REFLEXIÓN BÍBLICA

COVID-19, la escuela de Dios

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Los coronavirus (CoV) son una amplia familia de virus que pueden causar diversas afecciones, desde el resfriado común hasta enfermedades más graves, como ocurre con el coronavirus causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV) y el que ocasiona el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS-CoV). El COVID-19 (acrónimo del inglés coronavirus disease 2019), también conocida como enfermedad del coronavirus o neumonía de Wuhan, es parte de esta familia de virus y es causada por el virus SARS-CoV-2. Produce síntomas similares a los de la gripe, entre los que se incluyen fiebre, tos, disnea, mialgia y astenia. Se caracteriza por producir neumonía, síndrome de dificultad respiratoria aguda, sepsis y choque séptico que conduce al 3% de los infectados a la muerte.No existe tratamiento específico; las medidas terapéuticas principales consisten en aliviar los síntomas y mantener las funciones vitales. Al momento de redactar este artículo, tan solo en las Américas, se reportaban 19,685 casos de personas infectadas con COVID-19 y 252 fallecidos a consecuencia de la enfermedad. En el viejo mundo la situación es aún peor: En función del número de casos confirmados a 20 de marzo de 2020. China, país en el que se encuentra el epicentro del brote, ha confirmado hasta el momento más de 81.100 casos, liderando así la clasificación. Por su parte, Francia fue el primer país europeo afectado y hasta la fecha se han detectado un total de 11.010 casos de este virus.

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Pero Francia no es el único país del Viejo Continente al que ha llegado el brote. En Alemania se han confirmado por el momento 15.320 afectados, a los que se añaden 41.035 casos en Italia, 18.077 en España, 4.164 en Suiza, 2.716 en Reino Unido, 2.468 en Países Bajos, 2.013 en Austria y la lista sigue…

Una situación semejante puede verse en el resto de continentes. La pregunta para nosotros, los cristianos, es: ¿Cómo debemos responder ante esta crisis? La respuesta: ¡Con fe y sin miedo! Debemos enfrentar el centro de esta tormenta y preguntar, “Señor, ¿qué quieres que aprenda a través de esta situación? ¿Cómo me quieres cambiar?”. Personalmente, el COVID-19 me ha enseñado (o más bien recordado) ciertas cosas.

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EL COVID-19 ES UN RECORDATORIO DE NUESTRA FRAGILIDAD

Esta crisis global nos está enseñando cuán débiles somos como seres humanos. Es muy fácil olvidarlo, pero como seres humanos somos débiles. Las palabras del salmista traen una verdad muy clara:

“La vida de los mortales es como la hierba, florecen como una flor del campo; el viento [o Covid-19] sopla sobre él y se ha ido y su lugar ya no lo recuerda”. (Salmo 103:15-16)

¿Cómo adoptamos esta lección de nuestra fragilidad? Quizás recordándonos que no tomemos nuestras vidas en esta tierra por sentado.

“Enséñanos a contar nuestros días, para que podamos obtener un corazón de sabiduría”. (Salmo 90:12)

EL COVID-19 NOS RECUERDA QUE TODOS SOMOS IGUALES

Este virus no respeta las fronteras étnicas o las fronteras nacionales. No es un virus chino, es un mal que nos afectaba todos por igual. Todas las naciones de la tierra están siendo contaminadas por el coronavirus. Todos somos miembros de la gran familia humana, creada a imagen de Dios (Génesis 1:17). El color de nuestra piel, el idioma que hablamos, nuestros acentos, nuestras culturas no cuentan para nada a los ojos de una enfermedad contagiosa. A los ojos del mundo, todos somos diferentes. A los ojos del virus, somos iguales. Quizás esta sea una de las cosas que el virus nos recuerda. En nuestro sufrimiento, en el dolor de perder a un ser querido, somos completamente iguales, débiles y sin respuestas.

EL COVID-19 DESTRUYE NUESTRO FALSO SENTIDO DE CONTROL

Nos gusta tener un sentido de control. Pensamos que somos dueños de nuestro destino. “Estoy a cargo, tengo el control”, gritamos en el fondo de nuestros corazones. Y la realidad es que hoy, más que nunca, podemos controlar partes importantes de nuestras vidas. Podemos controlar la calefacción y la seguridad de nuestra casa de forma remota, podemos mover dinero alrededor del mundo con un solo click de una aplicación, e incluso podemos controlar nuestros cuerpos a través del entrenamiento y la medicina. Pero tal vez esta sensación de control es una ilusión, una burbuja que el coronavirus ha reventado, revelando la realidad: que no tenemos realmente el control. Tan solo pregúntate: Las naciones más poderosas de la tierra y con los mejores sistemas de salud y orgullosas de sus avances científicos han sido las más afectadas hasta ahora por el coronavirus, pero ¿Tienen la situación bajo control? No. La cosa se las ha salido de las manos a las grandes potencias de este mundo. ¿Qué pasa con nosotros en los países en vías de desarrollo? Armados con nuestros sprays desinfectantes, mascarillas, alcohol en gel, y evitando el contacto físico (cosa que no es nada fácil en nuestros países), tratamos de reducir el riesgo de infección. Pero, ¿Tenemos el control de la situación? ¡Para nada!

EL COVID-19 NOS RECUERDA QUE EL DOLOR DE LA EXCLUSIÓN NOS AFECTA A TODOS

Aquellos que han dado positivo al COVID-19 o que se sospecha que podrían estar infectados del virus están sufriendo exclusión social. Su país, etnia o estatus socioeconómico son irrelevantes. En mi país he visto vecinos denunciar a sus vecinos, familias ser separadas y el odio difundirse hacia los que no acatan las medidas. He visto la ira, el pánico y la xenofobia correr por las calles. Nadie quiere contagiarse y esto, en opinión de muchos, justifica la exclusión y el desprecio hacia cualquiera que venga del exterior. Obviamente, esto duele. Para muchos que hoy sufren del COVID-19 lo que más los ha dañado no es su diagnóstico positivo de coronavirus, sino la forma en que ellos y sus familias han sido tratados por sus vecinos y conocidos. Ser excluido y aislado no es algo fácil de tratar: fuimos creados para una relación. Pero muchas personas ahora tienen que lidiar con el aislamiento. Es una experiencia que la comunidad de leprosos de la época de Jesús conocía demasiado bien. Forzados a vivir solos, caminando por las calles de sus pueblos gritando: “¡Inmundo! ¡Inmundo!” (Levítico 13:45)

EL COVID-19 NOS HA ENSEÑADO LA DIFERENCIA ENTRE EL MIEDO Y LA FE

¿Cuál es tu reacción a esta crisis? Es tan fácil dejarse llevar por el miedo. Para ver el coronavirus en todas partes, miro: en el teclado de mi computadora, en el aire que respiro, en cada contacto físico y en cada esquina, esperando infectarme. ¿Estamos en pánico? ¿O tal vez esta crisis nos está desafiando a reaccionar de una manera diferente, con fe y no con miedo? Fe, no en las estrellas ni en el destino, ni en alguna deidad desconocida o ídolo hecho por manos humanas, tampoco en líderes políticos o falsos profetas y apóstoles que se creen que pueden mandar a Dios. Más bien, fe en Jesucristo, el buen pastor que nos dice que él es la resurrección y la vida (Juan 11:25). Solo él tiene el control de esta situación, solo él puede guiarnos a través de esta tormenta. Nos llama a confiar y creer, tener fe y no miedo.

EL COVID-19 NOS HA RECORDADO NUESTRA NECESIDAD DE DIOS Y NUESTRA NECESIDAD DE ORAR

En medio de una crisis global, como individuos ¿cómo podemos hacer una diferencia? A menudo nos sentimos tan pequeños e insignificantes. Pero hay algo que podemos hacer. Algo vital que debemos hacer: llamar a nuestro Padre en el cielo. Orar para que nos muestre su misericordia. Este virus nos hace orar. Orar por las autoridades que dirigen nuestros países y nuestras ciudades. ¿Qué tal si en vez de llorar de miedo o caer presas del pánico oramos por los equipos médicos que tratan a los enfermos? ¿Por qué no orar por los hombres, mujeres y niños que han sido infectados, por las personas que tienen miedo de abandonar sus hogares, por los que viven en las zonas rojas, por aquellos en alto riesgo de otras enfermedades y por los ancianos? Muchos, incluso creyentes, se quejan por el encierra, se quejan por no tener nada que hacer en cuarentena y permanecer inactivos pero, ¿Es en serio? ¿Por qué no mejor orar para que el Señor nos proteja y nos guarde?

EL COVID-19 HA PUESTO AL DESCUBIERTO LA VANIDAD DE MUCHAS DE NUESTRAS VIDAS

“Vanidad de vanidades, dice el Predicador, vanidad de vanidades. Todo es vanidad.” (Eclesiastés 1:2)

Es muy fácil perder la perspectiva en medio de la locura de nuestras vidas. Nuestros días están tan llenos de personas y proyectos, trabajos y listas de deseos, hogares y vacaciones que nos cuesta distinguir lo importante de lo urgente. Nos perdemos en medio de nuestras vidas. Quizás esta crisis nos está obligando a volver al camino correcto. Quizás nos está enseñando una vez más qué es realmente importante en nuestras vidas y qué es la vanidad, el vapor, sin sentido y sin sustancia. Tal vez la Liga Española o la NBA, tal vez esas vacaciones de ensueño o subir tu álbum de fotos a Instagram no sean tan esenciales para tu supervivencia como crees. Quizás eso es lo que enseña el coronavirus.

EL CORONAVIRUS NOS HA HECHO RECORDAR LA ÚNICA Y VERDADERA FUENTE DE ESPERANZA REAL

En cierto sentido, la pregunta más importante no es, ‘¿qué esperanza tienes frente al coronavirus?’, porque Jesús vino a advertirnos de la presencia de un virus mucho más letal y generalizado. Un virus que ha afectado a todos los hombres, mujeres y niños. Un virus que termina no solo en una muerte segura, sino en la muerte eterna. Un virus llamado pecado. Y nuestra especie, según Jesús, vive bajo el control de un brote pandémico del virus del pecado. ¿Cuál es tu esperanza frente a ese virus? La historia de la Biblia es la historia de un Dios que descendió a un mundo infectado con este virus. Vivía entre personas enfermas, no llevaba una mascarilla o un traje de protección, sino que respiraba el mismo aire que nosotros y comía la misma comida que nosotros, aún estando infectados y muertos espiritualmente. Fue uno de nosotros, murió aislado, fue excluido por su mismo pueblo, murió lejos de su Padre, en una cruz para poder proporcionar a este mundo enfermo un antídoto contra el virus, para poder sanarnos y darnos vida eterna.

“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y el que vive creyendo en mí nunca morirá. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26)

Hay mucho más que podríamos aprender del COVID-19. De eso estoy seguro. El sistema educativo global ha cerrado sus puertas. La escuela de Dios, sin embargo, apenas está iniciando con las lecciones…

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