Una de las paradojas más notables y urgentes del pentecostalismo contemporáneo radica en su profunda devoción afectiva por la Biblia combinada, paradójicamente, con un alto grado de superficialidad metodológica en su interpretación sistemática. En la praxis cotidiana de innumerables congregaciones a lo largo del continente, la Escritura es reverenciada con pasión desbordante en los altares, pero empobrecida analíticamente en las bancas y en las aulas de discipulado. Con frecuencia, el acercamiento al texto sagrado se sostiene sobre un andamiaje puramente utilitario: se busca en la Biblia alivio emocional frente a la angustia existencial, directrices económicas ante la precarización de la vida o una palabra de triunfo triunfalista frente a la prueba inmediata.
Categoría: Biblia
Soberanía divina sin calvinismo: Redescubriendo al Dios que se autolimita por amor
La soberanía de Dios en las Escrituras no se revela como un mecanismo de relojería implacable que reduce la historia a un guion preescrito, sino como el gobierno supremo de un Creador que ha decidido, en su infinita sabiduría y tierno amor, hacer espacio para la genuina libertad de sus criaturas. Lejos de un decreto despótico que predetermina cada pensamiento, cada fallo y cada acto humano —convirtiendo la tragedia del pecado en un engranaje necesario de su propia voluntad—, el testimonio bíblico presenta a un Dios cuya majestad brilla precisamente en su capacidad de establecer un pacto real. En este vínculo, las decisiones humanas poseen peso y consecuencias auténticas. Las reiteradas exhortaciones a elegir la vida, las lágrimas derramadas sobre ciudades que se negaron a ser cobijadas, y los lamentos divinos ante la rebeldía revelan a un soberano que no coacciona irresistibles títeres, sino que anhela la conversión genuina del corazón, tal como recuerda el Señor al exclamar: "¿Quiero yo la muerte del impío? —dice Jehová el Señor— ¿No vivirá si se convirtiere de sus caminos?" (Ezequiel 18:23).
«¡Los perros no van al cielo! ¿O sí?» | La redención cósmica y el destino eterno de los animales (Una respuesta escatológica y ecoteológica a la restauración de toda la creación)
Por Fernando E. Alvarado Justo el día en que partíamos hacia nuestro viaje misionero en Chile, Dark, el perro que alegraba el hogar de mis suegros y con quien todos estábamos profundamente encariñados, falleció. La urgencia del vuelo inminente nos impidió darle el último adiós y sepultarlo con nuestras propias manos; sin embargo, mi suegro… Sigue leyendo «¡Los perros no van al cielo! ¿O sí?» | La redención cósmica y el destino eterno de los animales (Una respuesta escatológica y ecoteológica a la restauración de toda la creación)
PPA BIBLIA & TEOLOGIA RESPONDE — ¿Es el hebreo la lengua sagrada de Dios, la lengua original de Adán y la lengua del cielo?
No es raro toparse, en estos días de entusiasmo restauracionista, con algún ferviente defensor del movimiento de raíces hebreas. Con la seguridad del que ha encontrado la llave maestra de la fe, nos corrige el nombre de Jesús por el de Yeshua, nos reprende por decir «Dios» en lugar de Elohim, nos exige que saludemos con Shalom y que invoquemos al Ruach en vez del Espíritu Santo. Todo bajo el argumento de que el hebreo es la única lengua sagrada: la lengua de Adán, la lengua de Dios y la lengua del cielo.
¿Cuándo comenzó la Iglesia? — ¿Es la iglesia el «Plan B» de Dios ante el fracaso de Israel, o un mero paréntesis en la historia de la redención?
La idea de que la Iglesia constituye un giro inesperado o un plan de contingencia en la historia sagrada carece de sustento cuando se observa la profunda coherencia del proyecto divino. En realidad, la Iglesia no es un fenómeno reciente, sino la maduración de una comunidad de fe que hunde sus raíces en los albores de la humanidad. Desde que Adán y Eva recibieron la promesa del Redentor en el Edén (Génesis 3:15), se puso en marcha un único linaje espiritual. Esta continuidad se fundamenta en que la fe nunca ha cambiado de naturaleza; los antiguos fieles no vivían bajo un sistema de salvación distinto, sino que, como señala el apóstol Pablo, «La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano las buenas nuevas a Abraham, diciendo: «En ti serán benditas todas las naciones».» (Gálatas 3:8, NBLA). Ellos se relacionaron con la gracia a través de sombras y símbolos, saludando desde la distancia una realidad que aún no se manifestaba plenamente, pero que ya les pertenecía por promesa (Hebreos 11:13).
La verdadera dispensación — Del significado bíblico al mito del dispensacionalismo
Por más que se busque justificar la existencia de dicho sistema interpretativo, el intento de dividir la historia de la redención en una serie de dispensaciones es un sistema teológico artificial y relativamente reciente que carece de fundamento bíblico sólido. La palabra oikonomía en las Escrituras se refiere a una mayordomía o a un plan, nunca a una era o período. Las contradicciones se hacen evidentes cuando se compara este esquema con la enseñanza bíblica de la salvación por gracia, la unidad de Israel y la iglesia en Cristo, y la consistencia del plan divino a lo largo de toda la historia. Trazar correctamente la palabra de verdad no consiste en imponer una estructura externa sobre el texto, sino en reconocer la unidad progresiva y orgánica del pacto redentor de Dios, que tiene su centro y su culminación en la persona y la obra de Jesucristo. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Un solo pueblo a través de la historia: La Iglesia como la asamblea de los llamados (Qahal) por Dios
El concepto de "Iglesia" no nace con el término griego ekklesia. Sus raíces más hondas están en el hebreo qahal, esa palabra del Antiguo Testamento que significa "asamblea". Y no es un detalle menor: entender esta continuidad filológica y teológica nos abre la puerta a comprender qué es realmente la comunidad de Dios a lo largo de toda la historia de la redención. Antes incluso de adentrarnos en estos términos, conviene recordar un principio que la Escritura no negocia: la salvación jamás se presenta como un acto individual aislado, sino siempre como incorporación a un pueblo. Ese principio de "solidaridad corporativa" es el que ilumina el misterio de la Iglesia.
La Epístola a los Hebreos: ¿un escrito de Lucas?
Pocos debates dentro del estudio del Nuevo Testamento resultan tan cautivadores y, a la vez, tan escurridizos como la cuestión de quién escribió la Epístola a los Hebreos. Durante siglos, especialistas de todas las confesiones han propuesto candidatos: Pablo, Bernabé, Apolos, Clemente de Roma, incluso Priscila. Ninguno, sin embargo, ha logrado imponerse con claridad. Ya en el siglo III, el gran erudito alejandrino Orígenes expresó su famosa perplejidad al afirmar que, en cuanto a la autoría de Hebreos, «solo Dios sabe la verdad» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica VI, 25, citado en Louth & Williamson, 1989, p. 202). Esa honesta confesión de ignorancia ha acompañado a la investigación hasta nuestros días.
Principales hipótesis sobre la autoría de la Epístola a los Hebreos
Pocos enigmas del Nuevo Testamento resultan tan fascinantes como la autoría de la Epístola a los Hebreos. Cualquiera que se acerque a este texto con cierta atención suele quedar atrapado por dos cosas: la belleza de su griego y la profundidad de su argumentación. Pero también topa rápido con una incomodidad: nadie lo firmó. A diferencia de casi todas las cartas paulinas, que se presentan con un saludo inicial inequívoco, Hebreos comienza como un discurso sin remitente claro. Y desde ahí arranca un debate que lleva abierto más de diecinueve siglos.
Juan de Patmos, no el Apóstol: Por qué el valor canónico del Apocalipsis no depende del nombre del escriba
La Biblia soporta todas las pruebas. No necesita de nuestras coartadas piadosas ni de nuestras censuras preventivas. Resiste el escrutinio histórico, filológico y arqueológico porque su origen último no está en la pericia de un autor humano —apóstol o no— sino en el aliento de Dios. Por tanto, el presente artículo se propone responder directamente a los fundamentalistas que, confundiendo tradición con Escritura, han levantado falsas alarmas. Demostraremos que (a) la autoría no apostólica no afecta en nada el valor canónico del Apocalipsis, (b) no anula su inspiración divina, y (c) el verdadero problema teológico no es el consenso crítico, sino la concepción deficientísima de inspiración que subyace a sus protestas. Al hacerlo, invocamos el principio paulino: «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Ts 5,21). Porque el Dios de la verdad no se ofende cuando se investiga su verdad. Solo los ídolos construidos por los humanos se quiebran ante el martillo de la realidad.