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Distintivos del Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico

Cristocentricidad del Pentecostalismo

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Son muchas las iglesias que no predican un mensaje Cristocéntrico. Es interesante notar que muchos cristianos no pueden ni darse cuenta de esto, incluso hay algunos que nunca han escuchado este término, por lo cual se preguntaran: ¿Qué es un mensaje Cristocéntrico? Pues es aquel que coloca al Señor Jesucristo en el centro de toda la prédica, porque Él es el autor de nuestra redención (Hebreos 12:2). Por Él todas las cosas existen y por Él todas fueron hechas (Colosenses 1:16). El auténtico pentecostalismo es, ante todo, un Evangelio Cristocéntrico.

Aunque desde su origen, ha sido percibido principalmente como un “movimiento del espíritu”, el Espíritu Santo no es el foco principal del pentecostalismo en absoluto. Más bien, es Cristo. La espiritualidad pentecostal está imbuida y anclada en un encuentro con Cristo en tanto que se le representa por sus múltiples roles como Salvador, sanador, bautizador con el Espíritu Santo y Rey que viene pronto. Todo lo que los pentecostales buscamos viene de Cristo: el que salva, el que sana, el que empodera con el Espíritu (y así brinda dones espirituales) y el que pronto cumplirá las esperanzas escatológicas cristianas.

Es a partir de este esquema cuádruple que emergió el término “Evangelio Completo”. El Espíritu Santo, más que ser el centro, es el intermediario que comunica a la iglesia del Señor todas las bendiciones que emanan de la persona de Cristo:

“Pero, cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá solo lo que oiga y les anunciará las cosas por venir. Él me glorificará porque tomará de lo mío y se lo dará a conocer a ustedes. Todo cuanto tiene el Padre es mío. Por eso les dije que el Espíritu tomará de lo mío y se lo dará a conocer a ustedes.” (Juan 16:13-15, NVI)

Cualquiera que haya asistido a un típico servicio de adoración pentecostal de adoración rápidamente encontrará la expectación, deseo y hambre por “encontrarse con el Señor”. Como los cristianos de la iglesia primitiva, los misioneros y evangelistas pentecostales que van a las ciudades y pueblos en sus propios países o al extranjero a predicar el evangelio completo, no predican las buenas nuevas del Espíritu sino las de Cristo.

 

ENFOQUE CRISTOCÉNTRICO DE LA TEOLOGÍA PENTECOSTAL.

El esquema del evangelio completo emergió de la predicación y testificación pentecostal temprana. Una de las pioneras del pentecostalismo, la legendaria Aimee Semple McPherson acuñó el término evangelio “cuadrangular” durante una campaña evangelística en Oakland, California, en 1922, mientras hablaba de Cristo en sus cuatro roles como salvador, sanador, bautizador con el Espíritu y Rey que viene pronto. De esta predicación nació una de las denominaciones pentecostales más antiguas, la Iglesia Cuadrangular. Algunos otros pentecostales, provenientes principalmente de movimientos de Santidad, sumaron el papel de Cristo como santificador al esquema y así el término “Evangelio Completo” fue añadido al diccionario cristiano.[1]

La “cristocentricidad” del mensaje predicado por nosotros, los pentecostales, se refleja en los 4 postulados básicos o verdades cardinales del pentecostalismo clásico:

 

  1. Cristo como Salvador: El primer y más importante aspecto de la doctrina pentecostal es que Jesucristo es el único medio de salvación para la persona. La salvación no es por obras sino por gracia por medio de la fe, nadie se puede salvar a sí mismo (Efesios 2:8). Los pentecostales creemos que Jesucristo, vino a la tierra y murió en nuestro lugar. La muerte de Jesús, fue un pago infinito por nuestros pecados (2 Corintios 5:17). De esta manera, Jesús murió para pagar el castigo por nuestros pecados (Romanos 5:8). Él pagó el precio para que nosotros no lo tuviésemos que hacer. La resurrección de Jesús de entre los muertos probó que Su muerte fue suficiente para pagar el castigo por nuestros pecados. ¡Esa es la razón por la cual Jesús es el único Salvador! (Juan 14:6; Hechos 4:12). Y ese es el primer pilar de nuestra fe pentecostal.

 

  1. Cristo como Sanador: El rol de Cristo como sanador significa que mientras que los pentecostales valoramos muy positivamente el tratamiento médico, a la vez creemos en el continuo ministerio sanador de Cristo, ya sea físico o mental, gradual o instantáneo. El creyente pentecostal busca activamente y desea ansiosamente sanidades aquí y ahora.

 

  1. Cristo como Bautizador: El bautismo del Espíritu es el sello del pentecostalismo. A diferencia de la tradición cristiana general, en la que el bautismo del Espíritu es equiparado con el nuevo nacimiento y la justificación, los pentecostales lo consideran un segundo evento, una experiencia de empoderamiento para el servicio y la testificación. En su mayoría los pentecostales, si bien no todos, creemos que hablar en lenguas es la evidencia inicial de la recepción del bautismo del Espíritu. Todos los pentecostales creemos además que los dones carismáticos están disponibles para los cristianos bautizados por el Espíritu. Cristo es quien nos imparte dicha bendición.

 

  1. Cristo, el Rey que Viene: El asunto final del esquema del evangelio completo refleja el fervor escatológico de los pentecostales: esperan el retorno de Cristo para establecer el reino. De nuevo, esta es una creencia compartida por todos los otros cristianos. La vitalidad de la expectación pentecostal, en todo caso, es el ímpetu por “terminar el trabajo” de evangelizar el mundo. La promesa de Cristo antes de su ascensión de que el poder de lo alto haría testigos a todos sus seguidores (Hechos 1:8) ha sido abrazada literalmente. En el día de pentecostés esta promesa fue totalmente cumplida. Como consecuencia, los pentecostales creemos que ambos hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, tenemos acceso al poder del Cristo resucitado como resultado de la efusión del Espíritu al fin de los tiempos. Como resultado de esto, ha habido el despliegue de una empresa misionera sin precedentes –y es, más allá de toda duda, numéricamente exitosa.

 

Esta espiritualidad cristocéntrica del evangelio completo es lo que define al pentecostalismo. Y no es negociable. Todos los demás aspectos son secundarios y la diversidad del movimiento pentecostal testifica de ello: En el pentecostalismo podemos encontrar todo tipo de estructuras eclesiales, desde la autonomía de la iglesia local en el pentecostalismo escandinavo, pasando por el gobierno de tipo presbiteriano de las altamente organizadas Asambleas de Dios (USA), hasta las muy jerárquicas estructuras episcopales en muchas iglesias afroamericanas y del sur global. La diversidad y creatividad de los títulos para las iglesias pentecostales es asombrosa ¡Hasta el punto en que ocasionalmente a los pentecostales nos resulta difícil reconocernos entre nosotros mismos!

 

ENFOQUE CRISTOCÉNTRICO DE LA ESPIRITUALIDAD PENTECOSTAL.

La espiritualidad pentecostal es la conciencia y experiencia personal y directa de la morada continua y permanente del Espíritu Santo en la vida del creyente, por la cual el Cristo resucitado y glorificado es revelado, y el creyente es empoderado para testificar y adorar con la abundancia de su vida como es descrito en los Hechos y las Epístolas. Un aspecto característico de esta forma de vida es un amor por la Palabra de Dios, el fervor en la oración y la testificación en el mundo y hacia el mundo, y una preocupación de vivir por el poder del Espíritu Santo. Contrario a la mala concepción de muchos, los pentecostales a pesar de su énfasis en la experiencia, no abogan por el tipo de “entusiasmo” que separa de la Palabra de Dios: Los pentecostales somos tan amantes de la Palabra como cualquier otro creyente devoto de tradición reformada, luterana, metodista o cualquier otra. El deseo pentecostal entusiasta de experimentar a Dios y el poder del Espíritu Santo aquí y ahora descansa en la Palabra de Dios, la cual nos garantiza un acceso directo a Dios para todos.

 

CONCLUSIÓN.

Los pentecostales no nos avergonzamos al afirmar que poseemos un Evangelio Completo. Pero esto no con arrogancia. El término “Evangelio Completo” simplemente significa que el don de Dios para Su pueblo no carece de nada. Mientras que los seres humanos nunca pueden agotar la plenitud de Cristo, Cristo es la encarnación de todos los dones de Dios. Los pentecostales no somos “fanáticos del Espíritu” que ponen la experiencia subjetiva por encima de la Palabra y otorgan a Cristo un papel secundario, como algunos quisieran caricaturizarnos. El Espíritu que ha llenado nuestros corazones no presta atención a sí mismo sino a Cristo, y a través de Cristo al Padre. La espiritualidad pentecostal se centra en Cristo y a Él vuelve una y otra vez.

 

REFERENCIAS:

[1] Se recomienda la lectura del brochure: Presentando el Evangelio Cuadrangular: Ministrando en Totalidad, Sanidad, Poder y Esperanza a través del Evangelio Cuadrangular. Publicado por la iglesia Internacional del Evangelio Cuadrangular.

 

 

 

 

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Arminianismo y Universalismo Condicionado

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En su intento por desvirtuar la doctrina arminiana, muchos calvinistas acusan al arminianismo de enseñar la herejía soteriológica conocida como Universalismo. El universalismo es una creencia que afirma que en la plenitud de los tiempos todas las almas se liberarán de las penas del pecado y serán restaurados en su relación con Dios. Históricamente conocida como Apocatástasis, el universalismo o doctrina de la salvación universal final niega la doctrina bíblica del castigo eterno.

Además de los pasajes que hablan de la naturaleza de amor y misericordia infinitos de Dios, el versículo clave del universalismo en Hechos 3:21, donde Pedro afirma:

“Es necesario que él permanezca en el cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus santos profetas.” (Hechos 3:21, NVI)

Pero ¿Es esto lo que quiso decir Pedro? ¿De verdad enseña la Biblia que todos, penitentes e impenitentes, serán salvos? Definitivamente no. El erudito pentecostal Stanley Horton explica dicho pasaje de la siguiente manera:

“Algunos toman la expresión griega apokatastáseos pánton (“restauración de todas las cosas”) como poseedora de una intención absoluta, en lugar de limitarla a “todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas”. Aunque es cierto que las Escrituras se requieren a una restauración futura (Romanos 8:18–25; 1 Corintios 15:24–26; 2 Pedro 3:13), a la luz de todas las enseñanzas de la Biblia sobre el destino eterno, tanto de los seres humanos como de los ángeles, no es posible utilizar este versículo para apoyar el universalismo. Hacerlo equivaldría a violentar exegéticamente lo que la Biblia afirma a este respecto.”[1]

Otros pasajes, usados fuera de su contexto, para sostener la doctrina universalista son:

“Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos.” (Romanos 5:18-19, NVI)

 “Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo, esto es, reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.” (Efesios 1:9 -10, NVI)

“Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir” (1 Corintios 15:22, NVI)

Sin embargo, ninguno de dichos versículos enseña que todos los seres humanos serán finalmente salvos. Una exégesis honesta de dichos pasajes desvirtúa tales afirmaciones universalistas.

Ahora bien, la creencia en la salvación universal es por lo menos tan antigua como el cristianismo. Los primeros escritos claramente universalistas datan de los denominados “Padres de la Iglesia Griega”, sobre todo Clemente de Alejandría, su discípulo Orígenes y Gregorio de Nisa. De ellas, las enseñanzas de Orígenes, quien creía que hasta el diablo finalmente se salvará, fueron los más influyentes. Numerosos partidarios de la salvación universal final se encontraban en la iglesia post apostólica, pero fueron ampliamente combatidos por Agustín de Hipona. Principalmente por su influencia, la teología de Orígenes fue finalmente declarada herética en el Concilio de Constantinopla en el 553 d.C.

 

UNIVERSALISMO UNIVERSALISTA Y PLURALISMO SALVÍFICO.

Los arminianos rechazamos tanto el denominado Universalismo universalista (todos, incluso Satanás y sus demonios, alcanzarán el perdón y la salvación gracias al sacrificio expiatorio de Cristo) como el Pluralismo Salvífico (la creencia de que puede haber diversos caminos dadores de vida o vías de salvación en diferentes tradiciones y prácticas religiosas).

En cambio, nos aferramos a la Palabra de Dios, la cual afirma que:

“y del polvo de la tierra se levantarán las multitudes de los que duermen, algunos de ellos para vivir por siempre, pero otros para quedar en la vergüenza y en la confusión perpetuas.” (Daniel 12:2, NVI)

“El diablo, que los había engañado, será arrojado al lago de fuego y azufre, donde también habrán sido arrojados la bestia y el falso profeta. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Luego vi un gran trono blanco y a alguien que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, sin dejar rastro alguno. Vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y luego otro, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados según lo que habían hecho, conforme a lo que estaba escrito en los libros. El mar devolvió sus muertos; la muerte y el infierno[a] devolvieron los suyos; y cada uno fue juzgado según lo que había hecho. La muerte y el infierno fueron arrojados al lago de fuego. Este lago de fuego es la muerte segunda. Aquel cuyo nombre no estaba escrito en el libro de la vida era arrojado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20:10-15, NVI)

“Dios, que es justo, pagará con sufrimiento a quienes los hacen sufrir a ustedes. Y a ustedes que sufren, les dará descanso, lo mismo que a nosotros. Esto sucederá cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo entre llamas de fuego, con sus poderosos ángeles, para castigar a los que no reconocen a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús. Ellos sufrirán el castigo de la destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor y de la majestad de su poder, el día en que venga para ser glorificado por medio de sus santos y admirado por todos los que hayan creído, entre los cuales están ustedes porque creyeron el testimonio que les dimos.” (2 Tesalonicenses 1:6-10, NVI)

“Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5, NVI)

 “De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hechos 12:2, NVI)

No toda la humanidad será salva, ni todos los caminos o religiones llevan a Dios. Solo Cristo salva. La biblia afirma claramente que el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios (Juan 3:36). Jesucristo mismo afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida —le contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí.” (Juan 14:6, NVI).

 

PARTICULARISMO CALVINISTA, EXPIACIÓN LIMITADA O REDENCIÓN PARTICULAR.

Un distintivo del calvinismo es su doctrina de la expiación limitada, o redención particular. Dicha doctrina, conocida también como “Particularismo”, enseña que Cristo efectivamente redime de cada pueblo “solo a aquellos que fueron elegidos desde la eternidad para salvación”.[2] La doctrina reformada afirma que Jesús murió sólo por sus elegidos. Esta doctrina se desprende lógicamente de la doctrina de la elección incondicional: Si Dios eligió solo a un selecto grupo para que fuera salvo entonces el sacrificio que Cristo hizo debía ser sólo por ellos. La doctrina de la redención particular afirma que Cristo, en su muerte, limpió los pecados de los elegidos de Dios y aseguró que todos ellos alcancen la fe a través de la regeneración y por la fe sean preservados para alcanzar y heredar la gloria venidera. Según dicha doctrina, Cristo no pretendió morir por todos. La prueba de eso, según el razonamiento calvinista, es que no todos son salvos.

El teólogo pentecostal Stanley M. Horton resume las afirmaciones calvinistas de la siguiente manera:

“Los particularistas toman los pasajes que dicen que Cristo murió por las ovejas (Juan 10:11, 15), por la Iglesia (Efesios 5:25; Hechos 20:28), o por “muchos” (Marcos 10:45). Citan también numerosos pasajes que, en el contexto, asocian claramente a los “creyentes” con la obra expiatoria de Cristo (Juan 17:9; Gálatas 1:4; 3:13; 2 Timoteo 1:9; Tito 2:3; 1 Pedro 2:24). Los particularistas alegan lo siguiente: (1) Si Cristo murió por todos, entonces Dios debe ser injusto si alguno perece por sus propios pecados, puesto que Cristo tomó sobre sí todo el castigo debido por los pecados de todos. Dios no podría exigir dos veces el pago de la misma deuda. (2) La doctrina de la expiación ilimitada conduce lógicamente al universalismo, porque si pensamos de otra forma, tenemos que poner en duda la eficacia de la obra de Cristo, que fue para “todos”. (3) Una exégesis y una hermenéutica sólidas hacen evidente que el lenguaje universal no es siempre absoluto (Lucas 2:1; Juan 12:32; Romanos 5:18; Colosenses 3:11)”.[3]

Tan importante es para el calvinista la doctrina de la Expiación Limitada que diversos teólogos calvinistas han afirmado que “sólo el calvinismo con su expiación eficaz limita el poder del hombre y exalta el poder y la gloria de Dios”.[4] Otro líder y autor calvinista escribe: “Es en esta verdad de la expiación limitada que la doctrina de la elección soberana (y, de hecho, la predestinación soberana con sus dos aspectos de la elección y reprobación), se clarifican”.[5] En otras palabras, el sistema calvinista se desmorona en su totalidad si la expiación limitada no es bíblica, y de hecho no lo es.

Incluso calvinistas de alto rango han expresado sus dudas acerca de la expiación limitada. Charles Spurgeon afirmó: “No puedo imaginar un instrumento más dañino en manos de Satanás para la ruina de las almas, que un ministro que le dice a los pecadores que no es su deber arrepentirse de sus pecados y creer en Cristo, y así tener la arrogancia llamarse a sí mismo un ministro del Evangelio, mientras que enseña que Dios odia a algunos hombres infinitamente e inalterablemente por ningún motivo sino solo porque él escoge hacerlo”.[6] Esto ha llevado a que la doctrina de la expiación limitada sea considerada “el talón de Aquiles del calvinismo”.[7]

Ya sea que los calvinistas lo reconozcan o no, el calvinismo atenta contra el carácter mismo de Dios:

 “Porque Dios ha amado a unos cuantos y no todos, porque él soberana e inmutablemente ha determinado que éstos en particular sean salvos, él envió a su hijo a morir por ellos, para salvar a ellos y no a todo el mundo”.[8]

¿Entendemos lo que tal afirmación implica? Según el calvinismo, no todos los hombres son salvos porque Dios no quiere que lo sean y ha predestinado a multitudes a sufrir eternamente.

 

ARMINIANISMO: EXPIACIÓN UNIVERSAL O UNIVERSALISMO CONDICIONADO.

En contraposición al particularismo calvinista, los arminianos creemos en la doctrina de la Expiación Ilimitada, conocida también como universalismo condicionado. Dicha doctrina sostiene que la expiación es ilimitada en el sentido de que se halla a disposición de todos; más sin embargo es limitada en el sentido de que sólo es eficaz para aquéllos que crean. Así, aunque la Expiación y sus beneficios están a disposición de todos, no todos se benefician de ella. El perdón de pecados y la salvación está condicionada a la fe en Cristo.

La doctrina arminiana, en plena concordancia con la Biblia, declara que Dios, exactamente como se esperaría de alguien quien es amor y Padre de misericordias, ama a todos con amor infinito y desea que todos se salven. Él no quiere que ninguno perezca y ha hecho de la muerte de Cristo el sacrificio propiciatorio por los pecados de toda la humanidad, si tan sólo creen en él:

  • “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Seguramente el “todos” que se refiere a aquellos que iban por mal camino son los mismos “todos” (es decir, todo Israel y toda la humanidad) cuya iniquidad fue puesta en Cristo.

 

  • “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1:29). Así como en el Antiguo Testamento los sacrificios fueron ofrecidos para todo Israel y no para un grupo selecto de israelitas, también el cumplimiento mismo del sacrificio de Cristo como el cordero de Dios fue ofrecido para toda la humanidad y no para unos cuantos “elegidos” o un número limitado.

 

  • “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él .El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:14-18, 36). Nótese que, por medio de la serpiente de bronce elevada, la cual Cristo dijo que era la figura de él mismo siendo levantado en la cruz, Dios trajo sanidad y salvación al pueblo. Dicha salvación es para todos los que miraren a él por fe, no sólo para unos cuantos elegidos.

 

  • “Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). La ley, con su acompañamiento de sacrificios, era para todo Israel, no para algunos cuantos elegidos, y el cumplimiento en Cristo es para toda la humanidad.

 

  • “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).

 

  • “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).

 

  • “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos” (Romanos 5:6). Todos son impíos, no solamente los elegidos.

 

  • “Más la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 5:22).

 

  • “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

 

  • “El que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Por cierto que los “elegidos” no son los únicos pecadores.

 

  • “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).

 

  • “El cual se dio a sí mismo en rescate por todos” (2 Timoteo 2:6).

 

  • “Quien es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Timoteo 4:10).

 

  • “Para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Hebreos 2:9).

 

  • “No queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

 

  • “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 1:9-2:2).

 

  • “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).

 

  • “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:14-15).

 

  • “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:19-20).

 

  • “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).

 

  • “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).

 

  • “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35).

 

Tomar todas estas (y muchas otras declaraciones similares) y atreverse a decir que sólo se refieren a un grupo selecto de elegidos es cambiar deliberadamente la palabra de Dios. ¿O es que solo los elegidos se descarrían como ovejas perdidas? ¿Sólo los elegidos tienen sed? ¿Sólo los elegidos son impíos y pecadores? ¿Sólo los elegidos están bajo pecado? Es obvio que no. La salvación está disponible a través de la fe en Cristo para todo el que quiera apropiarse de ella. Estos versículos y muchos más como ellos afirman claramente en un lenguaje inequívoco que Cristo fue enviado para ser “el Salvador del mundo,” que su muerte fue “un rescate por todos” y que por lo tanto es “el Salvador de todos los hombres” que creen. Creer que se refiere solo al mundo de los elegidos es una suposición injustificada. Tal argumento es falaz.

Pero si los argumentos bíblicos no fuesen suficientes, podemos agregar también que la posición arminiana (el universalismo condicionado) goza de las siguientes fortalezas:[9]

(1) Es el único que le da sentido al ofrecimiento sincero del evangelio a todos los seres humanos. Los calvinistas objetan que la autorización para predicar el evangelio a todos es la Gran Comisión. Un calvinista seguramente argumentará que “Puesto que la Biblia enseña la elección, y puesto que no sabemos quiénes son los elegidos (Hechos 18:10, “Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad”, es decir, en Corinto), les debemos predicar a todos”. Sin embargo, la doctrina arminiana, la lógica y la Biblia se impone al argumento calvinista y responde: ¿Sería genuino el ofrecimiento de Dios cuando dice “Todo el que quiera”, a sabiendas de que esto no es realmente posible, pues la salvación se limita solo a los elegidos?

(2) La historia eclesiástica reafirma también la posición arminiana. Desde el principio de la Iglesia, hasta que surgió el calvinismo, el universalismo condicionado fue la opinión mayoritaria. Así pues: “Entre los reformadores, encontramos esta doctrina en Lutero, Melanchton, Bullinger, Latimer, Cranner, Coverdale, e incluso Calvino en algunos de sus comentarios. Por ejemplo, Calvino dice acerca de … Marcos 14:24, ‘que por muchos es derramada: Con la palabra “muchos”, [Marcos] no define solamente a una parte de la humanidad, sino a toda la raza humana’ ”.[10]

(3) No es posible sostener la acusación de que, si fuese cierta una expiación ilimitada, Dios sería injusto, y de que el universalismo universalista sería la conclusión lógica. Necesitamos tener en mente que es necesario creer para ser salvos, y esto incluye a los supuestos elegidos. La aplicación de la obra de Cristo no es automática. El que una persona decida no creer, no significa que Cristo no haya muerto por ella, o que quede bajo sospecha la integridad personal de Dios.

Sin embargo, el punto culminante de la defensa arminiana es que no resulta fácil pasar por alto el evidente propósito de muchos pasajes universalistas. Incluso el teólogo calvinista Millard Erickson reconoce que la doctrina arminiana de la Expiación Ilimitada o Universal “puede dar cuenta de un segmento más amplio del testimonio bíblico con menos distorsión que la hipótesis de la expiación limitada”.[11]

Horton observa de forma certera que: “En Hebreos 2:9 dice que, por la gracia de Dios, Jesús probó la muerte “por todos”. Es bastante fácil alegar que el contexto (2:10–13) señala que el escritor no está hablando de todos en sentido absoluto, sino de los “muchos hijos” que Jesús lleva a la gloria. Sin embargo, una conclusión así extiende demasiado la credibilidad exegética. Además, en el contexto hay un sentido universal (2:5–8, 15).3 Cuando la Biblia dice que “de tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16), o que Cristo es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), o que Él es “el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14), es eso precisamente lo que quiere decir. Ciertamente, la Biblia usa la palabra “mundo” en un sentido cualitativo, para referirse al sistema de maldad del mundo, dominado por Satanás. Sin embargo, Cristo no murió por un sistema; murió por las personas que forman parte de ese sistema. En ningún lugar del Nuevo Testamento, la palabra “mundo” se refiere a la Iglesia o a los elegidos. Pablo dice que Jesús “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6) y que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4). En 1 Juan 2:1–2 tenemos una separación explícita entre los creyentes y el mundo, y una afirmación de que Jesucristo, el Justo, “es la propiciación” (v. 2) por ambos”.[12]

Así pues, la doctrina arminiana es más coherente con el texto bíblico al afirmar que la expiación es ilimitada en el sentido de que se halla a disposición de todos; más sin embargo es limitada en el sentido de que sólo es eficaz para aquéllos que crean. Está a disposición de todos, pero no todos se benefician de ella.[13]

 

CONCLUSIÓN.

La Biblia declara que Dios ama a todos y es misericordioso para con todos y que Cristo murió por todos. Los versículos que declaran que Cristo murió por la iglesia, que su muerte fue un rescate por su pueblo, o la seguridad de que él murió por sus ovejas, no anula la realidad de que su sacrificio expiatoria se ofrece libremente a todos. Por supuesto, los apóstoles, escribieron a creyentes, para recordarles que Cristo murió por ellos, pero esa declaración no puede anular muchas de las claras declaraciones de que Él murió por todos.

 

REFERENCIAS:

[1] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva Pentecostal (1996), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 367.

[2] Cánones de Dort, II.8

[3] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 375.

[4] Leonard J. Coppes, Are Five points Enough? The Ten points of Calvinism; Denver CO: self-published, 1980, 49

[5] Homer Hoeksema, Limited Atonement, 151; citado en Vance, The Other Side of Calvinism, pp. 406.

[6] C. H. Spurgeon, New park Street pulpit; London: Passmore and Alabaster, Vol 6, 28-29; sermón predicado en diciembre 11, 1859

[7] Kenneth G. Talbot and W. Gary Crampton, Calvinism, Hyper-Calvinism and Arminianism; Edmonton, AB: Still Waters Revival Books, 1990, pp. 11.

[8] Edwin H. Palmer, The five points of calvinism; Grand Rapids, MI: Baker Books, enlarged ed., 20th prtg. 1999, pp. 50.

[9] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 375.

[10] Walter A. Elwell, “Extent of Atonement”, Evangelical Dictionary, p. 99.

[11] Millard J. Erickson, Christian Theology (Grand Rapids: Baker Book House, 1985), p. 835.

[12] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal (1994), Editorial Vida, Miami, Florida, pp. 376.

[13] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology (Grand Rapids: Wm.B. Eerdmans, 1979), pp. 242. Véase también Isaías 53:6; Mateo 11:28; Romanos 5:18; 2 Corintios 5:14–15; 1 Timoteo 4:10; 2 Pedro 3:9.

 

Arminianismo Clásico, Calvinismo

Calvinismo, falsa seguridad y desesperanza

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La seguridad de la salvación fue una preocupación central y motivadora de la Reforma protestante. Martín Lutero buscó seguridad en el sacramento de la penitencia, pero fue en vano. Finalmente lo encontró en su descubrimiento de la justificación solo por gracia a través de la fe sola. Esta preocupación por la seguridad de la salvación continuó vigente dentro de las iglesias reformadas (calvinistas), tal como nos lo evidencia el Catecismo de Heidelberg[1] (1563):

“P.1. ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte? R. Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, que me libró del poder del diablo, satisfaciendo enteramente con preciosa sangre por todos mis pecados, y me guarda de tal manera que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante según su santa voluntad.”[2]

La mayoría de los creyentes reformados (calvinistas) asumen que, como los arminianos creemos que es posible caer de la gracia y perder la salvación, entonces no tenemos el mismo grado de comodidad y seguridad que supuestamente tienen los reformados. En realidad, lo contrario es el caso: los arminianos pueden tener mayor seguridad de la salvación que los mismos calvinistas. En su propia vida y ministerio, Jacobo Arminio (1559–1609) vio la razón de esto. Durante los años de su ministerio pastoral en Ámsterdam, Arminio fue testigo de dos problemas diferentes en lo que respecta a la seguridad de la salvación entre los creyentes del calvinismo: La desesperación y la falsa seguridad como producto de la doctrina reformada de la predestinación.

CALVINISMO, FUENTE DE DESESPERANZA

Primero, Arminio se dio cuenta de lo que llamaba desesperación entre los calvinistas (Utilizó la palabra latina “desperatio”, que significa desesperanza) Recordó múltiples ejemplos cuando atendía a personas en sus lechos de muerte que no tenían la seguridad de su propia salvación. El problema era que, en estos casos, estos eran creyentes ejemplares que deberían tener seguridad. Sin embargo, en este momento crucial en el que más necesitaban seguridad, les faltaba. ¿Cómo podrían los cristianos reformados, que fueron salvados no por su propia bondad, sino por la justicia imputada de Cristo, caer víctimas de la desesperación? ¿Cómo llegaron a este punto? ¿Por qué la duda que plagó a la Iglesia romana medieval tardía no se resolvió en la Iglesia Reformada? Cuando uno examina los escritos de Arminio, uno puede ver cómo la desesperación es el resultado de tres doctrinas reformadas:

  1. La convicción reformada de que la fe salvadora incluye no solo el conocimiento y el consentimiento, sino también la fiduciao la confianza segura. La seguridad (fiducia) a veces se usaba como sinónimo de fe (fides). Bajo este supuesto reformado, si una persona cree en Cristo como Salvador y cree que la justicia de Cristo puede ser imputada a él por fe, y la persona desea esta salvación, pero solo carece de la certeza de esa salvación, entonces la persona puede comenzar a cuestionar su fe en conjunto, y preguntarse si él es uno de los elegidos. Este fue el problema que Arminio, como pastor calvinista que fue, tuvo que enfrentar al estar junto a cristianos moribundos en Ámsterdam: tomaron su falta de seguridad para indicar necesariamente una falta de fe. Arminio distinguió la seguridad (fiducia) de la fe (fides), declarando que la seguridad sigue como el resultado ordinario de la fe salvadora, pero no es necesariamente simultánea con la fe.
  1. La doctrina de la fe temporal, como lo enseñó Juan Calvino y otros teólogos reformados. Dicha doctrina también generó desesperanza. ¿Cómo se puede distinguir la diferencia entre la fe débil de los elegidos y la fe temporal del reprobado? ¡No puedes realmente! Calvino afirmó que una persona puede parecer a los demás como si tuviera fe, de hecho ella misma podría pensar que posee una fe salvadora, cuando en realidad solo fue una fe otorgada temporalmente por Dios que no estaba destinada a perseverar, sino que sería retirada por Dios. El ejemplo bíblico común es Simón el Mago (Hechos 8), quien se describe como creyente y se creía genuinamente como un verdadero creyente, pero cuya creencia pronto se demostró que era falsa.[3] Es decir, el mismo Simón no era consciente de su estado hasta que su fe falló. El reprobado puede ser engañado a sí mismo y, a pesar de todas las apariencias en contra, carece de fe genuina. Si incluso el reprobado puede tener una fe temporal que se asemeja a la de los elegidos, tanto externa como internamente, entonces no importa cuán débil o fuerte parezca la fe y la seguridad de la persona en el presente.
  1. La doctrina de la reprobación incondicional. Esta doctrina produce un socavamiento de la seguridad de la salvación que puede ser devastador. La doctrina reformada de la elección incondicional afirma que Dios elige a quién Dios quiere salvar, no basándose en sus buenas obras, su fe prevista o incluso su consentimiento voluntario. El corolario necesario para esta elección es que Dios reprueba incondicionalmente, o tal vez “pasa por alto”, el resto de la humanidad, cuyo resultado es la condena. La única manera de escapar de la condenación es ser elegido por Dios. Pero, como observa Arminio, ya que esa elección es incondicional (aparte de la voluntad absoluta y soberana de Dios), no hay nada que el reprobado pueda hacer para estar en una relación de salvación con un Dios que no lo haya elegido. La predestinación reformada, dice Arminio, “produce en la gente una desesperación tanto de cumplir lo que su deber requiere como de obtener aquello hacia lo que se dirigen sus deseos”[4] Esto es lo que se conoce como la doctrina de la “gracia no disponible”. Si crees que puedes ser reprobado, no hay nada que puedas hacer al respecto, ya que la elección es incondicional.

FALSA SEGURIDAD DEL CALVINISMO

El segundo problema que observó Arminio en el calvinismo es el extremo opuesto al primero. Llamó a dicho problema “vicio de seguridad”. Recordó varias veces durante su ministerio cuando, como un pastor atento, se dirigió al pecado en la congregación e incluso amonestó a ciertos individuos. Con demasiada frecuencia, esas mismas personas respondieron como si el pecado no fuera una preocupación real. Le consideraban de poca importancia. Después de todo, el apóstol Pablo, según la interpretación reformada dominante de Romanos 7, fue continuamente vencido por el pecado. Ya que los elegidos son salvos por gracia, ¿cuál es realmente el problema? Parece que esta tendencia hacia la seguridad, como el anterior problema de la desesperación, es el resultado de la combinación distintiva de tres enseñanzas reformadas:

  1. La Normalidad del Pecado en la Vida Cristiana (Eficacia de la Santificación):Para los reformados, aunque la persona regenerada debe y puede hacer pasos hacia la santificación con la ayuda del Espíritu Santo, sin embargo, son pasos de bebé; el progreso es mínimo. La interpretación reformada estándar de Romanos 7, leída como el relato autobiográfico del apóstol regenerado Pablo, apoya la idea de que el pecado es una lucha continua y prominente en la vida cristiana. Tener poca expectativa de la santificación personal implica que el pecado es, en cierto sentido, normal y, por lo tanto, no es motivo de grave preocupación para el cristiano individual. Por su parte, Arminio ciertamente reconoció que el progreso en la santidad se ve impedido por el pecado y la debilidad. Pero también impugnó la típica lectura reformada de Romanos 7 y, como los primeros padres de la iglesia, interpretó a la persona agobiada por el pecado como alguien que aún no se ha regenerado, porque el pecado no puede dominar la vida de una persona regenerada como se describe en este pasaje.
  1. La Elección Incondicional: La segunda doctrina reformada que lleva muchos de sus adeptos a la seguridad es la elección incondicional, junto con su corolario de la gracia irresistible. Si uno confía en su elección, entonces la gracia es irresistible y la salvación es segura.
  1. La Perseverancia de los Santos: La elección incondicional y la gracia irresistible pueden promover la seguridad, especialmente cuando se combina con una tercera doctrina, la perseverancia de los santos, que es un corolario predecible de la elección incondicional. Si una persona se convierte en parte del pueblo escogido por el pacto de Dios solo por la gracia irresistible, aparte de las buenas obras, ninguna cantidad de obras malvadas o falta de buenas obras puede anular esa elección y el pacto. Según Arminio, si se afirma la imposibilidad de la apostasía, esta doctrina no consuela tanto como engendra descuido con respecto al pecado, lo que, para Arminio, es una indicación peligrosa de “seguridad carnal” (securitas carnalis). Arminio escribió:

“La persuasión por la cual cualquier creyente ciertamente se persuade a sí mismo de que no puede desertar de la fe, o que, al menos, no desertará de la fe, no conduce tanto a la consolación contra la desesperación o la duda que sea adversa a la fe y la esperanza, como lo hace para generar seguridad, una cosa que se opone directamente a ese temor más saludable con el que se nos manda desarrollar nuestra salvación, y que es sumamente necesario en este lugar de tentaciones[5]

Por lo tanto, la normalidad del pecado en la vida cristiana, junto con las doctrinas de la elección incondicional y la seguridad eterna, podría fomentar una actitud de “salvo si lo haces; salvo si no lo haces”. Esta falta de preocupación por la presencia del pecado es lo que podría precipitar una caída.

Para los arminianos, hay un camino intermedio de verdadera seguridad entre los extremos de la desesperación y la falsa seguridad calvinista. Por un lado, el conocimiento de que el pecado tiene consecuencias y de que una persona puede caer de la gracia a través de la rebelión abierta contra Dios. Pero, por otro lado, el conocimiento de que Dios salvará a todos los creyentes penitentes nos llega de seguridad, certeza y esperanza.

EL FUNDAMENTO SEGURO DE NUESTRA SALVACIÓN.

En última instancia, la garantía de la salvación se encuentra al examinar cuál es el fundamento mismo de la salvación: el amor de Dios. Este amor de Dios es evidente en su promesa, que es externa a la criatura. La palabra de Dios da a conocer su voluntad o intención para la criatura. La pregunta es: Si no hay obra meritoria alguna que pueda asegurarnos el favor divino y la salvación, ¿Qué determina o influye en la voluntad divina de salvarnos?

Los calvinistas, o reformados, son reacios a describir el afecto de Dios hacia toda la raza humana como “amor”. Para los calvinistas, la voluntad amorosa de Dios no se extiende a toda la humanidad con el propósito de la salvación, sino solo a unos cuantos elegidos. Pero si Dios no ama a todos, entonces la seguridad se ve socavada. Al creyente promedio le queda nada más preguntarse en qué grupo está incluido él: Entre aquellos a quienes Dios quiere salvar o entre aquellos a quienes él no quiere salvar. Su voluntad con respecto a la elección y la base de esta voluntad es inescrutable.

Para los arminianos, el verdadero fundamento de la salvación y la seguridad de la salvación es la promesa de Dios de que él ama a todos y salvará a los creyentes penitentes. Este fundamento se basa en Dios mismo y es posible solo a través de la obra de Cristo. Y Dios envió a Cristo por su amor (Juan 3:16). Para llegar al fondo del asunto, podemos comparar las respuestas calvinistas y arminianas a las preguntas: ¿Cómo sabes que perteneces a Dios? ¿Cómo sabes que eres uno de los elegidos?

Robert Peterson y Michael Williams, dos teólogos calvinistas, responden a dichas preguntas de la siguiente manera:

“Es cuando las personas se vuelven a Cristo con fe cuando saben que Dios las ha elegido para la salvación”[6]

Michael Horton, otro teólogo calvinista, responde a esta pregunta con una referencia a Juan 10: 27-28:

“¿Has escuchado la voz de Cristo y lo has seguido? Luego te da vida eterna. Descubrimos la elección no en nosotros mismos sino en Cristo”.[7]

Esto suena bonito, sin embargo, una vez que reconoces que hay una clase de personas que Dios realmente no quiere salvar, personas a las que no ama, la seguridad se ve socavada. Además, el reconocimiento de que la fe actual de cualquier persona puede ser simplemente una fe temporal y un resultado del autoengaño, una fe que no durará, también socava la seguridad. “Volverse a Cristo en la fe” y “descubrir la elección en Cristo” son frases que suenan huecas en un sistema en el que Dios no quiere que todos se salven, y le da fe temporal a algún reprobado a quien Dios finalmente excluirá de la salvación. El calvinismo enseña:

“Todos aquellos a quienes Dios ha predestinado a la vida y solo a ellos, él se complace… de llamar eficazmente… a la gracia y salvación por Jesucristo”.[8]

Claramente, solo unos pocos elegidos se salvan en el calvinismo, los demás están excluidos. Tales afirmaciones, por lo tanto, carecen de sentido. Así las cosas, el calvinismo genera más dudas que certezas en el creyente pues ¿Cómo puede estar plenamente seguro que pertenece a los elegidos?

Para el arminiano, por otro lado, esas mismas frases, y todos los testimonios de salvación, en realidad significan algo. No hay duda en cuanto a qué grupo pertenecemos. Pertenecemos al grupo que Dios ama y quiere salvar. Los arminianos creemos firmemente que:

“El Señor… No quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.” (2 Pedro 3:9, NVI)

“El Dios viviente, que es Salvador de todos, especialmente de los que creen.” (1 Timoteo 4:10, NVI)

CONCLUSIÓN.

Pase lo que pase en la vida, sabemos que Dios nos ama. Cualquier cosa que pueda pasar, cualquier éxito o fracaso que pueda experimentar, cualquier ganancia o pérdida, sabemos algo que un calvinista nunca puede saber con certeza: Dios quiere que sea salvo y me creó para este fin. Esta es la base de la salvación y la seguridad de la salvación.

REFERENCIAS:

[1] El Catecismo de Heidelberg (Heidelberger Katechismus)es uno de las Tres Formas de la Unidad junto a la Confesión belga (1561) y los Cánones de Dort (1618-19). Fue escrito en 1563 por dos jóvenes teólogos: uno que había sido alumno de Juan Calvino, y el otro que lo fue de Felipe Melanchton, cercano colaborador de Lutero. Los nombres de los autores son Zacharius Ursinus y Gaspar Oleviano. El Catecismo de Heidelberg consta de un total de 129 preguntas y respuestas.

[2] Catecismo de Heidelberg (2010), Confraternidad Latinoamericana de Iglesias Reformadas, Guadalupe, Costa Rica. Pp. 7.

[3] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, III:2:10.

[4] Jacobo Arminio, Verklaring, pág. 87.

[5] Jacobo Arminio, Articuli nonnulli XXII.4-5.

[6] Robert A. Peterson y Michael D. Williams, Why I am Not an Arminian (2004), IVP Books, pp. 65.

[7] Michael Horton, For Calvinism (2011), Zondervan Academic, pp. 73.

[8] Confesión de Fe de Westminster (1643), X: 1.

Arminianismo Clásico, Calvinismo

No hay salvación sin fidelidad hasta el fin

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

A la mayoría de los cristianos le resultaría increíble concebir la idea de que los cristianos infieles, aquellos que no perseveran en la fe hasta el final, aún entrarán en la vida eterna con Jesús. Sin embargo, esto es exactamente lo que se está enseñando hoy en muchas iglesias y denominaciones “cristianas”. Aferrándose a pasajes como Juan 10:27-28, el cual dice: “Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano.” (Juan 10:27-28, NVI), algunos predicadores, como el famoso teólogo Charles F. Stanley (pastor principal de la Primera Iglesia Bautista de Atlanta, Georgia), fundador y presidente de “Ministerios en Contacto”, y quien fungiese como presidente de la Convención Bautista del Sur de 1984 a 1986, han enseñado que:

“El creyente infiel no perderá su salvación… Incluso si un creyente para todos los propósitos prácticos se convierte en un incrédulo, su salvación no está en peligro… Cristo no negará a un cristiano incrédulo su salvación.”[1]

Según dichos teólogos la salvación “se aplica en el momento de la fe… Y su permanencia no depende de la permanencia de la fe”[2] Por tal razón enseñan que, dado que un momento de fe asegura el destino eterno de uno, necesariamente se deduce que la salvación de un creyente no puede ser quitada de ellos “por cualquier razón, ya sea pecado o incredulidad”[3] Por lo tanto, no es sorprendente que se opongan a “aquellos que sostienen que la fe de uno debe mantenerse para garantizar la posesión de la vida eterna”[4]

Los arminianos, en cambio, creemos que “el que se mantenga firme hasta el fin será salvo” (Mateo 24:14, NVI). La perseverancia final implica fidelidad final, el que persevere hasta el fin será salvo (Mateo 24:13); el que es fiel hasta la muerte tendrá una corona de vida (Apocalipsis 2:10). Pero, por muy sorprendente que parezca, este importante líder denominacional y muchos otros (en total contradicción con la Biblia), está abogando por los “incrédulos salvados”. Para la mayoría de los cristianos, tal afirmación es un oxímoron.[5] Como si afirmáramos la existencia de un “soltero casado”, dicha expresión carece totalmente de sentido.

En plena concordancia con la Biblia, Jacobo Arminio enseñó:

“Al comienzo de la fe en Cristo y de la conversión a Dios, el creyente se convierte en un miembro vivo de Cristo. Si persevera en la fe de Cristo y mantiene una buena conciencia, sigue siendo un miembro vivo. Pero si se vuelve indolente, no se preocupa por sí mismo, le da lugar al pecado, se vuelve medio muerto: al proceder de esta manera, al final muere por completo y deja de ser miembro de Cristo”[6]

Arminio, fiel en sus enseñanzas a la Palabra de Dios, afirmó que la perseverancia en la fe es necesaria para la salvación final del creyente. Desafortunadamente, la falsa doctrina del “una vez salvo, siempre salvo”, haya perseverancia o no, continúa siendo predicada en muchos púlpitos alrededor del mundo. Y esto a pesar de que las Escrituras enseñan que la posesión de la vida eterna está condicionada a una actitud de confianza en la persona y fuente de eternidad y salvación, el Señor Jesucristo.

SÓLO EL QUE PERSEVERE SERÁ SALVO.

Pero los arminianos no somos los únicos en oponernos a dicha enseñanza antibíblica. Incluso el calvinista clásico está de acuerdo con el arminianismo en que la fe en el Señor Jesucristo debe continuar hasta el fin si uno va a experimentar la salvación en el mundo venidero. Por ejemplo, el autor reformado James White dice:

“Las maravillosas promesas que proporciona Cristo no son para aquellos que no creen verdadera y continuamente. La fe que salva es una fe viva, una fe que siempre mira a Cristo como Señor y Salvador… Muchos en nuestro mundo hoy…. enseñan esencialmente que una persona puede realizar un acto de creer en Cristo una vez, y después de esto, puede caer incluso en la incredulidad total y aun así supuestamente ser “salvado”… Cristo no salva a los hombres de esta manera. El verdadero cristiano es el que viene continuamente, siempre creyendo en Cristo. La verdadera fe cristiana es una fe continua, no un acto de una sola vez. Si uno desea estar eternamente saciado, una comida no es suficiente. Si deseamos festejar con el pan del cielo, debemos hacerlo toda nuestra vida. Nunca tendremos hambre o sed si siempre venimos y siempre creemos en Cristo”[7]

El teólogo wesleyano Daniel Whedon afirma también:

“Mientras cumpla la condición, siempre será el heredero de la salvación… Cuando deja de ser creyente, pierde todo reclamo de la promesa divina y todo interés en la vida eterna. Que una vez haya creído ya no le asegura el cielo”[8]

John Wesley, padre del metodismo, enseñó:

“¿Puede un hijo de Dios, entonces, ir al infierno? ¿O puede un hombre ser un hijo de Dios hoy, y un hijo del diablo mañana? Si Dios es nuestro Padre una vez, ¿no es Él nuestro Padre siempre? Respondo: (1) Un hijo de Dios, es decir, un verdadero creyente (porque el que cree ha nacido de Dios), mientras continúa siendo un verdadero creyente, no puede ir al infierno. Pero, (2) Si un creyente naufraga de la fe, ya no es un hijo de Dios. Y luego puede irse al infierno, sí, y ciertamente lo hará si continúa en la incredulidad. (3.) Si un creyente puede hacer naufragio de su fe, entonces un hombre que cree ahora, puede ser un incrédulo en algún momento; sí, muy posiblemente mañana; pero si es así, el que es un hijo de Dios hoy, puede ser un hijo del diablo mañana… (4) Dios es el Padre de los que creen, mientras ellos creen. Pero el diablo es el padre de los que no creen, ya sea que hayan creído una vez o no”[9]

Tanto White como Whedon, Arminio y Wesley entendieron correctamente que ningún autor bíblico garantiza la salvación final de uno, aparte de una fe viva. El apóstol Pedro está de acuerdo cuando dice a sus compañeros creyentes: “pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.” (1 Pedro 1: 9, NVI). Nótese que Pedro describe dicho proceso como algo continuo. No como un evento ocurrido en el pasado solamente.

El teólogo metodista Joseph Benson llega a la misma conclusión que Wesley y Arminio en su comentario sobre Mateo 10:22:

“Pero no se desanime ante la perspectiva de estas pruebas, porque el que persevera en la fe y la práctica del evangelio, y que soporta constantemente y con paciencia invencible estas persecuciones, (que mi gracia es suficiente para permitirles a todos hacer), serán salvadas por fin y eternamente de todo pecado y miseria, en el reino y la gloria de Dios.”[10]

Pero más allá de la opinión de cualquier teólogo, la Palabra de Dios afirma categóricamente:

Pero mi justo vivirá por la fe. Y, si se vuelve atrás, no será de mi agrado». Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás y acaban por perderse, sino de los que tienen fe y preservan su vida.(Hebreos 10: 38-39, NVI)

Mientras defendía el evangelio cristiano contra los legalistas gálatas, Pablo advirtió:

“Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley han roto con Cristo; han caído de la gracia.” (Gálatas 5:4, NVI).

Pablo afirma que los creyentes genuinos pueden llegar a caer de la gracia. El hecho de que alguien que estaba en Cristo aún pueda ser separado de Él seguramente no es popular en la cultura tolerante (o más bien permisiva) de hoy. La pregunta, sin embargo, no es si una idea es popular o no, sino si es verdadera o no. Pero en Gálatas 5: 4, la expresión “han roto con Cristo; han caído de la gracia” combina dos ideas: separación y el cese de una obra. Denota separación, partida, cese, finalización, inversión Hablando lógicamente, parece razonable concluir que si estoy separado de algo, primero debo haber estado conectado a él. Si un trabajo ha cesado, primero debe haber comenzado. Estas palabras desafiantes cayeron, no de los labios de algún teólogo moderno, herético, oscuro o parcial, sino de los labios del mismísimo apóstol Pablo, el paladín de la gracia.

Muchos de los doctores de la iglesia moderna, sin embargo, no pueden tolerar tales nociones “intolerantes” de Pablo. Creen que las acciones, elecciones o estilo de vida de uno nunca pueden separarnos de Cristo y de su gracia como lo enseñó Pablo.

CONCLUSIÓN.

Los arminianos creemos en la seguridad de la salvación para el cristiano como cualquier estudiante honesto de la Biblia. Las promesas de Cristo a sus ovejas son innegables y le conceden la seguridad y confianza necesarias a cada creyente. Jesús dijo claramente:

“Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano.” (Juan 10:27-28, NVI)

Los arminianos encontramos mucho consuelo en estas palabras de Cristo. Sin embargo, muchos “evangélicos”, defensores de la falsa enseñanza de “una vez salvos, siempre salvos” y su falsa “seguridad eterna del creyente”, citan a Jesús en este pasaje como si hubiera dicho: “Nunca perecerán si me siguen o no”. Pero Cristo jamás dijo tal cosa.

Aunque la seguridad de la salvación para los seguidores del Buen Pastor es bastante reconfortante. Sin embargo, dicha seguridad nunca debe aplicarse a los hipócritas que “Profesan conocer a Dios, pero con sus acciones lo niegan” (Tito 1:16, NVI). La seguridad cristiana pertenece a los cristianos, no a los hipócritas, ya que “el que practica el pecado es del diablo” (1 Juan 3:8, NVI).

En palabras de Ezequiel:

“Si el justo se aparta de la justicia y hace lo malo y practica los mismos actos repugnantes del malvado, ¿merece vivir? No, sino que morirá por causa de su infidelidad y de sus pecados, y no se recordará ninguna de sus obras justas. »Ustedes dicen: “El Señor es injusto”. Pero escucha, pueblo de Israel: ¿En qué soy injusto? ¿No son más bien ustedes los injustos? Cuando el justo se aparta de la justicia, cae en la maldad y muere, ¡pero muere por su maldad!” (Ezequiel 18:24-26, NVI).

La seguridad de Juan 10:27-28 se aplica solo a aquellos que siguen a Cristo, como lo indica claramente el texto. Solo los fieles serán salvos: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.” (Apocalipsis 2:10, NVI).

REFERENCIAS:

[1] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 93-94.

[2] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 80.

[3] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 81.

[4] Charles F. Stanley (2014). Seguridad eterna: ¿puedes estar seguro?, Grupo Nelson, pp. 82.

[5] Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto (RAE).

[6] Jacobo Arminio, Obras, 3:470.

[7] James R. White (2013), Drawn by the Father, Reformation Press, pp. 19-20.

[8] Daniel Whedon, Daniel Whedon’s Commentary on the New Testament (2012), GraceWorks Multimedia, 2:288.

[9] John Wesley, Works, 10:297-98.

[10] Joseph Benson, Joseph Benson’s Commentary of the Old and New Testaments, (1854), Carlton & Phillips, 4:99.

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Libre Albedrío

Soberanía de Dios y Libre Albedrío.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Uno de los atributos de Dios que es común en todas las teologías cristianas ortodoxas es su omnisciencia. Dios lo sabe todo, no solo el presente y el pasado, sino también el futuro. Dios sabía antes de comenzar a crear el universo exactamente cada cosa que nosotros haríamos durante nuestra vida. Pero ¿cómo sabe un futuro que aún no ha sucedido? Tres alternativas merecen ser consideradas:

  • El Calvinismo cree que Dios conoce el futuro porque él lo decretó. El determinismo es inherente a la soberanía de Dios según el calvinismo; el pensamiento de que nada sucede aparte de la dirección específica de Dios. Entonces, porque Dios ha determinado el futuro, él puede saberlo.
  • El Arminianismo cree que Dios conoce el futuro porque es trascendente, está fuera del tiempo y puede ver el pasado, el presente y el futuro sin impactarlo necesariamente. Mientras que los arminianos sí creen que la mayor parte del futuro está decretado por Dios, sí dejan espacio para las acciones de libre albedrío de la humanidad, sin que Dios viole la libertad que le ha dado a sus criaturas. Dios sabe todas las opciones posibles que podríamos tomar, así como la que realmente tomaremos, y planea en consecuencia.
  • El Teísmo Abierto enseña que Dios no conoce el futuro de manera exhaustiva, que Dios no puede saber qué decisiones tomará la humanidad en el futuro y tiene que esperar hasta que actúen antes de conocer la acción. Esta es una enseñanza herética que limita la omnisciencia de Dios y lo hace amigable en su trato con la humanidad. Esto a veces se identifica como arminianismo, pero no lo es.

EL PROBLEMA CON EL DETERMINISMO.

La doctrina calvinista de la soberanía divina implica el determinismo. Nada sucede en toda la creación aparte del decreto de Dios. Cada evento en el mundo natural, así como cada acción del hombre, sucede en la dirección de Dios. Entonces, ¿dónde encaja el libre albedrío humano en esto? Los calvinistas abogan por lo que llaman el libre albedrío compatibilista, o el libre albedrío que es compatible con el determinismo. Dicha doctrina afirma que Dios nos ha hecho de tal manera que libremente elegimos hacer lo que él quiere que haga. Sin embargo, puesto que no podemos elegir de otra manera, esto no parece ser libre albedrío. Juan Calvino sentó su postura determinista con total claridad:

“Entonces digo que, aunque todas las cosas están ordenadas por el consejo y cierto acuerdo de Dios, para nosotros, sin embargo, son fortuitas, no porque imaginemos que la Fortuna gobierna el mundo y la humanidad, y da vuelta todas las cosas al azar ( lejos sea un pensamiento tan cruel de todo seno cristiano); pero como el orden, el método, el fin y la necesidad de los eventos están, en su mayor parte, ocultos en el consejo de Dios, aunque es cierto que son producidos por la voluntad de Dios, tienen la apariencia de ser fortuitos. tal es la forma en que se presentan ante nosotros, ya sea que se consideren en su propia naturaleza o se estimen de acuerdo con nuestro conocimiento y juicio. Supongamos, por ejemplo, que un comerciante, después de entrar en un bosque en compañía de personas dignas de confianza, se desvía imprudentemente de sus compañeros y se pasea desconcertado hasta que cae en una cueva de ladrones y es asesinado. Su muerte no solo fue prevista por el ojo de Dios, sino que fue fijada por su decreto.[1]

En el calvinismo, debido a que Dios determina específicamente todo lo que sucederá, se deduce, lógicamente, que Dios también es responsable de todo, incluido el pecado. La mayoría de los calvinistas tratan de distanciarse del pensamiento de que Dios causa el pecado, pero es una consecuencia ineludible del determinismo. Para escapar de tal contradicción en el carácter de Dios, el calvinismo afirma que el hombre es totalmente depravado e incapaz de hacer ningún bien aparte de la gracia de Dios. Así pues, Dios no obliga a las personas a pecar, pero sí les quita su gracia para que sean incapaces de obedecer a Dios. Por lo tanto, la responsabilidad por su pecado es solo de ellos y no de Dios. Pero tal razonamiento no deja de ser un mero sofisma. Por eso, algunos calvinistas, simplemente admiten que Dios es el autor del pecado. Por ejemplo, el teólogo calvinista Vincent Cheung afirma:

“Dios controla todo lo que existe y todo lo que sucede. No existe ni existirá una cosa que no haya decretado y causado, ni siquiera un solo pensamiento en la mente del hombre. Como esto es cierto, se deduce que Dios ha decretado y causado la existencia del mal. No solo lo ha permitido, porque nada puede originarse o suceder aparte de su voluntad y poder. Como ninguna criatura puede tomar decisiones libres o independientes, el mal nunca podría haber comenzado a menos que Dios lo haya decretado y lo haya causado, y no puede continuar por un momento más sin la voluntad de Dios para que continúe o sin el poder de Dios haciendo que continúe “.[2]

Quizás la cuestión más importante en relación con el determinismo es la visión calvinista de la predestinación. En este punto de vista, Dios predispuso a algunos para la salvación y el resto fue predestinado a la condenación. La preordenación de Dios de sus elegidos no se basa en nada que ellos puedan hacer. Más bien, Dios, en su divina sabiduría y sus formas inescrutables, simplemente los eligió. A cualquier observador imparcial le será difícil ver esto como otra cosa que no sea Dios creando arbitrariamente personas con el propósito expreso de condenarlos al infierno simplemente porque no los eligió, responsabilizándolos de algo que eran incapaces de alcanzar por sí mismos, y que él podría darles y, sin embargo, optó por retenerlo de ellos. Si el calvinismo fuese cierto, Dios no podría ser visto más que como un maestro titiritero que tira de las cuerdas de la humanidad. En tal caso, Dios sería responsable de todo lo que sucede en la creación, incluyendo el pecado y el mal. Por consiguiente, sería difícil, por no decir imposible, ver a Dios como un ser amoroso y misericordioso.

LIBRE ALBEDRÍO COMPATIBILISTA Y LIBRE ALBEDRÍO LIBERTARIO.

El Arminianismo rechaza la interpretación calvinista de la soberanía divina ya que contradice el carácter de Dios. ¿Cómo reconciliar la idea de un Dios santo, justo y amoroso con uno que es el autor del pecado y que hace responsable a la humanidad de algo que no puede evitar? El libre albedrío humano, en lugar de estar en el centro del arminianismo, es una forma de transferir la responsabilidad por el pecado de Dios a la humanidad. Debido a que la humanidad es responsable de su propio pecado, Dios puede castigar correctamente el pecado sin dañar su santidad.

Contrariamente a la opinión popular en los círculos calvinistas, el arminianismo tiene una visión elevada de la soberanía de Dios, en algunos aspectos incluso más alta que la de los mismos calvinistas. Para el arminiano, la soberanía de Dios significa que nada sucede en el universo que Dios no permita. De hecho, mucho de lo que sucede, si no la mayoría, está decretado por Dios. Pero sí creemos que Dios le ha dado al hombre un libre albedrío limitado, aunque corrompido en la caída, que puede tomar decisiones reales. Si bien nuestra depravación nos impide elegir creer en Cristo, podemos elegir libremente el color de la camisa que usaremos, lo que cenaremos, a dónde iremos de vacaciones o con quién nos casaremos. Sin embargo, sin importar las elecciones que hagamos, Dios las conoció antes de la creación y trabaja a través de ellas para cumplir su propósito en la creación. Para el arminiano, Dios permite el pecado, pero no lo decreta. Pero aun cuando Dios permite el pecado, él lo usa para cumplir su propósito. Dios también previene el mal gratuito si el bien no puede salir de él.

Los arminianos también reconocemos cierta forma de predestinación. Pero en lugar de la preordenación por razones arbitrarias, creemos que Dios predestina basándose en su conocimiento previo de quién responderá a su oferta de gracia. Todos los que se someten a ella están predestinados a conformarse a la imagen de Cristo. Aquellos que se resisten a su gracia se enfrentan a la condenación, no porque Dios quiera que sean condenados, sino porque eligieron rechazar la oferta de salvación de Dios.

En contraste con el Libre Albedrío Compatibilista del calvinismo, los arminianos sostenemos el Libre Albedrío Libertario, o voluntad que está libre de determinismo. El libre albedrío humano es totalmente depravado y totalmente incapaz de hacer cualquier cosa que sea agradable a Dios. Aparte de la obra de la gracia de Dios, no puedo complacerlo. Pero Dios nos da a cada uno de nosotros una medida de gracia que nos permitirá hacer el bien. Debido a esta “gracia común”, podemos ser justamente responsables de nuestro pecado. Si bien somos totalmente corruptos, la gracia de Dios nos permite tomar buenas decisiones morales, por lo que no tenemos excusa.

Mientras que la visión calvinista de la soberanía es “soberanía por mandato”, donde Dios es como un maestro titiritero que tira de todas las cuerdas y hace que todo y todos bailen a su tono, la visión arminiana es más bien la de un “director soberano”; Dios es como un director de orquesta que trabaja para mezclar la música de cada uno de los músicos en su visión. Cada miembro de la orquesta es independiente y aporta sus propias notas. Pero el conductor tiene un plan en el que está trabajando y trabaja para reunir todas las partes dispares en un magnífico conjunto. Pero mientras el conductor humano no tiene éxito garantizado, Dios no fallará, su plan tendrá éxito.

¿ENSEÑA LA BIBLIA QUE DIOS NOS HA DADO LIBRE ALBEDRÍO?

El libre albedrío humano es totalmente depravado y totalmente incapaz de hacer cualquier cosa que sea agradable a Dios. Jacobo Arminio enseñó:

“En este estado, el libre albedrío del hombre hacia el bien verdadero no solo está herido, mutilado, enfermo, torcido y debilitado; sino también está encarcelado, destruido y perdido. Y sus poderes no solo son debilitados e inútiles a menos que sean asistidos por la gracia, sino que no tienen ningún poder, excepto los que están excitados por la gracia divina. Porque Cristo ha dicho: Separados de mí, nada podéis hacer.”[3]

Desde la creación del hombre, Dios le concedió a este la libertad de escoger por su cuenta, sin compulsión alguna por parte de Dios:

 “y le dio este mandato: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer. El día que de él comas, ciertamente morirás».” (Génesis 2:16-17, NVI)

Después de la caída el albedrío del hombre quedó mutilado, destruido y perdido, pero esto no significa que ya no exista:

“El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.” (2 Pedro 3:9, NVI). Si Dios predetermina las decisiones humanas ¿Por qué esperar y tener paciencia? ¿No podría simplemente “programar” la respuesta esperada? Además, ¿Cómo puede decir que no quiere que nadie perezca si ha predestinado a algunos para condenación?

“Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor.” (Gálatas 5:13, NVI). ¿A qué libertad hemos sido llamados si nuestros actos están todos predeterminados?

“El que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios reconocerá si mi enseñanza proviene de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta.” (Juan 7:17, NVI). Para poder estar dispuestos a hacer la voluntad de Dios por necesidad se requiere poseer libre albedrío; de lo contrario no sería disposición, sino compulsión.

Josué dejó en claro que podemos elegir servir a Dios o no. Nadie es obligado a servir a Dios, pues él no manipula a nadie como si de un maestro titiritero se tratara:

“Pero, si a ustedes les parece mal servir al Señor, elijan ustedes mismos a quiénes van a servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Éufrates, o a los dioses de los amorreos, en cuya tierra ustedes ahora habitan. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor».” (Josué 24:15, NVI)

Cristo mismo ha expresado su voluntad de respetar el albedrío del hombre:

“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20, NVI)

La posibilidad de rebelarse e ir en contra del decreto de Dios es la base para ser condenados. Si dicha posibilidad nos fuese negada y Dios decretara cada uno de nuestros actos, incluso los pecaminosos, la culpa de nuestra supuesta rebeldía sería de Dios, no nuestra. Pablo enseñó que rebelarnos contra lo que Dios ha instituido es posible:

“Por lo tanto, todo el que se opone a la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido. Los que así proceden recibirán castigo.” (Romanos 13:2, NVI)

El ser humano es capaz de elegir entre lo bueno y lo malo. Por tal razón Dios lo hace moralmente responsable de sus actos:

“Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir.” (1 Corintios 10:13, NVI)

A través de su gracia, Dios libera el albedrío del hombre, dándole libertad de elegir entregarse a Él o rechazar su gracia:

“Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” (Juan 1:12-13, NVI)

Aún Moisés habló de Dios concediéndole al hombre la libertad de elegir sin que fuese Dios quien lo predeterminara:

“Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes. Ama al Señor tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo en el territorio que juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.” (Deuteronomio 30:19-20, NVI)

El libre albedrío jamás le ha sido negado por Dios al hombre. De lo contrario, Dios sería injusto si lo condenara por hacer algo que no podía evitar hacer:

“Por tanto, a cada uno de ustedes, los israelitas, los juzgaré según su conducta. Lo afirma el Señor omnipotente. Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina. Arrojen de una vez por todas las maldades que cometieron contra mí, y háganse de un corazón y de un espíritu nuevos. ¿Por qué habrás de morir, pueblo de Israel? Yo no quiero la muerte de nadie. ¡Conviértanse, y vivirán! Lo afirma el Señor omnipotente.” (Ezequiel 18:30-32, NVI)

CONCLUSIÓN.

Muchos se cuestionan el por qué un Dios soberano le concedería a la humanidad la capacidad de tomar decisiones libres en lugar de dirigir todos sus asuntos. La respuesta dicha pregunta está relacionada con su propósito en la creación. ¿Para qué creó Dios el universo? Una de sus razones fue para producir la iglesia. La mejor prueba de esto es que, cuando el propósito para el universo se cumpla, el siguiente paso es la destrucción de la creación actual y la producción de una nueva que habitaremos (2 Pedro 3:3-13; Apocalipsis 21:1). Ahora bien, Dios está usando la creación actual como un lugar, no solo para producir la iglesia, sino también para desarrollarla para lo que está por venir. El desarrollo de nuestro carácter ahora es importante, y para ello lo mejor es permitirnos tomar decisiones, incluidos los errores. En cierto modo, ahora somos como niños, y lo que seremos en la vida venidera aún nos está oculto, pero Dios nos ha creado para un propósito especial, y como un Padre amoroso nos guía en el camino. Y qué mejor manera de moldearnos que permitiéndonos tomar decisiones en lugar de solo programarlas.

Nada de lo que ha sucedido en la historia del universo fue una sorpresa para Dios. Antes de crearnos, sabía que rechazaríamos su señorío y seguiríamos nuestro propio camino. Su plan de redención no fue un intento de recuperarnos después de frustrar su plan; fue el plan desde el principio (1 Pedro 1: 18-20). Dios quiere a aquellos que le responderán con fe (Hebreos 11: 6), no porque deban hacerlo. Por nuestra cuenta, somos incapaces de responder con fe, pero la gracia de Dios permite a la humanidad someterse a Dios o continuar resistiéndolo. Es por la fe, habilitada por la gracia, que podemos entrar en una relación con Dios que continuará por el resto de la eternidad. Dios creó a la humanidad con libre albedrío por una razón; Él quiere que elijamos libremente servirle y amarlo, así como desarrollarnos en la madurez. Y el ejercicio de nuestras voluntades ahora, a medida que nos desarrollamos, nos está preparando para la eternidad y su tarea para nosotros allí.

REFERENCIAS:

[1] John Calvin, Institutes of Christian Religion 1.16.9.

[2] Vincent Cheung: The Problem of Evil, God’s Sovereignty

[3] Jacob Arminius, Public Disputation 11 On the Free Will of Man and Its Powers.

 

Continuismo, Pentecostalismo Clásico, Sin categoría, Vida Espiritual

Si Dios no ha dicho nada ¡Cállate!

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Puede Dios darle a alguien un mensaje para otra persona? ¡Desde luego! ¿Le revela Dios la verdad a alguien de una manera sobrenatural y le permite dar ese mensaje a otros? ¡Desde luego! Sin embargo, debemos ser cuidadosos al respecto para evitar ser engañados por estafadores, falsos profetas y espíritus de demonios.

Los dones proféticos siguen vigentes en nuestra época tal como lo estuvieron en el primer siglo de la Era Cristiana. ¿Cómo? ¿Acaso había profetas en el Nuevo Testamento? ¡Sí! Contrario a lo que muchos piensan, sí había profetas en la iglesia primitiva. El ministerio profético no estuvo limitado al Antiguo Pacto. El Nuevo Testamento relata sin problema alguno la existencia de profetas en tiempos apostólicos. Dichos profetas proclamaban un mensaje de parte del Señor para los creyentes del primer siglo:

“Por aquel tiempo unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, se puso de pie y predijo por medio del Espíritu que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo cual sucedió durante el reinado de Claudio.” (Hechos 11:27-28, NVI)

“Llevábamos allí varios días cuando bajó de Judea un profeta llamado Ágabo. Este vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató con él de pies y manos, y dijo: —Así dice el Espíritu Santo: “De esta manera atarán los judíos de Jerusalén al dueño de este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles”. (Hechos 21:10-11, NVI)

A veces el mensaje de un profeta era revelador, pues contenía una nueva revelación y verdad de Dios (2 Corintios 12:1-4); otras veces su mesaje era de carácter profético (Hechos 11:28, 21:10).

¿CONTINÚAN VIGENTES LOS DONES PROFÉTICOS EN NUESTRA ÉPOCA?

La necesidad del ministerio profético en la iglesia primitiva era incuestionable. Los cristianos primitivos no tenían la Biblia completa, y algunos de ellos no tuvieron acceso a ninguno de los libros del Nuevo Testamento. Los profetas del Nuevo Testamento suplieron la carencia, proclamando el mensaje de Dios a las personas que no tenían acceso a éste de otro modo. Así que, el Señor envió a profetas a su pueblo para proclamar la Palabra de Dios. Sin embargo, a pesar de lo anterior, tanto nuestro Señor Jesucristo como sus apóstoles advirtieron a la iglesia en contra los falsos apóstoles y falsos profetas que intentarían introducirse en la misma y desviar la fe de muchos:

“Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces.” (Mateo 7:15, NVI)

“Tales individuos son falsos apóstoles, obreros estafadores, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, ya que Satanás mismo se disfraza de ángel de luz. Por eso no es de sorprenderse que sus servidores se disfracen de servidores de la justicia. Su fin corresponderá con lo que merecen sus acciones.” (2 Corintios 11:13-15, NVI)

“En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató. Esto les traerá una pronta destrucción. Muchos los seguirán en sus prácticas vergonzosas, y por causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Llevados por la avaricia, estos maestros los explotarán a ustedes con palabras engañosas. Desde hace mucho tiempo su condenación está preparada y su destrucción los acecha.” (2 Pedro 2:1-3, NVI)

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.” (1 Juan 4:1, NVI)

A diferencia de la iglesia primitiva, nosotros sí tenemos la completa revelación de Dios en la Biblia. Ninguna verdad nueva puede ser añadida. La Biblia es nuestra regla suficiente de fe y conducta. Los creyentes pentecostales de sana doctrina creemos que “las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios para el hombre, la regla infalible y autoritaria de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21”.[1]

Cuando una persona afirma estar hablando de parte de Dios (la esencia de la profecía), la clave es comparar lo que él o ella dicen con lo que dice la Biblia. Cuando Dios habla en la actualidad a través de una persona, el mensaje concuerda completamente con lo que Dios ya ha dicho en la Biblia. Dios no se contradice. 1 Juan 4:1 nos manda poner a prueba todo mensaje profético, lo cual nos muestra que, a diferencia de la Biblia, estos son falibles. 1 Tesalonicenses 5:20-21 declara: “no desprecien las profecías, sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:20-21, NVI). La profecía no debe ser despreciada, pero siempre debe ser probada. Entonces, ya sea una “palabra del Señor” o una supuesta profecía, nuestra respuesta debe ser la misma: Debemos comparar lo dicho por el supuesto profeta o mensajero con lo que dice la Palabra de Dios. Si contradice la Biblia, debemos desechar al profeta y su mensaje. Si concuerda con la Biblia, debemos pedir sabiduría y discernimiento para saber cómo aplicar el mensaje (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:5).

EL PELIGRO DE HABLAR FALSAMENTE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR.

Aunque los pentecostales y carismáticos creemos que Dios puede hablar, y continúa hablando a su pueblo a través de genuina profecía, debemos reconocer que muchos abusos son cometidos bajo el pretexto de que “Dios lo dijo”. En nuestro contexto actual, expresiones como «Dios me dijo» o «siento de parte de Dios» se usan de forma abusiva, manipuladora y hasta blasfema, para expresar en realidad lo que nosotros humanamente, cuando no carnalmente, sentimos y deseamos. A menudo, Dios nada tiene que ver con esto, pero muchos creen que, usando el nombre de Dios, sus opiniones particulares gozarán de mayor autoridad o serán más escuchadas. Pocas cosas están haciendo más daño a la verdadera fe cristiana que el uso indiscriminado, blasfemo y abusivo de estas expresiones. Sin embargo, esta práctica tan recurrente en nuestros tiempos no es nada novedosa. En realidad, fue frecuentemente condenada en las Escrituras hebreas.

Moisés advirtió al pueblo hebreo:

“Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre y diga algo que yo no le haya mandado decir morirá. La misma suerte correrá el profeta que hable en nombre de otros dioses.” (Deuteronomio 18:20, NVI)

Advertencias del mismo tipo fueron hechas también por los profetas Ezequiel e Isaías:

“Hijo de hombre, denuncia a los profetas de Israel que hacen vaticinios según sus propios delirios, y diles que escuchen la palabra del Señor. Así dice el Señor omnipotente: “¡Ay de los profetas insensatos que, sin haber recibido ninguna visión, siguen su propia inspiración!” (Ezequiel 13:2-3, NVI)

“Sus visiones son falsas, y mentirosas sus adivinaciones. Dicen: ‘Lo afirma el Señor’, pero el Señor no los ha enviado; sin embargo, ellos esperan que se cumpla lo que profetizan. ¿Acaso no son falsas sus visiones, y mentirosas sus adivinaciones, cuando dicen: ‘Lo afirma el Señor’, sin que yo haya hablado?” (Ezequiel 13:6-7, NVI)

“¡Busquen las instrucciones y las enseñanzas de Dios! Quienes contradicen su palabra están en completa oscuridad.” (Isaías 8:20, NTV)

“Yo, el Dios de Israel, les digo: si un profeta tiene un sueño, que lo cuente; si recibe un mensaje de mi parte, que lo comunique al pie de la letra. ¡Pero que se dejen de cuentos! Estoy cansado de sus mentiras. ¡Y todavía se atreven a decir que hablan de mi parte! Estoy en contra de esos profetas que dicen haber recibido mensajes de mi parte, pero yo no les he comunicado nada. Esa clase de mentiras no le hace ningún bien a mi pueblo; al contrario, lo conducen al error. Mi palabra es tan poderosa como el fuego, y tan dura como un martillo; ¡hasta puede hacer pedazos una roca! Les aseguro que así es.” (Jeremías 23:28-32, TLA)

AFERRÉMONOS A LA PALABRA, DESECHEMOS LA FALSA PROFECÍA.

Lo que normalmente hay detrás de la expresión «Dios me dijo», empleada por muchos pastores y pseudoprofetas modernos, es una desviación de la única fuente de revelación firme y segura, “la firmísima palabra de los profetas, a la que ustedes harán bien en atender como a lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el astro matinal amanezca en sus corazones.” (2 Pedro 1:19, BLPH), y que no es otra que la Sagrada Escritura.

A los pentecostales modernos nos haría mucho bien seguir el consejo paulino de «no ir más allá de lo que está escrito» (1 Corintios 4:6, NVI). De hecho, este fue el ejemplo que nos dio el Señor Jesús, quien constantemente citaba las Escrituras como la autoridad final e infalible: «Escrito está» (Mateo 4:4, 4:6-7) o «¿No está escrito […]? (y la Escritura no puede ser quebrantada)» (Juan 10:34-35). Por supuesto que Dios sigue hablando actualmente, pero esto lo hace principalmente a través de su Palabra (Hebreos 1:1) y puede hacernos sentir impulsos internos, deseos y emociones (Filipenses 2:13), pero evitemos a toda costa recurrir a estas peligrosas expresiones usadas a menudo en las sectas religiosas. Hablar en nombre de Dios cuando Él no ha hablado es un grave pecado que no quedará impune. ¿Qué tal si nos aferramos menos al «Dios me dijo» y nos apegamos más al «Escrito está»?

No lo olvidemos:

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20, RVR1960).

¡Solo la Escritura! Esto no significa otra cosa que, en cuestiones de fe, salvación, práctica y vida cristiana, solo la Biblia, como revelación divina, constituye la norma suprema, la última instancia para el cristiano y la Iglesia. Prestemos más atención a la segura Palabra de Dios y menos a las impresiones humanas falibles. Los pentecostales y carismáticos debemos evitar caer en el error de las sectas.

REFERENCIAS:

[1] Artículo 1, Declaración de verdades fundamentales. Véase “Las 16 verdades fundamentales de las Asambleas de Dios”. Disponible en: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Statement-of-Fundamental-Truths#1, consultado el 10/03/2019.

Arminianismo Clásico, GRACIA DIVINA

Por su Gracia, para su Gloria…

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, la palabra evangelio deriva del latín Evangelium y éste del griego “Euaggélion”, y significa literalmente “buen anuncio”, “buena noticia”.[1] Era utilizada cuando un mensajero traía una buena noticia de otros lugares. La Biblia la utiliza haciendo resaltar este significado, y la buena noticia se refiere a la obra del Señor Jesucristo en la cruz del Calvario y se resume en las siguientes palabras dichas por Jesucristo y escritas por el apóstol Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16, NVI)

Dios ama a todos en todo el mundo y ha otorgado a su Hijo como una expiación para todos nosotros, aunque los beneficios de la expiación solo corresponden y se aplican a aquellos que creen. Pero la humanidad es una raza caída y espiritualmente muerta; totalmente depravada e incapaz de entender, reconocer o hacer cualquier movimiento para aceptar los beneficios de la expiación. Entonces, ya que somos incapaces de dar el primer paso hacia Dios, él toma la iniciativa y nos permite responder a su oferta de salvación. Y la clave para esto es la gracia. Pero ¿Qué es la gracia?

¿QUÉ ES LA GRACIA?

La gracia se define como “el favor mostrado por Dios a los pecadores. Es la buena voluntad divina ofrecida a aquellos que ni merecen ni pueden esperar ganarla. Es la disposición divina para trabajar en nuestros corazones, voluntades y acciones, a fin de comunicar activamente el amor de Dios por la humanidad”.[2] La gracia no es una entidad u objeto. Es una característica definitoria de la relación de Dios con nosotros. Es solo por la gracia de Dios, su disposición favorable hacia nosotros, que podemos someternos a Dios y vivir para él. Es a través de su gracia, o favor especial, que Dios impacta nuestras vidas de diferentes maneras. La gracia de Dios nos capacita para creer. Nos permite ser salvos. Nos permite vivir vidas santas y piadosas. Nos permite servir dentro de su iglesia. La gracia de Dios nos permite ser lo que nunca podríamos ser por nuestra cuenta.

TODO COMIENZA EN DIOS.

Pocos, como Pablo, entendieron y explicaron tan claramente el maravilloso regalo de la gracia. En Romanos 10:20, Pablo cita a Isaías donde Dios dice: “«Dejé que me hallaran los que no me buscaban; me di a conocer a los que no preguntaban por mí»”. (Romanos 10:20, NVI). Claramente, no es debido a los esfuerzos del hombre que podemos encontrar a Dios. Podríamos buscar, pero por nuestra cuenta no encontraríamos a Dios jamás. Es encontrado por aquellos que no lo buscan y se revela a aquellos que no preguntan por Él. Dios inicia el contacto. Aparte de su iniciativa salvadora, estamos indefensos. Esto es gracia preveniente.

En Juan 6:44, Jesús dice: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió.” (Juan 6:44, NVI). Y él expresa el mismo pensamiento poco después en Juan 6:65 cuando dice: “Por esto les dije que nadie puede venir a mí, a menos que se lo haya concedido el Padre.” (Juan 6:65, NVI). El acercamiento de las personas a Cristo es el resultado de la gracia de Dios hacia nosotros y es lo que los arminianos entendemos como gracia previniente o habilitante. Sin dicha habilitación o capacidad, concedida por Dios al hombre, somos incapaces de venir a Cristo. Esto contrasta con el semipelagianismo que enseña que doy el paso inicial hacia Dios, y luego Dios se hace cargo y hace todo lo demás. El ser humano es incapaz de dar el paso inicial. Solo después de que Dios me lo haya permitido, por su gracia, puedo responder positivamente a su invitación.

GRACIA DISPONIBLE PARA TODOS.

En Juan 12:32, Jesús dice: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por medio de su muerte vicaria Jesús atraería a todas las personas hacia sí mismo. Jesús no solo dio su vida por un grupo de personas arbitrariamente elegidas o predestinadas, sino por todos los hombres. Él deseaba atraer a sí mismo a todos en el mundo. En Juan 16: 8-11, Jesús dice del Espíritu Santo que “cuando él venga, convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio; en cuanto al pecado, porque no creen en mí; en cuanto a la justicia, porque voy al Padre y ustedes ya no podrán verme; y en cuanto al juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado.”. (Juan 16:8-11, NVI). El Espíritu Santo nos lleva a la convicción del pecado, a nuestra falta de rectitud, y al conocimiento del juicio que vendrá a causa de nuestro pecado. Eso es algo que en nuestro estado depravado natural no podríamos experimentar. La convicción de pecado y el juicio venidero no se hace solo para atormentarnos. El Espíritu Santo, al mismo tiempo que trae convicción, también nos permite responder. Nos hace libres para creer.

Cada miembro de la Trinidad está involucrado en habilitarnos o capacitarnos para responder a la gracia. Dios ama a todo el mundo al punto que envió a su Hijo a salvarnos (Juan 3:16) y tampoco desea que nadie perezca (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Puesto que Dios sabe que somos incapaces por nosotros mismos, él hace, a través de su Santo Espíritu, lo que es necesario para permitirnos ser salvos.

LIBRES PARA ACEPTAR O RECHAZAR LA DÁDIVA.

Mas, sin embargo, la obra de la gracia en nosotros puede ser, y a menudo es, resistida. podemos elegir no someternos a Dios y continuar en nuestro estado pecaminoso y caído. Podemos resistir a Dios, no porque seamos más fuertes que él, sino porque él, en su soberanía, nos lo permite. La invitación a participar de su gracia puede ser rechazada, pues Dios no obligará a nadie a salvarse en contra de su voluntad. Dios mismo predeterminó que así fuera. Dios quiere que todos sean salvos, y aunque conoce de antemano a los que creerán, su gracia es dada a todos para permitirles la posibilidad de creer. De esta manera, el hombre es inexcusable si elige rechazar el regalo de la gracia divina.

En Hechos 7:51 cuando Esteban se enfrenta a los líderes religiosos judíos. Él les dice “¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos! Ustedes son iguales que sus antepasados: ¡Siempre resisten al Espíritu Santo!”. (Hechos 7:51, NVI). Claramente, el pueblo judío pudo resistir las intenciones del Espíritu Santo para ellos. A lo largo de la historia de Israel, vemos que Dios llama a la gente, y la gente casi siempre se resiste a él.

En Mateo 22: 1-14, Jesús cuenta la parábola del banquete de bodas. En esta parábola hay un número de personas invitadas al banquete; de hecho, todos fueron invitados en última instancia. Pero no todos pudieron disfrutar del banquete; muchos se resistieron a la convocatoria y se negaron a venir, o vinieron de manera inapropiada. Al final de la parábola, Jesús dice que “Porque muchos son los invitados, pero pocos los escogidos”. Esta parábola parece claramente enseñar que hay más invitados al reino de los que realmente participan de él en última instancia. La invitación de Dios a la salvación es resistible.

Algunos argumentarán que, si la gracia de Dios es resistible, esta es degradada o disminuida, o que simplemente no es tan poderosa. Eso sería cierto si Dios intentara imponernos su voluntad. Pero si Dios quiere permitirnos hacer una elección, entonces su gracia debe ser resistible. No porque sea débil, sino porque Dios, en su voluntad soberana e infinita sabiduría, ha elegido hacerlo así. De hecho, según el punto de vista arminiano, la gracia de Dios se magnifica porque se extiende a todas las personas en lugar de limitarse a solo unas pocas.

LA PREDICACIÓN DE LA PALABRA, LA FE Y LA GRACIA.

La gracia preveniente, esa gracia que nos libera para creer, se otorga a los oyentes cuando se proclama el evangelio: “Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado?” (Romanos 10:14). Romanos 10:17 dice que “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Romanos 10:14, NVI). Sin escuchar el mensaje no puede haber fe. Y sin fe, es imposible que la gracia sea aplicada al ser humano.

La Escritura es clara en que la fe es un elemento esencial, como se expresa repetidamente en Romanos 3:21-31 “Pero ahora, sin la mediación de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, de la que dan testimonio la ley y los profetas. Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen. De hecho, no hay distinción, pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó. Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia. Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál principio? ¿Por el de la observancia de la ley? No, sino por el de la fe. Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige. ¿Es acaso Dios solo Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también es Dios de los gentiles, pues no hay más que un solo Dios. Él justificará por la fe a los que están circuncidados y, mediante esa misma fe, a los que no lo están. ¿Quiere decir que anulamos la ley con la fe? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley.” (Romanos 3:21-31, NVI).

Es difícil leer este pasaje y no ver el énfasis que Pablo pone en la fe. Ahora bien, ejercer fe no implica obra meritoria alguna de nuestra parte. Romanos 4: 5 afirma que “al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia” (Romanos 4:5, NVI). Por lo tanto, la fe no es un “trabajo” de mi parte; más bien es una rendición.

LA SALVACIÓN ES DEL SEÑOR.

El mérito de nuestra salvación, de principio a fin, reside en Dios, no en el ser humano. Dios permite la fe en mí. Su gracia preventiva libera mi voluntad para poder aceptar la salvación de Dios o rechazarla. Soy capaz de ejercer la verdadera fe debido a la gracia de Dios trabajando dentro de mí.

Esto no roba gloria y mérito alguno a Dios, sino todo lo contrario, pues si un hombre rico concede a un pobre y hambriento mendigo una limosna mediante la cual puede mantenerse a sí mismo y a su familia. ¿Deja de ser un regalo puro, porque el mendigo extiende su mano para recibirlo? El hombre rico da limosna a un mendigo y el mendigo los acepta. El regalo es únicamente el trabajo del hombre rico. De la misma manera, el don de la salvación (incluida la voluntad liberada que permite la fe) es totalmente obra de Dios, y toda la gloria le pertenece solo a él. Y, así como el mendigo pudo haber rechazado el regalo del hombre rico, así nuestra gracia liberada nos permite rechazar el regalo de Dios. La fe es un don de Dios, pero es una fe libre y nadie está obligado a creer. Mas para aquel que cree, el mensaje del Evangelio resuena en su alma como las buenas nuevas de salvación que proclama ser.

ESTAS SON BUENAS NOTICIAS.

Si la salvación dependiera de nosotros, si nuestras obras tuvieran que ganarla, no solo sería difícil sino imposible obtenerla. Si nuestra salvación dependiera de nuestras obras y mérito propio el Evangelio no sería una buena noticia en ninguna manera. Afortunadamente, somos justificados por la fe sola. Salvos por gracia sin mérito alguno de nuestra parte ¡Estas son buenas noticias! De principio a fin Dios es el autor de nuestra salvación. La gracia trabaja delante de nosotros para atraernos hacia la fe, para comenzar su trabajo en nosotros. Incluso la primera frágil intuición de la convicción de pecado, la primera insinuación de nuestra necesidad de Dios, aún eso es producto de la gracia, que nos empuja gradualmente hacia el deseo de agradar a Dios.[3] La gracia opera en nuestro interior, llevándonos a la fe, produciendo en nosotros el deseo de buscar a Dios y, al haberle hallado (o más bien siendo hallados por él), dándonos la capacidad para perseverar hasta el fin “pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). Es su gracia la que nos conduce a él, llevándonos a tiempo para desesperarnos por nuestra propia injusticia, desafiando nuestras disposiciones perversas, para que nuestras voluntades distorsionadas dejen de resistir gradualmente la gracia de Dios. Tu salvación, en ninguna de sus partes, jamás ha dependido, depende o dependerá de ti mismo:

“Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.” (Judas 1:24-25, RVR1960)

Todo fue consumado por Cristo sin ayuda de nuestra parte ¿Puedes imaginar noticia más grandiosa que esta?

REFERENCIAS:

[1] Véase: Diccionario de la Lengua Española, RAE. Versión electrónica disponible en: https://dle.rae.es/?id=H8e86e9, consultado el 08-03-2019.

[2] Oden, Thomas C., The Transforming Power of Grace, Abingdon Press, 1993; pg. 33.

[3] Thomas C. Oden, John Wesley’s Scriptural Christianity (Grand Rapids, Zondervan, 1994), pág. 246