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Arminianismo Clásico, Calvinismo, Historia de la Iglesia

Raíces gnóstico-maniqueas del calvinismo

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Juan Calvino (1509-1564) admitió en diversas ocasiones que su teología ya había sido desarrollada por Agustín, por lo que la pregunta es entonces: ¿Cómo llegó Agustín a su visión de doctrinas como la predestinación, que es todo lo contrario de lo que se enseñaba públicamente dentro de la iglesia de los primeros 300 años de historia de la iglesia temprana? Esta pregunta es importante porque el calvinismo afirma ser un movimiento cristiano de gran antigüedad. Pero lo cierto es que las ideas que dieron vida a dicho sistema teológico pueden trazar su origen no en la iglesia primitiva, o en una correcta interpretación de la Biblia, sino en el gnosticismo[1], un movimiento herético enemigo del cristianismo bíblico desde sus orígenes.

Como cualquier historiador serio del cristianismo podrá constatar, Agustín de Hipona, el verdadero padre de calvinismo, fue él mismo un gnóstico maniqueo durante casi una década antes de convertirse al catolicismo. En general, se piensa que Agustín desarrolló su teología sobre la predestinación después de debatir con Pelagio (354-420/440), Sin embargo, estudios recientes sugieren que la doctrina de la Predestinación de Agustín fue desarrollada a partir de los debates de Agustín con los maniqueos, en términos de la inevitabilidad de ordenamiento cósmico divino y del mal personal (soberanía divina, si se quiere).

Pero ¿Quiénes eran los maniqueos? Los maniqueos representaban la rama persa del gnosticismo, y enseñaron tanto el determinismo y la depravación total. Sin embargo, su determinismo se basa en la mitología dualista[2] y también mantuvieron una actitud carnal de placer corporal. Aunque muchos calvinistas preferirían ignorarlo, los escritos de Agustín fueron influenciados por el maniqueísmo[3], que, a la vez, fue influenciado por el gnosticismo.

DOCTRINAS EXTRAÑAS ATACAN LA IGLESIA.

En el segundo siglo de la era cristiana, el verdadero enemigo de la iglesia, era el interno; la herejía. El gnosticismo era una falsa enseñanza que prevalecía. Alrededor del año 180, Ireneo de Lyon, Francia, escribió cinco libros, para salvaguardar a sus creyentes de la herejía gnóstica. Los gnósticos enseñaban que la salvación se basaba en un conocimiento secreto que solo ellos sabían. Se decían cristianos y asechaban a los creyentes de poco conocimiento; usaban un lenguaje “cristiano” adornado de versículos bíblicos, sembrando desconfianza hacia los pastores, diciendo que los mismos les ocultaban la verdad para controlar a sus feligreses y evitar que los creyentes obtuviesen la “gnosis”, una especie de conocimiento secreto reservado para unos pocos elegidos. Hablaban con gran convicción y sinceridad. Pero, aunque sonaba parecido al cristianismo bíblico, sus palabras no tenían el mismo significado[4]. Cuando ya habían atrapado la atención de los incautos, los gnósticos les explicaban una de las versiones del mito gnóstico: El “Padre” de quien hablaban los gnósticos era la deidad eterna, incognoscible, espiritual y suprema. Dicho ser ha emanado de sí mismo seres conocidos como eones. Los eones han asumido diversos nombres como “Cristo”, “Logos”, “Salvador” y “Sofía”. En cierto punto, “Sofía” decidió impropiamente, con orgullo y arrogancia, que ella podría y debería arribar a un conocimiento de lo incognoscible, el Padre excelso. Su orgullo y arrogancia dio como resultado que ella engendrara otro ser llamado “Yaldabaoth”[5], quien fue conocido como “Demiurgo”, o creador. Él heredó las fallas y pecados de su madre: orgullo arrogancia y maldad. Fue este ser, no el Padre supremo, quien creó el mundo físico. Para ellos, el creador, el dios del Antiguo Testamento, el Yahveh de Israel, no era el padre supremo. Él era un ser inferior malvado y arrogante.[6] Cuando explicaban un pasaje profético como el de Isaías 46:9, en el cual Dios anunció su exclusividad diciendo: “Yo soy Dios y no hay otro”, decían que este era el Demiurgo, el cual afirmaba con orgullo su unicidad, ignorando al verdadero Padre.[7] Como consecuencia, el mundo material creado por el Demiurgo tiene características del Creador. Todo lo físico, la tierra y particularmente el cuerpo humano, es visto como malvado, maligno y hasta pútrido.[8]

El gnosticismo crecería con el paso del tiempo y amenazaría la pureza doctrinal del cristianismo. A su vez, el gnosticismo se dividiría en numerosas sectas. Una de ellas, el maniqueísmo (gnosticismo de origen persa), lograría permear los cimientos mismos de la fe cristiana a través de uno de sus viejos adherentes: Agustín de Hipona.

AGUSTÍN, EL MANIQUEO.

Agustín de Hipona (en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis; Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hipona, 28 de agosto de 430), el verdadero padre del calvinismo, fue un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. Antes de su conversión al catolicismo, en su búsqueda incansable de respuestas al problema de la verdad, Agustín pasó de una escuela filosófica a otra sin que encontrara en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abrazó el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente, decepcionado, la abandonó al considerar que era una doctrina simplista que apoyaba la pasividad del bien ante el mal.

Los años posteriores a su conversión como cristiano estuvieron marcados por su oposición al determinismo Maniqueo. Él mismo, habiendo sido un Maniqueo, y ahora católico, deseó distanciarse de la atribución maniquea del pecado humano al poder de la oscuridad, que supuestamente se apodera de la persona humana, eliminando el albedrío moral y la responsabilidad individual.

Los primeros escritos de Agustín como católico, por contraste, subrayaron el poder del libre albedrío y de la responsabilidad individual por la acción de la propia persona: su tratado más nuevo que proclamó este mensaje –Sobre el Libre Albedrío– sería arrojado a su cara en décadas posteriores por los opositores pelagianos de Agustín, quienes citaron los mismísimos escritos de Agustín para oponerse a su ya madura teoría sobre la predestinación.[9] Así pues, las ideas agustinianas sobre la predestinación, la elección y muchas otras, recicladas más tarde por el calvinismo (y que hoy se nos quieren presentar como “doctrinas de la gracia”) marcaron simplemente un retorno de Agustín a su pasado maniqueo, ya que los maniqueos enseñaron un determinismo basado en un Orden Cósmico, doctrina que formó parte de las enseñanzas fundamentales que recibió Agustín bajo esa orden.

Si bien es cierto luego de su conversión al catolicismo, Agustín se opuso a esas doctrinas e incluso escribió un tratado para defender el libre albedrío y la responsabilidad personal de cada ser; luego, en las controversias con Pelagio (quien exageró el papel del libre albedrío), Agustín retornó a una estancia determinista y desarrolló su propia teoría de la predestinación a partir de la influencia gnóstica recibida por más una década como miembro de los maniqueos.

Al final de su vida, Agustín confirmó la predestinación con tal severidad que sus oponentes lo acusaron de regresar al fatalismo pagano, lo cual no estaba lejos de ser cierto. Más tarde, sus ideas sobre la predestinación influyeron en teólogos posteriores como Tomas de Aquino, Martín Lutero y Juan Calvino.[10] Sin embargo, es innegable que la predestinación absoluta no fue la posición original de Agustín. Su posición inicial fue sinergista como la de sus predecesores.[11]

INFLUENCIA GNÓSTICO-MANIQUEA EN AGUSTÍN.

Entre otras cosas Agustín tomó prestado de los maniqueos su noción dual del mal como “maldad” y como “mortalidad”. Estos fueron considerados el mal, porque ellos son la antítesis del placer tranquilo en el espiritual y en el nivel físico de la existencia. Agustín compartió con los Maniqueos la opinión de que estos aspectos del mal son inevitables, siempre y cuando la vida sea vivida en este mundo. En conjunto, estos enfoques tomados acerca del mal ayudaron a Agustín para formular una explicación alternativa del principio del mal personal.[12]

El marco del orden cósmico en el que Agustín desarrolló su doctrina es un resultado de su respuesta a la opinión maniquea del universo como una mezcla del bien y del mal. En esta respuesta, de nuevo emplea la idea maniquea del bien al firmar que el universo entero es bello a pesar de la presencia del mal. Siempre y cuando el mal sea colocado en su lugar correcto, se preserva la armonía cósmica.[13] Pero ¿Estuvo este tipo de “orden cósmico” en apoyo de, o en contradicción con la teología de los primeros 300 años de historia de la iglesia? El clima teológico en el tiempo de Agustín fomentó el libre albedrío y la responsabilidad. El Determinismo habría ido contra la corriente aceptada por la iglesia primitiva como ortodoxa.

Pero la dependencia agustiniana del maniqueísmo no termina ahí. Los maniqueos negaban el libre albedrío y la responsabilidad humana por los males cometidos, pues no creían que los actos humanos fuesen producto de la libre voluntad. La comunidad maniquea se dividía en dos grupos: (1) Los elegidos, en latín electi, pasaban su tiempo en oración, practicaban el celibato y eran vegetarianos. Tras su muerte, según la teología maniquea, los elegidos alcanzaban el Reino de la Luz; (2) Los oyentes, en latín auditores, debían servir a los elegidos, podían contraer matrimonio (aunque les estaba desaconsejado tener hijos) y practicaban ayuno todas las semanas.[14] A su muerte, esperaban reencarnarse en elegidos. Lo que buscaban los maniqueos, era un retorno al estado original, la separación del Bien y del Mal. Como creían que el mal es indestructible, la única forma de alcanzar el Reino de la Luz es huir de las Tinieblas. El concepto de “elegidos” y “réprobos” fue modificado, pero finalmente incorporado en el agustinianismo y, de ahí a su heredero teológico, el calvinismo.

La explicación maniquea de la causa del mal personal es relativamente sencilla. Uno no puede escapar del mal moral, porque hay un principio del mal metafísico que trabaja detrás del alma. En otras palabras, uno peca involuntariamente. Considerado cosmológicamente, el alma humana es puesta en la difícil situación de constante lucha con el mal, no por su propia voluntad, sino por la determinación de un factor externo. Según el mito maniqueo, este factor es el principio del bien o el Dios que envía el alma buena para ser mezclada con el mal, a fin de bloquear la invasión de un enemigo que avanzaba.[15] Una vez que Agustín empezó a responder a la visión maniquea en relación con el macrocosmos, no pudo evitar el tema del determinismo.

En su propuesta alternativa, un ordenamiento cósmico divino, Agustín tuvo que hacer frente a la cuestión de lo que en última instancia determina el lugar del individuo en el orden universal.

Para Agustín la determinación es hecha por el Dios que ordena el cosmos. Expresado en el lenguaje de la predestinación, esta visión significa que Dios tiene el poder de elegir de la massa damnata[16] los que reciben la salvación y dejar el resto en condenación.[17] Así que la pregunta es: ¿Acaso Agustín tomó la mitología del Determinismo Gnóstico, y lo puso bajo el cercado de la ortodoxia cristiana, simplemente para juguetear con esto, mediante la eliminación del componente dualista mitológico, y hacer que la causa del mal, sea enteramente el producto de un ordenamiento cósmico divino monista? o dicho de otro modo ¿Estableció la soberanía divina de la forma en que la entiende aún hoy el calvinismo? Ese parece ser el caso. ¿Quién de los teólogos de la Iglesia primitiva, antes de Agustín, enseñó la predestinación agustiniana? ¡Ninguno!

DEPRAVACIÓN TOTAL, GNOSTICISMO Y CALVINISMO.

La doctrina de la Depravación Total, también llamada Inhabilidad Total, o corrupción Radical, dice, en su versión calvinista, que “el hombre natural [el que no ha sido regenerado por el Espíritu Santo] nunca puede hacer ningún bien que sea fundamentalmente agradable a Dios, y, de hecho, hace siempre el mal“.[18] La Confesión de Fe de Westminster nos habla de esta doctrina, dice “El hombre, mediante su caída en el estado de pecado, ha perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación; de tal manera que, un hombre natural, siendo completamente opuesto a aquel bien, y estando muerto en pecado, es incapaz de convertirse, o prepararse para ello, por su propia fuerza“.[19] En la teología calvinista, además de la imputación del pecado original en nosotros, la caída hizo que el hombre, en todas sus partes, sufriera sus efectos. Su físico, voluntad e inteligencia están corrompidos por causa de la caída de Adán. Por tal razón, el calvinismo considera que el hombre perdió el libre albedrío en Adán.[20] Ahora él ya no puede elegir seguir el camino de Dios, no puede amar a Dios ni hacer nada agradable a Él debido a su naturaleza pecaminosa. A causa de la caída el hombre perdió su capacidad de hacer lo bueno, por ello el calvinismo le niega totalmente al hombre una salvación que pueda llegar por medio de las capacidades o decisiones del hombre por sí mismo.

¿Qué piensa el arminianismo al respecto? Los arminianos clásicos reconocemos la naturaleza pecaminosa del hombre caído. El Tercer Artículo de la Remonstrancia, el cual trata sobre la Depravación Total de la Humanidad, afirma “Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo en Juan 15:5: Separados de mí nada podéis hacer.”

Ahora bien, es importante aclarar a qué nos estamos refiriendo aquí́, porque algunos pueden llegar a la conclusión equivocada de que el pecador es una especie de víctima en las manos de un Dios cruel que le está pidiendo hacer algo que Él sabe de antemano que no puede hacer, tal como ocurre en el hipercalvinismo. Ese no es el caso en el arminianismo. Para el arminiano, la depravación total no significa que todos los hombres sean todo lo malo que pueden llegar a ser, o que todos los seres humanos sean completamente incapaces de hacer alguna cosa relativamente buena. El hombre está totalmente depravado en el sentido de que todas sus facultades han sido profundamente afectadas por el pecado: su intelecto, su voluntad, sus emociones. En la teología arminiana, por su pecado, Adán, en cuanto primer hombre, perdió la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los humanos. Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Como consecuencia de la caída, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado.

Hasta aquí la enseñanza arminiana podría parecer idéntica a la doctrina calvinista; sin embargo, el arminianismo difiere del calvinismo, y de su padre el gnosticismo, en un aspecto fundamental. Por siglos, los teólogos reformados han declarado que la “imagen de Dios” en Génesis 1:26-27 hace referencia a una perfección espiritual que se perdió en la Caída. Por ende, han concluido que el hombre moderno ya no porta la imagen de Dios. El reformador Martín Lutero creía que la “imagen de Dios” era una justicia original que se perdió completamente. Pero él no estaba solo en sus afirmaciones. Frecuentemente Juan Calvino mencionó que el pecado destruyó la imagen de Dios, que la Caída la eliminó, y que la injusticia finalmente la desfiguró. Pero ¿Concuerda la Biblia con tales afirmaciones? No. La Biblia revela que el hombre todavía porta la imagen de Dios después de la Caída. Génesis 9:6 declara: “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre”. Según este pasaje, el hombre caído todavía porta la imagen de Dios. Se había registrado la caída de Adán y Eva anteriormente en el libro de Génesis; se señala claramente el hecho que el hombre había llegado a ser un pecador total en el contexto inmediato del pasaje (“…el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud”—8:21). Aunque la evaluación de Dios en cuanto a la humanidad es correcta, se prohíbe el homicidio porque el hombre es creado a la imagen de Dios, es decir, él todavía porta esa imagen. Si alguien argumenta que este pasaje habla solamente en cuanto al pasado y no dice nada en cuanto al futuro, malinterpreta el significado del pasaje. Al escribir alrededor de 2,500 años después de la Caída, Moisés dijo que el homicidio es incorrecto porque la víctima es alguien creado a la imagen de Dios. Si el hombre no portara la imagen de Dios después de la Caída, estas palabras no hubieran tenido sentido para los israelitas (y no tuvieran sentido para el hombre moderno).

En el Nuevo Testamento se puede leer que Santiago escribió: “Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios” (Santiago 3:8-9). La expresión “están hechos” se deriva del griego gegonotas, que es el participio perfecto del verbo ginomai. Se usa el tiempo perfecto en griego para describir una acción que se completó en el pasado, pero cuyos efectos se expresan en el presente. Por ejemplo, cuando la Biblia dice, “Escrito está”, usualmente esta expresión está en el tiempo perfecto. Se escribió la Escritura en el pasado, pero se aplica en el presente. La idea central de la expresión griega traducida “que están hechos a la semejanza de Dios”, es que los seres humanos en el pasado han sido creados según la semejanza de Dios y que todavía son portadores de esa semejanza. Por esta razón es inconsistente bendecir a Dios y maldecir a los hombres con la misma lengua. Esto nos lleva a concluir que, aunque el pecado es destructivo para el hombre y repulsivo para Dios, la Biblia no enseña que la entrada del pecado al mundo destruyó la “imagen de Dios” en el hombre. En cambio, el hombre moderno todavía está hecho a la imagen de Dios. Debería causarnos sobrecogimiento y humildad el hecho que todos los hombres posean características inherentes que le asemejen a Dios y le diferencien de la creación inferior. Pero al parecer, esto le ofende al calvinista, heredero moderno del viejo gnosticismo, que ve solo el mal, y únicamente el mal, en la naturaleza humana.

GNOSTICISMO, CALVINISMO Y ELECCIÓN.

Pero el calvinismo no solo parece haber heredado del gnosticismo su creencia extrema en la depravación del hombre. Siguiendo con el mito gnóstico, dicha secta afirma que hubo un intento de los seres espirituales buenos de corregir la perversión de la creación del mundo físico. Pero Yaldabaoth capturó algunos elementos espirituales, celestiales y los mantuvo cautivos dentro de algunos cuerpos físicos malos. Estos elementos espirituales fueron llamados de “semillas de luz”, “la persona interior”, o más comúnmente, los “espíritus”. En resumen, según ellos, algunos tienen cuerpos corruptos que hospedan el único elemento de valor eterno, el espíritu. En el gnosticismo hay dos clases de humanos: los que tienen la semilla o espíritu (los elegidos) y los que no. Los humanos elegidos son buenos, pero los otros humanos son innecesarios o réprobos.[21] ¿Suena esto parecido a la doctrina de la elección incondicional?

CONCLUSIÓN.

En muchos aspectos, los gnósticos eran muy similares a los calvinistas modernos, los cuales se infiltran en nuestras iglesias y seminarios para sembrar su cizaña y robar feligreses para sus iglesias “reformadas”. Esto no solo es sectario, sino carente de toda ética y moral cristiana. A muchos calvinistas se les ha animado incluso a “plantar tulipanes (símbolo de la doctrina calvinista) en iglesias arminianas” Sin embargo, tal proceder no debería extrañarnos, pues su desprecio por los arminianos es bien conocido en el mundo evangélico. John Piper[22], reconocido pastor y teólogo calvinista, afirmó en cierta ocasión:

“¿Puede un arminiano predicar el evangelio en su plenitud?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin defectos teológicos implícitos o explícitos?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio sin tendencias que lleven a la Iglesia en direcciones dañinas?… ¿Puede un arminiano predicar el evangelio de la forma que exalta más a Cristo? Y mi respuesta a todas esas preguntas sería: No, no puede.”[23]

Sin duda, el concepto agustiniano (y calvinista) acerca de la depravación humana, la doctrina de la elección incondicional y la doble predestinación fueron originadas en el mito gnóstico y fueron combatidas por Ireneo y otros obispos y pastores de la iglesia en los primeros siglos. Ireneo también enseñó que los gnósticos, antes que explicasen su sistema, sonaban muy “ortodoxos y bíblicos”. Él siempre se refería a la advertencia de Jesús sobre los falsos apóstoles. Enseñó que ellos eran “lobos con piel de oveja”. Él escribió: “Tales hombres exteriormente parecen ovejas; porque ellos parecen ser como nosotros por lo que dicen en público, repitiendo las mismas palabras como lo hacemos nosotros; pero interiormente son lobos”.[24]

Al igual que los gnósticos, los calvinistas se autoproclaman “creyentes bíblicos” y sus iglesias, “iglesias bíblicas”. Para aquel que no conoce la verdadera doctrina bíblica tales afirmaciones suenan auténticas. Sin embargo, como podemos constatar, la semejanza doctrinal entre el calvinismo y el gnosticismo es patente. El ADN espiritual del calvinismo, lo delata como lo que es: Un hijo legítimo del gnosticismo. ¡Que Dios guarde a los creyentes de hoy de tal levadura!

REFERENCIAS:

[1] El gnosticismo es una doctrina religiosa esotérica y herética que se desarrolló durante los primeros siglos del cristianismo y que prometía a sus seguidores conseguir un conocimiento intuitivo, misterioso y secreto de las cosas divinas que les conduciría a la salvación.

[2] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 128, 209.

[3] Maniqueísmo es el nombre que recibe la religión universalista fundada por el sabio persa Mani (o Manes) (c. 215-276), quien decía ser el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad. El fenómeno maniqueo es esencialmente gnóstico y dualista. Los maniqueos, a semejanza de los gnósticos, mandeos y mazdeístas, eran dualistas: creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz (Zurván) y las Tinieblas (Ahrimán) y, por tanto, consideraban que el espíritu del hombre es de Dios, pero el cuerpo del hombre es del demonio. Los maniqueos aspiraban a reencarnarse como «elegidos», los cuales ya no necesitarían reencarnarse más. En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Se divulgó desde la Antigüedad tardía por el Imperio romano e Imperio sasánida, y en la Edad Media, por el mundo islámico, Asia Central y China, donde perduraría, al menos, hasta el siglo XVII.

[4] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 34-35.

[5] Yaldabaoth, el Demiurgo es una deidad asociada al platonismo y al gnosticismo. Según algunos credos de raigambre platónica, al principio la materia no existía y todo era el espíritu. Sin embargo, Yaldabaoth, un dios soberbio y celoso, intentó estructurarlo todo recreando al espíritu en un mundo material y confinándolo todo en dicho plano. Pero sólo logró fabricar un mundo imperfecto, una burda imitación del espíritu original. Su forma de ser presuntuosa le impidió admitir su error. Yaldabaoth, presuntuoso y estúpido, odia a los hombres porque, a diferencia de él, tienen alma, cosa de la que él carece y que desearía obtener por cualquier medio, aunque le resulta imposible. Por ello, maltrata, castiga y reprime a los mortales para vengarse de ellos.

[6] Runciman, Steven (1982 [1947, primera edición]). The Medieval Manichee: a study of the Christian dualist heresy.

[7] Puech, Henri-Charles (2006). Sobre el maniqueísmo y otros ensayos. Traductor: Marís Cucurella Miquel. Madrid: Editorial Siruela.

[8] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[9] Valeria Finucci and Kevin Brownlee, Generation and Degeneration: Tropes of Reproduction in Literature and History from Antiquity Through Early Modern Europe Medieval and early modern studies”. Duke University Press, 2001. Páginas 19-20.

[10] Jeffrey Burton Russell, The Prince of Darkness: Radical Evil and the Power of Good in History. Página 99.

[11] Harry Buis, Historic Protestantism and Predestination. Página 9.

[12] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 205.

[13] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 206.

[14] Bermejo Rubio, Fernando (2008). El maniqueísmo: Estudio introductorio. Madrid: Editorial Trotta. Pp. 316.

[15] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 208-209.

[16] Frase medieval que resume la idea de que, porque nosotros frecuentemente caemos al ejercitar nuestras responsabilidades morales, entonces por eso la mayoría de nosotros iremos al Infierno.

[17] Kam-Lun-Edwin Lee, Augustine, Manichaeism and the Good (1997), pp. 210.

[18] Palmer, Edwin H. Doctrinas Claves. El Estandarte de la verdad. Edinburgh, 1976. Pág. 18.

[19] Ramírez, Alonzo (traductor). Confesión de Fe de Westminster. Ed. CLIE. Lima, 1999. Cap. IX, Sec. III. Pág. 91.

[20] García, Ricardo M. (2003). El concepto de libre albedrío en San Agustín. Bahía Blanca (Argentina): EdiUNS. Capítulo 3: Maniqueísmo. Pp. 161.

[21] Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 35-36.

[22] John Piper es un reconocido teólogo calvinista, fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros y se opone abiertamente a la teología arminiana.

[23] Artículo de internet publicado el 16 de diciembre de 2015 en Coalición por el Evangelio: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/predican-los-arminianos-un-evangelio-suficiente/ Consultado el 21-06-2019.

[24] Ireneo, citado en Jeffrey Bingham (2006), Herencia Histórica, Editorial Patmos, Miami, FL. Pp. 36.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Historia de la Iglesia

Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Los Cinco Artículos de la Remonstrancia, conocidos también como los Cinco Artículos del Arminianismo, constituyen la parte final de un amplio documento elaborado en 1610 por los seguidores de Jacobo Arminio (1560-1609), padre del sistema teológico conocido como Arminianismo. El término “Remonstrancia” significa literalmente “una expresión de oposición o protesta”, que en este caso fue una queja contra la doctrina calvinista de la predestinación que figura en la confesión belga. En consecuencia, a los seguidores de Arminio que redactaron esta protesta se les dio el nombre de “Remonstrantes”.

El documento de protesta que contiene los 5 Puntos de la Remonstrancia nace, pues, en el seno de las disputas entre gomaristas[1] y arminianos. Por invitación de Oldenbarnevelt, gran pensionario de Holanda y simpatizante con los objetantes, cuarenta y un predicadores y dos miembros de la universidad de Leiden (o Leyden) se reunieron para expresar por escrito su opinión sobre las doctrinas en disputa. La pieza fue escrita por Uytenbogaert el 14 de enero de 1610 en La Haya durante la celebración de los Estados Generales de Holanda y Frisia, y, con modificaciones menores, aprobada, firmada y presentada a Oldenbarnevelt por Uytenbogaert y los 43 delegados arminianos en julio. Se dirigían a los Estados de Holanda instando a la convocatoria de un sínodo para la revisión y examen de la Confesión de los Países Bajos y el Catecismo de Heidelberg, a los que no reconocían como cánones de fe permanentes e inmutables (ya que, según las convicciones arminianas, sólo la Palabra de Dios, expresada en las Sagradas Escrituras tienen tal autoridad). Los cinco artículos son una declaración sintetizada de la doctrina de Jacobo Arminio que se insertaron al final de un alegato en favor de la tolerancia.

Durante la generación posterior a la muerte de Arminio, la causa de los remonstrantes estuvo estrechamente vinculada a la tolerancia. Para ellos, la libertad se convirtió en un principio esencial, sobre todo porque defendían la libertad espiritual del hombre frente la doctrina de la doble predestinación. Pero, además, tenían que justificar su propio derecho a disentir. Los remonstrantes sostenían que el Estado debería regir a la Iglesia, aunque sólo en los asuntos externos; con este principio, en cierta medida cercano a las teorías erastianistas[2], se pretendía proteger la libertad de la Iglesia frente al gobierno teocrático de sus ministros. Según Episcopio, la Iglesia no podía ejercer otro poder correctivo que el de la disciplina espiritual, porque dicho poder era potestad inalienable del Estado. Sin embargo, como el Estado sólo regía los asuntos externos y temporales de la Iglesia, no tenía derecho a entrometerse en lo espiritual ni a violentar las conciencias, con lo que la libertad de los cristianos quedaba preservada. La asociación voluntaria era un derecho y posibilitaba que existieran otras Iglesias diferentes de la estatal.

Los calvinistas presentaron a los Estados de Holanda una contra-protesta en la que condenaban vehementemente el punto de vista de los remonstrantes. Propiciada por su encono teológico, la polémica desembocó en una lucha entre la oligarquía mercantil de la próspera Holanda y los intereses dinásticos de la casa Orange-Nassau. La mayoría de los Estados de Holanda se negaban persistentemente a convocar a una asamblea nacional, defendida por los Contrarremonstrantes. Como la última conferencia fue favorable a los arminianos, los gomaristas la hicieron anular por el príncipe Mauricio de Nassau y los Estados Generales. El 30 de mayo de 1618 se convocó un sínodo nacional por los Estados Generales en Dordrecht donde se condenaron los cinco artículos de protesta. El régimen de Holanda fue derrocado por los calvinistas y se ejecutó al gran pensionario. Los cinco artículos sirvieron de base para el desarrollo teológico posterior de las ideas arminianas vertidas en una confessio escrita por Episcopius, su gran teólogo, en 1621 y el Catecismo de Jan Uytenbogaert.[3]

EL INFAME SÍNODO DE DORT, EXPRESIÓN DE LA INTOLERANCIA Y ESPÍRITU SANGUINARIO DEL CALVINISMO.

El Sínodo de Dort es considerado el mayor y, junto a la Asamblea de Westminster, el más determinante de todos los sínodos de la Iglesia Reformada. Fue convocado por los Estados Generales de los Países Bajos a instancias de los calvinistas para intentar resolver las disputas entre éstos y los Remonstrantes o seguidores de Jacobo Arminio. Dicho Sínodo se reunió en la ciudad de Dort (Dordrecht, en una isla sobre el Meuse) el 13 de noviembre de 1618 y fue disuelto el 9 de mayo de 1619. Las iglesias holandesas de las provincias enviaron treinta y ocho clérigos y varios ancianos; los Estados Generales estuvieron representados por seis diputados y las academias por cinco. Otros países fueron invitados a participar, estando presentes veintiséis delegados del Palatinado, Nassau, Frisia oriental, Inglaterra y Escocia. Anhalt no fue invitada, Brandeburgo declinó estar representada y a cuatro delegados escogidos por el sínodo nacional de Francia se les prohibió salir del país por Luis XIII. Los remonstrantes habían escogido dieciséis clérigos, representándolos el profesor Simon Episcopius de Leiden. Al llegar tarde a las sesiones, las primeras se dedicaron a la discusión de una nueva traducción de la Biblia, acordándose que tres miembros se hicieran cargo del Antiguo Testamento y otros tres del Nuevo; entonces se declaró que el Catecismo de Heidelberg fuera expuesto en todas las iglesias.

No fue hasta el 6 de diciembre en la vigésimo segunda sesión que se llegó al punto principal del sínodo. A los remonstrantes se les dijo que podían expresar sus opiniones y que el sínodo dictaría la resolución. Ellos protestaron ante este procedimiento. Episcopius en un elocuente discurso dijo que ellos venían de su propio acuerdo y que no serían acusados de heterodoxia; aunque estaban dispuestos a discutir los dogmas en cuestión no se someterían a ningún poder humano o creencia, sino solo a la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Su estatus en el sínodo fue discutido durante muchos días, pero finalmente los delegados de los Estados Generales decidieron que no tenían nada que hacer sino defender sus creencias; el sínodo decidiría al final. Los remonstrantes presentaron sucesivamente declaraciones escritas en defensa de cada uno de los Cinco Artículos. Se les pidió que pusieran por escrito sus objeciones a la Confesión y aunque al principio se negaron luego lo hicieron. Los miembros del sínodo y de los Estados Generales les hablaron en ocasiones muy bruscamente. Las cosas empeoraron cuando surgió la cuestión de si los remonstrantes podían hablar contra las convicciones de sus oponentes. Entonces unánimemente rechazaron continuar si no les era permitido hacerlo, por lo que se decidió someter el asunto a los Estados Generales; mientras tanto los remonstrantes debían permanecer en Dort. Así acabó el año 1618. El 3 de enero de 1619 los remonstrantes fueron informados de la decisión que sostenía la mayoría del sínodo, declarando que no podían aceptarla. Se decidió proceder contra ellos. A su vez ellos intentaron una reconciliación ofreciendo una respuesta a la cuestión que les fue sometida por escrito, pero el presidente rechazó la propuesta. El 18 de enero (quincuagésimo séptima sesión) se les preguntó si se someterían y decididamente respondieron con un no. El resultado neto de seis semanas de discusión fue que los remonstrantes fueron expulsados, a la vez que se les mandaba no abandonar Dort.

El sínodo estaba ahora dividido en grupos que se reunían por la mañana para formular sus opiniones sobre las doctrinas de los remonstrantes y se juntaban por la tarde para la discusión. En la sesión ciento veinticinco se votó que los Cinco Artículos de los Remonstrantes eran contrarios a la doctrina de la Iglesia Reformada y que sus objeciones a la Confesión y al Catecismo no estaban apoyadas por la Escritura. Se designó un comité para expresar la decisión final en forma de artículos, que fueron adoptados y firmados por todos en la sesión ciento treinta y seis (23 de abril). La doctrina de la predestinación absoluta se mantuvo; se decidió destituir a los remonstrantes de sus posiciones, debiendo los sínodos provinciales, clases y presbiterios ejecutar la sentencia. La Confesión y el Catecismo fueron considerados en presencia de los delegados extranjeros y declarados en acuerdo con las Sagradas Escrituras.

El 6 de mayo los miembros del sínodo marcharon a la catedral de Dort, donde se pronunció una alocución en latín y los secretarios leyeron los artículos contra los remonstrantes. Tres días después se reunieron para despedir a los delegados extranjeros en un banquete al que asistieron las autoridades de Dort. Los delegados holandeses se reunieron de nuevo desde el 13 al 29 de mayo para considerar ciertos asuntos eclesiásticos. El sínodo decidió el rechazo de las ideas arminianas, estableciendo la doctrina reformada en cinco puntos: depravación total o corrupción radical, elección incondicional, expiación limitada, llamamiento eficaz (o gracia irresistible) y perseverancia de los santos. Estas doctrinas, descritas en el documento final llamado Cánones de Dort, son también conocidas como los Cinco Puntos del Calvinismo. Tras este sínodo, Johan van Oldenbarnevelt y otros dirigentes principales del arminianismo fueron ejecutados, mientras que otros muchos, entre los que se encontraban Hugo Grocio y Simón Episcopius, tuvieron que exiliarse. El calvinismo había mostrado una vez más su verdadero rostro: intolerancia y espíritu asesino. Desde entonces, y a través de los siglos, la decisión del Sínodo de Dort ha sido base de la Iglesia Reformada de Holanda y los Cánones Dordracenses le dieron su peculiar carácter. Sin embargo, en lo que concierne a la predestinación, difieren tanto de las Instituciones de Calvino como de la Confesión Helvética y el Consenso de Ginebra.[4]

EL CALVINISMO PERSEGUIDOR Y EL SUFRIMIENTO DE LOS ARMINIANOS TRAS EL SÍNODO DE DORT.

Por los decretos del sínodo de Dort los servicios eclesiásticos de los remonstrantes quedaron prohibidos. Episcopius, con los otros remonstrantes fue citado ante el sínodo y destituido, con más de 200 predicadores. Los que no estuvieron dispuestos a renunciar a toda actividad como predicadores fueron desterrados. Se unieron en 1619 en Amberes, donde se puso la base para una nueva comunidad eclesiástica, bajo el nombre de Fraternidad Reformada Remonstrante. Uytenbogaert y Episcopius, que habían hallado refugio en Rouen, y Grevinchoven, antiguo predicador de Rotterdam, asumieron el liderazgo de la fraternidad mientras que tres predicadores exiliados regresaron secretamente a su país para cuidar de la congregación que había quedado; pues a pesar del decreto desfavorable quedaba todavía un considerable número que no atenderían a la doctrina de la predestinación absoluta, no faltando predicadores destituidos que quisieran servirles. En 1621 Episcopius elaboró una Confessio sive declaratio sententiæ pastorum qui remonstrantes vocantur, que halló gran circulación en su traducción holandesa. Debido a la falta de predicadores se originó en Warmond un movimiento en favor del sermón laico, cuyos adherentes se afincaron posteriormente en Rynsburg y fundaron la Sociedad de Colegiantes. A invitación de Suecia y Dinamarca algunos predicadores fueron a Glückstadt, Danzig y otros lugares, fundando congregaciones, que, sin embargo, eran sólo de corta duración, salvo la de Friedrichstadt, bajo el favor y protección del duque Federico de Holstein. Las congregaciones en Holanda que se habían separado de la Iglesia reformada fueron hostigadas y perseguidas. A los predicadores se les castigó con prisión de por vida en el castillo de Loevestein. Fue sólo tras la muerte del príncipe Mauricio (1625) que amaneció un mejor tiempo para los remonstrantes. El príncipe Federico Enrique era de un espíritu más moderado, por lo que Episcopius y Uytenbogaert pudieron regresar del exilio. Todos los cautivos, siete en número, huyeron en 1631 del castillo de Loevestein, sin hacerse ningún intento serio de captura. Se construyeron iglesias y las congregaciones recibieron a sus propios predicadores. De esta manera la fraternidad quedó establecida como la Iglesia Comunidad Reformada Remonstrante.

Los remonstrantes fueron tolerados, pero no oficialmente reconocidos hasta 1795. No se les permitió construir sus iglesias en la calle y tuvieron que ayudar a sus predicadores mediante ofrendas voluntarias. Al principio había sólo 40 congregaciones, principalmente en Holanda meridional; en Holanda septentrional había sólo cuatro y otras tantas en Utrecht; otras estaban en Gelderland, Overyssel y Frisia. Los delegados de sus congregaciones se reunían cada año alternativamente en Rotterdam y Ámsterdam. En una de las primeras reuniones se estableció un orden eclesiástico. Uytenbogaert escribió un Onderwysinge in de christelycke religie en concordancia estricta con la confesión. En Ámsterdam se fundó un seminario teológico, con Episcopius como director, dando en 1634 sus primeras clases. Esta institución educó a muchos predicadores distinguidos. Gerard Brandt y sus hijos Caspar, Johannes y Gerard el Joven formaron parte de los mejores predicadores del país en el siglo XVII.

Cuando la Iglesia y el Estado se separaron, tras la revolución de 1795, la fraternidad de los remonstrantes fue reconocida como Iglesia independiente, haciendo ellos un intento de unirse a todos los protestantes. En septiembre de 1796 la convención de la Fraternidad envió una carta a los clérigos de todas las Iglesias protestantes en la que se discutía el plan plenamente. Pero la Iglesia reformada, fiel defensora del calvinismo, rechazó la cooperación. El principal punto de los remonstrantes era confesar y predicar el evangelio de Cristo en libertad y tolerancia. Sus comunidades sufrieron considerablemente durante el dominio francés, pero tras la restitución de las antiguas condiciones su causa comenzó a florecer. Muchas congregaciones rurales desaparecieron en el siglo XIX, pero nuevas congregaciones surgieron en ciudades como Arnheim, Groningen y la mismísima Dort, donde los adherentes de la moderna tendencia en la Iglesia reformada holandesa se unieron a la Fraternidad bajo la presión del confesionalismo.

LOS 5 PUNTOS DE LA REMONSTRANCIA.

Pero ¿Cuáles fueron las doctrinas arminianas a las cuales se opusieran salvajemente los calvinistas? Las proposiciones teológicas promovidas por los seguidores de Jacobo Arminio y plasmadas en “Los Cinco Artículos de la Remonstrancia” o “Protesta del 1610” fueron:

ARTÍCULO 1: ACERCA DE LA ELECCIÓN

“Que Dios, por un propósito eterno e inmutable en Jesucristo, su Hijo, antes de la fundación del mundo, ha determinado, de la raza caída, pecaminosa de los hombres, salvar en Cristo, por causa de Cristo, y a través de Cristo, aquellos que por la gracia del Santo Espíritu creerán en este su Hijo Jesús, y perseverarán en esta fe y obediencia de fe, por esta gracia hasta el fin; y, por otra parte, dejar a los incorregibles e incrédulos en el pecado y bajo la ira, y condenarlos como alienados de Cristo, según la palabra del Evangelio en Juan iii. 36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, y el que no cree al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece en él”, y según otros pasajes de la Escritura.”

ARTÍCULO 2: ACERCA DE LA EXPIACIÓN

Que, de acuerdo con esto, Jesucristo, el Salvador del mundo, murió por todos los hombres y por cada hombre, de modo que ha obtenido para todos ellos, por su muerte en la cruz, la redención y el perdón de los pecados; aun así, nadie realmente disfruta de este perdón de pecados, excepto el creyente, según la palabra del Evangelio de Juan 3:16: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”; y en la Primera Epístola de Juan 2:2: “Y él es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los pecados del mundo entero”.

 ARTÍCULO 3: LA DEPRAVACIÓN TOTAL DE LA HUMANIDAD

“Que el hombre no posee gracia salvífica ensimismo, ni tampoco de la energía de su libre voluntad (albedrío), en la medida que él, en estado de apostasía y pecado, puede ni pensar, desear, ni hacer nada realmente bueno, (como la fe salvífica eminentemente es); sino que es necesario que este sea nacido de nuevo de Dios en Cristo, a través de su Santo Espíritu y renovado en la compresión, inclinación, o voluntad y en todos sus poderes, de manera que este pueda correctamente entender, pensar, desear y efectuar lo que es realmente bueno, conforme a la Palabra de Cristo, Juan 15:5: Separados de mí nada podéis hacer.”

ARTÍCULO 4: ACERCA DE LA GRACIA

“Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo. Hechos 7 y en otros muchos lugares.”

ARTÍCULO 5: SEGURIDAD EN CRISTO Y EL ESPÍRITU

“Que aquellos que están incorporados en Cristo por una fe verdadera, y de esta manera se han hecho partícipes de su Espíritu vivificante, tienen por lo tanto pleno poder para luchar contra Satanás, el pecado, el mundo y su propia carne, y para ganar la victoria, siendo bien entendido que esto es siempre a través de la gracia asistente del Espíritu Santo; y que Jesucristo les asiste por medio de su Espíritu en todas las tentaciones, extendiendo a estos su mano, y si sólo están listos para el conflicto y desean su ayuda, y no están inactivos, les impide caer, de modo que ellos por ninguna artimaña o poder de Satanás, pueden ser engañados, ni arrancados de las manos de Cristo, según la palabra de Cristo, Juan 10:28: “Nadie los arrebatará de mi mano”. Pero si son capaces, por negligencia, de abandonar de nuevo los primeros comienzos de su vida en Cristo, regresando nuevamente a este mundo malvado presente, de apartarse de la santa doctrina que les fue dada, de perder una buena conciencia, siendo desprovistos de gracia, eso debe ser determinado más particularmente de las Sagradas Escrituras antes de que puedan enseñar esto con la plena persuasión de sus mentes.”

CONCLUSIÓN.

A pesar de la terrible oposición experimentada en siglos pasados, y de los intentos modernos por desvirtuar la fe arminiana, el arminianismo avanza en el mundo de forma imparable. De hecho, el arminianismo es la fe dominante en muchas naciones donde el evangelicalismo (principalmente pentecostal) se ha extendido. Entre las principales denominaciones arminianas se destacan las diferentes Iglesias metodistas (Iglesia Metodista Episcopal, Iglesia Metodista Unida, Iglesia Metodista Libre), la Iglesia del Nazareno, el Ejército de Salvación (The Salvation Army), la Iglesia Adventista del Séptimo Día, la Iglesia Wesleyana, la Iglesia de Dios, las Asambleas de Dios, la mayoría de las Iglesias pentecostales, la Iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular, las Iglesias de Cristo y otras del movimiento restauracionista (menonitas en su mayoría).​[5]

Pero los arminianos no son los únicos en rechazar los extremos peligrosos de la herejía calvinista. Muchos anglicanos (como el famoso C.S. Lewis[6]​), así como la Iglesia Copta​ y la Iglesia Ortodoxa, creen en la libertad de la voluntad humana; así como que toda persona tiene la posibilidad de recibir la salvación. Creen además que, una vez recibida, también pueden perderla a causa del pecado persistente y la apostasía. Cabe mencionar, igualmente, que cuando en el arminianismo se habla de perder la salvación, no es porque Dios la arrebata nuevamente después de haberla otorgado en Jesús, sino que es el mismo hombre quien la desecha una vez que rompe su comunión con Dios a través del pecado.

REFERENCIAS:

[1] Seguidores de Franciscus Gomarus (Brujas, 30 de enero de 1563 – Groninga 11 de enero de 1641), teólogo y orientalista holandés, de estricto calvinismo, que se opuso a Jacobo Arminio, cuya condena consiguió en el Sínodo de Dort (1618–1619). Sus seguidores eran denominados gomaristas y sus doctrinas gomarismo; también han sido calificadas como escolástica protestante. A sus habilidades intelectuales sumaba grandes dotes de polemista y fuertes convicciones que defendía con entusiasmo. Era un declarado anticatólico, enemigo del arminianismo, antisemita y partidario de toda clase de restricciones en contra de los judíos.

[2] Se conoce con el nombre de erastianismo al sistema protestante que afirma la superioridad del Estado sobre la Iglesia, defendido por el teólogo suizo Thomas Lieber, llamado «Erasto» o «Erastus», en el siglo XVI. Erasto, profesor de medicina en la Universidad de Heidelberg, fue seguidor de Ulrico Zuinglio y opositor a Calvino durante el patronazgo a los protestantes de Federico III del Palatinado. Contrariamente a lo afirmado por el calvinismo, Erasto sostenía que el Estado tenía potestad sobre el orden religioso excepto en el caso de excomunión, en su obra Explicatio gravissimae quaestionis utrum excommunicatio, quatenus religionem intelligentes et amplexantes, a sacramentorum usu, propter admissum facinus arcet, mandato nitatur divino, an excogitata sit ab hominibus, llamado comúnmente «Sesenta y cinco Tesis», compuesta en 1568 pero publicada póstumamente en Inglaterra en 1589. Las ideas del erastianismo, que heredaban parte del pensamiento de Marsilio de Padua, fueron asimiladas parcialmente en la Confesión de Fe de Westminster e influenciaron profundamente a Thomas Hobbes, que las reformula en su obra Leviathan y a Richard Hooker en su Of the Lawes of Ecclesiastical Politie.

[3] Kamen, Henry. Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna. Alianza Editorial. Madrid 1987, pp. 135-13

[4] Encyclopædia Britannica de 1911 sobre Dort, Synod of.

[5] Olson, Roger (1999) Don’t Hate Me Because I’m Arminian; Christianity Today.

[6] Clive Staples Lewis, popularmente conocido como C. S. Lewis, fue un medievalista, apologista cristiano, crítico literario, novelista, académico, locutor de radio y ensayista británico, reconocido por sus novelas de ficción, especialmente por las Cartas del diablo a su sobrino, Las crónicas de Narnia y la Trilogía cósmica, y también por sus ensayos apologéticos (mayormente en forma de libro) como Mero Cristianismo, Milagros y El problema del dolor, entre otros. Lewis fue un amigo cercano de J. R. R. Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos. Ambos autores fueron prominentes figuras de la facultad de inglés de la Universidad de Oxford y miembros activos del grupo literario informal de Oxford conocido como los “Inklings”. De acuerdo a sus memorias denominadas Sorprendido por la alegría, Lewis fue bautizado en la Iglesia de Irlanda cuando nació, pero durante su adolescencia se alejó de su fe. Debido a la influencia de Tolkien y otros amigos, cuando tenía cerca de 30 años, Lewis se reconvirtió al cristianismo. Su conversión tuvo un profundo efecto en sus obras, y sus transmisiones radiofónicas en tiempo de guerra sobre temas relacionados con el cristianismo fueron ampliamente aclamadas.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

El Arminianismo y la Iglesia Primitiva

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:
La Reforma no fue un retorno al espíritu de los cristianos primitivos ni a sus enseñanzas. Es cierto que los reformadores rechazaron muchas de las prácticas pervertidas que se habían apoderado de la iglesia después de Constantino; por ejemplo, el uso de las imágenes y de las reliquias, las oraciones a los santos, las misas celebradas a favor de los muertos en el purgatorio, el celibato obligatorio del clero, la venta de las indulgencias, y las peregrinaciones religiosas como obra de mérito. Al eliminar estas prácticas se acercaron unos cuantos pasos al cristianismo primitivo. Pero, por otra parte, en su retorno a la teología de Agustín, Lutero y otros reformadores como Calvino también se alejó unos cuantos pasos del cristianismo primitivo.

Siguiendo la teología de Agustín, tanto Lutero como Calvino propusieron que la salvación dependía exclusivamente de la predestinación. Ambos enseñaron que los hombres no podemos hacer nada bien, que no podemos ni creer en Dios. Sostuvieron que Dios concede el don de la fe y de las buenas obras a quiénes él quiera, esto es, a los predestinados según su voluntad desde antes de la creación del mundo. A los demás él los elige arbitrariamente para la condenación eterna.[1] Lutero incluso llegó a  afirmar que uno no puede ser salvo si no cree en la doctrina de la predestinación absoluta. Hablando de la predestinación, dijo: “Porque el que esto no sabe, no puede ni creer en Dios ni adorarlo. En realidad, el que no sabe eso no conoce a Dios. Y con tal ignorancia, como todos saben, no hay salvación. Porque si usted duda, o si rehúsa a creer que Dios sabe de antemano todas las cosas y las fija según su voluntad, no dependiendo de nada sino sólo de su propio consejo inmutable, ¿cómo podrá usted creer en sus promesas, y confiar y descansar en ellas?… [El que no cree eso] confiesa que Dios es engañador y mentiroso—¡es incrédulo, la impiedad mayor de todas, la negación del Dios Altísimo!”[2]

Quizás la contribución mayor de Lutero y otros reformadores, al cristianismo occidental, fue su énfasis sobre la Biblia como la única fuente de autoridad. “Sola Scriptura” (sólo la Escritura) se hizo uno de los estandartes de la Reforma. Sin embargo, “sola Scriptura” muchas veces fue solamente un lema, no una práctica. Lutero, por ejemplo, tradujo la Biblia al alemán para que el pueblo la leyera. Pero a la vez, procuró asegurarse de que la leyeran sólo tomando en cuenta las interpretaciones de él. Lutero procuró dirigir la atención de los lectores lejos de las partes de la Biblia que contradecían su teología. También procuró subrayar lo que le gustó. Lutero, por ejemplo, elogiaba de forma exagerada el libro de Romanos[3] mientras socavaba la autoridad de otros como la carta a los Hebreos[4] por oponerse en algunos puntos a sus ideas. No es de extrañar que llamara a la epístola de Santiago epístola de “paja”, e intentara sacarla del Nuevo Testamento junto con la epístola a los hebreos, Judas y el apocalipsis. Así, el lema de Lutero de “sola Scriptura” fue, al menos en parte, un mito. A fin de cuentas, no quedaron las Escrituras como la única fuente de autoridad para la Reforma, sino la interpretación que daba Lutero (y otros reformadores como Calvino) a las Escrituras.

JUAN CALVINO: LA PERPETUACIÓN DE UN ERROR.

Juan Calvino cometió el mismo error que Lutero: Perpetuar en su teología las ideas de Agustín de Hipona y anteponer su interpretación privada del texto a la Biblia misma. Pero Calvino fue más allá. De todos es bien sabido que Calvino instauró una dictadura teocrática bajo la promesa de convertir a Ginebra en la Ciudad de Dios. Dictaba leyes y asesinaba a los humanistas en nombre de la Reforma. Distinguía a Calvino la intolerancia religiosa hacia quienes profesaban ideas distintas. Por orden suya fue quemado en la hoguera el científico español Miguel Servet (1553). La condena de Servet (condenado por antitrinitario y contrario el bautismo de infantes), si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino. El mismo Casiodoro de Reina (traductor de la famosa Biblia que lleva su nombre) fue perseguido por los calvinistas y tildado de hereje por oponerse a la ejecución de Servet y afirmar que las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impongan sus convicciones a otros, y menos que recurran a la pena de muerte para extirpar a los que piensan distinto en materia teológica. Pero Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”.

DE REFORMADORES A DICTADORES DE LA FE.

Al estudiar la vida de Lutero y Calvino podemos notar algo: Aunque sus obras fueron notables, ambos se distanciaron un poco del espíritu y teología de la iglesia primitiva. Ambos creyeron erróneamente que el agustinianismo era la creencia de la iglesia primitiva; ambos emplearon la fuerza del Estado para imponer sus ideas; ambos mostraron intolerancia hacia ideas opuestas a las suyas (persiguiendo incluso a otros cristianos con ideas distintas a ellos) y ambos marcaron la teología protestante para siempre. Desde entonces, la teología calvinista o reformada ha marcado el pensar del mundo cristiano, llevando a considerar herejes y mostrando intolerancia hacia sus hermanos creyentes que rechazan la intromisión del agustinianismo (hijo bastardo del catolicismo) en el movimiento evangélico moderno.

LA IGLESIA PRIMITIVA Y SU TEOLOGÍA: ENEMIGAS DEL CALVINISMO.

Los cristianos primitivos no creían en la predestinación, la gracia irresistible, la elección incondicional, la expiación limitada ni la perseverancia final de los santos como lo entiende el calvinismo de hoy. A diferencia del calvinismo, los cristianos primitivos creyeron firmemente en el libre albedrío y el sinergismo evangélico enseñado por el arminianismo. Por ejemplo, Justino Mártir (n. 100 d.C. – m. 168 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos, propuso el siguiente argumento a los romanos: “Hemos aprendido de los profetas, y lo afirmamos nosotros, que los correctivos, los castigos y los galardones se miden conforme al mérito de los hechos de cada uno. De otra manera, si todo sucediera sólo por suerte, no hubiera nada a nuestro poder. Porque si un hombre se predestinara a lo bueno y otro a lo malo, el primero no mereciera la alabanza ni el segundo la culpa. Si los hombres no tuvieran el poder de evitar lo malo y de escoger lo bueno según su propia voluntad, no fueran responsables por sus hechos, sean buenos o malos… Porque el hombre no sería merecedor de recompensa o alabanza si él mismo no escogiera lo bueno, o si sólo fuera creado para hacer lo bueno. De igual manera, si un hombre fuera malo, no merecería el castigo, ya que él mismo no hubiera escogido lo malo, siendo él capaz de hacer sólo lo que fue creado para hacer.”[5]

Clemente de Alejandría (n. 150 d.C. – m. 217 d.C.) escribió de semejante manera: “Ni alabanza ni condenación, ni recompensa ni castigo, sería justo si el hombre no tuviera el poder de escoger [lo bueno] y evitar [lo malo], si el pecado fuera involuntario.”[6]

Arquelao, obispo de Kashkar, en Mesopotamia (n. desconocido – m. 282 d.C.), escribiendo pocos años después, dijo lo mismo: “Toda la creación de Dios, Dios la hizo muy bien. Y él ha dado a cada persona el poder del libre albedrío, y por la misma norma ha instituido la ley de juicio… Y por cierto todo el que quiera, puede guardar sus mandamientos. Pero el que los desprecia y se vuelve en contra de ellos, sin duda alguna tendrá que hacer frente a esa ley de juicio… No cabe duda de que cada persona, utilizando el poder de su libre albedrío, puede fijar su camino en la dirección que él quiera.”[7]

Metodio de Olimpo, obispo y mártir cristiano (nacido en Licia, Asia Menor, en el siglo III y martirizado en Calcide di Eubea, Grecia Central, hacia el año 311 d.C.), escribió de semejante manera: “Aquellos [paganos] que deciden que el hombre no tiene libre albedrío, sino afirman que se gobierna por las disposiciones inevitables de la suerte, son culpables de impiedad ante el mismo Dios, ya que le hacen la causa y el autor de las maldades humanas.”[8]¿Acaso no suena como si se dirigiera a algunos calvinistas de hoy en día, que hacen a Dios responsable de todo mal y pecado humano?

Los cristianos primitivos se oponían a las ideas agustinianas, y más adelante calvinistas, sobre la predestinación o elección incondicional. Ellos eran fieles defensores del libre albedrío humano, la gracia resistible, la expiación ilimitada y la posibilidad de caer del estado de gracia. Los cristianos primitivos no creían en el libre albedrío sin base, sino se basaron firmemente en las siguientes Escrituras y otras semejantes:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3.16).

“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3.9).

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22.17).

“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30.19).

De esta manera, vemos que en el principio el mundo pagano, no los cristianos, creían en la predestinación. Mas, en una de las peculiaridades de la historia cristiana, tanto Lutero como Calvino apoyaron la noción fatalista del mundo pagano y se opusieron a los cristianos primitivos. Por ejemplo, Lutero escribió lo siguiente acerca de la suerte y la predestinación: “¿Por qué será tan difícil que nosotros los cristianos entendamos estas cosas? ¿Por qué se nos consideran irreligiosos, raros y vanos si discutimos estas cosas y las sabemos, cuando los poetas paganos, y todo el mundo, hablaban de ellas muchas veces? Hablando sólo de Virgilio [un poeta pagano romano], ¿cuántas veces habla él de la suerte? ‘Todas las cosas quedan fijas bajo ley inmutable.’ Otra vez: ‘Fijo está el día de todos los hombres.’ Otra vez: ‘Si la suerte te llama.’ Y otra vez: ‘Si tú quieres romper la cadena de la suerte.’ La meta de este poeta es mostrar que la suerte tuvo más que ver con la destrucción de Troya, y con la grandeza de Roma, que todos los esfuerzos unidos de los hombres… De eso podemos ver que todo el mundo tenía el conocimiento de la predestinación y de la presciencia de Dios igual como tenían el conocimiento de la existencia de la deidad. Y los que quisieron mostrarse sabios disputaban tanto que, siendo entenebrecidos sus corazones, se hicieron necios (Romanos 1.21-22). Negaron o fingieron no saber las cosas las cuales los poetas, y todo el mundo, y hasta sus propias conciencias, creyeron ser conocidas en todo el mundo, y muy ciertas, y muy verdaderas.”[9]

A diferencia de Lutero y Calvino, los cristianos primitivos tuvieron explicaciones lógicas y bíblicas para explicar la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre como dos principios complementarios, no contradictorios. Por contraste, eran los gnósticos paganos quienes enseñaban que los humanos somos predestinados arbitrariamente o para la salvación o para la condenación. En su obra titulada, De los puntos principales, Orígenes (n. Alejandría, 185 – m. Tiro o Cesarea Marítima, 254), considerado un padre de la Iglesia oriental, destacado por su erudición y estimado como uno de los tres pilares de la teología cristiana, escribe de muchos de los argumentos de la biblia que los gnósticos usaban. Contestó muchas de las preguntas acerca del libre albedrío y de la predestinación que sus discípulos le hicieron al respecto. Orígenes escribió:

“Una de las doctrinas enseñadas por la iglesia es la del juicio justo de Dios. Este hecho estimula a los que creen en él para que vivan piadosamente y que eviten el pecado. Reconocen que lo que nos trae o alabanza o culpa está dentro de nuestro poder. Es nuestra responsabilidad vivir en justicia. Dios exige esto de nosotros, no como si dependiéramos de él, ni de otro, ni de la suerte (como creen algunos), sino como si dependiera de nosotros mismos. El profeta Miqueas demostró eso cuando dijo: ‘Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia’ [Miqueas 6.8]. Moisés también dijo: ‘Yo he puesto delante de ti el camino de la vida y el camino de la muerte. Escoge lo bueno y sigue en él’ [Deuteronomio 30.15, 19]. Tome en cuenta cómo nos habla Pablo de manera que da a entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos causa o de nuestra ruina o de nuestra salvación. Él dice: ‘¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a la injusticia’ [Romanos 2.4-8]. Pero hay ciertas declaraciones en el Antiguo Testamento como también en el Nuevo que pudieran hacernos concluir lo contrario: Que no depende de nosotros o el guardar sus mandamientos para ser salvos, o el desobedecerlos para perdernos. Así que, examinémoslos uno por uno. Primero, las declaraciones en cuanto a Faraón han causado dudas en muchos. Dios dijo varias veces: ‘Yo endureceré el corazón de Faraón’ [Exodo 4.21]. Claramente, si Faraón fue endurecido por Dios y pecó como resultado de ese endurecimiento, él no fue responsable por su pecado. Y no tuvo libre albedrío. Vamos a añadir a este pasaje otro que escribió Pablo: ‘Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?’ [Romanos 9.20-21]. Ya que sabemos que Dios es tanto bueno como justo, veamos cómo el Dios bueno y justo pudo endurecer el corazón de Faraón. Tal vez por un ejemplo usado por el apóstol en la epístola a los Hebreos podemos ver que, en una sola obra, Dios puede mostrar misericordia a un hombre mientras endurece a otro, sin la intención de endurecerlo. ‘La tierra’, dice él, ‘bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa al agricultor, por la bendición de Dios. Pero la que produce espinos y abrojos no tiene valor, y está próxima a ser maldecida. Su fin es el ser quemada’ [Hebreos 6.7-8]. Tal vez nos parezca raro que aquel que produce la lluvia dijera: ‘Produzco tanto los frutos como también los espinos de la tierra’. Mas, aunque raro, es cierto. Si no hubiera lluvia, no hubiera ni frutos ni espinos. La bendición de la lluvia, por tanto, cayó aun sobre la tierra improductiva. Pero ya que estaba descuidada y no cultivada, produjo espinos y abrojos. De esta manera, las obras maravillosas de Dios son semejantes a las lluvias. Los resultados opuestos son semejantes a las tierras o cultivadas o descuidadas. También las obras de Dios son semejantes al sol, el cual pudiera decir: ‘Yo hago suave y hago duro’. Aunque estas acciones son opuestas, el sol no hablaría mentira, porque el calor que suaviza la cera es el mismo que endurece el lodo. De semejante manera, por una parte, los milagros hechos por mano de Moisés endurecieron a Faraón a causa de la maldad de su corazón. Pero suavizaron a la multitud egipcia, que salió de Egipto con los hebreos [Exodo 12.38]. Veamos a otro pasaje: ‘Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia’ [Romanos 9.16]. Aquí Pablo no niega que los humanos tenemos que hacer algo. Sino alaba la bondad de Dios, quien lleva lo que se hace a su fin deseado. El sencillo deseo humano no basta para alcanzar el fin. Solo el correr no basta para que el atleta gane el premio. Tampoco basta para que los cristianos ganemos el premio que da Dios por Cristo Jesús. Estas cosas se llevan a cabo sólo con la ayuda de Dios. Como si hablara de la agricultura, Pablo dice: ‘Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento’ [1 Corintios 3.6-7]. Ahora pudiéramos decir con razón que la cosecha del agricultor no es trabajo sólo del agricultor. Tampoco es trabajo sólo del que riega. Al fin y al cabo, es trabajo de Dios. Así mismo, no es que no tengamos nada que hacer para que nos desarrollemos espiritualmente a la perfección. Mas, con todo, no es obra de sólo nosotros, porque Dios tiene una obra aun más grande que la nuestra. Así es en nuestra salvación. La parte que hace Dios es muchísimo mayor que la nuestra.”[10]

Aunque no creyeron en la predestinación, los cristianos primitivos creyeron fuertemente en la soberanía de Dios y en su habilidad de prever el futuro. Por ejemplo, entendieron que las profecías de Dios acerca de Jacob y Esaú (Romanos 9.13 y Génesis 25.23) resultaron de esta habilidad de prever el futuro, y no de una predestinación arbitraria de los hombres a una suerte fija. Vieron que hay una gran diferencia entre el prever algo y el causarlo. Para pesar de los calvinistas más obstinados, esto suena a arminianismo ¡Y era la doctrina de la iglesia cristiana primitiva!

GRACIA IRRESISTIBLE, ELECCIÓN INCONDICIONAL, EXPIACIÓN LIMITADA Y PERSEVERANCIA FINAL DE LOS SANTOS EN EL CONTEXTO DE LA IGLESIA PRIMITIVA.

Los cristianos primitivos no creían en la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente (una vez salvo, siempre salvo). Por el contrario, los cristianos primitivos reconocían la posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación. Tampoco sostenían que la gracia fuera irresistible, que la elección fuera incondicional o que la expiación fuera limitada. En otras palabras, ellos no eran calvinistas.

La Didaché (o Didajé), considerado uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos, incluido en la categoría de “padres apostólicos” y considerado por mucho tiempo anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento (estudios recientes señalan una posible fecha de composición posterior no más allá del 160 d.C.), señala que de nada servirá haber tenido fe durante toda la vida si en el último momento nos apartamos: “Vigilad sobre vuestra vida; no se apeguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir el Señor. Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento.”[11] Tal afirmación lleva implícita la posibilidad de caer de la gracia. En otras palabras: Ni la gracia es irresistible ni es imposible caer de ella por apostasía o pecado deliberado y habitual. La doctrina calvinista simplemente no cabía en la mentalidad cristiana primitiva.

Clemente Romano (un cristiano insigne de finales del siglo I, uno de los llamados Padres apostólicos y quien fuera obispo de Roma), también advierte sobre el peligro de perder la salvación, por lo que advierte que para salvarse hay que perseverar hasta el fin llevando una conducta digna de Dios y obedeciendo los mandamientos: “Vigilad, carísimos, no sea que sus beneficios que son muchos, se conviertan para nosotros en motivo de condenación, caso de no hacer en toda concordia, llevando conducta digna de Él, lo que es bueno y agradable en su presencia. Dice, en efecto en alguna parte la Escritura: El Espíritu del Señor es lámpara que escudriña los escondrijos del vientre… Consideremos cuan cerca de nosotros está y cómo no se le oculta uno solo de nuestros pensamientos ni propósito que concibamos. Justo es, por ende, que no desertemos del puesto que su voluntad nos ha asignado.”[12]

Nótese que en el texto anterior Clemente reconoce que se puede caer del estado de gracia y condenarse, a diferencia de la doctrina calvinista. La posibilidad de la apostasía, y con ella la pérdida de la salvación, fue enseñada por los cristianos primitivos:

“Ahora, pues, como sea cierto que todo es por Él visto y oído, temámosle y demos de mano a los execrables deseos de malas obras, a fin de ser protegidos por su misericordia de los juicios venideros. Porque ¿dónde podrá nadie de nosotros huir de su poderosa mano? ¿qué mundo acogerá a los desertores de Dios?”[13]

“…Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, y también la fe y la esperanza de los elegidos, que sólo el que en espíritu de humildad y perseverante modestia cumpliere sin volver atrás las justificaciones y mandamientos dados por Dios, solo ése será ordenado y escogido en el número de los que se salvan por medio de Jesucristo…”[14]

Para Ignacio de Antioquía, uno de los padres apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles (n. 35 d.C. – m. entre 98-110 d.C.), no bastaba proclamar la fe, sino perseverar en ella hasta el final. El premio del atleta de Dios es la vida eterna, donde recibirá la recompensa de su perseverancia y fidelidad. También establece que la salvación está a disposición del hombre que, por su libre albedrío, elige entre la vida y la muerte:

“Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas. Vuestra caja de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros.”[15]

“Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, y que lleva cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo; más los fieles, por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Si no estamos dispuestos a morir por Él, para imitar su pasión, no tendremos su vida en nosotros.”[16]

Justino Mártir, el gran apologeta cristiano, quien tenía una perspectiva clara del libre albedrío y con casi 1.400 años de antelación rechaza la posición calvinista donde el hombre es virtualmente un títere que no puede resistir la gracia (de donde concluyen que quien se condena es porque Dios nunca derramó la gracia sobre él sino que le abandonó a su maldad). Justino afirmó: “De lo anteriormente por nosotros dicho no tiene nadie que sacar la consecuencia de que nosotros afirmamos que cuanto sucede, sucede por necesidad del destino, por el hecho de que decimos ser de antemano conocidos los acontecimientos. Para ello, vamos a desatar también esta dificultad. Nosotros hemos aprendido de los profetas, y afirmamos que ésa es la verdad, que los castigos y tormentos, lo mismo que las buenas recompensas, se dan a cada uno conforme a sus obras; pues de no ser así, sino que todo sucediera por destino, no habría en absoluto libre albedrío. Y, en efecto, si está determinado que éste sea bueno y el otro malo, ni aquel merece alabanza, ni este vituperio. Y si el género humano no tiene poder para huir por libre determinación de lo vergonzoso y escoger lo bello, es irresponsable de cualesquiera acciones que haga. Mas que el hombre es virtuoso y peca por libre elección, lo demostramos por el siguiente argumento: Vemos que el mismo sujeto pasa de un contrario a otro. Ahora bien, si estuviera determinado ser malo o bueno, no sería capaz de cosas contrarias ni se cambiaría con tanta frecuencia. En realidad, no podría decirse que unos son buenos y otros malos, desde el momento que afirmamos que el destino es la causa de buenos y malos y que obra cosas contrarias a sí mismo, o habría que tomar por verdad lo que ya anteriormente insinuamos, a saber, que virtud y maldad son puras palabras y que sólo por opinión se tiene algo por bueno o por malo. Lo cual, como demuestra la verdadera razón, es el colmo de la impiedad y de la iniquidad. Lo que si afirmamos ser destino ineludible es que a quienes escogieron el bien, les espera digna recompensa y a los que lo contrario, les espera igualmente digno castigo. Porque no hizo Dios al hombre a la manera de las otras criaturas, por ejemplo, árboles o cuadrúpedos, que nada pueden hacer por libre determinación; pues en este caso no sería digno de recompensa o alabanza, no habiendo por sí mismo escogido el bien, sino nacido ya bueno; ni, de haber sido malo, se le castigaría justamente, no habiéndolo sido libremente, sino por no haber podido ser otra cosa que lo que fue.” [17]

Para Ireneo (n. Esmirna Asia Menor, c. 130 – m. Lyon, c. 202), obispo de la ciudad de Lyon y considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II, la gracia también es resistible porque Dios hizo libre al hombre, y como Dios derrama su gracia sobre todos los hombres, quien se condena es por propia elección, al igual que el que se salva es porque persevera en la fe: “Esta frase: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos, pero tú no quisiste!» (Mateo 23,37), bien descubrió la antigua ley de la libertad humana; pues Dios hizo libre al hombre, el cual, así como desde el principio tuvo alma, también gozó de libertad, a fin de que libremente pudiese acoger la Palabra de Dios, sin que éste lo forzase. Dios, en efecto, jamás se impone a la fuerza, pues en él siempre está presente el buen consejo. Por eso concede el buen consejo a todos. Tanto a los seres humanos como a los ángeles otorgó el poder de elegir -pues también los ángeles usan su razón-, a fin de que quienes le obedecen conserven para siempre este bien como un don de Dios que ellos custodian. En cambio, no se hallará ese bien en quienes le desobedecen, y por ello recibirán el justo castigo; porque Dios ciertamente les ofreció benignamente este bien, mas ellos ni se preocuparon por conservarlo ni lo tuvieron por valioso, sino que despreciaron la bondad suprema. Así pues, al abandonar este bien y hasta cierto punto rechazarlo, con razón serán reos del justo juicio de Dios, de lo que el Apóstol Pablo da testimonio en su Carta a los romanos: «¿Acaso desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que la bondad de Dios te impulsa a arrepentirte? Por la dureza e impenitencia de tu corazón amontonas tú mismo la ira para el día de la cólera, cuando se revelará el justo juicio de Dios» (Romanos 2,4-5). En cambio, dice: «Gloria y honor para quien obra el bien» (Rom 2,10). Dios, pues, nos ha dado el bien, de lo cual da testimonio el Apóstol en la mencionada epístola, y quienes obran según este don recibirán honor y gloria, porque hicieron el bien cuando estaba en su arbitrio no hacerlo; en cambio quienes no obren bien serán reos del justo juicio de Dios, porque no obraron bien estando en su poder hacerlo. Si, en efecto, unos seres humanos fueran malos por naturaleza y otros por naturaleza buenos, ni éstos serían dignos de alabanza por ser buenos, ni aquéllos condenables, porque así habrían sido hechos. Pero, como todos son de la misma naturaleza, capaces de conservar y hacer el bien, y también capaces para perderlo y no obrarlo, con justicia los seres sensatos (¡cuánto más Dios!) alaban a los segundos y dan testimonio de que han decidido de manera justa y han perseverado en el bien; en cambio reprueban a los primeros y los condenan rectamente por haber rechazado el bien y la justicia… Por este motivo los profetas exhortaban a todos a obrar con justicia y a hacer el bien, como muchas veces hemos explicado; porque este modo de comportarnos está en nuestra mano pero, habiendo tantas veces caído en el olvido por nuestra mucha negligencia, nos hacía falta un buen consejo. Por eso el buen Dios nos aconsejaba el bien por medio de los profetas.”[18]

Ireneo enfatiza también que la salvación final del creyente implica esfuerzo y lucha: “Por eso el Señor dice que el reino de los cielos es de los violentos: «Los violentos lo arrebatan», quiere decir aquellos que se esfuerzan, luchan y continuamente están alerta: éstos lo arrebatan. Por eso el Apóstol Pablo escribió a los corintios: «¿No sabéis que en el estadio son muchos los que corren, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene». Siendo un buen atleta, nos exhorta a competir por la corona de la incorrupción; y a que valoremos esa corona que adquirimos con la lucha, sin que nos caiga desde afuera. Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. La vista no sería para nosotros un bien tan deseable, si no conociésemos el mal de la ceguera; la salud se nos hace más valiosa cuando experimentamos la enfermedad; así también la luz comparándola con las tinieblas, y la vida con la muerte. De igual modo el Reino de los cielos es más valioso para quienes conocen el de la tierra; y cuanto más valioso, tanto más lo amamos; y cuanto más lo amamos, tanta más gloria tendremos ante Dios.”[19]

Rechaza además lo que se conocería más de un milenio después como la doctrina de Salvo siempre Salvo, o imposibilidad de caer de la gracia: “Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: «Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia»”.[20]

Hilario, nacido a principios de siglo IV, hacia 315, en Poitiers (Francia) y fallecido en esta misma ciudad en 367, habla de cómo el perseverar en la fe es también un don de Dios, pero eso no excluye el libre albedrío: “Perseverar en la fe es un don de Dios, pero el primer movimiento de la fe comienza en nosotros. Nuestra voluntad debe ser tal que, propiamente y por sí misma lo haga. Dios le dará el aumento después que ha sido hecho el comienzo. Nuestra debilidad es tal que no podemos llevar por nosotros mismos llevarla a término, pero él recompensa el comienzo en vista de haber sido hecho libremente.”[21]

“La debilidad humana es impotente si espera lograr algo por sí misma. El deber de tal naturaleza es simplemente esto: hacer el comienzo con la voluntad, con el fin de adherirse al servicio del bien. La misericordia divina es tal que ayudará a los que están dispuestos, fortaleciendo aquellos que han comenzado y asistiendo a aquellos que están tratando. El comienzo, sin embargo, es parte nuestra, tal que él pueda traernos a la perfección.”[22]

Atanasio, nacido alrededor del año 296 y fallecido el 2 de mayo del año 373, en su obra Contra los arrianos, en el capítulo 25 del tercer discurso declara que es posible caer del estado de gracia y perder la salvación al cometer pecados graves: “Cuando entonces un hombre cae del Espíritu por cualquier maldad, si se arrepiente de haber caído, la gracia queda irrevocablemente a como esté dispuesto, de lo contrario, si el que ha caído no está más en Dios (porque el Espíritu Santo y Paráclito que está en Dios lo ha abandonado) pero el pecador estará en aquel que lo ha sometido, como ocurrió en el caso de Saúl, el Espíritu de Dios se apartó de él y un espíritu maligno lo afligía.”[23]

Cirilo de Jerusalén (n. 315 d.C. – m. 386 d.C.) concibe la salvación desde una perspectiva completamente opuesta a los calvinistas. Para salvarse se requiere perseverar unido a Cristo como el sarmiento a la vid, de lo contrario la posibilidad de que Jesús nos maldiga por no producir frutos está latente. Es por eso por lo que al cristiano le corresponde aportar fruto para no ser cortado: “Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la vid, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad. Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. «Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confió en el amor de Dios para siempre jamás». No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar; pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.”[24]

Basilio, (n. 330 – m.1 de enero, 379), conocido como Basilio el Magno y quien fuera obispo de Cesarea, reconoció que aquellos que se salven serán aquellos que se mantengan fieles hasta el fin. Habló también de como aquellos que reciben al Espíritu Santo pueden ser apartados de Él si comienzan a vivir una vida pecaminosa: “Ellos, entonces, que fueron sellados por el Espíritu hasta el día de la redención, y preservaron puros e intactos los primeros frutos que recibieron del Espíritu, son ellos los que oirán las palabras «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de muchas cosas». De la misma manera que los que han ofendido al Espíritu Santo por la maldad de sus caminos, o no han forjado para él lo que Él les dio, serán privados de lo que han recibido, y su gracia será dada a otros; o, de acuerdo con uno de los evangelistas, serán totalmente cortados en pedazos – cuyo significado es ser separados del Espíritu.”[25]

Jerónimo (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembre de 420), conocido también como Jerónimo de Estridón y quien tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín declaró que los creyentes pueden caer del estado de gracia y perder su salvación por medio de las elecciones de su libre albedrio. Aquellos que por medio de la gracia soporten las pruebas recibirán la corona de la vida: “No va de acuerdo a la justicia divina olvidar las buenas obras, y las acciones que has ministrado y ministras a los santos por su nombre, y para recordar solamente los pecados. El apóstol Santiago también, a sabiendas de que los bautizados pueden ser tentados, y caer de su propia libre elección, dice «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando ha sido aprobado recibirá la corona de la vida que el Señor les prometió a quienes le aman». Y que no podemos pensar que somos tentados por Dios, como leemos en el Génesis que Abraham fue, añade: «Que nadie diga cuándo es tentado, es tentado de Dios: porque Dios no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte». Dios nos creó con libre albedrío, y no somos forzados por la necesidad ni a la virtud ni al vicio. De lo contrario, si no estamos obligados por necesidad, no hay corona. Como en las buenas obras es Dios quien los trae a la perfección, ya que no es de quien quiera, ni de lo que corre, sino de Dios que piadosamente nos ayuda a ser capaces de llegar a la meta.”[26]

El mismo Agustín de Hipona, a quien Calvino y sus seguidores frecuentemente citan en defensa de sus puntos de vista (y en cuyas enseñanzas descansa la estructura completa del calvinismo), rechazaba la posición calvinista y declara que es el hombre por su propia elección quien pierde la gracia y se hace malvado. Esto es contrario a la enseñanza de Calvino, quien afirmaba que quienes no fueron predestinados nunca recibieron la gracia, porque de haberla recibido, no pudieran resistirla y se salvarían: “Pero si alguien ya regenerado y justificado tendría, por voluntad propia, que recaer en su mala vida, ciertamente ese hombre no puede decir: Yo no lo he recibido; porque él perdió la gracia que él recibió de Dios y por su propia libre elección se hizo malvado.”[27]

Si consideramos la doctrina calvinista a la luz de los escritos de los primeros cristianos resulta evidente que lo que hoy llamamos calvinismo no es más que una distorsión del cristianismo bíblico. Nunca nadie en la iglesia primitiva, ni en los siglos posteriores a la muerte de los apóstoles, sostuvo dicho sistema teológico.

CONCLUSIÓN.
La Biblia, la historia y los textos patrísticos nos llevan a la una conclusión inequívoca: La doctrina calvinista no solo no fue creída por la iglesia primitiva, sino explícitamente rechazada. Aún siglos antes del surgimiento del calvinismo, la doctrina calvinista era rechazada como herética. Y es que un estudio de los textos patrísticos de los más preeminentes padres y escritores eclesiásticos de la Iglesia, comenzando desde los discípulos directos de los apóstoles, nos enseña que la Iglesia primitiva y de siglos posteriores creía que:

  • El hombre, aunque tiene libre albedrío, no puede salvarse sin la gracia de Dios. Dios por su gracia tiene la primera iniciativa de su salvación y ejerciendo esta libertad el hombre responde y coopera con la gracia (sinergismo). Entendiendo que gracia es el favor gratuito e inmerecido de Dios.
  • Dios llama a todos los hombres a la salvación y sobre todos derrama su gracia a través de Cristo, porque quiere que todos los hombres se salven. Quienes se condenan lo hacen por su propia voluntad. Por la tanto, no hay tal cosa como una elección incondicional, tampoco gracia irresistible ni mucho menos expiación limitada.
  • La gracia de Dios mueve al hombre a creer en Cristo y obedecer. Sin la gracia no puede ni lo uno ni lo otro, y ni siquiera tiene la iniciativa para hacerlo.
  • Así, la salvación es por gracia, pero nosotros debemos cooperar haciendo uso de nuestra libertad o libre albedrio.
  • Por medio de la fe el hombre es justificado. Al ser justificado no solo es declarado justo sino hecho justo (regenerado).
  • Luego el hombre justificado movido por la gracia debe vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, obrando el bien y cumpliendo los mandamientos, pero es libre de no hacerlo y caer del estado de gracia de Dios. Por ende, la gracia es resistible y la salvación puede perderse.
  • El determinismo, fatalismo o predestinación, no es una doctrina bíblica. Por el contrario, la iglesia primitiva luchó contra los paganos (principalmente gnósticos) para contrarrestar dicha doctrina.

 

REFERENCIAS:

[1] Martín Lutero, Bondage of the Will, pp. 171-174.

[2] Martín Lutero, Bondage of the Will, pp. 44.

[3] Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 6: Preface to Romans, p. 447

[4] Works of Martin Luther—The Philadelphia Edition, traducido por C. M. Jacobs, tomo 6: Preface to Hebrews, pp. 476, 477.

[5] Justino, First Apology, capítulo 43.

[6] Clemente, Stromata/Miscellanies, tomo 1, capítulo 17.

[7] Arquelao, Disputation with Manes, secciones 32, 33.

[8]  Metodio, The Banquet of the Ten Virgins, discurso 8, capítulo 16.

[9] Martín Lutero, Bondage, pp. 43, 44.

[10] Orígenes, First Things, tomo 3, capítulo 1, acortado.

[11] La Didaché 16,1-2, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición. Daniel Ruiz Bueno, BAC 65, pág. 92-93.

[12] Clemente a los Corintios XXI,1-4, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición, pág. 198.

[13] Clemente a los Corintios XXVIII,1-2, Ibid. pág. 204.

[14] Clemente a los Corintios LVIII,2, Ibid. pág. 231.

[15] Ignacio de Antioquía a Policarpo, VI,1-2, Ibid. pág. 500-501.

[16] Ignacio de Antioquía a Magnesios, V,1-2, Ibid. pág. 462.

[17] Justino Mártir, Primera Apología 43.1-8, Ibid pág. 228-229.

[18] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,1-2.

[19] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,7.

[20] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 27,2.

[21] Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Nun, 20, Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol I, pág. 386.

[22] Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]:Ain,10 Ibid. pág. 386-387.

[23] Atanasio de Alejandría, Contra los arrianos 3,25, Traducido desde Athanasius,Discourse Against the Arians,3:25 in NPNF2, Vol IV:407.

[24] Cyril of Jerusalem,Catechetical Lectures,I:4,NPNF 2,Vol. VII, 7.

[25] Basilio el Grande, Sobre el Espíritu Santo XVI,40; Traducido de De Spiritu Sancto Chap. XVI, 40 NPNP 2 Vol. VIII, p. 25.

[26] Against Jovinian, Book II, 3; NPNF 2, Vol. VI.

[27] Agustín de Hipona, Amonestación y Gracia 6,9. Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol III, William A. Jurgens, pág. 157.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Calvinismo: Una distorsión de la fe cristiana histórica

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Fue la Reforma Protestante del s. XVI un retorno pleno, completo y acabado hacia el cristianismo primitivo? No. Afirmar tal cosa sería faltar a la verdad. Sin embargo, los denominados reformados o calvinistas (una de las vertientes de la Reforma Protestante) sostienen arrogantemente ser la versión más pura y bíblicamente correcta de cristianismo. Ante tal presunción, es justo preguntarnos: ¿Es el calvinismo la restauración moderna de la doctrina y prácticas de la Iglesia Primitiva? ¡Absolutamente no! Ya sea que sus defensores lo admitan o no, afirmar que el calvinismo es la misma fe enseñada por Jesús y sus apóstoles no solo es arrogante, sino una deshonestidad total. Una deshonestidad que, por cierto, muchos “cristianos reformados” están dispuestos a cometer.

EL ERROR CALVINISTA.

Juan Calvino, considerado por muchos el más grande teólogo protestante de la historia y padre del sistema teológico que hoy lleva su nombre, cometió un grave error al elaborar su sistema teológico: Creyó equivocadamente que las enseñanzas de Agustín de Hipona, un “Padre de la Iglesia Católica”, eran las mismas que tenían los cristianos primitivos. Cuando los escritos de los cristianos primitivos se hicieron disponibles, las doctrinas de la Reforma ya se habían fijado, y nadie tenía el valor de cambiarlas. Por eso, en muchos sentidos, el calvinismo no fue un retorna a la fe bíblica ni un redescubrimiento de esta. Por el contrario, solo logró perpetuar en su teología las ideas de Agustín de Hipona y anteponer su interpretación privada del texto a la Biblia misma.

Calvino instauró una dictadura teocrática bajo la promesa de convertir a Ginebra en la “Ciudad de Dios.” Dictaba leyes y asesinaba a los humanistas en nombre de la Reforma. Distinguía a Calvino la intolerancia religiosa hacia quienes profesaban ideas distintas. Por orden suya fue quemado en la hoguera el científico español Miguel Servet (1553). La condena de Servet (condenado por antitrinitario y contrario el bautismo de infantes), si bien ejemplar, no fue ni la única ni la última de Calvino. El mismo Casiodoro de Reina (traductor de la famosa Biblia que lleva su nombre) fue perseguido por los calvinistas y tildado de hereje por oponerse a la ejecución de Servet y afirmar que las diferencias de opinión entre cristianos nunca deberían llevar a que algunos, con el respaldo del gobierno, impongan sus convicciones a otros, y menos que recurran a la pena de muerte para extirpar a los que piensan distinto en materia teológica. Pero Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”.

Al estudiar la vida de Juan Calvino podemos notar algo: Aunque sus obras fueron notables, se distanció mucho del espíritu y teología de la iglesia primitiva. Como ya se dijo, Calvino creyó erróneamente que el agustinianismo era la creencia de la iglesia primitiva; empleó la fuerza del Estado para imponer sus ideas; mostró intolerancia hacia ideas opuestas a las suyas (persiguiendo incluso a otros cristianos con ideas distintas a él) y marcó la teología protestante para siempre.

Desde entonces, la teología calvinista o reformada ha marcado el pensar del mundo cristiano, llevando a considerar herejes y mostrando intolerancia hacia sus hermanos creyentes que rechazan la intromisión del agustinianismo en el movimiento evangélico moderno.

LA IGLESIA PRIMITIVA Y SUS ENSEÑANZAS CONTRADICEN LA TEOLOGÍA CALVINISTA Y SUS POSTULADOS.

Los cristianos primitivos no creían en la predestinación, la gracia irresistible, la elección incondicional, la expiación limitada, ni la perseverancia final de los santos como lo entiende el calvinismo de hoy. A diferencia del calvinismo, los cristianos primitivos creyeron firmemente en el libre albedrío y el sinergismo evangélico enseñado por el arminianismo.

Por ejemplo, Justino Mártir (n. 100 d.C. – m. 168 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos, propuso el siguiente argumento a los romanos: “Hemos aprendido de los profetas, y lo afirmamos nosotros, que los correctivos, los castigos y los galardones se miden conforme al mérito de los hechos de cada uno. De otra manera, si todo sucediera sólo por suerte, no hubiera nada a nuestro poder. Porque si un hombre se predestinara a lo bueno y otro a lo malo, el primero no mereciera la alabanza ni el segundo la culpa. Si los hombres no tuvieran el poder de evitar lo malo y de escoger lo bueno según su propia voluntad, no fueran responsables por sus hechos, sean buenos o malos… Porque el hombre no sería merecedor de recompensa o alabanza si él mismo no escogiera lo bueno, o si sólo fuera creado para hacer lo bueno. De igual manera, si un hombre fuera malo, no merecería el castigo, ya que él mismo no hubiera escogido lo malo, siendo él capaz de hacer sólo lo que fue creado para hacer.”[1]

Clemente de Alejandría (n. 150 d.C. – m. 217 d.C.) escribió de semejante manera: “Ni alabanza ni condenación, ni recompensa ni castigo, sería justo si el hombre no tuviera el poder de escoger [lo bueno] y evitar [lo malo], si el pecado fuera involuntario.”[2]

Arquelao, obispo de Kashkar, en Mesopotamia (n. desconocido – m. 282 d.C.), escribiendo pocos años después, dijo lo mismo: “Toda la creación de Dios, Dios la hizo muy bien. Y él ha dado a cada persona el poder del libre albedrío, y por la misma norma ha instituido la ley de juicio… Y por cierto todo el que quiera, puede guardar sus mandamientos. Pero el que los desprecia y se vuelve en contra de ellos, sin duda alguna tendrá que hacer frente a esa ley de juicio… No cabe duda de que cada persona, utilizando el poder de su libre albedrío, puede fijar su camino en la dirección que él quiera.”[3]

Metodio de Olimpo, obispo y mártir cristiano (nacido en Licia, Asia Menor, en el siglo III y martirizado en Calcide di Eubea, Grecia Central, hacia el año 311 d.C.), escribió de semejante manera: “Aquellos [paganos] que deciden que el hombre no tiene libre albedrío, sino afirman que se gobierna por las disposiciones inevitables de la suerte, son culpables de impiedad ante el mismo Dios, ya que le hacen la causa y el autor de las maldades humanas.”[4] ¿Acaso no suena como si se dirigiera a algunos calvinistas de hoy en día, que hacen a Dios responsable de todo mal y pecado humano?

Los cristianos primitivos se oponían a las ideas paganas (que luego llegaron a ser agustinianas, y más adelante calvinistas) sobre la predestinación o elección incondicional. Ellos eran fieles defensores del libre albedrío humano, la gracia resistible, la expiación ilimitada y la posibilidad de caer del estado de gracia. Los cristianos primitivos no creían en el libre albedrío sin base, sino se basaron firmemente en las siguientes Escrituras y otras semejantes:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3.16).

 “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3.9).

 “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22.17).

 “Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30.19).

De esta manera, vemos que en el principio era el mundo pagano, y no los cristianos, quienes creían en la predestinación. Mas, en una de las peculiaridades de la historia cristiana, tanto Agustín (un Padre de la Iglesia Católica) como Calvino (el padre de los que se dicen cristianos reformados) apoyaron la noción fatalista del mundo pagano y se opusieron a los cristianos primitivos.

A diferencia de Agustín y Calvino, los cristianos primitivos tuvieron explicaciones lógicas y bíblicas para explicar la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre como dos principios complementarios, no contradictorios. Por contraste, eran los gnósticos paganos quienes enseñaban que los humanos somos predestinados arbitrariamente o para la salvación o para la condenación. En su obra titulada, De los puntos principales, Orígenes (n. Alejandría, 185 – m. Tiro o Cesarea Marítima, 254), considerado un padre de la Iglesia oriental, destacado por su erudición y estimado como uno de los tres pilares de la teología cristiana, escribe de muchos de los argumentos de la biblia que los gnósticos usaban. Contestó muchas de las preguntas acerca del libre albedrío y de la predestinación que sus discípulos le hicieron al respecto. Orígenes escribió:

“Una de las doctrinas enseñadas por la iglesia es la del juicio justo de Dios. Este hecho estimula a los que creen en él para que vivan piadosamente y que eviten el pecado. Reconocen que lo que nos trae o alabanza o culpa está dentro de nuestro poder. Es nuestra responsabilidad vivir en justicia. Dios exige esto de nosotros, no como si dependiéramos de él, ni de otro, ni de la suerte (como creen algunos), sino como si dependiera de nosotros mismos. El profeta Miqueas demostró eso cuando dijo: ‘Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia’ [Miqueas 6.8]. Moisés también dijo: ‘Yo he puesto delante de ti el camino de la vida y el camino de la muerte. Escoge lo bueno y sigue en él’ [Deuteronomio 30.15, 19]. Tome en cuenta cómo nos habla Pablo de manera que da a entender que tenemos libre albedrío y que nosotros mismos somos causa o de nuestra ruina o de nuestra salvación. Él dice: ‘¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras; vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino obedecen a la injusticia’ [Romanos 2.4-8]. Pero hay ciertas declaraciones en el Antiguo Testamento como también en el Nuevo que pudieran hacernos concluir lo contrario: Que no depende de nosotros o el guardar sus mandamientos para ser salvos, o el desobedecerlos para perdernos. Así que, examinémoslos uno por uno. Primero, las declaraciones en cuanto a Faraón han causado dudas en muchos. Dios dijo varias veces: ‘Yo endureceré el corazón de Faraón’ [Exodo 4.21]. Claramente, si Faraón fue endurecido por Dios y pecó como resultado de ese endurecimiento, él no fue responsable por su pecado. Y no tuvo libre albedrío. Vamos a añadir a este pasaje otro que escribió Pablo: ‘Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?’ [Romanos 9.20-21]. Ya que sabemos que Dios es tanto bueno como justo, veamos cómo el Dios bueno y justo pudo endurecer el corazón de Faraón. Tal vez por un ejemplo usado por el apóstol en la epístola a los Hebreos podemos ver que, en una sola obra, Dios puede mostrar misericordia a un hombre mientras endurece a otro, sin la intención de endurecerlo. ‘La tierra’, dice él, ‘bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa al agricultor, por la bendición de Dios. Pero la que produce espinos y abrojos no tiene valor, y está próxima a ser maldecida. Su fin es el ser quemada’ [Hebreos 6.7-8]. Tal vez nos parezca raro que aquel que produce la lluvia dijera: ‘Produzco tanto los frutos como también los espinos de la tierra’. Mas, aunque raro, es cierto. Si no hubiera lluvia, no hubiera ni frutos ni espinos. La bendición de la lluvia, por tanto, cayó aun sobre la tierra improductiva. Pero ya que estaba descuidada y no cultivada, produjo espinos y abrojos. De esta manera, las obras maravillosas de Dios son semejantes a las lluvias. Los resultados opuestos son semejantes a las tierras o cultivadas o descuidadas. También las obras de Dios son semejantes al sol, el cual pudiera decir: ‘Yo hago suave y hago duro’. Aunque estas acciones son opuestas, el sol no hablaría mentira, porque el calor que suaviza la cera es el mismo que endurece el lodo. De semejante manera, por una parte, los milagros hechos por mano de Moisés endurecieron a Faraón a causa de la maldad de su corazón. Pero suavizaron a la multitud egipcia, que salió de Egipto con los hebreos [Exodo 12.38]. Veamos a otro pasaje: ‘Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia’ [Romanos 9.16]. Aquí Pablo no niega que los humanos tenemos que hacer algo. Sino alaba la bondad de Dios, quien lleva lo que se hace a su fin deseado. El sencillo deseo humano no basta para alcanzar el fin. Solo el correr no basta para que el atleta gane el premio. Tampoco basta para que los cristianos ganemos el premio que da Dios por Cristo Jesús. Estas cosas se llevan a cabo sólo con la ayuda de Dios. Como si hablara de la agricultura, Pablo dice: ‘Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo da Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento’ [1 Corintios 3.6-7]. Ahora pudiéramos decir con razón que la cosecha del agricultor no es trabajo sólo del agricultor. Tampoco es trabajo sólo del que riega. Al fin y al cabo, es trabajo de Dios. Así mismo, no es que no tengamos nada que hacer para que nos desarrollemos espiritualmente a la perfección. Mas, con todo, no es obra de sólo nosotros, porque Dios tiene una obra aun más grande que la nuestra. Así es en nuestra salvación. La parte que hace Dios es muchísimo mayor que la nuestra.”[5]

Aunque no creyeron en la predestinación, los cristianos primitivos creyeron fuertemente en la soberanía de Dios y en su habilidad de prever el futuro. Por ejemplo, entendieron que las profecías de Dios acerca de Jacob y Esaú (Romanos 9.13 y Génesis 25.23) resultaron de esta habilidad de prever el futuro, y no de una predestinación arbitraria de los hombres a una suerte fija. Vieron que hay una gran diferencia entre el prever algo y el causarlo. Para pesar de los calvinistas más obstinados, esto suena a arminianismo ¡Y era la doctrina de la iglesia cristiana primitiva!

LA IGLESIA PRIMITIVA, ENEMIGA MORTAL DEL CALVINISMO.

Los cristianos primitivos no creían en la doctrina calvinista de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente (una vez salvo, siempre salvo). Por el contrario, los cristianos primitivos reconocían la posibilidad de caer de la gracia y perder la salvación. Tampoco sostenían que la gracia fuera irresistible, que la elección fuera incondicional o que la expiación fuera limitada. En otras palabras, ellos no eran calvinistas.

La Didaché (o Didajé), considerado uno de los más antiguos escritos cristianos no-canónicos, incluido en la categoría de “padres apostólicos” y considerado por mucho tiempo anterior a muchos escritos del Nuevo Testamento (estudios recientes señalan una posible fecha de composición posterior no más allá del 160 d.C.), señala que de nada servirá haber tenido fe durante toda la vida si en el último momento nos apartamos: “Vigilad sobre vuestra vida; no se apeguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir el Señor. Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe, si no sois perfectos en el último momento.”[6]

Tal afirmación lleva implícita la posibilidad de caer de la gracia. En otras palabras: Ni la gracia es irresistible ni es imposible caer de ella por apostasía o pecado deliberado y habitual. La doctrina calvinista simplemente no cabía en la mentalidad cristiana primitiva.

Clemente Romano (un cristiano insigne de finales del siglo I, uno de los llamados Padres apostólicos y quien fuera obispo de Roma), también advierte sobre el peligro de perder la salvación, por lo que advierte que para salvarse hay que perseverar hasta el fin llevando una conducta digna de Dios y obedeciendo los mandamientos: “Vigilad, carísimos, no sea que sus beneficios que son muchos, se conviertan para nosotros en motivo de condenación, caso de no hacer en toda concordia, llevando conducta digna de Él, lo que es bueno y agradable en su presencia. Dice, en efecto en alguna parte la Escritura: El Espíritu del Señor es lámpara que escudriña los escondrijos del vientre… Consideremos cuan cerca de nosotros está y cómo no se le oculta uno solo de nuestros pensamientos ni propósito que concibamos. Justo es, por ende, que no desertemos del puesto que su voluntad nos ha asignado.”[7]

Nótese que en el texto anterior Clemente reconoce que se puede caer del estado de gracia y condenarse, a diferencia de la doctrina calvinista. La posibilidad de la apostasía, y con ella la pérdida de la salvación, fue enseñada por los cristianos primitivos:

“Ahora, pues, como sea cierto que todo es por Él visto y oído, temámosle y demos de mano a los execrables deseos de malas obras, a fin de ser protegidos por su misericordia de los juicios venideros. Porque ¿dónde podrá nadie de nosotros huir de su poderosa mano? ¿qué mundo acogerá a los desertores de Dios?”[8]

“…Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, y también la fe y la esperanza de los elegidos, que sólo el que en espíritu de humildad y perseverante modestia cumpliere sin volver atrás las justificaciones y mandamientos dados por Dios, solo ése será ordenado y escogido en el número de los que se salvan por medio de Jesucristo…”[9]

Para Ignacio de Antioquía, uno de los padres apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles (n. 35 d.C. – m. entre 98-110 d.C.), no bastaba proclamar la fe, sino perseverar en ella hasta el final. El premio del atleta de Dios es la vida eterna, donde recibirá la recompensa de su perseverancia y fidelidad. También establece que la salvación está a disposición del hombre que, por su libre albedrío, elige entre la vida y la muerte:

“Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas. Vuestra caja de fondos han de ser vuestras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros.”[10]

“Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, y que lleva cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo; más los fieles, por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Si no estamos dispuestos a morir por Él, para imitar su pasión, no tendremos su vida en nosotros.”[11]

Justino Mártir, el gran apologeta cristiano, quien tenía una perspectiva clara del libre albedrío y con casi 1.400 años de antelación, rechaza la posición calvinista donde el hombre es virtualmente un títere que no puede resistir la gracia (de donde concluyen que quien se condena es porque Dios nunca derramó la gracia sobre él sino que le abandonó a su maldad). Justino afirmó:

“De lo anteriormente por nosotros dicho no tiene nadie que sacar la consecuencia de que nosotros afirmamos que cuanto sucede, sucede por necesidad del destino, por el hecho de que decimos ser de antemano conocidos los acontecimientos. Para ello, vamos a desatar también esta dificultad. Nosotros hemos aprendido de los profetas, y afirmamos que ésa es la verdad, que los castigos y tormentos, lo mismo que las buenas recompensas, se dan a cada uno conforme a sus obras; pues de no ser así, sino que todo sucediera por destino, no habría en absoluto libre albedrío. Y, en efecto, si está determinado que éste sea bueno y el otro malo, ni aquel merece alabanza, ni este vituperio. Y si el género humano no tiene poder para huir por libre determinación de lo vergonzoso y escoger lo bello, es irresponsable de cualesquiera acciones que haga. Mas que el hombre es virtuoso y peca por libre elección, lo demostramos por el siguiente argumento: Vemos que el mismo sujeto pasa de un contrario a otro. Ahora bien, si estuviera determinado ser malo o bueno, no sería capaz de cosas contrarias ni se cambiaría con tanta frecuencia. En realidad, no podría decirse que unos son buenos y otros malos, desde el momento que afirmamos que el destino es la causa de buenos y malos y que obra cosas contrarias a sí mismo, o habría que tomar por verdad lo que ya anteriormente insinuamos, a saber, que virtud y maldad son puras palabras y que sólo por opinión se tiene algo por bueno o por malo. Lo cual, como demuestra la verdadera razón, es el colmo de la impiedad y de la iniquidad. Lo que si afirmamos ser destino ineludible es que a quienes escogieron el bien, les espera digna recompensa y a los que lo contrario, les espera igualmente digno castigo. Porque no hizo Dios al hombre a la manera de las otras criaturas, por ejemplo, árboles o cuadrúpedos, que nada pueden hacer por libre determinación; pues en este caso no sería digno de recompensa o alabanza, no habiendo por sí mismo escogido el bien, sino nacido ya bueno; ni, de haber sido malo, se le castigaría justamente, no habiéndolo sido libremente, sino por no haber podido ser otra cosa que lo que fue.”[12]

Para Ireneo (n. Esmirna Asia Menor, c. 130 – m. Lyon, c. 202), obispo de la ciudad de Lyon y considerado como el más importante adversario del gnosticismo del siglo II, la gracia también es resistible porque Dios hizo libre al hombre, y como Dios derrama su gracia sobre todos los hombres, quien se condena es por propia elección, al igual que el que se salva es porque persevera en la fe:

“Esta frase: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos, pero tú no quisiste!» (Mateo 23,37), bien descubrió la antigua ley de la libertad humana; pues Dios hizo libre al hombre, el cual, así como desde el principio tuvo alma, también gozó de libertad, a fin de que libremente pudiese acoger la Palabra de Dios, sin que éste lo forzase. Dios, en efecto, jamás se impone a la fuerza, pues en él siempre está presente el buen consejo. Por eso concede el buen consejo a todos. Tanto a los seres humanos como a los ángeles otorgó el poder de elegir -pues también los ángeles usan su razón-, a fin de que quienes le obedecen conserven para siempre este bien como un don de Dios que ellos custodian. En cambio, no se hallará ese bien en quienes le desobedecen, y por ello recibirán el justo castigo; porque Dios ciertamente les ofreció benignamente este bien, mas ellos ni se preocuparon por conservarlo ni lo tuvieron por valioso, sino que despreciaron la bondad suprema. Así pues, al abandonar este bien y hasta cierto punto rechazarlo, con razón serán reos del justo juicio de Dios, de lo que el Apóstol Pablo da testimonio en su Carta a los romanos: «¿Acaso desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que la bondad de Dios te impulsa a arrepentirte? Por la dureza e impenitencia de tu corazón amontonas tú mismo la ira para el día de la cólera, cuando se revelará el justo juicio de Dios» (Romanos 2,4-5). En cambio, dice: «Gloria y honor para quien obra el bien» (Rom 2,10). Dios, pues, nos ha dado el bien, de lo cual da testimonio el Apóstol en la mencionada epístola, y quienes obran según este don recibirán honor y gloria, porque hicieron el bien cuando estaba en su arbitrio no hacerlo; en cambio quienes no obren bien serán reos del justo juicio de Dios, porque no obraron bien estando en su poder hacerlo. Si, en efecto, unos seres humanos fueran malos por naturaleza y otros por naturaleza buenos, ni éstos serían dignos de alabanza por ser buenos, ni aquéllos condenables, porque así habrían sido hechos. Pero, como todos son de la misma naturaleza, capaces de conservar y hacer el bien, y también capaces para perderlo y no obrarlo, con justicia los seres sensatos (¡cuánto más Dios!) alaban a los segundos y dan testimonio de que han decidido de manera justa y han perseverado en el bien; en cambio reprueban a los primeros y los condenan rectamente por haber rechazado el bien y la justicia… Por este motivo los profetas exhortaban a todos a obrar con justicia y a hacer el bien, como muchas veces hemos explicado; porque este modo de comportarnos está en nuestra mano pero, habiendo tantas veces caído en el olvido por nuestra mucha negligencia, nos hacía falta un buen consejo. Por eso el buen Dios nos aconsejaba el bien por medio de los profetas.”[13]

Ireneo enfatiza también que la salvación final del creyente implica esfuerzo y lucha:

“Por eso el Señor dice que el reino de los cielos es de los violentos: «Los violentos lo arrebatan», quiere decir aquellos que se esfuerzan, luchan y continuamente están alerta: éstos lo arrebatan. Por eso el Apóstol Pablo escribió a los corintios: «¿No sabéis que en el estadio son muchos los que corren, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene». Siendo un buen atleta, nos exhorta a competir por la corona de la incorrupción; y a que valoremos esa corona que adquirimos con la lucha, sin que nos caiga desde afuera. Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. La vista no sería para nosotros un bien tan deseable, si no conociésemos el mal de la ceguera; la salud se nos hace más valiosa cuando experimentamos la enfermedad; así también la luz comparándola con las tinieblas, y la vida con la muerte. De igual modo el Reino de los cielos es más valioso para quienes conocen el de la tierra; y cuanto más valioso, tanto más lo amamos; y cuanto más lo amamos, tanta más gloria tendremos ante Dios.”[14]

Rechaza además lo que se conocería más de un milenio después como la doctrina de Salvo siempre Salvo:

“Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: «Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia»”.[15]

Hilario, nacido a principios de siglo IV, hacia 315, en Poitiers (Francia) y fallecido en esta misma ciudad en 367, habla de cómo el perseverar en la fe es también un don de Dios, pero eso no excluye el libre albedrío:

“Perseverar en la fe es un don de Dios, pero el primer movimiento de la fe comienza en nosotros. Nuestra voluntad debe ser tal que, propiamente y por sí misma lo haga. Dios le dará el aumento después que ha sido hecho el comienzo. Nuestra debilidad es tal que no podemos llevar por nosotros mismos llevarla a término, pero él recompensa el comienzo en vista de haber sido hecho libremente”[16]

“La debilidad humana es impotente si espera lograr algo por sí misma. El deber de tal naturaleza es simplemente esto: hacer el comienzo con la voluntad, con el fin de adherirse al servicio del bien. La misericordia divina es tal que ayudará a los que están dispuestos, fortaleciendo aquellos que han comenzado y asistiendo a aquellos que están tratando. El comienzo, sin embargo, es parte nuestra, tal que él pueda traernos a la perfección.”[17]

Atanasio, nacido alrededor del año 296 y fallecido el 2 de mayo del año 373, en su obra Contra los arrianos, en el capítulo 25 del tercer discurso declara que es posible caer del estado de gracia y perder la salvación al cometer pecados graves:

“Cuando entonces un hombre cae del Espíritu por cualquier maldad, si se arrepiente de haber caído, la gracia queda irrevocablemente a como esté dispuesto, de lo contrario, si el que ha caído no está más en Dios (porque el Espíritu Santo y Paráclito que está en Dios lo ha abandonado) pero el pecador estará en aquel que lo ha sometido, como ocurrió en el caso de Saúl, el Espíritu de Dios se apartó de él y un espíritu maligno lo afligía.”[18]

Cirilo de Jerusalén (n. 315 d.C. – m. 386 d.C.) concibe la salvación desde una perspectiva completamente opuesta a los calvinistas. Para salvarse se requiere perseverar unido a Cristo como el sarmiento a la vid, de lo contrario la posibilidad de que Jesús nos maldiga por no producir frutos está latente. Es por eso por lo que al cristiano le corresponde aportar fruto para no ser cortado:

“Eres hecho partícipe de una vid santa: si permaneces en la vid, crecerás como un sarmiento fructífero; pero si no permaneces, serás consumido por el fuego. Así pues, produzcamos fruto dignamente. Que no nos suceda lo mismo que a aquella vid infructuosa, no sea que, al venir Jesús, la maldiga por su esterilidad. Que todos puedan, en cambio, pronunciar estas palabras. «Pero yo, como verde olivo en la casa de Dios, confió en el amor de Dios para siempre jamás». No se trata de un olivo sensible, sino inteligible, portador de la luz. Lo propio de él es plantar y regar; pero a ti te corresponde aportar el fruto. Por ello, no desprecies la gracia de Dios: guárdala piadosamente cuando la recibas.”[19]

Basilio, (n. 330 – m.1 de enero, 379), conocido como Basilio el Magno y quien fuera obispo de Cesarea, reconoció que aquellos que se salven serán aquellos que se mantengan fieles hasta el fin. Habló también de como aquellos que reciben al Espíritu Santo pueden ser apartados de Él si comienzan a vivir una vida pecaminosa:

“Ellos, entonces, que fueron sellados por el Espíritu hasta el día de la redención, y preservaron puros e intactos los primeros frutos que recibieron del Espíritu, son ellos los que oirán las palabras «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de muchas cosas». De la misma manera que los que han ofendido al Espíritu Santo por la maldad de sus caminos, o no han forjado para él lo que Él les dio, serán privados de lo que han recibido, y su gracia será dada a otros; o, de acuerdo con uno de los evangelistas, serán totalmente cortados en pedazos – cuyo significado es ser separados del Espíritu.”[20]

Jerónimo (Estridón, Dalmacia, c. 340 – Belén, 30 de septiembre de 420), conocido también como Jerónimo de Estridón y quien tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín declaró que los creyentes pueden caer del estado de gracia y perder su salvación por medio de las elecciones de su libre albedrio. Aquellos que por medio de la gracia soporten las pruebas recibirán la corona de la vida:

“No va de acuerdo a la justicia divina olvidar las buenas obras, y las acciones que has ministrado y ministras a los santos por su nombre, y para recordar solamente los pecados. El apóstol Santiago también, a sabiendas de que los bautizados pueden ser tentados, y caer de su propia libre elección, dice «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque cuando ha sido aprobado recibirá la corona de la vida que el Señor les prometió a quienes le aman». Y que no podemos pensar que somos tentados por Dios, como leemos en el Génesis que Abraham fue, añade: «Que nadie diga cuándo es tentado, es tentado de Dios: porque Dios no puede ser tentado por el mal ni tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte». Dios nos creó con libre albedrío, y no somos forzados por la necesidad ni a la virtud ni al vicio. De lo contrario, si no estamos obligados por necesidad, no hay corona. Como en las buenas obras es Dios quien los trae a la perfección, ya que no es de quien quiera, ni de lo que corre, sino de Dios que piadosamente nos ayuda a ser capaces de llegar a la meta.”[21]

Como un dato curioso, vale la pena mencionar que el mismo Agustín de Hipona, a quien Calvino y sus seguidores frecuentemente citan en defensa de sus puntos de vista (y en cuyas enseñanzas descansa la estructura completa del calvinismo), rechazaba la posición calvinista y declara que es el hombre por su propia elección quien pierde la gracia y se hace malvado. Esto es contrario a la enseñanza de Calvino, quien afirmaba que quienes no fueron predestinados nunca recibieron la gracia, porque de haberla recibido, no pudieran resistirla y se salvarían:

“Pero si alguien ya regenerado y justificado tendría, por voluntad propia, que recaer en su mala vida, ciertamente ese hombre no puede decir: Yo no lo he recibido; porque él perdió la gracia que él recibió de Dios y por su propia libre elección se hizo malvado.”[22]

Debe ser triste para un calvinista descubrir que ni siquiera Agustín de Hipona, el verdadero padre del calvinismo, creía plenamente en él, pero esa es la realidad. Lo que hoy llamamos calvinismo no es más que una distorsión del cristianismo bíblico. Nunca nadie en la iglesia primitiva, ni en los siglos posteriores a la muerte de los apóstoles, creyó en lo que se conoce como los 5 puntos del calvinismo (TULIP). Tales doctrinas hubieran sido, y de hecho lo fueron, consideradas herejías.

CONCLUSIÓN.

Aquel calvinista que, sinceramente y sin prejuicios, se ha tomado el tiempo de estudiar la Biblia, la historia y los textos patrísticos va a llegar a una cruda conclusión: La doctrina calvinista no solo no fue creída por la iglesia primitiva, sino explícitamente rechazada. ¿Cómo podría ocurrir esto de ser esta una doctrina verdadera? ¿Quiere decir esto que la Iglesia primitiva, y luego los cristianos de los siglos posteriores, no entendían la Biblia? Aún siglos antes del surgimiento del calvinismo, la doctrina calvinista era rechazada como herética. Y es que un estudio de los textos patrísticos de los más preeminentes padres y escritores eclesiásticos de la Iglesia, comenzando desde los discípulos directos de los apóstoles, nos enseña que la Iglesia primitiva y de siglos posteriores creía que:

  • El hombre, aunque tiene libre albedrío, no puede salvarse sin la gracia de Dios. Dios por su gracia tiene la primera iniciativa de su salvación y ejerciendo esta libertad el hombre responde y coopera con la gracia (sinergismo). Entendiendo que gracia es el favor gratuito e inmerecido de Dios.
  • Dios llama a todos los hombres a la salvación y sobre todos derrama su gracia a través de Cristo, porque quiere que todos los hombres se salven. Quienes se condenan lo hacen por su propia voluntad. Por la tanto, no hay tal cosa como una elección incondicional, tampoco gracia irresistible ni mucho menos expiación limitada.
  • La gracia de Dios mueve al hombre a creer en Cristo y obedecer. Sin la gracia no puede ni lo uno ni lo otro, y ni siquiera tiene la iniciativa para hacerlo.
  • Así, la salvación es por gracia, pero nosotros debemos cooperar haciendo uso de nuestra libertad o libre albedrio.
  • Por medio de la fe el hombre es justificado. Al ser justificado no solo es declarado justo sino hecho justo (regenerado).
  • Luego el hombre justificado movido por la gracia debe vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, obrando el bien y cumpliendo los mandamientos, pero es libre de no hacerlo y caer del estado de gracia de Dios. Por ende, la gracia es resistible y la salvación puede perderse.
  • El determinismo, fatalismo o predestinación (tal como es entendida por los calvinistas de hoy), no es una doctrina bíblica. Por el contrario, la iglesia primitiva luchó contra los paganos (principalmente gnósticos) para contrarrestar dicha doctrina.

A la luz de lo anterior ¿Podríamos decir que las doctrinas de iglesia cristiana primitiva y del calvinismo son las mismas? Ciertamente no. ¿Puede un calvinista fundamentar históricamente la validez de su doctrina? No lo creo. Al menos no honestamente. El calvinismo es apenas una innovación teológica nacida hace 500 años, rescatada del fango doctrinal del catolicismo romano a través de Agustín, pero nunca creída por la Iglesia Primitiva, Jesús o sus apóstoles.

REFERENCIAS:

[1] Justino, First Apology, capítulo 43.

[2] Clemente, Stromata/Miscellanies, tomo 1, capítulo 17.

[3] Arquelao, Disputation with Manes, secciones 32, 33.

[4] Metodio, The Banquet of the Ten Virgins, discurso 8, capítulo 16.

[5] Orígenes, First Things, tomo 3, capítulo 1, acortado.

[6] La Didaché 16,1-2, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición. Daniel Ruiz Bueno, BAC 65, pág. 92-93.

[7] Clemente a los Corintios XXI,1-4, Tomado de Padres Apostólicos, 5ta edición, pág. 198.

[8] Clemente a los Corintios XXVIII,1-2, Ibid. pág. 204.

[9] Clemente a los Corintios LVIII,2, Ibid. pág. 231.

[10] Ignacio de Antioquía a Policarpo, VI,1-2, Ibid. pág. 500-501.

[11] Ignacio de Antioquía a Magnesios, V,1-2, Ibid. pág. 462.

[12] Justino Mártir, Primera Apología 43.1-8, Ibid pág. 228-229.

[13] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,1-2.

[14] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 37,7.

[15] Ireneo de Lyon, Contra los herejes IV, 27,2.

[16] Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Nun, 20, Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol I, pág. 386.

[17] Hilario de Poitiers, Sobre los salmos 118[119]: Ain,10 Ibid. pág. 386-387.

[18] Atanasio de Alejandría, Contra los arrianos 3,25, Traducido desde Athanasius,Discourse Against the Arrians,3:25 in NPNF2, Vol IV:407.

[19] Cyril of Jerusalem,Catechetical Lectures,I:4,NPNF 2,Vol. VII, 7.

[20] Basilio el Grande, Sobre el Espíritu Santo XVI,40; Traducido de De Spiritu Sancto Chap. XVI, 40 NPNP 2 Vol VIII, p. 25.

[21] Against Jovinian, Book II, 3; NPNF 2, Vol. VI.

[22] Agustín de Hipona, Amonestación y Gracia 6,9. Traducido de The Faith of the Early Fathers, Vol III, William A. Jurgens, pág. 157.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Sin categoría

Calvinismo: ¿Fe reformada o retorno a viejas doctrinas católicas?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El calvinismo (a veces llamado tradición reformada, la fe reformada o teología reformada) es un sistema teológico protestante y un enfoque de la vida cristiana que pone el énfasis en la soberanía de Dios sobre todas las cosas. Esta vertiente del cristianismo protestante es así nombrada en relación al reformador religioso francés del siglo XVI Juan Calvino, quien sistematizó muchas de las más conocidas doctrinas que forman parte de la teología reformada. Si bien la tradición reformada fue desarrollada por teólogos como Martin Bucer, Heinrich Bullinger, Pietro Martire Vermigli, Ulrico Zuinglio, Teodoro de Beza y Guillaume Farel (e influyó en reformadores británicos como Thomas Cranmer y John Knox), debido a la gran influencia y al papel de Juan Calvino en los debates confesionales y eclesiásticos del siglo XVII, la tradición llegó a conocerse con el nombre de calvinismo. Hoy en día, el término designa también las doctrinas y prácticas de las Iglesias reformadas.

¿QUIÉN FUE JUAN CALVINO?

Juan Calvino (Jean Cauvin o Calvin; Noyon, Francia, 1509 – Ginebra, 1564) fue un teólogo y reformador protestante. Educado en el catolicismo, cursó estudios de teología, humanidades y derecho. Con poco más de veinte años se convirtió al protestantismo, al adoptar los puntos de vista de Lutero: negación de la autoridad de la Iglesia de Roma, importancia primordial de la Biblia y doctrina de la salvación a través de la fe y no de las obras. Tales convicciones le obligaron a abandonar París en 1534 y buscar refugio en Basilea (Suiza). 1536 fue un año decisivo en su vida: por un lado, publicó un libro en el cual sistematizaba la doctrina protestante (Las Institución de la Religión Cristiana), que alcanzaría enseguida una gran difusión; y por otro, llegó a Ginebra, en donde la creciente comunidad protestante le pidió que se quedara para ser su guía espiritual. Calvino se instaló en Ginebra, pero sus autoridades le expulsaron de la ciudad en 1538 por el excesivo rigor moral que había tratado de imponer a sus habitantes.

En 1541 los ginebrinos volvieron a llamarle y, esta vez, Calvino no se limitó a predicar y a tratar de influir en las costumbres, sino que asumió un verdadero poder político, que ejercería hasta su muerte. Aunque mantuvo formalmente las instituciones representativas tradicionales, estableció un control de hecho sobre la vida pública, basado en la asimilación de comunidad religiosa y comunidad civil. Un Consistorio de ancianos y de pastores, dotado de amplios poderes para castigar, vigilaba y reprimía las conductas para adaptarlas estrictamente a la que suponían voluntad divina: fueron prohibidos y perseguidos el adulterio, la fornicación, el juego, la bebida, el baile y las canciones obscenas; hizo obligatoria la asistencia regular a los servicios religiosos; y fue intolerante con los que consideraba herejes (como Miguel Servet, al que hizo quemar en la hoguera en 1553). El culto se simplificó, reduciéndolo a la oración y la recitación de salmos, en templos extremadamente austeros de donde habían sido eliminados los altares, santos, velas y órganos.

La lucha por imponer todas estas innovaciones se prolongó hasta 1555, con persecuciones sangrientas, destierros y ejecuciones; después, Calvino reinó como un dictador incontestado. Ginebra se convirtió así en uno de los más importantes focos protestantes de Europa, desde donde irradiaba la Reforma. El propio Calvino se esforzó hasta el final de su vida por hacer proselitismo, extendiendo su influencia religiosa, especialmente hacia Francia. Muerto Ulrico Zuinglio en 1531, Calvino se había erigido en el principal dirigente del protestantismo europeo, capaz de hacer frente a la Contrarreforma católica. El calvinismo superó pronto en influencia al luteranismo (limitado al norte de Alemania y los países escandinavos): calvinista fue el protestantismo dominante en Suiza y en Holanda, así como el de los hugonotes franceses, los presbiterianos escoceses o los puritanos ingleses (que después emigraron a Norteamérica), y otras comunidades importantes de tendencia calvinista surgieron en países como Hungría, Polonia y Alemania.

Calvino finalmente falleció a la edad de 54 años, en mayo de 1564, en brazos de Teodoro de Beza, su sucesor. Su cuerpo fue expuesto al público, pero ante la afluencia de visitantes, los reformadores temieron ser acusados de promover la veneración de santos. Por lo que es enterrado al día siguiente en una tumba anónima, en el Cementerio de los Reyes de Ginebra. Se desconoce la ubicación exacta de la tumba, pero se colocó una piedra funeraria en el siglo XIX para marcar la ubicación tradicionalmente considerada como su lugar de descanso.[1]

Juan Calvino jamás admitió opiniones contrarias a la suya. A pesar de ser considerado uno de los más grandes reformadores de la historia, Calvino tenía un lado muy oscuro. Muchos calvinistas desconocen, o ignoran voluntariamente, los hechos que cualquier historiador secular y honesto podría constatar. Intencionalmente, muchos ocultan que Calvino, habiendo dispuesto ser instalado como un líder protestante en Ginebra, Suiza, estableció una dictadura, convirtiéndose en un autócrata civil y religioso. La ciudad de Ginebra fue apodada la Roma protestante, mientras que a Calvino se le llamaba el Papa de la Reforma. Así que rompió con las verdaderas intenciones de la Reforma, y estableció una teocracia protestante. Su iglesia creía ser la depositaria de la única verdad. Calvino nunca podía considerar cualquier opinión contraria o diferente, o cualquier disidencia doctrinal o en asuntos políticos, declarando que eran un crimen contra el Estado y la Iglesia. Como tales, merecían ser castigados por la autoridad civil con la mayor severidad y crueldad.

No había límite al poder de Calvino. Ejercía su autoridad y hegemonía, y cualquier persona que persistía con enseñanzas heterodoxas tenía que morir en la hoguera. Calvino deseaba mantener en perfecto estado su teocracia. Eso significó para muchos “morir en la estaca” o perecer por el fuego. Calvino introdujo un control absoluto de la vida privada de cada ciudadano. Él instituyó una “policía espiritual” para supervisar constantemente a todos los ginebrinos. Ellos fueron sometidos a inspecciones periódicas en sus hogares por la “policía des moeurs”. Calvino logró destruir los lazos normales entre las personas y la decencia simple, induciéndolos a espiar a los demás. Su método de intimidación y terror fue perfeccionado a fin de mantener el control de todas las actividades menores.

Se opuso siempre a la fusión de las iglesias reformadas, inspiradas por él, con las de inspiración luterana, alegando irreductibles diferencias teológicas. Entre éstas destaca la doctrina de la predestinación: según Calvino, Dios ha decidido de antemano quiénes se salvarán y quiénes no, con independencia de su comportamiento en la vida; el hombre se salva si ha sido elegido para ese destino por Dios; y las buenas obras no constituyen méritos relevantes a ese respecto, sino una conducta también prevista por el Creador. Quienes han sido destinados a la salvación han sido también destinados a llevar una vida recta; curiosamente, esta doctrina produjo entre los creyentes calvinistas un efecto moralizante, caracterizándose dichas comunidades por un extremado rigor moral y una dedicación sistemática al trabajo, como Calvino prescribió. Otras peculiaridades de su doctrina, como la de admitir el préstamo con interés (en contraste con los católicos y con los luteranos) han permitido que desde Max Weber algunos historiadores vieran en la ética calvinista el «caldo de cultivo» más propicio para el desarrollo de la moderna economía capitalista.

FUENTES DE LA TEOLOGÍA CALVINISTA: ¿CALVINISMO O AGUSTINIANISMO?

Las ideas de Calvino, sin embargo, están lejos de ser originales. Juan Calvino fundamentó su teología en las enseñanzas de Agustín de Hipona, Agustín de Hipona, conocido también como san Agustín o, en latín, Aurelius Augustinus Hipponensis (Tagaste, 13 de noviembre de 354-Hippo Regius, 28 de agosto de 430), un santo, padre y doctor de la Iglesia católica. Calvino fundamentó su teología en las enseñanzas de Agustín exclusivamente para ciertas doctrinas como la predestinación. Por ejemplo, como Calvino señala en su De aeterna Dei Praedestinatione (1552), él basó su doctrina de la predestinación sobre la evidencia de los libros de Agustín. Las tabulaciones hechas por estudiosos han mostrado en la Opera Omnia de Calvino, más de 3.200 referencias explícitas a los padres de la iglesia; de estas, más de 1700 son referencias de citas de Agustín. Los números aumentan cuando se toman en cuenta las veces que Calvino hace eco o alude al mismo.

No hay duda que Calvino impuso sobre la Biblia ciertas interpretaciones erróneas de origen católico romano. Muchos líderes calvinistas están de acuerdo en que los escritos de Agustín fueron la fuente real de la mayoría de lo que hoy se conoce como Calvinismo. Los calvinistas David Steele y Curtis Thomas señalan que “las doctrinas básicas de la posición calvinista habían sido fuertemente defendidas por Agustín contra Pelagio durante el quinto siglo”.[2] En su revelador libro, “El otro lado del Calvinismo”, Laurence M. Vance documenta minuciosamente que “Juan Calvino no originó las doctrinas que llevan su nombre…”.[3]

Para este mismo efecto Vance cita numerosos calvinistas. Por ejemplo, Kenneth G. Talbot y W. Gary Crampton escriben, “el sistema de doctrina que lleva el nombre de Juan Calvino en ninguna manera lo origino él…”.[4] B. B. Warfield declaró, “el sistema de doctrina enseñada por Calvino es sólo el Agustinianismo común a todo el grupo de los reformadores”.[5] Así también a Agustín se le reconocen muchos credos que salen de la reforma. Esto no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que la mayoría de los reformadores habían sido parte de la iglesia católica romana, de los cuales Agustín fue elogiado como uno sus “Santos” más grandes. Incluso John Piper reconoce que Agustín fue la mayor influencia de Calvino, quien continuó reverenciándolo a él y a sus doctrinas, incluso después de que se separaron del Catolicismo Romano.[6] C. H. Spurgeon admitió que el calvinismo “proviene principalmente de los escritos de Agustín”.[7] Alvin L. Baker escribió, “Casi no hay doctrina de Calvino que no lleve las marcas de la influencia de Agustín”.[8] Por ejemplo, el siguiente escrito hace eco a través de los escritos de Calvino: “Aun cuando los ha nombrado a ser regenerados… a quien él predestino a la vida eterna, como el más misericordioso otorgador de gracia, mientras que a aquellos a quienes él ha predestinado a la muerte eterna, también es el más justo otorgador de castigo”.[9] C. Gregg Singer dijo, “las principales características de la teología de Calvino se encuentran en los escritos de Agustín hasta tal punto que muchos teólogos consideran que el Calvinismo es el desarrollo más completo del Agustinianismo”.[10] Tales declaraciones son sorprendentes ante el hecho indiscutible de que, como señala Vance, la iglesia católica tiene un mayor derecho sobre Agustín que los mismos Calvinistas.[11] Calvino mismo dijo: “Agustín es tan integral conmigo, que si quisiera escribir una confesión de mi fe, podría hacerlo con toda plenitud y satisfacción de sus escritos”.[12]

Las enseñanzas agustinas que Calvino presentó en su Institución de la Religión Cristiana, incluyen la soberanía de Dios como la causa de todo (incluyendo el pecado), la predestinación de algunos para salvación y otros para la condenación, la elección y la reprobación, fe como un irresistible don de Dios — de hecho, todos los conceptos claves del corazón del Calvinismo. Buscamos en vano la evidencia de que alguna vez Calvino desaprobara alguna de las herejías de Agustín. El calvinista Richard A. Muller admite, “Juan Calvino fue parte de una larga línea de pensadores que fundamentaron su doctrina de la predestinación sobre la interpretación agustiniana de Pablo”.[13] En cada edición ampliada de sus escritos, las citas de Calvino dependen más y más de Agustín.

CONCLUSIÓN.

Podría presentar documentación adicional, pero esto debe ser suficiente para trazar brevemente la influencia católico-romana, a través de Agustín, en los escritos y teología de Calvino — y a través de Calvino, en los púlpitos y las casas de los protestantes en toda Europa, Inglaterra y América. No es de extrañar que aquellos que, como Arminio, se atrevieron a cuestionar el calvinismo fueron abrumados por la oposición. Por supuesto, diversos sínodos y asambleas se llevaron a cabo para formular credos aceptados para castigar a los disidentes. Pero las condiciones estaban a favor del calvinismo, y ninguna influencia fue permitida para mitigar este error. El ejemplo supremo de tales abusos fue el infame Sínodo de Dort, un sínodo nacional que tuvo lugar en Dordrecht, en Holanda en 1618-1619, por la Iglesia Reformada Holandesa, con el objetivo de regular una seria controversia en las Iglesias Holandesas iniciada por el ascenso del arminianismo. La primera reunión del sínodo fue el 13 de noviembre de 1618 y la última, la 154ª fue el 9 de mayo de 1619. Fueron también invitados representantes con derecho de voto venidos de 8 países extranjeros. El sínodo decidió el rechazo de las ideas arminianas, estableciendo la doctrina reformada en cinco puntos: depravación total o corrupción radical, elección incondicional, expiación limitada, vocación eficaz (o gracia irresistible) y perseverancia de los santos. Estas doctrinas, descritas en el documento final llamado Cánones de Dort, son también conocidas como los Cinco puntos del calvinismo. Tras este sínodo, Johan van Oldenbarnevelt y otros dirigentes principales del arminianismo fueron ejecutados, mientras que otros muchos, entre los que se encontraban Hugo Grocio y Simón Episcopius, tuvieron que exiliarse. El calvinismo había mostrado por fin su verdadera cara: Intolerancia y retorno a las viejas doctrinas de Roma.

REFERENCIAS:

[1] Stepanek, Sally; John Calvin, Chelsea House Publishers, 1987.

[2] David N. Steele and Curtis C. Thomas, the Five points of Calvinism; Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1963, 19.

[3] Laurence M. Vance, the Other Side of Calvinism; Pensacola, FL: Vance Publications, rev. ed., 1999, 37.

[4] Kenneth G. Talbot and W. Gary Crampton, Calvinism, Hyper-Calvinism and Arminianism, Edmonton, AB: Still Water Revival Books, 1990, 78.

[5] Benjamin B. Warfield, Calvin and Augustine, ed. Samuel G. Craig; Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1956, 22.

[6] John Piper, the legacy of Sovereign Joy: God’s triumphant Grace in the lives of Augustine, Luther, and Calvin; Wheaton, IL: Crossway Books, 2000, 24-25.

[7] Charles Haddon Spurgeon, ed., Exposition of the Doctrine of Grace, Pasadena, CA: Pilgrim Publications, n. d., 298.

[8] Alvin L. Baker, Berkouwer’s Doctrine of Election: Balance or imbalance?; Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1981, 25.

[9] St. Augustine, A treatment On the Soul and its Origins, Book IV, 16.

[10] C. Gregg Singer, John Calvin: His Roots and Fruits; Abingdon Press, 1989, vii.

[11] Vance, Other Side, 40.

[12] John Calvin, “A Treatise on the Eternal Predestination of God,” in John Calvin, Calvin’s Calvinism, trans. Henry Cole; Grandville, MI: Reformed Free Publishing Association, 1987, 38; cited in Vance, Other Side, 38.

[13] Richard A. Muller, Christ and the Decree; Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988, 22.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Liberados por Gracia para creer

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El pecado ha afectado cada aspecto de nuestro ser. De hecho, ha afectado nuestras vidas en la tierra y nuestro destino eterno. Cuando Adán pecó, uno de los efectos inmediatos de su caída fue que la humanidad (representada corporativamente en Adán, el patriarca y cabeza de nuestra raza) se separó de Dios. En el jardín de Edén, Adán y Eva tuvieron comunión perfecta y compañerismo con Dios. Cuando se rebelaron contra Él, esa comunión se rompió. Ellos se dieron cuenta de su pecado y se avergonzaron ante Él. Se escondieron de Él (Génesis 3:8-10), y el hombre ha estado escondiéndose de Dios desde entonces. Sólo a través de Cristo puede restaurarse esa comunión, porque en Él somos hechos justos y sin pecado a los ojos de Dios como Adán y Eva fueron antes de pecar. “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El” (2 Corintios 5:21, LBLA).

Debido a la caída, la muerte se convirtió en una realidad, y toda la creación era sujeta a ella. Todos los hombres mueren, todos los animales mueren, toda la vida vegetal muere. “…toda la creación gime a una” (Romanos 8:22), esperando el tiempo cuando Cristo volverá para liberarla de los efectos de la muerte. Por causa del pecado, la muerte es una realidad ineludible, y nadie es inmune. “Porque la paga del pecado es muerte, más la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Peor aún, no sólo nos morimos, pero si morimos sin Cristo, experimentamos la muerte eterna. Otro efecto de la caída es que los seres humanos han perdido de vista el propósito para el cual fueron creados: Glorificar a Dios y disfrutar de una deleitosa comunión con Él para siempre (Romanos 11:36; 1 Corintios 6:20; 1 Corintios 10:31; Salmo 86:9). Cuando Adán eligió rebelarse contra su Creador, él perdió su inocencia, incurrió la pena de muerte física y espiritual, y su mente fue oscurecida por el pecado, como son las mentes de sus sucesores. El apóstol Pablo dijo de los paganos, “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada” (Romanos 1:28). Les dijo a los Corintios que “el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). Jesús dijo: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46). Pablo recordó a los Efesios: “ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor” (Efesios 5:8, NVI). El propósito de la salvación es “[abrir] sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios” (Hechos 26:18).

LA DEPRAVACIÓN DEL HOMBRE, RESULTADO DE LA CAÍDA.

La caída produjo en los seres humanos un estado de depravación. Pablo habló de aquellos “teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:2) y aquellos cuyas mentes se obscurecen espiritualmente como resultado de rechazar la verdad (Romanos 1:21). En este estado, el hombre es totalmente incapaz de hacer o elegir lo que es aceptable a Dios, aparte de la gracia divina. “La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo” (Romanos 8:7, NVI).

El tercero de Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610[1] afirma: “El hombre no posee fe salvadora por sí mismo, ni a partir del poder de su libre albedrío, visto que, en su estado de apostasía y de pecado, no puede, de sí y por sí mismo, pensar, querer o hacer, algo de bueno (que sea verdaderamente bueno tal como es, primeramente, la fe salvadora); pero, es necesario que Dios, en Cristo, por su Espíritu Santo, lo regenere y lo renueve en el intelecto, en las emociones o en la voluntad, y en todos sus poderes, con el fin de que él pueda correctamente entender, meditar, querer y proseguir en lo que es verdaderamente bueno, como está escrito en Juan 15.5 “porque separados de mí nada podéis hacer.” (RVR1960).”[2]

Sin la regeneración sobrenatural por el Espíritu Santo, todos los hombres permanecerían en su estado caído. Pero en Su gracia, misericordia y bondad, Dios envió a Su Hijo a morir en la Cruz y tomar el castigo por nuestro pecado, reconciliándonos con Dios, haciendo posible la vida eterna con Él. Lo que se perdió en la caída se reclama en la Cruz.

EL HOMBRE CAÍDO, INCAPAZ DE VENIR A CRISTO POR SU PROPIA CUENTA.

Debido a que los seres humanos somos seres caídos y pecaminosos, no podemos pensar, ni haremos nada bueno (en lo que a Dios se refiere) por nosotros mismos, esta inhabilitad causada por el pecado hace imposible que el hombre, por sí mismo, pueda siquiera creer en el evangelio de Cristo y venir a Él. Por lo tanto, Dios, deseando la salvación de todos y habiendo provisto la expiación para todas las personas, tomó, de forma unilateral, la iniciativa en el propósito de llevar a todas las personas a la salvación al llamar a todas las personas, de todo el mundo, a arrepentirse y creer en el Evangelio (Hechos 17:30; Mateo 28:18-20), y al permitir que aquellos que escuchen el evangelio respondan positivamente en fe.

El hombre no posee mérito alguno al venir a Cristo, pues no fue su sola voluntad la que lo trajo. Sin la ayuda de la gracia, el hombre ni siquiera puede optar por agradar a Dios o creer en la promesa de salvación del evangelio. Como dijo Jesús en Juan 6:44, “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (NVI). Jesús también prometió: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por lo tanto, es la obra de un Dios trino en el hombre la que atrae a todas las personas a Jesús, lo que les permite venir a Jesús con fe.

DIOS HACE RESPONSABLE AL HOMBRE POR RECHAZARLO

Aunque la humanidad pecadora está ciega a la verdad del evangelio (2 Corintios 4:4), Jesús vino al mundo perdido como la luz verdadera, que ilumina a todos (Juan 1:9; 12:36), la luz sobre la cual Juan el Bautista vino a dar testimonio, para que todos puedan creer a través de él (Juan 1: 7). ¡Un momento! ¿Creer? ¿Acaso no está el hombre inhabilitado para hacerlo por su propia cuenta? ¡Sí! Así es. Pero esto no cambia el hecho de que Dios manda a todos los hombres que se arrepientan y crean en el Hijo. Nótese que Jesús instó a los incrédulos: “Ustedes van a tener la luz solo un poco más de tiempo —les dijo Jesús—. Caminen mientras tengan la luz, antes de que los envuelvan las tinieblas. El que camina en las tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan la luz, crean en ella, para que sean hijos de la luz.” (Juan 12:35-36, NVI). Jesús mandó a los incrédulos arrepentirse y venir a Él. Sin embargo, esto no sería más que una broma cruel si no pudieran hacerlo. Si Dios le manda al hombre arrepentirse, le dará también la habilidad para hacerlo. No lo dejará solo en esta importante tarea. Dios, en su infinita misericordia, “ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2 Corintios 4:6, NVI). Él hizo posible, por el poder del Espíritu Santo, que aquellos que escucharon el mensaje, fuesen liberados por la gracia, para poder creer y ser salvos.

Pablo afirmó: “«La palabra está cerca de ti; la tienes en la boca y en el corazón». Esta es la palabra de fe que predicamos: que, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo. Así dice la Escritura: «Todo el que confíe en él no será jamás defraudado». No hay diferencia entre judíos y gentiles, pues el mismo Señor es Señor de todos y bendice abundantemente a cuantos lo invocan, porque «todo el que invoque el nombre del Señor será salvo»” (Romanos 10:8-13, NVI).

Nótese que Pablo está aplicando Deuteronomio 30:12, que indica la capacidad de obedecer la palabra de Dios, el mensaje del evangelio, lo que indica que a los que escuchan el evangelio se les da la capacidad de creerlo. De lo contrario, Dios será injusto por exigir algo que el hombre no puede cumplir.

De acuerdo con Pablo, “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:17, NVI), aunque no necesariamente causa fe en todos los casos, ya que “no todos… aceptaron las buenas nuevas” (Romanos 10:16, NVI), y esto a pesar de haberlas escuchado (Romanos 10:18). ¿Cómo es esto posible? En su infinita bondad, Dios ofrece su gracia salvadora a los pecadores, pero les permite elegir si la aceptarán o la rechazarán. Por lo tanto, en el caso de Israel y de toda la humanidad caída, el Dios que ama a todos y trabaja para la salvación de todos, también es el dios que dice: “«Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y rebelde»” (Romanos 10:21, NVI). Y es que la gracia de Dios nos libera para creer, pero nunca nos obligará a hacerlo de forma irresistible. El que quiera permanecer bajo condenación podrá hacerlo de su libre elección. Ninguna culpa podrá ser imputada a Dios por ello, pero el tal hombre será hecho responsable por rechazar una dádiva de tal magnitud.

GRACIA PREVENIENTE, GRACIA PARA TODOS.

La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI). En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preveniente de Dios. El término “preveniente” simplemente significa “precedente”. Por lo tanto, “gracia preveniente” se refiere a la gracia de Dios que precede a la salvación, incluida la parte de la salvación conocida como regeneración, que es el comienzo de la vida espiritual eterna otorgada a todos los que confían en Cristo (Juan 1:12-13).

En ocasiones, la gracia preventiva también se denomina gracia habilitadora o gracia previa a la regeneración. Este es el favor no merecido de Dios hacia las personas totalmente depravadas, que no merecen la bendición de Dios y no pueden buscar a Dios o confiar en él en y por sí mismos. En consecuencia, Hechos 18:27 indica que creemos a través de la gracia, colocando la gracia con precaución (es decir, lógicamente antes) de la fe como el medio por el cual creemos. Es la gracia que, entre otras cosas, libera nuestras voluntades para creer en Cristo y su evangelio. Como dice Tito 2:11: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación“.

LA GRACIA NO ES IRRESISTIBLE.

El Cuarto Artículo de la Remonstrancia, el cual nos habla acerca de la Gracia, establece “Que esta gracia de Dios es el comienzo, la continuación, y el cumplimiento de todo lo bueno, incluso en la medida que por sí mismo el hombre regenerado, sin la precedencia o la asistencia, el despertamiento, seguimiento, y la gracia cooperativa, no puede pensar, desear, ni hacer el bien, ni resistir cualquier tentación al mal; de modo que todas las buenas acciones o movimientos, que pueden ser concebidos, deben ser atribuidos a la gracia de Dios en Cristo. Sin embargo, en respecto al modo de operación de esta gracia, esta no es irresistible, puesto que ha sido escrito concerniente a muchos, que estos han resistido al Espíritu Santo, en Hechos 7 y en otros muchos lugares.”[3]

Los arminianos hablamos de la voluntad del hombre siendo libre por la gracia para enfatizar que las personas no tienen un libre albedrío natural para creer en Jesús, sino que Dios debe actuar gentilmente para liberar nuestras voluntades si vamos a poder creer en su Hijo a quien envió por nuestra salvación. Cuando nuestras voluntades son liberadas, podemos aceptar la gracia salvadora de Dios con fe o rechazarla para nuestra propia ruina. En otras palabras, la gracia salvadora de Dios es resistible, es decir, que Dios (en su soberanía e infinita sabiduría) dispensa su gracia de llamamiento, atracción y convicción (que nos llevaría a la salvación si respondiéramos con fe) de tal manera que podamos rechazarla. Nos hacemos libres para creer en Jesús y libres para rechazarlo. La resistencia de la gracia salvadora de Dios se muestra claramente en las Escrituras, como lo atestiguan algunos de los pasajes ya mencionados.

En efecto, la Biblia está tristemente llena de ejemplos de personas que rechazan la gracia de Dios que se les ofrece. En Isaías 5:1-7, Dios realmente indica que no pudo haber hecho nada más para que Israel produjera buenos frutos. Pero si la gracia irresistible es algo que Dios dispensa, entonces él podría fácilmente haber provisto eso e infaliblemente, llevando a Israel a dar buenos frutos. Muchos pasajes en el Antiguo Testamento hablan de cómo Dios extendió su gracia a Israel una y otra vez, pero se resistieron y rechazaron su oferta de salvación (2 Reyes 17:7-23; Jeremías 25:3-11; 26:1-9; 35:1-19). En 2 Crónicas 36:15-16 se nos menciona que la perseverancia de Dios para llegar a su pueblo, que fue rechazada, fue motivada por la compasión por ellos. Pero esto solo podría ser posible si la gracia que les extendió les permitiera arrepentirse y evitar su juicio, pero era fuese, a la vez, resistible, ya que efectivamente la resistieron y sufrieron el juicio de Dios.

Nehemías 9 presenta un ejemplo sorprendente del testimonio del Antiguo Testamento de que Dios continuamente se acercó a Israel con su gracia, la cual se encontró con resistencia y rechazo. Nehemías 9: 20 dice: “Con tu buen Espíritu les diste entendimiento”, y le sigue un extenso catálogo de acciones divinas de gracia hacia Israel en los versículos del 20 al 25. Entonces Nehemías 9:26-31 dice: “Pero fueron desobedientes: se rebelaron contra ti, rechazaron tu ley, mataron a tus profetas que los convocaban a volverse a ti; ¡te ofendieron mucho! Por eso los entregaste a sus enemigos, y estos los oprimieron. En tiempo de angustia clamaron a ti, y desde el cielo los escuchaste; por tu inmensa compasión les enviaste salvadores para que los liberaran de sus enemigos. Pero, en cuanto eran liberados, volvían a hacer lo que te ofende; tú los entregabas a sus enemigos, y ellos los dominaban. De nuevo clamaban a ti, y desde el cielo los escuchabas. ¡Por tu inmensa compasión muchas veces los libraste! Les advertiste que volvieran a tu ley, pero ellos actuaron con soberbia y no obedecieron tus mandamientos. Pecaron contra tus normas, que dan vida a quien las obedece. En su rebeldía, te rechazaron; fueron tercos y no quisieron escuchar. Por años les tuviste paciencia; con tu Espíritu los amonestaste por medio de tus profetas, pero ellos no quisieron escuchar. Por eso los dejaste caer en manos de los pueblos de esa tierra. Sin embargo, es tal tu compasión que no los destruiste ni abandonaste, porque eres Dios clemente y compasivo.” (NVI).

El texto afirma que Dios dio su Espíritu para instruir a Israel (9: 20) y que Dios envió a sus profetas y advirtió a Israel con el propósito de hacerlos volver a él, pero se rebelaron. Esto muestra que Dios, soberanamente, permite que su propósito no se cumpla debido a que concede a los seres humanos elegir, voluntariamente, rendirse o no a su gracia.

Esteban también proporcionó un buen ejemplo de la resistibilidad de la gracia cuando dijo a sus compañeros judíos: “¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo! ¿A cuál de los profetas no persiguieron sus antepasados? Ellos mataron a los que de antemano anunciaron la venida del Justo, y ahora a este lo han traicionado y asesinado ustedes, que recibieron la ley promulgada por medio de ángeles y no la han obedecido»” (Hechos 7:51-53, NVI). Lucas 7:30 nos dice que “los fariseos y los expertos en la ley no se hicieron bautizar por Juan, rechazando así el propósito de Dios respecto a ellos.”. Y Jesús, quien habló a la gente con el propósito de salvarlos (Juan 5:34), encontró que se negaron a venir a Él y tener vida eterna (Juan 5:40). Jesús se lamentó diciendo: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste!” (Lucas 13:34; véase también Ezequiel 24:13; Mateo 23:37; Romanos 2: 4-5; Zacarías 7: 11-14; Hebreos 10:29; 12:15; Judas 4; 2 Corintios 6:1-2; Salmos 78: 40-42).

CONCLUSIÓN.

Es difícil entender cómo funciona la gracia preveniente de Dios, probablemente porque las Escrituras en sí no dan una descripción detallada. Algunos arminianos creen que Dios continuamente capacita a todas las personas para creer en todo momento como un beneficio de la expiación. Otros creen que Dios solo otorga la capacidad de creer en Cristo a personas en determinados momentos, de acuerdo con su buena voluntad y sabiduría. Sin embargo, todos los arminianos estamos de acuerdo en que las personas son incapaces de creer en Jesús aparte de la intervención de la gracia de Dios. Es por su gracia que somos salvos. Es Dios quien libremente otorga su gracia a la humanidad, y es esa gracia la que atrae hacia la salvación a todas las personas moralmente responsables.

Finalmente, el concepto arminiano de “liberados por gracia para creer” también implica que es Dios, y no nosotros, quien tiene libre albedrío máximo y absoluto. Porque es Dios quien libera sobrenaturalmente la voluntad de los pecadores por su gracia, a fin de que estos puedan creer en Cristo. Esto es un asunto de la propia voluntad y soberanía de Dios. Dios es omnipotente y soberano, tiene el poder y la autoridad para hacer lo que quiera y es libre en sus acciones y voluntad (Génesis 18:14; Éxodo 3:14; Job 41:11; Salmos 50: 10-12; Isaías 40: 13-14; Jeremías 32:17, 27; Mateo 19:26; Lucas 1:37; Hechos 17: 24-25; Romanos 11: 34-36; Efesios 3:20; 2 Corintios 6:18; Apocalipsis 1:8; 4:11). Nada puede pasar a menos que él lo haga o lo permita. Él es el Creador Todopoderoso y Dios del universo a quien debemos todo amor, adoración, gloria, honor, gratitud, alabanza y obediencia. Por lo tanto, es bueno para nosotros recordar que detrás de la voluntad liberada humana se encuentra el que libera la voluntad, y que esto es un asunto de su gracia gloriosa, libre y soberana, totalmente inmerecida por nuestra parte, y que nos ha sido proporcionada por el amor y la misericordia de Dios ¡Toda gloria sea su santo nombre!

BIBLIOGRAFÍA:

[1] Los cinco artículos de Remosntrancia o Protesta del 1610 fueron proposiciones teológicas promovidas por los seguidores de Jacobo Arminio el cual falleció en 1609 en desacuerdo con la doctrina prevalente en Holanda de la doble predestinación supralapsariana―la creencia que Dios había decidido, incluso antes de la creación o la caída de Adán, que seres humanos en particular serían creados para salvación, mientras otros serían creados para condenación. El grupo de cuarenta y seis predicadores y dos catedráticos de la Universidad Estatal de Leyden para la educación de los predicadores eligieron llamarse los “Remonstrantes” (Véase: Kamen, Henry. Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna. Alianza Editorial. Madrid 1987. ISBN 978-84-206-0247-9. pp 135-13)

[2] Creeds of Christendom, Volume III. The Creeds of the Evangelical Protestant Churches.

[3] Íbid.

Filosemitismo, LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES, Sionismo, Sionismo Cristiano

El filosemitismo evangélico y sus peligros

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El filosemitismo es un fenómeno cultural caracterizado por el interés y respeto hacia la cultura y el pueblo judío, por su significado histórico, el impacto que el judaísmo ha tenido sobre el mundo occidental a través del cristianismo y durante la diáspora, su estatus de pueblo elegido por Dios que aparece en la Biblia (Éxodo 6:6-7) ​ o las cualidades atribuidas colectivamente a los judíos. Así pues, el filosemitismo implica un sentimiento o acción que apoya o protege al pueblo judío, bajo el fundamento de que los judíos, en virtud de su judaísmo, poseen cualidades deseables[1] El término filosemitismo proviene del prefijo griego philos (amor) y de semita (relativo a los «hijos de Sem», esto es, a los judíos). En el ámbito evangélico el filosemitismo ha cobrado niveles de popularidad sumamente altos, convirtiéndose en la norma para ser medido como un buen cristiano y considerándose, a veces de forma supersticiosa, como un requisito indispensable para contar con el favor de Dios. El filosemitismo halla su razón de ser en pasajes bíblicos como Génesis 12:3-5; Isaías 62:1 y Salmo 122:6-9.

¿ES INCORRECTO AMAR A ISRAEL?

¡En ninguna manera! Nosotros los gentiles estamos en deuda con la nación judía. Pablo nos aclara este punto: “En primer lugar, a los judíos se les confiaron las palabras mismas de Dios.”  (Romanos 3:2, NVI). Los escritores del Antiguo y del Nuevo Testamento (exceptuando a Lucas) fueron judíos. En otras palabras, los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe, pues de ellos, del “pueblo de Israel… son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén.” (Romanos 9:4-5). No sólo la fe cristiana se fundamenta en la revelación original dada por Dios a Israel, sino que nuestro Señor Jesucristo, el Dios hecho hombre, el Salvador del mundo, ¡Era judío! ¿Puedes imaginar una razón mayor para amar a Israel?

Un verdadero cristiano amará a Israel, deseará el bienestar del pueblo judío, pedirá en oración por la paz de Jerusalén. Un verdadero creyente en Cristo jamás procurará el mal para la nación judía ni apoyará forma alguna de antisemitismo. Sin embargo, eso no es todo: un verdadero creyente anhelará y trabajará por la conversión del pueblo judío a Cristo, pues sabe que, ni siquiera los judíos, podrán salvarse si no reconocen a Jesús como Salvador (Hechos 2:14-42; 4:12; 7:1-60; Juan 3:35; 1 Juan 5:12).

CUANDO LA ADMIRACIÓN SE CONVIERTE EN ENFERMEDAD Y EL AMOR EN OBSESIÓN.

Los cristianos evangélicos debemos ser muy cuidadosos en esta área. Jamás debemos permitir que nuestro amor por el pueblo hebreo nos lleve a una veneración enfermiza por Israel y todo lo relacionado con la cultura judía ¡Dicho extremo no es bíblico! Entonces ¿Por qué vemos en muchas iglesias evangélicas una obsesión fanática por la cultura judía? ¿Por qué algunos cristianos anhelan convertir sus iglesias en sinagogas adoptando emblemas, rituales, vestimenta, instrumentos y cualquier otro elemento judío? ¿Por qué muchos cristianos se obsesionan con las genealogías judías, los apellidos judíos y hasta buscan anhelosamente un supuesto linaje judío? ¿Por qué muchas iglesias realizan ceremonias de ordenación para sus ministros usando talits, kipás y rituales similares al judaísmo? Simplemente porque muchos cristianos no comprenden el actual estatus de Israel ante Dios ni su posición como creyentes en Cristo. El cristianismo moderno sufre de la misma enfermedad que la iglesia en los tiempos de Pablo: las tendencias judaizantes.

¿HA PERDIDO LA IGLESIA SU IDENTIDAD EN CRISTO?

La raíz del problema se encuentra en que muchos cristianos evangélicos hemos olvidado nuestra posición e identidad en Cristo. Por eso muchos están buscando en el judaísmo la respuesta a su pérdida de identidad. Lo más triste de esto es que, en el proceso, están convirtiendo iglesias cristianas legítimas en meras imitaciones de una secta judía con sus sinagogas y rituales ¡Necesitamos recuperar nuestra identidad cristiana, multiétnica y universal! ¿A qué me refiero con eso? ¿A que debemos rechazar a los judíos? ¡Jamás! He dejado en claro que un verdadero cristiano debe amar a Israel y orar por su salvación. Lo que quiero decir es que debemos equilibrar nuestra devoción por Israel y adorar al Dios de Israel, no a los israelíes, sus logros, símbolos, rituales y cultura. Sobre todo, debemos recordar ciertas verdades claras de la Palabra.

Para empezar, los cristianos dejaríamos de querer imitar las prácticas judías e incorporarlas en nuestra liturgia, si tan solo recordamos que la condición especial de Israel como única nación elegida por Dios cesó con la muerte de Cristo. La iglesia, conformada por personas de toda tribu, lengua, pueblo y nación, es ahora, tanto o más que el Israel físico, el pueblo elegido de Dios:

El apóstol Pablo, un hebreo de hebreos (Filipenses 3:5) nos dice en sus epístolas: “Por lo tanto, recuerden ustedes los gentiles de nacimiento —los que son llamados «incircuncisos» por aquellos que se llaman «de la circuncisión», la cual se hace en el cuerpo por mano humana—, recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu. Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu.” (Efesios 2:11-22, NVI).

Por tanto, actualmente es la iglesia la que tiene algo que ofrecerle al pueblo judío en cuanto a fe, no al revés. Es la iglesia, no el Israel moderno, a quien Dios ha denominado “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). ¿Acaso lo hemos olvidado?

En el Antiguo Testamento se dijo de Israel:

“Así que ve y diles a los israelitas: “Yo soy el Señor, y voy a quitarles de encima la opresión de los egipcios. Voy a librarlos de su esclavitud; voy a liberarlos con gran despliegue de poder y con grandes actos de justicia. Haré de ustedes mi pueblo; y yo seré su Dios. Así sabrán que yo soy el Señor su Dios, que los libró de la opresión de los egipcios.” (Éxodo 6:6-7, NVI).

“«Anúnciale esto al pueblo de Jacob; declárale esto al pueblo de Israel: Ustedes son testigos de lo que hice con Egipto, y de que los he traído hacia mí como sobre alas de águila. Si ahora ustedes me son del todo obedientes, y cumplen mi pacto, serán mi propiedad exclusiva entre todas las naciones. Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Comunícales todo esto a los israelitas»” (Éxodo 19:3-6, NVI).

Mas ahora, en la dispensación de la gracia, es a la iglesia (la cual está formado por gente de todo origen étnico) a quien Dios dirige estas palabras:

“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido.” (1 Pedro 2:9-11, NVI).

En cuanto a la posición actual de Israel se nos dice:

“Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito:

«El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento.” (Romanos 11:25-29, NVI).

¿Hemos leído bien? Sí, Dios llama a Israel “endurecidos”, “enemigos de Dios”. Entonces ¿Por qué la iglesia debería imitar los rituales, prácticas y costumbres de Israel? ¡No tiene sentido!

Si bien Dios no ha desechado a Israel para siempre, su condición exclusiva como pueblo de Dios ya no está vigente: judíos y gentiles tienen libre acceso por igual a la presencia de Dios. Un día Israel volverá a su Dios y reconocerá a Jesucristo como su Mesías. Mientras tanto, la iglesia goza plenamente de los privilegios, derechos y responsabilidades inherentes de ser considerados el pueblo elegido, tal como lo hizo el Israel de antaño. La etnicidad (la afiliación al Israel natural) dejó de ser, de una vez para siempre, requisito para ser considerado pueblo de Dios. Hoy, judíos y gentiles creyentes en Jesucristo, somos un solo pueblo, sus elegidos:

“Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo…” (Romanos 9:24-28, NVI).

Lo que ahora cuenta es estar en Cristo, no ser judío: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

Bajo el nuevo pacto de gracia el “Israel de Dios”, no es el Israel racial, sino más bien el Israel espiritual (Romanos 2:28-29; Romanos 4:13-16; Romanos 9:6-8). Este “Israel espiritual”, por supuesto, incluye a todas las razas. El “Israel de Dios” significa la iglesia de Dios, la cual consiste en todos aquellos y sólo aquellos, de toda nación, tribu y lengua, que caminan por esta norma. Si esto es así ¿Qué sentido tiene venerar de forma insana y antibíblica a los judíos étnicos y su cultura? Mas aún ¿Por qué hacer de la cultura y símbolos judíos parte de la liturgia cristiana?

IMITANTO LO QUE DIOS YA DECLARÓ INACEPTABLE COMO ADORACIÓN.

Considerando lo anteriormente dicho nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene para el cristiano imitar la fe y prácticas de aquellos cuyo sistema de adoración fue rechazado por Dios bajo el nuevo pacto? ¡Ninguno! ¡Es totalmente inútil! Sin embargo, muchas iglesias evangélicas modernas insisten en observar el sábado, utilizar candelabros de siete brazos, estrellas de David, banderas de Israel en sus púlpitos, letras hebreas en su decoración, shofares, mantos de oración, kipás y hasta danza hebrea en sus cultos. ¡Otros incluso llegan al extremo de celebrar festividades judías como la Pascua, la fiesta de los Tabernáculos y muchas otras tradiciones judías! Todo esto en contradicción con la palabra de Dios revelada en el Nuevo Testamento.

Este intento por judaizar el cristianismo fue duramente atacado por el apóstol Pablo en sus epístolas:

“¡Gálatas torpes! ¿Quién los ha hechizado a ustedes, ante quienes Jesucristo crucificado ha sido presentado tan claramente? Solo quiero que me respondan a esto: ¿Recibieron el Espíritu por las obras que demanda la ley, o por la fe con que aceptaron el mensaje? ¿Tan torpes son?… Todos los que viven por las obras que demanda la ley están bajo maldición… Cristo nos rescató de la maldición de la ley.”  (Gálatas 3:1-14, NVI).

“Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley han roto con Cristo; han caído de la gracia… Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién los estorbó para que dejaran de obedecer a la verdad? Tal instigación no puede venir de Dios, que es quien los ha llamado.” (Gálatas 5:4-7, NVI).

Pablo advirtió contra aquellos que pretendieran judaizar la fe cristiana:

“Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley… anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal. Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo. No dejen que les prive de esta realidad ninguno de esos que se ufanan en fingir humildad y adoración de ángeles. Los tales hacen alarde de lo que no han visto; y, envanecidos por su razonamiento humano, no se mantienen firmemente unidos a la Cabeza. Por la acción de esta, todo el cuerpo, sostenido y ajustado mediante las articulaciones y ligamentos, va creciendo como Dios quiere. Si con Cristo ustedes ya han muerto a los principios de este mundo, ¿por qué, como si todavía pertenecieran al mundo, se someten a preceptos tales como: «No tomes en tus manos, no pruebes, no toques»? Estos preceptos, basados en reglas y enseñanzas humanas, se refieren a cosas que van a desaparecer con el uso.” (Colosenses 2:13-22, NVI).

En su lucha contra los judaizantes, Pablo utilizó palabras duras de reprensión y repudio hacia aquellos que querían convertir la fe cristiana en una extensión del judaísmo:

“Cuídense de esos perros, cuídense de esos que hacen el mal, cuídense de esos que mutilan el cuerpo. Porque la circuncisión somos nosotros, los que por medio del Espíritu de Dios adoramos, nos enorgullecemos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en esfuerzos humanos. Yo mismo tengo motivos para tal confianza. Si cualquier otro cree tener motivos para confiar en esfuerzos humanos, yo más: circuncidado al octavo día, del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa; en cuanto a la interpretación de la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la ley exige, intachable. Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe.” (Filipenses 3:2-9, NVI)

Pablo incluso confrontó personalmente a Pedro para evitar cualquier tendencia judaizante en la iglesia:

“Pues bien, cuando Pedro fue a Antioquía, le eché en cara su comportamiento condenable. Antes que llegaran algunos de parte de Jacobo, Pedro solía comer con los gentiles. Pero, cuando aquellos llegaron, comenzó a retraerse y a separarse de los gentiles por temor a los partidarios de la circuncisión. Entonces los demás judíos se unieron a Pedro en su hipocresía, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por esa conducta hipócrita. Cuando vi que no actuaban rectamente, como corresponde a la integridad del evangelio, le dije a Pedro delante de todos: «Si tú, que eres judío, vives como si no lo fueras, ¿por qué obligas a los gentiles a practicar el judaísmo? Nosotros somos judíos de nacimiento y no “pecadores paganos”. Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado.” (Gálatas 2:11-16, NVI).

Que la voluntad de Dios es que la iglesia cristiana evite cualquier tendencia hacia lo judío queda claro en la resolución del concilio de Jerusalén registrado en el libro de Hechos:

“Entonces los apóstoles y los ancianos, de común acuerdo con toda la iglesia, decidieron escoger a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Escogieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, que tenían buena reputación entre los hermanos. Con ellos mandaron la siguiente carta: Los apóstoles y los ancianos, a nuestros hermanos gentiles en Antioquía, Siria y Cilicia: Saludos. Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin nuestra autorización, los han inquietado a ustedes, alarmándoles con lo que les han dicho. Así que de común acuerdo hemos decidido escoger a algunos hombres y enviarlos a ustedes con nuestros queridos hermanos Pablo y Bernabé, quienes han arriesgado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, les enviamos a Judas y a Silas para que les confirmen personalmente lo que les escribimos. Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles a ustedes ninguna carga aparte de los siguientes requisitos: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de la carne de animales estrangulados y de la inmoralidad sexual. Bien harán ustedes si evitan estas cosas. Con nuestros mejores deseos. Una vez despedidos, ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la congregación y entregaron la carta. Los creyentes la leyeron y se alegraron por su mensaje alentador.” (Hechos 15:22-31, NVI).

CONCLUSIÓN.

¿Por qué los apóstoles tomaron serias medida para evitar la judaización de la iglesia? Porque entendían que la ley y sus requisitos habían pasado. Además, ellos jamás pretendieron que los gentiles se convirtieran en judíos y adoptaran su cultura. Ellos sabían muy bien que, aún antes de la venida de Cristo y la instauración del pacto de gracia, Dios había expresado la ineficacia del sistema de adoración judío:

“«¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?  —dice el Señor—. Harto estoy de holocaustos de carneros y de la grasa de animales engordados; la sangre de toros, corderos y cabras no me complace. ¿Por qué vienen a presentarse ante mí? ¿Quién les mandó traer animales para que pisotearan mis atrios? No me sigan trayendo vanas ofrendas; el incienso es para mí una abominación. Luna nueva, día de reposo, asambleas convocadas; ¡no soporto que con su adoración me ofendan! Yo aborrezco sus lunas nuevas y festividades; se me han vuelto una carga que estoy cansado de soportar.” (Isaías 1:11-14, NVI).

En el Nuevo Testamento, la ineficacia y caducidad del viejo pacto no solo es insinuada, sino explicada con claridad:

“El ministerio que causaba muerte, el que estaba grabado con letras en piedra, fue tan glorioso que los israelitas no podían mirar la cara de Moisés debido a la gloria que se reflejaba en su rostro, la cual ya se estaba extinguiendo. Pues bien, si aquel ministerio fue así, ¿no será todavía más glorioso el ministerio del Espíritu? Si es glorioso el ministerio que trae condenación, ¡cuánto más glorioso será el ministerio que trae la justicia! En efecto, lo que fue glorioso ya no lo es, si se le compara con esta excelsa gloria. Y, si vino con gloria lo que ya se estaba extinguiendo, ¡cuánto mayor será la gloria de lo que permanece! Así que, como tenemos tal esperanza, actuamos con plena confianza. No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque solo se quita en Cristo. Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. Pero, cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado.” (2 Corintios 3:7-16, NVI).

“La ley es solo una sombra de los bienes venideros, y no la presencia misma de estas realidades. Por eso nunca puede, mediante los mismos sacrificios que se ofrecen sin cesar año tras año, hacer perfectos a los que adoran. De otra manera, ¿no habrían dejado ya de hacerse sacrificios? Pues los que rinden culto, purificados de una vez por todas, ya no se habrían sentido culpables de pecado. Pero esos sacrificios son un recordatorio anual de los pecados, ya que es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dijo: «A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar, me preparaste un cuerpo; no te agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dije: “Aquí me tienes —como el libro dice de mí—. He venido, oh, Dios, a hacer tu voluntad”». Primero dijo: «Sacrificios y ofrendas, holocaustos y expiaciones no te complacen ni fueron de tu agrado» (a pesar de que la ley exigía que se ofrecieran). Luego añadió: «Aquí me tienes: He venido a hacer tu voluntad». Así quitó lo primero para establecer lo segundo. Y en virtud de esa voluntad somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre. Todo sacerdote celebra el culto día tras día ofreciendo repetidas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. Pero este sacerdote, después de ofrecer por los pecados un solo sacrificio para siempre, se sentó a la derecha de Dios, en espera de que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Porque con un solo sacrificio ha hecho perfectos para siempre a los que está santificando.” (Hebreos 10:1-14, NVI).

El nuevo pacto es perfecto ¿Por qué deberíamos volver a lo imperfecto? Si Dios nos llamó de toda tribu, lengua, pueblo y nación ¿Por qué querer volvernos más judíos que los mismos judíos? ¿Qué ganamos al adoptar sus prácticas, rituales y símbolos? ¿Qué le falta al Evangelio de gracia para estar completo? ¿Añadiduras tomadas del judaísmo? ¡No lo creo! ¿Un amor idolátrico por Israel? ¡Tampoco! El Evangelio es perfecto tal cual es. No mezclemos vino nuevo en odres viejos:

“Ni echa nadie vino nuevo en odres viejos. De hacerlo así, el vino hará reventar los odres y se arruinarán tanto el vino como los odres. Más bien, el vino nuevo se echa en odres nuevos.” (Marcos 2:22, NVI)

Amar a Israel es bueno, pero debemos tener mucho cuidado con los extremos. El equilibrio bíblico y la sana doctrina deben imponerse ante cualquier moda religiosa o tendencia del evangelicalismo de hoy, tan propenso a acoger en su seno herejías y modas sin sustento bíblico.

REFERENCIAS.

[1] Alain Edelstein, An Unacknowledged Harmony, Philosemitism and the Survival of European Jewry, Greenwood Press, London, 1982 (en inglés)., pp. 11 y 13.