Neumatología

El Espíritu Santo en la Biblia.

Por: Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN.

¿Por qué los pentecostales enfatizamos tanto la necesidad de una experiencia personal con el Espíritu Santo? Porque el Espíritu Santo es la vida y motor de la Iglesia. La biblia está llena de referencias al Espíritu Santo, de modo que la doctrina acerca de su personalidad, divinidad y obra son de vital importancia para nosotros hoy en día, como lo fue para los primeros cristianos el día del Pentecostés.

Las dos palabras usadas en la Biblia para designar al Espíritu son la palabra hebrea ruach, y la palabra griega pneuma. La palabra ruach ocurre aproximadamente 380 veces y traducida en términos generales significa “viento” o “aliento”. Proviene de la raíz que significa “exhalar por la nariz con violencia”. En otras palabras, aire o aliento que se mueve. Según sea el contexto, ruach tiene muchas connotaciones, incluyendo el viento natural, el aliento de vida, el temperamento, la disposición, la valentía, la fortaleza, la energía que da vida, el poder creativo, las imponentes tempestades, la fortaleza que va más allá de lo humano, el poder especial de inspiración o de capacitación. Con frecuencia manifiesta la idea de violencia y de poder, indicando cualquier cosa desde una fuerza impersonal hasta una persona en particular. Sin embargo, puesto que estamos tratando principalmente con el Espíritu Santo, el énfasis divino de ruach cuando aparece combinado con Jehová o Elohim, o cuando el contexto conecta claramente la palabra con el Espíritu de Dios, indica una acción poderosa de Dios sobre el cosmos, un individuo, o un grupo de personas (tal como la nación de Israel o la Iglesia como cuerpo de Cristo).

En el Nuevo Testamento, pneuma ocurre aproximadamente 380 veces. Del mismo modo, conlleva la idea general de viento, aliento, emociones y pensamientos humanos, la fuerza de vida de la persona, o un gran poder. Proviene de la raíz griega pneu, que significa un movimiento dinámico de aire: expirar, inhalar, respirar sobre, soplar aire, soplar un instrumento musical, inspirar, vapor, evaporar, radiar, enojo, tener valor, benevolencia, emitir fragancia, etc. En todo caso, pneuma implica que el aire se pone en movimiento, hay acción; por tanto, el énfasis está en su poder inherente, particularmente en el reino espiritual. Cuando se refiere específicamente al Espíritu de Dios (aproximadamente 250 veces), indica una actividad o acción de Dios, o las manifestaciones resultantes del movimiento del Espíritu de Dios.[1]

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Desde el comienzo del Génesis, vemos al Espíritu en movimiento.[2] La actividad del Espíritu es inseparable de la obra de Dios. Es una extensión de Dios mismo. El Espíritu participa en la Creación, estableciendo orden y evitando el caos. El Espíritu da vida a la humanidad. El Espíritu comunica la voluntad y la palabra de Dios por medio de los profetas. El Espíritu equipa a los obreros y artesanos (tal como Bezaleel en Éxodo 31:3; 35:30-35 y las mujeres diestras que hicieron las vestiduras sacerdotales en 28:3). El Espíritu concede sabiduría para el liderazgo (Números 11), equipa para el servicio (1 Samuel 16:13,14; Números 11:24-30), y concede buen entendimiento (Isaías 11:1-5; 42:1-4). Y el Espíritu protege al pueblo de Dios a través de acciones de fortaleza y de riesgo que cuesta imaginar.

Es imposible controlar o predecir al Espíritu, pues viene con fuerza y poder. En el libro de Jueces (6:34) el Espíritu literalmente “se revistió de Gedeón” o “tomó posesión” de él. El Espíritu concedió a Sansón fuerza extraordinaria (Jueces 14:6) y toma el control de Saúl (1 Samuel 10:5-11; 19:18-24). El Espíritu es soberano. Esto se ilustra en el caso de Balaam, el profeta porfiado, que bendice al pueblo de Dios porque el Espíritu le prohíbe maldecirlo. Nótese también como el Espíritu controla las últimas palabras de David en 2 Samuel 23:1-2.

El Espíritu es misterioso y viene en maneras extrañas, como sueños (Génesis 41:38,39) y visiones (Génesis 15:1; 46:2; Ezequiel 1:1; Daniel 1:17), en guerra de guerrillas de Gedeón, y en danzas. En 1 Samuel 10:7-13, Dios “cambió el corazón” de Saúl. Efectivamente, tan extraño es el Espíritu que Amós (7:14-16) dice a la gente: “¡Yo no soy un profeta!” Pero Dios invade al mundo, no para asustarnos (aun cuando a veces tal cosa pudiera suceder), sino principalmente para comunicarse. Por ejemplo, los profetas están allí para comunicar la voluntad de Dios, no para manipular a la gente o para hacer la obra por remuneración económica.

Frecuentemente, hay un vínculo definido entre el “Espíritu del Señor” y la “palabra del Señor” [hebreo dabar (palabra) y ruach: ver Salmo 33:6; 1 Samuel 15:26; 2 Samuel 23:2]. El Espíritu no consiste en palabras o conocimiento sin propósito, inútiles, vacías [literalmente “vana sabiduría”, “palabras vacías”: Job 15:2; 16:3]. Los falsos profetas son como viento, no porque no tengan palabras, sino porque están desprovistos de la Palabra del Espíritu de Dios (Jeremías 5:13).

En los libros históricos, el Espíritu da poder para el servicio y sabiduría para el liderazgo. Josué (Números 27:18) es ascendido para ser el dirigente del pueblo. Los Jueces (Jueces 3:10) dirimen contiendas, proporcionan respuestas, resuelven problemas, consuelan a la gente, y conducen a la victoria (todo en el poder del Espíritu). La Escritura describe la actividad del Espíritu como “venir con ímpetu” (Jueces 14:6,19; 15:14) o “vestirse de” (Jueces 6:34 y 1 Crónicas 12:18). Hay una señal externa de que la presencia de Dios está allí. Dios está en acción. Pero por muy espectacular que sea esto, el Espíritu está sobre la persona sólo en forma temporal y ocasional.

En los libros poéticos, vemos de nuevo al Espíritu como “Dios en acción” dentro del mundo para impartir vida (Job 27:3; 33:4; 34:14,15), conceder sabiduría (Job 28:12-18; Proverbios 1:7; 9:10), preparar para la acción (Job 32:18), ejecutar juicio (Job 4:9; 34:14), acudir con poder (Job 26:12,13), y santificar (ver Salmo 51:11 e Isaías 63, donde la santidad de Dios se encuentra en agudo contraste con la carencia de santidad de su pueblo).

En los libros proféticos, la actividad del Espíritu cambia de las señales y del testimonio externos al gran contenido del mensaje de Dios: la redención de su pueblo. La obra del Espíritu se manifiesta especialmente en conexión con las profecías acerca del Mesías (el Ungido). En Isaías, el Espíritu unge al Siervo de Dios (11:1-5; 61:1-4). Las siete expresiones del Espíritu hablan de una entrega completa e ilimitada del Espíritu. Esta unción conduce al cumplimiento del nuevo pacto, la restauración del pueblo de Dios, y el juicio de los incrédulos (Isaías 42:1-9; 61:1-11; Jeremías 31:31-34; Ezequiel 36:25-28; 39:25-29).

Pero todo esto únicamente señala en dirección al momento en que Dios dará un nuevo corazón y un nuevo espíritu al pueblo renovado de Dios (Ezequiel 36:26,27; 37:14), tiempo en el cual “vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” y el Espíritu será derramado sobre “toda carne” (Joel 2:28). La esperanza profética es que será dado un nuevo Espíritu (Jeremías 31:31 y sig.; Ezequiel 36:25 y sig.).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL NUEVO TESTAMENTO[3]

En el Antiguo Testamento se manifiesta la actividad sobrenatural de Dios en obras creativas del Espíritu: al crear la tierra (Génesis 1:2), y al grabar las tablas de piedra en el monte Sinaí (Éxodo 24:18; 40:34,35), pero ahora la mayor obra creativa ha de verse cuando Dios es encarnado y “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gálatas 4:4), nacido de una virgen. Los profetas llenos del Espíritu están allí, esperando “la consolación de Israel”, el consuelo del pueblo de Dios, la restauración de la época mesiánica, la salvación por medio del Mesías, el Ungido (Lucas 2:25,38). Zacarías, Elisabet, Simeón, Ana, María, ninguno de ellos se sorprende de que alguien nacido no de la carne sino “mediante el Espíritu Santo haga su aparición en la escena ” (Mateo1:18,20; Lucas 1:35,41,46-55,67-79; 2:25-36).

Juan el Bautista, el profeta que une lo antiguo con lo nuevo, declara: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11,12; Marcos 1:7,8; Lucas 3:15-18). La salvación ha llegado; el juicio ha llegado. El Espíritu, en forma de paloma, desciende. El sacrificio por los pobres está ahora pagado. Lo que se predijo en el tiempo antiguo, se cumple en este nuevo tiempo.

En el Evangelio según Juan aparece el Paracleto (Intercesor, Intérprete, Consolador, Mediador, “llamado a estar con nosotros”). Viene el “Espíritu de verdad”, el que da a conocer las cosas de Cristo y que glorifica a Jesús, el que nos enseña acerca de Dios, y quien convence al mundo de pecado (14:16). Aquí, el aliento de Dios regenera las almas humanas (3:5,6), conduce a la verdadera adoración (4:24), da vida (6:63), y promete que mayores cosas han de venir (7:38,39), porque del interior de los que creen “correrán ríos de agua viva”. El Espíritu Santo “os enseñará todas las cosas” y Él “mora con vosotros, y estará en vosotros” (14:17).

EL ESPÍRITU SANTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO Y EN EL NUEVO TESTAMENTO[4]

En Hechos 1:5-8 presenciamos una venida sin precedentes del Espíritu, cuando se cumple la promesa de Jesús y la predicción del profeta (Joel 2:28). Los seguidores de Cristo ven “prodigios” en el cielo y “señales” en la tierra. “Reciben” el Espíritu, son “llenos del Espíritu”, son “bautizados” en el Espíritu. Ellos profetizan, hablan en lenguas, llevan fruto, reciben “dones” para edificación de la Iglesia.

En Pentecostés se inicia la época mesiánica del Espíritu; la proclamación profética llega a ser ahora el poder para testimonio y servicio. Después de cada manifestación del bautismo en el Espíritu, se declaran las “poderosas obras de Dios” y muchos se convierten. Se desarrolla una comunidad santa que reverencia la palabra de Dios (Hechos 2:44,45; 5:11; 6:3,4; etc.) pero trae juicio sobre los que “resisten” o “mienten” al Espíritu Santo (Hechos 5:5; 7:51-53).

El Espíritu da impulso a una obra misionera mundial desde Jerusalén, a Judea, a Samaria, y hasta lo último de la tierra. El Espíritu capacita a los creyentes como testigos de Cristo. El Espíritu les da poder para que hablen palabras que de otro modo no serían capaces de hablar, y para que realicen milagros y hechos portentosos que estarían totalmente fuera de sus posibilidades, si no fuera por el poder del Espíritu.

Las cartas de Pablo continuamente dan énfasis a la actividad del Espíritu y a la necesidad de vivir una vida cristiana llena del Espíritu (tanto en forma individual como corporativa). La suposición subyacente en la iglesia primitiva parece ser que el Espíritu se manifestaría con poder por medio de vidas transformadas, poderoso servicio y testimonio, predicación acompañada de “señales y prodigios”, y el poder de manifestar la vida cristiana en amor y unidad. El Espíritu es un espíritu de poder, tanto así que en ocasiones el apóstol Pablo usa indistintamente las dos palabras (Romanos 15:13,19; 1 Corintios 2:4; Gálatas 3:5; 1 Tesalonicenses 1:5; etc.).

El Espíritu es una señal de que la era mesiánica ha llegado y una evidencia que garantiza una consumación final pero futura (1 Corintios 2:6-16; Gálatas 3:14; Efesios 1:13,14). El Espíritu Santo manifiesta en el creyente la gloria que está por venir. El Espíritu marca el comienzo del fin de la vida “según la carne” (Romanos 8:9-11; Gálatas 5:16-25). Las tres metáforas que usa Pablo: (1) el sello (2 Corintios 1:21,22; Efesios 1:13; 4:30), (2) las arras (2 Corintios 1:21,22; 5:5; Efesios 1:14), y (3) las primicias (Romanos 8:12-27), son marcas de que Dios sólo ha comenzado a actuar. El Espíritu Santo es solamente un reflejo parcial (“señales”) del cumplimiento escatológico que está por venir (1 Corintios 13:8-13; 14:20-22).

Pero el Espíritu no es únicamente para el cambio de conducta de los individuos (Gálatas 5:16; 6:10), sino también para cambio corporativo y para beneficio de todo el Cuerpo. Los “dones del Espíritu” (Romanos 12, 1 Corintios 12-14; Efesios 4) son carismata (“dones de gracia”) no para glorificar a individuos, sino para ser reconocidos como dados gratuitamente por Dios para el bien de su pueblo: la Familia (Efesios 2:19; 1 Timoteo 3:15); el Templo (1 Corintios 3:16,17; 2 Corintios 6:16; Efesios 2:19-22); el Cuerpo (Romanos 12:4,5; 1 Corintios 10:16,17; Efesios 4:1-16; 1 Timoteo 3:15,16).

El resto del Nuevo Testamento también habla de la manera en que Dios se mueve en los creyentes y en la Iglesia para expiación, limpieza, obediencia a la palabra de Dios, amor unos por otros, manifestaciones milagrosas, y en confesión del señorío de Cristo. El Espíritu Santo guía a través de persecuciones y de sufrimientos; sana enfermedades; perdona pecados; favorece la adoración; intercede en oración; hace posible la unidad del Cuerpo; y testifica de la presencia y actividad continua de Dios.

IMPLICACIONES PARA LA ACTUALIDAD[5]

¿Qué significa para la actualizad lo que hemos visto en este breve panorama del Espíritu en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento?

(1.- Primeramente, necesitamos reconocer que Dios está activo. Aun en la actualidad, el Espíritu sigue activo, a pesar de que en ocasiones sea en forma misteriosa. Esperamos que el Espíritu hable en un susurro suave, en voz queda, pero viene como viento huracanado. A veces Dios se manifiesta en forma violenta e inesperada, extraña y desacostumbrada. Recuerde que el Espíritu condujo a Jesús al desierto (Marcos 4); el Espíritu tomó a Ezequiel por el cabello y lo alzó (Ezequiel 8:3); Felipe fue sacado de una concurrida campaña de evangelismo para que predicara a un solo hombre y fue trasladado en forma sobrenatural de un lugar a otro (Hechos 8:9-40).

(2.- Segundo, necesitamos entender que el Espíritu está más allá de la descripción o comprensión. Es tan solamente un anticipo de la gloria futura. ¿Qué significado tienen los símbolos del Espíritu: fuego, viento, agua, aceite, vino, paloma, ¿sello, primicias, adopción? Significan que el Espíritu es tan grande que no se puede usar solo una metáfora o una figura para describirlo. Pero cuando el Espíritu viene, Él purifica, ilumina, limpia, refresca, llena, nos adopta como hijos de Dios, sana, consuela, fortalece, unge, y da paz, amor y gozo que nada en la tierra puede igualar.

(3.- La iglesia de hoy necesita comprender que no podemos manipular al Espíritu, o acomodarlo a nuestros parámetros. El Espíritu de Dios es soberano. La habilidad de manejar víboras sin ser mordido, o de beber veneno sin ser afectados no es prueba del poder o de la plenitud del Espíritu Santo. Con mucha frecuencia consideramos que el hablar en lenguas es una especie de premio, o tenemos a algún profeta como una especie de ídolo infalible. Dios se ha movido, y siempre se moverá, por medio de personas, ¡y a pesar de ellas! El Espíritu se mueve porque Dios es soberano, y los dones vienen por medio de su gracia, no porque alguien los merezca. La Palabra nos advierte: “Así que… procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:39,40). Siempre habrá desvergonzados y extremistas que procuran manipular al Espíritu para beneficio propio, desde Balaam en el Antiguo Testamento hasta Simón el Mago en el Nuevo Testamento, o desde los montanistas hasta los seguidores de Irving. Siempre habrá alguien que ora más tiempo, que grita más fuerte, que salta más alto, que rueda más velozmente. Pero Dios, por medio de su Espíritu, sigue moviéndose, porque Él es soberano. No es el éxtasis lo que convierte a alguien en un profeta. El Antiguo Testamento es bastante claro: “Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado” (Deuteronomio 18:22). A pesar de los extremistas, Pablo recomienda: “No apaguéis al Espíritu… Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:19,20).[6]

(4.- Y cuarto: el Espíritu de Dios es real. El Espíritu no es “algo” impersonal. El derramamiento del Espíritu no es como la falsa representación de Pentecostés que se hacía durante la época de la Reforma, haciendo una perforación en el cielo raso de la iglesia en la celebración de Pentecostés y lanzando flores hacia abajo. La obra del Espíritu no puede ser simulada o diseñada en un computador. No puede ser reproducida por medio de la robótica o de imágenes tridimensionales, por sonido circundante o luces láser. El Espíritu no se comunica por medio de un satélite o un teléfono celular, sino a individuos que escuchan su Palabra. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Corintios 2:9,10).

CONCLUSIÓN.

El Espíritu es omnisciente, omnipotente, omnipresente, eterno, y santo. El Espíritu enseña, testifica, juzga, intercede, revela, habla, y glorifica a Jesús. El Espíritu tiene voluntad y sentimientos. En el terreno de lo negativo, al Espíritu se le puede blasfemar, mentir, resistir, y contristar.[7] Pero el Espíritu Santo es la manera en la cual Dios (la Trinidad) nos toca y transforma. Dios se hace inmanente. ¡El Espíritu está activo y moviéndose en la actualidad!

REFERENCIAS:

[1] Donald Guthrie, “The Holy Spirit”, 510-572, en New Testament Theology (Downers Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1981).

[2] Stanley M. Horton, Lo que dice la Biblia acerca del Espíritu Santo (Springfield, Mo.: Gospel Publishing House, 1976).

[3] Edgar Krentz, “The Spirit in Pauline and Johannine Theology”, 47-65, y Gerhard Krodel, “The Functions of the Spirit in the Life of the Church: From Biblical Times to the Present (Minneapolis: Augsburg, 1978).

[4] Henry Barclay Swete, The Holy Spirit in the New Testament (Grand Rapids: Baker, reprint, 1976).

[5] Harold Lindsell, The Holy Spirit in the Latter Days (Nashville: Thomas Nelson, 1983).

 

[6] Michael Green, “What Are We to Make of the Charismatic Movement”, 197-218 en I Believe in the Holy Spirit (Grand Rapids: Eerdmans, 1975).

[7] Juan 14—16; Hechos 5:3,4; 7:51; 16:6,7; Romanos 8:26; 1 Corintios 12:11; Gálatas 4:6; Efesios4:30; 2 Pedro 1:21; Apocalipsis 2:7.

Neumatología

¿En qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

El término blasfemia puede definirse generalmente como “irreverencia desafiante”, “palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado”.[1] El término se puede aplicar a pecados tales como maldecir a Dios o a decir cosas intencionalmente degradantes relacionadas con Dios. La blasfemia es también atribuir algún mal a Dios, o negarle algún bien que deberíamos atribuirle a Él. Un caso particular de blasfemia, sin embargo, es la llamada “blasfemia contra el Espíritu Santo.[2] El concepto de “blasfemia contra el Espíritu Santo”, se menciona en Mateo 12:22-32 y en Marcos 3:22-30.

“Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David? Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios. Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino? Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa. El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama. Por tanto, os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.” (Mateo 12:22-32)

“Pero los escribas que habían venido de Jerusalén decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe de los demonios echaba fuera los demonios. Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas: ¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, tal reino no puede permanecer. Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer.  Y si Satanás se levanta contra sí mismo, y se divide, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa. De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean; pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno. Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.”  (Marcos 3:22-30).

Mucho se ha dicho acerca de este tema, sin embargo, pocos comprenden aún la naturaleza de este pecado. Incluso muchos creyentes sinceros viven atormentados, temiendo haber cometido el pecado imperdonable. La Palabra de Dios indica que sí es posible para un creyente cometer dicho pecado. La Biblia también nos advierte que, “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.” (Hebreos 10:26-27, NVI). Y el apóstol Juan señaló: “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida.” (1 Juan 5:16). Sin embargo, la pregunta aún sigue sin contestar: ¿Qué es en sí, la blasfemia contra el Espíritu Santo?

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO PARA LOS PADRES DE LA IGLESIA Y LOS TEÓLOGOS DE LA EDAD MEDIA.[3]

Algunos de los denominados “Padres de la Iglesia” como Atanasio, Hilario, Ambrosio, Jerónimo y Crisóstomo, consideraron que este pecado es aquella blasfemia que atribuye las obras del Espíritu Santo a los espíritus diabólicos (como ocurre en el episodio relatado en el Evangelio). Agustín de Hipona enseñó, en cambio, que este pecado es cualquier blasfemia contra el Espíritu Santo por quien viene la remisión de los pecados. Muchos otros después de Agustín lo identificaron con todo pecado cometido con plena conciencia y malicia (y se llamaría “contra el Espíritu Santo” en cuanto contraría la bondad que se apropia a esta divina Persona).

Tomás de Aquino, famoso teólogo de la Edad Media, complementando estas tres interpretaciones señaló que el “pecado contra el Espíritu Santo” es todo pecado que pone un obstáculo particularmente grave a la obra de la redención en el alma, es decir, que hace sumamente difícil la conversión al bien o la salida del pecado; así:

(1) Lo que nos hace desconfiar de la misericordia de Dios (la desesperación que excluye la confianza en la misericordia divina) o nos alienta a pecar (la presunción, que excluye el temor de la justicia).

 (2) Lo que nos hace enemigos de los dones divinos que nos llevan a la conversión: el rechazo de la verdad (que nos lleva a rebatir la verdad para poder pecar con tranquilidad) y la envidia u odio de la gracia (la envidia de la gracia fraterna o tristeza por la acción de la gracia en los demás y por el crecimiento de la gracia de Dios en el mundo).

 (3) Y finalmente, lo que nos impide salir del pecado: la impenitencia (la negativa a arrepentirnos y dejar nuestros pecados) y la obstinación en el mal (la reiteración del propósito de seguir pecando).

Para Tomás de Aquino, era evidente que a este pecado no se llega de repente, sino después de haberse habituado al pecado. La malicia de este pecado implica muchos otros pecados que van deslizando al hombre hasta rechazar la conversión.  Nuestro Señor afirmó que este pecado no sería perdonado ni en este mundo ni en el otro (Mateo 12:32). Pero debe entenderse que esto no quiere decir que este pecado no “pueda” ser perdonado por Dios, ya que la Biblia deja en claro que la sangre de Cristo es capaz de limpiar cualquier tipo de pecado (1 Juan 1:7), sino que, por la naturaleza del mismo, este pecado no da pie alguno para el perdón, ya que corta todas las vías para el arrepentimiento y la vuelta a Dios (Hechos 7:51). El hombre ya no puede ser perdonado por cuanto se aleja voluntariamente de Aquél que tiene el poder de convencerlo de su pecado, redargüirlo, llevarlo al arrepentimiento y perdonarlo. Sin embargo, jamás debemos perder de vista que nada puede cerrar la omnipotencia y la misericordia divina, la cual puede causar la conversión del corazón más empedernido, así como puede curar milagrosamente una enfermedad mortal (Lucas 1:37).

ANALIZANDO EL CONTEXTO.

Estudiar el contexto de Mateo 12:22-32 y Marcos 3:22-30 es clave para entender la naturaleza de la blasfemia contra el Espíritu Santo y por qué se le llama el “pecado imperdonable”. Obsérvese que Jesús acababa de realizar un milagro. Un hombre endemoniado ciego y mudo fue llevado a Jesús, y el Señor expulsó al demonio, sanando al hombre. Los testigos oculares de este exorcismo comenzaron a preguntarse si Jesús era realmente el Mesías que habían estado esperando. Un grupo de fariseos, al escuchar la conversación del Mesías, rápidamente aplastaron la fe de la multitud, diciendo “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios(Mateo 12:24). Ante tal acusación, Jesús refuta a los fariseos con algunos argumentos lógicos para explicar por qué no está echando fuera demonios en el poder de Satanás (Mateo 12:25-29). Luego, Él habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31-32).

Los fariseos, habiendo sido testigos de pruebas irrefutables de que Jesús estaba obrando milagros en el poder del Espíritu Santo, afirmaron en cambio que el Señor estaba poseído por un demonio (Mateo 12:24). Fíjese que en Marcos 3:30 Jesús es muy específico acerca de lo que los fariseos hicieron para blasfemar contra el Espíritu Santo: “Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo”. Por tanto, la blasfemia contra el Espíritu Santo tiene que ver con alguien acusando a Jesucristo de estar poseído por demonios, en lugar de estar lleno del Espíritu. Este tipo particular de blasfemia no se puede duplicar hoy en día. Los fariseos estaban en un momento único de la historia: tenían la Ley y los Profetas, tenían al Espíritu Santo moviendo sus corazones, tenían al mismísimo Hijo de Dios estando de pie delante de ellos, y veían con sus propios ojos los milagros que Él hacía. Nunca antes en la historia del mundo (y nunca desde entonces) se había concedido tanta luz divina a los hombres; si alguien debiese haber reconocido a Jesús por lo que era, eran los fariseos. Sin embargo, eligieron el desprecio. Ellos atribuyeron intencionalmente la obra del Espíritu al diablo, aunque conocían la verdad y tenían la prueba. Jesús declaró que su ceguera voluntaria era imperdonable. Su blasfemia contra el Espíritu Santo fue su rechazo final de la gracia de Dios. Habían fijado su curso, y Dios iba a dejarlos navegar sin restricciones hacia la perdición.

Jesús dijo a la multitud que la blasfemia de los fariseos contra el Espíritu Santo “no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:32). Esta es otra manera de decir que su pecado nunca sería perdonado. Ni ahora, ni en la eternidad. Como dice Marcos 3:29: “es reo de juicio eterno”. El resultado inmediato del rechazo público de los fariseos hacia Cristo (y el rechazo de Dios hacia ellos), se ve en el siguiente capítulo. Jesús, por primera vez, “les dijo muchas cosas en parábolas” (Mateo 13:3; Marcos 4:2). Los discípulos estaban desconcertados por el cambio de método de enseñanza de Jesús, y Jesús les explicó el uso que Él hacía de las parábolas: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado… porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (Mateo 13:11, 13). Jesús comenzó a cubrir la verdad con parábolas y metáforas como resultado directo de la denuncia oficial de los líderes judíos.

De nuevo, la blasfemia del Espíritu Santo no puede repetirse hoy, aunque algunas personas lo intenten. Jesucristo no está en la tierra ahora, sino sentado a la diestra de Dios. Además, nadie puede ver a Jesucristo realizando milagros y luego atribuirle ese poder a Satanás en lugar de al Espíritu Santo.

LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO EN NUESTRA ÉPOCA.

Entonces, ¿Pueden los creyentes de hoy cometer el pecado imperdonable? Sí y no, o cuando menos no en el mismo sentido que los fariseos en el primer siglo de nuestra era. El pecado imperdonable de hoy es el estado de continua incredulidad. El Espíritu actualmente convence de pecado, justicia y juicio, a aquellos del mundo que no son salvos (Juan 16:8). Resistir esa convicción y permanecer sin arrepentirse voluntariamente, es “blasfemar” al Espíritu. No hay perdón, ni en este siglo ni en el venidero, para una persona que rechaza el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego muere en la incredulidad. El amor de Dios es evidente: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Y la elección es clara: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rechaza al Hijo no verá la vida, porque la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:36).

Ahora bien, no sólo el inconverso puede caer en este pecado. El creyente puede también incurrir en apostasía total e incurrir en el mismo. Pensemos en el caso de Judas Iscariote. Judas se comportaba de forma deshonesta, pues robaba del dinero que se le había confiado (Juan 12:5-6). Finalmente se puso de acuerdo con los gobernantes judíos para traicionar a Jesús por 30 piezas de plata. Es verdad que después de traicionarlo sintió remordimiento, pero en ningún momento se arrepintió de su pecado deliberado. Su conciencia ya era inmune a la influencia del Espíritu Santo (1 Timoteo 4:2). Como consecuencia, Judas cayó de su posición y se condenó a sí mismo, y por eso Jesús lo llamó “el hijo de perdición” (Juan 17:12; Mateo 26:14-16).

¿Cómo llegó Judas a ese estado tan lamentable? Muchos dudarían que Judas fue en algún momento un verdadero creyente. Algunos hasta afirman que Judas estaba predestinado para cometer tal pecado, y que simplemente cumplía con aquello para lo cual Dios lo había creado. Pero eso no es lo que enseña la Biblia. Tal afirmación es absurda, ya que en tal caso Dios, y no Judas, sería el verdadero culpable de tal maldad, pues Dios le habría obligado a pecar. Santiago nos dice: “Cuando alguien tenga una tentación, no diga que es tentado por Dios, pues a Dios no lo tienta la maldad ni tampoco él tienta a nadie. Uno es tentado cuando se deja llevar por un mal deseo que lo atrae y lo seduce.” (Santiago 1:12-14, PDT). Judas tampoco fue elegido por ser el peor de los hombres o porque Jesús buscara un pretexto para condenarle, sino que, en oración y comunión con Su Padre, Jesús eligió a Judas entre muchos candidatos para ser parte del selecto grupo de los Doce (Mateo 10.1-4; Marcos 3:13-19; Lucas 6.12-16). En sus inicios, Judas fue un verdadero creyente. Pero cayó en apostasía personal y se perdió eternamente. Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros hoy.

En 1 Timoteo 4:2, el Apóstol Pablo habla acerca de aquellos cuya conciencia ha sido “cauterizada” o dejada insensible en la misma forma que una piel de animal marcada con un hierro llega a ser insensible a más dolor. Para los seres humanos, tener una conciencia cauterizada es el resultado de pecar continua e impenitentemente. Finalmente, el pecado enturbia el sentido moral del bien o del mal, y el pecador impenitente se hace insensible a las advertencias de la conciencia, que Dios ha puesto en cada uno de nosotros para que nos guíen (Romanos 2:15).

En el momento de la salvación, somos limpiados del pecado heredado de Adán y todos los pecados personales. Pero al seguir en nuestro camino como cristianos, seguimos siendo proclives al pecado. Cuando pecamos, Dios nos ha dotado de un método de “limpieza” para restaurarnos al punto de la salvación. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9). Cuando nos permitimos a nosotros mismos practicar pecados de actitud mental, estamos apagando al Espíritu Santo. Se nos manda a no apagar al Espíritu Santo, Quien mora en nosotros (1 Tesalonicenses 5:19). Cuando seguimos en nuestros pecados de actitud mental sin confesarlos, y comenzamos a practicar estos pecados en nuestros cuerpos (Santiago 1:15), entristecemos al Espíritu Santo, algo que no debemos hacer (Efesios 4:30). Una vez más, tenemos la opción de confesar y arrepentirnos, o continuar en el pecado y retroceder espiritualmente. Cuando seguimos con el pecado, nuestras almas empiezan a ser moralmente insensibles. Por fin llegamos a un punto donde nuestra conciencia está cauterizada y no es capaz de ayudarnos a discernir entre el bien y el mal. Es como si un hierro caliente se aplicó a nuestra conciencia, y lo destruyó. Y lo que es peor, podemos llegar al lugar donde no nos importa cuán pecaminosos somos. Esto es lo que se quiere decir en 1 Timoteo 4:2, donde Pablo se refiere a los falsos maestros, llamándolos “embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida.” (NVI), pues han llegado por voluntad propia a un punto irreversible. Se han vuelto insensibles al Espíritu Santo y, por lo tanto, no pueden ser traídos a arrepentimiento para salvación.

De la misma forma que un inconverso puede rechazar el llamado del Espíritu para confiar en Jesucristo y luego morir en la incredulidad y condenarse, así también los creyentes pueden dejar de serlo y caer en apostasía. Si mueren en tal condición su destino eterno será la condenación. Es por ello por lo que Pablo nos dice en 2 Corintios 13:5 que nos examinemos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe. Escrituras tales como Hebreos 6:4-6 y Hebreos 10:26-29 son advertencias para los apóstatas.

“Es imposible que renueven su arrepentimiento aquellos que han sido una vez iluminados, que han saboreado el don celestial, que han tenido parte en el Espíritu Santo y que han experimentado la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, y después de todo esto se han apartado. Es imposible, porque así vuelven a crucificar, para su propio mal, al Hijo de Dios, y lo exponen a la vergüenza pública.” (Hebreos 6:4-6, NVI).

 “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios. Cualquiera que rechazaba la ley de Moisés moría irremediablemente por el testimonio de dos o tres testigos. ¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merece el que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado, y que ha insultado al Espíritu de la gracia?” (Hebreos 10:26-29, NVI).

Ellos son rechazados por haber perdido la fe y negar posteriormente a su Señor. Para un creyente moderno, la apostasía total equivale a la blasfemia contra el Espíritu Santo. De cometerla, y morir en ella, no hay perdón de pecados en este mundo ni en el venidero. No porque Dios no pueda perdonarle, sino porque el apóstata se aleja a sí mismo de toda influencia positiva del Espíritu Santo, sin cuya gracia y accionar en el alma, nadie puede salvarse.

APOSTASÍA, BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO Y PÉRDIDA DE LA SALVACIÓN.

Muchos negarían que la salvación pueda perderse, pero la Biblia lo enseña. Los calvinistas, por ejemplo, argumentan que un cristiano que se aparta de la fe y comete apostasía, nunca fue en realidad un verdadero creyente. De esta manera pretenden salvaguardar la doctrina de la perseverancia final de los santos o seguridad eterna del creyente. Tal argumentación busca, además, justificar las deserciones en sus filas. No obstante, tal argumento no es más que un mero pretexto para sostener una doctrina a la cual se aferran.

Nosotros los arminianos, en vista de la enseñanza bíblica de que la seguridad del creyente depende de una relación viviente con Cristo (Juan 15:6); en vista del llamado bíblico a una vida de santidad (Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:16); en vista de la clara enseñanza de que a la persona se le puede quitar su parte del Libro de la Vida (Apocalipsis 22:19); y en vista del hecho de que una persona que cree por un tiempo puede volver a caer (Lucas 8:13); afirmamos, basados en la lógica y la lealtad a la Palabra de Dios, que el creyente puede dejar de serlo, cayendo así de la gracia y perdiendo la salvación.

Debemos entender que Dios no quita del creyente el poder de escoger. Por el albedrío, el creyente llega a ser hijo de Dios, y por el uso continuo de ese albedrío seguirá siendo hijo de Dios. Seguir creyendo es la responsabilidad del creyente. El creyente también necesita cuidarse de una actitud de indiferencia hacia el pecado. Que no se atreva a usar la gracia de Dios como un permiso para pecar. “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”, pregunta Pablo (Romanos 6:1). La respuesta es no. Pablo sabía y enseñaba que el pecado continuo afectaría adversamente la fe del creyente, y la fe es lo que hace posible una relación con Dios. El pecado continuo llega a ser imprudente y es evidencia de rebelión (Números 15:30,31). La rebelión es lo contrario de la confianza y obediencia de la fe. Los creyentes tienen que mirar bien, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15). La exhortación de la Biblia es: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).

Ahora bien, ¿Debe esto llenarnos de preocupación y ansiedad por perder la salvación? Estas repetidas advertencias tienen importancia solamente cuando se reconoce que la pérdida de la fe significa la pérdida eterna del alma. Porque mientras que es cierto que la salvación del creyente no se gana por obras ni conserva su fe por ellas, es igual de cierto que el creyente obtiene su salvación por fe, ¡y también puede perderla por falta de fe! El pecado está muy relacionado con la incredulidad. El pecado pone en peligro la fe, y la pérdida de fe significa pérdida de posición. Hebreos 3:12-14 trata al respecto. El escritor exhorta a los hermanos a evitar la incredulidad que lleva a las personas a apartarse del Dios vivo. Él menciona el engaño del pecado como la causa de la incredulidad y les recuerda que son hechos participantes de Cristo solamente si retienen firme hasta el fin su confianza del principio. Ser participantes en Cristo es por fe. Si quitamos la fe, ya no hay posición en Cristo. Es por esta razón que las Escrituras exhortan al creyente: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).

 Para el creyente arminiano, el camino que nos lleva a la condenación es gradual y escalonado: pecado persistente, cauterización de la conciencia, incredulidad, apostasía, blasfemia contra el Espíritu Santo y pérdida de la salvación. Es cierto que Dios no permite que nos apartemos de Él fácilmente (Romanos 10:21). Pero un creyente se puede perder si descarta las continuas convicciones del Espíritu Santo y llega al punto donde rechaza a Jesús como su Salvador. Es posible creer por un tiempo y durante un período de tentación alejarse (Lucas 8:13). Es posible que se pierda el hermano débil por quien Cristo murió (1 Corintios 8:11). Es posible que un nombre esté escrito en el Libro de Vida y después sea quitado del Libro (Apocalipsis 22:19).

Por otro lado, no siempre es posible determinar si una persona ha rechazado a Jesús como su Salvador. Entonces es mejor dejar que el Dios omnisciente juzgue estos asuntos. Estamos seguros, sin embargo, que, si Dios no da al pródigo por perdido, tampoco debe hacerlo la Iglesia de Jesucristo. Demasiadas veces la gente se da por vencida con un individuo cuando Dios todavía no se ha dado por vencido. La Biblia reconoce la posibilidad de perder la salvación, pero nunca cesa de ofrecer esperanza para cualquier persona que quiera responder a la súplica del Espíritu Santo. La invitación de Jesús se ofrece sin requisitos. Él habla a todos cuando dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Otra vez la Biblia habla a todos cuando dice, “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13).

REFERENCIAS.

[1] RAE, Diccionario de la lengua española, Edición del Tricentenario, Actualización 2018

[2] Paul Lamarche, Pecado, en: Xavier Léon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Herder 1978, 660-672.

[3] Francesco Roberti, Pecado contra el Espíritu Santo, en: Diccionario de Teología Moral, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1960, pp. 924-925.

Neumatología

Pneumatología Pentecostal: ¿Quién es el Espíritu Santo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La pneumatología, o neumatología, es la parte de la teología sistemática que estudia lo referente a la tercera persona de la trinidad, es decir, al Espíritu Santo. Al igual que la teología propia estudia algunos rasgos de la primera persona de la trinidad y la cristología estudia de Jesús, también la neumatología estudia la personalidad, la deidad y la obra del Espíritu Santo. Etimológicamente la palabra neumatología proviene de dos vocablos griegos donde pneuma significa viento, aire o espíritu y logos, estudio o tratado. En palabras sencillas se entiende entonces que es el estudio del Espíritu Santo.[1] Las razones de estudio son diversas, sin embargo, es necesario su estudio ya que también es Dios y no conocerlo sería negligente. Por otro lado, la Biblia menciona que el Espíritu Santo tiene mucha relación con el hombre hoy día. Además, se le pide al creyente vivir en sujeción al Espíritu Santo, pero ¿Cómo entender esta relación con el Espíritu sin antes conocerle? Por tal razón, el estudio de la persona y de la obra del Espíritu Santo es, para el cristiano devoto, una cuestión de vital interés. Particularmente para el creyente pentecostal.

El conocimiento de Dios por parte del creyente no puede nunca ser completo si no conoce a la tercera persona de la Deidad. En opinión de muchos teólogos, el ministerio activo del Espíritu Santo marca la edad de la Iglesia como la “Edad del Espíritu”, en contraste con la era de los Evangelios que es descripta como la “Era del Hijo”, y el Antiguo Testamento que es llamado “La era del Padre”. Todos aquellos que están genuinamente en la Iglesia del Señor Jesucristo, son producto de la obra creativa del Espíritu Santo por medio de Sus múltiples ministerios.[2]

¿Te has preguntado alguna vez en qué se diferencia el cristianismo de cualquier otra fe o sistema de creencias? La respuesta es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo morando en el creyente le asegura la verdad de que el cristianismo no es una mera religión filosófica o moralista. La doctrina cristiana llega a ser una fe vivificada con ímpetu dinámico y validez convincente gracias al Espíritu Santo. En la medida que el creyente ha apropiado el Espíritu Santo, en esa medida ha participado del poder del Evangelio de Cristo Jesús. Para el creyente, el Espíritu Santo es la llave a toda dádiva y aproximación espiritual. A través de su ministerio le son transmitidos al creyente los frutos de la victoria de la obra consumada por Cristo en el Calvario. El estudio del Espíritu Santo permite al creyente: (1) Apreciar más adecuadamente la naturaleza y la persona de Dios; (2) comprender mejor la naturaleza de la Iglesia como cuerpo orgánico vivificado por el poder del Espíritu Santo y (3) comprender el plan de Dios para el creyente y Su provisión divina para una vida Cristiana victoriosa.

Al estudiar acerca del Espíritu Santo el creyente no está estudiando acerca de un ser extraño; él está estudiando a Dios. La naturaleza y el ministerio del Espíritu Santo son exactamente los de Dios el Padre y Dios el Hijo. El Nuevo Testamento hace mención del Espíritu Santo constantemente: 56 veces en los evangelios; 57 veces en el libro de los Hechos; 112 veces en las cartas de Pablo; 36 veces en el resto del Nuevo Testamento. A pesar de ello, aún subsisten muchos conceptos erróneos sobre la identidad del Espíritu Santo. Algunos ven al Espíritu Santo como una fuerza mística. Otros entienden al Espíritu Santo, como el poder impersonal que Dios pone a disposición para los seguidores de Cristo.[3] Tal confusión se debe principalmente a la proliferación de sectas niegan la personalidad del Espíritu Santo. Sin embargo, lo que realmente importa no es lo que diga alguna secta o grupo herético. Nuestra autoridad en materia de doctrina y práctica es la Biblia. Por ende, cabe preguntarnos: ¿Qué dice la Biblia acerca de la identidad del Espíritu Santo? Ciertamente, la Biblia tiene mucho que decirnos acerca del Espíritu Santo, su naturaleza, personalidad, funciones y atributos. Dejemos pues que la Biblia hable por sí sola.

EL ESPÍRITU SANTO A TRAVÉS DE LA HISTORIA HUMANA.

Podemos ver al Espíritu Santo desde el Antiguo Testamento haciendo diversas actividades, como: Obrando en la creación (Génesis 1:2); da aliento a los hombres y los animales (Génesis 2:7; 6:3); capacitando a hombres para la batalla (Jueces 3:10); capacitando a los profetas para anunciar el mensaje del Señor (Miqueas 3:8), etc. En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo estaba en medio del pueblo de Dios (Isaías 63:11) y capacitaba a ciertos hombres para tareas especiales (Éxodo 31:3; Jueces 6:34; 11:29). Sin embargo, no era dado a todos y podía ser retirado (Jueces 13:25; 16:20; Salmos 51:11). El Espíritu Santo es llamado de distintas maneras a lo largo del Nuevo Testamento: El Espíritu de Dios (1 Corintios 3:16); el Espíritu de Cristo (Romanos 8:9); el Espíritu Eterno (Hebreos 9:14); el Espíritu de Verdad (Juan 16:13) y el Espíritu de Gracia (Hechos 10:29). La primera obra del Espíritu Santo en el hombre es convencer de pecado (Juan 16:8,11) y de la realidad del perdón a través de Jesucristo. Esto lo hace a través de la predicación (Hechos 2:37; 1 Tesalonicenses 1:5) y del ejercicio de los dones espirituales (1 Corintios 14:24-25). El Espíritu Santo es prometido a todos los creyentes (Hechos 2:38) y es un don que se recibe por la fe en Jesucristo (Efesios 1:13; 3:16-17; Gálatas 3:2,5). El Espíritu Santo es el que produce la obra de regeneración en nosotros. Él es el sello de nuestra salvación: ”…En Él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria…” (Efesios 1:13-14). Pero el Espíritu Santo es mucho más que el sello de Dios en nosotros.

DEIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[4]

Dicho de una manera sencilla, la Biblia dice que el Espíritu Santo es Dios. No es una mera suposición teológica, pues en la Palabra de Dios encontramos la afirmación de Su divinidad. La Biblia enseña claramente que el Espíritu Santo posee los atributos divinos: omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia, eternidad. Incluso le llama “Dios” en Hechos 5:3-4. En este versículo, Pedro confronta a Ananías por haber mentido al Espíritu Santo, y le dice que él “…No había mentido a los hombres sino a Dios…”. Es una clara declaración de que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. También podemos saber que el Espíritu Santo es Dios, porque El posee los atributos o características de Dios. Por ejemplo, el hecho de que el Espíritu Santo es omnipresente, lo vemos en Salmos 139:7-8 “… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás…”. Luego, en 1 Corintios 2:10-11 vemos la característica de la omnisciencia del Espíritu Santo: “…Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aún lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios…”. La eternidad del Espíritu Santo también es enseñada en Hebreos 9:14 y Zacarías 4:6.

PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU SANTO.[5]

La Biblia también nos dice que el Espíritu Santo es una Persona, un Ser con una mente, emociones, y una voluntad. De acuerdo con la Biblia, y es lo único que importa acá, el Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. No es un poder ni una fuerza. La Escritura le atribuye una personalidad distintiva, al igual que al Padre y el Hijo (Mateo 3:16-17; Juan 14:16-17). El Espíritu Santo piensa, conoce el lenguaje, tiene voluntad, se le puede tratar como una persona, se le puede mentir, se le puede probar, se le puede resistir y se le puede contristar (Hechos 5:3; 7:51). Podemos conocer que el Espíritu Santo es en verdad una Persona, porque Él posee una mente, emociones y una voluntad. El Espíritu Santo piensa y sabe (1 Corintios 2:10). El Espíritu Santo puede ser afligido (Efesios 4:30) El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8:26-27), lo cual no sería posible si no fuera una persona. El Espíritu Santo hace decisiones de acuerdo con Su voluntad (1 Corintios 12:7-11). El Espíritu Santo es Dios, la tercera “Persona” de la Trinidad. Como Dios, el Espíritu Santo puede funcionar verdaderamente como Consejero y Consolador, tal como lo prometió Jesús (Juan 14:16, 26; 15:26) Jesucristo habló de Él llamándolo el “otro Consolador” y utiliza el pronombre personal “Él” para referirse al Espíritu Santo, lo cual sería absurdo si no fuera una persona real igual que Jesús (Juan 16:7-8; 16:13-15; Romanos 8:16-26). El Espíritu Santo es mencionado en conexión con el Padre (Mateo 28:19; 2 Corintios 13:13), lo cual sería ilógico si no fuera una persona igual que Él. El libro de los Hechos nos muestra al Espíritu Santo obrando en la plenitud de su poder, mostrando cualidades y hechos personales como hablar y guiar a los creyentes, manifestándose claramente como la tercera persona de la Trinidad (Hechos 8:29; 10:19-20; 10:38; 13:2; 15:28; 16:6-7; 20:28). Pero el Nuevo Testamento no es el único testigo de la personalidad del Espíritu Santo. Aún el Antiguo Testamento da fe de la personalidad del Espíritu Santo. Así, en el Antiguo Testamento leemos que:

(1.- EL ESPÍRITU SANTO HABLA: La presuposición fundamental de la inspiración de las Escrituras es que el Espíritu de Dios habló a través de los profetas escogidos. Antes de morir, el rey David declaró que “el Espíritu del Señor habló por mí, y su palabra estuvo en mi lengua” (2 Samuel 23:2). El Espíritu hablando es una clara señal de su personalidad, ya que las fuerzas impersonales son incapaces de comunicarse. El dinámico libro de Ezequiel dice algo parecido: “…Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: ‘Ve, enciérrate en tu casa’…” (Ezequiel 3:24). Al entender que el Espíritu habló personalmente con el profeta, es fácil reconocer que se trata de un agente consciente y personal.

(2.- EL ESPÍRITU SANTO NOS GUÍA Y PASTOREA: Otro atributo personal del Espíritu Santo es que nos guía: “…Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra firme…” (Salmo 143:10). El Espíritu es como el buen pastor que procura llevar a las ovejas del Señor a delicados pastos. La misma verdad se repite en Isaías 63:14, donde el profeta escribe que “…como a ganado que desciende al valle, el Espíritu del Señor les dio descanso. Así guiaste a Tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso…”. El Espíritu guio al pueblo en los días de Moisés para que heredaran la tierra prometida.

(3.- EL ESPÍRITU SANTO SE ENOJA: Isaías resalta que el Espíritu Santo se enojó con el pueblo de Dios en los días de Moisés por su dureza de corazón: “…Pero ellos se rebelaron y afligieron Su Santo Espíritu; por lo cual Él se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos…” (Isaías 63:10). El texto es otra muestra más de que el Espíritu es una persona, ya que las fuerzas abstractas e inanimadas no pueden enojarse. El enojo santo es propio de personas.

(4.- EL ESPÍRITU SANTO ENSEÑA: Hay un par de hermosos textos en Nehemías que defienden la personalidad del Espíritu Santo. El primero se encuentra en Nehemías 9:20: “…Y enviaste tu buen Espíritu para instruirles…”. La idea aquí es que el Espíritu de Dios es el que enseña al pueblo del Señor. Se trata de otro atributo personal. Diez versículos después, sucede lo mismo: “…Sin embargo, Tú fuiste paciente con ellos por muchos años, y los amonestaste con Tu Espíritu por medio de Tus profetas, pero no prestaron oído. Entonces los entregaste en mano de los pueblos de estas tierras…” (Nehemías 9:30). Es la misma realidad vista en el versículo 20. El Señor quiso enseñar a los hebreos y advertirles por medio del ministerio del Espíritu.

La personalidad del Espíritu Santo es una doctrina clara. Y para vergüenza de los falsamente llamados Testigos de Jehová, no hace falta consultar el Nuevo Testamento para creer en la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo. El testimonio del Antiguo Testamento es más que claro. El Espíritu habla, guía, pastorea, se enoja, y enseña. Es imposible, pues, que sea una simple fuerza impersonal como ellos erróneamente enseñan. Dado que el Espíritu es una persona, podemos tener una relación con Él también.

CONCLUSIÓN.

El Espíritu Santo no es un viento, no es un poder natural, no es una mera influencia inspiradora como asumen los falsos Testigos de Jehová. El Espíritu Santo es una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad. Vive aquí, presente entre nosotros, para iluminarnos en el conocimiento de la Biblia, único lugar donde Dios se revela al hombre. El Espíritu Santo es otro Cristo, es otro Consolador. El Hijo terminó la misión que le había traído a la tierra. La continuación de su obra, es decir, el establecimiento y fortalecimiento de la Iglesia, fueron trabajos encomendados al Espíritu Santo. Este comenzó a obrar cuando el Hijo fue recibido nuevamente al cielo. El Espíritu Santo es una persona con atributos propios. Está dotado de voluntad, ya que reparte los dones como él quiere. Está dotado de pensamiento. Está dotado de conocimiento. Está dotado, también, de los atributos de bondad y amor. Más aún, la Biblia afirma que el Espíritu Santo puede ser tratado igual que una persona. Se le puede mentir, se le puede tentar, se le puede resistir, se le puede entristecer, se le puede invocar y se le puede blasfemar. Un ser dotado de atributos semejantes es necesariamente una persona, en este caso una persona divina, la tercera persona de la Trinidad.

REFERENCIAS:

[1] Antonio Aranda Lomeña, Estudios de pneumatología, Editorial Universidad de Navarra, año 1985, España.

[2] J. José Alvarez, El Tiempo del Espíritu: Hacia una teología Pneumatológica, Editorial Eunsa, 2006.

[3] Lucas Mateo Seco, Teología trinitaria. Dios Espíritu Santo. Ediciones RIALP. Madrid 2005.

[4] Myer Pearlman, Teología Bíblica y Sistemática, Editorial Vida, 1990.

[5] Stanley M. Horton, Teología Sistemática: Una perspectiva pentecostal, Editorial Vida, 2012.

Vida Espiritual

La clase de personas que Dios usa.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

¡Dios desea usarte para su gloria! ¿Lo dejarías? En un tiempo en el cual Israel se había apartado tanto de Dios que la nación se hallaba al borde mismo de su juicio, Dios dijo: “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30).

Dios habría podido enviar ángeles para que llevaran a cabo el ministerio que se necesitaba, pero su método, tanto entonces como ahora, es obrar a través de los seres humanos, y no a través de los seres angélicos. Aunque los ángeles han ayudado para reunir a las personas necesitadas con las que les podían ministrar, como en el caso de Cornelio y Pedro, el ministerio en sí se ha producido a través del ser humano redimido.

Cuando se trata de los dones sobrenaturales del Espíritu, él también está buscando personas a través de las cuales poderse manifestar. En ese caso, una pregunta muy natural es esta: “¿Qué clase de persona está buscando? En los pasajes de las Escrituras que se refieren a los dones del Espíritu, podemos encontrar el perfil de la clase de personas que él quiere usar.

ALGUIEN QUE ANHELE LOS DONES ESPIRITUALES

Pablo escribe: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Y dice de nuevo: “Así que, hermanos, procurad profetizar” (1 Corintios 14:39).

La forma verbal “procurad”, que traduce la palabra griega zeloute, es un término cargado de fuerza que indica con cuánta intensidad deberíamos anhelar el que el Espíritu nos use. Tenemos una ilustración de esto en la conversación que sostuvieron Elías y Eliseo. Cuando Elías le dijo: “Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti”, la respuesta de Eliseo fue: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí” (vea 2 Reyes 2:9–15). El Espíritu Santo está buscando personas que anhelen que él las use de la manera que quiera.

A veces, las personas expresan el temor de que, si entran en un cierto tipo de atmósfera espiritual, se podrían convertir sin desearlo en instrumentos de manifestaciones espirituales. No tienen por qué temer. El Espíritu Santo no se le impone por la fuerza a nadie. Lo que está buscando es personas que anhelen fervientemente sus manifestaciones en su vida y a través de ella.

Los creyentes están en armonía con las Escrituras cuando anhelan ser agentes que el Espíritu Santo pueda usar. Pablo escribe que incluso hay momentos en los cuales debemos orar para convertirnos en instrumentos del Espíritu: “Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla” (1 Corintios 14:13).

ALGUIEN QUE RECONOZCA LA SOBERANÍA DEL ESPÍRITU

Pablo escribe: “Pero todas estas cosas [los dones mencionados en los vv. 8–10] las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

El Espíritu Santo es el que determina cómo, y por medio de quién él se va a manifestar. Nosotros no somos los que escogemos cuál es la manifestación que se va a producir. Esto lo decide él, según quiere. Esta verdad corrige la idea que enseñan algunos, según la cual necesitamos aprender a usar al Espíritu Santo. No somos nosotros los que lo usamos a él. Es él en su soberanía el que nos usa a nosotros, si nos entregamos a él.

También es importante que nos sintamos agradecidos, cualquiera que sea la forma en que el Espíritu decida usarnos, en lugar de envidiar o criticar la forma en que él usa a otros. Una gran lección que se nos enseña en 1 Corintios 12:14–26 es que no debemos minimizar la importancia de la forma en que Dios nos quiere usar (14–20). Tampoco le debemos restar importancia a la forma en que usa a otros (1 Corintios 12:21–26). El Espíritu Santo es el Soberano. Nosotros somos sus súbditos.

ALGUIEN QUE TENGA LA FE SUFICIENTE PARA ENTREGARSE A ÉL

A los creyentes de Roma, Pablo les escribe para decirles: “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe” (Romanos 12:6).

El mundo que nos rodea cree muy poco en lo sobrenatural genuinamente divino, y este escepticismo se puede infiltrar incluso en la misma iglesia. La tendencia hacia la falta de fe se complica con el hecho de que en las manifestaciones del Espíritu hay una colaboración entre lo humano y lo divino. Es posible que los creyentes no pongamos en tela de juicio lo que le corresponde a Dios, pero que sí lo hagamos con el factor humano. Cuando esto sucede, el temor y la duda reemplazan a la fe.

Pueden surgir diversas preguntas. “¿Y si confundo una impresión con una manifestación profética, e incluso aunque tenga la mejor de las intenciones, digo algo que sea inadecuado o contrario a las Escrituras?” O bien: “¿Y si doy la interpretación de unas lenguas y alguno de los presentes conoce la lengua extranjera en que se ha hablado y reconoce que mi interpretación no es la correcta?” O: “¿Y si digo las cuatro o cinco primeras palabras que me vienen a la mente, y después no me viene nada más?”

La fe es una cualidad necesaria en la vida de la persona a la que usa el Espíritu. Esa persona no solo debe creer que el Espíritu se manifiesta, sino también que puede usarla a ella, y que la puede usar. Al igual que Moisés, hay creyentes que no dudan que Dios pueda hacer milagros, pero sí dudan que los pueda hacer por medio de ellos (vea Éxodo 4:1, 10).

ALGUIEN QUE POSEA EL FRUTO DEL ESPÍRITU

El capítulo 13 de 1 Corintios es un hermoso capítulo acerca del amor, intercalado entre los dos capítulos de enseñanzas relacionadas con los dones espirituales, y forma parte integral de esas enseñanzas. Los versículos 1 y 2 indican que sin amor, la persona que habla en lenguas de hombres o de ángeles, es “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y la manifestación de los demás dones sin amor hace ver primordialmente lo estéril que es la vida del que los manifiesta. El Espíritu Santo se interesa tanto por nuestra vida, como por nuestro ministerio, y está buscando personas cuya vida manifieste su fruto, el fruto del Espíritu.

En 1 Corintios 13:4–7 se nos ayuda a los creyentes a saber cómo es la persona en la cual se manifiesta el fruto del Espíritu. He aquí este pasaje: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

El hecho de que el Espíritu use a una persona no significa que esa persona sea perfecta. Nadie se puede proclamar perfecto y sin pecado (1 Juan 1:8). Pero el Espíritu Santo se complace en usar personas que anhelen tanto su fruto como sus dones. Mientras más santa sea la vida, más llena de significado será la manifestación. Y al contrario, aquellos cuya vida no es lo que debería ser, hacen caer el reproche sobre la causa de Cristo, como era el caso con los creyentes de Corinto.

ALGUIEN QUE SEA HUMILDE

Uno de los peligros contra los cuales se debe guardar la persona que ha sido usada por el Espíritu, es el orgullo. Es importante recordar que las manifestaciones no son indicación de que pertenezca a una élite especial, sino que son don de la gracia.

Moisés fue muy usado por Dios, y era un hombre humilde (Números 12:3). Sin embargo, perdió los estribos e insinuó que él podía realizar un milagro y sacar agua de una roca. Esto es lo que dijo: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Números 20:10).

Debido al factor humano, el creyente puede perder de vista la intención del Espíritu Santo y dedicarse a algún tipo de manifestación en la carne. Esta es la razón por la cual Pablo escribió lo siguiente: “Y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29). La persona que el Espíritu quiere usar es lo suficientemente humilde como para reconocer que su ministerio va a ser evaluado. No se llena de resentimiento si los demás no aceptan lo que él ha sentido que es una manifestación del Espíritu. Lo que hace es reconocer que, por ser humano, por muy bien intencionado que sea, se puede mover en la sabiduría y la capacidad humanas y equivocarse.

ALGUIEN QUE RESPETE EL ORDEN

Es evidente que en la iglesia de Corinto había un cierto grado de desorden. Por eso Pablo escribe para decirles: “Hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40; vea el v. 33). El Espíritu Santo nunca es el autor de la confusión, y tampoco quiere que los creyentes creemos confusión.

Ordinariamente, al Espíritu Santo no le agrada que alguien interrumpa la predicación de otro, un llamado al altar, o incluso un momento en el cual un ministro o un miembro de la congregación dirige una oración colectiva.

En su interés por el orden, el Espíritu está buscando personas que sepan esperar al momento adecuado para someterse a lo que él les indica. Cuando el Espíritu se mueve en un creyente, espera de él que no sea impulsivo, sino que se mantenga en un orden perfecto con respecto a lo que se está haciendo. Cuando el creyente guarda el debido decoro, se puede convertir en el instrumento que usará el Espíritu para lograr sus propósitos en una manifestación extraordinaria de sí mismo.

Cuando reflexionamos sobre el perfil de la clase de persona que el Espíritu está buscando, nuestro primer impulso consiste en decir: “No hay nadie que sea tan perfecto”. Y esto es cierto. Sin embargo, hay dos actitudes con respecto a este perfil, que los creyentes debemos tener el cuidado de evitar. Unos podrían decir: “Yo no estoy a la altura de ese ideal, así que no voy a esperar el impulso del Espíritu, ni le voy a responder”. Otros podrían decir: “Dios usa gente imperfecta, así que no importa la clase de vida que yo lleve”.

El Espíritu Santo no viene a nosotros porque seamos perfectos, sino para ayudarnos a crecer en su gracia. Lo importante aquí es que le permitamos que se manifieste por medio de nosotros en el fruto del Espíritu, y que después nos mantengamos sensibles ante él, de manera que se pueda manifestar también por medio de nosotros en sus dones, según él lo disponga.

¿Qué tal si dispones tu corazón este día y te preparas para ser usado por Dios? ¡Te aseguro que no te arrepentirás!

 

Vida Espiritual

Pentecostal sin fruto, no es pentecostal.

Por: Pastor Fernando E. Alvarado.

Nuestro Señor Jesucristo expresó su voluntad para nosotros al afirmar: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (Juan 15:8). Muy comúnmente, los Pentecostales y los Carismáticos somos acusados de descuidar el Fruto del Espíritu en preferencia de los Dones, los cuales son más vistosos. Sin embargo, las Escrituras nos llaman a un balance de los dos, tal como una fruta perfectamente formada en un paquete apropiado y atractivo. Juntos los dos, el paquete y la fruta, hacen un equipo perfecto. De igual manera, los creyentes del Nuevo Testamento vienen a ser como esa fruta bien envuelta y presentable.

Los Dones Espirituales comúnmente son visibles. Al igual que la envoltura de un paquete, es lo primero que se ve y muchas veces son ruidosos (1 Corintios 13:1). La Palabra de Dios nos enseña la necesidad de ambos, los dones y el fruto. El uso de los Dones debe ser juzgado y evaluado cuidadosamente en cuanto a lo que se dice (1 Corintios 13:29,32) por la asamblea, para el uso apropiado de los dones. Las Escrituras no nos mandan evaluar la madurez cristiana de un creyente por la cantidad de dones que posee, pero Jesús sí nos dijo que debemos evaluar a otros que se dicen creyentes por la manifestación de los frutos que ellos den. Las instrucciones de Dios son que seamos inspectores de frutos: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). En ningún lugar en las Escrituras dice “Por sus dones los conoceréis.” Sería como formar una opinión de un campesino por las herramientas que tiene. Debemos de basar nuestra opinión por la cosecha que él produce.

“Por sus Frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20).

Está claro que las herramientas son una parte importante para la siembra, pero no lo son todo. Una manera de ver las cosas en relación con los dones y el fruto del Espíritu sería: Los dones son como las herramientas que Dios nos ha dado para poder producir frutos en su jardín. Si no hay fruto, las herramientas están de más o pierden su razón de ser.

LO QUE NO SON LOS DONES.

Muchos creyentes pentecostales suelen menospreciar el fruto del Espíritu y sobrevalorar los dones debido a que no entienden la naturaleza de estos. Necesitamos entender qué son y qué no son los dones para colocarlos en la dimensión correcta de nuestra vida cristiana.

  1. LOS DONES NO SON SEÑAL DE SANTIDAD: De alguna manera por todo el mundo pentecostal se ha creído y entendido que los dones son señal de santidad. En el Movimiento Pentecostal se ha creído erróneamente, debido a las malas enseñanzas, que aquellos que tienen dones nunca cometen errores. ¡Desafortunadamente no es así! Debemos entender que los dones del Espíritu no son señal de santidad. Este es un malentendido de muchas iglesias. De hecho, los dones del Espíritu muchas veces son dados como instrumentos a personas imperfectas dentro de las iglesias para que lleven fruto. Son dados a personas imperfectas en el cuerpo de Cristo para que les ayuden a perfeccionarse, a fin de que den frutos y no solo estén cubiertos de hojas (Mateo 21:18-19). Cuando las Escrituras hablan de las actitudes y comportamiento humanos, no están hablando de los dones, están hablando de los frutos. La pregunta es: ¿Por qué muchas iglesias prefieren hablar de los dones en vez de los frutos? La gran diferencia es que los dones son dados y los frutos tienen que crecer en uno. El amor, el gozo, la paz y el resto de las virtudes o características que se mencionan en la lista de Gálatas 5:22-23 son frutos que usted y yo tenemos que hacer crecer. Para poder producir frutos hay que trabajar duramente.
  1. FRUTO ES LO QUE SOY, NO LO QUE HAGO: Hemos olvidado algo muy importante en nuestra vida cristiana: El fruto no es lo que nosotros hacemos. Fruto es lo que nosotros somos. Los dones, por sí mismos, no son pruebas de una fortaleza espiritual. En el sistema de valores de Dios el “ser” tiene más alto valor que el “hacer”. ¿Por qué? Simplemente porque ¡Es más fácil liderar un grupo que ser un modelo del fruto del Espíritu! ¡Es más fácil que su nombre sea inscrito en una placa por dar su ayuda financiera a la iglesia, a que le conozcan a usted en la congregación cómo un modelo de amor o de mansedumbre!
  1. EL FRUTO NO NECESARIAMENTE SIGNIFICA GANAR ALMAS: Siempre se ha pensado que cuando se menciona en las Escrituras acerca del fruto se refiere a ganar almas. No estoy diciendo que es una mala interpretación. Creo que legítimamente esto se puede ver en las Escrituras (Proverbios 11:30). Pero también debemos recordar que alguien puedo ser eficaz en hacer prosélitos y no estar dando el fruto que Dios espera de una vida transformada (Mateo 23:15). Es más bíblico decir que el fruto de un creyente se refiere a las características de nuestra naturaleza interna, causada por una actitud de obediencia, regeneración y entrega sincera al Señor.

DEBEMOS PERMANECER EN EL SEÑOR PARA LLEVAR FRUTO.

Para llevar fruto que permanezca debemos permanecer en el Señor. Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Juan 15: 4-5,10)

Pero no todo en este proceso de llevar fruto resulta agradable y placentero, ya que es un proceso formativo de nuestro carácter cristiano con miras a alcanzar la madurez del creyente. No debemos olvidar que llevar fruto lleva implícito un proceso de poda. Nuestras “hojas” frecuentemente serán cortadas a fin de que podamos llevar fruto: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2).

EL FRUTO DEL ESPÍRITU ES MÁS PODEROSO QUE LOS DONES DEL ESPÍRITU.

Pero ¿Por qué Dios le da tanta importancia al fruto del Espíritu? Porque el fruto del Espíritu es más poderoso que los dones del Espíritu. Tampoco quiero ser malinterpretado. No hay manera que pueda desvalorar la importancia de los dones. Pero recordemos esto: Los dones del Espíritu son solamente las herramientas que se le han dado a la iglesia para trabajar en el campo y producir frutos.

Preguntémonos ¿Para quién son los frutos? La respuesta más común es, para el Señor. Lo cual es verdad, pero solo indirectamente. El fruto en nuestra vida produce, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza, (Gálatas 5:22), y esto es para los cansados viajeros. Es aquí cuando el fruto del Espíritu viene a ser uno de los instrumentos más dinámicos creados por Dios para alcanzar a los perdidos a través de nuestro ejemplo. El mundo está cansado del pecado. Las personas están profundamente metidas en sus seducciones, en no querer saber de Dios, en sus filosofías, en sus derrotas, están separados de Dios. Ellos saben muy bien cuáles son los canales de televisión cristianos, ellos conocen las estaciones de radio cristianas. Ellos son expertos en sobrepasarlas cuando buscan otras estaciones o canales. Ellos son los que piensan que las iglesias están llenas de hipócritas, y que no hay nadie que los pueda convencer de hacerse cristianos.

Mas sin embargo ellos están sedientos y con hambre. Ciertamente, ellos quizá hayan oído tanto acerca del evangelio que hasta lo pueden oler de lejos para evitarlo. Pues lo que andan buscando no es una religión más. Pero un carácter personal transformado puede ser definido como fruto y puede desarmar las dudas. El fruto cuando está presente puede atraer y alimentar al cansado viajero. El pecado enferma las almas del mundo, debilitándolas por medio del pecado, pero pueden ser bendecidas por el fruto: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13: 35).

Esta es la manera como trabaja el fruto del Espíritu: Cuando usted se encuentre uno de esos cansados viajeros y él le diga “Las iglesias me enferman, no quiero saber nada de religión”, usted le mostrará sus frutos y ellos desearán probar de él. Cuando ellos vean su humildad, su bondad, su amor, su fe, su gozo, le van a preguntar, “¿Dónde puedo obtener lo mismo?”. Es muy posible que muchos de ellos nunca hayan conocido lo suficiente del evangelio para llegar a saber de sus pecados y la necesidad de un Salvador. El Cristo y el evangelio que usted y yo reflejemos quizá sea el único que lleguen a conocer. Sin el fruto adecuado, jamás podremos presentar a Cristo de forma eficaz, incluso poseyendo los dones.

La belleza del fruto, valorada grandemente por el Señor, atraerá las almas a un lugar de arrepentimiento y asociación con Jesús. Debería preocuparnos que en nuestras iglesias pentecostales no se valore tanto el fruto como los dones del Espíritu. Es algo que no se enseña en muchas de nuestras iglesias, pero en el Nuevo Testamento el llevar frutos fue la herramienta más grande que tuvieron para evangelizar.

CONCLUSIÓN.

La prueba de la transformación de un alma es el fruto (1 Juan 3:14). Mostrar frutos cambia nuestras vidas y las de los demás (Juan 13:15; 1 Tesalonicenses 1:7,8). Claramente los frutos de los tesalonicenses (gozo, la fe) fueron ejemplos no solo en Macedonia sino también en todo lugar que se mencionó su testimonio.

El fruto que damos dice todo de nosotros: ” No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto” (Lucas 6:43). Las cualidades que le agradan a Dios en una vida madura son las mismas cualidades que los ojos de un pecador ven en nosotros: ” En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Solo recuerda: La madurez en Cristo no es descuidar los dones para alcanzar los frutos o viceversa, sino balancear los dos de tal manera que podamos complacer al Padre y sanar las naciones.

Dones Espirituales

Dones Carismáticos: Los Dones de Poder.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Es imposible leer el Nuevo Testamento sin observar ciertas características sobrenaturales en la adoración y la experiencia de los cristianos primitivos. El elemento milagroso era especialmente prominente en el ministerio de los apóstoles y evangelistas. Pero este poder no es exclusivo de la iglesia primitiva o de los apóstoles, profetas y evangelistas de antaño. Los avivamientos pentecostales han sido acompañados de manifestaciones sobrenaturales del Espíritu Santo. Los dones de poder que se hallan en 1 Corintios 12:9-10 han estado entre esas manifestaciones.

Los dones de poder son aquellos por los cuales Dios realiza obras portentosas entre sus hijos. Por consistir estos dones en la realización de hechos insólitos su manifestación es mucho menos frecuente que los dones pertenecientes a los dones de palabra, por ejemplo, pues, si su manifestación se produjera cotidianamente sus efectos dejarían de ser extraordinarios para convertirse en rutinarios. En las Escrituras la manifestación de los dones de poder va precedida por la operación de algún don de revelación. A través de un don de revelación, Dios manifiesta lo que va a realizar, con ello, inspira la fe necesaria para la operación del don de poder. Los dones de “fe”, sanidades, y “obras de poder” (milagros), generalmente se asocian con las “señales y prodigios” del lenguaje usado en el Nuevo Testamento.

I.- DON DE FE.

El “don de fe” (pistis) en esta lista no se refiera a la fe salvadora sino más bien a la fe milagrosa que puede obrar milagros (fe que puede “mover montañas”, Mateo 21:21, Marcos 11:23). La fe en este sentido es fundamental para la obra de cualquier tipo de milagro, pero se diferencia de las sanidades y las obras de poder. Aquí la fe es impartida divinamente y es una confianza inconmovible en que Dios en efecto obrará en una circunstancia en particular y demostrará el poder de su gloria por medio de un acto sobrenatural, totalmente separado de las posibilidades meramente humanas. La fe se diferencia de otros milagros en el sentido de su definición, pero con respecto a su función, es parte integral de las sanidades y las obras de poder.

II.- DONES DE SANIDADES.

Los “dones de sanidades” (charismata), en este contexto, se refieren a los milagros de sanidad físicos. Es cierto que la transformación de la mente y el espíritu, que comienza con el lavamiento de regeneración (Tito 3:5–7) y continúa por medio de la renovación (Colosenses 3:10,11), a veces se asocia con la idea de sanidad (1 Pedro 2:24,25). Pero en este contexto Pablo tenía en mente la clase de señal milagrosa que manifiesta el poder de Dios (Hechos 10:38). En el griego, tanto “dones” como “sanidades” están en plural, lo cual puede indicar que cada sanidad es un don específico. La expresión jarísmata iamaton sólo aparece en la Biblia en tres ocasiones, y las tres se encuentran en 1 Corintios 12. Es extraño que una misma expresión original invariable reciba tres traducciones diferentes en la versión Reina-Valera en estas tres veces que aparece: “A otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu” (1 Corintios 12:9), y otra casi idéntica: “¿Tienen todos dones de sanidad?” (1 Corintios 12:30); en cambio, vemos: “Y a unos puso Dios en la iglesia… después los que sanan” (1 Corintios 12:28). La expresión correcta, que es “dones de sanidades”, es la que se habría debido usar las tres veces, en lugar de usarla sólo una, puesto que este plural doble tiene una importancia que no se debe pasar por alto. el doble plural que aparece al hablar de los “dones de sanidades” nos sugiere que:

  1. Es razonable creer que Dios puede ungir a una persona con fe en cuanto a ciertas enfermedades, y a otra persona con fe en cuanto a otras.
  2. Donde estén operando todos los dones de sanidad, se podrían sanar toda clase de enfermedades.
  3. El creyente que posea uno o más de ellos, será utilizado por Dios en ciertos casos de enfermedades, pero no forzosamente en otros.

Sin embargo, es probable que la explicación más sencilla sea que pueden existir diferentes dones para diferentes clases de enfermedades. Otra explicación sería que el Espíritu dirige en diversas maneras de expresar su poder sanador (la oración mental, la imposición de manos, la unción con aceite y cosas semejantes).

El propósito de Dios es que este don se utilice para su gloria y el avance de su Reino en la tierra. Constituye a la vez un respaldo divino al ministerio de una persona individual, o de una iglesia. De acuerdo con lo que decida la voluntad de Dios, el don se puede ejercitar sobre creyentes o no creyentes. La responsabilidad de este ministerio queda retenida dentro de la soberanía de Dios, porque es un don-señal que confirma el ministerio de un siervo humano suyo en una situación determinada.

El ejercicio de este don es un regalo de la gracia divina. La manifestación del Espíritu al canal humano es un don, y aquello que Él le da a realizar a ese canal suyo es a su vez la entrega de un don. El canal humano recibe un paquete de remedios sanadores para compartirlos con los demás en forma de dones. En las tres apariciones de la palabra “don”, el original es una forma de la palabra járisma, que indica una gracia, un favor, un obsequio, una muestra de bondad o una ayuda. No es un “don” en el sentido de algo que es posesión de alguien dotado para actuar, cuyas habilidades realizan la tarea de una manera impresionante; es un “don” en el sentido de que es una posesión que es puesta gratuitamente a su alcance en un momento adecuado, como recurso o instrumento para satisfacer una necesidad. Así, el señalamiento bíblico exacto afirma en las tres ocasiones que este don del Espíritu es una cuestión de caritativa concesión de una aplicación concreta. Ésta es la naturaleza de lo que el Espíritu le da al obrero humano, y esto es lo que él recibe para dárselo a otros. En ambos niveles es, por así decirlo, caridad divina, y no mérito humano, ni fe humana tampoco. La liberación de la enfermedad es la infinita gracia de Dios y su poder que entra en una creación maldita para mostrar que sólo Él trae una nueva creación a la raza de Adán. Además, aunque las sanidades físicas son temporales en este siglo, en el siglo venidero la nueva creación será eterna (1 Corintios 15:44–57).

Ahora bien, los dones de sanidades comparten con las lenguas y con los milagros la categoría especial de que son concedidos sobre una base doble: se le dan individualmente a la persona (1 Corintios 12:7), y se le dan a la Iglesia (1 Corintios 12:28). Su identificación con estos otros dos dones se convierte en otro dato más para comprender su naturaleza y la razón de ser que tiene dentro de las intenciones de Dios. Son dones-señales, dados como cumplimiento de la promesa que hizo el Señor en su despedida: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17, 18). Es como si se tratara de las credenciales que Dios les concede a sus siervos, de manera individual y también de manera colectiva como iglesia, para capacitarlos de esa manera a fin de que cumplan con la misión que Él les ha encomendado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Leemos con respecto al ministerio de Felipe: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6).

III.- DON DE MILAGROS O SEÑALES DE PODER.

“Obras de poder” (energemata dunombreon; llamados también “poderes milagrosos”, “obras milagrosas”, “señales de poder”) probablemente incluye todas las obras milagrosas que no son sanidades. Por medio de este don se produce una alteración del curso ordinario de la naturaleza; una intervención temporal en el orden acostumbrado de las cosas a fin de favorecer los designios divinos. En el Nuevo Testamento, lo más común entre éstos es el echar fuera demonios. Como con las sanidades, las obras de poder son actos del poder infinito de Dios en su creación para manifestar a la humanidad, en forma tangible y sobrenatural, su gloria y su reino. En el griego ambos estos términos también están en plural (“obras de poderes”), lo que nuevamente pudiera indicar la posibilidad de que cada milagro es visto como un don específico.

IV.- LOS DONES DE PODER Y SU UTILIDAD EN EL MINISTERIO.

En nuestros cultos de adoración los dones de poder ahora se manifiestan con más frecuencia, por lo cual es muy importante la pregunta de cómo éstos contribuyen al ministerio. Los milagros glorifican al Creador (como con todas las obras creativas de Dios, Salmo 19:1–6). Con respecto al ministerio, las señales de poder captan la atención del observador con su fuerza asombrosa y abrumadora, atrayendo la atención del observador a la gloria de Dios y exigiendo una respuesta inmediata. Muchas veces la respuesta del observador o receptor es de glorificar a Dios (Marcos 2:1–12; Juan 2:1–11; 9:1–41; 1 Corintios 14:24,25), en marcado contraste de la respuesta general de la humanidad hacia el Padre (Romanos 1:18–32).

La respuesta de los que presencian la gloria de Dios no es siempre de reconocer que es Dios que está obrando. Muchas veces, en su rebelión, los religiosos del tiempo de Jesús lo denunciaban como herético y lleno de poder demoniaco (Juan 8:1–9:41), aunque Él hacía grandes señales y maravillas en medio de ellos, así manifestando estos religiosos su propio orgullo y ceguera espiritual (Juan 9:39–41). Las obras milagrosas confirman el evangelio. Los milagros evocan un mayor interés en el mensaje del evangelio, dando así mayor oportunidad de guiar a las personas al reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Los milagros centran más atención en el Señor Jesús, en cuyo nombre y para cuya gloria fue hecho el milagro. Por medio del poder del milagro, los corazones de los inconversos que están presentes se abren para recibir al Espíritu de Cristo. Los milagros animan al pueblo de Dios y edifican la fe de ellos. Los milagros nos aseguran que Dios obra a favor de nosotros en su capacidad de todopoderoso y soberano Señor del universo. Somos mucho más conscientes de su presencia entre nosotros en la luz de su poderosa obra a favor nuestro. Las obras milagrosas nos llenan de gozo, elevan la adoración y la alabanza, e intensifican nuestro compromiso con Cristo y su evangelio.

V.- RECEPCIÓN DE LOS DONES DE PODER.

Todas las suposiciones previas y todos los calificativos normales que se aplican a los demás dones del Espíritu (1 Corintios 12:8-10), también se aplican a este tipo de dones:

(1) Son otorgados de acuerdo con la voluntad del Espíritu (1 Corintios 12:11).

(2) Permanecen dentro del Espíritu, y no en el obrero humano (observe que, en el lenguaje bíblico más estricto, los dones no son ni impartidos ni otorgados, sino “manifestados” según 1 Corintios 12:7).

(3) Son exclusivos y totalmente sobrenaturales, y le pertenecen al Espíritu, sin que le pertenezcan de manera alguna al ser humano natural (1 Corintios 12:11).

(4) Son dados para el bien del Cuerpo como un todo; es decir, “para provecho” (1 Corintios 12:7).

Hay también algunas consideraciones que son especialmente importantes para estos dones en particular. Mientras estuvo en Éfeso, el lugar de los mayores milagros de Pablo, él aprendió lo que era necesario para que el poder de Cristo se manifieste por medio de Él. Las lecciones vitales que Pablo aprendió en Asia están resumidas en 2 Corintios 12:7–10. Es necesario para los que sean usados por Dios en poderes milagrosos que estén rendidos totalmente a Dios (2 Corintios 10–13), que sobre todo busquen conocerlo, y que en todo cumplan su voluntad. Además, deben permitir que Dios obre en ellos de tal manera que Cristo sea todo en todo y que confíen únicamente en el poder de Dios (2 Corintios 1:8–10). Es sólo en debilidad que se manifiesta el poder de Dios. Cuando nosotros llegamos a ser nada, entonces Él puede obrar poderosamente por medio de nosotros, porque confiamos solamente en la suficiencia de su gracia y poder. Hay un precio que pagar para andar en el poder de Dios. El precio es absoluta rendición del yo personal y del mundo temporal. El poder de Cristo se manifiesta únicamente por medio de vasos rendidos.

CONCLUSIÓN.

Dios quiere que su pueblo ande en poder, que predique el evangelio valientemente y con señales que lo sigan. No hay en el Nuevo Testamento un concepto de la presencia del Espíritu sin la manifestación del Espíritu en obras de poder. Los cristianos del primer siglo no pudieran haber concebido al Espíritu aparte de milagros, señales y prodigios; era parte integral de su común experiencia en Cristo (Gálatas 3:5; Hebreos 2:4). Dios quiere que su pueblo hoy tenga la misma experiencia. Vivimos en los últimos días, y necesitamos el poder de esos últimos días.

 

Dones Espirituales, Sin categoría

Los Dones Espirituales: Definición y razón de ser.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Un distintivo del movimiento pentecostal es su continuismo; es decir, su creencia en la vigencia actual de los dones sobrenaturales procedentes del Espíritu Santo. Desde su nacimiento, El Pentecostalismo ha dependido de Dios para hacer obras sobrenaturales. Parte esencial del movimiento pentecostal en nuestro tiempo ha sido un nuevo énfasis en los dones espirituales. Esto no debería extrañarnos, ya que la manifestación de los dones espirituales es parte esencial de la obra de Dios en su pueblo y a través de este. Jesús dijo: “edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Nuestro Señor no sólo puso el fundamento de la Iglesia, sino que Él aún la sigue edificando. Él cumplió su promesa de enviar al Espíritu Santo para darnos poder. Jesucristo es el Bautizador. El Espíritu y los dones son nuestros por medio de Él.

Los sucesos del día de Pentecostés (Hechos 2) fueron el clímax de una promesa que Dios había hecho siglos antes. Esa inauguración del nuevo pacto fue también el comienzo de la era del Espíritu. La promesa dada a través del profeta Joel en relación con el derramamiento del Espíritu Santo es de una naturaleza dramática, en donde los recipientes profetizan, sueñan, y ven visiones. La profecía de Joel es similar al deseo expresado por Moisés de que “ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su Espíritu sobre ellos” (Números 11:29). Este aspecto de la venida del Espíritu está conectado con el concepto del Nuevo Testamento de los dones del Espíritu, los cuales son habilidades especiales proporcionadas por el Espíritu Santo a los cristianos con el propósito de edificar el cuerpo de Cristo.

La lista de dones espirituales en 1 Corintios 12: 8-10, incluye sabiduría, ciencia, fe, sanidad, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, hablar en lenguas, e interpretación de lenguas. Listas similares aparecen en Efesios 4:7-13 y Romanos 12:3-8. Los dones del Espíritu son simplemente facultades dadas por Dios a los creyentes para hacer lo que Él nos ha llamado a hacer. 2 Pedro 1:3 dice: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por Su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.” Los dones del Espíritu Santo son parte de “todas las cosas” que necesitamos para cumplir Sus propósitos para nuestras vidas.

¿QUÉ SON LOS DONES ESPIRITUALES?

En un sentido amplio, es un don espiritual cualquier capacidad que nos da el Espíritu para ministrar en la iglesia y por medio de ella. Esta definición incluye los dones que operan a través de nuestra capacidad natural (enseñanza, gobierno, misericordia) y también a los dones que trascienden los medios ordinarios: sanidades, profecía y milagros. Las listas de dones que aparecen en el Nuevo Testamento incluyen ambos tipos (Romanos 12:6–8; 1 Corintios 7:7; 12:8–10, 28; Efesios 4:11; 1 Pedro 4:11). Es necesario señalar algunos puntos respecto a estas listas de dones:

(1.- Las listas no son exhaustivas; no comprenden todos los dones que nos da Dios. Por ejemplo, Dios dota y llena de poder a numerosas personas para la oración de intercesión. Este don no aparece en las listas del Nuevo Testamento y, sin embargo, es un poderoso y eficaz don para destruir fortalezas. Es importante que no limitemos a Dios en un punto en el cual Él mismo no se ha limitado. En ningún lugar de las Escrituras limita Dios la obra con la cual nos llena de poder, a solamente aquellos dones que se mencionan las listas.

 

(2.- Todos los dones actúan en el poder que nos da Dios. No hay un tipo de don que sea superior a otro (por ejemplo, los dones naturales o los sobrenaturales). Aunque un don opere exteriormente por medios ordinarios o naturales, está tan lleno del poder del Espíritu como un don milagroso o sobrenatural. En este sentido, todos los aspectos de la vida cristiana están llenos de poder sobrenatural (1 Corintios 12:13–31).

(3.- La presencia de dones no es señal de madurez espiritual. Los dones son poder para ministrar, y Dios los distribuye conforme a su voluntad. Por ejemplo, los corintios era una iglesia que tenía muchos dones (1 Corintios 1:7), pero eran inmaduros de carácter, lo que fue evidente en sus actitudes de división y de celos respecto a los líderes y los dones (1 Corintios 3:1–23; 12–14).

Los varios términos empleados en el Nuevo Testamento para los dones espirituales nos ayudan a entender esta obra del Espíritu. En 1 Corintios 12:7 Pablo designa todos los dones como la manifestación (phanerosis) del Espíritu. Propiamente dicho, el Nuevo Testamento no trata de manifestaciones espirituales en plural. La palabra está en el singular y aparece sólo una vez más en el Nuevo Testamento en un contexto sin relación con los dones espirituales (2 Corintios 4:2). Muy probablemente, Pablo deseaba transmitir la idea de que el Espíritu único tiene muchas maneras de manifestarse, pero que estas “manifestaciones” deben ser consideradas como una entidad.

Un segundo término es “carismata” (1 Corintios 12:4, 9, 31; 14:1; Romanos 1:11). La forma singular de la palabra (carisma) está compuesta de dos elementos. “Caris” es la palabra griega que usualmente se traduce gracia, o favor inmerecido. El sufijo “ma” con frecuencia significa “resultado de”. Un carisma es, por consiguiente, algo concedido a una persona aun cuando puede que no lo merezca. Se traduce propiamente don o dádiva, pero con esta connotación especial. Sin embargo, la palabra misma no significa don espiritual; sólo en ciertos contextos tiene ese sentido. En otros contextos significa don, regalo o dádiva en un sentido general, tal como en Romanos 6:23, “la dádiva de Dios es vida eterna”. Según se aplica a nuestro sujeto, esta raíz o etimología de la palabra debiera ayudarnos a entender por qué es que a veces le es dispensado un don a una persona que aparentemente no lo merece.

La palabra “pneumatika” también se usa con referencia a dones espirituales. Es la forma plural neutra de “pneumatikos”, que es un adjetivo que significa espiritual. La palabra misma no significa dones espirituales, pero se usa en este sentido en 1Corintios 12:1 y 14:1. En Romanos 1:11 encontramos la combinación “carisma pneumatikon” (don espiritual). Esta expresión sugiere que los dones operan en el reino espiritual. Ellos vienen mediante la capacitación del Espíritu Santo y no deben identificarse con talentos meramente humanos o naturales.

Los términos “doreai” y “domata” se usan también en relación con los dones (Efesios 4:7,8). Como con las dos palabras anteriores, el significado no es don espiritual, sino simplemente don. Son formas nominativas del verbo griego muy común dar (didomi). Sin embargo, Pablo usa los nombres cuando trata de los dones de liderazgo en la iglesia. El último término es “merismois” y se encuentra en Hebreos 2:4, que trata de los “dones del Espíritu Santo”. Pero esta palabra significa más bien porciones, partes o divisiones. Viene del verbo “merizo” que significa dividir, distribuir, asignar, repartir. Ni el nombre ni el verbo tienen referencia directa a la idea de dones, aun cuando el contexto de Hebreos 2:4 lo sugiere. El énfasis es mayormente en la obra del Espíritu de distribuir dones, y es comparable a lo que dice Pablo en 1 Corintios 12:11: “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere”. Tenemos entonces esta variedad de términos cuando las Escrituras hablan de dones espirituales. Cada uno de ellos contribuye a una comprensión del todo. Así pues, los dones espirituales son capacitaciones especiales dadas por Dios a su pueblo para la edificación del cuerpo de Cristo y para la extensión de su Reino. El Espíritu Santo es el principal agente divino para la distribución de estos dones.

El pasaje más extenso del Nuevo Testamento acerca de los dones espirituales es 1 Corintios 12 al 14. El apóstol Pablo estaba respondiendo al énfasis que la iglesia en Corinto ponía en ciertos dones (particularmente las lenguas), mientras que se olvidaban de los dones más esenciales. Aunque estaba tratando con un problema específico, en un determinado tiempo y lugar, las verdades que enseñó para ayudar a la iglesia en Corinto se aplican en todos los tiempos y lugares, y dan enseñanza sobre otros aspectos relacionados con los dones espirituales. Pablo menciona que los tres miembros de la Trinidad obran a través de los dones espirituales: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (1 Corintios 12:4–6). Dios nos llama no sólo para que trabajemos por Él sino también para que trabajemos con Él (Marcos 16:20). Él está obrando en nosotros y a través de nosotros. Dios nos da poder a través de los dones. En el capítulo 12 vemos dos formas poderosas en que se manifiestan los dones:

  1. En primer lugar, el poder de los dones se ve en su unidad. Pablo usa el cuerpo humano como un ejemplo de la iglesia. El cuerpo no es meramente un ejemplo de la iglesia, sino que es una representación inspirada de lo que Dios quiere que sea la Iglesia. Dios diseñó el cuerpo humano físico y también el cuerpo espiritual (la Iglesia). Un cuerpo no puede funcionar si sus partes no trabajan en unidad. La iglesia primitiva era un ejemplo vivo del poder de la unidad espiritual. Después que los primeros cristianos fueron llenos del Espíritu Santo, eran “de un corazón y un alma” (Hechos 4:32). Pablo dice que Dios ha ordenado de tal manera el cuerpo, “dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:24–26).
  2. En segundo lugar, el poder de los dones se ve en su variedad. Dios tiene un propósito para cada don. La iglesia de Corinto se centraba en unos cuantos dones (especialmente las lenguas), y, en consecuencia, la edificación de la iglesia sufría porque no apreciaban todos los dones. La naturaleza misma de la iglesia es que “no es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:14). Dios sabe lo que la iglesia necesita. Cada parte del cuerpo y cada don espiritual tienen un propósito importante. Si no reconocemos la belleza y el poder en la variedad que Dios ha provisto, podemos devaluar nuestro propio lugar en el cuerpo (vv. 15,16). O podemos devaluar el lugar de otra persona en el cuerpo (v. 21).

LA RAZÓN DE SER DE LOS DONES ESPIRITUALES.

El propósito de los dones es para edificación, lo que simplemente significa esto: edificar. Se relaciona con la misma palabra que Pablo usa en el capítulo 3, cuando les dice a los cristianos que somos edificio de Dios. Jesús está edificando su iglesia. Y tiene la deferencia de usarnos en su obra. Pablo muestra que los dones edifican en dos maneras. Somos espiritualmente edificados como individuos, y la iglesia se edifica como grupo (1 Corintios 14:4). Ambos son necesarios. La iglesia se compone de gente. Cada persona en la iglesia necesita ser edificada para que la iglesia en conjunto sea edificada.

Debido a que las lenguas eran un problema en la iglesia de Corinto, Pablo usa las lenguas como ejemplo. Él hace una distinción entre las lenguas que se interpretan en reuniones de la iglesia y las lenguas que son sólo para edificación personal. En reuniones de la iglesia, las lenguas sólo llegaban a ser para edificación de la iglesia si se interpretaban. Pablo usa un argumento de peso para mostrar eso, diciendo que cuando los creyentes se reúnen, la prioridad debe ser que toda la iglesia sea edificada. Para estar seguro de que los corintios no creyeran que él estaba depreciando el valor de las lenguas para la edificación personal, dice: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros” (1 Corintios 14:18); pero luego dice que en la iglesia prefiere hablar cinco palabras que se entiendan y que instruyan a otros que diez mil palabras en un idioma que no se entienda (v. 19). No está devaluando las lenguas; está estableciendo una prioridad. Al cierre del pasaje acerca de los dones espirituales, para estar seguro nuevamente de que no sea mal interpretado, Pablo dice: “no impidáis el hablar en lenguas” (v. 39). La prioridad se encuentra en el versículo 12: “procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia”.

Dentro del escenario de la adoración colectiva, los dones tienen como fin edificar a todo el Cuerpo (1 Corintios 12:7). Por ejemplo, los dones de expresión deben ser inteligibles para la congregación, de manera que todos los presentes sean edificados por la manifestación (1 Corintios 14:5–19). De lo contrario, daría lo mismo que el que habla lanzara sus palabras al viento (1 Corintios 14:9). Los dones también glorifican a Dios (1 Corintios 14:16,17,25). En 1 Pedro 4:10,11 se expresa de manera más explícita aún este principio respecto a los dones de expresión, y también a los de servicio. Según este pasaje, los dones nos son distribuidos “para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (v. 11). En la esfera personal, los dones también edifican al creyente de manera individual (1 Corintios 14:4,18,19). No hay duda alguna de la aplicación de este principio a esos momentos en los que buscamos la soledad para orar y adorar. Tampoco hay duda alguna de que Dios se comunica personalmente con nosotros fuera del contexto de la adoración colectiva (Hechos 9:1–19; 13:1–3). Sin embargo, los que observan la adoración pentecostal de manera superficial, muchas veces malentienden esta enseñanza del Nuevo Testamento. En las reuniones pentecostales de adoración es una práctica común dedicar un momento a la oración personal; lo que muchos de nuestros padres en la fe solían llamar “el concierto de oración”. Cuando los creyentes levantan su voz de común acuerdo, ofreciendo al Señor sus alabanzas y sus peticiones, podrían presentarse diversas manifestaciones del Espíritu. Aunque el concierto de oración se produce durante la adoración colectiva, en realidad, es un momento apartado para la comunión personal de cada uno con Dios. El principio de inteligibilidad no tiene aplicación en la comunión individual con Dios, ni en el culto de altar.

Los dones espirituales operan en dos tipos distintos de ambiente: el colectivo y el privado. Los ambientes ayudan a determinar cuál es la mayor razón de ser de los dones. Pero tanto en el ambiente colectivo como en el privado, las manifestaciones del Espíritu siempre son edificantes. Ya sea por medio de la convicción o de la reafirmación, por medio de acciones sutiles, o de maravillosas demostraciones del poder de Dios, las manifestaciones de los dones espirituales nos conducen a la gloriosa imagen de Dios, que es Jesucristo, nuestro Señor, y lo exaltan solamente a Él.

LA DISTRIBUCIÓN DE LOS DONES ESPIRITUALES.

Dos veces en el capítulo 12 Pablo hace hincapié en que los dones espirituales y los ministerios en la iglesia son dados por la voluntad y la obra de Dios mismo. Los dones espirituales no son impartidos por voluntad y obra del hombre. Dios obra por medio de personas, pero por su propia voluntad. Pablo menciona que Timoteo recibió un don por la imposición de las manos de Pablo (2 Timoteo 1:6), y también mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio (1 Timoteo 4:14). Sin embargo, muestra claramente que Dios ha colocado cada miembro (don) en el cuerpo “como él quiso” (1 Corintios 12:18). También muestra que Dios ha puesto los diferentes ministerios en la iglesia (1 Corintios 12:28). Debemos “procurar” los dones espirituales (1 Corintios 12:31; 14:1); pero no son para consecución. Los dones espirituales no son premios o logros. Son dones o muestras de gracia, inmerecido e impartidos por la voluntad de Dios para el bien de toda la iglesia. Hemos de seguir el amor y procurar los dones espirituales (1 Corintios 14:1). Los dones espirituales no son trofeos de espiritualidad, sino dones que Dios ha puesto en la iglesia para obrar sus propósitos.

LA PERSPECTIVA CORRECTA ACERCA DE LOS DONES.

No fue la intención de Pablo de que el capítulo 13 fuera un texto aparte, como una bella prosa sobre el amor. Él no lo escribió para que se le pusiera un marco de flores y se colgara en una pared. Más bien, es el centro de la enseñanza de Pablo acerca de los dones espirituales, para darnos perspectiva. Para entender este pasaje, hay que recordar cómo era la iglesia en Corinto. Su problema no eran los dones espirituales, sino el problema era su actitud errónea hacia los dones. Pablo comienza este pasaje con dos poderosos argumentos:

  1. Primeramente, muestra que por más grandes que sean los dones espirituales, el amor es aún mayor.
  2. En segundo término, muestra que por más maravillosos que sean los dones, sin el amor éstos se vuelven ineficaces.

Él en ninguna manera está depreciando los dones espirituales. Antes de que comience su enseñanza sobre el amor, dice: “os muestro un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:31). Los dones son excelentes; pero el amor es “aún más excelente”. El amor no está en competencia con los dones; el amor es lo que hace eficaces a los dones.

LOS DONES ESPIRITUALES Y SU USO EN LA CONGREGACIÓN.

Dios ha escogido manifestar sus dones a través de personas. Pero es posible que una persona haga mal uso de los dones. El orden divinamente dirigido es necesario para su debido uso. El propósito de los dones (la edificación) es fundamental para determinar el decoro de los dones. Pablo dice: “Hágase todo para edificación” (1 Corintios 14:26). Luego da enseñanza práctica sobre el debido ejercicio de los dones en la iglesia. La última instrucción de Pablo acerca de los dones espirituales es: “pero hágase todo decentemente y con orden” (v.40). Dios no nos controla como si fuéramos marionetas. Tenemos una voluntad. El Espíritu de Dios está obrando en nosotros, pero nuestro propio espíritu humano sigue activo y está sujeto a nosotros (1 Corintios 14:32). Podemos optar por controlar nuestro espíritu. La perspectiva del amor abnegado en el capítulo 13 requiere que cada persona se someta al bien común del resto de la iglesia.

Hay un tiempo y lugar para cada manifestación. Dios no nos ha dado una lista completa de exactamente lo que es apropiado en cada situación. Lo que es adecuado y de buen orden en un culto de oración no podría serlo en un servicio de domingo por la mañana. Y lo que es apropiado una vez en un servicio específico puede no serlo en otra oportunidad en un servicio similar. Hay un tiempo apropiado para la edificación personal y un tiempo para apropiado la edificación de toda la iglesia. Dios nos ha dado líderes que son responsables ante Dios de decidir sobre ello. Dios ha designado “administradores” en la iglesia (1 Co 12:28). Esta palabra se usaba originalmente para referirse a la dirección de un barco. Significaba gobernar por orientación y dirección activa. El liderazgo consiste en emitir juicio. Cuando el líder de un servicio decide sobre la propiedad de una manifestación, esa decisión está bajo la guía del Espíritu Santo y es tan necesaria como un mensaje de profecía u otros dones. Debido a que la naturaleza de la administración es “gobernar”, el juicio del líder tiene autoridad sobre el ejercicio de otros dones. El líder es responsable ante Dios de ser sensible a lo que el Espíritu quiere llevar a cabo en un servicio y es responsable de que todo se haga decentemente y con orden.

La honorabilidad en el uso de los dones es esencial para su eficacia permanente porque, por desgracia, un mal uso de los dones espirituales finalmente resulta en desuso de los dones. Y los dones son esenciales para la edificación de la iglesia de Cristo. No son sólo para uso intermitente, sino como un medio permanente de una fuente de poder para la iglesia, con el fin de que cumpla los propósitos de Dios.

LA NECESIDAD DE PERMANECER LLENOS DEL ESPÍRITU.

Cuando Pablo les dice a los cristianos de Éfeso que sean “llenos del Espíritu”, el verbo griego que usa significa que sigan eligiendo ser llenos (Efesios 5:18). La llenura del Espíritu no debería ser algo de una sola vez, sino que debía ser una forma de vida. Debemos recordar que no es “con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Cuando el ángel de Jehová habló estas palabras a Zacarías, él tuvo una visión de siete lámparas sobre un candelabro. El combustible para las lámparas no estaba en un depósito, sino en dos árboles de olivo a ambos lados del candelabro, que proporcionaban un suministro continuo de aceite.

Los árboles son una ilustración de los recursos ilimitados de Dios para la edificación de la iglesia. Entre esos medios están los dones espirituales. Tenemos que hacer lo que Pablo exhortó a la iglesia en Corinto dos veces en este pasaje: “Procurad, pues, los dones espirituales.”

RELACIÓN ENTRE LOS DONES Y EL FRUTO DEL ESPÍRITU.

El fruto del Espíritu es un conjunto de virtudes o cualidades como las de Cristo, producidas por la morada interna del Espíritu Santo, en la medida en que el cristiano mora en Cristo. Como con los dones espirituales, el Nuevo Testamento emplea varios términos para transmitir el pensamiento del fruto del Espíritu. El pasaje central cuando hablamos del fruto espiritual es Gálatas 5:22,23, que trata del fruto (karpos) del Espíritu y luego enumera una lista de nueve especímenes. La expresión “fruto del Espíritu” se entiende mejor como dando a entender productos de los cuales el Espíritu Santo es la fuente.

Los dones y el fruto del Espíritu tienen varios puntos en común. La fuente de ellos es el Espíritu Santo. Ellos no se originan con el creyente separado de la capacitación del Espíritu. El elemento de lo sobrenatural se halla en ambos. Además, el propósito de ambos es edificar. El amplio propósito de los dones es la edificación del cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:7; 14:26). Del mismo modo, el propósito del fruto espiritual, resumido por el fruto del amor, es edificar (1 Corintios 8:1). Ambas obras del Espíritu son perfectibles. En otras palabras, el creyente no las recibe en su forma acabada. La acometida de 1 Corintios 14 es instructiva. Pablo no cuestiona la validez de los dones que los corintios decían tener; sin embargo, él insiste en que los dones necesitan desarrollarse para edificar a la congregación. En manera similar, el fruto espiritual debe desarrollarse. Deben ser llevados a un estado de madurez. Este es el pensamiento tras los conceptos de madurez cristiana, de crecimiento, y de la continua transformación del cristiano a la imagen de Cristo (2 Corintios 3:18).

En cuanto a su naturaleza, el fruto es inanimado, en tanto que los dones son dinámicos. Los primeros son el resultado de la morada interna del Espíritu, los últimos son el resultado de la dotación de poder del Espíritu. El fruto es de naturaleza ética, en tanto que los dones son de naturaleza carismática. Además, hay una diferencia respecto a la obligación del cristiano en apropiarse los dos. A todos los cristianos se les requiere mostrar todo el fruto del Espíritu. Pero Dios no exige que todos los cristianos tengan todos los dones. Lo que se nos pide aquí es que haya receptividad y un intenso deseo (1 Corintios 12:31; 14:1), pero la distribución de los dones es la obra soberana del Espíritu (1 Corintios 12:11). De manera similar, a los creyentes se les requiere que muestren siempre el fruto espiritual, pero la manifestación de los dones espirituales es bajo la dirección del Espíritu. La obra del Espíritu Santo se manifiesta tanto en los dones que concede a los creyentes como en el fruto espiritual mostrado por ellos. Ambas categorías son centrales en el concepto del Nuevo Testamento de la actividad del Espíritu entre el pueblo de Dios.

CONCLUSIÓN.

Algunos se preguntan: ¿Qué es mejor o más importante, los dones o el fruto? Los evangélicos no pentecostales enfatizan el fruto, en tanto que algunos pentecostales sobreenfatizan la importancia de los dones, ¿Quién tiene la razón? Ya que tanto los dones como el fruto se originan en el Espíritu, es injustificado colocarlos en situación de antagonismo el uno contra el otro. A los cristianos corintios se les dijo: “Seguid el amor; y procurad los dones espirituales” (1 Corintios 14:1). Las dos ideas son correlativas, pero ciertamente deben entenderse a la luz de lo que Pablo señala como “un camino aún más excelente” (1 Corintios 12:31). Esto llegó a ser necesario a causa de un abuso de los dones y no porque hubiera alguna inferioridad inherente de los dones respecto del fruto del Espíritu.

En Corinto, los dones estaban siendo usados para competir en vez de hacerlo en ánimo de cooperar; para los intereses de la auto gratificación, más bien que para la edificación de la congregación. Sin embargo, es significativo que en ningún momento Pablo sugiere que los dones mismos no son genuinos cuando se manifiestan de esta manera (1 Corintios 13:1,2). El don es genuino; el que lo ejerce sin amor puede que no lo sea. El “camino aún más excelente” es la mediación de los dones a través del fruto del Espíritu, y principalmente por medio del amor. El amor, como vemos en 1 Corintios 13, es el principio regulador tras los dones espirituales. Es paciente y bondadoso; de buena gana da oportunidad para que otros miembros dotados puedan hablar también (1 Corintios 14:30,31). No es celoso ni jactancioso; reconoce que el Espíritu distribuye soberanamente sus dones a quien le place (1 Corintios 12:11). Ni se enorgullece por poseer algún don, o algunos de los dones (1 Corintios 12:21). No es arrogante ni grosero; siempre considera el bienestar de todo el cuerpo cuando se expresa en la congregación, y está dispuesto a recibir corrección (1 Corintios 14:29,30). No insiste en su propia manera; se somete a la autoridad debidamente constituida en la iglesia (1 Corintios 14:37).

La complementación, no la exclusividad mutua, es el modo de acción mostrado por el Nuevo Testamento para los dones y el fruto del Espíritu. Juntos sirven para edificar la iglesia. El ideal divino es que tanto los dones como el fruto se manifiesten entre los creyentes. No somos llamados para preferir uno en perjuicio del otro.