Pentecostalismo Clásico, Sin categoría

Las 4 Verdades Cardinales del Pentecostalismo Clásico.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El llamado Pentecostalismo Clásico se originó en Estados Unidos a principios del siglo XX, sin embargo, los bautismos del Espíritu Santo con glosolalia o manifestación de lenguas, tal y como los describe el libro de los Hechos, capítulos 2, se dieron durante toda la historia de la Iglesia. No obstante, en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a suceder mucho más a menudo. Casos en Inglaterra, Carolina del Norte o la India, fueron los antecedentes de la famosa madrugada del 31 de diciembre de 1900. Chales F. Parham, ministro metodista y un apasionado del Espíritu Santo y sus manifestaciones, dirigía un sencillo instituto bíblico en Topeka, Kansas (el famoso Bethel Bible College). En aquel modesto lugar en el que se enseñaba a cuarenta alumnos se derramó el bautismo del Espíritu Santo sobre una mujer llamada Agnes Ozman, considerada como el primer creyente pentecostal de la historia. En las últimas semanas, los estudiantes estaban profundizando en el libro de Hechos y quisieron experimentar la misma promesa que casi 2000 años antes había tenido los primeros cristianos y para ello se reunieron en vigilia la última noche del año. El movimiento se extendió como el fuego en un caluroso medio día de verano. Kansas, Missouri y Texas fueron los primeros en experimentar el avivamiento pentecostal, pero la iglesia por antonomasia sería la de la calle Azusa, en un modestísimo barrio de Los Ángeles.

El Avivamiento de la Calle Azusa fue una serie de reuniones de avivamiento pentecostal dirigidas por el predicador afroamericano William J. Seymour. La primera reunión se realizó el 14 de abril de 1906, en la Iglesia Metodista Episcopal Africana, y las siguientes se sucedieron hasta alrededor de 1915. En las reuniones se vivían experiencias de éxtasis espiritual acompañadas por glosolalia (interpretada por sus practicantes como don de lenguas), servicios de adoración dramáticos, y entremezcla racial. Actualmente, el reavivamiento de la Calle Azusa se considera por los historiadores cristianos como el principal catalizador para la propagación del pentecostalismo clásico.

Definir la Teología Pentecostal (Pentecostalismo Clásico) puede resultar una tarea no tan simple debido a la diversidad de ideas en el movimiento. Pero, en síntesis, la teología pentecostal puede definirse como protestante y evangélica, con la adición de la afirmación de la validez de las manifestaciones de los dones del Espíritu Santo para hoy como en el primer siglo y el libro de los Hechos (continuismo).  Si suspendemos los elementos culturales que caracterizan a nuestras iglesias pentecostales, y que pueden ser muy variados dependiendo de la iglesia y su contexto, entonces descubriremos el centro del mensaje. Lo que motivó a nuestros primeros hermanos y hermanas. Ellos no querían abrir una “nueva” iglesia. Lo que querían era regresar a la iglesia primitiva. El mismo deseo de Lutero, Calvino, Wesley, y tantos otros cristianos y movimientos en la historia, como los metodistas, los pietistas o los puritanos. A su propia manera, quisieron recobrar una herencia para ellos perdida, enterrada bajo la rigidez de la ortodoxia y bajo una teología liberal ilustrada que la despreciaba. Esta herencia, la inconmovible certeza de que Dios no solo obró milagros en la resurrección o el nacimiento virginal, sino que puede seguir haciéndolos en el presente, era el corazón de la fe de nuestros hermanos. El grito de guerra de la teología pentecostal clásica fue y continúa siendo: Cristo Salva, sana, bautiza con el Espíritu Santo y viene por segunda vez.

La declaración anterior es la declaración de fe o credo del pentecostalismo clásico en su forma más pragmática y sintética. Desde sus inicios, el Movimiento Pentecostal enfatizó las 4 facetas del evangelio y ministerio de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como único salvador (Juan 3.16); Jesucristo como gran sanador (1.ª de Pedro 2.24 y Santiago 5.14); Jesucristo como bautizador con el Espíritu Santo (Lucas 3.16 y Hebreos 2.4) y Jesucristo como rey que viene (1 Tesalonicenses 4.16-17). Estas cuatro verdades se consideran nuestras creencias cardinales porque son verdades claves en nuestra misión de alcanzar a los perdidos y edificar a los creyentes y la iglesia tanto hoy como en el futuro.

I.- SALVACIÓN.

La doctrina de la salvación forma el núcleo de nuestra fe cristiana, proclamando la victoria de Dios sobre el pecado en nuestra vida. Esta verdad resulta en liberación, sanidad y vidas restauradas. Ya sea un nuevo miembro o un cristiano maduro, cada creyente debe tener una comprensión clara de la salvación y la gran diferencia que esta verdad marca en nuestra vida e iglesia. La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios. La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47, Juan 3:3, Romanos 10:13-15, Efesios 2:8, Tito 2:11, Tito 3:5-7). La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24, Tito 2:12).

Las personas entran en una relación personal salvadora con Cristo por medio del poder regenerador del Espíritu Santo, quien las lleva al arrepentimiento y a la fe en Cristo. Con base en la Palabra de Dios, los pentecostales afirmamos que:

  • La salvación se halla al alcance de todas las personas (Lucas 19:10; Juan 3:16; Romanos 10:11–13; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; Apocalipsis 22:17).
  • La salvación es recibida y asegurada por medio de la fe (Romanos 3:28; Gálatas 2:20–21; Efesios 2:8; Filipenses 3:9; Hebreos 10:38; 1 Pedro 1:5).
  • La salvación es un conflicto constante con la tentación y el pecado (Romanos 1:32; 1 Corintios 3:1–3, 5–8; 5:9–13; Hebreos 3:12–14; 12:1; 1 Juan 1:8; 3:8).
  • La salvación del creyente se puede perder o abandonar por su alejamiento voluntario de Cristo (Juan 17:12; 1 Timoteo 4:1; 5:12, 15; Hebreos 6:4–6, 10:26–27, 38; 2 Pedro 2:20; 1 Juan 5:16)

II.- SANIDAD DIVINA.

Dondequiera que Jesús iba, Él ministró con compasión y sanó a los enfermos. El ejemplo de Cristo mostró una interconexión con la salvación porque muchos creyeron después de haber sido sanos. Nuestro Señor todavía sana hoy y es vital que la iglesia predique, enseñe y practique esta verdad bíblica. Las Escrituras ordenan a los creyentes que oren en fe y confíen en Dios para el resultado. La sanidad divina es una parte integral del evangelio. La liberación de la enfermedad ha sido provista en la expiación y es el privilegio de todos los creyentes (Isaías 53:4-5, Mateo 8:16-17, Santiago 5:14-16).

El hecho de que la sanidad divina viene por la fe se ve confirmado cuando la incredulidad impidió que fuera recibida en Nazaret (Marcos 6:5,6) y al pie del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:14-20). En Santiago 5:15 hay una promesa de que la oración de fe, hecha por los ancianos de la iglesia a favor de los enfermos, salvará al enfermo y el Señor lo levantará. La fe, entonces, recibe la sanidad sencillamente por palabra del Señor. Pero Jesús no dejó desatendidos a los que tenían poca fe, o que no expresaban fe en absoluto. Para los que están enfermos a menudo no es fácil expresar la fe, y Jesús hizo varias cosas para ayudarlos. Tocó a algunos (Marcos 1:41; 8:22), los tomó de la mano (Marcos 1:31; Lucas 14:4), o puso las manos sobre ellos (Marcos 6:5; 8:25; Lucas 4:40; 13:13). Ayudó a otros de diversas maneras, lo cual requirió de fe y obediencia por parte de ellos (Marcos 7:33; 8:23). La fe, no obstante, tenía que ser en el Señor, no en los medios que Él empleó para ayudarlos a expresar su fe.

Asimismo, la sanidad divina se fundamenta en la obra expiatoria de Cristo. La redención, obrada mediante la expiación de Cristo, provee reconciliación por el pecado y sus consecuencias. Aun cuando la enfermedad no es resultado directo de un pecado específico, está en el mundo a causa del pecado. Por lo tanto, está entre las obras del diablo que Jesús vino a destruir (1 Juan 3:8), y está incluida en la Expiación. La provisión de sanidad para nuestro cuerpo es parte de la redención que se menciona en Romanos 8:23. Recibimos el perdón de los pecados ahora mediante la redención de nuestra alma. Recibiremos la redención de nuestro cuerpo cuando seamos arrebatados para encontrarnos con el Señor, y seamos transformados a su semejanza (1 Corintios 15:51-54; 2 Corintios 5:1-4; 1 Juan 3:2). La sanidad divina es un anticipo de esto, y así como todas las bendiciones del evangelio, emana de la Expiación.

III.- BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO.

La doctrina del Bautismo en el Espíritu Santo es nuestro distintivo como creyentes pentecostales. Esta verdad explica la pasión y el poder de nuestro testimonio. Jesús prometió a sus seguidores que recibirían poder de lo alto para que fueran sus testigos. Todos los creyentes tienen el derecho de recibir y deben buscar fervientemente la promesa del Padre, el bautismo en el Espíritu Santo y fuego, según el mandato del Señor Jesucristo. Esta era la experiencia normal y común de toda la primera iglesia cristiana. Con el bautismo viene una investidura de poder para la vida y el servicio y la concesión de los dones espirituales y su uso en el ministerio (Lucas 24:49, Hechos 1:4, Hechos 1:8, 1 Corintios 12:1-31). Esta experiencia es distinta a la del nuevo nacimiento y subsecuente a ella (Hechos 8:12-17, Hechos 10:44-46, Hechos 11:14-16, Hechos 15:7-9). Con el bautismo en el Espíritu Santo el creyente recibe experiencias como: la de ser lleno del Espíritu (Juan 7:37–39, Hechos 4:8), una reverencia más profunda para Dios (Hechos 2:43, Hebreos 12:28), una consagración más intensa a Dios y dedicación a su obra (Hechos 2:42) y un amor más activo para Cristo, para su Palabra y para los perdidos (Marcos 16:20). El bautismo de los creyentes en el Espíritu Santo se evidencia con la señal física inicial de hablar en otras lenguas como el Espíritu los dirija (Hechos 2:4). El hablar en lenguas en este caso es esencialmente lo mismo que el don de lenguas, pero es diferente en propósito y uso (1 Corintios 12:4-10, 1 Corintios 12:28).

Se usan diversos términos bíblicos para referirse a esta experiencia, especialmente en el libro de los Hechos, que registra el primer descenso del Espíritu sobre los discípulos de Jesús y da ejemplos similares de encuentros del Espíritu con el pueblo de Dios. Las siguientes expresiones en Hechos se usan de manera intercambiable para describir la experiencia:

  • Bautizado en el Espíritu—1:5; 11:16; véase también Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. El término “bautismo en el Espíritu” generalmente sirve como un conveniente sustituto y también se usa en este documento
  • El Espíritu viene, o desciende, sobre—1:8; 8:16; 10:44; 11:15:19:6; véase también Lucas 1:35; 3:22
  • El Espíritu derramado—2:17,18; 10:45
  • El don que mi Padre prometió—1:4
  • El don del Espíritu—2:38; 10:45; 11:17
  • El don de Dios—8:20; 11:17; 15:8
  • Recibir el Espíritu—8:15,17,19; 19:2
  • Lleno con el Espíritu—2:4; 9:17; además Lucas 1:15,41,67. Esta expresión, junto con “lleno del Espíritu”, tiene una aplicación más amplia en los escritos de Lucas. El mandato de Pablo de “ser llenos con el Espíritu” (Efesios 5:18) no se refiere a la plenitud inicial del Espíritu; es un mandamiento a continuar llenándose del Espíritu.

Ninguno de estos términos expresa todo lo que envuelve la experiencia. Son metáforas que expresan la idea de que el receptor es completamente dominado o saturado por el Espíritu, que ya mora en él (Romanos 8:9,14-16; 1 Corintios 6:19; Gálatas 4:6).

IV.- LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO.

Todos los cristianos que han fallecido un día se levantarán de sus tumbas y se reunirán con el Señor en el aire. Los cristianos que no hayan muerto serán arrebatados junto con aquellos para estar con el Señor. Entonces los cristianos de todas las edades vivirán para siempre con el Señor. La verdad bíblica del inminente regreso del Señor es “la esperanza bienaventurada”. (Romanos 8:23; 1 Corintios 15:51-52; 1 Tesalonicenses 4:16-17; Tito 2:13).

Jesús enseñó que Él regresaría a la tierra.  Él cuidadosamente advirtió a sus discípulos que necesitaban estar constantemente preparados para esto (Mateo 24:42-51; 25:1-13; Marcos 13:37; Lucas 12:37). Ellos entendieron que la era actual terminará con su venida (Mateo 24:3).  La garantía de su venida era una de las verdades con las que Él consoló a sus seguidores antes de su muerte (Juan 14:2,3). En el momento de la ascensión de Cristo, dos ángeles vinieron al grupo de los discípulos que estaban reunidos para repetir la promesa de que Él regresaría.  Ellos declararon que Él vendría de la misma manera que se había ido (Hechos 1:11).  Esto claramente significa que su segunda venida será literal, física, y visible.

Las epístolas del Nuevo Testamento se refieren frecuentemente a la segunda venida, y a través de los pasajes de las Escrituras que tratan de este tema recurre la idea de la inminencia.  Aunque habrá un período de tiempo entre la primera y la segunda venida (Lucas 19:11), todas las enseñanzas acerca del regreso del Señor enfatizan que acontecerá repentinamente y sin previo aviso; que los creyentes deben estar siempre en un estado de preparación continua (Filipenses 4:5; Hebreos 10:37; Santiago 5:8,9; Apocalipsis 22:10).

La doctrina de la Segunda Venida de Cristo es más relevante que nunca. Los creyentes debemos descansar en la certeza del retorno inminente de nuestro Señor y compartir esta esperanza con quienes no la tienen. La resurrección de los que han muerto en Cristo y su arrebatamiento junto con los que estén vivos cuando sea la venida del Señor es la esperanza inminente y bienaventurada de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16-17, Romanos 8:23, Tito 2:13, 1 Corintios 15:51-52).

CONCLUSIÓN:

El Movimiento Pentecostal reconoce 4 aspectos principales de la Obra y la persona de Jesucristo. Estos 4 aspectos representan las 4 doctrinas cardinales de la fe pentecostal histórica. El mensaje pentecostal, a veces llamado “evangelio cuadrangular”, no es un evangelio nuevo o diferente del que ha sido y es predicado alrededor del mundo; ha sido, es y será el mismo evangelio que fue vivido por Jesucristo y proclamado por la iglesia primitiva en toda su plenitud:

  1. Jesucristo, el Salvador: El Primer y más importante aspecto de la doctrina pentecostal es que Jesucristo es el único medio de salvación para la persona. La salvación no es por obras sino por gracia por medio de la fe, nadie se puede salvar a sí mismo (Efesios 2:8).
  2. Jesucristo, Bautiza con el Espíritu Santo: La Salvación, el perdón de los pecados no es el final de todo lo que Jesús puede y quiere hacer por la persona. Una vez convertidos a Él, la persona puede ser llena del Espíritu Santo y tener la evidencia de ese bautismo a través de la manifestación de los 9 dones mencionados en 1 Corintios 12 de la Biblia.
  3. Jesucristo, el Sanador: En la Cruz del Calvario Jesús llevó nuestros pecados y también nuestros dolores y enfermedades. Una promesa para nuestros días es que por su llaga somos curados. Isaías 53 Podemos ser sanados sobrenaturalmente de nuestras enfermedades físicas por medio del Poder de Dios.
  4. Jesucristo, el Rey que Viene: Jesucristo regresará pronto a reinar. La Biblia le llama Rey de reyes y Señor de señores. Esta es la maravillosa esperanza que tenemos (Apocalipsis 22).

 

 

Evangelio de la Prosperidad, Sin categoría

Herejías Destructoras: La Nueva Reforma Apostólica.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Dos de los grandes vicios de la iglesia evangélica hoy son la sed de poder, prestigio y riqueza de algunos de nuestros líderes, y entre los fieles el culto, ciego y casi idolátrico, a las personalidades famosas. Hay mucha obsesión con títulos, oficios y el poder lucir y ser importante. Se emplean constantemente las técnicas de publicidad y promoción del mundo secular. Eso es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo y del evangelio.

Lo cierto es que vivimos tiempos peligrosos, tiempos de apostasía y desviaciones en el Cuerpo de Cristo. Pablo nos advirtió acerca de estos días: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos… amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.” (2 Timoteo 3:1-5). Muchos movimientos heréticos han surgido en el seno de la iglesia a lo largo de su historia; sin embargo, la Nueva Reforma Apostólica (NRA) pareciera ser la gota que colmó el vaso.

La Nueva Reforma Apostólica (NRA) es uno de los movimientos más grandes, más amplios y más poderosos dentro del cristianismo de hoy, pero vuela en gran parte bajo el radar. Incluso los involucrados a menudo no entienden el movimiento en la medida en que incluso puede negar que son parte de ella. Esta confusión se debe al hecho de que NRA no tiene membresía oficial o incluso liderazgo. Más bien, la NRA es una coalición de cristianos, organizaciones e iglesias pentecostales y carismáticos que están unidos por un entendimiento particular e interpretación de ciertas partes de la Escritura. Manifiestan un total desprecio por las opiniones contrarias, las que más bien les resultan “evidencias” de su autenticidad como genuinos representantes del “nuevo mover de Dios” en la iglesia contemporánea. Proponen con agresividad sus modelos de Igle-crecimiento y sus novedosas interpretaciones de antiguas doctrinas del cristianismo histórico. Sostienen que la autoridad bíblica (la Palabra escrita) tiene que estar siempre supeditada a la autoridad de la viva y “dinámica”, Palabra de Dios dada a conocer por la presente actividad del Espíritu mismo. La subordinación de la Escritura a la autoridad del Espíritu Santo, también se ilustra por la aceptación en este movimiento de la validez del don de profecía en la vida de la iglesia contemporánea. De acuerdo con los seguidores de este movimiento, Dios habla hoy con tanta autoridad, como hablaba a los autores bíblicos. Este es un entendimiento existencial de la Palabra de Dios. De acuerdo con esto, sus seguidores creen que el canon bíblico no está cerrado, de modo que la Palabra de Dios escrita no es la autoridad final. Ellos creen que Dios da hoy a la iglesia revelación adicional y que esta nueva revelación es tan autoritativa o aún más autoritativa que la Biblia misma. En este sentido, no están muy lejos de sectas como los mormones, los seguidores de Moon, la Ciencia Cristiana o cualquier otro grupo heterodoxo que añade su propia revelación a la Palabra de Dios.

Algunos han equiparado NRA con la llamada Tercera Ola del pentecostalismo (la primera ola comenzó con el nacimiento del movimiento pentecostal en 1901, la segunda se identifica con el movimiento carismático en 1960 y la Tercera Ola que enfatiza el evangelismo de poder, las sanidades y Guerra espiritual liderada por John Wimber y el Movimiento de la Viña en la década de 1980). Sin embargo, aunque ciertamente hay un solapamiento entre NRA y la Tercera Ola, no son idénticos. La Nueva Reforma Apostólica (NRA) surge más formalmente en la década de los 90. Uno de sus proclamadores vanguardistas es el profesor C. Peter Wagner, quien en 1994 acuñara primero el nombre de Post-Denominacionalismo para identificar al nuevo movimiento, y que luego le diera en definitiva el nombre que lleva actualmente. Los promotores de la NRA, aseguran que las raíces históricas de este movimiento se hallan en la Reforma de Lutero. Pero en realidad, este movimiento es un resultado directo del Neo-carismatismo o Tercera Oleada del pentecostalismo, surgida en 1980. Además, incorpora en su haber teológico doctrinas del movimiento “La lluvia Tardía” y del “Reino Ahora”. Este último toma una buena parte de sus enseñanzas del movimiento Restauracionista (1948) y del Recontruccionista (finales de los 60 y comienzos de los 70).

Los diversos exponentes de la NRA, presentan variaciones doctrinales en mayor o menor grado. Aún así, se percibe alguna uniformidad de enfoques. Entre sus principales propuestas, está la restauración del denominado “Ministerio Quíntuple”, con un énfasis superlativo en los apóstoles. Según ellos, éstos y los profetas, constituyen el fundamento de la iglesia, lo que da a entender que la iglesia de Cristo lleva casi dos mil años sin fundamento. Sostienen que el apóstol y el profeta desempeñan ministerios superiores, por lo que los demás ministerios los necesitan para funcionar en el plan de Dios. Sin embargo, este argumento, en vez de apoyar la interdependencia que defiende la Biblia y que da un sano equilibrio a las funciones de los ministerios dentro de la iglesia aboga más bien, por una desmedida y anti escritural dependencia de los apóstoles y profetas. Los heraldos de esta Nueva Reforma, insisten en que es necesario sustituir el gobierno pluralista que sostienen la mayoría de las confesiones evangélicas actuales, para implantar una regencia unipersonal del apóstol. Declaran ser portadores de nuevas revelaciones, que solo ellos reciben por su condición de Apóstoles y Profetas y que son pertinentes para que el cuerpo de Cristo funcione en el diseño de Dios. En ocasiones, ponen sus proclamas proféticas a la altura o por encima incluso de las Sagradas Escrituras. Tal postura tiene similitud con el Montanismo del siglo II. Reclaman además ser una especie de élite de iluminados, únicos receptores de los dones del Espíritu. Estas enseñanzas ignoran el sacerdocio de todos los creyentes.

Aunque los cristianos ortodoxos han empleado la interpretación de la Biblia mediante el método de interpretación literal, histórico, y gramatical, la Nueva Reforma Apostólica, por su parte, abandonando esta manera segura de interpretar la Biblia, utiliza el método de interpretación alegórico. Esto les conduce a la formulación y aceptación de un sin número de nuevas enseñanzas, algunas de las cuales conducen al error. Entre estas enseñanzas se encuentran los métodos extremos de guerra espiritual, visualización, sanidad interior, prosperidad, súper fe, el pensamiento positivo y otros. Además, la doctrina del Arrebatamiento, Rapto o Traslado de la Iglesia es rechazada y calificada como teología futurista por los promotores de la NRA.

EL SURGIMIENTO DE LA NUEVA REFORMA APOSTÓLICA.

Puesto que la NRA es una alianza unida sobre una comprensión distintiva de los cinco ministerios, no hay ninguna organización o liderazgo establecido como tal. Sin embargo, C. Peter Wagner (1930-2016) es el reconocido fundador y padre del movimiento. Wagner tuvo mucha influencia en una amplia gama de pensamiento y práctica cristiana a lo largo de su vida. Fue misionero, profesor de la Escuela de Misiones Mundiales del Seminario Teológico Fuller, autor de más de 70 libros, presidente de Global Harvests Ministries y canciller del Wagner Leadership Institute, que es un campo de entrenamiento para los interesados ​​en la NRA. En la década de 1980 Wagner estuvo bajo la influencia de John Wimber y su teología de la Tercera Ola. Wimber sostenía que el ministerio de Jesús debe ser un rompimiento del reino combinando la proclamación del reino con su demostración (expulsión de demonios, sanidad de enfermos, resucitación de muertos, etc.). Los seguidores de Cristo han recibido la autoridad de Cristo y deben proclamar el reino y ejercer la autoridad en su nombre. La clave para el evangelismo eficaz es combinar la proclamación (la predicación del Evangelio) con las manifestaciones (señales y prodigios).

Wimber y Wagner enseñarían un curso en el Seminario Fuller durante los años 80 titulado “MC510 – Señales, Prodigios y Crecimiento de la Iglesia.” Más tarde Wagner adoptó ideas y técnicas de guerra espiritual que incluso Wimber no pudo aceptar. Mientras Wagner empezaba a trazar otras doctrinas inusuales de varias fuentes, él finalmente trató de agruparlas bajo un paraguas que él llamó “La Iglesia Pos-denominacional”. Aparentemente recibiendo críticas de algunos de sus amigos, incluyendo a Jack Hayford, él cambió el nombre a “La Nueva Reforma Apostólica”. Wagner, en este momento, creía que la iglesia había entrado en la “Segunda Era Apostólica,” que él dice que comenzó en 2001. Muchas de las ideas que Wagner venía a defender no eran nuevas y han estado circulando en los movimientos pentecostal, Palabra de Fe, Vineyard y otros grupos carismáticos durante años. Lo que la NRA ha hecho en gran medida es incorporar y representar muchos, si no la mayoría, de estos grupos e ideas sin formar realmente una organización oficial.

Sin embargo, algunos de los líderes y establecimientos a menudo asociados con la NRA, y aceptando la mayoría de sus distinciones, incluyen: Mike Bickle y su Casa Internacional de Oración (IHOP), Kansas City Prophets incluyendo a Bob Jones y Paul Cain, Bill Johnson y su Iglesia de Bethel, Rick Joyner, fundador de Morning Star Ministries, Todd Bentley, Brian y Bobbie Huston de Hillsong Church, Cindy Jacobs de Generals International, Michael Brown y Rod Parsley y Youth With A Mission (JUCUM).

DISTINTIVOS TEOLÓGICOS DE LA NUEVA REFORMA APOSTÓLICA.

Lo que diferencia a la NRA de los evangélicos e incluso otros pentecostales no puede ser fijado con precisión. Esto se debe a que la NRA, como se dijo anteriormente, no es ni una organización oficial ni monolítica en sus creencias. Los adherentes de la NRA pueden encontrarse en la Palabra de Fe, el evangelio de la prosperidad, los movimientos pentecostales, carismáticos y de la Tercera Ola. Pero, cada vez más, las doctrinas y las filosofías de los partidarios de la NRA se están arrastrando hacia las principales iglesias y organizaciones no carismáticas. Por lo tanto, si bien existen diferencias significativas entre los que se alinean con NRA, hay, sin embargo, algunos comunes denominadores que todos aceptarían. Todos los individuos, iglesias y organizaciones que podrían ser identificados como parte de NRA estarían de acuerdo con las siguientes distinciones:

  1. RESTAURACIÓN DEL MINISTERIO QUÍNTUPLE:

Una de las propuestas medulares de la NRA, es la formulación de un nuevo sistema eclesial, referido comúnmente como el “ministerio quíntuple.” Esta es la doctrina fundamental de la NRA sobre la cual descansan todas sus otras filosofías. Basados en Efesios 4:11-13, en conjunción con Efesios 2:20 y 1 Corintios 12:28, los líderes de la NRA creen que los cinco ministerios enumerados en estos textos, que fueron dados para establecer y equipar a la iglesia, están completamente operativos hoy en día. A partir de la interpretación que dan a estos pasajes de las Escrituras, promueven su aplicación a la iglesia contemporánea como un modelo para su ministerio, e incluso, para una transformación total de las estructuras de autoridad en la iglesia o denominación correspondiente. La Nueva Reforma Apostólica asegura que el orden en que son mencionados los ministerios en Efesios 4:11, implica la preeminencia de los primeros sobre los últimos. Esto les hace concluir que el apóstol es el mayor y más importante de todos, bajo cuya autoridad deben funcionar los restantes ministerios. No sólo reducen a cinco el número de ministerios, sino que, además, enfatizan injustificadamente la supremacía del ministerio apostólico y profético sobre los demás. La NRA enseña que los ministerios apostólicos y proféticos deben ser ejercidos como oficios dentro de la iglesia. El término “oficio” debe ser entendido como el reconocimiento y la designación de una persona como apóstol o profeta. Esto implicaría que sólo ellos son los capacitados y autorizados para comunicar el mensaje divino (profetas) y los únicos que pondrán en función el plan revelado, mediante la movilización y dirección de la Iglesia (apóstoles). Los que actualmente se consideran apóstoles, además de autoproclamarse poseedores de ministerios utilizando todas sus habilidades, carismas y recursos creen poseer la autoridad necesaria para otorgar dones y ministerios a otros. La realidad bíblica (1 Corintios 12:11, Efesios 4:7) indica que es Dios y no otro quien imparte los dones y establece los ministerios. Por ello, se puede afirmar que son regalos divinos para los creyentes, a fin de edificar el cuerpo de Cristo. Quizá la principal demanda de los promotores de la NRA, es la “restauración” del oficio del apóstol. Acusan a la iglesia contemporánea de haber abandonado el modelo apostólico, necesario para su extensión y conquista del mundo. Sin embargo, el concepto del apostolado que proponen, dista mucho de ser el que se observa en el Nuevo Testamento. Esto se analizará más adelante.

  1. LA TEOLOGÍA DEL DOMINIO:

Una de sus principales declaraciones de la NRA es la llamada Teología del Dominio, la cual toma como base la declaración que aparece en Génesis 1:28 donde dice “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.” De esta porción escogen la frase “sojuzgad la tierra” y la asumen como una tarea prioritaria para la iglesia. Esta tarea implicaría que la iglesia debe conquistar literalmente la autoridad política y el gobierno de las naciones, para imponer así el reino de Dios sobre toda la tierra.

Si analizamos esta porción de Génesis 1:28, notaremos que aquí se habla del dominio del ser humano sobre el ámbito en el cual Dios lo colocó. Una declaración similar aparece en Génesis 9:7, con la notable ausencia de las órdenes “sojuzgad” y “enseñoread”. El hombre se ha multiplicado considerablemente sobre la tierra, poblando sus cinco continentes. De igual manera el hombre ha impuesto su voluntad sobre los animales, y ha utilizado la tierra según sus propósitos para cultivarla y edificarla. Asimismo, ha tenido en sus manos el gobierno de la tierra que habita.

Todo esto hace dudar que el hombre haya fracasado en el cumplimiento de su tarea primordial. Con esto concuerda la declaración que hace David en el Salmos 8:6-8 “Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar”. Aquí se describe al hombre realizando la tarea que Dios le había encomendado. Por su parte Santiago asegura: “Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana.” (Santiago 3:7). De esto se concluye, que la afirmación de la NRA al respecto no tiene respaldo bíblico.

Partiendo de esta deficiente interpretación, los promotores de la NRA aseguran que la tarea de sojuzgar la tierra quedó inconclusa por la caída del hombre en pecado. Afirman que la obra de Jesucristo reconcilió al hombre con el plan original de Dios; esto es: señorear y sojuzgar la tierra. Sin hacer distinción alguna entre la misión del hombre natural y la misión de la iglesia, aseguran que Jesús otorga nuevamente al hombre autoridad y poder para concluir la obra que este había comenzado al principio de la creación. A partir de esta confusión, aseguran que la tarea de la Iglesia ahora es establecer el reino de Dios aquí en la tierra, para lo que nos dio “el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18). Fue el propio Jesucristo quien calificó la tarea a la Iglesia en los momentos previos a su ascensión. Por las palabras de Marcos conocemos que esta tarea es: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).

Esta interpretación de la tarea de la Iglesia que propone la NRA, se conoce también como la “Teología del Reino Ahora”, una teología que tiene la tendencia a introducir a la iglesia en una lucha política y social en contra de los inconversos, haciéndola enemiga de las personas a las que debe alcanzar con el evangelio. Fomenta de este modo una actitud que va en contra de lo que el Señor Jesucristo dijo ante Pilato: “Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí” (Juan 18:36). La Biblia esclarece perfectamente, que sólo la obra de Jesucristo va a restaurar la Tierra, colocándola en su perfecta función y lugar durante el reinado milenial de Cristo (Romanos 8:19-25; 1 Corintios 15:24-28).

Para un estudio más detallado sobre la teología del dominio y su refutación bíblica recomiendo visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/17/herejias-destructoras-la-teologia-del-dominio-o-del-reino-ahora/

  1. GUERRA ESPIRITUAL O DEMONÍACA:

Guante de mano con el énfasis desmedido en los dones milagrosos, la NRA sobreenfatiza también la guerra demoníaca o espiritual. La NRA no originó la obsesión de hoy con lo demoníaco que tiene raíces que se remontan a los primeros días del pentecostalismo, pero la NRA ha añadido algunos nuevos giros y arrugas. Los métodos populares a menudo utilizados incluyen “cartografía espiritual” en la que la investigación de una ciudad, región o nación está comprometida para descubrir qué espíritu territorial reina en esa área. Una vez descubierto, el espíritu se enfrenta a un nombre con el fin de “derribar sus fortalezas”. Otro método popular es la caminata de oración en el que los equipos de creyentes caminan por los barrios, ciudades y similares para participar en la oración de guerra espiritual. Aparentemente, según los defensores de los NRA, los demonios controlan las regiones geográficas y deben ser destronados por estos métodos. Los demonios también buscan traer daño a los individuos a través de maldiciones generacionales, que son maldiciones colocadas sobre sus antepasados que pueden ser removidas sólo a través de alguna forma de técnicas de guerra espiritual desarrolladas por medio de la experimentación extrabíblica. Y cuando uno se encuentra con luchas económicas y problemas de salud, a menudo se remontan a actividades demoníacas.

Para un estudio más detallado sobre la teología del dominio y su refutación bíblica recomiendo visitar: https://pensamientopentecostalarminiano.org/2018/11/14/distorsionando-la-fe-pentecostal-mitos-y-realidades-sobre-la-guerra-espiritual/

  1. REVELACIÓN EXTRABÍBLICA:

En cada nivel, y en cada grupo relacionado, la revelación personal, supuestamente del Señor, es central. Sin embargo, las profecías dadas a sus apóstoles y profetas socavan y añaden a la inspirada Palabra de Dios. Incluso a nivel de base, el promedio de los adherentes a la NRA espera escuchar una palabra personal del Señor regularmente, y estos mensajes determinan lo que creen y cómo viven mucho más que de la Biblia. Sin embargo, la Biblia misma está siendo invalidada por esos supuestos mensajes del Señor.

Con respecto a la existencia del don profético en nuestro tiempo, los pentecostales reconocemos su existencia; sin embargo, debemos tener mucho cuidado al respecto. En un sentido estricto, no hay profetas hoy de la misma forma que en el Antiguo Testamento. A menudo vemos el ministerio profético en el antiguo testamento, cuando Dios levantaba a los profetas para alentar y reprender a la nación de Israel en los momentos de dificultad o de rebelión. Durante el reinado del Rey David (2 Samuel), el profeta Natán, entre otros, hablaron la palabra del Señor a David, para orientarlo y dirigirlo, y de igual manera para confrontarlo sobre su pecado con Betsabé. Por supuesto, Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas, Zacarías, etc., también tuvieron un ministerio profético; después de todo ellos eran profetas. El llamado de un profeta era hablar en nombre de Dios. Un profeta enseñaba, guiaba, aconsejaba o reprendía si era necesario.

En el nuevo testamento, encontramos a otros que tuvieron un ministerio profético. Algunas personas tenían el don de profetas para dar orientación, dirección, consejería, etc., para el pueblo de Dios. El don de profecía específicamente se menciona en 1 Corintios 12:10 y Efesios 4:11. Este don fue dado para la edificación de la iglesia (Efesios 4:12). Por lo tanto, los profetas debían hablar la palabra de Dios a la iglesia, para que los creyentes conocieran la mente del Señor y que supieran cómo debe funcionar la iglesia. Este don existe en la iglesia hoy en día, e implica sobre todo la predicación de la biblia de manera precisa y clara. El don de profecía es más que transmitir nueva información desde el cielo. Tristemente, muchos confunden el don de profecía la predicción del futuro o cosas semejantes. Eso no es del todo cierto. Cuando una persona afirme estar hablando de parte de Dios (la esencia de la profecía), la clave es comparar lo que él o ella dicen con lo que dice la Biblia. Cuando Dios habla a través de una persona, el mensaje concordará completamente con lo que Dios ya ha dicho en la Biblia. Dios no se contradice. 1 Juan 4:1 nos dice: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” 1 Tesalonicenses 5:20-21 declara: “No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo. Retened lo bueno.” Entonces, ya sea una “palabra del Señor” o una supuesta profecía, nuestra respuesta debe ser la misma. Compare lo dicho con lo que dice la Palabra de Dios. Si contradice la Biblia, deséchela. Si concuerda con la Biblia, pida sabiduría y discernimiento para saber cómo aplicar el mensaje (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:5).

EL MINISTERIO APOSTÓLICO Y SU VIGENCIA EN LA IGLESIA DE HOY.

La Teología de la Nueva Reforma Apostólica distorsiona también la comprensión bíblica del ministerio. En el Nuevo Testamento existen varios listados de ministerios. Los mismos deben ser vistos de forma representativa y no restrictiva de los ministerios que pueden tener lugar en el cuerpo de Cristo. Los ministerios tal y como enseña el apóstol Pablo no han sido establecidos por Dios para que unos sean superiores a otros. El énfasis bíblico está en la colaboración entre los ministerios para lograr los propósitos establecidos por nuestro Señor: “Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. El que en cierto pasaje aparezca un ministerio determinado antes que otro, no es suficiente razón para sostener la superioridad de algunos ministerios sobre los que les siguen en la lista. Si esto fuera así, aparecerían las listas uniformemente en las otras epístolas, cosa que no ocurre.

Reconocer un ministerio apostólico o profético como un oficio, tal y como la NRA lo sugiere, implicaría que sólo ellos son los capacitados y autorizados para comunicar el mensaje divino (profetas) y los únicos que pondrán en función el plan revelado, mediante la movilización y dirección de la iglesia (apóstoles). Esto traería más mal que bien al cuerpo de Cristo. Reconocemos la labor apostólica al estilo de Bernabé, Silas y Timoteo en medio nuestro. De igual manera creemos que el ministerio profético está presente hoy, pero la historia ha demostrado que sería muy peligroso si se quiere salvaguardar la unidad y la doctrina de la iglesia el reconocimiento de estos ministerios como oficios. Dios y no otro es quien imparte los dones a los creyentes y establece los ministerios en la manera que soberanamente él determina, sin la intervención de ningún ser humano (1 Corintios 12:11 y Efesios 4:7). En este acto nada puede hacer la iglesia. Ella y sus líderes están, no para entregar ministerios, sino para reconocerlos ulteriormente, cuando se hagan visibles por el desempeño fiel de su receptor.

En su ambición desmedida de poder, los defensores de la Nueva Reforma Apostólica sobreenfatizan la dignidad del oficio o ministerio apostólico. Analicemos bíblicamente este punto.

I.- USOS DEL TÉRMINO “APÓSTOL” EN EL NUEVO TESTAMENTO.

Para enfocar este tema, es necesario primero analizar los diferentes usos de la palabra griega “apostolos”. El término se deriva del verbo apostellô, que significa simplemente “enviar”. Por eso:

(1) El sentido más general de apostolos, como en Juan 13:16, es cualquier persona enviada en cualquier misión (recadero, mandadero). Un aspecto más específico de este sentido.

(2) Ocurre en 2 Corintios 8:23 y Fil 2:25 cuando mencionan “los mensajeros de las iglesias” (apostoloi ekkêsiôn), como delegados comisionados por las congregaciones para alguna tarea.

(3) En tercer lugar, la palabra significa “misionero”, que es el equivalente en latín (del verbo mitto, misi, “enviar”). En este sentido Jesucristo es el “misionero” enviado por Dios (Hebreos 3:1). Como veremos más adelante, Cristo no era “apóstol” en el mismo sentido que los doce, sino como “enviado” y “misionero” del Padre y prototipo de la misión de la iglesia (Juan 20:21; Marcos 9:37; Mateo 10:40; Juan 13.20: Jesús es el Enviado del Padre).

(4) El cuarto sentido es lo que generalmente entendemos por “los apóstoles”, como Pedro, Pablo y los demás. En ese aspecto, el término podría llamarse un título, de una primacía en cierto sentido jerárquica.

Dados estos diversos sentidos de la palabra “apóstol”, es necesario en cada texto bíblico determinar cuál de ellos se está empleando. Serios problemas resultan cuando se confunde un sentido con otro. Los “apóstoles” de hoy toman pasajes donde el término significa “misionero” pero los aplican en el otro sentido y quieren atribuirse los títulos y autoridades de los doce y de Pablo. Lo cierto es que, según el Nuevo Testamento, los apóstoles no tienen sucesores.

II.- TRASFONDO JUDÍO DEL APOSTOLADO CRISTIANO.

El apostolado del Nuevo Testamento se basó en una práctica judía de designar un emisario, llamado Shaliaj, con plenos poderes para representar a quien lo había enviado (Esdras 7:14; Daniel 5:24; 2 Crónicas 17:7-9). El Shaliaj era una especie de plenipotenciario ad hoc. Eran comunes las fórmulas legales como “el que te recibe a tí me recibe a mí”, “lo que ustedes atan en mi nombre lo he atado yo” y muchos otros parecidos, que aparecen también en el Nuevo Testamento (Marcos 9:37; Mateo 16:19; Lucas 10:16; Juan 13:20; 20:23). La comisión del Shaliaj era para una tarea específica y no era transferible a otras personas. El paradigma definitivo, Hechos 1: Después de suicidarse Judas, los discípulos sentían la necesidad de completar el número doce, como paralelo con las doce tribus de Israel. Con ese fin, guiados por el Espíritu Santo, definieron los requisitos indispensables para incorporarse en el apostolado.

La elección se limitó a “hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que entre nosotros fue recibido arriba” para que “uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21). Además, la selección fue hecha por Cristo mismo (Hechos 1:24; 1:2). Veremos en seguida que todas estas mismas condiciones se aplican al caso de Pablo. Ese texto, y otros, muestran que para ser apóstol en el mismo sentido que los doce y Pablo, era requisito indispensable haber sido testigo ocular y presencial del ministerio de Jesús (Hechos 1:21-22; 1 Juan 1:1-4) y de su resurrección (Hechos 10:40-42; 1Co 15). Por supuesto, tal cosa sería imposible después de morir los contemporáneos de Jesús. La iglesia ahora es “apostólica” cuando es fiel al testimonio de ellos, que tenemos en el Nuevo Testamento, y cumple así su “apostolado” misionero. Sobre el fundamento de ellos Cristo sigue construyendo la iglesia (Efesios 2:20). Es importante reconocer que esta sustitución de Judas por Matías es el único reemplazo de un apóstol, precisamente para completar el número de doce. Matías no era sucesor de Judas sino su reemplazo. Después, al morir los doce y Pablo, ni el Nuevo Testamento ni la historia de la iglesia narra la elección de algún sucesor de alguno de ellos. Al morir el apóstol Jacobo, nadie le sucedió o reemplazó (Hechos 12:2). El grupo quedó cerrado, como es evidente en Apocalipsis 21:14. Obviamente, en esas puertas de la Nueva Jerusalén no aparecerá el nombre de ninguno de los “apóstoles” de hoy.

III.- CARÁCTER ÚNICO E INTRANSFERIBLE DEL OFICIO DE LOS DOCE.

Toda esta evidencia bíblica deja muy claro que, para ser apóstol, el candidato tenía que ser alguien del primer siglo. Nadie después del primer siglo podría haber sido testigo del ministerio de Jesús y de su resurrección. Ese requisito descalifica de antemano a todos los “apóstoles” de nuestros tiempos modernos. El mismísimo apostolado de Pablo fue severamente cuestionado, precisamente porque él no había sido uno de los discípulos, como requiere Hechos 1, aunque sí era contemporáneo de Jesús y sin duda testigo de su ministerio. Repetidas veces Pablo tiene que defender su llamado de apóstol, pero lo significativo es que lo defiende en los mismos términos básicos de Hechos 1: él también había visto al Resucitado (1 Corintios  9:1; 1 Corintios 15), fue nombrado apóstol no por hombres sino por el mismo Cristo (Gálatas 1:1,15-17,19; 1 Timoteo 1:1; 2:7), y él, igual que los doce, había realizado las señales de apóstol y la predicación del evangelio (2 Corintios 12:12; Romanos 15:18-19).

En 1 Corintios 9:1-6 Pablo se defiende contra los que negaban que él era apóstol: “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.” A continuación, Pablo responde a los que le acusan, afirmando que él tiene los mismos derechos de todos los apóstoles (1 Corintios 9:3-6; 2 Corintios 11:5,13; 12:11s). En este contexto, 1 Corintios 15 es especialmente importante. En este pasaje Pablo afirma vigorosamente la fe en la resurrección (1 Corintios 15:1-8, 12-58) pero también, menos conspicuamente, defiende su propio apostolado (1 Corintios 15:8-11). Después de definir el evangelio como la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (1 Corintios 15:1-4), Pablo enumera una lista de los que podríamos llamar “los testigos autorizados de la resurrección” (1 Corintios 15:5-8): Cefas, los doce, más de quinientos hermanos, Jacob, después todos los apóstoles y al final Pablo mismo.

Por eso, de las varias personas que el Nuevo Testamento llama apóstoles, sabemos que tenían que haber sido testigos de la resurrección. Está claro que en este pasaje Pablo no está hablando sólo de visiones espirituales, como tuvo él mismo (2 Corintios 12) y que tuvieron Esteban (Hechos 7) o Juan (Apocalipsis 4-5), que no podrían servir como evidencias de la resurrección corporal de Jesús. El verbo repetido en estos versículos de 1 Corintios 15 es “apareció”, y el sujeto activo es el Resucitado (Gálatas 1:16). Eran visitaciones del Señor, apariciones por iniciativa de él, para demostrar la realidad de su resurrección. Se trata de revelaciones corporales como las de Cristo durante los cuarenta días, que constituyeron a sus receptores en testigos oculares del hecho. En ese sentido, Pablo reconoce que su propio caso es una anomalía, pues, aunque era contemporáneo de Jesús, no había sido discípulo ni había estado presente con los discípulos durante los cuarenta días. Sin embargo, insiste en que su encuentro con Cristo en el camino a Damasco pertenecía a la misma serie de visitaciones especiales. Por otra parte, Pablo afirma que su encuentro con el Resucitado fue la última de la serie (1 Corintios 15:8; 1 Corintios 4:9), sin posibilidad de otras. Para mayor énfasis, Pablo afirma que Cristo lo llamó al apostolado no sólo de último sino “como un abortivo” (Gr. ektrômati), una excepción. Pablo era un apóstol “nacido fuera del tiempo normal”. No puede haber otros apóstoles después de él.

Ahora bien, 1 Corintios 15:7 habla de “todos los apóstoles”, además de los doce y Pablo, pero todos ellos eran también testigos oculares de la resurrección. En cambio, de líderes que sabemos que no habían participado en esa experiencia, como Apolos y Timoteo, el Nuevo Testamente nunca los llama “apóstol”. No podían ser apóstoles sin haber visto al Resucitado (y no sólo en visión mística). Por eso, de todas las demás personas llamadas “apóstol” podemos estar seguros de que habían sido testigos oculares del Resucitado o si no, eran apostoloi sólo en el sentido de “misioneros” o de “delegados congregacionales”.

Es muy significativo que tanto los doce como Pablo aplican los mismos requisitos básicos para el apostolado: sólo pueden ser apóstoles los que habían visto al Cristo en su cuerpo resucitado y habían sido comisionados personalmente por él para ser testigos de su vida y resurrección. De estos, el último fue el apóstol Pablo. Los apóstoles cumplieron una función histórica. Obviamente, nadie que no sea del primer siglo puede ser testigo ocular de lo que nunca presenció.

Frente a estas enseñanzas bíblicas muy claras, el mal llamado “movimiento apostólico” apela, sin interpretación cuidadosa, a unos pocos textos. El versículo principal es Efesios 4:11, tomado fuera de contexto. El pasaje completo es una cita modificada del Salmo 68:18 con introducción y conclusión: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.”

El tema de Efesios 4:7-16 es la unidad de la iglesia con su diversidad de dones, todo orientado hacia el crecimiento del cuerpo (Efesios 4:13-16). Pablo introduce este tema con una cita del Salmo 68, uno de los salmos más difíciles y con complicados problemas textuales. Pero el tema central de ese salmo está claro: Dios es un poderoso guerrero (Salmo 68:35) que en diversos momentos ha descendido a la tierra para liberar a su pueblo (Salmo 68:11-14,20-21) y después de su triunfo, sube al monte Sión (o al cielo) llevando cautivos (Salmo 68:15-18,24,29,35) y reparte el botín entre su pueblo (Salmo 68:12,18). Pablo adapta la cita en varias formas, especialmente cambiando “tomaste dones” (Salmo 68:18) en “dio dones” (Efesios 4:8), para aplicar la cita a la ascensión de Cristo y la venida del Espíritu con sus dones. Al volver al cielo, el Cristo vencedor repartió el botín entre su pueblo. El énfasis cae sobre la ascensión de Cristo y el momento histórico-salvífico en que el Resucitado victorioso envió el Espíritu como botín de su triunfo. El verbo “constituyó” (Efesios 4:11, edôken, “dio”) es un pretérito punctiliar, que describe algo que Cristo hizo cuando ascendió, conforme también al modelo del Salmo 68. No dice absolutamente nada sobre el futuro, si Cristo seguiría dando apóstoles a la iglesia, hasta su segunda venida, como podrían haber sugerido otros tiempos verbales. Puesto que esta carta vino de una época cuando estaban funcionando apóstoles y profetas, es imposible sacar alguna conclusión desde este pasaje sobre su continuación o no en la iglesia después. De otros pasajes, como hemos visto, queda evidente que el apostolado no puede haber continuado después de morir los últimos testigos. En cambio, otros pasajes dejan claro que el don de profecía (y la falsa profecía) continuarían en la iglesia. Al ascender, Cristo dio un don que era de una vez para siempre (apóstoles) y otro que había de seguir hasta su venida (profetas). El llamado apostólico corresponde en eso a su origen en el encargo de Shaliaj, que no era transmisible. Por otra parte, Pablo habla en 2 Corintios 11:13 de “falsos profetas (pseudapostoloi), obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (Apocalipsis 2:2; Didajé 11:3-6) y, quizá sarcásticamente, de “superapóstoles” (tôn huperlian apostolôn, 2 Corintios 11:5; 12:11, NVI). Estos son los únicos títulos que los modernos apóstoles podrían reclamar.

CONCLUSIÓN.

La influencia de la NRA se ha vuelto más amplia, y por lo tanto más peligrosa, ya que muchas de sus ideas están siendo aceptadas por iglesias y organizaciones tanto dentro como fuera del movimiento carismático y pentecostal. Esta aceptación se debe a una serie de factores:

  1. La música de Bethel, Hillsong, IHOP y muchos ministerios de alabanza vinculados a la NRA ha encontrado una acogida entusiasta en iglesias, ministerios juveniles y entre jóvenes adultos a lo largo del espectro evangélico.
  2. Muchos no tienen comprensión de las enseñanzas de NRA y ningún concepto de lo que es.
  3. Los maestros influyentes de NRA y los libros están abriéndose paso en los círculos evangélicos.
  4. Debido al analfabetismo bíblico desenfrenado y la apatía general hacia la Escritura y la teología, menos cristianos están alarmados o incluso conscientes de que la falsa enseñanza y el engaño está teniendo lugar. No es sorprendente que aquellos que intentan advertir sobre la NRA u otras enseñanzas falsas son a menudo vilipendiados y etiquetados como negativos, legalistas y odiadores. La mayoría de iglesia evangélica está lista para la infiltración de NRA y por lo tanto no debe sorprender que muchos estén abrazando esta enseñanza herética.

El movimiento de la Nueva Reforma Apostólica, con su enseñanza del dominio político de la iglesia, la negación del arrebatamiento de la iglesia, su obsesión por el ministerio quíntuple, el apostolado para nuestros días, sus métodos extremos de guerra espiritual, visualización, sanidad interior, prosperidad, súper fe, el pensamiento positivo y otras prácticas heterodoxas, debe ser rechazado por todo aquel que ame la sana doctrina. Asimismo, debe ser denunciado como lo que es: Una herejía destructora. Pero ¿Cómo podemos protegernos a nosotros mismos y a quienes amamos de la influencia destructiva de la NRA?

  1. En primer lugar, es imperativo que tengamos una comprensión buena y creciente de la Escritura y la teología. El engaño es más poderoso cuando la gente carece de conocimiento.
  2. En segundo lugar, incluso aquellos con una buena comprensión de la verdad bíblica pueden ser engañados por movimientos como la NRA si prestan demasiada credibilidad a las nuevas revelaciones, que se mueven más allá y no están directamente ligadas a la Escritura, son posibles. Es esencial comprender que todo lo que creemos acerca de la vida y la piedad debe emerger de la Palabra de Dios (1 Pedro 1: 3; 2 Timoteo 3: 16-17). No es suficiente que una enseñanza en particular no parezca contradecir la Escritura. La verdadera cuestión es si se extrae de la Escritura.
  3. Tercero, nuestras habilidades de discernimiento deben ser agudas. Hebreos 5:14 llama a la madurez y rechaza a los creyentes que se han vuelto laxos y apáticos en su andar cristiano: “Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal.” 1 Timoteo 4: 1 nos advierte: “pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios,” es tiempo de que los creyentes tomen estas advertencias con seriedad. La iglesia contemporánea está terriblemente desprevenida para combatir la teología fraudulenta como la NRA, y es por eso que esta, y los grupos relacionados, están creciendo rápidamente.

Finalmente, los creyentes deben estar involucrados en una iglesia que tome la Palabra de Dios seriamente. Demasiados cristianos están contentos de asistir a iglesias mediocres que tienen música entretenida, programas de diversión y excelentes cafeterías. Las Iglesias deben ser la “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15) y, si a la cual asisten no está cumpliendo con su divina descripción del trabajo, debe ser buscada una nueva si es posible. Los creyentes necesitan hermanos y hermanas de la misma semejanza que sean serios acerca de la Palabra y sirvan a Cristo basado en esa Palabra (Hebreos 10: 23-25). Ninguno de nosotros puede permitirse ignorar las maquinaciones de Satanás (2 Corintios 2:11) y nuestra única salvaguarda es la revelación inspirada e infalible de Dios en la Biblia misma, no la imaginación de la gente.

Guerra Espiritual, Sin categoría

Verdades Distorsionadas: Extremos Peligrosos en la Guerra Espiritual.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Los cristianos estamos en guerra. No cabe duda: hay una batalla, pero no es contra sangre ni carne (Efesios 6:2). Nuestro enemigo no es visible a nosotros, por lo que no podemos simplemente observar su accionar. Pero Dios sí conoce los planes y las acciones de Satanás y sus demonios, por lo que la única forma de batallar es dependiendo totalmente en Él. Desafortunadamente, Satanás ha creado fortalezas en la mente de los cristianos sobre cómo batallar, lo que ha llevado a estrategias inefectivas y enfoques erróneos. Las Escrituras autentifican la realidad del mundo espiritual, incluyendo a los ángeles (amigos) y a los demonios (enemigos). Sin embargo, a los cristianos occidentales, incluyendo a los evangélicos y pentecostales, no les resulta fácil explicar y referirse a esta dimensión transempírica de la realidad.

Algunos grupos cristianos cuestionan teológicamente que la lucha espiritual sea real y relevante para sus vidas y ministerios. Y es que hay dos extremos de creencia que son graves en términos de combatir. Primero cuando al rechazar creer que hay una batalla, es fácil sufrir heridas espirituales puesto que nos encontramos sin las armas equipadas ni listas para los dardos que vienen. El otro extremo es el de atribuir todo lo que pasa a Satanás, lo que termina dándole más poder de lo que realmente tiene. Muchas personas creen que la forma de luchar contra estas potestades es una lucha de poder. Se comportan como detectives espirituales, siempre buscando al diablo para reprenderlo y arrebatarle lo que se ha llevado. Esta tampoco es la enseñanza de la Palabra.

Los pentecostales que amamos la sana doctrina reconocemos la realidad de la guerra espiritual. No obstante, entendemos que la batalla ya ha sido ganada por Cristo en la cruz, donde Él despojó a los principados y potestades demoníacas triunfando sobre ellas (Colosenses 2:15). Esta sola realización cambia totalmente el tono de nuestro luchar: batallamos con un enemigo que, en última instancia, ha sido derrotado. Entender la derrota de Satanás nos libra de sobre enfatizar el poder del maligno y conocer la Palabra de Dios nos llevará a estar alertas ante las asechanzas del diablo, para resistirlo (1 Pedro 5:8-9). Apoyados en la victoria conquistada por nuestro Señor Jesucristo en la cruz, nos centramos en fortalecer nuestra fe combinando la espiritualidad con acciones prácticas y directas. Oramos con intensidad, vivimos nuestra fe con entrega y pasión, pero recelamos de no caer en las prácticas mágicas y animistas a las que han sido arrastrados algunos creyentes en su obsesiva fiebre por la guerra espiritual.

Manteniendo dicho equilibrio teológico podemos asumir sin problemas la realidad de un conflicto implacable entre el reino de Dios y el gobierno temporal de Satanás, el príncipe de este mundo, quien es asistido por fuerzas demoníacas bajo su comando. Como creyentes pentecostales, aceptamos la realidad de un mundo espiritual tal como se revela la Escritura. La Biblia enseña claramente la existencia de un enemigo invisible dedicado a la destrucción de la humanidad y nos presenta claramente la vida humana como si se viviera en un contexto de continua contienda entre el reino de Dios y el reino de Satanás. La vida y ministerio de Jesucristo ponen en evidencia esta realidad. Inmediatamente después que el Espíritu Santo ungió a Jesús para que comenzara su ministerio público, Jesús experimentó una confrontación personal con Satanás (Mateo 4:1-11; Marcos 1:12,13; Lucas 4:1-13). Más tarde Él declaró: “Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mateo 12:28). Pedro hizo un resumen del ministerio de Jesús al declarar “cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10:38). El apóstol Pablo advirtió a la iglesia de Éfeso: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

EL RESURGIMIENTO DE UNA DOCTRINA OLVIDADA.

La guerra espiritual permaneció como un concepto olvidado por años en el cristianismo, pero resurgió hace ya un poco más de 25 años dentro del movimiento evangélico, como parte de una estrategia evangelística y misionera. Esta estrategia comenzó a configurarse y a tomar impulso a partir del 1989, bajo el liderazgo de Peter Wagner, profesor del Seminario Teológico de Fuller, quien, además, tiene una larga experiencia como misionero en América Latina. Cabe destacar que el moderno resurgir del concepto de guerra espiritual ocurrió, precisamente el año en que cae el emblemático muro de Berlín y el mundo se abre a nuevos paradigmas que se expanden al ritmo de un galopante proceso de globalización, en medio del acentuado subjetivismo que caracteriza esta era posmoderna, marcada por un desplazamiento del ateísmo racional y materialista por doctrinas esotéricas y la búsqueda espiritual de mundos ocultos y otras percepciones del más allá.

Este movimiento que, además de a Wagner, tiene entre sus ideólogos a Charles Kraft, Ed Murphy, John Dawson, Neil Anderson, Héctor Torres y a Cindy Jacobs entre otros, además de activistas de alcance internacional y multitudinario como Omar Cabrera, Carlos Anaconndia, Claudio Freidzon, Rony Chavez y muchos otros, es promovido a través de redes con abundante literatura, seminarios, talleres, cruzadas, concentraciones multitudinarias, marchas y movilizaciones de grupos, lo que le ha ganado notable aceptación, no solo entre los neopentecostales, sino también entre los pentecostales clásicos y otras denominaciones evangélicas. Por ello, los pensadores evangélicos han definido la guerra espiritual como una corriente dentro del ciclo de los grandes movimientos renovadores que han matizado con nuevos impulsos la gran diversidad que a lo largo del tiempo ha caracterizado la práctica del evangelio. Esta corriente hace su aparición en el marco de lo que se ha llamado la tercera ola, periodo de avivamiento que pone énfasis en las señales y prodigios, y que ha tenido notable impacto en lo que tiene que ver con la forma como tradicionalmente estaban organizadas las denominaciones y con muchos otros aspectos de orden eclesiástico y espiritual. Como parte de esta llamada tercera ola, la guerra espiritual ha alcanzado en estos veinticinco años notorio impacto en todos los ámbitos protestantes y más allá.

DOS EXTREMOS PELIGROSOS EN RELACIÓN CON LA GUERRA ESPIRITUAL.

Es innegable que el resurgimiento del concepto bíblico de “Guerra Espiritual” ha sido de bendición para la iglesia. La guerra espiritual surge como un recurso renovador de la iglesia que acentúa con nuevo énfasis y vitalidad la oración. Esto en sí mismo es sumamente positivo. Sin embargo, como ya lo mencionaba antes, los cristianos pueden incurrir en dos extremos de creencia errados frente a la guerra espiritual: Ignorarla por completo o sobre enfatizarla. Analicemos los peligros de ambos extremos.

I.- NEGAR LA REALIDAD DE LA GUERRA ESPIRITUAL.

Nuestra cosmovisión occidental, las suposiciones teológicas tradicionales y un vocabulario bíblico teológico predeterminado, se unen para hacer que sea difícil discernir y enfrentar un vasto despliegue de realidades espirituales que operan más allá de la percepción sensorial de las personas. Desde el Iluminismo, el mundo occidental ha adoptado una orientación racional, humanista, científica, que tiende a evitar el discernimiento espiritual. La confianza en lo racional y en la lógica mental, la capacidad humana de resolver problemas y la habilidad de la ciencia para penetrar a lo profundo y las estructuras de lo que es real, hacen que sea difícil detectar, confrontar y tratar con un reino espiritual hostil. Incluso muchos cristianos evangélicos han llegado a la conclusión de que su experiencia de salvación los inmuniza del diablo y de los demonios. Para los pentecostales, su encuentro inicial del bautismo en el Espíritu Santo hace lo mismo. De este modo, creen que una vez hayan recibido el bautismo en el Espíritu Santo son inmunes a cualquier ataque de los demonios. Muchos teólogos proponen incluso que Jesús ha atado a Satanás en cuanto a la posibilidad de que sus poderes demoníacos puedan afectar de manera alguna a un creyente. Para muchos cristianos, incluyendo a muchos pentecostales, la realidad consiste de Dios, los humanos, la naturaleza y el espacio exterior, las leyes de la naturaleza que gobiernan la vida y el mundo, y ocasionales intervenciones del Espíritu Santo para salvar, bautizar en el Espíritu, realizar milagros de sanidad y librar a los pecadores del control demoníaco. Tal perspectiva falla ignorando la importancia y vitalidad del ámbito espiritual que existe entre el Dios trascendente y el mundo de los humanos y la naturaleza. Trágicamente, el cristianismo que da énfasis a la salvación individual del alma está mal preparado para enfrentar los poderes espirituales hostiles que operan bajo la soberanía suprema de Dios. Este tipo de cristianismo tiene un ministerio de eficacia limitada para las personas, especialmente en la mayor parte del mundo en donde las multitudes creen en la influencia de seres espirituales en todos los aspectos de la vida.

La mayoría de los pueblos del mundo opera desde una orientación de poder en donde los seres espirituales, incluyendo a Dios, Satanás, ángeles, demonios y espíritus ancestrales, controlan todas las dimensiones de la vida. La minoría del mundo occidental, del mismo modo, orientada hacia el poder, enfatiza el poder en la educación, en la política, las finanzas, las posiciones de autoridad, los sistemas sociales y la tecnología, e inserta a los humanos en el centro de su visión mundial. Además, en Occidente, bien sea que la motivación es el deseo de evitar las acusaciones de sensacionalismo o de irracionalidad, o debido a una sospecha de espiritualizar en forma exagerada las conductas y los eventos anormales humanos, por lo general limitan sus diagnósticos a impedimentos médicos o psicológicos, o a dramáticos “actos de Dios”. Temiendo caer en el fanatismo, muchos creyentes hallan seguridad, sanidad y respeto académico en las ciencias seculares. Pero la indiferencia o ignorancia voluntaria de la realidad del mundo espiritual es también un extremo peligroso.

II.- SOBREENFATIZAR O DISTORSIONAR EL CONCEPTO DE GUERRA ESPIRITUAL.

El concepto de guerra espiritual fue olvidado por mucho tiempo en la iglesia evangélica, la cual pagó un alto precio por ello. No podemos negar que hay sitios donde incluso nuestros mejores esfuerzos pastorales, misioneros y evangelísticos fracasaron debido a que no consideramos de forma apropiada dicho elemento. Lamentablemente algunos han sobre enfatizado este tema, llevándolo a niveles descabellados. Muchos cristianos gastan sus energías identificando demonios, trazando rutas, diseñando cartografías espirituales o desarrollando estrategias para ataques espirituales espectaculares y resonantes. Resulta triste ver como muchos creyentes gastan su tiempo y esfuerzo innecesariamente, consagrando vidas enteras al estudio insano de la demonología, todo ello con el propósito de ubicar las estrategias de Satanás y sus huestes. En algunos círculos evangélicos se enseña la existencia de tres los niveles de operación de los demonios:

  • En el nivel primer nivel operan las huestes de menor rango que motivan los pecados individuales de las personas.
  • En el segundo nivel están demonios de mayor calado, “principados”, cuyo control territorial está relacionado con dominar ciudades, regiones y países y su principal propósito es impedir que la iglesia sea bendecida y someter territorios para que la gente rechace el evangelio.
  • El tercer nivel se da a través de las falsas religiones, especialmente las esotéricas y de hechicería, sin soslayar el hinduismo, el budismo, el islam y el catolicismo romano e incluyen a los principados y potestades de mayor rango.

Para los adherentes a esta doctrina, no se trata sólo de orar a ciegas, sino de una guerra espiritual entre fuerzas del bien y el mal invisibles que requiere combate “estratégico”, para lo cual se formulan cartografías espirituales basadas en las actuales divisiones políticas, pues los “principados, potestades y gobernadores de las tinieblas” se distribuyen las tareas de acuerdo con barrios, municipios, provincias y naciones, utilizando las divisiones de cada país. Por eso deben conocer bien la geografía, la cultura, la sociedad, la política y toda información posible, para orar estratégicamente y vencer a los demonios territoriales, a los cuales les suelen asignar los nombres de dioses indígenas actuales o prehispánicos, o de poblaciones negras.

La guerra espiritual es vista como una proclamación e invitación a avanzar hacia espacios espiritualmente no explorados, atacando al enemigo hasta ponerlo en retirada. Partiendo de esto, en muchos círculos evangélicos se habla de oración de guerra, identificación y confrontación de espíritus territoriales, cancelación de maldiciones ancestrales y uso de la cartografía espiritual como una estrategia que permite identificar los espíritus que gobiernan determinados territorios para emprender acciones orientadas a destruir sus fortalezas, sumando así frases y términos al lenguaje que pasan a ser parte del hablar común de los grupos evangélicos que la promocionan y la implementan. Para fundamentar esta lucha de oración se basan en Daniel 10, donde el Príncipe de Persia, una potestad demoníaca, impide que las oraciones de Daniel lleguen a Dios. Estos demonios evitan que la gente escuche la palabra de Dios y la acepte, además la mantiene en ignorancia e idolatría, lo cual impide que la prosperidad económica, el desarrollo y la luz espiritual llegue a las naciones.

En sus concepciones más refinadas, esta estrategia de guerra espiritual se configura con el estudio de la historia, la antropología, además del análisis de prácticas ocultistas y esotéricas, como el espiritismo y el fetichismo, las cuales aborda desde las ciencias sociales y la psicología, para procurarle, en definitiva, una explicación bíblica y teológica consistente y aceptable. Esta creación de realidad sobrepasa a las iglesias neopentecostales o seguidoras de la Nueva Reforma Apostólica (todos aquellos grupos dirigidos por los pseudo-apóstoles modernos) pues su producción cultural permea a iglesias evangélicas que no se adhieren a ellos, pero que se encuentran muy influidos por estas posturas.

Como pentecostales de sana doctrina no negamos la realidad de la guerra espiritual pues es enseñada en la Biblia; sin embargo, nos oponemos a una vida de temor y constante ansiedad espiritual basada en lo que el diablo pueda o no hacer. Somos llamados a estar alertas (1 Corintios 16:13, Filipenses 1:27), pero no a vivir en constante temor o perder la paz a causa del diablo y su mover en este mundo (Isaías 41:10, 44:8; Lucas 12:32). Son los excesos, no la doctrina en sí, los que deben ser rechazados.

LA GUERRA ESPIRITUAL A NIVEL INDIVIDUAL: ¿PUEDEN LOS CREYENTES SER INFLUENCIADOS POR SATANÁS, EXPERIMENTAR OPRESIÓN DEMONÍACA O SUFRIR ATAQUES ESPIRITUALES DE FORMA DIRECTA?

Pero la guerra espiritual va más allá de un conflicto por las naciones de la tierra y la salvación de los perdidos. Tiene también su dimensión personal. Cada área de la vida del creyente está expuesta a ser objeto de ataque por el enemigo de nuestras almas.

Muchos creen que los creyentes en Cristo son inmunes a cualquier forma de ataque satánico; otros en cambio se van al extremo opuesto y viven presos del miedo y el temor al diablo. Muchos incluso temen ser poseídos por espíritus demoníacos o ven la influencia demoniaca en cada faceta de la vida, por trivial que esta sea. Nuevamente, ambos extremos son peligrosos.

Los cristianos genuinos no debemos temer ser poseídos por demonios. Bíblicamente, los seres humanos son creaciones tripartitas, que consisten de cuerpo, alma y espíritu. Un todo integrado compuesto por el cuerpo externo visible, y una naturaleza interna, espiritual y compleja. Los cristianos creemos que Cristo mora dentro del creyente y ocupa el espíritu, el alma y el cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23; 1 Corintios 6:18-20). Por lo tanto, la posesión demoníaca no puede ocurrir en donde Jesús es el Señor.

Por otro lado, es ingenuo creer que porque el diablo no puede poseernos, tampoco puede afectarnos de forma alguna. La experiencia de Job es un testimonio irrefutable de que el fiel creyente puede ser, y es a menudo, atacado por el enemigo.  Si el diablo no pudiera afectar o influir de forma alguna en los creyentes verdaderos, sería difícil explicar cómo es que la serpiente entró al huerto de Edén, donde no había pecado (Génesis 3); cómo pudo Satanás usar a Pedro para que llegara a ser una piedra de tropiezo, estando presente Cristo (Mateo 16:23), cómo pudo Satanás introducirse en Judas, quien acababa de participar de la cena pascual juntamente con Cristo (Juan 13:2,27), y por qué habría Pablo de prohibir a los corintios carismáticos de participar en las festividades en los templos paganos, que eran morada de demonios (1 Corintios 10:14-22). La Biblia pone en evidencia que lo demoníaco no es algo tan remoto como a algunos les gustaría creer.

Aunque podemos afirmar con total seguridad que un creyente genuino, nacido de nuevo y cuya profesión de fe y estilo de vida concuerdan con la Palabra de Dios, no puede ser poseído (indicando control total) por los demonios, el Nuevo Testamento nos indica también que el creyente sí puede experimentar alguna aflicción demoniaca. Las Escrituras de ninguna manera limitan el trabajo de los poderes demoníacos a solo la posesión o demonización plena. En cambio, la Biblia, en varios lugares, habla de personas que tienen un “espíritu inmundo” que influyó negativamente o afectó su vida de alguna manera, ya sea en mayor o menor grado.

Por ejemplo, la conocida historia del hombre con la legión de demonios en Marcos 5 y Lucas 8 es un caso de demonización que había progresado hasta el punto en que el individuo parecía ser completamente propiedad del enemigo. Por otro lado, en Hechos 5, el caso de Ananías y Safira cuando “llenó Satanás [su] corazón” es una ilustración más sutil y suave de la opresión demoníaca (a pesar de que la opresión “leve” les costó la vida).

La Escritura también habla de que los demonios pueden causar enfermedades u otras dolencias físicas (por ejemplo, Lucas 13:11, Mateo 9:32), suministrar aparentes poderes de clarividencia o adivinación (Hechos 16:16), ejercer una gran fuerza y volverse violentos con los demás (Hechos 19:16), y causar daño físico a un supuesto huésped (Marcos 9: 14-29). En Mateo 4:24 y 8:16 se nos dice que le trajeron gente atormentada por demonios a Jesús, y los sanó. Mateo no da detalles de su condición, salvo dejar constancia de que otros los llevaron a Jesús y que la manifestación visible de la influencia demoniaca era su enfermedad únicamente. En Mateo 9:32, ciertas personas trajeron a Jesús un “mudo endemoniado” y después que el demonio fue expulsado, el mudo habló. El demonio parece haber hecho al hombre mudo. Después de que Jesús echó fuera al demonio, el comportamiento de este hombre se normalizó, y él tomó la iniciativa de hablar. En este caso, la influencia demoniaca se manifestaba a través de una enfermedad y no por alguna manifestación sobrenatural. El mudo no estaba poseído, pero sí sufría un ataque o enfermedad de carácter u origen espiritual.

Por la evidencia bíblica podemos concluir que los seres humanos, incluso los creyentes podemos, en cierta medida, ser atacados por demonios. Esto podría implicar ser afectado mentalmente como en el caso de Saúl, a causa de su descuido y pecado personal (1 Samuel 16:14-16). Otras veces, Dios le permite a Satanás atacarnos físicamente en grado significativo, como ocurrió en el caso de Job (Job 1) y Pablo (2 corintios 12:7-9). Indiscutiblemente, no todo lo que nos ocurre necesariamente es culpa de Satanás, pero a veces, y por propósitos especiales, Dios puede permitirle al diablo que nos tiente, nos cause cierto grado de daño o incluso nos enferme.

Muchos se empeñan en negar esta realidad, pero eso no cambia lo que la Biblia enseña. Para los cristianos que se han entregado el control de sus vidas a Cristo, no puede tomar lugar la posesión demoníaca. Debemos ver la posesión demoníaca como un caso extremo de control demoníaco observado sólo entre aquellos que son resistentes al señorío de Cristo.

ABRIENDO PUERTAS A LA INFLUENCIA DEMONÍACA EN NUESTRAS VIDAS.

Un creyente que anda en el Espíritu jamás será poseído por un demonio; sin embargo, en la zona intermedia entre los fieles cristianos y los inconversos están aquellos cristianos que se han estancado en su crecimiento; ellos pueden vivir de manera descuidada e inconsistente en cuanto a buscar la voluntad de Dios y evitar las tentaciones carnales. Cuando ellos vinieron a Cristo, puede que hayan mantenido algunos sectores de su vida interior sin experimentar limpieza, o que después de llegar a Cristo se hayan descuidado y rendido un “lugar” dentro de sus afectos para que el diablo controle cosas tales como avaricia, ira, mentira, lujuria y ansias de poder. Los cristianos pueden pecar voluntariamente y bajar su escudo defensivo contra las tentaciones y los dardos de fuego del maligno (Efesios 6:16). Aun cuando el Espíritu de Dios promete una vía de escape de toda tentación, hay quienes ignoran la oportunidad de huir (1 Corintios 10:13). Santiago recomienda a los creyentes “resistir al diablo” y que de nosotros huirá (Santiago 4:7). Sin embargo, algunos creyentes ofrecen poca resistencia y pueden llegar a ser presa de influencia y opresión demoniaca en diversos grados.

Los creyentes, y particularmente los ministros pentecostales, no pueden permitirse el ser descuidados o arrogantes, suponiendo ser inmunes a los poderes demoniacos. Si Satanás confrontó repetidamente a Jesús (Lucas 4:13), los representantes de Cristo no pueden esperar menos. El Nuevo Testamento llama a los cristianos a la vigilancia y la lucha espiritual constante contra Satanás y sus dominios. El Nuevo Testamento no indica que hay una tregua, zona desmilitarizada o inmunidad. Pablo habla en tiempo presente de “nuestra lucha”, incluido él mismo, que no es contra seres humanos, sino contra poderes espirituales malignos planeado por un demonio intrigante (Efesios 6:11-12).

A los creyentes de Corinto, Pablo les advierte a no ser engañados por Satanás (2 Corintios 2:11). Se advierte a los cristianos de Éfeso a “no dar lugar al diablo” (Efesios 4:27). La orden implica que es posible dar lugar o espacio para el diablo, ya sea en los propios pensamientos, actitudes, comportamientos o relaciones interpersonales. Escribiendo a los conversos en Roma, Pablo les ordenó: “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos” (Romanos 6:12). Y añadió: “No ofrezcas alguna parte de ti mismo al pecado como instrumento de maldad … ofrezcan cada parte de uno mismo a él [Dios] como instrumento de justicia. … Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecen “(Romanos 6:13-16). Una lectura inversa sugiere que los cristianos pueden permitir que el pecado reine en su cuerpo, ya que pueden ofrecer partes de sus cuerpos para ser utilizados con fines pecaminosos, convirtiéndose en esclavos en ciertos aspectos de su vida. La amonestación del apóstol a entregar todo a Dios y que él reine supremamente sobre todas las dimensiones de la vida, incluyendo el corazón (pensamientos, motivaciones, emociones y valores), el alma (el cuerpo y la conducta externa), y la fuerza (todas esfuerzos y logros de una vida).

Pedro describió predicadores que viven entre los santos que “han escapado de la corrupción del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ella y son vencidos” (2 Pedro 2:20). Afirmó: “Las personas son esclavas de lo que les ha dominado” (2 Pedro 2:19). La referencia de Pedro a ser “enredado”, “vencido” y “esclavizado” implica que, como creyentes, podemos sufrir bajas en la guerra espiritual contra Satanás. Dar lugar a tentaciones puede conducir al pensamiento carnal y a una conducta que finalmente se convertirá en hábitos. Los hábitos conducen a adicciones, y las adicciones pueden resultar en grados crecientes de esclavitud.

LLAMADOS A LA GUERRA ESPIRITUAL.

Los cristianos deben tomar la ofensiva y proclamar a Jesús como Señor entre aquellos que nunca lo han oído. Asimismo, deben invadir y ocupar los dominios de oscuridad. En su avance, ellos deben revestirse de la armadura provista por Dios (Efesios 6:10-18) e involucrarse en tres tipos de batalla:

  • Los seguidores de Jesús deben renovar constantemente su lealtad a Cristo y estar seguros de que Él es Señor de todas las dimensiones de la vida. Esto parece haber sido el asunto en la ciudad de Éfeso, cuando la gente que ya había creído reconocía una lealtad dividida y la necesidad de limpiar sus hogares de parafernalia usada en la brujería (Hechos 19:18-20).
  • Los cristianos deben buscar la verdad y la sinceridad que se encuentra en Jesús, en su carácter, en sus hechos y en sus palabras. En la batalla contra las mentiras y las falsas doctrinas, deben someter las dudas que socavan su confianza en la bondad de la verdad de Dios (2 Corintios 10:5).
  • Cuando sea necesario, los cristianos debieran tener la confianza de involucrarse en confrontaciones de poder. Debieran imitar a Jesús. Él venció la tentación declarando las verdades de la Palabra de Dios, salvaguardando su relación con el Padre por medio de la obediencia, y por permanecer humillado y dependiente de las provisiones, momentos oportunos y direcciones de Dios. Jesús ha dado poder y autoridad a sus discípulos para echar fuera demonios, sanar a los enfermos y predicar el reino de Dios (Marcos 16:15-18; Lucas 9:1,2). El estudio de la palabra de Dios, la oración, la alabanza a Dios, y el ayuno pueden reforzar la dependencia de uno y la confianza en el Señor para liberar a las personas. Habrá ocasiones en que uno discierne que la resistencia proviene de “las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Podemos observar los controles demoniacos sobre la gente por medio del difundido tribalismo, racismo, idolatría, fanatismo religioso y ciertos pecados predominantes. La confrontación de tales espíritus requiere oraciones individuales y corporativas, y que nosotros, como embajadores de Cristo, hagamos compromisos duraderos de vivir y de testificar para Cristo entre la gente de dichas regiones.

La abundancia de advertencias bíblicas a los cristianos respecto de estar alertas, de preparación y de activa resistencia contra Satanás (descrito como un león rugiente que busca devorar al pueblo de Dios) contra los demonios, principados y potestades, debiera sensibilizar a los creyentes ante la realidad de la batalla y de la posibilidad de experimentar bajas y sufrir daño en la guerra espiritual. La fuerza y la frecuencia de estas advertencias parecen advertir a los creyentes para que estén alertas y preparados para combatir contra el reino satánico.

TOMANDO SOBRE NOSOTROS LA ARMADURA DE DIOS.

La armadura metafórica descrita por Pablo (Efesios 6:13-18) incluye el “cinto de la verdad”. Debemos estar ceñidos en el centro de nuestro ser con la sinceridad, honestidad e integridad. Debemos proteger nuestros afectos con la “coraza de justicia”, permaneciendo firmes y haciendo lo que es justo ante los ojos de Dios. El calzado apropiado asegura que uno está listo para ir en cualquier momento donde Dios lo dirija y declarar verbalmente las condiciones de paz con Dios, con los demás y consigo mismo. Tomar el “escudo de la fe”, manteniéndolo firme para asegurar las promesas bíblicas de Dios, permite que los cristianos rechacen e impidan los intentos del diablo para traer destrucción y muerte. Necesitamos proteger nuestros pensamientos con el “yelmo de la salvación”, salvación que es integral, que transforma la mente, las emociones, el cuerpo y las relaciones. El arma es una espada pequeña y manejable, descrita como la “palabra de Dios”, que hace retroceder los poderes de oposición del enemigo. Debemos dedicar tiempo al estudio, meditación, memorización y comprensión contextual de la palabra de Dios, para usarla eficazmente en los momentos de crisis. Vestidos con la armadura y protegidos con el escudo y la espada, los representantes de Dios entran a la lucha “orando en el Espíritu”. No limitados a orar en lenguas, sino incluyendo el ser llenos de percepción a la dirección del Espíritu Santo, y dependientes de Él para recibir fortaleza, resistencia y habilidad de permanecer firmes.

CONCLUSIÓN:

Sin lugar a dudas, el concepto renovado de guerra espiritual ha traído impulsos renovadores que son notorios en la adoración, la oración intercesora, el evangelismo, las misiones y el despliegue de dones espirituales diversos que adormecían por falta de animación y práctica aunque, en algunos casos, ha evidenciado tendencia a la superficialidad y el simplismo bíblico, y todo lo pretende reducir e interpretar desde la óptica espiritualista, ignorando la reflexión, el estudio y la compresión de la Palabra de Dios en su sentido más amplio y sistemático. Haciendo un balance general, la guerra espiritual puede ser considerada como un movimiento que ha traído despertar y ha sido de bendición para el pueblo de Dios, aunque hay que reconocer también sus puntos débiles, como la tendencia a absolutizar modelos y prácticas, descalificando a quienes no se envuelven en ellas. Muchos de sus seguidores están más empeñados en descifrar las estrategias de las tinieblas que en disfrutar de los destellos de gloria que irradia la luz del Cristo resucitado y triunfante que todos debemos proclamar. Sin embargo, los excesos de algunos en nada disminuyen la realidad de la guerra espiritual.

En nuestra calidad de ministros llenos del Espíritu y de poder del Espíritu, es necesario que estemos en guardia, por causa de nosotros mismos y del rebaño. Necesitamos un apropiado discernimiento para diagnosticar, defender y librar (cuando sea necesario) a los miembros de nuestra congregación que están siendo víctimas de ataques espirituales. Los cristianos están involucrados en la guerra, quiéranlo o no, pero ellos saben que el que está en ellos es mayor que el que está en el mundo (1 Juan 4:4). Las armas de la contienda no son del mundo, pero tienen poder divino para derribar fortalezas (2 Corintios 10:4). Tenemos la seguridad de la victoria final por medio de Jesucristo, quien ha conquistado el mundo, la carne y el diablo.