Vida Cristiana, Vida Espiritual

El propósito bíblico del matrimonio

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Secularmente, el matrimonio suele definirse como la unión de dos personas mediante determinados ritos o formalidades legales y que es reconocida por la ley como familia. En el catolicismo y otras confesiones cristianas, el matrimonio es elevado a la categoría de sacramento que une indisolublemente a un hombre y una mujer, y por el que ambos se comprometen a vivir de acuerdo con las prescripciones de la Iglesia.

Para el cristiano, casarse es responder a la voluntad de Dios de dar al hombre y a la mujer la capacidad de amarse a su imagen y cumplir así el mandato cultural dado en el libro de Génesis. Los creyentes no ven el matrimonio como una mera formalidad legal, sino como la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien, al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser “una sola carne”. Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagrada que realiza el plan original de Dios para la pareja.

En este artículo se ve a Dios, la autoridad suprema del universo, como fuente y origen del matrimonio. La Biblia es, por tanto, nuestra única regla infalible de fe y conducta en este tema: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser.” (Génesis 2:24, NVI).

Elena Bau Fotografía

ORIGEN DEL MATRIMONIO

Dios creó el matrimonio, y lo diseñó como el fundamento de la familia, la sociedad y la humanidad. La Biblia enseña que Dios después de haber creado a Adán, dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» (Génesis 2:18, NVI). Y añade: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser” (Génesis 2:24, NVI). Así quedó fundada en el inicio de la humanidad el matrimonio. Los bendijo Dios diciéndoles: “Sean fructíferos y multiplíquense” (Génesis 2:28, NVI). Más adelante, Jesucristo confirmó con sus palabras el relato del Génesis y el origen divino del matrimonio (Mateo 19:1-12).

Así pues, el matrimonio no es un invento humano, sino divino. Por tanto, no es el hombre quien puede definirlo, sino Dios. Es necesario volver a los orígenes, regresar al Edén para comprender qué es el matrimonio y con qué finalidad fue diseñado por el Creador. Lamentablemente hoy día, la gran mayoría de la diversidad de modelos de familia que hoy tenemos se apartan del modelo natural y normativo que Dios estableció desde el principio de la creación en Génesis 2:24. Para muchos, “matrimonio” es sinónimo de “contrato temporal”; para otros es sinónimo de “unión con alguien del mismo sexo”, pero la Biblia nos muestra otra perspectiva.

Bíblicamente, el matrimonio es un “Pacto”. Malaquías lo describe de la siguiente manera: “el Señor actúa como testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que traicionaste, aunque es tu compañera, la esposa de tu pacto. ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu? Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios. Así que cuídense ustedes en su propio espíritu, y no traicionen a la esposa de su juventud.  «Yo aborrezco el divorcio —dice el Señor, Dios de Israel” (Malaquías 2:14-16, NVI).

De acuerdo con el Diccionario Bíblico Mundo Hispano, la palabra pacto traduce el nombre hebreo berith, cuya “raíz verbal significa ya sea encadenar o comer con, lo que significaría obligación mutua; o asignar (1 Samuel 17:8) que significaría una disposición bondadosa”[1] entre personas que voluntariamente aceptaban los términos del convenio (de amistad, 1 Samuel 18:3, 4; matrimonio, Malaquías 2:14; o alianza política, Josué 9:15; Abdías 7). Como todo pacto, el matrimonio goza del carácter más solemne y conlleva serias obligaciones.

En cuanto a su condición pactual, el matrimonio no es un contrato que regule los derechos de las partes, sino más bien un acuerdo, una alianza que vincula a ambas partes en un compromiso de libre aceptación, basado en principios de lealtad, entrega y fidelidad. A través del pacto matrimonial, los contrayentes se comprometen a satisfacer todas las necesidades de su pareja en cada nivel: sexual, social, espiritual, etc., para toda la vida.

En cuanto a su composición el pacto matrimonial solo puede efectuarse entre un hombre y una mujer así nacidos. Sobre la heterosexualidad la palabra es clara desde el principio: “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer” (Génesis 2:24). El matrimonio según Dios lo estableció es un asunto de hombre y mujer. Pero antes del matrimonio y en la propia creación del ser humano la Palabra también es clara y excluyente: “varón y hembra los creó” (Génesis 1:27, 5:2). De forma que la creación del hombre y la mujer excluye la posibilidad de otros géneros, la aceptación de otros supuestos géneros sólo se puede admitir desde una conciencia separada de los principios de la Palabra y por tanto ajena a su marco ético y reglas de vida.

Pero el pacto matrimonial bíblico también exige exclusividad. En el principio y bajo el diseño original de Dios se contempla la unión entre un solo hombre y una sola mujer, es decir, la monogamia. Es cierto que la poligamia también comienza a practicarse al principio de la historia de la humanidad. En Génesis 4 se detalla el inicio de la primera ciudad fundada por Caín al cual Dios maldice. En ese contexto, fuera de la obediencia y cobertura divina, tenemos la primera mención de poligamia en un descendiente directo de Caín, Lamec, quien “tomó para sí dos mujeres” (Génesis 4:19). A partir de aquí se producirá una distinción entre la línea depravada (descendientes de Caín) y la línea escogida, los descendientes de Set, otro de los hijos de Adán y Eva (Génesis 4:26). Por tanto, la aparición de la poligamia se produce en un contexto de desobediencia a Dios y como consecuencia de la separación de su voluntad perfecta.

La Biblia también establece la duración del pacto matrimonial: El matrimonio tiene vocación de permanencia, es un compromiso hasta el final, hasta que “la muerte nos separe”. Cuando existe ese concepto de entrega total se genera confianza y seguridad en la relación. No importan los problemas que el futuro nos depare, ni estos son un motivo para abandonar la relación. Con ese nivel de entrega es difícil la ruptura matrimonial.

Bíblicamente, el significado heterosexual, monógamo y permanente de la unión matrimonial no es algo que cada generación nueva puede volver a definir libremente en base a sus inclinaciones personales o a las políticas de turno. El significado exclusivo del matrimonio está definido por Dios y por la naturaleza única y complementaria que dio al hombre y a la mujer. El hombre no puede ni debe alterar este pacto, pues el matrimonio no es un asunto cultural sino creacional. El matrimonio no fue diseñado ni ideado por ninguna civilización o cultura como el medio para regular u organizar la sociedad, tampoco es ninguna institución humana que necesite ser cambiada o actualizada conforme a las necesidades o tendencias de cada nueva generación. El matrimonio al no ser producto de la cultura ni de la sociedad, es un asunto creacional y no cultural, que ha de ser visto como una institución que nace antes de la historia, y se da en el contexto de la propia creación dentro de lo que en teología se llama el estado de gracia, ese  periodo comprendido entre la creación y la irrupción del pecado en Génesis 3, cuando el hombre y la mujer vivían una existencia de plena armonía entre ellos y con Dios, sin la coexistencia con las consecuencias posteriores del pecado. En ese estado de perfección, Dios fundó la institución del matrimonio. Mediante la institución del matrimonio, Dios se aseguraba la permanencia de la humanidad y el cumplimiento del mandato cultural dado en Génesis 1:28, “Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y administradla.”

Lo que Dios estableció en el marco de la creación debe ser normativo para todos los tiempos, no puede variar ni ser destruido por ninguna civilización, pues es un asunto creacional, no cultural. Sin embargo, a lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha encontrado maneras de honrar y solemnizar esta unión creada por Dios.

EL MATRIMONIO EN EL CONTEXTO JUDÍO.

El contrato matrimonial judío constaba de dos fases. La primera de ellas comenzaba cuando las familias de los futuros esposos (el varón desde que cumpliera los trece años, la mujer desde los doce)[2] negociaban los esponsales de éstos. Sin embargo, el hecho de que los padres concertaran los matrimonios de los hijos no significaba que no se contase nunca con la opinión de éstos. Así, Siquem (Génesis 34:4) y Sansón (Jueces 14:2) pidieron a sus respectivos padres que concertasen el matrimonio con las mujeres que uno y otro querían.

Los esponsales constituían los mismos un compromiso más solemne y vinculante que nuestra actual petición de mano, y se suscribían en presencia de dos testigos. De hecho, los esponsales eran un auténtico acto de matrimonio, incluso jurídicamente. Esto explica por qué, cuando José descubrió el embarazo de María, su prometida, ella pudo haber sido acusada de adulterio (Mateo 1:18-19). Algunas veces, la pareja se regalaba recíprocamente en este acto un anillo o un brazalete. Además, durante el tiempo de espera hasta el día de la boda, mientras la muchacha vivía todavía en el hogar paterno, se dispensaba al novio de ir a la guerra (Deuteronomio 20:7).

Al padre de la joven se le tenía que abonar cierta cantidad de dinero (mohar), el «precio de la esposa». Tal suma podía en ocasiones satisfacerse parcialmente con el trabajo personal del muchacho, como ocurrió en el caso de Jacob (Génesis 29:1-30). Aunque al padre de la novia no se le permitía tocar dicha suma, sí le era dado beneficiarse de los intereses que produjese la misma. Aquella cantidad pasaba a manos de la hija cuando fallecían sus padres, o bien si su marido moría. Labán, suegro de Jacob, infringió esta costumbre y gastó el mohar correspondiente a sus hijas (Génesis 31:15). El padre de la muchacha, a su vez, entregaba a ésta, o a su marido, una «dote» (u obsequio de casamiento) que podía comprender criados o siervos, como ocurrió con Rebeca y Lea (Génesis 24:60-62; 29: 24-29), tierras u otros bienes.

La segunda fase consistía en la boda propiamente dicha, después de la cual se iniciaba la convivencia sexual común a toda pareja. Tenía lugar un año después del desposorio, cuando el novio, que ya tenía preparado el hogar conyugal, acompañado de sus amigos, se encaminaba al atardecer a la casa de la novia, quien le esperaba, luciendo algunos adornos, finos ornamentos y cubierta con un velo (Génesis 24:64-67 16; Cantar de los Cantares 6:7). Algunas veces, la novia también se engalanaba la cabeza con una cinta con monedas, regalo del novio. Jesús alude a esta costumbre en la parábola de la moneda (Lucas 15:8).

En la ceremonia de bodas, se despojaba a la novia del velo que le cubría el rostro y era colocado sobre el hombro del novio. Acto seguido, el joven, escoltado por los amigos, conducía a la muchacha, su ya esposa, al hogar conyugal (Mateo 25:6). A continuación, se organizaba un largo banquete nupcial (Mateo 22:2-14), en el que los invitados, portando sus mejores galas y atavíos (Mateo 22:11-12), disfrutaban del banquete y de la alegría que suponía para la comunidad el surgimiento de una nueva familia (Proverbios 5:18). No en vano, el primer milagro de Jesús ocurrió durante una boda celebrada en Caná de Galilea (Juan 2:1-11), pues la boda se concebía como una fiesta de la vida que empieza, de la vida que será transmitida, de la vida que se perpetuará a través de la prole.

En el contexto judío el matrimonio no se consideraba una relación indisoluble por naturaleza. Bajo la Ley Mosaica el varón podía divorciarse de su mujer si descubría en su cónyuge algún defecto o falta (Deuteronomio 24:1). Asimismo, podía contraer nuevas nupcias con otra mujer si así lo deseaba. El marido perdía, sin embargo, este derecho de repudio si acusaba en falso a su esposa de infidelidad con otro varón (Deuteronomio (22:13-19).

EL MATRIMONIO ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS.

El concepto que introdujo Jesucristo sobre el matrimonio contrastó tanto con la moral judía como con la pagana. Cristo condenó el facilismo judaico para con el divorcio, declarando que toda separación es un acto arbitrario del hombre en desobediencia al mandato divino (Mateo 5:27-32). Jesús afirmó que la unión conyugal es un diseño de Dios y validó con ello el relato registrado en el primer libro de la Biblia: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:24). Además, Jesús ordenó que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Mateo 19:4-6; Marcos 10:6-9).

En muchos sentidos, el cristianismo y su fundador dignificaron nuevamente la institución del matrimonio. El Apóstol Pablo escribe a la iglesia en Galacia afirmando que esposo y esposa son de igual valor en Cristo (Gálatas 3:28). Utiliza al matrimonio cristiano como figura de la relación entre Cristo Jesús y la iglesia de Dios. El Hijo y cabeza de la iglesia es el esposo que tanto la amó que dio su vida por ella; y el cuerpo de la iglesia es la esposa que espera el retorno de su Señor para unirse por la eternidad (Efesios 5:21-33).

En la iglesia primitiva, cuando una mujer se convertía, siendo ya casada, y su marido no abrazaba la fe, se enseñaba a la esposa cristiana a permanecer fiel a su esposo y a procurar ganarlo por medio de una conducta sana (1 Corintios 7:10-17). En el caso de las mujeres no casadas, se les enseñaba que no debían contraer enlace con los inconversos. En ocasiones, los líderes eclesiásticos llegaban incluso hasta a excluir del seno de las iglesias a las mujeres cristianas que faltaban en este punto. Tertuliano, por ejemplo, expone las dificultades a que se exponía la virgen que se casaba con un pagano:

“No podrá dejar el techo conyugal para reunirse con sus hermanos; tendrá que oír las canciones y palabras profanas de su marido inconverso; tendrá que preparar banquetes de un estilo repugnante a los que conocen al Señor; para agradar a su marido tendrá que aparecer vestida como no es lícito a santos, y muchas otras cosas más. Es vender el alma al consentir el casamiento. Pero la unión de dos seres que aman al mismo Señor es tenida por honrosa.”[3]

Aunque no había lo que hoy llamamos matrimonio religioso, toda la iglesia tomaba parte en la celebración de la boda. En el mundo romano (del cual la iglesia llegó a formar parte) se dieron tres formas de celebrar el matrimonio:

  • La “confarreactio”, la cual incluía ceremonias de carácter jurídico, religioso y una fiesta acompañada de pastel nupcial. En la época imperial apenas se daba este tipo de unión.
  • La “coemptio“, la cual llegó a ser el modo corriente de contraer matrimonio en el período histórico que le tocó vivir a la iglesia primitiva. Dicho rito simbolizaba la compra de la esposa.
  • El “usus” (uso), el cual consistía en la simple cohabitación tras el mutuo consentimiento matrimonial. Se fundamentaba en el “consensus” (mutuo consentimiento) de la pareja. No se requería ningún rito particular ni la presencia del magistrado. El poder civil no hacía más que reconocer la existencia del matrimonio y, en cierto modo, proteger la unión conyugal poniendo ciertas condiciones.

Los cristianos adoptaron el “consensus” romano como norma para validar la unión matrimonial, sin embargo, sus normas diferían en gran medida de las costumbres romanas, pues consideraban la pureza sexual sumamente importante. Ignacio de Antioquía (hacia el año 107 d.C.) incluso invitaba a los cristianos a casarse “con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo.”[4]

Tertuliano (hacia 160-220 d.C.) comenta la ventaja de casarse en el Señor: “¿Cómo podemos ser capaces de ensalzar la felicidad tan grande que tiene un matrimonio así?; un matrimonio que une la Iglesia, que la oblación confirma, que la bendición marca, que los ángeles anuncian, que el Padre ratifica”

En la iglesia primitiva el matrimonio no se consideraba un sacramento ni una ocasión para exhibir lujo, sino un momento solemne en el que se debía implorar la bendición de Dios sobre los desposados. Sin embargo, a partir de los siglos IV al IX se comenzó a subrayar el carácter eclesial de la celebración del matrimonio entre cristianos, estableciéndose que las ceremonias (oración y bendición) no eran obligatorias para la validez de la unión. El primer testimonio que habla de una bendición nupcial verdaderamente litúrgica data de la época de Dámaso[5] (366-384) y se encuentra en las obras del Pseudo-Ambrosio (Ambrosiaster[6]). La bendición, sin embargo, sólo se confería en el primer matrimonio. Además, el matrimonio no tomaba lugar en el altar, sino que, como era costumbre con otros contratos, se efectuaba a la puerta de la iglesia. Este compromiso incluía el intercambio de regalos, un beso mutuo, el intercambio de anillos, y el tomarse de las manos. Al matrimonio le seguía entonces un servicio religioso, donde se participaba de la Cena del Señor y se imploraba la bendición para el nuevo matrimonio.

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EL MATRIMONIO EN LAS DISTINTAS TRADICIONES CRISTIANAS

EN EL CATOLICISMO

La Iglesia Católica enseña que el matrimonio es una unión entre un hombre y una mujer, que dura de toda la vida. Se le considera uno de los siete sacramentos. De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, los sacramentos son “acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son ‘las obras maestras de Dios’ en la nueva y eterna Alianza” (Catecismo, Núm. 1116). Así pues, desde la concepción católico-romana, los sacramentos son signos sensibles y eficaces​ de la gracia de Dios, mediante los cuales se otorga la vida divina; es decir, ofrecen al creyente el ser hijos de Dios.

Con respecto al sacramento del Matrimonio, el catecismo dice: “El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo con la Iglesia. Da a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia… La gracia del sacramento perfecciona así el amor humano de los esposos, reafirma su unidad indisoluble y los santifica en el camino de la vida eterna” (Catecismo, Núm. 1661).

EN LA IGLESIA ORTODOXA.

Para el Cristianismo Ortodoxo, el matrimonio es también un sacramento, uno de los siete reconocidos por la Iglesia. Esto significa que, desde el punto de vista de la comunidad cristiana ortodoxa, el matrimonio está relacionado directa e inmediatamente con la experiencia de pertenecer al pueblo de Dios y con la vivencia mística de formar parte de la Iglesia.

Así, para la Iglesia Ortodoxa, el matrimonio no es simplemente un acuerdo de un hombre y una mujer para compartir sus vidas; ni meramente una sanción legal. No es realizado por la pareja misma. Su unión basada en su libre voluntad de unirse como marido y mujer, se vuelve sacramental porque son unidos como cristianos ortodoxos, miembros de la comunidad de fe, y recibiendo la Gracia de Dios para su unión mediante el ministerio de la Iglesia entera en la persona del obispo o el sacerdote, y en la presencia del pueblo de Dios congregado

EN EL PROTESTANTISMO.

En muchas iglesias protestantes y evangélicas, el matrimonio es considerado como una institución establecida para la humanidad como una parte de la vida aquí en este mundo. No tiene una conexión directa con el evangelio, la proclamación del cual es la responsabilidad directa de la iglesia. De hecho, el matrimonio fue instituido (Génesis 2:24) antes de la primera proclamación del evangelio (Génesis 3:15). Como una institución del gobierno civil, sólo tiene que ver con las relaciones temporales. El protestantismo considera que el matrimonio no fue instituido en interés de la salvación eterna del pecador. Las bendiciones prometidas por medio del matrimonio son puramente temporales (Mateo 22:30).

En la mayoría de las iglesias protestantes el matrimonio no se considera un sacramento encomendado a la iglesia, sino una institución establecida para la vida en el mundo. Para los protestantes, la iglesia no tiene ningún derecho inherente para ejercer autoridad sobre esta institución, regularla con leyes, ni exigir un papel que hace un matrimonio válido. Consideran que la exigencia que hace la iglesia católica romana, que el matrimonio es un sacramento y que la iglesia tiene que reglamentar esta institución por medio de las leyes canónicas, no tiene ninguna base en las Escrituras. EI matrimonio, por lo tanto, no es un sacramento como si lo son y confieren el bautismo y la Santa Cena. Los cristianos ciertamente también santificarán su matrimonio con la palabra de Dios y con la oración (1 Timoteo 4:5); pero el matrimonio no les confiere ninguna bendición espiritual particular.[7]

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DISTORSIÓN DEL CONCEPTO DE MATRIMONIO EN ALGUNAS IGLESIAS PROTESTANTES MODERNAS.

El continuo avance del secularismo en el mundo ha tenido un fuerte impacto en muchas iglesias protestantes. El concepto de matrimonio está siendo atacado y redefinido en muchos países de Europa y Norteamérica principalmente. El debate sociopolítico sobre los derechos LGBT ha dividido también a los diversos grupos protestantes, los cuales están redefiniendo el concepto mismo de matrimonio con el propósito de permitir las uniones del mismo sexo. Así, por ejemplo, en países como Alemania, la Iglesia Evangélica de Alemania (de tradición luterana) ha aprobado tanto el matrimonio como la ordenación de ministros homosexuales. Además de esta iglesia estatal, muchas iglesias luteranas, unidas y reformadas en otros países han estado bendiciendo las uniones del mismo sexo desde 2013. Una posición totalmente diferente tiene la Alianza Evangélica Alemana que representa denominaciones teológicamente evangélicas, incluyendo a Pentecostales, Bautistas, Hermanos y otros. Como es evidente, al menos en Alemania, el protestantismo está dividido en cuanto a este tema.

En Francia, el tema del matrimonio homosexual llevó a un conflicto entre la CNEF, conformada por iglesias evangélicas Bautistas, Pentecostales o de Hermanos entre otros que están en contra del matrimonio homosexual, y la Iglesia Protestante Unida de Francia, que en 2015 decidió bendecir parejas homosexuales.

En Norte América la cosa no es muy diferente. El consejo de gobierno de la Iglesia Unida de Canadá, permitió los matrimonios entre personas del mismo sexo en 2013, pero cada congregación debe individualmente, bajo su propio permiso y responsabilidad, tomar la decisión de celebrar bodas a nivel local.[8] Dentro del protestantismo estadounidense, el país con el mayor número de protestantes del mundo, existen amplias divergencias de argumentos entre las diferentes iglesias con respecto a las uniones gay. Entre las más importantes que realizan algún tipo de unión del mismo sexo se encuentran las siguientes:

  • La Iglesia episcopal en los Estados Unidos realiza una «bendición» a parejas del mismo sexo. Además, fue la primera del país en ordenar obispos homosexuales dentro de su congregación desde 2003.[9]
  • La Iglesia Unida de Cristo fue la primera iglesia cristiana de Estados Unidos en promover el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005. En 1972 fue la primera iglesia protestante en ordenar a un reverendo abiertamente gay y la primera ministra lesbiana.[10]
  • La Iglesia evangélica luterana en Estados Unidos permite el matrimonio gay, pero deja la libertad para que cada ministerio de la congregación decida si realizarlo o no, de acuerdo a la resolución de 2009.[11]
  • La Iglesia presbiteriana, que reformó su constitución sobre el matrimonio en marzo de 2015, definiéndolo como un «compromiso entre dos personas» y no «entre un hombre y una mujer», de esta manera reconoció oficialmente el matrimonio gay.[12]

En Latinoamérica, la tendencia a imitar a las iglesias liberales de Estados Unidos, Canadá y Europa es innegable. Muchas iglesias en países como México, Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Uruguay, han dado pasos para la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, a pesar de las corrientes e ideologías de moda, la Biblia define el matrimonio gay como una perversión del modelo original. En el diseño original, el matrimonio fue creado como una unión heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).  A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.

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MATRIMONIO, DIVORCIO Y SEGUNDAS NUPCIAS.

En la iglesia de los primeros siglos se nota un fuerte énfasis antidivorcista. Algunos permitían el divorcio en caso de inmoralidad sexual. Jerónimo afirma: “Mandó el Señor que no se repudie a la mujer, excepto por razón de fornicación, y de haber sido repudiada, ha de permanecer innupta, ahora bien, lo que se manda a los varones, lógicamente también se aplica a las mujeres. Por lo que no sería lógico repudiar a la mujer y tener que soportar al marido. Si ‘el que se une con una ramera, se hace un solo cuerpo con ella’ (1 Cor. 6:16), luego por el mismo caso, la que se une con un disoluto se hace con él un solo cuerpo (…), entre nosotros lo que no es lícito a la mujer, tampoco es lícito al varón. Podría más fácilmente ser aceptado contraer una especie de sombra del matrimonio, que vivir como ramera bajo la gloria de ser mujer de un solo marido.”[13]

En la iglesia de la edad media, la posición está dividida. Por un lado, la iglesia católica de Roma era muy rigurosa, y, por otro lado, la iglesia griega (Constantinopla) contemplaba excepciones y concesiones para permitir el divorcio en algunos casos. Con respecto al divorcio, Tomas de Aquino sigue los lineamientos de Jerónimo de que el uso del sexo debe ser restringido al matrimonio, cuando el propósito que lo impulsa es el de la procreación, y da a entender que una relación sexual que busque otro fin se convierte en una relación pecaminosa que no ayuda a cultivar la vida espiritual cristiana. Con respecto al divorcio, dice: “en cualquiera de los casos, dígase fornicación o adulterio, queda en manos de los cónyuges el tomar una determinación respecto a su separación, de uno u otro modo la posibilidad de contraer matrimonio por segunda vez queda prohibida, ya que el consorte que se casa de nuevo incurre en pecado de adulterio, mientras su cónyuge viva.”[14] Otra causa en la que está de acuerdo Tomas es que el no pagar el débito conyugal es causa de separación, pero impide que se vuelvan a casar por la razón antes dicha.[15]

Los reformadores, por lo general, estaban de acuerdo con el divorcio sólo en caso de inmoralidades sexuales y por abandono injustificado del hogar. Por ejemplo, Martin Lutero afirmaba que el divorcio debía ser aplicado en caso de adulterio, y sugería a las autoridades civiles castigar con pena de muerte al adúltero, ‘por eso mandó Dios en la ley que los adúlteros fuesen apedreados’. Otra forma de divorcio según Lutero, es cuando uno de los cónyuges se niega al otro; es decir, no hay relación sexual entre ellos, lo esquiva y no permanece a su lado.[16] De este modo, la reforma de Lutero permitió romper el velo de la indisolubilidad del matrimonio.

Aunque la Reforma quitó el velo de la indisolubilidad del matrimonio, muchas iglesias hoy día, sobre todo en Latinoamérica, niegan toda posibilidad de divorcio independientemente las razones o el porqué de este. Muchas incluso retiran la mano de confraternidad a creyentes divorciados o, cuando menos, excluyen del ministerio pastoral y el diaconado a aquellos hombres divorciados y casados por segunda vez. Ante esto nos preguntamos: ¿Qué dice realmente la Biblia acerca del divorcio y la posibilidad de contraer segundas nupcias?

Jesús enseñó que el divorcio y el segundo matrimonio, sin bases bíblicas, es adulterio.  Constituye pecado contra el pacto del primer matrimonio (Mateo 5:32; 19:9; Marcos 10:11,12; Lucas 16:18).  Es aparente que Jesús en estos pasajes habla a quienes deliberadamente inician el divorcio sin tener bases bíblicas para ello. No obstante, Jesús incluyó una cláusula de excepción a favor del cónyuge inocente. “Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación (porneia), hace que ella adultere” (Mateo 5:32; véase también Mateo 19:9).  Esto indica que una persona casada que se divorcia de su cónyuge que comete inmoralidad sexual no hace que éste adultere, porque el ofensor ya es culpable de adulterio, y el cónyuge contra quien ha pecado no comete adulterio al volver a casarse.

Ahora bien, el uso de la palabra griega para “fornicación” en este pasaje es porneia, que en este contexto por cierto incluye adulterio (una porne era una prostituta). No obstante, porneia es un término amplio para varias formas de inmoralidad sexual, generalmente habitual, tanto antes como después del matrimonio (Marcos 7:21; Hechos 15:20; 1 Corintios 5:1; 6:18; Gálatas 5:19; Efesios 5:3; 1 Tesalonicenses 4:3).  Al expresar las excepciones, Mateo no usó moicheia, el sustantivo griego por adulterio. Mateo usa porneia en 5:32 y 19:9 para traducir la palabra hebrea ‘erwâ (“alguna cosa indecente”) que se halla en Deuteronomio 24:1. Este pasaje del Antiguo Testamento era el fundamento de la enseñanza de Jesús y su discusión con los fariseos. El significado original de ‘erwâ tiene que ver con “descubrir” y “exponer”, entre otras cosas, la desnudez (Génesis 9:22,23). De modo que la “cosa indecente” de Deuteronomio 24:1 aparentemente era una forma de inmoralidad sexual, o indecencia, pero no adulterio (por lo cual el adúltero hubiera sido apedreado; de acuerdo con Deuteronomio 22:22). El término parece incluir deliberadamente una variedad de prácticas inmorales, muy probablemente aquellas contenidas en el Código de Santidad de Levítico 18, el cual condena los actos sexuales como incesto, adulterio, homosexualidad, y bestialidad. Todos ellos justificarían el divorcio entre creyentes. Debe notarse, por supuesto, que esta excepción no debe considerarse como mandato de poner fin a un matrimonio afectado por una trágica indiscreción, cuando éste pudiera restaurarse.[17]

Pablo también incluyó una excepción a favor del cónyuge inocente. En caso de que el cónyuge incrédulo no estuviera dispuesto a vivir con su pareja convertida al evangelio, Pablo aconseja: “Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios” (1 Corintios 7:15). “No sujeto a servidumbre” es una expresión fuerte que aparentemente significa que se otorga libertad al creyente. Por tanto, el significado parece ser que el creyente está en libertad de volver a casarse. Pablo, sin embargo, disuade el segundo matrimonio por el bien del ministerio al Señor.  “¿Estás libre de mujer? No procures casarte. Mas también si te casas, no pecas” (1 Corintios 7:27,28). Toda persona divorciada que considera en segundo matrimonio debe recordar las instrucciones de Pablo a las hijas vírgenes de Corinto: “con tal que sea en el Señor” (1 Corintios 7:39).

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CONCLUSIÓN.

¿A qué conclusiones llegamos entonces en relación con el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Un cuidadoso estudio de las Escrituras del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento destacan los siguientes principios respecto al divorcio y segundo matrimonio:

  • Se requieren dos especies, hombre y mujer, para completar la imagen divina del género humano. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). El hombre la mujer no pueden procrear solos la raza humana y cumplir los propósitos divinos. La manera en que Dios creó a los seres humanos para que vivieran en la tierra y la forma en que los unió indican que su intención fue que el hombre y la mujer vivieran el uno para el otro (Génesis 2:22-24). El matrimonio debe ser consumado sexualmente. Por orden del Creador, el primer hombre y la primera mujer debían ser “una sola carne” con el fin de procreación, unión, y mutuo contentamiento en una segura y amorosa relación (Génesis 2:24). Jesús mismo reiteró este propósito divino (Mateo 19:4,5) y Pablo instruyó a los esposos cristianos a que fielmente y con regularidad cumplieran mutuamente con sus obligaciones sexuales (1 Corintios 7:3-5).
  • El matrimonio debe ser heterosexual. La institución del matrimonio está firmemente fundada en la creación de los seres humanos como varón y hembra. El mandato divino es: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). A través de las Escrituras, las uniones homosexuales y lesbianas se consideran pecaminosas (Levítico 18:22; 20:13; Romanos 1:26,27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:9-11). No hay precedente bíblico para cualquier unión homosexual que pudiera denominarse “matrimonio”.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea una unión permanente. El hombre debe dejar el hogar de sus padres y unirse a su mujer, para ser “una sola carne” con ella (Génesis 2:24). Tanto Jesús (Matero 19:5) como Pablo (Efesios 5:31) citaron este pasaje de Génesis como premisa fundamental para el matrimonio.
  • El propósito de Dios es que el matrimonio sea monógamo. En el establecimiento del matrimonio las obras del Creador se centran en un hombre y una mujer. El orden mismo del matrimonio (Génesis 2:24) se dirige a una pareja monógama; nótese la forma singular de “hombre” y “mujer”. Por supuesto, se daba la poligamia en la era del Antiguo Testamento. El primer caso fue en el linaje de Caín (Génesis 4:19), seguido de muchos ejemplos en el Antiguo Testamento, incluidos algunos de los patriarcas. Pero no se exalta la poligamia como algo ideal. En forma indirecta los escritores del Antiguo Testamento critican la poligamia, en que muestran los conflictos que resultan (Génesis 21:9,10; 37:2-36; 2 Samuel 13-18). Los pasajes que idealizan el matrimonio normalmente se refieren a un marido y una mujer (Salmo el 128:3; Proverbios 5:18; 31:10-29; Eclesiastés 9:9). Al hablar de “hombre” y “mujer” en singular, y de que “los dos” serán una sola carne (Mateo 19:5,6), Jesús también reconoció que el ideal de Dios desde el principio era la monogamia.  No hay referencia a la poligamia como práctica de la iglesia primitiva; y en cualquier caso, sería proscrito por Pablo a los1íderes en su referencia a “marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2,12; Tito 1:6).
  • El matrimonio es un pacto, un solemne acuerdo de vinculación hecho primero ante Dios y después ante los hombres. La naturaleza del matrimonio como pacto se da a entender claramente en la institución del matrimonio en Génesis 2:24 y se hace más explícita en Malaquías 2:14: “Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto”.
  • El matrimonio es el cimiento de la familia, en términos de procreación y de crianza. Lo ideal es que los niños nazcan en una familia intacta con ambos padres presentes. Estos dos padres deben ser los primeros en proveer la crianza. Este orden de vida familiar se observa a través de la Biblia, con énfasis particular en la crianza de los hijos, sobre la base de pasajes como Deuteronomio 6:1-9; Malaquías 2:15; y Efesios 6:1-4. El propósito de Dios, sin embargo, no garantiza que el pecado no dividirá y distorsionará a muchas familias que, en tales casos, no deben ser despreciadas, tomadas en poco, o descuidadas, sino que deben recibir apoyo con sabio consejo y amorosa comunión.
  • Es imperativo en tiempos como estos que la iglesia cristiana clarifique, enseñe, y fielmente cumpla lo que la Biblia dice acerca del matrimonio. La Iglesia también debe expresar la posición bíblica respecto del divorcio y un segundo matrimonio, lo cual ocurre con demasiada frecuencia cuando uno de los cónyuges, o ambos, abandonan sus compromisos y sus responsabilidades ético-cristianas.

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REFERENCIAS:

[1] Merrill C. Tenney, “Pacto”, Dicccionario Bíblico Mundo Hispano (El Paso, Texas: EMH, Casa Bautista de Publicaciones, 1997), p. 914.

[2] A. Millard, «Matrimonio», Diccionario Bíblico Abreviado, 3.ª ed., Editorial Verbo Divino-Ediciones Paulinas, Estella (Navarra)-Madrid, 1993, p. 213.

[3] Tertuliano, Ad uxorem, II:9.

[4] Ignacio de Antioquía, A Policarpo, 5,2.

Tertuliano, Ad uxorem II:8,6.7.9.

[5] Dámaso (Gallaecia, Galicia, actual España, 3041​ – Roma, 11 de diciembre, 3842​), obispo de Roma desde el año 366 hasta su muerte, en el año 384. Es reconocido principalmente por introducir en la liturgia cristiana el uso de la voz hebraica «Aleluya», así como por ordenar la traducción de la Biblia al latín, conocida como la «Vulgata».

[6] El Ambrosiaster o Ambrosiastro («pseudo-ambrosio») es un libro anónimo, conocido con tal nombre a partir de Erasmo, que contiene un importante comentario a las cartas de Pablo. Fue atribuido durante siglos a un tal Ambrosio de Milán, bajo cuyo nombre aparece en los códices; sin embargo, su verdadero autor no puede ser señalado con certeza, ni siquiera con firme probabilidad.

[7] Schuetze Armin, Habeck Irwin, El Pastor bajo Cristo, Manual de Teología Pastoral, Northwestern Publkishing House, Milwaukee, Wisconsin, 1992.

[8] Iglesia Unida de Canadá (24 de junio de 2013). «Sexual Orientation – The United Church of Canada» (en inglés). United-church.ca. Archivado desde el original el 11 de agosto de 2013. Consultado el 24 de marzo de 2017.

[9] «La Iglesia Episcopal “bendice” las bodas gay». Protestantedigital.com. 11 de julio de 2012. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[10] «Marriage Equality» (en inglés). Ucc.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[11] «What Do Lutheran Churches Say?». Marriage Matters (en inglés). Reconcilingworks.org. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[12] Regan, Helen (18 de marzo de 2015). «Presbyterian Church Votes to Recognize Same-Sex Marriage». U.S. Faith (en inglés). Time. Consultado el 8 de agosto de 2019.

[13] Jerónimo, Cartas de San Jerónimo I, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1962, p. 169.

[14] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[15] Tomas de Aquino, “Tratado sobre el orden y el matrimonio, en Suma Teológica de Tomas de Aquino, T. XV, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1995, p. 16.

[16] Ricardo García Villoslada, Martin Lutero I, El fraile hambriento de Dios, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1976, p. 56.

[17] CEAD, El Divorcio y Segundo Matrimonio, Manual de Doctrinas y Prácticas Fundamentales (San Salvador: CEAD, 2015), pp. 25-27.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Cuando el pecado nos impide orar.

Por: Fernando E. Alvarado.

Las relaciones son complicadas. Todos lo sabemos. ¡Sobre todo aquellas que involucran mucha convivencia y cercanía! En cierta ocasión, una pareja de jóvenes enamorados decidió casarse. Ambos estaban convencidos de que el otro era el amor de su vida. Sin embargo, al poco tiempo descubrieron que no todo en una relación es color de rosa. Las imperfecciones en el carácter de los jóvenes esposos se hicieron manifiestas. De pronto se hallaron discutiendo por cualquier asunto cotidiano y terminaban recriminándose errores pasados, mezclando un argumento con otro, enredando la situación hasta hacerla insostenible. Para ambos era fundamental hacer que el otro comprendiera su punto de vista; ambos querían, a toda costa, que fuera el otro el que se acercara y pidiera disculpas. El orgullo se convertía rápidamente en una barrera que los separaba. Un día, luego de una tremenda pelea con su mujer, el joven marido perdió los estribos y terminó gritando e insultó fuertemente a su esposa. Avergonzado, abandonó su hogar y buscó refugio en la casa de sus padres. Necesitaba “espacio para pensar y evaluar sus sentimientos”, decía. Sentía que ya no podía estar en el mismo espacio que ella y ella pensaba lo mismo.

Él no se atrevía a llamarla por teléfono. La culpa era demasiado fuerte. Tras largas noches en casa de sus padres, y sin hablar demasiado de lo ocurrido, incluso llegó a pensar que lo mejor era separarse de ella para dejar de hacerle daño. Ella, por otro lado, insistía. Le enviaba mensajes, le llamaba… mas él se negaba siquiera a responder. Se sentía avergonzado y su orgullo no le permitía hablar con ella y pedir perdón. Pero entonces sucedió. Su madre vino a él, se acercó y le dijo: “Ella no es tu enemigo, es el amor de tu vida. No importa cuál sea el asunto, no importa qué tan grave sea un problema, ella es la persona más importante para ti, la que elegiste para compartirlo todo. No hay nada que justifique que no le hables con amor. Si le fallaste pide perdón y repara la relación”. Entonces el joven esposo entendió que todo ese tiempo había estado poniendo su orgullo por encima de su negativa a pedir perdón, incluso la misma culpa que sentía, estaba destruyendo el vínculo sagrado que ambos juraron mantener. Inmediatamente corrió a casa esperando encontrar a su esposa y suplicar su perdón. Desafortunadamente ella no estaba. Se cansó de esperar y se fue. Abandonándolo para siempre. El anillo de bodas acompañaba una nota que decía: “Me voy. Me cansé de esperar a que respondieras mis llamadas y hablaras conmigo. Esto pudo haberse arreglado si tan solo lo hubiéramos hablado, pero preferiste alejarte de mí. Adiós.” Y ahí acabó todo. Triste ¿No crees? Y sin embargo ocurre más a menudo de lo que piensas. Dejamos que los canales de comunicación se rompan, perdemos relaciones. Ofendemos a otros y luego nos alejamos avergonzados, dejando que la culpa nos impida siquiera pedir perdón. Luego el orgullo viene y nos impide decir “lo siento, perdóname”. Y así… muchas relaciones valiosas se pierden.

ESTO TAMBIÉN NOS PASA CON DIOS.

Desafortunadamente la relación más importante de todas, nuestra relación con Dios, tampoco es ajena a este tipo de problemas. Así como el pecado contra los demás afecta nuestra relación con ellos, el pecado daña nuestra relación con Dios. Fallamos a menudo, pecamos, sentimos vergüenza y nos alejamos de Él, luego, por orgullo o culpa, nos negamos a arreglar la situación hasta que es demasiado tarde y no sabemos cómo regresar. Como Adán y Eva, que se escondieron de Dios y se cubrieron con hojas de higuera muchos de nosotros, cuando pecamos, nos avergonzamos y ocultamos de Aquél que tanto nos ama y está dispuesto a perdonarnos, ¡Cómo si huyendo del Señor pudiésemos hallar paz! La oración, el canal que Dios dispuso para comunicarnos y hablar con Él, y así remediar cualquier problema en nuestra relación, termina siendo relegada al olvido. Y ese es el peor error que podemos cometer, pues la oración nos lleva de vuelta a los pies de Cristo, el único que nos puede librar de la cautividad del pecado. No hay otra forma de escapar de nuestro pecado. Solo al confesarlo y arrepentirnos hallamos misericordia y perdón (1 Juan 1:9). La culpa te dirá que huyas. Satanás te dirá que no mereces otra oportunidad, que eres demasiado inmundo o que Dios ya perdió toda esperanza de que cambies (Zacarías 3:1-3, Apocalipsis 12:10). Eso no es cierto. Dios nunca pierde la “esperanza”, pues Él sabe que, a pesar de nuestras incapacidades, Él es “poderoso para [guardarnos] sin caída, y [presentarnos] sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 1:24)

ALÉJATE DE TU PECADO, NO DE DIOS.

¿Por qué no debes alejarte de Dios cuando pecas? ¿Por qué seguir orando sabiendo que has fallado? Porque sin eso nunca corregiremos el daño que le hemos hecho a nuestra relación con Dios. Cuando huyes no solo muestras vergüenza por tu pecado, sino también orgullo. El pecado, en su núcleo, es orgullo. La oración, en su núcleo, es una expresión de humildad. La única forma de salir del pecado es humillarnos delante de Dios, abrazar la realidad, y pedir clemencia y gracia.

Escapar del pecado sería fácil si viniéramos a Cristo inmediatamente cada vez que pecamos. Pero no… ¡No hacemos eso! Nuestro corazón es complicado y engañoso (Jeremías 17:9). Nos repite una y otra vez que no podemos orar porque hemos pecado. Es entonces cuando nuestra carne se rebela en contra de humillarnos delante de Dios en la oración. ¡No eres digno! Nos repite ¡Cómo si no lo supiéramos de sobra! Es aquí donde debemos recordar la base de nuestro acceso a Dios. Recuerda que nuestro acceso nunca se basa en nuestra impecabilidad, sino en la de Cristo. Si la base de nuestro acceso a Dios en la oración fuera nuestra perfección, entonces el pecado personal nos mantendría lejos de Dios. Sin embargo, afortunadamente, las cosas no son así. Nuestro acceso a Dios no viene a través de nuestra impecabilidad, ¡sino a través de la de Cristo! La Palabra nos dice: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Hebreos 4:15-16). No nos acercamos a Dios en oración recitando nuestras calificaciones para venir a Él. No saludamos a nuestro Padre celestial y luego le damos nuestro currículum diciendo, “Yo he hecho esto y aquello” (Lucas 18: 9). ¡Para nada! Nos acercamos a Dios en oración cubiertos en la justicia de Jesucristo. Venimos declarando su sangre y justicia. Su perfección está cosida a nuestra alma. Somos uno con Él y le imploramos como nuestro representante. Cuando oramos, venimos como pecadores cubiertos en la sangre de Cristo. Recordar la verdad del evangelio y predicarlo a nuestro corazón provocará que oremos, incluso en medio del pecado personal. Al igual que la mujer con la hemorragia sanguínea (Marcos 5), aferrémonos a las vestiduras de Cristo. En lugar de que el pecado nos impida llegar a Cristo, nos debe conducir a Él.

SI NO VIENES A CRISTO, EL PECADO TE DESTRUIRÁ.

¿Qué pasaría si en vez de huir de Dios al pecar, corriéramos a Él por auxilio? Lo terrible de vivir en un estado donde no oramos por culpa del pecado es la forma en que la situación se agrava. La culpa es peligrosa y puede llegar a destruirnos. El salmista reconoce: “Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano” (Salmo 32:3-4). ¡Necesitamos la brisa fresca del evangelio y la frescura del arrepentimiento para limpiar el sudor de nuestras frentes cansadas!

Reconocer la naturaleza corrosiva del pecado y la forma en que se come nuestra vida espiritual nos obliga a mantener cuentas cortas con Dios, y luchar contra las temporadas de culpa que vienen por la falta de oración. Bien se ha dicho, el pecado te alejará de la oración, y la oración te alejará de pecar. Pero también es cierto que la oración te sacará del pecado. A veces es un trabajo duro. Pero es un buen trabajo. Recuerda, nunca eres demasiado pecador como para orar, si tu oración es una de arrepentimiento. Cristo es poderoso para salvar, y su gracia es más grande que todos nuestros pecados.

El consuelo y el perdón que anhelas no lo hallaras lejos de Dios. Sólo Cristo puede ofrecértelo. No huyas de Él, ¡Huye de tu pecado! ¡Corre a los pies de Jesús! Como bien lo expresara la poetisa estadounidense Emma Lou Thayne:

¿Dónde ̮hallo el solaz, dónde, ̮el alivio
cuando mi llanto nadie puede calmar,
cuando muy triste ̮estoy o enojado
y me aparto a meditar?
Cuando la pena ̮es tal que languidezco,
cuando las causas busco de mi dolor,
¿dónde ̮hallo a un ser que me consuele?
¿Quién puede comprender? Nuestro Señor.
Él siempre cerca ̮está; me da Su mano.
En mi Getsemaní, es mi Salvador.
Él sabe dar la paz que tanto quiero.
Con gran bondad y ̮amor me da valor.
(“Donde hallo solaz”, Emma Lou Thayne, 1924-2014)
Devocional

¡Cuida tus ojos!

Por: Fernando E. Alvarado.

Es cierto que la mujer debe, en honor a la virtud cristiana y en consideración a los débiles, vestir con pudor y modestia para no ser motivo de tropiezo a nadie. Sin embargo, “tapar” a la mujer no elimina la raíz del pecado. Honestamente, he empezado a desconfiar de los que se presentan tan estrictos en sus exigencias del vestuario femenino porque a veces, en realidad, esconden intenciones inadecuadas y deseos ocultos.

La enfermedad no está en el aspecto atractivo de la mujer, sino en la vista corrupta de los hombres que quieren apropiarse de ella. Jesús lo expresó con claridad: “… Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…” (Mateo 5:28) y “…La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas…” (Mateo 6:22). Por eso, “…Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti…” (Mateo 5:29).

Es hipocresía apuntar al atractivo de las mujeres como causa del problema. Ese atractivo lo creó Dios, no el diablo. Lo que crea el hombre es la mirada corrompida que pasa del mero reconocimiento de la belleza al deseo de apropiación. Es normal ver algo que otro posee y admirarlo, e incluso decir ‘¡Qué bonito es!’, pero es miserable y pecaminoso querer apropiarte de él.

No hay que tapar a las mujeres; hay que arrancarse el ojo, el ojo de lascivia y apropiación, el que antepone el deseo propio a la dignidad de la mujer. El único cuerpo que te pertenece y puedes y debes desear tener es el de tu mujer, y es hipócrita olvidar que, recíprocamente, tu cuerpo es propiedad exclusiva de tu mujer; y esto incluye tu ojo; no es malo recordarlo en estos días de tanto vouyeurista de playa. En cierta ocasión, un amigo no creyente, le dijo a su amigo cristiano:

-¿Y a ti no te gustan las mujeres?
Sin pensarlo, él hombre cristiano le dijo:
– ¡No! No me gustan las mujeres.
Asustado por tal respuesta, el hombre no creyente le dijo a su amigo:
-¡Cómo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te gustan las mujeres?
Con firmeza, el hombre cristiano dijo:
-No, a mí sólo me gusta una: La mía.

¿Sería esa también tu respuesta? ¿O dejas que tu mirada y tu corazón se deslice hacia otras mujeres? Como dicen en mi tierra: ¡No seas boca abierta! ¡Respeta la dignidad de la mujer! Y sobre todo, ¡Sé fiel a la tuya hasta en el pensamiento!

Vida Espiritual

La santidad, meta de un verdadero pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

El pentecostalismo primitivo tiene sus orígenes en el Movimiento de Santidad. Charles Fox Parham, uno de los pioneros del pentecostalismo, era un metodista formado con la doctrina del movimiento de santidad y con estudiantes que profesaban la misma enseñanza. Dicho Movimiento surgió a mediados del siglo XIX entre las iglesias protestantes de los Estados Unidos de Norteamérica. También se le llamó la doctrina de la completa santificación y, de igual forma, estuvo íntimamente ligada a la doctrina de la perfección cristiana, la cual tenía relación con una experiencia posterior a la conversión. Esta doctrina enseña que un pecador que pone su fe en Jesús y cree, se convierte y justifica, y recibe perdón de pecados; sin embargo, es todavía dominado por su naturaleza pecaminosa y debe buscar la entera santificación. La obra de Dios purifica sus motivos, deseos y pensamientos, conservando su capacidad de pecar, pero su naturaleza heredada por Adán deja de ser una fuente de tentación. Es decir, que se hace énfasis en un proceso constante de santificación hasta alcanzar la perfección cristiana. Se debía buscar dos experiencias con Dios llamadas las obras de la gracia: La Conversión y la Santificación. La naturaleza carnal puede ser limpiada por la fe y el poder del Espíritu Santo. Tal doctrina se fundamenta en las enseñanzas de Juan Wesley, predicador del siglo XVII en Inglaterra y padre del metodismo, quien promulgó esta doctrina casi un siglo antes del surgimiento del Movimiento de Santidad.

 

Aunque no todos los pentecostales concordamos con las ideas de Wesley, todos concordamos con que el fruto de una vida en el Espíritu es la santificación. Esa es la meta de Dios y debería ser la nuestra: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Tesalonicenses 5:23,24). El mundo también desea verlo en nuestra vida, pues está cansado de una iglesia que solo habla, pero no vive lo que predica. A la gente no le interesa tanto nuestra teología como le interesa nuestra vida.

 

BÍBLICAMENTE ¿QUÉ ES LA SANTIDAD?

Lingüísticamente, la palabra para santificación en el hebreo es qadash, traducida como “santo” o “apartado”. En el Antiguo Testamento, el templo, los sacrificios, las fiestas, etc. se denominan santos. Se habla también del sacerdote como sagrado, en el sentido de que él estaba apartado para Dios y su servicio. En este sentido, un vaso utilizado en el tabernáculo o en el templo también era denominado santo o sagrado. La palabra griega, que en realidad es la contraparte de la palabra hebrea qadash, es hagios, traducida “santo o apartado”. El verbo hagiazo significa “hacer santo o santificar”, como, por ejemplo, en el Padrenuestro: “Santificado sea tu nombre.” El sustantivo hagiasmon se traduce como “santificación o santidad”. Esto nos da una idea del trasfondo lingüístico o el derivado de las palabras clave en hebreo y en griego.

 

En resumen, entonces, diríamos que la santidad primero se atribuyó a la naturaleza pura de Dios, quien está apartado de toda maldad. Más tarde, las Escrituras aclaran que la santidad debe caracterizar a los que están en una relación de pacto con Dios. Así que la Palabra nos ordena: “Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.” Esas palabras están en Levítico 19:2, pero se repiten a través de las Escrituras, incluso en el Nuevo Testamento, y en 1 Pedro 1:15,16 en particular.

 

LA SANTIDAD EN LA TEOLOGÍA PENTECOSTAL

En sentido teológico la santidad puede ser descrita y entendida a través de sus dos aspectos:

 

  1. ASPECTO POSICIONAL DE LA SANTIFICACIÓN: En primer lugar, el aspecto posicional de la santificación. En el momento en que una persona cree en Cristo, ésta es santificada. Esto se resalta en 1 Corintios 1:2, donde Pablo escribe: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…” Como suele ser el caso, en el griego no está el verbo “ser”, y por ello es suministrado por los traductores para la facilidad de lectura. Pero, en realidad, podría traducirse literalmente “llamados santos”. Cuando aceptamos a Cristo somos santificados, y considerados como hagioi, “los santos”. No se trata de una santidad basada en el mérito humano. Nos es impartida la santidad de Cristo, así que es su santidad. Cualquier santidad que haya no es obra nuestra, sino que es lo que Cristo nos imputa y nos imparte. Así que la Palabra nos dice: “Mas por él [Dios] estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1: 30). Cristo es hecho por nosotros santidad, y sólo en esa santidad podemos ser lo que Dios quiere que seamos. Así que los creyentes, en la conversión, son apartados para Dios y purificados de la maldad moral. En su primera carta, Pedro se dirige a los cristianos como los “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1 Pedro 1:2). El Espíritu Santo hace una obra de santificación, que nos permite andar en verdadera santidad. En 1 Corintios 6:9-11, Pablo describe a algunas personas que habían llevado vidas corruptas e inmorales, y luego nos dice que ellos han sido cambiados: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”

 

  1. ASPECTO PROGRESIVO DE LA SANTIFICACIÓN: Existe otro aspecto a veces descuidado de la santificación, el aspecto progresivo. No crecemos hacia la santificación, sino que crecemos en santidad. Como proceso, la santificación continúa durante toda nuestra vida. Hay quienes han tratado de enseñar acerca de la perfección sin pecado. En iglesias evangélicas de corte wesleyano se suele hacer hincapié en la santificación como una segunda obra de la gracia. Sin lugar a duda, muchos de nuestros hermanos de tradición wesleyana viven hermosas vidas cristianas, y merecen nuestra admiración y nuestro respeto. Pero no podemos estar de acuerdo con su teología. La Palabra no presenta la santificación como una obra posterior a la salvación. Comienza inicialmente en la conversión; pero, gracias a Dios, podemos crecer en gracia en el conocimiento del Señor. Podemos llegar a ser más como Jesús en nuestro andar cristiano. Así que hay garantía bíblica para esto. Mientras que Hebreos 10:10 se refiere al aspecto posicional de la santificación como algo consumado (“… somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”), Hebreos 10:14 se refiere al aspecto progresivo al hablar de esos mismos cristianos como literalmente “los santificados”. Además, Hebreos 12:14 nos dice que sigamos “la santidad”. Gracias a Dios, podemos llegar a ser más como el Señor. La cualidad está presente; pero necesitamos una abundancia de la misma. Necesitamos aplicarla en cada etapa de nuestra vida.

 

En Efesios 4:22-24, se nos exhorta a despojarnos “del viejo hombre”, que representa la antigua vida carnal, no regenerada, y que nos vistamos “del nuevo hombre” creado en Cristo Jesús. Y debemos añadir a nuestra vida las virtudes que vienen del Señor. Nos ayudan a ser más completos como cristianos, para que podamos ser mejores testigos del Señor Jesucristo y de su obra de santificación en nuestras vidas. Asimismo, en Colosenses 3:8-14, se nos exhorta a que nos despojemos de toda maldad y que nos vistamos de las virtudes cristianas. Cuando nos convertimos y somos santificados, es algo así como quitarnos un viejo vestido manchado y ponernos uno nuevo, impecable y hermoso.

 

EL MOTIVO DE LA SANTIFICACIÓN

El mayor motivo de santificación sin duda debe ser para agradar a Dios. No queremos ser santos sólo para impresionar a la gente con lo justos o santificados que somos. Los hipócritas hicieron eso con sus limosnas, con el ayuno, y con la oración para ser vistos por los hombres. Cristo dijo: “Ya tienen su recompensa” (Mateo 6:2,5,16). Pero dijo que no seamos así: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento” (Mateo 6:6). No debemos ofrendar, orar o ayunar para ser vistos por la gente, para que digan: “¡Oh, cuán santos son! ¡Vaya, deben ser muy espirituales!” Absolutamente, no. Debemos hacer estas cosas de tal manera que las personas no se den cuenta de lo que está pasando. Más bien, nuestra preocupación debe ser agradar a Dios. “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15,16). Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 2:12 acerca de su estancia entre los tesalonicenses. Él pudo decir que habían observado su vida y habían visto su justicia. Luego se les instó a que llevaran una vida “[digna] de Dios, que [los] llamó a su reino y gloria”. Debemos tratar de llevar una vida que sea un reflejo de quién es Dios, una vida que sea digna de la confianza que Dios ha puesto en nosotros.

 

Otro motivo para la santificación es que seamos dignos de nuestro llamado. En Efesios 4:1, Pablo dice: “Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.” Dios nos ha dado un alto llamado, y no me refiero sólo a los ministros sino también a todos los cristianos. Así que debemos tratar de adornar el evangelio, viviendo justamente. Mucho daño le ha sido hecho a la causa de Cristo debido a los pecados morales de pastores y creyentes. Pero no es suficiente que nuestra perfección, nuestra santificación, sea sólo una apariencia, algo que nos ponemos, una fachada detrás de la cual nos escondemos. Esa “santificación” se va a agrietar. Dios quiere que seamos verdaderamente santos en nuestros pensamientos, en nuestro corazón, en nuestros deseos, y en nuestras motivaciones. En todo lo que hacemos, Dios quiere que seamos sus hijos santos.

 

En 1 Corintios 9:24-27, sale a la luz otro motivo, y es la de ser apto para el servicio. Aquí Pablo habla de los eventos deportivos patrocinados cada dos años por la ciudad de Corinto y conocidos como los juegos ístmicos. Hace hincapié en que los que se dedican a los juegos se disciplinan para que puedan correr y ganar la carrera. Luego se nos dice que debemos correr de tal manera que obtengamos el premio. En cuanto a sí mismo, dijo: “Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. Debemos desear sobre todo vivir de tal manera que adornemos el evangelio de Cristo. El poder para santidad y carácter es lo primero, aún por encima de los dones. El primer requisito, el segundo y el tercero para nuestra obra es la piedad personal; sin ella, aunque hablamos lenguas humanas y angélicas, somos como metal que resuena, un monstruoso y poco musical címbalo que retiñe. En las iglesias pentecostales hemos puesto mucho énfasis en el poder para el servicio, y ciertamente eso es importante. “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8). Necesitamos ese poder; pero no sólo en el testimonio y la predicación. Lo necesitamos también para llevar una vida santa. ¡Que Dios nos ayude a ser aptos para el servicio!

 

LOS MEDIOS DE SANTIFICACIÓN

Noventa y una veces en el Nuevo Testamento se denomina “santo” al Espíritu. Él es el Espíritu Santo. Las religiones paganas no hacen hincapié en la santidad o la moralidad. Sus dioses no son santos. El Dios nuestro es santo. Esto lo distingue de todos los así llamados dioses. Y la norma de Dios para su pueblo es sagrada, por lo cual el Espíritu Santo desempaña un papel importante en nuestra santificación, inicialmente y de forma progresiva.

 

En primer lugar, el Espíritu Santo efectúa la santificación en nosotros. En Romanos 15:16, Pablo escribe que los gentiles eran santificados por el Espíritu al recibir el evangelio que él predicaba. Y, a menudo, la Palabra de Dios se asocia con el Espíritu de Dios. Necesitamos esa asociación de la Palabra y el Espíritu. La Palabra dice que los corintios habían sido santificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de Dios (1 Corintios 6:11).

 

Luego, el Espíritu Santo nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo, que es otro medio de santificación por el Espíritu. ¡Qué importante es que controlemos nuestros pensamientos! Las obras de pecado comienzan en la mente, van al corazón, e influyen en la voluntad. Así que el Espíritu nos ayuda a controlar nuestra mente y a hacer morir los malos hábitos del cuerpo. Romanos 8:5-14 es un pasaje clásico en este sentido. Pablo dice: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. … Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.”

 

Como tercer medio de nuestra santificación, el Espíritu Santo produce en nosotros el fruto del Espíritu. Esto es evidente en Gálatas 5:22,23: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz…” Vivir para el Señor es un gozo, y no algo que tenemos que soportar. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos llevar una vida cristiana victoriosa.

Vida Espiritual

Viviendo una vida llena del Espíritu.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

La cultura occidental tiene una cosmovisión limitada, y percibe la realidad en dos ámbitos: (1) el mundo natural que opera conforme a leyes científicas comprobables, y (2) Dios que se limita a lo sobrenatural; es decir, lo interior y espiritual. Esta perspectiva es el fundamento de las filosofías humanísticas seculares. Este doble concepto no representa la manera en que gran parte del mundo ve la realidad, y por cierto no es el punto de vista bíblico del mundo de Dios. Dios nos ha dado su Espíritu Santo con el propósito de derribar las falsas barreras entre lo natural y lo sobrenatural.

La vida de Esteban nos permite ilustrar este punto a la perfección. Esteban es descrito en el libro de los Hechos como un varón llamado y ungido a servir a las mesas a favor de las viudas necesitadas, lleno del poder y la gracia de Dios, que hacía señales y milagros entre el pueblo (Hechos 6:8). ¡Un momento! ¿Servir a las mesas? ¿Qué tiene esto de espiritual o sobrenatural? ¿Por qué necesita ser lleno del Espíritu Santo para servir a las mesas y atender viudas? ¿En qué momento Esteban cambió de lo “natural” a lo “sobrenatural”? Simplemente no había una barrera en la vida de Esteban entre lo natural y lo sobrenatural. Cuando la iglesia escogió diáconos para que distribuyeran el alimento diario a las viudas, los creyentes buscaron hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría:

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (Hechos 6:13).

“Escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo” (Hechos 6:5).

Cuando el Sanedrín estaba por apedrearlo, él, nuevamente lleno del Espíritu Santo, tuvo una visión de Jesús y perdonó a sus verdugos. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hechos 7:55).

La vida y ministerio de Esteban nos enseñan una gran verdad: Para servir a Dios, aún en el área más simple (aquella que nos parece demasiado terrenal), se necesita una vida rendida al Espíritu Santo, un corazón transformado. Desde el pastor, misionero o evangelista más grande hasta el hermano que hace la limpieza en el templo, todos necesitamos ser llenos del Espíritu Santo para la realización eficaz de nuestra tarea. Si algo ha de ser ofrecido a Dios, debe serlo en sus términos, a su manera, y bajo su unción, aun cuando nos parezca algo “terrenal”, pues la barrera entre lo natural y lo sobrenatural es solo aparente. ¡Simplemente no existe! No podemos desconectar nuestra vida en la tierra de la vida en el Espíritu que Dios desea que vivamos. Esa ha sido la causa de que el humanismo tenga tanto éxito en nuestra sociedad, pues la iglesia misma vive desconectada del mundo espiritual, relegando la espiritualidad únicamente a los templos y a los domingos.

Vivir en el Espíritu tampoco es hablar en lenguas ocasionalmente o manifestar algún don sobrenatural sin presencia de fruto espiritual en el creyente. Es por sus frutos, no por sus dones, que se conoce al verdadero creyente (Mateo 7:22-23). De vez en cuando, algunos se centran en el derramamiento del Espíritu Santo para enfatizar la bendición y la experiencia emocional que tienen su origen en ese derramamiento. Aunque esta realidad puede ser un resultado muy legítimo, tenemos que investigar lo que la Biblia explícita e implícitamente señala como el propósito de que seamos llenos con el Espíritu Santo. A fin de hacer una duradera y poderosa contribución por la causa del evangelio, nuestro corazón y nuestra vida tienen que ser formados por los propósitos de Dios, y no por metas humanas.

Si queremos experimentar el poder que sabemos que es parte de la obra del Espíritu Santo de Dios en nuestra vida, debemos primero entender su propósito. Al final de cuentas, manifestar dones espirituales extraordinarios como sanidades, milagros, profecía y lenguas no es el fin en sí de la llenura del Espíritu Santo. Dios desea que vivamos una vida en el Espíritu. Por ello, debemos recordar que toda investidura espiritual o don sobrenatural ha sido dado para:

  1. SEÑALAR A JESÚS: Jesús dio a sus seguidores la comisión de hacer discípulos a todas las naciones (yendo por todo el mundo, bautizándolos y enseñándoles; Mateo 28:19,20). En el primer Pentecostés después de la resurrección de Jesús, Dios inició en su iglesia el proceso de equipamiento. Varias semanas después de haber sido llenos con el Espíritu Santo, Pedro y Juan fueron encarcelados por su persistente y poderoso testimonio. Después de que los soltaran, regresaron a sus hermanos creyentes y tuvieron un poderoso culto de oración. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hechos 4:31). Lo que explícitamente se afirmó como el resultado previsto de recibir el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:8) se enseña implícitamente en el relato descrito arriba (3:11-4:31). Sacamos la conclusión de que uno de los principales propósitos de la llenura del Espíritu Santo es para señalar a Jesús. Recibimos poder y fortaleza para hacer una osada, clara, y fiel proclamación de la persona y la misión de nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Juan escribe: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13). El Espíritu glorificará a Jesús. El Espíritu Santo no vino para atraer la atención en sí mismo, ni para atraer la atención en nosotros, sino para atraer la atención en Jesús. El Espíritu Santo nos hace conscientes de “Jesús”, y no conscientes del “Espíritu Santo”.

 

  1. PODER PARA SERVIR A DIOS: Otro gran propósito de ser lleno con el Espíritu Santo es de recibir poder para servir a Dios. Hay tres esferas en las que se manifiesta el poder: (1) poder para vivir en santidad; (2) poder para servir a Dios y su obra; y (3) poder para cumplir una misión o enfrentar un problema o crisis.

 

  • PODER PARA VIVIR EN SANTIDAD: Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). El apóstol Pablo escribió: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Se nos exhorta a vivir de manera digna del llamado que hemos recibido (Efesios 4:1). Pero en nuestra propia fuerza no podemos vivir en santidad, alumbrar la luz, y dar toda la gloria a Él. Si tratamos de hacerlo en nuestra propia fuerza, fracasamos. Nuevamente, el apóstol Pablo presenta este problema en su Epístola a los Romanos: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:15-19). Pero Pablo también presenta la solución: por el poder de Dios, que nos ha sido dado por su Espíritu, podemos vivir en santidad, a lo cual hemos sido llamados: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8_9-14).

 

  • PODER PARA SERVIR A DIOS Y HACER SU OBRA: El siguiente aspecto en que necesitamos poder es en el ámbito de servicio. La predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:14-40) fue un acto de servicio al Señor y de edificar a la iglesia (2:41), para lo cual fue necesaria la llenura del Espíritu Santo. Además, los diáconos de la iglesia primitiva fueron llenos del Espíritu a fin de cumplir el llamado de Dios para ellos de servir en la distribución de alimento. La palabra “diácono” literalmente significa “siervo”. El Espíritu nos llena para que podamos servir en satisfacer las necesidades físicas y espirituales de las personas. Lo distintivo es el propósito: vivir por Dios.

 

  • PODER PARA CUMPLIR UN DEBER INMEDIATO: El tercer aspecto de vivir por Dios es lo que se podría llamar poder para cumplir un deber inmediato (lo cual puede incluir un problema o crisis). El diácono Esteban nuevamente fue lleno con el Espíritu Santo justamente antes de ser apedreado debido a su proclamación. Esteban recibió poder para ver en una visión a Jesús y perdonar a sus verdugos. Cuando Pedro se enfrentó a la difícil situación del juicio ante el Sanedrín, nuevamente recibió poder, que lo equipó para esa necesidad inmediata (Hechos 4:8). Cuando Pablo tuvo que enfrentarse al poder de Satanás, presente en el mago llamado Elimas, Pablo recibió su llenura y afrontó la crisis con la presencia del Señor (Hechos 13:9). Pablo cumplió con poder su deber inmediato, y Elimas quedó ciego.

 

Cada una de estas situaciones de crisis fue seguida de un milagro. Generalmente, en esta clase de circunstancia (deber inmediato, problema, o crisis), suceden señales y maravillas. Dios se dedica a la “intervención en las crisis”. ¡Los dones no son para satisfacer nuestros deseos egoístas, sino para satisfacer nuestras necesidades! Dios quiere que su iglesia sea “edificada”, no en sentido de ser favorecida, por supuesto, sino en sentido de ser fortificada.

 

Fíjese lo que Pablo dice en Efesios: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15,16). En esos días malos necesitamos que Dios nos llene con el poder del Espíritu Santo para que (a) llevemos una vida santa contra la maldad que nos rodea; (b) sirvamos en lo práctico y lo espiritual; y (c) atendamos las crisis que se presentan.

 

Dios quiere que seamos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Romanos 8:37). “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Necesitamos comprender la voluntad de Dios y obrar conforme a lo que comprendemos: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (5:18).

 

Pablo presenta un fuerte contraste. Algunos interpretan este pasaje como si los carismáticos y pentecostales fuéramos borrachos espirituales. Pablo no dice que ser lleno es como embriagarse. Él no compara sino contrasta esas dos acciones. La embriaguez conduce a la pérdida de dominio propio. Aquí la disolución es excesiva sensualidad, una condición en que las personas no pueden controlarse o “salvarse” a sí mismas. Es una condición en que uno va de mal en peor. La condición contrastante es la plenitud del Espíritu, que no implica pérdida de dominio propio. En realidad, parte del fruto del Espíritu es dominio propio (Gálatas 5:23). El exceso de alcohol produce un comportamiento desenfrenado. La plenitud del Espíritu conduce a una conducta restringida y de dominio propio.

 

El resultado de estar bajo la influencia del alcohol es que nos hace como bestias; pero el Espíritu nos hace más como Cristo. Por tanto, ¡Seamos llenos! El verbo griego en este pasaje es plerousthe. Es un verbo en tiempo presente, voz pasiva, modo imperativo, segunda persona plural. Significa llenar, completar o llevar a cumplimiento. En este contexto se usa como metáfora de derramar. Sin embargo, más que la metáfora está el propósito. El tiempo presente enfatiza el ahora y continuamente implica una y otra vez. Nótese: somos salvos una vez. Lo que llamamos bautismo del Espíritu Santo es la experiencia inicial de ser lleno con el Espíritu (Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek, Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987, 11,12). Pero podemos ser llenos con el Espíritu Santo una y otra vez. Algunos se refieren al bautismo como la puerta de entrada, y las subsecuentes llenuras como la senda a seguir una vez que se pase por la puerta. Pedro fue lleno del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2:4) y nuevamente cuando habló ante el Sanedrín (4:8). Y “todos”, incluido Pedro, fueron “llenos del Espíritu Santo” después de orar (4:31). Ananías puso las manos en Pablo para que recobrara la vista y sea lleno del Espíritu Santo (Hechos 9:17). Entonces Pablo, “lleno del Espíritu Santo”, dijo a Elimas: “Hijo del diablo…” (Hechos 13:9-10). Los discípulos (incluido Pablo) sacudieron el polvo de sus pies y fueron “llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hechos 13:52). Esteban fue lleno antes de servir a las mesas, luego nuevamente antes de su visión y su muerte. El significado de la voz pasiva es que Dios es quien origina la acción de llenar. Él es quien obra en nosotros, y por eso espera que seamos receptores dispuestos y rendidos. El modo imperativo implica un mandato de Dios. En nuestro lenguaje hablado expresamos la orden imperativa por el vigor y el volumen de nuestra voz. Cuando escribimos un mandato en español, generalmente usamos un signo de exclamación. En el griego del Nuevo Testamento, sin embargo, una orden se escribe con las inflexiones del modo verbal que la distingue claramente de una orden declarativa o una posible sugerencia. No es una sugerencia que ha de discutirse. Como es una voz pasiva en imperativo, se debe traducir “permitir a ser lleno”. Para cumplir este mandato, tenemos que quitar cualquier barrera que impida la debida relación con Dios. La segunda persona en plural significa “todos ustedes”. Por tanto, una preferida traducción del pasaje es: “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!”.

RESULTADOS DE UNA VIDA ESPIRITUAL PLENA:

En Efesios 5:15-21, Pablo vincula esta plenitud con cuatro resultados: (1) hablar, (2) cantar, (3) alabar, y (4) someter. El primer énfasis está en hablar. Debemos hablarnos unos a otros; dar testimonio. En el primer siglo, cuando a personas que no estaban acostumbradas a hablar en público se les pedía que testificaran, a menudo recitaban una canción o un salmo, una composición ya familiar y conocida a la comunidad (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.16). Por eso, los testimonios podían expresar toda clase de sentimientos por medio de oraciones, cánticos, y recitaciones. En comunión de los hermanos se expresaban gritos de angustia, regocijo, y oraciones. Este hablar lleno del Espíritu no era sólo “conversación”, sino comunión dirigida por el Espíritu. Esta comunión se conducía por medio de tres clases de expresiones verbales: salmos, himnos, y cánticos espirituales.

Los salmos podían incluir alabanza, aliento, consuelo, agradecimiento, o historias de los patriarcas y profetas (Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983, p.239). El uso de los Salmos por la antigua Israel y la iglesia primitiva ha revelado por lo menos tres importante y amplias categorías que debemos usar hoy. Sirven como una guía en la adoración; nos ayudan a relacionarnos sinceramente con Dios; y ofrecen patrones de reflexión y meditación en las cosas que Dios ha hecho por nosotros (Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth, Grand Rapids: Zondervan, 184).

Los himnos son exposiciones o exégesis con melodías. Los himnos podían servir para instrucción, confesión, enseñanza, o exhortación. Varios pasajes del Nuevo Testamento se pueden considerar como himnos. Por ejemplo, Efesios 2:19-22 y 5:14, y Tito 3:4-7. Fíjese especialmente en los himnos que nos instruyen acerca de la persona de Cristo, como Juan 1:1-18; Filipenses 2:6-11; Colosenses 1:15-20; 1 Timoteo. 3:16; y Hebreos 1:1.6 (Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982). Los cantos espirituales incluyen todo lo arriba mencionado. Colosenses 3:16 confirma que nosotros debemos usar los mismos tres (salmos, himnos, y cantos espirituales) como medios de enseñanza y exhortación unos a otros.

El segundo resultado de la plenitud del Espíritu es cantar en nuestro corazón al Señor (Efesios 5:19). Esto no se trata de adoración interior, privada. Algunos lo ven como un texto que prueba que Dios sólo acepta silenciosa y meditativa adoración. Este versículo no dice que el corazón es el lugar de adoración. Lo que enfatiza es la manera de adorar; es decir, “en el corazón” (por medio del corazón), y elevada (hacia el trono de la gracia). Hay tiempo de postración quieta y también tiempo de declaración exuberante. El Espíritu nos guiará a ambos, conforme a su plan y en su tiempo.

El tercer resultado de la plenitud del Espíritu es “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre” (Efesios 5:20). No se trata de agradecimiento selectivo. Hay que evitar el pecado de las quejas típicas de los israelitas. “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo” lleva el impacto de sumisión a la voluntad, la autoridad, el poder, y la naturaleza de Jesucristo. Es un agradecimiento que resulta en sumisión a la voluntad del Señor, dirigida por el Espíritu.

El cuarto resultado es “[someternos] unos a otros en el temor de Dios” (5:21). Esto significa que nos colocamos bajo (o después) de otro en reverencia porque deseamos conformarnos a la voluntad soberana. A este pasaje a veces se lo trata como una unidad de enseñanza aparte. Sin embargo, la sumisión es una de las características de la plenitud. Las siguientes instrucciones a las esposas, a los maridos, a los hijos, a los esclavos, y a los amos son ejemplos de la reverente sumisión que se nos ordena. Esta es una frase dependiente que ilustra el pensamiento previo: “someteos unos a otros en el temor de Dios”, que a su vez es una frase de participio, subordinada al principal imperativo: “sean continuamente llenos con el Espíritu”. El punto de enfoque de Pablo no está en que la esposa se someta al marido. En otras palabras, la sumisión por parte de la esposa es sólo una expresión de la mutua sumisión, que es un resultado de ser lleno con el Espíritu Santo.

Por medio de estos admirables efectos el Espíritu Santo se nos pone en la debida relación con Dios mediante la adoración y la alabanza (“cantando” y “alabando”); y en la debida relación unos con otros mediante la comunión y la mutua sumisión (“hablar” y “someter”).

¿CÓMO PODEMOS SER LLENOS?

No hay trucos. Para ser lleno con el Espíritu debemos comprender lo que Dios quiere, someternos a su señorío, y andar por fe. Es necesario comprender que esto es la voluntad de Dios (Efesios 5:17). Es un mandato de Dios (5:18). Trate sincera y completamente con el pecado en su vida. No contriste al Espíritu Santo, sino permita que las Escrituras lo redarguyan (Efesios 4:30, 2 Timoteo 3:16).

En segundo lugar, tenga presente quién es Señor. Dele a Él el señorío en su vida. Ya no viva para sí mismo (Lucas 9:23; 2 Corintios 5:15). Sométase a Dios y a su voluntad mediante confesión y arrepentimiento (1 Juan 1:9). Sométase a Dios como sacrificio vivo (Romanos 6:13; 12:1,2). Ríndase, y sea celoso de buenas obras (Tito 2:14).

En tercer término, ande por fe. Apóyese en los hechos, no en sus sentimientos. Sólo obedezca la Palabra de Dios. Viva por el Espíritu y ande por el Espíritu (Gálatas 5:25). Acepte las promesas por la fe. No sea como un niño que constantemente rebusca en la tierra para ver si ha germinado la semilla que sembró. Déjale crecer y siga en su andar con Dios. La iglesia en Corinto es una solemne advertencia a nosotros. Ellos fueron bautizados con el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13) y fueron enriquecidos con dones carismáticos (1 Corintios 1:4-7). Sin embargo, Pablo los reprochó como poco espirituales, no llenos del Espíritu. La evidencia continua no son los dones (ellos tenían muchos), sino el fruto que va madurando (tenían poco).

Los dones carismáticos de la gracia de Dios no son joyas para portar alrededor del cuello, ni perfume para adornar el cuerpo con aire de espiritualidad. En cambio, son herramientas para la edificación de la Iglesia. Una que otra vez he trabajado como carpintero. Tengo herramientas que he escogido cuidadosamente a través de los años para cumplir diferentes tareas. Muchas veces uno tiene que ir al lugar de “construcción” para averiguar qué herramientas se requerirán para cierto trabajo. Quizás usted no descubra sus dones espirituales hasta que esté en medio de una labor de construcción y tenga que clamar a Dios para que le alcance el martillo espiritual, el papel de lija, o la goma de carpintero. De la misma manera, como la llenura del Espíritu también es con determinación, dejemos que Dios nos guíe primero en esos propósitos para que experimentemos el poder.

Al viajar a Centroamérica para enseñar a los mayas, tuve una guerra espiritual de una manera no acostumbrada. Comprendí, me sometí, luego anduve. Señales y maravillas acompañaron a la proclamación de la Palabra con el poder del Espíritu. La plenitud del Espíritu nos da poder para vencer la tentación (como Jesús), poder para proclamar osadamente a Jesucristo (como Pedro), poder para servir (como un buen diácono), poder para perdonar a los enemigos (como Esteban), poder para confrontar a las fuerzas de las tinieblas (como Pablo), y poder para alentar y enseñar (como Bernabé). “¡Todos ustedes, sigan permitiéndose ser llenos del Espíritu!” La vida llena del Espíritu se caracteriza por la debida relación con Dios en adoración y alabanza, y por la debida relación con otros por medio de comunión y servicio dirigido por el Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Roger Stronstad, “Filled with the Spirit: Terminology in Luke-Actss” en The Holy Spirit in the Scriptures and the Church, editado por Roger Stronstad y Lawrence M. Van Kleek (Clayburn, British Columbia: Western Pentecostal Bible College, 1987) 11,12.
  • Bernhard Anderson, Out of the Depths: The Psalms Speak for Us Today, (Philadelphia: Westminster Press, revisado 1983), p.16.
  • Douglas Stuart y Gordon Fee, How to Read the Bible for All Its Worth (Grand Rapids: Zondervan), 184.
  • Ralph P. Martin, “Hymns in the New Testament,” 788-790, en Geoffrey Bromiley, ed., International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, (Grand Rapids: Eerdmans, edición revisada, 1982).