Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana

La muerte no es el fin

Por Fernando E. Alvarado

Bíblicamente, la muerte es la terminación de la vida física por medio de la separación del cuerpo y el alma (Santiago 2:26). Para nosotros, los cristianos, la muerte no es el fin de la existencia, sino un cambio radical en el estado del ser humano (2 Corintios 5:1-4). Desde el punto de vista espiritual, es la prueba y la sanción de la desobediencia humana, que separada de Dios, la fuente de Vida, muere irremediablemente (Romanos 3:23; 6:23). Para todos los seres humanos, la muerte encierra una gran frustración, ya que en nuestros corazones anida el ansia por la inmortalidad. Todos sabemos que moriremos. Eso no es nada nuevo. Lo que verdaderamente nos acongoja es el proceso de muerte, el cómo moriremos. El temor y la agonía, el rechazo y el dolor, el miedo al castigo o lo incierto de la vida más allá de la vida terrena, son las pautas dramáticas que hacen que veamos la muerte como una gran tragedia. En la Biblia, Dios nos presenta la vida más allá de la muerte de una manera oscura en cuanto a sus detalles y formas, más no en cuanto a su propósito, realidad, tragedia, y también esperanza.

Al profeta Daniel se le dijo: “Pero tú, persevera hasta el fin y descansa, que al final de los tiempos te levantarás para recibir tu recompensa” (Daniel 12:13 NVI). En dicho pasaje Dios no presenta la partida de Daniel de una manera dramática; simplemente la señala como un hecho ineludible. No había nada que temer, Él lo tenía todo dispuesto. Esto se debe a que para nosotros, los cristianos, la muerte no es más que un estado intermedio. Es el período entre la partida de este mundo y la resurrección con Jesucristo. Es simplemente estar con el Señor, reposando de los trajines de la vida y recibiendo su inmensa consolación. La muerte no es nuestro fin, sino apenas un nuevo comienzo. Así lo decía Juan: “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:17 NVI).

¿Somos los cristianos insensibles ante la muerte? En ninguna manera. Pero nuestra fe nos da una perspectiva diferente de la misma. Para nosotros, como para cualquier otro ser humano, la muerte es dolor, pero también reflexión. Las lágrimas de la muerte limpian nuestros ojos para ver con claridad y perspectiva la vida que tenemos por delante. Así, el cristianismo es más que un simple consuelo tímido al dolor; es más bien una poderosa promesa de Dios: “Ésta es la promesa que él nos dio: la vida eterna” (1 Juan 2:25 NVI). Saber que tenemos victoria sobre nuestro mayor enemigo nos da libertad para enfrentar la vida de una manera completamente distinta. Jesucristo, quien es la vida, se enfrentó a la misma muerte en la Cruz, símbolo eterno de la muerte. Él tomó allí nuestros pecados y fracasos para de una vez y por todas destruir el poder que la muerte tenía sobre nosotros. Se manifestó su victoria en la resurrección de entre los muertos, ya que la muerte no le pudo contener. Y así como a Daniel se le ofreció victoria sobre la muerte, el Señor también nos ofrece lo mismo a todos aquellos que hemos hecho un pacto de vida con Jesucristo: “Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5:24; NVI) y “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3, NVI). Por eso la verdadera vida se manifiesta cuando permanecemos sujetos a Dios, cuando le conocemos, cuando hemos sido limpiados por la Sangre del Cordero y la vida del Cristo resucitado ha dado vida nueva a nuestra propia mortalidad. ¡Y este es un milagro mucho mayor que cualquier sanidad física que nos libere temporalmente de la muerte! Es el milagro de una vida liberada eternamente de condenación y cuya promesa y seguridad es la vida eterna.

¿Por qué entonces ver la muerte como algo irreparable? Para nosotros, los cristianos, hay esperanza. Llegará el día “cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»” (1 Corintios 15:54-55, NVI). Es la gratitud, no el temor, quien rige ahora la vida del cristiano. Es la esperanza, y no la ansiedad ni la desesperación, la que gobierna ahora nuestra vida: “Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo; y ahora lo ha revelado con la venida de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio” (2 Timoteo 1:9-10, NVI).

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Somos polvo nada más, frágiles vasijas de barro

Por Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

Todos conocemos la tremenda historia del Rey Nabucodonosor y su legendaria frase: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). Su arrogancia, soberbia y orgullo, lo llevaron a enloquecer durante siete tiempos y vagar errante por los montes y campos como un animal salvaje (Daniel 4:31-37). Esta historia conmueve mi corazón y me lleva a pensar que, si desde antes de la fundación del mundo, la arrogancia y el orgullo de Satanás le llevaron a su caída (Isaías 14:12-15), y si el orgullo está de primero en la lista de las siete cosas que aborrece el Señor en el libro bíblico de Proverbios (Proverbios 6:16-19), entonces hoy, en los últimos tiempos, el orgulloso, la soberbia y la arrogancia humana están más que nunca a la orden del día. Para el mundo el orgullo es sinónimo de fortaleza, poder y autoridad. No lo ven como un pecado, sino como algo positivo. Dios, sin embargo, tiene una escala de valores muy diferente. Un precioso texto bíblico afirma que Dios “hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmo 149:4). Lo cual concuerda con las palabras de Jesús: “Tomad mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Dios valora la humanidad. Eso está claro. La pregunta es: ¿Y nosotros? ¿Valoramos la humanidad? ¿Somos verdaderamente humildes? Examinándome a mí mismo puedo ver que no. Y que, de hecho, me falta mucho por lograr el ideal propuesto por Jesús.

DUST 3

LA HUMILDAD, UNA VIRTUD POCO DESEABLE

Pero ¿Por qué la humildad nos parece tan poco deseable? ¿Por qué parece tan difícil de alcanzar? Quizá se deba a que hemos olvidado lo que somos. El humanismo antropocéntrico nos ha hecho olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos: ¡Al polvo! Así de sencillo: Dios nos hizo del polvo (Génesis 2:7) y un día nos devolverá al polvo (Salmo 90:3). En vez de eso, el ser humano ha construido un universo imaginario en el cual él es su propio dios y centro del universo. Pero tal universo es irreal. El ser humano no es un dios, es polvo nada más. ¡Polvo! Sí, el mismo que pisoteados y sobre el cual caminamos todos los días. Por eso pregunto: ¿Acaso hay algo grande y digno de jactancia y presunción en el hombre hecho de polvo? ¡No lo creo! El polvo es materia inanimada, sin vida, desintegrada. Es el polo opuesto a las complejas células interconectadas, los sistemas orgánicos, los patrones neuronales, los nervios, los músculos, los huesos, los tejidos, todo el sistema maravillosamente hilado que conforma a un ser humano vivo, formado en el vientre por el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 139:13).

DUST 2

Un ser humano vivo puede caminar, correr, construir, pensar, hablar, actuar, amar. Pero el polvo es apenas un conjunto de partículas desconectadas en la tierra, sin vida, sin acción, sin voluntad, sin poder; es materia inerte e inorgánica. Lo digno de ser recordado en todo esto es que tú y yo venimos del polvo, y nuestros cuerpos volverán al polvo. En ningún momento de nuestras vidas mortales estamos lejos de volver al polvo. De hecho, cada día que pasa estamos más cerca de volver a él. Somos muy frágiles… ¡Más de lo que quisiéramos admitir! A veces nuestra prosperidad temporal, la buena salud y nuestros logros de cualquier índole nos llevan al autoengaño y la negación de nuestra frágil condición humana. El problema de estar fuertes y sanos es que tú y yo empezamos a creer que somos algo más que partículas de polvo sobre las que Dios ha respirado aliento de vida temporalmente. Puesto que soy capaz de caminar, pensar, hablar, y actuar, empiezo a creer que soy inmortal: que siempre podré caminar, pensar, hablar, y actuar. Pero no será así. Es saludable aceptar la verdad de que somos polvo. Estamos hechos de polvo. En esta vida mortal nunca seremos más que un puñado de partículas de tierra en las que Dios ha soplado el aliento de vida temporalmente. Somos frágiles y delicados, y haríamos bien en no olvidarlo nunca.

VASIJA DE BARRO

EL LÍDER CRISTIANO Y SU LLAMADO A LA HUMILDAD

Sí. Sé bien que tú y yo somos diferentes. Tenemos distintos tipos de resistencia, tanto física como mental. Tenemos capacidades diversas para soportar más o menos horas de trabajo. A algunos se nos da bien viajar, a otros no tanto. En muchos sentidos tenemos distintas capacidades. Pero sea cual sea la constitución que Dios nos ha dado, ninguno somos más que polvo. Cada cristiano, y en particular aquellos que hemos sido llamados por Dios al ministerio o elegidos para ejercer responsabilidades de liderazgo en el Cuerpo de Cristo, debemos tener siempre en mente que, cuando nos rendimos a Jesús como Señor, no le ofrecimos los servicios de una criatura divina o semidivina para fortalecer su reino: le ofrecimos la vida frágil, temporal, mortal y delicada que él nos dio primero a nosotros. Eso es todo lo que tenemos para ofrecer. Dios lo sabe. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (Salmos 103:14), él recuerda que somos polvo. Conocer esto es vital al rendir nuestras vidas a Él en el ministerio. Solo teniendo esto en mente podremos escapar del orgullo, la soberbia y la arrogancia. Ahora pues: “Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, NTV).

CREACIÓN DE ADÁN

 

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Aprendiendo a confiar en Dios

Por: Fernando E. Alvarado.

Confiar en Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando no podemos entender su voluntad para nosotros. Por eso necesitamos comprender que Dios responde a las oraciones de sus hijos solamente de dos maneras: provisión o protección. Si nos da lo que pedimos, es por su gran amor. Pero lo contrario también es cierto (y a menudo no nos damos cuenta): si el Señor no nos da lo que pedimos, entonces nos protege de ello. Debido a que Dios le da a sus hijos solo buenas dádivas, cada vez que retiene algo, podemos estar seguros de que no servía para su propósito final: conformarnos a la imagen de Cristo. A veces Dios no nos da las cosas que pedimos porque la cosa en sí es mala. Otras veces es debido al fruto podrido que traería a nuestras vidas, el dolor invisible que causaría, o las lecciones o la formación que nos quitaría. A veces, el “no” de Dios es por un tiempo, y al esperar, nos da lo que no hubiéramos obtenido si nos hubiera dado de inmediato lo que pedimos.

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A menudo, somos llamados a ser como la mujer de la parábola de Jesús que busca la justicia de un juez injusto, y debemos esperar en el Señor y ser persistentes en nuestro pedir (Lucas 18:1-8). Pero incluso en ese caso, Dios no es el juez injusto. En esos momentos, no aguanta hasta que nos arrastremos en súplica; más bien, en su tiempo providencial, nos forma y conforma hasta que estemos listos para recibir su respuesta, pues si bien es cierto que nuestro Dios es soberano y Él “hace lo que le place” (Salmo 115:3), su soberanía no es una regla fría y dura que no toma en cuenta el sentir del hombre. Y es que el amor de Dios gobierna la soberanía de Dios. En su bendita providencia Dios satisface las necesidades de su pueblo, de acuerdo con su amor por ellos.

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Sabiendo que Dios te cuida, no debes temer la pérdida, el dolor, o la muerte. Jesús, en Mateo 6:25–34, nos manda no estar “ansiosos por nada.” De hecho, Jesús nos invita a presenciar la providencia de Dios sobre la creación y allí ver su amor por nosotros, ya que si los pájaros no siembran, pero son alimentados (Mateo 6:26); si los lirios del campo no trabajan, y sin embargo, están vestidos con más magnificencia que Salomón (Mateo 6:28-29). ¿Qué no hará Dios por nosotros, que somos mucho más valiosos que ellos? Pues Dios no es solo nuestro Creador; sino nuestro Padre amoroso. Y Él sabe lo que necesitas. Su provisión no es arbitraria. Él no retiene las bendiciones para someter a sus hijos a una prueba cósmica de tolerancia al dolor. El Dios de la Providencia es nuestro Dios, y Él conoce nuestras necesidades. Él añadirá la provisión. ¿Confías en esta clase de Dios sabio, soberano y providente? ¿Qué tal si dejamos de ver la soberanía de Dios como el terrible martillo que nos golpea con su frialdad, o la voluntad caprichosa que a veces nos niega lo que más deseamos? ¿Por qué no verla, más bien, como la tierna almohada sobre la cual descansa nuestra paz y seguridad? Entonces aprenderemos “a conocer la voluntad de Dios… la cual es buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, NTV).

Devocional, Oración, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¿Es tu vida de oración una fuente de gozo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Si tuvieras que describir tu vida de oración en una palabra, ¿Cuál palabra elegirías? ¿Fiel? ¿Eficaz? ¿Gozosa? ¿O elegirías palabras como irregular, inconsistente, o mediocre? Todos hemos estado allí en algún momento de nuestra vida. Y de hecho ni siquiera nos preocupa la mayoría de las veces; pensamos que es normal y que todo está bien. Es hasta que la crisis azota nuestra vida que orar se vuelve necesario y nos damos cuenta de su valor. Es entonces que descubrimos que estar contento con una vida de oración mediocre expone nuestra visión anémica de Dios. Hace que Dios parezca opcional en vez de supremo, y distante en lugar de accesible a través de la fe en Cristo. Ahí, aleccionados por nuestros problemas, nos damos cuenta que Él es digno de mucho más que nuestras excusas y nuestra pereza. ¿Te ha pasado a tí también? Déjame decirte algo: Una vida de oración más gozosa puede estar más cerca de lo que piensas, incluso si no tienes idea de cómo llegar allí. Dios quiere que disfrutemos de Él en oración.

A VECES LA CULPA NOS DETIENE.

Durante las temporadas espirituales difíciles de mi vida, la culpa por mi pecado me impidió orar. ¿Cómo podría alguien tan indigno como yo acercarse a un Dios santo? Esta actitud revela una comprensión débil del evangelio. La verdad es que Dios conoce nuestro pecado y nos invita a confesarlo y recibir su purificación (1 Juan 1:9; Mateo 6:12; Salmo 32). El principio, e incluso la preparación de la oración apropiada es la petición de perdón con una confesión de culpa humilde y sincera. Cuando te sientas abatido por el peso de tu pecado, toma la llave de la confesión y entra por la puerta a la oración. Deja que tu pecado te conduzca a una sincera confesión y a una confiada alegría en el Cristo que vino a rescatar a los pecadores y a darles acceso al Padre (1 Timoteo 1:15; Hebreos 4:16).

AL ORAR, RECUERDA QUE DIOS ES TU PADRE.

En las primeras palabras de la oración del Señor, Jesús nos invita a dirigir nuestras oraciones así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Ver a Dios principalmente como Padre nos impide verlo como un juez severo, un poder superior e impersonal, o un genio mágico que otorga deseos. Entender que nuestro Padre todopoderoso nos ama como sus hijos y busca lo mejor para nosotros nos lleva a experimentar gozo y confianza al orar. Él tiene el poder y el deseo de guiar nuestras vidas, responder a nuestras oraciones, y cumplir sus propósitos en nosotros. Conocer las implicaciones esto nos da confianza en la oración: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con El todas las cosas?” (Romanos 8:31-32). Cuando luches en la oración, cuando sientas vergüenza porque no hallas que decir, incluso cuando orar sea difícil o quizá no experimentes un fuerte deseo de orar, anímate reconociendo que tu Padre lo sabe y que incluso así te ama. ¡Cobra ánimo sabiendo que Él te ama! Todo lo que se necesita es mencionar la palabra “Padre” para entrar en un mundo de deleite.

LAS ORACIONES QUE DIOS QUIERE CONTESTAR.

Dios quiere escuchar tus oraciones porque “la oración de los rectos es su deleite” (Proverbios15:8). Él también nos garantiza responder a ciertas oraciones. ¿Por qué no tomarle la palabra a Dios y orar a su manera y no a la nuestra? Santiago, por ejemplo, nos dice: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5, NVI). Pedir sabiduría es un buen punto desde el cual empezar. Dios ha prometido otorgarnos sabiduría para cualquier situación; solo tenemos que pedirla. 1 Juan 5:14-15 nos muestra otra clave para que nuestras oraciones sean contestadas: “Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho”. Esta promesa (que Dios contestará nuestras oraciones si pedimos conforme a su voluntad) debería envalentonar nuestras oraciones y agudizar nuestras expectativas. ¿Qué hemos de pedir entonces? Te invito a considerar los siguientes ejemplos de oraciones que Dios quiere contestar:

(1.- Ora para ser santificado (1 Tesalonicenses 4:3).
(2.- Ora por una mente renovada y una vida apartada del pecado (Romanos 12:1-2).
(3.- Ora para dar fruto al permanecer en Cristo (Juan 15:1-8).
(4.- Ora por la gracia de agradar a Cristo en tu trabajo (Efesios 6:5-8).
(5.- Ora por la alegría y la presencia del Espíritu en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-5).

Y añado una más: Ora las oraciones de la Biblia. La Biblia proporciona un almacén de oraciones inspiradas por el Espíritu. Ya sean las oraciones del apóstol Pablo, de Moisés, o de Jesús mismo (Mateo 6:9-14; Juan 17), orar las palabras de las Escrituras nos ayuda a acercarnos a Dios con palabras de su elección para que pensemos sus pensamientos y pidamos las cosas cerca de su corazón. Debemos crecer en oración al planear tiempo para buscar a Dios diligentemente. Esto es un propósito que debemos mantener toda la vida. A medida que nos disciplinamos con ese objetivo, nuestra fe se fortalecerá y se enriquecerá al vivir cada vez más en Su presencia donde hay plenitud de gozo (Salmo 16:11). Un antiguo y hermoso himno protestante nos recuerda esta preciosa verdad:

¿Con fervor orar pensaste
al amanecer?
¿Suplicaste por la gracia
y amparo este día
en tu oración?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al enfurecer?
¿No pediste, mi hermano,
que, al verte ofendido,
dieras el perdón?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al entristecer?
Cuando lleno de pesares,
¿a tu Dios le suplicaste
al amanecer?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

(¿Pensaste Orar?, Mary A. Pepper Kidder, 1820–1905)
Devocional, Evangelismo, Misiones, REFLEXIÓN BÍBLICA

Evangelismo y Misiones, la tarea pendiente.

Por Fernando E. Alvarado.

¿Evangélicos que no evangelizan? Irónico, ¿O no? Sin embargo ¡Esa es la realidad de muchas congregaciones hoy! Quizá concuerdes conmigo en que es necesario que Dios siga inquietando y trayendo cambios a la iglesia y su liderazgo en el área del evangelismo y las misiones. Urge liberar a la Iglesia de ese espíritu cómodo, de negligencia y de apatía que viven los propios creyentes para con la misión real de la iglesia. Muchos argumentan la falta de recursos económicos como el mayor obstáculo a superar, pero ¿Es esa la razón real? ¿No será más bien la causa nuestro espíritu mezquino y poco dadivoso? ¿No será más bien que, en el fondo, no amamos tanto al Señor ni nos interesa la salvación de los perdidos? En general, las iglesias optan por darle prioridad a aquellas áreas que suelen ser las que acaparan más del 80% de las entradas por diezmos y ofrendas: los gastos de mantenimiento y servicios del templo, los arreglos y mejoras en el local y la compra de equipos de sonido, eventos sociales internos e intercongregacionales, etc. Quedando, frecuentemente el capítulo de evangelización, misiones y de apertura de nuevas obras, con muy escasa dotación económica y hasta en ocasiones no pocas iglesias no tienen en su presupuesto ni siquiera contemplado presupuesto alguno para el área de evangelismo y misiones.

¿Duda alguien que la iglesia necesita un avivamiento? Todos amamos asistir a eventos, convenciones, retiros y conciertos; amamos participar en desayunos, almuerzos y cenas de fraternidad cristiana; invertimos gran cantidad de recursos en retiros espirituales, campamentos y charlas motivacional es, pero ¿Cuánto de eso va enfocado a cumplir con la Gran Comisión? Con demasiada frecuencia, se escucha de parte de pastores y líderes en general, que no se puede avanzar más porque están solos, o casi nadie quiere dar de su tiempo y recursos, no solo financieros, sino también de dones y talentos. La participación de los miembros en labores evangelísticas, promovidas en su iglesia local, no supera el 12% de la membresía para unírsele y hacer más obra de evangelización y en algún caso, de plantación. El resultado es aún peor si de interés por las misiones se trata. Así el resultado es que el pastor, el liderazgo local y la membresía en general, limitan su vida eclesiástica a un par de reuniones de adoración semanales, dar un pequeño estudio bíblico, congregarse los domingos y atender asuntos de administración y relaciones con la denominación a la cual se pertenece ¡La situación es insostenible, misionológicamente hablando!

¿Cómo negar que nos falta amor por los que se pierden sin Cristo? El nivel de involucramiento en iniciativas domésticas de parte de los creyentes de las iglesias, tiene un resultado muy escaso de participación en los trabajos de iniciación de nuevas congregaciones. En infinidad de casos, la parálisis de la obra de predicación a los perdidos es muy elevada y la de plantación de nuevas congregaciones. Abundan las congregaciones, con más de 30 años de existencia, que nunca han plantado una nueva congregación. Su experiencia de envío de obreros/misioneros a otros lugares de su comunidad, país u otros países, es escasa realmente, o inexistente. Hay que trabajar más en unidad con Dios si queremos que se levanten varios cientos de nuevos líderes, para cubrir las bajas de los que se retiran y para proveer a las congregaciones nuevas.

 

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA

Recuerda: ¡No podemos mandar a Dios!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

¿Estás pidiendo algo y Dios parece darte un “no” por respuesta? ¿Le pides a Dios ciertas cosas y estas nunca llegan? No es que Dios sea sordo, sino que quizá no estás pidiendo correctamente, o lo que pides no está de acuerdo con la voluntad de Dios. Hemos oído tantas veces que “la fe mueve la mano de Dios”, al punto que quizá hemos llegado a pensar que nuestras oraciones, reclamos y decretos pueden torcerle el brazo y obligarlo a darnos lo que Él no desea para nosotros. Pero eso es falso: “Nuestro Dios está en los cielos; El hace lo que le place.” (Salmos 115:3), no lo que nosotros intentamos ordenarle.

¿Cómo? ¿Acaso no es la voluntad de Dios sanarnos todo el tiempo, darnos ese trabajo, adquirir esa posesión o salvarnos de la misma muerte? ¡No siempre! Quizá esto no suene al Evangelio que conozcas o te prediquen en la televisión. Y es que a Dios le tiene sin cuidado lo que pueda decir el falso Evangelio de la Prosperidad, la confesión positiva o cualquier otra moda teológica. Él no obedece decretos, no le interesa que “arrebates” lo que creas que es tuyo ni escuchará confesiones positivas contrarias a su voluntad, pues “todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas Él actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle ‘¿Qué has hecho?’.” (Daniel 4:35).

El fin supremo de todo es la gloria de Dios, no la nuestra. Nuestras oraciones solo tienen valor cuánto humildemente nos rendimos y decimos “hágase tu voluntad” (Mateo 6:10) en vez de querer obligar a Dios a hacer la nuestra. En 2 Samuel 7:18-26, la oración de David para que Dios ratificara Su promesa y bendijera la casa de David fue motivada por el deseo de ver el nombre de Dios magnificado. Nuestras oraciones para que Dios nos bendiga deben estar motivadas por lo mismo. Al pedir la bendición del Señor, busquemos hacerlo no solo para nuestro beneficio, sino para que el Señor sea glorificado por nosotros y por los demás.

¿Es esa sanidad que deseas tanto para glorificar a Dios, o simplemente quieres más tiempo para seguir deleitándose en el pecado? ¿Anhelas honrar a Dios con tus bienes, o simplemente quieres adquirir más para gastar en los deleites temporales del pecado? Examínate a tí mismo. Dios ya sondeó tu corazón y sabe lo que realmente harás con la “bendición” que le estás pidiendo. Él no te dará lo que no conviene, pues a Dios le interesa más tu salvación eterna que tú comodidad terrenal. Santiago lo explica claramente: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Santiago 4:3).

Devocional

¡Cuida tus ojos!

Por: Fernando E. Alvarado.

Es cierto que la mujer debe, en honor a la virtud cristiana y en consideración a los débiles, vestir con pudor y modestia para no ser motivo de tropiezo a nadie. Sin embargo, “tapar” a la mujer no elimina la raíz del pecado. Honestamente, he empezado a desconfiar de los que se presentan tan estrictos en sus exigencias del vestuario femenino porque a veces, en realidad, esconden intenciones inadecuadas y deseos ocultos.

La enfermedad no está en el aspecto atractivo de la mujer, sino en la vista corrupta de los hombres que quieren apropiarse de ella. Jesús lo expresó con claridad: “… Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…” (Mateo 5:28) y “…La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas…” (Mateo 6:22). Por eso, “…Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti…” (Mateo 5:29).

Es hipocresía apuntar al atractivo de las mujeres como causa del problema. Ese atractivo lo creó Dios, no el diablo. Lo que crea el hombre es la mirada corrompida que pasa del mero reconocimiento de la belleza al deseo de apropiación. Es normal ver algo que otro posee y admirarlo, e incluso decir ‘¡Qué bonito es!’, pero es miserable y pecaminoso querer apropiarte de él.

No hay que tapar a las mujeres; hay que arrancarse el ojo, el ojo de lascivia y apropiación, el que antepone el deseo propio a la dignidad de la mujer. El único cuerpo que te pertenece y puedes y debes desear tener es el de tu mujer, y es hipócrita olvidar que, recíprocamente, tu cuerpo es propiedad exclusiva de tu mujer; y esto incluye tu ojo; no es malo recordarlo en estos días de tanto vouyeurista de playa. En cierta ocasión, un amigo no creyente, le dijo a su amigo cristiano:

-¿Y a ti no te gustan las mujeres?
Sin pensarlo, él hombre cristiano le dijo:
– ¡No! No me gustan las mujeres.
Asustado por tal respuesta, el hombre no creyente le dijo a su amigo:
-¡Cómo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te gustan las mujeres?
Con firmeza, el hombre cristiano dijo:
-No, a mí sólo me gusta una: La mía.

¿Sería esa también tu respuesta? ¿O dejas que tu mirada y tu corazón se deslice hacia otras mujeres? Como dicen en mi tierra: ¡No seas boca abierta! ¡Respeta la dignidad de la mujer! Y sobre todo, ¡Sé fiel a la tuya hasta en el pensamiento!