Anti-Intelectualismo, Estudio Teológico

¿Qué “la letra mata”? ¿En serio?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

¿Alguna vez has intentado corregir a un cristiano, pastor o líder religioso con escasa preparación teológica y que presta más valor a la experiencia subjetiva que a la Palabra escrita de Dios? ¡De esos abundan hoy en día! ¡Incluso lideran grandes e importantes congregaciones, y hasta predican en la radio, la Tv y las redes sociales! Quizá, al intentar explicarles la sana doctrina y pretender orientarles en el uso de una sana exégesis te hayas encontrado con la siguiente respuesta: “Hermano, estás enfocándote demasiado en el texto. Recuerda: la letra mata, pero el espíritu vivifica. Nosotros somos cristianos del Espíritu, no de la letra”.  Y es que 2 Corintios 3:6 suele malinterpretarse para justificar cualquier extravagancia o error exegético nacido de interpretaciones subjetivas del texto sagrado. Peor aún, le atribuimos al Espíritu Santo dichos errores. Esta práctica ha sido común en muchas congregaciones pentecostales que prestan poco valor al estudio serio de la Biblia. Algunas iglesias y sus ministros incluso consideran pecado la formación teológica, negándose a sí mismos y a sus congregaciones la asistencia a seminarios teológicos, institutos bíblicos o universidades cristianas. Todo esto amparado supuestamente en 2 Corintios 3:6, el cual dice: “Él nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo pacto, no el de la letra, sino el del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.” (2 Corintios 3:6; NVI).

 Pero interpretar dicho texto como justificación para rechazar el estudio bíblico y la erudición teológica es incorrecto. ¿Cuál es el problema con esta interpretación? Tal interpretación es diabólica, y asume erradamente lo siguiente:

  1. Que la “letra” en el pasaje se refiere al estudio de la Biblia. La vivificación del Espíritu Santo se produce aparte de la Palabra.
  2. El Espíritu Santo opera de manera independiente de la Palabra. Es decir, alguien puede crecer en comunión con Dios y madurez a la semejanza de Cristo Jesús sin la renovación de su mente a través de las Escrituras.

Muchos pentecostales, en exceso de fanatismo espiritualista, piensan que el Espíritu Santo es su única autoridad. Por ende, la revelación o las impresiones, supuestamente dadas por él, están por encima de la Biblia. Es cierto que el Espíritu Santo es libre de obrar según le plazca, sin embargo, en Su Soberanía ha elegido obrar a través de exposición de las Escrituras, “agrado a Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación” (1 Corintios 1.21) a fin de llevar a pecadores al arrepentimiento a Cristo. Y es que el Espíritu no obra en contra de la Palabra que él mismo ha inspirado, “Él no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2.13). Prohibir a una persona que estudie las Escrituras, usando todo su ser (emociones, voluntad e intelecto), no abre la puerta al obrar del Espíritu Santo sino a espíritus demoníacos y engañadores. De esta manera se previene la madurez espiritual en la vida del creyente.

Por todo lo anterior, muchos quizá se pregunten ¿Qué fue lo que quiso decir Pablo? ¿Acaso Pablo, el erudito en la Palabra, se oponía a que otros fuesen instruidos como él?

 

UN ASUNTO SERIO.

Aunque muchas interpretaciones nacidas de la experiencia subjetiva y el desconocimiento bíblico pueden resultar risibles para un cristiano educado en la Palabra, tomar un pasaje como 2 Corintios 3:6 y darle una interpretación incorrecta es cosa seria. Aunque somos humanos falibles interpretando la Palabra de Dios infalible, el Señor nos hace responsables por cómo usamos la Biblia, especialmente si somos maestros de ella. Santiago escribió: “Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad.” (Santiago 3:1; NVI).

Para personas que enseñan lo que Dios no dice, Dios tiene reservada una condenación más grande. Cuatro veces en el Nuevo Testamento se habla de personas que recibirán “mayor condenación” (Mateo 23:14; Marcos 12:40; Lucas 20:47; Santiago 3:1), y todas tienen que ver con líderes religiosos que abusan de la fe para imponer mandamientos que no provienen de Dios. Esta es una gran blasfemia, porque intenta usurpar el nombre de Dios. Para personas así, Dios tiene reservada una condenación más grande.

 

¿QUÉ QUIERE DECIRNOS PABLO EN 2 CORINTIOS 3:6?

2 Corintios 3:6 es uno de esos versos que ha sido malinterpretado desde los primeros siglos de la Iglesia cristiana. Por ejemplo, Orígenes, quien murió en el siglo III y es famoso por sus alegorías de la Biblia, interpretaba “la letra” como el sentido gramático del texto, mientras que “el espíritu” se refería a la interpretación espiritual. De acuerdo a Orígenes, el sentido gramático era inferior al espiritual. Él usó este versículo para justificar sus interpretaciones alegóricas, y después muchos siguieron su ejemplo, malinterpretando incontables versículos por toda la Biblia.

Hoy en día, este verso se usa para justificar una falta de seriedad al estudiar la Palabra. Si un creyente dedicado quiere estudiar en el seminario, alguna persona quizá bien intencionada lo toma aparte para advertirle que “la letra mata, pero el espíritu vivifica”. Otros, al señalar a la luz de la Palabra las prácticas antibíblicas que quizá existan en su iglesia, a menudo son reprimidos con el mismo texto. Este verso, sin embargo, no tiene que ver con el sentido espiritual de un pasaje, ni con el peligro de estudiar teología. Mucho menos debe usarse para justificar en la iglesia cosas que son contrarias a la Palabra de Dios. Para entender el sentido del pasaje, debemos estudiar el contexto.

Al estudiar el contexto de 2 Corintios 3:6 descubriremos que había personas en Corinto que dudaban del apostolado y la autoridad de Pablo. Probablemente algunos falsos maestros intentaban desviar a la congregación de la autoridad apostólica. Sin embargo, Pablo les responde: “Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Corintios 2:17).

Pablo continúa explicando que no era necesario mostrar algún tipo de currículum vitae. Ni siquiera necesitaba alguna carta de recomendación, porque la carta eran los creyentes en Corinto, una carta “siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” (2 Corintios 3:3). Este verso nos da una pista para interpretar 2 Corintios 3:6, pues vemos el contraste que Pablo hace entre las “tablas de piedra” (una referencia al pacto de la ley del Antiguo Testamento), y la obra del Espíritu, la cual se hace directamente en el corazón humano. Indudablemente Pablo está pensando en pasajes como:

“Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.” (Jeremías 31:33).

“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.” (Ezequiel 36:26).

El apóstol estaba diciendo que su autoridad apostólica era evidente pues el Espíritu había transformado sus vidas mediante la predicación del evangelio por parte de Pablo y aquellos que ministraban junto a él. Esto no era algo que Pablo había logrado por sí mismo, esa suficiencia tampoco venía de ellos mismos, más bien:

“no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica.”  (2 Corintios 3:5-6).

Aquí está la clave para entender este versículo: Pablo era ministro del nuevo pacto (del Espíritu), no del antiguo pacto (de la letra; es decir, de la Ley). Este versículo, entonces, se refiere a un contraste entre dos pactos: el antiguo y el nuevo. El antiguo pacto, dice Pablo, es el de la letra, y mata. Por el otro lado, el nuevo pacto, del Espíritu, vivifica. Según Pablo, el antiguo pacto, escrito en letra, mata por varias razones:

  1. Primeramente, era un pacto de muerte (2 Corintios 3:7), sin capacidad de dar vida, sino todo lo contrario. El pecado que mora en el ser humano se aprovecha del mandamiento para producir más pecado (Romanos 7:8) y finalmente la muerte (Romanos 7:11). Este pacto, por sí mismo, no tenía capacidad alguna de producir vida. Era un código condicional que Dios había hecho con su pueblo, pero que sin embargo quedaría reemplazado por un nuevo y mejor pacto (Hebreos 7:22, 8:6, 12:24).
  2. Segundo, era un pacto “de condenación” (2 Corintios 3:9). Tanto así que la persona bajo ese pacto estaba bajo maldición (Deuteronomio 27:26; Gálatas 3:10). Ninguna persona podía cumplir con los requisitos de la ley, y por lo tanto, toda persona bajo ese pacto sería juzgada y encontrada culpable. El nuevo pacto viene con la promesa y el poder del Espíritu Santo, con la ley escrita en el corazón; es el pacto de la regeneración, es el pacto que produce vida.

Por el otro lado, el nuevo pacto, el del Espíritu, “da vida”. Este nuevo pacto inaugurado y mediado por el Señor Jesucristo (Mateo 26:28; Marcos 14:24; Lucas 22:20; 1 Corintios 11:25; Hebreos 12:24) era el mismo prometido en el Antiguo Testamento (Ezequiel 36:26; Hebreos 8:8). A diferencia del antiguo pacto, este nuevo venía con la promesa y el poder del Espíritu Santo (Jeremías 31:31), con la ley escrita no en tablas sino en el corazón (Jeremías 31; Ezequiel 36). El nuevo pacto es el pacto de la regeneración (Ezequiel 37), es el pacto que produce vida (Juan 6:63; Romanos 8:6). Así que Pablo, en este texto, enseña la maravillosa bendición que tenemos aquellos que estamos bajo el pacto de vida por medio de la regeneración del Espíritu, por la obra de obediencia de Jesucristo al Padre.

 

LA BIBLIA NOS MANDA ESTUDIARLA.

La Biblia nos manda estudiarla, y nos da muy buenas razones para hacerlo. Leer la Biblia no “mata” la espiritualidad, por el contrario, le da un sentido correcto. Pero no basta con leerla, hay que “escudriñarla”, estudiarla de forma sistemática. Es ahí donde el estudio teológico se vuelve importante para el creyente, principalmente para el creyente pentecostal, frecuentemente acusado de no darle la importancia debida y poner la experiencia por encima de la Palabra. A aquellos que creen que estudiar teología y dedicarse al estudio bíblico es pecado, o que el estudio sistemático de la Biblia es “la letra que mata” les decimos:

  1. Debemos estudiar la Biblia y sus enseñanzas por que Jesús lo mandó: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). La Biblia y su estudio no es “letra muerta”, sino palabra viva: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Hebreos 4:12).
  2. Dios nos manda leer y estudiar la Biblia simplemente porque es su Palabra para nosotros. 2 Timoteo 3:16 dice que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.”. En otras palabras, no solo no es pecado estudiarla de forma sistemática, sino que es nuestro deber como creyentes y, particularmente como ministros. Las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, son las mismísimas palabras de Dios para nosotros ¿Cómo podrían ser letra que mata?
  3. Se nos manda leer y estudiar la Biblia porque, a diferencia de las experiencias subjetivas del ser humano o de las supuestas revelaciones que algunos afirman recibir, la Biblia es totalmente confiable y sin error: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” (Juan 17:17).
  4. Se nos manda leer y estudiar la Biblia porque existe mucha enseñanza falsa. La Biblia nos da la medida mediante la cual podemos distinguir la verdad del error: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos.” (Salmo 19:7-8). Se nos manda defender la fe: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Contender por ella: “Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos.” (Judas 1:3). Pero ¿Cómo podríamos defender lo que no conocemos? La Biblia nos guarda del error, nos dice cómo es Dios. Tener una impresión equivocada de Dios es adorar un “ídolo” o “dios falso”. Estamos adorando algo que ¡No es Él! Y si adoramos algo diferente al Dios y al Jesús de la Biblia ¡Estamos condenados!
  5. Se nos manda dedicar nuestra vida al estudio de la Palabra porque la Biblia nos equipa para servirle a Dios (2 Timoteo 3:17; Efesios 6:17; Hebreos 4:12). Nos ayuda a saber cómo podemos ser salvos de nuestros pecados y sus últimas consecuencias (2 Timoteo 3:15). Al meditar en ella y obedecer sus enseñanzas, nos llevará a una vida victoriosa (Josué 1:8; Santiago 1:25). La Palabra de Dios nos ayuda a ver el pecado en nuestra vida y nos ayuda a deshacernos de él (Salmos 119:9,11). Será una guía en la vida, haciéndonos más sabios (Salmo 32:8; 119:9,11; Proverbios 1:6). La Biblia nos libra de perder años de nuestra vida en aquello que no dura ni tampoco importa (Mateo 7:24-27).

La Biblia es un libro que no es sólo para leerse. Es un libro para estudiarse, a fin de poder ser aplicado. De otra manera, es como tragarse el bocado de comida sin masticarlo y después escupirlo de nuevo, sin ningún valor nutricional aprovechado. La Biblia es la Palabra de Dios. Como tal, es tan necesaria como las leyes de la naturaleza. No podemos ignorarla, pero lo hacemos para nuestro propio mal. No puede ser lo suficientemente enfatizada la importancia que tiene la Biblia en nuestras vidas. El estudiar la Biblia puede compararse al extraer oro de una mina. Si hacemos un pequeño esfuerzo y sólo escarbamos superficialmente, sólo encontraremos un poco de polvo de oro. Pero si nos esforzamos en realmente “excavar en ella”, la recompensa será de acuerdo a nuestro gran esfuerzo. ¡Vale la pena estudiar teología! ¡Vale la pena consagrarnos al estudio bíblico! Esto jamás sería pecado o “letra muerta”, sino vida para el alma y, por si fuera poco, un mandato.

 

CONCLUSIÓN.

Cuando nos enfrentamos a algún texto difícil en las Escrituras, lo mejor que podemos hacer es mirar el contexto, tanto el inmediato como el más amplio. Es importante tener un panorama robusto y completo de toda la Palabra, para interpretar la Biblia con la Biblia misma. Así no caeremos en condenación, sino que seremos, como Pablo, ministros y proclamadores del nuevo pacto que trae vida.