Si hemos de ser fieles al testimonio completo de la Biblia, hemos de decir con toda claridad que acudir al médico o tomar medicamentos no constituye pecado alguno. Las Escrituras jamás presentan el remedio natural como un rival de la intervención divina, sino como un medio que Dios mismo ha dispuesto en su creación para el cuidado de la vida. De modo que la cuestión no es si el creyente debe orar o acudir al médico, porque ese dilema es ajeno a la revelación bíblica. La oración y la medicina no compiten; cooperan bajo la soberanía de un mismo Dios. Él es quien concede sabiduría al profesional de la salud, quien diseñó un organismo capaz de responder a un fármaco y quien, en su misteriosa libertad, puede sanar con o sin medios visibles. Como hemos visto, su poder no se mide por nuestro rechazo a los hospitales, y nuestra fe no se autentifica por la cantidad de recetas que dejamos de surtir. La verdadera fe pentecostal —esa que se ancla en la cruz y no en fórmulas mágicas— confía en que Dios sana, agradece cuando lo hace de manera sobrenatural, agradece cuando lo hace mediante un tratamiento, y se aferra a su gracia suficiente cuando la sanidad no llega ni por una vía ni por la otra. Porque el mismo Cristo que resucitó a Lázaro es el que lloró junto a su tumba, y en ambas actitudes nos mostró el corazón del Padre. Ni el médico es enemigo de la fe, ni la fe es enemiga del médico. Ambos pueden ser, y a menudo son, instrumentos del mismo Sanador.
Categoría: Pentecostalismo Reformado
La sanidad divina a la luz de la soberanía de Dios y la Theología Crucis
La verdadera fe pentecostal, enraizada en la Biblia y nutrida por la theologia crucis, no se caracteriza por exigir que Dios altere las circunstancias conforme al deseo humano, sino por mantener la adoración y la fidelidad intactas cuando el cielo guarda silencio. Es la fe de María al pie de la cruz, que no negocia la muerte de su Hijo sino que permanece. Es la fe de Pablo, que dejó de pedir la remoción del aguijón para gloriarse en sus debilidades. Es la fe de tantos santos anónimos que, aferrados al Espíritu, han convertido camas de hospital en altares de ofrenda.
Ni ídolo ni demonio: El dispensacionalismo ante el escrutinio bíblico (Desaciertos, aportes y un llamado a la lealtad a la Palabra)
Nuestra lealtad última no pertenece a ningún sistema. No juramos fidelidad a Darby ni a Scofield, como tampoco a Calvino ni a Arminio. Nuestra lealtad, aquella por la que estaríamos dispuestos a dar la vida si fuera necesario, es a la Palabra de Dios escrita, esa que «es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17, RV60). Pero no solo a la letra, sino a la Persona viva a la que esa letra testifica: Jesucristo, el Verbo hecho carne, que habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad (Juan 1:1, 14). La Escritura sin Cristo es un cuerpo sin alma; Cristo sin la Escritura es un fantasma sin anclaje histórico. Ambos, la Palabra escrita y la Palabra encarnada, se iluminan mutuamente y nos llaman a una fidelidad indivisible.
¿Dispensacionalismo antes de John Nelson Darby?
La pretensión de hallar un dispensacionalismo anterior a John Nelson Darby obliga a trazar una distinción rigurosa, tanto en el plano terminológico como en el histórico. El dispensacionalismo, en tanto sistema teológico cerrado y doctrinalmente articulado, no es una categoría orgánica del devenir cristiano, sino un constructo artificial del siglo XIX. Su formulación originaria recae en la figura de John Nelson Darby (1800-1882), cuyas innovaciones fueron posteriormente sistematizadas y difundidas por la Escuela de Plymouth y los círculos de la Niagara Bible Conference. No se trata simplemente de una periodización de la historia salvífica, sino de un entramado de afirmaciones sin verdadero arraigo en la tradición eclesial precedente: una hermenéutica pretendidamente literal que se aplica con rigidez selectiva, una dicotomía radical entre Israel y la Iglesia que fractura la unidad del designio redentor, la doctrina inédita de un rapto secreto pretribulacional y la postergación de las promesas veterotestamentarias a un reino milenial judío, concebido en términos crudamente terrenales. Ninguno de estos componentes, ensamblados como un cuerpo dogmático único, encuentra un correlato genuino en los siglos anteriores.
Sacrificios de animales en el milenio: ¿Memorial, error exegético o herejía velada del dispensacionalismo?
En el seno de ciertas tradiciones teológicas —y de manera especial en algunas expresiones del dispensacionalismo, esa corriente evangélica que entiende la historia de la salvación como una serie de administraciones divinas distintas (Ryrie, 1995, p. 28) — se sostiene una convicción controvertida: que durante el reino milenario de Cristo, el período de mil años al que alude Apocalipsis 20, los sacrificios de animales prescritos por la ley mosaica serán restaurados. Esta idea ha sido asumida de forma sistemática por el dispensacionalismo y, con diversos matices, ha encontrado eco en otras sensibilidades teológicas.
¿Un verdadero pentecostal debe ser dispensacionalista?: Desmontando la falacia del verdadero escocés («No true Scotsman» o «Appeal to Purity fallacy»), desde Azusa Street
Uno de los ataques más recurrentes y, paradójicamente, menos fundamentados que enfrentamos hoy quienes nos identificamos como pentecostales no dispensacionalistas —un colectivo vasto, diverso y en constante crecimiento— es la negación de nuestra propia autenticidad pentecostal por el simple hecho de no adherir al sistema teológico de la Biblia de Referencia Scofield. Este argumento, repetido a menudo por sectores del evangelicalismo clásico o por hermanos influidos por el dispensacionalismo popular, sostiene que la identidad pentecostal estaría intrínsecamente ligada a un esquema dispensacional rígido y a una lectura fragmentada de la historia de la salvación en dispensaciones herméticamente selladas. Sin embargo, basta con asomarse a la historia fundacional del movimiento para descubrir que semejante afirmación carece de todo fundamento histórico.
Dispensacionalismo, Sionismo Cristiano y Pentecostalidad: Un triángulo amoroso profano
El dispensacionalismo contemporáneo, sobre todo en su versión evangélica popular, se ha convertido en un apoyo prácticamente incondicional al Estado de Israel. Ojo: no hablo de solidaridad con el pueblo judío, sino de una adhesión política y teológica que roza la idolatría (Priego Moreno, 2025, pp. 215-218). Este sistema interpreta la historia como una serie de etapas divinas, sostiene que los judíos siguen siendo el pueblo elegido y que las promesas territoriales del Antiguo Testamento deben cumplirse al pie de la letra en la tierra de Israel actual (Sandeen, 1970, p. 58). El resultado es que muchos dispensacionalistas no solo respaldan al Estado judío moderno, sino que ven cualquier crítica o presión diplomática como un ataque directo a Dios. ¿Asentamientos en territorios ocupados? Apoyo sin matices. ¿Desalojos de familias palestinas? Profecía en marcha. Y eso, como pastor, me da asco.
El mito de la antigüedad dispensacionalista: Cuando la historia corrige los créditos
Pocos sistemas teológicos han moldeado tan profundamente el rostro del evangelicalismo contemporáneo como el dispensacionalismo. Su manera de dividir la historia sagrada en épocas cerradas, la distinción tajante que establece entre Israel y la Iglesia, y su particular (y a veces muy imaginativa) interpretación de los eventos finales han colonizado Biblias de estudio, seminarios enteros, sermones dominicales y, sobre todo, la imaginación escatológica de millones de hermanos y hermanas alrededor del mundo. Pero hay un dato que pocos conocen, y que conviene poner sobre la mesa con honestidad: el dispensacionalismo, tal como lo escuchamos predicar hoy, sencillamente no existió antes del siglo XIX. No es una exageración retórica; es un hecho histórico documentado. Como bien anotó Clarence Bass en su ya clásico estudio sobre el tema, este sistema es «un desarrollo relativamente reciente en la historia de la teología» que brilla por su ausencia en la enseñanza de la iglesia primitiva.
Dispensacionalismo y pentecostalismo: Una alianza contra natura
¿Sabías que el cesacionismo, antagonista doctrinal de la teología pentecostal, se arraiga de manera profunda en el dispensacionalismo y depende de sus postulados para sostener su propia validez? Pocas paradojas teológicas resultan tan desconcertantes como la que encierra la relación entre el pentecostalismo y el dispensacionalismo. Este último, marco conceptual que ha servido históricamente de armazón intelectual para el cesacionismo —enemigo declarado de la espiritualidad pentecostal—, es defendido sin embargo con auténtico celo por millones de pentecostales en todo el mundo. La ironía no es menor: abrazan un sistema diseñado, desde sus cimientos, para declarar extinguidas precisamente aquellas experiencias que definen su identidad religiosa. Dicho de otro modo, sostienen con devoción la estructura de un edificio construido con la expresa intención de no albergar las manifestaciones que ellos consideran medulares para la fe.
La razón en la tradición pentecostal: Hacia un evangelio completo en mentes completas
En el corazón del cristianismo evangélico late una convicción profunda: la fe no es solo un asunto del corazón latiendo con emoción, ni una experiencia extática aislada. Es una respuesta total del ser humano al Dios que se revela. Jesús mismo lo resumió: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30, NVI). Esa mención a la mente no es casual. Dios nos creó con capacidad de razonar porque somos imagen suya, y esa razón, aunque herida por el pecado, puede ser redimida y santificada por el Espíritu Santo.