Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

¿Santos, o santurrones?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Una santidad falsa se ha vuelto popular en algunas iglesias. Muchos cristianos han asociado la santidad con una larga lista de cosas que no se deben hacer, y otra lista de cosas que son nuestro deber. Pero entender la santidad sólo en términos de obediencia a una serie de reglas produce problemas. Primero, limita lo que es la verdadera santidad bíblica. Segundo, es muy posible obedecer reglas en lugar de obedecer a Dios. Tercero, cuando ponemos nuestro énfasis en obedecer reglas nos engañamos, ya que pensamos haber logrado la santidad por tal esfuerzo. Jamás podremos lograr la santidad sin una obra interna y profunda del Espíritu Santo. Finalmente, está el peligro de que, por nuestro esfuerzo de obedecer reglas, lleguemos a volvernos orgullosos, a exhibir nuestra santidad como si estuviésemos en una competencia de belleza. Todo esto es contrario a la verdadera santidad.

El ejemplo perfecto de la santidad fue el Señor Jesús. Aunque nunca pecó, nadie lo acusó de ser un santurrón. Su misión era vivir en este mundo lleno de pecadores y mostrarles, por vida y ejemplo, el camino a Dios. “He venido”, dijo, “para buscar y salvar al que se había perdido”. Su santidad no le hizo apartarse de la humanidad, ni del mundo pecador. Al contrario, los fariseos lo acusaron de siempre estar entre publicanos y pecadores. Allí, entre ellos, donde había tanta oscuridad, resplandeció la luz. Dios no pide de nosotros una santidad inoperante. Lo que Él pide es que vivamos como vivió Jesús, en ese tipo de pureza ostensible, a fin de que él que anda en tinieblas vea en nuestro vivir y palabra la Luz de Dios.

LA SANTURRONERÍA EN LA IGLESIA

Santurrón es el título que utilizamos para describir a quien muestra una devoción exagerada o falsa, que hace notar que es mejor que otros moralmente, que se asusta o enoja ante situaciones nuevas y huye de ellas o las ataca violentamente. Algunos prefieren llamarlos fariseos, mojigatos, hipócritas, tragasantos, timoratos, etc. Como sea que les llamemos, lo cierto es que los santurrones siempre han existido en las filas del cristianismo, desde sus inicios y hasta la actualidad. Además, los santurrones pueden estar ubicados en esferas altas de liderazgo eclesial, así como en posiciones bajas, y pueden estar presentes en iglesias de todo tipo y denominación. Ciertamente, los santurrones son una especie diversa, algunos de ellos son extremistas violentos, otros son del tipo callados (no hablan, no opinan, pero en su interior están hirviendo de “rabia santa”). ¿Conoces a alguno?

CARACTERÍSTICAS DE UN SANTURRÓN

¿Cómo identificamos a un santurrón? Fácil. Sus acciones, palabras y actitudes lo delatarán tarde o temprano. Por ejemplo:

(1.- Los santurrones defienden sus postulados legalistas a capa y espada autonombrándose “fundamentalistas”, “conservadores” o “defensores de la senda antigua”, pero en verdad no entienden el concepto y más bien lo asocian a ser opositores a todo lo que, a juicio de ellos, vaya en contra de su opinión personal y prejuicios.

(2.- Los santurrones tienden a ocultarse tras el rótulo de defensores de la “sana doctrina” contra cualquier invasor, hereje, mundano o incircunciso que ose cuestionarla. A veces esta defensa es violenta, sobre todo en las redes sociales donde suelen soltar su “don de lenguas” para mandar al infierno a cualquiera que ellos consideren poco santo, usando incluso palabras groseras “en el nombre de Cristo”, o descalificando a sus “oponentes” de manera personal, no doctrinal.

(3.- Los santurrones callados no atacarán a nadie, física o verbalmente, pero son “ollas hirviendo” que en cualquier momento estallarán contra los pecadores que digan algo que va en contra de sus creencias. Este tipo de santurrón suele vivir amargado y frustrado; él, o ella, no puede entender cómo en la iglesia hay gente tan liberal que no sea capaz de seguir la “sana doctrina” y las “normas de santidad”. Esto los complica al punto de transformarse en criticones severos.

(4.- Los santurrones suelen vivir a la defensiva. Interpretan (o mal interpretan) predicaciones, enseñanzas, post, y postulados según su conveniencia. Pero ¡ay de aquellas enseñanzas que no les cuadren!, no dudarán en hacerla pedazos, o de forma más moderada sancionarla.

(5.- Los santurrones se escandalizan por los pecados ajenos, pero no reconocen los propios. Es como aquel que se enoja por los gases flatulentos de otros, pero disfruta de los suyos cuando está a solas. Perdón si herí sensibilidades. Sé que esto sonó feo y grosero, pero me permitiré dejarlo porque ilustra perfectamente lo que quiero decir. Por favor disculpen mi crudeza.

(6.- Los santurrones se sienten maltratados cuando alguien les enseña la verdad, entonces gritan, hacen escándalo, denuncian abuso de autoridad; pero por dentro cometen homicidio porque desean el mal a quien, según ellos, los violentó.

(7.- Los santurrones no aceptan instrucción (no se dejan enseñar), no al menos de quienes están fuera de su “círculo santo”. Para ellos los maestros o predicadores que no enseñan la sana doctrina son “perros sarnosos” que no merecen instruir a nadie, menos a ellos, que son gente “tres veces santa”.

(8.- Los santurrones no tienen respeto por ciertos ministros. Para ellos es fácil emitir juicios de valor contra ministros que no tiene una visión legalista del Evangelio como la suya. A todos esos “herejes” los llaman “seudo-cristianos, apóstatas, vendidos, liberales, etc.” Sin conocerlos en persona o haber participado de sus ministerios los catalogan de esa manera, olvidando felizmente que hablar mal de otros es pecado. Claro, ellos deberían saberlo, pero no les conviene reconocerlo. Al igual que los fariseos y religiosos judíos se jactaban de una santidad superior mientras intentaban matar al Señor, así los santurrones se rasgarán las vestiduras ante las fallas de otros diciendo: “¡Ha blasfemado!… He aquí, ahora mismo habéis oído la blasfemia» (Mateo 26:65).

(9.- Los santurrones confunden santidad de vida con apariencia externa. Ellos juzgan la cáscara (lo que se ve), pero no conocen el interior de las personas. Esto hace que emitan juicios, condenas y sentencias exageradas, sin detenerse siquiera a apreciar a la persona que hay debajo del aparataje externo.

(10.- Los santurrones evidencian una pobre vida de lectura de la Biblia y una práctica deficiente o nula de otras disciplinas espirituales. Es decir que leen poco las Sagradas Escrituras y mucho menos la estudian con seriedad. Les resulta más cómodo dejarse llevar por lo que maestros más santurrones que ellos dicen sin siquiera darse el trabajo de indagar. En cuanto a su vida de oración, meditación y tiempo a solas con Dios, ¡Uf! dejan mucho que desear. Algunos santurrones se las dan de exégetas, hermeneutas, teólogos o iluminados, pero sus declaraciones seudo-teológicas son drásticamente raquíticas.

SANTURRONERÍA Y VERDADERA SANTIDAD

Si nuestros hermanos que han caído preza de la santurronería leyeran un poco más sus Biblias (y se dejarán corregir por ella), seguramente descubrirían que esta contradice su falso concepto de santidad. De hecho, Jesús tenía mucho que decir acerca de este tema. En Juan 17:16 el Señor dice acerca de sus discípulos: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.” Y esto está antes de Su petición: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” Para Jesús la santidad implica un estado de separación para Dios. Pero esto no es algo que ganas al obedecer perfectamente un catálogo de normas impuestas por una organización religiosa. Todos los creyentes entran en este estado cuando son nacidos de Dios: “Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” (1 Corintios 1:30). Esta es una separación definitiva, eternamente apartados para Dios. Es una parte intrínseca de nuestra salvación, nuestra conexión con Cristo (Hebreos 10:10).

La santificación es posicional, pero tiene también una faceta vivencial, ya quese refiere a la experiencia práctica de esta separación en Dios, siendo el resultado de la obediencia a la Palabra de Dios en la vida de uno, y ha de ser buscada fervientemente por el creyente (1 Pedro 1:15 y Hebreos 12:14). Así como el Señor oró en Juan 17, la santificación comprende la separación de los creyentes para el propósito por el cual fueron enviados al mundo: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.” (v. 18,19). Que Él mismo haya sido apartado para el propósito por el cual fue enviado, es tanto la base como la condición de nuestra separación por la cual somos enviados (Juan 10:36). Su santificación es el modelo y el poder para el nuestro. El envío y la santificación son inseparables. Por esta causa los creyentes son llamados santos, (hagios en el griego) y “los santificados.” Mientras que anteriormente su comportamiento daba testimonio de su posición en el mundo, separados de Dios, ahora su comportamiento debe dar testimonio de su posición ante Dios y su separación del mundo. Nuevamente, esto no tiene nada que ver con ser amaestrado para obedecer reglas eclesiásticas, sino más bien con un cambio de naturaleza que produce el fruto correspondiente a la misma. No se hace para lucir más santo que otro y poder presumir de ello. Se hace porque la naturaleza misma del individuo ha cambiado y ama el obrar con justicia.

Hay un sentido más que comprende la palabra “santificación” en la Escritura. Pablo ora en 1 Tesalonicenses 5:23, “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” Pablo también escribe en Colosenses 1:5, “la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio.” Posteriormente habla del mismo Cristo como “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27) y luego menciona el hecho de esa esperanza cuando dice, “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Colosenses 3:4). Este estado glorificado será nuestra separación última del pecado, la satisfacción plena en todo aspecto. “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.” (I Juan 3:2).

En resumen, la santificación es sinónimo de santidad, la palabra griega para ambos significa “una separación.” Primero, una separación posicional definitiva en Cristo al momento de nuestra salvación. Segundo, una santidad práctica progresiva en la vida de un creyente mientras aguarda el regreso de Cristo. Y finalmente, una separación eterna del pecado cuando lleguemos al cielo. Los santurrones no pueden entender esto. En vez de ello, buscan ganarse el cielo y parecer santos a base de normas, leyes humanas, la observancia de normas culturales y el juzgar a los demás. Su evangelio, si se le puede llamar así, es el Evangelio de las apariencias, de la vestidura larga y la ausencia de maquillaje o prendas de moda, de los peinados y joyas ¡Y nada más! Un falso evangelio legalista, repulsivo y repugnante ante Dios.

¿QUÉ DEBEMOS HACER CON LOS SANTURRONES?

Sí. En tu caminar cristiano encontrarás (o seguramente ya encontraste) muchos santurrones. Eso es inevitable. Yo mismo chocó con ellos todo el tiempo. Pero, ¿Qué debemos hacer con ellos? En primer lugar, ¡No pelees con ellos! Están acostumbrados al pleito y te ganarán por experiencia (no por capacidad académica). No saben argumentar, ni les interesa hacerlo. En segundo lugar, no te amargues. Santurrones encontrarás en todas las iglesias, ¡Y eso incluye también el Facebook y otras redes sociales! Tercero, no intentes enseñarles, rechazarán tus instrucciones con versículos fuera de contexto mal interpretados y teológicamente checos. No te deprimas por lo que dijeron de ti. En realidad, sus frustraciones los hacen hablar, proyectan sus miedos en las redes, aulas, discusiones y donde se les de plataforma para ello. Las teologías escrituralmente correctas les asustan. Lo que sí debes hacer es alejarte de los tales, su compañía es peligrosa y odiosa.

Pero sé sabio, no los discrimines pues serías igual a ellos (quiérelos, respétalos, ora por ellos), pero no los dejes entrar a tu círculo de intimidad (ahí solo deben entrar los verdaderos discípulos). Y si acaso ves una ventanita de esperanza en ellos, es decir, que en verdad deseen ser enseñados, bueno pues, quizá –sólo quizá–, Dios te use para sacar a un hermano/a santurrón de su ‘oscuridad santa’ a la luz admirable del verdadero Evangelio, un Evangelio que libera y alumbra a los hombres. A fin de cuentas, muchos han sido santurrones, pero después de dejarse instruir por maestros bíblica, teológica, doctrinal e históricamente bien preparados han resultado en preciosos instrumentos en las manos de Dios.

¡Ánimo! ¡Y que Dios te dé paciencia y amor hacia los santurrones en tu iglesia! Y quien sabe… ¡Quizá necesites tratar también con el santurrón que llevas dentro esperando salir! Todos tenemos uno que sale a flote de vez en cuando.

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Somos polvo, frágiles vasijas de barro

Por Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN

Todos conocemos la tremenda historia del Rey Nabucodonosor y su legendaria frase: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). Su arrogancia, soberbia y orgullo, lo llevaron a enloquecer durante siete tiempos y vagar errante por los montes y campos como un animal salvaje (Daniel 4:31-37). Esta historia conmueve mi corazón y me lleva a pensar que, si desde antes de la fundación del mundo, la arrogancia y el orgullo de Satanás le llevaron a su caída (Isaías 14:12-15), y si el orgullo está de primero en la lista de las siete cosas que aborrece el Señor en el libro bíblico de Proverbios (Proverbios 6:16-19), entonces hoy, en los últimos tiempos, el orgulloso, la soberbia y la arrogancia humana están más que nunca a la orden del día. Para el mundo el orgullo es sinónimo de fortaleza, poder y autoridad. No lo ven como un pecado, sino como algo positivo. Dios, sin embargo, tiene una escala de valores muy diferente. Un precioso texto bíblico afirma que Dios “hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmo 149:4). Lo cual concuerda con las palabras de Jesús: “Tomad mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Dios valora la humanidad. Eso está claro. La pregunta es: ¿Y nosotros? ¿Valoramos la humanidad? ¿Somos verdaderamente humildes? Examinándome a mí mismo puedo ver que no. Y que, de hecho, me falta mucho por lograr el ideal propuesto por Jesús.

DUST 3

LA HUMILDAD, UNA VIRTUD POCO DESEABLE

Pero ¿Por qué la humildad nos parece tan poco deseable? ¿Por qué parece tan difícil de alcanzar? Quizá se deba a que hemos olvidado lo que somos. El humanismo antropocéntrico nos ha hecho olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos: ¡Al polvo! Así de sencillo: Dios nos hizo del polvo (Génesis 2:7) y un día nos devolverá al polvo (Salmo 90:3). En vez de eso, el ser humano ha construido un universo imaginario en el cual él es su propio dios y centro del universo. Pero tal universo es irreal. El ser humano no es un dios, es polvo nada más. ¡Polvo! Sí, el mismo que pisoteados y sobre el cual caminamos todos los días. Por eso pregunto: ¿Acaso hay algo grande y digno de jactancia y presunción en el hombre hecho de polvo? ¡No lo creo! El polvo es materia inanimada, sin vida, desintegrada. Es el polo opuesto a las complejas células interconectadas, los sistemas orgánicos, los patrones neuronales, los nervios, los músculos, los huesos, los tejidos, todo el sistema maravillosamente hilado que conforma a un ser humano vivo, formado en el vientre por el poder y la sabiduría de Dios (Salmo 139:13).

DUST 2

Un ser humano vivo puede caminar, correr, construir, pensar, hablar, actuar, amar. Pero el polvo es apenas un conjunto de partículas desconectadas en la tierra, sin vida, sin acción, sin voluntad, sin poder; es materia inerte e inorgánica. Lo digno de ser recordado en todo esto es que tú y yo venimos del polvo, y nuestros cuerpos volverán al polvo. En ningún momento de nuestras vidas mortales estamos lejos de volver al polvo. De hecho, cada día que pasa estamos más cerca de volver a él. Somos muy frágiles… ¡Más de lo que quisiéramos admitir! A veces nuestra prosperidad temporal, la buena salud y nuestros logros de cualquier índole nos llevan al autoengaño y la negación de nuestra frágil condición humana. El problema de estar fuertes y sanos es que tú y yo empezamos a creer que somos algo más que partículas de polvo sobre las que Dios ha respirado aliento de vida temporalmente. Puesto que soy capaz de caminar, pensar, hablar, y actuar, empiezo a creer que soy inmortal: que siempre podré caminar, pensar, hablar, y actuar. Pero no será así. Es saludable aceptar la verdad de que somos polvo. Estamos hechos de polvo. En esta vida mortal nunca seremos más que un puñado de partículas de tierra en las que Dios ha soplado el aliento de vida temporalmente. Somos frágiles y delicados, y haríamos bien en no olvidarlo nunca.

VASIJA DE BARRO

EL LÍDER CRISTIANO Y SU LLAMADO A LA HUMILDAD

Sí. Sé bien que tú y yo somos diferentes. Tenemos distintos tipos de resistencia, tanto física como mental. Tenemos capacidades diversas para soportar más o menos horas de trabajo. A algunos se nos da bien viajar, a otros no tanto. En muchos sentidos tenemos distintas capacidades. Pero sea cual sea la constitución que Dios nos ha dado, ninguno somos más que polvo. Cada cristiano, y en particular aquellos que hemos sido llamados por Dios al ministerio o elegidos para ejercer responsabilidades de liderazgo en el Cuerpo de Cristo, debemos tener siempre en mente que, cuando nos rendimos a Jesús como Señor, no le ofrecimos los servicios de una criatura divina o semidivina para fortalecer su reino: le ofrecimos la vida frágil, temporal, mortal y delicada que él nos dio primero a nosotros. Eso es todo lo que tenemos para ofrecer. Dios lo sabe. Él conoce nuestra condición; sabe que somos de barro (Salmos 103:14), él recuerda que somos polvo. Conocer esto es vital al rendir nuestras vidas a Él en el ministerio. Solo teniendo esto en mente podremos escapar del orgullo, la soberbia y la arrogancia. Ahora pues: “Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, NTV).

CREACIÓN DE ADÁN

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¡Libérate de la envidia!

Por: Fernando E. Alvarado.

La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida. Sin embargo, todos luchamos con eso en un momento u otro de la vida, o quizás en más momentos de los que quisiéramos admitir. ¿Y sabes por dónde empiezan la envidia y los celos? Por la comparación. Cuando comparas tu realidad con la de otro, cuando comparas tu familia con la de tu amigos, cuando comparamos nuestros ministerios o trabajos, poco a poco nuestro corazón comienza a contaminarse y, sin darnos cuenta, llegamos al punto en que nos encontramos cuestionando incluso a Dios. Ante tales peligros, la Palabra está llena de exhortaciones a cuidar nuestro corazón y limpiarlo de cosas tan contaminantes como los celos, la envidia y la codicia de lo que otro tiene o ha logrado. Podemos justificarlo de mil maneras, pero déjame decirte sin tapujos una vez más: ¡La envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida! Desde un principio, Él lo dejó bien claro. El Creador, que nos conoce muy bien por eso mismo, porque es nuestro Creador, sabía que el codiciar produce envidia, y la envidia, muerte. Por eso mandó: “No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca” (Éxodo 20:17; NVI).

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Quizá te parezca increíble pero ¡Muchos incluso envidian la relación con Dios, la unción, el ministerio, los puestos en directivas y el liderazgo de otros! Esto los lleva a ni siquiera poder soportar la sola presencia de la persona que envidian. Hablan mal de ellos, los critican en público, en privado, o incluso en las redes sociales y la iglesia ¡Hasta usan sus sermones para atacarles! Si otro organiza un evento “no sirve”, si cobran “es porque son mercaderes de la fe”, si no cobran “son tontos, no valoran su trabajo”. ¡Siempre hallarán un pelo en la sopa! Cuál Caín, si pudieran eliminarían el objeto de su envidia, pues les causa profundo enojo ver cómo Dios respalda a otros y no a ellos. Tan solo piensa en lo que nos dice la Palabra: “Caín presentó al Señor una ofrenda del fruto de la tierra. Abel también presentó al Señor lo mejor de su rebaño”, sin embargo, “el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda. Por eso Caín se enfureció y andaba cabizbajo.” La respuesta del Señor a Caín fue contundente: «¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero, si haces lo malo, el pecado te acecha, como una fiera lista para atraparte. No obstante, tú puedes dominarlo». Lamentablemente, lejos de arrepentirse, Caín habló con engaños a su hermano Abel y “Mientras estaban en el campo, Caín atacó a su hermano y lo mató.” (Génesis 3:3-9, NVI). ¿Qué hay de nosotros? ¿Seremos en el fondo más parecidos a Caín de lo que pensamos?

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Sí, quizás ni tú ni yo hemos matado a nadie por envidia literalmente, pero en nuestro corazón… ¡Ah, la historia es muy diferente! Ese llamado “monstruo” de la envidia nos devora. Por eso la Palabra nos exhorta: “No seamos como Caín que, por ser del maligno, asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo hizo? Porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Juan 3:12; NVI). En muchas ocasiones, la marcha de nuestra vida también se detiene porque hemos decidido actuar de la misma manera y dejar que la envidia tome el control de nuestras decisiones. Con toda honestidad, ¿se está enfermando tu corazón por causa de este mortífero veneno? ¿Has entendido que eres una persona que constantemente se siente insatisfecha? La única manera de liberarnos es dejar que Dios nos cure. Y para ello necesitamos implementar primero estos pasos: (1) Reconocer los celos y la envidia como lo que son, un pecado; (2) Confesarlos a Dios y arrepentirnos y (3) rendirnos a la obra transformadora del Espíritu Santo para que esta actitud cambie. Y tú ¿Qué harás? ¿Dejarás que la envidia te controle? O por el contrario, ¿Le permitirás al Señor que te ayude a erradicarla de tu vida? ¿Qué tal si hacemos nuestros los siguiente versículos?

“Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia, deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que han probado lo bueno que es el Señor.” (1 Pedro 2:1-3, NVI).