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Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Teología

Calvinismo: Inseguridad y contradicción

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

En un artículo titulado “What’s So Great about Limited Atonement?” y publicado por Ligonier Ministries, el teólogo calvinista Richard Phillips escribió:

Es cuando te das cuenta de que incluso tu fe es la obra de la muerte salvadora de Cristo para ti, por la voluntad electora del Padre, aplicada por el Espíritu, que conoces la base sólida sobre la cual se encuentra tu salvación… puedes hacer descansar tu corazón en la gracia soberana de Dios y comenzar a esperar una eternidad de gloria en el reino al que ahora estás llamado a servir.”

Suena bonito, ¿No crees? De hecho, da la impresión de que los calvinistas son personas plenamente seguras de su salvación. Pero Phillips no es el único que presume de la supuesta seguridad que se obtiene a través de la doctrina calvinista y sus postulados. El calvinista John Piper publicó en cierta ocasión el siguiente Tweet:

“Me quedo dormido tranquilamente confiado de que seré un creyente por la mañana, no por mi libre albedrío sino por la gracia de Dios.

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¿Qué quiso decir con eso? Indudablemente era un ataque obvio y directo contra el arminianismo y aquellos que rechazan las presuposiciones calvinistas de Piper. Sin embargo, dicho comentario está fuera de lugar. Si bien los arminianos creemos que nuestra voluntad juega un papel en continuar confiando en Dios y seguir siendo creyentes, no es correcto sugerir que los arminianos creemos que nuestra voluntad es el único factor. Nuestra voluntad debe estar continuamente empoderada y habilitada por la gracia de Dios para que podamos continuar confiar, obedecer y permanecer en Cristo, porque sin Él no podemos hacer nada (Juan 15: 5). Afortunadamente, Dios nos ha provisto de todo lo que necesitamos para continuar confiando en Él y fortalecer nuestra fe para que no tropecemos (2 Pedro 1: 2-11). Pero también es cierto que podemos resistir la gracia de Dios que nos da poder para creer y perseverar hasta el fin. Si bien no podemos llegar a creer ni perseverar en la fe a menos que Dios nos dé poder, también es cierto que, después de haber creído, aún somos capaces de alejarnos y resistir la abundante gracia que Él proporciona.

Piper parece ver este hecho como una especie de razón para la inseguridad. Pero ese no es el caso en absoluto. Es similar a la seguridad que acompañaría cualquier relación que implique un nivel de compromiso. El matrimonio es un excelente ejemplo. Reconozco que necesito proteger y cuidar mi matrimonio mediante las elecciones que hago libremente. Dichas elecciones fortalecerán esa relación o la debilitarán y dañarán. Me es posible descuidar esa relación, incluso hasta el punto de la infidelidad. Sería presuntuoso suponer que tal cosa no fuera posible. Sin embargo, no vivo con miedo, terror e inseguridad por mi matrimonio, siempre pensando en cómo podría terminar y fracasar, y ciertamente no me acuesto por la noche por temor a despertarme y no amar más a mi esposa.

¿Piensa realmente Piper que aquellos cristianos que abandonan la fe se van a la cama una noche como creyentes y de repente se despiertan “por la mañana” como incrédulos endurecidos? Es difícil incluso imaginar un caso así. Tal escenario presenta una forma bastante tonta, simplificada y poco realista de hablar sobre alguien que abandona la fe. El camino hacia la incredulidad es gradual, al menos hasta cierto punto, y generalmente implica muchas opciones en el camino. Pero, por supuesto, dado que Piper rechaza la posibilidad de la apostasía de la fe genuina, solo puede sostener que los hipócritas engañados pueden irse a la cama pensando que son salvos y que su fe es real, solo para despertarse por la mañana y abrazar su verdadera incredulidad en lugar de aferrarse a su falsa fe, hipócrita y carnal, la cual, en primer lugar, nunca estuvo ahí. Y eso nos lleva a la dificultad más problemática en el pequeño y trivial Tweet de Piper: Como calvinista, John Piper no puede tener la seguridad de que se salva cuando se acuesta ni la seguridad de que se salvará cuando se despierte.

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LA CONTRADICCIÓN CALVINISTA

Los calvinistas, en última instancia, no pueden estar seguros de su salvación aquí y ahora. En primer lugar, porque sólo los elegidos se salvan y ninguno de ellos puede saber, aquí y ahora, de forma contundente, segura e incuestionable, que forma parte de dicho grupo selecto. Y en segundo lugar porque (aunque se supone que Dios es soberano y tiene todo garantizado para sus elegidos), según la propia doctrina calvinista, puesto que no podemos saber a ciencia cierta si pertenecemos o no a los elegidos, cada uno debe probarse a sí mismo y a los demás su pertenencia a dicho grupo por medio de una vida rigurosa y estricta, pues la pertenencia de cada uno al grupo de los elegidos está condicionada a la perseverancia final de cada individuo, la cual ninguno de ellos puede garantizar. Si cayere en algún momento de su vida, esa es señal inequívoca de que tal individuo nunca fue parte de los elegidos, sino de los reprobados (¿Te das cuenta cómo, sigilosamente y sin darse cuenta, son los mismos calvinistas quienes terminan creyendo en sus propias obras como garantía de su elección y salvación final?). Sin embargo, la Biblia enseña que la garantía bíblica de la salvación no descansa en nuestro rendimiento, sino en la verdad del evangelio que Cristo murió por los pecados del mundo y en su promesa de que todo aquel que cree en Él recibe el don gratuito e incondicional de la vida eterna.

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UNA “GARANTÍA” QUE NO GARANTIZA NADA

La garantía del calvinista está en que Dios le ha predestinado a la vida eterna como uno de los elegidos. Pero, como ya se hizo evidente, este punto de vista tiene serios problemas: ¿Cómo sabe el calvinista que es uno de los elegidos que han sido predestinados? ¿Y cómo puede estar seguro de que su rendimiento será lo suficientemente bueno como para llegar a la meta? Su rendimiento juega una gran parte en ayudarle a saber si está o no entre ese grupo selecto. Esto ha llevado históricamente a muchos calvinistas (como los puritanos ingleses) a caer en cierto tipo de vida legalista y carente de gracia y paz. La perfección es buscada a toda costa y el rigorismo moral y asfixiante se vuelve la norma, olvidando también otra verdad obvia del Evangelio: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4).

En contraste, nuestra fe, esperanza, confianza y seguridad están en nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, quien pagó la pena completa por nuestros pecados en la Cruz. Por lo tanto, según su promesa, la cual hemos creído, nuestros pecados son perdonados. Hemos nacido de nuevo en la familia de Dios como sus hijos. El cielo es nuestro hogar eterno. Nuestra esperanza está solo en Cristo. Cristo llama, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28). Cristo garantiza, “y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Llegamos a Él por la fe en su palabra y Él nunca nos echará fuera. Nuestra garantía está en su promesa y su poder que nos guarda, no en nuestro esfuerzo o rendimiento. Sin embargo, muchos cristianos profesantes (incluyendo muchos calvinistas de cinco puntos que creen en la Perseverancia de los Santos) están afligidos con dudas sobre su salvación.

El teólogo Zane C. Hodges señala que:

“El resultado de esta teología es desastrosa. Ya que, según la creencia puritana, la autenticidad de la fe de un hombre sólo puede ser determinada por la vida que lleva y la seguridad de salvación se hace imposible en el momento de la conversión”.[1]

Y se podría añadir que también esto sería cierto en cualquier momento después de su conversión, si su vida en algún momento no cumple con el estándar bíblico. John Piper afirmó:

“Nosotros debemos reconocer que nuestra salvación final está condicionada a la subsecuente obediencia que viene de la fe”.[2]

Sin embargo, como todo buen cristiano sabe, es pequeño el consuelo o seguridad que descansa en nuestra capacidad para obedecer. De hecho, el quinto punto del calvinismo, llamado Perseverancia de los Santos, pone la carga de nuestra salvación sobre nosotros mismos sin tan siquiera darse cuenta de ello. No es de extrañar, entonces, como lo ha comentado el teólogo R. T. Kendall, que “casi todos los Puritanos ‘divinos’ sufrieron grandes dudas y desesperación en sus lechos de muerte al darse cuenta de que sus vidas no dieron evidencia perfecta de que fueron elegidos”.[3] Por otra parte Arminio, contrario a lo que de él piensan sus enemigos, tenía perfecta seguridad. Declaró con confianza que el creyente puede:

“Salir de esta vida… para comparecer ante el trono de la gracia, sin ningún temor o preocupación”.[4]

Curiosamente, la razón de la incertidumbre entre calvinistas se encuentra donde uno espera que este la garantía: en la “P” de TULIP (Perseverancia de los Santos). Pero extrañamente, la certeza de la salvación y la confianza de su destino eterno no se encuentran en el quinto punto del calvinismo donde uno lo esperaría. Tampoco se puede encontrar en los otros cuatro puntos. De hecho, aunque muchos calvinistas lo negarían, la incertidumbre en cuanto a la salvación final, esta entretejida en la estructura misma del calvinismo. El teólogo Philip F. Congdon escribe:

“La garantía absoluta de la salvación es imposible en el calvinismo clásico… Entienda por qué: Ya que las obras son un resultado inevitable de la ‘verdadera’ salvación, uno solo puede saber si él o ella es salvo por la presencia de buenas obras. Pero ya que nadie es perfecto… cualquier garantía es, en el mejor de los casos, imperfecta. ¡Por lo tanto, usted puede pensar que cree en Jesucristo, que tuvo una fe salvadora, pero lamentablemente, comete errores, se equivoca… y por no ser salvo, está totalmente ciego al hecho de que no es salvo! R. C. Sproul en un artículo titulado ‘Seguridad de salvación’, escribe que hay gente en este mundo que no son salvos, pero que están convencidos de que lo son… ¡Cuando nuestra seguridad de salvación está basada en lo más mínimo de nuestras obras, nunca podremos tener seguridad absoluta! Pero ¿Nos desaniman las escrituras de tener garantía objetiva de la salvación? ¡Claro que no! por el contrario, el Señor Jesús (Juan 5:24), Pablo (Romanos 8:38-39) y Juan (1 Juan 5:11-13) no tienen ninguna reserva en ofrecer garantía absoluta y objetiva de la salvación. Además, las obras nunca están incluidas como requisito para la seguridad de salvación”.[5]

John Piper, quien extrañamente se describe a sí mismo como un calvinista de “siete puntos” (recalcando con ello su adherencia extrema a la doctrina calvinista) afirmó en cierta ocasión “que ningún cristiano puede estar seguro de que es un verdadero creyente”.[6] ¡Un momento! ¿Es este el mismo Piper que dijo que puede acostarse “tranquilamente confiado de que será un creyente por la mañana… por la gracia de Dios”? ¿Por qué entonces afirmó en otra ocasión “que ningún cristiano puede estar seguro de que es un verdadero creyente”? cuando menos podríamos acusar a Piper de inconsistente, por no hablar de hipocresía y tener un doble estándar. Lo cierto es que, muy en el fondo, el mismo Piper sabe que su teología hace que la seguridad de su salvación sea imposible. ¿Por qué? Porque el calvinista no puede confiar en la promesa de Cristo de vida eterna en el Evangelio (ya que esa promesa es para los elegidos solamente), su seguridad radica en ser uno de los elegidos, pero ¿Cómo puede estar seguro de que lo es? Piper escribe:

“Creemos en.… la seguridad eterna de los elegidos”.[7]

Y es aquí donde nos enfrentamos a un grave problema: ¿Cómo puede algún calvinista asegurarse de que está entre esa compañía selecta predestinada para el cielo? Él no puede. No hay un solo versículo en la Biblia que dice cómo estar seguro de que alguno está entre los elegidos. A pesar de que Cristo mandó que se predicase el Evangelio a cada persona que vive en el mundo entero, el calvinista dice que es eficaz solamente para los elegidos. Otros pueden imaginar que creen en el Evangelio, pero al no ser soberanamente regenerados, su fe no es de Dios y no les puede salvar. Esto hace imposible para el calvinista la seguridad de su salvación. ¿Cómo puede el calvinismo dar seguridad a alguien hoy? ¿Quién puede saber que está entre los elegidos secretamente predestinados? Simplemente no puede. No es de extrañar, entonces, que muchos calvinistas están plagados de dudas respecto a su salvación.

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QUERIENDO SALVAR LO INSALVABLE

Tratando de salvar su sistema doctrinal, algunos teólogos calvinistas recurren a ideas absurdas y contradictorias. Por ejemplo, el teólogo calvinista Loraine Boettner afirmó que la sola presencia de la fe constituye la certeza de que uno está entre los elegidos y argumenta que la fe:

“No se le da a cualquiera, sino sólo los elegidos y la persona que sabe que tiene esta fe puede estar seguro de que él está entre los elegidos”.[8]

Tratando de fortalecer su argumento desde un ángulo diferente, Boettner escribe:

“Cada persona que ama a Dios y tiene un verdadero deseo de salvación en Cristo está entre los elegidos, porque los no elegidos no tienen ese amor o deseo”.[9]

Sin embargo bajo esa norma,  los cristianos en la iglesia de Éfeso hubieran dudado de su salvación, porque ya no tenían ese amor ferviente (Apocalipsis 2:4-5), ni tampoco hay ninguna sugerencia de que no fueran cristianos verdaderos.

La gran ironía del calvinismo clásico, o de 5 puntos, es esta: Aunque los primeros cuatro puntos del calvinismo insisten que el hombre no puede hacer nada para salvarse, el quinto depende, según la opinión de muchos, del esfuerzo humano. Charles Hodge declara:

“La única evidencia de nuestra elección… y perseverancia, es continuar pacientemente en hacer el bien”.[10]

Pero el encontrar una garantía en las obras siempre deja preguntas sin respuestas en vista del hecho innegable de que nadie es capaz de obedecer a la perfección y de que las aparentes buenas obras de los no salvos a veces logran avergonzar a cristianos profesantes. Además, el rendimiento de uno puede ser de lo más excelente durante la mayor parte de la vida, pero si falla en algún momento, ha perdido la garantía basada en el desempeño.

C. Sproul expresó esta preocupación en cuanto a su propia salvación:

“Un tiempo atrás tuve uno de esos momentos de aguda autorreflexión… y de repente la pregunta me golpeó: R. C., ¿Qué pasaría si no eres uno de los redimidos? ¿Qué pasaría si tu destino no es el cielo después de todo, sino el infierno? Te diré que yo estaba inundado en mi cuerpo con un escalofrío que iba desde mi cabeza hasta la parte inferior de mi columna vertebral. Yo estaba aterrorizado. Traté de controlarme. Pensé, ´bueno, es una buena señal de que estoy preocupado por esto. Sólo los verdaderos cristianos realmente se preocupan acerca de la salvación´. Pero luego comencé a hacer un balance de mi vida, y miré mi desempeño. Mis pecados llegaron a mi mente y cuanto más analizaba, peor me sentía. Pensé, ´tal vez es verdad. Tal vez yo no soy salvo después de todo´. Fui a mi habitación y comencé a leer la Biblia. Y de rodillas le dije, ´bueno, aquí estoy. Yo no puedo apuntar a mi obediencia. No hay nada que pueda ofrecer…´ Sabía que algunas personas sólo corren a la Cruz para escapar del infierno… No podía estar seguro de mi propio corazón y la motivación. Entonces me acordé de Juan 6:68… ¡Pedro también estaba incómodo, pero se dio cuenta de que estar incómodo con Jesús era mejor que cualquier otra opción!”[11]

¿Incómodo con Jesús? ¿Dónde está la ventaja y certeza en eso? ¿No podría entonces de esa manera un musulmán obtener certeza de su creencia por estar incómodo con Mahoma y el Corán o un mormón por estar incómodo con José Smith? ¿Por qué es mejor estar incómodo con Jesús que con Buda? ¿Dónde sugiere la Biblia, y mucho menos nos manda estar incómodos con Jesús? Ni tampoco se enseña en este pasaje. ¡Esta idea parece más patética, viniendo de un líder cristiano y teólogo de renombre! ¡Él mismo no puede garantizar que es uno de los elegidos!

Nosotros, sin embargo, tenemos toda razón para estar muy cómodos con Jesús, y esto es una de las bendiciones y parte de la alegría de nuestra salvación. Tenemos prueba absoluta de que la Biblia es la palabra de Dios, que Jesús es el Cristo, que el Evangelio es verdadero, y que tenemos el testimonio del Espíritu Santo morando en nosotros. La Biblia da garantía absoluta: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios” (1 Juan 5:13). Esa seguridad, según este texto de las Escrituras y muchos otros, son para todos aquellos que simplemente creen en Cristo. No hay ninguna otra base para la garantía del perdón de pecados y la vida eterna. ¿Por qué Sproul no confía en esas promesas? Porque, para un calvinista, la pregunta no es si ha creído en el Evangelio, sino que, si ha sido predestinado desde la eternidad pasada por Dios para estar entre los elegidos, y esa es una pregunta difícil, como muchos calvinistas han descubierto, para su propia consternación.

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CONCLUSIÓN

Entonces, para Piper y el resto de los calvinistas de 5 puntos, su confianza en que perseverarán en la fe y obtendrán la salvación final está ligada a ser regenerados, y no está del todo claro cómo pueden estar seguros de que son regenerados a menos que perseveren hasta el final en la fe, lo cual sólo será evidenciado por las obras, un problema que efectivamente mata toda garantía. Si uno no puede perseverar, esa persona solo revela que, si bien puede haber pensado que su fe era real, era solo un caso de autoengaño, o peor aún, el engaño divino. Juan Calvino llamó a este engaño divino “gracia evanescente”. Fue su respuesta al problema de tantos casos de la vida real de aquellos que vivieron durante muchos años aparentemente amando y confiando en Dios y produciendo frutos piadosos, solo para finalmente caer y abandonar la fe.

Calvino escribió:

“La experiencia muestra que los reprobados a veces se ven afectados de una manera tan similar a los elegidos, que incluso en su propio juicio no hay diferencia entre ellos. Por lo tanto, no es extraño que, para el apóstol, se les atribuya haber saboreado los dones celestiales, y experimentado por Cristo mismo una fe temporal. No es que realmente perciban el poder de la gracia espiritual y la luz segura de la fe; sino que el Señor, para condenarlos mejor y dejarlos sin excusa, inculca en sus mentes un sentido de su bondad que se puede sentir sin el Espíritu de adopción. Si se objetara que los creyentes no tienen un testimonio más sólido para asegurarles su adopción, yo respondo que aunque hay una gran semejanza y afinidad entre los elegidos de Dios y aquellos que están impresionados por un tiempo con una fe decreciente, sin embargo, solo los elegidos tienen esa plena seguridad que es exaltada por Pablo, y por la cual están capacitados para clamar, Abba, Padre. Por lo tanto, como Dios regenera a los elegidos para siempre por la semilla incorruptible, como la semilla de la vida que una vez sembraron en sus corazones nunca perece, entonces él sella efectivamente la gracia de su adopción, para que sea seguro y firme. Pero en esto no hay nada que impida que una operación inferior del Espíritu siga su curso en el reprobado. Mientras tanto, a los creyentes se les enseña a examinarse a sí mismos con cuidado y humildad, para evitar que la seguridad carnal se introduzca y tome el lugar de la seguridad de la fe. Podemos agregar, que el reprobado nunca tiene otro sentido que no sea el confuso sentido de la gracia, que se adueña de la sombra en lugar de la sustancia, porque el Espíritu sella adecuadamente el perdón de los pecados solo en los elegidos, aplicándolos con fe especial para su uso… Sin embargo, se dice correctamente que los reprobados creen que Dios es propicio para ellos, en la medida en que aceptan el don de la reconciliación, aunque confusamente y sin el debido discernimiento; no es que sean participantes de la misma fe o regeneración con los hijos de Dios; pero porque, bajo una cobertura de hipocresía, parecen tener un principio de fe en común con ellos. Ni siquiera niego que Dios ilumine sus mentes hasta este punto, que reconozcan su gracia; pero esa convicción la distingue del testimonio peculiar que da a sus elegidos a este respecto, de que el reprobado nunca alcanza el resultado completo o la fructificación. Cuando se muestra propicio a ellos, no es como si realmente los hubiera rescatado de la muerte y los hubiera tomado bajo su protección. Él solo les da una manifestación de su misericordia presente. Solo en los elegidos él implanta la raíz viva de la fe, para que perseveren hasta el final. Por lo tanto, disponemos de la objeción que, si Dios verdaderamente muestra su gracia, debe perdurar para siempre. No hay nada inconsistente en esto con el hecho de que él ilumina a algunos con un presente sentido de la gracia, que luego se vuelve evanescente”.[12]

Según Calvino, Dios les dio a esas personas un engaño que les hizo pensar que fueron salvos, e incluso sentir que fueron salvos, solo para finalmente eliminar esta gracia fugaz y revelar que solo eran hipócritas engañados que Dios nunca los había regenerado y cuya fe, si bien les parecía muy real, no era verdadera fe en absoluto.

Entonces, el mayor problema para Piper es que no puede estar seguro de que se despertará todas las mañanas como creyente porque su fe, de hecho, puede ser espuria. La única forma en que puede confiar en que su fe a la hora de acostarse no es espuria y que se despertará cada mañana como un verdadero creyente es si de hecho se despierta cada mañana como un verdadero creyente. Por lo tanto, no puede tener la verdadera confianza de que se despertará mañana por la mañana, o cualquier otra mañana, como creyente. En resumen, es culpable de ilusiones y nada más. Una vez más, el principal problema para Piper es cómo puede saber que incluso se acostará como un verdadero creyente y no como un hipócrita engañado. Simplemente no hay forma de estar seguro de esto si el calvinismo es cierto.

La ironía subyacente en la doctrina calvinista es obvia. Mientras que los arminianos que Piper pretendía ridiculizar en su tweet pueden tener una garantía significativa de salvación al irse a la cama y en la vida cotidiana, la teología de Piper (el calvinismo) socava y hace que tal seguridad sea imposible y, al hacerlo, anula las promesas de las Escrituras de que podemos saber que actualmente tenemos vida eterna (1 Juan 5:13). Mientras que los arminianos podríamos decir con razón lo que Piper dice en su tweet, John Piper no puede. ¿Por qué entonces querría alguien ser calvinista y vivir eternamente inseguro de su salvación? Sólo quien desconozca la verdadera esencia de la doctrina arminiana, e ignore las contradicciones de la doctrina calvinista, podría caer en el engaño.

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REFERENCIAS:

[1] Zane C. Hodges, author’s preface to The Gospel Under Siege; Dallas, TX: Kerugma, Inc., 2nd ed. 1992, vi.

[2] John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 25.

[3] R. T. Kendall, Calvin and English Calvinism to 1649, Oxford: Oxford University Press, 1979, 2; cited without page number by Bob Wilkin, “Ligonier National Conference”, TheGrace Report, July 2000.

[4] Jacobus Arminius, The Works of James Arminius, trans. James and William Nichols, Grand Rapids,MI: Baker Book House, 1986, 1:667; cited in Laurence M. Vance, The Other Side of Calvinism, Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed. 1999, 591.).

[5] Philip F. Congdon, “Soteriological Implications of Five-point Calvinism,” Journal of the Grace Evangelical Society, Autumn 1995, 8:15, 55–68

[6] John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 23.

[7] John Piper and Pastoral Staff, “TULIP: What We Believe about the Five Points of Calvinism: Position Paper of the Pastoral Staff”, Minneapolis, MN: Desiring God Ministries, 1997, 24.

[8] Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination, Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932, 308.

[9] Loraine Boettner, The Reformed Doctrine of Predestination (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1932), 309.

[10] Charles Hodge, A Commentary on Romans; Carlisle, PA: The Banner of Truth Trust, 1972, 292.

[11] R. C. Sproul, “Assurance of Salvation,” Tabletalk, Ligonier Ministries, Inc., November 1989, 20.

[12] Juan Calvino, Institución de Religión Cristiana, 3.2.11.

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo

¿De quién depende mi salvación?

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Por años los calvinistas han acusado a los arminianos de promover una forma de salvación basada en obras o enfocada en la propia habilidad del hombre para salvarse a sí mismo. Dicha crítica, muy común en círculos calvinistas, es tanto falsa como maliciosa, y nace de la falta de la ignorancia y falta de comprensión que los calvinistas tienen de nuestras doctrinas. Tal caricaturización del arminianismo busca convencer a los indecisos teológicamente que nosotros, los arminianos, no podemos experimentar la seguridad de nuestra salvación, ya que no puede haber seguridad si la causa última de nuestra redención se encuentra en nosotros mismos. El calvinista cree que la doctrina arminiana destruye el fundamento bíblico de la seguridad de la salvación.  ¿Por qué? Porque ellos afirman erróneamente que nosotros los arminianos creemos que nuestra salvación no depende de lo que Cristo hizo por nosotros, sino de lo que posteriormente nosotros hacemos por nosotros mismos. Esto es falso. Los arminianos no creemos tal cosa. Tales afirmaciones representan solo uno de los muchos puntos en los cuales los calvinistas tergiversan la teología arminiana.

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EJERCER FE ES UN ACTO DE DEPENDENCIA

Afirmar, como hacen los calvinistas, que el arminianismo cree que la salvación no depende de Cristo, sino de nosotros, es una mentira descarada. La Biblia enseña claramente que los beneficios de la expiación son recibidos por la fe (Romanos 3:25).  El problema para el calvinista reside en la cuestión de si depende de nosotros poner fe en Cristo (o en su “sangre” como dice Romanos 3:25), o si es Dios, a través de su supuesta gracia irresistible, quien opera en nosotros y nos obliga a creer sin tomar en cuenta nuestro albedrío. En la mentalidad reductiva del calvinista, si el ser humano elige libremente (por sí mismo) ejercer fe en Cristo como Salvador, entonces la salvación no dependería de lo que Cristo hizo por nosotros, sino de lo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

Pero, ¿En qué sentido poner fe en Cristo y Su expiación es un ejercicio de autodependencia y rechazo de la soberanía de Dios? ¿Realmente no se dan cuenta los calvinistas que es exactamente lo contrario? En pocas palabras, si pudiéramos salvarnos a nosotros mismos, no necesitaríamos confiar en Cristo para salvarnos. Si pudiéramos expiar nuestros propios pecados, no necesitaríamos confiar en Su sangre para recibir los beneficios de Su expiación. De hecho, decir que necesitamos confiar en Cristo para salvarnos es lo mismo que decir que necesitamos “depender” de Él para salvarnos. Confiar en Jesús es un acto de dependencia. Es por eso que la fe es la perfecta condición no meritoria para recibir el regalo de salvación gratuito, no merecido e inmerecido (Romanos 4).

REGALO

 

LA ABSURDA LÓGICA CALVINISTA

Una declaración simple con la que todos los arminianos y calvinistas deberían estar de acuerdo es la siguiente: “Necesitamos confiar en Cristo para salvarnos”. Tal declaración no es nada controvertida, ¿verdad? Ahora hagamos una pregunta simple con respecto a esa declaración: ¿Quién es el autor, o causa determinante, de la salvación en esa declaración? ¿Es el que confía en Cristo? Por supuesto que no. Cristo efectúa la salvación de aquél que cree en Él. Nuevamente, es por eso por lo que necesitamos confiar en Cristo para salvarnos porque no podemos salvarnos a nosotros mismos. Si pudiéramos salvarnos a nosotros mismos, no necesitaríamos confiar en Cristo para salvarnos, ¿verdad? Que necesitamos confiar en Cristo para salvarnos demuestra que somos impotentes para salvarnos a nosotros mismos. Es tan dolorosamente simple y obvio que es difícil entender cómo los calvinistas pueden pasarlo por alto tan fácilmente.

Ahora pensemos: ¿Somos nosotros los responsables de confiar en Cristo? Sí. Pero eso de ninguna manera significa que nos salvemos a nosotros mismos. Todavía es Cristo quien efectúa todo el proceso de la salvación de principio a fin. Confiar en Cristo para salvar depende del poder de Cristo para salvar, no del nuestro. Si dependemos de Cristo para salvarnos al confiar en Él, ¿cómo puede un calvinista no ver cuán falso es afirmar que el arminianismo enseña que la salvación, desde este punto de vista, no depende de lo que Cristo hizo por nosotros, sino de lo que nosotros subsecuentemente hagamos por nosotros mismos? El arminianismo de ninguna manera enseña que la salvación depende de nosotros. Enseña que la salvación depende totalmente de Cristo y de su obra expiatoria en la cruz. Debido a que somos impotentes para salvarnos o para expiarnos, debemos confiar en Él para hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos. El arminianismo no puede ser acusado correctamente de promover la auto salvación o la salvación por obras. Creemos plenamente en la salvación por gracia a través de la fe, mientras rechazamos la idea no bíblica de que, si no se nos hace irresistiblemente confiar en Cristo, esa fe es de alguna manera una “obra”. Pablo (en quien los calvinistas se amparan) no lo creía así, ni la lógica exige tal conclusión. Entonces, ¿por qué los calvinistas persisten en calumniar al arminianismo de tal manera?

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LA GRACIA HABILITADORA

Otra razón por la cual las acusaciones de los calvinistas son ridículas podemos hallarla en la doctrina arminiana de la Gracia Habilitadora o Preveniente. En el Arminianismo, ni siquiera podemos confiar en Cristo en primer lugar sin la intervención previa de la gracia habilitadora de Dios para vencer nuestra depravación y hacer posible la fe. No solo necesitamos confiar en Cristo para salvarnos (demostrando que somos impotentes para salvarnos a nosotros mismos), sino que también dependemos completamente de Su gracia para poder confiar en Él para salvarnos. Por lo tanto, la acusación del calvinismo contra el arminianismo es completamente carente de fundamento.

La causa primera y última de nuestra redención no se encuentra en nosotros, se encuentra en Cristo, por lo que debemos confiar en Cristo para redimirnos. Él es el alfa y la Omega de nuestra salvación (Efesios 2:8-9, Judas 1:24, Filipenses 1:6, 2:13). Lo que los calvinistas se rehúsan a entender es que el hecho de que necesitemos confiar en Cristo para redimirnos de ninguna manera significa que somos la causa de la redención. Es como decir que, si recibimos un obsequio, totalmente gratuito e inmerecido, de alguien (aunque igualmente podríamos haber rechazado el obsequio) entonces somos de alguna manera la “causa última” del obsequio. Recibir libremente un regalo de alguien no significa que lo hayamos ganado. No significa que hayamos comprado el regalo. No significa que hayamos contribuido al regalo. No significa que hayamos causado el regalo, y ciertamente no significa que nos hayamos dado el regalo a nosotros mismos. Todo eso es claramente absurdo y, sin embargo, ese absurdo forma la base de este argumento calvinista contra el arminianismo. Detrás de este argumento también se encuentra la extraña suposición de que un regalo no puede ser realmente un regalo a menos que se entregue de manera irresistible o incondicional (es decir, que te obliguen a aceptarlo). Es realmente difícil entender por qué tantos calvinistas (aparentemente inteligentes) todavía encuentran convincente esta línea de razonamiento.

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CONCLUSIÓN

Entonces, ¿De quién depende nuestra salvación eterna? Ciertamente no de nosotros; todo depende de Dios: “Por su misericordia y por medio de la fe, ustedes son salvos. No es por nada que ustedes hayan hecho. La salvación es un regalo de Dios y no se obtiene haciendo el bien. Esto es así para que nadie se sienta orgulloso.” (Efesios 2:8-9, NBV). Nuestra capacidad de elegir a Jesús es el resultado de la gracia habilitadora que Dios da primeramente al hombre, la cual compensa los efectos de la caída, y le permite a este decidir aceptar o rechazar a Cristo. Incluso nuestra fe es regalo de Dios: “Como mensajero por la bondad de Dios les advierto que no se consideren mejores de lo que son; valórense según el grado de fe que Dios les ha dado.” (Romanos 1:23, NBV).

En otras palabras, Dios debe hacer algo incluso para posibilitar la elección de la salvación, ya que “las bendiciones de Dios no las obtienen quienes las quieran, ni quienes se esfuercen por obtenerlas. Dependen de que Dios tenga misericordia de ellos.” (Romanos 9:16, NBV). Nunca son nuestras obras ni mucho menos nuestra voluntad sola la que nos salva, pues aún esta necesita ser influida por la gracia o jamás elegiría a Dios por su propia cuenta ya que “es Dios el que les da a ustedes el deseo de cumplir su voluntad y de que la lleven a cabo.” (Filipenses 2:13, NBV). ¿Lo comprendemos? ¡Ni siquiera tendríamos el deseo de creer, ni mucho menos de hacer la voluntad de Dios sin auxilio de la gracia! Cuando algo bueno hacemos, cuando creemos, cuando hacemos la voluntad de Dios ¡Es la gracia operando a través de nosotros! El gran apóstol Pablo tuvo que admitir que todos sus logros no eran suyos, sino producto de la gracia: “Pero lo que soy, lo soy por la gracia de Dios. Y su gracia no ha sido en vano, porque he trabajado más que todos ellos, si bien es cierto que no he sido yo, sino la gracia de Dios que ha obrado por medio de mí.” (1 Corintios 15:10, NBV). Todas estas preciosas verdades de la gracia son creídas por nosotros los arminianos ¿Cuál es la intención oculta, entonces, tras la falsa acusación de los calvinistas sobre nuestra doctrina? ¡Puro sectarismo religioso!

El ser humano ha de cumplir su parte en el proceso de salvación, es decir, creer. Cristo mismo lo dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan 3:36). Ejercer fe en Cristo para salvación es un acto libre y voluntario, pero jamás representará mérito alguno para el hombre, ni se le considera la causa final y última de la salvación, “En cambio, quien no hace obras para que Dios lo considere bueno, pero cree que Dios lo hace justo por creer, esa fe se le cuenta para declararlo justo.” (Romanos 4:5, NBV). De principio a fin, la salvación es del Señor:

“Pero yo para siempre te rendiré homenaje y te ofreceré sacrificios rituales en agradecimiento por lo que has hecho por mí. Cumpliré las promesas que te hice. ¡Solamente el Señor me puede salvar!”

(Jonás 2:9, NBV)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arminianismo Clásico, Calvinismo, REFLEXIÓN BÍBLICA

Una Iglesia dividida y en confrontación

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

¿Cómo es posible que tanto los calvinistas como los arminianos puedan leer la misma Biblia y llegar a conclusiones tan diferentes? ¿Cómo es posible que un premilenialista y un amilenialista puedan ambos leer el libro de Apocalipsis y llegar a conclusiones completamente diferentes sobre lo que dicho libro enseña? ¿Cómo es posible que un cristiano carismático y otro no carismático puedan leer juntos el libro de los Hechos o las listas de los dones del Espíritu y aún estar en desacuerdo sobre lo que está vigente en nuestros días y lo que no?

En los casi 2.000 años de historia de la Iglesia, han existido aproximadamente 33.820 denominaciones cristianas. Si bien es cierto algunos de dichos grupos están más de acuerdo entre sí que en desacuerdo, las 33.820 denominaciones que han existido en la historia del cristianismo han surgido debido a algún tipo de desacuerdo sobre las Escrituras, tradiciones o liderazgo. Muchas iglesias independientes también comienzan de la misma manera. La Iglesia de Jesucristo es cualquier cosa, menos unificada.

DIVISIÓN 1

UN PROBLEMA HUMANO

Este problema (la falta de unidad) tampoco es ajeno a otras religiones. El Islam, por ejemplo, demuestra su desunión en Irak entre los sunitas y los chiítas. En la nación de Arabia Saudita, el lugar de nacimiento del Islam, se puede encontrar poca unidad mientras los Wahabíes luchan contra todas las demás ramas del Islam. En cultos y sectas de inspiración cristiana como los Testigos de Jehová o la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), tampoco encontraremos verdadera unidad. Muchas ramas disidentes se han separado de dichos movimientos también. Por lo tanto, la unidad no necesariamente define la verdad.

DIVISIÓN 2

¿QUÉ PASA CON EL CRISTIANISMO?

Sí, todas las religiones sufren divisiones. Sin embargo, entre los cristianos no hay duda de que hay poca unidad. Efesios 4: 4-6, o pasajes como Juan 17: 20-23 Y 1 Corintios 1:10, nos dan la impresión de que Dios desea la unidad entre sus hijos. 1 Corintios 12:27 dice: ” Todos ustedes forman el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro necesario de ese cuerpo.” (NBV). Puesto que la Biblia enseña tal unidad, ¿Por qué la Iglesia está tan dividida?

Muchos otros antes que nosotros se han hecho esta pregunta y muchos han tratado de llevar la unidad a la Iglesia. Por ejemplo, Alexander Campbell en el siglo XIX, junto con otros, trató de abolir la idea de las denominaciones y simplemente llamó a sus iglesias, a “Iglesia de Cristo”. Lamentablemente, el movimiento de Campbell (llamado Restauracionista) comenzó a dividirse rápidamente. incluso antes de su propia muerte. Hoy en día hay muchas ramas dentro del movimiento de Restauración. Otros, como John Wesley o incluso Martin Lutero, se opondrían igual que Campbell al hecho de que muchas denominaciones se hayan formado a su alrededor.

Entonces, ¿Por qué esta desunión es tan frecuente en la Iglesia? ¿Cómo es que dos personas pueden leer de la misma Biblia (la misma traducción incluso) y llegar a un entendimiento diferente? Creo que la respuesta es esta:

(1.- EL HOMBRE ES PECADOR: Romanos 1: 18-25 establece la realidad de que todos queremos complacernos a nosotros mismos. En muchas de las iglesias que se han dividido, el problema era el pecado: Pecado en los que se fueron o pecado en los que se quedaron. A veces ambos pecaron. La humanidad pecadora a menudo quiere estar en lo cierto al ignorar lo obvio. Debido a que somos pecadores que necesitamos salvación, nuestra visión es limitada. No somos perfectos a pesar de lo que el humanismo antropocentrista quisiera que creyéramos. Nuestras ideologías a menudo son tan fácilmente influenciadas por nuestra carne. Ante la pregunta ¿Por qué está dividida la Iglesia? Una buena respuesta sería: ¡Porque somos pecadores!

2.-  NUESTRAS MENTES SON LIMITADAS: la Biblia es claramente la Palabra de Dios (2 Timoteo 3: 16-17; 2 Pedro 1: 16-21), pero esto no significa que siempre sea clara. Sin embargo, esto no viola el hecho de que la Biblia es inerrante e infalible. Simplemente demuestra que somos personas pecaminosas tratando de descubrir y comprender a un Dios santo. Nuestras ideas son limitadas (Juan 20:31). Sabemos en parte (1 Corintios 13: 8-12), tenemos suficiente conocimiento de la Biblia para la salvación (2 Timoteo 3:15). Sin embargo, no debemos volvernos arrogantes porque tenemos abundancia de conocimiento. Aun así, ¡No lo sabemos todo! Debido a que nuestras mentes son limitadas, tendemos a concentrarnos en lo que sabemos. Tenemos un entendimiento limitado, sin embargo, esto no debería disuadirnos de estudiar y buscar crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 3:18).

(3.- NOS AGRADAN SÓLO AQUELLOS QUE ESTÁN DE ACUERDO CON NOSOTROS: Tendemos a asociarnos con aquellos con quienes estamos de acuerdo. Nos asociamos con quienes creemos que están de acuerdo con nosotros. Esta es la naturaleza humana. Esto es cierto también en relación con la Iglesia. Los arminianos generalmente no asisten a iglesias reformadas. Los calvinistas rara vez asisten a iglesias arminianos ¡Muchos dudan incluso de considerarlos hermanos! La teología chocaría. La gente de música contemporánea generalmente no disfrutaría de un servicio de la iglesia luterana. Y muy seguramente un reformado se sentiría profundamente incómodo en un servicio de adoración pentecostal. Nos asociamos con aquellos con los que estamos de acuerdo. Esto no significa que tengamos razón. Podríamos estar equivocados. Pero sí muestra que, irónicamente, nuestra búsqueda de unidad ha logrado lo contrario: dividirnos aún más. ¿Cómo es esto posible? Porque, aunque anhelamos la unidad, solo tendemos a unificarnos con aquellos que están de acuerdo con nosotros, mientras que a la vez tratamos de persuadir a otros que no lo hacen. ¡Y esto nada tiene que ver con el evangelismo! No. Con el evangelismo no estamos tratando de ganar argumentos (1 Pedro 3: 15-16) sino de traer regeneración (Mateo 28: 19-20). ¡La salvación no es creer hechos sino la salvación es a través de la fe en una persona! Pero lo que están haciendo muchos cristianos no es evangelismo, sino proselitismo sectario dentro del Cuerpo de Cristo. ¿Qué de ético hay en que muchos calvinistas se infiltren en iglesias arminianas, pentecostales o de otra índole, y traten de robar, mediante argumentos, críticas impías y generalizaciones absurdas, miembros para sus iglesias? ¿Por qué habiendo un mar lleno de peces, aman pescar en pecera ajena?

(4.- EXÉGESIS SESGADA: Aquí es donde la cosa se pone difícil. Todos nosotros leemos nuestras Biblias con nuestras propias presuposiciones. Como soy arminiano, tiendo a leer Juan 6:37, por ejemplo, a través de los lentes de mi arminianismo. Mis hermanos calvinistas leerán Hebreos 6: 4-20 o 10:19-39 a través de su propia lente calvinista. Llegamos a pasajes sobre el bautismo en el Espíritu (Mateo 3:11; Marcos 1: 8; Hechos 1: 4-5) y, sin embargo, los pentecostales veríamos una cosa y el cesacionista reformado vería otra cosa. Tendemos a exagerar pasajes basados ​​en nuestra propia presuposición. La verdadera exégesis rara vez se encuentra. Tenemos desunión en la Iglesia porque leemos la Biblia con nuestros lentes particulares. ¿Cuándo nos los quitaremos?

DIVISIÓN 3

CONCLUSIÓN

De ninguna manera estoy tratando de atacar a la Iglesia. Amo a la Iglesia de Dios (Hechos 20:28). Me encanta ser discípulo de Jesús y me encanta tener comunión con otros discípulos. Sin embargo, sé que no sé todas las cosas. Obviamente soy arminiano y además pentecostal. Estoy convencido de que tanto el arminianismo como el pentecostalismo tienen una base bíblica. Esto no significa que mi sistema de creencias sea perfecto. No siempre estoy de acuerdo con todos los arminianos ni con todos los pentecostales en todos los puntos. Sé que solo Jesús salva por su gracia (Efesios 2:8-9). Sé que es mi deber difundir el evangelio a través del poder del Espíritu Santo y la Palabra (Hechos 1:8; Romanos 10: 14-17). Sé que la Biblia es la Palabra de Dios y que solo ella es la Palabra final de Dios (Salmo 119: 89). Sé que el Espíritu de Dios mora en todos los cristianos verdaderos (Romanos 8: 9; 1 Corintios 12:13). Pero después de eso, no sé casi nada.

Para concluir, viene a mi mente la hermosa, certera e inspirada composición titulada “Cristianos”, del cantante español Marcos Vidal:

“Antes les llamaban nazarenos, después cristianos

Hoy no saben ya cómo llamar a cada grupo,

hay tantos….

Antes al mirarles se decían: ¡Ved cómo se aman!,

hoy al contemplarles se repiten:

¡Ved cómo se separan!

¿Quién sabrá quién de ellos tiene la verdad?

 

Cómo ha conseguido el enemigo robarnos el terreno,

hemos comenzado a hacer murallas

olvidando lo primero.

Que no hay cristianismo verdadero detrás de una careta,

si no reflejamos a Jesús, perdemos nuestra meta.

 

Que él que sirve a los demás es el mayor,

que el sermón del monte aún está en vigor,

que aún existe el buen ejemplo

y la humildad de corazón

y que no hay vida ni hay iglesia si no hay perdón.

 

Ojalá el Maestro pueda decir como dijera hace años:

‘No lloréis, sólo duerme, no está muerta’.

¿Qué te pasa, iglesia amada, que no reaccionas,

sólo a veces te emocionas, y no acabas de cambiar?

 

Antes tenían todo en común y oraban en la noche.

Hoy compiten por saber quién tiene

mejor casa y mejor coche.

Antes morían abrazados en la arena del circo romano,

hoy discuten si al orar hay que alzar o no las manos.

 

Unos creen en profecías y otros no,

unos predican la fe y otros el amor,

uno habla en lenguas y otro presume de virtud

y el mundo muere, muere, muere sin ver la luz.

Ojalá el Maestro pueda decir como dijera hace años:

‘No lloréis, sólo duerme, no está muerta’.

¿Qué te pasa, iglesia amada, que no reaccionas,

sólo a veces te emocionas y no acabas de cambiar?

 

Jesús se levantó de la muerte,

¿y acaso a ti no habrá quién te despierte?

(Cristianos, Marcos Vidal)

UNIDAD

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana

La muerte no es el fin

Por Fernando E. Alvarado

Bíblicamente, la muerte es la terminación de la vida física por medio de la separación del cuerpo y el alma (Santiago 2:26). Para nosotros, los cristianos, la muerte no es el fin de la existencia, sino un cambio radical en el estado del ser humano (2 Corintios 5:1-4). Desde el punto de vista espiritual, es la prueba y la sanción de la desobediencia humana, que separada de Dios, la fuente de Vida, muere irremediablemente (Romanos 3:23; 6:23). Para todos los seres humanos, la muerte encierra una gran frustración, ya que en nuestros corazones anida el ansia por la inmortalidad. Todos sabemos que moriremos. Eso no es nada nuevo. Lo que verdaderamente nos acongoja es el proceso de muerte, el cómo moriremos. El temor y la agonía, el rechazo y el dolor, el miedo al castigo o lo incierto de la vida más allá de la vida terrena, son las pautas dramáticas que hacen que veamos la muerte como una gran tragedia. En la Biblia, Dios nos presenta la vida más allá de la muerte de una manera oscura en cuanto a sus detalles y formas, más no en cuanto a su propósito, realidad, tragedia, y también esperanza.

Al profeta Daniel se le dijo: “Pero tú, persevera hasta el fin y descansa, que al final de los tiempos te levantarás para recibir tu recompensa” (Daniel 12:13 NVI). En dicho pasaje Dios no presenta la partida de Daniel de una manera dramática; simplemente la señala como un hecho ineludible. No había nada que temer, Él lo tenía todo dispuesto. Esto se debe a que para nosotros, los cristianos, la muerte no es más que un estado intermedio. Es el período entre la partida de este mundo y la resurrección con Jesucristo. Es simplemente estar con el Señor, reposando de los trajines de la vida y recibiendo su inmensa consolación. La muerte no es nuestro fin, sino apenas un nuevo comienzo. Así lo decía Juan: “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn. 2:17 NVI).

¿Somos los cristianos insensibles ante la muerte? En ninguna manera. Pero nuestra fe nos da una perspectiva diferente de la misma. Para nosotros, como para cualquier otro ser humano, la muerte es dolor, pero también reflexión. Las lágrimas de la muerte limpian nuestros ojos para ver con claridad y perspectiva la vida que tenemos por delante. Así, el cristianismo es más que un simple consuelo tímido al dolor; es más bien una poderosa promesa de Dios: “Ésta es la promesa que él nos dio: la vida eterna” (1 Juan 2:25 NVI). Saber que tenemos victoria sobre nuestro mayor enemigo nos da libertad para enfrentar la vida de una manera completamente distinta. Jesucristo, quien es la vida, se enfrentó a la misma muerte en la Cruz, símbolo eterno de la muerte. Él tomó allí nuestros pecados y fracasos para de una vez y por todas destruir el poder que la muerte tenía sobre nosotros. Se manifestó su victoria en la resurrección de entre los muertos, ya que la muerte no le pudo contener. Y así como a Daniel se le ofreció victoria sobre la muerte, el Señor también nos ofrece lo mismo a todos aquellos que hemos hecho un pacto de vida con Jesucristo: “Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5:24; NVI) y “esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3, NVI). Por eso la verdadera vida se manifiesta cuando permanecemos sujetos a Dios, cuando le conocemos, cuando hemos sido limpiados por la Sangre del Cordero y la vida del Cristo resucitado ha dado vida nueva a nuestra propia mortalidad. ¡Y este es un milagro mucho mayor que cualquier sanidad física que nos libere temporalmente de la muerte! Es el milagro de una vida liberada eternamente de condenación y cuya promesa y seguridad es la vida eterna.

¿Por qué entonces ver la muerte como algo irreparable? Para nosotros, los cristianos, hay esperanza. Llegará el día “cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido devorada por la victoria». «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?»” (1 Corintios 15:54-55, NVI). Es la gratitud, no el temor, quien rige ahora la vida del cristiano. Es la esperanza, y no la ansiedad ni la desesperación, la que gobierna ahora nuestra vida: “Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo; y ahora lo ha revelado con la venida de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio” (2 Timoteo 1:9-10, NVI).

Cristología, Herejías Cristológicas

Herejías cristológicas antiguas y modernas

 Por Fernando E. Alvarado. 

INTRODUCCIÓN.

Una herejía es una creencia o teoría controvertida o novedosa, en el ámbito religioso, que entra en conflicto con el dogma establecido. Se diferencia de la apostasía, que es la renuncia formal o abandono de una religión, y de la blasfemia, que es la injuria o irreverencia hacia la religión. Basándose en la etimología griega de la palabra, que proviene de hairesis (αἵρεσις), que significa una elección o un grupo de creyentes, es una escuela del pensamiento o una opinión particular o específica sobre un punto de doctrina determinado. La palabra “herejía”, por lo tanto, encierra el concepto de error y desviación de las enseñanzas y doctrinas que van contra un sistema de fe ya estructurado, o bien sometido a examen y finalmente aprobado con una definición de base inmutable. Desde el tiempo de los apóstoles abundaron las herejías: unas negaban la divinidad de Jesucristo, otras su humanidad y otras amalgamaban la doctrina cristiana con otras religiones, etc.[1]

Nuestra definición de herejía va más allá de cualquier contradicción al dogma de una religión o de un concilio eclesiástico. Para los cristianos evangélicos, la autoridad y suficiencia de la Biblia es incuestionable. Creemos firmemente que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21). Por tal motivo, cualquier desviación de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras y la sana doctrina en ellas contenida, es considerada una herejía.

En este artículo, se abordarán algunas de las más conocidas herejías cristológicas, tales como el docetismo, el adopcionismo, el ebionismo, el arrianismo, el apolinarismo, el monotelismo, el monofisismo, el modalismo y el nestorianismo, entre otras. Como creyentes es nuestro deber contender “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). De forma particular, es prioritario defender, proclamar y enseñar la Deidad de Cristo en un mundo donde dicha verdad, fundamental para la fe cristiana, está siendo cuestionada y debatida

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16).

“Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.” (2 Juan 7)

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¿QUÉ ES LA CRISTOLOGÍA?

La Cristología se define como la rama de la teología que trata de nuestro Señor Jesucristo y abarca en su totalidad las doctrinas que se refieren tanto a la persona de Cristo como a sus obras.

La Cristología evangélica considera a Jesucristo como la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, la Palabra o Verbo del Padre, quien se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre. Tales misterios, aunque ya habían anunciados en el Antiguo Testamento, fueron revelados en su totalidad en el Nuevo Testamento y desarrollados con claridad en la Tradición Cristiana y la Teología. Por eso el presente artículo aborda este tema bajo el triple aspecto del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y de la Tradición Cristiana.[2]

A.    CRISTOLOGÍA VETEROTESTAMENTARIA

El Antiguo Testamento cubre alrededor de tres cuartas partes de nuestra Biblia. Sin embargo, para muchos cristianos hoy día el contenido de esa porción de la biblia es desconocido. Muchos cristianos incluso se preguntan ¿Por qué estudiar el Antiguo Testamento si estamos viviendo bajo el Nuevo Pacto enseñado? La respuesta es sencilla: porque el Antiguo Testamento trata acerca del mismo tema. El Antiguo Testamento trata acerca de Cristo.

Los santos del Antiguo Testamento tuvieron fe en Cristo, en el Mesías que iba a venir. Su fe no era una fe general acerca de Dios sino fe en Cristo, el que iba a venir a destruir las obras de Satanás. En Juan 8:56, Jesucristo afirmó: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” De acuerdo con Jesús, Abraham, quien vivió 2,000 años antes de Cristo, creyó en la promesa que el Mesías vendría a salvar el mundo por su muerte. Es claro que hay ciertas diferencias entre ambos Testamentos: el vocabulario es diferente, la claridad es diferente (Abraham creyó en la sombra y figura de lo que habría de venir, nosotros conocemos la realidad), además, la dirección fue diferente (Abraham miró hacia la venida futura de Jesús, pero nosotros miramos hacia atrás, porque Él ya vino). Pero la esencia y el enfoque es el mismo.  En Juan 5:39, 46 Jesús vuelve a afirmar: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí… Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.”

Si Jesús afirmó que el Antiguo Testamento hablaba de Él, dicha afirmación es totalmente cierta. Las referencias a la genealogía humana del Mesías son numerosas en el Antiguo Testamento. Se le representa como la semilla de la mujer, el hijo de Sem, el hijo de Abraham, Isaac y Jacob, el hijo de David, el príncipe de los pastores, el retoño de la rama del cedro (Génesis 3:1-19; 9:18-27; 12:1-9; 17:1-9; 18:17-19; 22:16-18; 26:1-5; 27:1-15; Números 24:15-19; 2 Reyes 7,:1-16; 1 Crónicas 17:1-17; Jeremías 23:1-8; 33:14-26; Ezequiel 17). El Salmista real exalta la genealogía divina del futuro Mesías en las palabras: “Mi hijo eres tú, yo te engendré hoy” (Salmo 2:7).

Los profetas frecuentemente hablan del nacimiento del Mesías esperado y lo ubican en Belén de Judá (Miqueas 5:2-14); determinan su tiempo por de la sucesión del cetro de Judá (Génesis 49:8-12), por las setenta semanas de Daniel (9:22-27) y por el “breve tiempo” mencionado en el libro de Hageo (2:1-10). Los profetas del Antiguo Testamento también vieron que el Mesías había de nacer de una madre virgen (Isaías 7:1-17) y que su aparición, al menos la pública, sería antecedida por un precursor (Isaías 40:1-11; Malaquías 4:5-6).

Ciertos eventos conectados con la infancia del Mesías fueron considerados tan importantes que constituyen el objeto de predicciones proféticas. Entre esas está la adoración de los magos (Salmo 81:1-17), la matanza de los Inocentes (Jeremías 31:15-26) y la huida a Egipto (Oseas 11:1-7). Indudablemente en el caso de estas tres profecías, como en el de muchas otras, su cumplimiento es su mejor comentario, pero ello no ignora el hecho de que los eventos a que aluden fueron realmente predichos.

En el libro de Daniel Jesús es descrito como el “Hijo del Hombre” (7); en Malaquías es el “Sol de justicia” (4:2); en Isaías es el “Salvador” (62); el “Siervo de Jehová” (49), el “Emmanuel” (8:1-10), el “Príncipe de la Paz” (9:7). Los oficios mesiánicos se consideran en forma general en la parte posterior de Isaías (61). En particular, se considera al Mesías como un profeta en el libro del Deuteronomio (18:15-22); como rey en el cántico de Ana (1 Samuel 2:1-10) y en el canto real del Salmista (Salmo 45); como sacerdote en la figura sacerdotal de Melquisedec (Génesis 14:17-20) y en las palabras del salmo 110: “sacerdote para siempre”; como libertador, en la segunda parte de Isaías (63:1-6); como mediador del Nuevo Testamento, bajo la forma de una alianza con el pueblo (Isaías 42:1), y de la luz de los gentiles (Isaías 49).

En cuanto a la vida pública del Mesías, Isaías nos da una idea general de la totalidad con que el Espíritu se le da al Ungido (11:1-16), y del trabajo mesiánico (cap. 4). El Salmista presenta una descripción del Buen Pastor (cap. 22). Isaías resume los milagros mesiánicos (cap. 35). Zacarías exclama: “Regocíjate grandemente, Hija de Sión”, prediciendo así la solemne entrada de Cristo a Jerusalén. El Salmista se refiere a ese mismo evento cuando menciona la alabanza que sale de la boca de los infantes (Salmo 8). Y el salmista alude al mismo misterio cuando habla de la piedra rechazada por los constructores (Salmo 118:22).

¿Hará falta mencionar que los sufrimientos del Mesías fueron totalmente predichos por los profetas del Antiguo Testamento? La idea general de una víctima mesiánica aparece en el contexto de las palabras “sacrificio y ofrenda no te agrada” (Salmo 40:6). Además, la serie de acontecimientos particulares que constituyen la historia de la pasión de Cristo ha sido descrita por los profetas con notable minuciosidad. El Salmista se refiere a la traición en las palabras: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alza contra mí el calcañar” (41:9); y Zacarías sabe de las “treinta piezas de plata” (11:12-13); el Salmista que ora desde la angustia de su alma es figura de Cristo en su agonía (Salmo 55); su captura está profetizada en las palabras “perseguidle… apresadle” y “Se atropella la vida del justo” (Salmo 71:11; 94:21); el juicio fundado en falsos testimonios puede encontrarse representado en las palabras “Porque se han alzado contra mi testigos falsos, y los que respiran crueldad” (Sal 27:12); la flagelación está retratada en la descripción del Varón de dolores (Isaías 53:3; 53:12) y en las palabras “Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; me despedazaban sin descanso” (Salmo 35:15); la suerte del traidor queda dibujada en las imprecaciones del Salmo 109; la crucifixión es mencionada en los pasajes “¿Qué heridas son estas en tus manos?” (Zacarías 13:6), y “horadaron mis manos y mis pies” (Salmo 22:16-18). La oscuridad milagrosa sucede en Amós 8:9; la hiel y el vinagre son mencionados en el Salmo 69:21; la herida del costado de Cristo es anunciada en Zacarías 12:10. El sacrificio de Isaac (Génesis 22:1-14), el cordero sacrificial (Levítico 16:1-28), las cenizas de la purificación (Números 19:1-10) y la serpiente de bronce (Números 21:4-9) tienen un lugar prominente entre las figuras del Mesías sufriente. Incluso el capítulo tercero de las Lamentaciones es considerado correctamente como el discurso funerario de nuestro Redentor sepultado.

Por último, la gloria del Mesías ha sido prevista por los profetas del Antiguo Testamento. El contexto de frases tales como “en el tercer día nos resucitará” (Oseas 6:1-2), “Oh muerte, yo seré tu muerte” (Oseas 13:13-14), y “Sé que mi redentor vive y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25) llevaban al devoto creyente judío a algo más que una simple restauración temporal, cuyo cumplimiento comenzó a cumplirse en la resurrección de Cristo. Este misterio también está implícito, al menos como tipología, en las primeras frutas de la cosecha (Levítico 23:9-14) y en el rescate de Jonás del vientre de la ballena (Jonás 2). Pero no es sólo la resurrección del Mesías el único elemento de la gloria de Cristo que fue predicho por los profetas. Daniel 2:27-47, al reino del Mesías comparado con el reino del mundo. La Segunda Venida (Zacarías 14) y el Reino Milenial (Isaías 11, Miqueas 4) son también predichos en el Antiguo Testamento.

Los libros del Antiguo Testamento nos permiten conocer las ideas mesiánicas del judaísmo precristiano y preservan una imagen del pensamiento judío que data de siglos antes del nacimiento de Cristo. Tal como Jesús lo afirmara, el antiguo Testamento habla de Él. La Cristología puede hallar un cúmulo de abundante riqueza en las páginas del Antiguo Testamento.

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B.    CRISTOLOGÍA NEOTESTAMENTARIA

Los autores del Nuevo Testamento presentan a Jesús como Señor, Dios y Cristo, a quien el Padre exaltó al resucitarlo de entre los muertos:

1.    CRISTOLOGÍA PAULINA

Pablo insiste en la verdadera humanidad y divinidad de Cristo. Las expresiones “forma de siervo, hecho semejante a los hombres” y “en semejanza de carne de pecado” (Filipenses 2:7; Romanos 8:3) pueden parecer como lesivas a la humanidad real de Cristo en la enseñanza paulina. Mas en realidad ellas únicamente describen un modo de ser o dejan entrever la presencia de una naturaleza superior en Cristo que no es visible a los sentidos. Por otro lado, el apóstol habla abiertamente de Nuestro Señor manifestado en la carne (1 Timoteo 3:16); poseedor de un cuerpo de carne (Colosenses 1:22); “nacido de mujer” (Gálatas 4:4); nacido de la simiente de David según la carne (Romanos 1:3); perteneciente según la carne al pueblo de Israel (Romanos 9:5). En cuanto judío, Jesucristo nació bajo la Ley (Gálatas 4:4). El apóstol hace énfasis en la verdadera participación de nuestro Señor en nuestra debilidad humana física (2 Corintios 13:4), en su vida de sufrimiento (Hebreos 5:8) (Estudios recientes han demostrado que la Epístola a los Hebreos, durante siglos atribuida al apóstol Pablo a raíz del encabezado de la misma en la Vulgata, no es obra del apóstol, aunque sí parece notarse en ella la influencia de sus ideas. Su autor permanece anónimo) que culmina con su pasión y muerte (Filipenses 3:10; Colosenses 1:24). En sólo dos aspectos difiere la humanidad de nuestro Señor del resto de los hombres. Primero, en su ausencia total de pecado (2 Corintios 5:21; Gálatas 2:17; Romanos 7:3). Segundo, en el hecho de que nuestro Señor es el segundo Adán, que representa a todo el género humano (Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:45-49).

Según Pablo, la superioridad de la revelación cristiana sobre toda otra manifestación divina, y la perfección del Nuevo Pacto con su sacrificio y sacerdocio, se derivan del hecho que Cristo es el Hijo de Dios (Hebreos 1:1; 5:5; Romanos 1:3; Gálatas 4:4; Efesios 4:13; Colosenses 1:12; 2:9). El apóstol entiende la expresión “Hijo de Dios” no como una mera dignidad moral, ni como una relación puramente externa con Dios, iniciada en el tiempo, sino como una relación eterna e inmanente entre Cristo y el Padre. Compara a Cristo con Aarón y sus sucesores, Moisés y los profetas, y lo encuentra superior a éstos (Hebreos 1,1; 3:1-6; 5:4; 7:1-22; 10:11). Eleva a Cristo sobre los ángeles y lo hace Señor de los mismos (Hebreos 1:3; 2:2-3; 14); lo sienta a la derecha del Padre como heredero universal (Hebreos 1:2-3; Gálatas 4:14; Efesios 1:20-21). Si bien Pablo se ve obligado a usar los términos “forma de Dios” e “imagen de Dios” al hablar de la divinidad de Cristo, para poder mostrar la distinción personal entre el Padre Eterno y el Hijo Divino (Filipenses 2:6; Colosenses 1:15), Cristo no es simplemente la imagen y la gloria de Dios (2 Corintios 11:7), sino también el primogénito de toda la creación (Colosenses 1:15), en quien, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Colosenses 1:16), en quien la plenitud de la divinidad reside. Para Pablo “Cristo… es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:5).

2.    CRISTOLOGÍA DE LAS EPÍSTOLAS UNIVERSALES

Las epístolas de Juan serán consideradas junto con los demás escritos del mismo apóstol en el siguiente apartado. Bajo el presente encabezado señalaré brevemente los puntos de vista sostenidos por los apóstoles Santiago, Pedro y Judas relativos a Cristo.

a)    La Epístola de Santiago

El objetivo principal de la Epístola de Santiago no nos permite esperar que la divinidad de nuestro Señor quede en ella expresada formalmente como una doctrina de fe. Empero, esa doctrina está implícita en el lenguaje del escritor inspirado. Él profesa que su relación con Cristo es idéntica a la que tiene con Dios, y que es siervo de ambos (1:1). Aplica los mismos términos al Dios del Antiguo Testamento y a Jesucristo. Jesucristo es tanto el juez soberano como legislador independiente, que puede salvar y destruir (4:12). La fe en Jesucristo es la fe en el Señor de la gloria (2:1). Si no se admite la firme fe del autor en la divinidad de Jesucristo el lenguaje de la epístola constituiría una forzada exageración.

b)    La Cristología de Pedro

Pedro se presenta a sí mismo como siervo y apóstol de Jesucristo (1 Pedro 1:1; 2 Pedro 1:1), quien fue anunciado por los profetas del Antiguo Testamento de modo tal que esos mismos profetas fueron también siervos, heraldos e instrumentos de Jesucristo (1 Pedro 1:10-11). Es el Cristo preexistente quien modula las expresiones de los profetas de Israel al proclamar los anuncios de su venida. Pedro ha sido testigo de la gloria de Jesús en la Transfiguración (2 Pedro 1:16). Parece disfrutar la enumeración de los títulos de su Señor: Nuestro Señor Jesús (2 Pedro 1:2); Nuestro Señor Jesucristo (1:14-16); Señor y Salvador (3:2); Nuestro Dios y Salvador Jesucristo (1:1); cuyo poder es divino (1:3); a través de cuyas promesas los cristianos participan de la naturaleza de Dios (1:4). Es como si a lo largo de su carta, el apóstol Pedro experimentase la divinidad que confiesa respecto de Jesucristo.

c)     Epístola de Judas

También Judas se presenta a sí mismo como siervo de Jesucristo, gracias a cuya unión los cristianos perseveran en la vida de la fe y santidad (v. 1). Cristo es nuestro único Señor y Salvador (v. 4), que castigó a Israel en el desierto al igual que hizo con los ángeles rebeldes (v. 5). Él vendrá a juzgarnos rodeado de miríadas de santos (v. 14). Los cristianos dirigen a Él su vista en busca de misericordia y Él se las mostrará cuando venga (v. 21). La pregunta sería: ¿Puede un Cristo meramente humano ser el objeto de esa clase de lenguaje? ¿O es que judas creía que Jesús era divino?

3.    CRISTOLOGÍA JUANINA

Aunque no hubiera nada más en el Nuevo Testamento para probar la divinidad de Cristo, los primeros catorce versículos del Cuarto Evangelio bastarían para convencer a cualquiera que creyera en la Biblia acerca de la Divinidad de Nuestro Señor. La doctrina del prólogo de ese evangelio constituye la idea fundamental de toda la teología juanina. El Verbo hecho carne, por un lado, es idéntico al Verbo que existía desde el principio y, por otro, con Jesucristo, el protagonista del Cuarto Evangelio. El Evangelio todo es la historia de la Palabra Eterna viviendo entre los hombres.

La enseñanza del Cuarto Evangelio también se halla en las epístolas juaninas. Desde las palabras de apertura el autor informa a sus lectores que la Palabra de vida ha sido manifestada y que los Apóstoles han visto, escuchado y tocado al que es la Palabra encarnada. La negación del Hijo significa la pérdida del Padre (1 Juan 2:23), y “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” (1 Juan 4:15). Es más enfático aún el escritor hacia el fin de la epístola: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.” (1 Juan 5:20).

Según el Apocalipsis, Cristo es el primero y el último, el alfa y el omega, el eterno y el todopoderoso (1:8; 21:6; 22:13). Es el Rey de reyes y Señor de los señores (19:16), el centro de la corte celestial (5:6). Él recibe la adoración de los ángeles más elevados (5:8) y es objeto de adoración ininterrumpida, en asociación con su Padre (5:13; 17:14)

4.    CRISTOLOGÍA DE LOS SINÓPTICOS

Hay una diferencia real entre la presentación del Señor que hacen los tres primeros evangelistas y la que hace el apóstol Juan. La verdad presentada por estos escritores podrá ser idéntica, pero es vista desde diferentes puntos de vista. Los tres Sinópticos resaltan la humanidad de Cristo en su obediencia a la ley, en su poder sobre la naturaleza, y su ternura hacia los débiles y afligidos. El Cuarto Evangelio no subraya los aspectos de la vida de Cristo que pertenecen a su humanidad, sino los que denotan la gloria de la Persona Divina, manifestada ante los hombres bajo forma visible. Pero a pesar de esas diferencias, los Sinópticos, a través de sus sutiles sugerencias, prácticamente anticipan la enseñanza del Cuarto Evangelio. Tal sugerencia está implícita, primero, en la aplicación sinóptica de la palabra “Hijo de Dios” a Jesucristo. Jesús es el Hijo de Dios, no meramente en sentido ético o teocrático, ni tampoco para decir que es uno entre varios hijos sino dejando claro que Él es el único, amadísimo Hijo del Padre, con una filiación no participada por nadie más y totalmente única (Mateo 3:17; 17:5; 22:41; 4:3, 9; Lucas 4:3, 9). Su filiación se deriva del hecho de la venida del Espíritu Santo sobre María y de que el Altísimo la ha cubierto con su sombra (Lucas 1:35). Igualmente, los Sinópticos implican la divinidad de Cristo en su descripción de la Navidad y de las circunstancias que rodearon a ésta; Él es concebido por obra del Espíritu Santo (Lucas 1:35) y su madre sabe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque el todopoderoso ha hecho en ella grandes cosas (Lucas 1:48). Isabel la llama “bendita entre todas las mujeres”, bendice al fruto de su vientre y se maravilla de que la madre de su Señor haya ido a visitarla (Lucas 1:42-43). Gabriel saluda a María llamándola “llena de gracia”, “bendita entre las mujeres”; le vaticina que su Hijo será grande y llamado Hijo del Altísimo y que su reino no tendrá fin. (Lucas 1:28, 32). El Cristo recién nacido es adorado por los pastores y los magos, representantes de los mundos judío y gentil; gloria de su pueblo, Israel (Lucas 2:30-32). Esas narraciones difícilmente caben en la descripción de un niño humano normal, pero sí adquieren significado a la luz del Cuarto Evangelio.

Los Sinópticos concuerdan con la enseñanza del Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo no únicamente en cuanto al uso que dan a la palabra “Hijo de Dios” y en las descripciones del nacimiento de Cristo y sus detalles. También lo hacen en las narraciones de la doctrina, vida y trabajos de Nuestro Señor. El mismo término Hijo del Hombre, aplicado frecuentemente por ellos a Jesús, se utiliza de tal manera que demuestra a Jesucristo como a alguien consciente de sí mismo y para quien el elemento humano no es algo primario, sino secundario. Muchas veces Cristo es simplemente llamado Hijo (Mateo 11:27; 28:20) y, correspondientemente, Él nunca llama al Padre “nuestro” Padre, sino “mi” Padre (Mateo 18:10, 19:35; 20:23; 26:53). Él recibe el testimonio del cielo durante su bautismo y transfiguración acerca de su filiación divina; los profetas del Antiguo Testamento no son rivales sino siervos en comparación con Él (Mateo 21:34). El título de “Hijo del Hombre”, así, significa una naturaleza para la que la humanidad de Cristo era accesoria. Igualmente, Cristo declara tener el poder de perdonar los pecados y da soporte a esa declaración con sus milagros (Mateo 9:2-6; Lucas 5:20, 24). Insiste en la fe hacia sí (Mateo 16:16-17); incluye su nombre en la fórmula bautismal entre el del Padre y el Espíritu Santo (Mateo 28:19); sólo Él conoce al Padre y sólo el Padre lo conoce a Él (Mateo 11:27); instituye la ordenanza de la Santa Cena (Mateo 26:26; Marcos 14:22; Lucas 22:19). Padece y muere para resucitar al tercer día (Mateo 20:19; Marcos 10:34; Lucas 18:33); y sube al cielo, pero no sin antes prometer que estará con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

Es indiscutible que las afirmaciones de Cristo respecto a tener la más alta dignidad personal están claras en los discursos escatológicos de los Evangelios Sinópticos. Él es el Señor del universo material y moral. Como Supremo Legislador, Él es el punto de referencia de toda ley; como Juez Final, Él determina el destino de todos. Aún si quitamos el Cuarto Evangelio del canon del Nuevo Testamento todavía tendríamos en los Evangelios Sinópticos una doctrina idéntica a la que se nos da en el Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo. Algunos puntos de esa doctrina quizás estarían menos claramente expuestos de lo que están ahora, pero seguirían siendo substancialmente iguales.

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C.    DESARROLLO DE LA CRISTOLOGÍA EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA Y LA TEOLOGÍA PROTESTANTE

La cristología bíblica muestra que Jesucristo es a la vez Dios y hombre. Mientras que la tradición cristiana siempre ha sostenido la triple tesis de que Cristo es verdadero Dios, verdadero hombre y que el hombre-Dios, Jesucristo, es una única e indivisible persona, las teorías erróneas y heréticas de varios líderes religiosos han forzado a la Iglesia Cristiana, a lo largo de la historia, a insistir más fuertemente en uno u otro de los elementos de su cristología. Una clasificación de los principales errores y de la correspondiente reacción de la Iglesia de ese tiempo, no muestra el desarrollo histórico de la doctrina de la Iglesia con suficiente claridad.

1.    NEGACIÓN DE LA HUMANIDAD DE CRISTO

Desde los primeros tiempos de la Iglesia fue negada la verdadera humanidad de Jesucristo. El docetista Marción y los priscilianistas llegaron a afirmar que Jesús tenía un cuerpo aparente. Los valentinianos, otro grupo herético, creían que Jesús moraba en un cuerpo traído del cielo. Los seguidores de Apolinario negaban que Jesús tuviera un alma humana, o que poseyera la parte superior del alma humana y por ello sostenían que el Verbo proveía la totalidad del alma de Cristo o por lo menos sus facultades superiores.

2.    NEGACIÓN DE LA DIVINIDAD DE CRISTO

Ya desde los tiempos apostólicos la Iglesia veía la negación de la divinidad de Cristo como algo eminentemente anticristiano (1 Juan 2:22-23; 4:3; 2 Juan 7). Los primeros mártires, los denominados Padres de la Iglesia más antiguos y las primeras liturgias eclesiásticas concuerdan en su profesión de la divinidad de Cristo. Aun así, los ebionitas, teodocianos, artemonitas y fotinianos veían a Cristo como un simple hombre, si bien dotado de una sabiduría divina, o como una apariencia de un Eón emanado del Ser divino según la teoría gnóstica, o también como una manifestación de ese mismo ser, pero siguiendo las aseveraciones de los sabelianos y patripasionistas teístas y panteístas. Finalmente, otros lo reconocían como el Verbo encarnado, pero concebido de acuerdo con la opinión arriana, como una criatura intermedia entre Dios y el mundo, distinta esencialmente del Padre y del Espíritu Santo.[3]

3.    LOS CREDOS DE LA IGLESIA ANTIGUA

Ante el avance de las herejías y el peligro de que se pervirtiera la fe cristiana, la iglesia reaccionó convocando concilios, definiendo de forma clara la fe cristiana ortodoxa y redactando credos como testimonio de dicha fe. Uno de ellos, el Concilio de Nicea, buscaba combatir las herejías cristológicas de la época, principalmente el arrianismo. El Concilio de Nicea tuvo lugar en el año 325 bajo el liderazgo del Emperador Constantino y es aceptado por la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Anglicana y muchos grupos e iglesias Protestantes. El Credo de Nicea, resultado final de dicho Concilio, es una profesión o declaración de fe adoptada por los líderes cristianos de la época. Si bien las definiciones de Nicea tratan directamente de la doctrina de la Trinidad, también enseñan que Jesús, el Hijo de Dios, es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo, estableciendo así la divinidad de Jesucristo, el Verbo Encarnado.[4]

El Credo de Nicea

En general, el Credo de Nicea expresa una clara declaración de fe con respecto a las creencias cristianas fundamentales. El Credo de Nicea afirma acerca de Jesucristo:

“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.”[5]

Pero el Credo de Nicea no fue el único en redactarse para combatir la herejía. Otros credos importantes en la historia de la iglesia, aceptados incluso por la mayoría de las confesiones protestantes históricas, y que definieron la cristología del cristianismo ortodoxo, fueron el Credo de los Apóstoles, el Credo de Calcedonia y el Credo de Atanasio.

El Credo de los Apóstoles

El Credo o Símbolo de los Apóstoles probablemente se originó, en su forma actual, en la Galia, en el siglo V​ ligado a formas anteriores como “Jesús es el Señor”​ y la fórmula trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu Santo, ​ que aparecen en el Nuevo Testamento.[6] Dicho Credo afirma:

“Creo en Dios Padre, Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra. Creo en Jesucristo, Su Unigénito Hijo, nuestro Señor quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María; sufrió bajo Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió al infierno; al tercer día resucitó de entre los muertos; ascendió al cielo, y se sentó a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo, y la vida eterna. Amén.”[7]

El Credo de Calcedonia

El Concilio de Calcedonia fue un concilio ecuménico el cual se realizó del 8 de octubre al 1 de noviembre del año 451 en Calcedonia, ciudad de Bitinia, en Asia Menor, para combatir la herejía monofisita. Dicho Concilio dio lugar al Credo de Calcedonia, cuyas definiciones dogmáticas han sido desde entonces reconocidas como infalibles por la Iglesia católica y por la Iglesia ortodoxa, así como también por la Comunión anglicana, el luteranismo y las iglesias reformadas. Dicho Credo reza:

“Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. Amén.”[8]

El Credo de Atanasio

El Credo de Atanasio es una declaración de fe centrada en la doctrina Trinitaria, generalmente atribuida a Atanasio de Alejandría (296-373 d.C.) quien fuese obispo de Alejandría. Atanasio es considerado el campeón de la defensa de la ortodoxia trinitaria frente a la herejía arriana en el Concilio de Nicea, no obstante, su autoría sobre este credo ha sido refutada. El teólogo reformado holandés Gerardo Vossius (1577 – 1649) fue la primera persona en poner en duda la autoría del Credo Atanasiano. Las razones para negar la autoría de Atanasio sobre el Credo que lleva su nombre son, en primer lugar, porque el Credo está escrito en latín y no en griego, que era la lengua de Atanasio. En segundo lugar, porque no es mencionado por ningún contemporáneo ni por ninguno de los Concilios ecuménicos. Finalmente, el Credo no se utiliza en la Iglesia oriental, de donde provenía Atanasio, sino en la Iglesia occidental; lo que hace pensar que su origen se encuentra en la antigua Iglesia de occidente. Por otra parte, el Credo utiliza terminología idéntica a la de la obra Sobre la Trinidad (publicada en el 415) de Agustín de Hipona (354 – 430), lo que contribuye a la tesis de que su origen se encuentra en la Iglesia occidental. Además, es citado por Cesáreo de Arlés (470 – 542) y mantiene un estilo muy similar al de las obras teológicas de Vicente de Lerins (445 d.C.), por lo que lo más probable es que su origen se encuentre en el sur de la actual Francia.[9] La ortodoxia del Credo, sin embargo, es incuestionable:

“Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Universal. El que no guardare esta fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente. Y la Fe Universal es ésta: que adoramos a un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia. Porque es una la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; más la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu es toda una, igual la Gloria, coeterna la Majestad. Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo. Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno; como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un solo increado y un solo incomprensible. Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así también, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor es el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque, así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas de por sí es Dios y Señor, así la religión cristiana nos prohíbe decir que hay tres Dioses o tres Señores. El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado. El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad nadie es primero ni postrero, ni nadie mayor ni menor; sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y coiguales. De manera que, en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la Trinidad en Unidad. Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad. Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, de la Sustancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Sustancia de su Madre, nacido en el mundo; perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne Humana; igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad. Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no es dos, sino un solo Cristo; uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios; uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona. Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo Cristo; El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios Todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras. Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la Fe Universal, y quien no lo crea fielmente no puede salvarse. Amén.

En resumen, los credos sostenidos por la ortodoxia cristiana afirman la plena deidad y humanidad de Cristo. Toda sana cristología protestante acepta como válidos los postulados de los credos anteriormente mencionados, considerándolos expresiones válidas de la fe cristiana bíblica e histórica. El protestantismo ortodoxo, del cual formamos parte, afirma la unión hipostática de la persona de Jesús.[10] En Jesucristo se reúnen hipostáticamente su naturaleza humana y su naturaleza divina. O sea, están unidas en la hipóstasis o persona del Verbo.

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III.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS ANTIGUAS

Las primeras herejías de la época patrística (ss. I-III) negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera. Son las doctrinas docetas del cuerpo aparente de Jesús, que ya denunciaban la primera y segunda carta de Juan e Ignacio de Antioquía. Estas ideas descabelladas de un Cristo sin cuerpo real comenzaron a tomar forma en los sistemas gnósticos. Otro modo de negar la verdadera humanidad de Jesús fue la herejía de Apolinar difundida en los siglos IV-V. Este error no rechazaba la carne de Cristo sino su alma humana. Negaba la completa humanidad de Jesús al predicar un Jesús sin alma. El Verbo ocupaba el lugar del alma y lo hacía todo. De ese modo quedaba eliminado el mundo interior de Cristo hombre. También ocurrió frecuentemente lo contrario de lo anterior: La negación de Su Divinidad. En la siguiente tabla podemos observar las principales herejías cristológicas que sacudieron la iglesia antigua.

Cuadro Descriptivo de Herejías Cristológicas[11]

Ebionitas Niegan la divinidad de Jesús. Aceptan solo su humanidad. Se dieron 2 tipos: 1) Aceptan la virginidad de María, ya que no la interpretaba como una prueba de la filiación divina de Jesucristo. Éste, simple hombre o última de las siete reencarnaciones de Adán, tiene la misión de llevar a los hombres al conocimiento de la Ley en la cual consiste la única salvación. 2) Jesús sería fruto de un matrimonio entre una «joven» con un carpintero. Jesús percibía la inclinación al pecado como todos los hombres, y su elección, anunciada de antemano por los profetas, debía reducirse a su buena conducta.
Adopcionismo Se dieron dos tipos: 1) De Teodoto de Bizancio: Cristo era solamente un hombre, al que Dios adoptó como hijo en el momento de su bautismo y al que confirió una potencia divina para que pudiera llevar a cabo su misión en el mundo. 2) Pablo de Samosata, de Antioquía: para conservar la unidad divina, sostenía que Jesús no era Dios sino un hombre como los demás, pero con la diferencia de que, a él, el Verbo se le había comunicado de una manera especial, inhabitado en él, como si estuviera poseído por Dios.
Docetismo Herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo. Por su etimología viene de la voz griega dokéo, parecer, dókesis, apariencia. Sirve para designar el error de los que se niegan a admitir que Jesucristo ha sido hombre verdadero, con cuerpo de carne como el nuestro. Por consiguiente, sería pura ilusión o apariencia todo lo que los Evangelios cuentan y la Iglesia enseña sobre la concepción humana de Cristo, su nacimiento y su vida, sobre su pasión, muerte y resurrección. Dios se presenta con apariencia humana. Es un cuerpo aparente. ¿Cuál es el problema soteriológico? No se redime la humanidad.
Apolinarismo El Obispo Apolinar, con el objeto de poner de relieve la personalidad divina de Cristo, afirmó que Cristo no tenía un alma propiamente humana, sino que el Verbo encarnado había tomado el lugar de esta alma; por lo mismo, ya no se podía hablar más de dos naturalezas sino de una única naturaleza y de una única persona en Cristo
Arrianismo Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (…), el mismo Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de ser hecho, y también Él tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea llamado Dios, no es verdaderamente tal”. En consecuencia, para Arrio el Hijo era una especie de Demiurgo, un segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre Dios y las criaturas, no engendrado sino creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su enérgico rechazo a la doctrina de la generación estuvo motivado en impedir, por considerarlo inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único. Tampoco llegó al extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo, creía que Cristo no era una persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra parte, su interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó el lugar del alma humana, por lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas relativas al Espíritu Santo siguieron la misma suerte que las del Verbo, esto es, resaltó su condición de creatura, pero de un rango aún inferior a la de Aquél.
Monofisismo o eutiquianismo Sostenía que la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida por la divina, produciéndose la unión física de lo humano y divino en una sola naturaleza (fisis), o sea la divina. Así, se negaba la realidad de la naturaleza humana de Cristo que, al ser absorbida por la divina, la carne no sería sino mera apariencia.
Monotelismo Afirmaba que Cristo no tuvo voluntad humana, solamente voluntad divina. Se le priva a Cristo de tener libre albedrío humano para escoger y decidir.
Nestorianismo Nestorio afirmaba que las propiedades divinas del Logos/Hijo no pueden atribuirse al hombre Jesús ni las humanas al Logos/Hijo; por eso no puede decirse que el Verbo nació, fue engendrado, murió, ni que Jesús es inmortal.

Nestorio afirmaba que no se podían atribuir al Hombre Jesús de Nazaret las propiedades del Verbo Hijo ni atribuir las propiedades del Verbo al Hombre/Jesús.

Escuela de Alejandría La del Logos-sarx, al concentrar su atención en el Verbo como sujeto del hombre Dios, descuida la importancia del alma humana de Jesús y, en general, de su humanidad.
Escuela Antioqueña La del Logos-anthropos, en cambio, ilustra la plena realidad de la humanidad de Cristo, pero muestra algunos titubeos al afirmar el puesto central del Verbo como sujeto de la actividad divina.

 

IV.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS MODERNAS

Los tiempos han cambiado, pero las herejías siguen siendo las mismas o resurgen nuevamente, vestidas con nuevos ropajes, de entre los escombros del pasado. Dos de ellas destacan por su naturaleza dinámica y expansiva en el mundo religioso de hoy: El modalismo (sabelianismo) enseñado por el Movimiento “Solo Jesús” (Jesus Only) y el arrianismo modificado de los Testigos de Jehová.

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A.    EL MOVIMIENTO “SÓLO JESÚS”

El evangelicalismo moderno (y de forma particular el pentecostalismo) ha visto la aparición de grupos heréticos dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”. El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta doctrina es tanto una negación de la Trinidad como una herejía cristológica.

Esta herejía tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario, es que hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.” Esta enseñanza de Solo Jesús ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo.[12]

El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario, o Movimiento Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.[13]

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su Padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.[14]

B.    EL ARRIANISMO MODIFICADO DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Los Testigos de Jehová son una secta con creencias antitrinitaristas distintas a las vertientes principales del cristianismo. ​ Se consideran a sí mismos una restitución del cristianismo primitivo, creencia que se basa en su propio entendimiento de la Biblia, preferentemente de su Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que tiene, según ellos, como propósito santificar el nombre de Jehová. Su entidad jurídica, la Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, fue fundada en 1881 por Charles Taze Russell, quien la presidió hasta su muerte, en 1916. En la actualidad es dirigida por un Cuerpo Gobernante desde su sede principal en Warwick (Nueva York).​ Este cuerpo gobernante se encarga de establecer la doctrina oficial de la congregación mundial. Según sus propios datos, en 2018, sus publicaciones se distribuyeron en 240 países y territorios; y contaban con 8.4 millones de “publicadores” o miembros activos.[15]

Los Testigos de Jehová creen en Jehová (Dios el Padre) como el único Dios, y se identifican como seguidores de un único líder, Jesucristo, a quien consideran hijo de Dios pero no Dios en sí mismo, y a quien además identifican con el arcángel Miguel.[16] Asimismo, y A diferencia de las denominaciones cristianas ortodoxas, rechazan todas las doctrinas del Concilio de Nicea I y posteriores,​ entre ellas la Trinidad,[17] el fuego del infierno y la inmortalidad inherente del alma.

Los Testigos de Jehová enseñan que Jesús vivió en el cielo durante mucho tiempo antes de venir a la Tierra. Para los testigos, Jesús fue lo primero que Jehová creó (Colosenses 1:15). Jesús también es especial para Dios porque es su “Hijo unigénito”. Esto significa que Jesús es el único a quien Jehová creó solo, sin ayuda. Además, Jesús es el único que colaboró con Jehová para crear todo lo demás (Colosenses 1:16). Y solo a Jesús se le llama “la Palabra” o “el Verbo”, porque Jehová dio instrucciones y mensajes a ángeles y a humanos por medio de él (Juan 1:14).

Los Testigos de jehová enseñan que Jesús fue creado, lo que significa que antes no existía. Creen que solo Jehová ha existido siempre. Creen que el Padre es mayor que el Hijo y distinto a él en naturaleza. Afirman que solo Jehová es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1) y que Jesús es simplemente la segunda persona más importante y poderosa que existe después de Dios.

C.    UNA RESPUESTA BÍBLICA A LOS PENTECOSTALES UNICITARIOS Y LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no vacilan en enseñar con claridad la doctrina trinitaria. Judas 20-21 nos dice: “…Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna…”. La doctrina de la Trinidad no es un invento de la Iglesia de los primeros siglos ni una copia de sistemas paganos, sino la enseñanza clara y evidente del Nuevo Testamento, respaldado por el Antiguo, sobre Dios. Toda la Biblia se une en defensa de la doctrina trinitaria. La Biblia en su conjunto nos enseña que:

(1) Hay un Dios: Deuteronomio 6:4; 1 Corintios 8:4; Gálatas 3:20; 1ª Timoteo 2:5.

(2) La Deidad está compuesta de tres Personas: Génesis 1:1; 1:26; 3:22; 11:7; Isaías 6:8; 48:16; 61:1; Mateo 3:16-17; 28:19; 2 Corintios 13:14. En Isaías 48:16 y 61:1, el Hijo está hablando mientras hace referencia al Padre y al Espíritu Santo. Compare Isaías 61:1 con Lucas 4:14-19 y se dará cuenta de que es el Hijo hablando. Mateo 3:16-17 describe el evento del bautismo de Jesús. En este se ve a Dios el Espíritu Santo descendiendo sobre Dios el Hijo mientras Dios el Padre proclama Su complacencia en el Hijo. Mateo 28:19 y 2ª Corintios 13:14 son ejemplos de 3 personas distintas en la Trinidad.

(3) Los miembros de la Trinidad se distinguen el uno del otro en varios pasajes: En el Antiguo Testamento, Jehová afirma tener un “Hijo” (Salmos 2:7, 12; Proverbios 30:2-4). El Espíritu se distingue de Jehová (Números 27:18) y de Dios (Salmos 51:10-12). Dios el Hijo se distingue de Dios el Padre (Salmos 45:6-7; Hebreos 1:8-9). En el Nuevo Testamento, Juan 14:16-17 es donde Jesús ruega al Padre que envíe un Consolador, el Espíritu Santo. Esto muestra que Jesús no se consideró el Padre o el Espíritu Santo. Tome en cuenta también todos los otros tiempos en los Evangelios, en donde Jesús habla al Padre. ¿Estaba hablándose a Sí mismo? No. El habló a otra persona de la Trinidad – al Padre.

(4) Cada miembro de la Trinidad es Dios: El Padre es Dios: Juan 6:27; Romanos 1:7; 1ª Pedro 1:2. El Hijo es Dios: Juan 1:1, 14; Romanos 9:5; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1 Juan 5:20. El Espíritu Santo es Dios: Hechos 5:3-4; 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9; Juan 14:16-17; Hechos 2:1-4).

(5) La subordinación dentro de la Trinidad: La Escritura muestra que el Espíritu Santo es subordinado al Padre y al Hijo, y el Hijo es subordinado al Padre. Esta es una relación interna, y no niega la deidad de ninguna persona de la Trinidad. Esta es simplemente un área en el cual nuestras mentes finitas no pueden entender lo concerniente al Dios infinito. Concerniente al Hijo veamos: Lucas 22:42; Juan 5:36; Juan 20:21; 1 Juan 4:14. Concerniente al Espíritu Santo veamos: Juan 14:16; 14:26; 15:26; 16:7 y especialmente Juan 16:13-14.

(6) Las labores de los miembros individuales de la Trinidad:

  • El Padre es el recurso o causa esencial de: el universo (1 Corintios 8:6; Apocalipsis 4:11); la revelación divina (Apocalipsis 1:1); la salvación (Juan 3:16-17); y las obras humanas de Jesús (Juan 5:17; 14:10). El Padre pone en marcha todas estas cosas.
  • El Hijo es el agente a través de quien el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (1 Corintios 8:6; Juan 1:3; Colosenses 1:16-17); la revelación divina (Juan 1:1; Mateo 11:27; Juan 16:12-15; Apocalipsis 1:1); y la salvación (2 Corintios 5:19; Mateo 1:21; Juan 4:42). El Padre hace todas estas cosas a través del Hijo, quien hace las veces de Su agente.
  • El Espíritu Santo es el medio por el cual el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (Génesis 1:2; Job 26:13; Salmos 104:30); la revelación divina (Juan 16:12-15; Efesios 3:5; 2 Pedro 1:21); la salvación (Juan 3:16; Tito 3:5; 1 Pedro 1:2); y las obras de Jesús (Isaías 61:1; Hechos 10:38). De este modo el Padre hace todas estas cosas por el poder del Espíritu Santo.[18]

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V.        CONCLUSIÓN

Las herejías no nos deben escandalizar ni desalentarnos. Al contrario, nos invitan a afianzar y a afirmar mejor nuestra fe, para seguir dando razones de ella a quienes nos pidan. La Providencia de Dios ha sabido y sabrá siempre llevar la historia de la Iglesia a feliz término, recorriendo los senderos que a Él le parezcan más apropiados para manifestar su Sabiduría y su Misericordia con todos nosotros. Las herejías nunca podrán vencer a la Iglesia, pues el Señor Jesucristo ha prometido que Él edificaría su “iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Al mismo tiempo, la existencia de herejías en nuestra época nos hace vigilar, porque nadie está seguro de no caer. De esto mismo nos exhorta Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”  (1 Corintios 10: 12).

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NOTAS DE REFERENCIA:

[1] Herve Masson, Manual de herejías (Rialp: 1989), p. 5.

[2] Jurgen Moltmann, El Dios Crucificado: La Cruz de Cristo Como Base y Critica de Toda Teología Cristiana, (Sígueme: 1977), pp. 125-210

[3] Henri-Charles Puech (Ed.), Las religiones en el mundo mediterráneo y en el Oriente Próximo, Vol. I: Formación de las religiones universales y de salvación. Siglo XXI, 4ª ed., (Madrid, 1985), pp. 416-418.

[4] E. Mitre, Ortodoxia y herejía: Entre la Antigüedad y el Medievo (Cátedra, 2003), pp. 60-61.

[5] B. Llorca Vives, Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, (BAC, Madrid 1990), 7ª ed., p. 388.

[6] Hans Küng, El Credo de los apóstoles Contemporáneos, (Madrid, 1995), p. 37.

[7] J. N. D. Kelly: Early Christian Creeds, (Longman, Harlow 1975) 3.Ed. p. 56.

[8] Carlos Madrigal, Explicando la Trinidad al Islam, (Publidisa, 2007) pp. 137-140.

[9] James Sullivan, “El Credo Atanasiano”, Enciclopedia Católica. Vol. 2, (New York: Robert Appleton Company, 2017), pp. 33-35.

[10] La unión hipostática es un término técnico que designa la unión de las dos naturalezas, divina y humana, que en la teología cristiana se atribuye a la persona de Jesús.

[11] Marcos Antonio Ramos, Nuevo Diccionario de Religiones, Denominaciones y Sectas, (Grupo Nelson, 1998).

[12] Bernard, David A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. (Hazelwood, MO: Word Aflame Press), 1999.

[13] Bernard, David K., The Apostolic Life (Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press), 2011.

[14] Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism (Springfield, MO: Universal Publishers), 2003.

[15] Anuario de los Testigos de Jehová 2018, p. 35.

[16] «¿Es Jesús el arcángel Miguel?». La Atalaya. 2010. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[17] «Mito 4: Dios es una Trinidad». La Atalaya. 2009. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[18] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál camino? (Miami, FL: Editorial Vida), 1984.

Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, GRACIA DIVINA, Sin categoría

La gracia común o universal

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

¿Cómo se puede explicar la vida comparativamente ordenada que hay en el mundo, viendo que todo él está bajo la maldición del pecado? ¿Cómo es que la tierra produce deliciosos frutos en rica abundancia y no nada más espinas y abrojos? ¿Cómo podemos explicar que el hombre pecador todavía retenga algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales y de la diferencia entre el bien y el mal, y que muestre algún respeto por la virtud y por la buena conducta externa? ¿Qué explicación puede darse de los dones y talentos especiales con que el hombre natural está capacitado, y del desarrollo de la ciencia y del arte por medio de aquellos que están despojados por completo de la vida nueva que hay en Cristo Jesús? ¿Cómo podemos explicar las aspiraciones religiosas de los hombres en todas partes, aun de aquellos que de ninguna manera han entrado en contacto con el cristianismo? ¿Cómo pueden los que no están regenerados hablar todavía de la verdad, hacer bien a otros y llevar vidas virtuosas en público? La doctrina de la gracia común busca dar una respuesta bíblica a todas estas interrogantes.

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¿QUÉ ES LA GRACIA COMÚN?

La gracia común puede definirse como la gracia de Dios, por medio de la cual Él da muchas bendiciones inmerecidas a todas Sus criaturas. Esta incluye cualquier manifestación de la gracia de Dios hacia las personas en general, con total independencia de su condición espiritual. En otras palabras, la gracia común está disponible para todos los seres humanos sin discriminación. Entre las bendiciones que Dios da en Su gracia común se encuentran el refrenar el pecado de los hombres para que éstos no sean tan malos como podrían ser. Debe recordarse que el hombre caído tiene una naturaleza pecaminosa y sin la gracia común la humanidad sería, en última instancia, autodestruida (Romanos 1:18-2:16; 3:9-20). Por eso Dios, en Su gracia común hace que el sol brille sobre justos e injustos. Este es el tipo de gracia que guarda radicalmente a la humanidad depravada de la autodestrucción.[1]

Pero la gracia común hace más que simplemente librarnos de la autodestrucción por causa de nuestra naturaleza depravada y pecaminosa. La gracia común da orden a la vida a pesar de la maldición del pecado. Hace que la tierra rinda sus frutos en abundancia, a pesar de las espinas y los cardos. Le permite a la humanidad depravada conocer la diferencia entre el bien y el mal, tener aspiraciones religiosas, hacer buenas obras, dar donaciones filantrópicas a otros en necesidad, dota a los hombres con sabiduría, capacidades y talentos.  Todo esto es producto de la gracia común.

Los efectos producidos por la gracia común dada a todos los hombres son la revelación natural por la cual la creación declara al Creador a través del universo, la presencia de la verdad, el bien y la belleza, el temor natural del ser humano por un juicio final y futuros castigos por la maldad, un sentido natural de lo correcto y de lo incorrecto, las restricciones de los gobiernos, el temor de Dios, los intereses religiosos, etc. Sin embargo, esta gracia común debe distinguirse de la operación del Espíritu Santo que conduce al hombre a la salvación. La gracia común y la gracia salvadora no son lo mismo. El propósito de la gracia común es causar que nos volvamos a Dios para recibir aún mayor gracia, la gracia salvadora.[2]

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ALCANCE DE LA GRACIA COMÚN

Evidencias de la gracia común pueden verse en cualquier manifestación de la bondad de Dios para con cualquier persona, familia, tribu, pueblo o nación, o para con todos los seres humanos en general. Dicha bondad de Dios no diferencia entre creyentes y no creyentes, entre Israel y las otras naciones, entre la Iglesia y el mundo, o entre buenos y malos. No puede dudarse que la gracia común encuentra su propósito parcial en la obra redentora de Jesucristo; está subordinada a la ejecución del plan de Dios en la vida y en el desarrollo de la Iglesia. Pero además de eso, también sirve a un propósito independiente, es decir, el de traer la luz y desarrollar las potencialidades y talentos que están latentes en la raza humana, para que el hombre ejerza un dominio siempre en aumento sobre la creación más baja, glorificando de este modo a Dios el Creador.[3]

La doctrina de la gracia común es enseñada en ambos Testamentos (Génesis 8:22, 9:8-15. Salmo 145:9; Mateo 5:43-34, Marcos 16:15, 1 Timoteo 4:10, etc.) y está presente en todos los ámbitos de la vida:

ÁMBITO DE LA VIDA FORMA EN QUE OPERA LA GRACIA COMÚN
ÁMBITO MATERIAL El sol y la lluvia (Mateo 5), las estaciones del año (Génesis 8:22), la comida y la bebida y todo lo relacionado con la vida física – su origen, su preservación, su prolongación, etc., nos viene de “la gracia común”.
ÁMBITO CULTURAL Lo mejor del arte, de la literatura y de la música, los avances en la medicina, los descubrimientos científicos, etc.
ÁMBITO SOCIAL Abarco todo lo relacionado con la sociedad humana, las relaciones interpersonales, etc. En este ámbito hay muchas bendiciones de Dios: la paz; el orden; la justicia; la ayuda humanitaria; la amistad; el amor humano; la felicidad en el matrimonio, etc.
ÁMBITO MORAL Abarco áreas como: (1) La conciencia humana, que sigue siendo un importante freno sobre el mal y acicate al bien; (2) Otras sanas influencias que existen en el mundo – no todas ellas son cristianas; y: (3) Las buenas obras – la Biblia enseña claramente que nuestra aceptación por Dios no depende, ni siquiera en parte, de ninguna buena obra, pero, en otro sentido, las buenas obras existen y las hacen todo tipo de personas, gracias a “la gracia común”.
ÁMBITO ESPIRITUAL En este ámbito también hay muchas manifestaciones de “la gracia común”: “la revelación general” (las obras visibles de Dios, la conciencia humana, etc.); la extensión del evangelio; el ofrecimiento del evangelio a todo el mundo; la libertad de culto (donde la hay); etc.

En la teología arminiana la gracia común es considerada, hasta cierto punto, uno de los eslabones del ordo salutis y se relaciona íntimamente con la gracia preveniente que le conduce a una fe salvadora. En virtud de la gracia común de Dios el hombre irregenerado es guiado de una luz menor a una luz mayor, exponiéndose a la gracia preveniente que lo libera y le permite, al entrar en contacto con la Palabra y ser redargüido por el Espíritu Santo, ejecutar en cierta medida el bien espiritual, volverse a Dios con fe y arrepentimiento y de esta manera aceptar a Jesús para salvación. Dicho de otra manera, la gracia común por medio de la iluminación de la mente y la influencia persuasiva de la verdad natural incita al pecador a buscar al Dios no conocido por él. Así pues, la gracia común es la esencia misma de la búsqueda humana de Dios (Hechos 17:16-27). Al incitarle en su búsqueda, el hombre queda expuesto a la Palabra y con ella al influjo del Espíritu Santo quien, por obra de la gracia previa a la regeneración, verá liberada su voluntad y se le permitirá aceptar a Jesucristo y volverse a Dios con fe y arrepentimiento, alcanzando con ello la salvación, a menos que como pecador, con toda obstinación, resiste a la operación del Espíritu Santo.

Lo anterior no debería de extrañarnos. Se debe a la gracia común que el hombre todavía retenga algún sentido de la verdad, el bien y la belleza, la gracia común induce en el hombre un deseo por la verdad, por la moralidad externa, y hasta por ciertas formas de religión. Pablo habla de los gentiles que “muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia. y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15). Nadie ha sido enviado a este mundo totalmente desprovisto de luz y verdad. Pablo incluso afirma que aquellos que dan rienda suelta a sus bajos instintos y viven vidas inicuas, lo hacen a pesar de que conocen la verdad de Dios, y no obstante, detienen la verdad con injusticia y cambian la verdad de Dios por la mentira (Romanos 1:18-25). ¿Cómo llegaron a conocer la verdad? A través de la gracia común dada a la humanidad.

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LIMITACIONES DE LA GRACIA COMÚN

La gracia común, sin embargo, no debe ser malentendida. En primer lugar, la gracia común no remueve la culpa del pecado y por lo tanto no lleva con ella el perdón; tampoco levanta la sentencia de condenación, sino nada más bien pospone la ejecución (Hechos 17:16-31). En la caída, Dios pronunció la sentencia de muerte sobre el pecador. Hablando del árbol de la ciencia del bien y del mal dijo Dios: “El día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). El hombre comió, y la sentencia, hasta cierto punto, entró en ejecución, pero es claro que no se ejecutó toda, al instante. A la gracia común se debe que Dios no ejecutara al momento toda la sentencia de muerte sobre el pecador, y a la misma se debe que no la ejecute ahora, sino que mantiene y prolonga la vida natural del hombre y le da tiempo para que se arrepienta. Dios no arranca de golpe la vida del pecador, sino que le proporciona oportunidad para el arrepentimiento, removiendo toda excusa y justificando la manifestación que está por venir de su ira sobre todos aquellos que persistan en pecar hasta el fin. De los pasajes siguientes resulta evidencia abundante de que Dios actúa sobre la base de este principio: Isaías 48:9, Jeremías 7:23-25; Lucas 13:6-9; Romanos 2:4; 9:22 y 2 Pedro 3:9, entre otros. Posiblemente la divina y buena voluntad de aplazar la revelación de su ira y de soportar “con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción” ofrezca una explicación suficiente de las bendiciones de la gracia común (Romanos 9:14-26).

Ahora bien, por la operación de la gracia común el pecado también está frenado en cierta medida en las vidas de los individuos y en la sociedad. Al presente, no se permite al elemento de corrupción que entró en la vida de la raza humana llevar a cabo su obra de desintegración. Ciertos pasajes bíblicos indican con claridad el hecho de que Dios restringe el pecado de varias maneras, por ejemplo: Génesis 20:6; 31:7; Job 1: 12; 2: 6; 2 Reyes 19:27-28; Romanos 13:1-4, etc. Este freno puede ser externo, o interno, o ambas cosas a la vez, pero no cambia el corazón. Sólo impide la autodestrucción del ser humano a causa de su propia naturaleza caída.

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LA GRACIA COMÚN EN EL CALVINISMO Y EN EL ARMINIANISMO

Aunque muchos suponen que la doctrina de la gracia común es netamente una enseñanza calvinista, eso está lejos de ser cierto. Aunque esta doctrina ha sido fuertemente defendida por teólogos calvinistas como Abraham Kuyper,[4] en muchos sentidos, los principales adversarios de la gracia común son los mismos calvinistas ortodoxos, los cuales ven en ella un elemento de arminianismo dentro de sus filas.[5] Ahora bien, la concepción arminiana de la gracia común difiere en algunos aspectos de la interpretación calvinista de la misma. Para el arminiano la gracia común es parte íntegra del proceso de salvación, lo precede o conduce a él en cierta medida. Conduce al hombre, a través de la revelación natural y su propia conciencia, hacia esa gracia suficiente que capacita al hombre para arrepentirse y creer en Jesucristo para salvación, y Dios en su propósito divino ha querido que esa gracia conduzca a los hombres a la fe y al arrepentimiento, aunque los hombres, por su propia y libre elección, decidan rechazarla y condenarse. Una gracia sin esa intención, y que no sirva en verdad para la salvación de los hombres o les conduce hacia ella, constituye una contradicción de términos. La gracia común propuesta por los calvinistas, al estar desconectada totalmente del proceso de salvación, resulta por necesidad, o cuando menos en la práctica, inoperante para el cumplimiento del propósito mayor de Dios, y es, de hecho, una influencia desperdiciada. La gracia ya no es gracia si no incluye la intención salvadora del dador.

Como ya se dijo anteriormente, muchos calvinistas argumentan a veces que la doctrina de la gracia común es un elemento arminiano infiltrado en su doctrina, ya que envuelve de manera suave la doctrina de la expiación universal, y, por tanto, conduce al campo arminiano. Otra objeción a la doctrina de la gracia común es que presupone en Dios cierta disposición favorable hasta para los pecadores reprobados, algo inaceptable en el calvinismo, el cual sostiene que Dios siente aversión, disgusto, odio e ira hacia cierto sector de la humanidad, los reprobados, ¿Por qué entonces concederles cierta medida de gracia? En este sentido, la doctrina de la gracia común choca, al menos hasta cierto punto, con la doctrina calvinista de la elección y la reprobación.

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CONCLUSIÓN

La gracia común es una enseñanza bíblica bastante ignorada y que nos puede salvar de mucha confusión y de muchos errores, y que puede restaurar a la Iglesia una parte de su rica base teológica para el beneficio de todos. En un sentido, no hay nada más común que “la gracia común”, porque no hay ningún ser humano que no se beneficie de ella. Pero, en otro sentido, ¡no hay nada menos común que “la gracia común”, porque sigue siendo gracia, el favor inmerecido de Dios, nuestro Creador!

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REFERENCIAS:

[1] Henry R. Van Til, El concepto calvinista de la cultura (Editorial CLIR), 2016.

[2] Abraham Kuyper, Common Grace (Volume 1): God’s Gifts for a Fallen World (Lexham Press), 2015.

[3] Sebastián Santamaría, Los Puritanos y el pensamiento reformado sobre gracia común (Tinta Puritana), 2016.

[4] Es importante destacar que Abraham Kuyper (1837 – 1920), el genio versátil del calvinismo holandés, ha hecho más que cualquier otro hombre para definir el concepto calvinista de la cultura. Kuyper no solamente buscó dar contenido a la definición de cultura sobre un fundamento calvinista, sino que su vida total fue una gran demostración de la idea. Entró con celo en la contienda por afirmar los derechos reales de Cristo como Señor. Él fue no solamente un dogmático sino también un hombre de Estado; era profesor de teología y primer ministro de la reina; impartió conferencias eruditas pero también despertó a los hombres para que asumieran sus obligaciones políticas y sociales; Kuyper fue educador, periodista, autor de muchos libros, orador de gran estatura, amante del arte y viajero por el mundo.

[5] Ronald Cammenga, “Another Look at Calvin and Common Grace,” PRTJ , vol. 41, no. 2 (Abril, 2008), pp. 3-25.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Somos polvo nada más, frágiles vasijas de barro

Por Fernando E. Alvarado.

 

INTRODUCCIÓN

Todos conocemos la tremenda historia del Rey Nabucodonosor y su legendaria frase: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). Su arrogancia, soberbia y orgullo, lo llevaron a enloquecer durante siete tiempos y vagar errante por los montes y campos como un animal salvaje (Daniel 4:31-37). Esta historia conmueve mi corazón y me lleva a pensar que, si desde antes de la fundación del mundo, la arrogancia y el orgullo de Satanás le llevaron a su caída (Isaías 14:12-15), y si el orgullo está de primero en la lista de las siete cosas que aborrece el Señor en el libro bíblico de Proverbios (Proverbios 6:16-19), entonces hoy, en los últimos tiempos, el orgulloso, la soberbia y la arrogancia humana están más que nunca a la orden del día. Para el mundo el orgullo es sinónimo de fortaleza, poder y autoridad. No lo ven como un pecado, sino como algo positivo. Dios, sin embargo, tiene una escala de valores muy diferente. Un precioso texto bíblico afirma que Dios “hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmo 149:4). Lo cual concuerda con las palabras de Jesús: “Tomad mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Dios valora la humanidad. Eso está claro. La pregunta es: ¿Y nosotros? ¿Valoramos la humanidad? ¿Somos verdaderamente humildes? Examinándome a mí mismo puedo ver que no. Y que, de hecho, me falta mucho por lograr el ideal propuesto por Jesús.

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LA HUMILDAD, UNA VIRTUD POCO DESEABLE

Pero ¿Por qué la humildad nos parece tan poco deseable? ¿Por qué parece tan difícil de alcanzar? Quizá se deba a que hemos olvidado lo que somos. El humanismo antropocéntrico nos ha hecho olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos: ¡Al polvo! Así de sencillo: Dios nos hizo del polvo (Génesis 2:7) y un día nos devolverá al polvo (Salmo 90:3). En vez de eso, el ser humano ha construido un universo imaginario en el cual él es su propio dios y centro del universo. Pero tal universo es irreal. El ser humano no es un dios, es polvo nada más. ¡Polvo! Sí, el mismo que pisoteados y sobre el cual caminamos todos los días. Por eso pregunto: ¿Acaso hay algo grande y digno de jactancia y presunción en el hombre hecho de polvo? ¡No lo creo! El polvo es materia inanimada, sin vida, desintegrada. Es el polo opuesto a las complejas células interconectadas, los sistemas orgánicos, los patrones neuronales, los nervios, los músculos, los huesos, los tejidos, todo el sistema maravillosamente hilado que conforma a un ser humano vivo, formado en el vientre por el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 139:13).

DUST 2

Un ser humano vivo puede caminar, correr, construir, pensar, hablar, actuar, amar. Pero el polvo es apenas un conjunto de partículas desconectadas en la tierra, sin vida, sin acción, sin voluntad, sin poder; es materia inerte e inorgánica. Lo digno de ser recordado en todo esto es que tú y yo venimos del polvo, y nuestros cuerpos volverán al polvo. En ningún momento de nuestras vidas mortales estamos lejos de volver al polvo. De hecho, cada día que pasa estamos más cerca de volver a él. Somos muy frágiles… ¡Más de lo que quisiéramos admitir! A veces nuestra prosperidad temporal, la buena salud y nuestros logros de cualquier índole nos llevan al autoengaño y la negación de nuestra frágil condición humana. El problema de estar fuertes y sanos es que tú y yo empezamos a creer que somos algo más que partículas de polvo sobre las que Dios ha respirado aliento de vida temporalmente. Puesto que soy capaz de caminar, pensar, hablar, y actuar, empiezo a creer que soy inmortal: que siempre podré caminar, pensar, hablar, y actuar. Pero no será así. Es saludable aceptar la verdad de que somos polvo. Estamos hechos de polvo. En esta vida mortal nunca seremos más que un puñado de partículas de tierra en las que Dios ha soplado el aliento de vida temporalmente. Somos frágiles y delicados, y haríamos bien en no olvidarlo nunca.

VASIJA DE BARRO

EL LÍDER CRISTIANO Y SU LLAMADO A LA HUMILDAD

Sí. Sé bien que tú y yo somos diferentes. Tenemos distintos tipos de resistencia, tanto física como mental. Tenemos capacidades diversas para soportar más o menos horas de trabajo. A algunos se nos da bien viajar, a otros no tanto. En muchos sentidos tenemos distintas capacidades. Pero sea cual sea la constitución que Dios nos ha dado, ninguno somos más que polvo. Cada cristiano, y en particular aquellos que hemos sido llamados por Dios al ministerio o elegidos para ejercer responsabilidades de liderazgo en el Cuerpo de Cristo, debemos tener siempre en mente que, cuando nos rendimos a Jesús como Señor, no le ofrecimos los servicios de una criatura divina o semidivina para fortalecer su reino: le ofrecimos la vida frágil, temporal, mortal y delicada que él nos dio primero a nosotros. Eso es todo lo que tenemos para ofrecer. Dios lo sabe. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (Salmos 103:14), él recuerda que somos polvo. Conocer esto es vital al rendir nuestras vidas a Él en el ministerio. Solo teniendo esto en mente podremos escapar del orgullo, la soberbia y la arrogancia. Ahora pues: “Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, NTV).

CREACIÓN DE ADÁN