Cristología, Herejías Cristológicas

Herejías cristológicas antiguas y modernas

 Por Fernando E. Alvarado. 

INTRODUCCIÓN.

Una herejía es una creencia o teoría controvertida o novedosa, en el ámbito religioso, que entra en conflicto con el dogma establecido. Se diferencia de la apostasía, que es la renuncia formal o abandono de una religión, y de la blasfemia, que es la injuria o irreverencia hacia la religión. Basándose en la etimología griega de la palabra, que proviene de hairesis (αἵρεσις), que significa una elección o un grupo de creyentes, es una escuela del pensamiento o una opinión particular o específica sobre un punto de doctrina determinado. La palabra “herejía”, por lo tanto, encierra el concepto de error y desviación de las enseñanzas y doctrinas que van contra un sistema de fe ya estructurado, o bien sometido a examen y finalmente aprobado con una definición de base inmutable. Desde el tiempo de los apóstoles abundaron las herejías: unas negaban la divinidad de Jesucristo, otras su humanidad y otras amalgamaban la doctrina cristiana con otras religiones, etc.[1]

Nuestra definición de herejía va más allá de cualquier contradicción al dogma de una religión o de un concilio eclesiástico. Para los cristianos evangélicos, la autoridad y suficiencia de la Biblia es incuestionable. Creemos firmemente que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21). Por tal motivo, cualquier desviación de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras y la sana doctrina en ellas contenida, es considerada una herejía.

En este artículo, se abordarán algunas de las más conocidas herejías cristológicas, tales como el docetismo, el adopcionismo, el ebionismo, el arrianismo, el apolinarismo, el monotelismo, el monofisismo, el modalismo y el nestorianismo, entre otras. Como creyentes es nuestro deber contender “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). De forma particular, es prioritario defender, proclamar y enseñar la Deidad de Cristo en un mundo donde dicha verdad, fundamental para la fe cristiana, está siendo cuestionada y debatida

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” (1 Timoteo 3:16).

“Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.” (2 Juan 7)

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¿QUÉ ES LA CRISTOLOGÍA?

La Cristología se define como la rama de la teología que trata de nuestro Señor Jesucristo y abarca en su totalidad las doctrinas que se refieren tanto a la persona de Cristo como a sus obras.

La Cristología evangélica considera a Jesucristo como la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, la Palabra o Verbo del Padre, quien se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre. Tales misterios, aunque ya habían anunciados en el Antiguo Testamento, fueron revelados en su totalidad en el Nuevo Testamento y desarrollados con claridad en la Tradición Cristiana y la Teología. Por eso el presente artículo aborda este tema bajo el triple aspecto del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento y de la Tradición Cristiana.[2]

A.    CRISTOLOGÍA VETEROTESTAMENTARIA

El Antiguo Testamento cubre alrededor de tres cuartas partes de nuestra Biblia. Sin embargo, para muchos cristianos hoy día el contenido de esa porción de la biblia es desconocido. Muchos cristianos incluso se preguntan ¿Por qué estudiar el Antiguo Testamento si estamos viviendo bajo el Nuevo Pacto enseñado? La respuesta es sencilla: porque el Antiguo Testamento trata acerca del mismo tema. El Antiguo Testamento trata acerca de Cristo.

Los santos del Antiguo Testamento tuvieron fe en Cristo, en el Mesías que iba a venir. Su fe no era una fe general acerca de Dios sino fe en Cristo, el que iba a venir a destruir las obras de Satanás. En Juan 8:56, Jesucristo afirmó: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” De acuerdo con Jesús, Abraham, quien vivió 2,000 años antes de Cristo, creyó en la promesa que el Mesías vendría a salvar el mundo por su muerte. Es claro que hay ciertas diferencias entre ambos Testamentos: el vocabulario es diferente, la claridad es diferente (Abraham creyó en la sombra y figura de lo que habría de venir, nosotros conocemos la realidad), además, la dirección fue diferente (Abraham miró hacia la venida futura de Jesús, pero nosotros miramos hacia atrás, porque Él ya vino). Pero la esencia y el enfoque es el mismo.  En Juan 5:39, 46 Jesús vuelve a afirmar: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí… Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.”

Si Jesús afirmó que el Antiguo Testamento hablaba de Él, dicha afirmación es totalmente cierta. Las referencias a la genealogía humana del Mesías son numerosas en el Antiguo Testamento. Se le representa como la semilla de la mujer, el hijo de Sem, el hijo de Abraham, Isaac y Jacob, el hijo de David, el príncipe de los pastores, el retoño de la rama del cedro (Génesis 3:1-19; 9:18-27; 12:1-9; 17:1-9; 18:17-19; 22:16-18; 26:1-5; 27:1-15; Números 24:15-19; 2 Reyes 7,:1-16; 1 Crónicas 17:1-17; Jeremías 23:1-8; 33:14-26; Ezequiel 17). El Salmista real exalta la genealogía divina del futuro Mesías en las palabras: “Mi hijo eres tú, yo te engendré hoy” (Salmo 2:7).

Los profetas frecuentemente hablan del nacimiento del Mesías esperado y lo ubican en Belén de Judá (Miqueas 5:2-14); determinan su tiempo por de la sucesión del cetro de Judá (Génesis 49:8-12), por las setenta semanas de Daniel (9:22-27) y por el “breve tiempo” mencionado en el libro de Hageo (2:1-10). Los profetas del Antiguo Testamento también vieron que el Mesías había de nacer de una madre virgen (Isaías 7:1-17) y que su aparición, al menos la pública, sería antecedida por un precursor (Isaías 40:1-11; Malaquías 4:5-6).

Ciertos eventos conectados con la infancia del Mesías fueron considerados tan importantes que constituyen el objeto de predicciones proféticas. Entre esas está la adoración de los magos (Salmo 81:1-17), la matanza de los Inocentes (Jeremías 31:15-26) y la huida a Egipto (Oseas 11:1-7). Indudablemente en el caso de estas tres profecías, como en el de muchas otras, su cumplimiento es su mejor comentario, pero ello no ignora el hecho de que los eventos a que aluden fueron realmente predichos.

En el libro de Daniel Jesús es descrito como el “Hijo del Hombre” (7); en Malaquías es el “Sol de justicia” (4:2); en Isaías es el “Salvador” (62); el “Siervo de Jehová” (49), el “Emmanuel” (8:1-10), el “Príncipe de la Paz” (9:7). Los oficios mesiánicos se consideran en forma general en la parte posterior de Isaías (61). En particular, se considera al Mesías como un profeta en el libro del Deuteronomio (18:15-22); como rey en el cántico de Ana (1 Samuel 2:1-10) y en el canto real del Salmista (Salmo 45); como sacerdote en la figura sacerdotal de Melquisedec (Génesis 14:17-20) y en las palabras del salmo 110: “sacerdote para siempre”; como libertador, en la segunda parte de Isaías (63:1-6); como mediador del Nuevo Testamento, bajo la forma de una alianza con el pueblo (Isaías 42:1), y de la luz de los gentiles (Isaías 49).

En cuanto a la vida pública del Mesías, Isaías nos da una idea general de la totalidad con que el Espíritu se le da al Ungido (11:1-16), y del trabajo mesiánico (cap. 4). El Salmista presenta una descripción del Buen Pastor (cap. 22). Isaías resume los milagros mesiánicos (cap. 35). Zacarías exclama: “Regocíjate grandemente, Hija de Sión”, prediciendo así la solemne entrada de Cristo a Jerusalén. El Salmista se refiere a ese mismo evento cuando menciona la alabanza que sale de la boca de los infantes (Salmo 8). Y el salmista alude al mismo misterio cuando habla de la piedra rechazada por los constructores (Salmo 118:22).

¿Hará falta mencionar que los sufrimientos del Mesías fueron totalmente predichos por los profetas del Antiguo Testamento? La idea general de una víctima mesiánica aparece en el contexto de las palabras “sacrificio y ofrenda no te agrada” (Salmo 40:6). Además, la serie de acontecimientos particulares que constituyen la historia de la pasión de Cristo ha sido descrita por los profetas con notable minuciosidad. El Salmista se refiere a la traición en las palabras: “Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alza contra mí el calcañar” (41:9); y Zacarías sabe de las “treinta piezas de plata” (11:12-13); el Salmista que ora desde la angustia de su alma es figura de Cristo en su agonía (Salmo 55); su captura está profetizada en las palabras “perseguidle… apresadle” y “Se atropella la vida del justo” (Salmo 71:11; 94:21); el juicio fundado en falsos testimonios puede encontrarse representado en las palabras “Porque se han alzado contra mi testigos falsos, y los que respiran crueldad” (Sal 27:12); la flagelación está retratada en la descripción del Varón de dolores (Isaías 53:3; 53:12) y en las palabras “Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; me despedazaban sin descanso” (Salmo 35:15); la suerte del traidor queda dibujada en las imprecaciones del Salmo 109; la crucifixión es mencionada en los pasajes “¿Qué heridas son estas en tus manos?” (Zacarías 13:6), y “horadaron mis manos y mis pies” (Salmo 22:16-18). La oscuridad milagrosa sucede en Amós 8:9; la hiel y el vinagre son mencionados en el Salmo 69:21; la herida del costado de Cristo es anunciada en Zacarías 12:10. El sacrificio de Isaac (Génesis 22:1-14), el cordero sacrificial (Levítico 16:1-28), las cenizas de la purificación (Números 19:1-10) y la serpiente de bronce (Números 21:4-9) tienen un lugar prominente entre las figuras del Mesías sufriente. Incluso el capítulo tercero de las Lamentaciones es considerado correctamente como el discurso funerario de nuestro Redentor sepultado.

Por último, la gloria del Mesías ha sido prevista por los profetas del Antiguo Testamento. El contexto de frases tales como “en el tercer día nos resucitará” (Oseas 6:1-2), “Oh muerte, yo seré tu muerte” (Oseas 13:13-14), y “Sé que mi redentor vive y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25) llevaban al devoto creyente judío a algo más que una simple restauración temporal, cuyo cumplimiento comenzó a cumplirse en la resurrección de Cristo. Este misterio también está implícito, al menos como tipología, en las primeras frutas de la cosecha (Levítico 23:9-14) y en el rescate de Jonás del vientre de la ballena (Jonás 2). Pero no es sólo la resurrección del Mesías el único elemento de la gloria de Cristo que fue predicho por los profetas. Daniel 2:27-47, al reino del Mesías comparado con el reino del mundo. La Segunda Venida (Zacarías 14) y el Reino Milenial (Isaías 11, Miqueas 4) son también predichos en el Antiguo Testamento.

Los libros del Antiguo Testamento nos permiten conocer las ideas mesiánicas del judaísmo precristiano y preservan una imagen del pensamiento judío que data de siglos antes del nacimiento de Cristo. Tal como Jesús lo afirmara, el antiguo Testamento habla de Él. La Cristología puede hallar un cúmulo de abundante riqueza en las páginas del Antiguo Testamento.

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B.    CRISTOLOGÍA NEOTESTAMENTARIA

Los autores del Nuevo Testamento presentan a Jesús como Señor, Dios y Cristo, a quien el Padre exaltó al resucitarlo de entre los muertos:

1.    CRISTOLOGÍA PAULINA

Pablo insiste en la verdadera humanidad y divinidad de Cristo. Las expresiones “forma de siervo, hecho semejante a los hombres” y “en semejanza de carne de pecado” (Filipenses 2:7; Romanos 8:3) pueden parecer como lesivas a la humanidad real de Cristo en la enseñanza paulina. Mas en realidad ellas únicamente describen un modo de ser o dejan entrever la presencia de una naturaleza superior en Cristo que no es visible a los sentidos. Por otro lado, el apóstol habla abiertamente de Nuestro Señor manifestado en la carne (1 Timoteo 3:16); poseedor de un cuerpo de carne (Colosenses 1:22); “nacido de mujer” (Gálatas 4:4); nacido de la simiente de David según la carne (Romanos 1:3); perteneciente según la carne al pueblo de Israel (Romanos 9:5). En cuanto judío, Jesucristo nació bajo la Ley (Gálatas 4:4). El apóstol hace énfasis en la verdadera participación de nuestro Señor en nuestra debilidad humana física (2 Corintios 13:4), en su vida de sufrimiento (Hebreos 5:8) (Estudios recientes han demostrado que la Epístola a los Hebreos, durante siglos atribuida al apóstol Pablo a raíz del encabezado de la misma en la Vulgata, no es obra del apóstol, aunque sí parece notarse en ella la influencia de sus ideas. Su autor permanece anónimo) que culmina con su pasión y muerte (Filipenses 3:10; Colosenses 1:24). En sólo dos aspectos difiere la humanidad de nuestro Señor del resto de los hombres. Primero, en su ausencia total de pecado (2 Corintios 5:21; Gálatas 2:17; Romanos 7:3). Segundo, en el hecho de que nuestro Señor es el segundo Adán, que representa a todo el género humano (Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:45-49).

Según Pablo, la superioridad de la revelación cristiana sobre toda otra manifestación divina, y la perfección del Nuevo Pacto con su sacrificio y sacerdocio, se derivan del hecho que Cristo es el Hijo de Dios (Hebreos 1:1; 5:5; Romanos 1:3; Gálatas 4:4; Efesios 4:13; Colosenses 1:12; 2:9). El apóstol entiende la expresión “Hijo de Dios” no como una mera dignidad moral, ni como una relación puramente externa con Dios, iniciada en el tiempo, sino como una relación eterna e inmanente entre Cristo y el Padre. Compara a Cristo con Aarón y sus sucesores, Moisés y los profetas, y lo encuentra superior a éstos (Hebreos 1,1; 3:1-6; 5:4; 7:1-22; 10:11). Eleva a Cristo sobre los ángeles y lo hace Señor de los mismos (Hebreos 1:3; 2:2-3; 14); lo sienta a la derecha del Padre como heredero universal (Hebreos 1:2-3; Gálatas 4:14; Efesios 1:20-21). Si bien Pablo se ve obligado a usar los términos “forma de Dios” e “imagen de Dios” al hablar de la divinidad de Cristo, para poder mostrar la distinción personal entre el Padre Eterno y el Hijo Divino (Filipenses 2:6; Colosenses 1:15), Cristo no es simplemente la imagen y la gloria de Dios (2 Corintios 11:7), sino también el primogénito de toda la creación (Colosenses 1:15), en quien, por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Colosenses 1:16), en quien la plenitud de la divinidad reside. Para Pablo “Cristo… es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:5).

2.    CRISTOLOGÍA DE LAS EPÍSTOLAS UNIVERSALES

Las epístolas de Juan serán consideradas junto con los demás escritos del mismo apóstol en el siguiente apartado. Bajo el presente encabezado señalaré brevemente los puntos de vista sostenidos por los apóstoles Santiago, Pedro y Judas relativos a Cristo.

a)    La Epístola de Santiago

El objetivo principal de la Epístola de Santiago no nos permite esperar que la divinidad de nuestro Señor quede en ella expresada formalmente como una doctrina de fe. Empero, esa doctrina está implícita en el lenguaje del escritor inspirado. Él profesa que su relación con Cristo es idéntica a la que tiene con Dios, y que es siervo de ambos (1:1). Aplica los mismos términos al Dios del Antiguo Testamento y a Jesucristo. Jesucristo es tanto el juez soberano como legislador independiente, que puede salvar y destruir (4:12). La fe en Jesucristo es la fe en el Señor de la gloria (2:1). Si no se admite la firme fe del autor en la divinidad de Jesucristo el lenguaje de la epístola constituiría una forzada exageración.

b)    La Cristología de Pedro

Pedro se presenta a sí mismo como siervo y apóstol de Jesucristo (1 Pedro 1:1; 2 Pedro 1:1), quien fue anunciado por los profetas del Antiguo Testamento de modo tal que esos mismos profetas fueron también siervos, heraldos e instrumentos de Jesucristo (1 Pedro 1:10-11). Es el Cristo preexistente quien modula las expresiones de los profetas de Israel al proclamar los anuncios de su venida. Pedro ha sido testigo de la gloria de Jesús en la Transfiguración (2 Pedro 1:16). Parece disfrutar la enumeración de los títulos de su Señor: Nuestro Señor Jesús (2 Pedro 1:2); Nuestro Señor Jesucristo (1:14-16); Señor y Salvador (3:2); Nuestro Dios y Salvador Jesucristo (1:1); cuyo poder es divino (1:3); a través de cuyas promesas los cristianos participan de la naturaleza de Dios (1:4). Es como si a lo largo de su carta, el apóstol Pedro experimentase la divinidad que confiesa respecto de Jesucristo.

c)     Epístola de Judas

También Judas se presenta a sí mismo como siervo de Jesucristo, gracias a cuya unión los cristianos perseveran en la vida de la fe y santidad (v. 1). Cristo es nuestro único Señor y Salvador (v. 4), que castigó a Israel en el desierto al igual que hizo con los ángeles rebeldes (v. 5). Él vendrá a juzgarnos rodeado de miríadas de santos (v. 14). Los cristianos dirigen a Él su vista en busca de misericordia y Él se las mostrará cuando venga (v. 21). La pregunta sería: ¿Puede un Cristo meramente humano ser el objeto de esa clase de lenguaje? ¿O es que judas creía que Jesús era divino?

3.    CRISTOLOGÍA JUANINA

Aunque no hubiera nada más en el Nuevo Testamento para probar la divinidad de Cristo, los primeros catorce versículos del Cuarto Evangelio bastarían para convencer a cualquiera que creyera en la Biblia acerca de la Divinidad de Nuestro Señor. La doctrina del prólogo de ese evangelio constituye la idea fundamental de toda la teología juanina. El Verbo hecho carne, por un lado, es idéntico al Verbo que existía desde el principio y, por otro, con Jesucristo, el protagonista del Cuarto Evangelio. El Evangelio todo es la historia de la Palabra Eterna viviendo entre los hombres.

La enseñanza del Cuarto Evangelio también se halla en las epístolas juaninas. Desde las palabras de apertura el autor informa a sus lectores que la Palabra de vida ha sido manifestada y que los Apóstoles han visto, escuchado y tocado al que es la Palabra encarnada. La negación del Hijo significa la pérdida del Padre (1 Juan 2:23), y “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” (1 Juan 4:15). Es más enfático aún el escritor hacia el fin de la epístola: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.” (1 Juan 5:20).

Según el Apocalipsis, Cristo es el primero y el último, el alfa y el omega, el eterno y el todopoderoso (1:8; 21:6; 22:13). Es el Rey de reyes y Señor de los señores (19:16), el centro de la corte celestial (5:6). Él recibe la adoración de los ángeles más elevados (5:8) y es objeto de adoración ininterrumpida, en asociación con su Padre (5:13; 17:14)

4.    CRISTOLOGÍA DE LOS SINÓPTICOS

Hay una diferencia real entre la presentación del Señor que hacen los tres primeros evangelistas y la que hace el apóstol Juan. La verdad presentada por estos escritores podrá ser idéntica, pero es vista desde diferentes puntos de vista. Los tres Sinópticos resaltan la humanidad de Cristo en su obediencia a la ley, en su poder sobre la naturaleza, y su ternura hacia los débiles y afligidos. El Cuarto Evangelio no subraya los aspectos de la vida de Cristo que pertenecen a su humanidad, sino los que denotan la gloria de la Persona Divina, manifestada ante los hombres bajo forma visible. Pero a pesar de esas diferencias, los Sinópticos, a través de sus sutiles sugerencias, prácticamente anticipan la enseñanza del Cuarto Evangelio. Tal sugerencia está implícita, primero, en la aplicación sinóptica de la palabra “Hijo de Dios” a Jesucristo. Jesús es el Hijo de Dios, no meramente en sentido ético o teocrático, ni tampoco para decir que es uno entre varios hijos sino dejando claro que Él es el único, amadísimo Hijo del Padre, con una filiación no participada por nadie más y totalmente única (Mateo 3:17; 17:5; 22:41; 4:3, 9; Lucas 4:3, 9). Su filiación se deriva del hecho de la venida del Espíritu Santo sobre María y de que el Altísimo la ha cubierto con su sombra (Lucas 1:35). Igualmente, los Sinópticos implican la divinidad de Cristo en su descripción de la Navidad y de las circunstancias que rodearon a ésta; Él es concebido por obra del Espíritu Santo (Lucas 1:35) y su madre sabe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque el todopoderoso ha hecho en ella grandes cosas (Lucas 1:48). Isabel la llama “bendita entre todas las mujeres”, bendice al fruto de su vientre y se maravilla de que la madre de su Señor haya ido a visitarla (Lucas 1:42-43). Gabriel saluda a María llamándola “llena de gracia”, “bendita entre las mujeres”; le vaticina que su Hijo será grande y llamado Hijo del Altísimo y que su reino no tendrá fin. (Lucas 1:28, 32). El Cristo recién nacido es adorado por los pastores y los magos, representantes de los mundos judío y gentil; gloria de su pueblo, Israel (Lucas 2:30-32). Esas narraciones difícilmente caben en la descripción de un niño humano normal, pero sí adquieren significado a la luz del Cuarto Evangelio.

Los Sinópticos concuerdan con la enseñanza del Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo no únicamente en cuanto al uso que dan a la palabra “Hijo de Dios” y en las descripciones del nacimiento de Cristo y sus detalles. También lo hacen en las narraciones de la doctrina, vida y trabajos de Nuestro Señor. El mismo término Hijo del Hombre, aplicado frecuentemente por ellos a Jesús, se utiliza de tal manera que demuestra a Jesucristo como a alguien consciente de sí mismo y para quien el elemento humano no es algo primario, sino secundario. Muchas veces Cristo es simplemente llamado Hijo (Mateo 11:27; 28:20) y, correspondientemente, Él nunca llama al Padre “nuestro” Padre, sino “mi” Padre (Mateo 18:10, 19:35; 20:23; 26:53). Él recibe el testimonio del cielo durante su bautismo y transfiguración acerca de su filiación divina; los profetas del Antiguo Testamento no son rivales sino siervos en comparación con Él (Mateo 21:34). El título de “Hijo del Hombre”, así, significa una naturaleza para la que la humanidad de Cristo era accesoria. Igualmente, Cristo declara tener el poder de perdonar los pecados y da soporte a esa declaración con sus milagros (Mateo 9:2-6; Lucas 5:20, 24). Insiste en la fe hacia sí (Mateo 16:16-17); incluye su nombre en la fórmula bautismal entre el del Padre y el Espíritu Santo (Mateo 28:19); sólo Él conoce al Padre y sólo el Padre lo conoce a Él (Mateo 11:27); instituye la ordenanza de la Santa Cena (Mateo 26:26; Marcos 14:22; Lucas 22:19). Padece y muere para resucitar al tercer día (Mateo 20:19; Marcos 10:34; Lucas 18:33); y sube al cielo, pero no sin antes prometer que estará con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

Es indiscutible que las afirmaciones de Cristo respecto a tener la más alta dignidad personal están claras en los discursos escatológicos de los Evangelios Sinópticos. Él es el Señor del universo material y moral. Como Supremo Legislador, Él es el punto de referencia de toda ley; como Juez Final, Él determina el destino de todos. Aún si quitamos el Cuarto Evangelio del canon del Nuevo Testamento todavía tendríamos en los Evangelios Sinópticos una doctrina idéntica a la que se nos da en el Cuarto Evangelio acerca de la persona de Jesucristo. Algunos puntos de esa doctrina quizás estarían menos claramente expuestos de lo que están ahora, pero seguirían siendo substancialmente iguales.

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C.    DESARROLLO DE LA CRISTOLOGÍA EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA Y LA TEOLOGÍA PROTESTANTE

La cristología bíblica muestra que Jesucristo es a la vez Dios y hombre. Mientras que la tradición cristiana siempre ha sostenido la triple tesis de que Cristo es verdadero Dios, verdadero hombre y que el hombre-Dios, Jesucristo, es una única e indivisible persona, las teorías erróneas y heréticas de varios líderes religiosos han forzado a la Iglesia Cristiana, a lo largo de la historia, a insistir más fuertemente en uno u otro de los elementos de su cristología. Una clasificación de los principales errores y de la correspondiente reacción de la Iglesia de ese tiempo, no muestra el desarrollo histórico de la doctrina de la Iglesia con suficiente claridad.

1.    NEGACIÓN DE LA HUMANIDAD DE CRISTO

Desde los primeros tiempos de la Iglesia fue negada la verdadera humanidad de Jesucristo. El docetista Marción y los priscilianistas llegaron a afirmar que Jesús tenía un cuerpo aparente. Los valentinianos, otro grupo herético, creían que Jesús moraba en un cuerpo traído del cielo. Los seguidores de Apolinario negaban que Jesús tuviera un alma humana, o que poseyera la parte superior del alma humana y por ello sostenían que el Verbo proveía la totalidad del alma de Cristo o por lo menos sus facultades superiores.

2.    NEGACIÓN DE LA DIVINIDAD DE CRISTO

Ya desde los tiempos apostólicos la Iglesia veía la negación de la divinidad de Cristo como algo eminentemente anticristiano (1 Juan 2:22-23; 4:3; 2 Juan 7). Los primeros mártires, los denominados Padres de la Iglesia más antiguos y las primeras liturgias eclesiásticas concuerdan en su profesión de la divinidad de Cristo. Aun así, los ebionitas, teodocianos, artemonitas y fotinianos veían a Cristo como un simple hombre, si bien dotado de una sabiduría divina, o como una apariencia de un Eón emanado del Ser divino según la teoría gnóstica, o también como una manifestación de ese mismo ser, pero siguiendo las aseveraciones de los sabelianos y patripasionistas teístas y panteístas. Finalmente, otros lo reconocían como el Verbo encarnado, pero concebido de acuerdo con la opinión arriana, como una criatura intermedia entre Dios y el mundo, distinta esencialmente del Padre y del Espíritu Santo.[3]

3.    LOS CREDOS DE LA IGLESIA ANTIGUA

Ante el avance de las herejías y el peligro de que se pervirtiera la fe cristiana, la iglesia reaccionó convocando concilios, definiendo de forma clara la fe cristiana ortodoxa y redactando credos como testimonio de dicha fe. Uno de ellos, el Concilio de Nicea, buscaba combatir las herejías cristológicas de la época, principalmente el arrianismo. El Concilio de Nicea tuvo lugar en el año 325 bajo el liderazgo del Emperador Constantino y es aceptado por la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa, la Iglesia Anglicana y muchos grupos e iglesias Protestantes. El Credo de Nicea, resultado final de dicho Concilio, es una profesión o declaración de fe adoptada por los líderes cristianos de la época. Si bien las definiciones de Nicea tratan directamente de la doctrina de la Trinidad, también enseñan que Jesús, el Hijo de Dios, es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo, estableciendo así la divinidad de Jesucristo, el Verbo Encarnado.[4]

El Credo de Nicea

En general, el Credo de Nicea expresa una clara declaración de fe con respecto a las creencias cristianas fundamentales. El Credo de Nicea afirma acerca de Jesucristo:

“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.”[5]

Pero el Credo de Nicea no fue el único en redactarse para combatir la herejía. Otros credos importantes en la historia de la iglesia, aceptados incluso por la mayoría de las confesiones protestantes históricas, y que definieron la cristología del cristianismo ortodoxo, fueron el Credo de los Apóstoles, el Credo de Calcedonia y el Credo de Atanasio.

El Credo de los Apóstoles

El Credo o Símbolo de los Apóstoles probablemente se originó, en su forma actual, en la Galia, en el siglo V​ ligado a formas anteriores como “Jesús es el Señor”​ y la fórmula trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu Santo, ​ que aparecen en el Nuevo Testamento.[6] Dicho Credo afirma:

“Creo en Dios Padre, Todopoderoso Creador del Cielo y la Tierra. Creo en Jesucristo, Su Unigénito Hijo, nuestro Señor quien fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la virgen María; sufrió bajo Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió al infierno; al tercer día resucitó de entre los muertos; ascendió al cielo, y se sentó a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección del cuerpo, y la vida eterna. Amén.”[7]

El Credo de Calcedonia

El Concilio de Calcedonia fue un concilio ecuménico el cual se realizó del 8 de octubre al 1 de noviembre del año 451 en Calcedonia, ciudad de Bitinia, en Asia Menor, para combatir la herejía monofisita. Dicho Concilio dio lugar al Credo de Calcedonia, cuyas definiciones dogmáticas han sido desde entonces reconocidas como infalibles por la Iglesia católica y por la Iglesia ortodoxa, así como también por la Comunión anglicana, el luteranismo y las iglesias reformadas. Dicho Credo reza:

“Nosotros, entonces, siguiendo a los santos Padres, todos de común consentimiento, enseñamos a los hombres a confesar a Uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en Deidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre, de cuerpo y alma racional; consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Deidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la Humanidad; en todas las cosas como nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades, de acuerdo a la Deidad; y en estos postreros días, para nosotros, y por nuestra salvación, nacido de la virgen María, de acuerdo a la Humanidad; uno y el mismo, Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, incambiables, indivisibles, inseparables; por ningún medio de distinción de naturalezas desaparece por la unión, más bien es preservada la propiedad de cada naturaleza y concurrentes en una Persona y una Sustancia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, y Unigénito, Dios, la Palabra, el Señor Jesucristo; como los profetas desde el principio lo han declarado con respecto a Él, y como el Señor Jesucristo mismo nos lo ha enseñado, y el Credo de los Santos Padres que nos ha sido dado. Amén.”[8]

El Credo de Atanasio

El Credo de Atanasio es una declaración de fe centrada en la doctrina Trinitaria, generalmente atribuida a Atanasio de Alejandría (296-373 d.C.) quien fuese obispo de Alejandría. Atanasio es considerado el campeón de la defensa de la ortodoxia trinitaria frente a la herejía arriana en el Concilio de Nicea, no obstante, su autoría sobre este credo ha sido refutada. El teólogo reformado holandés Gerardo Vossius (1577 – 1649) fue la primera persona en poner en duda la autoría del Credo Atanasiano. Las razones para negar la autoría de Atanasio sobre el Credo que lleva su nombre son, en primer lugar, porque el Credo está escrito en latín y no en griego, que era la lengua de Atanasio. En segundo lugar, porque no es mencionado por ningún contemporáneo ni por ninguno de los Concilios ecuménicos. Finalmente, el Credo no se utiliza en la Iglesia oriental, de donde provenía Atanasio, sino en la Iglesia occidental; lo que hace pensar que su origen se encuentra en la antigua Iglesia de occidente. Por otra parte, el Credo utiliza terminología idéntica a la de la obra Sobre la Trinidad (publicada en el 415) de Agustín de Hipona (354 – 430), lo que contribuye a la tesis de que su origen se encuentra en la Iglesia occidental. Además, es citado por Cesáreo de Arlés (470 – 542) y mantiene un estilo muy similar al de las obras teológicas de Vicente de Lerins (445 d.C.), por lo que lo más probable es que su origen se encuentre en el sur de la actual Francia.[9] La ortodoxia del Credo, sin embargo, es incuestionable:

“Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Universal. El que no guardare esta fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente. Y la Fe Universal es ésta: que adoramos a un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia. Porque es una la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; más la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu es toda una, igual la Gloria, coeterna la Majestad. Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo. Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno; como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un solo increado y un solo incomprensible. Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así también, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor es el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque, así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas de por sí es Dios y Señor, así la religión cristiana nos prohíbe decir que hay tres Dioses o tres Señores. El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado. El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad nadie es primero ni postrero, ni nadie mayor ni menor; sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y coiguales. De manera que, en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la Trinidad en Unidad. Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad. Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, de la Sustancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Sustancia de su Madre, nacido en el mundo; perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne Humana; igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad. Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no es dos, sino un solo Cristo; uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios; uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona. Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo Cristo; El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios Todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras. Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la Fe Universal, y quien no lo crea fielmente no puede salvarse. Amén.

En resumen, los credos sostenidos por la ortodoxia cristiana afirman la plena deidad y humanidad de Cristo. Toda sana cristología protestante acepta como válidos los postulados de los credos anteriormente mencionados, considerándolos expresiones válidas de la fe cristiana bíblica e histórica. El protestantismo ortodoxo, del cual formamos parte, afirma la unión hipostática de la persona de Jesús.[10] En Jesucristo se reúnen hipostáticamente su naturaleza humana y su naturaleza divina. O sea, están unidas en la hipóstasis o persona del Verbo.

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III.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS ANTIGUAS

Las primeras herejías de la época patrística (ss. I-III) negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera. Son las doctrinas docetas del cuerpo aparente de Jesús, que ya denunciaban la primera y segunda carta de Juan e Ignacio de Antioquía. Estas ideas descabelladas de un Cristo sin cuerpo real comenzaron a tomar forma en los sistemas gnósticos. Otro modo de negar la verdadera humanidad de Jesús fue la herejía de Apolinar difundida en los siglos IV-V. Este error no rechazaba la carne de Cristo sino su alma humana. Negaba la completa humanidad de Jesús al predicar un Jesús sin alma. El Verbo ocupaba el lugar del alma y lo hacía todo. De ese modo quedaba eliminado el mundo interior de Cristo hombre. También ocurrió frecuentemente lo contrario de lo anterior: La negación de Su Divinidad. En la siguiente tabla podemos observar las principales herejías cristológicas que sacudieron la iglesia antigua.

Cuadro Descriptivo de Herejías Cristológicas[11]

Ebionitas Niegan la divinidad de Jesús. Aceptan solo su humanidad. Se dieron 2 tipos: 1) Aceptan la virginidad de María, ya que no la interpretaba como una prueba de la filiación divina de Jesucristo. Éste, simple hombre o última de las siete reencarnaciones de Adán, tiene la misión de llevar a los hombres al conocimiento de la Ley en la cual consiste la única salvación. 2) Jesús sería fruto de un matrimonio entre una «joven» con un carpintero. Jesús percibía la inclinación al pecado como todos los hombres, y su elección, anunciada de antemano por los profetas, debía reducirse a su buena conducta.
Adopcionismo Se dieron dos tipos: 1) De Teodoto de Bizancio: Cristo era solamente un hombre, al que Dios adoptó como hijo en el momento de su bautismo y al que confirió una potencia divina para que pudiera llevar a cabo su misión en el mundo. 2) Pablo de Samosata, de Antioquía: para conservar la unidad divina, sostenía que Jesús no era Dios sino un hombre como los demás, pero con la diferencia de que, a él, el Verbo se le había comunicado de una manera especial, inhabitado en él, como si estuviera poseído por Dios.
Docetismo Herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo. Por su etimología viene de la voz griega dokéo, parecer, dókesis, apariencia. Sirve para designar el error de los que se niegan a admitir que Jesucristo ha sido hombre verdadero, con cuerpo de carne como el nuestro. Por consiguiente, sería pura ilusión o apariencia todo lo que los Evangelios cuentan y la Iglesia enseña sobre la concepción humana de Cristo, su nacimiento y su vida, sobre su pasión, muerte y resurrección. Dios se presenta con apariencia humana. Es un cuerpo aparente. ¿Cuál es el problema soteriológico? No se redime la humanidad.
Apolinarismo El Obispo Apolinar, con el objeto de poner de relieve la personalidad divina de Cristo, afirmó que Cristo no tenía un alma propiamente humana, sino que el Verbo encarnado había tomado el lugar de esta alma; por lo mismo, ya no se podía hablar más de dos naturalezas sino de una única naturaleza y de una única persona en Cristo
Arrianismo Arrio afirmaba “el Hijo no siempre ha existido (…), el mismo Logos de Dios ha sido creado de la nada, y hubo un tiempo en que no existía; no existía antes de ser hecho, y también Él tuvo comienzo. El Logos no es verdadero Dios. Aunque sea llamado Dios, no es verdaderamente tal”. En consecuencia, para Arrio el Hijo era una especie de Demiurgo, un segundo Dios, en otras palabras, un intermediario entre Dios y las criaturas, no engendrado sino creado, y que tuvo a su cargo la creación. Su enérgico rechazo a la doctrina de la generación estuvo motivado en impedir, por considerarlo inadmisible, una visión dualista del Dios uno y único. Tampoco llegó al extremo de negar la Encarnación del Verbo, sin embargo, creía que Cristo no era una persona divina, ya que el Logos encarnado no era verdadero Dios. Por otra parte, su interpretación lo llevó a considerar que el Verbo al encarnarse ocupó el lugar del alma humana, por lo que Cristo carecía de ella. Sus doctrinas relativas al Espíritu Santo siguieron la misma suerte que las del Verbo, esto es, resaltó su condición de creatura, pero de un rango aún inferior a la de Aquél.
Monofisismo o eutiquianismo Sostenía que la naturaleza humana de Cristo había sido absorbida por la divina, produciéndose la unión física de lo humano y divino en una sola naturaleza (fisis), o sea la divina. Así, se negaba la realidad de la naturaleza humana de Cristo que, al ser absorbida por la divina, la carne no sería sino mera apariencia.
Monotelismo Afirmaba que Cristo no tuvo voluntad humana, solamente voluntad divina. Se le priva a Cristo de tener libre albedrío humano para escoger y decidir.
Nestorianismo Nestorio afirmaba que las propiedades divinas del Logos/Hijo no pueden atribuirse al hombre Jesús ni las humanas al Logos/Hijo; por eso no puede decirse que el Verbo nació, fue engendrado, murió, ni que Jesús es inmortal.

Nestorio afirmaba que no se podían atribuir al Hombre Jesús de Nazaret las propiedades del Verbo Hijo ni atribuir las propiedades del Verbo al Hombre/Jesús.

Escuela de Alejandría La del Logos-sarx, al concentrar su atención en el Verbo como sujeto del hombre Dios, descuida la importancia del alma humana de Jesús y, en general, de su humanidad.
Escuela Antioqueña La del Logos-anthropos, en cambio, ilustra la plena realidad de la humanidad de Cristo, pero muestra algunos titubeos al afirmar el puesto central del Verbo como sujeto de la actividad divina.

 

IV.        HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS MODERNAS

Los tiempos han cambiado, pero las herejías siguen siendo las mismas o resurgen nuevamente, vestidas con nuevos ropajes, de entre los escombros del pasado. Dos de ellas destacan por su naturaleza dinámica y expansiva en el mundo religioso de hoy: El modalismo (sabelianismo) enseñado por el Movimiento “Solo Jesús” (Jesus Only) y el arrianismo modificado de los Testigos de Jehová.

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A.    EL MOVIMIENTO “SÓLO JESÚS”

El evangelicalismo moderno (y de forma particular el pentecostalismo) ha visto la aparición de grupos heréticos dentro de sus filas. Prueba de ello es la existencia del movimiento conocido como “Solo Jesús”. El movimiento “Solo Jesús,” también conocido como Pentecostalismo Unicitario, o teología de la unicidad, enseña que solo hay un Dios, pero niega la trinidad de Dios. En otras palabras, la unicidad teológica no reconoce a las diferentes personas de la Trinidad; Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta doctrina es tanto una negación de la Trinidad como una herejía cristológica.

Esta herejía tiene varias formas – algunos ven a Jesucristo con el único Dios, quien a veces se manifiesta a Sí Mismo como el Padre o el Espíritu Santo. La doctrina central del pentecostalismo unicitario, es que hay un Dios que se revela a Sí Mismo en diferentes “maneras.” Esta enseñanza de Solo Jesús ha estado vigente por siglos, de una u otra forma, como modalismo o sabelianismo.[12]

El modalismo enseña que Dios se ha revelado a Sí Mismo en tres modalidades o formas en diferentes momentos – a veces como el Padre, otras como el Hijo, y otras como el Espíritu Santo. Pero pasajes como Mateo 3:16-17, donde dos o las tres Personas de la Trinidad están presentes, contradice la visión modalista. El modalismo fue condenado como herético ya en el siglo II d.C. La iglesia primitiva condenó fuertemente la opinión de que Dios es estrictamente una Persona singular que actuó en formas diferentes en diferentes momentos. Ellos afirmaban que, en base a la Escritura, la tri-unidad de Dios es evidente en que más de un Persona de la Divinidad es vista a menudo simultáneamente, y con frecuencia interactúan una con la otra (Génesis 1:26; 3:22; 11:7; Salmos 2:7; 104:30; 110:1; Mateo 28:19, Juan 14:16). Por tal razón, la doctrina del Pentecostalismo Unicitario, o Movimiento Solo Jesús, es considerada antibíblica de acuerdo con la ortodoxia cristiana. No obstante, las acusaciones de herejía han sido insuficientes para frenar el crecimiento de dicho grupo religioso. Actualmente, el número de creyentes pentecostales unicitarios supera ya los 40 millones de adherentes alrededor del mundo.[13]

El pentecostalismo unicitario se adhiere al concepto de Unicidad de la Deidad, en contraste a católicos, ortodoxos y protestantes de entendimiento tradicional, que incorporan el dogma trinitario. Por lo tanto, un entendimiento de la Unicidad es fundamental para comprender la posición del pentecostalismo unicitario. Mientras que los Trinitarios creemos que Dios es un ser que existe eternamente como tres personas que son uno en esencia, la enseñanza de la Unicidad afirma que Dios es un espíritu singular. “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” no son más que los títulos que reflejan las diferentes manifestaciones del Único Dios Verdadero en el universo. El Padre y el Espíritu Santo son uno y el mismo, dice esta doctrina; “Padre” se refiere a Dios en relación paternal, mientras que “Espíritu Santo” se refiere a Dios en su actividad. Según este entendimiento de la Deidad, estos dos títulos no reflejan personas distintas en la Deidad, más bien dos diferentes maneras en que el único Dios se revela a sus criaturas.

Según el entendimiento de la Unicidad, el “Hijo” no existe en alguna forma antes de la encarnación de Jesús de Nazaret, excepto en la presciencia de Dios. En Jesús, Dios tomó carne humana en un momento preciso en el tiempo, sin dejar de ser plena y eternamente Dios: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Juan 1:1-14; 1 Timoteo 3:16, Colosenses 2:9). Así, el Padre no es el Hijo (esta distinción es fundamental), pero está en el Hijo como la plenitud de su naturaleza divina (Colosenses 2:9). Para el pentecostalismo unicitario, Jesús es el único Dios verdadero, manifestado en la carne. Por esta razón, prefiere usar el título “Hijo de Dios” en lugar de “Dios el Hijo” para referirse a Cristo.

El pentecostalismo unicitario cree que su concepción de la Deidad es fidedigna al monoteísmo estricto del cristianismo primitivo, lo cual es cuestionable tanto bíblica como históricamente. Ellos contraponen sus puntos de vista no sólo con el Trinitarismo, sino también con el arrianismo adoptado por la Santos de los Últimos Días (mormones), que creen que Cristo era “dios” totalmente separado del Padre y del Espíritu Santo, y los Testigos de Jehová, que lo ven como una deidad menor que su Padre. El entendimiento de Dios dentro del pentecostalismo unicitario es similar al Modalismo, aunque no puede ser exactamente caracterizado como tal. Así pues, esta diferencia entre el pentecostalismo unicitario y otros pentecostales y evangélicos ha provocado que las iglesias nacidas del pentecostalismo unicitario sean caracterizadas como sectas.[14]

B.    EL ARRIANISMO MODIFICADO DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Los Testigos de Jehová son una secta con creencias antitrinitaristas distintas a las vertientes principales del cristianismo. ​ Se consideran a sí mismos una restitución del cristianismo primitivo, creencia que se basa en su propio entendimiento de la Biblia, preferentemente de su Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, y que tiene, según ellos, como propósito santificar el nombre de Jehová. Su entidad jurídica, la Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, fue fundada en 1881 por Charles Taze Russell, quien la presidió hasta su muerte, en 1916. En la actualidad es dirigida por un Cuerpo Gobernante desde su sede principal en Warwick (Nueva York).​ Este cuerpo gobernante se encarga de establecer la doctrina oficial de la congregación mundial. Según sus propios datos, en 2018, sus publicaciones se distribuyeron en 240 países y territorios; y contaban con 8.4 millones de “publicadores” o miembros activos.[15]

Los Testigos de Jehová creen en Jehová (Dios el Padre) como el único Dios, y se identifican como seguidores de un único líder, Jesucristo, a quien consideran hijo de Dios pero no Dios en sí mismo, y a quien además identifican con el arcángel Miguel.[16] Asimismo, y A diferencia de las denominaciones cristianas ortodoxas, rechazan todas las doctrinas del Concilio de Nicea I y posteriores,​ entre ellas la Trinidad,[17] el fuego del infierno y la inmortalidad inherente del alma.

Los Testigos de Jehová enseñan que Jesús vivió en el cielo durante mucho tiempo antes de venir a la Tierra. Para los testigos, Jesús fue lo primero que Jehová creó (Colosenses 1:15). Jesús también es especial para Dios porque es su “Hijo unigénito”. Esto significa que Jesús es el único a quien Jehová creó solo, sin ayuda. Además, Jesús es el único que colaboró con Jehová para crear todo lo demás (Colosenses 1:16). Y solo a Jesús se le llama “la Palabra” o “el Verbo”, porque Jehová dio instrucciones y mensajes a ángeles y a humanos por medio de él (Juan 1:14).

Los Testigos de jehová enseñan que Jesús fue creado, lo que significa que antes no existía. Creen que solo Jehová ha existido siempre. Creen que el Padre es mayor que el Hijo y distinto a él en naturaleza. Afirman que solo Jehová es el “Dios Todopoderoso” (Génesis 17:1) y que Jesús es simplemente la segunda persona más importante y poderosa que existe después de Dios.

C.    UNA RESPUESTA BÍBLICA A LOS PENTECOSTALES UNICITARIOS Y LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no vacilan en enseñar con claridad la doctrina trinitaria. Judas 20-21 nos dice: “…Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna…”. La doctrina de la Trinidad no es un invento de la Iglesia de los primeros siglos ni una copia de sistemas paganos, sino la enseñanza clara y evidente del Nuevo Testamento, respaldado por el Antiguo, sobre Dios. Toda la Biblia se une en defensa de la doctrina trinitaria. La Biblia en su conjunto nos enseña que:

(1) Hay un Dios: Deuteronomio 6:4; 1 Corintios 8:4; Gálatas 3:20; 1ª Timoteo 2:5.

(2) La Deidad está compuesta de tres Personas: Génesis 1:1; 1:26; 3:22; 11:7; Isaías 6:8; 48:16; 61:1; Mateo 3:16-17; 28:19; 2 Corintios 13:14. En Isaías 48:16 y 61:1, el Hijo está hablando mientras hace referencia al Padre y al Espíritu Santo. Compare Isaías 61:1 con Lucas 4:14-19 y se dará cuenta de que es el Hijo hablando. Mateo 3:16-17 describe el evento del bautismo de Jesús. En este se ve a Dios el Espíritu Santo descendiendo sobre Dios el Hijo mientras Dios el Padre proclama Su complacencia en el Hijo. Mateo 28:19 y 2ª Corintios 13:14 son ejemplos de 3 personas distintas en la Trinidad.

(3) Los miembros de la Trinidad se distinguen el uno del otro en varios pasajes: En el Antiguo Testamento, Jehová afirma tener un “Hijo” (Salmos 2:7, 12; Proverbios 30:2-4). El Espíritu se distingue de Jehová (Números 27:18) y de Dios (Salmos 51:10-12). Dios el Hijo se distingue de Dios el Padre (Salmos 45:6-7; Hebreos 1:8-9). En el Nuevo Testamento, Juan 14:16-17 es donde Jesús ruega al Padre que envíe un Consolador, el Espíritu Santo. Esto muestra que Jesús no se consideró el Padre o el Espíritu Santo. Tome en cuenta también todos los otros tiempos en los Evangelios, en donde Jesús habla al Padre. ¿Estaba hablándose a Sí mismo? No. El habló a otra persona de la Trinidad – al Padre.

(4) Cada miembro de la Trinidad es Dios: El Padre es Dios: Juan 6:27; Romanos 1:7; 1ª Pedro 1:2. El Hijo es Dios: Juan 1:1, 14; Romanos 9:5; Colosenses 2:9; Hebreos 1:8; 1 Juan 5:20. El Espíritu Santo es Dios: Hechos 5:3-4; 1 Corintios 3:16; Romanos 8:9; Juan 14:16-17; Hechos 2:1-4).

(5) La subordinación dentro de la Trinidad: La Escritura muestra que el Espíritu Santo es subordinado al Padre y al Hijo, y el Hijo es subordinado al Padre. Esta es una relación interna, y no niega la deidad de ninguna persona de la Trinidad. Esta es simplemente un área en el cual nuestras mentes finitas no pueden entender lo concerniente al Dios infinito. Concerniente al Hijo veamos: Lucas 22:42; Juan 5:36; Juan 20:21; 1 Juan 4:14. Concerniente al Espíritu Santo veamos: Juan 14:16; 14:26; 15:26; 16:7 y especialmente Juan 16:13-14.

(6) Las labores de los miembros individuales de la Trinidad:

  • El Padre es el recurso o causa esencial de: el universo (1 Corintios 8:6; Apocalipsis 4:11); la revelación divina (Apocalipsis 1:1); la salvación (Juan 3:16-17); y las obras humanas de Jesús (Juan 5:17; 14:10). El Padre pone en marcha todas estas cosas.
  • El Hijo es el agente a través de quien el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (1 Corintios 8:6; Juan 1:3; Colosenses 1:16-17); la revelación divina (Juan 1:1; Mateo 11:27; Juan 16:12-15; Apocalipsis 1:1); y la salvación (2 Corintios 5:19; Mateo 1:21; Juan 4:42). El Padre hace todas estas cosas a través del Hijo, quien hace las veces de Su agente.
  • El Espíritu Santo es el medio por el cual el Padre hace las siguientes obras: la creación y mantenimiento del universo (Génesis 1:2; Job 26:13; Salmos 104:30); la revelación divina (Juan 16:12-15; Efesios 3:5; 2 Pedro 1:21); la salvación (Juan 3:16; Tito 3:5; 1 Pedro 1:2); y las obras de Jesús (Isaías 61:1; Hechos 10:38). De este modo el Padre hace todas estas cosas por el poder del Espíritu Santo.[18]

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V.        CONCLUSIÓN

Las herejías no nos deben escandalizar ni desalentarnos. Al contrario, nos invitan a afianzar y a afirmar mejor nuestra fe, para seguir dando razones de ella a quienes nos pidan. La Providencia de Dios ha sabido y sabrá siempre llevar la historia de la Iglesia a feliz término, recorriendo los senderos que a Él le parezcan más apropiados para manifestar su Sabiduría y su Misericordia con todos nosotros. Las herejías nunca podrán vencer a la Iglesia, pues el Señor Jesucristo ha prometido que Él edificaría su “iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Al mismo tiempo, la existencia de herejías en nuestra época nos hace vigilar, porque nadie está seguro de no caer. De esto mismo nos exhorta Pablo: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”  (1 Corintios 10: 12).

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NOTAS DE REFERENCIA:

[1] Herve Masson, Manual de herejías (Rialp: 1989), p. 5.

[2] Jurgen Moltmann, El Dios Crucificado: La Cruz de Cristo Como Base y Critica de Toda Teología Cristiana, (Sígueme: 1977), pp. 125-210

[3] Henri-Charles Puech (Ed.), Las religiones en el mundo mediterráneo y en el Oriente Próximo, Vol. I: Formación de las religiones universales y de salvación. Siglo XXI, 4ª ed., (Madrid, 1985), pp. 416-418.

[4] E. Mitre, Ortodoxia y herejía: Entre la Antigüedad y el Medievo (Cátedra, 2003), pp. 60-61.

[5] B. Llorca Vives, Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, (BAC, Madrid 1990), 7ª ed., p. 388.

[6] Hans Küng, El Credo de los apóstoles Contemporáneos, (Madrid, 1995), p. 37.

[7] J. N. D. Kelly: Early Christian Creeds, (Longman, Harlow 1975) 3.Ed. p. 56.

[8] Carlos Madrigal, Explicando la Trinidad al Islam, (Publidisa, 2007) pp. 137-140.

[9] James Sullivan, “El Credo Atanasiano”, Enciclopedia Católica. Vol. 2, (New York: Robert Appleton Company, 2017), pp. 33-35.

[10] La unión hipostática es un término técnico que designa la unión de las dos naturalezas, divina y humana, que en la teología cristiana se atribuye a la persona de Jesús.

[11] Marcos Antonio Ramos, Nuevo Diccionario de Religiones, Denominaciones y Sectas, (Grupo Nelson, 1998).

[12] Bernard, David A History of Christian Doctrine, Volume Three: The Twentieth Century A.D. 1900–2000. (Hazelwood, MO: Word Aflame Press), 1999.

[13] Bernard, David K., The Apostolic Life (Hazelwood, Missouri: Word Aflame Press), 2011.

[14] Thomas A. Fudge: Christianity Without the Cross: A History of Salvation in Oneness Pentecotalism (Springfield, MO: Universal Publishers), 2003.

[15] Anuario de los Testigos de Jehová 2018, p. 35.

[16] «¿Es Jesús el arcángel Miguel?». La Atalaya. 2010. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[17] «Mito 4: Dios es una Trinidad». La Atalaya. 2009. Consultado el 15 de septiembre de 2019.

[18] Jeter de Walker, Luisa. ¿Cuál camino? (Miami, FL: Editorial Vida), 1984.

Neumatología

El Espíritu Santo en la Biblia.

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN.

¿Por qué los pentecostales enfatizamos tanto la necesidad de una experiencia personal con el Espíritu Santo? Porque el Espíritu Santo es la vida y motor de la Iglesia. La biblia está llena de referencias al Espíritu Santo, de modo que la doctrina acerca de su personalidad, divinidad y obra son de vital importancia para nosotros hoy en día, como lo fue para los primeros cristianos el día del Pentecostés.

Las dos palabras usadas en la Biblia para designar al Espíritu son la palabra hebrea ruach, y la palabra griega pneuma. La palabra ruach ocurre aproximadamente 380 veces y traducida en términos generales significa “viento” o “aliento”. Proviene de la raíz que significa “exhalar por la nariz con violencia”. En otras palabras, aire o aliento que se mueve. Según sea el contexto, ruach tiene muchas connotaciones, incluyendo el viento natural, el aliento de vida, el temperamento, la disposición, la valentía, la fortaleza, la energía que da vida, el poder creativo, las imponentes tempestades, la fortaleza que va más allá de lo humano, el poder especial de inspiración o de capacitación. Con frecuencia manifiesta la idea de violencia y de poder, indicando cualquier cosa desde una fuerza impersonal hasta una persona en particular. Sin embargo, puesto que estamos tratando principalmente con el Espíritu Santo, el énfasis divino de ruach cuando aparece combinado con Jehová o Elohim, o cuando el contexto conecta claramente la palabra con el Espíritu de Dios, indica una acción poderosa de Dios sobre el cosmos, un individuo, o un grupo de personas (tal como la nación de Israel o la Iglesia como cuerpo de Cristo).

En el Nuevo Testamento, pneuma ocurre aproximadamente 380 veces. Del mismo modo, conlleva la idea general de viento, aliento, emociones y pensamientos humanos, la fuerza de vida de la persona, o un gran poder. Proviene de la raíz griega pneu, que significa un movimiento dinámico de aire: expirar, inhalar, respirar sobre, soplar aire, soplar un instrumento musical, inspirar, vapor, evaporar, radiar, enojo, tener valor, benevolencia, emitir fragancia, etc. En todo caso, pneuma implica que el aire se pone en movimiento, hay acción; por tanto, el énfasis está en su poder inherente, particularmente en el reino espiritual. Cuando se refiere específicamente al Espíritu de Dios (aproximadamente 250 veces), indica una actividad o acción de Dios, o las manifestaciones resultantes del movimiento del Espíritu de Dios.[1]

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Desde el comienzo del Génesis, vemos al Espíritu en movimiento.[2] La actividad del Espíritu es inseparable de la obra de Dios. Es una extensión de Dios mismo. El Espíritu participa en la Creación, estableciendo orden y evitando el caos. El Espíritu da vida a la humanidad. El Espíritu comunica la voluntad y la palabra de Dios por medio de los profetas. El Espíritu equipa a los obreros y artesanos (tal como Bezaleel en Éxodo 31:3; 35:30-35 y las mujeres diestras que hicieron las vestiduras sacerdotales en 28:3). El Espíritu concede sabiduría para el liderazgo (Números 11), equipa para el servicio (1 Samuel 16:13,14; Números 11:24-30), y concede buen entendimiento (Isaías 11:1-5; 42:1-4). Y el Espíritu protege al pueblo de Dios a través de acciones de fortaleza y de riesgo que cuesta imaginar.

Es imposible controlar o predecir al Espíritu, pues viene con fuerza y poder. En el libro de Jueces (6:34) el Espíritu literalmente “se revistió de Gedeón” o “tomó posesión” de él. El Espíritu concedió a Sansón fuerza extraordinaria (Jueces 14:6) y toma el control de Saúl (1 Samuel 10:5-11; 19:18-24). El Espíritu es soberano. Esto se ilustra en el caso de Balaam, el profeta porfiado, que bendice al pueblo de Dios porque el Espíritu le prohíbe maldecirlo. Nótese también como el Espíritu controla las últimas palabras de David en 2 Samuel 23:1-2.

El Espíritu es misterioso y viene en maneras extrañas, como sueños (Génesis 41:38,39) y visiones (Génesis 15:1; 46:2; Ezequiel 1:1; Daniel 1:17), en guerra de guerrillas de Gedeón, y en danzas. En 1 Samuel 10:7-13, Dios “cambió el corazón” de Saúl. Efectivamente, tan extraño es el Espíritu que Amós (7:14-16) dice a la gente: “¡Yo no soy un profeta!” Pero Dios invade al mundo, no para asustarnos (aun cuando a veces tal cosa pudiera suceder), sino principalmente para comunicarse. Por ejemplo, los profetas están allí para comunicar la voluntad de Dios, no para manipular a la gente o para hacer la obra por remuneración económica.

Frecuentemente, hay un vínculo definido entre el “Espíritu del Señor” y la “palabra del Señor” [hebreo dabar (palabra) y ruach: ver Salmo 33:6; 1 Samuel 15:26; 2 Samuel 23:2]. El Espíritu no consiste en palabras o conocimiento sin propósito, inútiles, vacías [literalmente “vana sabiduría”, “palabras vacías”: Job 15:2; 16:3]. Los falsos profetas son como viento, no porque no tengan palabras, sino porque están desprovistos de la Palabra del Espíritu de Dios (Jeremías 5:13).

En los libros históricos, el Espíritu da poder para el servicio y sabiduría para el liderazgo. Josué (Números 27:18) es ascendido para ser el dirigente del pueblo. Los Jueces (Jueces 3:10) dirimen contiendas, proporcionan respuestas, resuelven problemas, consuelan a la gente, y conducen a la victoria (todo en el poder del Espíritu). La Escritura describe la actividad del Espíritu como “venir con ímpetu” (Jueces 14:6,19; 15:14) o “vestirse de” (Jueces 6:34 y 1 Crónicas 12:18). Hay una señal externa de que la presencia de Dios está allí. Dios está en acción. Pero por muy espectacular que sea esto, el Espíritu está sobre la persona sólo en forma temporal y ocasional.

En los libros poéticos, vemos de nuevo al Espíritu como “Dios en acción” dentro del mundo para impartir vida (Job 27:3; 33:4; 34:14,15), conceder sabiduría (Job 28:12-18; Proverbios 1:7; 9:10), preparar para la acción (Job 32:18), ejecutar juicio (Job 4:9; 34:14), acudir con poder (Job 26:12,13), y santificar (ver Salmo 51:11 e Isaías 63, donde la santidad de Dios se encuentra en agudo contraste con la carencia de santidad de su pueblo).

En los libros proféticos, la actividad del Espíritu cambia de las señales y del testimonio externos al gran contenido del mensaje de Dios: la redención de su pueblo. La obra del Espíritu se manifiesta especialmente en conexión con las profecías acerca del Mesías (el Ungido). En Isaías, el Espíritu unge al Siervo de Dios (11:1-5; 61:1-4). Las siete expresiones del Espíritu hablan de una entrega completa e ilimitada del Espíritu. Esta unción conduce al cumplimiento del nuevo pacto, la restauración del pueblo de Dios, y el juicio de los incrédulos (Isaías 42:1-9; 61:1-11; Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:25-28; 39:25-29).

Pero todo esto únicamente señala en dirección al momento en que Dios dará un nuevo corazón y un nuevo espíritu al pueblo renovado de Dios (Ezequiel 36:26,27; 37:14), tiempo en el cual “vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” y el Espíritu será derramado sobre “toda carne” (Joel 2:28). La esperanza profética es que será dado un nuevo Espíritu (Jeremías 31:31 y sig.; Ezequiel 36:25 y sig.).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO[3]

En el Antiguo Testamento se manifiesta la actividad sobrenatural de Dios en obras creativas del Espíritu: al crear la tierra (Génesis 1:2), y al grabar las tablas de piedra en el monte Sinaí (Éxodo 24:18; 40:34,35), pero ahora la mayor obra creativa ha de verse cuando Dios es encarnado y “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4), nacido de una virgen. Los profetas llenos del Espíritu están allí, esperando “la consolación de Israel”, el consuelo del pueblo de Dios, la restauración de la época mesiánica, la salvación por medio del Mesías, el Ungido (Lucas 2:25,38). Zacarías, Elisabet, Simeón, Ana, María, ninguno de ellos se sorprende de que alguien nacido no de la carne sino “mediante el Espíritu Santo haga su aparición en la escena ” (Mateo1:18,20; Lucas 1:35,41,46-55,67-79; 2:25-36).

Juan el Bautista, el profeta que une lo antiguo con lo nuevo, declara: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11,12; Marcos 1:7,8; Lucas 3:15-18). La salvación ha llegado; el juicio ha llegado. El Espíritu, en forma de paloma, desciende. El sacrificio por los pobres está ahora pagado. Lo que se predijo en el tiempo antiguo, se cumple en este nuevo tiempo.

En el Evangelio según Juan aparece el Paracleto (Intercesor, Intérprete, Consolador, Mediador, “llamado a estar con nosotros”). Viene el “Espíritu de verdad”, el que da a conocer las cosas de Cristo y que glorifica a Jesús, el que nos enseña acerca de Dios, y quien convence al mundo de pecado (14:16). Aquí, el aliento de Dios regenera las almas humanas (3:5,6), conduce a la verdadera adoración (4:24), da vida (6:63), y promete que mayores cosas han de venir (7:38,39), porque del interior de los que creen “correrán ríos de agua viva”. El Espíritu Santo “os enseñará todas las cosas” y Él “mora con vosotros, y estará en vosotros” (14:17).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Y EN EL NUEVO TESTAMENTO[4]

En Hechos 1:5-8 presenciamos una venida sin precedentes del Espíritu, cuando se cumple la promesa de Jesús y la predicción del profeta (Joel 2:28). Los seguidores de Cristo ven “prodigios” en el cielo y “señales” en la tierra. “Reciben” el Espíritu, son “llenos del Espíritu”, son “bautizados” en el Espíritu. Ellos profetizan, hablan en lenguas, llevan fruto, reciben “dones” para edificación de la Iglesia.

En Pentecostés se inicia la época mesiánica del Espíritu; la proclamación profética llega a ser ahora el poder para testimonio y servicio. Después de cada manifestación del bautismo en el Espíritu, se declaran las “poderosas obras de Dios” y muchos se convierten. Se desarrolla una comunidad santa que reverencia la palabra de Dios (Hechos 2:44,45; 5:11; 6:3,4; etc.) pero trae juicio sobre los que “resisten” o “mienten” al Espíritu Santo (Hechos 5:5; 7:51-53).

El Espíritu da impulso a una obra misionera mundial desde Jerusalén, a Judea, a Samaria, y hasta lo último de la tierra. El Espíritu capacita a los creyentes como testigos de Cristo. El Espíritu les da poder para que hablen palabras que de otro modo no serían capaces de hablar, y para que realicen milagros y hechos portentosos que estarían totalmente fuera de sus posibilidades, si no fuera por el poder del Espíritu.

Las cartas de Pablo continuamente dan énfasis a la actividad del Espíritu y a la necesidad de vivir una vida cristiana llena del Espíritu (tanto en forma individual como corporativa). La suposición subyacente en la iglesia primitiva parece ser que el Espíritu se manifestaría con poder por medio de vidas transformadas, poderoso servicio y testimonio, predicación acompañada de “señales y prodigios”, y el poder de manifestar la vida cristiana en amor y unidad. El Espíritu es un espíritu de poder, tanto así que en ocasiones el apóstol Pablo usa indistintamente las dos palabras (Romanos 15:13,19; 1 Corintios 2:4; Gálatas 3:5; 1 Tesalonicenses 1:5; etc.).

El Espíritu es una señal de que la era mesiánica ha llegado y una evidencia que garantiza una consumación final pero futura (1 Corintios 2:6-16; Gálatas 3:14; Efesios 1:13,14). El Espíritu Santo manifiesta en el creyente la gloria que está por venir. El Espíritu marca el comienzo del fin de la vida “según la carne” (Romanos 8:9-11; Gálatas 5:16-25). Las tres metáforas que usa Pablo: (1) el sello (2 Corintios 1:21,22; Efesios 1:13; 4:30), (2) las arras (2 Corintios 1:21,22; 5:5; Efesios 1:14), y (3) las primicias (Romanos 8:12-27), son marcas de que Dios sólo ha comenzado a actuar. El Espíritu Santo es solamente un reflejo parcial (“señales”) del cumplimiento escatológico que está por venir (1 Corintios 13:8-13; 14:20-22).

Pero el Espíritu no es únicamente para el cambio de conducta de los individuos (Gálatas 5:16; 6:10), sino también para cambio corporativo y para beneficio de todo el Cuerpo. Los “dones del Espíritu” (Romanos 12, 1 Corintios 12-14; Efesios 4) son carismata (“dones de gracia”) no para glorificar a individuos, sino para ser reconocidos como dados gratuitamente por Dios para el bien de su pueblo: la Familia (Efesios 2:19; 1 Timoteo 3:15); el Templo (1 Corintios 3:16,17; 2 Corintios 6:16; Efesios 2:19-22); el Cuerpo (Romanos 12:4,5; 1 Corintios 10:16,17; Efesios 4:1-16; 1 Timoteo 3:15,16).

El resto del Nuevo Testamento también habla de la manera en que Dios se mueve en los creyentes y en la Iglesia para expiación, limpieza, obediencia a la palabra de Dios, amor unos por otros, manifestaciones milagrosas, y en confesión del señorío de Cristo. El Espíritu Santo guía a través de persecuciones y de sufrimientos; sana enfermedades; perdona pecados; favorece la adoración; intercede en oración; hace posible la unidad del Cuerpo; y testifica de la presencia y actividad continua de Dios.

IMPLICACIONES PARA LA ACTUALIDAD[5]

¿Qué significa para la actualizad lo que hemos visto en este breve panorama del Espíritu en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento?

(1.- Primeramente, necesitamos reconocer que Dios está activo. Aun en la actualidad, el Espíritu sigue activo, a pesar de que en ocasiones sea en forma misteriosa. Esperamos que el Espíritu hable en un susurro suave, en voz queda, pero viene como viento huracanado. A veces Dios se manifiesta en forma violenta e inesperada, extraña y desacostumbrada. Recuerde que el Espíritu condujo a Jesús al desierto (Marcos 4); el Espíritu tomó a Ezequiel por el cabello y lo alzó (Ezequiel 8:3); Felipe fue sacado de una concurrida campaña de evangelismo para que predicara a un solo hombre y fue trasladado en forma sobrenatural de un lugar a otro (Hechos 8:9-40).

(2.- Segundo, necesitamos entender que el Espíritu está más allá de la descripción o comprensión. Es tan solamente un anticipo de la gloria futura. ¿Qué significado tienen los símbolos del Espíritu: fuego, viento, agua, aceite, vino, paloma, ¿sello, primicias, adopción? Significan que el Espíritu es tan grande que no se puede usar solo una metáfora o una figura para describirlo. Pero cuando el Espíritu viene, Él purifica, ilumina, limpia, refresca, llena, nos adopta como hijos de Dios, sana, consuela, fortalece, unge, y da paz, amor y gozo que nada en la tierra puede igualar.

(3.- La iglesia de hoy necesita comprender que no podemos manipular al Espíritu, o acomodarlo a nuestros parámetros. El Espíritu de Dios es soberano. La habilidad de manejar víboras sin ser mordido, o de beber veneno sin ser afectados no es prueba del poder o de la plenitud del Espíritu Santo. Con mucha frecuencia consideramos que el hablar en lenguas es una especie de premio, o tenemos a algún profeta como una especie de ídolo infalible. Dios se ha movido, y siempre se moverá, por medio de personas, ¡y a pesar de ellas! El Espíritu se mueve porque Dios es soberano, y los dones vienen por medio de su gracia, no porque alguien los merezca. La Palabra nos advierte: “Así que… procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:39,40). Siempre habrá desvergonzados y extremistas que procuran manipular al Espíritu para beneficio propio, desde Balaam en el Antiguo Testamento hasta Simón el Mago en el Nuevo Testamento, o desde los montanistas hasta los seguidores de Irving. Siempre habrá alguien que ora más tiempo, que grita más fuerte, que salta más alto, que rueda más velozmente. Pero Dios, por medio de su Espíritu, sigue moviéndose, porque Él es soberano. No es el éxtasis lo que convierte a alguien en un profeta. El Antiguo Testamento es bastante claro: “Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado” (Deuteronomio 18:22). A pesar de los extremistas, Pablo recomienda: “No apaguéis al Espíritu… Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:19,20).[6]

(4.- Y cuarto: el Espíritu de Dios es real. El Espíritu no es “algo” impersonal. El derramamiento del Espíritu no es como la falsa representación de Pentecostés que se hacía durante la época de la Reforma, haciendo una perforación en el cielo raso de la iglesia en la celebración de Pentecostés y lanzando flores hacia abajo. La obra del Espíritu no puede ser simulada o diseñada en un computador. No puede ser reproducida por medio de la robótica o de imágenes tridimensionales, por sonido circundante o luces láser. El Espíritu no se comunica por medio de un satélite o un teléfono celular, sino a individuos que escuchan su Palabra. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2:9,10).

CONCLUSIÓN.

El Espíritu es omnisciente, omnipotente, omnipresente, eterno, y santo. El Espíritu enseña, testifica, juzga, intercede, revela, habla, y glorifica a Jesús. El Espíritu tiene voluntad y sentimientos. En el terreno de lo negativo, al Espíritu se le puede blasfemar, mentir, resistir, y contristar.[7] Pero el Espíritu Santo es la manera en la cual Dios (la Trinidad) nos toca y transforma. Dios se hace inmanente. ¡El Espíritu está activo y moviéndose en la actualidad!

REFERENCIAS:

[1] Donald Guthrie, “The Holy Spirit”, 510-572, en New Testament Theology (Downers Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1981).

[2] Stanley M. Horton, Lo que dice la Biblia acerca del Espíritu Santo (Springfield, Mo.: Gospel Publishing House, 1976).

[3] Edgar Krentz, “The Spirit in Pauline and Johannine Theology”, 47-65, y Gerhard Krodel, “The Functions of the Spirit in the Life of the Church: From Biblical Times to the Present (Minneapolis: Augsburg, 1978).

[4] Henry Barclay Swete, The Holy Spirit in the New Testament (Grand Rapids: Baker, reprint, 1976).

[5] Harold Lindsell, The Holy Spirit in the Latter Days (Nashville: Thomas Nelson, 1983).

 

[6] Michael Green, “What Are We to Make of the Charismatic Movement”, 197-218 en I Believe in the Holy Spirit (Grand Rapids: Eerdmans, 1975).

[7] Juan 14—16; Hechos 5:3,4; 7:51; 16:6,7; Romanos 8:26; 1 Corintios 12:11; Gálatas 4:6; Efesios4:30; 2 Pedro 1:21; Apocalipsis 2:7.

Neumatología

¿En qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El término blasfemia puede definirse generalmente como “irreverencia desafiante”, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”.[1] El término se puede aplicar a pecados tales como maldecir a Dios o a decir cosas intencionalmente degradantes relacionadas con Dios. La blasfemia es también atribuir algún mal a Dios, o negarle algún bien que deberíamos atribuirle a Él. Un caso particular de blasfemia, sin embargo, es la llamada “blasfemia contra el Espíritu Santo.[2] El concepto de “blasfemia contra el Espíritu Santo”, se menciona en Mateo 12:22-32 y en Marcos 3:22-30.

“Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios. Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama. Por tanto, os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.” (Mateo 12:22-32)

“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios. Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.  Y si Satanás se levanta contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa. De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno. Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.”  (Marcos 3:22-30).

Mucho se ha dicho acerca de este tema, sin embargo, pocos comprenden aún la naturaleza de este pecado. Incluso muchos creyentes sinceros viven atormentados, temiendo haber cometido el pecado imperdonable. La Palabra de Dios indica que sí es posible para un creyente cometer dicho pecado. La Biblia también nos advierte que, “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.” (Hebreos 10:26-27, NVI). Y el apóstol Juan señaló: “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida.” (1 Juan 5:16). Sin embargo, la pregunta aún sigue sin contestar: ¿Qué es en sí, la blasfemia contra el Espíritu Santo?

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO PARA LOS PADRES DE LA IGLESIA Y LOS TEÓLOGOS DE LA EDAD MEDIA.[3]

Algunos de los denominados “Padres de la Iglesia” como Atanasio, Hilario, Ambrosio, Jerónimo y Crisóstomo, consideraron que este pecado es aquella blasfemia que atribuye las obras del Espíritu Santo a los espíritus diabólicos (como ocurre en el episodio relatado en el Evangelio). Agustín de Hipona enseñó, en cambio, que este pecado es cualquier blasfemia contra el Espíritu Santo por quien viene la remisión de los pecados. Muchos otros después de Agustín lo identificaron con todo pecado cometido con plena conciencia y malicia (y se llamaría “contra el Espíritu Santo” en cuanto contraría la bondad que se apropia a esta divina Persona).

Tomás de Aquino, famoso teólogo de la Edad Media, complementando estas tres interpretaciones señaló que el “pecado contra el Espíritu Santo” es todo pecado que pone un obstáculo particularmente grave a la obra de la redención en el alma, es decir, que hace sumamente difícil la conversión al bien o la salida del pecado; así:

(1) Lo que nos hace desconfiar de la misericordia de Dios (la desesperación que excluye la confianza en la misericordia divina) o nos alienta a pecar (la presunción, que excluye el temor de la justicia).

 (2) Lo que nos hace enemigos de los dones divinos que nos llevan a la conversión: el rechazo de la verdad (que nos lleva a rebatir la verdad para poder pecar con tranquilidad) y la envidia u odio de la gracia (la envidia de la gracia fraterna o tristeza por la acción de la gracia en los demás y por el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo).

 (3) Y finalmente, lo que nos impide salir del pecado: la impenitencia (la negativa a arrepentirnos y dejar nuestros pecados) y la obstinación en el mal (la reiteración del propósito de seguir pecando).

Para Tomás de Aquino, era evidente que a este pecado no se llega de repente, sino después de haberse habituado al pecado. La malicia de este pecado implica muchos otros pecados que van deslizando al hombre hasta rechazar la conversión.  Nuestro Señor afirmó que este pecado no sería perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mateo 12:32). Pero debe entenderse que esto no quiere decir que este pecado no “pueda” ser perdonado por Dios, ya que la Biblia deja en claro que la sangre de Cristo es capaz de limpiar cualquier tipo de pecado (1 Juan 1:7), sino que, por la naturaleza del mismo, este pecado no da pie alguno para el perdón, ya que corta todas las vías para el arrepentimiento y la vuelta a Dios (Hechos 7:51). El hombre ya no puede ser perdonado por cuanto se aleja voluntariamente de Aquél que tiene el poder de convencerlo de su pecado, redargüirlo, llevarlo al arrepentimiento y perdonarlo. Sin embargo, jamás debemos perder de vista que nada puede cerrar la omnipotencia y la misericordia divina, la cual puede causar la conversión del corazón más empedernido, así como puede curar milagrosamente una enfermedad mortal (Lucas 1:37).

ANALIZANDO EL CONTEXTO.

Estudiar el contexto de Mateo 12:22-32 y Marcos 3:22-30 es clave para entender la naturaleza de la blasfemia contra el Espíritu Santo y por qué se le llama el “pecado imperdonable”. Obsérvese que Jesús acababa de realizar un milagro. Un hombre endemoniado ciego y mudo fue llevado a Jesús, y el Señor expulsó al demonio, sanando al hombre. Los testigos oculares de este exorcismo comenzaron a preguntarse si Jesús era realmente el Mesías que habían estado esperando. Un grupo de fariseos, al escuchar la conversación del Mesías, rápidamente aplastaron la fe de la multitud, diciendo “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios(Mateo 12:24). Ante tal acusación, Jesús refuta a los fariseos con algunos argumentos lógicos para explicar por qué no está echando fuera demonios en el poder de Satanás (Mateo 12:25-29). Luego, Él habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31-32).

Los fariseos, habiendo sido testigos de pruebas irrefutables de que Jesús estaba obrando milagros en el poder del Espíritu Santo, afirmaron en cambio que el Señor estaba poseído por un demonio (Mateo 12:24). Fíjese que en Marcos 3:30 Jesús es muy específico acerca de lo que los fariseos hicieron para blasfemar contra el Espíritu Santo: “Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo”. Por tanto, la blasfemia contra el Espíritu Santo tiene que ver con alguien acusando a Jesucristo de estar poseído por demonios, en lugar de estar lleno del Espíritu. Este tipo particular de blasfemia no se puede duplicar hoy en día. Los fariseos estaban en un momento único de la historia: tenían la Ley y los Profetas, tenían al Espíritu Santo moviendo sus corazones, tenían al mismísimo Hijo de Dios estando de pie delante de ellos, y veían con sus propios ojos los milagros que Él hacía. Nunca antes en la historia del mundo (y nunca desde entonces) se había concedido tanta luz divina a los hombres; si alguien debiese haber reconocido a Jesús por lo que era, eran los fariseos. Sin embargo, eligieron el desprecio. Ellos atribuyeron intencionalmente la obra del Espíritu al diablo, aunque conocían la verdad y tenían la prueba. Jesús declaró que su ceguera voluntaria era imperdonable. Su blasfemia contra el Espíritu Santo fue su rechazo final de la gracia de Dios. Habían fijado su curso, y Dios iba a dejarlos navegar sin restricciones hacia la perdición.

Jesús dijo a la multitud que la blasfemia de los fariseos contra el Espíritu Santo “no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:32). Esta es otra manera de decir que su pecado nunca sería perdonado. Ni ahora, ni en la eternidad. Como dice Marcos 3:29: “es reo de juicio eterno”. El resultado inmediato del rechazo público de los fariseos hacia Cristo (y el rechazo de Dios hacia ellos), se ve en el siguiente capítulo. Jesús, por primera vez, “les dijo muchas cosas en parábolas” (Mateo 13:3; Marcos 4:2). Los discípulos estaban desconcertados por el cambio de método de enseñanza de Jesús, y Jesús les explicó el uso que Él hacía de las parábolas: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado… porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:11, 13). Jesús comenzó a cubrir la verdad con parábolas y metáforas como resultado directo de la denuncia oficial de los líderes judíos.

De nuevo, la blasfemia del Espíritu Santo no puede repetirse hoy, aunque algunas personas lo intenten. Jesucristo no está en la tierra ahora, sino sentado a la diestra de Dios. Además, nadie puede ver a Jesucristo realizando milagros y luego atribuirle ese poder a Satanás en lugar de al Espíritu Santo.

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO EN NUESTRA ÉPOCA.

Entonces, ¿Pueden los creyentes de hoy cometer el pecado imperdonable? Sí y no, o cuando menos no en el mismo sentido que los fariseos en el primer siglo de nuestra era. El pecado imperdonable de hoy es el estado de continua incredulidad. El Espíritu actualmente convence de pecado, justicia y juicio, a aquellos del mundo que no son salvos (Juan 16:8). Resistir esa convicción y permanecer sin arrepentirse voluntariamente, es “blasfemar” al Espíritu. No hay perdón, ni en este siglo ni en el venidero, para una persona que rechaza el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego muere en la incredulidad. El amor de Dios es evidente: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Y la elección es clara: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no verá la vida, porque la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36).

Ahora bien, no sólo el inconverso puede caer en este pecado. El creyente puede también incurrir en apostasía total e incurrir en el mismo. Pensemos en el caso de Judas Iscariote. Judas se comportaba de forma deshonesta, pues robaba del dinero que se le había confiado (Juan 12:5-6). Finalmente se puso de acuerdo con los gobernantes judíos para traicionar a Jesús por 30 piezas de plata. Es verdad que después de traicionarlo sintió remordimiento, pero en ningún momento se arrepintió de su pecado deliberado. Su conciencia ya era inmune a la influencia del Espíritu Santo (1 Timoteo 4:2). Como consecuencia, Judas cayó de su posición y se condenó a sí mismo, y por eso Jesús lo llamó “el hijo de perdición” (Juan 17:12; Mateo 26:14-16).

¿Cómo llegó Judas a ese estado tan lamentable? Muchos dudarían que Judas fue en algún momento un verdadero creyente. Algunos hasta afirman que Judas estaba predestinado para cometer tal pecado, y que simplemente cumplía con aquello para lo cual Dios lo había creado. Pero eso no es lo que enseña la Biblia. Tal afirmación es absurda, ya que en tal caso Dios, y no Judas, sería el verdadero culpable de tal maldad, pues Dios le habría obligado a pecar. Santiago nos dice: “Cuando alguien tenga una tentación, no diga que es tentado por Dios, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie. Uno es tentado cuando se deja llevar por un mal deseo que lo atrae y lo seduce.” (Santiago 1:12-14, PDT). Judas tampoco fue elegido por ser el peor de los hombres o porque Jesús buscara un pretexto para condenarle, sino que, en oración y comunión con Su Padre, Jesús eligió a Judas entre muchos candidatos para ser parte del selecto grupo de los Doce (Mateo 10.1-4; Marcos 3:13-19; Lucas 6.12-16). En sus inicios, Judas fue un verdadero creyente. Pero cayó en apostasía personal y se perdió eternamente. Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros hoy.

En 1 Timoteo 4:2, el Apóstol Pablo habla acerca de aquellos cuya conciencia ha sido “cauterizada” o dejada insensible en la misma forma que una piel de animal marcada con un hierro llega a ser insensible a más dolor. Para los seres humanos, tener una conciencia cauterizada es el resultado de pecar continua e impenitentemente. Finalmente, el pecado enturbia el sentido moral del bien o del mal, y el pecador impenitente se hace insensible a las advertencias de la conciencia, que Dios ha puesto en cada uno de nosotros para que nos guíen (Romanos 2:15).

En el momento de la salvación, somos limpiados del pecado heredado de Adán y todos los pecados personales. Pero al seguir en nuestro camino como cristianos, seguimos siendo proclives al pecado. Cuando pecamos, Dios nos ha dotado de un método de “limpieza” para restaurarnos al punto de la salvación. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9). Cuando nos permitimos a nosotros mismos practicar pecados de actitud mental, estamos apagando al Espíritu Santo. Se nos manda a no apagar al Espíritu Santo, Quien mora en nosotros (1 Tesalonicenses 5:19). Cuando seguimos en nuestros pecados de actitud mental sin confesarlos, y comenzamos a practicar estos pecados en nuestros cuerpos (Santiago 1:15), entristecemos al Espíritu Santo, algo que no debemos hacer (Efesios 4:30). Una vez más, tenemos la opción de confesar y arrepentirnos, o continuar en el pecado y retroceder espiritualmente. Cuando seguimos con el pecado, nuestras almas empiezan a ser moralmente insensibles. Por fin llegamos a un punto donde nuestra conciencia está cauterizada y no es capaz de ayudarnos a discernir entre el bien y el mal. Es como si un hierro caliente se aplicó a nuestra conciencia, y lo destruyó. Y lo que es peor, podemos llegar al lugar donde no nos importa cuán pecaminosos somos. Esto es lo que se quiere decir en 1 Timoteo 4:2, donde Pablo se refiere a los falsos maestros, llamándolos “embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida.” (NVI), pues han llegado por voluntad propia a un punto irreversible. Se han vuelto insensibles al Espíritu Santo y, por lo tanto, no pueden ser traídos a arrepentimiento para salvación.

De la misma forma que un inconverso puede rechazar el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego morir en la incredulidad y condenarse, así también los creyentes pueden dejar de serlo y caer en apostasía. Si mueren en tal condición su destino eterno será la condenación. Es por ello por lo que Pablo nos dice en 2 Corintios 13:5 que nos examinemos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe. Escrituras tales como Hebreos 6:4-6 y Hebreos 10:26-29 son advertencias para los apóstatas.

“Es imposible que renueven su arrepentimiento aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo y que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y después de todo esto se han apartado. Es imposible, porque así vuelven a crucificar, para su propio mal, al Hijo de Dios, y lo exponen a la vergüenza pública.” (Hebreos 6:4-6, NVI).

 “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios. Cualquiera que rechazaba la ley de Moisés moría irremediablemente por el testimonio de dos o tres testigos. ¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merece el que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado, y que ha insultado al Espíritu de la gracia?” (Hebreos 10:26-29, NVI).

Ellos son rechazados por haber perdido la fe y negar posteriormente a su Señor. Para un creyente moderno, la apostasía total equivale a la blasfemia contra el Espíritu Santo. De cometerla, y morir en ella, no hay perdón de pecados en este mundo ni en el venidero. No porque Dios no pueda perdonarle, sino porque el apóstata se aleja a sí mismo de toda influencia positiva del Espíritu Santo, sin cuya gracia y accionar en el alma, nadie puede salvarse.

APOSTASÍA, BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO Y PÉRDIDA DE LA SALVACIÓN.

Muchos negarían que la salvación pueda perderse, pero la Biblia lo enseña. Los calvinistas, por ejemplo, argumentan que un cristiano que se aparta de la fe y comete apostasía, nunca fue en realidad un verdadero creyente. De esta manera pretenden salvaguardar la doctrina de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente. Tal argumentación busca, además, justificar las deserciones en sus filas. No obstante, tal argumento no es más que un mero pretexto para sostener una doctrina a la cual se aferran.

Nosotros los arminianos, en vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); afirmamos, basados en la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios, que el creyente puede dejar de serlo, cayendo así de la gracia y perdiendo la salvación.

Debemos entender que Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).

Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

 Para el creyente arminiano, el camino que nos lleva a la condenación es gradual y escalonado: pecado persistente, cauterización de la conciencia, incredulidad, apostasía, blasfemia contra el Espíritu Santo y pérdida de la salvación. Es cierto que Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19).

Por otro lado, no siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Otra vez la Biblia habla a todos cuando dice, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).

REFERENCIAS.

[1] RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2018

[2] Paul Lamarche, Pecado, en: Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder 1978, 660-672.

[3] Francesco Roberti, Pecado contra el Espíritu Santo, en: Diccionario de Teología Moral, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1960, pp. 924-925.

Neumatología

Pneumatología Pentecostal: ¿Quién es el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La pneumatología, o neumatología, es la parte de la teología sistemática que estudia lo referente a la tercera persona de la trinidad, es decir, al Espíritu Santo. Al igual que la teología propia estudia algunos rasgos de la primera persona de la trinidad y la cristología estudia de Jesús, también la neumatología estudia la personalidad, la deidad y la obra del Espíritu Santo. Etimológicamente la palabra neumatología proviene de dos vocablos griegos donde pneuma significa viento, aire o espíritu y logos, estudio o tratado. En palabras sencillas se entiende entonces que es el estudio del Espíritu Santo.[1] Las razones de estudio son diversas, sin embargo, es necesario su estudio ya que también es Dios y no conocerlo sería negligente. Por otro lado, la Biblia menciona que el Espíritu Santo tiene mucha relación con el hombre hoy día. Además, se le pide al creyente vivir en sujeción al Espíritu Santo, pero ¿Cómo entender esta relación con el Espíritu sin antes conocerle? Por tal razón, el estudio de la persona y de la obra del Espíritu Santo es, para el cristiano devoto, una cuestión de vital interés. Particularmente para el creyente pentecostal.

El conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[2]

¿Te has preguntado alguna vez en qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? La respuesta es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús. Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. A pesar de ello, aún subsisten muchos conceptos erróneos sobre la identidad del Espíritu Santo. Algunos ven al Espíritu Santo como una fuerza mística. Otros entienden al Espíritu Santo, como el poder impersonal que Dios pone a disposición para los seguidores de Cristo.[3] Tal confusión se debe principalmente a la proliferación de sectas niegan la personalidad del Espíritu Santo. Sin embargo, lo que realmente importa no es lo que diga alguna secta o grupo herético. Nuestra autoridad en materia de doctrina y práctica es la Biblia. Por ende, cabe preguntarnos: ¿Qué dice la Biblia acerca de la identidad del Espíritu Santo? Ciertamente, la Biblia tiene mucho que decirnos acerca del Espíritu Santo, su naturaleza, personalidad, funciones y atributos. Dejemos pues que la Biblia hable por sí sola.

EL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DE LA HISTORIA HUMANA.

Podemos ver al Espíritu Santo desde el Antiguo Testamento haciendo diversas actividades, como: Obrando en la creación (Génesis 1:2); da aliento a los hombres y los animales (Génesis 2:7; 6:3); capacitando a hombres para la batalla (Jueces 3:10); capacitando a los profetas para anunciar el mensaje del Señor (Miqueas 3:8), etc. En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo estaba en medio del pueblo de Dios (Isaías 63:11) y capacitaba a ciertos hombres para tareas especiales (Éxodo 31:3; Jueces 6:34; 11:29). Sin embargo, no era dado a todos y podía ser retirado (Jueces 13:25; 16:20; Salmos 51:11). El Espíritu Santo es llamado de distintas maneras a lo largo del Nuevo Testamento: El Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16); el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9); el Espíritu Eterno (Hebreos 9:14); el Espíritu de Verdad (Juan 16:13) y el Espíritu de Gracia (Hechos 10:29). La primera obra del Espíritu Santo en el hombre es convencer de pecado (Juan 16:8,11) y de la realidad del perdón a través de Jesucristo. Esto lo hace a través de la predicación (Hechos 2:37; 1 Tesalonicenses 1:5) y del ejercicio de los dones espirituales (1 Corintios 14:24-25). El Espíritu Santo es prometido a todos los creyentes (Hechos 2:38) y es un don que se recibe por la fe en Jesucristo (Efesios 1:13; 3:16-17; Gálatas 3:2,5). El Espíritu Santo es el que produce la obra de regeneración en nosotros. Él es el sello de nuestra salvación: ”…En Él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria…” (Efesios 1:13-14). Pero el Espíritu Santo es mucho más que el sello de Dios en nosotros.

DEIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[4]

Dicho de una manera sencilla, la Biblia dice que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[5]

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. No es un poder ni una fuerza. La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17). El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51). Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30) El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona. El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11). El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26). El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él. El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28). Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

(1.- EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.

(2.- EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.

(3.- EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.

(4.- EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.

La personalidad del Espíritu Santo es una doctrina clara. Y para vergüenza de los falsamente llamados Testigos de Jehová, no hace falta consultar el Nuevo Testamento para creer en la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo. El testimonio del Antiguo Testamento es más que claro. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Es imposible, pues, que sea una simple fuerza impersonal como ellos erróneamente enseñan. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también.

CONCLUSIÓN.

El Espíritu Santo no es un viento, no es un poder natural, no es una mera influencia inspiradora como asumen los falsos Testigos de Jehová. El Espíritu Santo es una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad. Vive aquí, presente entre nosotros, para iluminarnos en el conocimiento de la Biblia, único lugar donde Dios se revela al hombre. El Espíritu Santo es otro Cristo, es otro Consolador. El Hijo terminó la misión que le había traído a la tierra. La continuación de su obra, es decir, el establecimiento y fortalecimiento de la Iglesia, fueron trabajos encomendados al Espíritu Santo. Este comenzó a obrar cuando el Hijo fue recibido nuevamente al cielo. El Espíritu Santo es una persona con atributos propios. Está dotado de voluntad, ya que reparte los dones como él quiere. Está dotado de pensamiento. Está dotado de conocimiento. Está dotado, también, de los atributos de bondad y amor. Más aún, la Biblia afirma que el Espíritu Santo puede ser tratado igual que una persona. Se le puede mentir, se le puede tentar, se le puede resistir, se le puede entristecer, se le puede invocar y se le puede blasfemar. Un ser dotado de atributos semejantes es necesariamente una persona, en este caso una persona divina, la tercera persona de la Trinidad.

REFERENCIAS:

[1] Antonio Aranda Lomeña, Estudios de pneumatología, Editorial Universidad de Navarra, año 1985, España.

[2] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[3] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[4] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

Vida Espiritual

La clase de personas que Dios usa.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¡Dios desea usarte para su gloria! ¿Lo dejarías? En un tiempo en el cual Israel se había apartado tanto de Dios que la nación se hallaba al borde mismo de su juicio, Dios dijo: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30).

Dios habría podido enviar ángeles para que llevaran a cabo el ministerio que se necesitaba, pero su método, tanto entonces como ahora, es obrar a través de los seres humanos, y no a través de los seres angélicos. Aunque los ángeles han ayudado para reunir a las personas necesitadas con las que les podían ministrar, como en el caso de Cornelio y Pedro, el ministerio en sí se ha producido a través del ser humano redimido.

Cuando se trata de los dones sobrenaturales del Espíritu, él también está buscando personas a través de las cuales poderse manifestar. En ese caso, una pregunta muy natural es esta: “¿Qué clase de persona está buscando? En los pasajes de las Escrituras que se refieren a los dones del Espíritu, podemos encontrar el perfil de la clase de personas que él quiere usar.

ALGUIEN QUE ANHELE LOS DONES ESPIRITUALES

Pablo escribe: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Y dice de nuevo: “Así que, hermanos, procurad profetizar” (1 Corintios 14:39).

La forma verbal “procurad”, que traduce la palabra griega zeloute, es un término cargado de fuerza que indica con cuánta intensidad deberíamos anhelar el que el Espíritu nos use. Tenemos una ilustración de esto en la conversación que sostuvieron Elías y Eliseo. Cuando Elías le dijo: “Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti”, la respuesta de Eliseo fue: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí” (vea 2 Reyes 2:9–15). El Espíritu Santo está buscando personas que anhelen que él las use de la manera que quiera.

A veces, las personas expresan el temor de que, si entran en un cierto tipo de atmósfera espiritual, se podrían convertir sin desearlo en instrumentos de manifestaciones espirituales. No tienen por qué temer. El Espíritu Santo no se le impone por la fuerza a nadie. Lo que está buscando es personas que anhelen fervientemente sus manifestaciones en su vida y a través de ella.

Los creyentes están en armonía con las Escrituras cuando anhelan ser agentes que el Espíritu Santo pueda usar. Pablo escribe que incluso hay momentos en los cuales debemos orar para convertirnos en instrumentos del Espíritu: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” (1 Corintios 14:13).

ALGUIEN QUE RECONOZCA LA SOBERANÍA DEL ESPÍRITU

Pablo escribe: “Pero todas estas cosas [los dones mencionados en los vv. 8–10] las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

El Espíritu Santo es el que determina cómo, y por medio de quién él se va a manifestar. Nosotros no somos los que escogemos cuál es la manifestación que se va a producir. Esto lo decide él, según quiere. Esta verdad corrige la idea que enseñan algunos, según la cual necesitamos aprender a usar al Espíritu Santo. No somos nosotros los que lo usamos a él. Es él en su soberanía el que nos usa a nosotros, si nos entregamos a él.

También es importante que nos sintamos agradecidos, cualquiera que sea la forma en que el Espíritu decida usarnos, en lugar de envidiar o criticar la forma en que él usa a otros. Una gran lección que se nos enseña en 1 Corintios 12:14–26 es que no debemos minimizar la importancia de la forma en que Dios nos quiere usar (14–20). Tampoco le debemos restar importancia a la forma en que usa a otros (1 Corintios 12:21–26). El Espíritu Santo es el Soberano. Nosotros somos sus súbditos.

ALGUIEN QUE TENGA LA FE SUFICIENTE PARA ENTREGARSE A ÉL

A los creyentes de Roma, Pablo les escribe para decirles: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6).

El mundo que nos rodea cree muy poco en lo sobrenatural genuinamente divino, y este escepticismo se puede infiltrar incluso en la misma iglesia. La tendencia hacia la falta de fe se complica con el hecho de que en las manifestaciones del Espíritu hay una colaboración entre lo humano y lo divino. Es posible que los creyentes no pongamos en tela de juicio lo que le corresponde a Dios, pero que sí lo hagamos con el factor humano. Cuando esto sucede, el temor y la duda reemplazan a la fe.

Pueden surgir diversas preguntas. “¿Y si confundo una impresión con una manifestación profética, e incluso aunque tenga la mejor de las intenciones, digo algo que sea inadecuado o contrario a las Escrituras?” O bien: “¿Y si doy la interpretación de unas lenguas y alguno de los presentes conoce la lengua extranjera en que se ha hablado y reconoce que mi interpretación no es la correcta?” O: “¿Y si digo las cuatro o cinco primeras palabras que me vienen a la mente, y después no me viene nada más?”

La fe es una cualidad necesaria en la vida de la persona a la que usa el Espíritu. Esa persona no solo debe creer que el Espíritu se manifiesta, sino también que puede usarla a ella, y que la puede usar. Al igual que Moisés, hay creyentes que no dudan que Dios pueda hacer milagros, pero sí dudan que los pueda hacer por medio de ellos (vea Éxodo 4:1, 10).

ALGUIEN QUE POSEA EL FRUTO DEL ESPÍRITU

El capítulo 13 de 1 Corintios es un hermoso capítulo acerca del amor, intercalado entre los dos capítulos de enseñanzas relacionadas con los dones espirituales, y forma parte integral de esas enseñanzas. Los versículos 1 y 2 indican que sin amor, la persona que habla en lenguas de hombres o de ángeles, es “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y la manifestación de los demás dones sin amor hace ver primordialmente lo estéril que es la vida del que los manifiesta. El Espíritu Santo se interesa tanto por nuestra vida, como por nuestro ministerio, y está buscando personas cuya vida manifieste su fruto, el fruto del Espíritu.

En 1 Corintios 13:4–7 se nos ayuda a los creyentes a saber cómo es la persona en la cual se manifiesta el fruto del Espíritu. He aquí este pasaje: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

El hecho de que el Espíritu use a una persona no significa que esa persona sea perfecta. Nadie se puede proclamar perfecto y sin pecado (1 Juan 1:8). Pero el Espíritu Santo se complace en usar personas que anhelen tanto su fruto como sus dones. Mientras más santa sea la vida, más llena de significado será la manifestación. Y al contrario, aquellos cuya vida no es lo que debería ser, hacen caer el reproche sobre la causa de Cristo, como era el caso con los creyentes de Corinto.

ALGUIEN QUE SEA HUMILDE

Uno de los peligros contra los cuales se debe guardar la persona que ha sido usada por el Espíritu, es el orgullo. Es importante recordar que las manifestaciones no son indicación de que pertenezca a una élite especial, sino que son don de la gracia.

Moisés fue muy usado por Dios, y era un hombre humilde (Números 12:3). Sin embargo, perdió los estribos e insinuó que él podía realizar un milagro y sacar agua de una roca. Esto es lo que dijo: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Números 20:10).

Debido al factor humano, el creyente puede perder de vista la intención del Espíritu Santo y dedicarse a algún tipo de manifestación en la carne. Esta es la razón por la cual Pablo escribió lo siguiente: “Y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). La persona que el Espíritu quiere usar es lo suficientemente humilde como para reconocer que su ministerio va a ser evaluado. No se llena de resentimiento si los demás no aceptan lo que él ha sentido que es una manifestación del Espíritu. Lo que hace es reconocer que, por ser humano, por muy bien intencionado que sea, se puede mover en la sabiduría y la capacidad humanas y equivocarse.

ALGUIEN QUE RESPETE EL ORDEN

Es evidente que en la iglesia de Corinto había un cierto grado de desorden. Por eso Pablo escribe para decirles: “Hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40; vea el v. 33). El Espíritu Santo nunca es el autor de la confusión, y tampoco quiere que los creyentes creemos confusión.

Ordinariamente, al Espíritu Santo no le agrada que alguien interrumpa la predicación de otro, un llamado al altar, o incluso un momento en el cual un ministro o un miembro de la congregación dirige una oración colectiva.

En su interés por el orden, el Espíritu está buscando personas que sepan esperar al momento adecuado para someterse a lo que él les indica. Cuando el Espíritu se mueve en un creyente, espera de él que no sea impulsivo, sino que se mantenga en un orden perfecto con respecto a lo que se está haciendo. Cuando el creyente guarda el debido decoro, se puede convertir en el instrumento que usará el Espíritu para lograr sus propósitos en una manifestación extraordinaria de sí mismo.

Cuando reflexionamos sobre el perfil de la clase de persona que el Espíritu está buscando, nuestro primer impulso consiste en decir: “No hay nadie que sea tan perfecto”. Y esto es cierto. Sin embargo, hay dos actitudes con respecto a este perfil, que los creyentes debemos tener el cuidado de evitar. Unos podrían decir: “Yo no estoy a la altura de ese ideal, así que no voy a esperar el impulso del Espíritu, ni le voy a responder”. Otros podrían decir: “Dios usa gente imperfecta, así que no importa la clase de vida que yo lleve”.

El Espíritu Santo no viene a nosotros porque seamos perfectos, sino para ayudarnos a crecer en su gracia. Lo importante aquí es que le permitamos que se manifieste por medio de nosotros en el fruto del Espíritu, y que después nos mantengamos sensibles ante él, de manera que se pueda manifestar también por medio de nosotros en sus dones, según él lo disponga.

¿Qué tal si dispones tu corazón este día y te preparas para ser usado por Dios? ¡Te aseguro que no te arrepentirás!

 

Vida Espiritual

Pentecostal sin fruto, no es pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Nuestro Señor Jesucristo expresó su voluntad para nosotros al afirmar: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:8). Muy comúnmente, los Pentecostales y los Carismáticos somos acusados de descuidar el Fruto del Espíritu en preferencia de los Dones, los cuales son más vistosos. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a un balance de los dos, tal como una fruta perfectamente formada en un paquete apropiado y atractivo. Juntos los dos, el paquete y la fruta, hacen un equipo perfecto. De igual manera, los creyentes del Nuevo Testamento vienen a ser como esa fruta bien envuelta y presentable.

Los Dones Espirituales comúnmente son visibles. Al igual que la envoltura de un paquete, es lo primero que se ve y muchas veces son ruidosos (1 Corintios 13:1). La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de ambos, los dones y el fruto. El uso de los Dones debe ser juzgado y evaluado cuidadosamente en cuanto a lo que se dice (1 Corintios 13:29,32) por la asamblea, para el uso apropiado de los dones. Las Escrituras no nos mandan evaluar la madurez cristiana de un creyente por la cantidad de dones que posee, pero Jesús sí nos dijo que debemos evaluar a otros que se dicen creyentes por la manifestación de los frutos que ellos den. Las instrucciones de Dios son que seamos inspectores de frutos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). En ningún lugar en las Escrituras dice “Por sus dones los conoceréis.” Sería como formar una opinión de un campesino por las herramientas que tiene. Debemos de basar nuestra opinión por la cosecha que él produce.

“Por sus Frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20).

Está claro que las herramientas son una parte importante para la siembra, pero no lo son todo. Una manera de ver las cosas en relación con los dones y el fruto del Espíritu sería: Los dones son como las herramientas que Dios nos ha dado para poder producir frutos en su jardín. Si no hay fruto, las herramientas están de más o pierden su razón de ser.

LO QUE NO SON LOS DONES.

Muchos creyentes pentecostales suelen menospreciar el fruto del Espíritu y sobrevalorar los dones debido a que no entienden la naturaleza de estos. Necesitamos entender qué son y qué no son los dones para colocarlos en la dimensión correcta de nuestra vida cristiana.

  1. LOS DONES NO SON SEÑAL DE SANTIDAD: De alguna manera por todo el mundo pentecostal se ha creído y entendido que los dones son señal de santidad. En el Movimiento Pentecostal se ha creído erróneamente, debido a las malas enseñanzas, que aquellos que tienen dones nunca cometen errores. ¡Desafortunadamente no es así! Debemos entender que los dones del Espíritu no son señal de santidad. Este es un malentendido de muchas iglesias. De hecho, los dones del Espíritu muchas veces son dados como instrumentos a personas imperfectas dentro de las iglesias para que lleven fruto. Son dados a personas imperfectas en el cuerpo de Cristo para que les ayuden a perfeccionarse, a fin de que den frutos y no solo estén cubiertos de hojas (Mateo 21:18-19). Cuando las Escrituras hablan de las actitudes y comportamiento humanos, no están hablando de los dones, están hablando de los frutos. La pregunta es: ¿Por qué muchas iglesias prefieren hablar de los dones en vez de los frutos? La gran diferencia es que los dones son dados y los frutos tienen que crecer en uno. El amor, el gozo, la paz y el resto de las virtudes o características que se mencionan en la lista de Gálatas 5:22-23 son frutos que usted y yo tenemos que hacer crecer. Para poder producir frutos hay que trabajar duramente.
  1. FRUTO ES LO QUE SOY, NO LO QUE HAGO: Hemos olvidado algo muy importante en nuestra vida cristiana: El fruto no es lo que nosotros hacemos. Fruto es lo que nosotros somos. Los dones, por sí mismos, no son pruebas de una fortaleza espiritual. En el sistema de valores de Dios el “ser” tiene más alto valor que el “hacer”. ¿Por qué? Simplemente porque ¡Es más fácil liderar un grupo que ser un modelo del fruto del Espíritu! ¡Es más fácil que su nombre sea inscrito en una placa por dar su ayuda financiera a la iglesia, a que le conozcan a usted en la congregación cómo un modelo de amor o de mansedumbre!
  1. EL FRUTO NO NECESARIAMENTE SIGNIFICA GANAR ALMAS: Siempre se ha pensado que cuando se menciona en las Escrituras acerca del fruto se refiere a ganar almas. No estoy diciendo que es una mala interpretación. Creo que legítimamente esto se puede ver en las Escrituras (Proverbios 11:30). Pero también debemos recordar que alguien puedo ser eficaz en hacer prosélitos y no estar dando el fruto que Dios espera de una vida transformada (Mateo 23:15). Es más bíblico decir que el fruto de un creyente se refiere a las características de nuestra naturaleza interna, causada por una actitud de obediencia, regeneración y entrega sincera al Señor.

DEBEMOS PERMANECER EN EL SEÑOR PARA LLEVAR FRUTO.

Para llevar fruto que permanezca debemos permanecer en el Señor. Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15: 4-5,10)

Pero no todo en este proceso de llevar fruto resulta agradable y placentero, ya que es un proceso formativo de nuestro carácter cristiano con miras a alcanzar la madurez del creyente. No debemos olvidar que llevar fruto lleva implícito un proceso de poda. Nuestras “hojas” frecuentemente serán cortadas a fin de que podamos llevar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES MÁS PODEROSO QUE LOS DONES DEL ESPÍRITU.

Pero ¿Por qué Dios le da tanta importancia al fruto del Espíritu? Porque el fruto del Espíritu es más poderoso que los dones del Espíritu. Tampoco quiero ser malinterpretado. No hay manera que pueda desvalorar la importancia de los dones. Pero recordemos esto: Los dones del Espíritu son solamente las herramientas que se le han dado a la iglesia para trabajar en el campo y producir frutos.

Preguntémonos ¿Para quién son los frutos? La respuesta más común es, para el Señor. Lo cual es verdad, pero solo indirectamente. El fruto en nuestra vida produce, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, (Gálatas 5:22), y esto es para los cansados viajeros. Es aquí cuando el fruto del Espíritu viene a ser uno de los instrumentos más dinámicos creados por Dios para alcanzar a los perdidos a través de nuestro ejemplo. El mundo está cansado del pecado. Las personas están profundamente metidas en sus seducciones, en no querer saber de Dios, en sus filosofías, en sus derrotas, están separados de Dios. Ellos saben muy bien cuáles son los canales de televisión cristianos, ellos conocen las estaciones de radio cristianas. Ellos son expertos en sobrepasarlas cuando buscan otras estaciones o canales. Ellos son los que piensan que las iglesias están llenas de hipócritas, y que no hay nadie que los pueda convencer de hacerse cristianos.

Mas sin embargo ellos están sedientos y con hambre. Ciertamente, ellos quizá hayan oído tanto acerca del evangelio que hasta lo pueden oler de lejos para evitarlo. Pues lo que andan buscando no es una religión más. Pero un carácter personal transformado puede ser definido como fruto y puede desarmar las dudas. El fruto cuando está presente puede atraer y alimentar al cansado viajero. El pecado enferma las almas del mundo, debilitándolas por medio del pecado, pero pueden ser bendecidas por el fruto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 35).

Esta es la manera como trabaja el fruto del Espíritu: Cuando usted se encuentre uno de esos cansados viajeros y él le diga “Las iglesias me enferman, no quiero saber nada de religión”, usted le mostrará sus frutos y ellos desearán probar de él. Cuando ellos vean su humildad, su bondad, su amor, su fe, su gozo, le van a preguntar, “¿Dónde puedo obtener lo mismo?”. Es muy posible que muchos de ellos nunca hayan conocido lo suficiente del evangelio para llegar a saber de sus pecados y la necesidad de un Salvador. El Cristo y el evangelio que usted y yo reflejemos quizá sea el único que lleguen a conocer. Sin el fruto adecuado, jamás podremos presentar a Cristo de forma eficaz, incluso poseyendo los dones.

La belleza del fruto, valorada grandemente por el Señor, atraerá las almas a un lugar de arrepentimiento y asociación con Jesús. Debería preocuparnos que en nuestras iglesias pentecostales no se valore tanto el fruto como los dones del Espíritu. Es algo que no se enseña en muchas de nuestras iglesias, pero en el Nuevo Testamento el llevar frutos fue la herramienta más grande que tuvieron para evangelizar.

CONCLUSIÓN.

La prueba de la transformación de un alma es el fruto (1 Juan 3:14). Mostrar frutos cambia nuestras vidas y las de los demás (Juan 13:15; 1 Tesalonicenses 1:7,8). Claramente los frutos de los tesalonicenses (gozo, la fe) fueron ejemplos no solo en Macedonia sino también en todo lugar que se mencionó su testimonio.

El fruto que damos dice todo de nosotros: ” No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto” (Lucas 6:43). Las cualidades que le agradan a Dios en una vida madura son las mismas cualidades que los ojos de un pecador ven en nosotros: ” En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Solo recuerda: La madurez en Cristo no es descuidar los dones para alcanzar los frutos o viceversa, sino balancear los dos de tal manera que podamos complacer al Padre y sanar las naciones.

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Poder.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas. Pero este poder no es exclusivo de la iglesia primitiva o de los apóstoles, profetas y evangelistas de antaño. Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9-10 han estado entre esas manifestaciones.

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los dones de palabra, por ejemplo, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las Escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación. A través de un don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar, con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de “fe”, sanidades, y “obras de poder” (milagros), generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

I.- DON DE FE.

El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (fe que puede “mover montañas”, Mateo 21:21, Marcos 11:23). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

II.- DONES DE SANIDADES.

Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La expresión jarísmata iamaton sólo aparece en la Biblia en tres ocasiones, y las tres se encuentran en 1 Corintios 12. Es extraño que una misma expresión original invariable reciba tres traducciones diferentes en la versión Reina-Valera en estas tres veces que aparece: “A otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:9), y otra casi idéntica: “¿Tienen todos dones de sanidad?” (1 Corintios 12:30); en cambio, vemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia… después los que sanan” (1 Corintios 12:28). La expresión correcta, que es “dones de sanidades”, es la que se habría debido usar las tres veces, en lugar de usarla sólo una, puesto que este plural doble tiene una importancia que no se debe pasar por alto. el doble plural que aparece al hablar de los “dones de sanidades” nos sugiere que:

  1. Es razonable creer que Dios puede ungir a una persona con fe en cuanto a ciertas enfermedades, y a otra persona con fe en cuanto a otras.
  2. Donde estén operando todos los dones de sanidad, se podrían sanar toda clase de enfermedades.
  3. El creyente que posea uno o más de ellos, será utilizado por Dios en ciertos casos de enfermedades, pero no forzosamente en otros.

Sin embargo, es probable que la explicación más sencilla sea que pueden existir diferentes dones para diferentes clases de enfermedades. Otra explicación sería que el Espíritu dirige en diversas maneras de expresar su poder sanador (la oración mental, la imposición de manos, la unción con aceite y cosas semejantes).

El propósito de Dios es que este don se utilice para su gloria y el avance de su Reino en la tierra. Constituye a la vez un respaldo divino al ministerio de una persona individual, o de una iglesia. De acuerdo con lo que decida la voluntad de Dios, el don se puede ejercitar sobre creyentes o no creyentes. La responsabilidad de este ministerio queda retenida dentro de la soberanía de Dios, porque es un don-señal que confirma el ministerio de un siervo humano suyo en una situación determinada.

El ejercicio de este don es un regalo de la gracia divina. La manifestación del Espíritu al canal humano es un don, y aquello que Él le da a realizar a ese canal suyo es a su vez la entrega de un don. El canal humano recibe un paquete de remedios sanadores para compartirlos con los demás en forma de dones. En las tres apariciones de la palabra “don”, el original es una forma de la palabra járisma, que indica una gracia, un favor, un obsequio, una muestra de bondad o una ayuda. No es un “don” en el sentido de algo que es posesión de alguien dotado para actuar, cuyas habilidades realizan la tarea de una manera impresionante; es un “don” en el sentido de que es una posesión que es puesta gratuitamente a su alcance en un momento adecuado, como recurso o instrumento para satisfacer una necesidad. Así, el señalamiento bíblico exacto afirma en las tres ocasiones que este don del Espíritu es una cuestión de caritativa concesión de una aplicación concreta. Ésta es la naturaleza de lo que el Espíritu le da al obrero humano, y esto es lo que él recibe para dárselo a otros. En ambos niveles es, por así decirlo, caridad divina, y no mérito humano, ni fe humana tampoco. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (1 Corintios 15:44–57).

Ahora bien, los dones de sanidades comparten con las lenguas y con los milagros la categoría especial de que son concedidos sobre una base doble: se le dan individualmente a la persona (1 Corintios 12:7), y se le dan a la Iglesia (1 Corintios 12:28). Su identificación con estos otros dos dones se convierte en otro dato más para comprender su naturaleza y la razón de ser que tiene dentro de las intenciones de Dios. Son dones-señales, dados como cumplimiento de la promesa que hizo el Señor en su despedida: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18). Es como si se tratara de las credenciales que Dios les concede a sus siervos, de manera individual y también de manera colectiva como iglesia, para capacitarlos de esa manera a fin de que cumplan con la misión que Él les ha encomendado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Leemos con respecto al ministerio de Felipe: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6).

III.- DON DE MILAGROS O SEÑALES DE PODER.

“Obras de poder” (energemata dunombreon; llamados también “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. Por medio de este don se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

IV.- LOS DONES DE PODER Y SU UTILIDAD EN EL MINISTERIO.

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (Romanos 1:18–32).

La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (Juan 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (Juan 9:39–41). Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

V.- RECEPCIÓN DE LOS DONES DE PODER.

Todas las suposiciones previas y todos los calificativos normales que se aplican a los demás dones del Espíritu (1 Corintios 12:8-10), también se aplican a este tipo de dones:

(1) Son otorgados de acuerdo con la voluntad del Espíritu (1 Corintios 12:11).

(2) Permanecen dentro del Espíritu, y no en el obrero humano (observe que, en el lenguaje bíblico más estricto, los dones no son ni impartidos ni otorgados, sino “manifestados” según 1 Corintios 12:7).

(3) Son exclusivos y totalmente sobrenaturales, y le pertenecen al Espíritu, sin que le pertenezcan de manera alguna al ser humano natural (1 Corintios 12:11).

(4) Son dados para el bien del Cuerpo como un todo; es decir, “para provecho” (1 Corintios 12:7).

Hay también algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él. Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder. Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal. El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.