Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¡No te rindas!

Por: Fernando E. Alvarado.

Albert Einstein Uno de los mayores científicos de la historia pasó por los primeros años de su educación sin pena ni gloria. No aprendió a hablar hasta los tres años de edad, por lo que sus profesores del colegio llegaron a pensar que tenía un retraso. Durante sus años en el Instituto alemán, que acabó dejando antes de terminar, un profesor le dijo que “nunca conseguiría nada en la vida”. A los 16 años se le denegó inicialmente la entrada en la Escuela Politécnica de Zúrich al obtener muy malos resultados en una asignatura de letras en la prueba de acceso. Sin embargo, consiguió finalizar sus estudios de bachillerato y se matriculó en la Escuela de orientación matemática y científica. Tras graduarse en 1900 no encontró trabajo en la Universidad y tuvo que ejercer como tutor en diferentes ciudades. No fue hasta comenzar el doctorado varios años después, cuando empezó a despertar el reconocimiento público, hasta que en 1921 ganó el Premio Novel de Física. Nunca se rindió, hasta lograr sus objetivos, pues Albert Einstein descubrió que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: Se llama voluntad.

¿Cuántas veces has pensado rendirte ante la crítica, los problemas y los ataques de otros? ¿Alguna vez te han abrumado tanto tus propias debilidades y limitaciones que has pensado que no vale la pena seguir luchando? ¡No te rindas! No estás solo. Todo aquél que ha logrado sus metas ha tenido que enfrentar esos mismos sentimientos de ineptitud, abandono y rechazo en algún momento de su vida. Pero aquellos que creemos en Dios hemos descubierto que no batallamos por nuestra propia cuenta. Albert Einstein contaba con una voluntad firme. Nosotros también deberíamos tenerla, pero lo cierto es que contamos con algo más grande que eso: Dios nos ha garantizado su apoyo constante: “Porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré.” (Isaías 41:13, NVI). ¿Puedes concebir el fracaso con semejante ayuda a tu lado? ¡Jamás! Solo fracasa aquel que se rinde por voluntad propia pues “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8). La pregunta aquí sería: ¿Qué clase de hombre (o mujer) eres tú?

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Suicidio, Vida Espiritual

El fracaso de una vida sin Jesús.

Por: Fernando E. Alvarado.

Mientras no conozcas a Cristo nada te hará feliz. No importa si practicas una religión. Tampoco importa con quién te cases, cuánto dinero tengas, lo exitosa que sea tu carrera o lo famoso que pienses ser. Nada puede ocupar el lugar de Cristo. La vida de Norma Jean Baker (mejor conocida como Marilyn Monroe) es el perfecto ejemplo de ello. A pesar de ser un icono de la cultura popular de su época, ella nunca fue feliz. De hecho, terminó suicidándose. Quizá te preguntes: ¿Cómo es posible que una chica que tenía éxito, fama, dinero y belleza, llegará al punto de suicidarse? Ciertamente Norma Jean tenía todo eso, pero más allá de las apariencias ella era miserable: En su búsqueda de un amor paterno que nunca conoció, Marilyn se casó a los 16 años (la edad mínima a la que se podía contraer matrimonio según la legislación de California), con un hombre mucho mayor que ella. Todo para escapar de la tutela del estado, tras haber sido acogida en distintas familias, puesto que era de padre desconocido y su madre mentalmente inestable. Sus dos siguientes maridos (el deportista DiMaggio, con quien estuvo casada sólo unos meses, y el escritor judío Arthur Miller) también fueron mucho mayores que ella. En muchos sentidos, Marilyn continuaba siendo una niña que buscaba con desesperación sustituir el amor y la figura del padre que siempre había deseado. Desafortunadamente nunca encontró lo que buscaba.

Marilyn Monroe

¿Acaso Marilyn no sabía que Dios la amaba? Muy probablemente lo sabía, pero por alguna razón nunca pudo entregarse al único amor que podía satisfacer todas sus necesidades y anhelos. Marilyn creció en un ambiente religioso: Su abuela fue bautizada por Aimee Semple McPherson, la fundadora de la Iglesia Pentecostal del Evangelio Cuadrangular. Más tarde, una de sus familias adoptivas la educó en la Iglesia Pentecostal Unida. Marilyn iba con ellos a la escuela dominical los domingos por la mañana y los miércoles por la noche a otra reunión de la iglesia. Pero tener religión no basta. Sin una relación personal con Jesucristo, incluso asistir a la iglesia se vuelve un mero ritual vacío y sin sentido. Marilyn estaba llena de religión, pero vacía de Dios. Su madre y su tía (con quien vivió en la adolescencia) la educaron en las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, la religión fundada por Mary Baker Eddy en el siglo XIX. Sin embargo, en su intento por ganar el amor de otro hombre, Marilyn se convirtió al judaísmo. Pero incluso esa religión terminó por defraudar sus expectativas. A cambio, Marilyn adoptó la psicología freudiana, el psicoanálisis, como camino a la felicidad. Sin embargo, la utopía terminó en 1956, cuando descubrió en el diario de su esposo que él estaba decepcionado de ella, que sentía vergüenza de su comportamiento y hasta dudaba de su amor por Marilyn. Conmocionada, la actriz (que en ese momento estaba embarazada) sufrió un aborto ese verano. Todo terminó en un nuevo divorcio en 1961. Desesperanzada, la actriz entra voluntariamente en una clínica psiquiátrica llamada Payne Whitney, por su creciente dependencia del alcohol y las pastillas. Una serie de malentendidos hace que la llevan a una celda de aislamiento. Desde allí fue traslada al Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia. Su “pesadilla” entonces es terminar en un hospital psiquiátrico como su abuela y su madre, por una locura familiar hereditaria. El temor a volverse loca la lleva a suicidarse el 5 de agosto de 1962. El psicoanálisis no pudo salvarla…

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¿Por qué terminó así? Porque Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Ella no quiso darse cuenta que sin Dios la vida no tiene sentido. Pero ella no es la única: Muchos hoy hacen lo mismo. Pero la verdad es que, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo. Es cierto que hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa. Podemos entonces culparnos a nosotros mismos, y pensar que somos un fracaso, como Marilyn. O, como otros hacen, pensar que el mundo es responsable de todas nuestras frustraciones. Nos podemos endurecer, volvernos cínicos y vacíos, o buscar nuestra vida en Dios. Si buscamos (como Marilyn) nuestra identidad y realización en el trabajo o en una relación amorosa, para conseguir autoestima, seguiremos siempre frustrados. El cristiano no consigue todo lo que busca en esta vida, pero lo espera “cuando Cristo se manifieste”. Porque “entonces nosotros seremos también con él manifestados en gloria” (Colosenses 3:4). Sólo hay un par de brazos que te pueden dar todo lo que tu corazón desea. Los de Cristo crucificado, cuya entrega nos muestra un amor que nunca nos decepciona. Esa es la esperanza que necesitaba Marilyn y nosotros todavía esperamos, el amor que satisface para siempre con Cristo “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).

Arminianismo Clásico, Calvinismo, Devocional, GRACIA DIVINA, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación, Teología, Vida Espiritual

Soy un pecador sin mérito alguno… ¡Pero salvo por gracia!

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Nadie puede cambiar su naturaleza. El pez jamás desearía (y aún si lo quisiera jamás podría) llegar a ser un ave y volar por los cielos como el águila. El cerdo, aunque deseara con toda su alma ser un bello delfín y surcar raudo los océanos, jamás podría llegar a serlo. Está en su ADN ser un cerdo y por su mente animal jamás se cruzaría la idea de ser algo diferente. Si ponemos a un buitre a escoger entre comer carroña o semillas cual ave de corral, el buitre siempre escogerá la carroña. Si hiciéramos lo mismo con una paloma, y quisiéramos obligarla a convertirse en carroñera, eso jamás pasaría ¡Ella siempre escogerá las semillas! Cada uno actuará conforme a su naturaleza. Para que un buitre pueda escoger las semillas y vivir como paloma o ave de corral, su naturaleza misma necesitaría ser totalmente cambiada. En ese caso, dejaría de ser un buitre. Lo mismo ocurre con el pecador; al tener que elegir entre Dios y el pecado, siempre escogerá el pecado porque esa es la inclinación natural de su corazón. Sin la influencia de la gracia previa de Dios que lo libere de su naturaleza pecaminosa, ningún pecador vendrá por cuenta propia a Cristo en arrepentimiento y fe. Jesús dijo: “Pero ustedes no quieren venir a mí para que tengan vida” (Juan 5:40). ¡Así de claro! ¡Así de contundente! El pecador no viene a Cristo porque no quiere hacerlo; y porque tampoco puede. Esa es la clara enseñanza del Señor Jesucristo en Juan 6:44: “Nadie puede venir a Mí si no lo trae el Padre que Me envió”. ¿Entendemos lo que Jesús quiso decir? ¡Es imposible que alguien venga a él, a menos que Dios lo traiga! ¿Por qué? Porque todo lo que surge de nuestra naturaleza caída y sin regenerar es “enemistad contra Dios”, dice Pablo en Romanos 8:7, de tal manera que no quieren ni pueden sujetarse a la ley de Dios. Desde el primer pecado cometido en el huerto del Edén, el hombre quiere ser su propio Dios, por lo cual es imposible para ese hombre humillarse y someterse al Dios vivo y verdadero. De la misma forma que el pez, el cerdo o el buitre de la historia, la Biblia presenta al hombre, no solo como un ser pecador que se rebela constantemente contra la ley de Dios, sino también como alguien que no puede ni quiere cambiar la condición en la que se encuentra. Pablo dice en Romanos 3:10-12 que en el mundo entero no hay un solo hombre que sea justo, ni uno solo que entienda o que busque a Dios. Esta es la cruda verdad: Ningún ser humano busca al Dios de la Biblia por su propia inclinación natural porque venimos al mundo espiritualmente muertos (Efesios 2:1).

NO HAY MÉRITO ALGUNO EN NOSOTROS, TODA LA GLORIA ES DE DIOS.

Frecuentemente se nos acusa a los arminianos de pretender robarle la gloria a Dios al afirmar que el hombre puede y debe elegir libremente a Dios. Esto, para el calvinista, le da al hombre cierto mérito en su salvación. Pero tal afirmación es falsa. Los arminianos no creemos eso. Lo que sí creemos es que, debido a que los seres humanos somos seres caídos y pecaminosos, no podemos pensar, ni haremos nada bueno por nosotros mismos en lo que a Dios se refiere. Esta inhabilitad causada por el pecado hace imposible que el hombre, por sí mismo, pueda siquiera creer en el evangelio de Cristo y venir a Él. Por lo tanto, Dios, deseando la salvación de todos y habiendo provisto la expiación para todas las personas, tomó, de forma unilateral, la iniciativa en el propósito de llevar a todas las personas a la salvación al llamar a todas las personas, de todo el mundo, a arrepentirse y creer en el Evangelio (Hechos 17:30; Mateo 28:18-20), y al permitir que aquellos que escuchen el evangelio respondan positivamente en fe. El hombre no posee mérito alguno al venir a Cristo, pues no fue su sola voluntad la que lo trajo. Sin la ayuda de la gracia, el hombre ni siquiera puede optar por agradar a Dios o creer en la promesa de salvación del evangelio. Como dijo Jesús en Juan 6:44, “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (NVI). Jesús también prometió: “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo.” (Juan 12:32, NVI). Por lo tanto, es la obra de un Dios trino en el hombre la que atrae a todas las personas a Jesús, lo que les permite venir a Jesús con fe. No fue el hombre quien unilateralmente eligió venir a Dios. Fue Dios quien impulsó al hombre a venir, pues “no depende de que el hombre quiera o se esfuerce, sino de que Dios tenga compasión.” (Romanos 9:16, DHH). En última instancia, aún si el hombre desease para sí la gloria de haber elegido a Dios, esta le sería negada, pues “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” (Filipenses 2:13, NVI). ¿Cuál pues, es el mérito salvífico que, según el calvinismo, los arminianos le atribuimos al hombre en su salvación? ¡No existe! La gloria es solo de Dios.

Sí. Es fácil para muchos pensar que por nuestra fe, estamos contribuyendo de alguna manera a nuestra salvación. Después de todo, el mérito de Cristo debe aplicarse a nosotros por la fe, y parece que nuestra fe viene de nosotros mismos. Pero Romanos 3:10-12 desmiente tal cosa y nos dice que ninguno de nosotros busca a Dios. Y en Efesios 2:8 dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [es decir, la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”. Hebreos 12:2 también nos dice que Jesús es el autor y el consumador de nuestra fe. La gracia salvadora de Dios es completamente Su don. Incluso nuestra capacidad para aceptar Su gracia salvadora es otro don de Dios. Así que, ¿Cuál es el mérito que tenemos por nosotros mismos? ¡Absolutamente ninguno!

LIBERADOS PARA CREER.

Pero aún siendo Dios quien, de principio a fin dirige el proceso de traernos a sí y salvarnos ¿Cómo un ser caído y sin regenerar puede responder en fe a la oferta de Dios para salvación? ¿Acaso no está inhabilitado para responder en fe ante la oferta de Dios de salvarlo? ¿Cómo se elimina esa barrera de resistencia? El calvinismo responde que el hombre es regenerado (nace de nuevo) por obra de la gracia antes de creer y sin haber tomado una decisión de seguir a Cristo. La opinión y voluntad del pecador no es tomada en cuenta. Dios lo regenera soberanamente. Así, una vez regenerado, el hombre puede responder en fe. Sin embargo, tal creencia no solo es antibíblica sino también ilógica. De hecho, sería como poner la carreta delante de los bueyes. ¿Por qué? Porque tal idea equivale a decir que una mujer parió antes de tan siquiera haber quedado embarazada. Juan lo expresa de la siguiente manera: “Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.” (Juan 1:11-13, NVI). ¿Puedes ver el orden establecido por Juan? A cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre. A estos y sólo a estos, Dios les dió el derecho de llegar a ser sus hijos. Nadie es regenerado antes de creer. Primero creemos y luego somos hechos hijos de Dios (regenerados), no al revés.

Entonces, ¿Si el hombre no es regenerado antes de poder ejercer fe, como puede ser capaz de ejercer en su estado no regenerado? La respuesta es: ¡Gracia previa! La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI). En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preventiva, previa o precedente de Dios. Esta gracia de Dios que precede a la salvación no hace que un ser caído sea regenerado en contra de su voluntad, simplemente lo libera para creer y venir a Cristo. Por tal razón, la gracia preventiva también se denomina gracia habilitadora o gracia previa a la regeneración. Este es el favor no merecido de Dios hacia las personas totalmente depravadas, que no merecen la bendición de Dios y no pueden buscar a Dios o confiar en él en y por sí mismos. En consecuencia, Hechos 18:27 indica que creemos a través de la gracia, colocando la gracia con precaución (es decir, lógicamente antes) de la fe como el medio por el cual creemos. Es la gracia que, entre otras cosas, libera nuestras voluntades para creer en Cristo y su evangelio. Como dice Tito 2:11: “En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación“.

EL FRUTO DE NUESTRA JUSTIFICACIÓN.

Al ser regenerados y recibir una nueva naturaleza fuimos también justificados por gracia, por medio de la fe en Cristo. Esto tiene serias implicaciones prácticas en nuestra vida y naturaleza. ¿Cuáles? Pablo responde: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:1-4). Pablo está enfrentando aquí, la posible acusación de que el mensaje de la salvación por gracia promueve el libertinaje. Pero nada puede estar más lejos de la realidad. Cuando Cristo murió en la cruz del calvario, estaba firmando el acta de defunción de nuestro antiguo “yo” orientado hacia el pecado; y eso vino a ser una realidad cuando nuestra vida fue unida a la Suya por medio de la fe en Él. Y ¿qué implica eso en la práctica? Básicamente 4 cosas:

(1.- En primer lugar, que ahora tenemos un nuevo expediente delante de Dios, porque el pasado de Cristo ahora cuenta como si fuera nuestro. Su obediencia perfecta a la ley de Dios nos fue acreditada por medio de la fe en Él (Romanos 5:18-19).

(2.- En segundo lugar, esto también significa que ahora tenemos una nueva identidad. Estamos unidos a Él de tal manera que cuando Dios nos ve a nosotros, nos ve en Su Hijo y nos trata como tal (Colosenses 3:3). La razón por la que nos llamamos “cristianos” es debido al hecho de que nosotros hemos asumido la identidad de otra Persona: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. De manera que en el trono celestial tenemos una identidad diferente a aquella con la cual nacimos, una identidad que no nos hemos ganado, y que tampoco merecemos, sino que se nos otorgó como un regalo de pura gracia. El Dios del cielo ahora nos ve en Cristo, y nos invita a hacer uso de todos los beneficios espirituales que conlleva el hecho de tener esa nueva identidad.

(3.- En tercer lugar, esto también implica que ahora tenemos nuevos deseos y una nueva capacidad para hacer la voluntad de Dios (Romanos 6:12-14). El hombre en su estado caído sigue siendo criatura de Dios y, por tal razón, no tiene otra opción que obedecer Sus mandamientos. Pero debido a que es un esclavo del pecado, no quiere ni puede hacerlo. Eso es lo que significa estar bajo la ley; es estar en la terrible condición de tener que obedecer la ley, pero sin los recursos que necesita para obedecerla. Pero en Cristo hemos sido libertados de ese tirano al haber muerto y resucitado juntamente con Él (Romanos 6:11). Aunque el pecado sigue siendo nuestro enemigo, ya dejó de ser nuestro rey. Como dice Pablo en Romanos 6:14, el pecado no puede enseñorearse nunca más de nosotros, porque no estamos bajo la ley, “sino bajo la gracia”. En otras palabras, ahora contamos con todos los recursos que emanan de la gracia de Dios por causa de nuestra unión con Cristo en Su resurrección, de modo que ahora podemos obedecer la ley moral de Dios, no perfectamente, pero sí sinceramente.

(4.- Y eso nos lleva a nuestra cuarta implicación. No solo tenemos un nuevo expediente, una nueva identidad y un nuevo deseo y capacidad de hacer la voluntad de Dios, sino también, un nuevo destino. Estamos unidos al Cristo resucitado y podemos estar completamente seguros de que, en Su segunda venida, el cuerpo de la humillación nuestra será transformado “para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya”, como dice Pablo en Filipenses 3:21.

¡Esta es la gran noticia del Evangelio de la Gracia! Los pecadores son justificados, los desolados son consolados, los inseguros son asegurados y los esclavos son libertados.

CONCLUSIÓN.

La salvación nunca ha sido ni será cuestión de buenas obras. Si así fuera nadie se salvaría, pues somos incapaces de algo bueno sin la asistencia de la gracia. Cómo Isaías, nosotros también afirmamos: “¿Cómo podremos ser salvos? Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia. Todos nos marchitamos como hojas; nuestras iniquidades nos arrastran como el viento. Nadie invoca tu nombre, ni se esfuerza por aferrarse a ti.” (Isaías 64:5-7, NVI). Pero ¡Bendito sea Dios que, por su infinita y sublime gracia, nos redimió del pecado y de la muerte, cambiando nuestra naturaleza y haciéndonos sus hijos! No hay obra humana que le robe a Dios la gloria por esto. Todo lo ha hecho Él por amor y para su gloria.

El popular himno cristiano «Amazing Grace» (conocido en algunas regiones hispanohablantes como “Sublime gracia”), escrito por el poeta y clérigo anglicano John Newton, nos recuerda que el perdón y la redención son posibles a pesar de los pecados cometidos por el ser humano, pues el alma puede salvarse de la desesperación mediante la gracia de Dios, sin mérito humano alguno. ¡Por eso se llama gracia! Y no cualquier gracia, sino una gracia sublime, inefable y sobrenatural…

 

Sublime gracia del Señor

Que a mí, pecador, salvó.

Fui ciego más hoy veo yo,

perdido y Él me halló

 

Su gracia me enseñó a temer

Mis dudas ahuyentó

¡Oh cuán precioso fue a mi ser

cuando Él me transformó!

 

En los peligros o aflicción

Que yo he tenido aquí

Su gracia siempre me libró

Y me guiará feliz

 

Y cuando en Sión por siglos mil

Brillando esté cual sol

Yo cantaré por siempre allí

Su amor que me salvó.

 

 (“Sublime Gracia” John Newton, 1725-1807)

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Salvación, Teología, Vida Espiritual

Y tú, ¿Has nacido de nuevo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Asistir a la iglesia no indica que seas salvo. Haberte bautizado, tampoco. Ser hijo de creyentes no te da un pasaporte al cielo. ¿Entonces cómo puedes saber si de verdad eres salvo? La respuesta reside en una palabra teológica bastante olvidada en nuestros días: la regeneración o nuevo nacimiento. Pero, ¿Qué significa ser un cristiano nacido de nuevo? Juan 3:1-21 responde a esta pregunta de forma inequívoca. En dicho pasaje, el Señor Jesucristo está hablando con Nicodemo, un fariseo prominente y miembro del Sanedrín (el consejo gobernante de los judíos), quién había venido a Jesús de noche para hacerle algunas preguntas: “Una noche, un fariseo llamado Nicodemo, que era líder de los judíos, fue a visitar a Jesús y le dijo: —Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, pues nadie podría hacer los milagros que tú haces si Dios no estuviera con él. Jesús le dijo: —Te aseguro que si una persona no nace de nuevo[a] no podrá ver el reino de Dios. Nicodemo le preguntó: —¿Cómo puede volver a nacer alguien que ya es viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el vientre de su madre? Jesús le respondió: —Te aseguro que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Todos nacen de padres humanos; pero los hijos de Dios sólo nacen del Espíritu. No te sorprendas si te digo que hay que nacer de nuevo. El viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así también sucede con todos los que nacen del Espíritu. Nicodemo volvió a preguntarle: —¿Cómo puede suceder esto? Jesús le contestó: —Tú eres un maestro famoso en Israel, y ¿no lo sabes? Te aseguro que nosotros sabemos lo que decimos, porque lo hemos visto; pero ustedes no creen lo que les decimos. Si no me creen cuando les hablo de las cosas de este mundo, ¿cómo me creerán si les hablo de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino solamente el que bajó de allí, es decir, yo, el Hijo del hombre. Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, y del mismo modo yo, el Hijo del hombre, tengo que ser levantado en alto, para que todo el que crea en mí tenga vida eterna. Dios amó tanto a la gente de este mundo, que me entregó a mí, que soy su único Hijo, para que todo el que crea en mí no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no me envió a este mundo para condenar a la gente, sino para salvarla. El que cree en mí, que soy el Hijo de Dios, no será condenado por Dios. Pero el que no cree ya ha sido condenado, precisamente por no haber creído en el Hijo único de Dios. Y así es como Dios juzga: yo he venido al mundo, y soy la luz que brilla en la oscuridad, pero como la gente hacía lo malo prefirió más la oscuridad que la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella, para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que prefieren la verdad sí se acercan a la luz, pues quieren que los demás sepan que obedecen todos los mandamientos de Dios.” (Juan 3:1-21, TLA).

¿QUÉ ES NACER DE NUEVO?

La frase “nacido de nuevo” empleada en este pasaje literalmente significa “nacido de arriba”. Nicodemo tenía una necesidad verdadera. Él necesitaba un cambio de corazón, una transformación espiritual. El nuevo nacimiento, el nacer de nuevo, es un acto de Dios por el cual la vida eterna es impartida a la persona que cree (2 Corintios 5:17; Tito 3:5; 1 Pedro 1:3; 1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 2:1-4, 18). Juan 1:12-13 nos indica también que la expresión “nacer de nuevo” transmite igualmente la idea de “volverse hijo de Dios” al confiar en el nombre de Jesucristo. Cuando uno ha nacido de nuevo, ha sido renovado espiritualmente, y ahora es hijo de Dios por el derecho de este nuevo nacimiento. Así pues, confiar en Jesucristo, en Aquél quien pagó el castigo del pecado al morir en la cruz, es lo que significa “nacer de nuevo” espiritualmente. Sin embargo, además de la metáfora del nuevo nacimiento empleada por Juan en su Evangelio, las Escrituras completan la descripción de lo que es la regeneración al utilizar dos imágenes más para referirse a esta obra sobrenatural de la gracia:

(1.- En sus epístolas, Pablo describe la regeneración como una nueva creación: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17, NVI); “Para nada cuenta estar o no estar circuncidados; lo que importa es ser parte de una nueva creación.” (Gálatas 6:15, NVI); “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.” (Efesios 2:10, NVI).

(2.- Además, a través de todo el capítulo 6 de Romanos, Pablo, nuevamente, describe la regeneración como una resurrección: “Nosotros ya no tenemos nada que ver con el pecado, así que ya no podemos seguir pecando. Ustedes bien saben que, por medio del bautismo, nos hemos unido a Cristo en su muerte. Al ser bautizados, morimos y somos sepultados con él; pero morimos para nacer a una vida totalmente diferente. Eso mismo pasó con Jesús, cuando Dios el Padre lo resucitó con gran poder. Si al bautizarnos participamos en la muerte de Cristo, también participaremos de su nueva vida.” (Romanos 6:2-5).

¿POR QUÉ NECESITO NACER DE NUEVO?

A pesar de todo lo anteriormente dicho, quizá alguien todavía se pregunte: “¿Por qué necesito nacer de nuevo?”. A esto Jesús responde: “Te aseguro que si una persona no nace de nuevo no podrá ver el reino de Dios.” (Juan 3:3, TLA). El apóstol Pablo en Efesios 2:1 dice, “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados…”. A los Romanos en Romanos 3:23, el apóstol escribió, “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. (Romanos 3:23). Los pecadores están espiritualmente “muertos”; cuando reciben vida espiritual a través de la fe en Cristo, la biblia lo compara con un nuevo nacimiento. Sólo aquellos que han nacido de nuevo tienen sus pecados perdonados y tienen una relación con Dios. Esa es la razón por la cual necesitamos nacer de nuevo. ¡Solo aquellos que nazcan de nuevo son salvos de toda condenación!

EVIDENCIAS DEL NUEVO NACIMIENTO.

Si solo los nacidos de nuevo serán salvos, ¿Cómo sé entonces que he nacido de nuevo? La palabra de Dios nos dice que por sus frutos se conoce el árbol (Mateo 7:15-20, 3:8-10). El nacido de nuevo ha de demostrar por sus frutos (su obras) que es hijo de Dios. Jesús dijo: “Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.  ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios.” (Juan 8:42-47). Jesús deja en claro que ser hijo de Dios no se basa en la pertenencia a un grupo étnico o religioso. Nuestra filiación con Dios se determina por medio de pruebas concretas. Por eso, el apóstol Juan da al menos once pruebas de que una persona ha nacido de nuevo.

1.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS GUARDAN SUS MANDAMIENTOS:

“¿Cómo sabemos si hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: «Lo conozco», pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad.” (1Juan 2:3-4, NVI).

“El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio.” (1Juan 3:24, NVI)

2.-  LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS, ANDAN COMO CRISTO ANDUVO.

“En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él: 6 el que afirma que permanece en él debe vivir como él vivió.” (1Juan 2:5-6, NVI)

3.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS NO ABORRECEN A LOS DEMÁS, SINO QUE LOS AMAN.

“El que afirma que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad.” (1 Juan 2:9, NVI)

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte.” (1 Juan 3:14, NVI)

“Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4:7-8, NVI)

“Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.” (1 Juan 4:20, NVI)

4.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS NO AMAN AL MUNDO.

“No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre.” (1 Juan 2:15, NVI)

5.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS CONFIESAN AL HIJO Y LO RECIBEN (LO TIENEN)

“Todo el que niega al Hijo no tiene al Padre; el que reconoce al Hijo tiene también al Padre.” (1 Juan 2:23, NVI)

“Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” (1 Juan 4:15, NVI)

“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1 Juan 5:12, NVI)

6.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS PRACTICAN LA JUSTICIA.

“Si reconocen que Jesucristo es justo, reconozcan también que todo el que practica la justicia ha nacido de él.” (1 Juan 2:29, NVI)

7.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS NO PRACTICAN EL PECADO.

“Todo el que permanece en él no practica el pecado. Todo el que practica el pecado no lo ha visto ni lo ha conocido.” (1 Juan 3:6, NVI)

“Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; no puede practicar el pecado, porque ha nacido de Dios. Así distinguimos entre los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica la justicia no es hijo de Dios; ni tampoco lo es el que no ama a su hermano.” (1 Juan 3:9-10, NVI)

“Sabemos que el que ha nacido de Dios no está en pecado: Jesucristo, que nació de Dios, lo protege, y el maligno no llega a tocarlo.” (1 Juan 5:18, NVI)

8.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS TIENEN EL ESPÍRITU DE DIOS.

“El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio.” (1 Juan 3:24, NVI)

“¿Cómo sabemos que permanecemos en él, y que él permanece en nosotros? Porque nos ha dado de su Espíritu.” (1 Juan 4:13, NVI)

9.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS ESCUCHAN LA PALABRA CON SUMISIÓN.

“Nosotros somos de Dios, y todo el que conoce a Dios nos escucha; pero el que no es de Dios no nos escucha. Así distinguimos entre el Espíritu de la verdad y el espíritu del engaño.” (1 Juan 4:6, NVI)

10.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS CREEN QUE JESÚS ES EL CRISTO.

“Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios, y todo el que ama al padre ama también a sus hijos.” (1 Juan 5:1, NVI)

11.- LOS QUE HAN NACIDO DE DIOS VENCEN AL MUNDO.

“porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” (1 Juan 5:4, NVI)

CONCLUSIÓN.

Aquel que ha nacido de nuevo cree en el Cristo crucificado y resucitado como fuente de su eterna salvación (1 Juan 5:1). Se ha arrepentido del pecado y ahora quiere vivir para la gloria de Dios. Pero eso no es todo. Aquel que ha nacido de nuevo tiene una nueva disposición en el corazón. Una persona renacida simplemente no puede seguir viviendo como antes porque el eje de su ser ha sido revolucionado. No podrá vivir en paz con sus ídolos. ¡Imposible! Empieza a odiar las cosas que antes amaba y comienza a amar las cosas que antes odiaba (1 Juan 3:9). Hay un cambio radical en sus afectos y deseos. Si este cambio no se ha dado, es probable que no haya nuevo nacimiento. Dicho cambio de vida irá acompañado por una manifestación continua del fruto del Espíritu Santo en la vida del regenerado. Esto no quiere decir que el nacido de nuevo ya no falle, pero sí significa que la vida del creyente se caracterizará por “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23). O como lo expresa Juan, “Saben también que todo el que hace justicia es nacido de El” (1 Juan 2:29).

El nacido de nuevo experimenta también un profundo amor hacia Dios y el pueblo de Dios. Para citar a Juan de nuevo: “Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Juan 4:7). En cada generación hay burladores que se congregan en la iglesia con el fin de sembrar discordia, odio, y amargura en la casa de Dios. Pero el que es nacido del Señor procura velar por el bienestar de las ovejas de Cristo. Otro efecto del nuevo nacimiento es una pasión indomable por la Palabra del Señor. Jesús nos asegura que: “Mis ovejas oyen mi voz” (Juan 10:27). De modo que una clara señal de que alguien ha nacido de nuevo es esta pasión por la sana doctrina, la Palabra de Dios. Ante todo esto, te pregunto hoy: ¿de verdad has nacido de nuevo? ¿Te has convertido? ¿Hay una nueva disposición en tu corazón? ¿Se ve el fruto del Espíritu en tu vida? ¿Hay amor hacia Dios y hacia los hermanos en tu alma? ¿Deseas la Palabra más que tu alimento diario?

Devocional, Oración, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¿Es tu vida de oración una fuente de gozo?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Si tuvieras que describir tu vida de oración en una palabra, ¿Cuál palabra elegirías? ¿Fiel? ¿Eficaz? ¿Gozosa? ¿O elegirías palabras como irregular, inconsistente, o mediocre? Todos hemos estado allí en algún momento de nuestra vida. Y de hecho ni siquiera nos preocupa la mayoría de las veces; pensamos que es normal y que todo está bien. Es hasta que la crisis azota nuestra vida que orar se vuelve necesario y nos damos cuenta de su valor. Es entonces que descubrimos que estar contento con una vida de oración mediocre expone nuestra visión anémica de Dios. Hace que Dios parezca opcional en vez de supremo, y distante en lugar de accesible a través de la fe en Cristo. Ahí, aleccionados por nuestros problemas, nos damos cuenta que Él es digno de mucho más que nuestras excusas y nuestra pereza. ¿Te ha pasado a tí también? Déjame decirte algo: Una vida de oración más gozosa puede estar más cerca de lo que piensas, incluso si no tienes idea de cómo llegar allí. Dios quiere que disfrutemos de Él en oración.

A VECES LA CULPA NOS DETIENE.

Durante las temporadas espirituales difíciles de mi vida, la culpa por mi pecado me impidió orar. ¿Cómo podría alguien tan indigno como yo acercarse a un Dios santo? Esta actitud revela una comprensión débil del evangelio. La verdad es que Dios conoce nuestro pecado y nos invita a confesarlo y recibir su purificación (1 Juan 1:9; Mateo 6:12; Salmo 32). El principio, e incluso la preparación de la oración apropiada es la petición de perdón con una confesión de culpa humilde y sincera. Cuando te sientas abatido por el peso de tu pecado, toma la llave de la confesión y entra por la puerta a la oración. Deja que tu pecado te conduzca a una sincera confesión y a una confiada alegría en el Cristo que vino a rescatar a los pecadores y a darles acceso al Padre (1 Timoteo 1:15; Hebreos 4:16).

AL ORAR, RECUERDA QUE DIOS ES TU PADRE.

En las primeras palabras de la oración del Señor, Jesús nos invita a dirigir nuestras oraciones así: “Padre nuestro que estás en los cielos” (Mateo 6:9). Ver a Dios principalmente como Padre nos impide verlo como un juez severo, un poder superior e impersonal, o un genio mágico que otorga deseos. Entender que nuestro Padre todopoderoso nos ama como sus hijos y busca lo mejor para nosotros nos lleva a experimentar gozo y confianza al orar. Él tiene el poder y el deseo de guiar nuestras vidas, responder a nuestras oraciones, y cumplir sus propósitos en nosotros. Conocer las implicaciones esto nos da confianza en la oración: “Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con El todas las cosas?” (Romanos 8:31-32). Cuando luches en la oración, cuando sientas vergüenza porque no hallas que decir, incluso cuando orar sea difícil o quizá no experimentes un fuerte deseo de orar, anímate reconociendo que tu Padre lo sabe y que incluso así te ama. ¡Cobra ánimo sabiendo que Él te ama! Todo lo que se necesita es mencionar la palabra “Padre” para entrar en un mundo de deleite.

LAS ORACIONES QUE DIOS QUIERE CONTESTAR.

Dios quiere escuchar tus oraciones porque “la oración de los rectos es su deleite” (Proverbios15:8). Él también nos garantiza responder a ciertas oraciones. ¿Por qué no tomarle la palabra a Dios y orar a su manera y no a la nuestra? Santiago, por ejemplo, nos dice: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5, NVI). Pedir sabiduría es un buen punto desde el cual empezar. Dios ha prometido otorgarnos sabiduría para cualquier situación; solo tenemos que pedirla. 1 Juan 5:14-15 nos muestra otra clave para que nuestras oraciones sean contestadas: “Esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquier cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho”. Esta promesa (que Dios contestará nuestras oraciones si pedimos conforme a su voluntad) debería envalentonar nuestras oraciones y agudizar nuestras expectativas. ¿Qué hemos de pedir entonces? Te invito a considerar los siguientes ejemplos de oraciones que Dios quiere contestar:

(1.- Ora para ser santificado (1 Tesalonicenses 4:3).
(2.- Ora por una mente renovada y una vida apartada del pecado (Romanos 12:1-2).
(3.- Ora para dar fruto al permanecer en Cristo (Juan 15:1-8).
(4.- Ora por la gracia de agradar a Cristo en tu trabajo (Efesios 6:5-8).
(5.- Ora por la alegría y la presencia del Espíritu en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-5).

Y añado una más: Ora las oraciones de la Biblia. La Biblia proporciona un almacén de oraciones inspiradas por el Espíritu. Ya sean las oraciones del apóstol Pablo, de Moisés, o de Jesús mismo (Mateo 6:9-14; Juan 17), orar las palabras de las Escrituras nos ayuda a acercarnos a Dios con palabras de su elección para que pensemos sus pensamientos y pidamos las cosas cerca de su corazón. Debemos crecer en oración al planear tiempo para buscar a Dios diligentemente. Esto es un propósito que debemos mantener toda la vida. A medida que nos disciplinamos con ese objetivo, nuestra fe se fortalecerá y se enriquecerá al vivir cada vez más en Su presencia donde hay plenitud de gozo (Salmo 16:11). Un antiguo y hermoso himno protestante nos recuerda esta preciosa verdad:

¿Con fervor orar pensaste
al amanecer?
¿Suplicaste por la gracia
y amparo este día
en tu oración?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al enfurecer?
¿No pediste, mi hermano,
que, al verte ofendido,
dieras el perdón?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

¿Con fervor orar pensaste
al entristecer?
Cuando lleno de pesares,
¿a tu Dios le suplicaste
al amanecer?

¡Qué reposo al cansado
es la humilde oración!
Trae consuelo al herido,
paz al corazón.

(¿Pensaste Orar?, Mary A. Pepper Kidder, 1820–1905)
Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Predicación Motivacional: ¿Dónde quedó el mensaje de la Cruz.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Gran parte de la predicación actual está contaminada con herejías descaradas (pedidos de dinero, confesión positiva, declarar y decretar, manipulación psicológica etc.). Otras son un poco más disimuladas en su nocividad, pero constituyen de igual forma una ofensa a la Palabra de Dios no tanto por lo que dicen, sino por lo que pretenden ser y no son. El mensaje transmitido no es Palabra de Dios, pero se presenta como tal. Por ejemplo, imagínate que yo salgo de mañana y voy gritando por la calle que vendo leche pura; sin embargo, al entregar el producto lo que te entrego es agua. ¿Te sentirías satisfecho con la calidad del producto? Pienso que no. Ahora bien, vender agua no está mal, ¡Lo malo es venderle agua a la gente diciéndole que es leche! Cuando un predicador toma la leche espiritual de la Palabra (1 Pedro 2.2), pero al predicarla la diluye en un mar de filosofías mundanas, psicología, modas del momento, coaching y otras corrientes humanistas, o si en vez de exponer el pasaje y conectarlo con Cristo, lo conecta sólo con la experiencia de la gente y lo que está quiere oír, es culpable también de traición al evangelio. Las predicaciones motivacionales son uno de los enemigos más discretos del evangelio. La gente se ha acostumbrado a mensajes de aliento sin profundidad espiritual, pero lo peor, sin la conexión con la cruz de Cristo.

APUNTANDO EN LA DIRECCIÓN EQUIVOCADA.

Las predicaciones motivacionales tienen todas un mismo patrón, que se repite una y otra vez como el estribillo de una canción: (1) Se escoge un pasaje, por lo general una historia del Antiguo Testamento, del libro de Hechos, un milagro de Jesús etc.; (2) El predicador lee el pasaje… y minutos después (sin mucha introducción histórica) empieza a contextualizarlo con la vida de los oyentes; (3) Si al mensaje motivacional lo acompañamos con “buena música” y ponemos a un”animador” de alabanzas, el círculo de bienestar se cierra completo. Y así, miles son calentados al fuego de la predicación motivacional, aunque ignoran que eso no es el evangelio. Se conforman con prédicas que tienen “una remota conexión con Cristo”, pero eso sí, ¡Una gran conexión con sus vivencias (problemas financieros, de pareja, laborales, baja autoestima, etc.) y un alto contenido emocional! Pero ¿Te has preguntado a dónde te conduce las predicaciones motivacionales? Te causan un falsa fidelidad y una vida cristiana superficial, pero siempre serás un niño movido por sentimientos bajo esta forma de predicación. Desconocerás la profundidad de las inescrutables riquezas de Cristo (Efesios 3:8). Te acostumbrarás a comer migajas como un mendigo espiritual, en vez de sentarte a la mesa con los hijos y disfrutar de los manjares que Dios preparó para Su familia. Pero lo más terrible de las predicaciones motivacionales, no es sólo a dónde te conduce, sino que no glorifica a Cristo. Un predicador puede gastar horas y horas predicándote cómo salir de las deudas, como mejorar tu vida sexual de pareja y como ser un mejor empleado. Incluso quizá de vez en cuando hable de la Cruz y, sin embargo, mantenga a su congregación ignorando las grandes doctrinas de la justificación, el estado del hombre, la redención, la regeneración o el nuevo nacimiento. Las grandes doctrinas de la fe serán pasadas por alto en las predicaciones motivacionales, y en cambio el foco será en tus vivencias y el cumplimientos de las promesas en retribución de lo que tu puedes hacer por Dios. La predicación bíblica dedica mayor tiempo a exaltar quién es Él, pero la motivacional se centra en lo que tú debes o puedes hacer. La predicación bíblica te acerca más a Dios, porque le da gloria a Él, pero la predicación motivacional te provoca una “motivacional dependencia” del pastor que predica. Eso no es correcto, pues la iglesia debe señalar a Cristo y no al hombre.

TRAICIONANDO LA PALABRA.

Los predicadores motivacionales tienen diferentes grados de alejamiento de la verdad. El algún momento las almas dejan de ser guiadas al paraíso por medio de la cruz para ser guiadas al mundo de la autosuperación, y como destino final el infierno. El evangelio es tan difuso en muchas predicaciones motivacionales que dudo que el Espíritu Santo pueda bendecir algo de su Palabra, pues está en cierta manera ausente en su desarrollo. El vacío teológico en las predicaciones, tanto como en las canciones que acompañan, produce raquitismo espiritual. Las personas pueden hablar a otros por horas de las bendiciones de Dios que recibieron, pero no pueden articular el evangelio ni explicarlo en sus partes más sencillas. La doctrina de la justificación, o la muerte sustitutiva de Cristo son cosas extrañas para ellos. Se habla de un “recibir a Jesús”, pero se explica poco o nada de su persona, su deidad, su poder, su señorío, su eternidad. Se recibe a un Jesús por el área de la motivación, pero ¿Es este el mismo Jesús que murió y resucitó conforme a las Escrituras como decía el apóstol Pablo? (1 Corintios 15: 3 y 4). La iglesia, según 1 Timoteo 3.15 debe ser “columna y baluarte de la verdad”. Si una iglesia tolera cada semana que la verdad de Dios sea diluida por medio de un predicador motivacional, me pregunto si sigue teniendo la categoría de iglesia, pues no está cumpliendo con uno de sus principales propósitos.

¿DÓNDE HALLAMOS MOTIVACIÓN?

La motivación del cristiano, tiene que partir de la predicación expositiva de la Biblia, y no de contextualizaciones huecas. La motivación espiritual y verdadera no viene sin antes pasar por la cruz. Pedro le dijo a Jesús que “evite ir a la cruz” (Mateo 16:22) y la reacción de Jesús ante Pedro fue: “Apártate de mí, Satanás” (V.23). Breve tiempo atrás Pedro le dijo a Jesús: “Tú este eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Pero ahora Pedro quería a un Cristo sin su cruz, ¡Imposible! De la misma forma, aquella predicación motivacional y halagadora de la carne que no denuncia el pecado y baja a Cristo de la cruz para presentarlo sólo como el “dador de bendiciones” es satanismo del más grande. Decía Charles Spurgeon, predicador del siglo XIX: “Predicar a Cristo sin la cruz es entregarlo (como Judas) con un beso“. Los amistosos predicadores motivacionales son una alta traición al evangelio; muestran “apariencia de piedad” pero niegan la eficacia de ella (2 Timoteo 3:5). El apóstol Pablo insistía con predicar a Cristo y su cruz (1 Corintios 1:23, 2:2, Gálatas 3:1, 6:14). La verdadera motivación de los creyente es primero ser crucificados juntamente con Cristo, para después, como el Señor resucitó, andemos en novedad de vida. La predicación fiel a la Biblia no es decirle a las personas: “Tu eres un campeón, naciste para triunfar“, sino: “Ve a la cruz y muere a tus deseos ególatras, y sigue a Cristo en humildad“. La vida no consiste en cumplir tus metas, sino en cumplir Sus metas. La Biblia no se trata de ti, sino que se trata de Él. Nuestra verdadera motivación es Su gloria; y esto ¡verdaderamente llena nuestra alma!

NECESITAMOS VOLVER A LA PREDICACIÓN CRISTOCÉNTRICA.

La predicación motivacional “se salta la cruz”, y en ese salto llevará a muchos al infierno. Para el predicador motivacional la cruz le es tropiezo, un escándalo, prefiere arrullar a una multitud dormida bajo su entusiasmo antes que estos sean despertados con el clarín del evangelio. Por eso, hoy en día, nos encontramos con miles de cristianos nominales sin la vida del Espíritu Santo ni conocimiento del evangelio. Involucrados en los mismos pecados una y otra vez, movidos sólo con el motor de su orgullo y buenas intenciones, necesitan cada semana la inyección motivacional para seguir llevando una vida espiritual hipócrita. Necesitan algo que tranquilice sus atormentadas conciencias (por la falta de reconciliación con Dios) y que los inste a seguir adelante sin entregar sus pecados. Esto, es una falsa religión que no los conducirá a ningún lado. Amigo ¿A quién escuchas cada semana? ¿Es alguien que abre las Escrituras para hablar de Cristo como tema central? ¿Has crecido en santidad y en el conocimiento de Dios? ¿Has aprendido a ver a Cristo en las páginas de la Biblia? Muchos predicadores motivacionales serán juzgados en el día del juicio como malos obreros, pero también sus oidores serán culpables, pues no amaron la verdad, sino que consintieron en el engaño.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

Y tú, ¿Por qué le eres fiel a Dios?

Por: Fernando E. Alvarado.

Imagínate por un momento que estás casado. Tu cónyuge te pregunta: “¿Por qué me eres tan fiel?” Y tú respondes, “Bueno, cariño, no es que te ame tanto… te soy fiel porque no quiero contraer enfermedades sexuales, no quiero tener un bebé no deseado fuera del matrimonio y tampoco quiero que te enfades. La verdad es que valoro mi tranquilidad.” ¿Qué crees que pensaría tu pareja? ¿No le caerían esas palabras como un balde de agua fría? ¿Acaso no le harías sentir desvalorizada? ¿Acaso no debería ser el amor el motivo real para la fidelidad hacia tu cónyuge? ¿No le deberías, más bien, haber respondido, “Te soy fiel, mi vida, porque te amo con toda la fuerza de mi corazón”? Cuando amas a alguien, no le engañarás. Tal idea ni siquiera pasa por tu imaginación. Incluso los no creyentes saben esto. La misma regla es aplicable a Dios.

Alguna gente no peca contra Dios por miedo a ser descubiertos. Otros no pecan por temor a las consecuencias. Pero la verdadera razón para no pecar es el amor a Dios. La ética cristiana se basa en el amor. Cualquier otra cosa es legalismo y religiosidad. Los verdaderos santos obedecen a Dios porque les encanta obedecer a Dios, no porque tienen que hacerlo. Es su deleite y no un simple deber. Esa es la razón por la que se esfuerzan por vivir en santidad con tanto celo y pasión. Porque quieren, porque desean, porque se regocijan en hacerlo. Están consagrados y son soldados fieles, no simples cumplidores de reglas sin convicción. Hay que tener agallas, agallas de verdad para mantenerte firme en tus convicciones. Los débiles siguen la corriente. El amor por Dios es la verdadera raíz de todo lo que estamos llamados a hacer como seguidores de Jesús.

Lo que la gente joven necesita desesperadamente es pasión por Cristo y celo por la santidad en lo más profundo de su ser. Eso es lo que los sacará de la impiedad. No el miedo a las consecuencias. Exactamente así es como Pablo razonaba con los tesalonicenses. Él les decía que la voluntad de Dios para ellos era la santificación de sus vidas. Su vida ya no podía ser como la que vivían los paganos que les rodeaban (1 Tesalonicenses 4:3-5). Pablo sabía que quienes aman a Dios se guardan en santidad para la gloria de Dios. ¿Así que, por qué deberíais esforzarte por vivir en santidad? La respuesta correcta es ¡Porque amas a Dios! Es así de simple. Cualquier otra razón es secundaria y completamente indigna del Dios de amor quien nos su más preciado regalo: Jesucristo. Honrémosle. Amémosle. Sirvámosle. Y que Él nos dé agallas, verdaderas agallas, para vivir vidas que glorifiquen a Dios en medio de este mundo corrupto y malo. Él nos recuerda:

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos… ¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.” (Juan 14:15, 21; NVI).

“Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso.” (1 Corintios 13:1-3, NVI).

“En Cristo Jesús… lo que vale es la fe que actúa mediante el amor.” (Gálatas 5:6, NVI).