para nosotros por el incalculable valor del sacrificio de Cristo. Sin embargo, el pueblo de Israel rechazó “el reino de los cielos”, porque querían un rey con poder político y militar, no un carpintero muriendo vilmente en una cruz. La imagen de Jesús, no le garantizaba la estabilidad que estaban buscando. Esto mismo pasa con la generación de hoy, muchos quieren la gloria de Cristo, pero no quieren su cruz. No están dispuestos a padecer la “violencia” que viene cuando aceptamos el reino de los cielos. Jesús dijo que “si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29). Seguir a Jesús y la forma de pensar del reino de Dios, significa que podrías perder amistades y hasta familiares que no quieren saber de Cristo. “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada” (Mateo 10:34). El reino de los cielos es una “puerta estrecha”. No todos caben, no todos quieren entrar, muchos eligen el camino ancho de sus propios deseos. Pero aquellos que responden al evangelio del reino, tendrán que ser “violentos” o esforzados. Servir a Cristo con todo, sin importar que esto le cueste la vida misma. Mateo 11:12, trata sobre el evangelio de Cristo. No tiene nada que ver con perder el tiempo, “arrebatándole” cosas al diablo que realmente nunca nos ha robado.
  • Satanás no puede quitarte nada si Dios no se lo permite. Pese a que vemos muchos cristianos “peleando” con el diablo para quitarle lo que es de ellos, la Biblia nos enseña que satanás no puede tocar lo que somos y lo que Dios nos ha dado, a menos que Dios se lo permita dentro de su santo propósito: Lo vemos en la vida de Job. Dios mismo entregó en manos de satanás todas las posesiones de Job (Job 1:11). No vemos a Job, entrando al “campo” del diablo arrebatando ni tampoco vemos a satanás actuando sin el permiso de Dios. El mismo Cristo le dijo a Pedro “he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo (Lucas 22:31)”; Una vez más nos recuerda el cuadro la historia de Job, donde satanás pide permiso a Dios. ¿Si Dios, que es soberano, le permite a Satanás tocar tu bienestar o posesiones, acaso tú o yo, podremos “arrebatarle” al diablo, lo que Dios mismo le ha entregado en sus manos? La respuesta es no. Por lo tanto, “arrebatar” es una pérdida de tiempo. Mejor invierte el tiempo alabando a Dios y bendiciéndole como hizo Job, y en su momento, si así lo considera, Dios te dará o multiplicará lo que necesitas.
  • Nadie puede separarte de las manos de Cristo. En Mateo 6, podemos ver a Cristo, destacando que el cuerpo es mayor que el vestido. Con esto, estaba diciendo que, si el poder de Dios hizo nuestros cuerpos, cuánto más puede proveernos el alimento que es menor que el cuerpo. Jesús, también dijo que a sus ovejas “nadie las arrebatará de mi mano (Juan 10:28)”. Ahora te pregunto: ¿Si Cristo tiene asegurada la salvación de tu alma en sus propias manos y no ha diablo que pueda “arrebatarte” de sus manos, ¿Cuánto más tiene el poder de conservar tu salud, familia, trabajo o cosas materiales si así lo desea? Otra vez, vemos que Satanás no puede quitarnos por su propia fuerza, lo que realmente Dios nos ha dado. Pero hay mucho más: En el mismo pasaje de Mateo 11, Jesús dice que todas las cosas están en su poder. Esto quiere decir, que el diablo no es dueño de nada de lo que Dios nos ha dado en Cristo: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre” (Mateo 11:27)”. Si Jesús posee todas las cosas, significa que el diablo no posee nada.
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Herejías Destructoras: Declarar y Decretar.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Al leer 2 Pedro 2:1-3 pareciera como si el apóstol contemplara la triste realidad de la iglesia evangélica del siglo XXI: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.”

Es muy probable que hayas escuchado a varias personas que profesan ser cristianas decir “Yo declaro”, una expresión muy común en algunos círculos pentecostales y carismáticos, principalmente en el denominado Movimiento Palabra de Fe. Joel Osteen, un telepredicador y escritor estadounidense, reconocido por ser el pastor general de la Iglesia Lakewood y uno de los principales promotores modernos de esta herejía, afirma en la introducción de su libro “Yo Declaro”, que nuestras palabras tienen poder creativo, y que cuando declaramos algo, ya sea bueno o malo, damos vida a lo que estamos diciendo. Él dice que las personas no se dan cuenta de que cuando hablan de ellas mismas están profetizando su futuro. Pero Osteen no es el único que enseña esta herejía. En Estados Unidos y América Latina es común escuchar a líderes religiosos, regularmente asociados al llamado “evangelio de la prosperidad”, afirmar que nuestra mente y nuestras palabras tienen el poder de crear cosas materiales y hacer que los sucesos ocurran.

Si observamos con detenimiento canales y cadenas “cristianas” de TV como Enlace, si leemos libros de los escritores de moda en el ambiente cristiano, o incluso quizá hasta dentro de nuestros templos, o en nuestras mismas denominaciones, descubriremos que el declarar o decretar es la moda del momento en el mundo evangélico. “Yo te ordeno”, “Declaro que”, “Yo anulo”, “Someto debajo de mis pies”, “Oye bien diablo, a ti te digo”, son algunas de las frases a la que muchos cristianos recurren a la hora de “pelear” una batalla espiritual, pues la moda del declarar y decretar ha sido llevada incluso al área de la guerra espiritual, por lo que no es raro oír a muchos creyentes dirigiéndose con autoridad propia a Satanás y sus secuaces; en ocasiones, hasta decorando el lenguaje ”bélico” con palabras y tono despectivos. Todo ello en oposición a las instrucciones mismas de la Palabra de Dios (Judas 1:8-16).

Es cierto que las Escrituras advierten al creyente de cuidar lo que dice. Que en nuestra lengua está el poder de la muerte y de la vida; que daremos cuentas por las palabras que decimos; que nuestras palabras deben ser con gracia y que todo lo que digamos debe, en última instancia, glorificar a Dios. Pero nada de esto sugiere que los hombres tenemos poder para crear cosas por solo decirlas, ni muchos menos se nos manda a decretar. Decretar es algo que pertenece al Creador. En el relato bíblico no vemos a los creyentes decretando y las Escrituras nunca nos manda hacerlo. Además, la práctica de decretar y declarar no produce ningún beneficio concreto. Las palabras de los hombres no han producido ni producirán nada en el sentido de cambiar o crear las cosas. Y tampoco será el medio por el que nuestras oraciones serán contestadas. Dios responde al clamor de los suyos cuando estos se humillan, y piden apelando a su misericordia.

EL NACIMIENTO DE UNA HEREJÍA.

El Movimiento Palabra de Fe es, en su origen mismo, más pagano que cristiano. Las ideas y enseñanzas d dicho movimiento tienen su origen en una corriente filosófica denominada “Nuevo Pensamiento” (“New Thought”). El Nuevo Pensamiento comenzó en el siglo XIX, y ganó mucha popularidad en los Estados Unidos en las primeras décadas de 1900. También se le conocía como “Mente Sanadora” o “Armonialismo”. Aunque el movimiento nace en el siglo XIX, sus orígenes se encuentran en las ideas del inventor sueco Emanuel Swedenborg, que en su búsqueda del alma humana dijo que Dios se le reveló y lo declaró “Revelador de Dios”. Swedenborg decía hablar con el apóstol Pablo, Martín Lutero, y en ocasiones con Moisés. Negó las verdades del cristianismo y enseñaba que el mundo físico era una extensión de la mente, y que por lo tanto la mente podía formar y dictar cosas materiales. Estas ideas fueron desarrolladas en Estados Unidos por Phineas Quimby, quien se conoce como el padre del Nuevo Pensamiento. Quimby decía que lo que alguien cree es realidad, incluyendo las enfermedades. Los proponentes de este movimiento tomaron ideas de diferentes religiones, principalmente de la Nueva Era, y las combinaron con el cristianismo.

Estas ideas fueron popularizadas por el gurú Ralph Waldo Trine, quien publicó un libro en 1897 que vendió millones de copias. Trine decía que lo que uno afirmaba con la mente y con palabras ocurría; que las razones de las enfermedades en las personas eran porque hablaban o pensaban en ellas. Pero las enseñanzas no llegaron a las iglesias de mano de Trine, quien negaba la Biblia y la deidad de Cristo, sino a través del pastor E. W. Kenyon. Kenyon fue compañero de estudio de Trine en la escuela de oratoria Emerson College en Massachusetts. El predicador Kenyon es conocido por su idea del “pensamiento positivo”. Él enseñó que las confesiones positivas eran la clave para una vida próspera. También se le conoce como el padre del evangelio de la prosperidad. Kenyon influenció a personas como Oral Roberts, fundador de la universidad que lleva su nombre.

En resumen, la idea del “yo declaro” no es más que la representación de las ideas paganas originalmente conocidas como “Nuevo Pensamiento”, que luego popularizaron algunos pastores con el término “pensamiento positivo y próspero”.

TEXTOS FUERA DE CONTEXTO.

El Movimiento Palabra de Fe, que incluye la enseñanza herética de decretar o declarar, es falsa. Toda la Biblia nos grita que solo Dios es soberano. Nosotros no somos todopoderosos. Él escucha las oraciones que son conforme a su voluntad. Él no está sujeto a lo que nosotros digamos o declaremos. No importa cuánto declares o confieses positivamente cosas, Dios hará Su voluntad, no la tuya. ¡Y eso es bueno porque Él es bueno! Declarar cosas para que se cumplan no tiene fundamento en la Biblia; sin embargo, los promotores de dicha enseñanza se basan en los siguientes versículos sacados de contexto para defender su postura:

  • “Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” (2 Corintios 4:13). Una mirada al verso en su contexto nos muestra que Pablo no habla de declarar cosas para que pasen, sino de predicar el evangelio, aunque tengamos dificultades (2 Corintios 4:11-15).
  • “Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre; Se saciará del producto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.” (Proverbios 18:20-21). Sin embargo, en dichos versículos se habla de tener cuidado con lo que uno habla a fin de ahorrarnos problemas innecesarios e incluso la muerte. La Nueva Traducción Viviente dice así: “Las palabras sabias satisfacen igual que una buena comida; las palabras acertadas traen satisfacción. La lengua puede traer vida o muerte; los que hablan mucho cosecharán las consecuencias”. Ciertamente, acá no se habla de declarar nada, sino más bien de controlar la lengua.
  • “Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.” (Mateo 17:20). En el contexto los discípulos de Jesús trataron de expulsar a un demonio de una persona y fracasaron por su poca fe y confianza en que Dios estaba con ellos. Aquí Jesús habla de una fe que confía en Dios en medio de una tarea que Él nos ha encomendado y que está de acuerdo con Su voluntad. Lo que Jesús les dice no significa que todo lo que digamos se realizará. Él nos enseña que Dios responde a nuestras oraciones cuando permanecemos en Cristo y Sus Palabras permanecen en nosotros, esto es, cuando oramos conforme a Su voluntad revelada (Juan 15:7).
  • “Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.” (Romanos 4:16-17). Aquí Pablo habla sobre la promesa que Dios le dio a Abraham. Lo que Dios dice, se hace. Cuando Él llama a las cosas que no son como si fuesen, Él hace que sean. Muchas personas toman este verso y lo tuercen para decir que debemos declarar cosas, llamando las cosas que no son como si fuesen, pero como podemos ver en el mismo versículo, está interpretación es errada. Solo Dios es Dios. Nosotros no lo somos.

La alternativa bíblica a la práctica de decretar y declarar es la oración de fe, sumisa, perseverante y ferviente.  La oración que levanta con humildad su petición al Señor, que confía en Su soberanía, que descansa en su buena voluntad y que concluye con acción de gracias. Por ejemplo, cuando los creyentes de la iglesia primitiva fueron intimidados por las autoridades del templo para no predicar, ellos oraron unánimes a Dios y le pidieron por valor: “Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra.” (Hechos 4:29). El apóstol Pablo exhortaba a los creyentes de Filipos a no afanarse por nada: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Filipenses 4:6).

Asimismo, nuestro Señor nos dejó una gran modelo a este respecto y una enseñanza clara acerca de la oración. Cuando agonizaba en Getsemaní antes de su arresto, oró diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Lucas 22:42). Y cuando enseñó a orar, les dejó la oración del Padre Nuestro, que se enfoca en la gloria de Dios y luego contiene las peticiones por la provisión diaria, el perdón de los pecados y el ser guardados de la tentación. Por lo tanto, el modelo y el mandato bíblico es una oración que se apoya en los méritos de Cristo, que pide a Dios, que depende de la gracia divina, confía en la buena voluntad de Dios y le da gracias. Porque entendemos que Su voluntad es buena agradable y perfecta. No tenemos que estar decretando ni declarando, ni mucho menos sentirnos mal si luego de orar las cosas no salen como pedimos. Debemos descansar que nuestras vidas están en las manos de un Dios poderoso, sabio, bueno y soberano. Que está obrando sus propósitos eternos en nuestras vidas. La biblia contradice expresamente la idea de declarar o decretar cosas. Declarar cosas simplemente no sirve para nada. Y esto por varias razones:

  1. Declarar es pretender darle órdenes a Dios. Es despreciarlo. Es un acto de orgullo. Eso es herejía.
  2. No necesito ‘declarar’ cosas porque los planes de Dios son mejores que los míos. Tener fe en el único y verdadero Dios no se evidencia en declarar cosas para que se cumplan, sino en vivir conforme a Su verdad cada día más, confiando en Él.
  3. En la Biblia yo no veo a personas declarar cosas para que pasen o las adquieran. Y es que los hombres de Dios saben que no importa lo que declaren, Dios tiene todo bajo control.
  4. El cristianismo no nos promete una vida fácil o de riqueza material aquí en la tierra (Romanos 8:16-17). Lo que sí nos promete el cristianismo es vida eterna. Nos promete socorro, nos promete conocer a Dios. Así que tenemos que entender que, aunque estemos en una situación difícil, Dios no se ha olvidado de nosotros y no hay motivos para pretender darle órdenes a Él en vez de pedirle con humildad lo que queramos pedirle y confiar en que Él es más sabio que nosotros (Santiago 4:6).
  5. Es necesario que nos adentremos en Su Palabra y comprendamos que Él es más soberano de lo que podemos imaginar. Dios quiere que descansemos en la verdad de que Él es bueno y usa todo para el bien de Sus Hijos a fin de que ellos sean hechos conformes a la imagen de Jesús (Romanos 8:28-29).
  6. No necesitamos declarar cosas de forma antibíblica porque Dios en Su gran misericordia declaró en una cruz que nos ama, y si hemos creído en Jesús y somos hijos de Dios, Él cuida de nosotros y realizará Su asombrosa voluntad en nuestras vidas por amor a Su nombre.

HEREJÍAS QUE ENGENDRAN HEREJÍAS.

La enseñanza del “yo declaro” o “yo decreto” implica la aceptación tácita de varias herejías, todas ellas propugnadas por el Movimiento Palabra de Fe. Entre ellas un antropocentrismo disfrazado de Evangelio y un sincretismo peligroso de panteísmo y enseñanzas de la Nueva Era combinadas con el cristianismo.

  1. UN FALSO EVANGELIO ANTROPOCÉNTRICO: El cristianismo bíblico es cristocéntrico. La Biblia enseña que Cristo es el centro de la Biblia, y que el Antiguo Testamento atestigua de Él (Lucas 24:44). La Palabra de Dios nos enseña que Jesucristo es Dios encarnado, el Hijo obediente, el postrer Adán, el verdadero Israel, y el heredero del trono de David (Juan 1:14; Mateo 1:1; 2:15; Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:20-28; Filipenses 2:6-11); y que al mismo tiempo es Dios, el Señor (Juan 8:58; Hechos 2:36). Cristo vino a vivir la vida que nosotros no pudimos vivir, a recibir la muerte que nosotros merecemos, y resucitó al tercer día declarando victoria sobre la muerte, para que todo aquel que se arrepienta de sus pecados y ponga su fe en Él como Señor y Salvador sea salvo y tenga vida eterna. El Cordero de Dios murió como sustituto de todos los que en Él crean. Por su parte, el falso evangelio predicado por los maestros del “Yo declaro, yo decreto” es estrictamente antropocéntrico, centrado en el hombre y sus necesidades. Todo es acerca del hombre, y nada acerca de Cristo y lo que Él hizo en la cruz. El “Yoísmo” es propio de este falso evangelio.

Las palabras del pastor (y autodenominado apóstol) Raúl Vargas, otro promotor de este falso evangelio y quien es el fundador de la iglesia más grande de Costa Rica y colaborador del canal de TV Enlace, nos muestran el espíritu de soberbia y antropocentrismo que inunda la teología detrás del declarar y decretar:

“Todos tenemos nuestra fe, pero lo importante es aprender a usarla. La sanidad no es algo que yo le pido al Señor. La sanidad fue algo que Dios me dio a mí como un derecho legal porque el precio fue pagado. Entonces, yo no le estoy pidiendo a Dios que me sane, yo tengo que declarar mi sanidad porque Él ya lo hizo. Por ejemplo, se encuentra el centurión romano. Un centurión romano viene porque su criado está postrado en cama, paralítico, gravemente atormentado. Dice el Señor, elogiando la fe de este hombre, le dijo que, en todo Israel, no había hallado tanta fe. (Lucas 7:9) Vea la comparación que está haciendo. Un pagano que no conocía la escritura, comparado a un pueblo lleno de Palabra, lleno de conocimiento. En todo Israel no había hallado la fe que pudo hallar en este hombre.  Y si usted va a buscar dónde era que estaba expresada la fe de este hombre, qué aspecto específico maravilló a Jesús, él lo explica: “Porque también soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene” (Lucas 7:8). El Señor nos dice “He aquí os doy potestad, ollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.” (Lucas 10:19). Es un ejercicio de autoridad basado en lo legal que el Señor nos ha atribuido. Yo proclamo, yo decreto, yo hablo, yo confieso, llámele como sea, pero yo me tomo del derecho legal que tengo. Me encuentro a muchas personas pidiendo a Dios y pidiendo lo que ya Dios nos dio. El Señor dice “Vayan y sanen los enfermos”. No dice que cuando encuentren un enfermo lo llaman para que él los sane. No, sánenlo ustedes. Pongan sus manos sobre los enfermos y van a sanar. Está basado en autoridad. Cuando usted tiene la autoridad usted habla, usted lo ordena. No es un asunto de pedir, porque toda la gente ha pedido y viene a ver qué fue lo que pidió mal o por qué no ha visto la mano de Dios. Hay que hablar, hay que expresarlo, hay que atar, desatar. Usted tiene la autoridad para atar y desatar. (Mateo 16:19) También está la ley del acuerdo. Si dos se ponen de acuerdo y dice “todo aquí en la tierra”. (Mateo 18:19) Se ata en la tierra, desata en la tierra. Se pone de acuerdo en la tierra. Y se ejecuta en el cielo.” (Tomado de: https://www.enlace.org/es-biblico-decretar/).

El lenguaje usado puede parecernos bíblico y aparentemente sano doctrinalmente, pero si leemos con detenimiento, todo se enfoca en el “Yo”. Lo crucial aquí no es dar gloria a Dios, sino hacerle creer al creyente que quien tiene el poder es Él. Que no debe suplicar, sino exigir. Preguntémonos: ¿En qué momento le da la gloria a Dios? ¿Acaso este falso evangelio no convierte a Dios en un simple “proveedor de beneficios”? ¿En qué momento la soberanía de Dios es reconocida y la gloria atribuida a su Nombre? ¿No es más bien un ejercicio de empoderamiento humano? Necesitamos recordar las palabras del Salmo 115:1, “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria.”

  1. PANTEÍSMO Y NUEVA ERA CON ROPAJE Y TERMINOLOGÍA CRISTIANA: El evangelio corrupto del “yo declaro” ha logrado que ciertas ideas de la Nueva Era, como el panenteísmo y el panteísmo, se infiltren en carismatismo y el neo-pentecostalimo. El panenteísmo enseña que la creación es una extensión de lo divino. El término significa “todo en dios”. Esto está ligado a la idea de que todo está cambiando, incluyendo “dios” y los seres humanos, lo cual es totalmente opuesto a lo que la Biblia enseña. Lamentablemente, entre los maestros del evangelio de la prosperidad es común encontrar ideas panenteístas y panteístas (todo es dios). El panteísmo de la Nueva Era busca generar un cambio de conciencia, en el que todos redescubramos nuestra supuesta divinidad: Todos los seres humanos somos emanaciones de Dios. Si somos dios, tenemos que saber que somos dios. Debemos volvernos cósmicamente conscientes, iluminados o sensibles a la conciencia cósmica. Algunos incluso han llegado a equiparar la doctrina bíblica del nuevo nacimiento con la falsa idea de que llegamos a ser dioses en miniatura al convertirnos en creyentes y ser constituidos hijos de Dios. Por ejemplo, Paul Crouch, un periodista religioso estadounidense quien junto a su esposa Jan, fue cofundador de la cadena de televisión Trinity Broadcasting Network (dueña de Enlace) ha dicho públicamente: “yo soy un pequeño dios. Críticos, ¡aléjense!”. Kenneth Copeland, un conocido profesor, predicador, cantante, tele-evangelista, actor y autor y fundador de una organización cristiana llamada Kenneth Copeland Ministries, quien también es un difusor de la conocida “Teología de la prosperidad” ha dicho: “Usted no tiene a Dios en usted, usted es uno”. Joel Osteen, el ya citado pastor principal de la Iglesia Lakewood, emplea un lenguaje un poco más sofisticado y sutil. Él usa el lenguaje de ADN y afirma que los cristianos tenemos el ADN de Dios, que nuestra sangre es real porque somos hijos del Rey (Yo Declaro, Joel Osteen pp. 118-120). Y ¡claro!, sí tenemos la sangre de realeza divina, debemos andar, vestir y hablar como reyes, concluye Osteen (Ibid. pp120). El supuesto hecho de que los humanos tengan el ADN de Dios es lo que le permite a los falsos maestros igualar la Palabra de Dios a la palabra humana.

El movimiento del “yo declaro, yo decreto” es un evangelio falso que apela a los sentimientos de los individuos, llevándolos a pensar que ellos son Dios y que pueden mejorar sus vidas a través de su propia persona, o cuando menos usando a Dios y obligándolo a hacer lo que nosotros deseamos. La realidad es que nacemos, crecemos, vivimos por un tiempo en la tierra y morimos. Los seres humanos somos finitos. Nunca podemos ser dios.

CONCLUSIÓN:

Ni Pablo, ni Pedro, ni ningún otro apóstol, ni ningún otro creyente en el Nuevo Testamento, jamás utilizó las palabras: yo declaro, yo decreto, yo arrebato, yo reclamo.  Ellos estuvieron con Jesús.  Otros discípulos estuvieron cerca de los apóstoles. Si ellos conocían las palabras de Cristo, ¿Por qué no utilizan este lenguaje de moda en nuestros días? ¿Por qué en la conducta y en las oraciones de los creyentes del Nuevo Testamento no vemos la utilización de este vocabulario, enseñanza, pensamiento? ¿Sabemos nosotros algo que ellos desconocían? ¿Tenemos acaso más credenciales y autoridad que los apóstoles? Los apóstoles siendo apóstoles, habiendo sido elegidos y revestidos de gran poder y autoridad, de quien parte de sus oraciones y vida están contenidas en el resto del Nuevo Testamento no se atrevieron a usar este lenguaje de declarar, decretar, arrebatar, establecer y reclamar ¿Por qué nosotros si nos atrevemos?

Muchos otros seguidores de Jesús, quienes presenciaron a Jesús resucitado, y fueron enseñados por Él y los apóstoles, cuyas oraciones y vida está registrada en el NT, no se atrevieron a usar este lenguaje, ¿Por qué muchos predicadores famosos hoy sí lo hacen? ¿Por qué en el resto del Nuevo Testamento nunca se toca el tema? ¿Por qué cuando la gente sufre, las cartas apostólicas no enseñan nada sobre arrebatar el reino, o sobre declarar sanidad, o sobre declarar éxito o prosperidad? ¿Por qué Pablo no declaró libertad del aguijón en su carne? ¿Por qué la iglesia no declaró la libertad de Jacobo quien fue asesinado por Herodes? ¿Por qué Pablo no decretó su libertad del arresto domiciliario? ¿Será porque nosotros sabemos algo que ellos no sabían? ¿Tenemos algo que ellos no tenían? ¿Podemos presumir de tener más autoridad que los mismos apóstoles? O la respuesta más sencilla: El Movimiento Palabra de Fe, quiere que practiquemos algo que Jesús, sus discípulos y demás creyentes en el Nuevo Testamento, jamás practicaron.