No necesitas falsos profetas que te digan qué creer, en quién creer y cómo pensar. La Biblia, solo la Biblia y nada más que la Biblia es nuestra regla infalible de fe y conducta. La palabra escrita de Dios es más que suficiente. No necesitamos adivinos, videntes ni falsos profeta.
Categoría: REFLEXIÓN BÍBLICA
¿Ha llegado el fin de los tiempos?
No tengas miedo. se prudente, la vida continúa como siempre lo ha hecho.
¡Me cubro con la sangre de Cristo!
Sí, hay poder en la sangre de Cristo, pero el “cubrirse con la Sangre de Cristo” no es una enseñanza bíblica. No hay ningún texto en el Nuevo Testamento que aluda a la sangre de Jesús como forma de protegerse del mal, las enfermedades, los accidentes o cualquier calamidad. ¡Ni siquiera uno! La sangre de Cristo, nuestro Cordero pascual (1 Corintios 5:7) nunca es empleada en el Nuevo Testamento como conjuro, invocación o fórmula mágica para protegernos físicamente como muchos cristianos la suelen usar en la actualidad.
La pandemia de fake news
Poder discernir la verdad en un mundo de “fake news” está ligado a la realidad de pertenecer a Cristo y de poder escuchar y discernir su voz. Es como el niño perdido en el mercado, que ante una multitud de voces reconoce inmediatamente el llamado de su mamá. Es una gran bendición saber que, ante la realidad de los conflictos que vivimos en este mundo caído, podemos experimentar un gozo sobrenatural que viene como resultado de escuchar la voz de Dios por encima de todas las demás voces a nuestro alrededor. Las voces de condenación, miedo, inseguridad, desconfianza, o incredulidad no vienen de Él, mientras que las voces de fe, arrepentimiento, obediencia, confianza, y gozo vienen de Su Espíritu, hablando a nuestro corazón.
COVID-19, soberbia evangélica y otras pestes
Sí señores, el juicio ha empezado. Y empezará por la casa de Dios: "Él purificará a los hijos de Leví como se purifica la plata. Los limpiará como se limpia el oro y la plata. Luego, ellos serán sacerdotes del Señor y le presentarán ofrendas aceptables." (Malaquías 3:3, PDT)
COVID-19, la escuela de Dios
El COVID-19 se ha extendido por todo el mundo, sembrando pánico e incertidumbre a su paso. La pregunta para nosotros, los cristianos, es: ¿Cómo debemos responder ante esta crisis? La respuesta: ¡Con fe y sin miedo! Debemos enfrentar el centro de esta tormenta y preguntar, “Señor, ¿qué quieres que aprenda a través de esta situación? ¿Cómo me quieres cambiar?”. Personalmente, el COVID-19 me ha enseñado (o más bien recordado) ciertas cosas.
Contagiemos la esperanza
La extensión del coronavirus está golpeando todo aquello que da seguridad a nuestra sociedad. La estabilidad económica, el sistema de salud, las libertades, etc. Repentinamente todos nos encontramos con una amenaza desconocida y de consecuencias imprevisibles. Estas circunstancias, sin embargo, no deberían hacernos perder de vista nuestra fe. Al contrario, como cristianos, es en estas situaciones críticas donde podemos aferrarnos con más fuerza a las ciertas promesas de Dios.
Resiliencia espiritual del cristiano
¿En dónde radica la fuente de la resiliencia personal? Está en Jesucristo. Él puede llegar a ser el bombero, salvavidas, socorrista, policía y paramédico que la tragedia personal demanda para su reconstrucción. Jesús no se intimida con nuestros enemigos, no se cansa, no se distrae, ni tampoco anda a ciegas buscando sobrevivientes.
Dios está en control
El fin de mis días está dentro del decreto soberano de Dios. Me gusta pensar que Dios, el perfecto escritor de mi vida, ya escribió “el fin”. Él ya lo sabe. No le es un misterio. Puedo confiar que cuando venga mi hora, será cuando Dios lo haya designado, no antes ni después.
Reflexiones sobre el ministerio
Estar en el ministerio es lo mejor porque estamos participando directamente en la misión de Dios de reconciliar a pecadores con sí mismo. Claro, nosotros no somos el poder o la fuente de salvación: somos nada más que heraldos de las buenas noticias que Cristo salva, y esta es la obra más gratificante y satisfactoria en la que podemos participar. Pero, estar en el ministerio también es lo peor porque hemos sido enviados como heraldos a un mundo caído. Y mientras somos sus instrumentos, también somos imperfectos. Cometemos errores, fracasamos frecuentemente, y nos tropezamos en cada paso de llevar a cabo la Gran Comisión que se nos ha encomendado.