El Jesús real, en sus 33 años aproximadamente, con cara de palestino pobre, obrero, inmigrante, sin partido y que dice que los últimos serán los primeros (Mateo 20:16), hoy no estaría en un templo de mármol blanco (como esos lujosos templos mormones, lujosas catedrales y megaiglesias ricas). Estaría en la frontera, en un campo de refugiados, en una manifestación, y sería detenido por ICE o por la policía. O asesinado por las FDI. ¿Te identificarías con Él? ¿O serías de los que lo esposaran, arrestaran, deportaran o atacaran con misiles?
Categoría: Reflexión Teológica
Ni de derecha ni de izquierda, ¡Dios no está en tu bando!
La Iglesia, cuerpo de Cristo en la tierra (1 Corintios 12:27; Efesios 1:22-23), existe para encarnar los valores del Evangelio y del Reino de Dios, no para servir de capellán a ningún poder político. No somos aliados de los imperios ni cómplices de nacionalismos o xenofobias (Juan 17:14-16). Jesús nació refugiado (Mateo 2:13-15), habló con samaritanos y extranjeros (Juan 4:7-42; Lucas 17:11-19), y dijo: «Mi reino no es de este mundo» (Juan 18:36).
«Bendeciré a los que te bendijeren»: El versículo que secuestraron para blindar un Estado moderno
Este artículo examina la interpretación de Génesis 12:1–3 a la luz de la tradición patrística y de la hermenéutica apostólica. Sostiene que la promesa abrahámica tiene un carácter esencialmente cristológico y eclesiológico, que trasciende toda lectura étnica o geopolítica. Se argumenta que la exégesis patrística —desde Justino Mártir e Ireneo de Lyon hasta Agustín de Hipona, Juan Crisóstomo y Beda el Venerable— desarrolló de manera consistente una interpretación tipológica en la que Cristo es la Simiente singular y la Iglesia, el pueblo del cumplimiento. El artículo propone que el uso contemporáneo de Génesis 12:3 como aval teológico de entidades políticas modernas constituye una regresión hermenéutica, pues desatiende tanto el testimonio profético del Antiguo Testamento como la exégesis de los Padres de la Iglesia. Se concluye que la verdadera bendición prometida a las familias de la tierra se recibe únicamente mediante la fe en Jesucristo, en quien todas las promesas divinas encuentran su «Sí» y su «Amén».
Egipto, Sodoma, Babilonia y Jerusalén — Una lectura incómoda de Apocalipsis 11:8
Ninguna institución, ninguna nación, ningún movimiento religioso está exento de corromperse. Ni siquiera el que lleva el nombre de Dios en la puerta.
El Siervo Sufriente de Isaías 53: ¿Israel, Jesús o una relectura interesada? Una revisión crítica de la tesis de Bart Ehrman y un análisis histórico-teológico del texto
La tesis de Bart Ehrman —atractiva por su aparente sencillez— se desmorona cuando es sometida a un análisis profundo y contextual. El Siervo Sufriente de Isaías 53 no pudo ser la nación de Israel, porque el texto describe a un individuo justo, inocente, que muere vicariamente por los pecados de su propio pueblo y es exaltado después de la muerte. La identificación corporativa con Israel no es la interpretación original, sino una relectura tardía forjada al calor de la polémica anticristiana. Por el contrario, en el judaísmo del Segundo Templo existían corrientes que apuntaban a un Mesías sufriente, y la iglesia primitiva —desde Felipe y el eunuco etíope hasta Pablo— reconoció unánimemente en Jesús al Siervo que carga con el pecado del mundo. Lejos de ser una retroproyección arbitraria, la lectura cristiana representa la realización plena y coherente del sentido profundo del texto inspirado.
El Misterio de la Esperanza — ¿A qué se refiere Pablo cuando afirma que «todo Israel será salvo»?
La frase "todo Israel será salvo" no se refiere a una futura conversión masiva de la nación judía al final de la historia. En cambio, "todo Israel" designa a la totalidad del pueblo de Dios, compuesto por judíos y gentiles que creen en Cristo y están unidos en la Iglesia. La salvación de "todo Israel" es, por lo tanto, la plena inclusión de los gentiles y la de los judíos creyentes en este único pueblo de Dios. La salvación de Israel no es un evento aparte, sino que se está cumpliendo a través de la misión de la Iglesia.
Tres ranas, un frente: reflexión sobre antisemitismo, antisionismo y discernimiento cristiano
Tras recorrer la tradición exegética —desde Victorino de Petovio y Agustín hasta Barnes, Gill, Jamieson-Fausset-Brown y Keener—, la conclusión es inevitable: las tres ranas de Apocalipsis 16:13 simbolizan espíritus demoníacos de engaño que impulsan a las naciones a la batalla contra Dios. No hay rastro de antisemitismo, antisionismo o antijudaísmo. Y si los hubiera, el propio Apocalipsis sería culpable de ellos, algo que Lancaster, por coherencia, debería denunciar también. Pero no lo hace, porque su lectura no es exégesis, sino eiségesis al servicio de una agenda teológico-política. Prefiero quedarme con lo que el texto realmente enseña: espíritus inmundos que engañan al mundo. No tres ranas ideológicas que saltan por Twitter o por los discursos de la ONU. Respeto a Lancaster como estudioso, pero aquí, francamente, no puedo acompañarlo. No porque esté en contra de Israel (no lo estoy), sino porque la Palabra de Dios merece más respeto que convertirla en un tablero de ajedrez geopolítico. Como bien dije al inicio: nuestros enemigos no son las personas, sino las falsas doctrinas. Y una mala interpretación de Apocalipsis, por muy bien intencionada que esté, no deja de ser una mala interpretación.
El dispensacionalismo y el pentecostalismo: Anatomía de una unión forzada y de su necesario divorcio
Como pentecostal que ha caminado por distintas congregaciones y ha conversado con hermanos de muy diversos trasfondos, percibo un malestar que ya no puede ignorarse: somos muchos los pastores, maestros y creyentes laicos que estamos francamente cansados del dispensacionalismo. Debo aclarar desde el principio que mi propia postura teológica se ha ido inclinando hacia una teología del pacto con un escenario premilenialista histórico, y sé que esto condiciona mi lectura, pero precisamente por eso puedo dar fe de lo que ocurre cuando un pentecostal abre los ojos a otras corrientes. La exposición —a veces tímida, a veces forzada— a la teología protestante más amplia, a la exégesis de los pactos y a la historia de la iglesia nos ha revelado un mundo mucho más amplio, diverso y, sobre todo, más coherente que las propuestas que heredamos de Darby, Scofield y demás arquitectos del sistema. Y sin embargo, pese al desagrado creciente de una buena parte de la membresía, el dispensacionalismo se ha vuelto una auténtica vaca sagrada en varios círculos e instituciones pentecostales. Se le defiende con uñas y dientes, aun cuando su versión clásica arrastra errores notorios y las correcciones de la versión revisada resultaron notoriamente deficientes. La encarnación más reciente, el dispensacionalismo progresivo, no es otra cosa que una mea culpa teológica disfrazada de actualización: una fe de erratas que intenta salvar el edificio a costa de desnaturalizarlo por completo.
Cristo, no Israel: La clave hermenéutica
Cuando se recorre la Escritura con atención, se advierte que ninguno de los pactos divinos queda inconcluso ni flotando en el aire. Cada uno de ellos, desde el que Dios estableció con Abraham hasta el que selló con David, y también aquel antiguo pacto mediado por Moisés, encuentra su destino final en una sola persona: Jesucristo. No se trata de una mera correspondencia simbólica o de un cumplimiento parcial que deje aún expectativas pendientes. Es más bien la convicción que atraviesa todo el Nuevo Testamento: Cristo es la clave hermenéutica que abre el sentido último de las promesas veterotestamentarias. El apóstol Pablo lo expresa con claridad en 2 Corintios 1:20 (NBLA): «Porque todas las promesas de Dios son en Él ‘sí’; por eso también por medio de Él, nuestro ‘Amén’ es para gloria de Dios por medio de nosotros». No hay promesa huérfana ni pacto que quede sin su plenitud.
¿Juan el Apóstol, Juan de Patmos o Juan el Teólogo? ¿Quién fue el autor del libro de Apocalipsis?
El debate en torno a la autoría del libro del Apocalipsis constituye uno de los capítulos más fascinantes de la crítica textual y la historiografía del cristianismo primitivo. Durante siglos, la tradición eclesiástica ha sostenido con firmeza que el autor del último libro del canon bíblico fue Juan el Apóstol, el discípulo amado de Jesús e hijo de Zebedeo. Esta identificación, consolidada hacia el siglo II d.C. por figuras clave como Justino Mártir e Ireneo de Lyon, respondía en gran medida a la necesidad de la Iglesia primitiva de garantizar el origen apostólico de los escritos para legitimar su inclusión en el canon. Sin embargo, cuando este relato tradicional se somete al escrutinio del método histórico-crítico contemporáneo, la certeza sobre dicha autoría se desvanece de forma drástica. En el ámbito académico actual, el consenso es abrumador: la probabilidad de que el discípulo de Jesús haya redactado el texto es estadísticamente insignificante, estimándose que menos del diez por ciento de los especialistas defienden hoy esa postura.